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Año VIII • N.º 8 MAYO 2010 EDITA Centro de Profesores y Recursos de Ejea Plaza Goya, 7 / 50600 Ejea (Zaragoza) Teléfono: 976 677 160 Fax: 976 677 161 Correo electrónico: cprejea@educa.aragon.es Página web: www.cprejea.com CONSEJO DE REDACCIÓN Patxi Abadía Álvarez Coordinador Asesor de CPR Ejea Eva Bajén Profesora Secundaria IES Cinco Villas. Departamento de Lengua Marta Pastor Profesora Secundaria IES Reyes Católicos Departamento de Geografía e Historia Enrique Galé Profesor Secundaria IES Río Arba. Departamento de Lengua José Sánchez Profesor Secundaria IES Ítaca. Departamento de Lengua Joaquín Bueno Profesor Secundaria IES Cabañas. Departamento de Lengua Asunción Gil Bibliotecaria de Ejea Juan Herranz Escritor Alberto Cabello Ilustrador Ernesto Navarro Ilustrador Javier Comenge Director Escuela Música de Ejea

ILUSTRADORES Chema Agustín Elena Arrese Alberto Cabello Pérez Cristina Duesca Pilar Longás María Fago Luna Rosaluz Méndiz Mejoral Cruz Navarro Ernesto Navarro Beatriz Sumelzo Gabriel Bueno Alicia Moreno PORTADA José Ramón Alastuey GESTIÓN GRÁFICA a+d arte digital, S. L. Zaragoza DEPÓSITO LEG AL Z-1692-08 ISSN 1699-3039 El «CENTRO DE PROFESORES Y RECURSOS DE EJEA» no se hace responsable ni comparte necesariamente las opiniones expresadas por los autores en los diversos artículos.


Amigos y amigas lectores:

El año del veinticinco aniversario de nuestro Centro de Profesores y Recursos (1985-2010) lo estamos aprovechando para intentar mejorar nuestros servicios al profesorado: nueva web, sala de recursos actualizada y renovada, instalación de modernas pizarras digitales interactivas, pintado general del edificio y la preparación de la publicación «25 AÑOS APRENDIENDO JUNTOS. CPR EJEA 1985-2010» que esperamos presentar el próximo 1 de Julio en Sos del Rey Católico coincidiendo con la clausura del II Foro de buenas prácticas escolares desarrolladas en los centros de nuestro ámbito. ÁGORA vuelve a salir a la calle con su número 8 y trabajaremos para que llegue ÁGORA 9. Depende de ustedes y especialmente del Consejo de Redacción que año tras año renueva su compromiso con la educación y la cultura. Mención especial merece su coordinador. Ánimo. ÁGORA 8 sigue siendo una revista de cultura, ensayo y creación literaria bien cimentada en un proyecto cooperativo, democrático y plural, liderado por un consejo que sigue abierto en su composición a toda la ciudadanía, asociaciones e instituciones. En este número damos la bienvenida a los ilustradores Ernesto Navarro y Alberto Cabello junto al Director de la Escuela de Música de Ejea, Javier Comenge. Los colegios y los institutos, los maestros y los profesores, las familias y los chicos participan activamente y cada año más en el concurso literario infantil y juvenil. La parte de la revista dedicada a los niños y jóvenes aumenta de páginas. Para el Centro de Profesores esto es básico. Así contribuimos a que ÁGORA sea

también un verdadero y útil instrumento de animación escolar a la escritura y de mejora en la competencia lingüística. Valoro como imprescindible el compromiso profesional de los Departamentos de Lengua y Literatura de los IES de Ejea y de Tauste y de todos los colegios participantes en el concurso para ofrecernos un producto inédito, original y de manifiesta calidad. El mérito es colectivo. El Centro de Profesores ha conseguido volver a contar con la complicidad del Ayuntamiento de Ejea, la Comarca de las Cinco Villas, el Centro de Estudios y la CAI para sostener económicamente este proyecto y ofrecerles 1.200 ejemplares gratuitos. Este año, la presentación oficial de este número es en la Casa de Cultura de Tauste dentro de una especial colaboración con el Ayuntamiento y la Asociación Cultural El Patiaz, en el marco de la Feria del Libro. El Centro de Profesores se siente satisfecho y orgulloso de editar esta revista porque colabora en la dinamización sociocultural del medio rural de las comarcas de las Cinco Villas y la Ribera Alta del Ebro y en ámbitos más amplios: sabemos que ÁGORA ya tiene su hueco consolidado en el mundo de la cultura de Aragón y este año, contando con la prestigiosa firma invitada de Luis Alberto de Cuenca, tenemos hasta una proyección estatal. En la familia creativa de ÁGORA cabemos todos. Os animo ya a preparar colaboraciones para el próximo número, si mantenemos las fuerzas. Gracias y a leer… despacio y bien.

Alfonso Cortés Alegre Director del Centro de Profesores de Ejea


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sumario Editorial

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Firma Invitada Luis Alberto de Cuenca

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ENSAYO Crítica Literaria Las escritoras se miran al espejo José Manuel Fanjul Díaz

sumario

Antonio Castellote o la dignidad del folletín Marcelino Cortés Valenciano

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El dietario, ¿un nuevo género literario? María José Burguete

23

Mario Benedetti: itinerario en prosa Ernesto Viamonte Lucientes

28

Dos realidades de Martín Marcos: el vecino discreto y el poeta humilde Gonzalo Mondéjar Martín

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Pensamiento y Reflexión El rincón del neurótico Joaquín Bueno

35

Maldad e imbecilidd moral Beatriz Ciria

38

Regalar razones José María Lahoz Pastor

40

«Enigmas de una conferencia: pensar post-metafísico y segunda navegación en Martin Heidegger» Jorge Calderón Gómez El muñeco que miraba desde la penumbra Gabriel Bueno y Lorenz

4

44

48

La utopía del consumidor Juan Herranz

51

¿Biodiversidad es armonía? Jesús Medrano Homobono

53

El taller de convivencia, una herramienta para la formación socioemocional Jesús Claver Giménez

57

Los contenidos curriculares en el cine español M.ª Elena López Quintana

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Historia España y sus topónimos (II) José Sánchez Usón

63

Pergúntale a Marta Ernesto Viamonte Lucientes

134

Españoles en la Segunda Guerra Mundial (V) Mariano Gracia

70

La Carta Carlos Ramone Monólogo interior Esteban Cubero Romeo

135

El tiempo y el prisionero Santiago Lasobras

136

Pasión y muerte en la Villa de Luesia en el siglo XVII Marta María Pastor Oliver La alimentación en la Historia Carlos Murillo Almuzara

75

132

80 Poesía

Miguel Hernández, un poeta necesario María José Burguete Pérez

84

Firmas invitadas Ignacio Escuin Borao Fernando Gil Villa

143

Vivir en Miguel Hernández Francisco Luis Alda

88

Colaboración especial Martín Marcos Otros poetas Susana Hernández Luis Fernández Llorente Mario Hinojosa Raúl García Hernández Eduardo Fariña Poveda Maribel Hernández del Rincón Jesús Claver Rafael Caudevilla Nogué Esteban Cubero Romero

144

Bicentenario

MÚSICA La propiedad intelectual ante el siglo XXI: Riesgos y oportunidades Pablo Moreno Sobre la creación musical: Siya, Exea, Ejea «Ciudad del Agua», un buen ejemplo Antonio Noguera

90

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CÓMIC

CREACIÓN LITERARIA

Cómic

Narrativa en castellano El faro José María Latorre

138

97

La pelota Ernesto Navarro Durá

157 163

Dos soldados, dos trincheras, una guitarra Ana Alcolea

105

Pedro y el lobo Alberto Cabello

Carta a mi tutora Silvestre Hernández

108

INVITACIÓN A LA LECTURA

Caras con luz de hoguera Ezequiel Martínez Llorente

115

El amor de las babosas Alberto Baynes

117

Jubilado vende su alma José Ramos

119

Drácul1711 María Isabel Sabariego Mediel

122

La puerta de Tannhauser Alberto Peña Córdova

127

Panorámica al atardecer Jesús Claver

131

Reseñas Literarias

169

Pilar López Martín Daniel Nesquens Sara Lombardo Navarro Enrique Galé Casajús Asunción Gil Orrios Leer para vivir

172

Eva Bajén LITERATURA INFANTIL Concurso de Narrativa y Poesía

178

LITERATURA JUVENIL Concurso de Narrativa y Poesía

200

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editorial JosĂŠ SĂĄnchez UsĂłn

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Á G O R A

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ACE ya ocho años que se creó la revista Ágora, qué deprisa pasa el tiempo. Desde entonces tres IES de la comarca han trabajado firmemente en el proyecto inicial: el «Cinco Villas» y el «Reyes Católicos» de Ejea y el «Río Arba» de Tauste, capitaneados los tres por el CPR de Ejea de los Caballeros. Gracias a la gran cordialidad y al fuerte compromiso existente en el grupo entusiasta de personas que participan en su Consejo de Redacción y gracias a la inestimable ayuda de su nutrido grupo de colaboradores y patrocinadores, el proyecto cultural que Ágora representa explica su permanencia durante este largo tiempo. Aparte de la cordialidad y el compromiso citados, también explica su pervivencia el hecho de haber mantenido unas señas de identidad muy claras desde el principio: pluralidad ideológica, libertad de expresión, visión humanista del mundo, sana racionalidad, trabajo serio, calidad de diseño e ilustración, y visión de la realidad no estrictamente localista sino más bien universalista, a pesar de estar elaborada desde una concreta comarca aragonesa. Igual de claros han estado sus objetivos desde el comienzo: ser un cauce de participación para los ciudadanos con inquietudes de las Cinco Villas en el terreno cultural y literario (narrativo, poético, teatral y ensayístico), aunque este propósito se haya sobrepasado con creces tratando de tener una proyección hacia la totalidad de nuestra comunidad autónoma. Aquí todo el que tiene algo que expresar halla su espacio: hombres y mujeres, jóvenes y adultos, profesores y alumnos, escritores y artistas consagrados y noveles, ciudadanos aragoneses o nacionales. Como la gente lo percibe, se vuelca en ella. No hay más que ver la gran cantidad de público que abarrota el Centro Cultural de la Villa cuando se presenta la revista para el mes de mayo. Por tanto, sin el esfuerzo colectivo de todos los que colaboran en el proyecto esto no sería posible año tras año.

Ágora, en una sociedad tan falta de valores humanos y éticos, tan carente de imaginación, materialista, consumista, pragmática y mediocre como la que padecemos en este momento histórico, apuesta de forma clara por los valores contrarios, es decir, por el humanismo y la ética, por la imaginación, por una sana espi-

ritualidad, por el quehacer filosófico y artístico desinteresado, por la excelencia, el buen gusto y la belleza. Así pues, la revista trataría de ser en cierta medida una modesta terapia para estos problemas del mundo que nos ha tocado vivir. Cultura, pensamiento y literatura son para nosostros fuente de placer estético e intelectual y pilares básicos para afrontar una vida plena. Los tres son el ancla que diariamente nos mantiene firmes en el turbulento océano del mundo actual. Sin tratar en absoluto de caer en la autocomplacencia, la progresión de Ágora en volumen, diseño gráfico, entidad de los colaboradores y participación de los centros educativos de la comarca es manifiesta y además dicha progresión se constata claramente en el apoyo recibido por parte de artistas y escritores de primera fila como Antonio Fernández Molina, Ramón Acín, José Luis Corral, Magdalena Lasala, Miguel Mena, Manuel Vilas y Luis Alberto de Cuenca, los cuales han sido firmas invitadas de la revista y presentadores de la misma en el Centro Cultural de la Villa. Les damos las gracias a todos ellos por confiar en nosotros. En cuanto a nuestros sueños futuros, el Consejo de Redacción sueña con que Ágora no solo sea un referente cultural importante en las Cinco Villas sino también en Aragón. Tenemos que creérnoslo y que ganárnoslo con nuestro esfuerzo cotidiano. El problema de los aragoneses es que no confiamos lo suficiente en nosotros mismos, en nuestras potencialidades, paralizados muchas veces por complejos atávicos. Siempre creemos que la creación cultural de fuera tiene más valor que la de aquí. Desde luego, nosotros no tenemos ningún complejo al respecto y apostamos por llegar culturalmente lo más lejos que podamos. El futuro, que está siempre por escribir, dependerá solo de nosotros mismos. En fin, todos los que de una u otra forma hacemos posible cada número esperamos de corazón que este sea del agrado de todos nuestros cada vez más numerosos lectores y enseguida nos pondremos a trabajar de nuevo para preparar el próximo, y será ya el noveno, a cuya elaboración quedáis como siempre todos invitados para acrecentar este gran proyecto cultural llamado Ágora, plaza pública en griego.

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Luis Alberto

de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca y Prado (Madrid, 1950), casado y con dos hijos, se doctoró en Filología Clásica por la Universidad Autónoma de Madrid con Premio Extraordinario. Es Profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Ha sido Director del Instituto de Filología y del Departamento de Publicaciones del CSIC, Director General de la Biblioteca Nacional y Secretario de Estado de Cultura. En 2007 la Comunidad de Madrid le concedió el Premio de Cultura. En 2009 obtuvo el XVII Premio de Poesía Manuel Alcántara del Ayuntamiento de Málaga. Como poeta ha publicado, entre otras obras, las siguientes: Los retratos (1971), Elsinore (1972), Scholia (1978), Necrofilia (1983), Breviora (1984), La caja de plata (1985, Premio de la Crítica), Seis poemas de amor (1986), El otro sueño (1987), Poemas (1988), Poesía 1970–1989 (1990), 77 poemas (1992), Poemas (1992), Willendorf (1992), El hacha y la rosa (1993), El desayuno y otros poemas (1993), Los Gigantes de Hielo (1994), Línea chiara (1995), Animales domésticos (1995), Antología (1995), Tres poemas (1996), Por fuertes y fronteras (1996), El bosque y otros poemas (1997), En el país de las maravillas (1997), Los mundos y los días. Poesía 1972–1998 (1999), Fiebre alta (1999), Sin miedo ni esperanza (2002), Vamos a ser felices y otros poemas de humor y deshumor (2003), De amor y de amargura (2003), Ahora y siempre (2004), Diez poemas y cinco prosas (2004), Su nombre era el de todas las mujeres (2005), La vida en llamas (2006,

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Firma invitada / LUIS ALBERTO DE CUENCA


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Foto: José del Río Mons

LUIS ALBERTO DE CUENCA / Firma invitada

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Á G O R A

Abre todas las puertas Abre todas las puertas: la que conduce al oro, la que lleva al poder, la que esconde el misterio del amor, la que oculta el secreto insondable de la felicidad, la que te da la vida para siempre en el gozo de una visión sublime. Abre todas las puertas sin mostrarte curioso ni prestar importancia a las manchas de sangre que salpican los muros de las habitaciones prohibidas, ni a las joyas que revisten los techos, ni a los labios que buscan los tuyos en la sombra, ni a la palabra santa que acecha en los umbrales. Desesperadamente, civilizadamente, conteniendo la risa, secándote las lágrimas, en el borde del mundo, al final del camino, oyendo cómo silban las balas enemigas alrededor y cómo cantan los ruiseñores, no lo dudes, hermano: abre todas las puertas. Aunque nada haya dentro. (De Sin miedo ni esperanza, 2002)

Premio Ciudad de Melilla), Poesía 1979–1996 (2006), Antología poética (2008) y Hola, mi amor, yo soy el lobo y otros poemas de romanticismo feroz (2008). Para la crítica, su poesía es en origen culturalista y minoritaria, próxima a los poetas novísimos de los años setenta, la cual se va transformando a partir de La caja de plata (1985) en una poesía experiencial de realidades cotidianas que trata de acercarse a un público más amplio. Él mismo ha hablado de dos etapas en su obra: la línea oscura de sus primeros libros y la línea clara de sus obras posteriores. Su poesía es elegante, refinada, humana, cordial, autobiográfica, cotidiana, urbana, humorística, pesimista, tierna y dura al abordar el tema amoroso, preocupada por el paso del tiempo y la muerte, cuidada al máximo en léxico, sintaxis y estructura, muchas veces en registro coloquial, escrita básicamente en endecasílabos y alejandrinos blancos o en versos libres, y con un discreto aparato retórico. En su creación se aunan exigencia estética, intertextualidad y temática contemporánea. Otros libros no poéticos son: Floresta española de varia caballería (1975), Euforión de Calcis (1976), Necesidad del mito (1976), Museo (1978), Antología de la poesía latina (1981), Héroes de papel (1990), El héroe y sus máscaras (1991), Etcétera (1993), Bazar. Estudios literarios (1995), Álbum de lecturas (1996), Las cien mejores poesías de la lengua castellana (1998), Señales de humo (1999), Baldosas amarillas (2001), De Gilgamesh a Francisco Nieva (2005), etc. Interesado por la literatura de todas las épocas y culturas, ha traducido a Homero, Eurípides, Calímaco, Argentario, Luciano, Filóstrato el Viejo, Filóstrato el Joven, Calístrato, María de Francia, Chrétien de Troyes, Guillermo de Aquitania, Jaufré Rudel, Geoffrey de Monmouth, Ramón Llull, el anó-

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Firma invitada / LUIS ALBERTO DE CUENCA


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Ensueño céltico

nimo Cantar de Valtario (1987, Premio Nacional de Traducción), Horace Walpole, Jacques Perrault, Jacques Cazotte, Villiers de l’Isle–Adam, Charles Nodier, Gérard de Nerval, Lord Tennyson, Wilhelm Hauff, etc. También ha editado a Eurípides, Boscán, Gabriel Bocángel, una antología poética de Calderón de la Barca, la Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas de Agustín Pérez Zaragoza, Rubén Darío, un texto inédito de Jardiel Poncela, sendas antologías dedicadas a poetas españoles de los años 80 y 90, etc. Además, ha adaptado para la escena La Gran Sultana de Miguel de Cervantes. Dirige la Biblioteca de Literatura Universal (Espasa Calpe) y pertenece al Consejo Editorial y al Consejo Asesor de diferentes colecciones y revistas, como Nueva Roma, Literatura Breve, Arbor y Emerita (las cuatro del CSIC), Ínsula (Espasa Calpe), Studi Ispanici (Universidad de Pisa), Trans (Universidad de Málaga), Exemplaria y Exemplaria Classica (Universidad de Huelva), etc. Asimismo es autor de numerosos trabajos de investigación, crítica y divulgación publicados en revistas de filología, literatura, historia y generalistas (Emerita, Estudios Clásicos, Nueva Revista, Cuadernos Hispanoamericanos, Insula, Historia 16, etc.) y colaborador asiduo del diario ABC como columnista y crítico desde hace un cuarto de siglo. En suma, Luis Alberto de Cuenca es un filólogo y un creador de primer orden, un clásico en vida que sin duda alguna pasará a la historia de la cultura y literatura españolas como uno de los más grandes, una figura que servirá de estímulo a las futuras promociones de filólogos y poetas jóvenes.

Celtas, pienso en vosotros esta tarde, cegado por un sol mediterráneo que no es mi sol. En vuestra deliciosa costumbre de sentiros tan a gusto en un nublado Más Allá. En las brujas que inventasteis entonces y que siguen coleando en las páginas de Dahl. En los héroes de vuestras epopeyas, capaces de viajar al Paraíso o de adentrarse en medio del Infierno con la espada en la mano. En los druidas de vuestra primitiva religión, proféticos y astrales como piedras de Stonehenge. En las hadas bienhechoras o no (que eso depende de que uno las recuerde u olvide en sus plegarias), que han brotado de vuestra fantasía. En Iseo la rubia y en Ginebra la adúltera. En Arturo y en Cuchulainn, y en Merlín de los bosques y en Tristán. Celtas, que habéis forjado los cimientos de Europa desde Hallstatt y La Tène; que hicisteis de Britania y de Galicia, de Armórica, de Gales y de Hibernia topoi de un mismo sueño compartido por quienes nos sentimos europeos (es decir, celtas, griegos y romanos, germanos y cristianos a la vez). Celtas, que habéis llevado la contraria al mismísimo Hamlet, cuando dijo que no hay nadie que vuelva de la muerte, pues no hacéis otra cosa que contarnos cosas del otro lado del espejo, ese país que conocéis tan bien. He pensado en vosotros esta tarde, abrumado por un sol de injusticia que no es mi sol. (Inédito, agosto de 2009)

LUIS ALBERTO DE CUENCA / Firma invitada

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Crítica literaria Ágora se ha esforzado desde su creación por presentar a sus lectores una sección dedicada al análisis y la valo-

Las escritoras se miran al espejo

ración argumentada de géneros, obras

José Manuel Fanjul Díaz

y autores literarios. En este número, dos géneros, como por arte de magia, se dan la mano: el dietario y el folletín. María José Burguete y Marcelino Cortés se encargan de mostrar la dignidad y vigencia de estas propuestas narrativas encarnadas en sus autores más sobresalientes. Por otro lado,

Se ha dicho que la literatura nos redime de la vida. Tal vez. Lo que sí es cierto es que sin ella naceríamos, viviríamos y moriríamos más condenados aún de lo que estamos, más esclavos aún de lo que somos.

Ernesto Viamonte se ocupa de la obra

Rosa Regás

en prosa de ese gurú de las letras hispanoamericanas, como es Mario Benedetti. Sin duda, este artículo se

Introducción

convierte en el mejor homenaje que

Ágora le podía brindar al escritor uruguayo en el primer aniversario de su muerte. Asimismo, José Manuel Fanjul nos regala una interesante exploración del alma de las escritoras a través del espejo de su propia obra publicada. No se lo pierdan. Por último, Gonzalo Mondéjar rinde un cálido y entrañable homenaje in memoriam a su paisano: el poeta burgalés Martín Marcos. Quizá hasta la fecha un desconocido para el gran público de este país, pero considerado por un autor del prestigio de Fernando Arrabal como el mejor poeta de su generación. Lean y disfruten.

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Ensayo / CRÍTICA LITERARIA

A veces solemos hacer el ejercicio de ensamblar lecturas distintas que por alguna razón han ido depositando un poso amargo o dulce en el fondo de nuestro pensamiento. Eso sí, casi imperceptible al principio, pero duradero al final, como limo sellado a las paredes de la memoria. Es lo que en mi caso ha sucedido con la lectura de algunas autobiografías de escritoras y novelas íntimas, así denominadas por la crítica literaria, de mujeres que, leídas en momentos y lugares distintos, han urdido al final una tupida red de ideas que quisiera compartir con el lector amigo y desconocido. Es como recoger mimbres en el ribazo para elaborar con mimo, y sin prisas, un canasto. Ocurre además que la literatura escrita por mujeres, no digo «femenina», ocupa un lugar relevante en el panorama literario y ya va siendo hora de que se les dedique las páginas de crítica literaria que merecen. No dudo de que se están haciendo en la actualidad estudios relevantes del caso, sobre todo desde la óptica de las mujeres, la escritora vista por la otra mujer, pero con todo aún queda un hueco inmenso para que el estudioso explique su visión de las obras. Hay, pues, camino.


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Para el caso se traen a colación las siguientes autoras y obras: Mª Teresa León, Memorias de la melancolía; Dolores Medio, Diario de una maestra; Elena Soriano, Testimonio materno; Esther Tusquets, Correspondencia privada y Carmen Martín Gaite, El cuarto de atrás. No olvidamos a otras extraordinarias escritoras como Concha Alós, Ana María Matute, Carmen Kurtz, Monserrat Roig y Luisa de Castro, que también han explorado el mismo territorio. Señalamos las cuestiones que siguen, esas ideas que al final conforman la totalidad del presente trabajo y dan sentido al mismo.

La autobiografía es obra de madurez La autobiografía, independientemente del por qué se comienza a escribir, tiene como fin recoger y explicar en cierta medida los sucesos de la infancia y juventud porque representan la historia de una escritora, su historia única e irrepetible, cuyo destino es perpetuar la memoria en las generaciones futuras. Y, por supuesto, es una obra de madurez porque es desde esa atalaya desde donde mejor se contempla el paso de la vida y solo desde ahí puede reescribirse. Este modelo lo siguen las autoras mencionadas, pero pueden tomarse como paradigma la obra Correspondencia privada, de Tusquets, y El Cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite. En efecto, desde la grave madurez, los sesenta y muchos años, la escritora ilumina toda su vida pasada: la niñez en Carta a su madre, la adolescencia y primera juventud en Carta a mi primer amor, la juventud que coincide con los estudios en la Universidad en Carta a Eduardo y, por último, aquella otra juventud más estirada, coincidente con la bonancible edad de los treinta y tantos, en la Carta a Esteban. En la primera de ellas, la autora recuerda el amor que el padre profería hacia su madre, por otro lado no correspondido suficientemente por la mujer;

Ilustración: Cristina Huesca

CRÍTICA LITERARIA / Ensayo

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recuerda así mismo lo perfecta que aparentaba ser su madre, lo mucho que le gustaba cómo vestía, en fin, su admiración hacia ella, que un buen día desaparece cuando comprendió que se trataba de una persona muy egoísta. La segunda de las cartas relata el encuentro con su primer amor, inolvidable, un profesor del Colegio alemán, veinte años mayor que ella; cuenta las andanzas por Barcelona en compañía del profesor, iluminada por entonces por esa pasión juvenil e irrepetible del primer beso. En la tercera, rememora los años universitarios y su afición al teatro, donde conoce a quien ha de ser su segundo gran amor; recuerda los ensayos en el teatro Romea, los paseos románticos por la Rambla, la asistencia al Palau de la Música, otros besos que no se sucedieron porque sus padres no consintieron que su hija saliera con un hombre pobre y, además, fichado por la policía como homosexual. Y, por último, la cuarta de sus cartas abarca un período más dilatado. Cuenta la tramitación ante el tribunal eclesiástico de la nulidad de su matrimonio, que dura poco más de un año, y la vida en común con quien fue el padre de sus hijos, Esteban, un acaudalado hombre de negocios que retorna a Cataluña empobrecido desde Venezuela. Ambos comparten más de una decena de años hasta que caen en la cuenta de que se quieren, pero que la pasión muere algún día. La obra cierra con un epílogo: la autora, en el friso de los cuarenta años, ha cambiado, ya no es la misma —ha mermado su capacidad de ilusionarse con los demás; es consciente de que el tiempo pasa y se va; aparece con toda su crudeza el fantasma de la muerte que a todos llega; y desde ahí brotan sentimientos nuevos como la nostalgia y la tristeza— y, por lo tanto, pone fin a la juventud para iniciar el otro más largo camino de la madurez, como el río deviene a descansar en el lecho de la meseta. Pero que la autobiografía es obra de madurez nos lo recuerda Carmen Martín Gaite con El Cuarto de atrás, publicada en 1978. Carmen, protagonista de la novela y trasunto de la escritora, trae a la memoria durante una noche insomne los años de su niñez, adolescencia y madurez, en la que reflexiona, entre otras cosas, sobre la propia actividad de la escritura

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Ensayo / CRÍTICA LITERARIA

o creación literaria. En definitiva, la narradora busca despertar desde la vigilia el pasado dormido, pero necesario para dar sentido a la vida presente. Comparte protagonismo con un personaje del que nada se sabe, pero de gran importancia porque actúa como el interlocutor de la protagonista. Lo curioso es que, cuando decide desaparecer, deja una pequeña caja dorada como recuerdo de su paso.

Los olores intensos y los sabores amargos de la autobiografía No es la autobiografía el género de lo innecesario; al contrario, recoge los recuerdos más vitales que quedan grabados a sangre y fuego en la retina de las escritoras. Esto explica que sea la guerra civil española uno de los temas recurrentes que vertebra las memorias, tratado ya de un modo directo o bien traído a escena a través de otros acontecimientos y recuerdos también profundísimos. Son significativos al respecto dos libros excepcionales, el de Memorias de la melancolía, de Mª Teresa León, y Diario de una maestra, de Dolores Medio. Mª Teresa León, activista de la causa republicana, comienza aceptando las bondades del modelo de la II República Española. Escribe: «comenzaban los años españoles más claros del siglo XX». En este momento la cultura resultaba plural y de altos vuelos; la política, aunque aparentemente confusa, tenía marcados los objetivos, a saber, mayor justicia y libertad para los españoles; y la economía agudizaba las estrategias para un reparto más justo de las tierras y de la riqueza nacional. Pero este idílico panorama se trunca con el golpe militar del general Francisco Franco. Mª Teresa conoce la verdadera causa de la guerra: «era la venganza contra el pueblo de los que se sintieron amenazados en sus carteras bien repletas, los que no quisieron dejar ni un terrón del dulce rostro de España a los desheredados. Era una causa de ricos, que no deseaban perder los privilegios, contra la inmensa mayoría de pobres». Desatada la ignominia bélica, los testimonios se amontonan. A veces amablemente: «sí, era el Madrid chispeante donde la broma, la canción y el desplante


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reaparecían»; otras, al más frío realismo: «¡qué mal comíamos! Aprovechábamos estas bromas para agarrar la esperanza, para olvidar las penas con la sonrisa que puede estar presente hasta en la muerte»; y otras, de un modo crudo como era la misma guerra sin tapujos ni eufemismos: «¡qué miedo se siente en una ciudad bombardeada! Cuando tiemblan los cristales. Cuando sientes que las entrañas de la calle se mueven, cuando se caen sobre el cuerpo desnudo todos los azulejos del cuarto. Yo hubiera preferido ese año de 1936 escuchar las campanas». Y añade: «cuando va a comenzar un bombardeo, los gatos desaparecen, y los perros aullan, protegiéndose junto a nuestros pies. A los seres humanos se les ponen los ojos suplicantes de niño». Las consecuencias de esta locura criminal quedan fijadas por nuestra escritora: «mi barrio se quedó llenos de hoyos enormes colmados de agua. Los árboles tenían su cabeza al pie del tronco; en el alero, el chal de una muchacha». Cierra esta fotografía atroz recordando los versos de Quevedo: «miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados». La asturiana Dolores Medio vuelca su personalidad en la protagonista de Diario de una maestra, Irene Gal. Esta es una joven profesora que anhela reformar los planes de enseñanza. Pero todo se desmorona con el desencadenante violento de la guerra civil. Irene no es una mujer analítica, especialmente al intentar explicar el origen de aquella guerra. Pero cree que el futuro será con todo mucho peor que el desencadenamiento de la muerte en el presente. El testimonio que aporta la protagonista es el de toda una época que arranca de la II República Española y llega hasta los años cincuenta: evoca la escuela situada en el pueblecito de la Estrada, en el concejo de Castrillón, la sencillez de las instalaciones y cómo los maestros debían costear la calefacción mientras los niños traían la leña, las elecciones del año 1936 que dieron el triunfo al Frente Popular, el estallido de la guerra y el asedio de Oviedo por las fuerzas nacionales, los bombardeos sobre la ciudad, la caída en manos nacionales al año siguiente, la persecución de los unos y de los otros, las cárceles atestadas de republicanos, el final de la guerra civil anunciado con el boato de la propaganda fascista, los

penosos años de la posguerra, el estallido de la guerra mundial y, por fin, el ocaso de tanto desastre. Tiene además esta evocación el regusto de la descripción de topónimos asturianos, tales como Oviedo, lindante con el campo verde, la Universidad, junto a la calle de San Francisco, la Estrada, pueblo del concejo de Avilés, Gijón, que se asoma a mirar el Cantábrico, o la mención del puerto de Somiedo, terruño de los antiguos vaqueiros de alzada.

Especificidad o no de las autobiografías Encuentro que las autobiografías reseñadas disfrutan de varias singularidades que las hacen diferentes a otras del mismo género. En primer lugar, las escritoras aludidas deciden escribir la autobiografía a partir del desencadenamiento de un hecho trágico o agónico que ha producido un fuerte impacto en sus vidas, es decir, escriben movidas por alguna vivencia que provoca una crisis profunda que las afecta para el resto de sus vidas; mientras que en el caso de las biografías masculinas el punto de partida es la paráfrasis de una vida más o menos normal, juzgada desde un estado actual complaciente o de éxito personal. Es un ejemplo de ello Testimonio materno, de Elena Soriano, cuyo presunto suicidio del hijo arranca en la madre la voluntad de explorar el mundo y las circunstancias que rodearon su muerte. Idéntico supuesto es el de Mª Teresa León, que debe soportar la dolorosa experiencia del destierro, una vez acabada la guerra del 36, y que le sirve de catapulta para redactar Memoria de la melancolía. Otra de las singularidades es que el punto de vista del narrador adopta la primera persona «sui generis». Ellas escriben sobre sus vidas desde el «yo» más absoluto e irreductible, como un ente exclusivo y diferente de todos los demás. Eso sí, se trata de un «yo» que aspira en su vocación no solo a comprenderse, sino a ser comprendido y de ese modo encontrar la integración en la sociedad a la que pertenecen, es decir, se parte del «yo» y se llega al «nosotros». Los casos mentados en el párrafo precedente ilustran esta cualidad especial.

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Característica común es también la reflexión que se produce alrededor de ellas mismas y sobre sí mismas, aprovechando la sucesión de acontecimientos que forjan sus vidas, es decir, se aplican con lupa a mirar los entresijos de su vida. Particularmente intensos son el autoanálisis y la reflexión de Elena Soriano, que, tras la muerte del hijo, se plantea todas las dudas acerca de si su pensamiento y modo de dirigirse en la vida han sido los mejores para su hijo. Tal es así que la obra es en buena parte un espejo que la autora dirige a su alma para, a manera de un cirujano que penetra en los tejidos del paciente, dar respuestas a sus innumerables dudas vitales.

rintos humanos de quienes las cuentan. Este ha sido un género muy habitual en la tradición masculina, pero no tanto en el otro lado. Por eso, además de los valores estéticos propios de una obra literaria, tienen el valor añadido de la valentía y el coraje demostrado ante un público variopinto, que no se sabe cómo puede responder ante determinadas posturas, hechos y gestos femeninos. No debe olvidarse que la incorporación de la mujer al mundo de la literatura es relativamente temprana y que esta conquista, como las demás, ha sido resultado de una batalla de afirmación personal y de un vivir contracorriente en un escenario adverso.

Por último, destaca como rasgo común el halo de ternura que recorre cada una de las obras reseñadas. No tiene por qué ser un tópico, ni siquiera un contravalor que pudiera perjudicar a cualquier escritora. Todo lo contrario, resalta como cualidad muy favorable e importante que la literatura hecha por mujeres rezume este sentimiento, esto es, que las autobiografías femeninas sean capaces de reflejar y transmitir la ternura como un valor natural que no debe ser silenciado por ilógicos prejuicios. En este sentido resultan ejemplares las páginas iniciales de Testimonio materno, de cómo el suceso trágico de la muerte del hijo, contado con un estilo crudamente realista, es atemperado por la brisa dulce de la madre que transforma aquella escena mortuoria. Escribe: «en aquel momento me sentí sobrecogida por un enorme respeto hacia mi hijo. Pasé mi mano por su brazo. Al tocarle, sentí plenamente la profunda identidad de nuestras carnes». O cómo en Memorias de la melancolía la autora hace algunas reflexiones acerca de su madre, contempla su cara y sentencia: «besé tu imagen y me senté a quererte».

No creo en la existencia de una literatura masculina y otra femenina, sino simplemente en la literatura como acto creador del ser humano. Pero, en mi opinión, las autobiografías mencionadas presentan peculiaridades de las que carecen otras escritas por hombres —motivo que las explica, «yo» irreductible que sale en busca del «nosotros», autoanálisis profundo, intensa y dolorida ternura—. Esta cuestión añade un hechizo sutil que nos funde todavía más en las narraciones precedentes. O, al menos, así lo pienso y siento.

Conclusiones En esta ocasión he recorrido algunas obras de escritoras indiscutibles que tienen en común el ser narraciones que ponen de manifiesto las vidas de las autoras, autobiografías que desnudan los labe-

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Bibliografía CABALLÉ, Ana, La autobiografía escrita por mujeres: los vacíos en el estudio de un género, artículo publicado en Las mujeres escritoras en la historia de la Literatura Española, UNED, Madrid, 2002, págs. 141–152. MONTEJO GURRUCHAGA, Lucía, Las mujeres escritoras de los años cincuenta: al margen de las tendencias dominantes, ibídem, págs. 153–166. CASTRO GARCÍA, Mª Isabel, La novela contemporánea de mujer (1975–2000). De la ficción, ibídem, págs. 167–188. MASANET, Lidia, La autobiografía femenina española contemporánea, Madrid, Fundamentos, 1998. BIRUTÉ CIPLISJAUSKAITÉ, La novela femenina contemporánea (1970–1985). Hacia una tipología de la narración en primera persona, Barcelona, Anthropos, 1988.


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Antonio Castellote o la dignidad del folletín* Marcelino Cortés Valenciano

DE LITERATURA Y METALITERATURA Una de las dificultades intrínsecas del panorama literario actual se encuentra en la inflación de títulos y autores que periódicamente inundan el mercado editorial. A este panorama hay que sumar a todos aquellos que no forman parte de este mercado y que aprovechan las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías para puentear los filtros editoriales. En esta tesitura el principal problema ante el que se encuentra el lector es el de saber elegir. De entre todo este marasmo literario es lógico que llame necesariamente la atención el hecho de que un escritor dotado de un pulso narrativo extraordinario y de un versátil y prodigioso manejo del lenguaje se proponga recuperar y actualizar un género antiguo como el folletín y que, además, asuma el riesgo de escribirlo a la antigua, es decir, andando sobre la cuerda floja del que día tras día tiene que suministrar material narrativo a la imprenta. Esto es lo que viene haciendo en los últimos años el escritor turolense Antonio Castellote desde las páginas de El Diario de Teruel. El lector que se acerque a leer a Antonio Castellote contará con un plus adicional que no encontrará en otros escritores. Gracias al blog del autor, además de leer su obra, podemos compartir también sus dudas sobre el proceso de creación del folletín, conocer sus sensaciones tras la escritura, comentar sus primeros borradores, estar al tanto de los materiales gráficos y documentales sobre los que teje la narración y conocer sus reflexiones sobre el género. En definitiva, todo un ejercicio de metaliteratura en donde se ve la cocina del producto que al final se va a saborear.

* Las ilustraciones del artículo son obra de Juan Carlos Navarro, habitual ilustrador de la obra de Antonio Castellote.

Pero antes, presentemos a la persona de la que vamos a hablar en las siguientes líneas y conozcamos su obra.

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EL AUTOR Y SU OBRA Antonio Castellote (Teruel, 1965) es licenciado en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y ejerce la docencia como profesor de Lengua Castellana y Literatura en un instituto de Fuenlabrada (Madrid). Es columnista habitual en el periódico El Diario de Teruel y desde abril de 2005 mantiene un excepcional blog de carácter literario y ensayístico bajo el lema Bernardinas (http://bernardinas.blogspot.com/). En él se puede encontrar, además de los enlaces a los folletines que luego comentamos, un surtido florilegio de crítica literaria sobre narrativa procedente de distintas literaturas (española, hispanoamericana, inglesa, norteamericana, rusa…), así como artículos de actualidad, traducciones de las Geórgicas de Virgilio y cómo no, un ramillete de entradas dedicadas a Teruel. Entre otra obra narrativa Antonio Castellote es autor de cinco folletines que han ido apareciendo en el Diario de Teruel durantes los meses de verano y que van a ser el objeto central de nuestro artículo: Fabricación británica (2005); Los ojos del río (2006); Una flor de hierro (2007); Otoño ruso (2008) y La enfermedad sospechosa (2009)1. Todos ellos han sido ilustrados por Juan Carlos Navarro. Los lectores de Ágora han tenido ya la oportunidad de conocerlo. En el número 7 de la revista Antonio Castellote publicó un artículo titulado «Las fiebres ondulantes» (pp.65-67) en el que ofrecía una cronografía del Teruel modernista a través de su principal artífice, el arquitecto tarraconense Pau Monguió.

LOS FOLLETINES

Maestrazgo turolense durante la primera guerra carlista —concretamente en el año 1837— mientras acompaña a Lewis Gruneisen, el primer corresponsal de guerra de la historia. Además de retratar a los pintorescos personajes de la corte del rey Carlos María Isidro, Charles Lamb sufrirá una doble herida: la física, provocada por un disparo que le gangrenará la pierna, y la sentimental, provocada por el amor imposible entre el dibujante inglés y una subyugante gitana pelirroja. La obra lleva por subtítulo Un folletín romántico y en él aparecen, efectivamente, algunos de los más acrisolados motivos románticos, pero modulados por una cuidadosa elaboración literaria. Al respecto de este romanticismo el autor comenta: «En cuanto a lo de ser un folletín romántico, creo que tampoco habría escrito nunca nada tan romántico si no hubiese sido en forma de folletín. Es algo que como tema para una novela normal siempre se deja para otro momento. En todo caso, desde el principio lo tomé por el lado más decadente, como una pose, la de quien diseña sus sentimientos en función de la estética de su personaje»2.

Fabricación británica

Fabricación británica apareció a lo largo del mes de agosto de 2005. En el folletín se narra la peripecia del dibujante inglés Charles Lamb por las tierras del

1. El primero de los títulos, Fabricación británica, fue publicado en 2007 por la Editorial Certeza (Colección Redallo, nº 8). En breve aparecerá también publicada su novela corta Los toros en invierno en esta misma editorial. 2. «Una novela», Bernadinas, martes, 22 de mayo de 2007. 3. Ibídem.

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Como declara el propio autor, nos encontramos ante un auténtico folletín en la acepción originaria del término: «Es verdad no sólo porque se publicó en forma de folletín, sino, sobre todo, porque fue escrito en forma de folletín. Costó el mismo tiempo escribirlo que leerlo. Cada tarde del mes de julio iba colgando un capítulo nuevo en el blog, y el primero de agosto empezó a publicarse en el periódico. Desde luego que llevaba meses dándole vueltas al asunto, pero el acto físico de la escritura puedo decir que sí duró los mismos días que el de la lectura»3.


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Los ojos del río El segundo folletín se publicó en el estío de 2006 y transcurre en el Teruel actual y en sus alrededores. Entre sus ingredientes se encuentran las complejas relaciones de una familia, la dialéctica entre la conservación del río y su explotación, la omnipresencia de los fósiles, la nieve que cerca a los personajes y propicia el desenlace y un pasado reciente que palpita en el fondo de la trama y que se guarda conservado en «en un frasco de melocotones relleno de formol». En analogía con lo que ocurre con los ríos que «en la cabecera van más finos y al llegar al valle se ensanchan», la historia cobra una extraordinaria densidad a media que va llegando a su cierre. La clave de este folletín se encuentra en la focalización narrativa: los hechos los conocemos —pero también los desconocemos— desde el punto de vista de Balbino, un guardia fluvial a punto de jubilarse, que cuenta la historia en primera persona, desde un pasado recientísimo y con grandes ráfagas de

corriente de conciencia. Esta estrategia narrativa hace de Los ojos del río el folletín más arriesgado de todos los que ha escrito Antonio Castellote. En virtud de esta misma focalización, el lenguaje (el habla turolense, el registro fraseológico popular y el léxico rural dotado de valor antropológico) emerge como uno de los verdaderos protagonistas de la obra. Una flor de hierro El punto de arranque del tercer folletín de Antonio Castellote se encuentra en el folletín anterior: «Si en algo creo que he sido fiel a lo que me propuse» —confiesa el autor en referencia a Los ojos del río— «es en el lenguaje de Balbino. Pero también es verdad que he salido un poco harto de tantas limitaciones. Acabo el folletín con sed de borrachera verbal, con ánimo juguetón paronomásico, y con ganas de iluminarlo todo con luces de colores»4.

4. «Folletín, 2», Bernardinas, miércoles, 16 de agosto de 2006.

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Esta luminosidad es la que inunda de cabo a rabo Una flor de hierro. En este folletín se identifican —administrados en las dosis adecuadas— los ingredientes que componen una brillante cronografía del Teruel modernista: el regreso de Pau Monguió a la ciudad, los herreros de fragua y carbón sublimados por el arte nuevo, las enfermedades epocales, los mineros de Ojos Negros y el ferrocarrril, las mujeres rompedoras de los parámetros sociales, el credo anarquista, los residuos de la bohemia finisecular, una delicada y sutil elaboración del material narrativo y, sobre todo, un irresistible excipiente sentimental que, como quiere el propio autor, irradia el calor propio del romanticismo pero lo preserva de la cursilería. Prueba de ello es uno de los momentos supremos del folletín: la escena del capítulo XIX («Morfina») en que Raimon, el hijo de Monguió, observa atónito la lágrima que derrama Rosser —la heroína del folletín— cuando está sumida en el lecho del dolor. Otoño ruso

Otoño ruso, publicado en el verano de 2008, supone un cambio sustancial con respecto al anterior. En primer lugar, por el cambio cronológico que nos acerca de nuevo al Teruel de ahora mismo, al de las personas que escuchan las tertulias radiofónicas y comentan la actualidad, al de los inmigrantes que vienen de muy lejos con sus tabardos y a la realidad docente que se cuece en las aulas. En segundo lugar, porque el autor se diluye en una omnisciencia anclada en un presente que actualiza constantemente la

5. «Otoño ruso», Bernardinas, viernes, 20 de junio de 2008.

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acción. La tercera razón la explicó el autor antes de comenzar su publicación: Otoño ruso es «el final de la primera idea, dedicar un folletín a cada estación del año. Fabricación británica era (intentaba ser) romántica, ardorosa y veraniega; Los ojos del río, la historia de Balbino, sucedió en invierno, y por eso la contaba un hombre acostumbrado a la soledad y al frío, el narrador más opuesto que encontré a Charles Lamb, protagonista del primer folletín. El año pasado, la modernista Una flor de hierro sucedía en primavera. Era obvio: de todas nuestras primaveras históricas, la más florida tuvo lugar a principios del XX. A mí es la que más me gusta de las tres, y me quedé con las ganas de escribir este año su continuación veraniega. Pero no: queda el otoño, y lo que tengo que escribir durante el mes de julio es una novela de 21 capítulos con estilo otoñal. Todo, la historia, el argumento, el tono, el punto de vista, etc., está pensado para el otoño. Mi material es el otoño de las personas y de los países, de los paisajes y de la vida»5. El folletín no lleva subtítulo, pero el relato es una historia de «casi amor» entre Bernardo, un vulgar funcionario del servicio de cartografía de Fomento, y Tatiana, una rusa de unos cuarenta años, «alta, flamenca, guapetona», a quien un conejo desollado y una caída accidental con rotura de cadera juntarán por una doble vía. Una de las notas distintivas de este folletín con respecto a los anteriores es su fondo social: los accidentes laborales, la burguesía provinciana extremadamente


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cuidadosa con el qué dirán, los subempleos de seiscientos euros, la integración del emigrante en un aula. Y como telón de fondo, la gran novela rusa que se extiende como una epidemia lectora sobre los personajes. La enfermedad sospechosa

motivos más indisolublemente asociados al género, sin olvidar, claro está, los guiños románticos a Víctor Hugo o a El Conde de Montecristo. El subtítulo Folletín naturalista por entregas orienta a la perfección el contenido de la trama. En el Teruel de 1885 pululan una serie de personajes anodinos pero dotados de rasgos de heroicidad: Ramón Vargas, un heroico maestro nacional que se atreve a explicar a Darwin; Amparo, una heroína romántica; su padre, el doctor Benito, que lucha denodadamente por salvar hasta la última vida; Encarnita, la huérfana embarazada; Lis, una actriz que interpreta de modo heroico; incluso el antihéroe, Julio Benito, se verá obligado a arrostrar grandes trabajos como consecuencia de sus perversiones.

El último folletín publicado hasta la fecha (verano de 2009) supone un cambio de estrategia en la composición del folletín. «No estoy seguro en absoluto de que si empiezo por los planos la cosa vaya a quedar mejor»—aclara Castellote—, «pero este año el plan de trabajo exige empezar a finales de enero y escribir un capítulo cada semana en vez de cada día, y partir de un argumento mucho más detallado en el que ya estoy metido. Vuelvo al pasado y quiero dibujar el cuadro antes de pintarlo. Será un artefacto literario en vez de un happening. No obstante, antes de empezar, lo que más me preocupa es que no se vea el apresto, que parezca que también lo he escrito a toda hostia. No dejo el método del mes febril porque crea que puede salirme mejor, sino porque eso no puede ser bueno para la salud lo mande quien lo mande. Acabo hecho migas»6.

A LA RECUPERACIÓN DE UN MODELO NARRATIVO OLVIDADO

El balance de este cambio de estrategia no puede ser más satisfactorio: para quien esto firma, La enfermedad sospechosa es el folletín más folletín de todos los que hasta ahora ha publicado, el que contiene los

Resulta digno de todo elogio el hecho de que un periódico como el Diario de Teruel se atreviera con este periclitado formato narrativo. El folletín como género literario nació en el siglo XIX asociado al

Pero el protagonista central del folletín es el cólera que avanza implacable desde tierras levantinas y genera inagotables discusiones sobre su naturaleza y su prevención.

6. «HAPPENING», Bernardinas, sábado, 20 de septiembre de 2008.

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pujante desarrollo de la prensa escrita. El folletín era el «inquilino del bajo» que ocupaba el faldón de la última página del periódico y administraba el relato a sus lectores escanciándolo en pequeñas raciones diarias. En una de las entradas del blog Castellote reconoce la singularidad de esta empresa literaria: «Por modesto que sea el empeño, no creo que suceda nada igual en ningún otro periódico del país. A principios de los noventa hubo una proliferación de folletines que con los años se han disuelto en esos bazares de píldoras de tiempo que son las revistas de agosto. En todo caso, si algún bernardino conoce algún caso semejante, le agradecería que me lo dijese»7. El encargo de escribir un folletín implica la aceptación por parte del autor de una serie de requisitos y de servidumbres. En primer lugar, supone una confianza ciega en sus posibilidades narrativas y una madurez en el oficio, pero también asumir un riesgo que muy pocos de los que se dicen escritores de raza —incluidos los consagrados— son capaces de asumir. En una de las bernardinas de junio de 2006 Antonio Castellote nos hacía partícipes de sus angustias ante la tarea que le aguarda: «Este año hay muchas probabilidades de que me la pegue. El punto de partida es longitudinal, me siento un poco funambulista»8. En septiembre de 2008, tras acabar el cuarto folletín, explicaba: «La improvisación es absoluta, y mi sensación la de ir subiendo una pared en la que siempre, sorprendentemente, encuentras un hueco donde meter los dedos de las manos y las puntas de los pies, pero que resulta un poco inquietante cuando ves que ya no hay ninguna posibilidad de volver atrás […]. Este funambulismo provoca inevitables altibajos, pero te garantiza el hecho de que nada sea previsible. No se ve la carpintería porque no la hay»9. En segundo lugar, la aceptación de escribir un folletín conlleva también aparejado el reconocimiento de la

7. «Folletín, 2» miércoles, 16 de agosto de 2006. 8. «Folletín», jueves, 29 de junio de 2006. 9. «HAPPENING», Bernardinas, sábado, 20 de septiembre de 2008. 10. «Una novela»”, Bernadinas, martes, 22 de mayo de 2007.

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humildad del género. El folletín, es cierto, no gozó en su época del reconocimiento de la gran crítica ni formó parte de la gran literatura, quedando relegado al reducto de la pseudoliteratura hasta época bien reciente en donde críticos y autores de relieve comenzaron a rescatar lo meritorio del género. En el prólogo a Fabricación británica Antonio Castellote señalaba: “El relato pertenece a ese subgénero de la literatura de esparcimiento que podríamos llamar novelucha. «¿Qué haces?», «Aquí, leyendo una novelucha», decimos, y con eso no queremos decir que sea mala o esté mal escrita, sino que nos entretiene sin exigirnos a cambio casi nada, y nos recuerda sitios por donde hemos ido, o por donde nos gustaría ir”. En tercer lugar, escribir un folletín implica conocer y manejar la técnica propia del género, es decir, la posología que prescribe la dosis exacta de narración que día a día hay que suministrar al lector. Cuando se presentó en formato de libro el primero de sus folletines el autor lo dejó bien claro: «Esta novela es un encargo, y en ello radica su gracia, si es que la tiene. Se trata de algo real. No está escrito para críticos ni para profesores ni mucho menos para lectores de editoriales, sino para un ciudadano indeterminado que el día uno de agosto perdió diez minutos, mientras tomaba un café, en leer el primer capítulo. Para conseguir que ese ciudadano no específico aguantase la mirada durante 150 líneas y al día siguiente le apeteciese repetir la operación, lo primero que había que dejar a un lado era las ambiciones literarias, y lo primero de lo que había que echar mano era del sentido común narrativo. En un periódico pequeño, y en el mes de agosto, no puedes escribir lo que te dé la gana. En realidad no cabe casi nada de lo que modernamente se suele admitir como novela, ni las largas reflexiones ni las amplias preparaciones ni los diálogos inacabables. 150 líneas. Nada más, y cada día debe tener sentido por sí mismo. Cada día es un vagón del mismo tren pintado con motivos diferentes. El juego entre capítulo autónomo e historia continuada reclamaba constantemente demasiados recursos como para ponerse estupendo. Para que la novela funcionase, en fin, había que ser extremadamente humilde y saber que estaba escribiendo un folletín, una novelucha»10.


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El dietario, ¿un nuevo género literario? María José Burguete

Diarios y dietarios, al igual que autobiografías, epistolarios y libros de viajes, sacan a la luz una parcela de la vida privada del escritor permitiéndonos a los lectores indagar en ella. Vivimos con la única compañía de nuestros recuerdos, que son nuestra verdadera esencia. El ejercicio de autoanálisis, el recordar, nos ayuda a conocernos y a sobrevivir. Esta indagación del «yo» en ocasiones se transforma en escritura adoptando diversidad de formas interrelacionadas entre sí. Así, la necesidad de anotar un pensamiento o lo que ha ocurrido antes de que las prisas diarias nos hagan olvidarlo, nos hace escribir un diario-dietario. El deseo de comentarlo con un amigo lejano nos lleva a usar la carta. En un momento dado de nuestras vidas queremos reflejar nuestro paso por el mundo escribiendo nuestra autobiografía o nuestras memorias. Y, por último, en ocasiones, tras haber conocido otras tierras, sentimos la necesidad de plasmar esas nuevas experiencias componiendo un libro de viajes. Enric Bou en su obra Papers privats1 se plantea si estamos ante un nuevo género con su propia poética o ante un modo que toman los otros géneros. Para ello, intenta establecer unas bases de la poética del «yo». Un rasgo evidente que comparten memorias, autobiografías, cartas, dietarios, diarios y libros de viajes es la combinación de diversidad e individualidad. Por otra parte, en los géneros establecidos, novela, teatro o lírica, en ocasiones se eligen para su composición rasgos autobiográficos. Estamos, pues, ante una zona de la literatura que presenta una gran vitalidad y de difícil adscripción como género literario.

1. Papers privats. Assaig sobre les formes literàries autobiogràfiques, Barcelona, Edicions 72, 1993.

La narrativa actual está relacionada inevitablemente con los otros géneros «extraliterarios» —cartas, diarios o confesiones…— que recogían la verdad de la vida diaria. Ejemplo evidente es la obra de Juan

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Ilustración: María Luna Fago

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Goytisolo, en la que se combina la novela tradicional y la literatura del «yo». Gonzalo Navajas estudia ese uso del «yo» como uno de los rasgos de la narrativa posmoderna2. La abundancia de textos ya sean autobiográficos o que usan el «yo» personal se debe, como él mismo expone, al hecho de que actualmente se tiene la conciencia de que ese «yo» es conocible por sí mismo y transmisible a los demás3. ¿Quién, cuándo y para qué se escriben estos textos? La primera cuestión, la de la personalidad de quien los escribe, nos lleva a los lectores a reconocer dicha personalidad y a aceptarla, interesándonos por los retazos de vida de unos escritores y rechazando los de otros. En cuanto al motivo, podemos decir que el texto de carácter autobiográfico es un refugio en el que el autor pretende encontrarse, explicarse y explicar su visión del mundo. Miguel Sánchez Ostiz hace suyas las palabras de Mac Orlan cuando dice escribir su obra autobiográfica, novelas, dietarios y diarios —lo que él ha dado en llamar «espejos de papel y tinta»—4, para defenderse de uno mismo, de la hostilidad del mundo, de las preocupaciones, limitaciones y desconciertos de cada uno. Lo que un escritor pretende con este tipo de obras es realizar una exploración de su andadura personal y moral. Por último, cada escritor elige el tipo de obra, diario, carta, memoria…según el momento o la situación o su interés «comercial». Los géneros del «yo» se han cultivado desde la antigüedad clásica en la cultura occidental (Julio Cesar, Platón, Marco Aurelio, San Agustín, Dante, Montaigne, Rousseau, Nietzsche). Se trata de un tipo de escritura que ha ido creciendo desde finales del siglo XVIII, coincidiendo con la aparición del Romanticismo y su defensa del individuo. Vienen a demostrar la existencia de una vida interior autónoma que es interesante «escuchar».

2. Más allá de la posmodernidad, Barcelona, EHB, 1996. 3. En el cuarto apartado de este trabajo ofrecemos un breve análisis de este rasgo de la novela posmoderna. 4. «Espejos de papel y tinta», Autobiografía en España: un balance, Madrid, Visor libros, 2004, p.34.

Si cartas y epístolas privadas se constituyeron como género en el siglo XVIII —sin olvidarnos de la tradición epistolar de la cultura clásica (Plinio, Séneca, Cicerón…) ni de la epístola humanística—; el diario deberá esperar todavía un poco. Será, como decimos, la eclosión del Romanticismo, esto es, el inicio de la Modernidad, lo que haga que aumente el cultivo de este tipo de obras. La literatura ha sido escrita en el XIX por los burgueses, y en el caso del dietario, se trata —más si cabe—, de un tipo de textos propiamente burgués. Posiblemente esta sea una de las causas que explique la tardanza de su aparición en España, dada la entrada tardía y de forma rezagada e incompleta que tuvo la revolución burguesa. Tal vez este «silencio» del «yo» en España en el pasado se deba a tres causas. Dos son de carácter público: en primer lugar, el escritor al manifestar sus confesiones literarias podía comprometer su futuro político, por lo que debía o silenciarlas u ocultarlas, dadas las vicisitudes políticas del país (guerras, revoluciones, dictaduras y censura). En segundo lugar, se trata de una literatura eminentemente burguesa, y la burguesía se desarrolla tardíamente en nuestro país, de ahí que podamos explicarnos la tardía entrada de lo autobiográfico en nuestro país. Por último, hay otra razón de carácter íntimo, debido a nuestra formación moral católica según la cual se consideraba indecoroso y un acto de soberbia el hecho de hablar de forma privada y mucho menos pública del «yo». Los críticos coinciden a la hora de afirmar que la escritura del «yo» está triunfando de forma espectacular en los últimos años en las letras españolas. Desde hace unos años, escritores, editores, lectores y especialistas muestran su interés por estos textos que se cultivan con gran variedad y vitalidad. José-Carlos Mainer en su obra De posguerra (1951-1990) reflexiona sobre la reprivatización de la literatura, y considera que responde a una reprivatización de la vida económica con su exaltación de lo individual. Un claro síntoma de esta reprivatización de la literatura es la abundante publicación hoy en día de diarios, dieta-

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rios, memorias, autobiografías y novelas autobiográficas, frente a la escasez en épocas anteriores. Los dietarios, según este autor, son fórmulas propias de épocas de incertidumbre histórica: «El dietario es la fórmula para épocas de incertidumbre histórica en la que los refugios individuales cobran mayor importancia (…) en ellos se asienta la potestad del «yo» que se permite el capricho de la arbitrariedad —pues habla de lo que quiere y desde su peculiar punto de vista, y hasta donde quiere— (…) a la par que se afirma con orgullo vivir por y para la literatura» (José-Carlos Mainer, 1994, 154) Autores como Gimferrer, Miguel Sánchez-Ostiz, Adolfo García Ortega, Álvaro Cunqueiro, Andrés Trapiello, Cesar Antonio Molina, Antonio Muñoz Molina… han convertido su experiencia en materia literaria. En sus obras, junto a la comunicación privada de experiencias, reflejan reflexiones sobre política, literatura, pintura y música, mostrando una actitud que va del escepticismo de Sánchez-Ostiz al sentimiento de privilegio y un cierto desdén por lo literario que presenta Muñoz Molina. Son los nuevos regeneradores del ensayo en nuestra literatura. Así pues, el dietario ha tardado, pero por fin ha entrado con fuerza en nuestras letras. Al principio era considerado como parte de los géneros de no ficción, o como uno de los géneros del «yo», actualmente ha alcanzado categoría propia, cuya única regla es precisamente no reconocer ninguna; Xavier Pla lo define como «forma de lo informal, ejemplo de escritura librada al azar y a los caprichos del escritor. Las dificultades de sistematización del dietario son de una apasionante complejidad» (Xavier Pla, 2007, 2). Encontremos una clara preferencia entre los escritores españoles por el dietario y un cultivo mucho menor del diario. En nuestros escritores hay una exhibición mayoritaria de madurez como escritor dietarista. Los mecanismos de la ficción están más a la vista en sus obras y la selección de lo que se publica en ellas está más pendiente de la imagen

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pública del escritor que de la necesidad de un análisis introspectivo. Podemos concluir que el diario de autoanálisis, íntimo y confesional es poco frecuente en el autor español. Lo que un dietario nos presenta es la exploración intelectual cotidiana del mundo, una reflexión cultural, moral y social de la historia reciente o pasada. Si nos atenemos a la obra de Muñoz Molina, son páginas destinadas a ser leídas inmediatamente por el lector. Su lectura nos lleva a un universo personal, a un mundo interior rico en reflexiones literarias e ideológicas a partir de la vivencia moral de un hecho cotidiano o cultural. La escritura del «yo» en España prefiere este tipo de modelo narrativo en el que el autor se presenta tras una máscara detrás de un libro, de un cuadro, de una película, o de un hecho vivido; sí hay un «yo», pero se trata más bien de un «yo» literario que mantiene su esencia moral tras cada reflexión. Muñoz Molina, Sánchez Ostiz, Trapiello o Gimferrer, Martínez Sarrión, Jiménez Lozano y Puig representan al mejor dietarismo español. En ellos se mezcla la defensa de la racionalidad y la melancolía por el miedo al fracaso. Son conscientes de que la razón está en retroceso frente al poder de la realidad. El deseo de expresar estas preocupaciones mediante el dietario nos permite una identificación colectiva y nos llega a través de unas editoriales minoritarias (Mondadori, PRE-Textos o Renacimiento). Es un modo de expresar el inconformismo, el deseo de intervención y resistencia. Es precisamente eso lo que el lector busca, un compañero con el que comparte el mismo criterio moral. Cuando leemos un dietario, no estamos ante un «orador» que pretende atraer a sus acólitos, sino ante la postura de un rebelde que desconfía de los mensajes públicos. Su discurso es crítico con la sociedad analizada con una mirada lúcida, lejana todavía del rencor ni de cinismo. El dietarista rentabiliza todos los materiales que caen en sus manos relativos a su mundo y a su «yo». Es consciente de la ficcionalización de su «yo» al


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tiempo que lo es de una condición indispensable de su relato: la artificiosidad. Cuando hablamos de ficcionalización de su «yo», nos referimos no tanto a que el autor se explique a sí mismo, sino a que nos permite una aproximación a su persona dado que su mundo interior se trasparenta desde sus comentarios, sus lecturas, sus paseos… En el panorama de la literatura actual hay auténticos «adictos activos» al dietario, como Jordi Gracia llama a aquellos autores, que se ha atrevido a cultivar este género. El periodismo cultural que iniciaran Larra y Clarín, continuado por Pla, d´Ors, González Ruano, Umbral… es el que cultivan una amplia nómina de escritores (Antonio Martínez Sarrión, Valentí Puig, Enrique Vilá-Matas, Juan Fuster, Marià Manent, Josep Ferrater Mora, José Carlos Llop, Jon Juaristi, Luis García Montero, Luis Alberto de Cuenca, Javier Marías, Juan José Millás, y los más jóvenes, Javier Cercas, Juan Manuel de Prada, Juan Bonilla, Ray Lóriga…) Esta nómina tan amplia viene a confirmarnos lo que ya sabíamos, el estatuto profesional del escritor de dietarios y la dignificación ganada por el periodismo literario. El escritor de dietarios se reconoce escritor en todos los medios. Sus dietarios —publicados en ocasiones por entregas en la prensa diaria—, se publican en un momento en que hay un «boom» de obras de carácter misceláneo. Éste es un síntoma evidente de nuestra madurez literaria. El dietario es usado por cada cual de maneras diversas y en contextos diferentes. Es un modelo de escritura en la que se prima lo público sobre una cierta privacidad ñoña, teñida de una idea romántica del mundo. Se trata de unos textos en los que los lectores encontramos tratados una serie de conflictos que nos son familiares en el ambiente y contexto de nuestra misma sociedad, y sin la necesidad de participar de una vida privada que no nos interesa como tal. La intimidad en estos textos cobra un nuevo sentido como una forma de intervención pública, constructiva, dialéctica y operativa que comparten escritor y lector en un plano de tú a tú.

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Mario Benedetti: itinerario en prosa Ernesto Viamonte Lucientes

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Mario Benedetti murió en mayo de 2009. Es un escritor popular. Sus novelas y cuentos son reeditados, traducidos y, lo que es el colmo, leídos sin tregua. Su poesía, la siempre olvidada poesía, conoce múltiples ediciones y ha sido incluso musicada —Daniel Viglietti o Joan Manuel Serrat, entre otros—. Sin embargo, Benedetti no ganó grandes premios. Tuvo reconocimientos, sobre todo universitarios, y algún galardón mayor hispanoamericano, fundamentalmente. Pero nunca le concedieron el Cervantes —como a José Jiménez Lozano—, ni el Nobel de Literatura —como a Elfriede Jelinek—, ni el Príncipe de Asturias —como a Ismaíl Kadaré—. Desde luego Benedetti no ha necesitado ningún premio de semejante calibre, pero no se trata de eso, sino que es, como tantas y tantas veces, una cuestión de justicia. Y de justicia, especialmente, impartida por «la madre patria» que lo ignoró pertinazmente. Y eso que aguantó en el tiempo —murió a los 88 años— poniendo en entredicho el epitafio de Cela «quien resiste, gana». En todo caso, con o sin reconocimiento oficial —que no popular— , estoy seguro de que el porcentaje de lectores de estas líneas que se ha acercado alguna vez al escritor uruguayo es alto. ¿Qué porcentaje habrá leído a Jelinek, Kadaré o Jiménez Lozano, me pregunto? En el improbable caso de que no se conozca a Benedetti, voy a intentar trazar una personal ruta por su prosa.

Ilustración: Beatriz Sumelzo

Yo comencé leyendo sus cuentos. Benedetti es un maestro del (sub)género. En sus primeras publicaciones, Esta mañana (1949) o Montevideanos (1959), no está aún su estilo. Mejor acudir a una compilación de relatos algo posterior: La muerte y otras sorpresas (1968). Allí se encierran no menos de media docena de relatos cortos soberbios y, desde luego, uno de los más hermosos que jamás haya leído: «La noche de los feos», presente en toda antología hispanoamericana fetén. En este volumen ya tenemos al autor en forma, con una prosa reconocible y consolidada, con Montevideo omnipresente, con el compromiso político sanamente inquebrantable y con unos personajes humildes, amando y desamando sorprendidos. En esa línea son muy recomendables Con y sin nostalgia (1977), Despistes y franquezas (1989), en donde se compilan cuentos y

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poemas, y demostrando que Benedetti mantuvo el tono durante toda su existencia, Buzón de tiempo (1999) y El porvenir de mi pasado (2003). De entre sus novelas es imbatible La tregua (1960). Un relato de amor cuando ya se está de vuelta de todo, cuando se cree que lo último que se haría en la vida es amar. La ternura con que Benedetti nos relata ese amor entre un otoñal oficinista —otro lugar común de su prosa, proveniente de la experiencia personal— y una joven inesperada es de una hermosura conmovedora. El amor es motivo central en Benedetti. Ya su primera novela, Quién de nosotros (1950), nos presentaba un triángulo amoroso clásico, pero desde una personalísima visión. Como lo es también el compromiso político. El uruguayo fue uno de tantos exiliados por la dictadura de su país y siempre mantuvo una posición clara, insobornable y dolorosa. Una de sus últimas novelas, Andamios (1997), es precisamente una profunda reflexión sobre el exilio, la memoria y el regreso, es decir, el desexilio. Pero que nadie se confunda. En Benedetti hay dolor, pero también amor —claro— y humor. Similares asuntos encontramos en Primavera con un esquina rota (1982), seguramente el libro de Benedetti —y es mucho decir ya que el motivo está presente en casi toda su obra— que de una forma más intensa trata de la quiebra política uruguaya y sus consecuencias. Uno de los relatos largos más festivos es La borra del café (1992). Claudio es quizás el protagonista más entrañable de entre la amplia nómina de personajes memorables de Benedetti. Estamos ante una novela de descubrimiento de todas esas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo… Aunque en este texto me quiero ceñir solo a la prosa de Benedetti, no puedo dejar de nombrar un híbrido celebrado: su novelita experimental El cumpleaños de Juan Ángel (1971). Narración escrita en verso libre en la que se fusiona una historia épica con una forma lírica. El cumpleaños del título vertebra la evolución del protagonista, un Oswaldo que se inte-

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gra en la guerrilla y pasa a ser Juan Ángel. Hermosa es la anécdota —ejemplo de la tenue línea entre realidad y ficción— que cuenta que el Subcomandante Marcos, líder principal del Ejército Zapatista, tomó su nombre de un personaje de esta novela, Marcos, heroico guerrillero que cubre la retirada de los suyos. De ahí la fascinación del de Chiapas. Cabría hablar aquí también de las obras teatrales del autor, por ejemplo de la muy celebrada Pedro y el Capitán (1979), que es una reflexión sobre la condición de verdugo, y también de sus muchos ensayos, pero creo que para acercarse al uruguayo es más apropiado hacerlo por sus relatos —la extensión es lo de menos—, sin que la lectura de su poesía haya de causar ningún reparo. Y vuelvo al principio. Cuando el Príncipe de Asturias del Deporte se le otorgó a Rafa Nadal, se dijo que se le daba por ser un «deportista ejemplarizante». Benedetti, además de atesorar una obra inmensa —entendida en cantidad y calidad—, era un escritor ejemplarizante. De su manera de ser dice mucho una anécdota que tuve ocasión de presenciar. En mayo del 97 la Universidad de Alicante concedió al uruguayo un doctorado Honoris Causa. De paso se organizó un encuentro, que duró varios días, en el que se le homenajeó, fundamentalmente estudiando su obra, con varias salas abiertas a la vez repletas de sesudos ponentes. Una de las mañanas, muy temprano, el salón principal empezaba a funcionar. El experto de turno se afanaba en exponer su aportación. Pocos asistentes al principio y bastantes que se incorporaban a la sesión en marcha. Yo estaba en la última fila cuando vi entrar una pareja de ancianos diminutos: eran Benedetti y su esposa Luz. Ese venerable escritor, objeto allí de todo tipo de pleitesías, entró sin hacer ruido, se colocó en el primer puesto libre que vio, es decir en la penúltima fila, y permaneció atento y respetuoso, en un tercer plano —por decir algo—, escuchando lo que se decía de él, mientras estudiosos eminentes y más tardíos reclamaban su lugar preeminente en las filas preferentes. Algunos de esos que luego dan o niegan Príncipes de Asturias, Cervantes y Nobeles.


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Dos realidades de Martín Marcos: el vecino discreto y el poeta humilde Gonzalo Mondéjar Martín

«¡Ha muerto Martín!... ¡ha muerto Martín!», fue la exclamación más repetida en una pequeña localidad serrana al sureste de la provincia de Burgos una trágica tarde otoñal de octubre de 2009. Y, efectivamente, Martín Marcos, «el de Porrón» (como solemos identificar a la familia), de 47 años de edad, fallecía a consecuencia de un accidente laboral. Era uno de los operarios eventuales del ayuntamiento, un buen vecino del pueblo, que había pedido trabajo al consistorio. Era uno de esos vecinos que, a veces, no nos damos cuenta de que están a nuestro lado. Su máxima discreción, su carácter pacífico y su total tolerancia y respeto a las diferentes formas de pensar hacían que, en ocasiones, pasara inadvertido ante tus ojos. Se dedicaba «a todo y a nada» a la vez. Podía pasarse grandes temporadas sin trabajar y en estas temporadas dejaba pasar el tiempo ante sus ojos, observando lo que ocurría a su alrededor. En otras, trabajaba en lo que podía, como en las llamadas «límpias» (servicio de limpieza de montes), en los aserraderos de la zona, recogiendo leña o setas en otoño para sacarse unas perras o, como el día de su fatal desenlace, integrado en la cuadrilla de operarios del ayuntamiento. De joven lo recuerdo siempre con su bicicleta, desplazándose a todos los sitios: a la piscina, que está a dos km del pueblo, a las fiestas de los pueblos de al lado, al «Prao río», donde pastan las vacas, a Montecillo, o al Collado, lugar donde desgraciadamente perdió la vida. De vez en cuando desaparecía una temporada del pueblo. Se sabía de él que se iba por Europa, o por el norte de España, o por el Sur, pero siempre de modo discreto y con su uniforme de gala: lo puesto y poco más. En el pueblo desconozco con quién se relacionaba especialmente. Creo que no me equivocaría si dijera que con todo el mundo y con nadie en especial a la vez. El bar no era un lugar que frecuentara demasiado, pero lo recuerdo algunas veces sentado jugando al ajedrez, pensando en cuál de las tres jugadas era la jugada perfecta. Empezó a estudiar Historia en la universidad, pero abandonó en 2º curso. Le gustaba leer, leer de cualquier cosa que le interesara. Era autodidacta, se for-

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Foto: Gonzalo Mondéjar

maba leyendo y leía formándose, y esta afición la compartió con su otra gran afición, el ajedrez. De vez en cuando aparecía con amigos «forasteros» y no era difícil verlo en las noches veraniegas sentado en las escaleras de la puerta de su casa, tocando la flauta o conversando hasta altas horas de la madrugada. En las fiestas del pueblo participaba en el campeonato de levantamiento de tablón, donde, a pesar de no ser de los que más experiencia tenían, su complexión robusta y fuerte le hacía ser, de aquellos que más kilos levantaban. En definitiva, un vecino peculiar, muy tranquilo, excelente persona, con escasas necesidades materiales, discreto, muy educado, y con un mundo interior mucho más profundo de lo que ninguno de sus vecinos se podía nunca imaginar. Unos días después de su fatal desenlace, el 1 de noviembre de 2009, aparecía una esquela firmada por el dramaturgo y escritor Fernando Arrabal en El País. El artículo titulado «Elegía por un desconocido» es conmovedor y, si me lo permiten, voy a reproducir algunos párrafos incompletos. «Sí, Martín Marcos era y es un desconocido. Pronto se le conocerá como el gran poeta de su generación. Y el más trascendente. Fue lo que quiero ser sin lograrlo: un santo laico, un justo civil. Por los siglos de los siglos. Qué pérdida tan irrecuperable para sus amigos. Y para mí. Y para la poesía. Y para todos los que tuvimos la enorme dicha y el prestigioso honor de conocerlo bordeando paraísos.

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Fue más escritor y más poeta y más humano que todos los que le vamos a sobrevivir. Y obviamente infinitamente más que yo. Era además obrero, sabio, científico, ajedrecista, patafísico, job, leñador, viajero, filósofo. Y mil cosas más. Todo lo supo hacer como nadie»… «Le he visto en Chipre o en Chicago con la misma camisa e idéntica mochila cargada de libros hasta las cejas. Viajaba en charters peligrosos y baratísimos sin penetrar en postales. En París o Poggibonsi, en Brnö o New York se codeó con Houellebecq o Ivantchuck, con Kundera o Thieri Foulc, con Franco Battiato o Edoardo Sanguineti, con Antonio Bertoli o Benjamín Ivry…» «Un grupo de poetas extranjeros o desterrados ha solicitado respetuosamente al Ayuntamiento de su bonito pueblo que cambie de nombre de Vilviestre del Pinar (Burgos) por Vilviestre de Martín Marcos. Poetas que no aceptarán que a su magisterio y a su poesía se los trague la tierra cuando bosteza la inmortalidad.»

Al leer la noticia y descubrir esa otra realidad de Martín vinculada a la poesía, totalmente desconocida para mí, le mandé un correo a un amigo del pueblo que rápidamente buscó el artículo. Su contestación fue literalmente «No me lo puedo creer, estoy flipando…», contestación que refleja profundamente la sorpresa absoluta de la mayor parte de los vecinos del pueblo. El Ayuntamiento, evidentemente, no va a cambiar el nombre del pueblo, pero, en respuesta a este grupo de poetas que lo solicita, está planteándose bautizar la biblioteca del pueblo, actualmente en construcción, «Biblioteca Martín Marcos». Esperamos ver pronto en ella su poesía.


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Durante los siguientes días empezaron a aparecer artículos en prensa y en internet homenajeando su poesía, pero, sobre todo, su forma de ser y estar. El escritor Raúl Herrero, de Zaragoza, colaborador de esta revista en ediciones anteriores, y persona encargada por la familia para intentar publicar su obra, le hace un sentido homenaje en su blog, del que he querido extraer dos pequeños párrafos:

Surgia como un pronto la alborada

«Jamás hablé a Martín de un autor que él no conociera. En cambió él sí me descubrió a mí algunos. Cuando me inicié en la lectura de Ernst Jünger, él lo había hecho hacía mucho tiempo. Le comenté a Martín mi deseo de encontrar un libro del autor alemán donde describía sus experiencias con el LSD y su creador Albert Hofmann: Acercamientos: drogas y ebriedad. En nuestro siguiente encuentro me regaló su ejemplar de la obra. No quería aceptarlo porque se trata de un libro de difícil localización, pero Martín me replicó que él lo había leído hacía tiempo y que, en vistas de mi interés, no le importaba desprenderse de él. Acepté la propuesta, pero le pedí que me lo dedicara. Así lo hizo. Además incluyó en la primera página del libro uno de sus sonetos de propina. Desde entonces tuve cuidado de no revelarle si tenía tal o cual libro, porque si se encontraba en su poder se empeñaba en regalármelo. Poseía por tanto la más elevada cualidad del sabio: la generosidad».

Surgía y abocaba la morada Yacía y atisbaba sin reproche Crujir se oía en llanto al alimoche Perdido al frío amor de la nevada.

Surgía como un pronto la alborada Abocada al final la negra noche Yacía y consumía su derroche Atisbaba de luz la madrugada.

Mi corazón en absoluta calma Atónito al fluir introspectivo Tornábase abocado hacia su alma. Delirio subyugado y subjetivo Que en súbita razón así lo empalma Como justo existir lo que está vivo. Martín Marcos. Enero 2006

Termina el artículo diciendo… «Un quebranto lamentable para el mundo, para la cultura, para la literatura y para los pocos representantes de la dignidad humana que en el mundo quedan. Él me enseñó mucho tanto de la literatura como de la propia vida. Sin duda, sus amigos lo mantendremos en el aire por el que deambulan los dioses. Ahora es urgente recopilar todo lo que escribió para que no desaparezca y se esfume como el humo de una hoguera magnífica. No porque el mundo se merezca sus poemas, sino porque sus poemas y su figura ayudarán a otros a soportar el mundo».

Desconozco, por mi ignorancia del mundo de la poesía, si esta dimensión que le atribuyen estos autores, es realmente del calado y profundidad que ellos señalan o es fruto de la pena de ver que se ha ido un gran amigo. En cualquier caso otros tendrán que juzgarlo cuando se recopile y publique toda su obra. Lo que sí es cierto, es que, desgraciadamente, su rostro redondo sonrojado por la huella del sol y del frío, su barba desaliñada, sus ojos claros y su voz profunda y dulce, y su peculiar forma de caminar… ¡ya no volverán a Vilviestre!. ¡Qué sorpresa tan grande nos has dado, Martín! ¡Qué lección de humildad para todos! Siempre nos quedará tu recuerdo, tu obra y tu ejemplo. Es grato descubrir en los tiempos que corren, que hay otra forma de entender y ver la vida diferente a la de conseguir más riqueza y más poder… ¡Tomo nota de ello! Gracias, Martín.

Che Guevara (Tú sabes camarada Pachman que no disfruto al ser ministro, preferiría jugar al ajedrez como tú lo haces) Ernesto Guevara Camarada, compañero, guerrillero Que naciste en Rosario de Argentina Tu causa fue también la causa andina Un ejército rebelde y pionero. Sin embargo tú querías un tablero No importaba que fuese en la cantina Era una forma de ejercer disciplina Y encontrar la verdad por otros fueros. Tú ya sabes comandante Che Guevara Los esfuerzos que exige el pensamiento El fruto que da la tierra si se ara. Nos dejaste un enigma con tu muerte O sembraste un estigma con tu suerte: Música, sonrisa, fuerza, movimiento.

Martín Marcos. Abril de 2008

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Pensamiento y reflexión A lo largo de la historia los seres humanos políticas, culturales y sociales. Con mayor o con menor acierto las parcelas de conocimiento adquiridas nos han servido a su vez para adquirir posteriormente otras metas más ambiciosas. En este sentido, el estudio reflexivo del ser humano y de su comportamiento personal y social ha facilitado siempre mucho las cosas a lo largo de todo el proceso; aunque, por otra parte, es evidente que el grado de desarrollo económico adquirido ha condicionado a lo largo del tiempo de una manera determinante la senda del desarrollo cultural de los pueblos… Buscar y encontrar relaciones económicoculturales más justas, más solidarias, y más universales, sin apriorismos dogmáticos que las determinen, podría ser una de las propuestas para incluir en la próxima etapa de la historia. Claro que, como no estamos acostumbrados actualmente al diálogo equilibrado y sereno sino la imposición de criterios, tal vez nos convendría empezar por interiorizar con urgencia la premisa de que la convivencia ajustada a reglas asumidas y respetadas por todos los miembros del grupo es la actividad más importante para la consolidación de hábitos sociales productivos. Y después, una vez asumido el respeto necesario que todo ser humano necesita, ya iremos poniendo sobre el tapete otras cosas, también muy importantes, por supuesto…

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Foto: Joaquín Bueno

hemos configurado complejas estructuras


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El rincón del neurótico Joaquín Bueno Parece ser que desde la más remota antigüedad los seres humanos hemos venido estructurando nuestras convenciones políticas y sociales alrededor de algunos mitos culturales que nos cohesionan como grupo social y nos proporcionan, además de una sensación de todo armónico, cerrado y perfecto, unas señas de identidad colectiva. Mi psicoanalista me envió este otoño pasado desde algún remoto lugar de la cordillera del Himalaya algunas reflexiones personales sobre lo que él denomina la degradación de los mitos culturales. Él también tiene algunos mitos personales que reordenan sus contenidos mentales; claro que, siendo como es un ser humano tan particular, no es de extrañar que sus mitos adquieran la fisonomía de personajes anónimos carentes de relevancia social alguna o que se actualicen también en las actitudes vitales de héroes imaginados, mitos heroicos recuperados para la memoria a partir de breves anotaciones abandonadas entre montañas de escombros o de desinterés desde la pasada Guerra Civil. Sus héroes, evidentemente, no tienen nada que ver con el glamour del cartón piedra de los héroes al uso… Sus comunicaciones más recientes han adoptado un aire más sosegado y reflexivo y poseen algo de aquella peculiar serenidad que dicen que se respira en el Tíbet. Sus reflexiones sociales, sin embargo, siguen ancladas en parámetros existenciales de otras épocas y me siguen sumiendo habitualmente en el desconcierto. Con la que está cayendo a su alrededor, él sigue pensando que si existiese una justicia igual para todos y la gente fuese simplemente amable, no solo se erradicarían las guerras, las epidemias y las hambrunas, sino que con toda probabilidad también se erradicaría la enfermedad y el sistema neurológico de los ciudadanos evolucionaría a un ritmo vertiginoso. Ya se sabe, la utopía…

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miento. Los archivos y hemerotecas nos confirman que los brigadistas, además del valor que manifestaban en el combate, aportaban a su actividad social un componente solidario y de apoyo mutuo que los hizo muy respetados entre la población civil, la cual admiraba en ellos su inquebrantable decisión y su casi incomprensible solidaridad.

En muchos rincones del Valle del Jarama, en los alrededores de Madrid o en diferentes lugares de Aragón, estos héroes anónimos se despidieron de la vida integrándose para siempre en el paisaje por el que combatían. Sus restos mortales, al igual que el de los combatientes de ambos bandos fallecidos durante los diferentes enfrentamientos, están diseminados a lo largo y a lo ancho del territorio español, en muchos casos sin seña alguna que los identifique. Fue el precio que tuvieron que pagar por su altruismo y por su generosa oferta a la causa republicana. Sin ningún temor a equivocarme te diré que de tal material estaban hechos los héroes en la Grecia Clásica...

En esta ocasión yo le había pedido su opinión sobre la verdad y la fantasía que subyacen en el proceso de elaboración de los mitos en la Grecia Clásica. Como respuesta, él me envió las peculiares reflexiones que literalmente trascribo en las que me manifiesta de una manera entusiasta su admiración por la grandeza moral de la gente sencilla con la que comparte la vida y por el heroísmo de los miembros de las Brigadas Internacionales, aquel conjunto de personas de otros países que llegaron a España una vez iniciada la Guerra para defender el ideario de la República amenazado por los desmanes de los golpistas que se habían alzado contra ella.

Ya sabes -me dice- que, durante gran parte de la Guerra Civil, los voluntarios extranjeros que se integraron en las unidades de combate de las Brigadas Internacionales lucharon codo con codo con los paisanos que formaban las milicias republicanas y que muchos de ellos murieron en su empeño por mantener vivo el sistema de derechos y libertades públicas que la República había traído consigo en su adveni-

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Bien es verdad que aquella era otra época, que el valor de lo humano estaba entonces en alza y que, desde luego, aquellos no eran unos personajes de opereta. Y, aunque convendría matizar que también tuvo sus sombras, está fuera de toda duda que aquella era en su conjunto una sociedad vital y emprendedora, abierta a las luces del progreso y del desarrollo individual y colectivo. Ha llovido mucho desde entonces y, con la lluvia, se ha producido una lamentable erosión del paisaje y del paisanaje. Si observas con cierto detenimiento tu entorno, verás que hoy aquel productivo tejido social está prácticamente desintegrado, entre otras posibles causas todas muy dignas de ser tenidas en cuenta pero de las cuales no me voy a ocupar ahora, porque actualmente al ciudadano se le transmite machaconamente la idea de que en términos sociales todo está ya decidido y de que no merece la pena dedicarle mucha atención a la creación y consolidación de espacios interculturales nuevos habida cuenta de la increíble cantidad de experiencias personales que se puede consumir comprándolas. Fíjate, pues, bien y verás que se fomenta y se promociona una cultura del consumo y no una cultura creativa y que al ciudadano se le enseña a pensar con cabeza ajena, a no sentir los latidos vitales de su propio corazón y a desplazarse por los recovecos de su existencia con unas piernas prestadas…


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Ya en aquella época, Ortega y Gasset en La rebelión de las masas nos prevenía contra la previsible masificación social del ser humano, contra lo que él denominaba «el hombre-masa», un ser humano caracterizado por su radical ingratitud a cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia, moldeable e inconsistente, estructurado para adquirir la forma del molde que se desee, caracterizado también por estar de vuelta de casi todo sin haber ido previamente a ninguna parte… Supongo que convendrás conmigo en que aunque las reflexiones de Ortega son producto de unas circunstancias pretéritas describen con singular precisión el actual estado de las cosas de mucha gente y en que en nuestra sociedad el mito de la calidad de vida y del consumo justifica en muchas ocasiones lo injustificable, lo deplorable o, directamente, lo aberrante... Si me permites la comparación, te diré que, al igual que los tejidos humanos dañados en un accidente necesitan de una terapia regenerativa, también el tejido de nuestra sociedad civil está cada vez más necesitado de una profunda regeneración y en esa regeneración el raciovitalismo orteguiano podría aportarnos muchas cosas… Efectivamente, el estudio de Ortega en particular y el estudio de las humanidades en general podrían aportarnos un eficaz contrapeso frente a los estragos culturales y a las barbaridades sociales de la sociedad de consumo, pero ya ves que su estudio decae paulatinamente y que, por el contrario, el educador que actualmente monopoliza la atención de la práctica totalidad de la ciudadanía es la televisión. Si las humani-

dades pretenden siempre que el ser humano piense, la televisión se dedica fundamentalmente a que la gente no piense, con sus constantes y triviales concursos, con el omnipresente fútbol o con absurdos debates que suelen encubrir manipulaciones interesadas de la opinión colectiva. ¿No te parece que habría que apagar de vez en cuando la televisión y observar mucho más tiempo y con mucho más detenimiento el devenir paulatino de la vida…? Esta es una época, querido amigo, en la que se tiende a lo uniforme, en la que lo singular se desecha por anómalo, contraproducente o perverso y en la que el conformismo goza de un prestigio extraordinario. No cabe la menor duda de que no es una época especialmente propicia para los héroes clásicos… Y, fíjate, que, sin embargo, y a pesar de todo lo que te vengo diciendo, haberlos, haylos… Yo, al menos, los he visto o, mejor dicho, los veo a diario. Te aseguro que en el día a día de la gente con la que me encuentro habitualmente se esconde una enorme grandeza moral. En cualquier momento, de súbito, aquí y allá, y al margen del ruido mediático, un gesto, una sonrisa, o una actitud apenas esbozada los delata. Suelen ser personas desconocidas para las grandes crónicas de la historia, que al ritmo que les marcan sus circunstancias se desplazan por la vida con la misma dignidad que caracterizaba a aquellos héroes de antaño. Como aquellos voluntarios extranjeros que emocionaron a la sociedad española durante la Guerra Civil, todavía circulan por las calles personas con la misma grandeza y cuando te topas con ellos, te lo aseguro, te olvidas por unos

momentos de las miserias del mundo en el que vives… La verdad es que, dicho así, de una manera tan contundente, las palabras de mi psicoanalista poseen un grado de aceptable verosimilitud histórica y describen efectivamente un estado de cosas. Esta descripción social tiene, sin embargo, un problema no resuelto de descontextualización. Este hombre vive en mundo mental anacrónico y hecho a su medida. Su maniquea estructura ideológica no le permite percibir que el heroísmo romántico tuvo su momento y que ya se acabó. Supone que por creer que el ser humano es bueno por naturaleza y de que es el poder establecido el que lo pervierte ya lo tiene hecho y dicho todo. No sabe que ya no hay ni buenos ni malos. No es capaz de percibir que, excepto en situaciones extraordinarias de jolgorio colectivo, al vecino no se le suele ver ya como posible compañero y amigo sino como presunto contrincante o como potencial enemigo. Para la mayor parte de nuestros coetáneos las ideas acerca de un mundo mejor, más justo y solidario, solo quedan ya bonitas como telón de fondo en los prolegómenos de las fiestas navideñas o como colofón solidario ante cualquier catástrofe. En la vida real la utopía no se ve por ninguna parte… Tal vez evolucione el tejido social de una manera sorprendente en las próximas décadas y tal vez también la utopía se instale en la urdimbre de las relaciones sociales, pero en las actuales circunstancias y, con la que está cayendo, debería hacerse mirar por qué sigue todavía con esa vaina de lo libertario.

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Ilustración: Rosa Luz Méndiz

Uno de los más graves problemas con los que han debido lidiar los teólogos cristianos ha sido el de la existencia del mal. Si Dios es omnipotente e infinitamente bueno y misericordioso, ¿cómo pudo Él crear el mal? Si no es el caso, ¿deja Dios de ser omnipotente? y ¿cuál sería entonces el origen de semejante incordio? Porque no sé si existe el mal, pero sí existen los malvados y las malvadas. Y sigue sin resolverse, porque, aunque San Agustín afirmó que el mal era ausencia de bien, durante la Escolástica continuaron dándole vueltas hasta que Guillermo de Ockham dejó bien claro que Dios no creó el mejor de los mundos posibles (como afirmaría posteriormente Leibniz), sino el que le dio la gana, de lo contrario la libertad de Dios estaría determinada por la bondad de la creación. Y si Juan Pablo II nos recordó en una de sus encíclicas la existencia del diablo… entonces… contradicción.

Maldad e imbecilidad moral Beatriz Ciria

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San Agustín pretendía luchar contra los restos de la escuela pagana maniquea y Juan Pablo II pretendía recordar a los fieles del siglo XXI que existe una entidad metafísica origen de toda maldad, el diablo, cuya mayor habilidad consiste en hacernos creer que no existe, para así poder campar a sus anchas por entre las débiles voluntades humanas.


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Fernando Savater nos explica en Ética para Amador el concepto de imbécil moral en su doble vertiente: como atributo de aquel que busca excusas absurdas que no justifican nada y de quien con sus actos obtiene lo contrario de lo que busca. Bien es cierto que es muy posible que la misma persona pueda caer en las dos a la vez: los nazis que fueron capturados intentaron justificar sus actos afirmando que obedecían órdenes. Y estaban en la cárcel cuando tuvieron la oportunidad de lanzar tan gran excusa al mundo… No creo que buscaran terminar entre rejas. Yo creía que no somos solidarios, que nos comportamos de manera cruel, que intentamos solucionar nuestros problemas a bofetadas… por miedo. Los nazis tenían miedo a los judíos, a los extranjeros, a los comunistas, a todos los que no fueran como ellos, de la misma manera que tememos al insecto que matamos de un pisotón. Demasiado simple. Alguna vez, quizá. No como norma general. Ni mucho menos para explicar acciones a gran escala. Mark Rowlands, en su libro El filósofo y el lobo, nos explica que el mal es humano, demasiado humano. De hecho, disputar sobre si es el diablo el origen del mal es perderse entre conceptos y definiciones. Y mientras nos

dejamos llevar por la excusa de que nuestras acciones no son culpa nuestra sino del principio metafísico del mal. Eso quisiéramos. Este autor continúa hablando de dos tipos de deber: moral y epistémico. Un ejemplo de deber moral es defender al débil. De deber epistémico, someter a crítica nuestras creencias. Ambos tipos de deberes gozan de mala prensa: en una sociedad declarada en crisis perpetua (¿alguien ha conocido tiempos fáciles en los que vivir?), quién se acuerda de los marginados del funcionamiento del sistema: perdedores que por su pereza, desidia y vagancia han obtenido lo que merecen. Y qué voy a decir de la duda: más que una forma de ver la vida parece el quinto jinete del Apocalipsis. Lo identificamos enseguida cuando se trata de no defender a los débiles, aunque sea uniéndonos a los martillos, como ridiculizaba Gila. Pero no lo vemos tan claro cuando se trata de dejación del deber epistémico. Los nazis, con su retahíla de excusas xenófobas y racistas, quizá cumplieron con su deber moral de defender su propia debilidad (mental, entre otras), pero no cumplieron en absoluto con el epistémico de dudar de unas creencias tan absurdas y de escaso fundamento científico

como, a la postre, peligrosas. Y lejos de flirtear con la mujer más temida, la duda, se lanzaron en brazos de la intolerancia y la discriminación, debidamente maquilladas de la irracionalidad, novia de la muerte, creyente de lo que es presentado de la forma más absurda. Y vamos por la vida engatusándonos a nosotros mismos con excusas de hiel edulcoradas con miel, aplicando las ideas más maravillosas a una realidad empeñada en seguir sus propias leyes, reticente a nuestros designios. Nos alzamos como garantes de la palabra divina, de los designios de un Dios misericordioso que de pronto se vuelve un tirano al que le gusta más la forma que el fondo del culto; de la absoluta racionalidad o irracionalidad, según convenga, con el fin de justificar fines de los que antes morir que dudar. Es el tipo de maldad de los que nos queremos creer las brillantes ideologías, los fatuos y falaces razonamientos con los que intentamos justificar los actos más salvajes, inmundos y deplorables. Es el tipo de maldad de quienes nos creemos buenos. Y nos preguntamos si existe el diablo, coartada perfecta de todos los imbéciles morales que en el mundo han sido, somos y serán.

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Regalar razones José María Lahoz Pastor Todo el mundo tiene derecho a opinar, pero no a que sus opiniones sean respetadas si no aportan razones para ello; y si sus opiniones son respetables porque da razones, no tiene derecho a que no sean criticadas, es más, sólo se respeta realmente una opinión cuando se la critica, pues así se muestra que se ha escuchado y analizado. Pero, ¿qué son las razones?, ¿qué es razonar? En este artículo quiero hablar del razonamiento a un nivel básico. Razonar es relacionar, es un procedimiento operatorio de juntar y separar cosas (aquí ideas o conceptos, términos, palabras). Pero no todas las ideas se relacionan con todas: sería un caos. Razonar es como juntar las piezas de un juego de arquitectura para construir un castillo o como construir una oración en la que cada palabra ocupa su lugar correcto y concuerda con las demás en género, número, etc. Al igual que hay unas reglas para construir oraciones que las estudia la Sintaxis hay unas reglas del razonamiento correcto que las estudia la Lógica, una parte de la Filosofía. Es cierto que hay ámbitos en los que no tiene sentido el razonamiento, por ejemplo, al hablar sobre gustos o sentimientos (si a uno le gusta el helado de fresa no se le puede exigir que lo argumente, o si uno se siente cansado tampoco); el peligro está en confundir las opiniones con los gustos (como decir: «yo opino esto y ya está; tú tienes tu opinión y yo la mía y no la voy a cambiar»). No se puede dialogar con los que no ofrecen razones. El fin del razonamiento es buscar la verdad, pero la verdad es una; no hay muchas verdades sino opiniones o puntos de vista que no son respetables si no son razonadas. Y puede suceder que uno tenga razón y todos los demás estén equivocados; la opi-

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Ilustración: Pilar Longás

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nión de la mayoría no es dar una buena razón. Hago notar aquí que, si bien el sistema democrático es posiblemente el mejor sistema de gobierno, muchas veces se convierte en el menos razonable cuando no se debaten las ideas con argumentaciones que convenzan a todos y no se tienen en cuenta los argumentos de las minorías. Así, la democracia se convierte en la dictadura de la mayoría. La democracia sólo es respetable si se basa en el razonamiento, en el debate de ideas, como ocurrió en la democracia griega de la época de Pericles en la que los ciudadanos defendían sus ideas intentando convencer a los demás en la plaza pública o Ágora (que, acertadamente, es el nombre de esta revista). Tampoco es razonable el consenso, ni el acuerdo (más propios de negociaciones comerciales o empresariales en las que cada parte defiende sus intereses económicos), porque, en argumentación sobre ideas, el consenso sólo significa llegar a una posición mezcla de las opiniones de todos (porque no se ha convencido con argumentos a nadie), en la que se soportan o toleran, sin estar convencidos, una parte de las propuestas de los unos porque ellos han aceptado algunas de los otros; es puro mercantilismo de comerciantes de ideas, del yo cedo si tú cedes, te compro esto si tú me compras esto otro. Además, existen muchos temas en los que no es posible llegar a una solución consensuada: se permite el aborto o no, se legaliza la pena de muerte o no (aquí, como ejemplo del absurdo, una solución consensuada sería macabra: dejar al reo medio muerto). Tampoco se decide por consenso o por mayoría la verdad de un teorema matemático, sino por demostración. Utilizando el razonamiento no buscamos el consenso sino la unanimidad, estar todos convencidos por argumentos. Como en un jurado en el que uno de los miembros dice: «yo opino que es inocente y tú que es culpable, y ambas opiniones son respetables y ¡vale!». No vale. Se trata de convencer a los demás miembros del jurado, dando razones hasta que todos decidan convencidos que es culpable o que es inocente (esto se muestra con maestría en la película, ya clásica, «Doce hombres sin piedad»).

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Por otro lado, los hechos o datos puros u objetivos no existen, ni prueban nada; los hechos siempre están insertados en una teoría, en unos presupuestos teóricos que los interpretan. Como vemos a diario en los medios de comunicación, ante los mismos hechos, estos se interpretan de una manera o de otra según su ideología y sus intereses. De aquí se sigue que la Psicología, la Pedagogía, la Economía, la Historia, etc. —en general, las llamadas Ciencias Sociales o Humanas— no son ciencias en sentido estricto, y por eso hay corrientes, escuelas o teorías opuestas en las mismas (distintas interpretaciones de los hechos, porque el investigador forma parte de los mismos sucesos que investiga y no puede ser imparcial), como en la Filosofía. En este artículo voy a citar los principales tipos de falacias lógicas (razonamientos incorrectos) que se utilizan profusamente. Todos cometemos falacias, a veces a sabiendas —interesadamente—, y otras sin saberlo —inconscientemente—. Animo a todos a descubrir falacias en muchos de los supuestos razonamientos de los políticos, de los periodistas, de las personas que nos rodean y de nosotros mismos. Así, en vez de exponer argumentos, o responder a los que otros presentan, se ataca a la persona y no a sus razonamientos («Como eres un anticuado, defiendes eso»), se justifica haber hecho algo incorrecto porque el otro también lo hizo («Ustedes también son corruptos»), se apela a la mayoría —lo cual no es ninguna razón lógica— («La mayoría de los votantes ha elegido nuestro programa electoral y por eso está bien»), se utiliza la emoción sin argumentar nada («El que hable de la crisis es un antipatriota», «Son unos machistas que sólo critican mis propuestas porque soy mujer»), se intenta persuadir de que lo que ha costado mucho esfuerzo es, por ello, razonable («No hay que criticar esta norma porque un grupo de personas puso todo su esfuerzo y dedicación en ella»; desde luego, que el esfuerzo es encomiable y necesario, pero no garantiza que los resultados sean eficaces. Cito el discurso de un general norteamericano en la Segunda Guerra


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Mundial en el que decía que los peores mandos del ejército eran los tontos trabajadores porque querían hacer mucho y todo lo hacían mal perjudicando al país, gastando dinero público y sacrificando la vida de soldados —a veces, sería mejor que muchos políticos no hicieran nada, en vez de mucho y mal—, y recuerdo, con humor, una de las leyes de Murphy «La probabilidad de resolver un problema es inversamente proporcional al número de reuniones que se organicen para tratarlo»). Otros razonamientos falaces se dan cuando se utiliza el relativismo —que, en sí mismo, es contradictorio— («Todas las opiniones son iguales» luego, la contraria a ésta también), o se confunde la relación causa-efecto («Hay mucho desempleo a causa de la bajada del consumo» cuando, en realidad, ambos son efectos de una causa común: la mala política económica, los altos impuestos, etc.); o cuando se encadenan causas injustificadamente («Como usted se opone a que se construya el nuevo polideportivo en la playa con dinero público, se opone a que se invierta dinero público en nuestro pueblo y, por tanto, defiende que se invierta en otros pueblos»), o se utilizan palabras grandilocuentes de cara a la galería sin demostrar nada («Hace falta que en esta institución entre un aire nuevo, impoluto, fresco, democrático»); o la falacia de la opinión pública que cita Savater («Lo que es bueno para el todo, es bueno para todos»), o se afirma que lo natural —concepto confuso dónde los haya— es lo correcto («La homosexualidad —o el matrimonio— es antinatural»; cuando en la persona lo natural y lo cultural no se pueden separar, y la propia distinción entre natural y cultural es, ella misma, cultural), o cuando se presentan sólo dos alternativas como si las opciones se redujeran solamente a ellas («O nuestro partido o la vuelta a la dictadura»), o se utiliza una regla o norma en circunstancias excepcionales en las cuales no debería aplicarse —ya se dice que la excepción confirma la regla— («Si no se puede conducir a más de 50 km/h, no deberías haber excedido el límite aunque tu padre se estuviera muriendo»), o la inversa —querer hacer de la excepción, regla— («Si le ha permitido a un alumno que entre-

gase tarde el trabajo porque estaba enfermo, se le debería permitir entregarlo tarde a todos los alumnos»). Y, algunas más: defender que una proposición es verdadera porque nadie ha demostrado su falsedad («Los fantasmas existen porque nadie ha demostrado lo contrario»; pero, las pruebas las deben presentar siempre los que afirman la existencia de algo, incluso en un juicio las pruebas de la culpabilidad las debe presentar la acusación), o dar una explicación, una justificación o racionalización a propósito después de sucedido el hecho («Si mi partido ha hecho esto, sus razones tendrá y se me ocurren ahora dos para justificarlo», «Construir un nuevo auditorio es bueno porque crea puestos de trabajo» también, construir una zanja de 10 km los crearía y se seguiría sin probar que sea necesaria), el uso de eufemismos («acciones de pacificación» en lugar de «guerras», «interrupción voluntaria del embarazo» en lugar de «aborto», «los violentos» en vez de «los terroristas asesinos», etc.), confundir precisión con certeza («Son exactamente las 13 horas, 36 minutos, 42 segundos y 3 décimas» cuando resulta que son, más o menos, las diez; la primera medida es mucho más precisa que la segunda pero, totalmente errónea). Hay que conocer las falacias porque necesitamos una guía para sobrevivir críticamente (no ingenuamente y dirigidos) en la jungla de palabras, falsos argumentos, intereses, eufemismos, luchas de poder, medios de comunicación y publicidad que hoy es el mundo. La razón es una ventana de libertad, de independencia, de diferencia, de crítica y una escuela contra el fanatismo, el partidismo, la ideología y el sectarismo. Razonar es hacer regalos. Porque el objetivo no es vencer en las discusiones como si fuesen luchas («Soy un cabezón y voy a sostener mi opinión. No me vencerás, no lo reconoceré») para no herir el orgullo propio, sino analizar los argumentos para aceptarlos o rebatirlos. Pocas personas razonables conozco, que digan: «Es verdad, me han convencido tus argumentos; cambio mi postura».

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«Enigmas de una conferencia: pensar post-metafísico y segunda navegación en Martin Heidegger» Jorge Calderón Gómez

Luna 108 / Eduardo Chillida Terracota y óxidos / 101x116x14 cm / 1985

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La conferencia «Zeit und Sein», «Tiempo y Ser», publicada en 1962, representa para muchos/as especialistas la culminación del proyecto ontológico heideggeriano, donde la posibilidad de pensar el «ser sin lo ente»; la concepción «tetradimensional» del tiempo; el «paso-atrás» en cuanto ejercicio filosófico paralelo a los movimientos del «retroceso» en la estructura <Se Da Ser> & <Se Da Tiempo> y la noción misma de «Ereignis», constituyen los elementos esenciales de un «nuevo pensar» que aspira a la formulación de un programa ontológico postmetafísico. En términos estrictamente filosóficos puede decirse que «Zeit und Sein» es la «última estación» de un viaje iniciado treinta años antes en la conferencia «De la esencia de la verdad», emitida en 1930 y publicada en 1943, obra donde suele situarse el comienzo de la «kehré» o «giro» del pensar de Heidegger. Así, la experiencia propuesta en las páginas de la conferencia, pensar el «ser y el tiempo mismos» desde el horizonte donador del «Ereignis», se ubica en el contexto de las múltiples tentativas de la «segunda navegación» heideggeriana, donde la posibilidad misma de una ontología postmetafísica pasa por la deconstrucción radical de las bases culturales, epistemológicas y lingüísticas de occidente. En consecuencia las repercusiones filosóficas del «nuevo pensar» conducirán, por una parte a la reformulación general del sentido de la obra de M. Heidegger, que adquiere desde el punto de vista de la «kehré» una dimensión distinta, abierta a la ontolo-


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gía fundamental, y por otra a la relectura completa de la historia de la filosofía y de la propia cultura occidentales, atrapadas, según el filósofo, en los límites y contradicciones de un mundo donde el «pensar metafísico» ha sido consumado por la técnica y el productivismo contemporáneos. Hemos señalado como la máxima «pensar el ser sin referencia a lo ente» se constituía en uno de los objetivos fundamentales de la conferencia «Zeit und Sein», no en vano, y tras algunas consideraciones preliminares, Heidegger abre el texto refiríendose a este mismo asunto: «Algo se impone decir acerca del intento de pensar el ser sin tomar en consideración una fundamentación del ser a partir de lo que es, de lo ente. El intento de pensar el ser sin lo ente se torna necesario...»1. Con esta idea Heidegger pone al descubierto uno de los elementos característicos de su pensar desde el inicio de la «kehré», aquel donde la «superación de la metafísica», condición indispensable de la nueva ontología, no es comprendida como reducción de toda filosofía a ciencia positiva, sino como «torsión» que ayuda a fortalecer las potencialidades de lo que se ha llamado «diferencia ontológica», es decir, diferencia entre el «ser de lo ente» y el «ser mismo». Para Heidegger la historia de la metafísica, y la metafísica misma como disciplina, no representa la «historia de la pregunta sobre el ser», sino la «historia de la pregunta por el ser de lo ente», es decir, la metafísica, y su despliegue histórico, es comprendida como «historia del olvido del ser». En este sentido la «torsión» del pensar heideggeriano (kehré) desde la década de los años treinta indagará en la viabilidad de un modo de comprender «Ser y Tiempo», «Tiempo y Ser», libre de las ataduras de una tradición que ha reducido todo decir del «ser» al decir hegemónico de lo ente y todo «pensar» a instrumentalización de lo ente mismo. Según G. Vattimo la orientación tomada por Heidegger desde el inicio de la «kehré» no puede interpretarse

1. Martin Heidegger, «Tiempo y ser», Trad. castellana a cargo de Manuel Garrido, Tecnos, pg 21, 2000 (2ª ed). 2. Gianni Vattimo, «III. Ser, evento*, lenguaje», en «Introducción a Heidegger», Barcelona, Ed. Gedisa, pg 95, 1986. 3. Ibidem nota 2, pg 94.

como la ruptura del autor respecto a sus trabajos anteriores, por el contrario representa la continuación de ciertas intuiciones que Heidegger había perfilado en obras precedentes: «La llamada Kehre, o vuelta o giro, del pensamiento heideggeriano, que constituyó un problema central de la crítica hasta hace unos diez años...ya no se manifiesta como un abandono de las posiciones de Ser y Tiempo, sino que se revela como una continuación y una profundización del discurso iniciado en aquella obra»2. Si bien la «torsión» del pensar en Heidegger desde la «kehré « conduce inevitablemente a una reformulación general del sentido de su obra, tal como señalamos, pues los resultados de algunos textos anteriores aparecen ahora bajo una nueva luz, fijémonos sobre todo en el trabajo «Sein und Zeit» («Ser y Tiempo», 1927), esta reformulación no está marcada, como apunta Vattimo, por la incoherencia o la contradicción. Al contrario, las distintas «fases» que éste descubre en la trayectoria intelectual de M. Heidegger indican sólo una paulatina profundización en todos aquellos aspectos que poco a poco irán gestando el nuevo punto de vista, culminado precisamente en la conferencia «Tiempo y ser». Según Vattimo el recorrido filosófico heideggeriano pasa por tres grandes momentos: «Es este esfuerzo —se refiere Vattimo al nuevo pensar— lo que caracteriza y lo que se puede considerar un “tercer momento” del desarrollo de la filosofía heideggeriana después de la analítica existencial de Ser y Tiempo y de la reflexión sobre la historia de la metafísica, que culmina en la obra sobre Nietzsche»3. En síntesis: 1). Analítica Existencial; 2). Reflexión sobre la historia de la metafísica como historia del «olvido del ser» en beneficio de «lo ente»; 3). Paso-atrás como ejercicio indispensable para la consolidación del nuevo pensar y de la investigación acerca del «ser y el tiempo mismos» desde el «retroceso» de las fórmulas <Se Da Ser> & <Se Da Tiempo> hasta el «acontecimiento-apropiador». Como vemos la conferencia «Zeit und Sein» se ubicaría en el «tercer momento» de la trayectoria intelectual del autor, fase donde la «superación de la metafísica» exige no sólo «un pensar el ser sin referencia a lo ente» desde el horizonte del «tiempo mismo», sino un ejercicio filosófico original denominado «paso-atrás». Desde el «paso-atrás» el pensar se introduce en el movimiento del «retroceso ontológico» que recorre las

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fórmulas <Se Da Ser> & <Se Da Tiempo> en dirección al «Se» donador original, el «Ereignis». Es este movimiento de «retroceso», que será caracterizado siempre desde la doble trayectoria de «otorgamientoretraimiento» o «des-ocultamieto-ocultamiento» el que marca los pasos del pensar de Heidegger en la conferencia, así: «La posibilidad de pensar lo impensado está sujeta a un retroceso, en virtud del cual el Ser mismo alcanza su propiedad. El concepto que orienta esta búsqueda es el acontecimiento-apropiador (Ereignis)...El proceso del retroceso concerniente al movimiento del pensar, tras su búsqueda de lo impensado, es llamado por Heidegger paso-atrás (Schritt zurück)»4. Para Carlos Másmela el ejercicio filosófico del «paso-atrás» marca la diferencia esencial entre los resultados del proyecto inacabado en «Sein und Zeit» (»Ser y Tiempo», 1927) y las posiciones desarrolladas a partir de la «torsión» o «kehré», formuladas explícitamente en la conferencia que estamos abordando. Si anteriormente señalamos como la «diferencia ontológica», en cuanto diferencia entre el «ser de lo ente» y el «ser mismo», era una condición indispensable para la «superación de la metafísica», ahora Carlos Másmela hace referencia a como la pregunta por el «ser del dasein» es desplazada frente a la investigación de la «verdad del ser» en cuanto «ser»: «El paso-atrás de la ontología fundamental a la consideración del ser mismo es expresado en el retroceso del sentido del Dasein a la verdad del Ser...El sentido del Ser está inscrito en la apertura del ser como verdad del Ser... Pensar el sentido del Ser mismo como acontecimiento-apropiador es pensar lo impensado en la metafísica y pensar el viraje de Ser y Tiempo a tiempo y ser, esto es, del 4. Carlos Másmela, «El paso-atrás: Del Ser y el Tiempo al acontecimiento-apropiador» en «Martin Heidegger: El tiempo del ser», Madrid, Ed. Trotta, pg 109, 2000. 5. Ibidem nota 4, pg 112. En esta cita la el pasaje «...Pensar el sentido del Ser como acontecimiento-apropiador es pensar lo impensado en la metafísica...», puede conducirnos a cierta confusión, pues el autor, Carlos Másmela, parece identificar la noción de «ser mismo» con la de «acontecimeinto-apropiador». En páginas ulteriores veremos como esta relación no se comprende en cuanto identidad de «ser» y «Ereignis», pues ambos se dan en niveles ontológicos distintos, mientras el «ser» queda circunscrito en el plano del <Se Da>, (Se Da Ser), el «Ereignis» se ubica en el nivel del «Se» de la «donación», y esto no sólo en relación al «ser», tambíen en referencia al «tiempo» (Se Da Tiempo). El «Ereignis» no remite a ninguna «donación» previa, se trataría de un componente «a priori». 6. Martin Heidegger, «Protocolo de un seminario sobre <Tiempo y Ser>», en «Tiempo y Ser», op cit. en nota 2, pg 47.

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acontecer de la apertura del ser del Dasein al acontecer de la apertura del Ser en él mismo»5. En el escrito «Protocolo de un seminario sobre ´Tiempo y Ser`», Heidegger recoge las aclaraciones que en forma de seminario monográfico fueron hechas acerca de la conferencia «Zeit und Sein», este hecho puede darnos alguna pista sobre la complejidad filosófica y literaria que contiene el texto que estamos analizando, pues en este seminario el propio Heidegger se tomó a sí mismo como campo y objeto de estudio. En los primeros párrafos del documento el autor apunta como la conferencia «Tiempo y Ser» se desarrolla en torno a una estructura donde primero se pregunta por el «ser» y luego por el «tiempo»; la máxima «pensar el ser sin lo ente» remite de inmediato al problema lingüístico pero también ontológico de la expresiones «algo (X) es» y «algo Se Da». Es decir, para Heidegger la fórmula «algo (X) es» no puede aplicarse ni a la noción de «ser» ni a la de «tiempo», tampoco al «Ereignis», en este sentido ni «ser», ni « tiempo» son, sólo el «ente es», el «dasein es»; mientras que <Se Da Ser> & <Se Da Tiempo>. Así el decir del «ser mismo», del «tiempo mismo» y del «acontecimiento-apropiador» no puede efectuarse desde las estructuras proposicionales y enunciativas insertas en la gramática y la lógica simbólica tradicionales, tampoco a partir de los juegos y quehaceres dialécticos. En esta dirección «pensar el ser sin lo ente», pensar el «ser mismo», requerirá del proceder del «paso-atrás», donde el pensamiento sigue, participa, es introducido, en el movimiento de «retroceso» inmanente a las fórmulas <Se Da Ser> & <Se Da Tiempo>, libres ya de las cadenas impuestas por las funciones ónticas del lenguaje. Lo principal en la conferencia, dice Heidegger en el seminario, será entonces la indagación en el «retroceso»: «La conferencia titulada <Tiempo y Ser> pregunta primero por lo propio del ser, y luego por lo propio del tiempo. Con ello se muestra que ni el ser ni el tiempo son. De esta manera queda franco el tránsito al Se da. El Se da es primero dilucidado por referencia al dar, y luego por referencia al Se o Ello, que da. Éste es interpretado como el acaecimiento propicio. Dicho sumariamente: Partiendo de Ser y Tiempo y pasando por lo propio de <Tiempo y Ser>, la conferencia arriba al Ser o Ello que da, y de éste al acaecimiento apropiador»6.


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Sin embargo frente a la clasificación que Vattimo realiza de la trayectoria intelectual heideggeriana (pg. anterior) y frente a las posiciones de Carlos Másmela, donde el tránsito de «Ser y Tiempo» a «Tiempo y Ser» venía dado por la consolidación del «paso-atrás», el propio Heidegger se pregunta hasta que punto el «retroceso» no se encontraba ya intuido en la obra de 1927, es decir, en «Sein und Zeit»: «¿Se muestra ya el carácter de retirada en la problemática de Ser y tiempo?»7. Para responder a esta cuestión el filósofo nos pide que consideremos por una parte cual era el cometido de dicho texto y por otra que papel y que significación tuviera el tiempo en el trabajo mencionado. Con esta propuesta Heidegger nos quiere aproximar junto a otro de los elementos esenciales del «paso-atrás» y del «retroceso» tal como aparecerán en la conferencia, a saber, la referencia al «Tiempo» en cuanto factor determinante de toda su producción filosófica, sea anterior o posterior a la «kehré». En el proceder del «paso-atrás» no sólo acontece certeramente la «diferencia ontológica», donde el «ser de lo ente» y el «ser mismo» se hacen radicalmente intransferibles, además el «Tiempo» adquiere una dimensión y un significado originales, desvinculándose por un lado de la relación establecida en «Sein und Zeit» entre «tiempo» y «temporalidad del dasein», y por otro de las imágenes tradicionales del tiempo, donde éste se identifica con la sucesión diacrónica de distintos «momentos» o «presentes». Ahora bien, ¿está esta imagen del tiempo esbozada ya en «Sein und Zeit», o es el resultado de los trabajos posteriores y en especial de la conferencia que abordamos?. Cabe decir que la «kehré» sería inviable e improductiva sin la noción del tiempo en cuanto «tiempo auténtico» o «tiempo tetradimensional» que el autor desarrolla en «Zeit und Sein». Así la nueva imagen del tiempo es una de las condiciones de posibilidad esenciales del proyecto ontológico postmetafísico que defiende Heidegger. Volviendo a la pregunta acerca del papel del tiempo en «Sein und Zeit» Heidegger plantea como: «El tiempo, que es interpelado en Ser y Tiempo sobre el sentido del ser, no es de suyo ninguna respuesta....sino sólo el nombrar de una pregunta»8. En este sentido la explica-

7. Ibidem nota 7, pg 48. 8. Ibidem nota 7, pg 48. 9. Ibidem nota 7, pg 48.

ción del tiempo en «Sein und Zeit» no sólo adquiere un carácter problemático, además «la exégesis del tiempo apunta primero al carácter de la temporación de la temporalidad del estar humano, a lo ekstático, que contiene ya en si...una referencia a la verdad, al esclarecimiento, al desocultamiento del ser qua ser»9. Aunque en «Sein und Zeit» queda ya pensada la relación del tiempo respecto a la «verdad como desocultamiento», la experiencia de este texto habla todavía, según el propio Heidegger, en el «lenguaje de la metafísica», es decir, «Ser y Tiempo» está todavía atravesado por el punto de vista metafísico en cuanto «olvido del ser». El resultado de todas estas indagaciones nos conduce a la hipótesis según la cual Heidegger comprende el trabajo «Sein un Zeit» como tentativa, no del todo satisfactoria, de lo que a posteriori será formulado con mayor nitidez y certeza en el proyecto filosófico que recorre la «kehré» y la propia conferencia de 1962.

Bibliografía Básica MÁSMELA, Carlos, «Martin Heidegger: El tiempo del ser», Madrid, Ed. Trotta, pg 109, 2000. HEIDEGGER, Martin, «El ser y el tiempo» (tít. original «Sein und Zeit», 1927), trad. de José Gaos, México, FCE, 1951; (11ª reed. en FCE-España, 2001). —«Tiempo y ser» (Tít. original «Zeit und Sein»), trad. y ed. a cargo de Manuel Garrido, Madrid, Tecnos, 2000 (2ª ed). —«Carta sobre el humanismo», en «Hitos», vesión castellana de Helena Cortés y Arturo Leyte, Alianza Editorial, pg 270. —«Kant y el problema de la metafísica», trad. G. I. Roth y E.C. Frost, México, FCE, 1954. —«¿Qué es metafísica?», trad. X. Zubiri, en Cruz y Raya, Madrid, nº 6 , 1931. —«Qué significa pensar?», trad. H. Kahnemann, Buenos Aires, Nova, 1958. —«La pregunta por la técnica», trad. F. Soler, en Revista de Filosofía, Chile, nº 1, 1958. —«La pregunta por la cosa», trad. E. Belsunce, en, - M. Heidegger, Ser, verdad y fundamento. RORTY, Richard, Ensayos sobre Heidegger y otros pensadores contemporáneos, Paidós, Barcelona, 1993. SACRISTAN Luzon, M., Las ideas gnoseológicas de M. Heidegger, ed. a cargo de Francisco Fernández Buey, Crítica, Barcelona, 1995. VATTIMO, Gianni, «Introducción a Heidegger», trad. a cargo de Alfredo Báez, Gedisa, Barcelona, 1986. —Las aventuras de la diferencia. Pensar después de Nietzsche y Heidegger, Península, Barcelona, 1998.

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El muñeco que miraba desde la penumbra… Gabriel Bueno y Lorenz

Ilustración: Gabriel Bueno

La infancia está poblada de criaturas de ensueño, compañeros de juego que nuestra imaginación nos regala, partícipes de nuestras andanzas y nuestras aventuras sin salir de la habitación. Quizá un muñeco del cual nada podía hacer que nos desprendiéramos y al que queríamos tanto o más que a seres vivos (y que a nuestros ojos tenía tanta vida como nosotros mismos); tal vez una cuadrilla quimérica, que si bien sabíamos que no era real, nos acompañaba y daba conversación, convirtiendo en múltiple una historia unipersonal. E incluso los había aterradores, no nacidos de nuestros sueños, sino de las peores pesadillas: un oso demasiado feroz que nos escrutaba desde encima del armario, un muñeco que desde la penumbra miraba fijamente hacia la puerta cuando íbamos a entrar y por el cual encendíamos con presteza la luz a fin de perderle el miedo y al cual luego seguíamos mirando y le atribuíamos pensamientos maliciosos por los cuales lo confinábamos debajo de la cama o dentro del armario hasta el día siguiente... Y eso cuando nos atrevíamos a dejarlo allí, aun a riesgo de que lo que estuviera acechando en estos lugares aprovechara este momento para asaltarnos con aviesas intenciones... La imaginación, si se lo permitíamos, nos libraba del aburrimiento; siempre había algo nuevo e interesante que reclamara nuestra atención: un día le buscábamos formas a las nubes y otro le encontrábamos sentido al aleatorio entramado que formaban las vetas en las baldosas de mármol (o sus diversos sucedáneos) del baño. Muñecos no más

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grandes que nuestro puño se mezclaban para convivir, luchar o tomar un café juntos y, cuando tenían que volver a sus casas, lo hacían sentados sobre las capotas de diminutos vehículos y sin preocuparse porque un mal guardia los parara para multarles. Y lo que ahora indigna a tanta gente, como son las casas de menos de cincuenta metros cuadrados, era todo un privilegio para aquellos muñecos, satisfechos como estaban de residir en una casita (eso los que tenían suerte) en la que apenas podían girar sobre sí mismos, sin cocina, mobiliario, ni baño. Pero, eso sí, con luz. Pero llega un momento en el que la imaginación deja paso a la madurez. Los increíbles poderes que adquiríais tus amigos y tú hace menos de un año, ceden a favor del descubrimiento del mundo de ahí fuera que la adolescencia y las hormonas nos hacen descubrir. Los muñecos se guardan cada día un poco más definitivamente, dibujar por placer, por el mero hecho de plasmar lo que tenemos en la cabeza, se hace más profundo, más perfecto..., o no se hace en absoluto. Damos la espalda a gran parte de nuestros gustos y aficiones por considerarlos inadecuados o infantiles o quizás porque descubrimos que en realidad llevábamos tiempo deseando justo lo contrario a lo que estábamos acostumbrados. Salvo por un cambio cognitivo que haga ver la estética «infantil» con renovado interés, echamos en saco roto toda la energía acumulada durante nuestra infancia en conformar un mundo para nosotros... Pero una ley ampliamente conocida como es la de la conservación de la energía nos dice que la energía no puede crearse ni destruirse, sólo se puede cambiar de una forma a otra... Así pues, ¿qué habrá sido de todos esos amigos imaginarios, de las almas que poseían nuestros muñecos, de los mundos de todo tipo que plasmábamos en nuestros dibujos porque «veíamos» realmente? Puesto que eran energía en estado puro y sabiendo que no han sido destruidos (salvo que nuestra imaginación lo hubiera hecho de manera consciente y su «energía» en ese momento hubiera sido «transformada» en otra), quizá no sería

descabellado el suponer que en un plano que nuestra comprensión adulta y madura ya no es capaz de entender, todos estos seres se encuentran a la espera de que los rescatemos, deprimidos por haber sido abandonados, terriblemente confusos al ser incapaces de comprender qué es lo que habían hecho tan mal como para ser condenados a un ostracismo y una soledad perpetuos, tal vez furiosos contra sus creadores (entendiendo «creador» como «aquel que maneja conscientemente las energías») por rechazarlos y desplazarlos sin un motivo más claro que el de haber encontrado un objeto nuevo para su atención... Hay quien dice que la Navidad sólo se disfruta realmente cuando se es niño y cuando se es padre de un niño. Quizá sea porque la ilusión que envuelve al niño y que pretendemos que lo impregne tanto como sea posible nos rodea a nosotros y que por momentos seamos capaces de volver a adentrarnos en ese mundo de fantasía y ensueño que habíamos creado (o del cual habíamos manejado conscientemente la energía, si se prefiere) y que ahora queremos transmitir; o tal vez sea el propio sentido de conservación (instinto de supervivencia) de esas fantasías adormecidas y aletargadas lo que detecte un descenso en nuestras defensas mentales sobre lo que existe y es real y lo que no, y lance su última bengala de salvamento con la esperanza de que sea advertida y poder propagar su «acerbo genético» a la siguiente generación (si no idénticamente, con cierta «familiaridad», como postula la teoría de la aptitud inclusiva). Es posible que sea esta misma razón la que nos permita de nuevo el poder jugar con muñecos, asignándoles personalidad, voz, objetivos y conciencia... O puede que simplemente sea su forma de despedirse definitivamente de nosotros dejándonos con un dulce sabor de boca, como muchos enfermos terminales, que pocos días antes de morir experimentan una mejoría. Y a continuación su materia, que no es más que otra manifestación más de la energía, se transforma en otra clase de energía. ¿Quién sabe si no en la fantasía de algún otro infante?

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Ilustración: Cruz Navarro

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La utopía del consumidor Juan Herranz Tal vez se pueda aprender de las derrotas, al menos es lo que se suele decir. El mundo es un mercado global vencido, mantenido en un equilibrio inestable que acaba de sufrir una gran crisis que apadrinaría el mismísimo Malthus. Ahora toca buscar soluciones para salir del agujero reforzados, renovados con ideas alternativas. El origen y el término del problema a solventar se encuentra en el desajuste que establece la mayor parte del capital circulante en manos de multinacionales, máquinas descorazonadas que se mueven con el único criterio de amasar más y más beneficios. La responsabilidad de sus gerentes se difumina bajo personas jurídicas con pleno poder de acción y escasas intenciones de compromiso social. Algunas grandes firmas han quebrado, y sus multimillonarios administradores han pedido auxilio para sus criaturas. Para evitar la psicosis, algunos gobiernos, encabezados por Estados Unidos, han insuflado dinero recabado de los bolsillos de todos y cada uno de los contribuyentes. Una indudable injusticia, una bofetada en la cara con la mano invisible de Adam Smith. En estos días ha quedado claro que el liberalismo desaforado no es la mejor forma de articulación económica. Pese a que se intuía que la recesión podía llegar, el avance descontrolado parecía contar con la aquiescencia de una sociedad complacida, absorta mirándose el ombligo. La causa de este aturdimiento generalizado también se localiza en el insensato afán crematísti-

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co del capitalismo que, para lograr sus fines, usa una deleznable capacidad de compra de cualquier iniciativa insurgente. Desde la revuelta hippie al Che Guevara, todas las vías de protesta revolucionarias han sido devoradas por el interés capitalista y trastocadas hasta acomodarlas a su antojo, como un producto más. La perspectiva final es que el estado del bienestar completo se reduce al consumo, un mensaje acuñado hasta la saciedad en todo mensaje publicitario. La fórmula tiene mucho que ver con el Gran Hermano de George Orwell y sus eslóganes, con un vaciado del sentido de las palabras que igualmente ya anuncia Irene Lozano en su libro: El saqueo de la imaginación. Sin embargo, la globalización ofrece unas posibilidades inmensas a los ciudadanos del mundo, verdadero sustento y motor del sistema. Ciertamente la fuerza del consumidor es imponderable, pero está desgranada en un individualismo desquiciante. No hay ninguna organización real y efectiva de consumidores paralela al devenir económico del mercado, tan sólo conocemos unas ventanillas a nivel local con tintes institucionales, burocráticos, poco atendidas y menos eficientes. Se observa claramente la desigualdad que esto plantea con un ejemplo: hay que imaginar una multimillonaria persona jurídica sentada en la mesa de póquer frente a un ciudadano de a pie con las cartas descubiertas..., desproporcionado e injusto. En el intercambio comercial, los consumidores deberían poder actuar en igualdad de condiciones que las multinacionales, con una única voz igual de fuerte que controlara y matizara todos los desvaríos del ambicioso y chirriante mecanismo del mercado. Hasta ahora cada particular únicamente puede clamar en el desierto laberíntico de Atención al Cliente a través de algún inoperante 902.

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Para posibilitar la igualdad de trato, las organizaciones de consumidores deberían potenciarse hasta la enésima potencia, alcanzando la altura de las grandes empresas, en un entramado que aunara la fuerza y que agilizara los trámites en su mínima expresión por medio de cauces previstos o protocolos de actuación unitarios. El Estado también debe respaldar a sus ciudadanos cuya condición más relevante es la de consumidores, velando así realmente por una justicia social. Y debería hacerlo porque el mercado daría mucho más de sí cuando todo el mundo tuviera mayores oportunidades de consumo en un sistema perfeccionado no tan dependiente de unos pocos y grandes capitales concentrados. En este sentido, muchos economistas y sociólogos defienden la viabilidad de una renta básica mundial que situaría a muchos ciudadanos con un poder adquisitivo para cubrir sus necesidades. Partiendo de ese mínimo, cada cual podía desarrollar más o menos sus aspiraciones, y además podría pensarse en extinguir la pobreza y el mercado seguiría creciendo encontrando nuevos clientes. Para hacer de esta utopía una realidad, los gobiernos tendrían que aunar esfuerzos, sometiéndose a un reglaje global efectivo, aprovechando algunas instituciones de índole mundial ya existentes que podrían potenciar su labor, hasta ahora meramente representativa. Los cambios suelen ser difíciles, más todavía si hay un convencimiento vacuo de vivir cerca de un estado de bienestar al alcance de las manos. Por eso, aunque suene paradójico, al llegar una gran crisis con sus grandes dudas es el momento idóneo de buscar alternativas en pos de un mundo verdaderamente mejor.


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¿Biodiversidad es armonía? Jesús Medrano Homobono

Durante uno de esos días cualquiera en los que, tras una buena comida, intento disfrutar de una breve siesta posterior acompañada de mi programa de televisión favorito, despertó mi atención la campaña publicitaria que nuestro gobierno acaba de lanzar con el siguiente eslogan: «Biodiversidad es armonía». El anuncio televisivo correspondiente me hizo reflexionar sobre los motivos que el gobierno de un importante país europeo, novena potencia económica mundial si no recuerdo mal, tiene para mostrar ahora una especial sensibilidad hacia este tema. Recordé que la ONU, en esa sucesión inacabable de años dedicados a determinados temas de interés social y humano, pero que nunca han supuesto ningún tipo de modificación sensible de nuestras conductas, ha declarado 2010 como el Año internacional de la diversidad biológica. Aunque quien teclea estas palabras resulta ser un profesor de Ciencias naturales que ejerce su profesión en un instituto de secundaria cualquiera, no le queda más remedio que reconocer su condición de bioanalfabeto en lo que a estos bioasuntos concierne. No obstante, me resultó sencillo encontrar en la prensa escrita reciente artículos relacionados con la biodiversidad pues una de las líneas prioritarias del gobierno patrio, durante el semestre que le ha correspondido a cargo de la presidencia compartida de la Unión europea, es la preservación de la biodi-

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sino que deben incluirse la diversidad genética de las mismas y la pluralidad de ecosistemas donde habitan. Las personas profanas en el tema tendemos a fijarnos únicamente en el primer aspecto. En este sentido, existen datos abrumadores sobre la pérdida de biodiversidad sobre el planeta. Conozcamos algunos: • Cada día desaparecen más de 150 especies

versidad. Si además tenemos en cuenta que España resulta ser el país europeo de mayor biodiversidad, con una zona como el archipiélago canario de especial relevancia por sus peculiaridades, el estado se enfrenta a la lógica obligación de mostrarse a la cabeza de Europa en este campo. Con tal fin ya se ha llevado a cabo en Madrid la llamada Conferencia de la Presidencia Española de la Unión Europea «Meta y visión post-2010 en materia de biodiversidad». Como resultado de la misma surge uno de esos documentos de práctica aplicación titulado «Prioridades de Cibeles. Parar la Pérdida de Biodiversidad en Europa». Todo este caudal de información me condujo, en busca de completar algunas de mis muchas lagunas, hasta un libro de texto de Ciencias del Mundo Contemporáneo, materia obligatoria de reciente aparición en el currículo de bachillerato. Simultáneamente, en la biblioteca del instituto donde trabajo pude descubrir un pequeño libro titulado Biodiversidad, de Lluís Cardona y editado en 2007 por la editorial Océano. La personal visión del autor, pragmática y poco dada a convencionalismos políticamente correctos, hace de esta obra una lectura muy recomendable. En lo que a mí respecta, me gustaría compartir con todos vosotros el análisis y las reflexiones sobre biodiversidad a las que estas lecturas me condujeron. Empezaré por definir correctamente el término biodiversidad, pues según la Conferencia de Río de Janeiro (1992), no consiste sólo en la variedad de especies y el número de individuos que la forman,

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• Se consideran bajo amenaza de extinción el 12% de las aves, el 23% de los mamíferos, el 52% de los insectos, el 32% de los anfibios, el 51% de los reptiles, el 25% de las coníferas y el 20% de los tiburones. En este último párrafo aparece un término, extinción, que a nosotros, mortales comunes, suele traernos a la mente imágenes cataclísmicas de un futuro no demasiado agradable para nuestra especie. Sin embargo, buceando en la historia de la vida en el planeta encontramos un dato sorprendente: las extinciones masivas son algo común sobre la faz de la Tierra y, de hecho, se trata de un fenómeno periódico que ya ha ocurrido al menos cinco veces en el pasado. Recordemos brevemente las tres crisis mejor documentadas: • Hace 439 millones de años se produjo la extinción el 59% de la vida marina. • Hace 245 millones de años la extinción alcanzó al 90% de las especies marinas. • Hace 65 millones de años la crisis afectó al 47% de todas las especies. Varios aspectos comunes a todas estas situaciones llamaron especialmente mi atención. Todas ellas fueron provocadas por importantes cambios geológicos y climáticos, ocasionados a veces por impactos de meteoritos. Los cambios radicales en las condiciones que hasta entonces predominaban en el planeta provocaron la extinción masiva de, principalmente, aquellas especies que durante los procesos de evolución se habían adaptado con mayor éxito a las mismas. Los huecos dejados por estos grupos fueron ocupados por organismos menos especiali-


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zados y que, por lo tanto, soportaron mejor los cambios. A su vez, estos proliferaron y evolucionaron, adaptándose cada vez mejor a las nuevas condiciones. Finalmente, una nueva crisis reinicia estos procesos. La situación actual, que puede ser considerada como una sexta extinción, presenta un claro elemento diferenciador de las anteriores. En este caso, el desencadenante de la crisis es una especie de mamífero, el Homo Sapiens. Las consecuencias de la actividad humana durante el poco tiempo que nuestra joven especie ha dispuesto sobre el tablero de juego azul se traducen en contribuciones tan apreciables como la contaminación, el aumento de los residuos, la desertización, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Analizando con mayor profundidad este último aspecto, caben destacar tres causas principales para explicar cómo la acción humana provoca extinciones masivas: • La persecución directa, pues el ser humano se alimenta de otros seres vivos e incluso suele disfrutar con el proceso mismo de captura y muerte. Un ejemplo de este tipo de extinciones podría ser el bisonte americano aunque, por fortuna, esta especie ha logrado recuperarse no sin esfuerzos. El tigre de Tasmania o el antílope azul no tuvieron tanta suerte y pasaron a formar parte de la amplia lista de especies extinguidas a causa de la presión cinegética del hombre. • La alteración del hábitat, pues el hombre necesita de mucho espacio para desarrollar su actividad vital. Vivimos en grandes ciudades y consumimos gran cantidad de recursos por lo que necesitamos grandes extensiones de terreno para cultivar nuestros alimentos, desarrollar nuestras actividades ganaderas y construir el ingente número de industrias que nos proporcionan todos los productos elaborados que utilizamos en nuestra vida diaria. Evidentemente, se genera una profunda

transformación del paisaje que no sólo reduce la extensión de los distintos ecosistemas sino que también los fragmenta e impide la comunicación entre ellos. En la actualidad, la ciencia considera este factor como la principal amenaza para la conservación de la biodiversidad. En España tenemos algunos ejemplos de especies en franco retroceso por este motivo: corzos, lobos, osos, etc. • La introducción de especies exóticas, pues el hombre nunca viaja solo. Junto a él se desplazan sus animales y plantas domésticos pero también un montón de invitados que nos utilizan para propagarse por el mundo: semillas, parásitos, roedores, microorganismos, etc. Muchas de estas especies fracasan en su adaptación a los nuevos hábitats pero otras tiene un éxito brutal. En Aragón tenemos ejemplos claros de los problemas que este tipo de especies generan. Me estoy refiriendo a las poblaciones de siluros, mejillones cebra y cangrejos americanos que, introducidos por el hombre, proliferan sin control en el río Ebro acabando con otras especies de carácter autóctono. Llegados a este punto quizá merezca la pena detenerse un instante para considerar que la actividad humana no sólo provoca la extinción de muchas especies sino que también es la causante de la proliferación de otras, capaces de adaptarse a la nueva situación y convivir con nosotros con gran éxito. Pensemos en las palomas, en las ratas y ratones, en las pulgas y piojos y nos daremos cuenta de que, en este sentido, esta sexta extinción ocasionada por el hombre se asemeja a todas las anteriores. Trazado ya el dibujo con los principales aspectos que afectan a la biodiversidad en el planeta, Tierra ha llegado el momento de retomar la pregunta inicial: ¿Por qué debemos preocuparnos tanto y dedicar tantos recursos a la conservación de la biodiversidad? Vuelvo a citar el texto de Lluís Cardona, que proporciona tres posibles respuestas junto con una crítica bien argumentada sobre su validez.

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Una primera respuesta se basa en la conservación del equilibrio natural, concepto de mayoritaria aceptación social que presupone que la eliminación de una sola especie de un ecosistema provocaría una alteración crítica en el funcionamiento del mismo, situación que elevada a escala planetaria con la extinción masiva de múltiples especies conduciría al planeta irremediablemente hacia un colapso poniendo en serio peligro la supervivencia de nuestra propia especie. Actualmente, un conocimiento más profundo del funcionamiento de los ecosistemas cuestiona profundamente la validez de este razonamiento. Los biólogos saben hoy que muchas de las especies en peligro de extinción no representan un papel relevante en sus ecosistemas pues su rol puede ser ocupado de manera eficaz por otras. Las especies clave en dichos ecosistemas suelen ser plantas, insectos, microorganismos, etc., que no se hallan en situación crítica. De hecho, desde un punto de vista funcional, sólo necesitaríamos conservar esas especies clave y aquellas que explotamos directamente como recurso. Otra respuesta cuestionable se relaciona directamente con la medicina y la farmacología. Históricamente moléculas químicas descubiertas en plantas e invertebrados han conducido al desarrollo de medicamentos eficaces contra muchas enfermedades. Como todavía no conocemos todas las posibles especies de estos géneros que pudieran habitar en ecosistemas localizados en zonas recónditas de las selvas tropicales o de los fondos marinos, su extinción podría conducir al no desarrollo de posibles fármacos que tal vez sirvieran para paliar o curar enfermedades como el cáncer o el Alzheimer. No obstante, se habla en términos de hipótesis, que quizás nunca cristalicen, y no de realidades. En todo caso, se trataría de especies endémicas que una vez descubiertas y utilizadas dejarían de tener una utilidad real. Otro argumento favorable a la conservación pasa por apelar a consideraciones éticas y morales, incluido las religiosas, negando al ser humano el derecho a decidir sobre la vida del resto de las especies del planeta. No obstante, si consideramos las extincio-

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nes masivas como fenómenos naturales que se reproducen cíclicamente también podría argumentarse la inutilidad del sentimiento de culpa. Las reflexiones efectuadas hasta ahora conducen hacia una única conclusión lógica: la situación no es tan grave como se nos quiere hacer creer y, sin lugar a dudas, no debemos temer en exceso por la supervivencia ni de nuestra especie ni de la vida en general. Los gobiernos del primer mundo gastan demasiados recursos en este sentido cuando existen problemas más graves que acucian a la humanidad. Pensemos en las zonas menos desarrolladas donde la gente muere de hambre y a causa de enfermedades ya erradicadas en otros países. Así pues, nos enfrentamos a campañas publicitarias de índole básicamente política que únicamente buscan sacudir las conciencias de la gente ante lo que se cree un problema de urgente resolución y que ayudan a estos gobiernos a ganarse la estima de sus ciudadanos probando su elevada conciencia moral. Nuestros dirigentes vuelven a demostrar su incapacidad para afrontar con profundidad y rigor científico los problemas globales que nos afectan, dejándose llevar por las corrientes de opinión de una mayoría social pero sin buscar soluciones reales de índole práctico. Tras lo leído, cualquier lector pensará que el que suscribe este artículo defiende abiertamente dejar de lado la conservación de la biodiversidad por ser una cuestión carente de importancia alguna. No es así, sin embargo, pues me adscribo rotundamente a la opinión de Lluís Cardona cuando, como razón para la defensa de la biodiversidad, apela a un argumento sin duda convincente: reivindicar la magia y la belleza de la naturaleza salvaje en todas sus formas. No necesitamos una gran variedad de especies para sobrevivir pero, sin lugar a dudas, un mundo sin su presencia sería un lugar mucho más feo y aburrido. Somos una especie con una gran capacidad para emocionarnos con la belleza y los sentimientos y son este tipo de cosas las que al final, una vez cubiertas nuestras necesidades vitales, permiten al ser humano alcanzar un estadio de mayor felicidad y bienestar.


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El taller de convivencia, una herramienta para la formación socioemocional Jesús Claver Giménez

Trabajar la convivencia en los centros educativos supone tener en cuenta que «los conflictos son situaciones en las que dos o más personas entran en oposición o desacuerdo, porque sus posiciones, valores, intereses, deseos o necesidades son incompatibles o, al menos, se perciben como tales» (Juan Carlos Torrego). Por tanto, lo habitual es que haya conflictos en las situaciones sociales y lo importante es superarlos sin usar la fuerza ni la imposición, sino mediante el respeto al otro, a través del diálogo y la negociación. Los alumnos y alumnas son ciudadanos y ciudadanas en proceso de formación. Un currículo más democrático implica formación social, afectiva y moral, impregnando cada acto, cada comentario, cada actuación… en el día a día de la vida institucional. En este sentido, según Rosario Ortega, la educación en sentimientos, valores y actitudes es la base sobre la que levantar el edificio de la convivencia, porque no hay manera de llegar a tener un comportamiento moral, cívico y honesto si no se aprende a respetar y ser respetado. Se trata, por tanto, de desarrollar propuestas de trabajo que persigan los siguientes fines: • Que los alumnos aprendan a expresar sus propias emociones y a respetar las emociones de los demás.

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• Que desarrollen la capacidad de ponerse en el lugar del otro, entender cómo piensa, cómo siente, aunque no se esté de acuerdo con él. • Que tengan tiempos y espacios para reflexionar y pensar críticamente, donde puedan expresar sus ideas, sus argumentos, de forma que perciban que hay diferentes perspectivas desde las que analizar las situaciones. • Que sean capaces de llegar a acuerdos y consensos que permitan resolver los problemas colectivamente y con flexibilidad (yo gano-tú ganas). La sistematización del aprendizaje de las habilidades socioafectivas requiere dedicar un tiempo semanal a trabajar directamente con el alumnado. La estructura más adecuada es la de tipo taller donde se realizan actividades prácticas en grupos reducidos. Las actividades pueden centrarse, entre otros, en los siguientes puntos: escucha activa, diálogo, lluvia de ideas, cooperación grupal, resolución de problemas por consenso, toma de decisiones, dilemas morales, habilidades sociales, habilidades emocionales, igualdad de derechos entre hombres y mujeres (trabajo doméstico y violencia de género).

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En la práctica, desarrollar este tipo de actividades no es sencillo porque hay que conjugar tres aspectos importantes: situaciones que susciten interés, la teoría debe ir unida directamente a la práctica y una metodología abierta y participativa, donde el alumnado tiene que sentirse protagonista. Sin embargo, en el mercado hay materiales muy interesantes que facilitan la tarea. Algunos de ellos son: Programa de desarrollo socioafectivo (Mª Victoria de la Cruz, Ediciones TEA), Ser persona y relacionarse (Manuel Segura Morales, Editorial Narcea), Programa educativo de crecimiento emocional y moral (Nieves Alonso-Gancedo, Conchita Iriarte, Editorial Aljibe), La convivencia escolar: qué es y cómo abordarla (Rosario Ortega y otros, PDF publicado por la Junta de Andalucía), Estrategias educativas para la prevención de la violencia. Mediación y diálogo (Rosario Ortega, Rosario del Rey y Paula Gómez, PDF publicado por Cruz Roja), Mediación de conflictos en instituciones educativas (Juan Carlos Torrego, Editorial Narcea), Educar en relación: hacia la convivencia y el respeto. Propuesta coeducativa para la ESO (Pilar Mateo y otros, Editorial Ayuntamiento de Zaragoza. Casa de la Mujer.), Tutoría con adolescentes (Juan José Brunet y José Luis Negro, Editorial San Pío X).


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Los contenidos curriculares en el cine español Mª Elena López Quintana

El cine es un medio de expresión y de interpretación de la realidad que porta valores y contravalores merecedores de su análisis. El presente artículo presenta una breve exposición de las asignaturas preferidas por el cine español a lo largo de las películas españolas seleccionadas para el presente artículo y producidas en varias décadas de la Historia de España. ¿Cuáles son los contenidos curriculares que los estudiantes de estas escuelas inventadas por la cinematografía de sus directores y guionistas, han ideado para presentar su particular visión de la educación en las diferentes épocas de la Historia de España? Las asignaturas preferidas en las películas analizadas para la presentación de sus tesis son, por orden de mayor frecuencia de secuencias dedicadas, son: Ciencias Sociales, Ciencias Naturales, Lengua y Literatura, Matemáticas, Educación Física y Expresión Corporal, Química, Moral y Catecismo, Música y Dibujo. Quedan excluidos los idiomas y las lenguas clásicas. La clase de Ciencias Sociales se diversifica en las diferentes vertientes de Geografía, Arte, e Historia. En El espinazo del diablo (Guillermo del Toro, 2001) se imparte una clase de Prehistoria cuyo tema es la caza del mamut por los hombres prehistóricos. El arte y los monumentos de Toledo y la necesidad de viajar para educarse son los conocimientos que explica Orfeo, el maestro de la película You are the one (José Luis Garci, 2000) La Geografía que aprenden los alumnos de Don Julio de El florido pensil sitúa a España en el centro del mundo y la Historia les hace ver la maldad de judíos y árabes. Los viajes para conocer monumentos se realizan en El amor del Capitan Brando (Jaime de Armiñán, 1974), en la que los niños de la escuela, acompañados de sus dos profesoras, visitan el acueducto de Segovia. En You are the one Julia, Orfeo, el maestro, y Juanito, el alumno, estudian el arte prerrománico asturiano ante la portada de Santa

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Ilustración: Pilar Longás

alado, un escarabajo príncipe o rey, al mismo tiempo que intentan ver la lengua de las mariposas y desvelar los secretos de la vida. En la clase de anatomía de El espíritu de la colmena, (Victor Érice, 1973), Ana aprende cuáles son los órganos vitales del ser humano en el muñeco de don José: corazón, pulmones y los ojos con los que don José ya puede ver. También Ana y su hermana, aleccionadas por su padre, que actúa como maestro, aprenden a diferenciar los diferentes tipos de setas en una salida al campo, secuencia semejante a las de La lengua de las mariposas e interpretada por el mismo actor: Fernando Fernán Gómez. La reproducción floral se estudia en Adios cigüeña, adios (M. Summers, 1978) y la clase de secundaria de El Bola (Achero Mañas, 2000) apunta en su cuaderno los conceptos de medio ambiente y el de la circulación sanguínea mediante los mapas conceptuales que su profesor, Carlos, dibuja en la pizarra.

María del Naranco. La geografía, extensión y recursos económicos de América se explican en una clase magistral impartida a todo el pueblo por la maestra, apuntada por el alumno empollón en Bienvenido Mr. Marshall ( García Berlanga, 1953) y la importancia de Azaña como político ateo y perseguidor de sacerdotes en Arriba Hazaña (José María Gutiérrez, 1978)

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La clase de Ciencias Naturales está presente de modo especial en La lengua de las mariposas (José Luis Curerda, 1999) donde los niños, junto con don Gregorio, el maestro entomólogo, salen en diversas ocasiones a dar la clase de Historia Natural al campo; contemplan la polinización de las flores a través del néctar que desprenden para atraer a las mariposas, descubren lo que es un ciervo

La clase de Lengua y Literatura se desarrolla con la lectura de poetas españoles en El espíritu de la colmena, donde una niña lee un poema de Rosalía de Castro, y en la clase de Don Gregorio de La lengua de las mariposas, en la que un alumno dicta el poema de Antonio Machado titulado «Monotonía de lluvia tras los cristales». Los alumnos de esta clase conocen muy bien el significado de esta palabra y el transcurso de su propia clase se convierte en una ilustración visual del poema


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dictado. Orfeo, el maestro de You are the one, dicta a sus alumnos un fragmento del libro Corazón titulado «Mi amigo Garrón». Manolo y el conserje afrancesado del preventorio de El año de las luces (Fernando Trueba, 1986) salvan de la quema de los libros considerados como antiespañoles por la maestra falangista, Doña Tránsito, la buena literatura clásica inglesa y francesa: Dickens y Montaigne; y también emulan las tertulias literarias de los cafés de la bohemia parisina con la mención de los poetas malditos Baudelaire, Verlaine y Rimbaud, al tiempo que recitan versos de Espronceda tras una botella de absenta en la mesa de la cocina. En este caso la clase se ha desplazado a lugares menos convencionales. Los alumnos de Orfeo en You are the one preparan una adaptación teatral de Gómez Manrique sobre el nacimiento de Cristo, que representarán en la Iglesia del pueblo el día de Nochebuena. También en Adios cigüeña adios los alumnos preparan un montaje del nacimiento que no llega a buen término por el conflicto de celos por el amor a la Virgen María que hay entre San Gabriel y San José, personajes interpretados por alumnos y alumnas del colegio religioso. La clase de matemáticas también es impartida en el cine español. Los alumnos de Las Hurdes (Luis Buñuel, 1932) aprenden el valor de la suma de los ángulos de un triángulo. En las clases de primaria de El espíritu de la colmena y

de El año de las luces se estudian de memoria las tablas de sumar y multiplicar, bajo la batuta inflexible de la regla de las maestras que dirigen tan acompasado coro. La monja profesora de Adios cigüeña, adios llena la pizarra de ecuaciones y llama la atención a las alumnas que hablan sin prestar atención. Los alumnos de Don Julio en El florido pensil resuelven problemas de matemáticas que versan sobre toreros, andarines, kilómetros y docenas de huevos. La clase de Educación física tortura, con sus flexiones y carreras alrededor del campo de recreo, a unos profesores y sacerdotes de más de cuarenta años, que son obligados a mantenerse en forma por un antiguo alumno que pretende vengarse de ellos tras secuestrarlos en el colegio privado, regentado por una orden religiosa, en el que cursó sus estudios primarios en FEN (Antonio Hernández, 1979). Los alumnos de la innovadora profesora Aurora de El amor del capitán Brando tienen la posibilidad de practicar Expresión corporal en la clase, aunque una parte de los padres y vecinos del pueblo lo consideran una «cochinada». Sólo los alumnos mayores de Arriba Hazaña pueden estudiar Química: la pólvora, el gas de las ventosidades y recitar la ley de Boyle y Marriote, que parece que no se saben excesivamente bien. Lecciones de moral referentes a no robar los bienes ajenos aprenden y copian los pobres alumnos

de las Hurdes, tierra sin pan. Los pocos niños que no se han puesto de huelga para reivindicar la vuelta de su profesora Aurora, soportan una edificante clase de Higiene corporal, impartida por su sustituta en El amor del Capitán Brando. Los alumnos de Don Julio recitan el catecismo a golpe de regla en El Florido Pensil. Los compañeros de la clase de Música de Martín de Mamá es boba (Santiago Lorenzo, 1997), experimentan los nervios del examen de interpretación del «Himno de la alegría» con la flauta dulce. El propio Martín comete dos fallos de ejecución ante una resignada profesora, que tras las actuaciones de los alumnos dictamina: «¡Regulín!», en un tono que denota exasperación. Los alumnos de Don Gregorio no parecen muy dispuestos a aprender a dibujar naturalezas muertas (un plano detalle muestra una calabaza, una botella de anís y un libro sobre el que hay dos limones) en la clase de Dibujo, a pesar de que el maestro solicita su cooperación para que levanten la mano si no ven bien o si tienen alguna duda. Breve recorrido por un cine español que remite a la visión educativa de cineastas españoles sobre contenidos curriculares, presentados con belleza, humor entrañable o crítico, en películas que remiten directamente a la Historia de la Educación de la España de entre la década de los treinta del siglo pasado y la actualidad.

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Historia En la presente edición de Ágora, vamos a poder disfrutar de la lectura de cuatro interesantes artículos de Historia, que harán referencia a todas las etapas del desarrollo de la humanidad, desde la alimentación en la Prehistoria, la toponimia hundiendo sus raíces en la Antigüedad Latina y en la Edad Media de nuestra península, tanto cristiana como musulmana, el amor y la violencia bajo la vigilancia inquisitorial en la Edad Moderna y la participación de los españoles en la Segunda Guerra Mundial, como aspecto menos conocido de nuestra Historia Contemporánea. En ninguno de los cuatro artículos hay olvido de las Cinco Villas, pero tampoco en ninguno se ha obviado la necesaria apertura a Aragón, España y el mundo, desde la cercana Luesia, hasta Euskadi, Galicia, la Rioja,... Irlanda y el cultivo de la patata traída de América, y hasta las lejanas costas de Japón y Filipinas en el Pacífico asiático. Disfruta pues, amable lector, de la completa síntesis que José Sánchez Usón ha hecho sobre los topónimos más importantes de las Comunidades y ciudades de nuestra península, que procede del número anterior de Ágora y continuará en el siguiente, no dejes de ilustrarte con el recorrido acerca de la alimentación en la historia de la humanidad a cargo de Carlos Murillo Almuzara, con el relato de Marta Pastor acerca de un asesinato acaecido en Luesia, por amor, en los primeros años del siglo XVII —supervisado por la Inquisición—, ni con el trabajo de Mariano Gracia, el quinto ya, sobre los españoles en la Segunda Guerra Mundial, sus peripecias en el Pacífico, como excombatientes de ambos bandos de nuestra cruenta Guerra Civil, sus muy diversas suertes y su destino, tantas veces, dramático. En fin, que leer es aprender y el pasado del hombre en sociedad, es una fuente inagotable de enseñanzas.

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España y sus topónimos (II) José Sánchez Usón

Ilustración: Pág. 111 Atlas

Nota previa: Este artículo es continuación del publicado en el nº 7 de Ágora. En ese número se explicaba el origen de España, el de cinco comunidades autónomas con sus respectivas provincias (Andalucía, Aragón, Asturias, Cantabria y Castilla y León) y el de sus capitales. Por su parte, en este nº 8 se aborda el origen de otras seis comunidades (Castilla-La Mancha, Cataluña, Euskadi, Extremadura, Galicia y La Rioja). El resto de comunidades peninsulares o insulares y el de Ceuta y Melilla se explicarán en el nº 9. Todos los topónimos se hallan en orden alfabético. Para comprender el panorama lingüístico de la Península Ibérica en la Antigüedad remito al lector interesado al artículo del año pasado. No obstante, recuerdo seguidamente algunos símbolos de este trabajo: un asterisco (*) significa que un topónimo es hipotético; el signo >, que la palabra que va delante origina la que va detrás; un paréntesis ( ), que los sonidos que encierra se pierden; unos corchetes [ ], que lo que va dentro son _ sonidos; una rayita larga sobre una vocal , que es larga y un semicírculo ˘, que dicha vocal es breve. Querido lector, lee este artículo con atención, pero en pequeñas dosis.

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■ CASTILLA-LA MANCHA Lo dicho para el origen de Castilla vale también ahora para explicar el nombre de esta comunidad autónoma. Por su parte, La Mancha es un topónimo árabe procedente del nombre mang˘a, ‘altiplanicie’ , según Rafael Lapesa. En conclusión:

Mang˘a ‘altiplanicie’ > Mancha > La Mancha (top. árabe) ■ ALBACETE

El topónimo de esta ciudad, que se halla en una llanura de La Mancha Alta, procede del nombre árabe al-basıt- , que significa ‘la llanura’. Al término se le ha añadido al final el sonido [e]. En esquema:

Al-basıt- , ‘la llanura’ > Albacete (top. árabe) ■ CIUDAD REAL

Esta ciudad fue fundada por el rey Alfonso X el Sabio en el año 1255 con el nombre de Villa Real para asegurar la defensa y las comunicaciones entre Toledo y los territorios del sur recién reconquistados a los musulmanes. Posteriormente, el rey Juan II Ie dio la categoría de Ciudad Real en el año 1420. En definitiva:

Villa Real ‘villa fundada por el rey’ → Ciudad Real (top. medieval) ■ CUENCA

Esta ciudad se halla sobre una muela que hay entre los ríos Júcar y su afluente el Huécar. Precisamente su topónimo se explica por la ubicación geográfica de la ciudad al proceder del latín concha ˘ (pronúnciese conca), ‘valle profundo entre montes’. Según Josep María Albaigès, en el s. IX existía en este lugar un castillo musulmán llamado Conca. El sonido [o] tónico diptonga en [ue]. En suma:

Concha ˘ ‘valle profundo entre montes’ > Conca > Cuenca (top. latino) (top. medieval) ■ GUADALAJARA

Esta ciudad carpetana se llamaba Arriaca, ‘pedregal’, en época prerromana. Su primer nombre árabe fue madinat al-Farug˘, ‘la ciudad de Faruch’, personaje bereber que fue dueño de estos territorios. Al estar la ciudad al lado del río Henares, los autores árabes la llamaban siempre wadi-al-hag˘ara, ‘río o valle de piedras’. Recuérdese que río en árabe se dice wadi (Guadiana, Guadalquivir, Guadalope, etc.). En resumen:

Wadi ‘río’ > wadi-al-hag˘ara, ‘río o valle de piedras’ > Guadalajara (top. árabe) ■ TOLEDO

En la Antigüedad, Toledo era una ciudad carpetana. El topónimo procede del latín Toletum, el cual viene de un topónimo anterior con el elemento prerromano *tol–, ‘altura, montículo’, presente en otros topónimos españoles y extranjeros. Según Rafael Lapesa, Toledo puede ser un topónimo ligur. Los árabes la llamaron de varias formas: Toleitola, Toletola, Toledola, Toletora. Así pues, el nombre tiene que ver con su ubicación geográfica, al hallarse sobre un cerro rodeado por el río Tajo. En conclusión: *Tol–, ‘altura, montículo’ > Toletum > Toleitola, Toletola, Toledola, Toletora > Toledo (top. prerromano) (top. latino) (top. árabe)

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■ CATALUÑA (CATALUNYA en catalán) La documentación más antigua del topónimo es de 1114 y desde entonces se usa cada vez más entre los pueblos cristianos europeos. Según Ramón Menéndez Pidal, en el siglo XIII se decía en castellano Catalueña procedente de Cattal˘onia, pero luego se adoptó la forma autóctona. Los árabes no usaron nunca de forma generalizada este topónimo. Aunque la conclusión es que se desconoce su origen, vamos a sintetizar aquí estas cuatro hipótesis: • 1ª hipótesis: Vendría del latín *Gotholandia, ‘tierra de los godos’. Así pues, el nombre sería germánico con posterior alteración fonética árabe. Emilio Nieto Ballester rechaza totalmente esta hipótesis. • 2ª hipótesis: Procedería del latín castellani, ‘los de los castillos’> *catlans > *catalans, de donde vendría Cataluña. Emilio Nieto Ballester pone muchas objeciones a dicha hipótesis. Según el historiador Guillermo Fatás, procedería de *Castelonia, ‘tierra de castillos’ (como Castilla). • 3ª hipótesis: Vendría del latín Montecatanus (localidad actual de Montcada, en las afueras de Barcelona), el cual derivaría en *Montecatalanus > Catalanus. Esta es la hipótesis más difundida hoy. La objeción es ¿cómo puede generalizarse el nombre de una localidad a toda una comunidad? • 4ª hipótesis: Procedería de Lacetania > Catelania > Catalonia > Cataluña. Lacetania sería el territorio de los lacetani, pueblo antiguo que ocupaba el centro y el este de la actual Cataluña. El problema es que debieran haberse producido demasiados cambios en la posición de los sonidos. ■

BARCELONA

El general romano Escipión le dio a la ciudad el nombre de Faventia. Posteriormente, el emperador Augusto la llamó Iulia Augusta Faventia o Augusta Iulia Pia Faventia. De todas maneras, el topónimo no procede de estos nombres, sino del latín Barc ı˘no (pronúnciese esdrújula), adaptación de un nombre autóctono de signi– ficado desconocido. Barc ı˘no evolucionó a Barcinona , con posible sufijo –ona de origen ligur, según Ramón Menéndez Pidal. El primer sonido [n] se convirtió en [l]. Según los especialistas, no hay que relacionar Barc ı˘no con la familia cartaginesa de los Barca, por ejemplo, con Amílcar Barca, el padre del general Aníbal, sino con un supuesto nombre prerromano Barco, muy presente en la toponimia. En esquema: – Barc ı˘no (significado desconocido) + sufijo ligur –ona > Barcinona > Barcelona (top. prerromano) (top. latino)

GERONA (GIRONA en catalán)

Este topónimo procede directamente del nombre latino Gerunda. La pérdida de [d] tras [n] es normal en catalán. A su vez, Gerunda vendría de un topónimo prerromano autóctono. Según Pancracio Celdrán, procedería del nombre prerromano ger—, ‘puesto fortificado sobre una elevación’ + ‘unda ‘río’ (del celta –onna, ‘río’), o sea, ‘puesto fortificado sobre una elevación situada junto al río Oñar’ (que pasa por esta ciudad). La forma Gerona es más antigua en catalán y castellano que la forma Girona. Es muy dudoso que Gerunda proceda de urbs o villa gerenda o gerunda, participio de futuro pasivo del verbo latino gero, ‘administrar’, con el significado de ‘ciudad o villa que ha de ser administrada’. En definitiva: • 1ª hipótesis: ger— + —unda > Gerunda ‘puesto fortificado sobre una elevación situada junto al río Oñar’ > Gerona (top. prerromano) (top. latino) • 2ª hipótesis: urbs o villa gerenda o gerunda ‘ciudad o villa que ha de ser administrada’ > Gerunda > Gerona (top. latino)

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LÉRIDA (LLEIDA en catalán)

La ciudad se llamaba en época romana Ilerda, topónimo latino que es una adaptación de Iltirta o Iltirda, capital de los ilergetes destruida por los romanos en el año 80 a. Cr. Se desconoce el significado originario, aunque algunos estudiosos han tratado de ver un elemento ibérico ili—, ‘ciudad’. Tanto la forma catalana como la castellana proceden de Ilerda, aunque la evolución fonética es irregular en ambos casos. En época árabe el nombre evolucionó a Larida, de donde procede Lérida en castellano. En catalán, el sonido [i] inicial se pierde, [l] se convierte en [ll] y [r] se transforma en [i]. En suma:

Iltirta o Iltirda > Ilerda > Larida > Lérida (top. ibérico) (top. latino) (top. árabe) ■ TARRAGONA

Esta ciudad se ha identificado con la ciudad ibérica de Cose, capital de la tribu de los cosetanos. Fue una de las ciudades romanas más importantes por ser la capital de la Hispania Citerior y después de la Provincia Tarraconensis. El topónimo procede del latín Tarr˘aco (pronúnciese esdrújula), de donde tardíamente vendría — Tarracona , nombre presente ya en San Isidoro. Tarr˘aco es una adaptación de un nombre prerromano desconocido. Según Emilio Nieto Ballester, Tarraco podría relacionarse con una palabra prerromana, probablemente ibérica, que ha dado lugar al nombre de una planta llamada tàrrec en catalán y tarrago en castellano, o sea, ‘la salvia verbenácea’. En resumen: — Tarr˘aco > Tarracona , > Tarragona (top. latino)

■ EUSKADI Este es el nombre oficial que recibe en eusquera la Comunidad Autónoma Vasca. El nombre fue creado por el político Sabino Arana Goiri, creador del Partido Nacionalista Vasco a finales del siglo XIX, a partir de la raíz eusk–, ‘vasco’, y el sufijo colectivizador —adi. Se desconoce el origen de dicha raíz. El nombre tradicional para designar a todos los territorios de habla vasca es Euskalherria, compuesto por dos palabras: euskal, ‘vasco’, y herria, ‘tierra, pueblo, país’. En conclusión:

Eusk– ‘vasco’ + –adi > Euskadi (top. vasco) ■ ÁLAVA (ARABA en eusquera)

Este topónimo de origen prerromano está relacionado posiblemente con el nombre alba, muy documentado en la toponimia hispánica. Alba no tiene nada que ver con el latín alba, ‘blanco’, sino con la palabra prerromana alba, ‘colina, lugar elevado’. Simplemente se habría añadido una [a] entre las consonantes de dicha palabra. En esquema:

Alba ‘colina, lugar elevado’ > al[a]ba > Álava (top. prerromano) ■ VITORIA (GASTEIZ en eusquera)

Algunos autores han pretendido identificar esta ciudad con la antigua Victoriacos, fundada por Leovigildo en el año 574, aunque el núcleo original fue la aldea de Gasteiz, documentada ya desde 1025. Sobre ella, el rey Sancho el Sabio de Navarra fundó Victoria en 1181. Los textos hablan de «Nova Victoria que antea vocabatur Gasteiz», o sea, «Nueva Victoria que antes se llamaba Gasteiz». Este último topónimo parece ser una adaptación en eusquera del nombre castellis, ‘en los castillos’, ablativo plural latino de castellum, ‘fortín, fortaleza, castillo’, aunque los detalles de la evolución fonética no están muy claros. En definitiva, ambos topónimos procederían del latín:

Vi(c)toria ‘triunfo bélico’ > Vitoria (top. latino)

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Castellis ‘en los castillos’ > Gasteiz (top. latino)


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■ GUIPÚZCOA (GIPUZKOA en eusquera)

Guipúzcoa aparece en sus formas más antiguas como Ipuzcoa, Lipuzcoa y Pusico, aunque se refieren a un territorio más pequeño que el de la provincia actual. En el topónimo aparece una raíz común *gipuz o *ipuz de significado originario desconocido e inexistente en el actual eusquera, a la que se añade –ko (sufijo vasco de complemento del nombre, ‘de’) y –a (artículo vasco, ‘el’). Según Emilio Nieto Ballester, este topónimo procede tal vez de un nombre de persona. En suma: *Gipuz o *ipuz (significado desconocido) + –ko ‘de’ + –a ‘el’ (top. vasco) ■ SAN SEBASTIÁN (DONOSTIA en eusquera)

Hace mucho tiempo que no se identifica San Sebastián con la ciudad de Olarso, Oeaso o Easo citada en documentos antiguos, aunque todavía se le llama a veces la bella Easo y a sus habitantes easonenses. La ciudad se denominaba en el siglo IX en eusquera Iruzul, ‘tres entradas’. Su nombre actual aparece en un documento del año 1014 firmado por el rey Sancho III el Mayor de Navarra, que la dona al monasterio de Leire. San Sebastián era el puerto de mar del reino de Navarra. Por lo visto, se desarrolló alrededor del monasterio de San Sebastián el antiguo. El nombre de Donostia es el resultado de la adaptación y posterior evolución fonética de la forma romance San Sebastián en eusquera. Téngase en cuenta que «dona» es la traducción de «santo» y «san» en vasco antiguo. La evolución de los sonidos sería esta: *Donas(eb)a(s)tiai ‘San Sebastián’ > *Donas(a)tia(i) > *Donastia > Donostia (top. vasco) ■ VIZCAYA (BIZKAIA en eusquera)

Según el lingüista vasco Luis Michelena, el nombre de esta provincia procede del nombre común vasco bizkar, ‘cima, loma, cresta, colina’, muy abundante en la toponimia. Como Josep María Albaigès comenta que en principio el topónimo se aplicaba a todo el País Vasco, entonces indicaría que su territorio está lleno de lomas y colinas. La –a final del topónimo vasco y castellano es el artículo en eusquera. En resumen:

Bizkar ‘cima, loma, cresta, colina’ > bizkai + –a ‘la loma o la colina’ > Vizcaya (top. vasco) ■ BILBAO (BILBO en eusquera)

El nombre vasco de esta ciudad, Bilbo, es una adaptación al eusquera del topónimo Bilbao. Según Emilio Nieto Ballester, Josep María Albaigès y Pancracio Celdrán, se desconoce su origen, siendo insatisfactorias todas las explicaciones dadas hasta ahora desde el castellano o el eusquera. Por ejemplo, desde el primero se ha propuesto un supuesto *bel vao, ‘bello vado’, y desde el segundo, el adjetivo vasco bilbil, ‘redondo, circular’. Para Josep María Albaigès, Bilbao procedería del antiguo castillo de Biribilbao, demolido en el año 1366, sobre cuyo significado tampoco hay acuerdo. Conclusión: se desconoce el origen de esta capital vasca.

Bilbao (significado desconocido) (top. de origen desconocido)

■ EXTREMADURA El nombre de esta comunidad autónoma, datado por vez primera en el año 960, está relacionado con la Reconquista, proceso histórico consistente en el progresivo dominio territorial por parte de los reinos cristianos peninsulares sobre el territorio musulmán de Al-Ándalus. Durante la Reconquista las zonas más duras y conflictivas por los continuos combates entre cristianos y musulmanes eran las zonas extremas y fronterizas del sur. El nombre de Extremadura se refiere precisamente a esa dureza de las tierras extremas durante dicho proceso histórico. En esquema:

Extremo ‘tierra fronteriza’ + duro ‘duras condiciones de vida’ > Extremadura (top. castellano)

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■ BADAJOZ

Como el caudillo lusitano Viriato firmó una paz con las legiones romanas cerca de esta ciudad, se llamó Civitas Pacis, ‘la ciudad de la paz’. Más tarde los romanos la llamaron Pax Augusta, ‘la paz augusta’, para honrar al emperador Octavio César Augusto. La ciudad solo se conoce bien a partir de la dominación árabe, cuando aparece con el nombre Batalyos, más tarde latinizado con la forma Badalioz. La extensa bibliografía sobre su origen se resume en estas dos opciones: a) es un topónimo prerromano de significado desconocido y b) es un topónimo árabe procedente de Balad al-lawz, ‘la ciudad de las almendras’. Algunos sonidos cambian de posición, después se pierden y el diptongo [aw] se convierte en [o]. En definitiva: • 1ª hipótesis: Badajoz es un topónimo prerromano de significado desconocido. • 2ª hipótesis: Balad al-lawz ‘la ciudad de las almendras’ > Bad(al) al-lawz > Badalloz > Badajoz (top. árabe) ■ CÁCERES

Esta ciudad extremeña se origina a partir de un antiguo campamento romano cercano a la misma llamado Castra Caecilia en honor del cónsul romano Quinto Caecilius Metellus, que lo fundó en el año 74 a. Cr. El topónimo procede del nombre latino castris ‘en el campamento’, ablativo plural de castra-castrorum, ‘campamento’. El nombre Castris se adaptó a la lengua árabe como Cazres convirtiéndose los sonidos [st] en [z] e [i] en [e]. Posteriormente se introdujo [e] entre las consonantes para poder pronunciarlo mejor. En suma:

Castris (Caecilii) ‘en el campamento de Cecilio’ > Cazres > Cáceres (top. latino) (top. árabe)

■ GALICIA (GALIZA en gallego) El topónimo de esta comunidad procede del latín Galaecia, Gallaecia o Callaecia, región creada por el emperador Augusto. El nombre viene de sus antiguos pobladores prerromanos, los gallaeci o callaeci, en su mayoría indoeuropeos de cultura y lengua celtas. El geógrafo griego Tolomeo se refiere también a estos pueblos como kallaikoi. En resumen:

Gallaeci o callaeci ‘los galaicos’ > Galaecia, Gallaecia o Callaecia > Galicia (top. latino) ■ LA CORUÑA (A CORUÑA en gallego)

Esta ciudad gallega conocida por el famoso Faro de Hércules se ha identificado con la ciudad romana de Flavium Brigantium. El nombre romano se remonta al celta Clunia. Probablemente, el uso del artículo castellano «la» (o del gallego «a») indicaría que procede de un nombre común cuyo significado se desconoce. La evolución fonética del topónimo en gallego o castellano no es muy regular: primero, el sonido [l] se convierte en [r] y [ni] en [ñ]; finalmente, se introduce [o] entre las consonantes para pronunciarlas mejor. En esquema:

Clunia (significado desconocido) > Cruña > La Coruña o A Coruña (top. celta) ■ LUGO

Esta ciudad famosa por su muralla romana fue fundada por el emperador Augusto en el año 14 a. Cr. sobre — Augusti, ‘el bosque sagrado de Augusto’, ya que el nomuna antigua población celta, denominándose Lucus — bre lucus-luci significa ‘bosque sagrado’ en latín. Este nombre ha desaparecido de la Romania (países donde se hablaba latín en la Antigüedad), pero pervive en muchos topónimos como Luco de Jiloca en Teruel. El sonido [c] se convierte en [g] entre vocales, la [u] en [o] y la [s] se pierde. En definitiva: — — Lucus (Augusti) ‘el bosque sagrado de Augusto’ > Lucu(s) > Lugo (top. latino)

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■ ORENSE (OURENSE en gallego)

Orense es una antigua población romana. Su nombre deriva de Aurius, nombre de algún antiguo propietario — o hacendado romano de la zona. De Aurius procedería el adjetivo auri ensis , ‘de Aurius’, con el que se llama la ciudad en distintos documentos medievales. Orense también aparece como Auria o San Martín de Aureis. Como siempre, el diptongo [au] se transforma en [o] y la [i] final en [e]. En suma: — — Aurius (nombre propio de persona) > aur(i)ensi(s) ‘de Aurius’ > Aur ensi > Orense (top. latino)

■ PONTEVEDRA

Esta ciudad está bañada por el río Lérez. Como en época romana había dos puentes que lo cruzaban era conocida con el nombre de Duo pontes, ‘dos puentes’. El topónimo procede del latín p˘ont˘e v˘et˘era (del nombre pons-pontis, ‘puente’, y del adjetivo vetus-veteris, ‘viejo’), que significa ‘puente viejo’. El género antiguo de p˘onte es el femenino, de ahí que el adjetivo sea v˘et˘era . El sonido [t] entre vocales se convierte en [d] y la [e] siguiente se pierde. En resumen:

P˘ont˘e v˘et˘era ‘puente viejo’ > Ponteved(e)ra > Pontevedra (top. latino)

■ LA RIOJA Aunque algunos estudiosos defienden el origen vasco de este topónimo debido a que durante siglos se habló esta lengua en algunos valles, la hipótesis más extendida es que deriva del río Oja, que la cruza por el oeste. El topónimo procedería de dos nombres latinos: de rivo, ‘en el río’, ablativo de rivus-rivi, y de folia, ‘hojas’, plural neutro de folium-folii. El significado sería ‘río de hojas’ debido a la abundante vegetación del valle que arrastrarían sus aguas en algunas épocas del año. Esta hipótesis está atestiguada en un documento del siglo XI del monasterio de San Millán de la Cogolla: in rivo de Oia, ‘en el río de Oja’. Los sonidos [v] y [f] se pierden, el grupo [li] entre vocales se transforma en [j] y las dos [o] se funden en una. En conclusión:

Ri(v)o ‘río’ + (f)olia ‘hojas’ > río + oja ‘río de hojas’ > Rioja (top. latino) ■ LOGROÑO

Se desconoce el origen de este topónimo riojano, aunque probablemente proceda del nombre de algún dueño de una antigua hacienda hispanorromana, lo que es muy frecuente en toponimia. En este sentido, se ha propuesto el nombre propio latino Lucrionium. La documentación medieval recoge formas dispares y contradictorias supuestamente derivadas del citado nombre: Lucronio (926, 960, 1119), Augronium (1156), Grunio (1175), Gronnum (1189), Grugnio (1189), Logronno (1212), Gron (1222), etc. El sonido [c] evoluciona a [g], [u] a [o] y el grupo [ni] se convierte en [ñ]. En esquema: *Lucr(i)oniu(m) (nombre propio) > Lucronio > Logroño (top. latino)

(Continuará en Ágora IX)

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Españoles en la Segunda Guerra Mundial (V) Mariano Gracia

EN LAS ESTEPAS DE RUSIA, UCRANIA Y BIELORRUSIA También en Rusia hubo un pequeño grupo de españoles que luchó contra los alemanes. En 1939 los dirigentes rusos trasladaron a la URSS —aparte de los «niños de la guerra»— a los dirigentes del PCE; además, el final de la guerra sorprendió allí a 157 aviadores republicanos haciendo un curso de formación y 69 marinos consiguieron llegar al Mar Negro con sus barcos. El pacto germano-soviético imponía una neutralidad que no se rompería hasta el ataque alemán de junio de 1941. El número total de españoles alistados de una u otra manera en el Ejército Rojo rondó el millar, de los que 200 morirían combatiendo. Los españoles fueron encuadrados no en el ejército, sino en el NKWD dependiente del Ministerio de Interior, antecedente del KGB, y enviados a defender el Kremlin. Stalin tenía en mente que su participación en el conflicto fuese un entrenamiento para emprender luego el derrocamiento del régimen franquista. Se intentó evitar que entrasen en combate directo con los alemanes, pero los españoles ignoraron esa consigna; seguían pensando que la participación alemana había resultado fundamental en la victoria de los sublevados en la Guerra Civil y querían vengarse. Salvada la situación en Moscú, los españoles (excepto algunos aviadores como Alfonso García Martín, «capitán Guerasimov») fueron enviados a luchar como guerrillas o comandos tras las líneas enemigas, participando en numerosas acciones, sobre todo en Ucrania. Allí, en la península de Crimea, fue lanzado el grupo de José Fusimaña, compuesto por siete hombres; todos murieron peleando y en su honor se erigió un monumento en la localidad de Shubino. En otra ocasión se envió a los españoles a volar un tren en el que viajaba Hitler; el atentado fue un éxito, pero el Führer no iba en él. También participaron en operaciones en el cerco de Leningrado, en el cual combatía, en el bando contrario, la División Azul. Tras la experiencia partisana, bastantes españoles pasaron por academias militares rusas y obtuvieron una cierta graduación militar que les permitió

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Españoles en los ejércitos aliados: la URSS y la guerra en el Pacífico

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participar en el avance del Ejército Rojo. Algunos llegaron a generales: Antonio Cordón, Enrique Líster y Juan Modesto, todos con experiencia en el mando durante la Guerra Civil. Ellos se encargaron de organizar el Ejército Popular polaco; los polacos desconfiaban demasiado de los rusos, después de la invasión de 1939. Después Stalin los envió —junto a un pequeño grupo de colaboradores españoles— a integrarse en el Estado Mayor del ejército partisano de Tito en Yugoslavia. Otros oficiales de menor rango estuvieron presentes en muchos lugares hasta llegar a Berlín. El teniente de Ingenieros Manuel Alberdi fue quien tendió el último puente de campaña del Ejército Rojo, a 400 metros del Reichstag, bajo el fuego de los últimos defensores del régimen nazi. Y Rubén Ruiz Ibárruri y Santiago de Paúl Nelken, hijos respectivamente de las dirigentes y diputadas comunistas Dolores Ibárruri y Margarita Nelken, murieron en el largo avance del ejército soviético.

EN EL PACÍFICO La presencia de españoles —no solo republicanos— en Asia y Oceanía durante la II Guerra Mundial ha sido divulgada por el periodista Daniel Arasa (Los españoles en la guerra del Pacífico, ed. Laia, Barcelona, 2001), quien menciona testimonios relacionados con situaciones muy diversas: — La diplomacia franquista (con el auxilio de la llamada Falange Exterior, rama internacional del partido fascista español) se mostró favorable a Japón, llegando a constituir una red de espionaje cuyo nombre era «tô» (‘oriente’ en japonés, aunque los españoles escribiesen «to», que significa ‘puerta’). La Falange, por otra parte, se nutrió de pelotaris vascos asentados en China, donde gestionaban florecientes negocios relacionados con los frontones. Tras la masacre de la población civil de Manila en la primavera de 1945 (más de 100 españoles murieron tiroteados, atravesados por bayonetas, decapitados, quemados vivos o con bombas de mano, mientras el resto hasta un total de 600 resultaba herido y el 90% de sus propiedades destruidas), Franco cambió de opinión, barajando la posibilidad de enviar otra «división azul» a combatir contra los japoneses.

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— La presencia de religiosos como misioneros en Asia, sobre todo en China, Japón y Filipinas. El padre Pedro Arrupe, posteriormente prepósito general de los Jesuitas, conoció de primera mano los bombardeos atómicos sobre Japón: vivía en las afueras de Hiroshima, dirigiendo un noviciado de la orden. — Descendientes de españoles que seguían en Filipinas se unieron a la resistencia del archipiélago o, directamente, al ejército estadounidense, dueño de las islas desde 1898. — Los españoles o sus descendientes asentados en EE.UU. se integraron en sus unidades militares y participaron en las principales batallas, además de aportar un código de cifrado desconocido para los japoneses: la lengua vasca. — Republicanos huidos tras la guerra civil que, tras complicadas peripecias, acabaron en Asia, sea integrados en el ejército norteamericano, sea como miembros de las tropas coloniales francesas.

ESPAÑOLES DE FILIPINAS A principios de los años 40 vivían en Filipinas unos 4.000 españoles, integrados en la élite social y económica del país. La mitad de ellos renunciarían a la ciudadanía española al comenzar la guerra, dadas las simpatías franquistas hacia las potencias del Eje; deseaban evitar la expropiación de sus bienes, tal y como les había sucedido a italianos y alemanes en las colonias inglesas. La mayoría habían apoyado a Franco, enviándole suministros y fuertes sumas


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de dinero. Sin embargo, salvo alguno de los numerosos falangistas de las islas, nadie veía con buenos ojos la invasión japonesa. En diciembre de 1941 se produce el ataque nipón y en mayo de 1942 se rinden las últimas unidades militares filipinas y estadounidenses. Los pocos republicanos exiliados que residían en las islas comienzan a ser perseguidos y detenidos, y alguno —como Pío Braun, director de la revista Democracia— desaparecerá. Otros —como el capitán de la marina republicana Ignacio Figueras o el aviador Gerardo A. Prida— conseguirán evitar las detenciones. Consumada la conquista, comienzan a aparecer en el archipiélago grupos de resistentes. En ellos estarán presentes los españoles, algunos de los cuales (Ramón Amusátegui, Bonifacio Ellacuría, Antonio Soloaga y otros) morirán durante el conflicto. Uno de los personajes destacados es Higinio Uriarte, nacido en Filipinas de padres vizcaínos, que abandonó su hacienda y su neutralidad para combatir a los japoneses. Actuará preferentemente como correo de una isla a otra, entrando en contacto con otros propietarios vascos del archipiélago. Buscando un enclave favorable en la selva para instalar una emisora de radio, llegará a hacerse hermano de sangre de un jefe tribal, en una ceremonia (corte en un dedo y gotas de sangre en un vaso de coco del que beben ambos) con resonancias cinematográficas. Andrés Soriano Roxas, nacido en Filipinas en 1898 de padres españoles, era en 1940 probablemente el hombre más rico del país. Propietario, entre otras empresas, de Cervezas San Miguel, fue un decidido partidario de los sublevados de 1936. En 1941 se incorpora al ejército de EE.UU. y recibe el encargo de escoltar al presidente de Filipinas —Quezón— hasta Australia. Una vez allí, Quezón constituye un reducido gabinete de guerra, del que formará parte Soriano durante dos años como ministro de finanzas. Finalizada la guerra —al principio de la cual había abandonado la nacionalidad española para adoptar la filipina—, se nacionalizó norteamericano.

HIJOS DE PASTORES, CIFRADORES DE MENSAJES Tras la Guerra Civil, algunos exiliados —normalmente intelectuales— acaban instalándose en EE.UU.: Juan Ramón Jiménez, Luis Buñuel, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Ramón José Sender, Fernando de los Ríos son algunos de ellos. Sin embargo, las estadísticas estadounidenses reflejan la existencia en el país de unas 100.000 personas de origen español; muchos de ellos son en realidad descendientes de ciudadanos españoles emigrados en los decenios anteriores. Bastantes habían llegado procedentes de Cuba, pero un grupo también muy importante lo constituyen pastores procedentes del Pirineo Occidental (tanto de Navarra como de algunos valles aragoneses y franceses) y del País Vasco. Instalados principalmente en Idaho —donde hoy en día existe un auténtico lobby vasco—, Nevada, Colorado, Nuevo Méjico, Utah y otros estados de las Montañas Rocosas (en la película Brokeback Mountain el ganadero que contrata a los protagonistas tiene apellido vasco: Joe Aguirre), habían constituido comunidades relativamente cerradas y aisladas. Esta circunstancia hizo que conservasen su forma de vida tradicinal y, lo que es más importante, su lengua, el eusquera. Ernesto Carranza era un oficial de transmisiones del ejército estadounidense. Nacido en Méjico de padres vizcaínos, convenció a sus superiores para utilizar el eusquera en las claves de las comunicaciones de la guerra del Pacífico. Para ello se apoyaba en la existencia de reclutas procedentes de esas familias euskaldunas asentadas en las Rocosas. La idea fue aceptada, pero al cabo de un tiempo los mandos pensaron que tal vez los japoneses podían llegar a descifrar la lengua vasca, ya que en algunos países sudamericanos —como Perú— coincidían colonias del país del sol naciente con grupos de vascos. Carranza propuso entonces el uso de lenguas indias, siendo las del grupo navajo las más utilizadas; los hablantes eran muy pocos y prácticamente todos estaban localizados en EE.UU. Guadalcanal fue una de las más cruentas batallas de la guerra en Asia. El 1 de agosto de 1942 se da la

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orden de desembarco: «Egon, arretaz X egunari. Jakin eta egin» («Atención al día X. Para conocimiento y cumplimiento»). El día X era el 7 de agosto, fecha en la que, a las 2:30 de la madrugada, se escuchó: «sagarra eragintza zazpi» («la operación manzana empezará a las siete»). El primer ataque sobre Guadalcanal consistió en la toma del islote de Tulagi, en el que desembarcaron inicialmente unos doscientos marines de origen vasco y andaluz: el comandante Francis Fletcher así lo propuso, dado que las islas habían formado parte del imperio español…

FUGITIVOS REPUBLICANOS: TAMBIÉN EN EL PACÍFICO Aunque poco numerosos, los exiliados de la Guerra Civil también llegaron hasta Extremo Oriente; uno de los casos más curiosos es el del comunista Leoncio Peña. Tras embarcarse en 1939 hacia la República Dominicana, recibe instrucciones del partido para volver a España e incorporarse a la lucha antifranquista en la clandestinidad. Llega a EE.UU. en un barco como polizón, para intentar moverse desde allí hasta Portugal, pero es detenido —junto a otros dos compañeros: García Roza y Gómez Gayoso— por la policía norteamericana al no tener documentación. Dadas las necesidades de tropas del ejército estadounidense (estamos ya en 1942), Peña se ve forzado a alistarse para evitar la deportación, aunque sus compañeros consiguen escabullirse. García Roza moriría en Gijón en 1946 a manos de la Guardia Civil; Gómez Gayoso fue detenido y fusilado en 1948. Una vez en el Pacífico como soldado de infantería, Peña participa en los combates de las islas de Guam, Leyte, donde fue herido gravemente y ascendido a sargento —y vio morir a su compañero Ernest Kozlowski, veterano de la Brigada Lincoln en la Guerra Civil—, y Okinawa, donde volvió a ser herido. Fue desmovilizado tras participar en la ocupación de la isla japonesa de Hokkaido. Peña adquirió un prestigio notable entre sus compañeros; su larga experiencia bélica lo había convertido en un experto en supervivencia, a pesar de tener un carácter resuelto e impulsivo. Cuando su unidad era atacada por un francotirador en la selva —táctica

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frecuente entre los japoneses—, Peña emprendía una carrera frenética, sin parar de dar órdenes, mientras sus hombres se quedaban quietos buscando protección. Sabía que los francotiradores no disparaban a blancos móviles. Fue condecorado con las medallas de la Estrella de Bronce, del Corazón Púrpura y del Racimo de Hojas de Roble. No sabía inglés cuando fue reclutado; pudo haber evitado puestos de combate, pero no lo hizo. Otro personaje que participa en la guerra en Asia es Juan Antonio Castro Izaguirre, oficial de la marina republicana, cuyo barco quedó varado en aguas de Gibraltar durante el conflicto. Al comenzar la II Guerra Mundial, se ofrece a los almirantazgos inglés y francés; ninguno acepta sus servicios. Con la invasión alemana de Francia escapa a Irlanda y se pone a disposición de De Gaulle, quien lo incorpora a su escasa marina de guerra en el superdestructor Le Triomphant. En 1941 el barco sale de Glasgow, llega a Terranova, atraviesa el canal de Panamá, recala en San Diego y salta hasta Hawaii y Tahití, territorio francés seguidor de De Gaulle. El periplo sigue por Sidney y, cuando se dirigen a Singapur, reciben orden de volver: se ha producido el ataque sobre Pearl Harbour y los japoneses desembarcan en Filipinas y Malasia. A partir de entonces, el trabajo de Le Triomphant consiste en escoltar convoyes por el Índico hasta el fin de la guerra. Después de 1945 (tras pasar 52 meses en el barco), Castro prosiguió su carrera como oficial de la Marina francesa. Unos 200 republicanos estarán presentes como soldados de la Legión Extranjera francesa en Indochina, después de haber sido reclutados en los campos de concentración metropolitanos. No obstante, Indochina seguirá fiel a Vichy y no se enfrentará a los japoneses hasta 1944, cuando Francia es liberada por los aliados. Entonces cambia la situación, la región es ocupada por los japoneses y los legionarios se enfrentarán con ellos. Desgraciadamente, los contratos legionarios los mantendrán atados durante la posguerra, llegando a participar algunos en las luchas contra los independentistas vietnamitas.


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Pasión y muerte en la Villa de Luesia en el siglo XVII Marta María Pastor Oliver

En esta ocasión, atendiendo gustosa a la invitación que nuevamente me ha hecho el Consejo de Redacción de la revista Ágora, a la que nunca he podido negarme, he decidido narraros un sórdido suceso que conmocionó la villa de Luesia hace más de 300 años y explicaros que fue llevado ante la Inquisición por afectar a uno de sus servidores, oficial laico comprometido a trabajar a sus órdenes, un familiar llamado Miguel Bayetola. Imaginaos ante todo la atmósfera de un pueblo que vivía fundamentalmente de la producción de cereal en sus tierras de secano y que en pleno verano tenía a muchos campesinos enfrascados en las labores de la siega, ayudados por segadores forasteros, y, aun con todo, obligados a no regresar de noche a su casa por tener que dedicarse a vigilar la mies1 y, antes de que saliese el sol, a comenzar a trabajar, para trillar, separar en la era el grano de la paja, aventando el trigo, o recoger el lino antes de que apuntase el día. En ese ambiente, una trágica madrugada se oyó un ruido, parecido al que haría una puerta al caer de golpe, pero se trataba de un arcabuzazo, tras el cual un hombre comenzó a tañer la campana, mientras otros anunciaban a voces que habían matado a Miguel de Bayetola.

1. «y es cosa ordinaria dormir los labradores en las eras en tiempo que trillan, guardando sus panes…». A.H.P.Z. Inq. Caj. 107/leg. 1, f. 133 vº.

Una testigo se había vuelto a la cama después de entregar una jumenta en camisa y, al oír tanto alboroto, decidió vestirse y llamar a una vecina, con la que averiguó lo sucedido y se dirigió a dar el pésame a la mujer del finado, Ana Fillera.

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Bayetola fue enterrado el día cuatro de agosto de 1624. Muy poco tiempo después, su viuda se decidió a presentar una querella criminal contra Juan Lorenzo Murillo, vecino de la Villa de Luesia, por el asesinato de su marido, familiar del Santo Oficio y Justicia de la misma localidad de las Cinco Villas. Juan Lorenzo Murillo era un hombre de mediana estatura, de pelo y barba castaños, y solía ir vestido con una mezcla oscura de color pardo. De él decían algunos de sus vecinos: «Y a sido tan bario, mudable e inconstante que en su juventud sirbió y bibió como pícaro y pobre pordiosero y después fue mozo y criado de frailes y después passó por todos los oficios de labrador, tabernero, mesonero, tendero, molinero, hornero, panadero…»2. Además de inconstante, debía de ser un tipo violento pues, según algunos testigos afirmaban de él, en el pasado ya había disparado por una ventana un arcabuzazo contra el arcediano3 de la Valdonsella, siendo este una persona eclesiástica a la que se debía un especial respeto, y no le mató de milagro. Sin embargo, sí provocó el deceso de Miguel de Bayetola. Todo sucedió a raíz de que tenían acogida en su casa Miguel y Ana, su esposa, a una hermana de esta llamada Isabel. Comenzó entonces Juan Lorenzo a galantear con ella, atreviéndose a pedirla en matrimonio a los parientes con los que vivía. Estos no aceptaron otorgársela y Murillo reaccionó ante tal rechazo amenazando de muerte a Bayetola y rondando a Isabel por donde quiera que fuera, con el fin de desacreditarla y de que a su familia no le quedase más remedio que dársela por mujer.

2. A.H.P.Z. Inq. Caj. 107/leg. 1. S./f. 3. Dignidad en las iglesias catedrales. 4. Juan Lorenzo Murillo, en su propósito de infamar a Isabel Fillera, llegó a afirmar: «que havía entrado en casa del dicho Miguel de Bayetola de noches y aunque havía goçado y aprovechándose de la dicha Isabel Fillera, siendo como era y es falso y ageno de verdad». A.H.P.Z. Inq. Caj. 107/leg. 1. Fol. 10vº y 11rº. «infamándola como de su parte la infamó quanto ser pudo, quedaría incasable con persona de su calidad y que havía de ser forçoso el dársela por muger…». Ibídem, S./f.

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Bayetola había dicho que, si su cuñada se quería casar con Juan Lorenzo Murillo, él no se lo impediría, pero que no acudiría a la boda y se iría de Luesia, trasladándose a vivir a Zaragoza o Ejea, donde tenía algo de Hacienda. Una testigo, interrogada en Zaragoza el día 7 de marzo de 1625, afirmaba que ella había supuesto que, si no se llevaba a efecto tal casamiento, habría escándalos en la villa de Luesia y así fue, pues Juan Lorenzo escaló la casa de Bayetola con armas y se hizo con la complicidad de una criada, Inés de Velitas, para poder hablar con Isabel. Esta le rechazó y él hizo público que se había acostado con ella, siendo falso4. Pero no se limitó a mentir, sino que llegó a tal punto que fue capaz de convencer al predicador de la Cuaresma de que hablase en sus sermones de la honestidad en la mujer y al arzobispo de Zaragoza, Juan de Peralta, señor temporal de la villa de Luesia, de que persuadiese a Bayetola, síndico de la misma, para que le diese a su cuñada en matrimonio. Así lo hizo el arzobispo y, como Bayetola no accedió, Murillo se reafirmó en su intención de matarlo, pues sentía un gran odio, rencor y mala voluntad hacia él. No contento con todo eso, sacó a Isabel de Luesia y se la llevó a Pamplona, a pesar de que ella seguía insistiendo en que no se quería casar con él. Ante esta insistente negativa, y con la premeditación del proyecto largamente acariciado, Murillo comenzó por recoger todos los muebles, utensilios y alhajas de su casa y encomendárselos a su hermano mosén Juan Miguel Murillo, clérigo de Luesia, para que se los guardase y ocultase, fingiendo que se los vendía por 54.000 sueldos jaqueses el 1 de agosto de 1624. Muchos advirtieron que esa venta era falsa, pues el clérigo era muy pobre, ya que vivía tan sólo del estipendio que recibía por la celebración de la misa y no tenía tanto dinero como para poder pagárselo a su hermano a cambio del contenido de su casa. Por esta razón lo tenían por cómplice del asesinato de Bayetola, al haberse prestado a una venta simulada que favorecía la huida del criminal, pues se trataba de que la justicia no hallase los bienes de Juan Lorenzo, ni pudiera embargarlos, después de que este hubiese asesinado a Miguel de Bayetola.


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Ilustración: Cristina Duesca

Además, justo dos meses antes de la muerte del antedicho familiar, Juan Lorenzo Murillo había comenzado a gastar su hacienda de un modo desacostumbrado, con demasiada liberalidad, todo lo cual hacía sospechar, con fundamento, que la antedicha venta había sido ficticia, realizada con intención de engañar.

5. Entendida como monte bajo de pasto con corrales para el ganado o como una gran explotación agraria de secano. 6. «le dieron al dicho Miguel de Bayetola y pasaron por su cuerpo las valas de parte a parte, de tal manera que luego cayó aquel en tierra muerto y acabó sus días naturales y vida sin poder recibir los Sacramentos de la Iglesia…». A.H.P.Z. Inq. Caj. 107/leg. 1. Fol. 12 vº.

Tras todas estas maniobras preparatorias, se juntó con deudos y amigos en una pardina5 de su hermano Pedro y el sábado tres de agosto, al amanecer, cuando salía Bayetola de su casa por la puerta falsa, Juan Lorenzo Murillo le disparó un arcabuzazo a traición, del que cayó muerto en tierra6. Tras la muerte de Bayetola, las campanas de la Iglesia comenzaron a tocar a alarma. Juan Miguel Murillo, para disimular su complicidad, se subió a la iglesia de Nuestra Señora de la villa de Luesia, dispuesto a intentar decir misa. Con este propósito se revistió y se volvió a quitar las vestiduras sacerdotales, dejó la iglesia muy nervioso y se

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estuvo por la villa. Al final, se sospechó de su participación y se le remitió al juez eclesiástico de Uncastillo, quien lo mandó retener y apresar en la antedicha villa. Su hermano Juan Lorenzo, por su parte, huyó enseguida en un caballo que le tenían preparado, ensillado y con freno, para facilitar una rápida escapada. Él se fue vistiendo sombrero o montera redonda y herreruelo7 oscuro de color negro. Se dirigió hacia Uncastillo, llevando en las alforjas pan y vino y pidiendo 50 reales para poder proseguir su viaje. Comenzó su periplo hacia el reino de Francia pasando por Pitillas, Burgui, Roncal (en el reino de Navarra) y, al llegar allí, comió con los dos que le acompañaban y durmió la siesta. Después prosiguieron su camino y la noche los sorprendió en un puerto entre España y Francia, donde determinaron quedarse, durmiendo en el campo con unos pastores navarros. Cuando se hizo de día, en la mañana de un martes de verano, atravesaron la frontera del país vecino. Finalmente, llegaron a la villa de Oloron, donde lo reconocieron, y unos señalan que parecía triste y melancólico y que no podía comer, además de que afirmaba que volvería a Luesia, pues él no era el responsable de la muerte de Bayetola. Poco tiempo después, para no ser descubierto, se hizo pasar por un tal Carlos Sanz, diciendo que provenía de la zona de Alfaro, en la actual Rioja, y desde allí se fue, según unos, diciendo que se iba a Pau y, según otros, que se dirigía hacia Flandes. El 5 de septiembre se dio orden de prisión contra Juan Lorenzo Murillo y contra su hermano Mateo. Se procedió en ausencia, contumacia y rebeldía contra Juan Lorenzo, pregonando su búsqueda el 26 de septiembre y haciendo lo mismo el día 29, festividad de San Miguel, en la Seo de Zaragoza, al tiempo del ofertorio, en la misa conventual. Se le acusó en rebeldía los días 10, 21 y 30 de octubre.

7. Se refiere a una antigua capa corta sin capilla o capucha prendida al cuello de una prenda.

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Los testigos llamados para declarar en este caso fueron interrogados en Ejea de los Caballeros hasta el 21 de febrero de 1625. El día 26 de junio de 1625, siendo inquisidores don Isidoro de San Vicente y don Juan de Brihuela, se notificó que ya estaban publicadas las probanzas sumaria y plenaria y se solicitaba la condena a muerte de Murillo, además de que se le obligase a pagar daños y costas del juicio. Se mandó relajar al imputado al brazo secular, lo cual suponía aceptar su ejecución, y condenarlo a 300 escudos, 200 para los demandantes y 100 para gastos extraordinarios del Santo Oficio, aparte de hacerle pagar las costas del proceso. Se inventariaron los bienes del reo para poder cobrar daños y costas, y se mandó llevarlos a Zaragoza con el fin de venderlos en pública subasta al mejor postor, además de cobrar las deudas de todos aquellos que aún debiesen un dinero a Murillo. Felices de Cavia, quien estaba entre los cómplices de Murillo por haber llevado comida a los amigos del asesino, consideraba que era justo que Juan Lorenzo Murillo volviese por su honra matando a Miguel de Bayetola y lo mismo pensaba Mateo de Murillo. Estando ausente el principal acusado, se interrogó a su hermano mosén Juan Miguel, a su hermano Mateo y a su amigo Felices de Cavia, considerados cómplices de tal asesinato, motivo por el cual ambos fueron encarcelados. Mateo Murillo huyó de la villa de Luesia como compañero en el delito de Miguel de Bayetola —aunque afirmara no tener culpa alguna en lo sucedido—, cuando se fueron a informar del caso con comisario y notario, y él entendió que le iban a prender por dicha muerte. De hecho se frustró su fuga, fue apresado y sufrió las penurias de la cárcel, hasta el punto de que en noviembre de 1624 se pidió que se le soltase por estar enfermo, de lo cual informó el doctor Garcés, quien afirmó que su paciente necesitaba hacer ejercicio y salir de prisión para poder restablecerse. Ante tal dictamen del facultativo, se concedió la libertad al preso con mil ducados de fianza, aunque este sólo pudo pagar 500, a pesar de lo cual le otorgaron la ciudad de Zaragoza por cárcel.


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Pero, no estando totalmente satisfecho Mateo Murillo con esta decisión favorable del tribunal, el 12 de diciembre de 1624 pidió licencia para volver a Luesia, alegando que su casa y sus hijos necesitaban de su persona, pues él era viudo, sus hijos no tenían madre y quería ir por Pascuas de Navidad a dar una vuelta por su hacienda, ya que siendo labrador no tenía otro medio de sustento que sus parcelas. El 19 de ese mes se le dio permiso para retornar a su patria chica sin tener que volver a presentarse ante los jueces hasta mediados de enero de 1625. Sin embargo, para hacer las probanzas se pidió que los presuntos reos salieran de Luesia, de Ejea y de tres leguas alrededor, para que así ni mosén Miguel, ni Mateo, ni Felices molestaran a los testigos, ni hubiera ocasión de extorsionarlos ni de presionarlos acerca de su declaración. No obstante, estas precauciones no fueron suficientes, pues el 11 de enero de 1625 Braulio Lamuela tuvo que presentar una adición a la demanda, acusando a Pedro García, criado de Juan Lorenzo Murillo, de amenazar y amedrentar a personas que hubieran depuesto contra su amo. Finalmente, se interrogó a 47 testigos en la información sumaria, a 58 en la plenaria y a 7 en la información acerca de los bienes que le quedaban a mosén Miguel Murillo de los que su hermano le había vendido o cuánto debía Juan Lorenzo y cuánto le adeudaban a él. En definitiva, el proceso costó unos 664 sueldos, lo cual era una enorme cantidad para la época, y no sabemos cómo se resolvió, pues nos faltan defensas, contradictorios y sentencia, cosa muy habitual entre los procesos criminales incoados ante el tribunal del Santo Oficio de Zaragoza, bajo el reinado de Felipe IV, dado el mal estado de conservación de estas fuentes por el pillaje que sufrieron durante la Guerra de la Independencia y la Revolución liberal de 1820, momento que dio lugar al inicio del Trienio Liberal en España y a una gran animadversión contra este tribunal, que acabó siendo extinguido, de un modo definitivo, por la regente Mª Cristina en julio de 1834.

Pero, a pesar de quedarnos con la inquietud de no saber si al final localizaron a Juan Lorenzo Murillo y le castigaron, ni cuál fue su versión de los hechos, o qué pasó con Isabel, protagonista de una situación tan violenta, este pleito nos ha permitido vislumbrar un retazo de aquella sociedad aragonesa del Barroco, violenta y pasional, que apenas dejaba tomar decisiones a la mujer y que se fundamentaba en un quehacer básicamente agrario y en una mentalidad católica, ortodoxa y contrarreformista, de la que el Santo Oficio era fiel vigía. Al menos nos hemos podido asomar a su atmósfera y ver la gran cantidad de detalles que sobre la vida cotidiana y la mentalidad de la época estos documentos judiciales nos aportan. También hemos podido observar cómo este Tribunal no solo se ocupaba de asuntos de fe, sino también de causas penales, siempre que estuvieran relacionadas con oficiales del mismo, en este caso por el asesinato de un familiar, servidor laico de la Inquisición. Y, sin nada más que añadir, espero que hayáis disfrutado de este relato sobre algunos de nuestros antepasados de las Cinco Villas y que os haya hecho reflexionar, al menos un poco, acerca de la naturaleza humana, tan constante ayer, hoy y siempre.

Abreviaturas A.H.P.Z.: Archivo Histórico Provincial de Zaragoza. Caj.: Caja. Leg.: Legajo. F., f.: Folio. Ibíd. Ibídem: Adverbio latino que significa allí mismo. Se emplea al citar algo perteneciente a pasajes o referencias ya mencionados. Rº.: Recto, la parte anterior del folio.

Vº.: Vuelto, la parte posterior del folio.

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La alimentación en la Historia Carlos Murillo Almuzara

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1. LA ALIMENTACIÓN La acción vital de alimentarse regularmente no se valora como se merece, pero no cabe duda de que en el desarrollo del hombre fue fundamental el proceso de asegurarse para él y los suyos el abastecimiento de comida. Aunque de forma distinta dependiendo del lugar del planeta, la alimentación del ser humano ha evolucionado con él. Evidentemente no siempre ha sido tan fácil acceder a los alimentos como ahora. Como ocurre con toda evolución, los cambios tienen aspectos positivos y negativos, pero en cualquier caso la alimentación es un factor fundamental de salud y constituye un escaparate del desarrollo cultural de los pueblos. Desde la carne cruda que tomaron nuestros antepasados hasta los platos actuales, se ha recorrido un larguísimo camino.

2. LA DIETA A LO LARGO DE LA HISTORIA El hombre prehistórico se cree que era un carroñero que disputaba sus «manjares» a otros de iguales características. La carne era el elemento principal de su alimentación y hasta que consiguió dominar el fuego la comía cruda, cazaba animales mediante piedras y palos, y más tarde con lanzas que aprendió a fabricar. Completaba su dieta con la recolección de frutas y raíces. No es difícil imaginarse cómo fue adquiriendo conocimiento de lo que sí era comestible y lo que no; probablemente en más de alguna ocasión debió costarles desarreglos intestinales. Con el descubrimiento del fuego comenzó a aprender guisos en calabazas, cráneos de animales o conchas y a comer la carne socarrada. En el Neolítico, hacia el 8.000 a. C. se produjo el cultivo de la tierra y de la crianza de un ganado domesticado. El tener asegurada la reserva alimenticia permitió la creación de asentamientos fijos y la alimentación se fue haciendo más variada.

Cada pueblo fue adaptando su agricultura a su entorno natural y creando su propia dieta. Algunas civilizaciones como la griega, la romana o la egipcia fueron enriqueciendo su gastronomía con productos y costumbres de los pueblos conquistados. La dieta no era la misma para los miembros de la clase alta que para los de la baja. La abundancia en la disposición de alimentos siempre ha sido un signo de prestigio y poder. En la Europa medieval el pan y el vino eran los elementos más comunes de la dieta y, dependiendo de las posibilidades económicas, legumbres , frutas, hortalizas, carne (difícil de conseguir y cara) y pescado (generalmente salado). La carne más común era el cerdo. También son frecuentes los huevos. Se utiliza para cocinar grasa animal o aceite de oliva. Además, gran variedad de especias según el país o la región. Los cortesanos frecuentaban los banquetes con nutrida despensa. Las despensas de algunos monasterios, consecuencia de la riqueza y poder del clero no tenían nada que envidiar a las de los cortesanos. La burguesía hacia gala de una cocina modesta y austera. Es en Europa en la Edad Moderna cuando se fijan las principales costumbres alimentarias que venimos a conocer como comida tradicional. En los siglos XVIII y XIX Francia es quien marca la moda, el arte y la gastronomía. A lo largo de este período se vivirán épocas de revolución y de hambre y será aquí donde la patata tendrá un gran protagonismo. Se publicarán multitud de libros de cocina recopilando recetas de la comida tradicional de cada país.

Poco a poco el pastoreo fue imponiéndose a la caza y se incorporaron los lácteos a la dieta. En el 7.000 a. C. se tiene constancia de que se fabricaba queso.

La dieta de la clase baja consistía en pan acompañado con muy poca cantidad de tocino, salazón, cebolla, ajo y aceite. El pan era negro o moreno. Su plato por excelencia era la sopa acompañada de cocido. Comían poca carne, cerdo en festividades puntuales y ave de corral o caza menor. Las hortalizas eran poco valoradas. La clase aristocrática consumía pan blanco, abundante carne y repostería.

El cambio de recolector a agricultor supuso la aceptación de un ritmo de mayor esfuerzo al tener que plantar y cuidar el cultivo, esfuerzo que no requería la recolección.

La cocina española de la época se caracteriza por la calidad de sus pescados y frutas, por la abundancia de carne de aves de corral y caza, de buenos jamones y por una aparición de las hortalizas en los platos.

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Los avances socioeconómicos y técnicos de los últimos 60 años han originado en el mundo occidental cambios en el modo de alimentarse mayores que en todos los siglos anteriores. La sociedad moderna se caracteriza por lo general por disponer de más alimentos de los que se suelen consumir. El hecho de disponer de una mayor oferta de alimentos transformados y procesados en perjuicio de productos frescos ha ocasionado que la dieta media sea más rica en grasas y menos rica en hidratos de carbono que en el pasado. La cocina tradicional es una seña de identidad propia de cada país, región o pueblo, y una forma de compartirse y darse a conocer las distintas culturas. En la actualidad, la innovación tecnológica en la industria de alimentos permite, en unos pocos minutos, servir a la mesa el más exquisito y delicioso plato. Los alimentos precocidos, congelados, deshidratados o procesados se han convertido, en la herramienta clave para ahorrar esfuerzos, tiempo y energía. La industria está impulsando el menú de la comida fácil. La razón más importante es el tiempo. La agitada vida laboral y la incorporación de la mujer al mundo del trabajo han ayudado a impulsar este tipo de comida. Otra característica es la gran variedad de alternativas y la existencia de una disputa centrada en la calidad. También destaca la existencia de una gran gama de productos adaptados para ser consumidos por personas con determinados problemas de salud.

3. LA DIETA EN LAS CINCO VILLAS El cincovillés prehistórico tuvo una evolución gastronómica similar a la del resto: primeramente vegetariano, luego carroñero, luego cazador y recolector y finalmente agricultor y ganadero. El trigo y la cebada se convirtieron en la base de su alimentación. También conoció lentejas, habas y frutas. La carne provenía del ovino, cerdo y aves. También comía pescado. Bebían agua, leche y agua de cebada y conocían la miel. En el 700 a. C. ya abonaba los campos con estiércol, controlaba gran variedad de frutales, seleccionaba grano y dominaban el proceso de conservas del cerdo. La invasión romana trajo mejoras para la agricultura y una notable influencia en la gastronomía. No

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solamente llegaron nuevos alimentos sino también sus formas de cocinarlos. Poblaron los campos de vides y olivos. En cuanto a la carne la de cordero era la base principal, aunque no para la gente llana. Consumían una mezcla de trigo y cebada molidos, con sebo, antecedente de las actuales migas. Entre las hortalizas, coles, acelgas, alcachofas, espárragos, cebollas, ajos, zanahorias, rábanos y ensaladas y, entre las legumbres, lentejas y garbanzos. Los musulmanes trajeron el gusto por los vegetales y una nueva manera de elaborar la carne, lo que hoy llamamos albóndigas. También la costumbre de guisar con plantas aromáticas y especias y el gusto por alimentos como el azúcar y el arroz. Se adquiere la costumbre de la matacía, conservando en aceite o salando las piezas, y de incluir anís y pimienta en los embutidos. De América llegaron tomates, pimientos, maíz, patatas, judías, calabazas, pavo, chocolate, vainilla y frutas exóticas que se incorporan a la dieta de nuestra comarca. Hoy en Cinco Villas convive nuestra mejor tradición alimenticia con la comida rápida, tan de moda en la actualidad.

4. EL HAMBRE EN EL MUNDO Cada día mueren 70.000 personas por hambre en el mundo. Cada cinco segundos muere de hambre un niño menor de diez años. La ONU señala que 2.200 millones de seres humanos, es decir, uno de cada tres habitantes del planeta viven en estado de desnutrición crónica. La desnutrición crónica aumentó en la última década en 28 millones. En cuanto a la «Geografía del hambre», en Asia los hambrientos representan el 29,9% de la población total. Pero si hablamos de la proporción de las víctimas, el precio más alto lo paga el África negra, donde los hambrientos son el 48% de la población total. Entre sus causas destacaríamos: • Las guerras. Representaron el 35 % de las emergencias alimentarias ocurridas entre los años 1992 y 2003. • La injusta explotación que padecen los países pobres por parte de los países ricos.


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• El comercio injusto y especulación financiera de los alimentos y de la producción agrícola. • La deuda externa de los países pobres. • El cultivo de los agrocombustibles que reduce la producción agrícola con fines alimentarios. • El excesivo gasto consumista del primer mundo (el 20 por ciento la humanidad consume el 73 por ciento de los recursos del planeta). • Los desastres naturales. • El cambio climático. • La explosión demográfica.

5. LA PATATA Según la ONU es el cuarto alimento más consumido del mundo. Su historia comenzó hace 8.000 años cerca del lago Titicaca. Allí comenzaron a domesticar esta planta que se daba con abundancia en los alrededores del lago. De estos primeros cultivos proceden todas las variedades existentes. Cruzó el Atlántico allá por 1.565, con los conquistadores españoles que regresaban de las Américas. En Europa al principio fue tratada como curiosidad botánica que floreció en los jardines, antes de ser considerada como comestible. De España pasó a Portugal, Italia y Francia. A Inglaterra e Irlanda llegó en 1586 y a Holanda en 1610. Una epidemia que terminó con la mayoría de los castaños de Europa lanzó a la patata como sustituta en el alimento de los pobres. Un farmacéutico francés, Antonio Augusto Parmentier, agradecido por haber sobrevivido gracias a ella cuando estuvo prisionero, fue quien se personó ante el Rey y le expuso todas la excelencias del tubérculo. El reconocimiento francés lanzó su consumo por toda Europa. Su expansión continuó por India, Japón, China … Rusia la adoptó para paliar sus hambrunas y de ella obtuvo su bebida nacional: el vodka. La patata fue fundamental para que se pudieran superar episodios de hambruna en distintos lugares de Europa y fue elemento clave en la industrialización, pues fue el alimento que sustentó a la plebe. La patata tiene enormes propiedades nutritivas. Tiene muchos hidratos de carbono y además tiene el contenido más elevado de proteínas de la familia de

los cultivos de raíces y tubérculos. Además tiene abundante vitamina C. Su gran aporte calórico la hace poco recomendable para gente obesa o muy sedentaria. Es un alimento muy agradecido culinariamente ya que puede prepararse de muchísimos modos (estofadas, al vapor, cocidas, en puré, fritas, al horno, a la brasa, etc.). Es importante guardarlas en lugares secos y protegidos de la luz, ya que tiende a germinar fácilmente. Nunca deben comerse esos brotes ni las partes verdes ya que podríamos intoxicarnos (contienen un alcaloide llamado Solanina). La Unión Europea es el principal productor de patatas del mundo, tanto por superficie dedicada (8 millones de hectáreas) como por toneladas producidas (141 millones de toneladas) y España se encuentra entre los seis principales productores de Europa, tras Polonia, Alemania, Reino Unido, Francia y Países Bajos. La superficie dedicada al cultivo en España es de 97.000 hectáreas con una producción de 2.500.000 toneladas. LA LEYENDA Una leyenda andina cuenta que los hombres cultivadores de la Quinua, dominaron durante años a los pueblos de las sierras altas que, con el fin de dejarlos morir lentamente, les robaban sus cosechas. Al borde de la muerte, clamaron al cielo y éste les dejó caer unas semillas redondas y carnosas, que después de sembradas, se convirtieron en hermosas matas. Los dominadores no se opusieron a la siembra, pero cuando las plantas empezaron a amarillear segaron los campos y se llevaron lo que parecía una excelente cosecha de verduras. Desconsolados, los campesinos pidieron de nuevo al cielo que les ayudara y una voz desde las alturas les dijo: «Removed las tierras y sacad los frutos, que allí los he escondido para burlar a los hombres malos». Así lo hicieron y bajo el suelo aparecieron aquellas hermosas patatas, que fueron recogidas y guardadas en estricto secreto. Añadiendo una porción de patatas a su empobrecida dieta, muy pronto se restablecieron, cogieron fuerzas y lograron echar a los invasores, que huyeron sin regresar jamás a perturbar la paz de las montañas.

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Bicentenario Miguel Hernández, «El poeta del pueblo» Este año se conmemoran los cien años del nacimiento de Miguel Hernández (1910-1942), aquel joven «ciegamente generoso» en palabras de Vicente Aleixandre, cuyo compromiso con la vida, en todas sus manifestaciones, le llevó a cantar con igual entrega la fuerza del deseo, la plenitud de la naturaleza y la honda grandeza del sufrimiento humano. En los dos artículos siguientes encontramos una semblanza y un cántico a la breve y apasionada vida del poeta y dramaturgo. Miguel Hernández Gilabert nació en Orihuela el 30 de octubre de 1910, en el seno de una familia dedicada a la cría y pastoreo de ganado, actividad a la que tuvo que dedicarse desde edad muy temprana, a pesar de sus excelentes condiciones para el estudio, que hubo de abandonar por decisión paterna. De vocación literaria autodidacta, tras publicar en la prensa local y provincial y trasladarse a Madrid, en 1933 aparece su primer libro, Perito en lunas. En 1935 se edita El rayo que no cesa y le dedica su extraordinaria Elegía a su amigo Ramón Sijé. Al iniciarse la Guerra Civil española se incorporó al ejército republicano. Durante la guerra, su producción tuvo un carácter marcadamente político, con obras como Viento del pueblo, El hombre acecha o El labrador de más aire. Casado en 1937 con Josefina Manresa, poco a poco fue componiendo su Cancionero y romancero de ausencias. Detenido y condenado a muerte —pena que fue conmutada por la de treinta años—, el autor de poemas magistrales como «Hijo de la luz y de la sombra» o las «Nanas de la cebolla», dedicados a sus hijos, murió de tuberculosis en el penal de Alicante, en 1942, cuando contaba con tan solo 31 años. La conmemoración de su nacimiento nos incita a volver los ojos a su obra y nos devuelve a un Miguel Hernández en la plenitud de su vida, su compromiso social y su poesía.

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Miguel Hernández, un poeta necesario María José Burguete Pérez

Cuando hace unos días Joaquín Bueno, integrante del Consejo de Redacción de Ágora, propuso a los profesores del Departamento de Lengua del IES Cabañas de La Almunia de Doña Godina que escribiésemos un artículo para conmemorar el Centenario del nacimiento de Miguel Hernández, nos sentimos francamente halagados. En mi caso, se trataba de uno de mis poetas preferidos. La tentación era grande; pero, por otro lado, yo, modesta profesora de secundaria, no me sentía preparada para enfrentarme a la redacción de un estudio, ni tan siquiera de una modesta semblanza sobre él; mis conocimientos eran escasos, y son numerosos los estudios publicados sobre su obra y sobre su vida, como el de Agustín Sánchez Vidal, Miguel Hernández, desamordazado y regresado, (Planeta, Barcelona, 1992). Tras un primer rechazo, poco a poco fui sintiendo la curiosidad de enfrentarme a la pantalla y escribir unas palabras de homenaje a uno de los poetas que más me han marcado. ¿Cuándo conocí a Miguel Hernández? Retrotrayéndome en mi memoria, recuerdo que, cuando yo estudiaba el Bachillerato, entre los años 77-82, apenas si me hablaron de él en las clases de Literatura. Sí, aparecía en los manuales y se nos presentó como epígono del 27; pero no recuerdo la lectura de sus poesías ni mucho


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Ilustración: Ernesto Navarro

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menos que me fuera explicado su compromiso político. Eran los primeros años de la Transición, y pocos profesores se postulaban. Por otra parte, los programas siempre han sido muy largos y nunca se llegaba a ver más allá del 98, y un poco por encima el 27. Así pues, mi contacto con su poesía no llegaría hasta mis años de la Facultad. Gracias a la música de Paco Ibáñez, y sobre todo la de Joan Manuel Serrat, y gracias a las clases de Agustín Sánchez Vidal primero y de José Carlos Mainer después, poco a poco fui adentrándome en sus poemas. Guiada por sus palabras fui despertando en el compromiso, en el deseo de libertad, en la lucha por la justicia; participé en mis primeras asambleas, en las primeras huelgas y las primeras militancias. Miguel Hernández es un poeta que me ha acompañado a lo largo de toda mi vida. Parecerá peregrino, pero leía sus poemas a mi hijo cuando este todavía estaba en mi vientre, y luego cuando estaba despierto en su cuna. Cuando ya fue mayor para leerlos por él mismo, le saqué un hermoso libro, no recuerdo la editorial que los había adaptado para niños. Y un poema de Miguel Hernández es el que elegimos mi amiga Clara y yo como epitafio de la tumba de su hijita Victoria fallecida a los 4 años. Miguel Hernández es un poeta fácil de leer, variado en su composición poética —escribió poesía religiosa, poesía amorosa y poesía social—. Unos lo conocen como el epígono del 27, en tanto que otros lo sitúan en la generación del 36, a la que tal vez habría pertenecido de haber continuado con vida y escribiendo. Pertenezca al 36 ó al 27, no como epígono, sino por pleno derecho. Lo que sí es evidente es que fue poeta por encima de todas las cosas y a pesar de todas las dificultades con las que se encontró. Sus orígenes fueron humildes. Le nacieron en una época en la que sólo estudiaba quien podía costear los estudios o quien, por su valía, era elegido por los curas para ocupar una plaza de pobre en el colegio. Era hijo de un tratante de ganado que nunca entendió sus ansias de saber; y que, lejos de acceder a la propuesta de los curas del colegio y permitirle estudiar, lo mandó a pastorear las cabras. A pesar de todo, él sigue leyendo, de forma casi autodidacta, ayudado

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por personas como Ramón Sijé, que intentaban suplir las deficiencias de su formación prestándole libros y animándole a que escriba sus propios poemas. La influencia de las ideas ascéticas, católicas y falangistas de Sijé, y el interés de este por la literatura del Renacimiento son evidentes en las primeras composiciones poéticas y teatrales de nuestro poeta. Con su primera obra y un poco de dinero parte a Madrid buscando ser recibido y conocido por los jóvenes del 27. Es cierto que su obra es bien acogida, todos le aceptan con simpatía; es un poeta exótico, les hace gracia el poeta-cabrero, que viste traje marrón con esparteñas —sus pies nunca se acostumbrarán a la dureza del zapato, y se calzará las esparteñas siempre que pueda—. Pero, pasados los primeros momentos, mantener el interés de estos intelectuales le resulta difícil. Lorca y Guillén le rehúyen, y los demás apenas si le reciben. Ante las dificultades por hacerse un sitio entre los poetas y la falta de trabajo, se ve obligado a regresar a Orihuela, humillado y decepcionado. Pero el viaje no ha sido en vano. El contacto con esos jóvenes poetas le ha permitido conocer una nueva poesía, la poesía gongorina. A su regreso escribirá Perito en lunas, obra metafórica a la altura de un Cernuda o de un Guillén. Solo llegamos a entender sus poemas si leemos el título. Tras esta obra escribirá El silbo vulnerado, en la que de nuevo encontramos esa influencia de Ramón Sijé. Viaja por segunda vez a Madrid, con sus dos obras bajo el brazo. Esta vez con clara intención de no regresar más y de labrarse un futuro como poeta. En esta ocasión es acogido y ayudado por Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Cossío, José Bergamín y Neruda entre otros. Éste último diría de él: Llegaste a mí de Levante. Me traías/pastor de cabras, tu inocencia arrugada,/la escolástica de viejas páginas, un olor/a Fray Luis, a azahares, al estiércol quemado/(…) Durante estos años de lucha por ser poeta, conocería a una modesta costurera, Josefina Manresa, que trabajaba en un tallercito en su misma calle de Orihuela, con la que mantiene una relación formal a través de cartas casi diarias y viajes esporádicos al pueblo para visitarla. Pero Madrid y su nuevo círculo de amistades le han cambiado y la moral católica de su novia le desespera. Esta desesperación se deja traslucir en El rayo


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que no cesa, sonetos amorosos dedicados a su musa y escritos bajo el magisterio de la poesía pura de Juan Ramón Jiménez. Sus nuevas experiencias vitales y poéticas le llevan a distanciarse de su amigo Sijé. Poco a poco va encontrando su identidad como persona y como poeta. Tan sólo tiene que abrir los ojos a la realidad y recordar sus humildes orígenes, para decantarse por una poesía impura, rehumanizada, en la que reflejase su compromiso con los desfavorecidos y cantase en contra de las injusticias sociales. Desde un principio se pone al servicio del Gobierno Republicano, y no sólo lucha en el frente, sino que además escribe poesía de lucha que se recoge en Viento del pueblo y El hombre acecha. Participa en el Congreso de Intelectuales que se celebra en Valencia; viaja a Moscú con la delegación de intelectuales. A su regreso se muestra desencantado ante la actitud de muchos de estos intelectuales comunistas que se centran más en las meras palabras que en la lucha real. Cansado y desengañado por la lucha perdida de antemano, vemos como se repliega hacia lo más primordial, hacia el amor por su mujer

y por su hijo, que será lo que hallemos en Cancionero y romancero de ausencias. Encarcelado por primera vez cuando intenta huir a Portugal, es acusado de escribir poemas como «El esposo soldado». Le ponen en libertad tras duros meses de cárcel, gracias a la intervención de amistades afectas al Régimen, como Cossío. Su inocencia, su imprudencia y la prepotencia de unos vecinos de Orihuela le llevan a una nueva encarcelación en su propio pueblo, de la que ya no saldrá sino para ser enterrado muerto por tuberculosis. Días antes de su muerte, contrae matrimonio católico con Josefina Manresa, —ya se habían casado por lo civil en la república—, con la que había tenido dos hijos, aunque sólo sobrevivió el segundo, al que le dedicó su famoso poema «Nanas de la cebolla». Su muerte en la cárcel franquista le otorgó el privilegio de ser conocido como «poeta del sacrificio», junto a Lorca y Machado. Lo conozcamos como epígono del 27, como perteneciente a la generación del 36 o como «poeta del sacrificio», lo que sí es cierto es que se trata de un poeta «necesario» como lo llamó Buero Vallejo.

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Ilustración: Alberto Cabello

Vivir en Miguel Hernández Francisco Luis Alda

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Encontrar un poeta es como descubrir un continente. La primera vez que llegas hasta él puedes quedarte entusiasmado contemplando lo inmediato: el romper de las olas de su poesía en los acantilados de tus sentimientos, la belleza del vuelo de sus versos, los troncos retorcidos de sus palabras… Luego, si no te falta valor para hacerlo, pruebas a adentrarte en él, buscando su auténtica esencia. La belleza del paisaje puede deslumbrarte, pero es tu relación con la tierra la que te atrapa el corazón y te lleva a quedarte toda la vida en ella. Yo desembarqué en Miguel Hernández hará ya unos treinta años, ya me resulta difícil recordarlo. Al principio me impresionó su capacidad para encarcelar emociones en los calabozos del soneto, el modo en que las palabras se imponían a la forma como el agua vence a la roca, desatando (¡ah, la paradoja!) la belleza del lenguaje. Recuerdo que llegué hasta la orilla como cualquier otro adolescente en cualquier parte del mundo, moribundo por sus mismas tres heridas, la del amor, la de la muerte, la de la vida. Podría haber sido sólo eso, el enamoramiento pasajero de un paisaje en el atardecer (para los adolescentes, cualquier momento es un atardecer, por supuesto), pero algo me llevó a dar algunos pasos más, a alejarme de la orilla repleta de turistas. Me encontré entonces un paisaje distinto de lo que me esperaba. Ahí seguían, por supuesto, los rumorosos bosques de los poemas de amor, con los retorcidos troncos del soneto creciendo achaparrados y arrugados como olivos, para dar al final la joya de sus frutos, los versos arrullados por el viento que cantaban a la amada siempre inalcanzable. Pero encontré también la furia incontenida de las tormentas desatadas contra la injusticia, los riscos del orgullo desafiando los embates de la guerra, la muerte y la ignominia, los páramos áridos y los hondos desfiladeros de la depresión y el desengaño. Un mundo duro, donde la violencia de la Geología no ha sido dominada por el desgaste lento pero inexo-

rable del tiempo, en el que las fuerzas de la Naturaleza aún se enfrentan, como en una batalla, porque no han tenido el tiempo necesario para adaptarse entre sí. Las rocas de los versos y el viento de los días no se han acomodado aún en esa tierra eternamente joven, y se golpean sin piedad ni descanso. Es una tierra salvaje, en la que los paisajes siguen teniendo aristas que la vida no llegó a suavizar, con la belleza ruda de las montañas y los desfiladeros, con el encanto que tiene siempre la lucha que los elementos de la Naturaleza establecen para poder encontrarse finalmente. Recorro desde entonces los áridos canchales por donde sigue sangrando la tierra, mientras se despeñan las tristes ilusiones vencidas. Me acerco con tristeza a sus áridos campos para ver con qué dificultad crecen las pobres cosechas que apenas alimentan los cuerpos, pero que dan impulso eterno a los espíritus. Me asomo a los arroyos, como ríos de sangre derramada y ofrecida para regar la lucha de Miguel y los suyos. Busco, de vez en cuando, ver nacer las tormentas de la desesperación, observar cómo los vientos, los del pueblo en su boca, van girando en el cielo, suavemente al principio, levantando las hojas y las conciencias, para ir tomando fuerzas, convertirse en torbellinos arrolladores que tienen la hermosura de lo destructivo. Cuántas veces lamento ver muertos esos vientos contra otros acantilados, donde también murieron sus versos. Está claro que es una tierra que amo, que está dejando en mí el llanto provocado por el polvo en los ojos, pero también la honda impresión de los surcos con los que hacer surgir de ella como fruto la añoranza de los tiempos que no pudieron ser. ¿Qué podría decirte de esta tierra si aún eres forastero en ella? Sin duda que no temas acercarte, sentarte a la sombra de sus dulces frutales, trepar sus riscos, admirar sus corrientes. Pero que, sobre todo, seas un hortelano de sus campos, que vengas a labrarlos con los que aquí vivimos, pensando en la cosecha que siempre hemos soñado y que vimos perderse arrastrada por la salvaje riada de la historia.

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La propiedad intelectual ante el siglo XXI: Riesgos y oportunidades Pablo Moreno

Música Ágora siempre se ha inclinado por el culto a lo clásico. El amor por la educación integral del ser humano en su más amplio sentido, la moderación, el orden, la armonía o el equilibrio siempre han sido valores presentes en sus páginas. Pero hasta este número faltaba darle protagonismo a una de las cuatro ciencias que componían el quadrivium medieval: la música. Nunca es tarde si la dicha es buena, tal como expresa el conocido dicho. Con este propósito, inauguramos esta nueva sección dentro del bloque dedicado al ensayo. Y lo hacemos en esta ocasión con dos espléndidas colaboraciones: las de los profesores y compositores Pablo Moreno y Antonio Noguera. El primero se ocupa de la propiedad intelectual en el siglo XXI en lo que atañe a la música y el segundo sobre la composición musical ejemplificada en su obra Siya, Exea, Ejea «Ciudad del Agua». Esperemos que les guste y sea un buen comienzo para esta recién estrenada sección.

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España está entre los países con mayor índice de intercambio de archivos ilegales del mundo. No sólo la música o el cine son las grandes víctimas de la piratería, los programas de ordenador están casi sistemáticamente desprovistos de protección y, por tanto, accesibles y gratuitos. Se estima que al menos la mitad del software usado en España es ilegal. Hoy día todo producto poseedor de un copyright susceptible de ser convertido en archivo digital es vulnerable. Veremos próximamente cuál será la solución cuando el libro, los periódicos y demás productos o contenidos comerciales protegidos legalmente sean mayoritaria o exclusivamente de acceso y formato digitales. Mientras tanto la «normalidad del todo gratis» se ha impuesto especialmente entre los más jóvenes, pero quizás más de uno puede estar echando piedras a su futuro tejado. En concreto, el negocio musical en España es el sector más expuesto en un doble sentido; por un lado, la caída en ventas acumulada desde 2001 es del 71,46% y, por otro, las entidades que representan a los colectivos de autores y empresas discográficas son objetivo de las críticas de miles de ciudadanos. Son las grandes multinacionales discográficas y sus


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Ilustración: Alicia Moreno

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artistas quienes en mayor proporción acusan el golpe económico. Los artistas que gracias al proceder de las compañías durante los últimos años han logrado el éxito, se lo han atribuido egoístamente gracias a su «talento» y, cuando han fracasado las expectativas comerciales, como está ocurriendo ahora, achacan la culpa a sus managers, productores y ejecutivos. Nadie quiere reconocer que su público ya no está dispuesto a pagar el precio con el que hasta ahora se ha comercializado la música, y que el modelo por el cual se obtenían grandes beneficios se ha agotado para siempre. Todos los implicados han preferido recaudar por otros medios derivando la responsabilidad de hacerlo a las entidades de gestión de sus derechos. Las Sociedades de Gestión de derechos de Autores y Editores son entidades nacionales que existen en los cinco continentes, en el caso de España desde hace más de un siglo. Tienen como cometido registrar, catalogar, proteger y administrar en cada país todas las expresiones artísticas de sus autores/socios al amparo de las leyes de propiedad intelectual en vigor. A lo largo del siglo XX tanto las Sociedades como las legislaciones se han organizado internacionalmente, han tenido en cuenta las nuevas formas de arte y, día a día, adecuan y amplían los contenidos legales a los continuos productos, formatos y medios de comercialización mundiales. Por definición y según sus estatutos, las Sociedades son entidades sin ánimo de lucro, exceptuando obviamente los gastos derivados de su propia administración. La entidad de gestión otorga a una obra registrada una licencia y un código internacional que la identifica de manera única e inequívoca internacionalmente. En cada país se gestiona y se paga a su correspondiente autor, ya bien sea nacional o extranjero, lo que de cada una de sus obras se vende, reproduce o representa. El autor es titular de derechos durante toda su vida y sus herederos hasta pasados 75 años del fallecimiento del titular; a partir de entonces se consideran de dominio público. En el caso concreto de la música, de uso masivo en locales de acceso público con ánimo de lucro, no se

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declara la reproducción específica de un autor concreto, a diferencia de un concierto, sino que, mediante un impuesto legislado, se cobra una tasa y la entidad gestora aplica criterios estadísticos para determinar un reparto proporcional entre los socios, normalmente según los que cada autor genera específica y directamente a través de su comercialización estándar (número de ventas). Ahora bien, obtener ingresos mediante impuestos como el denominado canon digital por todo soporte virgen de almacenamiento digital o aparato con capacidad de reproducir y/o copiar audiovisuales es una medida legal discutible por prejuzgar indiscriminadamente a todos los consumidores por el uso que muchos —pero no todos— realizan con la tecnología de consumo. Además, la llamada copia privada no es punible legalmente. La legislación en nuestro entorno europeo afronta de forma diferente la piratería de archivos protegidos bajo leyes de propiedad intelectual. Algunos países contemplan actuar directamente al usuario que descarga archivos de webs de contenidos ilegales, avisando a todo aquel que accede a tales archivos desde la primera vez y en caso de reincidir el Estado corta su conexión a Internet por un determinado tiempo, siendo sólo posible reanudarla tras el pago de una multa. Otros contemplan cerrar aquellas webs sin castigar a los usuarios. Como alternativa a estas Sociedades, una obra musical puede actualmente adquirir sus derechos y gestionarse internacionalmente en Internet por medio de otras licencias y modalidades. Por ejemplo Creative commons otorga a los creadores reconocimiento legal de autoría y ofrece modalidades de copyleft, que da a elegir a los artistas que distribuyen su música por Internet si permiten la descarga o reproducción gratuita o no, dependiendo incluso de si alguien la pretende usar en otra actividad comercial con ánimo de lucro. Desde algunas webs como iTunes, se viene ofreciendo la compra online, es decir descarga legal, bien adquiriendo un álbum completo por no más de 10€, o bien 1€ por canción. Todos los modelos de compra son más baratos que el mismo producto en


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soporte CD, pero aún hay margen para reducir los precios. Sin embargo, hoy día se puede oír casi toda la música del mundo de forma legal desde Internet accediendo gratuitamente a la reproducción cuantas veces se desee, de forma inmediata, segura y con calidad: Es el streaming, el nuevo formato de la web Sueca Spotify, y parece ser próximamente también con Google. En tal caso el consumidor no paga nada por la escucha ilimitada de contenidos, y los ingresos se generan por medio de la publicidad. No obstante el margen de beneficios es muchísimo menor, pues proporcionalmente la relación entre el volumen de usuarios (más de 800.000 en España) y la gran cantidad de contenidos a repartir (más de 6 millones de archivos musicales incrementándose a ritmo de 10.000 nuevos por día) hacen que una canción deba ser escuchada unas 150 veces para que la discográfica reciba lo mismo que por una compra online en iTunes. Las cuatro grandes multinacionales discográficas (accionistas de Spotify) piden a estas plataformas alrededor de 1€ por cada 1.000 escuchas. Spotify también ofrece un tipo de cuenta en el que pagando 10€ mensuales se pueden descargar los contenidos, sin publicidad, para que se

puedan pasar tales archivos a sus otros dispositivos (móvil, mp3, coche) a fin de disfrutar cuando y donde quiera de su música favorita. Similar es la oferta del sello Virgin respecto de su catálogo, es decir cuota del mismo precio mensual por descarga online ilimitada. Ya en uso está el streaming directamente a los dispositivos reproductores portátiles como el móvil, por lo que cabe pensar que ya no tendrá sentido almacenar música en el disco duro del ordenador ni pasarlo a otros reproductores, como un sencillo cloud player respecto al cloud computing (disponer de un servidor que es tu disco duro con todos sus programas y archivos para manejar desde cualquier ordenador). Hoy un autor puede colgar o comercializar su obra en Internet y exponerla a todo el mundo, así como un usuario o consumidor puede acceder 24 horas 365 días al año y desde cualquier lugar del mundo, a tal obra. Una armonización similar podría llegar desde una acción global, sin fisuras y en la misma dirección de las leyes gubernamentales, la responsabilidad de operadores de Internet y la educación de consumo de los usuarios.

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Sobre la creación musical: Siya, Exea, Ejea «Ciudad del Agua», un buen ejemplo Antonio Noguera

Quisiera, ante todo, agradecer la oportunidad que se me ofrece para publicar este artículo en la revista Ágora, que edita desde el curso 2002-2003 el Centro de Profesores y Recursos de Ejea de los Caballeros. Haciendo uso de esta gratificante oportunidad, me gustaría acercar a ustedes, los lectores, de una manera liviana e inteligible, el mundo de la creación musical desde mi propio concepto y experiencia; si bien, todo ello basado en la fuente de conocimiento que nos ofrecen nuestros venerados antecesores del mundo de la música. Considero y entiendo el acto creador como una íntima, misteriosa y sincera necesidad de expresión que, en innumerables ocasiones, viene acompañada de una gran soledad y de un constante enfrentamiento con uno mismo, porque creo que los principales retos del creador actual se inician en un camino que nace de un lento , oscuro , paciente y humilde aprendizaje y crece en uno mismo desde un sincero y puro estado de interiorización.

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La llegada del creador al mundo de la música actual viene precedida por unos períodos históricos en donde el gran abanico ofrecido de sus interesantísimas y abundantes posibilidades estéticas pueden orientarte hacia una situación de total oscurecimiento. Quizá éste sea el principal reto que deba asumir el compositor actual, que puede sentir y experimentar cierto pudor, al poder utilizar todos los recursos y materiales existentes y que, de hecho, tiene el legítimo derecho de poder emplearlos. Ahora bien, todo este inmenso radio de acción, todo este abismo de posibilidades, de las cuales, repito, libremente dispongo, me condicionan el cómo, cuándo y, sobre todo, en qué momento las puedo emplear, sin ceder ni un ápice a una posible sospecha, aunque lejanamente vislumbrada, de no saber el porqué de su aplicación, ya que puedo sensibilizarme hasta tal punto que toda especulación estética pueda parecerme vana y desembocar hacia un camino unidireccional y, como consecuencia de ello, mitigar o bien oscurecer el derecho, tan simple y sencillo que supone ejercer mi propia libertad. El gran compositor, organista y ornitólogo francés, Olivier Messiaen (Aviñón, 10 de diciembre de 1908– Clichy, île de France, 27 de abril de 1992), nos dejo plasmados en varios de sus escritos —con un claro trasfondo espiritual— frases muy evocadoras que pueden, de alguna manera, interrelacionarse con lo anteriormente mencionado: Cuando más elevada es una cosa, más sencilla parece, pero también resulta mucho más difícil de comprender. No existe nada más sencillo que la luz; sin embargo, si uno la mira de frente, produce la ceguera. Hallar una determinada estética o poética musical en el paciente y lento peregrinaje de un sincero quehacer compositivo, producto de encontrarte frente a una serie de dudas al cuestionarte un determinado punto de partida, es creer en la honestidad del propio quehacer, —en el más amplio y verdadero sentido del término—, y elevarlo a un lugar privilegiado que te permita aproximarte —tal y como nos lo expone el compositor y director de orquesta francés Pierre Boulez (Montbrison, 26 de marzo de 1925) en su libro Puntos de reflexión— a un factor fundamental: el saber querer. En realidad, en todo el acto

creador existe no sólo el querer sino el también hacer, es decir, de querer hacer. Todo ello conlleva unas grandes dosis de tenacidad, de estar constantemente abierto a un estado crítico y que los caminos escogidos con absoluta libertad y con grandes dosis de humildad te permitan pacientemente realizar un peregrinaje y armarlo en su proceso evolutivo, como parte íntimamente integrante de tu personalidad musical y creadora. Existen, ciertamente, aspectos muy importantes relacionados con el entorno de la creación como son el pudor, mencionado al principio de este escrito, la personalidad del creador, integrada o no en nuestra sociedad y los compositores ante muchos de los retos que se nos presentan en la creación actual. Son aspectos que nos invitan a reflexionar sobre cuáles son las relaciones entre un determinado estilo individual y un estilo general creativo; a examinar sus interrelaciones; a plantearnos, sin duda alguna, el problema de la comunicación, que es la base de toda comprensión; y a penetrar sobre el sentido de la creación, que lleva implícito un significado verdadero, en relación con el creador y la comprensión que su obra tiene sobre los demás. La evolución creativa va adquiriendo un determinado perfil a medida que se van materializando —estrenando o bien reinterpretando— las obras que el compositor va escribiendo a lo largo de su vida. Dicha evolución te plantea, inevitablemente, varios retos, generados por unas etapas «asentamiento» creativo —por denominarlo de alguna forma—, de exploración hacia un cierto número de posibilidades que pueden parecerte novedosas —aunque, en realidad, lo más probable es que no lo sean— y que te conduzcan hacia un profundo estado de reflexión, o bien, otras etapas de organización, que te permitan continuar en el camino iniciado. Parece que estas obras estén más terminadas y te procuran más a corto plazo una sensación que podría calificar de «plenitud», pero que, a menudo, te propicia la invitación a meditar sobre la evolución que pretendes plasmar en tu papel, dentro de la creación del mundo actual. El estreno de una obra es fundamental para la evolución del quehacer compositivo del creador.

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Quisiera compartir con ustedes la extraordinaria vivencia que recientemente tuve durante mi estancia en Ejea de los Caballeros con motivo del estreno absoluto de mi obra titulada Siya, Exea, Ejea «Ciudad del Agua», por la Banda de Música de dicha localidad, bajo la dirección del Maestro Javier Comenge. Esta obra, escrita en el año 2005 y estrenada el 24 de octubre de 2009, en el Salón de Actos del Casino de Ejea de los Caballeros, en su X Festival de Bandas, surgió del encargo realizado por Javier Comenge para la conmemoración del IX Centenario de la incorporación de Ejea al Reino de Aragón. Su título corresponde a los tres últimos nombres que Ejea ha tenido durante su historia. Concretamente, el que correspondería a la época musulmanahebrea: SIYA; época cristiana: EXEA y por último EJEA, en la época contemporánea. El lenguaje empleado en la obra es atonal, con un empleo libre de la disonancia y un claro concepto de escritura vertical o armónica, a favor de densas y compactas estructuras acórdicas politonales, en donde el contexto temático y formal, de carácter cíclico, es una constante en toda la obra. Decía el compositor, director de orquesta y pianista británico Benjamin Britten, (Lowestoft 22 de noviembre de 1913–Aldeburg 4 de diciembre de 1976)

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que la música no existe hasta que es interpretada. Ciertamente, la música, petrificada en un papel pautado guarda pacientemente su oportunidad para que un intérprete, agrupación de cámara, vocal o sinfónica permitan, —como lo denomina el compositor y escritor Josep Soler, (Vilafranca del Penedrès, 25 de marzo de 1935), recientemente laureado con el Premio Nacional de Música— asistir a la epifanía de la emoción. Verdaderamente, la responsabilidad de los intérpretes es fundamental y básica para que la música sea una realidad. Hay intérpretes como la Banda Municipal de Ejea y su Director, que se comprometen con su tiempo. Son intérpretes para los cuales es un honor y un placer escribir música y saben entender que su misión no sólo es la de recrear o interpretar las obras del pasado, sino estimular obras nuevas que puedan incorporarse al repertorio musical de todos los tiempos. Mil gracias y mi más sincera enhorabuena por haber hecho realidad mi obra. En la música, todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo, no es sino música hecha realidad, Arthur Schopenhauer (Danzig, Gdansk 22 de febrero de 1788–Fráncfort del Meno, Alemania 21 de septiembre de 1860).


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El faro José María Latorre

Narrativa en castellano La ficción narrativa como plataforma para la creación de una realidad impracticable: sentir la angustia de alguien que se retira a un faro en el fin del mundo en el relato de José María Latorre, el trágico engaño de no saber quién es en verdad tu enemigo, en el de Ana Alcolea o la pesadumbre del tiempo estancado en una celda, de Santiago Lasobras. La narración verista como buceo en recuerdos ficticios que podríamos todos haber tenido: las memorias escolares de un fracaso educativo por Silvestre Hernández, las reminiscencias rurales de Ezequiel Martínez, la eterna solicitud frustrada del éxito literario, recreada por José Ramos, o el paradójico vislumbre de felicidad anónima en la conversación de Ernesto Viamonte. La creación literaria, también, como incertidumbre y sorpresa: la atracción de la muerte, en el relato de Isabel Sabariego y la postergación de ésta en el de Alberto Peña. Y, por último, el juego: una amplia y original metáfora de Alberto Baynes, un giro argumental jocoso en el de Carlos Ramone y el fragmento suelto, la inexactitud, los puntos suspensivos de Esteban Cubero. Literatura.

1 de enero de 1796 Hoy, mi primer día en el faro, hago esta anotación en mi diario, según lo acordado con De Grät. Llevaré el diario con la mayor regularidad posible, aunque Dios sabe lo que podría sucederle a alguien tan solitario como yo... Podría enfermar, o incluso algo peor... Hasta ahora, todo va bien. La balandra se salvó por poco, pero ¿por qué pensar en ello si estoy aquí, sano y salvo? Mi ánimo mejora sólo con pensar que al menos una vez en mi vida estaré completamente solo, pues por grande que sea Neptuno es obvio que no se le puede considerar parte de la sociedad. Sabe el cielo que nunca he confiado en la «sociedad» ni la mitad de lo que confío en un perro vagabundo. Si lo hubiera hecho, la «sociedad» y yo quizá no nos habríamos separado ni siquiera durante un año... Lo que más me sorprende es la dificultad que tuvo De Grät para conseguirme este puesto..., ¡a mí, un noble del reino! No es probable que el consejo tuviera dudas sobre mi capacidad para dirigir el faro. Un solo hombre lo había atendido antes y se las ingenió tan bien como los tres que suelen asignar a la tarea. Las obligaciones son nimias y las instrucciones absolutamente claras. No sería lo mismo si me hubiera acompañado Orndoff. Jamás habría podido avanzar con mi libro teniéndolo cerca, con su intolerable cotilleo, por no hablar de su sempiterna pipa de espuma de mar. Además, quiero estar solo... Es curioso que hasta ahora nunca haya reparado en el triste sonido de la palabra «solo». Casi me parece que hay algo extraño en el eco de estos muros cilíndricos..., ¡pero no!, es absurdo. Sé que mi aislamiento me inquietará, pero no voy a permitirlo. No he olvidado la profecía de De

NARRATIVA EN CASTELLANO / Creación literaria

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Ilustración: Chema Agustín

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Creación literaria / NARRATIVA EN CASTELLANO


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Grät. Ahora, a trepar al fanal y a echar un vistazo para «ver lo que pueda ver»... Ver lo que pueda ver, en efecto..., no demasiado. Creo que la marea está bajando un poco, pero de todos modos la balandra tendrá un viaje de regreso turbulento. Difícilmente avistará la tierra del norte antes del mediodía de mañana, aunque solo está a ciento noventa o doscientas millas.

2 de enero He pasado el día en una especie de éxtasis casi imposible de describir. Mi pasión por la soledad no podría haber tenido mayor gratificación. No digo satisfacción, pues dudo que pudiera sentirme saciado de una dicha como la que he experimentado hoy... El viento amainó al alba y por la tarde el mar ya se había retirado... No se veía nada, ni siquiera con el telescopio, salvo océano, cielo y alguna que otra gaviota.

3 de enero Calma chicha durante todo el día. Hacia el atardecer, el mar parecía de cristal. Avisté unas cuantas algas, pero absolutamente nada más en todo el día, ni siquiera el menor rastro de una nube... Me he entretenido explorando el faro... Como compruebo a mi pesar cada vez que tengo que subir por sus interminables escaleras, es muy alto; casi cincuenta metros, diría yo, desde la marca inferior del nivel del agua hasta lo alto del fanal. Sin embargo, desde el fondo del foso, la distancia a la cima debe de ser de al menos cincuenta y cinco metros, puesto que el suelo está a unos cinco metros por debajo de la superficie del mar, incluso con la marea baja... Creo que deberían haber rellenado el fondo hueco con mampuestos. En tal caso el edificio sería mucho más seguro..., pero ¿qué estoy pensando? Una estructura como esta es lo bastante segura en cualquier circunstancia. Debería sentirme a salvo incluso si arreciara el más furioso huracán. Sin embargo, he oído decir a los marineros que, ocasionalmente, con viento del sudoeste, el mar ha subido más aquí que en cualquier otro punto del globo, a excepción del paso occidental del Estrecho de Magallanes. Pero el mar por sí solo no podría con este sólido muro roblonado en hierro que, a quince metros de la línea de aguas altas, tiene un espesor de al menos un metro

veinte... La base sobre la cual descansa la estructura se me antoja de tiza... (aquí acaba el manuscrito original de Edgar Allan Poe)

4 de enero He dedicado todo el día a pensar en Frigia, quien también ha poblado mi sueño de la nostalgia de una tierra imposible en la que no exista la muerte. Solos ella y yo... Su recuerdo ha sido el sol y la luna, que han arrojado luz sobre esta jornada inmóvil. A través del ventanuco veo el titilar de las estrellas... Sé que a De Grät no le gustará esta anotación.

5 de enero Antes de escribir sobre Frigia, propósito secreto que me ha traído al faro, he recordado mi fracaso como pintor. Durante semanas intenté, en vano, hacer su retrato, encerrado en la casa de tejado rojo, ante la mirada atenta de Neptuno. Sólo De Grät fue testigo de mi derrota. Yo conocía bien el cuerpo de Frigia; aun con los ojos cerrados me sentía capaz de describir sus facciones y conferir fuego vital a su mirada, hundida ya para siempre en el pozo de la noche, mas parecía que mi pincel hubiera sido maldecido desde el mundo de los muertos: la vida huía del retrato igual que antes había huido del cuerpo de Frigia, burlándose a la vez de la desesperación del amante y del estéril esfuerzo del artista. Cuanto más invocaba el rostro amado, tanto más asomaban al lienzo los de unas mujeres desconocidas que por sí mismas no habrían merecido ni una sola de mis miradas... Por unos instantes he creído que la fuerza que se negó a ayudarme a pintar el retrato póstumo de la bella Frigia se rebelaba también contra mi propósito de escribir, pues las palabras parecían huir de mí, condenándome a vivir el infierno de un mundo sin colores, sin palabras y... sin Frigia. Sin embargo, ha durado poco y por fin he logrado escribir un par de párrafos, escaso resultado para un literato, pero mucho, quizá, para un pintor, y más para un pintor fracasado... Me habría gustado ser poeta, pues todo lo que me rodea en el faro vive, respira en verso, pero me conformaría con saber plasmar en el papel no solo el cuerpo de Frigia, sino también los destellos de su alma durante su breve existencia en la ciudad oscura. Ante la página en blanco he evocado el aciago día de su muerte y la

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noche sin luna, negra como un nido de ratas, en que, acompañado por Neptuno, recorrí la orilla del mar por el mismo lugar donde el cuerpo amado había sido tragado por el agua, pero he tenido que desistir porque el recuerdo del estridente silbido del viento, del cielo ocluido y del oleaje que trataba de depositar en mis mejillas un beso de espuma con la fragancia de Frigia paralizaban mi mano. Sé bien que debo escribir interponiendo distancia entre lo que fue llamado por los muertos y lo que queda todavía entre los vivos. Después de hacerlo durante toda la tarde, con el solo fruto de dos párrafos, tengo el cuerpo bañado de sudor. Sólo un desesperado o un amante de la soledad podrían vivir aquí. Leeré mañana lo escrito hoy.

6 de enero Durante la noche me ha asaltado la sospecha de que no he sido yo quien ha solicitado hacerse cargo del faro. Hasta ahora creía que era mi voluntad la que había hablado por mí, pero esta convicción empieza a tambalearse y pienso que he sido llamado. Antes de dormir estuve recordando a Frigia, a la que veía como si estuviera viva, hasta que mis lágrimas borraron ese retrato que mis pinceles no supieron crear y, no obstante, se materializaba una y otra vez en mi interior. Desde que Frigia no existe me he trazado como único objetivo la búsqueda de la soledad. Intento escribir, pero no es más que un pretexto. Tenía que venir aquí... Seguramente De Grät intuye algo, mas no puede saberlo. Para él se trata de un período de mi existencia que voy a dedicar a ese diario en el que, según él, necesito hablar con mi alma. Asegura que me conviene estar solo, y por eso me ha ayudado a conseguir este puesto: para que trate de poner paz en el tormento de mi espíritu... Más allá de la medianoche unos sonidos me han arrancado del sueño. Al principio he creído que eran los ladridos de Neptuno, que no está conmigo. Sentado en mi camastro, no he percibido más que el fragor de las olas. Escuchando con mayor atención, me he dado cuenta de que no era el mismo sonido de siempre. Aunque llevo poco tiempo en el faro, ya he aprendido a diferenciar el ruido del mar durante la noche y el día; por la noche parece surgir de lo más profundo del abismo, como una llamada a lo que resta de primitivo en el hombre; por el día es el sonido del agua que todos creemos conocer; por la

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noche se asemeja a una voz humana formada por todas las voces que han existido sobre la tierra, como si en el instante de morir pasáramos a formar parte del agua. Eso debió de suceder con Frigia, cuyos rubios cabellos, antes de hundirse en la profundidad de las aguas, tiñeron de fuego por un instante un fragmento del mar turquí... El mar golpea mi mente... La muerte puede cambiar de colores el mundo, pero yo he sido incapaz de encontrarlos para el retrato. ¿Acaso por eso se parecen cada día más mar y cielo? Dejo para mañana el trabajo de leer lo que ayer escribí.

7 de enero No he podido añadir ni una línea a lo que dejé escrito. Las palabras me vencen, absorben mi espíritu. Derrotado al pintar y al escribir... No tengo apetito, la comida me repugna... Orndoff no me habría dejado caer en este pozo angustioso; él sabe bien que las palabras son vida y quizá su voz las habría conjurado para servirme de alimento. Es probable que yo hubiera escrito más si Orndoff me hubiese hecho compañía. Sin embargo, no es menos probable que su presencia lo habría impedido... Ningún barco a la vista, tanto de día como de noche. Con la caída del sol una espesa niebla ha envuelto el faro. Estoy solo. Neptuno no aparece. Después de leer una y otra vez los párrafos que escribí sobre Frigia, no he sabido encontrarles sentido alguno y he optado por librarme de ellos. Mi primera intención ha sido prenderles fuego; he pensado incluso en enterrar el papel lejos de mí, pero entiendo que su destino debe ser, como el de Frigia, el mar. He subido la escalera hasta la balconada que rodea la linterna, áspera a causa del salitre, y, a medida que los resbaladizos peldaños iban quedando atrás, la niebla se despejaba bajo mis pies para concentrarse en lo alto del faro, como si me siguiera, dividiendo en dos zonas el mundo visible. Ahora sé que la niebla forma parte, junto con el agua, del reino en el que mora ese cuerpo al que un día conocí con el nombre de Frigia. Antes de romper la hoja de papel, he leído de nuevo lo que había escrito: no me reconozco como autor, ni tampoco a Frigia como modelo..., para escribir lo que deseo debería inventar un nuevo lenguaje capaz de ser entendido en el mundo de los muertos... No se percibe el menor soplo de viento, pero los pedazos de papel giran en el aire con


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la lenta cadencia de una gaviota con un ala herida, e incluso me ha parecido que, en cierto momento, han quedado suspendidos sobre mi cabeza como si se hallaran en el centro de una doble fuerza que los empuja a la vez hacia el cielo y hacia el mar. Después han desaparecido devorados por la niebla... He estado un largo rato asomado por la balconada contemplando cómo la niebla giraba sobre sí misma en círculos concéntricos... He visto una luz distante... Nada más. Desde que alojo mi angustia aquí, ningún barco navega por estos parajes. La luz está inmóvil..., continúa inmóvil..., el ojo que me mira desde la oscuridad no responde al parpadeo del faro. Al bajar he sentido como si hubiera vuelto a la vida desde la inconsciencia, como si hubiese recobrado la existencia física tras haber llevado una existencia espiritual. La niebla ha respondido trasladándose a la parte alta del faro. De Grät me advirtió que anduviera con cuidado, puesto que, a pesar de mi deseo de soledad, el aislamiento haría mella en mí. Fue lo último que dijo antes de alejarse en la balandra agitando su mano en señal de adiós... Supongo que llegaría a tierra.

8 de enero Sin Frigia, mi existencia se ha convertido en una anomalía. Hoy escribo solamente por cumplir lo acordado con De Grät. Me ha parecido oír unos ladridos lastimeros, distantes...

9 de enero Un gran charco de agua sucia en el que flotan peces muertos... El charco va creciendo cada vez más hasta que me ahoga. Ese es mi sueño... De él despierto y compruebo que el nivel del mar ha ascendido, lo que me llena de inquietud. No es normal que las aguas tomen posesión hasta tal punto del faro, que así se asemeja a un raro arrecife cilíndrico construido por el hombre y no por la naturaleza. ¿Será tan seguro como yo creía? Vuelvo a imaginar que no he venido por mi voluntad sino que he sido llamado... Me lo he preguntado muchas veces, pero no he sabido hallar respuestas: ¿de qué extraño reino provienen esas impresiones que nos hacen sentir y ver cosas que nunca hasta entonces hemos visto y sentido? Si el nivel de las aguas sigue subiendo, para mí sería tanto como hacer

realidad el sueño de mi muerte... Recuerdo que la balandra en la que llegué al faro con De Grät estuvo a punto de zozobrar: ¿sería una advertencia del final que me espera? Observo el mar con el telescopio: la línea donde se juntan agua y cielo parece más difusa que nunca, como si se mezclaran. Ni rastro de navíos... Imagino a De Grät solicitando en los muelles del puerto que se respete mi soledad y a los marineros rehuyendo la proximidad del faro. Por la noche he divisado otra vez la luz. Me gustaría tocarla con los labios. Vista con el telescopio sigue estando lejana, muy lejana: podría ser una estrella que titila desde el mar. ¿Acaso no he visto el cielo en las aguas y las aguas en el cielo? Hay algo en ella que apela a mis sentimientos, pero por más que me esfuerzo no entiendo su lenguaje. Sé que antes de ahora ha habido aquí otros hombres, otros vigilantes más entregados a su tarea, pero no advierto el menor rastro de su paso por el faro; diríase que ha sido construido para mí..., para mi disfrute o mi tormento. ¿Qué habrá sido de ellos? No he conocido a ninguno. Como Neptuno no aparece, en ocasiones me gustaría ver a mi alrededor una presencia animal: una rata, un gusano, una cucaracha...; hasta las gaviotas y los albatros sobrevuelan el faro sólo cuando la niebla me impide verlos; oigo sus gritos, eso es todo... Sin pretenderlo, he pensado en tres animales que Frigia detestaba. En su muerte ha triunfado sobre ellos, porque ni gusanos ni cucarachas ni ratas pasearán por el cuerpo inmóvil de Frigia mancillando su piel de cera y sus cabellos de oro. Pero, ¿quién puede asegurar que hay inmovilidad en la tumba, que hay inmovilidad en la tumba del mar, que hay inmovilidad en la muerte? Solo es seguro que el tiempo muere con nosotros.

10 de enero He visto flotando en las aguas negras el cuerpo de un perro. Podría ser Neptuno. Después de un rato ya no veo nada. Desvarío y pienso que la corrupción del tiempo se manifiesta en forma de lluvia de cenizas.

11 de enero Ha llegado el momento de volver a la escritura... Viviré una noche de vigilia. Evoco el nombre de Frigia y su silueta en los porches del puerto, para dar inicio

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a una ceremonia de amor imposible entre los límites de una hoja de papel, mas sólo alcanzo a ver su rostro amoratado, su cuerpo comido por los peces y sus cabellos rubios aprisionados entre las algas... Mi mano, que siento ajena a mí..., como si no fuera mía..., ha escrito unas palabras ininteligibles y, al pronunciarlas en voz alta, un escalofrío recorre mi espalda. Me he quedado dormido. En el papel, que inconscientemente he debido de arrugar, figuran unas palabras que no recuerdo haber escrito: «la luz abre puertas en la oscuridad». Podría tratarse de un mensaje, y con esa idea subo a la balconada. No hay niebla; la amarillenta luz de la luna tiñe la superficie del mar con un resplandor que tiene algo de sucio y de perverso. Diviso en la lejanía la misma luz, inmóvil... Esta noche parece estar algo más próxima, sin moverse. Ignoro por qué pero me hace pensar en Frigia. Si la muerte es inmovilidad, esa luz inmóvil sería la luz de la muerte. Lo que está claro es que no procede de un barco... Se ha apagado súbitamente para dar paso a las tinieblas. Tengo que recobrar el dominio de mí mismo, pues todo esto me parece una locura... Lo único que debería preocuparme es la seguridad de este edificio, su resistencia a las subidas del agua y al viento huracanado..., mas no puedo evitar un escalofrío ante el embate de las olas, con su cresta blanca y lívida, aullando un lenguaje que se asemeja al que he visto escrito en la hoja de papel por una mano que no era la mía... Ni ante esa luz que no parece moverse y, sin embargo, sé que avanza hacia mí.

12 de enero He puesto un título al libro que debo escribir: «El rostro del infortunio»; ello me hace creer que estoy en el buen camino. Después entiendo que el título se refiere a mí tanto como a Frigia. ¿De quién o de qué pretendo hablar? ¿De Frigia y de su cuerpo arrebatado por el mar? ¿De mi amor por esa dama de bellos ojos azules que nunca más mirarán a los míos? ¿De mi padecimiento y mi soledad en este lugar apartado del mundo? No es un buen título... sería mejor «El rostro de Frigia» o «El espíritu de Frigia»... No escribirlo... ¿Y si olvidara lo que me pidió De Grät y tampoco escribiera este diario?... Aprovechando que estaba nublado y, por lo tanto, el sol no molestaba, he pasado el día en la balconada mirando al horizonte.

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Nadie se atreve a navegar por el Mar de la Desolación, aunque me ha parecido divisar una sombra en altamar... Agua y cielo tienen el color de la ceniza. Es tanta su fealdad que en ocasiones pienso si no se tratará de una nueva belleza sin relación con nuestra sensibilidad y nuestro entendimiento de lo hermoso... Con la noche reaparece la luz en el horizonte de la sombra. Si la miro de frente veo el rostro de Frigia, escucho la dulce música de sus pasos, me llegan ráfagas del perfume que la acompañaba... ¡Frigia! ¿Puede un ser humano convertirse en luz? Es pequeña..., sigue siendo pequeña, pero la noto más próxima... Amanece y mis ojos se encuentran ahítos de una luz que ya no pueden ver. No obstante, tampoco admiten la del sol. Se ha despertado un fuerte ventarrón y me retiro para dormir durante el día lo que no he dormido por la noche.

13 de enero (?) Escribo la fecha con titubeos. Tengo la sensación de haber dormido todo un día, pero bien podría ser que hubiera despertado al poco de acostarme. He visto la luz en sueños; en el fondo de ella hay dos pequeñas manchas azules, como ojos cuya mirada penetra en el alma.

Sin fecha No quiero obsesionarme con lo que pueda haber en el mar, fuera de este faro. Estoy aquí y, si no quiero volverme loco, debo asumir que mi mundo está en tierra. Hace días que vivo en el cuartucho donde duermo y en la balconada. Tengo los ojos dañados de tanto mirar hacia el horizonte. Hoy recorro todas las dependencias del faro. Están vacías, pero pertenecen a mi mundo. Aunque no hay vida en ellas, sirven para dar refugio a la mía... No deseo convertirme en esclavo de esa nueva belleza que posa sobre mí su único ojo; viviré en tierra, en este faro, como si el mar no estuviera delante de mí, como si Frigia no hubiera existido nunca... ¡Ah, Frigia...! ¿Cómo he sido capaz de pensar y escribir esto? Todas las paredes del faro, incluso las de un cuartucho que carece de ventanas, están sucias de salitre. Entiendo que así suceda en los huecos comunicados con el exterior, mas ¿por qué también en el cuartucho cerrado? La tierra, este


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pedazo de tierra, pertenece al mar y he venido aquí respondiendo a su llamada. Tanteando por las salitrosas paredes del cuartucho cerrado abro, sin pretenderlo, una puerta secreta de piedra a través de la cual me asomo a las tinieblas. Huele espantosamente a algas, a aire viciado, a humedad, a aguas corrompidas. La pared está fría como el hielo. No me atrevo a internarme por allí si no llevo conmigo una luz... Regreso con una vela que me permite divisar una estrecha escalera que parece llevar a las entrañas del faro. Debo bajar... ...Los peldaños son tan resbaladizos como los de la balconada en los días húmedos y en las paredes hay restos de algas. Como si el mar llegara hasta allí en los momentos de mayor subida... Si así fuese, el faro sería un lugar más peligroso de lo que imaginé al llegar. No me extraña que a la mínima oportunidad todos hayan huido de él; pero, en tal caso, ¿por qué le resultó tan difícil a De Grät lograr el puesto para mí? He pensado en ello mientras bajaba la escalera para evitar que me invadiera el miedo. ¿Pero es que soy capaz de sentir miedo por algo que no sea la ausencia de Frigia? Humedad y soledad, mis pies chapotean en un agua que huele a descomposición... Resbalo y, al buscar apoyo en la pared, la vela cae de mis manos y va a parar al agua haciendo de mí un huésped de las tinieblas, castigado con el único color de la sombra. Y la puerta se ha cerrado por sí sola, como si yo hubiera tocado un resorte. ¡Estoy prisionero, solo y sin luz en un sótano anegado y hediondo! Golpeo repetidamente en la pared, tratando de abrir la puerta, hasta que el agotamiento me vence... El aire que respiro es como el de la tumba; no otra cosa es el lugar donde me encuentro, pues, al volver al punto de partida, resbalando en los peldaños, compruebo que la puerta que sella esta especie de húmeda cripta no puede ser abierta desde el interior. Grito, aun sabiendo que nadie escucha mi petición de ayuda... Tengo salitre en los labios... Mis nudillos deben de estar ensangrentados después de golpear tantas veces en la puerta cerrada. ¿Si fuera un sueño? Desde la balconada he visto manifestaciones de una nueva belleza..., ¿no podría ser que estuviera viviendo en un mundo en el que los sueños poseyeran la capacidad de hacerse reales? No, no es un sueño, ya que mis nudillos dejan en mi

lengua el sabor de la sangre. Al poco rato oigo un gorgoteo. El agua no está inmóvil en este remanso de podredumbre..., se mueve como si tuviera vida, ¡o siguiera fluyendo al interior desde el mar! Es imposible que no exista una salida, mas no sé cómo buscarla rodeado de agua y en medio de esta espesa oscuridad. El espanto que atenazaba mi corazón al despertar de la pesadilla del charco de agua sucia, es el mismo que siento mientras pienso que aquel sueño fue una premonición y voy a morir ahogado... Bajo unos peldaños y, enseguida, mis pies se introducen en el agua, la cual va ganando terreno en dirección a la puerta. El mar reclama su derecho de propiedad sobre el faro. ¿No podría intentar salir por el mismo lugar por el que penetra el agua? Lo he dicho en voz alta y, al darme cuenta de ello, guardo un silencio que se ve correspondido: el gorgoteo ha cesado, ignoro por cuánto tiempo, y yo correspondo a mi vez con una inmovilidad total, temeroso de que cualquier ruido invoque a esa música de muerte. ¿Será mi respiración la que llama al agua? Ahora entiendo que el faro es una tumba y que mi objetivo al venir a este lugar era morir a solas, no mostrar mi muerte a la mirada de los demás, de la misma forma que me ocultaba a la vista del mundo cuando estaba o me sentía enfermo... Me inunda un infinito hastío y recuerdo la blanca tapia del cementerio donde Frigia jamás será enterrada, con su olor a jazmines, el jardín donde rosas y ortigas adoran la herrumbre de las cruces, donde el fanal de la noche busca la complicidad del fuego fatuo... ¿Será acaso un manifiesto de eso que han dado en llamar resignación? Incluso me parece que mi corazón ha dejado de latir... De pronto, resurgen a la vez latido y gorgoteo... Uno ha llamado a otro: el agua corre hacia su presa, reclama lo que es suyo. Mis sentidos son más sensibles que nunca: mi tacto aprisiona en el aire el helado soplo de la muerte, mi oído percibe cómo el mar va entrando gota a gota en el sótano, mis ojos rasgan el velo de oscuridad y ven el implacable avance del agua, mi olfato no resiste el hedor, mi boca se llena con el sabor del salitre y la sangre. El agua sigue subiendo, no hay protección; procede del mar, pero en nada se parece a la del mar; es sucia y espesa, lleva consigo el olor de los muertos..., que ahora es el de Frigia. Es inútil buscar una salida a través del conducto por el que entra el

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agua. Me ahogaría, como Frigia. ¿Y no será eso lo que Frigia pretende de mí, que me reúna con ella al otro lado de la vida? Transcurre así una hora, quizá dos. Mi instinto se rebela: subo un peldaño tanteando en la pared, pero el agua recupera el trecho que le gano y los dientes de una rata mordisquean mi carne... Son pocos los peldaños que me separan de la puerta cerrada..., y el agua corre en mi busca, sube por mis piernas, cubre mi cintura, mi pecho: quiere besar mis labios resecos de fiebre, dejar en ellos su mensaje. Sería más fácil si no fuera por el hedor... Ah, me ha parecido ver, en el corazón de la oscuridad, una luz semejante a aquella otra que miraba mi soledad desde la lejanía. No puede ser la misma, pues no estoy en la balconada sino en un sótano, y aquélla hablaba de belleza mientras ésta solo conoce el lenguaje de la muerte. No, no es la misma: en mi desesperación, me he vuelto a mirar atrás y me doy cuenta de que no es la luz sino un reflejo del exterior... Un faro interno para guía de condenados. ¡La puerta se ha abierto y es fácil acceder a la salvación, alejarme de unas aguas sucias que parecen tirar con fuerza de mis piernas para sumergirme en ellas! No me vuelvo a mirar si el agua irrumpe también a mis espaldas por

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la puerta de piedra... Tengo las uñas destrozadas y los dedos ensangrentados... No veo paredes, solamente luces. Si las aguas me siguen, estaré perdido; el faro se desmoronará o pasará a formar parte de ese mare tenebrarum por el que nadie navega... He cerrado a mi espalda todas las puertas que he hallado a mi paso. Tumbado en mi camastro, ni siquiera me preocupo por el estado de mis dedos; mañana podré curarlos..., si hay un mañana para mí, si hay un nuevo día para el faro... Las emociones y la fatiga han cerrado mis ojos a la luz y a la oscuridad; no sé si es de día o de noche, ni siquiera sé si vivo en las afueras de la vida... No me preocupa..., y sueño... una pesadilla sin colores, sin espacio, sin personas, sin cosas. Sólo escucho la voz de Frigia recordándome la noche aborrecible en la que se arrojó voluntariamente al mar, dolida por una mirada mía que hirió su amor. La voz dice que fue ella, Frigia, quien me abrió la puerta del sótano para dejarme vivir con el recuerdo y el remordimiento de su muerte. Al despertar y abrir los ojos, veo junto a mí, en el camastro, unas algas todavía húmedas entre las que brillan unos cabellos dorados... Son los cabellos de Frigia que han vuelto a mí desde su sepultura marina.


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Ilustración: Beatriz Sumelzo

Dos soldados, dos trincheras, una guitarra Ana Alcolea

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A mi padre no le gustaba hablar de la guerra. Había pasado por las dos más grandes y en la segunda incluso lo habían dado por muerto. Estuvo desaparecido en el frente ruso durante un año largo, y cuando regresó traía una herida en la cabeza de la que ya nunca se recuperó. Tal vez por eso no le gustaba hablar de la guerra. Cuando era pequeña tocaba la guitarra. Mi madre quería que estudiara guitarra clásica, lo que no me hacía demasiado feliz: me dolían los dedos de la mano izquierda de tanto apretar las cuerdas contra la madera del diapasón. Después he tocado con otras guitarras, pero ninguna me ha dolido tanto como aquella de mi primera infancia. Era la guitarra de papá, y las seis cuerdas eran de metal, muy viejas. Parecían sierras recién afiladas por el tiempo y por los cañonazos que habían oído; claro que, al principio, eso yo no lo sabía. A mi padre no le gustaba hablar de la guerra. Pero un día que me escuchó tocar, se acercó desde su despacho y se sentó en un taburete, a mi lado. No lo vi llegar, sólo noté cómo posaba su mano derecha en las cuerdas. Del fondo hueco de la caja surgió un sonido grave y sordo como el fragor de una batalla. Fue entonces cuando me lo contó. ¿Sabes? Esta guitarra ha estado en la guerra. Lo miré sorprendida por dos motivos: primero, porque aquella era la primera vez que la horrenda palabra salía de su garganta; y lo hacía tan grave y tan sorda como el sonido que segundos antes había emitido aquel instrumento de curvas femeninas. Y segundo, nunca había imaginado que mi guitarra, aunque ya sabía que en realidad era suya, había ido a la guerra, como un soldado más. Sí, ella fue mi compañera aquellos días. La llevaba colgada al hombro con una cinta de cuero. Un día la cinta se rompió y la tuve que atar con el cinturón del uniforme. Recuerdo que una tarde casi pierdo el pantalón. A partir de entonces, la sujeté con unas cuerdas que antes habían ligado los cartuchos de la dinamita. Fue en aquel momento cuando empezó a contarme una historia que dejó una impresión tan extrañamente dolorosa en mi alma y en mis dedos, que pasaron muchos años hasta que volví a hacer sonar la guitarra de papá.

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Estábamos en el frente, en las montañas, cerca de los Dolomitas. Era otoño y empezaba ya a hacer ese frío que llega a doler. El vaho congelaba los cuellos de los abrigos, y las bufandas se quedaban blancas de la escarcha producida por la respiración. La primera vez que me di cuenta de que llevaba la delantera del abrigo así, blanca, creí que había nevado y que no lo había notado. Pero no: el blanco nacía de la nada, de una nada que era nada menos que el aire que salía de mi cuerpo, y que era la prueba de que todavía seguía vivo. Era mi propia respiración, mi propia vida en forma de copos, de estrellas de hielo. Por la noche cesaba la batalla —continuó contándome mi padre—. Apenas se oían los cañones austriacos de vez en cuando. Nosotros tampoco atacábamos. Nos quedábamos dentro de aquellas trincheras que eran un callejón oscuro bajo otras estrellas, las del cielo. Hacíamos pequeñas fogatas que nos calentaban un poco, muy poco. El fuego no podía ser fuerte para no enseñar nuestras posiciones al enemigo. Era entonces cuando cogía esta guitarra y me ponía a tocar. El frío la destemplaba y cada noche tenía que afinar las cuerdas. Sí, estas cuerdas de metal que estaban tan frías que me parecían minúsculos puñales en las yemas de los dedos. Me sacaba los guantes y la hacía sonar. No me daba miedo que los dedos desprotegidos de la lana y a la intemperie se me pudieran helar: el movimiento rápido sobre los trastes los protegía y los iba calentando poco a poco. En la primera guerra todavía era capitán y convivía con mis soldados en las trincheras. A aquella hora de la tarde, casi todos se iban acercando hacia donde sabían que estaba yo, y se sentaban agazapados en el hueco serpentino de la trinchera, con la manta por encima y las manos escondidas en los bolsillos. Los fusiles cargados con las bayonetas se quedaban a su lado, apoyados en la pared o tumbados en el suelo. El enemigo estaba cerca, muy cerca, a pocas decenas de metros. El enemigo... Oíamos sus disparos cuando empezaba a afinar las cuerdas. En cuanto empezaba a tocar, las balas callaban. O tal vez era que yo no las oía, absorto, dentro ya de aquella música que me llevaba a otros lugares. Me gustaba cantar, los soldados decían que tenía buena voz. No sabía muchas canciones, y siempre repetía las mismas. Había una que cantaba dos o tres veces cada noche. Era la favorita de mis hombres


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y la mía. La había aprendido el mismo día que conocí a tu madre. Cada vez que la cantaba, estaba lejos, muy lejos del frente; era como volver a casa con ella, como volver a sentir el calor de la chimenea y de su cuerpo... Me gustaba repetirla: mientras decía aquellas palabras no estaba en aquel campo, ni en aquella trinchera, ni vestía el uniforme de la caballería italiana, ni tenía un fusil a mi lado... Era una vieja canción que hablaba de un bosque con un lago, de una mujer que se baña en sus aguas, del amor entre ella y el joven que la contempla cada noche. Y de cómo la muchacha deja una noche de acudir a su cita con el enamorado, y la siguiente, y la siguiente, y nunca vuelve. Y él llora desesperado cuando se da cuenta de que nunca la volverá a ver, y entra caminando en las aguas del lago, hasta que éstas se lo tragan para siempre. Mis hombres también lloraban cada vez que oían aquella historia, y las lágrimas no se congelaban sobre sus rostros porque las pequeñas fogatas hacían su trabajo. Al otro lado de las trincheras no se oía nada. A veces me gustaba creer que aquellos otros soldados también escuchaban mis canciones. Los imaginaba tan acurrucados como los nuestros, escuchando mi voz a lo lejos y recordando, como hacíamos nosotros, a mujeres que en aquel mismo momento soñarían que sus hombres volvían a sus brazos, sin llamar a la puerta. Pero otras veces pensaba que no, que el enemigo era el enemigo, que no le gustaba ni mi música ni ninguna música, y que era un ser sin nombre, sin mujer y sin recuerdos, que estaba en su trinchera para matarme o para esperar que yo lo matara. Sí, eso pensaba muchas veces porque era mi obligación para seguir viviendo. Las noches se iban haciendo cada vez más frías. Y las cuerdas de la guitarra también. Una noche se me rompió una de ellas al afinarla, y a partir de entonces tuve que cantar con la música quebrada, tan rota como mi voz, cada vez más cansada y más helada. Una mañana llegó el coronel con más hombres desde nuestras filas en el sur. Traía órdenes de ataque inminente contra las posiciones austriacas del norte. Debíamos tomar el paso montañoso de San G. El avance de mi batallón era fundamental antes de la llegada de nuestras tropas. Cargamos las bayonetas y nos dispusimos para la batalla. Sabíamos que el enemigo, ese ser desconocido de quien quería creer que no tenía

más existencia que la de ser una palabra, les tenía un miedo atroz. Ésa era una de nuestras bazas. El sol las haría brillar mientras fuéramos avanzando. Nuestros cañones estuvieron trabajando duro desde el amanecer y limpiaron bien la zona. Cogí mi guitarra y mi fusil, me calé el casco hasta las cejas, y salí de la trinchera hacia la zona enemiga. No se oía nada, todo estaba tan silencioso como si fuera de noche. Los cañones habían hecho bien su cometido. Mis hombres remataban con las bayonetas a algún enemigo herido, mientras yo miraba hacia otro lado. Tropecé con un cadáver que tenía los ojos abiertos. Siempre he temido encontrarme con esa mirada del que mira desde la muerte. El temor de que aquellos ojos me enseñaran los recuerdos de aquel joven soldado hizo que me acercara a él para cerrárselos. Y lo hice. Al agacharme vi su herida en el pecho, toda su ropa manchada de sangre. Ni rastro de vaho en su abrigo. Ningún rastro de aire que saliera de su cuerpo. Ningún sonido. Recordé las palabras del médico que vino a certificar la muerte de mi abuela cuando yo era muy pequeño: «Aquí no se oye nada» —dijo cuando la auscultó. El silencio era la señal que dejaba la muerte. Vi un papel arrugado y sucio que asomaba por entre los restos de su uniforme. Lo desdoblé y lo miré. Nunca he sido curioso, pero entonces lo fui. Tenía un extraño presentimiento. No entendía alemán, así que pensé que no comprendería ni una palabra. Pero al empezar a leer, me encontré con mi propio idioma, lleno de faltas y de palabras escritas como sonaban, sin ningún rigor, como por alguien que, sin saber una lengua, la entiende un poco, y transcribe como puede lo que ha oído. Necesité llegar a la tercera línea para darme cuenta: era mi canción, aquella canción de los enamorados del lago que cantaba varias veces cada noche. Aquel soldado había conseguido aprenderla de tanto oírla y la había escrito, tal vez para cantársela a alguien cuando llegara de vuelta a su casa... Me subió un nudo a la garganta. Aquel enemigo no era una palabra. Era alguien que había estado conmigo, cada noche, en otra trinchera apenas cien metros más al norte. Con otro uniforme, pero tan cerca de mí como mis hombres. O tal vez más. Cogí mi guitarra, que estaba colgada a mi espalda. Afiné las cinco cuerdas que le quedaban y canté mi canción, su canción, sólo para él.

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Carta a mi tutora Silvestre Hernández

Estoy convencido de que le va a extrañar que, después de mi comportamiento durante el último curso que usted fue mi tutora, le escriba ahora, tras cuatro años en los que no nos hemos vuelto a ver. Como comprenderá cuando lea lo que le expongo a continuación (le ruego que no se detenga hasta llegar al final de mi declaración), esta carta nunca podría ir manuscrita y menos aún identificada con nombre y apellidos. A pesar de ello, no me cabe la menor duda de que me reconocerá de inmediato, en cuanto rememore los antecedentes que a continuación voy a relatarle. Antes que nada deseo confiarle que, ya cuando usted era mi tutora, anhelé confesarle toda la verdad pues, aunque pueda sorprenderla, yo siempre la aprecié y la admiré: cuánto me hubiera apetecido ser un alumno aplicado, como lo fui en mis años de educación primaria, para de ese modo merecer la atención y el cariño que siempre dispensó a sus pupilos. No fue posible entonces y sólo ahora, cuando mi padre yace inmóvil en su silla de ruedas tras el inesperado accidente que sufrió en la fábrica en que trabajaba, me veo con el valor suficiente para descubrirle toda la verdad. Antes de sincerarme con usted, lo hice con mi madre y ella, a pesar de enojarse conmigo, ha terminado por entender mis acciones y disculparme... Pensará usted: «¡Como siempre!»; pero no, en esta ocasión le dije absolutamente toda verdad y, por lo tanto, me siento aliviado en mi conciencia y animado a pedirle a usted ahora, si no el perdón, sí al menos su com-

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Ilustración: Cruz Navarro

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prensión. De todos modos, me bastaría con que usted descubriera hoy que valoré muy positivamente cuanto hizo por ayudarme. Nunca lo verbalicé, lo sé, pero sepa que se lo agradecí en silencio, al mismo tiempo que me sentía tremendamente culpable por todo el mal que me vi obligado a infligirle. Usted ya se había marchado del instituto cuando repetí el cuarto curso de la ESO y mi comportamiento se radicalizó. ¿Recuerda? Fue el año en que pidió el traslado, tras varios meses de una depresión, seguro que provocada en parte por mi comportamiento y el de algunos de mis colegas; sí, sí, el curso en el que cambiamos de director ya que su amiga Pilar presentó la dimisión, que fue aceptada de inmediato por la Dirección General de Educación. Un año que no llegué a terminar, puesto que tuve la suerte de cumplir dieciséis años, de que mis padres por fin comprendieran que yo no quería seguir estudiando y la gran fortuna de que, tras mis aventuras y desventuras de cursos anteriores, nadie se atreviera a castigarme cuando un profesor descubrió que un grupo de alumnos repetidores nos dedicábamos a acosar y hostigar al «enano» Loren, un rumanito de doce años que tuvo la mala suerte de venir a vivir a mi pueblo. El entonces pequeño Loren, ahora me sobrepasa un palmo en estatura, tenía unos padres excesivamente pobres, con una madre gritona y escandalosa y un padre demasiado amante del alcohol. Lo cierto es que pronto consiguieron enemistarse con varios vecinos del pueblo. Dos hechos fundamentales precipitaron mi animadversión hacia Loren: una fuerte discusión en el colmado entre mi madre y la suya por causas que nunca he conocido y la fatal ocurrencia del padre del «enano» de orinarse en la rueda de mi moto, hecho que provocó la recriminación y el brutal puñetazo que le propinó mi padre, con la posterior indemnización a la que mi ascendiente fue obligado por la justicia y que aún agravó más la situación de enfrentamiento. Aquellos fueron los orígenes de nuestras embestidas contra el desgraciado Loren: cuando no le lanzábamos piedras, huevos, tomates o incluso una culebra viscosa, le hacíamos creer que deseábamos su perdón y su

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amistad; entonces lo llevábamos hacia un descampado detrás de la iglesia, lugar donde, el muy tonto, recibió sendas palizas cada vez que confiado volvía a caer de pies juntillas bajo nuestros falsos arrepentimientos y simulados deseos de reconciliación. En el Insti debíamos ser más precavidos, pero siempre encontrábamos el momento oportuno para meternos con él: una patada en mitad de la clase, un cuaderno de deberes que desaparecía por arte de birlibirloque, la puerta del lavabo que se atrancaba; y, sobretodo, las amenazas, al principio suaves, más tarde asfixiantes, luego, tan aterradoras que ahora me resultan inconcebibles. El pequeño Loren, siempre con la ilusoria esperanza de que conseguiría nuestra amistad, ni siquiera la obtuvo de otros compañeros de clase que sabían de nuestras andanzas y no se aventuraban a juntarse con él. Su férrea fidelidad al compañerismo, y supongo que el miedo que debía atenazarle la garganta, propició que nunca se atreviera a delatarnos a sus padres o al jefe de estudios, ni siquiera a su tutor, hecho que propició que lo siguiésemos usando como muñeco objeto de nuestros juegos más violentos y audaces. Fueron varios meses en los que el pobre Loren aguantó y soportó estoicamente nuestros porrazos, las intimidaciones, los escarnios y las degradaciones, cada vez más atroces y, con cada nuevo empeño, más y más rebuscadas. Pero todo se termina en esta vida y un buen día se descubrió el pastel: era frecuente ver a Loren cabizbajo, llorando sólo y en silencio mientras escondía la cabeza tras algún respaldo de los últimos asientos del autobús escolar. Nosotros lo sabíamos, pero lo tomábamos como un signo más de nuestro dominio sobre él. Al finalizar las clases de un día oscuro y tedioso, a mediados de abril, una alumna de segundo de bachillerato, Ana (seguro que recordará a aquella niña empollona, la única hembra de siete hermanos, que le tocó por razón de sexo cuidar de su madre enferma en lugar de ir a la Universidad), decidió poner fin al sufrimiento de Loren y escribió una nota anónima que deslizó, a primera hora de la mañana, bajo la puerta del


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director. Aquel día el Instituto se revolucionó. El tutor, el jefe de estudios, incluso el director conversaron, uno tras otro, con todos los alumnos que viajaban en el autocar de nuestra ruta y con el conductor, de modo que, al final de la mañana, yo y tres amigos míos nos encontrábamos en el despacho de dirección con la papeleta de expulsión de quince días en la mano y a la espera de que llegasen nuestros padres. Como era habitual, se presentaron sólo las madres: mis colegas ya sabían que eran fáciles de enternecer y que terminarían por enfadarse contra el director, suavizarían aún más nuestra descafeinada versión para apaciguar a los maridos y que, en definitiva, el castigo transcurriría como unas lindas vacaciones; excepto quizá para Perucho, cuyo padre acababa siempre por enterarse de todo y por llevárselo a «dar el callo» en la huerta. En cuanto a la reacción de mis padres, ya la conoce usted sobradamente: no creerse absolutamente nada de cuanto les comunicó el director. Mi madre, como siempre, se puso a llorar al verse incomprendida y al entender que yo siempre era injustamente considerado como culpable de todo; y mi padre llegó a alzar la mano con tal furia que el director reaccionó cubriéndose el rostro con ambos antebrazos al mismo tiempo que se escudaba bajo una trémula amenaza: —Si me tocas, tendré que denunciarte. A lo que mi padre, respondió con aplomo: —Si vuelve a acusar a mi hijo injustamente le arrancaré la cabeza, aunque luego me metan preso de por vida… Y añadió como coletilla su frase favorita: —Si algún día tenemos otra guerra civil, sabré a quiénes tengo que ir a buscar. No sé cómo Julián se libró de la somanta de palos, pero mi padre se contuvo, hizo un ademán para qué saliéramos del despacho delante de él y cuando llegó al umbral de la puerta, poco antes de cerrarla con toda la mala leche de que era capaz, vociferó: —Mi hijo jamás regresará a esta mierda de Instituto. Todos los profesores son basura, nada más que

basura: una pandilla de inútiles que han hundido a mi hijo en la miseria y han jodido para siempre su futuro. Así fue como terminó mi odisea en el Insti: seguro que no le extraña la conducta de mis padres, pues usted la sufrió a menudo en sus propias carnes, pero sí se habrá sorprendido de que yo, precisamente yo, me hubiera convertido en un acosador. Ahora sí creo que ha llegado el momento de confesarle qué ocurrió exactamente cuando iba a ingresar en el Instituto, rebosante de alegría por el salto crucial que daba en mi vida, seguro de que continuaría mi buena racha en los estudios y que acabaría conquistando el corazón de profesores y amigos hasta alcanzar mi meta de aprobar el bachillerato artístico y cumplir así mi sueño dorado de ser un gran pintor, un artista de prestigio internacional. De hecho, y durante toda la enseñanza primaria, destaqué por mi capacidad de plasmar sobre el papel todo cuanto se me antojaba o me demandaban compañeros y maestros; una facilidad innata para trabajar con lápices de colores por la que todos me felicitaban y que mis padres premiaron llevándome a clases particulares con un «famoso» pintor local. Mi primera visita al Insti, antes del verano y previa a la finalización de la educación primaria, me confirmó que aquel lugar era el idóneo para alcanzar mi destino como pintor; además, tendría amigos, infinidad de ellos y de muy diversos lugares, muchos profesores especializados en dibujo y en otras áreas, ordenadores, talleres... Sin embargo, aquel verano, durante las fiestas de mi pueblo, ocurrió un hecho que iba a trastocar todos mis sueños, un acontecimiento absurdo y aparentemente banal, que no debió ir más allá de una simple regañina y de un buen lavado: mi primo Jonás, tras unas batallas en la Nintendo que tantas veces compartíamos, me mostró el flamante traje y la camisa nueva que iba a lucir el día de la fiesta mayor, con tan mala fortuna que al acariciar la tela de aquella impoluta camisa blanca, dejé unas horribles manchas de grasa en su bolsillo y en una de las alas del cuello. Tragué saliva cuando descubrí la cara de mi primo y

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recordé que momentos antes había trajinado con mi moto para engrasar los ejes de las ruedas. Jonás pasó en un abrir y cerrar de ojos de quedar boquiabierto a sollozar como una nube oscura. Inmediatamente acudieron a socorrerlo su madre y la mía. Y allí mismo se armó el Belén. No sé por qué, supongo que fue por causa del miedo, pero mentí, mentí como un falso poeta y aseguré que mi primo se había manchado la camisa él mismo para hacerme quedar mal: mi madre me creyó (nunca antes le había mentido), pero mi tía me acusó de falsario y acto seguido ella y mi madre se enzarzaron en una interminable sucesión de insultos, de imperdonados recuerdos, de recriminaciones mutuas... hasta que mi madre me agarró con fuerza por el brazo y salimos por última vez de aquella casa. Durante las fiestas, mis padres no hablaron con mis tíos, ni yo con mis primos, ni sus amigos conmigo. Por primera vez en mi vida me encontré sólo, aunque me confortaba ver cómo mi madre me abrazaba con fuerza cada vez que alguno de nuestros recientes «enemigos» me miraba mal y mi padre le devolvía una mirada tan amenazadora que le obligaba a girar la cara. Aquellas fueron las primeras ocasiones en las que mis padres parecían estar de acuerdo en algo: en protegerme. Apenas volvieron las antiguas discusiones familiares, o los enfrentamientos de mi padre con mi hermano mayor y ni siquiera tuve que soportar los intensos celos que por entonces sentía hacia mi hermana menor, cada vez que descubría como mi padre reía y jugaba con ella, ausente por completo a sus anteriores desvelos por mi. El primer día de clase, en el autobús, sentí la fría mirada de mis primos y de sus amigos sobre mi espalda, así que al bajar decidí adelantarme al resto de compañeros para no permanecer por más tiempo a su lado en silencio. De pronto, una piedra rozó mi sien derecha y rebotó contra la barandilla protectora de la acera. Me giré y descubrí una mueca socarrona en el rostro de Jonás, mientras murmuraba entre dientes con sus compañeros que también acabaron burlándose de mí. En un santiamén decidí lo que

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tenía que hacer: agarré la piedra, la introduje en el bolsillo de mi pantalón y, en lugar de entrar en el Instituto, me desvié hacia la primera bocacalle para esconderme al otro lado de la verja que rodeaba el patio. Inmediatamente después cogí el teléfono móvil y llamé a mi madre: aquella fue la primera denuncia que recibió el Instituto y su directora, después de que mi padre y mi madre acudiesen urgentemente a protegerme y, tras una violenta discusión con Pilar, me llevaran de regreso a casa. Luego siguieron otras broncas y advertencias, prosiguieron las malas caras, subieron de tono las molestas miradas, se sumaron nuevas denuncias de mis padres y, ocasionalmente, surgió algún que otro enfrentamiento con mis primos y con sus amigos más allegados. Usted lo recordará bien, estoy seguro ello. La situación llegó a tal extremo que los compañeros de otros pueblos no se atrevían a acercarse a mí, nadie quería sentarse a mi lado ni aceptaba trabajar conmigo. Corría el rumor de que mis padres denunciarían a todo aquel que me molestase; así que yo vivía con ansiedad mis horas de clase, sólo, absolutamente en solitario, sintiéndome como un bicho raro y en busca, cada vez más a menudo, del refugio de mi madre y de mi hogar. Usted conoce perfectamente la ingente cantidad de denuncias que mis padres presentaron contra diversos alumnos, a padres de aquellos e incluso los cargos de los que les imputaron al Insti, a la directora y a usted. Según las protestas de mis padres, yo no cesaba de ser víctima de nuevos ataques y ustedes eran del todo incapaces de solventarlo. Tanto era así, que mi padre les acusó en más de una ocasión de inútiles e ineficaces, de dejadez de funciones y por no importarles en absoluto lo que ocurriera o dejase de ocurrir con sus alumnos. Me viene ahora a la memoria la potra que tuvo mi padre cuando sí alcanzó con el puño la mejilla del jefe de estudios: Ramiro, que sangraba en abundancia por la comisura de los labios, mientras intentaba inútilmente detener con ambas manos el flujo rojizo que resbalaba hasta su corbata para deslizarse después por sus pantalones


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y alcanzar el suelo en un goteo incesante, farfullaba con voz temblorosa que no iba a denunciarlo, según él, para no echar más leña al fuego; según mi padre, porque «sabía que se lo merecía». Cada vez que me ocurría algo, si alguien me miraba mal, o bien me sentía angustiado o cuando simplemente llegaba el momento de realizar los exámenes, yo telefoneaba a mi madre para que viniera a buscarme y me protegiera bajo el amparo de nuestro hogar y la fuerza de mi padre. A medida que pasaba el tiempo la situación iba de mal en peor, hasta tal punto que la directora solicitó que intervinieran los asistentes sociales de la zona y acordó con los demás profesores que me vigilasen constantemente: durante los recreos, en las aulas, por los pasillos, al entrar y salir de los lavabos, e incluso reclamó y consiguió un servicio de custodia durante el trayecto del transporte escolar; pero, a pesar de todo ello, mis quejas y las denuncias de mis padres no cesaban de llegar. Por fin, mi padre decidió denunciar también a la administración educativa y eso llevó a que diversos inspectores frecuentasen el Instituto y les instasen a usted, y al equipo directivo especialmente, a que les remitieran informes periódicamente y a que comunicaran de manera inmediata todo cuanto aconteciera conmigo. Lo sé porque algunos de aquellos informes me los leyó en voz alta mi padre para demostrarme que él controlaba la situación. Al menos eso se creía, pues estaba convencido de que todos temblaban bajo la amenaza de sus denuncias, incluso cierto político de encumbrada posición dentro de la jerarquía de la administración educativa. Recuerdo el día en que a Manuela, mi profesora de ciencias, se le ocurrió decir que yo no había acudido a su examen porque me había inventado que alguien me acosaba para evitar así su nota; además, fue tan ingenua que cometió el grave error de asegurarme que otros profesores no se atrevían a decir lo que pensaban porque temían que mis padres los denunciasen. La respuesta de mi padre fue fulminante y la pobre Manuela, además de verse obligada a disculparse frente a mí y a mis progenitores, sufrió la ame-

naza, no se si se cursó, de ser expedientada por mala praxis. En cierta ocasión, mientras aguardaba en el despacho de la directora, escuché una conversación que mantenía usted con ella en el pasillo, cuando ambas se quejaban de que habían perdido la amistad del director provincial, que ni siquiera les atendía por teléfono y que como única respuesta a sus continuas llamadas de socorro, les enviaba una y otra vez a diferentes inspectores con el fin de recabar nuevos informes sobre sus respectivas actuaciones. Fue entonces cuando oí que estaba usted harta de que nadie la escuchase, que iba a pedir el traslado, y la directora respondió que ella estaba dispuesta a amenazar al director provincial con presentar su dimisión si éste no le mostraba algún atisbo de confianza. Le juro por lo que más quiero en esta vida que me sentía culpable cada vez que a usted se la responsabilizaba por no actuar adecuadamente, aunque si voy a ser sincero, le confieso que apenas me preocupó la directora y aún menos las desdichas que sufriera la profesora de ciencias por mi causa. Cuando el juez de menores tomó por fin cartas en el asunto, se requirió la presencia de la directora del Instituto a la que, según creo, felicitó por abordar mi problema con todas las armas a su alcance, conminó a sus subalternos a que se reforzara el servicio de asistentes sociales y nos recomendó a mí y a mi madre que asistiéramos a la consulta de una psicóloga; una psicóloga atractiva y dicharachera que, de inmediato, nos otorgó toda la razón del mundo. Al final de curso ya apenas asistía a clase y usted, tal vez siguiendo las indicaciones de la dirección del centro o las sugerencias de sus compañeros de claustro, apenas se atrevía a avisarnos de que mis padres debían justificar mis ausencias. Sólo una vez, Ramiro, el jefe de estudios, intentó advertir a mis padres de que no iban a aceptar los justificantes de faltas que no fueran refrendados por algún médico u otra persona ajena a ellos. Mi padre se enfureció, pero optó por llevar los justificantes de la psicóloga, mientras yo pasaba el tiempo aburrido en casa, jugando una y otra vez con mi nueva consola y cada

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vez más harto de la protección a la que yo mismo me había sometido. Cada día que transcurría, siempre más vacío y monótono que el anterior, albergaba una mayor nostalgia por mi pasado como buen estudiante, me sentía más y más alejado de mi futuro como célebre pintor y notaba en mayor medida la necesidad de poseer amigos: quería reír, jugar, gritar, llorar con ellos; acercarme a las chicas, ganar la amistad de Nuria, mi primer amor secreto, tan soterrado que jamás se enteró de mis sentimientos hacia ella. Con los años he conocido nuevas amistades, y tengo una novia guapísima, Mónica; incluso hice las paces con mi primo Jonás y me embolso un buen salario como operario en la fábrica en que mi padre se accidentó. Pero lo que más echo de menos es la pintura, la posibilidad de crear, la magia de dar vida con mis colores a las imágenes de mis sueños, unos sueños que de uno u otro modo se truncaron para siempre. Desconozco a quién debo echarle la culpa por lo que ya no será; pero sí sé perfectamente que yo le hice a usted mucho daño con mis continuas mentiras y exageraciones; continuando una farsa cuando ya nadie me hacía daño alguno, cuando ni siquiera me miraban a la cara, cuando ya nadie hablaba conmigo ni aceptaba mi compañía. Sólo tengo una excusa, una excusa que a usted no le valdrá, pero, al poco tiempo de que empezaron a meterse conmigo y

observé que mi padre se sentía impelido a protegernos a mí y mi madre; cuando de pronto dejó de pegarla y, en lugar de aquellas terribles palizas que ella recibía una y otra vez, y tras las cuales acudía a mi lado rota por el sollozo; al descubrir que se comportaba con ella y conmigo como si entre todos formásemos una familia normal, una familia que debía mantenerse unida contra todo aquel que osara meterse contra cualquiera de nosotros, concluí que debía continuar con mis falsas historias. Mi madre, a pesar de la angustia que sufrió por mí, ocasionalmente sonreía de nuevo y había dejado de tener miedo a los ataques de rabia de mi padre. Aquella nueva situación me generaba bienestar; casi, casi, felicidad: mi madre me amaba, mi padre me protegía y entre ellos no había resquicio para nuevas discusiones. Las únicas recriminaciones se dirigían hacia usted, contra la directora, hacia los profesores, contra la Administración... Mientras mi padre dirigía su furia hacia ustedes, mi madre permanecía a salvo. Así es que continúe con las mentiras incluso cuando ya no ocurría nada, mucho tiempo después de que nadie se metiera conmigo, hasta que comprendí que era preferible no ir a clase antes que seguir involucrándoles más y más. Gracias por todo y discúlpeme por no habérselo contado antes. Ahora mi padre, desde su silla de ruedas, ya no puede levantar la mano y aunque se atreviera a intentarlo de nuevo, tengo la fuerza suficiente para detenerlo y proteger a mi madre.

- Escuela de Música - Escuelas Infantiles - C.P. Undués de Lerda.

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Caras con luz de hoguera Ezequiel Martínez Llorente

Esto son fotos con luz de hoguera. Puedo dar las gracias para dignificar mi inocencia. Tras atender segundos a cualquier anuncio. En definitiva, el tiempo baila sin compañía y las modas vuelven cada tanto. Intento diferenciar entre notas del pasado y me sudan las manos como si cargara bastón. El entablamento semiderruido de las carraspera de mi tío-abuelo. Un hombre pudre su vida cuando está muerto y no descansa. Siempre lo llamaba «abuelo» y le respondía de tú. No hay pasado, futuro o presente en lo que se quiere y se deseó. Tan sólo un lugar para guardar las cosas. Y lugares es todo.

Ilustración: María Luna

Hoy me engaño creyendo que las arrugas causan un gesto de asombro y admiración porque los contorsionistas más escalofriantes son los de la cara. Los mayores, los viejos. Eso lo digo ahora, cuando ya los hay que conocí. A mí mismo un poco más. La sensibilidad cubre una cara en los años que le quedan. Ciertos investigadores se empeñan en ofrecer regalados sus últimos inventos: las gomas de borrar de la cuenta nueva, que lijan y queman el folio desperdiciado hasta pasar al siguiente que supone el futuro, que es el mismo. Te darán una de esas gomas. Algunas con forma de manitas. Los viejos siempre enfocan. Cuando miran con los ojos borrosos, están como caleidoscopios que buscan, por el azar del primer movimiento tenue, una figura entre tantos recuerdos partidos por la inercia de los años. Y si llega un chispazo como de carabina de feria da premio. Aunque posiblemente no haya acertado.

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En el pueblo se pactó con el tren. Se pensaba. Pero poco. Y el tren se impuso, claro. Y lo cambió por completo. Las casas eran tan similares que muchas veces nos prohibían jugar. Día tras día el hogar era encontrado como un balón que viene rodando suelto. Con el tren de vapor pocos se aventuraban a poner formas a las nubes. Mañana me voy. Mi hermano jugaba conmigo, como todos, junto a los raíles. Un día no estaba. Se quedó en las vías como me quedaré mañana yo. Era bueno y por eso se marchó pronto. Yo, aunque sea más débil, estoy obligado a imitarlo, porque me dicen que así debe ser. Aunque no soy capaz. Nuestros sueños cambiaron. Las pesadillas infantiles tenían ya un único protagonista. Él se llevaba a la gente. Cuando los descarrilados volvían, familias hiposas se reencontraban cuesta arriba en empedrados húmedos. Y todas las casas tenían una habitación a la que nuestros padres trataban con gran devoción para la época. «No puedes entrar ahí», decían. Y nosotros, con clarividencia, habiendo pasado un mal sueño, sabíamos que allí se guardaban los heridos. Y la pesadilla se palpaba cuando entendíamos que el cuarto era ropa que se presta por generaciones. Yo esta noche, como la sé la última, intentaré abrir la puerta de madera rancia, custodia de algo (seguro que de él). Y fracasaré porque todos lo que se han ido lo intentaron en las noches de antes. Los grandes cambios rara vez resultan oportunos con nuestro particular estado de ánimo. Conservo un pañuelo color limón de mi madre. Y sé que al otro lado del mar para los niños lo más valioso son unas orejas de conejo que se colocan sobre la cabeza. El que tiene sueño, si no lo despiertas, acaba por dormirse. Porque un gigante puede convencerte de que es enano. Siempre digo lo mismo. Quizá lo haga porque me he dado cuenta de que es tarde. El aguilucho vino volando. Pero nosotros, como claveles dobles, seguimos uno al lado del otro y no nos movemos de nuestro sitio. No me atrevo a hablar de mis padres. Lo haré algo de mi madre. Pero sólo porque ella fue la que vino a despedirme. Sacó su pañuelo. Yo también. Aunque ella me quería más. Cuando el tren empezó con sus sacudidas y la tela hacía arrugas, mi madre ya vivía en la ventana. En cualquiera. Y yo sostenía su pañuelo. Notaba mucha impotencia.

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¡Cuidado, un poste! Sin embargo, demostrando una increíble agilidad, y con un impulso vertiginoso, mi madre se alzaba sobre todo tipo de obstáculo. Le eran indiferentes rocas que ríos, peñascos o desniveles. Cuesta arriba y cuesta abajo se enfrentaba al tren sin aparentar desollar sus pulmones. Porque podía más que el tren. ¡Sus piernas eran dos muelles! ¡Cuidado, un barranco! No importa, ella ejecuta tres vueltas, giro mortal y cae perfecta en el llano, nueva voltereta y reincide de nuevo en su carrera. Parece que me fallan los ojos. ¡Qué garbo y que presteza! ¡Volatinera! Una madre joven. Debería haber trabajado en el circo, sin duda. Ahora mismo acaba de superar un pueblo abandonado. Los municipios por aquí suelen esperar un poco hasta enterrarse. Las casas del lugar hacen pensar en que han caído desde lo alto. Las casas pueblan los cielos y ocupamos viviendas que bajan de las nubes. Pero hoy nadie se entretiene dándoles forma. Mirar al cielo, aunque no lo parezca, en el fondo te hace sedentario. Oyes en tu cabeza algo por encima, una especie de chirrido oxidado, y alarmado, te aturdes. Un ruido que en vez de bajar crece. Entonces la casa donde vivías se despeña y yace justo en el lugar del que partirás mañana. Los viejos dicen que las cosas que se crían en la tierra se pudren mucho antes que las nacidas al aire. Me gusta ver el trigo y el maíz, ellos te incitan a erguirte y a negar la chepa al pasar dentro. La vid antes se cultivaba en el suelo, pero ahora la levantan, no sin trabajo. De la cepa toman un sarmiento, el pulgar, que a su vez cumplirá la misión de su progenitor. En esta laboriosa tarea, llamada «emparrada», se dirige a este sarmiento, ya injertado, mediante la poda, para fijarlo en la luz. El sarmiento irá creciendo, apoyado por unas cuerdas, los macarrones, y así no se torcerá ni se mantendrá cohibido junto a la tierra. Estos pulgares, como alguien que intenta salir de un accidente, suben y suben para no sucumbir entre cintas y cuidados. Al final será la nueva cepa que dará sus frutos, y en septiembre, u octubre si es tardona, recibirá la visita de sus guías, que la ayudarán cíclicamente a estirarse bien. El cielo está muy encapotado. Y la hoguera huye entre nubes contempladas.


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El amor de las babosas Alberto Baynes

Ilustración: Cristina Duesca

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La babosa, molusco gasterópodo de terrible aspecto, puede parecer uno de los animales más desgraciados del mundo. Asquerosamente húmeda, su vista siempre apunta a la tierra. Como su cuerpo, condenado a arrastrarse en las épocas de lluvia a una velocidad tan lenta que siente el final de sus días sin apenas haberse movido del lugar en el que nació. A lo largo de su vida se desplaza, más o menos, unos sesenta metros. En ese tiempo se limita a comer. Comer plantas, y cuando hay mucha hambre, insectos muertos. Sin embargo tiene algo que la convierte en el ser más maravilloso de la existencia. Una babosa se enamora cuando siente el camino de moco de otra, con su olor y su tacto personal e intransferible. La persigue durante décadas (de horas) hasta que da con ella. Se acerca por detrás, la huele y, sin mediar palabras, la lleva a un árbol cercano. Se siente como una adolescente, llena de hormonas y ganas de descubrir a la otra. No entiende de sexos, o mejor dicho, no le importa. Se rozan sobre una pequeña rama del árbol. Caricias pausadas, recorriendo cada milímetro de su anatomía. Se besan llenándolo todo de una humedad que fluye durante una noche. Se retuercen de gusto la una sobre la otra en curvas imposibles. Una vez que han acabado los preliminares, enroscadas en forma de espiral, comienzan a descender con un abrazo grávido hacia el suelo. Quedan suspendidas en el aire. A la rama solo las une un hilo de moco. Se descuelgan lentamente llevadas por la pasión. En ese momento la excitación resulta tan evidente que de un lateral de sus cabezas surge el aparato genital, masculino y femenino en ambos casos; un miembro cada vez más largo y grueso que busca al otro hasta juntarse también en una danza helicoidal y homogénea. En la punta se produce el intercambio de esperma y luego: el orgasmo. Sus sexos se vuelven translúcidos, azules, y se hinchan creando un gran globo de luz que resplandece colgando de la rama del árbol.

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Extasiadas y agotadas por el esfuerzo, se separan, sueltan el hilo de moco y caen. Las décimas de segundo que tardan en golpearse contra el suelo son las más felices de su vida. Sienten que el placer del amor es algo por lo que merece la pena dejarse llevar y cometer ese pequeño suicidio. Ya en el suelo, sueñan con que no va a amanecer al día siguiente. No les queda nada más por lo que merezca la pena vivir. Siento la necesidad de algo parecido cada vez que llegas de trabajar. Sueltas tu maletín, dejas el abrigo en el respaldo del sillón orejero y, sin mirarme, automáticamente me besas en la mejilla. ¿Cómo te ha ido el día? y te desnudas escrupulosamente en el dormitorio. Te preparas un baño de agua caliente. Ahí, tumbado con los brazos fuera del agua, te asemejas a una babosa de carne y tierra. Sin que me descubras, te espío de reojo por la puerta deseando que ese orgasmo cósmico en forma de globo azul translúcido vuelva a llegar algún día y se quede para siempre en nuestras apagadas vidas.


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Jubilado vende su alma José Ramos Hace unos días Recarte conoció los resultados del concurso anual de relatos Ciudad de Zaragoza. Había competido con los dos mejores caballos de su cuadra, Los caminos del señor son inescrutables y Tatuaje. Alimentaba cierta esperanza de hacer diana por una vez y sentir lo que se experimenta ganando un concurso de renombre. No aparecía ni entre los tres galardonados, ni siquiera entre los diez primeros con derecho a ser publicados en libro, con su nombre en el índice y quizá en portada. Regado el árbol y criado el hijo, hubiera podido estirar la pata en paz. ¡Qué gran gustazo para Recarte haber superado la travesía de los sempiternos folios encanutados de acá para allá y entrar en la Fnac, localizar la sección de narrativa aragonesa y toparse, en medio de la estantería, a la altura de los ojos, con un librito del que diez o doce páginas han brotado de su inventiva y de su pluma! O ir caminando por la acera frente a la librería de Los Portadores de Sueños y vislumbrar al susodicho, tumbado o de pie, chupando banquillo junto al último título de Philip Roth, la edición ilustrada de Crímenes Ejemplares o la trilogía del sueco Larsson, triunfador al que, por cierto, le llegó el éxito al poco de palmarla. Minucias para otros acostumbrados a dormitar entre los anaqueles de bibliotecas y librerías, pero sueño o quizá desvarío para él. Lo que más rabioso pone a Recarte cuando participa en dichos concursos, aparte, claro está, de no ganarlos, es no enterarse de la fase en que sus cuentos son eliminados, si a las primeras de cambio o en las últimas rondas. Sería una buena indicación, una pista para obrar en consecuencia, no cejar en el empeño o mandar la escritura al carajo. Es bien distinto, piensa Recarte, enviar sus copias de relatos al NH hoteles y quedar entre los cien primeros entre miles de candidatos, que formar parte del furgón de cola o haber conquistado a pulso un comentario no precisamente elogioso de algún miembro del comité de selección: «¡Cómo tendrá este tío la cara de presentar semejante bodrio!». Tal y como Recarte aterrizó en la escritura, a punto de pisar el rellano de los sesenta, con la crónica de un viaje de diez días a pie por el camino de Santiago, recibida con muestras de entusiasmo por los allegados —no hubo en su adolescencia ningún admirado Don Raimundo que escogiera sus redac-

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Ilustración: María Luna

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ciones para proponerlas como modelo al resto de la clase, ni asistió a ningún curso de escritura creativa dejando con la boca abierta al ponente y experto de turno, ni tan siquiera tuvo un abuelo que le leyera cuentos cuando ya los ratones le echaban arena en los ojos—, el hecho de que únicamente le admitan alguna colaboración en la revista cultural de su localidad no es como para tirar cohetes. El mero ejercicio del placer solitario de jugar con las palabras le compensa en alto grado, pero más allá del arranque de falsa modestia contenido en determinados versos suyos, «que nadie lea mis cuentos, mis poemas, / que no dejen huellas en la arena, / que el olvido los borre, no me apena», Recarte tiene su corazoncito y, de reojo, se mira en el espejo de aquellos escritores tardíos y de no muy extensa producción que, en los tramos finales de su escalera, probaron las mieles del reconocimiento. Ahora entiende Recarte la frase de un prólogo de Truman Capote: «Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal. Y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía; la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero: es sutil, pero brutal». Metido en la jubilación, la llama del quinqué encendida en medio de la oscura incertidumbre que le atenaza, Recarte escribe un buen rato cada día y participa en los concursos que se le ponen a tiro. Ninguna señal, ni el tarjetazo rojo expulsándolo del terreno de juego, ni el acicate del premio espoleándole a la batalla, le ha sido enviada por los dioses. De hecho, la frustración le está agriando el carácter y amargando las horas. No deja de darles vueltas a dos ideas alocadas con tal de no irse de este mundo sin haber saboreado un pequeño trozo de la tarta de la fama literaria. Por supuesto, nada delictivo al estilo de Krystian Bala, que mató al amante de su mujer, un publicista, y lo arrojó al río Odra, antes de contarlo con tanta minuciosidad y perfección en la novela Amok, que no solo accedió a las primeras plazas de las listas de ventas en su país, sino también a levantar las sospechas de un comisario, confirmadas cuando encontraron el cadáver del publicista en el Odra. Pero, volviendo a Recarte, no le importaría, en caso extremo, claro, la fórmula a lo Kennedy O’Toole, si

supiera que a continuación el manuscrito de sus relatos va a ser publicado con el impacto logrado por La Conjura de los necios. En realidad, acaricia una opción menos traumática y que, según cuentan, que se lo pregunten si no a Fausto, ha funcionado: vender el alma al diablo. Está dispuesto a entregársela si, a cambio, el ángel caído mueve sus hilos de tal modo que, antes de morir, unos pocos años antes, se le permite disfrutar de las mieles del éxito y del ingreso en los anaqueles de la posteridad. El problema es que no sabe cómo conectar con el maligno, alias Mefistófeles. Lo ha invocado mentalmente, lo ha buscado en Internet, pero nada. Le dijeron que lo intentara en Barcelona, en los Encantes, en un puesto tapadera de venta de antigüedades y potingues, atendido por un centroafricano, hijo del hechicero mayor de la tribu de los kawali, fácilmente reconocible por la piel color desierto, el pequeño aro en la comisura de la boca, el español chapucero y el olor a sapos y culebras. Hasta allí se desplazó esperanzado. Entre tanto chiringuito dedicado a la venta de viejos relojes, dagas y sables, amuletos, saquitos de azufre y polvos de la madre Celestina, pociones contra la impotencia y el insomnio, estatuas y máscaras en madera labrada y pintada al modo africano, lámparas supuestamente de Aladino, cuernos de marfil, hasta el aleph borgiano le ofrecieron en una copia evidentemente falsa, regentado por tipos que no olían a rosas precisamente, que asesinaban el español en cada frase y que se adornaban con piercing en los labios, Recarte no dio con el maldito descendiente del hechicero kawali. Tal vez fuera su día de asueto o, convertido al islam, haya traspasado el negocio y forme parte de los iluminados de Al Qaeda, los que hacen la vida imposible a los norteamericanos en Afganistán o se cuelan en los aviones dispuestos a hacerlos saltar por los aires... Desesperado, descartando de momento la idea de ingresar en alguna secta satánica, ha puesto un anuncio en un periódico de tirada nacional con el siguiente texto: «Jubilado vende su alma». Hasta el momento, el diablo no se ha dignado enviarle la señal anhelada. Si alguien sabe cómo localizarlo, Recarte le estará muy agradecido.

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DRÁCUL1711 María Isabel Sabariego Mediel

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DRÁCUL1711. Era el nick de la primera persona que contactó conmigo, a los pocos segundos de entrar en el chat. Entablar conversaciones con desconocidos a través de Internet no responde a mi concepto de actividades propicias para un domingo por la tarde, pero la resaca, el aburrimiento, la pereza y la tormenta me llevaron a sentarme frente al ordenador. Busqué en Google y entré en una de las páginas al azar. Tardé unos minutos en elegir mi alias. Me decidí por el título de una canción, que además es un nombre de mujer: Eloise. Casi al instante, se abrió la ventana y me saludó. Su nick me pareció original y le respondí. Quiso saber si Eloise era mi verdadero nombre. Le expliqué que se trataba de una de las canciones de Tino Casal, mi ídolo. Me preguntó: —¿Crees en las leyendas? Respondí afirmativamente, pensando que se refería al cantante. Cuando leí su siguiente pregunta, comprendí que no era así. —¿Crees en los vampiros? —¿Por qué no? —le contesté. —Soy uno de ellos. La sorpresa fijó mi mirada en la pantalla, sonreí y decidí seguirle el juego. Le interrogué acerca de su nombre y su lugar de origen. —Me llamo Airam y nací en Kracow, Polonia. —¿Cuál es tu edad? —me interesé. —Tengo 299 años. Mi sonrisa se amplió. Volví a leer las frases de nuestra conversación y reflexioné en la cifra junto a la palabra «DRÁCUL» en su nick. Hice la suma mentalmente y casi exclamé en voz alta: 1711 era su año de nacimiento. Sea quien fuera, no improvisaba; sabía lo que decía. —¿Cómo te llamas? —me sobresaltó su pregunta.

—Deberías saberlo —di rienda suelta a mi imaginación, alimentada por películas y libros sobre vampiros—. Tienes poderes mentales. —No, no los tenemos. Tampoco volamos ni nos convertimos en murciélagos. Eso son fantasías inventadas para el cine. El resplandor de un relámpago iluminó por un momento mi habitación. Miré hacia la ventana. Al otro lado, una repentina y profunda oscuridad parecía haberse tragado la calle. El trueno me hizo, literalmente, saltar de la silla. En un acto reflejo inconsciente, puse una mano sobre mi pecho, con el tácito deseo de calmar los incontrolados latidos, desbocados de modo tan repentino. Corrí a bajar la persiana y regresé a mi asiento con la respiración agitada como si acabara de correr los cien metros lisos. —Me llamo Valeria —teclearon mis dedos sin el permiso de mi mente. En ese momento perdí la conexión, mi ordenador se bloqueó, me caí, según la jerga informática. Tuve que reiniciar y volver a entrar en la página del chat. Tuve que hacerlo, fue un impulso vital. Le busqué pero no vi a ningún usuario con el alias DRÁCUL1711. Esperé a que él se pusiera en contacto conmigo. Una tal María me saludó. No le contesté y cerré su ventana. Casi al instante, me arrepentí. El vampiro dijo que se llamaba Airam: María, escrito al revés. Mientras buscaba el nombre en la lista, DRÁCUL1711 reapareció en mi pantalla. —Hola, Valeria. El sonido del trueno acababa de pronunciar mi nombre al tiempo que lo leía. Le expliqué que había perdido la conexión por unos momentos. La curiosidad por saber hasta dónde llegaría el internauta y la inquietante posibilidad de creer en él, me empujaban a seguir la conversación. Le pedí que me hablara sobre su vida, le pregunté si era cierto que no soportaba los rayos del sol y si dormía en un ataúd. Afirmó que su vida era nocturna porque debía evitar la luz del sol, que podía llegar a destruirlo, y que no dormía en un ataúd, aunque tampoco lo hacía en una cama.

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—¿Te alimentas de sangre? —Sí, es imprescindible, pero no es mi alimento exclusivo.

—¿Se trata de eso? ¿Un pacto con el diablo?

Mi inquietud crecía por instantes y me dejé llevar por la duda nada razonable de la veracidad de sus palabras. En un intento por conducir la conversación a términos cabales, le pregunté dónde estaba, si se encontraba en mi ciudad.

—Podría decirse así.

—No importa, y no te conviene saber demasiado sobre mí. Cuantos menos datos míos conozcas, será mejor para ti.

—Porque como ya puedes suponer, mi vida no es perfecta, necesito hablar con alguien.

Me sentí ridícula al percatarme del alto grado de nerviosismo que dominaba mi mente y mi cuerpo al creer en sus palabras. Ese estado de tensión, de miedo, me gustaba y me desagradaba al mismo tiempo. Escribí una nueva pregunta:

La lluvia arreció, el viento azotaba el agua contra mi ventana y el estallido de un trueno me estremeció. —¿Por qué me cuentas todo esto? —quise saber.

—¿No tienes amigos? —¿Amigos? No puedo hablar de esto con mis amigos, con los que no son como yo, quiero decir. —¿Por qué conmigo sí? ¿Por qué precisamente yo?

—¿Cómo es tu vida? Debe de ser maravilloso ser inmortal, poder disfrutar de la vida de esa manera.

—Tengo que irme —fue la respuesta de Airam.

—En primer lugar, no soy inmortal y, en segundo lugar, el hecho de vivir cientos de años no es tan maravilloso como puedas imaginar.

—Por supuesto. Yo me pondré en contacto contigo.

—¿No? Es lo que todo el mundo desearía. —Yo también lo deseaba —afirmó Airam—. Y créeme, no es la panacea de la felicidad. Al principio es fascinante, pasan los años y sigues lleno de vida, con energía y un cuerpo sano y joven. Con el paso del tiempo, las satisfacciones de las infinitas experiencias se alternan con la frustración de sobrevivir. No te imaginas lo que se siente al ver cómo todas las personas a las que quieres desaparecen de tu vida. —No había pensado en eso —recapacité. —He de cambiar mi lugar de residencia cada cierto tiempo. Llega un momento en el que toda la gente de mi entorno cambia, envejece, enferma, muere. No me acostumbro a tener que abandonar a mis amigos cuando empiezan a extrañarse por mi perfecto estado físico a pesar del transcurso de los

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años. Es curioso, todos bromean sobre mi posible pacto con el diablo.

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—¿Volveremos a hablar?

Se desconectó. Permanecí mirando la pantalla como para asegurarme de que aquella conversación había sido real. Y lo era, tan real como la tormenta. Me levanté de la silla y me acerqué hasta la ventana. Sonreí, convencida de haber sido la víctima de un bromista. Seguí mirando la lluvia. El gesto de mi rostro se transformó al darme cuenta de que no estaba tan segura de que todo hubiera sido una broma, de que albergaba la posibilidad de que Airam fuera un vampiro. Un relámpago iluminó la calle y acto seguido el trueno me hizo dar un paso atrás. Mi imaginación me desbordó, creía ver murciélagos volando entre las sombras del exterior. Quería creer que solo se trataba de mi imaginación. Presa de los nervios, bajé por completo todas las persianas de la casa y cerré la puerta de entrada con llave. Descolgué el teléfono para llamar a mi mejor amiga, pero no llegué a hacerlo, al pensar en lo absurdas que le parecerían mis palabras, en la estupidez que a mí misma me resultaban mis pensamientos.


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Me preparé un bocadillo y cené frente a la televisión. Me esforcé por ocupar mi mente con la serie policíaca que seleccioné con el mando a distancia, casi avergonzada cada vez que calibraba la magnitud de mi ingenuidad al conceder un ápice de confianza en las palabras del tal Airam. Resultó imposible sacarle de mi mente. Retrasé al máximo el momento de meterme en la cama. Cuando al fin me acosté, me puse a leer una novela romántica. No asimilaba nada de lo que leía. Interminables escenas vistas en películas sobre vampiros se repetían en mi cabeza una y otra vez. Pasé la noche con la luz encendida y durmiendo a pequeños intervalos, atormentada por las pesadillas de mis sueños y las alucinaciones de la vigilia.

—¿Me conoces? —le pregunté intrigada. —Por supuesto. Te veo todas las noches. En mis sueños —soltó una pequeña carcajada—. La verdad es que acabo de oír a tu amiga dirigirse a ti. Tienes un nombre precioso. —Gracias. ¿Puedo saber el tuyo? —Me llamo Airam. Creo que estuve a punto de perder el conocimiento. Algo parecido a una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo, desorbitando mis latidos cardiacos y poniendo mi estómago del revés. —Airam… —logré pronunciar—. Tú eres… —la palabra vampiro no conseguía salir de mi boca.

Al día siguiente entré en el chat. Permanecí durante horas, a la espera de que Airam se pusiera en contacto conmigo. No lo hizo, ni él ni nadie. Ni una sola persona se dirigió a mí. Lo mismo sucedió cada día a lo largo de la semana. Una mezcla de decepción, alivio y expectación me mantenía frente a la pantalla del ordenador y me permitía relajarme lo suficiente como para dormir en momentos cada vez más prolongados y menos espaciados, aunque seguía sin poder apagar la luz por las noches.

—Soy canario, nací en La Palma. Airam fue un príncipe de esa isla durante el reinado de los guanches, hasta que lo llevaron a Sevilla para ser vendido como esclavo.

Decidí olvidarme del asunto y recuperar mi rutina cuanto antes. El sábado salí a bailar y a tomar unas copas con dos amigas. Todo transcurría con normalidad; incluso llegué a pensar que aquella conversación en Internet nunca existió en realidad. De pronto, alguien se acercó a mí, puso una mano en mi espalda y casi rozó mi oreja con sus labios al preguntarme:

—¿Aceptas mi invitación? ¿Tomamos algo? —insistió.

—¿Quieres tomar algo, Valeria?

Airam me habló sobre él mientras tomábamos unos cubalibres. Me fascinaba escucharle y hacerle preguntas sobre su vida. Me encantaba oír esas historias de todos los lugares que él había conocido; era un viajero nato, trasladándose de ciudad en ciudad, de país en país. Me sentía increíblemente atraída por él. Tanto que, cuando se ofreció a acompañarme a casa, acepté sin dudar. Mis amigas me

Su voz sonó melodiosa, envuelta por el ritmo de la música a todo volumen. Me giré y lo que vi me sorprendió muy agradablemente. Era joven, guapo, alto, cabello moreno por encima de los hombros, mirada brillante y sonrisa espectacular. Nunca antes le había visto.

Tomé aire y me concentré en utilizar todos mis sentidos para convencerme de que los vampiros no existen. Airam es un nombre típico canario y el hecho de que ese joven se llamara así no era más que una casualidad.

Necesitaba una copa, así que acepté. No podía pasarme nada allí, en un lugar público lleno de gente. ¡Tenía que dejar de pensar esas estupideces! Hice un gesto a mis amigas señalando la barra. Me dirigieron una sonrisa cómplice.

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animaron y yo fui incapaz de decirles una sola palabra de las extrañas ideas que amenazaban con volverme loca. Una parte de mí se hallaba presa del pánico, imaginando lo que me esperaba: ser víctima de un vampiro, de sus mordiscos, y lo que eso significaba, que yo misma me convertiría en vampiro, viviría cientos de años y tendría que alimentarme con sangre. ¡¡¡No!!! Tenía que acabar de una vez por todas con esa locura. El modo de vencer el miedo, el terror era comprobando que no iba a ser víctima de un vampiro, que simplemente lo fui de un bromista en un chat de Internet. De todas formas no había elección; la atracción hacia Airam era infinitamente más fuerte que el miedo. Cuando entramos en mi piso, la luz de las lámparas me permitió verle mucho mejor que con la penumbra del local y las farolas y la luna menguante en la calle. De nuevo me admiró su belleza. La piel de su rostro era muy pálida, en contraste con la boca, de labios carnosos y rojos. Al hablar mostraba unos dientes perfectos, quizá demasiado grandes. Le dejé acomodándose en el sofá mientras yo preparaba las bebidas. Cuando regresé con los vasos, Airam había apagado las luces y encendido unas cuantas de las velas que abundan en mi salón. Brindamos, bebimos y escuchamos música. No ofrecí la menor resistencia cuando me besó. Su mirada parecía hipnotizarme, sus caricias me unían a él, sus besos me atrapaban. Nunca nadie me ha besado de esa manera tan intensa, tan posesiva. Ninguna de mis experiencias sexuales pasadas me ha proporcionado sensaciones semejantes. Sus besos. Sabía utilizar la boca, los labios carnosos, la lengua jugosa, los dientes grandes y afilados. Me mordisqueaba. El morbo, el pánico, la pasión alcanzaron el clímax cuando Airam retiró mi cabello con una mano, mientras con la otra acariciaba mi garganta y besaba mi cuello. Lo besaba y lo mordía.

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¡No! ¡No podía dejar que lo hiciera! Pero era tan placentero aquel peligro. Casi en el límite de la enajenación, escuché su voz susurrando: —No… No puedo hacerte esto… Solo conservo en mi memoria fragmentos de lo que ocurrió a continuación. Recuerdo que hicimos el amor, que me envolvía en un juego de caricias, besos y mordiscos. Lo siguiente que recuerdo es que me desperté con los primeros rayos del sol iluminando mi habitación. Airam no estaba en la cama. Le llamé varias veces sin obtener respuesta. Me sentía muy cansada, agotada, apenas tenía fuerza para moverme. Me dolía el cuello. El terror volvió a apoderarse de mí. Hice un brusco movimiento para incorporarme de la cama. El mareo y la debilidad me obligaron a acostarme de nuevo. No sé qué me asustaba más: la incertidumbre de la realidad o tener que enfrentarme a ella. Después de unos minutos, conseguí levantarme. Recorrí el pasillo, apoyándome en las paredes para no perder el equilibrio. Entré en el cuarto de baño y me paré frente al espejo. Observé mi cuerpo desnudo. Aparté mi cabello con las dos manos y miré detenidamente mi cuello. Me horrorizaba lo que estaba haciendo. Buscaba las huellas de Airam, la señal de su mordisco, la marca del vampiro. Contuve la respiración hasta convencerme de que no había nada extraño en mi piel. Desfallecida, volví a la cama y caí en un profundo sueño. Tardé varios días en recuperarme físicamente. Emocionalmente, todavía no lo he conseguido. Jamás he podido hablar de esto con nadie. No he vuelto a saber nada más de Airam. Nunca he conseguido saber quién era en realidad. ¿Vampiro? ¿Príncipe? ¿Esclavo?


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La puerta de Tannhauser Alberto Peña Córdova

Ilustraciones: Chema Agustín

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Hoy he vuelto a mi punto de encuentro, donde confluyen sombras y pasado, donde habitan los malditos, donde los ojos que te ven no ves. Siete años después iba a retornar a la ciudad que me había visto crecer, aunque sabía que ya nada iba a ser como antes. Incluso la luz del amanecer me pareció que se prolongaba, invadiendo las sombras más espacio del que les pertenecía. Apenas llevaba equipaje, tan solo una vieja maleta medio vacía y recuerdos. Recuerdos que esperaba poder desterrar. Anduve por unas calles y vi un viejo edificio de un color indeterminado, con un letrero de fonda en el primer balcón. La puerta del portal estaba abierta, creo que para ahuyentar el olor a humedad y a orín de perro. Conforme subía las escaleras, la luz se degradaba. En el primer rellano me crucé con una chica que bajaba apresurada; la oscuridad impedía definir su rostro. Me volví y el portal esculpió sus formas, las mismas que tantas veces había venerado y maldecido. Así seguí, vuelto, hasta que el tintineo cadencioso de sus tacones se apagó. En la primera planta, una puerta entreabierta mostraba un recibidor. Llamé al timbre y el «ring» monótono pareció despabilar al dueño. Evaristo era un hombre de mediana edad, corpulento, desgarbado, con pelo sólo a los lados cubriéndole las orejas. Parecía uno de esos hombres a los que la vida les da un descanso después de una batalla de alcohol y excesos. —No es necesario que llame —me contestó sin tan siquiera levantar la cabeza—, lamento decirle que no queda ninguna habitación libre, hace años que ya nadie se va. Cuando me disponía a dar media vuelta, levantó la vista por encima de las gafas y me dijo: «Espere, espere, veo que lleva maleta. Si se va a quedar una temporada, le puedo ofrecer el piso contiguo a la pensión. Pertenece a un doctor alemán jubilado que antes pasaba consulta. Me dijo que solo se lo podía ofrecer a personas solas y con una maleta de asa, de las que van sin ruedas. Así es como llegó él a esta ciudad».

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El piso era pequeño, un recibidor con un perchero, una salita de espera con las paredes amarillentas por el humo y el tiempo, y la consulta con una mesa, su sillón y un diván. A un lado de la consulta, una puerta que daba a una pequeña cocina y enfrente una habitación con una cama. En la pared del fondo, un biombo con motivos japoneses que ocultaba una puerta cerrada mucho más pequeña de lo habitual. El piso carecía de televisión, de cortinas, de espejos. «El propietario —me dijo Evaristo— me dejó las condiciones muy claras, el inquilino no puede cambiar ni añadir nada, no puede poner cortinas en las ventanas y, sobre todo, la puerta que hay detrás del biombo no se puede abrir bajo ningún concepto. Supongo que es donde debe de guardar el doctor todos los historiales de los pacientes y no querrá que nadie los profane. El precio es igual que una habitación de la fonda». Le dije que no sabía el tiempo exacto que pensaba quedarme, pero que aceptaba. Me dio la llave y creo que estuve durmiendo hasta el día siguiente, cuando Evaristo me despertó llamando al timbre con insistencia. —Eh, Rafael, ¿es que no va a comer nada?, lleva mucho tiempo sin salir y el frigo lo tiene vacío, venga conmigo y al menos desayunará. Le seguí intentando recordar cuándo le había dicho mi nombre. Tras la recepción, Evaristo tenía un habitáculo con una cafetera eléctrica y un gato gris tumbado en un sillón de skay rojo. Me ofreció un café. —El café me ayuda a mantenerme despierto, en este trabajo es muy importante mantenerse despierto para que no te atrapen las sombras, me dijo esbozando una sonrisa. Observé que tenía un montón de discos apilados encima de una mesa junto al giradiscos. El gato Sísifo y esos discos son toda mi compañía —dijo Evaristo. Puso un disco como cogido al azar y una ópera de Wagner invadió a medio volumen el habitáculo. Sísifo se fue. A mitad, el disco comenzó a repetirse.


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—¡Qué lástima!, se ha rayado. La vida es como un disco, una espiral que parte del extremo hasta llegar al centro. Cada canción es una etapa de nuestra vida; lo malo es quedarse rayado dando vueltas, ya que nunca sales de ese círculo —dijo Evaristo con voz reflexiva, mientras desplazaba la aguja al siguiente surco con una habilidad milimétrica. —Los discos siempre giran a la misma velocidad, la vida no —le repliqué. — Sí, la velocidad es siempre la misma, la diferencia es el ritmo. Asentí con la cabeza. Le di las gracias y me fui a comprar algunos enseres para el piso. Recogí todo y me senté en la mesa del despacho del doctor. Me di cuenta de que en la pared había seis fotos en blanco y negro, retratos de personas con los ojos cerrados y facciones estiradas. Parecían la misma persona disfrazada o miembros de una familia. Una escarpia y un cerco más claro delataban que había habido una séptima. Abrí los cajones de la mesa de oficina; solo había una pluma, unas radiografías y una libreta vacía de un blanco amarillento. A mi espalda, el biombo y detrás, la puerta prohibida. La curiosidad hizo que retirara el biombo a un lado. Observé la puerta con curiosidad; pero ¿qué iba a guardar un doctor retirado sino historiales de pacientes anónimos que a nadie interesaban y menos a mí? Me di una vuelta por el piso hasta que el tedio hizo que, otra vez, mi mirada se fijara en la puerta. Sin pensarlo, giré el pomo. Conforme se abría la puerta, la estancia se iba iluminando con una luz tenue, dando paso a una salita. Las paredes laterales estaban forradas de un terciopelo rojo escarlata, tres espejos ovalados colgaban de cada una. En el frente, un cristal traslúcido, en medio de la sala un sillón giratorio. Me senté y la luz se hizo más tenue hasta llegar a desaparecer. La pantalla se retroiluminó, adivinándose un escenario de cabaré. En primer plano una pareja sentada en una mesa; al fondo, la silueta de una señorita que se iba desnudando en un silencio sepulcral. De repente, un fogonazo iluminó por completo la pantalla, me acerqué y las sombras desaparecieron como si las persiguiera.

Turbado, salí fuera de la sala. El tintineo de unos tacones, cruzando el rellano, me hizo de despertador. Salí afuera y vi que ella salía por la puerta. La seguí por un vericueto de calles, siempre giraba en las esquinas manchadas de amarillo del azufre que evita los orines de los perros, hasta que entró en un portal que no me era desconocido. Entré y había un cabaré decadente; el olor a tabaco, a humedad impregnaba todo el ambiente. Me senté a tomar algo; la busqué entre las mesas, pero no la vi. El humo del tabaco hacía que los rostros se desvanecieran. Al fondo, en un pequeño tablado, apareció ella. Su media melena rubia, sus labios de un carmín intenso contrastaban con una voz aguda cantando canciones melancólicas a caballo entre el tango y el fado. Los escasos clientes apenas le hacían caso. Durante toda la canción me estuvo mirando como ofreciéndome el repertorio. Al acabar, nadie aplaudió; la gente seguía hablando, fumando y bebiendo. Sólo un hombre, sentado en la mesa frente al escenario, parecía haberle prestado cierta atención. Ella vino y se sentó en mi mesa, me preguntó si me había gustado. Le contesté que sí, que me había parecido una actuación personal y con encanto. Ella me dio las gracias mientras agachaba la cabeza. Sol y Luna

No creas que con estas palabras te voy a mentir, no creas que lo que tus ojos ven está ahí, no quieras creer que existes si no existes sin mí. —¿No te acuerdas de mí? —me preguntó. —No, pero me recuerdas mucho a una persona. Se quitó la peluca y se limpió los labios con un pañuelo de papel. —¿Ahora, me recuerdas? —le contesté que no. —Me llamo Sol, justo hace siete años me hiciste una fotografía en esta misma mesa. El local entonces

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estaba en su apogeo, todas las noches se llenaba, el jolgorio recorría cada rincón. Ahora parece el bar de los malditos, donde cada uno parece que viene a purgar sus penas. Pero desapareciste. Lo único que dejaste fue una cámara olvidada, revelé el negativo y pude ver lo que los ojos no pueden ver. —¿Qué viste? —pregunté sorprendido. —Vi el momento exacto en que mi hermana moría. —No lo entiendo. —En la foto, yo salgo en primer plano, con los ojos cerrados y el rostro iluminado por el flash. Al fondo está bailando Luna, mi hermana. Una lágrima resbaló por su mejilla. Sol prosiguió: —Éramos mellizas, yo nací chico, pero siempre quise ser como ella, en todos los aspectos. Yo actuaba los días pares y ella los impares. Había un hombre que venía a verme actuar todas las noches. Se ponía en primera fila, me enviaba una rosa amarilla a mi camerino. Yo no le hacía caso. Una noche, a la salida del trabajo, me acechó en un portal y quiso abusar de mí. Al darse cuenta de que yo no era lo que él pensaba, se echó para atrás y aproveché para arrancarle un trozo de oreja de un mordisco y salir huyendo. Al día siguiente, Luna me llamó para que la dejara actuar en mi lugar. Después de lo sucedido, accedí sin hacerle ninguna pregunta. Pero esa noche, desde la mesa, justo enfrente del escenario, ese desgraciado le pegó un tiro en el corazón creyendo que era yo. Luego él se pegó un tiro en la cabeza sin saber que no me había matado, aunque en cierta forma sí lo hizo. —No se pegó un tiro en la cabeza —contesté—, se lo pegué yo. Sol me miró con incredulidad. —Sí, conocía a tu hermana, estaba profundamente enamorado de ella. Éramos amantes, teníamos una relación oculta porque me dijo que pertenecía a otra

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persona. Un día quiso dejarlo. Dijo que nunca podríamos ser felices, que estaba en un limbo, que era prisionera de su pasado y que no podíamos seguir juntos. No me quería hacer sufrir. Le pregunté si había alguna posibilidad de seguir juntos. Solo hay una, matar a una persona. Sin pensarlo, me ofrecí a ayudarla. Le dije que me desharía de él. Trazamos un plan. El hombre al que había que matar se sentaba siempre en la mesa que hay justo enfrente del escenario. Yo tenía que hacer una foto, el flash iba a ser la señal para que ella se desmayara. Aprovechando la confusión y el ruido, le dispararía. Pero veo que él se me adelantó. —Entonces, ¿no se suicidó? —No, le disparé yo, luego estuve esperando tres días a Luna en casa, habíamos quedado allí para empezar una nueva vida y ser felices, pero ella no apareció. Creí que me había utilizado y huí. Huí lejos, muy lejos de aquí, temiendo que me detuvieran por asesinato. —La policía dijo que el asesino se había suicidado; de hecho, llevaba la pistola humeante en la mano. —Mi amor se convirtió en odio, un odio que…, pero ahora me doy cuenta de que me amaba, de que su amor era sincero. Al día siguiente me desperté, abrí los ojos, pero mi cuerpo pesaba y no podía moverme. La puerta de mi habitación se abrió y apareció Evaristo con bata de doctor: «No te dije que no abrieras esa puerta, ¿qué creías, que tu delito iba a quedar impune? Tu foto es la que falta en el pasillo». Sacó una cámara y se dispuso a hacerme un retrato. Recordé que todos los retratos tenían los ojos cerrados. Yo los mantuve abiertos, sin parpadear. El flash se disparó y vidrió mis ojos, ahora vivo en un limbo de sombras, de caverna…, de Luna.


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Panorámica al atardecer Jesús Claver

Llevaba tiempo queriendo llegar hasta aquí. Me faltaba valor. Sabía que tenía que hacerlo. De lo contrario, siempre habría en mí una parte de objeto, de cosa inútil, desechable como una maquinilla de afeitar. Han pasado más de dos años pero todavía siento el corte seco de la guillotina en la punta de mi pie, un rayo me atravesó el alma. Como en una nube, las manos temblorosas de mi compañero sobre el auricular y una voz cada vez más débil: «¡Pero, ¿quién le ha mandado a ese idiota meter las narices allí?!» Cuando desperté todo estaba oscuro. Sentía el frío de la humedad y un fuerte olor a agrio y descomposición. Tras ocho años de escolaridad aprendí a leer y a escribir. La división nunca se me dio muy bien. Tú no tienes formación y no te puedo asegurar pero trabajo, lo que es trabajo, no te faltará. Cuando volví a despertar, dos policías me llevaban en brazos hacia la puerta del hospital. Un día dijeron en el telediario que algunos niños con problemas explotan en medio de una lejana ciudad y que, en algunos países, estos niños nunca ven la luz del sol. Yo no quería pero las lágrimas brotaban de mis ojos. Estaba triste, muy triste. Se acercó María, la enfermera, me acarició el pelo, me miró a los ojos y, con voz dulce, me susurró: Corazón, a ti te queremos. ¿Ves? Todos estamos muy pendientes de ti.

Ilustración: Elena Arrese

Con la vista clavada en el horizonte, cerca de la entrada a Urgencias, pienso que María tenía razón. Cuando murió mi padre, entré a trabajar en el almacén, aunque, por lo visto, nadie recuerda que estuve allí. Hace un año me aumentaron la paga por discapacidad y me regalaron la silla de ruedas eléctrica, que, por cierto, vale un dineral. Ahora, de vez en cuando, me doy una vuelta por la ciudad para que la gente vea que se han eliminado las barreras y es un lugar apto para convivir. Los periódicos dicen que, dentro de cuatro años, se celebrarán los Juegos Olímpicos aquí.

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Ilustración: Alberto Cabello

Pregúntale a Marta Ernesto Viamonte Lucientes

Nada más cerrar la puerta del recibidor, mientras dejaba las llaves en un cenicero jubilado, gritó: —¡Ya estoy aquí! —Mantenía tres bolsas con compras con una mano y con la otra se retiraba la trencilla de los zapatos. Cuando se liberó, suspiró aliviada y arrastró pies y calzado hacia el cuarto de estar. ¡Cuántas veces había deseado que la casa tuviera una sala independiente, no irremediable lugar de paso! Allí estaba él, tumbado en el sofá—. ¿No sabes contestar? —Me has despertado con tus voces —farfulló bostezando, conforme se incorporaba haciendo pie en el brazo del sillón.

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—No es por nada, pero son más de las siete. —Dejó las bolsas en el suelo y mandó los zapatos a paseo—. ¿Sabes?, acabo de ver algo muy curioso. Y, además..., no sé muy bien... —Se sentó en el sillón orejero, frente a su pareja, que se reacomodaba y cogía el mando a distancia de un televisor encendido, pero sin voz—. Ha sido en el 23, en el autobús. ¿Me escuchas? —Mmm —gruñó, manteniendo la mirada de ella por primera vez. —A ver qué te parece a ti. Verás. —Él dirigió la vista al receptor y comenzó a zapear en silencio—. Estaba esperando el 23 cuando a la parada llegó una pareja. Un hombre y una mujer. Mayores. Tendrían... ¿Sabes que te estoy hablando! —alzó la voz mientras se levantaba bruscamente y se iba a la cocina—. ¿Quieres algo? —se le oyó a lo lejos. —Nooo. —Atiende un poco. Verás qué raro. —Continuó a la vez que regresaba a la sala en segundos con un refresco y ocupó de nuevo su sillón desabrochándose un par de botones de la blusa—. Imagínate: un hombre y una mujer de... No sé, pero estaban más cerca de los setenta que de los sesenta. Bien vestidos. Él, trajeado, muy aseado; ella también, y enjoyada. Como se suelen arreglar las personas mayores para ir al teatro, por ejemplo. —Él zapeaba de extranjis, muy despacio, sin compulsión—. Una pareja muy normal. Subieron al autobús delante de mí. Solo había un sitio libre y, naturalmente, se sentó ella. —¿Has apuntado cervezas en la lista de la compra? Recuerda que te has acabado la última antes de comer. —¿Me estás escuchando? ¿Es que no puedes atenderme un minuto, por amor de Dios? —Para calmarse sorbió un buen trago de refresco y continuó—. El caso es que durante casi todo el trayecto no les presté atención, pero después de unas cuantas paradas quedó un asiento libre frente a ella, frente a la mujer mayor, y me senté. Entonces reparé otra vez en ambos. Durante todo el viaje fueron hablando. Ella, sentada y él, de pie a su lado. La verdad es que, aunque los miraba, no prestaba atención a lo que decían. Eran además muy discretos en el tono. Solo me pareció

escuchar que hablaban de una tal Marta. Realmente no sabría decirte. —El hombre se retrepó en el sofá y aumentó su velocidad de zapeo—. Hablarían de sus cosas. Solo sé que pensé que parecía un matrimonio perfecto. Él, tan pendiente de ella después de tanto tiempo, los dos tan enamorados a los setenta años. Me figuré que tendrían hijos mayores que nosotros, nietos y todo eso. ¿Sabes?, por un momento supe que me gustaría que nosotros de viejos fuéramos así. —Suspiró y colgó las piernas del brazo del sillón balanceándolas. Él ya no estaba pendiente del televisor, ahora sólo lo miraba de reojo, furtivamente—. Luego, al fondo del autobús, quedaron desocupados dos asientos. Él se dio cuenta y se lo indicó. Pero ella debió de decirle algo así como que no valía la pena. Lo supongo ya que poco después él pulsó el timbre de aviso de parada. —Hizo un largo silencio. Estaba como ensimismada, con el vaso casi vacío en equilibrio entre sus piernas—. Cuando el autobús estaba a punto de detenerse, él se acercó aún mucho más a ella. Se agachó, la beso en los labios y le dijo, y esto sí que lo escuché bien, le dijo: hasta mañana. –Se incorporó y dejó el vaso sobre la mesa. El televisor permanecía fijo en un partido de tenis—. Me quedé..., me quedé desconcertada. Tal vez había ido demasiado deprisa, tal vez había supuesto demasiadas cosas. Pero no me cuadraba, ni me cuadra, —silabeó y alzó la voz—, esa separación. Ya te he dicho que yo iba justo enfrente de ella. Cuando él se apeó, lo siguió con la mirada y, ya separados, él en la acera y ella en el autobús, se buscaron de nuevo con la vista y se despidieron con la mano. Mientras arrancaba el vehículo me la quedé mirando, reconozco que con descaro. ¡Pero es que estaba tan extrañada! —Él tomó el vaso de ella y lo apuró. —¿Quieres más? —No. Espera, por favor. —Su voz temblaba de emoción y él lo notó, se acercó y le tomó la mano—. Mientras la miraba fijamente, vi cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. Nuestras miradas se cruzaron apenas un segundo, lo que tardó en darse cuenta de mi impertinencia y de retirar la cara hacia la ventanilla. Me sentí avergonzada, sorprendida. Bajé los ojos y me levanté, aunque aún no había llegado a nuestra parada.

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Ilustración: Ernesto Navarro

La carta (Microrrelato) Carlos Ramone

Ayer recibí tu ansiada carta y me apresuro a decirte lo feliz que me siento hoy. Hace ya treinta y siete días de nuestra odiosa discusión. Al segundo día de ella, ¿recuerdas?, te envié mi primera carta pidiéndote perdón, a pesar de que en el fondo pensaba que yo tenía razón y te invitaba a reanudar nuestra amorosa relación, para lo cual te suplicaba una pronta respuesta. La espera ha sido un proceso largo y tortuoso. Desde el quinto día del infausto suceso, he salido puntualmente al portal a la hora del reparto y he preguntado a la funcionaria de correos por tu epístola. Los primeros días, viendo mi compungido rostro, me respondía con un sentido «no», pero ya en los siguientes, ante mi tenaz insistencia, el «no» se producía entre una abierta sonrisa e, incluso, alguna risa, ¡qué puta! Sí, era el hazmerreír de más de cuatro. Ni que decir tiene que las tardes y las noches eran para mí un auténtico calvario. Maldecía mi suerte,

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me invadía la tristeza, apenas salía de casa y me aislé del mundo, y sí, debo reconocerlo, he vuelto a fumar. Perdóname. Sin embargo, con los primeros albores de la mañana me despertaba, lleno de ilusión me acicalaba y así, como un «pincel», esperaba la hora del reparto postal (los minutos me parecían horas). A pesar de mis tres misivas posteriores, intimando tu respuesta, tu mutismo persistía, por lo cual yo fui poco a poco perdiendo la esperanza, así que a partir del vigesimoquinto día, más o menos, mi tensión fue decreciendo y, ante las constantes negativas, yo también comencé a sonreír y, encogiendo los hombros, decía: mañana será. Pero ayer, ¡por fin, ayer!, vi que la cartera venía risueña, con una carta en la mano, que esgrimía en el aire como si fuera un florete. Sin duda, era la tuya. De pronto, ¡se abrió el Cielo! Mi alegría era inmensa como un océano. Ella me entregó la tan esperada carta y yo, sin mirarla, la rompí en mil pedacitos. Me había dado cuenta en aquel instante de que, con el correr de los días, esperaba a la cartera y no a la carta. Sí, me había enamorado de ella como un colegial. Por eso, hasta nunca, Irene. Saludos de Luis. PD/ Por favor, da de mi parte las gracias a tu orgullo, sin el cual esto que por primera vez siento no hubiera sido posible.


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Monólogo interior Esteban Cubero Romeo

Llego a su portal, joer, creo que estoy algo nerviosete, bueno, ya se me pasará, de momento llamo al timbre de abajo. A ver si me sale la voz agradable, alegre, qué sé yo. Contesta ella: síííííí; contesto yo: ¡hola, caracola! Bueno, ya estoy dentro, ahora las escaleras, el ejercicio me relajará. Soy impredecible, ¿qué me pasará al verla, me caeré derrumbado? Pronto lo comprobaré, ya estoy casi arriba, tengo que dejar el tabaco. Abre a la vez que llego, bueno, primer escollo salvado, pertinente saludo y pa dentro, me gusta su piso, es sencillo pero original, me saca las pelis disponibles y leo las portadas, bueno, en realidad me da igual una que otra, le digo que la que ella quiera, pero ella insiste, elegiré esta misma. Se sienta a mi lado en el sofá, joer, qué subida de adrenalina, esta tía me gusta, enfocamos la mirada al televisor, joer, yo con este cúmulo de sensaciones y ella, mírala, ¡impertérrita!, concentrada en la película, ni se entera, qué escojone, nada, nada, a ver la peli se ha dicho. A ver, esta quién es, ¡ah, sí, la Kidman!, la verdad es que últimamente no le pillo el punto al cine y menos con ella, tan guapa y tan cercana, cualquiera se concentra. Joer, esta peli es de locos, cierran todas las puertas con llave, ven fantasmas que no vemos nadie, ¡anda, si se me ha apoyado en el hombro! Tranquilo, Esteban, contrólate, no pasa nada, lo habrá hecho para mostrarte cariño o algo así, lo malo es si me derrito como un hielo al sol. Vaya, esta peli del Amenábar ya me va gustando, creo que tanto misterio se debe de desvelar al final, esperaremos. Y ella sigue aquí aplastada en mi hombro, igual es la lana que usó mi madre para hacer el jersey, que debe de ser agradable al tacto. Nada, nada, Esteban, tú mantén la compostura que lo que haya de ser será, aunque mis composturas suelen durar poco, seguro que meto la pata con algún comentario irrisorio, bueno, de todo tiene que haber, siempre he pensado que, para tener buena autoestima, lo mejor es no exigirse demasiado. (Continuará)

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El tiempo y el prisionero Santiago Lasobras

El calendario decía que era día 25 de un triste mayo, todo ello de 2008. Permita, mi querido lector, que ponga en boca del calendario un adjetivo calificativo que, en realidad, nunca dijo. Sabido es que los calendarios se ciñen estrictamente a su labor. Conocida es su mecánica eficiencia que nunca adornan con apreciaciones subjetivas. Es el que escribe, pues, el que poniéndose en la piel del protagonista hace alusión a la tristeza que impregnaba aquel mayo de 2008. El reloj de la mesita informaba de que eran exactamente las 15:36. El Hombre, tumbado en la cama de su celda, con las amarillentas sábanas revueltas, se incorporó y miró al reloj: las 15:36. Se dio media vuelta, con los ojos cerrados y hacia la pared, y continuó exactamente igual que en las últimas horas. Fingiéndose a sí mismo que intentaba dormir adoptó una posición fetal. Así se encontraba, engañándose a sí mismo, de la manera más infantil. Aunque, en realidad, sabía sobradamente que no iba a ninguna a parte con esa actitud porque era lo suficientemente listo como para no caer en su propia trampa. En ese proceso de autoengaño frustrado se encontraba cuando volvieron los mismos pensamientos a su cabeza: uno a uno recordó todos los instantes previos a su detención; con todos sus matices repasó diálogos e incluso imaginó que alteraba alguna cosilla en su favor e imaginaba, puestos ya, las consecuencias que hubiesen tenido en el resultado final. Y todo lo que sucedió después, ya en el juicio: una y otra vez el golpe de la maza del juez al dictar sentencia, su sentencia; una y otra vez esa maza le daba en la cabeza; una y otra vez volvía a sentir la desolación del momento. Hundido por completo, allí en la cama, y hacia la pared, no podía más. Otra vez lo mismo. Y otra.

Ilustración: Laura Cameo

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Sudoroso, incorporó un poco la cabeza hasta alcanzar con la vista el reloj de la mesita: eran las 15:37. Sudaba demasiado. Esa cama era mínima, demasiado pequeña. Quiso darse media vuelta para cambiar de postura pero se quedó a mitad de camino, tumbado hacia arriba. Llevaba demasiado tiempo en la postura anterior. Demasiado para su espalda y demasiado para él. ¿Cuánto tiempo? Según el reloj de la mesita, 1 minuto: ¿¿1 minuto de mierda?? Para no volverse loco, es decir, para no dejar a un lado la


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realidad física y habitar definitivamente en su devaneo, bajo las Leyes que rigen en su cerebro, decidió consensuar su opinión con la del reloj. Así, acordó un término medio, ni para el uno ni para el otro: llegó a un consenso, sin debate ni argumentación alguna, ni a favor ni en contra. Decidió que, en la postura anterior, había permanecido una eternidad de 60 segundos.

fueron pasos, sólo zapatos y su sonido al caminar. Totalmente inanimado, ni rastro de algo humano que le hubiese echo sentir una conexión personal aunque fuese con unas voces que ni siquiera se dirigían a él. No importaba. Suspiró. Sí, sí importaba y demasiado. En su situación de vacío todo importaba adquiriendo una dimensión a la que era imposible sobreponerse.

Abrió los ojos. Siempre lo hacía cuando estaba boca arriba. Los abrió sólo un instante porque, una vez más, sintió aversión del techo. Esa visión del gris techo de la celda le repugnaba. Quizás, su astuto subconsciente sabía que ese techo era el responsable último de su cautiverio; el responsable último de su asfixia; el responsable último de que ni viese el sol ni sintiese correr el aire. De repente, los últimos reflejos mentales del techo que se proyectaban en lo negro de su pensamiento fueron interrumpidos. Con un cinematográfico fundido en negro, todo en su cabeza dio paso al sonido que, surgiendo de la nada, se empezó a escuchar. Eran unos pasos que se oían a lo lejos, en el pasillo. Según estaba tumbado boca arriba, se acercaban por la derecha. Ese sonido absorbió toda su atención. Permaneció expectante, sin abrir los ojos, y con la súbita alegría que un acontecimiento así provocaba. Además, celebró que tuviese lugar justamente en la postura en la que se encontraba en ese momento: boca arriba y con las orejas libres de amarillentas sábanas. Así, se preparó para el único tipo de relación social y humana del que podía formar parte.

Se giró para completar la media vuelta aquella que había iniciado hacía ya una eternidad. Otra más. Incorporó, después, su cabeza hasta alcanzar con la vista el reloj de la mesita. Eran las 15:38. ¡Dios! ¿Otra eternidad de 60 segundos? ¡Dios! Volvieron las voces del juicio... ¡No! Otra vez, ¡no! Rompió a llorar... Agarró con los puños las revueltas sábanas y amarillentas y lloraba amargamente. Se encogió en la posición fetal que acostumbraba. ¡Otra vez esa maza! ¡Lloró! ¡Lloró de rabia e impotencia!

El sonido que esos varios pares de zapatos hacían al caminar, que venían desde la derecha, hacía prever que iban a pasar por delante de la puerta de la celda y que, si no alteraban la constante, se alejarían por la izquierda. Así pues, El Hombre asistió con plena atención, a la demostración empírica de que su predicción era correcta. Se acordó del mito de la caverna de Platón y el mínimo orgullo que sintió al acertar se convirtió en patético ridículo. Y no oyó voces. Sin duda, y sólo al final, las echó en falta. ¡Y mucho! Hubiesen supuesto un formidable cordón umbilical que le uniría a la sociedad, a la supuesta forma de relación social con la que había especulado. Un hondo vacío le invadió el pecho al no oírlas. Sólo

Agotado ya de tantas lágrimas secas, amargas y secas, se calmó. Su mente se templó de puro agotamiento. Abrió los ojos, imposible saber si después de haber dormido, e incorporó un poco su cabeza hasta alcanzar con la vista el reloj de la mesita: eran las 10:28. En un sobresalto, miró a continuación el calendario: todos los días tachados hasta el 7 de junio de 2011. ¿Cómo era posible? De repente, habían pasado tres años. Se levantó de la cama desprendiéndose de las pegajosas y amarillentas sábanas y comprobó que era correcto. La luz que entraba por entre las rejas de la ventana le dio en la cara. Era el sol, el mismo rayo de cada mañana pero que él descubría en ese momento. Se volvió y escuchó los gritos del patio: eran los del módulo A jugando a fútbol. Jugaban como cada mañana a esa hora pero era la primera vez que sus voces y gritos entraban por sus oídos. Qué cambiado percibía todo de repente, a pesar de que era como siempre. Y sí, de repente había transcurrido todo. Exactamente, en un abrir y cerrar de ojos de tres años y pico. Otra medida del tiempo consensuada. Sonrió y se secó las mejillas. No sabía muy bien cómo había llegado a este punto pero sólo le quedaban 3 días para cumplir la condena. Para salir de esa celda. Para ser libre.

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Poesía Desgraciadamente, de los tres grandes géneros literarios, novela, poesía y teatro, la poesía es el que encuentra menos eco entre el público, por detrás incluso del teatro, que siempre está en crisis. Por el contrario, la novela se ha convertido en el género hegemónico de la sociedad actual. Desde una perspectiva meramente economicista, la novela es el género más rentable para autores y editores. Por su parte, el teatro se mueve entre la iniciativa privada y la subvención pública. Finalmente, la poesía tan apenas genera negocio. Desde luego el poeta no piensa en enriquecerse creando poemas. Por ello, estamos totalmente de acuerdo con la opinión de Manuel Vilas: «La poesía es una de las pocas formas culturales que ha resistido el embate de la mercantilización del arte y del pensamiento. […] La poesía se ha convertido en un foco de resistencia ética y estética frente a cualquier tipo de alienación histórica» (Los chicos están bien. Poesía última, Zaragoza, Olifante, 2007, pág. 9). La sociedad que no valora el arte de la poesía pone de manifiesto su incuria cultural, su escasa sensibilidad y su falta de espiritualidad. Una sociedad así no llegará muy lejos en el terreno de lo humano. Además, el sistema educativo tampoco la fomenta adecuadamente en los primeros niveles de enseñanza, presentando muchas veces al joven alumnado ejemplos de escasa o nula calidad estética. Por ello no es de extrañar que la gente en general acabe considerando que se trata de un género «ñoño», sentimentaloide, irreal, ininteligible muchas veces y, por tanto, totalmente prescindible e inútil para la vida: una clara pérdida de tiempo, en definitiva. Afortunadamente, a pesar de todos los inconvenientes existentes para el desarrollo de este género minoritario, los creadores siguen abundando en el panorama nacional y regional. Ejemplo de esto último serían los jóvenes poetas aragoneses publicados en este número, relacionados de una u otra forma con el grupo Eclipse o la Editorial Eclipsados: Ignacio Escuín Borao, Raúl García Hernández, Maribel Hernández del Rincón, Mario Hinojosa o Eduardo Fariña Poveda. Otros poetas aragoneses son Luis Fernández Llorente, Susana Hernández, Fernando Gil Villa, Jesús Claver Giménez, Rafael Caudevilla Nogué y Esteban Cubero Romeo. Esperamos que sus voces lleguen lejos en el complejo mundo del arte poético. En fin, queridos lectores, deseamos que esta selección de poemas sea de vuestro agrado, como lo ha sido del redactor de estas palabras, para el cual la poesía más que un género es una pasión de vida.

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Firma invitada Ignacio Escuín Borao Reseña biográfica Ignacio Escuín Borao (Teruel, 1981) es licenciado en Filología Hispánica y realiza en la actualidad su tesis doctoral. Es director de la Editorial Eclipsados y fue director (1999-2006) y fundador de la revista literaria Eclipse. Dirige el ciclo de encuentros de poesía «Este jueves, poesía» en la Universidad de Zaragoza desde 2005. Como autor ha publicado Profundidades (Ayuntamiento de Teruel, 2005), Ejercicios espirituales (Logroño, Ediciones 4 de agosto, 2005), Pop (Zaragoza, Aqua, 2006), Couleur (Zaragoza, PUZ, 2007), Americana (León, Club Leteo, 2007) y Habrá una vez un hombre libre (Barcelona, Huacanamo, 2009). Ha ganado distintos premios literarios, es colaborador habitual del periódico Heraldo de Aragón, de la revista Turia y ha realizado distintas antologías, entre ellas La verdadera historia de los hombres junto al poeta David González y Ocultación transitoria con el profesor Antonio Pérez Lasheras. Ha dirigido el encuentro de escritores en español «La piedra en el charco», celebrado en Teruel en septiembre de 2008. Recientemente ha realizado para Larumbe la edición de la poesía completa de José Ignacio Ciordia.


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De Habrá una vez un hombre libre (Barcelona, Huacanamo, 2009)

Lisboa Si esto fuera Lisboa, yo podría hacerte creer en algún café que soy heredero de Pessoa o, rodeados por las luces, amarte y decirte que un collar de uvas blancas nos abraza. Adoro las luces de Lisboa, redondas y descomunales, sueño con ellas tantas noches que, al despertar, creo estar allí en ocasiones. Pero no, mire donde mire no encuentro Lisboa y quizá tampoco encuentro lugares más cercanos y conocidos. Busca Lisboa en tu corazón y llena tus manos de su primavera, aquí y en mi pecho hace frío. Lo bueno y lo malo de los viernes por la tarde es, quizá, la sensación de haberse merecido el descanso, de haber alcanzado la meta semanal y al mismo tiempo ver cómo tantas cosas quedan en el tintero. Lo bueno y lo malo. Lo recto y lo incorrecto. Cuando el sol se va ya y presagia el primero de tantos viernes oscuros porque has llevado tu vida a un túnel sin salida, te has convertido sin darte cuenta o sin querer hacerlo en uno de esos que salen a comprar con el coche para cargar lo suficiente para todo el fin de semana y que mira a las dependientas de las tiendas con deseo, como si en ellas estuviera la respuesta, la solución a un viernes que se anochece y presagia un sábado más de radio, café y libros. La esperanza reside en los ojos de quienes nos atienden. No, no quiero un kilo de patatas, te quiero a ti. No conozco ya nada de lo que me rodea, he dejado de ser propietario de aquello que está cerca de mis manos y quizá nunca vuelvan a ser míos los objetos que yo compré y al cerrar los ojos se olvidaron. Todo lo que hemos hecho mal debe estar registrado en alguna parte, seguro que existe una señal que nos indica el punto en el que las cosas pueden ser corregidas, pero no creo que pueda verlo ya. Extraño entre mis propias cosas, ausente de la vida en la que he vivido, partidario de la vida libre y muy débil, mucho, tanto que, si alguien me pregunta, quizá al contestar desaparezca. Ni la verdad ni yo existimos, al menos hemos dejado huella, todo el mundo habla de nosotros.

Poemas inéditos Desolation Road El amor también había sido un tema central aquel otoño en los bares de copas con la música comiéndonos las entrañas. Desolation Road esquina Passion Square, una avenida como mi corazón —de ida y vuelta— adornada con robustos árboles sin hojas, que dan sombra y en los que ella siempre descansa, reposa en sus troncos y desaparece y regresa siempre en mis sueños, cada noche, cada vez que cierro los ojos y su melodía me despedaza una vez más Unos días felices y tristes como no habrá otros creyendo en ti y pensando que la verdad es solo un buffet libre, un self service universal, apoyado en tus palabras a sabiendas de que en ellas y en su paraíso tenía yo mi infierno. Recuerdo de mis días en Desolation Road el vaivén de las hojas caídas y la danza de los cuerpos entre ellas, la voz de Dylan y esa sensación de náusea constante. Y la espera, con los ojos muy abiertos de quien aguarda un milagro que nunca llega y sigue vivo.

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Mechanical wonder Se va el verano como se va el amor y todo lo demás se va, y los jóvenes de pieles bronceadas se funden en abrazos y besos dulces y se aferran unos a otros cuando caminan por las calles y arrastran sus sandalias por el asfalto aún caliente como sus cuerpos. Esta es su aportación a la modernidad, ellas y ellos calzados iguales, los talones desgastados pidiendo guerra, sus cuerpos bellos encendidos y no sabría ya a cuál amar más. Pero no nos engañemos, enamorarse no es tan fácil, es hacer a alguien único entre el resto y yo podría encontrar toda la belleza del mundo en todos sus cuerpos. Y camino junto a ellos y viajo con ellos en el tren, en el autobús, y los miro despreocupados sin un hogar propio al que volver cada noche en estado de gracia, sin dinero o con el dinero justo para ser felices y no querer más, y tanta belleza que podría amarlos hasta quedar agotado. Llenan las plazas, los paseos y los bares y hay mujeres jóvenes que beben coca-cola y marcan los vasos con sus labios carmín como marcan a los hombres jóvenes afortunados. Y yo me deslizo de un lugar a otro viendo toda esa alegría, ese gran contenedor de belleza en el que vais a convertir el mundo, todo gracias a esa mecánica maravillosa del amor que nos enloquece.

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Creación literaria / POESÍA

Canción desesperada en la puerta de un prestamista (posmoderna autodestrucción I) Imagine un mundo sin fantasmas, sin sombras, pequeños círculos vitales, el café de las seis de la tarde, el de las siete de la mañana, mañana no te querré o no sabré hacerlo, subirán tanto los impuestos que mi círculo se anulará en el tuyo. Imagine, si puede, un mundo sin sombras, déjese llevar por la fuerza concéntrica de las miradas y el deseo. Mi espacio anulado nos anula, cómo vivir contigo si no puedo pagarme mi suelo, mi amor, mi hambre.


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Fernando Gil Villa Nota biobibliográfica Lugar de nacimiento: Ejea de los Caballeros (Zaragoza) Profesión: Profesor Titular de la Universidad de Salamanca desde 1992. Elogio de la basura. La resistencia de los excluidos (Ediciones Universidad de Salamanca, 2006) Juventud a la deriva (Ariel, 2007) La cultura de la corrupción (Maia, 2008) Nihilistas (Maia, 2009) Obra poética: Hechizos de casa y luna (1997) Brasilia en verso (1997) Señales de humo (2000) Otra tierra (2005) Esto queda (2008) Narrativa: Diario del paraíso (2009)

La foto de carné Cada vez que abro la cartera sus hojas de plástico se despliegan como pétalos de una flor adormecida por el calor de mi cuerpo. Allí en el fondo, tumbada como una reina sonriente en su flojera, está ella. Despierta por un instante y me saluda: «Hola, mi brujo, ¿qué tal va todo?» «Bien, gracias, ¿tú estás bien?, ¿crees que te cuido bien?» Entonces, y como para demostrárselo una vez más, justo cuando el vendedor frunce el ceño, cierro con cuidado la cartera, como si metiera la vuelta de un billete de quinientos euros, miro alrededor, con la ansiedad de un animal en peligro y por fin deslizo suavemente el tesoro en el rincón más delicado de mi geografía. (Inédito)

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Necesito un masaje Mientras esperas, sentado en el sofá, que se pose la mano tibia, ha de pasar sobre la tierra un silencio de niños dibujando, el traje del obrero con polvo de pastel, y luego pequeñas cosas: delfines flotando en azulejos, el impulso misterioso de músicas lejanas. Mientras esperas que los azulejos de tu cuerpo brillen entre sus manos, tienes el derecho a creer que nunca acabaremos porque no somos la nube sino algo más ligero, una huella que dejó el cielo: viento celeste. (Del libro Esto queda)

Nieve encima Poco antes de las once una corona de nieve se impuso sobre la flor de tu voluntad. Esa tu flor siempre ascendía, siempre encendía la luz en la cumbre de los días. Un pájaro anuncia desde el balcón de tu destino la locura de los sherpas, la belleza insoportable de la altura cuando ser hace amante del olvido. No muere la nieve en la montaña, la nieve es tu corona. (Del libro Esto queda)

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Creación literaria / POESÍA


Á G O R A

Fando

Colaboración especial Martín Marcos In memoriam

Vino a París como un sueño de Fando Lleno de fe, del ser que vio a María Vino con luz, pues todo en él lucía Y por insignia el buque de Lepanto. Atrás quedó el dolor, penas y llanto Era la paz la flor que allí nacía Era el dulce cantar que cantaría Sin miedo, sin temor y sin quebranto. Sueña que al soñar ya está soñando Lo helicoidal que Heráclito intuía Como eslabón, memoria o como un santo. ¡Qué arrabal de palabras se diría Paseando por Venus con tu lira Y el arco dio en el centro de Fernando!

Surgía como un pronto la alborada Surgía como un pronto la alborada Abocada al final la negra noche Yacía y consumía su derroche Atisbaba de luz la madrugada. Surgía y abocaba la morada Yacía y atisbaba sin reproche Crujir se oía en llanto al alimoche Perdido al frío amor de la nevada. Mi corazón en absoluta calma Atónito al fluir introspectivo Tornábase abocado hacia su alma. Delirio subyugado y subjetivo Que en súbita razón así lo empalma Como justo existir lo que está vivo.

POESÍA / Creación literaria

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Ilustración: Beatriz Sumelzo

Otros poetas

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Creación literaria / POESÍA


Á G O R A

Susana Hernández

Algunas veces

Cobardes

Algunas veces me sorprende la ternura de los hombres, sus signos acertados. ¡Tan cercanos!

Yo soy cobarde, tú eres cobarde, él es cobarde.

Manos que se unen a otras manos, entregando sin rubor su cuerpo entero en un abrazo. Ojos que miran otros ojos, buscando un poco de dolor para robarlo. ¡Hay veces que sorprende el ser humano!

Y entre tanta cobardía muere Gaza ensangrentada y fría. Nosotros somos cobardes, vosotros sois cobardes, ellos son cobardes. Y entre tanta cobardía muere Gaza ensangrentada y fría.

Ya no sopla viento de Levante Quería ser viento del pueblo y atravesar nuestros poros con unos versos. Algunas veces escucho al poeta, habla dolorido y suena lejano. Se inclina sobre el hueco del abismo y canta nanas sobre cunas vacías. Yo le pido que me hable de amor, de paz y de esperanza. Él me dice que ya no tiene fe, ni fuerzas, ni ganas.

Al poeta No sé por qué, no sé por qué ni cómo me perdono la vida cada día Miguel Hernández

Mientras contemplo esa mirada que me hiela, esos ojos grandes, tan grandes que pareciera que cabe en ellos todo el hambre del mundo, y el vacío. No hay sima más profunda ni más dolorosa, allí donde el hombre pierde su condición, la vida su sentido, y yo las ganas de sentirme vivo.

Ahora Y ahora que los pobres se han comido su pobreza, ¿qué hacemos con los ojos que nos miran? Ya van atravesando el sueño transparente de las aguas que a veces se tragan el futuro y la esperanza. Llegan… los que llegan, otros se perdieron en la humedad eterna. Paradoja infernal: De la tierra seca, al mar.

POESÍA / Creación literaria

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Poemas de Luis Fernández Llorente He aprendido cientos de cosas, he aprendido que a veces hay besos que hieren como flechas y flechas que acarician como rosas.

Constantinopla Cuarenta días de sitio y Paleólogo está cansado de tanto correr sobre los muros, de tanto evitar las balas y las flechas y respirar el humo de la mosquetería y los cañones. Cuarenta días de asedio y rezan en el templo los cristianos. El enemigo no ceja, el enemigo contempla a lomos de un indómito caballo la lenta caída del Imperio codiciado. Bosteza la noche, inmensa la luna sobre los barcos, se acercan por mar los navíos del turco. Refugio en lo sagrado cuando todo está perdido. Penetran en la urbe los soldados y perecen los últimos valientes. Paleólogo se lamenta de rodillas contemplando la velas alejarse, las velas de los aliados de occidente, mientras el cielo escupe sus cenizas, apaga los incendios con incendios tras la derrota más infausta. Entretanto el vencedor se vanagloria, Dios se esconde, Dios no escucha las plegarias de los suyos. Y vendrán a capturar a las doncellas, venderán a los niños como esclavos, separarán a la hermana del hermano, marcarán con hierros, sangre y odio a los que queden, aquellos que se ocultan en las cruces, blanden cruces en defensa cuando el río de la vida ya no es nada, ya no es nada más que trance de derrota.

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Creación literaria / POESÍA


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Hijos del pecado Yo no bajo a las ciudades, yo me quedo ante las puertas que se cierran. Dentro se amontonan los enfermos, deambulan con su fiebre y con sus llagas como hijos del pecado y del castigo. Dios los mira y no se apiada. Dime qué carreta te lleva, hacia qué fosa te conducen. Déjame salvarte, sacarte aún con vida del sarcófago. No permitas que te venzan con su olor de peste en el aliento, no consientas que te pudran las entrañas con mentiras. Quiero entrar en la ciudad como un valiente y luchar a espada, luchar a muerte, a estocadas someter al dragón furioso que te muerde. Quiero tocarte aunque me queme, aunque yo mismo sea entonces el mismo grito de dolor ausente, la misma mala muerte. El infierno se ha colado en el castillo.

POESÍA / Creación literaria

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Mario Hinojosa

Habitación 423 Una mañana te levantas y todo ha cambiado, las flores son grises, las lágrimas una rutina, se mezcla el odio y el te quiero con el tumor cerebral y la esclerosis, con un golpecito de suerte una vida atornillada a las pastillas. Las sonrisas son de ternero, la compasión un mal augurio y el tiempo es una radial que te abre las tripas, por la espalda, sin reacción posible. Ni aquellos besos para mañana, ni aquellas caricias para mañana, ni aquellos sueños para mañana, una bata blanca, un gesto frío y calculado, un día te llega la muerte y ya está.

Sospecho Sospecho que he olvidado los cráneos vacíos donde se precipitaban las catástrofes cotidianas, he sido espuma infecta y cloaca de aniquilaciones. Sospecho que es tarde para batir las alas y abro la garganta, y hago gárgaras, y trago la hez humana. Sospecho que la vida está llena de muertos, que las mariposas se inyectan heroína y las nubes descargan metralla. En tu galaxia de bestia gruñen las borrascas y se pudren las ideas, hay un abismo cruel velando el frío mordisco de diciembre. Sospecho que la fiebre me ronda, que graniza en los desagües y en tu mandíbula cerrada se esconde el maravilloso deseo del asesino.

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Creación literaria / POESÍA


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Tiempo de descuento

Raúl García Hernández

I

IV

Llevas dos semanas desaparecido. Teléfono apagado, preocupaciones encendidas. Te imagino en tu escondrijo: ron como para una tripulación de bucaneros, lo verde y tus demonios. La perfecta compañía para una juerga en el infierno. He estado ahí varias veces, créeme si te digo que he plantado mis rodillas en ese kilómetro exacto sin saber qué vendría después, la redención o la nada. Sumido en la oscuridad del que no quiere ver. Dándote de cabezazos contra un muro por lo que no tiene solución, y no la tiene, en efecto, si no la buscas. Y tiene gracia que ahora te andemos buscando todos y que te escondas tan bien de la mano amiga, vacía de soluciones pero siempre tendida. Sé que ahora no lo puedes ver, pero todos aquellos problemas matemáticos del colegio tenían una forma de resolverse, a veces varias, y por ley todo infierno tiene una salida de emergencia. Sólo hay que encontrarla.

Este pretendía ser un poema lista, un poema lista de la compra como los suelo llamar, lo que académicamente se suele denominar un poema de enumeración (aunque lo cierto es que desconozco si este término existe realmente, quizá lo acabe de inventar y esté teorizando sin saberlo mientras me dirijo a ti), sin embargo las listas de uno no suelen servir para los demás o, como decía siempre mi madre, «la experiencia de uno no sirve para el resto». La cuestión es que pensaba escribirte, lo sé, poco original por mi parte, un poema de enumeración, de ánimo y vitalidad y sé que, si me pongo, podría levantar a los muertos con ello (perdóname la modestia, pero, si uno no tiene fe en sí mismo, quién la va a tener), sin embargo las cosas que a uno le animan y le hacen seguir adelante, como decía mi madre, no sirven para los demás. Así que creo que el poema te lo dejaré a ti: coge un boli y un papel y enumera las cosas que te hacen sentir a gusto, que te animan y con las que disfrutas, seguro que coincidimos en muchas, ya sabes dónde estoy, siempre cerca, y sabes que tienes la puerta abierta.

II Casi doce años han pasado desde que tu videocámara inmortalizase en VHS aquel amanecer. El que tú grabaste y no he podido borrar. Me llamaste a las pocas horas y fuimos por el barrio a pasear, yo iba medio ciego, quizá también porque aún me duraba la noche anterior, pero lo iba ciertamente porque se partió en dos una de mis lentillas. Paseamos por las calles casi como en un tango que habla de barrio y vieja amistad, de curdas, tropiezos y ascensiones. Doce años han pasado desde aquel paseo, 4380 días y otros tantos amaneceres. De haberlos grabado todos, ¿cuántas cintas E 240 hubieran hecho falta? ¿Cuántas películas de zombis cabrían en esas cintas?

III Te cuento un poema que vi en una pared: un hombre hojea el periódico y en la sección de esquelas ve la suya, su fecha de muerte y el lamento de sus seres queridos por la pérdida, y el hombre grita: «Todavía no, cabrones, todavía no». Me pareció que te gustaría.

V Pasión por el fuego es lo nuestro. Disfrutábamos como pocos viendo arder aquella chimenea, haciendo que las llamas no se extinguieran con soplidos y húmedas ramas de ribera. Qué pronto se consumen las láminas de los palés y qué dolor de cabeza da la melamina. Quizá sea algo primitivo, una atracción ancestral latente en los chicos de ciudad, un cierto gusto por el calor familiar a pesar de lo extraño del concepto, el recogimiento nocturno del ermitaño o lo primario de cada uno, por algo siempre fuiste tú mi gran hermano en la búsqueda de la rosa de lo sórdido, porque perseguimos con ansia aquello que nos agrada, lo que nos da vida, lo que nos hace huir de los horarios impuestos, de la obligación de vivir una vida insulsa y vulgar. Buscamos ese fuego aunque nos arda la cara al verlo de cerca. Eso nos mantiene en la brecha. Somos unos vividores, qué le vamos a hacer, y lo que nos queda. Déjame el mechero, seguro que aún hay cosas que podamos quemar. Aviva el fuego, que no se apague, quémalo todo antes de que ardamos nosotros.

POESÍA / Creación literaria

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Poemas de Eduardo Fariña Poveda FILTRO Ahora bien, desde lo que subyace: discordia dependiendo del día, adquisición, economías. Nublado el día es el caso curioso para el filtro. Entender menos de lo que huye, la presunción ajena por doquier. La risa medica al filtro en formato, pero el pero preámbulo de lo indefinido. Lo del modo en el modo, olvidos y adverbios. Tanta mierda en el ver, su examen al vacío la red y la red, abasteciendo información, medicinas. Sanar el día con lenguaje entrenado, postura a prueba de balas, dicha en su método. Filtro en médula espinal, su día a día. Ahora bien.

al sol, aguardan. Café caliente, un vaso, ansia de reescritura. El sonar de un teléfono, la prisa.

La inscripción del carácter en el individuo de la vida: a menudo un bombardeo Dresden, que oculta el transporte de un fluir. Hermanas Hiroshima y Nagasaki, que crían la urbanidad al suelo en flor, esencialidad tras el escombro, duda. Sólo el efecto de su instante anhelado y buscado, consecuencia resume la herida de su carácter. Retorna el magisterio improvisado desde el tacto hasta el objeto, algo de hastío. Agujero negro. Explosión del decir es el paso segundo, no primero. Destino caliente desfigura el rostro, maniobra de carácter. Actualizar el antivirus mientras el ordenador se llueve bajo las manos. Carácter de un decir molesto cuando imberbe se tatúa la vida, sus racimos secuestradores. Torres más altas han caído, pero se observa desde una ciudad entre las nubes. Entonces se inscribe el carácter en tal individuo, la naturaleza domesticada por décadas será la que enaltezca, su adulterio.

Filtro: Un diseño que permita tecnologías del yo-yo, prevalece el formato y el comentario regresa a su raíz literaria. Su lógica de la presencia.

El amor gratuito se acumula, es el trastabillar de mujeres hermosas, dopándolo todo, desde luego. Mutar los gestos hasta dar en el clavo, hacer más hermoso todo el paisaje que soborna a la ciudad. Intentar no entender nada, pero follar lo más posible. Lluvia en verano: obligada lectura de artículos, ventanas abiertas con diversos periódicos electrónicos, el aguarde. Ropa tendida mojada entre rayo del sol

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Pasos resumen a medias el estar ahí. Caminata olvidando la vigilancia. Inmediatez de la sociedad contemporánea, de la sed la coca-cola no se entienden, algo en su azúcar dice: sin embargo, no tan mal. Ok, dale. No obstante, continúan los pasos, dibujar un círculo mientras llueve, automóviles al pasar empapan. Posas de agua. ¿Dónde dejé mi I-POD? Música en la lluvia por azar humedece, impregna.

POLARIZADA Es improbable. Por más que se trate y se gire con audacia, más cuesta. Más inverosímil. La tristeza polarizada. Enmohecida la distancia entre el punto y la recta. Lo difícil. Reminiscencias de una ley no escrita presente y de vez en cuando se intenta y se intenta. Lo imposible. Es un coste porque no sé si sabe si va a durar hasta el final. Llega y viene y en todo lo precioso hace ver las espinas y saborear el veneno. Bordear el coste en lo polar. Aproximarse en la lejanía de dos palabras que no oyen en la multitud. Melancólico será el momento que no valga las lágrimas de una guerra feroz en otras tierras y la desdicha climatológica en otros cielos. El quiebre ha sido siempre urbano, el sábado calculado y triste. No oír una música desde lo alto, inclinado el tacto desde si una postura es factible en corto plazo. O mediano plazo. El invierno que una mujer se sacude del pelo o una taza de café a la mitad. Hasta el límite se deshoja una tristeza polarizada o más bien intacta. Formato de la pena. El invierno. Aún mucho por correr pero no se sabe cómo devolverle los pasos prestados al camino.


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Viviendo el sueño viviendo el sueño que triangular se ha posado en la cabeza y que perdura adelantándose a la costumbre otra manera de seducir dando a entender con timidez lo significativo de cursar la hazaña personal premiando al sueño como si se viviera rebobinando la escena enamorada de sí una y otra vez vivir el sueño como carpe diem lento en suceder como algo que se dibuja en el agua antes de arrojar la piedra viviendo el sueño ajeno hurtado de quienes son inherentes al motivo existencial de la sonrisa es cosa de vivir el sueño ya que es lo único si no se cuenta a nadie oscuridad es trayecto y dibuja en el ojo cual mapa cual detalle de este vivir el sueño como si nada desde luego como si ir al cine en una tarde de otoño sea un vivir el sueño algo más colectivo algo que se dará como atractiva revancha vivir el sueño armado hasta los dientes vivir el sueño con ojo abierto y como si todo viaje lleva a país de ciegos vivir el sueño como un vivir que ahuyenta cualquier simulacro de vida y calzarse con las trampas viviendo el sueño como se configura el decir Hay un placer que llega y apresura la pluma Vive el sueño el lenguaje que lo excede.

POESÍA / Creación literaria

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Estructura de un week-end nada habrá junto al espacio que en tu creatividad se quiso lugar {o periferia de sí} para extender el mapa sobre el plano / escucha la sangre que causa la ansiedad cuando vienen a por tu ánimo lóbregas intuiciones / no hay rencor tan duradero como el pasar de mano en mano de una moneda que signa escaso valor en sí mismo cualquier detalle que inunde atención abrir la causa bajo una melodía de valor por la senda elegidos para la gloria espacio que es fulgor en pro de un no-lugar salvo el valor nada impone al miedo tanto desdén programación de una parodia que se quiere banquete lejano para el comensal vespertino hoy se quiere viernes pero estas líneas ya son cosas de sábado. ¿Domingo? Por descanso Cerrado Perífrasis de la edad.

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Creación literaria / POESÍA

Versión libre de la primera noche lo que se presenta lo que busca la imagen a conceder el ritmo o lo que huye lo hipnótico hacia el canto parte de lo que define o se quiere constitución jugada de lo que exalta un hecho en la pupila salir busca con prisa varias veces el gesto se repite hondo respirar costumbre de ocupar el sitio que equivoca extremidad instrumental gesto de la boca rompe el aire en un sonido categórico inexplicable en la primera noche conciente así el neanderthal conoce 2 vocales A y O aún se observa la intemperie.


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Maribel Hernández del Rincón Menos mal que no me tomo en serio cuando me afilo las uñas y le rasco los bordes a la distancia que te hace pegarte a mis horas de coleccionista. Y reivindican rumiantes algunos sueños feedback Y dan con su resto en el plato. Y caen esperanzas de los árboles amarillas En el silencio descomunal que las detiene contra el asfalto Sin destinatario

Hoy soy el enemigo, insospechada soy mi contrario.

Jesús Claver Al viento inmaduros Al viento, inmaduros, nuestra inquietud con prisa arrojamos, viejos lamentos que anegan la estancia, en círculos lentos, de orgullo trocado en vana virtud. Del sol, complacidos, su plenitud al alba esperamos, vastos cimientos que a nuestros andares, tan somnolientos, imprimen jovial y osada actitud. Coléricos, nuestro dogma esparcimos, sollozos nocturnos, eco de puertas que, cautas, ocultan miedos y olvido. De espaldas al verbo, sordos, vivimos y cuesta acordar propuestas abiertas; el ágora, nuestro edén prohibido.

Hoy no me la juego. Mañana no me la juego. No muevo las fichas que me desanden lo andado. Descomunal. La que ato de pies y manos. Sobresale.

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Rafael Caudevilla Nogué

Atravieso tu recorrido

Consternada huella

Atravieso tu recorrido que me acecha desde tu punzante sombra, desde el caudal de tu luz irreverente y tu estratosfera insoportable.

Voy surcando entre hojarascas... La luz del alba se dispara entre las estrellas diluidas, entre luces y sombras... Y de espontáneo surge el camino a ninguna parte, me delata tu mirada insoportable, que atraviesa el acaecer de mi laberinto, las cruces hacia otros caminos, la vida del tren, la senda de lo desconocido... Y de repente se apea un grupo de idiotas del barco donde me encuentro, proseguimos el trayecto y me tapono los oídos, pues me siento ridículo ante tanto palurdo que anda suelto...

Atravieso la frontera de tu constante grito que reduce la penumbra de mi reyerta, el grueso de mi palpitar. Atravieso el tránsito de tu apabullante ensamblaje, tu deteriorada embriaguez que vapulea mi realidad lograda. Atravieso cada jornada de tu ocaso, cada lluvia de tu furtiva mirada, cada amanecer inservible, cada efigie de lo acontecido... Atravieso lo no logrado de tu inalcanzable recorrido.

Esta anocheciendo, y escucho una balada que no me corresponde, apago la radio y me refugio en la dejadez atrapada de mi consternada huella.

Luz oculta El recuerdo de tu espontánea blancura me ayuda a sentirme insoluble ante el naufragio, no consigo aplacar el diluvio que me persigue desde tu inaccesible arsenal, me aturde el manantial de la longitud, el despilfarro de tu mirada masacra mi oportunidad herida, me siento desplazado ante la pantanosa jungla, y no logro adivinarte entre la insaciable vorágine, deambulo bajo la estirpe, la estacada en flor, la luz oculta y el vértice de lo no logrado... Tú eres la solución que nunca encuentro, la enjundia para dejar de soñarte.

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Creación literaria / POESÍA


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Esteban Cubero Romeo

Al atardecer Donde se marchita el día y florece la noche, existe una frontera donde se alargan las sombras, mezcolanza de colores que a mis ojos emocionan, asistiendo confortado al ocaso ya nacido. Sé de bellezas pintadas, de escenarios artificiales, fabricados, de oros almacenados en parroquias, mas me quedo con este dulce atardecer, que no entiende de mentiras despiadadas, que no guerrea, ni mata, ni me aplasta, simplemente acaece y, cariñoso, me mira.

Aforismo inventado La literatura es como un viaje, te subes a las palabras y disfrutas del paisaje.

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Cómic A menudo nuestra relación con los tebeos comienza en nuestra niñez, y conforme crecemos sus historias de héroes y villanos o su humor a base de golpes y mamporros dejan de interesarnos, por lo que quedan relegados al fondo de un cajón junto con otros recuerdos de una infancia perdida. En parte gracias a los cómics nos aficionamos a la lectura, y con suerte, tras años de olvido, nos reencontramos

con ellos en alguna librería. En ese momento los saludamos inquietos, los abrimos con cuidado tratando que las hojas no se despeguen del lomo, y descubrimos que ellos también han crecido, han cambiado. Impresionados, les prometemos un hogar en nuestra estantería. En Ágora no faltamos a nuestra cita con el cómic y en este número os presentamos dos nuevas historias: La Pelota, de Ernesto Navarro, emotivo relato de impecables ilustraciones y Pedro y el Lobo, la visión personal de Alberto Cabello de la obra de Sergei Prokofiev.

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Ernesto Navarro Durá

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Alberto Cabello

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Reseñas literarias y Leer para vivir «Leer para vivir de niño y de joven» y nuestras «Reseñas bibliográficas» conforman

la

sección

«Invitación a la lectura» de nuestra revista Ágora. Es esta una sección que cuidamos especialmente, pues se trata de nuestra modesta visión de lo que el año 2009 ha deparado en torno a la publicación de lecturas infantiles y juveniles, además de presentar recomendaciones muy diversas para el mundo adulto. En el número anterior hablábamos

de

buscar

esos

momentos de complicidad con los lectores de la revista. Pues bien, lo hemos logrado.

Desde

aquí queremos agradecer a las muchas personas que con su opinión y buen gusto han contribuido a hacer de este rincón un encuentro

anual

compartir miradas.

para

Tiempos muertos Roger Wolfe Barcelona, Huacanamo, 2009 112 páginas Pilar López Martín Uno puede llegar a pensar, a partir de muchas de las críticas que ha recibido, que nos encontramos ante un escritor hermético, tétrico y, a la vez, desvergonzado; vamos que —para leerlo— necesitaríamos grandes dosis de paciencia y valor. Ni mucho menos. Enfrentarse a Roger Wolfe, en un principio, puede parecer una tarea ardua. Para quien no lo conoce, y leyendo a sus detractores, su obra no es más que un cúmulo de sinsentidos extravagantes que rozan incluso lo obsceno. Sin embargo, es su forma de vida la que ha querido reflejar en sus libros, y así lo hace, y muy acertadamente —aunque sin ambigüedades y sin deseos de herir conciencias como ha llegado a señalarse—. ¿Cuál es el problema? Que Wolfe no se calla. «Sin pelos en la lengua» ni tapujos, en Tiempos muertos pasa revista a sucesos cotidianos, reales y próximos que nos acontecen y preocupan a todos, pero que la mayoría somos incapaces de expresar por escrito. En forma de dietario (o diario) desgrana los hechos relativos a una época de su vida (2003-2007) en la cual se hallaba sumido en una verdadera postración y de la que pudo salir con fortuna, como observamos

en estas reflexiones en voz alta. Al igual que en toda obra literaria, pasajes reales llegarán a entremezclarse con tintes propios de la ficción, aunque lo que debe preocuparnos es el modo en que se transmiten esos sentimientos, las vivencias del protagonista en quien, en determinados momentos, conseguimos vernos reflejados, sintiéndonos partícipes de lo expresado en muchas de sus páginas. Tiempos muertos se divide en dos partes: la relativa a los años 20032004 y la que corresponde a 20062007. En ellas reflexiona Wolfe sobre la política nacional e internacional; pasa revista a personajes destacados, ora contemporáneos ora clásicos (filósofos, escritores…); también subraya el problema de las drogas (fármacos, alcohol, tabaco) y los efectos en el cuerpo humano; y, en definitiva, medita sobre las preocupaciones del hombre en el mundo que le ha tocado vivir. Roger Wolfe dejó de cavar el hoyo en el que se hallaba inmerso para demostrarnos que mientras haya vida hay esperanza. Afortunadamente, como señala en la nota de autor, «Todos los días morimos, y todos los días volvemos a nacer», y buen ejemplo de ello es este libro.

RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS / Invitación a la lectura

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El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial Sherman Alexie Madrid, Siruela, 2009 268 páginas Daniel Nesquens Arnold Spirit Junior es el protagonista de esta novela, pero todo el mundo lo conoce por el nombre de Junior. Todo el mundo son dos ciudades del estado de Washington que no distan entre sí más de cuarenta kilómetros. Junior es un adolescente indio spokane de catorce años, hidrocefálico, miope, algo tartamudo, aficionado a dibujar viñetas (ilustraciones que acompañan al texto) que no contento con lo que le ha tocado en suerte, todo lo que conlleva residir en la reserva india Spokane de Wellpinit, decide traspasar la línea e irse al Instituto de la ciudad de Reardan donde los pieles rojas todavía no han puesto los pies. Como se puede predecir Junior no lo va a tener nada sencillo en su aventura de vivir. No sólo tiene que demostrar que tiene sitio —futuro— en el Instituto de «chicos blancos» sino que el alejamiento de los suyos no significa una deserción. En ese ir y venir de todos los días a Junior le sucede de todo: infamias, bufas, deslealtades, puñetazos en la cara...Pero también: risas, diversión y aplausos en forma de canastas de tres puntos...Es decir, un sinfín de desgracias y de dichas con personajes que se entrecruzan y que se

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quedan por el camino. Un sinnúmero de peripecias en las que no puede faltar el amor de adolescente. O sea, la vida en estado puro. En primera persona, con un estilo ágil, sugerente, rápido y ameno Alexie nos va desgranando en forma de capítulos cortos el día a día de este joven indio que va superando todos los retos que se le presentan (y no son pocos). Pequeñas crónicas dramáticas, intensas, cálidas, sinceras y sin eufemismos. Basta abrir el libro y leer el desgarrador primer capitulo donde nadie apostaría medio dólar por el fututo de su protagonista. Sin complacencia alguna, con una mirada en momentos ingenua, en momentos socarrona, Alexie, descendiente directo de la tribu spokane, nos va paseando con inteligencia por el filo de la navaja, donde el fracaso y el éxito están a un paso.

El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial es un título que lo dice todo. O casi. También es el primer libro para jóvenes (esta novela le valió el 2007 National Book Award Winner, Young People’s Literatura, y más recientemente el Peter Pan Award Sweden, 2009) del cineasta, poeta y novelista Sherman Alexie, que fue seleccionado por la revista inglesa Granta hace algunos años

Invitación a la lectura / RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS

entre los veinte mejores escritores jóvenes de Estados Unidos. Hace más de cinco siglos que los pieles rojas fueron despojados de sus tierras. A partir de ahí el declinar: pobreza, marginación, desempleo, alcohol. También, afortunadamente, algún talento. Entre ellos el autor de esta estupenda novela, Sherman Alexie, quien afirmaba a un periodista que «ser indio no sólo significa, espiritualidad y proximidad a la tierra, sino pérdida, dolor, tragedia...» Leer este libro (un acierto su publicación en Las Tres Edades por parte de Siruela) también significa pasar un rato magnífico. Por suerte, para quién quiera más, la obra de Alexie no se acaba aquí. Editados por Muchnik podemos conseguir alguno de sus «libros para mayores». El indio más duro del mundo, Blues de la reserva, Indian killer, La pelea celestial del Llanero solitario y Toro son los títulos publicados en nuestro país. Confiemos en que El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial sirva de arrastre para otros de los libros del indio spokane. Por ejemplo, Flight o War Dances. A qué esperamos. Ah, miren: ya veo las señales de humo.


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La mano de la momia

Piedad

José María Latorre

Miguel Mena

Madrid, Bruño, 2007 (7ª edición)

Zaragoza, Xordica editorial, 2009

210 páginas

184 páginas

Sara Lombardo Navarro

Enrique Galé Casajús

José María Latorre nos presenta una nueva historia de aventuras, ambientada, en esta ocasión, entre las pirámides del antiguo Egipto y los secretos que todavía esconden. Se trata de una novela enmarcada en lo que llamaríamos literatura adulto-juvenil, como le gusta observar a su autor, que proyecta en estos libros aventuras llenas de misterio en las que se conjuga lo real y lo mágico. La mano de la momia es un nuevo viaje: recorremos Praga, Londres y Egipto, aunque es este último el lugar donde se desarrolla la mayor parte de la historia. Como argumento, una investigación arqueológica conducida por un intrépido joven que busca respuestas. Le ayudarán una serie de compañeros conformando una pequeña expedición bastante peculiar. Todos ellos se adentrarán en los secretos que guardan las pirámides y en la peligrosa tumba de la momia. Se trata de una narración con todos los ingredientes para captar en sus páginas al público juvenil: asesinatos, misterio, paisajes desconocidos, y, de fondo, una historia de amor que queda en el aire. Latorre, autor prolífico donde los haya, brinda con sus obras la oportunidad de viajar por otros países y divertirse con una amena lectura. ¿A quién no le gustan el misterio, la fantasía y las leyendas? Temas que nuestro autor propone y cuya fórmula avalan las numerosas ediciones de esta y otras de sus obras adulto-juveniles. Asimismo, su estilo natural destaca por un vocabulario sencillo y adecuado al público al que se dirige, y por abundantes diálogos que proporcionan gran rapidez en la narración de los hechos, guardando el misterio hasta el final. Un relato con el que los jóvenes podrán disfrutar de la lectura, algo que en palabras de Latorre es «formación, satisfacción de la curiosidad intelectual y creación de experiencia.» Comprometido en recuperar ese amor por los libros, vuelve a atrapar en estas páginas con intriga, fantasía, misterio y aventura.

Piedad es, ante todo, un libro atrevido. Acaso no para el autor, que, al fin y al cabo, lo llevaba dentro y sólo ha tenido que volcarlo en sus páginas; sí, desde luego, para el editor, que supo valorar su mérito y confiar en el público, y para el propio lector, que no podía esperarse algo parecido al abrirlo. Piedad es un libro atrevido porque siendo moderno no busca la provocación, siendo reflexivo no se refugia en el cinismo, siendo innovador no es ilegible. Y es atrevido no sólo por el intenso contenido intelectual de su prosa, poco habitual entre lo que se publica para el consumo, sino por su interesante presentación formal: El conjunto de microtextos que lo forman —reflexiones, microrrelatos, paradojas, sentencias— juega con la secuencia de imágenes y es, sin duda, la presencia cordial de éstas la que salva a la prosa del autor de una pesadumbre a la que no estamos acostumbrados. En este libro Miguel Mena se atreve a hablar con honradez y claridad de sentimientos y apela sin tapujos a los sentimientos del lector. Se centra, además, en un sentimiento, el que da título al libro, arrinconado por la historia de la cultura europea del siglo XX y que se creía abolido. La Piedad de Miguel Mena se atreve a manifestar la débil condición del ser humano, dolorida, necesitada de los demás, frustrada de antemano incluso. Y sobre este fondo de dolor, se levanta la imperturbable voluntad de vivir que anima y hace seguir viviendo a los que, sin renunciar a su sufrimiento, apuestan por superarlo. Hay algo en el libro que nos indica que esos protagonistas, que no somos nosotros, podríamos serlo y que esa piedad que inevitablemente sentimos por ellos nos une como seres humanos porque es la misma que ellos tendrían, acaso tienen, por nosotros.

RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS / Invitación a la lectura

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Á G O R A

Leer para vivir de niño y de joven Cinco Villas 1936. Del protagonismo reformista a la violencia reaccionaria José Antonio Remón Aísa Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2009 283 páginas Asunción Gil Orrios

A pesar del notorio protagonismo de la comarca de las Cinco Villas dentro del ámbito rural aragonés, primero por las reivindicaciones y movilizaciones políticas en la etapa republicana y posteriormente por la magnitud de la represión franquista, existe un gran desconocimiento sobre la realidad sociopolítica, los hechos y las víctimas. Este libro nace con la idea de paliar esa carencia aportando abundantes datos recopilados tras una exhaustiva búsqueda y análisis de documentos y testimonios. Incluye un CD con el listado de todas las víctimas conocidas, el listado de los cargos públicos y miembros de asociaciones políticas, la relación de los procesados por responsabilidades políticas en la comarca de Cinco Villas en la Guerra Civil y un resumen de los testimonios orales recogidos pueblo por pueblo. La publicación es fruto de una beca de investigación concedida por el Gobierno de Aragón a través del Programa «Amarga Memoria».

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Eva Bajén Para vivir de niño, de joven, de adulto y hasta el fin de nuestras vidas, de una manera plena y satisfactoria, que nos haga desarrollarnos como personas completas, hay que aprender a mirar. Y a oler, a saborear, a escuchar, a sentir con todos los poros de la piel. Es decir, a percibir la realidad e integrar en nuestra mente todas las percepciones a partir de las cuales construiremos nuestras interpretaciones y desarrollaremos nuestro pensamiento abstracto. Para este proceso, resulta imprescindible la palabra. Solo con ella aprehendemos la realidad, reflexionamos sobre ella y, en esa reflexión, conformamos y ampliamos nuestro pensamiento. No en vano, en las principales interpretaciones míticas de nuestras civilizaciones, en el origen de todo está la palabra («En el principio estaba el verbo…»). Por ello, para aprender a mirar, necesitamos aprender palabras. «No descuides las palabras. Por cada palabra que olvides, tu cerebro se te encoge» aconsejará en un sueño al protagonista de El salvaje de Antonio García Llorca, su madre muerta. Y él se lanza a jugar con las palabras, para no olvidarlas, para darles pleno significado, para no perder sus matices. Porque las palabras tienen matices que se amplían en combinación con otras y más si las introducimos en esas cajas de palabras que son los libros. Porque en ellos aprendemos que hay miradas diferentes en cantidad y en calidad a las nuestras, a veces demasiado sujetas a lo cotidiano, a la costumbre.

Invitación a la lectura / RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS • LEER PARA VIVIR

Nuestro personaje del libro de Llorca tiene que hacer un esfuerzo para no olvidar, porque está solo, aislado como está de la sociedad; pero no puede aprender más. Emilio Lledó en su artículo «La libertad de hablar» (El País, viernes, 27 de febrero de 2010) hace progresar esta misma idea: «Un elemento imprescindible en el territorio de la libertad es el lenguaje. Pero esa inconsciencia que nos habita en nuestro «estar» en la naturaleza, la padecemos muchas veces ante nuestro ser en el lenguaje. Se ha hecho tan propio de cada individuo el universo conceptual de palabras entre las que vive, que apenas es consciente de que ese espacio hay que habitarlo, construirlo, cuidarlo, pensarlo. La habitación en esa “casa del ser” es una continuada tarea de aprendizaje y claridad.» Debemos, pues, educar nuestra mirada, para que siempre sea nueva y con ella llenemos de muebles nuestra casa mental. Pero en ese aprendizaje es absolutamente imprescindible el contacto con los demás. Y qué mejor para educar que la literatura, que permite leer las recreaciones de otros de la realidad por medio de la magia de la imaginación. Y por ello no hay que cerrarse a ningún tipo de literatura, toda es válida si sirve a ese firme propósito de hacernos libres por ampliar nuestro horizonte íntimo. Desde Ágora, abrimos una vez más nuestro pequeño escaparate lleno de rincones para ofrecer diferentes y múltiples miradas.


Á G O R A

De 0 a 5 años

Texto: Amy Krouse Rosenthal Ilustraciones: Tom Lichtenheld Título: ¡Pato! ¡Conejo! Editorial: SM Ciudad y año de publicación: Madrid, 2009

Texto: Mon Daporta Ilustraciones: Óscar Villán Título: Un bicho extraño Editorial: Factoría K de libros Ciudad y año de publicación: Vigo 2009

Texto: Chema Heras Ilustraciones: Rosa Osuna Título: Abuelos Editorial: Kalandraka Ciudad y año de publicación: Pontevedra, 2009

Se trata de un libro muy divertido que juega con las posibilidades que nos dan las nubes para percibir figuras diferentes. La ilustraciones son muy sencillas, pero es esta misma simplicidad la que permite aprender a mirar y a descubrir los secretos que se ocultan donde menos te los esperas.

Y seguimos con nuestro aprendizaje: «Mira que mira mirando, encontré un bicho muy raro», ¿qué será será? Hay que observar detenidamente los dibujos, sus colores y transformaciones y descubriremos de nuevo que, según como miramos y desde donde miramos, encontramos cosas diferentes en las mismas imágenes.

Para finalizar con este pequeño aprendizaje de la percepción, los autores de este cuento nos regalan con una bella historia que, a la manera de las tradicionales retahílas, nos muestra que la hermosura se encuentra también en rostros y figuras ajados por la edad, sólo hay que aprender a verla.

Texto: Montse Sanuy Ilustraciones: Violeta Monreal Título: Musicando con… Chaikovsky y El cascanueces Editorial: Susaeta Ciudad y año de publicación: Madrid, 2009

Texto: Hans Magnus Enzensberger Ilustrador: Rotraut Susanne Berner Título: Beto y el cesto de los deseos Editorial: Siruela. Colección «La tres edades» Ciudad y año de publicación: Madrid, 2009

Texto: Gerónimo Stilton Ilustradores: Wasabi! Studio, Davide Turotti y Flavio Ferron Título: La era glacial Editorial: Planeta Ciudad y año de publicación: Barcelona, 2009

En este libro conocerán los pequeños lectores la historia de un niño que inventó un ballet para el cuento El cascanueces, además de escuchar su música, pues al volumen lo acompaña un CD. Si con los libros del escaparate de 0 a 5 años aprendemos a mirar, con este libro aprenderemos a escuchar… la música.

Desde luego, Beto no es un niño que se conforme con lo que tiene. Está enfadado con el mundo. Y el mundo incluye a sus padres y, por supuesto, a su hermano, además del cole y de los bocadillos con pepinillos. Pero, afortunadamente tiene un cesto de los desos. ¿Qué pasará con su vida?

Nuevo formato en cómic de las aventuras del famoso ratón y sus amigos. Por sus páginas desfilan además del director de El Eco del Roedor, Patty Spring, Benjamín y Pandora, Trampita Stilton… y el profesor Voltio, que ha diseñado para la familia Stilton una máquina del tiempo. Ya pueden temblar los gatos piratas.

A partir de 6 años

LEER PARA VIVIR / Invitación a la lectura

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Á G O R A

A partir de 8 años

Texto: Ramón Aguirre Ilustraciones: Mario Ayguavives Título: Zapatario. Editorial: APILA Ciudad y año de publicación: Zaragoza, 2009 Si un bestiario es un compendio de bestias con sus descripciones e ilustraciones, aquí nos encontramos con un desfile de diferentes habitantes del universo del zapato, con sus costumbres, preferencias y anécdotas. Originales ilustraciones y texto sugerente se complementan para hacer de Zapatario un espectacular y divertido álbum con el que disfrutará la familia completa.

Texto: Alain Serres Ilustraciones: Natalie Novi Título: Una cocina toda de chocolate Editorial: Kókinos Ciudad y año de publicación: 2009 En un escaparate en el que predomina el goce de los sentidos, qué mejor que un paseo por el sentido del gusto. A través de 60 recetas, interesantes y divertidas historias y exuberantes ilustraciones, descubrimos las muchas posibilidades del chocolate para hacernos la vida mejor.

Texto: Chris Mould Ilustraciones: Chris Mould Título: Leyendas de dragones Editorial: Timunmas (Planeta) Ciudad y año de publicación: Barcelona, 2009 Recopilación de historias sobre dragones que recoge textos originales del propio autor y adaptaciones de leyendas tradicionales de Polonia, China, Grecia… El mito del dragón ha recorrido todas las culturas y aún sigue cautivando en pleno siglo XXI. Se trata de un libro hermoso que cierra nuestro pequeño escaparatebestiario.

A partir de 10 años

Autor: Ana Alcolea Ilustraciones: Juan Bauty Título: El vuelo de las luciérnagas Editorial: San Pablo Ciudad y año de publicación: Madrid, 2009 Ana Alcolea es una escritora que siempre sorprende por su capacidad de desarrollar la imaginación sin perder verosimilitud en sus relatos. En las páginas de este libro encontramos aventuras, misterio, amores y luciérnagas. La magia puede encontrarse en lo cotidiano y especialmente dentro de un libro que usa magistralmente el instrumento más mágico de todos: la palabra.

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Autor: Alfredo Gómez Cerdá Ilustraciones: Xan López Domínguez Título: Barro de Medellín Editorial: Edelvives Ciudad y año de publicación: Zaragoza, 2009 Premio Nacional 2009 de Literatura infantil y juvenil Como en el caso anterior, tampoco Alfredo Gómez Cerdá defrauda en su compromiso constante con la realidad. Si nos queremos acercar a lo que significa una vida diaria alejada de nuestras comodidades cotidianas, este libro es la mejor elección. Los lectores acompañarán a dos niños de diez años por las calles de Medellín, serán testigos de su conmovedora amistad y de sus aventuras cuando deciden entrar a robar en la Biblioteca España. ¿Aprenderán a mirar?

Invitación a la lectura / LEER PARA VIVIR

Autor: Rob Reger y Jessica Gruner Ilustrador: Rob Reger y Buzz Parker Título: Emily the Strange. Los días perdidos Editorial: SM. Ciudad y año de publicación: Madrid. 2009 A la manera de un dietario —género que está en auge, como se puede ver en esta revista— nos sumergimos en el mundo de esta peculiar chica a la que le gusta el color negro, el número trece y que ha perdido la memoria. Sus observaciones diarias se complementan con ilustraciones —que deben mucho al mundo del cómic— muy detallistas que ella misma nos dibuja. Podemos acompañarla, así, en su búsqueda de identidad y de aventuras.


Á G O R A

A partir de 12 años

Autor: Antoni García Llorca Título: El salvaje Editorial: SM. Colección Gran Angular Ciudad y año de publicación: Madrid, 2009 Hay mucha sabiduría en la mirada que Bernabé, el protagonista de este relato, ha ido educando en su contacto con la naturaleza, cuando a los ocho años es abandonado en el monte como pastor de cabras. Pero una sabiduría alejada de la convencionalmente admitida por nuestra civilización. Y una de las primeras diferencias es que no sabe mentir y que en su interpretación del mundo y en su manera de expresarse hay mucha poesía. Se trata de un libro muy recomendable tanto para jóvenes como para adultos.

Autores: Tracy Mack y Michael Citrín Ilustrador: Greg Ruth Título: Sherlock Holmes y los irregulares de Baker Street. La caída de Los increíbles Zalinda Editorial: Everest Ciudad y año de publicación: León, 2009 Los Irregulares de Baker Street son un grupo de muchachos de la calle creados por el propio Arthur Conan Doyle, que colaboran con Sherlock Holmes en alguna de sus aventuras. Con este libro de cuidada edición, se inicia una serie de aventuras en las que los protagonistas son estos chicos sin hogar en la lucha contra el crimen. Una buena apuesta para pasar unos ratos muy entretenidos desarrollando la deducción y la inducción. Elemental.

Autor: Marisol Ortiz de Zárate Título: La canción de Shao Li Editorial: Bambú Ciudad y año de publicación: Madrid, 2009 Finalizamos esta sección del escaparate como la hemos empezado: las venturas de dos niños, Natalia y Airon, que se pierden en el metro de Londres… en el año 2013. La ciudad es fría y hostil y los niños deben aprender a confiar el uno en el otro. Pero cuentan con la ayuda de Shao Li, amiga ausente de Natalia. Nuestros protagonistas aprenden también a mirar.

Autores: Eoin Colfer Título: Airman Editorial: Alfaguara Ciudad y año de publicación: Madrid, 2009 Del creador de Artemis Fowl, nos llega este espectacular libro sobre los orígenes de la aviación de la mano de un original héroe, Conor Broekhart, que nació para volar o, más exactamente, mientras volaba. El estilo directo de Eoin Colfer nos hará compartir las luchas de nuestro protagonista para sobrevivir a la traición y a su propio pasado, excesivamente complaciente en dones y felicidad.

Autor: Robert Louis Stevenson Ilustraciones: Fernando Vicente Título: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde Editorial: Bambú Ciudad y año de publicación: Barcelona, 2009 Edición del clásico de Stevenson realizada con especial cuidado y mimo, con traducción de Juan Antonio Molina Foix e introducción de Ramón Acín y Raúl Acín. El texto va acompañado de un «Cuaderno documental» especialmente preparado para completar la lectura de este clásico con breves e interesantes notas sobre el autor, la época y las diferentes interpretaciones que se pueden realizar de cada uno de los elementos de la narración, así como imágenes de distintas versiones cinematográficas del personaje. Las miradas de los clásicos sobre la naturaleza humana nos acompañan y enseñan siempre.

A partir de 14 años

Autor: Suzanne Collins Título: Los juegos del hambre Editorial: Molino (RBA Libros). Círculo de Lectores Ciudad y año de publicación: Barcelona, 2009 Katniss Everdeen tiene dieciséis años. Y va a tener que luchar por su vida contra veintitrés jóvenes de edad semejante en un programa retransmitido a todo el país de Panem. Es el tributo que deben pagar los distritos que se rebelaron en su día contra el Capitolio. Estremecedor relato de anticipación situado en un futuro Estados Unidos en el que se justifican los más atroces crímenes. La mirada de Katniss nunca pierde, sin embargo, su humanidad, su sentido crítico y su lucidez. Muy recomendable para reflexionar sobre ciertos fenómenos de nuestros días.

LEER PARA VIVIR / Invitación a la lectura

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N A R R AT I VA D E 1 . º A 4 . º D E P R I M A R I A

PRIMER PREMIO D E NA R R AT I VA

De nuevo Ágora acoge entre sus páginas un espacio para la literatura infantil. El poder de las historias y la magia de las palabras habitan también en estos cuentos surgidos de la imaginación de los más jóvenes creadores. Les aseguramos que se trata de lecturas muy sugestivas, para niños de todas las edades.

Los cuentos surgen sin aparente esfuerzo y nos descubren personajes, aventuras y lugares a veces muy cercanos y familiares, a veces fantásticos, otras veces de gran actualidad. Convierten las cosas cotidianas en sorprendentes.

La Navidad con Snoopy y sus amigos Érase una ciudad inmensa donde vivían unos habitantes muy especiales. Había una casa en la que vivían los amigos de Snoopy que se estaban preparando para la Navidad. Unos adornaban el árbol de Puca, la cocinera preparaba unas galletas de Santa Claus y Hello Kitty y Piolín ponían el belén. Hello Kitty colocaba la mula y el buey, Piolín a José, a María y al niño Jesús, y Minnie ponía bolitas de papel en las ventanas. Todos dijeron: –¡Va a ser una fiesta fantástica! Al día siguiente, Piolín se levantó temprano y abrió las ventanas y se dijo: –¡Ha llegado la Navidad! ¡Está nevando! –Subió las escaleras corriendo y gritó a sus amigos: –¡Bajad las escaleras, que ha llegado la Navidad! Bajaron las escaleras, cogieron los patines, fueron al parque, donde había un río helado y todos se pusieron a patinar. Puca se cayó al suelo y casi se rompe un brazo ¡Qué alegría, al final no se lo rompió! Dijeron todos: –Vamos a hacer un muñeco de nieve. –¡Sí! ¡Quedará genial!

Se trata de relatos y poemas llenos de humor y sensibilidad

Hello Kitty cogió una zanahoria; Minnie, botones; Puca, una bufanda; y Piolín y Snoopy, dos palos. ¡Qué bien se lo pasaron todos!

a leerlos con la mente

Al final llegó la noche, todos estaban sentaditos en sus sillas, menos Puca que estaba preparando el pavo.

y el corazón bien abiertos.

Cuando Puca llevó el pavo a la mesa dijo

que nos obligan


Á G O R A

Snoopy:

Hello Kitty se lo dijo a sus amigos. Todos fueron con ella. Unos fueron en trineo y otros patinando.

–Me voy a comer el pavo entero.

Miraron el mapa por si se habían perdido.

Piolín le respondió:

–¡Bien, no nos hemos perdido!

–Eh, qué yo también quiero. Se sentaron todos en la mesa y se zamparon el pavo. Al final Hello Kitty se llevó la mejor parte del pavo. Puca les dijo a todos:

Al final habíamos encontrado la cueva. Allí había un regalo. Fueron a cogerlo pero se encontraron con muchos murciélagos. Hello Kitty cogió el regalo rápidamente y se fueron corriendo. Más tarde abrieron el regalo. Era una bola de cristal llena de nieve porque había sido muy buena durante las navidades. Ese fue el regalo más valioso de su vida.

–Aún queda el postre. Minnie preguntó: –¿Qué hay de postre? Puca contesto: –Galletas de Santa Claus. Se comieron las galletas y cantaron villancicos. Piolín cantó este villancico: «El burrito sabanero». Se echaron a la cama y se durmieron. Al día siguiente ya era Navidad. Santa Claus había dejado los regalos debajo del árbol. Todos se despertaron, desayunaron y vieron los regalos que les había dejado Santa Claus. A Minnie le habían regalado un lindo lacito de color rosa, a Piolín una pelota, a Puca formas de frutas para hacer galletas, a Snoopy un collar con cascabeles de color azul y a Hello Kitty una carta que ponía: Querida Hello Kitty: No te he traído ningún regalo porque se me cayó del trineo y no pude encontrarlo. Este mapa es para que puedas encontrarlo.

Al fin, fueron a casa y dejó el regalo en una estantería. Ese día era Noche Vieja. Puca fue a la cocina y preparó cinco platitos con doce uvas cada uno y Snoopy sacó el champán. Minnie encendió la tele y sonaron las doce campanadas, se comieron todas las uvas y brindaron con champán: –¡Que todos tengamos un feliz Año Nuevo! Por fin llegó el día seis. Vinieron los Reyes Magos. Todos los niños se reunieron en la plaza de Tauste para verlos. Hello kitty y Piolín se montaron en la carroza de Melchor, Minnie y Puca en la de Gaspar y Snoopy en la de Baltasar, a cada uno le dieron una bolsa de chucherías y dos mantecados. Más tarde fueron a casa y se lo comieron todo. Se echaron todos a la cama y se durmieron y así se terminó la mejor Navidad del mundo.

Adiós, adiós. Santa Claus

Clara Ejea y Ainara Sanz 4.º PRIMARIA CEIP ALFONSO I EL BATALLADOR DE TAUSTE

NARRATIVA / Literatura Infantil y Juvenil

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N A R R AT I VA D E 1 . º A 4 . º D E P R I M A R I A

S E G U N D O P R E M I O D E NA R R AT I VA

El misterio de la selva Había una vez una niña llamada Linda. Ella vivía en un poblado en el corazón de la selva. Un día su mamá le dijo que fuera a coger agua del lago, así que ella lo hizo. De repente, estaba cogiendo agua cuando salió un enorme cocodrilo. Ella se echó a correr, pero el cocodrilo la perseguía. El cocodrilo la atrapó, se la llevó a su cueva y le preguntó:

le tenía miedo y se sentía solo. Linda se puso un poco triste pero le seguía teniendo miedo. El cocodrilo le preguntó: –¿Pero de qué me tienes miedo? –Pues…pues... de tu boca, de tus enormes dientes, de tus ojos y de tu aspecto.

–No me fío de ti –dijo Linda.

Pero yo soy así. Aunque tenga los dientes grandes, no significa que no pueda ser tu amigo. Mi aspecto no tiene que importarte, tendrías que darme una oportunidad para conocerme mejor.

–Pero… ¿por qué?

–Vale, te daré una oportunidad.

–Porque me das miedo.

–Entonces…entonces, ¿quieres venir al lago a jugar conmigo?

–¿Por qué estás tan asustada? Yo solo quiero que seas mi amiga.

Al cabo de unas horas le volvió a preguntar lo mismo: –¿Quieres ser mi amiga?

–Sí, vale, será divertido.

Mientras tanto, en su poblado la buscaban por todos los sitios y su mamá se arrepentía por haberla mandado a coger agua del lago.

El tiempo pasaba pero a ellos no les importaba. Linda y el cocodrilo se lo estaban pasando genial. Linda se acordó de que era tarde y de que sus padres estarían preocupados. Le preguntó al cocodrilo si quería acompañarla a su poblado. Al cocodrilo le hizo mucha ilusión y le dijo que sí.

En la cueva el cocodrilo le decía a Linda que quería tener algún amigo, porque todo el mundo

Desde entonces todas las tardes quedaban para jugar.

Y siempre tenía la misma respuesta: –No, porque me das miedo.

Alicia García Pascual 4.º PRIMARIA CEIP FERRER Y RACAJ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Infantil y Juvenil / NARRATIVA


Á G O R A

OT R O S R E L ATO S

Un castillo encantado

Supervivencia en la selva

Érase una vez un niño que no tenía miedo a nada ni a nadie. Un día se fue a un castillo que había a las afueras de su pueblo. Al verlo por dentro, el niño decidió quedarse a dormir. Mientras dormía, le pareció ver algo. Por la mañana, cuando entro la luz, vio cosas blancas volar y casi le da un patatús de miedo. No tenía motivos, porque eran fantasmitas pequeños y los fantasmitas pequeños hacían cosquillas.

Para sobrevivir en la selva, lo primero será buscar alimento. La selva nos aporta cantidades de alimento: reptiles, caza, fruta y pesca. Se puede cazar con trampas, lazos e imaginación. También la selva nos aporta armas, como por ejemplo: arcos, flechas y lanzas. Lo segundo será construir un refugio con ramas, hojas, dianas y raíces. Luego aparta las hojas del suelo y haz una hoguera con ramas y hojas secas. Frotando un palo con una corteza de árbol seca conseguirás chispas que encenderán las hojas y palos que con anterioridad colocamos. Por la noche no apagues el fuego, porque éste te protege de los animales y de los insectos. Lo tercero es buscar agua. Para buscarla, es necesario andar colina abajo hasta encontrar un arroyo, riachuelo o río. Lo cuarto, y lo más importante, es conocer los puntos cardinales de donde estés. Para posicionarte en la selva lo mejor es subirte en un árbol y localizar el sol, de esta manera sabrás dónde está el Norte, Sur, Este u Oeste, porque amanece por el Este y el sol se pone por el Oeste.Por último, es salir de la selva. Para poder salir de ésta, hay que seguir la dirección del río.

Manuel Rodrigo 2.º PRIMARIA CEIP RECTOR MAMÉS ESPERABÉ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

Gabriel Sánchez Atrián 3.º PRIMARIA CEIP RECTOR MAMÉS ESPERABÉ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

NARRATIVA / Literatura Infantil y Juvenil

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N A R R AT I VA D E 1 . º A 4 . º D E P R I M A R I A

Una buena lección Érase una vez, en un país de Europa, llamado España, una familia normal. Los hijos se llamaban Juan y Daniel, y los padres eran José y María. Juan, el pequeño, era muy bueno, y Daniel, dos años mayor, era muy travieso y se pasaba todo el día haciendo rabiar a su hermano. Le escondía las cosas, le hacía la zancadilla, le pegaba, le gastaba bromas…¡Era una verdadera pesadilla vivir con él! Un caluroso día de verano, el padre propuso a la familia salir de acampada, ya que por su trabajo el padre no disfrutaba mucho de su familia y decidió darles esa sorpresa. Toda la familia estuvo de acuerdo, sería fantástico estar todos juntos. Marcharon hacia una zona de acampada cercana a su ciudad. Daniel, como siempre, planeó trastadas para fastidiar a Juan. Estuvo todo el día riéndose de él, le escondió los zapatos, la mochila, los juguetes… Daniel decidió ir al río a darse un chapuzón porque hacía mucho calor. Al acercarse a la orilla del río, un perro lobo, que estaba al acecho, comenzó a perseguirlo. Daniel empezó a correr y gritar, pero cuanto más corría más lo perseguía el perro. Juan, que estaba ayudando a su padre a montar la tienda de campaña, lo escuchó pero pensó que su

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Literatura Infantil y Juvenil / NARRATIVA

hermano le estaba gastando alguna de sus bromas. Al oír que seguía gritando salió corriendo en su búsqueda. Cuando llegó al río vio cómo Daniel se había subido a un árbol y el perro a sus pies no paraba de ladrarle. Juan se acercó muy despacio al perro, le habló en voz muy baja y cariñosa, le acarició el lomo con mucho cuidado. El perro, al sentirse seguro, dejó de ladrar y de atacar a Daniel, pues el único problema era que Daniel le había tirado piedras y el perro terminó enfadándose. Daniel bajó del árbol y abrazó a su hermano entre lágrimas, prometiéndole no volver a gastarle bromas. Juan lo perdonó una vez más y los tres juntos, Juan, Daniel y el perro, volvieron a la tienda prometiendo los dos que aquellas serían unas vacaciones inolvidables. Moraleja: Hay que enseñar a comportarse a los niños que no saben hacerlo y perdonar las trastadas cuando el que las ha hecho está arrepentido.

Rubén Romero Naudín 3.º PRIMARIA CEIP FERRER Y RACAJ DE EJEA DE LOS CABALLEROS


Á G O R A

La vida de mis abuelos hasta los 10 años Hoy voy a contarles una historieta de cómo vivieron mis abuelos en un pueblecito muy pequeño. Nacieron sobre el año 1.940. Vivían en Sofuentes. Era un pueblo que se conocían todos. Mi abuelo vivía en un caserío muy cerca de Sofuentes, a tres kilómetros, y no había coches. Mi abuelo era muy travieso. Su entretenimiento era matar pájaros, coger culebras, patinar en las balsas cuando el agua estaba helada… En su casa no tenían ni agua ni luz. Tenía que dormir mi abuelo con sus hermanos, en los pies de la cama de sus padres, encima de sacos llenos de paja. Para lavarse, beber, guisar... sacaban el agua de un pozo. Para tener luz usaban candiles de aceite. Algo que me resulta muy curioso, es saber dónde hacían sus necesidades. Como os imaginaréis, no había baño. Pues las hacían en las cuadras donde tenían animales. Mi abuelo a mis años ya iba a trabajar al campo con su padre, donde todas las faenas se hacían a mano o con ayuda de los animales (machos y yeguas). Mi abuela sí vivía en el pueblo de Sofuentes. Los niños y las niñas iban a distintos colegios. Las chicas por las tardes aprendían a hacer labores. Mi abuela jugaba a la comba, a esconder, al cuadrante, el carro... A los 9 años mi abuela también trabajaba: iba a lavar la ropa a mano al lavadero, porque no había lavadoras. Ordeñaba cabras y con esa leche hacían queso.

Mario José En marzo de 2009 tuve un primo especial para mí porque nació antes de tiempo. Se llama Mario José. Nació con 27 semanas de tiempo y pesó 900 gramos. Enseguida lo metieron a la incubadora, que es como una caja y la tienen conectada a muchos cables. En la incubadora ha estado más de tres meses y con lo chiquitín que era no paraba de mover las piernas y los brazos por lo que a veces se le soltaban los cables. Para alimentarlo, las enfermeras le daban la comida con una jeringuilla y ahora toma biberón de leche con cereales. Está gordito y para comérselo. Sólo lo conozco por fotografía y espero ir a Córdoba pronto para conocerlo. Lo que más admiro de él es su lucha por sobrevivir. Te quiere mucho tu primo Alberto. Y tengo muchas ganas de conocerte.

Fue creciendo y mi abuelo fue a trabajar a casa de mi abuela. Cortaba troncos para calentarse y guisar. Para coger el autobús tenían que ir a Castiliscar, al pueblo más cercano (8 kilómetros). De Sofuentes a Castiliscar iban en un carro tirado por un caballo. ¡Qué vida más dura la de mis abuelos! ¡Qué bien vivimos ahora!

Alberto Manzano Cardiel 4.º PRIMARIA CEIP FERRER Y RACAJ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

Esther Urbón 3.º PRIMARIA CEIP RECTOR MAMÉS ESPERABÉ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

NARRATIVA / Literatura Infantil y Juvenil

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Á G O R A

POESÍA DE 1.º A 4.º DE PRIMARIA

PRIMER PREMIO DE POESÍA

SEGUNDO PREMIO DE POESÍA

Niño de Haití El terremoto llegó y todo lo arrasó, la sonrisa de tu cara se borró. Mientras nosotros seguimos jugando como si nada hubiese pasado. Por la tele nos hemos enterado y nuestra ayuda hemos enviado. Me gustaría traerte conmigo porque en mi corazón te llevo amigo. Espero que nuestra ayuda te llegue pronto allí y un poquito te haga sonreír.

Elia Suñén Pérez 3.º PRIMARIA CEIP RECTOR MAMÉS ESPERABÉ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

El circo Fui al circo y vi a un trapecista ir por la cuerda floja sobre la pista. Y salió un payaso que era trompetista y también malabarista. Y los domadores, los tigres y los leones actuaron como unos campeones. Y al domador se le cayeron los pantalones. Y la gente se reía y se daban revolcones. Y salían elefantes y focas, caballos y monas, tigres y leonas, magos y magas todos a sus casas.

Alejandro Ibarzo Lázaro 2.º PRIMARIA CEIP FERRER Y RACAJ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Infantil y Juvenil / POESÍA


Á G O R A

OT R O S P O E M A S

Poesía dedicada a Miguel Hernández Guerras de amor nanas de caramelo compañeros queridos lágrimas de cocodrilo, hijo amado sueños perdidos palabras de corazón poemas encendidos.

Chicas y chicos de 1º A 1.º PRIMARIA CEIP ALFONSO I EL BATALLADOR DE ETAUSTE

Rimas En el parque juego con la raqueta y mi hermano corre en bicicleta, si jugamos al balón nos divertimos un montón. Mi yaya tiene dos gatitos uno grande y otro pequeñito, el grande se llama Fermín y el pequeño Serafín.

Andrés Fenollé Aznárez 2.º PRIMARIA COLEGIO NTRA. SRA. DE LAS MERCEDES DE EJEA DE LOS CABALLEROS

POESÍA / Literatura Infantil y Juvenil

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Á G O R A

POESÍA DE 1.º A 4.º DE PRIMARIA

El cole y yo Hoy mi mamá me ha vuelto a despertar, tienes que ir a la escuela. Yo le digo que no me quiero levantar. Tengo que ir a la escuela. Con la escoba te voy a sacar. Tienes que ir a la escuela. Un buen catarro me voy a pillar. Tengo que ir a la escuela. ¡Uh! ¡Ah! Tienes que ir a la escuela ¡Uh!, ¡ah! Tengo que ir a la escuela. Con las ganas que tenía de jugar, tengo que ir a la escuela. Sin desayuno te vas a quedar. Tienes que ir a la escuela. Si no desayuno, no puedo estudiar. Tengo que ir a la escuela. Si no estudias, no vas a aprobar. Tienes que ir a la escuela. Tengo que ir a la escuela. ¡Uh!, ¡ah! Tienes que ir a la escuela. ¡Uh!, ¡ah! Tengo que ir a la escuela.

Un día cualquiera Por la mañana subo con mi hermana al barrio de La Llana. Ahí tengo mi colegio, donde mi profe y mis compañeros me llaman Sergio. Lengua y literatura aprendo, y también cultura. En matemáticas, sumas y restas un poco me cuestan. Luego conocimiento, que tienes que pensar mucho tiempo. Salgo al recreo, donde juego y me divierto.

Alfonso Ramón Puyod 2.º PRIMARIA CEIP FERRER Y RACAJ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

Sergio Berrio Ruiz 3.º PRIMARIA CEIP FERRER Y RACAJ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Infantil y Juvenil / POESÍA


Á G O R A

Mi hermano Jesusico Las cinco bellas villas

Jesusico es un niño pequeñico y feliz, tiene una familia que le hace reír.

Las Cinco Villas. ¡Qué villas! ¡Qué bellas! Capitana de las Cinco Villas, Ejea. ¡Qué grande, no es fea! Tauste, la sigue, pero no se enfada, porque tiene su torre inclinada. Sádaba, coqueta y presumida, pues un castillo vive en ella. Uncastillo, no el de Sádaba, es mi nombre de villa. Sos del Rey Católico, cómo brilla. ¡Qué villa! ¡Qué maravilla!. Somos hermanas, desde hace más de un día, seguiremos siéndolo toda la vida. Todas formamos las Cinco Villas. ¡Qué villas¡ ¡Qué bellas!

Tiene el pelo rubio y los ojos castaños, le gusta decir papá y en julio hará dos años. Al pequeño de la familia le llamo enano pelón, él ríe a carcajadas papá le dice campeón. Si no quiere dormir y lo acuestas en su cama, juega con las sombras hasta que sale la luna. A la carrera de la San Silvestre todos fuimos a correr. A Jesusico le dieron un trofeo porque el más pequeño fue. Tres hermanas tiene Jesusico: Victoria, Gabriela y yo, que escribo. Todos lo queremos un montón por eso le llamamos ¡enano pelón!

Ivana Aznárez 4.º PRIMARIA CEIP RECTOR MAMÉS ESPERABÉ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

Sofía García Casajús 4.º PRIMARIA COLEGIO NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED DE EJEA DE LOS CABALLEROS

POESÍA / Literatura Infantil y Juvenil

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N A R R AT I VA D E 5 . º A 6 . º D E P R I M A R I A

PRIMER PREMIO D E NA R R AT I VA

Rutina Rutina. Odiaba esa palabra. Claro, la sufría todos los días. Hacía ya tres años que era bombero. Desde entonces, cada mañana me hacía la misma pregunta: ¿Qué había hecho hasta ahora por los demás? No sabía si era el destino de la vida, pero ni tan siquiera había rescatado un gato de un árbol. Y esto me frustraba. De pies a la cabeza, todo era rutina. Pero un día salí del parque de bomberos, cogí la bicicleta y con el cielo nublado y hostil me dispuse a volver a casa. Como siempre, primero, a la mitad del trayecto, cogí el periódico en el quiosco y me lo guardé en la mochila. Cuando llegué a casa me di una ducha, me puse cómodo y me tumbé en el sofá. Cogí el periódico, lo empecé a leer y de pronto me llamó la atención algo. En la portada estaba colocada una foto con miles de cadáveres en el suelo. Arriba, en el titular: HAITÍ, EL INFIERNO HA LLEGADO. Era innumerable la cantidad de información y análisis sobre los hechos. También, artículos de opinión. Cuando puse la tele, no hacían más que echar lo mismo. Noticias de las últimas horas. Que si 15.000 muertos, que si 30.000, que si 100.000. Lo que estaba pasando me estaba aterrorizando tanto que esa noche no concebí el sueño.

Al día siguiente, no serían más de las 8:00 a.m. cuando recibí una llamada. Era mi jefe y noté una notable percepción de nerviosismo. Me decía si me había enterado de la catástrofe en Haití. Después, él me dijo que hiciera las maletas, que me iba a ir con mis compañeros a Haití a las 8:00 en vuelo directo desde Barajas. De repente, colgó. No cabía en mí la expectación. El corazón me latía a cien. Las horas se me pasaron eternas hasta que despegué con el avión y llegué a ese terrorífico lugar. Cuando llegué, era la una de la noche. Así que no hice nada más que dormir hasta el día siguiente. Por la mañana temprano comenzamos el rescate entre las ruinas. Eso me pareció una pesadilla. Gente gritando, niños sin piernas, personas peleándose por la comida... Pero ese día tuve suerte. No pasadas las cinco de la tarde y buscando entre los escombros, ya cansado, oí unos gritos. Había alguien cerca de mí. Llegué a la conclusión de que alguien estaba ahí debajo de las paredes derrumbadas. Apresuradamente con las manos quité rocas y saqué a un bebé de pocos meses. Él se echó a llorar. Mis compañeros aplaudieron y yo me sentí feliz. ¡Y pensar que había tenido que ir a uno de los lugares más pobres del mundo para ser y creer ser algo...!

David Abadía Ramón 6.º PRIMARIA CEIP FERRER Y RACAJ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Infantil y Juvenil / NARRATIVA


Á G O R A

SEGUNDO PREMIO D E NA R R AT I VA

La rosa y el pastel En el país de Largossueños vivía un rey llamado Felizmanda. Era un rey bonachón, bondadoso y feliz, que veía crecer a sus hijas y convertirse en preciosas princesitas. Amalinda y Tesana eran las dos hijas del rey Felizmanda. Amalinda era muy buena y muy guapa, tenía el pelo color avellana, ojos verdes y se parecía mucho a su madre, una mujer maravillosa que murió al nacer su hermana. Tesana era más guapa si cabe que Amalinda. Era rubia, de ojos azules, le gustaba mucho arreglarse y lucia preciosos vestidos, que poseía en abundancia. Se pasaba largos ratos organizando fiestas y banquetes e inventando postres nuevos con los que sorprender a sus invitados. Amalinda se encargaba de cuidar el jardín, era muy amiga del jardinero de palacio, tenía un precioso gato blanco que parecía un ovillo de algodón con un precioso lazo azul, y se pasaba horas y horas cuidándolo y jugando con el. Aunque las dos eran igual de buenas, tenían caracteres muy distintos.

superar el hechizo será la heredera del trono de vuestro padre. Amalinda y Tesana quedaron pensativas. Amalinda deseó con todas sus fuerzas ser la rosa más bella de un jardín. Tesana deseó ser el pastel más bueno y más caro de una pastelería de lujo. Ambos deseos fueron concedidos y Amalinda se convirtió en la rosa más hermosa de un jardín, que había en un precioso parque. Mientras Tesana se convirtió en un enorme y rico pastel, el más caro de una pastelería de gran lujo situada en una bonita ciudad del país de Largossueños. Al cabo de unos días, paseando por el parque donde estaba la rosa Amalinda, un joven que se quedó prendado de la belleza de la flor y se acercó a ella con la intención de cortarla. –No, por favor, no me cortes –habló suplicante la rosa– aquí en la tierra soy muy feliz con todas mis compañeras. Si me dejas, viviré más tiempo que si me llevas contigo.

Un día el padre pensó en dejar heredera de su trono a una de sus hijas y no quería que su predilección por alguna de ellas pudiera influir.

–No te preocupes, –le contestó el joven– yo te cuidaré, te pondré agua fresca todos los días y no te dejaré morir.

Para ello hizo llamar al hada madrina de las princesitas y le contó lo que pensaba. El hada madrina llamó a las princesitas y les dijo:

–No, por favor, –seguía suplicando la rosa– moriré antes si me separas de este sitio. Pero verás, si tú quieres, desde aquí puedo ser tu rosa, pero sin necesidad de que me cortes.

–Vuestro padre quiere que heredéis el trono una de vosotras y para eso vais a tener que superar una prueba que yo os voy a imponer y vais a ser vosotras mismas las que al superar la prueba os haréis merecedoras o no del trono. –El hada miró a las princesitas que escuchaban atentamente y siguió hablando.–: Las dos vais a desear convertiros en algo, lo que queráis, la que consiga

Así el muchacho cada día visitaba a su flor. Sabía que era solo de él, aunque la pudieran contemplar todos los que paseaban por el parque. Mientras tanto, el pastel Tesana estaba en el escaparate de una lujosa pastelería, su precio era tan elevado que nadie lo compraba, pero un joven que era muy pobre tenía el capricho de comprarse un

NARRATIVA / Literatura Infantil y Juvenil

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N A R R AT I VA D E 5 . º A 6 . º D E P R I M A R I A

pastel y quería el más grande, así que empezó a ahorrar para conseguir aquel que estaba en el escaparate con el precio más elevado y que era el pastel Tesana. El día que hubo ahorrado lo suficiente entró en la pastelería y pidió su pastel. Cuando se disponía a darle el primer mordisco, el pastel le habló: –No, no me comas– gritaba el pastel. El muchacho miró extrañado. –¿Por qué no he de comerte? Te he comprado –le dijo el muchacho. El pastel le contesto: –No debes comerme, estoy malo y te sentará mal. –Estas buenísimo, –dijo el muchacho– me he gastado todos mis ahorros en comprarte y voy a comerte. –No vas a comerme –dijo el pastel malhumorado– y si lo haces te convertiré en un sapo, yo soy un pastel encantado. El muchacho replicó: –No creo nada de lo que me dices y voy a comerte. El pastel siguió gritando tratando de salvarse: –Verás, sí que estoy encantado y, si no me comes, te convertiré en príncipe. Pero el muchacho estaba enfadado de ver el humor que gastaba el pastel y la de invenciones

que decía para evitar ser comido, que era lo que él más deseaba y para lo que había estado ahorrando. Cuando terminó, se miró y se dio cuenta de que no se había convertido en sapo y se alegró de no haber hecho caso al pastel. Mientras tanto en el jardín del parque la rosa Amalinda seguía siendo la más hermosa, el muchacho iba todos los días a verla y le decía: –Aunque estés aquí, eres mi rosa y vendré todos los días a verte. –Yo estaré cada día más bonita, pero solo para ti, –le decía la flor– no dejes que nadie me corte ni me separen de ti. Y así llego el final de la primavera. El muchacho que cada día había ido a admirar la flor, una tarde preciosa que lucía un sol especial se encontró con su preciosa flor convertida en una linda princesa de ojos verdes que le miraba enamorada. El muchacho no podía explicarse lo que le sucedía, pero se sentía feliz, enamorado y sorprendido de la historia que le contaba tan encantadora muchacha.Y así el trono del país de Largossueños tuvo heredera. La princesa Amalinda heredó el trono de su padre, el rey Felizmanda, y pronto hubo descendientes, naciendo de la feliz y enamorada pareja un niño que es la alegría del palacio y de todos cuantos viven en el país de Largossueños.

Carla Calvo 5.º PRIMARIA CEIP RECTOR MAMES ESPERABÉ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Infantil y Juvenil / NARRATIVA


Á G O R A

OT R O S R E L ATO S

Kevin mirror, cazador de alienígenas Hola, me llamo Kevin Mirror. Dirijo una asociación secreta de caza alienígena, camuflada en forma de una gran cadena de grandes almacenes de electrónica, repartidos por todo el mundo. La sede se encuentra en Roma, que es donde yo vivo. Os voy a contar una de mis grandes aventuras. Fui en busca de un ovni que se rumoreaba que había caído en medio de un bosque, pero encontré algo aún mejor, una vieja calzada romana que conducía a un lugar en el que nunca había estado, al final me dirigió hacia una colina. Al principio, no me pareció nada especial, pero decidí examinarla más detenidamente. Descubrí una disimulada trampilla. Decidí que volvería al día siguiente, preparado para a saber qué cosas. Al irme a dormir no pensaba en otra cosa que no fuera la trampilla, ¿Qué había tras ella? ¿Sería la entrada a una guarida alienígena? ¿Será simplemente un sitio desierto sin ningún misterio? O incluso peor, ¿y si fuera el escondite de un niño que solo quería divertirse? Estaba muy confundido. Al día siguiente me dirigí hacia mi «trabajo», el sitio más magnífico del mundo. Tengo a miles de alienígenas trabajando, la mayoría de ellos los he conocido en mis aventuras. Algunos se ofrecieron, otros tantos los tuve que convencer yo, y a otros muchos ni siquiera los convencí. Básicamente buscamos información, pero también inventamos todo tipo de aparatos peligrosos y no tan peligrosos, defensivos y agresivos, grandes y pequeños… El caso es que fui a por los utensilios que creía necesarios, para eso me dirigí hacia la Sala de Armas. Busqué y rebusqué: cañón de partículas tiriálico, escudo de plasma claarüx, sable de energía ligion… Me decidí por una armadura mecánica arburiana y una pistola laser multiusos Mino Phaeros. Me fui hacia la trampilla, estaba dispuesto a enfrentarme a cualquier peligro. Al

llegar, intente levantar la pesada tapa, pero no pude. Activé un gancho que tenía incorporada la armadura y cedió sin problemas. La armadura arburiana nunca falla. Me metí por esa puerta, tras ella había un largo túnel. Descendí y descendí, estaba muy oscuro, pero la armadura tenía una linterna. Tras avanzar y avanzar llegué al final del túnel. No había absolutamente nadie, era una gran estancia, a partir de allí había ocho túneles, que a su vez se dividían en muchos más túneles, y así sucesivamente. Pero afortunadamente la armadura estaba equipada con un sonar, con el que pude ver desde el más ancho túnel hasta el más estrecho pasadizo. Por aquí, por acá, se gira hacia allí, ahora hacia allá. Era como un gran laberinto interminable, pero no podía estar perdido, el sonar no puede fallar. De pronto, me pareció oír unos pasos, continué, ¡Otra vez! Esta vez estaba seguro que era real. Decidí sacar la pistola por si acaso. Ahora los pasos se dirigían hacia mí. Cogí un camino alternativo, no sabía a lo que me enfrentaba. El sonar indicó que se terminaban los túneles, en efecto, en frente de mí había una gran puerta de piedra tallada de forma perfecta, tenía un escudo pintado. Después de una pequeña pausa, me decidí a entrar. Agarré la puerta, estiré de ella y… Nunca había visto nada igual, ¡era una ciudad! Ante mí rascacielos, carreteras, parques… Pero había una cosa que me impresionaba aún más que esa gran urbe, ¡no había nadie, estaba completamente desierta! Ni personas, ni coches, ni animales… Absolutamente nada. Pero entonces unas manos duras y rugosas me capturaron, me dieron un gran golpe, y me desmayé. Al despertar, me encontré atado de manos y pies a un poste. En frente de mí, sentados en dos tronos, unos alienígenas con pinta de topos grandes con rasgos humanos me dijeron:

NARRATIVA / Literatura Infantil y Juvenil

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N A R R AT I VA D E 5 . º A 6 . º D E P R I M A R I A

–Sringfec ordan rosform pikon zep. Entonces lo entendí, ¡no hablaban mi idioma! Intente alcanzar un traductor universal que tenía agregado a la armadura, pero estaba atado. Intenté hacerles señas como pude con la cara. El supuesto rey ordenó a un sirviente que pulsara el botón. Volvió a hablar pero esta vez le entendí: –¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿De dónde vienes?– dijo el alienígena que estaba en el trono más grande. –Me llamo Kevin Mirror, vengo de la superficie y lo que quiero es saber lo que pasa. Pero yo también tengo preguntas: ¿Quiénes sois? ¿Por qué me habéis capturado? ¿Por qué la ciudad está desierta? –Entonces no eres de los suyos. –¡De quiénes!– exclamé, irritado y confundido.

puerta. Mirando por la cerradura entreví a un Bliznak especialmente corpulento, hablando con otros dos. Tenía unos temibles ojos amarillos, capaces de detener a un ejército entero solo de una ojeada, una mirada perdida, furiosa, triste. –Les atacaremos ahora mismo, conquistaremos la ciudad. –Estás muy seguro de ti mismo, –dijo el segundo Bliznak– quizás demasiado. –Dudas de mí, mañana por la mañana toda la ciudad será nuestra. Los Bliznak cogieron ciertas armas, y fueron avisando a todo su ejército. Todos se dirigieron hacia el ayuntamiento, tenían potentes armas, la ciudad no tenía ninguna posibilidad. Volví tan rápido como pude a la ciudad y les informé.

–De los invasores– Su voz temblaba temerosa, con miedo.

–No podemos rendirnos, llamad a todo el mundo, que ataquen con todo lo que tengan, ganaremos, estoy seguro– dijo el rey.

–¿Quiénes son? Os puedo ayudar, soy caz… Guardián galáctico –rectifiqué antes de que se pudieran asustar– Aunque ahora me gustaría charlar con vosotros, y de paso, habladme de esos invasores.

Los invasores se acercaron, los ciudadanos fueron a la carga, mucha gente caía al suelo derrotada. Ellos eran más, pero nuestra fuerza de voluntad bastó para ganar la batalla. Ya solo quedaba el último, el jefe, él.

Después de una larga conversación, me informé. Me contaron muchas cosas: eran los «Bliznak», los invasores eran antiguos ciudadanos rebelados… Al parecer, nadie se atreve a salir a la calle, por si aparecían. Les prometí que les ayudaría con los invasores. Decidí que empezaría por investigar un poco. Curioseando encontré unas huellas y, al seguirlas, descubrí un extraño castillo. Tenía que pensar una estrategia, podía infiltrarme, confiando en que nadie me viera, podía hacerme pasar por su aliado, o el estilo Kevin Mirror: improvisar. Por supuesto, elegí el último. Lancé un «telegancho» a la ventana. Al entrar, encontré un larguísimo pasillo. Al final, descubrí una gigantesca

–Me convertiré en rey aunque tenga que luchar yo solo. –Pero, ¿eres tú?, Xaiskar, ¿en qué te has convertido?– dijo el rey con cierto aire de tristeza. Xaiskar empezó a recordar, cuando era pequeño, cuando jugaba en su tierra, se había convertido en un ser malvado. Entonces paso algo extraño, sus ojos empezaron a volverse azules, un azul puro; se estaba volviendo bueno. –Me siento, me siento bien. ¡Sí! ¡Me siento bien! Y así es como el bien triunfó sobre el mal, la luz sobre la oscuridad.

Joaquín Casas 4.º PRIMARIA CRA LUIS BUÑUEL (SANTA ANASTASIA)

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Literatura Infantil y Juvenil / NARRATIVA


Á G O R A

Casilda Trata de una gatita que llego un día de verano a un pueblo del Prepirineo en una caja de cartón. Cuando la sacaron de la caja pudieron contemplar que era una gatita de raza siamesa. Tenía unos preciosos ojos azules, el pelo corto y marrón y una cola corta y lisa. Al principio estaba muy nerviosa e intentaba escaparse y en uno de sus intentos lo consiguió. Estuvo dos días desaparecida. Todos la llamaban, la buscaban por la casa; pero nada. Todos pensaron que había muerto, pero en realidad la muy pilla se había escondido en el granero de la vecina. Cuando tuvo hambre, salió de su escondite y volvió a casa. Los dueños muy contentos le prepararon: agua, leche, pan… ¡Todo un festín! Ellos se preguntaban cómo se llamaría la gata, hasta que una de las hijas decidió que se llamaría Casilda. Casilda fue creciendo poco a poco. Una de las cosas que más le gustaba hacer era colarse en las habitaciones, después se subía a la cama y metía entre las sabanas, y además estaba pendiente de que cuando abrieran la nevera le dieran algo de comer, sobre todo embutido. Cuando aprendió a cazar perseguía a los ratones, los subía en la boca a la cocina para que sus dueños vieran su caza, a continuación jugaba con ellos, los arañaba y por último los mataba.

También le gustaba trepar por las higueras y cazar pájaros por la noche. Era muy ligona y los gatos maullaban fuerte detrás de ella. Tuvo muchos gatitos pero no era cariñosa como madre y enseguida los abandonaba entre las ropas viejas donde paría. Era una gata independiente y peleona. Cuando se le acercaba un perro o un gato ella en vez de salir corriendo se ponía en plan en plan ataque. Su cuerpo se levantaba y su cola se erizaba, era tan fuerte que les dejaba marcas de sangre hasta que el perro o el gato huían. Un día sus dueños decidieron cambiarse de casa pero ella se quedó en una pequeña caseta. Cuando oía el ruido del coche y los pasos de sus dueños, ella salía a buscarles porque sabía que le traían agua y comida. Los vecinos también estaban pendientes de la gata. Los años fueron pasando y ella también envejecía: su pelo se caía, pero al final tuvo fuerza para traer un último gatito al mundo. Con mucho esfuerza ella le amamantaba. Sus dueños regalaron su último gatito que pusieron de nombre Shia. Pero un día de frío invierno no tuvo fuerza para resistir y murió. A sus dueños les dio mucha pena la muerte de Casilda ya que había sido una gran compañía agradable para todos.

María García Campos 5.º PRIMARIA CEIP RECTOR MAMÉS ESPERABÉ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

NARRATIVA / Literatura Infantil y Juvenil

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N A R R AT I VA D E 5 . º A 6 . º D E P R I M A R I A

Versos de palacio Esto era una princesa que lo tenía todo, pero siempre estaba triste. Al verla siempre triste los reyes, la llevaron al médico para saber lo que le ocurría a su hija. Ya en el hospital, pasaron a la consulta del doctor Pepinillo, el médico de la familia real. El doctor Pepinillo la examinó y después de realizar todas las pruebas médicas exclamó: –¡La princesa no está enferma! Solo necesita un amigo para poder ser feliz, y sentirse mejor. El rey extrañado preguntó: –Y… ¿Dónde se compra un amigo? El doctor Pepinillo le respondió: –No se puede comprar la amistad, pero se puede conseguir: Pero, como todo el mundo sabe, se puede ganar; solo se tiene que encontrar una persona que sea parecida en los gustos de la princesa. –Muchísima gracias, doctor Pepinillo– se despidió el rey. Los reyes y su hija montaron en el carruaje y regresaron a palacio. Una vez allí, el rey mandó traer a Alex, el caballero más famoso del reino, al que encargó traer al poderoso mago Jerek. Alex partió a la búsqueda del famosísimo mago Jerek. Aunque pocas personas habían visto a Jerek y Alex no sabía lo que se iba a encontrar… Alex llega a París Alex salió de palacio y montó sobre su yegua, llamada Troya, y se dirigió hacia París. Al mismo tiempo que Alex se alejaba a toda velocidad de palacio, los reyes mandaron a los bufones reales a hacer reír a la princesa, y, aunque los reyes mandaban bufones y más bufones a la habitación

de la princesa, no la hacían reír. Entretanto Alex llegaba a París, ya estaba cruzando la frontera que había entre el reino que él vivía y Francia. Dos horas después ya había alcanzado París, pasó por los grandes edificios de las óperas parisinas en las que los ricos pasaban el rato. En París tuvieron un problema, porque Troya se había comido el bolso de una señora gorda con un humor de perros. A lo que llegaban a la vivienda del mago, se les había hecho de noche y debían encontrar un lugar donde pasar la fría y oscura noche. Al final, tres horas y 22 minutos después, encontraron una posada en la que vivía uno de los numerosos primos de Alex: Rocko Romeo, un hombre rico de buen origen. Rocko les dio cobijo y una buena cena. Cuando amaneció, Alex siguió con su misión.

La llegada de mago Al fin, después de dar la vuelta al mundo sin darse cuenta y llegar de nuevo al palacio, Alex gritó: –¡Pero bueno! ¿Cómo he llegado yo hasta aquí? Y de esto se sacó esa teoría de que la tierra es redonda. Alex fue a palacio y al entrar vio que Jereck estaba en el palacio tomando el té con la reina. Jereck saludó a Alex amistosamente, acto seguido fueron al cuarto de la princesa para hacerle feliz. Jereck sacó su varita y con unas cuantas palabras mágicas hizo aparecer a una china de la misma edad que la princesa. Desde aquel día la chica china y la princesa fueron muy amigas y así la princesa fue feliz para siempre, y descubrió la verdadera amistad.

Gemma Arasco 4.º PRIMARIA COLEGIO NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Infantil y Juvenil / NARRATIVA


Á G O R A

Chiara y su tesoro Había una vez una niña llamada Chiara, que tenía un tesoro por lo mucho que había ahorrado. Había llegado incluso hasta mal vivir por no gastar. Un día Chiara fue al parque de atracciones con sus padres. Cuando llegaron, Chiara no se quería montar en nada porque valía demasiado para permitírselo. Aunque ella quisiera montarse en alguna atracción, su impulso de ahorrar reprimía sus ganas. Cuando era la hora en la que se tenían que marchar a casa, fue al baño y la secuestraron dos hombres tontísimos. Se llamaban Ton y To, e iban de parte de un rey llamado Hermenegildo, que era inteligente y a la vez tonto porque estaba cegado por su egoísmo y avaricia y se había enterado del tesoro que poseía Chiara. Se la llevaron al castillo del rey. Intentaron hacer que confesara el lugar donde estaba escondido el tesoro, pero Chiara no decía nada. Al rey se le ocurrió una idea que fue tratar a Chiara como una princesa para que confiara en el rey y le dijera dónde estaba escondido el tesoro y así lo hizo. Para conseguir esto pensó regalarle un maravilloso perfume. Después de diez minutos, la madre de Chiara vio que no estaba en el baño, se preocupó, y llamó a la policía. Los de la policía buscaron a Chiara por todas partes de la ciudad donde vivían; también pasaron por el castillo del rey Hermenegildo, pero, como no entraron al castillo, no la vieron. Al cabo de unos meses, la familia de Chiara perdió la esperanza de volver a ver a la niña. En cambio, Chiara se lo estaba pasando como de ensueño. Sin darse cuenta ya era ¡NAVIDAD! Y entonces fue el momento en que Chiara quería estar con su familia, pero él no la dejaba salir a nada. Cuando sea de noche y todos estén dormidos escaparé, pensaba Chiara.

A las doce de la noche se despertó y ató las sabanas para poder bajar y escapar, pero, al llegar abajo, los perros del rey la olieron por su perfume y empezaron a ladrar, despertaron al rey, que bajó sobresaltado por el susto y volvió a capturarla. Luego, Hermenegildo la castigó por su comportamiento sin perfume y ella en vez de estar triste estaba contenta, porque sin perfume los perros no podrían detectarla tan fácilmente y así volvería por fin a ver a su familia, pensó. Pero, cuando estaba en el patio y a oscuras, no vio las múltiples trampas que el rey había preparado, suponiendo que Chiara volvería a intentar escapar. Y… ¡Chiara cayó en una de las trampas! Saltó la alarma, pero esta vez Hermenegildo llevaba tapones y no se había enterado. En cambio, Ton y To sí la oyeron, pero, como eran muy vagos, se quedaron durmiendo e hicieron la vista gorda. Fue entonces cuando Chiara consiguió salir del castillo del malvado rey. Al cabo de unos pasos, Chiara se entristeció pues el rey iba a pasar las navidades solo y no contaba con Ton y To por la estupidez de ambos, así que fue al lugar donde estaba su tesoro y le dio un cuarto a Hermenegildo, que se puso contentísimo. En ese momento el rey comprendió el sufrimiento de Chiara y la bondad de su corazón y ordenó a Ton y To que la llevaran a su casa. Los padres de Chiara se pusieron muy contentos al poder abrazar de nuevo a su querida hija y presentarle al hermanito que había tenido en su ausencia, al que habían llamado Fabio. Cuando Fabio vio a Chiara, le dió una patada y sus padres tuvieron que separarlos. Al cabo de media hora, Fabio ya entendía a la perfección lo que le había sucedido a su hermana, pues era un chico muy listo. Sus padres llamaron a la policía para decirles que dejaran de buscar a Chiara que quien la hubiera raptado la había dejado libre.

NARRATIVA / Literatura Infantil y Juvenil

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Á G O R A

N A R R AT I VA D E 5 . º A 6 . º D E P R I M A R I A

Chiara y Fabio no se llevaban muy bien y parecían el perro y el gato. El rey Hermenegildo se entregó creyendo que era lo correcto; pero después de varios meses en la cárcel y, al estar con delincuentes, pensó que lo primero que haría cuando saliera sería ir a por Chiara. Un día lluvioso con truenos y relámpagos Hermenegildo se escapó de la prisión donde estaba encerrado. El rey, de nuevo en casa, se dio cuenta de que había algo distinto en el castillo y era que alguien se había alojado en él: era otro villano llamado, o que se hacía llamar, Tiburón blanco. Tras presentarse y hablar toda la noche, Hermenegildo le contó la historia de Chiara y decidieron ir a por el tesoro y repartírselo al 50%. Así lo hicieron, pero los pilló la policía; pues estaban alerta ya que Hermenegildo se había escapado y habían oído que se había aliado con Tiburón blanco y planeaban volver a por Chiara. La policía los detuvo y los mando a la prisión donde estuvieron tantos años que se llegaron a olvidar del tesoro de Chiara.

Mi vida en un internado Me llamo Erik, vivo en una pequeña casa a la afueras del pueblo. Vivo con mi madre. Somos pobres. Cuando por la mañana mi madre grita: ¡El desayuno!, yo bajo. Pero una mañana no está. Entran unos señores extraños, desconocidos y se me llevan a una casa con muchos niños. Pregunto por mi madre pero no me responden. En aquel sitio me levantan, me duchan y me dan de comer. A las 10 voy a una sala con una señora. Ella empieza a hablar. Coge una tiza y escribe una especie de garabatos en una pared verde oscura. A las 11 voy a otra sala, esta vez con un señor. Mientras habla escribe otros garabatos diferentes. –Son números –me explica– y yo el profesor –repite. Salgo a un patio y juego con otros niños. Voy a comer a una sala muy grade. Al final del día me voy a la cama, pero antes pregunto a la celadora por mi madre. –Mañana te cuento– me responde.

Bianca Flores Benavente 5.º PRIMARIA CEIP RECTOR MAMÉS ESPERABÉ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

Al día siguiente pregunto a los señores que se me llevaron. –Ha fallecido– me responden. Me quedo tranquilo pues no sé lo que significa. Pasan los años y sigo en ese inmundo lugar. Ya sé lo que significa fallecer. La verdad es que no me gusta nada. Me muestro feliz por fuera, pero muy triste por dentro.

Valentina Silva López 6.º PRIMARIA CEIP RECTOR MAMÉS ESPERABÉ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Infantil y Juvenil / POESÍA


Á G O R A

POESÍA DE 5.º A 6.º DE PRIMARIA

PRIMER PREMIO DE POESÍA

SEGUNDO PREMIO DE POESÍA

La llave

El cielo

La llave de una persona se lleva en el interior, las puertas las abre uno mismo con su cariño y su corazón.

Cuando me levanto por la mañana al rayar el alba me asomo a la ventana.

Lo mismo te abre puertas como las puede cerrar, sin trabajo y sin esfuerzo el candado puedes echar.

Veo avecillas volar en el cielo despreocupadas, tranquilas trinar sin miedo.

Cada amigo es un candado, la llave te puedes ganar, con humildad y nobleza su llave te ganarás.

Por la noche está muy cambiado al color anaranjado sucede un cielo estrellado.

En el amor hay otras llaves a las que debes amar y cuidarlas con cariño y entregarlas de verdad.

En el oscuro firmamento infinitas estrellas de un universo profundo sugieren cosas bellas.

Mario Abadía Berges 6.º PRIMARIA CEIP RECTOR MAMÉS ESPERABÉ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

Cristina Lambán Navasa 5.º PRIMARIA CEIP RECTOR MAMÉS ESPERABÉ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

POESÍA / Literatura Infantil y Juvenil

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Á G O R A

POESÍA DE 5.º A 6.º DE PRIMARIA

OT R O S P O E M A S

Mi abuelo

Los planetas

Paseando con mi abuelo, me tragué un caramelo.

Los planetas son esferas, los planetas son redondos y mi prima los confunde con monedas de oro.

¡Qué susto! Tan genial, casi lo llevo al hospital.

Qué verá mi prima en ellas, quizá sea una estrella, o diamantes o rubíes, o solo un planeta que se pierde por ahí.

Su corazón maduro herí y yo mucho lo sentí.

Aunque yo solo vea una estrella por la mañana en mi ventana brillar, solo deseo que me haga despertar.

Ana Lamarca 5.º PRIMARIA CEIP FERRER Y RACAJ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

Sara Corral Cativiela 5.º PRIMARIA CEIP RECTOR MAMÉS ESPERABÉ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

El mar Cada vez que miro el mar me dan ganas de nadar. Por la noche en el mar duerme tranquilamente el calamar. Los peces bailan por la mañana en el río que pasa por la montaña ¡Caballito de mar si pudieras cabalgar!

Izabella Kadár 6.º PRIMARIA CEIP FERRER Y RACAJ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Infantil y Juvenil / POESÍA


Á G O R A

La playa Cada vez que miro el mar, me dan ganas de nadar, saltar y brincar. Me gusta jugar con las olas y buscar caracolas. Colocar la sombrilla y pasear por la orilla. Enterrarme en la arena e imaginarme ballenas.

El mar y mis sentidos

Coger pececitos y construir castillos.

El sonido de la mar, es como música para mis oídos.

Ponerme morena, jugar en la tierra y volar la cometa.

Pero eso es a la noche, duermo, con el mar en mis sentidos. La arena, en la playa, bien áspera y fina. Yo recostado al atardecer veo el sol casi dormido.

Gema Pérez Martínez 6.º PRIMARIA CRA MONLORA (PIEDRATAJADA)

¡Qué bonito el color del cielo reflejado en mis ojos! Naranja, amarillo, fuego, el color tan bello del cielo.

Guadalupe Garino Cometto 6.º PRIMARIA CEIP FERRER Y RACAJ DE EJEA DE LOS CABALLEROS

POESÍA / Literatura Infantil y Juvenil

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N A R R AT I VA D E 1 2 A 1 5 A Ñ O S

PRIMER PREMIO D E NA R R AT I VA El futuro de Ágora está en las manos de estos aprendices en el oficio de escribir. En este número se ha vuelto a incrementar tanto el número de colaboraciones como la calidad de las mismas. En ellas, ya sea en prosa o en verso, podremos paladear cómo la palabra, con mayúsculas, va llenando cada rincón de su particular universo sentimental y literario. Unas veces nos parecerá inventado, otras no, pero...qué más da. Lo importante es que cada uno de estos jóvenes escritores va buscando su propio yo narrativo o poético en todos y cada uno de los renglones que posa sobre el papel. Seguro que la mayoría de los que aquí presentamos lo encuentra, pues desparpajo, soltura o buen gusto no les falta. Eso sí, en un estilo y temática muy variopintos. De todos modos, la mejor manera de averiguar la verdad de estas palabras es acudiendo a saborear la lectura de este exquisito manjar. Damos fe.

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Literatura Juvenil / NARRATIVA

Suspiros de una mariposa Un suspiro. La cadena. Un escupitajo. El agua viajando por las cañerías. La cisterna llenándose. Un pañuelo restregándose contra la piel. Un sollozo. Un cuerpo deslizándose por una pared de baldosines. Instituto Ramón y Cajal. Segunda planta. Baño de alumnas. Tercer cubículo a la derecha. La taza del váter abierta. Una chica sentada en el suelo. La saliva que se desliza por la comisura de su labio se funde con una lágrima que acaba de caer de sus ojos tristes. Suena el segundo timbre. Elimina de su cara los últimos restos que la delatan con ayuda del mismo pañuelo en el que ha escupido. Tira el papel a la basura y sale. Frente al lavabo se encuentra Rebeca, su mejor amiga; antes de que esta tenga tiempo de hablar, «oye, llego tarde a clase» y el susurro desaparece por la puerta. Rebeca sigue observando la puerta ahora cerrada. Entra en el servicio del que acaba de salir su amiga. Aunque ella ya lo sabe, quiere confirmarlo. Coge el último clínex que ha sido arrojado a la basura. Restos de saliva y grumitos de pan de molde y salami. Lo ha vuelto a hacer, ha vomitado el almuerzo. Siente cómo las miradas de sus compañeros de clase se le clavan en su espalda como cuchillas. La señalan, se ríen, murmuran. A su lado, en el silencio de la clase, Rebeca la mira con tristeza. Ella sigue oyendo los murmullos y las risas. Para tranquilizarse, comienza a dar golpecitos bastante sonoros con el bolígrafo sobre la mesa. Se oye un susurro de la profesora: «para una clase en la que todos estábamos en silencio...», ¿silencio?, ¿es que la profesora está sorda? Ella sigue oyendo las sonoras carcajadas. Se ríen de ella, de su aspecto, como siempre. Un papelito cae sobre su mesa; cuidadosamente lo abre y lee su contenido: «¿Qué te pasa?». Es una nota de Rebeca.


Á G O R A

«¿No los oyes? Murmuran, se ríen, me miran». Rebeca lee extrañada y contesta: «¿Quién?». Ella la mira, como si la respuesta fuera lógica. «Todos. Se ríen de mi aspecto». Rebeca contestó rápidamente: «¿Cómo pueden reírse de tu aspecto? Tan solo pesas 40 kilos. No digas que estás gorda, es más, estás muy delgada». «Mentira. ¿Tú crees que es normal pesar 40 kilos y medir 1,60 de altura?». El timbre. Fin de las clases. Nadie la comprende. Bueno, Rebeca lo intenta, aunque lo que dice no importa. A ella no le importan los números, ¿qué más da que la báscula marque 40 si el reflejo de su cuerpo se sale del espejo? Cuando llega a casa, tira la mochila con desgana y entra en la cocina. El apetitoso olor que desprende el plato que se encuentra encima de la mesa se le introduce en las fosas nasales. Canelones, sus favoritos, ¿qué le va a pasar por una vez?, ¿es tan malo si un día no va al baño después de comer? No. Ella, hoy, cree que no. Come despacio, saboreando ese manjar que ella misma se ha permitido comer sin arrepentirse más tarde. Se deja la mitad del plato, más por remordimiento que por sentirse llena. «Solo una vez», se dice. «Nunca más». Ha quedado con Rebeca en el parque. Oye a los viandantes reírse de ella. Intenta ignorarlos tarareando una suave canción por lo bajo. De repente, choca contra algo. No, no es algo, es alguien. Es un chico, pero no es un chico cualquiera, es ÉL. Ambos han caído al suelo, ella encima de él. Él sonríe mientras se levanta y ofrece su ayuda a la chica. Ella, horrorizada, no dice nada y corre. ¿Cómo ha podido ser tan torpe? Seguramente ahora él esté pensando que casi lo aplasta. Entra en el primer bar que encuentra, recorre los últimos metros que la conducen al váter y hace lo que debería haber hecho antes de salir de casa. Se mete los dedos índice y corazón por la boca hasta llegar a la garganta y, tras una arcada, comienza a vomitar los canelones. «Solo una vez, ¡mentira!», se dice a sí misma. Ya se encuentra en el parque cuando Rebeca la ve: «¿Por qué lloras?». «Me he caído encima de

él. Seguro que ha pensado que menuda foca», contesta ella mientras se seca las lágrimas. «¿Por qué crees eso?». «Se ha reído de mí, descaradamente. Es como todos. Todo el mundo me pisotea, ¿acaso soy un insecto?». «¿Sabes qué te digo? Que sí, eres un insecto, pero no un insecto cualquiera. Eres una mariposa. Bueno, ahora eres una débil oruguita, pero algún día saldrás de tu crisálida y volarás. Volarás tan alto que todos te parecerán hormiguitas», dice Rebeca regalándole una sonrisa. «Gracias», contesta ella a punto de llorar de emoción. «Pero para tener la suficiente fuerza para volar debes olvidarte de los baños, de las voces y de las risas». «No creo ser capaz. Es que... me siento mal si no lo hago. Me siento gorda, me arrepiento de comer y vomito», contestó ella triste. «El día en que consigas no entrar al baño para otra cosa que no sea para lo que está destinado volarás». Rebeca tiene razón, siempre la ha tenido. Sería la mejor forma de salir de la crisálida, pero, con la imagen de su desnudez ante el espejo y las risas de los demás en sus oídos, ¿será capaz? Tercera vez que está en el médico en lo que va de mes y apenas llevamos dos semanas de mayo. Hace tres semanas que habló con Rebeca y, aunque lo intenta, los remordimientos le pueden. Siempre termina vomitando y tanta pérdida de nutrientes esenciales pasa factura. El médico habla sobre la enfermedad que dice que tiene. Ella suspira. Su madre se seca una lágrima. Ella vuelve a suspirar. Sabe que hace sufrir a su madre, a Rebeca... pero, sobre todo, a ella misma. Tanto sufrimiento junto no le gusta, tiene que hacer algo. Va a hacer algo. 18 de mayo del 2007, ha tomado una decisión. Todo se va a acabar: sufrimientos, frustraciones... todo. Hoy lo hará y, por fin, acabará todo. Segundo recreo. Rebeca se encuentra sola en el banco que siempre comparte con su amiga, ¿dónde estará? No, vomitando no. Se lo ha prometido. El timbre. Antes de entrar en clase, Rebeca necesita ir al baño. Primer cubículo a la derecha. Roto. Segundo, manivela atrancada.

NARRATIVA / Literatura Juvenil

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N A R R AT I VA D E 1 2 A 1 5 A Ñ O S

Tercero, nadie abre. Da un golpe en la puerta y nadie contesta. Otra vez, nada. Mira por debajo de la puerta a ver si hay alguien. Horror. Su mejor amiga está con la cabeza metida en la taza del váter e inmóvil. Histérica y preocupada, Rebeca le da una patada a la puerta. Dos. Tres. La puerta cede y se abre. Rebeca incorpora a su amiga y comienza a darle manotazos en la cara. No reacciona. Le toma el pulso. No tiene. Chilla y llora. «No me dejes», le pide a su amiga. Por unos instantes posa su mirada en una inscripción escrita en la pared con rotulador permanente, el mismo que cuelga de los dedos sin vida de su mejor amiga. Decenas de personas, todos la conocían. Todos de negro. Todos llorando. Todas las vistas clavadas en el mismo sitio, un ataúd, haciéndose la misma pregunta: ¿por qué? Rebeca lo sabe, aunque le gustaría desconocerlo. No preguntó cómo lo hizo. Nunca quiso saber cómo se suicidó su mejor amiga y nunca querrá. 18 de mayo del 2027. Un suspiro. Un sollozo. Un cuerpo deslizándose por una pared de baldosines. Instituto Ramón y Cajal. Segunda planta. Baño de alumnas. Tercer cubículo a la derecha. Una mujer sentada en el suelo. 20 años después, en el mismo instituto, en el mismo baño, en el mismo suelo, se encuentra Rebeca llorando. Se había prometido no hacerlo, pero un comentario de uno de sus alumnos en el momento indicado ha hecho que perdiera los estribos. Es el primer año que da clases en el instituto de su juventud y aún no había tenido el valor de entrar ahí. Hoy ha explotado. Desgastada, pero aún legible se encuentra su último testimonio dedicado a Rebeca, la inscripción en la pared: «Rebeca, ya rompí mi crisálida y, ¿sabes qué?, descubrí que soy una mariposa sin alas». Mientras lee una y otra vez la inscripción, Rebeca lo recuerda todo: su última risa, su último sollozo, su última palabra... su último suspiro.

Marina Viñerta Tomás 4.º ESO IES REYES CATÓLICOS DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Juvenil / NARRATIVA


Á G O R A

SEGUNDO PREMIO D E NA R R AT I VA

Manjit La ciudad rebosa tranquilidad. Los primeros rayos del sol envuelven las desiertas calles de Kirkuk. Manjit, una hermosa joven de ojos profundos, se dispone a partir. La maleta pesa en la mano y su decisión en el corazón; pero nunca lo entenderán, está harta de que su vida valga la mitad que la de un hombre, harta de ver tanta desigualdad, tanta injusticia… Todo comenzó hace apenas siete meses, esa tarde había quedado con sus amigas para hacer unas compras y una de ellas traía acompañante, su primo, un chico guapo, alto, de cabello oscuro y ojos almendrados. Su piel morena contrastaba con la albura de su sonrisa. Su nombre era Rahim, había venido del poblado de Bahzan para visitar a su familia. La tarde transcurrió entre tiendas, risas y miradas de complicidad, nunca había sentido nada parecido, era inteligente, perspicaz, divertido… Mantuvo el contacto con él aunque la distancia complicaba las cosas y finalmente sus padres acabaron enterándose. Manjit sabía que jugaba con fuego puesto que Rahim pertenecía a la escasa minoría religiosa yazidí. Su familia jamás consentiría que estuvieran juntos, pero lo que ambos sentían era tan verdadero y fuerte como el aire destructivo de un huracán, nada los detendría. Ahora, tras haber tomado la decisión, se encuentra recorriendo a paso ligero las calles de su querida ciudad. En su habitación unos padres envueltos en cólera leen el destino que su hija ha elegido. La estación se levanta imponente en el

horizonte. Manjit tiene el billete entre las manos, un trozo de papel que le conducirá hacia una nueva vida, una que no esté marcada por crueles tradiciones ni llena de prejuicios. El tren irrumpe en el andén, los pasajeros descienden y apresurados buscan a sus familiares que les reciben con un cálido abrazo. La joven enamorada coge su maleta y se dispone a embarcar cuando, de repente, un fuerte tirón le hace retroceder. Pesadamente cae al suelo y asustada levanta la vista. Allí enfrente está su padre, seguido de una multitud furiosa que la mira con odio y rencor. Sin apenas posibilidad de escapar, cuatro corpulentos brazos la agarran por detrás. Los guardias contemplan la escena, simples problemas de familia, piensan. Está acorralada. Sabe lo que le va a suceder, el peor de los sufrimientos, la peor de las torturas. La joven Manjit fue encontrada a la mañana siguiente en un descampado. La mitad de su cuerpo que no estaba enterrado mostraba una crueldad desgarradora. Su propia familia, su misma sangre… Activistas de toda la ciudad se manifestaron y, en la cabeza, un joven yazidí lloraba desconsolado. Miles de mujeres mueren de esta forma; las pesadas rocas golpean sus cuerpos con brutalidad, ellas sin posibilidad de defenderse padecen, mueren a manos de gente que no atiende a la razón, al corazón.

María García Aznárez 4.º ESO IES CINCO VILLAS DE EJEA DE LOS CABALLEROS

NARRATIVA / Literatura Juvenil

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N A R R AT I VA D E 1 2 A 1 5 A Ñ O S

OT R O S R E L ATO S

Saber valorar, valorar el saber No, no eran mis pasos los únicos que se oían en el agrietado suelo de madera de la vieja mansión. Esa mansión por la que todos hemos pasado tantas veces, pero nadie se ha llegado a preguntar quién podía ser su dueño, o su utilidad…o simplemente qué era. Se había bautizado como la vieja mansión de la calle de Lisboa, pero… ¿qué era en realidad? Éste era hoy mi objetivo, descubrir algo más de esta mansión, pero veo que no soy el único. Podría haber venido con Steve, sí, ha sido un grave error venir solo, pues no soy el único bajo este techo, y temo lo que pueda pasarme. Mira, voy a ser valiente, ya tengo 12 años, mi madre me dijo que si comía muchas legumbres me pondría muy fuerte y, la verdad, me encantan las legumbres. Además ayer, cuando salí de la ducha, me miré en el espejo y comprobé que los 15 abdominales diarios se empiezan a notar. Sí, creo que soy lo suficientemente fuerte como para enfrentarme a él, así que no me esconderé. Esperaré aquí sentado. La espera se hace eterna. No puedo más. Llevo aquí más de media hora y los pasos siguen oyéndose. Tengo que bajar y enfrentarme yo mismo a lo que provoca mi miedo. Una, dos, tres escaleras…las piernas me tiemblan más que nunca. El sudor frío empieza a caer por mi cara, pero he de ser valiente. Cuatro escaleras, cinco, empiezo a ver unos zapatos marrones. Parecen de alguien importante. Seis, siete, ocho peldaños…Son pocos los que quedan y ya puedo apreciar a un hombre con traje gris leyendo unos viejos documentos. Tengo que seguir bajando. He llegado hasta aquí y no puedo retroceder sobre mis pasos. Tiembla todo mi cuerpo, nunca había pasado tanto miedo, y además me

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Literatura Juvenil / NARRATIVA

pica la nariz… ¡maldito resfriado! No, ahora no,… ah, ah, ¡hachís! El hombre ha dejado el papel. Me ha oído, es evidente. ¿Qué hago? Nada. He dicho valentía ¿no? El hombre se acerca a las escaleras. Está tranquilo. Viene con paso lento. Por fin puedo ver su cara. Es un hombre alto y delgado, de unos 55 años. Su pelo es blanco y repeinado. Intercambiamos una mirada durante unos segundos pero,… finalmente se decide a hablar, sorprendentemente con una sonrisa. Me pregunta si yo estaba aquí por la curiosidad que esta vieja mansión causa. Tengo la sensación de que me esté leyendo el pensamiento o algo parecido. El hombre sigue interrogándome. Me pregunta por mi nombre y mi edad. Me ha dicho que soy muy joven como para haber tenido la iniciativa de investigar y descubrir, y que eso estaba bien. Estoy confuso. Estábamos aquí por lo mismo. Se llama David, tiene 52 años y lleva viniendo a esta casa 4 años, -¡Y yo que pensaba que era el único!- Pero mis suposiciones no estaban tan erradas, pues David me ha afirmado que somos los dos únicos interesados. Me ha hecho un resumen de todo lo descubierto por él hasta el momento, me ha propuesto que nos asociemos y seguir investigando juntos. La verdad, era muy buena idea, pero no estaba seguro. No conocía de nada a ese hombre, pero acepté. Al parecer, aquel palacio pertenecía a la sobrina de la reina de Escocia, en el siglo XVII. Paso por manos de cinco generaciones de la familia Campbell, hasta la joven Marie Campbell, que murió a los 21 años sin descendencia y dejando la casa sin propietario.


Á G O R A

Nadie se había atrevido a ocupar aquella residencia, probablemente por la inscripción de la puerta: «LA LLAVE DE ESTA MANSIÓN ES LA REALEZA EN EL CORAZÓN.» Su interpretación era evidente, pero nosotros no le dimos importancia. Bueno, es suficiente por hoy. Es tarde y he de irme a casa. No he pegado ojo pensando en la maldita mansión, pero ya estoy aquí con David y ha llegado el momento de continuar investigando. David ya me ha enseñado una serie de manuscritos que datan del siglo XVIII, y que parecen testamentos, la mayoría de ellos. También hay alguna carta, títulos de nobleza…He leído alguno, como el testamento de Claire Campbell, donde dejaba en herencia a su hijo Frederic varios bienes, incluida otra mansión en el sur de Escocia. Esto parece interesante. Le he preguntado a David por qué no ha enviado todo esto a los medios de comunicación o a algún museo, pero no ha querido responderme. La verdad es que el comportamiento de David a veces es un poco extraño. Qué digo, ¡todo esto es extraño! Un hombre de 52 años con un chico de 12, investigando en una mansión propiedad de la familia de los Campbell, una de las familias más importantes en la historia de Escocia. Pero bueno, no hay tiempo de ponerse a pensar. Ahora subo con David a la primera planta, me ha dicho que quería enseñarme unos mapas antiguos. Son mapas de la zona norte de Europa, en especial de Gran Bretaña y otros que me han llamado la atención del norte de Italia, este de España y sur de Francia.

Eran ya las 12:30. David tenía que marcharse, pero yo decidí quedarme un rato más. Estuve ojeando la casa por encima. Los muebles, la decoración…y recuerdo que me llamó la atención, en particular, un cuadro que estaba colgado en la entrada. En la imagen aparece una mujer de mediana edad, ataviada con un vestido azul y tumbada en una cama, posando para el pintor con rostro serio. Era una mujer bella, la señora de la casa, supongo. Pero no era aquella mujer lo importante de la imagen: la primera curiosidad era el anonimato del cuadro, no tenía firma. Descuelgo el cuadro y le doy la vuelta, para comprobar si la firma estaba detrás, pero lo único que hay detrás son una serie de líneas discontinuas haciendo un dibujo agradable sobre el marco. Paso mi mano por encima y noto algo en el interior. Ansioso, cojo mi navaja multiusos y corto por las líneas, completando el dibujo. Descubro la cavidad del marco. Hay tres planos ocultos. Son planos de la mansión, uno de cada planta. Algunas de las habitaciones están marcadas en el plano de forma muy llamativa. Sin dudarlo, me dirijo a esos lugares. He contado hasta 5 localizaciones. En mi primera parada encuentro un manojo de llaves. En la segunda hay un viejo armario, el cual intento abrir. Meto una llave, no abre. Pruebo con la segunda, nada. Finalmente es la quinta la que abre el armario. En el interior encuentro una cifra escrita en un papel: 1669. Memorizo el número y voy a la próxima marca de los planos. La tercera se encuentra ya en la segunda planta y señala el centro de una habitación. Entro a la habitación, es realmente elegante y lujosa. Me dirijo al punto exacto señalado en el plano. Bajo mis pies se encuentra una bonita alfombra roja, con adornos dorados. La levanto y

NARRATIVA / Literatura Juvenil

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encuentro un falso suelo. Me impresiona ver que se necesita contraseña para poder acceder. Pruebo la cifra anterior ¡Bingo! La he abierto. La sala es muy fría y su contenido en muebles escaso, hay muchísima humedad, voy a una estantería de libros muy ordenados, en la que solo existe un hueco. Pienso un poco y decido ir a la siguiente habitación. Es la biblioteca y esta señalado un baúl junto la ventana, lo abro y encuentro un texto recortado de un libro con algunas letras resaltadas: «Las piedras del camino rebotaban/en las pezuñas del caballo ruidosamente,/debido a la rapidez que este llevaba, por/la locura del jinete al montarlo.» Estas letras formaban dos palabras: LIBRO ROJO. Me quedo con esta frase y subo a la buhardilla, donde está la última marca. Allí está tirado en el suelo, junto a otros libros, pero es el único rojo. Su titulo: Locuras de la II Guerra Mundial. ¡Locuras de la II Guerra Mundial, es imposible! ¡Nadie ha entrado en esta mansión desde hace dos siglos, y tan solo hace medio que acabó la II Guerra Mundial! Ansioso y boquiabierto, lo abro y encuentro una serie de manuscritos. Al parecer se trata de un diario de un creyente judío muy importante. Pero si es… ¡Winston Churchill! El primer ministro británico en el año 1940. No puede ser. Los escritos cuentan la vida de Churchill durante la II Guerra Mundial, mientras habitó este refugio que el mismo construyó. Esto es increíble. ¡El primer ministro británico tenía algún antepasado judío! Esto es de demasiada importancia. Telefonearé a David, o bueno… ¡esta información tiene que costar millones! Llamaré a mi tío Frank, que trabaja en Scotish TV, y me aconsejará lo que debo hacer.

Mi tío Frank considera que ésta es una información muy importante, y quiere emitirla en televisión ¡podría hacerme rico!, ¡me pagaran 650 £! No lo pienso dos veces. Dejo la información en sus manos. ¡Con ese dinero podré comprarme la nueva consola! Mañana he quedado con David en la mansión, tengo que contarle todo esto. Son las 16:02, David está esperando. Le noto enfadado, aún así le pregunto si sabe algo de lo ocurrido. Él me recuerda todo el tiempo que llevaba investigando aquella mansión. Era difícil asimilar que alguien pudiera descubrir algo de tanta importancia en tan poco tiempo. Se le había escapado mirar en aquel cuadro de la entrada. A él nunca le había llamado la atención. Acto seguido, me recuerda la promesa realizada el primer día que nos conocimos. ¡La promesa! Es cierto, debería haber hablado con él antes. Pero ahora ya está todo hecho. La casa ahora estaba llena de cámaras y medios informando al país. Mi comportamiento no había sido digno de un compañero de equipo. A pesar de todo, se despide de mí con una sonrisa y estas palabras: «Albert, eres un niño de 12 años con ganas de investigar y descubrir. Solo quiero advertirte una cosa, algo que si sigues con esta afición aprenderás con el tiempo y te hará recordar el día de hoy. Debes saber que es mucho más importante todo lo que yo he conseguido en estos cuatro años que las 650 £ que te han pagado. Estoy seguro de que esto te servirá de mucho. Mucha suerte en tu carrera como detective, pero ten mucho cuidado.»

Daniel Liso Alastuey 3.º C ESO IES REYES CATÓLICOS DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Juvenil / NARRATIVA


Á G O R A

La última carta de Lissete Grosvenor Lyon, Francia, 22 de enero de 1852 Siempre soñé estar frente a tu voz y tener el suficiente valor para contarte lo que ahora escribo, lo último que dejaré escrito… Ahora, lo único que tengo delante de mis ojos es una pluma, un tintero, papel y una copa con veneno. Sé que, si no lo hago yo, tampoco tardaré mucho en morir, puesto que fuera hace días que estalló la guerra. He estado escondida todo este tiempo, me sustentaba de algunas hierbas silvestres y de lo que podía robar en el mercado, podía nutrir con ello mi estómago, pero no podía alimentar mi corazón. Carezco de hálito y ganas de vivir, pobre de espíritu, pero rica en cobardía y ahíta de mentiras es como he vivido todos estos años. Me he vuelto una ermitaña, no tengo vida social, no tengo vida… La verdad es que somos polos totalmente opuestos, los extremos de un imán, dicen que los contrarios se atraen, ¿no? No me gusta usar palabras como siempre y nunca, pero creo que en este momento debo hacerlo, ya que intuyo que nunca más te volveré a ver. Si encuentras esta carta, guárdala para siempre, nunca se la enseñes a nadie. Mi conciencia siempre estará tranquila sabiendo que tú la recibiste. No quiero perdurar en tu memoria, no quiero persistir en tu corazón.

Oigo disparos, balas que salen de un trozo de acero destinado a matar, destinado a fomentar la violencia; no creo que tarden mucho en entrar aquí, por eso debo darme prisa en escribirte. Antes tenía miedo, tenía miedo de que los soldados entrasen y me raptasen, pero ahora, ahora que te escribo, estoy tranquila porque me siento a tu lado, aunque son muchos los kilómetros que nos separan, una gran distancia. La razón de escribirte en mis últimos momentos es para que, cuando leas esto, sepas de mi muerte y, aunque estemos prometidos, quiero que rehagas tu vida. Es tanta la presión que siento en estos momentos que mi corazón quiere escapar, pero mi conciencia lo detiene, aunque sabe que no por mucho tiempo podrá reprimirlo, ya que es conocido como corazón sincero e indomable como un corcel salvaje que nunca sacia su sed de galopar y de aparentar ser fuerte, algo que no es. Podría ocultar mis sentimientos en mi cobardía, pero de eso me arrepentí ya muchas veces. El hecho es que estoy aquí, pluma en mano y con el corazón en un puño, agobiada entre cuatro paredes, padeciendo agonía, perdiendo la cordura… En realidad, te escribo para que tengas un recuerdo mío para siempre, aunque sea un trozo de papel, pero el verdadero significado de la carta es que te olvides de mí; no quiero que cada mañana al despertarte te acuerdes de que ya no existo, que fui un fugaz destello en tu vida, que todo pasó tan rápido… Normalmente, la gente no se suele enamorar a tan tierna edad como la mía, pero siempre hay una excepción que confirma la regla, esa soy yo, ya que iría al fin del mundo por ti; dentro de poco es

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El niño volador

lo que sucederá cuando me tome esa copa cuyo líquido es mortal; siempre eras el primer pensamiento al despertar, ahora, simplemente serás «el último». Sigue trabajando tanto como hasta ahora. Si en verdad me quieres, entenderás lo que deseo; quiero que te enamores de otra mujer, que te cases con otra muchacha a la que veas con los mismos ojos con los que me veías a mí; aunque sientas que me traicionas al hacer esto, me harás feliz sólo porque tú lo serás. No cambiará mi forma de verte, ni mis ojos contemplarán malamente tu figura, esté donde esté; mis ojos solo han mirado por ti; mis manos solo han acariciado tu semblante; mis labios solo han sido desgastados por los tuyos; mi corazón solo ha estado confuso tras tu presencia; solo he bajado la mirada cuando me ofrecías protección entre tus brazos. Tomo la copa en mi mano izquierda, despide un olor muy amargo, tiene un color muy oscuro, podría resumir mi vida una simple copa con veneno; la acerco a mis labios, mis comisuras se empapan del líquido amargo, lo trago y en su camino siento cómo quema hasta mis entrañas; noto cómo zumban mis oídos, cómo se nubla mi vista, cómo se esfuma mi vida, resumida en una copa con veneno…

Iba un día caminando por la calle con mi hermano cuando vimos una bandada de pájaros. Al mirar, él me preguntó: «¿Cómo pueden volar los pájaros?». La primera respuesta que se me ocurrió fue la científica; que si sus huesos son así, que si utilizan las corrientes de aire, etc. Pero pensé una respuesta menos complicada: «Los pájaros vuelan por su deseo de libertad, de no estar atados siempre a la tierra». Se quedó pensativo un rato y, de repente, empezó a volar. Como un ave acostumbrada desde poco después de nacer se elevó y se alejó en dirección al horizonte. Volví a casa, perplejo, y le dije a mi madre que mi hermano se había quedado con unos amigos porque, si le contaba la verdad, no me iba a creer. Antes de cenar, llamaron a la puerta; era mi hermano. Le dijo a mi madre que se había entretenido con sus amigos. Cenamos. Antes de dormir, me contó lo que había vivido. Me dijo que los pájaros no eran tan libres como parecían porque vivían presos de las corrientes de aire y de las decisiones de la bandada. Me contó que cuando un pájaro no tiene fuerzas para volar lo abandonan a su suerte, y lo mismo hacen con aquellos que son diferentes. Todos siguen a la bandada, incapaces de tomar sus propias decisiones… Cuando acabó su relato nos fuimos a la cama y yo me dormí pensando que nada ni nadie es tan libre como parece.

Siempre tuya.

Mario Barrera Bellé 3.º ESO IES SIGLO XXI DE PEDROLA

Lissete Grosvenor 4.º ESO IES REYES CATÓLICOS DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Juvenil / NARRATIVA


Á G O R A

Bajo los escombros Como todas las mañanas Kowa se levantaba, desayunaba, se preparaba la mochila y se marchaba rumbo a la escuela. Kowa es un niño de nueve años de edad, tiene el pelo negro, corto y rizado y es de complexión delgada. Quedaban un par de calles para llegar a la escuela. Kowa se dirigió hacia la esquina en la que se supone que tenían que estar sus dos amigos, llamados May y Rkent. Al llegar, los tres se saludaron con su saludo habitual. Por el camino iban hablando sobre el partido de fútbol que vieron anoche en la televisión. Después de las dos primeras clases, una de Matemáticas y otra de Dibujo, Kowa, May y Rkent fueron al comedor improvisado en el que ya estaban varios estudiantes comiéndose el almuerzo que les había preparado su madre. –¿Nos sentamos ahí?– preguntó Kowa a la vez que señalaba a la mesa de color rojo que estaba junto a la ventana. –Claro– le respondieron May y Rkent al unísono. Media hora más tarde, cuando terminaron de comer, se dirigían a la siguiente clase, pero vieron una grieta en la pared que era más grande que el cuaderno de Kowa. No le dieron importancia ya que sabían que la escuela estaba bastante deteriorada pero no la arreglaban porque no tenían dinero suficiente para pagar a los albañiles que la podrían arreglar. Cuando ya llevaban más o menos veinte minutos de clase, todos los alumnos empezaron a oír el ruido de las paredes al agrietarse. Al principio se oía un ruido lejano, proveniente de la parte de arriba de la envejecida escuela, pero en menos de un minuto ya estaban en la pared en la que colgaba la pizarra. Fuera se oían los gritos de las personas al verse

atrapadas por el repentino hundimiento, los cristales de las paredes se rompieron y el suelo empezó a temblar. Todos gritaban y los profesores mandaron desalojar el aula cuanto antes. –¡Organización! –gritaba la profesora de Kowa. Pero los alumnos no le hacían caso, ni a ella ni a los demás profesores que veían como sus jóvenes pupilos corrían despavoridos hacia la salida. Pero la salida estaba lejos, y el terremoto ya estaba aquí. No había escapatoria. El techo se caía, las paredes se partían por la mitad, los cristales volaban por los aires y los gritos de todos los que estaban en la escuela de Haití iban en aumento. Era imposible reconocer alguna voz en medio de aquel bullicio. Kowa había sido alcanzado por un trozo de cristal que se le clavó en la parte baja del muslo. May tenía varios arañazos y sangraba por la frente. El que se llevó la pero parte fue Rkent, que había sido aplastado por una de las paredes. Cada vez quedaba menos gente de pie, la mayoría había sido aplastada por los escombros, arañada por los cristales o pisoteada por la multitud. Quedaban unos escasos diez metros para poder salir de la escuela y pedir ayuda. Cinco metros más y ya estarían fuera. Al salir se encontraron con una cuidad llena de tristeza, desolación y muerte. No había más que cadáveres desperdigados de cualquier manera por las calles, coches aplastados por los escombros de los edificios que habían sucumbido ante el gran terremoto que

NARRATIVA / Literatura Juvenil

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N A R R AT I VA D E 1 2 A 1 5 A Ñ O S

había desolado Haití en tan solo unos minutos. Mucha gente había muerto y los pocos supervivientes que había estaban heridos o gritaban desesperadamente los nombres de sus familiares.

Los dos tenían grandes dolores en el cuerpo y no veían nada ya que el polvo se había metido en sus ojos y les nublaba la vista. Intentaban gritar pero no salía ruido alguno de sus gargantas, cada vez les costaba más respirar, les dolían los pulmones, el corazón empezaba a fallar…

cuentos que le contaba su abuela. No sabía por qué, pero hasta ese momento no había pensado ni en su madre, ni en su padre, ni en ningún otro miembro de su familia. Pensó que quizás ellos también estaban en la misma situación que él. Se imaginaba a su hermana pequeña llorando porque tenía miedo y eso le partía el corazón. Poco a poco fueron llegando a su mente los más tiernos recuerdos que tenía en su mente, pero poco a poco, de la misma manera en la que llegaron de esfumaron de nuevo. Era imposible mantener la calma en aquella situación en la que todo eran gritos, gritos y más gritos. Kowa perdía el conocimiento y las voces cada vez se volvían más lejanas, tanto que Kowa casi ya no las oía. Parecían ligeros murmullos.

En ese momento lo único que Kowa pudo decir al cuerpo sin vida de Rkent fue «Te extrañaré» y una lágrima se escapó de su ojo.

Llegó un momento en el que supo que ya no podía seguir aguantando más, cerró los ojos y de ellos empezaron a brotar lágrimas.

Kowa no quería morir, era muy joven y tenía muchos sueños por cumplir. De mayor quería ser médico para poder ayudar a las personas que estaban enfermas y hacer que se recuperen. Se acordó de lo bien que sabían los pastelillos de mora y leche que le hacía su madre, o de los

Una profunda sensación de tristeza por lo que no iba a poder vivir y una gran melancolía por todas las cosas que dejaba atrás le invadió, dio su último suspiro y cerró los ojos para siempre.

Estaban tan impresionados por la imagen que tenían ante sus ojos que no se dieron cuenta de que una gran parte del tejado de la escuela se les venía encima. Intentaron apartarse pero no lo hicieron con la rapidez suficiente y fueron aplastados.

Jennifer Niquinga Vega 3.º ESO IES RÍO ARBA DE TAUSTE

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Literatura Juvenil / NARRATIVA


Á G O R A

Vera Si un hombre que se encuentra recitando en un local de rock, invocando y poniendo a prueba a Dios y acto seguido se cae desmayado al entablado, debido a la sobredosis de anfetamina que le ha puesto sobrio, ¿qué hacer? Admito, sin embargo, que no supe qué hacer. Me había confundido desde el primer verso de Arthur Rimbaud, que salió de los labios taciturnos de Sergio Smith. Su voz grave, trémula, porosa, fluía con una lentitud inusual y sus manos inquietas se erguían hacía arriba como queriendo palpar el cielo con la punta de sus yemas. Su amiga Vera, como él llamaba a la anfetamina, quería explotar sus venas y saborear la dulce sangre del señor Smith. Le estaba bajando por todo el cuerpo, haciendo que se excitara en cada palabra de su amado Arthur. El ritual se repetía cada noche y cada noche Sergio Smith se liberaba sacudiéndose, deseando que ese día exhalara el aire, uniéndose por fin a Vera. Ahora Sergio Smith se encontraba en el hospital mirando cómo le estaban vaciando de su amada Vera. Los tubos rodeaban sus brazos y su rostro descansaba en los pechos inexistentes de Vera. Para su desgracia, sintió el contacto de unos labios adolescentes y sedientos, adhiriéndose a los suyos, su amada se estaba despidiendo. De repente, un aullido infernal escapó de la garganta de Sergio Smith, quien se lamentaba la soledad que ahora le embargaba. Los médicos miraban los ojos transparentes y desconsolados del paciente. Mientras, Sergio Smith efectuó un brusco salto de la cama y los goteros se soltaron de los brazos. Una vez en el suelo, sus pies desnudos corrieron a la ventana esférica y nocturna de su habitación y por fin se vio reflejado en el cristal sucio. Pero solo le reflejaba a él, estaba solo, ya

se había ido. Estaba furioso, y ahora comenzaba a tirar todo lo que se le cruzaba en su camino, apartándolo de en medio. Una médica, que se encontraba en la habitación, quería tranquilizarle y para ello posó su delicado brazo en el hombro de Sergio Smith. Sin embargo, este lo retiró con tanta violencia que la médica cayó al suelo herida. Tuvieron que venir los de seguridad para hacerse con el alma perturbada de aquel ser extraño, que estaba agonizando por la partida de Vera. Le inyectaron a otra de sus amigas y esta vez fue Morfina la que ofreció al alma del señor Smith una tregua. Al día siguiente lo encontraron desnudo sobre la cama, recitando la poesía maldita de Baudelaire y vieron cómo su mente ida bailaba en el gélido suelo. Llevaba a cabo su propio ritual, pues aunque le habían privado de su amada, siempre tendría la poesía. No permitiría que se la robaran, como le habían robado a Vera. Seguidamente, le hicieron ponerse la bata verde que cubría la desnudez de aquel cuerpo flácido que no se podía sostener debido al desgaste de sus venas. Sergio Smith llamaba a Vera, pero esta no le hacía caso. Al cabo de una semana los médicos, ya exhaustos del personaje de Smith, decidieron darle el alta. Sergio Smith, nada más escuchar aquellas palabras, se rasgó la bata y cogió las únicas pertenencias que tenía. Se puso su querida americana vieja y negra y se enfundó unos pantalones vaqueros descosidos por los bajos. Sergio Smith salió de aquella celda que le había alejado más de una semana del tacto del cuerpo de Vera. Después de haberse bajado en la última parada del metro, Sergio Smith llegó a las afueras de

NARRATIVA / Literatura Juvenil

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Madrid. La niebla posaba en aquel descampado, donde solo se vislumbraban unos pisos viejos a lo lejos. Tuvo que andar un rato hasta llegar a los pisos. Unos perros se dieron cuenta del regreso de Sergio Smith y fueron a saludarle. Le siguieron hasta el portal de su edificio. Allí los tuvo que dejar y despedirse. Sergio Smith por fin se sintió a salvo. Entró en aquel antro donde reinaba el desorden. La luz no traspasaba las ventanas, había sillones rotos y pilas de libros se almacenaban al lado de tazas de café. Sergio Smith fue a levantar la persiana, cuando casi se pinchó con una jeringuilla que estaba en el suelo. No se asustó, solo era Vera que le llamaba. En la pared colgaba una fotografía de Robert Mapplethorpe. La fotografías de Mapplethorpe eran consideraras pornográficas a los ojos de todos aquellos incultos, pero él las adoraba, sobre todo por la manifiesta provocación que buscaban. La imagen ofrecía a la musa del punk en plena juventud, de cuclillas con un vestido corto y mirando a la cámara, retándola a la seducción. Sergio Smith la adoraba. Ya caían las últimas luces de la tarde en Madrid. En el cielo florecían millones de estrellas de la nada. Como todas las noches madrileñas, Sergio Smith iba a salir a la búsqueda y captura de Vera, su amante. Le iba a recitar los versos más bonitos esa noche, para celebrar el reencuentro y se metería dentro de su ondulante movimiento. Sentiría otra vez ese vértigo de felicidad, de placer absoluto, y caminaría descalzo sobre su vientre. A medianoche, cuando ningún alma deambulaba ya por el local de rock, lo volví a ver. Su cuerpo

estaba más poseído por Vera que la última vez que lo vi. Sergio Smith contoneaba sus huesos como queriéndolos partir en señal de despedida. Vera, interlocutora frente a Smith, lo consumía poco a poco. Sergio Smith salió fugazmente del local nada más recitarle a Vera, tenía una cita con ella. Vi cómo escapaba y cómo sobresalían las jeringuillas en sus vaqueros, destacando del interior de sus bolsillos. Oía cómo Vera quería salir de las jeringuillas. Media hora más tarde, Sergio Smith ya se encontraba en su piso junto a ella. La habitación apenas estaba iluminada, los libros rodeaban el cuerpo de Sergio Smith y Vera ya estaba en su mano. Sergio Smith, sentado en uno de los viejos sillones, desafiaba a la vida. Arthur Rimbaud, ya impaciente, le esperaba en el otro lado y le tendía la inmensa mano para empezar juntos. Sergio Smith, semiinconsciente, miraba con pena a la mujer de la foto, no se atrevía a despedirse de ella. Por un instante le pareció que se movía y le lanzaba uno de sus cálidos besos. Sergio Smith cogió con su mano izquierda la jeringuilla y la posó sobre su antebrazo, su mano derecha ya tocaba a Vera. Calculó inyectarse la suficiente cantidad de anfetamina como para desaparecer en la eternidad y volar por ella unido a Vera, que le esperaba en la estación junto a Rimbaud, deseando que se embarcara en este tren. Sergio Smith se clavó a Vera por última vez y un suspiro salió de sus labios. Smith tenía una expresión de gloria completa. Sergio Smith no mentía, porque yo soy Sergio Smit y nadie me puede decir lo que pasó.

Ana Abadía Ramón 3.º B ESO IES REYES CATÓLICOS DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Juvenil / NARRATIVA


Á G O R A

La otra habitación Siempre había querido ser diferente, tener algo que los demás no pudieran tener, y lo tuve, hasta que en mi sexto cumpleaños pasó algo que cambiaría eso por completo. 7 de noviembre de 1991, el día que cumplía 13 años, la verdad no esperaba nada en especial, sólo que se acabase pronto la visita que prometió mi madre a los Clarks a su mercadillo anual de antigüedades, que casualmente siempre coincidía con mi cumpleaños. Estos lo celebraban en su jardín ya que es muy amplio y lujoso, colocando cuatro mesas alrededor de la fuente con forma de cisne y exponiendo sus valiosas antigüedades, luego les ponían precio en una subasta dentro de su mansión y como todos los años mi madre me decía diez minutos antes que si había visto algo interesante que me apeteciera para mi cumpleaños. Nunca solía pedirle nada porque la verdad todo era muy caro y me parecía mal pedírselo, pero ese año descubrí algo muy especial, algo en lo que nadie había reparado, en una de las mesas del fondo, una lámpara hacia reflejos con el sol, me acerqué a mirarla; era preciosa y me hacia juego con las cortinas de mi cuarto. Esta vez no le dije que no a mi madre, le pedí que me la comprara y ella aceptó enseguida pues no era excesivamente cara. Después de la subasta de los Clarks, fuimos a casa a celebrar mi cumpleaños, que sin duda iba a ser muy especial para mí, aunque yo no lo sospechara. Subí corriendo las escaleras para poner mi nueva lámpara en la mesilla de noche. Era pequeña, con cristales incrustados en la tulipa naranja. La dejé ahí colocada y bajé al salón, donde como cada año mi madre preparaba una fiesta, invitando a mis amigos con intención de distraerme de mis pensamientos pesimistas y animarme un poco. Sé que ella también hacia un esfuerzo sobrenatural, ya que sufría depresión desde que tengo seis años.

Esperé, impaciente por volver a mi cuarto, para que todo se pasara muy rápido y no poder pensar demasiado y de paso ver mi lámpara nueva, que sin duda me había causado una gran impresión. Por fin terminada la fiesta me fui a mi cuarto, apagué la luz y encendí la lámpara, esperando un buen resultado, pero ésta no hizo lo que yo esperaba sino que poco a poco fue abriendo un foco de luz naranja que se dirigía hacia la pared. Después de cinco segundos la luz se apagó dejando la figura de una puerta enfrente de mi cama. Volví a encender la luz, ya que la habitación se había quedado a oscuras y me quedé mirando fijamente, con los ojos desorbitados y la boca abierta, aquella puerta que había aparecido de la nada, en la pared de mi cuarto. No estaba segura de lo que estaba pasando ni si detrás de esa puerta iba a haber algo. Estuve a punto de llamar a mi madre para ver si ella también la veía o es que me había vuelto loca de verdad, pero antes de eso decidí asegurarme de que la puerta se podía abrir o sólo era un espejismo plasmado en la pared de mi cuarto. Agarré el picaporte y lo giré decididamente. Al abrirla, se vislumbraba un rayo de luz proveniente de otra habitación paralela a la mía, se podía oír a lo lejos una melodía parecida a la de una caja de música de cuando yo era pequeña. Terminé de abrir la puerta y por fin pude ver lo que había detrás de ella, era algo impresionante, una niña estaba sentada en la silla de su escritorio escribiendo algo, al lado del escritorio había dos camas de niña pequeña con una princesita dibujada en la colcha. La habitación era rosa y todo olía a fresa. De repente me di cuenta, esa habitación ya la había visto antes, las mismas cortinas, el mismo ambientador de fresa que tanto me gustaba cuando me ponía en mi escritorio a escribir mi diario. Y esa niña de cabello

NARRATIVA / Literatura Juvenil

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Á G O R A

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rubio y rizado era yo, pero había una cosa que no me cuadraba, ¿dónde estaba mi hermana? Recuerdo que cuando tenía 6 años aún seguía con nosotros. Seguí mirando atentamente la habitación y entonces la vi, ella entraba por la puerta, idéntica a la otra niña que ahora se giraba para verla, con sus dos coletas, tan contenta como siempre. Llevaba un regalo en la mano, claro, ya me acuerdo, ese era el día de nuestro cumpleaños. De pronto me dio un escalofrió y quise cerrar la puerta para no ver lo que iba a pasar, me sentía tan culpable, pero cuando la estaba cerrando vi que alguien entraba en la habitación, era mi madre que venía a contarnos un cuento. Me quedé a escucharla en silencio como solía hacer cuando era pequeña. Cuando acabó, nos dio las buenas noches y se fue, nosotras nos acercamos a la ventana para mirar las estrellas y pedir un deseo, mi hermana enseguida se fue a dormir, su cama era la más cercana a la ventana y ella podía ver las estrellas desde allí. Yo seguí sentada en su cama pensando mi deseo, pero como no conseguía ver ninguna estrella fugaz abrí la ventana y me acerqué, entonces pedí mi deseo y me fui a la cama dejándola abierta. Oh, Dios mío, ahora lo entiendo, fue por mi culpa, yo dejé la ventana abierta aquella noche, yo hice que mi hermana enfermara… No puede ser, me siento tan mal, no merezco nada, no quiero seguir viendo esto. Cogí la lámpara con intenciones de estamparla contra el suelo, pero de repente algo me frenó, me giré hacia la puerta para ver qué pasaba en la otra habitación, era mi madre que volvía a entrar. Me quedé unos segundos mirándola con la lámpara en la mano, se dirigía hacia la ventana para cerrarla, y después darnos un beso en la frente. No, no fui yo, no fue por mi culpa, no…

Ana Garcés Aznárez 4.º ESO IES CINCO VILLAS DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Juvenil / NARRATIVA

Una amarga pesadilla Eran las nueve de la noche y acababan de sonar las campanas de la torre de la iglesia. Era el día de su cumpleaños y Sonia estaba a punto de cenar cuando alguien llamó al timbre de su puerta. Sonia vivía en una casa muy grande, con una puerta de roble oscuro y un pequeño timbre de oro oscurecido a su derecha. También tenía un gran jardín con un pequeño huerto que la madre de Sonia cuidaba. Sonia caminó por el angosto pasillo, llegó a la puerta y la abrió. Pero no encontró a nadie detrás de ella, solo encontró un pequeño paquete con el envoltorio de color rojo y un lazo plateado. Cerró la puerta y subió a su cuarto. Escondió el regalo debajo de la cama, pero tuvo que hacer un gran esfuerzo para esconderlo ya que el pequeño espacio entre la cama y el suelo estaba lleno de cosas sin utilidad y polvo a montones. Después de sortear el coche radio control de su hermano bajó a cenar. La cena trascurrió tranquila. Apenas pudo probar bocado ya que tenía tanta intriga y tantos nervios por saber qué había en el paquete que no pensaba en nada más. Después de ver en la televisión su programa favorito, subió a su cuarto para irse a dormir pero se acordó del paquete y lo sacó del escondite. Lo miró con miedo pero sobre todo con intriga. Tiró del lazo, rompió el envoltorio y lo abrió. Dentro de la caja había una carta y supuestamente era para ella. La leyó. No podía creer lo que estaba leyendo. La carta decía que tenía cáncer y que le quedaba de vida un año. Se echó a llorar pero después de darle muchas vueltas a lo que había leído creyó que era una broma. Sonia no era una chica muy sociable y no tenía muchos amigos (sólo tenía dos pero eran de esos que no te dejan de lado por nada


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en el mundo) y en su clase había unas chicas que le insultaban e incluso habían llegado a pegarle en alguna ocasión. Pensó que sería una broma de mal gusto de estas chicas y no le dio más importancia. Volvió a esconder la caja y se echó a dormir. Pasaron tres meses y Sonia ni se acordaba de la carta que había leído meses atrás. Un día al volver del colegio empezó a sentirse mal, hacía tiempo que había empezado a adelgazar muchísimo y ya no tenía ni fuerzas para seguir. Su madre muy preocupada la llevó al médico. Le hicieron millones de pruebas y fue a los mejores hospitales de la ciudad y el resultado de las pruebas fue algo que Sonia ya sabía. Tenía cáncer. Sonia no se podía explicar cómo una chica de quince años y en plena juventud sufriera semejante enfermedad. No era buena estudiante, ni tampoco buena hija pero, ¿era necesario tal castigo? Tampoco entendía cómo una carta había predicho las cosas tal y como ahora sucedían. Pero ya no le importaba entenderlo. Iba a morir, eso era suficiente. Los médicos le dijeron que el cáncer se había empezado a extender y que ya no tenía cura. Solo quedaba esperar a que llegara el momento. No sabía cuánto tiempo le quedaba exactamente pero tampoco quería saberlo. La chica solo quería hacer realidad sus sueños antes de morir. Escribió una lista e hizo todas y cada una de las cosas que siempre quiso hacer. Desde viajar a

Buenos Aires a aprender a tocar la guitarra eléctrica y la batería. Su familia no entendía cómo, a pesar de saber que iba a morir, se mantenía tan llena de vida, pero intentaban estar bien por ella. A los seis meses de que el médico le dijera que tenía cáncer empezó a empeorar, la ingresaron en el hospital y a los tres meses murió. El grito de su madre llamándola a cenar la hizo despertar sobresaltada. Sonia no entendía nada. Cómo es que estaba viva si había muerto. Asustada, le preguntó a su madre que qué le había pasado. La madre le dijo que se había quedado dormida y que se arreglara ya, que era su cumpleaños y sus tíos estaban a punto de llegar. Sonia de repente escuchó el timbre sonar y pensó que todo lo que había soñado se iba a hacer realidad porque cuando abrió la puerta el mismo paquete estaba ahí, frente a sus ojos. Pero su contenido era distinto, muy distinto. Se tiró hacia el paquete y lo abrió. Se llevó una gran sorpresa al ver el disco de su grupo favorito y tres entradas para el concierto y justo después aparecieron sus amigos gritando «¡SORPRESA!». Por suerte todo había sido un mal sueño pero también una realidad que muchas personas no desearían tener y la tienen. Pero a Sonia ese sueño la había despertado del trance en el que vivía y desde ese momento no iba a dejar que ningún sueño se le escapara. Y como decía ella, al mal tiempo, buena cara.

Alba Lafita Bona 3.º ESO IES CINCO VILLAS DE EJEA DE LOS CABALLEROS

NARRATIVA / Literatura Juvenil

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Á G O R A

N A R R AT I VA D E 1 2 A 1 5 A Ñ O S

Camino al final Ring-ring-ring sonaba el móvil mientras yo conducía por la carretera, camino de Madrid. Me acerqué el móvil, respondí a mi mujer y… todo se volvió oscuro. Yo aparecí desnudo y con unas alas doradas, pensé que sería como un ángel y entonces se me ocurrió –si tengo alas podré volar y saber qué pasa aquí–, pero las alas no me respondían, solo me iluminaban un sitio lleno de oscuridad donde sólo veía lo que las alas me mostraban. Siento como el silencio total retumba en mi cabeza. Estoy solo, sin mi familia, desnudo y no sé qué hacer. De repente un impulso me dice que ande pero tengo que ser precavido por si algo me sucediese. Adelanto un pie y otro pie. Noto el contacto del frío suelo, aunque ya no es una oscuridad total. Ahora noto como esa oscuridad que creía no ser suelo se va transformando poco a poco a mi paso en pequeñas y puntiagudas piedras que se me clavan en los pies desnudos y me hacen daño. Pero no me importa ese dolor, no es algo muy molesto, hasta que de repente noto una pequeña brisa que me refresca el cuerpo. Pero no es una brisa cualquiera, es una brisa fría pero no congeladora. Es una brisa que al contacto con mi piel me refresca y me llena de vida, algo extraño de explicar pero es así. Sigo solo en un sitio desconocido, llamo a mi familia preocupado pero nadie responde, pienso que puede haber pasado pero no tengo respuestas para esa pregunta.

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Literatura Juvenil / NARRATIVA

Sigo andando y las piedras del suelo ya no me molestan en absoluto. Ahora lo que me molesta es un dolor que me ardía en el pecho y en los brazos, además de una humedad muy pegajosa que sentía, como si tuviese el cuerpo empapado por algo, pero pensé que la humedad solía aparecer cuando estabas cerca del mar, así que puede que pudiese salir de aquel sitio nadando. Me alegro de pensar que ahí fuera puede haber algo de vida. Sigo andando y el silencio ya no es silencio, ahora escucho el ruido de mis pies al adentrarme en lo desconocido. El ruido que provoca esa brisa tan gratificadora, las gotitas de las estalactitas y estalagmitas cayendo al suelo, golpeando la roca con un ruido incesante que retumba en toda la estancia y me hace estremecer a cada paso que doy, como si estuviese en una enorme cueva sin salida. De repente mi mente le dice al cuerpo que diga algo, y mi cuerpo responde a esa acción diciendo «¿¡Hay alguien ahí ¡?», pero nadie responde, sólo responde el eco al chocar contra la inmensa estancia, que sumida en la oscuridad hace que cada eco al rebotar me estremezca más y más. Sigo andando y en un pequeño descuido o por la poca iluminación de las alas me golpeo el pie con una roca muy dura. Me hace mucho mal, o eso parece porque mi pie no tiene ningún rasguño. Pienso que ojalá tuviese unos zapatos y no sé si por una divinidad o lo que sea pero


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noto que mis pies empiezan a pesar. Entonces me doy cuenta de que llevo puestas unas zapatillas. A partir de ese descubrimiento, pienso que quiero saber dónde estoy pero nada sucede. Estoy solo asustado y sin saber nada de mi familia. Camino y camino y las rocas ya no se me clavan en los pies, pero todavía sigo oyendo el incesante goteo que me da miedo y me duele mucho el cuerpo. Sigo andando y una gota me cae en la boca, y al roce con mi labio noto un intenso sabor y un agradable frescor. Esa gota junto con otra, otra más y otra gota que cayendo sucesivamente en mi boca me van refrescando poco a poco hasta saciarme entero. Entonces pienso otra vez «¿y si tuviese mejor visión de lo que es este sitio?». De repente noto un dolor muy intenso en la espalda, la cabeza y el cuerpo. Un dolor no como otro cualquiera que hubiese notado alguna vez.

Las doradas y luminosas alas que llevaba en la espalda ya se me habían adaptado perfectamente con el cuerpo y las llevaba como pegadas, pero poco a poco se iban introduciendo en mi espalda, haciéndome gritar por el intenso dolor que sentía. Gritaba y gritaba pero nadie respondía. Las alas se iban clavando poco a poco en mi cuerpo, más y más adentro. Cuando de repente ya no siento nada, o eso me parece, consigo abrir un poco los ojos y veo a una persona con una mascarilla diciendo –¡desfibrilador a trescientos ya¡– noto como una sacudida eléctrica en mi ahora inmóvil cuerpo. Me noto muy pesado y cansado por lo que mis casi cerrados ojos no me dejan ver casi nada, y consigo escuchar cómo el medico dice –si no hubieses cogido el móvil cuando conducías no habrías muerto tan joven–. Mis parpados se acabaron de cerrar, mi respiración paró y yo… yo fallecí.

Ángel Cardona Lasala 3.º ESO IES RÍO ARBA DE TAUSTE

NARRATIVA / Literatura Juvenil

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Á G O R A

POESÍA DE 12 A 15 AÑOS

PRIMER PREMIO DE POESÍA

¿Qué debería hacer? ¿Qué debería hacer? Quedarme quieta en casa, sin saber a quién ver, sin saber a quién escuchar, sin saber a quién responder. ¿Qué debería de hacer? Quedarme quieta sin responder, ¡no!, hablaré. Diré lo que siento, diré lo que voy a hacer. Aunque lo nieguen, hablaré, les parezca mal o les parezca bien. Porque si no, ya no sé qué puedo hacer.

Laura García Abadía

SEGUNDO PREMIO DE POESÍA

Muerte La sonrisa por bandera y la risa eterna. El sol brillaba aquellos días en los que tú me decías que la vida podía ser para siempre… Ahora… ahora el miedo ¡Oh, antiguo compañero de fatigas y terrores, de promesas y temores de lágrimas y abandonos! Se apodera de mi mente Impidiéndome verte… Impidiéndome ver nada…

3.º ESO COLEGIO NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED DE EJEA DE LOS CABALLEROS

Ana Cosculluela Bajén 3.º ESO IES CINCO VILLAS DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Juvenil / POESÍA


Á G O R A

OT R O S P O E M A S

Algo que nadie puede cambiar Evolución agrícola Mis bisabuelos fueron campesinos, mis abuelos labradores, mis padres agricultores y nosotros ya veremos.

Como un leve guiño de luz, Nacemos y morimos según Dicta el destino, Porque vivir y después morir Es dar un paso hacia algo Que nosotros mismos desconocemos.

Dicen que una generación hace, otra conserva, y otra deshace, lo cual en mi familia no se lleva. Mis bisabuelos vivieron con ganado y con tierra, hicieron lo que pudieron en una España austera. Mis abuelos continuaron con una agricultura más moderna, pues los tractores les llegaron para hacer más rápida la faena. Mis padres mejoraron toda la explotación, en el campo invirtieron con toda ilusión. Hoy las cosas han cambiado, no hay precios, hay confusión. Hay que pensar con cuidado, que es lo que escoges de profesión.

Natalia Cortés Lozano 4.º ESO COLEGIO NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED DE EJEA DE LOS CABALLEROS

Ángel Cardona Lasala 3.º ESO IES RÍO ARBA DE TAUSTE

Muero de amor Yo te intento acariciar, pero tú no te dejas. Cada día te separas más de mí, no sé lo que te pasa. Ya no podemos hablar. Esto es un sufrimiento para mí: te necesito y te vas. Un día decides a hablar, pero no te salen las palabras. Cuando lo consigues, me dices que me odias y que no quieres estar conmigo. Yo rompo a llorar, mis lágrimas caen por mi cara, no aguanto este dolor. Ya no quieres saber nada más de mí, no lo puedo soportar. Siento que me muero, me muero de amor.

Irene Yera Lorén 3.º ESO IES RÍO ARBA DE TAUSTE

POESÍA / Literatura Juvenil

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Á G O R A

POESÍA DE 12 A 15 AÑOS

Te quiero Quiero contarte lo que siento, pero no puedo. Las palabras no me bastan para expresar lo que te quiero. Te amo, te quiero, te adoro, ¿comprendes? Todo resulta inútil, no me entiendes. ¿Qué hago para que sepas que te quiero de verdad? Un beso, una caricia…, con eso bastará.

Leyre Valdivia Diestre 3.º ESO IES RÍO ARBA DE TAUSTE

La rosa Estoy aquí plantada, Buscando una mirada. No me puedo mover, Mis raíces no salen a crecer. Quisiera ser una princesa O un hada y no quedarme aquí plantada. Soy la única rosa en este verde. El sol me saluda, La luna me duerme Con sus canciones de Luna llena. No me puedo mover, Mis raíces no salen a crecer. Ya no respiro aire, Mi vida se acaba, Siendo una linda rosa Abandonada.

Jennifer Niquinga Vega 3.º ESO IES RÍO ARBA DE TAUSTE

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Literatura Juvenil / POESÍA


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PRIMER PREMIO D E NA R R AT I VA

Una rosa, un sueño Por fin he acabado el capítulo, se me están cerrando los ojos, casi me quedo dormida. Preparo la cama y me tumbo, pienso en el día, sin duda otro igual, muy aburrido sin salir de casa por los exámenes. Pestañeo. Pienso en mis amigas. ¿Qué habrán hecho hoy? Seguro que se han divertido más que yo. Miro el reloj. Me cuesta dormirme. Cuento ovejitas y solo consigo contar hasta 13… Todo es muy raro, me levanto, diría que no es ni mi casa. Miro por la ventana para comprobarlo, me froto los ojos, ¡no puede ser!, ¡estoy ahí!, ¡Dios mío! Sin perder el tiempo y sin hacerme demasiadas preguntas, salgo de esa casa en la que me encuentro. Siento un gran cosquilleo en mi tripa que hace que corra sin saber a dónde me dirijo. Suena en mi cabeza una música, esa canción que me encanta: «…persigo mis sueños y juego con mi libertad…». De repente me detengo, sonrío y me la encuentro de frente: ¡la Fontana di Trevi! Miro en el bolsillo de mis vaqueros y sí, tengo una moneda para pedir un deseo. Cierro los ojos y le doy la espalda, tiro la moneda por encima de mi hombro izquierdo. Estoy muy emocionada, ojalá ese deseo se cumpla, aunque quizás ya se haya cumplido. Sigo mi paseo, observo a la gente. Un niño de unos cinco años me mira, yo le sonrío, se da la vuelta, sé que quiere decirme algo, coge algo de su mochila y saca una preciosa rosa roja, agarra mi mano y la pone en ella. Le doy espontáneamente un beso en la mejilla. Me gustaría hablar con él pero el idioma me lo impide. Es extraño, el niño vuelve a cogerme la mano pero esta vez no me la suelta y caminamos juntos hasta llegar

a la Plaza de España. Me gustaría saber si su madre está buscándole, pero miro al niño y se le ve tan feliz como yo. Veo una heladería y pienso que sería una buena idea invitarle a un helado de avellana. Nos lo comemos sentados en las escaleras de la Plaza. Consigo saber que el niño se llama David. Me gustaría saber por qué lleva tantas rosas en su mochila. Me levanto, él se levanta y vuelve a cogerme la mano. Esta vez me dejo guiar, en cierto modo se conoce la ciudad mejor que yo. Con gestos me dice que me agache y me ponga a su altura. Con sus pequeñas manos me tapa los ojos, los abro y él sigue a mi lado. Noto frío en mis pies, miro a mi alrededor... El niño al igual que yo lleva los pantalones remangados y estamos mojándonos los pies en el río Tíber. Pienso en la madre del niño, quizás este niño con poderes esté tan perdido como yo. Le miro y me dice cosas en italiano, me encanta escucharle. Tiene la voz tan dulce… y, aunque no le entiendo mucho, me resulta divertido cómo intentamos comunicarnos. Está oscureciendo, el niño se cansa de andar y me hace gestos de nuevo para que me agache, me doy cuenta de que quiere taparme los ojos, pero esta vez no le dejo. No quiero que pase el tiempo rápido y además quiero contemplar mi ciudad, esa ciudad a la que no sé si volveré. Cojo al niño en brazos y caminamos, me acaricia el pelo. Me siento feliz. Llegamos al Coliseo Romano, es espectacular verlo de noche. Una vez dentro, el niño me tapa de nuevo los ojos y

NARRATIVA / Literatura Juvenil

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N A R R AT I VA D E 1 6 A 2 0 A Ñ O S

esta vez me dejo. Me encuentro en el mismo lugar, David sigue a mi lado, pero el anfiteatro está nuevo, aparecen personas aplaudiendo, gritando, gladiadores en el centro. Me parece imposible. Estoy muy emocionada. Salimos de allí y todo vuelve a la normalidad. El niño me mira, noto cómo se le humedecen los ojos y me pregunto por qué. No quiero que esté triste. Me siento incómoda. Sin pensarlo dos veces me acerco a darle un abrazo, pero él se me adelanta. Me mira y señala su reloj. Parece que no le gustan los relojes porque se lo quita y lo tira al suelo. Cierro los ojos y me lleva a la Piazza Nabonna. Es precioso todo aquello, puedo ver cómo la vida ahí transcurre lentamente, sin prisas, sin agobios. Y yo estoy ahí, con mi niño, en mi ciudad imaginada, llena de magia, como en un

sueño... No. ¡Un sueño no! Todo se difumina a mi alrededor, ahora comprendo por qué tiraba el reloj. Desaparece la magia cuando suena el despertador, me encuentro en mi cama queriendo agarrar mi sueño para no olvidarlo jamás. Es tarde, no llego al instituto. Me visto y salgo corriendo de mi casa. Estoy aturdida e intento tranquilizarme. Todo esto es muy extraño. De repente tropiezo con algo que hace que me caiga al suelo. Un chico me ayuda a levantarme y al tocarlo una extraña sensación vuelve a mi cabeza: la imagen de una rosa, de un helado, de un río, de un niño, de una ciudad. Me pide disculpas, da media vuelta y saca algo de su mochila. ¡No puede ser! ¡Esto no me puede estar pasando! Coge mi mano y deja en ella una rosa, un sueño.

Irene Tambo González 2.º DE BACHILLERATO IES REYES CATÓLICOS DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Juvenil / NARRATIVA


Á G O R A

S E G U N D O P R E M I O D E NA R R AT I VA

Escuchar y sentir Hace muchos años tenía un vacío en mi interior, no sabía lo que era pero estaba seguro de que algún día lo encontraría, lograría calmar esa inexplicable sed y dejaría de existir la soledad. Te buscaba a ti, querida. Cuando te vi no supe reaccionar, pero cuando te escuché mis oídos se rindieron a tus pies, entonces me di cuenta de que en numerosas ocasiones casi habíamos coincidido, sin embargo, no tuve la fortuna de estar en el momento preciso, aunque eso ya no importaba porque ambos sabíamos que estaríamos unidos para el resto de nuestras vidas. Te convertiste en la puerta que me abrió hacia el exterior, mientras tú hablabas sin cesar y yo aprendía sin parar, más conocía tu forma de pensar, la cual conquistó mi alma y corazón. Eres mi luz, la que me guía dentro de la oscuridad en la que a veces habito cuando estoy sumido en mis penas, tu voz alivia mi dolor y calma mi respiración, me llevas de la mano cuando estoy arrodillado y me obligas a levantarme porque en ti siempre encuentro un motivo para seguir adelante.

Lamentablemente hay quien habla mal de ti, no tiene importancia ya que son un grupo de ingenuos sin conocimiento, juzgan sin conocer y su criterio es nulo, a ti ya nadie puede dañarte porque tu sufrimiento te ha dado una gran fortaleza, te prometo que yo y todos los que te queremos de verdad y creemos en ti, siempre te protegeremos. A pesar de tener canas o llevar bastón sé que estaremos en contacto y sobreviviremos unidos hasta el final. Por las noches, tu susurro me adormece, incluso en los sueños más profundos estás presente y te siento cerca. Al despertar, vuelvo a escuchar tu voz que me da energía para continuar el nuevo día, desayuno a tu lado y salgo de casa contento por saber que una vez más caminamos juntos. Yo te adoro, aunque eso no ha impedido que me enamore con locura de una chica, ella es quien me hace feliz y también le debo mucho, estoy rodeado de amor y en esta ocasión te escribo a ti, a mi música.

Mauricio Thellaeche Sánchez 1º CICLO SUPERIOR DE ADMINISTRACIÓN Y FINANZAS IES CINCO VILLAS DE EJEA DE LOS CABALLEROS

NARRATIVA / Literatura Juvenil

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N A R R AT I VA D E 1 6 A 2 0 A Ñ O S

OT R O S R E L ATO S

Memorias de un caballero Engolfado en sus recuerdos, caía el caballero al árido suelo, mientras sentía que la vida le oprimía el alma con una insoportable agonía. Intentó moverse, pero en vez de ello, expiró por última vez. Largas horas se pasaron cuando el viento trajo a un perdido viajero. Él se acercó al ya sin vida cuerpo del jinete, y después de comprobar que luchaba en otra batalla, descubrió que en su cinturón había un trozo de papel, que llevó a su poblado, no muy lejano, cuando consiguió llegar tras varias semanas. Una vez recuperado, cogió el papel y lo leyó. A continuación, está reflejado con la más absoluta fidelidad, el contenido de dicho papel:

Estuvimos hablando largo rato, no sé decir con exactitud, empero, el Sol se durmió y pocas horas después, el duque me siguió hasta el lujoso comedor. Allí nos sentamos y nos sirvieron vino castellano del más caro y de plato principal, pollo, no cualquiera, sino de los famosos pollos asados de Valladolid, toda una exquisitez.

Yo, Don Fernando Martínez, dueño y señor de grandes tierras en Castilla, me dirigí acompañado de uno de mis criados a cenar a casa de un viejo amigo, duque en Valladolid. Su casa, más bien un palacio, está situada a las afueras de la capital vallisoletana.

Mientras cenábamos, escuchaba con absoluta atención cada palabra de mi amigo. Mas mi concentración se vio perdida cuando al acabar de comer los criados empezaron a quitar los platos. Toda mi atención se vio fija en una muchacha. La veía limpiar la mesa, más tenía pinta de ser la más importante doncella. Su faz, resplandecía un aire de elegancia que me hipnotizó por completo. Además, su rostro era delicado y sus caballos ondulados eran negros como la noche sin luna. Le pregunté al duque quién era tan perfecta mujer. Me contestó que se llamaba Margarita, y que era huérfana desde niña. Después me despedí del duque y me marché.

A la entrada, junto al portón, nos esperaba un criado, que nos llevó a la presencia de mi amigo duque. Mientras avanzábamos hacia el interior, no pude evitar que mis ojos contem-

Un par de días después volví a la mansión de mi amigo. Me abrió la puerta Margarita, más reluciente que la luz del sol y todas las estrellas, hecho que me agradó, pues el motivo real de mi

Hace poco tiempo escuché «quien canta sus males espanta». De eso no estoy muy seguro. Lo que sí tengo por certeza es que cuando tienes las emociones a flor de piel, la mejor forma de arreglarlo es escribiendo.

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plaran asombrados la riqueza que allí había. Tras unos minutos de espera, oí al duque saludándome, me giré y pude ver que la pérdida de su hijo seguía en su mirada.

Literatura Juvenil / NARRATIVA


Á G O R A

visita era verla a ella, y no al duque. Para mi completa alegría mi amigo duque estaba de viaje y tardaría más de un mes en regresar. Era mi oportunidad. No quise desprovecharla. Me acerqué a Margarita y le dije que brillaban sus ojos y que su caminar era refinado. Para mi sorpresa, ella no me dijo nada, sólo se fue. No quise darme por vencido y con la mala excusa de ver al duque, fui durante un mes, todos los días, a la mansión. Allí siempre me abría la puerta la que tiene nombre de la flor más bella. Aunque ella se resisitía al principio, conseguí ganar su confianza y así conocerla mejor. Cuanto más la conocía, más encantadora me parecía. Fue en una tarde de sol cuando le robé un beso, ella quiso vengarse y me robó uno a mí, sonrió y cerro la puerta. Al día siguiente volví a la mansión con un claro objetivo. Hablé con ella y le pedí que se casara conmigo, ella me abrazó diciéndome que sí. En ese momento el duque apareció, sorprendido por lo que veía. Nos preguntó qué pasaba y le expliqué la causa de nuestra alegría. Le pareció un disparate, mas insistí que nos queríamos y

que por eso íbamos a casarnos. Después de un largo rato, ya él y yo a solas, estábamos discutiendo debido a que él se oponía a la relación porque perdería una criada, de las más trabajadoras. Los nervios fueron aumentando, hasta llegó un momento en que mi «miserable amigo» sacó su espada, fue donde estaba Margarita y se la clavó en el corazón. Al ver el cuerpo desangrado y sin vida de mi delicada novia, cogí la misma espada y con él me vengué de la muerte de mi amada Margarita. Después, salí de la casa y me fui a refugiar a la mía. Tras una larga noche sin poder dormir, me despertó la voz de un campesino que gritaba por las calles avisando de la muerte el duque y que el rey había prometido mandar al desierto de Arabia y dejarle ahi, perdido y solo, al que lo hubiera matado. Así que este será mi destino si descubren que he sido yo, mejor dicho, este será mi destino cuando me cojan. No sé si tardará mucho o poco para que esto ocurra, más estoy seguro que me espera una muerte lenta y dolorosa en el desierto.

Rodolfo Cardoso Zani 1.º DE BACHILLERATO IES RÍO ARBA DE TAUSTE

NARRATIVA / Literatura Juvenil

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N A R R AT I VA D E 1 6 A 2 0 A Ñ O S

¡Por fin! Era un día de esos en el que el Sol brilla radiantemente, y se reflejaba en el agua de la piscina. Marcos se disponía hacer sus veinte largos de la mañana. Él era uno de los mejores nadadores de su comarca. Con solo quince años ya había ganado muchos trofeos en varios campeonatos a nivel comarcal, pero lo que de verdad deseaba era ganar el campeonato de natación anual de una gran ciudad. Este año había conseguido meterse en la final. Sus adversarios no eran nada fáciles, ya que los habían formado grandes nadadores. Marcos, se formó a si mismo desde pequeño, ya que no venía de una familia muy adinerada que pudiera permitirse pagar a esos profesores. Pero eso a Marcos no le importaba porque había llegado al mismo sitio que sus adversarios, él solo. La final era dentro de tres meses, y cada vez quedaba menos y eso a Marcos le ponía aun más nervioso. Marcos contaba con la ayuda de Silvia, su mejor amiga desde la guardería. Ella le acompañaba a cada campeonato, le ayudaba y le daba consejos para enfrentarse a sus nervios. Un día Silvia le aconsejó ir a entrenar a la playa de al lado de su casa. Allí el oleaje era continuo. Ella pensó que si conseguía durar mucho nadando cara al oleaje, cuando nadara en la piscina sería más ligero, pero esto falló.

Marcos ya estaba nadando cara a las olas hacía un buen rato lo que le produjo un gran cansancio. De repente lo arrolló una ola débil pero que debido a su cansancio no pudo aguantar. Silvia le perdió de vista y fue corriendo al puesto de los vigilantes de la playa. Estos corrieron a ayudarle. Una vez ya en la orilla, Silvia lo abrazó fuertemente entre lágrimas, se sentía culpable de lo ocurrido. Marcos la disculpó, él lo hizo porque quiso, nadie le obligó. Al día siguiente se disputaba la final y Marcos seguía estando nervioso, él pensaba que si no pudo contra una ola débil, tampoco podría contra aquellos adversarios tan buenos. Por un minuto, pensó en tirar la toalla y retirarse, pero luego se dio cuenta de lo mucho que había entrenado para hacer realidad el sueño de toda su vida, así que se preparó en la orilla de la piscina con los demás finalistas. El inicio de la carrera se anunció con un sonoro pitido. Marcos saltó a la piscina y comenzó a nadar, aunque más que nadar parecía que corría de la velocidad que alcanzó. Terminó la carrera en primera posición y Silvia le dio la enhorabuena por su gran carrera, pero Marcos no la aceptó ya que dijo que es él el que le tiene que dar las gracias porque el duro entrenamiento de la playa dio sus frutos como Silvia esperaba. Eso a ella la animó mucho porque se sentía culpable desde aquel día, pero ya no.

Cecilia Sanz Bel 4.º ESO IES CINCO VILLAS DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Juvenil / NARRATIVA


Á G O R A

POESÍA DE 16 A 20 AÑOS

PRIMER PREMIO DE POESÍA

Desde su ventana Frías noches bajo su atenta mirada, la Luna nos observa desde su ventana. Nos cuida y protege, fiel guardiana. La señora de la noche nos canta una nana, de acordes antiguos y melodía de plata. Mensajera de sueños, que a la noche nos atan. Mística, nos ocultas tu cara. Oscura belleza que a cualquiera mata. Un beso, un suspiro, una palabra, La Luna nos canta desde su ventana. Farol en una noche de primavera, iluminando el camino para que no me pierda. Tu calido abrazo de tacto de seda, agarra mi alma con toda su fuerza. Consuelo de muchos, fiel compañera, tocar querría tu cara de perla. Estas en el cielo como globo que espera a que alguien lo coja en cuanto pueda. Velas por nosotros, o blanca hermana. La Luna nos cuida desde su ventana. Cruzando el cielo vuelves a tu alcoba, como barco que se mueve al compás de las olas. Te vuelves frágil como flor de amapola, como liebre acorralada por una loba. En poco tiempo tu reinado acaba. Promesas al viento, despedidas al alba, como Diosa que muere cada mañana. Esta noche volveremos a verla desde su ventana.

Antonio Modrego Braulio 2.º DE BACHILLERATO IES REYES CATÓLICOS DE EJEA DE LOS CABALLEROS

POESÍA / Literatura Juvenil

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Á G O R A

POESÍA DE 16 A 20 AÑOS

SEGUNDO PREMIO DE POESÍA

A mi futuro El pasado es claro, el presente es gris, el futuro oscuro, mi muerte espera allí. El crepúsculo llega, el día sigue gris, el hastío de la vida me lleva hacia ti. En la noche te pienso sin poderte ver, en el paso del tiempo tu luz puedo ver.

Edilberto S. García Gavilán 2.º DE BACHILLERATO IES CINCO VILLAS DE EJEA DE LOS CABALLEROS

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Literatura Juvenil / POESÍA


Á G O R A

OT R O S P O E M A S

Recuerdos Me acuerdo de aquella tarde, la vi en el atardecer de verano, y traía con ella el encanto, sí, el de la primavera. Sus pasos se oían suavemente, pareciendo la brisa y golpeando las hojas. Sus ojos ¡Oh, imán poderoso! Transmitían la ternura que sólo ella posee, sus cabellos se movían con el viento, pareciendo lana de oveja. Su voz, la más dulce voz, sonaba como un coro celestial. Cuando nos miramos, por un momento estaba en el cielo. Casi no pude hablar ni un suspiro, porque me había embriagado con su amor. Al cogerme de la mano, sentí la suavidad de la nieve en su delicada mano. En aquellos momentos, para mí sólo había ella, o sea, había todo. Le regalé una flor a la flor, a ella que siempre es hermosa. Cómo no escribirle si ella es la inspiración que el poeta quiere. ¡Oh linda! Te escribí, te escribo y te escribiré para que nunca falte en tu espíritu la felicidad.

Rodolfo Cardoso Zani 1.º BACHILLERATO IES RÍO ARBA DE TAUSTE

NARRATIVA / Literatura Infantil y Juvenil

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Comarca de las Cinco Villas


Ágora nº8  

Revista de cultura, ensayo y creación literaria editada por el CPR de Ejea de los Caballeros (Zaragoza)

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