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viajero bacanal

LA OTRA

DOMINICANA FUERA DEL CIRCUITO TRADICIONAL, LEASE PUNTA CANA, REPUBLICA DOMINICANA OFRECE PLAYAS INTENSAS QUE GUARDAN EN SU BELLEZA LA HISTORIA MISMA DE TODO EL CONTINENTE AMERICANO. UNA POSTAL con MAS DE QUINIENTOS Aテ前S SEDUCIENDO A SUS VISITANTES. texto Daniela Dini (especial para bacanal)

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n cocktail con ron Brugal o una Presidente bien helada -tal como se pide la cerveza nacional-, es suficiente para empezar cualquier viaje por tierras dominicanas. El horizonte inevitable es de color celeste, y en el medio hay una línea que divide, difusa, el cielo del mar. Todo el imaginario caribeño es posible aquí: calor, bellísimas playas, la vida como pausada. Pero hay algo más. Porque esta porción de la isla conocida como Puerto Plata, a 200 kilómetros al norte de la capital, Santo Domingo, y dejando bien lejos el clásico Punta Cana, cuenta otra historia: la del continente mismo. Es que aquí se escribió la colonización de América, y eso está grabado en el corazón del lugar, en la arena, en el mar. El mismo que fascinó a los conquistadores y que sigue hipnotizando hoy en día. Sobre el malecón, aún se mantiene en pie, como eterno vigía, el fuerte San Felipe, el primero de la isla. Construido en el siglo XVI, sirvió como defensa contra los ataques de piratas y corsarios. Cerca de allí, en ruinas, pero de un valor histórico incalculable, están los restos de La Isabela, el primer asentamiento español en el Nuevo Mundo, fundado por el mismísimo Cristóbal Colón. De hecho fue él quien bautizó al lugar, que también es provincia: dicen que Puerto Plata nació del destello plateado que genera el sol cuando brilla sobre el mar Atlántico. Hoy, con un poco de imaginación, eso puede comprobarse desde la cima de la montaña Isabel de Torres. A ochocientos metros de altura, el horizonte es magnífico y con esa vista panorámica se hace obligatorio darle la razón al conquistador. El agua brilla con tintes plata y con un magnetismo particular, como hace más de quinientos años lo hiciera para los españoles pioneros. Vale decir que lo que a ellos les habrá llevado bastante tiempo y esfuerzo comprobar, hoy implica un simpático paseo de diez minutos en teleférico, uno de los atractivos de San Felipe de Puerto Plata, que parecerá pequeña pero es la ciudad más grande del norte del país. de ambar e historias Cuando muchas ciudades costeras caribeñas están abarrotadas de cadenas all inclusive -que poco tienen que ver con la esencia de los lugares en los que están plantadas-, el centro de Puerto Plata aún conserva su esencia: casas de estilo victoriano, de fachadas coloridas y pintorescas de finales de 1800. Están salpicadas por aquí y por allá, pero se concentran alrededor del parque principal, el Duarte, donde además se erige la catedral San Felipe Apóstol, corazón del casco histórico y otra visita obligada. Hay que reconocer que los tesoros de Puerto Plata también trascienden la época hispánica y están mucho más atrás. Es que esta tierra es además, cuna del ámbar, un mineral semipre-

Merengue, bachata y salsa En tierras dominicanas, todo es intensidad. Los paisajes, la música, los sabores. El merengue -género nacional- se acompaña con un ron en mano y con tostones, el snack preferido: plátano verde frito, machacado y vuelto a freír. Todo en Dominicana tiene su ritmo. Junto al merengue, la bachata y la salsa le ponen música al paisaje. Su gente lleva el ritmo en la sangre. Un ritmo que, por suerte, es contagioso.

cioso y prehistórico, que se encuentra en pocos lugares del mundo. Por eso también se conoce a la zona como la costa del ámbar, y aún hay minas en la región de donde se extrae este fósil conformado por resina vegetal. Cada pieza es

una gema que lleva millones de años en gestarse y finalmente queda inmortalizada en una piedra preciosa color miel. Hay muchos museos en todo el país, pero el más importante está en Puerto Plata. A pocos metros del Parque octubre 2013 BACANAL

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Si se elige Caribe, se exigen playas paradisiacas. Y esa promesa tambien la cumple Puerto Plata. cada una de las playas de la region tiene su encanto particular, y hay que salir a conocerlas. Duarte, en una antigua casona, el Museo del Ambar permite admirar -y comprar- las joyas que los artesanos locales diseñan y combinan con larimar, la piedra nacional, de tonos azulados. También se exhiben piezas de valor científico, que poseen en su interior restos de hojas o insectos milenarios. Dicen que fue un ámbar dominicano el que inspiró el inicio de la película Jurassic Park, en la que el ADN de un mosquito atrapado en una piedra era el puntapié para recrear a los hambrientos dinosaurios.

playa, cayo y paraíso Si se elige Caribe, se exigen playas paradisíacas. Y esa promesa también la cumple Puerto Plata. Para los tradicionales, está el complejo Playa Dorada, con catorce hoteles interconectados que invitan a no moverse más que unos pocos metros: de la habitación a la reposera, y de ahí al mar. Pero más allá de esta zona de confort, cada una de las playas de la región tiene su encanto particular, y hay que salir a conocerlas. A sólo veinte minutos, el pequeño pueblito de Sosúa es único. Con la montaña Isabel de Torre de fondo, abundante vegetación, arena casi blanca y un mar sin olas, sus playas son perfectas. El centro se encuentra sobre la avenida Duarte, salpicado de bares y hostales. Muy cerca de allí, El Encuentro es una playa más rústica y ventosa, meca de los surfers. Para otros deportes acuáticos, como windsurf y kiteboard, está Cabarete, cerca de Sosúa y corazón de la vida nocturna en Puerto Plata. En los barcitos de playa se pueden probar las comidas típicas -como el mofongo, a base de plátano verde frito, aplastado con ajo y carne de cerdo-. A la noche, el espectáculo es otro, cuando se iluminan con velas y luces de colores y la música lo llena todo, entremezclando a locales y turistas y uniéndolos bajo el lenguaje universal del ritmo caribeño. Para la postal de playa de película, hay que viajar un poco más, levantarse bien temprano y manejar en auto casi dos horas, rumbo al

límite de la provincia puertoplatense, hacia las costas de Punta Rucia, donde el paisaje vuelve a sorprender. El mar llega suave a la orilla y mece las lanchas que esperan a los viajeros dispuestos a vivir una experiencia a lo Robinson Crusoe. Así reza el anuncio del tour, que invita a conocer Cayo Paraíso. Y no es exageración: no habrá mejores palabras para describir lo que se verá minutos después. La lancha zarpa mar adentro, a ocho kilómetros de la costa. Es ahí donde, como emergido del medio del mar, nace un manchón blanco, mínimo pero perfecto. No llega a los 1.000 m2 y parece un espejismo. Allí esperan la máscara de snorkel y las patas de rana para nadar entre corales y peces de todos los tamaños y colores durante un par de horas, en las que el mundo mismo parecerá un ente ajeno y lejano. Para terminar subiendo la adrenalina, el regreso es a toda velocidad, vía una zona de manglares cerca de la costa: un verdadero laberinto de vegetación que es hábitat y protección natural de distintas especies de aves y peces. 27 charcos de aventura A poco menos de una hora de Puerto Plata espera una experiencia más extrema para salirse de la arena, al menos por un rato. Los 27 Charcos de Damajagua conforman un monumento natural de paisaje verde, húmedo y casi selvático. Aquí no hay mar salado sino caídas de agua torrentosas del río Damajagua, que nace en la Cordillera Septentrional. Vale cambiar el look playero por casco, chaleco y zapatos de goma y salir a la aventura. Después de una caminata de quince minutos siguiendo el curso del río, aparece el piletón natural que será el punto de partida y conforma el primer “charco” de los 27. Aunque charco es sólo una forma de decir: es el apodo para las piscinas naturales que se forman como consecuencia de cascadas y cascaditas que llegan hasta los 13 metros de altura. El agua es verde esmeralda y cristalina, y el recorrido exige nadar, sumergirse, trepar y ascender. El regreso es por la misma vía, pero las cascadas que minutos antes se escalaron, ahora se transforman en toboganes tallados entre las rocas. Sólo hace falta cruzar las manos en el pecho, respirar hondo y saltar. Para muchos, República Dominicana es el sinónimo de su playa más famosa, Punta Cana. Pero esos muchos se están perdiendo lo mejor de esta isla. Y eso mejor se llama Puerto Plata.

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La otra Dominicana