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SOMBRA CIPRES LA

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Junio, el mes de la fotografía Valladolid recuerda el genio de Eugene Smith y PhotoEspaña estrena sede en Segovia de la mano de Carlos Saura

Sábado, 04.06.16 Número CCXXXVII

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‘A Walk To The Paradise Garden’, 1946. :: W. EUGENE SMITH


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La fotografía como escritura de la luz A

lberto García-Alix lo tenía claro: la fotografía no es otra cosa que «poesía visual». Claro está que a la fotografía, como a la poesía, como al resto de las artes más o menos tradicionales, le cuesta cada día más trabajo encontrar su verdadera esencia artística frente al universo tecnológico. Un universo que la ha «democratizado» hasta tal punto que amenaza con dejar de ser reconocible como producto auténtico del genio humano. Y sin embargo, el arte de la fotografía, que no debe nunca confundirse con la afición por hacer fotos, lleva en su propia etimología

griega el concepto: ‘phos’, de luz, y ‘grafé’, de escritura: escritura de la luz, con todas sus connotaciones. Para hablar de la fotografía como arte, no obstante, es necesario que el fotógrafo se enfrente al menos con tres retos: el de la idea, el de la forma... y el de la poesía. Cierto es que en la idea, en la necesidad de lanzar un mensaje determinado a un espectador –determinado o indeterminado– está el origen de todo; incluida la pura intuición visual de esas idea, ya que no podemos olvidar que la «escritura» de la fotografía no es literaria, sino puramente visual, plástica. Pero tampoco

deja de ser cierto que, muy especialmente en el caso de la fotografía, gran parte del mensaje, de la idea, está en la propia técnica fotográfica, en esa infinita variedad de cuadros, enfoques, luces, velocidades, cromatismos, texturas... que determinan poderosamente el resultado final de una instantánea. Y a eso hay que añadir el elemento de la poesía: ese misterio, ese ‘no sé qué’, que diría Juan de la Cruz, que es el que al final, sin ningún género de dudas, el que distingue al artista de la fotografía del mero usuario de una cámara o de cualquier otro dispositivo capaz de captar y grabar una

imagen. Si el poema, tantas veces, surge de un ‘flash’, de una visión, de una iluminación que casi podríamos llamar fotográfica, la poesía se excita, vibra, se manifiesta, se exhibe generalmente frente a un impulso poético, a una necesidad de «escribir», con el lenguaje de la luz, la intensidad de un instante. De registrarlo. En tantos y tantos casos, el arte fotográfico como expresión de ese ‘algo más’ que se esconde detrás de la realidad: de esa inmensa carga de creatividad, de subjetividad humana que puede obtenerse recurriendo a la presunta objetividad de un objetivo. El hallazgo de lo sustantivo den-

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CARLOS AGANZO

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tro de la inmensa vacuidad de lo accesorio. El único secreto del arte en palabras, por ejemplo, de Pablo Picasso: «Yo no busco, encuentro». Con todos estos ingredientes, entre las grandes aportaciones al arte de la fotografía de nuestro tiempo no se puede olvidar la del fotoperiodismo. Captar el instante con todo su significado pero, además, hacer que la fotografía de ese instante constituya un testimonio de actualidad y de verdad del tiempo y de la sociedad concretos en los que se materializa. ‘Leer’ la actualidad y la noticia sin necesidad de otra letra que la de la luz. No en vano, la mayor par-

Eugene Smith, todo un carácter (fotográfico) La sala San Benito de Valladolid acogerá desdel el próximo jueves una exposición de 60 obras del autor de la serie ‘Pittsburg’

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ay un episodio en la primera juventud de Eugene Smith, cuando aún era alumno de la escuela secundaria de Wichita (Kansas, EE.UU), que revela cómo a los genios se les detecta en la línea de salida. Tenía catorce, quince, dieciséis años cuando consiguió permiso de la escuela para salir de clase en cualquier momento con el fin de tomar fotografías. Solo tenía que levantar el brazo, pedir permiso con cualquier excusa y abandonar la clase. A cambio, solo había prometido que sus notas no empeorarían. El motivo, como cuenta el propio William Eugene Smith (Wichita, 1918-Tucson, Arizona, 1978) en una ‘decla-

ración autobiográfica’, es que con esa edad había comenzado a fotografiar la sequía y las tormentas de polvo que asolaron la región donde vivía. Las famosas ‘dust bowl’ fueron un desastre económico para la zona y para su propia familia. Por eso él, a pesar de su temprana edad, se tomaba muy en serio este trabajo. Y así que sentía que una tormenta se aproximaba, él abandonaba la clase para dedicarse al oficio que le daría fama, una fama con la que supo mantener distancia y que no le apartó de sus objetivos: que la fotografía tuviera un efecto social, que pudiera ayudar a resolver problemas. Como expresa Enrica Viganó, comisaria de la exposición que lle-

ANGÉLICA TANARRO

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gará a la vallisoletana sala de San Benito la próxima semana, «Smith sentía la responsabilidad de traducir en fotografía ‘pedazos de vida’ con la máxima honestidad hacia el sujeto y con el deseo de emocionar al público, implicándolo en la historia, y provocando reacciones para mejorar el mundo». El Eugene Smith fotógrafo había asomado muy pronto, antes incluso de esas salidas repentinas de clase para perseguir tormentas de polvo. A los catorce años él lo que quería era ser ingeniero aeronáutico. «Comencé a estudiar fotografía para poder hacer fotos de los aviones que hacían escala en Wichita (...) y entonces empecé a sentirme

más atraído por la fotografía que por diseñar aviones. En ese sentido me siento afortunado: nunca me vería obligado a diseñar un avión militar, lo cual me hizo bastante feliz», relata. La obra de este fotógrafo que supo armonizar las condiciones de la fotografía artística con el fotoperiodismo y que fue un pionero –obsesivo y como tal a menudo incomprendido por los editores de las distintas publicaciones para las que trabajó– en el concepto de ensayo fotográfico, es decir, en llevar su trabajo mucho más lejos de la simple ilustración de un artículo, ocupará la sala de San Benito desde el próximo jueves hasta el 28 de agosto. La muestra in-

Fotografía de Eugene Smith de la serie ‘Pittsburgh’. En la página siguiente ‘Hilanderas’ de ‘Spanish Village. :: CORTESÍA DE LA FUNDACIÓN MUNICIPAL DE CULTURA


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te de los grandes artistas de la fotografía de nuestro tiempo son también valiosos fotoperiodistas. Es aquí, cuando confluyen idea y forma, poesía y testimonio, cuando verdaderamente podemos encontrar sentido a esa aspiración máxima de la fotografía, y de sus hermanas las artes plásticas: que una imagen consiga valer más que mil palabras. Lo cual no es nada fácil. El cine, la fotografía y el cómic son, seguramente, las tres grandes aportaciones que el siglo XX ha hecho a la historia general del arte humano. Bien entrados ya en el siglo XXI, a estas tres grandes manifestaciones les han salido infinitos sucedáneos, practicados por un número también infinito de personas con todas sus necesidades, todas sus ambiciones, todas sus pasiones puramente humanas. De las tres quizás la fotografía, no digamos ya si recurre al mecanismo secreto que actúa sobre nuestra alma cuando recurre a la expresión del blanco y negro, sigue siendo la más misteriosa, la más pura, la más inexplicable.

«Trato de tomar la voz que tengo y dársela a aquellos que carecen de ella» «¿Para qué sirve tener una gran profundidad de campo si no hay profundidad de sentimiento?»

cluye sesenta fotografías representativas de las series que dieron relieve a su trabajo, incluida la que durante los años cincuenta realizó en el pueblo extremeño de Deleitosa. Se trata de un reportaje del que se cumplen ahora 65 años y que causó un enorme disgusto a la dictadura franquista que incluso presionó a la revista ‘Life’ para que no se publicara. Eugene Smith se instaló en dicha localidad cacereña, que por entonces contaba con 265 habitantes, (el triple que en la actualidad ) y que carecía de teléfono, alcantarillado y agua corriente «para capturar la acción de la vida, la vida del mundo, su lado cómico, sus tragedias, en

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otras palabras, la vida tal como es. Una imagen auténtica, inmediata y real». Y aunque trataba de ser objetivo su intérprete reveló que «estaba absolutamente en contra de la situación en

la que estaba esa gente», sus condiciones de atraso y pobreza. En las dieciséis fotografías de que consta la serie se ven todos los aspectos de la vida y la muerte en una comuni-

dad rural, bautizos, velatorios, fiesta y trabajo con el arado, niños de Primera Comunión o descalzos ayudando en las tareas del campo, viejos y niños en un tiempo detenidos en un modo de vida arcai-

co en un país aún aislado del desarrollo que se dejaba sentir fuera de sus fronteras. Una de las imágenes más difundidas, junto con la de los tres guardia civiles que miran con los ojos entrecerrados por la

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luz del sol, es la del velatorio de uno de los vecinos del pueblo. Es revelador del modo de trabajo de Smith lo que él mismo cuenta de ese momento en que pidió permiso para entrar y cambió su primera in-

tención de no tomar fotografías. Él pensaba que en situaciones similares sus colegas ni lo dudaban, pero el resultado casi nunca era bueno, pues es difícil en ocasiones así no interferir en la actitud de los presentes. «En otros momentos –dejó escrito sobre esta fotografía– sin embargo he sabido desde el primer instante que ni siquiera sacaría la cámara, porque no hay fotografía que justifique el malestar de las personas implicadas en ella».

Pittsburgh Una selección de otras de las grandes series por la que es conocido, ‘Pittsburgh’, también se verá en la exposición. Fue un encargo de la agencia Magnum en la que había recalado tras abandonar definitivamente la revista ‘Life’. De su implicación personal a la hora de abordar cualquier serie da idea el hecho de que este trabajo debía realizarse en tres semanas y se prolongó durante un año. No quedó conforme con la selección que hizo Magnum en su línea irreductible de que el autor debía participar en la edición final de las fotos, en el orden de su publicación y la disposición en la página. Finalmente la agencia no las publicó y fue la Revista Photography Annual la que publicó parcialmente la serie en 1959. Eugene Smith fotografió la guerra, el deporte, la vida diaria de la gente corriente. Durante la segunda Guerra Mundial acompañó a los marines en Iwo Jima, donde captó una de las batallas más sangrientas a las que se enfrentaron las tropas americanas. Una herida le apartó definitivamente de la guerra. Tras dos años de recuperación volvió al trabajo. En 1974 documentó en Japón los efectos que la industria contaminante producían en la salud de los habitantes de Minamata. La serie está considerada como uno de sus principales aportes al ensayo fotográfico. Una hemorragia cerebral acabó con su vida en 1978. Se había dejado la piel en el oficio. «Nunca he tomado ninguna imagen, buena o mala sin pagar por ella un precio emocional». Dijo.

«La pasión se encuentra en todas las grandes búsquedas y es necesaria en todos los esfuerzos creativos»


PHOTOESPAÑA

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De izquierda a derecha y de arriba abajo, ‘Sin título’ de Eric Poitevin; ‘Antwerp. Carnival’, de Harry Gruyaert; ‘Cerca de Viena’, 1958, de Inge Morath y ‘Francis Bacon’ de Konstantinos Ignatiadis.:: POR CORTESÍA DE PHOTOESPAÑA

Un festín para todos los paladares :: A. TANARRO

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e necesita programa, un mapa y mucho tiempo para disfrutar. Un año más el certamen PhotoEspaña se supera, extiende sus propuestas e inaugura sedes fuera de la capital de España. Europa es el denominador común de una carta diseñada para contentar todo tipo de paladares exigentes con mezcla de géneros fotográgicos en el menú. Precisa-

mente, diez años clave para el continente se repasan en la una de las muestras centrales del certamen, ‘Transiciones. Diez años que trastornaron Europa’. La toma de posesión de Margaret Thatcher como Primera Ministra del Reino Unido en 1979 y la caída del Muro de Berlín en 1989 son los dos polos históricos entre los que se sitúan las imágenes de Chris Killip, Graham Smith, Martin Parr, Paul Graham, Peter Fraser o Sergey Chilikov, entre otros.

Retratos de personajes clave también en la historia reciente Europa pueden verse en CentroCentro Madrid en la exposición ‘ Rostros. Fotografía de retrato en Europa desde 1990’, también como la anterior dentro de la Sección Oficial del Festival. Artistas como Francis Bacon o políticos como Valery Giscard d’Estaing, gente anónima o representativa de las distintas tribus urbanas que nacieron en las últimas décadas del siglo pasado se pa-

sean por el objetivo de fotógrafos como Clare Strand, Anton Corbjin, Paola di Pietri, Stratos Kalafatos, Clare Strand o Alberto García - Alix. Los enamorados de las imágenes de Inge Morath, la mítica fotógrafa que entre sus hitos curriculares figura haber sido ayudante de Henri Cartier Bresson o la primera mujer en ser admitida en la Agencia Magnum Press, no podrán perderse ‘Tras los pasos de Inge Morath. Miradas sobre el Danubio’ que la Fun-

dación Telefónica acoge en su sede de la madrileña calle de Fuencarral. Ocho jóvenes fotógrafas, de diferentes nacionalidades y reconocidas con el premio de fotografía

‘Transiciones’ recorre la historia reciente de Europa de Thatcher a la caída del Muro

Inge Morath, trazaron en 2014 el mismo itinerario que la fotógrafa homenajeada, desde el nacimiento del Danubio, en Alemania, hasta su desembocadura en el mar Negro, Rumanía. La exposición contrapone fotografías de los viajes de Morath con el resultado del recorrido de sus jóvenes seguidoras. La lista sería interminable. Entre las propuestas individuales destacamos dos nombres de mujer distantes en el tiempo. El de Cristina de Middel, una de las fotógrafas más destacadas en el actual panorama español y el de la pionera del fotoperiodismo Juana Biarnés. Ambas, en el Centro Cultural de la Villa.


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El archivo de memoria de Carlos Saura C arlos Saura con la cámara de fotos colgando del hombro, balanceándose sobre su pecho si la captura está próxima. Siempre con esa herramienta en sus manos. Así le recuerdan quienes se han cruzado con él en cualquier tiempo y lugar: «Desde hace muchos años, quizás desde que tengo uso de razón fotográfica, he viajado con una cámara al cuello tratando de retener imágenes que por diversas circunstancias me llamaban la atención». De esa mirada permanente llega ahora a PhotoEspaña la hornada capturada en los años 50. Una exposición, ‘Carlos Saura. España años 50’, que se alarga desde su sede madrileña hasta Segovia, donde se podrá ver en La Cárcel, acompañada de un libro primoroso de Steidl y La Fábrica. Aunque a Carlos Saura le encontramos siempre en la casilla de director de cine, su des-

pegue artístico estuvo centrado en la fotografía, desde que a los nueve años cogió la cámara de su padre para acercarse a una vecinita que le enamoraba. Con diecinueve años realizó su primera exposición en Madrid, y su trayectoria le puso a las puertas de la revista francesa ‘París Match’. La noche que recibió la oferta no durmió, según cuenta, pues tenía que tomar la gran decisión: fotógrafo profesional, o cineasta, el oficio que en paralelo había comenzado a explorar. En la decisión pesó la reiterada advertencia de su madre: «Acabarás siendo un fotógrafo de pueblo», aunque la cámara siguió colgando de su hombro, y en cierta manera inmiscuyéndose en los rodajes. Las raíces testimoniales y realistas de su fotografía empaparon sus primeras películas: ‘Tarde de domingo’, su práctica de fin de curso en la Escuela de Cine documentada sobre un trabajo fotográfico

JORGE PRAGA

La exposición de Carlos Saura estará en La Cárcel, Centro de Exposición en Segovia, del 8 de junio al 31 de julio

que se puede ver en la exposición. También su primer largometraje, ‘Los golfos’ y, por supuesto, la película que le dio fama perenne, ‘La caza’. Su cine luego voló en direcciones bien distintas: las intrincadas metáforas de los setenta, las exploraciones de la música popular, el reencuentro con figuras clave de la cultura española. Pero de vez en cuando reaparece ese realismo testimonial heredado de su cámara: ‘Deprisa, deprisa’, ‘Ay, Carmela’, ‘El séptimo día’. El recorrido por la exposición o por el libro nos devuelve la España de los años 50, que capturó con obstinación de testigo privilegiado. «La fotografía ha sido mi archivo de memoria», dice en el Prólogo del libro. Un archivo que comenzó a urdir también como aprendizaje con unas condiciones técnicas inimaginables desde nuestra saturada época digital. Cada fotografía está atravesada por su singularidad,

por el valor irreversible del negativo: «El negativo era un bien preciado y costoso y cada disparo suponía una fotografía menos». Solo se accionaba el obturador si había seguridad de que lo que estaba ante el objetivo lo merecía, y eso cargaba la imagen de responsabilidad, también de espera y reflexión. De valía, que lejos de aminorarse se ha ido multiplicando: «Quizá lo más interesante de estas fotografías es la constatación de que el paso del tiempo les ha dado un valor añadido». Las imágenes parecen funcionar como el dinero en un depósito bancario, que va creciendo lenta e imparablemente en la inactividad de su guarida. Sobre las imágenes de Saura actúa la revalorización de la distancia, la España capturada en los 50 cada vez más lejana e inalcanzable. Hay un juego tenso entre la persistencia y el descubrimiento que recorre la exposición. Algunos de sus registros

podemos trasladarlos a la actualidad: los toros enmaromados o las capeas de pueblo poco han cambiado, más allá de uniformes de peñas. La matanza del cerdo que documenta en Cañete, un pueblo de Cuenca, sigue repitiéndose al amparo de un mejor control sanitario. Qué decir del paisaje castellano, de los caminos que buscan el horizonte. Pero muchas otras cosas se descubren tras su desaparición definitiva. Los pies de alpargatas pisando con la levedad de su esparto los suelos inclementes y empedrados. El bullicio de los juegos y las risas de los niños que llenan las calles. Los bailes populares: la orquesta subida a unos tablones que se apoyan en grandes barricas, con músicos trajeados con elegancia entre atriles, saxo, acordeón, contrabajo, mientras las parejas bailan en la calzada. Sin embargo, más allá del olvido o la persistencia física de lo capturado, habría que


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De izquierda a derecha y de arriba a abajo, fotografías de Carlos Saura de las series ‘Andalucía’, ‘La tarde del domingo’, ‘Novillada en la Zarzuela’ y ‘Cuenca’. En esta página, fotografía de la serie ‘Paisajes, pueblos y gentes de Cuenca’. :: © CARLOS SAURA

apelar a algo más profundo que enhebra la exposición y abraza al espectador paciente: el reconocimiento, que desborda circunstancias o rasgos de época. Una anciana de amplios faldones negros cepilla una bota a la puerta de su casa. El marco es un pueblo de Cuenca de suelo duro y casa con puerta de madera casi medieval. Pero la anciana se eleva con su porte elegante, su cuerpo derecho y sobre todo con su gesto maravilloso de ternura ofrecida por encima de su pueblo y de su tiempo; nos convoca, nos remueve hasta hacernos suyos. Parecida sensación llega con los músicos que recorren la calle con sus guitarras y crótalos, mientras el hombre que está delante nos va a ofrecer un trago de la bota. Tal vez nunca vimos rostros enjutos como esos rematados por la boina, ni las mujeres que han salido en mandil arrastradas por la música. Pero esa calle y esa alegría contagiosa y fresca resuenan en nuestro interior, nos alcanzan con un misterio cercano al reconocimiento del que hablaba Platón. Vidas vividas con anterioridad, o transportadas por sutiles lazos antropológicos, y que en su fuerza y verdad reaparecen en lo que el filósofo llamaba la anamnesis, la negación del olvido. Para facilitar ese transporte misterioso las fotografías desprenden una energía anclada en la dignidad que se proyecta hacia el horizonte, hacia el futuro. Lo percibimos en esa cuadrilla de hombres y mujeres que trabajan en una carretera. Ellas cruzan sus escobas entre el polvo, ellos entrelazan sus brazos para tirar de la carretilla, sin que la sonrisa deje de fruncir sus rostros angulosos. Tal vez la última fotografía del libro concentre esa proyección que nos invade. Unos niños extienden sus manos en un gesto que podríamos leer de petición, de limosneo que mitigue sus miserias. Pero la firmeza de sus ojos da la vuelta al gesto. No piden, dan. Dan futuro, dan tiempo por delante, dan lo que van a ser con su empuje de dignidad. Toma, cógelo de nuestra mano, parecen decir al fotógrafo y al espectador. Compártelo, únete a nosotros, piénsanos en el largo viaje de llegar hasta ti, de ser tú, al otro lado del objetivo y el papel. En el otro extremo del tiempo.

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El paraíso perdido de Emil Cioran: Rășinari y Sibiu

PABLO JAVIER PÉREZ LÓPEZ

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ășinari es un pueblo de Transilvania, Rumanía, situado en las faldas de los Cárpatos donde nació el escritor Emil Cioran en 1911. Un pueblo del condado transilvano de Sibiu que en ese entonces formaba parte del Imperio Austrohúngaro y tenía por nombre Hermannstadt en alemán y Nagyszeben en húngaro. Esa aldea, siempre se encuentra caracterizada en el imaginario de Cioran como su gran paraíso perdido. El paraíso de una infancia feliz. Tal vez el único paraíso presente en toda su obra. Cioran afirmaba que la suya fue una infancia extremamente feliz jugando en las montañas sin obligaciones ni deberes. Cioran recuerda que lo que le gustó, sobre todo, de Rumanía, de su etapa de juventud, pues ya no volvería jamás a su país después de 1937 y tras su estancia en Berlín, fue su «faceta extremamente primitiva». Hasta los 20 años, su gran pasión era subir a las montañas para pasar el día junto a los campesinos y los pastores, completamente analfabetos. Pasaba el tiempo bebiendo y conversando con ellos y conectaba rápidamente con su espíritu. Lo que nunca le sucedió con los filósofos y los intelectuales. Y lo que según él no debería sorprendernos a nosotros españoles. «Creo que un español puede entender esta faceta primitiva, muy primitiva. Hablábamos de cualquier cosa y yo lograba un contacto casi inmediato con ellos.» confesaba. Su fascinación por España tiene la misma raíz. En los dos países, según él, sobrevivía el pueblo llano. Cuando Cioran ya estaba harto de París, de su farándula literaria y filosófica, persistía en él la nostalgia de Sibiu. El padre de Cioran, como el de, significativamente, algunos de otros poetas e intelectuales rumanos, era pope ortodoxo en Rășinari y a los 10 años envió a Emil al liceo en la ciudad de Sibiu. 2Tenía diez años cuando lo abandoné para ir al instituto de Sibiu y nunca olvidaré el día o, mejor dicho, la hora en que mi padre me llevó allí. Había alquilado un co-

che de caballos y yo lloré, lloré todo el tiempo, pues tenía el presentimiento de que se había acabado el paraíso». «Fue el final de mi sueño, la ruina de mi mundo.» confiesa Cioran en una de sus entrevistas. En Sibiu, en una pensión que llevaban dos «solteronas

Casa natal de Emil Cioran.

alemanas» aprendió el alemán junto a otros muchachos rumanos llegados de todos los rincones de los Cárpatos. Muchachos que eran considerados por ellas salvajes sin remedio. «En todo caso, después de mi pueblo natal y París, Sibiu –dice Cioran– es la ciudad que

más amo en el mundo, que más amaba en el mundo.» confiesa. A los 20 años, en Sibiu perdió el sueño. «Recuerdo que me pasaba horas paseando en plena ciudad: Sibiu es una ciudad muy hermosa, una ciudad alemana que data de la Edad Media. Conque salía hacia la

medianoche y me paseaba, sencillamente, por las calles, sólo había algunas putas y yo en una ciudad vacía, el silencio total: la provincia. Pasaba horas vagabundeando por la ciudad, como un fantasma, y todo lo que he escrito posteriormente fue elaborado durante aquellas noches. Mi primer libro, ‘En las cimas de la desesperación’ se remonta a aquella época. Es un libro que escribí a los veintidós años, como un testamento, porque pensaba que después me suicidaría, pero sobreviví». Ese fue el origen de su visión del mundo, el momento más extraordinario de su vida, según él. Allí se produjo también otro hecho que marcó profundamente a Cioran. Un desengaño amoroso con una muchacha que prefirió el compañero más tonto de su clase, cuando tenía 15 años. También en Sibiu tuvo otra revelación sobre la locura, cuando en los jardines de su psiquiátrico, un interno intentó convencerlo de que aquél era el mejor modo de vida porque allí «se vivía sin la menor preocupación». «Si la palabra nostalgia tiene un sentido, es, a fin de cuentas, el pesar de haber tenido que abandonar una ciudad como aquélla e incluso haber tenido que abandonar mi pueblo. En el fondo, el único mundo verdadero es el mundo primitivo, donde todo es posible y nada se actualiza.», escribe. Cioran recueda que en una ocasión, el jardinero de la casa de su hermana, que se casó en Hungría,–que parecía ser de mentalidad muy simple, pero no lo era– le preguntó: «Joven, ¿por qué lee usted de la mañana a la noche?». «Porque necesito leer», respondí, «es muy importante para mí.» Entonces el jardinero dijo: «La verdad, joven, no la encontrará en los libros». Tenía razón», escribe.

Vista de Rasinari. A la derecha, catedral luterana de Santa María de Sibiu. :: REPORTAJE DE P. J. P. LÓPEZ

Cioran no pudo desprenderse del fatalismo, de la ironía y de la nostalgia de su tierra natal

En todas esas anécdotas, que actúan sistemáticamente en él como revelaciones, descubrió «el sentido común rumano y húngaro, el humor y mucho encanto». El encanto de un pueblo que vive la vida con una mezcla irrenunciable de alegría sincera y nostalgia, de fatalismo y de ironía. Una nostalgia, intraducible en rumano, el Dor, que se parece mucho a la saudade portuguesa y está, tal como decía Mircea Eliade, en la carne y el hueso, en lo concreto y lo mítico de este singular pueblo. «Es curioso, el pueblo rumano es el pueblo más fatalista del mundo. Cuando yo era joven, eso me indignaba, el manejo de conceptos meta- físicos dudosos –como destino, fatalidad–... para explicar el mundo. Pues bien: cuanto más avanzo en edad, más cerca voy sintiéndome de mis orígenes.» Cioran confiesa: «Ahora debería sentirme europeo, occidental, pero no es así en absoluto. Tras una existencia en que he conocido bastantes países y leído muchos libros, he llegado a la conclusión de que era el campesino rumano quien tenía razón. Ese campesino que no cree en nada, que piensa que el hombre está perdido, que no hay nada que hacer, que se siente aplastado por la historia». Hoy que se tiende a pensar a Cioran desde Francia, como francés, sin leer su libro ‘Sobre Francia’, se hace necesario pasear por este paraíso perdido de Cioran para recordar que toda la sabiduría que encontró allí entre los analfabetos y los pastores, y que siguió buscando entre las prostitutas y los vagabundos de París, fue más importante que todas sus lecturas filosóficas. Cioran no pudo desprenderse del fatalismo, de la ironía y del la nostalgia de esa tierra de donde partió a Paris para cumplir su aspiración vital: no hacer nada. Ese fue su destino porque nunca escribió la tesis doctoral para la que tuvo una beca, bajo el convencimiento de que «valía más recorrer Francia en bicicleta que escribir una tesis doctoral». Una afirmación que bien podría ser la de uno de esos campesinos rumanos de Rășinari que muestran sin miedo su sencillez y su ironía. Sin recorrer su espíritu rumano Cioran queda incompleto y desconocido. Sin recordar su paraíso perdido su lectura queda huérfana.


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:: J. R-VELASCO

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i hijo de cuatro meses tiene una biblioteca bastante nutrida. También es una biblioteca trilingüe. En realidad hay libros en otras lenguas, pero en casa hablamos indistintamente solo inglés, francés y español. Así que la versión de ‘El Principito’ en Lituano es muy bonita, y se la agradecemos a su tía, que la adquirió en una librería de Vilna y se la trajo ella misma a Nueva York, aunque de momento quede ahí como pieza de bibliofilia –o sea, a beneficio de inventario. Lo primero que le compramos a esta criatura antes de que naciera fue precisamente un libro. No fue premeditado. Estábamos en la librería de la esquina, Book Culture, con la intención de elegir un volumen para el hijo de unos amigos con los que íbamos a cenar esa noche. Mientras hurgábamos en los estantes, ambos fijamos nuestros ojos en un librito de Innosanto Nagara, ‘A is for Activist’ (Con A de Activista), y no pudimos evitar comprarlo. Innosanto Nagara es un zoólogo y filósofo indonesio reconvertido en activista e ilustrador en el área de la Bahía, en California. Fue el libro quien nos eligió a nosotros; nuestra única misión fue cumplir con el ritual mediante el cual alguien se convierte en propietario de una cosa en el sistema capitalista (o sea,

Crítica literaria pagar). El libro para nuestros amigos no fue tan fácil de seleccionar, y no es totalmente imposible que le llegáramos a llevar uno que ya tenía –y que, consecuentemente, acabara engrosando nuestros propios estantes. Pasará mucho tiempo antes de que nuestro hijo pueda leer este libro. En ese futuro inmediato, activismo seguirá escribiéndose con a, y amistad –al menos en inglés– se seguirá escribiendo con f, al igual que feminismo, cultura se escribirá con c, y así sucesivamente. Pero quizá para entonces todas esas ideas signifiquen cosas muy diferentes a lo que quieren decir ahora. Es más que posible que el libro mismo le produzca perplejidad, quién sabe. Quizá el alfabeto de conceptos de este libro diverja radicalmente del que ahora compone nuestro idioma.

La lexicografía política cambia a una velocidad de vértigo, especialmente para los niños. Tal vez para los adultos discurra algo más despacio. Por ejemplo, yo puedo seguir leyendo más o menos sin inmutarme los mismos libros que constituyeron el canon durante mis años de estudiante, y que se relacionan directamente con lo que Harold Bloom llamó y catalogó como el canon occidental. No puedo renunciar a mi memoria literaria. Precisamente por eso sé lo importante que es forjarla con cuidado. Cuando miro a mi alrededor en la propia universidad en la que ahora enseño, esa biblioteca del canon se ha revelado profundamente problemática. Las universidades muchas veces tienen ese catálogo de grandes libros escrito en piedra. Literalmente, pues los nombres de los auto-

res grecolatinos y anglo-sajones, con unos pocos de la literatura mundial (por ejemplo Cervantes o Goethe) forman el friso de la biblioteca de la Universidad de Columbia y de otras más. Los grandes libros, esa lista que en las universidades españolas está grabado a fuego en las asignaturas troncales y en la formación del currículo filológico, está también presente en el llamado ‘core curiculum’ o ‘programa troncal’, que todos los estudiantes, hagan las carreras que hagan, deben estudiar aquí. Quien haya leído el ‘Fedro’ sabe que en la farmacia de Platón la cultura escrita es una droga: para unos es medicina, pero para otros es un tósigo. Pues lo cierto es que el canon occidental no puede satisfacer a los jóvenes estudiantes cuya riqueza, cuya participación en la educación humanística, consiste en someter a crítica el hecho de que los libros que están leyendo sean mucho menos diversos, mucho menos diferentes, mucho más blancos, masculinos, heterosexuales y eurocéntricos que ellos mismos. Es como si ese catálogo hubiera sido preparado con la fórmula química de un filtro colonial presentado como curativo por las instituciones, una poción imperialista que es rechazada, como un mal veneno, por estudiantes para quienes la cultura es un mundo mucho más amplio. La insti-

tución literaria no puede seguir siendo lo que era, lo que siempre ha sido, el fruto de una producción política de siglos, y que se nos ha transmitido en los códigos educativos como la verdadera y única tradición. Así, cuando tengo que elegir los libros en los que mi hijo va a aprender a relacionarse con el mundo exterior a su hogar (un hogar muy tradicional, sin duda), la cosa cambia. Él es un neoyorquino, y el Nueva York de este niño no se parece gran cosa al Valladolid en que me crie yo, y sólo mínimamente al París en que se crio y educó su madre. Aquí, cada segundo de existencia es un diluvio de diversidad universal –lenguas, religiones, y otras diversidades cuantificables y no cuantificables que

ISLA FLUVIAL JESÚS RODRÍGUEZVELASCO

constituyen la fábrica cotidiana de esta cultura. De modo que, de entre los de la biblioteca de mi hijo, tomo un libro de tela. Es uno de esos que crujen. Un libro sin texto o con tan poco texto que no pasa de ser una dosis homeopática. En cualquier lengua. En todas las lenguas. Los protagonistas son ocho perritos de distintas razas con colas y colores bien diferentes. Cada una de ellas sobresale de las páginas de tela, formando una especie de octópodo, pero de rabos. Se lo cuento para el desayuno. Se emociona tremendamente, porque desde su enorme pequeñez entiende que hay cosas importantes que están sucediendo en esas páginas crujientes –que posteriormente intentará comerse. A dos de los perros, que están hablando entre ellos en una doble página, los hemos bautizado (o sea, los he bautizado yo) Cipión y Berganza, como los perros de Mahúdes, los que están en el hospital de la Resurrección, en Valladolid, esos perros que se asombran no sólo de estar hablando, sino de poder entenderse. Luego, cuando hemos pasado las mismas páginas unas diez veces, fijándonos acaso en detalles variados, hacemos un poco de crítica literaria. A mi poética de la política perruna, él me responde como debe y como me merezco: con gritos de entusiasmo por el placer y la sorpresa de estar vivo.


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FERNANDO HERRERO

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na excelente novela de Julian Barnes ‘El ruido del tiempo’ (Anagrama) nos presenta de nuevo a Shostakovich y la relación del artista con el poder. En una tiránica dictadura, en la que importaba la cultura, aunque fuera para destrozarla, hasta la música era sometida a examen. Existen otras formas más sutiles de ejercer la censura, el silencio mediático, por ejemplo, o la falta absoluta de sostén económico. El caso del compositor ruso es extremo y por ello ha sido estudiado profundamente. Grandes artistas fueron purgados en esa siniestra etapa estalinista. Diversos artículos de los medios de comunicación han citado algunos nombres, aunque se hayan olvidado el de Vsévolod Meyerhold, uno de los genios de la dirección escénica. En la excelente obra sobre la ópera del siglo XX, ‘El Siglo de Jenufa’ (Ediciones Cumbres) de Santiago Martín Bermúdez, se reproduce el famoso artículo ‘Caos, no música’, publicado en ‘Pravda’, después de la presencia de Stalin en el Bolshoi. ‘Lady Macbeth de Msensk’ se había estrenado hace dos años con éxito de crítica y público. El texto demoledor contra la ópera procedía de una politización del arte, entendiendo este como necesariamente asequible para el pueblo. Los nazis prohibirían el jazz y todo lo que llamaron arte degenerado. En esta implicación partidista que contaminaba todo aquello que saliera del redil marcado. Allí en Rusia y Alemania, las consecuencias de este rechazo, no solo afectaban a la obra y la carrera de los apestados, sino también a su propia vida. Salvajismo máximo de esos dos regímenes sin piedad. Martín Bermúdez examina la ópera de Shostakovich en relación con su época, de forma detenida. Hoy es unánimemente considerada como una obra maestra y representada en todo el mundo. En el propio Teatro Real se han presentados dos montajes de la ópera de muy buen nivel dramático y musical. Ocurre lo mismo con las obras sinfónicas, los cuartetos o las piezas de cámara del compositor ruso, presentes en todos los ámbitos. Las ‘cobardías’ de Shostakovich. Barnes, que no intenta agotar la cuestión musical ni siquiera la biográfica, remitiéndose a Volkov, Mayer y otros autores, en su no muy extenso texto señala con precisión las circunstancias de un autor, un músico, que a diferencia de Prokofiev y Stra-

Shostakovich: artistas y poder

janovista y magnífico maestro, ha grabado un excepcional ‘pack’ con la Orquesta de Marinski. DVDs que contienen todas las sinfonías y conciertos de Shostakovich. Un testimonio esencial para comprender su mundo. La figura de Shostakovich y su peripecia vuelve a plantear la cuestión de la relación del artista y el poder. Romeo Castelluci, el director escénico de ‘Moises y Aaron’, la opera de Schönberg, citaba con desprecio a Berlusconi que intentó cargarse la cultura suprimiendo subvenciones, sin tener en cuenta que los tesoros de Italia era artísticos. En España, aparte de subir el IVA al 21%, lo que no ha ocurrido en ningún país de Europa, a pesar de la crisis, la cultura, la educación y la investigación han sufrido recortes inadmisibles y, a mi juicio, equivocados. La vida de los artistas no ha sido amenazada como en la Rusia estalinista, pero sí su obra, a pesar de que muchos han volcado su imaginación, creatividad y trabajo para remediar la situación.

No hubo más óperas

Dmitri Shostakovich en 1958, durante una grabación para el sello Pathe Marconi en París. :: AP vinski estaba uncido absolutamente a su país, a su realidad inmediata. Hombre dubitativo y de un especial carácter, después de los duros ataques fue reconocido y premiado. ¿Qué hacer en tales circunstancias? Shostakovich no era un héroe, ni tampoco las alternativas eran prometedoras. En Rusia existían excelentes músicos, directores de orquesta como Mravinski, Svetlanov, Kondrashin, violinistas como Kogan y Oistraj, pianistas como Richter o Gilels para citar algunos. Las enseñanzas musicales eran rigurosas y tenían un toque espe-

cial. No todo era desdeñable en la antigua URSS y a ello se acogían compositores como Shostakovich. Incluso a efectos comparativos poco tenía que envidiar Rusia a los Estados Unidos en esa faceta. Pablo Sorozábal dimitió como titular de la Orquesta Filarmónica cuando dos días antes del concierto le prohibieron la interpretación de la ‘Sinfonía nº 7. Leningrado’. No ocurrió lo mismo en USA a pesar de la guerra fría y Stokovski la puso en atriles con gran éxito. Eso sí, después del Congreso por la Paz celebrado en Nueva York al que asistió Shos-

takovich con otros artistas soviéticos, la estancia de estos fue obligatoriamente reducida, sin que se dieran algunos conciertos anunciados. La Guerra Fría pesaba y el macartismo había hecho su aparición. Hoy la situación es muy diferente. Las feroces críticas (de Adorno, por ejemplo) que sufrieran las obras del compositor se han transformado desde la consideración de uno de los hombres claves del siglo XX. La batalla emprendida por algunos músicos atonales no ha fructificado. Los conciertos con solista, los impresionantes cuartetos, las sinfonías e

incluso músicas más ligeras (la ‘Suite de jazz’ era referencial en la última película de Kubrick) son programadas continuamente. La Orquesta Sinfónica de Castilla y León ha interpretado muchas de sus composiciones con resultados notabilísimos. Muy recientemente la ‘Octava sinfonía’ la dirigieron Gourlay y Vasily Petrenko de forma magnífica. Las debilidades humanas, comprensibles desde su mundo personal, ceden ante un arte personalísimo que supo también expresar la ironía y el dolor ante las injusticias de su mundo. Valeri Gergiev, el sta-

Es difícil encarar una situación tan compleja como la que padece nuestro país. El público ruso admiraba a Shostakovich, incluso las obras más complejas. No tenemos hoy una figura parecida. En Castilla y León permanece una estupenda Orquesta Sinfónica que también tuvo ecos de tormenta, pero otros ámbitos artísticos están descuidados. Existen unas Escuelas de Arte Dramático y Danza de carácter oficial, pero sin que se hayan creado compañías que representen estas artes desde la comunidad. Los grupos subsisten con gravísimas dificultades económicas, y quienes han podido se han ido a trabajar a otros lugares de España y del extranjero. Falta una real política en la comunidad, que no supondría un gasto excesivo. A los actores y bailarines les interesa trabajar, y la limitación de las representaciones actual impide proyectos importantes y enriquecedores. Shostakovich no compuso más óperas, cuando estaba magníficamente dotado para ello. En sus obras sinfónicas y en sus cuartetos encontró de manera diferente su camino más auténtico. Los seis adagios del último cuarteto lo dicen todo. En un sistema cerrado y corrupto, consiguió dar a conocer sus obras sin hacer demasiadas concesiones. Ese dialogo del creador independiente, con el hombre del partido de su última época, marcó la vida de este músico ejemplar. Reprocharle sus debilidades y concesiones es injusto, porque la obra lo desmiente plenamente. En cierta forma su ejemplo es positivo y los textos que he citado al principio no dejan de reconocerlo.


LECTURAS

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Exótica modernidad Seix Barral reedita la colección de relatos que Kawabata publicó en 1925 LA BAILARINA DE IZU Yasunari Kawabata. Trad. María Martoccia. Seix-Barral, Barcelona, 2016. 236 págs.

LUIS ANTONIO DE VILLENA

C

uando en 1968 se le dio el Premio Nobel (por primera vez a un japonés) la mayoría descubrimos a un autor que desgraciadamente traducido del inglés –sigue siendo hoy el peor defecto de esta edición– parecía difícil situarlo. Kawabata ya no era joven o él no se lo sentía –tenía 69 años– y en gran parte su obra se basaba en la tradición japonesa, pero pocos supieron decir (de ahí la fascinación de Mishima) que había sido uno de los grandes renovadores estilísticos y formales de la literatura japonesa desde los años 20, con novelas como ‘La pandilla de Asakusa’ cuyo protagonista en verdad es ese barrio tokiota, o esta colección de cuentos o relatos, ‘La bailarina de Izu’ –toma el nombre del primer texto y uno de los más sugestivos– que se publicó en 1925. Interesado en la manera de contar (en este libro hay relatos tan breves que prácticamente son leves estampas) al tiempo Yasunari creía en la gran cultura tradicional del Japón que sintió herida tras la derrota del país en 1945. A partir de ese momento Kawabata se cierra

Yasunari Kawabata recibe el Premio Nobel de Literatura de manos del rey Gustavo Adolfo de Suecia en 1968. :: AP en una sugestiva y feraz melancolía. Mishima (que lo tenía por maestro) se suicidó como es bien sabido a fines de 1970 y apenas dos años después lo hizo Kawabata de un modo –dejando

abierto el gas– menos violento. Todo el conjunto de ‘La bailarina de Izu’ refleja un modo distinto de narrar, sin embargo casi todos los relatos (con bastante fondo au-

tobiográfico) se sitúan en un mundo aún del Japón tradicional, como ese grupo de actores itinerantes que recorren la península de Izu, que recorre asimismo un joven estudiante de veinte años,

en quien es fácil adivinar al propio Kawabata, y que se une a ellos en el relato inicial que titula el libro. Muy pronto se fija en una muchachita muy bella, a veces maquillada, que se inicia como actriz

bailando. No tiene más de dieciséis años y ambos –que se observan– comprenden que no ocurrirá nada, pero el relato se entreteje en una refinada combinación de situaciones, que resaltan en silencio belleza y erotismo. Es ya el mundo de las adolescentes sobre el que Kawabata compondrá esa espléndida novelita que es ‘La posada de las bellas durmientes’. Un gran alarde de refinamiento y de técnica, como aparece – en un ámbito muy distinto– en ‘Diario de mi decimosexto año’, que el autor dice haber reelaborado cuando tenía 27 y que cuenta con un raro sosiego desesperado, la vida del muchacho –de nuevo lo autobiográfico– que va perdiendo desde sus padres a su abuelo ciego a todos sus familiares directos. Los muchos y muy breves relatitos de la segunda parte (con apenas un mínimo esbozo argumental) son una sinfonía de matices líricos, muy novedosa en la prosa japonesa del momento. Para muchos, tantos años después, todo un descubrimiento. Insisto en la traducción, pese a que (desde el inglés) esté cuidada. Habiendo ya una notable escuela de niponólogos en España, resulta pobre y malo que una editorial como Seix-Barral siga acudiendo a la traducción de otra traducción. Bueno, Yasunari.


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DEL CIPRÉS

LECTURAS

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LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

Sigue la línea… y verás :: SUSANA GÓMEZ Dan ganas de seguirla con el dedo: una línea naranja viajando por las páginas y dando la vuelta al universo (espacial, emocional, fantástico, cotidiano…) en idas y venidas que atraviesan personajes de ficción, proyectores de cinematógrafo, carreteras que serpentean y se alejan, continentes, pentagramas, órbitas planetarias, tendederos, el laberinto y su minotauro… Y un formato apaisa-

¿UN PASEO? Nono Granero. Editorial La Guarida. 48 págs. 14,50 euros. Edad recomendada: a partir de 3 años.

do que da cobijo a este periplo por la vida y sus cosas, con un paseo de tortuga como excusa y una correa larga como

único foco de color sobre fondo en blanco y o negro. Brevísimo de palabras (tan-to que apenass aparecen sendass frases al princi-pio y al final dee o este relato hecho ) para leer sin leer), el nuevo álbum de la editorial La Guarida se sustenta sobre un ‘collage’ de historias secundarias, cuyo hilo

d conductor es esa cinta anaranjada que recorre y se inserta en las ilustraciones, y a cuyos extremos sobreentendemos el capara-

Carlos Sahagún, fuera del tiempo C CÉSAR A AUGUSTO A AYUSO

D

icen quienes lo conocieron que Carlos Sahagún fue un poeta de palabra parca y claridad de ideas, tan claras que a veces parecían radicales. Esa radicalidad, esa clarividencia le empujaron, sin duda, a un silencio total, a abandonar la poesía en plena madurez: la poesía y sus galas sociales. Calló y desapareció quien había sido un poeta precoz y no faltaba en las antologías y recitados de la elogiada y bené-

fica Generación de los 50 o del Medio Siglo: junto a Claudio Rodríguez y Valente, Gil de Biedma y los catalanes, Ángel González y Brines, su nombre no faltaba. Y, sin embargo, por decisión propia, renunció a la presencia y a las publicaciones allá por los noventa, negándose a publicar nada ni a permitir que otros reuniesen su obra. Ha tenido que morir –en agosto de 2015– para que su poesía completa vea la luz. De esta forma, a las nuevas generaciones se les permite conocer a un poeta que, nacido en el pueblo alicantino de Onil en 1938, pronto destacó en el panorama poético español de posguerra con importantes premios y recono-

cimientos: Premio Adonais a los 19 años con ‘Profecías del agua’ (1958), Premio Boscán con ‘Como si hubiera muerto un niño’ (1961), y Premio Provincia y Premio Nacional de Poesía por su cuarto y postrer libro, ‘Primer y último oficio’ (1979). A partir de entonces, el silencio, solo algún inédito en contadas revistas. Un silencio en verdad elocuente. Hasta el punto de que el lector avezado en seguida se da cuenta del sumo grado de sinceridad y respeto del poeta, primero por sí mismo y luego por los lectores y la poesía. La trayectoria de su voz había alcanzado tal depuración y escepticismo que estaba demás gastar su palabra en vano. Así ahorra repe-

Libros que no leeré

S

é que por ahí rondan varios libros que me gustaría leer y que no puedo. Me hubiera gustado añadirlos a una lista de lectura de vacaciones. Y quizás alguno añada aún, si la pereza que multiplica el verano me permite leer en inglés, idioma que entiendo más o menos en su versión escrita, pero que requiere de mí ciertos esfuerzos –al menos hasta que cojo carrerilla– que enturbian un poco el placer que debe de ser

inherente a toda lectura. Uno de ellos es ‘Black Holes Blues and other songs from outer space’, que viene a significar: ‘El blues de los agujeros negros y otras canciones del espacio exterior’. No sé si recuerdan ustedes todo el jaleo que se armó allá por septiembre, cuando un aparato llamado L.I.G.O. confirmó la existencia de las ondas gravitatorias. Se sospechaba que estaban ahí, unos pliegues en el propio espacio tiempo, más o menos como ondas en

el agua, o como las ondas o vibraciones que son los sonidos en el aire. ‘El blues de los agujeros negros’ habla de la historia de cómo se sospechó la existencia de estas ondas –tiene que ver con la relatividad y la forma en que las masas, sobre todo las grandes, pliegan y hunden el espaciotiempo–, y los intentos de detectarlas. La autora es la física Janna Levin, un personaje fascinante, y además una escritora de gran talento. Me entusiasmé con su

Carlos Sahagún.

«Tiene una constante simbólica, el agua, que si empieza evocando el origen de la vida, terminará augurando el naufragio»

EL TALISMÁN DE LA COSTURERA CIRO GARCÍA

prosa, o con la traducción de su prosa, con ‘Cómo le salieron las manchas al universo’, que es uno de los mejores libros, por su amenidad, su estilo apasionado, preciso, ligeramente melancólico, para adentrarse en las grandes ideas de la física del último

ó d d i B ó y lla zón de lla andarina Botón mano de René. Es así como, con un humor tierno e imaginativo, Nono Granero nos lleva por los entresijos del

ticiones, negaciones y otros desencantos, abandonado a la existencia desnuda. En el poeta se conjugaron tres vetas: la elegíaca, anclada en el dolor y la melancolía de la infancia, la amorosa, y la social y política, que fue casi obligada en su generación. Las tres, sin embargo, muy claras y mantenidas, entran en crisis en el último libro al diluirse en la deriva existencial de quien ve ya la vida como una apuesta a ciegas, sin esperanzas de galardón. Y con una constante simbólica, el agua, que si empieza evocando el origen de la vida y su ímpetu, terminará augurando el horizonte final de los naufragios. Igualmente, su estilo sufre una paulatina transformación, pues aunque siempre contenido y directo, con ciertos ecos de Claudio Rodríguez en el inicio, la decantación hacia una sobriedad y pureza extremas se va perfilando en el último hasta hacerse obstinado rigor en la veintena de inéditos escritos entre 1978 y 2000, última fecha consignada en su creación. Este rigor, esta depuración,

siglo y algunos precedentes fundamentales. Después de leerlo pensé que si alguien me hubiera explicado así a Newton a o Galileo, tal vez no le habría cogido tirria a la física en mis años de pésimo estudiante. Porque además, Levin, a través de su maravillosa narrativa, nos permite participar vicariamente, o al menos tener un atisbo, de lo que es en el fondo la pasión científica, y comprobar que no se diferencia mucho de las demás pasiones. Uno de los empeños de Janna Levin, además de desentrañar los secretos del cosmos, es establecer un diálogo entre las ciencias y las artes, hacer ver

u universo y sus ángulos, e un viaje de realidaen d des y ficciones en el que n no faltan referencias a l literatura, la mitolola ggía clásica y la misma v vida. Lleno, así, de guiños, sorprendente y visual, el álbum pone en marcha escenarios, paisajes, personajes y relatos que, conectados por una correa, tejen una adecuada red para la estimulación de la competencia literaria, la diversión para todas las edades y esa atención al detalle que tanto gusta a los pequeños lectores.

POESÍAS COMPLETAS (1957-2000) Carlos Sahagún. Sevilla, Renacimiento, 2016.

esta abrazada desnudez en la ardua vivencia de la desolación es lo que más estremece y le inclina al lector a agradecer tanto pudor en el sentir y en el decir, hasta bordar el vacío, el silencio. Como una exigencia improrrogable. Como el último y necesario reducto. Toda una lección por la que este poeta merece, más que nada, ser recordado y leído. Niño de la guerra y de la posguerra, conservará indeleble el dolor de su infancia, la penuria de aquellos años,

que no son cosas tan alejadas. Empeño al que en los últimos se vienen uniendo varias artistas y científicos del mundo. Creo que a finales de mes hay en Canarias un festival en este sentido. Por esclarecedora, fácil de leer y maravillosa que sea la prosa de Levin, las dificultades inherentes a leer un libro sobre física en inglés, hacen que todavía no lo haya intentado. Desearía que algún valiente editor español se decidiera –los italianos y creo que los franceses ya lo han hecho– a traducirlo. Pero quizás espero en vano. Janna Levin publicó hace unos años su primera novela. Una no-


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Superhéroes a ras de suelo :: S. G. Nacieron para estar juntos. Tan iguales que eran tal para cual y tan diferentes como para poder bailar y saltar cada uno en el lado que les tocaba. Hacían carreras y dormían pegaditos, y en el forro de su alma sabían que eran inseparables pues sin el otro no tendrían sentido. Hasta que un día sucedió algo terrible: dijeron que ya

muy consciente de que la visión del mundo se origina en esa etapa. El fulgor de la infancia se hace melancolía primero y soledad definitiva después, y siempre perdurará en la memoria como una noche. Ya sin retorno, se prolonga la infancia en «memoria airada», como herida que no se cierra y supura el dolor inacabadamente. Si buscaba en un principio en la palabra certeza, o dar testimonio, pronto la pondrá en entredicho: «Pero los nombres nada valen, / no son realidad apenas. / La luz que buscamos entonces / hoy todavía se nos niega». En ‘Sílabas’, uno de sus últimos poemas, su poética queda clausurada: la poesía es «el lenguaje de los torturados», en ella «el dolor descubre su imprecisión secreta, / mientras la vida entera se cuestiona / como una inmediatez mal definida». Llegados a este punto, huelgan las palabras. Cabe situarse ya fuera del tiempo. Y lo que queda de Carlos Sahagún, de su poesía, es la sobriedad, la precisión y esa extraña y extraordinaria hermosura de sus versos.

vela que obtuvo el apoyo unánime de la crítica y que no se vendió mal. Aún estoy esperando la versión española –una vez más, italiana, francesa y alemana, las hay–, aunque haya leído la inglesa. Así como estoy esperando la traducción de ‘The vorrh’ de Brian Catling, otra obra aclamadísima, la última novela de Gibson, o de ‘Empty Space’, de Harrisosn – y de todas las demás no traducidas, del autor (‘Climbers’, ‘Signs of life’)– . Y tantas y tantas otras, algunas en idiomas que no me son accesibles, reconocidas, apetecibles, pero del todo ignoradas por los editores de aquí.

rrado en primera persona y con una ternura infinita, el álbum pone de relieve que caerse no es quedarse en el suelo, que quedarse solo no es perder el sentido y que hasta se puede sonreír y bailar con una sola pierna; porque la vida sigue y hay zapatos y calcetines sueltos con los que danzar. Sobre fondos blancos y una acertada utilización del color y las perspectivas que afianza el punto de vista del zapato narrador, la historia es una apuesta por la vida y sus milagros (sin renunciar a la denuncia de sus crímenes), al tiempo que reivindica que

no servían y la oscuridad se cernió sobre ellos, como un mal sueño del que no conseguían despertar. Pero seguían juntos, hasta que alguien los separó. Así comienza la angustiosa incertidumbre de este zapato que cuenta su historia, al tiempo que a través de ella surge (parece de rondón, pero solo parece) la realidad de la guerra y los niños que la sufren. Na-

Microhistoria literaria ‘Los jinetes del alba’, de Fernández Santos, treinta años después: una necesaria relectura

YOLANDA IZARD

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n 1984 publicaba ‘Los jinetes del alba’ Jesús Fernández Santos (Madrid, 1926-1988), un novelista que había inaugurado en 1954 con su primera novela, ‘Los bravos’, el realismo social al que muchos de sus coetáneos de la Generación del Cincuenta se adhirieron para dar voz a los desfavorecidos, reflexionar acerca de las desigualdades sociales y tratar de entender qué factores llevaron a España a una guerra cruenta y vergonzante y a una posguerra larga y ruin. En 1984, Fernández Santos legaba esta novela con una madurez literaria y personal incuestionables, además de una decantada visión histórica que trataba de excluir de entrada cualquier maniqueísmo, y una capacidad de visibilización narrativa marca de la casa, en la que influyó sin duda su pasión por el cine, entre la dirección de películas o cortos documentales y la crítica cinematográfica, y cuyo destino fue una producción televisiva dirigida por Vicente Aranda. Es por todo ello que la reedición de esta

Jesús Fernández Santos en 1979. :: EL NORTE novela no puede ser sino aplaudida, pues su relectura obliga a una necesaria reflexión sobre la calidad literaria, que convierte en intemporales obras como esta, más allá de modas y proclamas. La literatura en mayúsculas, y una historia de historias fascinante que arrastrará aho-

ra, como lo hizo entonces, a sus lectores. La acción de la novela se sitúa entre los albores de la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias (la única provincia española en que arraigó la insurrección obrera dentro de la huelga general) y los primeros pasos de

la Guerra Civil, concretamente en el balneario asturiano de Las Caldas, que recoge y simboliza el clima social que antecedió a la fracasada revuelta, y el que daría lugar a la posterior Guerra Civil. Estos hechos, sobradamente conocidos gracias a la labor de los historiadores, adquieren en la novela una enjundia y una humanidad de la que carecen en los libros de historia, porque el escritor y el artista –y son palabras del gran Sándor Márai– aunque son hombres como los demás, sin embargo perciben «con más inmediatez y sensibilidad cualquier mínimo cambio en las relaciones existentes entre los seres y el mundo» o, dicho de otra forma, el escritor es capaz de humanizar la historia al dar voz a sus criaturas, aproximando al lector su alma. Asomarse al interior de estos hechos de la mano de Fernández Santos es tener el privilegio de habitar en Las Caldas y de seguir de cerca a un buen puñado de personajes que nos muestran los distintos estratos sociales y las distintas elecciones vitales que los definen, al tiempo que los acompañamos en su evolución interior: desde Martín, que pasa de pastorear los caballos asturcones y amar con ahínco a la joven Marian (un amor que el tiempo irá apaciguando) a enrolarse en las tropas anarquistas y acabar siendo salvado gracias a su mediación ante el amo, o Marian, que sirve en el balneario a una ama codiciosa, limpia después en un prostíbulo donde será testigo de las vejaciones y la violencia sufridos allí por las mujeres, y acabará a la vera del nuevo amo, cuyo «afán de dominio era más fuerte aún que la codicia de la hermana». Una galería de personajes vigorosamente dibujados que se aferran a sueños imposibles, unos fantásticos, como el que

INSEPARABLES Mar Pavón y María Girón. Editorial Tramuntana. 48 páginas. 12,50 euros. Edad recomendada: a partir de 5 años.

los auténticos superhéroes existen, y que a veces los podemos encontrar a ras de suelo.

LOS JINETES DEL ALBA Jesús Fernández Santos. Ed. Reino de Cordelia, 2016. 368 páginas. 22,95 euros.

arrastra al padre de Marian, otros en una línea utópica, como el impulso hacia la construcción de una sociedad en la que «todos serían iguales, los ricos y los pobres» y que da sentido a los movimientos que desencadenaron en la madrugada del 5 de octubre de 1934; otros, religiosos, como los que presiden la vida de una familia protestante y la del santero del pueblo; otros, basados en la más pura venganza, como los que alientan los actos brutales de ‘Quincelibras’ y ‘El Tejón’, ambos asesinos de uno y otro lado. Y, en medio, los grandes inocentes vapuleados por la maldad, la ignorancia y las supersticiones, como la joven hermana de Marian, deficiente, encerrada en una jaula en un sótano, o Ventura, maestro y por tanto de profesión de alto riesgo: «los más perseguidos, en tiempo de paz o de revuelta […] por no querer comulgar con ruedas de molino». «Aquel trágico mes de octubre, con su revuelo de humo y sangre» (preludio del estallido definitivo, dos años después) se llevó muchas vidas, como las de la mayor parte de los personajes de esta novela que habla de cómo se gesta la ruina final (de nuevo, Las Caldas como metáfora) y plantea una pregunta que aún nos atormenta, puesta en boca de Martín: «¿A santo de qué vienen tales odios?».


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DEL CIPRÉS

E

ntre las acepciones del verbo ‘prever’ registradas en los diccionarios figuran: a) ver con anticipación que va a ocurrir algo; b) anticipar, pronosticar o suponer a través de señales una cosa que va a ocurrir; y c) considerar que va a ocurrir algo y tomar las medidas necesarias para hacer frente a ello y disminuir los efectos negativos. En el aspecto formal este verbo (que procede del latín ‘praevidere’ con el significado de ver con antelación) se conjuga como ‘ver’. Por tanto, el infinitivo no es ‘preveer’ sino ‘prever’, el gerundio es ‘previendo’ (y no preveyendo) y el participio es ‘previsto’ (y no preveído). Las formas del presente son ‘preveo, prevés, prevé, prevemos, prevéis, prevén’ (y no prevees, prevee, preveemos, preveéis, preveen). Y las del pasado (para unos pretérito indefinido y para otros pretérito perfecto simple o pretérito a secas) ‘previó, previste, previó, previmos, previsteis –sin tilde– y previeron’ (y no preveyó, preveíste, preveyó, preveímos, preveísteis, preveyeron). Habrá que decir entonces que Los comerciantes prevén que las ventas bajarán; que El negocio salió mal porque no habían previsto las pérdidas; que Las reservas en los hoteles para Semana Santa hacen prever un éxodo turístico y que En la jornada de puertas abiertas se acercaron al estadio bastantes más aficionados de los que cabía prever. Es muy común decir o escribir (y leer u oír si somos los receptores del mensaje) ‘preveer’ en vez de ‘prever’. Además, son constantes las vacilaciones entre las formas de este verbo, tanto en intervenciones orales como en textos escritos e incluso entre hablantes cultos. Todavía más: se dan estos casos también entre profesionales de la comunicación a pesar de las constantes llamadas de atención y de las recomendaciones de los manuales de estilo de sus respectivos medios, de los diccionarios y de las gramáticas normativas. ‘Preveer’ es un verbo –muy difundido, eso sí– que no existe en español.

USO Y NORMAS DEL CASTELLANO MARÍA ÁNGELES SASTRE PROFESORA DE LENGUA ESPAÑOLA EN LA UVA

‘SE PREVÉ’, NO ‘SE PREVEE’

Más normas y recomendaciones para el uso correcto del castellano. Envíe sus consultas a: elcastellano. elnortedecastilla.es

Una de las razones que se aducen para intentar explicar esta incorrección es su parecido formal con ‘proveer’. En alguna ocasión he dicho que la semejanza formal, fónica o etimológica entre palabras es el origen de muchas impropiedades léxicas. ‘Prever’ y ‘proveer’ son vocablos parónimos y no debe resultar extraño que, por analogía, se produzcan cruces entre las formas de la conjugación de estos dos verbos. Pero una cosa es que una incorrección tenga una explicación y otra distinta persistir en los usos incorrectos cuando se conocen las reglas de uso. Y en este caso que hoy nos ocupa –insisto– la regla es muy clara: el verbo ‘preveer’ no existe; conjúguese ‘prever’ como ‘ver’. Amando de Miguel, en su libro ‘La perversión del lenguaje’, toma este asunto con ironía y resignación: «Tengo visto muchas veces en los exámenes de los alumnos el curioso verbo preveer, que nunca ha existido en castellano.

Es posible que exista, pues esos alumnos se licencian, y aun se doctoran, y llegan algunos a puestos de cierta preeminencia, y siguen conjugando ese divertido verbo. (...) Habrá que incluir el verbicidio en los diccionarios del próximo milenio. En realidad, se trata de un híbrido de proveer y prevenir. Con lo fácil que resulta prever, para que acabemos todos preveyendo». Hasta aquí lo que respecta a la forma. En cuanto al contenido, constituye una impropiedad léxica utilizar el verbo ‘prever’ cuando el sujeto es ley, decreto, orden, proyecto de ley, real decreto, decreto ley, etcétera, como en La ley prevé la adopción de una serie de medidas; o La ley prevé una pena de prisión que puede oscilar entre uno y diez años. Las leyes disponen, establecen, estipulan, mandan u ordenan, pero no prevén nada. Igualmente son impropiedades léxicas enunciados como las medidas previstas por la ley. Habrá que decir medidas, penas de prisión o audiencias dispuestas, establecidas, estipuladas u ordenadas por la ley. Finalmente, ‘prever’ no es sinónimo de ‘prevenir’ en el sentido de ‘tomar precauciones o medidas por adelantado para evitar un daño, un riesgo o un peligro’ y, por extensión, ‘evitar que se materialice un hecho negativo o perjudicial’, como en Lo más barato es prevenir los problemas de salud; Algunas enfermedades se pueden prevenir; Con la administración de vacunas se previenen dos millones de muertes de niños al año; Una terapia genética podría prevenir la calvicie. Obviamente, se pueden prever problemas de salud, enfermedades, dos millones de muertes, la calvicie y el consumo de drogas, pero ‘prever’ algo es esperar o temer que se presente o suponer que va a producirse, mientras que prevenirlo es tomar precauciones. Por eso, en estos ejemplos, utilizar ‘prever’ en vez de ‘prevenir’, si nos referimos a tomar medidas por adelantado, es otro caso de impropiedad léxica.

LOS LIBROS MÁS VENDIDOS EL CORTE INGLÉS VALLADOLID

OLETVM VALLADOLID

HYDRIA SALAMANCA

MARGEN VALLADOLID

FICCIÓN

FICCIÓN

FICCIÓN

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Un Erasmus en Bruselas. A. Escardino (Funambulista)

Sarna con gusto. César Pérez Gellida (Suma de Letras)

Señales de humo. Rafael Reig (Tusquets)

Piedra de siete ojos. Marian Conde (Titania)

La chica del tren. Paula Hankins (Planeta)

Pasos en la piedra. J, M. de la Huerga (Menoscuarto)

El campeón ha vuelto. J. R. Moehringer (Duomo)

La tabla de Himmler. Ignacio M. Verona (Multiversa)

Historia de un canalla. Julia Navarro (Plaza&Janés)

Cosas que brillan... Nuria Labari (Círculo de tiza)

El libro de los Baltimore. Joel Dicker (Alfaguara)

Sarna con gusto. César Pérez Gellida (Suma de Letras)

Yo antes de ti. Jojo Moyes (Suma)

Historia de un canalla. Julia Navarro (Plaza&Janés)

Esa puta tan distinguida. Juan Marsé (Lumen)

Todo Alatriste. Arturo Pérez Reverte (Alfaguara)

El silencio de la ciudad blanca. Eva Gª Sainz (Planeta)

El libro de los Baltimore. Joel Dicker (Alfaguara)

El monstruo de colores Ana Llenas (Flamboyant)

El libro de los Baltimore. Joel Dicker (Alfaguara)

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

Las gafas de la felicidad. R. Santandreu (Grijalbo)

Atlas del mundo. Daniel Mizielinski (Maeva)

Cirlot, ser y no ser... A. Rivero (F. José Manuel Lara)

Gastos, disgustos y tiempo. S. Sánchez Ferlosio (Debate)

Yo no me callo. Esperanza Aguirre (Planeta)

Las sinsombrero. Tania Ballo (Espasa Calpe)

Nos vemos en esta vida... Manuel Jabois. (Planeta)

El camino más corto. Manuel Leguineche (Ediciones B)

El pequeño libro de la superación Josef Ajram (Alienta)

S.P.Q.R. una historia... Mary Beard (Crítica)

Descenso a los infiernos. Ian Kershaw. (Crítica)

Vamos a comprar mentiras J. López NIcolás (Cálamo)

S.P.Q.R. una historia... Mary Beard (Crítica)

Segovia. Guía de la ciudad. Pascual Izquierdo (Oportet)

El fin y los medios. Aldous Huxley (Página Indómita)

Pelear con el ingenio. Cardano Lando (Cuatro Ediciones)

El libro de las pequeñas... Elsa Punset (Destino)

Animalium. K. Scott, Jenny Broom (Impedimenta)

La vuelta al mundo con Playmobil. R. Unglik. (SM)

La conjura de los ignorantes. R. Moreno (Pasos Perdidos)

SANDOVAL VALLADOLID

LIBRERÍA DEL BURGO PALENCIA

SEMURET ZAMORA

PUNTO Y LÍNEA SEGOVIA

FICCIÓN

FICCIÓN

FICCIÓN

FICCIÓN

Memorias del estanque A.Colinas (Siruela)

Relatos negros, cerveza fría. Carlos Salem (Navona)

El libro de los Baltimore. Joel Dicker (Alfaguara)

La Legión perdida. Santiago Postiguillo (Planeta)

El cazador de historias. E.Galeano (Siglo XXI)

Los besos en el pan. Almudena Grandes (Tusquets)

Esa puta tan distinguida. Juan Marsé (Lumen)

Avenida de los misterios. John Irving (Tusquets)

La Casa. Paco Roca (Astiberri)

Bailando en la oscuridad. K. O. Knausgard (Anagrama)

Yucé, el sefardí. G. González Olmos (Dip. Badajoz)

Esa puta tan distinguida. Juan Marsé (Lumen)

Camille. P. Lemaitre (Alfaguara)

La casa de las miniaturas. Jessie Burton (Salamandra)

Camille P. Lemaitre (Alfaguara)

Cinco esquinas. Mario Vargas Llosa (Alfaguara)

Los Tyrakis. J. Estefanía (Galaxia Gutenberg)

La isla de Alice. D. Sánchez Arévalo (Planeta)

Sarna con gusto. César Pérez Gellida (Suma de Letras)

El Elefante desaparece. Hanuki Murakami. (Lumen)

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

La desfachatez intelectual. Sánchez Cuenca (Catarata)

Emocionario. Rafael Romero/Cristina Núñez (Palabras Aladas)

Dioses útiles. Álvarez Junco (Galaxia Gutenberg)

El libro de las pequeñas... Elsa Punset (Destino)

Locura del solucionismo. E. Morozov (Katz/C.I.)

Aspectos inéditos... J. Benito Iglesias (Amigos de la Caneja)

El cazador de historias. Eduardo Galeano (Siglo XXI)

Dioses útiles. Álvarez Junco (Galaxia Gutenberg)

Teloncillo. VV. AA. (Ayuntamiento de Valladolid)

Plantas de uso tradicional... Pascual / Herrero (Dip. Palencia)

El fascinante juego... Virgilio Ortega (Crítica

Ser feliz en Alaska. R. Santendreu (Grijalbo)

Las guerras astur-cántabras. Camino (KRK)

Mariano Haro, el pionero. A. Calleja (Dip. de Palencia)

El sermón de dejar de ser. García Calvo (Lucina)

X. Risto Mejide (Espasa)

Zamora insólita. A. Remesal (La raya quebrada)

El Bosco. Cees Nooteboom (Siruela)

La magia del orden. Marie Kondo (Aguilar)

La desfachatez intelectual. Sánchez Cuenca (Catarata)


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Sábado 4.06.16 EL NORTE DE CASTILLA

La vida que se filtra E

n los últimos meses, hemos asistido al nacimiento de un nuevo fenómeno literario: Lucia Berlin. De pronto, un libro de cuentos –¡de cuentos!– de una escritora hasta ahora minoritaria –poco conocida incluso en su país, Estados Unidos–, se publica en 14 países, asciende a las listas de los títulos más vendidos, agota ediciones y se gana legiones de lectores entusiasmados, entre los que me cuento. Por desgracia, Berlin murió en 2004, así que no ha podido conocer este éxito, pero ¿acaso para ella el éxito era esto? Estoy convencida de que no: su éxito en la vida fue sobrevivir, vencer el alcoholismo, criar a sus cuatro hijos, viajar, amar y escribir como nadie, con valentía y generosidad. Pero, ¿qué tiene Lucia Berlin que tanta fascinación provoca? ¿Qué hay en su literatura que la hace tan personal, tan única, tan increíblemente hermosa y humana? Sí, me delata el entusiasmo. Cuando terminé ‘Manual para mujeres de la limpieza’, esta recopilación de 43 de sus cuentos –un festín de más de 400 páginas que a partir de ahora recomendaré allá donde vaya– estaba deslumbrada, y eso que partí de cierta des-

ORTIGAS A MANOS LLENAS SARA MESA

confianza: este tipo de lanzamientos editoriales a veces llevan trampa. Lo prodigioso de Berlin es cómo su propia vida se filtra en cada una de estas historias, de modo que no estamos ante un simple libro de cuentos, sino ante una especie de memorias desprovistas de los abusos de la egolatría.

Por ahí leo –y el mismo título del conjunto se presta a equívocos– que la grandeza de Berlin radica en que pone el foco en las historias cotidianas de mujeres, lo que para muchos, por desgracia, podrá sonar monótono y aburrido. Me preocupa un poco este reduccionismo, la posibilidad de que el libro se malinterprete y simplifique… ya sabemos que cuando un libro está protagonizado por mujeres cuesta más hablar de universalidad que si aparecen hombres. Y sin embargo, las experiencias de las que se nutre la obra de Berlin son tan hondas, devastadoras y radicales que trascienden el género. No se trata de valorar a un escritor por la singularidad de su biografía, claro está, sino por esa mezcla asombrosa de tener cosas que contar y saberlas contar: magia en el caso de Berlin, con

su aparente desapego, su buen humor y la carencia total de exhibicionismo. Lucia Berlin nació en 1936 en Alaska, aunque se crió en pueblos de Idaho, Kentucky y Montana, ya que que su padre trabajaba en la industria minera, tan arraigada en esos paisajes. Parte de su infancia transcurrió en la casa de sus abuelos maternos, en El Paso –su abuelo, un reputado dentista, fue también un tirano abusador–, y su adolescencia en Santiago de Chile, donde la familia vivió una época de esplendor. Después vino una boda temprana, hijos muy seguidos, el probable suicidio de su madre, huidas y separaciones, apuros económicos, distintos empleos –desde mujer de la limpieza hasta recepcionista en urgencias de un hospital– y alcohol, sobre todo mucho alcohol. Se habla de Berlin como la Carver femenina, y si bien sus cuentos son

muy diferentes a los de su contemporáneo –ella es más luminosa y torrencial, él más introspectivo y conciso– es cierto que su descenso a los infiernos y el posterior ascenso fue vivido por ambos con parecida gratitud, la sensación de haber vencido y de vivir para contarlo, una extraña plenitud que llevó a Carver a decir que consiguió lo que buscaba en la vida («sentirme amado sobre la tierra») y a ella, años antes de morir, «me siento profundamente agradecida por la vida que llevo». Berlin tiene una capacidad de observación inusual. Su escritura está repleta de deta-

La escritura de Berlin está llena de detalles sugerentes y agudos, una suave ironía y sensibilidad a raudales

lles sugerentes y agudos, inteligentes reflexiones, una suave ironía y sensibilidad a raudales. Hay escritores que hacen de sus mediocres vidas un campo de lucha y que se fotografían en las portadas de sus libros, seres sufrientes que gustan de decir eh, eso lo viví yo, reverenciadme. Pero Berlin, grande y humilde, se camufla con discreción, como tras un pañuelito semitransparente que sólo se descubre al leer su biografía, y entonces, sí, ahí vemos cómo aparecen los pliegues de su vida, la escoliosis temprana –desde niña el maldito corsé–, la soledad de la colada dando vueltas y más vueltas en la lavandería, el amor de su vida que prefiere la heroína a todo lo demás –y que sin embargo la ama–, las licorerías que cierran de madrugada y ante las que hacen cola los desahuciados del mundo, el cáncer que devasta a la hermana menor al tiempo que la acerca a ella tras años de distancia, una escena de sexo en el fondo del mar entre dos submarinistas –el difícil arte del erotismo, que también maneja–, amores intensos y fugaces, finales agridulces pero con la mirada siempre hacia adelante, ante el futuro incierto. Es, como dije antes, la vida que se filtra, la literatura que se fabrica con verdad o, mejor dicho, con autenticidad. O como ella misma precisó: «exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento».

La escritora estadounidense Lucia Berlin en 1962. :: EL NORTE


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LA SOMBRA DEL CIPRÉS

Sábado 4.06.16 EL NORTE DE CASTILLA

Director: Carlos Aganzo Coordinadora: Angélica Tanarro

U

n amigo de París, que tenía algo de profeta, me había dicho que tuviese mucho cuidado con el año treinta y tres de mi vida, pues no podía olvidar que me llamaba Jesús, y los que nos llamábamos Jesús podíamos ser sacrificados a esa edad, como el mismísimo crucificado. ¿Y quién nos podía sacrificar? Según mi amigo los verdugos podían ser el azar, el destino, o algún loco desatado. Yo prefería no hacer demasiado caso a aquella inquietante premonición y pasé mi año treinta y tres en el Paralelo de Barcelona, el barrio de los cabarets y la vida alegre, viviendo en el mismo hotel en el que residían los cómicos y las coristas del teatro Apolo. El 29 de diciembre, decidí irme a Berlín con mi novia. ¿Por qué a Berlín? Por una razón bien simple: en aquel entonces (corría el año 1987) Berlín nos parecía a todos una ciudad irreal. Recuerdo que al enterarse de que me iba a Berlín, Muñoz Molina me dijo: «¿Pero esa ciudad existe?». Yo lo dudaba tanto como él y la mejor forma de comprobar su existencia era pisando sus calles y tocando sus muros fríos como el carámbano. Cogimos un autobús en el Paralelo que prometía llevarnos hasta Fráncfort, desde donde tomaríamos un tren a Berlín. Apenas habíamos cruzado la frontera con Francia cuando nuestro chófer se despistó y se metió en una autovía por la dirección contraria. Fue el terror: el vehículo avanzaba en plena noche esquivando coches, y el conductor no sabía cómo salir de aquel infierno. Tuvo que recular más de un kilómetro, arriesgando su vida y la de todos. En mitad de la pesadilla, me acordé de la premonición de mi amigo y pedí clemencia al cielo plomizo e invernal. Total que unas quince horas después pisábamos el andén de la estación de la calle Friedrich. Era una tarde gélida y fosforescente. No vimos gente por las calles. Miento, vimos a un hombre maltratando a un perro entre los remolinos de nieve, los focos que iluminaban las inmediaciones del Telón de Acero, y los coches corpulentos que iban y venían, esparciendo nieve negra por las aceras.

Nada me parecía amable en aquel invierno en Berlín, ni siquiera las frondosas alamedas del Tiergarten

:: ILUSTRACIÓN IRENE GRACIA

MITOLOGÍAS JESÚS FERRERO

Berlín

Con las personas y las ciudades, la primera impresión suele ser la que más cuenta, y jamás olvidaré aquella primera impresión que experimenté al llegar a una de las ciudades más míticas de Europa, y más ‘irreales’. Berlín me pareció una urbe pesada, hosca, inhóspita y de arquitectura poco delicada, como suele ser poco delicada la arquitectura del poder. Por aquella misma época, el escritor Anthony Burgess (autor de ‘La naranja mecánica’ y ‘Poderes terrenales’) se hallaba en la ciudad dividida y en más de una ocasión dijo

que Berlín «no era una ciudad hecha para el amor». Aquella primera noche junto al Muro de la Vergüenza le di la razón. Sinceramente, nada me parecía amable aquel invierno en Berlín, ni siquiera las frondosas alamedas del Tiergarten por las que estuve paseando al amanecer, tatuando en la nieve las huellas de mi incertidumbre mientras el frío mordía mi piel. Pasamos la noche de mi cumpleaños en un bar posmoderno de la calle Budapest al que nos condujo un joven sueco que habíamos conocido en el hotel. El ambiente era colorista y etílico, pero esencialmente frío. Nada que ver con las fiestas de Madrid y Barcelona de aquella misma época. Al día siguiente, pasamos al otro lado del Muro, y allí accedimos a un Berlín más extraño todavía, y mucho más desangelado. En el sucio atardecer circulaban los autobuses amarillos llenos de viajeros tristes, había charcos grandes y negros en las calles que daban al río, se percibían huellas de la guerra en todos los edificios, y la noche de fin de año no vimos ni un solo transeúnte por la famosa Avenida de los Tilos que concluye en la Puerta de Brandenburgo. Así era el Berlín del socialismo real: una ciudad que inspiraba una melancolía irredimible, y que con toda su tristeza a cuestas parecía la eternidad en su versión más tétrica. ¡Quién iba a pensar que tan sólo dos años más tarde el célebre Telón de Acero se iba a desmoronar! Diez años después, con motivo de la publicación en alemán de una de mis novelas, regresé a Berlín y ya nada parecía igual. Las calles prosaicas y grises estaban ahora saturadas de luces de neón y tiendas de grandes marcas. Otra abominación, si bien más colorista, que me indicaba que Berlín había decidido borrar las huellas de la infamia.

Junio, el mes de la fotografía  

Suplemento La sombra del ciprés del 04.06.2016

Junio, el mes de la fotografía  

Suplemento La sombra del ciprés del 04.06.2016

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