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CUENTOS CORTOS PARA ESPERAS LARGAS Compilación: Leidy Castaño Edición: Viviana Zuluaga Zuluaga Coordinación: Carolina Saldarriaga Ramírez Diseño: Julyan López Colaboradores: Carlos Iván Duque Felipe Muñoz Cuentos cortos para esperas largas… Campaña Leer va conmigo. Proyecto Al pie de la letra. Primera edición. 2011 Una producción de la Corporación Cultural Casa Creativa con el apoyo del Ministerio de Cultura de Colombia: Plan

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Presentación Por consenso social, sugerencia escolar y en definitiva, porque es cierto, leer es bueno. Bueno como posibilidad de ocio y como puente de adquisición de conocimiento (si usted quiere entender más el mundo, el suyo y el de todos, dele una oportunidad a la lectura). Déjese invitar por la literatura, deténgase por cinco minutos y lea un relato que sin duda le parecerá agradable, le traerá algo nuevo o simplemente le hará dibujar una sonrisa. Es por la riqueza de la lectura que el proyecto Al pie de la letra, de la Corporación Cultural Casa Creativa, implementa estrategias para que el transeúnte desprevenido, la señora que hace fila, el colegial inquieto por los libros, el señor de los dulces que espera un cliente, el joven de los tintos que se detiene en una esquina mientras afuera llueve… tengan, al alcance de su mano, la posibilidad de leer, de sentirse tentados por acercarse a un texto y contagiarse de una historia que los sumerja, temporalmente, en un episodio fantástico de historias y palabras. Cuentos cortos… para esperas largas es una selección de relatos breves –y un diálogo con los escritores– en donde principiantes y avezados, como usted, disfrutarán de una entretenida y divertida muestra de literatura que invita a explorar y adquirir una experiencia lectora cotidiana.

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CUENTOS CORTOS PARA ESPERAS LARGAS JORGE FRANCO. LA SONRISA Y EL DEDO 4 RENÉ AVILÉS FABILA. LOS FANTASMAS Y YO 6 JAVIER QUIROGA HABÍA UNA VEZ 6 JULIO CORTÁZAR. SECUENCIAS 6 LUIS FAYAD MENSAJE DE MEDIANOCHE 7 SLAWOMIR MROZEK EL SOCIO 7 GABRIEL PABÓN LA ODISEA 2000 8 JOSÉ MARÍA MENDEZ AJEDREZ 10 BERTOLT BRECHT SI LOS TIBURONES FUERAN HOMBRES 11 ANTONIO GARCÍA CAMBIO Y SUSTRACCIÓN 13 PEDRO ÁLVAREZ DEL VILLAR ASÍ EMPEZÓ 16 CHARLES BAUDELAIRE UN HEMISFERIO EN UNA CABELLERA 17 NATHANIEL HAWTHORNE ARGUMENTOS ANOTADOS 18 AMBROSE BIERCE UNA VIUDA INCONSOLABLE 21 RUBÉN DARÍO EL NACIMIENTO DE LA COL 22 WISLAWA SZYMBORSKA UN TERRORISTA: ÉL OBSERVA 23 GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ LA LUZ ES COMO EL AGUA 24 BIO – BIBLIOGRAFÍA 28

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T贸mese cinco minutos con estas historias, la suya se lo agradecer谩.

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LA SONRISA Y EL DEDO El cazador arrastró la bestia hasta el interior de la cueva donde lo esperaba una mujer hambrienta de varios días. Ella lo recibió con gruñidos parecidos a los que soltó la bestia cuando le cayó la lanza. El cazador dejó el animal muerto junto al fuego para que la mujer viera el tamaño de su proeza. Todo era muy simple y complicado a la vez en los tiempos en que apenas se iba formando el mundo. Mientras ella desmembraba la bestia, él se apartó a descansar, pero un hilo de sangre lo siguió y formo un charco a su lado. El cazador unto el dedo y trazó con sangre en el suelo lo que recordaba de la bestia viva. La mujer se acercó, traía la boca roja de carne cruda; miró la bestia y miró el dibujo, sin saber que sonreía le sonrió al cazador. Él, también sin darse cuenta, había garabateado en la roca el comienzo de la memoria. JORGE FRANCO

MENSAJE DE MEDIANOCHE Desde hacía un mes la rata rondaba todas las noches por el apartamento. Leoncio la oía, dueña del lugar, y había ensayado deshacerse de ella instalando trampas y rociando veneno por el piso. También en vano obstruyó los agujeros de los rincones y se paró amenazante con una escoba detrás de las puertas. Al cabo del mes Leoncio se notó a sí mismo con el carácter cambiado, y escribió una nota: «Por favor, déjeme tranquilo». La colocó en el piso de la cocina y se acostó confiado, pero lo único que varió durante la noche fue el pasearse impaciente de la rata, y a la mañana siguiente, cuando leyó de nuevo la nota, Leoncio tuvo la impresión de que iba dirigida a él. LUIS FAYAD 6


HABÍA UNA VEZ Un apuesto joven llama a la puerta y le pide que se calce la más hermosa de las zapatillas. En cuanto observa que esta se ajusta al pie perfectamente, la toma del brazo al mismo tiempo que le dice: —Queda usted arrestada, esta zapatilla fue hallada en la escena del crimen

JAVIER QUIROGA

SECUENCIAS Dejó de leer el relato en el punto donde un personaje dejaba de leer el relato en el lugar donde un personaje dejaba de leer y se encaminaba a la casa donde alguien que lo esperaba se había puesto a leer un relato para matar el tiempo y llegaba al lugar donde un personaje dejaba de leer y se encaminaba a la casa donde alguien que lo esperaba se había puesto a leer un relato para matar el tiempo.

JULIO CORTÁZAR 7


EL SOCIO Decidí vender mi alma al diablo. El alma es lo más valioso que tiene el hombre, de modo que esperaba hacer un negocio colosal. El diablo que se presentó a la cita me decepcionó. Las pezuñas de plástico, la cola arrancada y atada con una cuerda, el pellejo descolorido y como roído por las polillas, los cuernos pequeñitos, poco desarrollados. ¿Cuánto podía dar un desgraciado así por mi inapreciable alma? – ¿Seguro que es usted el diablo? –pregunté. –Sí, ¿por qué lo duda? –Me esperaba al Príncipe de las Tinieblas y usted es, no sé, algo así como una chapuza . –A tal alma, tal diablo–contestó–. Vayamos al negocio.

SLAWOMIR MROZEK

LOS FANTASMAS Y YO Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes.

RENÉ AVILES FABILA 8


LA ODISEA 2000 La firma le hizo a Ulysses Smith una oferta que él no pudo declinar: trabajaría diez años en el Asia menor, poniendo su genio al servicio de la actualización informática de las empresas afiliadas. Las condiciones de trabajo eran duras, pero al cabo de diez años, Ulysses podría regresar a su isla en el Egeo y disfrutar el resto de sus días como millonario ocioso en compañía de Penny, su joven y encantadora esposa. Según el contrato de trabajo, Ulysses no podía comunicarse con nadie en diez años. Cuestión de seguridad, le dijeron, y le hablaron solemnemente de la competencia feroz, del espionaje industrial y otras sandeces. El trabajo, a decir verdad, se hizo llevable. La empresa había demostrado ser comprensiva, y en cada sucursal había puesto a disposición de Ulysses una grata compañía femenina con el fin de aliviarle la soledad y mitigarle el recuerdo de Penny: en Estambul, a Eyde Gorme, mujer que mitigaba las tristezas más hondas con los mejores cantos en diecisiete idiomas desconocidos; en Esmirna, a Adana Ecevit, que preparaba en la cocina delicias afrodisíacas con arte supremo, y en la cama convertía su cuerpo en el mejor de los manjares; en Abadán, a Zeila Nekemte, de padres etíopes, la mejor contadora y ejecutora de los cuentos de las Mil y una noches…Y así. Cuando pasaron los diez años, Ulysses escribió un mensaje a la paciente Penny explicándole que estaba ya de regreso, pero que se demoraría unos meses recorriendo el resto del mundo, dizque por curiosidad antropológica. Algunos dicen que dedicó todo ese tiempo a conocer cada uno de los burdeles del Caribe, puta por puta y lupanar por lupanar. Lo cierto es que Ulysses demoró nueve años más su regreso. Es verdad que conoció muchas mujeres, pero ninguna igualaba el talento de Penny. Además, llevaba ya diecinueve años de ausencia. Regresó de incognito a su isla para darle la sorpresa a su paciente esposa.

Enemistad. Enojo, mala voluntad contra algo o alguien.

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Allí se enteró de que Penny, mujer de treinta y siete maduros y deseables años, mantenía a raya a los más tenaces pretendientes con una excusa respetable: se decidiría por alguno de ellos cuando terminara la novela que estaba escribiendo. Porque la mujer estaba escribiendo una novela. Cualquiera podía verla, sentada en una mesa del café-terraza de la ciudad, escriba-que-escriba en su computador portátil. Algunas malas lenguas aseguraban que esa mujer era una embaucadora: borraba de noche lo que escribía de día. Son unos brutos. No comprenden el oficio de escritor, decía Ulysses. Una buena noche, Ulysses decidió que era hora de aparecérsele repentinamente a su mujer, mientras ella escribía en el estudio. Penny se quedó con la boca abierta, mirándolo como a un bicho. Empalideció. Enrojeció y volvió a empalidecer. Al fin pudo articular palabra: -¿Qué haces aquí, interrumpiéndome? ¡¡Vete!! ¡No debes aparecer hasta el próximo capítulo! El pobre Ulysses salió en silencio. Esa noche se emborrachó como nunca con Eumeo, su viejo palafrenero . Estuvieron de acuerdo en que, en verdad, era incomprensible la forma como el mundo estaba cambiando.

GABRIEL PABÓN 2

Imperdonablemente.

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AJEDREZ Le apasionaba jugar al ajedrez y llevaba siempre consigo un pequeño tablero de bolsillo con sus respectivas piezas. En cuanto subió al tren, trabó conversación con el compañero de viaje que ocupaba el asiento situado frente al suyo y lo instó a jugar una partida. El invitado se negó. —Conozco muy poco, casi nada, del juego ciencia —le respondió cortésmente. Entonces él insistió con tanta porfía que logró convencer al renuente viajero. Se inició la partida. Como su forzado contrincante jugara en forma inusitada, estrafalaria, perdió la serenidad, cayó en error y al cuarto movimiento dejó un caballo a merced de las piezas enemigas. Su adversario, tal vez distraído, iba a pasar por alto la jugada que le favorecía, pero él, caballerosamente, le llamó la atención: —Cómase usted el caballo —le dijo señalándole la pieza indefensa. — ¿El caballo? ¿Esa pieza es un caballo? ¿Quiere usted que yo me lo coma? —Sí. Es imperativo que se lo coma. No quiero ventaja. Cómaselo. Por favor, cómaselo. —Si usted lo pide tan fervientemente. . . —dijo con voz sumisa. Y tomó la pieza que se le señalaba y la engulló de un bocado. Al segundo se levantó presuroso, aprovechó el paso lento del tren, que se acercaba a una estación, saltó a tierra y se alejó en ligero trote, relinchando, por una vereda que de seguro conducía a un potrero cercano. JOSÉ MARÍA MENDEZ 11


SI LOS TIBURONES FUERAN Si los tiburones fueran hombres -preguntó al señor K. la hija pequeña de su patrona- ¿se portarían mejor con los pececitos? Claro que sí -respondió el señor K.-. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían de modo que el pececito no se les muriera prematuramente a los tiburones. Para que los pececitos no se pusieran tristes habría, de cuando en cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes. También habría escuelas en el interior de las cajas. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Estos necesitarían tener nociones de geografía para mejor localizar a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal sería, claro, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececillos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, así como de cualquier inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones. Si los tiburones fueran hombres, se harían naturalmente la guerra entre sí para conquistar cajas y pececillos ajenos. Además, cada tiburón obligaría a sus propios pececillos a combatir en esas guerras. Cada tiburón enseñaría a sus pececillos que entre ellos y los pececillos de otros tiburones existe una enorme diferencia. Si bien todos los pececillos son mudos, 12


proclamarían, lo cierto es que callan en idiomas muy distintos y por eso jamás logran entenderse. A cada pececillo que matase en una guerra a un par de pececillos enemigos, de esos que callan en otro idioma, se le concedería una medalla y se le otorgaría además el título de héroe. Si los tiburones fueran hombres, tendrían también su arte. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros jardines de recreo en los que da gusto retozar. Los teatros del fondo del mar mostrarían a heroicos pececillos entrando entusiasmados en las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, arrullados por los pensamientos más deliciosos, como en un ensueño, los pececillos se precipitarían en tropel, precedidos por la banda, dentro de esas fauces. Habría asimismo una religión, si los tiburones fueran hombres. Esa religión enseñaría que la verdadera vida comienza para los pececillos en el estómago de los tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos, lo que los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececillos que fueran un poco más grandes se les permitiría incluso tragarse a los más pequeños. Los tiburones verían esta práctica con agrado, pues les proporcionaría mayores bocados. Los pececillos más gordos, que serían los que ocupasen ciertos puestos, se encargarían de mantener el orden entre los demás pececillos, y se harían maestros u oficiales, ingenieros especializados en la construcción de cajas, etc. En una palabra: habría por fin en el mar una cultura si los tiburones fueran hombres.

BERTOLT BRECHT 13


ASÍ EMPEZÓ El pueblo hebreo conducido por Moisés se detuvo a las orillas del Mar Rojo. Los perseguidores estaban muy cerca. Un hombre se acercó al gran líder y preguntó: “¿Qué harás ahora? “Moisés le contestó: “Haré que se abran las aguas, pasaremos nosotros y cuando pasen aquéllos haré que las aguas se cierren, sepultándolos.” El hombre dio un alarido de admiración y dijo: “Si logras hacer eso, te juro que te consigo ocho planas en la Biblia. “Había nacido la profesión de relaciones públicas.

PEDRO ÁLVAREZ DEL VILLAR

UNA VIUDA INCONSOLABLE Una mujer con gasas de luto lloraba sobre una tumba. —Consuélese, señora—dijo un simpático forastero— La misericordia del cielo es infinita. Habrá otro hombre en alguna parte, además de su marido, que todavía puede hacerla feliz. —Había —sollozó la mujer—, había, pero ésta es su tumba.

AMBROSE BIERCE 14


UN HEMISFERIO EN UNA CABELLERA Déjame respirar mucho tiempo, mucho tiempo, el olor de tus cabellos; sumergir en ellos el rostro, como hombre sediento en agua de manantial, y agitarlos con mi mano, como pañuelo odorífero, para sacudir recuerdos al aire. ¡Si pudieras saber todo lo que veo! ¡Todo lo que siento! ¡Todo lo que oigo en tus cabellos! Mi alma viaja en el perfume como el alma de los demás hombres en la música. Tus cabellos contienen todo un ensueño, lleno de velámenes y de mástiles; contienen vastos mares, cuyos monzones me llevan a climas de encanto, en que el espacio es más azul y más profundo, en que la atmósfera está perfumada por los frutos, por las hojas y por la piel humana. En el océano de tu cabellera entreveo un puerto en que pululan cantares melancólicos, hombres vigorosos de toda nación y navíos de toda forma, que recortan sus arquitecturas finas y complicadas en un cielo inmenso en que se repantiga el eterno calor. En las caricias de tu cabellera vuelvo a encontrar las languideces de las largas horas pasadas en un diván, en la cámara de un hermoso navío, mecidas por el balanceo imperceptible del puerto, entre macetas y jarros refrescantes. En el ardiente hogar de tu cabellera respiro el olor del tabaco mezclado con opio y azúcar; en la noche de tu cabellera veo resplandecer lo infinito del azul tropical; en las orillas vellosas de tu cabellera me emborracho con los olores combinados del algodón, del almizcle y del aceite de coco. Déjame morder mucho tiempo tus trenzas, pesadas y negras. Cuando mordisqueo tus cabellos elásticos y rebeldes, me parece que como recuerdos.

CHARLES BAUDELAIRE 15


ARGUMENTOS ANOTADOS Un hombre, en la vigilia, piensa bien de otro y confía en él plenamente, pero lo inquietan sueños en que ese amigo obra como enemigo mortal. Se revela, al fin, que el carácter soñado era el verdadero. La explicación sería la percepción instintiva de la verdad. En medio de una multitud imaginar a un hombre cuyo destino y cuya vida están en poder de otro, como si los dos estuvieran en un desierto. Un hombre de fuerte voluntad ordena a otro, moralmente sujeto a él, la ejecución de un acto. El que ordena muere y el otro, hasta el fin de sus días, sigue ejecutando aquel acto. Un hombre rico deja en su testamento su casa a una pareja pobre. Esta se muda allí; encuentran un sirviente sombrío que el testamento les prohíbe expulsar. El sirviente los atormenta; se descubre, al fin, que es el hombre que les ha legado la casa. Dos personas esperan en la calle un acontecimiento y la aparición de los principales actores. El acontecimiento ya está ocurriendo y ellos son los actores. Que un hombre escriba un cuento y compruebe que éste se desarrolla contra sus intenciones; que los personajes no obren como él quería; que ocurran hechos no previstos por él y que se acerque a una catástrofe, que él trate, en vano, de eludir. Este cuento podría prefigurar su propio destino y uno de los personajes sería él.

NATHANIEL HAWTHORNE 16


el nacimiento de la col En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda rosa nueva en el momento en que ella tendía, a la caricia del celeste sol, la roja virginidad de sus labios. -Eres bella. -Lo soy -dijo la rosa. -Bella y feliz – prosiguió el diablo-. Tienes el color, la gracia y el aroma. Pero… -¿Pero?... -No eres útil. ¿No miras esos altos árboles llenos de bellotas? Ésos, a más de ser frondosos, dan alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es poco… La rosa entonces –tentada como después lo sería la mujer- deseó la utilidad, de tal modo que hubo palidez en su púrpura. Pasó el buen Dios después del alba siguiente. -Padre –dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza-, ¿queréis hacerme útil? -Sea, hija mía –contestó el Señor, sonriendo. Y entonces vio el mundo la primera col.

RUBÉN DARÍO 17


un terrorista: él observa La bomba explotará en el bar a las trece veinte. Ahora apenas son las trece y dieciséis. Algunos todavía tendrán tiempo de salir. Otros de entrar. El terrorista ya se ha situado al otro lado de la calle. Esa distancia lo protege de cualquier mal y se ve como en el cine: Una mujer con una cazadora amarilla: ella entra. Un hombre con unas gafas oscuras: él sale. Unos chicos con vaqueros: ellos están hablando. Trece diecisiete y cuatro segundos. Ese más abajo tiene suerte y sube a una moto, y ese más alto entra. Trece diecisiete y cuarenta segundos. Una niña: ella va andando con una cinta verde en el pelo. Sólo que de repente ese autobús la tapa. Trece dieciocho. Ya no está la niña. Habrá sido tan tonta como para entrar, o no, eso ya se verá cuando vayan sacando.

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Trece diecinueve. Y ahora como que no entra nadie. En vez de entrar aún hay un gordo calvo que sale. Pero parece que busca algo en sus bolsillos y a las trece veinte menos diez segundos vuelve a buscar sus miserables guantes. Son las trece veinte. Qué lento pasa el tiempo. Parece que ya. Todavía no. Sí, ahora. Una bomba: la bomba explota.

WISLAWA SZYMBORSKA 21 22


la luz es como el agua En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos. -De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena. Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían. -No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí. -Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha. Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación. -El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible. Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio. -Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué? -Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.


La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa. Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces. -La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale. De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido. -Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo. -¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel. -No -dijo la madre, asustada-. Ya no más. El padre le reprochó su intransigencia. -Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

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Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad. En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso. El papá, a solas con su mujer, estaba radiante. -Es una prueba de madurez -dijo. -Dios te oiga -dijo la madre. El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama. Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo

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flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños. Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ 25


BIO-BIBLIOGRAFÍA AMBROSE BIERCE. (1842-1914). Escritor estadounidense. Entre los títulos de su obra se destacan: La cosa maldita, El hombre y la víbora y The dance of death. ANTONIO GARCÍA ÁNGEL. (1972). Escritor colombiano. Su primera novela fue Su casa es mi casa, después publicó otros títulos: Recursos humanos y Animales domésticos. BERTOLT BRECHT. (1898-1956). Dramaturgo alemán. Incursionó también en ámbitos de la poesía y de la narrativa. La ópera de los tres centavos, Madre coraje y Cuentos de almanaque se cuentan entre lo más representativo de su obra. CHARLES BAUDELAIRE. (1821-1867). El autor de Las flores del mal es uno de los más notables poetas universales. Fue también traductor y crítico de arte. GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. (1927). Escritor colombiano. Cuentista, periodista, novelista y ensayista. Premio Nobel de Literatura con la obra Cien años de soledad. GABRIEL PABÓN VILLAMIZAR. (1954). Escritor colombiano. Docente, escritor y editor. Yentyl, el amable hombre de las nieves, El visitador y otros cuentos y Descuento navideño, son los títulos de algunas de sus obras. JORGE FRANCO. (1962). Escritor colombiano. Ha publicado, entre otras obras, las novelas Maldito amor, Mala noche, Rosario Tijeras y Paraíso travel.

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JOSÉ MARÍA MÉNDEZ. (1916-2006). Escritor salvadoreño. Algunos títulos de su obra son: Diccionario personal, Tres mujeres al cuadrado y Juegos peligrosos y otros cuentos. JULIO CORTÁZAR (1914-1984). Escritor argentino. Entre su profusa producción literaria se encuentran títulos como Rayuela, Historias de cronopios y de famas y Bestiario, auténticos clásicos de la narrativa universal. LUIS FAYAD. (1945). Escritor colombiano. Autor de la célebre novela Los parientes de Ester y del libro de ficciones breves Un espejo después. NATHANIEL HAWTHORNE. (1804-1864). Uno de los fundadores de la literatura norteamericana. La recurrencia al misterio y a la enigmática condición humana para tejer su obra lo convierten en un escritor imprescindible. Aparte de ser un cuentista excelso, es el autor de la inolvidable novela La letra escarlata. PEDRO ÁLVAREZ DEL VILLAR. (1927-2001). Periodista peruano. Subdirector del Diario de Lima y El Universal. Fundó el diario especializado en temas económicos El Financiero. RENÉ AVILÉS FABILA. (1940). Escritor mexicano. Cuentista, novelista y periodista. Entre los títulos de su labor narrativa están: Tantadel, Borges y yo y Réquiem por un suicida. RUBÉN DARÍO. (1867-1916). Poeta y escritor nicaragüense. El más alto reformador de la literatura en Hispanoamérica. Azul, Prosas profanas y Los raros, son algunos de sus libros.

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SLAWOMIR MROZEK. (1930). Escrito polaco. Cuentista y dramaturgo. Entre su obra en español se encuentran los títulos: El elefante, Tango y Dos cartas y otros relatos. THOMAS BERNHARD. (1931-1989). Escritor austriaco. Recordado por su estilo mordaz y sus ácidas concepciones del mundo. Autor de la novela El malogrado, un pilar literario del siglo Veinte. WISLAWA SZYMBORSKA. (1923). Poeta polaca. Premio Nobel de Literatura 1996. Con una poderosa voz lírica, no excluye de sus acentos la narrativa ni la filosofía. La antología mexicana Poesía no completa recoge gran parte de sus zpoemarios.

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Cuentos cortos para esperas largas  
Cuentos cortos para esperas largas  

Cartilla de cuentos

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