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J. G. Mesa

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Gente Muerta

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1ª edición 2012 Obra literaria: Juan González Mesa. Cubierta: Lucía Ansótegui. Composición: Ediciones aContracorriente. Enlace al blog de Ediciones aContracorriente: http://editando-blog.edicionesacontracorriente.com Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la ley, que establece penas de prisión y o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujesen, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente en todo o en parte, una obra literaria artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización. Ediciones aContracorriente 2012. Josefa Valcárcel 8 planta 2, 2027 Madrid, España. Depósito legal: Edición digital ISBN: 978-84-939129-2-5

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Índice La Muerte.............................................................. 17 El Árbol del Ahorcado ........................................... 59 Sola .................................................................... 134 El Caldero ........................................................... 182 El Mundo en Armas ............................................. 275 Por la Espada...................................................... 366 Muertes Desiguales ............................................ 447 El Sueño.............................................................. 515 Fantasmas .......................................................... 562 La Caza a Través del Tiempo .............................. 609 La Tristeza .......................................................... 646 Enemigos ............................................................ 677

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CĂ­rculo de Fuego ................................................. 718 Contenido extra .................................................. 744

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Gracias a Antonio por se単alarme, a Mariano por justar conmigo y a Dulce por ser el lustre de nuestras armas.

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Dedicado a la venganza...

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La ciudad está perdiendo su luz con rapidez. A esta hora se aceleran las cosas. Todo el mundo se mueve más rápido, se apresura, como si temiesen la llegada de vampiros. Es curioso cómo para mí sucede lo contrario, se enlentecen y puedo fijarme en cada pequeño detalle. Veo bajar la luz rayo por rayo y la veo llegar con menos fuerza a cada momento, como si estuviera inmersa en un líquido fantasma. Estoy siguiéndolo por las calles de esta ciudad. Él no me ve. Camina a zancos, esquivando a le gente como si pudieran golpearle. A veces se vuelve extrañado y se pregunta si no lo han hecho, si no debería haber sentido un golpe. Pero la pregunta se esfuma con rapidez, supongo, y él sigue caminando. Hoy hay Niebla; aún no sé qué puede significar eso. La siento dentro de mí, en los huesos. Sigo llamándolos huesos. Después de horas de seguirlo, llego a la conclusión de que no sabe dónde va, aunque él crea que sí. Que no edicionesaContracorriente.com


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sabe que va a acabar donde siempre. Pero yo no lo adelanto ni pienso en coger un atajo, aunque conozco varios. Lo sigo porque quiero verlo caminar. Me invade una tristeza enorme cuando le veo pararse delante de algún escaparate; mira alguna comida apetitosa, pero no hace nada. Parece defraudado por la comida, por el hambre que no encuentra. Me hace mirar hacia otra parte. La gente está calmando de nuevo su paso, porque ya casi ha anochecido. Hace frío. Es como si la lucha entre noche y día produjera un frío que no es natural. Todo lo que existe lucha, sea vivo o inerte, y esa lucha produce cambios. El corazón de la ciudad distribuye esos cambios; a raíz de ello, la gente se siente feliz o triste. Vuelve a ponerse en camino, algo aturdido, extrañado. Ni siquiera es consciente de que ha pasado a través de una persona, de su piel esponjosa y su cerebro macerado en rojo. Lo sigo. Está apresurándose y no entiendo por qué. Quizá algo en la Niebla le ha llamado la atención, o le ha dado miedo. Pobrecillo. Qué solo está. Qué lejos yace su ira. Creo que no lo odio; no como antes. Me da pena, aunque no me guste esa pena. No me gusta en absoluto perder sentimientos que me dan fuerza, pero ya no es aquel a quien odié profundamente; no puedo dejar de comprender eso, aunque quiera. Hoy casi hemos cruzado la ciudad. Hemos estado mucho tiempo andando, viendo sitios conocidos, viejos amigos que nos han saludado sin palabras. Me estremece el edicionesaContracorriente.com


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modo en que los edificios son capaces de hablar. A veces he mirado a otras personas con el ánimo de preguntarles:¿No os dais cuenta de que está gritando? ¡Está diciendo que la habita gente desde hace cien años, pero nadie habla con ella! Me estremecen las casas cuando las veo desde fuera. Puedo hilar una historia de cada una, pero me sobrecoge hacerlo. Los edificios se van alejando de la ancha y mal iluminada avenida de Daroca. Olmos y cipreses asoman sus ramas oscuras a través de húmedas verjas. Entra las calles hay espacios vacíos y planos, como páginas de un diario de tierra y promesas. Solo pueden verse las estrellas del cénit, porque el horizonte sigue invadido por la catarata lechosa de la urbe, que sube en vez de bajar. Salimos del sector de las voces a la zona de los susurros y los pájaros nocturnos, las cucarachas e incluso los recodos en penumbra, nos observan aquí con descaro. Estamos llegando al cementerio de Nuestra Señora de la Almudena, ese enorme, bien guardado y elegante prado de tumbas. Ni siquiera ahora, que camina junto a la verja metálica, es consciente de a dónde va. Ahora mira hacia abajo. Ya no busca. Está dejando de sentirse vivo. Ahora el frío no baja sobre la ciudad. Baja sobre nosotros dos; como la sombra de un pájaro al que no se puede ver. Es el frío de algo que no conozco, el emisario de no se sabe qué, pero sí por qué. Es el frío que separa los vivos de los muertos. Desciende sobre él porque le está sucediendo a él, y sobre mí, porque sé con exactitud lo que le sucede:

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Está volviendo a su tumba. Los dos andamos con rapidez porque así es como se cierra el círculo. Nos lleva. No sé cómo, estamos llegando a la puerta. Él la usa para entrar, aunque no se da cuenta que la ha atravesado en parte. Ya no existen preguntas en su cabeza. El bostezo de la tierra lo está sacando de la vida, de nuevo, y lo está metiendo en el Suspiro. Está tan triste y agachado... otra vez sin voluntad, gimiendo en su pequeña morada. Es una tumba con una discreta cruz de piedra blanca. Su epitafio es corto: Javier Cruzado Idalio. 1880—1914. Y lo que calla: No tuvo hijos, dio mala vida a su mujer y sus padres murieron sin quererlo. Comienza a agacharse y pregunta: —¿Qué se están llevando de mi casa? ¿Eso es mío? Su lamento es terrible, incrementa el frío y hace que otros muertos se estremezcan. Los gatos del camposanto dejan lo que estuvieran haciendo y miran a su alrededor, inquietos. En un momento se apaga, cuando dejo de verle y, al acabar su lamento, al desaparecer Javier en su tumba, el frío se aleja. Va llegando esa calma activa de cementerio, donde los animales se arrastran, depredan y observan, las hojas bailan en pequeños grupos elegidos por el viento y los muertos murmuran con voces graves o susurros escalofriantes. No son muchos, diez o doce en toda esta edicionesaContracorriente.com


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planicie, pero se les oye con nitidez. Comprendo el miedo por ellos. Está compuesto de varios: el miedo a lo grotesco y patético, el miedo a lo desconocido, el miedo animal a recibir daño y el miedo a acabar así. El miedo producido por el hecho de estar vivo y saber que hay algo más aparte de un opuesto. Decido volver. Salgo con rapidez del cementerio de la Almudena, consciente de que los muertos dicen cosas sobre mí. Vuelvo a Daroca y sigo mi avance hacia la ciudad, que está más quieta que antes. El día se retiró por completo y la lucha acabó con la intranquilidad que el corazón de Madrid bombeaba. Aún no he dejado de pensar en él, por supuesto. Puede que lo haya odiado mucho, pero también lo conocí mucho, y todo eso crea lazos, sean del tipo que sean, y esos lazos gritan fuerte. No puedo evitar recordar que tenía respiración cálida, que su cuerpo emitía calor, que sus manos tocaban cosas, a mí, y que tuvo hambre, sed y miedo. Él no creía en los fantasmas. Me estoy dirigiendo a la casa que habitamos juntos, la mansión muerta incrustada en el nervio vivo de Ciudad Lineal. Sé que lo hago aunque no pueda evitarlo, pero al menos sé que lo hago. No me opongo a mis recuerdos, porque no tengo nada mejor en qué meterme esta noche. No tengo nada más.

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Ya en mi calle, sigo la verja y la línea de árboles que no llegan a ocultar las otras viviendas, pero que, por el momento, me niegan la visión de la mía. Llego a los barrotes abandonados y atravesados por las ramas de mi jardín salvaje. Traspaso la cancela y abordo el pequeño camino de piedras planas, ocultas por el musgo, separadas por la mala yerba y flanqueadas por la dejadez del reino de los grillos. Cuando al fin me planto ante la fachada de blanco sucio, su visión me asesta un golpe sordo, me paraliza un segundo. El porche de entrada, con su techado oscuro como el morro de una bestia, sus columnas amarillentas como los dientes de una bestia, abre las fauces dispuesto a gritar, dispuesto a recordarme lo infeliz que fui. Al acercarme a la puerta estoy segura de que las dos grandes ventanas del primer piso, que hacen de ojos desconchados y dramáticos, me siguen hasta que alcanzo el ángulo que les impide seguir mirando. Sigo avanzando hasta que no percibo, ni en la periferia de mi visión, la línea negra del tejado de dos aguas. Entonces me escabullo por la puerta. Entro y me invade un gran alivio. Me siento protegida de alguna manera porque, aún a pesar de los malos momentos que pasé aquí, sigo considerándola mi refugio. Es mi casa. No tiene secretos para mí; por algo la he cuidado durante años. En pocos segundos me doy cuenta de que no estoy sola. Alguien ha entrado, seguramente forzando alguna ventana, y se encuentra en el piso de arriba. No es la

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primera vez que sucede, ya que hay gente especializada en detectar la soledad de los lugares. Les falta algo de talento para lo sobrenatural. Subo las escaleras de mi casa hasta el segundo piso, donde se encuentran los dormitorios. Quien sea está trasteando en el mío, el que compartí con mi marido hasta que la muerte nos separó. No me gusta que hagan eso. No me gusta en absoluto. También noto la ausencia de corrientes de aire; solo habrá una ventana abierta, que no es la de mi cuarto. Mientras me acerco a grandes pasos y envuelta en furia, oigo con nitidez la respiración trabajosa del hombre, la respiración de alguien que busca con codicia. Quizá con algo más. Él no me ve cuando yo ya puedo verle. Está revolviendo en los cajones de mi dormitorio buscando joyas, dinero. No creo que las encuentre; el tesoro de la mansión está oculto como un tumor inoperable. Se detiene sentado en la cama, indeciso. Mira a su alrededor, paseando incluso su mirada por la oscuridad en la que estoy. Nota algo extraño, pero no lo tiene en cuenta. Se dirige con decisión al armario, donde está toda mi ropa, y allí revuelve y busca un buen rato; de nuevo esa respiración de esfuerzo. No encontrará nada de valor, yo lo sé, pero él sigue revolviendo. Sale del armario con algo de ropa interior femenina, que es mía, por supuesto. Sonríe y la codicia que le hacía respirar con esfuerzo ahora es lascivia juguetona y atrevida. Decido que esto ha llegado demasiado lejos.

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El hombre acerca las prendas a su cara pensando quizá que huelen a sexo, aunque solo huelan a jabones de armario. Aprovecho el momento para dirigirme a la ventana del dormitorio. La abro un poco y el aire entra y levanta las cortinas. El hombre mira. No parece alarmado, pero sí extrañado. Él no ha abierto esa ventana. Se acerca para cerrarla, así que me muevo por encima de mi cama, hacia el otro extremo del dormitorio. Allí golpeo con fuerza uno de los cajones que están abiertos. Se cierra con tanta brusquedad que el individuo pega un salto. ¡Ese cajón estaba abierto! No ha cerrado ninguno, porque se encontraba seguro y confiaba en que tenía todo el tiempo del mundo. Ahora estoy enfadada por dos motivos: por su intrusión repugnante en mi casa y por su actitud cobarde y estúpida. Mi ira congela el aire. Puedo ver cómo su respiración se condensa y el hombre tiembla. Me dirijo a él, aunque él no lo sepa, y lo atravieso con firmeza, gritando a mi manera. Por supuesto, no es un grito que pueda oír, pero nota esa terrible sensación de vulnerabilidad y se agarra el pecho y el abdomen, porque se siente cerca de la muerte; está cerca de la muerte. Y cierro de un golpe la puerta del armario. Esta vez se le escapa un grito. —¡Dios mío! —dice. Golpeo varias veces la puerta del armario, que ahora se abre y cierra como la boca de un monstruo. El hombre suelta mi ropa. Está temblando y noto su miedo como edicionesaContracorriente.com


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alimento para mí. Me alejo del mueble y paso sobre la cama para que giman sus muelles. Otro sobresalto. El hombre sale del dormitorio mirando hacia todas partes, sin ver nada. Se dirige a las escaleras. En el pasillo, donde los adornos son de menos valor, doy rienda suelta a mi furia. Golpeo los cuadros para que vuelen hacia él. Tiro un paragüero, un perchero. El hombre está corriendo ahora. Si mirase hacia atrás, vería aparecer mi rostro en enérgicos intervalos, una ráfaga de pelo azabache, transformado en anémona, sobre el astro amarillento de mi rostro, sobre el disparo insolente de mis ojos, negros como el último pensamiento de un suicida. Baja las escaleras casi sin pisar los escalones. Si alguien le preguntase cómo lo ha hecho, no podría responderle, ni cómo estuvo a punto de caerse cuando pasé junto a él, ni cómo recuperó el equilibrio. En la entrada mira por última vez a su alrededor, con lágrimas de miedo, con la boca temblona. Si supiera lo poco que soy, lo poco que podría hacerle si no tuviese miedo... Agarro la mantelería de la mesa de entrada y todos los pequeños objetos que hay sobre ella saltan como las piedras de un volcán. El grito del hombre ahora es franco y puro, de terror auténtico. Cuando consigues eso de un hombre, has roto todas sus barreras, has despojado de pintura y telas a la bestia asustada que era cuando nació. Me gusta hacer gritar a los hombres.

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El ladrón se vuelve hacia la puerta demasiado rápido y tropieza con sus pies. Cae y se vuelve a levantar. Toco su espalda y le arranco el último grito antes que abra la puerta de mi casa y salga corriendo, muy rápido, calle abajo. Lo observo alejarse. Su miedo y su carrera son igual de ridículos. Miro un rato más por la calle, atenta ya a otras cosas, a otros sonidos, a otras posibles amenazas. No hay nada ahí fuera. Yo soy quien produce miedo y recordarlo me da fuerzas. Cierro la puerta de entrada y murmuro para mí: —Esta es mi casa. Las corrientes de aire la han invadido en un segundo y todas las cortinas están desordenadas y el polvo baila con la luz de las farolas de fuera. Por un momento parece una casa deshabitada. Pero yo soy su dueña, aunque lleve tiempo muerta, y no dejaré que el polvo ni el tiempo se coman mis cosas. Son mis cosas. Este es mi refugio y a la vez mi cuerpo.

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