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A

quel domingo, como todos los domingos, mi papรก y yo fuimos a misa. Me gustaba mucho la iglesia de nuestro pueblo.


En el altar mayor, un gran retablo mostraba a San Jorge matando con su espada a un dragón. A la izquierda, entre flores de plástico de todos los colores, San Martín repartía su manto con un mendigo. A la derecha, había un cuadro que da mucho miedo: los Cuatro Jinetes del Apocalipsis anunciando el fin del mundo. Todos los domingos, durante la misa, yo los miraba mientras el padre Demetrio leía las oraciones, asustaba con sus sermones, acusaba a los pecadores y repartía comuniones. Ese cura metía miedo, pero había hecho muchas cosas por el pueblo, sabía mucho y hablaba con tantas palabras que parecía un diccionario.


Él y mi papá se conocían desde muchos años atrás, cuando el pueblo no era pueblo y papá lo ayudaba con sus limosnas para las obras de la iglesia. Pero aquel domingo ya no eran tan amigos. Se acercaban las elecciones presidenciales y se habían presentado como candidatos un general y un poeta, los dos del mismo partido. La iglesia proclamó al general como su favorito. Mi padre decía: “¿Hasta cuándo militares?” y apoyó al poeta. Mi padre decía que un país gobernado por un poeta era mucho más bonito.


Desde que mi papá empezó la campaña electoral a favor del poeta, el padre Demetrio le declaró la guerra en el púlpito durante el sermón de los domingos. También escribía contra él en el periódico de la parroquia, La Voz de San Gabriel, que era el único del pueblo. Ese cura sí decía cosas de mi papá, cosas que lo herían y lo ponían triste. Arrodillado, yo veía la cara de mi padre cuando el cura hablaba. Se ponía serio, arrugaba la frente y sus ojos brillaban igualito que en los días de sequía cuando miraba los sembradíos muriéndose de sed. Pero con todo y eso, siempre volvíamos a misa. “Todos tenemos derecho a defender nuestras ideas”, me decía. Y compraba a la salida de la iglesia La Voz de San Gabriel, aunque sabía que ahí también venía otro sermón en contra de los amigos del poeta. A mí no me gustaba que la gente leyera en el periódico las cosas que escribían de mi papá.


U

n día resolví, por mi propia cuenta y sin decírselo a nadie, poner fin a los insultos del periódico contra mi papá. Me fui hasta la imprenta, que funcionaba detrás de la casa parroquial, a conocer cómo hacían La Voz de San Gabriel. Me fijé en cómo Tomás, el compositor, sacaba las letricas de los cajetines y sin equivocarse iba formando las palabras, las frases, los renglones. Mario, el armador, tomaba esos renglones de palabras y, como un rompecabezas, armaba la página, y Checame, el prensista, las imprimía sobre el papel. Yo iba y venía del uno al otro contento de poder ayudar. Había ido a buscarles agua fresca del tinajero que estaba en el patio de las rosas, cuando de pronto, como un rayo, se me vino una idea a la cabeza…


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El robo de las aes  

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