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SOMBRA CIPRES LA

NÚMERO 297 Sábado, 24.03.18

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Un personaje de novela negra Anagrama rescata cinco libros de la escritora Patricia Highsmith en los que relata la maldad del ser humano [P2 A 5]

Patrica Highsmith, a los 27 años, en su apartamento de Londres. :: AP


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Anagrama edita un amplísimo compendio que abarca cinco libros de la autora con retorcidos relatos sobre el mal en el ser humano

Patricia Highsmith, más oscura que el negro S

i algún erudito busca analizar las diferencias entre el género negro y el ‘thriller’ psicológico, le basta con acudir al cine clásico. En el primer caso, normalmente los personajes están preparados para que los crímenes tengan lugar: detectives, policías, mafiosos y mujeres fatal tratan de salir vivos de una enmarañada trama narrativa –en la que normalmente siempre sobrevive, después de varias palizas y algún que otro balazo traicionero, el Marlowe o el Sam Spade de turno– pero con una frialdad y un aplomo necesarios para sobrevivir en un mundo gris, cruel y despiadado. En el segundo género, sin embargo, es la gente en apariencia normal, tranquila o pacífica la que es capaz de revelarse como auténticos psicópatas llevados al extremo por causas externas o internas, en las que las circunstancias les sobrepasan y les abocan al mal más inesperado y oscuro. El periódico ‘The Guardian’ cita a dos autoras como principales responsables de la consolidación y las bases del legado en la narrativa del ‘thriller’ psicológico. La primera, Daphne Du Maurier, explotó con frecuencia la narrativa en primera persona –desenmarañando la compleja psique femenina– y ambientó el grueso de su trabajo en épocas pasadas o en zonas rurales. La segunda, Patricia Highsmith, optó por el abismo del mundo moderno y urbano con personajes más empatizables y, por ende, más sorprendentes a la hora de perpetrar crímenes tan horrendos como el asesinato. No es casual que el considerado maestro del suspense, Alfred Hitchcock –otro artista que fue mucho más que un ‘autor de género’– se dejase seducir en múltiples ocasiones por los trabajos de ambas escritoras: tres, en el caso de Du Maurier (‘Rebeca’, ‘Los pájaros’ y ‘Posada Jamaica’) y dos en el de Highsmith (la libérrima adaptación de ‘Extraños en un tren’ y el episodio

SAMUEL REGUEIRA

de su serie ‘Alfred Hitchcock presenta’ titulado ‘Annabel’, versión de la novela ‘Ese dulce mal’). La mejor muestra de los escasos reparos que Highsmith, como Hitchcock, mostró a la hora de sacar a la luz ese lado negro tan despreciable de las personas, ese aspecto en ocasiones oculto y que muchas veces basta con un acontecimiento en apariencia anodino para que emerja en todo su esplendor, se recoge ahora en un compendio de casi novecientas páginas que, pese a todo, no resulta exhaustivo: comprende cinco libros de relatos en los que la autora de ‘El talento de Mr. Ripley’ demuestra que una cosa es que exista un género negro, pero

«En todas estas fábulas se pone de manifiesto cómo la misantropía de la autora es una maléfica venganza contra nuestra perfidia en la vida real» «Se trata de una colección de relatos tan deliciosos como indigestos»

que al fondo, mucho más oscuro, se encuentra el lugar donde ella es capaz de brillar. ‘Once’ es el primer ejemplar de este perverso pentateuco; donde exactamente una decena más un cuentos dan la bienvenida a un universo sin el que probablemente no existirían obras maestras como ‘Un hombre bueno es difícil de encontrar’, de Flannery O’Connor. Curiosamente esta colección cuenta con dos historias en las que los caracoles cuentan con un papel protagónico (‘El observador de caracoles’ y ‘La busca de Espacio Clavering’). Los cuentos presentan cierto humor (la competición de bromas pesadas entre dos ancianas de ‘Los gritos del amor’), melancolía (el hombre enamorado en ‘Pájaros a punto de volar’), sorpresa (la huida de la mujer en ‘Cuando la flota estuvo en Mobile’) y algún homenaje literario más o menos evidente (es imposible no acordarse del trío protagonista de ‘Otra vuelta de tuerca’, de Henry James; con la lectura de ‘La heroína’). Pero sin duda el relato que sobresale aquí, por encima del resto, es ‘La tortuga de agua’, centrada en la relación entre una madre más o menos abusiva –según muchos expertos en la autora de ‘Carol’, de tinte autobiográfico e inspirada en su propia progenitora– y un niño con ciertas idiosincrasias singulares que le coge demasiado cariño al galápago que servirá de cena a la familia.

Misoginia femenina La siguiente colección, ‘Pequeños cuentos misóginos’, es sin lugar a dudas la globalmente más interesante de todo el volumen. Historias de extraordinaria sencillez y brevedad se vertebran en torno a distintas concepciones de mujeres –frecuentemente, lo que el mundo androcentrista ha calificado como «malas mujeres»– y que suponen una perspectiva feminista insólita de rabiosa actualidad dada la fuerza del debate a día de hoy.

Diecisiete historias cargadas de negrísimo (sí, también) humor sobre mujeres de las cavernas, bailarinas, esposas, amantes, artistas y novelistas que responden a estereotipos –de nuevo, masculinos– y que emergen, en su esperpéntico punto de partida, como uno de los reflejos más fidedignos de las situaciones de poder y desequilibrio entre ambos sexos.

De animales salvajes y otros no humanos ‘Crímenes bestiales’, la tercera colección, puede que sea la más transparente de todas cuantas se encuentran en este compendio de Anagrama. A lo largo de trece relatos; distintos animales (cerdos, caballos, perros, gatos, ratas, camellos, monos, hámsteres, hurones, chivos y cucarachas) se rebelan de una u otra manera contra la crueldad que las personas ejercen contra ellos, emergiéndose en la mayor parte de los casos como victoriosos, mientras el ser humano sufre la consecuencias de su propia crueldad. Es esta una de las muestras más evidentes de lo que Highsmith defiende y disfruta haciendo: castigar a nuestra especie por ser capaz de torturar, sojuzgar y experimentar con pasiones tan bajas que resultan indignas de cualquier otra «bestia». En todas estas fábulas se pone de manifiesto, quizá de una forma un tanto reiterativa, cómo la señalada misantropía de la autora no es sino una maléfica venganza contra nuestra perfidia en la vida real, como ya hiciera en su día Roald Dahl, en la que Highsmith llega a poner de manifiesto, con trazo grueso, hasta qué punto supone toda una osadía considerarnos por encima de los animales en nobleza, lealtad o humanidad.

El horror de lo cotidiano ‘Por favor, no disparen a los árboles’ es el último de los doce relatos que componen ‘A merced del viento’, la penúltima colección del compendio, que entronca di-

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Patricia Highsmith, en el Festival de Cine de San Sebastián


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CARLOS AGANZO blogs.elnortedecastilla.es/elavisador/

El mito de la bella sombra

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de 1983. :: EL NORTE

al vez ella no era consciente, o sí, pero lo cierto es que desde que saltó a la fama, antes de cumplir los treinta, con la publicación de ‘Extraños en un tren’, hasta que murió en su casa de Locarno, Suiza, con 74 años, Patricia Highsmith se había ido convirtiendo en un personaje cada vez más definido. Un personaje de novela negra o, por mejor decir, de cómic. El rencor, las dificultades para vivir su homosexualidad, el miedo a la sociedad o la manía de creer ser un hombre encerrado en el cuerpo de una mujer forman un retrato psicológico que se complementa con toda una mitología de neveras vacías, cigarrillos, pasta de cacahuetes, vodka, whisky y cerveza... mucha cerveza. Y la condena de la escritura: una escritura compulsiva que, más allá de su abundante obra publicada, dejó cuadernos y más cuadernos, hasta ocho mil páginas de notas, reflexiones y observaciones que hoy se guardan en los Archivos Literarios Suizos, en Berna. Todos los tópicos del género. De hecho, antes de ser reconocida como novelista, Patricia Highsmith trabajó como guionista de cómic, eso sí, siempre con pseudónimo. No en vano su madre, Mary Coates, era ilustradora, al igual que su padre biológico, Jay Bernard Plangman, del que su madre se separó nueve días antes de que naciera Patricia; el mismo oficio de su odiado padrastro, el que le dio finalmente el apellido, Stanley Highsmith. Después de graduarse en literatura inglesa, latín y griego en el Barnard College de Nueva York, con 22 años, empezó a escribir sinópsis de cómic para la editorial Fawcett, y más tarde trabajaría para Sengor-Pine en la serie ‘Terror negro’ y para Timely Comics –el antecedente de Marvel– como guionista de ‘Matajaponeses Johnson’. Algo de la truculencia del género se quedó de alguna manera en su escritura, pero sobre todo lo que aprendió es a trabajar lo visual como un elemento imprescindible de su narrativa. Nada es de extrañar, pues, que nada

más leerla Alfred Hitchcock se decidiera a llevar al cine, con enorme éxito, ‘Extraños en un tren’, o que la serie de sus novelas protagonizadas por Mr. Ripley contara con grandes directores –René Clément, Wim Wenders, Liliana Cavani– para llevarla a la gran pantalla. Ni detective ni policía, sino delincuente; delincuente de gran prestigio social, por otra parte. Seguramente el personaje en el que mejor volcó todas sus inquietudes. Con estos ingredientes, entre toda la inmensa variedad de estilos de lo que pudiera encuadrarse en el género de la novela negra, sin duda la obra de Patricia Highsmith tiene una personalidad única. Como su propia personalidad. Su obsesión con la maldad, la mentira y la culpa, su interés por el crimen y la falsa identidad, su misantropía y su misoginia se combinaron para crear novelas con argumentos y personajes que cautivaron a sus lectores europeos antes que a los americanos. Pero incluso obras ‘frustradas’, como ‘Carol’, que la escritora firmó con el seudónimo de Claire Morgan porque abordaba abiertamente el asunto del lesbianismo, llegaron a vender hasta un millón de ejemplares. Una morbosidad que describió perfectamente Graham Greene cuando dijo que la lectura de las obras de Patricia Highsmith le producía «un placer mezclado con escalofrío». En su biografía ‘Beautiful Shadow’ el autor, Andrew Wilson, recuerda también la inquietud permanente de la escritora por el asunto de la doble personalidad. La propia Patricia Highsmith llegó a escribir: «Me preocupa la sensación de ser varias personas», y más adelante: «No me sorprendería en absoluto si en mi madurez me volviera esquizofrénica». Para poder tener no una, sino todas las personalidades que le dio la gana, creo unos personajes que encarnaron maravillosamente sus fantasmas, sus miedos, sus obcecaciones, sus frustraciones. Incluso que fueron más allá. Puro carácter.


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‘Extraños en un tren’ (Alfred Hitchcock, 1951).

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rectamente con el espíritu de ‘Crímenes bestiales’. Es, sin embargo, el único relato más directamente fantasioso, que se despoja del realismo en aras de una fabulilla de ciencia ficción y quizá el más ‘de género’ que en

todo el libro se pueda encontrar (junto, quizás, al relato de horror ‘El estanque’, también presente en esta hornada). A medio camino entre el terror, el retrato psicológico y el humor grotesco se yergue ‘La corbata de Woodrow Wilson’, en

Rooney Mara y Cate Blanchett, en ‘Carol’ (Todd Haynes, 2015). cristalino débito con ‘Los crímenes del museo de cera’. Pero sin duda entre todos ellos destaca la ternura y delicadeza con la que puede estar escrita la vida de E. Taylor Cheever, el sufrido protagonista de ‘El hombre que escribía libros en

su cabeza’; un relato con el que Highsmith demuestra que, en contadísimas ocasiones, la empatía y el cariño que inspiran sus personajes principales no se limita a alcanzar al lector… a veces, como resulta en el caso del frustrado escritor antihé-

Pequeño álbum fotográfico de Patricia Highsmith

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iempre me ha sorprendido –y producido un cierto rechazo, confieso– la expresión de dureza que transmite el rostro de Patricia Highsmith en la etapa de madurez de su vida. Las fotografías más difundidas de la escritora pertenecen a la década de los ochenta, cuando era ya una celebridad literaria, cuando Mr. Ripley, su personaje más popular, el amoral estafador y ocasional asesino había tomado ya la fisonomía del apuesto Alain Delon o del duro y carismático Dennis Hopper en sus adaptaciones a la gran pantalla. En una de esas fotografías, de 1988, la escritora icono de la novela negra del siglo XX muestra el rostro con el que prácticamente llegará al final de sus días: una media melena mal cortada con flequillo ladeado, estilo colegiala, contrasta con la dureza e implacabilidad de su mirada y la mueca de desprecio que desprende su boca. Tantos años de mirar al mal de frente en sus novelas y cuentos, haber estudiado el rostro de seres que bajo la apariencia de normalidad escondían un asesino en potencia, parecía haber hecho mella en su cara. ¿El mundo le parecía ese lugar inhóspito y despreciable que transmite su forma de mirarlo? Preguntas para un psicoanalista o para

ella misma que adoptó esta posición en muchos de sus relatos pero que nunca dio suficientes pistas acerca de sí en las escasas entrevistas que concedió. Una buena colección de su narrativa breve sale a la luz ahora de la mano de Anagrama que ha recopilado en un volumen cinco de sus más celebrados libros de cuentos: ‘Once’, ‘Pequeños cuentos misóginos’, ‘Crímenes bestiales’, ‘A merced del viento’ y ‘La casa negra’. Pero el rostro de la autora de ‘El talento de Mr. Ripley’ también fue joven y de una rara belleza. En las imágenes de su primera juventud no hay huellas aparentes de una niñez marcada por las malas relaciones con su madre, quien no dudó en informarle de que había sido concebida por accidente, y del hecho de no haber conocido a su padre por el temprano divorcio de sus progenitores. La literatura suele ser el refugio de los niños solitarios y también en este caso se cumplió la norma. Y así fue para el resto de su solitaria vida lo que le valió que a menudo calificativos como misógina y misántropa aparezcan pegados a la información sobre sus obras. Prefería la soledad en la que germinaban sus historias, eso parece un hecho comprobable, y lo cierto es que, fruto o no de esa obsesión por la es-

ANGÉLICA TANARRO

critura, sus relaciones más íntimas fueron siempre cortas. Suiza fue el refugio que eligió para escribir sin ser molestada esta mujer que había nacido en Texas en 1921 pero que se crio en Nueva York, ciudad que nunca desapareció de sus relatos. Nada de una vida entregada a la solitaria misión de relatarnos el mal, plagada de otros avatares como el alcoholismo que le acompañó también durante una gran parte de su biografía, aparece en esas fotografías de una Highsmith veinteañera o en el comienzo de la treintena de mirada casi soñadora. Pero incluso en estas atractivas instantáneas, ya parece advertirnos con una pizca de ironía en su sonrisa y otra de intención en los ojos de que las apariencias engañan. Fue ella quien mejor nos enseñó que no siempre el mal y la locura tienen el aspecto de indeseables delincuentes o inquietantes perturbados. ¿Acaso no era agradable la señora Afton, la pacífica y gordita señora Afton que da nombre a uno de sus extraordinarios relatos de ‘Once’? ¿Acaso

no son extraordinariamente amables los amigos neoyorkinos de ‘La Red’ (en ‘A merced del viento)? Y, sin embargo, ¿no tememos todo el tiempo que tras su asfixiante deseo de ayudar se esconda, si no una mala intención, un comportamiento insano que dé lugar a una catástrofe? Por cierto, que en este relato se cumple de forma magistral la visión que otro grande como Graham Greene tenía de su literatura y que se recoge en el prólogo a esta reciente edición de sus relatos: «Highsmith –dice Greene– es una poeta de la aprensión más que del miedo. Al cabo de un tiempo, como aprendimos todos durante el Blitz, el miedo es narcótico, puede causar que uno se duerma de cansancio, pero la aprensión carcome los nervios suave e ine-ludiblemente».

Misterios Pero ¿a qué viene tanta in-sistencia con las fotografíass de una de las escritoras quee más veces ha sido adaptadaa al cine? ¿Por qué usurpar el noficio de analista de la menes te humana que tantas veces sejerció desde su literatura desplegándolo página a página y os sin dejar que sus desquiciados nprotagonistas desvelaran anotes de tiempo sus intencioal nes? En parte al acierto, casual

roe de este cuento, también ella misma es capaz de sentir una cierta compasión.

Telón circular ‘La casa negra’ cierra el libro del mismo modo que se abrió: con once relatos sobre esos

para este fin o no, de la fotografía que la editorial ha elegido para la portada de este volumen de relatos, por cierto, también muy conocida. En ella la escritora, todavía joven, sostiene en brazos a uno de sus adorados gatos, sin duda una compañía que prefirió a la de sus congéneres. Ella no mira a cámara. Sus ojos se desvían hacia su izquierda quién sabe si detenidos en alguna persona que el fotógrafo no recogió o ‘vislumbrando’ algún potencial personaje de sus historias. El que mira de frente es el gato y eso sí que parece una amenaza. El gato, en primer plano, como la barrera que ella siempre estableció frente al mundo. El gato asumiendo toda esa carga de misterio que los humanos atribuyeron a su especie y que rodeó a la escritora. Todo el que ha convivido con un felino presuntamente doméstico sabe que en el fondo nunca se puede estar seguro de sus intenciones. Exactamente igual que con los aparentemente inocentes

destellos de oscuridad que anidan en el interior de cada ser humano. Carentes quizás ya del impacto o la sorpresa que otros anteriores después de más de seiscientas cincuenta páginas en este universo –con varios relatos

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protagonistas de sus obras. A veces, muchachas solitarias que solo buscan un lugar agradable y anodino desde el que mirar el mundo con confianza, aunque al final tengan que sacar la botella de cloroformo y utilizarla de forma espuria para conseguir su objetivo, como le sucede a Geraldine, la protagonista de ‘Cuando la flota estuvo en Mobile’. No, a veces el mal se disfraza de buenas intenciones incluso para sus sorprendidos portadores que solo quieren demostrarle al mundo lo mejor de que son capaces, como le ocurre a Lucille, ‘La heroína’. (También, como el anterior, en ‘Once’). Cualquier excusa es buena para volver sobre la obra de Highsmith. Recientemente el cine nos recordó lo extraordinario de su literatura con la versión de ‘Carol’, aunque para muchos pasara desapercibido que el filme de Todd Haynes que protagonizaron Cate Blanchett y Rooney Mara y que obtuvo varias nominaciones a los Oscars estaba la novela ‘El pr precio de la sal’, que Highsm publicó en 1952 esconmith di diéndose tras el seudónimo C Claire Morgan para esconder as asimismo su propia homosex xualidad. La autora la recuperó treinta años después pub blicándola con el título de ‘Car y desvelando en el prólorol’ g el porqué del seudónimo go i inicial. Ahora es esta nueva edic ción de los relatos la que nos i invita a volver sobre su ext traordinaria capacidad de c contar.

Si breve… Todo escritor tiene en la brevedad un buen parámetro


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como auténticos puñetazos en el estómago–, Highsmith pese a todo logra mantener la solvencia habitual a través de relatos psicológicos, siniestros y muchas veces directamente tristes (‘Nunca fue uno de los nuestros’), sin olvidar sus inesperados destellos humorísticos (‘Lo que trajo el gato’), y todo ello perfectamente imbricado en una cotidianidad tan reconocible como atemporal. El cuento que cierra el volumen, también titulado ‘La casa negra’, sirve como perfecto colofón a esta colección de relatos tan deliciosos como indigestos, en los que se cumplen las dos célebres máximas de Hobbes y Sartre: ‘El hombre es un lobo para el hombre’ y ‘El infierno son los demás’. El resto es oscuridad.

Patricia Highsmith en 1992. :: EFE

en el que medirse. Puede que para muchos esta afirmación resulte excesiva pero aquí está uno de los exámenes que prueban la capacidad de un narrador. Patricia Highsmith ha pasado a la historia como la ‘madre’ de Mr. Ripley, como la autora original de ‘Extraños en un tren’ que inmortalizara Hitchcock con el poder del cine, es decir, por sus novelas, pero en mi opinión lo mejor de su literatura está contenido en sus cuentos, absoluta escuela para cultivadores del género y no solo aquellos más afectos al color negro del relato policiaco o el gris del ‘thriller’ psicológico. La colección que acaba de publicar Anagrama incluye sus famosos ‘Cuentos misóginos’ donde la brevedad los acerca a los microrrelatos. En apenas una página y media, la autora de ‘La casa negra’ mantiene la tensión, nos dibuja un personaje, nos informa de sus intenciones y nos suelta un bofetón en el rostro para que no nos durmamos en nuestras convicciones. Pero, aun reconociendo su valor, me quedo con esos relatos un poco más extensos poblados por grupos de seres unidos por su propia extrañeza y en los que brilla la maestría de reflejar en unas pocas líneas personalidades distintas que confluyen en lo más oscuro y banal de la existencia como en ‘Nunca fue uno de los nuestros’. Vuelvo a mirar sus fotografías, esa mirada que nos interpela como si fuéramos culpables de algo indefinido, como si nos quisiera meter en una de sus inquietantes historias… Y no me quedo tranquila.


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Paura Rodríguez Leytón 1

La poesía es siempre un espacio ritual de búsqueda: «morar este pequeño espacio / es ser un amasijo de almas.» Desde este momento, el poeta se convierte en un constructor de inmediateces, en el guardián de múltiples realidades y de lenguajes sostenidos en ese iniciático sentido de la vida que emerge, como un flujo de luz, sobre las cosas esenciales. El poeta es el legítimo traductor de esas intensidades, de esos páramos abiertos en el paisaje de la memoria, espacio elegido para situarse en ese tránsito tan enigmático y tan incierto. Los poemas de este libro de Paura Rodríguez Leytón beben de un mismo caudal pero se bifurcan en múltiples trayectorias muy desiguales, como lo son esas pequeñas mudanzas (retazos de memoria fructificados en poema) que forman la incógnita que la poeta nos lanza en los primeros momentos del poemario: ¿Cómo desandar estas pequeñas mudanzas? Ya se nos dan los ingredientes fundamentales de este mosaico de sueño y de meditación tan profundos: por una parte, el espacio peculiar y propio de la creación poética, invasión de almas y naufragio de pensamientos intuidos y certeros en el transcurso de la existencia. Por otro lado, el amasijo (masa informe ) de

Las pequeñas mudanzas de la memoria almas que soportan, como en seres diversos, la presencia de ese mundo tan intenso donde cada alma, cada momento bien diferenciado, construye su yugo y su verdad. Un tercer elemento lo determina la propia mudanza (qué palabra

Paura Rodríguez Leytón. :: EL NORTE

tan intensa y a la vez tan imprecisa…) y en ese mudar la realidad, mudar la noche, mudar la luz, el poeta debe transcribir sus consecuencias, las múltiples estancias de ese espacio tan intensamente suyo en el que la mudanza (como si se tratara de un cambio muy concreto) construye el instante y le dibuja con

GALERÍAS JOSÉ MARÍA MUÑOZ QUIRÓS

«Dos conceptos aparecen en la poética de este libro que centran toda la voz dramática: la muerte y el tiempo» «Las pequeñas mudanzas se sitúan en el camino, en el trayecto, en el viaje»

un trazo distinto y nuevo que conforma un estar en las cosas y en la vida de otra forma.

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Dos conceptos aparecen en la poética de este libro que centran toda la voz dramática que subyace en sus versos: la muerte (las breves muertes de cada día, dice la poeta) y el tiempo (que avanza en río y que quizás no existe, también nos dice en otro momento). Ya estamos en el centro de toda la intensidad poética que se anuda a la más genuina tradición, que se emparenta con los grandes poetas de la historia y de la corriente de su paso por la creación y la literatura: la muerte , el fin del trayecto de cada instante, la culminación de cada momento y de cada ilusorio pasar, breve y candente, total y absoluto. Y el tiempo, esa mano fría y quebrada que pone sus huellas destructoras donde se posa. En esa dualidad , enriquecida con la metáfora manriqueña del río que, inevitablemente, conduce al mar, al límite, a la muerte como celada imprecisa y rotunda, como destino implacable al que nada escapa. «Quizás mordiste demasiadas veces la tristeza», verso rotundo de una lúcida y perseverante realidad. El ser humano muerde constantemente (qué verbo tan insi-

nuante se nos da en este verso) y en esa acción sangrante y honda se nos desmoronan las palabras, se caen al pozo donde habita ese crepuscular abismo, donde la tristeza se esconde envuelta en sedas de noche, en espacios sin identidad y sin futuro.

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La vida está en el centro germinal de este libro como sustancia fundacional de los aconteceres de cada día, y afirma categóricamente: «el viaje a la vida primigenia / comienza cada día…» iniciándose así el tránsito hacia la vorágine de la vivencia necesaria para comprender lo que sucede en cada instante de ese existir. Las pequeñas mudanzas se sitúan en el camino, en el trayecto, en el viaje (cómo no traer hasta este lugar el viaje a ‘Ítaca’ de Cavafis, su significado iniciático y el sentido de la permanencia sobre la llegada, del trayecto sobre el triunfo) y se nos regala ese concepto tan regenerador de sentir que todo sucede en un fluir en movimiento, en no detenerse nunca frente a la grandeza del tránsito, mucho más intenso aún si se nos invita a un inicio constante, en cada día de ese viaje hacia el ser primigenio de la aventura de vivir, del estar en ruta, en el camino, en el comienzo continuado de cada amanecer, donde viajar se convierte en aventura, en incógnita, en sufrimiento escondido en su esencial materia. Pero todo este proceso de conocimiento y desmemoria se da en el territorio sagrado de lo que reconocemos como nuestro, como más nuestro, como más profundo en cada peldaño de la pervivencia en el tiempo. Memoria que florece en jardines cubiertos de rosas mustias y abatidas.


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ABECEDARIO de lector

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ADOLFO GARCÍA ORTEGA

W.- El título completo de esta novela modélica de Georges Perec es ‘W o el recuerdo de la infancia’ y es un juego de piezas que tienen que encontrar su modo de encajar. Bueno, esta es la característica de todos los libros de Perec. En ‘W…’ crea un puzle más elaborado. Lo que se baraja es el laberíntico papel de la memoria personal para construir una infancia borrada (la del niño Georges que pierde a sus padres en la guerra), alternado con una visión fantástica de un futuro distópico y alegórico: la sociedad perfecta W, un mundo de atletas totalitarios. Wakefield.- Este cuento de Nathaniel Hawthorne es atroz: un hombre, Wakefield, se ausenta del lado de su esposa durante muchos años. No es que se vaya lejos por algún motivo viajero o impuesto por las circunstancias. Nada de eso. Sencillamente salió de su casa y alquiló un piso cercano en el que se quedó veinte años observando minuciosamente la vida de su mujer. Transcurridos esos veinte años, apareció de nuevo como si tal cosa, sin dar explicaciones, y prosiguió su vida con su mujer con normalidad. Lo asombroso y moderno de este relato es que Hawthorne nos hace vivir en pocas páginas quién fue, qué hizo y qué experimentó Wakefield durante esos veinte años. Es uno de los cuentos más asombrosos que he leído, podría ser incluso el guion de una gigantesca novela. Nos hace acompañar a Wakefield hasta que regresa a su casa, pero no nos deja entrar, y por tanto no sabremos nunca la perspectiva de la otra parte: la de la mujer de Wakefield. Esa es la auténtica novela que yo querría leer y que Hawthorne no fue capaz de imaginar. Esa es la novela interesante por escribir. Wallant (Edward Lewis).- La lectura de ‘El prestamista’, de Wallant (1926-1962), pone los pelos de punta por el descenso a los infiernos que supone. Es una novela ‘orgánica’, por así decir. El protagonista, el hosco Sol Nazerman, tiene una casa de empeños y vive atormentado por su paso

por un campo de concentración nazi y por su desubicación en la vida posterior a ese trauma. Cuida de la familia de su hermana y tiene un empleado puertorriqueño que le insufla un poco de la vitalidad a la que Sol parece haber renunciado, acosado por sus fantasmas. Conoce a una mujer y todo puede cambiar, pero el alma de Sol sobrevive detrás de unas rejas protectoras tan opresoras como las que tiene en su negocio de prestamista en Harlem. Necesita salir de su tormento para volver a vivir. Es, sin duda, una de las mayores y más emocionantes novelas americanas de la segunda mitad del siglo XX, junto con ‘La decisión de Sophie’, de W. Styron, por poner un caso cercano. Ambas sacuden al lector de arriba abajo. Wallant murió prematuramente. Pero Sol Nazerman es ya un personaje inmortal. Walser (Robert).- Autor de ‘Los hermanos Tanner’, ‘Escrito a lápiz’ o ‘Jakob von Gunten’, entre otros libros de extraño hechizo y nula peripecia, Walser (1878-1956) se in-

gresó personalmente en un hospital psiquiátrico en 1913 y allí estuvo hasta su muerte. Siempre ha sido una rareza absoluta, casi una leyenda, que interesó a Kafka y a Musil en su día y hoy es una pieza clave de la literatura europea. El alemán W. G. Sebald destaca que Walser nunca poseyó ‘absolutamente’ nada, ni casa, ni muebles, ni ropa, ni libros –ni los suyos propios–, ni papel para escribir –escribía en papel usado–, y añade que «casi siempre escribió lo mismo y nunca se repitió». ¿De qué tratan sus historias? De su propia caverna, como los de Hölderlin. Era «un vidente de lo pequeño», pues aquello de lo que escribe es minúsculo, imperceptible, ubicado en un repliegue

de los hechos y de la mente, innecesario incluso. Walter Benjamin dijo de él que «cada frase de Walser tiene por objeto hacer olvidar la anterior», lo que le convierte en un escritor que no avanza, atascado en una misma historia, una misma novela, una misma frase, una misma palabra olvidado que habita en su mente, una mente adiestrada, además, para el olvido. A veces pienso que Walser, en realidad, nunca existió, y si lo hizo, aunque sus libros atestigüen lo contrario, nunca importó demasiado. Pero eso era lo que él buscaba.

Walser siempre ha sido una rareza, casi una leyenda, que interesó a Kafka y Musil en su día y hoy es una pieza clave de la literatura

White (Patrick).- Recuerdo haber leído en mi adolescencia un libro de este escritor australiano, premio Nobel en 1973, titulado ‘Las esferas del mandala’, y recuerdo que me impactó el sobrio distanciamiento de su modo de narrar, incluso siempre he tenido presente su prosa compleja a la hora de abordar la mía. Coetzee, otro premio Nobel, escribe de él que era un autor casi misterioso y lo achaca a su intimidad homosexual (era amigo de Francis Bacon). También dice que era de ese tipo de escritores que se dejan la piel buscando la transcendencia y la verdad. Lo que evitaba era que descubrieran la suya. Por eso White no dejaba rastro de sus obras: quemaba o destruía sus borradores

y sus notas, una vez publicado el libro. Años después, sucumbí a su epopeya ‘Tierra ignota’, sobre el viaje a la conquista del interior de Australia en la que todos los personajes mueren y su historia se transmite por una extraña telepatía espiritual, que se alterna con un relato aventurero magistral. Wittgenstein (Ludwig).- Hay algo esencial en este filósofo vienés (1889-1951) que lo convierte en el revelador extraordinario de la lucidez en el pensamiento. Su ‘Tractatus Logico-Philosophicus’, es, al igual que la ‘Ética’ de Spinoza, un sutil compendio que lo contiene todo para explicar el mundo. Como el de Spinoza, crea una armazón para entender la realidad y el modo de pensar sobre ella. Es una obra difícil, cierto que sí, pero en sus palabras está todo, absolutamente todo lo que se necesita para comprender. Y leerla es un viaje alucinante que termina en su ya famosa (y tranquilizadora) frase: «De lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse».


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uántas veces habré visto los árboles, tiritones, en medio de la cencellada, o bien pasmados en la expectante quietud, en la calma tensa que precede a la descarga de un nublado de piedra seca! ¡Cuántas veces! Y siempre he pensado: igualito que nosotros, a la intemperie: ellos, de la naturaleza; por nuestra parte, del mundo. Nada comparado con la capacidad de escuchar a los árboles y de qué manera, de David George Haskell, que nos maravilló con su portentoso ‘En un metro de bosque’, narración por lo menudo de lo que sintió durante un año sentado cada día en la misma piedra, y vuelve a repetir hazaña, a fascinarnos con su sagaz incursión, tan inusitada como gozosa, en las conexiones de la naturaleza a través de una decena de ejemplares. A cada uno de ellos dedica un aluvión de conocimientos impecable, asombrosamente engarzados, una lección inolvidable que participa de la botánica, la ornito-

logía, la genética, la silvicultura, la paleontología, la ética medioambiental, la biotecnología, la política, la astronomía, el comercio… Por orden de aparición: un ceibo en la selva amazónica de Ecuador, su copa «un lago en el cielo», en medio de la lluvia incesante; un abeto en el bosque boreal al noroeste de Ontario, a cuarenta bajo cero; una palmera sabal en la costa de Georgia tragada por la marea viva; un fresno en la meseta de Tennessee, donde vive el autor, derribado por un vendaval, que va pudriéndose a lo largo de dos años; los restos de un avellano escocés; un bosquecillo de pinos ponderosa en la linde de un prado alpino de las Rocosas, en Colorado; un arce de la ciudad donde vive; los retoños de un álamo de Virginia en el centro de Denver, entre cartones de indigentes; un sufrido peral en Manhattan, al que coloca un sensor para ver cómo encaja los ruidos urbanos; un olivo nervudo junto a las murallas viejas de Jerusalén, cortejado

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UN ÁNGULO ME BASTA FERMÍN HERRERO

por gatos callejeros; un bonsái de pino blanco japonés injertado de pino negro, inmigrado a Washington. Los campesinos no suelen perder el tiempo contemplando los árboles. Como dice Marc Badal en ‘Vidas a la intemperie’ (Pepitas de Calabaza), ni siquiera ven el paisaje, llevados por su inclinación utilitarista, que descarta cualquier efusión estética. Cuando había –recuerdo esta aclaración sobre las vírgenes en un verso de Ángel González, porque ahora «el mundo del campesino ha desaparecido. Ha dejado paso al mundo del que proceden los turistas. Hemos cambiado un mundo sin paisajes por unos paisajes sin mundo». En España el golpe de gracia se dio en el desarrollismo franquista de los sesenta, pero la sentencia venía de cuando en el siglo XIX empezó a considerarse «vestigio del Antiguo Régimen» y enemigo del progreso capitalista y proletario. El libro de Badal, muy elogiado y con toda razón por

Muñoz Molina o Llamazares, a tal punto que no se puede dar cuenta de toda su riqueza, certifica la desaparición de la civilización campesina, víctima de un «etnocidio con rostro amable», tragada por la tendencia imparable a la concentración en las ciudades, solo hay que ver el cinturón saturado de Madrid que ha absorbido y secado demográficamente a Castilla la Vieja y la Nueva enteritas. Parte del propio concepto, como todos problemático: «¿El campesinado era una clase social? ¿Un modo de producción? ¿Una identidad cultural?». Con el añadido de que en verdad «los que denominamos campesinos nunca se hubieran identificado con ese nombre», sino con el de labrador o ganadero, creo. Sea como fuere, lo cierto es que secularmente su tradición es la «de los oprimidos». Muy bien armado de reflexiones y referencias sobre la vida en las aldeas (desde el clásico de Fray Antonio de Guevara a una cita harto curiosa de José Antonio Primo de Ri-

vera, renacentistas, barrocos, ilustrados, románticos, Goethe, Pereda, Balzac, Pla, Carlo Levi, Berger, Kadaré, Gyula Illyés y su formidable ‘Gente de las pusztas’…) repasa la trayectoria del campesinado, sus luchas, revueltas, éxodos y migraciones a lo largo de la Historia, desde el Medievo en adelante. Desmenuza la visión externa del campo y la interna: los saberes y sentires de sus moradores, la organización social, los conocimientos y actitudes, creencias y supersticiones, el acervo colectivo y la pérdida de la memoria o las experiencias con los aperos y en las labores agrarias, siempre tan tornadizas. Sobre un intento de regreso a la vida sencilla, vinculada directamente a la tierra, mediante un asentamiento autárquico, trata ‘El prado de Rosinka’ (Impedimenta) de Gudrun Pausewang, maestra especializada en novela juvenil y muy vinculada a Hispanoamérica, donde ha ejercido la docencia. Esta novela es el primero de una serie de volú-


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A LA INTEMPERIE Por una vida alternativa

Imagen de la Vía Láctea tomada por la NASA en Salamanca. :: CÉSAR VEGA TOLEDANO

menes, hasta la fecha cuatro, que, apoyándose en lo autobiográfico, recorren el siglo pasado en Centroeuropa. Gracias al artificio de diecinueve cartas que la tía Elfriede, trasunto de la madre de la autora, envía teóricamente a Michael, un estudiante de ingeniería que quiere renunciar a un futuro cómodo y saneado para marcharse al campo al margen del progreso y la «hipertrofia tecnológica» de la sociedad del consumo y del espectáculo, se revela como en una novela por entregas la historia de la familia de la escritora, «sobre todo de la utopía que constituyó su adorada finca en la pradera de Rosinka», durante los felices años 20 en Alemania y hasta el estallido de la guerra con sus tragedias consiguientes, el «camino heterodoxo y rompedor» que emprendieron sus padres. Por tanto, salvo en la coda final a cargo de la propia Pausewang, se adopta el punto de vista de su madre, imbuida como su padre, desde su ado-

lescencia, en la vuelta a la naturaleza para fundirse con ella que promovía con entusiasmo el movimiento germano de las ‘Aves de paso’, relacionado con el senderismo y el rechazo de la vida burguesa. Poco se dice, por cierto, de lo referente al nazismo coetáneo. Badal recuerda con detenimiento al ministro de Agricultura del Tercer Reich Walther Darré y su ascendente sobre el ‘Völkisch’ y su idea de retorno al campo en el que se incluirían. En todo caso, sin caer en lo naif ni el bucolismo –de manera «luminosa y reflexiva», según la traductora en el prologuillo– se narra cómo durante diez años levantaron con sus manos una austera casa y convirtieron un cenagal drenado, un erial áspero y estéril de dudosa productividad en un paraíso para ellos y sus seis hijos, sin ahorrar el precio que hay que pagar para alcanzar la autosuficiencia, los desastres agrícolas y hortelanos, las estrecheces, privaciones y demás. Dejo para el lector cómo se desarro-

LAS CANCIONES DE LOS ÁRBOLES

VIDAS A LA INTEMPERIE

EL PRADO DE ROSINKA

EL MUCHACHO SILVESTRE

David George Haskell, Turner, 296 pp., 23,90 €.

Marc Badal, Pepitas de Calabaza, 226 pp., 17 €.

Gudrun Pausewang, Impedimenta, 232 pp., 19,95 €.

Paolo Cognetti, Minúscula, 176 pp., 16 €.

lló y terminó este experimento de un matrimonio soñador e idealista, ascético y marginado. Mucho se aprende en ‘El prado de Rosinka’ de lo que curte la vida pegada a la tierra, sujeta a las inclemencias del tiempo, sin comodidades. Paolo Cognetti narra en ‘El muchacho silvestre’ una visión topográfica muy sugerente, entre poética e investigadora: cómo se va a la montaña, añorada desde chico, «con la idea de que, en un momento determinado, si resistía largo tiempo, me transformaría en otra persona». Tampoco voy a adelantar, aunque «como eremita no valía gran cosa», si lo consigue o fracasa ni cómo saldrá al cabo del retiro, que elige en «un invierno difícil», a sus treinta años, cuando se siente «sin fuerzas» en Milán. Imantado por «experiencias de soledad en la naturaleza», como la canónica de Thoreau, a quien cita por extenso, en ‘Walden’, pero también las de John Muir, Élisée

«Mucho se aprende en ‘El prado de Rosinka’ de lo que curte la vida pegada a la tierra, sujeta a las inclemencias»

especie de cabaña-taina, de altura, de pastoreo, restaurada, aislada del mundo, y se dispone, tras aprovisionarse de leña y plantar en precario un huertecillo, a gozar del silencio a cielo abierto, explora los alrededores y vagabundea campo traviesa por las montañas de las tierras altas alpinas, como en cualquier parte del mundo abandonadas por el hombre, con la única compañía de zorros, liebres, corzos, cabras montesas, gamuzas y marmotas. Aunque le espantan los senderistas, confraterniza con pastores trashumantes, que lo tienen por «subversivo», guardianes de refugios y segadores, a los que ayuda. Y lee con fruición poemas montaraces de Antonia Pozzi y narraciones de Primo Levi y Mario Rigoni Stern, cuya escritura hemos encarecido en estas páginas. A Cognetti, que sin duda aguza su capacidad de observación a la intemperie, un alerce, que busca la luz, con el tronco partido por una copiosa nevada tardía le parece que

«emitía un estertor como el de un animal moribundo». Más adelante describe líricamente un pino silvestre y su olor a resina, el pino suizo solitario al borde de los precipicios y el abeto rojo, «habitante del reino oscuro». Y es que, según Teresa Shiki, profesora, curandera y activista jíbara citada por Haskell, «cada árbol es una persona viva, con habla». Para el autor de ‘Las canciones de los árboles’ el viento suena con «grano grueso y voz profunda» en los robles, «arenoso y ligero en los arces de hojas finas»; el abeto «silba como una fina lana de acero al bruñir el tablero de una mesa». Y si acerca el oído al tronco de un fresno caído percibe «chasquidos y chirridos bajo la corteza esponjosa». Menos mal que no estamos en un ‘trip’ lisérgico continuo, porque «si oyéramos los gritos interiores de cada ramita del bosque, el ultrasonido nos haría perder el norte», que, sin embargo, lo marcan muy bien los libros que hoy hemos glosado.

«El libro de Badal certifica la desaparición de la civilización campesina, víctima de un ‘etnocidio con rostro amable’»

Reclus, curioso geógrafo anarquista que hemos comentado aquí, o la trágica de Chris Mc Candles narrada por Jon Krakauer en ‘Hacia tierras salvajes’, se echa al monte, hacia la libertad absoluta, asilvestrada. Alquila una ‘baita’,


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COMIENZOS DE PELÍCULA

Seducción ‘Al final de la escapada’

Filme de Jean-Luc Godard (1960)

LUIS MARIGÓMEZ

Jean Paul Belmondo y Jean Seberg, en un fotograma de ‘Al final de la escapada’.

A

pesar del título, esta película no solo fue la primera de su director, sino el principio de una nueva manera de entender el cine, puesta en práctica. Su radical modernidad bebe del cine americano clásico, desprendiéndose de todos los envoltorios que Godard y su grupo –la llamada ‘Nouvelle Vage’– consideraban superfluos. Se trataba de liberar en buena medida a la producción de filmes de todo el pesado aparato industrial que se había generado desde que se puso en marcha el invento. Esa ligereza tiene un aspecto práctico importante, reduce mucho los costes de produc-

ción. En el lado artístico, queda una sensación de juego, de descaro, de poner a prueba las reglas y que el resultado sea apetecible de ver. El cogollo de la historia no tiene nada de particular. Una pareja de jóvenes enamorados naufraga en una situación difícil. ¿Cuántas novelas y películas cuentan ese relato? Él es un delincuente de poca monta, al que le gustan los cochazos americanos; ella, una jovencita yanqui que aprende francés en París a finales de los 50 mientras vende periódicos por la calle y hace sus pinitos como periodista. Se empezó a rodar sin guion, con poco más que unos esbozos que se le habían ocu-

rrido a Truffaut y la insolencia de Godard, que estaba seguro del poder de la improvisación a partir de su talento. Usa calles y escenarios reales porque es más barato y quiere producir un efecto de realidad que atraviese los esquemas del cine establecido. Los actores eran casi desconocidos antes del estreno de la película, pero eran profesionales, no gente corriente sometida al escrutinio de la cámara. Hay una inocencia y una fuerza en su interpretación que ayudan mucho a la empatía del espectador con ellos. El conflicto que pone en marcha el relato es el asesinato, más o menos fortuito, que comete el protagonista

«Lo que singulariza a esta película es una vitalidad, una gracia, que empieza a perderse en las siguientes de Godard»

(Jean-Paul Belmondo). Ella, (Jean Seberg) muy princesa, a partir de lo poco que se entera de las andanzas de su pretendiente, no sabe si protegerle de la policía o traicionarle. Además, está embarazada,

puede que de él. ¿Quién es peor, el amante, con su vida de ladrón y asesino, o ella, traicionándole? Para el director, el dilema moral es el eje de la pieza. Hay, como en el resto de su obra, mucha palabra en la película, conversaciones largas y hasta las disertaciones filosóficas de un escritor, Parvulesco, (Jean- Pierre Melville). «¿Qué es más ético, la mujer que engaña o el hombre que escapa? –La mujer que engaña». Después, a lo largo sus muchísimas películas, la mirada a lo que pueda ser lo femenino, y los conflictos de pareja son un leit-motiv de Godard. Lo que singulariza a ‘À bout de souffle’ es una vitalidad,

una gracia, que empieza a perderse poco a poco en las siguientes obras. ‘Una mujer es una mujer’ (1961); ‘Vivir su vida’ (1962); ‘Dos o tres cosas que sé de ella’ (1967); ‘Pasión’ (1982)… son solo algunos de los títulos donde el interrogante y la admiración sobre lo que sea la mujer como categoría ocupan el grueso de las ocupaciones del director. Al contrario de lo que le pasó a Truffaut, Godard nunca dejó de plantearse los mecanismos de producción del cine como algo esencial en el desarrollo de un proyecto. Su amigo se adaptó a las normas de la industria y sus películas fueron haciéndose más pesadas, perdieron el encanto de sus primeros pasos. El suizo, en su larguísima carrera, ha dado varios patinazos, como su adscripción al maoísmo en la segunda mitad de los 60, y su entrega a un cine político bastante inútil, pero siempre ha evaluado lo que ha hecho y lo que debe hacer después, sin dejar nunca de lado una crítica radical al sistema, tanto en las formas como en el contenido. Muchas primeras películas se hacen con pocos medios por la sencilla razón de que sus promotores no son capaces de conseguir más. Si triunfan, lo habitual es que los autores se suban, poco a poco o de golpe, al carro de la producción estandarizada. Godard ha preferido perder buena parte del público que ganó en su debut a olvidar sus ideas de cómo deben hacerse las cosas. Y ese planteamiento es fundamental a la hora de entender su contribución estética (¿y moral?) a la historia del cine; algo que a él, crítico antes de convertirse en cineasta, le importa bastante. Godard declaró que él creía que había hecho una variante de ‘Scarface’ –la seducción por el mal– hasta que se percató de que era una de ‘Alicia en el país de las maravillas’. Esta afirmación confirma un aserto de la crítica moderna, que un autor no sabe bien lo que hace, si acaso, hasta después de haberlo llevado a cabo; ocurre más si en el proceso creativo se acude a la improvisación como método de trabajo. El cineasta entiende, a posteriori, que el personaje que centra el filme no es el interpretado por Belmondo, el rufián; sino el que encarna Jean Seberg, la chica perdida, atrapada, en un mundo que no entiende, que la aterra y la fascina al mismo tiempo. Quizá sea la mezcla de los dos lo que cautiva al público a un nivel que nunca más logró el suizo, a pesar del importante número de filmes valiosos que ha realizado a lo largo de su amplísima carrera. A sus ochenta y muchos años sigue empeñado en poner en cuestión las ideas recibidas por el espectador que se anima a sumergirse en sus obras.


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H

ablábamos aquí, hace unos días, de cómo no es sencillo, tal y como pudiera parecer, que desde el poder se espolee fructíferamente la creatividad artística, literaria. Toda su buena voluntad quizá resulte estéril: las obras que nazcan amparadas por él tal vez no sean gran cosa, o se vaya al traste su predisposición porque al personal le traiga sin cuidado aquello que, bien haciendo la vista gorda, bien rascándose el bolsillo, premie pecuniariamente. Rematábamos el discurso recordando en cuántas ocasiones épocas en las que un grupo dominante ha encauzado fantasías –verbigracia, el alto clero o la pujante burguesía en grandes periodos artísticos– o, sin poner paños calientes, no dejando los gobernantes su libre expresión –así fue en algunas naciones en las que un tirano tenía a sus súbditos acogotados–, coincidieron con una actividad creativa extraordinaria. Y es que en esta materia dos y dos son todo menos cuatro. Rematábamos con esto y diciendo que si los gobernantes querían favorecer la cultura no debían, sobre todo, descuidar el estudio de las Humanidades no condenándolas al cuarto oscuro de la indiferencia: al menos existiría un ambiente propicio para que brotasen, y admirasen, las manifestaciones más sensibles del espíritu. Aun así, el poder, si no se chupa el dedo, debe mostrarse como constante mantenedor de una cultura que a lo mejor tenga mucho de apariencia. ¿Por puro paripé? Por puro paripé. Sin embargo, nadie le acusará de que su sensibilidad es semejante a la de una almeja o a la de un percebe. No faltará el pragmático que afirme que allá cada cual; que poco importan las inquietudes del que lleva las riendas de una nación siem-

Poder y cultura (y II)

pre y cuando consiga el bienestar de sus habitantes. Yo, ante esto, únicamente digo que sí pero no. Roberto Calasso en ‘La marca del editor’ señala que un error común, y repetido, de los conservadores es menospreciar lo que concierne al mundo de las artes y de las letras. Mi tocayo, en este desdén, ve el grave pecado cometido por la Democracia Cristiana italiana

que condujo a su desaparición. Aquí, en España, en cuántas oportunidades el presidente y los ministros populares han sufrido un tirón de orejas de sus homólogos –léase aquí en su acepción de prelados– de esa religión pagana de la cultura; religión a la que todo quisque jura amar y sólo cuatro gatos, por sus obras y acciones, sigue. No obstante, creo que es

LOS TRIGALES AZULES ROBERTO RODRÍGUEZ

:: JOSÉ IBARROLA

una partida de antemano perdida para quienes se sitúan, políticamente, a la diestra. Los del otro lado se erigen en impenitentes defensores de las minorías y de la justicia social, y pocos temas, desde hace más de un siglo, poseen más percha artística que lo que las atañe. Por ello la izquierda y los creadores son uña y carne, y los conservadores –por un manida y poco

elaborada reflexión, humilladores de las minorías, saboteadores de la justicia social– irredentos enemigos de ambas. Y ya los conservadores pueden conceder premios y prebendas a pintores y músicos, a escritores y escultores; éstos, o no los aceptarán con malas formas o, si alguno de ellos fuese nombrado para desempeñar un cargo que conlleve un sueldazo y un despacho de mil metros cuadrados, se irá con viento fresco cuando menos se espere, no sin antes poner como chupa de dómine a los que le eligieron. Mas, siendo como fuere, la cultura que se proclama desde un atril, esa cultura con la que a muchos se les llena la boca, poco tiene que ver con la verdadera cultura. En ‘El ciudadano ilustre’, joya cinematográfica argentina de Gastón Duprat y Mariano Cobo, el protagonista, Daniel Montovani, escritor galardonado con el Nobel, lo expone meridianamente al contestar al preboste del pueblacho que lo vio nacer. El preboste local, luego de proferir su panegírico repleto de tópicos –«Estoy convencido de que la cultura es central en el desarrollo de toda sociedad y que desde el estado tenemos la obligación de promoverla»–, es replicado así: –La mejor política cultural es no tener ninguna… Defender a nuestra cultura… Siempre se considera a la cultura como algo débil, frágil; como algo raquítico que necesita ser custodiado, protegido, promovido y subvencionado. La cultura es indestructible. Es capaz de sobrevivir a las peores hecatombes… Había una tribu en África en cuyo lenguaje no existía la palabra ‘libertad’. ¿Saben por qué? Porque eran libres. Creo que la palabra cultura sale siempre de boca de la gente más ignorante, más estúpida y más peligrosa. Yo no la uso nunca. Sencillamente, pasmoso.


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LECTURAS

CÓMO ESCRIBIR RELATOS DE CALIDAD E INOLVIDABLES Belleza, solidez e inteligencia en ‘Nuestra historia’, de Pedro Ugarte, Premio Setenil 2017 YOLANDA IZARD

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edro Ugarte (Bilbao, 1963) y su libro de relatos ‘Nuestra historia’, publicado en 2016, parecen estar destinados a recibir todos los honores por la calidad, riqueza y cuidado de su escritura y por una inteligencia poco común para el diseño, elaboración y acabado de sus diez historias, que, como bien señala el título, hablan de nuestra historia común. De hecho, ha recibido el último premio Setenil, el más prestigioso de cuantos se conceden al género narrativo del relato. Creo que merece este y otros reconocimientos por dos motivos fundamentales: primero, porque desgrana cuento a cuento, distribuyendo con equidad sabiduría y sensibilidad narrativas, las distintas face-

tas de nuestra pequeña historia actual en el ámbito personal, íntimo y cotidiano, esa historia nuestra común a cuantos nos ha tocado coincidir en este mínimo margen temporal y espacial: nuestras familias, que se aman y se odian; las relaciones de pareja en las que nos desconocemos mutuamente algo más cada día; los amigos que se reúnen para revivir un pasado feliz que repentinamente se descubre más que incorrecto; nuestros problemas financieros surgidos de la crisis; ese extraño y patético mundo del ámbito laboral, tan propicio para amiguismos y obsesiones con el poder y para pobres diablos sometidos por la infinita envergadura de quienes ostentan las altas instancias. Y pilotando sobre todo ello, las distintas teorías sobre la felicidad: «Hay en los padres una misteriosa inclinación que consiste en remitir a sus hijos toda esperanza de felicidad» (‘Vida de mi padre’), «Las cosas no pueden ir siempre bien. Los seres humanos no estamos preparados para eso. Lo perfecto no es natural, no es lógico» (‘Verónica y los dones’). «No, no era feliz, pero opino que la felicidad no me habría llevado mucho más lejos. Al menos quie-

NUESTRA HISTORIA Pedro Ugarte. Páginas de Espuma, 2016. 168 páginas. 15 euros.

res aseguran conocerla no me inspiran ninguna envidia. O quizá es más sencillo: quizás tan solo mienten» (‘Mi amigo Böhm-Bawerk’). Y su contrario, el miedo: «Yo tenía miedo, todos los días en todos los sitios. El miedo me esperaba en todas partes, riéndose, meditando en qué momento cumplir sus amenazas» (‘El hombre del cartapacio’). Todas ellas podrían resumirse en una cita extraída del último relato, ‘Opiniones sobre la felicidad’: «Eso es lo que diferencia a las personas. Algunas personas consideran que no existe. Y otras pensamos que realmente sí existe,

EL CRÍTICO CONFUSO

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sos pesados del autor, casi a la altura de sus guiones de ‘Watchmen’ o ‘V de vendetta’. Así como tampoco incluiré en estas lecturas los capítulos del libro ficticio ‘Bajo la máscara’, una autobiografía destinada a revelar, las virtudes y miserias de un grupo de vigilantes enmascarados, que sirve de texto de apoyo a la ya citada ‘Watchmen’. Es posible que si la publicación de ‘Jerusalem’ se posterga lo bastante, al final los relea y de paso los comics desde aquella ‘Cosa del pantano’, al último tomo

todo científico–, ‘El lagarto hipotético’. El título, coincidirán ustedes, es ya una maravilla. Y francamente, me engatusó y enamoró, a pesar de que había leído más críticas adversas o tibias que buenas. Aunque las buenas eran entusiastas. De las malas, siendo caritativo, puedo decir que eran miopes. Los que la acusan de confuso, deben leer con muy poca atención, porque el texto, que no es facilón, es bastante preciso. Tanto en la construcción de personajes como en el mundo, misterioso a ratos, lleno de esplendores y vileza, no tan distinto del nuestro, en el que se desarrolla. La prosa es arrolladora y visionaria. A un tiempo calma. Porque es la historia calma de una venganza atroz, contemplada por alguien que jamás podrá

contarla. Algunos ven confusión en que a uno de los protagonistas se le nombre indistintamente con artículos masculinos y femeninos. No hay tal. Es un hombre que, primero como prostituta, después como actriz de éxito, vive como mujer. Y el texto no deja lugar a dudas sobre esto. Tampoco es nada sorprendente. Había actores -actrices isabelinos que vivían así. Y también algunos onnagata, actores de kabuki que interpretan papeles femeninos. Por eso, quizás, remotamente, ‘El lagarto hipotético’, me ha recordado a un cuento de Mishima, precisamente titulado ‘Onnagata’. Aunque uno de los aspectos más interesantes del relato de Moore sea quizás, la indagación sobre los límites, estos sí difusos, del yo.

El escritor Pedro Ugarte en la librería Oletvm de Valladolid. :: GABRIEL VILLAMIL solo que en algún otro lugar». Y es que Pedro Ugarte sabe teñir de una leve pátina de pesimismo, o al menos de incertidumbre, hasta los momentos de apariencia más liviana o humorística de nuestra vida, como las patéticas ensoñaciones de un ricachón con nombre de prestigio y una profunda soledad (‘Mi amigo BöhmBawerk’). Lo humano nunca le es ajeno a este autor que sustenta en los detalles y en los matices la profundidad de mirada hacia sus criaturas, a las que sabe observar bien de cerca para no escapar a lo que de verdad importa: a esas sutilezas del ser humano que

EL TALISMÁN DE LA COSTURERA

on la vista puesta en la publicación próxima, pero de fecha aún incierta, de ‘Jerusalem’, la segunda novela –o primera, todo depende de cómo consideres ‘La voz del fuego’, si colección de relatos o novela– de Alan Moore, uno ha decidido empaparse con lo que hay ya publicado de su prosa. En principio, he decidido excluir los ‘manuscritos’ intercalados en ‘Providence’, un cómic nunca suficientemente ponderado, y que está a la altura de otros pe-

suelen quedar ocultas por las más gruesas y fáciles visiones y por la abundancia de caparazones externos. Nos cincela con un sosiego y una claridad meridianos, pero aportando siempre una visión distinta, matices peculiares. Nada más alejado de los clichés. Dicho de un modo más concreto, Ugarte sabe mirarnos con inteligente sensibilidad creativa. El otro motivo por el que este libro me parece merecedor de nuestros elogios y admiración se refiere a su refinada escritura, de conmovedora calidad y que parece responder a los principios de

Flaubert de que el escritor está condenado a corregir, y de que no haya una sola palabra que pueda ser sustituida por otra. Y ello con una sutileza de matices que desborda lo esperado en este tipo de escritura que mide uno a uno los detalles retóricos. Ugarte demuestra que se puede escribir sin fuegos de artificios, pero con un nivel de excelencia, con una riqueza y una precisión léxicas arrebatadoras. Esto es lo que le diferencia de los mediocres. Pienso que es un escritor con estilo, con un estilo y un mundo propios –quizá no se puedan entender ambos conceptos sino entrelazados– sólidos e inconfundibles, que se apoyan en la inteligente precisión y en la riqueza, variedad y originalidad de sus frases y de su mirada estética. Barthes habría podido escribir para Ugarte algunas de las reflexiones de ‘El grado cero de la escritura’: «la escritura es la moral de la forma, la elección del área social en el seno de la cual el escritor decide situar la naturaleza de su lenguaje; es una manera de pensar la escritura». Su contundente y bella forma de escribir y sus historias forman un feliz engranaje que provienen de la armonía entre percepción sensorial y cognición, entre sensibilidad y lúcida agudeza.

de ‘Providence’. Lo cierto es que la publicación de esta segunda novela es una excusa tan buena como cualquier otra para emprender estas lecturas que llevaba tiempo atrasando. Quizás retrasaba el momento por una cierta desconfianza ante el cambio de medio narrativo. Cosa que, pensándolo bien, no debía preocuparme. Tenía el ejemplo de Gaiman, y, a la inversa, el de Auster o Palaniuck. Quizás tuvo que ver algo el recuerdo decepcionante de la narrativa de Jodorowsky –una y no más, y

CIRO GARCÍA

ni siquiera recuerdo cuál de sus novelas fue–. Porque hay un parecido superficial entre Jodorowsky y Moore, esa creencia en la magia, pero si comparamos, Moore sale ganando, tanto en su prosa como en sus razonamientos sobre lo extraño. Empecé suave, el relato largo, o novela breve –la definición va en los gustos, esto de la crítica y la literatura comparada, por más que se empeñen algunos, va de intuiciones personales, y por tanto está en el polo opuesto al mé-


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LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

EL ÉXODO INFANTIL SIRIO :: V. M. NIÑO

Sal incrustada en las orillas del Gran Lago Salado a causa de la sequía. :: D. C. PIZAC-AP

BIOGRAFÍA Y PAISAJE ‘Refugio’ es un libro personal y emocionante. Como los lagos, las vidas se desbordan PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

E

l Gran Lago Salado está al norte de Utah, da nombre a la capital del Estado y, además de por su evidente salinidad (mucho más alta que la del mar), se distingue por lo variable de su nivel y por cierta predisposición a desbordarse y organizar grandes desastres. «Todo es exagerado en el Gran Lago Salado», escribe Terry Tempest Williams al comienzo de este libro. «El calor, el frío, la sal y el agua salada. Se trata de un paisaje tan surrealista que uno nunca sabe con seguridad qué es». Pronto entendemos que el Gran Lago Salado es además un paisaje al que la autora otorga una decisiva importancia de espejo biográfico: ese lugar al que uno entiende que de veras pertenece. Tempest lo hace de un modo incluso histórico: sus antepasados estaban entre los pioneros mormones que llegaron a la zona a mediados del siglo XIX. Aunque en su caso el nexo de unión es mucho más emocional que genealógico. Siendo niña, su abuela le enseñó a recono-

cer a los auténticos pobladores del lago: las más de doscientas especies de pájaros que habitan las ciénagas y los humedales. Fue el comienzo de una de esas pasiones que marcan una vida. «Las aves y yo compartimos una historia natural», escribe la autora. «Se trata de una cuestión de arraigo, de vivir en el corazón de un lugar durante tanto tiempo que la mente y la imaginación se fusionan». ‘Refugio’ comienza en la primavera de 1983. Es entonces cuando Terry Tempest se enfrenta a la fractura que antes o después transforma una existencia en algo realmente serio. En su caso, la fractura afectará a su hogar en el sentido más amplio del término: casi al mismo tiempo que a su madre le es diagnosticado un cáncer, la crecida del Gran Lago pone en riesgo la supervivencia de los pájaros que anidan en la zona. La respuesta de Tempest consiste en obligarse a resistir y estar presente. Comienza así para ella un viaje «a la deriva», ya que en

REFUGIO Terry Tempest. Crónica. Ed: Errata Naturae. 422 páginas. Madrid, 2017. Precio: 21,50 euros

condiciones normales tanto su madre como la naturaleza habrían sido los refugios inmediatos en los que podía haber encontrado consuelo ante cualquier adversidad. El libro tiene algo del cuaderno de campo del naturalista y mucho del diario que alguien comienza sin más pretensión que obligarse a no perder detalle de un periodo clave de su vida. Si ‘Refugio’ pertenece a ese subgénero que relaciona biografía, pensamiento y naturaleza y que entre nosotros vive un auge a la sombra del redescubrimiento de Thoreau, lo hace de un modo aún más contundente al género de la enfermedad y de las relaciones entre padres e hijos. Tempest muestra el modo en que el cáncer de su madre une a su familia y al tiempo la desgasta, sometiéndola a una enorme tensión. «Para ti es muy fácil jugar a ser Pollyanna», llegará a decirle por ejemplo su padre, uno de los grandes personajes del libro, reprochándole un exceso de filosofismo y sentimentalidad. Hay sin duda algo de eso en el texto, pero la autora es capaz de descubrir su reverso desolado, mostrando que el acierto de esta clase de libros no tiene tanto que ver con el arrojo confesional como con la capacidad de identificar correctamente el fondo verdadero de una experiencia común. ‘Refugio’ es un libro personal y emocionante. Terry Tempest asume en él la endeblez de eso que Auden llamó en un poema «nuestro ensueño de seguridad». Como los lagos, las vidas se desbordan.

Narrar las guerras del mundo a los chavales tiene el doble reto del tono y de asunto. Peter Härting escribió esta novela poco antes de morir en 2017, con una experimentada pluma. Alemania, uno de los primeros países de acogida de refugiados, tampoco es novata en la tarea de hacer hueco al foráneo. Härtling elige la mirada de Djadi, un niño sirio de diez años, que está mudo en su soledad. Su nuevo hogar en Fráncfort está poblado por gentes de cierta edad, de distinto origen y condición cuyo tácito acuerdo de convivencia se basa en la aceptación de la singularidad de cada uno. Ni explosiones sentimentales, ni aspavientos burocráticos, todo parece fluir natural, incluso la pena honda del niño. Aprender nuevas palabras es el primer lenitivo para la cabeza y el corazón

de Djadi, la lengua es un puente que le acerca a su presente entre Wladi, Jan, Dorothea y los demás compañeros de hogar. El colegio será la siguiente prueba. Allí parecen ya caras poco amables, reproches a su condición de extranjero pero también amigos, niños que se acercan a Djadi. Y después las vacaciones, el tiempo de ocio, el viaje, el

DJADI, EL NIÑO REFUGIADO Peter Härtling. Anaya, colección Clásicos Modernos. 125 páginas. 9,90 euros. A partir de 12 años.

cambio de paisaje que le proponen esos ángeles mayores que con mucho tacto van venciendo las resistencias del más vulnerable de los seres, el niño al que arrancan su familia, su entorno y su idioma. Y el ciclo de la vida continúa y también entre sus protectores aparece la enfermedad y la muerte. El proceso de adaptación de Djadi y la inteligente tutela de sus amigos son el epicentro de esta novela de Peter Härting que pone a la altura de nuestros infantes lo que les ocurre a sus iguales en un país a cuatro horas de avión. Si nada de lo humano debiera sernos ajeno, esta es una excelente ventana para asomarles a las otras realidades que conllevan los titulares del telediario. Microhistorias contemporáneas a pie de adolescencia en esta colección de Clásicos Modernos que guarda pequeñas joyas.

CAMINOS DEL MUNDO CON HISTORIA :: V. M. N. Vías, caminos, pistas que han transitado los hombres algunas desde la Prehistoria son las que pro-pone la viajera inglesa Gi-llian Richardson. Diez ru-n tas que comienzan por un o accidente geográfico como la de Beringia, ell puente que unió la viejaa o Europa con el Nuevo oMundo en el casquete pomlar, por una necesidad imperiosa de poder como laa er que llevó a Roma a tender icalzadas por todo el continente aunque la autora se niquede en las de Reino Uniue do, por una leyenda que ón devino en peregrinación no religiosa como el Camino ode Santiago o por un conocimiento adelantado a la po ingeniería de su tiempo ca como el Camino del Inca ti(en la ilustración). Múltiples son sus orígenes y vaue riopintas las historias que rodean a estos caminoss a rdtravés de los cuales Richardson habla del reparto del correo, de los animales de carerga, de los puentes de cuernios das que han durado milenios o de trenes que atraviesan el permafrost siberiano. Otro curioso libro de la recomendable colección Nos Gusta Saber, de Siruela.

10 GRANDES RUTAS DEL MUNDO Texto de Gillian Richardson. Ilustrac Kin Rosen. Siruela. 164 páginas. 18,95 euros. A partir de 10 años.


14 LA SOMBRA DEL CIPRÉS

Sábado 24.03.18 EL NORTE DE CASTILLA

H

ace poco envié una carta formal (formal en el sentido de que trataba de usted al destinatario) en la que la fórmula de despedida era «Lo saluda atentamente». Alguien me dijo, cuando le mostré la carta, que debería cambiar «lo» por «le» porque sonaba a construcción loísta. No, no hay loísmo en esta fórmula de despedida. El verbo ‘saludar’ es un verbo transitivo en todas sus acepciones y como tal se construye con complemento directo: a una mujer se la saluda, a un varón se lo saluda, a las mujeres se las saluda y a los varones se los saluda. El uso de los pronombres ‘lo, la, los, las’ se ajusta en este caso a los usos etimológicos y, por lo tanto, nada que objetar desde el punto de vista de la corrección idiomática. Otra cosa es que el empleo de los pronombres personales átonos de tercera persona (lo, la, le, los, las les) origina diferencias de uso importantes en el ámbito hispánico. En un primer nivel, pueden establecerse dos grupos: el de quienes se ajustan a los usos etimológicos (los heredados del latín) y el de quienes no los mantienen. El primer grupo es el mayoritario: prácticamente toda América y la mayor parte de las regiones españolas siguen con bastante fidelidad los usos pronominales etimológicos (‘lo, los’ en función de complemento directo masculino; ‘la, las’ en función de complemento directo femenino; y ‘le, les’ en función de complemento indirecto). Las desviaciones de estos usos heredados del latín consisten en emplear un pronombre en una función que etimológicamente no le corresponde. Dependiendo de qué pronombre intervenga, hablaremos de leísmo, laísmo o loísmo, tres fenómenos de

USO Y NORMAS DEL CASTELLANO MARÍA ÁNGELES SASTRE PROFESORA DE LENGUA ESPAÑOLA EN LA UVA

LO SALUDA ATENTAMENTE desigual extensión y aceptación. Hoy me ocuparé del leísmo por ser el más extenso y el más aceptado incluso en la lengua culta. El leísmo consiste sencillamente en emplear ‘le’ o ‘les’ en función de complemento directo. Según el referente del pronombre (persona o cosa), se diferencian dos tipos: leísmo de persona (A tu hermano le vi a la salida del cine; A tu hermana le vi a la salida del cine; A los alumnos les clasifican por el primer apellido; A esta profesora le conozco desde hace años; A este profesor le conozco desde hace años); y leísmo de cosa (El guiso no le he probado; Nosotros los certificados les enviamos por correo electrónico; Este libro le leí hace más de veinte años). Aunque todas estas son construcciones

«Las desviaciones de estos usos heredados del latín consisten en emplear un pronombre en una función que etimológicamente no le corresponde»

leístas (y, por tanto, desviadas del uso considerado como canónico), el grado de aceptabilidad es distinto: se acepta en la norma culta el leísmo referido a persona masculina en singular, mientras que se considera incorrección el leísmo referido a persona femenina, el leísmo de persona en plural y el leísmo de cosa. Por lo tanto, de los ejemplos anteriores solo se aceptan en la norma culta ‘A tu hermano le vi a la salida del cine’ y ‘A este profesor le conozco desde hace años’. Pero hay un uso especial de leísmo, conocido como leísmo de cortesía, que se produce en expresiones en las que el hablante utiliza la cortesía como estrategia que facilita sus relaciones sociales. Y, por extensión, cuando se trata al interlocutor de usted. Como ejemplos, «Le atenderé muy gustosamente» o «Le saluda atentamente». Según la RAE, en la ‘Nueva gramática de la lengua española’ (§16.8d), «el leísmo de cortesía se ha atestiguado en hablantes que no practican otras formas de leísmo, así como en textos de escritores no leístas». En el ‘Diccionario panhispánico de dudas’ puede leerse que aunque «no está tan generalizado cuando el interlocutor es femenino, debe considerarse aceptable, especialmente en fórmulas fijas de saludo o despedida del tipo ‘Le saluda atentamente’ o similares». Así que se acepta en la norma culta el leísmo de persona en masculino singular y el llamado leísmo de cortesía tanto cuando el interlocutor es masculino como femenino. Por eso a la persona que leyó mi carta –leísta, como yo, aunque ambas mantenemos a raya los leísmos que pretenden colarse en nuestras intervenciones– le chocó que no usara en la despedida una construcción leísta aceptada en la norma culta.

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Sobre los artistas. Berger (Gustavo Gili)

Historia mínima de la... E. Moradiellos (Turner)

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En defensa de España. Stanley G. Payne (Espasa)

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Muerte en Zamora. R. Sender (Postmetrópolis)

Maestros de la costura. VV. AA. (Temas de hoy)

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Fasa Renault y España. Enrique Espinel (UVA)

Los tesoros de la cripta. De Prada (Renacimiento)

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Sábado 24.03.18 EL NORTE DE CASTILLA

QUINCE MINUTOS DE FAMA

ÁNGEL MARCOS

María José Ayala Sanz Medinense y orgullosa de serlo. Casada felizmente y madre de dos hijos. Me considero una persona sociable, muy familiar y amiga de mis amigos. Me gusta mucho viajar, la música, bailar, leer… De hecho, por circunstancias familiares viajo mucho a Londres (tengo un hijo allí). Estoy en el paro, pero con ganas de trabajar.


16 LA SOMBRA DEL CIPRÉS

Sábado 24.03.18 EL NORTE DE CASTILLA

Director: Ángel Ortiz Coordinador: Chema Cillero

E

n el primer capítulo de ‘Tierra baldía’ de T. S. Eliot, probablemente el poemario más influyente del siglo XX, puede leerse una estrofa (que aquí vierto sin partirla en versos) llena de hondura filosófica, y que dice lo siguiente: «¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen en estos pétreos estercoleros? Ah, hijo del hombre, tú no puedes decirlo ni adivinarlo; tú sólo conoces un montón de imágenes rotas, donde el sol aplasta, y el árbol muerto no resguarda, el grillo no consuela y la piedra seca no da agua rumorosa. Solo hay sombra bajo esta roca roja (ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja), y te enseñaré algo que ni es tu sombra cuando te sigue por la mañana, ni tu sombra cuando sale a tu encuentro al atardecer; te mostraré el miedo en un puñado de polvo». Pocos poemas describen con tanta belleza y tanta desazón el nihilismo de nuestro tiempo, no tan diferente al nihilismo de la época que le tocó vivir a Eliot. El fragmento citado está lleno de referencias bíblicas y de otra índole, pero a mí me gustaría establecer un diálogo directo con él, interpretando de forma simbólica y al mismo tiempo inmediata (o sin la mediación de los oropeles de la erudición) lo que dice, tratando así de definir las angustias del presente y nuestra incapacidad para dar una imagen unitaria y coherente del mundo. Siguiendo el dictado de la estrofa, podríamos preguntarnos qué raíces pueden arraigar, qué ramas verdes o negras pueden crecer en el pétreo páramo de nuestros días, donde toda la cultura se está convirtiendo en subcultura, donde todas las librerías cierran y se desintegran todos los sistemas del saber. Nosotros, hijos de los hombres, herederos de una cultura milenaria, que ya parecía sabía en tiempos de Homero, y aún más sabia en tiempos de los presocráticos, no podemos saberlo, no podemos decirlo, ni siquiera podemos adivinarlo, y nos limitamos a mirar los escombros con cierta melancolía, porque en realidad lo único que tenemos a nuestro alcance es un montón de imágenes rotas. He aquí la expresión que más me impresionó la primera vez que leí ‘Tierra baldía’. Ninguna otra me parecía tan definitoria de nuestro mundo, tan desoladoramente definitoria. ¿En qué se está convirtiendo la vida del ciudadano medio, en qué se están convirtiendo todas las ramas de la cultura, qué es Internet, qué son la mayoría de las historias personales

«Nos falta una teoría unificadora del todo, que tanto añoraba el recientemente fallecido Stephen Hawking, y de la que de momento no hay ni un bosquejo»

:: ILUSTRACIÓN IRENE GRACIA

MITOLOGÍAS JESÚS FERRERO

Un montón de imágenes rotas

y las historias colectivas, qué es la televisión, qué son muchas de las creaciones de las artes plásticas, el cine y la literatura?: un montón de imágenes rotas, donde el sol quema más que acaricia, donde todos los árboles del saber parecen muertos, donde nada nos consuela y las civilizaciones resecas se olvidaron de beber en las fuentes de la vida, que por otra parte han desaparecido bajo tierra o se han agotado o se han evaporado o se han corrompido. Más que imágenes, más que luces, más que relieves y volúmenes, solo vemos sombras, como en la caverna de Platón, solo vemos niebla. Podemos cobijarnos en esas sombras, en las sombras del pensamiento de ahora, en las sombras de la necedad de ahora, en las sombras cada vez más numerosas de la estupidez generalizada, pero solo veremos en ellas un puñado de polvo, y el polvo puede dar miedo, porque es la imagen de la muerte y la metáfora de la nada. Es normal que las sociedades se desintegren, que los pueblos busquen refugio en identidades que ya no existen, y que la cultura se haya convertido en la feria de la banalidad más absoluta. Con toda evidencia, nos falta una teoría unificadora del todo, que tanto añoraba el recientemente fallecido Stephen Hawking, y de la que de momento ni siquiera vemos un precario bosquejo. Pero, ¿solo una teoría unificadora? Me temo que faltan muchas más cosas: nuevos sistemas de valores, nuevas esperanzas, nuevas y más redentoras visiones de la especie humana, además de una masiva toma de conciencia sobre la situación real de nuestro planeta, sobre la función de los estados, si es que todavía existen, sobre la función de la cultura y del pensamiento, sobre los procesos económicos y sociales, sobre las estructuras en las que basar nuevas formas de convivencialidad, y sobre el sentido mismo de la vida y de la muerte. De momento solo tenemos ante nosotros una escalera invertida. No lleva a ningún lugar, no indica ningún fin ni ningún principio. Solo conduce al vacío.

Un personaje de novela negra  

Suplemento La sombra del ciprés del 24.03.2018

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