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22 DÍA DE FIESTA / II

EL DÍA, Tenerife, domingo, 8 de jiñio de 1984

En las playas que ya no son, espuma, movimiento y distancia

Santa Cruz de ayer y de hoy

«La mejor manera para introducirse en Santa Cruz es por el mar. Porque Santa Cruz es el mar, la mar, como diría Rafael Alberti, otro visitante asiduo de la ciudad. Irrumpir en los muelles, cada día multiplicados, brazos abiertos por los que Santa Cruz cumple su vocación universalista y tropezamos, así, de repente, con la Plaza de España, que siente nostalgia del viejo castillo de San Cristóbal...». Así se expresaba Juan del Castillo cuando, por Fiestas de Mayo, en el Teatro Guimerá, pronunció aquel magnífico pregón que, posteriormente, y con el título de «El viejo Santa Cruz», editó el Ayuntamiento de la ciudad. Aquella entrada por la mar, bien se refleja, en parte, en la imagen que nos viene con aires de ciudad en transición, de ciudad en marcha. El antiguo documento gráfico —perteneciente a la colección de José Delgado Salazar— bien nos muestra la ciudad con nostalgia de castillos y baterías que, desde las playas, bien cumplían con el deber sagrado de vigilar la seguridad de la tierra isleña. En la imagen, la gracia marinera de la antigua muralla del entonces pequeño

La ciudad de generosa y noble bondad Muelle Sur —era la época de muchos barcos y poco muelle— y, en ella, los postes metálicos del tendido eléctrico para los tranvías que bajaban a cargar casi al costado de los vapores. Esta estampa de la ciudad que fue —que es y siempre será— bien pone de manifiesto que poético, verdaderamente poético, no es sino aquello que atesora buen pasado, lo que ha vivido y viviendo venció el dolor, lo que ha sufrido y sufriendo venció a la vida. A nuestras mismas previsiones del porvenir las vestimos con hermosuras del pasado; y es que con los recuerdos construimos las esperanzas. Esta es la ciudad que siempre ha sentido la emoción de la brújula y el mapamundi, la que atesora tesón, firmeza y deseos de sacrificio. Las ciudades marítimas no forman parte de los

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territorios en los que están enclavadas; son provincias de esa gran nación que es la mar, ver daderas capitales de su inmenso mapa azul. Santa Cruz está abierta a todas las emociones marineras, a la policromía de todas las banderas que cantan al aire de la mar alta y libre. Ahí están las olas que saltan como un potro sin silla y, a la derecha, los laureles de Indias que, en la Alameda, echaban —echan aún— el claro verde en la luz. Los dos azules, el del cielo y el de la mar, en la antigua imagen de la ciudad y toda su mar. Frente a la ciudad tibia y riente -frente a la muda voz de su silencio- el cielo de muchos siglos se apoya sobre las olas que arden de blancura. Con laureles con color de campana, la ciudad es como un libro de nos-

talgias bajo una ola fría de perfume sencillo e intenso. Ahí está Santa Cruz, ciudad quieta, casi adormecida en el cerco de montañas; ahí está, en toda su intensidad —en toda su sencillez— la ciudad poblada por criaturas llanas y a la buena de Dios, contentas, amables y cordiales, pues todos se conocían y querían. En la ciudad de corazón abierto e inquieto —la de generosa y noble bondad— estaban las casas con patios que eran verdaderos corazones de sol. Esta es la ciudad donde los vapores bebían luz y sol mientras, rodeados de gabarras, daban al aire la obra viva de sus lastradas. Esta es la ciudad —nuestra vieja y muy querida ciudad— que tenía playas abiertas a la mar, playas limpias en las que, tras el baño, la piel quedaba como cubierta de una sedosa capa de sal.

COLEGIO OFICIAL DE AGENTES Y COMISIONISTAS DE ADUANAS DE SANTA CRUZ DE TENERIFE NOTA INFORMATIVA A LOS SEÑORES IMPORTADORES Y COMERCIO EN GENERAL La Orden Ministerial de Hacienda de 10 de abril de 1984(BOE de 26 de abril) modificó el artículo 108 de las Ordenanzas de Aduanas, reduciendo el plazo de permanencia de mercancías pendientes de despacho qie se encuentren OT los recintos aduaneros a TREINTA 1|JAS naturalesV solamente prorrogables por QUINcuando existan circunstancias especíalas, si lo lvinteresado/;Y;''ló~ autorice ía Administración ' •

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Si,dentro'del"pla.go;señaladO;los interesados no sorégimen aduanero' para el córrespoñdiente'abándo. ' . . •-•-.•:i.;./-, Lo que se /porte .en eonocimiento de los Señores Importadores y Ccpaera^^ a los' efectos' cónsi' gúientes. ;:y-.y.,' y' ; \y:y. ;;: -y>'^ ; yy : ; ; ;-/r Santa Cruz de Tenerife, 5 de julio de 1984.

En esta ciudad de Santa Cruz —desde la arena a la tabaiba, como bien dijo Ernesto Salcedo— niñez de gozo tranquilo, de verdadera despreocupación. Y todo nació en «una escollera de piedras perdida esta blecida, en parte, sobre un marisco y, en parte, sobre la arena». En la imagen, y hacia el Sur, la torre de la Concepción es como el verdadero símbolo de la ciudad. Entre ella y la chimenea de la entonces factoría de la Compañía Eléctrica de Canarias, se alza la primera de las luego cuatro torres metálicas de la telegrafía sin hilos —que así se le denominaba entonces— y que, con el tiempo, dieron nombre a todo un barrio. El océano, que a mordiscos de sal y espuma borra todas las estelas, tiene aquí pureza riza-

da de olas de frescura; aquí no hay naufragios, sólo lucha del agua amarga, olas de sol, sal y cristal, olor de mar desnudo en las viejas y estrechas calles de la ciudad marinera, aquel Santa Cruz lleno de gracia y donaire. Esta es la época en que, era tan humana la calma, que las calles —todas— tenían un ensueño y un corazón. Todo era claro y callado en la soledad; todo parecía sumido en un sueño nostálgico. Pero, pese a la quietud de aquellas calles llenas de dulce añoranza, Santa Cruz vivía la inquietud del trabajo constante, la actividad ejemplar de su buen y bien hacer. En las playas aquellas viejas calles con sombra húmeda, el silencio de los continentes y las islas lejanas, distantes. La salmuera de los barrios marineros -El Cabo, Los Llanos y El Toscal— cercanos a donde el puerto nació. Ante la imagen de la ciudad que fue —que es y siempre será— los años vuelven con dulzura, con melancolía infinita e indefinida pues, no en vano, muchos encontramos en ella el alma muerta de la infancia.— Juan A. Padrón Albornoz

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