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ATRACCIÓN Y REPULSIÓN ARTE Y MODA A PROPÓSITO DE UN RECORRIDO POR CHALAYAN EN EL LOUVRE Por: Paula Andrea Trujillo T. (paula@paulatrujillo.com) para Generación, El Colombiano Un cielo gris como el de casi todos los días en París. Una fila soportable que por fortuna avanza. En segundos será momento de atravesar la puerta de las Artes Decorativas del Museo del Louvre en plena Rue de Rivoli. En este apartado de la institución museística más antigua del mundo, se abre a su vez un subcapítulo que acoge la sección dedicada a la moda y los textiles, la cuál fue inaugurada por el Presidente que más tiempo ha gobernado desde el Palacio del Elíseo, François Mitterrand y quién en el día de su apertura en 1989 pronunciaba una frase para muchos inolvidable, evidencia de la comprensión de la moda como un asunto de Estado para los franceses: “los países que no toman en cuenta la importancia de la moda, son aquellos dónde se imponen los uniformes”. Ya estamos justo al inicio de la exhibición Récits de mode. Una guía de visita en blanco y verde, en papel sencillísimo y con grapado como de colegio, nos lo confirma. En la portada, un diseño de 1998 de Hussein Chalayan, el invitado de honor en esta exposición.


Chalayan es un creador que ha sabido ubicarse en un punto de intersección entre la moda, la arquitectura, el arte y el diseño. Dueño de un reconocido rigor intelectual, es un obsesivo por la perfección y la complejidad técnica. Un hombre que ha construido un territorio desde la moda en el que nada es banal, en el que nada roza la frivolidad. En este turco-chipriota nacido en Nicosia en 1970 y a pesar de haber vivido desde tan pequeño en Inglaterra, hay un fuerte reflejo de esa ciudad que lo vio nacer y que es capital de dos repúblicas, una de las cuáles sólo es reconocida por Turquía. Su trabajo sin duda cuenta la historia de una isla invadida por todos desde tiempos inmemoriales, dividida hasta hoy en dos y que se debate en la actualidad entre las manifestaciones de algunos por la reunificación con todos los costos y complejidades del pasado. Todo esto y más es lo que cuenta Chalayan, un hombre formado en la mítica St. Martins College de Londres. En el primer piso de esta exposición en el Louvre se ponen en escena las piezas y desfiles concebidos por Chalayan que han hablado de las limitaciones políticas, culturales, religiosas, geográficas y técnicas. El recorrido exige aquí una larga pausa en “I am sad Leyla”, de cara a la imagen y a la voz de la cantante turca Sertab Erener. Un recorrido que se completa con vestidos que se acortan o se alargan, o con pelucas que se metamorfosean.


Sin importar que tan gris esté el cielo en las calles de París, la visita continúa lenta y detalladamente hacia un segundo piso en el cuál se instalan las propuestas que hablan del desplazamiento del cuerpo, de las migraciones, la velocidad y de la interpretación del tiempo y el espacio. Aquí justo se hace obligado como en las estaciones de un Viacrucis, detenerse a contemplar la icónica mesa que es falda, o la falda que es mesa, y que hizo parte de la colección Afterwords (2000). El diseñador de moda hace de las historias más dolorosas o de las reflexiones más profundas, una pieza de desfile que será portable más tarde por cualquier mujer y luego, exhibible en un Museo. En este caso la inspiración se nutre de la fuga de los refugiados de la “limpieza étnica” en la Chypre de 1974, explorando las reacciones de la gente que debe disimular y portar sus bienes durante el éxodo por ejemplo, en grandes bolsillos, o que se llevan consigo los espaldares de sus sillas a la manera de un traje o que transforman su mesa en una voluminosa falda. Todo lo que había en escena desaparece y la habitación queda por completo vacía. Silencio y aplausos. Si Chalayan hubiese nacido en Colombia quizás esta colección se hubiese inspirado en la fotografía de Jesús Abad Colorado y habría una nevera como la que porta sobre su espalda uno de nuestros muchos desplazados mientras motiva a su pequeñita a correr presurosamente y es observado a sus espaldas por un uniformado cuyas botas no definen su bando.

¡Cuánto puede contar la moda si se instala en el territorio de la transdisciplinariedad y, por ejemplo, teje lazos con el mundo del arte! Estando en pleno Louvre y observando el trabajo de Hussein Chalayan es inevitable pensar esa relación de atracción y repulsión entre la moda y el arte; en la que la dimensión estética subyace mientras cada una juega su rol pues como lo ha escrito el curador, docente y artista, Jaime Cerón: “el arte, históricamente hablando, parece ser inútil. No sirve para nada práctico. Su única utilidad es simbólica o política. La moda, en cambio, hace parte de lo que los marxistas han llamado ´diseño´ que implica una actividad similar al arte (que actúa simbólica y políticamente), que tiene de particular el hecho de que se produce industrialmente para satisfacer una necesidad material masiva. Ese uso social, primario, es la gran diferencia en términos lógicos entre arte y moda”. Uso que pretendería decirnos, entre otras, que sin arte podemos vivir pero sin ropa no; mirada sin duda, reduccionista así como aquella que presenta


al arte como trascendente y a la moda como banal, inepta para conquistar a la intelectualidad a pesar de su capacidad de invadir “nuevas esferas” o de “atraer a todas las capas sociales” como lo ha expuesto Gilles Lipovetsky en El Imperio de lo Efímero. Ambos mundos, arte y moda, moda y arte, se instalan en el territorio de las prácticas culturales y se han acercado más después de la modernidad, mientras que en la contemporaneidad y bajo una condición neoliberal, ambas entran en la lógica de la economía cultural. Hoy, son completados por el espectador y/o consumidor; hacen de la marca o de la firma del artista, su sello; y sus espacios (la boutique o el museo) se confunden. En distintos momentos históricos se han influenciado mutuamente con liderazgos rotativos, han habido encuentros casuales y otros claramente intencionados en los que el uno ha buscado apropiarse de la idea de “excepcionalidad” del otro, y el otro ha asumido incluso el “lado insoportable” del mercado que hace fuerte al uno. Lamentablemente esa atracción y repulsión se ha propiciado tímidamente en nuestro contexto local. Recorriendo estos pasillos se hace inevitable pensar por ejemplo, en proyectos colaborativos en los que artistas se unan a nuestras marcas ávidas de contar historias pues pareciese que en el competido mundo de la moda sólo funcionan los extremos: o uno se ubica en el territorio de la singularidad absoluta o en el de la homogeneización total, pero los puntos medios ni construyen marca, ni son comercialmente interesantes y se entra al grupo del “uno más”. Hipótesis cruda en la que hay que seguir reflexionando. Buscando referencias más cercanas, los nombre de Olga Piedrahita, Alado, Leit-motiv o Isabel Henao se posan justo en la punta de la lengua. ¡Cuán importante ha sido su formación y background! ¿Cómo lograr que la técnica no riña en las aulas con la necesidad de poner a los diseñadores de frente a las realidades del mercado y en el centro de la discusión teórica y conceptual? Un reto entre manos de nuestra Academia. Cuán necesarios son los espacios hoy presentes como los Cafés de la Moda que hasta hace un tiempo hizo Inexmoda o las Tertulias del Mamm, y qué deseable sería darle cabida a otras instancias de reflexión y diálogo en la lógica de las Conferencias Públicas del Instituto Francés de la Moda o de los ciclos de cine y moda en Barcelona. Qué importante es estimular más la investigación en territorios como los que ha abierto William Cruz; o promover la producción editorial; o motivar eventos de ciudad dónde el arte y la moda se encuentren. Inevitable a su vez es pensar en el rol que juega un museo de la moda (por usar algún nombre como referencia). Sin pensar que en ellos todo se resuelve o que al instante ponen a la moda “en el lugar deseado”, ésta es una reflexión a abordar como excusa para la expresión, la formación, el debate y las conexiones (usando las palabras del diseñador César Zapata). Es igualmente una excusa para la memoria de un sector constitutivo de nuestro pasado que ha luchado por hacer parte de nuestro presente y que hará parte de nuestro futuro sólo leyendo las macrotendencias que se le imponen como reto. Es, a su vez, una biblioteca, un espacio para la creación en el que los estudiantes, sin distingo de la institución de la que procedan, se encuentren, y un argumento en la venta de ciudad. Ojala que aprendiendo de las lecciones (por positivas o negativas) del Museo de la Moda de Chile, del MET de Nueva York, de la nuevísima Cité de la Mode en París o del Hub en Barcelona, Medellín piense en la necesidad de un espacio no solamente para que roten los grandes nombres nacionales e internacionales sino


y sobre todo, para la memoria del ayer y la proyección del mañana; y que, bajo una sombrilla ideológica generosa, se entienda la moda como un fenómeno cultural amplio, con aristas económicas, sociológicas, políticas e históricas; la cuál atraviesa entre muchos otros campos, al de la indumentaria. Un espacio que no sea mero “escaparate” o la excusa perfecta para los especuladores inmobiliarios, sino que sea parte de una agenda integral en pro de un sistema – moda. Una apuesta que invite a superar las obviedades y simplificaciones de las que se ha cargado la aparente reflexión sobre la moda. Quizás ahora que todo se frivoliza en la sociedad del espectáculo1, la moda tenga su lugar en el seno de las reflexiones de las diversas ciencias y escuelas; y desde Medellín y Colombia, un espacio/centro cultural –ojalá no museo-, sea el símbolo de una apuesta que se renueva y se repiensa en el seno de nuestra sociedad. “Es hora del cierre de puertas”, el mensaje del responsable de sala en el Museo de la Moda y el Textil en el Louvre, es tajante. Últimos minutos a dedicar a Place to passage, una instalación en cinco pantallas sobre una pasajera andrógina dentro de una cápsula que recorre el territorio de una vida imaginaria. Su viaje concluye en un estacionamiento subterráneo marcando simbólicamente para Hussein Chalayan a la vez “el fin y el inicio de un nuevo viaje”.

                                                                                                                1 La frivolidad como “último eslabón de la aventura plurisecular, capitalista-democrática-individualista”, en palabras de Lipovetsky también en El Imperio de lo Efímero.


Arte y Moda: atracción y repulsión