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Bécquer

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Leyendas

Gustavo Ad Adolfo Bé Bécquer

Leyendas Edición de: ediciones

aContracorriente

Colección:

aMedianoche

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1ª edición 2011 Cubierta: de Mikalojus Ciurlionis, 1905, obra en dominio público. Sobrecubierta y contracubierta: Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer por Valeriano Domínguez Bécquer, obra en dominio público. Composición: Ediciones aContracorriente. Enlace al vídeo realizado para la edición no venal promocional: http://www.youtube.com/watch?v=9goyDSDJunM Enlace al blog de Ediciones aContracorriente: http://editando-blog.edicionesacontracorriente.com Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la ley, que establece penas de prisión y o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujesen, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente en todo o en parte, una obra literaria artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización. Ediciones aContracorriente 2011. Josefa Valcárcel 8 planta 2, 2027 Madrid España Depósito legal: Edición digital ISBN: 978-84-939129-0-1

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Índice Prólogo a la presente edición ........................................... 4 Introducción del autor ..................................................... 8 El caudillo de las manos rojas ........................................ 10 La cruz del diablo .......................................................... 33 La ajorca de oro ............................................................ 45 El Monte de las Ánimas .................................................. 50 Los ojos verdes ............................................................. 56 Maese Pérez el Organista .............................................. 61 La creación ................................................................... 71 ¡Es raro! ........................................................................ 76 Creed en Dios ................................................................ 83 El rayo de luna ............................................................... 91 El miserere .................................................................... 98 Tres fechas ................................................................. 105 El Cristo de la calavera ................................................ 117 La arquitectura árabe en Toledo .................................. 124 El gnomo ..................................................................... 129 La cueva de la mora ..................................................... 138 La promesa ................................................................. 142 La corza blanca ........................................................... 149 El beso ........................................................................ 161 La rosa de pasión ........................................................ 170 Las hojas secas ........................................................... 176 La mujer de piedra (inconclusa) ................................... 180

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Prólogo a la presente edición Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, sevillano ilustrísimo e universal llegado al mundo el 17 de febrero de 1836, hijo de José Domínguez Insausti y Joauina Bastida de Vargas, bautizado en la parroquia de san Lorenzo mártir, obra eclesiástica edificada por …Venga vale. Bécquer, como le llamaran en su casa seguramente no lo sabremos nunca, pero el caso es que Gustavo, o Adolfo, resolvió que el mundo le conocería por el apellido de sus antepasados flamencos, Bécquer. Esto ya nos dice mucho de un hombre que decidió que su nombre de batalla, su apodo o su nick, fuera la carta de presentación de sus obras. Como un cantante de hip hop moderno, como un artista pop. Seguramente llegaría a firmar en las paredes de su Sevilla natal grafitis de la época en plan «Bécquer rules» pero claro debajo de una de sus rimas para la posteridad. El mayor problema de la obra de Bécquer es que se estudian en los colegios de forma obligada. Esto va muy bien porque no existe mayor difusión para un autor que el adoctrinamiento de sus lectores desde pequeñito, pero crea a su vez un efecto rechazo que es difícil de extirpar. Todos hemos leído a Bécquer por encima, tomando los datos esenciales para poder hacer rápidamente un trabajo de clase que nos permitiera tanto poder salir a jugar (o engancharnos a la consola) como poder sacar un 5 en literatura que parecía un 10 al lado de seis suspensos. Supongo que existirán honrosas excepciones de docentes que intenten que sus alumnos vean más allá del nombre literario machacado y aburrido por los siglos. Quiero creer que algún profesor ha tenido la paciencia y el talento para poder exponer a sus pupilos, que el libro que les ha mandado leer, no es una imposición sino un regalo que con los años aprenderán a valorar. Vamos a olvidarnos de ese Bécquer de escuela e instituto, vamos a olvidarnos de las fichas de lectura, de las portadas con foto pegada (así se hacía antes del pc queridos niños) y del «no seño no lo he traído porque se lo ha comido mi perro.» En España tenemos la manía de hundir en la miseria a nuestros creadores o de encumbrarlos de tal manera, que nadie los mira de lo alto que están en sus pedestales. Eso se ha hecho con un tipo que fue un adelantado a su época, un rebelde con la causa del hedonismo, un chaval que quedó huérfano y al que su tío le decía cosas tales como: «Tú no serás nunca un buen pintor, sino un mal literato», Tenía vista Don Joaquín Domínguez Bécquer ¿verdad? Pero Gus o Fito, fue sobre todo lo que se llama un tarambana, un golfo un cierrabares, un poco grunge y soñador, lo que se define de manera respetuosa un Romántico. Como muchos de los autores actuales se marchó a Madrid, con unos cuantos pliegos de papel, decidido a que alguien le hiciera caso en eso de publicar. Y como muchos de los autores actuales, se encontró con que nadie apostó por él. Así que se hizo bohemio, que es lo que se hace uno cuando no tiene un duro y quiero vivir de su arte. www.edicionesaContracorriente.com


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Junto con unos amigotes, Julio Nombela y Luís García Luna, montaron un fancine con lo que iban tirando y además dando caña a los autores consagrados, Campoamor, Echegaray, y al mundillo literario de la época. Y a todo esto saliendo de marcha, que como uno es bohemio y español, tiene que estar en las tabernas hasta las tantas enganchado al vino de cuatro perras, al láudano y a la absenta, que si lo toma Byron bueno tiene que ser. -¿A ti te gusta Byron, Nombela? -A mí lo que más. -Pues ala, págate otra. Por lo visto salían de marcha y a dominguear por Toledo, ciudad que sería la gran cuna literaria del poeta. Siempre vemos a la gente de épocas pasadas idealizados por una pátina de respetabilidad dada por el tiempo, pero hay que recordar que Gus Fito tenía por aquel entonces 20 años, no tenía que dar cuentas a nadie y que, junto a los otros dos nombrados arriba y su hermano Valeriano, tenían que montar unas en el Zocodover de aúpa, aún más cuando en el siglo XIX español estaba muy de moda eso de ir cargado con una navaja de tres palmos y siete muelles. Para ir tirando Gus Fito se puso a trabajar, mientras escribía, en la oficina de la Dirección de Bienes Nacionales, que debía ser un curro la mar de entretenido, del cual le echan cuando su jefe le pilla dibujando en horas de trabajo. Eso tuvo que ser para verlo. Al palo de encontrarse parado cuando no existía el subsidio de desempleo, se le une que empieza a sufrir de tuberculosis. -¡Anda como Byron! -Vete a la mierda Nombela. Y entre eso y las visitas a Toledo, que debía tener por aquel entonces más iglesias que bares, le entra un tonillo místico religioso que le inspira algunas de sus obras más enciclopédicas y aburridas. Pero cuando más deprimido se encontraba, cuando el pesimismo se asentaba en su alma y comenzaba a reflejarse en sus escritos, llegó Julia. Julia Espín era una rubia de ojos azules y de poquita carne para los gustos de la época, así que para los nuestros actuales debía estar bastante bien. Ella fue la causante de que se escribiese uno de los versos más hermosos y más revienta virginidades de la historia: ¿Qué Es Poesía? ¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú. Pero Julia era una chica cabal, sabía que montándoselo bien podría conseguir un buen marido que la pudiera dar una vida acorde a sus pretensiones. Bécquer podría ser guapo, tenía el morbo de ser un golferas y sí, escribía de miedo. Estaba bien para según qué cosas pero no para algo serio.

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La que fue su mujer se llamó Casta Esteban Navarro, que a pesar de su nombre, no se debía andar con remilgos, ya que conoció a Gus cuando el padre de ella trataba al poeta de una enfermedad venérea cogida vete tú a saber dónde. Casta se lo debió de dejar muy clarito. -Nene a mí eso de que escribas me parece muy bien pero aquí necesitamos parné, así que ponte a hacer algo. -Pero yo soy un poeta, soy libre, mágico, inspirado. -Ay que cruz de hombre. Gus Fito mandó curriculums y no le llamaba nadie. Así que hizo lo que hacemos todos, hablar con los colegas a ver si saben de algo. Su amigo Luis Correa mueve los hilos para que le contraten en un periódico nuevo «El Contemporáneo». José Luis Albareda, director de la cabecera, decide aprovechar la experiencia previa de Bécquer en cerrar bares y le coloca en la sección de salones, literatura y un poco de política para que el chaval coja fondo, que no escribe mal pero es un poco alocado. Con eso van tirando. Se pone a escribir en serio, pues tiene una familia que mantener. Es ahí cuando plantea como proyecto global sus Leyendas que incorporamos en este volumen. Casta pone la casa que era de su familia, Gus Fito ya no sale tanto de noche, y como no tenían tele pues claro llega el niño. Tiene una etapa mala entre ellos y por la tuberculosis de él, que consiguen superar cuando se hace con un buen trabajo en Madrid como censor de novelas y claro, con la reconciliación llega otro bebe. Ahora Bécquer es conocido en la villa corte y su trabajo periodístico respetado. Se ha hecho mayor, tiene 25 añazos, dos hijos, es censor y consigue el cargo de director en los periódicos «La Ilustración» y «El Entreacto» consecutivamente. El bohemio parece que ha muerto y ha nacido el burgués. Quien realmente muere es su hermano Valeriano, el mismo con el que llevaba toda la vida, jugando, peleando, trabajando, emborrachándose… esto le afecta profundamente y para rematar descubre que Casta le ha sido infiel. -Vaya nombrecito que te pusieron tus padres mona. Hundido anímicamente, separado y volviendo a sus antiguos excesos, recae de su enfermedad crónica. En las vísperas de navidad de 1870, su amigo Augusto Ferrán va a verle y lo encuentra muy desmejorado, consumido por la fiebre y deprimido. Bécquer quiere hacer testamento -No digas estupideces Adolfo, de esta sales. -No Augusto, hazme un favor, los libros cógelos y quémalos. No quiero que nadie vea eso, sería mi deshonra, no valen nada. -Adolfo… -Hazme caso. Que sobrevivan las rimas esas tenían algún sentido. Sí, si es posible, publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo.

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El 22 de diciembre Madrid se levanta, pero ese día no amanece, ocurre un eclipse total de sol, la ciudad no quiere luz sobre el cadáver de hijo adoptado. Gus, Adolfo, ya para siempre Bécquer, ha muerto con 34, años dicen que sus últimas palabras fueron: «Todo mortal.» Genio y figura hasta el final. Así fue, pero lo realmente importante es lo que nos deja, sus obras. Tiene muchas más de las que la mayoría conoce, tratados artístico históricos, obras de teatro, artículos periodísticos e incluso dibujos, lo que le hacen un autor más completo y global de lo que puede parecer a simple vista. Pero aquí nos interesan las Leyendas. Las Leyendas tiene un claro carácter lúdico, pero también recopilatorio y de homenaje. Hay que tener en cuenta que lo que se llevaba en la época de Bécquer, era el Realismo de Valera y Pérez Galdós influidos por Balzac. Él en cambio iba aContracorriente y se aferraba a un Romanticismo ya algo pasado de Heine De ahí sus temas llenos de fantasmas, ánimas, seres sobrenaturales y otros entes propios del bestiario de cualquier Tolkien. Por otra parte escribe de una manera que no necesita adaptaciones de remozamientos para ser actual y entretenida. Escribe para la gente normal, no para las élites. Escribe de manera simple, amena y divertida. Aúna la tradición de las historias comarcales, las que se contaban a la luz de las llamas en noches de invierno, con el tiempo que le tocó vivir, pero también con el nuestro propio. Es imposible no ver, por ejemplo, en «La Dama de Kelpie» de Mago de Oz reminiscencias de «El Monte de las Ánimas» o «El Rayo de Luna». Mientras la España de su época se revolvía en un momento político convulso, él se dedicaba a escribir cuentos, breves, cortos, aptos muchos para ser narrados, con títulos tan evocativos como «La Cruz del diablo» o «El Caudillo de las Manos Rojas» dignos de cualquier betseller actual o incluso de portadas de discos y eslóganes de camisetas. Nuestra selección de Leyendas es una lectura indispensable para todos aquellos que disfruten con la fantasía épica, con los cuentos de terror, con las historias de fantasmas. Son la mejor manera de iniciarse en estos géneros y por supuesto la mejor manera de redescubrir a un autor que ha sido eclipsado por su propia carga académica. Olvidemos a Gustavo Adolfo, descubramos a Gus Fito, un chico sevillano al que le gustaban los cuentos populares de miedo, que escuchaba a los lugareños hablar de historias del pasado, de temores convertidos en leyendas y que tuvo el talento suficiente para legárnoslo a nosotros. Vivió rápido, murió joven y dejó un montón de cosas buenas escritas. Ojalá los dioses nos sean tan propicios.

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Introducción del autor Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo. Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma. Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse al beso del sol en flores y frutos. Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en formidable, aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por donde salir a la luz de entre las tinieblas en que viven. Pero ¡ay, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra; y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos! Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. ¡Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino! Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí, paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término, y a éstas hay que ponerles punto. El insomnio y la fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya como las raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia disputándose los átomos de la memoria, como el escaso jugo de una tierra estéril. Necesario es abrir paso a las aguas profundas, que acabarán por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo. ¡Andad, pues! Andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables; os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estofa tejida de frases exquisitas, en la que os pudierais envolver con orgullo, como en un manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. Mas es imposible. No obstante, necesito descansar: necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas hinchadas venas se precipita la sangre con pletórico empuje, desahogar el cerebro, insuficiente a contener tantos absurdos. Quedad, pues, consignados aquí, como la estela nebulosa que señala el paso de un desconocido cometa, como los átomos dispersos de un mundo en embrión que

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aventa por el aire la muerte, antes que su creador haya podido pronunciar el flat lux que separa la claridad de las sombras. No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis ojos en extravagante procesión, pidiéndome con gestos y contorsiones que os saque a la vida de la realidad del limbo en que vivís, semejantes a fantasmas sin consistencia. No quiero que al romperse este arpa vieja y cascada ya, se pierdan, a la vez que el instrumento, las ignoradas notas que contenía. Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo, una vez vacío, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro de la cabeza. El sentido común, que es la barrera de los sueños, comienza a flaquear, y las gentes de diversos campos se mezclan y confunden. Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos, nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con los días y mujeres que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre. Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la muerte, sin que vengáis a ser mi pesadilla, maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido. Id, pues, al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que encontraron, en un alma que pasó por la tierra, sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas. Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta para el gran viaje. De una hora a otra puede desligarse el espíritu de la materia para remontarse a regiones más puras. No quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un saltimbanco, el tesoro de oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la fantasía en los desvanes del cerebro. Junio de 1868

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El caudillo de las manos rojas Canto primero I Ha desaparecido el sol tras las cimas del Jabwi, y la sombra de esta montaña envuelve con un velo de crespón a la perla de las ciudades de Orsira, a la gentil Kattak, que duerme a sus pies, entre los bosques de canela y sicomoros, semejante a una paloma que descansa sobre un nido de flores. II El día que muere y la noche que nace luchan un momento, mientras la azulada niebla del crepúsculo tiende sus alas diáfanas sobre los valles, robando el color y las formas a los objetos, que parecen vacilar agitados por el soplo de un espíritu. III Los confusos rumores de la ciudad, que se evaporan temblando; los melancólicos suspiros de la noche, que se dilatan de eco en eco repetidos por las aves; los mil ruidos misteriosos, que como un himno a la Divinidad levanta la Creación, al nacer y al morir el astro que la vivifica, se unen al murmullo del Jawkior, cuyas ondas besa la brisa de la tarde, produciendo un canto dulce, vago y perdido como las últimas notas de la improvisación de una bayadera. IV La noche vence; el cielo se corona de estrellas, y las torres de Kattak, para rivalizar con él, se ciñen una diadema de antorchas. ¿Quién es ese caudillo que aparece al pie de sus muros, al mismo tiempo que la luna se levanta entre ligeras nubes más allá de los montes, a cuyos pies corre el Ganges como una inmensa serpiente azul con escamas de plata? V Él es. ¿Qué otro guerrero de cuantos vuelan como la saeta a los combates y a la muerte, tras el estandarte de Schiuen, meteoro de la gloria, puede adornar sus cabellos con la roja cola del ave de los dioses indios, colgar a su cuello la tortuga de oro o suspender su puñal de mango de ágata del amarillo chal de cachemira, sino Pulo-Dheli, rajá de Dakka, rayo de las batallas y hermano de Tippot-Dheli, magnífico rey de Osira, señor de los señores, sombra de Dios e hijo de los astros luminosos? VI Él es: ningún otro sabe prestar a sus ojos ya el melancólico fulgor del lucero del alba, ya el siniestro brillo de la pupila del tigre, comunicando a sus oscuras facciones el resplandor de una noche serena, o el aspecto terrible de una tempestad en las aéreas cumbres del Davalaguiri. Es él; pero ¿qué aguarda? VII ¿Oís las hojas suspirar bajo la leve planta de una virgen? ¿Veis flotar entre las sombras los extremos de su diáfano chal y las orlas de su blanca túnica? ¿Percibís

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la fragancia que la precede como la mensajera de un genio? Esperad y la contemplaréis al primer rayo de la solitaria viajera de la noche; esperad y conoceréis a Siannah, la prometida del poderoso Tippot-Dheli, la amante de su hermano, la virgen a quien los poetas de su nación comparan a la sonrisa de Bermach, que lució sobre el mundo cuando éste salió de sus manos; sonrisa celeste, primera aurora de los orbes. VIII Pulo percibe el rumor de sus pasos; su rostro resplandece como la cumbre que toca el primer rayo del sol y sale a su encuentro. Su corazón, que no ha palpitado en el fuego de la pelea, ni en la presencia del tigre, late violentamente bajo la mano que se llega a él, temiendo se desborde la felicidad que ya no basta a contener. -¡Pulo! ¡Siannah! -exclaman al verse, y caen el uno en los brazos del otro. En tanto el Jawkior, salpicando con sus ondas las alas del céfiro, huye a morir al Ganges, y el Ganges al golfo de Bengala, y el Golfo al Océano. Todo huye: con las aguas, las horas; con las horas, la felicidad; con la felicidad, la vida. Todo huye a fundirse en la cabeza de Schiven, cuyo cerebro es el caos, cuyo ojos son la destrucción y cuya esencia es la nada. IX Ya la estrella del alba anuncia el día; la luna se desvanece como una ilusión que se disipa, y los sueños, hijos de la oscuridad, huyen con ella en grupos fantásticos. Los dos amantes permanecen aún bajo el verde abanico de una palmera, mudo testigo de su amor y sus juramentos, cuando se eleva un sordo ruido a sus espaldas. Pulo vuelve el rostro y exhala un grito agudo y ligero como el del chacal, y retrocede diez pies de un solo salto, haciendo brillar al mismo tiempo la hoja de su agudo puñal damasquino. X ¿Qué ha puesto pavor en el alma del valiente caudillo? ¿Acaso esos dos ojos que brillan en la oscuridad son los del manchado tigre o los de la terrible serpiente? No. Pulo no teme al rey de las selvas ni al de los reptiles; aquellas pupilas que arrojan llamas pertenecen a un hombre, y aquel hombre es su hermano. Su hermano, a quien arrebataba su único amor; su hermano, por quien estaba desterrado de Osira; el que, por último, juró su muerte si volvía a Kattak, poniendo la mano sobre el ara de su Dios. XI Siannah le ve también, siente helarse la sangre en sus venas y queda inmóvil, como si la mano de la Muerte la tuviera asida por el cabello. Los dos rivales se contemplan un instante de pies a cabeza; luchan con las miradas, y exhalando un grito ronco y salvaje, se lanzan el uno sobre el otro como dos leopardos que se disputan una presa... Corramos un velo sobre los crímenes de nuestros antepasados; corramos un velo sobre las escenas de luto y horror de que fueron causa las pasiones de los que ya están en el seno del Grande Espíritu.

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XII El sol nace en Oriente; diríase al verlo que el genio de la luz, vencedor de las sombras, ebrio de orgullo y majestad, se lanza en triunfo sobre su carro de diamantes, dejando en pos de sí, como la estela de un buque, el polvo de oro que levantan sus corceles en el pavimento de los cielos. Las aguas, los bosques, las aves, el espacio, los mundos tienen una sola voz, y esta voz entona el himno del día. ¿Quién no siente saltar su corazón de júbilo a los ecos de este solemne cántico? XIII Sólo un mortal; vedle allí. Sus ojos desencajados están fijos con una mirada estúpida en la sangre que tiñe sus manos, en balde, saliendo de su inmovilidad y embargado de un frenesí terrible, corre a lavárselas. En las orillas del Jawkior; bajo las cristalinas ondas, las manchas desaparecen; mas apenas retira sus manos, la sangre, humeante y roja, vuelve a teñirlas. Y torna a las ondas, y torna a aparecer la mancha, hasta que al cabo exclama con un acento de terrible desesperación: ¡Siannah! ¡Siannah! La maldición del cielo ha caído sobre nuestras cabezas. ¿Conocéis a ese desgraciado, a cuyos pies hay un cadáver y cuyas rodillas abraza una mujer? Es Pulo-Dheli, rey de Osira, magnífico señor de señores, sombra de Dios e hijo de los astros luminosos, por la muerte de su hermano y antecesor... Canto segundo I ¿De qué me sirven el poder y la riqueza si una víbora enroscada en el fondo de mi corazón lo devora, sin que me sea dado arrancarla de su guarida? Ser rey, señor de señores; ver cruzar ante los ojos, como las visiones de un sueño, las perlas, el oro, los placeres y la alegría; verlos cruzar al alcance de la mano, y al tenderla para asirlos, ¡encontrar cuanto toca manchado de sangre!.., ¡Oh! ¡Esto es espantoso! II Así exclamaba Pulo, revolcándose sobre la púrpura de su lecho y torciéndose las manos a impulsos de su terrible desesperación. En balde el humo de los pebeteros embalsama la opulenta cámara; en balde la seda de brillantes colores se ha extendido sobre diez pieles de tigre para que descansen sus miembros; en balde han invocado los brahmines por siete veces al espíritu del reposo y al genio de los sueños de nácar... El Remordimiento, sentado a la cabecera del lecho, los ahuyenta con un grito lúgubre y prolongado, grito que resuena incesante en el oído de Pulo: que golpea su frente con dolor al escucharlo. III Los genios que cruzan en numerosas caravanas sobre dromedarios de zafiro y entre nubes de ópalo; las schivas de ojos verdes como las olas del mar, cabellos de ébano y cinturas esbeltas como los juncos de los lagos; los cantares de los espíritus invisibles que refrescan con sus alas los cansados párpados de los justos, no pasan como una tromba de luz y de colores en el sueño del criminal. Gigantes cataratas de sangre negra y espumosa que se estrellan bramando sobre las oscuras peñas de un precipicio terrible, imágenes espantosas y confusas de

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desolación y terror; éstos son los fantasmas que engendra su mente durante las horas del reposo. IV Por eso el magnífico señor de Osira puede gustar la copa del beleño con que los dioses brindan a sus escogidos; por eso apenas la aurora abre las puertas al día, se lanza del lecho, se desnuda de sus vestidos que abrillantan las perlas y el oro, y depositando un beso sobre la frente de su amada, sale de palacio en traje de un simple cazador, dirigiéndose hacia la parte de la ciudad que domina la cumbre del Jabwi. V Como a la mediación de esta montaña, nace un torrente que se derrumba en sábanas de plata hasta bajar a la llanura, donde, refrenando su ímpetu, se desliza silencioso entre las guijas y las flores para ir a confundir sus rizadas ondas con las ondas del Jawkior. Una gruta natural, formada de enormes peñascos que parecen próximos a desplomarse, sirve de taza a estas olas en su nacimiento. Allí, transparentes y sombrías sus aguas, parecen dormir sin que las turbe otro rumor que el monótono ruido del manantial que las alimenta, el suspiro de la brisa que viene a humedecer sus alas en la linfa, o el salvaje grito de los cóndores que se lanzan a las nubes como una flecha disparada. VI Pulo, ya fuera de los muros de la ciudad, manda retirarse a los que le siguen, y emprende solo y sumido en hondas meditaciones el camino que, serpenteando entre las rocas y las cortaduras, se dirige a la gruta donde nace el torrente, que ya salpica su rostro con el polvo de sus aguas. ¿Dónde va el señor de Osira? ¿Por qué desnudándose de su recamada túnica, del amarillo chal, emblema misterioso, y del amuleto de los reyes, cambia su vestidura por el tosco traje de un simple cazador? ¿Viene a los montes a buscar a las fieras en su guarida? ¿Viene ansioso de encontrar la soledad, único bálsamo de las penas que el resto de los hombres no comprende? VII No. Cuando el regio morador de Kattak abandona su alcázar para acosar en sus dominios al soberbio león o al rayado tigre, cien bocinas de marfil fatigan el eco de los bosques; cien ágiles esclavos le preceden arrancando las malezas de los senderos y alfombrando el lugar en que ha de poner sus plantas; ocho elefantes conducen su tienda de lino y oro, y veinte rajás siguen su paso, disputándose el honor de conducir su aljaba de ópalo. ¿Viene a buscar la soledad? Imposible. La soledad es el imperio de la conciencia. VIII El sol toca a la mitad de su viaje, y Pulo a su término. A sus pies salta el torrente; sobre su cabeza está la gruta en que duerme el manantial que lo alimenta, manantial sagrado que brotó de las hendiduras de una roca para templar la sed del dios Vichenú, cuando desterrado de los cielos venía a cazar en las faldas del Jabwi durante la noche. A datar de aquella época remota, un brahmín vela

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