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MURASAKI SHIKIBU L A H I S TO R I A D E G E N J I I I

Volumen II

ATA L A N TA


MEMORIA MUNDI

ATA L A N TA

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MURASAKI SHIKIBU

LA HISTORIA DE GENJI II

EDICIÓN R O YA L L T Y L E R

TRADUCCIÓN JORDI FIBLA

A T A L A N TA 2006


En primera de sobrecubierta: Una embarcación a la deriva (cap. 51) En cuarta de sobrecubierta: La casita del este (cap. 50) Escuela Tosa. Siglo XVII

Este libro ha recibido una ayuda a la investigación del programa de becas integradas Ruy de Clavijo 2005, concedida anualmente por Casa Asia.

Segunda edición Todos los derechos reservados. Título original: The Tale of Genji © De la edición original: Royall Tyler © De la traducción: Jordi Fibla © EDICIONES ATALANTA, S. L.

Mas Pou. Vilaür 17483. Girona. España Teléfono: 972 79 58 05 Fax: 972 79 58 34 atalantaweb.com ISBN: 84-934625-8-6 ISBN: 978-84-934625-8-1


ÍNDICE

Introducción 9 La historia de Genji

II

11 42. El Príncipe Perfumado (Niou Miya) 13 43. Flores de ciruelo rojo (Kôbai) 23 44. El río de bambú (Takekawa) 33 45. La Doncella del Puente (Hashihime) 59 46. Bajo el roble (Shiigamoto) 83 47. Nudos de trébol (Agemaki) 107 48. Brotes de helecho (Sawarabi) 161 49. La hiedra (Yadorigi) 175


50. La casita del este (Azumaya) 227 51. Una embarcación a la deriva (Ufikune) 265 52. La efímera (Kagerô) 309 53. Práctica de escritura (Tenarai) 343 54. El puente flotante de los sueños (Yume no Ukihashi) 385 Lista de mapas y diagramas 397 Glosarios 403 Glosario general 405 Indumentaria y colores 434 Cargos y títulos 441 Las fuentes poéticas 451


Introducción

a narración del último tercio de la obra, que comprende trece capítulos, se reanuda tras un lapso de unos ocho años. Varios personajes principales han desaparecido de la escena. Los capítulos 42 a 44 (desde «El Príncipe Perfumado» hasta «El río de bambú») son inconexos, pero a partir del capítulo 45 («La Doncella del Puente») el relato es continuo. En el capítulo 42 volvemos a encontrar a Kaoru y Niou, el nieto de Genji, vástago de la hija (ahora emperatriz) nacida mucho tiempo atrás en Akashi. Los dos jóvenes son grandes amigos y, desde el capítulo 45 en adelante, también rivales en el amor. Tras una amarga experiencia de la vida cortesana, cierto príncipe, viudo, se ha retirado con sus dos hijas a Uji, localidad que se encuentra a pocas horas de camino al sur de la Ciudad. Allí, a orillas del río Uji, ha buscado refugio en la religión, y el rumor de su noble piedad llega a oídos de Kaoru, que también se siente vagamente fuera de lugar en el mundo. En el capítulo 45, Kaoru empieza a visitarle, y por fin conoce, de labios de una anciana que vive allí, el secreto de su propio nacimiento. También tiene un atisbo de las hijas del príncipe y suspira por la mayor (Ôigimi). En realidad, las desea a ambas, pero de todos modos habla de ellas a su amigo Niou, y éste empieza a cortejar a la hermana menor (Naka no Kimi). Pronto consigue hacerle el amor. Lo honorable sería que Niou se comprometiera con Naka no Kimi, pero lo cierto es que pocas veces puede viajar a Uji, y sus prolongadas ausencias acaban por convencer a las hermanas de que sólo ha estado jugando con la muchacha. Ôigimi está segura de que correrá idéntica suerte si acepta a Kaoru, y pierde todo deseo de seguir viviendo. Al final del capítulo 47 («Nudos de trébol») deja de alimentarse hasta que muere, y Kaoru se queda desolado. En el capítulo 48 («Brotes de helecho»), Niou traslada a Naka no Kimi a su residencia en la Ciudad, pero en el capítulo siguiente («La hiedra») una fuerte presión política y paterna le obliga a aceptar como esposa principal a una hija de Yûgiri, el hijo de Genji, que ahora es el cortesano más poderoso. Kaoru sigue en contacto con Naka no Kimi, y entonces repara en que la joven se parece a su hermana mucho más de lo que él había creído. Empieza a desearla después de todo, y sus atenciones despiertan los celos de Niou. A fin

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de desviarlos, Naka no Kimi le habla de una hermanastra suya: una hija no reconocida del príncipe. Los lectores conocen a esta joven como Ukifune. Le dice que el parecido de Ukifune con Ôigimi es extraordinario, y lo cierto es que Kaoru se queda asombrado al verla. Decide que a partir de entonces cortejará a Ukifune. Por desgracia, cuando Ukifune va a pasar unos días con Naka no Kimi, Niou también la descubre. Inmediatamente después de ese encuentro, Kaoru consuma su unión con Ukifune y la traslada en secreto a la casa, ahora vacía, de Uji, pero Niou se las ingenia para seguir sus pasos y le hace el amor (capítulo 51, «Una embarcación a la deriva»). Ukifune se encuentra ahora atrapada entre los dos hombres. Kaoru es tan gran señor que normalmente ella no podría tener la menor esperanza de casarse con él, ni siquiera como una esposa de rango inferior, y su madre está a favor de él sin reservas, pero Niou le atrae mucho más. Kaoru, que ha hecho levantar una casa para ella en la Ciudad, le anuncia la fecha en que irá a buscarla, y la tensión se incrementa cuando Niou planea llevársela en secreto de allí antes de que llegue su amigo y rival. Incapaz de elegir entre los dos, Ukifune toma la decisión de ahogarse en el río Uji. Al comienzo del capítulo 52 («La efímera»), ella ha desaparecido. No encuentran su cuerpo, así que, a fin de mantener las apariencias, la familia organiza un rápido y falso funeral. Kaoru y Niou la lloran. Sin embargo, Ukifune no se ha ahogado. Casi al inicio del capítulo 53 («Práctica de escritura»), dos monjes la encuentran, muda y llorosa, bajo un árbol. Informan del hallazgo a su superior, y la hermana de éste, que es monja, cuida de ella con ternura. La mujer descubre que el estado de conciencia de Ukifune no es normal y que además padece una amnesia absoluta. Puesto que el grupo de religiosos sólo se había detenido en Uji durante un peregrinaje, la hermana se la lleva a su casa, en un lugar llamado Ono, donde el estado de Ukifune permanece invariable durante dos meses, hasta que por fin el monje la exorciza. Entonces ella recupera la memoria en parte, pero se guarda para sí lo que recuerda. Acto seguido convence al religioso para que la ordene monja. Hacia el final del capítulo 53, un año después de la supuesta muerte de Ukifune, Kaoru se ha enterado de su existencia, y en el capítulo 54 («El puente flotante de los sueños») comprueba quién es y dónde se encuentra. Resuelto a verla de nuevo, le hace llegar una carta a través de su hermanastro, pero ella se niega a aceptar que es la destinataria de la misiva y a reconocer al muchacho. En las últimas líneas de la obra, el decepcionado Kaoru se pregunta si alguien más (presumiblemente Niou) la ha mantenido oculta. Este final inconcluso inquieta a algunos lectores, y se ha sugerido que la autora murió o que se vio obligada a dejar la obra sin terminar. Sin embargo, no puede descartarse que tal ambigüedad haya sido intencionada. Royall Tyler

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La historia de Genji

II


42 N I O U M I YA El Príncipe Perfumado

«El Príncipe Perfumado» se refiere al joven príncipe conocido como Niou. Este capítulo presenta a los dos caballeros que en lo sucesivo dominarán la narración: Niou y Kaoru, «el Capitán Fragante».


RELACIÓN CON LOS CAPÍTULOS ANTERIORES

Una brecha de ocho años separa «El Príncipe Perfumado» de «El vidente». Colegimos (en «La hiedra») que Genji murió tras pasar dos o tres años recluido en su templo de Saga. También han fallecido el emperador retirado Suzaku, Hotaru, Tô no Chûjô y Higekuro.

PERSONAJES

El capitán consultor, de 14 a 20 años (Kaoru) Su Majestad la emperatriz, de 33 a 39 años (Akashi no Chûgû) Su Majestad el emperador, de 35 a 41 años El Tercer Príncipe, Su Alteza de la Guerra, de 15 a 21 años (Niou) El Primer Príncipe, el príncipe heredero, casado con la primera hija de Yûgiri La Primera Princesa El Segundo Príncipe, casado con la segunda hija de Yûgiri Su Excelencia el ministro de la Derecha, comandante de la Guardia de la Izquierda de Palacio, de 40 a 46 años (Yûgiri) La emperatriz madre, ex consorte Shôkyôden La Sexta Hija de Su Excelencia, desde los 10 u 11 años hasta mediada la adolescencia (Roku no Kimi) Su Alteza Enclaustrada, desde mediada la treintena al inicio de la cuarentena (Onna San no Miya) Su Alteza de Ichijô (Ochiba no Miya) Su Eminencia Reizei, hijo de Genji y Fujitsubo, de 43 a 49 años Su Primera Princesa, hija de la consorte Kokiden Su emperatriz, de 52 a 58 años (Akikonomu)


u luz se había extinguido, y entre sus numerosos descendientes ninguno se podía comparar con lo que él había sido. Citar a Su Eminencia Reizei sería impertinente. El Tercer Príncipe de Su Majestad y el hijo de Su Alteza Enclaustrada, que había crecido con él,1 tenían fama de ser apuestos, cada uno a su manera, y ciertamente destacaban, pero no parece que deslumbraran. Pese a que no tenían nada fuera de lo común, eran elegantes y distinguidos. El honor y la estima que debían a su relación con Genji les daba una fama en cierto modo superior a la que aquél tuvo en sus años mozos, y en definitiva eran sumamente atractivos. El Tercer Príncipe vivía en Nijô, gracias al afecto especial que le había profesado la señora Murasaki.2 Sus Majestades, que le amaban y valoraban, le instalaron en palacio una vez que el príncipe heredero3 hubo sido nombrado sin percance, pero él seguía prefiriendo la comodidad de su vida en casa. Cuando alcanzó la mayoría de edad, se le empezó a llamar Su Alteza del Departamento de la Guerra. La Primera Princesa vivía en Rokujô, en el ala este del lado sudeste. Había conservado el mobiliario tal como lo dejara Murasaki, a quien a todas horas recordaba con afecto. El Segundo Príncipe se alojaba en la casa principal cuando estaba ausente de palacio, donde ocupada el Umetsubo. Se había casado con la segunda hija de Su Excelencia de la Derecha,4 y estaba muy bien situado como próximo candidato a príncipe heredero. Tenía un aire de circunspección acorde con su importancia. Las hijas de Su Excelencia eran numerosas.5 La mayor había sido destinada al príncipe heredero, en cuyo servicio no tenía rival. La emperatriz madre afirmaba sin rodeos que, como todo el mundo suponía, las demás seguirían un camino similar cuando les llegase su turno, pero Su Alteza de la Guerra no deseaba en absoluto confirmar esta predicción y, según parece, dejó perfectamente claro que no vería con buenos ojos a cualquiera que no hubiera elegido él mismo en persona.

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1. 2. 3. 4. 5.

Niou y Kaoru, ambos criados en Rokujô. Ella le había legado la casa. El primer hijo de la emperatriz. Yûgiri. Seis: tres de Kumoi no Kari y tres de la hija de Koremitsu, «la dama de personal».

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«¿Por qué habría de dar la más mínima importancia a eso? Yo no tengo en cuenta tales cosas –se dijo Su Excelencia–. ¡Malditas sean esas convenciones!»6 Sin embargo, hizo saber que no rechazaría un posible ofrecimiento, y entretanto siguió preparando a sus hijas con gran esmero. Por entonces su sexta hija era aquella a cuya mano aspiraba todo príncipe o noble de alto rango que se preciara. Las damas que habían estado reunidas en torno a Su Gracia se habían dispersado, llorosas, hacia los hogares que tendrían a partir de entonces, y la conocida como la Dama de las Flores que Caen se había trasladado al pabellón oriental de Nijô, que ahora le pertenecía. Su Alteza Enclaustrada residía en Sanjô. La mansión de Rokujô era un lugar solitario y casi desierto, pues la emperatriz Akashi residía en palacio. Su Excelencia de la Derecha observó: «Otros ejemplos del pasado me advierten que la casa que un hombre ha levantado sin escatimar esfuerzos queda abandonada tras su desaparición y se va desmoronando, como para demostrar que nada dura, y es ésta una lección muy triste sobre la transitoriedad de todas las cosas. Mientras yo viva, no dejaré que esta finca se venga abajo ni permitiré que se muden esas dos personas que viven en la cercana avenida».7 Hizo que Su Alteza de Ichijô se trasladase al lado nordeste, y entonces dividió sus noches de manera meticulosa, pasando las primeras quince del mes en la casa de Su Alteza y las otras quince en Sanjô.8 La residencia de Nijô, a la que Genji había dado tanto esplendor, y los aposentos primaverales de Rokujô, tan amplia y desmesuradamente alabados, parecían destinados a los descendientes de una sola dama: la de Akashi, que cuidaba de todos los jóvenes príncipes y princesas, y les hacía compañía. Su Excelencia no hacía nada por cambiar las vidas de aquellos a los que Su Gracia había favorecido, alejándolos de lo que el mismo Genji había deseado que fuesen, y con fervor filial pensó que si la dama del ala oriental hubiese seguido viva, él la habría servido con entusiasmo. Siempre recordaba con pesar que ella había fallecido antes de que él hubiera encontrado el momento propicio para hacerle saber hasta qué punto pensaba en ella. En el reino se lloraba a Su Gracia, y en cada ocasión lamentaban que el desánimo se hubiera generalizado, como si la llama que iluminó todas las cosas se hubiese extinguido. Como es natural, su servidumbre, sus damas y Sus Majestades y Altezas9 estaban más profundamente afectados, y también atesoraban en sus mentes la imagen de Murasaki, cuyo recuerdo era omnipresente para ellos. Es cierto, como dicen, que lo efímero de las flores primaverales es lo que realza su belleza. 6. En principio, las hijas de un caballero se casaban por orden de edad. 7. Cuando Genji construyó la mansión de Rokujô, eran pocos los demás nobles que vivían en las proximidades, y Yûgiri teme que aquellos a los que su padre atrajo se muden a otro lugar. 8. Yûgiri traslada a Ochiba al lugar donde vivió Hanachirusato, pero su residencia principal sigue siendo Sanjô, donde vive con Kumoi no Kari. 9. Akikonomu (la emperatriz de Reizei), Akashi no Chûgû, Onna San no Miya y, tal vez, también los hijos de Akashi no Chûgû.

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Su Eminencia Reizei deparaba atenciones especiales al joven hijo de Su Alteza Enclaustrada, como Su Gracia le había pedido que hiciera, y la emperatriz, que lamentaba no haber tenido hijos propios, satisfacía de buen grado todas sus necesidades. La ceremonia de su mayoría de edad tuvo lugar en el palacio de Reizei, y al segundo mes de su decimocuarto año de vida se convirtió en consejero. Aquel otoño fue nombrado capitán de la Guardia de la Derecha de Palacio. De tal modo Su Eminencia, impulsado por quién sabe qué inquietud, utilizó las promociones que tenía la facultad especial de conceder para hacer de él un hombre cuanto antes. Se ocupó personalmente de amueblarle una habitación en el ala cercana a su propia residencia; seleccionó para él sólo a las mejores jóvenes damas de honor y muchachas paje, así como a los mejores criados, y lo dispuso todo con una brillantez incluso superior a la que le hubiera procurado a una muchacha. Sus Majestades hicieron que las más bellas, nobles y agradables de sus mujeres se trasladaran a la residencia del joven señor, e hicieran todo lo posible para que estuviera satisfecho, pues mucho deseaban que se sintiese feliz y cómodo allí. Su Eminencia no le tenía menos afecto que a su Primera Princesa, la querida hija única que la consorte del difunto canciller le había dado.10 Tal vez fuera ése el motivo de que valorase más a su emperatriz cada año que pasaba, pero, aun así, una no puede dejar de preguntarse por qué. Su Alteza Enclaustrada, la madre del joven caballero, llevaba ahora una vida tranquila, dedicada a la práctica religiosa: realizaba mensuales invocaciones del Nombre y, dos veces al año, los ritos de los Ocho Discursos, así como los demás oficios sagrados que iba señalando el calendario. Por lo demás, tenía tan pocos quehaceres que admiraba las idas y venidas del joven, como si éste fuese un padre más que un hijo, una actitud que a él le afectaba mucho. Además, Su Majestad y Su Eminencia siempre le convocaban, y al príncipe heredero y los demás príncipes les encantaba incluirlo en sus diversiones, por lo que, lamentablemente, no disponía de tiempo para sí mismo y deseaba tener el don de la ubicuidad. A menudo se inquietaba y preocupaba como un adolescente por los rumores que acertaba a oír, pero no tenía a nadie a quien pudiera interrogar al respecto. Nunca dejaba de pensar en el asunto, aunque a su madre le habría horrorizado saber que albergaba la más mínima sospecha. «¿Cuándo sucedió aquello? –se preguntaba a menudo–. ¿Por qué he nacido con esta inquietud constante? ¡Ojalá hubiera sido iluminado como el príncipe Zengyô cuando se preguntó lo mismo!»11 ¿Qué puede significar todo ello, y a quién he de interrogar? ¿Cuál es mi secreto, cuando yo mismo desconozco de dónde vengo y adónde voy? Pero no había nadie que pudiera darle una respuesta. 10. Una hija de Tô no Chûjô, también conocida como la consorte Kokiden. 11. Esta alusión budista no está clara. Tal vez la autora combinó más de una fuente, o quizá el texto sea incorrecto.

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A veces tenía la sensación de que algo fallaba en él, y esta idea también le sumía en angustiadas reflexiones. «¿Qué piadosa resolución pudo hacer que de repente Su Alteza renunciara a sus mejores galas en plena juventud? Sí, debió de escandalizarse. ¿Cómo es posible que nadie más lo supiera? Supongo que nadie me lo dirá porque siguen considerándolo un secreto. Que yo sepa, ella se entrega a sus rezos día y noche, pero no veo de qué manera la vaga y débil comprensión de las cosas que tiene una mujer le permitirá darle al rocío del loto el lustre de una joya.12 Esos cinco, comoquiera que se llamen,13 son preocupantes, y por lo menos quiero ayudarla en el camino hacia la vida futura. Y ese caballero del que hablan, el que murió, ¿estuvo al final atormentado?» Este último interrogante le hizo anhelar la conversación con aquel hombre, en la otra vida si no en ésta, hasta que perdió interés por las ceremonias de su mayoría de edad, aunque no se negó a seguir con ellas. Desde luego, el mundo le tenía en alta estima y le agasajaba, y él vestía con deslumbrantes galas, pero conservaba la calma y en el fondo se mantenía distanciado de todo. El profundo afecto que sentía por la madre del joven caballero hizo que Su Majestad se interesara mucho por él,14 y la emperatriz le trataba casi como lo había hecho cuando crecía con sus hijos y jugaban juntos. «Lo tuve tan tardíamente, pobre muchacho –había comentado Su Gracia–, y lamento que no llegaré a verle hecho un hombre.» Ella recordaba estas palabras, y mantenía su apego al joven. Su Excelencia de la Derecha le honraba más que a sus propios hijos. Mucho tiempo atrás, el Señor Resplandeciente, como le llamaban, había gozado también de tan elevado favor, pero muchos le envidiaron y careció de apoyo por el lado materno. Tras haber considerado la situación con el talante reflexivo que le caracterizaba, decidió disminuir su luz sin par, a fin de que no deslumbrara a otros, superó sano y salvo la agitación que se extendió por doquier y jamás descuidó rezar por su próxima vida, pues, sin que nunca diera la impresión de que lo hacía, lo cierto es que contemplaba las futuras consecuencias antes de tomar cualquier decisión. En cambio, el joven caballero había sido objeto de grandes favores prematuramente y poseía un orgullo extraordinario, afianzado por el destino, puesto que daba la impresión de que era un ser sagrado que estaba de breve paso en un mundo en el que parecía habitar sólo de modo provisional. A juzgar por sus facciones, difícilmente podría decirse qué era lo que le distinguía o le hacía digno de particular admiración. Sin embargo, poseía una espléndida elegancia y, en el fondo, no era un hombre como la mayoría. Emitía un aroma delicioso, una fragancia etérea, y maravillaba dondequiera que fuese, pues la brisa que se arremolinaba a su espalda realmente parecía perfumar el aire a una dis12. «Convertir los sentimientos mundanos en iluminación.» Al parecer, una alusión sintética a una serie de escritos budistas. 13. Esta expresión evasiva (itsutsu no nanigashi) sugiere que, por respeto a Onna San no Miya, Kaoru no puede nombrar los «cinco obstáculos» (goshô) que impiden a una mujer alcanzar la iluminación. 14. El emperador reinante y Onna San no Miya son hijos de Suzaku.

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tancia de cien pasos. A nadie más de tan alta cuna se le habría ocurrido ser modesto tanto en su indumentaria como en su comportamiento. No, otro vestiría ex profeso para destacar, pero no aquel joven, que se quejaba de su incapacidad de ocultarse, incluso tras un biombo, sin revelar su presencia y que casi nunca perfumaba sus prendas de vestir. Sin embargo, su fragancia añadía un toque inefable a los aromas que impregnaban sus cofres de ropa, hasta tal punto que incluso los ciruelos floridos del jardín mezclaban su perfume con el suyo cuando al pasar los rozaba con las mangas, y hacía que se desprendieran aromáticas gotas de lluvia primaveral que dejaban a muchos encantados, mientras que cuando arrancaba el eupatorio que florecía olvidado en los campos otoñales, la planta cedía su fragancia a la brisa deliciosa que siempre le seguía. Esta fragancia personal tan fuera de lo corriente dio lugar a que Su Alteza de la Guerra estableciese con él una rivalidad especial. Impregnaba sus ropas con los mejores inciensos y se pasaba los días y las noches preparando otras mezclas. En primavera contemplaba las flores de ciruelo del jardín, mientras que en otoño desdeñaba la tan alabada flor de valeriana, así como la hagi, que tanto gustaba a los ciervos, y prefería en cambio los crisantemos, que mantienen la vejez a raya,15 el desvaído eupatorio y la humilde pimpinela, que preservaba con ostentación hasta que la escarcha hacía que languideciera penosamente. De esta manera proclamaba una elegante pasión por los perfumes. Todo ello producía la impresión de que era un tanto lánguido y muy exigente en sus gustos. Ciertamente, el Genji del lejano pasado no se habría permitido semejantes excentricidades. El capitán consultor16 iba con frecuencia a casa de Su Alteza, donde los dos competían en el dominio de la flauta, pues, pese a su rivalidad, eran grandes amigos. Como es natural, la gente, siguiendo su tediosa costumbre, llamaba a uno el Príncipe Perfumado y al otro el Capitán Fragante. Cuando cualquier gran señor con una hija presentable aspiraba orgullosamente a ganarse la amistad de Su Alteza, éste respondía a cada insinuación de promesa y averiguaba cuanto podía acerca de las cualidades y el aspecto de la joven dama. Sin embargo, no encontraba a ninguna que tuviera un atractivo particular. «Ella sigue siendo la que deseo –se decía a sí mismo, refiriéndose a la Primera Princesa de Su Eminencia Reizei–, ella sí que merecería la pena.» Su madre, que era una consorte, poseía gran dignidad y elegancia (también a ella se le concedía una peculiar distinción), y los informes más detallados que le habían llegado a Su Alteza, facilitados por mujeres a su servicio, debían de haber incrementado aún más el deseo que le inspiraba. Entretanto, el capitán tenía la firme convicción de que este mundo es escoria, y sabía que jamás podría librarse de un perdurable afecto si, a pesar de esa creencia, entregaba su corazón. En consecuencia, renunció a todo deseo de comprometerse sentimentalmente, 15. A la hagi, que florece en otoño, se le atribuía una gracia femenina, y por ello la consideraban retóricamente la «esposa» del ciervo, que también busca a su pareja en otoño. El crisantemo, que florece tan tarde y dura tanto, se asociaba a la longevidad. 16. Kaoru.

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ya que hacer tal cosa podría suponer conflictivos remordimientos. Es posible, desde luego, que quisiera dar la impresión de que era un sabio, porque, por aquel entonces, ninguna mujer ocupaba sus pensamientos. Ciertamente, una no le imagina prescindiendo de solicitar el permiso paterno. A los diecinueve años lo nombraron consultor del tercer rango, al tiempo que conservaba su cargo de capitán. La intimidad que tenía con Sus Majestades le confería tal honor como súbdito que no tenía necesidad de someterse al juicio de nadie, pero en el fondo de su corazón sabía muy bien quién era, y ese conocimiento le afectaba lo suficiente para que no le atrajeran en absoluto las aventuras imprudentes y jamás se permitiera perder la compostura. A su debido tiempo todo el mundo llegaba a comprender lo serio que era. De vez en cuando tenía atisbos de la hija de Su Eminencia y oía rumores acerca de aquella joven por la que Su Alteza suspiraba desde hacía años, porque vivía en el palacio que él frecuentaba, y unas cosas y otras le impulsaban a creer que ella era en verdad excepcional. «¡Qué gentileza y sagacidad tan asombrosas poseía! –se dijo–. Sí, después de todo, poseer a una mujer así podría hacer que la vida mereciese la pena.» Sin embargo, a pesar de que en general le recibía de buen grado, Su Eminencia siempre se mostraba inflexible y no le permitía acercarse a su hija, y el joven comprendía muy bien esa actitud. Habida cuenta del riesgo que conllevaba, no insistía en ver a la muchacha. Se percataba de que si alguna vez, contra sus propios deseos, le tomaba cariño, las consecuencias podrían ser desafortunadas para ambos.17 Así pues, no hacía nada por cortejarla. Ahora que parecía tener la seguridad de que era objeto de una admiración generalizada, ninguna palabra suya, por ligera que fuese, provocaba severo rechazo, sino sólo asentimiento, y, por lo tanto, las circunstancias normales le llevaron a visitar un considerable número de casas. Sin embargo, siempre se libraba expertamente sin comprometerse en ninguna parte. Esa clase de relaciones tibias y evasivas pueden ser irritantes en grado sumo, pero numerosas mujeres atraídas por él se reunían alrededor de Su Alteza Enclaustrada en Sanjô. Allí, la actitud distante del capitán consultor era en verdad penosa, pero algunas cuyo rango las excusaba del servicio seguían esperando ilusionadas un encuentro casual con él y preferían la decepción a la pérdida absoluta de las esperanzas. Al fin y al cabo, él era tan amable, y su compañía resultaba tan placentera, que quienes tenían ese privilegio no podían dejar de perdonarle. –Desde luego, me propongo estar junto a Su Alteza Enclaustrada durante tanto tiempo como ella viva –solía decir él–, de modo que no eche en falta mi compañía. Su Excelencia de la Derecha no decía nada, pero al oírle hablar así sentía deseos de ofrecer una de sus hijas al joven. No es que el matrimonio le pareciera especialmente atractivo,18 17. Reizei cree que Kaoru es su hermanastro. 18. Al margen de otros factores, Kaoru es (o así se supone) un pariente demasiado cercano para que sea un atractivo pretendiente a la mano de una de las hijas de Yûgiri. Un matrimonio así no aportaría ninguna ventaja a ninguna de las partes.

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pero, aparte de aquellos dos jóvenes caballeros, no encontraba en el ámbito cortesano del momento nadie más que pudiera ser un digno pretendiente. Su Sexta Hija, como la llamaban (una que le había dado la dama de personal), era mucho más bonita que sus hijas de más alta cuna, así como más dotada, y a él le parecía lamentable que el mundo la mirase con desprecio. En consecuencia, la tomó bajo su protección y la confió a Su Alteza de Ichijô, que estaba entristecida por la falta de hijos propios. «Cuando deje que esos dos la vean, no hay duda de que les satisfará –se dijo con El concurso de tiro al arco de Año Nuevo convicción–; nadie que conozca a las mujeres dejaría de sentirse especialmente atraído por ella.» En lugar de mantenerla estrictamente protegida, le imbuyó el gusto por las habilidades elegantes y agradables, aportándole así muchos encantos para cautivar el corazón de un hombre joven. El banquete que seguía al concurso de tiro con arco de Año Nuevo tendría lugar en Rokujô, y Su Excelencia lo preparó con especial esmero, pues deseaba que Su Alteza también acudiera. El día señalado, todos los príncipes adultos estuvieron presentes. Los nacidos de la emperatriz eran apuestos y distinguidos, pero Su Alteza de la Guerra destacaba mucho por encima de ellos. El Cuarto Príncipe, conocido como Su Alteza de Hitachi, era hijo de una íntima, lo cual tal vez explicaba por qué parecía mucho menos atractivo que los otros. Como siempre, la Izquierda obtuvo una victoria decisiva. El concurso finalizó antes de lo habitual, y el victorioso comandante,19 Su Alteza de Hitachi y el Quinto Príncipe de Su Majestad la emperatriz se reunieron con él en su carruaje. El capitán consultor, que pertenecía al bando perdedor en el concurso, se alejaba discretamente cuando Su Excelencia lo detuvo. –¿No te unirás a nosotros para ver la partida de Sus Altezas? –le preguntó, y el capitán, cediendo a su insistencia, le siguió junto con personajes como los hijos de Su Excelencia, el intendente de la Guardia de la Puerta, el consejero supernumerario y el gran senescal de la Derecha, así como otros nobles de alto rango. Todos acompañaron a Su Excelencia a Rokujô.20 Durante el trayecto, que era muy largo, cayeron unos copos de nieve, y el crepúsculo tenía un gran encanto. Cuando llega19. Yûgiri en su capacidad militar. 20. Kaoru y todos los demás parecen viajar en sus propios carruajes.

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ron se oía música, precisamente a la hora en que el sonido de la flauta es más hermoso, y una sólo podía preguntarse en qué otro lugar, en qué paraíso budista, semejante momento podría proporcionar un placer más intenso. Los capitanes y tenientes se sentaron de cara al Sur, como de costumbre, en el pasillo situado al sur de la casa principal, mientras que sus asistentes, los príncipes y los nobles de alto rango,21 se sentaron frente a ellos, de cara al Norte. La taza de sake empezó a pasar de mano en mano y, cuando la fiesta se animó, las brisas creadas por las mangas de los bailarines que danzaban «Motomego»22 traían vaharadas de aroma de los ciruelos cercanos, cuyas flores se estaban abriendo exquisitamente en el jardín, a los que el propio perfume del capitán añadía un toque de delicia inefable. –¡Ay!, está demasiado oscuro para ver –decían las intrigadas damas de honor que atisbaban la escena–, pero ¡cuán cierto es que nada iguala a ese aroma!23 Su Excelencia también estaba encantado. –¡Vamos, capitán de la Derecha, también tú debes cantar! –exclamó al reparar en el rostro encendido del joven y en sus modales impecables–. ¡No representes tan bien el papel de invitado! El capitán cantó «Allí mora el dios» y otras piezas, exactamente con el grado apropiado de animación.

21. El propósito aparente del banquete era honrar a los arqueros ganadores, a quienes en esa ocasión se les concedían los asientos de honor (de cara al Sur), y a unos asistentes que eran nobles de muy alto rango. 22. Una pieza del grupo conocido como Danzas Orientales (Azuma Asobi). Se dice que la canción tenía una nueva letra cada vez que la cantaban. El significado del título no está claro. 23. Sobre el tema de las flores de cerezo en la oscuridad, las mujeres aluden a Kokinshû 41, de Ôshikôchi no Mitsune.

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Memoria mundi «Nada se ha escrito mejor en ninguna li teratura», dijo de ella Marguerite Yourcenar. «Es comparable a los grandes clásicos occidentales como Cervantes o Balzac», dijo Octavio Paz. «No es que sea mejor o más memorable o intensa que la obra de Cervantes, pero sí es más compleja», observó Borges. Pero esta obra no necesita elogios previos, necesita solamente que el lector llegue a ella y empiece a leerla. Algo inasible le empujará a seguir. Ese algo es su movimiento. Clara Janés, El Mundo «Con buen criterio, la edición de Atalanta se ha decantado por la versión reciente de Royall Tyler (Penguin, 2001) que, además de ser fiel al original, tiene la ventaja de aportar notas, ilustraciones, glosarios y explicaciones que hacen mucho más accesible el verdadero mundo, intenso y delicioso, de Murasaki.» Chantal Maillard, El País « La eficaz versión de Jordi Fibla … está ampliamente anotada, ilustrada, como solía ser habitual, y, sobre todo, se ha ceñido lo más posible al texto, lo que no impide nada su comprensión, ya que el libro de Murasaki sigue siendo actual.» Juan Malpartida, ABC «La cuidadísima edición de Atalanta, que goza del apoyo de la Casa de Asia, incorpora el estudio introductorio de Tyler, así como sus numerosas notas, además de una serie de bellas ilustraciones que son de inestimable valor para visualizar los distintos episodios.» Carlos Martínez Shaw, El Periódico Este segundo volumen de La historia de Genji comprende los últimos trece capítulos (4254) de la obra. La narración del último tercio de la novela se reanuda tras un lapso de ocho años desde la muerte de Genji. Volvemos a encontrarnos a Kaoru, hijo tardío de Genji, que según dicen desprende un olor maravilloso desde su nacimiento, y también a Niou, el nieto de Genji. Los dos jóvenes son grandes amigos, pero también serán duros rivales en el amor; primero, con las hijas de un príncipe viudo que vive retirado en Uji junto a sus dos hijas; y luego, con la bella Ukifune, que se encontrará atrapada entre dos pretendientes. La sucesión de amores imposibles y la desdicha que estos acarrean, constituirán el melancólico telón de fondo con el que concluye esta obra cumbre de la literatura japonesa. Jordi Fibla, reconocido por la calidad de sus numerosas traducciones de literatura anglosajona, ha traducido también, junto a su mujer, japonesa, algunas obras literarias de Japón a partir de su lengua original. Es un buen conocedor de la cultura nipona, dentro de cuyo ámbito La historia de Genji siempre ha ocupado para él un lugar destacado.

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La historia de Genji, Volumen 2  

Este segundo volumen de La historia de Genji comprende los últimos trece capítulos (42-54) de la obra. La narración del último tercio de la...

La historia de Genji, Volumen 2  

Este segundo volumen de La historia de Genji comprende los últimos trece capítulos (42-54) de la obra. La narración del último tercio de la...