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Universidad de Guadalajara Itzcóatl Tonatiuh Bravo Padilla Rector General Miguel Ángel Navarro Navarro Vicerrector ejecutivo José Alfredo Peña Ramos Secretario general Héctor Raúl Solís Gadea Rector del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades Alberto Castellanos Gutiérrez Rector del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas Ernesto Flores Gallo Rector del Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño Ángel Igor Lozada Rivera Melo Secretario de Vinculación y Difusión Cultural del Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño

Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio electrónico o impreso sin previa autorización de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Comité Organizador Raúl Padilla López Presidente Marisol Schulz Manaut Directora General Tania Guerrero Directora de Operaciones Laura Niembro Directora de Contenidos María del Socorro González Administradora general Mariño González Coordinador general de Prensa y Difusión Bertha Mejía Coordinadora general de Patrocinios Armando Montes Coordinador general de Expositores Rubén Padilla Coordinador general de Profesionales Ana Luelmo Coordinadora general de FIL Niños Dania Guzmán Coordinadora de Edición y Diseño Ana Teresa Ramírez de Alba Productora Foro FIL


Katya Adaui | Perú ............................................................................... 6 Claudia Apablaza | Chile ..................................................................... 8 Bernabé Berrocal | Costa Rica........................................................... 10 Álvaro Bisama | Chile ........................................................................ 12 Erick Blandón | Nicaragua ................................................................ 14 Isabel Burgos | Panamá .................................................................... 16 Matías Correa | Chile.......................................................................... 18 Tere Dávila | Puerto Rico.................................................................... 20 Patricia Engel | Colombia.................................................................. 22 Mercedes Estramil | Uruguay............................................................ 24 Federico Falco | Argentina................................................................. 26 Antonio García | Colombia................................................................ 28 Luis Diego Guillén | Costa Rica.......................................................... 30 Miguel Huezo | El Salvador................................................................ 32 Julián Martínez | Cuba....................................................................... 34 Mario Martz | Nicaragua..................................................................... 36 Sergio Olguín | Argentina................................................................... 38 Johann Page | Perú............................................................................ 40 Giovanni Rodríguez | Honduras ....................................................... 42 Ramiro Sanchiz | Uruguay................................................................. 44 Leonardo Sanhueza | Chile............................................................... 46 Carlos Henrique Schroeder | Brasil.................................................. 48 Karla Suárez | Cuba............................................................................ 50 Abdón Ubidia | Ecuador..................................................................... 52 Wilmer Urrelo | Bolivia....................................................................... 54 Diego Vargas | Chile............................................................................ 56 Yuri Vásquez | Perú............................................................................. 58 Carlos Yushimito | Perú..................................................................... 60 Histórico de Participantes de Latinoamérica Viva........................ 62


Agradecemos su valioso apoyo a: Anamá Ediciones, Consejo Nacional de la Cultura y las Artes del Gobierno de Chile, Dirección Nacional de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay, Dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería Argentina, Dirección de Literatura de la UNAM, Embajada de Colombia en México, Ministerio de Cultura de Ecuador, Festival Centroamérica Cuenta, Festival de la Palabra de Puerto Rico, Ministerio de Cultura del Perú, PromPerú, Uruk Editores y Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia.

Proyecto editorial y curaduría: Laura Niembro Cuidado de la edición, logística y operación: Melina Flores Hernández Diseño editorial: Javier Ojeda Diseño web: Leonardo Ureña y Noé Dávila Traducción portugués-español: Mercedes Guhl


Cinco años de vivir Latinoamérica La Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en su edición 31, afianza el programa Latinoamérica Viva como una plataforma para las voces de literatura escrita en español, en la que los lectores encuentran una ventana literaria para enriquecer sus lecturas, y los profesionales del libro opciones para ampliar sus catálogos editoriales. Hace seis años ya, que celebramos nuestro 25 aniversario con el programa literario Los 25 Secretos Mejor Guardados de América Latina, que apostaba por voces emergentes de la región que forman hoy, parte del referente contemporáneo de la literatura latinoamericana. Este año celebramos con orgullo el quinto aniversario de este proyecto, que tiene como motor la confianza y el apoyo otorgado por cada una de nuestras contrapartes que han formado parte esencial de él, a todos ellos: gracias. Gracias por ayudarnos a construir el puente para estas 126 voces literarias que han traspasado sus fronteras geográficas para conseguir que sus realidades literarias se encuentren, dialoguen y compartan con el público de la FIL. Gracias a los 126 autores que han apostado por hacer pie de casa a la narrativa latinoamericana y acoger a Guadalajara como el punto de encuentro, a escala mundial, para coincidir con sus pares y consolidar este encuentro de las letras como un referente literario de la región. Para nosotros es un privilegio obsequiar a los lectores esta muestra de la enorme calidad literaria que abunda en nuestro continente, y dar un espacio en cada una de las sesiones de Latinoamérica Viva a escritores de distintos países, consagrados y noveles, para derribar muros y encontrar coincidencias e incidencias en su quehacer literario. Sean pues, bienvenidos desde todas las latitudes: del Cono Sur a Centroamérica, del Caribe a las cordilleras andinas, y por supuesto de Brasil, al que abrazamos como parte de nuestra identidad latinoamericana. Bienvenidos a un capítulo más de esta historia, más viva que nunca.

Laura Niembro Directora de Contenidos


PERÚ, 1977

Nací en Lima en uno de sus febreros más calurosos. Mi familia paterna migró al Perú desde Belén. Mi familia materna; desde Pinzolo. Vivían en zonas de frontera. ¿Qué tan peruana eres?, me preguntan a veces. Yo me pregunto: ¿qué tanto de frontera hay en mí? El examen vocacional del colegio me aconsejó que me dedicara al periodismo y no a la literatura: “Eres muy social y la literatura es una vocación solitaria”. Estudié periodismo y trabajé demasiadas madrugadas como redactora de un noticiero. He escrito los libros de cuentos Aquí hay icebergs, Algo se nos ha escapado, Un accidente llamado familia y la novela Nunca sabré lo  que entiendo. Estoy coescribiendo el guión de un thriller junto con el director Daniel Rodríguez Risco y conduzco, con el escritor Ezio Neyra, el programa RadioLibros por Radio Nacional. He adaptado uno de mis últimos relatos, “Siete olas”, para una obra de microteatro que se estrenará en Lima a fin de año. La fotografía es un segundo lenguaje. Otra forma de editar la vida. Viajo cada vez que puedo.

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Soy nadadora. Yo también quisiera volver a casa uniendo a nado todas las piscinas.

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No sé manejar auto, no me interesa. Hago mi vida en bici. O caminando. Mi perra tiene nombre de persona. Llevamos trece años juntas. Es mi relación más larga.


Fragmento de “Siete olas” Hoy mi madre y yo volveremos a vernos. Cobraremos el dinero del seguro de vida de mi padre, ¿quién podría decir que los muertos no hacen obras de bien póstumas? Me observa llegar, sonríe. Se pone de pie. El beso fascinado, corto. Ella es mi mejor obra y se ha ido volando, me presentaba. Me acostumbro al pelo rojo, chompa fucsia, pantalón azul eléctrico. De chica, ser como ella. Maquillada, impresionar, lista para representar la vida. Debería alegrarme de verla. Me preparo. Uno elige, la mayoría de veces, los lugares. Esta situación nos elige. Ser fotógrafa, comparar las imágenes tomadas al mismo espacio año tras año: “Me paré en el lugar del encuadre para ver los cambios y comprender los ángulos”. No me engaño. Han pasado siete meses, dos estaciones y media: mi madre es la misma. Como esta ciudad: a todo se adecúa.

Tomado de: Adaui, Katya. Aquí hay icebergs. Perú: Penguin Random House, 2017

¡Ni que tuvieras próstata! Me conoce. Firmamos. Agradecemos con palabras mutiladas. Me dice, ¿almorzamos?, yo invito. ¿Me vas a dar la mitad? Empuja su plato hacía mí. Una risa entreabierta: Tú ya tienes tu parte. (La miro. Sus aretes tiemblan). Me debía quince mil dólares. ¿Para qué le prestó a su hermano la plata que yo le di? Los dos están muertos. Todo el día haciendo la del egipcio, tu padre. Una mano adelante y otra atrás. Me dejó… Dame un solo papel que lo demuestre. Dejó lo mismo que gasté. Dejar, tu padre siempre fue bueno dejando. Lo abandonaste. No he venido aquí a pelear. Si estás menstruando, tu problema. Me duele todo. ¿Y mi dolor? Eres joven. A los jóvenes no les duele nada, quizás el exceso de vida. Fueron dos semanas. Agradece, es poco tiempo. ¿Y tú? ¿La exesposa cuidando al exmarido? ¿Te parece? Hazme acordar, ¿cuándo se divorciaron? Si quieres te cuento lo que me hacía tu padre. Juré nunca decirlo. Ahora come y deja comer. Fueron las dos semanas más largas. Vacaciones no iban a ser. Y es obligación de los hijos cuidar a los padres. Ley de la vida. Tú tienes dinero, siempre lo has tenido. Tú cobras un sueldo todos los meses, ¡yo no! (Saco el cheque del bolsillo del jean. El día de su cumpleaños setenta, mi padre dictaba una clase, el director de la escuela irrumpió en su salón y le entregó una carta felicitándolo por sus treinta años de servicios. Sus alumnos chillaban contentos, lo interrogaban sobre el futuro sin entender: la carta era una despedida. El optimismo obligatorio deprimió a mi padre. Hasta que no vaya al banco a endosarlo, este papel es uno cualquiera).

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Cuando estoy nerviosa, me provoca orinar. Me aguanto las ganas, no soportaría escucharla agitarse:

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CHILE, 1978

Mi nombre es Claudia Apablaza, soy escritora. He publicado seis libros a la fecha, tres novelas: Diario de las especies, EME/A y Goo y el amor; y tres libros de cuentos: Autoformato, Siempre te creíste la Virginia Woolf y Todos piensan que soy un faquir. Este año 2017 publicaré mi séptimo libro, la novela Diario de quedar embarazada por Ediciones B. He publicado mis libros en varios países: México, Estados Unidos, España, Perú, Venezuela, Cuba e Italia. Y textos míos se han traducido al inglés, italiano, portugués, ruso y francés. He ganado dos premios importantes, el de cuentos de la Revista Paula, el año 2005, y el Alba de narrativa, que se entrega en Cuba para escritores menores de 40 años, el año 2013. Viví durante seis años en Barcelona, de 2006 a 2012, donde estudié, trabajé y escribí mucho. Fui con una beca por un año, pero luego quise quedarme porque se me abrieron otras oportunidades. He estado en tres residencias de escritores: el año 2012 fui becaria del The Liguria Study Center, en Bogliasco, Italia; en 2014, en Banff Centre, Canadá, y en 2013, en el MAM de Chiloé. Ahora estoy casada y tengo una pequeña hija de un año. Me encanta lo que hago, amo la escritura, la edición y la lectura. FIL GUADALAJARA

Coordino y fundé la editorial Los Libros de la Mujer Rota, donde me dedico a editar y a hacer redes sociales.

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©Jorge Núñez Riquelme


Fragmento de Diario de quedar embarazada Ya estoy en mi octavo mes de embarazo, 36 semanas. Se está embarazada y la guagua es uno mismo, hay una especie de cuerpo doble unido en un solo lugar. Tengo presente en cada segundo que hay alguien viviendo en mí o conmigo en mi barriga, y que es, mientras está atada por ese cordón, mi cuerpo, somos yo y ella misma.

Tomado de: Apablaza, Claudia. Diario de quedar embarazada. Chile: Ediciones B, 2017

Es una niña. Siento cómo se mueve. Dos o tres patadas cada una hora. Tengo que concentrarme en el texto. Me cuesta. Mi cabeza está puesta en el cuerpo. Tengo que corregir, darle forma y unidad a lo que escribí hace años. Fijar mi mirada en las letras, ordenar las ideas. Darle coherencia, intensidad. Día -42 Acabo de llegar. Me dieron una beca para venir a escribir este libro. Estaré 42 días acá. Bogliasco es un pequeño pueblo a veinte minutos de Génova, está cruzado por el mar Mediterráneo y unos pequeños cerros que me recuerdan a un pueblito costero en la zona sur de Chile. En Bogliasco viven alrededor de 1000 personas. Llega un tren hasta este pueblo, también autobuses rurales. Tomé un avión desde Santiago de Chile a Barcelona, luego el avión desde Barcelona hasta Milán. Luego el tren Milán Génova. Pero me equivoqué al tomar el tren en Milán y me fui camino a Ginebra. Ginebra en inglés se escribe Géneva. Recorrí una hora y media hacia Ginebra. Había sólo rubios o blancos blancos en el tren. Mujeres casi calvas, sutiles y de ojos azules tomando el té. Me bajé cuando me di cuenta que escuchaba hablar en suizo y no en italiano, le pregunté a la mujer que corta los boletos y me dijo: vamos hacia Ginebra, en la próxima estación te bajas y tienes que regresar hasta Milán, luego tomar un tren hacia Génova, desde ahí a Bogliasco. Todos se confunden.

Llegué a Milán. La estación de trenes es enorme. Tenía mucha hambre, pillé un café donde vendían unos sándwiches vegetarianos. Me compré dos. Emprendí el viaje hacia la residencia.

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Nadie más se bajó en esa parada. Quedé sola en medio de la nada. Había un cartel roído que decía Varese. Hacía mucho frío. Traté de ubicar un teléfono público para llamar a la residencia y decirles que estaba bien. No había ni uno, sólo una cafetería desde donde salía olor a café recién preparado. Me subí a un nuevo tren. Estuve esperando 20 minutos. Tenía pensado decirle al hombre de los boletos que me había equivocado. Nunca pasó el hombre de los boletos.

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COSTA RICA, 1978

Cuando niño contaba chistes y mi abuela daba por hecho que yo sería comediante, hasta que un día me sorprendió en el patio quemando hormigas, con una lupa: la sostenía en dirección al sol, colocaba los insectos sobre un plato y les apuntaba. Mi abuela me arrastró hasta la casa, al tiempo que con el rabillo del ojo atisbaba yo la fila de hormigas, imperturbables en su faena, ajenas a la desdicha de sus congéneres carbonizadas en el plato. ‘Abuela, déjame contarte un chiste’. ‘Cállate, eres un perverso mocoso hijo de tu madre’. En 2011 publiqué mi primer libro de cuentos. Para congraciarme con los insectos que una vez torturé, el título del libro es Hombre hormiga. En revistas de la Universidad Nacional, en Costa Rica, publiqué mis primeros cuentos, luego coordiné un grupo cultural llamado Taller Literario Alajuelense, organizando coloquios con escritores y talleres de escritura creativa. En 2015 participé en la Feria del Libro de Guatemala.

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En 2017 publiqué la novela Archosaurio (Uruk Editores), escrita partes con la memoria y otras con el hígado para desmitificar no solo el ideal del ciudadano tico dentro de su mundo, sino del individuo en general, en medio de la sociedad y la historia en que ha sido sembrado. A muchos les ha parecido un texto cómico, pero mi abuela habría pensado diferente. Resido en Playa Jacó, Costa Rica, una bahía tras montañas cuya frondosidad barroca me recuerda en algo la obra de Carpentier. Aquí escribo y leo, entre perros y gatos.

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Fragmento de Archosaurio “En tiempos de la guerra, los soldados iban con los ojos fijos en el cielo cuando heridos o desahuciados por el cólera eran llevados en carretas de regreso a San José, estrujados entre hombres fallecidos en el trayecto varias horas atrás. Cada cierta cantidad de kilómetros, con pañuelos atados sobre nariz y boca, los boyeros paraban la yunta para bajar a los muertos y entonces los agonizantes se esmeraban en emitir algún quejido, no fueran a acabar erróneamente en la fosa común, a menudo proveída por la propia naturaleza: el zanjón resultante del deslizamiento de un paredón que no pudiera ser divisado desde el camino o la oquedad dejada a orillas de un río por la caída de un higuerón. Un padre nuestro rezado con premura y la cal, eran los únicos miramientos que respectivamente se guardaban en consideración del alma que marchaba al más allá y del infeccioso cuerpo que esta dejaba atrás. Solía pasar que si un boyero lanzaba una palada de cal sobre la cara de un hombre que yacía en la fosa, este tosía, entonces era puesto de nuevo en la carreta.

Tomado de: Berrocal, Bernabé. Archosaurio. Costa Rica: Uruk Editores, 2017

― Este hombre ya está muerto― sugiere el muchacho que viaja al lado del único soldado acostado en la carreta. El que va adelante, dirigiendo el paso de los animales, detiene la marcha y sube a la carreta, apoya cuatro dedos en el cuello del soldado, bajo el arco de la mandíbula. ― Todavía tiene pulso― dice al ayudante. Baja y con el chuzo da un golpe al yugo cuyo repique asemeja al que emiten las ruedas en sus ejes. Los animales reanudan el paso y los hombres siguen en silencio. Se vienen turnando en la guía de la yunta. ― El pulso se toma en la muñeca. ― Pero es más débil, el del cuello es el que decide. ― En todo caso no va a llegar a Puntarenas, pasemos la noche aquí. ― Si está cansado duerma, hay campo de sobra en la carreta ― señala al cielo―, además debemos aprovechar que hay buena luna.

― No me voy a acostar a la par de un muerto― reclama el ayudante, sin embargo asegura uno de los torniquetes de la pierna, al notar un charco de sangre―. Qué agradecidos son los animales― añade de pronto, percatándose de la perra que viene tras la carreta―. Dicen que lo siguió desde Alajuela”.

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El ayudante mira al soldado. Le han puesto pedazos de tela bien socados en brazos y piernas, a manera de torniquetes, buscando contener la hemorragia provocada por los disparos.

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CHILE, 1975

Lo básico: escribo ficción y crónicas. Me interesa contar historias. He publicado varios libros. Algunos de ellos son las novelas Caja negra, Estrellas muertas, Ruido,  Taxidermia  y  El brujo, además de los volúmenes de ensayos  Cien libros chilenos,  Televisión  y  Deslizamientos; y los libros de cuentos Death Metal, Los muertos y Cuando éramos hombres lobo.

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Vivo en Santiago. Viví antes en Villa Alemana y Valparaíso. Colaboro como columnista en las revistas Qué Pasa  y el diario  La Tercera, y trabajo como director de la Escuela de Literatura Creativa de la Universidad Diego Portales. Nunca he hecho esto (escribir mi biografía) en primera persona. Es raro. 

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Fragmento de Laguna Bisama, Álvaro. Laguna. (Novela inédita)

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El animal quedó en su memoria. Se arrastró por generaciones. Una bacteria dentro de una célula. Una célula dentro de otra célula. La memoria es un virus. La criatura dormida bajo el mar. El dios sin forma. Los sacrificios. Cuando las familias de clase alta se mudaron de Valparaíso a Viña, seguía ahí. Las familias invadieron los fundos. Las familias cambiaron la ciudad. Viña se volvió Viña. La criatura dormía abajo. Algunos niños empezaron a soñarla. Un recuerdo sin forma. Un miedo sin nombre. Algo que les despertaba de noche. Empezaron a hablar. Descubrieron que no soñaban con ella. Soñaban lo que ella soñaba. Sus sueños atravesaban la tierra. Abrían brazos que no eran brazos. Tocaban el borde de la noche. Los niños se encontraron en los patios de los colegios. Hablaron. Compartieron las pesadillas. Los sueños de la criatura. Los abismos. Lo que miraba su ojo muerto. Los rostros de los peces sin nombre. La carne que cubría los edificios. Las puertas de coral que devoraban las casas.  Las voces que hablaban sin palabras. Las lenguas invisibles. Las almas de los muertos que iban al mar. El aliento de los cuerpos celestes. Algunos niños escribieron diarios. Anotaron las pesadillas compartidas. Letra temblorosa. Escribieron para exorcizar sus sueños. Algunos se volvieron locos. Se arrojaron desde sus habitaciones. Rompieron vidrios con las manos. Huyeron a los cerros. Se subieron a los árboles. Uno de ellos se perdió en Europa. En una guerra. No sé cuál. Otro fue a París. Los sueños atravesaron el mar. Los sueños lo atraparon. Ya no era niño. Anotó todo. Se encerró en una buhardilla. Comía cuervos. Los cazaba con un trampa. Escribió con sangre y mierda en las murallas. Vio cadáveres sin cabeza. Vio hombres que no eran hombres. Vio fantasmas con ojos en el pecho. Escribió. Su letra dejó de tener sentido. Se transformó en el dibujo de la silueta de la criatura. Las respiraciones de todos estaban sincronizadas. Un hermano lo fue a buscar. Lo metió en una casa de locos en Créteil. El hermano era psiquiatra. Anotó sobre las pesadillas. Él no las tenía. Los sueños eran selectivos. No eran para todos.  El hermano practicaba espiritismo. Llamó al animal. El animal no vino. Luego los niños se hicieron adultos. Los sueños los dejaron. El animal se olvidó de ellos. El hombre en la casa de locos de Créteil sanó. Volvió a Chile. Viña creció. Se casó. Tuvo hijos. Se mudó a Santiago. Se perdió de vista. El animal dejó de soñar por décadas. Los niños se volvieron ancianos. Una noche volvieron a soñar. El sueño fue el mismo para todos. El sueño no era un sueño. El animal abrió los ojos en la oscuridad.

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NICARAGUA, 1951

Soy originario de Nicaragua, pero resido en Estados Unidos, donde trabajo como profesor investigador en la Universidad de Missouri-Columbia. Desde muy temprano participé en el movimiento estudiantil que derrocó a la dictadura dinástica de la familia Somoza. Completé en 1997 un master of fine arts (escritura creativa) en la Universidad de Texas, El Paso, para lo cual presenté, como trabajo final, la novela Vuelo de cuervos, que fue publicada ese mismo año por el Centro Nicaragüense de Escritores. En la novela se presenta a la revolución sandinista como mascarada y espectáculo de carnaval con el trasfondo trágico de la evacuación violenta de las aldeas miskitas, cuyos pobladores fueron confinados a un territorio irónicamente llamado Tasa Pre. También escribo poesía y cuentos, incluyendo Las maltratadas palabras (Managua, Vanguardia, 1993), una colección de poemas en prosa, y Misterios gozosos (Vanguardia, 1994) libro de cuentos eróticos.

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Como académico escribí una genealogía de la cultura hegemónica nicaragüense, que se publicó con el título de Barroco descalzo (Managua, URACCAN 2003). Sin abandonar la escritura creativa, me he mantenido muy activo como crítico literario y cultural con publicaciones en diferentes revistas académicas y literarias de Estados Unidos, Europa, y Centroamerica. En 2016 publiqué Rubén Darío, un cisne entre gavilanes (URUK, San José), biografía intelectual del líder del modernismo hispanoamericano, donde expongo los usos y abusos políticos que de su obra se han hecho en Nicaragua.

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Este año la editorial Alfaguara ha publicado en México una edición especial de mi novela Vuelo de cuervos, en ocasión de cumplirse el 20 aniversario de su primera edición. ©Marcelo Agudelo


Fragmento de Vuelo de cuervos La masa que se mueve en el ir y venir del rumor, desorientada porque no sabe por dónde va a pasar en caravana el sancta sanctorum, el cortejo de los paladines. Los jinetes del apocalipsis, los coronados de gloria, aquellos a quienes la fama saluda con sus largas trompetas, los invencibles y sabios guerreros, Alejandros y Nabucodonosores, príncipes florentinos que afeitaron temprano sus barbas guevaras, los desjarretadores de toros, los sumos pontífices que consagran a sacerdotes y sacerdotisas; ellos, a quienes nada más les basta mover un dedo o echar una ojeada para trocar en arte la más fútil anécdota, el brochazo más grueso, la nota más átona; los que tienen la potestad de decidir quién es eficiente y quién no; de quienes dependen la vida y la muerte, la paz y la guerra. El todopoderoso Coro de Ángeles que hoy honra a Brackman con su presencia.

Tomado de: Blandón, Erick. Vuelo de cuervos. Nicaragua: Alfaguara, 2017

Un rey, dos capitanes y un disfrazado de mona, con una comparsa de máscaras negras con colmillos, adornos de plumas en la cabeza y dijeros como delantales, con flautas de carrizos de montañas y tamborcitos de dos parches, acompañados de chischiles, ejecutaban y danzaban el baile de El Mantudo, abriendo el carnaval. Artero pasa adelante con un timbalero que suena a su paso el timbal, su sombrero de tres picos y su capa de torero concitan aplausos y vivas, una cadena de agentes del servicio secreto lo protege de la masa informe mientras él levanta el brazo sin dejar de conversar con el corifeo platinado que lo acompaña. Artero lleva siempre un disfraz, preparado para cualquier ingreso imprevisto al salón de la fama. Le obsesiona que la historia le cierre las puertas de su hospedaje y no le reconozca la paga del aposento que ha reservado. Se sueña guerrero, se imagina domando a las fieras, se oye tribuno, ensaya sus poses y corrige los versos de La Marsellesa. —También recibe cursos privados en los que aprende a no maniobrar, como batuta, el cuchillo de mesa —le dice al oído la de al lado al cronista de El Zaguán. —Olvídense de una vez de ese pedo al suelo —dice la comadre e imita con el pulgar y el índice la napoleónica estatura de Artero—. Mejor miren para allá, a la comparsa de los leoneses —añade, frunce los labios y los estira en dirección al corro, donde unas gigantonas bailan al son del atabal.

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Afrodísio, en su ir y venir a lo largo de la calle por donde avanzan sus pares del Coro de Ángeles, se ríe de Artero y comenta que el carnaval necesita de un palillón que crea que la banda sigue su ritmo mientras se impone otro son.

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PANAMÁ, 1970

Soy licenciada en comunicación social, por la Universidad Santa María La Antigua. Soy socia en un teatro, el teatro La Estación, en la Ciudad de Panamá. Me inicié en las artes mágicas del teatro en 1988, con el grupo universitario El Desván de la USMA. A escala comercial debuté en 1992 con el Violinista en el tejado, y he actuado, producido y dirigido incontables obras de teatro. Dirigí en el teatro La Estación: 5 mujeres con el mismo vestido, de Alan Ball, ¿Estás ahí?, de Javier Daulte, y Tránsito, de mi autoría. En televisión he participado como actriz en Llegó Matea, Tras las huellas del campeón y en Un día para recordar, de TVN. Escribí el guion televisivo de Tras las huellas de Mariano Rivera, para TVN. En cine participé como actriz en Historias del Canal y en Más que hermanos, actualmente en cartelera. Soy locutora comercial, escritora y entrenadora de actores y no-actores en técnicas teatrales.

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En 2010 publiqué mi primer libro de cuentos Segunda persona, que en 2017 llega a su segunda edición. Este año, en agosto, salió a la luz mi nuevo libro de microficciones Letras minúsculas. He participado en las antologías Tiempo al tiempo, 9 nuevos cuentistas panameños, Escenarios y provocaciones - Mujeres cuentistas de Panamá y México y Puente levadizo y Resonancias. Mis cuentos han sido publicados en las revistas Maga, El Guayacán, Panorama de las Américas y La Balandra. En 2014 gané el Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró, sección teatro, por mi obra Tránsito.

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Soy mamá, esposa, hija, hermana, ciudadana preocupada, lectora voraz, viajera empedernida y buen diente.

©Agustín Goncalvez


Celda de caracol Los ahogados vivimos en un perpetuo viaje. Nos subimos en corrientes submarinas y visitamos lugares increíbles, con bosques de algas y animales mágicos.  Desde abajo, las panzas de los barcos se ven como grandes naves espaciales, como enormes nubes de metal, como omnipresentes recordatorios de la vida que alguna vez tuvimos en tierra.  Vemos el sol en el día y las estrellas por la noche y nuestros ojos son como los ojos del mar. 

Tomado de: Burgos, Isabel. Letras minúsculas. Costa Rica: Fuga Editorial, 2017

A la pequeña Sofía, la niña del Mary Celeste, se le han enredado los cabellos en los corales. Nuestro viaje se detiene.  Los delicados jirones de su trajecito de hilo, que antes volaban en el mar como cometas, ahora giran sin sentido. Aterrada, nos ruega que no la dejemos, llorando pequeñas perlas blancas que los erizos tocan con sus espinas, curiosos, una vez alcanzan el fondo del mar.   No podemos permanecer mucho tiempo en un lugar: Solo el viaje permanente nos garantiza algo parecido a la eternidad. Tomamos una decisión propia del mundo abisal: enfrentados al horror, rompemos a reír a carcajadas, como locos, hasta causar una gran ola que revuelve el fondo y desarraiga a la ahogada de su cárcel marina.  Entonces miramos con alivio nuestras cuencas llenas de agua de sal, y flotamos hacia otra corriente que nos llevará al siguiente océano.  

La manada

La manada empezó a moverse, despacio primero, más rápido después, hasta adquirir un ritmo constante. Los caballos iban de recua y corrían perfectamente coordinados. Saltaban uno tras otro en una ola de músculos, huesos y sudor; en un mar de crines brillantes y monturas enjoyadas, haciendo de memoria el camino tantas veces recorrido. El joven alazán trató, por infinitésima vez de encontrar a su madre en la manada, pero ya era tarde.  La música terminaba y los niños, armados de globos y algodones de azúcar, desmontaban, dejando para siempre a los caballos encerrados en el pequeño infierno circular del carrusel. 

Dame tu mano dominante, le había dicho la quiromántica. El contador, un poco intimidado por el sonido de sus innumerables pulseras, le entregó la derecha. Ella la miró intrigada por unos segundos. Ahí no había nada más que marcas sin sentido. Molesta, tomó la mano izquierda de él y ahora sí pudo leerle, con creciente turbación por la obviedad de la disonancia, una gran vida de bohemio, de grandes amores, grandes placeres, grandes creaciones, grandes gestos. Él, pequeño en todo, supo que sus padres le habían robado su destino cuando de niño descubrieron que era zurdo y lo obligaron a ser como los demás.

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Destino

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CHILE, 1982

Nací en Santiago, tengo 35 años. Estudié filosofía e hice clases por algún tiempo —lógica y filosofía, historia de las ciencias, epistemología: esas materias enseñaba—, pero ya no. También he dirigido talleres de escritura, cosa que sigo haciendo, y desde algunos años trabajo como redactor y editor contenidos, además de corrector de estilo. Últimamente me paso la mayor parte del día dentro de una biblioteca municipal —de lunes a viernes y en horario de oficina, cumplo labores de empleado público: llevo casi un año trabajando como bibliotecario. Tengo suerte. Me gusta leer, es lo que hago la mayor parte del día. Eso, la lectura, significa goce, y creo que nunca está de sobra recordarlo.

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Además, si no fuera por los libros que he leído, difícilmente me habría animado a escribir las únicas tres novelas que he logrado terminar: Geografía de lo inútil (2010, Chancacazo Publicaciones, Santiago; 2015, Editorial Comba, Barcelona), Autoayuda (2014, Chancacazo Publicaciones, Santiago; 2017, Metalúcida, Buenos Aires) y Alma (2016, Literatura Random House, Santiago). Mi nombre es Matías Correa, estoy casado, voy a ser padre. No tengo mascotas, pero me llevo bien con los perros. Soy alérgico a los gatos.

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©Cristóbal Fredes


Fragmento de Alma Un ornitorrinco de vida. Extraño tanto el asombro… Hace un tiempo ya que Ene, la hermana del mago, un verano a media tarde también dejó entrever esa peculiar forma de melancolía en Quintay. En mi recuerdo se confunden ahora una larga película casera en prosa y su abrupto fin con el olor medicinal de la sal marina, el llanto alegre de las gaviotas.

Tomado de: Correa, Matías. Alma. Chile: Literatura Random House, 2016

Tendida sobre una toalla de playa, con el mar a sus espaldas, me preguntó si yo le haría un único favor. Por supuesto, accedí. Cómo no. Hablamos de trabajo esa vez. Discutimos también sobre la identidad de nuestras dos memorias: la propia y esa otra, la que se deja en herencia para los demás. En ese momento entendí a medias lo que me estaba pidiendo; se lo hice saber. Después me dio un beso, sonrió y, como por accidente, dijo que yo guardaba cierto parecido con la Vivi, su mamá, que había ganado fama de mujer genio, de extravagante y de bromista. Le contesté que sí, que podía ser. La Vivi ya casi se había jubilado para ese entonces, pero la gente en la empresa seguía pensando en ella como en una señora brillante, una lumbrera. Tuvo también sus detractores, los que al mayor de los hermanos de Ene tampoco le faltaron. Antes de que se hiciera de noche, en esa playa Ene me contó los pormenores de una de las diabluras de su mamá; sobre su hermano mayor, El Asombroso Doctor Lorca, en cambio, habló más largo, con mayor entusiasmo. Es cierto que las anécdotas y circunstancias no debieran importar tanto, pero a Ene estas cosas no podían serle indiferentes. Ella jamás tomaba distancia de los detalles. Tampoco arrancaba de las personas, mucho menos de los fantasmas. Ene abrazaba aquello de lo que la gran mayoría huía.

Sé que no debería, pero llevo en secreto un registro de mi trabajo. Esas impresiones de otras vidas se encuentran en uno de los clósets de mi departamento —junto a la canasta del gato, tras esas puertas a mitad del pasillo que da al que fue el escritorio de Ene. Procuro guardar esos retazos de biografías dentro de una caja de cartón reforzado donde tengo todo repartido en carpetas, archivadores y discos duros […]

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Es raro eso con lo que una se queda después de haber compartido una vida. Hoy en día no conservo memoria de todos los fantasmas que he resucitado desde que conocí a Ene, tampoco las peculiaridades de cada una de las biografías que he trabajado. Pero aún recuerdo aquello que vale la pena recordar. A eso nos dedicábamos ella y yo: a urdir y tramar, reacomodar la memoria de los demás.

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PUERTO RICO, 1963

Preferiría ser Acuario. Así no estaría siempre entre dos aguas, sino en una sola. En vez, como mitad cabra-mitad pez, me rondan monstruos, esos híbridos originales que, al igual que mi signo, son hechos con pedazos de cosas. Mis primeras dos colecciones de cuentos, El fondillo maravilloso (2009) y Lego (2013), están llenas de ellos. De hecho, soy una escritora dividida desde los seis años cuando, en la misma semana, escribí mi primer poema y mi primer jingle publicitario. (Compuesto en un piano de juguete para una heladería, con el único y auto lucrativo fin de que me llevaran a comer allí). Nada ha cambiado. Hoy escribo campañas publicitarias de día y cuentos de noche, algunos que han sido premiados y publicados en antologías. Una vez me dio un arranque de cineasta y produje un cortometraje, pero, en mi defensa, fue solo una vez. Me volví a dividir este año, al recibir, simultáneamente, dos premios nacionales del Instituto de Cultura Puertorriqueña: el de cuento, por Aquí están las instrucciones, y el de novela, por Nenísimas.

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Culpo a mi estrella por esa manía que tengo de andar en modo collage y pienso que, como Acuario, estaría mejor adaptada a la época, escribiendo para hacer del mundo un mejor lugar. A menos que fuese un acuario literal y no literario. En ese caso estaría llena de agua y guppys.

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©Luis Marín


Fragmento de “Técnica para matar coyotes” Ana Burns siempre avisa cuando decide suicidarse. Escoge sitios públicos: un estacionamiento céntrico, un parque o una calle concurrida; espera a que llegue la policía y monta su rutina. Ellos desalojan el área. Ella se lleva la pistola a la frente o se la mete en la boca. Por altoparlantes le piden que suelte el arma. Ella no lo hace. Tratan de disuadirla. Insiste en que se va a matar. El drama dura horas y el final no varía: ella se entrega, la arrestan, una ambulancia se la lleva. Entonces pasan cinco o seis meses y ya tiene otra pistola. Por estos lugares no es difícil buscarse una manera de morir.

Tomado de: Dávila, Tere. Aquí están las instrucciones. Puerto Rico: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2017

Ahora, sentada dentro de su Ford Focus azul, baja los pestillos, sube las ventanas y se apunta una Kimber. 45 a la sien. Desde donde estoy, trepada en el techo de la tienda por departamentos, logro acercármele a través del lente de la M40. Llora. Tiene la misma edad que mi madre. Siento el zumbido de estática y oigo la voz del comandante por el auricular que me conecta con lo que dicen abajo, donde están las patrullas: —No procedan todavía. Esperemos a ver qué hace. En esta profesión, la mayor parte del tiempo la dedicamos a esperar. Eso, y a preguntarnos quién apretará el gatillo. 

Nuestra chica se está tomando su tiempo. El sol se esconde tras la mole del centro comercial y aquí en el techo se siente más el frío. Pongo las manos sobre mi boca; los guantes se sienten ásperos y helados. Soplo para calentarme la cara y al ver mi aliento pienso en los cuentos de Muerte Blanca, la francotiradora que se llenaba la boca de nieve para no emitir vapor alguno que delatara su posición. Abajo, en la grama detrás de la barricada, quedan sobras grises de la nevada del veinticuatro de diciembre. Desde el otro lado del estacionamiento desierto, me sonríe un gigantesco Rudolph inflable. Mientras tanto hay que esperar. 

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Tal vez será Mike. Observo cómo se mueve, prepara el rifle y toma posición en el otro extremo del techo. Es nuevo y no sé mucho sobre él, excepto que le gusta la cerveza y ama a los perros. Hasta puso cara cuando le conté lo de matar coyotes. (O quizás le pareció extraño que una mujer contemplara ese pasatiempo). Es un tipo suave para estar en esto. Aunque tal vez eso lo haga más efectivo —he visto a tanto fanfarrón amedrentarse al momento de actuar—, pero bueno, con suerte no estamos aquí para matar a nadie.

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COLOMBIA

Soy hija de padres colombianos y crecí en Nueva Jersey, Estados Unidos. Soy la autora de tres libros ganadores de premios: Vida; No es amor, es solo París, y Las venas del océano. Escribo desde muy pequeña y mi primer libro, Vida, fue el resultado de varios cuentos sueltos que escribí a lo largo de dos años mientras completaba mi maestría en narrativa en la Universidad Internacional de la Florida. En Vida, como en mis otros libros, los temas que me interesan son las vidas de los inmigrantes y las personas que no están totalmente integradas en su ambiente, que son miradas y se sienten en una especie de exilio y aislamiento cultural o geográfico. En mi obra más reciente, Las venas del océano, exploro los temas del encarcelamiento, las familias fracturadas por la ausencia del padre, la explotación de la naturaleza por el hombre, y la lucha y los conflictos internos de los inmigrantes. Quizás porque nací en medio de dos culturas me siento destinada en escribir y describir las vidas, sentimientos, miedos y sueños de los inmigrantes y sus hijos mientras contruyen nuevas vidas a pesar de vivir en un país que puede ser frío y poco abierto, sea en los Estados Unidos o, por ejemplo, en Francia, donde ocurre mi segunda novela, No es amor, es solo París.

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Aparte de mis novelas escribo ensayos y cuentos cortos, que han sido publicados en varias revistas y antologías literarias.

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©Eliott Y Erick Jiménez


Fragmento de “Madre Patria” Mi madre le estaba contando a mi padre que tuvo el sueño de nuevo, el del caballo moribundo. No era un sueño, más bien un recuerdo que le llegaba mientras ella dormía: tenía nueve años, iba en el asiento del pasajero del Chevrolet de su padre mientras él la llevaba a ella y a sus hermanas a la finca en Fusagasugá. En una de las carreteras largas y polvorientas de la sabana, Mami vio un caballo gris caminando por los surcos de la hierba, tan flaco que podías contar cada costilla, su lomo hundido como si cargara mil fantasmas. El caballo se tambaleaba, inseguro de cada paso, y Mami le rogó a su papá que parara el carro, dijo que el pobre caballo se estaba muriendo de hambre y que tenían que alimentarlo, darle un poco de la fruta que tenían empacada en una canasta en la parte de atrás del carro, darle un poco del agua que habían traído en botellas desde la capital. Pero el padre de Mami dijo: No te preocupes, mi amor, el caballo está bien, simplemente se siente aburrido y cansado. Le dijo que tenían que llegar a la finca antes de que oscureciera o algunos guerrilleros podrían pararlos y ponerles problema.

Tomado de: Engel, Patricia. Vida. Colombia: Alfaguara, 2016

Mami lloró, le dijo a su papá que el caballo se iba a morir y que sería culpa de ellos, pero él siguió manejando, prometiéndole que volverían mañana en camino a recoger pollos para la finca. Él conduciría el remolque y dijo que si el caballo seguía allá, lo traerían con ellos y le diría a uno de los trabajadores que le restaurara la salud. Mi madre no durmió en toda la noche, esperando a que su padre se tomara el tinto de la mañana y se fumara el primer cigarrillo antes de estar listo para ponerse de nuevo en camino y encontrar el caballo. Cuando llegaron al mismo lugar, el caballo seguía ahí, muerto sobre la hierba, su boca abierta con moscas alrededor de sus fosas nasales.

“Este país es un cementerio gigante”, decía Papi. En cierto sentido era verdad, casi todas las personas que Mami había querido aquí estaban muertas. Cada visita a Bogotá estaba marcada por un día completo de dejar flores en las tumbas de familiares que nunca conocí, incluyendo los padres de Mami.

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Mami le contó el sueño a Papi como si fuera la primera vez, y él escuchó, detalle por detalle. Finalmente, él le dijo que ella estaba teniendo pesadillas porque estábamos en Colombia. Papi detestaba venir a Colombia, siempre decía que este lugar nunca le había hecho ningún favor, y solo volvíamos porque la hermana de Mami estaba acá.

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URUGUAY, 1965

Nací en Montevideo, en un barrio en las antípodas de su nombre: Nuevo París. Como para confirmarme que entre la palabra y la realidad hay un abismo, y que la ironía manda, el lugar carecía de luz y glamour (acaso ni París los tenga). Por esa época yo tenía la sana intención de ser economista o contadora pública y salir de allí. Salí, pero leía demasiados cuentos y novelas y ya se sabe lo contagiosos que son. Entonces cursé letras y comencé a escribir en periodismo cultural. Un día fui a un hotel y cuando me preguntaron ocupación en lugar de “empleada en licorería” (que era el trabajo que mayormente me pagaba el sueldo) dije “escritora”. A nadie le llamó la atención, pero a mí sí. Escribiendo me vine a dar cuenta de que del lugar donde se nace no se termina de huir por más distancia que pongamos, no sólo porque da vueltas en la cabeza o regresa en los momentos menos pensados, sino porque ese mismo lugar lo encontramos -aunque tenga otros nombres- en la escritura de los otros.

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Me llevó tiempo, sin embargo, quedarme en la literatura y gozarla no como una casa cómoda y con los impuestos al día, sino como la intemperie fabulosa que es. Publiqué tres novelas y dos libros de relatos (Rojo, Hispania Help, Irreversible; Caja negra, Iris Play). La más reciente novela es Washed Tombs; tiene que ver con cementerios, claro, y con aquel lugar del que quería salir y al que querría volver.

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Fragmento de “Hasta la vista baby” Que la escritura es un asunto de adioses no tengo duda. Yo misma entré a ella huyendo de algo, con la misma inocencia con que la aborda un don nadie que busca fama, un amante despechado que ansía consuelo, o un burócrata que sueña ventanas en sus oficinas del tedio. Y por un tiempo Ella -la escritura- se comporta como una geisha22: se te desnuda, canta en tu oído. Es fácil y divertido creer que te pertenece, que son el uno para el otro. Danzan los adjetivos, los verbos y los personajes en una fiesta interminable, o eso parece. Pero -y esto es lo que la mayoría de los escritores no ven, o no quieren ver, o no admiten ver- todas las fiestas se acaban, y el romance literario tiene fecha de caducidad como otro cualquiera. Bueno, excepto quizá en Uruguay donde, comenzando por la adolescencia, todas las cosas duran un poco más de lo deseable y -con la sana distinción que hizo Idea, la poeta- los escritores no sueltan la pluma hasta que la lápida les cae encima. Con lo fácil que es, digo yo, poner un punto final a las cosas. Me voy, me fui, me he ido. Porque -entre otras cosas- sólo la ausencia nombra.

Tomado de: Estramil, Mercedes. Iris Play. Uruguay: Editorial HUM, 2016

Ahora bien, irse no es sólo cerrar la puerta. Si las tres primeras líneas son tan importantes como las tres últimas -lección quiroguiana que atornilla al barbudo al panteón nacional- convengamos en que el adiós debe pesar lo suyo. Esto lo aprende uno, como tantas cosas, leyendo novelas. Cuántas veces hemos seguido cientos de páginas para terminar esperando, como decía Henry James (ese norteamericano que parecía inglés) el reparto de “premios, pensiones, maridos, mujeres, bebés, millones, párrafos añadidos y frases alegres”. Personalmente, la lista no me emociona.

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Así que Iris, con la liviandad con que ha dejado tantas cosas en la vida, también está dejando esta. No será para hundirme en una oficina pública a la manera de Melville, ni Dios lo permita. Tampoco pienso tirarme al agua cual un Hart Crane cualquiera, y menos en este marroncito Río de la Plata devorador de galeones. Y ni por esas pienso hacer la gran Salinger de esconderme de los fotógrafos y morirme dejando al mundo en la incógnita de si escribí o no escribí durante medio siglo de ostracismo. No, señores. Voy a dejar la literatura para dedicarme a los negocios, la buena vida y ser feliz; todas esas cosas que los literatos denuestan cada vez que pueden, clavando aguijoncitos en la conciencia burguesa, capitalista, neoliberal, etc. Todavía no tengo decidido cómo es que voy a lograr todo esto, pero tengo por seguro que no será cobrando un Nobel a los 89 años como la pobre Doris Lessing, que mientras vivió para disfrutarlo seguro lo gastó en pañales geriátricos.

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ARGENTINA, 1977

Nací en General Cabrera, un pueblo rodeado de pampa y horizonte en el centro de Argentina. Durante la semana vivía en el pueblo y la mayoría de los fines de semana y todos los veranos, los pasaba en el campo con mis abuelos. Mi familia desciende de inmigrantes italianos del Piamonte y cuando los adultos no querían que entendiéramos, hablaban en dialecto. Así que me crié entre el pueblo y el campo, entre el español y el piamontés. Después me mudé a Córdoba capital para estudiar, y ahí le tomé el gusto a las montañas y las sierras. Más tarde, gracias a una beca, viví en Nueva York y en Madrid. Ahora vivo en Buenos Aires y sigo siendo un poco de cada lugar y de ninguno al mismo tiempo. Entonces armo collages con recortes de todos esos paisajes que quiero, y es ahí donde transcurren las historias que escribo: como para seguir habitándolos, como para tenerlos siempre un poco cerca. Publiqué un libro de poemas Made in China (2008) y una novela breve Cielos de Córdoba (2011) pero, sobre todo, escribo cuentos. En 2004 aparecieron los libros 00 y 222 patitos; en 2010, La hora de los monos y en 2016, Un cementerio perfecto.

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Escribir es la forma que encontré para decir lo que no sé decir de otra manera. Es proponerle al otro una experiencia de lectura, un recorrido, con la esperanza de que, en el camino, haya disfrute y también contacto, que el diálogo se complete, aunque sea en diferido.

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©Verónica Magui


Fragmento de Un cementerio perfecto Víctor Bagiardelli giró y miró hacia la llanura. Coronel Isabeta se desplegaba a sus pies, camino abajo: techos descoloridos, árboles sin gracia y el campanario de la iglesia. Del otro lado del pueblo, la ruta brillante y dos autos que pasaban a toda velocidad, rumbo a Deheza. Más allá, la llanura cuadriculada de potreros y, al final del aire desierto, el horizonte difuminándose en un vaho, una lejanía ondulante. Un roble, dijo Víctor Bagiardelli. En lo más alto un roble, y debajo del roble un gran banco, para que la gente se siente a mirar el pueblo de los vivos, las casas, el campo, el infinito donde la vista se pierde y todo parece terminar, pero no termina.

Tomado de: Falco, Federico. Un cementerio perfecto. Argentina: Eterna Cadencia, 2016

Frente a sus ojos ya podía ver el nuevo cementerio. El lugar era insuperable, nunca encontraría otro igual. Abrió su cuaderno y trazó un boceto rápido. Recorrió el terreno mordisqueando la punta del lápiz y recitando ideas en voz alta. Pasó entre los chañarcitos sin hacer caso a las espinas que lo raspaban. Penachos y rosetas se pegaron a la tela de su camisa sin que él lo advirtiera. Los abrojos se adhirieron al ruedo de sus pantalones, pero él no les prestó atención. Su andar levantó una nube de polvo que lo hizo estornudar. Víctor Bagiardelli se paró en lo más alto del cerro y allí, quieto, el cuaderno encastrado bajo la axila, las manos en la espalda, entrecerró los ojos y trató de fijarlos en el horizonte. Después, volvió a dibujar. Con el dedo índice y el pulgar formó una escuadra que enmarcaba el paisaje, extendió los brazos para medir proporciones, tomó notas, masculló exclamaciones. Sus pupilas trazaban en el aire el cementerio imaginado. Un bulevar de plátanos que lleve del portón de entrada a una capilla de paredes blancas, dijo, y la señorita Mahoney asintió. Senderos con curvas en ese. Hacia el norte, un punteado de araucarias y pinos Paraná abiertos como sombrillas. Agapantos, agapantos, muchas azaleas, pero sobre todo agapantos. Y en esa colina que desciende suave, un manto verde donde acomodar las tumbas al ras del suelo. La señorita Mahoney lo miraba extasiada. Abajo, en la quebrada, un rosedal blanco para los angelitos y los bebés nonatos. Y el osario en aquella esquina, entre álamos temblones que lo arrullen. Más allá, una hilera de hayas y magnolias para orientar la mirada. Y por acá, mi toque maestro, el gran semicírculo de sauces, para que su cortinado caiga hasta el suelo y en los días de brisa con sus yemas acaricien las placas de los muertos.

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Va a quedar precioso, dijo la señorita Mahoney. Yo sabía que usted era el mejor, dijo.

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COLOMBIA, 1972

Nací en Colombia. Obtuve un grado en literatura y otro en comunicación, ambos en la Universidad Javeriana de Bogotá. En 2001 publiqué mi primera novela, Su casa es mi casa. En 2004 fui elegido en el Programa de Maestros y Discípulos de la firma relojera Rolex (The Rolex Mentor and Protégé Arts Initiative), lo cual me permitió contar durante un año con la tutoría de Mario Vargas Llosa. En 2006 publiqué mi segunda novela, Recursos Humanos. En 2007 fui escogido como uno de los 39 escritores menores de 39 años más representativos de América Latina, en el marco de Bogotá Capital Mundial del Libro. Publiqué el libro de cuentos Animales domésticos en 2010. En 2013 recibí una beca de Proimágenes para el desarrollo del guion Lavaperros, en compañía de Pilar Quintana.

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En 2015 publiqué el ensayo Jumma de Maqroll El Gaviero, sobre los licores en la obra de Álvaro Mutis. En 2016 salió Declive, mi novela más reciente. Soy editor del programa Libro al Viento.

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“Cambio y sustracción” Dos y media de la mañana. Llovía y caminaban. Silentes y sigilosos. Uno era gordo y el otro era flaco. No eran Laurel y Hardy. Eran Manuel y Francisco. Manuel era el gordo y Francisco era el otro. Manuel era viejo y Francisco era joven. Manuel llevaba una escalera plegable y una caja de herramientas. Francisco llevaba una pequeña pipeta de gas y una sonrisa de pánico. Miraron a lado y lado. Cruzaron la calle y se detuvieron frente a Maxicars. Tras la vitrina un Daewoo y un Hyundai.

Tomado de: García, Antonio. “Cambio y sustracción”, publicado en Revista Colombiana Cambio, diciembre de 2004

Manuel había comprado un carro en Maxicars y no había podido pagarlo. Lo había perdido y quería venganza. Francisco era su cómplice y también su hijo. Manuel tenía rabia y Francisco tenía miedo. Manuel desplegó la escalera y Francisco le entregó el soplete. Manuel subió a la escalera y se detuvo frente al letrero. Era grande y luminoso. Con letras en relieve y fondo negro.

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Francisco unió el tubo a la pipeta y Manuel encendió el soplete. Un carro que pasaba se detuvo y su conductor los miró. Francisco sintió un frío en el estómago y Manuel un respingo en el corazón. El carro siguió su marcha y los hombres se dieron prisa. No querían despertar sospechas y querían dormir esa noche en sus camas. La madre se había quedado en casa y estaba esperándolos. Se opuso y no logró convencerlos. Era una locura y ellos lo sabían. Pero era demasiado tarde y debían terminar lo empezado. Francisco le alcanzó las pinzas y el destornillador. Manuel hizo el cambio y la sustracción. Bajó de la escalera con la letra bajo el brazo y el soplete en la mano. Francisco desconectó el soplete y plegó la escalera. Recogieron las cosas y se alejaron. Francisco cruzó la calle y Manuel caminó detrás. Se detuvieron frente al letrero y miraron la obra. Francisco estaba aliviado y su padre satisfecho. El hijo cargaba con todo y Manuel con la equis. A lo lejos el letrero decía Maricas y fulguraba en la noche.

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COSTA RICA, 1972

Soy psicólogo y académico universitario. Cuento, además, con estudios de posgrado en ciencias cognoscitivas. Hasta la aparición de mi primera novela, La alquimia de la bestia (2016), había publicado exclusivamente libros y artículos relacionados con mi especialidad, tanto en periódicos como en revistas de divulgación. Los géneros que me gusta cultivar son la novela, el ensayo y el artículo de opinión. Y dentro de la novela, me gusta el subgénero histórico. Lo considero el recurso óptimo para ensayar realidades alternativas, explicaciones que nunca encontraremos en los libros oficiales, universos posibles que pudieron haber sido, pero que nunca lo fueron. Líneas que se nos quedaron por fuera y en las que bien hubiéramos podido encontrar respuestas a muchas preguntas que hoy nos angustian.

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Con La alquimia de la bestia intenté recrear una época especialmente turbulenta de la historia colonial de mi país, marcada por sangrientas revueltas indígenas a inicios del siglo XVIII. Y en el proceso de creación de esta, me di cuenta de cuan profundamente —a pesar del aislamiento en que creímos haber vivido en nuestra tierra—, estuvimos siempre conectados y entrelazados con todo a nuestro alrededor, no importa cuán lejanos o dilatados pudieran parecernos dichos hilos; cómo muchas de las vicisitudes vividas por nuestros antepasados fueron causadas por eventos impensados en otras latitudes de la gran aldea que es nuestro planeta y cómo muchas de nuestras más inopinadas actuaciones impactaron para bien o para mal a muchas otras personas, en latitudes distantes del villorrio universal. Si comprender la historia es la clave para entender por qué somos lo que somos, la narrativa es el camino para vislumbrar los senderos alternativos que no tomamos y aquellos que aún estamos a tiempo de seguir.

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©Óscar Castillo


Fragmento de La alquimia de la bestia “Un aristócrata del Infierno”: El pasado es un dios infame ante cuyo altar no vale la pena arrodillarse… Un dios cruel y vanidoso, que lo exige todo sin conceder nada a cambio. Un dios demente y pagado de sí mismo, vacío de compasión y henchido de miedos que anhela compartir.

Tomado de: Guillén, Luis Diego. La alquimia de la bestia. Costa Rica: Uruk: 2016

¿Pero qué deidad es cuerda? ¿Qué dios se automutila, concediéndose el lujo de la sensatez? Solo perdiendo los cabales se llega a la omnipotencia. No hay otro camino. Sé muy bien por qué se los digo. Yo llegué hasta los confines de la lucidez y crucé a la tierra donde moran los prodigios, las quimeras deformes; la tierra donde yacen los desechos de la Creación, detritos en cuerpo y en espíritu. Traicioné el reino meridiano del discernimiento por el éxtasis sagrado de la locura. Y sé bien ahora cuál es el precio que se paga. El patíbulo que en estos momentos me espera extramuros. El tormento de los grilletes que se incrustan en mis muñecas y mis tobillos, carcomidos y ulcerados. El furtivo terror que despierto en todos ustedes, la reticencia del verdugo a verme a los ojos, sus caras contraídas ante mi rostro y mi cuerpo, destilando cicatrices y deformidades, mis perforaciones y tatuajes, muchos de ellos fraguados al rojo vivo; mi lengua partida en dos y cauterizada, mis escasos dientes aún afilados, mi hablar sibilino, mi decrépita cabellera; pero ante todo, mi fama de asesinar con la mirada. “No veas a la víbora española a los ojos, o morirás de muerte lenta”. ¡Qué bien sigue sonando esa frase a pesar de los años! Pero no teman, les permito contemplarme. Hoy no estoy de ánimo para matar a nadie. Mi turno de convertirme en víctima ha llegado y debo respetar ese capricho del destino. En verdad, es justo que me toque la permuta.

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Señores, he aquí ante ustedes al nigromante que desafió al Imperio, la víbora española. El brujo oscurantista, mitad humano, mitad sierpe de cascabel, que aprendió sombríos secretos en las nubosas montañas de Costa Rica y no dudó en usarlos contra Su Católica Majestad. Convicto de muerte, sé que me espera una agonía larga y dolorosa en este castillo de El Morro, donde he languidecido por largos meses. Mi cuello es añoso, pero curtido y fuerte. Y vuestro verdugo, un enclenque. Sé que no me espera el simple garrote vil, del cual el arcabuz y la decapitación salvaron al Presbere. Lo he visto ya desde mi celda. Es un garrote catalán, con punta de hierro. No solo me triturarán el cuello hasta molerlo a polvo. También perforarán mis vértebras. La misión de ustedes es hacerme sufrir. Quieren una agonía a tono con el peso de mis culpas. Y no los culpo. Tratándose de un aristócrata del Infierno, cualquier precaución es poca.

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EL SALVADOR, 1957

Vivo en un país pequeño. Sus caminos suelen ser sinuosos y sus valles terminan abruptamente en el respaldo de algún volcán. Las montañas se alcanzan en pocas horas. El mar está a tiro de piedra. Desde “Sívar”, como llamamos a San Salvador, la capital, se llega a la Costa en cosa de minutos. Si un viajero sale en la madrugada del extremo más occidental de El Salvador hasta su extremo más oriental podría estar de vuelta al punto de partida para la cena. Mi ciudad fue construida en 1545 encima de una franja volcánica que corre de occidente a oriente, debajo de tres volcanes activos, entre ellos el de San Salvador. Mirada desde lo alto de su volcán la ciudad luce espectacular. De noche, hasta las luces de las zonas más empobrecidas, en el oriente, lucen como un joyero. De día, uno mira una ciudad sin horizonte. El valle en realidad es sólo una prolongación de las laderas que bajan del volcán, que acaban, al oriente, en el cerro San Jacinto. “Sívar” es una ciudad feroz. Lastima hasta cuando acaricia. Los temblores de tierra mecen incesantemente a la ciudad. Algunos alcanzan una magnitud muy destructiva. En lo que va del siglo, ya han ocurrido dos terremotos. ¿Cómo nos metimos en esta trampa geológica? La peor de todas es la trampa social. Se dice que este es un país del que hay que marcharse. Pero yo vivo aquí.

FIL GUADALAJARA

Entre mis publicaciones recientes se encuentran Expedicionarios. Una poética de la aventura (ensayo, Laberinto, 2016), Edén arde (poesía, Índole, 2014) y las novelas Camino de hormigas (Alfaguara, 2014) y La casa de Moravia (Alfaguara, 2017).

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©María Tenorio


Fragmento de La casa de Moravia Lucila se tragó la pastillita con un sorbo de agua. –– Cuando sos una adolescente mirás ansiosa a los muchachos de tu misma edad, te masturbás con sigilo, te hacés fotos en el espejo con el móvil, escribís poemitas y coleccionás frases sobre el amor, pero nada te prepara para vivir las cosas que se nos vienen encima. Una de las cosas que me hizo adorar a Samuel, cuando comenzamos, fue que me aceptó como yo era. Una vez, en medio de mis propios conflictos, le pregunté por qué andaba con una puta como yo. Me miró y me dijo: “no sos una puta”. Le insistí en que sí, que él no lo sabía, pero yo me había metido con muchos hombres. “Y yo, con muchas mujeres”, respondió. La verdad, sacando cuentas, las mujeres de Samuel no eran tantas, una o dos, porque tenía serios problemas de impotencia, pero no era el momento para contradecirlo. Tomó una libreta y me pidió que escribiera los nombres de los hombres con quienes había tenido algo que ver: novios, amantes...

Tomado de: Huezo Mixco, Miguel. La casa de Moravia. Alfaguara, 2017

–– ¿Lo hiciste? –– Sí. Escribí unos quince nombres. Yo tenía entonces, qué te digo, veintitrés o veinticuatro años. Le entregué la lista y sin mirarla me dijo: ahora marcá a los que te cogieron. Me pareció morboso de su parte, pero lo hice. Después que murió supe que era aficionado a la pornografía. Volví al cuarto: le entregué el papel. Me pidió que pusiera aparte los nombres de los que me pagaron por tener sexo. Tomó su guitarra y se fue tranquilamente al cuarto. Me fui caminando detrás de él. Con la voz cortada le mentí: “Ninguno ha pagado por estar conmigo”. Me volvió a ver y me dijo: “¿Lo ves? No eres una puta”. Tomó la lista y la quemó en el patio. –– ¿Eso fue todo? –– No. Después de un tiempo no pude más y le conté cómo, empujada por un idiota, tuve sexo por dinero. Quería que lo supiera. Le hablé del nicaragüense, de sus juguetes de plastisol, del perro pastor. Le juré que todo había quedado atrás. Cuando miré que lloraba, inclinado sobre la mesa del comedor, con los puños apretados, decidí no contarle las historias de mis otros clientes. Después, me lo cobró muy caro. Bzzz Bzzz Bzzz

–– Mirá esto Me puse las gafas y leí: @Mous_Tache No sé qué demonios quienes, pero yo los tengo todos

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El teléfono de Lucila emitió un feo tono. Tecleó algo rápidamente y deslizó una y otra vez el dedo por la pantalla.

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CUBA, 1985

Estudié artes escénicas en la Escuela Nacional de Arte. En el año 2003 viajo y me establezco en Madrid, ciudad donde arranca mi carrera como actor trabajando en teatro, cine y televisión. En 2011 publico mi primer libro: Erótica de los nohombres, un libro de relatos breves bajo el cuidado de Araña editorial. Colaboré como director y productor en el corto documental Un café por un sueño, La Habana, mayo de 2012. En enero de 2013 obtuve el Segundo accésit del II Premio de poesía experimental Francisco Pino, convocado por la Fundación Jorge Guillén y el Centro Francisco Pino de Poesía Experimental. En marzo de 2015 publico Conga triste de La Habana, mi primer poemario, también con Araña. En abril de 2015 formo parte, con el cuento Hay un susto en las cosas, de la antología de autores y autoras cubanos de temática LGTBI que compiló el narrador Michel García Cruz y la editorial Dos Bigotes bajo el título: Mañana hablarán de nosotros, un volumen que recoge las voces literarias más destacadas dentro y fuera de Cuba. En mayo de 2016 llega el poemario Perro Negro / Chien noir, edición bilingüe al francés editado por el sello Huerga & Fierro editores.

FIL GUADALAJARA

En marzo de 2017 publico mi primera novela El amante alemán con la editorial Dos Bigotes, donde indago en los delicados engranajes del amor y del deseo, planteando al lector un continuo juego en una historia de amor que trasciende el espacio y el tiempo.

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©Ruby Aveldaño


Fragmento de El amante alemán Los ojos de mi padre parecen más negros cuando abre la gaveta de los papeles, saca el sobre roto que pone por fuera FREUDE AM BILD donde guarda un diario amarillo y las fotos del «viaje estímulo» a Berlín que se ganó́ en el 81. A veces lee el diario en alta voz y a mí me pone triste. Pero yo no le digo nada porque sé que le hace feliz. Después observa las fotos una por una mientras escucha sus vinilos de ABBA o Boney M. comprados también en la capital alemana y que reproduce en el tocadiscos ruso Akords, la alegría de la casa.

Tomado de: Martínez Gómez, Julián. El amante alemán. España: Dos Bigotes, 2017

Junto al tocadiscos ruso Akords pasamos la mayoría de los domingos. Cuando la aguja toca la superficie del disco, y suena Pedrito Rico, La Pequeña Compañía o Barry Manilow, de fondo se escucha el sonido del crach, uno de los más bonitos del mundo. Tengo ganas de curarme para bailar como lo hace mi padre al ritmo de Los Cinco Latinos. Soy un niño que no baja a la calle a jugar porque se ahoga, pero tengo la sensación de no ser el único que padece de falta de aire. Yo, el día de la fiesta de los Comités de Defensa de la Revolución, en vez de caldosa, haría una olla grande de jarabe de majagua para todos.

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El balcón es mi lugar preferido de la casa. Hasta aquí llega del mar un olor a salitre que me gusta. Solo el olor. No me gusta cuando, sin compasión, hace aparecer las vigas en el techo y desbarata las persianas de madera. Pero ya sé que es inevitable, que no hay cemento, pintura, lija ni barniz para arreglar el destrozo lento que va dejando la humedad en la casa. He de disfrutar de los pequeños placeres ya que todo acontece del mismo modo cada día, salvo alguna bronca, de esas de sangre y machete que se desatan en nuestra calle tres veces al año más o menos, sea por tarros, brujería o dinero. También la humedad ha cerrado las puertas del cine Record de cien y cincuenta y uno, donde vi emocionado mi primera película: Voltus V y su espada láser. Ahora me conformaré con las luces de los ojos de los cocuyos.

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NICARAGUA, 1988

Nací un domingo de julio, cuando Nicaragua asomaba el rostro hacia el final de una década bañada de sangre. Mis primeros años transcurrieron en Poneloya, una playa ubicada a menos de una hora de mi ciudad natal, y de esos días recuerdo el mar golpeando con su puño el vientre de las rocas. Con diecisiete años me trasladé a vivir a Managua, según yo, para estudiar música, pero terminé graduándome en una carrera que, por decisión de los astros, nunca he ejercido. Escribo porque no tengo mejores argumentos para defender mi existencia; y de eso pueden dar fe mis dos libros y unas cuantas antologías de México, España, Centroamérica, y Estados Unidos, donde aparece publicado mi trabajo literario. En 2010 publiqué Viaje al reino de los tristes, poemario con el que gané el certamen nacional para publicaciones del Centro Nicaragüense de Escritores; y en mayo de 2017, en el marco del Festival Centroamérica Cuenta, se presentó mi libro Los jóvenes no pueden volver a casa (Anamá ediciones, 2017), un conjunto de relatos cuyos protagonistas están marcados por la complicidad de la pérdida y la búsqueda de la identidad familiar. También he participado como guionista de un par de proyectos cinematográficos; y en la actualidad resido en El Paso, Texas, donde curso la maestría en creación literaria de la Universidad de Texas, y trabajo en una novela de la cual espero salir bien librado.

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Soy gatoabuelo, feliz padre de Simone y Monet, dos felinas que aman los libros y la soledad de los días de lluvia sofocados por el calor de Managua. Digamos que tuiteo poco, y si quieren comprobarlo, me encuentran como @ConGanasD en Twitter.

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©Eugenia Carreón


Fragmento de “Elisa vuelve a casa” Martz, Mario. Los jóvenes no pueden volver a casa. Nicaragua: Anamá Ediciones, 2017

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Conocí a Elisa un par de años atrás en el aeropuerto de Ciudad de Panamá, cuando no pudo viajar a Madrid porque las autoridades migratorias no le permitieron tomar el avión y tuvo que esperar ocho horas antes de volver a Managua. Digamos que esa fue la primera vez que Elisa regresaba a casa, aunque haya sido de un viaje truncado por no convencer al oficial sobre la dirección donde se alojaría en España. Su intención era viajar a Madrid, según ella, para visitar a su hermana, a quien no miraba desde hacía varios años. Mientras esperábamos a que abrieran la puerta de abordaje, conversamos sobre los viajes y lo simpática que parecía ser la ciudad desde el aire. Me dijo que era su primera salida del país, yo repliqué que era mi tercera, algo totalmente falso pues era la segunda y no venía —como le dije más tarde— de Miami sino de La Habana, donde había pasado una semana tortuosa y triste a razón de la ruptura con mi novia cubana de mis años de estudiante en la escuela de cine de San Antonio de los Baños. A Elisa le conté que había estado en Miami de visita en casa de mis padres, a quienes no miraba desde hacía muchos años, y que el viaje lo había realizado en virtud del delicado estado de salud de papá. Ella dijo que eso era lo que un buen hijo debía hacer, yo habría hecho lo mismo, pero lástima, mis padres están muertos y vivo con mis abuelos. Te felicito, repitió y soltó una risa cálida. Cuando dejó de hablar asentí, y me preparé para preguntarle su número de teléfono, pero una voz masculina y ronca avisó por los parlantes que en breve abordaríamos el avión. Tras salir de migración y tomar las maletas, la invité a tomar una cerveza, pero me aclaró que no tomaba alcohol, que un café sí me lo aceptaba. Dios no me lo permite, añadió luego. Me dijo que era cristiana, entonces le pregunté qué se sentía ser una mujer cristiana, a lo que ella me respondió que Jesús era el gran amor de su vida, y que estaba segura de que no podía amar a alguien que no fuera Jesús; no puedo amar a otro que no sea Él, enfatizó, pues hace mucho que tomé la decisión de entregarme a la vida cristiana. Intenté entenderla, se lo dije, a medias, algo así como lo entiendo, creo que yo a veces también siento el llamado divino, pero nunca me he decidido a asistir a alguna iglesia. La recuerdo parpadeando y sonriendo con delicadeza al explicar que era una mujer plena y que se sentía satisfecha por lo que le había ocurrido en el aeropuerto de Panamá. Sus ojos cafés brillando al mencionar la palabra Dios, y con la emoción en la garganta, agradeciendo lo ocurrido. Para mí, en cambio, era una hijueputada. Se lo dije y me repitió Dios sabe lo que hace —al final, me dije después en mi cuarto, fue eso lo que me llamó la atención de ella, pues no había conocido a nadie que estuviera tan convencido del poder de sus palabras, de su fe, y fue la primera vez que me sentí tentado en visitar las iglesias evangélicas, pero esa tentación, desde luego, se trataba de una curiosidad infundada por la belleza de Elisa. Después de ese día volvimos a vernos. Nos encontrábamos desde muy temprano, y pasábamos hablando horas que yo hacía eternas a veces incluso preguntándole cosas que ya le había preguntado; ella respondía por educación o porque de verdad no tenía con quién conversar, pues vivía sola en un cuartito en el Colonial Los Robles y ahora se encontraba en busca de un nuevo empleo, ya que el último lo había perdido porque estaba convencida de que viajaría a Madrid.

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ARGENTINA, 1967

Vivo en San Cristóbal, al sur de la ciudad de Buenos Aires, tal vez para no estar muy lejos de mis orígenes. Crecí en el sureño Lanús, un barrio de trabajadores en las afueras de la capital, con casas bajas y buenos futbolistas. Lamentablemente, yo no soy uno de los buenos. Lanús (2002) fue también el nombre de mi primera novela y ese barrio se cuela en mayor o menor medida en gran parte de mi narrativa, como ocurre con El equipo de los sueños (2004) y Oscura monótona sangre (2009). Con Oscura… gané el Premio Tusquets de Novela. Me gustan las historias de amor y las novelas policiales. Mi personaje, Verónica Rosenthal, abreva en esos dos géneros: es una chica que se enamora y sufre, pero también se puede convertir en la periodista más implacable, capaz de meterse con poderosos y criminales. Ya escribí tres novelas con ella de protagonista: La fragilidad de los cuerpos (2012), Las extranjeras (2014) y No hay amores felices (2016). Mi más reciente novela se llama, orwellianamente, 1982. Como es previsible transcurre en ese año tan importante para los argentinos: guerra contra los ingleses y una dictadura que empezaba a retroceder. Es una versión muy libre de Fedra.

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Durante mucho tiempo hice periodismo cultural, dirigí o edité revistas como V de Vian o Lamujerdemivida. Actualmente escribo guiones para cine, y desarrollo series de TV.

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©Sebastián Freire


Fragmento de 1982 No soñaba. Su abuelo Augusto estaba sentado al borde de la cama, le acariciaba suavemente el pelo para despertarlo. Pedro acababa de abrir los ojos: vio a su abuelo que le sonreía y más atrás, de pie, mirándolo con cierta preocupación, la abuela Elsa. Sus abuelos no vivían con él, no entraban seguido a su cuarto, jamás lo habían despertado.

Tomado de: Olguín, Sergio. 1982. Argentina: Alfaguara, 2017

–Tu padre es un héroe –dijo el abuelo cuando vio que a él ya no le quedaban restos de sueño. Está muerto, pensó Pedro. Contuvo la respiración. –Recuperamos las Islas Malvinas –siguió hablando el abuelo mientras él se sentaba en la cama. –Tu padre está allá, con las tropas argentinas. –Está bien –agregó la abuela. ¿Qué debía hacer? ¿Qué esperaban sus abuelos que hiciera? Eran las dos preguntas que siempre lo acosaban. Él habría querido reaccionar de la manera correcta. Siempre quería eso. Era su manera de pasar desapercibido y que no lo molestaran. –No lo puedo creer –dijo ambiguamente y esperó que el tono fuera convincente. –Así es. Las Malvinas volvieron a ser nuestras –dijo el abuelo con el mismo orgullo que usaba siempre que hablaba de alguno de sus hijos o nietos. –Y Fátima, ¿lo sabe? –Fue la primera en enterarse, después de que llamaran a tu abuelo desde el Comando Militar. –Cómo me hubiera gustado estar ahí –dijo frotándose las piernas el abuelo, que no era otro que el coronel retirado Augusto Vidal, padre del teniente coronel Augusto Vidal y abuelo de Pedro Vidal. Yo podría haber estado ahí, pensó Pedro.

A Pedro no le era difícil imaginar la frustración de su abuelo, la misma que tuvo cuando se enteró de que su nieto mayor no iba a seguir la carrera militar. Ya lo sospechaba, porque Pedro nunca se había mostrado muy interesado en la ropa de fajina, las armas de fuego, los tanques de guerra, ni siquiera en las anécdotas épicas que su abuelo y un tío abuelo habían protagonizado como parte del ejército argentino. Pedro no iba a seguir la carrera militar. Fue la decisión más importante de su vida. ¿Por qué su padre no había hecho una escena, ni se había comportado de manera más dura con él cuando se lo dijo? Tal vez porque siempre vio en su hijo varón a una persona sin carácter, sin fuerza para la lucha. No tenía espíritu marcial. A Pedro no le quedó claro si esa resignación a su negativa era piedad o vergüenza.

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–Vos deberías estar en Malvinas ahora —a pesar suyo, el abuelo no pudo controlar un dejo de desilusión en su voz.

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PERÚ, 1979

Nací en Lima, en la ciudad más triste de todas, según Melville. Enfermizo, pasaba las noches hundido en la mazmorra del asma. Me refugiaba en la biblioteca de mi padre, entre libros infantiles rusos, cubiertos de un polvo que dañaba mis pulmones. A veces él salía por las noches a hacer pintas revolucionarias. Mi madre cuenta que en esas noches me gustaba colarme en su auto hasta quedarme dormido. Luego nos dimos de cara con el mundo: entré a la adolescencia y perdí el rumbo —mi único faro eran la música y los libros—; los sueños de mi padre quedaron aplastados por una revolución imposible. Cuando se marchó quedaron en casa sus libros. Un malestar nos gobierna desde entonces. A los 22 años me fui a vivir a la sierra de Lima. Llevaba en la mochila el sueño de un libro. Cuando llegué descubrí que en el pueblo aledaño José María Arguedas había intentado suicidarse. Mi escritura se llenó de espanto. Volví a Lima con un libro de cuentos cargado de muerte y extravío (Los puertos extremos, 2004). Dejé de escribir muchos años y mi voz cambió. Mi vida cambió. El resultado fue otro libro de relatos, más íntimo y personal (Todo termina esta noche, 2015). El primer cuento de ese libro —“Patrimonio”— ganó el Premio Copé de cuento 2014. Estoy escribiendo mi primera novela.

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Hoy en día trabajo como editor y dicto clases de escritura. Comparto mi malestar con otros sujetos que, como yo, estamos heridos por la literatura. Escribo porque ha sido un mecanismo de supervivencia toda mi vida. Pienso que la literatura es una mentira consentida. Deseamos ser otros, estar en otro lugar.

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©Angélica Lunardi


Fragmento de “Anzuelos” El chico decidió arrojar más machas. Movió de un lado a otro la línea de pescar. Por un instante el fondo del muelle se le antojó un hervidero de vida y deseó poder alcanzarlo con la mano y sacar uno, varios peces, para mostrarlos con orgullo a su padre. […] Un nuevo viento refrescó su nuca. El chico calculó la fuerza que necesitaría. Estaba listo. El animal se acercó curioso al extraño metal hasta rozarlo con el cuerpo y, en ese instante, el chico jaló con todas sus fuerzas del hilo. Lo hizo con tanta fuerza que el pez cayó sobre el muelle, a su lado, boqueando.Demoró unos segundos en comprender lo que había hecho. Retrocedió ante la visión del pez atravesado, agitándose sobre los maderos, las branquias rosadas expandidas buscando desesperadamente el oxígeno del agua. El muchacho se puso de pie y quiso patearlo de vuelta al mar, pero un anzuelo estuvo a punto de clavársele en uno de los dedos. No supo qué más hacer, salvo esperar.

Tomado de: Page, Johann. Todo termina esta noche. Perú: Peisa, 2015

El chico sintió en ese momento la mano de su padre en el cuello. —¿Qué has hecho? —Lo he pescado. —¿Para ti esto es pescar? El padre señalaba al pez, que aún luchaba sobre el muelle. El chico sintió que las manos le ardían. El rostro también. —Levántalo. —No, no quiero. —He dicho que lo levantes. El chico sujetó el sedal y al levantar el hilo uno de los anzuelos rasgó el vientre del pez. Las tripas resbaladizas brotaron. Él temblaba. —Espera. Ponlo aquí. El padre vació su lata de machas y extrajo la cajita de anzuelos y plomos. Le alcanzó la lata al chico y le dijo: —Ponlo aquí. Ahora llénala con agua. Sin que se caiga. Rápido.

El chico asintió. Las lágrimas no lo dejaban ver con claridad el fondo de la lata, al pez que agonizaba ni los anzuelos que sobresalían de su cuerpo. —Ni se te ocurra moverte. Y pobre de ti que se muera. Mira si eres cruel... El chico vio a su padre marcharse por el malecón vacío. A la distancia, le pareció escuchar que gritaba alguna grosería, no sabía si a él o a alguien más. La luz del bar del pueblo estaba encendida y el ir y venir de sus puertas le hizo comprender dónde permanecería su padre mientras él se quedaba allí, cuidando del pez.

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El chico caminó por un lado del muelle hasta llegar a la playa. Hundió la lata con el pez en una de las olas. Lo hizo sin pensar, únicamente concentrado en no perder al pequeño animal de vista, que no se le fuera a caer. Luego volvió a subir al muelle. —Aquí está. —Ahora te sientas acá y lo cuidas. Si ves que deja de moverse vas y le cambias el agua. Una vez. Y otra. Las que necesite. Así, hasta que entiendas la maldad que has hecho. ¿Me entendiste?

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HONDURAS, 1982

Nací en un pueblo del occidente de Honduras, en el Departamento de Santa Bárbara, dos años antes de que nuestra selección de futbol participara en su primer Mundial. En mi casa no había libros, pero recuerdo bien a mi papá, que por aquella época era sastre, extrayendo de una gavetita de su máquina de coser, al finalizar su jornada de trabajo, una novelita de vaqueros y ponerse a leerla con la última luz del día que entraba por una enorme ventana. Ese es mi primer recuerdo relacionado con los libros y probablemente lo que me impulsó a buscarlos más adelante. Estudié letras en la UNAH, en San Pedro Sula, la segunda ciudad en importancia del país y en la actualidad una de las más violentas del mundo. Actualmente soy profesor en esa misma universidad, después de dedicarme durante varios años al periodismo escrito y de una estancia de tres años en España, en donde alterné mi trabajo en un almacén con la lectura de los libros que nunca había podido encontrar en Honduras.

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He publicado tres libros de poesía, uno de artículos y ensayos y otro de cuentos; además de las novelas Ficción hereje para lectores castos (2009), Los días y los muertos (2016), que ganó el Premio Centroamericano y del Caribe Roberto Castillo, y Tercera persona (2017). Escribo para divertirme y porque huyo de la solemnidad de los que dicen escribir por una razón distinta.

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©Emilio Flores


Fragmento de Los días y los muertos Recuerdo, no sé por qué, la música que provenía del interior del centro comercial, o quizá de parlantes colocados en el estacionamiento, una bachata de lo más detestable, y recuerdo a Mercedes llorando y sin moverse más que para limpiarse las lágrimas de los ojos y a Walter con la mirada fija en la hoja de la navaja, como intuyendo que sólo con él iba a ser utilizada. Le hundí la navaja después de forcejear un poco, porque interceptó con sus manos mi brazo derecho y su impulso hacia adelante, pero no pudo evitar que la hoja acabara clavándose en su pecho. Después, aunque Mercedes diga ahora que, aún con la navaja en mi mano, le grité y la insulté y amenacé con herirla también, sólo recuerdo haber salido caminando por la entrada del estacionamiento y que un guardia, vestido de camisa blanca y pantalón azul, se me quedó viendo sin decirme nada. Afuera las calles estaban mojadas, lo que indicaba que había llovido en el lapso entre la entrada de los taxis al estacionamiento y mi salida a pie, pero esto es algo que no pensé en el momento sino después, cuando todo había acabado.

Tomado de: Rodríguez, Giovanni. Los días y los muertos. Honduras: Editorial Universitaria. 2016

Lo último que recuerdo es un desorden de cables en el cielo, una insoportable cantidad de cables mojados por la lluvia que parecían nacer ahí mismo, sobre mi mirada, y que se dispersaban por toda la calle para encontrarse, más allá, con otros cables. Cerré los ojos para no tener que ver un cielo tan oscuro.

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La ciudad seguía a su ritmo, con su tráfico vehicular y sus primeras luces anticipándose a la noche, que aún no llegaba, con su temperatura de infierno y su vida de infierno. La mañana siguiente los diarios anunciarían nuevamente en sus portadas los asesinatos más recientes en todo el país, su más fácil estrategia para atraer lectores. Ahí aparecería yo, con una cara de no entender qué putas pasa, identificado como presunto asesino de Walter Antonio Laínez Enamorado, de diecinueve años, auditor bancario, pero de esto yo no era consciente cuando salí del estacionamiento del centro comercial. Caminé unos minutos y luego me detuve en una esquina. Mi corazón había empezado a latir muy fuerte y se me dificultaba respirar. Vi mi mano derecha cubierta parcialmente de sangre y levanté la mirada al cielo como tratando de encontrar una explicación para todo aquello que no alcanzaba a organizarse adecuadamente en mi cabeza. Sentí un mareo y me apoyé en una pared. Caí sentado en una acera pero sabía que no podía quedarme en esa posición y entonces cedí del todo y quedé acostado, boca arriba, aún despierto.

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URUGUAY, 1978

Nací muy cerca del Río de la Plata, en Montevideo, y buena parte de mis recuerdos más tempranos incluyen a ese río al que los uruguayos queremos llamar mar. Empecé a escribir desde pequeño y entonces, como ahora, imitaba lo que me gustaba leer: primero historietas, aunque pronto me volví fan de Julio Verne y, después, de Asimov. Pasé la adolescencia leyendo ciencia ficción y fantasía, quise ser paleontólogo, oceanógrafo, astrofísico y, eventualmente, entendí que me había arrinconado contra la escritura, así que empecé a decir que era escritor. Estudié filosofía, pero no terminé. Toqué en varias bandas de rock alternativo y de metal, y en 2009 publiqué mi primera novela en Montevideo. Todos mis libros y mis cuentos desde entonces cargan con el mismo protagonista, pero lo presentan en variaciones de su vida. En una es músico; en otra, historiador de la aviación, en otra un pescador en un pueblo remoto de la costa este uruguaya. Entre las que publiqué mis favoritas son El orden del mundo, que salió en Bolivia en 2014 y luego en Uruguay en 2017, y Las imitaciones, que fue publicada en Buenos Aires en 2016.

FIL GUADALAJARA

Escribo crítica y reseñas y a veces ensayo y crónica. No he vuelto a tocar música, al menos no con público, pero para 2017 me propuse reseñar un disco por día en mi muro de Facebook, y vengo cumpliendo; me gusta dedicarme a la escritura todos los días, en todo el tiempo del que disponga.

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©Mauro Martella


Fragmento de El orden del mundo Por aquellos tiempos yo no sabía que a lo largo del siglo XX el Mar de los Sargazos había dado paso a la Mancha de Basura, una región de cientos de Kilómetros de diámetro con una densidad estimada de 200.000 residuos por kilómetro cuadrado, ante todo plástico, restos de aguas residuales y, eventualmente, como se verá más adelante, también objetos de mayor tamaño. Según los primeros informes aceptados por la comunidad científica, a partir de 1972 los desperdicios de la Mancha han flotado en una dispersión más o menos homogénea; con el paso del tiempo, sin embargo, quedó claro que aquí y allá se formaron verdaderas islas, gracias a la adherencia de detritos más masivos y capaces de generar algo así como un vasto sistema flotador que, a su vez, permitió la aglomeración de más y más objetos.

Tomado de: Sanchiz, Ramiro. El orden del mundo. Bolivia: editorial El Cuervo, La Paz, Bolivia, 2014; Editorial Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay, 2017

Treinta años más tarde yo trabajaba para un viejo aviador obsesionado con la Guerra Fría. El mundo era mejor por aquellos tiempos, solía decirme, convencido de que la existencia de la Unión Soviética, su sola presencia por así decirlo, implicaba de alguna manera un beneficio a la civilización. Y, en consecuencia, que tras la caída del régimen en 1991 había comenzado lo que él llamaba la etapa “entrópica” del capitalismo. A la vez, no libre de cierta contradicción, se vanagloriaba de los MiG-21 que había derribado de joven en Vietnam, a bordo de su F-4 Phantom en 1972, año que, también le gustaba contarme, había marcado el pico en el número de combates aéreos entre Phantoms y aviones norvietnamitas. Siempre me quedó claro que tenía un gran respeto por aquellos pilotos enemigos, pero sé que todavía más respetaba a sus máquinas, lo que él llamaba la pureza de la máquina, abstraída del uso humano, como si estuviera, y esto permite entender mejor su proyecto, expuesta en una suerte de museo terminal, consumado el fin del mundo y ya libre de humanos el planeta. Yo, ante su entusiasmo, prefería imaginar un escenario diferente, una realidad en la que la Unión Soviética lideraba la civilización y la tecnología se había desarrollado linealmente desde la progresión de los primeros jets MiG y Sukhoi.

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Mi camino hasta la isla de Basura, entonces, comenzó con Cousteau en 1984, mucho antes del primer contacto con las fotografías satelitales que la revelaron y que expusieron, especialmente, a aquel monstruo blanco y plateado, a sus estrellas rojas, a sus alas inmensas.

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CHILE, 1974

Nací en el verano de 1974, cuando en Chile comenzaba la dictadura. Crecí en la sureña ciudad de Temuco, en la casa de mis abuelos. Parte de esa época la conté en mi novela La edad del perro, publicada en el 2014, cuando cumplí los cuarenta años y la mayor parte de los protagonistas del libro ya estaban muertos. Cuando terminé el liceo me fui a Santiago, a estudiar en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Allí escribí mis primeros textos literarios. Después comencé a estudiar Lenguas Clásicas, en paralelo a mis cursos terminales de Geología. Fui geólogo durante algunos años, hasta que, sin proponérmelo y sin saber cómo, a mediados del dos mil, lo dejé.

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He publicado diez libros. Cinco son de poesía: Cortejo a la llovizna, Tres bóvedas, La ley de Snell, Colonos y La juguetería de la naturaleza. En el mismo género se inscribe mi libro Leseras, que contiene las versiones que hice de los poemas breves de Catulo. En prosa he publicado, además de la ya mencionada novela La edad del perro, el relato biográfico El hijo del presidente, el volumen de crónicas Agua perra y el breve ensayo La partida fantasma.

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©César Silva


Fragmento de La edad del perro (...) Quién sabe a propósito de qué, mi abuela, una vez que terminé de desempaquetar la bicicleta en medio de la cocina y ordenar los cartones en un rincón, me contó algo que yo ignoraba: que mi papá tocaba piano. Quizás mi abuela se acordó de ello al tomarme las manos, mis dedos largos, huesudos como los de su yerno, pero quién sabe por qué me tomó las manos.

Tomado de: Sanhueza, Leonardo. La edad del perro. Chile: Random House, 2014

Algunas de sus hermanas también tocaban piano, me dijo, pero era él quien armaba la fiesta. Eso dijo mi abuela, que mi papá tocaba valses, mazurcas, foxtrots, boogie-woogies. Música de boite, en suma. No cantaba, la que cantaba era su hermana mayor, mi tía vieja, que tiene casi tantos años como mi abuela y que en su juventud llegó a presentarse incluso en la radio La Frontera. Al parecer mi papá no volvió a tocar piano después del casamiento. O quizás ha tocado en estos años posteriores a la separación, en algún lugar de Concepción o Santiago, en alguna boite, en alguna cantina con piano, para ganarse la vida. No hay manera de averiguarlo. Ya no toca para la familia, eso sí es seguro, no sólo porque la familia ya no existe, sino sobre todo porque ya no hay piano que tocar. Después del casamiento, sus padres, mis otros abuelos, al ver que todos sus hijos estaban casados y entender que comenzaban los últimos años de sus vidas, vendieron la casona familiar para comprarse algo más adecuado a dos viejos solos; cuando al fin se mudaron, se deshicieron de gran parte de sus muebles y dejaron el piano en custodia donde sus consuegros, mis abuelos maternos, hasta que alguno de sus hijos pudiera hacerse cargo o le encontrara al piano un destino mejor. Y, bueno, la vida es así: al poco tiempo, en la primavera del setentaitrés, semanas después del Golpe, la casa se quemó hasta el último palo (dicen que fue un ajuste de cuentas en contra de mi abuelo materno) y el piano se redujo a escombros y cenizas, como todo lo demás.

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BRASIL, 1978

Nací en una pequeña ciudad del sur de Brasil, en el año 1978. Hijo de profesora y contador, me apegué a los libros y los cómics en un intento de entenderme y entender el mundo a mi alrededor. A los 17 años fundé el primer periódico de mi ciudad; a los 19 comencé como periodista en el principal diario de la región y, a los 22, fui nombrado jefe de Redacción del periódico. El diario fracasó unos meses más tarde. En compañía de algunos socios monté una agencia de publicidad que, obviamente, se malogró también. Trabajé como vendedor de autos, disk jockey, promotor de fiestas, vendedor de ropa, recepcionista de hotel y vendedor de tapetes.

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En 2004 monté una pequeña editorial que ya lanzó más de 160 libros en estos últimos trece años, y todavía no fracasa. Publiqué algunos libros entre novelas, cuentos y teatro. Destaco la colección de cuentos As certezas e as palabras (Las certezas y las palabras), obra ganadora del Premio Clarice Lispector, de la Fundación Biblioteca Nacional, en 2010. Asimismo, la novela As fantasias eletivas (Las fantasías electivas), lanzada en Brasil en 2014 por la Editora Récord y, en España, por Maresía Libros. El libro investiga la amistad de René, un recepcionista nocturno de hotel, y Copi, una travesti obsesionada por fotografías, uniendo prosa, poesía y fotografía para reflexionar sobre la soledad y la creación literaria. El libro es tema de exámenes de admisión en algunas universidades brasileñas.

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Soy editor asociado de la revista Pessoa, de São Paulo, única publicación destinada a la divulgación de la literatura lusófona en el país. Me encanta el tequila y las quesadillas. ©Tahys Magalhaes


Fragmento de Fantasías electivas F.

—¿Sí? —Mamá, soy yo. —Hijo, yo no… Nê, ya te he dicho que no me llames a esta hora, si tu padre me pilla hablando contigo… —Mamá, no es justo lo que estáis haciendo conmigo. —¿Justo? —Tengo derecho a hablar con él… —Nê, lo sabes, no es preciso decírtelo, no vas a hablar con él… —Pero mamá… —Cuando sea un poco más mayor, podrá escoger si quiere o no hablar contigo; mientras tanto, nosotros y su madre pensamos que es mejor que no. —Pero… —Es una criatura, Nê, y tú no te portaste bien ni con su madre ni con él, ya sabes lo que hiciste. —He cambiado. —Lo dudo, ya escuché eso otra vez y casi la mataste. —No… —Nê, creo que es mejor que no llames más, deja que yo te llame, hijo. —Vosotros sois lo único que tengo. —La gente cuida aquello que tiene, y tú no cuidaste tus cosas. —¿No me vais a perdonar? —Lo haremos cuando llegue el momento, el pastor Marcos dijo que… —Mamá, el pastor Marcos es un farsante… Todo el mundo lo sabe… —No admito que hables así del pastor, que nos ha ayudado tanto… —Mamá… —Adiós.

Tomado de: Schroeder, Carlos Henrique. Fantasías electivas. Brasil: Maresia Libros, 2016

Cloc. Tututututututututututu.

Los últimos contactos de Renê con el hijo fueron cuando Léo tenía tres años. Fue Renê quien enseñó al chico la diferencia entre ligero y pesado, con dos piedras, una diminuta y otra un poco más grande, que Léo podía agarrar con una de sus manos. También le gustaba enseñarle otras diferencias: «El abuelo no tiene pelo, papá tiene pelo». Léo se divertía con eso, acariciando la calva del abuelo y los cabellos copiosos y rizados del padre. Renê tenía la esperanza de que algún día Léo supiera diferenciar pasado, presente y futuro, y lo perdonase.

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La primera cosa que Renê compró cuando volvió a Balneário Camboriú fue una pastilla de jabón, para sentir el olor de su hijo, para tener el olor del hijo siempre que quisiese. De eso hacía ya algunos años, y el hijo seguro que ya no usaría ese jabón. Pero él, aun así, siempre que la nostalgia, esa serpiente venenosa, le apretaba, olía la pastilla de jabón. Se encerraba en su cuarto un rato, oliendo y recordando los pocos años que había disfrutado de la compañía de su hijo.

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CUBA, 1979

Nací en La Habana y crecí en una casa llena de libros, donde casi siempre hubo algún gato. Amo los libros y los gatos. De niña descubrí que me gustaba escribir historias. También escuchar música y resolver problemas matemáticos. Por eso estudié guitarra en el Conservatorio e ingeniería electrónica en la universidad, pero seguí escribiendo. Un día, como con 24 años, publiqué un cuento en una revista y eso me hizo tan feliz que, mirándome al espejo, me pregunté: ¿seré escritora? Como no encontré respuesta, seguí escribiendo. Siempre adoré viajar. Primero recorrí la isla con mis padres, luego con mis amigos. Terminé cruzando el charco y viviendo en Roma. Un día, como a los 29, mi primera novela ganó un premio en España, y volví a mirarme al espejo: ¿seré escritora? Tampoco esa vez pude responderme, así que seguí escribiendo.

FIL GUADALAJARA

Después cambié Roma por París, di clases de informática, arreglé computadoras. Seguí escribiendo. Cambié París por Lisboa. Y aquí sigo. Llevo el club de lectura del Cervantes, doy clases de escritura. Ahí están mis novelas Silencios, La viajera, Habana año cero, El hijo del héroe y varios libros de cuentos y de crónicas. Cada vez que publico algo, vuelvo al espejo y me hago la pregunta, aunque no me importa la respuesta. Sé que sigo enamorada de los viajes, la música, la matemática, los gatos y los libros. Y que lo que más me gusta de todo es escribir historias.

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©Francesco Gattoni


Fragmento de El hijo del héroe

Varios días después de su muerte y aún sin saber lo que había sucedido, yo corría por el bosque de La Habana siguiéndole los pasos al capitán Tormenta, que era la niña que me gustaba. Algunos metros delante corría Enrique de Lagardere, mi mejor amigo, que era mucho más rápido y más fuerte, y por eso me obligaba a impulsar mi cuerpo con una furia loca sin importarme los yerbajos que arañaban mis piernas. Yo era el Conde de Montecristo. A decir verdad, hubiera preferido ser el León de Damasco o hasta Lagardere, porque eso de andar cavando túneles para escapar del castillo de If no me parecía el mejor de los entretenimientos, pero como había sido Tormenta quien determinó nuestros nombres, entonces no me pareció tan mal. Y me acostumbré. De cualquier modo era un conde y eso provocaba que, de vez en cuando, ella bajara su cabeza en señal de reverencia hacia mí, manteniendo su mirada fija en mis ojos y una sonrisa que a los doce años comenzaba a parecerse más a una provocación femenina que a una simple miradita de niña. Fue mi padre quien nos enseñó aquel rincón del bosque y, sin saberlo, nos convirtió en adictos. Nos regaló un pedacito de mundo donde nuestros personajes preferidos podían vivir sus aventuras lejos de la televisión, en nuestra propia carne. Él era de los pocos que tenían carro en el barrio y el único que no consideraba ese artefacto con ruedas como una reliquia o una marca de status social o una pieza de museo que hay que mantener lejos del alcance de todos para que no le hagan daño. No. Para mi padre el carro era un pedazo de lata que podía moverse y si lo tenía él, pues lo tenían todos. Por eso, algunos domingos, cuando salía a la calle con el cubo de agua y las esponjas para lavarlo, dejaba que los niños se acercaran y así, poco a poco, se fue convirtiendo en costumbre. Uno quería limpiar el parabrisas, el otro quería sentarse donde el conductor a simular que manejaba, el otro cambiaba el agua del cubo y juntos hacíamos la faena. El premio era que, al final, cuando ya la lata brillaba y la calle estaba llena de agua, mi padre nos montaba a todos y partíamos rumbo al bosque, a aquel rinconcito, cerca del río, donde había un pequeño puente en forma de arco que parecía sacado de un libro de cuentos. Justo allí, mi padre detenía el carro, abría las puertas y decía: en media hora deben estar de regreso.

Tomado de: Suárez, Karla. El hijo del héroe. Barcelona: Editorial Comba, 2017

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A mi padre lo mataron una tarde que hacía mucho sol, aunque no lo supimos en ese momento. Él estaba del otro lado del mundo, en la selva oscura de Angola. Nosotros en la isla, donde la vida continuaba más o menos como de costumbre, bajo nuestro sol cotidiano.

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ECUADOR, 1944

Está acostumbrado a hablar de sí en tercera persona. Le es más fácil porque “no siempre está seguro de ser él mismo”. Y como dijo su maestro y santo personal, Sartre, es de las personas que se miran como si fuesen otros. Además, le molesta la reiteración del “yo” en la que incurre, a pesar suyo y de lo dicho, en algunas ocasiones, aunque trate de atenuarla con un “nosotros” no siempre sincero. Como buen Géminis no cree en los astros, aunque se reconoce dueño del alma doble, propia de ese signo. Lo cual sólo muestra su carácter contradictorio y prevenido, propenso a la sospecha y al descreimiento. Tiene, pues, la nostalgia de una fe absoluta, de una verdad absoluta, inalcanzables para él. Sin embargo, o por eso mismo, desconfía de los maestros, los líderes y los fanáticos. Sospecha que le mienten. El propio mundo de “la realidad real”, le parece sospechoso.

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Por eso encontró un refugio, el único posible que podía encontrar, en la “realidad virtual” de la literatura. Sólo para descubrir que ella era parte de la realidad real. La descubrió muy pronto, con la costumbre familiar de las novelas de mosqueteros. Como no pudo ser otra cosa se hizo escritor. Más bien: “literato”, aunque la palabra sea abominable y suene a contrato, matraca, y otras peores. Así, los libros son su destino buscado. Los lee, escribe, comenta, edita, promociona, compra y vende. Ha tenido suerte. Gracias a sus novelas, cuentos, ensayos y conferencias, le han premiado y traducido, y ha viajado mucho. Es querendón y goloso. Ama, con excesos, la música y el cine. Y así va por la vida, con un personaje a cuestas en el que, por cierto, sólo cree a medias.

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©Juan Diego Esparza


Fragmento de “¿Cuánto cura el presente?” ¿Cuánto dura el presente? Era la pregunta venenosa que arruinaba nuestros momentos felices. Ella estaba loca. Y yo la amaba quizá por eso. Por sus exabruptos. Al principio, cuando empezábamos a vernos, cuando ella huía y yo la buscaba ―y a veces era al revés―, trataba de sorprenderla con respuestas ingeniosas. ¿Cuánto dura el presente? Es el rasgar de un fósforo ―decía yo―, un destello en la oscuridad; un segundo, unas horas,

Tomado de: Ubidia, Abdón. Tiempo. Ecuador: Editorial El Conejo, 2017

un día, unos días que nos aprisionan, un tiempo uniforme que nos cerca, la buena racha que queremos que no pase, o la mala que queremos que pase y no vuelva más. Eso, lo único seguro que tenemos entre las manos. Tales eran mis primeras respuestas. La hacían reír. Echaba la cabeza hacia atrás. Miraba al cielo. La risa infantil que gorjeaba en su garganta, en su boca bella para mí. El pelo que brillaba contra la luz torrencial del verano. La felicidad de haber sido alcanzada por una brisa fresca. Y de pronto, el corte brutal, la sombra que pasaba ante sus ojos, el rictus severo que le amargaba el rostro. Y la pregunta maldita a flor de labios: ¿Cuánto dura el presente? Era claro. No soportaba la felicidad. No creía merecerla. Lo mismo en el sexo. Después del jolgorio, después del éxtasis en que se sumía, la pregunta renacía con fuerza. Y yo que empezaba a vociferar. A acusarla de eso, de no soportar la dicha. De estar hecha para la desgracia. De ser un rehén del futuro incierto. De arruinar el presente con el miedo de lo que no se sabe si vendrá. De terminarlo, mañosamente así. Un día, en el cuarto del hotel de una playa calurosa, escribí, en su piel tersa, con un marcador de tinta azul, entre sus amados senos y en viaje hacia el pubis, la frase odiada: ¿Cuánto dura el presente? Y me fui para siempre. Sabía que, bajo la ducha y entre sus seguras lágrimas, ella vería diluirse la frase manida, diluirse así, como se diluye el presente. No volví a verla. Pero, a pesar de todos mis esfuerzos, me persigue: ¿Cuánto dura el pasado?

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ella sigue en mí y no logro olvidarla. Desde entonces, otra frase torturante

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BOLIVIA, 1975

Nací en la ciudad de La Paz. Escribí la novela Mundo negro (Editorial Nuevo Milenio, 2000; la cual fue traducida en 2008 al italiano por Edizione Estemporanee). Mi novela breve, de 600 páginas, titulada Fantasmas asesinos (Alfaguara, 2006; Editorial 3600, 2016), ganó el IX Premio Nacional de Novela de Bolivia en 2007. Años después (2011) volví a inclinarme por el género breve (620 páginas) y publiqué Hablar con los perros (Alfaguara). Esta ganó el Premio de Literatura Anna Seghers 2012, concedido por la fundación del mismo nombre en Berlín, Alemania. En 2015 publiqué, con El Cuervo, el libro de relatos Todo el mundo cumple sus sueños menos yo y, con la misma casa editorial, en 2017, una recopilación de crónicas bajo el título El Chicuelo dice. Cuando escribo mis novelas sólo pienso en los personajes, sólo pienso en no ser como ellos, sólo pienso en acabar de una vez para dejar de pensar en ellos. Desde 2011 sufro de una condición llamada desmielinización (la cual es la puerta para la esclerosis múltiple). Por eso uso un bastón metálico para caminar distancias largas (y para que, en los países civilizados, te den preferencia en cualquier fila: el banco, el aeropuerto, la farmacia). En fin, la cosa es que aquí estoy.

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Ojalá eso sirva de algo.

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Fragmento de Fantasmas asesinos 1 Hoy fue mi primer día en el colegio Irlandés. Los alumnos más antiguos dicen que acá mataron a un chico hace algunos años atrás. Yo no les creo porque la gente siempre cuenta mentiras para sorprender a los nuevos. Pero me lo han dicho tantas veces en un lapso de tiempo tan corto que empiezo a creerlo. A lo mejor tendría que averiguar por mi parte y así salir al fin de dudas.

Tomado de: Urrelo Zárate, Wilmer. Fantasmas asesinos. Alfaguara, 2006

2 Estamos en 1992. Y tengo dieciséis años. 3 Por ser la primera semana de clases salimos temprano. Gracias a eso me junté con otros chicos en el segundo patio (tenemos tres) y ahí me contaron la supuesta verdadera historia: –A ese chico lo mataron allá —me dijo el más gordo y señaló un terreno abandonado—. El tipo antes lo violó y después lo enterró —aquí hizo una pausa y me miró como para asustarme—: unos chicos del colegio encontraron el cadáver. 4 Anoche soñé con el chico muerto. Eso no es extraño, ya sé. Lo raro es que su rostro se parecía al mío y también el rostro del asesino. Desperté tarde y por eso mi madre por la mañana me dijo que dejara de ver televisión hasta tan tarde. Le contesté con una grosería y ella me dio una cachetada. Luego me abrazó ya arrepentida y me dijo que el trabajo la estaba matando y yo le dije que eso no me importaba. 5 Sólo tengo dos amigos: un gordo llamado Sergio (el que me contó la historia del niño muerto) y el otro es un pajero de nombre Ismael. Los dos hacen lo que yo les digo y el pajero intenta asombrarme todo el tiempo contándome las películas porno que dice que vio hasta ahora. Yo no le creo porque siempre cuenta la misma. Ayer lo botaron del curso porque se hacía la paja viendo a Sally. Sally es una de las chicas más lindas del curso.

–Esos curas son unos rateros. Y yo pensaba: y encima unos hijos de puta.

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6 Antes de entrar al Irlandés mi hermano y yo estábamos en el Monte Sagrado. Mi madre decía cada vez que tenía que pagar las pensiones:

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CHILE, 1975

Soy el papá de Olivia y eso en la actualidad me define por completo. Gracias a ella he vuelto a gatear, a hacer la invertida (con noventa y cinco kilos a cuestas) y a tomarme la vida con más calma. Cuando mi hija duerme escribo e intento contestar con ficción todas las preguntas que por algún motivo se han instalado a vivir en mi cabeza. Sin embargo, por sobre todas las cosas, día a día trabajo para que Olivia sea una mujer decidida y libre. Por eso jugamos a las luchas, pintamos con lápices de cera y me emociono cada vez que la veo tomar a voluntad propia sus libros llenos de ilustraciones.

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Mi hija aún no habla, pero estoy preparándome para cuando me pregunté quién soy, a qué me dedico y si he podido ser feliz a lo largo del camino. Si eso ocurriera hoy le diría que en un momento de mi vida decidí dejar muchas cosas de lado para convertirme en un escritor, es decir, una suerte de equilibrista que se tropieza más de la cuenta, pero que en ese ejercicio de riesgo siempre logra que aflore un poco de verdad, otro poco de provocación, una cuota de su biografía y un gran amor por modificar aquello que lo rodea. Espero seguir aprendiendo. También espero no fallar demasiado como padre. Sé que aún hay tiempo. Solo he escrito dos novelas: “El increíble señor Galgo” y “La extinción de los coleópteros”.

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©Caro Galea


Fragmento de La extinción de los coleópteros Al comienzo su trabajo consistió en abrir y cerrar los candados que bloqueaban la puerta del sótano. Si se le ocurría pedir materiales, redactaba una lista y al día siguiente aparecían a un costado del escritorio de lingue que había instalado afuera de la entrada, a fin de darle al lugar un aire de oficina. El primero en golpearse las canillas fue Ferdinand Kunz, que no vio el aparatoso mueble al regresar del patio del colegio tras fumarse un cigarro. El secretario del directorio, instintivamente, alejó la tibia del suelo y dando saltos con una sola pierna lanzó un grito que retumbó en las paredes e hizo que Joselito —hasta ese instante en el baño— irrumpiera con los pantalones a medio subir. El siguiente en probar la solidez de la madera fue Heinrich Weiger, que se pegó en los glúteos con uno de los bordes afilados mientras lo sacaban en andas. Heinrich, eso sí, constató la magnitud de la lesión al día siguiente, pues al producirse el impacto se encontraba completamente borracho. Luego vino Klaus Gebauer, que chocó con el mueble a las cuatro de la mañana, apenas salió desde el sótano en busca de un cuchillo. En todas esas ocasiones el auxiliar de aseo reaccionaba de la misma forma: se acercaba a pedir disculpas e intentando sobarle la pierna, la rodilla o el muslo al accidentado, pensaba que a causa de su capricho perdería el trabajo y prometía convertir al escritorio en leña.

Tomado de: Vargas, Diego. La extinción de los coleópteros. Emecé, 2016

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Sin embargo, ni Gebauer ni Kunz ni Weiger quisieron que moviera el mueble de su sitio. Por eso Joselito comenzó a creer que sus jefes no eran más que un montón de curahuillas excéntricos, dispuestos a pagarle para que custodiara una puerta oxidada todos los sábados por la noche. Su impresión cambió radicalmente el 7 de enero de 1980. En la madrugada, Klaus Gebauer le pidió que recordara la promesa hecha hace no tanto tiempo y luego lo hizo tomar un paño, una escobilla, algunas bolsas y una botella de clorato de sodio. Apoyando sus manos en la pared y un poco ciego por la luz tenue, Joselito se internó por primera vez en las profundidades del sótano. Al posar sus pies en el piso de cemento, un vómito furioso salió desde su boca. Después sintió que el aire le faltaba y vomitó nuevamente, esta vez un líquido blancuzco cuya expulsión le quemó el estómago y lo llevó a colocar las manos en el suelo. Un minuto después se puso de pie y constató que los integrantes del directorio ya no estaban, que la puerta de acceso al sótano se encontraba cerrada y no tenía más opciones que limpiar.

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PERÚ, 1963

Cursé estudios de derecho en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa, graduándome en el año 1993. Desde los 20 años me dedico con gran pasión a la literaria y escribo sin cesar desde entonces hasta hoy día. En mis primeros años publiqué cuentos en plaquettes y diarios, y luego empecé a obtener mis primeros logros al ganar el primero y tercer lugar en el Concurso Nacional de Cuentos organizado por la Municipalidad Distrital de Paucarpata de Arequipa, con mis relatos “La vida detrás de un biombo” (1993) y “Un blues en la noche” (1994). Sin embargo, la gran oportunidad se dio cuando alcancé el primer lugar en la VIII Bienal de Cuentos Premio COPÉ 1994, que organiza PETROPERÚ, por mi cuento “Cuando las últimas luces se hayan apagado”; y, posteriormente, mi novela El nido de la tempestad fue finalista en la II Bienal de Novela Premio COPÉ Internacional 2009.

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Hasta la fecha he publicado tres libros de cuentos: Cortometraje (Arequipa, Cascahuesos Editores, 2010), Témpanos y kamikazes (Lima, Tribal, 2014) y Sonata para un hombre lejano (Arequipa, Surnumérica, 2016); y una novela El nido de la tempestad (Lima, Tribal, 2012). He sido seleccionado en diversas antologías, entre ellas Antología Nacional del Cuento Peruano realizado por Ricardo Gonzales Vigil; y, asimismo, mi libro Cortometraje fue catalogado por el crítico literario Elton Honores, como uno de los mejores “10 libros de literatura fantástica” publicados en el Perú en la década 20002010.

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Este año mis editores se han propuesto publicar mi segunda novela Los últimos dioses del opio, así como reeditar mi primer libro de cuentos Cortometraje.


Fragmento de “Pithecantropus erectus” (o la Tribu de los Ichipawa) A Charlie Parker Es imposible precisarlo. Podría tratarse de una colina, de un cerro, de una montaña o hasta de una intrincada y densa jungla; lo único cierto es que el lugar se encuentra en el sitio más remoto y prominente. Es tan alto y escarpado, que casi puede tocarse con los ojos la noche helada. La tribu de los Ichipawa, conformada por hombres recios y mujeres aguerridas, se halla en el lugar. Sobre sus hombros descubiertos se precipita una torrencial lluvia, y bajo sus pies descalzos navega pesadamente un mar de lodo y piedras.

Tomado de: Vásquez, Yuri. De Cortometraje. Arequipa: Cascahuesos Editores, 2010

Es tan oscura la noche, que parece que no existiera firmamento. No hay luna ni estrellas y, acaso, el transcurrir de las nubes apenas se puede adivinar cuando tropiezan con sus frentes ásperas. La tribu se encuentra en grupos dispersos, bulliciosos, alejados unos de otros, y para iluminar el contorno de sus tiendas, se valen de antorchas de brea o aceite y de portentosas hogueras que arden desde las piedras. Sin embargo, el fuego que portan es insuficiente para iluminar la extensión del mundo, esa oscuridad impenetrable. Y es que las llamas son abatidas sin cesar por la pertinaz lluvia que cae y por el impetuoso viento que recorre la noche como un fantasma desesperado. La tribu de los Ichipawa ha subido al lugar como todas las noches, penosamente; sus hombres y mujeres tienen los ojos inyectados de ansiedad y regocijo, de furia y dolor. Pero en cuanto acampan se da inicio al rito perpetuo e indescifrable de sus destinos. Por eso, ahora, unos hombres cubiertos con máscaras de guerra y piel de leopardo luchan entre sí, despiadadamente, mientras la muchedumbre los azuza. Las cabezas de uno y otro ruedan al suelo impulsadas por la contundencia de las espadas de acero. Los guerreros vencedores, continuando con el espectáculo, recogen los cráneos y beben complacidos la sangre aún caliente del vencido como si fuese el delicioso vino de los dioses.

[…]

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La lucha es tenaz. Cuando las espadas se han extraviado en medio de la confusión de las batallas, los bravos guerreros se desgarran unos a otros la piel, o se arrancan los ojos y la lengua con la fuerza de sus terribles dentaduras. La muchedumbre especta la lucha; pero antes que el último de los guerreros caiga abatido y los últimos tambores de guerra —que han sonado interminables durante los combates— se apaguen, los espíritus malignos parecen encarnarse en ellos y la feroz batalla se universaliza. Siempre sucede lo mismo. La muchedumbre y los guerreros saben cómo terminan los torneos; pero no pueden evitar repetir cada noche estos ritos cruentos porque una fuerza más poderosa que la de ellos —y que todas las fuerzas— los impulsa, los arrastra a hacerlo. Puede ser la fuerza de los truenos, de las serpientes y los cuervos, de todos los dioses juntos, pero ellos la aceptan como suya y reconocen en sus actos el placer y la felicidad de sí mismos.

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PERÚ, 1977

Desde hace diez años vivo en diferentes ciudades de los Estados Unidos: Providence, Philadelphia y Riverside. En esta última ciudad, en calidad de profesor visitante, enseño actualmente Literatura Hispanoamericana. Una persistencia enigmática me ha permitido escribir cuatro libros de cuentos, género en el que milito; pero es incluso mucho más inescrutable el hecho de que estos hayan sido publicados en Perú y España.

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El más reciente, Los bosques tienen sus propias puertas, data de finales de 2013. Otros esfuerzos literarios, igualmente tolerables, incluyen aforismos y ensayos; un cuento para niños y una novela juvenil. En junio, mi primer volumen de cuentos, Las islas, se reeditó luego de once años; en noviembre empezará a circular en Estados Unidos la traducción al inglés del segundo, Lecciones para un niño que llega tarde.

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©Helen Hesse


Fragmento de Los bosques tienen sus propias puertas Siempre había odiado los juegos de mesa. Los que imitaban la progresión de la vida o la economía privada como si fueran preparativos en los que el error no traía consecuencias. Juegos en los que uno podía morir, ir a la cárcel, quebrar, adquirir propiedades y perderlas, y recibir siempre, en retribución, una palmada en el hombro. Al final, la vida se doblaba como un tablero de cartón, y las fichas, el dinero, la memoria se ordenaban y clasificaban, como quien se mete una foto vieja al bolsillo y el pasado se vuelve pasado.

Tomado de: Yushimito, Carlos. Los bosques tienen sus propias puertas. Lima: Peisa, 2013; Madrid: Demipage, 2014

¡Y esos dados, con sus números metidos hacia adentro, no eran sino una broma molesta para un ciego! Había una trampa, un braille hecho para otros dedos que se leía mal y confundía las proporciones del mundo. En la vida real, ¿no eran, en cambio, los cuerpos pequeños quienes batallaban por acercarse a los grandes? Y la ficción de ese esparcimiento que crecía en su jardín, animada por el contacto de manos alegres, ese juego en el que orbitaban la fuerza y la precisión de un modo diferente al de la vida, se le hizo cruel y extraño. ¿Y qué había de las hormigas que se aplastaban? ¡Esa! ¡Esa era la vida! El peso que dioses ebrios, no contentos ya con afectarlos con sus movimientos, les dejaban caer encima, además, en forma de unas pelotas de metal, falsos cuerpos  celestes que desordenaban el universo, orbitando el planeta grande alrededor  del pequeño, y echándoselos encima como quien echa un asteroide y extingue dinosaurios por error o indiferencia. Los dinosaurios no habían sido más  que las víctimas de un inexperto jugador de petanca. Dios, qué cosmología tan triste.

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Miró al perro y soltó la pelota de tenis; el animal bufó, masticó su textura gomosa e hirsuta, y esa especie de inquina natural parecía ser más la  de un aburrido dios que la de un perro satisfecho.

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FIL GUADALAJARA

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Adaui Katya | Perú Alemán, Gabriela | Ecuador Álvarez, Sergio | Colombia Almada, Selva | Argentina Álvarez, Juan | Colombia Amengual, Claudia | Uruguay Ampuero, María Fernanda | Ecuador Andruetto, María Teresa | Argentina Apablaza, Claudia | Chile Arcos Cabrera, Carlos | Ecuador Arroyo Pizano, Yolanda | Puerto Rico Barquero, Guillermo | Costa Rica Barrera, Alberto | Venezuela Barreto, Igor | Venezuela Benavides, Jorge Eduardo | Perú Berrocal, Bernabé | Costa Rica Berti, Eduardo | Argentina Bisama, Álvaro | Chile Blanco, Rodrigo | Venezuela Blandón, Erick | Nicaragua Brizuela, Leopoldo | Argentina Burgos, Isabel | Panamá Butazzoni, Fernando | Uruguay Cáceres, Jorge Luis | Ecuador Campos, Simone | Brasil Carneiro, Flávio | Brasil Carvalho, Bernardo | Brasil Centeno, Israel | Venezuela Centeno Maldonado, Daniel | Venezuela Chaves, José Ricardo | Costa Rica Chávez, Miguel Antonio | Ecuador Coehlo, Oliverio | Argentina Collyer, Jaime | Chile Consiglio, Jorge | Argentina Contreras, Fernando | Costa Rica Correa, Juan David | Colombia Correa, Matías | Chile Cortés, Carlos | Costa Rica

Cueto, Alonso | Perú Dávila, Tere | Puerto Rico De Leones, André | Brasil Delgado Aparaín, Mario | Uruguay Díaz Eterovic, Ramón | Chile Díaz Oliva, Antonio | Chile Egüez, Iván | Ecuador Engel, Patricia | Colombia Estramil, Mercedes | Uruguay Falco, Federico | Argentina Fernández, Nona | Chile Fernández Moreno, Inés | Argentina Ferroni, Marcelo | Brasil Figueiredo, Rubens | Brasil Fraia, Emilio | Brasil Freire, Marcelino | Brasil Fresán, Rodrigo | Argentina Fuks, Julián | Brasil Gamboa, Jeremías | Perú García, Antonio | Colombia García Robayo, Margarita | Colombia Garland, Inés | Argentina Geisler, Luisa | Brasil González, Tomás | Colombia Grigsby Vergara, William | Nicaragua Guerra, Wendy | Cuba Guillén, Luis Diego | Costa Rica Gutiérrez Negrón, Sergio | Puerto Rico Gutiérrez Plaza, Arturo | Venezuela Halfon, Eduardo | Guatemala Hatoum, Milton | Brasil Hernández, Claudia | El Salvador Herra, Rafael Ángel | Costa Rica Hasbún, Rodrigo | Bolivia Hidalgo, Daniel | Chile Huezo Mixco, Miguel | El Salvador Iparraguirre, Alexis | Perú Jeftanovic, Andrea | Chile


Rodríguez, María Paz | Chile Ronsino, Hernán | Argentina Rosero, Evelio | Colombia Ruffato, Luiz | Brasil Saavedra, Carola | Brasil Saccomanno, Guillermo | Argentina Salazar, Claudia | Perú Samper, Daniel | Colombia Sánchez R., Eduardo | Venezuela Sanchiz, Ramiro | Uruguay Sandoval, Carlos | Venezuela Sanhueza, Leonardo | Chile Santos Febres, Mayra | Puerto Rico Santullo, Laura | Uruguay Schroeder, Carlos Henrique | Brasil Silvestre, Edney | Brasil Solano, Andrés Felipe | Colombia Suárez, Karla | Cuba Stigger, Verônica | Brasil Thays, Iván | Perú Toro, Pablo | Chile Torres, Miguel | Colombia Ubidia, Abdón | Ecuador Ulloa- Argüello, Warren | Costa Rica Umpi, Dani | Uruguay Urrelo, Wilmer | Bolivia Valencia, Leonardo | Ecuador Vásconez, Carlos | Ecuador Vásquez, Yuri | Perú Vela, Óscar | Ecuador Verzi, Horacio | Uruguay Wilson, Mike | Chile Wynter, Carlos O. | Panamá Yushimito, Carlos | Perú Zappi, Lucrecia | Brasil Zúñiga, Diego | Chile

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Juárez Polanco, Ulises | Nicaragua Lacerda, Rodrigo | Brasil Lalo, Eduardo | Puerto Rico Lisas, Ricardo | Brasil Lisboa, Adriana | Brasil Maia, Ana Paula | Brasil Martínez, Guillermo | Argentina Martins, Altair | Brasil Martínez Gómez, Julián | Cuba Martz, Mario | Nicaragua Méndez, Juan Carlos | Venezuela Meruane, Lina | Chile Montero, Mayra | Puerto Rico Montes, Raphael | Brasil Mosquera, Javier | Guatemala Nazarian, Santiago | Brasil Negrón, Luis | Puerto Rico Neyra, Ezio | Perú Núñez, Vanessa | El Salvador Olguín, Sergio | Argentina Olivar, Norberto José | Venezuela Oloixarac, Pola | Argentina Padura, Leonardo | Cuba Page, Johann | Perú Pantin, Yolanda | Venezuela Passos, José Luiz | Brasil Paz Soldán, Edmundo | Bolivia Phé-Funchal, Denise | Guatemala Pimentel, Jerónimo | Perú Piñeiro, Claudia | Argentina Poblete, Nicolás | Chile Prata, Antonio | Brasil Quirós, Daniel | Costa Rica Raggio, Salvador Luis | Perú Rimsky, Cynthia | Chile Rivero, Giovanna | Bolivia Rodrigues, Sérgio | Brasil Rodríguez, Giovanni | Honduras

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Este catálogo fue impreso sobre papeles que disminuyen el impacto ambiental y cuentan con una certificación internacional. LATINOAMÉRICA VIVA se terminó de imprimir en noviembre de 2017 en los talleres de Pandora Impresores Caña 3657, Col. La Nogalera, 44470 1,000 ejemplares Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio electrónico o impreso sin previa autorización de la FIL Guadalajara

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Cinco años de vivir Latinoamérica La Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en su edición 31, afianza el programa Latinoamérica Viva...

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