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ESCRIBIENDO E ILUSTRANDO   DISTOPÍAS    Textos  e  ilustraciones  creados  por  alumnos de 2º de Bachillerato     

Biblioteca IES-Al-Qázeres

Curso2017-2018


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ÍNDICE

PRESENTACIÓN

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NATALIA RAMOS BARRIGA 2º Bachillerato C

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ANA PLASENCIA GALEANO 2º Bachillerato C

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ANTONIO GUTIÉRREZ BARROSO 2º Bachillerato B

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MARÍA CARRASCO CARRASCO 2º Bachillerato C

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CÉSAR BERLANA DAGUIO 2º Bachillerato C

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MARISA MORÁN HERNÁNDEZ 2º Bachillerato C

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SARA MORENO DURÁN 2º Bachillerato A

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SOFÍA BLÁZQUEZ SÁNCHEZ 2º Bachillerato C

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MARINA COLLADO GARRIDO 2º Bachillerato C

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MERLINE LUENDU KABONGO KAREKEZI 2º Bachillerato C

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ÁLVARO CORCHADO MARTÍNEZ -2º Bachillerato C-

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RAQUEL DE LA MONTAÑA MORENO -2º Bachillerato C-

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LAURA ARROYO LEO -2º Bachillerato C-

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ALBA MERINO 2º Bachillerato C

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LAURA MONASTERIO -2º Bachillerato C-

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FRANCISCO MIGUEL MARÍN GIL 2º Bachillerato C

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SARA PÉREZ LORENZO -2º Bachillerato C

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PRESENTACIÓN Este curso 2017-18, el Grupo de Trabajo de nuestra Biblioteca ha girado en torno al concepto de “EL FUTURO PRÓXIMO”, desde el que pretendemos, -además de fomentar en nuestros alumnos la lectura, la escritura, la investigación y la creatividad-, reflexionar sobre el futuro cercano que viviremos y que estamos construyendo a partir del presente, aplicando esta reflexión a un trabajo concreto desde cada materia. Al mismo tiempo, buscamos despertar en nuestros alumnos el interés por temas relacionados con la ecología, la vida sana, la tolerancia, la inclusión de los sectores sociales más débiles, etc. Los Departamentos de Lengua y de Artes Plásticas, trabajando de manera interdisciplinar, han concretado su participación en este grupo de trabajo mediante el desarrollo de un Proyecto titulado “Escribiendo e ilustrando distopías” que tiene una serie de objetivos que se vertebran en dos grandes ejes: la reflexión sobre nuestro presente y sobre nuestro futuro, con el ideal de que los alumnos tomen las riendas de este, por un lado; y por otro, el fomento de la creatividad y de la imaginación, iniciando a los alumnos en el ejercicio de la escritura creativa y de la ilustración de textos, mediante el aprendizaje de diversas técnicas pictóricas. El Proyecto ha sido coordinado por los profesores de Artes Plásticas Mª Jesús Martín García y Ángel Flores Breña y de Lengua Castellana y Literatura, Mª Coronada Carrillo Romero. Los alumnos participantes pertenecen a los grupos 2º de Bachillerato A, B y C, es decir, del Bachillerato Científico-tecnológico, del Bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales y del Bachillerato de Artes Plásticas, aunque el grueso de los trabajos que aquí se presentan corresponden a este último grupo, al ser los alumnos de Artes Plásticas quienes han trabajado en el proyecto desde las dos áreas. Desde la materia de Lengua, los alumnos se han formado en el subgénero narrativo de la distopía. A tal efecto, se ha trabajado con mayor detenimiento parte de la obra de Margaret Atwood “El cuento de la criada” y fragmentos de la serie del mismo nombre basada en el libro. Seguidamente, se han dedicado dos sesiones a la reflexión sobre los grandes retos y problemas que tiene nuestra sociedad actual y sobre las posibles soluciones que podrían ponerse en marcha. Todo el proceso ha culminado con la escritura de relatos distópicos, que son los que aparecen en el presente libro. Desde el área de Artes Plásticas se ha planteado la ilustración de los textos creados como un ejercicio de relación entre los dos lenguajes, el escrito y el gráfico-plástico. El tema podía ser tratado de forma totalmente libre, pero se les sugirió a los alumnos la idea de representación de elementos distópicos en los escenarios o en los personajes. Hemos tomado referencias pictóricas y visuales de la expresión artística. Corrientes como el Surrealismo, el Arte Pop y el Expresionismo han servido para comprender cómo el Arte está vinculado a los tiempos en los que vive.

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También el cine ha sido un referente visual y conceptual, películas como ​V de vendetta​, ​Gattaca o Los hijos del Hombre presentan ficciones que están relacionadas con los problemas sociales y políticos de las sociedades reales y hacen sentir una cercanía e incluso aventurar futuros creados con el esquema de lo que entendemos como mundo distópico. La técnica para crear la imagen que ilustrase una distopía podía ser de elección libre, aunque recomendamos el collage, la acuarela y la pintura acrílica, así como la mezcla de varias técnicas. En la imagen de la distopía podían basarse en el realismo de la representación figurativa aunque fuese irracional e incoherente , la obra de El Bosco, o las de S​alvador Dalí, Giorgio de Chirico y Remedios Baro o René Magritte​, pueden ser referencias muy motivadoras. Por otro lado la expresión de las emociones vinculadas al estado anímico y emocional de las circunstancias propias que caracterizan una distopía pueden representarse con imágenes más abstractas en las que el humo, la humedad o la opresión adquieren forma de mancha, veladura, trazos sueltos o texturas. También se les sugirió el collage como forma de mezclar distintos elementos y referencias históricas y hacerlas coincidir en un mismo espacio y tiempo ​Max Ernst, Man Ray y Hannah Höch​. o más actuales como ​Sato Masahiro​.

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NATALIA RAMOS BARRIGA 2º Bachillerato C

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Durante años, a lo largo de la historia de la humanidad, la mujer había estado supeditada a la imagen del hombre, primero del padre y luego del marido. Hoy en día ya no hay padres, ya no hay maridos. Los hombres ya no tienen lugar en la vida de las mujeres, ya no tienen lugar en el mundo. La búsqueda de la igualdad se nos fue de las manos en el momento que dejamos de buscarla y comenzamos a odiar a los hombres y a su imagen en la sociedad. En una espiral de misandria decidimos eliminarlos. Ya no eran necesarios, la ciencia había resuelto por completo el problema de la reproducción. Los varones no llegaban a nacer, si se intuía que el resultado de un embarazo iba a ser un niño las mujeres abortaban. Pero a veces las madres se encariñaban de sus hijos y ahí estaba el problema… En las zonas menos desarrolladas, donde no había tanto control tecnológico, nacieron una serie de niños que fueron ocultados por sus madres. A lo largo de sus vidas fueron planeando atacar las clínicas de fertilidad y destruirlas para hacer necesaria la existencia del hombre. Pero en el momento de actuar se dieron cuenta de que no había nada que hacer. Eran demasiado pocos contra la población femenina y la seguridad tecnológica. En ese preciso instante fueron conscientes de que su existencia estaba condicionada desde el instante que nacieron y que desde entonces estaban muertos.

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ANA PLASENCIA GALEANO 2º Bachillerato C ​

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El arte había desaparecido, pero el gobierno tenía planes para solucionar este problema. Me llamaron para hacer un curso de jóvenes talentos, estaba muy emocionada, no le di más vueltas y accedí. Les dije a mis padres que dejaba 4º de la ESO, pues el programa de formación del curso se convertiría ahora en ahora mis estudios, y les hizo mucha ilusión: sólo unos pocos eran privilegiados de ir a estos cursos del gobierno. Desde hace años, las personas seleccionadas eran artistas, se les formaba para ello y tenían una buena vida famosa, creaban obras innovadoras, provocativas, revolucionarias, aunque eso era lo que nosotros pensábamos. Dejé toda mi vida atrás, pero eso no importaba, nos habían criado para ello, intentar ser grandes artistas. Cuando llegué a Madrid había más chicos de mi edad, entramos en una sala donde nos explicaron todo el programa de recuperación del arte. Al día siguiente, me desperté y me dolía un poco la cabeza, no le di mucha importancia, aunque mis nuevos compañeros estaban igual. Pasaron unos años, sólo creábamos obras, en mi caso la pintura. Este era nuestro único trabajo, aunque poco a poco nos fueron aislando del resto de compañeros. Yo ya era conocida, había expuesto varias veces, estábamos revolucionando el mundo, se sucedieron varias catástrofes en la sociedad, ataques terroristas, bombas… siempre con miles de muertos, pero nuestros cuadros levantaban la sociedad y ayudaban a seguir hacia delante, o eso creíamos…. Sin embargo, cada día me siento menos yo, bueno, ya no sé ni quién era ni quién soy, pero no me siento mal, estoy a gusto, no hay dolor, solo pinto. Hace meses que no veo a mis compañeros, cada uno estaba en una sala con su especialidad y nos reuníamos en las exposiciones. Mañana tengo una, saldré a la prensa después de un largo tiempo. Mis obras son sobre la tercera Guerra Mundial, pero esta no fue sangrienta, sino económica, EEUU se había convertido en un país aislado, no sabíamos nada de él, pero supongo que ellos sabrían todo de nosotros. Así, el mundo fue siendo cada vez más pobre, salvo EEUU. Cuando llegué a la exposición, todos mis compañeros habían hecho lo mismo, qué casualidad… Nos encontramos allí, hace unos días corría el rumor de que uno de nosotros había perdido la cabeza, o simplemente la había encontrado. Estaba todo lleno, a lo lejos apareció él, parecía bastante cuerdo, aunque con la mirada ausente​. ​Me acerqué, se llamaba Juan, pero ni siquiera me miró a los ojos, tenía la mente en otro lado, eso sí, me fijé en que tenía marcas en las manos de moratones. Cuando terminamos, cada uno volvió a su sala. A la mañana siguiente, vi en las noticias que el chico de ayer había hecho una performance en otra exposición, pero esta vez estaba más lúcido. De repente, Juan se puso a gritar que todo era una mentira, que vivimos en la ignorancia, controlados. Después él desapareció y un grupo de bailarines actuaron, fue precioso. Sin embargo, después de eso no le volví a ver más. Los días siguientes hicieron las mismas performances en varios lugares de Europa, como pasó hace unos años. Entonces, me acosté y me dormí. No sé a dónde voy, dos tíos me llevan, son completamente iguales, me han dejado enfrente de una puerta, creo que estoy en la casa del Rey. Se abrieron las puertas y allí estaban, un grupo de hombres con chaqueta, serios, mirándome. Algunos de ellos eran quienes me habían formado, creo que he descubierto algo que no debía. Entré, me sentaron, me ataron y se acercó un hombre que debía de ser el comandante. No me dieron explicaciones, me metieron en una sala y allí unos médicos me vieron la cabeza, no entendía nada, sólo sentí un fuerte dolor, noté cómo corría la sangre por mi cuello y me desmayé. Era la primera vez que sentía

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dolor después de tanto tiempo. Cuando me desperté estaba en un sitio frío, húmedo, no lograba enfocar todavía, pero sentía gente a mi alrededor. Pasaron dos días y me levanté. No reconocía el lugar, era oscuro pero logré entender lo que pasaba. Había más personas como yo, habían despertado de esta mentira creada por el sistema. Conocí a un hombre que llevaba ahí encerrado dos años, me acuerdo de él, había salido en la noticias hace tiempo, avisó al mundo de este secreto pero lo convirtieron en una performance, como a mí. Ya todo cobró sentido: la sociedad estaba controlada por el sistema, el pueblo, la prensa, el arte… desde pequeños nos controlaban mediante unos chips y a los seleccionados para el programa de recuperación nos reprogramaban para olvidar el pasado y hacernos creer que estábamos cambiando el mundo, sin embargo, nada es perfecto, siempre fallan algunos. Ahora estoy aquí, entre cuatro paredes, como otros muchos. Nos encargamos de limpiar lo que la humanidad estropea, el mundo, la tierra, que dentro de poco se acabará, al igual que se acabó la libertad. Espero que le vaya bien a la chica que conocí el día de la exposición, no pude hablar, me habían hecho algo antes para callar, aunque no lo recuerdo. Sin embargo, cuando conseguí gritar, supieron acabar conmigo, no impedirán que la sociedad despierte si ellos están allí arriba, tan cómodos.

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ANTONIO GUTIÉRREZ BARROSO 2º Bachillerato B La lista de la inquina “El mundo está lleno de gente diferente y esto tiene que cambiar”. Esas doce palabras fueron las que transformaron mi vida por completo de una manera que no me esperaba y las que, aunque el mundo todavía no lo sabía, determinarían el inicio de una era marcada por el dolor, la hostilidad, la desconfianza y la ira. Mi despertador marcaba las 07:30 de la mañana y mientras que, a regañadientes, deslizaba el dedo índice por la pantalla de mi teléfono para silenciarlo hice un repaso mental sobre todo lo que me deparaba aquel día: ir seis horas a clase para estudiar cosas que me importan entre muy poco y nada, escuchar durante el recreo las conversaciones del grupo de los autoproclamados populares mientras les río las gracias cuando lo que de verdad deseo es llenarles el bocadillo de chinchetas, llegar a casa y fingir un dolor de estómago para no comer y así conseguir adelgazar, aguantar las charlas de mis padres, prepararme para las peleas con mis cinco hermanos mayores… en definitiva, me esperaba otro lunes de mierda. Entré en la cocina y, mientras calentaba mi tazón de leche, un fuerte estruendo golpeó mis tímpanos como si de una manada de leones furiosos se tratase. Me asomé a la calle por la ventana, pero la densa niebla que cubría la ciudad aquella lúgubre mañana solo me dejó ver una masa de policías paseando, vigilando y cercando alguna que otra vivienda, entre las que se encontraba la mía. Asustado, corrí hacia la habitación de mis padres, porque era el único lugar de la casa en la que conseguía encontrar algo de paz, aunque esa paz fuese momentánea, y allí encontré a mi padre mirando atentamente las noticias. Estaba serio, con los ojos empapados en lágrimas e incluso había perdido el moreno de playa que tanto le caracterizaba. Miré la pantalla del televisor y no me hizo falta ser mago para adivinar que mi lunes de mierda no había hecho más que empezar. Esa mañana, en lugar del telediario que veo todos los días mientras me quito las legañas y repaso el temario para los exámenes, emitieron un discurso de la nueva presidenta del gobierno, Doña Dafne Pieldelobo. Era una holandesa que había llegado al poder a raíz de la muerte de su marido y que, rápidamente, se había ganado el favor de los ciudadanos gracias a su exótica belleza, pero sobre todo a su fría inteligencia, su aparente dulzura y su fingido y bien ensayado saber estar. El discurso empezó con un tono aburrido y sobrio, pero lo que apuntaba ser la típica charla de comienzo de legislatura acabó revelando las pérfidas intenciones que se escondían tras aquella voz angelical. Su designio era acabar con las personas que no cumplieran con sus ideales estéticos y no tuvieran la misma percepción del mundo que ella tenía y para lograrlo contaría con un nuevo departamento en el gobierno dedicado a las denuncias privadas: “Si alguno de vosotros conoce a una chica que enseñe más de la cuenta o que esté siempre rodeada de chicos, que la denuncie, porque es una puta; a alguien que lleve demasiados tatuajes, que lo denuncie, porque es un delincuente; a un chico que se maquille o vaya frecuentemente acompañado de chicas, que lo denuncie, porque es un maricón; a personas muy delgadas o muy gordas, denunciadlas, porque tienen trastornos alimenticios; y así con todas las personas que se salgan del ideal de sociedad perfecta” dijo ella. “Valiente zorra” respondí yo, como si mi voz pudiese traspasar la pantalla y llegar hasta sus oídos.

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Lo primero que pasó por mi cabeza fue el futuro que les esperaba a todas esas personas que no entrasen dentro de la deseada perfección que tanto ansiaba nuestra queridísima presidenta sin darme cuenta de que, muy a mi pesar, yo mismo lo viviría en primera persona. Al terminar el sermón, una larga lista de nombres apareció en la pantalla. Nombres que serían los primeros en sufrir la ira y el desprecio de una sociedad intolerante y entonces entendí el llanto desconsolado de mi padre: a la cola de una infinita lista de personas aparecía el nombre de Eloy Jiménez García, mi nombre. Mi primera reacción fue reírme a carcajadas, o sea, que he estado toda mi vida pasando desapercibido entre la gente y ahora resulta que millones de personas saben de mi existencia y me estarán buscando para hacerme dios sabe qué barbaridades. No deja de ser paradójico. Pero la risa pronto abandonó mi cuerpo y una sensación entre el miedo y la desolación tomó su lugar. No me lo podía creer, mi vida corría peligro. El timbre comenzó a sonar sin descanso y mi padre, aterrado, cogió sus zapatillas de andar por casa para defenderse por si las personas que estaban tras la puerta eran miembros del ejército cargados de peligrosas armas de fuego. “Muy hábil, papá”, pensé. Falsa alarma, se trataba de Carlos y Eleonor, mis vecinos, siempre tan oportunos. Sus nombres también aparecían en la lista, el de Eleonor porque se había quedado embarazada con dieciséis años, era una guarra, su novio la dejó el mismo día del parto, era una mala esposa, y se puso a trabajar a los cuatro meses de dar a luz, mala madre. El de Carlos aparecía porque lloró en público el día de la muerte de su abuelo, los hombres no lloran; por defender los derechos de los refugiados, traición a la patria, y por demostrar su amor en público con una persona de su mismo sexo, conmigo, y por eso y porque para esta sociedad no está bien que yo tenga pocos amigos y que mi cuerpo esté lleno de tatuajes, mi nombre también aparece. Eleonor estaba temblando, sus manos parecían recién sacadas de la nevera y de su alma salían al exterior unos sollozos que inundaban el espeluznante silencio que se adueñó de mi casa. Sin decir ninguna palabra, la abracé con todas mis fuerzas y, a pesar de que soy la persona menos cariñosa que hay sobre la faz de la tierra, no la solté ni un segundo; tuve la necesidad de proteger a esa mujer que se había quitado su coraza de dura y se había mostrado ante mí con una debilidad propia de un niño pequeño. Cuando mis ojos se cruzaron con los de Carlos, el despecho se apoderó de mí. Habían pasado ocho meses desde la última vez que nos vimos y lo único que me apetecía hacer era escupir mi bilis sobre él. “Esto te pasa por mamón de mierda” fue lo primero que le dije, “entiendo que me odies, pero ahora estamos en el mismo barco” fue su respuesta, y no pude evitar abofetearle a la vez que el famoso “donde hubo fuego, cenizas quedan” me devolvió el golpe en lo más profundo de mi alma. Traían con ellos unas mochilas pequeñas con el espacio necesario para meter agua y algo de comida. Me metieron prisas para llenar la mía, pues nuestras vidas estaban en peligro y cada minuto que pasábamos en aquella casa multiplicaban por mil la posibilidad de recibir un tiro en la nuca por lo que, a pesar de que la ciudad ya estaba llena de policías, el plan era correr hasta el coche de Carlos y perdernos en el bosque, donde nadie pudiera encontrarnos. A mí no me gustaba ese plan. Desde mi casa hasta el coche había unos setenta metros y, teniendo en cuenta que soy un pelín patoso, en esos metros podían pasar tres mil cosas que harían que nuestro maravilloso plan fuera un fracaso. Gracias a dios no hizo falta comprobarlo, porque de un segundo a otro mi casa se llenó de hombres enmascarados, enfundados en unos monos negros y con una ristra de armas rodeándoles la cintura. No me dio tiempo a reaccionar cuando alguien me golpeó brutalmente en la nuca y me desplomé en el suelo. A partir ahí lo siguiente que recuerdo es despertarme desnudo en una 12


sala oscura, estaba atado a una tabla y a mi alrededor había un montón de hombres y mujeres en mi misma situación, pero ninguna cara me resultaba familiar, salvo la de Ricardo. No me podía creer que ese chico estuviera allí, el hijo de Dafne, aunque en el fondo no me extrañaba que esa loca le pudiera hacer esto a su hijo. Ricardo era uno de los hombres más guapos que había visto en mi vida, pero para su madre tenía un par de fallos, aparte de ser gay no le gustaba presumir del estupendo Estado en el que vivimos y por ello está aquí. La vida en ese zulo era al principio traumática, tenía que aguantar violaciones y golpes continuos, aunque lo peor era ver cómo dañaban a las personas de tu alrededor, escuchar los gritos de auxilio, ver los ríos de sangre… y todo ello con la impotencia de no poder hacer nada, aunque al final te acostumbrabas y sacabas lo bueno de cosas cotidianas, como conocer a gente. En los ratos que los vigilantes no estaban por la zona en la que yo me encontraba, pude conocer mejor a Ricardo y nos hicimos muy buenos amigos, tanto que me conto la mierda de vida que había tenido, bastante peor que la mía. Tuvo que fingir durante años ser alguien que en verdad no era, hablar con personas de determinado rango social y tener actitudes propias de un cabrón y todo para aparentar ser otro. Cada dos por tres venían unos hombres raros a darnos unas pastillas que nos hacían estar la mitad del día dormidos y la otra mitad flotando como en una nube y tanto tiempo así daba bastante para pensar y de repente algo se me vino a la mente: podía atacar a algún guardia para tratar de quitarle las llaves de los candados que sellaban las cuerdas que nos ataban y solo de esa manera conseguiría salir de allí, muerto o victorioso, pero saldría. Les conté mi plan a Ricardo y a otras tres chicas de las que me había hecho amigo y me dijeron que estaba loco y que no iba a salir bien, pero que si decidía llevarlo a cabo ellos también intervendrían. Cada día que transcurría allí lo pasaba rezando para que todo aquello terminase o para que me mataran, pues todo daba igual, no quería seguir sufriendo, estaba cansado de todo aquello y ahora que tenía la libertad rozándome las yemas de los dedos no podía echarme atrás. Sabía que mi plan podía salir mal… Pero también podía salir bien… Llevaba mucho tiempo estudiando las rutinas de los guardias… Solo tenía que esperar… el momento perfecto.

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MARÍA CARRASCO CARRASCO 2º Bachillerato C

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Las temperaturas no habían parado de subir en los últimos años y el aire se había vuelto tan denso que en cada bocanada no te llenabas de oxígeno, sino de veneno. La capa de contaminación sólo dejaba pasar unos débiles rayos de sol que impedían el cultivo de cualquier alimento, las personas se mataban entre ellas para conseguir sobrevivir un día más a base de los hierbajos que podían rescatar entre el polvo. Ellos, pálidos, sucios, en los huesos, habían sido partícipes de su propia destrucción. Hacía unos años, la clase baja había dejado por completo de existir, la clase media daba sus últimos coletazos y eran los antiguos miembros de la clase privilegiada quienes hacían un esfuerzo inhumano por despertarse la mañana siguiente. Esso había visto cómo, hacía años, su mundo se empezó a derrumbar. No pasaba de la mayoría de edad, pero su apariencia era la de una persona cercana al medio siglo. Antes, sus tareas no iban más allá de ir al instituto por las mañanas y hacer algún recado por la tarde. Un día despertó y no se encontró ni a sus padres ni a su hermano en casa, tampoco había gente en la calle, encendió la televisión y vio en las noticias cómo, sin previo aviso, una guerra silenciosa había estallado. Los miembros de las altas esferas eran los únicos conscientes de la bomba biológica que habían hecho estallar al bombardear con armas nucleares las naciones colindantes. Nadie sabía el porqué, sólo fueron conscientes de que su vida acababa de cambiar drásticamente. A partir de ese momento sólo unos cuantos consiguieron aislarse en refugios donde pronto surgieron problemas irreparables, lo que supuso que los lugares supuestamente seguros ya no lo fueran tanto. Nunca se volvió a saber nada de estas personas. Resistiendo el intenso calor y el aire asfixiante, la gente que no tuvo tanta suerte intentaba a toda costa sobrevivir; permanecían en el interior todo el tiempo que podían y salían a la calle sólo si era necesario. Se convirtieron en ermitaños dentro de sus cavernas, esperando allí una solución que nunca llegaría. En un principio, Esso mantuvo la esperanza. Esperó durante meses el regreso de sus padres, y cuando supo que no volverían siguió esperando a su hermano, quien había sido la luz de su vida desde que le vio por primera vez. Cuando aún quedaban alimentos, hizo acopio de cuanto le fue posible y los racionó porque sabría que tarde o temprano pasaría hambre. Al cabo de los meses, el aire contaminado y la falta de luz solar hicieron de todo cuanto se veía una arena de combate yerma e inhóspita donde se había evaporado la cordura, y las personas en vez de colaborar por un fin común se asesinaban de la forma más salvaje posible, para acabar devorándose unos a otros de un modo cada vez menos humano. Durante el primer año, encontró fuerzas para seguir adelante en Lei, quien le había acompañado desde que tenía memoria. Fue siempre su apoyo incondicional y pasó a ser el amor de su corta vida; su compañía le llenó de esperanza, de un indescriptible sentimiento de fuerza y una sensación de calma que, por agotado que estuviese, le inundaba el cuerpo si le miraba a los ojos. Estando a su lado sentía que dentro del mal que les rodeaba, quedaba algo por lo que alegrarse, algo por lo que merecía la pena seguir vivo, y por eso al marcharse le dejó un agujero irreparable en el fondo del alma. A partir de ese día dejó de vivir y empezó a mantenerse con vida. En su cuerpo se extendió la sensación de calma de quien lo ha perdido todo; su mirada se mantenía fija, su pulso se mantenía siempre igual, no había nada que le alterase, y aun sin saber por qué, hacía lo posible por despertarse otra día más, y así fue. Una mañana abrió los ojos, pero ya no encontró motivos para levantarse. Esa mañana la contaminación era tan densa que ningún rayo de luz podía atravesarle, ni quedaba calor humano que le librase del frío que sentía en su interior. Cerró los ojos de nuevo y allí mismo se dejó morir.

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CÉSAR BERLANA DAGUIO 2º Bachillerato C

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Y por un instante podremos observar la realidad y disfrutarla unos segundos. La tierra cambia. Como consecuencia los gobiernos, compuestos por científicos, sabios, militares, un clero, y parte de los productores, es decir las clases privilegiadas, ofrecen una serie de reformas con la intención de reducir el desgaste de la realidad. Actualmente el planeta tierra se encuentra en una fase de desgaste increíble, la naturaleza desaparece progresivamente, los continentes se extinguen a medida que los polos se derriten y la humanidad no es consciente de esto, por eso este gobierno invierte y apuesta por la construcción de urbanizaciones de aislamiento, estas consisten en crear hogares domotizados con todo lujo de tecnologías y comodidad, se venden de una manera algo especial. Con tiempo material. Compras la casa con el número de años minutos y segundos que vas a pasar en ella, igual pasa con las comodidades, como la luz, el agua o el internet, todo se puede pagar con tiempo, pero con la condición de no poder salir en todo ese periodo. Todo lo que antes observábamos y tocábamos se había convertido en mero reflejo de la auténtica realidad que antes tocábamos y ahora vemos como un sueño inalcanzable. ¿Qué pasa si te niegas? Una vez, antes del aislamiento, vi cómo se llevaban a mis vecinos, le pregunté a mi padre y me dijo que exactamente no sabía dónde los llevaban, pero que había oído que lo más normal es que los mandaran a unas plataformas petrolíferas en medio del océano, para trabajar hasta morirse del hambre. Mi familia no se arriesgó a eso, y por lo tanto acabamos en una de esas casas. Al final, la mayoría de familias acabará adquiriendo las viviendas. Todo genial al principio, era adaptarse a la situación, pero a medida que pasan los meses, ves cómo el tiempo aumenta con los gastos personales, y cómo cada vez veía menos probable el tener un futuro más allá de mi familia. La única manera de poder cambiar mi futuro, es el día de la Colmena. Este día todos los que tuviesen 18 años, podrían conocerse por primera vez, casarse y adquirir sus casas para vivir el resto de la vida juntos. Este día te dejan en un gran parque controlado, y tú tienes que encontrar a la persona indicada. Si no lo haces terminas en una plataforma trabajando como un esclavo. No sabía por qué iba, ya que a mí las mujeres no me atraían, pero solo de pensar que iba a poder disfrutar de un día entero de la realidad, ya me hacía ilusión. Había mucha gente, y yo lo único que quería era encontrar a esa persona, y así fue: la encontré. Los dos nos miramos, y lo supe, esa mirada azul no delataba, era él. Fue entonces cuando me acerqué y comenzamos a conocernos, finalizada la tarde, en los últimos 10 min, los dos sabíamos lo que pasaría, pero nos daba igual, era especial, fue entonces cuando en el intento de besarnos, aparecieron las autoridades y nos detuvieron, nos taparon los ojos y nos inyectaron algo que me hizo dormir. Me desperté atado con cadenas de los pies a la cabeza y delante se encontraba él igual, seguía inconsciente, yo le miré y pensé en todas las cosas que podríamos haber hecho, si todo fuese normal. Me puse a llorar, fue entonces cuando una señora alta y con traje entró en la sala y comenzó a tomar nota. Estuvimos casi una semana ahí encerrados. Yo siempre parecía más fuerte que él, siempre estaba despierto y era consciente de lo que pasaba. Por eso cuando finalmente lo desataron y delante de mí, y con todo el dolor el mundo, le empezaron a torturar, matándolo lentamente, yo lloraba y cuando terminaron me dijeron que si no quería lo mismo, que fuera como los demás: normal. Murió y con él se fue una parte de mí, yo ya no sería el mismo. Después de esto me encerraron en una pequeña casa durante toda la vida. La pena de esto es que mucha más gente

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tendrá que pasar por esto. Teniendo que terminar como yo, pensando en él como si de algo real se tratase, viviendo en un mundo de simples sobras de algo que un día fue real para mí.

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MARISA MORÁN HERNÁNDEZ 2º Bachillerato C

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Entonces, los continuos avances tecnológicos se convirtieron en nuestro peor aliado. El mundo está al borde de la destrucción causada por una nefasta explosión que desencadenó una guerra nuclear y económica. La evolución de las tecnologías en estos tiempos puede crear todas las guerras, el hambre, la contaminación y otros problemas que los humanos con un alma racional podrían tener. El gobierno formado por un grupo opresor ejerce un control excesivo e inhumano en lo que queda de ciudad y experimenta sobre el estado mental o formas de vivir de la raza humana. Estas mediciones instantáneas les da la posibilidad de saber si dicha persona llegaría a cometer algún delito gracias a un escáner que la nueva raza invasora que habíamos creado nosotros mismos tiene en su cerebro tecnológico. Si cualquier individuo da una tasa elevada de criminalidad, estos son perseguidos y esclavizados para trabajar forzosamente sin ningún beneficio de por medio para la mayor escala del gobierno, quien controla todos los movimientos del planeta. Esta tarea es realizada por un equipo especial de potencias delincuentes. Deben asegurarse de que los reclutados cumplan sus funciones dentro de la nueva ley. Por otra parte, la población estaba sacudida por híper-robots quienes controlaban las clases más bajas, supervisando sus bienes y encarcelando a la gente desafiante y amenazadora para el progreso de conquista. Y en cuanto a esa clase baja, me encontraba yo. Luchábamos cada día para sobrevivir, recordando los buenos momentos cuando la Tierra todavía tenía luz propia y nos diferenciábamos entre nosotros. Teníamos prohibido entrar a las zonas especiales donde personas inocentes con una tasa psíquica de maldad, aunque fuera lo más mínimo, eran entrenados en contra de su voluntad, convirtiéndose en aquellos héroes que el gobierno quería. Las calles ya no tenían color propio, predominaba una niebla espesa dejando ver escenas grises y borrosas. La urbanización en la que vivía estaba enmascarada con pantallas donde escondían sus personalidades verdaderas y aquellos rostros que llegué a conocer en mi temprana edad, cuando la tecnología y los robots no estaban unidos. Dentro de nuestros hogares, esas pantallas podían ser quitadas para respirar un poco de oxígeno y poder ver a nuestros seres queridos. Desde mi ventana tenía a mi disposición la vista de una serie de bases donde los reclutados y robots criaban a los humanos en capullos artificiales, pero aún compatibles con sus ancestros humanos naturales. Fue ese día en el que me di cuenta que este planeta se estaba convirtiendo en nuestra peor pesadilla, en que ya no diferenciaba quiénes eran los humanos y quiénes eran unas máquinas. Quería poner fin a este sin sentido. Conseguí reunir a un grupo de jóvenes con pensamientos constructivos cansados de toda esta maldad. Nos reuníamos cada martes en un sótano remoto, cuando terminábamos nuestros trabajos forzosos, siendo el principio de una solución. Pasaron los años y me convertí en una mujer adulta, encargada de la mayor legión de reconocimiento en contra de los seres humanoides que nos controlaban. Ahí conseguí entrenar a los pocos jóvenes de mi generación y la siguiente, antes de que se adelantara la raza invasora y creara unos titanes. Le designaron como hogar la zona exterior de la muralla que levantaron al enterarse de que un grupo amenazante intentaba una conspiración, quitando del todo la pequeña libertad que resguardábamos. Quien intentara escapar, sería devorado por estas criaturas. Durante el proceso, nos dimos cuenta de que los robots temen a la muerte tanto como los humanos. El ambiente venenoso causa que sus cuerpos mecánicos se corroan y deterioren, forzándolos a reparar sus partes dañadas.

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Con esta información en nuestro poder, comenzamos una guerra para liberar a nuestra ciudad y acabar con aquellos que nos han robado nuestra identidad. Sería el comienzo de la tercera Guerra Mundial, de la que debíamos escapar rompiendo la muralla y aniquilando al gobierno. Ya no sabíamos quiénes eran los buenos o los malos; era una cuestión de supervivencia.

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SARA MORENO DURÁN 2º Bachillerato A El sueño de una estrella Valiente, segura y sincera; encerrada en una cárcel de complejos llamada sociedad, presa en una celda de inseguridades como su libertad, la que un día le quitaron y la que sueña con poder recuperar. Hoy es martes, y Lucía se despierta como cada mañana por el sonido del guardia aporreando la puerta y gritando: -¡En media hora os quiero abajo para desayunar! En fin, desayunar… podría llamarse de todo menos eso. “Ojalá poder despertarme con una canción de los Beatles” pensó, y entonces fue como si todo desapareciera a su alrededor. De repente observaba aquella niña que junto a su hermano entonaba “Angie”, allí, sonriendo, como si no hubiese mundo ni problemas. Sólo ellos junto a unos cuantos acordes. Es el ruido de los pies frenéticos en el pasillo lo que hace que vuelva a la dura realidad, a su soledad, a ponerse el uniforme para salir de aquel agujero que algunos llamaban habitación. Fue entonces cuando recordó como había llegado hasta allí. Era una mujer joven, llena de vida y apasionada por su trabajo cuando todo aquello pasó. Cuando la obligaron a hacer algo que no quería que fue lo que provocó la situación actual de España. Todo comenzó hará hace un par de años cuando fue nombrada presidenta del gobierno. Era imposible llegar a sentir mayor felicidad. El sueño que emprendió siendo niña, y que con esfuerzo y con la misma ilusión que entonces había logrado conseguir. Luchando contra una sociedad machista, racista y homófoba. Creyendo que había pasado por encima de todo aquello. Siendo la orgullosa primera mujer presidenta del gobierno en este país de cadenas y complejos. Donde importa más un euro que un beso. Un país a la espera de quedar inmerso en una guerra entre grandes potencias mundiales que cada vez está más cerca. Pero allí estaba ella, ilusa, pensando que podía cambiar el mundo con una sonrisa. Los problemas llegaron cuando llevaba unos 6 meses en el cargo y la oposición empezaba a impacientarse a la espera de que cometiera algún error. Quizá ya los estaba cometiendo, pero su ilusión era más grande que todos ellos. Fue a partir de entonces cuando todo comenzó a ponerse negro. Misteriosamente, todos sus planes empezaron a salir mal. Todo el mundo que tenía a su favor dejó de apoyarla. Cómo dolía descubrir que por un puñado de billetes estaban llevando a la ruina un país que empezaba a tener brotes verdes. Y entonces, la bomba explotó. Lucía se despertó temprano la mañana del 17 de marzo de hace unos dos años y medio con el ruido de una llamada telefónica. Era Jose, su mano derecha, el primer ministro. “Que raro” pensó. Cuando descolgó la llamada, recibió el golpe de realidad más duro que jamás había recibido. Fue como si el peso del mundo se cargara sobre sus hombros. Se sintió Atlas en aquella fábula griega. Y jamás volverá a sentir peor sensación, como si mil caballos cabalgaran sobre su espalda mientras el ministro le contaba que misteriosamente, había aparecido en su cuenta bancaria un dinero supuestamente blanqueado de las arcas españolas, dinero que ella no conocía y que por supuesto no había robado. Lloraba desconsolada mientras Jose le contaba que la habían arruinado, destituido y condenado a prisión indefinida.

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Que habían colocado en el gobierno un régimen casi fascista, con ideologías prehistóricas que solo hacían del mundo un lugar peor. Desgarrada, rota, como un libro cerrado, olvidado y triste. Llena de dolor, de agonía. No tenía palabras ni pensamientos para describir su situación en aquel momento. El sueño de una niña de 17 años que empezó una carrera intentando cambiar el mundo, había sido devastado por un puñado de billetes y una banda de corrupción que asolaba el gobierno, no solo de nuestro país, sino de todo nuestro frágil planeta. Después de aquello todo pasó tan deprisa que Lucía casi duda lo que es real y lo que su dolido subconsciente ha creado. Sin tiempo para despedirse de sus seres queridos ni para intentar solucionar aquella situación, internó en la prisión donde hasta hoy, ha pasado su vida desde hace 912 días, 15 horas y 27 minutos. Pero aunque está en el mismo sitio, las cosas son completamente diferentes. Aún sigue sin explicarse cómo consiguieron hundirla por ser aquella mujer luchadora, con ganas de renovar y sin miedo al cambio. Estos más de 900 interminables días comenzaron con una Lucía rota, pero esperanzada. Poniendo toda la fuerza que le quedaba en salir adelante, tal como su madre le enseñó cuando era niña mientras ella sola mantenía a una familia de 4 hermanos sin ningún tipo de ayuda y con el reciente fallecimiento de su padre en un accidente nuclear en la fábrica donde trabajaba. Durante ese tiempo solo pensaba en su madre, en cómo salió adelante y en cómo ella también lo haría. Pero el régimen político que se encontraba en el cargo empezó a convertir España en una miseria que recordaba a la Alemania de la segunda guerra mundial. Y Lucía no entendía como se podía volver a aquello. Empezaron a apresar a todo aquel que intentaba ser la voz de los que no la tienen. Hacían redadas por cada rincón del país buscando a los que eran diferentes para explotarlos, como si fueran esclavos, usados como una mesa o una silla por su color de piel, su orientación sexual o su religión. Y por supuesto el género femenino no iba a ser menos. Se dieron el doble de pasos hacia atrás en muy poco tiempo, que los pocos que había caminado la sociedad hacia adelante en muchísimos años. Pero todo esto era llevado a cabo de la peor manera posible: en la sombra. Mientras las mujeres iban al trabajo, se les bajaba el sueldo o incluso se las despedía sin ninguna razón aparente. Cosas demasiado simples como que dejaran de vender tabaco o alcohol al género femenino, o que no las aceptaran en los exámenes del carnet de conducir. Pero Lucía no vivió eso. Lucía vivió encerrada en una cárcel de mujeres. Obligada cada día a trabajar una media de entre diez y doce horas con un simple descanso para comer un plato de una especie de puré, que ella a veces dudaba que estuviera hecho con comida de verdad, y un simple trozo de pan, duro. Vivió aislada de su familia, de sus amigos y de ella misma durante dos años y medio. Al principio intentó luchar pero, poco a poco su llama se fue apagando. El recuerdo de su madre cada vez era más difuso, y su cansancio mental estaba empezando a sobrepasar demasiado su cansancio físico. Llevaba demasiado tiempo esperando un juicio que sentía que nunca saldría a la luz. Sin el respaldo de nadie que la ayudase. Boicoteada por el régimen que en ese momento tenía el poder, y sola. Terriblemente sola, atada a aquellas cadenas que la sociedad había ido haciendo cada vez más pesadas. Y allí estaba, aquel martes aparentemente lluvioso por la escasa luz que entraba a través de las ventanas del nauseabundo lugar que la tenía encerrada desde hace tanto tiempo. Y empezó su día sin saber que por fin el recuerdo de su madre volvería a ser claro. Que quizás volviera a poder tocar en su vieja guitarra los acordes de “Angie”. Que a lo mejor volvía la esperanza.

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Que el juicio tenía fecha, y en dos semanas aquel libro lleno de polvo, cerrado y olvidado que ya era su corazón, quizá podría volver a abrirse con un pequeño ralyo de esperanza. Hoy le tocaba lavandería. Mientras trabajaba, absorta en sus pensamientos, observaba a su alrededor como conocía todas y cada una de las caras de las mujeres que la rodeaban. Y así, de manera paradójica, se dio cuenta que no conocía ningún nombre, ninguna voz, y que no sabía si alguna de ellas era antes también una mujer luchadora, valiente y dispuesta a luchar por sus sueños. Como su madre. Entonces entre colada y colada llegó un guardia y se puso a hablar con el vigilante que acostumbraba a andar por allí cada día, mientras la señalaba. El hombre se acercó y le dijo: -¿Señorita Lucía verdad? Necesito que me acompañe por favor. Y entonces ella, presa del miedo y sin saber qué pensar ni cómo actuar, caminaba por aquel pasillo interminable mientras le temblaban las piernas igual que el primer día de universidad. Y qué recuerdos le traía aquello. Aquella sensación de miedo y adrenalina que le provocaba adentrarse en el maravilloso mundo de la política. La emoción de poder dedicar toda una vida a lo que de verdad le apasionaba. Esa felicidad que veía tan cercana. Y era como si millones de mariposas volaran dentro de su estómago. Dicen que eso se siente al estar enamorado, pero qué le importaba a Lucía el amor. Tenía un sueño, una ambición. Toda una vida por delante. Volvió a la realidad cuando la puerta del despacho del director de la cárcel se abrió ante sus ojos. Nerviosa entró en aquella habitación fría. Ojalá pudiera haberse referido a la temperatura. Se sentó frente a aquel hombre que había visto miles de veces por los pasillos de aquella jaula de ambiciones y deseos. Era alto, muy delgado y con el pelo negro. Quizás mucho más joven de lo que aparentaba aquella cara despiadada y su ceño fruncido. Sus penetrantes ojos verdes parecían analizar cada rincón de su existencia. Y aquel silencio se estaba haciendo demasiado incómodo. Fue entonces cuando Lucía recibió la mejor noticia que había escuchado desde hace más de dos interminables años: -Señorita Lucía, ha sido publicada la fecha de su juicio. Tendrá lugar dentro de dos semanas a las diez de la mañana en el juzgado municipal. Su salida del centro penitenciario de alta seguridad será a las nueve de la mañana. Pero sentimos comunicarle que no tiene derecho a abogado debido al nuevo artículo 234 publicado por nuestro presidente. Puede retirarse. No la habían dejado hablar. No tenía derecho a abogado. Pero qué importaba eso ahora, solo necesitaba sus palabras. Quería que toda España estuviera presente cuando dijera la verdad. Todo aquello iba a acabar, estaba segura. Su madre se lo dijo cada noche, en cada sueño durante esas dos semanas. Y por fin llegó el día. Un día que fue como una ilusión, como un sueño. Soñaba con su discurso cuando tuviera que declarar. Soñaba con los flashes de las cámaras de los miles de periodistas que seguro asistirían. Podría contemplar la cara de aquel corrupto que con un puñado de billetes había intentado hundirla. Y de nuevo el recuerdo de su madre se borró de su memoria. Jamás habría imaginado aquello. Vagos recuerdos pasan por su mente. Llegar a aquella sala completamente vacía. Sin prensa, sin testigos. Sólo un juez, la oposición y ella. Sola, desamparada delante de una banda de aprovechados que no iban a parar hasta verla hundida. Por humilde y por luchadora. Por no ser una más de esos corruptos que llevan gobernando nuestra sociedad desde hace tanto tiempo. Observó cómo no tuvo oportunidad de hablar, cómo aquel infame le entregaba un maletín lleno de billetes al juez delante de ella, sin poder hacer nada. Viendo como su vida se 24


acababa a la vez que se cerraba la puerta de aquella sala tras la salida del juez. El recuerdo de volver al agujero de donde había salido aquella mañana. Y ahora estaba allí. Derrotada. A la sombra de una sociedad que la había encerrado en una cárcel de la que ya no iba a poder salir jamás. Una cárcel en la que no solo estaba encerrado su cuerpo, sino también su alma. Y entonces tuvo un sueño. El sueño de una madre luchadora, que la enseñó a no rendirse nunca. Una madre que a pesar de las adversidades, no dejó jamás de remar por el barco de su familia. Una leona, una auténtica guerrera que no necesitaba escudo ni lanza. Y entonces su vida cambió. Volvió la Lucía que un día había reinado en lo más profundo de su corazón. Había comprendido que el mundo no estaba hecho para los cobardes. Y mucho menos para los que se rendían. Tenía que cambiar aquello, y tenía que empezar desde dentro. Poco a poco fue abandonando el lugar solitario que había ocupado en cada comida desde que entró a aquel maldito lugar. Empezó a relacionarse con las demás mujeres a las que la sociedad había encerrado. Y cada vez descubría más valientes. Mujeres con ganas de luchar no solo por ellas, sino por el mundo. Y eso era lo que necesitaba. Poco a poco fue haciendo más amistades. Uniendo a más personas con ganas de luchar contra aquella basura que era el país en el que por desgracia vivían. Pero Lucía era observadora e inteligente. Plenamente consciente de lo que ocurría a su alrededor. Observaba cada una de las caras de los más de 50 guardias que las vigilaban cada día. Unos eran crueles, con gestos duros y pensamientos prehistóricos. Pero era capaz de observar a aquellos que eran diferentes. No sabía exactamente cuántos eran; quizás alrededor de la mitad de ellos los que miraban con cara de pena. Los que estaban tan atados a las cadenas de la sociedad como ellas. Eran guerreros, guerreros a los que les habían robado su lanza. Guerreros que ya no podían pelear. Pero ella tenía que cambiarlo. No podían seguir al mando de un puñado de corruptos que harían del país una ruina. Y entonces nos situamos a 16 de agosto. El gran día que Lucía llevaba preparando tantos meses. Era la hora de las duchas. Todas las presas de la cárcel se situaban allí en aquel momento. Los guardias que custodiaban el baño también eran guerreros. Todo parecía perfecto y su cabeza solo podía entonar recordando la voz de su hermano las preciosas palabras de aquella canción: “With no loving in our souls And no money in our coats You can’t say we’re satisfied But Angie, Angie. You can’t say we never tried” Y entonces observó a su madre. Allí sentada en aquel banco de las duchas, esperando su discurso. Esperando que la convenciera de luchar. Esperando enorgullecerse de aquella pequeña estrella que estaba a punto de forjarse en el universo. Y eso fue su empujón. Se puso de pie encima de uno de esos bancos y gritó como nunca lo había hecho. Por todos los que no tienen voz. Por ella, por su sufrimiento. Y por su madre, esa gran estrella que lucía en el firmamento. -¡Hoy estoy aquí porque siendo una niña me propuse cambiar el mundo. Este mundo vacío y gris en el que vivimos!. Esta sociedad barroca que no deja relucir las capacidades de cada uno. Llevo aquí encerrada casi 3 años mientras la tiranía intentaba callarme de todas las maneras posibles. He sido víctima de una corrupción asoladora. Corrupción que lleva muchos años asomándose entre nosotros y que nunca hemos sabido parar. Pero este es el momento.

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¡Juntas, unidas; nosotras y los miles de guerreros y guerreras que hay en la calle esperando que alguien de un golpe en la mesa!. ¡Seamos ese golpe! ¡Vamos en busca de nuestra felicidad!¡Vamos a por el mundo que queremos! ¿Estáis conmigo? El ruido ensordecedor de una gran multitud coreando un sí hizo que los guardias irrumpieran en la sala intentando poner orden. Pero Lucía no se rendía y siguió con su discurso -¡Vosotros también sois guerreros!. Guerreros que quieren luchar contra las cadenas que les atan. ¿A qué esperáis? ¡Este es el momento! La cara de los guardias era la viva imagen de la esperanza, de un nuevo mundo. Su madre sonreía desde la otra punta de la habitación y Lucía seguía hablando mientras la miraba. -Un sabio maestro escribió una vez un manual para la felicidad que todos deberíamos cumplir. ¡Hagámoslo! ¡Hagamos que todas las lágrimas no sean de tristeza! ¡Hagamos que no todas las palabras sean en voz alta! ¡Hagamos que no todas las opiniones tengan el mismo crédito! ¡Hagamos que no todas las miradas sean desconfiadas! ¡Hagamos que no todos los miedos sean importantes! ¡¡¡¡Y hagamos que no todos los sueños sean durmiendo!!!! ¡Vamos a perseguir el nuestro! ¡Juntos! Lucía, eufórica bajó del banco y corrió en dirección a su madre. A abrazarla. Se lo había dado todo, estaba allí gracias a ella. Y cuando sus manos casi se rozaban la felicidad se desvaneció como se desvanece la nieve con el sol. Como se evapora el agua con el calor del verano y el brillante color amarillo que relucía en su interior, cargado de esperanza y alegría; pasó a ser un tremendo negro, tan oscuro como la inmensidad del cielo en una fría noche de invierno. El baño de repente se vio inundado por una oleada de guardias que se dirigían directamente hacia ella. Y de repente el amarillo volvió a resurgir en su corazón, que latía entusiasmado de manera paradójica mientras recibía miles de golpes en cada una de las partes de su cuerpo. Pero ya no le importaba. Lucía era una luchadora que había conseguido emprender un sueño cuando era niña. Cambiar el mundo con una sonrisa. Y su sueño terminaría así. De la misma forma en la que empezó. Con un incontrolable temblor en las piernas. Con la sensación de ser una niña pequeña la noche de reyes, a la espera de ese ansiado regalo que tanto había pedido. Ella había sembrado la semilla del cambio. Ella había empezado una revolución. Su madre estaba orgullosa de ella, y ahora relucían juntas. Las dos estrellas más brillantes del firmamento. Quien sabe si este es el origen de una nueva constelación. Quien sabe si con aquel discurso Lucía había logrado cambiar el mundo. Quien sabe si esa fue la llama que encendió una rebelión. Quien sabe si sería real aquella sociedad sin cadenas. Quien sabe donde está aquella guitarra que hacía sonar los acordes de “Angie”. El mundo es tan efímero como la felicidad. La vida es tan injusta como preciosa. La lucha es tan dura como eficaz. Y la sociedad sigue esperando a otra persona como Lucía, que sea la estrella que guíe a los reyes magos para entregarle el regalo a aquella niña. La estrella que ilumine este camino de injusticias que es la vida. Pero quién sabe si esa persona ya ha llegado. Nadie sabe nada, solo un puñado de acordes: “Angie, I still love you, Remember all those nights we cried? All the dreams we held so close seemed To all go up in smoke, Let me whisper in your heart; Angie, ain’t it time we said goodbye?” 26


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SOFÍA BLÁZQUEZ SÁNCHEZ 2º Bachillerato C

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Oscuridad. Eso es lo único que hay ahora. Ya no soy capaz de recordar cuándo fue la última vez que podía salir sin miedo a la calle, respirar aire puro, mirar el sol, caminar por el campo y tocar las briznas de hierba...en resumen, disfrutar de mi planeta. En esa época no éramos conscientes del lugar tan maravilloso donde vivíamos hasta que acabamos con él por completo. No asimilábamos las cosas, porque no queríamos, ya que estaba bien claro que por el camino que íbamos nos estábamos dirigiendo a pasos agigantados a una muerte segura. A estas alturas de la vida de la gran mayoría de personas en el planeta, cosas que eran cotidianas se han convertido en un lujo que solo unos pocos se pueden permitir. Porque aunque el mundo se esté muriendo, el dinero (o lo poco que queda) lo sigue moviendo todo. Todo comenzó cuando las amenazas de las bombas pasaron a ser hechos, destruyendo a su paso todo lo que alcanzaba su magnitud. Ciudades enteras devastadas. De las ciudades pasaron a ser países enteros los que se consumían en la miseria. Pero nosotros, ajenos a esas monstruosidades, sentados en nuestros cómodos sofás, solo podíamos sentir lastima por lo que veíamos a través de las pantallas de las televisiones, de los móviles, del ordenador.... Y lo que de verdad iba a destruir parte de la humanidad solo estaba a unos meses de ocurrir. Un día como otro cualquiera llegó la noticia de que unos científicos americanos habían conseguido implantar una especie de batería en el cuerpo de un hombre y ese hombre era capaz de vivir perfectamente sin necesidad de comer. Esa batería era capaz de simular las tres comidas necesarias de cada día, te mantenías fuerte y saciado. A todos les resultó una idea fantástica, con la que se podrían solucionar multitud de problemas en el futuro. La moda de las baterías fue tan fuerte que pasó a ser algo necesario en la vida de todo ser humano, era fácil de instalar y solo se necesitaba una fuente de energía y un cargador para vivir. Con las baterías podrían acabar con muchas enfermedades alimenticias como los problemas de los celíacos o los intolerantes a la lactosa. El secreto que guardaban esas baterías es que las grandes potencias mundiales se estaban viendo con el agua al cuello, necesitaban solucionar el problema más gordo que habíamos vivido en todo nuestra historia, nos estábamos quedando sin alimentos, tanto animales como vegetales. Las guerras habían provocado la contaminación de gran parte del suelo de países muy importantes para el cultivo y la ganadería, y esa contaminación había ido pasando poco a poco hasta contaminar a un 80 % del planeta. Los animales comían la hierba y esta les hacían enfermar... esa carne tampoco se podía comer puesto que era totalmente tóxica. Todo esto fue a mayores cuando esa contaminación llegó al agua. Océanos enteros devastados, repletos de animales muertos. Alguna solución necesitaban y bien rápido. Por muchas baterías que habían logrado poner no pudieron evitar lo inevitable: las primeras muertes por la radiación. La noticia recorría hasta el último rincón de Internet, pero en vez de radiación nuclear los altos cargos preferían declarar que se había extendido un virus. Parece que eso calmó un poco a las masas, con un par de discursos por las noticias diciendo un par de medicamentos que frenarían los síntomas asignados por los médicos, pero entre dientes recomendaban que las baterías fueran instaladas cuanto antes. Para sorpresa de muchos, las muertes cada vez eran más frecuentes aunque tomaran los medicamentos, ahí es cuando se desató el pánico. La gente se daba cuenta de que el problema estaba en la gente que aún comía y no dependía de fuentes eléctricas. Parecíamos verdaderos animales, las medidas de seguridad que tomamos me recordaban a los campos de concentración de Hitler y a los campos de refugiados de Grecia de hace un tiempo. Los mandaban a las zonas de reclusión de infectados y ahí los tenían hasta la hora de su muerte, sin ninguna clase de tortura, simplemente aislados en barracones, siendo alimentados de lo poco que quedaba. 29


Así pasaron 7 años. En esa masacre mi hermano y yo perdimos a la mayoría de nuestra familia, que eran personas mayores que no querían vivir lo que les quedaba de vida pegadas a un cargador. Siento que nosotros, los jóvenes, nos colocamos esos cacharros por las influencias en las redes sociales, era tan novedoso, estábamos formando parte del nuevo siglo, el siglo de los cambios, el siglo en el que la gente hace años pensaba que los coches volarían y controlaríamos las cosas con la mente... y todo pensamos lo mismo: “por algo se tiene que empezar”. Fueron años de mucho dolor pero conseguimos salir adelante, las cosas iban cada vez a peor. Ahora, aparte de tener que estar siempre pendientes de nuestras propias baterías, teníamos que salir con máscaras de gas. El aire con el tiempo había ido empeorando por la contaminación que soltaban las fábricas y centrales nucleares. Puede que antes también esos gases fuesen tóxicos para nosotros y para el ambiente, pero pasó de ser algo “moderado” a un descontrol total. Eran de tal magnitud que la capa de ozono estaba en sus últimos años, las noticias evidentemente no nos contaban la gravedad del asunto, pero con tan solo mirar al cielo uno se podía percatar de que no era el mismo con el que habíamos crecido. Este cambio fue como cuando tiras la primera pieza de un dominó: trajo muchas más desgracias consigo, cada cual peor que la anterior. No nacían casi niños, la mayoría de los que sí nacían tenían malformaciones o no lograban sobrevivir el primer mes. Esta situación me ponía los pelos de punta, sentía que en cualquier momento podía pasar lo peor. Antes había sobre-población y ahora nos estábamos quedando solos en el mundo. Como llegaron las baterías a nuestras vidas, llegaron los niños que estaban siendo modificados por las máquinas para lograr recuperar la tasa normal de natalidad. Definitivamente, el hombre en potencia había desaparecido por completo, los niños eran mitad robots... Habíamos creado una nueva especie en la escala de la evolución. El Homo-novo.

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MARINA COLLADO GARRIDO 2º Bachillerato C

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Las guerras del agua Año 2056. Creíamos que era mentira: todas esas historias y teorías que hablaban sobre las grandes sequías que sufriríamos, el hambre, la extinción de especies, el calentamiento global que cada día iba siendo más y más destructivo, sabiendo que todo esto lo provocamos nosotros, los humanos. Cuando éramos jóvenes disfrutábamos de muchas cosas que hoy en día se han gastado o las hemos destruido. Hablaban sobre el efecto invernadero, la acumulación de gases (sobre todo de dióxido de carbono) en la atmósfera, lo que ha producido una alta elevación de la temperatura en la Tierra. Talamos demasiados árboles, provocando poco a poco nuestra propia asfixia al quedarnos sin plantas que respirasen el dióxido que teníamos que eliminar; derrochamos demasiada agua, nos daba igual dejar abierto el grifo durante diez minutos sin ni siquiera estar usándolo, nos bañábamos en piscinas enormes repletas de agua en verano, simplemente para refrescarnos, o en invierno, en piscinas climatizadas, por diversión o hacer ejercicio; los productos químicos que se fabricaban también eran altamente contaminantes y eran usados es muchísimos objetos que todos teníamos en nuestras casas, como las neveras, los congeladores, los sprays, desodorantes, esmaltes… Todo esto favoreció al calentamiento global, tanto que los casquetes polares se derritieron casi por completo, inundando varios pueblos, ciudades y países que tenían costas a sus alrededores, los osos polares, los pingüinos y todos los animales adaptados a esos medios murieron. A partir de ahí fue como un efecto dominó, en el que fueron extinguiéndose todos los animales, solo quedaban algunos herbívoros y a estos poco les quedaba. Habíamos conseguido salvar algunas vacas, conejos y gallinas alimentándolos con productos artificiales que habíamos fabricado. Habían muerto millones de personas ya en todo el mundo. En mi país nos habían organizado por comunidades, de los 46 millones y medio de personas que habitábamos España apenas quedamos 500 por cada región. El dinero fue una gran condena para aquellos que lo tenían y para los que no. Los ricos se convirtieron en más ricos aún y los pobres más pobres, no había clase media. Los pobres habíamos sido obligados a vivir trabajando para los ricos, sí, prácticamente como esclavos. Habíamos retrocedido en la sociedad, en vez de avanzar. Si querías sobrevivir estabas obligado a hacer todo lo que te pidiesen. Incluso nos habían sustituido los nombres por números. El Gobierno había aceptado esta situación, podían hacer lo que quisieran con nosotros, ya que si no fuera por nuestros dueños habríamos muerto ya. Si tenías suerte podrían tenerte como sirviente o niñero/a. Lo malo era cuando realmente eras un objeto o un trozo de carne, cuando te querían para desahogarse sexualmente, era tu obligación. Si no lo hacías te torturaban y castigaban. No había comida, nos alimentábamos por vía intravenosa con sustancias artificiales que los científicos habían podido conseguir recreando las vitaminas y minerales básicos para sobrevivir. Si te preguntas qué pasaba con la carne que podíamos conseguir con las gallinas, vacas y conejos que quedaban, no podía comerse. También habían sido alimentados con sustancias artificiales y estaban contaminados. Esto fue otro grandísimo problema. Estos animales estaban en observación por si conseguían encontrar alguna forma de que se reprodujeran y pudieran salvar la especie, ya que eran estériles. El problema viene cuando la gente comenzó a matar esos pocos animales que quedaban. No solo se cargaron el débil intento por salvarles, no. Se envenenaron. Al fabricar sustancias artificiales y no obtener alimentos naturales, ni agua, la carne de esos animales no era comestible, estaban llenos de enfermedades y la mayoría eran desconocidas por nosotros. Lo que provocó fue la putrefacción de los órganos de los que habían consumido carne. Esto les llevaba a querer 33


conseguir sangre sana y se habían convertido prácticamente en zombis. Lo bueno era que si no conseguían lo que necesitaban morirían en unas pocas horas, ya que el veneno era muy corrosivo y destructivo. La reproducción también era un problema, cada vez era más difícil concebir hijos y nuestra especie también estaba extinguiéndose. Ya no existían las estaciones, solo el calor insoportable de un Sol que parecía estar cada vez más cerca amenazándonos con la muerte. No consiguieron salvar aquellos animales, ni siquiera nosotros pudimos seguir adelante, habíamos destruido demasiadas cosas como para poner una solución a esas alturas, era nuestro destino, el mismo que habíamos trazado ignorando las muchas advertencias, continuando derrochando agua, consumiendo productos innecesarios y contaminantes, descuidando el medio ambiente y mirando solo por nuestros intereses, el dinero. Esta era la situación, caótica e incontrolable. Ojalá hubiéramos aprovechado esos programas de reciclaje, hecho caso a aquellas advertencias, dejado de lado los intereses por el “quiero más” de los empresarios y sobre todo, haber cuidado nuestras vidas.

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DANIELA MARÍN SERVÁN 2º Bachillerato C    

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Como un telón que se abre y de un momento a otro tienes ante tus ojos una obra de teatro, nosotros, de la noche a la mañana, teníamos delante una catástrofe provocada por la contaminación; estábamos casi sin oxígeno, y entrados en ese punto, mi pregunta era… ¿Cómo vamos a solucionar esto después de tanto tiempo? Pude observar que cada vez se talaban más árboles; la producción de vehículos había aumentado. El agua se veía contaminada; los animales morían con más frecuencia y a nosotros nos quedaba poco para lo mismo; no nos veíamos capaces de conseguir agua potable; las centrales nucleares provocaban mutaciones por las radiaciones; también las plantas crecían débiles o directamente ni crecían. Ahora es cuando nos preocupaba el planeta; ahora que nos estábamos quedando sin él. Pero ya era tarde. ¿Ya de qué servía? Si ni siquiera teníamos árboles y hasta ahora era lo que nos había mantenido. Se comenzaron a tirar urbanizaciones enteras con la finalidad de hacer plantaciones, pero la tierra que quedaba debajo no era fértil. La sociedad ya no necesitaba tantos empresarios, ya no nos aportaban mucho; nos interesaban más los trabajadores del campo. Evidentemente, debido a esto, hubo bastantes altercados; pero no quedaba más remedio que asimilarlo y comenzar a estudiar las diferentes tierras para producir hábitats si queríamos sobrevivir. Los altos cargos dividieron la población en secciones y en cada sección se nos impuso la obligación de aprender diversas cosas para evitar lo que se temía. No a todo el mundo le pareció bien, y a este pequeño grupo de personas se les metía en la cárcel si se oponían; allí recibían clases de todo lo que se refiere al medio ambiente, de este modo se pretendía cambiar su mentalidad. Llevó su tiempo, pero en dos años se había conseguido hacer entrar en razón al 65% de los presos, y lograron que ayudaran a trabajar. Poco a poco, los pantanos se recomponían y las piscifactorías ayudaron echando peces a los ríos y mares. Se habían creado bosques enormes, y no se permitía construir en ninguna zona verde. A las personas que se habían quedado sin casa, les hicieron urbanizaciones junto a las casas que no tiraron alejadas del campo, y se puso un determinado tiempo por persona a la semana en cada casa para el uso de transportes agua, electricidad y gas. Por fin se respiraba aire puro, y cada animal vivía feliz en su hábitat; devolvieron las casas a esa pobre gente que se quedó sin un techo bajo el que resguardarse. Sorprendentemente, los que mandaban dieron las gracias a la población por todo su esfuerzo. Me di cuenta mirando hacia atrás en el tiempo de que por primera vez en la historia todos nos habíamos puesto de acuerdo en algo; algo inesperado y precioso, y con todo mi corazón deseaba que no acabase, que durase muchos años más. Y ojalá la gente no volviera a cambiar su mentalidad, porque de lo contrario, volveríamos al principio de lo que acabábamos de finalizar.

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MERLINE LUENDU KABONGO KAREKEZI 2º Bachillerato C  

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La​ vez que comencé una revolución Me llamo  Ella  y  pertenezco  a  la  generación  apocalíptica  o  la  generación  "Z".  Adolescentes  carentes  de  sentimientos  que  lo  tienen  todo y a los que les da igual todo. De los que prefieren  grabarte antes de ayudarte.  Lo  hemos  visto  todo,  lo  hemos  hecho  todo,  ya  no  hay  nada  que  pueda  sorprendernos.  Nos  encontramos en una nebulosa en la que nada importa y todo vale.  Las nuevas tecnologías nos han permitido alcanzar un gran conocimiento y ya no es necesario  acudir  a  clases  o  incluso  ir  a  la  universidad.  En  consecuencia,  la  edad  adulta  ha  sido  adelantada  a  los quince años; cuando esto ocurre la mayoría de nosotros somos expulsados de  nuestras  casas  para  comenzar  una  nueva  vida  en  el  distrito  Malala.  Al  alcanzar  la madurez a  la  edad  de  los  treinta,  se  nos  permite  mudarnos  al  distrito  Oprah  y  allí  es  donde  según  los  informes  en  la  red comenzamos otra nueva etapa en nuestras vidas, ya sin hijos, pues estos ya  habrían alcanzado la edad adulta. Un nuevo comienzo de descanso y disfrute.  Tal  vez  todo  esto  suene  inhumano,  pero  esa  palabra  ha  desaparecido  de nuestro vocabulario,  al  igual  que  las  palabras  “crueldad”  y  “bondad”. Las erradicamos de la misma forma que nos  deshicimos  de  los  sentimientos  inútiles;  como  resultado  nuestro  país  se ha convertido en una  de las potencias más importantes del mundo.  Hace  una  semana  tuve  un  encuentro  con  un  individuo  de  no  más  de  veinte  años,  afrodescendiente,  bastante  alto.  Me  secuestró  al  salir  del  trabajo.  Me  sorprendió,  algo  que  había dejado de pasar cuando alcancé los ocho años.  El  individuo,  que  al  parecer  se  llamaba  Bratt,  me  había  secuestrado,  según  él,  para  entregarme  unos  informes.  Estos  eran  de  papel.  Aquello  también  me  sorprendió.  El  papel  había  dejado  de  existir  en  el  año  2030  tras  la  llamada  "Crisis  de  Papel"  que  azotó  al  planeta  entero.  Los  árboles  para  aquel  entonces  estaban  extintos  casi  al  completo  y  los  gobiernos  tomaron  una  decisión  muy  importante: preservar nuestra fuente de oxígeno haciendo ilegal el  consumo  de papel. Hubo muchas protestas por parte de las grandes empresas, pero eso es otra  historia.  Después  de  entregarme  aquellos  informes  en  una  carpeta  azul  bastante  vieja,  Bratt  me  devolvió  a  mi  apartamento  y  se  marchó,  no  sin  antes  decirme  que  volvería  en  tres  días  para  saber mi opinión al respecto.  Abrí  la  carpeta  y  encontré  mucho  contenido  de  antes de la Guerra de Liberación, cuando aún  existían  el  machismo,  el  racismo  o  la  pobreza.  Comencé  a  leer  y  descubrí  cosas  que  no  aparecían  en  la  red.  Artículos  de  periódicos  sobre  el  "Lustro  de  la  Innovación",  revistas,  documentos  escritos  y  cartas,  fechadas  hasta  hace  tres  años  cuando  cumplí  mi  mayoría  de  edad.  También  había  cosas  que  ya  sabía,  como  el  que  mi  abuela  fuese  la  primera  presidente  mujer  de  la  historia  de  nuestro  país  y  la  primera  presidente  mujer  afro  de  la  historia  del  mundo, asesinada por ser una visionaria, al igual que Martin Luther King a finales de los años  sesenta.  Tras  su  fallecimiento el país se sumió en el caos total. Las mujeres, los inmigrantes, las etnias  marginadas  se  unieron  por  primera  vez  en  la  historia,  pues  se  habían  dado  cuenta  de  que  tenían  un  enemigo  en  común:  el  hombre  favorecido de clase media alta que se imponía sobre  el  resto  a  pesar  de  estar  en  minoría.  Los  disturbios  empezaron,  la  gente  salía  a  la  calle  a  protestar  por  lo  que  había  pasado  y  así  dio  comienzo  una  guerra  de  guerrillas  que  acabaría  convirtiéndose  en  una  guerra  civil  para  después  dar  paso  a  la  gran  guerra  mundial  o  lo  que  también era conocida como "La guerra de Liberación".  Las  minorías  que  formaban  la  inmensa  parte  de  la  resistencia  a  lo  que  llamamos  "La  Era  Oscura"  acabaron  haciéndose  con  el  poder,  pero  esto  solo  dio  lugar  a  más  caos.  Los  altos  39


ejecutivos de  La  Era  Oscura  se  juntaron:  cristianos  y  ateos;  judíos  y  musulmanes;  blancos  y  negros;  orientales  y  occidentales.  Primero  lo  intentaron  a  base  de  tiroteos  en  las  manifestaciones, después se pasó a los bombardeos. Los estadounidenses pidieron ayuda a los  coreanos  y  a  los  rusos,  los  europeos a los islamistas más extremos, pero nada consiguió parar  a un pueblo cansado de ser reprimido en busca de justicia.  La  resistencia  consiguió  ganar  la  guerra  y  se  instauró  un  nuevo  régimen  que  basaba  su  estructura  en  el  matriarcado,  era  lo  justo  después  de  todo:  "Los  hombres  no  han  traído  más  que  dolor  y  sufrimiento  a  este  planeta,  es  momento  de  dar  un  cambio,  de  demostrar  por  qué  nosotras  somos  mejores  que  ellos.  Es  hora  de  salvar  el  mundo."  -decían  las  activistas  feministas, y fue cierto.  Tras  la  guerra,  millones  de  vidas  de  inocentes  fueron  segadas.  Niños  y  ancianos  fueron  los  que  más  sufrieron  y  al  instaurarse  el  nuevo  régimen  con  un  nuevo  sistema  censitario  descubrieron  que  de  este  último  grupo  apenas  quedaban  algunos  miles  y  fueron  muriendo.  Los  niños,  la  mayoría  huérfanos, fueron trasladados a uno de los distritos del país: Malala, en  honor  a  la  niña  que  logró  el  nobel  de  la  paz  en  el  periodo  de  oscuridad,  Todos  los  distritos  tenían  nombres  de  mujeres  importantes,  incluso  mi  abuela  tenía  uno,  que  era  donde  residía  actualmente nuestra canciller.  No  solo  los  mayores  de  sesenta  se  habían  extinguido,  sino  que  la  gran  mayoría  de  lo  que  antes  se  consideraba  adultos  también  había  desaparecido,  pues  fueron  estos  los  que  combatieron  abiertamente  en  la  guerra.  Era  muy  extraño  ver  a  personas  de  más  de  cuarenta  años,  muchos  de  los  oficios  fueron  sustituidos  por  máquinas  por  lo  que  trabajos  como  el  ser  maestro  ya  no  existían.  Todo  estaba  en  la  red  y  los  niños  aprendían  a  temprana  edad todo lo  que  tenían  que  saber  en  la  vida,  aunque  no  quedaba  mucho  que  enseñar,  pues  esta  era  la  generación  que  había  sufrido  la  guerra  y  que  en  defensa  había  decidido  tomar  una  actitud  evasiva.  Las  madres,  así  llamábamos  a  las  dirigentes  del  país  habían  decidido que una de las  soluciones  a  este  problema,  al  gran  problema  en  general  que  no  había  llevado  a  esto:  las  emociones debían desaparecer.  Así  que  tras  leer  la  historia  una  vez  más,  decidí  que  no  me  importaba que mi abuela fuese el  detonante  de  esta  situación,  no  me  importaba  que  mis  padres  hubiesen  sido  asesinados  y  no  me  hubiesen  abandonado  antes como me habían dicho, no me importaba saber que, aunque el  país parecía en calma, aun estábamos en guerra, una guerra mucho peor que las atómicas.  Cuando  Bratt  volvió,  como  había  dicho,  a  los  tres  días  y  me  preguntó  si  estaba segura de mi  decisión al ver que lloraba, le contesté gritando, pidiéndole que me dejase en paz.  Cuando  él  insinuó  que  me  parecía  a  mi  abuela  me  desquicié,  le eché alegando a que no tenía  tiempo  para  tonterías,  que  en  un  mes  recibiría  un  premio  nobel  y  que  debería  haberse  guardado todo aquello, pues pensaba delatarle.  Él  salió  con  una  sonrisa  en  la  cara  y  me  dijo  que  volvería  a  la  semana  y  que  en  una  semana  estaría lista para unirme a él, unirme a la rebelión.  No  podía  sacarme  lo  que  Bratt  me  había  dicho  de  la  cabeza  y  eso  sorprendentemente  me  estaba  cabreando,  lo  que  a  su  vez  me  irritaba  de  sobremanera  porque  yo  había  dejado  de  sentir  el día que mis padres me habían abandonado, también significaba que si yo podía sentir  cosas como el enfado o la irritación tenía que haber más como yo.  Eso no era lo que me molestaba, no, lo que no podía sacar de mi cabeza era el hecho de que si  otras  personas  también  podían  sentir  significaba  que  cabía  la  posibilidad  de  que  el  anterior  régimen se reestableciera y con ello volviesen la corrupción y las ansias de poder.  No  podía  creerme  que  estuviera  pensando  en  todas  esas  tonterías,  pero  con  eso  Bratt  podía  tener  razón  y  la  rebelión  podría  ser  una respuesta a la realidad que mis ojos se negaban a ver.  Por otra parte, ¿cómo podía fiarme de un completo extraño del que no sabía nada?  40


Todo esto  me  estaba  dando  jaqueca  así  que  decidí  dar  un  paseo  por  los  límites  del  distrito  a  pesar  de  ser  ya  muy  tarde.  Caminar  me  relajaba.  Llegué  al  parque principal y salté las rejas ,  hacía  ya  bastante  que  habían  cerrado  y  ya  no  se  oían  ni  a  los  animalillos  que  habitaban  allí.  Fui  a  mi  sitio  preferido:  un  pequeño  claro  que  descubrí  hacía  muchos  años.  Me  tumbé  en  el  césped  y  estuve  contemplando  las  estrellas  hasta  que,  al  parecer,  me  quedé  dormida,  pues  unas voces me despertaron.  No  sé  por  qué,  pero  me  escondí  en  cuanto  reconocí  la  voz  de  una  de  las  madres.  Lo  que  oí,  pero  sobre  todo  lo  que  vi  me  hizo  correr  lo  más  rápido  que  pude  temerosa  de  que  me  descubriese e hiciese conmigo lo que había hecho con aquel hombre..  Tenía  que  hacer  algo,  Bratt  no  tenía  por qué decírmelo más veces. Me iría con él, le ayudaría  a  comenzar  con  la  revolución.  No  sabía  que  habría  hecho  el  hombre  del  parque,  pero  estaba  segura  de  que,  independientemente  de  la  ofensa,  la  Madre Teresa no tenía derecho a asesinar  a  nuestro  único  ministro  de  exteriores  a  sangre  fría.  Esto  demostraba  que  Bratt  tenía razón y  las cosas estaban cambiando y no precisamente para mejor.                                                                      41


ÁLVARO CORCHADO MARTÍNEZ -2º Bachillerato C-  

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En​ línea de por vida

Había llegado un momento en el que el hecho de que alguien en el mundo no dependiera de un móvil, era un acto de libertad. Esa era la libertad: no depender de un móvil. Y lo cierto es que yo sólo puedo ver 5cm más allá de mi pantalla y en esos 5cm solo veo caras agachadas e iluminadas por el reflejo de luz de su Smartphone; ya no recuerdo la cara de mis padres en movimiento porque solo veo su fotos de perfil en WhatsApp, y es que lo que en principio iba a ser beneficioso e iba a revolucionar el mundo se ha convertido en el dueño de nuestras vidas, algo que nos controla. La persona que no lo usa –si es que verdaderamente existe alguien así- que vive, que ve el mundo, que disfruta de él en soledad… vive igualmente rodeado de unos seres con la mirada puesta en una pantalla a través de la que intentan interactuar con los otros y las únicas palabras que han sacado de esos otros ha sido un “Dame tu WhatsApp y sígueme en insta”. Esa es la triste realidad. Desde aquí hago un llamamiento a aquella persona que exista y que no esté en línea nunca para que nos salve, nos muestre el mundo y nos desate de esta tortura.

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RAQUEL DE LA MONTAÑA MORENO -2º Bachillerato C-  

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Quizás este relato algún día se publique, dependiendo del número de visualizaciones que tenga o según el número de "me gustas" que recaude. Hoy en día se produce una dependencia tan extrema de las tecnologías, que ya no conozco a las personas de mi alrededor. Hace unos años apareció el primer móvil, era un aparato tan simple que nunca me imaginé que llegaríamos hasta tal punto. Empezaron a introducirse distintas aplicaciones e incluso la gente se llegaba a ganar la vida con esto. Todo el mundo empezó a fijarse más en lo que estaba plasmado en la pantalla que en la propia realidad. Nos avisaron de que esto podría ser un peligro, pero ya nadie era capaz de apartar la mirada de su aparato electrónico. Los parques estaban vacíos, sin embargo los centros recreativos y los establecimientos tecnológicos empezaban a llenarse debido al Wi-Fi que ofrecían a sus seguidores, que ya prácticamente eran esclavos. Actualmente este problema se ha incrementado tanto que si no dispones de un aparato tecnológico estás excluido de la sociedad y no dispones de ningún derecho ni privilegio. Todo hoy en día es tecnológico. No hay puestos de trabajo, la única manera de ganar dinero y poder tener un puesto en la clase social es siendo famoso en una red social. Para esto debes tener un mínimo de seguidores, de los cuales yo no dispongo. Mi familia siempre ha sido muy humilde y teníamos el dinero justo para abastecernos, por lo que no teníamos para esos "caprichos". Mis amigas empezaban a excluirme de algunas actividades y empecé a sentirme sola. Me planteé buscarme un trabajo para ganar dinero y así comprarme un móvil, pero incluso para eso ya lo necesitaba, así que descarté la idea. Ya no me quedaban más opciones y opté por robarlo, pero era tal el aumento de dichas tecnologías que me resultó imposible. Tuve que pasar la noche en un calabozo, estaba tan automatizado que parecía que estaba en un videojuego. Al salir al día siguiente, a mi paso escuchaba un sinfín de sonidos telefónicos que notificaban mi noticia y pude percibir cómo todas las miradas se centraban en mí, haciéndome sentir ridícula y humillada, por el simple hecho de querer ser uno más. Vivir se estaba volviendo muy difícil, mi barrio cada día estaba más vacío. La gente optaba más por el suicidio para huir de la pesadilla a la que llamamos realidad. Yo tampoco llegué a descartar esta idea...    

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LAURA ARROYO LEO -2º Bachillerato C-

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Ya apenas se podía respirar sin correr el riesgo de morir. Podía sentir cómo cada vez que inhalaba el mínimo aire mi cuerpo se debilitaba haciéndome entrar en un estado de aturdimiento y desesperación. Aún recuerdo cuando en mis ataques de ansiedad mi padre me decía “respira hondo”; ya no puedo hacer eso, ahora cuanto más respiras, más muerto estás. Éramos tan ilusos que el futuro que nos presentaban nos parecía muy lejano y no tomamos medidas, ahora el aire es veneno y ya no podemos hacer nada para evitarlo. Pero no es este el único problema: la sequía y las catástrofes naturales iban a peor, el mundo se estaba muriendo, y nosotros con él. La sed me irritaba tanto la garganta que apenas podía hablar. Para ir a por agua potable teníamos que ir al centro de producción que se encontraba a unos kilómetros de mi casa, ya no podíamos ir en coche porque eso incrementaría el nitrógeno en el aire y moriríamos aún antes, por lo que me dispuse a coger mi bicicleta para ir a por agua. Mis padres se separaron hace tres años, mi madre se fue a Alemania con su novio y mi padre se quedó en casa, pero todo había cambiado y mi hermana pequeña y yo tuvimos que aprender a hacer muchas de las tareas que antes desempeñaba mi madre para poder ayudar a nuestro padre en casa. Preparé las cosas para el pequeño viaje a por agua, le di un beso a mi padre y otro a mi hermana y tras esto les recordé que tardaría en llegar y que empezaran a comer sin mí, pero insistieron en esperarme. Ya iba de camino, llevaba puesta una de las mascarillas que el gobierno nos proporcionó cuando todo esto empezó, era realmente incómoda pero tanto tiempo llevándola me acabé acostumbrando, aunque tampoco tenía otra opción ya que las mascarillas eran lo único que nos hacían permanecer con vida, pero tarde o temprano se acabaría agotando el oxígeno de su interior y no tendríamos más para recargarlo. Era cuestión de tiempo. Ya había recogido mi correspondiente ración de agua e iba de camino a casa, podía sentir la presencia de alguien a mis espaldas, pero evitaba girar la cabeza para mirar quién era, la presencia se hizo más fuerte y me dispuse a averiguar quién estaba siguiéndome, pero al girar la cabeza no pude esquivar la columna de cemento que había delante de mí y me caí de la bicicleta quedándome inconsciente durante unos segundos. Al despertar, un poco aturdida aún, me di cuenta de que me habían robado el agua y la mascarilla de oxígeno que me permitía seguir con vida. Me levanté como pude y comencé a andar de camino a casa sin saber si conseguiría llegar. Llevaba andando dos horas, mis párpados pesaban cada vez más y mis piernas temblaban con cada paso que daba, mi respiración era cada vez más lenta y finalmente me desplomé en el suelo. Abrí los ojos con dificultad, ni siquiera sabía cuánto tiempo había estado inconsciente, pero ya se estaba haciendo de noche. El sitio donde me encontraba era muy transitado, pero nadie se paró a ayudarme, seguramente me dieron por muerta. No podía ponerme en contacto con mi padre ni mi hermana y eso me mataba aún más, no podía imaginar por la incertidumbre y la sed que debían estar pasando. “Espero que al menos no sigan esperándome para comer”- pensé y no pude evitar sonreír un poco con la poca fuerza que aún tenía. Ya no me quedaba más aire puro para inhalar, podía sentir cómo iba muriéndome, poco a poco, y empecé a recordar todos los momentos buenos como si de una película a cámara rápida se tratase. En mi última bocanada de aire unas luces me deslumbraron y escuché la voz de mi padre, pero no pude entender lo que dijo porque quién sabe, si quizás, ya era demasiado tarde…

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ALBA MERINO 2º Bachillerato C  

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Seguridad envenenada    Año  2050.  Nadie  se  esperaba  estar  en  una  situación  así,  pero  ¿quién  iba  a  imaginarse  viviendo  en  una  situación  de  precariedad  total,  aun  cuando  tenemos  todas  las  comodidades?  O eso nos hacen creer.  Todo  ocurrió  sutilmente:  la  falta  de  trabajo  comenzó  a  afectar  a  la  población  y  parte  de  esta  empezó  a  rebelarse  contra todo: el Gobierno, las empresas, los bancos y hasta contra aquellos  ciudadanos  que  poseíamos  un  trabajo,  por  malo  que  fuera,  ya  que  decían  que  sólo  contribuíamos  a  mantener  un  sistema  que  se  aprovechaba  de  nuestro  esfuerzo  y  a  unos  políticos corruptos que se quedaban con la mayor parte del dinero del Estado.  Pronto  empezaron  a  aparecer  en  las  noticias  sucesos  cada  vez  peores,  al  principio,  eran  simples  y  puntuales robos en domicilios; pero, al cabo del tiempo, fueron empeorando, no era  raro  escuchar  noticias como: el homicidio de una familia debido al asalto, la violación sufrida  por  una  madre  y  sus  dos  hijas  en  un  garaje  cuando  volvían  a  casa,  la  paliza  que un grupo de  radicales le proporcionó a una pareja, etc.  Tras  el  aumento  de  dichos  actos,  el  Gobierno  comenzó  a  considerar  una  serie  de  medidas  entre  las  que  estaba  reforzar  la  seguridad  poniendo  una  mayor  vigilancia  policial,  lo  que,  obviamente,  suponía  pagar  más  impuestos.  Aun así, los asaltos a domicilios no disminuyeron  y,  debido  a  esto,  se  lanzó  una  propuesta  que  se  habría  considerado bastante radical pero que,  debido  a  la  inseguridad  ciudadana,  fue  acogida  con  los  brazos  abiertos:  la  instalación  de  cámaras en todos y cada uno de los pisos y casas del país.  Sí,  suponía  una  invasión  a  la  privacidad y la falta de intimidad, pero ¿qué son la privacidad y  la intimidad comparadas con la vida de tu familia y seres queridos?  Sin  embargo,  el  verdadero  objetivo  de  esas  cámaras  era  vigilarnos  para  que  el  Gobierno  actual  pudiese  recoger  la  suficiente  información  sobre  nosotros:  gustos,  ideologías  y un gran  etcétera.  Al  principio,  todo  era  normal  e  inofensivo;  pero  conforme  fueron  avanzando  las  cosas,  los  ciudadanos  fuimos  sometidos  a  base  de  violencia  policial  a  acatar  todo  aquello  que  nos  imponían.  Las  mujeres  fuimos  privadas  de  todos  nuestros  derechos,  los  que  con  tanto  esfuerzo  nos  había  costado  lograr.  Mientras,  en  los  telediarios  alababan  al  Gobierno  por  sus  medidas  de  seguridad  y  criminalizaban  a  todo  aquel  que  osaba  alzar  la  voz  contra  dichas  medidas, pero nosotros sabíamos la verdad; y la verdad era que nos estaban matando.  Conforme  fueron  pasando  los  años,  la  tasa  de  paro  aumentó  y  los  recursos  alimenticios  se  fueron  reduciendo  debido  a  la  sobreexplotación  agraria  y  ganadera.  A  todo  aquel  que poseía  un  terreno  agrario,  este  le  era  expropiado  en  pos  del  beneficio  de  los  que  podían  pagar  grandes  tasas  por  esos  productos.  Mientras  que  políticos  y  burgueses  se  ponían  las  botas,  nosotros  pasábamos  hambre;  hasta  tal  punto,  que una familia con dos sueldos debía esperar a  reunir, en una semana, lo suficiente como para poder comprar una naranja.  Muchas  personas,  entre  ellas  niños,  morían  por  inanición  y,  si  algún  granjero  o  ganadero  se  atrevía  a  intentar  llevar  comida a su familia, era brutalmente reducido por la policía y llevado  a comisaría a prestar declaración, o así es como lo llamaban ellos.  Toda  la  población tenía miedo a rebelarse debido a que ellos poseían el poder militar, político  y  económico.  Pero  en  2067  ese  miedo  se  esfumó  y  comenzó  una  revolución,  porque,  ¿qué  más nos iban a hacer? ¿Matarnos?   

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LAURA MONASTERIO -2º Bachillerato C-

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Por la ventana entraba, como cada mañana, esa luz apagada y tenue acompañada por un silencio al que ya estábamos acostumbrados. Mientras se hacía el café, me dispuse a recoger los restos de la noche anterior, aunque no fue posible porque ya estaba hecho. Supuse que había sido obra del dichoso robot que nos tienen asignado, uno por cada casa, que se encarga de recoger todo para que cada mañana la casa esté perfecta, desde colocar los muebles hasta limpiar los restos de una cena a medio terminar… “A veces añoro hacer ese tipo de cosas por mí misma, ya que hoy en día está todo tan informatizado y digitalizado, que se pierde la esencia de lo humano. Con el fin de incluir la electricidad en cada rincón de nuestras vidas hemos traspasado el límite de lo útil de tal manera que hasta el simple hecho de lavarte los dientes puede ser realizado por una máquina”. Este pensamiento acude habitualmente a mi cabeza, pidiéndome a gritos que haga algo para cambiar el mundo de lo absurdo. En mi vida cotidiana no puede faltar la compra indispensable para la semana, aunque no necesito más que mis vitaminas en frascos. Todas las vitaminas tienen chips rastreadores debido a la prohibición por parte del gobierno de la compra y venta de comida material. En cuanto a lo que se refiere a la salud, los ancianos son masas obesas de grasa por toda la comida industrializada del pasado, y bueno, los avances de medicina cada vez se asemejan más a una sustitución de la vida propia de una persona. Cuando ves a alguien por la calle parece más un robot que un ser que fue consciente años atrás. Me pregunto dónde estará todo lo que nos acercaba a ser cada día más humanos. Dónde se quedaron todos los recuerdos de mi infancia jugando con una simple cuerda o una caja de cartón que, por un instante, se convertía en el castillo más grande de todo mi reino. ¿Cuándo terminará todo esto? ¿Cuándo seremos libres?¿Cuándo volverá eso a lo que llamamos vida y que me arrebataron?¿Dónde quedan mis ganas de seguir formando parte de este mundo tan cruel y tan lleno en realidad de… nada?                                    

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FRANCISCO MIGUEL MARÍN GIL 2º Bachillerato C    

        El día en que llovió… se halló la luz. Miles de personas salieron de sus casas tan rápidas y veloces, que parecía que lo que estaba lloviendo eran monedas y billetes, incluso parecía que llovía oro, pero no, lo que en realidad caía era agua tan limpia, cristalina y fresca… que mojaba los rostros de aquellas personas tristes, que estaban tan sucios y oscuros como una vieja y polvorienta mina de carbón, debido a la contaminación que había en el planeta terrestre. Pese a esta contrariedad, una pequeña y brillante mancha, que destacaba en esos rostros, era una sonrisa tan pura y con tanta felicidad y alegría, que parecía que nunca habían visto ese elemento de la naturaleza, la lluvia. Pero en realidad este hecho era una pequeña utopía metida en una realidad virtual, en la que un pequeño niño jugaba entretenido a un videojuego. Pese a esta pequeña imagen plasmada en los ojos de ese inocente niño que empezó a llorar, el cual se hubiera hecho una pequeña herida, pero no… el niño se dio cuenta de ese desastre que estaba pasando en esa pequeña escena de ese videojuego… a continuación, el niño fue a hablar con sus padres sobre ese pequeño momento que había pasado el niño. El padre de este niño, se puso a ver esa escena que le había relatado el niño con pelos y señales. El padre, al ver esto, estuvo reflexionando acerca del desastre que aparecía y que poco a poco iba siendo un futuro no muy lejano. Debido a esto el padre, cogió todos aquellos 52


aparatos y cables, y se fue con su hijo y su mujer a visitar al presidente de aquella pequeña ciudad. Al llegar a aquel sitio, intentó superar toda la seguridad que estaba por delante de este gran personaje importante, al conseguir tan difícil hecho, le explicó al presidente todo lo ocurrido y le enseñó aquel insignificante videojuego de su hijo. El presidente, al ver ese videojuego, entre lágrimas, agradeció a aquella familia por demostrarle aquella desastrosa escena y de inmediato fue a hablar con todos los trabajadores que tenía a su cargo para hacer un mundo mejor y que no llegara a pasar ese desastre natural. Lastimosamente, este pequeño hecho, era un sueño de un muchacho de 18 años, que se estaba ahogando en el aire sucio e impuro por la contaminación, que estaba destruyendo la humanidad.

                        

           

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SARA PÉREZ LORENZO -2º Bachillerato C

Todos éramos herbívoros, como lo eran antes los animales con los que habíamos acabado. Poco a poco, nosotros, los seres humanos habíamos ido acabando con los recursos animales que tanto nos gustaban y disfrutábamos en cada comida. La explotación había llegado tan lejos que ya nada estaba prohibido, los tratábamos como a objetos. Éramos niños jugando con sus juguetes, hasta que llegó el día en que todo cambió... La población mundial se peleaba para conseguir un trozo de carne que llevarse a la boca y la élite no ponía soluciones para acabar con aquello. Gracias a nuestra avaricia el planeta sufría cambios radicales. Los hombres no estaban concienciados de que lo único que podían hacer era alimentarse con productos vegetales, por lo que paulatinamente nos comeríamos unos a otros. Si el planeta ya se encontraba deshumanizado, este sería el acontecimiento final para que solo unos pocos se pudieran considerar humanos. Por lo tanto, solo los que se habían acostumbrado serían los supervivientes de este mundo en el que importaba más satisfacer las necesidades personales que mirar por la comunidad. Ahora, nosotros éramos los animales y les cambiábamos el puesto a los que con anterioridad se hacían llamar así.   54


REBEX Grupo de trabajo de la Biblioteca del IES AL-Qázeres     

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Distopías  

Textos e ilustraciones de alumnos de 2º de Bachillerato del IES AL.Qázeres.

Distopías  

Textos e ilustraciones de alumnos de 2º de Bachillerato del IES AL.Qázeres.

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