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RUEDA EN EL VERANO
ESPAÑA NO SÓLO ES TIERRA DE TINTOS, ENTRE SUS DENOMINACIONES DE ORIGEN ALGUNAS SE ORIENTAN A LOS BLANCOS
Para el conocedor
l Rueda: En las provincias de Valladolid, Segovia y Ávila l Elementos: uva Verdejo, el clima mediterráneo y los suelos cascajosos.
FOTOS: CORTESÍA
No solamente por el calor, sino por la infinidad de opciones de maridaje que tiene el vino blanco es la razón por la que la Denominación de Origen Rueda es una excelente opción para beber en esta temporada.
Cada vez es más común que España ofrezca etiquetas distintas a los tintos para disfrutar y justamente esta región en Castilla y León está enfocada exclusivamente al vino blanco.
Destaca su variedad Verdejo que tiene la cualidad de aportar aromas y sabores herbales, cítricos y a frutos tropicales ocasionalmente, en conjunto con esa acidez refrescante necesaria para maridar.
La combinación de una buena altura de sus viñas, poca lluvia, buena exposición al sol y temperaturas frías nocturnas que fijan la acidez son los elementos que resultan en blancos aromáticos y armónicos. Además a ésta variedad autóctona se unen la Viura (muy usada en Rioja), Sauvignon Blanc, Palomino (de la que no se permite plantar más), y desde 2019 las cepas Viogner y Chardonnay que complementan el abanico de posibilidades. Y aunque justamente hace cuatro años las variedades tintas están autorizadas para diversificar los estilos de vino, el blanco y algo de espumoso lideran la producción de Rueda.
Es muy común que sea la Verdejo la que se exprese en botella, en ocasiones combinada con las otras cepas, pero siempre debe dominar y a veces mezclada con un toque de barrica.
Además de los vinos tranquilos (sin burbujas) blancos, están los espumosos en los que la mezcla debe estar compuesta de un mínimo un 75 por ciento de uvas Verdejo y/o Sauvignon Blanc, deben tener método tradicional (fermentación en botella para obtener la efervescencia) y un mínimo de 9 meses de crianza en botella para obtener burbujas y aromas de calidad. El universo blanco de Rueda es prominente, al grado de que las nuevas generaciones europeas al probarlo lo convierten en una de sus zonas de consumo habitual.
Verano En Par S
l Elementos verdes como las endivias, así como cocciones orientales en wok.

l Sabores agridulces como los aderezos de mostaza y miel.
l Pescados y mariscos acompañados de guarniciones poco especiadas.
Después del invierno, la capital francesa se transforma en un delicado croissant recién horneado, con su masa esponjosa y su corteza dorada que despierta los sentidos y se deshace en la boca como sueños hechos chocolate. París, esa ciudad que siempre ha sido el escenario de romances y leyendas, se convierte en una experiencia mágica y profunda para el buen comer.
Cada rincón de la Ciudad de la Luz es un bocado lleno de historia y misterio, donde los sabores y aromas se entrelazan como una danza en un salón elegante. Al caminar por sus calles empedradas, mi alma se llena de una nostalgia suave y melancólica, como el sabor a vainilla que impregna a los macarrones en las vitrinas.
El Sena se convierte en un espejo de emociones y anhelos. Los rayos del sol de verano se reflejan en el agua como destellos de esperanzas y sueños, mientras los puentes antiguos se alzan como testigos silenciosos de amores pasados. Es como una sinfonía de sabores y experiencias, donde el paladar y el corazón encuentran su comunión. No es sorpresa que los amantes de la cocina nos fascinemos siempre con esta ciudad.
Los mercados de París son como un portal hacia los secretos mejor guardados de la gastronomía francesa. Ahí el espíritu aventurero del buen comer se despierta, explorando cada puesto como un capítulo nuevo en un libro infinito. Los quesos perfumados y los panes artesanales, como personajes entrañables, te cuentan historias de tierras lejanas y tradiciones centenarias escondidas entre los alvéolos de sus masas.
EN SUS RESTAURANTES, LA COCINA
En sus restaurantes, la cocina se convierte en una experiencia casi mística. Los chefs, como magos culinarios, combinan ingredientes y técnicas con una sensibilidad única, creando una sinfonía de sabores y texturas que te transporta a otros planos, casi siempre desconocidos. Así, París en verano se convierte en un banquete para el alma, donde cada bocado es una revelación. Es como sumergirse en una historia, donde la realidad cotidiana se mezcla con una fantasía de mantequilla.
Aquí cada croissant se convierte en una metáfora de vida. Y mientras saboreo cada instante, comprendo que en esta experiencia culinaria y espiritual, París se va impregnando a quien la visita con hilo y aguja, tejiendo un mapa que se queda entre el estómago y el corazón ¡Buen provecho!