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Sábado, 06.02.16 Número CCXXII

SOMBRA CIPRES LA

DEL

Doble noticia de Marcel Schwob Páginas de Espuma ha publicado sus cuentos completos y Moisés Mori lo incluye en su ensayo ‘No te conozcas a ti mismo’ [P3]


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Sábado 6.02.16 EL NORTE DE CASTILLA

DEL CIPRÉS

VER LO IMPENSABLE Antología consultada de Diego Jesús Jiménez. Universidad Popular José Hierro. Madrid, 2015.

El poeta, durante una visita a Palencia. :: MERCHE DE LA FUENTE

Palabras que huyen de sus santuarios Poetas de cuatro generaciones participan en la selección de la última antología de Diego Jesús Jiménez

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esde que nos dejó, hace algo más de seis años, la figura de Diego Jesús Jiménez (Madrid, 1942-2009) no ha hecho otra cosa que crecer en su mitología. Descabalgado de todas las corrientes, a medio camino generacional entre el cincuenta y los novísimos, el poeta madrileño siguió siempre un camino propio, radicalmente personal. Un camino de indagación en la fuerza creadora de la palabra. Un esfuerzo poético que mantuvo encendido, con intuición, con devoción y con paciencia, a lo largo de cuatro intensos decenios. Desde que deslumbró al mundo literario de los sesenta con ‘La ciudad’, el libro con el que ganó

CARLOS AGANZO

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el Premio Adonais en 1965, hasta su consagración definitiva con ‘Itinerario para náufragos’, ganador en 1997 del Gil de Biedma, del Nacional de la Crítica y del Nacional de Poesía. Estos, sin embargo, no son más que datos, pequeños jalones de la carrera literaria de un autor que, con el paso de los años, constituye «un acontecimiento en la historia de la conciencia, un estado irrepetible de la palabra». Así es como lo califica Guadalupe Grande, responsable de una nueva antología, verdaderamente sui generis, de la obra de Diego Jesús Jiménez. Sui generis por rehuir deliberadamente el formato habitual de las antologías, a saber: li-

bro a libro y carácter cronológico. Pero sui generis sobre todo porque para la selección de los poemas la colección de poesía de la Universidad Popular José Hierro ha recurrido únicamente al gusto personal, a la emoción particular de cuatro generaciones de poetas devotos de la obra de Diego Jesús Jiménez. Desde Pablo García Baena hasta Antonio Lucas pasando por Francisca Aguirre, Antonio Colinas, Antonio Carvajal, Miguel Casado, Luis Alberto de Cuenca, José Corredor Matheos, Antonio Gamoneda, Jordi Doce, Olvido García Valdés, Antonio Hernández, Javier Lostalé o Juan Carlos Mestre. Ésa es precisamente la fuerza de ‘Ver lo impensable’, que

reúne poemas de ‘La valija’, ‘Ámbito de entonces’, ‘La ciudad’, ‘Coro de ánimas’, ‘Fiesta en la oscuridad’ y, más abundantemente, de ‘Bajorrelieve’ e ‘Itinerario para náufragos’. Además de una bibliografía esencial de y sobre Diego Jesús Jiménez, para quienes deseen salir de este panorama selectivo para profundizar aún más en el caudal extraordinario de su obra. Junto a algunos de los grandes poemas de este autor crecido entre Priego, Cuenca y Barcelona, y forjado en Madrid, destacan en gran manera sus poéticas, distribuidas a lo largo de buena parte de sus libros, como si en cada nueva entrega el escritor tuviera la necesidad de explicarnos, de explicarse, el porqué de esa indagación en el misterio de la palabra que fue siempre el eje de su vida. «Las palabras, como los más bellos cuerpos desnudos –escribe Diego Jesús en ‘Concepción del poema’– / rodeados de flores y de muerte, huyen despavoridas de sus santuarios, de sus inciertos / mausoleos de agua, / como si el sueño hubiera descubierto / que no son sino objetivaciones disfrazadas / de un dios efímero y radiante a cuya sombra / yace olvidada su propia falsedad». El sueño, la conciencia, la memoria, son algunas de las claves principales para entender la obra de este poeta licenciado en Periodismo y editor de la gran coleción de poesía Alfa, de Editora Nacional, cuya única pasión comparable a la de la poesía fue siempre la de la pintura. Una segunda acción creadora que sólo se atrevió a exponer tarde, en los noventa, descubriendo a sus lectores de qué manera el tiempo, en sus bodegones, en sus texturas, en la pátina de sus objetos, constituyó de manera permanente una de sus claves. «El conejo del tiempo –dice en su poema ‘En la pintura de El Bosco– / que salta y huye, y vuela sin origen, aún nos respira, aún canta / allí en la madriguera / de su reloj de sombra eterna- / mente parado». Así en lo visual como en lo escrito. Un arte, recurriendo de nuevo a las palabras de

Guadalupe Grande, que «reordena los materiales de la memoria: de la memoria literaria y de la memoria civil. Palabras desde el naufragio para después del naufragio». Pues es cierto. Sobre esta metafísica de la memoria, la poesía de Diego Jesús Jiménez representa también, como siempre sucede con la mejor poesía, el testimonio más vibrante de su tiempo. Un tiempo en el que se hace necesario recurrir a la evocación, a veces al sueño, para encontrar cualquier sentido profundo de la existencia; una existencia amenazada por el ruido de oxidados trombones de varas que «nos deslumbran con su sonido desgarrador y amargo». Poesía que, en definitiva, se constituye en metáfora perfecta del hombre como artista, como ser creador, como demiurgo capaz de mudar la propia estructura de las cosas con solo contemplarlas, con llevarlas hasta el filo de la emoción. La reivindicación de la necesidad de mirar el mundo entornando los ojos, deformando las imágenes, transformándolas y recreándolas desde el alma. Así, hasta conseguir «ver lo impensable», pensar lo invisible, tener certeza de lo incierto. Remodelar el espíritu ofreciéndole no sosiego ni éxtasis, sino «mayor zozobra». Denominando poema, en fin, «a cuanto, sin pasión, representa el deseo / sobre los límites de la incertidumbre».

El poeta reivindica la necesidad de mirar el mundo entornando los ojos «hasta ver lo impensable» Su poesía se constituye en metáfora perfecta del hombre como ser creador


VERDAD Y FICCIÓN

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Marcel Schwob, huellas de una vida no imaginada Páginas de Espuma rescata los cuentos del autor de ‘Vidas imaginarias’. Moisés Mori lo incorpora a su parnaso particular ANGÉLICA TANARRO

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arcel Schwob no es, y probablemente no será nunca, un escritor popular, ni siquiera muy conocido. Pertenece a esa otra clase de escritores que despiertan pasiones entre un grupo no muy numeroso de lectores que, a menudo, ostentan también la condición de escritores y en los que influye para bien. Se les suele llamar autores ‘secretos’ o ‘de culto’ y arrastran, también frecuentemente, biografías difíciles, aventuradas o aventureras, bruscamente interrumpidas por alguna enfermedad o accidente o suicidio. Marcel Schwob es uno de ellos. Uno de esos hombres que vivió más a lo ancho que a lo largo. Su biografía dura 37 años, desde su nacimiento en Chaville, Hauts-de-Seine, el 23 de agosto de 1867, hasta su muerte en París, el 25 de febrero de 1905. En ese tiempo-contenedor-de-vida cupieron muchos estudios, en especial del mundo clásico, en el que era un erudito. También viajes y libros. De estos, no muchos, los suficientes para ocupar un lugar destacado en la historia de la literatura. Su escritura son sus cuentos. Schwob se hizo un maestro de la brevedad. Su libro más celebrado, ‘Vidas imaginarias’ –al que Borges reconocía haber sido el inspirador de su ‘Historia universal de la infamia’– está compuesto por una serie de relatos-retratos breves de personajes históricos (Petronio, Empédocles, Paolo Uccello...) en el que conviven datos reales e imagina-

rios, por lo que aporta mucha información sobre él. Si Schwob había vuelto a las páginas de la actualidad cultural de nuestro país gracias a la edición de sus cuentos completos por el sello Páginas de Espuma –qué buena labor de descubrimiento, por un lado, y recuperación de maestros de la narrativa breve por otro hace esta editorial– ahora esa noticia se completa con la aparición en la no menos milagrosa editorial KRK de un ensayo, ‘No te conozcas a ti mismo’, que tiene entre sus protagonistas al escritor francés. El ensayo, salido de la pluma del siempre exhaustivo, profundo e inteligente Moisés Mori, es una excelente puerta de entrada para el conocimiento (o reconocimiento) del autor, y un acicate para la lectura de sus ‘Cuentos completos’.

Orígenes Marcel Schwob nació en el seno de una familia judía, que se había instalado en Nantes en 1875. Allí el padre, escritor aficionado, compró el periódico ‘Le Phare de la Loire’, en el que a los once años Marcel publicaría un artículo dedicado a la novela de Julio Verne ‘Un capitán de quince años’. Para entonces el futuro escritor dominaba ya, además de la lengua materna, el inglés y el alemán. En París continuaría su educación, en casa de su tío Léon Cahun, orientalista de prestigio y conservador de la biblioteca Mazarine. Estudia Filosofía y Filología, asiste a las clases de Ferdinand de

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Una de las escasas imágenes que se conservan de Marcel Schwob.

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VERDAD Y FICCIÓN

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Saussure y se empieza a interesar por el estudio del argot francés de la Edad Media «a través de la obra de François Villon «quien junto con la de Stevenson, será la personalidad más fascinante para Schwob» escribe en su estudio introductorio a la nueva edición de los cuentos, su traductor Mauro Armiño. La práctica totalidad de la obra literaria de Schwob se escribe en cinco años, los que van desde la aparición de ‘Corazón doble’ (1891) hasta ‘La cruzada de los niños’ (1896). Después, se ve obligado a abandonar la narrativa por sus problemas de salud. El autor de ‘El libro de Monelle’ arrastraba un mal de incierto pronóstico que algunos autores relacionan con la enfermedad de crohn. Un penúltimo texto, ‘Viaje a Samoa’ surge por la admiración que sentía por R. L. Stevenson que le empujó a viajar, a pesar del riesgo que corría, a las tierras donde murió el autor de ‘La isla del tesoro’. El viaje a punto estuvo de acabar con su vida. Logró regresar a salvo, pero el deterioro físico fue ya constante hasta febrero de 1905 en que una gripe puso punto final a su existencia. A su lado estaba su hermano Maurice; no así su esposa, la actriz francesa de madre española Marguerite Moreno, que se encontraba de gira. Aún había dado a la imprenta un texto ‘Il libro della mia memoria’ en el que evoca la impresión que le causaron sus primeras lecturas infantiles.

Lo único Por lo que se refiere a su obra, Schwob se apartaba tanto del naturalismo como de la novela psicológica. Toda la admiración que siente por Stevenson se convierte en desprecio hacia la corriente preconizada por Zola, «la persona a la que siempre tiene enfrente», en palabras de Mori,

Schwob se apartó por igual tanto del naturalismo de Zola como de la novela psicológica Borges le reconoció como el inspirador de su ‘Historia universal de la infamia’

para quien el único ‘ismo’ que podría acercarse al autor sería el simbolismo que, de alguna manera, contagia la literatura del fin de siglo. Para Schwob, como recogen tanto Armiño como Mori en sus escritos, lo interesante es el individuo, «una esencia única que flota por encima de los acontecimientos históricos». Y ambos citan su prólogo a ‘Vidas imaginarias’ en el que a modo de programa establece que «El arte es lo contrario de las ideas generales, solo describe lo individual, no desea más que lo único. No clasifica, desclasifica». Es este libro, perteneciente a un género que ya existía antes de él, lo que individualiza la obra de Schwob, en opinión de Mori. «Sus otras obras no están muy lejos de Renard, de Lorrain o incluso de Valèry, pero lo más interesante son esas ‘Vidas imaginarias’ porque nos llevan a la eterna pregunta de qué es la literatura, qué hay en ella de verdad y qué de ficción». Y habla del ‘método Schwob’, de ese vaivén entre la fantasía y la historia al que se refiere en su ensayo y en otros artículos en torno al escritor francés. «Como Borges explica: ‘los protagonistas son reales; los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos’», escribe Mori. Y vuelve a citar el prólogo de Schwob a su obra: «El arte del biógrafo… no debe preocuparse por ser verdadero; debe crear, dentro de un caos, rasgos humanos.». Pero en los cuentos de Schwob se han visto siempre influencias y rastros diversos, como corresponde a un gran lector, a un erudito. Mori las enumera así: «el horror de ‘El Horla’ [Guy de Maupassant], las sátiras científicas de Villiers de l’Isle Adam, el éter de Lorrain y tantos otros, los piratas de Stevenson, la tradición bíblica y judía, Wilde y Poe, el ‘döpple-ganger’, la literatura latina de Huysmans, el paganismo de Pierre Louÿs...» Como una justicia poética, el rastro de Schwob se ha encontrado, además de en Borges, en Faulkner, en Bolaño, Cunqueiro, Michon o VilaMatas... Sus cuentos tienen ese aire de antigüedad clásica que no pasa de moda porque, aún buscando en sus protagonistas lo particular que tanto preconizaba su autor, respiran por el lugar en el que podemos reconocer nuestras esencias. Son un oasis en medio de tanta confusión.

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Arriba, Schwob, a la iizquierda, i d junto j t a los l escritores Léon Daudet y W.G.C. Byvanck. Debajo, portadas de sus ‘Cuentos completos’ y del ensayo ‘No te conozcas a ti mismo’. A la derecha, vista de Rennes. :: FRÉDERIC EBERHARDT


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La memoria de Marcel Schwob

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l último texto que Marcel Schwob entregó en vida se titulaba ‘Il libro della mia memoria’. Apareció en el primer número de una revista denominada ‘Vers et Prose’, en 1905, poco después de que Schwob falleciera. Entre los colaboradores de ese número de primavera de ‘Vers et Prose’ se contaban Yeats, Gide, Moréas y Maeterlinck. El lema de la revista era «Defensa e ilustración de la alta literatura y del lirismo en prosa y en poesía». A veces uno se siente tentado de elaborar la carta astral y examinar los tránsitos personales de Marcel Schwob y confirmar que nació bajo el signo de Saturno, el planeta más negro y melancólico.

I

Marcel Schwob había muerto a finales de febrero de 1905 a los treinta y siete años de edad. Se ha escrito mucho sobre ese momento. Existe incluso una fotografía. Magro, cadavérico y afligido, el escritor francés se había recluido

en el número 11 de la rue Saint-Louis-en-l’Ile de París, en una casa llena de rincones lentos, de habitaciones demasiado vacías. Apenas aceptaba visitas. No obstante, a pesar de morar en esa calle parisiense, Schwob llevaba viviendo desde hacía meses en otro tiempo y en otro lugar, muy lejos de allí. En efecto, había vuelto a sumergirse definitivamente en el otoño de la Edad Media, uno de sus arcos temporales predilectos. Alterna imaginariamente con prelados, rameras, vinateros de la corona y la banda de compinches de François Villon. Tanto Schwob como sus indeseables contemporáneos se hallan a la espera del fin de todas las cosas mientras el fuego del odio y la violencia se eleva en altas llamaradas. A causa del frío y la hambruna, los lobos se pasean por las calles repletas de cadáveres de París. Pese a su desazón, o tal vez por ella, precisamente, ‘Il libro della mia memoria’ es una grata despedida y una delicada reminiscencia de los más remotos placeres lecto-

CRISTIAN CRUSAT

Escritor

...Había vuelto a sumergirse en el otoño de la Edad Media, uno de sus arcos temporales predilectos ...La luctuosa carne de Schwob se ha convertido en la frágil conciencia de un niño que abre su primer libro

res de Schwob, entre los que sin duda estuvieron los ‘Testamentos’ de Villon, amén de las obras de Poe, Stevenson o Verne. El texto que escribió para ‘Vers et Prose’ se instala de este modo en una protomemoria de naturaleza lírica e impresionista. De súbito, la luctuosa carne de Schwob se ha convertido en la frágil y vaporosa conciencia de un niño de tres o cuatro años que abre su primer libro. El recuerdo de la primera vez que se ha leído un libro amado se une extrañamente al recuerdo del lugar y al recuerdo de la hora y de la luz. Schwob describe una mesa de costura junto a la ventana, los pliegues del vestido de su institutriz, la cubierta roja y brillante del libro, así como el penetrante olor a creosota y tinta fresca característico de los libros ingleses. Eso también forma parte de la lectura, que al fin y al cabo es una actividad física. Aunque no lo diga directamente, el texto sugiere que un libro incluye, además de todo lo que dice, aquello que los lectores buscan en él, únicamente en él. Por esta razón podemos inferir que un buen libro aspira, siempre, a ser de nuevo el primero. A enseñarnos otra vez el camino. Me temo que a un buen número de lectores de Marcel Schwob les ha sucedido esto.

II

Cuando escribe ‘Il libro della mia memoria’, Schwob también está en otro lugar. A mi juicio, el escritor francés se ha mudado discretamente al mismo paisaje evocado en el primer cuento que leí de este autor hace muchos años, titulado ‘El País Azul’. Hoy como entonces las páginas cobran existencia a través de un atardecer bretón, arrellanado en el asiento trasero de un viejo Peugeot en el que no quiero estar. Tengo en mis manos el volumen ‘El rey de la máscara de oro’, un conjunto de historias publicado en 1892. Y leo: en una innominada ciudad de provincias donde las casas están vestidas de pizarras, el desfigurado narrador conoce a una pequeña llamada Maïe, quien lo toma de la mano y lo conduce a su casa. No está sola, lo acompaña Michel, otro huérfano jorobado al que el narrador describe como un ‘engendro lívido’. Comen castañas junto a

la estufa mientras Maïe le cuenta su vida: es vagabunda y se ha dedicado a interpretar comedias por los pueblos y caminos junto a otros niños desheredados. La niña dialoga con naturalidad con la mesa y con un espejo roto de la casa. Una de las obras en las que actuó se llamaba ‘El País Azul’, donde todo, por supuesto, es azul; un país de cuya existencia Maïe se muestra convencida. Maïe y el narrador se hacen amigos. Miran caer la lluvia tras la ventana, mientras ella cose y zurce unas viejas ropas de colores. Los senos de ella apenas están formados. Una tarde, cuando el invierno ya toca a su fin, el narrador se acerca a visitarla y no la halla. Únicamente encuentra un letrero clavado en la pared que dice: «Buenos días, casa. Maïe y Michel se han ido al País Azul.» El cuento acaba con esa frase.

y III

Vuelvo a leer el cuento y regreso a ese destartalado Peugeot que atraviesa las carreteras bretonas entre Rennes y el bosque artúrico de Brocéliande. Desde entonces he buscado muchas cosas en los libros de Marcel Schwob, al que considero precursor de las vanguardias y un genuino emblema de lo literario. Sus lectores tal vez nos parezcamos a esas figuras infantiles que pueblan sus historias: en el país azul de la literatura de Schwob no estamos sujetos a los recuerdos ni a las normas sociales; no nos coartan el paso del tiempo ni el conocimiento. Sus imágenes han coagulado la imaginación y el ‘libro della memoria’ de Borges, Arreola, Vila-Matas, Tabucchi, Michon, Kiš, Wilcock, Bolaño... Me parece que alguien es únicamente capaz de esa hazaña cuando conoce la sutil diferencia entre escribir y ‘escribir’: por este motivo el hombre es el mayor secreto de todos para Marcel Schwob. En su obra, el Universo es un cúmulo de signos que aguarda todavía su nacimiento. Pues está escrito que una niñita vestida de blanco se precipitará a rebanarle el cuello en cuanto nazca (como Pegaso de la sangre de Medusa, surgirá así la ‘última’ literatura). Y por mucho que la busquemos ya nunca la hallaremos, pues se habrá marchado al País Azul.


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Rubén Darío: cien años después de su muerte 1

En este año 2016 estamos recordando los cien años de la muerte del poeta Rubén Darío en Nicaragua, en su tierra de origen a donde regresó para nunca volver a España. Esta efemérides nos acerca la personalidad y la obra de uno de los escritores decisivos y singulares de la literatura en castellano, y nos permitirá la actualización de su inmenso legado poético y su apuesta estética renovadora. Rubén Darío siempre ha estado presente en la andadura de la poesía de las últimas décadas, y ha sido y es referencia obligada para todo creador. Su poesía y su prosa han superado siempre con éxito las modas y los cambios de las generaciones que se han ido sucediendo en el tiempo, desde sus orígenes a finales del siglo XIX hasta su muerte en 1916. El poeta ha subsistido a toda innovación y toda propuesta, siempre superando los cambios que las diversas generaciones proponían en la creación poética. Rubén Darío es un clásico, es decir, un escritor con clase que supera toda vicisitud y toda moda, que nos enriquece y se enriquece en cada lectura, abriéndonos caminos nunca presentidos e iluminando rincones oscuros de la realidad y de la vida. El modernismo (con minúscula como proponía Juan Ramón Jiménez, frente al Modernismo con mayúscula que abarcaba toda una sensibilidad estética en todos los ámbitos de la vida) ahondó profundamente en la literatura de la época, formulando toda una proclama que creó una corte de seguidores y de imitadores ( a veces solo eso), una pléyade de bohemios de costumbres nocturnas entregada a los excesos propios de esa forma de vida. Pero Rubén Darío formularía una literatura, un modo de estar en el mundo, de mirar y nombrar las cosas, de identificarse con paisajes lejanos y exóticos, de rotundo clasicismo y de renovación del lenguaje poético, un mundo de belleza y de música (como Verlaine le enseñó) de cisnes blancos y elegidos en los lagos del alma.

para la creación artística, para la construcción de poemas que se alejasen de un vaciamiento y una exigencia formal, y de esta manera iniciar un planteamiento reformador y coherente con su intención evasionista del mundo. Con el gran poeta cubano, padre de la revolución, José Martí, precursor y maestro del poeta nicaragüense, autor de ‘Ismaelillo’ (verdadera guía poética de la nueva estética), va a vaciar de contenidos didácticos y morales, políticos e ideológicos, el lenguaje que debía expresar lo poético, y va a cerciorarse de que la poesía tenga sus propias leyes, su propia capacidad de decir, donde la belleza y lo esencialmente artístico son sus únicos objetivos, los horizontes que se alzan en el alto camino de la creación. La poesía llega a ocupar un espacio autónomo donde sus propias reglas y su dinámica diferenciadora serán los motores que pondrán en marcha un universo de escritura distinta y nueva.

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Rubén Darío. :: EL NORTE Cuando el poeta llegó a España para las celebraciones del IV Centenario del Descubrimiento de América, el modernismo era ya un movimiento poético reconocido por los poetas más jóvenes. El mismo Juan Ramón Jiménez, llamado por el maestro, deja su paraíso blanco de Moguer para ir a Madrid, en pie de guerra a favor de la nueva estética y la nueva sensibilidad. Era un jovencísimo Juan Ramón

Jiménez, cegado por los brillos y los ritmos de una poesía sensorial y distinta, quien se inició en este hacer poético escribiendo ‘Ninfeas’ y ‘Almas de violeta’ que le proclamaban como poeta modernista, pero que muy pronto abandonará por excesiva y vacía, por recargada y ausente de los valores puros de su nuevo quehacer…Porque para ser modernista hay que ser Rubén Darío; los imitadores y

epígonos tan solo son el reflejo de las limitaciones y mentiras de una literatura de formas y de palabras sonoras. Lo que Rubén Darío va a proponer es un universo de referencias sorprendentes, un estar en la poesía y un ser en el centro mismo de la creación y la vida. La nueva poesía tenía el inmenso objetivo de luchar contra la retórica que la poesía anterior había supuesto

La presencia de Rubén Darío en España va a suponer una influencia sobre los poetas en ciernes, sobre los jóvenes aprendices de creadores en la órbita de la nueva estética formulada por un escritor venido de América. Valle-Inclán (amigo y admirador de Rubén) retrata en su esperpento ‘Luces de bohemia’ el mundillo nocturno y asombrado del modernismo. Max Estrella irrumpe como una obligada referencia de este periodo de exaltación de la vida tomada como confrontación con todo lo obsoleto que permanecía de una sociedad amarga y corrompida, e incluso dialoga con el poeta en una de las escenas más sobrecogedoras de la obra. Un episodio de su vida en España lo va a protagonizar una joven muchacha castellana, del pueblo abulense de Navalsáuz, que mantendrá con Rubén Darío una relación sentimental y amorosa que pervivirá hasta que el poeta, en su último viaje a su tierra americana, muera. Francisca Sánchez será la compañera, madre de sus hijos, heredera del legado del poeta, portado-

GALERÍAS JOSÉ MARÍA MUÑOZ QUIRÓS

Rubén Darío es un clásico, un escritor con clase que supera toda vicisitud y toda moda, que nos enriquece Formularía una literatura, un modo de estar en el mundo, de mirar y nombrar cosas, de identificarse con paisajes lejanos y exóticos

ra de una historia de amor intensa que dará sus frutos literarios. El nacimiento del hijo de Rubén y Francisca, Rubén Darío Sánchez, dará origen a uno de sus más estremecedores poemas : ‘A Phocás el campesino’ ( son claras las alusiones que el poeta hace a los orígenes castellanos del hijo, muerto a muy tierna edad y enterrado en el cementerio del pueblo abulense cercano a la sierra de Gredos) : «Sueña hijo mío, todavía, y cuando crezcas, / perdóname el fatal don de darte la vida / que yo hubiera querido de azul y rosas frescas.» Y en otros versos estremecedores se dirige a Francisca Sánchez : «Seguramente Dios te ha conducido / para regar el árbol de mi fé; / hacia la noche de fuente y olvido, / Francisca Sánchez, acompañamé…». En este año 2016, serán muchos los homenajes y publicaciones dedicadas al poeta de los cisnes y de lo fatal, al escritor de la música y el verso, de lo decadente y de lo mágico, pero la mejor manera de conmemorar este centenario puede ser el acercamiento, la lectura y la meditación que su obra, en verso y en prosa, nos propone desde sus páginas y sus silencios.


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Moscú sigue pareciéndome una ciudad congelada en la víspera de una catástrofe inminente

Imagen nocturna del tráfico en una avenida de Moscú junto al río Moskova helado. :: ANTON GOLUBEV-REUTERS

Noche de invierno en Moscú 14-19 de enero

Vuelvo a caminar por Moscú como hice hace muchos años y noto que me sigue faltando la ligereza propia de los verdaderos moscovitas, que saben el destino de sus pasos; tampoco tengo el aire gris y meditativo de los rusos que pasan veloces a mi lado, por eso, cualquier identificación con los transeúntes es puro engaño, una impostura que me complace mientras paseo por el borde exterior de las murallas del Kremlin, con el Moskova a mi izquierda, río ficticio cuyas aguas, ocultas por el manto de hielo que las cubre, aún no he visto. Luego subo por la avenida Gorki, me meto por callejuelas que son un laberinto de pasajes lúgubres desconchados y de traseras con tablas en las ventanas, y desemboco en la calle Herzen. Por los alrededores de la torre Spaskaia,

en paralelo a los grandes setos arbolados que crecen a los pies de la muralla, de golpe suena un rugido inesperado detrás de mí, y cuando quiero reaccionar veo que se me abalanza un camión quitanieves con grandes palas en punta soldadas a la cabina. Me aparto lo justo para que pase, pero no puedo evitar que parte de la nieve desalojada me cubra hasta las rodillas. Abajo, casi ya en el puente Moskvorietski, al comienzo de la calle Ordynka, el mismo camión enfila de nuevo hacia donde yo estoy, acumulando en sus desmesuradas fauces una nieve espumosa que, al unísono con el rugir de la máquina, compone la perfecta imagen de un dragón babeante que va a acometerme. Esta vez eludo rápidamente la embestida y acelero el paso para salir de allí dando ridículas zancadas sobre la nieve. El ca-

mión sigue peinando la explanada en surcos sistemáticos y veo cómo otras personas han de huir de él como he hecho yo, sin saber si correr delante o arrojarse precipitadamente a un lado. Estuve aquí en 1989. Entonces eran comunistas. Ahora ya no, pero Moscú sigue pareciéndome una ciudad congelada en la víspera de una catástrofe inminente. Al cabo de varios días, percibo de nuevo ese acabamiento indefectible que se respira a cada paso. Todo es premonitorio de un final cercano, como en la época soviética. Una ciudad bíblica diez minutos antes de ser barrida por la ira de Dios. Y en ese estado de inminencia suspendida lleva años, si no siglos. Es una ciudad cansada de esperar. Algo así como la Florencia renacentista en tiempos de la peste. En la calle Petrovka ralen-

OTRA GALAXIA ADOLFO GARCÍA ORTEGA

tizo el paso. Empiezo a observar las fachadas de las casas, donde vuelvo a ver lóbregas ventanas con papel de cera y trozos de hule en los cristales. Reparo en las cuerdas negras con las que están atados los tiradores y los picaportes. Casi todos los edificios parecen oficinas o dependencias de la administración y es como si la vida diera la espalda a la ciudad. Una ciudad vacía pero con más de diez millones de habitantes metidos en sus casas combatiendo el frío. Menos yo, que estoy en la calle nevada como si tomara posesión de un planeta desafecto y personalmente inhóspito. Vuelvo hacia el hotel por la plaza Dzerzhinski. La temperatura es de dieciocho grados bajo cero. He de evitar charcos traidores, cuyo hielo se quiebre ante mi peso y engulla mi pie hasta el tobillo. Conozco la experiencia. Acelero el paso, pero tomo precauciones. Al cabo de media hora de caminar errático, asumo que me he perdido. Creo estar por los alrededores del barrio de casas bajas del Arbat. Me he metido por un dédalo de callejuelas decimonónicas, laberintos en los que el aire se ha vuelto opaco y espectral. Algunas personas que caminan apresuradas me miran con extrañeza y escepticismo. Me saben un turista, sin duda mediterráneo. De reojo, sus miradas se cargan de

ironía y de sordidez. A lo lejos, creo distinguir un tiovivo, pero en realidad es un coche de policía con las sirenas encendidas que da vueltas en torno a un monumento, una estatua de otra época, la de un famoso astronauta de los setenta. Moscú sigue siendo un mundo absurdo. Más tarde, orientado por los policías, llego a la Plaza Roja, donde se pone a nevar copiosamente. Camino directamente hacia el Mausoleo de Lenin. Estoy solo, no veo a nadie más por aquí, pero entonces percibo que un coche negro, aparcado muy cerca del mausoleo, enciende los faros ante mi presencia. Quieren advertirme de que estoy siendo observado. Me detengo de golpe en la plaza y constato que estoy en el centro del mundo. La Plaza Roja es la esencia de las plazas. En ella está representado todo lo que mueve a la humanidad: el poder (Kremlin), la sombra del poder (Mausoleo de Lenin y las sepulturas soviéticas que hay detrás), la fe (catedral de San Basilio), el patriotismo (monumento a Minin y Pojarski, los héroes que pararon los pies a los polacos cuatrocientos años atrás), la memoria (Museo de Historia), la magia (los fantasmas del Museo de Historia), la justicia (Lobnoië Miesto, el estrado que fue cadalso), la ley (también el citado Lobnoië Miesto, desde donde se dictaban los ucases del zar, incluidos los de Lenin), y, por último, el comercio (las galerías color pastel de los Almacenes GUM, propiamente las ‘Principales Tiendas Universales’). Llego por fin a mi hotel y nada más entrar en el vestíbulo me asalta un olor que siempre identifico con Moscú, un olor a col agria mezclado con petróleo o queroseno, un olor que lo impregna todo, que persigue por la noche y despierta por la mañana. Un olor que ya conocía por haberlo leído en Dostoievski, Bulgakov, Biely y Lérmontov, pero también en Makanin, Ribakov y Bitov. Cuando de madrugada me meto en la cama, la luz de la ciudad inunda la habitación y es tan gélida como el metal a la intemperie en un día como hoy de mediados de enero en Moscú.


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EXPOSICIONES

Sábado 6.02.16 EL NORTE DE CASTILLA

 ‘Filatelia Finarte’. Amalia Avia, 1989.

‘Lavabo y espejo’. Antonio López, 1967.

Crónicas de lo ‘real’ Puede que el lavabo nos recuerde algún lavabo conocido, de casa propia o de casa de visita, incluso algún recuerdo nos lleve a esa brocha de afeitar, a la ‘gillette’ o a la loción con sello clásico. Pero no debemos confiarnos demasiado, a veces la realidad tiene pliegues, brechas de tiempo que el lienzo no plasma y esa estantería de cristal puede que sea en realidad un autorretrato de quien no llegó a reflejarse en el espejo. Vista desde arriba y desierta, la Gran Vía se convierte en una abstracción y la calle de Valencia parece encerrar alguna amenaza a quien trasnoche en solitario... Siempre nos quedará Madrid. ANGÉLICA TANARRO

‘Belén Moneo’. Francisco López, 1970.

‘Calle de Salva (Valencia)’. Francisco López, 1979.


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Sábado 6.02.16 EL NORTE DE CASTILLA

‘Parte de su familia’. Julio López, 1972.

 Arriba, ‘Tapia del estudio de Urola’. Isabel Quintanilla, 1977. Debajo, ‘Gran Vía II’. María Moreno, 1990.

REALISTAS DE MADRID Obras de Antonio López, Amalia Avia, Francisco López, Julio López, María Moreno, Esperanza Parada, Isabel Quintanilla Museo Thyssen-Bornemisza. Hasta el 22 de mayo.


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Sábado 6.02.16 EL NORTE DE CASTILLA

DEL CIPRÉS

L

a vida musical en Madrid, salvo representaciones operísticas aisladas, se centraba en la Orquesta Nacional que, impulsada por Ataúlfo Argenta, fue esencial para la conquista de una nueva generación de melómanos. Primero actuó en la Palacio de la Música, al que pronto se unió el Monumental Cinema. Esta época gloriosa del conjunto, inicio de los años 50, fue un faro en la triste vida cultural española. Después la creación de la Orquesta de RTVE en 1965 supuso un paso positivo con la ilustre presencia de Igor Markevitch al frente. Por fin el Teatro Real de Madrid adquirió nueva vida como sala de conciertos, inaugurado por Rafael Frühbeck con la ‘Novena’ de Beethoven en 1966. Los dos conjuntos tuvieron allí su sede. Finalmente el Real volvió a sus orígenes como sala operística en 1997. Ahora se celebran los 200 años de su tumultuosa vida. Cinco responsables artísticos: Juan Cambreleng, Emilio Sagi, Antonio Moral, Gerard Mortier y hoy Joan Matabosch. Tres directores de Orquesta titulares: García Navarro, fallecido en plena madurez, Jesús López Cobos e Ivor Bolton. Unos años apasionantes y conflictivos a la vez, que son historia reciente. Como mé-

rito general está el de abrir el repertorio con varios estrenos y prestar atención especial a las puestas en escena. Magníficas y a veces controvertidas representaciones, de las que fuimos dando cuenta en este diario, y un futuro importante los tres próximos años para celebrar el bicentenario. Con positiva antelación se presenta el programa desde el segundo semestre de 2016 hasta el 2018. De ‘Giasone’, de Francesco Cavalli (1649) a ‘La ciudad de los prodigios’, de Elena Mendoza y ‘El abrecartas’ de Luis de Pablo, estrenos absolutos en 2017 y 2018, toda una gama de títulos estarán en el Real y en los Teatros del Canal, eficaz colaborador. Una visión plural del riquísimo mundo lírico. Obras de repertorio, algunas recuperaciones,

FERNANDO HERRERO

deudas saldadas, y esos estrenos indispensables para la permanencia de este arte. Un panorama esencial con Haendel, Mozart, Donizetti, Bellini, Verdi, Wagner, Gounod, Bizet, Puccini entre los indispensables. Rimsky, Britten, Honegger y ese título fundamental ‘Die soldaten’, de Zimmerman, una de las obras clave el siglo XX desde su estreno en 1935. Después, los estrenos. Esa línea difícil que supone abrirse a lo desconocido. No han faltado en los años últimos, desde ‘Don Quijote’, de Cris-

tóbal Halffter, a ‘El público’, de Mauricio Sotelo. En estos años de celebración se han recuperado títulos sudamericanos como ‘Bomarzo’, de Ginasterra, y ‘Yerma’, de Villalobos. Lástima que no ocurra lo mismo con alguna de las magníficas óperas de Luis de los Cobos sobre temas importantes como ‘La gloria de Don Ramiro’, ‘Mariana Pineda’ o ‘La metamorfosis’, el relato de Kafka que también celebra su centenario. Una asignatura pendiente. Los nombres de Thomas Ades, Jake Heggie, Kaija Saariaho y otros se ofrecerán por primera vez al espectador español en el Real o en los Teatros del Canal. Repertorio variado, pues, aunque queden pendientes todavía títulos importantes como ‘La Kovantchina’ o ‘Los

Troyanos’ para citar dos ejemplos. Todo se andará. El teatro lírico del pasado y del presente tiene una riqueza que no solo se concreta en la belleza de las voces, sino también en la dramaturgia, a veces muy compleja, y en una teatralidad que asume con pluralidad todos los signos escénicos. La dirección escénica sigue siendo una de las vertientes más cuidadas desde la reapertura operística del Real. En esta conmemoración del bicentenario se ha prescindido de los nombres más conflictivos de la era Mortier, como Tcherniakov, Marthaler o Warlikowski, cuyos montajes, para mí interesantísimos, levantaron escándalos. Ahora, Claus Guth (3 montajes), incluido el ‘Parsifal’ de esta temporada), David Alden (2) y La Fura dels

Doscientos años del Teatro Real

Fachada del Teatro Real de Madrid tras su remodelación en 1997. :: EFE

La conmemoración del bicentenario es un desafío social, cultural y económico

Baus (3) son las bases. También Deborah Warner, Calixto Bieito, David McVicar, Laurent Pelly, Piere Audi, Piere Sellars, y Robert Wilson firman algunos de los espectáculos más esperados, como ‘Billy Budd’ (Wagner) ‘Turandot’ (Wilson), ‘Die soldaten’ (Bieito), ‘Fausto’ (La Fura) y ‘Lucio Silla’ (Guth) pueden ser apasionantes. En la dirección orquestal, el titular Ivor Bolton asume cinco títulos (sin contar ‘La flauta mágica’): ‘Rodelinda’, ‘Lucio Silla’, ‘Bolly Budd’, ‘Glorina’, ‘El gallo de Oro’ y el díptico de Saariaho. Pablo HerasCasado firma tres, ‘El holandés errante’, ‘Die sodlaten’ y ‘Butterfly’. Debuta David Afkham (’Bomarzo’), y Roysset, Daniel Oren Luisotti, Pons, Carignari, Palumbo, Roberto Abbado y algún otro se reparten el resto de las producciones, aunque algunas no estén del todo cerradas. El programa reúne un florilegio de intérpretes, con un gran comienzo con el recital de lieder de Jonas Kauffman. Desde Plácido hasta Camerana, Beczala, Agreste, Bejun Mehta, Julie Fuchs, Nucci , Petibon, Kunde, Damrau, Youn, Merbeth, Urmana, Stoyanova, Jaho, Cotillard, Racette, Antonacci y muchos otros. Debuts importantes y presencia significativa de los habituales. Manteniendo las demás actividades (ballets, recitales, proyecto pedagógico, etc.) este es el incompleto retrato de una conmemoración histórica que sigue suponiendo en el siglo XXI un desafío social, cultural y económico. Nos preguntamos lo de siempre ¿la ópera solo para las elites? ¿Cómo acceder a una democratización real para que puedan disfrutarla los aficionados independientemente de sus ingresos económicos? Funciones especiales, retransmisiones televisivas en la programación de la pública, ópera en los cines, asistencia a los ensayos generales, que desde un proceso meditado faciliten al ciudadano el gusto por la música y el teatro. Es también cuestión de educación, comenzando la tarea en los niños y en los jóvenes. En todo caso, un problema social y cultural de primer orden. El espectáculo que muchos consideran elitista, sus características le hacen costoso, debe dejar de serlo. La conmemoración del bicentenario debe culminar la misión de hacer de la ópera un hecho cultural y lúdico, al que todos los aficionados puedan acceder.


LECTURAS

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El amor como trampa mortal Rafael Chirbes narra en ‘París-Austerlitz’, su libro póstumo, una hiriente y conmovedora historia

LUIS EDUARDO SILES

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arís-Austerlitz’ es un libro amargo, tremendamente amargo, sombrío, un libro en el que está el amor, el desamor, la enfermedad, el abandono, la desesperación, la muerte. Rafael Chirbes lo ha escrito con distancia, sin apego a sentimentalismos ruidosos, pero la travesía vital de Michel, uno de los protagonistas, duele al lector. Rafael Chirbes, uno de los mejores escritores españoles, falleció en silencio el pasado agosto, a los pocos meses de concluir esta sensacional novela breve que empezó en 1996 y no se sabe por qué dejó después en un cajón. Su último legado literario es un libro conmovedor, de tono intimista –como el primero, ‘Mimoum’–, que al terminar la lectura deja un desgarro en el lector: por la trayectoria de los personajes y porque, que se sepa, no volveremos a tener otra entrega original de Rafael Chirbes. ‘París-Austerlitz’ es una

historia de amor. Pero va más allá. Se trata también de una colosal reflexión sobre la muerte. O mejor: de los estragos que produce la enfermedad en las personas hasta destruirlas. Es el SIDA, al que el autor nunca se refiere con ese nombre, sino como «la plaga». «Empecé a ver a Michel como un ser atrapado que pretendía meterme con él en una jaula. Cuando, tendido en la cama del hospital, alargaba la mano para tocarme y me miraba con ansia, aún me parecía descubrir en él la descabellada aspiración que leemos en los cuentos de terror, en las novelas románticas y en las fantasmagóricas que les gustaban a los surrealistas: deseo de amor que perdura más allá de la muerte», piensa su amante.

PARÍS-AUSTERLITZ

Rafael Chirbes. Anagrama, 2016. 153 págs. 15,90 euros.

Es la historia de Michel, un obrero normando, homosexual, cincuentón, bebedor, hablador, fornido pero ya en la decadencia física, duro pero con un fondo tierno –«tengo fuerza, pero necesito dulzura»–, decía, que vive en unas nauseabundas habitaciones en el barrio de Vincennes –toda la novela se desarrolla en París–, cuya madre se prostituyó para los ocupantes durante la guerra y él percibía la mezcla de olores a sudor en el cuerpo de ella cuando de niño la abrazaba por la noche para huir del frío. Michel encuentra a un joven español, 30 años menor que él, recién llegado a París, que huye de su familia, perteneciente a la alta burguesía madrileña, y busca convertirse en pintor. Inician una tórrida historia de amor. El joven piensa: «Deseaba su cuerpo, me hacían reír sus bromas, me atraía la carnalidad que destilaba cada uno de sus movimientos». Pero luego surgirán los celos, el afán de posesión, el hastío, la falta de futuro en la relación. La diferencia de clase social y de edad. El desamor. El joven se refiere a esa sensación como «la carcoma». «No pasa nada si uno vive

El escritor Rafael Chirbes, en la Feria del Libro de Valladolid de 2014. :: G. VILLAMIL solo. No se puede vivir sin agua, o sin aire, pero se puede vivir sin compañía», le explica a Michel, que no lo entiende, que lo traspasan esas palabras. ‘Paris-Austerlitz’ es, sí, una novela de temática gay, pero da el salto mucho más allá hasta describir el amor en todas sus dimensiones y con todas sus aristas y luces. Están el amor y la amistad, pero también la fría crueldad del ser humano. ‘París-Austerlitz’ golpea porque es una obra sensacionalmente es-

crita, aunque no alcance el perfil casi shakesperiano de otras novelas del autor, como ‘Crematorio’ o ‘En la orilla’. El libro está construido en desorden temporal y contado por el joven madrileño: es su perspectiva la que conoce el lector. Se desarrolla a finales de los 90. El protagonista llegó a París sin dinero pero halló la ayuda de Michel, que le ofreció su habitáculo sin luz, los paseos por París, las borracheras a las puertas del cuarto oscuro, siempre vestido con una camisa a cua-

dros, esas camisas a cuadros que terminaron desesperando al joven. Hasta que llegó la «carcoma», y después la enfermedad de Michel. Y él piensa: «Aunque en realidad, por debajo de aquella piel, en aquel cuerpo que parecía un atlas de los huesos humanos, ¿qué quedaba del hombre que me atrajo?». Aunque también recordaba los días luminosos: «El cuerpo de Michel, refugio cálido». Inmenso, inolvidable, Rafa Chirbes, que leyó como nadie al ser humano.


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LECTURAS

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El escritor israelí Abraham B. Yehoshua. :: ALBERT OLIVÉ-EFE

La diáspora judía en los dos últimos siglos Una saga familiar con epicentro en Jerusalén

A

través de uno de sus personajes, el escritor Abraham B. Yehoshua (Jerusalén, 1936), define a la perfección la principal estrategia narrativa de esta novela que editó en Israel en 1990 y que ahora ha traducido del hebreo, de un modo que su lectura en castellano parece

denotar como excelente, Ana María Bejarano para Duomo Ediciones: «Lo que no podíamos ni imaginar es que Mani había terminado de escribir el texto, que estaba ya puliendo la puesta en escena, y que teniendo ya decidido el reparto, con actor principal incluido, y preparado el público, estaba simplemente buscando

Almendros

H

an salido algunas, muchas, yemas en los dos almendros chaparros del solar al final de nuestra calle. Estos árboles están pegados a la verja de malla que acota el solar o pequeño vertedero. Algunas de las ramas saltan sobre la valla. Otras se cuelan astutamente por entre los paralelogramos de metal, entrelazados, un poco roñosos. No tan inoxidable el acero, lo que sea, de la malla. Estas ramas parecen dedos, apéndices de algo, algo preso, algo preso que suplica co-

mida o atención. Al final de cada rama y ramúculo hay, lo he dicho ya, una yema. Cientos de ellas. Venida, cada una de ellas, digo, dice un mecanismo pedante convencido por un momento de ser yo, venida, cada una, a traer poesía a la vida. Pero no. No hay ninguna poesía. Hay lugar común. Cursilada. Pero de poesía, ni una yema. Hay física. Tanta cantidad de física. La física de los colores apretados de la yema, del fondo nuboso. La física de las fuerzas que la mueven levemente de un lado a otro, o

JOSÉ GIMÉNEZ CORBATÓN

un lugar donde plantar su teatro y dar comienzo a la representación». Porque hay que afirmar de

que la sujetan a la rama. La química de las partículas que conforman su aroma particular. Y donde hay física hay matemáticas. La topología que define la forma ahusada del espacio que va de la rama a la punta y que nos dirá la forma en que se abrirá la flor. Poesía ninguna. Ni siquiera la habrá en la floración para la que falta poco. La poesía de la flor de almendro. La bulliciosa poesía de las flores del almendro. Ja. Ninguna, ya digo. Tampoco hay poesía en los colores del otoño, ni en la luna, ni en las estrellas. Meras longitudes de onda del espectro electromagnético que recogen nuestros ojos y con las que nuestros cerebros construyen eso que llamamos formas, colores, luz. Este

entrada que ‘El señor Mani’ es una novela de estructura muy original, novedosa, de esas que al buen lector, incluso al más exigente, o a aquel que cree que ya todo está inventado cuando hablamos de técnicas de ficción, lo sacuden para recordarle que no es así, por fortuna. Ese lector lee, en realidad, cinco novelas que

EL TALISMÁN DE LA COSTURERA CIRO GARCÍA

montaje automático de nuestro cerebro, a pesar de constituir una primera interpretación, más bien reducción, del mundo, no es poesía. Aunque nos deje sin aliento, en ocasiones –a fin de cuentas, ante ciertos estímulos, algunos padecemos casos más o menos graves de Sthendal–. Es una primera toma de contacto a la que, en cualquier caso, se puede conceder cierta potencialidad para la poe-

forman el conjunto sincopado de una sola constituyendo la crónica, a lo largo de dos siglos –desde la primera mitad del XIX hasta los años ochenta del pasado– de una saga familiar, la de los judíos Mani, en lugares tan dispares como la Isla de Creta, la Galizia polaca, Atenas, un kibutz israelí o, sobre todo, la ciudad de Jerusalén, descrita con particular precisión en diferentes momentos temporales. Las cinco partes son en realidad diálogos entre dos personajes –entre tres, en la última de ellas–, de los que solo oímos –leemos– la voz de uno de ellos, entrecortada por las intervenciones del otro, que no conocemos, pero que adivinamos o imaginamos por la primera. Pero que nadie se asuste: Yehoshua es un genio de la construcción del discurso y de la prosa. Las historias que nos cuenta atrapan, envuelven, arrastran. La cita con la que he iniciado esta reseña no sólo sirve para explicar ese aspecto formal de la novela. Lo cierto es que cada uno de los personajes que conocemos a través del diálogo monologado, por llamarlo de alguna manera, encierra una intención y un planteamiento dramáticos, una voluntad de representación escénica, fundamental, que pretende culminar un largo proceso anterior que conocemos a través de sus propias confesiones. Hay un duelo interpretativo con el receptor de sus palabras que, es obvio, tiene mucho que ver con esas intenciones escénicas que suponen un punto fundamental en las vidas de ambos. Las diversas generaciones del apellido Mani que aparecen son la historia compleja de una familia judía extendida por los lugares que antes he citado. ¿Dónde no hay judíos?, se pregunta uno de los personajes en algún momen-

sía. Porque el ver, oír, percibir el mundo no es algo que haya sido «pensado» para la poesía. No evolucionó para eso. Más bien para advertirnos de peligros, de nuestra situación en el mundo, de los recursos que se abren ante nosotros. Las yemas de almendro, por ejemplo, para decirnos que dentro de poco, por aquí, habrá una fuente de alimento. Claro que eso ya no se lo dicen a nadie. A fin de cuentas las almendras que comemos están en los supermercados. Para la poesía hace falta que pase por ahí un poeta. Hace falta alguien que mire y alguien que diga. Y no de cualquier manera. Yo puedo decir que he visto las yemas del almendro. ¿Y? Puedo de-

EL SEÑOR MANI A. B. Yehoshua. Traducción de Ana María Bejarano, Barcelona, Duomo Ediciones, 2015, 404 páginas, 18 euros.

to. La diáspora los extendió por buena parte del mundo, aunque nunca dejaron de tener Palestina, y sobre todo Jerusalén, como un punto de referencia que estaba en la base de su origen cultural y religioso. En una novela así no puede faltar el mismo Herlz, y el nacimiento del movimiento nacionalista través de los primeros Congresos sionistas, en especial el Tercero, que tuvo lugar en la ciudad suiza de Basilea en 1899. Pero en modo alguno estamos ante una novela alegato o propagandística. Yehoshua practica el humor y la distancia como buen narrador judío que es. ‘El señor Mani’ hace honor al conocido carácter de militante pacifista por el que su autor es también reputado en Israel. El novelista analiza en profundidad el mundo al que pertenece, que ha marcado una idiosincrasia muy particular a lo largo de más de dos largos milenios. Pero, sobre todo, sabe contar del modo que lo han hecho los mejores narradores universales de su ámbito cultural, y citaré sólo a Isaac Bashevis Singer o a Albert Cohen como ejemplos ilustres recientes. Conseguir que el lector no se pierda y disfrute con el ingente número de personajes que pueblan esta novela es ya un mérito en sí mismo nada desdeñable.

cir que iba camino del autobús y vi las yemas del almendro. Que vi las yemas del almendro, y que, a lo mejor de inmediato, a lo mejor tres o cuatro pasos más allá, con los ojos virados al reloj del Ayuntamiento, pude imaginar la floración futura, profusa. Pero jamás, pienso, se me habría ocurrido pensar: «A las aladas almas de las rosas del almendro…» Para eso hacía falta un poeta –de ese poeta en concreto–. Y por ahí no pasaba ninguno. Pero no deja de ser maravilloso, potencialmente poético, incluso, que nuestro cerebro, autodiseñado para mantenernos vivos y nada más, sea, en algunos casos, capaz de construir versos como los de Hernández.


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LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

Una aventura propia Julieta Valero vierte su concepto más íntimo del discurso lírico en el poemario ‘Que concierne’

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inco años después de la publicación de ‘Autoría’, Julieta Valero da a la luz ‘Que concierne’, un volumen renovador y personal, del que emanan tintes vanguardistas, ovillado en torno a una estructura heterogénea y valiente. La poetisa madrileña suma así su cuarto poemario (el primero vio la luz en 2003, ‘Altar de los días parados’, al que seguiría dos años después ‘Los heridos graves’) y en él, ha querido verter una fórmula que coincida con su concepto más íntimo de discurso lírico. En una entrevista concedida meses atrás, Julieta Valero afirmaba: «No se acude al poema en demanda de un significado cerrado, sino para tener una experiencia abierta del lenguaje donde no hay un sitio único, un significado unívoco; sino un espacio donde se me dan claves para entrar… El poema es un artefacto que se trabaja con mucha conciencia del lenguaje y con muchos procedimientos que conoce y maneja el poeta, pero no hay una finalidad, es una aventura propia para quien lo hace y debería de serlo para quien lo lee». A sabiendas, pues, de sus intenciones, el conjunto puede leerse desde una perspectiva multiforme y desde una semántica polisémica, que abren las posibilidades del mensaje emisor y el impacto que asuma el receptor. En esa dualidad, el lenguaje parece ser lo único susceptible de definirse de manera autónoma y resulta ser, en suma, lo que da un punto de apoyo satisfactorio al espíritu. Sabe Julieta Valero, que su decir es una sustancia conocedora –o no– de su propio orden, la cual adquiere conciencia al introducir en ella una voluntaria alternancia en un mapa que no debe ni tiene que prestarse a clasificación alguna. De ahí, que puedan hallarse textos como el titulado ‘Compromiso’, donde se lee: «De camino se nos une la embarazada de alto riesgo.

Julieta Valero. Lleva confeti de abdicaciones y lejía receta del Bierzo: produce unas ganas beatíficas de dimitir. Entre Atocha y Colón todo son trigales verdes; el viento, que llega en cuatro columnas cardinales, unifica nuestra negativa a la austerocracia. Donde la abstracción pierde pie, pisa marcial la estulticia. Camisetas jubiladas rezan: ‘Respirar también es testimonial’». María Salgado afirma en su epílogo que este libro, «va sobre al menos una gestación y al menos un nacimiento por venir y al menos un casamiento y al menos una re-

QUE CONCIERNE Julieta Valero. Vaso Roto. Madrid, 2015. 104 págs. 14€.

JORGE DE ARCO

vuelta. Es decir, que quizás es un libro sobre la reproducción de la vida en unas condiciones materiales muy localizadas». Y desde esos enunciados, crecen, sí, las notas fundamentales de este himno que en ocasiones se interrumpe, se esconde, se muta, se despliega, se encorajina, se disuelve, se alienta y se satisface desde sí mismo, como ocurre en el poema que da título al volumen, ‘Que concierne’: «Como si yo pudiera penetrar con la punta de algo que de verdad me duele,/ atañe, así ponte tú en el sitio enfurecido de otro,/ su abismo dulzón, su falta de plata, perdón, papeles./ Llevamos siglos considerando si un bebé, tú y yo/ y contra todo pronóstico pactar con el futuro, tener peso, partir las últimas./ Calificaciones primaverales./ ¿Aceptaríamos desbiografiarnos con ese peine duro?/ Preludio todo encofrado de estos años preludio de ella, de él…». Al hilo de estas páginas, donde subsisten elementos verosímiles, necesarios, invisibles, imaginativos, simultáneos…, asoman sólidas intuiciones que conforman un universo donde espacio y tiempo no son impresiones sensibles, sino el resultado de una abstracción solidaria, más exenta de empirismo. El presente pareciera tornarse niebla, áspera realidad, manifiesta yuxtaposición. Y el entendimiento, tal vez, ya no puede percibir. Y quizá los sentidos no puedan llegar a pensar. Dicotomías, al cabo, que se hacen claves ontológicas, axiomas que perseveran, movimientos curvilíneos que refieren la naturaleza, secretos extrínsecos que divinizan la materia, alteración de contrarios que revelan lo etéreo, dominios que acceden al reino de lo inmutable: «A menudo el techo del deseo es una bolsa./ Se adhiere al pensamiento, a la verosimilitud/ de la sonrisa, al útero./ Genética y talla vienen con la motivación./ Nada que ver pluma, colorido, por mucha/ ducha de gen que».

Prima de riesgo y desarrollo sostenible para todas las edades :: V. M. NIÑO La prima de riesgo puede resumirse en una frase de una docena de palabras. El endeudamiento nacional en dos párrafos y la Gran Depresión es abarcable en una página. David Ciferri y Stefano Di Colli demuestran que la economía no tiene edad, que legos en la materia y cabezas cuyo banco es una hucha pueden manejarse con las obligaciones, el déficit público o los microcréditos bastante bien. La colección de Siruela Nos Gusta Saber presenta esta ‘Pequeña historia de la economía’. Arud, un hombre prehistórico, es el primer comerciante de esta exposición. El excedente de carne del que dispone el cazador será canjeable por los vegetales sobrantes de su vecino. La primera forma de transacción es el trueque que irá complicándose a medida que se multipliquen mercancía y cantidades. Será Creso, rey de Lidia, quien proponga en

el siglo VII a. C. a sus operarios que recojan las pepitas doradas de los ríos a fin de usarlas como medio de pago. Los autores van sumando personajes que interpelan a economistas reconocidos sobre las cuestiones que van planteando. La acuñación de moneda, el por qué del uso de metales preciosos primeros, aleaciones después, la estampación de retratos, son extremos explicados por John Maynard Keynes. De la moneda, al trabajo,

PEQUEÑA HISTORIA DE LA ECONOMÍA David Ciferri y Stefano Di Colli. Siruela. Colección Nos gusta saber. 176 páginas. 17,95 euros.

al beneficio y al valor de las cosas. Interesante es pararse en la ‘ciencia de los incentivos’, esa que instintivamente entendemos todos desde el colegio. El libre mercado está íntimamente ligado a esa ciencia. Más tarde Karl Marx ilustraría la economía con una nueva idea del reparto de la plusvalía en un intento por mejorar la comunidad que devino en el socialismo. Los saberes del dinero corren cercanos a la política, el enfoque de uno determina a la otra y viceversa. El Estado es parte de la economía, hasta tiene ‘tesoro’ propio, con sus obligaciones. El PIB, el ‘boom’, el ‘crack’, la inversión y su diversificación, los microcréditos, la economía sostenible o la naturaleza del euro son explicados tan sencillamente que la lectura con los pequeños iluminará a los mayores. Stiglitz, Samuelson, Smith o David Ricardo son otras de las autoridades citadas en este peculiar viaje.

La excepción del calendario :: V. M. N. Nacer un 29 de febrero determina la vida de Daniel, excepcional primero en ell cuándo y el cómo vino all mundo, después en casii todo. Daniel parece un pa-réntesis en la corriente ge-neral de su mundo. Su crea-dor es José Luis Alonso dee aSantos, un veterano dramaturgo que conoce bien loss pliegues del humor y de laa n atención. Ambos convergen n en un personaje curioso, un oniño que está despidiéndose de su primera infancia y n enfila sexto de primaria con la perplejidad del extraño. sA Daniel le llaman Bisiesnto, por la fecha de nacimiensto. Atribuye a esta circunsetancia buena parte de sus deo. sencuentros con el mundo. iEn el primer capítulo explieca el por qué del 29 de febrearo cada cuatro años, fundamento de su condición de ‘margi’, «en el colegio, en el erecreo, en cada y en biblioteeca». Hijo de dramaturgo, literaria y metaliterariamente, Daniel narra su historia y su presente, como bicho raro que le hacen sentir aunque con cómplices en el camino: su padre, su profesor cinéfilo también nacido en año bisiesto (de nombre Antonio Piedra), algunos amigos. Alonso de Santos ensancha los lími-

tes de la Lomce y hace guiños a los clásicos y cita a Cervantes, Lope, Shakespeare u Homero, entre otros. Con oficio para engancharnos al destino de Daniel, el escritor anima cada capítulo con una imagen heredera de las greguerías. Un cuento divertido sobre una infancia distinta.

EL NIÑO BISIESTO Texto de José Luis Alonso de Santos. Ilustraciones de Federico Delicado. Kalandraka.104 páginas, 14 euros. A partir de 8 años.


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DEL CIPRÉS

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onstato que la palabra ‘escenario’ está en todas partes: en la política, en los medios de comunicación, en el ámbito judicial, en el de la educación, en el de la medicina, en el de la publicidad... y empieza a colarse también en el habla de la gente. Entre los significados de ‘escenario’ están los siguientes: Lugar elevado y visible desde cualquier punto del teatro en el que se representan obras teatrales, musicales, etc.; generalmente está oculto tras un telón que se mantiene cerrado entre actos para cambiar los decorados (decimos entonces que la actriz se movía por el escenario como si estuviera en el salón de su casa y que hay escenarios fijos y giratorios). Por extensión, el escenario se sale del teatro y también la palabra, que se usa para designar cualquier plataforma en alto que se usa para representar algún tipo de espectáculo. Funcionan como equivalentes las palabras ‘escena’ (de donde viene la expresión ‘salir a escena’), ‘tablas’ (en plural) solo para el escenario de un teatro, ‘plató’ (en televisión), ‘tablado’ (en el baile flamenco), etcétera. Pero la extensión significativa va más allá y la palabra ‘escenario’ se usa para hacer referencia al lugar en el que de desarrolla una acción, sea esta real o ficticia, como en ‘Cortázar eligió Buenos Aires como escenario de muchos de sus cuentos’ o en ‘Esta zona fue escenario de combates sangrientos’. Cuando un asesinato o un crimen es noticia, los medios de comunicación hablan del escenario del crimen para referirse al lugar en el que ocurrió. El ‘Diccionario de la lengua española de la RAE’ recoge una acepción restringida al mundo del cine: «en el cine, lugar donde se desarrolla cada escena de la película». Como saben, España ha sido ‘escenario’ de algunas producciones de cine, tanto nacionales como internacionales: la provincia de Soria fue escenario de la superproducción ‘Doctor Zhi-

USO Y NORMAS DEL CASTELLANO MARÍA ÁNGELES SASTRE PROFESORA DE LENGUA ESPAÑOLA EN LA UVA

ESCENARIOS

Más normas y recomendaciones para el uso correcto del castellano. Envíe sus consultas a: elcastellano. elnortedecastilla.es

vago’ y la plaza de España y otras calles y edificios de Sevilla lo fueron de ‘Lawrence de Arabia’. Significados un poco más alejados son ‘conjunto de las circunstancias que rodean a una persona o un suceso’ y ‘posibilidades o perspectivas de un hecho o de una situación’. Precisamente con estos significados es con los que ‘escenario’ ha experimentado un crecimiento exponencial, en el sentido de que aumenta cada vez más rápidamente y arrincona a equivalentes como ‘situación’, ‘circunstancia’, ‘contexto’, ‘atmósfera’ (una atmósfera irrespirable mejor que un escenario irrespirable), ‘ambiente’, ‘marco’, etcétera. Leo en la prensa reciente a propósito de la dificultad de los partidos políticos para establecer pactos que «este es un escenario desconocido hasta la fecha», que una nueva convocatoria de elecciones «no sería un buen escenario» para algunos partidos, que «la federa-

ción andaluza plantea escenarios que permitan, incluso, la posibilidad de cambiar la fórmula de elección del secretario general, eliminando las primarias». Se habla del difícil escenario de consensos para sumar mayorías y, fuera de la comunicación política, se sabe que el protocolo de medidas que han de adoptarse durante episodios de alta contaminación por dióxido de nitrógeno en la ciudad de Madrid considera cuatro escenarios posibles contados desde cero (por eso, por poner solo un ejemplo, el pasado 23 de diciembre el Ayuntamiento de Madrid activó el «Escenario 1» por contaminación y limitó la velocidad máxima a 70 kilómetros por hora en la M-30). Los ejemplos son abrumadores: «Situación de la banca española en el actual escenario»; «La situación cambiaria es crítica: estos son los escenarios»; «El nuevo escenario internacional queda inaugurado»; «El nuevo escenario político golpea a constructoras, eléctricas y bancos»; «En el mes de enero el escenario político se ha animado bastante»; «¿Un nuevo escenario para la empresa industrial vasca?»; «Por ejemplo, un escenario sería que sigan tipos de interés bajos»; «La industria pesquera se encuentra enfrentada a un escenario adverso por los costes crecientes»; «El descenso del precio del petróleo, un nuevo escenario»; «Asimismo las conductas de un sujeto se pueden situar en varios escenarios a la vez»; «El nuevo escenario mediático». Incluso rizando el rizo, en titulares periodísticos aparecen las palabras ‘escenario’ y ‘situación’ y también dentro del mismo enunciado en el cuerpo de la noticia («Escenarios para la situación de Grecia»; «La situación de la economía brasileña en el actual escenario económico mundial») o bien solo ‘escenario’ en el titular, que automáticamente se convierte en ‘situación’ en la entradilla o en el desarrollo de la noticia. ¿Un toque glamuroso? ¿Puro postureo?

LOS LIBROS MÁS VENDIDOS EL CORTE INGLÉS VALLADOLID

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Martina con vistas al mar. E. Benavent (Suma)

Un perro. Alejandro Palomas (Destino)

Rosy y John. Perre Lemaitre (Alfaguara)

El último de la estirpe. F. Jaegggy (Tusquets)

Palmeras en la nieve. Luz Gabas (Temas de hoy).

El monstruo de colores. Anna Llenas (Flamboyant)

La forma de las ruinas. J. Gabriel Vásquez (Alfaguara)

Los besos en el pan. Almudena Grandes (Tusquets)

La luz que no puedes ver. A. Doerr (Suma)

Palmeras en la nieve. Luz Gabas (Temas de hoy).

Nemo. Gonzalo Hidalgo Bayal (TusQuets)

Remando como un solo hombre. D. J. Brown (Nórdica)

La chica del tren. Paula Hawkins (Planeta)

Los atrevidos dan el gran salto. Elsa Punset (Beascoa).

La costilla de Adán. Antonio Manzini (Salamandra)

Palmeras en la nieve. Luz Gabas (Temas de hoy).

El último adiós. K. Morton (Suma)

Un mal nombre. Dos amigas. Elena Ferrante (Lumen)

La lección de August. R.J. Pakacio (Nube de Tinta)

Cicatriz. Juan Gómez Jurado (Ediciones B)

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

El nombre de Dios es misericordia. Francisco (Planeta)

Felipe el hermoso. Anatomía... Botello/Rdez (Oberon)

Frente al miedo. Antonio Escohotado (Pág. Indómita)

La cocina sana de Isasaweis. Isabel Llano (Anaya)

La magia del orden. Marie Kondo. (Aguilar)

Ante todo no hagas daño. Henry Mars (Salamandra)

Los enemigos de los libros. William Blades (Fórcola)

Agujetas en las alas. Dani Rovira (El Pais Aguilar)

Superpoderes de éxito para... J. L. Izquierdo (Alienta)

Los hombres del saco. J. L. Gordillo (Paulinas)

Sociedades comparadas. Jared Diamond (Debate)

Superpoderes de éxito para... J. L. Izquierdo (Alienta)

Gente tóxica. Bernardo Stamateas (B de bolsillo)

Derecho a la cocina. J. Diez Astrain (Sapere aude)

Giuseppe Fiori... Antonio Gramsci (Capitán Swing)

Fotografía y motivo poético. L. R. Muñoz (Casimiro)

Destroza este diario. Keri Smithl (Paidós)

Emocionario. Di lo que sientes. C. Núñez (Palabras aladas)

Mi primer atlas. Gerónimo Stilton (Oniro)

El espectro del capitalismo. Arundhati roy (C. Swing)

SANDOVAL VALLADOLID

LIBRERÍA DEL BURGO PALENCIA

SEMURET ZAMORA

PUNTO Y LÍNEA SEGOVIA

FICCIÓN

FICCIÓN

FICCIÓN

FICCIÓN

Paris-Austerlitz. R. Chirbes (Anagrama)

El bar de las grandes esperanzas. Moehringer (Duomo)

Paris-Austerlitz. R. Chirbes (Anagrama)

Los besos en el pan. Almudena Grandes (Tusquets)

La guitarra azul. John Banville (Alfaguara)

Los besos del pan. Almudena Grandes (Tusquets)

Youce, el sefardí. Olmos (Dip. de Badajoz)

La isla de Alice. Daniel Sánchez (Planeta)

Donde la Vieja Castilla... Avelino Hernández (Rimpego)

El secreto de la modelo... E. Mendoza (Seix Barral)

Los besos en el pan. Almudena Grandes (Tusquets)

El último adiós. K. Morton (Suma)

Farándula. Marta Sanz (Anagrama)

Farándula. Marta Sanz (Anagrama)

La luz que no puedes ver. A. Doerr (Suma)

El secreto de la modelo ... E. Mendoza (Seix Barral)

Los diarios de Emilio Renzi. R. Piglia (Anagrama)

La oculta. Héctor Abad Faciolince (Alfaguara)

El regreso del Catón. Matilde Asensi (Planeta)

Hombres desnudos. A. Giménez Barlett (Planeta)

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

NO FICCIÓN

Contrapoder. VV AA (Roca/Eldiario.es)

Emocionario. Romero/Núñez. (Palabras Aladas)

Sermón de dejar de ser. García Calvo (Lucina)

La Guerra Civil para jóvenes. Pérez-Reverte (Alfaguara)

Avaricia. Fittipaldi (Foca)

Neoliberalismo sexual. An de Miguel. (Cátedra)

Avaricia. Fittipaldi (Foca)

En movimiento. O. Sacks (Anagrama)

En movimiento. O. Sacks (Anagrama)

La magia del orden. Marie Kondo. (Aguilar)

El tiempo entre suturas. Gallardo (Plaza&Janés)

Yo fui a EGB. J. Ikaz y J. Díaz (Plaza&Janés)

Estado de Crisis. Zygmunt Bauman (Paidós)

En movimiento. Oliver Sacks. (Anagrama)

Despertar al diplodocus. J. Antonio Marina (Ariel)

A mi manera. K. Arguiñano. (Planeta)

La Gran Guerra. Mª Isabel Bringas (U.P. Burgos)

Combate en la montaña. Wifredo Román. (Aruz)

Yo fui a EGB. J. Ikaz y J. Díaz (Plaza&Janés)

Fernando el Católico. H. Kamen (La Esfera de los libros)


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Sábado 6.02.16 EL NORTE DE CASTILLA

QUINCE MINUTOS DE FAMA

ÁNGEL MARCOS

Carlos Villanueva Frigola

Nací en Cistierna (León), he vivido en Burgos, en la selva del Amazonas y ahora la mayor parte del tiempo lo paso en Lima (Perú). Me he dedicado a negocios como agricultura amazónica, hostelería, entretenimientos, encuadernador, maderas tropicales, coleccionismo… En la actualidad mi ilusión está puesta en la galería de Arte Contemporáneo Enlace y un nuevo espacio museográfico, ambos en Lima. Del lechazo... prefiero no hablar, salivo demasiado si lo hago.


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LA SOMBRA DEL CIPRÉS

Sábado 6.02.16 EL NORTE DE CASTILLA

Director: Carlos Aganzo Coordinadora: Angélica Tanarro

la muchacha tendrá que abandonar cuando le llegue la hora de regresar a casa.

Un arroyo blanco

:: ILUSTRACIÓN BEATRIZ MARTÍN VIDAL

Cuentos de invierno Él último rescate

Cuando despertó, la doncella aún estaba en los brazos del caballero que la había salvado. En aquel mundo sin dragones la supervivencia era una decepción.

Un canto en la noche

Carmen aún dormía cuando me levanté. Fui a la cocina y noté algo indefinible en la casa. No sabía qué era pero tenía que ir a trabajar y no pude investigar más. Fue una larga jornada y al regresar a casa Carmen ya se había acostado. Me desperté en plena noche. Sentía un murmullo lejano que recordaba el sonido de una respiración, pero no pude concretar de dónde procedía. Ese día terminé pronto y Carmen y yo pudimos cenar juntos. Trabajábamos sin descan-

so y apenas teníamos tiempo para vernos. Ella se quedó dormida frente al televisor y yo volví a escuchar el murmullo de la noche anterior. Era algo vivo, semejante a un canto apenas perceptible, que me hizo permanecer inmóvil hasta el amanecer. En las noches siguientes se repitió aquel murmullo. Lo escuchaba cada vez con más nitidez, en un estado de profundo arrobo. Sí, era un canto. Un canto que me hacía sentir feliz y desgraciado a la vez, como tener que cuidar algo frágil que temes que se pueda morir. Sólo vivía esperando que llegaran las noches para que se repitiera. Carmen empezó a hartarse porque me negaba a salir. Una noche se empeñó en ir a una fiesta y, ante la amenaza de tener que estar hasta altas

horas de la madrugado escuchando conversaciones estúpidas, decidí darle a escondidas un somnífero. Empecé a hacerlo con frecuencia. Aquel canto único regresaba cada noche, ampliándose con nuevas e incomparables variaciones, y yo sólo vivía para escucharlo. Pero Carmen vio el frasco de los somníferos casi vacío y supo que sus pesados sueños tenían que ver con ello. –¿Me estás dando somníferos?, me preguntó perpleja. Tuve que reconocerlo, aunque no supe explicarle la razón. ¿Cómo me iba a creer? Además ¿habría podido aceptarlo? Mi silencio la enervó más y me amenazó con irse de casa. No lo dudé y le invité a hacerlo. Ella me llamó ca-

brón y se fue al día siguiente. Me sentí el más feliz de los hombres. Sólo pensaba en aquel canto, y lo que tenía que ser poder entregarme a él sin condiciones. Pero esa noche, la primera que pasé solo, el canto no se repitió. Tampoco lo hizo en las siguientes, en que permanecí inútilmente en vela sin apenas escuchar otra cosa que el ruido de las cañerías de mis vecinos. Unas semanas después, completamente agotado, decidí olvidar aquella locura y logré que me volvieran a admitir en mi antigua empresa. Mi vida discurría con normalidad cuando me encontré con Carmen. Entramos en una cafetería y terminamos abrazados. La echaba de menos y le pedí que volviera conmigo. Lo hizo dos días después, pues Carmen no sabe lo que es el rencor. Cenamos alegremente y, tras hacer el amor, se quedó dormida en mis brazos. Durante la noche, tuve sed y me levanté a buscar agua. Estaba en la cocina cuando inesperadamente volví a escuchar el canto. Venía de nuestro cuarto, y nunca había sido tan perturbador y bello. Me asomé con cuidado a la puerta. Carmen estaba dormida, y su cuerpo desnudo se adivinaba bajo las sábanas

como un paisaje de dunas blancas. Es difícil explicar esto, pero me bastó con verla para comprender que era a ella a quien había estado destinado aquel canto desde el principio, no a mí.

Unicornio

Animal fabuloso con forma de caballo y un solo cuerno en la frente. Extremadamente huidizo es, sin embargo, muy fácil de capturar, ya que le basta con ver a una muchacha ensimismada en el bosque para correr a su encuentro y quedarse dormido sobre su falda. Representa la fuerza insobornable del amor, pero también sus frutos y criaturas extrañas, todo aquello que

DÍAS FELICES GUSTAVO MARTÍN GARZO

Sufrimiento y amor, es todo lo que hay en la vida. Sé por eso que no debería quejarme, pues mi caso no es distinto al de los otros seres humanos. Fui, de hecho, una de las mujeres más famosas de mi tiempo, y hasta las puertas de los palacios estuvieron abiertas para mí; pero un designio fatal marcó mi vida desde la adolescencia. Recuerdo el descubrimiento de aquella sombra que no me abandonaba, mi tortura por aquella ausencia de luz en mi cara. Esa sombra era vello que, por una extraña anomalía, crecía en mis mejillas con una profusión aun mayor que en las de los hombres. Empezó entonces la lucha feroz por ocultarlo, las recetas y los asquerosos ungüentos de las curanderas; lo que no pudo impedir la llegada del amor. A esa edad siempre sucede así. Me dan pena los hombres, creen que tienen algo que les puede salvar de la muerte. Yo también lo pensé, y me enamoré locamente de un muchacho del pueblo. No hubo época más feliz en mi vida. Pero el amor nos vuelve confiados, y una tarde mi amigo fue a verme y descubrió mi secreto. Escapó como alma que lleva el diablo. Estaba embarazada, y pronto nació el primero de mis hijos. Me ocupaba a todas las horas de él, pero empezó a crecer y un día vi cómo tendía arrobado sus manitas para tocar el rostro limpio, como recién lavado, de una muchacha que lo cogía en sus brazos y supe que también él se avergonzaría de mí. Me anticipé a ese momento y lo di en adopción. Empezó entonces mi vida errante en el circo. Me hice famosa y era recibida en los palacios y en las casas de los nobles. No me faltaron amantes, pues los deseos de los hombres son extraños, y tuve varios hijos, de los que siempre me desprendía cuando crecían. Este del cuadro fue el último. Aquel pintor, el Españoleto, me vio en Nápoles, y quiso hacerme un retrato. Es un cuadro extraño. Puso a mis espaldas a un hombre siniestro, al que no conozco y que me vigila; y luego nos pintó a mi hijo y a mí. Ya soy mayor, tengo al niño en mis brazos y le estoy dando de mamar. Toda la luz del cuadro se concentra en ese niño, mientras yo permanezco en el umbral, como una criatura de la noche. La vida está en ese niño que crece y en el lienzo de leche que parece derramarse tras él y confundirse con la toquilla y parte de mi túnica. Fijaros en ese arroyo blanco: en él está escrita la verdadera historia de mi corazón.

Doble noticia de Marcel Schwob  

Suplemento La sombra del ciprés del 06.02.2016

Doble noticia de Marcel Schwob  

Suplemento La sombra del ciprés del 06.02.2016

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