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Sonidos esenios: curar usando la voz

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Anne Givaudan

Sonidos esenios: curar usando la voz

TraducciĂłn de Caterina Gausachs PĂŠrez Cubierta: Amritagraphic

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1ª edición: 2017 - ISBN 978-88-97951-53-7 Portada y maquetación: Amritagraphic Traducción de Caterina Gausachs Pérez Título original: Sons Esseniennes © 2015 BlossomingBooks™/Edizioni Amrita srl, Torino Italia. (Reservados todos los derechos para la presente edición) BlossomingBooks es una marca registrada de: Edizioni Amrita srl Corso Stati Uniti, 41 10129 Torino - Italia www.blossomingbooks.com Impreso en Italia por Digital Book. Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, transmitida o utilizada en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.

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a nuestros lectores Los libros que publicamos son nuestra contribución a un mundo que está emergiendo, basado en la cooperación en vez de en la competitividad, en la afirmación del espíritu humano antes que en la duda de su valor, y en la certeza de que existe una conexión entre todos los individuos. Nuestro propósito es tocar tantas vidas como nos sea posible con un mensaje de esperanza en un mundo mejor. Detrás de estos libros hay horas y horas de trabajo, de búsqueda, de cuidado: desde la elección de qué publicar –realizada por los comités de lectura– hasta la traducción meticulosa, pasando por las investigaciones a menudo extensas y apasionantes de la redacción. Deseamos que los lectores sean conscientes de ello para que puedan saborear, además del contenido del libro, el amor y la dedicación brindados en su realización. Los editores

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Este libro está dedicado a todos los viajeros, con o sin maletas; a todos los ánimos valientes, de cualquier época; a todos los barqueros.

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capítulo 1

La “voz de leche” y el sonido que cura

H

abía una vez… Así suelen empezar los cuentos y las fábulas mágicas que mecieron nuestra infancia, leyendas que encierran verdades ocultas para quien sabe buscar más allá de las palabras, más allá del espejo. Pero la historia que os quiero contar aquí no es una fábula: trata de un personaje que algunos ya conocéis1: la jovencísima Míriam de hace dos mil años, y de cómo descubrió la magia del Sonido. La pequeña Míriam que yo era en aquella época vivía en un pueblecito de Galilea. Iba a cumplir siete años y, sin ser consciente de ello, estaba destinada a recibir una enseñanza muy específica sobre formas de curación, concretamente sobre el Sonido. Los Esenios acostumbraban a practicar un ritual cada siete años de vida, hasta los veintiuno, edad en que se consideraba que la persona era autónoma, no por decisión de un gobierno, sino porque los prime1 A. Givaudan y D. Meurois, El otro rostro de Jesús. Según recuerda un esenio, Editorial Luciérnaga, 2001.

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Anne Givaudan ros cuerpos sutiles se encontraban lo suficientemente desarrollados como para permitirle pensar y actuar por sí misma. Estos rituales le permitían al individuo adquirir la autonomía que precisaba. La primera etapa se alcanzaba a los siete años. A esa edad, el sabio del pueblo, siguiendo unos criterios bien definidos, determinaba cuáles eran las posibilidades y las capacidades de la criatura, de manera a poder orientarla lo más acertadamente posible hacia una dedicación manual, intelectual, artística o terapéutica. Existía sin embargo una diferencia notoria entre los niños y las niñas, debido a las leyes del país donde vivíamos. Los niños recibían una enseñanza intensiva impartida en el interior de las macizas murallas del Krmel, mientras que las niñas no. Sin embargo, una manera de zafar la ley y de permitirle a cualquier persona desarrollar aquello para lo que había venido al mundo, independientemente de su sexo, era proporcionar a las niñas con aptitudes una enseñanza que podríamos calificar de «privada». El conocimiento que se nos transmitía, en ambos casos, tenía como objetivo convertirnos en seres de capacidades múltiples. Entre otras cosas, se nos formaba como terapeutas de cuidados esenios. La finalidad principal era llevarnos a un equilibrio entre el cuerpo, el alma y el espíritu, para liberarnos de nuestras diversas corazas, abrir nuestro corazón al amor y transmitirlo a nuestro alrededor. Una de las principales características de las terapias que practicaban entonces los esenios era el uso del Sonido. 2

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La “voz de leche” y el sonido que cura «Míriam, ven conmigo, nos vamos a las montañas», me dijo aquel día el viejo Zerah, nuestro sabio, conocido por sus conocimientos, sabiduría y capacidades terapéuticas allende las colinas de nuestro pueblo. Yo confiaba plenamente en él, de modo que lo seguí con alborozo, trotando por detrás y muy a menudo por delante de él en las veredillas de tierra que rodeaban el pueblo. Aquella mañana, Zerah andaba con un paso muy concienzudo, y yo sabía, por habérselo oído decir a los ancianos del pueblo, que no se debía interrumpir el ritmo de su marcha. Así que me dediqué a contemplar las luces2 que lo envolvían y que parecían protegerle de no sé qué intrusión exterior cuya naturaleza ignoraba. El anciano anduvo con paso decidido hasta un punto alejado desde donde podía contemplar el conjunto de nuestras modestas viviendas. «Míriam, acércate y siéntate junto a mí». Zerah se subió a una roca y yo busqué un lugar cerca de él. Estaba presente, con la mirada perdida en una lejanía que yo intentaba en vano percibir, cuando de pronto oí su voz de manera algo distinta a cómo la conocía, quizás aún más musical que de costumbre: «El sonido está en todas partes, el universo es una sinfonía y ahora ha llegado el momento de que puedas captar su melodía. Hay distintos tipos de sonidos y nuestro pueblo los capta para poder emitirlos a su vez, si bien de forma imperfecta, convirtiéndolos en un bálsamo de cura2 El aura.

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Anne Givaudan ción. Para lograr esto, es indispensable llegar a percibir sus múltiples tonalidades». Permanecí ahí, sin comprenderlo todo, pero en ese preciso instante supe que el Sonido iba a ocupar un lugar importante en mi vida. «Ahora escucha», dijo, posando suavemente su mano en mi hombro, un gesto sencillo que me transportó instantáneamente a otro universo. No cambié ni de espacio ni de lugar, simplemente permanecí ahí, junto a Zerah, pero, durante un tiempo que fui incapaz de medir, el mundo a mi alrededor empezó a cambiar… Percibí la música de la brisa ligera que hacía vibrar las hojas del viejo olivo junto a nosotros, la llamada de la vegetación seca bajo nuestros pies, el canto de la más tierna brizna de hierba en aquel comienzo de primavera y el sordo murmullo de las piedras a nuestro alrededor. La vida entonaba una música inimitable. Me hallaba inmersa en una sinfonía sin parangón donde todo, absolutamente todo, participaba en un canto de amor y de alegría. No había ni una sombra de tristeza, de ira, de dolor: todo reflejaba la perfección. El desorden y la pena parecían ser una peculiaridad humana que a veces se transmitía al mundo animal, pero que no tenía el poder de destruir ni la Vida ni el Amor. Estaba sumergida en una onda de curación que me transportaba y hacía de mí un sonido junto a todos los demás. El sonido me invadía. Sentí que acababa de abrirse una puerta, pero también que quedaban otras por abrir, porque aún no me había “convertido en el Sonido”. 4

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La “voz de leche” y el sonido que cura Por muchas vidas y por muchos cuerpos que pueda llegar a tener, nunca olvidaré esta experiencia: con ella se grabó para siempre, en cada una de mis células, que el sonido permea todas las formas de vida. Poco importa lo que durara ese momento, ese instante. En nuestro mundo de hoy, lo queremos todo, buscamos la inmediatez y la novedad a toda costa, olvidando a veces que se precisan tiempo y paciencia para amaestrar lo secreto, lo sagrado. Ese día tuve el convencimiento de haberlo comprendido todo sobre la vida, la naturaleza y el sonido, pero no tardé mucho en percatarme de que sólo estaba dando los primeros pasos. Lo único que había aprendido es que el Sonido está en todas partes y que permea cada parcela de vida. Zerah se encontraba junto a mí, sonriente, y tomó mis manos en las suyas, grandes y rugosas para la niña que yo era entonces. «Míriam, el sonido está en todas partes, nunca muere, habita nuestras moradas carnales y, si desafinamos el instrumento que somos, llegan los entes enfermedad». Estas palabras me resultaban aún misteriosas, aunque en el pueblo las había oído con frecuencia para describir las diversas enfermedades que se mencionaban cuando, desde muchos kilómetros a la redonda, acudía la gente solicitando la ayuda de “los nuestros”. «Volveremos a este lugar dentro de tres días. Prepárate escuchando la música de la naturaleza durante unos instantes al despertar y antes de dormirte». A lo largo de dos días enteros quise oírla con todas 5

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Anne Givaudan mis fuerzas, con toda mi alma, o por lo menos eso me pareció entonces… y no pude oír nada. Así que al tercer día me dirigí hacia la casa de mi maestro, decepcionada y llena de frustración, para aprender más cosas. Cuando me vio, Zerah se puso a reír: «Mi pequeña alumna está envuelta de ondas oscuras y de rayos rojos. ¿Será que estás enfadada?» «Estoy muy decepcionada, hice todo lo que me pediste pero no he oído nada, ¡nada de nada!» «Acabas de aprender exactamente lo que tenías que aprender». Esperaba con impaciencia que siguiera, pero Zerah parecía tomarse todo el tiempo del mundo. Mi estado de rebeldía se acentuaba con cada segundo que pasaba. «No podemos oír la magia de la sinfonía que nos envuelve imponiendo nuestra voluntad, sino abandonándonos. No debes imponerte, invitarte por la fuerza, sólo porque tú lo has decidido. Debes, por el contrario, dejar que venga a ti, dejarte invitar, aceptar no dirigir y esperar que el sonido llegue a ti, que el universo a tu alrededor haya captado en ti la receptividad, la ausencia de juicio. Lo que te propongo, en realidad, es que desarrolles esta capacidad de aceptación pasiva en el sentido positivo de la palabra, una receptividad totalmente femenina, presente tanto en los hombres como en las mujeres, porque no tiene nada que ver con el sexo físico». De pronto conseguí comprender cómo mis impacientes ganas de oír habían hecho que la escucha fuera imposible. Esa fue la primera verdadera lección de vida que recibiría de un maestro. Volvimos a realizar con frecuencia este tipo de 6

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La “voz de leche” y el sonido que cura salidas por las colinas circundantes, y así iba yo aprendiendo el contacto sagrado con la Naturaleza. Aprendía poco a poco a saludar al pueblo de los elfos, de los gnomos y de las hadas, de las ondinas cerca de los manantiales y de las salamandras en el fuego y, sobre todo, ejercía la pasividad activa que acoge sin pedir nada a cambio. Los ejercicios prácticos que me proponía mi maestro eran de hecho bastante sencillos, y vosotros también podríais practicarlos…

❦ Práctica sin practicar «Apóyate contra el tronco de este árbol», me pedía, señalándome un viejo olivo cercano con el tronco retorcido. Entonces me invitaba a seguir el ritmo de mi respiración. Al principio de la práctica, él iba contando mis respiraciones: expiración… inspiración… lentamente, con regularidad y atención… luego, poco a poco, cuando ya estaba seguro de que era capaz de hacerlo, me dejó la libertad de respirar conscientemente. «Deja que tus pensamientos pasen, no los sigas, obsérvalos pasar», me repetía puntualmente mientras yo me esforzaba en seguir sus indicaciones. Si me distraía, me proponía que volviera a seguir el ritmo de mi respiración. Esta práctica, día tras día, me puso en contacto con un espacio extraño en donde no pasaba nada, un momento de tiempo vacío, sin pensamiento. Al principio, eso duraba apenas unos segundos. Luego, el tiempo de pausa fue aumentando poco a poco. Por fin, un día, tras varias semanas de respiración cons7

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Anne Givaudan ciente, sin otra voluntad que la de aceptar lo que sucedía en mí, incluso y sobre todo cuando no sucedía nada, apareció un sonido, y luego otro, y otro, que se transformaron en música, en sinfonía… Las notas se habían filtrado por ese espacio minúsculo en donde sólo la Nada parecía existir. Me sentí tan entusiasmada que todo cesó de golpe. Ya no volví a oír nada, de modo que, durante algunos días, aprendí de nuevo a aceptar el ritmo de los elementos, la fragilidad del instante presente, su belleza, su grandeza. Transcurridas unas semanas de «práctica sin práctica», volví a oír de nuevo la sinfonía, pero esta vez ya no me dominaba el entusiasmo de haber conseguido algo… sino que sentía un gozo profundo, amoroso e intenso.

❦ Viajar con el sonido Entonces me sucedió algo sobrecogedor: el sonido seguía ofreciéndose a mí, filtrándose en mí y, poco a poco, imperceptiblemente, el Sonido me habitó. No era ni interior ni exterior. Yo era totalmente el Sonido. Zerah, que seguía atentamente lo que ocurría, acompañándome, me guió con su voz: «Déjate llevar, no te resistas, viaja con el sonido… no sabes ni de dónde viene ni a dónde va, acéptalo simplemente tal como se presenta a ti». Esta nueva experiencia fue intensa y sin duda breve, pero eso me importaba poco. Pude ver mi pueblo, sus casitas de arcilla y ramas, y luego, por un instante, yo misma fui el ramaje de la techumbre, el polvo de los caminos, el cielo y las nubes… Estaba ahí, transportada por una música indefinible en un espacio más vivo de lo que nunca antes había experimentado. 8

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Sonidos esenios  

Anne Givaudan - Blossomingbooks

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