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2 TRANSITANDO HUELLAS 2018 Pensar en la historia de cada una de las mujeres artistas que están invocadas en esta 15 edición de Transitando Huellas, es un aprendizaje de vida. Todas nos han contado su historia, sus sueños, sus escenarios transitados, sus grandes dificultades, pero sus grandes logros se cuentan por sí solos. El haber sostenido su trabajo durante toda una vida, el haber batallado con la falta de apoyos, el haber encontrado una manera particular de avanzar con pasos firmes, el estar iniciando su historia con convicción, son rúbricas de impulso y empoderamiento de sus propias historias, de las huellas de otras mujeres que les enseñaron el camino y de las suyas propias que construirán el transitar de nuevas generaciones que vienen cargadas de nuevas fortalezas. Les dejamos aquí algunos pensamientos brotados de las historias que nos contaron las mujeres entre risas y anécdotas, entre café y café, abrigando los recuerdos con ojos cristalinos, dejando escapar una que otra lágrima de nostalgia y felicidad. SN

Ante la fragilidad emocional me fortalezco creando. Anna Jácome En la vida no hay coincidencias, sino Dioscidencias. Edna Iturralde Cuando una nace con el Arte, no se puede dejar jamás. Fresia Saavedra Mi energía no está en ganar o perder, está enfocada en lo que aprendes en el proceso. Gabriela Calvache Soy demasiado sensible. Margarita Guevara Cueva El arte duele, te deja desnuda frente a la vida y a expensas del mundo. María Fernanda Buendía Cuando yo estoy cantando, parece que estoy subiendo a los cielos. Rosa Wila Lo que me gusta del arte, es esa posibilidad de transformar las realidades. Tanya Sánchez La Danza me ha empoderado para sentirme feliz. Yelena Marich Por las obras de los artistas, conocemos la civilización de un pueblo. Zoila Ugarte


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Título: Apuntes de Arena Fotógrafo: Guillermo Guerra Año: 2018 Obra: Origen Rojo Lugar: Quito – Ecuador

Anna Jácome “Ante la fragilidad emocional, me fortalezco creando. La fortaleza de la creación me vuelve a dar esperanzas y me hace sentir útil”


2 Anna nos recibe en una de las salas de la Escuela Exploradores de la Danza. El fuego de una vela abriga este espacio, que para Anna, se ha convertido en un hogar al que siempre podrá volver, y también una puerta para emprender su propio sendero, sobre el que sus pies van abriéndose paso en el mundo. Luego de haber hecho un largo camino en la danza con la Escuela Futuro Sí, y el maestro Wilson Pico, Anna intuye que ha llegado el momento de gestar una voz propia, el momento de cambiar de piel. Este reconocimiento a su carrera le llega como uno de los signos de parto, para su nuevo proyecto artístico; con este busca diferenciarse dentro de su propio proceso de creación, en el que hasta hoy ha estado amorosamente acompañada, y que a partir de ahora se convierte en un camino de descubrimiento en solitario, en el que sabe que surgirán nuevos lenguajes de una poética propia. Su momento actual tiene un nombre: Artemisadanza, nombre de su proyecto personal en el que se juntan sus actividades artísticas: acunando el útero, talleres de acompañamiento de mujeres que han sufrido violencia, clases de danza contemporánea y su creación como bailarina solista. Su deseo por hacer algo escénico floreció de las semillas que dejaron sus primeros encuentros con el teatro. Una de esas semillas

fue “Diario íntimo de una adolescente”, obra en la que participaba Juana Guarderas, reconocida actriz ecuatoriana, obra con la que su corazón adolescente se identificó. Otra semilla quedó cuando vio un trabajo del Frente de Danza en el que Carolina Vásconez, bailarina ecuatoriana, danzaba sobre un hielo enorme, entonces supo que le gustaría comunicarse con el mundo desde el lenguaje corporal. Sin embargo, veía lejana la posibilidad de ser bailarina. Muchas voces y miradas que la rodeaban, estaban cargadas de estereotipos. Como muchas otras mujeres, Anna tuvo que enfrentarse contra los prejuicios. Frente a su deseo de ser bailarina, muchas personas le decían que debió empezar desde muy pequeña para poder ser “una bailarina de éxito”. Finalmente, su inquietud y su fuerza de voluntad le permitieron llegar al espacio de la danza, en el que su nombre ya es reconocido como sinónimo de constancia y entrega, pero antes, su formación estuvo ligada al teatro. Se graduó en la Facultad de Artes Escénicas en la Universidad Central del Ecuador, y también estudió Comunicación Social. A esta última carrera le debe su sentido crítico sobre la sociedad en la que habita. Su amor por la lectura se afinó, precisamente, en las aulas universitarias, aulas que finalmente le quedaron estrechas para desarrollar su pasión por la danza.


3 Casi a la par de sus estudios en dichas carreras universitarias, empezó su indagación en la interpretación escénica dancística. A Wilson Pico, su entrañable maestro, lo conoció al final de su formación teatral en la escuela Exploradores de la Danza, luego formó parte de su grupo de danza-teatro Hilo de Plata. En su primer recital “En carne y hueso”, compuesto de tres solos, reconoció que lo femenino es el territorio fundamental de su interés. Cuenta que al principio, sus temáticas y exploraciones eran muy generales; fue solo cuando se convirtió en madre, el momento en el que logró hallar precisión en los temas que quería abordar, pues su ser femenino se activó para crear y para sanar: “Gracias a mis gestaciones y partos he podido entender la urgente necesidad de dignificar este hermoso reto de ser mujer”. Entre sus recitales podemos mencionar las siguientes: “En carne y hueso”, “Siembras íntimas”, “La piel de la locura” y “Apuntes de arena”. En sus recitales, la sátira también se hace presente, la ubica en su repertorio como un respiro necesario, frente a la dureza de los temas que la han inspirado para crear, temas como la violencia sexual, la maternidad, el autocuidado, la crítica al amor romántico, entre otros. La creación para Anna es un espacio espiritual, en donde las personas podemos reco-

brar los vínculos de humanidad, que han sido mellados por la imposibilidad de parir nuevos repertorios creativos. Para Anna es vital romper, desestructurar y recomponer lo que entendemos como escena, para poder parir nuevamente el sentido de lo artístico, que para ella, está profundamente ligado a los ciclos vitales, en los que la vida y la muerte bailan juntas para realmente existir. Esta joven creadora ha optado por revelarse contra las múltiples violencias que se imponen en los cuerpos de las mujeres, a través de la creación artística. Manifiesta que la exploración de nuestros cuerpos es la posibilidad de curar el linaje femenino, para construirnos como seres completas. Cada vez que habita el espacio en el que comparte su danza, propone una vía para que la vida de las mujeres se dignifique, obras como “Las niñas de Guatemala” gritan desde el cuerpo, la necesidad de restituir la fortaleza femenina. Anna tiene un largo camino que recorrer. Festejamos sus nuevos proyectos, y celebramos ser parte de este momento especial de alumbramiento artístico, en el que ella se encuentra. Fuente: Entrevista realizada por María Fernanda Auz. Septiembre de 2018.


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Fotógrafa: Rocío de Prado Año: 2018 Lugar: Denver, Estados Unidos

Edna Iturralde “En la vida no hay coincidencias, sino “Dioscidencias”, mi fe en Dios es profunda” Para hablar de Edna Iturralde, es importante


5 iniciar con la descripción que ella misma hace de su identidad artística, sintetizada en tres palabras claves: mujer, ecuatoriana, y madre. Con más de sesenta y tres libros publicados, Edna es una de las escritoras ecuatorianas de literatura infantil y juvenil más fecundas con las que cuenta nuestro país. “Hacer las cosas bien y con mucho amor”, es su fórmula de trabajo. Edna no duda en decir que su ser mujer, su patria, y sus hijos son las raíces que sostienen sus pilares creativos, desde donde ella ha podido proyectarse con gran libertad en sus obras. Su vida personal ha sido una fuente tanto de inspiración, como de descanso en su vida profesional. Luego de enviudar de su primer esposo, el holandés Diederick Van Maasdijk, Edna se casó con Bruce Kernan, con quien lleva 34 años de matrimonio. Su esposo, sus hijos, y sus nietos, son grandes tesoros para Edna, pues han respaldado su carrera, y cuando pequeños la ayudaron a hilar sus historias. “Yo tenía que recordar al pie de la letra los cuentos que les contaba a mis hijos antes de dormir. Si yo cambiaba un poco la trama, ellos protestaban, y me hacían volver al cuento original. Por esa razón los escribí, para podérselos contar siempre de la misma manera”. Al fallecer su padre, cuando tenía un año de edad, ella y su mamá, Edna De Howitt, fueron a vivir en la casa de sus abuelos maternos: Papá

Chas (Charles De Howitt) y la Ñata (Rosana Tinajero Albornoz). En su infancia, sus perros fueron sus compañeros de juego y sus mejores amigos. Su mamá, gran lectora, le enseñó el amor por los libros, su abuelo, de origen palestino, el amor por las leyendas de su tierra, y su abuela, el amor por las leyendas que había escuchado de pequeña en las haciendas de la sierra ecuatoriana. Desde el columpio, en el jardín que Papá Chas construyó, soñaba e inventaba historias. Además solía entretenerse con libros que él le daba, aun cuando no aprendía a leer todavía, confiesa Edna. Con su risa encantadora, resalta que ella nunca fue una princesa rescatada, sino una gran aventurera, dueña de territorios fantásticos que conocía a través de la lectura y de sus juegos en el jardín familiar. “Desde el jardín de las arañas doradas”, su primera novela, se alimentó de estas aventuras de infancia. En la época escolar sucedió algo que definió su futuro como escritora. Ella y sus compañeros de salón debían realizar una comedia para una actividad escolar, al no encontrar nada apropiado entre las obras ya escritas, Edna, decidió escribir el guion para dicha comedia. Su propuesta fue elogiada por su madre, su profesor, y sus compañeros, lo que la animó a querer ser una escritora profesional en el futuro. Este pasaje en su vida, la hace reflexionar sobre la importancia que tiene


6 el apoyo incondicional que se las personas deben recibir en sus primeros años de vida: “Si ellos no hubiesen recibido bien mi trabajo, tal vez no me hubiese convertido en escritora”. Sus primeras publicaciones como escritora profesional se hacen en el suplemento Panorama, del diario “El Comercio” en 1981. Luego, fundó “La Cometa” en 1982, revista ecológica infantil de circulación gratuita, que llegó a las manos de muchas niñas y niños ecuatorianos. Desde aquí, el andar en su camino profesional se acelera. Empieza a producir para organizaciones como UNICEF, Ministerio de Educación en Ecuador, y varias organizaciones no gubernamentales, tanto a nivel nacional como internacional. Es considerada la pionera de la etnohistoria narrativa en literatura infantil y juvenil en el Ecuador, ella es un hito de la literatura infantil y juvenil ecuatoriana. Sus obras se leen en países de toda Centro América, México, Perú, Colombia, Argentina, Chile, Estados Unidos de América. En este último, cinco de sus obras forman parte del “Common Core”, el currículo transversal para escuelas con estudiantes de habla hispana. Se encuentran en diferentes ciudades de 17 estados del mencionado país. Los temas que aborda Edna en sus escritos son diversos, pues las inquietudes de esta escritora son infinitas. En su proceso creativo,

no planifica con antelación los temas sobre los que va a escribir, estos aparecen, y se fortalecen a través de la investigación que ella aplica en cada proyecto literario que emprende. Desde la construcción de biografías históricas de personajes como Simón Bolívar y Oswaldo Guayasamín, hasta la narración de historias fantásticas que abordan temas complejos, desde una perspectiva juvenil, como la pobreza, la migración ilegal, la guerra, la conciencia ecológica, y la callejización infantil; Edna ha preferido hacer de la literatura “un mundo diferente”, en el que las estrategias contra las adversidades les roban el protagonismo a las tragedias. Un ejemplo de ello, es su libro “Lágrimas de Ángeles”, una de las novelas más leídas por las y los jóvenes en el Ecuador, desde 2012. Libro en el que las voces de la infancia empobrecida e invisibilizada, conmueven y alertan a quienes lo leen, sobre la necesidad de desterrar de nuestras vidas la indiferencia contra una de las poblaciones más vulnerables en el planeta: las y los niños en situación de callejización. En sus obras destaca su interés por hablar sobre los valores, cuestiones que considera fundamentales para que las sociedades se mantengan equilibradas. La tolerancia, la honestidad, el sentido de identidad y autoestima, son los valores que Edna considera que se deben trabajar con persistencia en el Ecuador,


7 sobre todo en la infancia y la juventud, poblaciones que para ella son la posibilidad real de construir un país mejor. Para finalizar la entrevista concedida, Edna reflexiona sobre los escollos profesionales que ha tenido que enfrentar. Las duras críticas a su obra por parte de miradas conservadoras sobre la potencia creadora femenina, se posaron sobre ella en sus primeros pasos profesionales, por ser una escritora mujer, lo que sin lugar a dudas, la motivó a seguir produciendo con ahínco y entrega. Desde el día en el que se convirtió en escritora, no ha dejado de producir. Actualmente tiene dos proyectos literarios que se suman a sus más de sesenta y dos “hijos de papel”, como ella denomina a sus libros. Al finalizar sus proyectos literarios, son dos las emociones que surgen en esta maravillosa mujer, por un lado la tristeza de despedirse de sus personajes y sus historias, y por otro, la gratificación de haber cumplido con su trabajo. Fuente: Entrevista realizada por María Fernanda Auz. Septiembre de 2018.


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Título: Cantares de mi Tierra Fotografía: Chantal Fontaine Año: 2015 Lugar: Guayaquil – Ecuador


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Fresia Saavedra “Cuando uno nace con el arte, no se puede dejar jamás, los artistas construyen nuestra identidad, los artistas son los que deben dar a conocer en el exterior nuestra identidad”. Mujer sencilla pero exigente, conocida como “La Señora del Pasillo” es una de las mejores exponentes vivas del pasillo ecuatoriano. Nacida en 1933, nos revela que alguna vez tuvo la intención de retirarse del canto, sin embargo, el cariño de su público fue el motivo por el cual se ha mantenido, hasta el sol de hoy, activa en los escenarios. En su infancia su madre se convirtió en una influencia muy importante. Ella escuchaba tangos y pasillos, estilos que cautivaron a la tierna Fresia. Con tan solo 12 años, cantaba profesionalmente para programas infantiles en conocidas radios guayaquileñas, como Radio América. Posteriormente, grabó su primer disco en la disquera El Cóndor, a partir de esta experiencia, le propusieron ser parte del dúo Las Porteñitas, junto a Blanca Palomeque, otra gran cantante ecuatoriana. Las canciones del dúo se convirtieron en éxitos musicales que siguen sonando hasta la actualidad. Desde aquel entonces, su voz ha entonado bellas melodías, más de treinta composiciones de su repertorio son de su autoría.

Pese a haber enfrentado varias vicisitudes, como el desafortunado incendio de su casa, y la pérdida de todos sus recuerdos, galardones, y varios de sus queridos gatos, por dicho siniestro; en su memoria quedan impregnados los buenos momentos y las alegrías que le ha dado su trayectoria artística. Lo que demuestra que Fresia es una mujer que no se amilana ante la desgracia. Su sensibilidad brota en este encuentro, y con profundo agradecimiento con el pueblo ecuatoriano, ella nos abre su corazón incansable de mujer, hija, madre, y maestra; que como un hermoso pasillo ecuatoriano, sonríe mientras trina sus penas. Fresia nunca pensó que llegaría a ser artista. Cantaba por el placer que esto le daba, y por la influencia de su madre quien, desgraciadamente, no llegó a ver su consagración como la aclamada cantante de música nacional que es, pues la muerte cegó el anhelo de ver a su hija convertida en una estrella. Su partida se llevó también una parte del corazón de Fresia, pues nos confiesa llena de nostalgia, que ella nunca logró recuperarse de la muerte de su madre. “La señora del pasillo” señala que de no haber sido cantante, probablemente hubiese sido veterinaria, ya que tiene un gran afecto por los animales, sin embargo, ese anhelo no logró plasmarse, ya que el amor que ella ha sentido por el canto, se coló en todos sus espacios vitales. La música ha


10 sido para ella más que una profesión, pues la ha conectado emocionalmente con su linaje femenino: con la sonrisa eterna de su madre fallecida, y con el talento de su amada hija, la cantante Hilda Murillo, quien siguió sus mismos pasos. Aunque lo suyo es el pasillo, también incursionó en ritmos como la guaracha, los boleros y el porro. Recuerda temas populares como “Ese ladrón”, de contenido jocoso y entretenido, cantado y versionado por varias artistas ecuatorianas. Algunas de sus canciones han ganado galardones en el exterior, sus giras por varios países como España y Estados Unidos, la han consagrado como un símbolo de identidad nacional, especialmente, en lugares en los que la comunidad ecuatoriana es extensa. Allí su público la reconoce con gran afecto y admiración. Su historia con Julio Jaramillo merece mención aparte. Ella fue quien motivó al joven músico a sacarle provecho a su talento, con quien grabó un par de discos, gracias al apoyo de su esposo, Washintong Murillo, dueño de la disquera guayaquileña El Cóndor. Así también, trabajó con varios compositores entre los que destaca a Nicasio Safadi, Francisco Paredes Herrera, Carlos Silva Paredes, Carlos Solís Morán, Carlos Rubira, de quienes aprendió mucho. Ha compartido escenario con artistas de renombre internacional como Celia Cruz, Daniel Santos, Leo Marini, Nelson Pinedo y la Sonora Matancera, entre otros.

Para Fresia el arte es un don que Dios, nos brinda. Su mayor satisfacción es haber sido supervisora de educación musical por más 63 años, cultivando así, a cientos de jóvenes para que rescaten nuestra identidad musical. En ese sentido, profesa mucho la creatividad y no la imitación, para ella, “si alguien imita a otro artista no llegará a ser nada”. Grabó junto a importantes músicos como Gonzalo Moncayo, Pepe Jaramillo, Julio Jaramillo, Carlos España, Pepe Sánchez, Consuelo Castillo, Consuelo Vargas, y con su propia hija, “La Triunfadora de América”, Hilda Murillo, quien es a la vez productora musical. Fresia destaca el trabajo de su hija, afirmando que su linaje materno está conectado con uno de los mejores legados de su incansable apuesta por la creación artística a nivel nacional: la perpetuación y reproducción de una identidad musical ecuatoriana. Su mayor sueño es que la música nacional sea fomentada desde los espacios públicos y privados, y que los jóvenes talentos asuman el reto de creación que demanda la música en el Ecuador, con una perspectiva actual, ya que el futuro musical del país, y por lo tanto de Latinoamérica, está en las nuevas generaciones a las que, con absoluta entrega, ella sigue educando, en el Museo de Música Popular Julio Jaramillo, en la ciudad de Guayaquil. Fuente: Entrevista realizada por Susana Nicolalde, Septiembre 2018.


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Título: Autorretrato #32 Fotografía: Gabriela Calvache Año: 2018 Lugar: Quito

Gabriela Calvache “Hay que encontrarle el punto de no cansarse y de encontrarle la belleza al fracaso. Mi energía no está en el ganar o perder, está enfocada en lo que aprendes en el proceso… El arte me parece vital, es una arma de paz, una herramienta de sanación, es un tesoro del cual nosotros los artistas somos responsables”


12 Con elocuencia, Gabriela construye un pequeño relato de su propia vida, durante el tiempo que compartimos con ella en la entrevista que nos concedió. Relato que podría resumirse en tres palabras: variedad de perspectivas. Sus experiencias vitales se han alimentado tanto de vivencias en sectores populares, como en espacios acomodados, lo que le ha permitido situarse desde múltiples lugares de enunciación desde los cuales nombra todo aquello que le rodea sin complejos. Son tal vez esas perspectivas diversas las que le han permitido crear. Gabriela Calvache, cineasta ecuatoriana, nació en Ambato, en 1977, en el seno de una familia de bajos recursos, que en ese entonces era de izquierda comunista. Su padre trabajó con Jorge Sanjinés, un director de cine boliviano, en la película “Fuera de aquí” (Lluckshi Caimanta), película con un fuerte componente político en favor de la lucha campesina en el Ecuador. Esto la marcó, de algún modo influyó en que Gabriela encienda el interés por hacer el cine. Tuvo la oportunidad de formarse en la Universidad San Francisco de Quito, donde estudió cine, interesándose también por materias como sociología, y ciencias políticas. Uno de los primeros cortos que realizó se titula “En espera”, el cual fue rodado en su escuela primaria, en la provincia de Tungurahua. El corto narra la historia de Carmen, una niña indígena

que proviene de una zona rural y que parecería que migra hacia la ciudad para estudiar, todo parece indicar que así es, pero en realidad a lo largo de la trama, se devela que Carmen trabaja como empleada doméstica. Los temas que aborda Gabriela tienen un fuerte contenido social, documentales como “La Labranza Oculta”, y su película “La Mala Noche”, muestran las relaciones de poder complejas sobre las que nuestra sociedad se sostiene. Para Gabriela el arte es muy emocional, a pesar de tener hijos nunca abandonó el cine, “si te das tiempo fuera en esta profesión, y vuelves a reinsertarte será muy duro, porque debes darte a conocer nuevamente en un espacio que está renovándose de manera permanente, en un espacio que es muy competitivo… la vida de una artista es muy libre hasta que se convierte en madre o padre. Es una labor que te obliga a sacrificar algunas cosas”. Según Gabriela hacer cine en el Ecuador es complicado, hay demasiados problemas como para considerar que sea una profesión cuerda, “necesitas trabajar en un espacio determinado, un mercado determinado con sus propias reglas, en Ecuador ese espacio determinado no es seguro. Actualmente existen políticas públicas que mejoran las condiciones, hace veinte años las cosas no eran así. Sin embargo, las políticas públicas no solo implican el acceso a


13 fondos públicos, son temas más amplios, como acuerdos bilaterales para producir entre país, y el desarrollo de un espacio promocional de lo que se produce”. Las repercusiones de las dificultades que menciona, llegan incluso a la vida personal, pues hay que realizar grandes esfuerzos para mantenerse en el cine. Para no sentir que el tiempo y los recursos invertidos se han perdido, en el caso de que las cosas no salgan como se desea, Gabriela expresa que es la clara identificación de sus motivaciones para hacer cine, lo que la sostiene. Para ella, el cine contiene elementos liberadores y transformadores de su propia vida, es una necesidad de hablar de aquello que le conmueve, el cine le brinda la posibilidad de conseguir experiencias nuevas. Si bien, no ha empezado contando historias introspectivas, sus temáticas no pierden su perspectiva personal. Piensa que el artista debe desarrollar emoción e intuición para captar lo que el mundo real le entrega, para realizar sus creaciones. “Las películas me llegan a mí y luego les doy vida”. Menciona que tal vez con el tiempo, se atreva a hablar de sus historias personales. Gabriela estudió dirección de teatro en España para hacer cine, siente que los procesos de dirección de teatro son más profundos a nivel actoral. Se siente más identificada con los

actores que con los directores, ya que el actor está en contacto permanente con la cámara, su entorno y sus compañeros de escena, tiene una inquietud por saber la verdad del otro, mientras que el director está más sobre sus ideas. Es además productora, la producción es parte de la dupla creativa: dirección y producción, con la que se sostienen los rodajes. Considera que ser mujer directora es un reto, pues socialmente el peso mayoritario de los roles de dirección y de liderazgo se encuentra sobre los hombres, lo que genera en la industria del cine una clara división de trabajo en la que las mujeres no pueden romper fácilmente esos roles laborales. Para ella, lo más difícil ha sido tener autoconfianza, creer en su trabajo como directora mujer. “La duda es el peor enemigo de las mujeres ya que desde pequeñas se les da mensajes que obligan a poner en juicio sus capacidades, conocimientos, y la confianza en su propio ser. A pesar de haber vivido en el patriarcado, hay que comprender esta dinámica y rescatar de ella las habilidades que las mujeres hemos desarrollado a lo largo de la historia”. Desde su perspectiva, el cine es el arte más desarrollado en el país, gracias a la organización colectiva del gremio de cineastas. Sin embargo, cuando trabajas a nivel internacional, “te das un suelazo”, ya que trabajar en “Las Grandes Ligas” resulta abrumador, pues se dimen-


14 siona todo el camino que hay que recorrer en el Ecuador, para la consolidación de una industria cinematográfica, tanto a nivel de políticas públicas, como de incentivos desde la industria privada, con respecto a los niveles de producción en los que otros países de la propia Latinoamérica están. Por ello, para Gabriela es fundamental apoyar el trabajo de la gente que se inicia en este oficio. Ha sido maestra y le encanta dar clases, espacio desde donde puede aportar con sus experiencias a las personas jóvenes, “necesitamos cineastas más creativos, necesitamos unirnos, movernos, así nos fortalecemos”. Finalmente, Gabriela resalta que lo más importante en el cine no son los premios, lo más importante es reconocer lo que se hace y cómo se trasciende con ello, es decir, ir construyendo una metodología de trabajo personal, y a partir de ello, el aportar al trabajo colectivo, en el que “ser generosos con los demás, implica comprender lo dificultoso que es ser cineasta, para organizarnos mejor en el futuro, y no depender demasiado del estado, pero sí tener la capacidad de exigir que este cumpla con la generación de mejores políticas para la creación y promoción de lo que se hace en Ecuador en cuanto a cine”. Fuente: Entrevista realizada por María Fernanda Auz. Septiembre de 2018.


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Margarita Guevara Soy demasiado sensible, es demasiado compararme con una flor, pero hay algo en mí que me impulsa a hacerlo.

Título: Margarita en el Taller Fotografía: Gilberto Rodríguez Moreno Año: 2016 Lugar: Otavalo – Ecuador


16 Para Margarita Guevara el arte es el lenguaje de la sutileza. Por sus venas corre arte, a su madre le gustaba mucho la música, y trabajaba la pintura y el bordado artístico. Sin embargo, los primeros pasos artísticos de Margarita tardaron un poco en llegar. Cuando terminó el colegio no tenía idea de lo que iba a estudiar, pues sus gustos eran diversos. Probó con la carrera de Tecnología Médica, pero no la culminó. Posteriormente estudió secretariado y trabajó en una institución bancaria. Sin embargo, el universo creativo de Margarita se mantenía latente, por ello, decidió participar en algunos talleres libres de pintura, actividad que la condujo a la exploración profunda de sí misma, a través de los pinceles y los colores, que hoy por hoy se constituyen como las herramientas de profesión de esta gran artista plástica. En los inicios de su encuentro con la pintura, su formación fue la de una autodidacta, luego estudió artes visuales en la Universidad San Francisco de Quito, en donde obtuvo la mención como mejor estudiante de su promoción, lo que le permitió ganar una beca para continuar su profesionalización en el exterior. El país de destino fue China, un territorio completamente nuevo para Margarita. Si bien su viaje tenía como propósito especializarse en la maestría de “Pintura tradicional China, caligrafía, idioma y cultura”, su experiencia en China

fue más allá. Amplió sus perspectivas sobre la vida y el mundo de muchas maneras, entre ellas, su concepción sobre la ritualidad de las tareas cotidianas; se reconectó con la importancia del detalle y la contemplación del mundo que la rodea, cuestiones que son imprescindibles para la disciplina de la pintura tradicional en la cultura china. Pero no todo fue color de rosas, al menos en un principio. Lo más duro que debió enfrentar fue la incomunicación en un espacio que no se abría a los extranjeros con facilidad, lo que la obligó a apresurarse en el aprendizaje del idioma. Superado este reto, pasó a estudiar en la Zhongguo Meishu Xueyuan (Academia Nacional de Finas Artes de China), donde conoció a importantes maestros de la pintura china, sus técnicas, y su filosofía de vida, muy distinta a la que se promueve en occidente, en donde un ascenso rápido a través del valor comercial que se le da a las obras de artes es el medio y fin de cada artista. En China, ella aprendió que cada acción exitosa que alguien realiza es fruto de la perseverancia, que le da la paz de su espíritu. “La pintura tradicional china es diferente a la que estamos acostumbrados a ver, el arte oriental es más armónico y espiritual”. Este viaje hizo que en Margarita brote el amor por la belleza de la simplicidad.


17 En su obra, los árboles, las flores, la naturaleza misma son elementos centrales, y a la vez son su fuente de inspiración “el mirar el color de una flor que transmite vitalidad, fuerza, alegría es una experiencia emotiva única. Peonías, crisantemos te brindan colores impresionantes. Cuando trabajo en las flores y en las aves la contemplación es de vital importancia. La verdad, es que en China, la pintura de aves no me llamaba la atención. No tenía el entusiasmo para pintar los pájaros que son elementos esenciales de la composición pictórica tradicional, pero cuando retorné al Ecuador las aves fluían por mis pinceles, tal vez porque como ellas, quería retornar a China y hacer de este país mi nido, como las aves que migran sin fronteras”. Los medios que usa para expresar su arte son variados, pinta en seda, acrílico, óleo, acuarela, pintura tradicional china, Margarita ha complementado su técnica y confía en que su trabajo de pie a nuevas propuestas de fusión entre las técnicas que ella maneja con destreza. Sus obras, además, transmiten un mensaje ecológico de conservación y cuidado de la naturaleza. A pesar de las diferencias culturales y paisajísticas entre China y Ecuador, Margarita considera que existe una matriz de colores similares entre algunos territorios rurales de ambos países, ya que tuvo la oportunidad de

viajar hacia el interior del país oriental. Sobre todo en relación a su ciudad natal, Otavalo, Margarita sostiene que haber crecido en esta ciudad, con la variedad cromática de los paisajes que este territorio le proporcionaba, le permitió captar, con gran avidez, la sutileza de la propuesta artística china. Desde su regreso a Ecuador, se ha dedicado a difundir el arte oriental, nos cuenta que ella pone toda su capacidad y energía en esta tarea, para que se conozca en todos los espacios en los que ella pueda promover su trabajo, y que lo seguirá haciendo a futuro. Margarita siente que hacer y dar a conocer la pintura tradicional china, y a la vez contribuir con el arte ecuatoriano es un gran reto. Entre sus obras más significativas, está “Mujeres del mundo” una colección bastante alejada de las flores y pájaros característicos de su trabajo. En ella plasma la belleza de mujeres chinas de varias etnias, vestimentas, colores y maquillajes, mujeres muy “alejadas” de la civilización occidental, cuyos rostros reflejan una expresividad de otra época, y sus inquietudes conectadas con la vida moderna. Su experiencia artística la hace reflexionar sobre ciertos comportamientos que todavía obstaculizan el trabajo de las mujeres que hacen arte, por lo que reafirma que “todavía existen grandes desigualdades entre hombres


18 y mujeres, creer en nosotras mismas es la clave para disciplinarnos e investigar, y demostrar que somos capaces de todo”. Margarita ha hecho su parte. Ha sido ganadora de importantes reconocimientos como: el Escudo de Armas en Quito, el de Adquisición Bonn, Alemania, el reconocimiento al Mérito del Municipio de Otavalo, entre otros. Actualmente, cuenta con su propio espacio de difusión artística “Bambú galería”, en la ciudad de Otavalo. Reconoce que existen muchos avances en términos de promoción de los trabajos de artistas plásticos ecuatorianos, lo que no significa que este sector haya dejado de ser invisibilizado, sobre todo en lo que se refiere al rescate de técnicas artísticas ancestrales locales. Es profesora de la Universidad Técnica Particular de Loja, lo que le permite proyectar sus aprendizajes a las nuevas generaciones en el Ecuador, que sabrán apreciar el magnífico trabajo de esta mujer, Margarita, que florece día a día. Fuente: Entrevista realizada por María Fernanda Auz. Septiembre de 2018.


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María Fernanda Buendía El arte duele, te deja desnuda frente a la vida y a expensas del mundo. Permite quitarse los escudos que sirven para enfrentar la vida. Al mismo tiempo el arte es mi soporte, es a donde puedo regresar cuando lo necesite, es mi punto de fuga”.

Fotografía: Christoph Hirtz Año: 2011 Obra: Escenas extremas Lugar:Quito – Ecuador


20 Su historia de vida la ha convertido en una luchadora tenaz. Desde muy pequeña se ha enfrentado a poderosas negativas, que de no ser por su férrea voluntad, la hubieran apartado de los escenarios. María Fernanda ha estado siempre cercana a procesos sociales, educativos, y culturales. Sus padres, activistas sociales, la educaron con criterios de justicia y equidad; cuestiones que para ella no solo tienen que ver con teorías políticas y sociales, sino con la búsqueda del bienestar común, búsqueda que se sostiene en la fortaleza espiritual que brinda la fe en un motivo superior, “como tú quieras llamar a esa energía que mueve el universo, no importa; yo le digo Dios, la humanidad nombra a esa fuerza con miles de palabras”. Su relación con lo corporal siempre ha sido una fuente de exploración para María Fernanda. Su inquietud por las tablas surgió desde muy niña. Le encantaba bailar, de hecho, audicionó en una conocida academia de ballet de la ciudad de Quito, pero no logró ingresar por su estatura. Vivencias como estas, la impulsaron a reflexionar sobre los estereotipos que existen sobre los cuerpos femeninos dentro y fuera de los escenarios, que desde su perspectiva, siguen marcando ideales coloniales dentro de los procesos pedagógicos, en varias instituciones que se dedican a la formación artísti-

ca en nuestro país, lo que limita los procesos creativos locales y, sobre todo, refuerza en la identidad individual de las personas, el gran peso de responder a una estética oficial, que excluye la diversidad de edades, tallas, pieles, expresiones de género, y plasticidad de los cuerpos; clasificándolos como aptos o no aptos para la escena. No obstante, pudo ingresar al ballet folklórico infantil del grupo Jacchigua, en donde también experimentó el peso de los estereotipos, pues tenía pocas oportunidades de obtener papeles protagónicos, por su pequeña estatura, “no entendía que a pesar de que yo bailaba con todo mi esfuerzo, de manera impecable, no fuese tomada en cuenta como protagonista por mi estatura, mi estatura era mi límite, me lo dejaron en claro”. La anécdota que la conecta con el teatro se dio en la escuela. Junto a sus compañeros participó en una obra de teatro sobre Simón Bolívar, en la que ella encarnó al “Libertador”, a sus maestros y amigos les gustó mucho, y a María Fernanda le provocó mucha satisfacción saber que podía jugar a encarnar a cualquiera. Sin embargo, no veía al teatro como una profesión. Ya en el colegio, y gracias a la curiosidad de su hermana, tuvo la oportunidad de realizar un intercambio estudiantil. Se fue a República Checa, en donde las perspectivas sobre sí misma y sobre muchos estereotipos asociados al


21 arte cambiaron, pues a pesar de su diferencia, su estatura no fue nunca cuestionada. A su regreso al país, intentó estudiar la carrera de Derecho, pero finalmente eligió la carrera de Sociología en la Universidad Católica de Quito. A la par, y por influencia de su hermana, María Belén, decidió estudiar teatro gestual en la Escuela del Cronopio, dirigida por Guido Navarro. Aquí se encontró con personas que tenían experiencia en el mundo artístico siendo mucho menores a ella. En un primer momento María Fernanda se sentía en otro mundo, sin embargo, ese ambiente de trabajo le exigió esforzarse para estar al nivel de sus compañeros. Por otro lado, ingresó en la Escuela de danza contemporánea Futuro Sí, en donde su corporalidad no fue tamizada por las formas, todo lo contrario, pudo explorar sin ningún límite, la calidad de movimiento de su cuerpo y sus expresiones. Cuenta que su práctica dancística es algo más personal. Bailar es para ella una actividad íntima, pues lo hace exclusivamente para sí misma. Después de su formación en la Escuela del Cronopio, sus búsquedas la llevan a formar parte del grupo el Teatro de los Silfos, en el que trabajó en la obra “La trágica Siesta de Julián Regalado”, también se formó como mimo en la Escuela de mimo y pantomima, dirigida por José Vacas y Mónica Coba, con quien encon-

tró el equilibrio entre la plasticidad de la danza, la potencia interpretativa de la actuación, y la riqueza del mundo espiritual que le brindaba su maestro José. También participó en la Escuela Latinoamericana de Mimo y Teatro Corporal Sede Quito, dirigida por Luis Cáceres. Ha tomado varios talleres con maestros nacionales e internacionales como Fiore Zulli, Ana Correa y Débora Correa, Antonio Faba, Luis Cáceres. Desde el 2010 integra el grupo de mimo y pantomima “La Buena Compañía”. Además ha trabajado como profesora de teatro para niñas, niños y adolescentes. Hoy en día María Fernanda se percibe a sí misma como alguien grande, como una actriz que abarca espacios, siente que puede proponer diversas realidades que seducen al público. Mientras estudiaba mimo comprendió que para poder asumir otros roles, papeles o personajes hay que despegarse, lo que más sea posible, de la personalidad propia. De alguna manera el mimo y la pantomima resonó con su ser creativo, pues le permitieron entrar en contacto con la precisión de la interpretación sin palabras. Tal vez porque el mundo de las palabras de María, se manifiesta en otra de sus pasiones profesionales: la investigación. Ella comparte y trata de equilibrar dos mundos profesionales demandantes: la actuación y la investigación científica; pero que sobre todo,


22 se encuentran integrados en su vida de manera muy profunda, pues ejerce ambas. Ninguna de sus dos profesiones le genera conflicto actualmente. Se sabe dual. Ha logrado fusionar estas dos perspectivas del conocimiento en sus trabajos de investigación sociológica, tanto en su tesis de pregrado como en la de posgrado. En ambas aborda temas del teatro. En una de sus primeras investigaciones, propuso la indagación sobre el teatro cómico y cambios culturales en la ciudad de Quito, trabajo en el que investiga por qué los movimientos teatrales pasaron de un momento más político de creación en los 70 y 80, hacia obras con un contenido más ligero en los últimos años. Por otro lado, su tesis de maestría en la Universidad Andina Simón Bolívar titulada “La legitimación del teatro en Quito: Una aproximación a la relación entre el discurso de desarrollo y la legitimación del nuevo movimiento teatral de la Casa de la Cultura Ecuatoriana impulsado por Fabio Pacchioni”, le ha permitido reafirmar que en el Ecuador se hace teatro, a pesar de que existan voces hegemónicas que pretendan borrar los esfuerzos de consolidación de una identidad artística propia. Fuente: Entrevista realizada por María Fernanda Auz. Septiembre de 2018.


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Fotografía: Archivo personal Año: 2018 Lugar: Esmeraldas

Rosa Wila Valencia “Cuando yo estoy cantando parece que estoy subiendo a los cielos”. A sus 83 años, la vitalidad de Rosa es admi-


24 rable. Se abre paso entre la multitud para guiarnos hacia su hogar, del cual abre sus puertas de par en par, para darnos la bienvenida. Entre lo ritual y lo festivo, Rosa le canta a la vida, a la muerte, y a los santos. Su voz ha llenado diversos escenarios en Francia, Alemania, Estados Unidos, Nicaragua, Chile, Venezuela, Perú, Colombia, lugares donde ha dado a conocer la potencia de la música originaria del Ecuador: los cantos negros de sus ancestros, de su verde tierra, la provincia de Esmeraldas. Nació en Punta de Piedra-Esmeraldas en un hogar humilde y creció en medio de arrullos, alabaos, chigualos, cuentos y adivinanzas, de allí su gusto por la música, en el que también influyó su madre, Juana Valencia, cantora de corazón. Es devota de la virgen del Carmen, a quien ha dedicado muchos de sus arrullos, lo que nos muestra el sincretismo religioso del que se alimentan las expresiones artísticas del pueblo afrodescendiente en nuestro país. Su relación con la música no está mediada por la academia, ni por lenguajes especializados, en palabras de Rosa “lo mío es más práctico”. Es una autodidacta que aprendió de la música y el baile en las celebraciones populares afroesmeraldeñas, dedicadas a los santos y vírgenes, a las que acudía con entusiasmo acompañada por sus hermanas. Celebraciones en las que ser esmeraldeña cobraba sentido y razón

de ser. Cualquier dificultad y carencia se borraba en la fiesta, en las celebraciones de la vida en las que la voz de Rosa se convertía, desde muy pequeña, en la guía de todo su pueblo. La música le ha dado mucho, “no me ha dado riquezas, pero sí muchas alegrías”. Su primer grupo musical se llamó Unión y Lucha, como el nombre del barrio en el que habitaba, uno de los barrios de la ciudad de Esmeraldas en donde la incansable búsqueda de dignidad de su gente, se reflejaba también en la identificación que Rosa tenía con su arte y su territorio. Luego en 1982, cambió el nombre de su grupo. Lo llamó La Voz del Niño Dios, por el origen religioso de los cantos con los que ella destaca: los arrullos, cantos dedicados a las divinidades. Además de los cantos tradicionales que se conservan en la voz de Rosa, ella ha creado sus propios temas: “Señores abran la puerta que el Niño Dios va a llegar, y vine con los arrullos, bombo, cununo y guasá”. Ese es uno de sus arrullos más queridos. En su trayectoria artística ha compartido escenario con otros importantes músicos afroesmeraldeños como Papá Roncón, y el grupo Jolgorio Internacional, de Santiago Mosquera. Rosa es una mujer luchadora e incansable. Ha cumplido un destacado papel como gestora cultural, siempre haciéndole frente al racismo estructural que persiste en el país, buscando las formas de superar la falta de fomento y apoyo


25 a las artes, especialmente en provincias como Esmeraldas. Dentro de sus múltiples gestiones, logró conseguir recursos con los que abrió su escuela de artes, con el fin de transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones. La cantora señala que, en el mandato de Rafael Correa, en una visita a Esmeraldas hecha por el ex mandatario, Rosa Wila en persona, le solicitó apoyo económico por $5.000, para gastos de instrumentos, vestuarios, etc. Recibió $3.000, con eso compró una marimba, un cununo, y un bombo. Instrumentos con los que sus estudiantes pudieron hacer música por un tiempo limitado, pues la escuela dejó de existir, ya que los escasos recursos con los que ella contaba, fueron insuficientes para poder cubrir la gran demanda que generó este espacio. Desde su perspectiva, la limitación que las autoridades tienen con los recursos que se invierten en la cultura ecuatoriana, es la responsable de que en el país las cantoras vayan desapareciendo. Mantenerse en el espacio artístico -más aún, desde la tradición afroesmeraldeña- es nadar contra corriente. Si bien Rosa es una cantora reconocida a nivel mundial, observa que los incentivos a la creación como política pública en el área de la cultura en el Ecuador, son todavía escasos y limitados. “Catar para mi es fácil, si quiere aquí le pego el grito”, nos dice, “lo difícil es conseguir la plata

para vivir dignamente”. Para ella el talento en su tierra está a flor de piel, pero la poca seriedad con la que se toma a quienes deciden optar por el arte, puede esterilizar un campo fértil de creación que existe en Esmeraldas: “Pocos son los que quieren seguir cantando chigualos y alabados, porque no imaginan cómo se puede comer de eso”. La gestora popular, Rosa Wila, es la representación viva de la lucha de las mujeres del pueblo afrodescendiente, su voz retumba en los corazones de las nuevas artistas como Karina Clavijo, cantautora ecuatoriana, a quienes ha inspirado a lo largo de estos años. Rosa aspira a que la tradición afroesmeraldeña no desaparezca, pues la considera la base de la identidad ecuatoriana y del mundo. Desea que las nuevas generaciones continúen con las tradiciones artísticas de su pueblo, para que las y los afrodescendientes no se avergüencen de su origen. Rosa está convencida de que el canto fortalece el espíritu de su gente. La riqueza de su arte ha roto -y seguirá haciéndolo- las fronteras del racismo y del machismo, en un país que todavía mantiene una deuda histórica no solo con Rosa Wila, sino con el arte y la cultura del pueblo afrodescendiente. Fuente: Entrevista realizada por David Anchaluisa, sociólogo ecuatoriano. Septiembre de 2018.


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Fotografía: David Navarro Año: 2015 Obra: El País de la Canela Lugar: Quito – Ecuador

Tanya Sánchez Rivadeneira “Lo que me gusta del arte, es esa posibilidad de transformar las realidades. Esa posibilidad ritual de provocar emociones en muchas personas reunidas… El universo ritual ha sido muy importante para mi trabajo porque de allí he conseguido mucha inspiración para crear”


27 Entre juegos de infancia, en los que se convertía en una estrella de escenario, y sus primeras visitas al teatro, en las que pudo ver a grandes artistas como Carlos Michelena o Las Marujitas, nace en Tanya el deseo de seguir el camino del arte. Gracias a la sensibilidad de sus padres, para identificar estas sutiles pulsiones que la hacían vibrar cada vez que tenía contacto con algo artístico, ella pudo tomar cursos de actuación, música, y danza desde muy temprana edad. Sorpresivamente, llegado el momento en el que las personas optan por una profesión para sustentar su vida adulta, Tanya no se decidió por algo artístico, sino por el Derecho, carrera que estudió por dos años. Sin embargo, la vida se encargó de poner el arte nuevamente en su camino. El pretexto: una obra de teatro que debía armar con sus compañeros de carrera, como proyecto para una de las materias que cursaba. “Solo vine a hablar por teléfono” fue la obra que montó, basada en un cuento de García Márquez con ese título. Cuando empezaron los ensayos para esta obra, le sucedió algo muy especial: tuvo la oportunidad de reencontrarse con la vibración que sentía por lo escénico desde su primera infancia. Para Tayna este fue un momento decisivo en la vida, pues se conectó nuevamente con el deseo profundo de crear desde el lenguaje del cuerpo.

Desde el inicio de su carrera artística, tuvo predilección por las artes circenses. Transitó también por el teatro y la danza, en escuelas de teatro como El Teatro del Cronopio y la escuela Exploradores de la Danza, experiencias que la llevaron a identificar su necesidad de crear desde el circo. Su opción profesional no estuvo ajena a la presión social que tienen las personas que eligen ser artistas de oficio: “No era bien visto ser mujer artista y, peor mujer artista del circo… Era muy distinto a ser chelista de la Sinfónica Nacional, eso sí estaba bien visto. Yo “semaforeaba”* en las calles, como mucha gente que explora este oficio, lo que hizo más fuerte esa presión social, incluso de ciertos familiares que veían con malos ojos mi vida, inclusive creían que yo mendigaba”. Lo antes dicho hizo eco en Tanya. Ella misma no podía visualizar la profesionalización en este oficio. No conocía a nadie en el país que viviera del circo dignamente, lo que generó en ella un profundo estado de angustia, que poco a poco se iría disipando. De algún modo, esa presión social produjo en ella un acto de conversión, a través del cual la guerrera, mujer de luna y arte, floreció. En 2003 viajó a Chile junto a su compañero de profesión y de vida, Matías Belmar, para formarse como actriz circense. El Circo del Mundo fue su espacio de formación. Luego fundó


28 en la ciudad de Santiago de Chile, el Espacio Círculo, espacio que actualmente sigue en actividad con el nombre de Casa Bufo. Hasta ese entonces, sus actividades no le habían dado la oportunidad de crear. Optar por vivir en el campo, a las afueras de Santiago, y ser madre fueron las dos cosas que la ayudaron con ese pendiente. Una de sus primeras creaciones fue “El Gran Circo de Olga la Pulga”, obra que se sigue presentando hasta hoy como repertorio de su grupo: el Círculo de Artes Escénicas. Para Tanya, “las obras deben durar muchos años, para eso se crean, no tiene sentido un debut y despedida”. Tanya considera que es una mujer incansable, una empresaria del arte. Sin temor a hablar de la empresa artística, desde la concepción primera de las grandes compañías familiares en las que los espectáculos podían girar alrededor del mundo entero, promocionando su trabajo; Tanya afirma que ese entendimiento fue el que la condujo a producir sus creaciones. Además de ser parte del elenco de las obras, se dedica a la producción. “Soy productora porque creo que hay que tener la voluntad para que los sueños se cumplan”. Ha logrado fusionar muy bien el trabajo y las otras dimensiones de su vida, al punto de considerar que la frontera entre lo laboral y lo privado se ha borrado absolutamente, ya que su profesión está

integrada a sus decisiones vitales: “La vida ha sido generosa conmigo y me ha permitido vivir una vida en la que no siento la división del arte y el trabajo, por suerte mi familia es mi empresa, por ahora se constata que algunas de las compañías que persisten y han tenido éxito en el mundo del arte, han sido aquellas que se hallan dentro de un núcleo familiar”. Su retorno a Ecuador marcó con más fuerza su necesidad de producir desde el arte. “La Insensata” fue uno de los proyectos que emprendió en Quito, un espacio independiente ubicado en Tumbaco, una carpa de circo, un espacio escénico de creación circense. “Todo cirquero sueña con tener una carpa, nosotros -Matías y yo- llegamos a tener la nuestra porque en el circo es muy importante el espacio. Los cuerpos y los objetos pueden moverse hacia arriba, hacia los lados, con una libertad incomparable. Casi ningún teatro en Quito tiene las dimensiones espaciales para crear este tipo de espectáculos”. A pesar de haberse constituido como un referente artístico alternativo, el proyecto duró un año, debido a problemas con la comunidad circundante, que no comprendía la dinámica de trabajo artístico en una carpa de circo, y sobre todo -menciona- por las dificultades económicas que conlleva sostener un espacio artístico alternativo como “La Insensata”, en una ciudad que no cuenta todavía con públicos que


29 consumen productos culturales escénicos. Actualmente la carpa se encuentra en la ciudad de Guayaquil. Antes de despedirse, Tanya toca una parte muy importante de su vida: su mundo espiritual. El respeto por la Madre Tierra, por las sabidurías atávicas del territorio latinoamericano, y el reconocimiento de la potencia creadora de la feminidad; búsquedas que le han permitido encontrarse con otras mujeres de cantos y danzas de otros territorios, con quienes comparte esa veta creativa que brindan las raíces espirituales ancestrales. Espacios como el Encuentro de Mujeres de Luna, que crece año con año, han fortalecido el proceso de reconexión con la magia de la creación y la transformación espiritual de Tanya. “Me gustaría que me recuerden como una mujer que logró cumplir sus sueños”, es la frase con la que su risueña voz cerró esta grata visita a su intimidad. *Semaforear: Números artísticos para espacio abierto de corto formato, que se realiza en los semáforos de las ciudades mientras el tránsito se encuentra detenido. Fuente: Entrevista realizada por María Fernanda Auz. Septiembre de 2018.


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Fotografía: Gonzalo Guaña Obra: Atomizos Lugar: Guayaquil – Ecuador


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Yelena Marich Alvear La danza me ha empoderado para sentirme feliz. Para eso vinimos a esta vida, para ser felices. El mérito es perseverar y la meta es ser feliz. Al otro lado del teléfono, Yelena espera. Paciente y dispuesta a hablar de su intimidad, se asegura de que, en Ecuador, tengamos las mejores condiciones para poder hablar con ella. Agradecida por este reconocimiento nos relata sus inicios como bailarina. Inspirada por las imágenes de bailarinas en la televisión, que su abuela veía cuando ella era muy pequeña, Yelena supo que ella quería volar como aquellas mujeres. Las expresiones de esos cuerpos la atraparon de tal forma, que insistió con tesón para que la inscriban en una academia de danza. El camino de Yelena en la danza empezó a los siete años, cuando en Guayaquil solo había una o dos academias dedicadas a la formación dancística. Ingresó a la Escuela de Danza de la Casa de la Cultura Ecuatoriana núcleo Guayas, sin saber que en el futuro enseñaría y dirigiría durante varios años esta institución, dándole un giro metodológico y una estructura moderna a este espacio. Yelena define su identidad artística desde el espacio de la danza clásica y de la danza

contemporánea, como bailarina-intérprete. Recuerda que su infancia había muchas carencias de sustento y de afecto, lo que la hizo compenetrarse con la danza de manera profunda, pues su melancolía podía transformarse en algo bello, dándole la fortaleza emocional para convertirse en una de las mejores bailarinas de ballet clásico de la época. Una de las personas más influyentes en su formación artística fue Douglas López, bailarín con mucha experiencia y formación en Europa, quien posteriormente se convertiría en su compañero de vida, padre de sus hijos, y co-fundador de la Compañía de Ballet Teatro Sudamericano, en la que bailó durante varios años. Otros maestros importantes fueron: Fernando Alonso, María de los Ángeles Reyes, y el australiano Philip Beamish, con quien creó en Guayaquil, la compañía Ballet Concierto, también junto a Douglas López. La muerte Douglas marcó en Yelena un cambio no solo a nivel emocional, sino a nivel profesional, ya que su camino dentro del ballet clásico lo había transitado junto a él, camino que en cierto modo, estaba incompleto, pues Yelena sentía que habían territorios expresivos que le faltaban abordar. Viajó a México, lugar que le abrió la mente. Entre Culiacán, Monterrey y ciudad de México, se formó con varios maestros y se introdujo en la creación e inves-


32 tigación del movimiento propio desde la danza contemporánea. “Hay que investigar mucho para hacer la creación escénica”. El fallecimiento de Douglas la obliga a regresar a Guayaquil en donde tuvo que comenzar de cero, situación que cambió radicalmente su vida, pero que no la alejó de las tablas. Sin miedo a desaprender, exploró el movimiento de bailarines de danza contemporánea en Quito, con maestros como Wilson Pico y Klever Viera. Posteriormente, tuvo la suerte de poder viajar a Estados Unidos, México y Europa, en donde reforzó sus conocimientos. Empieza a dar clases de ballet en 1982 y desde ese entonces se ha dedicado a la enseñanza. Ha sido maestra alrededor de 36 años. “Como maestra de danza clásica he formado alrededor de 25 generaciones de alumnos, desde los 7 años de edad, hasta su adultez, es decir que comenzaron desde niños hasta cumplir los 18 años, cuando culminaban sus diez años de estudio bajo mi tutela”. Además, se ha consolidado como coreógrafa, realizado creaciones en danza contemporánea personales, y también reposiciones de ballet clásico para alumnos de la Escuela de danza de la Casa de la Cultura. Durante 21 años fue la directora de este espacio, en el cual se dedicó no solo a la formación, sino a la producción de espectáculos.

Con una voz convencida nos dice que una buena formación artística parte del conocimiento de nuestras raíces, “hay que saber de dónde venimos para saber hacia dónde ir, muchos estudiantes vienen buscando la danza clásica, pero nosotros complementamos su formación, por esta razón, a la par se les enseña danza folklórica y contemporánea”. Según Yelena, la danza no se debe tomar como un pasatiempo porque requiere de entrega y personalidad. Además, no se trata solo de tener una buena técnica, sino de contar con una formación humanista y amplia, “el bailarín no se forma solo en el salón de clase, sino en la vida, ella es la que te da un discurso poético en tus creaciones”. Actualmente impulsa el Festival Internacional de Danza, CIAD, con la intención de reavivar el amor y la pasión por la danza, de crear nuevos públicos para los repertorios dancísticos, y de apoyar la formación de bailarines y bailarinas jóvenes en el extranjero, a través de becas representando al Ecuador ha pisado varios escenarios de Estados Unidos, México y algunos países de Europa y en base a su arduo trabajo ha forjado su renombre, aunque a ella no le gusten los reconocimientos y cuestione esas formalidades que deben concretizarse de otras maneras más reales, como por ejemplo, con el apoyo institucional


33 para la formación continua de bailarines profesionales. Como artista mujer Yelena expresa que ha tenido conflictos, los tropiezos se han dado por la excesiva competitividad a la que varios de sus compañeros colegas la han querido someter, “pero yo he tratado de mirar a los lados y he continuado trabajando más allá de esas dinámicas. Soy generosa con mi trabajo, con otras personas, y he aprendido a serlo conmigo misma”. Yelena concluye que si no hubiese sido por la danza, ella hubiese sido una mujer dedicada a sus hijos, desprovista de cualquier aspiración personal, pero “mi educación y formación artística me han dado elementos para comunicar desde el interior, lo que me duele afecta y apasiona a través del movimiento de mi cuerpo”. Fuente: Entrevista realizada por María Fernanda Auz. Septiembre de 2018.


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Zoila Ugarte “Por las obras de los artistas, conocemos la civilización de un pueblo”. Zoila Ugarte Tomado de: Zoila Ugarte de Landívar. Patriota y Republicana “Heroína ejemplar del feminismo”.

En una sociedad en la que las mujeres debían conformarse con papeles secundarios, irrumpe la figura de Zoila Ugarte, como periodista, escritora, profesora y defensora de los derechos y libertades especialmente de las mujeres. Su pensamiento y su obra se nutrieron del liberalismo radical, corriente desde la cual apoyó, en un primer momento, al movimiento que generó la Revolución Liberal en el Ecuador, en 1985; y con el cual rompió por discrepancias con el mismísimo “viejo luchador”, Eloy Alfaro, líder visible del mencionado movimiento histórico. Alfaro la criticó por su radicalidad, especialmente con respecto a la ampliación de derechos que las mujeres alcanzaron en ese período. Desde la perspectiva de Zoila, faltaba mucho por hacer en temas de acceso educativo, libertad de prensa, y educación anticlerical para sus congéneres. Nació y creció en El Guabo- El Oro (1868), en una familia numerosa y acomodada, gracias a la producción de cacao. A sus 12 años ya era una pequeña propietaria, sin embargo, sus intereses se dirigieron hacia otros asuntos. Sobre

su educación no hay certezas, sin embargo, su temprano desarrollo intelectual evidencia que recibió una buena educación. Algunos historiadores suponen que se educó en Lima-Perú, otros sostienen que junto a sus hermanas viajó a Riobamba-Ecuador, en donde se educó con la religiosa Mercedes Molina, de origen guayaquileño, quien fundó la congregación de las Hermanas de Mariana de Jesús en la mencionada ciudad. Otra de las versiones es que Ugarte recibió una educación de primera en su casa. Su padre le había enseñado a leer desde muy pequeña, a partir de ello, fue ella quien continuó auto-educándose. Entre 1894 y 1905, Guayaquil se convirtió en una ciudad de novedades y progreso gracias al “boom del cacao”. En este momento, Zoila se ligó al primer grupo de mujeres que hicieron periodismo, y logró publicar sus escritos bajo el pseudónimo de Zarelia. Así mismo, entabló amistad con escritores y artistas guayaquileños, como Lastencia Larriva, Numa Pompillo, Mercedes González de Moscoso, Carolina Febres Cordero, Rita Lecumberry, Dolores Sucre, entre otros. En plena Revolución Liberal, Zoila hace del periodismo su profesión. Fundó la revista La Mujer con la intención de dar espacio a las mujeres literatas; sin embargo, la iniciativa solo alcanzó a dar a luz seis números. A pesar de que las redactoras de esta publicación generaron varias estrategias de autofinanciamiento, y hasta solicitaron ayuda económica a los legisladores del país identificados con el liberalismo, La Mujer no se mantuvo en circulación.


36 Desde su bastión, en el que se transformó dicha revista, Zoila mostró gran lucidez política en favor de la ampliación de derechos de las mujeres. A través de un estilo literario capaz de seducir al público lector, y usando hábiles estrategias literarias para interpelar duramente a una sociedad profundamente conservadora, Zoila se impuso como la primera periodista ecuatoriana. “La ignorancia no es garantía de felicidad, y aunque lo digan, no nos convenceremos jamás de que la mujer instruida sea incapaz de virtudes domésticas, imposible nos parece, que quien tiene aptitudes para comprender lo abstracto, no pueda ejercer cualquier oficio de aquellos, que no requieren más talento que un poco de voluntad. Las mujeres como los hombres poseemos un alma consciente, un cerebro pensador (...)”, escribiría Zoila en un editorial de esta revista, en abril de 1905. La desaparición de la revista La Mujer no significó un obstáculo para el trabajo de Zoila. Se mantuvo activa, participando en varios periódicos, el más importante fue La Prensa, que se convirtió en la tribuna desde donde continuó difundiendo su pensamiento. Fue una mujer muy activa y siempre interesada en temas culturales sociales y políticos. Ingresó a la Escuela de Bellas Artes de Quito donde aprendió dibujo, escultura, litografía, historia del arte y grabado, se destacó en todas estas actividades. En esta época, escribió ensayos y artículos sobre estética y arte, que fueron publicados en revistas culturales

como la revista Espejo y la Revista de Bellas Artes, ambas de la capital ecuatoriana. Pasados los tiempos de Alfaro, Zoila no dejó de ocuparse de los asuntos políticos de la época: la implementación de sistemas de salud pública ampliados y gratuitos, el reconocimiento de las poblaciones indígenas como sujetos de derecho, la educación laica en todos los niveles, y por supuesto la lucha por el reconocimiento de las mujeres como ciudadanas de pleno derecho. Ya en Quito, fue directora de la Biblioteca Nacional, ubicada en esta ciudad. Formó parte del Comité Auxiliar de Señoras del Congreso Científico Panamericano, (posteriormente Comité Femenino de Cooperación Internacional). Fiel defensora de la educación pública, fue profesora de Lengua y Literatura de los colegios laicos de mujeres Manuela Cañizares y Fernández Madrid, en este último y con su participación directa, nació la revista “Alas”. Queda claro que incluso en sus últimos años de vida, Zoila estuvo ligada a las letras y a los círculos culturales e intelectuales del Ecuador. Sin claudicar en su lucha por la emancipación de las mujeres, murió en 1969, a los 101 años de edad. Fuente: Rodas, Raquel (2011). Zoila Ugarte de Landívar. Patriota y Republicana “Heroína ejemplar del feminismo”. IAEN. Quito-Ecuador.


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www.mandragorateatro.org

www.mujeresenescena.com

www.transitandohuellas.com


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Transitando Huellas 2018  

Catálogo de la exposición "Transitando Huellas 2018". Pensar en la historia de cada una de las mujeres artistas que están invocadas en esta...

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