Todavia 31 | Cuerpos

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ESTO

Esto que va que viene que llevamos traemos de un lado a otro huesitos ganglios médulas la voz el tacto dulce el cristalino el pubis esto que cada noche guardamos frágil cosa todo esto qué es esto sangre aliento piel nada

I d e a V i l a r i ñ o u r u g uay , 1 9 2 0 - 2 0 0 9 Silvia Rivas, Recorrido-aceleración III, 2012


equipo

dirección general Tomás Amílcar Rodrigo Sánchez De Bustamante dirección ejecutiva Omar Bagnoli dirección editorial Florencia Badaracco jefe de edición Guillermo Fernández secretaria de redacción María Isabel Menéndez equipo de edición Yanina Costa Pablo Schroder Lucas Van Rey corrección Agnieszka Julia Ptak concepto visual Estudio Lo Bianco dirección de arte y edición gráfica Juan Lo Bianco diseño gráfico Theo Contestin Catalina Ruiz Luque tipografías Abril Display y Adelle Sans (TypeTogether de José Scaglione y Veronika Burian) Median (Tipo de Eduardo Rodríguez Tunni)

colaboran en este número Federico Merke Martín Böhmer Hernán Otero Silvia Citro Elsa Muñiz Paula Sibilia Cynthia Rimsky Luis Chitarroni Alberto Kornblihtt Rafael Spregelburd Patricia Mendoza Eduardo Russo Pablo Kohan Mario Bellatín Juan Sasturain Alberto Quevedo artistas invitados Max Gómez Canle Pablo Siquier Lux Lindner Martín Di Girolamo María Aramburu Lolo Amengual Jacques Bedel Diego Bianki Adriana Lestido Jorge Pietra Silvia Rivas Carlos Nine

directora editorial 2002∕13 Liliana Cattáneo propietario Fundación osde edición nº 31 Primer semestre 2014 Copyright © Buenos Aires Todos los derechos reservados. Hechos los depósitos previstos en la ley 11.723. Registro Propiedad Intelectual 5166758. Prohibida su reproducción total o parcial. issn 1666-5864. Fundación osde av. Leandro N. Alem, 1067 piso 9, c1001aaf, Buenos Aires Argentina t e l : (011) 5196 2210 e - m a i l : todavia@osde.com.ar

agradecimientos Vilma Paura Editorial Cal y Canto

tratamiento de imágenes Edge Pre_media impresión nf gráfica srl

ta pa Martín Di Girolamo, Wonder Woman, 2014 c o n t r ata pa Adriana Lestido, Serie México, 2012


sumario

P Política. La Diplomacia de Cumbres en América Latina. Merke. p.4 X Sociedad. El desafío del derecho. Böhmer. p.10 | Estadísticas: el giro subjetivo. Otero. p.18 X Cuerpos. Provocaciones antropológicas para repensar nuestra corporalidad. Citro. p.28 | La belleza como norma. La cirugía cosmética en busca de una ficción. Muñiz. p.36 | ¿Divinas o impuras? Entre la pulcritud mediática y la obscenidad real. Sibilia. p.46 X Ciudades. Valdivia. Una perla en el río. Rimsky. p.57 X Literatura. Riesgo y fortuna de la edición en la Argentina (del duro consuelo que da la profesión). Chitarroni. p.64 X Ciencia. Sobre el tiempo y la evolución del hombre. Kornblihtt. p.70 X Teatro. La segunda profesión más vieja y mal pagada del mundo. Spregelburd. p.78 X Fotografía. Serie México. Lestido. p.84 X Cine. La revolución digital en el cine latinoamericano (o cómo revitalizar el cine en tiempos del postcine). Russo. p.94 X Música. Reflexiones sobre la crítica musical. Kohan. p.100 X Lecturas. Visita con fiebre. Bellatín. p.106 X Historieta. Fantagás. Nine. p.111 X Conferencias. Lipovetsky. p.121

Todavía Pensamiento y Cultura en América Latina 31


política

la diplomacia de cumbres en a m é r i c a l at i n a

Existe en la región una clara tendencia a celebrar encuentros y generar espacios de concertación. Ahora bien, ¿la multiplicación de estos ámbitos atenta contra su efectividad política? ¿Los convierte en instancias meramente discursivas o debe leerse como un signo más de la voluntad de diálogo de los países latinoamericanos?

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sí como en el campo de la medicina se forman nuevos conceptos para nombrar nuevas patologías, algo similar ocurre en el campo de la ciencia política. Hasta no hace mucho, quienes investigan asuntos internacionales en América Latina acuñaron un nuevo término, cumbritis, que se podría definir como la fuerte propensión de los gobiernos de la región a realizar encuentros diplomáticos como la Cumbre de las Américas, la de Unión de Naciones Suramericanas (unasur) o la reciente Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (celac) celebrada en Cuba en enero pasado. Estos encuentros son el resultado de un número creciente de instituciones construidas durante buena parte del

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siglo xx y representan instancias destacadas en las que los jefes de Estado se congregan para dialogar sobre temas comunes, resolver disputas y, por supuesto, posar para la foto de tapa en los medios. En este texto, me propongo examinar muy brevemente el origen de esta cumbritis, ensayar algunas explicaciones y ofrecer un balance acerca de su utilidad. Para comenzar, se podría decir que América Latina, por distintas circunstancias, nació con una fuerte disposición a la concertación y al diálogo. En 1948 se creó la Organización de Estados Americanos (oea) para promover la paz y la democracia en la región. El mismo año se constituyó la Comisión Económica para América Latina (ceal), una agencia dependiente de

P ro fe s o r A s i s t e n t e y d i re c t o r d e l a s o r i e n t a c i o n e s d e C i e n c i a Po l í t i c a y Re l a -

c i o n e s I n t e r n a c i o n a l e s d e l a U n i ve r s i d a d d e S a n A n d ré s . I n ve s t i g a d o r d e l C O N I C E T N A R T I S T A I N V I T A D O MAX GÓMEZ CANLE

Serie Universal Pictures, 2009



Federico Merke V Max Gómez Canle

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Naciones Unidas y encargada de elaborar informes y propuestas para el desarrollo económico en la región. En 1964 se estableció el Parlamento Latinoamericano, un espacio pensado para aglutinar a las elites políticas de los distintos estados en un marco de pluralidad y respeto por la democracia. Cinco años después, en 1969, se firmó el Pacto Andino, luego llamado Comunidad Andina de Naciones (can), una agrupación destinada a liberalizar el comercio entre sus socios. En 1973, los países del Caribe adoptaron un camino similar y formaron la Comunidad del Caribe. El ascenso en la agenda regional de los asuntos económicos llevó a la creación del Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (selac), una agencia encargada de reunir información y producir conocimiento útil para el desarrollo y la integración. Un intento más ambicioso, sin embargo, fue la creación de la Asociación Latinoamericana de Integración, sucesora de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (alalc), órgano cuya misión es trabajar para la integración regional. Los conflictos violentos en América Central durante la Guerra Fría dieron lugar, en 1983, al Grupo de Contadora, un conjunto de Estados que trabajaron con éxito para resolver tensiones y disputas en Centroamérica. En 1990 pasó a llamarse Grupo de Río y hasta no hace poco mantuvo sus propias cumbres. En 1991, se conformó el Sistema de Integración Centroamericana (sica), un mecanismo de apertura económica e integración regional. Ese mismo año, Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay firmaron el Tratado de Asunción que dio inicio al Mercosur. También en 1991, todos los Estados de América Latina empezaron a juntarse con España y Portugal en las Cumbres Iberoamericanas. Tres años después, en 1994, un mecanismo similar reunió a todos los Estados de las Américas, desde Canadá hasta la Argentina, en lo que se dio en llamar Cumbre de las Américas, cuyo último encuentro tuvo lugar en Colombia en 2012. Siguiendo la tendencia, en 1999 comenzaron a funcionar las cumbres entre América Latina y la Unión Europea. ¿Acaso usted cree que esto es todo? Faltan tres más. En 2004, y bajo el liderazgo de Hugo Chávez, se formó la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra

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América (alba) un bloque crítico del libre comercio y el neoliberalismo. Un año después, en 2005, los países de América del Sur establecieron la unasur, un espacio con múltiples objetivos, más políticos que económicos, que busca construir una identidad sudamericana de características geopolíticas, contrapuestas a una identidad latinoamericana, de características más culturales. La última creación, en 2010, fue la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, compuesta por todos los estados del hemisferio menos los Estados Unidos y Canadá. Seguramente hay más órganos regionales, como la Organización Panamericana de la Salud o la Junta Interamericana de Defensa. Pero lo curioso es que, con la excepción del Grupo de Río, que con más socios se transformó en la celac, ninguno de estos acuerdos ha dejado de existir. Cada uno tiene su agenda, sus reuniones, sus problemas financieros, sus fervientes defensores y convencidos detractores. Para tener una idea más específica, aunque no con precisión de centavo, entre 1987 y 2009 tuvieron lugar cerca de 114 cumbres que cubrieron distintas geografías subregionales (como Mercosur, can o sica), interregionales (como la Cumbre de las Américas o la Cumbre con Europa) y macroregionales (como la unasur). Los números son llamativos y seguramente hay más de una explicación. Lo que queda claro, en primer lugar, es que América Latina avanzó más por acumulación que por profundización. Esta acumulación, sin embargo, no expresa un todo coherente. Las cumbres están superpuestas, pobremente coordinadas y no hay un seguimiento de las decisiones adoptadas. Es claro que agregar más encuentros de este tipo genera rendimientos decrecientes. En segundo lugar, este proceso ha fortalecido el rol presidencial y debilitado el de los parlamentos en los asuntos internacionales. La “diplomacia presidencial” y la cumbritis han ido de la mano. En tercer lugar, también está claro que los Estados han preferido crear organizaciones nuevas antes que reformar las ya existentes. La cantidad de cumbres refleja la proliferación de espacios diplomáticos multilaterales para acordar distintos temas. En cuarto lugar, la evidencia de las últimas instancias


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creadas, como el alba, la unasur y la celac, sugiere que América Latina está dejando afuera de sus encuentros a los Estados Unidos. La tendencia de los últimos años, en quinto lugar, es que las cumbres dejaron de ser “históricas”, momentos en que se deciden cuestiones cruciales, y pasaron a ser más rutinarias. Son instrumentos de la diplomacia multilateral y tienen tres funciones: crear reglas de juego, resolver conflictos y ofrecer promesas de acción. El problema, sin embargo, es que la multiplicidad de cumbres ofrece más de un espacio para negociar o discutir un asunto regional y, por lo tanto, los Estados buscarán debatir posiciones en aquellas instancias regionales que más les convengan. De este modo, es posible observar cierta competencia entre ellas por definir la agenda regional y hemisférica (oea versus unasur o Cumbre de las Américas versus Cumbre de la celac). Pero también es posible ver rivalidad al interior de las cumbres. En los encuentros de la unasur, por ejemplo, es fácil encontrar desacuerdos entre las

posturas de Chile y Bolivia, o entre Colombia y Venezuela, por ejemplo. Algo similar ocurre en la celac al comparar las posturas de México con las de Venezuela o Cuba. Para ilustrar esta observación, detengámonos en la actual crisis política que vive Venezuela y cómo diferentes grupos definen el problema de modos distintos. Al comienzo de la crisis, la oea, quizás el órgano más crítico, apuntó contra el gobierno de Nicolás Maduro al exigir el pronto esclarecimiento de las muertes ocurridas en diversas manifestaciones públicas contra su gobierno. Más tarde, sin embargo, el gobierno de Maduro consiguió que la sesión para discutir la situación de Venezuela fuera a puertas cerradas y sin presencia de la oposición. La cumbre de la celac de marzo pasado, en cambio, dejó ver un esfuerzo mayúsculo por alcanzar un delicado equilibrio entre repudiar los intentos de desestabilización en Venezuela y condenar al gobierno de Maduro por el aumento de los niveles de represión y el descenso del grado de libertad civil y política.

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Un resultado similar arrojó el comunicado de la unasur en el que se cuestionaron los hechos de violencia y se llamó al respeto de las instituciones democráticas y los derechos humanos. El Mercosur, finalmente, adoptó un perfil de apoyo al gobierno venezolano mientras que rechazó los actos violentos de fuerzas destituyentes. El ejemplo de Venezuela ilustra las contradicciones presentes en el proceso de cumbres y la multiplicidad de espacios a donde ir a plantear demandas. ¿Cuál es el problema? Básicamente hay tres. Un problema se relaciona con la legitimidad. ¿Cuál es el espacio apropiado para discutir asuntos colectivos en la región? Las respuestas son muchas, tantas como Estados. La oea supo ser hasta los años 90 el lugar privilegiado para resolver conflictos. Pero luego la presencia de nuevos bloques regionales supuso una competencia por espacios para definir políticas públicas regionales. Otro problema tiene que ver con la delegación o cesión de soberanía por parte de los Estados en estos órganos regionales, que en América Latina ha sido muy escasa sino nula. En general, los gobiernos percibieron que delegar traería pocos beneficios y bastantes costos. La soberanía, la autonomía y la no-intervención son valores sumamente arraigados que han jugado en contra de la posibilidad de ceder poder en instituciones regionales.

El tercer problema es que ante la ausencia de transferencia de autoridad a un órgano supranacional no hay ningún Estado que tenga los recursos de poder, institucionales y humanos para ejercer el liderazgo en la provisión de bienes públicos regionales. Esto lleva a un recurrente conflicto de acción colectiva según el cual todos los Estados quieren participar del bien público pero nadie quiere afrontar los costos que implica su disfrute. A pesar de estas limitaciones, sin embargo, las cumbres están para quedarse. ¿Por qué? Porque son un espacio de socialización, de construcción de confianza y de encuentros cara a cara. La tradición latinoamericana ha sido muy propensa a este tipo de instancias, y forman parte de una larga tradición diplomática de concertación, que es un modo de interacción levemente institucionalizado de resolución de conflictos, el cual ha sido en general débil para construir instituciones fuertes que perduren en el tiempo pero útil para abordar controversias. Las cumbres son la cara visible, la expresión, en tiempo y espacio, de la concertación latinoamericana. Así entendidas, no constituyen espacios institucionalizados de cooperación ni son fuertes en la provisión de bienes públicos regionales. Evitan, en todo caso, la aparición de “males públicos”, como la guerra, las disputas entre Estados o un golpe de estado. No mucho más, pero tampoco menos que eso. •

Los números son llamativos y seguramente hay más de una explicación. Lo que queda claro, en primer lugar, es que América Latina avanzó más por acumulación que por profundización. Esta acumulación, sin embargo, no expresa un todo coherente. La cantidad de cumbres refleja la proliferación de espacios diplomáticos multilaterales para acordar distintos temas.

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el desafío del derecho

La experiencia que llevaron a cabo las organizaciones de derechos humanos en los últimos años dio lugar a que nuevos actores impulsen una justicia al servicio de los ciudadanos.

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a transición a la democracia trajo, entre otras modificaciones sustanciales en las formas de vida en nuestro país, la incorporación de las instituciones del derecho a la política. Desde la creación del Estado nacional, el Poder Judicial había jugado un rol secundario. Fue, en el mejor de los casos, un compañero funcional de los otros poderes, sobre todo un aval de la supremacía del Ejecutivo tanto en tiempos en los que funcionaban relativamente las instituciones de la Constitución como en las épocas en que la fuerza de las armas las clausuraban. Desde la formación del estado nacional en 1862 y hasta bien entrado el siglo xx una justicia deferente se dedicó casi exclusivamente a aplicar los Códigos: organizaba la familia, los contratos, la persecución penal. En el ámbito de lo público brindaba al Poder Ejecutivo una serie de herramientas para que llevara adelante sus políticas sin la molesta intervención de los ciudadanos a quienes les restringía los canales de reclamo y de control de la acción de los funcionarios públicos. Solo se podía recurrir a los jueces por cues-

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tiones individuales y para pedir excepciones mediante procedimientos oscuros, caros y largos. Hacia adentro, el Poder Judicial funcionaba (y en general sigue funcionando) como una gran familia. El nepotismo, la lógica de los privilegios corporativos, los procesos, las rutinas y los horarios alejaron a la gente que supuestamente tiene derecho a utilizarlos y fueron desarrollando una lógica contraria a la idea de que la justicia es un servicio público que debe estar al servicio de la comunidad. Este poder del Estado carecía de control externo ya que quienes supuestamente debían ejercerlo eran también parte de esta práctica. Los miembros del Ejecutivo eran abogados que volverían eventualmente a su estudio jurídico para seguir dependiendo de la buena relación que pudieran mantener con los funcionarios judiciales para hacer su trabajo. En la historia argentina, los presidentes cuando no fueron abogados fueron militares. El mismo conflicto de interés sufren los profesores de derecho, ellos también abogados litigantes. Los legisladores tienen un problema similar porque cuando

A b o g a d o , U n i v e r s i d a d d e B u e n o s A i r e s , M a s t e r y D o c t o r e n D e r e c h o ( Ya l e

L a w S c h o o l ) N A R T I S T A I N V I T A D O PA B L O S I Q U I E R 1206, 2012


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no son abogados o abogadas, cuentan con asesores o jefes partidarios que lo son. No había, como lo han comprobado todos los que han intentado cambiar el sistema, “actores pro-reforma”. Una política concentrada en el Presidente, sin frenos ni contrapesos (“una monarquía en el fondo y una república en las formas” como quería Alberdi citando a Bolívar), desaforada, girando sin el ancla de la Constitución, con fraude electoral, con intervenciones federales a las provincias, con decretos presidenciales, o directamente con golpes de estado, gozaba de la libertad que le brindaba una justicia complaciente. Pero algo cambiaría las cosas. La violencia desatada durante los sesenta y los setenta dejaría de ser un poco más que mera violencia para dar un salto cualitativo: a partir de 1976 y desde el aparato del Estado tomado por las fuerzas armadas se implementó una política masiva y sistemática de secuestros, torturas, desapariciones y asesinatos. Sin embargo, como de la nada, de quién sabe qué recursos culturales escondidos, un grupo de personas, como quizás nunca antes en la Argentina, reclamó justicia en lugar de ejercer la venganza. En particular reclamaron verdad (saber dónde estaban quienes desaparecían) y debido proceso (a favor de los detenidos, pero también a favor de quienes los detuvieron para que eventualmente les llegara el castigo penal). Con este reclamo arribó al centro de la política argentina la idea de derechos, es decir, surgió un límite infranqueable a toda política pública, aun a la política democrática, y su fuente se encuentra en la Constitución y en los tratados internacionales de derechos humanos. Y naturalmente surgió una cuestión más: todas las miradas se posaron en ese momento en el poder público encargado de defender esos derechos: el Poder Judicial. Cuando los otros poderes fallaron, cuando aun los poderes legitimados por el voto fallan en la defensa de los derechos humanos, las miradas se corren y se fijan en los jueces. Como en el comienzo de la democracia cuando todos registramos en una sala de audiencias una escena que aún hoy guardamos en nuestra memoria: la de jueces civiles juzgando a los poderosos

de ayer y brindándoles el debido proceso que ellos no habían otorgado a sus víctimas. ¿Qué aprendimos de esa escena, de esos cortos siete años desde que las Madres de Plaza de Mayo empezaron a caminar hasta la sentencia del Juicio a las Juntas? Aprendimos varias cosas: que algunos reclamos no pueden ser ejercidos por actores individuales, sino que deben ser colectivizados, asumidos por organizaciones civiles capaces de plantear que las víctimas no pretenden que el poder graciosamente les otorgue una excepción sino pelear contra la política pública en cuestión porque identifica a un grupo para oprimirlo activamente o excluirlo de los beneficios que se les otorgan a otros. Así, los derechos se entienden ahora también como colectivos, ya no se encuentran solo en los bordes de la política sino también en su centro, los derechos no son solo límites sino que son ahora objetivo de políticas públicas. Honrarlos ya no es una cuestión de cuidarlos en el margen mientras se persigue el bien común. Ahora, la ampliación de los derechos es uno de los objetivos centrales de las políticas públicas. Por eso, respondiendo a esta reconfiguración de nuestra vida política, la justicia, aun antes de que la legislación y la Constitución reformada en 1994 dieran las herramientas necesarias, impulsó los procesos con los cuales los actores colectivos reclamaron derechos colectivos. El ejemplo más claro es la capacidad de las organizaciones no gubernamentales para demandar en juicio a través del amparo colectivo. Con él comenzaron a llegar a la Justicia cuestiones que antes quedaban sin resolver o que se mantenían incólumes, violando los derechos de los ciudadanos. Y así las decisiones de los jueces ya no solo mandan aplicar la ley o hacer una excepción para un caso individual, sino que también obligan a los poderosos a modificar sus prácticas, a hacer coincidir sus políticas (estatales o no estatales) con el mandato de la Constitución. Nada de esto hubiera sido posible sin el surgimiento de abogados que asumen estas causas con lo que desde hace unos años llamamos la práctica del derecho de interés público, esa particular forma de ejercer la profesión en la cual la causa es la que manda y

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el actor y su abogado rigen su actuar para hacer prevalecer el interés público dejando en segundo plano el individual. Es natural: cuando se reconfigura una práctica deben surgir actores, procesos e instrumentos (derechos, sentencias novedosas, formas de asumir las diferentes tareas profesionales) que permitan que esa práctica se articule y se despliegue. Es por eso que se dice que el derecho argentino: a) se ha constitucionalizado, es decir, ahora la Constitución es norma operativa y no una mera aspiración para el futuro, y los derechos que tan generosamente enuncia son mandatos, normas obligatorias y también límites y objetivos de las políticas que afectan al público; b) se ha judicializado, es decir, nada queda en principio fuera de la jurisdicción de los jueces: si los órganos mayoritarios no responden a un reclamo de derechos se abre la puerta de los tribunales; c) se ha politizado, es decir, el Poder Judicial es un poder político a la misma altura que los otros dos, ejerce frenos y contrapesos y la razón de ese poder es que la Argentina es una democracia, sí, pero una democracia constitucional y d) se ha globalizado, o sea, estos nuevos derechos y procesos no terminan en las fronteras nacionales sino que la deliberación se extiende a organizaciones que la política electoral argentina no controla. Como se comprenderá, esta radical transformación de nuestras prácticas no es total ni está todavía articulada en rutinas asumidas por todos los actores. Hay muchas resistencias, hábitos centenarios, privilegios difíciles de remover. En particular en el Poder Judicial se sigue trabajando sin asumir que se debe brindar un servicio público. Ni los tiempos de los procesos que se extienden morosamente a lo largo de años para cuestiones que no deberían llevar más de pocos meses, ni los lugares de atención que se edifican lejos de donde la gente vive o trabaja, ni los horarios de atención que son inconcebiblemente escuetos y que se superponen con los del trabajo de la gente, ni el costo de los procesos están en línea con el proyecto de un país que se asume como una democracia constitucional. Los abogados, por su lado, y sus Colegios, no cumplen con su responsabilidad legal de ofrecer gratuitamente sus servicios a quienes no puedan pagarlos.

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Los pocos consultorios gratuitos están lejos de la gente por falta de conocimiento o por su ubicación. El maltrato a los clientes no recibe sanciones y las pocas que se imponen no se hacen públicas. Muchas de las formas de la corrupción pública y privada no solo son toleradas por los abogados sino que ellos funcionan como facilitadores de conductas fraudulentas, violando una vez más sus mandatos legales. La actuación en los tribunales está marcada por las chicanas, el actuar de mala fe y la mentira son moneda corriente y a veces se justifican, incluso, como un deber de la profesión. Para mencionar un hecho escandaloso: la ética profesional no es una materia obligatoria en las facultades de derecho y no se precisa conocer el contenido de los Códigos de Ética para obtener la matrícula de abogado. Las instituciones llamadas a velar por esta práctica y alinearla con la democracia constitucional han venido dando tumbos. El Consejo de la Magistratura, como se sabe, todavía no encuentra su equilibrio entre la legitimidad técnica profesional y la legitimidad mayoritaria. La Corte Suprema de Justicia de la Nación intentó durante el gobierno de Alfonsín un modelo de control fuertemente contramayoritario y fue liquidada. En la época de Menem viró hacia la total deferencia al Ejecutivo y también sucumbió. La Corte actual está intentando crear legitimidad a través de la deliberación horizontal con los otros poderes y su éxito todavía está por verse. La Argentina asistió a la intervención abrupta de un fenómeno excepcional: el advenimiento de una democracia basada en derechos. En esta transición enfrentamos dos peligros: negar la excepción fundante y volver a la práctica anterior, o hacer de las excepciones la norma para que los poderosos hagan lo que se les ocurra con la excusa de vivir en excepción permanente. Tenemos una oportunidad generacional única: ser los articuladores de una práctica democrática (nunca más golpes de estado) respetuosa de la Constitución (nunca más violaciones de derechos humanos). Ojalá seamos nosotros quienes podamos honrar el legado de la generación que se atrevió a cambiar la violencia por el derecho. •


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Los derechos se entienden ahora también como colectivos, ya no se encuentran solo en los bordes de la política sino también en su centro, los derechos no son solo límites sino que son ahora objetivo de políticas públicas.

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e s ta d í s t i c a s

el giro subjetivo

Aspectos positivos y negativos de una herramienta en expansión que permite ampliar y visibilizar procesos y voces relegados durante mucho tiempo en esta disciplina. el fenómeno y su sensación La larga historia de las estadísticas públicas, cuyo desarrollo se encuentra íntimamente ligado a la evolución de los Estados modernos, reconoce diversas etapas. Estas se caracterizan por el tipo de producciones predominantes, los paradigmas científicos que les dan forma, las prácticas de los sistemas estadísticos y sus complejas articulaciones con las dinámicas políticas, sociales y culturales. Todas estas dimensiones vistas en conjunto pueden englobarse en el concepto de “régimen estadístico”. Dejando a un lado el período colonial, los Estados americanos conocen una fase de nacionalización estadística que comenzó con las independencias y llegó a la primera mitad del siglo xx, con un cierre en las décadas del treinta o del cuarenta según el caso, a la que le siguió un período vinculado a la planificación estatal a gran escala. En la fase siguiente, a partir de los años noventa, los sistemas públicos de estadística se reconfiguraron

en el marco de la mundialización neoliberal, aunque sería un grave error ligar las transformaciones ocurridas entonces a la dimensión puramente económica que evoca esta caracterización. Entre muchos de sus rasgos –como la tendencia a la armonización internacional y regional de las producciones, la democratización del acceso a los datos y la vinculación de fuentes de diversa índole– esta nueva etapa se tradujo en el plano de las prácticas por el desarrollo creciente de las llamadas estadísticas subjetivas en los censos de población y, en mayor medida, en las encuestas permanentes y específicas, mientras que en otros campos, como en el de las encuestas de opinión, ya se utilizaban hace tiempo. A diferencia de las estadísticas tradicionales basadas en indicadores objetivos, es decir, aquellos sobre los que en teoría no deberían existir divergencias notorias ligadas a la opinión o percepción del encuestado (como la cantidad de personas que habitan en un hogar, el material con que está cons-

N P O R H E R N Á N O T E RO I n s t i t u t o d e G e o g r a f í a , H i s t o r i a y C i e n c i a s S o c i a l e s ( I G E H C S ) C O N I C E T y U n i ve r s i d a d Na c i o n a l d e l C e n t ro d e l a P rov i n c i a d e B u e n o s A i re s , Ta n d i l N A R T I S T A I N V I T A D O LU X L I N D N E R Serie Ciencia del destino argentino, 2009

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truida la vivienda o el número de hijos, por citar algunos ejemplos), las estadísticas subjetivas remiten por definición a lo que las personas sienten o evalúan, con prescindencia de indicadores observables que cualquier persona podría eventualmente constatar. La idea de base, seductora e indiscutible, es que además de los fenómenos “objetivos” existen percepciones de esos fenómenos que pueden ser tanto o más importantes que aquellos. Un ejemplo de esto sería el conocido concepto de “sensación térmica” que a partir de parámetros de validez universal (como la temperatura, el porcentaje de humedad y la velocidad del aire) permite acercarse a una noción de temperatura más próxima a la que en realidad sienten las personas. Aunque ilustrativo, el ejemplo precedente, tomado deliberadamente de las ciencias naturales, resulta engañoso, ya que la sensación térmica nace de una fórmula que liga de manera constante un conjunto de variables sin que intervenga en modo alguno la subjetividad de cada individuo. En el caso de los fenómenos humanos, como veremos a continuación, esto se presenta de manera mucho más compleja.

razones y situaciones

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La progresiva difusión de las estadísticas subjetivas en las mediciones públicas reconoce al menos tres tipos de situaciones. En primer lugar, la conciencia de que los indicadores objetivos tradicionales no suministran por sí solos una imagen totalmente adecuada de los fenómenos en estudio. Un ejemplo pertinente de ello es la posición social de los individuos que puede ser medida a partir de indicadores objetivos (la ocupación desempeñada, el ingreso, los niveles y tipos de consumos, la posesión de propiedad, entre otros) o subjetivos, (la autopercepción que las personas tienen sobre su lugar en la escala social, que, a la vez, también puede ser definida de manera objetiva o subjetiva). Lo anterior puede extenderse al estudio de otras dimensiones sociales

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como la riqueza o la pobreza. Según puede apreciarse en estos ejemplos, la mirada subjetiva de los actores sociales no necesariamente reemplaza a los indicadores objetivos, sino que tiende más bien a complementarlos a través de una delicada dialéctica, no exenta, como veremos, de problemas de interpretación. Una segunda situación remite a la dificultad de contar con indicadores objetivos en dimensiones socialmente significativas. La salud es un buen ejemplo de ello ya que, exceptuando enfermedades muy graves y/o crónicas, el estado de salud de las personas constituye una dimensión difícil de medir de manera convincente a partir de parámetros objetivos (los que existen –como los días pasados en la cama, la frecuencia de las consultas al médico, etc.– aunque válidos no siempre son relevantes en su alcance). Consciente de esa situación, la Organización Mundial de la Salud ha impulsado el uso de estadísticas subjetivas que evalúan la


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autopercepción de los encuestados sobre su estado de salud a partir de una escala preestablecida (por ejemplo, “regular a pésimo, bueno, muy bueno, excelente”, en el caso de la última Encuesta de Utilización y Gasto en Servicios de Salud del Ministerio de Salud de la Nación, o “excelente, muy bueno, bueno, regular, malo, muy malo” en la Encuesta Anual de Hogares de la Ciudad de Buenos Aires). La experiencia internacional demuestra que este tipo de preguntas es útil por la consistencia de sus resultados y por su asociación con otras variables sociodemográficas, además de importantes por su poder predictivo y su utilización potencial para la elaboración de otros indicadores como la “esperanza de vida en buena salud subjetiva” del Ministerio de Salud de España. Por último, y sin duda de mayor importancia, se destaca la aparición (o reaparición en algunos casos) de dimensiones inexistentes durante mucho tiempo en la mayoría de los países de la región. Se incluyen en este grupo a las estadísticas que, por economía de argumentación, calificaremos como “identitarias”, entre las que sobresalen las estadísticas étnicas, de progresiva influencia en las estadísticas públicas a partir, entre otros factores, de las recomendaciones de organismos internacionales como las Naciones Unidas. Las preguntas sobre la pertenencia a un pueblo indígena o la condición de afrodescendientes (incluidas en nuestro país a partir de los censos nacionales de población de 2001 y de 2010, respectivamente) son un buen ejemplo de ello, ya que aunque incorporan variables objetivas (como el hecho de tener ancestros de esos orígenes), remiten básicamente a la autopercepción de los individuos, es decir, a saber si se reconocen o se definen a sí mismos como pertenecientes a esos colectivos étnicos, motivo por el cual suele decirse con razón que miden el grado de conciencia étnica. Es claro que la medición de la etnicidad a partir de variables puramente objetivas, aunque relevante, sería o bien limitada (por subevaluar a la población en caso de basarse en la localización espacial o en la lengua hablada, por ejemplo) o bien peli-

grosa (como ocurre con las preguntas orientadas a medir rasgos puramente fenotípicos, de insostenible valor en el estado actual de la ciencia). Los tres usos de variables subjetivas precedentes dan cuenta de un abanico de posibilidades que abarca desde su complementariedad con variables objetivas hasta el uso cuasi exclusivo de ellas. Una cuestión a considerar es que su importancia no deriva solo del valor de los indicadores objetivos disponibles (como ocurre en el caso de la vivienda, por ejemplo), sino también de inercias de medición y de tradiciones académicas e institucionales en cada campo del saber que naturalizan determinadas preguntas. En virtud de esa naturalización, nos parece razonable preguntar por la autopercepción de la salud, pero no de la vejez, a pesar de que la medida objetiva habitual (que define como ancianos a las personas de 65 años y más) mezcla un heterogéneo conglomerado de pseudo viejos de clase media y alta y de viejos precoces de origen pobre y marginal.

luces y sombras Como puede observarse, el creciente uso de estadísticas subjetivas tiene diversos aspectos positivos. En primer lugar, supone un incremento del número de voces que participan en la elaboración de las estadísticas, incremento tanto más significativo porque remite a un proceso general de expansión de derechos de las personas. El hecho de autodefinirse como perteneciente a un pueblo originario o a un colectivo afrodescendiente, por mencionar algunas posibilidades efectivas del caso argentino, importa no solo por el efecto de visibilización estadística de esos colectivos en la historia y el presente, sino también por constituir la base de un proceso continuo de reconocimiento y expansión de otros derechos sociales y culturales. Con matices propios, algo semejante ocurre con el pasaje de las variables dicotómicas del sexo biológico al complejo mundo de las identidades sexuales y de género, aunque el camino por recorrer aquí es por cierto aún muy largo.

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Serie Ciencia del destino argentino, 2009


sociedad

En segundo término, la combinación de indicadores objetivos y subjetivos permite multiplicar los puntos de vista y complejizar en forma adecuada los resultados obtenidos, ya que la vida del hombre en sociedad adquiere sentido precisamente por la valoración que las personas dan a los hechos. Más claro aún, la calidad de vida no remite solo a variables objetivas –aunque estas sean por supuesto importantes–, sino también a las percepciones que los actores tienen de esos fenómenos, tal como lo ilustra el actual debate sobre los niveles objetivos de violencia y la sensación de inseguridad de las personas. Ajustada o no a la realidad, la percepción de los actores es un insumo esencial para la medición de su calidad de vida y para la comprensión de las acciones o discursos que se generan a partir de ella. Sin embargo, la complementariedad de enfoques, además de útil, puede ser también problemática, como puede verse una vez más con el caso de la salud. Si bien es claro que las opiniones de las personas son relevantes, su autopercepción no suministra un insumo infalible para la acción pública. Como lo sugieren múltiples estudios, las mediciones subjetivas se ven potencialmente afectadas por sesgos de percepción, ligados ellos mismos a la pertenencia social (objetiva en este caso) y a las características demográficas (la educación, en particular) de las personas. Un fenómeno en parte semejante ocurre con la comparación entre la posición social de los individuos (por ejemplo, la pertenencia a la clase media) medida a partir de parámetros objetivos como la ocupación, y la realizada a partir de la autopercepción de esa posición. La divergencia entre ambos resultados (muy notoria en el caso argentino) no puede interpretarse en términos de verdad o falsedad de uno de ellos ya que, por definición, miden cosas distintas. Esta afirmación a su vez deja intacto el debate sobre la pertinencia de uno y otro tipo de indicadores. Otra clase de problemas, vinculada al anterior, es que los indicadores subjetivos están influidos por el contexto social y cultural, problema gene-

ral que se declina a su vez en clave socioespacial (continentes, países, regiones, etc.) e histórica. Esta situación es recurrente en las estadísticas étnicas, ya que la tendencia a autodefinirse como perteneciente a un grupo socioétnico (o, en otro registro, a un grupo sociorreligioso) se ve afectada por los prejuicios positivos o negativos y por los marcos favorables u obstaculizadores del ejercicio de derechos de las personas que imperan en cada cultura, en un lugar y un momento determinados. En tales casos, los niveles de autopercepción detectados constituirán una función más o menos directa de los elementos de contexto que los favorecen, y no solo de la incidencia real del fenómeno en observación, lo que afecta de modo evidente las comparaciones entre épocas y entre países. Aunque no puede pronosticarse el futuro, resulta razonable imaginar que las estadísticas subjetivas continuarán incrementando su influencia, tanto en el mundo occidental como en el caso argentino,

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Hernán Otero V Lux Lindner

considerando la impronta marcadamente objetivista que ha caracterizado históricamente al sistema estadístico nacional en la formulación de sus preguntas. Cualquiera sea la situación, una cosa es clara en este debate abierto. Las estadísticas públicas no pueden reducirse a variables puramente objetivas, ya que una creciente proporción de nuevas cuestiones sociológicas exige formas de medición para las que estas resultan incompletas o inadecuadas. A su vez, tampoco pueden reducirse a las estrictamente subjetivas, ya que la realidad es mucho más compleja del modo en que la percibimos (caso contrario, debería darse por válida la existencia de brujas en la Edad Media). En cualquier caso, se requiere una creatividad creciente para poten-

ciar las ventajas derivadas del uso combinado de ambos tipos de estadísticas y para el consecuente desarrollo de políticas públicas eficientes. Finalmente, debemos señalar que la intervención gubernamental al Instituto Nacional de Estadísticas y Censos en el año 2007 se constituyó en un rasgo específico del caso argentino que tuvo sus efectos críticos sobre la medición del índice de precios al consumidor, que por extensión repercuten también en dimensiones centrales de la vida en sociedad, como los niveles de pobreza e indigencia. En ese sentido, introdujo una variante exclusivamente local del giro subjetivo, aquella que liga la credibilidad de las cifras públicas a otras consideraciones y sobre la que no podemos detenernos aquí pero que tampoco podemos obviar. •

Todavía

La mirada subjetiva de los actores sociales no necesariamente reemplaza a los indicadores objetivos, sino que tiende más bien a complementarlos a través de una delicada dialéctica, no exenta, como veremos, de problemas de interpretación.

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CU ER POS A RT I S TA I N V I TA D O

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M A RT Í N D I G I R O L A M O


Diosas, 2008



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P R OVO C AC I O N E S ANTROPOLÓGICAS PA R A R E P E N SA R N U E ST R A CO R P O R A L I DA D X

P O R S I LV I A C I T R O I N V E S T I G A D O R A D E L C O N I C E T. P R O F E S O R A A DJ U N TA Y C O O R D I NA D O R A D E L E Q U I P O D E A N T R O P O L O GÍ A D E L C U E R P O Y L A P E R F O R M A NC E ( U BA ) .


CUERPOS

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¿Qué es el cuerpo en el pensamiento occidental? ¿Y el sexo? ¿Por qué anclamos nuestra concepción en dualidades tales como cuerpo/mente o masculino/ femenino? Estos interrogantes y otros nos ayudan a comprendernos desde un enfoque más rico, dialéctico e interdisciplinar. Las ciencias sociales y humanas vienen elaborando diversas argumentaciones que hoy nos posibilitan entender mejor la complejidad de nuestra existencia, incluida la del cuerpo. En el caso de la antropología, abocada al estudio de los seres humanos en su diversidad cultural, estos conocimientos permiten cuestionar y relativizar muchas de nuestras ideas occidentales sobre qué es un cuerpo, las cuales por largo tiempo se creyeron universales. Sintetizaré aquí algunos de estos aportes a partir de tres premisas que resultan intencionalmente provocativas para nuestros marcos habituales de pensamiento. Pa r a a l g u n a s p e r s o n a s e l c u e r p o n o e x i s t e Tal vez uno de los más importantes y a la vez paradójicos aportes para entender qué es un cuerpo sea considerar que otras sociedades han negado su existencia. Así lo reveló una vez Boesoú, un anciano indígena melanesio a Maurice Leenhardt, un misionero y antropólogo de la Francia colonialista de principios del siglo XX. Maurice le preguntó si lo que ellos le habían “aportado” al pensamiento indígena era la noción de “espíritu”, y el anciano le contestó que no, que ya conocían de su existencia, pero lo que sí les habían aportado había sido la noción de “cuerpo”. Tiempo después, otro conocido pensador francés, Michel Foucault, nos recordará también que “los griegos de Homero no tenían una palabra para designar la unidad del cuerpo” pues el término soma solo se usaba para el cadáver. Existen hoy suficientes pruebas de que las lenguas de diversas culturas no occidentales e incluso la de los griegos antiguos no necesitaron de un tér­mino específico que designara al “cuerpo” humano vivo como algo distinto de la “persona”. No obstante, estas lenguas sí tenían palabras para los diferentes componentes de la persona (piel, huesos, órganos, fluidos o principios vitales, que se tradujeron como “espíritu”) y para designarlos solían utilizar nombres que evocaban elementos de la naturaleza y del entorno. Pero no se trataba solo de una analogía o metáfora sim29



CUERPOS Cliché, 2003

bólica, sino de una concepción según la cual la persona y el resto de los seres de la naturaleza y los objetos del mundo formaban parte de una misma red existencial, entrelazada por relaciones de interdependencia. Así, la creación de este “cuerpo” capaz de escindirse de la persona y del mundo surge como una de las orgullosas y a la vez peligrosas invenciones de la ideología hegemónica de la modernidad occidental, que hunde sus raíces en la Grecia clásica. ¿Por qué decimos que es esta una invención orgullosa? Porque inauguró el tan difundido dualismo cuerpo/mente, que desde la filosofía de Descartes pretendió erigirse en la ideología verdadera y superadora de todas las demás, y que también resultó clave para el desarrollo de la medicina científica moderna. Esta pretendida superioridad se ejemplifica en que aun en 1947 Leenhardt pensaba que los canacos de Melanesia “permanecían en la ignorancia” por no saber que “tenían un cuerpo” que los “individualiza” y por no poder “situar ningún ego” en él. En contraste –sostenía– estos y otros “primitivos” poseían una “personalidad difusa” y “atávica”, construida en las múltiples y diversas relaciones pasadas y presentes con los antepasados, familiares y seres míticos. Pero veremos que al evaluar las supuestas imposibilidades e ignorancias de los otros y no poder percibir las propias, Leenhardt también pecaba de cierta “ignorancia”. ¿Por qué decimos que este dualismo es también una invención “peligrosa”? Porque cuando el cuerpo se considera solo una “cosa” separable del verdadero ser situado en la razón se abre más fácilmente el camino de su explotación. La violencia que el racismo de unos ha ejercido sobre los cuerpos esclavizados y colonizados de otros, pero también la violencia de clase sobre los cuerpos de los trabajadores, a menudo apeló, más o menos explícitamente, a esta ideología dualista. Aquellos que se autopercibían como superiores en razón, justificaban su derecho a explotar los cuerpos de otros cuya razón consideraban inferior, poco desarrollada o incluso ausente, en favor de sus ganancias pero también del pretendido “desarrollo de la sociedad”, pues bajo su guía racional, esos cuerpos podrían volverse útiles como una rentable fuerza de trabajo o mano de obra. Fuerzas, manos y brazos eran así alienados del ser, encarnando ese cuerpo-máquina que Descartes imaginó. Por último, una breve reflexión sobre aquella transmutación del concepto griego de soma que de designar inicialmente al cadáver pasó a referirse al cuerpo vivo, aunque no por ello se esfumaron las huellas de esta asociación originaria con la muerte, permaneciendo tal vez como una pesada y persistente carga de la cual, a pesar de nuestros esfuerzos, no podemos liberarnos. La creciente obsesión por alargar la vida de nuestros cuerpos y por hacerlos perdurar como cuerpos bellos, esbeltos y jóvenes, sin que importe tanto cómo se vive esa pro31


Silvia Citro

longación ni ese esfuerzo por obtener belleza que hoy posibilitan las sofisticadas y costosas tecnologías médicas y estéticas, ¿no son acaso un intento desesperado (e insistentemente fallido) por superar el inevitable tránsito del soma hacia la muerte? En un sentido similar podríamos interpretar otra creciente obsesión de nuestra cultura: la de hacer perdurar nuestros cuerpos en imágenes, desde los retratos en las pinturas renacentistas a las fotografías, el cine y, ahora, las innumerables fotos y videos subidos a internet y a las redes sociales. En suma, en nuestra sociedad contemporánea la apariencia de nuestros cuerpos se ha convertido en objeto de cuidados cuasi fetichistas y las réplicas de su imagen suelen sobrevivirnos, como si en ellas se concentrara el poder de la persona y por ende su utópica inmortalidad. En cambio, en sociedades como la de los indígenas de Melanesia, ninguna imagen corporal sobrevivía a la muerte de la persona, y si bien su apariencia también era objeto de cuidados, no lo eran más que otros aspectos de la vida y también de la muerte, pues los antepasados eran una y otra vez ritualmente recordados. No por casualidad son esos rituales colectivos que renovaban la memoria de los antepasados los que nuestra sociedad ha venido abandonando, pues solo los reserva para las “grandes personalidades”, mientras que al resto, a la “gente común” solo le queda la pretendida inmortalidad de las imágenes que replicarán sus cuerpos.

Todavía

E l c u e r p o hu m a n o n o e s u n o b j e t o n atu r a l

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Acostumbrados al predominio del dualismo, en Occidente pensamos durante mucho tiempo que el cuerpo era la parte más “natural” de la persona, en tanto nace, se alimenta, crece, se reproduce, se enferma, sana y muere, regido por las leyes científicas y cuasi universales de la biología y la medicina. Sin embargo, todos estos procesos y hasta los modos de usar nuestro cuerpo en la vida cotidiana (como hace tiempo lo demostró el antropólogo Marcel Mauss) son producto de las relaciones sociales, los significados y valores histórico-culturales bajo los cuales los organismos humanos crecemos. Así, cuerpo y lenguaje, emoción y razón y las concepciones mismas de naturaleza y cultura no pueden entenderse ya como elementos opuestos, sino como procesos complejos de interdependencia, incluso en nuestra misma evolución en tanto especie. Por eso hoy, encarar eficazmente la problemática de la salud/enfermedad implica ocuparse no solo de un supuesto “cuerpo” natural objeto de intervenciones y medicamentos, sino que cada vez más conlleva un abordaje interdisciplinar de la “persona” que incluya los aspectos psicológicos, intersubjetivos y socioculturales. Veamos un ejemplo. Hace algunos años, mientras realizaba trabajos de campo con los indígenas tobas formoseños, Teresa Benítez, una informante, me explicó


CUERPOS Cliché, 2003

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Silvia Citro

en una conversación sobre “los nervios”: “Vos tenés que saber los nervios y después pensás y ya se va, porque si nosotros pensamos bien, toda nuestra salud está toda bien, ningún problema. Pero si yo pienso mal, así me llega a enfermar. Por mi familia, si ellos están tratando mal con el otro, a veces pongo malos pensamientos y ahí empieza a doler cualquier parte”. Para los tobas, la acción de pensar sobre ciertos temas, el acontecer de las relaciones con los familiares y también con los seres de la naturaleza y los poderosos no humanos que la rigen están estrechamente vinculados al devenir de la salud/enfermedad. Probablemente, un texto de medicina psicosomática o un manual de autoayuda hoy nos diría algo más o menos similar. Como vemos, si bien la diferenciación cartesiana entre la cosa extensa o materia y el pensamiento fue una idea fértil para entender el funcionamiento del mundo físico y desarrollar esos conocimientos científicos, resultó inadecuada para comprender el dinámico y más imprevisible mundo de la vida humana, en el que procesos fisiológicos, sensaciones, emociones, lenguaje y pensamiento se entrelazan en una misma experiencia vital. Así lo demostraron pensadores como Nietzsche, Husserl, Freud o Merleau-Ponty, quienes de diversos modos cuestionaron el dualismo del racionalismo, como así también más recientemente las neurociencias, que proponen modelos holísticos e integradores de las relaciones del organismo con su entorno. Ahora bien, si volvemos a nuestra escena inicial, diríamos entonces que aquellas exóticas personas que Leenhardt vio entre los melanesios dejarían de serlo si las contempláramos desde estas otras perspectivas. Así, la persona “difusa” y “relacional” de los melanesios se acercaría a la noción de ser-en-el mundo de los fenomenólogos, que cuestiona la idea de un sujeto individual y autónomo centrado en la razón, destacando, en cambio, que desde que nacemos “estamos abiertos al mundo” y somos “carne” con él, pues compartimos esta existencia encarnada (perceptiva, sensible, corpórea) en un determinado tiempo y lugar. O también aquella “personalidad atávica” definida por los antepasados y las relaciones familiares no nos resultaría tan exótica si la comprendiéramos desde el psicoanálisis, y desde esa paradójica frase que Lacan retoma de Rimbaud que nos dice que “el yo es el otro”.

Todavía

L o s s e xo s d e l c u e r p o n o s o n s o l o d o s

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Finalmente, nuestra última provocación sostiene que si el cuerpo humano no es un mero “objeto natural”, tampoco lo son los “dos sexos” que tradicionalmente se le adscriben. Como ya demostró Foucault en su Historia de la sexualidad, las ciencias en torno al sexo se construyeron como un dispositivo de biopoder que supuso su oposición binaria y permitió imponer así el “ideal regulatorio” de la heterosexualidad.


CUERPOS

X

En nuestra sociedad contemporánea la apariencia de nuestros cuerpos se ha convertido en objeto de cuidados cuasi fetichistas y las réplicas de su imagen suelen sobrevivirnos, como si en ellas se concentrara el poder de la persona y por ende su utópica inmortalidad. No obstante, aun cuando a la manera de la biología tradicional entendamos el “sexo” como un rasgo que define al organismo en tanto especie, hoy se cuestiona la existencia de solo dos sexos. Recientemente, biólogas como Fausto-Sterling proponen la existencia de cinco: tres variedades de hermafroditas, además de masculino y femenino. Asimismo, la antropóloga argentino-mexicana Marta Lamas señala que “son más de dos las combinaciones que resultan de las cinco áreas fisiológicas de las cuales depende lo que se ha dado en llamar el “sexo biológico” de una persona: genes, hormonas, gónadas, órganos reproductivos internos y órganos reproductivos externos (genitales). Estas áreas controlan cinco tipos de procesos biológicos en un contínuum –y no una dicotomía de unidades discretas– cuyos extremos son lo masculino y lo femenino. Por eso, para entender la realidad biológica de la sexualidad, es necesario introducir la noción de intersexos”. Debemos tener en cuenta también que, como señala la filósofa Judith Butler, estas “diferencias sexuales” que construye la biología “nunca son simplemente una función de las diferencias materiales”, pues estas “son indisociables de las demarcaciones discursivas”. La medicina, en tanto ciencia mediada por el lenguaje, históricamente ha construido diversas “versiones del sexo”, pues “no hay ninguna referencia a un cuerpo puro que no sea al mismo tiempo una formación adicional de ese cuerpo”, es decir, una delimitación de este, siempre discursiva y, por ende, ideológica. Así, el discurso médico ha “demarcado, circunscripto y diferenciado” los cuerpos que de este modo también “controla”. Por ello, es importante destacar que como ha señalado la antropóloga argentina Luciana Lavigne, fue justamente la movilización política de los intersex para reivindicar su derecho a elegir cómo vivir su otro cuerpo y no ser sometidos a intervenciones médicas normalizadoras la que ha impulsado estas discusiones y hoy nos permite cuestionar la supuesta naturalidad de los dos sexos. X 35



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L A B E L L E ZA COMO NORMA. L A C I RU G Í A CO S M É T I C A E N B US C A D E UNA FICCIÓN X

P O R E L SA M U Ñ I Z U N I V E R S I DA D AU T Ó N O M A M E T R O P O L I TA NA XO C H I M I L C O. D O C T O R A E N A N T R O P O L O GÍ A , P R O F E S O R A- I N V E S T I GA D O R A . C O O R D I NA D O R A D E L A M A E S T R Í A E N E S T U D I O S D E L A M UJ E R .

Maquillaje, 2000


Elsa Muñiz

Las sociedades contemporáneas se caracterizan por una exigencia cada vez mayor de cuerpos perfectos, bellos y saludables. En torno a esta búsqueda se han adoptado y producido una gama de modelos de belleza, tanto para hombres como para mujeres, que se traducen en el desconocimiento de la diversidad, que promueven la discriminación racial, la de los discapacitados y la de quienes no se ajustan a las condiciones de tener piel blanca, cabello rubio, rasgos “caucásicos”, cierta estatura y delgadez extrema. Los estándares corporales impuestos a una sociedad heterogénea como la mexicana implican la expresión más clara de una de las mayores paradojas de la modernidad tardía, según la cual, a la vez que se difunde un reconocimiento a la diferencia, las prácticas discriminatorias y excluyentes se han vuelto cotidianas. Alcanzar dichos parámetros de belleza y perseguir la perfección en los cuerpos se ha convertido en uno de los objetivos fundamentales de la existencia de los sujetos. Los márgenes de normalidad son tan estrechos que ante la imagen corporal creada, aceptada y promovida desde los diversos discursos, la variedad de cuerpos anómalos ha aumentado. De ahí que la cirugía cosmética se practique de manera habitual en todos los sectores sociales generando una serie de efectos de los cuales los más significativos son los relacionados con la autopercepción de los sujetos. Las modificaciones corporales como la “corrección” de las facciones del rostro (nariz, pómulos, ojos, labios, barbilla), las alteraciones de la masa corporal (liposucción, implantes) y el cambio de sexo tienen implicaciones en la definición identitaria de los individuos. Se ha reconocido, por ejemplo, que las llamadas etnocirugías (blanquear la piel morena, agrandar los ojos orientales o modificar la “nariz mestiza” o la “nariz judía”) ocupan un primerísimo lugar.

Todavía

Los modelos de la feminidad

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El siglo XIX afianzó la idea de la feminidad ligada a la belleza, la fragilidad y la delicadeza del cuerpo de las mujeres. Dicha mirada decimonónica, eurocentrista y androcéntrica ha prevalecido en la manera de interpretar al resto de las sociedades. Fue un momento en el desarrollo de la humanidad en el que la civilización occidental impuso, inexorablemente, patrones estéticos y modelos de belleza a las mujeres de su tiempo y de otros tiempos, de su cultura y de otras culturas. Perfección y belleza van de la mano desde el siglo del cientificismo hasta nuestros días. Es en la normalidad donde se encuentra la “verdad corporal” de mujeres y hombres; y en las mujeres, la belleza es la norma. Tales valores asignados a los cuerpos en la modernidad se han convertido en normalizadores, y en este juego de verdades, la búsqueda de la belleza y la perfección implica perseguir una ficción.


CUERPOS Sola, 2005

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Elsa Muñiz

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Maquillaje, 2000

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CUERPOS

Según la concepción actual del sujeto, el cuerpo es una creación más de la empresa personal. La sociedad prepara y alienta a los individuos a procurarse un cuerpo que ostente juventud, delgadez y sensualidad; mientras que, por el contrario, los incita a rechazar un cuerpo decadente, envejecido o discapacitado. Desde esa perspectiva, nuestros cuerpos son una metáfora cultural para controlar lo que está fuera de nuestro alcance pues, en apariencia, el cuerpo nos pertenece y podemos repararlo, mantenerlo, mejorarlo y moldearlo materialmente a nuestro gusto. En las sociedades contemporáneas, la búsqueda de belleza y perfección ha desplegado una de las industrias más exitosas. Los cosméticos, los tratamientos de belleza, las clínicas y estéticas, así como las modificaciones faciales y corporales son constitutivas del dispositivo de la corporalidad. Se trata de un conjunto de prácticas complejas que, por una parte, podemos considerar como alegorías de la reapropiación de los cuerpos y formas de expresión de la consabida auto­creación de la identidad, y por otro, como mecanismos disciplinarios en el proceso de controlar los cuerpos. Resulta innegable la popularidad de dichas prácticas y el aumento de consumidores de este tipo de servicios. Sabemos que los sectores medios de la sociedad han sido tradicionalmente los grupos sociales con mayores posibilidades económicas, con más acceso a la información y a los medios masivos de comunicación, con una clara vocación consumista encaminada a seguir los dictados de la moda. Sin embargo, la práctica indiscriminada de la cirugía cosmética ha llegado a los individuos de bajos recursos, quienes recurren a lugares clandestinos donde los practicantes de dicha disciplina médica son improvisados o aprendices y, en muchas ocasiones, provocan secuelas permanentes, o inclusive, llevan a la muerte a los y las pacientes incautos, lo que convierte a este fenómeno en un problema de salud pública. No obstante, la proliferación de intervenciones quirúrgicas encaminadas a modificar los cuerpos de mujeres y hombres en busca de la perfección y la belleza generan algunos interrogantes: ¿cómo definir el impacto de las transformaciones corporales en la identidad y subjetividad de las personas?, ¿hasta dónde estos cambios obedecen a las decisiones autónomas de los sujetos?, ¿en qué medida podemos considerarlo un acto de normalización/disciplinamiento más que de embellecimiento? Indudablemente, las modificaciones corporales implican un desafío a la naturaleza y un triunfo de la ciencia y la cultura. Sin embargo, también revelan la paradoja de apelar a las normalidades establecidas desde la cultura, justificadas por un discurso de lo natural y lo biológico. Esto se ve con claridad en las operaciones realizadas en los cuerpos de mujeres y hombres que, en general, tienden a enfatizar en las primeras los rasgos de la feminidad, es decir, a aumentar el tamaño de 41


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Cuerpos esbeltos, pieles blancas y juventud: modelos y parámetros de belleza que se imponen a los sujetos de nuestras sociedades mediante las cirugías estéticas como una forma más de disciplinamiento.

Sola, 2005



Elsa Muñiz

los senos, de los glúteos y a afinar los rasgos faciales; en el caso de los segundos, a aumentar los pectorales y bíceps, a aplicarse injertos en la cabellera o prótesis en el pene. Del mismo modo, las operaciones de reasignación sexual apelan al estereotipo más pertinaz de la feminidad y la masculinidad. L a c i r u g í a c o s m é t i c a e n M é x i c o y A m é r i c a L at i n a En México, la cirugía cosmética comenzó a generalizarse hacia los años cincuenta del siglo pasado y actualmente es uno de los países donde más se realizan. En muchos casos esta práctica indiscriminada ha generado ciertos efectos sobre la salud y el bienestar físico de los individuos sometidos a dichas intervenciones. La clandestinidad de dichas prácticas, así como la negación de muchas mujeres a su incursión en los quirófanos, imposibilita la obtención de datos fidedignos y, en consecuencia, cualquier cifra es aproximada. Aunque en algunos portales de noticias como ABC.es se afirma que en 2010 Brasil ocupó el primer lugar en América Latina con un 15,2% de las cirugías estéticas de las cuales se tuvo alguna noticia a nivel mundial, en segundo lugar está México con el 4,6% y luego Colombia con el 2,9%. Tendríamos que señalar también que factores como la crisis económica en 2011 propiciaron una disminución en las prácticas invasivas y, en cambio, aumentaron en un poco más de un millón las intervenciones no quirúrgicas (BBC Mundo). El interés por reflexionar en torno a este tipo de prácticas reside en comprender las formas que adquieren la discriminación y la exclusión racial, étnica, por edad y a causa de la discapacidad en un contexto en que el discurso dominante se refiere al reconocimiento y la aceptación del “otro”. Este aspecto es fundamental debido a que precisamente en la imposición de los modelos de belleza se advierte una de las mayores expresiones de violencia tanto simbólica como física, ejercida a través de la discriminación y la exclusión. También nos encontramos con una de las más importantes paradojas de las sociedades contemporáneas, que tiende a desdibujar las diferencias entre los sujetos y estrechar los límites de la “normalidad”.

Todavía

La etnocirugía

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Prácticas como la cirugía cosmética evidencian la importancia de lo corporal en procesos de segregación social, pues muestra cómo los modelos de belleza han sido centrales en la definición del racismo. A principios del siglo XIX, los científicos justificaron la expansión colonial con argumentos biológicos acerca de la superioridad de los fenotipos europeos. Las diferencias raciales han desentrañado la definición de la “otredad”, el poder y las jerarquías también entre las mujeres. Por ejemplo, la piel blanca y luminosa, base del ideal femenino de la belleza occi-


CUERPOS

dental, es una aspiración de las mujeres de piel oscura, nariz ancha y cabello rizado, como señala la investigadora Kathy Davis. La “representación” de la mujer que incluye a todas las mujeres blancas occidentales requiere de una “otra” u otras: las mujeres de color y las de los países no occidentales, indígenas, mestizas, mulatas, asiáticas. Como he afirmado en otras oportunidades, entender la diferencia a partir del sexo biológico y/o la raza legitima las desigualdades sociales que se establecen como inmutables porque supuestamente se sustentan en la naturaleza y van de la mano del esencialismo y la homogeneización. Es aquí donde cobra sentido el auge de la cirugía cosmética en países latinoamericanos entre los cuales, como decíamos, México se destaca. Para algunos cirujanos plásticos, practicar una intervención a mujeres con rasgos indígenas, piel morena y baja estatura significa atender a pacientes étnicos (de hecho la han llamado “etnocirugía”). Los avances científicos han brindado los novedosos instrumentos para operar la “nariz mestiza” o la “nariz judía” y los médicos han desarrollado técnicas especiales para cortar la piel o el cartílago mestizo que puede ser, según sus afirmaciones, más resistente. Aunque los argumentos de los médicos establecen que la etnocirugía no pretende transformar las características étnicas de los pacientes sino solo “mejorarlas”, resulta significativo que una de las cirugías practicadas con mayor frecuencia entre las mujeres mexicanas sea la rinoplastia (para modificar la nariz) y, en segundo lugar, se encuentre la liposucción (para estilizar el contorno corporal). Es decir que en México, desde esta perspectiva, prácticamente todas las intervenciones serían etnocirugías. En las mujeres, la belleza es la norma. Tales valores asignados a los cuerpos en la modernidad se han convertido en normalizadores y, en este juego de verdades, la búsqueda de la belleza y la perfección implica perseguir una ficción. X

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Los estándares corporales impuestos a una sociedad heterogénea como la mexicana implican la expresión más clara de una de las mayores paradojas de la modernidad tardía, según la cual, a la vez que se difunde un reconocimiento a la diferencia, las prácticas discriminatorias y excluyentes se han vuelto cotidianas. 45


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¿ DIVINAS

O IMPURAS? ENTRE LA PULCRITUD MEDIÁTICA Y LA OBSCENIDAD REAL X

P O R PAU L A S I B I L I A C O O R D I NA D O R A Y P R O F E S O R A D E L A M A E S T R Í A Y E L D O C T O R A D O E N C O M U N I C AC I Ó N D E L A U N I V E R S I DA D E F E D E R A L F LU M I N E N S E ( U F F ) .

Diosas, 2008



Paula Sibilia

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Todavía

El desnudo femenino, ícono de lo bello y lo obsceno en la cultura occidental, hoy desafía y se convierte en territorio político a través de los cuerpos reales que exhiben marcas, cicatrices, arrugas, excesos.

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Como un efecto interesante, que no deja de ser también una “causa” del actual proceso de globalización de los mercados y las culturas, en el siglo XXI florecen las tentativas de lograr cierto clima de respeto a la diversidad. En ese contexto, grupos de “minorías” que se sienten discriminadas reivindican sus derechos; entre ellos, hay uno bastante peculiar: cualquier mujer debería poder exhibir su cuerpo sin ropa. Esa democratización de la desnudez femenina enfrenta al menos dos enemigos ancestrales. En primer lugar, los juicios basados en su adecuación a los parámetros estéticos en vigencia y, por otro lado, la estigmatización en nombre de la obscenidad. Se trata de una historia larga y densa; entre otras peripecias, esos dos factores forman parte del ideario básico de uno de los géneros más importantes de la tradición artística occidental: el desnudo. Aquel que, según Paul Valéry, “era cosa sagrada, es decir, impura”. En un famoso texto de 1936, el poeta francés afirmaba que tal condición “se permitía en las estatuas, a veces con algunas reservas” y que “la gente grave que le tenía pavor en estado vivo, lo admiraba en el mármol”. Esa ambivalencia es clave: “el desnudo no tenía, en suma, más que dos significaciones: a veces, era símbolo de lo Bello y otras, de la Obscenidad”. El mismo argumento es explorado por Michele Haddad en su libro La divine et l’impure, que desentraña algunas características del desnudo artístico en su período de auge, el siglo XIX. Esa historiadora señala el equilibro siempre amenazado entre las “divinas” y las “impuras” que los artistas de la época, casi siempre masculinos, se obsesionaron por representar en sus telas y esculturas. Y muestra de qué modo cierto impulso realista fue subvirtiendo la idealización de las formas femeninas, sobre todo a partir de 1860, a cargo de pintores como Courbet y Manet. Ahora, mucho tiempo después, notamos que el realismo resurge con nuevas tonalidades y, de alguna manera, alimenta otros avances en algo que podríamos denominar la politización de la desnudez femenina. Esta tendencia hoy se plasma, por ejemplo, en publicidades de ropa interior y cos-


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méticos, o en cantantes y actrices que exhiben con orgullo sus cuerpos “fuera del molde” como una exitosa bandera estético-política. Además, la novedad se constata en innumerables proyectos de las artes visuales, así como en notas periodísticas de toda clase y hasta en la flamante “pornografía amateur”. Entre las iniciativas que más se han hecho notar en los últimos tiempos están los ensayos fotográficos como The nu project y Beautiful body project, o los brasileños Apartamento 302 de Jorge Bispo, y XReal de Camila Cornelsen. “Las publicaciones que retratan la desnudez y la sensualidad de la mujer no representan a la mayoría ni a la realidad” afirma el sitio web de este último proyecto. “Por eso, XReal defiende el no uso de retoques” continúa, con la siguiente aclaración por parte de su autora: “hago tratamiento de color, pero no me atrevo a hacer limpieza de piel, celulitis, estrías o cicatrices”. Esa sería, justamente, “la gracia del proyecto”. A veces se prescinde también del fotógrafo profesional: son las mismas mujeres quienes producen y publican sus propias imágenes, como ocurre en Me in my place o I shot myself, por ejemplo, donde cualquiera puede exhibirse en su propia casa, haciendo tareas cotidianas sin ropa o como lo desee. La variedad de formatos corporales que se exponen en esos espacios es considerable, con cierta abundancia de características usualmente expurgadas de las siluetas mediáticas: la delgadez y los músculos no son obligatorios ni tampoco las prótesis de siliconas o la depilación total. Esa osadía puede extenderse a la edad de las mujeres expuestas, que desafían los límites de lo mostrable también en ese sentido. Siempre en defensa de una experiencia “auténtica y real”, en oposición al estilo considerado “falso” tanto de la pornografía como de las publicidades tradicionales. De modo que el desafío apunta tanto a la moralidad como a las convenciones estéticas que sostenían al desnudo femenino clásico de las artes occidentales, sobre todo en su irradiación a partir de la cultura europea decimonónica: los cánones de lo bello y los ambiguos límites de lo que se considera obsceno parecen fuertemente impugnados en estas producciones tan actuales. La cuestión de la belleza, sin embargo, insiste en pautar muchas de estas iniciativas. Una nota periodística de 2013 afirmaba, por ejemplo, que estos proyectos suelen atraer “mujeres con una posición política clara, la de exponerse para afirmar la belleza natural del cuerpo femenino”. El fotógrafo responsable por Apartamento 302, al especificar los principales motivos que llevan a las mujeres a posar gratis para sus cámaras, rescató esa reivindicación política y este otro móvil: “la vanidad”. En su versión políticamente correcta, esa última palabra se traduce como “autoestima” y parece ligada inextricablemente a la politización aquí en juego. “Creo que la mayoría de la gente está tan acostumbrada a 49


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ver el producto final, versiones retocadas y photoshopeadas de las fotografías, que su visión del aspecto que deberían tener cuando se enfrentan a un espejo está completamente distorsionada”, afirmó una de las jóvenes que posó desnuda en The nu project, para luego agregar: “tal vez si todas tuvieran la chance de hacerse retratar por un artista, tal vez seríamos un poquito más felices con nosotras mismas”. Desplegando argumentos semejantes, aunque yendo más lejos en esa ampliación de la visibilidad corporal femenina está el caso de la enfermera australiana Beth Whaanga, quien sufrió varias cirugías para extirparse tumores y después posó desnuda para la fotógrafa Nadia Masot. Bajo el título Under the red dress, el proyecto tenía como meta “compartir la experiencia y ayudar a que la gente tome medidas preventivas”. Cuando decidió mostrar las fotos en su página de Facebook, ella avisó que las imágenes eran “desafiantes” y contenían “topless”, aclarando que de ningún modo tenían “intención de ser eróticas”. Aun así, no faltaron las críticas por la supuesta inadecuación de exhibir un cuerpo desnudo lleno de cicatrices en la popular red social. En consecuencia, un centenar de “amigos” dejó de seguirla y algunos la denunciaron clamando por censura. Esas reacciones sugieren que el deseo contemporáneo de realismo en las imágenes corporales tiene sus límites. Quizás se esté redefiniendo lo que hoy se entiende por obsceno: ya no sería tanto la exhibición de la anatomía más recóndita ni la osadía erótica lo que perturba a la mirada del espectador contemporáneo y, por ende, debería quedar “fuera de la cena”, sino ciertos criterios estéticos relativos a los contornos y a las superficies en exhibición. Una joven que posó desnuda para el proyecto Apartamento 302 contó, por ejemplo, que su novio quedó “chocado” cuando lo supo. Pero fue solo un susto inicial: “hoy a todo el mundo le parece normal”, declaró, alegando inclusive que sus padres “muestran las imágenes en las fiestas de familia” y que a sus hijos “también les encantan”. De modo que, a pesar de los importantes cuestionamientos en curso, no parece que las preocupaciones por la belleza y la obscenidad hayan salido de escena, sino que se están reformulando de modos complejos y sumamente significativos. Como parte de esa lucha por los derechos de exhibición de los cuerpos reales avanzan las medidas para limitar el uso de programas como PhotoShop en la edición de imágenes corporales. Uno de los argumentos es que las fotografías manipuladas pueden “hacer mal a la salud”, propagando trastornos alimentarios y compulsiones por cirugías plásticas. Así, solapando los debates filosóficos que las pretensiones de “fidelidad a lo real” han suscitado en otras arenas, 51


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una de las actitudes que se está tomando es la formulación de leyes que obligan a poner una advertencia junto a las imágenes alteradas, además de multas en dinero. Uno de los pioneros es Francia que en 2009 aprobó un proyecto de ese tipo. “Cuando los escritores parten de un evento real pero lo embellecen, deben avisar a sus lectores que se trata de una ficción o una dramatización basada en hechos reales”, comparó la diputada proponente, concluyendo así: “¿por qué con la fotografía debería ser distinto?”. Un par de ejemplos pueden ilustrar esas tensiones. Primero, las azafatas de la compañía Mexicana de Aviación, que al verse desempleadas debido al cierre de esa firma, posaron para la revista Playboy en 2011 con el propósito de llamar la atención sobre su problema. No se trata de algo inédito: esas tácticas mediáticas están en ascenso. Lo que sorprendió en este caso es que, poco después, circuló en internet una foto original del ensayo, sin post-producción, que delataría un exceso de retoques digitales en la imagen finalmente publicada. De modo que la polémica se amplió y se desplazó: ya no importaba tanto que las mujeres se hubieran desnudado en público. En cambio, las moralizaciones se dirigieron con mucho más ahínco a la falta de autenticidad de sus imágenes corporales así reveladas. Y sobre todo, con cierto sarcasmo mal disimulado, a su vergonzoso desajuste con respecto a los persistentes parámetros estéticos. El segundo episodio ocurrió en los Estados Unidos en 2010, cuando la National Organization for Women celebró su evento anual bautizado Love Your Body Day, destinado a prevenir trastornos alimentarios y, de nuevo, reforzar la autoestima de las mujeres que se encuentran “fuera de la norma”. Para eso, la institución convocó a dos modelos consideradas plus size que aparecieron desnudas en el cartel promocional, ocasionando una serie de repercusiones mediáticas. Una periodista preguntó si la foto había sido editada. “Sí, fue photoshopeada, pero no nuestro tamaño”, respondió una de las chicas, reconociendo “correcciones del color y otros recursos fotográficos interesantes”. Tras admitir que hoy en día “todas las fotos tienen ajustes”, la joven intentó ser enfática: “pero nuestras cinturas no fueron retocadas, no eliminaron nuestro rollos, mis pechos no se redujeron”. Aun así, el alisamiento efectuado en las superficies corporales fue considerado excesivo, sobre todo debido a su incongruencia con el mensaje anhelado: “estimular a las mujeres de todos los tamaños para que amen la piel que las contiene”. Pueden parecer banales, pero esos detalles son importantes. Cierto puritanismo rectificador late en el uso de herramientas como PhotoShop, hoy tan fundamentales para la confección de imágenes corporales. Ese instrumento “protege a la mujer de estar verdaderamente desnuda al eliminar las más mí-


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nimas imperfecciones del cuerpo femenino” explica la antropóloga brasileña Mirian Goldenberg, agregando que su acción equivale a “vestir a la mujer al desnudarla de sus arrugas, estrías, celulitis y manchas”. En esa púdica tarea, el pulido digital crea una nueva piel “completamente lisa e inmaculada”. Esa purificación de la imagen es moralmente significativa, pues pareciera que el único cuerpo que “aún sin ropa, está decentemente vestido”, según los valores vigentes, es aquel “trabajado, cuidado, sin marcas indeseables (arrugas, estrías, celulitis, manchas) y sin excesos (adiposidad, flaccidez)”. Ese reconocimiento socava las reivindicaciones políticas del alegre desnudamiento “realista” hoy en boga. Como ya lo sintetizara Michel Foucault en una entrevista de 1975 y pese a estos forcejeos del presente, todavía parece reinar el panorama abierto tras las turbulencias posteriores a las revueltas de 1968. “Desnúdese... pero sea esbelto, bonito, bronceado” concluyó entonces el filósofo francés. Esa ironía sigue palpitando en las nuevas actitudes con respecto a la exposición pública de la desnudez femenina, tanto en el plano moral como en el político. Claro que esas ambigüedades tienen su raíz ancestral: remiten a la complicada fusión realizada por el cristianismo entre las interdicciones judaicas y las alabanzas greco-romanas, algo que hizo eclosión en el Renacimiento con su rescate de los ideales clásicos y fue llevado a las últimas consecuencias por los pruritos burgueses del siglo XIX, cristalizado en su hipócrita taxonomía de las divinas y las impuras. La mirada contemporánea sigue ejerciendo esa distinción que es tanto moral como política, entre las siluetas pulidas por los moldes mediáticos y las poluidas –contaminadas o impuras– que pelean por sus derechos en algunas de las manifestaciones aquí comentadas. Sin embargo, el mundo se mueve: tanto los cuerpos en cuestión como las miradas que los observan, que los juzgan y los inventan han cambiado bastante. El fenómeno contemporáneo no solo es fruto de aquellas tradiciones sino también de las luchas y conquistas de las últimas décadas, que incluyen tanto la popularización de los medios interactivos como las intensas reformulaciones éticas y legales hoy en curso. De modo que el asunto está en plena ebullición. La eficacia de las estrategias mediáticas y artísticas aquí en foco, aunque más no sea en el requisito básico de llamar la atención, se debe a la persistencia de ciertas moralizaciones que aún inflaman nuestras miradas. Si esa potencialidad escandalosa de la desnudez femenina y los consecuentes ímpetus censores que suele provocar se hubieran desactivado por completo, dichas prácticas pasarían desapercibidas. Pero el escenario parece estar en plena mutación y solo por eso estas novedades suceden ahora. Por un lado, se ha vuelto más viable para cualquier


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Esas reacciones sugieren que el deseo contemporáneo de realismo en las imágenes corporales tiene sus límites. Quizás se esté redefiniendo lo que hoy se entiende por obsceno: ya no sería tanto la exhibición de la anatomía más recóndita ni la osadía erótica lo que perturba a la mirada del espectador contemporáneo y, por ende, debería quedar “fuera de la cena”, sino ciertos criterios estéticos relativos a los contornos y a las superficies en exhibición.

mujer exhibirse desnuda en lugares públicos debido a ciertos relajamientos de los antiguos tabúes. Aun así, los criterios que ampararon al desnudo femenino en la tradición occidental no parecen haberse extinguido, aunque se constaten algunas sacudidas en las definiciones de obscenidad y ciertas reformulaciones en los estándares de belleza. Todo ese magma confluyó y estalló en el evento denominado Toplessazo convocado en Facebook para el 21 de diciembre de 2013 en la playa de Ipanema, pleno corazón urbano de Río de Janeiro y cuna de aquella garota de cuerpo dorado mundialmente entronizada al ritmo de la bossa nova en los años sesenta. Miles de personas adhirieron a la propuesta, comprometiéndose a participar en esa jornada de “desnudamiento en masa” en la cual las brasileñas defenderían su derecho a hacer topless en las playas del país. Llegado el momento, sin embargo, el lugar fue invadido por periodistas, fotógrafos y curiosos en general, que lanzaron sobre la propuesta su mirada “pornificadora”, inhibiendo a las mujeres y anulando la potencia política de la manifestación. Así, las diversas moralizaciones hoy en pugna en este complejo fenómeno de politización de la desnudez femenina se dieron cita en las arenas cariocas. Belleza, obscenidad, espectáculo, vergüenza, libertad, pureza, humillación, censura, pornificación y hasta una prometida (aunque nunca consumada) des-pornificación de las miradas estuvieron allí presentes, materializando las confusas fuerzas que hoy se enfrentan en este rico campo de batalla. X 55


Entro, 2013

X M A RT Í N D I G I R O L A M O NAC I Ó E L 9 D E S E P T I E M B R E D E 1 9 6 5 E N B U E N O S A I R E S . C U R S Ó S US P R I M E RO S E ST U D I O S E N L A E S C U E L A D E B E L L AS A RT E S P R I L I D I A N O PUEYRREDÓN Y PROFUNDIZÓ SU FORMACIÓN CON LAS BECAS KUITCA (1994) OTORGADA POR L A FU NDAC IÓN P ROA Y LA DE L TA L L E R DE BA R RACAS ( 1 9 95- 1 9 9 6 ) OTO RGA DA PO R L A FU NDAC IÓN ANTORC H AS, D IR I GI DA PO R PA BLO SUÁ R EZ Y LUI S BEN E D I T. TAMBI É N OBTU VO E N E L AÑO 2000 L A BECA DEL FON D O NAC I ONA L DE L AS A RT ES . PA RT I C I P Ó D E F E R I A S I N T E R NAC I O NA L E S C O M O A R C O ( M A D R I D, E S PA ÑA ) , B AS E L ( M I A M I , USA ) , P U L S E ( N EW YO R K , USA ) , M AC O ( M É X I C O D F, M É X I C O ) , A RT E B A ( B U E N O S A I R E S ) , E N T R E O T R A S . A L GU NA S D E L A S M U E S T R A S I N D I V I D UA L E S Q U E R E A L I ZÓ F U E R O N S O L A E N 2 0 0 5 , E N L A GA L E R Í A B A R O C RUZ ( SA N PA B L O, B R A S I L ) ; G I R L S , E N 2 0 0 7, E N L A S C O T T R I C H A R D S C O N T E M P O R A RY A RT ( SA N F R A N C I S C O, USA ) Y D I O SA S , E N 2 0 0 8 , E N L A GA L E R Í A RU T H B E N ZAC A R ( B U E N O S A I R E S ) . S U O B R A FO R M A PA RT E D E I M P O RTA N T E S C O L E C C I O N E S P R I VA DA S Y P Ú B L I C A S , C O M O L A C O L E C C I Ó N M US E O D E A RT E M O D E R N O D E L A C I U DA D D E B U E N O S A I R E S , L A C O L E C C I Ó N B A N C O C I U DA D D E B U E N O S A I R E S , L A C O L E C C I Ó N GUS TAVO B RUZ ZO N E Y L A C O L E C C I Ó N A N Í B A L J OZA M I , E N T R E O T R A S . AC T UA L M E N T E V I V E Y T R A B A JA E N B U E N O S A I R E S . w w w. m a r t i n d i g i r o l a m o . c o m

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ciudades

Valdivia Una �erla en el rí�

poe s í a , re cuer dos, natur alez a e n e s ta do pur o y r esistencia. Una ciuda d que s e h a c o nv e r t i d o e n b a s t i ó n t a nt o c ultura l co m o e co ló gico d e l p a í s v e c i no . B a ña d a p o r l a red f luvia l n a ve ga ble má s e x t e ns a d e Chi l e q u e a b a rc a 11.500 k iló m et ro s , m á s d e d i e c i s i e t e r í o s y m ú l t i p l e s canales; rodeada de islas pobladas por bosques milenarios, c isnes de cue llo n e gro , c o r m o ra ne s , p u e b l o s o r i g i na r i o s , barrios particulares y con una costa marítima de playas, acantilados y médanos, Valdivia es considerada la primera c iud ad s us ten ta ble de l p a í s , a d e m á s d e c a p i t a l ná u t i c a del P a c í f i c o s u r.

N P O R C Y N T H I A R I M S K Y E s c r i t o r a c h i l e n a N F O T O G R A F Í A S M A R Í A A R A M B U RU


Cynthia Rimsky V María Aramburu

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Pri�er �iaje 1973

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La intención de mis padres era viajar desde Santiago en auto hacia la isla de Chiloé. Me pregunto por qué nos habremos detenido en Valdivia. De ese viaje guardo dos fotografías. En la primera, estamos en el Hotel Pedro de Valdivia, una construcción neoclásica de color rosa, inaugurado en 1953 “con todos los modernos adelantos y departamentos de lujo” realizados para celebrar los 400 años de la ciudad. Aunque no teníamos dinero para alojarnos allí, mis padres quisieron fotografiarse al lado del “progreso” que en los años setenta era tan valioso como un museo o una catarata y del que Valdivia se enorgulleció desde sus inicios. Imagino a mi madre preguntando si podíamos visitar una habitación con vista al río Calle-Calle, al barrio flotante –donde están el mercado fluvial, al que llegan los campesinos en bote a vender sus productos; el mercado municipal con sus puestos de mariscos; el ex hotel Schuster, actual sede de uno de los institutos más avanzados del mundo, el Centro de Estudios Científicos del Sur– y al muelle, donde se abordan las embarcaciones que remontan el río hacia el íntimo Cruces con su Santuario de la Naturaleza o la bahía de Corral en la desembocadura con el Pacífico. No recuerdo si mi madre concretó su sueño de visitar una lujosa habitación. Mi sueño de navegar por esta Venecia criolla tardaría muchos años en cumplirse porque en ese viaje preferimos cruzar a pie el puente en arco sobre el río hacia la isla Teja. Rodeada por los ríos Calle-Calle, Cau-Cau, Cruces y Valdivia, esta isla fue comprada en 1850 al Estado chileno por un primer grupo de inmigrantes alemanes que

navegaron durante un año en los veleros Catalina y Herman para llegar aquí. En su mayoría artesanos e industriales trajeron el capital y la tecnología para levantar grandes y modernas industrias, astilleros y navieras que posicionaron a la ciudad como la segunda más importante de Chile. Hoy, de los edificios quedan solo ruinas o han sido convertidos en museos, como el Contemporáneo en la famosa cervecería Anwandter, a lo largo de la costanera cultural. No es extraño que la isla Teja haya logrado preservar la atmósfera reservada de aquellos días. Pablo Cid, investigador del Centro de Estudios Científicos del Sur, se vino desde Santiago a vivir aquí: “Con mi esposa caminamos cada vez que podemos por la isla para observar pájaros. Desde nuestra casa pasamos por Los Fresnos y otras calles con nombres de árboles, escuchando y mirando zorzales, chercanes, tencas, jilgueros, diucones, cachuditos, torcazas, tordos, chincoles, cometocinos, raras, queltehues, tiuques. Llegamos hasta el río Cau-Cau y aparecen yecos, taguas y cisnes. De vuelta pasamos por una laguna en la que hay lotos y vemos patos, pidenes y, ocasionalmente, un huairavo”. En la segunda fotografía que conservo de este viaje aparece la laguna del parque Saval cubierta de lotos rosados, algunos abiertos, otros cerrados, que en la India son venerados por sus cuatro virtudes: fragancia, limpieza, ternura y suavidad. Los budistas los comparan con las cuatro virtudes del Reino de Dharma: la permanencia, el regocijo, el sí mismo y la pureza. Desde esa tarde de 1973 he visto lotos rosados en distintos lugares del mundo, pero todavía guardo la emoción que me produjeron aquellos que mi padre retrató a la edad en la que yo ahora recuerdo su ternura.


Paisaje que se ve desde la Isla Teja

Segun�o via�e 1982 Íbamos a trabajar por primera vez como periodistas en práctica en el diario el correo de Valdivia. Soñábamos con escribir sobre grandes temas y día tras día nos mandaban a reportear las playas, los lobos marinos que asustaban a los turistas o los fuertes y torreones españoles de Niebla, Corral, las islas Mancera, del Rey y de la Mariquina con sus mohosos cañones que ya no hacen fuego. En esos paseos nos enteramos de que Juan Bautista Pastene, lugarteniente de Pedro de Valdivia, llegó aquí por primera vez en 1544 con un original método de apropiación: dos soldados y un escribano tomaban posesión de la tierra en nombre de su Majestad y del gobernador, mientras Pastene observaba desde la cubierta. Como los huilliches

salieron de la espesura asustados, les repartieron collares y brazaletes y, a cambio, los indígenas les entregaron los nombres de ríos y de cerros. Para probar que su descubrimiento era real, Pastene capturó a dos caciques, dos indias y dos indios y los llevó a Santiago. Cuando mucho después volvieron aquí en busca de un oro que no existía, los indígenas destruyeron sus fuertes, torreones y castillos. Más tarde, las autoridades chilenas abatieron a los indígenas con igual método, apropiándose de sus tierras. Sobrevivieron los nombres de los cerros y los ríos. Un día conocimos a un grupo de artistas e intelectuales que se juntaban a beber vino caliente en viejos bares donde servían humeantes platos como la sopa valdiviana, y que intentaban sobrevivir durante la dictadura de Pinochet. A través de ellos conocimos, 59



ciudades

Bar La Bomba, uno de los más antiguos de Valdivia

artesanos e industriales trajeron el capital y la tecnología para levantar grandes y modernas industrias, astilleros y navieras que posicionaron a la ciudad como la segunda más importante de chile.

Puente Pedro de Valdivia

más allá de playas, turistas y lobos marinos, la destrucción de la ciudad y su conmovedora resistencia. Porque el 22 de mayo de 1960 un terremoto de 8.4 en la escala Richter echó abajo sus barrios, desbordó el lago Riñihue, arrastrando a los pueblos de la ribera y a los barrios bajos. Y como si fuera poco, un maremoto con olas de más de 8 metros dejó a Valdivia prácticamente en ruinas y a sus calles, intransitables. Aún hoy se pueden ver a ambos lados del camino vastas zonas inundadas para siempre. Antes de ese terremoto-maremoto hubo otros en 1575, 1835 y 1837 que, junto a la invasión indígena de 1599 y la de los holandeses en 1643, una tromba marina en 1881, y un incendio general de 1909 destruyeron ocho veces la ciudad. Y esta, ocho veces se puso de pie. Verónica Zondek, poeta y traductora, intenta explicar el temple que ha convertido a Valdivia en la única ciudad del sur que mantiene sus tradiciones a pesar del embiste de las políticas neoliberales que reemplazaron, entre otras cosas, los mercados por los malls. “Valdivia es una ciudad atípica, insospechada y cambiante. Zonas pantanosas con juncos y aves, aguas de toda laya que no permiten un uso “eficiente” del suelo, por lo que todos los intentos de “abuenarla”, la afean. Camino y siempre encuentro con quien hablar: con el perro que me sigue, con la vieja encorvada y pequeña, el pordiosero, el canuto o la vendedora de humitas. Camino otro poco y aparece el mercado fluvial; a un lado las verduras, las frutas, los quesos y especias y al otro, los pescados y mariscos. Camino y clavo los ojos en el vuelo de una bandurria o una garza, de un tiuque o un queltehue y vuelo por cielos cargados y bajos que a veces enceguecen. Arribo a la orilla de un río o un pantano, veo cómo el viento y la luz encienden los juncos y saboreo el azul crespo de las hortensias. Los bosques, de los cuales solo restan sospechas, me asaltan de repente para que a punta de lengua sepa que el pavimento no lo es todo, que los edificios vidriados y atorrantes nacieron para reflejarlos. Cualquier camino que haga es mi preferido y ojalá me pierda y me sorprenda.” 61


Casa típica sureña

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ter�er viaj�

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2004

El Consejo de la Cultura me otorgó una beca para escribir una novela y dictar un taller de escritura en la ciudad universitaria de la isla Teja. La Universidad Austral (uach, 1954) fue una de las primeras que surgió en la provincia gracias al aporte voluntario de sus habitantes, en oposición al centralismo de Santiago que no deseaba competencia para su universidad. Como el Jardín Botánico, el Arboretum y el parque Saval, mantiene sus calles flanqueadas por alamedas y otras 960 especies autóctonas. Así como el río alimenta uno de sus bordes, la uach alimenta de investigadores, profesionales, música, museos, cine club y ballet a una ciudad que se definió históricamente como universitaria y que recibe estudiantes de todo el mundo. A diferencia de los dos viajes anteriores, esta vez me instalé más allá de Niebla, de la caleta Los

Molinos, camino a la playa de Curiñanco. Como la novela no avanzaba, salía al camino en busca de inspiración. Cuando quería cruzar enfrente, abordaba el ferry a la bahía y pueblo de Corral. De ahí tomaba un bus por 27 kilómetros hasta la playa de Chauín, donde está la Reserva Costera Valdiviana. En mis visitas nocturnas a la ciudad frecuentaba el Festival de Cine de Valdivia que el año pasado cumplió 20 años y que no solo ha proyectado más de cuatro mil películas desde su fundación por el cine club de la Universidad, sino que alentó el desarrollo de una cinematografía del sur con sus paisajes y tensiones. Durante el día, en cambio, prefería navegar por los ríos conocidos hacia el Santuario de la Naturaleza Carlos Anwandter, el pueblo de Punucapa, el parque Oncol, el área protegida de Llancahue y Llenehue, la reserva natural Pilunkura, y el Alto Cutipay. Hasta que conocí a un lanchero que me


Barcos de pescadores en Niebla

llevó en su embarcación por desconocidos callejones fluviales, algunos deshabitados y otros poblados con valdivianos y santiaguinos que vinieron a construir una vida lejos de la capital y que muchas veces se trasladan a y desde sus trabajos en botes, como si estuvieran en Venecia o en la pequeña Hamburgo, añorada por los alemanes. Una vez al año, durante la Semana Valdiviana, los habitantes se reúnen a ambas orillas del Calle-Calle para celebrar la dicha de vivir aquí. El río se llena de velas, corsos y toda clase de embarcaciones que refulgen bajo la luz de los fuegos artificiales y de la corona de la reina de los ríos. De todo esto que observaba en mis paseos fui tomando nota y, en lugar de avanzar en la novela por la que me habían becado, terminé escribiendo cómo me dejé conmover por esta ciudad en la que no se sustenta únicamente la ecología sino también la belleza. •

la universidad austral (uach, 1954) fue una de las primeras que surgió en la provincia gracias al aporte voluntario de sus habitantes, en oposición al centralismo de santiago que no deseaba competencia para su universidad.

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Riesgo y fortuna de la edici贸n en la Argentina (del duro consuelo que da la profesi贸n)

U

N P O R LU I S C H I TA R RO N I E s c r i t o r , c r 铆 t i c o y e d i t o r N A R T I S T A I N V I T A D O L O L O A M E N G UA L


l i t e r at u r a

Una breve historia de la edición no podría deshacerse a tiempo de ciertos atisbos de erudición ni debería soslayar algunos episodios decisivos de la historia. No podría sino ser episódica. Como la arbitrariedad y el capricho tampoco deberían ser descartados, esa historia, en la medida de lo posible, no debería descartar nombres.

El mundo como lo encontré Cuando comencé a trabajar en el ámbito editorial, más de veinte años atrás, el trabajo del editor lo desempeñaba un prudente antepasado o antecedente que se conocía como “asesor literario”. Los editores verdaderos eran, en realidad, los gerentes, como han vuelto a ser ahora. El asesor literario mediaba, aconsejaba, corregía, pulía, retocaba. Material local –ficción y no ficción en castellano– y extranjero: traducciones. Hacía las veces de corrector estilístico y de acompañante terapéutico. Observaba la concordancia verbal y la sintaxis, los errores tipográficos. No en detalle: la corrección se hacía aun con el mayor de los cuidados. Podía definirse o describirse vagamente: menos servil que esos escribientes o bedeles de Melville o de Dickens, apenas mejor pago. Entre las competencias laborales de este individuo debía contarse, parece, la de ser “el principal sospechoso” de las novelas policiales de la década del cincuenta.

Debía de tratarse de una venganza solícita después de algún maltrato/ las objeciones puestas por el “asesor literario”, a los aportes del asesino, tal como demuestran, entre otros, Nero Wolfe, Nicholas Blake y Ngaio Marsh. Cumplía una tarea desagradable adicional: rechazar los originales. Aceptarlos también, pero este holograma de dicha quedaba rápidamente tachado por la segunda función. Quien asistía desde el otro lado de la puerta a esta ceremonia era a menudo –invariablemente– una persona atemorizada y anhelante. No es necesario apelar a dualismos ni maniqueísmos, no es necesario dar consejos; sí, advertir acerca de lo siguiente: se puede discernir entre los mortales dos categorías igualmente aptas para el puesto: las que gustan de portar y transmitir “malas noticias” y las que, como Bartleby, “preferirían no hacerlo”. Pertenezco sin duda al segundo grupo, no por los buenos motivos (que habrá, seguro), sino por los malos (habrá también peores): aflicción ante el malestar (visible) del otro y pereza. No sé si en ese orden. 65


Luis Chitarroni V Lolo Amengual

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Modales y misterios

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Uno de los desarrollos laborales que el futuro editor adquiría con rapidez es la capacidad de atenuar. Muchos se jactan en efecto y a menudo de “decir las cosas en la cara” y de “no andarse con chiquitas”. Son imprudencias desconsoladoras en el ámbito editorial, discordancias o aportes sádicos. Sin atenuantes. Un escritor que debuta, y sobre todo un veterano insistente, sabrán agradecer el uso de esa figura retórica hoy casi siempre en desuso: la lítote. Cierto que la ceremonia o el acto de rechazo se podía evitar con una carta, sustituir y diferir así el ambiguo combate. Aunque la reiteración de actos de cobardía no acumula penitencias ni castigos, me consta; los remordimientos son suficientes. “Su novela es buena pero no se adecua a los planes de nuestra editorial” (o casa, a veces se usa este último término, tanto más cálido y excluyente). Un editor muy sabio me contó una vez que los malos en el oficio adulan; solo los buenos saben elogiar. El arte de elogiar se ha perdido o desnaturalizado. Los editores deben aprenderlo pronto: son los encargados de escribir los paratextos. Entiéndase, el tecnicismo es en este caso todo lo necesario que puede un recurso con tantas sílabas: las contratapas, las solapas, las –si lo exigiera– fichas técnicas y, si el traductor o el autor incurriera en agravios reiterados, las notas al pie. El elogio es un género difícil; proviene de o provoca la apología. Para ser de verdad elogio debe confiar en su reserva. Un elogio desmedido agravia incluso al menos escrupuloso de los escribidores. A medida que crece la distancia entre la lectura del editor y la fabricación del libro, se improvisa una rapsodia de recuerdos sin detalle y se arma un collage a medias inteligible con las críticas

favorables que han recibido los libros anteriores del autor, con auxilio de los puntos suspensivos. Una especie de Tierra baldía edificante. No hay que olvidarse que el autor de ese poema, t. s. Eliot, después de trabajar en un banco, fue el editor de la firma Faber & Faber, una de las más prestigiosas del célebre mercado editorial inglés. Eliot estaba menos dispuesto a “editar” (él mismo “editado” por Ezra Pound) que a apropiarse de los menesteres de los publicistas. El arte de elogiar, entendemos entonces o aprendemos tarde, no solo se perdió en el oficio editorial sino en la vida a secas. La detracción tiene un lugar elevado en la corriente de la vida cotidiana. Hace creer que quien opina ha pensado con la asistencia de la razón y la inteligencia, bendita corrupción de la genealogía de la modernidad: el inteligente es el crítico solo si acordamos que el crítico es ese inconsolable detractor.

El museo inmediato Si existiera un museo de la edición, sería ejemplar recorrer las correcciones que hacía (y se hacía) José Bianco para imponer –e imponerse– una especie de aticismo inquebrantable de la buena prosa en castellano. Bianco, autor de por lo menos tres obras maestras (La ratas, Sombras suele vestir y La pérdida del reino), fue durante años el secretario de redacción de Sur. La gramática y la sintaxis de Bianco, excelsas, parecían las de un idioma que le perteneciera por entero y casi sin derecho. Como si el idioma castellano fuera, de acuerdo con Darío, “la pérdida del reino” que estaba para él. Su dicción oral era otra cosa y vaya si merecía haber sido grabada: un timbre, un color y un grano de precisa procedencia social –la



Luis Chitarroni V Lolo Amengual

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l i t e r at u r a

articulada clase media culta de esos años, que nada tenía de aristocrática, y a la que, aunque no renegara de ella, no se enorgullecía de pertenecer–, sazonada con desacatos y exabruptos de muy calma pero nada desdeñosa intención imitativa. Un precursor venial de Bianco, en cambio, se ofrecía al mundo literario con los pecados capitales a la vista: gula, pereza, lujuria. Era un hombre bajito y feo, gordinflón, Cyril Connolly, que apelaba solo a su inteligencia superior cuando la reclamaba el hedonismo y que llegó a almorzar hasta cuatro veces por día para convencer a un autor disconforme o recibir los reclamos de una amante despechada (a veces alternándolos). Gran parte de ese arte de vivir quedó registrado en su libro La tumba sin sosiego. Un texto extraordinario que en Argentina tradujo y publicó la editorial Sur (el cuidado de la traducción de Ricardo Baeza en manos del mencionado José “Pepe” Bianco). Como buen snob, el gusto literario de Connolly se refugiaba en la literatura francesa (llegó a traducir el Ubú Roi de Jarry, adaptando con precisión lacónica el “Merdre!” inicial a un subrepticio y sibilante pero no menos perentorio “Psshit”). Para los lectores argentinos actuales que además van al cine, la pista casi secreta del influjo de Connolly es tan evanescente que vale la pena apelar a él. Un latido de su inconveniencia y sentido de la oportunidad puede oírse en el film que adapta la novela de Ian McEwan Expiación. Connolly es el editor que acepta publicar, gracias a la lectura de Elizabeth Bowen, el cuento de Bryony, la penitente arrepentida de la película.

Curso breve de erotismo crepuscular Es inevitable que la convivencia con el idioma deteriore, como en cualquier relación amorosa, nuestro cuidado, nuestra atención y hasta nuestros reclamos. La función más empeñosa del ofi-

cio de editor lo obliga a estar al tanto de los usos y servicios de la lengua, de sus denigraciones y ultrajes, de sus grados de rechazo y aceptación de idiotismos y neologismos, de su disimulada vulnerabilidad y de su indisimulable ambivalencia. La avara participación del idioma en las urgencias de la vida urbana crea su idiolecto: cada ciudad a su nido de riquezas, restricciones y rechazos. La lengua achispada y llena de sobrentendidos de los sicarios de Medellín nada tiene que envidiarle a la picaresca cockney de Londres. Ser joven es compartir un complejo sistema de novedades y alarmas. Anthony Burgess, que lo intuye cuando tiene ya más de cuarenta años, crea para este menester el nadsat, el dialecto que hablan los delincuentes juveniles de La naranja mecánica. Holden Caufield, el protagonista de El cazador oculto de Salinger, ha dejado de estar solo. Ha llegado a ser un pandillero. Eso quiere decir que vagabundea por la ciudad en compañía de quienes ignoran con más ahínco y alevosía la melancolía anticuada de su soledad. Cuando mi sobrino era adolescente (mediados de los noventa), yo creí que sus lacónicas respuestas habían reducido las posibilidades del lenguaje de manera radical. Ahora que mi hijo ha llegado a la misma edad, creo que mi sobrino era, como quería el escritor español Sainz de Robles, “un millonario del lenguaje”. Bromear acerca de las reducciones y debilidades del lenguaje, como sacar conclusiones generales después de ver un certamen escolar por televisión, es una zoncera. Hoy hay responsabilidades generales acerca de las formas y contenidos que exceden esa custodia o pesquisa policial sobre formas y contenidos. Sé que el mundo tal como lo encontré va a sobrevivirme, pero va a crear también el mundo que encontrarán quienes se atrevan a enfrentarlo sin consignas restrictivas ni presupuestos heredados. Lamento solo no presenciar esa consecuente ordalía. • 69


Un recorrido por los orígenes del mundo y de la especie humana pone en perspectiva nuestro tiempo histórico en la Tierra y cuestiona conceptos como el de “raza”, tan utilizado política e ideológicamente.

L sobre el tiempo y la evolución del hombre

N P O R A L B E R T O K O R N B L I H T T B i ó l o g o m o l e c u l a r , i n ve s t i g a d o r d e l c o n i c e t , p ro fe s o r T i t u l a r d e l a Fa c u l t a d d e C i e n c i a s E x a c t a s y Na t u r a l e s , u b a N A R T I S T A I N V I T A D O JAC Q U E S B E D E L


ciencia

Aproximaci贸n a la incertidumbre, 1989


Alberto Kornblihtt V Jacques Bedel

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os físicos estiman que el universo comenzó a expandirse hace aproximadamente 14.000 millones de años cuando ocurrió el fenómeno conocido como Big Bang. Si bien es difícil imaginar qué había antes del Big Bang, podemos adoptar la convención de que el universo, tal como lo conocemos hoy, se originó en esa fecha. También resulta difícil concebir una magnitud temporal expresada en miles de millones de años cuando en nuestra cotidianidad lo que más nos ocupan son los minutos, las horas, los días, los meses y los años y, en el estudio de la historia, los siglos y a lo sumo los milenios. Tratando de vencer esta dificultad, intentaré ubicar en el tiempo ciertos hitos de la historia del universo y de nuestro planeta con la conciencia de que, hasta donde sabemos, somos los únicos seres vivos que habitamos el universo capaces de reflexionar sobre estos temas. Unos 600 millones de años después del Big Bang se formó nuestra galaxia, la Vía Láctea, y hace 4.600 millones de años una gran explosión dio origen al Sol, una de las 300 mil trillones (3 x 1023) de estrellas del universo. Tan solo 60 millones de años más tarde se formó la Tierra. Podemos decir entonces que el sistema solar y la Tierra tienen unos 4.500 millones de años de existencia, sin embargo hace unos 3.800 millones de años recién apareció la vida sobre la Tierra en forma de organismos unicelulares similares a las actuales bacterias. La aparición de la primera célula sobre nuestro planeta hizo que este dejara de ser estéril. Ahora bien, el origen de la vida no debe confundirse con el origen de los humanos modernos (Homo sapiens), algo que ocurrió hace solo 200.000 años. En realidad no sabemos si la vida se originó en este planeta o si vino de otro en un meteorito. Tampoco conocemos con exactitud cómo surgió, aunque todo indica que fue por agregación de moléculas orgánicas que se formaron espontáneamente en algún mar primitivo. No obstante, los conocimientos de la química y de la física nos permiten concebir cómo se formó la primera célula, sin recurrir a fuerzas sobrenaturales o a principios que solo se apliquen a los seres vivos. Tenemos fuerte evidencia de que todos los seres vivos, tanto las especies extinguidas como las que pueblan el planeta en la actualidad, provenimos de una única célula original. Esta conclusión nace de saber que el código genético es el mismo para todos los seres vivos conocidos. Este código es una especie

de diccionario que permite a la célula traducir la información contenida en la secuencia de bases del adn a la secuencia de aminoácidos de las proteínas. Dado que este diccionario es muy complejo, químicamente arbitrario y universal, resulta muy poco probable que haya sido adquirido en distintos linajes de células surgidas de forma independiente y es mucho más parsimonioso considerar que, aunque hubieran existido muchos eventos independientes de generación espontánea de células, solo uno de ellos perduró, triunfó y se expandió, dando origen a la gran diversidad biológica, pero con un código común. Esta característica de la vida, conocida como la “homología fundamental”, es la que ha permitido, por ejemplo, expresar genes humanos en bacterias o generar plantas y animales transgénicos, desarrollando herramientas de la ingeniería genética, además de las modernas biotecnologías que han revolucionado la industria farmacéutica, el diagnóstico médico y la agricultura. Resulta notable que durante la mayor parte de su existencia haya habido vida en nuestro planeta. Durante los primeros 1.000 millones de años la vida sobre la Tierra fue bacteriana y por lo tanto, invisible al ojo desnudo. Hace unos 2.500 millones de años se formaron las primeras células con un núcleo diferenciado (eucariotas), a partir de bacterias (procariotas) preexistentes. Esto dio lugar a organismos pluricelulares y de mayor tamaño, visibles a simple vista, como las algas, que aparecieron hace 1.200 millones de años. Hace 500 millones de años surgen, en un corto lapso de tiempo geológico, todas las formas de animales pluricelulares incluyendo invertebrados y vertebrados primitivos. Los primeros peces se originan hace 450 millones de años, los reptiles hace 320 millones de años. Los dinosaurios datan de alrededor de unos 230 millones de años, casi simultáneamente con los mamíferos. Pero los dinosaurios dominarían todos los ambientes de la Tierra por 165 millones de años, dejando relegados a los pequeños mamíferos, hasta su extinción hace 65 millones de años, muy probablemente debida al impacto de un gran meteorito en la península de Yucatán, episodio que cambiaría en forma radical el clima de la Tierra. La caída del dominio de los dinosaurios dará lugar al despliegue y rápida evolución de los mamíferos. Las aves habrían aparecido hace unos 150 millones


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de años y hay quienes piensan que en realidad los dinosaurios no se extinguieron como grupo sino que son las aves de hoy en día. Un grupo de pequeños mamíferos arborícolas dio origen a los primates entre los cuales se encuentran los monos con cola y los simios (sin cola). De los grandes simios, mientras el orangután es asiático, el gorila, el chimpancé y el hombre somos africanos. Hace 16 millones de años vivió el ancestro común entre el orangután y los simios africanos, mientras que el antepasado común entre el gorila y la línea de chimpancés/humanos vivió hace 12 millones de años. Por su parte, el ancestro común entre el chimpancé y los humanos existió hace 6 millones de años. Estos datos nos permiten concluir que no es cierto que el hombre “descienda del mono”, sino que el hombre es un mono, más precisamente, un mono africano. Otra manera de ver las cosas es que los cuatro grandes simios (orangután, gorila, chimpancé y humanos) somos variantes de hombres. De hecho, la taxonomía moderna los agrupa en la familia Hominidae y dentro de ella, el hombre y el chimpancé se encuentran reunidos en la tribu Hominini. Durante los 6 millones de años de divergencia del chimpancé hubo La Tempestad, 2014

numerosas especies de Hominini, todas las cuales se extinguieron excepto nosotros, los Homo sapiens. El género Homo apareció hace aproximadamente 2 millones de años. Este género tuvo varias especies: Homo habilis, Homo erectus, Homo heidelbergensis, Homo neanderthalensis y Homo sapiens. Hay fuertes evidencias de que la especie humana moderna (Homo sapiens) se originó en África, probablemente en Etiopía hace unos 200.000 años (solo ayer si se lo compara con la larga historia de 3.800 millones de años de la vida sobre la Tierra) y que no fue la única especie del género que existió, pero sí la única que sobrevivió hasta nuestros días. Hace unos 35.000 años se extinguió el Homo neanderthalensis u hombre de Neandertal, con el cual no solo coexistimos por más de 100.000 años sino que además convivimos en Europa y el oeste de Asia. Sabemos que el Neandertal no era un antepasado nuestro sino una especie distinta, y que poseía cultura. Sí, durante muchísimos años hubo en este planeta dos especies “humanas” al mismo tiempo. No sabemos por qué se extinguió el Neandertal ni si tuvimos alguna responsabilidad en ello. Una de las mayores sorpresas en el estudio de la evolución humana ocurrió cuando 73


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humanos modernos europeos, asiáticos, polinesios y americanos; pero no se observa en los africanos, es decir, en los grupos que no salieron de África. Esto indica que los negros africanos representan una forma si se quiere más pura de la especie humana, que no se “contaminó” con genes de una especie más arcaica como eran los Neandertal. Por supuesto que esto no tiene mayor importancia cultural, pero sí genera una irónica sonrisa frente a las pretendidas teorías racistas del nazismo, que consideraba a los arios (europeos blancos) como la “raza pura”. Los arios y otros grupos de origen europeo tenemos genes de Neandertal, así que no somos tan puros. La expansión y popularización de estos conocimientos han llegado a la vida cotidiana al punto tal que quien hoy se haga un análisis genético de rutina para conocer predisposiciones a padecer ciertas enfermedades recibirá como “bonus track”

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se analizó la secuencia completa del genoma del hombre de Neandertal en 2010. Los investigadores, liderados por Svante Pääbo, descubrieron que algunos grupos de humanos modernos tenemos (y verán por qué uso la primera persona del plural) en nuestro genoma variantes alélicas de genes que provienen del Neandertal. Eso es un fuerte indicio de que algunos linajes humanos se cruzaron con el Neandertal. ¿Pero quiénes? Se cree que hace aproximadamente 100.000 años un grupo de Homo sapiens salió de África y se estableció en Europa y Medio Oriente, migrando y expandiéndose luego hacia el Este (Asia, Sudeste asiático, Polinesia y por último las Américas por el estrecho de Bering). El cruzamiento con los Neandertales, que hace 100.000 años ya estaban en Europa, debe de haberse producido en el paso de los Homo sapiens por Europa, ya que la presencia de alelos Neandertal se observa en

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la información de qué porcentaje de su genoma proviene de Neandertal (en general entre un 2 y un 3% en los no africanos). Una tercera especie de humanos que coexistió con el Homo sapiens fue descubierta recientemente en la cueva de Denisova, en los montes Altai de Siberia. La secuenciación del genoma mitocondrial extraído de la falange de un dedo de la mano de un individuo de esta especie permitió compararla con la de los humanos actuales y el grupo de Pääbo descubrió que algunos grupos de Homo sapiens se cruzaron con los denisovanos, quienes se extinguieron hace unos 40.000 años casi simultáneamente con los Neandertal. Los grupos de humanos modernos que llevan alelos denisovanos son en su mayoría los del Sudeste asiático y los aborígenes australianos. Los africanos y europeos no tenemos alelos denisovanos. En resumen, la comparación de las secuencias de adn de humanos modernos de distintas etnias con las del Neandertal y la de los denisovanos indica que la especie humana se cruzó al menos en dos oportunidades con especies cercanas genéticamente ya extintas. Lo notable es que estos datos permiten confirmar las vías migratorias de los primeros humanos. Los que se quedaron en África no llevan alelos de Neandertal ni denisovanos. Los europeos llevamos alelos de Neandertal mas no denisovanos. Los asiáticos del este, indoamericanos, sudasiáticos y polinesios llevan alelos de Neandertal y denisovanos. La realidad es que la mezcla de alelos fue una característica bastante frecuente en la evolución humana. Los escasos 200.000 años de nuestra existencia hacen que seamos una especie muy joven comparada con nuestro primo más cercano, el chimpancé, que lleva 6 millones de años como especie. Esto quiere decir que los chimpancés tuvieron mucho más tiempo para acumular cambios de secuencia en su adn que nosotros y, por lo tanto, su variabilidad intraespecífica resulta ser cuatro veces mayor que la nuestra. En otras palabras, los chimpancés son más diferentes entre ellos que nosotros entre nosotros. Y eso que ellos son solo 150.000 individuos en este planeta, mientras que los humanos somos más de 6.000 millones. La confirmación de las rutas de migración de los humanos modernos explica el sorprendente hallazgo de que los negros africanos poseen una variabilidad

alélica mucho mayor que los europeos o asiáticos. Esto es consecuencia de que los grupos que salieron de África y colonizaron Europa eran numéricamente pequeños y por lo tanto llevaron consigo una muestra no representativa, es decir sesgada, de los alelos existentes en África. Esto cuestiona enormemente el considerar a los negros como una raza. Una especie es un conjunto de individuos capaces de dar descendencia fértil. En términos científicos se dice que entre los individuos que pertenecen a la misma especie existe libre flujo de genes. Los individuos que pertenecen a una misma especie a menudo presentan diferencias genéticas. Las combinaciones de a dos de todos los alelos posibles de cada uno de nuestros 23.000 genes hacen que cada individuo sea distinto del otro, pero no tan distinto como para no poder reproducirse con otro de la misma especie. Los individuos que tengan una proporción mayor de alelos en común serán más parecidos. El extremo son los gemelos univitelinos, que son genéticamente idénticos porque tienen exactamente los mismos alelos para cada uno de sus genes. Una raza, como claramente ocurre en los perros, es una subpoblación de individuos de una especie con una alta homogeneidad genética, es decir que los individuos que la componen comparten muchos más alelos entre sí que con cualquier otro individuo de la misma especie, pero de otra raza. Las comparaciones de secuencias de adn entre humanos indican que las grandes diferencias genéticas, de existir, tienen lugar entre individuos y no entre poblaciones. En términos más sencillos, por ejemplo, una persona caucásica (blanca) de Europa puede compartir muchas más variantes alélicas con un chino o un africano que con otro europeo del mismo color de piel. Dos negros africanos pueden distar mucho más genéticamente entre sí que cualquiera de ellos respecto de un blanco. Esto hace, por ejemplo, que en muchos casos la histocompatibilidad entre un negro y un blanco sea mayor que entre dos individuos de la misma “raza” y, como consecuencia, un negro sea más apto que un blanco para donar un órgano de trasplante a otro blanco. Este concepto fue expresado en forma sencilla y elegante por el genetista brasileño Sérgio Pena: “No es que seamos todos iguales, sino que somos todos igualmente distintos”. 75


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No es cierto que el hombre “descienda del mono”, sino que el hombre es un mono, más precisamente, un mono africano. Otra manera de ver las cosas es que los cuatro grandes simios (orangután, gorila, chimpancé y humanos) somos variantes de hombres.

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Si bien existen variantes genéticas que confieren a quien las porta riesgos mayores de padecer ciertas enfermedades o respuestas diferenciales al tratamiento con medicamentos, muy pocas de tales variantes están confinadas a una “raza” o población en particular, como para dictar un criterio médico a aplicar al grupo entero. Sin embargo, existen diferencias observables en la incidencia de enfermedades y en los resultados de los tratamientos entre distintas poblaciones, pero no tienen nada que ver con la genética sino que son causadas por factores sociales, económicos o discriminatorios restringidos a ciertos grupos. La genetista norteamericana Mary-Claire King, quien ayudó a las abuelas de Plaza de Mayo a identificar a sus nietos raptados por la última dictadura militar argentina mediante el análisis de adn, afirma al respecto: “La susceptibilidad a enfermedades puede estar agrupada genéticamente pero no geográficamente, geográficamente pero no genéticamente, de ninguna de las dos maneras, o de ambas”. Estos conceptos son una seria advertencia para las multinacionales farmacéuticas que, entusiasmadas por la farmacogenómica, se proponen diseñar fármacos hechos “a medida” de las características genéticas del paciente. Esta estrategia podrá funcionar para individuos aislados, familias o incluso para ciertas poblaciones pequeñas con alto grado de consanguinidad, pero parece difícil que sea aplicable a las llamadas “razas”. La evidencia biológica sobre la inexistencia de razas humanas resulta ser “políticamente correcta”. ¿Pero qué hubiera ocurrido si el estudio del genoma humano hubiera indicado que las razas existen, que los negros son genéticamente más parecidos entre sí que comparados con los blancos? ¿Se justificaría el racismo? No. El racismo es una posición política que no necesitó ni necesita de la biología para sustentarse, practicarse y servir de pretexto para la esclavitud, las invasiones y las guerras. Sérgio Pena afirma que “si la cultura occidental inventó el racismo y las razas, tenemos, ahora, el deber de desinventarlas”. Por convención la historia de la humanidad comienza con la escritura, o mejor quizás, con las pinturas rupestres figurativas como las de la cueva de Altamira, datadas hace 15.000 años. ¡Qué tarde comenzó la historia! ¡El Neandertal ya se había ex-

tinguido y el Homo sapiens llevaba ya 185.000 años de existencia en el planeta! En otras palabras, los tiempos históricos son casi despreciables no solo respecto de los tiempos geológicos, sino incluso respecto de los tiempos de la propia especie humana. Si partiéramos hoy en una nave espacial, tardaríamos 80.000 años en llegar a la estrella más cercana al Sol, tiempo que si computáramos para atrás nos llevaría a la prehistoria, coexistiendo con el Neandertal en Europa sin registro gráfico del hecho. La agricultura, el subsiguiente sedentarismo y la construcción de ciudades se inició hace 12.000 años. Las pirámides de Egipto tienen 4.500 años y el Imperio Romano 2.000. Para los romanos las pirámides eran tan viejas como hoy para nosotros lo son los romanos. Nada comentaré de la historia más reciente porque es más conocida. Solo recordaré que el humano viviente más viejo es la señora Misao Okawa de Osaka, Japón, que nació el 5 de marzo de 1898 y tiene 115 años. Si en forma equidistante nos remontáramos 115 años atrás de su nacimiento, comprobaríamos que la Revolución Francesa aún no había ocurrido. ¿Y los tiempos futuros? Del futuro en escala histórica me es muy difícil hablar y los científicos somos muy malos para predecir. Es el tiempo en escala geológica el que me preocupa. Los físicos nos dicen que en 1.000 millones de años la temperatura del Sol será tan alta que desaparecerá la vida sobre la Tierra. Tres mil millones de años más tarde el Sol se apagará. Y más tarde, pero mucho, muchísimo más tarde, todas las estrellas se apagarán. Y más tarde, pero mucho, muchísimo más tarde, llegará la muerte del calor y luego… la nada. •

Parte de los conceptos vertidos en este artículo fueron extractados del libro del autor La humanidad del genoma. adn, política y sociedad, publicado en 2013 por Siglo xxi Editores. sitios sugeridos www.youtube.com/watch?v=2XkV6IpV2Y0 Excelente animación sobre el tiempo y la historia del universo, en la que se basa parte de este artículo. www.ted.com/talks/svante_paeaebo_dna_clues_to_our_ inner_neanderthal.html Charla ted (Edimburgo) del genetista evolutivo Svante Pääbo.

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La segunda profesión más vie�a y mal pagada del mund� N P O R R A FA E L S P R E G E L B U R D D r a m a t u rg o , a c t o r y d i re c t o r N A R T I S T A I N V I T A D O D I E G O B I A N K I


t e at r o

E l � eat ro in d e � e ndiente a rgentino pa re�e ser el ámbito �onde mejor se defi�e lo verdadera�ente tea�ral, tal vez por y a pe�ar de sus �ondiciones d e p ro du �ció n , mu y disímile s a a �uella s d e otr � s p aíse s e u ro�eos y la tin�a mer ica nos.

¿Por qué hay teatro? ¿Qué les hace a las personas? ¿Les hace lo mismo en todas las culturas? No me creo capaz de responder a ninguna de estas preguntas. Cuanto más inmerso estoy en el teatro, cayendo en su lógica extraña como Alicia en la madriguera del conejo, más raro me parece todo lo que se pueda decir de él. Las personas que no se dedican al teatro (que –digámoslo– son una vergonzosa y amplia mayoría) tal vez tengan algunas ideas anacrónicas al respecto. Incluso hay gente que no va al teatro y que suele afirmar que “no le gusta”, como yo, que no como pescado porque me da asco la idea de probar una cosa que –sin probarla– huele tan mal. Sin embargo, vivimos en un país privilegiado en lo que a teatro se refiere. Las leyes lo protegen, los sindicatos le hacen la vista gorda a sus rechonchas irregularidades, el público lo disfruta, el mundo lo invita a que le muestre qué tiene para enseñarle. ¿Hay algún secreto que sepamos los argenti-

nos y que otras culturas apenas intuyan? No me creo tan fanático como para afirmar que sí. Tal vez sea necesario ubicar el presente del teatro en su larga historia por el mundo (hubo representación antes que literatura) y así intentar aclarar el panorama. El teatro (o la actuación) ponen en escena una situación imaginaria (o documental, lo mismo da) hecha por actores/chamanes que invocan las imágenes para ser vistas en un acto público por la misma comunidad de sentido en la que esos chamanes hacen sus compras, crían a sus hijos, reciclan su basura o votan a sus diputados. Así que el alma de esta bifurcación entre lo que se puede o lo que no se puede representar (presentar por vez segunda) es muy conflictiva. Otras artes, como la plástica, han simplificado su asunto a partir de las leyes del mercado: las obras devienen objetos, cuadros, fotografías, originales, esculturas, y se pueden poseer. Son blasones de familia, son

indicios de riqueza, son propiedad política de los museos de los grandes Estados. De allí que el gusto, la moda, la tendencia, el design, las renovaciones, las vanguardias o el conceptualismo influyan tanto en su zigzagueante derrotero. Pero el teatro es un arte colectivo, con una firma mixta que difícilmente devenga empresa. Además, el mercado es su amigo cuando lo produce pero su enemigo cuando este, insolente, decide atacarlo como tema. Y para colmo, no genera productos conservables: a lo sumo produce obras que tienen una vigencia sospechosa, ya que mientras dicen alguna cosa, están diciendo otra que –se supone– subyace a lo aparente. Es decir que, básica y confusamente, lo que sucede en el teatro es que un grupo de gente se sacude en el escenario mientras otros la observan, asistiendo atentamente a su fatiga. Y mientras esto ocurre, como por arte de magia, se hacen visibles otras cosas que el escenario no puede alojar. Es el eterno 79


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funcionamiento de la metonimia: lo ausente aparece en una de sus mínimas partes. Así, el teatro adosa a sus funciones primitivas (representar lo que no era visible, entendible, abarcable: la muerte, el deseo, el misterio de la pulsión erótica, la maldad) diversas funciones que son “la moda” de su época. Si hemos de revisar la historia a vuelo de pájaro, podemos acordar que en Grecia la tragedia hacía visibles los traumas para los que no había palabra; que en la Edad Media – al menos en Occidente– el teatro oficial era publicidad descarnada de las ideas de la cristiandad, afichaje público del poder de turno que era la Iglesia; que luego en el Renacimiento acompañó al Hombre como tema, y su sistema de mecenas (reyes y burgueses) puso a este hombre en el centro del escenario con todas sus contradicciones (desplazando su alianza con el poder religioso hacia otro núcleo que afianzaba los preceptos de la monarquía como orden supremo incuestionable). Acordaríamos tal vez que con las revoluciones modernas (francesa, industriales, vanguardistas, rusa, entre otras) el teatro se “democratizó” para estar en manos directas de la plebe y dar lugar a un cúmulo de respuestas simultáneas e incompatibles al problema de la representación. Y diríamos finalmente que –ya entrando en

nuestros convulsos siglos– a partir de las preguntas de un puñado de contemporáneos preocupados (Chejov, Strindberg, Ibsen, Joyce, Beckett, Ionesco, Brecht, Miller, Pinter, Faßbinder, Müller y toda lista es incompleta) el asunto del para qué del teatro se ha vuelto discusión apasionada entre teóricos, hacedores y críticos, olvidando a veces que su lógica funcional permanece bastante inalterada: unos se sacuden, otros asisten a ese sacudón. Luego todos van a casa. Esta historieta que ofrezco es vaga y tendenciosa. Pero pretende estimular una idea simple: las sociedades han hecho muy diferentes usos del teatro, muy restrictivos, pero siempre han tenido que terminar por aceptar sus ampliaciones y alojar bajo su ala generosa a las tendencias más abominables hasta hacerlas normales. Ninguna de estas operaciones extremas (que han incluido al absurdo, al feísmo, a la ambigüedad, a la fábula socialista, a la disolución del hilo narrativo, a la pérdida de la noción de personaje, a la tiranía del director, al star system de los actores) ha logrado crear una imagen única de lo que debería ser el teatro. Buenos Aires, con sus míticas 300 salas, es un espejo lícito para analizar este fenómeno contemporáneo de la extensión del rango de “lo teatral”. Conviven muchas micropoéticas, pero también –y sobre todo– se pelean a codazos

las dos o tres maneras diferentes de producir teatralidad: desde el sistema oficial (donde, en el mejor de los casos, el Estado define al teatro como cultura y vela por su continuidad y calidad, si bien no siempre –por desgracia– por sus méritos artísticos), hasta el sistema comercial (que genera “productos”, de amplia repercusión de públicos, con actores popularizados por la televisión y temáticas supuestamente comprometidas pero al alcance de cualquiera), pasando por el gigantesco espectro de un teatro independiente (alternativo, off, underground, o como se decida llamarlo en cada década) que –tironeado entre los magros subsidios de la cultura y los férreos supuestos del éxito comercial– transita una cantidad infinita de matices intermedios, padeciendo las dolencias de no pertenecer de lleno a ninguna frontera definitiva. Tal vez sea la existencia de este teatro independiente –hecho por personas de a pie, y no por instituciones (el Estado) o empresas (el mercado)– el que mejor defina a la teatralidad de nuestra ciudad. Y con ella me gustaría pensar los motivos profundos del teatro en general. Hemos asumido que este teatro independiente estuvo desde siempre. Pero no es tan así. Los inflexibles estatutos del primer teatro independiente (que renunciaban incluso a la publicidad en


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El teatro latinoamericano en �eneral, tal vez con el argentino a la cabeza, propone una desviación de esa ley �nificante y de ese didactismo benévolo. El tea�ro como juego puro, que en tanto es �ugado, crea una realidad e� paralelo (for�almente más preciosa y más acabada que la real), �ue comienza a usar los contenidos fuera del

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pr�pio teatro para �acerlos resonar de maneras diferentes a las del sentido comú�.

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programas de mano o a recibir cualquier ayuda del Estado que pudiera torcer a cambio el discurso de una obra) se han fundido como chocolate en las reglas alquímicas del teatro comercial y el oficial. No sé si esto sea bueno o pésimo, no estoy aquí para juzgarlo. Pero sí debo señalar, con cierta sorpresa para mí mismo, que esto es posible, en parte, debido a una serie de leyes en las cuales la Argentina parece estar inconscientemente muy a la vanguardia. No digo que solo a estas leyes se deban el fulgor, la calidad y el apasionamiento de nuestro arte, pero cuando trato de comparar la situación con entornos parecidos (Italia, España), debo remitirme a ellas para explicar lo que sucede. En la Argentina, el teatro es considerado especie protegida: sus hacedores no tributan ganancias al fisco por sus emprendimientos. Claro que los grandes chacareros, importadores de autos o exportadores agrícolas verán en esto una aberración: ¿por qué ellos deben pagar por su actividad y los que hacen teatro no? Posiblemente la explicación deba hallarse en una balanza muy sencilla: en otros entornos económicamente más ricos (hablo por ejemplo de la lejana Alemania, pero también

–por qué no– del vecino Brasil) el Estado garantiza (a través de suntuosos teatros, de vanguardias sistemáticas, de subsidios a los grandes y pequeños creadores) que el teatro sea una producción necesaria y disponible para la ciudadanía. Como el Estado argentino nunca ha podido garantizar eso, al menos lo deja librado a que la gente lo produzca por sí sola: ninguno se hará rico a espaldas del fisco haciendo teatro.

En Italia, por ejemplo, un elenco que desea producir una obra debe declarar al fisco la capacidad de la sala en la que actuarán, calcular las ganancias como si esa sala estuviera siempre llena y además pagar los seguros de riesgos de trabajo de sus intérpretes. Hecho este cálculo, deben pagar sus impuestos a las ganancias por adelantado. Y perder mucho dinero cuando al final todos descubran que no siempre esos teatros están llenos. Es decir, que el Estado considera a los elencos como pequeños bancarios –o usureros– que pretenden extraer una ventaja económica empresarial de su humilde labor artística. En España, con los recientes aumentos en el iva, los actores pagan más por hacer una obra que por imprimirla en libros y venderla (ya que los libros siguen estando protegidos pero el teatro no). En los Estados Unidos o en Gran Bretaña, donde


t e at r o

los Estados liberales no intervienen en la cultura, todo teatro es en principio un negocio, y así es concebido desde el vamos. ¿Por qué hacer una obra que nadie entendería? Cuidado con la pregunta, porque sospecho que la historia del arte ha demostrado con creces la compleja relación entre producción y recepción de formas nuevas, desconocidas. Dudo que esta situación explique por qué hay tanto teatro en Buenos Aires, pero al menos sí demuestra que las libertades expresivas (y de discurso) bien pueden estar relacionadas con libertades más básicas: una saludable disociación de lo creativo de las leyes del mercado. A nadie le resultará inadvertido que se ven en Buenos Aires espectáculos exóticos sobre temáticas inusuales, con desarrollos extrañísimos, de búsquedas muy singulares: es lógico que todo esto puede hacerse –en principio– porque no hay que pagarle a nadie por el propio riesgo a la ocurrencia. En cambio, imagino que un elenco español o italiano debe considerar muy seriamente sus horizontes temáticos, éticos y formales antes de invertir en una obra un dinero que no tiene. Así, en mis privilegiados viajes de ida y vuelta, me he permitido observar que la rica Europa –en tanto centro de un mundo rodeado de periferias–, que se erige imaginariamente como el Modelo de Todas Las Culturas, en este siglo que ya ha comenzado insiste en imprimir como noticia una “novedad didáctica”. Ya he bromeado sobre cómo en algún mo-

mento el teatro central fue religioso, o feudal, o humanista; pues bien, ahora es didáctico. Tanto las empresas como los Estados parecen estar dispuestos a invertir dinero en el teatro si este le enseña algo útil a sus espectadores. A mí la cosa me da repelús, pero entiéndase que yo vengo de un pequeño país libre (en materia de pensamiento artístico) y ubicado en el confín de la periferia. Así y todo, no sería tan malo si en realidad eso que este teatro debe enseñar fuera una enseñanza verdadera (que el mundo es extraño, por ejemplo) y no una mera confirmación de lo que esos Estados y esas empresas ya saben. Yo he observado con pavor que –a falta de nombres o de memoria– el imaginario europeo muchas veces llama “surrealista” (confundiendo los motivos de sus propias vanguardias) a todo aquello que no coincida con ese realismo didactista que parece querer conformar una regla de uso civilizado, comunitario, una ilusión tan crítica y operativa como el Euro. Una regla que aburre a los espectadores, que no expande el límite de lo pensable, pero que aun así se sostiene como ley. El teatro latinoamericano en general, tal vez con el argentino a la cabeza, propone una desviación de esa ley unificante y de ese didactismo benévolo. El teatro como juego puro, que en tanto es jugado crea una realidad en paralelo (formalmente más preciosa y más acabada que la real), que comienza a usar los contenidos fuera del propio teatro para hacerlos resonar de maneras

diferentes a las del sentido común. ¿Cómo hablar entonces de manera sensata del teatro, si su voluntad contemporánea debería ser –creo yo– la de poner en crisis al sentido común y mostrar los otros sentidos, sentidos en los que se esconden las preguntas verdaderamente interesantes? El teatro seguirá su marcha implacable, y se acomodará a todo lo que le hayan preparado para sus largamente anunciados funerales: posdrama, biodrama, docudrama, tecnodrama no son más que variaciones formales –tan lícitas y coloridas como pasajeras, futuras ruinas– para suponer que el teatro avanza con el fin de dejar atrás sus toscos mecanismos primitivos. Tengo malas noticias: el teatro no avanza. O en todo caso, el mundo retrocede. Y esos mecanismos primitivos, como los trazos misteriosos de esos leones/pájaros de las cavernas de Chauvet, nunca han sido más modernos y fascinantes. •

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fotografĂ­a

adriana lestido serie mĂŠxico

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fotografía

Santuario de historias Caricia de vientos Follaje que acuna Nuestro amor y trinos Recorrido de ardilla Senderos de hormiga Sumarán tiempo en círculos concéntricos La sierra nos abrió espacios de grandeza Tomamos café junto al fuego Y bajamos al bosque encantado Cacería de luz matutina Escarcha como alfombra de luz Memoria de un galope A golpe de machete fluye la sangre la sangre blanca Ritualidad y cielo 8 años para volver a infringir la herida sagrada Maraña de luz Hoja espejo Hoja filtro Hoja tamiz Nervadura Esqueleto Ferocidad y selva Otro tiempo Otra luz Santuario Eternidad Y al final Pasa un hombre con el infinito al hombro

PAT R I C I A M E N D O Z A Fundadora del Centro de Imagen en México. Referente mundial de la fotografía latinoamericana, fue jurado en los premios Hasselblad y Motner Jones entre otros de primer nivel y organizó el Festival de la Luz en 2000.

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Todavía 92

Adriana Lestido nació en Buenos Aires en 1955. Ha realizado ensayos fotográficos de largo aliento como Madres adolescentes (1988-90) y Hospital Infanto-Juvenil (1986-88), Mujeres presas (1991/93), El amor (1992-2005), Madres e hijas (1995/98). Entre otros premios y distinciones recibió la beca Hasselblad (Suecia, 1991), la Beca John Simon Guggenheim Memorial Foundation (eeuu, 1995), el premio Konex (Buenos Aires 2002), el Gran Premio Adquisición del Salón Nacional de Artes Visuales (2009), el Premio a la trayectoria de un fotógrafo otorgado por la Asociación Argentina de Críticos de Arte (2009). En 2010, recibió la medalla del Bicentenario y fue declarada personalidad destacada de la cultura por la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires. Es autora de cinco libros: Mujeres presas (Buenos Aires, 2001), Madres e hijas (Buenos Aires, 2003), Interior (Madrid 2010), La obra (Madrid 2011) y Lo Que Se Ve (Madrid 2012). Desde 1995 además desarrolla una intensa actividad docente coordinando talleres y clínicas.


fotografĂ­a


la revoluci贸n digital en el cine latinoamericano (o c贸mo revitalizar el cine en tiempos del postcine)

N P O R E D UA R D O RU S S O D i re c t o r d e l D o c t o r a d o e n A r t e s d e l a U n i ve r s i d a d Na c i o n a l d e L a P l a t a N A R T I S T A I N V I T A D O J O RG E P I E T R A


cine

La experiencia cinéfila atraviesa cambios y nuevas oportunidades gracias a las recientes tecnologías. En este escenario encontramos un espectador más especializado e inquieto que mantiene intacta la pasión por el cine.

cambios y permanencias Una mutación radical atraviesa el cine contemporáneo. Desde los años setenta, profundos cambios en la producción, circulación y consumo cinematográfico reconfiguraron e hicieron más complejo el mundo de lo audiovisual. Estas nuevas condiciones enriquecieron e hicieron más problemáticos los contextos previos hasta formar un entramado de medios, tecnologías y prácticas interconectadas que algunos denominan postcinematográfico. Tres décadas atrás en Latinoamérica, la decadencia de las grandes salas tradicionales en beneficio de la exhibición en multisalas fue paralela a la oferta creciente del cine en la tv por cable, junto a la revolución de la videograbadora doméstica. A comienzos del nuevo siglo, el cine digital en la era del dvd amplió la recepción hogareña, para luego agregarse, convergencia mediante,

el almacenamiento, circulación y descarga de archivos que hoy proliferan en las redes. El flujo es tan múltiple e intenso que la misma distinción geopolítica entre centro y periferia se ha alterado. El cine latinoamericano adquiere, mediante estas disponibilidades, nuevos modos para acceder a una escena de alcance global. Como repiten los nostálgicos, el cine ya no es lo que era. Sin embargo, seguimos viendo y hablando de cine, con opciones crecientes si de descubrir se trata. Más allá de hábitos, lo que está en cuestión es renovar un lugar compartido, una identidad que nos ha acompañado muchas generaciones, aunque el entorno en que persevera sea hoy claramente distinto, como diferentes somos también sus espectadores. Los especialistas Robert Stam y Ella Shohat han remarcado que, en tiempos del postcine, la reinvención de tecnologías, instituciones y prácticas lleva a una redefinición simultánea de los perfiles y las

actividades del espectador. Lo que permanece es una pasión que atraviesa medios, tecnologías e incluso ciertos dictámenes de la industria, y que en América Latina encuentra algunos audaces laboratorios de la experiencia cinéfila del presente.

un cine que se abre lugar La galaxia audiovisual no tiene hoy al cine en su centro. Más bien, lo sostiene en cierta condición minoritaria, que no siempre implica pocas posibilidades, aunque estas estén acechadas por el riesgo de diluirse en una diseminación tan amplia como difusa, si adoptan las regulaciones de una globalización sobre todo planteada en términos mercantiles. Hollywood es hoy un conglomerado de industrias del entretenimiento que apuesta a plataformas múltiples, los films son solo una faceta del negocio del espectáculo. Contrastado con 95


Eduardo Russo V Jorge Pietra

ello, el cine más relevante que se está haciendo en América Latina se abre a una difusión inédita, aunque en una escala diferente a la del megaespectáculo. Etiquetado habitualmente como “cine de autor” o “cine independiente”, sin dudas no se mide por el cotejo con aquel espejo avasallante. La revolución digital, lejos de favorecer solo a los blockbusters y sus efectos especiales, ha posibilitado nuevos caminos que a menudo oscilan entre el emprendimiento audaz y hasta el activismo cinéfilo, relacionando autores, espectadores, curaduría y organizaciones de gran variedad, algunas de formato comercial, otras de finalidad cultural. No siempre se trata de modelos de negocio medibles por el suceso económico, pero sin duda consiste en experiencias que hacen crecer al cine por medios que tan solo hace una generación eran inimaginables.

Todavía

nuevos espectadores y redes en marcha

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Para algunos, el de hoy es un espectador movedizo, disperso, inconstante e impaciente. Para otros, es un sujeto ávido, experto, informado y más exigente. Su actividad se enmarca, más que nunca, en una zona de conflicto. El crítico Thierry Jousse avizoró, al promediar los años ochenta, el ascenso

de una “cinefilia electrónica”: una pasión gregaria por el cine cuyo desafío principal era el de no reducirse a una recepción doméstica y aislada, sino el de tender a un activismo cinéfilo y rebelde, compartiendo material grabado de la televisión, hurgando lo que realmente le importaba, reclamando mucho más que la oferta de estrenos habitual. Canales y programas televisivos especializados, también videoclubes muy provistos, renovaron entonces la vieja tradición cinéfila. Se iba perfilando así un espectador con hábitos de cazador-recolector y de sofisticación ascendente. La revolución digital vino a sumar el contacto virtual para los muchos intercambios y permitió la cohesión de nuevas tribus de creciente vinculación y actualización. Pero sería un error pensar que el ciberespacio es el espacio central de esta mutación, porque esta revolución en el acceso a materiales ha permitido renovar drásticamente algunas formas tradicionales de cultura cinematográfica, cara a cara, reforzando lo que cada espectador tiene de gregario, con esa necesidad de compartir que es inherente a un compromiso real con el cine. En la actualidad, países como la Argentina, Colombia o Chile, por citar solo tres experiencias significativas, presentan una actividad cineclubística renovada, que se articula con los festivales y las

experiencias (portales, websites, blogs, entre otras) en el ciberespacio. En Colombia, una tradición activa desde hace más de sesenta años apoyada por festivales como el de Cartagena atraviesa una renovación crucial en su articulación con las nuevas tecnologías y el aliento que brindan, por ejemplo, las universidades en cuya actividad se privilegia el cine. Por su parte, el Festival de Valdivia ha reforzado el despliegue de los cineclubes chilenos, mediante varias convenciones en sus últimas ediciones, mientras que en la Argentina puede destacarse la incansable labor de los cineclubes en Córdoba, que ya cuentan con un reconocimiento que ha trascendido las fronteras locales. La convocatoria y la calidad de la programación permitida por la conectividad global se combina en ellos con una política de constante atención a lo más relevante que se filma en la región. Cabe resaltar también, en esta verdadera efervescencia, la experiencia de los cines móviles, revitalizados por iniciativas como la Red de Cine Itinerante, que liga a siete países latinoamericanos con los Países Bajos. El invitado europeo ha aportado a estas pantallas viajeras un ingenioso sistema a energía solar (Ecocinema) para alimentar los equipamientos digitales de cada móvil, que lleva películas de la región a los lugares más apartados de extensos territorios.


cine

Una noche cualquiera, 2010

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Eduardo Russo V Jorge Pietra

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Un lugar fuera del tiempo y del espacio, 2010

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La revolución digital, lejos de favorecer solo a los blockbusters y sus efectos especiales, ha posibilitado nuevos caminos que a menudo oscilan entre el emprendimiento audaz y hasta el activismo cinéfilo, relacionando autores, espectadores, curaduría y organizaciones de gran variedad, algunas de formato comercial, otras de finalidad cultural.


cine

lo real y lo virtual Por cierto, el cine latinoamericano también se expande por las redes, como puede observarse desde la reconocida iniciativa del portal dedicado a los cortometrajes independientes latinoamericanos Solocortos (www.solocortos. com) hasta el casi épico emprendimiento del cineasta y escritor Alberto Fuguet, Cinépata (www. cinepata.com), que desde Chile observa el cine global y muestra una creciente cantidad de películas en línea, además de críticas y notas, presentando “cine latinoamericano, gratis y legal”. Los cineastas mismos vienen sumando con entusiasmo sus películas en el ciberespacio cinéfilo, liberando su acceso. Sitios como Comunidad zoom (www. comunidadzoom.com) presentan algunas raras y valiosas piezas actuales de la región, junto a una selección de clásicos que van construyendo cinematecas virtuales e independientes, en consonancia con la demanda de sus espectadores. Por su parte, otros sitios jóvenes como Cinemargentino (www.cinemargentino.com) ya apuestan desde su fundación a ser tanto una videoteca online como una base de datos. La explosión de medios y archivos que implica lo digital no hace solo al contacto con el presente, sino que reactiva nuestra conexión con el pasado. Un fenómeno notable es el que protagonizan las cinematecas. En ese sentido, la filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam) ha comenzado la

encomiable iniciativa de disponer de materiales clave del cine mexicano para su acceso online, (www.filmoteca.unam.mx/cinelinea/) al igual que la Cineteca Nacional de Chile (www.cinetecadigital.ccplm.cl/películas-online). Esto es solo el comienzo de una verdadera revolución que suma una creciente cantidad de instituciones de América Latina a un movimiento a escala global. Como puede advertirse, uno de los signos de estos procesos es su condición plural, su capacidad de movilizar fenómenos simultáneos a distinta escala, y de aunar experiencias que transitan de modo complementario los espacios físicos y los virtuales, el contacto instantáneo, el reencuentro con el pasado y el proyecto a futuro. En todas estas experiencias se percibe un sentido de comunidad que desafía el ordenamiento impuesto desde criterios exclusivamente mercantiles. Con una voluntad en general iconoclasta, se cuestionan los cánones y se proponen descubrimientos y relecturas. El ánimo es de revisión permanente en una suerte de asamblea general de los films. En una acción combinada entre mundialización y recreación de lo local, no se trata solo de estar al tanto de lo nuevo, sino también de revelar y someter a una mirada crítica lo que aguarda hace tiempo, acaso olvidado. Nunca antes estuvo tan a mano para el espectador inquieto tanto material de toda la historia del cine latinoamericano. Hoy, copias restauradas de Barravento (1962) o Dios y el diablo en

la Tierra del Sol (1964) entre otras están disponibles en Youtube, con acceso libre para fines educativos y culturales. Además de una mayor producción –que, de hecho, se ha multiplicado gracias a tecnologías cada vez más disponibles, entre otros factores– lo digital relanzó las perspectivas de circulación y visionado de los films. Las distintas posibilidades de exhibición abarcan las más sofisticadas propuestas en espacios multiplex, en los que México se destaca por su digitalización de alta gama al estilo Estados Unidos, hasta la notable y pionera experiencia de Brasil, con decisivo aporte estatal, en la digitalización de cines en regiones apartadas, y que también se despliega en la Argentina, sustentada por el Instituto Nacional de Cine. La flexibilidad de lo digital permite revivir los cines de pequeñas poblaciones que hoy tienen a su alcance un caudal de películas recientes sin depender del trabajoso acarreo de las viejas latas de celuloide. A esta altura de nuestra convivencia con los nuevos medios, se hace evidente que es preciso balancear el potencial del contacto virtual con el fundamental recurso del encuentro cara a cara. De ese modo, se trasciende la fruición aislada, el agregado cuantitativo de consumidores solitarios, reemplazándolos por ese reconocimiento mutuo que generan las comunidades de espectadores y la cultura cinematográfica. Así, complementando lo real y lo virtual, se reaviva por nuevos medios esa vieja llama que es la pasión por el cine. • 99


reflexiones sobre la crĂ­tica musical

N P O R PA B L O K O H A N Profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, director de Radio Nacional ClĂĄsica N A R T I S T A I N V I T A D A S I LV I A R I VA S


música

¿Forma parte, acaso, la crítica del hecho artístico? ¿Qué se pretende y qué se le pide a un crítico musical? ¿Por qué ciertas músicas populares son ignoradas por este género de consumo masivo?

Dentro de las disciplinas humanísticas, las definiciones se presentan con escasa propensión hacia la exactitud inapelable. Por lo tanto, y aún sabiendo de los innumerables reparos que por sobre esta enunciación podrían formularse, nos arriesgamos con una primera aproximación: la crítica es una opinión sobre un evento acontecido que incluye juicios de valor. Queda claro entonces que se trata de una conducta humana constante y hasta podríamos afirmar inevitable. Con todo, en el inconsciente colectivo, el término está íntimamente relacionado con las artes del espectáculo. No se “critica” un partido de fútbol, un discurso político o un desfile de modas. Pero una vez concluido un concierto, una obra de teatro o una película, sobreviene la crítica: entre todos los asistentes, es imperiosa la formulación de los propios pensamientos que incluyen, invariablemente, valoraciones. Cada receptor, con sus propias herramientas y en función de su historia personal, juzga lo ocurrido y plantea sus convencimientos, sus dudas, sus admiraciones o sus rechazos, habitualmente en conversaciones que confrontan o coinciden con los pareceres del otro. La crítica es, entonces, una práctica colectiva y permanente. En este sentido, y así debería ser asumido, la crítica es parte de ese espectáculo o evento al que continúa. En el caso de un concierto, por ejemplo, el acontecimiento no se agota con el último acorde ni con Transcurso y Urgencia, 2001

la última emisión sonora. Como hecho cultural, un recital comienza mucho antes del primer sonido y concluye mucho después del aplauso final. Obvio, lo que estará en observación en este espacio no será esa crítica espontánea, necesaria y vital sino la profesional, esa que es vertida por un especialista y que, a su manera y con su estilo y capacidades, expresa sus pensamientos sobre lo sucedido. Pero claro que esta crítica profesional es una extensión de ese proceder humano casi natural antes mencionado. Otra aclaración merece ser traída a colación. La crítica literaria o la de las artes visuales es una actividad académica vinculada a la investigación que se manifiesta en congresos o publicaciones especializados y que bajo ningún punto de vista puede asemejarse a la crítica periodística, escrita u oral. La polisemia del término debe ser tenida en cuenta para distinguir sus dos acepciones. Este artículo tiene que ver, exclusivamente, con la segunda de ellas, es decir, aquella que se constituye como expresión verbal y valorativa de un hecho que ya ha tenido lugar y cuyo ámbito de desarrollo está dentro de los medios masivos de comunicación. Y una última delimitación: de todas las ramas y variables de la crítica como género de consumo masivo, nos centraremos en la que tiene a la música como su centro de atención. Y ahora sí, entonces, corresponde plantear definiciones más rigurosas, usos, objetivos, defensas y reparos. 101


Pablo Kohan V Silvia Rivas

Todavía

en el terreno de la música

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Tomando en cuenta las diferentes modalidades de percepción y los diferentes destinos que al pensamiento crítico le aguardan, podríamos convenir que la crítica musical trata sobre lo ocurrido en un evento multicultural y polifacético en el cual tuvo lugar un tipo de mensaje sonoro no verbal y de sintaxis propia y diferente. Los eventos que involucran sonidos son infinitos. Sin embargo, en la actualidad y reduciendo la multiplicidad de variables, esta crítica es la que se centra en los conciertos públicos y que se manifiesta en publicaciones de ediciones masivas, en los medios audiovisuales y, ahora, dentro de las posibilidades que ofrece el mundo virtual. Su objetivo es la evaluación de los aspectos de la música o de la vida musical. El ejemplo más sencillo e irrebatible lo constituyen los comentarios periodísticos, generalmente de extensión acotada.

La crítica musical periodística, la pedestre, la cotidiana, la que es producida a la velocidad del rayo, tiene mucho de oficio y poco de arte. En nuestros países latinoamericanos, anónimas y sin firmas las críticas musicales en periódicos y revistas comenzaron muy ocasionalmente en el siglo xix. En general, aquellas crónicas incluían comentarios de visitas de músicos europeos y descripciones de eventos musicales locales con diferentes grados de profundidad y con distintos puntos de vista que, fundamentalmente, pueden (y deben) ser tomados como imprescindibles testimonios de época. En el siglo xx, en nuestro país –y, en general, en todo el continente– los periódicos más importantes destinaban un espacio para la crítica de música clásica. Tuvieron que pasar muchas décadas para que las editoriales aceptaran y asumieran que en los escenarios no solo sonaban Beethoven, Wagner y Debussy sino también Juan Carlos Cobián, Andrés Chazarreta y Litto Nebbia.


música Zumbido dinámicas, 2010

Y que no solo la ópera era digna de atención sino también otros espectáculos escénicos que, desde la zarzuela y el sainete hasta la comedia musical, involucraban música de rigurosa actualidad. Transcurrieron los años y desde hace poco tiempo en los diarios argentinos coexisten, con una separación tan tajante como poco comprensible, la crítica de música clásica y la de algunas músicas populares. Sin embargo, tal democracia es parcial y hasta ilusoria. En vano se buscarán comentarios críticos de los espectáculos y acontecimientos bailables de las denominadas músicas tropicales y de aquellas que circulan y generan pertenencia e identidad en los sectores sociales menos favorecidos. Suspicacias al margen sobre la calidad artística de la cumbia en cualquiera de sus variantes o del cuarteto cordobés para ser el objeto de mira de la crítica, bien cabría acotar que esa misma actitud fue la que se abatió sobre el tango rioplatense hace exactamente un

siglo. En vano se buscará en los periódicos de época alguna línea sobre las creaciones de Villoldo, Saborido o el “Negro” Mendizábal o las interpretaciones del dúo Gardel-Razzano o de Manuel Campoamor. El silencio escrito era la contrapartida de un mundo musical pleno y en expansión. A pesar de todo, la crítica musical periodística hoy luce mucho más amplia que entonces. El paso que faltaba dar para rodear de mayor visibilidad a este género de fortísima subjetividad fue identificar a quienes ejercían el oficio. Si bien hubo algunos antecedentes de columnas firmadas desde mediados del siglo pasado, sobre todo si quien escribía era una personalidad musical, la rutina se estableció en los periódicos aproximadamente desde los años setenta. Así, con nombre y apellido, irrumpieron los críticos con sus virtudes y carencias, sus preferencias y estilos. Y al mismo tiempo, todas las críticas (las favorables y las desfavorables) comenzaron a arreciar sobre los críticos. 103


Pablo Kohan V Silvia Rivas

Todavía

disparen sobre el crítico

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Entre malos entendidos, algunos preconceptos y una larga abundancia de lugares comunes, la crítica musical, más aún que la teatral o la cinematográfica, es siempre sujeto de sospechas. Tal vez en estas suspicacias o desvalorizaciones entran en juego la subjetividad y las percepciones personales del crítico que son tan inevitables como imprescindibles. En este sentido, gracias a la identificación que la firma provee, puede haber garantías de probidad cuando se pueden cotejar los conocimientos y la formación del crítico en cuestión. Porque en esta profesión han convivido compositores y coleccionistas, músicos y diletantes, musicólogos y advenedizos. Si bien la formación del crítico no asegura una buena percepción, siempre es preferible (o menos riesgoso) que quien escriba sepa qué es un acorde de dominante, qué caracteriza al lenguaje barroco, de qué se trata el expresionismo musical, qué es el funk o cómo analizar la armonía y el contrapunto en el tango de Piazzolla. Los tiempos vuelan favorablemente. Hace algunos años, en su última premiación al periodismo y la comunicación, la Fundación Konex seleccionó solo a profesionales de sólida formación en el rubro de crítica musical. Para los artistas, los críticos pueden transformarse en los enemigos a destruir. Por razones harto comprensibles, han sido los escritores –aquí sí, con más arte que oficio– quienes, ocasionalmente, se dieron el gusto de ridiculizarlos dentro de sus creaciones. Dos grandes escritores latinoamericanos, entre muchos más por supuesto, se desquitan con los críticos y con los periodistas. En La piel del cielo, Elena Poniatowska, con la contundencia de un lenguaje exquisito, mexicanísimo, de finísima elaboración y, al mismo tiempo, sencillo y más que preciso, pone bajo la lupa a los profesionales del periodismo, mostrando según ella sus intenciones, sus frustraciones y sus verdaderas motivaciones. Lorenzo,

el protagonista de la novela, joven, inocente y buscando su camino y su destino necesita trabajar. Zúñiga, un amigo, lo lleva a la redacción de un diario y lo estimula. La tarea lo asusta. Lorenzo pregunta: “¿Cómo voy a ser periodista si no he hecho un artículo en mi vida?”. Zúñiga le saca todas las dudas: “Es lo más fácil del mundo, Lenchito. En la redacción pululan destripados de todas las carreras: médicos, abogados, arquitectos, aquí se desquitan. Como fracasaron son periodistas”. Periodista ella misma y tal vez para no herir susceptibilidades, se cuida de no incluir a los escritores entre los desahuciados. Mucho antes, Isidoro Blaisten, uno de los más grandes cuentistas argentinos, también se ocupó del tema y no escatimó ponzoña. Dentro de su libro Dublín al Sur, aparece “Victorcito, el oblicuo” que narra la historia de un personaje que, como el título del cuento lo indica, padece un trastorno atroz: es oblicuo. Toda acción motriz que inicia acaba irremediablemen­te mal. Tiene un misterioso defecto congénito –y por lo tanto, irreparable– y nada de lo que emprende termina en la dirección correcta. De niño, no atinaba con la cuchara en el plato de sopa. Más adelante, no tenía más remedio que jugar al balero con un mango de madera del cual pendía un cordón pero sin bola. Todas juntas, sus desdichas y miserias se agolparon en su alma cuando, en su noche de bodas, no consiguió acertar con la meta tan deseada. Infeliz, eternamente torcido y de una inutilidad absoluta, al borde del suicidio, se topa, al fin, con la solución a sus angustias. Su oblicuidad, esa desviación maldita, encuentra un sendero por el cual transcurrir creativo y sin tropiezos: se transforma en un exitoso crítico literario. Quizás injustos pero largamente creativos, Blaisten y Poniatowska se enroscan contra los críticos. Otro gran artista latinoamericano, Juan Gelman, dejaba de lado las malicias, las superficialidades y hasta las pobres redacciones y ponía la cuestión en un terreno de mayor ecuanimidad. Entendía al periodismo –en definitiva, de eso se trata la crítica– como un género literario “que se escribe bien o se escribe mal”. •


música

Daño inminente, 2014

La crítica es parte de ese espectáculo o evento al que continúa. En el caso de un concierto, por ejemplo, el acontecimiento no se agota con el último acorde ni con la última emisión sonora. Como hecho cultural, un recital comienza mucho antes del primer sonido y concluye mucho después del aplauso final. 105


lecturas

m a r i o b e l l at i n

Visita con fiebre M

Todavía

e parece que fui tomado por un virus que me produjo una fiebre de casi 41 grados. Estuve casi todo el día siguiente en el hospital. Me realizaron algunas pruebas. Los resultados fueron negativos. Me alertaron poco después de que había aparecido en la ciudad un virus desconocido. Me recetaron antibióticos y me dieron la autorización de volver a mi casa. Por alguna razón que no entiendo ignoro la causa por la que no mencioné que, entre otros síntomas, padecía de una constante comezón en la cabeza. A la mañana siguiente me encontraba durmiendo, tarde, afiebrado, con la sensación de encontrarme en otro mundo. Tocaron a la puerta. Lo oía a lo lejos. Me levanté, abrí y descubrí a Sergio Pitol, que me venía a visitar. Estaba en camino a un viaje a España. Lo hice pasar. Me llamó la atención que no hubiera hablado antes por teléfono. Hizo alusión al largo de mi pelo. Se le hizo extraño que no lo tuviera rapado como de costumbre.

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Lo hice pasar, arreglé un poco la casa. Preparé un café. Conversamos. Estaba con muy buen ánimo. Nos podíamos comunicar —o sería la fiebre, no sé—. Yo me encontraba en pijama. Los perros saltaban a mi alrededor. Debía sacarlos a pasear. Sergio fue un momento al baño. Hablamos más. En ese momento llegaron justo los maestros de obra que había contratado días antes, quienes tenían la misión de derribar una pared de mi casa. Yo estaba con fiebre haciendo más café. Me encontraba con la cara recién lavada. A través de la ventana abierta de mi casa comenzó a hablarme un vecino diseñador sobre las ideas de los muebles necesarios para el proyecto, me hablaba de Los cien mil libros de Bellatin. Estábamos presentes, Sergio con el café, yo con fiebre y recién levantado, los maestros de obra haciendo los trazos para la destrucción, el vecino hablando por la ventana, los cinco perros merodeando, todos en el mismo cuarto porque los demás ahora sirven de depósito mientras se terminen las obras. Sergio, después de una hora y media se retira. Lo acompaño a la calle, los perros me siguen, salen detrás de mí. Pasa en ese momento un Bull terrier con su amo. Mis perros se alteran. Comienzan a pelear. Sergio se pone nervioso. Yo en pijama, en la calle, mareado. El Bull terrier se muestra furibundo, asesino de perros. Para mi buena suerte el incidente acaba pronto. Despido el auto de Sergio, entro a la casa, al pasillo exterior, al área que comparto con los vecinos. Los perros están excitados y los más grandes juegan a hacer carreras. Por la fiebre que presento desde hace días no han salido mucho a la calle. Dan varias vueltas por el pasillo central y en una de esas carreras desenfrenadas uno de ellos se estrella contra un vecino que lleva cargada a su hija. El vecino cae de espaldas y se golpea el cráneo contra el cemento. El sonido es seco. La hija llora. El vecino queda medio desmayado. Yo continúo con fiebre, en pijama. Me pregunto qué hago allí, qué está sucediendo.

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Mario Bellatin

Todavía

Los demás vecinos, quienes seguramente porque era sábado se encontraban reunidos conversando en el corredor, quedan estupefactos. Me acerco a levantar al vecino y a su hija. Trato de calmar a la niña. El vecino reacciona, lo abrazo. Le digo palabras tranquilizadoras. Nos damos cuenta de que está bien. Le sugiero llevarlo al hospital. Yo, con fiebre, en pijama. Después de haber tratado de atender lo mejor posible a Sergio debo llevar al vecino al hospital para que vean el golpe en la cabeza. El vecino asegura que está mejor, que no es necesario. Regreso a mi casa, él a la suya. Trato de volverme a acostar pero, gracias a la fiebre y a las circunstancias reales, sin duda, dimensiono de manera terrible las consecuencias de lo que acaba de suceder. Pienso que debo mandar matar a los perros, que ningún perro puede valer más que el bienestar humano. Me levanto nuevamente, voy a la casa del vecino sin quitarme el pijama. Atisbo medio dormido por las ventanas abiertas de su casa. Solo silencio. Pienso que ha muerto, que iré a parar a la cárcel, en pijama, con fiebre, víctima de un mal desconocido además. Empiezo a extrañar los libros que le acabo de prestar a Sergio: tres de César Aira. Imagino que no tendré qué leer en la prisión. Pero aparece el vecino, se queja ahora del cuerpo, no de la cabeza que fue donde recibió el golpe. Tiene dolores de espalda. Le propongo ir donde un médico del deporte que conozco. Se niega. Su mujer le ha dado árnica. Afirma que está todo bien. Añade que es bueno que esos malestares no le estuviesen ocurriendo en ese momento a su hija. Afirma que entonces las cosas sí serían diferentes. En esa casa me ofrecen un té. Su mujer, alemana, me lo sirve acompañado de pan negro. Tomo asiento en el sofá. Me adormezco. Soy víctima de un extraño virus, recuerdo. Yo debería encontrarme en ese momento acostado en mi cama, siguiendo la rutina de las largas horas de sueño que el médico ha predicho. Finalmente cierro los ojos y pierdo el sentido del tiempo.

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lecturas

Despierto cubierto con una manta que me ha echado encima la mujer del vecino. Estoy transpirando. Agradezco las atenciones y vuelvo a mi casa. Descarto la idea de sacrificar a los perros en aras del bienestar humano. Sin embargo, debo dejar por escrito las nuevas leyes que regirán la rutina de los perros. Recuerdo que en San Francisco compré una correa con aditamentos que se van agregando, lo que permite halar la cantidad de perros que se desee. Escribo en una página que desde ese instante quedará prohibido llevar, al menos, a dos de los perros sin correa. El problema de las correas y los perros es que están acostumbrados a hacer sus necesidades solo si van sueltos. Es por eso que los amarro. Sigo en pijama y con algo de fiebre y me los llevo al paseo predestinado. Todo da la impresión de ir perfecto, pero al volver, al pasar frente a la casa de mi amiga Giovanna Casassola veo que ella abre la puerta junto con sus dos perras en el preciso momento en que yo paso con los míos. Se abalanzan unos a otros. Se escapan de sus correas, tanto uno mío como otro de ella. Se pelean en medio de nuestros gritos –los míos los percibo casi como ecos extraños–. Finalmente logran ser separados. A nuestro alrededor se ha reunido un tumulto de gente. Yo allí, en pijama y con fiebre, comienzo a pensar en si he sido lo suficientemente amable con Sergio, con quien hemos hablado de cosas agradables. Me dijo que estaba contento con su próxima visita al rey. Descubro en ese momento que el perro que se soltó va a entrar rápidamente por el pasaje. La regla que me acabo de imponer, la de impedir que los perros corran sueltos por esa zona, se va a romper casi de inmediato. Pese a mi estado logro alcanzar al perro y trato de amarrarlo de nuevo. Advierto entonces que con el jalón de la pelea ha perdido la medalla y el aro para sujetar la correa. Mi amiga Giovanna ha guardado a sus perros. Le digo que se ha perdido la medalla. Debo sujetar con una mano al perro, que desea escapar.

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Mario Bellatin

No sé cómo hago para mantener conmigo a la cachorra, que saqué también a pasear y está muy asustada con lo que acaba de ocurrir. No me puedo mover. Por eso, mi amiga comienza entonces la búsqueda de la medalla. No aparece. Yo no la puedo ayudar porque debo sujetar a los cinco perros que llevo conmigo. En ese momento sale el vecino arrollado por el perro. Se nos acerca y nos pregunta qué estamos haciendo. Giovanna le contesta que está buscando la medalla del perro. El vecino afirma que le gustaría ayudar pero que no puede porque le duele la espalda. Yo, arrodillado, con fiebre y en pijama en medio de la acera le sugiero que vayamos donde el médico del deporte. Llevo conmigo mi teléfono. No sé cómo logro, con los cinco perros a mi cuidado, hacer la llamada. El médico nos puede recibir el martes. El vecino dice que ese día le es imposible. Debe dar clases en la facultad. Al fin mi amiga encuentra la medalla. Ato a los perros y le doy unas palmadas al vecino diciéndole que me busque por cualquier problema. Finalmente regresé a mi casa. Vi que eran casi las cinco de la tarde. Sergio Pitol había llegado a las nueve de la mañana. Les di agua a los perros. Me dispuse después a irme a acostar y descubrí, de pronto, que los efectos del virus habían pasado por completo. Me di un baño, me rasuré y me senté a esperar que sucediera algo. N

Todavía

Mario Bellatin (México, 1960) estudió Teología y cine. Tiene más de cuarenta libros publicados y fue traducido a más de quince idiomas. Ganador de diversos premios como el Xavier Villaurrutia, el Barbara Gittings Literature Award y el Antonin Artaud 2012. También obtuvo la beca Guggenheim. Fue director de la Escuela Dinámica de Escritores en la Ciudad de México que él mismo creó en 2001.

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fa n ta g รก s N

por

carlos nine


fa lta b a m á s , fa n ta g á s , o d e l o q u e n o h ay

Todavía

Nadie puede hacer lo que hace Nine y mirar para otro lado. Quiero decir, distraerse a propósito, hacerse el distraído, como el perro de los refranes escatológicos. Porque si uno pregunta quién fue en el dibujo, la ilustración y la historieta argentinas, siempre –solo o acompañado– hay que decirle que fue él. Fue Nine. Es que mientras algunos parecen y otros son considerados, Nine es. Y qué manera desaforada de ser, la suya. Nine es de lo que no hay. Porque lo de Nine no se parece a nada que hayamos visto antes / vemos ahora / vayamos a ver. Y eso desde hace –hago mis cuentas– treinta años. Por eso Nine es un monstruo, por simple definición: el que no tiene par. El zapato de charol con suela de cáñamo, la media con cordones, el guante mágico que se arregla, se pinta solo. Confeso Old Smuggler, literal viejo contrabandista de temas, formas y materiales, este Carlitos tan fechado, marcado por la historia personal / nacional y del arte universal con huellas indelebles y detectables a simple vista y mirada, es un soberano artista. Es decir: un consciente inventor de sutiles barbaridades. De esas turbias y jodonas que tanto les gustan (sobre todo y antes que al resto) a los franceses vacunados por Lautréamont, Jarry y otros genios anómalos.

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Una de las aventuras impares de Nine es el fantástico Fantagás, libre trasposición de Fantomas en clave grotesca, su marca artesanal de fábrica. Como todo no se puede, aquí se deja atisbar –fisgón lector– un segmento de un acto que cita al Hulot de Tati para que lo espíes como el que se asoma por el único siete de la carpa del mejor circo del mundo; como el acalambrado culposo que entrevé bellezas perturbadoras empinado en puntas de pie sobre el alféizar de la única ventana del equívoco Averno; como el envidioso colado que, echado de panza entre los pastos crecidos y saturados de celestiales bichitos colorados, saca la cabeza por un agujero del alambre olímpico del Paraíso. Es decir: no es algo de todos los días ni para cualquiera. Esta flamante historieta en particular, una saga o parábola sin moraleja admisible, ya tiene veinte años en un rincón del corazón, en una cisura del cerebelo y en un ángulo privilegiado de la biblioteca. Sin embargo, no se notan. Lo que sí se siente son los siglos de memoria, de destreza e inteligencia artística concentrados en el imperceptible toque del pincel, en la alevosa curva de una cintura, en la asombrosa imaginería. En Nine, como en muy pocos, las intersecciones creativas son prácticamente infinitas. Gracias por (hacer) sus gracias, maestro. •

N P O R J UA N S A S T U R A I N E s c r i t o r y p e r i o d i s t a










conferencias 2014 V auditorio fundación osde

gilles lipovetsky En el mes de mayo el filósofo y ensayista francés Gilles Lipovetsky visitó Buenos Aires invitado por la Fundación osde. Fue profesor de Filosofía del Liceo de Orange y de la Universidad de Grenoble, hasta que dejó la tarea docente para dedicarse a la escritura y el dictado de conferencias. Es miembro del Consejo Nacional de Programas del Ministerio de Educación y del Consejo de Análisis de la Sociedad de Francia.


Gilles Lipovetsky

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u extensa obra tiene como eje central el análisis del paso de la modernidad a la hipermodernidad en las sociedades desarrolladas. En 1983 publicó La era del vacío, un texto que marcó una época (y al menos en la Argentina, se leyó en serie con otros pensadores europeos como Lyotard, Baudrillard, Bauman y Debord), en el que ya está planteada la preocupación que atraviesa toda su obra: la transformación del individuo contemporáneo que vive en sociedades democráticas avanzadas, sometidas a un cambio acelerado y continuo. En aquel texto articula los conceptos fundamentales que recorren su libros posteriores. Allí se refiere a los procesos de personalización, la destrucción de las estructuras colectivas de sentido, el hedonismo, el consumismo, que luego evolucionará al concepto de hiperconsumo, y la seducción como forma de regulación social. La aparición en 1987 de El imperio de lo efímero consolidó a Lipovetsky como un intelectual globalizado cuyos libros se discuten en universidades de todo el mundo. La hipótesis central de este ensayista es que en las sociedades avanzadas se produjo un proceso de personalización que remodeló en profundidad el conjunto de los sectores de la vida social con una perspectiva de “lo nuevo”. Se trata de una mutación sociológica global, una combinación sinérgica de significaciones, de legitimidades sociales, de acciones y valores que implica una nueva forma de organizarse y de comportarse partiendo desde lo privado. Encontramos otros valores hedonistas, respeto por las

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diferencias, culto a la liberación personal, al relajamiento, al humor y la sinceridad, al psicologismo, la expresión libre. En síntesis, un nuevo significado de autonomía. El texto del que se han extractado aquí algunos párrafos, La felicidad paradójica. Ensayos sobre la sociedad de hiperconsumo, condensa distintas preocupaciones de este autor. Por un lado, trabaja con el concepto de paradoja, otra de las cuestiones que articula su obra. La posmodernidad y luego la hipermodernidad se presentan bajo esta forma: se favorece la autonomía al tiempo que aumenta la dependencia; la apreciación de lo nuevo sucede mientras se consolidan sentimientos y valores tradicionales como son el gusto por la sociabilidad, el voluntariado, la indignación moral y la importancia del amor. La sociedad es hiperconsumista pero la espiritualidad ha vuelto a estar de moda. Cuanto más se impone la comercialización de la vida, más celebramos los derechos humanos, una regionalización heterogénea va de la mano de una globalización inequitativa. Estas son algunas de las dualidades que establece en sus ensayos. Por otra parte, Lipovetsky plantea que en la sociedad del hiperconsumo hay una inquietante fragilización y desestabilización emocional de los individuos. La debilidad tendría su origen en el hecho de que cada vez estamos menos pertrechados para soportar las desgracias de la existencia, y ello no porque el culto al éxito o al consumo provoquen esa fragilidad, sino porque las grandes instituciones sociales han dejado

de proporcionar al individuo la sólida estructura y han perdido la capacidad de otorgarle el sentido que tuvieron en otros momentos. El hiperconsumidor ya no desea solo el bienestar, sino armonía, plenitud, felicidad y sabiduría. Este sujeto es la consecuencia del desarrollo de tres etapas a través de las cuales se despliega la sociedad contemporánea. La primera de ellas, entre 1880 y la Segunda Guerra Mundial, marca el inicio de la sociedad de consumo. Son los años de la producción a gran escala y de la puesta a punto de las máquinas de fabricación continua que producen bienes con vocación de durabilidad. Alrededor de 1950 se inicia la segunda etapa de las economías de consumo. La capacidad de producción aumenta tanto que genera una mutación social: la sociedad de consumo de masas. Se abren centros comerciales, hipermercados y el orden económico, aunque de naturaleza todavía fordista, se empieza a regir ya por los principios de la seducción y de lo efímero. En este período caen antiguas resistencias culturales y se expande la sociedad del deseo. En la tercera etapa, la vida de las sociedades desarrolladas se presenta como una acumulación de signos de placer y felicidad. La producción de bienes se centra en las personas. Las culturas de clase se erosionan, se hacen menos legibles y la pertenencia a un grupo social no determina ya los modos de consumo. Sin embargo –y ahí aparece la paradoja anunciada en el título de esta obra– el hi-

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Gilles Lipovetsky

perconsumidor se vuelve desconfiado, infiel y hasta infeliz. Los cinco modelos paradigmáticos a los que se refiere Lipovetsky en el texto aquí reproducido y a cada uno de los cuales pone “bajo la protección de una figura mitológica representativa” (Penia, Dioniso, Superman, Némesis y Narciso) se relacionan con esta tercera etapa, en la cual, “aunque las satisfacciones que se viven son más numerosas que nunca, la alegría de vivir no avanza”.

el cuerpo y el sujeto

Todavía

El tema del cuerpo, cuestión que vertebra este número de Todavía, también recorre toda la obra de Lipovetsky. El hedonismo y el amor por el cuerpo son característicos de las sociedades contemporáneas pero no son nuevos. Sí lo es la intensidad del fenómeno. Como plantea en El crepúsculo del deber, a diferencia de las sociedades orientales, la cultura judeocristiana estuvo signada durante casi 2000 años por la hostilidad hacia el cuerpo, el placer y el sexo, entendidos como símbolos del presente efímero, cuando lo que importaba era la vida eterna. Esto se modificó en el siglo xviii: con la laicización de las sociedades democráticas se reivindicó al cuerpo, y esto se exacerbó al combinarse con la revolución posmoderna, que agregó la legitimación del placer inmediato. Mientras la modernidad era la cultura del futuro, la posmodernidad es la cultura del presente. El comunismo pedía sacrificarse por las próximas generaciones y el nacionalismo predicaba el honor de

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morir en la guerra por el futuro de la nación. Hoy ya no importa un mañana radiante: solo se vive el momento, ¿y qué es más actual que el cuerpo de uno? En la actualidad aumenta el derecho de autodeterminación subjetiva, se pasa del derecho individualista a la libre disposición del cuerpo: el derecho a elegir la propia identidad sexual y civil, y con ello, abrirse a una personalidad singular, a la reunificación del yo más allá de los límites naturales del cuerpo y a privilegiar el sexo psicológico por sobre el sexo morfológico (transexualismo). También se pueden mencionar las maternidades de sustitución lucrativas, ya que la mujer es libre de decidir sobre sus facultades reproductivas, y las cirugías como modo de alcanzar un ideal estético. Pero, simultáneamente con una función de personalización, el narcisismo cumple una misión de normalización del cuerpo. El interés por el cuerpo no es “libre” ya que obedece a modelos sociales como la línea y la forma. Aparece un imperativo que es el reciclaje: permanecer joven y no envejecer. El cuerpo psicológico ha sustituido al cuerpo objetivo. Estamos inmersos en una cultura de la personalidad a condición de precisar que es el propio cuerpo el que se convierte en sujeto y debe situarse en la órbita de la liberación. La ética de la felicidad no solo es consumista, es de esencia activista, constructivista. A diferencia de la moral hacia el cuerpo y los deberes higienistas, hoy los referentes de la relación del individuo con el cuerpo son el bienestar y el deseo, una cultura higiénica, deportiva, estética y dietética. La limpieza se relaciona con gustar de los placeres de los


conferencias

buenos aromas, emulsiones y perfumes. El cuerpo está inmerso en una retórica intimista, sensualista, de bienestar narcisista. La cultura del cuerpo hoy es la del bienestar sensación. Sauna, talasoterapia, relajación, yoga y zen, masajes, eutonía y reflexología, la sociedad del hiperconsumo viene acompañada de una multitud de técnicas para proporcionar placer, una nueva modalidad de asociar lo físico y lo psicológico. Cuanto menos deber, más preocupación por sí mismo y más tarea de mantenimiento corporal: deporte, alimentación orgánica, sistemas antiage, regímenes dietéticos y productos light. Jamás el cuerpo ha sido un objeto de tanta atención, trabajo, protección y reparación. El deporte ha perdido su dimensión moral y de disciplina y avanza hacia la búsqueda del placer, la energía, el equilibrio íntimo. La competencia es más contra uno mismo, el egobuilding, que contra los otros. El personal trainer es la figura que ayuda a ser más uno mismo. Y por otro lado, el deporte es espectáculo, show de estrellas y rivalidad de clubes y naciones. Lo que entusiasma a las masas es el deporte de alto nivel, donde se exhiben los más altos rendimientos del cuerpo y donde el dramatismo alcanza su punto culminante. Como consecuencia y manifestación del proceso de personalización, se pasa de un individualismo limitado al individualismo total. También, como dice Lipovetsky, a una era de “deslizamiento” donde no hay una base sólida ni un anclaje emocional estable; todo se desliza en una indiferencia relajada. •

V por luis alberto quevedo Sociólogo, director de Flacso Argentina 125


Gilles Lipovetsky

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a vida de las sociedades desarrolladas se presenta como una inmensa acumulación de signos de placer y felicidad. Desde los escaparates repletos de mercancías hasta la publicidad de sonrisas radiantes, desde el sol de las playas hasta los cuerpos de ensueño, desde las vacaciones hasta los entretenimientos mediáticos, las sociedades opulentas se exhiben con los rasgos de un hedonismo resplandeciente. En todas partes se levantan catedrales consagradas a los objetos y a las distracciones, en todas partes resuenan los himnos al mayor bienestar, todo se vende con promesas de voluptuosidad, todo se ofrece con mil variantes y con música ambiental que difunde un imaginario de Jauja. En este jardín de las delicias el bienestar es Dios, el consumo su templo y el cuerpo su libro sagrado. Aunque este hecho no suscita problemas graves, no sucede lo mismo con su interpretación. Al cabo de medio siglo, la “revolución de las necesidades” ha generado las lecturas más contradictorias que puedan concebirse. Si nos concentramos en lo esencial, destacan cinco grandes modelos paradigmáticos que gobiernan la inteligibilidad del placer y la felicidad en nuestras sociedades. Aquí los esquematizo al máximo, poniendo a cada uno bajo la protección de una figura mitológica representativa. Según una primera tesis, las sociedades consumistas se emparientan con un sistema de estímulos infinitos de necesidades que intensifica la decepción y la frustración cuanto más resuenan las invitaciones a la felicidad al alcance de la mano. Fiebre compulsiva, descontento, tristeza: la nueva Arcadia genera una insatisfacción insuperable, pues su originalidad es que produce desdicha subjetiva en la opulencia material. La sociedad que más ostensiblemente festeja la felicidad es aquella en la que más falta: su principio no es otro que Penia (la Pobreza). Otro modelo interpreta el cosmos de las necesidades supermultiplicadas como despliegue del principio hedonista, exacerbación de la vida de los sentidos, prevalencia de los deseos de gozar aquí y ahora. Rompiendo con las antiguas normas del productivismo burgués, la época se distingue por la promoción de la vivencia, por una cultura centrada en el ludismo de la carne, las efervescencias festivas, la búsqueda de sensaciones y éxtasis de todo género. El laborioso Prometeo está agotado: la época que viene lanza a Dionisio, movido por sus deseos de paroxismo, embriaguez y delirio.

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conferencias

En los antípodas de este modelo, otra escuela de pensamiento reconoce en la cultura actual la continuidad y acentuación de los antiguos valores puritanos, hostiles al goce de los sentidos. El hedonismo de las costumbres es una careta, el mundo que nos gobierna es en realidad activista y práctico, ya que sus conceptos clave son competencia, excelencia y urgencia. Adiós a las voluptuosidades vagabundas, pues todo es exhibición de poderío, explotación máxima de los potenciales, superación de uno mismo. En la puerta de la sociedad de la eficacia se ve escrito, con caracteres digitalizados, el nombre heroico de Superman. De creer en el cuarto modelo, la era de la abundancia produce menos un clima de despreocupación y benevolencia que exasperación de los conflictos interhumanos, las torturas del resentimiento, la envidia del éxito y la felicidad de los demás. Lejos de apaciguar las pasiones humanas, la civilización del bienestar exacerba los sentimientos de odio y celos, la rivalidad y las competencias envidiosas entre iguales. La tentación comercial es la quimera que oculta la guerra encarnizada de todos contra todos, la alegría perversa de ver destruida la felicidad de los demás. Se puede llamar Némesis a este modelo, por la diosa griega que personificaba la venganza y estaba encargada de castigar la prosperidad clamorosa, el exceso de felicidad entre los mortales. Finalmente, el último modelo se construye subrayando que la civilización consumista ha privatizado las existencias. Al destruir la influencia organizadora de las grandes instituciones, al precipitar el descalabro de las utopías de la historia y la moral del sacrificio, las sociedades de consumo han catapultado una individualización extrema de modos de vida y aspiraciones. El proceso moderno de emancipación del individuo se ha llevado a cabo, durante más de dos siglos, por medio del derecho y la política, la producción y la ciencia; la segunda mitad del siglo xx ha prolongado esta dinámica por medio del consumo y los medios de comunicación de masas. Hundimiento de las prácticas tradicionales, falta de colaboración y descreimiento, vida a la carta, sobreinversión en los goces privados: se organiza una nueva cultura en la que el consumismo, el culto al cuerpo y al psicologismo, la pasión por la autonomía y la satisfacción individuales han hecho de la relación con uno mismo una dimensión dotada de excepcional relieve. Narciso es su figura representativa. •

Fragmento de La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad del hiperconsumo, Madrid, Anagrama, 2007. 127


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