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Jacques-Yves Cousteau, junto al «Calypso» en el Muelle de Ribera, durante su primera visita a nuestro puerto. (Foto del autor) '"I""1""! L puerto de Santa // H Cruz es en realidad XV.JLj un gran caravan-serrallo en la ruta de América e India. Casi todas las crónicas de viaje empiezan con una descripción de Madera y Tenerife, y si la historia natural de estas islas brindan aún a la investigación un campo enorme, puede decirse en cambio, que está completa la topografía de las pequeñas ciudades de Funchal, Santa Cruz, La Laguna y La 0rotava». Esto escribió Alejandro de Humboldt en su obra «Del Orinoco al Amazonas» y, desde luego, bien comprendió el valor estratégico de Tenerife en la encrucijada de las rutas oceánicas, en el paso de las naves que, con todo el trapo largo, iban abriendo estelas, iban abriendo mares para la historia. En Anega primero, desde Montaña Roja más tarde, en 1519 Magallanes y Juan Sebastián de Elcano se hacen a la vela en el que habría de ser pri-

Santa Cruz de ayer y de hoy

El comandante Cousteau y sus dos escalas tinerfeñas mer viaje de vuelta al mundo. Otros marinos e investigadores pasaron por la isla —Cook entre ellos— y, ya en 1800, Nicolás Baudin arriba con sus «Naturaliste» y «Geographe» en viaje a Australia. Otros —Frederic William Beechey con el «Bhosson»; Fitzroy con el «Beagle» y Darwin a su bordo; Dumont d'Urbille con la «Astrolabe» en busca de La Perouse; la expedición de la «Challenger», etc.— fueron hitos en la historia de la investigación marina, de los descubrimientos geográficos. Posteriormente, nuevas expediciones, nuevos investiga-

dores —la del alemán «Valdivia», el príncipe de Monaco allá por el pasado siglo, la del «Polarhav» al Polo Sur, la del danés «Calatea», etc.— recalaron por el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Jacques-Yves Costeau es, sin duda alguna, el más conocido de los investigadores marinos. El, con su «Calypso», con su equipo de especialistas, ha recorrido —recorre— todos los mares del mundo. Desde la Antártida al Mar Rojo, desde el Caribe a las aguas ardientes de Abu Dhabi, el pequeño y valiente barco, bajo la dirección experta del comandante Cos-

teau ha dejado estelas plenas de historia en la investigación de la mar y sus muchos secretos. En dos ocasiones, JacquesYves Cousteau ha visitado Santa Cruz de Tenerife, puerto donde el «Calypso» —uno de los barcos más conocidos del mundo— ha lucido con orgullo legítimo su grandeza y, al propio tiempo, su pequenez de poco más de 200 toneladas. En la imagen, Jacques-Yves Costeau y, al fondo, su entrañable «Calypso» con la jaula antitiburón utilizada por los buceadores y, en la chimenea, el ya clásico y mundialmente conoci-

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do distintivo del Calypso y un delfín. El comandante JacquesYves Gousteau fundó el Grupo de Investigaciones Submarinas, adscrito a la Marina de Guerra francesa, en 1945. En algunas expediciones oceanógraficas, Costeau tuvo a su mando el «Elie Monnier» y, en 1951, se hizo cargo del «Calypso» para una serie de viajes que, durante unos años, acapararon la atención del mundo científico. Con un equipo rudimentario, Costeau comenzó a realizar inmersiones allá por 1936. Se inició en aguas del Mediterráneo y, por entonces, sólo la caza de peces con arpón le ilusionaba. Luego, otras etapas —entre ellas la de los hombres-peces, narrada en su «El mundo silencioso»— vinieron a llenar la vida, las aspiraciones científicas del hombre que ideó el «aqualung», aquella escafandra autónoma para la inmersión que, verdadero pulmón acuático, abrió nuevas perspectivas, nuevos caminos en el mundo de las profundidades. Con Jacques-Yves Cousteau, todo un buen equipo de hombres —Frederic Dumas, Saout, Beltran, etc.— y, con la ayuda de su esposa, Simone, y su hijo, fallecido en trágico accidente, al mando del «Calypso» recorrió los mares del mundo. Vinieron luego dos obras, «El mundo silencioso» y «El mar viviente» que, con otras fueron base firme de su fama, de su bien y buen hacer en el mundo científico. De Abu Latt, en el Mar Rojo, a las aguas frías de la Antártida. Del Caribe a las islas verdes de las Seychelles, Cousteau ha dejado su huella y, con él, todo su equipo. Pero no olvidemos al «Calypso», al barco que, durante su segunda escala en Santa Cruz de Tenerife, coincidió con el H.m.s. «Endurance», el buque de la Marina Real británica que presta servicio en las Malvinas y que, cuando regresa al Reino Unido, suele recalar por nuestro puerto.

El «Calypso», huésped dos veces de Santa Cruz —una en el Muelle de Ribera y la otra en el Sur— fue uno de los 481 dragaminas que, del tipo «Yms», se construyeron durante la Segunda Guerra Mundial para la Marina de Guerra estadounidense. De estos dragaminas —todos de casco de madera— 152 fueron cedidos a la Armada británica y, bajo el pabellón de San Jorge, prestaron servicios en el Mediterráneo y Mar del Norte. Fueron los suyos servicios plenos de peligros, servicios en que, siempre acechados por las minas de todo tipo, abrían camino en la mar a los cargueros que venían de los países que no ardían en guerra y, también, a las fuerzas navales que —día tras día, noche tras noche— araban los océanos a la busca constante del enemigo. Pero no todos los «Yms» llegaron a la cita con la paz en 1945 y, además de los hundidos bajo la bandera de las barras y las estrellas, otros se fueron para siempre de la mar con los colores de la Roy al Navy. Otros continuaron —ya en plena paz— dragando los campos minados fondeados durante la guerra, tarea que ocupó largo tiempo y que, además, no se hizo sin víctimas, sin el repentino volar de un buque con los hombres que, lejos ya del tronar del cañón de la guerra, preparaban la mar para la paz. Aquel «Yms» llegó a la cita con la paz y, tras ser primero americano y luego británico, en Malta fue desarmado. Y vino luego el amarre hasta que, como dice Cousteau «hizo el servicio de pasaje y carga entre Malta y Gozzo» antes de ser adquirido y convertido para su actual misión. Ahí, en la imagen, el barco que Cousteau inspeccionó con Henri Rambaud para la entonces Campagnes Océanographiques Francaises. De dragaminas, a ser uno de los más conocidos buques oceanógraficos que cruzan los océanos. Santa Cruz de Tenerife, ciudad y puerto con buen pasado —mucho pasado— albergó a barcos que, por derecho propio, hoy ocupan un lugar en la historia de la navegación. A su bordo llegaron hombres —Magallanes, Elcano, Cook, Dumont d'Urbille, Fitzroy, etc.— que, en las páginas de los anales del puerto tinerfeño, se hermanan con Jacques-Yves Cousteau, el hombre del «Calypso», el entregado de lleno a los estudios de la mar, tumba de su hijo.— Juan A. Padrón Albornoz.


EL COMANDANTE COUSTEAU Y SUS DOS ESCALAS TINERFEÑAS