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hale bopp FacsĂ­mil de entretenimiento Lit.

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Hale Bopp

Facsímil de entretenimiento Lit. Nº 0

© William T. Vollmann, Miguel Blasco, Alejandro Espinosa Fuentes, Thomas M. Disch, Manuel Turégano, Heme Brazo, Francisco Ferrer Lerín, Nell Kimball, Jaume Pallardó, Jesús Zomeño, Wences Ventura, Amparo Dávila, Luis Pérez Ortiz. © Imagen de la portada. Patata, Miguel García Cano © Viñetas, La muerte rosa, Jaume Pallardó, CheBooks, 2016 2

Luis Pérez Ortiz (LPO)

Instagram: the_influyencer

Maquetación e idea: Miguel Blasco y Manuel Turégano Primera edición: Abril 2020 Hale Bopp Meditational Center Carrer del Vent, 11, San Gerardo Hills, Holywood 46140 Líria info@edicionescontrabando.com Usted es libre de copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra; hacer obras derivadas; no así hacer un uso comercial de esta obra. Bajo las condiciones siguientes: reconocimiento, debe reconocer los créditos de la obra de la manera especificada por el autor o el licenciador; compartir bajo la misma licencia, si altera o transforma esta obra, o genera una obra derivada, sólo puede distribuir la obra generada bajo una licencia idéntica a ésta.


TEXTOS William T. Vollmann — Miguel Blasco —alejandro espinosa fuentes — francisco ferrer lerín —Thomas M. Disch — nell kimball — manuel turegáno — Amparo Dávila — Heme Brazo — Wences Ventura —Jesús Zomeño — VIÑETAS jaume pallardó

— luis pérez ortiz (lpo)


Observo satisfecho que sigue vivo el viejo espíritu de la improvisación. Luis Buñuel, diálogo del fim El ángel exterminador,


He aquí que ni aun la misma luna será resplandeciente ni las estrellas son limpias a sus ojos. ¿Cuánto menos el hombre, que es un gusano, y el hijo del hombre, también gusano? Job 25: 5-6


ORACIÓN FÚNEBRE POR UNA MOSCA William T. Vollmann


¿Quién tiene mejor muerte, el soldado que cae por tu bien, o la mosca que lo hace en mi vaso de whisky? La feliz agonía de la mosca es su recompensa por una audaz inmersión sin más causa que ella misma. Ahíta y trastornada, toca fondo, sabe que no puede ir más allá y, valerosamente, ahí se detiene. Me quedo dormido. Por la mañana vierto una nueva medida de dicha sobre el poso de la antigua, y sólo cuando me llevo el vaso a los labios percibo tras ese par de centímetros de un castaño intenso a mi chafada heroína. Como no soy aficionado a la pesca, bebo en torno a su muerte y la dejo en ese extraño bajío. Ya sin vaso, holgazaneo bajo el ventilador, mientras al otro lado de la reja de la ventana una llovizna cálida pasa en silencio de las nubes a las hojas.


¿Cómo morir? ¿Cómo vivir? La respuesta a estas cuestiones, si se las planteamos a la mosca muerta, es: En estado de embriaguez. Pero, ¿de QUÉ podemos embriagarnos? Pues podemos beber, amor, por supuesto, y muerte, lo cual viene a ser lo mismo, y, mejor aún, whisky, y heroína, la mejor de todas las bebidas —salvo para los santos—. En consecuencia, dediquemos este fanzine a la Adicción, los Adictos, los Camellos, las Prostitutas y los Chulos. Alzando agujas, Biblias, dildos y chupitos, arrojemos los condones al fuego, desabrochémonos los pantalones y cometamos con alegría ESTA MULTITUD DE CRÍMENES

Pero la seriedad nos exige reconocer que es la multitud de normas la responsable de esta multitud de crímenes De Sade, 1979


ENVASADO EN HECHOS REALES Miguel blasco


El continente es Europa, el país España, la ciudad la dejaremos a la libre elección del lector, total, con la globalización todas terminan pareciéndose, igualadas a la baja, esta también tiene sus Starbuck´s y sus Burgerkines, sus tiendas de tatuajes y sus barberías hipsters, su casco histórico gentrificado, etc; el tiempo será el presente, distópico y perverso, coagulado por una pandemia de oscuras causas; y al personaje principal le cambiaremos el nombre —dado que es una persona de carne y hueso duro de roer— y le otorgaremos un nickname que le haga justicia: Arsénico Sin Compasión.


Arsénico tiene cuarenta y ocho tacos, tres divorcios a sus espaldas, dos niñas que preferirían ser las hijas del fontanero y un perrito de la raza chow chow. Conduce un Volvo C70 descapotable de doscientos cuarenta caballos y hombre que coche grande lleva la tiene…. u hombre que en coche se gasta una minuta la tiene… pero estos sarcásticos axiomas no los podemos demostrar. Su orientación política es conservadora: vota a aquel partido que le asegure que su dinero se conserva bien en el banco, manteniendo a raya el flujo migratorio y no dándole ni voz ni amparo a colectivos que exijan mayor justicia social. Aunque digan lo contrario, todos los partidos políticos cumplen estos postulados, así que en las pasadas elecciones Arsénico votó a uno que además defendía la caza y la tauromaquia, dos de sus grandes pasiones. Curiosamente, la señora que limpia su ostentoso apartamento todos los días es dominicana y la escort que le visita los domingos por la noche brasileña, pero, ¿quién no está plagado de contradicciones?


Es un tipo que no se anda con jerigonzas: todo lo que quiere, lo consigue. Una voluntad férrea le hizo sacarse la carrera de Económicas en mucho menos tiempo del estipulado; su ánimo por medrar y una moral propia, particular, que lo exime de cargos de conciencia por pisotear al prójimo, consiguió que obtuviera en un periquete el mejor puesto en el escalafón de su empresa: vicepresidente del departamento comercial de Chingaland S.L, una filial de Monsanto. Ahora —tiembla, Paulo Coelho— se le ha metido una idea entre ceja y ceja, quién sabe si por cumplir esa máxima que ha provocado nada más que estragos en la sociedad —ten un hijo, planta un árbol, escribe un libro—: quiere ser escritor. Escritor de best sellers, se entiende. Todo esto lo sé porque me ha contratado para que le corrija sus textos. Sobre mí no quiero hablar demasiado, prefiero seguir manteniendo mi cómodo y rentable anonimato, apenas apuntaré que soy un mestizo literario, aun no he alcanzado el grado de negro: personas pudientes que —al igual que Arsénico— se lanzan a las procelosas aguas del mar de las


letras se sirven de mis servicios y yo les oriento, les propongo actividades y ejercicios para mejorar su creatividad, suelo estar muy encima y ser una apoyadura durante el proceso de escritura, tengo algo de sacerdote y de puto, de padre confesor y de chapero, algo que se me da bien porque estudié con los sibilinos y lujuriosos dominicos; pulo detalles, agrego juiciosas modificaciones y, sobre todo, dentro de mis numerosos contactos en el mundo editorial, consigo que la novela sea publicada al final del proceso, esta es la parte más importante para el ego de mis clientes, la mayor parte de las veces la obra se publica en regimen de autoedición, la autora o el autor pagan los costes de impresión, algo que parece moderno y no está exento de voces que lo critican, pero no olvidemos que Gutenberg también puso dinero de su bolsillo para imprimir el primer libro de la Historia, una Biblia, allá por 1453. Por darle una ilusión de inmediatez al relato escribí erróneamente que “ahora Arsénico Sin Compasión quiere ser escritor”, lo cierto es que lleva sus buenos meses intentado probarlo y en este momento se halla en paradero desconocido y me debe una considerable suma de dinero, por


tanto, sin yo quererlo, puesto que es un género que considero caduco, estas notas podrían adquirir un carácter detectivesco, con un plus, el detective amateur no puede salir de casa porque a ver quién es el guapo que sale con la que está cayendo. El confinamiento imposibilita la acción física, callejera, pero no impide que yo escriba esta historia, la difunda por las redes sociales y un influencer vía Instagram se haga eco de ella, logrando que miles de adictos aburridos la conozcan, confraternicen con ella, me ayuden a encontrar a Arsénico y mi dinero sea restituido. Es un reto, sin duda, estimulante. Mejor que escuchar el parte de los muertitos.

El primer texto que Arsénico me mandó se titulaba El daguerrotipo perdido de Cristo, supongo que optó por la novela histórica o pseudo histórica al ver que estas cada día más se sitúan en los primeros puestos de las listas de ventas. Constaba de quinientas ochenta páginas —el miedo al folio en blanco lo había superado con creces— y podríamos afirmar que su estilo era notarial: no narraba, levantaba acta. Debido a la perniciosa


influencia de su formación académica el texto estaba trufado de una serie de tediosos informes sobre la situación económica de Jerusalén en el siglo I, cuánto trigo exportaban a Siria, cuánta sémola a Egipto, un pormenorizado estudio de los impuestos que los tenderos judíos debían tributar a los romanos, balance de cuentas y deudas entre los apóstoles (quienes parece ser habían organizado una cooperativa ecológica y autosostenible y la iban a franquiciar con el apoyo mediático de Cristo), y en medio de todo este infame maremágnum de cifras y hasta ecuaciones, una trama boba, infantil: un artesano le hacía un retrato a Jesús, él obraba un milagro bendiciéndolo, el retrato poseía la cualidad de no envejecer a quien lo tuviese colgado en la pared de su casa. Pese a sus grandes fallos y anacronías (la técnica del daguerrotipo no se inventó hasta el siglo XVII), la novela poseía un innegable corte experimental —de cuando el experimento sale mal— tal vez una editorial pobre e independiente se hubiese arriesgado a publicarla, de todos modos, por suerte, en los albores del proceso debimos cancelar el trabajo: nos dimos cuenta que Dan Brown había sacado al mercado una novela de temática muy parecida. Arsénico la leyó y montó en cólera,


la trama naïf era bien similar a la suya, pero donde él había eyaculado una retahíla de datos soporíferos, Dan Brown había urdido sus habituales teorías de la conspiración, mezclando iluminatis, rosacruces, protomasones, caballeros templarios y marrasquinos de la Luna Menguante. Arsénico hizo lo peor que se puede hacer: redactó una carta incendiaria y se la mandó a los responsables visibles de todos estos cultos —él poseía los datos al trabajar en Monsanto—, en un desmedido arranque afirmó conocer dónde se hallaba el dichoso daguerrotipo y en un rapto de soberbia dejó caer que toda la numerología de su primer manuscrito, siendo estudiada con calma, indicaba diamantinamente quién de todos ellos se había quedado la codiciada reliquia. Puede, primera hipótesis, que por esta rabieta lo hayan desaparecido. Todos esos grupúsculos continuan en activo. No es muy factible pero sin duda excitará la mente de los aficionados al misterio místico. Ya pueden ir investigando, pinches huevoncetes. Este trabajo nunca me fue pagado.


Tan solo una semana después del aborto, Arsénico me envío otro texto. La conspiración del manglar, setecientas veinticinco páginas. A priori, novela negra, un thriller con dos historias paralelas, una que acontecía en la Cuba prerrevolucionaria desde inicios del siglo XX hasta la toma de poder de Fidel Castro y la otra en la actualidad y en nuestra ciudad. Basculaba de una historia a otra a partir del recurso del “manuscrito encontrado”: al inicio, un vecino del protagonista muere en extrañas circunstancias, este se mete de noche en su piso y descubre, escondidas tras una estantería, varias libretas con el puño y letra del finado narrando sus aventuras cubanas. En esta ocasión, Arsénico se buscaba otro enemigo de buen calibre: la CIA, afirmando que fueron ellos los que sufragaron el golpe contra el dictador Batista —aunque luego la cosa les salió rana— y pintando a todos los agentes norteamericanos de gánsters, pedófilos y dipsómanos. Con este texto nos metimos en harina, mi cliente no conseguía abandonar su estilo notarial, enumerativo, introduciendo un parte meteorológico (“el cielo estaba gris, pero no llovía”, “bajo un cielo plomizo”, “en La Habana hacía sol”, “un vendaval sacudía El Malecón”, etc, etc) prácticamente al inicio


de cada párrafo, lo que entorpecía la lectura y la volvía desesperante. Otro problema era el exceso de adjetivación, parecía un niño con juguete nuevo, no se dejó ni uno en el tintero (“la lluvia se volvió afilada”, “el estricto rocío del amanecer”, “una confusa niebla”…). Pero la gran falla era que, mientras en una trama, la de “espionaje” —en la que saqueó sin pudor a Graham Greene— sucedían cosas; en la otra, no pasaba absolutamente nada, el vecino metido a investigador privado, constataba que estaba siendo perseguido por unos enemigos en la sombra, bebía whisky, apostaba on line, invertía en bitcoins, leía las libretas, daba el parte metereológico y, como mucho, iba a investigar su única pista: la mujer del finado, una señora con Alzheimer sita en una residencia de monjas que le daba pistas falsas y entre los dos se establecía progresivamente una relación turbia, casi un tortura, al menos para el lector, cada vez que un capítulo de esa parte se iniciaba con “A pesar de la tormenta que con furia azotaba la ciudad, Roberto cogió su vehículo para ir a la residencia…”, en tu fuero interno, gritabas: No, por Dios, otra vez no, no puede ser, ¡que la maten!, ¡que suceda algo!… y todos los diálogos entre la señora y el cansino Roberto eran torpes, irreales, a


veces la mujer disertaba como una economista keynesiana, a veces como una mengeliana que no atribuía el valor de las cosas al trabajo invertido para producirlas y siempre, siempre, siempre se repetía esa muletilla que tengo grabada a fuego en el cerebro: “Trata de recordar, Maybelline, por favor, corremos un grave peligro…”; la novela se podría titular Trata de recordar, Maybelline; qué ñordos se tiene uno que tragar al trabajar en esto. Publicar esa novela fue un delito ecológico grave, se imprimió una tirada de cuatro mil ejemplares, a setecientas y pico páginas cada uno, medio bosque arrasado por el capricho literario de un demente. Y lo peor no fue eso: cuando le llegó un ejemplar a casa y se la leyó de un tirón, me llamó por teléfono y me dijo, el muy caradura: Tenías razón, ahora veo que le sobran algunas páginas… Al cabo de dos días, me envió otra versión, de trescientas cincuenta páginas, que tuve que volver a corregir, había omitido, al menos, veinte o treinta idas a la residencia, y fue esa versión 2.0 con la quedo satisfecho. Imprimimos otro cuatro mil. Las dos facturas las tengo aquí delante, sin pagar.


La última vez que vi a Arsénico sin Compasión —cinco semanas antes de que estallara la mandanga bacteriológica en China— lo cité para tratar de sacarle dinero. He asistido durante años a infinitud de talleres literarios, cursos de escritura, seminarios… y al final, ya sean individuales o colectivos, toda esa parafernalia no deja de ser un masajito tonificante para el ego y un poco cada perro lamiéndose su propio cipote. He estudiado por mi cuenta ese subgénero —por no decir sumidero— de la autoayuda literaria, libros que ayudan a escribir libros, Cómo conseguir que su novela sea una novela excelente, Escriba una novela en diez pasos, Manual para sacarle partido al subconsciente, Impón tu suerte… que ya solo por los títulos deberían ahuyentar a cualquier persona con dos dedos de frente, pero esa morralla se vende y se vende a churros, la gente los compra buscando el maná o una verdad revelada, hay mucha gente sufriendo ahí fuera. Mi idea sobre la escritura o sobre el ser escritor en un mundo en el que ha quedado demostrado que ya no sirven para nada es que uno puede salir a correr


todos los días pero pocos ganan la maratón. Y que uno puede escribir como Kafka, con ahínco y fiebre, el problema es cuando luego se lee. Pues no hay color. Bajo esta premisa, y tras un viaje a Mato Grosso do Sul, corazón de la Amazonia, donde pasé varios meses con los chamanes de la etnia xhavante, me decidí a mezclar lo aprendido en plantas medicinales con mis clientes, casi todos faltos de una motivación real para la escritura, dueños de un mundo interior pobre y sin abonar. Diseñé un taller literario radical, combinando ingesta de ayahuasca con técnicas motivacionales, y desde su primera edición fue un éxito rotundo. En grupos de no más de cinco aspirantes a escritores alquilábamos una casita en la montaña, alejada de todo, durante un fin de semana. Yo llevaba mi pócima, la banisteriopsis caapi o yagé —planta que, por cierto, se puede comprar sin ningún problema vía Internet— cocinada a fuego lento durante dieciséis horas, y tras unos ejercicios de relajación le daba a cada participante un chupito, con esa pequeña dosis me aseguraba un cambio profundo en sus estados de conciencia. La parte más efectiva del show chamánico era reunirlos a


todos sentados en círculo, explicarles que a continuación iban a sacar todo lo que tuvieran en sus entrañas, íbamos a exteriorizar su mundo interior. La ayahuasca provoca, en sus primeras fases, unas terribles náuseas que yo estimulaba colocándome detrás de cada uno y moviéndoles la cabeza. Si esto no daba resultado, les metía la mano en la boca y ahí ya si que soltaban hasta la última papa. Todos llevaban un antifaz sobre el rostro. Antes de quitárselos, ponía en medio de cada charco de vómito un objeto —una flor, un trenecito, una simpática miniatura…. el chacharrito más chorra y dispar que encontraba en las tiendas de todo a un euro— y entonces si que les quitaba las vendas de los ojos y les obligaba a contemplar sus propios potados con el juguetito en medio. Completamente colocados, sugestionables, se quedaban mirando sus secreciones intestinales junto al objeto de atrezzo y les pedía que reflexionaran sobre ello, sobre lo que acababan de arrojar de lo más recóndito de su interior, se quedaban pensativos cual yoguis, absortos, flipando, podían pasarse horas sentados contemplando mi ardid. Luego íbamos a dar un paseo por el bosque para que se les bajara el subidón y al día siguiente todos se ponían a escribir. Bendita ayahuasca.


Huelga decir que mi taller, sin publicidad alguna, susurrado de boca a oreja, tenía una lista de espera kilométrica, le aumenté el precio de participación —dos mil euros por barba— para darme más caché. Desalentado por lo peculiar y árido de sus dos primeras novelas, decidí invitar a Arsénico un fin de semana. Organicé una sesión VIP, en petit comité, con Pocholito (un joven yuppie de rubia melena que escribía a lo Bret Easton Elllis, novelitas de ejecutivos que se vuelven psicópatas, un oxímoron) y a Almudena Grandes (no la verdadera, una viuda forrada que esquilmaba tramas y estilo de la escritora madrileña). A los tres quise tratar de guiarles previamente hacia una voz propia, sin resultado. Mi taller extremo era su última oportunidad. Llegamos al chaletito montañés, nos instalamos, les expliqué de qué iba el asunto, practicamos los ejercicios de relajación y se arrearon los chupitazos ayahuasqueros. Desde que llegó, noté a Arsénico tenso, distante. Nos sentamos en corro, les puse el antifaz y dejé que la droga surtiera efecto. Almudena Grandes vomitó la primera, un chorro enorme, generoso, con tropezones. Dejé caer un muñequito


de vudú plagado de alfileres con la cara de la Almudena Grandes real, a ver si así reaccionaba. Pocholito potó al rato, bilis y aguachirle, debía haber mamado mucho la noche anterieor; a él le dejé una bolsita con medio gramo de cocaína, tal vez se asustara y dejara de copiar de una vez American Pyscho, sino se la esnifaría. Arsénico permanecía incolumne. Lo agarré del cogote y empecé a dar vueltas a su cabeza. Le metí dos dedos en la glotis. Ni por esas. ¿No le hacía efecto la pócima? ¿Ni sentía ni padecía? Eso sí, se estaba poniendo blanco y sudoraba. Mandé que se quitaran los antifaces. Pocholo y Almudena se pusieron a gimotear y a reír, agarraron sus dos objetos, se pusieron a jugar con ellos a cuatro patas. Arsénico, al principio no hizo nada, tenía las pupilas dilatadas, daba miedo, parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas, ¿se estaría enfrentando a sus demonios interiores? Cambió de postura, se echó para adelante y se puso a inspeccionar los vómitos de sus compañeros. Pese al asco que me inspiraba, me quedé más tranquilo. Arsénico removía con un dedito los grumos, contemplaba extasiado las deposiciones. Me llevé aparte a Pocholo y Almudena. Él se quedó toda la tarde revolcándose en la porqueriza. Nunca


me había pasado nada parecido, todos se quedaban embobados con su objeto mágico. Me inquietaba imaginar qué podía extraer Arsénico de las miasmas. Al anochecer regresamos a la casa. Nos lanzó un críptico mensaje: Va a triunfar el afán de aquellos que quieren mortificarse en vida. Al día siguiente se puso a emborronar folios como un poseso, párrafos con texto, algoritmos, gráficos, curvas ascendentes y descendentes, cifras ilegibles, iba puesto todavía. Nos leía galimatías apocalípticos, oscuros, fragmentos de esa nueva novela que anunciaba ruina y perdición. Almudena y Pocholo se marcharon acojonados. Yo le tuve que dar una tila y comentarle lo tarde que se estaba haciendo. En esta ocasión tampoco me pagó. Apúntalo en mi cuenta y mándame una nueva factura, me dijo el muy mamavergas. Se puso al volante de su descapotable y huyó chisclando ruedas. Nunca más he vuelto a verlo: no responde a los correos, dejó de ir a trabajar, tiene sus dos móviles apagados, ni su familia ni entre su círculo de amistades saben nada de él.


Medio millón de infectados y veinte mil muertos en Estados Unidos, ciento cincuenta mil infectados y treinta mil muertos en Italia, nueve mil infectados y quinientos muertos en la India, quince mil infectados y doscientos cincuenta muertos en Chile… la macabra danza de las cifras me entra por un oído y me sale por el otro, ¿quién es toda esa gente?, ¿les gustaba el cine o preferían el teatro?, ¿bailaban twist o rock and roll?… el trato continuo con Arsénico y sus dos noveluchas, plagadas de datos de este tipo, me han inmunizado frente a la tragedia. El dato por el dato no me dice nada, me produce frío y me burlo de quien afirma: de esta saldremos reforzados. De esta saldremos igual de egoístas, cabrones e hijos de puta. O más. La intrínseca mezquindad del ser humano no nos la va a corregir un bichito invisible, aunque merme considerablemente la cantidad de idiotas en el mundo; y el estar encerrados todo el día, a la larga, nos va a volver todavía más autistas digitales, estrellas del streaming, dependientes del meme más recalcitrante o del audio de whatsapp que nos alivie la jornada.


Qué basura. Me planteo estas reflexiones, fruto de mi mente corrompida, para evitar asomarme siquiera a esa terrible certeza que me ronda: ¿y si todo lo ha inventado Arsénico Sin Compasión? ¿Y si todo fue fruto de su delirio psicotrópico, de aquella distopía que esgrimió en mi taller y que seguramente difundió y que los poderes fácticos han copiado y han puesto en práctica con un increíble alarde de sangre fría y voluntad eugenésica? Que estemos viviendo algo escrito por Arsénico me turba y me repatea, el peor de los escritores del mundo ha firmado el más sensacional best seller. Cae la tarde sobre un cielo nimbado de fulgor, ya no me importa encontrarle, no le busquen, definitivamente él triunfó. En el cajón, junto a las facturas nunca pagadas, reposa un revolver cargado.


...y ya no puedo más, y ya no puedo más, siempre se repite esta cuarentena. CAMILO VI, Vivir así


¿Cuándo abrirán los bares? Ciudadano anónimo, duda real planteada el primer día de confinamiento a las 8:11 a.m en el chat del diario Levante EMV “Todo lo que siempre quiso saber sobre el COVID 19 y nuca se atrevió a preguntar”. http://diariolevante.com


FORMAS DE ENCERRARSE EN CASA alejandro espinosa fuentes


El primer libro que leí, con esa conmoción egoísta que a veces sentimos algunos lectores cuando creemos que un relato fue escrito exclusivamente para nuestros ojos, ya no como un deber, sino por pura adicción a las palabras y en libre complicidad, fue la novela Un hombre, biografía de Oriana Fallaci sobre el revolucionario griego Alekos Panagoulis. Debía tener diez u once años cuando mi papá me regaló el libro y me quedé absorto con la historia de ese joven que intentó ponerle fin a una dictadura mediante un atentado fallido, tras el cual fue encarcelado y torturado por el régimen. De los 29 a los 35 años, Panagoulis se vio sometido a un estricto aislamiento solo interrumpido por crueles torturas físicas y psicológicas: cada mañana lo llevaban al pelotón de fusilamiento e interrumpían su ejecución un segundo antes de gritar ¡fuego!


Fallaci relata minuciosamente cómo se distraía Panagoulis para reinventar las cuatro paredes de su celda: escribía poemas con sangre, intentaba resolver un viejo problema matemático de sus años universitarios, concebía nuevas y más ingeniosas ofensas para sus torturadores con el fin de desmayarse cuanto antes y no sentir todo el dolor que querían infligirle. En el año de 1975, Panagoulis salió en libertad. Obtuvo inmunidad gracias a un cargo en el congreso, pero nunca dejó de habitar esa horrorosa prisión en su cabeza y no dejó de luchar para derrocar a la dictadura. Pese a las constantes amenazas, se negaba a tener escolta o a ir armado (decía que su pipa estaba lo suficientemente afilada para usarla cual cuchillo). Un año más tarde, iba caminando “libre” por la calle cuando el régimen al fin se deshizo de él con un fingido accidente automovilístico. El día de hoy, en mi cumpleaños 29, pienso en Alekos Panagoulis. Mis padres tenían un perro alaska llamado Alekos que murió poco antes de que yo naciera y, casi en sustitución, me heredó el nombre en su versión castellanizada. Pienso en los 1500 días que pasó en aislamiento. Pienso en los 27 años de encierro de Nelson Mandela y los 12 años de José Mujica.


Por mi parte, llevo menos de 20 días en cuarentena en una ciudad europea, con internet, alimentos, música, medicinas, una biblioteca fantástica a mi alcance, y ya me estoy volviendo loco, y noto cómo enloquecen todos a mi alrededor.
Tal vez nos falta una causa. O es verdad que pertenecemos a una generación débil. Los días ya no tienen sentido, los confinados habitamos la semana de colores de Elena Garro, en la que podían suceder tres domingos juntos o cuatro lunes seguidos. ¿A quién le importa el orden? Se supone que ya entró en vigor el horario de verano en España; el anuncio me sonó a una broma de mal gusto. Me conecto otra vez a la red de neurosis. Además de Jeff Bezos (dueño de Amazon), parece que los grandes triunfadores de esta terrible tragedia son los filósofos de cuarta, que se pelean por quién presagiará con más tino la caída del sistema capitalista o la instauración de un nuevo régimen ultra-totalitario. Forrest Gump tiene coronavirus. En Madrid se habla de tomar por asalto los hospitales privados. Hay decenas de miles de doctores, enfermeros y camilleros contagiados. Todos tenemos síntomas de quién sabe qué bicho, no sabemos cuál, porque ya solamente hacen pruebas a


personal sanitario, policías y famosos. Sólo nos queda preguntarnos cuánto tiempo faltará para volver a esa normalidad que antes aborrecíamos. En mi caso, soñar se ha vuelto más importante que vivir. Al fin y al cabo, ¿de qué tratan mis días? Despertar, temer que el carraspeo matutino sea un síntoma, comer sin ganas, fumar con miedo, paralizarme ante el nuevo record de contagios y muertes, lavar mis manos, rendirle pleitesía al imperio del cloro, distraerme con entretenimientos cada vez más idiotas. Todo suena tan banal. La gente de las películas se abraza, se besa, prueba con el dedo el guiso del almuerzo, soplan las velas de un pastel, y uno siente ganas de refrenarlos: ¡Oigan! ¡Respeten la sana distancia! ¡Lávense las manos por al menos veinte segundos, tallen cada dedo hasta que salga espuma! En mis sueños, en cambio, habito un pasado caricaturesco que en ocasiones me sorprende con una sonrisa al despertar. Esta sonrisa dura de uno a cinco minutos, hasta que veo las noticias y pierdo toda esperanza. Temo que mis sueños también se opaquen con la psicótica parafernalia de atender cotidianamente a una pandemia global.


La red nos mantiene alerta con su caudal de información, donde el amarillismo opinólogo calla los estudios científicos bien documentados. De cualquier forma, mi ansiedad no quiere saber nada de lo uno ni de lo otro, sino que anhela el pastelazo absurdo, el meme rotundo, el videíto chusco, lo que sea que me relaje por un instante durante esta pandemia que ha puesto en jaque imperios todopoderosos, y que, en última instancia, terminará jodiendo, como siempre, a los más pobres, los que no tenían nada aun antes del caos. Me recuerda a una situación en la CDMX después del terremoto de 2017. En un parque de Taxqueña se organizó una fila para darle apoyos de renta a todos aquellos que hubieran perdido su casa con el sismo. Se presentaron decenas de miles, la gran mayoría gente en situación de calle que ni siquiera tenía un techo que perder. Basta de dramas. Los confinados no quieren más derrota, injusticias ni temores, sino buenas noticias: Una viejita italiana de 95 años venció al coronavirus. La letalidad en enfermos que rondan la edad de Panagoulis es prácticamente nula, entonces, ¿por qué no estamos allá afuera ayudando?


Si te recuperas quedas inmune. Como no se hacen pruebas, se estima que no sólo el porcentaje de contagios, también el de recuperados debe ser diez veces lo que indican las cifras oficiales. El problema es que los que nos curamos en casa no sabemos de qué fue: ¿resfriado común?, ¿influenza?, ¿AH1N1?, ¿Coronavirus clásico?, ¿coronavirus murciélago?, ¿otra enfermedad que se creía extinta? En México —nunca conforme con una sola tragedia—, a la par que el coronavirus, surgió un inusitado brote de sarampión. Tengo un grupo de amigas que eligieron precisamente este momento para contraer paperas. Me pareció muy retro de su parte, como quien se aferró a la música disco en la epidemia del reggaetón. Debe ser lindo conocer el nombre de tu enfermedad, sobre todo al superarla. Por primera vez en mucho tiempo, Yahoo respuestas no puede contestarme: ¿Cómo sé si me curé de coronavirus y no de otra cosa? Silencio. La respuesta no está allá afuera. Los medios audiovisuales tampoco tienen nada que ofrecer en este aspecto. Tal vez la respuesta esté en la literatura.


¿Será un buen momento para releer La montaña mágica? Lo que Thomas Mann te enseña en su novela sobre el sanatorio de tuberculosos es a resignarte a convivir naturalmente con la enfermedad. Si todos estamos enfermos, entonces ninguno lo está, solo es una nueva condición, hay que inventar nuevas dinámicas y aceptar que a partir de ahora seremos un poco más vulnerables. Encuentro calma en la película Trono de sangre, adaptación de Kurosawa del Macbeth de Shakespeare, en particular en aquella escena en la que Lady Washizu se restriega las manos para borrar la sangre de su crimen. Y la sangre no se borra.
Esta película ya la vi, no me refiero a la historia shakesperiana, sino a la película de mi vida en cuarentena. Me resulta familiar porque la última novela que escribí trataba de un joven que pasaba un año entero encerrado en una habitación madrileña. La titulé Agenbite of inwit, frase que solía murmurar Joyce cuando alguien se lavaba las manos de culpa. Yo quería rendir homenaje a Oblómov — novela rusa de 500 páginas en la que el protagonista jamás sale de su habitación— y a la felicidad pascaliana —“la desgracia humana se debe a


que nadie sabe quedarse tranquilo en una habitación”—, pero ni el ruso ni el francés tomaron en cuenta el factor cibernético, la herramienta más útil y desquiciante del nuevo milenio. Es posible que los nombres de los días sí sean importantes y solo baste con ajustarlos un poco. En vez de astros y dioses romanos podríamos rebautizarlos con nuestros síntomas cotidianos: día de la flema ambigua, día de la tos desértica, día de la amígdala gorda, día del pulmón apachurrado. Merkel lo anticipó desde un comienzo al afirmar que al menos un 70% de la población se contagiaría. Cuanto antes aceptemos esta enfermedad, más pronto aprenderemos a domesticar el miedo sin permitir que nos paralice. Aunque no siempre resulte positivo remover los síntomas sin curar las causas. Recuerdo que en México pasó algo semejante con la guerra del narco. De pronto pasamos de 20 a 100 asesinatos diarios y nadie dejó de cantar Cielito lindo cada que el Chicharito anotaba un gol. En dos sexenios acumulamos casi tantos muertos como la población de Islandia y nadie supo qué hacer.


A lo mejor lo único que nos queda es concentrar todas las energías en encontrar la cura. Ninguna idea es mala. Un amigo a la distancia (ese amigo jalifeano que todos tenemos) me cuenta que, según el virólogo de Harvard en Guerra Mundial Z, “a veces el aspecto más terrible de una enfermedad es también su punto débil”. ¿Y cuál es el aspecto más terrible del coronavirus? La tos. Entonces nuestro mejor escudo será fingir que tenemos mucha tos para que el virus se despiste y se vaya a otro lado. Con esta necedad y todas las que rondan mi cabeza, descubro que el verdadero factor que debemos cuidar durante esta temporada de encierro es la cordura. Hay columnistas que insisten en que se debe preservar, ante todo, el sentido del humor. Como mexicano, me parece una estrategia creativa y simpática, pero inestable. La evasión puede ayudarte con una tediosa jornada de trabajo o una ruptura amorosa, pero poco aportará a tu serenidad en prolongadas guerras invisibles. Hay quienes recomiendan distraerse con tramas detectivescas y conspiraciones concretas. El escritor Jesús Zomeño exhorta a la lectura


de Sherlock Holmes, como un sistema cerrado para aferrarnos a una brújula narrativa coherente. Zlavoj Zizek recomienda las series policiacas escandinavas. Yo me entretengo con actividades aún más absurdas y esperanzadoras. Ahora mismo estoy redactando futuras críticas literarias y cinematográficas de las posibles novelas y películas sobre el coronavirus que triunfarán en el 2022. La película será el último papel de Tom Hanks antes de pasar al retiro. Toda su trayectoria se ha preparado, aislado en islas, naves, aeropuertos, barcos, para este rol, que además será un documental cuya producción ya debe haber comenzado. La dirige Steven Spielberg a través de un drone que ronda por el domicilio de la familia Hanks ahora mismo. La novela la escribirá un autor de Madrid o Barcelona. Será un mosaico polifónico de cientos de voces estancadas en el abismo de la enfermedad, pero tendrá por protagonista a una enfermera de la clase baja que lucha incansablemente por salvar a un enfermo migrante sin tapabocas ni ventiladores.


Estos “futuribles” son lo más parecido a la esperanza que me queda. Además de mis tramas derivadas, la otra actividad que me evita la angustia mortuoria es una que quizá resulte perturbadora a primera vista: pensar en el suicidio. Puedo garantizar que se trata de una actividad infalible para mejorar los ánimos en tiempos de pandemia. El libro de Camus que debería estar leyendo la gente no es La peste, sino El mito de Sísifo, o como mínimo, La caída. El confinado, sobre todo el ansioso y el hipocondriaco, encontrará entre sus páginas un remedio insólito para lidiar con el miedo a una muerte azarosa. Adueñarse de la tragedia, poner la muerte a la merced de nuestra voluntad, paradójicamente, nos ayudará a sobrevivirla. Bien lo decía el filósofo rumano Emil Cioran, quien pasó todos los días de su vida imaginando su suicidio y tuvo una muerte sabia y serena a los 84 años: “Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado”.


Hasta aquí mis propuestas tras veinte días de encierro. No quiero imaginarme qué cosas me atreveré a pensar el próximo mes. ¿Qué diría Alekos Panagoulis? Tal vez sea cierto que pertenezco a una generación frágil; para bien o para mal, este es nuestro momento.


ME ADAPTO francisco ferrer lerĂ­n


Dado que mi régimen ordinario de vida se reduce a dos actividades, trabajar como escritor en mi cuarto de estudio y salir al campo a dejar despojos cárnicos para alimento de aves necrófagas, se entenderá fácilmente que la orden confinatoria me afecte sólo a medias, es decir que la coerción se produzca exclusivamente al impedir que cargue en el automóvil los despojos, los traslade al monte y los eche en lugares de seguro y fácil acceso para las aves carroñeras. O sea que para mantener, en parte, esta segunda actividad decido colocar la carne en una de las terrazas de mi casa, en la de horizonte más despejado, sobre un ancho y elevado antepecho que permita a las aves posarse y comer, e incluso dar rápidas pasadas capturando al vuelo, con las garras, la pitanza.


Especies orníticas registradas, con indicación de su comportamiento trófico: —Carbonero común (Parus major). A diario un macho picotea la grasa. —Gorrión común (Passer domesticus). Dos hembras y un macho visitan, con poco entusiasmo, pero a menudo, el enclave. Apenas comen. —Urraca (Pica pica). Las dos parejas de la zona se muestran muy activas; a primera hora transportan pedazos para almacenarlos y a mediodía vienen a comer compulsivamente. —Tórtola turca (Streptopelia decaocto). Una pareja tira, con fuerza inusitada, de los extremos de los cartílagos. —Milano real (Milvus milvus). Varios ejemplares dan rápidas pasadas llevándose los pedazos de mayor tamaño, para luego volver, posarse y acabar con las migajas.


VIEJO CIRCUS francisco ferrer lerĂ­n


Recuperamos, en primicia para nuestro fanzine, una primera edición del cuento Viejo Circus de 1964 corregida por el propio autor. En este cuento primerizo, Lerín manipula el relato clásico de vampiros para hablarnos de un contagio: el del autor tratando de propagar unas imágenes tensas, poéticas, perturbadoras; a mitad camino entre una película de la Hammer y una de Fellini.


LAS GENOCIDAS (fragmento) thomas m. disch


En Las genocidas (1965) unas plantas monstruosas, de doscientos metros de altura, se han adueñado del planeta Tierra, destruyendo todo ecosistema, acaparando todos los recursos hídricos, los minerales del suelo, etc; borrando de un plumazo flora y fauna, imponiendo la verdadera ley de la selva: el mundo convertido en un bosque tupido y sombrío donde es imposible cosechar, provocando una hambruna generalizada, un estado de carestía que desemboca en trifulcas, en un perfecto sálvase quién pueda. En medio de ese caos, a partir de un grupo de supervivientes capitaneados por un fanático religioso, Thomas M. Disch aprovecha para disertar sobre los grandes tabús humanos: el canibalismo, el incesto y la pedofilia, pero, sobre todo, pone el foco en el tabú máximo: la extinción de la especie. En esta “alegre” y actual novela llega a una conclusión muy clara: el fin de algo aparentemente tan importante y sagrado como la Humanidad no será más que un mero trámite burocrático. De un plumazo desapareceremos y nadie nos llorará ni se acordará nunca de nosotros. Esta conclusión invita al desasosiego pero también a la ligereza. Por si todo esto fuera poco, en un requiebro genial, hacia mitad novela, aparecen las agricultoras que han sembrado las plantas en nuestro planeta con la intención de cosecharlas.


El 22 de agosto de 1979, de acuerdo con instrucciones del 4 de julio de 1979, se iniciaron preparativos para la incineración del artefacto indicado en los mapas como «Duluth Superior». Las condiciones meteorológicas eran ideales: hacía 17 días que no llovía, apenas había humedad por las mañanas. «Duluth Superior» fue dividido en cuatro partes, y cada una de éstas en tres secciones, como se indica en las fotografías adjuntas, tomadas desde una altura de 133 km. La acción comenzó a las 20:34 horas del 23 de agosto de 1979. Este artefacto fue construido sobre numerosos montículos bajos de formación natural, topográficamente similares al artefacto «San Francisco». Aquí, sin embargo, el principal elemento de destrucción era la madera, que arde con rapidez. Se inició el fuego en las zonas más bajas de cada sección, y la corriente natural de aire ascendente logró tanto como los dispositivos incendiarios.


Con excepción de las secciones II-3 y III-1, cerca de la antigua costa del lago (donde, por algún motivo, los elementos del artefacto eran más grandes y construidos con piedra y ladrillo, en lugar de madera), la incineración total fue lograda en 3,64 horas. Cuando la tarea en cada parte quedaba cumplida a satisfacción, el equipo de esa parte era trasladado a las secciones II-3 y III-1, las cuales fueron incineradas a las 01:12 horas del 24 de agosto de 1979. Hubo dos fallas mecánicas en la sección IV-3. La evaluación de los daños ha sido enviada a la Oficina de Aprovisionamiento, y se adjunta una copia de la misma. Mamíferos que habitaban en las partes I, II y IV escaparon a los campos adyacentes, debido a la insuficiencia de equipo y al terreno abierto. Los cálculos actuales son entre 200 y 340 de los mamíferos grandes, constructores de los artefactos, y entre 15.000 y 24.000 mamíferos pequeños, dentro de límites establecidos de posible error. Todos los insectos parásitos de la madera fueron exterminados.


Se han iniciado operaciones para rastrear los mamíferos escapados y otros mamíferos que viven fuera de los límites de «Duluth Superior», pero el equipo es limitado. (Consúltese Formulario de Requisición 800-B: 15 de agosto 1979; 15 de mayo 1979; 15 de febrero 1979) Con posterioridad a la incineración, se niveló la ceniza en las concavidades del artefacto, y se iniciaron las operaciones de sembrado el 27 de agosto de 1979. Basándose en los resultados de muestras tomadas desde el 12 de mayo de 1979 hasta el 4 de julio 1979, esta unidad se puso luego en movimiento para seguir una ruta a lo largo de la orilla sur del «Lago Superior». (Consúltese mapa de «Estado de Wisconsin»). El muestreo habrá indicado que esa zona se hallaba muy densamente poblada con mamíferos nativos. Para esta operación se utilizará el obsoleto Modelo Esferoide 37-Mg, debido a la escasez de Modelos 39-Mg y 45-Mg. Pese a su volumen, estos modelos son adecuados para exterminar toda vida mamífera que puedan encontrar. En verdad, tienen mecanismos termotrópicos más desarrollados


que los modelos más recientes. En circunstancias excepcionales, sin embargo, la operación del Modelo 37-Mg no puede ser asumida sin excesiva demora por el Depósito Central de Información de esta Unidad. Se prevé que el posterior proceso de incineración avance con menor rapidez, ahora que ha sido nivelado y sembrado este artefacto, el último de los principales. Los artefactos restantes son pequeños, y están muy separados. Aunque nuestra muestra indica que la mayoría de éstos ya no se hallan habitados, efectuaremos, según instrucciones del 4 de julio de 1979, su total incineración. Finalización aproximada del proyecto: 2 de febrero de 1980.


MEMORIAS DE UNA MADAME AMERICANA (fragmentos) nell kimball


Escrita en 1920, no publicada en Estados Unidos hasta 1970, en Memorias de una madame americana de Nell Kimball, encontramos a una precursora de voces tan molestas y necesarias hoy como Virgine Despentes o Cristina Morales. Con la grandeza y la despreocupación de los que pueden afirmar aquello de “que me quiten lo bailaó”, la autora se sirve de su propia experiencia vital para disertar sobre las profundas vinculaciones entre el sexo, el poder y la muerte —siendo un burdel de lujo el espacio donde este trinomio coincide— y valiéndose para ello de una prosa directa, sin florituras, que huye, tal cual ella misma afirma de “la cursilería empalagosa con que los poetas escriben. Eso es masturbación de altura, nada más”. Curtida en tugurios de alta y baja estofa, auténtica superviviente de una infancia de espanto, modelo icónico del self made woman, la viperina lengua de Kimball reparte en su autobiografía novelada candela para todo aquel que quiera.


I En medio de una epidemia los burdeles que quedaban abiertos apenas podían llevar el negocio, los hombres impacientes para que se los follaran, se quedaban toda la noche. Muchos simplemente se quedaban a vivir en las casas, pues sentían que si les llegaba su hora, qué mejor que los encontrara en la cama con una puta haciendo lo que un hombre parece querer más que nada cuando siente que el Demonio le está pisando los talones. Y aunque no hubiera guerras o epidemias, las casas de citas eran salvajes y estaban llenas de vida a su manera.


II Tuve una puta llamada Gladdy que era partidaria de los derechos de las mujeres. Marchaba en los desfiles de Filadelfia y de Nueva York cuando había marchas a favor del voto y se ponían alfileres en los caballos de los policías y se hablaba sobre ser iguales a cualquier hombre. Gladdy era una puta muy buena y atraía a los folladores intelectuales con los que hablaba de Shaw y H.G. Wells e Ibsen y muchos rusos de cuyos nombres ya no me acuerdo. Solía andar en bicicleta a lo largo de los diques, con una falda abierta. Siempre estaba recitando algo que llamaba Omar el Tendero. En su tiempo libre Gladdy grababa imágenes de indios y cabezas de chicas sobre almohadas de piel. Alrededor de 1904 se consiguió a un amante negro, un abogado que había ido a la universidad en el norte. Le dije a Gladdy que yo personalmente no pensaba que un hombre fuera peor que otro hombre, sin importar de qué color fuera, pero que la costumbre era la


base de nuestro negocio. No podía permitir que se hablara de lo suyo con él y que un cliente escuchara y objetara el hecho de irse a la cama con ella cuando el día anterior su negrata se la acababa de follar. Gladdy se puso impertinente y me dijo que su semental negro era un gran hombre y un luchador por los derechos, los derechos humanos. Lo más probable es que así fuera, pero no en mi casa. Le hice hacer las maletas e irse. No quería que llegara ninguna gentuza del Ku Klux Klan a quemar mi casa. O a linchar al negro en la farola de enfrente de mi umbral.


III Varias madames también se dieron cuenta de algo que yo descubrí a tiempo en el negocio: los hombres en realidad no ven el sexo como el impulso más dominante de sus vidas. Les gusta la idea del pecado y la libertad del prostíbulo, la compañía liberada de las mentiras de su posición social, las anteojeras que la sociedad se pone a sí misma. A todo hombre le gusta la compañía de otro, bebiendo, fumando, es una camaradería subida de tono. Como Minna me dijo: —En realidad no son las mujeres lo que más les gusta. Les gustan más las cartas, les gustan los dados, las carreras de caballos. Si no fuera poco varonil admitirlo, la mayor parte del tiempo preferirían apostar antes que follar.


IIV La gente que fracasa en el sexo a menudo fracasa en todo lo demás, a menos que se reemplace el sexo por una búsqueda de poder. Tomen a cualquier gran hombre, pez gordo de la política o petrolero o dueño de ferrocarriles, y por lo general tendrán un pésimo polvo. Conocí profesionalmente a muchos de ésos. El poder es su polvo; el dinero, su copulación. A veces esos jefes con poder usan el sexo como algo para relajarse. No acaban de empezar un cártel o embargar un ferrocarril, ejecutar una gran hipoteca, golpear a un rival político, cuando tienen que saltar sobre una mujer y desahogar sus nervios del mismo modo que un caballo de carreras se sacude en un movimiento circular. Pero ese tipo de sexo no es sexo, es medicina. Y un desperdicio del producto.


V Los hombres del gobierno federal son unos cerdos, unos cabrones ruines, codiciosos, generalmente son unos parĂĄsitos polĂ­ticos, a los que se recompensa por trabajos fĂĄciles.


VI Un gobierno no es sĂłlo una bandera o su historia pasada, sino que por lo general es una colecciĂłn de personas codiciosas y podridas llamadas polĂ­ticos.


EL DOCTOR BACILO KOCH DESCUBRE LA VACUNA EN WUHAN manuel turégano


Era otra fría mañana de otoño en la ciudad portuaria de Lübeck. El doctor Koch tampoco había encendido hoy la calefacción y permanecía pensativo con una taza de té humeante en una mano y la otra preparada para apagar la radio. Acababa de escuchar las noticias de las ocho y ya no podía aguantar más. La retahíla de tragedias matinales le abrumaba y lo sumía en la desesperación. La ciudad llevaba ya nueve meses de confinamiento y nadie veía luz al final del túnel. La Volkswagen llevaba ocho meses sin trabajar. La Siemens igual.Y los trabajadores, enclaustrados en sus casas, no hacían más que beber cerveza. Ya había más muertos por alcoholismo que por coronavirus en Alemania. Y fuera de Alemania las cosas, lógicamente,


aún iban peor. En Francia la torre Eiffel se oxidaba sin remedio ante la falta de inmigrantes para la limpieza habitual. Y los cuadros del Louvre deberían tener ya tal pátina de polvo encima, que la Gioconda podría estar a estas alturas embozada por una mascarilla natural. España e Italia eran una pura morgue. Y más abajo, en África, ya no quedaban ni elefantes. La comunidad científica mundial suspiraba por encontrar una vacuna que pusiera fin a tanta desgracia. Pero, pese a todos los esfuerzos, la vacuna se resistía a entregar su maldita fórmula. El desánimo había comenzado a cundir en muchos países y conocidos laboratorios de Nueva York, Zurich y Londres ya habían tirado la toalla. Incluso en Alemania, pese a ser contrario al espíritu nacional, reconocidos sabios y afamados investigadores habían confesado su impotencia, tras dilapidar inversiones millonarias. Pero no todo iba a ser fracaso y oscuridad. En un rincón perdido de la vieja Germania una olvidada luminaria de la ciencia teutona mantenía viva la luz de la esperanza, pese a que el gobierno federal y las autoridades locales habían reducido el presupuesto de su laboratorio hasta el punto de que ya


solo podía mantener a dos colaboradores, sometidos a una estricta dieta de salchichas de hígado de cerdo y cervezas de marca blanca. La colaboradora número 1 era una italiana de 28 años, bióloga de profesión y de una belleza triste que recordaba las madonnas de los frescos del Giotto en Padua. Pertenecía a un núcleo familiar desestructurado. Su padre era probablemente un cardenal de la Curia romana que tenía por costumbre veranear en Palermo. Su madre era la viuda de uno de los más afamados y sangrientos capos de la mafia siciliana. El improbable encuentro sexual que dio pie a la gestación y nacimiento de Teresa Giompano tuvo lugar en la catedral de Palermo, donde el vicario de su santidad, un afamado picaflor, tuvo a bien recibir en confesión los pecados abominables de la mariscala de la Cosa Nostra. Teresa nació nueve meses después de aquel volcado oral pecaminoso, y fue entregada para su crianza a un familiar lejano de su señoría. Teresa siempre contaba, con natural desparpajo, que su decisión de convertirse en investigadora tenía como objetivo principal descubrir si en el genoma de los italianos había algún cromosoma o proteína que


explicara por qué su país era siempre el primero en cualquier calamidad o estrago, ya fuese económico, inmigratorio o viral. El colaborador número dos era Guddrum Larsson, noruego de ascendencia sueca y madre finlandesa. Rubio, casi albino, delgado y fibroso, parecía sacado de una tragedia de Strinberg. Su padre había sido jefe de policía de Oslo, hasta que un nazi confeso le metió dos balas en la frente antes de ametrallar una cola de supermercado. Su madre, todavía viva, era la célebre escritora de novela negra nórdica, Erika Olsen, cuyas obras tienen el mérito de narrar tortuosas investigaciones de crímenes inexistentes. Ya que su credo literario es una forma realismo extremo y solo puede escribir historias basadas en hechos reales, dado el escaso número de asesinatos en Noruega, ha tenido que acabar prescindiendo de las víctimas. Guddrum es epidemiólogo y le gustaría saber si el protestantismo luterano fue un desarrollo natural de la conciencia religiosa europea o un efecto imprevisto de la peste negra que asoló Centroeuropa a mediados del siglo XVI.


El doctor Bacilo Koch, una eminencia en virus patógenos, tiene una fe ciega en sus dos ayudantes, a los que seleccionó él mismo de una lista de 5 que le envió el Ministerio de Sanidad alemán y donde también figuraban un checheno, una china y un chileno. Pese a que llevan siete meses dedicados día y noche en exclusiva a encontrar la vacuna que ponga fin a la epidemia de coronavirus, que ya ha matado a ochenta millones de personas, los resultados son totalmente infructuosos y en el equipo ya cunde la consabida desesperanza. Pero Bacilo Koch no se rinde. Aunque a ratos pueda sucumbir al desánimo, nunca renuncia a sus propósitos. Ha decidido encontrar la vacuna, y la encontrará, cueste lo que cueste. Lo avala, además, su tradición familiar. Su abuelo murió por la ciencia: fue de los primeros en palmar en los ensayos clínicos con humanos que realizó su primo, Robert Koch, descubridor de la vacuna de la tuberculosis. Y su padre, físico nuclear, murió en Hiroshima midiendo la radiación de la primera bomba atómica explotada sobre una ciudad.


Tras escuchar las pavorosas noticias del día y antes de que llegaran Teresa y Guddrum, Bacilo decidió que ya no le quedaba más que una puerta por abrir para salir del punto muerto en el que estaba, y que no demoraría el momento de atravesarla. Si en Alemania no estaba la información necesaria para lograr la vacuna, iría a buscarla al lugar en el que se originó la pandemia: a la ciudad china de Wuhan. No sabía chino y apenas chapurreaba el inglés, pero sus dos ayudantes eran políglotas y resolverían las dificultades de comunicación. En realidad, solo había un problema en apariencia irresoluble: ¿cómo hacer el viaje hasta Wuhan si todo el país permanecía confinado sine die por orden de la canciller, no funcionaban ni los taxis y las fronteras y los aeropuertos estaban cerrados? Lutfhansa había quebrado y se comentaba que la compañía estaba a punto de vender su flota como chatarra para pagar los despidos de sus pilotos y azafatas. ¿Cómo salir de una Alemania clausurada, atravesar medio mundo y llegar hasta la aterrorizada ciudad de Wuhan, una ciudad que vivía bajo el pánico de un ataque nuclear inminente, pues Donald Trump había prometido que si era reelegido su primera medida sería reducir Wuhan a cenizas?


Como era costumbre Teresa y Guddrum llegaron juntos y sonrientes, como si fueran de pic nic y no a trabajar en un proyecto en el que estaba en juego la supervivencia de la humanidad. Saludaron muy cariñosamente al doctor y se fueron directos a la máquina del café para prepararse el desayuno. A Bacilo le molestaban esa familiaridad y el hedonismo de sus subordinados, pues pensaba que respondía a una coyunda gozosa y él era ya un viejo solitario y mezquino, que no extraía de la vida más que satisfacciones insignificantes. Pero, pese a sus celos de viejo, admiraba y quería a esas dos criaturas, sin las cuales ya no era nada: un viejo cerebro atiborrado de información biológica en un cuerpo desmadejado y birrioso, en el que apenas si palpitaba ya el deseo. Solo la voluntad permanecía a salvo. La voluntad y el sentido del deber. Aunque la humanidad le importaba un pimiento, conservaba intacto el deber de salvarla. Cuando los jóvenes se sentaron a la mesa, con sus rigurosas batas blancas, para revisar el plan de trabajo del día, Bacilo les sorprendió con un torbellino de preguntas que les costó un rato entender: ¿Cómo se puede


salir de Alemania? ¿Cómo se puede burlar a la policía? ¿Cómo se puede conseguir un avión? Permanecieron callados y estupefactos hasta que Bacilo lo soltó: “¡¡¡Nos vamos a Wuhan!!! Si la vacuna no viene a Alemania, Alemania irá a por la vacuna. Removeremos cielo y tierra hasta que demos con el origen de la pandemia y encontremos el antídoto”. Y ya enardecido, gritó: “¡Lo juro por los emperadores de todas las putas dinastías del imperio celeste!” Cuando se calmó, los ayudantes comenzaron a saquear sus memorias a ver cómo se podía resolver el problema. Teresa, que había heredado de sus progenitores un sabio instinto de intrigas y amenazas, pensó en que no sería difícil secuestrar a un político y chantajearlo. Sabía de un periodista que se conocía todos los chanchullos y corruptelas de los diputados del Bundestag, desde el que tenía una red de albergues naturistas para la práctica de las relaciones sexuales con animales, hasta el que cobraba un sueldecillo de la embajada de Corea del Norte por venderle chismes inútiles a Kim Il Sung. O el que tenía a un cuñado comisionista que había


importado un millón de mascarillas defectuosas y se las había vendido a un precio prohibitivo a una red de residencias en Baviera: todos los ancianos habían muerto por coronavirus. Guddrum, en cambio, como buen hombre de hielo, apenas si conocía a nadie y poco pudo aportar. A Bacilo las propuestas de Teresa le parecían temerarias: ¿No sería posible utilizar algún medio que no implicara actos tan truculentos? Y, de pronto, como por ensalmo, una bombilla se encendió en las pupilas de Teresa: ¡Ya lo tengo! Había hurgado en el largo listado de sus amigos, hasta que ante sus ojos se presentó con absoluta claridad y evidencia la imagen de Gunther, el aviador. ¡Joder, cómo no lo había pensado antes! Haced los equipajes, yo me ocupo del avión, dijo con gesto avieso. Bacilo y Guddrum la miraron, temiéndose lo peor. El viaje a Wuhan en el avión privado del magnate de la industria de las salchichas de Hesse, que Gunther no tuvo ningún problema en conseguir y él mismo pilotaba, resultó mucho más fácil de lo previsto. En el cielo no


había ni Dios. Incluso la gente los saludaba desde las azoteas de Ucrania y Kazajistán como si fueran los héroes de los comienzos de la aviación. Como si ya hubieran olvidado que hacía apenas ocho meses surcaban el espacio aéreo cien vuelos por minuto. Lo más pesado y duro de todo fue cargar el material que Bacilo necesitaba para proseguir las investigaciones en Wuhan. Muchos cultivos iban instalados en pequeñas cámaras frigoríficas para mantenerlos útiles a 275 grados bajo cero. Las carpetas con anotaciones, estadísticas, estudios comparativos, registros y presupuestos ocupaban unas voluminosas cajas que Guddrum había conseguido en el Lidl de su barrio. Treinta y tres vueltas tuvieron que dar alrededor de Wuhan antes de que la torre de control del aeropuerto les permitiera tomar tierra. Los controladores no sabían de dónde procedía y quién iba a bordo de aquel jet privado, y tenían órdenes estrictas del Ejército Popular de Liberación de no permitir la entrada a nadie que no tuviera la autorización pertinente. Cuando el jefe de la torre logró que le dieran los nombres de todos los


pasajeros del vuelo y su nacionalidad, se puso en contacto con la policía de Wuhan. La policía de Wuhan llamó al intendente de la ciudad, que se comunicó con el alcalde. El alcalde avisó a la sede del del Partido Comunista, que consultó con el jefe local del Ejército. El general Chung telefoneó directamente a las oficinas del Comité Central en Pekín, que le puso en contacto con el Ministro de Asuntos Exteriores. El Ministro de Asuntos Exteriores de China llamó al Ministro de Asuntos Exteriores alemán para saber si su país había autorizado el viaje de sus conciudadanos a China y con qué fin. El ministro de Asuntos Exteriores alemán dijo no tener la menor idea de semejante viaje, que su departamento desde luego no lo había autorizado, pero que hablaría con la cancillería para ver si alguien había dado ese permiso. Colgó y llamó a la cancillería, habló con la canciller y esta ordenó una investigación en toda regla y con la máxima urgencia. En quince minutos ya sabía que ninguno de los 548 organismos dependientes del gobierno alemán había autorizado aquel viaje. ¿Cómo se había producido ese fallo de seguridad?


Al reparar en que el vuelo pretendía aterrizar en Wuhan, de donde procedía la pandemia, y en que uno de los pasajeros del vuelo se apellidaba Koch, el ministro de Sanidad ató cabos y decidió llamar a la sede del Instituto Koch a ver si podían darle alguna luz sobre el asunto. El epidemiólogo jefe del Instituto no tardó ni un segundo en intuir lo que pasaba. Había conocido a Bacilo en la facultad, había sido discípulo suyo, había trabajado con él durante años y sabía que era esa clase de científico alemán capaz de acabar con el mundo antes que dar su brazo a torcer. Le hizo gracia que el anciano, a sus 85 años, hubiera sido capaz de burlar a la seguridad del Estado y ahora estuviera dando vueltas en un avión alrededor de Wuhan, dispuesto a lograr la vacuna. Friedrich le dijo al ministro que él se hacía responsable del viaje de Bacilo a China y que, además, iba a ponerse en contacto con la doctora Weng, directora del Laboratorio Nacional de Bioseguridad de Wuhan, para que recibiera y colaborara con el sabio alemán, el único científico del mundo que aún no se había rendido.


Tras colocarse el buzo, la mascarilla y los guantes, y que un escáner le leyera sus ojos, el doctor Bacilo logró entrar al fin en el despacho de la doctora Li, directora del Instituto de Virología de Wuhan. La doctora, vestida con un simple body azul y unas mallas de licra, acababa de realizar su sesión de yoga y bebía a grandes tragos de una botella de agua mineralizada del Tibet. Bacilo no esperó a que la doctora le indicara que podía sentarse y se arrellanó en un cómodo sillón de Ikea que había frente a la mesa con el ordenador. Así que aquí es donde fabricaron el virus, dijo Bacilo con una sorna patente, que Li encajó con sonrisa oriental. Sí, contestó ella tirando de la cuerda, de aquí es de donde partió esa bomba biológica. Yo misma la cree con mis manos. Y le mostró las palmas extendidas. Luego las giró 180º. Lucía un precioso anillo con una esmeralda de un verde maligno. Me han dicho que quería comer conmigo, dijo Bacilo. Sé que hacen unas


croquetas únicas con carne de murciélago. Sí, y las rebozamos con grasa de cerdo, ese es el secreto, contestó Li. Creía que utilizaban aceite de hígado de pangolín, prosiguió Bacilo. Es demasiado caro. Recuerde que es una especie en extinción, no como el cerdo, que abunda por doquier, ¿cuántos cerdos calcula que habrá ahora mismo en Alemania, herr doctor? Estoy seguro de que muchos, pero no tantos como en China, replicó Bacilo. Prosiguió un rato tan ameno diálogo hasta que harto de circunloquios Bacilo decidió entrar en el meollo. Ayer, en el Laboratorio de Bioseguridad, la doctora Cheng me aseguró que ustedes han sido los que más cerca han estado siempre de encontrar la vacuna. Puede ser, pero ya ve, tampoco hemos tenido éxito. Hemos fracasado, igual que el resto de laboratorios del mundo, afirmó Li dejando en la comisura izquierda del labio algo así como un rictus de alegría. Bacilo no supo cómo interpretar aquello. También me confesó la doctora Cheng su extrañeza porque ustedes nunca quisieron compartir con ellos los datos ni los resultados de los experimentos, y me preguntaba… ¿Eso dijo la muy zorra?... digo, ¿eso le dijo la doctora Cheng?


La verdad es que no tenía sentido compartir nada con un laboratorio que nunca dio un paso a derechas. ¿Cómo se dice en Alemania, “que estaban más perdidos que Carracuca”? Algo así, dijo Bacilo, pero ella me aseguró que los fondos del gobierno chino para la investigación iban sobre todo a su laboratorio. Sí, ese fue uno de los problemas que tuvimos, bueno, llamémosle un “error de juicio”. ¿Un error?, ¿un error de quién?, preguntó Bacilo con un ademán que trataba de imitar a lo que había visto en las películas americanas de detectives. Doctor Koch, ¿ustedes siguen estudiando lógica en Alemania o ya no saben ni quiénes eran Kant y Hegel? En China no existe la disyunción, no hay o… o…, solo hay una casilla. ¿Quiere decir que…? No quiero decir nada, piense por sí mismo y no ponga en mi boca palabras que nunca he dicho ni diré. Y ahora, si lo desea, vamos a comer… o se enfriarán las croquetas. A Bacilo, científico nato, pero pese a ello hombre con una cierta mundanidad, no le había pasado desapercibido que en la tirantez entre las doctoras Li y Cheng había gato encerrado. Además, ¿a qué había venido


aquella sonrisilla cuando hablaba de su fracaso, como si le hiciera gracia el asunto? ¿Y qué significaba esa imponente esmeralda que no había dejado de acariciar en ningún instante? Realmente, China era un mundo colmado de misterios. ¿Qué escondería el conflicto entre aquellas dos inquietantes mujeres que estaban al frente de dos de los laboratorios científicos más importantes del planeta, pues ciertamente nadie sabía más que ellos sobre lo que Trump no dejaba nunca de llamar “el virus chino”? Pero Bacilo no olvidó ni por un momento que él había viajado hasta Wuhan, no para conocer los secretos, probablemente de alcoba, de las científicas chinas, sino para saber hasta dónde sabían y hasta dónde habían llegado en sus investigaciones sobre la vacuna contra el coronavirus. Por lo que la comida resultó un aburrido y exhaustivo interrogatorio a Li (que le vamos a ahorrar al lector) sobre proteínas, virus, muestras, ensayos, etc., de la que Bacilo fue concluyendo, poco a poco, que en verdad nadie había llegado más lejos que Li y que si alguien podía descubrir alguna vez la vacuna era ella y solo ella. Pero tampoco pudo dejar de apreciar


que aquella mujer poseía una mezcla verdaderamente diabólica de belleza, inteligencia... y crueldad. En aquella cabeza prodigiosa bullían los calderos venenosos de una Lady Macbeth oriental. Alguien que quizá en algún momento podría vender su alma al diablo, si no lo había hecho ya. Y pensó que tal vez el mito de Fausto era realmente universal. Acabada la espléndida comida (Bacilo llevaba meses con las consabidas salchichas y la cerveza aguada que le traían sus ayudantes) y tras los imaginativos y ancestrales postres, Li se empeñó en que su colega alemán conociera a fondo los deliciosos licores de la provincia de Hubei, que eran muchos y muy tonificantes. Bacilo vio pasar por delante suyo todo tipo de mejunjes de todos los colores, que él se limitaba a probar con la punta de la lengua, pero que Li se echaba al coleto sin pestañear. A los catorce o quince chupitos, ya vio que la entereza de la científica comenzaba a tomarse un respiro, y aprovechando el momento Bacilo le soltó la pregunta que llevaba esperando horas poder hacerle: Doctora Li, ¿hasta qué punto ha llegado en su investigación?


Ella le miró a los ojos como si quisiera saber hasta dónde era de fiar, le gustó lo que vio y contestó: ¿De verdad quiere saberlo? Bacilo asintió. Muy bien: esta tarde, junto a unos empleados del laboratorio, tengo algo importante que hacer en nuestro almacén, que está a las afueras de Wuhan. Si quiere acompañarme… Bacilo volvió a asentir. Solo añadió: Mis dos ayudantes vendrán conmigo. Son gente de fiar. Son mis ojos y mis manos. A las cinco de la tarde, una limusina blanca recogió a Bacilo, Teresa y Guddrum a las puertas del hotel “La muralla china” y los condujo, por avenidas e interminables polígonos industriales, hasta la periferia de Wuhan. A Teresa y a Guddrum, acostumbrados a las pequeñas ciudades del norte y del sur de Europa, llenas de historia pero vacías de gente, Wuhan les pareció un enjambre de pesadilla. ¿Once?, yo diría que aquí viven más de cien millones de chinos, concluyó Teresa. Si al final Trump tira la bomba atómica, dijo Guddrum, con las cenizas de Wuhan se va a poder levantar el primer Everest industrial. Sus comentarios siempre tenían algo de lúgubres.


Li y cuatro ayudantes, vestidos con los omnipresentes monos de plástico amarillos y las mascarillas rojas, con la hoz y el martillo, les estaban esperando a las puertas de un coqueto almacén, que parecía también una especie de búnker. A Bacilo, que había visto muchos reportajes sobre los campos de concentración de la segunda guerra mundial, donde tanto avanzó la medicina alemana, le pareció que lo que llevaban dos de los operarios que acompañaban a Li eran unos potentes lanzallamas. Tras las presentaciones de rigor, Li lanzó una indecorosa mirada sobre Guddrum que a Teresa no le pasó desapercibida. ¿Qué vamos a ver aquí?, preguntó Bacilo inquieto por la deriva que pudieran tomar las cosas. Se había dado cuenta que Li todavía estaba bajo los efectos del alcohol de la sobremesa. Le voy a enseñar hasta dónde hemos llegado, ¿no es eso lo que quería ver? Dos forzudos operarios abrieron con grandes dificultades una puerta blindada de acero, que debía pesar tres toneladas. Dentro el ambiente era neblinoso y hacía un frío polar. Todos comprimieron sus cuerpos, menos


Guddrum que por fin parecía haber encontrado una temperatura en consonancia con su temperamento. Li encendió unos potentes focos que iluminaron por completo el interior de la nave. Y lo que apareció, como por ensalmo, era más maravilloso que el anillo de Los Nibelungos o el Tesoro imperial de los mayas. En ordenadas columnas, allí había cientos de miles, quizá millones de cajas de vacunas. Bacilo cayó de rodillas. Dios mío, exclamó, hemos descubierto la vacuna. No le dio tiempo a terminar la frase, cuando de la boca de los lanzallamas comenzaron a brotar dos gigantescas lenguas de fuego. En apenas unos segundos, toda aquella ordenada y vistosa acumulación de cajetillas ardió como si de una pira funeraria de paja se tratara. Al quemarse, además, el líquido de las vacunas comenzó a emitir un apestoso olor a huevos podridos que, junto a la creciente humareda, convirtió el recinto encofrado en una verdadera cámara de gas. Bacilo estaba consternado, incapaz de emitir ningún sonido ni de hacer el más mínimo movimiento. Hasta que notó que le daban un tirón de la manga. Era Guddrum. Marchémonos


antes de que empecemos a asfixiarnos, le dijo, en medio del estruendo vigoroso de las llamas y del derrumbe de las montañas de vacunas. ¿Y Teresa, dónde está Teresa? Hace un rato que se marchó, necesitaba ir al baño, tenía ganas de vomitar. Antes de volver a atravesar la puerta de acero que sellaba aquel siniestro almacén, Bacilo alcanzó a oír lo que le pareció una carcajada diabólica. ¿Sería Li? ¿Sería la célebre carcajada homérica? ¿Es posible que estuviera celebrando, con aquel fuego purificador, el fin del mundo, el acabose de la humanidad? A la mañana siguiente, los diarios de Wuhan eran escuetos e inescrutables, como todo en ese país. Un incendio declarado en un depósito de mercancías había calcinado por completo el edificio y destruido todo lo que contenía. Se desconocían las causas. No se sabía si había habido víctimas. Y nada más. No tiene sentido que sigamos en Wuhan, concluyó el profesor Bacilo, con su humeante taza de te verde en la mano. ¿Teresa ya está bien? Sí,


parece que la salsa de soja no le sentó muy bien, pero no ha vuelto a vomitar en toda la noche. Llama a la doctora Cheng, con la que parece que has hecho muy buenas migas, y dile que nos marchamos, que no tiene sentido continuar en Wuhan. A ver si ella puede gestionarnos los permisos de salida. Una hora más tarde, tres funcionarios chinos con mascarillas, vestimenta militar y gorras de plato ayudaban a la pequeña tropilla del doctor Koch a abandonar el hotel. ¿Y mis pruebas? ¿Y mi material? ¿Y mis documentos? Todo le será devuelto, una vez que la seguridad del estado compruebe que no hay nada que ponga en riesgo la salud y la integridad territorial de China. ¿La integridad territorial?, repitió como un bobo Koch. Sí, hay muchos extranjeros que vienen a China solo para sacar información útil que ayude a los subversivos y terroristas de Hong Kong. Guddrum no pudo evitar comentar: Pues yo tengo unos amigos muy majos en Hong… Un oportuno codazo de Teresa lo dejó sin aire y la inconveniencia del hombre del hielo acabó disipándose, sin mayores consecuencias.


El embarque no fue muy complicado. El aeropuerto de Wuhan parecía un cementerio de aviones. Varios cientos de naves, perfectamente alineadas, quietas y abrillantadas, sugerían una posible escena de Star Wars, como si se estuviera preparando el rodaje del ataque a alguna galaxia rebelde. Friedrich, el piloto, que había pasado las semanas en Wuhan de burdel en burdel, estaba radiante. Había comprado en el Duty Free del aeropuerto toda la reserva de gatos mecánicos saludadores que quedaban y estaba feliz. Teresa, en cambio, parecía muy nerviosa, y no se separó en ningún momento de un bolso que apretaba contra su pecho. Despegaron al fin, y el doctor Bacilo se quedó dormido al instante. Guddrum y Teresa aprovecharon el momento para hacer unos arrumacos, conscientes de que durante su estancia en China la fidelidad mutua había brillado por su ausencia. Cuando despertó, ya cruzando los cielos de Mongolia, Bacilo había recuperado fuerzas y tenía ganas de conversar. Hemos estado muy cerca del objetivo, dijo. Realmente podríamos decir que llegamos a “descubrir”


la vacuna, aunque luego la perdimos... Pensar en que podíamos haber salvado a la humanidad… y no lo hicimos. Hubiera bastado con una sola dosis… la habríamos replicado en el laboratorio... y hubiéramos pasado a la Historia. A la hora de la verdad, a los científicos, como a los futbolistas, la fama, la gloria, el éxito, los oropeles les fascinaban mucho más de lo que estaban dispuestos a reconocer. Para Bacilo figurar en los libros de historia, a renglón seguido de su tío abuelo Robert Koch, hubiera colmado todas sus ambiciones. “Bacilo Koch, descubridor de la vacuna contra el coronavius”. Se recostó en su asiento, refocilándose con la idea y viendo ya su fotografía reproducida en la inmensa enciclopedia de la Ciencia médica alemana. Pero no va a poder ser, musitó. ¿Y solo con una dosis se podría haber conseguido replicar la vacuna para todo el planeta?, preguntó Teresa, con ingenuidad maliciosa. Así es, mi pequeña y dulce spaguetti, contestó Bacilo, que parecía haberse quedado colgado de su tierna ensoñación. Entonces, creo que con esto bastará… dijo


Teresa, sacando de su bolso y esparciendo sobre el asiento una veintena de pequeñas ampollas rojas, que llevaban un diminuto adhesivo que decía Vaccine Covid-19. Los ojos de Bacilo adquirieron el tamaño inusitado de un personaje de cómic. Su corazón bombeaba con tanta fuerza que podría haber derribado a Mike Tysson si lo hubiera abrazarlo en ese momento. Dios mío, madonna, sabía que eras un ángel… dijo en su delirio, mientas se abalanzaba sobre las ampollas, como si fueran pepitas de oro. Recordaba al padre de John Huston en El tesoro de Sierra Madre. Dios mío, ¿pero cómo las conseguiste? En el baño había una caja, supongo que la tenían reservada para ellos. Cuando vi la explosión de fuego, me la metí instintivamente en el bolso… ni siquiera pensé en lo que hacía. La celebración duró casi las diez horas que faltaban hasta el aterrizaje en Hamburgo. Se bebieron todas las mini botellas de ginebra, whisky, tequila, coñac y vodka que había en el minibar del jet del fabricante de salchichas. Bacilo, en su delirio, quería que Gunther se dejara los mandos del avión y se sumara a la fiesta. ¿Pero estos trastos no van ya con piloto automático? Dios mío, el trabajo que le queda todavía a la ciencia…


Al cruzar sobre el cielo impoluto de Moscú los ánimos ya se habían enfriado. Pudieron volver a una conversación más sosegada. Supongo que vosotros, como yo, estaréis intrigados preguntándoos por qué la doctora Li hizo lo que hizo, dijo Bacilo. No sé si en toda la heroica historia de la ciencia hay un precedente similar, concluyó con verdadero pesar. Esa mujer estaba completamente loca, dijo Teresa. Ningún motivo explicaría que alguien que tiene en sus manos un remedio para salvar a la humanidad, le pegue fuego porque sí. Y encima se carcajee, ¿o es que no oísteis su risa histérica? A mí aún no se me ha ido de la cabeza. Sí, la locura, la locura es el único motivo… musitó Bacilo. Y tú Guddrum, ¿qué piensas? Yo sé una historia que quizá ayude a resolver el enigma, dijo Guddrum con pasmosa tranquilidad. Como sabéis, desde que llegamos al Laboratorio de Bioseguridad de Wuhan la doctora Cheng no me quitó los ojos de encima. Le caí simpático. Bueno, la verdad, le caí… genial, quiero decir que no hacía más que insinuarse. La noche que dijo que nos quedáramos para ver


si las pruebas salían positivas, en realidad estuvimos follando en su casa. Pero aparte de la obsesión sexual, me pareció que tenía otra más grande en la cabeza. Como ya sabía de nuestro interés por entrevistarnos con Li, no paraba de hacer comentarios e insinuaciones sobre ella, pequeñas pullas que iban subiendo de tono. Luego se puso a hablar de su anillo. De la piedra que luce ese anillo, una esmeralda creo, que perteneció a la tercera emperatriz de la dinastía Ming, esa de los jarrones. Como no le prestaba mucha atención al relato, quiso hacerlo más interesante, ponerle más picante. Y me acabó por dar a entender que el anillo se lo había regalado un alto dirigente del partido y del estado, quizá el más alto de todos. Dijo que Li era una de sus mil concubinas, su favorita en Wuhan. En esa época, con la excusa de la epidemia, Li viajaba constantemente a Pekín. Hasta que un día, el alto mandatario, alto, alto, viajó a Wuhan para visitar y dar su apoyo al trabajo de los laboratorios. Y allí, en esa visita, se produjo lo imprevisto. Li dejó de ser la favorita, la concubina de Wuhan, y Cheng pasó a ocupar su lugar. Y no solo eso. Los fondos para la investigación de


la vacuna, que antes iban destinados principalmente al Instituto de Li, pasaron como por arte de magia al Laboratorio de Cheng. ¿Quieres decir…?, interrumpió el doctor Koch, dejando la interrogación abierta. Ni digo, ni dejo de decir, solo repito lo que Cheng me contó. Por Dios santo, ¿pero es posible…? ¿Es posible, qué?, preguntó Teresa con impaciencia. No me lo puedo creer… ¿Pero qué es lo que no te puedes creer?, inquirió Teresa. Dos mil años, casi tres mil, y aún estamos como en los tiempos de Homero y la guerra de Troya. Solo que ahora Aquiles se llama Li, es una mujer y es china...


EL HUร‰SPED amparo dรกvila


Teníamos en mente la inclusión en este número del fabuloso cuento de “terror real” El huésped (1962) de Amparo Dávila desde hacía tiempo y la notica de su reciente fallecimiento este pasado 18 de abril nos ha dejado consternados y abatidos. Sirva a modo de homenaje póstumo acercarla hacia estas tierras en las que —por meros caprichos del mundo editorial— no es tan conocida y que nuestras lectoras y lectores se formen una idea de su inmenso talento narrativo y su capacidad visionaria.


Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje. Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer. No pude reprimir un grito de horror cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.


Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. «Es completamente inofensivo —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia—. Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…» No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa. No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí. Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba.


Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado. La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las bugambilias. En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas,


callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera. Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo veces que, cuando estaba preparando la comida, veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado. Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre. Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto


lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. «¡Allí está ya, Guadalupe!», gritaba desesperada. Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: «Allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él…» Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más. Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba “por hacerlo. Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no


era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían… Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté de la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en “aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa. Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado.


Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Guadalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto. Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza.


Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. «Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo.» Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano. Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuando Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto. —Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe. —Tendremos que hacer algo y pronto —me contestó. —¿Pero qué podemos hacer las dos solas? —Solas, es verdad, pero con un odio… Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría.


La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días. No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño durmieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta. Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia… Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer. Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el


cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando. Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas… Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto. Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante.


APOCALIPSIS MAYA heme brazo


Para Amapola, porque nos Detesto

—Cariño, ¿de verdad crees que es buena idea ir a pasar la cuarentena a casa de tus padres? —El año pasado nos quedamos en casa de los tuyos, ¿no te parece lo más justo? —Sí, pero me odian, ¿es que no te has dado cuenta? —David, no quiero discutir, ¿vale? —Cuando se trata de tu puta familia te cierras en banda, ¿es esa tu forma de solucionar los conflictos?


—Y tú, ¿crees que insultando a mi familia vas a mejorar la situación? —¿Recuerdas cómo se portaron conmigo la última cuarentena? —¿No será un poco que tú también te lo buscaste? —¿Yo, o más bien tu padre? —¿De qué estás hablando? —Amaia, sabes bien de lo que estoy hablando, no te hagas, ya desde la primera cena se dedicó a echarme en cara que el gobierno español rescatara a mi familia después de la segunda ola, ¿es que eres sorda selectiva? —¿Te refieres al apocalipsis Maya? ¿Es eso la segunda ola? —Sabes que esas dos palabras puestas en ese orden me sacan de quicio, ¿lo sabes o no lo sabes? —¿Y eso también es culpa de mi padre? —Y yo, ¿qué culpa tengo de la diáspora mexicana? —¿El apocalipsis Maya? ¿Es eso la diáspora mexicana? —Deja de llamarlo así por favor, ¿es que te gusta joderme? —Llámalo como quieras, pero, te guste o no, por lo menos se pudo


rescatar a los sobrevivientes, quienes ahora viven felices aquí, ¿en eso estás de acuerdo? —Sí, claro, después de asegurarse que eran inmunes, si no hubiera sido así, los hubieran rescatado, ¿sabes lo que ocurrió de verdad? —¿Ya estamos otra vez con la conspiranoia? —Tu padre te ha lavado bien el cerebro con sus ideas falangistas, ¿qué sentiría él si más de tres cuartos de la población española cayeran como moscas en los hospitales? —Uy, sí, me ha comido tanto la cabeza que estoy casada con un mexicano, ¿tú te escuchas cuando hablas? —Pues cuando estoy con tu familia sólo escucho mensajes xenófobos contra los refugiados de la crisis, y mi familia merece un respeto, ¿es mucho pedir? —No sé cómo te enseñaron en México, pero aquí, cuando se recibe un favor se dice gracias, no se hacen chantajes, David, ¿o es que quieres que te aplaudamos tus discursitos de la conspiración?


—Le llamas chantajes a las verdades incómodas, o ¿vas a tener los ovarios de negar que los españoles violaron a nuestras mujeres con sus vergas sifilosas? —¿Me estás diciendo que en pleno 2033 toda esa mierda de la conquista para ti aún tiene relevancia? —Hablando de pandemias se me ocurren unas cuantas, es sólo eso, pero si mi esposa dice que no viene al caso, me callo, ¿no? —Yo sólo digo, aunque te duela, que si no hubiera habido pacto, nuestros nietos estudiarían a los mexicanos como ahora estudiamos a los dinosaurios, ¿me equivoco? —Ah, ya entiendo, por eso debo chuparle los huevos a tu padre, ¿y a tu hermano también? —Por favor, David, es un chaval con problemas, ¿es que no lo vas a superar nunca? —Para él soy un animalito en peligro de extinción y le parece una buena idea convertir la casa de mi familia en un zoológico de humanos exóticos, ¿te hace gracia?


—Sí, sí, y ahora es cuando me sales con lo de la cerveza, ¿adiviné? —Pues claro que voy a salir con lo de la cerveza, vi cómo se le iluminó la cara de franquista a tu padre cuando Ramoncín me ofreció una Coronita y me dijo entre risas: el Corona es de México1, ¿el coronavirus te parece algo con qué bromear? —Pues no, pero encerrarte tres días en la habitación tampoco fue muy maduro de tu parte, si no hubiera habido estado de confinamiento te hubieras largado, pero, desde la primera cuarentena en casa de mis padres, ¿no fuiste tú el que pasaste días enteros hablando sobre el apocalipsis Maya? —Te prohíbo que vuelvas a decirlo, ¿vale? —Pero a ti qué mierda te pasa, ¿a dónde quieres ir a parar prohibiendo que me exprese como me sale del coño, tío? —Sólo no vuelvas a decirlo, ¿vale? —¿Decir el qué? 1

El eslogan oficial de la cerveza Corona (Coronita en España), es: La Corona es de México.


—Apocalipsis Maya, ¿quieres provocarme un ataque de ansiedad? —Pues trágate un puñetero Diazepam y empieza a comportarte como un hombre maduro, joder, ¿no te das cuenta de que lo que menos necesito ahora es mimar a un niño traumado? —Pues tu familia no ayuda en nada, ¿estás de acuerdo? —Mira, rarito, te gusta sacar lo de mi familia cuando quieres joderme, pero te hice una pregunta, ¿te hubieras largado? —Cuando terminó el confinamiento, ¿me largue? no ¿verdad? —Pues si te hubieras largado, por lo menos me hubiera ahorrado la siguiente cuarentena en casa de esos desconocidos que se habían portado muy amistosos contigo la Nochevieja de ese mismo año, pero, ¿cómo se me ocurre que cualquier idea salida de tu cabeza puede llegar a ser buena? —Te presioné a aceptar su invitación porque prefería pasar un mes en casa de unos desconocidos que en la casa de tus padres, ¿no te pasó por la cabeza esa posibilidad? —Pues gracias entonces por haberme hecho pasar la peor experiencia de mi vida, ¿estás contento?


—Pero si al final eran buena onda, ¿no?, —Demasiado buena onda, ¡eran swingers!, menudo mesecito pasamos ahí, o es que, ¿te encantan las situaciones incómodas? —Si me encantaran las situaciones incómodas pasaría todas las cuarentenas en casa de tus padres, ¿te enteras? —De lo que me entero es de lo imbécil que es mi marido, pero cómo quieres que mi familia te respete si eres un novelista fracasado, ¿no crees que deberías buscar otra vocación? —Un novelista fracasado, ¿eso es todo lo que opinan de mí? —No, opinan cosas peores, David, eres un monotema, aburriendo siempre sobre el apocalipsis Maya, aunque le llames segunda ola o diáspora mexicana, de lo que estás hablando es sobre el apocalipsis Maya, ¿vas a volver a prohibirme que me exprese como quiera o empezamos a llamarle a las cosas por su nombre? —Te escucho y es como estar frente a tu hermano. Dispara todo lo que quieras, puta loca, ¿quieres chingarme?


—Pues sí que me apetece, ¿te acuerdas del chiste del astrónomo Maya?2 —Sí que me acuerdo, una de las perlitas de Ramoncín, pero ¿qué tiene qué ver? —En que ese chiste se lo conté yo, ¿cómo te quedas? —Lo único que veo es que eres una insensible, ¿qué se siente no tener corazón? —Una insensible como mi padre, como mi hermano, ¿cómo el critico con el que te has obsesionado? —A ese pendejo ni me lo nombres, tú sabes bien cuánto me costó escribir esa novela como para que venga un critiquillo a decir que novelas más frescas se escribieron sobre la peste negra, negro es su corazón y negro es el tuyo, ¿o sea que tú también opinas que soy un mal escritor? —No me vengas a decir que tu novela es súper original, tan sólo en el 2022 se publicaron más de 5000 libros sobre el COVID19, y qué decir de 2 El chiste del astrónomo Maya dice así: El astrónomo Maya que vaticinó el fin del mundo era disléxico; donde escribió que el mundo acabaría en 2012 en realidad quería escribir 2021.


las 12000 canciones con la frase: todo pasará, cientos y cientos de comedias románticas de parejas en cuarentena y enredos familiares en temporada de confinamiento y encima, todos esos documentales sobre el coronavirus de los cuales, más de 50 son sobre el apocalipsis Maya, ¿sigues creyendo que tu flamante obra es muy original? —Te prohíbo que digas… —Que diga qué, ¿apocalipsis Maya? —No ves que… —Apocalipsis Maya, apocalipsis Maya, apocalipsis Maya… —¡Para ya!... —Apocalipsis Maya, apocalipsis Maya, apocalipsis Maya… —(¡!) —Apocalipsis Maya, apocalipsis Maya, apocalipsis Maya… —Está bien, está bien por favor… —Vas a venir a casa de mis padres, apocalipsis Maya, ¿verdad? —Voy a ir, puta loca, pero deja ya de joderme, ¿vale?


—Por cierto, tu novela no está tan mal. —¿Lo crees de verdad? —La verdad es que no. —Entonces, ¿por qué lo dices? —Y tú, ¿por qué me preguntas si lo creo de verdad? —Y tú, ¿por qué sigues con un fracasado como yo? —Porque estoy embarazada de ese puto fracasado. Por cierto, si yo fuera tú, me iría mentalizando, ya conoces a Ramón, se habrá preparado un par de bombazos. —¿Ah sí?, ¿Cómo cuál? —Como el chiste que le conté ayer. —¿Cuál? —El que dice que te quiero, puto fracasado. —Y yo a ti, puta loca. —Yo soy yo la que se comporta como un niño traumado. —Y no soy yo el que… —Apocalipsis Maya.


LA VIDA ERRANTE wences ventura


Hoy es, no, no recuerdo, me duele la cabeza, sé que estamos en noviembre o diciembre de 2020, pero el día, comprendedme, es imposible saberlo, perdí la cuenta; hace tiempo que no hablo con nadie y por el dolor del impacto sé que me he caído, que he tenido un accidente; he resbalado por falta de práctica, nunca antes había montado un asno; me he caído de esta albarda que me separa del lomo del rucio aparecido por el azar de la vida y sus manotazos abruptos. Se llama Silverio, Silver para mí, y ya no hay amigos, ni paseantes ni mujeres que leen sentadas, ni chicos en bicicleta que pudieran darle tan argénteo nombre a un ser entrañable; solo


hay piedras que apenas entreveo en el camino que serpentea detrás de una fábrica de cervezas que no lanza al aire ya vapores de lúpulo. Era la marca de cerveza que por lo general bebíamos. Voy transitando por la maleza, al anochecer; hay demasiados guijarros, la luna en cuarto menguante no me permitió atisbar el charco. No me he hecho mucho daño, tan solo un golpe leve en el cogote y un rasguño en el codo. El rucio no frena en seco, se trastabilla como un muchacho torpe.

No quiero pensar mucho en lo ocurrido; no puedo, mi único ojo se anegaría en sombras convulsas y la calma de la muerte me haría pensar que yo también estoy muerto.


Por fin encontré tabaco de liar y papel que estaban en un coche abandonado; me he sentado a fumar y a que pase el escozor de la herida; los acontecimientos se precipitaron con tal velocidad que pese a no tomar la obligatoria dosis de somnífero SC5-19 pasé tres días profundamente dormido y con sed de moribundo; desperté. Vi una ondulación rosa tras las ventanas sin cristales ¿Dónde estaba? Aquello no era mi casa ¿Qué me había despertado? Fue un mono gritón y su grito era enjundiado y áspero: el mono es un incesante productor de fonemas y sememas. Venía de lejos. Por causalidad encontré en aquel almacén abandonado un periódico de las navidades de 2019 donde se anunciaba el circo turco-alemán Bremen–Atalay, en una carpa próxima a la ciudad periférica de Massanassa. Una rápida asociación mental y la dirección del grito me llevaron a pensar que debía venir de allí.


Me levanté como pude. Busqué agua ¿Y mi familia? ¿Dónde estaría mi mujer y mis dos hijos? Anduve loco por la ciudad saqueada.

¿Dónde habrían hibernado? Mi viejo barrio fue tapiado ¿ lo soñé también? Dos días más tarde, en un descampado del barrio de Benicalap, encontré a Silver.


Parece que hacía mediados de septiembre tras veinte millones de muertos contabilizados por la pandemia —aunque seguro que fueron muchos más— el gobierno se vio impelido a adormecer con una potente droga utilizada por veterinarios al resto de sus súbditos. Su efecto duraría noventa días aunque se sospechaba que muchos no despertarían de aquel sueño abisal.

¿Estaban dormidos? No habías encontrado a nadie. ¿Era una pastilla para dormir o para terminar?


Recuerdo que siendo todavía muy joven tuve un hijo que nació muerto. No llames a nadie, dijo la madre entre sollozos. No quería ver a nadie; yo sentí entonces la nada y recordé a Andrés Hurtado, el protagonista de El árbol de la ciencia de Pio Baroja. Nada: esa palabra que nosotros los cartesianos no llegamos a entender del todo y mi boca sabía a metal y a humo y deseé estar muerto como mi hijo o mejor no haber sido traído. Eso era: no haber sido arrojado.

El siglo nació ahogado entre torres quemadas. Y después llegó un tsunami que estremeció el mundo. Quihubo Katrinas, Ébolas…


Todo el pasado es una enorme, inabarcable masa líquida y sin embargo veinte años no son nada, ni cuarenta, ni cien, si me apuráis. Ni mil. Todo acabará bajo agua. Y los peces golosearan en los restos de las despensas y nuestro hígado les servirá para perseverar en el besuqueo de la carcoma. Quise decir ¿qué quisiste vos? Arriero gótico hoy en la ciudad por las plazas saqueadas. Vas hacía ese lugar remoto desde aquí de extraño nombre: Massanassa De allí proceden los gritos del mono que vais a rescatar.


Éramos demasiados. Se decía en los cafetines frente al mar, al atardecer, mientras degustábamos cerveza helada y tartaletas de pez corvina y algunas chicas reían y nos alejaban de los sucesivos apagones y decepciones de la vida diaria; ya por otro lado adelgazada pues la muerte de los seres cercanos: simplifica el desenlace. Una voz te dice que la representación ha terminado, que puedes devolver al cuarto de San Alejo las máscaras y disfraces. Todo adelgaza y en esa simplicidad asoma la alegría de la ligereza. Todo era y transcurría como previsto y el dolor ya parasito en tus entrañas paradójicamente te envejecía y exaltaba. Nada más conocido ni cercano que la decepción cuando uno anda rondando la sexta década.


Se hablaba en esos días de un bicho, este era chino y lo comparaban con la gripe, la engorrosa influenza. Venía de palanganas azules con restos de vísceras, buscaba alojamiento y si podía venir hacia Europa, mejor. Tal vez pensó: más sustancia en las panzas meridionales aunque lo que le interesaba de verdad es el tejido alveolar de los pulmones quemados. Somos demasiados. Hay que ajustar el peso del mundo. Antes del confinamiento ya sentíamos temor pero hacíamos como que nada pasaba, que todo volvería a la llamada normalidad. Las noches de enero y febrero fueron templadas y disfrutábamos hasta tarde y alguna vez le hice el amor a mi mujer.


Sigo a lomos de este amigo, Silver, inteligente y cariñoso. Lo encontré abandonado, le procuré alimentos y un colirio para sus ojos borrascosos; sorteando peligros encontré un refugio. Hice fuego. ¿Quién se acuerda ya de aquella tarde ante el televisor viendo como se cuarteaba el mundo, como los gobiernos dimitían y nos deseaban lacónicamente que tuviéramos el mejor de los finales? Qué rápido fue todo, dejó de existir tras cinco meses de pandemia la polvorienta paz de los conceptos. ¿Quién recuerda el eco de aquella violencia de motores, el vaho de azufre y uvas podridas, el olor a pólvora y gasolina?


Lectores míos, ¿seréis los últimos? y por ende compañeros de viaje por esta senda para mulos. El camino es escritura y la escritura es el hombre.

¿Es verdad que todo ha terminado? Strada mulatiera la llaman en Italia, país al que estuve tan unido, donde ya no podré volver. Leí que llegaron a los treinta millones de muertos. Y sin embargo algo me dice que muchos dormidos despertarán y yo me uniré a ellos.


A media noche llegaremos a Massanassa y buscaremos el circo. Oigo muy cercanos los gritos del mono. ¿Cómo lo llamaremos Silverio? Lo subiré a tu lomo, buscaremos la costa, esperaremos el calor. Nuestra vida será ya para siempre errante.


LA ÚLTIMA TRINCHERA jesús zomeño


Cayó en octubre de 1918, un día tan tranquilo en todo el Frente occidental que el parte de guerra se limitó a consignar: “Sin novedad en el frente” Erich María Remarque, Sin novedad en el frente

Cuando Thomas Alexander se contagió de la gripe española en 1919, cogió el tren de las cinco de la tarde en la estación de Hamburgo y llegó a Bruselas al día siguiente. A las doce y veinte subió al tren con destino a Ypres y luego fue andando hasta las proximidades de Langemark. Viajó con una maleta de piel, gabardina y bombín, un aspecto inofensivo para adentrarse camuflado en lo que volvía a ser territorio enemigo. Contuvo los temblores, disimuló la fiebre, tomó aspirinas, disfrazó el aspecto grisáceo de su piel con una forzada jovialidad en el gesto. Sonreía


en el tren, continuamente, sin hablar, miraba y le sonreía a todo. Un apacible turista, el representante de una fábrica alemana, un agente de seguros, puede que un inglés con asuntos propios por la zona. La sonrisa era un salvoconducto y el bombín, tan ridículo para él, una bandera blanca. En la maleta cargaba ropa sucia, porque simulaba volver y uno se marcha con ropa limpia pero siempre vuelve con mudas sucias. Aquello era un poema objeto, una declaración de intenciones, que le daba seguridad porque le hacía sentir que regresaba a casa. Quizá fuese por la fiebre, pero cuando uno pierde la razón improvisa los mapas y él marcaba con ropa sucia su tesoro, volver. Apenas había estado ausente unos meses, desde el armisticio. Evitó el contacto con los campesinos, no fuera que alguno lo reconociese. Tuvo suerte, para su desgracia, estaba lloviendo y no se cruzó con nadie. Temió que los espasmos le impidieran conseguirlo, quedarse quebrado en el suelo, hundido en el barro. Anochecía. Más rápido, tenía que ir más deprisa, no fuera que la riada desenterrase las tumbas de sus enemigos y le cortaran el paso, antes de alcanzar su trinchera.


Llegó al bosque y reconoció su trinchera. Thomas Alexander, cuando supo que iba a morir, decidió volver a la que había sido su última trinchera durante la guerra. Un agujero inmundo, que ahora le parecía más estrecho. Le costó bajar, las maderas que en la zanja hacían de muro de contención, flojeaban porque faltaban algunas. Habían saqueado el lugar y quizá solo para leña, como si en tiempos de paz el mundo que había pertenecido a los dioses se empleara para pasto del ganado y consuelo de los cobardes. Sin embargo, al hilo del delirio, poniendo el pie en su trinchera, se preguntó qué mundo había pertenecido a los dioses. Ellos no lo habían sido, desde luego, salvo por esas sensaciones de poder, crueldad e indiferencia que se mezclaban en tu mente cada vez que, después de haber matado a alguien, volvías a sentarte en el suelo y seguías comiendo en calma de tu plato, como si nada hubiese alterado la sal que le notabas en falta al guiso de verduras, que además se habrá enfriado. En la guerra se ven muchas cosas extrañas todos los días, matas a gente y mueren tus amigos, pero


uno siempre vuelve al guiso de verduras, donde lo dejó. El uniforme te hace invisible, le da transparencia al alma, y la indiferencia afila la cuchara y siempre te permite llegar a las patatas. Eso es todo, así es la guerra. La grandeza y los himnos forman parte de la digestión. En la pared de la trinchera, cuando regresó, seguía estando la boca del túnel que llegaba hasta los dormitorios de la tropa. Encendió una cerilla y encontró una manta. Para morirse uno, no hace falta mucho más; quizá sobrase la luz, pero esa ya se apagaría sola. Su esposa y el bebé, habían muerto por la gripe el martes, los enterró jueves y el sábado ya estaba él en su trinchera, esperando morirse. Lo peor había sido lo del bebé, que sobrevivió a su madre cinco horas, a pesar de los pronósticos. Le tuvo miedo al futuro, a la responsabilidad de tener que hacerse cargo del niño huérfano, resultaron cinco horas muy largas, dudo sobre el valor de la vida. Cuando Alexander, el bebé, finalmente murió, él sintió alivio, una calma profunda e inconfesable, que no procedía de la compasión o la crueldad, sino del miedo. No había nacido para lo sublime,


además, se había contagiado y en ese momento tuvo una diarrea, porque también la tristeza tiene intestino. En la trinchera a la que había regresado, se echó sobre las tablas de un jergón. Se tomó otra aspirina. Tenía la fiebre alta pero, al menos, ya no tenía que disimular los temblores, de pronto volvía a ser un enfermo. Ludwig, un amigo del que ya no sabía nada desde que se despidieron en la estación de Hamburgo, durante la guerra había estado haciendo muescas en la pared, una por cada semana en aquel lugar; sin embargo, temblando, él se hubiera conformado con una muesca cada hora. Elegir el lugar donde morir uno, es importante. Los fantasmas seguían en su sitio, como un armario del que ir sacando los abrigos para echárselos encima. Tiritaba tanta nostalgia como soledad. Los abrigos no disparan, era la fiebre. Su amigo Otto seguía fumando en un rincón mientras lloraba pelando cebollas. Era el día del juicio final, aquel en que los ángeles vestirían uniforme de soldado alemán para ir rindiéndose de uno en uno.


Siempre llueve cuando no tiene uno nada que perder, los amigos no contestan, hace rato que se han desvanecido y, sin embargo, sigue lloviendo cada vez que el mundo cambia, pero abrimos la boca y no nos resistimos. El agua se filtraba del techo, los peces no tienen memoria, no recuerdan si llegan o están yéndose; los peces caían del techo pero seguían nadando en el aire, flotaban dando vueltas alrededor de su cabeza. Estas palabras, incluso aquellas palabras o cualesquiera, a saber, eran parte de su delirio. Aquella trinchera le daba seguridad, en ella habían muerto sus camaradas. La última trinchera no es la que más resiste, sino el lugar donde más tarde se pierde la esperanza. Hacía mucho tiempo que aquella era la última trinchera. Todo es relativo cuando simplemente, entre millones de muertos, muere uno más. Eso hubiera dicho el sargento Otto; exactamente hubiera dicho: «hoy va a ser un gran día, porque solamente va morir uno, el soldado Thomas Alexander».


Había vuelto a casa, después de perder la guerra. Llegaba cansado de ir a recoger los huesos que, cada vez más lejos, le lanzaban para que, como soldado, los recogiera con los dientes. Volvió a Alemania sin ningún hueso en la boca y su perro, el que cuidaba la puerta de su casa, lo mordió. Le arrancó esa parte del alma donde uno siente que es reflejo de algo perfecto, por lo que lucha. Los vecinos, que no habían ido a la guerra, ahora se dedicaban al contrabando, hacían grandes negocios y luchaba contra los bolcheviques, que también desconfiaban de los soldados y los degollaban para robarles las armas que traían. Esa trinchera a la que había regresado lo salvaba, no de la muerte pero sí de una desolación tan profunda como la suya y también lo salvaba de su patria. Había vuelto a casa y su mujer, echada en un sillón, con un libro en la mano, estaba embarazada del carnicero bolchevique, aunque arrepentida. A una mujer embarazada no se la puede odiar, por eso concentró la rabia en el amante. Las revoluciones cambian el mundo, pero


aquel hombre, el carnicero bolchevique, el cojo que se había librado de la guerra, se había conformado centrándose en cambiar, poniéndolo del revés, el mundo de un soldado. El bebé nació rubio, pero la madre se contagió la gripe en el hospital y los dos murieron. Volver a la última trinchera lo reconcilia consigo mismo, convierte el desasosiego en paisaje, en pálidas nubes, con ventanas donde no las hay, porque en la calma lo necesario es posible y se hace cierto. Volver a la trinchera es retomar su destino, sin rebeldía ni queja, consiste en leer lo que está escrito, asumir su destino, al que se resistió en el pasado, mientras todos sus camaradas morían. La obediencia lo hizo dormirse. Thomas Alexander sobrevivió dos días más en la trinchera, al tercer día salió de su tumba, había superado la fiebre. Volvió andando a Ypres, sin el equipaje con la ropa sucia, había dejado la maleta en la trinchera, porque no iba a simular un viaje de vuelta a ningún lugar. Cogió el tren de las tres y media, llegó a Bruselas, esperó en la estación y tomó el tren que directamente le llevaría a Berlín, con salida al día siguiente, a las diez de la mañana.


Tuvo una vida provechosa, a pesar de la siguiente guerra, pero cuando cumplió los setenta años, Thomas Alexander se vio a sí mismo en Berlín con una maleta nueva, llena de más ropa sucia, y un sombrero de ala estrecha, porque ya no estaban de moda los sombreros bombín, y compró un pasaje para el avión de las tres de la tarde rumbo a Bruselas. Llegó en autobús a Langemark, donde pasó la noche en una habitación de la taberna, un lugar agradable aunque no tuvieran sopa a pesar del frío, y al día siguiente fue andando hasta el bosque donde seguía su trinchera y se refugió dentro. Había vuelto a casarse en 1932, pero su esposa murió de cáncer y sus hijos trabajaban en el sector oriental cuando repentinamente, en la noche del 12 al 13 de agosto de 1961, levantaron el muro, separándolo de su familia. Intentó cruzar pero no lo consiguió, a pesar de que incluso alegó a su favor que cuando vino de la guerra, en 1918, se ofreció a hacerse cargo del hijo de un carnicero bolchevique, que en su ausencia había sido el amante de su esposa, pero ese era un mérito absurdo que la Stasi no le reconoció cuando pidió asilo en la República Democrática de Alemania, porque aquel viejo si cruzaba sería una carga para el estado.


Thomas Alexander se sintió tan desolado y vulnerable, que había vuelto a refugiarse en su trinchera, lo más parecido al útero materno para él, donde seguía escrito el destino de los que lo burlaron. La resignación es humildad y calma. Murió al cuarto día del fin de su pánico. Una muerte tranquila por ser un drama muy relativo el que, como hubiera dicho el sargento Otto, solo muriese un soldado aquel día en la trinchera.


FIN


Si este fanzine ha sido de su agrado, les recordamos que buena parte de los autores aquí reunidos han publicado sus obras en una pequeña pero combativa editorial independiente valenciana: Ediciones Contrabando  www.edicionescontrabando.com Nosotros vivimos de esto, y sería una gran alegría para todos  que visitaran nuestra web y nuestro catálogo y se regalaran uno de nuestros libros. 


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Facsímil de entretenimiento Literario

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