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hale bopp FacsĂ­mil de entretenimiento Lit. NÂş 9 TEX-MEX


©

Hale Bopp

Facsímil de entretenimiento Lit. Nº 9

© Francis Bret Harte, Nellie Campobello, E.L Doctorow, Valeria Luiselli, Breece D´J Pancake, José Cuauhtémoc, Crhis Offut, Daniel Sada, Donald Ray Pollock, Carlos René Padilla, Lucia Berlin, Aldo Rosales Velázquez, Jaime Obregón Salas, El Muertho de Tijuana. © Imagen de la portada: Red hot Trumpy peppers, Ruth Barrachina. 2

© Ilustraciones: José Eduardo Barajas “Maseco” y colección de carteles del cineclub El Ateneo de Oaxaca Maquetación e idea: Miguel Blasco y Manuel Turégano Primera edición: Junio 2020 Hale Bopp Meditational Center Carrer del Vent, 11, San Gerardo Hills, Holywood 46140 Líria info@edicionescontrabando.com Usted es libre de copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra; hacer obras derivadas; no así hacer un uso comercial de esta obra. Bajo las condiciones siguientes: reconocimiento, debe reconocer los créditos de la obra de la manera especificada por el autor o el licenciador; compartir bajo la misma licencia, si altera o transforma esta obra, o genera una obra derivada, sólo puede distribuir la obra generada bajo una licencia idéntica a ésta.


TEXTOS —nellie campobello— e.l doctorow— valeria luiselli—breece d´j pancake—josé cuauhtémoc— chris offut— daniel sada— donald ray pollock — carlos rené padilla — lucia berlin — aldo rosales velázquez —jaime obregón salas — el muertho de tijuana

francis bret harte

ILUSTRACIONES josé eduardo barajas “maseco” colección de carteles del cineclub el ateneo

(oaxaca)


LOS DESTERRADOS DE POKER FLAT francis bret harte


Francis Bret Harte (25 de agosto de 1836—6 de mayo de 1902) fue el gran cronista del “Lejano Oeste”. Escribió más de quinientos cuentos, artículos y poemas ambientados en aquel mundo de vaqueros, tahúres y pioneros. Arrancamos este número transfronterizo con este fabuloso western de épicas resonancias que, además, era uno de los cuentos favoritos de Jorge Luis Borges.


Cuando Mr. John Oakhurst, jugador de oficio, puso el pie en la calle Mayor de Poker Flat, en la mañana del día 22 de noviembre de 1850, presintió ya que, desde la noche anterior, se efectuaba un cambio en la atmósfera moral. Dos o tres hombres que conversaban juntos, gravemente callaron cuando se acercó y cambiaron miradas significativas. Reinaba en el aire una tranquilidad dominguera; lo cual, en un campamento poco acostumbrado a la influencia del domingo, parecía de mal agüero, y, sin embargo, la cara tranquila y hermosa de Oakhurst no reveló el menor interés por estos síntomas. ¿Tenía conciencia acaso de alguna causa predisponente? Esa ya


era otra cuestión.
“Colijo que van tras de alguno”, pensó. “Tal vez tras de mí”. Metió en su bolsillo el pañuelo con que sacudiera de sus botas el encarnado polvo de Poker Flat, y con entera calma desechó de su mente toda conjetura ulterior.
 Y es cierto que Poker Flat andaba tras de alguno. Recientemente había sufrido la pérdida de algunos miles de pesos, de dos caballos de valor y de un ciudadano preeminente, y en la actualidad pasaba por una crisis de virtuosa reacción, tan ilegal y violenta como cualquiera de los actos que la provocaron. El comité secreto había resuelto librar a la ciudad de todas las personas perniciosas. Esto se hizo, de un modo permanente, respecto a dos hombres que colgaban ya de las ramas de un sicomoro, en la hondonada y de un modo temporal con el destierro de otras varias personas perjudiciales. Siento tener que decir que algunas de éstas eran señoras; pero, en descargo del sexo, debo advertir que su inmoralidad era profesional y que sólo ante un vicio tal y tan patente se atrevía Poker Flat a constituirse en juez.



Razón tenía Oakhurst al suponer que estaba él incluido en la sentencia. Algunos miembros del comité habían insinuado la idea de ahorcarlo, como ejemplo tangible y medio seguro de reembolsarse, a costa de su bolsillo, las sumas que les ganara.
 —Es contra toda justicia —decía Sim Wheeler— dejar que ese joven de Roaring Camp, extranjero por sus cuatro costados, se lleve nuestro dinero. Pero un imperfecto sentimiento de equidad, emanado de los que habían tenido la buena suerte de limpiar en el juego a Oakhurst, acalló las mezquinas preocupaciones locales.
Mr. Oakhurst recibió el fallo con filosófica calma, tanto mayor en cuanto sospechaba ya las vacilaciones de sus jueces. Era muy buen jugador para no someterse a la fatalidad. Para él la vida era un juego de azar y reconocía el tanto por ciento usual en favor del que daba las cartas.
Un piquete de hombres armados acompañó a esa escoria social de Poker Flat hasta las afueras del campamento. Además de Mr. Oakhurst, reconocido como hombre decididamente resuelto, y para


intimidar al cual se había tenido cuidado de armar la escolta, formábase la partida de expulsados de una joven conocida familiarmente por la Duquesa, otra mujer que se había ganado el título de madre Shipton, y el tío Billy, sospechoso de robar filones y convicto borracho. La cabalgada no excitó comentario alguno de los espectadores, ni la escolta dijo la menor palabra. Sólo cuando alcanzaron la hondonada que marcaba el último límite de Poker Flat, el sheriff habló brevemente en relación con el caso: quedaba prohibido el regreso a los expulsados, bajo pena de la vida.
 Después, cuando se alejaba la escolta, los sentimientos comprimidos se exhalaron en algunas lágrimas históricas por parte de la Duquesa, en injurias por la de la madre Shipton y en blasfemias que, como flechas envenenadas, lanzaba el tío Billy. Sólo el filosófico Oakhurst permanecía silencioso. Oyó tranquilamente los deseos de la madre Shipton de sacar el corazón a alguien, las repetidas afirmaciones de la Duquesa de que se moriría en el camino, y también las alarmantes blasfemias que al tío Billy parecían arrancarle las sacudidas de su cabalgadura. Con la franca


galantería de los de su clase, insistió en trocar su propio caballo llamado El Cinco, por la mala mula que montaba la Duquesa; pero ni aun esta acción despertó simpatía alguna entre los de la partida. La joven arregló sus ajadas plumas con cansada coquetería; la madre Shipton miró de reojo con malevolencia a la posesora de El Cinco, y el tío Billy incluyó a la partida en un anatema general.
 El camino de Sandy-Bar, campamento que en razón de no haber experimentado aún la regeneradora influencia de Poker Flat, parecía ofrecer algún aliciente a los emigrantes, se situaba por encima de una escarpada cadena de montañas, y ofrecía a los viajeros una larga jornada. En aquella avanzada estación, la partida pronto salió de las regiones húmedas y templadas de las colinas, al aire seco, frío y vigoroso de las sierras. La senda era estrecha y dificultosa; hacia el mediodía, la Duquesa dejándose caer de la silla de su caballo al suelo, manifestó su resolución de no continuar adelante, y la partida hizo alto. El lugar era singularmente salvaje e imponente. Un anfiteatro poblado


de bosque, cerrado en tres de sus lados por rocas cortadas a pico en el desnudo granito, se inclinaba suavemente sobre la cresta de otro precipicio que dominaba el valle. Era sin duda el punto más a propósito para un campamento, si hubiera sido prudente el acampar. Pero Mr. Oakhurst sabía que apenas habían hecho la mitad del viaje, a Sandy-Bar, y la partida no estaba equipada ni provista para detenerse. Lacónicamente hizo observar esta circunstancia a sus compañeros, acompañándola de un comentario filosófico sobre la locura de tirar las cartas antes de acabar el juego. Pero estaban provistos de licores, que en esta contingencia suplieron la comida y todo lo que les faltaba. A pesar de su protesta no tardaron en caer bajo la influencia de la bebida en mayor o menor grado.
 El tío Billy pasó rápidamente del estado belicoso al de estupor; aletargóse la Duquesa y la madre Shipton se echó a roncar. Sólo Mr. Oakhurst permaneció en pie, apoyado contra una roca, contemplándolos tranquilamente. Mr. Oakhurst no bebía; esto hubiera perjudicado a una profesión que requiere calculo, impasibilidad y sangre fría; en fin, para


valernos de su propia frase, no «podía permitirse este lujo» Mientras contemplaba a sus compañeros de destierro, el aislamiento nacido de su oficio, de las costumbres de su vida y de sus mismos vicios le oprimió profundamente por vez primera. Apresuróse a quitar el polvo de su traje negro, a lavarse las manos y cara y a practicar otros actos característicos de sus hábitos de extremada limpieza, y por un momento olvidó su situación. Ni por una vez sola se le ocurrió la idea de, abandonar a sus compañeros, más débiles y dignos de lastima; pero, sin embargo, echaba de menos aquella excitación que, extraño es decirlo, era el mayor factor de la tranquila impasibilidad por la cual era conocido. Contemplaba las tristes murallas que se elevaban a mil pies de altura, cortadas a pico, por encima de los pinos que lo rodeaban; el cielo cubierto de amenazadoras nubes, y más abajo el valle que se hundía ya en la sombra, cuando oyó de repente que lo llamaban por su propio nombre.
 Un jinete ascendía poco a poco por la senda. En la franca y animada cara del recién venido reconoció Mr. Oakhurst a Tom Simson, llamado el


Inocente de Sandy-Bar. Habíale encontrado hacía algunos meses en una partidilla, donde con la mayor legalidad ganara al cándido joven toda su fortuna, que ascendía a unos cuarenta pesos. Luego que terminó la partida, Mr. Oakhurst se retiró con el joven especulador detrás de, la puerta, y allí le dirigió la palabra. —Tom, sois un buen muchacho, pero no sabéis jugar ni por valor de un centavo; no lo probéis otra vez.
 Devolvióle su dinero, lo empujó suavemente fuera de la sala de juego y así hizo de Tom un esclavo desinteresado.
 El saludo juvenil y entusiasta que Tom dirigió a Mr. Oakhurst recordaba esta acción. Iba, según dijo, a tentar fortuna en Poker Flat. —¿Solo?
 —Completamente solo, no: a decir verdad (aquí se rió) se había escapado con Piney Woods. ¿No recordaba ya Mr. Oakhurst a Piney Woods, la que servía la mesa en el Hotel de la Templanza? Seguía en relaciones con ella hacía tiempo ya, pero el padre, Jake Woods, se opuso; de manera que


se escaparon e iban a Poker Flat a casarse y ¡hételos aquí! ¡Qué fortuna la suya en encontrar un sitio donde acampar en tan grata compañía!
 Todo esto lo dijo rápidamente el Inocente mientras que Piney, muchacha de quince años, rolliza y de buena presencia, salía de entre los pinos, donde, se ocultara ruborizándose y se adelantaba a caballo hasta ponerse al lado de su novio.
 Poco solía preocuparse Mr. Oakhurst de las cuestiones de sentimiento y aún menos de las de conveniencia social, pero instintivamente comprendió las dificultades de la situación. Sin embargo, tuvo suficiente aplomo para largar un puntapié al tío Billy que ya iba a soltar una de las suyas, y el tío Billy estaba bastante sereno para reconocer en el puntapié de Mr. Oakhurst un poder superior que no toleraría bromas. Después esforzóse en disuadir a Tom de que acampara allí, pero fue en vano. Objetóle que no tenía provisiones ni medios para establecer un campamento; pero por desgracia el Inocente desechó estas razones asegurando a la partida que iba provisto de un mulo, cargado de víveres y descubriendo, además, una como tosca imitación de choza cercana a la senda.
      


—Piney podrá ocuparla con Mrs. Oakhurst —dijo el Inocente, señalando a la Duquesa. —Yo ya me arreglaré.
 Fue preciso un segundo puntapié de Mr. Oakhurst para impedir que estallase la risa del tío Billy, que aun así hubo de retirarse a la hondonada para recobrar la seriedad. Allí confió el chiste a los altos pinos, golpeándose repetidas veces los muslos con las manos, entre las muecas, contorsiones y blasfemias que le eran propias. A su regreso halló a sus compañeros sentados en amistosa conversación alrededor del fuego, pues el aire había refrescado en extremo y el cielo se encapotaba. Piney estaba hablando de una manera expansiva con la Duquesa, que la escuchaba con interés y animación que no demostrara desde hacía tiempo. El Inocente discurría con igual éxito junto a Oakhurst y a la madre Shipton, que hasta se mostraba amable. —¿Acaso es esto una tonta partida de campo? —dijo el tío Billy para sus adentros con desprecio, contemplando el silvestre grupo, las oscilaciones


de la llama y los animales atados, en primer término.
De repente una idea se mezcló con los vapores alcohólicos que enturbiaban su cerebro. Y al parecer la idea era chistosa, pues se golpeó otra vez los muslos y se metió un puño en la boca para contenerse.
 Poco a poco las sombras se deslizaron por la montaña arriba, una ligera brisa cimbró las copas de los pinos y aulló a través de sus largas y tristes avenidas. La cabaña en ruinas, toscamente reparada y cubierta con ramas de pino, fue cedida a las señoras. Al separarse los novios, cambiaron un beso tan puro y apasionado, que el eco pudo repetirlo por encima de los oscilantes pinos. La frágil Duquesa y la cínica madre Shipton estaban, probablemente, demasiado asombradas para burlarse de esta última prueba de candor, y se dirigieron sin decir palabra hacia la choza. Atizaron otra vez el fuego; los hombres se tendieron delante de la puerta, y pocos momentos después dormían todos ya.
 Mr. Oakhurst tenía el sueño ligero: antes de apuntar el día despertó aterido de frío. Mientras removía el moribundo fuego, el viento que soplaba


entonces con fuerza llevó a sus mejillas algo que le heló la sangre: la nieve. Levantóse sobresaltado con intención de despertar a los que dormían, pues no había tiempo que perder; pero, al volverse hacia donde debía estar tendido el tío Billy, vio que éste había desaparecido. Una sospecha acudió a su mente y una maldición salió de sus labios. Corrió hacia donde habían atado los mulos: ya no estaban allí.
 Las sendas desaparecían rápidamente bajo la nieve.
Por un momento quedó aterrado Mr. Oakhurst, pero pronto volvióse hacia el fuego, con su serenidad habitual. No despertó a los dormidos. El Inocente descansaba tranquilamente, con una apacible sonrisa en su rostro cubierto de pecas, y la virgen Piney dormía entre sus frágiles hermanas, como si le custodiaran guardianes celestes. Mr. Oakhurst, echándose la manta sobre los hombros, se atusó el bigote y esperó la mañana. Vino ésta poco a poco envuelta en neblina y en un torbellino de copos de nieve que cegaba y confundía. Lo poco que podía ver del paisaje parecía transformado como por encanto. Tendió la vista por el valle y resumió el presente y el porvenir en


cuatro palabras: bloqueados por la nieve. Un escrupuloso inventario de las provisiones, que, afortunadamente para la partida, estaban almacenadas en la choza, por lo que escaparon a la rapacidad del tío Billy, les dio a conocer que, con cuidado y prudencia, podían sostenerse aún otros diez días. —Se entiende —dijo Mr. Oakhurst sotto voce al Inocente—, si queréis tomarnos a pupilaje; sí no (y tal vez haréis mejor en ello), esperaremos que el tío Billy regrese con provisiones.
 Por algún motivo desconocido, Mr. Oakhurst no dio a conocer la infamia del tío Billy, y expuso la hipótesis de que éste se había extraviado del campamento en busca de los animales que se hablan escapado sin duda alguna. Echó una indirecta acerca de lo mismo a la Duquesa y a la madre Shipton, que, como es natural, comprendieron la defección de su asociado.
 —Dándoles el más pequeño indicio descubrirán también la verdad respecto de todos nosotros añadió con intención, —y es por demás asustarlos por ahora.
      


Tom Simson no sólo puso a disposición de Mr. Oakhurst todo lo que llevaba, sino que parecía disfrutar ante la perspectiva de una reclusión forzosa.
 —Haremos un buen campamento para una semana; después se derretirá la nieve y partiremos cada cual por su camino.
 La franca alegría del joven y la serenidad de Mr. Oakhurst se comunicaron a los demás. El Inocente, por medio de ramas de pino, improvisó un techo para la choza, que no lo tenía, y la Duquesa contribuyó al arreglo del interior con un gusto y tacto que hicieron abrir grandes ojos de asombro a la joven provinciana.
 —Ya se conoce que estáis acostumbrada a casas hermosas en Poker Flat —dijo Piney.
 La Duquesa volvióse rápidamente para ocultar el rubor que teñía sus mejillas, aun a través del colorido postizo de las de su profesión, y la madre Shipton rogó a Piney que no charlase. Pero, cuando Mr. Oakhurst regresó de su penosa o inútil exploración en busca del camino, oyó el sonido de


una alegre risa que el eco repetía en las rocas. Algún tanto alarmado paróse pensando en el aguardiente, que con prudencia había escondido.
 —Sin embargo, esto no suena a aguardiente —dijo el jugador.
 Pero hasta que a través del temporal vio la fogata y en torno de ella el grupo, no se convenció de que todo ello era una broma de buena ley. Yo no sé si Mr. Oakhurst había ocultado su baraja con el aguardiente como objeto prohibido a la comunidad, lo cierto es que, valiéndome de las propias palabras de la madre Shipton, no habló una sola vez de cartas durante aquella velada. Casualmente pudo matarse el tiempo con un acordeón que Tom Simson sacó con aparato de su equipaje.
       A pesar de algunas dificultades en el manejo de este instrumento, Piney logró arrancarle una melodía recalcitrante, acompañándola el Inocente con un par de castañuelas. Pero la pieza que coronó la velada fue un rudo himno de misa campestre que los novios, entrelazadas las manos, cantaron con gran vehemencia y a voz en grito. Temo que el tono de desafío, del coro y aire del Covenanter, y no las cualidades religiosas que


pudiera encerrar, fue motivo de que acabaran todos por tomar parte en el estribillo:
 Estoy orgulloso de servir al Señor,
y me obligo a morir en su ejército.


Los pinos oscilaban, la tempestad se desencadenaba sobre el miserable grupo y las llamas del ara se lanzaban hacia el cielo como un testimonio del voto.
A media noche calmó la tempestad; los grandes nubarrones se corrieron y las estrellas brillaron centelleando sobre el dormido campamento. Mr. Oakhurst, a quien sus costumbres profesionales permitían vivir durmiendo lo menos posible, compartió la guardia con Tom Simson de modo tan desigual, que cumplió casi por sí solo este deber. Excusóse con el Inocente diciendo que muy a menudo se había pasado sin dormir una semana entera.
       —¿Pero haciendo qué? —preguntó Tom.
       —El póker —contestó Mr. Oakhurst sentenciosamente. —Cuando un hombre llega a tener una suerte borracha, antes se cansa la suerte que uno. La suerte —continuó el jugador pensativo— es


cosa extraña. Todo lo que se sabe de ella es que forzosamente debe variar. Y el descubrir cuando va a cambiar, es lo que te forma. Desde que salimos de Poker Flat hemos dado con una vena de mala suerte. Os reunís con nosotros y os pilla de medio a medio. Si tenéis ánimo para conservar los naipes hasta el fin, estáis salvado.
 Y el jugador añadió con alegre irreverencia:
 Estoy orgulloso de servir al Señor,
y me obligo a morir en su ejército.


Llegó el tercer día y el sol, a través de las blancas colgaduras del valle, vio a los desterrados repartirse las reducidas provisiones para el desayuno. Por una singularidad de aquel montañoso clima, los rayos del sol difundían benigno calor sobre el paisaje de invierno, como compadeciéndose arrepentidos de lo pasado; pero al mismo tiempo descubrían la nieve apilada en grandes montones alrededor de la choza. Un mar de blancura sin esperanza de término, desconocido, sin senda, tendíase al pie del peñusco en que se acogían estos náufragos de nueva especie. A través del aire maravillosamente claro, el humo de la pastoril aldea de Poker Flat se


elevaba a muchas millas de distancia. La madre Shipton lo vio, y desde la más alta torre de su fortaleza de granito lanzó hacia aquélla una maldición final. Fue su última blasfemia y tal vez por aquel motivo revestía cierto carácter de sublimidad.
 —Me siento mejor —dijo confidencialmente a la Duquesa.— Haz la prueba de salir allí y maldecirlos, y lo veras.
 Después se impuso la tarea de distraer a la criatura, como ella y la Duquesa tuvieron a bien llamar a Piney; Piney no era una polluela, pero las dos mujeres se explicaban de esta manera consoladora y original que no blasfemara ni fuese indecorosa.
 Volvió la noche a cubrir el valle con sus sombras.
Junto a la vacilante fogata del campamento se elevaban y descendían las notas quejumbrosas del acordeón con prolongados gemidos e intermitentes sacudidas. Pero, como la música no alcanzaba a llenar el penoso vacío que dejaba la insuficiencia de alimento, Piney propuso una nueva diversión: contar cuentos. No deseaban Mr. Oakhurst y sus compañeras relatar las aventuras


personales, y el plan hubiera fracasado también a no ser por el Inocente. Algunos meses antes había hallado por casualidad un tomo desparejado de la ingeniosa traducción de la Ilíada, por Mr. Pope. Propuso, pues, relatar en el lenguaje corriente de Sandy-Bar, los principales incidentes de aquel poema cuyo argumento dominaba, aunque con olvido de las frases. Aquella noche los semidioses de Homero volvieron a pisar la tierra. El pendenciero troyano y el astuto griego lucharon entre el viento, y los inmensos pinos del cañón parecían inclinarse ante la cólera del hijo de Peleo. Mr. Oakhurst escuchaba con apacible fruición; pero se interesó especialmente por la suerte de Asquiles, como el Inocente persistía en denominar a Aquiles, el de los pies rápidos.
 Así con poca comida, mucho Homero y el acordeón transcurrió una semana sobre las cabezas de los desterrados. Otra vez los abandonó el sol y otra vez los copos de nieve de un cielo plomizo cubrieron la tierra. Día tras día los estrechó cada vez más el círculo de nieves hasta que los muros deslumbrantes de blancura se levantaron a veinte pies por encima de sus


cabezas. Hízose más y más difícil alimentar el fuego; los árboles caídos a su alcance, estaban sepultados ya por la nieve. Y, sin embargo, nadie se lamentaba. Los novios, olvidando tan triste perspectiva, se miraban en los ojos uno de otro y eran felices. Mr. Oakhurst se resignó tranquilamente al mal juego que se le presentaba ya como perdido. La Duquesa, más alegre que de costumbre, se dedicó a cuidar a Piney; sólo la madre Shipton, antes la más fuerte de la caravana, parecía enfermar y acabarse. A medianoche del décimo día llamó a Oakhurst a su lado:
       —Me voy —dijo con voz de quejumbrosa debilidad—. Pero no digáis nada; no despertéis a los corderitos; tomad el petate que está bajo mi cabeza y abridlo.
       Mr. Oakhurst lo hizo así. Contenía intactas las raciones recibidas por la madre Shipton durante la última semana.
 —Dadlas a la criatura —dijo señalando a la dormida Piney.
 —¿Os habéis dejado morir de hambre? —exclamó el jugador.
 —Así se llama esto —repuso la mujer con voz expirante.



Acostóse de nuevo y volviendo la cara hacia la pared se fue tranquilamente.
       Aquel día enmudecieron el acordeón y las castañuelas, y se olvidó a Homero.
       Cuando el cuerpo de la madre Shipton fue entregado a la nieve, Mr. Oakhurst llamó aparte al Inocente y le mostró un par de zuecos para nieve que había fabricado con los fragmentos de una albarda vieja.
       —Hay todavía una probabilidad contra ciento de salvarla, pero es hacia allí —añadió señalando a Poker Flat—. Si podéis llegar en dos días, está salvada.
       —¿Y vos? —preguntó Tom Simson.
       —Yo me quedaré.
       Los novios se despidieron con un largo abrazo.
       —¿También os vais vos? —preguntó la Duquesa cuando vio a Mr. Oakhurst que parecía aguardar a Tom para acompañarle.
       —Hasta el cañón —contestó.
      


Volvióse repentinamente y besó a la Duquesa, dejando encendida su blanca cara y rígidos de asombro sus temblorosos miembros.
       Volvió la noche, pero no Mr. Oakhurst. Trajo otra vez la tempestad y la nieve arremolinada. Entonces la Duquesa, avivando el fuego, vio que alguien había apilado a la callada contra la choza, leña para algunos días más. Las lágrimas acudieron a sus ojos, pero las ocultó a Piney.
       Las mujeres durmieron poco. Al amanecer, al contemplarse cara a cara comprendieron su común destino. No hablaron; pero Piney, haciéndose la más fuerte, se acercó a la Duquesa y la enlazó con su brazo. En esta disposición mantuviéronse todo el resto del día. La tempestad llegó aquella noche a su mayor furia, destrozó los pinos protectores e invadió la misma choza.
       Hacia el amanecer no pudieron ya avivar el fuego, que se extinguió lentamente.
 A medida que las cenizas se amortiguaban la Duquesa se acurrucaba junto a Piney y por fin rompió aquel silencio de tantas horas.
       —Piney, ¿podéis rezar aún?
      


—No, hermana —respondió Piney dulcemente.
       La Duquesa, sin saber por qué, sintióse más libre. Apoyó su cabeza sobre el hombro de Piney y no dijo más. Y así, reclinadas, prestando la más joven y pura su pecho como apoyo a su pecadora hermana, se durmieron. El viento, como si temiera despertarlas, cesó. Copos de nieve arrancados a las largas ramas de los pinos, volaron como pájaros de blancas alas y se posaron sobre ellas mientras dormían. La luna, al través de las desgarradas nubes, contempló lo que fue antes campamento. Pero toda impureza humana, todo rastro de dolor terreno habían desaparecido bajo el inmaculado manto tendido misericordiosamente desde lo alto.
       Durmieron todo aquel día, y al siguiente no despertaron cuando voces y pasos humanos rompieron el silencio de aquella soledad. Y cuando una mano piadosa separó la nieve de sus marchitas caras, apenas podía decirse, por la paz igual que ambas respiraban, cual fuera la que había pecado. La misma ley de Poker Flat lo reconoció así y se retiró dejándolas todavía enlazadas una en brazos de otra.
      


A la entrada de la garganta, sobre uno de los mayores pinos, hallóse un dos de bastos clavado en la corteza, con un cuchillo de caza. Contenía la siguiente inscripción, trazada con lápiz con mano firme:



AL PIE DE ESTE ÁRBOL
YACE EL CUERPO
DE
 JOHN OAKHURST
 QUE DIO CON UNA VENA DE MALA SUERTE
 EL 23 DE NOVIEMBRE 1850
 Y
ENTREGÓ SUS APUESTAS
 EL 7 DE DICIEMBRE DE 1850.



Y sin pulso y frío, con un revólver a su lado y una bala en el corazón, todavía tranquilo como en vida, yacía bajo la nieve el que a la vez había sido el más fuerte y el más débil de los expulsados de Poker Flat.



CARTUCHO nellie campobello


Francisca Ernestina Moya Luna aka Nellie Campobello (Villa Ocampo, 1900—Progreso de Obregón, 1986), fue testigo y narradora de excepción de la Revolución Mexicana. Cartucho (1931) es un novela rabiosamente moderna sobre ese periodo que mezcla ficción, crónica, ensayo, canciones populares, fragmentos periodísticos... Esas frases lacónicas, disparejas, cortantes... influyeron claramente a Juan Rulfo y su manera de crear atmósferas la encontramos años más tarde en la obra de Sergio Pitol. Nellie Campobello nunca gozó de la fama de sus dos admiradores. Incluimos el primer capítulo, en el que se presenta, precisamente, a Cartucho.


ÉL Cartucho no dijo su nombre. No sabía coser ni pegar botones. Un día llevaron sus camisas para la casa. Cartucho fue a dar las gracias. “El dinero hace a veces que las gentes no sepan reír”, dije yo jugando debajo de una mesa. Cartucho se quitó un gran sombrero que traía y con los ojos medio cerrados dijo: “Adiós”. Cayó simpático, ¡era un cartucho! Un día cantó algo de amor. Su voz sonaba muy bonito. Le corrieron lágrimas por los cachetes. Dijo que él era un cartucho por causa de una mujer. Jugaba con Gloriecita y la paseaba a caballo. Por toda la calle.


Llegaron unos días en que se dijo que iban a llegar los carrancistas. Los villistas salían a comprar cigarros y llevaban el 30-30 abrazado. Cartucho llegaba. Se sentaba en la ventana y clavaba sus ojos en la rendija de una laja lila. A Gloriecita le limpiaba los mocos y con sus pañuelos le improvisaba zapetitas. Una tarde la agarró en brazos. Se fue calle arriba. De pronto se oyeron balazos. Cartucho con Gloriecita en brazos hacía fuego al Cerro de la Cruz desde la esquina de don Manuel. Había hecho varias descargas, cuando se la quitaron. Después de esto el fuego se fue haciendo intenso. Cerraron las casas. Nadie supo de Cartucho. Se había quedado disparando su rifle en la esquina. Unos días más. Él no vino; Mamá preguntó. Entonces José Ruiz, de allá de Balleza, le dijo: —Cartucho ya encontró lo que quería. José Ruiz dijo: —No hay más que una canción y ésa era la que cantaba Cartucho.


José era filósofo. Tenía crenchas doradas untadas de sebo y lacia de frío. Los ojos exactos de un perro amarillo. Hablaba sintéticamente. Pensaba con la Biblia en la punta del rifle. —El amor lo hizo un cartucho. ¿Nosotros?… Cartuchos. Dijo en oración filosófica, fajándose una cartuchera.


EL CAZADOR e. l doctorow


Edgar Lawrence Doctorow (Nueva York, 1931—2015) tal vez sea más conocido por sus impresionantes novelas históricas: Ragtime, Homer & Langley, Billy Bathgate o El libro de Daniel. Sin embargo, como cuentista es también un maestro y en este perturbador El cazador consigue crear una atmosfera turbia y pesadillesca, simplemente rascando sobre la superficie de lo que sería el clásico pueblito norteamericano.


El pueblo está dispuesto en terrazas en la ladera del monte, a orillas del río, un pueblo fabril de casas de madera y edificios públicos con fachadas de piedra roja. Hay una biblioteca llamada Lyceum con una única sala. Hay varias tabernas, antiguas casas con porche reformadas, con letreros de neón de Miller y Bud colgando de las ventanas delanteras. Justo en la margen del río se encuentra la vieja metalistería, una nave alargada de ladrillo de dos plantas con una torre en un extremo, una alambrada alrededor y muchas ventanas rotas. El río está helado. Una capa de nieve nueva cubre el pueblo. A ambos lados de las calles, la nieve acumulada durante el invierno se ha amontonado y llega a la altura del hombro. El humo se eleva desde las chimeneas de las casas y el cielo lo absorbe enseguida. El viento viene del río y barre la ladera entre las casas.


Un autobús escolar se abre paso por las estrechas calles en pendiente. Desde los porches, las madres y los padres miran a sus hijos subir al autobús. Es lo único que se mueve en todo el pueblo. Los padres cogen brazadas de leña apilada a la puerta y vuelven a entrar. En el bosque, detrás de las casas, se alzan árboles negros, negros en contraste con la nieve. Gorriones y pinzones vuelan de rama en rama e hinchan las plumas para mantener el calor. Revolotean hasta el suelo y brincan en la nieve endurecida bajo los árboles. Los niños entran en la escuela por las grandes puertas de roble provistas de barras horizontales para abrirlas. No es una escuela grande pero sus proporciones cuadradas y altas crean salas huecas y escaleras resonantes. Los niños se sientan en filas con las manos cruzadas y miran a su maestra. Es alegre y amable. Lleva aquí justo el tiempo suficiente para que su deseo inmodesto de transformar a estos niños se haya convertido en respeto por lo que son. Tienen los pequeños rostros en carne viva por el frío; la debilidad de su piel clara asoma en manchas en las mejillas y en la


palidez azul de los párpados. Sus párpados son membranas traslúcidas tan finas y delicadas que ella no se explica cómo duermen, cómo consiguen no ver con los ojos cerrados. Les dice que se alegra de verlos allí con semejante frío, pese a que sopla un fuerte viento valle arriba y se avecina otra tormenta. Empieza el trabajo del día con gimnasia, pidiéndoles que se agachen y se doblen y salten y den vueltas a los brazos y hagan volteretas para que vean cómo es el mundo visto del revés. ¿Cómo es?, exclama, intentándolo ella misma, haciendo volteretas en la colchoneta hasta marearse. Los niños no se animan pero la gimnasia los alerta sobre el estado de ánimo de ella. La observan con interés para ver qué viene a continuación. Con ella a la cabeza, salen del gimnasio pequeño y escasamente iluminado, recorren los pasillos vacíos, suben y bajan escaleras, oyéndola decir que son una patrulla perdida en las cavernas de un planeta en algún lugar lejano del espacio. Buscan indicios de vida. Vagan por las aulas sin usar, donde dibujos hechos con ceras cuelgan de chinchetas y los tablones de corcho


se han abarquillado y desprendido del marco. Mirad, dice ella, levantando la bota de agua roja de un niño, rescatada de las profundidades del armario de un aula. ¡Nunca se sabe! Cuando bajan al sótano, el portero que dormita en su cubículo despierta sobresaltado ante un grupo de niños que lo miran fijamente. Es un hombre corpulento con aspecto de oso y lleva pantalón de faena y una camisa de lana roja a cuadros. La maestra siempre lo ha visto con la misma ropa. Lleva una barba gris de dos días. Somos una patrulla perdida, le anuncia, ¿ha visto alguna criatura viviente por los alrededores? El portero arruga la frente. ¿Cómo?, dice. ¿Cómo? En el sótano hace calor. La caldera emite un rugido grave. Ella le pide que abra la puerta de la caldera para que los niños vean la fuente de calor, el fuego en su cavidad. Los invita a todos a tirar uno por uno un puñado de carbón por la puerta. Ellos lo hacen como un sacramento. A continuación, ella insiste en que el portero abra los cuartos de material y la antigua cocina del comedor y aquí señala cajas sin usar de


sopa instantánea y alimentos enlatados, también grandes ollas y gruesas cazuelas de aluminio y una pila de bandejas de metal con compartimentos para la comida. Eh, eso no puede llevárselo, dice el portero. ¿Y por qué no?, contesta ella, éste es el colegio de estos niños, ¿no? Entrega a cada niño una bandeja o una olla y se marchan al piso de arriba, golpeándolos con los puños para espantar a las criaturas de carne húmeda y ojos rotatorios y cuernos carnosos que acaso acechan tras los recodos. Por la tarde, ya ha oscurecido y el autobús escolar recibe a los niños en el aparcamiento situado detrás del edificio. Las farolas nuevas instaladas por las autoridades del condado irradian una luz ambarina. Bajo esa luz ambarina, el autobús escolar amarillo adquiere el color de una yema de huevo oscura. Cuando se pone en marcha, los niños, desdibujados sus rostros detrás de las ventanillas, se vuelven para mirar a la joven maestra. Ella se despide de ellos, abriendo y cerrando los manos como un aleteo. Las ventanillas del autobús se deslizan ante ella, rompiendo su imagen y volviendo a formarla y creando la ilusión óptica de que el edificio de


piedra que se alza a sus espaldas se desliza sobre sus cimientos en dirección contraria. El autobús ha doblado para acceder a la calle. Avanza despacio frente al colegio. Las cabezas de los niños dan una sacudida al unísono cuando el conductor cambia de marcha. El autobús se pierde de vista al llegar a la hondonada de la cuesta. En ese momento, la maestra cae en la cuenta de que no ha reconocido al conductor. No era el hombre bajo y fornido con gafas sin montura, era un joven de cabello largo y claro y cejas blancas, la ha mirado en el momento en que se encorvaba sobre el volante, con los brazos a punto de realizar el esfuerzo de iniciar el giro del autobús. Esa noche, en casa, la joven calienta agua para un baño y la echa en la bañera. Se baña y orina en el agua. Saca las manos del agua y la deja resbalar entre los dedos. Tararea una melodía inventada. El cuarto de baño es grande, con revestimiento de tablas de madera pintado de gris. La bañera descansa sobre cuatro garras de hierro forjado. En lo alto de la


pared hay una pequeña ventana apenas abierta y por la ranura se filtra el aire nocturno. Se recuesta y el aire frío se desliza por la superficie del agua y le acaricia el cuello. Por la mañana se viste y se peina hacia atrás y se recoge el pelo y se pone unos pequeños pendientes de ópalo en forma de lágrima que le regalaron cuando se licenció. Va a pie al trabajo, abre el colegio, enciende el radiador, borra la pizarra y vuelve a la puerta de entrada para esperar a los niños en su autobús amarillo. No llegan. Va al aula, reorganiza las clases del día en la mesa, reparte hojas de papel rígido dejando una en el pupitre de cada niño. Regresa a la puerta de entrada y espera a los niños. No se ve la menor señal de ellos. Busca al portero en el sótano. La caldera emite una especie de gemido, se produce una rítmica intensificación de su ruido de funcionamiento y él está allí mirándola con cara de perplejidad. Le dice la hora y coincide con


la hora de su propio reloj. Ella vuelve a subir y se planta en la puerta de entrada con el abrigo puesto. El autobús amarillo entra por el camino de acceso del colegio y se detiene ante la puerta. Ella apoya la mano en el hombro de cada uno de los niños cuando descienden por los peldaños del autobús. El joven del pelo y las cejas rubios le sonríe. En este pueblo han tenido lugar ritos sagrados y sucesos legendarios. En un partido de fútbol semiprofesional resultó muerto un jugador. Una vez vino y habló un candidato a la presidencia. Aquí se celebró un funeral multitudinario por las víctimas de un incendio en una fábrica de calzado. Da por sentado que el nuevo conductor de autobús desconoce todo eso. La mañana del sábado, la maestra acude a la residencia de ancianos y les lee en voz alta. Ellos, allí sentados, escuchan el relato. Son las caras de los niños en un tiempo distinto. Incluso cree reconocer a abuelos y abuelas por el parentesco. Cuando se acaba la lectura, aquéllos que aún pueden


andar se acercan a ella y le tiran de las mangas y el cuello de la blusa, interrumpiéndose mutuamente para explicarle quiénes son y qué fueron en su día. Hablan a gritos. Cada cual se burla de lo que dice el otro. Agitan las manos ante su cara para captar su atención. Sale de allí cuanto antes. En la calle echa a correr. Corre hasta que la residencia de ancianos se pierde de vista. Hace mucho frío, pero brilla el sol. Decide subir hasta la mansión que hay en lo alto de la cuesta más elevada del pueblo. De pronto, las empinadas calles doblan y cambian de sentido, convirtiéndose en sucesivos toboganes. Lleva botas de cordones y vaqueros. Trepa a través de ventisqueros en los que se hunde hasta los muslos. La vieja mansión se halla al sol, por encima de la línea de árboles. Cuentan que uno de los dueños de la fábrica la construyó para su prometida y, poco después de tomar posesión de la casa, la mató con una escopeta. En las columnas griegas faltan grandes pedazos y ella ve asomar tela metálica entre el yeso. Del pórtico cuelgan carámbanos y hay nieve apilada contra


la casa. No tiene puerta delantera. Entra. La luz del sol y la nieve llenan el vestíbulo y la magnífica escalera. Ve el cielo a través del techo desplomado y un cráter en el tejado. Avanza con cuidado y se acerca a la puerta de lo que debió de ser el comedor. La abre. Huele a podrido. Se oye un susurro y un silbido y ve una constelación de pares de ojos en la oscuridad. Abre más la puerta. Varios gatos están arrinconados en un ángulo del salón. Le gruñen y contraen la cola. Sale y camina hasta la parte trasera de la casa, un campo abierto, blanco bajo el sol. Hay una escalerilla de aluminio picado apoyada contra el alféizar de una ventana de la planta superior. Sube por la escalerilla. La ventana está reventada. Atraviesa el marco y se queda inmóvil en un dormitorio bien iluminado y espacioso. Un hemisferio de hielo cuelga del techo. Parece la base de la luna. Se detiene ante la ventana y ve en el borde del campo a un hombre con una chaqueta naranja y una gorra roja. Se pregunta si él la ve desde esa distancia. El hombre se apoya la escopeta en el hombro y un momento después ella oye un extraño chasquido,


como si alguien hubiera asestado un golpe con la palma de la mano en el revestimiento exterior de la casa. No se mueve. El cazador baja la escopeta y retrocede por el campo hacia la linde del bosque. A última hora de la tarde, la joven maestra telefonea al médico del pueblo para pedirle que le recete algo. ¿Qué problema tenemos?, pregunta el médico. Ella inventa una respuesta autodestructiva, pero se muestra segura y firme, logra incluso emitir una risita. El médico le dice que telefoneará a la farmacia y le recetará Valium, dos miligramos, para que no se amodorre. Ella se acerca a Main Street, donde el farmacéutico abre la puerta y, sin encender la luz, la lleva al mostrador del fondo. El farmacéutico hunde la mano en un tarro grande y saca un puñado de comprimidos y mete los comprimidos de Valium uno por uno, con el pulgar y el índice, en un frasco. La joven va al cine de Main Street y paga la entrada. El cine tiene el mismo nombre que el pueblo. Se sienta en la oscuridad y traga un puñado


de comprimidos. No distingue la película. La pantalla es blanca. Luego lo que ve formarse en la pantalla blanca es el pueblo en su manto de nieve, las casas de madera en la ladera del monte, el río helado, el viento que arrastra la nieve por las calles. Ve a los niños salir por las puertas de sus casas con sus libros y bajar por la escalinata a la calle. Ve la vida exactamente como es fuera del cine. Después cruza el centro del pueblo. Lo único abierto es el quiosco. Varios hombres hojean revistas. Dobla por Mechanic Street y pasa por delante del taller de herramientas y moldes y cruza las vías del ferrocarril hacia el puente. Empieza a correr. En medio del puente el viento es una fuerza y ella tiene la impresión de que quiere empujarla por encima de la balaustrada y tirarla al río. Corre encorvada, con la sensación de que se abre paso a través de algo que sólo cede ante ella al desgarrarlo. Al otro lado del puente, la calle gira bruscamente a la izquierda y, en el recodo, al pie de una cuesta con pinos, hay una casa marrón con un letrero de neón en la ventana: LOS RÁPIDOS. Sube por los peldaños del


porche, entra en Los Rápidos y, sin mirar a derecha ni izquierda, se dirige hacia el fondo, donde encuentra el lavabo. Cuando sale, se sienta en uno de los reservados de madera contrachapada y barnizada y fija la mirada en la mesa. Al cabo de un rato, un hombre con delantal se acerca y ella pide una cerveza. Sólo entonces alza la vista. La luz es tenue. Ante la barra hay un par de ancianos, pero a solas en un extremo, instalado con su vaso y un paquete de tabaco, está el nuevo conductor del autobús, el hombre de pelo rubio y largo, y le sonríe. Él se ha sentado con ella. Durante un rato no cruzan palabra. Él levanta el brazo y se vuelve en el asiento para mirar hacia la barra. ¿Quieres otra?, dice. Ella mueve la cabeza con un gesto de negación, pero no da las gracias. Hunde la mano en el bolsillo de su abrigo y coloca un billete de dólar arrugado junto a la botella. Él levanta un dedo. ¿Eres de por aquí?, pregunta. De la parte este del estado, contesta ella.


Yo soy de Valdese, dice él. Más adelante yendo por la 16. Ah, sí. Sé que eres la maestra de los niños, dice él. Yo soy su conductor. Lleva un pantalón y una cazadora vaqueros y una camisa de lana, lo mismo que lleva en el autobús. No debe de tener abrigo. Algo le cuelga de una cadena alrededor del cuello pero queda oculto bajo la camisa. Un asomo de barba rubia y dispersa se le extiende por la barbilla y la línea de la mandíbula. Tiene las mejillas lampiñas. Sonríe. Se le ve una mella en un incisivo. ¿Qué hay que hacer para llegar a maestro? Tienes que ir a la universidad. Suspira. ¿Qué hay que hacer para llegar a conductor? Es un empleo municipal, responde él. Necesitas un permiso de conducir y no tener antecedentes. ¿Y cuáles podrían ser esos antecedentes? Bueno, ya sabes, si te han detenido o algo así. Cualquier clase de antecedente penal. O si te han dado de baja en el ejército por mala conducta.


Ella espera. Una vez en tercero tuve una maestra, explica él. Creo que era la mujer más guapa que he visto en mi vida. Ahora creo que no era más que una niña. Como tú. Pero era muy orgullosa y movía la cabeza y caminaba de una manera que me hacía desear ser mejor alumno. Ella se ríe. Él coge la botella de cerveza de ella, simula una actitud de reproche, levanta el brazo en dirección al camarero y pide dos con una seña. Es muy fácil, dice ella, conseguir que se enamoren de ti. Tanto niños como niñas, es muy fácil. Y para sí admite que ella lo intenta, conseguir que la quieran. La maestra adquiere una gracia que no tiene en ningún otro momento: se mueve como una bailarina, los toca y se roza con ellos, es abierta y no exhibe el menor miedo y se crea así una apariencia de misterio a los ojos de ellos. ¿Tienes hermanas?, pregunta ella.


Dos. ¿Cómo lo has sabido? ¿Son mayores que tú? Una es mayor y la otra menor. ¿A qué se dedican? Trabajan en las oficinas del aserradero, allí, en el pueblo. Ella dice Yo me fiaría de un hombre que tuviera hermanas. Él echa la cabeza atrás y toma un largo trago de su botella de cerveza y ella observa su nuez subir y bajar y el asomo de barba rubia y dispersa en su cuello moverse como juncos flotando en el agua. Después salen de Los Rápidos y él la lleva a su furgoneta. Es bastante bajo. Ella se sube y se fija en las botas de trabajo cuando él entra en la cabina por el otro lado. Son unas botas buenas, de cuero amarillo nuevo, limpias. Le cuesta arrancar el motor. ¿Qué haces aquí si vives en Valdese?, pregunta ella. Esperarte. Se ríe y el motor se enciende. Cruzan lentamente el puente y luego la vía del tren. Siguiendo las


indicaciones de ella, él llega al final de Main Street y dobla por la cuesta y la lleva a su casa. Para junto a la puerta lateral. Es una casa pequeña y se la ve oscura y fría. Él apaga el motor y los faros y se inclina sobre el regazo de ella y pulsa el botón de la guantera. Dice Da la casualidad de que tengo un poco de vino para una fiesta. Saca una botella plana de una bolsa marrón y cierra la guantera y, al echarse hacia atrás, le roza el muslo con el brazo. Ella fija la mirada al frente a través del parabrisas. Piensa: vaya un currante estúpido. Intentando ligarse a la maestra. Hay que ver, con su vino para la fiesta en una bolsa. ¿Cómo se atreve? Se baja de la cabina de un salto, rodea la furgoneta rápidamente y, subiendo por los peldaños de atrás, entra en la cocina. Cierra de un portazo. Se hace el silencio. Espera en la cocina, inmóvil, a oscuras, de pie detrás de la mesa, de cara a la puerta. No oye nada más que su propia respiración. De pronto, la puerta trasera se inunda de luz, la cortina blanca de la


puerta de cristal se convierte en una pantalla blanca y, a continuación, la luz se apaga y oye la furgoneta retroceder hacia la calle. Está jadeando y, en ese momento, se desvanece la ira y se echa a llorar. Sola en la cocina oscura, llora; un olor amargo se desprende de su cuerpo, un olor a quemado, que la ofende. Calienta agua en el fogón y la sube a la bañera. El lunes por la mañana la maestra espera a los niños en la puerta de la escuela. Cuando el autobús entra por el camino, ella retrocede y se queda parada en la entrada. Ve la puerta abierta del autobús, pero no si él intenta verla. Esta mañana está muy animada. Hoy es un día especial, niños, anuncia, y los sorprende cantándoles una canción a la vez que se acompaña con el autoarpa. Les deja tañer el autoarpa mientras ella pulsa los acordes. Mira, dice a cada uno, estás creando música. A las once llega el fotógrafo, un hombre barrigudo con un lazo negro al cuello. No recibo estas llamadas de los colegios hasta primavera, dice.


Se trata de una ocasión especial, explica la maestra. Queremos una fotografía de nosotros ahora, ¿verdad, niños? Observan muy atentos cuando él monta el trípode y la cámara. Lleva una bolsa negra con cierres de latón que producen un chasquido al abrirlos. Contiene cables y focos. Antes había varias clases, dice él. Ya veis qué pocos quedáis ahora. Tener que calentar todo este edificio para una sola aula. Para cuando está listo, la joven maestra ha apartado los bancos contra la pizarra y agrupado a los niños en dos filas, los más altos sentados en los bancos y los más bajos, en el suelo, sentados delante de ellos con las piernas cruzadas. Ella se queda de pie a un lado. Hay quince niños mirando a la cámara y su maestra sonriente con las manos entrelazadas ante ella, como una cantante de ópera. El fotógrafo observa la escena y frunce el entrecejo. Pero si estos niños no están preparados para la foto. ¿Qué quiere decir?


Pero si no llevan corbata ni zapatos nuevos. Hay niñas con pantalón. Usted hágala, dice ella. No están presentables. Estos niños ni siquiera van peinados. Sáquenos como estamos, insiste la maestra. De pronto, se aparta de la hilera y, con ademán colérico, se quita el pasador que le sujeta el pelo y sacude la melena para dejarla caer sobre los hombros. Los niños se sobresaltan. La maestra se arrodilla ante ellos en el suelo de cara a la cámara y estrecha a dos de ellos con sus brazos. Con un apremiante abrir y cerrar de manos, los insta a rodearla y ellos se colocan alrededor. Una niña empieza a llorar. Los acerca hacia sí, sintiendo sus cuerpos, los huesos delgados de sus brazos, sus pequeños hombros, sus piernas, sus traseros. Hágala, dice ella con un susurro vehemente. Hágala tal como estamos. Estamos mirándolo. Hágala.


FRONTERA valeria luiselli


Valeria Luiselli nació en México y creció en Sudáfrica. Es, muy probablemente, la mejor escritora mexicana contemporánea. Reside en Nueva York y sus obras deambulan por los territorios de la ficción y del ensayo. No podía faltar en este número: ella representa el espíritu de la transfrontera. Incluimos a continuación el demoledor primer capítulo de Los niños perdidos (2017) y recomendamos vivamente toda su obra: Los ingrávidos, Historia de mis dientes, Papeles falsos y Desierto sonoro, todas editadas por Sexto Piso.


«¿Por qué viniste a los Estados Unidos?». Ésa es la primera pregunta del cuestionario de admisión para los niños indocumentados que cruzan solos la frontera. El cuestionario se utiliza en la Corte Federal de Inmigración, en Nueva York, donde trabajo como intérprete desde hace un tiempo. Mi deber ahí es traducir, del español al inglés, testimonios de niños en peligro de ser deportados. Repaso las preguntas del cuestionario, una por una, y el niño o la niña las contesta. Transcribo en inglés sus respuestas, hago algunas notas marginales, y más tarde me reúno con abogados para entregarles y explicarles mis notas. Entonces, los abogados sopesan, basándose en las respuestas al cuestionario, si el menor tiene un caso lo suficientemente sólido como para impedir una orden terminante de deportación y obtener un estatus migratorio legal. Si los abogados dictaminan que existen posibilidades reales de ganar el caso en la corte, el paso siguiente es buscarle al menor un representante legal.


Pero un procedimiento en teoría simple no es necesariamente un proceso sencillo en la práctica. Las palabras que escucho en la corte salen de bocas de niños, bocas chimuelas, labios partidos, palabras hiladas en narrativas confusas y complejas. Los niños que entrevisto pronuncian palabras reticentes, palabras llenas de desconfianza, palabras fruto del miedo soterrado y la humillación constante. Hay que traducir esas palabras a otro idioma, trasladarlas a frases sucintas, transformarlas en un relato coherente, y reescribir todo eso buscando términos legales claros. El problema es que las historias de los niños siempre llegan como revueltas, llenas de interferencias, casi tartamudeadas. Son historias de vidas tan devastadas y rotas, que a veces resulta imposible imponerles un orden narrativo. «¿Por qué viniste a los Estados Unidos?». Las respuestas de los niños varían, aunque casi siempre apuntan hacia el reencuentro con un padre, una madre, o un pariente que emigró a los Estados Unidos antes que ellos. Otras veces, las respuestas de los niños tienen que ver no con la situación a


la que llegan sino con aquella de la que están tratando de escapar: violencia extrema, persecución y coerción a manos de pandillas y bandas criminales, abuso mental y físico, trabajo forzoso. No es tanto el sueño americano en abstracto lo que los mueve, sino la más modesta pero urgente aspiración de despertarse de la pesadilla en la que muchos de ellos nacieron. *** El tráfico avanza, pesado y lento, mientras cruzamos el puente George Washington desde Manhattan hacia Nueva Jersey. Volteo a ver a nuestra hija, que duerme en el asiento trasero del coche. Respira y ronca con la boca abierta al sol. Ocupa el espacio entero del asiento, desparramada, los cachetes colorados y perlas de sudor en la frente. Duerme sin saber que duerme. Cada tanto me volteo a verla desde el asiento del copiloto, y luego vuelvo a estudiar el mapa; un mapa demasiado grande para ser desplegado en su totalidad. Detrás del volante, mi marido se ajusta los lentes y se seca el sudor con el dorso de la mano.


Es julio de 2014. Vamos a manejar, aunque aún no lo sabemos, desde Manhattan hasta Cochise, en el sureste de Arizona, muy cerca de la frontera entre México y Estados Unidos. Llevamos unos meses esperando a que nos aprueben o nieguen la solicitud que hicimos para obtener el permiso de residencia permanente, o Green Card, y mientras esperamos no podemos salir del país. Según la terminología de la ley migratoria estadounidense, ligeramente ofensiva, durante los tres años que llevábamos viviendo en Nueva York, habíamos sido «non-resident aliens» (en traducción literal «alienígenas sin residencia», y, en traducción más exacta, «extranjeros sin residencia permanente»). «Aliens» es como se les llama a todas las personas no estadounidenses, sean residentes en el país o no. Hay, por ejemplo, «illegal aliens», «non-resident aliens» y «resident aliens». Ahora éramos «pending aliens», dado que nuestro estatus migratorio estaba irresuelto, aún pendiente. Por entonces bromeábamos, un tanto frívolamente, sobre las posibles traducciones al español de nuestra situación migratoria


intermedia. Éramos «alienígenas en busca de residencia», «escritores buscando

permanencia»,

«permanentes

alienígenas»,

«mexicanos

pendientes». Sabíamos en lo que nos estábamos metiendo cuando decidimos pedir la Green Card: los abogados, el costo económico, los largos meses de incertidumbre y espera, y el impedimento legal, sobre todo, para salir del país mientras esperábamos respuesta a nuestras solicitudes. Cuando por fin las enviamos, hubo unos días extraños, circunspectos, como si al depositar ese sobre en el buzón de correos nos hubiéramos dado cuenta, de golpe, de que habíamos llegado a vivir a un nuevo país, aunque en realidad ya llevábamos varios años viviendo ahí. Supongo que por primera vez nos hicimos, cada quien a su manera, la primera pregunta del cuestionario: «¿Por qué viniste a los Estados Unidos?». No teníamos una respuesta clara, pero decidimos que si nos íbamos a quedar a vivir en Estados Unidos, tendríamos al menos que conocer mejor el territorio. Así que en cuanto llegó el verano compramos mapas, rentamos un coche, hicimos playlists y salimos de Nueva York.


*** El cuestionario de solicitud para la Green Card no se parece en nada al cuestionario de admisión para niños indocumentados. Cuando solicitas una Green Card hay que responder preguntas como: «¿Tiene usted la intención de practicar la poligamia?» o «¿Es usted miembro del Partido Comunista?» o incluso «¿Alguna vez ha usted incurrido, a sabiendas, en un crimen de bajeza moral?». A pesar de que nada debe ni puede ser tomado a la ligera cuando pides permiso para vivir en un país que no es el tuyo, pues estás siempre en una posición vulnerable, y más aún tratándose de Estados Unidos, es inevitable ignorar el tono casi enternecedor de las preocupaciones del cuestionario de la Green Card y sus visiones de las grandes amenazas del futuro: libertinaje, comunismo, flaqueza moral. El cuestionario tiene la inocencia de lo retro, la obsolescencia de ideologías pasadas, y recuerda la calidad granulosa que tenían las películas sobre la Guerra Fría que veíamos en formato Beta. El cuestionario de admisión para los niños indocumentados, en cambio, es frío y pragmático. Está


escrito como en alta resolución y es imposible leerlo sin sentir la creciente certidumbre de que el mundo se ha vuelto un lugar mucho más jodido. *** Antes de la primera pregunta formal del cuestionario para niños indocumentados, el intérprete que los entrevista tiene que llenar un formulario con los datos biográficos esenciales del menor: nombre, edad, país de nacimiento, nombre de su guardián en los Estados Unidos, y nombres de las personas con las que el menor vive actualmente, si se trata de alguien distinto que el guardián. Unas líneas más abajo, dos preguntas flotan sobre la página como un silencio incómodo, seguidas por espacios vacíos: ¿Dónde está la madre del niño/a?__________________ ¿el padre?_________________ *** A medida que avanzamos por el país, siguiendo el mapa enorme que a ratos saco de la guantera, el calor del verano se vuelve más seco, la


luz más delgada y blanca, los caminos más remotos y solitarios. Llevamos unos días, durante nuestros largos trayectos hacia el oeste, siguiendo una historia en las noticias de la radio. Es una historia triste, que nos va afectando en un lugar profundo, pero que a la vez resulta distante, por inimaginable: decenas de miles de niños que emigraron solos desde México y Centroamérica han sido detenidos en la frontera. No se sabe si van a ser deportados. No se sabe qué va a pasar con ellos. Viajaron sin sus padres, sin sus madres, sin maletas ni pasaportes. ¿Por qué vinieron a Estados Unidos? *** Luego viene la segunda pregunta del cuestionario de admisión: «¿Cuándo entraste a los Estados Unidos?». La mayoría de los niños no saben la fecha exacta. Algunos sonríen y otros se ponen serios. Dicen: «el año pasado» o «hace poco» o simplemente «no sé». Todos huyeron de sus pueblos o ciudades, caminaron kilómetros, nadaron, corrieron, durmieron escondidos, montaron trenes y camiones de carga. La mayoría se entregó a la Border Patrol al cruzar la frontera. Todos llegaron buscando algo o


a alguien. ¿Buscando qué? ¿Buscando a quién? El cuestionario no hace esas otras preguntas. Pero pide detalles precisos: «¿Cuándo entraste a los Estados Unidos?». *** Mientras nos acercamos al suroeste del país, empezamos a coleccionar periódicos locales. Se acumulan en el piso del coche, en los asientos traseros y frente al asiento del copiloto. Buscamos estaciones de radio que cubran la noticia. Algunas noches, en moteles, hacemos breves búsquedas por internet. Hay preguntas, especulaciones, opiniones, teorías: una inundación abrupta –y efímera– en todos los medios. ¿Quiénes son estos niños? ¿Dónde están sus padres? ¿Qué va a pasar con ellos? No hay ninguna claridad, ninguna certidumbre en la cobertura inicial de la situación, aunque para describirla pronto se acuña el nombre: «Crisis Migratoria Estadounidense 2014». Eso se dice: es una crisis migratoria. Otros empezarán a argumentar en contra del término «crisis migratoria» y a favor del término más apropiado «crisis de refugiados».


Naturalmente, las posturas políticas de las distintas publicaciones y medios varían: algunos denuncian de inmediato el maltrato a los niños migrantes a manos de la Border Patrol; otros elaboran explicaciones complejas e incluso lúcidas sobre los orígenes y causas del aumento repentino de las cifras de menores haciendo el viaje solos. Algunos medios respaldan las protestas en su contra. La palabra «ilegales» impera sobre la palabra más precisa, «indocumentados». Un pie de foto en una página de internet explica así un retrato inquietante de un grupo de personas sosteniendo banderas y rifles en lo alto: «Los manifestantes, ejerciendo su derecho a portar armas y mostrando su consternación, se congregan fuera del Wolverine Center en Vassar, Michigan, que podría llegar a albergar a jóvenes ilegales». Otra imagen de Reuters muestra a una pareja de ancianos sentados en sillas de playa sosteniendo pancartas que rezan, en inglés: «Ilegal es un crimen». El pie de foto explica: «Thelma y Don Christie, de Tucson, se manifiestan en contra de la llegada de migrantes indocumentados al poblado de Oracle,


Arizona». Me pregunto qué pudo haber pasado por las mentes de Thelma y Don cuando metieron en su cajuela sus sillas de playa esa mañana en Tucson. Me pregunto de qué conversaron mientras manejaban los ochenta kilómetros al norte, hacia Oracle, y si escogieron un pedacito de sombra para poder sentarse cómodamente y sacar sus pancartas: «Ilegal es un crimen». ¿Anotaron en su calendario la frase «Manifestación contra ilegales» a un lado de «Misa» y justo antes de «Bingo»? *** Algunos periódicos anuncian la llegada de los niños indocumentados como se anunciaría una plaga bíblica: ¡Cuidado! ¡Las langostas! Cubrirán la faz de la tierra hasta que no quede exento ni un milímetro –estos amenazantes niños y niñas de piel tostada, de ojos rasgados y cabellera de obsidiana. Caerán del cielo, sobre nuestros coches, sobre nuestros techos, en nuestros jardines recién podados. Caerán sobre nuestras cabezas. Invadirán nuestras escuelas, nuestras iglesias, nuestros domingos. Traerán consigo su caos, sus enfermedades contagiosas, su mugre bajo las uñas, su


oscuridad. Eclipsarán los paisajes y los horizontes, llenarán el futuro de malos presagios y colmarán nuestra lengua de barbarismos. Y, si dejamos que se queden aquí, a la larga, se reproducirán. Leemos periódicos, revisamos páginas de internet, escuchamos la radio y tratamos de responder a las preguntas de nuestra hija. Nos preguntamos si las reacciones de la gente serían distintas si, por ejemplo, estos niños fueran de un color más claro, si fueran de «mejores» nacionalidades y genealogías más «puras». ¿Los tratarían más como personas? ¿Más como niños? *** En un restorán de carretera en Roswell, Nuevo México, escuchamos un día el rumor de que cientos de niños, algunos viajando solos y otros con sus madres, van a ser deportados de vuelta a Honduras en aviones privados, financiados por un millonario. Aviones llenos de «aliens». Confirmamos parte del rumor en un periódico local: en efecto, dos aviones van a partir de un aeropuerto cercano al famoso museo de ovnis de Roswell, al que


nuestra hija se había empeñado en ir. El término «alien», que hace apenas unas semanas, aplicado a nosotros mismos, nos hacía reír y especular sobre nuestra situación migratoria, se nos revela de pronto bajo una luz distinta. Es extraño cómo algunos conceptos pueden erosionarse tan repentinamente, volverse polvo puro. Las palabras que alguna vez se usaron a la ligera y con cierta irresponsabilidad pueden, de pronto, transformarse en algo venenoso y tóxico: aliens. Al día siguiente, al salir de Roswell, buscamos alguna noticia sobre lo que ocurrió con esos primeros deportados del verano. Encontramos sólo unas líneas en un reporte de Reuters sobre la llegada de los niños a San Pedro Sula, líneas que parecen el comienzo de un relato de lo absurdo de Mikhail Bulgakov o Daniil Kharms: «Luciendo contentos, los niños deportados salieron del aeropuerto bajo un cielo nublado y una tarde abrasadora. Uno por uno, se subieron a un autobús, jugando con globos que les habían sido obsequiados». Reparamos un momento en el adjetivo «contentos», y en la esmerada descripción del periodista sobre el clima de


San Pedro Sula: «cielo nublado», «tarde abrasadora». Pero la imagen de la que no conseguimos desprendernos, la que se reproduce una y otra vez en algún fondo oscuro de nuestra imaginación, es la de los niños sosteniendo esos globos ominosos. *** En los largos tramos de carretera, cuando nuestra hija va despierta en el asiento trasero, exige atención, pide botanas. Pero sobre todo pregunta: ¿Cuánto tiempo falta? Una hora –decimos, aunque falten siete. Para pasar las horas, para entretenerla, le contamos historias sobre el viejo oeste, cuando algunas partes de esa región de Estados Unidos todavía le pertenecían a México. Yo le cuento sobre el Batallón de San Patricio, el grupo de soldados irlandeses, católicos, que habían migrado a Estados Unidos para pelear en el ejército como carne de cañón, pero que se cambiaron de bando para luchar del lado de los mexicanos durante la intervención estadounidense de 1846. Su papá le cuenta sobre Gerónimo,


Cochise, Mangas Coloradas y los demás apaches chiricahua: los últimos pobladores del continente en rendirse a los carapálidas. Cuando esos últimos chiricahua se rindieron, en 1886, después de años y años de batallas tanto contra los soldados Bluecoats, del lado estadounidense, como contra el ejército mexicano, terminó por fin el largo proceso de implementar la «Indian Removal Act», aprobada por el congreso estadounidense en 1830, que consistió en exiliar a los indios americanos a las reservaciones. Es curioso –o, más bien, es siniestro– que todavía hoy en día se utilice la palabra «removal» para referirse a las deportaciones de inmigrantes «ilegales» –esos bárbaros bronceados que amenazan la paz blanca de la gran civilización del norte y los valores superiores de la «Land of the Free». Otras veces, cuando ya no tenemos más historias que contar, nos quedamos callados y miramos hacia la línea siempre recta de la carretera. Si cruzamos pueblos y logramos pescar una señal de radio, buscamos alguna estación y escuchamos noticias de la crisis. Todo se resiste a una explicación racional, pero poco a poco vamos recogiendo fragmentos de


la situación que se desarrolla del otro lado de la membrana porosa en que se ha convertido nuestro coche rentado. Hablamos entre nosotros y con nuestra hija sobre el tema. Respondemos lo mejor posible a sus preguntas. La tercera y cuarta pregunta del cuestionario de admisión se asemejan a una de las preguntas que repite nuestra hija: «¿Con quién viajaste?» y «¿Viajaste con algún conocido?». A veces, cuando se queda dormida otra vez, volteo a verla o escucho su respiración. Me pregunto si sobreviviría en manos de coyotes, y qué pasaría si fuera depositada, sin más, en la frontera tan despiadada de este país. ¿Qué pasaría si tuviera que cruzar este desierto, ya fuera sola, o en manos de oficiales de migración? No sé si, sola, cruzando países y fronteras, sabría sobrevivir. *** Las preguntas cinco y seis del cuestionario son: «¿Qué países cruzaste?» y «¿Cómo llegaste hasta aquí?». A la primera, la mayoría responde «México», y otros también incluyen «Guatemala», «El Salvador», y


«Honduras», dependiendo de dónde haya empezado el viaje. A la segunda pregunta, con una mezcla de orgullo y horror, la mayoría dice: «La Bestia». Más de medio millón de migrantes mexicanos y centroamericanos se montan cada año a los distintos trenes que, conjuntamente, son conocidos como La Bestia. Por supuesto, no hay servicio para pasajeros en esos trenes, así que las personas se montan encima de los desvencijados carros de carga rectangulares de techos planos –las góndolas– o bien en los descansos entre carro y carro. Se sabe que a bordo de La Bestia los accidentes –menores, graves o letales– son materia cotidiana, ya sea por los descarrilamientos constantes de los trenes, o por caídas a medianoche, o por el más mínimo descuido. Y cuando no es el tren mismo el que supone un peligro, la amenaza son los traficantes, maleantes, policías o militares, que a menudo intimidan, extorsionan, o asaltan a la gente que va a bordo. «Entra uno vivo, sale uno momia», se suele decir sobre La Bestia. Algunas personas la comparan con un demonio, otras con una especie de aspiradora que, desde abajo, si te


distraes, te chupa hacia el fondo de las entrañas metálicas del tren. Pero la gente decide, no obstante los peligros, correr el riesgo. Tampoco es que tengan muchas alternativas. La ruta de los trenes ha cambiado en los últimos años, pero ahora empieza o en Arriaga, Chiapas, o en Tenosique, Tabasco. El tren labra su camino lento hacia la frontera MéxicoEstados Unidos, ya sea por la ruta oriental del Golfo hacia Reynosa, situada en la frontera suroeste de Texas, o bien por la ruta del centro-oeste, hacia Ciudad Juárez o Nogales, situada en la frontera con Texas y Arizona, respectivamente. *** Mientras nos dirigimos del suroeste de Nuevo México hacia el sureste de Arizona, se vuelve cada vez más difícil ignorar la ironía incómoda de nuestro viaje: estamos manejando en dirección opuesta de la ruta de los niños cuyas historias vamos siguiendo ahora tan de cerca. A medida que nos acercamos a la frontera con México y empezamos a optar por caminos secundarios en vez de carreteras y autopistas, no vemos


a un solo migrante –niño o adulto. Vemos otras cosas, sin embargo, que indican su presencia fantasmagórica, futura o presente. En un camino de terracería que va de un pueblo llamado Shakespeare, en Nuevo México, a un caserío llamado Ánimas, y de ahí a Apache, en Arizona, vemos los rastros discretos de banderillas que plantan grupos de voluntarios para indicar a los migrantes que ahí hay galones con agua potable. Pero llegando a Ánimas también empezamos a ver las manadas de camionetas de la Border Patrol, como funestos sementales blancos encarrerados hacia el horizonte. De vez en cuando nos rebasan también camionetas pick-up, y es imposible no pensar que detrás de sus volantes van manejando hombres enormes, hombres de largas barbas o cabezas rapadas y abundantes tatuajes, hombres que llevan –por derecho constitucional– pistolas y rifles. En la ciudad dantesca de Douglass, en la frontera entre Arizona y Sonora, nos perdemos en una serie de calles trazadas en círculos concéntricos, y bautizadas con nombres como del Viejo Testamento, o tal vez como de un culto pseudosatánico: Limbo de los Patriarcas, Sendero


de la Sangre. Decidimos no decirle a nadie en las gasolineras y paraderos que somos mexicanos, por si acaso. Pero la migra nos detiene más de una vez, en sus retenes espontáneos, y hay que mostrar nuestros pasaportes, desplegar sonrisas amplias, y explicar que estamos de vacaciones. Tenemos que confirmarles que sí, que somos escritores –nomás–, aunque seamos mexicanos –también–, y que realmente estamos sólo de vacaciones. ¿Por qué estamos ahí y qué estamos escribiendo? –siempre quieren saber. Mentimos un poco: estamos escribiendo un Western. Estamos escribiendo un Western y estamos en Arizona por sus cielos abiertos, su silencio y sus vacíos –esta segunda parte de la explicación es un poco más verídica que la primera. Al devolvernos nuestros pasaportes, un oficial, rebosando sarcasmo, nos dice: Entonces vienen aquí desde Nueva York para inspirarse. Y como no vamos a contradecir a nadie que carga una placa, una pistola, y un repertorio de burlas desdeñosas, decimos nomás: Yes, sir.


¿Porque cómo se explica que nunca es la inspiración lo que empuja a nadie a contar una historia, sino, más bien, una combinación de rabia y claridad? Cómo decir: No, no encontramos ninguna inspiración aquí; encontramos un país tan hermoso como roto, y dado que estamos viviendo en él, estamos igualmente un poco rotos y avergonzados, y quizá buscamos algún tipo de explicación, o de justificación, para estar aquí. Cerramos los vidrios y seguimos manejando. Para distraernos un poco del mal trago de la migra, busco alguna playlist y aprieto shuffle. Una canción que suena a menudo, al azar, es «Straight to Hell», de The Clash. De algún modo se ha convertido, esa canción, en el leitmotiv de nuestro viaje. El final de la última estrofa me dobla el estómago: In no-man’s-land There ain’t no asylum here King Solomon he never lived round here. ***


La pregunta siete del cuestionario para menores dice: «¿Te ocurrió algo durante tu viaje a los Estados Unidos que te asustara o lastimara?». En la primera entrevista con el intérprete, los niños rara vez entran en detalles particulares sobre experiencias de este tipo. Además, lo que les sucede en el trayecto, una vez fuera de sus países y antes de llegar a Estados Unidos, no siempre puede ayudar a presentar su caso frente a un juez de inmigración, de modo que la pregunta no forma parte sustancial de la entrevista. Sin embargo, como mexicana, es la pregunta que más me avergüenza hacerles a los niños. Me avergüenza, y duele, y llena de rabia, porque lo que les ocurre durante el viaje, en México, es casi siempre peor que cualquier otra cosa. Las estadísticas de lo que ocurre en el tramo mexicano de la ruta de los migrantes cuentan por sí solas historias de terror. Violaciones: el 80 % de las mujeres y niñas que cruzan el territorio mexicano para llegar a la frontera con Estados Unidos son violadas en el camino. Las violaciones son tan comunes que se dan por hecho, y la


mayoría de las adolescentes y adultas toman precauciones anticonceptivas antes de empezar el viaje hacia el norte. Secuestros: en 2011, la Comisión Nacional de Derechos Humanos en México publicó un informe especial sobre casos de secuestros de migrantes, en donde reportó la escalofriante cifra de 11 333 víctimas de secuestros ocurridos entre abril y septiembre del año 2010 –un período de sólo seis meses. Muertes o desapariciones: aunque es imposible conocer la cifra real, algunas fuentes estiman que desde 2006 han desaparecido más de 120 mil migrantes en su tránsito por México. Más allá de las aterradoras pero abstractas cifras, hay historias concretas. En el 2010 ocurrió uno de los eventos que más marcó nuestras conciencias, y que sin duda supuso un parteaguas en términos de cómo se percibía tanto en México como en el resto del mundo la situación real de los cientos de miles de migrantes que cruzaban el territorio mexicano para llegar a Estados Unidos. El 24 de agosto de 2010 se encontraron los cadáveres


de 72 migrantes centroamericanos y sudamericanos amontonados unos encima de otros, en una fosa en un rancho de San Fernando, Tamaulipas. Algunos de los cadáveres mostraban marcas de tortura. Todos habían sido perforados por balas en el cráneo, disparadas a espaldas de la víctima. Tres personas de entre los torturados y asesinados fingieron su muerte y, aunque gravemente heridos, sobrevivieron. Pudieron contar las partes de la historia que ya muchos imaginaban: fueron los Zetas quienes perpetraron la matanza, cuando los migrantes se rehusaron a trabajar para ellos y dijeron que tampoco tenían medios para pagarse un rescate. Recuerdo los días oscuros en que se supo en México esta noticia –miles o quizá millones de personas preguntándose frente a periódicos, radios o pantallas: ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué hicimos como sociedad para que algo así pueda ocurrir? Todavía no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que, desde entonces, se han encontrado cientos de fosas comunes más, y que se siguen encontrando más y más.


Existen, también, historias particulares redentoras. Están, por ejemplo, Las Patronas, en Veracruz, que hace años empezaron a arrojar botellas de agua y comida a los migrantes a bordo de La Bestia, y que ahora son ya un grupo humanitario consolidado. Están, también, los muchos albergues que dan cobijo y comida a los migrantes a lo largo de su ruta por México –el más conocido de ellos, Hermanos en el Camino, dirigido por el padre Alejandro Solalinde. Sin embargo, esas historias son sólo breves hiatos, oasis en la tierra de nadie en la que se ha convertido el país. Son, si acaso, fugaces destellos de esperanza en ese limbo oscuro donde chillan las ruedas metálicas y constantes de La Bestia –como si en su ascenso al norte mallugaran racimos de pesadillas–. México se ha vuelto una gran aduana custodiada tanto por criminales de cuello blanco como por criminales con fuscas y trocas, y los migrantes centroamericanos que cruzan la frontera sureña del país entran al infierno. Más allá de los peligros que suponen para los migrantes las bandas organizadas y los criminales, están también los policías federales, estatales


y municipales, los militares, y los oficiales de migración, que operan bajo el paraguas de la Secretaría de Gobernación y que ahora están respaldados por nuevas y más severas políticas migratorias. Poco después de que en Estados Unidos se declarara la «crisis» de niños indocumentados, y tras una reunión entre el presidente Barack Obama y el presidente Enrique Peña Nieto, México declaró el «Programa Frontera Sur», el nuevo plan antinmigración del gobierno mexicano. El objetivo del Programa, al cual se le asignó inicialmente un presupuesto de 102 millones de pesos de los egresos federales, consiste en frenar la migración de centroamericanos a través de México. Algunas medidas concretas del Programa, sobre todo implementadas a lo largo de las rutas de La Bestia, son: drones; cámaras de vigilancia en los trenes y puntos estratégicos como túneles, puentes, cruces ferroviarios o centros urbanos; bardas y alumbrado en los patios de maniobras de los trenes; brigadas de seguridad privada e instalación de sistemas de geolocalización simultánea en los trenes; equipos de alarma y movimiento


en las vías; centros de mando de seguridad en puntos estratégicos; y, last but not least, los famosos «Grupos Beta» que, bajo el disfraz de brigada de ayuda humanitaria, localizan y luego denuncian a los migrantes con oficiales de migración, para que éstos puedan «asegurarlos» –eufemismo mexicano para decir «capturar y deportar migrantes». En suma: el Programa Frontera Sur de Peña Nieto convirtió a México en las puertas de bienvenida a Trumplandia. El discurso del gobierno mexicano para justificar el Programa Frontera Sur es que México tiene que salvaguardar la seguridad y proteger los derechos de los migrantes. Pero la realidad es otra. Desde que se declaró el Programa en 2014, México no ha hecho más que deportar masivamente a migrantes que, en muchos casos, por ley migratoria, tendrían derecho al asilo político tanto en México como en Estados Unidos. El año 2016, por ejemplo, ha sido el año en que se ha registrado el mayor número de peticiones de asilo político en la historia mexicana reciente; y, por otro lado, ha sido un año en el que aumentó radicalmente la tasa de deportaciones de


centroamericanos. La pregunta obligada es si acaso se está respetando el derecho al debido proceso de los migrantes. Es decir, ¿se está conduciendo en México un proceso regularizado, semejante al de las cortes federales de migración en Estados Unidos, donde los migrantes pueden defenderse de una orden de deportación en su contra, recurriendo a leyes migratorias que los defienden y pidiendo asilo político? Existe un estudio reciente y extenso sobre este tema, dirigido por la Washington Office on Latin America. La conclusión del estudio es que no. México está deportando centroamericanos masivamente, sin respetar su derecho al debido proceso. Por otro lado, a partir de que se implementó el Programa, la seguridad de los migrantes se ha visto comprometida aún más y sus vidas corren ahora peligros a veces más graves. Desde que, en el año 2016, el gobierno mexicano tomó mayor control de La Bestia, viajar a bordo de los trenes se ha vuelto mucho más arriesgado y difícil, así que se han tenido que buscar nuevas rutas migratorias. Ahora hay rutas marítimas que comienzan en las costas de Chiapas, en las que los migrantes viajan


con coyotes a bordo de balsas y embarcaciones precarias. Conocemos las historias del Mediterráneo, ese gran «cementerio marino». Nos podemos imaginar, entonces, lo que ocurrirá en los próximos años, bajo las enormes olas del Océano Pacífico. Con medidas como el Programa Frontera Sur, el foco de control del paso de migrantes se ha ido desplazando de la frontera geográfica del río Bravo, a la del Suchiate y el Usumacinta. Este desplazamiento, por supuesto, ha sido apoyado por Estados Unidos. El Departamento de Estado de Estados Unidos le ha pagado al gobierno mexicano decenas de millones de dólares para que México detenga o filtre el paso de migrantes centroamericanos. Y Peña Nieto –el niño mejor portado, mejor peinado y más siniestro del salón– ha entregado buenas calificaciones: a partir de 2014, México empezó a deportar más centroamericanos que Estados Unidos. En el año 2015, México deportó a más de 150 mil migrantes provenientes del Triángulo del Norte. El Programa Frontera Sur es el nuevo videojuego de realidad aumentada de nuestro gobierno, donde gana el gañán que caza más migrantes.


*** Si bien los peores crímenes y las violaciones sistemáticas de derechos de los migrantes suelen ocurrir en territorio mexicano, el peligro no termina cuando llegan a la frontera. En el año 2010, por ejemplo, un niño de dieciséis años que estaba del lado mexicano de la frontera fue asesinado a balazos por un policía estadounidense apostado en el otro lado. El policía argumentó después que el niño y otras personas le habían tirado piedras. Argumentó que se estaba defendiendo: balas contra piedras. Los riesgos continúan, por supuesto, una vez que se cruza la frontera y los niños se adentran en Estados Unidos. La pregunta ocho del cuestionario se enfoca en crímenes y violaciones de derechos en territorio estadounidense: «¿Alguien te ha lastimado, amenazado o asustado desde que llegaste a los Estados Unidos?». Se sabe, por ejemplo, de los civilian vigilantes y dueños de ranchos privados, que salen literalmente a cazar indocumentados –no se sabe si por convicción o por mero deporte. Pero no todas las muertes son por


asesinato. Muchos migrantes también mueren de deshidratación, hambre y accidentes. Sólo en el instituto forense de Pima County, en Arizona, se han registrado más de 2200 restos humanos desde el 2001, la mayoría de los cuales siguen sin ser identificados. La identificación de cadáveres es una tarea casi imposible, porque la mayoría de las veces éstos son hallados en un estado muy avanzado de descomposición, y porque las vías de comunicación entre familiares que buscan a sus desaparecidos y las instituciones a cuyo cargo están los restos es escasa, si no es que nula. La zona fronteriza entre México y Estados Unidos es un gran limbo, y los migrantes que mueren en esa porción de nuestro continente se vuelven meros «huesos en el desierto» –como decía Sergio González Rodríguez en 2002 para referirse a las muertas de Juárez, pero que también puede extenderse ahora a los miles de cadáveres de migrantes no identificados que, a medida que pasan los años, se siguen multiplicando, anónimos. Las cifras cuentan historias de terror, pero quizá las historias de verdadero terror, las inimaginables, sean aquellas para las cuales todavía


no hay números, para las cuales no existe ninguna posible rendición de cuentas, ninguna palabra jamás pronunciada ni escrita por nadie. Y, quizá, la única manera de empezar a entender estos años tan oscuros para los migrantes que cruzan las fronteras de Centroamérica, México y Estados Unidos sea registrar la mayor cantidad de historias individuales posibles. Escucharlas, una y otra vez. Escribirlas, una y otra vez. Para que no sean olvidadas, para que queden en los anales de nuestra historia compartida y en lo hondo de nuestra conciencia, y regresen, siempre, a perseguirnos en las noches, a llenarnos de espanto y de vergüenza. Porque no hay modo de estar al tanto de lo que ocurre en nuestra época, en nuestros países, y no hacer absolutamente nada al respecto. Porque no podemos permitir que se sigan normalizando el horror y la violencia. *** Hacia el final del verano de 2014, mi familia y yo manejamos de vuelta a Manhattan. Las Green Cards nos estaban esperando en la torre de correspondencia que nuestro casero fue depositando junto a la puerta


del departamento –todas excepto la mía. Nuestra hija volvió a la escuela, nosotros al trabajo cotidiano, y la vida volvió casi a la normalidad. Tocaba, todavía, que yo averiguara qué había pasado con mi Green Card extraviada –así que empecé a hablar semanalmente con mi abogada, mediante largas y casi siempre frustrantes llamadas telefónicas. Conjeturábamos posibles explicaciones para la demora. Quizá me estaban haciendo un background check más extenso: «¿Viajas a países musulmanes seguido?», me preguntó más de una vez la abogada. Sólo había ido a Jordania y a Turquía, y de eso ya eran más de diez años. «¿Segura?». De niña fui a Indonesia, recordé en alguna otra llamada en donde se repitió la pregunta. Había preguntas aún más ridículas: «¿Has sido miembro de alguna organización que represente una amenaza para Estados Unidos?». Soy miembro de la Modern Languages Association y los United World Colleges: dos congregaciones de ñoños y de niños, respectivamente, con cierto entusiasmo por la literatura y la vida académica.


Sus preguntas me parecían cada vez más descabelladas. Pero, fuera como fuera, teníamos que tener un plan b y un plan c. Solicitamos un permiso temporal de trabajo, que llegó unos meses después por el correo. Seguíamos sin tener señal de la Green Card. Pasaron así unos meses, y un día de pleno invierno mi abogada me anunció que tenía que cancelar nuestro contrato, y pasarle mi caso a alguien más. Le habían ofrecido un trabajo en una ONG, para representar casos de menores de edad indocumentados, y tenía que abandonar su práctica privada. Como no soy religiosa, creo en las pequeñas coincidencias. Así funciona el azar para quienes no tenemos la certidumbre de los grandes esquemas. Creo que gracias a la Green Card perdida, y gracias a que mi abogada abandonó mi caso, me pude involucrar con un problema mayor al mío. Mis tribulaciones de «pending alien», tan triviales, me condujeron a un problema más urgente. Un día, caminando por mi barrio con el teléfono celular al oído, le pedí a mi abogada una explicación más detallada de por qué dejaba mi caso. Me explicó lo que los periódicos ya habían dejado de


anunciar en sus primeras planas: el gobierno de Obama había decidido crear el «priority juvenile docket», una instancia legal para acelerar los procedimientos de deportación de los miles de niños y menores indocumentados. Por eso se iba: de pronto se necesitaban, con urgencia, muchísimos abogados más para cubrir la demanda de casos en las cortes de migración. Como la mayoría de los abogados eran monolingües, me explicó, había especial demanda por abogados que hablaran español. Ella hablaba español. Antes de despedirnos, le pregunté si hacían falta traductores en la corte, aunque no fueran abogados, y me dijo que por supuesto que sí. Me puso en contacto ese mismo día con una abogada de la Asociación de Abogados de Inmigración Estadounidenses (AILA, por sus siglas en inglés). Todavía tenía muchas preguntas por hacerle cuando colgamos, pero pasarían algunos meses antes de que empezara a poder siquiera articularlas: ¿Qué era, exactamente, un «priority docket»? ¿Quién estaba defendiendo a los menores indocumentados y quién los estaba acusando? ¿De qué crimen eran culpables?


UNA Y OTRA VEZ breece d´j pancake


Breece D´J Pancake se suicidó en Charlottesville en 1979 a los veintiséis años. Cuatro años después aparecieron publicados póstumamente sus relatos que le valieron, ipso facto, una reputación literaria a la altura de los más grandes autores norteamericanos. A él, obviamente, le valió vergas. En 2012, la editorial Alpha Decay reunió una selección de sus doce mejores narraciones en el volumen Trilobites. Una y otra vez es un cuento tenso, ambiguo, en el que conviene ir con cuidado y saber leer entre líneas.


El señor Weeks me ha llamado de nuevo esta noche y me vuelvo para echar un vistazo al zaguán de la casa. He dejado la luz de la cocina encendida. Esta casa vieja y vacía no es la misma desde que murió la señora. Cuando el señor Weeks no me llama, escribo cartas a todos mis conocidos preguntando por mi chico. Algunas me las devuelven, pero quienes me responden dicen dicen que nadie sabe adónde fue. No lo puedo remediar, siempre pienso que va a volver mientras estoy fuera de casa, así que dejo la luz de la cocina encendida y salgo. Siempre es igual el aire frío, y la nieve me golpea en la gorra, se me mete por el cuello. Oigo que mis puercos salen gruñendo del cobertizo, creen que voy a darles de comer. Debería darles algo mejor que esta bazofia,


pero no puedo hasta que sepa que mi chico está a salvo. Le dije que no fuera a verlo, que los puercos gritan porque nunca los mato. Gritan cuando están contentos, le dije, pero fue y lo vio. Y entonces huyó. Quito la nieve del parabrisas de la máquina y me subo a la cabina. Los asientos de vinilo son suaves y fáciles de lavar. La llave de cruceta está donde siempre, junto a mi asiento. La agarro, la devuelvo a su sitio. Pongo en marcha el repartidor de sal, bajo la cuchilla y salgo a limpiar la carretera de montaña. La nieve se amontona como un muro corrido en la cuneta. No se mueve ni un coche. Están tirados en el arcén y cuando paso a su lado, abriendo camino, empiezan a seguirme en fila, pero siempre terminan quedándose atrás. No tienen ni idea de lo que tarda la sal en hacer efecto. Son unos tarugos. Corren de un lado a otro con este tiempo y terminan muertos en la cuneta. Nunca esperan que la sal haga efecto. Creo que estoy demasiado viejo para seguir con esto. Ojalá pudiera tomarme un descanso, quedarme en casa y ver cómo los puercos se hacen


viejos y mueren. Cuando el último esté a punto de morir, le cocinaré el mejor banquete que haya visto en su vida y dejaré la verja abierta. Pero no caerá esa breva, porque me conozco este tramo de la Ruta 60 desde Ansted a Gauley, y hago bien mi trabajo. Al señor Weeks siempre se le llena la boca con mi trabajo y, cuando me cruzo con la quitanieves que se ocupa del trayecto cuesta arriba, siempre toco la bocina. Seguro que es el señor Weeks que sube desde Gauley. Ahora caigo en que nunca he visto al señor Weeks, fuera de la quitanieves. A veces miro hacia Sewel Mountain y, si veo que se aproxima una nevada, entonces lo llamo. Pero no se pude decir que seamos amigos. No nos hacemos visitas. Ni siquiera sé si tiene esposa e hijos. Llego al área de descanso en Hawks Nest y ya tengo otra remesa de tarugos siguiéndome en filia india, pero no tardo mucho en quedarme solo otra vez. La carretera, a medida que voy bajando hacia Chimney Corners, se vacía de luces y la ventisca engulle el halo amarillo de luz giratoria y las curvas blancas de mis faros. Sonrío al ver el bonito efecto de las


luces, pero estoy cansado y preferiría estar ya en casa. Los puercos me tienen preocupado. Tendría que haberles dado más comida, pero cuando el primero se muera, los demás no tardarán en comérselo. Trazo la gran curva de herradura en Chimney Corners y veo a un autoestopista. Parece aseado, y está medio congelado, así que freno y dejo que suba. —¡Eh!, gracia jefe —dice. —¿Vas muy lejos? —A Charleston. —¿Tienes familia en la ciudad? —pregunto. —Sí, jefe. —Yo solo llego a Gauley Bridge, luego doy media vuelta. —Me sobra y me basta —dice. Es un chico educado. Los tarugos vuelven a apelotonarse detrás de mí, pero meto la reductora y los dejo atrás. Que se despeñen… por la cuenta que me trae. —No hace bueno para estar en la carretera —digo.


—Desde luego que no, pero uno tiene que volver a casa. —¿Por qué no has cogido el autobús? —Bah, los autobuses apestan —dicen. Mi chico hablaba igual. —¿De dónde vienes? —De Roanoke. He trabajado todo el año con un tipo. Me han dado vacaciones en Navidad y un poco de calderilla. —No parece un mal tipo. —Puede jurarlo. Tiene una granja fuera de la ciudad, de caballos, no ha visto caballos así. El año que viene me dejará trabajar con los caballos. —Yo también tengo una granja, pero sólo me quedan unos cuantos puercos. —Los puercos dan dinero —dice. Lo miro. —¿Has visto morir a un puerco? —Vuelvo a poner la vista en la nieve de la carretera. —Pues claro.


—No es fácil matar a un puerco. En la guerra vi a gente que moría más rápido que un puerco en el matadero. —Nunca lo había pensado. Les pegamos un tiro y los desangramos rapidito. La verdad es que les da una buena tiritona, pero en realidad ya están muertos. —Tal vez. —¿De qué le sirve tener un puerco si no lo sacrifica? ¿Los vende? —Mis puercos están viejos. No sirven para nada. Me limito a dejar que se mueran. Me gano el pan haciendo este tramo de la carretera todos los inviernos. No necesito mucho más. —¿No tiene hijos? —pregunta. —Mi chico se escapó de casa después de la muerte de mi esposa. Pero de eso hace ya mucho tiempo. Permanece callado un buen rato. Donde la carretera está parcheada, levanto la cuchilla y aminoro un poco para echar más sal. Por el retrovisor, veo los faros de los coches, que se acercan despacio.


Entonces, de repente, el autoestopista dice: —¿Y qué hace su chico ahora? —Era aprendiz de albañil cuando se escapó. —Los albañiles se ganan bien la vida. —No sé. Sólo había llegado a peón de obra, cargaba ladrillos. Suelta un silbido. —Este verano me pasé dos semanas haciendo lo mismo. Terminé reventado. —Es un trabajo duro —digo. Entonces pienso que el chico debe tener unos buenos músculos para cargar ladrillos. Veo los faros de la quitanieves del señor Weeks. Meto la primera. No tengo prisa. —Escóndete ahí debajo —digo—. Me voy a meter en un fregado si ve que te he recogido. El chico se agacha a los pies del asiento y los faros de la quitanieves del señor Weeks iluminan mi cabina. Le saludo con la mano, pero no lo


veo con las luces de frente, y nos pitamos al cruzarnos. Ahora me voy un poco más al centro de la carretera. Quiero haber bien mi trabajo y sacar toda la nieve, pero cuando la fila de coches que sigue al señor Weeks se viene hacia mí, me inquieto un poco. No quiero provocar un accidente. El chico se incorpora, vuelve a hablar y a mí me entra un desasosiego. —Me daba un poco de miedo pasar por el condado de Fayette —dice. —Pse.. —digo yo. Procuro no rozar ningún coche. —Mierda, han matado a un montón de autoestopistas por aquí. Un tipo le da la bocina cuando se cruza conmigo pero tengo que quitar toda la nieve que el señor Weeks me ha dejado y siempre voy demasiado por el centro. El chico dice: —Los huesos de ese soldado, por dios, eso fue asqueroso. Me cruzo con el último coche de la caravana, pero me han entrado unos temblores en la espalda y en los brazos, y estoy sudando. —El soldado —dice—. ¿Sabe de qué le hablo?


—No. —Encontraron su macuto al fondo del acantilado, en Lover´s Leap. Todas sus cosas estaban dentro, y sus huesos también. —Ya me acuerdo. Fue una lástima. —Los faros trazan unos bonitos dibujos en la nieve y me sosiega mirarlos. —También se cargaron aquí a un gordo retrasado. Fue el único al que encontraron con toda la carne encima. De los demás sólo encontraron los huesos. —Hace años que no encuentran a ningún muerto —digo. Esta nieve me hace pensar en Francia. Nevaba así cuando nos soltaron del avión. Bostezo. —No sé —dice—. Puede que el tipo que se los cargó ya esté muerto. —Es lo más seguro —digo. La carretera sale de la montaña y sigo en dirección a Gauley, limpiando el tramo que corre a orillas del New River. El chico se fuma un pitillo y deja que la nieve entre entre en la cabina.


—Nevaba igual en Francia en el invierno del 44 —digo—. Estaba en la brigada de paracaidistas, nos soltaron en medio de un montón de alemanes. Mi pelotón tomó una granja sin un solo disparo. —¿En serio? —dice—. ¿Los pasasteis a todos a cuchillo? —Les rebanamos el pescuezo —digo, y veo a mi hombre derrumbarse en la pocilga. Es muy fácil matar a un hombre. Llegamos a Gauley. Aquí, las otras máquinas ya han quitado la nieve. Freno un poco y la caravana de coches me alcanza y luego me adelanta salpicándome la máquina. Agarro la llave de cruceta. —Chico, mira debajo del asiento a ver si encuentras mi linterna. Agacha la cabeza y empieza a rebuscar debajo del asiento, girándose hacia el otro lado. Pero ahora estoy demasiado cansado y no me apetece tener que lavar el asiento. —No está aquí, jefe. —Está bien —digo. Miro las luces de los coches. Son unos tarugos.


—Gracias de nuevo —dice, y se baja de un salto. Lo veo caminando de espaldas, con el pulgar en alto. Casi no tengo fuerzas para volver a casa. Me quedo en el asiento, quieto, y lo miro mientras camina de espaldas, hasta que un coche se para a recogerlo. Es un chico educado, pienso, y además ha tenido suerte, mira que encontrar alguien que se pare a recogerte de noche. Todo el camino de vuelta, subiendo por la montaña, me lo paso contando los hombres de Francia y tengo que parar y volver a empezar. Nunca consigo ir más allá de esa noche que nevó. Me cruzo con el señor Weeks y me pita, pero yo no le devuelvo el bocinazo. Intento contarlos, una y otra vez, pero no lo consigo. Aparco al lado de casa. Mis puercos salen correteando del cobertizo que tienen en el patio trasero y me gruñen. Me quedo al lado de la quitanieves y miro los primeros haces de luz que cruzaron Sewel Mountain entre las ramas nevadas de los árboles. Los coches circulan silbando por la carretera limpia. La luz de la cocina sigue encendida y sé que la casa está vacía. Mis puercos me miran y rezongan junto al comedero. Esperan que les dé de comer, así que voy a la pocilga.


MANIFIESTO josé cuauhtémoc


José Cuauhtémoc Huiztlic es el reo número 29846-8 del reclusorio Oriente de Ciudad de México. Cumple una sentencia de cincuenta años por homicidio múltiple.


Este país se divide en dos: en los que tienen miedo y en los que

tienen rabia.

Ustedes, burgueses, son los que tienen miedo.

Miedo a perder sus joyas, sus relojes caros, sus celulares.

Miedo a que violen a sus hijas.

Miedo a que secuestren a sus hijos.

Miedo a que los maten.

Viven presos de su miedo.

Encerrados en sus autos blindados, sus restaurantes, sus antros,

sus estúpidos centros comerciales.

Atrincherados.

Aterrados.


Nosotros vivimos con rabia.

Siempre con rabia.

Nada poseemos.

Nuestras hijas nacen violadas.

Nuestros hijos, secuestrados.

Nacemos sin vida, sin futuro, sin nada.

Pero somos libres porque no tenemos miedo.

No nos importa crecer entre el fango y la mierda, ni que nos

refundan en sus cárceles, ni terminar en sus morgues como cadáveres anónimos.

Somos libres.

Podemos alimentarnos de basura y respirar el aire pútrido de los

caños y beber orines y bucear en aguas negras y enfermar de diarrea y disentería y tifoidea y sífilis y dormir sobre heces y no bañarnos y apestar a sudor y a tierra y a muerte, no importa, resistimos.


Ustedes con sus carnes fofas, sus cerebros blandos, no sobrevivirían

ni un minuto fuera de su miedo.

Y por más que sus policías y sus ejércitos nos masacren, persistimos.

Somos imbatibles. Nos reproducimos como ratas. Si eliminan a uno de nosotros, surgimos otros miles. Sobrevivimos entre escombros. Huimos por escondrijos.

Ustedes se deshacen en dolor si pierden a uno de los suyos. Se

cagan con solo escuchar la palabra muerte. Nosotros no. Somos libres. Sin miedo. Con rabia. Libres.


SERRÍN chris offut


Chris Offut (Lexington, 1958) tuvo un fulgurante debut literario con Kentucky seco (Sajalín, 2019), una docena de cuentos que transpiran el ambiente bizarro de la región rural en la cual se crió. El año pasado, con la novela Mi padre, el pornógrafo (Malas tierras, 2020) se confirmó como uno de los narradores a los que seguir la pista en Norteamérica. Incluimos Serrín, prueba fehaciente del ambientillo que se respira por esos lares.


Nadie de esta ladera acabó el instituto. Por aquí se valora a un hombre por sus actos, no por su supuesta inteligencia. Yo no cazo, ni pesco, ni trabajo. Los vecinos dicen que le doy demasiado al coco. Dicen que soy como mi padre y a mamá le preocupa que puedan estar en lo cierto. Cuando yo era pequeño tuvimos un perro rastreador al que, tras un encontronazo con una mofeta, no se le ocurrió nada mejor que meterse debajo del porche. Gimoteaba en la oscuridad y no quería salir. Papá le pegó un tiro. Siguió apestando, pero papá se sintió mucho mejor. Le dijo a mamá que cualquier perro que no supiese diferenciar entre un mapache y una mofeta merecía ser liquidado. —Pero sigue ahí abajo —dijo mamá.


—Lo sé —dijo papá—. Yo también quería mucho a Tater. No creo que pueda enterrarlo. Nos miró, a mi hermano y a mí. —Ni se te ocurra mandar a los niños ahí abajo —exclamó mamá—. Es tu perro. Tú lo sacas. Se tapó la nariz y se puso a dar vueltas por la casa. Papá volvió a mirarnos. —¿Vosotros lo oléis, niños? A mí me lloraban los ojos, pero negué con la cabeza. —Las cosas muertas apestan —dijo Warren. —Lo mismo que tener esposa, a veces —dijo papá entregándome su rifle—. Toma, jovencito. Guarda esto y tráeme la caña y el carrete. Entré corriendo a por su equipo de pesca. Cuando salí, papá estaba de rodillas alumbrando con la linterna lo que había debajo del porche. En el rincón del fondo estaba el viejo Tater, más tieso que la mojama. —Pesca a ciegas —dijo papá—. Al final hasta puede ser divertido.


Separó las piernas, batió la caña y el sedal se coló zumbando en la oscuridad. Pescó un trozo de trapo. Volvió a lanzar y esa vez enganchó a Tater, pero solo logró arrancarle un jirón de pellejo. En el siguiente intento se le quedó trabado el sedal. Tiró con fuerza, se rompió, la caña salió propulsada hacia atrás y golpeó a Warren en la cara. Mamá salió corriendo de la casa al oír sus gritos. —¿Se puede saber qué hacéis? —dijo. —Se ha roto —dijo papá—. Un sedal con una línea de resistencia de casi cuatro kilos. Y un buen plomo echado a perder. —Ya que estás, ¿por qué no vas y haces un agujero en el suelo como cuando pescas en el hielo? —No sé dónde habré metido la sierra. —¡Eso es lo peor de todo! ¡Que hasta serías capaz! Arrastró a Warren por los peldaños de tablones grises y se metieron en casa. Papá partió la caña contra su rodilla. —Nunca debí tener hijos —dijo antes de lanzar la caña destrozada pendiente abajo.


Un arrendajo proyectó un berrido hacia el cielo. Papá me agarró de los hombros y se inclinó para mirarme a los ojos. —Yo quería ser veterinario de caballos, ¿pero sabes qué? Sacudí la cabeza. Sus dedos me hacían daño. —Dejé los estudios antes de entrar en el instituto porque no tenía nada que ponerme. Igual que el resto de mi familia. Hasta el último. Me soltó y me quedé mirando cómo su espalda encorvada desaparecía entre los árboles. Las hojas anchas de los álamos susurraban a su paso. Unos años después, papá renunció a su rifle y se unió a la iglesia. Le regaló a Warren un cachorro que se cayó del porche y se rompió una pata. Papá se pasó todo el día llorando. Yo me asusté, pero mamá dijo que su llanto era la prueba de que aún no había perdido el norte. Me dijo que tenía que sentirme orgulloso. Ese domingo papá se subió a un banco de la iglesia en mitad de la misa. Yo creí que había sido tocado por la Gracia Divina y que iba a ponerse a hablar en lenguas extrañas. El predicador interrumpió su sermón. Papá miró a su alrededor y juró por lo más sagrado


que curaría la pata rota de nuestro cachorro o moriría en el intento. Mamá lo obligó a sentarse y a cerrar el pico. Yo me volví a asustar. Después de la misa, papá se llevó el cachorro hasta el nogal que había en la cumbre y estuvo todo el día intentando recomponerle la pata. Seguía imprecando a Dios cuando mamá nos mandó a la cama. Encontró a papá por la mañana. Se había quitado el cinturón y se había ahorcado. En el suelo, a sus pies, estaba el cachorro con todas las patas rotas. Seguía vivo. Tanto Warren como yo dejamos de ir a la escuela. Él consiguió un trabajo y ahorró. Yo me adentré en el bosque en busca de setas, ginseng y raíces de podófilo. He estado en sitios en los que ni un conejo se atrevería a meterse. El pasado otoño, Warren remolcó una casa rodante hasta una hondonada y se instaló allí. Me dijo que yo solo servía para cuidar a mamá. Dos veces por semana me acercaba andando a la oficina de correos de Clay Creek, al pie de la montaña. Era lo único que teníamos, aparte de la iglesia, y ambos edificios estaban pegados pared con pared, entre el río y


la carretera. Casi todo el mundo acudía a los dos sitios, pero mamá y yo nos dividíamos. Yo recibía más correo que ella y ella tenía evangelio para dar y tomar. Yo estaba suscrito a un montón de revistas y me lo releía todo, incluidas las cartas de los lectores y los consejos para el hogar. Dejaron de llegarme porque nunca pagué. Algunos días me dejaba caer temprano por la oficina de correos para echar un vistazo a los criminales en busca y captura. Sesenta fotografías grapadas igual que los calendarios de las tiendas de alimentación para animales; caras de gente normal y corriente. Bajo cada rostro figuraba la lista de lo que había hecho el retratado, dónde tenía cicatrices y si era negro o blanco. Me parecía de lo más raro mostrar una fotografía de alguien y precisar su color. Por aquí somos sobre todo de color parduzco. Yo no tendría el menor inconveniente en hablar con alguien que fuese de otro color, pero esa clase de gente nunca asoma el hocico por aquí. Nadie viene. De aquí, la gente se va. Una tarde vi un anuncio en la oficina de correos para presentarse


al GED. Decía que cualquiera podía examinarse para obtener el título de secundaria en un centro VISTA del pueblo, y eso me hizo pensar en lo que me había contado papá sobre abandonar la escuela. Nunca leyó nada aparte de la Biblia del Rey Jacobo y cerca de un centenar de mapas. Papá coleccionaba mapas igual que otros crían perros; mapas grandes y mapas pequeños, preciados o de escaso valor. Se ponía a estudiarlos sobre un tocón hasta bien entrada la noche. Quería saber dónde quedaba la Tierra de Nod y quién vivía allí. El predicador le había dicho que se había perdido en el Diluvio. Papá no pensaba igual. —Todos los sitios tienen que estar en alguna parte —decía siempre. Me pasé dos días deambulando por el bosque sin poder quitarme de la cabeza lo del GED. Estuve a punto de pisar una corredora azul que tomaba el sol sobre una roca. Nos quedamos un rato mirándonos, ella disparando su pequeña lengua bífida y yo sin poder pensar en otra cosa que no fuese presentarme al examen. La mayoría de la gente echa a correr en cuanto ve una serpiente sin pararse a considerar si es venenosa o si está


viva. Con el examen pasaba algo parecido. Suspender no me haría ningún daño y aprobarlo haría que todos los habitantes de la montaña supiesen que yo no era lo que se creían que era. Puede que incluso cambiasen de parecer con respecto a papá. A la mañana siguiente, hice autoestop hasta Rocksalt y me planté en la acera. La gente me miraba desde los coches al pasar. Tenía la mano sobre el picaporte del local del examen y estaba empapado en sudor. Abrí la puerta. El aire era fresco y las paredes blancas. Tras una mesa de metal había una señora pintándose las uñas de rosa. Me miró y volvió a centrarse en sus uñas. —La barbería está aquí al lado —dijo. —No quiero cortarme el pelo, señora. No me vendría mal, pero no he venido al pueblo a eso. —Por supuesto —dijo como si se estuviese burlando de mí. Hablaba muy deprisa y no siempre pronunciaba bien las palabras. Me pregunté qué la habría traído a las montañas. Las cosas debían de estar poniéndose muy feas si la gente de la ciudad venía a buscar trabajo por aquí.


—Vengo a presentarme al examen —le dije. —¿Quién te envía? —Nadie. Se me quedó mirando un buen rato. Movió la mano como si estuviese espantando moscas y cuando se le secó el esmalte, abrió un cajón y me entregó un cuaderno de ejercicios. Era del tamaño de una revista, con anillas negras de plástico. —Vuelve cuando estés preparado —me dijo—. Estoy aquí para ayudaros. Tardé cinco horas en regresar a casa y el calor no me afectó ni una pizca. Para entonces, alguien que me había visto en el pueblo ya se lo había contado a un vecino que a su vez se lo había ido a contar a mamá en el grupo de oración. Así son las cosas por aquí. Un hombre estornuda y el estornudo llega a su porche antes que él. —He oído que tienes pensado ponerte a estudiar para ser más listo que nosotros —me dijo mi madre—. Podrías ponerte a leer la Biblia, ya que estás.


—Ya me la he leído. Dos veces. —Por lo menos no he criado a un pagano. Después de cenar me puse con los ejercicios. Lo que mejor se me daba era la comprensión de lectura, lo peor, las matemáticas. Los hombres pueden lograr que un lío de cifras equivalga a una cosa distinta. Quizá por eso hay gente a la que le gustan tanto las matemáticas. Pero por mucho que uno sume, una pila de leña para el horno nunca equivaldrá a un árbol. Todo eso hacía que me preguntase dónde iba a parar el serrín en los problemas de matemáticas. Después de tanto cálculo, no quedaba ni rastro del trabajo, nada que limpiar, nada que mirar. Una secuencia de números era como una de esas bolas que regurgitan los búhos y te encuentras en mitad de una pista de caza. Sabes que el ave ha pasado por ahí, pero no qué dirección ha tomado. Warren se metió en el jardín con su ranchera 4×4 tocando el claxon. Antes de que construyeran la fábrica de coches en Lexington, trabajaba en el pueblo. Ahora se pasa cada día tres horas al volante para ir al trabajo.


Tiene una antena parabólica, un microondas y un reproductor de vídeo. Sus botas resonaron en el porche y la puerta principal se cerró de golpe. Entró en nuestro viejo cuarto. —¿Qué pasa contigo, chaval? ¿Nos lo guardamos todo dentro y no nos atrevemos a contarlo o qué? Sacudí la cabeza. Tras la muerte de papá, Warren hacía lo posible por caer bien a todo el mundo. Yo, a la inversa. —He oído que te ha picado el gusanillo del sabelotodo —dijo—. Y que vas a presentarte a ese examen en el pueblo. —Me lo estoy pensando. —Deberías olvidarte y ponerte a trabajar en lo que sea. Así podrías llevar unas botas de piel de cocodrilo como estas. Se arremangó la pernera del pantalón. —¿De dónde las has sacado? —le pregunté. —De Lex. Tienen un centro comercial del tamaño de dos pastizales. Me las compré nada más verlas en el escaparate. Y las pagué a tocateja.


—Te la colaron, Warren. Hace cerca de diez años que no fabrican cosas de cocodrilo. Están protegidos por el gobierno. —¿Y cómo es que sabes tú tanto? —Lo leí en una revista. Warren frunció el ceño. A lo único que daba credibilidad era a lo que salía por la tele. Para él, la gente que salía en los anuncios era gente real. Supe que se estaba cabreando por la vena que se le hinchó en el cuello, gruesa como una lombriz. —Debería patearte el culo con estas botas —me dijo. —Y seguirán sin ser de cocodrilo. —Pero seguirán siendo nuevas. —Me pisoteó los zapatos de trabajo que había pedido a través del catálogo de Sears and Roebuck—. Por amor de Dios, hay que joderse. Sigues llevando estos putos pisamierdas del Wishbook . [2]

—¡Warren! —chilló mamá desde la cocina. Que la gente suelte palabrotas horribles no le importa mucho, pero lo


de pronunciar el nombre del Señor en vano es algo que no puede tolerar. Papá lo hacía solo para fastidiarla. —¿Sabes para lo que te va a servir ese examen? —dijo Warren—. Para volverte aún más lerdo de lo que eres. Salió pisando fuerte, arrancó la ranchera y embistió el camino revolucionando el motor y cambiando bruscamente de marchas. Se alejó dejando una densa humareda de polvo a sus espaldas. Vi cómo la luna se izaba por encima de Redbird Ridge. La noche trepaba por el valle. Salí y me senté en el viejo tocón donde papá se ponía a leer sus mapas. Hace tiempo la oscuridad me daba miedo, hasta que papá me dijo que era lo mismo que el día, solo que con el aire de otro color. En una semana ya había hecho los ejercicios dos veces y estaba listo para presentarme al examen. Todos los habitantes de la montaña sabían lo que me traía entre manos. El predicador garantizó a mamá un dulce lugar en el cielo por todas las tribulaciones que estaba teniendo que padecer en la tierra. Le aseguró que yo era demasiado testarudo para salir bien parado.


Lo estuve pensando en el bosque y resolví que lo mismo no era tan malo ser tan testarudo. Yo no soy de los que arrancan flores silvestres para encerrarlas en casa, donde morirán mucho antes. Y no me verás talar un árbol que dé buena sombra en verano para que no me falte leña en invierno. Con lo del examen era la primera vez que me obstinaba en hacer algo en lugar de emperrarme en lo contrario. Justo en eso papá y yo nos diferenciábamos. Él era cabezota en cosas sobre las que no tenía ni voz ni voto. Por la mañana dejé atrás la cresta y recorrí la mitad del camino a pie antes de que parase un coche y me dejase ante la misma puerta del local del examen. La señora se sorprendió al verme. Me inscribió en un formulario y me pidió quince dólares. Me quedé callado. —¿Tienes el dinero de las tasas? —me preguntó. —No. —¿Trabajas? —No.


—¿Vives con tu familia? —Con mi madre. —¿Ella trabaja? —No. —¿Recibís asistencia social? —No, señora. —¿Cómo os las arregláis entonces tú y tu madre? —No hablamos mucho. Ella apretó los labios y sacudió la cabeza. Alzó la voz y comenzó a hablar con lentitud, como si yo fuera sordo. —¿Y de dónde sacáis el dinero tú y tu madre? —Nunca nos ha hecho mucha falta. —¿Y la comida? —La cultivamos. La señora dejó el lápiz y se apartó de la mesa inclinando la silla hacia atrás. En la pared, a sus espaldas, colgaba un retrato del gobernador


encorbatado. Me puse a mirar por la ventana la ferretería de la acera de enfrente. Cuando papá murió, debía la mitad de una motosierra que acababa de comprar. Nos llegó una factura después del funeral y mamá tuvo que vender una colcha que había hecho su tía abuela para pagar la deuda. Me estaba estrujando la cabeza sin llegar a ninguna conclusión. Ya no había nada que vender. Warren me daría el dinero, pero jamás me atrevería a pedírselo. Me di la vuelta para marcharme. —Jovencito —dijo la señora—. Puedes presentarte de todas formas. —No necesito su ayuda. —Para los que viven en la indigencia es gratis. —Estaré en deuda con usted —le dije—. Se lo pagaré antes de las primeras nieves. Me hizo pasar por una puerta a un cuartucho sin ventanas. Me apretujé en un pupitre y me dio cuatro lápices amarillos y el examen. Cuando terminé, me dijo que volviese en un mes para ver si había aprobado. Me


dijo con voz dulce que podía presentarme al examen tantas veces como fuese necesario. Yo asentí y me marché del pueblo de vuelta a casa. No podía pensar ni sentir. Me vino bien caminar. Cada noche mamá expresaba su preocupación por que me estuviese olvidando de mis orígenes, creyéndome superior a los míos. Warren ya ni me dirigía la palabra. Me dedicaba a deambular por las montañas pensando en todo lo que sabía acerca del bosque. Soy capaz de identificar un pájaro por el nido y un árbol por la corteza. El olor a pepino significa que anda cerca una víbora cabeza de cobre. Las moras más dulces son las que están más próximas al suelo y para postes de cerca lo mejor es la madera de falsa acacia. Me hacía gracia tener que haberme presentado a un examen para enterarme de que vivía en la indigencia. Creo que ese conocimiento fue lo que hizo que papá perdiese para siempre el apetito. Cuando murió, mamá quemó sus mapas, pero yo salvé el de Kentucky. El lugar donde vivimos no sale. Me pasé tres semanas sin salir del bosque. Cuando por fin me acerqué


a la oficina de correos, la correspondencia aún no había llegado. Estábamos a primeros de mes y había un montón de gente esperando los cheques del gobierno. Los más ancianos estaban dentro, sentados, apartados del sol, y el resto, a la sombra de los sauces, junto al río. Uno de los chicos Monroe le dio un codazo a su hermano y me señaló. —Pero si es el letrado —dijo—, tomándose un descanso de sus libros. Oiga, letrado, ¿pretende volverse inteligente y rico de la noche a la mañana? —Sí —dijo su hermano—. Va a abrir una casa de putas y va a dirigirla en persona. Todos se rieron, incluso un par de ancianas con moños como piñas abiertas. Decidí pasar del correo y volver a casa. Entonces el primer chaval hizo que se me llevaran los demonios. —Tengo un cachorro enfermo en casa, letrado. ¿Se te dan tan bien como a tu padre? Tal y como funcionan las cosas por aquí, no me quedó más remedio que entrar al trapo. Hay ocasiones en las que, para desquitarse, un hombre


puede dejar pasar un año antes de pegarle un tiro al perro de otro hombre, pero con todo el mundo mirando, no puedes hacer como si nada. Así es que me acerqué a su ranchera y le reventé un faro. El menor de los Monroe vino corriendo, pero le hice una zancadilla y rodó en el polvo. El otro saltó sobre mi espalda y me desgarró la oreja de un mordisco. Por más que me revolvía, no podía zafarme de sus piernas. Y el muy cerdo no dejaba de darme puñetazos en la cara. Al final tuve que vencerme hacia atrás contra el capó de la ranchera para que me soltase. Entre dos ancianos contuvieron al otro. Vadeé el río y me esfumé por la pronunciada pendiente que conducía a mi casa. No dejé de escupir sangre en todo el camino. Mamá no dijo ni mu al enterarse del motivo de la pelea. Warren se presentó a la noche siguiente. —Pillé a uno en el río y al otro en el nacimiento del Bobcat Holler —dijo—. No volverán a hablar así jamás. —¿Les diste una buena? —Te aseguro que no lo olvidarán.


Warren había recibido uno o dos golpes en la mandíbula y se le había vuelto a hinchar la vena del cuello. A mi hermano no lo derribarías ni con una traviesa. —¿Sigues empeñado en lo de ese examen? —dijo. —El viernes. —Voy a comprarme una tele a pilas. —¿Para qué? —Para sentarme a verla. —Yo igual, Warren. Yo igual. Se llevó los dedos a la zona inflamada debajo del pómulo. Se encogió de hombros. —Pelearé por ti, hermanito. Y también por papá. Pero jamás entenderé de qué vais, ninguno de los dos. Salió y abrió la puerta de la ranchera con los pulgares.Tenía destrozados los nudillos de ambas manos y trataba de no doblar los dedos para que no se le abriesen las costras. Una ya le supuraba un poco. Arrancó el motor


en segunda para no tener que cambiar de marcha y se largó manejando el volante con las manos abiertas. Me quedé mirando hasta que el polvo volvió a asentarse. El viernes recorrí el borde superior de la ladera que coronaba el río hasta el pueblo. Rocksalt se encuentra en un amplio valle en medio de las montañas. Nunca lo había visto desde arriba y me pareció bastante pequeño, nada que pudiese dar miedo. Descendí la pendiente, crucé el río y seguí por la acera. Me quedé un buen rato plantado frente a la puerta del edificio. Todavía podía irme y no enterarme jamás de si había aprobado o no. Ambas opciones me aterraban. Abrí la puerta y me asomé. —Felicidades —dijo la señora. Me entregó un certificado en el que decía que había obtenido el título de bachillerato. Mi nombre estaba escrito en tinta negra. Un poco más abajo, había un sello dorado y la firma del gobernador. —Tengo un impreso de solicitud de empleo para ti —dijo ella—. No promete nada, pero ahora estás cualificado. El siguiente paso es conseguir trabajo.


—Lo único que quería era esto. —¿No quieres trabajar? —No, señora. Ella suspiró y bajó la mirada mientras se frotaba los ojos. Se apoyó en el marco de la puerta. —Hay días en que no sé ni qué hago aquí —dijo. —Como todos —dije yo—. Por aquí lo único que esperamos la mayoría es la muerte. —Eso no tiene gracia, jovencito. —No, pero lo que sí que la tiene es que, aun siendo así, todo el mundo se levanta supertemprano. —Pues a mí me gusta remolonear y levantarme tarde —dijo. Ella seguía sonriendo cuando cerré la puerta a mis espaldas. Había hecho todo lo que un hombre podía hacer para acabar los estudios y no me sentía tan mal. A la salida del pueblo me volví hacia la hilera de edificios de dos plantas. Papá solía decir que el pueblo no era para los inteligentes,


que allí no se les había perdido nada, pero ahora sabía que se equivocaba. Cualquiera puede ir al pueblo cuando quiera. El pueblo no es más que un puñado de gente que se ha juntado a vivir en el único espacio abierto entre las montañas. Me salí del camino y avancé campo a través entre las conizas hasta llegar a la orilla del río. Era el mejor sitio para encontrar cascos de botellas, y todavía le debía quince dólares al Estado.


CUALQUIER ALTIBAJO daniel sada


La repentina muerte de Daniel Sada (1953-2011) a los 58 años, segó una carrera literaria en la que estaba llegando a unas cotas de excelencia difíciles de superar. En 2008 recibió el premio Herralde por Casi nunca y, al menos, nos dejó esa obra cumbre de la literatura mexicana: Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (Tuquets, 1999). Su estilo barroco, grotesco, norteño, juguetón, inimitable... es un verdadero deleite e incluimos aquí una muestra de su libro de cuentos Registro de causantes (Joaquín Mortiz, 1990), nunca editado en España.


Antes que nada, debería estar prohibido hacer juegos de ocho, diez, o más horas en época de verano, pues son demasiado largos para los espectadores y los mismos peloteros se fastidian a causa del cabrón. El béisbol divierte o cansa, según sea el punto de vista. Sin embargo, esta vez no fue como otras, ¡ni Dios mande! Empezaron a jugar luego de la madrugada aprovechando el relente para así terminar pronto, digamos, antes del anochecer. Se enfrentaban los acérrimos rivales: Cachorros de Sacramento contra Forajidos de Boquillas: los segundos: visitantes. El juego se llevó a cabo en el llano que está hacia la orilla sur, por el rumbo


del panteón. Siempre se utilizaba una bola porque era la costumbre, o más bien, para evitar despilfarras. Poca gente se dio cita: unos ocho sombrerudos que llevaban lonche y soda. Éstos sentáronse en unas piedras. Ni siquiera vendedores ambulantes por ahí. Los Forajidos traían un total de doce hombres, con dos píchers abridores en la banca y listos para el relevo, también un jugador de refresco por si acaso se ofrecía; en tanto que los Cachorros justo eran los nueve batos. De fallarles el picheo alguno de los del cuadro tenía que cubrir la ruta. ¡Claro!, podía presentarse el caso de que uno se lesionara, pues ni modo, a ver cómo se arreglaban para remover gorrudos a distintas posiciones encontrando las ideales de acuerdo al bateo enemigo. Para colmo, ninguno de los conjuntos traía a su manejador. Fue por ello que desde antes que empezaran los del cuadro visitante se sintieran ya ganados burlándose con descaro de los pobres contrincantes que ni siquiera contaban con una mínima porra que los pudiera animar. Después del calentamiento los capitanes de equipo y el ampáyer se llevaron


más de una hora discutiendo varias reglas de terreno. Los Cachorros, por su parte, comentaban entre ellos que ojalá viniera el resto de sus demás compañeros, pero que el inconveniente es que en la noche de ayer hubo fiesta en Sacramento: mucha bala y borrachera, además del consabido desvelo. Acá en las averiguatas lo que les llevó más tiempo fue discutir quién recogería la bola, ya que era una impertinencia nombrar en forma oficial a uno de los asistentes para labor tan molesta. Se acordó que los propios peloteros fueran los recogedores tanto en terreno de faul como si la bola se iba hasta el mismito panteón, el cual estaba bien lejos, aunque pudiera ocurrir. Esto era precisamente lo que retardaba el juego. El cácher, el responsable, si el batazo iba hacia atrás. Lo mismo el primera base o el jardinero derecho —depende— calculando la distancia donde muriera la línea, o quien quedara más cerca. Igual por el otro lado y hacia el fondo en los supuestos jardines. ¡Pleeey bol! Correspondía abrir la tanda de bateo al equipo visitante que pues no tenía uniforme y en lugar de espais calzaban unas botas viboreras para barrerse mejor.


Pero portaban cachuchas de un amarillo chillón que con los rayos de sol se hacían más fosforescentes: treta para distraer al pícher. Un bateador pelos largos de estropajo, verdolagón y chupado era el primero en el orden, nada más de ver la estampa parecía peligrosísimo. El pícher se la rifó tirándole todo lo recio que pudo y se salió con la suya: un ponche espectacular con sólo tres lanzamientos que dejaron al pelao con la carabina al hombro. El pícher después de esto hizo varios movimientos de contento como calmando sus nervios y para darse confianza, además, los efectos de la cruda, producto del despiporre de anoche, estaban bajo control. A partir del segundo bateador sobrevino lo fatal, le siguieron una serie de chaparritos rechonchos y: batazos por todas partes, excepto por la pradera central, líneas de jit y jomrones, texas líguer a granel, fiáis contra el sol engañosos, carreras y más carreras solamente con un aut. Ni modo de relevar al pícher descontrolado, pues nadie de los que estaba sabía lanzar curva o recta por el centro, etcétera.


Desde luego, ninguno de los ocho sombrerudos que presenciaban el juego iba a ir hasta la casa del maldito relevista a despertarlo y traerlo. De modo que seguía la garrotiza y nada más con un aut. Entre que recoger bolas los desvelados Cachorros y aconsejar a su pícher pasaron como dos horas. Ya para eso de las dos, habían entrado como dieciocho carreras del equipo de Boquillas sin que todavía batearan los del equipo de casa, quienes de una u otra forma habían tenido trabajo. Excepto el jardinero central que hasta se estaba durmiendo por tanta inmovilidad. De pronto, salió un jomrón raja nubes que de seguro caería por la pradera a su cargo. Los otros dos jardineros le gritaron que corriera tras la bola que había caído atrás de él, pero lejos, y no tuvo más remedio; éste, no oyó el golpe contra el llano, entonces se dirigió hacia el panteón, no sin antes revisar por entre las nopaleras que fue encontrando a su paso. La pelota: ¡ni sus luces!, y sin mirar hacia atrás tomó las cosas con calma, examinando en redor, con un miedo muy extraño que le entró, a ver si veía algo blanco. Y que mira hacia las nubes… Pero no.


Decidido a no voltear hacia atrás siguió busque y busque aquello que tal vez… En eso, que observa hacia su derecha y ve que viene a lo lejos un pastor con su rebaño. Sí, figura reconocible: porque le era familiar tan sólo con distinguir el sombrero desgarrado: ¡su compadre!, quien, cuando estuvo más cerca y dándole un leve saludo con la mano muy en alto, preguntó: —¿Qué haces tú? —Es que pegaron jomrón y ando buscando la bola. —Yo lo único que te digo es que en casa tengo un frasco de sotol y te invito a saborearlo… Esa voz lo estremecía, lo empujaba hacia el placer. Pero… El jardinero central poco a poco volteó toda su cabeza contemplando con azoro la indolente lejanía: tenaz juego solitario y quizá hasta tenebroso. Sus compañeros de equipo ni siquiera le gritaban porque tenían la esperanza de que encontrara la bola y volviera alguna vez. El silencio fue tirante, largo y turbio, imposible de romperse. Los minutos palpitaban en el aire tal si


un pulso novedoso anduviera entre las cosas. Allá: un simulacro estático y espectral bajo el lente de la luz. Temeraria incandescencia que se consume despacio. Al ver a los peloteros como estatuas encantadas le parecía ver un caldo con unos cuantos fideos cociéndose a fuego lento. ¿Regresar?, ¿con la pelota?, ¿para qué?… Ah, resoplido y recompensa… El jardinero central de plano decidió irse con su compadre el pastor dejando ese juego así.


BACTINE donald ray pollock


Donald Ray Pollock (1954) es un escritor rudo, feroz, afilado. Al igual que Chris Offut —pero con un estilo más bandarra— está dando voz a esos territorios de Estados Unidos que no suelen aparecer en la postal turística ni en las guías. Incluimos un relato de Knockemstiff (Random House, 2017).


Llevaba una temporada viviendo en Massieville con el lisiado de mi tío porque no tenía dinero y no me querían en ningún otro lado, y me pasaba la mayor parte del tiempo cambiándole el cubo de la mierda y metiéndole cigarrillos en el agujero de fumar. Cada veinticuatro horas lo limpiaba con un paño húmedo y daba la vuelta a su cuerpo roto para airearlo bien. Se había quedado inválido del todo en un accidente raro de coche y había terminado cobrando una indemnización enorme que lo condenaba a tener el dinero suficiente para pasarse vegetando el resto de su vida de mierda.


Se suponía que tenía que portarme bien —su hija incluso había insistido en que le firmara un maldito papel—, pero una madrugada me encontré con un cuelgue de tres pares de cojones en un coche desconocido, con el suelo lleno de copos de piel muerta, herramientas robadas y esos casetes de gasolinera que siempre están de oferta a 1,99 $. El conductor era un tal Jimmy, un palurdo que me llamaba «primo» todo el tiempo, aunque no recordaba cuándo lo había conocido, y mucho menos haberlo visto en las reuniones que solíamos celebrar cuando a nuestra familia todavía se le permitía entrar en los parques estatales. Pese a todo, como yo era la clase de persona que era, parece ser que le había dejado convencerme para inhalar varios botes de Bactine. Después me había puesto enfermo, y ahora tenía el cerebro como una botella de lejía helada. Mientras la nieve se arremolinaba a nuestro alrededor en el aparcamiento del Wal-Mart, me enjuagué la boca con la última cerveza de Jimmy y juré no volver a meter la cabeza en una bolsa de pan.


Un poco más tarde, sobre las tres de la mañana, terminamos en el Crispie Creme buscando a Phil, un amigo mío, a quien se suponía que le quedaban unos supositorios de Seconal de la lucha fallida que su padre había librado contra el cáncer. El Creme es el único sitio que sigue abierto en el pueblo después de que cierren los bares donde podemos encontrar a gente como nosotros, pero aquella noche solamente estaba la señora Leach, la camarera bizca que me daba grima porque una vez, en la cárcel, yo había cogido a su hijo en brazos. En aquella época, cuando iba por allí, siempre me encontraba con los cobradores de facturas y con las desventuras de mi pasado, mientras que cualquier esperanza de un futuro que mereciera la pena vivir se alejaba dando vueltas y más vueltas. Pedimos café y nos sentamos en un reservado de un rincón, bien lejos de la señora Leach, para que no pudiera vernos. ¿Para qué preocupar a la vieja a aquellas horas de la madrugada? El local era todo ventanas y paneles de plástico y esas luces fluorescentes zumbonas que te hacen parecer un cadáver. Se oía la radio de fondo; sonaba un tema navideño rápido que sólo podía comprender la gente religiosa.


—Es la última vez que me meto algo de eso —dije—. Con el último bote me he puesto a hablar con Pedro Picapiedra. Cogí un cigarrillo con dedos torpes y me arriesgué a encenderlo, sorprendido de no inflamarme por culpa de todos los vapores que había inhalado. —Joder, pues yo solamente oigo las sirenas y veo esas puñeteras lucecitas idiotas. —Jimmy se echó hacia atrás un mechón de pelo acartonado. Tenía las patillas de distintas medidas y una mirada que sugería que no se le podía confiar ni una vaca lechera—. Una vez, sin embargo, estando en el autocine Torch, se me comió un pájaro gigante. —Lo dijo con mucho sentimiento, como si estuviera rememorando su primer beso o el mejor día de su vida—. El cabrón me sacó del coche como a un gusanito. Mierda, primo, ahí sí que me lo pasé bien. La señora Leach trajo la jarra del café y dos tazas manchadas de pintalabios naranja y de huellas dactilares de chocolate. Jimmy alzó la vista hacia ella y le preguntó:


—Eh, moza, ¿cómo le va últimamente al viejo Lester? Le hice una seña con la mano para que se callara, pero él ya lo había soltado. —¿Leche? —fue su única respuesta. Aunque sus ojos miraban a Jimmy, en realidad su cara me miraba a mí, de tan bizcos que los tenía. La pena, el ridículo y el turno de noche la habían convertido en una zombi que siempre derramaba el café. Le podrías haber clavado una cruz en la frente y la pobre no habría cambiado de expresión. Luego, sin esperar respuesta, dio media vuelta y regresó arrastrando los pies al reluciente mostrador, con los pantalones blancos de camarera caídos en el trasero y manchados de café y de grasa de rosquilla. Si fuera candidato a unas elecciones, ella sería justamente la clase de persona a la que atraería. —¿Pero a ti qué coño te pasa? ¿Es que no sabes que está muerto? —le dije en voz baja, confiando en que su madre no me oyera. —¿Quién está muerto? —preguntó Jimmy, abriendo un dedalito de plástico lleno de leche artificial—. ¿Te refieres a Lester?


—Era aquel que se colgó en la cárcel el verano pasado —le susurré, tapándome la taza con la mano mientras se le desprendía una parte de la costra roja que tenía alrededor de la boca y se le caía encima de la mesa. —Mierda —soltó Jimmy en voz alta, dando una palmada con las manos tatuadas—. Ahora me acuerdo. —Encendió un cigarrillo y echó otra ojeada a la madre de Lester. La mujer se estaba quitando bolas de pelusa del jersey raído y las dejaba caer al suelo como si fueran bichitos aplastados—. En fin —dijo, encogiendo sus hombros esmirriados—, ¿qué le vamos a hacer? Joder, Lester y yo fuimos juntos a la escuela. —Señaló a la señora Leach con la taza—. A esa vieja arpía la conozco de toda la vida. Luego, sin pensarlo, le dije: —Yo estaba presente cuando lo bajaron. —Daba la impresión de que siempre estaba largando cosas que no quería largar y en cambio nunca era capaz de decir las cosas que quería decir—. Tenía una bolsa de basura atada alrededor del cuello —añadí.


Todavía podía ver a aquel joven alguacil dejando caer el enorme llavero y pidiendo refuerzos a gritos por la radio. Antes de poder frenarme, yo ya había abrazado las piernas convulsas de Lester y lo había alzado en volandas, con sus meados empapándome la camisa del uniforme penitenciario naranja. Yo estaba cumpliendo una sentencia bochornosa de diez días por robar una birria de paquete de queso, y durante un par de segundos vi el hecho de salvarlo como una oportunidad de demostrar que estaba por encima de todo aquello. Pero cuando el alguacil bajó corriendo las escaleras, me quedé confundido y perdí las fuerzas. Confié en que no lo notara nadie. El día antes Lester se había metido un lápiz por la polla. Era su gran hazaña. No olvidaré nunca cómo pataleó cuando lo solté. —Me puedo imaginar suicidarme, pero no con una puta bolsa de basura —dijo Jimmy. —Tú sigue esnifando ese espray lubricante y no tendrás que preocuparte por eso.


La puerta de cristal se abrió y dos mujeres corpulentas y poco agraciadas entraron con expresión de culpabilidad. Eran la clase de mujeres que, movidas por la pura soledad, terminan haciendo guarradas con chocolatinas y se despiertan con buñuelos de manzana en el pelo. Nos miraron con unas sonrisitas atrevidas que indicaban o bien estupidez o bien desesperación. Jimmy se reclinó hacia atrás en el reservado y les echó un vistazo como si fuera un jeque del desierto que estuviera comprando a una esclava en una subasta. —Vaya, vaya, vaya —dijo. —Ni hablar. —Joder, llevo un mes en el dique seco. A ésa le saltaría yo la tapa de los sesos a polvos. La mayor de las dos mujeres avanzó con andares bamboleantes y se apretó para meterse en un reservado delante del mostrador, mientras que la más joven se quedaba de pie y pedía una caja grande de rosquillas del día anterior y chocolate caliente. Iba enfundada en unos pantalones elásticos


de esos que a la gente con sobrepeso habría que meterla en la cárcel por el mero hecho de llevarlos. En la cabeza llevaba una gorra de béisbol descolorida de los Reds torcida en un ángulo que, en mi lúgubre estado, me pareció que vaticinaba una aventura desdichada con un desconocido. Me imaginaba perfectamente un jardín de musgo extendiéndose despacio sobre su sepultura secreta. —¿Quieres que hable yo con ellas? —se ofreció Jimmy, entre intentos de atraer a la más joven sacando la lengua hasta tocarse la punta de la moqueante nariz. —No, ésas han venido por los dulces. Además, no me he follado nunca a una gorda y no pienso empezar ahora. —¿Pero qué dices? A las gordas también les gusta follar. No me puedo creer que alguien como tú sea tan condenadamente remilgado. —Ah, ¿y por qué no? —le pregunté, dejando la taza de café en la mesa. —Bueno, pues por tus dientes y eso. Harías bien en follarte a la mayor. No eres precisamente Glen Campbell.


Ya me había hartado de su bocaza. Lo agarré del cuello de la camisa y lo zarandeé sobre la mesa. —Gilipollas de mierda —le dije, retorciéndole la sucia camisa alrededor del cuello flaco—, no sabes cuándo te toca callarte, ¿verdad que no? Lo estrangulé hasta que se le salió la lengua y luego volví a empujarlo a su asiento. Tosió y escupió un grumo de mocos espesos y venenosos sobre el linóleo gastado. —Joder, tío, no lo decía por nada —dijo, frotándose la garganta. —Tú ocúpate de tus asuntos, ¿vale? Volví la cabeza y contemplé la calle nevada por la ventana, confiando en que alguien se presentara con la droga suficiente para dejarme fuera de combate. Hubo un tiempo en que prácticamente se me consideraba guapo y todo un juerguista. Las mujeres decentes me llamaban por mi nombre de verdad y las strippers del Tater Brown’s me dejaban que les encendiera los cigarrillos. Pero eso fue antes de que un cabronazo más feo que pegar a un


padre llamado Tex Colburn me pillara en el Paint Creek arrancando cierta florecilla que tenía la intención de cosechar él. Para cuando me alcanzó en medio de un campo de maíz, ya estaba tan cabreado que hizo que sus muchachos me agarraran mientras me partía los dientes uno a uno con un clavo industrial que había arrancado de un poste de valla podrido. Cada vez que intentaba apartarme, me rajaba los labios. Ahora yo estaba a merced de un dentista de la seguridad social que se pasaba las horas de consulta en la clínica montándoselo con la oculista voluntaria. Ensayé una de mis antiguas sonrisas en el espejo. Pero los días de jolgorio habían tocado a su fin, y me vi sentado y mirando con cara sombría el interior de una caverna rosada y desdentada. —Vaya, joder —dije al cabo de unos minutos, y me di la vuelta para mirar a Jimmy, que estaba derramando el azúcar del azucarero y dividiéndolo en dos líneas con una cucharilla de café—. ¿A ti qué te parece? —Eh, yo al Phil ese o como se llame no lo conozco de nada. ¿Nos vamos a pasar la noche aquí sentados o qué?


Un reloj con forma de rosquilla señalaba las 4.20 a. m. Aunque no soportaba admitirlo, lo más seguro era que Phil estuviese desmayado en alguna parte, disfrutando del legado de su padre muerto. Me sorprendí deseando tener algún ser querido que se muriera y me dejara en herencia sus barbitúricos, pero no se me ocurría nadie que me quisiera tanto. Mi tío ya le había prometido los suyos a la cartera. —Que se vaya a la mierda —solté, medio esperando que Jimmy esnifara los cristales blancos que había sobre la mesa. —Siempre podemos inhalar otro bote —sugirió, con la cara casi pegada a los dos caminitos resplandecientes. Pensé en volver a casa de mi tío, sacar aquellos tubos obstruidos, escuchar al pobre cabrón repetir las mismas historias amargas una y otra vez. Detrás de nosotros, las dos mujeronas estaban ocupadas intercambiando fantasías obscenas, haciendo ruidos de succión con la boca, mientras la pobre señora Leach dormitaba sobre sus pies azules detrás del mostrador. —Tío, esa bazofia me deja hecho polvo —gemí, sintiendo náuseas sólo de pensar en el olor a éter.


Detectando un matiz de rendición en mi voz, Jimmy levantó la vista y me sonrió con todos sus dientes endebles y torcidos. —Sólo tienes que pedirlo, primo. Decidí no hacerle caso. Además, ¿qué iba a decir? Como éramos quienes éramos, ya sabía lo que íbamos a hacer. Al cabo de pocos minutos, saldríamos de aquel lugar y nos pondríamos a buscar un sitio donde aparcar el coche. Él volvería a llenar de Bactine la bolsa de plástico y yo me sentaría a escuchar cómo inhalaba todo el vapor frío hasta llenarse los pulmones. El olor de aquello me pondría enfermo y me haría bajar la ventanilla. La nieve cubriría lentamente el parabrisas. A Jimmy se le pondrían los ojos rojos y pegajosos como caramelos, y la cabeza se le desplomaría hacia atrás contra el asiento para soñar. Si tenía suerte aquella noche, tal vez viera algo que nunca había visto antes. Y luego me tocaría a mí.


EL LUGAR MÁS FELIZ DEL MUNDO carlos rené padilla


Carlos René Padilla (1977) es escritor y periodista y vio por primera vez la luz de las patrullas en Agua Prieta, Sonora. Autor de Amorcito, Corazón, Un día de estos, Fabiola, No toda la sangre es roja y Yo soy el araña. Ha ganado multitud de concursos, entre ellos el Premio Nacional de Novela Negra Una vuelta de tuerca 2016. Porque le ha tocado vivirlo muy de cerca y sabe de lo que habla es un maestro de la literatura policial y negra. Ediciones Contrabando lo dio a conocer al público español incluyendo varios de sus potentes relatos en la antología De narcos a luchadores (2019). Ahora mismo nos vamos con él a la mera frontera: John Medina está apuntando con su rifle de francotirador a...


Acostado en la tierra árida, John Medina sintió que podía tocar al hombre que miraba a través de la mira telescópica de su rifle Marlin 925. Escuchó un ruido. Volteó a ver su carro, una Bronco con los logotipos U.S. Border Patrol pegados en las puertas. Nada. Volvió a concentrarse en la figura del indocumentado. Supuso que provenía de Puerto Palomas, uno de los cruces habituales de Ciudad Juárez. A pesar de todo admiró el arrojó del inmigrante para dormir el sueño americano. John contempló al individuo. Su barba dispareja. El sombrero de paja roído como una mala broma para cubrirlo del sol. Un paliacate rojo en el cuello. Dos galones


de agua, de seguro calientes, en cada mano. John sonrió. Imaginó que el indocumentado pensaba que el desierto frente a él era su único enemigo. Totalmente equivocado. El agente migratorio acarició el gatillo suavemente con el dedo índice. La detonación, magnificada entre los riscos, le impidió oír como las llantas del carro sucumbían al freno mal puesto. John primero sintió la llanta trasera que aplastaba su espalda. Luego la delantera que terminaba por quebrarle la columna. El auto continuó cinco metros hasta chocar contra un montículo de rocas con un sonido seco. Una nube espesa de polvo se levantó. El grito retumbó entre las paredes de piedra, pero sin el eco de la detonación. El dolor entró como picana eléctrica en la parte media de su cuerpo. El alarido puso en alerta a una lagartija color gris pálido que volteó a ambos lados mientras sacaba su lengua bífida. Emprendió la carrera dejando marcas de su cola y sus pequeñas patas en la tierra, que un viento suave borró después. John sintió que todo se cristalizaba de repente, antes de perder el conocimiento.


El haz solar salió poco a poco de su funda. Los destellos atravesaron sin compasión las biznagas con flores secas en su parte superior. Las nubes se colorearon intensamente de naranja y amarillo, efecto que duró unos segundos antes de que amaneciera totalmente en el desierto de Texas. John abrió los ojos. Intentó incorporarse pero sólo le respondieron las manos y los brazos. Las piernas eran dos extremidades inertes ajenas a las órdenes del cerebro. Apoyó el codo izquierdo. Hizo un esfuerzo y rodó hasta quedar boca arriba. El malestar se centró en la parte media de su cuerpo. Buscó a tientas el celular en uno de los bolsillos del pantalón. No lo localizó. Recordó que lo había dejado sobre el asiento del copiloto del auto después de ver el fondo de pantalla donde aparecía su hija Charlotte. En la imagen, la pequeña de cinco años sostenía un muñeco de peluche de Pluto, que más que abrazarlo parecía asfixiarlo. Sintió la sobrecarga de dolor que subía lentamente por todo su cuerpo hasta hacer explosión en su cerebro. El grito fue de un animal herido. Entrecerró los parpados e intentó pensar en algo placentero.


John se limpió las lágrimas con la manga del uniforme. Soltó un suspiro. Pensó en que pronto serían las vacaciones de verano y en la promesa que le hizo a su esposa e hija de ir los tres a Disneylandia. Lo tenía todo planeado. Ciento veinte dólares por persona y otros treinta más para no hacer fila en las atracciones. Según sus cálculos, los gastos andarían alrededor de dos mil quinientos dólares, incluyendo gasolina y comidas. Unas verdaderas vacaciones en donde no pasarían estrechez, sólo lujos. Imaginaba pagando la comida más cara en el hotel. Lo que quieran comer la reina y la princesa Charlotte, junto con su corcel Pluto. Y luego apretaría dulcemente la nariz de su hija y ella sonreiría. Mira Charlotte, dicen que los que construyeron el hotel y todo Disneylandia ocultaron muchos Mickey Mouse entre la decoración para que los clientes los busquen, ¿me ayudas a contarlos?, mira ahí está uno, ahí otro, cuatro, veinte, treinta grados centígrados. Observó el reloj: 5:48 de la mañana. Todavía era temprano, pero la temperatura no tardaría en subir hasta alcanzar los cincuenta grados


centígrados. Entendió que para mediodía, sin nada de protección, moriría. O tal vez antes, si tenía una hemorragia interna. Jaló todo el aire que pudieron sus pulmones. Después, la oscuridad entró de lleno en su cerebro. Soñó con Charlotte que se acercaba con Pluto jalándolo de una correa. El animal movía sus largas orejas con felicidad y daba pequeños brincos. Daddy, Daddy. Charlotte corrió hasta su encuentro. La nariz negra de Pluto se pegó en el suelo como si intentara reconocer un aroma familiar. Un insecto pasó volando cerca de él. Comenzó a ladrar. Tal vez deberías dejar que Pluto corra, Charlotte. La pequeña asintió y soltó el cuero. El perro, contento, se alejó a toda velocidad. John se arrepintió de inmediato cuando recordó que no podría ayudar a su hija a recuperarlo. No con las piernas desmadejadas que tenía. Como si no fueran de él. Charlotte comenzó a llorar. No, no, tranquilízate, de seguro fue a su casa, yo te prometí que te llevaría a Disneylandia, ahí vamos a recobrar a Pluto. Volvió a despertar cuando el dolor se intensificó. Miró el reloj de nuevo. 6:23. La sed se agolpó en la garganta como un animal arisco en


su guarida que se negaba a salir. El viento, durante la madrugada fresco, lentamente comenzaba a variar la temperatura. Observó la Bronco. Radio portátil, tres galones de agua, desayuno preparado. Todo un tesoro lo esperaba ahí. Se apoyó en sus codos. Comenzó a arrastrarse. La distancia ya no la medía en pasos, eran surcos que dejaba en la arena caliente como si estuviera arando su vida. De pronto escuchó un ruido y se detuvo. Separó todos los sonidos del desierto como le habían enseñado. Volvió a oír. Ahora no tenía dudas: era el cascabel de una serpiente. Aguzó el oído y contó. Eran intervalos de cinco segundos. Eso significaba que era una víbora adulta, con el veneno listo para ser inyectado a través de sus colmillos curvos. John era un intruso en su territorio desértico. Volvió a sonar. No distinguía exactamente dónde estaba. Sentía que la estridencia de los anillos del animal iba y venía de todas partes y de ninguna. Decidió continuar. Avanzó otros diez centímetros. Calculaba que la camioneta estaba a menos de tres metros. Otro esfuerzo. No quería morir ahora que era padre de Charlotte y todos lo veían con envidia cuando la


sostenía entre sus brazos en el supermercado. Recuerda como la observa a través de las vitrinas de los refrigeradores. Ella, risueña, blanca y ojos azules. Él, parco, moreno y ojos como pozos impenetrables. Sabe que su sangre no es tan fuerte como contaba su padre junto con otras historias. Charlotte, Pluto y él, el trío perfecto. Porque su esposa estaba cada vez más lejana, como si le hubiera hecho un favor haberlo convertido en padre. El viaje pensaba que los salvaría como familia, después de todo nada malo puede pasar en Disneylandia. ¿No dicen que es el lugar más feliz sobre la tierra? Siente un sobresalto al escuchar el sonido de las caracolas demasiado cercanas. Mira hacia abajo. La serpiente está descargando el veneno de sus colmillos en su pantorrilla. Ve al reptil de reojo. Jura que le sonríe como la serpiente que engañó a Eva y Adán. Esa historia que le contaba su madre antes de acostarse. Busca en su pantalón algo que pueda servirle para defenderse. Encuentra solo unas monedas y una canica. Grande. Transparente. Llena de colores en su interior. La que le regaló su padre


antes de morir. La que le dijo que siempre le traería buena suerte. Se la arroja a la víbora. El golpe descontrola al animal. Suelta la pierna de John. El sonido de los cascabeles desaparece despacio con el viento caliente del desierto. No siente la mordida, pero sabe que el veneno ya circula por su sangre Toca el estribo de la camioneta. Afortunadamente la puerta está abierta. Ese espacio, que antes lo daba de un salto, ahora es un abismo. No, no voy a morir aquí. La voz se escucha ronca. Si Pluto es un perro, ¿qué es Tribilín? Tiene miedo que le haga esa pregunta Charlotte cuando crezca un poco más. Lo mejor que se le ocurre es decirle que le va a comprar muchos peluches de Pluto, así, que no piense en Tribilín. Le viene un súbito dolor de cabeza. Pero quisiera que le dolieran las piernas que ya no siente. Sabe que están abajo porque las alcanza a ver, pero están lejanas. Si funcionaran podría subir al auto e ir hasta el indocumentado tirado a un kilómetro de ahí. Revisarle el pecho reventado por el tiro y si es necesario darle uno más. Quitarle todo el dinero que


trajera. Como lo ha hecho otras veces con otros hombres igual a él. Y así juntar los doscientos dólares que le faltan para completar el viaje. Luego iría hasta la caravana afuera de la ciudad con su esposa. Apaga ese puto cigarro, limpia a Charlotte y haz la maleta que nos vamos a Disneylandia. Sí, voy a cumplir la promesa, he guardado dinero durante cinco meses, no preguntes cómo, sólo haz lo que te digo. Así le voy a decir a esa cabrona. La radio hace una crujido. La voz metálica que sale del aparato es un hilo demasiado frágil que no lo puede sostener. John Medina, John Medina, roger that?, escucha el agente acostado a un lado de la Bronco. La esfera cristalina brilla intensamente bajo el sol. El dolor parece que empieza a desvanecerse. Un profundo cansancio entra por sus ojos. Distingue la canica. John intenta recuperarla. Asirla con todas las fuerzas que le quedan, pero su brazo derecho se detiene a medio camino.


ATRACCIÓN SEXUAL lucia berlin


Como lector uno siempre está en deuda con Lucia Berlin (1936-2004). Siempre te queda ese regustillo agridulce de pensar que no disfrutó en vida del reconocimiento que merecía. Pero, como decía Oscar Wilde, una cosa es el éxito y otra el reconocimiento: el éxito es poder vivir como a uno le gusta. Y en el caso de Lucia Berlin, que le quiten lo bailao. Incluimos el relato Atracción sexual, extraido del recopilatorio Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016) donde se junta la frontera, mujeres empoderadas y un sátiro sexual... y todo con el aire de los años cuarenta, donde la correción política no regía absolutamente todo.


Bella Lynn era mi prima, y quizá la chica más bonita del oeste de Texas. Había sido primera majorette en el instituto de El Paso y Miss Sun Bowl en 1946 y 1947. Más tarde se fue a Hollywood para convertirse en una estrella de cine. La cosa no cuajó. El viaje empezó mal de entrada, por culpa de su sujetador. No llevaba relleno, sino que lo hinchabas de aire, como un globo. Dos globos. El tío Tyler, la tía Tiny y yo fuimos a despedirla al aeropuerto. Viajaba en un DC-6 de dos turbinas. Ninguno de nosotros había subido nunca a un avión. Ella decía que por dentro era un manojo de nervios, pero no lo aparentaba. Estaba sencillamente preciosa, con su jersey de angora rosa. Sus pechos se veían muy grandes.


Nos quedamos mirando su avión, saludando con la mano, hasta que tomó rumbo a California y Hollywood y se perdió de vista. Al parecer más o menos en ese momento también alcanzó cierta altitud, y por la presión de la cabina a Bella Lynn se le reventó el sujetador. O sea, explotó. Afortunadamente nadie en El Paso se enteró del suceso. Ni siquiera me lo contó a mí hasta al cabo de veinte años. De todos modos no creo que esa fuera la razón de que no llegara al estrellato. Siempre salía su foto en el periódico de El Paso. Una vez apareció todos los días durante una semana… cuando salió con Rickie Evers. Rickie Evers acababa de divorciarse de una famosa estrella de cine. Su padre era un hotelero millonario, y vivía en el ático del Hotel del Norte, en El Paso. Rickie Evers estaba en la ciudad para el Campeonato Nacional de Golf, y a Bella Lynn se le metió entre ceja y ceja salir con él. Reservó mesa para la cena en el Del Norte. Me dijo que debía acompañarla, que once años era una edad perfecta para empezar a aprender algo sobre atracción sexual y seducción.


La verdad es que yo no sabía nada sobre atracción sexual. El sexo en sí parecía guardar cierta relación con la locura. Los gatos se ponían como locos, por lo menos, y todas las estrellas de cine tenían un aire demente. Bette Davis y Barbara Stanwyck eran directamente perversas. Bella Lynn y sus amigas se repantigaban en el Court Café bajo magníficos tupés, echando humo por la nariz como dragones petulantes. Hablaban entusiasmadas del Campeonato Nacional de Golf. —¡Una mina de oro! ¡Un pozo de petróleo en el jardín de tu propia casa! Wilma, la mejor amiga de Bella Lynn, quería ir con nosotras al Del Norte, pero Bella Lynn dijo que ni hablar. Un principio básico de la seducción, me explicó, es trabajar en solitario. Da igual que la otra mujer sea guapa o fea: simplemente retrasaba y complicaba cualquier operación. Me puse de punta en blanco con el que me parecía el vestido más maravilloso que había visto nunca. Muselina violeta, mangas abombadas


y miriñaque. La tía Tiny me hizo un peinado con trenzas francesas. Como todavía no usaba pintalabios, me puse un poco de mercromina en la boca, pero la tía Tiny me dijo que me lavara. Eso sí, me pellizcó las mejillas para darme rubor. Bella Lynn llevaba un vestido de crepé marrón con grandes hombreras, un maquillaje oscuro de mujer fatal y tacones altos negros. Llegamos pronto al hotel. Ella se sentó en una silla de respaldo alto en el vestíbulo, sin quitarse las gafas de sol. Cruzó las piernas. Medias negras de seda. Le dije que las costuras estaban torcidas, pero ella me dijo que las costuras ligeramente torcidas eran seductoras. Me dio veinticinco centavos para comprarme un refresco, pero en lugar de eso me quedé subiendo y bajando por las escaleras. Una preciosa escalinata curvada, con una alfombra de terciopelo rojo y una balaustrada sinuosa. Subía hasta arriba y me quedaba debajo de la araña de luces, sonriendo majestuosamente. Luego bajaba muy despacio y con elegancia, peldaño a peldaño, rozando apenas con los dedos el pasamano de caoba. Y después volvía a subir corriendo. Así estuve un buen rato, hasta que me pareció que debía de


ser la hora de cenar. Bella Lynn me dijo que había pospuesto la reserva porque Evers aún no había aparecido. Me compré una barrita de chocolate almendrado Hershey y me senté varias sillas más allá. Ella me susurró que dejara de dar patadas en el asiento. Fumaba Pall Malls, solo que los llamaba Palos Malos. Reconocí al famoso Evers y a su padre millonario nada más verlos. Entraron al comedor acompañados de varios hombres.Todos con sombreros Stetson y botas, salvo Evers, que llevaba un traje de raya diplomática y la cabeza descubierta. Pero habría sabido que eran ellos solo por la cara de mala de Bella Lynn, que ahora fumaba con una larga boquilla. Se quitó las gafas oscuras y entró tras ellos. Le dijo al maître que a su acompañante le había surgido un imprevisto ineludible. Que solo seríamos las dos para la cena. A mí me apetecía pedir milanesa de pollo, pero ella dijo que era demasiado vulgar. Pidió solomillo para las dos. Un manhattan para ella,


y un Shirley Temple para mí. Solo que ella acabó tomando también un Shirley Temple, porque solo tenía dieciocho años. Al camarero le dijo que no sabía dónde había dejado su permiso de conducir. Qué inoportuno. Los hombres tenían una botella de bourbon en la mesa y, salvo Rickie Evers, todos estaban fumando puros. —¿Y cómo lo vas a conocer? —le pregunté a Bella Lynn. —Ya te lo dije. Atracción sexual. En cuanto consiga que me mire a los ojos se acercará y nos invitará a este solomillo que vamos a comernos. —Hasta ahora ni ha mirado hacia aquí. —Sí, ha mirado, pero disimulando… Esa es su manera de seducir. Pero volverá a mirar, y cuando lo haga lo miraré como si fuera el perro sarnoso más rastrero que he visto en la vida. Y justo entonces Rickie Evers la miró, y así fue exactamente como ella lo miró a él, con cara de ¿será posible que lo hayan dejado entrar? En dos segundos se plantó en nuestra mesa, junto a la silla libre. —¿Puedo sentarme?


—Bueno. A mi acompañante le ha surgido un imprevisto ineludible. Quizá unos minutos. —¿Qué tomáis? —nos preguntó. —Shirley Temples —dije, pero ella dijo manhattan. Evers le pidió al camarero un Shirley Temple para mí. Manhattans para él y la señorita. El camarero no mencionó que la señorita era menor de edad. —Soy Bella Lynn, y esta es la pequeña Lou, mi prima. Perdón, ¿cómo has dicho que te llamas? —preguntó, aunque lo sabía perfectamente. Él se presentó y ella dijo: —Ah, tu papá y el mío juegan juntos al golf. —¿Irás mañana a ver el campeonato? —preguntó Evers. —No estoy segura. Es un hervidero de gente. Aunque la pequeña Lou se ha empeñado en ir. Al final quedaron en encontrarse en el torneo de golf al día siguiente, para que yo no me llevara una desilusión. Era lo último que me apetecía,


pero el día siguiente ya se habían olvidado de cuántas ganas tenía yo de ir. Se tomaron sus manhattans y luego pidieron cóctel de gambas antes de nuestra carne asada. Tortilla noruega de postre, que a mí me pareció increíble. Después de cenar saldrían de copas por Juárez, y se planteó el problema, mientras tomaban licor de menta, de cómo llevarme a casa. Un taxi, dijo Bella Lynn, pero él insistió en que podían dejarme en la puerta antes de cruzar la frontera. Bella Lynn fue a empolvarse la nariz. No la acompañé: aún no sabía que se supone que siempre hay que ir, para evaluar la situación. Cuando ella se fue, Rickie Evers dejó caer su encendedor de oro al suelo, y al agacharse a recogerlo me pasó la mano por la pierna, y me acarició la cara interna de la rodilla. Tomé un bocado de tortilla noruega y dije que no entendía cómo conseguían hacerlo. Evers se incorporó y me dijo que tenía restos de


merengue en la barbilla. Cuando me limpió con la gran servilleta de hilo, su brazo rozó mis pechos. Me dio vergüenza, aún ni siquiera llevaba un sujetador de pollita. Bella Lynn volvió del tocador de señoras caminando alegremente con sus costuras torcidas, fingiendo no darse cuenta de que todos los hombres la miraban. Nadie en el comedor les había quitado ojo a Bella Lynn y Rickie Evers durante toda la cena. Creo que el camarero mexicano vio lo que hizo Evers cuando dejó caer el encendedor al suelo. Me senté entre Evers y Bella Lynn en el gran Lincoln negro. Las ventanillas subían y bajaban cuando él apretaba un botón, incluso las de atrás. Había un encendedor automático, y Evers me rozaba la pierna cada vez que lo usaba, y los pechos de nuevo cuando alargaba el brazo para encender los Palos Malos de Bella Lynn. Paramos delante de mi casa. —¿Qué tal un beso de buenas noches, pequeña Lou? —me dijo Evers.


Bella Lynn se rio. —Oye, que ni siquiera tiene todavía los dulces dieciséis. Mientras ella bajaba, Evers me dio un mordisco en el cuello. Bella Lynn entró conmigo para buscar un chal y su vaporizador de Tabú. —¿Ves lo que te dije, Lou, sobre la atracción sexual? ¡Es pan comido! Me quedé a escuchar la serie de misterio Inner Sanctum con el tío Tyler y la tía Tiny. Estaban encantados de que Bella Lynn fuera a salir con el exmarido de la estrella de cine más hermosa del mundo. —¿Cómo lo habrá conseguido? —preguntó el tío Tyler. —¡Tyler, ya sabes que nuestra Bella Lynn es la criatura más preciosa al oeste del Misisipi! —No. Fue atracción sexual —les dije. Me miraron perplejos. —Chiquilla, ¡que no vuelva a oírte decir esa palabra nunca más! —me dijo la tía Tiny, indignada. Parecía la mismísima Mildred Pierce.


LOS MURMULLOS aldo rosales velรกzquez


Entre la vasta y casi siempre atractiva narrativa mexicana actual, la obra de Aldo Rosales Velázquez (Ciudad de México, 1986) destaca por haber sido capaz de generar un universo propio construido a partir de los deportes de contacto. Casi todas sus narraciones orbitan en torno al boxeo o la lucha libre y es bien interesante de qué modo, aunque uno sea completamente profano en la materia, Aldo consigue meter al lector en la lona y salpicarle de sudor. Este relato —sobre la dignidad, la derrota y el ocaso— es una obra maestra y está incluido en la antología De narcos a luchadores (Ediciones Contrabando, 2019).


Para Antonio Oriente y Haydeé Monroy.

1 Cuando bajó del autobús sintió el golpe de calor en el rostro, en el pecho. Acapulco corría a recibirlo después de tantos años de no verse, como las mujeres rubias y bellas reciben a los veteranos estadounidenses en las películas de medianoche. Es lo malo del pinche autobús, pensó Pedro mientras caminaba hacia la avenida, no deja prepararte, no te puedes aclimatar. Te subes allá, en el Distrito, donde hace fresco, y cuando va llegando a Cuernavaca, ¡madres!, el aire acondicionado entra en vigor; la ley del hielo, se dijo, y hasta sonrió. Por eso cuando viajaban en la camioneta del promotor siempre pedía


ir en la ventanilla, para que su cuerpo fuera sintiendo cómo se alejaba de la Ciudad de México. No que así, de golpe, a la brava, Acapulco no sabía. Y peor cuando hizo el viaje en avión. Menos de hora y media y ya estaban en el puerto. Esa vez se fue directo al hotel, se bañó, comió algo ligero y se dio otro baño para, como bebé, dormirse las dos horas que faltaban para ir a la arena a jugarse la máscara. A media pinche lucha me alcanzó el alma, les decía a sus compañeros, porque pues los humanos no estamos hechos para viajar así de rápido, entonces el alma, o ve tú a saber qué cosa, pero eso que traemos entre hueso y carne, no sabe viajar así de rápido, no sabe nada de aire ni de andar volando. Entonces se viene por carretera, pide raid o quién sabe qué chingados, pero llega normal, como Dios manda, luego de cinco o seis horas de salir del DF. Esa vez estuvo flojo, sin ánimos, hasta que su alma, o eso que él decía traer entre hueso, carne y tripas, llegó a la arena y se metió en él. Entonces sí, señora lucha que dio, hasta dinero les aventaron. Te hice un favor, le dijo al luchador del que ya no recuerda ni el nombre, con este pinche calorón y tú con máscara, a dónde ibas a parar.


Detuvo un taxi en la avenida y le preguntó al chofer, un viejo morenazo con gafas oscuras, cuánto cobraba al Sisi. —No, mi hermano, ora sí me viste cara de gringo. Soy de los tuyos, mira —y metió la mano por la ventanilla, una mano requemada, dura, de articulaciones chuecas; parecía hecha de madera—. Te voy a dar cien, nomás para que veas que ando de buenas y traigo prisa. Se subió en la parte trasera del vocho y aventó la maleta junto al chofer, donde debía ir el asiento del copiloto. Pinches taxistas, hasta en el oficio traen la soledad metida, pensó mientras escuchaba gemir el motor. —Y qué, ¿de vacaciones? —Hazme la buena. No, asunto familiar. —Las vacaciones son asunto familiar. Pedro calló. —¿De dónde es usted? Dudó. ¿De dónde es uno en realidad?, se preguntó. ¿De dónde puede decir que es uno? ¿De dónde floreció la semilla, donde se tiraron los frutos


o donde lo van a talar? No contestó. El taxista miraba al frente, a los lados, al retrovisor. Sus gafas oscuras le daban ventaja sobre el resto de los pasajeros, sobre el resto de la ciudad: eran un escondite cómodo para espiar, para saber. Los taxistas saben más de lo que uno se imagina y aprenden a ser indolentes, a no meterse en donde no los llaman. Para ellos todo es una anécdota para el siguiente pasajero. Entonces se acordó de cuando su mamá los llevó al cine un domingo por la tarde: le habían dado día libre en la casa donde hacía el quehacer. Los llevó a él y a sus dos hermanas a la función en tercera dimensión, la novedad en aquellos años. Y detrás de los lentes, agazapados, expectantes, habían descubierto la tercera dimensión, una serie de imágenes que parecían salirse de la pantalla. Todos los que iban por primera vez estiraban la mano para ver si podían agarrar al dragón volador ése, o al hombre de piedra, o al niño. Nada, entre las manos quedaba, por un segundo, un puñado de luces. Sólo anécdotas. —Aquí nomás bótame, mano —le pidió en cuanto el tránsito se atoró—, quiero caminar un rato.


—Ya no está lejos, cosa de diez minutos. Se bajó del carro y agarró la maleta. Se sacó el fajo de billetes de la bolsa del pantalón y agarró uno de a doscientos. En lo que esperaba el cambio se acomodó la camisa, se secó el cuello con su pañuelo y aventó un gargajo a media avenida, que casi le pega a un deportivo. Se volteó para acomodarse los calzones y fajarse bien, luego dejó la maleta a un lado, se desamarró y volvió a amarrar los dos zapatos y volteó con calma. Ahí seguía el chofer, con diez monedas de diez pesos en la mano, flotando en la sustancia pegajosa y salina que formaban el ambiente de la playa y las canciones de la Sonora Santanera. No se había ido: prueba superada. —Ora sí voy a parecer Judas, qué madriza. ¿No traes billetes? El chofer dijo que no. —Quédatelos, pero dame tu número, a lo mejor necesito moverme al rato en la noche. El chofer removió en la guantera y, luego de mucho buscar, anotó el número en la parte de atrás de un ticket del Oxxo. Abundio, leyó Pedro, justo


a la altura del precio de una Coca de 600 y unos Delicados 24´s. Se lo guardó en la bolsa de la camisa. —Si va a quedarse por aquí, vaya al Tropicana. Dígales que va de mi parte. Arrancó. “Ora sí, Acapulco, ya regresé. Ora sí abrázame, ándale, ven por mí. Parecemos dos viejos que se acompañan en sus últimos días, porque tú también tan joven ya no estás. Mira nada más qué madriza te pararon, ve cómo estás. Has de traer la espalda hecha polvo de cargar tanto hotel, tanto gringo, tanto chamaco gritón. Has de estar cansado de que no te dejan dormir ni de noche. Trabajas 24 por 24, los 365 días del año. Qué jodido, mano”. De la playa llegó un aire que se le arrojó encima, un perro de sal y arena que brinca de gusto porque regresó el dueño. Luego de diez, veinte minutos de caminar en el sentido que iban los carros, llegó al Tropicana. Creyó recordar que ahí se hospedó el par de veces que luchó allá, pero no estaba seguro.


2 —Buenas tardes. Pedro gritó por segunda ocasión y luego dio unas palmadas en la barra de la recepción. Asomó casi medio cuerpo para ver si alguien venía, pero nada, todo seguía en silencio a excepción de los ventiladores, que en Acapulco acaban, luego de unas horas, por no escucharse más: el oído se acostumbra. Cuando iba a pegar de nuevo, un joven se apareció por una puerta que Pedro no había notado. —Buenas tardes, ¿en qué le puedo ayudar? Pedro arqueó las cejas. Tamborileó con los dedos sobre la barra y respiró hondo. —Una habitación. —No hay habitaciones. —¿Y todas esas llaves?


Pedro señaló con el mentón la pared a espaldas del muchacho. Había una tabla con clavos; al menos seis habitaciones estaban disponibles, a juzgar por la cantidad de juegos de llaves. —Pero son sencillas. —No importa —pensó que, tal vez, se le notaba todos los muertos que cargaba. — ¿Cómo? —Nada, que está bien. ¿Qué te debo? Pedro sacó el fajo de billetes y puso cinco de 200 sobre la barra. El muchacho los tomó y devolvió uno de cien. —Quédatelo, pero hazme un favor, ¿le entiendes a estas cosas? —sacó de la bolsa de la camisa su teléfono celular y el papel con el número de Abundio—. Necesito marcar este número. El muchacho comenzó a manipular el aparato: en la mano izquierda el teléfono, en la derecha el papel. Luego de parecer perdido, le extendió el teléfono a Pedro. Ya estaba llamando, tenía el altavoz puesto.


—¿Bueno? —¿Abundio? Soy Pedro, me acabas de dejar en la zona costera hace rato, te pedí tu teléfono. —¿Cómo? Hable duro que estoy medio sordo. —Que soy Pedro, a quien acabas de dejar en la zona costera hace rato —Pedro acercaba la cara a la mano donde el muchacho sostenía el teléfono—. Ven por mí al Tropicana en dos horas, te veo en la recepción. —Sí, está bien. Colgó. El muchacho seguía con la mano estirada. La dobló luego de unos segundos. —Bueno, enséñame mi cuarto. Caminaron hacia la habitación de Pedro. La puerta era de cristal. No, ahí no se había quedado, o si sí entonces el hotel había sufrido remodelaciones, porque no recordaba que lo hubieran puesto como bísquet en una vitrina. —Bueno, gracias. Oye, si me regresas mi teléfono, te doy propina. El muchacho sonrió y le regresó el teléfono a Pedro, quien le puso un billete de cien en la mano.


—Pero márcame este número también. Sacó de la bolsa de la camisa una agendita del 95. Las hojas amarillentas tenían cantidad de nombres, de números, de recordatorios. Muchos de los nombres que estaban ahí ya también estaban en una cruz de fierro o de piedra. Pedro señaló un número escrito con pluma roja; la tinta estaba reciente: aún resaltaba del papel. Juan, decía al lado. —¿Bueno?, ¿bueno? —Pedro otra vez gritaba mientras el muchacho sostenía el teléfono— Juan, ¿me escuchas? —Sí, sí lo escucho. —Ah, bueno, ya llegué a Acapulco. Estoy hospedado en el Tropicana. ¿Dónde nos podemos ver? Del otro lado de la línea se escuchaba el silencio cargado de dudas. —Yo llego ahí. Pero será mañana, hoy no puedo, ¿le parece? —Sí, sí. Mañana nos hablamos entonces. Colgó. —Gracias —le dijo al muchacho—. Si necesito algo, te hablo.


Entró al cuarto y cerró con llave. Se desnudó y fue directo al baño. Estuvo media hora ahí, bajo los breves latigazos de la regadera; acupuntura de agua. Agachó la cabeza: la barriga le tapaba la vista, no podía verse ni los pies. No creo que ese cabrón sea mi hijo, pensó, entonces recordó a Dolores y pensó que sí era posible. También se preguntó qué hacía en Acapulco, pero prefirió no pensar más.

3 —La verdad, para ir tan cerca pudo haber tomado un taxi cualquiera. O un camión. Casi todos los que pasan por aquí lo dejan en el Parque Papagayo. Pedro no contestó. Llevaba los ojos colgados de la ventanilla, pero la mente en otra parte. No había querido quedarse en el hotel a que lo agarrara la noche. Necesitaba espacio para enfrentarla. Si me agarra aquí en este pinche cuarto caliente, otra vez me gana. No quiero que me agarre contra las cuerdas, pensó al salir de su cuarto para pedirle al muchacho que le marcara de nuevo a Abundio.


—Aquí espérame —le dijo mientras bajaba del vocho y enfilaba hacia la entrada del parque—, no me vayan a robar. No sabía qué buscaba, o si buscaba algo, sólo comenzó a caminar. A su lado pasaban parejas de jóvenes, niños con sus abuelos, turistas. También de vez en cuando veía pasar un corredor. Vio una mancha en el suelo, enorme, amarilla: los mangos caían de los árboles y nadie se molestaba en recogerlos. Se detuvo a comprar un agua. —Son mangos, ¿verdad? Ya me había espantado, dije “qué pinches pájaros tan grandes viven aquí, y no sé qué coman pero…” La muchacha fingió una sonrisa, recibió el dinero y siguió revisando su celular. Pedro se bebió de un trago el medio litro y tiró la botella cerca del laguito artificial. Parece Chapultepec, pensó. “No te dejes, Acapulco, no te dejes. Te están haciendo una copia de las demás ciudades, pareces un Distrito Federal, así qué chiste. Un lago, una línea de bus, construcciones como las de allá. Mete las manos siquiera, no te dejes así nomás. Mételes un cocazo, algo, pero no te dejes. Cuando a uno lo ven viejo, quieren abusar”.


Pedro dio dos vueltas completas al lugar. En el área de juegos infantiles se quedó largo rato viendo a los niños. “Y contigo nunca se pudo, Susana”. Salió del parque, subió al auto y le dijo a Abundio que lo llevara a una buena marisquería. Una vez ahí, le dijo que pidiera algo, que él invitaba. —Luego de aquí me llevas a donde haya mujeres, porque ni modo de desperdiciar el efecto.

4 —Ven, ven para acá, muchacho. El empleado se acercó a Pedro y se puso firme, como si estuviera ante su sargento. —Márcame el número éste, ¿no? —¿El del taxi? —No, el otro. Comenzó el tono de llamada. El muchacho extendió la mano y puso el teléfono a la altura del rostro de Pedro.


—¿Bueno? —¿Juan? Soy yo, Pedro. —Ah, hola, señor Pedro. Se quedaron callados. El muchacho del hotel desviaba los ojos, como si la conversación no le importara. O tal vez de verdad no le importaba. —Este… — ¿Habíamos quedado hoy? —Sí, sí. Quedamos hoy. ¿Pasa algo? —No, nada, es que… —Si tienes algún problema dime y yo… —No, no, problema no. Sólo que hoy no puedo, no me queda. — ¿Mañana entonces? —Mañana. Colgó. El muchacho le extendió el teléfono a Pedro. —No, márcame el otro número. No iba a soportar todo el día en el hotel. Ya no. Seis metros por seis


metros, más o menos eso medía el cuarto, como un ring. Y ya no estaba para luchar, ya no. Además la soledad es marrullera, pensó, te jala los pelos, o te muerde, pero nunca pierde. Se quedó en la recepción a esperar a Abundio. Cuando lo vio llegar sintió un poco de alegría, sin saber bien por qué. En el hotel escuchaba ruidos y voces todo el tiempo, como si en los cuartos las conversaciones de muchos años atrás no pudieran encontrar la salida. Quería un poco de silencio. —A la playa, Abundio.

5 ¿Qué sabía, en realidad, de toda esta situación? Sabía que Ramón Ortiz, un promotor de lucha, le había llamado para decirle que un hombre se le acercó un día en la arena para preguntarle si recordaba a Muerte Roja, que si le podía decir cómo localizarlo. Y qué quiere, preguntó Pedro en el teléfono, mientras esperaba que hirviera el agua para echarle el café.


—Dice que es tu hijo. Eso sabía. Que un hombre que Ramón describió como “moreno, como de tu estatura, con entradas así como las tuyas y de ojos cafés, medio llenito y nariz chata” lo estaba buscando porque aseguraba que Muerte Roja, Pedro Vargas, era su padre. —¿Y la mamá? ―preguntó Pedro mientras colaba el café. —Muerta. Dice que lo último que le pidió fue que te buscara. —Querrá dinero. —Eso pensé yo. Le dije “mira, si quieres dinero no creo que saques de aquí”. Pero me dijo que no era eso, y de verdad no creo que vaya por ahí la cosa, se fue en un buen carro. Venía bien vestido. Vaya, dinero no es lo que quiere. Entonces, ¿le doy tu número? —Dáselo, dáselo. Colgaron. Pedro se bebió el café de su taza y vació el resto en la tarja. Siempre llenaba el pocillo, como cuando ella estaba. Se agarraba al recuerdo a fuerza de costumbres, de mañas.


Un hijo en Acapulco. No era del todo improbable. Vaya, si en Lagos de Moreno había dejado uno, qué no fuera posible en Guerrero. Se acordó de él, un muchacho alto, fuerte, de mirada hosca. “Es mi hijo, ni duda queda” pensó en cuanto lo vio. La madre, a quien visitaba cada que estaba de gira por allá, cuando vio que Pedro no volvía —lo habían amenazado de muerte por una riña con unos aficionados, así que imposible pensar en volver— le habló un día a la casa, diecisiete años después, valiéndole madre que Susana pudiera contestar, como efectivamente pasó. Tuvimos un hijo, dice que te quiere conocer. Y colgó. Pedro fue a Lagos la semana siguiente y ahí se conocieron. También luchaba ese muchacho, estaba bajo la tutela del Diablo Velasco. —¿Y luego? —le dijo Pedro la primera vez que lo vio—. ¿Ya debutaste? —No, pero ya casi. —¿Y cómo te vas a llamar? —Como usted. Sólo así. Y entonces estuvo Muerte Roja jr. Era bueno. Cosa curiosa la vida, la herencia: luchaba como el padre y eso que ni siquiera lo conocía. El


mismo parado en el ring, brazos largos, buen resorteo y mejor elasticidad. Un poco pesado, como Pedro, pero de buen llaveo. Luego lo mataron en un hotel cuando lo encontraron con la mujer de otro. Más de veinte balas entre él y ella. Así había acabado Muerte Roja jr. Y ahora en Guerrero otro hijo. Sí, podía ser, cómo no. Además, ya qué le quedaba en el DF.

6 Abundio lo llevó a comprarse algo de ropa, porque sólo traía dos mudas. Pasearon por las tiendas hasta que Pedro encontró algo que le gustara. Luego fueron a comer y al final por unas cervezas que, por supuesto, Pedro, fiel a su costumbre, pagó con un billete que sacó del fajo que cargaba en la bolsa. —¿No le da miedo que lo roben? —Me da miedo que no lo intenten, chingao. Ya me estoy oxidando. Y tiró un par de golpes al aire.


—¿A poco es boxeador? —¿Pues qué me viste cuerpo de perro o qué? No, luchador. —¿Luchador? —Y de los de a de veras. Siguieron bebiendo. De vez en cuando hablaban un poco más sobre la lucha, o sobre las cosas triviales. Abundio siempre estaba agazapado detrás de sus lentes negros, así que era imposible saber qué estaba mirando o si en verdad miraba algo. Pedro miraba el mar, que iba y venía, un enorme columpio de sal y conchitas. Recordó la primera vez que vio el mar de Acapulco, cuando su mamá y su abuelo los llevaron a él y a sus hermanas a conocer esa playa. A Pedro le gustó mucho el color del líquido, la consistencia, el afán del agua de jugar con ellos. Era un mar bonito. —No como otros pinches mares que parecen el agua que sale de la lavadora, Abundio. Su abuelo lo cargaba en hombros y se hundía con él. Abajo del agua todo se escuchaba como a lo lejos. Las voces no tenían permitido pasar la


barrera de las olas. Ahí abajo, sobre los hombros de su abuelo, parecía no existir el tiempo. —Cuida las cosas, me voy a meter un rato. Abundio se quedó en la palapa mientras Pedro iba hacia el agua. La embistió como luchador, como buen luchador. Combatieron por un momento, suavecito, reconociéndose. “Ya volví, mar, te dije que no era la última vez que me verías. Te has de acordar de mi abuelo también, yo sé que sí. Allá abajo nos has de tener guardados todavía. A ver, déjame checar si ahí seguimos, como aquella vez. Al agua no se le olvida nada”. Pedro se hundió en el agua. Nadó un poco a contracorriente, sintió al mar leerle los movimientos y envolverlo en su cuerpo de lluvias rotas. Eran un par de viejos recordando otros tiempos. Las olas lo revolcaban, lo hacían girar para ponerle espaldas planas contra la arena, contra el tiempo. Después de un rato salió del agua. —Vámonos, Abundio.


—Parece que el mar le ganó esta vez. —Hay que darle chance, no se vaya a sentir mal.

7 Tres días después de su llegada a Acapulco, por fin se vería con Juan. Habían hablado por la mañana y concertaron cita a las tres de la tarde en la recepción del Tropicana. A las dos y media Pedro ya estaba ahí. Llevaba puesta una guayabera blanca y un pantalón de manta, que había comprado el día anterior. Dieron las tres y diez, las tres y veinte. Nada, por ningún lado se veía Juan. Los huéspedes iban y venían. La recepción pasaba de ser el lugar más vivo del mundo a un cementerio caliente con ventiladores en lugar de cruces. Los autos pasaban por la avenida. Una familia jugaba en la alberca del lugar. Sonó el teléfono. Era Juan. —Muchacho, ayúdame a contestar, no le acabo de entender a esta madre.


El empleado que siempre lo ayudaba se acercó a contestar, luego puso el altavoz y extendió el brazo para ponerlo a la altura del rostro de Pedro. —¿Bueno? ¿Juan? —Sí, soy yo, señor Pedro. —¿Dónde estás? Te estoy esperando aquí en la recepción. Hubo silencio del otro lado. Un silencio largo, tenso. —¿Bueno? —Sí, aquí estoy, señor Pedro. Aquí estoy. Volvieron a callar. El muchacho del hotel seguía firme, con el brazo extendido a la altura del rostro de Pedro. —No vas a venir, ¿verdad? ―Pedro lo dijo antes que él; siquiera eso. El silencio era como las olas, que van y vienen, a veces con mayor o menor fuerza, pero nunca se quedan quietos. —Me parece que hubo un error, no creo que usted sea… —Sí. Digo, no sé. Tienes razón, digo, cómo saberlo. —Disculpe por todo.


—No te apures. De todos modos ya me hacía falta broncearme. Pero ya Juan había colgado. Pedro se quedó quieto, callado. El brazo del muchacho seguía firme. —Márcame el otro número, por favor. Pedro miró hacia afuera mientras el empleado marcaba el número de Abundio. Vio un auto afuera del hotel. La ventanilla del copiloto, un poco abierta, le dejó ver un par de ojos que le miraban con atención. O no supo si eran sus propios ojos reflejados en el cristal. — ¿Bueno, bueno, bueno? —Abundio. Ven por mí, nos vamos a la estación de autobuses. Sí, aquí te veo. Caminó hacia la entrada. El auto arrancó. La avenida estaba casi vacía. El sol acariciaba los altos edificios de los hoteles. En el aire había sal. —Te desocupo la habitación, muchacho. Ve por mi maleta, por favor. Pedro esperó parado en la entrada a que volviera el muchacho. Llegaron, casi al mismo tiempo, Abundio y él.


—Quédatelo —le dijo al muchacho mientras señalaba con el mentón el celular—. Como que desde el primer día te gustó, ¿no? El joven llevó la maleta hasta el taxi, esperó a que Pedro subiera y se la dio. —Cuídate.

8 El mismo día que recibió la llamada de Ramón Ortiz, el promotor, Pedro les anunció a sus inquilinos que ya no más, que se tenían que ir, porque vendería todo y se iba para ya no volver. —¿Y qué vamos a hacer, don Pedro? Les cobraba 600 al mes desde hacía diez años. Llegaron cuando Susana todavía estaba viva, y la muchacha —aún era una muchacha— estaba embarazada de su primer hijo. Se instalaron en los cuartos de la otra esquina del terreno, los que Pedro mandó construir para las visitas que nunca recibió.


—No sé, la verdad no sé. Había pensado en dejarles la casa, no le costaba nada. Pero en el fondo siempre les guardó un rencor pequeñito, macizo, porque ellos sí tenían hijos, siempre uno nuevo, y sus gritos eran una fiesta continua en una casa tapiada por el luto de los hijos de Pedro y Susana, que nunca pasaban del tercer mes en el vientre. Y eso no se perdonaba.

9 Cuando pasaban frente al Parque Papagayo, Pedro le pidió a Abundio que se detuvieran. Estuvo a punto de bajar, pero se conformó con mirar la entrada. Le dijo que siguieran. Un par de metros adelante, le volvió a pedir que se detuviera. —Espérame. No, mejor no —se agachó para tomar su maleta, se sacó el fajo de billetes, apartó cuatro de quinientos y aventó los demás al asiento trasero—, de aquí camino, mano.


Enfiló hacia la playa sin voltear a ver a Abundio. Un par de pasos adelante escuchó el motor bramar como mula y las canciones de la Santanera irse con el aire. Se paró frente al agua, en el filo de la arena seca. Un grupo de niños pasó por ahí; se correteaban y a veces rodaban por la arena. —Ey, chamacos, vengan —Pedro abrió la maleta y sacó su máscara—. Órale, pa´que jueguen bien a las luchitas. Uno de los niños, el más pequeño, se acercó a tomarla, se la colocó y luego siguieron corriendo. “Y contigo nunca se pudo, Susana”, pensó Pedro. El sol, como un cuchillo de resolana, se fue hundiendo poco a poco en el mar, rasgando las olas, hasta que llegó al fondo del pecho del agua. Pedro miró a los niños desaparecer, hacerse más pequeños, como piedras negras que se desbarrancaban en lo que comenzaba a ser noche.


MI CรRCEL jaime obregรณn salas


Jaime Obregón Salas es el reo número 32789-6 del reclusorio Oriente de Ciudad de México. Cumple una sentencia de nueve años y ocho meses por robo con violencia.


Esta cárcel en la que estoy encerrado no es mi cárcel. Estas

paredes, estos barrotes no son mi cárcel. Estos custodios ojetes, estas celdas atiborradas no son mi cárcel. Estos pases de lista, este uniforme no son mi cárcel. Estos patios oscuros, estos pasillos húmedos no son mi cárcel. Estas regaderas, esta bazofia de comida no son mi cárcel. Estos talleres de carpintería, estos excusados tapados de mierda no son mi cárcel. Este confinamiento solitario, estas madrizas con picana eléctrica no son mi cárcel. Mi cárcel está allá afuera, besando a otros, paseando con otros, cogiendo con otros. Mi cárcel come, respira, sueña sin mí. Ella, y solo ella, es mi cárcel.


“MIS MANDAMIENTOS SON MANDAMIENTOS DE LUZ” una entrevista a el muertho de tijuana


Puede parecer un poco lunático, pero El Muertho de Tijuana tiene soluciones para México y para el mundo. Cerramos este número en Tijuana, gran ciudad para morir, y con la nueva moral que pregona nuestro cuate El Muertho.


Hace años que llegó a Tijuana.Tijuana, la ciudad a la que Manu Chao le adjudicó los tres célebres sambenitos (tequila, sexo and marihuana)… y algo de razón llevaba. Nadie sabe de dónde es ni él tampoco quiere decirlo. Nadie sabe cómo se llama realmente (y él tampoco quiere decirlo). Antes ‘malandro’ y ahora artista. Siempre rockero. El Muertho espera a la tumba en su ciudad de adopción, Tijuana, y cada día monta un show alucinante en el parque Teniente Guerrero. Antes de que la Vice o la MTV lo descubran (que lo harán), he aquí una charla con este cantautor underground poco dado a las entrevistas. Él mismo inicia la charla con “Usted me dice, muchacho…”.


No sé, si me quieres contar un poco de tu historia, ¿cómo nace un Muerto? Pues por una rebeldía a Dios Padre que nunca me gustó cómo me hizo. Yo miraba a Elvis Prestley bien guapo y yo aquí bien malandro y me dio coraje… Me quité todo. Me rasuré cejas, me rasuré bigote y me puse el maquillaje y vámonos… Y ahora que lo hice así, pues me dio resultado. La policía ya no me molesta, no me detienen. La gente escucha mi música. Son caprichos del destino. ¿Qué más, Miguel? Usted me dice. ¿Hace cuánto de esa transformación? Como un año y medio. Antes me la pasaba en la iglesia con los hermanos tocando coritos para Dios. Hasta que un día el pastor y yo nos peleamos porque hice Los Nuevos Mandamientos. Yo le dije: ¿sabes qué?, estos mandamientos de la Biblia están muy manejados y ya no dan resultado, hay que hacer unos nuevos… No, no, me dijo. Tú tienes al diablo adentro, mejor haz tu religión propia y Dios que te bendiga. Y ya. Me salí de la religión evangélica.


¿Y cuáles son esos diez mandamientos? El primero es “puedes tener varias esposas, pero armonizadas”. Si los árabes pueden, ¿por qué el mexicano no? ¿O el americano? Además, así lo hacemos… Los mexicanos tenemos varias esposas pero por debajo del agua, escondidas. Entonces, dejémonos de hipocresías y vamos a oficializar las cosas. El segundo mandamiento es lo mismo. Que esté pareja la cosa. “Las mujeres pueden tener varios maridos, si así lo necesitan”. Porque yo he mirado que las mujeres son más frías, más tranquilas. Hay muchos Salomones pero Cleopatras no son tantas. El tercer mandamiento es “sé gay, sé lesbiana, sé lo que quieras… menos violador”. Esto de la sexualidad… yo siempre he creído que las mujeres tienen un hombre interno y los hombres una mujer. Nomás que en las escuelas o en la iglesia no nos dan alas, nos mochan las alas. Nos quieren enseñar que somos heterosexuales y para mí que el hombre y la mujer somos infinitos, no tenemos límites. No somos heterosexuales ni homosexuales, somos cosmosexuales. Lo podemos hacer con espíritus, lo podemos hacer con animales. En la Biblia viene un caso


en que los ángeles se enamoraron de las mujeres de la tierra y bajaron a mezclarse con ellas… Somos infinitos sexualmente hablando pero nos han tachado en las escuelas y la iglesia. ¿Y el cuarto? El cuarto es: “sé adicto a lo que quieras, pero productivo”. Es decir, primero el deber y luego el placer.Ya trabajaste tu semana, ya te hiciste cargo de tu familia… pues tienes derecho a una copita, a un vino o a un toque de marihuana. Pues ya te lo ganaste. ¿Para qué satanizar lo que Dios manda a la tierra y que es para nuestro beneficio? El quinto es “cree en Jesucristo nada más”. Nada de biblias. Las biblias están alteradas por concilios, por sacerdotes. Es una herramienta para sacarle dinero a la gente. De la biblia yo me creo un diez por ciento. Me quedo sólo con Jesucristo. El apóstol Pablo me cae gordo, el apóstol Pedro es un payaso, el apóstol Santiago también… todos metieron muchos rollos en la Biblia. Yo me quedo con Cristo y eso le sugiero a la gente. Que se quiten de tantos monigotes y se queden con el Chacra. El mandamiento seis es “sé viril, sé digno”. Este


mundo es el real infierno. Si tú miras las encuestas, aquí en México el 80% de la población es pobre. Y el resto, más o menos ricos. La balanza está hacia la tristeza, hacia la pobreza. Hay más infierno en esta tierra que cielo en el cielo. Hay que ser dignos, no gente que no se enfrente a la vida. Hay que ser viriles. Si ya nos tocó estar aquí, tenemos que portarnos como los hombres, no como los payasos. ¿Qué hay del séptimo? El séptimo sería “maldice a los malos políticos, maldice a malos sacerdotes, maldice a malos pastores”. Que les caiga la sal y que se la caguen por abusar de los pueblos. También los malos funcionarios, los falsos guías. Que les caiga la maldición. Y aquellos que son buenos pues luz verde. Mis respetos. El octavo es “mayoría de edad a los 12 años”. Lo de los 18 años es una fábula. Jesucristo a los doce años ya le daba clases a los rabinos y yo a los 10 años ya engañaba a mis abuelos. Si tú ves los niños de la calle en Ciudad de México, a los 11 años ya están bien truchas, no se andan con chiquitas. Dejémonos ya de bebitos y bebitas. Entérate en qué mundo


estás y ponte trucha. No se vive de puras ilusiones, tienes que ser realista, y el mundo está difícil. Hay que ser adultos cuanto más pronto, mejor. Para que te defiendas de la vida. Eso de los 18 años se lo inventó el gobierno para que no nos casáramos con quinceañeras. ¿En qué mandamiento me quedé? Ya no me acuerdo… Vamos por el noveno. “Sí matarás”. Claro que matarás. Hace falta que las personas, que el ciudadano, se defienda de los malandros, de los asesinos. Sí matarás, sólo a abusivos. Nunca a un justo. Si matas a un justo, la cagaste. Te salas. Pero si matas a un asesino, a un abusivo, Dios te eleva, te hace una persona superior. Terminemos pues con el décimo, ¿no? El décimo es “vive como quieras”. O como puedas. Pero a inocentes no hieras.Y hace poco hice el onceavo que es: “haz tus propios mandamientos”. De luz. Y de justicia. Si hay reglas que ya no dan resultado, haz nuevos mandamientos. ¡No vamos a estar dependiendo siempre de reglas hechas


hace milenios! Ni siquiera estábamos allí para votarlas, para discutir. Estamos en el siglo XXI, no se puede obligar a nadie a acatar algo tan antiguo. Y es eso, si algo no funciona, haz tus reglas de luz. Y de justicia. Hacer nuevos mandamientos pero no para abusar del débil o del ignorante. Porque hay demonios que están haciendo eso: mandamientos de oscuridad. Pero hay que ser de la raza de luz. Aunque mi apariencia sea de diablo, le quiero dar una cucharada de su sopa a Satanás. Si Satanás se viste de sacerdote y de pastor para atacar a la luz, yo me visto de diablo para atacar a la oscuridad. Ese es parte de mi rollo. Y de mis traumas.

M.B


Si este fanzine ha sido de su agrado, les recordamos que algunos de los autores aquí reunidos han publicado sus obras en una pequeña pero combativa editorial independiente valenciana: Ediciones Contrabando  www.edicionescontrabando.com Nosotros vivimos de esto, y sería una gran alegría para todas  que visitaran nuestra web y nuestro catálogo y se regalaran uno de nuestros libros. 

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Hale Bopp Nº 9  

Facsímil de entretenimiento Lit. TEX—MEX

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