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ENCIMA DE LA NIEBLA

PRIMER ANIVERSARIO NOVIEMBRE 2020

Redacción Antonio Maldonado Redacción Josephine Maldonado José María Atienza Borge Enrique Moreno Redacción José Luis Pérez Fuente Héctor Villarroel Santiago Asensio Carmela Pérez Núñez Lucía Borsani Felipe Espílez Murciano María Ángeles Espílez Murciano Redacción María Cruz Vilar Kalton Bruhl Jorge Castro Emilio Poussa José G. Santos Vega Chusé Inazio Felices Edgardo Romero Cruz Medina Roxana Heise

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Lucía Santamaría Nájara Jorge Castro Daniel Borge Carmen Nöel Alejandro Pinzón

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Federico García Lorca

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Huellas de María Teresa León Historia de un libro El juicio del mono Renoir Vente pal pueblo, Pepe Albarracín: Historia, paisaje, color Los amantes de Valdano Puro sentimiento El concepto de silencio en la pintura El viento divisible Presentación Ilustraciones por docena Nobuyuki y el sendero de las camelias encendidas El Che Guevara de Andy Warhol Kati Horma Travesía Las Cartas Benet Casablancas La siesta Entre gota y gota El manuscrito encontrado en Zaragoza A la espera La carta El forastero Inseguridad Aire La paguita fascista y el libre mercado comunistoide Poema Mosaico de mundos ingenuos La luna bajó a la fragua

Edita Encima de la niebla. Dirección: Felipe y María Ángeles Espílez Murciano. ISBN: 9798698735427 - Independently published. Reservados todos los derechos. La presente edición es una selección de los artículos publicados en el primer año en la revista digital, con motivo de su I aniversario.

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El libro Miguel de Cervantes Saavedra. El soldado que nos enseñó a hablar, escrito por María Teresa León, bien puede considerase, y así lo han hecho muchos escritores, como una obra literaria del mayor orden, que

Se levantó Miguel de la silla y se tumbó en las tablas preparadas para su sueño. Le parecía oír los latidos de su alma. Y se figuró que Alonso Quijada, como él mismo tantos años atrás, había salido de un pueblo de la Mancha para deshacer los enredos de los hombres tristes de una triste España, donde ya no había caballeros andantes… – Pero aquel pobre estaba loco –se murmuró Cervantes – ¡Y eso qué importa! -se contestó. Se levantó de nuevo, despabiló la mecha de luz, se acercó a los papeles dejados por Tomás Gutiérrez con tanto celo, leyó que aún no estaba escrito más que el encabezamiento: “Al Señor Presidente del Consejo Real de Contabilidad de Madrid…” Trazó sobre el escrito una ancha raya. Su solicitud y descargos estaban concluidos. Y comenzó a escribir, en medio de un silencio sólo arañado por el rasguear de su pluma, algo que debía volver traslúcidos los muros de la cárcel de Sevilla y que, pasados los siglos, aún nos aprieta el corazón: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo…” Las alertas siguieron mordiendo, espaciadamente, el silencio de la noche. La cárcel de Sevilla roncaba. Miguel de Cervantes, bien despierto, escribía sin saber que había pasado a habitar el regazo de la gloria.

brilla por sí misma y en la que María Teresa León se funde con Cervantes de una forma tan hermosa que, a veces, parecen compartir el espacio reservado a los hombres y mujeres que alcanzan la gloria de las letras, para mayor deleite del lector, que sigue la biografía de Don Miguel a través de la pureza literaria de una escritora de raza que nos brinda en esta obra una de sus mayores expresiones literarias. Esto es lo que dijeron del libro algunos personajes: “El libro es objeto, en sí mismo, contenedor de la más alta expresión de lo humano y herramienta de progreso” –César Antonio Molina “El autor de Don Quijote siempre había sido uno de sus escritores favoritos. Por eso, con la confianza con la que tratamos a los buenos amigos, la gente que nos quiere y a la que queremos, ella se lo inventa, lo convierte en su propio personaje, lo recrea a imagen y semejanza de su enorme corazón. Esto es lo que ofrece al lector en Cervantes, el soldado que nos enseñó a hablar, mucho más que una biografía convencional, el previsible relato de una vida conocida que se apoya en datos concretos, exactos y bien documentados… Este es el hallazgo de un libro especial”. –Almudena Grandes. “Prolonga la libertad de María Teresa al imaginar a Miguel como un Alonso Quijano armado de pluma, viejo y derrotado, cargado de amargura y sin ganas de batallar, como antes lo había pintado en versos León Felipe. Un Cervantes Quijote, que se nutre de la gloria del personaje que él mismo ha creado en una interpretación delicada y sugerente que se instala en el clima de los sueños”. – José Luis Fariñas.

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consonantes y asonantes se alternaban en los ochenta. Si se perdía alguna rima él era un verso libre, un sano proyecto había auto rescatado al escritor que un día fue y al estudiante que no pudo ser antes. Después creó una familia a la que dedicarse, les escribió al respirar. Su naturaleza se manifestó de nuevo. Volvieron los libros, volvió el hambre y con ella una máquina de escribir. Dio ritmo a sus palabras, hizo bailar a otros ojos y una

Cuando los días de los sesenta estaban en las calles, un chiquillo muy hacendoso tocó su primer libro. Al abrirlo sintió una melodía nueva, sus ojos se abrieron al ritmo de las palabras. Parte de su curiosidad innata calmó su sed, a la otra parte le dio hambre. Esa hambre le hizo

noche soñó un hijo de papel. Sus versos llegaron a brillar como astros en el espacio virtual, sus noches frente al ordenador dieron entretenimiento y esperanza a quienes estaban en otras pantallas. El siglo XXI lo quiso menos de lo que habría debido, le dio las alegrías con las que el tiempo halaga a toda su prole, pero se llevó sus letras demasiado pronto. Escribir le dio la vida, pero aquellos ojos tan abiertos se cerraron para siempre. Sus cenizas encarnaron un libro póstumo, su sueño desde niño se cumplió. Aunque no estuvo para verlo, así alcanzó la inmortalidad.

amar la escuela, abrió sus tímpanos a la voz del maestro y fue uno de los niños más educados. Su madre le daba lustre y cuidados, su padre los víveres. Sobre este sustento fue creciendo con el hambre de saber, soñaba con ser escritor. Llegaron los setenta, le trajeron la oportunidad de rodearse de libros y un mal cruce. Su madre, bien dispuesta, iba a matricularlo para cursar estudios superiores. Él la acompañaba con un libro en las manos. En dirección contraria soplaba un viento de antaño, empujaba a la que era suegra y abuela. Antes del cruce las paredes encaladas palidecieron con su conversación: ¿Ande vais, mujer? Vamos a apuntarlo para que siga estudiando el año que viene. Nos ha dicho el maestro que el niño vale. ¡Qué cosas tenéis la gente nueva! El muchacho vale, pero pal campo como su padre y su abuelo. Al hijo de la Francisca se lo llevaron a estudiar y se ha vuelto un perro y muy señorito. ¡Quita, quita! Veniros a mi casa y me ayudas a hacer cosas mejores. Y del brazo se llevó a la madre, al hijo y al espíritu ilustrado que sujetaba aquel libro. Muy poco después el mozo cambió la textura del papel por la de la harina. Las horas de sueño le alejaron de los libros, pero no del papel. De vez en cuando llenaba un cuaderno, no se sabe quién más a quien. Entre sus manos y el papel tuvo al tiempo, a su fe y llegó a escribir al amor. Cuando lo conoció dejó la tinta con la cadencia que se alejaban los setenta. Su vida respiraba poesía, las rimas 4


EL JUICIO DEL MONO

El origen del problema El verano de 1925 fue angustiosamente caluroso en Dayton. La tarde se deshacía ya sobre los rostros sudorosos de las menos de dos mil almas de la pequeña ciudad de Tennessee. En casa de Donald Miller, Dorothy llamaba a cenar desde la cocina a su marido y a sus dos hijos, Lucy de diez años y William de dieciséis. Enseguida acudieron todos a la mesa. Dorothy les sirvió la cena a todos y Donald bendijo la mesa, como lo hacía siempre. Tras unos segundos de respetuoso silencio, o quizás solo fruto de una costumbre no meditada, comenzaron a cenar y se estableció una animada charla familiar. A los pocos minutos de iniciada la cena, Donald le preguntó a su hijo: – ¿Qué habéis estudiado hoy en clase?, William – El profesor Scopes nos ha explicado la teoría de la evolución del hombre. – ¿Cómo?, respondió su padre tan sorprendido como indignado. ¡Pero eso no puede ser!

– ¿Por qué no puede ser?, pregunto su hijo, ingenuamente. – Es lo que dice la ciencia. – Porque esas son las teorías diabólicas del evolucionismo que niegan la creación del hombre por Dios. ¿En qué cabeza cabe que el hombre provenga del mono como propugna Darwin? A continuación, se hizo un tenso silencio. Ninguno de los asistentes a esa cena osó contradecir a Donald. Todos conocían su carácter y sus ideas religiosas que, en muchos momentos, adquirían tintes mesiánicos. Al cabo de unos segundos, el padre volvió a preguntar: – ¿Qué día volvéis a tener clase con ese demonio? – ¿Con el profesor Scopes? – Sí, claro, respondió claramente enojado, el padre. – El jueves próximo. – ¿A qué hora? – A las diez – Muy bien. Pues no vas a asistir a esa clase. O… mejor, sí. Tú asiste que quiero que presencies lo que va a pasar allí. Vamos a darle una buena lección a ese evolucionista. Después de eso, la cena transcurrió prácticamente en silencio. Donald se encontraba pensativo, seguramente tramando las acciones que iba a emprender. Los demás, su mujer y sus dos hijos, cenaban en silencio pues sabían que no debían enojarlo, si no querían sufrir las consecuencias de su cólera, que tantas veces habían padecido. 5


La confabulación Al día siguiente, Donald fue en busca de tres personas representativas, las que creía necesarias para urdir el plan que le temblaba en la cabeza: el pastor, el representante de la ley y el fiscal. Entre los cuatro podrían, según él, atajar el ataque del ateísmo que se propagaba a través de las ideas del evolucionismo. Una batalla de Darwin contra la Biblia, en la que

y reemplazarla por la enseñanza de que el hombre desciende de un orden de animales inferiores. – Entonces, todo está listo. Está perdido ese Scopes. Esto debe ser una cruzada contra el ateísmo que nos invade por los cuatro costados, argumentó el clérigo. – Bueno, sinceramente creo que tenemos todas las cartas de nuestro lado. Sin embargo… – Sin embargo ¿qué? Preguntó Donald.

estaba seguro que ganaría la segunda porque, bajo su perspectiva, ¿quién iba a ganar a Dios? Contactó con las dos primeras personas y, los tres juntos, fueron al despacho del fiscal para terminar de completar el grupo, el grupo de salvación que necesitaba Dayton. – Supongo que habrá alguna norma legal que nos ampare ante tal despropósito. – Desde luego, contestó el fiscal – La ley Butler, supongo.

– Bueno, pues que, si bien es cierto que el acta Butler prohíbe la enseñanza de la teoría de la evolución, no es menos cierto que el Estado exige que los profesores utilicen el libro de texto Biología Cívica de 1914, de George Hunter, que se adhiere a la teoría evolucionista de una forma explícita. Por tanto, sea la que sea la posición del profesor, comete un acto ilegal, porque las dos normas en vigor son contradictorias. – ¿Y le ve un problema a esa situación?, le preguntó el

– Efectivamente, volvió a contestar el fiscal mientras se dirigía a su librería intentando localizar el texto entre los libros legales. – Aquí está, dijo levantando con la mano derecha una pequeña encuadernación. ¡Veamos! Si, aquí. Escuchen lo que dice: la norma determina que es ilegal, en todo establecimiento educativo del estado de Tennessee, la enseñanza de cualquier teoría que niegue la historia de la Divina Creación del hombre, tal como se encuentra explicada en la Biblia

reverendo. – Solo relativamente, creo que podremos soslayarlo. – Bien, concluyó Donald. Creo que estamos preparados para presentarnos mañana en la clase de ese ateo que está contaminando la fe de nuestros hijos y proceder a su detención ¿No es así? – Por mi parte, no hay problema, sentenció el fiscal. Nos reuniremos a las diez en la puerta del colegio. Hasta mañana, señores.

Clarence Darrow (izquierda) y William Jennings Bryan (derecha)

La detención de Scopes Tal y como habían quedado, los cuatro hombres se presentaron en la clase de ciencias que impartía el profesor Scopes. Derechos y al final del aula, se dispusieron a oír la disertación del maestro. El profesor Scopes, notoriamente sorpren-

– ¿Está Vd. negando el creacionismo? ¿Está negando la intervención de Dios en la creación del hombre? – No necesariamente, respondió tranquilamente Scopes. – Estoy explicando la teoría de las especies de Darwin que

dido, les dio la bienvenida a la clase y comenzó su discurso. Desplegó un poster en el que se ilustraba el origen del hombre y la evolución desde el mono hasta el presente. Nada más empezar fue interrumpido por Donald.

se desarrolla en el libro de texto oficial. – Pero está usted propagando el ateísmo entre nuestros hijos, le dijo acusadoramente el pastor.

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– Y vulnerando el Acta Butler, añadió el fiscal. Está Vd. cometiendo un acto ilícito, pues dicha norma prohíbe explícitamente las enseñanzas que Vd. está impartiendo. En ese momento, el representante de la ley se acercó al maestro y le dijo: – Está Vd. detenido. Ponga las manos atrás porque voy a ponerle las esposas. La sorpresa e indignación de Scopes era compartida por

Eran demasiado jóvenes e inexpertos para enfrentarse con aquellos hombres que representaban el poder. Y así fue como Scopes fue dirigido hacia los calabozos de la ciudad donde quedó preso a la espera de su interrogatorio y declaración. Parecía que el poder, que todo lo dirige y lo maneja al abrigo de sus intereses particulares había ganado otra vez. Al menos… de momento.

la mayoría de los alumnos. Sin embargo, nadie dijo nada.

El juicio del mono Pero esa detención no iba a ser tan pacífica como esperaban esos cuatro hombres encargados de velar por la tradición, fuera o no coherente con los principios del conocimiento. La noticia de la detención de Scopes, trascendió del ámbito de Dayton y rápidamente de propagó por Estados Unidos para

ticamente la sentencia parecía estar ya dictada antes de comenzar el juicio. De hecho, éste comenzó con la petición del juez de rezar una oración. Pero los pleitos nunca se saben cómo terminan y la defensa contaba también con muchos apoyos, llegados a la pequeña Dayton para favorecer la corriente evolucionista.

pasar, casi inmediatamente, también, a dar la vuelta al mundo a través de las portadas de los periódicos más importantes del orbe. Ese despliegue mediático del ya bautizado Juicio del mono exigía, claro, la intervención de los abogados más brillantes de la época. Y en ese sentido, la acusación contó con la

El juicio comenzó el 10 de julio de 1925 y duraría once días. El primer día, la expectación era tal que la sala estaba abarrotada con 300 personas, además de las más de 1.000 que esperaban fuera. En la sala hacía un calor tan brutal que ambos abogados solicitaron del juez poder liberarse de las rígidas

presencia de William Jennings Bryan, fanático religioso, miembro del Congreso, antiguo Secretario de Estado y tres veces candidato a la presidencia de los Estados Unidos. La parte acusada contó con Clarence Darrow, un brillante abogado, quizás el más famoso de aquellos tiempos, para

costumbres de la época y quitarse las chaquetas. Seguidamente, se solicitó a su señoría un pequeño receso para nombrar a William Bryan el título de coronel honorario de la milicia local. Así se hizo, pero este hecho fue protestado por el abogado defensor:

dirigir la defensa. Apoyados, además, por la Unión Americana de Libertades Civiles, que manifestó que defendería a toda persona que fuera acusada de enseñar la teoría de la evolución, desafiando abiertamente a la Butler Act. Los dos abogados se conocían y se admiraban, aunque al mismo tiempo se detestaban por ser de ideas radicalmente contrarias: William Jennings, fanático religioso, defensor de los poderosos y Clarence Darrow, defensor de pobres, ho-

– ¿Por qué este privilegio? Para el jurado y el público, el «coronel» Bryan es alguien superior a su rival. Lo enaltece, al mismo tiempo que disminuye mi figura. Tras una pequeña vacilación del juez, y con el objeto de solventar la situación, propuso una inesperada solución: – Bien. Entonces, por el derecho que me asiste, nombro también coronel honorario de la milicia local… ¡al abogado Darrow!

mosexuales, obreros, anarquistas y víctimas del poder. Allí estaban ellos dos, los abogados más influyentes de Estados Unidos, en la pequeña ciudad de Dayton, hasta entonces una pequeña villa perdida en la oscuridad de Tennessee, con toda la prensa del mundo siguiendo vivamente el caso. La ciencia contra la religión, una vez más. El juez encargado de presidir el juicio fue John T. Raulston. Ya desde el inicio se notó claramente partidista, impropiamente a su posición de juez imparcial, pues redujo en tal

Desde luego, todos los prolegómenos hacían pensar que el juicio iba a ser verdaderamente particular, como efectivamente lo fue. Mientras tanto, en las calles, en los alrededores de los juzgados, el espectáculo era absolutamente inusual en una ciudad tan pequeña. Una muchedumbre de gente alborotada gritaba insultos contra Scopes y Darrow, entre los que destacaba el de “¡enviados del demonio!” Al mismo tiempo, otros entonaban cánticos religiosos a coro mientras blandían carte-

grado las deliberaciones del gran jurado e influyó de tal manera en aleccionar a sus miembros contra Scopes, que prác-

les en los que se podían ver monos burdamente pintados 7


con la leyenda «Este no es mi padre». Se pudo ver, incluso, a un pobre mono enjaulado. El juez fue, dando una vez más muestra de su afinidad con los creacionistas, prohibió la comparecencia de todos científicos que presentó la defensa. El juicio proseguía en este ambiente. En un momento determinado, el calor de la sala se hizo tan insoportable, debido al intenso calor y la cantidad de personas que había, que el

años, porque el buen obispo James Usher fijó la fecha de la Creación: el 23 de octubre del 4004 antes de Cristo a las nueve de la mañana. – ¿Hora del este o del oeste? Las risas generalizadas hacían suponer que el abogado acusador estaba quedando en evidencia frente a la habilidad de Darrow. – Ese primer día tuvo veinticuatro horas?

juez dio orden de seguir el proceso en el exterior. Darrow, después del derrotero que tomaba el proceso, viendo las manifestaciones ultrarreligiosas que se sucedían, cambió de táctica y dijo: – Muy bien, Bryan. Entonces jugaremos en su terreno. Y ante, el expectante auditorio, lo llamó al estrado. – Usted es experto en la Biblia? – Absolutamente. Conozco todas y cada una de sus palabras.

– La Biblia dice que fue un día. – Pero era imposible medir el tiempo. ¿Un día de veinticuatro horas, de treinta, de un mes, o de millones de años? – No lo sé. Fueron períodos. – Pudieron abarcar mucho tiempo? – Tal vez… – ¿Pudiera ser que el sol, se hubiera detenido?, prosiguió Darrow. – Si el Señor quiso que se detuviera, se detuvo.

– Ante una duda, ¿qué hace? – Consulto al Señor, y él me responde. – Señores… ¡Dios habla con Bryan! ¡Les presento al profeta de Nebraska! En ese momento se oyeron algunas risas, incluso entre los seguidores de la acusación. – ¿Todo cuanto dice la Biblia debe ser interpretado literalmente? – Así es.

– Pero si así fue, los mares se hubieran enloquecido, y hasta las montañas se hubieran chocado entre sí. ¿Cómo se les escapó esa catástrofe? ¿Por qué la Biblia no lo menciona? El juicio siguió por esos derroteros, dejando al abogado acusador muchas veces en evidencia. Siguió Darrow haciendo preguntas a Bryan sobre la leyenda de Jonás y la ballena, el Diluvio Universal y otros misterios de respuesta imposible, hasta la finalización del juicio en el que la habilidad de Da-

– ¿Qué edad tiene esta piedra? La ciencia dice que algunos millones de años. – No me interesa la edad de las rocas sino la Roca de las Edades. Pero es imposible. Tiene menos de seis mil

rrow se puso de manifiesto, haciendo quedar a Bryan como un exaltado religioso.

Visto para sentencia

Después del juicio

Solamente ocho minutos necesitó el jurado para su deliberación. El martes, 21 de julio de 1925, a pesar del brillante alegato final de Clarence Darrow, el jurado, de absoluta mayoría creacionista, condenó a Scopes. Sin embargo, no lo hizo a la pena de prisión como había solicitado el fiscal, sino solo a una pequeña multa de cien dólares que abonó Paul

Cinco días después, William Jennings Bryan, murió mientras dormía una siesta. En los dos años siguientes, trece estados aprobaron alguna ley antievolucionista. Scopes, tras haber seguido enseñando ciencia durante toda su vida, murió en Luisiana en 1970. Fueron unos días en que la pequeña localidad de Dayton

Patterson, propietario del diario Baltimore Sun. El poder establecido ganaba otra vez. Pero no de forma absoluta. La brillante intervención del abogado defensor y la imagen de un Scopes limpio, honesto e instruido, sembró el germen de otra clase de pensamiento entre muchas personas, en el que la ciencia vendría a ocupar el lugar que se merece. Dos años más tarde, la Corte del Estado redujo la multa a un dólar y decidió: “No es conveniente prolongar este caso tan extraño”. La ley no se aplicó nunca más.

fue centro del mundo con el juicio del mono. Unos días que todavía se recuerdan, que parecen flotar en la neblina que produce el calor en los amaneceres de los veranos, que siguen siendo tan calurosos como antes.

Redacción Encima de la niebla

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enoir era el pastor alemán de un amigo pintor. Los dos vivían en un pequeño departamento en el barrio porteño de Belgrano. Una tarde mi amigo pensó que los paseos con correa por las estrechas veredas de la Avda. Cabildo no eran suficientes para el perro; fue así que planificó un día diferente para ambos. El sábado temprano de un mes de abril condujo hasta Miramar con su compañero en el asiento trasero y al llegar a la playa abrió la puerta del Fiat Uno por la que Renoir salió de un salto. Sus patas tocaron la arena y las olas, mientras las gaviotas lo observaron desde arriba graznando ruidosas como si quisieran advertirle algo. Él corrió. Desesperado de alegría, con la lengua afuera; y su pelaje se empapó de agua salada y sol y brisa marina. Corrió como si fuera la última vez, sin mirar atrás, a puro galope bestial y no escuchó, o no quiso, la voz del amo que lo llamaba. Cayó fulminado como si un rayo lo hubiera alcanzado, su corazón explotó. La libertad bebida de un sorbo puede resultar peligrosa. Algunas noches sueño con Renoir, sueño que soy el pastor alemán de mi amigo pintor. Puedo ver mis patas peludas corriendo veloces dejando huellas en la arena mojada. Siento el palpitar desbocado de mi corazón; y miro la playa desolada que se abre ante mí con su inmensidad sin límites, sin vallas, sin trampas, generosa e insondable. Una felicidad absoluta recorre mis venas a raudales, escucho voces que me llaman creyéndose mis dueñas y corro más rápido; hasta hacerme invisible, inalcanzable, inexistente para los demás. Abro bien mis ojos para comer vorazmente el horizonte infinito y me convierto en mi propio secreto. Una parte de mí siempre está consciente y sabe que, inevitablemente, mi corazón explotará en mil fragmentos como le pasó a Renoir y corro más fuerte porque la libertad bebida de un sorbo suele ser peligrosa pero no me importa. Esas madrugadas despierto sin aliento en mi pequeña cama, en mi pequeña habitación de mi pequeña vida sintiendo la sal en los labios y el cabello húmedo y el corazón agitado. PINTURA: AMOR de Josephine Maldonado

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Vente pal pueblo, Pepe José María Atienza Borge DÍA

He recibido la noticia

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Me he instalado en una

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Antes,

cuando

era

del estado de alarma con estupor. Se ha decretado situación de emergencia sanitaria en todo el país y cada cual debe elegir donde se confinará los próximos quince días. Ni qué decir tiene que no pienso recluirme en este cubícu-

de las habitaciones de la segunda planta, la que solía utilizar el abuelo, esa que dispone de balcón. Es sin duda la mejor de toda la casa. Desde sus ventanales art déco puedo admirar la inmensidad de los campos y respirar

urbanita empedernido, necesitaba fumarme un buen par de canutos o comerme una seta de la risa para tener ideas brillantes, pero ahora me basta con mirar desde los ventanales de mi alcoba. El pesado vuelo de una avutarda o

lo de cuarenta y cinco metros cuadrados en la gran ciudad. ¡Yo me largo al pueblo, faltaría más! Esta misma tarde tomo el tren de las cuatro treinta y cinco y pongo pies en polvorosa.

la proximidad de la primavera. Me siento como Alphonse Mucha pintando la Madonna de los lirios de mil novecientos cinco. El trino de los jilgueros es mi despertador y el susurro del viento agitando las hojas de los álamos mi termómetro. Todo en este venerable lugar es una sinfonía de sosiego y armonía.

el misterioso ulular de una lechuza son mis nuevos maestros. ¡Cuánta sabiduría encierra la España Vaciada!

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Haberme venido al pueblo es la mejor decisión que he tomado jamás. La emergencia sanitaria está colapsando los hospitales de todo el país y las grandes

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ciudades parecen caladeros de virus. El entorno rural, en cambio, es un oasis de paz. Y mi casita un palacete de ensueño. Ciento sesenta metros cuadrados de vivienda distribuidos en dos plantas y un ´terrenito` del tamaño de un campo de fútbol al que puedo salir cuantas veces quiera para respirar aire puro, tomar el sol o contemplar las estrellas durante la

Hoy he visto amanecer con una taza de humeante café entre las manos. Ha sido lo más hermoso y sobrecogedor que he admirado en mucho tiempo. Nada que ver con las maitinadas de cláxones y las alboradas de polución que se ven desde

noche. Siento lástima infinita por todas aquellas personas que están respirando aire malsano en las urbes de todo el país. Por una vez he andado listo, sí señor. ¡Bravo yo!

mi apartamentito de la gran ciudad. No me cabe ya la menor duda de que las urbes están sobrevaloradas y que lo rural ha sido relegado al ostracismo más despiadado por parte de las autoridades.

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Jamás lo admitiré en público, pero cada mañana, a eso de las

once, enciendo el viejo transistor del abuelo y sintonizo Gangrena 3, esa estación de radio que yo tanto odio. No lo hago con intención de mantenerme al día de la actualidad, sino por mero afán morboso. Para cerciorarme una y mil veces de que el país entra en colapso y que yo me salvo de la quema en este paraíso natural.

Mis jefes aseguran que mi rendimiento ha mejorado desde que teletrabajo. Es más, me han felicitado por mi ´acojonante desempeño` (sic) y me animan a instalarme definitivamente en el pueblo. ¡Incluso se

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han ofrecido a abonarme la factura de la luz para que no corra yo con todos los gastos!

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Los lirios lucen más hermosos cada día y da gloria verlos. Mi sensibilidad hacia la madre naturaleza está despertando y me ha picado el

gusanillo de la jardinería. Hoy mismo me he descargado un manual práctico de botánica y he aprendido los ciclos estacionales de algunas plantas. ¡Puede que incluso construya mi propio huerto un día de estos!

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Todo está discurriendo tan a pedir de boca que mi vida parece de ensueño. ¡Son tantos y tan variados los nuevos estímulos que recibo a

Mmm... Hace días que mis amigos ya no organizan videollamadas. Por lo visto han comenzado a quedar por el barrio para estrenar con buen pie la reapertura de las terrazas en la fase uno. A ver, no es que me impor-

Oficialmente estrenamos ´nueva normalidad`. Se supone que ahora puedo realizar prácticamente cualquier actividad sin cortapisas. El problema es que, en realidad, no se me ocurre en qué otros

te, a decir verdad, ya comenzaba a incomodarme tanta llamadita intempestiva. Además, siempre hablábamos de lo mismo. Que si la abuela fuma, que si la guitarrita en el balcón, que si los aplausos de las ocho. Sota, caballo, rey. Qué fatiga me dan esas conversaciones. Yo prefiero una y mil veces charlar con los abueletes del teleclub. El Rufián,

menesteres emplear mi tiempo. Comienza a ser mijita aburrido esto de pasear de la plaza a la fuente y de la iglesia al caño, siempre por las mismas cuatro calles. ¡Afortunadamente existe el teleclub del Simón! Allí me echo un par de anisetes al coleto, juego tres o cuatro manos al tute con mis abueletes y el tedio se va por donde ha venido.

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el Delfino y el Sandalio, mis nuevos colegas. ¡Ellos sí que me enseñan algo nuevo cada día!

diario! Aquí todo es de un bucolismo arrebatador. ¡Hoy es una jornada memorable! He dicho adiós oficialmente a la gran ciudad y me he empadronado en el pueblo. ¡El trámite ha sido coser y cantar! Simplemente me presenté en casa del Braulio, el alcalde,

La bici está muy bien para pasear por el campo y tal, pero no me hace el apaño que yo realmente necesito. Para moverme a mis anchas yo necesito un coche. Hoy, sin ir más lejos, sentí antojo de ṭikka masālā y

y juntos caminamos hasta el ayuntamiento. Tomó un papelito, me lo hizo firmar y listo. ´¡Bienvenido a tu nueva vida!` —me felicitó con un apretón de manos que casi me corta la circulación—. Hay que ver lo brutotes que son a veces por acá. Por la tarde pensé en organizar una fiesta virtual para celebrarlo, pero mis amigos de la capi ha-

de kathi rolls pero claro, para comer exótico debo desplazarme a la ciudad. No quería que mi ánimo decayese, y menos aún mi apetito, así que eché un vistazo a los horarios de los trenes, pero ninguno paraba en el apeadero de mi pueblo hasta el día siguiente. Obviamente mi ánimo sí decayó, aunque no tanto mi apetito, así que me dirigí, lige-

bían quedado para emborracharse en casa del Isma. Así que lo he tenido que festejar solo, comiendo palomitas y viendo una peli de vaqueros. A ver, reconozco que me hubiera gustado pasar la tarde con ellos, pero asumo con deportividad los pequeños inconvenientes que acarrea vivir en el pueblo.

ramente cabizbajo y compungido, a la tienda de ultramarinos de la Tomasa a comprar las consabidas alubias pintas. Añadí a la cesta, por mero capricho, cuarto y mitad de morcilla achorizada y cien gramitos de panceta. Francamente, comienzo a estar harto de cocinar ollas podridas y de hincarle el diente a las

¡Hay que estar a las duras y a las maduras!

tristes banderillas de pepinillo del Simón.

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¡A partir de mañana

entramos en fase uno! Podré salir a hacer deporte sin franja horaria y sentarme en la terracita del teleclub a tomarme una cañita. Disfrutar de la inmensidad de los campos y entablar conversación con los paisanos del pueblo. ¡Qué lujo de vida!

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¡Otra buena noticia! Hace tres días que llegó a casa la bicicleta que compré por internet y cada tarde hago rutas circulares por los montes y serranías de la comarca. Soy feliz pedaleando entre florecitas, comprando en la tiendita de ultramarinos de la To-

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masa y charlando con los abueletes de siempre en el teleclub del Simón.

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La tele no para de advertir que las playas se están llenando de veraneantes. ¡Como si eso fuera malo! Ya me gustaría a mí que el fin del

mundo me pillase bailando con un mojito en la mano. Siento una cierta pelusilla, sobre todo porque aquí hace un frío que ni en Siberia y aún hay que ponerse la pelliza al hombro cuando cae la noche. Pero es lo que tiene vivir al pie de las montañas. ¡Nadie dijo que la felicidad no tuviese un precio!

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Anoche terminé de ver, por sexta vez consecutiva en cuatro meses, la quinta temporada de Mojón Veloz. En esta

ocasión con subtítulos en armenio, a ver si así notaba cierta innovación en la trama. No descarto tragármela enterita una séptima vez, subtitulada en latín u otra lengua muerta. O mejor aún, con el volumen silenciado por completo, a ver si soy capaz de reproducir los diálogos de memoria.

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¡No existe un solo perfil en la aplicación esa de mierda! La chica más cercana se encuentra a cuarenta y dos kilómetros del pueblo, se llama Adalberta y ni siquiera ha subido una foto. ¡No quiero ni imaginarme cómo

algodón que no me irriten las pelotas. Al menos esta vez salí de casa bien avituallado, listo para cualquier imprevisto. Me ajusté una cómoda visera de fibra de carbono a la cabeza, llené de agua isotónica el bidón y tomé cuatro barritas energéticas por si las moscas. Me las prometía muy felices, pero mi deplorable estado de forma me la ha vuelto a

será la criatura!

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jugar. Ni siquiera era capaz de jadear cuando abrí la puerta de la maldita mercería. Compré los dichosos gayumbos y el medicamento para la aerofagia, me comí las cuatro barritas energéticas de una sentada e hice amago de regresar al pueblo. Pero antes de alcanzar el cruce mis cuádriceps dijeron ´hasta aquí hemos llegado Induráin/chavalote`, así que una vez más tuve que llamar al puñetero taxista. Otros cincuenta pavos por gilipollas.

conductor me ha cobrado un suplemento de diez euros por cargar la bici en el maletero, así que la broma me ha salido por cincuenta pavos. Pues vaya... al final va a resultar que no son tan bucólicos estos labrantíos perdidos de la mano de dios.

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Hoy he quedado con Adalberta, la chica de la aplicación, y por poco me da un chungo. Resulta que es adicta al

sado, al fetichismo y al bondage. ¡Así, hala, todo junto! Y yo, que estoy bajito de defensas y necesitado de cariño, no me sentí con fuerza para oponerme a sus caprichos. A ver, en realidad hubiera ido con ella a misa de doce, a un conciliábulo de ejecutivos agresivos en tanga o a pasar la tarde a un tanatorio de habérmelo propuesto, todo con tal de no regresar al pueblo antes de tiempo y tener que esperar en la estación de trenes durante ocho malditas horas. Así que al final acabamos en un club swinger que hay en el kilómetro ciento ochenta de la nacional ciento tres. Madre mía, me escuece el tercer ojo que es un primor y tengo la espalda en carne viva por culpa de los zurriagazos que me arreó aquel maromo de metro noventa.

Maldita sea, hoy se ha fundido el cajero automático que suelo utilizar, el de la gasolinera

de la autovía, y he tenido que pedalear treinta y ocho kilómetros hasta Zancajo de Villarrábano. Para cuando llegué, mis gemelos y mis cuádriceps estaban tan reventados que tuve que telefonear a una compañía de taxis para que alguien viniera a recogerme. El pesetas del

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¡Demonios, se han alineado los astros para que todo me salga del revés! Hoy he tenido que pedalear de nuevo hasta Zancajo de Villarrábano para ir a la farmacia y de paso, comprarme unos jodidos calzoncillos de

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Por las barbas de Merlín, hay que ver lo monótona que puede lle-

gar a resultar la vida en el pueblo. ¡Me voy a registrar en alguna aplicación de esas para ligar! A mi tío el Fermín le va de maravilla con ella. Dice que es un no parar de conocer mujeres, así que muy mal se me tiene que dar a mí, que soy más alto y más guapo que él, para que no consiga un par de citas en los próximos días.

177 multinacional

¡Pero qué mala suerte la mía! Me daría de martillazos en la cabeza. Hoy tenía una reunión de vital importancia con los representantes de una japonesa que fabrica

cortapelos de orejas. ´No nos falles hoy Pepe, es crucial que la reunión se salde con la firma del acuerdo` —me advirtió mi jefe, que llevaba meses planificando la estrategia comercial—. Pero a quien no tiene hambre, dios le llena los graneros. Y viceversa, claro está. Así que la puñetera conexión a internet no cesó de

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fallarme. Se pixelaba la imagen, el router se desconfiguraba y cada dos por tres se iba la señal. Probé a conectarle un cable ethernet y a descargarme la aplicación desde el móvil, pero la conexión seguía siendo más lenta que patada de astronauta. Me excusé, como no podía ser de otra manera, y salí corrien-

Maldita sea mi calavera. ¡Me rindo! Añoro el humo del coche y las aglomeraciones en el metro. Las dificultades para aparcar y el hacinamiento en las calles. ¡Incluso el puñetero cuchitril donde malvivía echo de

do como alma que lleva el diablo hacia la casa del alcalde para preguntar por la conexión del ayuntamiento. ¿De qué güilfi me hablas, pardal? —me preguntó el Braulio con cara de haber visto un extraterrestre en calzoncillos. ¡Aaarrggg, le hubiera arreado un sartenazo en la cabeza! Conclusión, que la reunión se saldó sin acuerdo, y yo sin ascenso. Por

menos! La contaminación acústica, el ruido de los vecinos, los atascos de la M—30 y la mierda de sinusitis que me causa la polución.

favor que alguien me suministre una cucharadita de cianuro, una infusión de cicuta o una dosis letal de arsénico.

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Ya va para tres días

que no me dejo ver por el teleclub y que solo me relaciono con vacas y terneros. Creo que estoy entrando en una depresión profunda.

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Me cago en la España Vaciada y en la madre que lo parió. Allá se vacíe por completo y nos vayamos todos a la mierda.

Todo huele aquí a boñiga de vaca. Y no hay absolutamente na-da en qué ocupar el día, salvo pasarme la tarde jugando al tute con los vejestorios estos y emborracharme a anise-

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tes como un piojo.

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¡Por favor, que se callen ya las avutardas! ¡Me va a estallar la cabeza!

Temo por mi salud mental y por mi estabilidad emocional. Esta mañana, sin ir más lejos, me he sorprendido hablándome frente al espejo. Tenía la mirada de Jack To-

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rrance en el Resplandor y me decía cosas extrañísimas como ´Teléfono, mi casa` o ´Golum, Golum, mi tesoro`. No sé, algo me dice que estoy yendo por mal camino. ¿Debería llamar ya al loquero? Me tomaré otra media docena de relajantes musculares y a ver qué pasa.

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Su tabaco, gracias.

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¡Cielo santo! Los contagios de coronavirus están aumentando de nuevo en las grandes ciudades del país y se rumorea que pronto se confinará la ciudad de

Madrid. ¡Esta es mi oportunidad!

¡Ya no puedo más! Me aburro soberanamente

en el pueblo y creo haber alcanzado mi punto de ebullición. Necesito un revulsivo. Voy a hacerme un planning semanal. ¡Comenzaré por hacer más deporte!

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¡Siete caballos vienen de Bonanzaaaa!

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¡Confirmado! Madrid supera ya los setecientos ochenta infectados por cada cien mil habitantes y se ha decreta-

do el cierre de la ciudad en menos de cuarenta y ocho horas. ¡Que le den por donde amarga al pueblo! ¡Esta misma tarde hago las maletas y me piro a la urbe antes de que la cierren!

¡Qué bucólicas se ven las cuatro torres en la distancia! ¡Y qué linda la boina de humo que recubre la ciudad! Jamás imaginé que Mordor pudiera tener tanto atractivo. ¡Golum, Golum, mi tesoro!

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Ya he llamado al loquero, pero me ha dicho no le quedan de arándanos con queso hasta la semana que viene.

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A la hora de decidir cuál debe ser el tema sobre el que voy a escribir, siempre pienso que el artículo debe aportar algo nuevo a las personas que lo lean. Bien sea una curiosidad, una experiencia personal significativa o una historia un tanto desconocida que salga de lo meramente cotidiano. Debido a mis raíces turolenses querría que, con este nuevo artículo, mi aportación fuese diferente. Me gustaría que fuera un placer para la vista y, una vez finalizada su lectura, nadie quedase ajeno ante tanta belleza. Quizás, este reto me lo haya puesto demasiado fácil ya que, por el mero hecho de observar las fotografías de algo tan precioso como es la ciudad de Albarracín, sería muy difícil abstraerse de esas sensaciones que intento transmitir.

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eguro que, todo aquel que conozca Albarracín,

las obras hidráulicas más importantes de la época: el acueduc-

estará de acuerdo en que es el lugar ideal para interiorizar esos sentimientos. Pasear por sus estrechas y adoquinadas calles, contemplar su espectacular muralla, admirar la Alcazaba con sus once torres de planta circular, levantar la vista y observar los aleros de los tejados que casi se tocan, adivinar las figuras en hierro forjado de las aldabas de sus puertas, tomar un café en la plaza con unas almojábanas o visitar la Catedral de El Salvador son momentos que no te dejarán indiferente.

to construido sobre las montañas que unen Albarracín, Gea de Albarracín y Cella; localidades, todas ellas, de la provincia de Teruel. Durante la época islámica, Albarracín fue conocida como Santa María de Oriente, cuyo nombre se debía a la iglesia prerrománica de Santa María en torno a la cual se creó el primer núcleo estable de población. Fue entre los años 1011 y 1104 (época de dominación musulmana) cuando Albarracín toma cierta importancia como

Situada en la provincia de Teruel y ubicada en lo alto de un peñón rocoso sobre un meandro del río Guadalaviar, los orígenes de Albarracín se remontan a la prehistoria. Numerosas muestras de arte rupestre levantino de la época neolítica han sido halladas a lo largo de toda la Sierra de Albarracín. Casi en su totalidad, todas las representaciones aparecen sobre una piedra arenisca roja llamada rodeno. Restos arqueológicos de la Edad de Piedra y Edad de

capital de uno de los reinos de taifas en los que se dividió el Califato de Córdoba. Debido a su estratégica situación geográfica, un grupo de origen bereber de la tribu de Ibn Razín (nombre del que procede el topónimo actual) se asienta en esta zona y da origen a Santa María de Ibn Razín, convirtiéndose en un reino independiente de dicho califato.

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Bronce, así como de celtíberos lobetanos, nos indican la continuidad de los diferentes asentamientos de personas en esta zona. Del tiempo de la ocupación romana encontramos una de

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l reino de taifas de Albarracín perdura hasta la llegada de los almorávides y, como consecuencia de una serie de altercados en la zona causados por intereses políticos y estratégicos, pasa a formar parte de la Corona de Aragón en 1379. Como curiosidad histórica, Albarracín permaneció como un señorío independiente de los reinos de Aragón y Castilla

desde 1170 hasta el mismo 1379, fecha en la que fue anexionado al Reino de Aragón. Dichos Señores que gobernaron Albarracín en este periodo de tiempo (los Azagra, los Lara y el infante de Aragón Don Fernando) se consideraban como “Vasallos de Santa María y Señores de Albarracín”. La localidad es Monumento Nacional desde 1961, le fue concedida la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 1996 y se encuentra propuesta por la UNESCO para ser declarada Patrimonio de la Humanidad por su belleza e importancia histórica.

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Una de las vistas más internacionales de Albarracín se puede apreciar en la fotografía anterior, con el recinto amurallado y la Torre del Andador en la parte más elevada, envolviendo el casco urbano del Albarracín medieval. Esta torre de origen musulmán, con base rectangular y carente de almenas, fue construida alrededor del siglo X y, junto a la Torre de Doña Blanca, representaba la parte más importante del sis-

En la fabricación de esta modalidad de yeso se utilizan dos tipos de piedra que se encuentran en canteras próximas a Albarracín. Una de ellas es de color gris oscuro y contiene magnesio; la otra, es de color rojo con un cierto contenido en hierro. La mezcla de ambas proporciona el material utilizado en todas las rehabilitaciones que se llevan a cabo en la ciudad: el yeso rojizo.

tema defensivo de la ciudad. Albarracín goza de una particular arquitectura con casas adaptadas a la topografía del terreno que se sustentan sobre muros irregulares. La madera, el yeso rojizo y el hierro forjado son los elementos que complementan este singular tipo de edificación. La utilización de yeso rojizo le confiere a Albarracín unas señas de identidad únicas. Este tipo de yeso se fabrica en la misma localidad, de manera artesanal, mediante la utilización

n claro ejemplo de este tipo de edificación es la Casa de la Julianeta, del siglo XIV, construida con yeso y madera. La estrechez de su base y las irregularidades en su diseño hacen de este rincón uno de los más representativos de Albarracín (en la fotografía se observa dicha casa desde el Portal de Molina). Visitar Albarracín, interesarse por su historia, comprender el porqué de su arquitectura, entender el color de sus pare-

de materiales de la propia comarca. El proceso se realiza en hornos de bóveda y su uso es el adecuado para revestimiento de exteriores. La aplicación de este tipo de yeso en la construcción se complementa mediante la utilización, tanto de aleros de considerable dimensión para evitar que el agua caiga directamente en las paredes, como de tejas árabes en las cubiertas de los edificios.

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des o dejarse transportar en el tiempo cuando recorres sus callejuelas, te hará entender por qué Azorín la citó como una de las ciudades más bonitas de España y nuestro filósofo y ensayista José Ortega y Gasset la definió como “la ciudad que lanza a las alturas su increíble perfil alucinado”.

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C

orría el año 2007. Los arqueólogos están

llenos siempre de expectativas, siempre esperando encontrar algo que, de sentido a su esfuerzo, a su labor. Con esta ilusión trabajaba la arqueóloga Elena Maria Menotti que lideraba una excavación en Valdaro, cerca de Mantua, en Italia. Sin embargo, y pese a esas esperanzas, poco se imaginaba lo que iba a descubrir. Cuando después de realizar primorosamente las operaciones necesarias para desenterrar los restos que habían hallado, se encontró con algo maravilloso: los esqueletos de un hombre y una mujer abrazados, mirándose uno al otro, que le emocionaron profundamente. Llevaban enterrados seis mil años. Su descanso desde el neolítico nunca había sido interrumpido y dormían un sueño que parecía eterno. Poco más tarde se confirmó que se trataba de un hombre y una mujer, de una edad no superior a los veinte años. Su altura rondaba los 1,57 metros de altura. Pero lo realmente sorprendente es que se hallaban abrazados. Más tarde se le darían el nombre de los amantes de Valdaro, pues la postura en que fueron encontrados sugería ese nombre de inmediato. El esqueleto masculino tenía una punta de lanza cerca de su cuello. Y en el esqueleto femenino se observaba una punta de cuchillo to.

en uno de sus muslos y otras puntas de armas próximas a su pelvis. Estos datos dispararon las especulaciones por conocer la causa de la muerte. Inicialmente, se pensó que fueron esas armas las que les arrancó la vida. Sin embargo, los exámenes posteriores revelan que no murieron de forma violenta, circunstancia que la avala el hecho de que no había ninguna fractura. Así que, al parecer, esas armas fueron depositadas con posterioridad al fallecimiento, tratándose, quizás, de una especie de ofrenda o como parte del ajuar. Actualmente, la teoría más aceptada es la de que murieron por congelamiento, y que el hecho de que aparecieran abrazados se debe a que estaban tratando de darse, mutuamente, calor. Aunque esto no obsta para que, en el futuro, pueda llegarse a una conclusión distinta. La emoción que proporciona verlos abrazados para la eternidad, determinó que se decidiera no separarlos, que no se retiraran sus huesos para un estudio individualizado, como suele hacerse en estos casos. Así que, el bloque de tierra en el que se hallaban se levantó con unos fuertes cinturones con el objeto de colocarlos en una caja de madera. Esta caja, amarilla, se envió al Museo Cívico de Como. Hoy siguen su sueño en el Museo Arqueológico Nacional de Mantua.

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Dicen que los poetas repetimos las palabras. ¿Y no repiten los naranjos azahares en sus ramas? Dicen que los poetas olvidamos la rima. ¿Y no olvida el mar a la espuma cuando las olas suspiran? Suelo proponer para esta sección la presentación de algunos escritores que me han impactado con sus textos --–generalmente de forma positiva–, comentando sus obras literarias. En esta ocasión reproduzco unas palabras dedicadas a un amigo poeta o un poeta amigo, con motivo de la publicación de uno de sus libros: Felipe Espílez Murciano es un poeta puro, es puro sentimiento:

Dicen que los poetas les cantan siempre a las flores. ¿Acaso no huelen a poesía las flores cuando las hueles? Dicen y dicen que dicen y te vuelven a decir. ¿Pero quién juega realmente al juego de repetir? (De su libro Huellas de silencio)

Se pasó la vida buscando un mundo nuevo hasta que se le hizo vieja la vida y en el último instante, cuando se agrietan los sueños, volvió a ser niño y se murió de belleza, y dejó al lado de la cama una esperanza malva que yo riego todos los días con agua de estrellas. A eso le llamo yo, la palmera de las noches dormidas. Repleta de ramas con abrazos y caricias repetidas. (De su libro Huellas de silencio)

Felipe Espílez transforma, con su mirada de poeta, la realidad en poesía. Es como un rey Midas lírico: todo lo que toca se hace poema.

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En ese descenso pausado que tienen las hojas al caer se duerme el tiempo en el vuelo, se acompasa el corazón al último viaje retrasando latidos y olvidando lágrimas. Ese cuarto de minuto de belleza distraída permite la despedida de la rama que fue cuna mientras acaricia el aire vertical de su único vuelo para llegar al final, a tapar el suelo. Y desde abajo, hecha ya alfombra de caminantes formando parte de la tierra que siempre ansió sonríe la hoja por el envés de su revés porque forma parte ya del universo terrenal. Después de haber vivido una vida de pájaro sin alas entre los versos de una estrofa vegetal, rueda, corre, vuela, al libre albedrío del aire libre sin frío en sus nervios sin cadenas arbóreas feliz de no tener raíces. Y la hoja, estremecida con un extraño amanecer me dijo, por el pequeño tallo que aún le perduraba: Ruedo, corro, vuelo, ya soy feliz y libre, y por si mi vida ahora fuera corta y para que mi árbol no me olvide escribe, Felipe Espílez, en estas frágiles líneas mi memoria. Felipe es capaz de expresar el dolor, de pintar con palabras la belleza o la ternura; puede sentir el padecimiento de los que sufren, conseguir que una farola se enamore o dar vida a la hoja de un árbol:

Constancia persistente para la historia. Y así lo hago, mientras el tiempo se deshoja en la redonda noria de la vida. (De su libro El hilo de Ariadna)

Mario se había acostumbrado a considerar a las esferas de los relojes como pequeños universos donde navegaba con sus delicadas herramientas. Un universo lleno de estrellas que señalaban horas y en el que transitaban dos galaxias a modo de manecillas. Tanto es así que entendía que a las doce en punto se producía un eclipse de manecilla corta. Después había once eclipses más. Y se acostumbró a contar las horas por eclipses, un momento especial pues cuando la manecilla del minutero esconde a la de las horas se producen unos segundos inigualables en el que los minutos valen más que las horas. (En «Mario el relojero», de su libro Ojos como soles)

Su prosa poética –permitidme este símil juanramoniano– es suave, como Platero, tan bella por fuera que se diría toda de algodón:

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Mira el sol al abanico moverse por alegrías, y al compás de la guitarra se hace su oro de nata. Cádiz se pinta de blanco, plata el aire suspira, abanicos de nieve suben por la calle Ancha, Sus poemas cobran vida al ser leídos y encienden el corazón de quienes los escuchan. A veces me recuerda a García Lorca, por su viveza y por su fuerza expresiva:

la Caleta se está peinando con el sol del mediodía y en la plaza de las flores canta una gaditana: ¡Con los rayos que tira el sol amarillo se hacen las gaditanas un abanico! (De su libro Al sur de los suspiros)

Una flor verde, dame una flor verde y una sonrisa en el aire… Mientras mis labios arden, una flor verde en el aire, mientras se muere la tarde… Se apaga Jaén en el horizonte, mil flores verdes en el aire y un suspiro de jazmín que se pierde… (De su libro Al sur de los suspiros)

Y el mejor ejemplo de este ímpetu lírico y de la prodigalidad creativa de Felipe Espílez es su último libro Al sur de los suspiros, un original poemario dedicado a Andalucía, en el que podemos recorrer, en un itinerario poético cargado de colores, de luz y de emociones, las ocho provincias andaluzas.

Construid con los poemas catedrales de palabras, bóvedas de metáforas, contrafuertes de suspiros y columnas de agua. La sutileza de sus palabras y la expresividad de los versos quedan reflejadas en la reciente obra publicada:

¡Qué hacen falta más que nunca los arquitectos del alma! ¡Versos en campana subiendo por la Giralda! (De su libro Al sur de los suspiros)

Gracias por tu poesía y tu amistad, Felipe.

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El concepto de silencio en la pintura Héctor Villarroel

La concepción del silencio a lo largo de la representación pictórica se nos ha presentado bajo un conjunto de diversas variables. Si consideramos los elementos enunciativos que se congregan en la pintura, podemos identificar está bajo el epígrafe de “poesía visual” refiriendo a su vez al tópico de la lírica muda, algo ya definido en el mundo de la antigua Grecia. Este paradigma se establece en el ensayo de Plutarco, «la pintura es una poesía muda, la poesía un cuadro que habla»1. La relación y antítesis entre pintura y poesía ha creado vínculos entre el oficio de la palabra y la manifestación de la imagen promoviendo la interrelación entre ambas disciplinas, una “expresión de deseo”, tal cual argumenta Leonrad Barkan, «the painter longs for the rich signification of language while the poet yearns for the direct sensuousness of painting.»2 Si bien la pintura “habla”, y la poética intrínseca en ella se puede leer como una imagen hablada, del mismo modo las propiedades particulares de esta narración se pueden interpretar desde una infinitud de lecturas posibles, sin embargo, ¿puede este lenguaje ser más bien un elemento auxiliar excesivo y distanciarnos de lo que verdaderamente intenta transmitir una obra de arte? ¿De qué forma el silencio se hace ostensible? Desde una perspectiva perceptual por medio de la visualidad, el silencio se hace manifiesto en los estilos pictóricos por una infinitud de ejemplos entre los que podemos mencionar entre otros, las escenas de oración de la pintura religiosa, representaciones por las cuales la devoción se exhibe en un estado meditativo y de recogimiento, © Hector Villarroel, Memorial, 2014, óleo sobre lienzo, 132,5 x 81,5 cm. Colección del artista

como en la obra Old man in prayer, atribuido al círculo de Rembrandt, c. 1630 (Museum of Fine Arts, Boston). También el silencio está evocado en la representación del inmovilismo en la escena la cual induce al espectador a captar y “completar” el significado de la obra. 23


Este tipo de contenido se suele identificar en pinturas de tipo “intimista”, como es, Brieflezende vrouw in het blauw (Mujer de azul leyendo una carta) c. 1664, de Johannes Vermeer, Rijksmuseum de ”. podemos aludir a las vistas panorámicas de Caspar David Friedrich, en obras como Der Mönch am Meer (El monje en el mar) de 1810, Alte Nationalgalerie, Staatliche Museen zu Berlin, en las cuales el silencio ejerce como una carga sobrecogedora del hombre ante la

Dentro del contexto contemporáneo, en particular ante la multiplicidad y sobre exposición de estímulos, lo que Adrienne Rich define como la cultura del “ruido”, la búsqueda de la noción de silencio en la obra de arte puede reconocerse como una aproximación al espíritu. Una adyacencia que se establece en el binomio arte/espíritu. En su ensayo The Aesthetics of Silence Susan Sontag confiere al silencio, un estado de conciencia del artista por el

inmensidad. Así como en los still life de Giorgio Morandi, verbigracia, Natura Morta c. 1948, actualmente en la colección del Museum Boijmans Van Beuningen, en la cual los objetos se exhiben en su desnudez, carentes de dinamismo, propiciando un dialogo silente desprovisto de relato. Asimismo, las pinturas denominadas minimalistas apelan a la metáfora del vacío y el silencio por medio de ausencia del color. No obstante, en todas estas referencias el ejercicio del pensamiento es tácito. Tal cual señala Arthur Danto en

cual, «he frees himself from servile bondage to the world, which appears as patron, client, consumer, antagonist, arbiter, and distorter of his work.»3 Vale decir, es en este espacio de silencio donde el artista accede a una autonomía liberándose de condicionamientos “sociales” que podrían incidir en la obra. Y si identificamos el silencio en su extensión, es decir como un distanciamiento de la oralidad implícita en la obra artística, nos cabe preguntar ¿puede esta lejanía proceder

After the end of art (1997) al evocar la obra de Robert Ryman, la monocromía es comprendida más bien como una «densidad de significado». Por tanto, si en la contemplación de estos estilos siempre está presente el accionar del intelecto, ¿cómo podemos reconocer el verdadero sentido del silencio? En todas estas manifestaciones visuales el silencio vehicula esta aproximación al objeto artístico por medio de una frecuencia, dicho de otra forma, el componente funcional es

como una resistencia a la comunicación? Llegado este punto podemos aseverar más bien la función del silencio en el camino trazado por el arte, que busca, como fin último, un estado de reflexión. Dicho de otro modo, el silencio procede como el único medio auténtico para atisbar su propia voz. De forma tal la propia sublimación del silencio se contrapone con el sustrato material de la obra. Es, por tanto, solo por medio de la desmaterialización del objeto artístico que el silencio puedo alcanzar una dimensión de

“relacional”. A la vez esta “vibración” de lo que se percibe puede variar en su expresión y en su contenido, creando una disposición emocional en el espectador.

sublimidad, la acción de un pensamiento sin palabras, ese instante único en el cual el artista se congrega en sí mismo y se conecta con su esencia primera… el ser.

© Hector Villarroel, Dune, 2017, óleo sobre lienzo, 27 x 81cm. Colección privada Bruselas

1 La cita atribuida a Simonides de Ceos, aparece por primera vez en el ensayo de Plutarco De gloria Atheniensium 2 Ver Barkan, L. (2013) Mute Poetry, Speaking Pictures, Princeton University Press 3 Ver Sontag, S. (2009). The Aesthetics of Silence en “Styles of radical will”. London: Penguin 24


Cuando yo tenía doce años, mi madre me dijo que el cierzo venía del noroeste y era divisible por tres. Soplaba tres días y se llevaba la lluvia. Pero, algunas veces, continuaba soplando un cuarto día y entonces siempre lo hacía

ces. Era pequeño y no entendí al principio por qué lo decía. Ella hablaba poco, era persona muy callada. Estábamos en un día de junio que amenazaba mucho calor, sin una brizna de brisa ni posibilidad clara de tormenta. Hubiera sido lógico

otros dos más. Cuando el cierzo cesaba, comenzaban las tormentas de la primavera. Ella había salido de su casa para estudiar hacía muchos años y nunca había regresado a su pueblo ni tenía ya familia allí. Vivíamos nosotros en una ciudad varada en un secarral y no se podía imaginar uno en ella cierzo ni viento alguno que durara tres días. De hecho, casi nunca soplaba y tampoco había muchas tormentas. Pero recuerdo que aquel comentario, que me hizo un día que me llevaba en coche al colegio, me persiguió desde enton-

olvidarme de aquellas palabras, pero se me quedaron grabadas mucho tiempo no sé si por su falta de adecuación a la situación o porque la palabra “cierzo” me resultaba exótica, me traía imágenes del norte, de frescura y de fortaleza. Años después comprendí por qué había dicho aquello, sin tener yo que preguntárselo nunca. No me hizo falta y, para protegerme de recuerdos como ese, decidí no encariñarme con ningún lugar y menos con aquel en que viví en mi niñez para que no me pasara lo mismo. Era muy fácil, se trataba de una 25


tierra que tenía el alma quebrada de la que uno difícilmente se podía enamorar porque siempre me pareció que carecía de capacidad de seducción. Viví después en algunas ciudades junto al mar, primero estudiando y luego desarrollando mis proyectos en un estudio de arquitectura que convertí en trashumante para aprovechar los tirones de demanda del sector de la construcción. En ellas sí había viento. De levante y de poniente según tocara. Pero era inconstante y me pare-

de la clase. Pero aquí todos son viejos, solo puedo jugar contra la calle. Así que me olvidé del jacuzzi y de la cerveza del bar inexistente y le propuse que subiéramos juntos a la plaza. Allí improvisamos una portería con el chopo y el pequeño macuto que había tomado conmigo por si encontraba algo que comprar y comencé a lanzarle penaltis. Llevaba ya unos veinte tirados sin malicia, me había parado casi todos, cuando sentí una bocanada de aire tan frio como el aliento

cía que debía ser un viento bien frágil en comparación con el que mi madre tenía en el corazón por haberla mordido en su infancia. Pasaron los años, y con ellos, algunos buenos momentos y otros de sinsabores y malandanzas. Un fin de semana en el que estaba solo, me había separado hacía poco de mi pareja de los últimos dos años, se me ocurrió alquilar una casa rural que, por casualidad, estaba en la región donde mi madre había nacido. Era un pueblo de treinta y cinco habi-

de un edificio de piedra. Miré la dirección del viento en la veleta y me acerqué a mi nuevo amigo. Es el cierzo, le dije. Ahora se llevará la lluvia. ¿Sabes que es divisible por tres? Soplará tres días, hasta el lunes. Y si el lunes sigue soplando, lo hará hasta el jueves. Mi madre me lo contó una vez, y, mientras hablaba, me di cuenta a la vez de que un niño de esa edad quizás no supiera dividir y de que estaba viviendo uno de esos escasos momentos de magia que tiene la vida en los que alguien se encuentra con su destino.

tantes de paredes de piedra desnuda según se veía en las fotografías de internet. Llegué allí la tarde del viernes, llovía levemente y no se veía a nadie por la calle. Telefoneé al dueño de la casa que llegó a los diez minutos, supongo que de algún lugar vecino porque se apeó de un coche. Me confirmó, sin que yo le preguntara que el pueblo tenía treinta y cinco habitantes, treinta y seis ahora contándome a mí. La casa, muy bien acondicionada, tenía incluso un jacuzzi. Pagué por adelantado y cuando se marchó deshice mis maletas

Preferí entonces alejarme unos pasos, para que no viera las lágrimas en mis ojos y poder chutar otro penalti.

y, después, decidí buscar un bar para tomar algo antes de sumergirme en esa bañera flamante que me iba pareciendo cada vez más irreal en aquel entorno. No había bar ni tienda alguna, ni nada abierto, ni ningún viandante. De la plaza, diminuta y desierta con un chopo desvencijado en el centro, nacía una calle que se desplomaba cuesta abajo hacia la salida del pueblo opuesta a la que yo había entrado. Vi al fondo a un niño jugando con una pelota de fútbol. Miré hacia la iglesia, pequeña, de ladrillo y sin un estilo determinado, con un portalón cerrado a cal y canto. Posiblemente ya no se cantara misa en ella. Me llamó la atención una veleta de metal negro, que había comenzado a oxidarse, sobre las tejas macilentas de la cubierta. Luego miré de nuevo a aquella calle que parecía casi un terraplén por la inclinación y me encontré con la pelota del niño a mis pies. Más abajo, él me hizo una seña para que se la devolviera. Chuté hacía él y, en lugar de recogerla volvió a lanzármela hacia arriba con una patada. La recogí del suelo con la mano y bajé a hablar con él. Me pareció que tendría unos siete años. No tengo a nadie con quién jugar, me explicó. Por eso lanzo el balón a la cuesta para que la pendiente me lo devuelva. Cuando voy a la escuela, a otro pueblo, puedo jugar al fútbol con los demás

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Fotografía de Mario J. Sánchez

Carmela Pérez Núñez

Comienzo esta apasionante aventura junto a estos mis amigos, que están lo bastante locos como para contar conmigo. Personalmente es un reto porque hace más de veinte años que no escribo, que no cuento, que tan sólo participo en alguna conversación de Facebook. Me conformo con entretener y que mis escritos resulten amenos. Soy Carmela, maestra de estudios, encuestadora de profesión y en la vida real aprendiza de todo y experta en nada.

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Me entusiasman un sinfín de temas y de ellos espero escribir: matemáticas, meteorología, historia, ciencia-ficción, química, física, botánica, manualidades, astronomía, zoología, geología, jardinería, cocina, mascotas..., dependiendo de cómo soplen los vientos, esas ventoleras mías. ¿Por qué Con ciencia? El maestro Yoda de Star Wars decía en una escena: “Mi aliada es la Fuerza y una poderosa aliada es, de la vida es la creadora, crecer la hace, su energía nos rodea a todos y nos une, luminosos seres somos, no está cruda materia. Debes sentir La Fuerza a tu alrededor, aquí, entre tú y yo, y el árbol y la roca...” Yo la versionaría (sí, soy una friki o como diría uno de mis sobrinos, una geek, cariño que me tiene), y firmemente creo que la ciencia nos rodea y nos une. Existen flores que son fractales puros (geometría y matemáticas), hacer un bizcocho necesita de proporciones exactas de sus diferentes ingredientes (matemáticas, medidas y pesos), la tierra que se pone en una maceta (química pura, acidez y pH), una predicción meteorológica (geografía, física), etc., etc. El mundo es ciencia, aunque no la veas. Exactamente igual que la Fuerza de los Jedi.

Según la RAE: Conciencia. Del lat. conscientĭa, y este calco del griego συνείδησις syneídēsis. 1.f. Conocimiento del bien y del mal que permite a la persona enjuiciar moralmente la realidad y los actos, especialmente los propios. 2. f. Sentido moral o ético propios de una persona. 3. f. Conocimiento espontáneo y más o menos vago de una realidad. 4. f. Conocimiento claro y reflexivo de la realidad. 5. f. consciencia (capacidad de reconocer la realidad circundante). 6. f. Fil. Actividad mental del propio sujeto que permite sentirse presente en el mundo y en la realidad.

Respecto a los contenidos, puedo prometer y prometo que no serán exclusivas de última hora. A veces comentaré noticias, en otras contaré peculiaridades, en ocasiones narraré historias o detalles de la vida de personas que me quizás me atraigan e incluso puedo enredarme con alguna paranoia de cosecha propia o tal vez ajena. Mi curiosidad no conoce límites ni dignidades,

Evidentemente el título de mi sección también juega con la homonimia respecto a la palabra conciencia. Si nos atenemos a la definición de la RAE, la palabra no tiene realmente diferentes significados, sino que abarca diversos matices de una más que evidente característica o peculiaridad de nuestro cerebro, pensamiento, mente, como queráis llamarla, incluso alma si os place. Particularmente me encantan las entradas 2 y 3, tan contradictorias como complementarias entre sí; el conocimiento espontáneo e impreciso versus el claro y reflexivo. Y es esta aparente antítesis lo que más me apasiona. También me interesa –y mucho- el sentido ético de mis escritos, pero sospecho que es un sentimiento común entre todos los colaboradores de esta revista, así que no es necesario explayarme sobre esta faceta de la palabra.

tampoco esquiva extravagancias y caprichos, fugaces o definitivos. Y finalizo mi presentación (al menos eso he intentado) con un par de frases para que perdonéis mi osadía por meterme en este berenjenal con tanto artista a mi alrededor. Consciente soy de mis limitaciones. “Escribir es invitar al lector a dar un paseo por lo más profundo de nuestra mente.” – Roberto Martínez Guzman “Todo el mundo sabe escribir, pero no todo el mundo es escritor” – La verdad sobre el caso Harry Quebert, Joël Dicker Y en el próximo número volveré (es más una amenaza que una promesa), atrevido lector.

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Larguísimo viaje en vapor desde su natal Infiesto hasta Montevideo. Su mamá lo despidió con doce huevos duros, un par de zapatillas y el último abrazo. Tenía dieciocho, nunca más la vería. Atrás quedarían las montañas, la sidra, la jota haciendo bailar las entrañas. Interminables horas el Atlántico lo tuvo en su lomo, como caballo salvaje, enfrentándolo al vaivén de las emociones. El abuelo Marcelino. Doce hijos uruguayos le sucederían.

Lucía Borsani

Imagen Santuario Virgen de la Cueva en Infesto, Asturias, España © Rodelar

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Nobuyuki y el sendero de las camelias encendidas Felipe Espílez Murciano

L

a mañana era fría, tanto que parecía escarcharse en la piel como un amanecer postergado. Nobuyuki había salido de su casa cuando las primeras luces del alba daban noticias luminosas del nuevo día. Comenzó a caminar con toda la rapidez que le permitía su avanzada edad. Enseguida sintió que su rostro era un acerico en el que se clavaban los alfileres del rocío. Pero él estaba acostumbrado a los rigores del invierno. Sabía perfectamente

trocientos años y florecía en cinco colores diferentes, caían de pétalo en pétalo. Por ello se llamaba la camelia «de pétalos caídos.»” Era una frase que ella adoraba y que a él le gustaba oír de sus labios, aunque nunca supo si era por la propia poesía de aquellas palabras, o porque la decía su esposa, que, mirándolo bien, tenía voz de camelia. Por eso, un día le dijo a su mujer que, a partir de entonces, aquel paseo lo llama-

que esa sensación era pasajera, fruto de haber pasado de la calidez de su hogar al rigor invernal que sobrevolaba por la calle, con su corazón de nieve, con su alma de hielo. Enero señoreaba sobre el aire blanquecino; tanto, que, hasta el silencio del alba, que aún perduraba, parecía guardar algún secreto helado, congelado en el tiempo. Era algo poderoso, digno para rendirse sin perder el honor. Aceleró el paso, no porque tuviera prisa, sino porque

rían la senda de las camelias encendidas, porque le recordaba al fuego de su sonrisa. Cuando hacía tanto frío, Nobuyuki pensaba siempre en la majestuosa silueta del Fuji coronado de nieve, embelleciendo, de este modo, la servidumbre del frío sobre su cuerpo. No se lo había contado nunca a nadie. Lo reservaba como algo íntimo, fuera del universo de los demás. Además, tampoco estaba muy seguro de que, si lo contaba, se en-

deseaba llegar a aquel espléndido paseo lleno de fragancias y colores. Nobuyuki recordaba, cuando pasaba por ahí, que su mujer siempre le repetía aquella frase de La casa de las bellas durmientes que había aprendido de memoria de tanto leerla: “Dicen que las camelias traen mala suerte porque las flores se caen enteras del tallo, como cabezas cortadas; pero los capullos dobles de este gran árbol, que tenía cua-

tendiera bien que el Fuji le ofreciera una tibia, pero poderosa sensación, de calor lejano, antiguo, sobre su piel. Debía procurar, y en ello ponía un permanente empeño, que sus conocidos tuvieran de él un concepto de persona sensata. Eso era muy importante para Nobuyuki, aunque con la edad, comenzaba a suavizar un poco esta vieja apre30


ciación. De todas formas, se decía: ¿a quién iba a importarle mis cosas particulares? Sólo a los cotillas. ¡Bah!

trascendente por medio de la purificación de la mente y del cuerpo. Quemó una barrita de incienso, mientras una extraña, aunque muy conocida sensación de paz, invadía su espíritu, que ese día parecía de nieve dormida. Fue en ese momento cuando lo vio, cuando se percató de su armónica existencia. Era un hombre de avanzada edad. Pensó que era más viejo que él mismo. Esa sensación le agradaba íntimamente pues últimamente notaba que todo el mundo era más joven que él, lo que le producía cierto desasosiego, una especie de culpa por haber vivido más de la cuenta. El hombre quemaba una barrita de incienso, como si quemara recuerdos. Y cuando lo hacía, dirigía la mirada de sus ojos gastados por el tiempo, como una plegaria hecha humo en el aire de los deseos. Estuvo un rato observando sus facciones, que parecían estar esculpidas por el cincel de emociones pasadas. Algo había en él que le atraía enormemente, pues no podía dejar de observarle. Sus manos se movían como alondras y dibujaban en el aire, cuando las movía, acuarelas de olor. El humo parecía tinta china que se expresaba en el aire con gritos silenciosos. Nobuyuki cerró los ojos unos instantes para expresar su comunicación con los dioses de una forma más respetuosa. Cuando los abrió, el hombre ya no estaba. Un frío húmedo recorrió su piel dibujando copos de nieve en sus brazos, algo cansados. Se giró para intentar localizarle, pero ya no lo vio más. Nobuyuki siguió, entonces, con sus plegarias. Pero la visión de aquel hombre lo había perturbado. ¡Qué extraño, era una sensación placentera e inquieta al mismo tiempo! Se hallaba confuso, así que se acordó del Fuji, último remedio infalible para sus momentos débiles en que la vida parecía ser más fuerte que él mismo. Eso lo tranquilizó y le permitió abandonar el lugar con cierta sonrisa, casi nacida, de sus labios de invierno.

Tras caminar unos veinte minutos, recortando las últimas sombras, Nobuyuki llegó al templo. Atravesó la puerta Torii por el lado izquierdo, el que marcaba su corazón, y se dirigió directamente al pebetero donde las barritas de incienso quemaban su efímera existencia. Vio a varios devotos a su alrededor impregnándose las manos con el humo perfumado. Justo en ese momento, volvió a rememorar la bella imagen del monte Fuji. Algo tenía el pebetero de cráter de volcán. Las dos imágenes sagradas se fundieron en una sola, acortando distancias, distanciando soledades. Se acercó con el firme propósito de borrar con el incienso el horrible olor que tienen los humanos para los dioses. Pero, fundamentalmente, con la idea de comunicarse con lo

Mientras caminaba de regreso, el día había suavizado su temperatura. Forzó intencionadamente la ruta para volver a pasar por la senda de las camelias encendidas, Cuando llegó, una de ellas, pareció sonreírle en un incendio espontáneo. ¡Cosas de viejo!, se dijo. Pero lo cierto es que aquella camelia le había sugerido el perfume interminable en el tiempo de su mujer. El sol lucía hermoso y comenzaba a dorar el bello camino, en el que los árboles dormidos por el invierno parecían esconder historias que contarían cuando llegase la primavera. Al menos, era lo que le parecía a Nobuyuki cuando los miraba, dejándolo a su paso, varados en la nostalgia.

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Luego volvió a pensar en aquel hombre que tanto le había impresionado y comenzó a relacionarlo con otros recuerdos. Era una costumbre que tenía

La partida transcurrió agradablemente, alternándose entre ambos jugadores las posibilidades de victoria, aunque, como antes se ha dicho, eso era lo de menos. Aquel hombre, que infundía un extraño sosiego a su alrededor más inmediato, más cercano, iba preguntándole muchas cosas sobre su vida. Y aunque a Nobuyuki no le gustaba contar nada sobre su vida privada, le respondía con total naturalidad, como si fueran amigos de siempre, de siempre…

y que le hacía llenar el tiempo libre que le daba su jubilación. Relacionó aquel hombre con la historia de la Luna pálida de agosto. Siempre le habían fascinado las historias de fan-

Al cabo de un rato, el extraño que ya no lo era, le preguntó sobre su mujer. Nobuyuki le puso al corriente de que había fallecido hacía, precisamente hoy, once años. ¿La echa de menos?, le preguntó. Todos los segundos del día, le contestó Nobuyuki, con una nostalgia que se hacía azul en el aire. Bien, pues pronto volverá a verla, le contestó dulcemente. ¿Cómo dice?, le interrogó Nobuyuki, un poco ner-

tasmas. Luego pensó en escribir éstas y otras impresiones pasadas y actuales en un diario. Fue entonces cuando rememoró el Libro de la Almohada de Sei Shonagon que tantas veces había leído. Hacía tiempo que él mismo quería escribir un libro de almohada, pero nunca había dejado de ser sólo un deseo, intenso, sí, pero nunca comenzó a hacerlo. Quizás porque le impresionaba la belleza de las historias de la poeta y pensaba que él no podría estar a esa altura.

vioso. ¡Jaque mate!, sentenció el hombre de las facciones sin tiempo.

E inmerso en esos pensamientos y en otros, fue salvando la distancia que le separaba de su nuevo destino. Muchos días se dirigía allí. A aquel precioso parque, no muy lejos de su casa, donde se reunían, algunos conocidos y otros no, a jugar una partida de ajedrez. Generalmente, personas de avanzada edad. No importaba, claro, ganar o no la partida. Lo interesante era estar con otras personas, algunos ya casi amigos, para compartir las delicias del juego y darle a la mañana tiempo para que se asentara sobre el loto del día. Llegó allí en unos momentos que le parecieron cortos, pues sus pensamientos parecían tener también pies que le ayudaban a recorrer el camino. Cuando llegó todas las mesas estaban ya ocupadas por jugadores que, en silencio, se deleitaban con la magia del movimiento de las piezas sobre los tableros, la mayoría de ellos, un poco gastados por las inclemencias del tiempo, que borraba dibujos y agrietaba maderas. Nobuyuki se dirigió a la mesa en la que había un jugador esperando compañía para comenzar una partida. Tras hacer una reverencia se sentó en la silla desocupada y saludó a su nuevo compañero. ¡Era él, el hombre del templo! Sus ojos de miel le deslizaron una mirada que le cautivó. Buenos días, le dijo, con voz de garza. Nobuyuki contestó atentamente, un poco abrumado por la sorpresa. Echaron a suerte quién debía iniciar la partida. -

Y en ese momento, Nobuyuki se deshizo de los latidos de su corazón, como las hojas de las camelias cuando buscan el suelo. El hombre se levantó pausadamente y abandonó la mesa de juego. Su figura se perdió entre la incierta bruma dorada de un fragmento de la mañana. Sobre el tablero, Nobuyuki, con una sonrisa de enhebro, yacía bajo los rayos del sol que acunaban su silueta inmóvil. Un ruiseñor trinaba un extraño canto que nadie conocía. En la mano de Nobuyuki, la reina, apretada con las últimas fuerzas de sus manos gastadas. A su lado, una camelia encendida, sonreía a la mañana. ¡Nadie supo jamás qué deseo pidió Nobuyuki en el pebetero! Era un día cualquiera de enero y el Fuji lloró lágrimas de fuego.

Salgo yo, dijo el oponente, con voz de agua. 32


Quien le iba a decir al fotógrafo Alberto Korda, que esa fotografía que disparó el 5 de marzo de 1960 durante el entierro de las víctimas de la explosión de La Coubre, involucraría a tantas personas y, porque no decirlo, nos daría tantas satisfacciones a los amantes del arte.

María Ángeles Espílez Murciano

El cartel de este mes es mundialmente conocido. No sólo por la figura del Che Guevara, sino por el inconfundible diseño de pop art, muy típico de uno de sus mayores exponentes: Andy Warhol, creador del famoso Díptico de Marilyn. Pero… ¿realmente este cartel del Che Guevara es de Andy Warhol? Ésa, querido lector, es la historia que esconde nuestro cartel.

La Coubre, era un buque de origen francés, que fue objeto de sabotaje, explotando en el puerto de La Habana produciendo un centenar de muertos y doscientos heridos. Las autoridades cubanas lo denunciaron como un acto terrorista de la CIA. Ese momento fue el que permitió a Alberto Korda inmortalizar al Che Guevara, con su famosa boina negra mirando a lo lejos y con tensión y angustia en su rostro. Todo, lo recogió Korda en su fotografía. Aunque la fotografía no se hizo famosa hasta siete años después de ser tomada, tras la muerte del Che en Bolivia. La razón fue que el editor italiano Giangiacomo Feltrinelli se hizo con los derechos para publicar el Diario del Che en Bolivia e imprimió esta imagen en un gran póster, junto con otras imágenes que también había tomado Korda.

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En la página de la izquierda, la foto original y completa de Ernesto Guevara tomada en 1960 por Alberto Korda. Abajo, Alberto Korda fotografiando al Che Guevara y a su esposa Aleida March; y a su lado, el famoso cartel Andy Warhol. En la página siguiente, la icónica imagen del Che Guevara de Jim Fitzpatrick.

Por cierto, Korda era comunista y nunca pidió derechos de autor, su máxima preocupación era que se compartieran y difundieran los valores de la Revolución y la memoria del

La presentó en varias revistas, pero fue rechazada en todas ellas, hasta que la revista alemana, Stern la publicó por primera vez, con la imagen en rojo y negro.

de las obras de arte moderno más influyentes del mundo: el Díptico de Marilyn. La fotografía sobre la que se hizo la obra era una instantánea publicitaria para la película “Niagara”

Che y para conseguirlo, la difusión de su imagen era esencial. Y acertó, de hecho, la historiadora fotográfica Vicky Goldberg, en su libro “The Power of Photography” afirma que el retrato del Che “hizo más por su causa que lo que él mismo logró durante su vida”. Un año más tarde, en 1968 el ar-

Después de la maravillosa toma de Alberto Korda, ese Che mirando a lo lejos, que el Instituto de Arte de Maryland (Estados Unidos) calificó como la más famosa fotografía e icono gráfico del mundo en el siglo XX, llega Jim Fitzpatrick y nos ofrece esta obra, tantas y tantas veces reproducida. Pero todavía nos queda

que había protagonizado Marilyn. En el caso de la figura del Che Guevara, se utilizaron los gráficos de Fitzpatrick, con el mismo proceso gráfico que se había empleado con tanto éxito en la imagen de Marilyn Monroe. Sin embargo, la autoría de este trabajo ha sido muy discutida y en

tista irlandés Jim Fitzpatrick, basándose en la fotografía de Alberto Korda, creó su obra más famosa: El retrato del Che Guevara, en dos colores, blanco y negro, aunque posteriormente se hicieran versiones con otros colores.

una versión más de la creación de Korda, eso sí, esta vez cargada de ambición, dinero y mentiras, muy alejado de los ideales que Korda tanto admiraba. Mientras todo esto pasaba en Irlanda, al otro lado del Atlántico, en Nueva York, Andy Warhol creaba una

realidad no se sabe si le corresponde a Andy Warhol o a su asistente Gerard Malanga. Efectivamente, Gerard Malanga, muy pronto se convirtió en una importante figura del estudio de Andy Warhol, conocido como The Factory.

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De hecho, Malanga hizo obras propias, poesía, películas, etc. Tanto es así, que, a finales de los años 60, estaba en Europa trabajando para una película, y Warhol le había prometido que cuando acabase le enviaría dinero para regresar a Estados Unidos. Sin embargo, pasaban los días y no recibía respuesta de Warhol. Así que Malanga al objeto de conseguir dinero, pensó en vender unas pinturas del Che Gue-

Tirsha Ziff, comisaria de una exposición sobre el Che, declaró a la BBC que la imagen del Che Guevara se convertiría en una marca tan famosa como la Coca Cola. Y así lo ha demostrado la historia. La foto de Korda consiguió su cometido, dar a conocer la imagen del Che Guevara. Su fotografía, dio lugar a numerosas obras, sin embargo,

vara, cuya popularidad estaba en alza pues el héroe de la Revolución cubana había sido asesinado hacía poco en Bolivia. Malanga realizó el ejercicio en serigrafía que utilizaron en The Factory con Marilyn Monroe y vendió las obras como si fueran del propio Warhol, el cual estaba totalmente ajeno a toda esta circunstancia. No obstante, cuando se enteró del fraude, autentifico rápidamente la obra, quedándose con

nadie le preguntó nunca nada a Korda, que tampoco pidió nada…. Bueno, sí lo hizo, una vez: cuando la imagen del Che se pretendía utilizar para anunciar una marca de vodka. Eso Korda, no lo podía permitir. Korka, murió en París en 2011, y nos dejó una imagen bella y sobre todo una lección de bondad, generosidad y altruismo.

todos los derechos de la obra. Como ya le había advertido, querido lector, el altruismo con el que nació la imagen del Che Guevara, se fue desvaneciendo a medida que su éxito creció, y como no, el dinero fue la causa principal.

Así lo recordaremos.

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Kati Horna Primeros viajes Kati Deutsch, más conocida como Kati Horna, nació en Hungría, el 19 de mayo de 1912. Tuvo dos hermanas mayores y perteneció a una familia judía acomodada, pues su padre era banquero. En 1931 se trasladó a Alemania para estudiar fotografía. En Berlín, trabajando ya para la agencia Dephot, se relacionó con el

ser contratada como fotorreportera por la CNT para hacer un reportaje fotográfico sobre los pueblos colectivizados de Aragón. Llegó con su cámara Rolleiflex y la compañía de su compañero Robert Capa. En Barcelona, Kati Deutsch colaboró con algunas publicaciones anarquistas, como Tierra y libertad, Tiempos nuevos y Mujeres libres. También fue redactora en

entorno de Bertolt Brecht y con el Bauhaus. Pero el auge del nazismo y la noticia de que su padre había sido apresado, hizo que tomara la decisión de volver a Budapest. Mientras tanto, siguió un curso en el taller del fotógrafo Jósef Pécsi. Cuando acaba el curso, Kati se traslada a París. Allí, realizó sus

la revista Umbral. En este semanario fue donde conoció a José Horna, con quien se casó al poco tiempo y de quien tomó el apellido. José Horna trabajaba como cartógrafo para los republicanos. Cuan-do

primeros trabajos de retoque de fotografías de moda e, incluso, fotos fijas para el cine. Fue cuando conoció a Robert Capa, de quien fue pareja. En su estancia en París, Kati Horna completó su formación, llegando a realizar algunos trabajos para la agencia francesa Agence Photo.

fue apresado por los nacionales, Kati lo ayudó a escapar hacia París. En su maleta, llevaba mucha angustia y, también, los

Guerra civil española Los ideales anarquistas de Kati, fueron decisivos para que, en 1936, tomara la decisión de trasladarse a España, al

negativos de su trabajo. A su llegada a París, Kati Horna siguió trabajando, pero con la invasión nazi, José Horna fue arrestado y confinado en un campo de concentración en Francia. Cuando fue liberado, temerosos de nuevos arrestos, huyeron a México.

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El exilio en México Kati y José Horna llegan al puerto de Veracruz, México, en octubre de 1939 y, desde allí, se trasladan a la Ciudad de México, pues esa ciudad ofrecía más oportunidades profesionales. Kati colaboró con publicaciones muy estacadas como: Mapa, Mujeres Snob, Revista de la Universidad de México, Perfumes y Modas, Tiempo y otras muchas, donde algunos de sus reportajes alcanzaron una gran difusión

Kati Horna falleció el 19 de octubre del año 2000, aunque su trabajo ha sido objeto de numerosas exposiciones posteriores. Sin embargo, el hecho de que ella no quisiera darse publicidad, hizo que su trabajo no fuera lo conocido que realmente se merecía. Su hija, tras la muerte de su madre, pudo tener acceso a numerosas fotografías inéditas, especialmente las de carácter surrealista.

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Recuperación del archivo perdido Cuando Kati salió al exilio se llevó consigo las fotos que le había encargado la CNT-FAI pues no le dio tiempo de proceder a su entrega. Todo el mundo creía que esas fotos se habían perdido, hasta que, en 2016, la historiadora del arte Almudena Rubio, las descubrió en el Instituto Internacional de Historia Social (IIHS) de Ámsterdam. Se trata de más de 500 negativos y que habían permanecidos encerrados en unas cajas desde 1939. Fue un hallazgo luminoso, la historia viva que renacía de unas oscuras cajas cerradas a la vista de los hombres y que, por fin, salían a la luz.

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Travesías La vida es un viaje, un sin fin de travesías, no siempre por caminos o por mares, si no, las más de las veces, por laberintos interiores, sendas ocultas al ojo ajeno, veri-

E

s extraño, pero el puerto de Tarifa no huele a mar. «Debe

ser por la proximidad de que volvieron la cabeza vez ni oyeron, ya que el maniobra de salida. En apenas nada se

la otra orilla», dije a mis amigos, ignorando el comentario que tal motor del ferry rugió iniciando la puso en marcha, y siguiendo al

práctico, que me recordó a los barquitos que dibujaba cuando era pequeña, enfiló la bocana dispuesto a atravesar el Estrecho y en treinta y cinco minutos dejarnos en Tánger. Era la primera vez que lo cruzaba y la sensación de alejarme de la costa rumbo a África, ahí tan cerca, y sin embargo tan lejos, me hacía mucha ilusión. Impresionada ante la proximidad de los dos continentes y la posibilidad de ver delfines, o mejor aún: ballenas, tal y como prometía el folleto de la excursión, hizo que me sintiera muy contenta, aunque algo extraña entre tanto turista de diario; hombres, mujeres y niños vestidos de verano y provistos de los últimos teléfonos móviles para aprisionar el instante y enviarlo a los cuatro puntos cardinales. ─Más les valía disfrutar de la belleza del paisaje. ─Dije en voz alta, aunque por suerte nadie debió oír mi impertinencia.

cuetos en los que nos perdemos y que con suerte volvemos a encontrarnos para seguir ese viaje sin retorno que de forma involuntaria nos ha sido dado. Este año de pandemia y confinamientos son muchos los viajeros que han tenido que conformarse con ese viaje interior para reencontrarse, como Ulises, con esa patria perdida, con ese lugar común y cercano del que partieron en busca de otros horizontes más favorables a sus sueños. Este año, el tráfico en el Estrecho ha sido prohibido para evitar contagios, este año: «los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte algo que cantar» (La Odisea).

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A medida que nos alejábamos empezó a soplar un poniente que no favorecía la navegación y que me alborotó algo más que el pelo, ya de por sí rebelde y erizado por la proximidad del agua. Aquel mar me empezó a intimidar. Treinta y cinco minutos pasan rápido, pensé mientras me concentraba en la espera de oír ruidos extraños. Fantaseando con escuchar cantos de sirenas, pero… no había niebla

da», dije volviendo la cabeza con la intención de hacer notar ante alguien del grupo mi afición a la mitología, pero la sonrisa de incomprensión de una guiri que me recordó a mi abuela, me devolvió a la realidad, y, seguí admirando las columnas pétreas, imaginando al héroe agarrado a ellas como yo lo hacía a la barandilla de borda para no salir disparada. Haría fotos, pero… no me apetecía. Estaba rara a pesar de

que favoreciera la fantasía. El guirigay de los pasajeros y el ruido del motor impedía cualquier ilusión acústica. Decidí aislarme. Sería un viaje al interior. «¡¿Al interior?!». Grité como si estuviera sola. No, no estaba sola, ni mareada, nunca me había mareado en un barco y este, más que correr, volaba. ¿Entonces…? Estaba atravesando el Estrecho y era inevitable no pensar en ello, en ellos. Las noticias diarias daban cuenta de lo que, en esa hoy tranquila franja de mar, que acerca África y Europa, pasa. Una auténtica odisea en

la ilusión que puse en el viaje. Seguro que pasear por la medina y regatear en las tiendas para comprarme el collar más bonito que apareciese ante mis ojos me devolvería el ánimo que se fue alejando al soltar las amarras del muelle. Era el mar, ese mar que no olía a mar, por mucho que yo me empeñara en aspirarlo y sentirlo como un mar cualquiera, con su olor a algas, a pescado, a… Esas aguas profundas y llenas de sueños rotos se colaban en mi ánimo, aniquilándome. ¿Por qué me empeñaba en sentirlo diferente al resto

pleno siglo veintiuno. Y yo ahí, sobre las olas de un azul marino intenso, cada vez más intenso e inestable por la velocidad del barco, intentando ser feliz al margen de esa otra realidad; disfrutando de mis vacaciones laborales en una mañana de agosto, rodeada de…, por qué no decirlo: frivolidad (yo la primera). Avanzábamos por algo más que un mar, e imaginé una tumba gigante flotando debajo de mí. Respiré profundo. Si seguía con esos pensamientos me amargaría el viaje y, no era esa la intención. Estaba de vacaciones, de

de la gente que me rodeaba entre risas y caras de felicidad? Ese era el problema. Yo, y no el mar, y esa tendencia mía al pesimismo justo en los momentos en que a mi alrededor todo el mundo está feliz. Esa tendencia mía a ser diferente. Aquellas aguas por las que transitó, por las que transitan tantos Ulises, están llenas de héroes a los que nadie cantará. Olas gigantes llenas de muertos. Vaya momento para escribir un poema, aun así, rebusqué en la mochila mi libreta de viajes cuando alguien tocó mi

vacaciones y lejos de Madrid. Sólo una semana. Las necesitaba. ¿Por qué culparme? Al alejarnos de la costa apareció tras de mí Gibraltar, y en frente del peñón: Yebel Musa, e imaginé a Hércules separando la montaña para unir los dos mares. «Según Platón, por allí, o, mejor dicho: por aquí debajo debía estar la Atlánti-

hombro rompiendo la ensoñación. - María, que estamos adentro, que aquí no hay quien hable. Y que si quieres una cerveza.

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Su voz terminó con la inspiración y las ganas de escribir. A pesar de que se esforzó para hacerse entender y convencerme para que entrase, rehusé la invitación a unirme al grupo. Necesitaba estar sola, pensar, sentir, poner nombres y apellidos, y caras, a las tragedias de las que ese mar, que no olía a mar, era testigo cada vez que el poniente sopla favoreciendo la huida en busca de la protección de la diosa Europa. ─ ¡Dort, dort, dort herum! ─gritó la mujer que me recordó a mi abuela. Los pasajeros que se mantenían en proa, aguantando los envites del viento, se desplazaron a babor con los móviles enarbolados dispuestos a inmortalizar la cola batiente de una ballena que la «doble» de mi abuela aseguró haber visto. Yo sólo vi la algarabía de las gaviotas impactando sobre algún banco que imaginé de caballas, a juzgar por los destellos plateados. Al cabo de un rato mis amigos subieron a cubierta y me dejé llevar con ellos hasta sentarnos en los bancos de popa. «Lo primero las compras. ¡A la medina!», gritó uno y todos asintieron como lo más importante del día. Todos estaban pletóricos y disfrutando del viaje. ─ ¡María! Vaya cara, cualquiera diría que vas en el Metro. ─Dijo la graciosa de turno y los demás se echaron a reír. Tendría que esforzarme en poner otra cara si no quería ser el blanco de la excursión. Entre viento, cervezas y risas avanzamos hasta tener frente a nosotros las murallas de Tánger, testigos silenciosos de tantas cosas, que nos esperaban como una pared, una alegoría que imaginé infranqueable. Me acercaba a otro mundo que tal vez me rechazase. ─ ¡Dort, dort! ─dijo con la misma voz que lo hubiera dicho mi abuela, aunque ella hubiera gritado: ¡Allí, allí!. Refiriéndose al majestuoso minarete. El ferry aminoró la marcha. Cerré los ojos. Un olor conocido, antiguo, ahora sí, me invadió los sentidos. ¡Por fin olía a salitre! Mis amigos se apresuraron hacia la puerta de desembarco. ─ ¡María, te vas a quedar la última y nos va a tocar esperarte! ¡Venga tía, muévete!! Me agarré a la mochila y miré el reloj. Habían pasado los treinta y cinco minutos de la travesía.

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Cuando regresé a mi aldea aquel invierno, traía solamente dos cosas: una herida en la pierna y una carta oficial para la viuda Fournier. Me dirigí a su casa, caminando despacio, pensando que cualquiera podría leer la ansiedad y la tristeza que me abrumaban por el trazo de mis huellas sobre la nieve. Llamé a su puerta, pero mucho antes de que atendiera supe que no podría entregársela. Era extraño, no tuve miedo en ninguna de las batallas, ni siquiera en el momento en que aquella bala casi me destroza la pierna; sin embargo, no tuve el valor para comunicarle a la viuda que su único hijo había muerto en la Gran Guerra. Nadie más en la aldea lo sabía, así que inventé su traslado a una unidad lejana. Desde entonces cada mes escribí una carta, agregando algunos francos en el sobre. La viuda no sabía leer, por lo que yo me encargaba de hacerlo. A veces reía con mis historias y a veces se limitaba a suspirar llena de orgullo; pero siempre, al despedirme, las lágrimas terminaban deslizándose por sus mejillas. Cuando enfermó gravemente, me llamó a su lado y me alargó una caja con el dinero y las cartas que le había entregado. —No tienes que escribir más —dijo, haciendo un esfuerzo. Yo quise hablar, pero me detuvo con un gesto. —Lo he sabido desde el principio —continuó con un hilo de voz—, ahora que voy a encontrarme con Phillipe, le contaré lo bueno que has sido conmigo. Me sonrió con dulzura y luego cerró sus ojos para siempre.

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Benet Casablancas Una entrevista de Jorge

Castro

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Jorge Castro: Siempre comienzo las entrevistas con una pregunta, ¿en qué momento decide dedicarse a la música?

algunos de ellos profesionales de gran talla; en otros casos más autodidactas. Estábamos sedientos de orientación y la buscábamos en los músicos y compositores más experimentados, con profesores que a menudo impartían sus enseñanzas fuera del marco institucional, que había quedado bastante obsoleto. Yo noté en seguida la necesidad de trabajar en un centro o escuela de nivel superior que lo fuera de verdad, de referencia internacional, con todo lo que esto supone.

Benet Casablancas: Es muy difícil de responder, no podría decir un momento concreto. Recuerdo, que lo que yo quería ante todo era comprender la música y en aquellos años había mucho desconocimiento. Mis padres no eran músicos, pero tenían esa sensibilidad y me animaron a tomar clases de piano. Había muy pocos discos de clásica en casa (¡algunos todavía de 78 revoluciones!), pero los que había me siguen acompañando hoy: Chopin, Rossini, Bizet, Listz,

Había varias opciones: yo compraba montañas de libros y partituras sobre todo en Londres y en Nueva York, por tanto, estaba en contacto con muchas librerías, editoriales, bibliotecas y fuentes de información. Naturalmente también en París y en Viena, a donde había ido para recorrer sus librerías y museos, explorar sus archivos, conocer su vida musical, etc. Por suerte, me concedieron una beca para estudiar en Viena y ello me permitió tomar contacto con un gran centro musical, en el corazón musical de Europa, tanto por su tradición como

zarzuelas… ¡Tenían muy buen gusto! Era muy joven y estaba descubriendo la literatura, la pintura, ¡incluso la practicaba! Eran años de muchas inquietudes, y en un momento determinado sentí la necesidad de profundizar en un mundo muy desconocido para mi generación (hablamos de los setenta) como era la gran música, Y emprendí ese camino, al alimón con mi padre, empezando por explorar una detrás de otra y ordenadamente las nueve sinfonías de Beethoven (las grabaciones de Karajan para el cine nos marcaron mucho),

en la vertiente académica, así como por su intensísima vida musical; y sobre todo contar con las grandes posibilidades de formación que me ofrecía la legendaria Hochschule für Musik, y en particular poder estudiar con profesores como Friedrich Cerha y Harl-Heinz Füssl. Allí pude escuchar una cantidad ingente de conciertos de gran nivel, pude viajar a Budapest, a Praga… Siempre he viajado mucho, tenías que ir allí donde había lo que buscabas y esto nos convertía a todos en un poco nómadas. Compositores de generaciones anteriores

después vendrían las Cantatas de Bach, Wagner, la llamada música antigua, los compositores del siglo XX, y ¡así hasta hoy! Al mismo tiempo, había también una voluntad expresiva (como diría mi querido amigo, el poeta Antoni Marí) que se manifestó tempranamente en la adolescencia (algo muy común por otra parte), escribiendo poesía, una fascinación por la pintura que conservo intacta, el cine, etc. y era natural que estas ganas de descubrir el mundo (llegarían pronto los

a la mía se han expresado en términos similares. Mi generación todavía tuvo que coger la maleta y salir al extranjero, lo percibíamos como una auténtica necesidad. Esto fue cambiando felizmente con los años y la situación dio un vuelco, de lo que me alegro muchísimo, y que nos ha permitido llegar a un presente mucho más homologable y esperanzador.

Viajes) se extendiera igualmente a la música. El primer momento fue descubrir este universo, la música, no tanto la de una época u otra, la música en general, y luego, por supuesto, la música más próxima a nuestro propio tiempo. Supongo que la segunda fase era decir, bueno, quiero conocer a fondo y escrutar este lenguaje, ver cómo funciona, pero siento también la necesidad de decir algo con él, quiero expresarme. Y así, nacieron los primeros esbozos, los primeros intentos muy primarios, pero fruto de una necesidad, de esta

Y usted estudió también filosofía, ¿qué relación tiene con la música?

pulsión expresiva que creo que no me ha abandonado nunca… los músicos, los artistas y en general, todas las personas queremos comunicar, y esto es importante.

Era una época que no era como hoy, que tenemos Centros Superiores en toda España de gran nivel, parangonable a los

intereses culturales e intelectuales más amplio, no encontraba las herramientas que estaba buscando. Lo he dicho antes, quería profundizar en la música de una forma más general, comprender a Brahms, Stravinsky, Schönberg, Debussy… pero también a Monteverdi, Bach, la Escuela de Notre-Dame, nuestros polifonistas…Paralelamente, yo sentía una curiosidad intelectual más amplia, siempre la he tenido, y mientras estaba buscando, trabajaba con profesores diversos, viajaba e iba adquiriendo discos, libros y partituras,

que existen en todos los países avanzados, sino que en aquella época había más bien, personas, individualidades,

pensé que sería una buena opción ampliar mi formación en el sentido humanístico, a nivel más global y por eso surgió la

Háblenos de su época de formación

Básicamente, yo he entendido siempre la música en un sentido cultural amplio. Como decíamos antes, las instituciones académicas musicales de nuestro país tenían aspectos más o menos meritorios, sus virtudes y sus carencias, pero en general el nivel cultural, ya no digo musical, era muy precario. Por mi forma de ver y entender la música, en el marco de

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idea de cursar filosofía, sabiendo que nunca me dedicaría a ella, pero creo que fue una buena elección para abrir nuevas perspectivas, conocer a maestros maravillosos, y poder cultivar una visión más amplia, no tan especializada o específica, menos reduccionista. Como es sabido, la música es muy absorbente y la composición ¡no digamos! Tuve la suerte de que allí hice muchos amigos, algunos de ellos son hoy filósofos de verdad, reconocidos como tales. Hay mucha relación entre la música y la filosofía, desde ángulos muy diversos, ¡pero esto nos llevaría muy lejos! Este es el tema de las Jornadas de Música y Filosofía de Ronda, pero este año no podrán celebrarse debido a la terrible situación que estamos viviendo todos.

Y, ¿entre la música y la pintura? También. Justamente hace poco tiempo, en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, tuvimos un coloquio público sobre esta cuestión. Si miramos los siglos XX y XXI, o si nos vamos al gran siglo romántico, la relación música-pintura es permanente y ubicua. Realmente la música se entendía por parte de los pintores y escritores románticos como un ideal, aquel lenguaje universal y abstracto de los sentimientos al que ellos aspiraban, dotado de una profundidad simbólica magnífica, y muy cercana al misterio, concepción que asumen posteriormente como propia muchos artistas del siglo XX, como Kandinsky o Klee, que además era músico; pero también Balthus, Rothko y tantos otros. La música, nos recuerdan Adorno o Steiner, es un verdadero lenguaje, muy codificado y articulado, pero un lenguaje que escapa a la esfera del significado. No en balde y desde la antigüedad –basta pensar en Pitágoras o en Platón- la música ha sido contemplada siempre vinculada a otras disciplinas humanísticas y se asociaba, como es bien sabido, a la astronomía, la aritmética y la geometría (Quadrivium). Al mismo tiempo con una carga de sentido, de conocimiento, no de significación semántica en el sentido literal que ya rebatió Stravinsky, sino en el sentido profundo. Platón habla de la música y lo hace no en los libros de estética sino en las Leyes, llegando a indicar qué modos eran más adecuados para el soldado, el filósofo, el poeta… había una clara utilización política de la música.

La relación entre la música y las artes se extiende a otros niveles. Si nos fijamos en la pintura renacentista o posterior, vemos la importancia de la sección áurea, o en la arquitectura clásica griega, por ejemplo, disciplina ésta última con la que la música comparte numerosos términos y conceptos: composición, cálculo de estructuras, carga, etc. Las proporciones que se aplican en la pintura o en la arquitectura, son también muy importantes en la música. Casos como los de Debussy o Bartòk lo ejemplifican de forma sobradamente conocida. También se ha establecido un paralelismo muy serio entre la estructura literaria de la “Recherche” de Proust y la trama de Leit motivs en el “Anillo” de Wagner, configurando un tejido análogo al que sustenta los distintos volúmenes de “La búsqueda del tiempo perdido”. Desde siempre la 45


poesía y la literatura han aspirado a la condición de música, y la música ha trabajado siempre en estrecha cercanía con la palabra, con poemas, con textos dramáticos… En resumen: creo mucho en los diálogos transversales entre los diferentes lenguajes artísticos e incluso con el lenguaje científico. Creo que son vías y formas distintas, respetando la especificidad de los respectivos lenguajes, pero seguramente los fines y objetivos son muy similares.

¿De qué bebe la música de Benet Casablancas? Yo creo que bebe de la forma personal mía de apropiarme de todo este entramado del que estamos hablando: relaciones, referencias… Creo que todo esto alimenta a la persona

y por lo tanto parece lógico pensar que alimentará también a la música que esta persona escribe. Y creo que es fundamental la formación. Uno tiene que tener la conciencia y la responsabilidad de que viene detrás de un legado espectacular de obras maestras, y de creadores muy grandes; de una prodigiosa evolución de técnicas y lenguajes; de avances y de logros. Creo que lo fundamental es asumir este bagaje y hacerse con la herramienta que uno necesita en cada momento, hacerlo con el máximo rigor, y, sobre todo, que sean medios para tratar de construir la obra que tú aspiras a realizar, y si es posible, al final de todo el proceso, que pueda suscitar empatía con alguien que tenga la buena voluntad de sentarse y escuchar el resultado de empeño, en el caso de la obra musical.

Fragmento de la entrevista de Jorge Castro a Benet Casablancas. El contenido completo está disponible en: https://encimadelaniebla.com/benet-casablancas/

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La tarde de julio de Emilio Poussa La alegrĂ­a de Emilio Poussa

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Emilio Poussa 48


Las tardes de julio aquí en el sur, después de que el salitre sea un recuerdo y la piel agradezca el tacto de la propia mano, las calles se quedan mudas, intransitables, atravesadas por una luz intensa, inmensa, y el cuerpo comienza a pesar y a entregarse en un dulce duermevela a viajes soñados, solo de lejos, muy de lejos el sonido de un coche, la voz lejana de alguien y el silencio de nuevo. Es un silencio antiguo, el mismo sentido por generaciones, el mismo de fotografías color sepia, el que se congela en un instante, el que huele a lo más viejo de un cajón, el que guarda secretos inconfesables, el que mira por la azotea y disfruta, el que piensa, mira y descansa; la alegría. El cuerpo se hunde, pesa, sueña, pájaros en la cabeza, azules casi siempre, viaja, desprende el calor hermoso del sol del verano, el olor a playa, el sueño.

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  José G. Santos Vega

Alguna noche Mi sombra quedó en aquella calle, con todas sus gotas. Manto pesado, espesa la noche, sin destellos de ti. Bajo la luna, el brillo de tus ojos, al despedirnos. Siento tus pasos alejarse, como si me dividiera.

Al borde mismo, si pudiera perderme que sea contigo. Pero te fuiste, como las golondrinas, sin preguntarme. Eternidades, al alcance del verso ensombrecido.

Triste balada, la de aquel payaso con su trompeta. Un globo roto, es todo lo que queda del cumpleaños. El pez regresa, solo vimos su cola al zambullirse. Alguna noche, llegará el mensaje con su botella

Viaje de ida Subí la cuesta para dejar atrás toda una semana, marcar un antes y un después, borrar el sabor agrio de los horarios, el olor ácido de las agendas, caer donde nadie me conozca; en aquella fonda entre las nieblas, a la vista de aquellas montañas, a tiro de la mirada de aquella amazona con su trenza. Escribo para esperar y degustar nuevamente aquella milanesa

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Escribía Don Luis Buñuel en su autobiografía Mi último suspiro: “Me encanta el manuscrito encontrado en Zaragoza, ambas, la novela de Potocki y la película de Has. He visto la película tres veces, lo que en mi caso es excepcional”. No solo Buñuel, sino otros grandes cineastas han admirado la película, como Scorsese y Francis Ford Coppola quienes en 1990, junto al mítico Jerry García guitarrista y músico de Grateful Dead, financiaron la restauración de una edición íntegra de la película, que finalmente se editó en un doble DVD en el año 2001 y es este facilitar su exhibición, se acortó hasta las dos horas y mismo montaje el que se editó en media y en el caso de Gran Bretaña también se redujo España conjuntamente por Notro su duración a poco más de dos horas. Pero es que la Films y Versus Entertainment, con novela no sufrió mejor suerte, siendo frecuentemente un interesante libreto del crítico recortada, por lo que, a la hora de adquirir la obra, hay Antonio José Navarro (Madrid, 2007) y con una duración de 174 minutos. Hasta que no se editó este video, los aficionados teníamos que ir de festival en festival a la búsqueda de una proyección para poder verla y conocer esa obra que recomendaban tantos de los grandes directores de la historia. El último pase que recuerdo fue en el Festival de San Sebastián. Decíamos antes “íntegra” y esa es una de las claves de esta obra maestra indiscutible del cine y de la literatura. La película El Manuscrito Encontrado en Zaragoza es del año 1965 y fue estrenada en Polonia sin cortar sus casi tres horas de metraje original, pero al llegar a EEUU y por cuestiones de

que asegurarse de que la edición que se está comprando es la obra completa con todas las Jornadas y no un resumen con 20 ó 30, que suele ser lo habitual. El Manuscrito encontrado en Zaragoza es una novela gótica del escritor polaco Jan Potocki, escrita originalmente en francés que era el idioma de la cultura en la época, y publicada dada su larga extensión en dos partes en 1804 y 1805. Construida según la técnica del relato circular, nos cuenta historias dentro de otras historias que a su vez se ramifican y entremezclan con otras historias, al modo del ahora tan de moda Decameron o Los Cuentos de Canterbury. Jan Potocki, Conde Jan Nepomucen Potocki de Piława, nació en 1761 y murió en 1815, tras la derrota de Waterloo. Fue un noble, científico y novelista, capitán de zapadores del Ejército Polaco que aspiraba a una Polonia libre del Imperio Ruso. Cuenta la leyenda, que al final de su vida aquejado de terribles fiebres, melancolía y dolores neurálgicos, se encerró en su biblioteca y después de haber limado pacientemente durante largo tiempo 51


el asa de un azucarero de plata hasta tener el tamaño de una bala para entrar en el cañón de su pistola, se suicidó de un pistoletazo en la cabeza. Su vida está llena de aventuras y darían para hacer, no una película, sino una entretenida serie de varias temporadas. La obra está estructurada en Jornadas como decíamos, cuando se juntan los protagonistas al final de cada día para descansar del viaje. Ambientada en torno al segundo sitio de

entrará como capitán al servicio del Rey. En el camino se encuentra con todo tipo de personajes extraordinarios, ermitaños, princesas moras, cabalistas, endemoniados, ladrones e incluso al famoso Judío Errante o el para mí inolvidable del Geómetra Velázquez, lleno de sugerencias que te abren la mente a mundos olvidados hoy en día, pero de plena actualidad en la época en que fue escrito el texto. Todos ellos le van contando sus historias en medio de otras historias, en

Zaragoza por Napoleón, en el que un oficial del ejército francés encuentra el Manuscrito que da título a la novela. Elige Zaragoza porque le parece un sitio recóndito, muy lejano y por ello misterioso, mágico, exótico y romántico, antes de la llegada de los grandes escritores románticos más conocidos como Merimée. La elección de Zaragoza, tiene además un valor simbólico para la gente de la época. La heroica resistencia de la ciudad tuvo un eco extraordinario en toda Europa y, especialmente, en el este, invadido también por Napoleón.

torno a míticos lugares como la Venta Quemada, la Posada de los Alcornoques o especialmente Sierra Morena. A veces no es suficiente con una sola jornada, porque el narrador se detiene en medio de una historia a contar otra historia y en medio de esta, otra historia. Pero, y aquí está lo magistral del relato, nunca se pierde, siempre vuelve hacia atrás hasta recuperar la historia inicial. La obra deviene así en un relato de ambiente gótico, laberíntico y extremadamente adictivo, en el que los sueños ocupan un lugar preeminente. Su am-

Hasta el punto de que Tolstoi menciona el sitio de la ciudad en Guerra y Paz. Incluso, los polacos resistieron a los nazis en el gueto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial al grito de: ¡¡¡Recordad Zaragoza!!! La ciudad, que en su época era conocida por los viajeros que la visitaban como La Florencia de España por sus hermosos monumentos, quedó en la práctica arrasada. De los 55.000 habitantes que había antes del sitio, solo sobrevivieron 12.000. Es por ello que hoy la ciudad no tiene el ta-

biente gótico y el interés de los temas que plantea y aún más de sus extraordinarios personajes, dejan una huella indeleble en el lector primero y en el espectador después. Con el paso del tiempo, la obra cayó en el olvido y solo algunos pudieron acceder a su lectura, lo que llevó a algunos autores famosos como Washington Irving, a plagiar alguna de sus historias haciéndolas pasar como propias.

maño y esplendor que podría tener, como otras grandes y hermosas ciudades europeas de la época. Comienza a leerlo y descubre que en él se narra la historia de Alfonso van Worden, un oficial de la Guardia Valona que atraviesa Sierra Morena en dirección a Madrid, donde

consideraban perdidos y se han hecho ediciones que recogen hasta 66 jornadas como la de PreTextos o El Acantilado con 61 jornadas, cabe mencionar igualmente la de Valdemar con traducción de Mauro Armiño de casi 1.000 páginas y la de Palas Atenea de 1990 igualmente completas.

Ya en el siglo XXI se han podido recuperar textos que se

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La película de Has por su parte, en un blanco y negro de excepcionales contrastes, recupera fielmente el espíritu de la obra ya que no la totalidad de sus historias pues recoge el primer libro publicado con catorce Jornadas, a pesar de lo cual como decíamos al principio, dura tres horas. Cuenta con magníficos intérpretes del cine polaco para nosotros desconocidos y la ambientación está especialmente lograda, generando ese ambiente gótico que la obra requiere. En resumen, tanto el libro como la película, es un relato de relatos de una belleza que te atrapa y que deja una huella imperecedera en nuestra memoria. No podemos terminar sin mencionar a Francisco Nieva y la versión teatral de las primeras Jornadas que el maestro realizó de forma libre, pues como él mismo decía la novela íntegra es inadaptable, por la que recibió el Premio Nacional de Literatura Dramática. Publicado por Ediciones Irreverentes fue llevada a los escenarios en 2002 como cierre de su temporada por el Centro Dramático Nacional en su sede de Lavapiés, en la que el papel protagonista estuvo a cargo de Juan Ribó.

En definitiva, en estos tiempos de pandemia, perderse en el maravilloso laberinto de las historias y los personajes de El Manuscrito encontrado en Zaragoza, verdadera joya de la literatura y el cine de fantasía de todos los tiempos, es un auténtico placer que te hace olvidar todo lo demás. Si no lo han hecho ya, no dejen pasar la oportunidad y si ya la conocen, es una gran ocasión de repasar ambas, la película y la novela.

FIN

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¿Cuándo el amor dejará de ser muerte? ¿cuándo el tiempo dejará de ser su arma? ¿cuándo ambos dejarán de atormentar al hombre, cuando éste despierte solo en su cama? o cuando sienta cómo a través de la ventana entra el olor tardío de una mañana. Con los ojos puestos en el sol, o el sol puesto en tus ojos, ¡corre, hombre estúpido! ¡corre! tú que mueres de amor y no de hambre. Corre hacia ella, corre hacia la vida, que siempre está paciente y tranquila; corre con el viento arrasador que busca el norte, el único que conoce mundo, el de los malos y el de los pobres, el de los vivos y el de los muertos, el mundo de todas las ensoñaciones.

Edgardo Romero

¡Corre, hombre iluso! ¡corre! haz a un lado el amor y vive en serio por un efímero minuto; no apartes la soledad que siempre estará contigo, haz que se detengan los mundos, puesto que, cuando se espera paciente la muerte verdadera, la vida es fuente de la alegría.

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E

El día que recibió la carta fue un 25 de abril. Estaba sentado en las bancas de ladrillo del parque central, tomando café en compañía de dos hombres que siempre se avistaban con él, cuando Luis el cartero vino a hacerle la entrega. Su cuerpo lánguido desmentía de sus exitosos días. Dueño de medio

tudes que había emergido de un momento a otro, de la prosperidad de su propio negocio. Don Joaquín, además, aparentemente sin ningún motivo, había terminado con algunos de sus negocios. Del sinnúmero de lupanares que poseía en Santa María, ahora solo administraba los tres primeros que

pueblo, Joaquín Arbeláez había sido reconocido por haber construido medio centro. Había iniciado con tres casas malas en la carretera a Macanal. Luego, se había salido con la suya al lograr replicar estos negocios en los alrededores del parque, donde su padre, indemnizado por la empresa constructora de túneles, le había dejado una casona y unos cuantos pesos. Ante el éxito de las casas de lenocinio, Joaquín también había decidido hacer empresa con el tabaco y el licor,

había construido en la carretera, además de tener a su nombre dos propiedades de venta de licores. Nadie podía negar que varios años atrás lo único que le atenuaba a Joaquín Arbeláez los achaques de los años era su joven esposa, Mónica. Una mujer de contrastes con el viejo. Su rostro de párpados firmes y ojos venturosos; de labios rojos profundos y dientes perfectos que el mismo viejo había cultivado con las ganancias de las casas malas, ha-

fieles compañeros en los lupanares. En las últimas décadas, el que antes fuera hombrecillo vendedor de libros piratas –sin futuro alguno en semejante pueblo-, había triplicado sus establecimientos comerciales y ya era conocida en toda Santa María como el taita de las casas malas. Pero al viejo lo había cambiado mucho el tema de la carta. Su decrepitud se había hecho más visible. Caminaba ahora de la mano de los dos hombres, contrastes ellos de quien acarreaban por el pueblo. Su piel, ahora más arrugada,

cían perfecta armonía con sus pechos erectos como los cerros que rodeaban al pueblo. El vaivén de su cintura había hecho perder a más de uno, porque entrometerse con los intereses de Joaquín Arbeláez era pescar pleito fijo con los malevos que hacían de acompañantes del viejo. Pero, qué mejor en Mónica que sus piernas firmes, envidia de las pueblerinas que, cubiertas en largas ropas, escondían sus atributos. Todo ello, nadie lo negaba, había logrado ensombrecer las marcas seniles de Don Joaquín Arbeláez. Sin embar-

cedía inevitablemente a la gravedad de los años y las vicisi55


go, nadie en Santa María tampoco lograba negar que la carta lo había echado todo a perder. Fue a los cuatro años de estar viviendo con Mónica, la joven venida del interior del país a este pueblo de montañas, que los dos tuvieron una niña, La Mona, le decían todos. Pasado el tiempo y con media Santa María dejando sus ganancias en los lupanares, el viejo se dedicó a viajar con su pequeña familia; de modo que los últimos años antes de que

raba sobre la suerte de los acontecimientos. Lo cierto es que la esposa de Don Joaquín, vistiendo ella siempre gafas grandes, oscuras y vestidos que había conseguido en su bonanza en los años en que viajaban a Europa, empezaba a pasar largas horas por fuera de su casa. Y poco se notaba, pues con sus años de bonanza se habían ido las camionetas lujosas y los jóvenes guardaespaldas que hacían de conductores, amantes y protectores de la fortuna amasada por Don

llegara su desgracia, se avistaba menos en el pueblo. De sus largas estadías en el parque los fines de semana, jugando ajedrez con los muchachos, y tomando café toda la jornada, mientras que le caía el dinero a su bolsillo, pasó a divagar por Europa, América y hasta se rumoró sobre otros lugares idílicos en islas anónimas cuyo rastro los mapas se negaban a desvelar. Todo ello antes de la carta. Pero con el tiempo, Santa María cambió a su capricho. Los hombres de la comunidad empezaron a ausentarse de

Joaquín. La Mona, ya en la flor de la edad, no había vuelto a clases al colegio del pueblo; sus padres habían decidido desescolarizarla, tal vez para que pudiera contribuir con el pago de la magna deuda contraída por los Arbeláez en los años de goce. Fue así como la familia empezó a desquebrajarse, pues la única hora en que se veían juntos era en la noche, cuando Don Joaquín, después de haber recogido dividendos en San Luis, regresaba al pueblo con los dos muchachos que lo

los antros donde años atrás habían sido los más cotizados clientes. El taita había responsabilizado al cura del pueblo y a las feroces damas de los hogares que habían puesto en cintura a sus esposos. Por tal motivo, Don Joaquín se vio obligado a abrir dos burdeles en San Luis. Fue así que con el tiempo el hombre empezó a centrar sus actividades en este pueblo. Sin embargo, nadie hubiera llegado a pensar que esto podría desencadenar algo desastroso en su familia. Los viajes de Joaquín Arbeláez y su familia continuaban

acompañaban siempre. Las mujeres llegaban juntas y aunque nadie se atrevía a aclarar sus trabajos, se sabía con certeza que estaban laborando en el vecino pueblo de Macanal. Para el tiempo en que la situación se había prolongado por más de un año, el viejo lucía decrépito, y las mujeres que aún conservaban algunos lujos de los días ya idos, vivían con su apariencia evidentemente venida a menos. Don Joaquín pasaba horas en el parque con los muchachos y con

cada mes, aunque ya no a los viejos idílicos destinos. En la casona que su familia le había dejado cerca al parque, las dos mujeres que lo acompañaban habían estado viviendo muy cómodamente y tal vez por esto último, en Santa María nadie había tenido la menor idea de lo que había empezado a ocurrir desde que el hombre había decidido cambiar el centro de sus actividades. En la carta tal vez estaba claro, y aunque nunca se cono-

algunos de los trabajadores que venían de las fincas. Así pues, que aquel 25 de abril se encontraba haciendo sus actividades habituales, y mientras se tomaba un café esperando el turno para empezar las partidas de ajedrez, le pidió a uno de los muchachos que le leyera la carta en voz alta. Se dijo que la carta venía de Macanal, y en ella un hombre de apellido Contreras se perdía en descripciones densas

ció publicación al respecto, en todo Santa María se murmu-

sobre sus noches con Mónica, en los burdeles improvisados de detrás de la iglesia; noches que alternaba con La Mona, mujeres ellas, decía, que destacaban por vestir prendas y accesorios lujosos y de incuestionable desempeño a la hora de ejercer su profesión.

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V

aya si no puedo hablar, sólo pensar, y eso. Estoy perdida en el laberinto de una frase im-

pronunciable, dando vueltas en U alrededor de tu nombre sin conseguir nombrarte, peor aún, sin descubrir la verdadera razón de este suceso. Me acerco a la ventana; las gotas de lluvia golpean mi conciencia hasta sumergirla, hasta dejarla en apnea total. Fue un error permitir que invadieras esta casa. La huella de

su paso parece multiplicarse, tú no eres de aquellos que se hacen olvidar. Mi rostro se refleja en las vidrieras, una arruga me jala el pensamiento, luego una gota de lluvia me surca de principio a fin, partiéndome el rostro en dos. Me siento graciosa; soy la nueva princesa del invierno, con los párpados vencidos por la inclemencia del tiempo y por ti. Abro la boca, pretendo decirle algo a mi madre quien me mira desde su mecedora, pero es inútil, no puedo emitir palabra. Es más; llevo varios días sin comer, apenas logro beber algo de agua y respirar. Tu nombre vuelve a sonar en 57


mis oídos, siento rabia al no descifrarlo. Eres un forastero, forastero tal vez sea la mejor forma de llamarte. Llegaste un día de esos sin esperanza, como no la tiene poblado en el mundo de cuatro personas viviendo entre sí, sabiéndose la vida de un rezo. Fuiste bienvenido inmediatamente. Aún siento tu galope al filo de los cuatro vientos acercarse presuroso. Tenías hambre y frío. Mis padres estaban alegres, suele ocurrir así cuando alguien cruza la frontera y

Pensar que en poco tiempo te volviste uno más de la familia. Eras un buen herrero y sabías de agricultura; seguro viviste en el campo miles de vidas. Aparte de esto, tu pasado era un libro cerrado con broche de hierro y cuando creí haber descubierto algunos secretos, me golpeaste en plena cara con tu actitud. ¡Vaya si me amabas! No quiero pensar cómo habría sido lo contrario. La idea del matrimonio no fue del todo tuya, debo reco-

pide alojamiento. Había un gran banquete en tu honor, estabas halagado. Eras todo un señor, con sueños de frontera a lomo de esperanza. Me miraste, ¿tendrías novia?, qué más daba. Importante era que dejaras una gota de vida en este rincón del mundo para empezarlo de nuevo. Palpo los vidrios con los largos dedos, apenas siento el frío en la punta de mi desilusión; vuelves a estar, sonriente, juegas cartas a orillas del fogón, yo hablo sin parar; es la alegría de tu llegada, la alegría de haberme convertido de

nocer mi parte de culpa, pues yo misma pedí nos concedieran mayor libertad, para no ser prejuzgada por escapar contigo de vez en cuando, montada en pelos de un potro salvaje, creyendo haber encontrado el paraíso. Entonces no callaba como hoy, tampoco pasaba horas mirando por la ventana, recordando cuando me besabas en la cocina y sonreías tan niño, ofreciéndome esta vida y la otra. Mi madre está a punto de terminar su rosario, un rosario que también fue herencia

pronto en un extraño instrumento de sentir; de sentir hasta acalorarme la vida, hasta querer estallar en mil pedazos. Mi padre y tú entablaron amistad. Galopaban juntos, mientras ayudaba a mamá a preparar la cena. ¿Te quedarías? imposible saberlo. En este lugar sólo habita el silencio, cuando no se harta de sí mismo. Pero tú supiste desde niño tolerar las adversidades, eso te daba grandes posibilidades de quedarte. Y si te hubieras marchado sólo por cansancio, habría comprendido, desde el fondo de mí, sin egoísmos.

de familia, y lo único que logramos rescatar de aquel pequeño cofre. En pueblos como este, lejos del burocrático mundo de los bancos, toda la gente tiene su pequeña fortuna bajo el colchón. Una vez más intento pronunciar tu nombre, pese a no lograrlo, noto un avance en mi estado, pues al verte en aquel rincón (sin que estés por supuesto), comienzo a llorar.

Mi madre me pide que coma algo, niego con la cabeza. Pronuncio un sonido con dificultad, más bien parece el quejido de un moribundo. Ella está preocupada, jamás me vio en este estado. Durante los días de lluvia no hay médico alguno que pueda devolverme la salud. Coge el rosario, reza en mi nombre, siento ganas de llorar, pero las lágrimas también me abandonaron. Estoy vieja, ¿será eso? Vieja de veras no estoy, pero ya pasó el momento de buscar algún novio galo-

Llorar es bueno porque nos oxigena la razón, eso decía mi padre después de lo ocurrido, después de haberte confiado todos nuestros secretos. La lluvia va bifurcándose en hilos cada vez más pequeños y forma en el vidrio un enrejado de historias; quizás sean las historias que dejaste olvidadas antes de marcharte aquella noche: a hurtadillas,

pando la colina. Hoy sólo queda la lluvia y los recuerdos, los recuerdos que pesan en el alma como montañas de roca. Debiste escapar, huir después de aquella noche en que corriste a mi lado. Me hablaste despacito en medio de la oscuridad, para que mis buenos padres no se enteraran. ¿Por qué no sentí a Dios jalar mis orejas cuando me pregunté si hacía lo correcto? Llovía copiosamente, como hoy. Cogiste tu manta y me envolviste con tus brazos poderosos. La luna se había reple-

sin aviso, como una maldita rata. Apego mi rostro contra el vidrio, mis manos, mi cuerpo y todo lo demás. Me dejo empapar de agua, me dejo empapar de ti, aun sabiendo que nunca vendrás para saberlo. Ahogo un suspiro; la frustración de traer a la memoria tantos nombres conocidos sin identificar alguno, produce gran cansancio. Mi madre termina de rezar, besa el rosario, irradia piedad desde el centro de su reflejo. Reparo en la pobreza de sus

gado bajo las nubes grises, sin embargo, para mí, todo resplandecía sobre la paja que tapizaba las caballerizas. Habías llegado al fin, después de esperar una vida que cruzaras la frontera. Mi madre reza más fuerte cada vez, debe haber notado esta creciente palidez. Ella no entiende que se trata de algo transitorio, vendrá otro día y lograré reponerme.

ropas. Somos pobres ahora, más pobres que de costumbre. Entonces se hace en mi mente la luz de una palabra y logro susurrar finalmente: Ladrón…, y ya no me interesa saber cómo te llamas.

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Lo vi trepando por una farola. No me extrañó. Siempre había dicho que no tenía luz propia.

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Sólo te pido que no dejes de ser aire, que las palabras altas se anuden hasta convertirse en el mirlo blanco que habita en tu pecho, que sigas tejiendo luz en los jardines de la noche y des vida a cada instante dibujando lunas en los altares remotos de los lagos... templos de vida donde el agua alimenta la luz de los almendros. Sólo te pido que nunca vuelvas la espalda al amanecer infinito de unicornios sin dueño, ni al tiempo que traerá consigo la justicia y la lealtad. Palabras limpiando las telarañas de la tristeza y desterrando a los mercados al más triste de los exilios. Seamos por siempre la lluvia que nada detiene, la libertad en cada verso, el grito que nos ayuda a caminar, como guitarras que vuelan dejando tras de sí el lienzo invisible de un paisaje salpicado de mar.

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Daniel Borge La paguita fascista y el libre mercado comunistoide

“La unión hace la fuerza”, una premisa que nos repetimos constantemente y que nos enseña la sociedad desde nuestras épocas de pañales. Es cierto, la unión da fuerza, pero también parece que luego nos da pereza, ¿no? Hace tiempo vi con sumo gusto la adaptación visual de las novelas de ciencia-ficción de dos autores estadounidenses que escriben bajo el seudónimo James S.A Corey, titulada The Expanse, y situada en un futuro no muy distante en el que la Tierra, Marte y el Cinturón de Asteroides han formado tres bandos

Sin duda alguna el bienestar social generalizado es el objetivo primordial de toda sociedad o nación que se precie. Nos gusta el bienestar social, lo necesitamos para que el sistema funcione. Aunque en realidad lo que nos gusta es nuestro bienestar social, y no el del vecino, al vecino que le den por… A ver, calmémonos… Es ciertamente un tema perfectamente comprobable en el mundo del entretenimiento, en la literatura y el cine, muchas de las sociedades humanas y no humanas que describen las utopías de fantasía y cien-

perfectamente diferenciados en el que cada uno lucha por la supervivencia y por lo que cree que es preciso para mantener su estilo de vida. Tanto los manuscritos como la serie, tratan el futuro desde un punto

cia-ficción nos hablan de razas unidas bajo una sola lengua, planetas enteros que existen con el único propósito de sobrevivir como especie y no como guerra de guerrillas. ¡Es cierto! ¡En el fondo queremos que a nuestros vecinos les vaya bien! Pero ¿por qué nos cuesta tanto acceder a las concesiones que nos pueden llevar

de vista de un drama político sumamente interesante. En la Tierra, la superpoblación ha llegado a un máximum tan desbordante, que aunque la economía funcione a pleno rendimiento, sencillamente no hay suficientes puestos de trabajo para cubrir la tasa de población existente. El gobierno de la Tierra,

a esa vida? Lo cierto es que esta sociedad no solo ha perdido el norte, si no que ni siquiera es capaz de encontrar la roseta de los vientos. No sabemos ni lo que somos, ni qué defendemos ni lo que realmente queremos. La gente llama ultraderechistas a los nazis, cuando las verdaderas raíces del movimiento nazi eran, aunque nacionalistas, socialistas. Llamamos fascista al

unido bajo un solo estandarte, ha llegado a un par de soluciones simples y eficaces para garantizar el bienestar social de toda la población (en la medida de lo posible). Todos, o casi todos, los puestos de trabajo se sortean de manera equitativa entre candidatos que cumplan los requisitos pertinentes o designados por la entidad contratante, y los que no puedan optar por un puesto de trabajo o simplemente no sean agraciados, se les otorgará una paga mínima siempre y cuando no puedan sustentarse a sí mismos o a su familia.

que se le ocurre decir que Stalin era un carnicero, y denominamos comunistas a los que simplemente quieren desmarcarse del agresivo capitalismo antisocial. los trabajadores que sudan para ganarse el pan apoyan a individuos que literalmente les quieren quitar el sustento, amparados por la única concesión de un amo compartido hacia una paleta cromática determinada (sea usted patriota, pero no idiota). Aclárese homo sapiens, aclárese de una maldita vez, a ver si encima nos van a quitar el sapiens y nos vamos a quedar

Esa es la idea, aunque en la práctica todo sea mucho más complicado que cuatro meras frases.

frotando piedras y recolectando manzanas.

“Es cierto, la unión da fuerza, pero también parece que luego nos da pereza, ¿no?”

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En un mundo cada vez más polarizado, ya no se puede defender el balance y el equilibrio, la civilización te arrastra inexorablemente a elegir un bando, y las opciones, todo sea dicho, no son nada halagüeñas. Pues yo me niego… ¡me niego a elegir entre lo que se me da! Prefiero pensar que existe una moderación, ese esquivo equilibrio que es muy probable que ni yo ni mis hijos lleguemos a ver jamás. Existe, no lo duden nunca, existe un “mínimo bien estar social-y luego ya veremos…” Que no nos hagan caer en la ignorancia, en los extremismos y en los chivos expiatorios baratos. La civilización humana ha ido mejorando a lo largo de su historia respecto a sus sistemas de convivencia, pero soy de los que opina que aún nos queda mucho camino para llegar a alcanzar un equilibrio. Y en estos tiempos tan truculentos que nos acechan, en los que nos vemos remolcados y humillados por nuestra propia “economía”, quiero recordar al mundo que la economía no la hacen los gobiernos, ni los bancos ni las multinacionales, la hacen las personas. Y si las personas no tienen salud, ni física ni psicológica, el sistema se derrumba con la misma facilidad que puede provocar un microorganismo inerte nacido de las entrañas de la madre naturaleza.

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Carmen Nöel He bajado a los lomos tristes del río, donde los solitarios sueños de la ciudad cabalgan, como asesinos de luz, sobre las desvencijadas y frías orillas. He visto los torpes pedazos de vida horadados por el tormento del agua, he manoseado una locura vieja, he pisoteado una mirada, he presentido el aroma intenso que refulgía mezclado con miedo desde el interior de las cloacas. He conocido los gélidos huecos de piedra donde las lágrimas hablan y el lenguaje se convierte en voz de estercolero, y en voz de alcantarilla, y en voz de rata. He pisado cada pedazo de estrella dormida colgando del puente, he desenraizado una montaña. He descendido a la margen más turbia del río para habitar la ciudad en la sombra. He contado por cientos los lodos heridos de sangre, los lodos heridos de lágrimas, los lodos heridos de la vergüenza y del miedo. He devanado en madejas de líquenes los torpes gritos truncados pegados como turbia entraña, al suelo. He descoyuntado de raíz un árbol seco partido de dolor sobre su propio corazón sin dueño. He bajado a las márgenes solitarias de la ciudad silenciosa y el beso de la noche se moría de dolor y frío, y el grito de la vida se resquebrajaba en agua y sueño.

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¡Feliz aniversario Encima de la niebla! Soy de pocas palabras, pero las que tengo en este momento son de agradecimiento para Felipe Espilez por invitarme a colaborar con la revista, para el equipo de colaboradores, al público que nos acompaña cada mes, a los más de 70 amigos artistas que han aceptado la invitación para exponer durante este tiempo en Mundos ingenuos virtual y a los que expondrán en las próximas muestras. ¡Como siempre, bienvenidos a disfrutar del mundo cultural de Encima de la niebla!

Alejandro Pinzón

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

La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira, mira. El niño la está mirando. En el aire conmovido mueve la luna sus brazos y enseña, lúbrica y pura, sus senos de duro estaño. Huye luna, luna, luna. Si vinieran los gitanos, harían con tu corazón collares y anillos blancos. Niño, déjame que baile. Cuando vengan los gitanos, te encontrarán sobre el yunque con los ojillos cerrados. Huye luna, luna, luna, que ya siento sus caballos. Niño, déjame, no pises mi blancor almidonado. El jinete se acercaba tocando el tambor del llano. Dentro de la fragua el niño, tiene los ojos cerrados. Por el olivar venían, bronce y sueño, los gitanos. Las cabezas levantadas y los ojos entornados. Cómo canta la zumaya, ¡ay, cómo canta en el árbol! Por el cielo va la luna con un niño de la mano. Dentro de la fragua lloran, dando gritos, los gitanos. El aire la vela, vela. El aire la está velando.

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Encima de la niebla  

Celebración del I Aniversario de la revista cultural ENCIMA DE LA NIEBLA

Encima de la niebla  

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