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La mujer tatuada y otros cuentos de amor

Ray Bradbury Ilustrado por

Eva Sánchez Gómez

Ediciones Ekaré


Ă?NDICE

La bruja de abril 7

La sirena del faro 35

La mujer tatuada 59

Ray Bradbury, el gran jardinero 90


La bruja de abril


Ray Bradbury


La bruja de abril

E

n el aire, sobre los valles, bajo las estrellas, encima de un río, un pozo, una carretera, volaba Cecy. Invisible como los nuevos vientos de primavera, fresca como el olor del trébol alzándose en los campos al llegar el crepúsculo, volaba. Se elevaba en palomas tan suaves como blanco armiño, se paraba en árboles, vivía en flores y caía en pétalos al soplar la brisa. Se posaba sobre una rana verde limón, fresca como la menta, en una charca luminosa. Trotaba en un perro espinoso mientras ladraba para oír los ecos de las paredes de los graneros distantes. Vivía en la hierba nueva de abril, en los dulces y claros líquidos que surgían de la tierra de olor a almizcle. «Es primavera», pensó Cecy. «Estaré en todos los seres vivientes del mundo esta noche». 9


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Ora habitaba en grillos limpios, en carreteras alquitranadas, ora, llena de rocío, sobre una verja de hierro. Su mente ágil y amoldable fluía imperceptible en los vientos de Illinois en esta tarde especial de su vida, cuando acababa de cumplir diecisiete años. —Quiero estar enamorada —dijo. Lo había dicho en la cena. Y sus padres habían abierto, grandes, los ojos y se habían puesto tensos en sus sillas. —Paciencia —le advirtieron—. Recuerda que eres excepcional. Toda nuestra familia es extraña y extraordinaria. No podemos mezclarnos con gente normal. Perderíamos todos nuestros poderes mágicos si lo hiciéramos. No querrías perder tu habilidad de «viajar» mágicamente, ¿verdad? Entonces, ten cuidado. Ten cuidado. Pero en su alto dormitorio Cecy había rociado un toque de perfume en su cuello y se había echado en su cama con dosel, temblando 10


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y aprehensiva, mientras una luna color de leche salía sobre los campos de Illinois, tornando los ríos crema y las carreteras, platino. —Sí —suspiró—. Soy parte de una familia rara. Dormimos de día y volamos de noche como negros cometas en el viento. Si queremos, podemos dormir todo el invierno dentro de un topo, bajo la tierra cálida. Puedo vivir dentro de cualquier cosa: un guijarro, una hebra de azafrán, una mantis religiosa. Puedo dejar atrás mi cuerpo huesudo y sin gracia y mandar mi mente a la aventura. ¡Ahora! El viento la alzó sobre campos y praderas. Vio las cálidas luces de primavera brillando con colores del crepúsculo en las cabañas y granjas. «Si no puedo enamorarme yo, porque soy rara y sin gracia, entonces me enamoraré a través de otra persona», pensó. En el patio de una granja, en la noche primaveral, una muchacha de pelo oscuro no mayor de diecinueve años sacaba agua de un profundo pozo de piedra. Y cantaba. Cecy cayó —una hoja verde— dentro del pozo. Se 12


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posó sobre el musgo tierno del fondo mirando hacia arriba a través del oscuro frío. Se avivó en una ameba palpitante e invisible. ¡En una gota de agua! Por fin, dentro de un frío frío vaso, se sintió alzada hasta los tibios labios de la muchacha. Con un suave sonido de sorbos nocturnos. Cecy miró a través de los ojos de la muchacha. Entró en la oscura cabeza y a través de los ojos luminosos contempló las manos que levantaban la áspera cuerda. Escuchó el mundo de la muchacha por las delicadas orejas de caracol. Olió un universo particular a través de su fina nariz, sintió ese corazón especial latiendo, latiendo. Sintió esa lengua extraña moverse al cantar. «¿Sabrá que estoy aquí?», pensó Cecy. La muchacha respiró agitada. Miró fijamente las praderas nocturnas. —¿Quién anda ahí? No hubo respuesta. —Solo el viento —susurró Cecy. —Solo el viento. —La muchacha se rio, pero sintió un escalofrío. 13


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Era un buen cuerpo, este cuerpo de muchacha. Tenía huesos de fino y esbelto marfil, escondidos y redondamente recubiertos de carne. Este cerebro era como una rosada rosa de té, suspendida en la oscuridad, y había sabor a sidra en esta boca. Los labios reposaban firmes sobre los blancos dientes y las cejas se arqueaban limpiamente ante el mundo, y el cabello soplaba suave y fino sobre el cuello lechoso. Los poros eran pequeños y cerrados. La nariz apuntaba hacia la luna y las mejillas brillaban como pequeños fuegos. El cuerpo se balanceaba como una pluma de un lado a otro y parecía estar siempre cantándose. Estar en este cuerpo, en esta cabeza, era como disfrutar a la luz de la lumbre, vivir en el ronroneo de un gato dormido, sentir la calidez del agua de un arroyo que fluye de noche al mar. «Me gustará estar aquí», pensó Cecy. —¿Qué? —preguntó la muchacha, como si escuchara una voz. —¿Cómo te llamas? —preguntó Cecy con cuidado. —Ann Leary. —La muchacha se sacudió—. ¿Por qué habré dicho eso? 14


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—Ann, Ann —susurró Cecy—. Ann, vas a estar enamorada. Como si fuera una respuesta a eso, un gran estruendo llegó de la carretera, un repiqueteo y el sonido de ruedas sobre la grava. Un hombre alto conducía un coche de caballos, sosteniendo las riendas con sus monstruosos brazos; su sonrisa encendía el patio. —¿Eres tú, Tom? —¿Quién más podría ser? —Saltando del coche, amarró las riendas a la cerca. —¡No quiero hablar contigo! —Ann se giró rápida, y el agua se desbordó del balde. —¡No! —gritó Cecy. Ann se quedó helada. Miró las colinas y las primeras estrellas de primavera. Miró fijamente al hombre llamado Tom. Cecy la hizo soltar el balde. —¡Mira lo que has hecho! —Tom corrió hacia ella. —¡Mira lo que me has hecho hacer! Le secó los zapatos con un pañuelo, riendo. —¡Vete de aquí! —Ella le pateó las manos, pero él volvió a reírse, y, mirándolo desde muy arriba, Cecy vio la curva de su cabeza, el tamaño de su cráneo, el 15


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ancho de su nariz, el brillo de sus ojos, el contorno de sus hombros y la firmeza de sus manos haciendo ese delicado gesto con el pañuelo. Mirando hacia abajo desde la bohardilla secreta de esta linda cabeza, Cecy tiró de un cable escondido de ventrílocuo y la linda boca se abrió: —¡Gracias! —¡Ah! ¿Ahora tienes buenos modales? —El olor a cuero en sus manos, el olor a caballo de su ropa penetró la fina nariz, y Cecy, lejos, muy lejos, más allá de praderas de noche y campos florecidos, se movió en su cama como en un sueño. —¡No, para ti no! —dijo Ann. —Sshhh. Dilo amablemente —dijo Cecy. Movió los dedos de Ann hacia la cabeza de Tom. Ann los apartó. —¡Me estoy volviendo loca! —Seguro —asintió, sonriendo pero desconcertado—. ¿Es que me ibas a tocar? —No lo sé. ¡Oh, vete ya! —Sus mejillas brillaban como carbones rosa. —¿Por qué no corres? No te estoy deteniendo. 16


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—Tom se levantó—. ¿Has cambiado de opinión? ¿Irás al baile conmigo esta noche? Es especial. Después te digo por qué. —No —dijo Ann. —¡Sí! —gritó Cecy—. Nunca he bailado. Quiero bailar. Nunca me he puesto un traje largo que haga frufrú. Quiero eso. Quiero bailar toda la noche. Nunca he sentido lo que es estar dentro de una mujer, bailando; papá y mamá nunca me lo permitieron. Perros, gatos, langostas, hojas, cualquier otra cosa en el mundo la he sentido en algún momento, pero nunca una mujer en primavera, nunca en una noche como esta. Oh, por favor… ¡tenemos que ir a ese baile! Extendió sus pensamientos como los dedos de una mano dentro de un guante nuevo. —Sí —dijo Ann Leary—. Iré. No sé por qué, pero iré al baile contigo esta noche, Tom. —Rápido —gritó Cecy—. Debes lavarte, decírselo a tus padres, preparar tu vestido. ¡Saca la plancha, entra en tu cuarto! —Madre —dijo Ann—. ¡Acabo de cambiar de opinión! 17


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El coche galopaba por el camino, las habitaciones de la granja se llenaron de vida; el agua hervía para el baño, en la estufa de carbón se calentaba una plancha para alisar el vestido, la madre corría de un lado a otro con un fleco de horquillas en la boca. —¿Qué te ha pasado, Ann? A ti no te gusta Tom. —Es verdad. —Ann se detuvo en medio del torbellino. «Pero es primavera», pensó Cecy. —Es primavera —dijo Ann. «Y es una noche perfecta para bailar», pensó Cecy. —... para bailar —murmuró Ann Leary. Y entonces se metió en la bañera y la espuma acarició sus blancos hombros sedosos, y formó pequeños nidos de jabón bajo sus brazos, y la carne de sus tibios pechos se agitaba entre sus manos, y Cecy, moviendo la boca, la hacía sonreír, sin parar. No debía haber ni una pausa, ni una duda, ¡o toda la pantomima se derrumbaría! Había que mantener a Ann Leary en movimiento, haciendo, actuando, lava aquí, enjabona allá, ahora, ¡sal de la bañera! ¡Sécate con una toalla! ¡Ahora, polvo y perfume! —¡Tú! —Ann se vio en el espejo, toda blanca y 18


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Una bruja que vuela rosada, como lirios y claveles—. ¿Quién eres estatibias noche? en las noches —Soy una muchacha de diecisiete años. —Cecy de primavera y anida la miró desde sus ojos violeta—. No me puedes ver. en los pájaros, ¿Sabes que estoybrevemente aquí? Ann Leary negó conanimales la cabeza. y personas; —He alquilado miun cuerpo a una bruja de abril. monstruo marino ¡Seguro! solitario y enamorado; —Casi casi —rio Cecy—. Ahora sigue vistiéndote. una mujer tatuada ¡El lujo de sentir un hermoso vestido moverse en un cuerpo grande! Y luego el hoolaa desde fuera. de pies a cabeza, —¡Ann, Tom ya está aquí! temerosa de perder —Dile que espere. —Ann se sentó súbitamente—. a su amor. Tres cuentos Dile que no voy a ese baile. inusuales —¿Qué? —dijo su madre desdey lasorpresivos puerta. Cecy volviódel a prestar atención. Había sido fatal maestro de las palabras desconcentrarse. Un momento fatal dejar el cuerpo de Ray Bradbury. Ann aunque fuese un instante. Había oído el ruido lejano de cascos de caballo y el coche avanzando por las praderas primaverales a la luz de la luna. Por un momento pensó: «Voy a buscar a Tom y sentarme en su cabeza para ver cómo es ser un hombre de veintidós años en una noche como esta». Y había comenzado a 20

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