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Quito, 17 de julio de 2013

Drogas y mercado

Fander Falconí La humanidad siempre ha usado drogas. En realidad, todo medicamento es una droga. Lo que sucede es que en la actualidad esta palabra se asigna de manera casi exclusiva a las “drogas sicotrópicas”, a los llamados estupefacientes. Don Juan Matus, el célebre shamán (yaqui) mexicano -a quien el antropólogo Carlos Castaneda hizo un seguimiento exhaustivo desde finales de los sesenta-, llamaba “plantas de poder” a aquellas que suelen utilizarse en rituales indígenas de sanación o en experiencias para alcanzar la expansión de la conciencia. Pero esta manera de contemplar e interpretar la realidad, con fines muy distintos, murió con el mercado. Desde que todo se compra y se vende, fue imposible que las drogas escaparan de convertirse en otra mercancía más de las tantas; sobre todo, si consideramos que generan enormes ganancias, y las ganancias, poder. En el capitalismo de mercado las drogas resultan, al final del cuento, un problema de poder. No es una simple coincidencia que la ocupada Afganistán sea hoy por hoy la principal proveedora mundial de la heroína. En el Informe Mundial sobre Drogas (2013), de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, se calcula que hay entre 167 y 315 millones de personas que usan substancias ilícitas en el mundo. La problemática del consumo debe ser tratada en toda su amplitud: salud pública, mercados clandestinos en la producción, tráfico y consumo, seguridad, aspectos geopolíticos y culturales. Pero debería ser también abordada desde la perspectiva de la distribución de la riqueza planetaria. ¿Acaso la cocaína no es la droga de los ricos y la base de coca (el llamado “bazuco”) la de los pobres? La una se esnifa en polvo en Wall Street, la otra se fuma en cientos de barriadas pobres. En el segundo plano de todo este escenario aparecen las cárceles llenas de personas condenadas por microtráfico, mientras los dueños de los cárteles de la droga se encuentran libres y haciendo cada vez más dinero.


Milton Friedman, el exgurú neoliberal, plantea la necesidad de legalizar las drogas -con lo cual se destruiría el mercado ilegal y el precio bajaría- y someterlas a las mismas normas que existen para el alcohol y el tabaco. La despenalización, con diversos matices, ha sido propuesta por varias personalidades, expresidentes latinoamericanos y norteamericanos, académicos y premios Nobel. La legislación sobre las drogas no agota sus virtudes si considera que se trata de un problema de salud pública. Algunos puntos clave del debate incluyen la despenalización del microtráfico, la regularización de la tenencia de una cierta cantidad o la legalización de determinadas drogas. Sin prejuicios ni tabúes, es hora de plantearse frontalmente estos temas. El debate está abierto y no hay por qué rehuirlo.

Fuente: El Telégrafo

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