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N I C O L Á S G Ó M E Z DÁV I L A E S C O L I O S A U N T E X TO I M P L Í C I TO P R Ó LO G O F R A N C O VO L P I

ATA L A N TA


ARS BREVIS

ATA L A N TA

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NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO

PRÓLOGO FRANCO VOLPI

ATA L A N TA 2009


En primera de cubierta: Fotografía del autor, hacia 1986. Dirección y diseño: Jacobo Siruela.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Todos los derechos reservados. © Sucesores de Nicolás Gómez Dávila. © Del prólogo: Villegas Editores, 2005 © EDICIONES ATALANTA, S. L.

Mas Pou. Vilaür 17483. Girona. España Teléfono: 972 79 58 05 Fax: 972 79 58 34 atalantaweb.com ISBN: 978-84-937247-1-9 Depósito Legal: B-31.894-2009


ÍNDICE

El solitario de Dios 9 Escolios a un texto implícito 1 63 Escolios a un texto implícito 2 453 Nuevos escolios a un texto implícito 1 859 Nuevos escolios a un texto implícito 2 1055 Sucesivos escolios a un texto implícito 1257


EL SOLITARIO DE DIOS

1. Venido de la nada Hay escritores que parecen provenir de la nada. Que brotan imprevisiblemente de ambientes que les son ajenos, sin haber sido preparados por nada ni por nadie, sin precedentes, sin pertenencias o señales de reconocimiento útiles para definirlos. Excéntricos, incómodos, irregulares, son inclasificables e inconfundibles. Por la manera como escribe y por aquello que escribe, Nicolás Gómez Dávila se cuenta sin duda entre ellos. Digamos que la exploración literaria del continente latinoamericano, acaso pagada de los talentos descubiertos e introducidos con éxito en el círculo de la world literature, dejó en el camino algunas gemas preciosas. La más brillante y notoriamente ignorada es la obra de Nicolás Gómez Dávila, escritor y pensador colombiano cuyos irresistibles aforismos sugieren analogías y asonancias –más que con contemporáneos hispanoamericanos como Porchia, Varona o Vasconcelos– con la gran tradición de los moralistas franceses, desde Montaigne y Pascal hasta Rivarol. Algunas frases evocan –si está permitido empujar la irreverente comparación hasta ese punto– la imagen de un 9


Nietzsche colombiano. En resumen, desde el profundo de América Latina revive en las sentencias de este pensadorescritor «colonial», el alma de la vieja Europa. Por lo demás, –para completar la irreverencia– la gran literatura griega de la Antigüedad clásica ¿no ha sido también en buena parte una literatura colonial?

2. «Nació, escribió, murió» Este «ilustre desconocido» –así lo define en su Breve historia del ensayo hispanoamericano José Miguel Oviedo, uno de los poquísimos críticos que señaló su importancia (Madrid, Alianza, 1991, pp. 150-151)– nació en Bogotá el 18 de mayo de 1913 y allí mismo falleció el 17 de mayo de 1994. Su biografía se podría resumir en tres palabras: «Nació, escribió, murió». Por lo demás, ¿qué es la vida sino una anécdota que esconde nuestra verdadera personalidad? Aquí los pocos episodios de la anécdota: A los seis años se trasladó con su familia a París, donde asistió a un colegio benedictino recibiendo una educación humanístico-cristiana. En verano solía pasar sus vacaciones en Inglaterra. Una neumonía, que lo mantuvo en cama casi dos años, lo constriñó a completar en casa su formación con preceptores privados. Consiguió un impecable dominio del griego y del latín, y asimismo una envidiable familiaridad con los clásicos del pensamiento y de la literatura mundial. A los 23 años regresó a Bogotá y se casó con Emilia Nieto, con la que tuvo tres hijos: Rosa Emilia, Nicolás, Juan Manuel. En el curso de los años recogió en su casa –un imponente edificio en estilo Tudor, en la carrera 11, esquina de la calle 77– una majestuosa biblioteca con más de 30 000 volúmenes, donde se recluía cotidianamente, hasta la madrugada, para dedicarse a la lectura y a la escritura, es decir: a la «biblioterapia» como forma de vida. 10


Nicolás Gómez Dávila. París. ca. 1930.


Nicolรกs Gรณmez Dรกvila. Bogotรก. ca. 1950.


3. Su obra Trabajó toda su vida en una vasta recopilación de aforismos, en la que destiló sus incansables lecturas. Una obra que es un caso más único que raro en la literatura y el pensamiento del siglo XX, y cuyo título singular y enigmático dice: Escolios a un texto implícito (Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1977, 2 vols.). Más tarde siguen dos recopilaciones ulteriores de aforismos: Nuevos escolios a un texto implícito (Bogotá, Procultura. Presidencia de la República, Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, 1986, 2 vols.) y Sucesivos escolios a un texto implícito (Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1992). Todo lo demás que Nicolás Gómez Dávila escribió no es sino la preparación o el eco de los Escolios. En los años cincuenta se publicó su primer libro, un volumen editado por iniciativa de su hermano Ignacio, con el simple título Notas. Tomo I (México, 1954). En la contraportada se lee: «La edición de esta obra se hizo por cuenta del autor; está dedicada a sus amigos y queda fuera de comercio». Se trata de una obra muy particular: un texto experimental, compuesto por apuntes, máximas, observaciones, frases y juicios, que más tarde él seleccionó, elaboró y reintegró a su obra mayor, los Escolios, de la que Notas es la primera propuesta. En síntesis, un ejercicio preparatorio para ser olvidado. Por eso Notas quedó fuera de comercio, no fue reeditada y el segundo tomo previsto no vio la luz jamás. El segundo libro publicado por Nicolás Gómez Dávila es, también, una obra interlocutoria, valiosa para seguir de cerca el madurar de los términos y el contenido de las reflexiones filosóficas del autor, pero igualmente inconclusa. Tanto así que se anunció como Textos I (Bogotá, Editorial Voluntad, 1959), sin que el segundo volumen jamás apareciera. Aquí la prosa es continua, el esfuerzo tiende al sis13


tema, o al menos al tratado. Expone la antropología de Gómez Dávila, fundamentada en una incondicional adhesión a la doctrina católica y en la incitante convicción de que la historia del hombre está íntegramente comprendida entre el nacimiento de Dios y su muerte. Allí se encuentra además la teoría de la reacción, desarrollada entre las páginas 61 y 100, que según Francisco Pizano de Brigard constituyen el «texto implícito» al que aluden los Escolios (cfr. «Semblanza de un colombiano universal: las claves de Nicolás Gómez Dávila», en Revista del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, LXXXI, 1988, No. 542, pp. 9-20). Si agregamos los breves ensayos «De iure» (en Revista del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, LXXXI, 1988, No. 542, pp. 67-85) y «El reaccionario auténtico» (en Revista de la Universidad de Antioquia, 1995, No. 240, pp. 16-33), tendremos todo lo publicado por Nicolás Gómez Dávila –aparte de algunas poesías y ensayos inéditos, que familiares y amigos recibieron como obsequio y guardan.

4. ¿Por qué «notas» y «escolios»? El universo creado por esta obra, donde estilo e ideas se compactan en granítica unidad, se presenta como un recinto cerrado: no hay paso racional ni deducción lógica que sirva para entrar. La única manera de hacerlo es lanzarse dentro. Comprender, en este caso, es en verdad cuestión de empatía. Hay que saber adentrarse en el ideario del autor, conjugando intuiciones y visiones, simpatías e idiosincrasias, predilecciones y anatemas. Afortunadamente disponemos de un apoyo hermenéutico que el propio Nicolás Gómez Dávila, sin quererlo, nos dejó: las Notas. Este volumen tiene un valor docu14


mental insustituible: nos permite entrar en el laboratorio de don Nicolás, observar sus movimientos creativos desde el principio, entender el espíritu que los alienta, intuir la genialidad y gustar el estilo ya inconfundible, construido sobre fulminantes cortocircuitos lingüísticos y mentales. En fin, Notas nos da la clave –especulativa, poética, a veces también personal y biográfica– para ensimismarnos en la perspectiva gomezdaviliana. En Notas, antes que todo, encontramos la explicación al enigmático título detrás del cual Nicolás Gómez Dávila ha velado la intuición fundamental sobre la que ha basado su obra. ¿Por qué limitarse a escribir «notas» o «escolios»? ¿Cuál es el «texto implícito» al que se refieren? «Escolio» –del griego schólion, comentario– indica una nota en los manuscritos antiguos y en los incunables, añadida por el «escoliasta» en interlínea o al margen para explicar los pasajes oscuros del texto desde el punto de vista gramatical, estilístico o exegético. Cabe, entonces, preguntarse: ¿Cuál es la razón de la vocación exclusiva de Nicolás Gómez Dávila por este género literario mínimo? Evidentemente no se trata de una simple preferencia estilística enfocada a restituir al pensamiento la sencillez que las palabras le quitan. Tampoco únicamente de «escribir corto para concluir antes de hastiar» (Escolios I, 97), evitando la prolijidad que «no nace de la abundancia de palabras, sino de la carencia de ideas» (Notas, 332). Ni siquiera de hablar a un lector inteligente con el cual «podemos callar las ideas intermediarias» (Notas, 224), brindándole «gotas puras de lucidez» (Notas, 324). Detrás de la vocación de escoliasta hay algo más sustancial. Al asumir la actitud de limitarse a anotar escolios en el margen de un texto implícito, se hace evidente una elección de vida y de pensamiento antes que de escritura y de estilo. Se trata de una decisión que privilegia la reserva, la modestia, el ethos de la humildad. Para Nicolás Gómez 15


Dávila el estilo corresponde a una disciplina de vida: «Estas notas no aspiran a enseñar nada a nadie, sino a mantener mi vida en cierto estado de tensión» (Notas, 319). Hasta la conclusión más radical, hasta el extremo: «Si es menester, que la lucidez del orgullo nos conduzca a la humildad y que el amor a las palabras nos entregue al silencio» (Notas, 14). Al comienzo de las Notas se encuentra una explicación a esta opción de discreción: «La exposición didáctica, el tratado, el libro, sólo convienen a quien ha llegado a conclusiones que le satisfacen. Un pensamiento vacilante, henchido de contradicciones, que viaja sin comodidad en el vagón de una dialéctica desorientada, tolera apenas la nota, para que le sirva de punto de apoyo transitorio» (Notas, 17). Por lo tanto: «aquí no intento ofrecer sino esbozos de ideas, leves gestos hacia ellas» (Notas, 13). O sea, frases sencillas en las cuales se condensan las complicaciones del pensamiento. Con la consecuencia estilística determinante que ahora conocemos: «Las proclamo de nula importancia, y, por eso, notas, glosas, escolios; es decir, la expresión verbal más discreta y más vecina del silencio» (Notas, 17). Y con algunas ventajas para el lector y para el escritor también: «La nota breve no abusa de la paciencia del lector, y simultáneamente permite que lo que deseamos escribir se halle concluido antes que la conciencia de su mediocridad nos impida continuarlo» (Notas, 223). El escolio es el estilo que queda a quien sabe que «escribir es hacer precisamente lo contrario de lo que hacen la mayoría de los que escriben» (Notas, 298). Es el estilo de quien no quiere «correr el riesgo de perder el único lector inteligente: el que busca su placer en la lectura y sólo su placer» (Notas, 13). Nicolás Gómez Dávila sabe cuán ridícula es la condición de un «escritor sin talento», que no es otra cosa que un «eunuco enamorado» (Notas, 314). Sabe que la «literatura no perece, porque nadie escriba, sino cuando todos 16


escriben» (Escolios II, 656). Y es conciente de su «precariedad» como pensador y escritor: «Yo carezco de opiniones, sólo tengo breves ideas, transitorias y fugaces, más parecidas a las posadas destartaladas donde descansamos una noche que a las mansiones espléndidas, donde no sabemos bien si moramos, o si somos prisioneros de su misma magnificencia» (Notas, 112). Luego reafirma su modestia: «No veo en estos cuadernos el repositorio de raras revelaciones; me contento con arrancar a mi estéril inteligencia unas pocas centellas fugitivas» (Notas, 16). Sin embargo, su éxito no es el encierro en una «lógica del silencio», en una «sigética». Al contrario, es la esperanza de que surjan en abundancia las palabras adecuadas para llenar su existencia insular: «Humildemente acepto que me circunde un ancho silencio; pero haced, Dios mío, que las palabras pueblen mi soledad y labren en ella sus ricas mieles» (Notas, 93). Don Nicolás pretende escribir con «austeridad y sencillez» (Notas, 17) y conferir a sus propias frases «la dureza de la piedra y el temblor de la rama» (Escolios I, 263). Pues «aún en filosofía, sólo el estilo impide la transformación del texto en simple documento» (Escolios II, 507), y nada es suficientemente importante para que no importe cómo está escrito. Para acertar es indispensable un trabajo paciente y disciplinado de lima, sin el cual llega inevitablemente el jaque. Con escarnio del público: «El escritor que no ha torturado sus frases tortura al lector» (Escolios II, 543). Viceversa, quien sabe cultivar sin afán la perfecta disciplina del idioma, cuidando que la lucidez y la inteligencia maduren sus efectos, tarde o temprano recibirá también el don espontáneo de la creatividad: «Las palabras llegan un día a las manos del escritor paciente como bandadas de palomas» (Nuevos escolios II, 1232).

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5. Dos maneras de escribir De esta elección, Nicolás Gómez Dávila extrae una poética simple y esencial, aplicable principalmente a su misma obra. Ella contempla «dos maneras tolerables de escribir»: «una lenta y minuciosa, otra corta y elíptica» (Notas, 21). Veamos cómo las ilustra él mismo: «Escribir de la primera manera es hundirse con delicia en el tema, penetrar en él deliberadamente, abandonarse sin resistencia a sus meandros y renunciar a adueñarse para que el tema bien nos posea. Aquí convienen la lentitud y la calma; aquí conviene morar en cada idea, durar en la contemplación de cada principio, instalarse perezosamente en cada consecuencia. Las transiciones son, aquí, de una soberana importancia, pues es éste ante todo un arte del contexto de la idea, de sus orígenes, sus penumbras, sus nexos y sus silenciosos remansos. Así escriben Peguy o Proust, así sería posible una gran meditación metafísica» (Notas, 21). Ésta es, en síntesis, la prosa continua, extensa, prolija, que desarrolla, articula y extiende. El otro estilo, «corto y elíptico», es aquel por el que opta don Nicolás: «Escribir de la segunda manera es asir el tema en su forma más abstracta, cuando apenas nace, o cuando muere dejando un puro esquema. La idea es aquí un centro ardiente, un foco de seca luz. De ella provendrán consecuencias infinitas, pero no es aún sino germen, y promesa en sí encerrada. Quien así escribe no toca sino las cimas de la idea, una dura punta de diamante. Entre las ideas juega el aire y se extiende el espacio. Sus relaciones son secretas, sus raíces escondidas. El pensamiento que las une y las lleva no se revela en su trabajo, sino en sus frutos, en ellas, desatadas y solas, archipiélagos que afloran en un mar desconocido. Así escribe Nietzsche, así quiso la muerte que Pascal escribiese» (Notas, 21-22). En una de sus raras confesiones personales Nicolás 18


Gómez Dávila nos explica cómo la escritura, en esta forma corta y elíptica, no es para él un antojo sino una necesidad existencial y una razón de vida. Se exige, antes que nada, perseguir interrogantes existenciales: «¿Qué hacer si todo lo que me seduce me huye o me rechaza, si todo lo que me cabría emprender me aburre y me repugna? Y, sin embargo, ¿cómo vivir entregado a la sola tarea de vivir? ¿Cómo transitar por mis días, la frente inclinada sobre el instante, animal que pace, olvidado del cercano invierno y de la pura luz que lo circunda?» (Notas, 15). El recurso al que se aferra Nicolás Gómez Dávila para responder a estos apremios es la propia escritura: «Anhelo que estas notas, pruebas tangibles de mi desistimiento, de mi dimisión, salven de mi naufragio mi última razón de vivir. […] Ciertamente no creo que para pensar, meditar o soñar, sea siempre necesario escribir. Hay quien puede pasearse por la vida con los ojos bien abiertos, calladamente. Hay espíritus suficientemente solitarios para comunicarse a sí mismos, en su silencio interior, el fruto de sus experiencias. Mas yo no pertenezco a ese orden de inteligencias tan abruptas; requiero el discurso que acompaña el ruido tenue del lápiz, resbalando sobre la hoja intacta» (Notas, 15-16). Lo podríamos llamar un epicureísmo de la inteligencia, el placer de un pensamiento que se abandona a sí mismo reclinándose en el cauce de la escritura que lo encarna y lo sostiene.

6. ¿Cuál «texto implícito»? Pero, ¿por qué escribir escolios al margen de un «texto implícito»? ¿Cuál es la razón de la vocación exclusiva de este Nietzsche colombiano por el escolio? ¿De qué texto se trata? Otra vez, la explicación se encuentra en un pasaje de 19


las Notas: «El diario, la nota, el apunte, que traicionan a todo gran espíritu que de ellos usa pues, al exigirle poco, no le dejan manifestar ni sus dotes, ni sus raras virtudes, ayudan al contrario, como astutos cómplices, al mediocre que los emplea. Le ayudan, porque sugieren una prolongación ideal, una obra ficticia que no los acompaña» (Notas, 17). Entonces, el «texto implícito» al que aluden los Escolios es la obra ideal, perfecta, tan sólo imaginada, en la que se prolongan y se cumplen las proposiciones de don Nicolás. El autor, por tanto, espolea al lector a fin de que active su imaginación. Sin este esfuerzo, los escolios no hablan. Quedan convertidos en disparates, incomprensibles y herméticos: «Lo que aquí digo parecerá trivial a quien ignore todo a lo que aludo» (Escolios II, 786). Por su parte, el escritor inteligente sabe que «el impacto de un texto es proporcional a la astucia de sus reticencias» (Escolios II, 612). Desde esta perspectiva se comprende por qué Nicolás Gómez Dávila no aguanta la prolijidad de un escritor como François Mauriac: «El libro maravilloso, de que Mauriac hubiera sido capaz, no ha sido, ni probablemente será ya, escrito. Lo tenemos esparcido en veinte volúmenes diversos, todos anteriores al libro ideal que, detrás de cada uno, se deja adivinar como una constante, secreta e inaccesible presencia» (Notas, 30). Sin embargo, esta elección de sobriedad y la decisión por el fragmento no significan la renuncia a lograr la «maravilla de las maravillas», es decir, el sentido del ser en su conjunto. La convicción metafísica de Nicolás Gómez Dávila es que «la totalidad del universo existe tanto en el universo entero como en cada uno de sus aparentes fragmentos» (Notas, 310). Y puesto que «el discurso tiende a ocultar las rupturas del ser, el fragmento es la expresión del pensamiento honrado» (Nuevos escolios II, 1247). Es más: afirmar que el fragmento no es apto para expresar la totalidad, significa presuponer que el discurso prolijo la 20


contenga toda. Éste tiende, además, a ocultar las rupturas del ser mientras «el fragmento es el medio de expresión del que aprendió que el hombre vive entre fragmentos» (Nuevos escolios II, 1137). Entonces, el quebrar su obra en aforismos es sólo la estrategia expresiva de un pensamiento que intenta alcanzar el todo: «Mis breves frases son los toques cromáticos de una composición pointilliste» (Escolios I, 69). Para quien sabe leer, y sólo para él, el conjunto de los toques cromáticos brinda una visión de la totalidad. Las citas que se encuentran en el exergo de los Escolios son otras tantas aclaraciones de esta filosofía puntillista. Como los versos de Shakespeare (The Rape of Lucrece, 1427-1428): A hand, a foot, a leg, a head, Stood for the whole to be imagined. Una mano, un pie, una pierna, una cabeza dejan el todo a la imaginación.

O, asimismo, la carta del 8 de enero 1888 que Nietzsche escribe desde Niza a Georg Brandes, el primer descubridor danés de su obra: «Aquí se trata de la larga lógica de una sensibilidad filosófica bien determinada y no de una mezcla confusa de cien paradojas y heterodoxias arbitrarias». De aquí la invitación de don Nicolás: «Filosofía pointilliste: se pide al lector que gentilmente haga la fusión de los tonos puros» (Notas, 332).

7. La inteligencia como patria Esta discreta actitud de escritura, de pensamiento y de vida brota del simple ejercicio de la inteligencia. «Imposible me es vivir sin lucidez» (Notas, 15), confiesa Nicolás 21


Gómez Dávila, invitándonos a vigilar incansablemente y a combatir la somnolencia de la razón: «Debemos forzarnos a la lucidez, para evitar que las cosas resbalen sobre nosotros como sobre una piedra aceitada. Que ante todo espectáculo, enfrente a cualquier circunstancia, el espíritu se asome a sus propias ventanas, los ojos abiertos, dilatadas las narices» (Notas, 222). Vive en constante lucha contra la banalidad de lo cotidiano que anestesia y esteriliza: «Lo que adormece las actividades del espíritu y lentamente lo induce a vivir como un autómata, lo que le hace perder el sabor y el sentido de la vida inmediata, lo que lo conduce a un vano palacio de conceptos vulgares y de costumbres tontas, es la vida de todos los días con sus quehaceres habituales, sus necesidades ordinarias, su actividad superficial, su intensidad ficticia» (Notas, 23). Lo que nos corrompe es la paz del día. A tal punto que la escasa vigilancia merece un juicio casi moral: «Toda la habilidad del mal está en transformarse en un dios doméstico y discreto, cuya presencia ya no inquieta» (Notas, 149). Por eso la exhortación dirigida ante todo a sí mismo para no bajar el umbral de la vigilancia crítica, para alimentar hacia cada asunto la carcoma de la interrogación y la sospecha: «Pensar suele reducirse a inventar razones para dudar de lo evidente» (Escolios I, 80). De aquí su incansable batalla contra la somnolencia de la razón, que acecha aún a las mentes más refinadas e inclusive al filósofo: «Las ideas tontas son inmortales. Cada generación las inventa nuevamente» (Escolios II, 518). De aquí su inquebrantable conciencia y voluntad de pertenecer a una aristocracia muy especial: la aristocracia de la inteligencia. Nicolás Gómez Dávila sabe también que se trata de una pertenencia particular, que otorga cierto arraigo y firmeza: «La inteligencia es una patria» (Notas, 251). Pero una patria que no se posee de una vez por todas. Hay que conquistarla día tras día. Desde la cima de esta 22


posición, declara con un toque de arrogante superioridad: «Las ideas tiranizan al que tiene pocas» (Escolios I, 343). O: «Para que la idea más sutil se vuelva tonta, no es necesario que un tonto la exponga, basta que la escuche» (Escolios I, 367). O también: «Para castigar una idea los dioses la condenan a entusiasmar al tonto» (Escolios II, 742). Y aún más: «Nada más superficial que las inteligencias que comprenden todo» (Escolios II, 847). Por tanto, hay que estar siempre alerta porque «la frontera entre la inteligencia y la estupidez es movediza» (Sucesivos escolios, 1329). Asimismo, de la inteligencia Nicolás Gómez Dávila conoce no sólo las incomparables ventajas, sino también las insidias y deslices. Es verdad que la inteligencia es un lugar de permanente juventud: «Si el genio es la infancia que dura, la inteligencia es la juventud que no muere» (Notas, 44). Pero es también verdad, desgraciadamente, que no se presenta con un aspecto bondadoso y soleado, sino con un rostro ceñudo y desconfiado: «La inteligencia no se manifiesta con un gesto de acogimiento y de cariño. La inteligencia es aleve y traicionera, recelosa y desconfiada, siempre comienza por repeler y refutar, siempre rechaza y siempre protesta» (Notas, 18). Además, su fuerza tajante es comparable sólo a su esterilidad: «La fecundidad espontánea de la inteligencia es un don concedido a pocos» (Notas, 114). Y si sólo se ejercita para su propio fin, puede convertirse en una prisión, como Gómez Dávila a veces parece temer: «Horror de girar, como un animal enjaulado, dentro del recinto de mi propia inteligencia» (Notas, 324). Esto lo conduce a reformular sutilmente las ideas socráticas del «saber de no saber»: «No pensar sino de acuerdo con nuestra ignorancia es la primera norma de la moral de la inteligencia» (Notas, 76). Y de armarse de una ironía reflexiva: «Si la ironía consiste en pensar que la verdad es precisamente lo contrario de lo que estamos pensando, 23


pero que no basta invertir nuestro pensamiento para captarla –así como la acera de enfrente es aquella en que nunca estamos–, pido que se me admita como ironista» (Notas, 229).

8. Crítica de la razón erótica La agudeza exasperada, paroxística, se arriesga a empujar la inteligencia y lanzarla hacia lo abstracto. Pero hay un correctivo, un contrapeso: la carne en su insaciable apetecer, la vida como «el excitante más potente» (Notas, 201). Pues la carne tiene vivo el fuego de la inteligencia, alimenta su llama, su deseo, su sed. Con su fuerza de gravedad atrae la inteligencia hacia la sensualidad. Sin carne y sin vida la inteligencia se agota en el vacío de su esterilidad: «Mejor no ser nunca nadie, mejor no ser nunca nada que matar en nosotros el deseo, que extinguir nuestra sed» (Notas, 23). Pues «el deseo es padre de las ideas» (Notas, 273). Por su parte, la sensualidad sin inteligencia queda inconclusa, bruta, ciega. Entonces podemos decir: «La inteligencia que olvida o desprecia los gestos voluptuosos desconoce la densidad que presta al mundo la oscura presencia de la carne» (Notas, 20). Y también vale la afirmación recíproca: «La voluptuosidad auténtica prolonga en esquemas intelectuales la conmoción física en que nace» (Notas, 172). De esta forma «no habremos aprendido a gozar sensualmente el mundo sino cuando el gesto que palpa se prolongue en arabesco de la inteligencia» (Notas, 175). Esto significa que inteligencia y sensualidad, cuando alcanzan el perfecto equilibrio, coinciden: «En un alma perfecta, el placer perfecto no es más que el conocimiento perfecto» (Notas, 171), pues «percibir, contemplar y conocer son los grados del placer» (Notas, 172). Y tal coincidencia permite una 24


analogía y una anagogía o bien una comparación y una elevación: «La verdad es a la inteligencia lo que es la dicha a la sensibilidad; la verdad es la dicha de la inteligencia» (Notas, 179). Por tanto, la obra filosófica perfecta no puede ser sino «una metafísica sensual» (Notas, 216), capaz de salvar «la riqueza densa y sensual del mundo» (Notas, 125). Todo esto no sólo en la teoría, sino también en la práctica y en la existencia concreta. Detrás de la intuición fulgurante de Nicolás Gómez Dávila hay siempre una situación real de vida, un problema, una luz o una sombra efectivamente vividas. Detrás está siempre él mismo. Esto es también válido para la tensión polar entre inteligencia y sensualidad, como don Nicolás confiesa: «Siento que mi existencia sólo tiene dos puntos de plenitud y de equilibrio. […] Mi ser se cumple sólo en la yerta cumbre de la idea o en el valle bajo y sofocante del erotismo. La meditación más abstracta sobre el espíritu, sus normas, sus principios, o la tibia selva de los gestos voluptuosos. Sólo me conmueve el lívido amanecer que me encuentra desesperado ante el problema insoluble o ante el cuerpo inviolable, que ni su complicidad traiciona» (Notas, 111). Contemplando el espejismo del punto de equilibrio entre espíritu y sensualidad, nunca alcanzado, y quizá para él inalcanzable, Nicolás Gómez Dávila profesa una profunda admiración por aquel que es capaz de acertarlo. Colette, por ejemplo: «La prosa de Colette logra el más noble equilibrio clásico, pues expresa la voluptuosidad más evidente por medio de la inteligencia más lúcida» (Notas, 153). Es también que la mano que no supo acariciar no sabe escribir. Hay, sin embargo, que tener cuidado. Es menester evitar firmemente los excesos de la voluptuosidad: «Lejos de agotar la sensibilidad, el abuso la irrita, le enseña la impaciencia, y la induce a un más crudo apetito» (Notas, 109). 25


O sea, la empuja a un desequilibrio, a un vértigo, a un abismo. Especialmente cuando se trata de aquella potente manifestación de la sensibilidad que es la sexualidad. Una fuerza mágica que ejerce sobre todos los seres vivientes una atracción irresistible, y que representa para el hombre una oportunidad y una tentación: una oportunidad de elevación espiritual y una tentación de decadencia y de perdición. Se incluyen aquí los escasos pensamientos de Gómez Dávila sobre la mujer (Notas, 70, 177, 179-181, 195, 203, 249, 253, 268, 323). Éstos deben ser leídos con prudencia y cautela y, antes que nada, con el conocimiento de que «todo pensamiento sobre las mujeres es una trivialidad envuelta en una grosería» (Notas, 203). En la más aceptable de estas trivialidades Gómez Dávila afirma: «A pesar de todo, lo más increíble de las mujeres es que pueden soportar y amar a los hombres» (Notas, 206). Pero va al fondo, al corazón metafísico del problema, cuando, casi sugiriendo que la mujer es más el pretexto que el objeto de la sensualidad, declara: «Ante un cuerpo de mujer los mayores excesos son insuficientes. […] ¡Ah! Perderse en una espesa selva tenebrosa y carnal. Aspiramos a una posesión demoníaca, pero solamente hacemos el amor» (Notas, 32-33). Tal vez sobre este pensamiento hubiese dicho más tarde Nicolás Gómez Dávila que se trata de una idea de leche: «Como los dientes de leche, existen las ideas de leche. ¿A qué edad comenzamos a cambiarlas?» (Notas, 221). Pero es un pensamiento invaluable porque llega al fondo del problema. Y cuando, como en el caso de la sexualidad, las situaciones antropológicas y los respectivos pensamientos van hasta el fondo, se tornan extremos y las explicaciones se llenan fácilmente de ángeles y demonios. «La sexualidad pura, en sus límites extremos, profiere una acusación teológica y plantea un problema de rivalidad religiosa. […] 26


La sexualidad es el refugio del hombre desposeído de Dios, el último recinto donde su desesperación se encara contra la divinidad que lo abandona» (Notas, 315). Es la obra blasfema del «Divino Marqués» la que pone en escena el problema en toda su crudeza: ¿qué otra cosa le queda al hombre, después de la muerte de Dios, sino la espantosa naturaleza de sus pulsiones? «La obra de Sade es

Nicolás Gómez Dávila en su biblioteca.


la única tentativa coherente de construir un universo rígidamente vacío de las tres virtudes teologales. El universo de Sade es el universo de la absoluta ‘finitud’» (Notas, 314315). Hay que estudiar y volver a estudiar esta obra como la más coherente antropología negativa: pues el hombre es un animal que a veces imagina ser hombre, y cuando «Dios muere, el hombre se animaliza» otra vez (Notas, 327).

Nicolás Gómez Dávila en su biblioteca. Bogotá. ca. 1975.

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De aquí la sarcástica invitación: «Propongo a alguna inteligencia seria, pero carente de ironía, la tarea de escribir una Crítica de la razón erótica» (Notas, 289). Es decir, el estudio de las condiciones de posibilidad de la ya mencionada «metafísica sensual», capaz de salvar «la riqueza densa y sensual del mundo». En ella el problema del mal radical debe ocupar una posición central. «Toda filosofía que eluda el problema del mal es un cuento de hadas para niños bobos» (Notas, 215). Sin olvidar que «hay más que un dios escondido en las secretas sendas del infierno» (Notas, 52).

9. Por qué ser reaccionario Los Escolios se condensan y aglutinan en torno a los eternos problemas de la filosofía: Dios, el alma, el mundo. En fin, todo espíritu vive de pocos temas y el talento del autor está en su hábil e inimitable orquestación. Siguiendo su método puntillista –combinado con un escandaloso dogmatismo y al gusto de la provocación sistemática– Nicolás Gómez Dávila recoge estos temas en una visión sombría y desilusionada, pero lúcida e iluminadora del desolado paisaje de la Modernidad y de sus dudas nihilistas. No es que él se complazca en naufragar en un cupio dissolvi. Al contrario, él pretende atestiguar, entre las ruinas, una verdad imperecedera, a la que su existencia se aferra: «No pertenezco a un mundo que perece. Prolongo y trasmito una verdad que no muere» (Escolios II, 858). Por eso él ataca con furor iconoclasta –con la denuncia, la sátira, la paradoja– la Modernidad entera, sus ideales, sus principios, sus presuntas conquistas sociales y políticas. Pues «nuestros odios son la exacta medida de nuestro rango» (Notas, 323). El resultado es un antimodernismo inflexible e intransigente, que brota de la inamovible convicción de que «la 29


humanidad cayó en la historia moderna como un animal en una trampa» (Escolios II, 833). A la vez esta convicción se basa en un análisis histórico tan sencillo y esencial como contundente: «El mundo moderno resultó de la confluencia de tres series causales independientes: la expansión demográfica, la propaganda democrática, la Revolución industrial» (Sucesivos escolios, 1386). Esto desemboca en la barbarie de la humanidad actual, que «destruye más cuando construye que cuando destruye» (Escolios I, 261). Por tanto, no hay que hacerse ilusiones: «Los Evangelios y el Manifiesto Comunista palidecen; el futuro está en poder de la Coca-Cola y la pornografía» (Sucesivos escolios, 1404). La Modernidad ha abierto las puertas de par en par al ingreso triunfal en la historia a los tres enemigos más radicales del hombre: «el demonio, el Estado y la técnica» (Escolios II, 514). El demonio porque es la perversión de la trascendencia. El Estado porque cuanto más crece más disminuye al individuo. Y la técnica por ser una permanente tentación de lo posible. Todo esto basado en una espantosa conjetura: «El Anticristo es, probablemente, el hombre» (Escolios I, 264). Nicolás Gómez Dávila, que cuenta entre sus propios antepasados con Antonio Nariño, el traductor al español de los Derechos del hombre de Thomas Paine, se confiesa reaccionario con orgullo consciente. Pero la suya no es una reacción en el usual sentido político del término, demasiado débil y permisivo desde su intransigente punto de vista. Es cierto que entre los volúmenes de su biblioteca se encuentran, en primera fila, los escritos de Justus Möser, el padre del conservatismo rural, y la edición rusa de las obras completas de Konstantin Leont’ev, celebre fustigador del «europeo medio» como instrumento e ideal de la destrucción universal. Además de Joseph de Maistre, Donoso Cortés y otras fuentes del pensamiento reaccionario que lo han acompañado desde su juventud parisina, 30


tales como Maurice Barres y Charles Maurras, de quienes se podría averiguar la influencia en su formación. Los Escolios aparecen como una caleidoscópica variación sobre el tema de la reacción, que delinean y circunscriben hasta enfocarlo: «La única pretensión que tengo es no haber escrito un libro lineal, sino un libro concéntrico» (Nuevos escolios II, 1255). Sin embargo, el término «reaccionario» asume aquí un significado de principio, absoluto: reaccionario es aquel que está en contra de todo porque no existe ya nada que merezca ser conservado. En este sentido el reaccionario –que no es un «soñador de pasados abolidos, sino cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas»– se considera mucho más radical que el conservador: «El reaccionario no se vuelve conservador sino en las épocas que guardan algo digno de ser conservado» (Escolios II, 496). Por lo tanto, se debe constatar: «Hoy no hay por quien luchar. Solamente contra quien» (Escolios II, 642). Ahora bien ¿cuáles son concretamente los adversarios de la reacción, aquellos de quien ella vive y se alimenta? Es claro, son: «el entusiasmo del progresista, los argumentos del demócrata, las demostraciones del materialista» (Escolios II, 783). Son, en resumen, las ideas sobre las cuales la Modernidad ha construido aquella religión antropoteísta que se conoce bajo el nombre de «democracia». También aquí hay que llamar la atención sobre la acepción del término: «Con el vocablo “democracia” designamos menos un hecho político que una perversión metafísica» (Escolios II, 804). Vale decir: la democracia moderna es para Nicolás Gómez Dávila la teología del hombre-dios, ya que ella asume al hombre como Dios y de este principio deriva sus normas, sus instituciones, sus realizaciones. Pero «si el hombre es el único fin del hombre, una reciprocidad inane nace de ese principio como el mutuo reflejarse de dos espejos vacíos» (Escolios I, 79). Son igualmente inaceptables para Nicolás Gómez Dávila las 31


recaídas de tales vacuidades sobre el plano político. Por ejemplo, el convencimiento de que la democracia sea el mejor sistema de gobierno. Al contrario, ésta parte de un punto de vista equivocado: «El error del pensamiento democrático: atribuir a cada individuo la totalidad de los atributos propios al concepto del hombre» (Notas, 278). De aquí, no se pueden derivar sino consecuencias erradas: «La democracia es el sistema para el cual lo justo y lo injusto, lo racional y lo absurdo, lo humano y lo bestial, se determinan no por la naturaleza de las cosas, sino por un proceso electoral» (Notas, 300). Además, «los demócratas describen un pasado que nunca existió y predicen un futuro que nunca se realiza» (Escolios II, 796), y esto hace que las «democracias empíricas viven alarmadas tratando de eludir las consecuencias de la democracia teórica» (Escolios II, 796). En resumen, su inconsistencia teórica produce una infinidad de debilidades empíricas: «Mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos» (Escolios I, 85). La única conclusión coherente nos constriñe a la lacónica constatación: «Vox populi… vox, et praeterea nihil». O sea: «La voz del pueblo… es una voz, y nada más» (Notas, 132). Otra diana predilecta de Nicolás Gómez Dávila es el ideal de la igualdad: «Los hombres son menos iguales de lo que dicen y más de lo que piensan» (Escolios I, 432). Y «si nacieran iguales, inventarían la desigualdad para matar el tedio» (Escolios II, 711). Hoy además, teniendo en cuenta los efectos de la sociedad metropolitana de masas, constatamos la amarga previsión de sus hipótesis: «El cristal de la civilización es fusible a una determinada densidad demográfica» (Escolios I, 794). Por lo tanto: «Las jerarquías son celestes. En el infierno todos son iguales» (Escolios II, 774). Por esta razón «sólo la muerte es demócrata» (Escolios I, 438). 32


Nicolás Gómez Dávila lanza su crítica asimismo contra todas las ideas políticas de las cuales puedan derivarse ideales y, por tanto, ideologías: pues «todo individuo con “ideales” es un asesino potencial» (Escolios I, 321). Un anatema especial merece el marxismo, aunque «Marx corona el ateísmo vulgar de su época con un gesto de orgullo metafísico» (Notas, 192). Y por consiguiente la ideología comunista: «El comunismo se ha vuelto iglesia, su doctrina dogma, sus congresos concilios, excomuniones sus expulsiones, heréticos sus disidentes y absolutismo papal su gobierno» (Notas, 193). Y al fin la socialista: «El socialismo es la filosofía de la culpabilidad ajena» (Notas, 329). La ideología aristocrático-liberal es la única que aparentemente se salva de la condena general: «Ninguna especie política me seduce tanto como la de esos aristócratas liberales, cuyo agudo sentido de la libertad no proviene de turbios anhelos democráticos, sino de la conciencia inalterable de la dignidad individual y de la lúcida noción de los deberes de una clase dirigente. Tocqueville es su más noble representante» (Notas, 245). Otro blanco de sus dardos es la confianza moderna en la perfectibilidad del hombre y en el mito del progreso. A la que él contrapone una desconsoladora pero ineludible constatación: después que «sustituyó el mito de una pretérita edad de oro con el de una futura edad de plástico» (Escolios II, 525), la humanidad «va de la mediocridad al horror y del horror a la mediocridad» (Notas, 79). Menos evidente, pero no menos decidida, es su crítica a la ciencia y a la técnica. No tanto por lo que ellas son y representan en la visión moderna del mundo, sino por la ingenuidad que han favorecido: «El hombre está creando un mundo poroso a su acción. Ya parece que a la voluntad humana nada resiste, y como en las viejas profecías milenarias quizá veremos florecer los desiertos. Pero es aquí, cuando parece que se aproxima el cumplimiento de las más 33


antiguas esperanzas, que surge desde el vago limbo, donde un Prometeo progresista la había remitido, la máscara lamentable de la tragedia humana. La ciencia se ha revelado milagrosamente capaz de enseñarnos cómo se hacen las cosas, pero incapaz radicalmente de decirnos lo que debemos hacer» (Notas, 199). El resultado es evidente: la máquina moderna es siempre más compleja, y el hombre siempre más elemental. Esta insostenible dualidad, la discrepancia entre el «saber hacer» y el «¿qué hacer?», se vuelve en pretexto para una crítica llevada al plano universal, filosófico: «La ciencia es una ontología monista, irracional, contingente y sin sentido» (Notas, 47). En cuanto al realismo en el que ella está basada en gran parte, Nicolás Gómez Dávila lo liquida con un golpe bajo: «Haber estado enamorado basta para refutar todo realismo epistemológico» (Notas, 263). En lo que se refiere a la técnica y sus sacerdotes, su sarcasmo no es menos tajante: «Los técnicos son como los gusanos que, sin saber cómo, producen seda» (Notas, 230). Al hacer un balance tan hostil y cáustico de la Modernidad, no sorprende que el reaccionario auténtico llegue a una conclusión intransigente: «Todo hombre auténticamente moderno que no se suicida a los cuarenta años es un imbécil» (Notas, 272). Aún más, en un escandaloso crescendo declara: «Razón, Progreso, Justicia, son las tres virtudes teologales del tonto» (Escolios II, 620). No hay que sorprenderse si, siguiendo este camino radical, se llega, fatalmente, a una forma de vida y de pensamiento insular. Solamente si se mantiene una posición solitaria es posible evitar el compromiso y la contaminación: «La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición» (Escolios II, 666).

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10. «Biblioterapia» A quien logra elevarse a este plano, se le abren en compensación las puertas de la literatura y del pensamiento de todos los tiempos: «La literatura toda es contemporánea para el lector que sabe leer» (Escolios I, 106). Y la lectura es el único oasis que sobrevive en el desierto que avanza de la Modernidad. Los grandes escritores y pensadores del pasado son los que nos ofrecen refugio del conformismo y de la tiranía de la mayoría. Precisamente «lo que despierta al espíritu de ese sueño dogmático del vivir común, lo que arroja al mar ignoto de los pensamientos propios, de los sentimientos originales, es la lectura» (Notas, 23). Por lo tanto, el único remedio eficaz se llama «biblioterapia»: «Un libro inteligente nos hace sentir inteligentes, como una música militar heroicos» (Notas, 340). Pues la auténtica lectura –y no la simple actitud libresca– nos obliga a abrir los ojos, a confrontar la dureza de aquello que nosotros mismos no habíamos pensado: «Leer es recibir un choque, es sentir un golpe, es hallar un obstáculo. Es sustituir a la ductilidad pasiva y perezosa de nuestro pensamiento, los inflexibles carriles de un pensamiento ajeno, concluido y duro» (Notas, 24). La lectura tiene que involucrarnos, o no es lectura. «Leer sin comprometerse no es más que una futilidad laboriosa. Todo libro debe tener para nosotros la faz indeterminada de un destino y toda lectura debe dejarnos más ricos o más pobres, más dichosos o más tristes, más seguros o más inciertos, pero nunca intactos. […] Todo libro que no encuentra nuestra secreta carne, desnuda, irritada y sangrante, es un mero refugio transitorio» (Notas, 50). Hasta la paradójica declaración: «No hay mejor sustituto al pensamiento que una buena biblioteca» (Notas, 107). Compuesta, naturalmente, de pocos libros: «Los clásicos griegos y la Biblia, leídos lentamente, con minuciosa aten35


ción, bastan para enseñarnos lo que la humanidad sabe de ella misma» (Notas, 162). Pocos, realmente poquísimos, pero más que suficientes para la biblioterapia que Nicolás Gómez Dávila recomienda y practica en primera persona: «La lectura matutina de Homero, con la serenidad, el sosiego, la honda sensación de bienestar moral y físico, de salud perfecta, que nos infunde, es el mejor viático para soportar las vulgaridades del día» (Notas, 141). Valdría la pena, aquí, echar una ojeada en su ya legendaria biblioteca, un tesoro inestimable del que emana el aura del viejo continente: infolios; rarezas; volúmenes antiguos impresos en París, Venecia, Florencia, Ámsterdam; la literatura universal desde Homero hasta Goethe; la filosofía occidental desde los presocráticos hasta Heidegger, pasando por la Patrología griega y latina de Migne. Todo, rigurosamente, en el idioma original. En los últimos tiempos don Nicolás se había procurado hasta una gramática danesa para leer a Kierkegaard directamente, sin la mediación de las traducciones.

11. ¿Qué pensar? ¿Qué hacer? ¿En qué creer? Atrincherado en su ciudadela interior, habiendo escogido la lucidez frente a todo, Nicolás Gómez Dávila custodia celosamente las fronteras de la impenetrable singularidad de la cual es soberano: «Sólo nosotros conocemos la extensión de nuestros defectos y sospechamos nuestras cualidades» (Notas, 147). La medida del éxito o del fracaso de la existencia es únicamente interior: «Nuestras manos podrían trenzar coronas y no hay para nosotros más triunfo que la solitaria ovación de nuestras almas» (Notas, 147). Ahora bien, pero si «el filósofo está hecho […] para vivir indiferente a todo» (Notas, 77), nos preguntamos: ¿Qué pensar? ¿Qué hacer? ¿En qué creer? 36


Aquí nos auxilia la filosofía. Obviamente no aquella de los historiadores de la filosofía que tiene la misión –cuando lo logra– de embalsamar las ideas. Ni aquella de la universidad donde «la filosofía meramente invierna» (Escolios II, 783). Más bien aquella perenne, ardiente, no compuesta de soluciones sino de interrogaciones que flagelan la existencia: «Los problemas metafísicos no acosan al hombre para que los resuelva, sino para que los viva» (Nuevos escolios I, 909). Conviene aquí conocer nuestras limitaciones de época: para Nicolás Gómez Dávila volvimos a caer en una de aquellas épocas en las que del filósofo no debemos esperar ni una explicación del mundo, ni su transformación, sino poder construir un refugio cualquiera contra la inclemencia del tiempo. Inmerso en el fluir destructivo del tiempo todo parece destinado a la misma transitoriedad de donde viene. En el mar del devenir aun los valores declarados inmutables parecen destinados al ocaso, y ninguna solución es definitiva: «Los verdaderos problemas no tienen solución sino historia» (Escolios I, 450). Entonces la historia, envolviendo todo, parece capaz de totalidad. Sin embargo, «la historia no resuelve ninguno de los problemas que plantea» (Notas, 89). Tal es, al menos, nuestra experiencia diaria: «Pasamos nuestra vida golpeando, siempre, a la misma puerta cerrada» (Notas, 243). Es así como todo parece naufragar en el mar del relativismo y de la duda. Contaminación histórica del ser y escepticismo existencial parecen ser las inevitables conclusiones a las que llega la finitud humana. Casi escondida entre sus glosas encontramos una confesión reveladora sobre sus maestros: «Mis santos patrones: Montaigne y Burckhardt» (Escolios I, 409). O sea: el maestro del escepticismo y aquel de la historia. Que el escepticismo tenga para don Nicolás una razón propia de ser, se evidencia en uno de los raros intentos de organización filosófica que él 37


emprende. En Notas, él clasifica cuatro posibles respuestas al problema del relativismo, es decir, de la pluralidad de las opiniones humanas: 1) «Sincrética (Herodoto, etc.), los otros no piensan de manera distinta, solamente formulan de manera distinta un mismo pensamiento, luego el objeto es uno, la multiplicidad del sujeto es sólo aparente» (Notas, 127). 2) «Dogmática (Tertuliano, etc.), los otros piensan de manera distinta por que son estúpidos, perversos o pervertidos, luego el objeto es uno, el sujeto es múltiple pero su multiplicidad no tiene justificaciones sino externas» (Notas, 127). 3) «Psicológica (Sainte-Beuve, etc.), los otros piensan distintamente, porque son psicológicamente distintos, luego el objeto es uno, el sujeto es múltiple y su multiplicidad es interior» (Notas, 127). 4) «Escéptica (Renan, etc.), los otros piensan de manera distinta porque el objeto es complejo y porque el sujeto psicológicamente diverso no considera en el objeto sino lo que le es adecuado, luego el objeto es uno pero complejo, el sujeto es psicológicamente múltiple» (Notas, 127). Aletea en la descripción de estas posiciones un aliento de escepticismo. Pero un escepticismo que no es de principio sino tal vez estratégico, metódico, o sea, dirigido a someter a la prueba de la duda certezas sólo presupuestas, tomadas de otros, de segunda mano: «Mi escepticismo no es un rechazo de todo principio, de toda norma o de toda regla, sino la imposibilidad de recibir regla, norma o principio, de otras manos, y la necesidad de crearlos lentamente dentro del proceso de mi inmediato vivir» (Notas, 61). Por lo tanto se puede decir: «Toda filosofía auténtica se construye contra el escepticismo, y por medio de él» (Notas, 304). Algo análogo es válido para el historicismo: no todo lo que sucede en la historia se consume en ella. Por ejemplo: 38


«los valores, como las almas para el cristiano, nacen en la historia pero son inmortales» (Escolios II, 661). Así que «la verdad está en la historia, pero la historia no es la verdad» (Escolios I, 257). En otras palabras, la perspectiva histórica tiende constantemente a un punto de fuga hacia la trascendencia, y la temporalidad adquiere un sentido o un valor eterno: «El interés de la historia proviene, en el fondo, de su naturaleza esencialmente anti-histórica. Ningún hecho grave, serio, grande, cesa jamás de apasionarnos, porque lo que acaeció allí, acaece perpetuamente; en el eterno presente de la historia, el eterno presente de nuestra esencia humana se manifiesta» (Notas, 89). Más allá del flujo del tiempo que arrasa, perdura lo Eterno. De aquí la insatisfacción de Nicolás Gómez Dávila con las explicaciones tradicionales de la historia que se adhieren a su inmanencia: «Ninguna filosofía de la historia ha logrado convencerme» (Notas, 20). Para salir de la aporía, él aspira a una sabiduría capaz de conjugar fugacidad y permanencia, relatividad y absoluto, inmanencia y trascendencia. Él aspira a una «sabiduría perfecta» que ame «las cosas pasajeras porque pasan y las cosas eternas porque duran» (Notas, 178). Y sobre todo aspira a una sabiduría que no quiera «enseñarle a Dios cómo se hacen las cosas» (Notas, 327). Esboza, por consiguiente, una hipótesis filosófica de trabajo basada en un concepto experimental: «La noción de experiencia total debe ser la construcción epistemológica sobre la cual conviene apoyar una filosofía de la historia que anhela salvar la riqueza densa y sensual del mundo» (Notas, 125). El problema es que después de la muerte de Dios, después del ocaso de los valores, construir algo en filosofía y por medio de la filosofía se ha vuelto difícil, si no imposible. ¿Qué filosofía puede hoy esperar ser eficaz? Entre las dos concepciones clásicas –filosofía como 39


construcción de un edificio teórico o filosofía como elección de vida– Nicolás Gómez Dávila no tiene dudas: «Que la filosofía pueda parecer a algunos como una disciplina puramente intelectual, como un conjunto de conocimientos, como un grupo de investigaciones es una singular aberración. La filosofía es una vida. La filosofía es una manera de vivir penetrada íntimamente de inteligencia y de razón, plenamente lúcida y ordenada hacia los objetos propios del espíritu» (Notas, 105). Por eso la filosofía no puede ser un simple deleite o distracción: «El estudio de la filosofía puede volverse, como la ciencia, una ocasión de divertirse y de olvidar, así, nuestra legítima tarea de pensar» (Notas, 258). Pensar, para un ser que piensa, es vivir: «El pensamiento no consiste en afirmar verdades, sino en vivirlas como vivimos un amor que todo contraría» (Notas, 305). Aquí, el enfrentamiento entre vida y verdad es inevitable: «La vida es la guillotina de las verdades» (Notas, 52). Así la filosofía se convierte en «el arte de formular lúcidamente problemas», mientras que «inventar soluciones no es ocupación de inteligencias serias» (Escolios II, 498): «las soluciones son las ideologías de la estupidez» (Escolios II, 526). Por lo tanto, «la verdadera tarea sistemática del filósofo» es «destruir todo sistema» (Notas, 101). Si en verdad se quiere edificar, hay que poner atención primero a las palabras y a la gramática «porque toda la filosofía está pensada en la sustancia misma de un idioma; se engendra en una materia verbal» (Notas, 31). «Una gramática insuficiente prepara una filosofía confusa» (Notas, 336). Encontramos otro obstáculo: «Es necesario analizar para comprender, pero un pensamiento vivo no avanza analizando» (Notas, 72). Y en la misma tónica: «En filosofía, probar es perder un tiempo que podríamos consagrar a pensar» (Notas, 214). El verdadero problema es que la posibilidad de una ontología parece «envuelta en la nie40


bla de excesivas dudas» (Notas, 94). Al final Nicolás Gómez Dávila debe confesar: «He visto la filosofía desvanecerse poco a poco entre mi escepticismo y mi fe» (Sucesivos escolios, 1357). Nos preguntamos entonces: en el océano de la historia ¿llegaremos alguna vez a los lejanos atolones de la verdad? La respuesta, trayendo una imagen heideggeriana, denuncia la aporía de la época moderna: «Las imágenes convergen todas hacia una sola verdad pero las rutas han sido cortadas» (Escolios I, 83). Sin embargo, es menester exhortar al hombre a una búsqueda metafísica, invitarlo al vertiginoso camino hacia la trascendencia. Pues «todo es trivial si el universo no está comprometido en una aventura metafísica» (Escolios I, 84). Al pensamiento le cabe una tarea correspondiente: «La filosofía debería tan sólo describir; pero si quiere predicar que predique lo eterno» (Notas, 45). Y ésta no es la labor de una ontología, sino de una metafísica de los valores: «¿Quién osará negar la evidencia de un valor?» (Notas, 94). Nicolás Gómez Dávila tampoco comparte la destrucción heideggeriana de la metafísica: «Tan repetidas veces han enterrado a la metafísica que hay que juzgarla inmortal» (Notas, 333). Él la concibe, sin embargo, de una manera particular: como metafísica concreta, «ciencia del instante, sola ciencia» (Notas, 141). En su propia aclaración: «La metafísica es a la vez ciencia del ser y forma de la sustancia individual; puro conocimiento de la realidad última y pura biografía de su autor» (Notas, 43). En esta metafísica concreta, «sensual», cada ser coincide únicamente consigo mismo y con su propia singularidad. Aquí, y solamente aquí, él tiene su sentido propio y su autonomía semántica. Digamos, por ejemplo, que «los labios de una mujer bonita no son hocico, ni orificio del esófago, ni siquiera aliciente del sexo, sino eso: labios» (Notas, 95). Antes bien, más que aseveraciones o constataciones de hecho, esta perspectiva metafísico-sensual su41


giere posibilidades como: «Que ese cuerpo que duerme abandonado junto al nuestro y esa dulce curva que nace de la nuca y fluye hasta el vientre no perezcan» (Notas, 82). Hasta la siguiente asombrosa evidencia: «Quizá lo único que no sea vanidad es la perfección sensual del instante» (Notas, 236). Colaboran con la filosofía en esta difícil empresa metafísica, ofreciendo resguardo de la inclemencia de los tiempos, el arte y la religión. En el imaginario de Nicolás Gómez Dávila el arte es insustituible, inevitable, fundamental: «El mundo, sin la interpretación del arte, sería como las fotografías de la superficie de la Luna» (Notas, 266). Naturalmente, no se debe olvidar que la Modernidad ha logrado corromper incluso este recurso simbólico: «El arte moderno recuerda al asno del apólogo que, cuando al fin aprendió a no comer, murió» (Notas, 304). ¿Y la religión? Ella también es insustituible, inevitable, fundamental. Aun más que el arte, pues enseña una trágica verdad que nos afecta: «El hombre es un problema sin solución humana» (Nuevos escolios II, 1172). Sin embargo, la religión no explica nada sino que complica todo. Y si en verdad la religión hace la vida más difícil, entonces «los que buscan en la religión una solución a sus problemas se equivocan. La religión no es un conjunto de soluciones, sino un conjunto de problemas» (Notas, 288). Precisamente por eso «el escepticismo no es antipático al espíritu religioso» (Notas, 246), y por ende en el océano de la fe se pesca mejor con una red de dudas (Nuevos escolios I, 927). Considerando la religión en esta perspectiva, creer en Dios se presenta como un acto filosófico y hacer filosofía parece imposible sin la fe. Para convencernos, superando nuestra resistencia, Nicolás Gómez Dávila inventa una genial interpretación del célebre principio de san Anselmo: «Credo ut intelligam. Traduzcamos así: creo para volverme inteligente» (Escolios II, 525). Y nos explica: «Dios no pide 42


sumisión de la inteligencia, sino una sumisión inteligente» (Escolios II, 835). Si le hacemos esta concesión, él inmediatamente extrae consecuencias comprometedoras: «El cristianismo no enseña que el problema tenga solución, sino que la invocación tiene respuesta» (Nuevos escolios I, 888). Y también obtiene indicaciones metodológicas para su manera particular de hacer filosofía: «Sólo nos convence plenamente la idea que no necesita argumentaciones para convencernos» (Sucesivos escolios, 1333). O mejor aún: «De lo importante no hay pruebas, sino testimonios» (Nuevos escolios I, 903). La duda siniestra de Nietzsche, este Saulo raptado por la demencia en el camino de Damasco, que ha oscurecido con su sombra negativa al mundo moderno, apenas lo roza: «La muerte de Dios es opinión interesante, pero que no afecta a Dios» (Escolios I, 408). Nicolás Gómez Dávila resuelve con una decisión perentoria el problema de la desubicación del hombre moderno anclándose a una raíz antigua: «El catolicismo es mi patria» (Escolios I, 203). Sin embargo, su adhesión no es pasiva sino que da cuerpo a un espíritu fundamentalmente rebelde. «Catolicismo» tiene para él un significado mucho más profundo que «Iglesia católica», especialmente después de que la secularización declinó la verticalidad de lo sagrado en una preocupación humanitaria horizontal que utiliza el vocabulario cristiano con fines sociales, transformando de esta manera la imitación de Cristo en una parodia de lo divino. «La religión no se originó en la urgencia de asegurar la solidaridad social, ni las catedrales fueron construidas para fomentar el turismo» (Escolios I, 84). Para él, al contrario, «la verdadera religión es monástica, ascética, autoritaria, jerárquica» (Escolios II, 529). En consecuencia, él critica con actitud escandalizada a la Iglesia postconciliar que quiere ponerse al día con la época y que, por abrir las puertas a aquellos que estaban 43


fuera, terminó por hacer huir a aquellos que estaban dentro. En este mismo sentido constata: «No habiendo logrado que los hombres practiquen lo que enseña, la Iglesia actual ha resuelto enseñar lo que practican» (Escolios I, 418). Más: «La Iglesia contemporánea practica preferencialmente un catolicismo electoral. Prefiere el entusiasmo de las grandes muchedumbres a las conversiones individuales» (Sucesivos escolios, 1400). Y peor aún: «Pensando abrirle los brazos al mundo moderno, la Iglesia le abrió las piernas» (Escolios II, 557). Naturalmente Nicolás Gómez Dávila no deja de reconocerse en el catolicismo: «Lo que se piensa contra la Iglesia, si no se piensa desde la Iglesia, carece de interés» (Escolios I, 196). Pero con una sutil y paradójica aclaración: «Más que cristiano, quizá soy un pagano que cree en Cristo» (Escolios I, 314). Sin embargo, es cierto que por encima de todo –de filosofía, arte y religión– existe para don Nicolás un Absoluto que se impone con evidencia incontrovertible: «La única cosa de la cual nunca he dudado: la existencia de Dios» (Notas, 112). Sí, pero ¿cómo? Una vez más, junto a esta perentoria y dogmática declaración, se leen las motivaciones «sacrílegas» que aclaran cuál es la prueba de la existencia de Dios para el joven Nicolás Gómez Dávila de las Notas: «A través de la belleza de una frase, de una forma, de un volumen; a través de lo que una presencia humana impone con autoridad serena; a través de su nobleza, su orgullo, su esplendor, su sufrimiento, su dicha; a través de la pasión intelectual que anhela una ascensión áspera, abrupta; es, así, a través de una dialéctica carnal que Dios aparece a mi razón, de manera tan irrefutable como deslumbra mi fe» (Notas, 339). Es decir: más que en las abstracciones teologales Dios vive y se manifiesta en la carne. A la luz de tal evidencia «hasta el ateísmo es una definición de Dios» (Notas, 344). 44


Coherente con las respuestas dadas a los tres interrogantes fundamentales –¿Qué pensar? ¿Qué hacer? ¿Qué creer?–, Gómez Dávila se ve a sí mismo: «Sensual, escéptico y religioso, no sería quizá una mala definición de lo que soy» (Notas, 246).

12. Confesiones, preferencias, idiosincrasias Con esta confesión personal entramos en la ciudadela interior de don Nicolás. Coherente con su pensamiento, él hablará muy poco de sí mismo. En los Escolios la sobriedad y la reticencia al respecto son estrictas. En las Notas, al contrario, la idea de confesar algo aún lo divierte: «Nada más vano, ni más delicioso, que hablar de sí mismo» (Notas, 112). Así, en las Notas, él mismo nos regala aquí y allá los pocos retazos disponibles sobre su vida, sus preferencias, idiosincrasias, su carácter y su personalidad. Como sea, él nos revela inocentes pero significativas preferencias literarias: «Si hubiera que elegir entre todos los libros el más grande, yo elegiría la Historia de las guerras del Peloponeso» (Notas, 280). También apunta algunas reflexiones sobre el viaje a Europa con su esposa hacia el final de los años cuarenta, cuando durante seis meses atravesó en coche paisajes, ciudades, regiones, fronteras del viejo continente. Sin embargo, Nicolás Gómez Dávila era de aquellos que –más que de un lugar a otro– prefieren viajar alrededor de su propia habitación, entre los libros de su biblioteca. De aquellos cuya vida no va de episodio en episodio, sino de capítulo a capítulo. Cuando regresa de Europa, su disposición es tal vez la que hallamos en Notas: «Todo viaje es vano si no es semejante al paseo lento y perezoso que nos introduce, con un dulce rigor, en la secreta vida de un paisaje» (Notas, 221). Pero su balance final, tan sintético como elocuente, no deja espacio para 45


ilusiones sobre lo que quedó, en Europa, de la gran cultura europea: «Viajar por Europa es visitar una casa para que los criados nos muestren las salas vacías donde hubo fiestas maravillosas» (Notas, 184). Una crítica sutil, que nos recuerda que ya no hay aquellos que Nietzsche llamaba los «buenos europeos». Ya esta raza está en vías de extinción. Y las salas donde hubo fiestas maravillosas se han vaciado. El espíritu de la vieja Europa renquea tras las aceleraciones de la colonización tecnológica del mundo. Éste fue su último verdadero viaje. ¿La razón? «No he querido viajar, porque ante todo paisaje que me conmueve, mi corazón se desgarra por no poder morar allí eternamente» (Notas, 112). La renuncia a los viajes no hace brotar en él el amor por su tierra. Con los colombianos pretendía tener en común sólo el pasaporte: «Características del colombiano: imposibilidad de lo concreto; en sus manos todo se vuelve vago; falta de moralidad; la noción del deber es desconocida; la única regla es el miedo del gendarme o del diablo; en su alma ninguna estructura moral, ni intelectual, ni social; ignora toda tradición; sometido pasivamente a cualquier influencia, nada lo marca; nada fructifica, ni dura, en ese suelo de contextura informe, movedizo, plástico e inconsistente» (Notas, 153). O también: «Creo que la única ciencia de la cual existen tratados escritos por colombianos sea la economía política; por eso dudo que sea una ciencia» (Notas, 255). No menos condenatorias son sus reflexiones sobre América Latina en general: «La mejor crítica de la colonización española son las repúblicas suramericanas» (Notas, 280). Hasta el punto de que la repugnancia lo impulsa a buscar refugio lo más lejos posible: «Cuando oigo a dos suramericanos hablar de Europa, quisiera embarcarme, inmediatamente, para Australia» (Notas, 303). Ni siquiera la considerable literatura latinoamericana parece haberlo im46


presionado. La desdeña con suficiencia: «Normalmente un escritor es un individuo que escribe bien; pero las historias de la literatura suramericana nos enseñan que un escritor es un individuo que escribe» (Notas, 292). Coherentemente, en su biblioteca no hay mucho espacio para los escritores latinoamericanos. Se notan Borges, Alejo Carpentier, Álvaro Mutis, Octavio Paz y Hernando Téllez. Tampoco don Nicolás digiere la literatura de los Estados Unidos: «La literatura americana deja de ser literatura cuando comienza a ser americana» (Notas, 322). ¿Meras curiosidades? Cierto, pero nos abren las puertas de su taller, nos introducen en las estancias recónditas de su mundo interior y nos hacen entender que su arte es el fruto de un cotidiano y torturante autoexamen. Entendemos, por ejemplo, hasta qué punto se sentiría a veces llevado, por su inteligencia, hacia la mediocridad: «He aceptado mi vida con la pasividad de una piedra, porque todo en la vida me seduce igualmente. No pudiendo excluir, no he sabido elegir, y me he contentado con la mediocre existencia concedida» (Notas, 112). O hacia la incapacidad de decidir y de actuar: «No sé si nunca tomo decisiones porque creo en la sabiduría de las decisiones que la vida toma espontáneamente o si creo en la sabiduría de la vida porque soy incapaz de tomar decisiones» (Notas, 115). Y, al final, hacia una consciente y lúcida depresión: «Días enteros pasados sin pensar en nada, sometidos a la tiranía y al capricho del momento. ¿En qué piensan los otros? Esta interrogación me parece un problema, hasta que recuerdo la oquedad en que vago días enteros como en un largo y lento lago azul» (Notas, 228). Pero, también, del fondo de ese abismo emerge, indomable, el sentimiento de superioridad que le otorga la inteligencia, disimulado apenas por una deferente modestia, en realidad alimentado por una contundente arrogancia: «La facilidad con la cual puedo pasar un día entero sin 47


pensar en nada, absorto el espíritu en cualquier trivialidad que se presente y reducido casi a la simple función de espejo, me aclara el misterio de la vida común de los hombres, cuya sin igual vacuidad debería devorarlos en arrebatos de aburrimiento y de tedio» (Notas, 158-159). Confiesa, incluso, con un cierto cinismo, limpio, abierto, evidente: «Para crear alrededor mío la zona de silencio y de tranquilidad necesaria a la vida que no quiere hallar sino en sí misma la causa de sus ocupaciones y de sus quehaceres, he encontrado útiles ante todo la buena educación y la mala fe» (Notas, 102). Virtud, esta última, muy útil en sociedad donde «el que propone una idea auténtica se siente pronto tan incómodo como si hubiera introducido un elefante» (Notas, 343). Al final, el único lugar donde valdría la pena habitar es la imaginación. Su método es la sobriedad: «Ser indiferente sin cinismo, y apasionado sin entusiasmo» (Notas, 329). Su ocupación preferida, el pensamiento: «Pensar es una ocupación tan deliciosa que nos hace soportar la mediocridad de nuestros pensamientos» (Notas, 225). Su anhelo: que la luz de la inteligencia no se debilite, y que lo sostenga, así sea por pocos afortunados momentos, con el don de la creatividad: «Quisiera obligarme a no dejar morir un solo día en la inconsistencia hebetada con que lo vivo. Quisiera que, en la noche, su esencia se concentrara en una gota pura de lucidez» (Notas, 342).

13. Nadie es profeta en su tierra Es cierto que su obra parece provenir de la nada. No tiene parangón, resulta inclasificable, excéntrica, intempestiva. «No debemos pensar para nuestro tiempo o contra nuestro tiempo, sino fuera de nuestro tiempo. Y que esto sea imposible, ¿qué importa?, pues es ante todo una 48


exigencia de principio y una regla de método» (Notas, 44). Su línea, cueste lo que cueste, es ésta: Nicolás Gómez Dávila no piensa en pro ni en contra. No piensa dialécticamente: piensa distinto. Por su pesimismo exasperante, la intransigencia de sus juicios y la escandalosa arrogancia de sus dogmas él recuerda a Cioran o a Caraco, pero no se nutre de amargura y de nihilismo como ellos, sino de fe luminosa y férreas certezas. Tiene en común con pensadores como Joseph de Maistre o Donoso Cortés la inquebrantable creencia en las verdades tradicionales, pero no la expresa en una prosa vasta y lenta como aquella del ochocientos, al contrario, su escritura está llena de ánimo, de desencanto, de rebeldía y lucidez. La manera casi clandestina como Nicolás Gómez Dávila publicó su obra, ciertamente no favoreció su difusión. Además, nemo profeta in patria: nadie es profeta en su tierra. No es que el autor haya descuidado a sus lectores. Al contrario, le es claro que sus aforismos son como piedrecillas arrojadas en el alma del lector: el problema es que «el diámetro de las ondas concéntricas que desplazan depende de las dimensiones del estanque» (Escolios I, 82). Por lo tanto, en el fondo, no importa que la idea tenga éxito o se vuelva objeto de atención: «El volumen de aplausos no mide el valor de una idea. La doctrina imperante puede ser una estupidez pomposa» (Escolios I, 72). De donde la cáustica conclusión: «Tener razón es una razón más para no tener ningún éxito» (Escolios I, 83). De hecho –a excepción de los amigos y seguidores que frecuentaban su casa para las tertulias dominicales como Douglas Botero, Alberto Lleras Camargo, Mario Laserna, Álvaro Mutis, Francisco Pizano de Brigard, Abelardo Forero Benavides, Félix Wilches, Hernando Téllez, Alberto Zalamea y otros– sus asombrosos escolios han sido ignorados durante su vida, y sólo sucesivamente, poco a poco, 49


han comenzado a afianzarse y a encontrar resonancia por doquier. Limitémonos a dos testimonios ilustres. Álvaro Mutis ha escrito que su obra es «un libro inmenso», «un territorio celosamente conservado en la penumbra» (Revista del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, LXXXI, 1988, No. 542, p. 23). De García Márquez, su caballeroso adversario, se relata un juicio proferido en privado, igualmente halagador: «Si no fuera de izquierdas, pensaría en todo y para todo como él». En Europa su obra empezó a ser leída gracias a las traducciones publicadas por Karolinger a partir de 1987. Un impulso importante vino del escritor Botho Strauss, cuya crítica del mundo actual deja vislumbrar claramente la lectura de los Escolios. Luego el escritor Martin Mosebach publicó en la Frankfurter Allgemeine Zeitung una sugestiva narración de sus visitas a Gómez Dávila. También Ernst Junger, quien admiraba su obra, la define en una carta inédita de 12 de enero de 1994 «una mina para los amantes del conservatismo». Y el dramaturgo Heiner Müller en sus visitas a la Feria del libro de Frankfurt siempre preguntaba ávidamente por nuevas traducciones de los Escolios. Con la edición publicada por Adelphi en Milán en marzo 2001 (segunda reimpresión: septiembre 2001; tercera reimpresión: marzo 2005) se ha asistido a una verdadera explosión de interés en Europa y en el mundo, alimentada por la reedición de su obra original gracias a Villegas Editores. Diarios europeos líderes –como la Frankfurter Allgemeine Zeitung en Alemania y La Repubblica en Roma– le han dedicado a la ocasión del décimo aniversario de su muerte páginas enteras. La celebración del relanzamiento, organizada en 2004 por iniciativa de la hija Rosa Emilia y de Benjamín Villegas en Bogotá, ha sido definitiva para la consagración también en su tierra. Una apoteosis que «don Colacho» –así lo apodaban cariñosamente los amigos– no había previsto. Pues confe50


saba: «No es una obra lo que quisiera dejar. Las únicas que me interesan se hallan a infinita distancia de mis manos. Pero un pequeño volumen que, de cuando en cuando, alguien abra. Una tenue sombra que seduzca a unos pocos. ¡Sí! Para que atraviese el tiempo, una voz inconfundible y pura» (Notas, 340). De vez en cuando, en noches de insomnio, hemos abierto las páginas de este solitario de Dios, hemos oído su voz inconfundible y pura, compartido su solitaria meditación. Desde entonces, su obra es nuestro libro de cabecera. Nemo profeta in patria. Sin embargo, después de haberlo descubierto, ha sido fácil encontrarlo: lo difícil, ahora, es perderlo.

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Ars brevis «La exploración literaria del continente latinoamericano, acaso pagada de los talentos descubiertos e introducidos con éxito en el círculo de la “world literature”, dejó en el camino algunas gemas preciosas. La más brillante y notoriamente ignorada es la obra de Nicolás Gómez Dávila, escritor y pensador colombiano cuyos irresistibles aforismos sugieren analogías y asonancias con la gran tradición de moralistas franceses, desde Montaigne y Pascal hasta Rivarol. Algunas frases evocan la imagen de un Nietzsche colombiano.» Franco Volpi «No conozco antecedentes en castellano de una más transparente y hermosa eficacia de estilo.» Álvaro Mutis «La obra de Gómez Dávila se compone de miles de aforismos que él llamaba “Escolios a un texto implícito” y que presentaba como notas al margen de un sistema filosófico que nunca escribió. Ese conjunto monumental, secreto y provocador constituye algo así como una “estética de la resistencia” a las ideologías y modos de vida dominantes en la sociedad moderna, desde la óptica de un declarado reaccionario que por sus magistrales desplantes puede descolocar tanto a la derecha como a la izquierda tradicionales.» Fernando Savater. «El País» Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) nació en Bogotá. A los seis años su familia se trasladó a París. Allí adquirió un gran dominio del pensamiento y las lenguas clásicas, y de la literatura europea. A los veintitrés años volvió a Bogotá. Con el paso del tiempo atesoró en su mansión una imponente biblioteca, en la que se recluía a diario para leer y escribir. A lo largo de su vida trabajó en una sabia destilación de todas sus lecturas, que tituló “Escolios a un texto implícito” (19771986). Su obra comenzó a ser reconocida gracias al impulso que recibió en Alemania de Botho Strauss y Ernst Jünger, y a la edición italiana de Adelphi.

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Escolios a un texto implícito - Nicolás Gómez Dávila  

«La obra de Gómez Dávila se compone de miles de aforismos que él llamaba “Escolios a un texto implícito” y que presentaba como notas al marg...

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