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Tibios y Muertos

Manuel Arduino Tibios y Muertos Edici贸n de:

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1ª edición 2012 Cubierta: Alfred Kubin, Nuestra madre, la Tierra, pluma y tinta sobre papel, 1902. Composición: Ediciones aContracorriente. Enlace al blog de Ediciones aContracorriente: http://editando-blog.edicionesacontracorriente.com Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la ley, que establece penas de prisión y o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujesen, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente en todo o en parte, una obra literaria artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización. Ediciones aContracorriente 2012. Josefa Valcárcel 8 planta 2, 2027 Madrid, España. Depósito legal: Edición digital ISBN: 978-84-939129-3-2

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Índice Prólogo a la presente edición:................................. 6 Los Perros .............................................................. 9 Señorita ................................................................ 11 Los Cazadores ...................................................... 14 La Última Lección ................................................. 17 El Capitán Thule .................................................... 19 El Maremoto .......................................................... 21 Todo es Cuestión de Empezar ............................... 23 El Té...................................................................... 25 El Lavado de los Pecados ..................................... 27 La Última Voluntad ................................................ 29 La Tortura China ................................................... 31 Araña Rosa y Blanca ............................................. 34 Las Auras Artificiales ............................................ 36 Los Ojos ................................................................ 39 Sentimientos Cambiantes ..................................... 41 El Planeta de las Ratas .......................................... 44 La Pesca de la Trucha ........................................... 50

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La Consagración de la Morada .............................. 57 La Venganza ......................................................... 64 El Ángel Exterminador .......................................... 72 La Transición ........................................................ 74 La Flor Cenital....................................................... 76 Solo los Tigres Cebados ....................................... 77 El Asesino a Sueldo............................................... 79 Las Aves del Paraíso ............................................. 87 La Libra del Inmenso ............................................. 95 La Rebelión de los Conejos ................................. 104 La Sangre de la Pantera ...................................... 111 Las Cábalas del Arcoíris ..................................... 119 La Ilusión de Toser en un Hombre ....................... 124 Los Murciélago de Humo..................................... 126 Los Hermanos Segovia ....................................... 128 La Mano Tensa del Viento del Desierto................ 130 Con su Propia Arma ............................................ 132 Disparen Sobre las Sombras ............................... 134 Amor a la Vida..................................................... 137 La Desaparición del Señor Bitter ........................ 140 edicionesaContracorriente.com


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Las Sombras y el General ................................... 144 Contenido extra .................................................. 147

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Prólogo a la presente edición: El tiempo actual nos lleva a comprender la literatura como un campo más de consumo. De ahí que la existencia de sagas literaria inunde las estanterías de las librerías, convirtiendo los títulos en franquicias. Esto no está nada mal y es comprensible en la sociedad en la que vivimos, pero está creando un tipo de escritos que son casi guiones narrativos para televisión, y que, en cierta manera, desprecian y descuidan una de las principales herramientas del oficio de escritor. El léxico. Es complicado hoy en día encontrar encuadernados que obliguen a buscar algún término en el diccionario, enriqueciendo de este modo tanto el vocabulario como la cultura de un lector más acostumbrado al «qué» que al «cómo» en el baile de las letras.

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Por eso, cuando nos topamos con un escritor a la vieja usanza, un artesano de las palabras, estamos encantados de proponérselo a nuestros lectores como una alternativa al otro tipo de literatura arriba citada. El presente volumen engloba bajo el título «Tibios y Muertos» treinta ocho relatos del escritor uruguayo Manuel Arduino Pavón. El señor Arduino ha centrado su capacidad creadora en temas oscuros, a veces macabros, otros tocados ligeramente por la ciencia ficción, en ocasiones recurrentes del cine negro o que recuerdan a viejos westerns. En todo caso, siempre inspirados e inquietantes, pero sobre todo bellos en su forma. Pues el señor Arduino no es solo un escritor que domina un vocabulario amplio y variado, acentuado esto por los originales usos propios de aquel que ha vivido, hablado y escrito entre las fronteras de Argentina y Uruguay, sino que es, como diría Vargas Llosa, un «escribidor». Existe un reto en sus planas a dejar la lectura muda e íntima y lanzase a la declamación de las líneas, para disfrutar de una sonoridad y de una inventiva semántica muy poco usual para los lectores del castellano puro, relegado no lo olvidemos, a una parte de Iberia. Hay que atreverse con un autor que escribe en prosa, pero que coquetea con la poesía en cada oración, en cada sinónimo y que, cuando el lenguaje se le queda pequeño, lo reinventa con mesura y buen gusto.

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Pero no todo es forma en esta selección. En «Tibios y Muertos» vamos a encontrar situaciones y personajes grotescos, ofensivos, inquietantes, definidos con pocos trazos pero de una fuerza evocativa e inspiradora fortísima, que en ocasiones nos lleva a maldecir la brevedad del relato, a preguntarnos por qué el autor no continuó tan atrayente fantasía o, y esto es lo más importante, a tomar lo leído como el punto de partida para escribir un argumento propio. Si esto fuera poco, estos cuentos para adultos poseen además varias capas. Un lector hábil y ambicioso podrá encontrar en «Pájaros Tropicales» mucho más que lo que parece a simple vista, y la reflexión que esconde «Los Ojos», sobre el castigado y el castigador, obliga a tomarse un momento antes de pasar la página y enfrentar una nueva historia. Con todo, recomendamos en especial «La Consagración de la Morada», un perfecto exponente de terror casi clásico, con una gran fuerza visual y que además esconde una curiosa reflexión sobre la globalización y el valor de la vida, (o de los componentes de la misma) humana. No hace falta más presentación para estos regalos del señor Arduino, esperamos que sean de su agrado y que, de paso, sirvan como toma de contacto para otras obras de este nuestro amigo autor como son, entre otras, «El Libro de las Ruinas Azules -Historias Arquetípicas y Maravillosas» o «Viaje al Interior de un Ladrón».

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Las Aves del Paraíso La espesa trama de la vida, la glamorosa urdimbre de verdes salvajes y colores fueguinos lo escandalizaba todo: los ojos palpitantes de los micos trastornados por el tamborileo de los insectos y de los rayos de sol, unos y otros penetrando el delicado tapiz de la selva húmeda; también los ojos de Mary y de Andrew, que habían venido al subcontinente en su safari anual tras algunas instantáneas donosas de las aves más distinguidas y raras que florecen sobre esa parte de la Tierra. Año a año dejaban Nueva Cork y su matrimonio con hijos para recorrer los vergeles de la Creación, los enjambrados aires de la vida, los árboles propiciatorios del jardín del Edén. Allí desfilaban como saetas y maravillas de variado volumen y masa desordenada, los pájaros y las aves más admirables. Nada se parece tanto al ideal de la belleza transmundana, prefigurado por esos ángeles de la corte celestial. En diez o doce días habría de comenzar el otoño boreal y era la época ideal para adentrarse en los

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parajes de la abundancia y de la preñez de recursos, donde tenían su residencia los celosos y privilegiados habitantes del paraíso, allí en la selva asiática, lejos del fragor incestuoso de la civilización cementífera y maquinal. Por cierto que extrañaban a los chicos, pero dos semanas de vacaciones, de vacaciones de padres, era un salario justo por tantas responsabilidades y atenciones de que ocuparse el resto del año. Tenían un espléndido piso a la altura de los altos pájaros en la ciudad de los fenómenos y de las excentricidades, en el foro universal del delirio alcohólico y de la alucinación en casas de cuna. Para los chicos no había nada como pertenecer a la fauna urbana que atesoraba aquella manzana procelosa, allí donde, salvo la suciedad humana, nada era natural. Mary y Andrew revistaban en la membresía de la Sociedad Americana de Ornitólogos, aunque no fuera esa una especialidad profesional por completo: simplemente sincronizaban sus relojes y participaban de encuentros y estudios amables sobre aquellos seres de que tanto disfrutaban. Tres o cuatro veces al año hacían sus convenciones estacionarias en hoteles suntuosos y elegantes y repasaban sus vídeos y sus fotografías, obtenidas en tierras y árboles tan raros y magníficos, bajo circunstancias tan apremiantes y a la vez gloriosas, que la comunidad de ornitólogos aficionados de la nación debía de inscribirse entre los héroes frugales que habían hecho grande al país más enorme, brillante a la cultura más eléctrica, extremada y graciosamente

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curiosa a la porción de humanidad más deliciosamente adolescente. En aquella nación de púberes insatisfechos, de metralla y popcorn, de fascistas y casas blancas y nieves de carbón, un gremio semejante de aficionados a las aves también dejaba aquí y allá sus huellas. Habían llegado a lucir sus rostros gomosos y rosáceos en alguna cara satinada de revistas cosmopolitas, como evidencia de la fastuosa amplitud y del regusto americano por la novedad, lo exótico y lo subtitulable. Concelebraban su condición de ciudadanos de la nación más liberal de la Tierra arcanos adentro y apenas si se permitían dar a conocer sus obras extracadémicas al mundo en cuanto conversación baladí se desencadenara en cualquier café de rosquillas o restaurante de inmigrantes contagioso. ¿Qué otra cosa era el verdadero mundo más allá de América? Como había dicho el viejo Rostand: «Somos una corporación que depende más de los pájaros que de los granos, pero por cierto estamos todos bastante gordos.» Andrew tenía el dedo diestro junto al disparador de la cámara todo terreno, Mary era la oficial de la Guardia Celeste y se ufanaba por haber desarrollado un gran instinto volatinero, por su comprobable idoneidad para rastrear y captar aves entre las ramas cegadoras y a distancias a veces asombrosas. Ese día habían estado caminando desde muy temprano, desde que cuajó la bruma de la selva, en busca del ave que más les atraía, un ave de nombre resonántico evocador de la perfección animada, un ave edicionesaContracorriente.com


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extraída de cuentos de hadas budistas, un ser especialmente perseguido por los cazadores furtivos que traficaban el esplendor con los escrúpulos de un mercader de esclavos y la astucia de un comerciante de trufas alpinas. Y ahora Mary usando sus prismáticos confirmaba que una diminuta joya volante hacía su ingreso al escenario moviéndose entre los árboles y sus sombras con una excitación fulminante. Era un pequeño astro del espionaje, un soplo que iba de flor en flor como un acróbata desequilibrado pero aun así suspenso. —¡Mira allá, Andrew, es uno de esos colibríes oscuros, tan difíciles de ver! —¿Dónde Mary, dime dónde? —Está casi a tu altura, entre las ramas del banyano gigantesco. ¿Lo ves? —Creo que sí. Mary, lo tengo. ¿Es algo pasmoso! Se podría decir que en cualquier momento se va a estrellar contra la red de ramas y retoños del árbol. Mary se quedó pensando en las palabras de su esposo. Sintió un ligero estremecimiento recorrerle la punta de la nariz, como si se la hubiera rozado un elfo, y debió llevar compulsivamente los dedos a sus gafas. Siendo una mujer de origen eslavo, necesitaba de las gafas cromáticas para defender sus ojos del sol inmoderado de la selva. Observó luego con interés al pequeño merodeador apuntar en su vuelo contra las proliferaciones incontables del árbol sagrado y atravesarlas.

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—¡Es cierto, Andrew! Hay algo perverso en la decisión con que se lanza sobre el árbol y lo atraviesa de lado a lado una y otra vez. Es asombroso que no se estrelle contra él. Andrew sonrió, convalidando la observación de su esposa, pero no perdió el tiempo en continuar la conversación. Hábil y experto fotógrafo, logró rescatar varias estampas sugestivas del ave temeraria y nerviosa y de un árbol mítico burlado con gran facilidad. Mary comentó un poco triste: —Hubiera preferido que los chicos estuvieran aquí con nosotros viendo las aves volar y no allá en Nueva York.  —Papá y mamá deben estar haciendo lo mismo que nosotros, pero solo que le están sacando fotos a todo lo que se les cruza en el camino. ¿No hubiera sido divertido haber ido con ellos? —Dudo que exista algo más divertido que el cielo de Nueva York, pero lamentablemente hay sociedades que gastan su tiempo en avistar naves aéreas que vienen de otros mundos. —Es cierto, Saggie, no hay nadie que mire el cielo de Nueva York por placer. ¡Es extraño! ¿No crees? 

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Mary se había puesto encima abundante repelente para los mosquitos, que eran gigantescos y que sí se lanzaban contra todo lo que tuviera movimiento. Andrew era refractario como el acero a esas caprichosas creaciones de la naturaleza. Se divertía mucho con los quejidos de su esposa, le parecían pequeñas obras de teatro improvisadas, en las que ella hacía varios personajes, seguía el curso de distintas conversaciones, lanzaba gritos y maldiciones y particularmente chillidos agudos ante cuanta cosa volante que no fuera de su estilo y que le pasara cerca. Todavía no había aparecido el ave espléndida por la que habían llegado a estas tierras abundantes y desmedidas y eso los ponía ansiosos y tensos. Todo un día de trabajo sin resultados agota cualquiera. —¿Habrá tantos cazadores furtivos por aquí, Mary? Parece que las hubieran extinguido. —¿No has oído que las atontan con unos gases creados para capturarlas con vida? —¿Que las atontan? ¡Tonterías! Esta gente no dispone de medios tan desarrollados para atrapar aves tan finas. Queriendo contradecir la opinión de Andrew, el cielo espeso y morado que se entreveía bajo el velo de la vegetación totalizadora dejó traslucir un vuelo maravilloso: una criatura de una belleza impar navegaba con dificultad. —¿La ves, Andrew? Está sobre tu cabeza.

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Andrew torció el cuello guiado por la voz de su esposa y miró: —¿Qué le ocurre? ¿No es extraño? —Ha de ser el gas paralizante. Debe de haber cazadores cerca. El ave prodigiosa deambulaba sin norte fijo, apenas esquivando los árboles y a ellos mismos. Hasta pudieron haberla atrapado casi sin esfuerzo, pero Mary se condolió. Rápidamente extrajo su teléfono celular y llamó a un amigo que tenía cierta relación con las autoridades en todo lo concerniente al seguimiento y captura de los depredadores de la fauna de la selva. Por desgracia nadie respondió su llamada. Andrew no hizo aquello que había venido a hacer. No tomó las instantáneas del ave del paraíso. Atónito y paralizado apenas si gritó muy emocionado: —¡Se va a estrellar! ¡Va a chocar contra el árbol banyano! ¡Debemos hacer algo!  —¡Allá, Saggie! ¿Lo estás viendo? —¡Dios mío, Ron! ¡Esto es terrible! ¿Cómo pudo haber ocurrido algo así? —¡Ojalá que papá y mamá estuvieran aquí! 

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—Está muerta, Mary. Algo le pasó. Mary hizo un prolongado silencio. deliberadamente la cámara a su esposo.

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—Recuerda que solo podemos fotografiar aves vivas, Andrew. —Es cierto. Pero ¿qué hacemos con el cadáver? —Lo llevaremos a las autoridades para que lo examinen, ¿qué más? —¿Te diste cuenta que se estrelló contra el árbol sagrado, nada menos que contra el árbol más grande de Oriente? —Las cosas más grandes son más difíciles de sortear, Andrew. Eso pasa con todas las cosas grandes en este planeta, todas las cosas grandes caen al suelo tarde o temprano. Incluso las más sagradas, las más emblemáticas. Andrew pensó en las palabras de su esposa y recordó a sus hijos. Los imaginó ocupados en cosas menores, como siempre, bebiendo refrescos y comiendo golosinas y perdiendo el tiempo igual que todos los días, y le dijo a su esposa: —¡Qué suerte que los chicos no están aquí! ¿Te imaginas como se hubieran sentido si hubieran visto lo que vimos nosotros hoy? No existen palabras razonables para explicar estas espantosas cosas de la vida.

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