

ZOHAR
LIBRO DEL ESPLENDOR
ATALANTA



MEMORIA MUNDI

ZOHAR
LIBRO DEL ESPLENDOR
ENSAYO INTRODUCTORIO Y EDICIÓN
LOLA JOSA

En cubierta: fotografía de Mateus André en Freepik
En guardas: fotografía en Freepik
Dirección y diseño: Jacobo Siruela
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Teléfono: 972 79 58 05 Fax: 972 79 58 34 atalantaweb.com
ISBN: 978-84-129986-6-5
Depósito Legal: GI 1946-2025
Palabras preliminares y agradecimientos
Libro del Infinito
La ruta de la Luz Resplandor en los Cielos
Senderos de Sabiduría
Gerona, el arco y la lira
2. EL ÁRBOL DE LA VIDA
3. RAYO QUE NO CESA 93
4. EL ALMA EN EL MUNDO 100
5. LENGUAJE PERFORMATIVO 102
Glosario de conceptos cabalísticos 117
Bibliografía 125
EL ZOHAR : UNA ANTOLOGÍA
¿Quién? ¿Qué? 133
La letra (y el número) del origen 137
La llave 143
El vuelo de las palabras 145
Hijo de la luz 148
La última puerta 151
Preparativos nupciales 153
El punto de Luz 157
Una voz 159
Discordia 163
Siete Palacios
170
Creación y destrucción de los Mundos
172
El Árbol de la Vida 174
La teshuvá 176
El Esplendor 178
El humus de la Sabiduría 181
El Mundo y las Cuarenta y dos letras 183
Los Cielos y la Tierra 185
El Fundamento 187
En el centro 189
El Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal 191
El sentido del 3 195
La Unidad sagrada 198
La caída 200
Luz del alba 203
El Arca de la Alianza
205
Pozos y fuentes
207
El rey y su vasija
208
Tres niveles espirituales
210
El Ángel exterminador
212
La luz del pensamiento y los nueve Palacios
214
«Y Yo, ahora Yo...»
216
«Bórrame de Tu libro»
217
Besos de su boca
219
El arcoíris y los Jaiot
221
El Pensamiento y la voz
223
Un mismo corazón
225 «¡Vete!»
227
En el momento de morir
229
Matriarcas, Patriarcas. El alma, el espíritu
230
La palmera y la lira
232
Arquitecta del Mundo
261
Dos caminos
263
Comida roja
265
Repudio 267
Cambio de nombre
268
El sueño
270 Pozos
272
Sabios y embaucadores
274
Lo que Jacob fundó
276
Campamentos de ángeles
277
Dos instigadores
279
La trama 281
Resistencia 283
Mensaje oculto 285
El hacer del nombre 287
Será tu palabra 289
La protección de los difuntos
Dos lágrimas de ángel
321
De cuatro en cuatro
323
Principio y fin
325
¿Nos protegen?
327
Que sean nuestras palabras
328
10 emanaciones
330
La Esposa de Dios
333
Tetramorfos
334
Shabat
335 Almas
337
La heredad de Jacob 339
A los que aman 340
Cuatro grados de oración
342
Fuego negro sobre fuego blanco 344
El rescate de la princesa
345
Tres nombres, tres moradas
346
En el bolsillo de un mendigo
Sin nombre, con todo nombre
Zohar
Libro del Esplendor
A Mariano Lambea. Y a quienes hacen del amor el principio ético y de sabiduría.
A Emmanuel Levinas y a Jorge Luis Borges.
Hay libro y hay libro. Un libro en lo Alto y un libro en lo Bajo. El Superior cuenta lo que ocurre a propósito de la Sabiduría. El Inferior es el libro del recuerdo. No están separados, sino que ambos son uno, el séfer, el ‘libro’.
Zohar
La Cábala no sólo no es una pieza de museo, sino una suerte de metáfora del pensamiento.
J. L. BORGES, Siete noches
Palabras preliminares y agradecimientos
El Zohar es la Biblia de los místicos, el libro a través del cual entró el rayo de luz que alentó a corazones hambrientos de lo divino. La fría razón con sus leyes reguladoras quedó eclipsada ante el estilo sugestivo, cercano y cálido del Esplendor que, a lo largo de los siglos, no ha cesado de alumbrar a quienes se aproximan a sus páginas. Su saber acompaña y pone tierra firme bajo los pies. Los maestros dialogantes que acompasan la lectura hablan desde el hondón espiritual que han descubierto en su propio interior, una de las dimensiones de lo humano, la más elevada por profunda y visionaria. Se trata de cabalistas que no cejan en su empeño de preguntar e interpretar las Escrituras, místicos que asisten a un incesante desvelamiento porque constante es su estudio de aquello que ilumina el pensamiento en su amplia polisemia. Sus vidas se suceden en una continua revelación, en un eterno Génesis que abre la puerta a una experiencia directa con la divinidad. Uno de los más gratificantes valores del Zohar es la constatación de que el ejercicio de la exégesis conlleva la iluminación de
la consciencia, porque la pule como un diamante. Mientras desvelan los secretos de la Torá, los hermeneutas trabajan la relación con el Infinito, se aproximan a él cuando entran y salen de cada una de las dimensiones del gran símbolo bíblico del Árbol de la Vida, el mapa del sagrado recorrido de nuestra alma.
El propósito de este volumen no es otro que el de traer destellos de su fulgor a lectores que, por primera vez, se sientan atraídos por el libro más importante de la historia de la Cábala. En ellos se ha pensado a la hora de seleccionar los fragmentos del ingente corpus que, pese a no caracterizarse por su homogeneidad, nos enseña a pensar la Creación, su misterio y evidencias en el tiempo. El Zohar nos induce a elevar la memoria hacia la sabiduría, a sacralizarla y librarla a manos de la eternidad que intuimos. La misma que nos impele a trabajar la consciencia a modo de ofrenda. Ese sería el genuino esplendor del libro, es decir, de nuestra existencia.
El lector descubrirá con gozo una espiritualidad singularizada por el entendimiento del lenguaje (este que nos une y laborea cada instante de nuestra vida) a modo de travesía en cuyo curso la palabra y lo que nombra son uno. Esta revelación transforma nuestra relación con las palabras y, a su vez, con una realidad que tomamos a la fuerza porque la entendemos como constructo, lejos de la experiencia performativa, de la vivencia de infinitud que, en cambio, nos aguarda. Comprenderlo depende de aquello que nos cuenta el mito bíblico de Jacob: la transformación de una identidad forjada en el tiempo. Semejante proceso requiere de una lucha con nuestras propias idolatrías, entre las cuales la subjetividad, los conceptos y los dioses heredados son las más difíciles de vencer en medio de nuestras noches.
Además de escoger aquellos diálogos, comentarios, pasajes con imágenes y símbolos que son esenciales en la mística hebraica, y que también han conformado el imaginario de la espiritualidad occidental, mi intención ha sido la de recrear con esmero literario las traducciones que he cotejado para la fijación de los textos. He titulado cada fragmento conforme sugieren sus respectivos contenidos y, en los laterales, he consignado las referencias bíblicas aludidas, al igual que en el ensayo introductorio, en cuyos márgenes remito a los conceptos cabalísticos que dan nombre a las explicaciones o términos empleados. De esta forma, el lector puede conocerlos sin que su lectura se resienta, a la vez que sirve de índice temático para quien disponga de unos conocimientos previos. El glosario de conceptos cabalísticos ayudará a matizar la terminología específica y a comprender lo que solo se haya apuntado en el estudio. En cuanto a las letras anotadas en los márgenes, las dispongo según el orden de su mención, a diferencia de la lectura de palabras escritas en hebreo, que debe hacerse de derecha a izquierda.
Estas páginas han sido posibles gracias a los maestros que justifican la bibliografía y son los contrafuertes del presente libro. De entre ellos, Mario Sabán merece mi especial consideración por su imprescindible magisterio y su amistad. Mi reconocimiento, asimismo, a Juan Arnau, que, desde aquella adolescencia en la alta montaña de Teruel hasta las cimas de las tradiciones sagradas, acompaña mis trabajos.
Si a alguien se deben estas palabras es a Jacobo Siruela, cuya labor editorial, desde hace décadas, ha supuesto una suerte de Ministerio de Cultura a la hora de recuperar y pre-
servar tradiciones, obras y autores que, de otro modo, restarían en el olvido y en los márgenes de la excelencia editorial. A él mi más sentida gratitud por auspiciar la difusión del Zohar , uno de nuestros patrimonios espirituales más importantes.
Lola
Josa
Úbeda-Barcelona, 22 de octubre del 2025
Ensayo introductorio
Libro del Infinito
La Biblia hebrea palpita a la espera de una caricia, de la exégesis mística de sus palabras, que anhelan encarnarse en nosotros conforme se revelan. En el reposo de su escritura toma asiento lo invisible. Manifiesta y ofrecida, su pura textualidad nada oculta. Cubre, es el tejido que viste al Ein Sof, el ‘Infinito’; un texto enigmático que mueve al lector a cuestionarlo y, en medio de la irónica evidencia de aquello que busca, le despierta el deseo de sondear un subtexto que los místicos decodifican en una clase de ejercicio propiciado por el pensamiento y sostenido en la fragilidad del inquirir más verdadero. Una pregunta siempre llevará a otra en el cumplimiento de la existencia, de la lectura.
Al igual que aquella comunidad de ascetas judíos a las afueras de Alejandría, exégetas de textos sagrados muy antiguos que elevaban cánticos divinos para agradecer las iluminaciones recibidas a través del estudio, y que admiraban a Filón, los cabalistas, por amor, se consagraron a buscar el Ein Sof en los confines del lenguaje de la Torá y de los demás libros que comprenden el Tanaj. Entre sus versículos
Paroket
Derash
Tzimtzum
cobraba fuerza el impulso ontológico de nombrar el misterio de un universo que no hemos creado y que se nos escapa. Su aprendizaje consistía en descubrir el mapa de la consciencia, del alma, así como del resto de la Creación; senderos de Sabiduría que les deparaban el gozo de vivir en un mundo indiferenciado. La hermenéutica de un Ein Sof contraído para que lo creado acontezca se convirtió en el modo más liberador de sacralizar la percepción, y cada letra (emanación de infinitud) se tornó en un velo que retirar porque cubre un desnudo escandaloso, un significado espiritual que nunca perderá. Al contrario, una a una, las interpretaciones incrementan la potencia de sugestión y gestan nuevas amplitudes semánticas. La imagen y la semejanza del verbo y del espíritu se encuentran unidas.1
Alefato
Gén 1, 1
Los cabalistas comprendieron que, en la Torá, la idea y la semántica léxica son idénticas. Las letras se unen para que el verbo sea. Bajo esta premisa, antes que las palabras, aprendieron a leer las letras que las forman, el compendio de sabiduría mística que definió sus trazos y da la clave interpretativa de sus interrelaciones. Se detuvieron en una lectura al pie de la letra, porque el alfabeto hebreo es aguada divina y camino en cuyo recorrido nos sacralizamos. La vida del espíritu se convirtió en experiencia lingüística, en estudio y meditación de la Torá, preexistente al Bereshit , al principio bíblico. En una gradación ascendente, primero se acercaron a las letras en calidad de piedras de fundación, símbolos vinculados a los distintos procesos sagrados que se suceden en la Creación. A continuación, palabras, frases y versículos se descubren en una complejidad simbólica ma -
1. Véanse los fragmentos de la antología titulados «Libertad» (pág. 255), «Arquitecta del Mundo» (pág. 261), «Resistencia» (pág. 283), «Moisés» (pág. 317), «10 emanaciones» (pág. 330), «A los que aman» (pág. 340) o «Ídolos» (pág. 354).
yor, hasta que la Torá, en su conjunto, adquiere el esplendor de un gran símbolo de lo divino proyectado y reflejado en el resto de la Biblia. Al mismo tiempo que estas revelaciones, se da la sabiduría de lo simultáneo en el desarrollo del conocimiento, porque una ot, ‘letra’, es, a su vez, un ‘signo’ de una realidad que los cabalistas descubrirán conforme avancen en su aprendizaje y adquieran ojos avezados en liberar la esencia infinita del lenguaje y, por consiguiente, en contemplar las analogías entre los planos cosmogónicos y cosmológicos, las relaciones entre los niveles de la consciencia, para reconocer así, con atención lúcida, que, en realidad, todas las cosas son una sola.
Esta concepción mística del lenguaje nos lleva a entrar en la Biblia como quien lo hace en una biblioteca de ‘libros’ que han definido nuestra idea de texto. El cabalista no entiende el Tanaj como un libro religioso, sino a modo de pórtico a la sabiduría: como el libro que, sin comparación posible, más le interroga. El mekubal encuentra, en las disciplinas de conocimiento, una extensión de la propia Torá. Desasido de normas y leyes, desde sus versículos conoce la condición primordial del es del ser.
De entre todas las manifestaciones creadas, la Torá es para el cabalista la más lograda y luminosa. La dedicación a ella y al Tanaj se convierte en un ofrecimiento y en un diálogo con el Ein Sof. La concatenación de lecturas e interpretaciones penetra y recorre los diferentes mundos que abren las distintas dimensiones del conocimiento humano, y la madeja de comentarios hermenéuticos a las apostillas bíblicas recoge siglos de pensamiento. Sus páginas rehúyen las tentativas de idolatría, incluso las de la propia palabra. Lecturas que despliegan la Torá en su infinita significación. Al estar escrita con el lenguaje divino, cuando se lee engendra un sentido, lo revela, porque, en sí misma, carece de
Bereshit
Reshimu
significado. Nosotros se lo damos, nos necesita para que la desnudemos mientras simplificamos nuestra escucha y devenimos exégesis de una vacuidad que es la suya. ¿Qué vana pretensión exegética buscaría apurar un sentido único que no tiene y que, en todo caso, dependería de las iluminaciones surgidas de la fricción de cada uno de los amantes que se atreven a despojarla? Desprovista de significado, los mekubalim se entregan al estudio de la Torá por el hecho de que la lengua de Dios es lenguaje que no formula un mensaje, ya que es emanación iluminadora que cobra sonoridad en nosotros cuando la acogemos y concebimos, convertidos en su bóveda, en su caja de resonancia.
La Torá alumbra el vacío donde «En el principio...» (Gén 1, 1) todo es creado. El Libro del Esplendor viene a ser testimonio de la huella, del rastro de luz del Ein Sof después de autocontraerse para que haya un Génesis, un principio iniciático en cualquier instante. Esto explicaría que en el vacío del lenguaje, en los espacios en blanco que separan las palabras, anide el origen de los significados: su posibilidad, lo divino, lo que no podemos asir y, por ello, nos libera. Los místicos hebraicos, sabios de la caricia al decir de Marc-Alain Ouaknin, tienen manos que evitan la profanación del entendimiento cuando se apresa, constriñe y distorsiona el curso del esplendor lingüístico, de su epifanía semántica. Sus manos aguardan, abiertas o cóncavas, las ráfagas de un fulgor que, poco a poco, despoja la identidad a lo largo de un proceso de amor y muerte sucesivos. La filiación divina recuperada otorgará la rama dorada, el rayo que se torna en llave a la hora de entrar en la morada del infierno, porque no hay cielo que no conozca el averno. Nuestros descensos dependen de esa luz. Si no ba -
jamos protegidos por ella, si carecemos de la experiencia, de la consciencia sagrada, cauta ante su propio misterio, no resistiremos la ferocidad de las incesantes muertes y renacimientos; nos faltará la posibilidad de ascender al Edén, la dimensión augurada por sus letras, las cuales, al desandarlas, según los métodos de estudio cabalísticos, anuncian que «llegaremos a conocer». Del Edén a Nede, conoceremos la luz, aquello que, irreductiblemente, somos.
Manifestado en un libro, el Ein Sof se vuelve finito, zigzaguea como un Rayo entre el cerco de las letras y los espacios que separan vocablos y versículos;2 entre números que ordenan y que son, asimismo, letras que elevan su himno sacro y mistérico. En los libros del Tanaj, el alefato es alfanumérico, poderoso creador de un universo matemático y poético, hipnótico, extraño. Si no se cede a la literalidad de lo que cuenta, a la proximidad que establece con el sentido común, se abrirán las sendas que retornan al PaRDeS , al Paraíso, mediante el estudio y la meditación. PaRDeS, acrónimo de los cuatros niveles interpretativos de la Torá. Las cuatro Torá, los cuatro caminos que conducen al Edén, al ameno huerto deseado, jardín del reposo y de los amores donde la consciencia se diviniza. Pshat, nivel literal; Remez, nivel alusivo; Drash , nivel analítico, y Sod , nivel secreto.3
No hay palabra ni fábula que no sea posible entender desde las cuatro dimensiones, aunque solo la interpretación infinita del texto eleva la Torá, la aproxima al Ein Sof, su origen, y la salva del ahogo de un reduccionismo religioso o del fanatismo. De hecho, los cabalistas son los buscadores
2. Remitimos al apartado «3. Rayo que no cesa» (pág. 93)
3. Véase el apartado «La sabiduría zohárica» (pág. 64).
del sentido edénico, de su significado original. Aquel que inspira la bienaventurada creación de mundos. El mekubal es un sempiterno iniciado, un sediento insaciable. Si el rabí enseña, el cabalista solo aprende del único maestro legítimo, el Ein Sof , y, conforme recibe, renace, se renueva movido por la interpretación revelada que está obligado a transmitir. La sabiduría se detiene en quien ha dejado abierto y flexible su entendimiento y ha modelado su corazón en vasija, en amoroso receptáculo para ella. Sus secretos se adentran en nuevas significaciones y las fecundan en una polinización lingüística, oral o escrita. El Tanaj, que parece terminado, es un libro abierto por su perfección en fuga . Toda exégesis es su fractal, de la misma manera que la vida es, en esencia, hermenéutica y, como el mundo, carece de sentido. O igual que nosotros mismos, seres indefinidos, faltos, indeterminados y obligados a devenir en nuestra propia interpretación, en las anotaciones que nos hacemos en los márgenes o a pie de página. Nos vivimos en la exégesis, en las dudas que esta suscita para que nazcan otras lecturas que entablen un diálogo con la comunidad. Nunca estaremos en lo cierto, y esta carencia, que es sustrato, nos transforma en humus creador cuya intención no será abarcadora ni posesiva, sino un tierno descreimiento. El estudio y la enseñanza de los cabalistas abren el más allá del versículo de Emmanuel Levinas. Ejercicios que explican el Talmud, obra donde hallar las interpretaciones de los maestros hebraicos, las discusiones de los rabinos, las leyendas, los cuentos y parábolas que hacen a la comunidad judía en cuanto pueblo nómada por hermenéutico, que adquiere sentido entre el ir y venir de las palabras de un yo a otro, en el vacío que los une y de donde emanará el signi -
Jidush
ficado de aquel preciso instante lingüístico, siempre en movimiento, al igual que el ser humano que lo emite y recibe.
Los libros de la Biblia hebrea constatan el logro de la creación a través de la palabra, que, si se la libera de la mímesis y se abre a la naturaleza performativa del lenguaje, convierte el Tanaj en revelación y a nosotros, en creadores de Bereshit. Los justos que habitan el mundo y lo sostienen han tenido que transformarse primero en hacedores del verbo mediante acciones de concordia, bondadosas, previas a la escucha de la palabra divina, algo que solo se merece después de haber surcado la tierra de la consciencia, de haberla labrado con las propias manos, con el laboreo del hacer. A través de hechos, nos purificamos. Los cabalistas se vuelven fértiles con el acto que, una vez efectuado, es concebido por el oído. Antes, no existe sentido alguno para la obra hecha. De nosotros, en cuanto justos, depende el sentido de todo, y para conferirlo tenemos que intimar con la existencia en un movimiento erótico, porque lo sagrado, como el amor, se hace. Lo mismo ocurre con el sentido de la vida y con las palabras que nombran los Génesis alumbrados con ellas.


El Zohar es la Biblia del esplendor, de aquella claridad última que nuestra inteligencia siempre busca para convertirla en sabiduría. Libro de libros, está contado por sabios itinerantes que dialogan y comparten el conocimiento, porque cuantas más revelaciones hermenéuticas alcancen, mayor será el amor que sientan en lo más íntimo de su alma, donde «arde el fuego que no consume» y los funde con el resto de la humanidad.
Asimismo, el Zohar es la Biblia de los místicos, porque, mientras lo leían, sus almas emprendían un misterioso viaje a través de imágenes, símbolos y potencias que los transformaban a medida que los iban descubriendo y experimentando, al tiempo que refnaban su percepción. Libro inspirador, fue escrito para abrir un saber nuevo y depurado después de generaciones de pensamiento cabalístico. Sus palabras, llenas de vigor, fueron escritas desde la consciencia de que el lenguaje es creador del mundo y que en los valores numéricos y simbólicos de las letras se encuentran los códigos con los que Dios se revela. De entre todos los símbolos, el Árbol de la Vida es la puerta de la experiencia espiritual, con sus veintidós llaves de acceso a los diez atributos divinos. Así, las veintidós letras del alfabeto hebreo van trazando los canales de comunicación entre las diez dimensiones de la creación cosmológica y humana, por donde fuyen las energías que operan en el interior del mundo físico. Se trata de la relación sutil que sostiene la creación de un Dios que, a la vez, es todo y nada, liberado de cualquier concepto que limite su misterio sagrado.
Lola Josa, encargada de la edición de esta antología de textos del Zohar , es catedrática de Literatura Española de los Siglos de Oro en la Universidad de Barcelona, filóloga y especialista en la mística de san Juan de la Cruz, en la relación entre el lenguaje poético y el musical de los siglos xvi y xvii , y en teatro clásico. Es autora de La medida del mundo: palabra y principio femeninos .
