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Prólogo Prólogo de Zero (Lily): Bostecé una vez más al contemplar, aburrida, cómo las gotas de lluvia se estrellaban contra mi ventana y se deslizaban, primero lentamente y luego aumentando poco a poco su velocidad, por el cristal hasta llegar al suelo del balcón. Una vez allí, esas gotas se unían a los diminutos ríos que corrían entre los mosaicos y se abrían paso hasta el vacío, para después caer y perderse finalmente de mi vista. En la silenciosa casa de mi familia, lo único que podía escucharse era la música creada por el repicar del agua en el techo; una música arrítmica que pocas personas son capaces de apreciar, pero que se llega a hacerlo, se convierte en algo tan hermoso y revitalizante como una sinfonía de los músicos más grandes. Habiéndose ido la electricidad, no había nada mejor que hacer que lo que yo estaba haciendo. No teníamos televisión, ni consolas de juego, ni ordenador... Bueno, yo tenía mi Netbook, pero con el router apagado tampoco podría hacer gran cosa. ¡Ah, pero cuánto se cansó mi madre de repetirme que una persona podía divertirse aún sin luz! Bueno, dime tú, mamá, qué tan divertido es jugar Monopoly cuando me has dejado completamente sola en casa. Papá se encontraba trabajando, como todos los días. Finalmente había conseguido un puesto estable y no habíamos tenido que mudarnos, algo que en otros tiempos solíamos hacer por lo menos cada verano. ¡Ahora habíamos permanecido tres años en la ciudad! Aunque una parte de mí extraña ir de un lado a otro y conocer ciudades distintas, estoy bastante feliz por no haber abandonado a las personas que he llegado a apreciar. Mamá, por otro lado, después de decirme que podía divertirme con un par de dados, decidió dejarme sola e irse a conversar con la vecina. Sí, bueno, puede que tenga razón en eso de poder encontrar entretenimiento sin luz, ¡pero para eso se necesita compañía! Y con mis dos hermanos estudiando, compañía era lo que más me faltaba en estos momentos. Mi hermano mayor me saca 6 años; tiene 21. Desgraciadamente, está en el otro lado del país estudiando una prestigiosa universidad. Eso realmente me sorprende, porque además de ser un tonto, tenía a su novia para distraerle. Y aunque el verano todavía no termina, decidió tomar un avión de regreso hace dos días. Tal vez planeaba casarse o algo... Y finalmente, mi hermano más cercano. Hace varios años que se fue, y ahora tendría 19 años... Repentinamente, alguien golpeando la puerta con el puño me sacó de mis pensamientos. Tras mirar el reloj, descubrí que había pasado cerca de diez minutos mirando, o las gotas del cristal, o la playa siendo azotada por las enormes olas. Me peiné rápidamente con un cepillo y salí de mi habitación. Pensando que seguramente sería mi madre, no me preocupe en quitarme la pijama. Probablemente, estando tan sólo a un lado, no se había llevado las llaves con ella. Volvieron a tocar, esta vez aún más fuerte. Como parecía que era una emergencia, bajé corriendo las escaleras y giré sobre mis talones para luego dirigirme a la puerta principal. ¿Le habría


pasado algo a la vecina? Intentando no hacer mucho ruido, me asomé por la mirilla. —¿Quién es? —pregunté, puesto que la lluvia me impedía ver a quien estaba del otro lado. No me respondió nadie. —¿Quién está allí? —repetí, alzando mi volumen de voz. —Nadie. —me respondieron desde el otro lado. Bufé y puse los ojos en blanco, harta de las bromas de mi vecino de enfrente. Yo le gustaba y se ponía bastante pesado. Era aterrador en ciertos momentos, también, como cuando entré a su habitación y descubrí una colección de revistas en las que aparecía yo. Ah, es cierto: me encanta modelar. No es por ser ególatra, pero siempre he sentido que soy muy buena en ello. De vez en cuando me contactan para mostrar ropa en los catálogos de las tiendas. No es un gran trabajo, pero ya es algo. Ésa es, además, la razón más grande para que yo tenga tantos pretendientes. Soy tan bonita como muchas otras chicas, y estoy segura de que hay algunas mucho más preciosas que yo, pero a los muchachos les importo más desde que me descubrieron modelando un traje de baño en una revista. —Ken, ya basta —dije, mientras le quitaba el cerrojo a la puerta. Sin miedo a mojarme, puesto que la entrada está protegida de la lluvia, la abrí de par en par—. Ahora no estoy de humor... para... Me detuve. Realmente no había nadie allí. Sólo estaban una familar maceta con unas flores y una alfombra que leía “Welcome”. Tampoco había nadie en mi jardín o en la calle. Sólo estaba la lluvia que no paraba de caer. —¿Y qué? ¿Debo fingir que ha sido el viento quien me ha respondido? Cuando vea a ese Ken, se va a enterar. De pronto, mi vista se cruzó con algo que había pasado por alto y que descansaba en la alfombrilla a mis pies. Era un sobre de plástico de color blanco, del tamaño de un disco compacto. Y efectivamente, una vez me agaché y lo tomé con mis dedos, descubrí que era eso lo que contenía. —No tiene remitente, ni una nota... Nada. —pensé, sacando el CD del sobre y buscando algo que pudiera darme una pista sobre quién me lo había dejado en la puerta. Pero no, era sólo un simplón sobre blanco de plástico. Me puse de pie y dirigí mi atención al disco. La carátula estaba muy bien hecha, por lo que asumí que era un producto que podía comprarse en alguna tienda de la ciudad. No obstante, lo único que ponía era “Nexus” en letras irregulares y distorsionadas, como las de un graffiti, y el nombre de la empresa. También exhibía los logos de los sistemas operativos con los que funcionaba (lo cual me sorprendió, pues eran todos los que yo conocía), pero fuera de eso no decía nada más. —Nexus, ¿eh...? —murmuré, mirando el disco por última vez. Tras encogerme de hombros, lo guardé en su sobre y me dije a mí misma—: No quiero meterme en líos ilegales, así que... Acto seguido, lancé el disco a la calle, como quien lanza un frisbee. Se mantuvo en el aire lo suficiente para surcar mi jardín, pero luego cayó en el pavimento y la corriente de agua lo arrastró a una


alcantarilla. —Ups... —dejé escapar, recordando que no debíamos ensuciar o el planeta se terminaría muriendo. Pero ya no podía hacer nada respecto a ello. El disco ahora probablemente estaría cruzando el vecindario o en el estómago de un cocodrilo hambriento.


Prólogo de Guincoome (Roger): -Espacio sin humo. Prohibido fumar en este establecimiento. Fueron estas sencillas palabras, arrastradas con un deje de desgana, las que apartaron a Roger de su embelesamiento frente a una taza de café, en la cual había leído y releído subconscientemente varias veces la palabra "Starbucks", mientras no pensaba en nada. Irguió el cuello, para observar a la persona que había hablado. Sentado en el sillón frente a él, a tan solo una mesa de distancia, se encontraba un hombre mirando con expresión tediosa el cartel que rezaba esas mismas palabras, mientras sostenía un cigarro en la mano izquierda. Presentaba un aspecto extraño; apenas rozaría los treinta siendo generosos, pero su estilo no era nada discreto, era más bien juvenil, moderno, provocando un contraste cegador, como un anciano con cresta o un niño con rastas. Su pelo rubio acaramelado tenía un estilo rebelde, desenfadado: caía por su nuca en cascadas de revoltosas greñas, descuidado, chabacano, al igual que su flequillo, levantado de forma nada discreta, dibujando la forma de una llama sobre su frente, mientras bajaba en una cresta que se hacía más pequeña cuanto más próxima a la coronilla. Por las sienes estaba perfectamente afeitado, dejando una senda de vello facial que recorría con una menuda línea los extremos laterales de su cara hasta la altura del lóbulo. Su ropa quedaba muy lejos de mercadillos populares: llevaba una chaqueta de cuero color carmesí desabrochada totalmente encima de una camisa blanca desabotonada hasta dejar asomar la clavícula. Su cara contaba algunas cicatrices -que bien podrían pasar por un mal dominio de la cuchilla de afeitar- que, junto a algunas arrugas bien colocadas y unos ojos azul apagado, le otorgaban un aspecto ciertamente interesante, como si pudiera resumirte su vida en tres minutos de éxito, saber cualquier chiste que tú ya sepas, hablar de política sin resultar aburrido. El hombre le miró, ante su descarado examen visual. Roger desvió la mirada con cierta intranquilidad -en absoluto visible-, y paseó la mirada con disimulo por la sala, recorriendo las mesas una por una. Se sorprendió; apenas había un par de mesas ocupadas, y un montón de sitios libres donde sentarse, y sin embargo, aquel desconocido había optado por sentarse en el sillón que compartía mesa con el suyo. Miró de nuevo a aquel desconocido, mientras éste aspiraba su cigarro. Observó que él le devolvía la mirada, con un gesto en parte desafiante, en parte amable. Por algún motivo, Roger sintió un profundo respeto hacia él - y odiaba esto con toda su alma-, y decidió apartar la mirada. -Disculpe, no se puede fumar en el establecimiento. Roger miró a su lado. Un joven y delgado camarero, que apenas contaría veinte años, se había plantado junto a la mesa, con expresión levemente insegura. El hombre de la chaqueta carmesí le miró, con expresión relajada, se quitó el cigarro de la boca, expulsó el humo por la nariz y habló con voz pausada y tranquila. -Dime una cosa: ¿saldrías a fumarte un cigarro fuera? El camarero permaneció callado durante un instante, observándole con extrañeza, con el gesto fruncido. -Yo no fumo. -No te he preguntado eso. Te he preguntado que, si se diera el hipotético caso de que fumaras, y si se diera el hipotético caso de que tuvieras ganas de fumar en este preciso instante, mientras esperas a que algún camarero te atienda, ¿saldrías a la calle a fumar?


El camarero tardó un poco en responder. Respiraba arrítmicamente, se le notaba alterado. -Supongo que sí. Si tuviera ganas.- dijo al fin, con cierta indecisión. -Justo y lógico. Dime, ¿cómo te llamas, tío? -John, ¿por qué? -John, ¿fuiste a clase de ciencias naturales? -En el instituto, ¿por qué lo preguntas? -¿Sabes qué es la lluvia? - dijo el hombre, ignorando sus preguntas. El camarero se quedó mirándole, con expresión incrédula. Abrió la boca, pero no tuvo tiempo de responder- Durante generaciones, nuestros antepasados se hicieron esta pregunta montones de veces. Y durante generaciones, han surgido múltiples respuestas, todas muy bien argumentadas; hay quien decía que la lluvia eran las nubes rompiéndose en cascadas, el cielo cayéndose poquito a poco, los ángeles meando, los ángeles llorando, Dios cabreado, el mar de la otra punta del mundo arrastrado por un huracán, y muchas otras teorías, todas ellas suposiciones o intentos de engaño a la plebe. Sin embargo, yo he encontrado mi propia respuesta a este gran enigma de la lluvia, ¿y sabes qué creo que es? El pobre camarero no sabía cómo mirarle a esas alturas. Se quedó indeciso, expectante, hasta que, viendo que el otro no proseguía, le preguntó con tono inseguro: -¿Qué? -Es agua que no me deja encenderme un cigarrillo en la calle. ¿Lo entiendes, John? Si quisiera disfrutar de mi cigarrillo mientras intento jugar a que no caigan gotas sobre él, lo haría con gusto, pero como prefiero evitar hacer gilipolleces hasta las doce, veo casi mejor la idea de entrar en un local cualquiera, tomarme un café cualquiera y fumarme mi cigarrillo sentado sobre seco. El camarero se quedó atónito, sin saber qué decir. Ni siquiera intentó articular palabra. Sencillamente, se quedó en silencio. Un incómodo silencio. -¿Te parece una idea estúpida, John?- le preguntó el otro- Dime, ¿te parece que esté diciendo tonterías? Una vez más, a John le costó un poco responder. -No...- dijo, casi sin convencimiento. -Entonces déjame fumar tranquilo y tráeme un café solo, por favor. El camarero se marchó con andar intranquilo. Roger se quedó mirando al tipo frente a él instintivamente, sin percatarse de la expresión de asombro que tenía en la cara mientras lo hacía. El otro le miró y cogió su cajetín de Lucky Strike. -¿Un cigarrillo?- le ofreció, para sorpresa de Roger. Éste lo aceptó, con cierta satisfacción. Se lo puso entre los labios, se acercó al hombre y éste se lo encendió con un Zippo de plata que guardaba en un bolsillo de su chaqueta.


-¿Cuántos años tienes, chico? -Diecisiete. -¿Cómo te llamas? Roger permaneció inseguro, pero finalmente respondió. -Roger. Antes de que pudiera preguntarle por el suyo, el otro ya estaba hablando. -Roger... Significa "lancero de prestigio". ¿Eres un buen lancero?- dijo, bromeando. Roger le siguió el juego. Aquel hombre le gustaba, aunque dijera cosas raras. Hasta la tontería de los nombres resultaba interesante cuando lo decía él. -Sí, de vez en cuando practico con ella. -¿De vez en cuando? ¿No tienes novia? Lo decía como si fuera algo lógico, incuestionable. Roger podría interpretarlo de muchas formas, pero decidió tomárselo con calma y responder según sus principios. -No soy de relaciones serias. No me gustan los compromisos. El hombre le miró con expresión divertida, y soltó una risita animada. -Yo era igual que tú en el instituto. Sólo rollos de una noche. Las chicas en el fondo... me cansaban. Y estaba bastante agusto con mi rutina de los fines de semana. A tu edad es lo que debería hacer todo el mundo. La publicidad nos ha hecho creer en el amor, y eso afecta a las neuronas desde que vemos la tele siendo pequeños. Hemos visto tantas escenas bonitas de amor platónico hecho realidad por el tubo catódico que nos creemos que eso es lo ideal para todos. >>En la televisión censuran la violencia, el sexo y los ingredientes de la comida rápida, pero lo que deberían censurar es tanta gilipollez hecha poesía. Con diecisiete años, uno realmente sólo puede girar alrededor de la órbita de unas buenas tetas, no puede preocuparse por la persona en sí de forma que lleguen a tener una relación estable. Tener novia a tu edad y decir que pasarías el resto de tu vida con ella es como cuando el presidente da un discurso: o eres un iluso o sabes que nada de lo que prometas será de verdad. - tras decir esto, se quedó mirando al chico, con expresión curiosa. -¿Cómo te llamas?- dijo Roger al fin, tras varios intentos de sacar la pregunta. El hombre cambió ligeramente la expresión de su cara, frunciendo el ceño levemente. Dió una calada a su cigarro y, tras soltar el humo, respondió. -Vic Vega. Llámame Vic. -¿Eres de por aquí?


-No, estoy de visita. ¿Y tú? -Sí, vivo con mi madre y mi hermano. -¿Mayor o menor? -Mayor. 25 años. -Eso está bien, tío. Una chica vestida con el uniforme del local llegó a la mesa, con una taza de café humeante en la mano. La dejó frente a Vic y luego volvió por donde había venido. Roger se preguntó por un instante si el pobre camarero de antes habría decidido rehusar a acercarse de nuevo a esa mesa. -Yo nunca he tenido hermanos.- dijo Vic, prosiguiendo con la conversación- Y es jodido, sabes? Los hermanos te curten en cosas de la vida esenciales para la supervivencia, te hacen ver a los demás de una forma distinta. Son casi más padres ellos que los padres. Especialmente si son mayores. Te ayudan a entender lo que son las peleas, lo que es luchar por lo tuyo, lo justo que puede ser en ocasiones engañar a alguien, y todo esto lo pueden conseguir simplemente con una inocente pelea por el mando del Scalextric. -Sí, bueno... Mi hermano me saca ocho años, y tampoco nos hemos llegado a pelear tanto de esa forma. Cuando yo tenía diez años, él ya era mayor de edad, y como no me peleara con él por follarme a su novia, no podía haber muchos más problemas. Vic rió animadamente ante el comentario de Roger. Después, bebió un largo trago de su taza de café y la dejó de nuevo en la mesa, vacía. A Roger le sorprendió esto: un café solo no era precisamente un manjar que tomarse de vaso en vaso, y menos si estaba hirviendo. Cada minuto que pasaba, más se sorprendía de los actos de aquel hombre y más respeto le infundía. El hombre dió una última calada antes de apagar su cigarro, arrastrándolo sobre la mesa, dejando un rastro negro en la pulida superficie. -En fin, me marcho. Cuídate y sigue así. Eres buen tío.- tras decir esto, cogió sus gafas de sol, que reposaban sobre la mesa, se las puso y se marchó con un elegante y natural andar. Cuando pasó al lado de John, el camarero, Vic le saludó alzando la mano, para después salir por la puerta del local hacia la calle, donde aún seguía lloviendo. Roger se quedó con una sensación de vacío cuando se quedó sólo. En cuanto Vic abandonó el local, sacó un par de papeles del servilletero y apagó su cigarro con ellos, dejándolo a medias. En realidad, veía el fumar como algo perjudicial, pero le gustaba la elegancia que le aportaba frente a los demás. Sin embargo, si no había nadie que lo viera, no tenía sentido seguir con ello. Mientras lo hacía, se percató de que había algo en la mesa aparte del menú y el servilletero. Había una carcasa, en el lado donde había estado Vic. Roger extendió la mano y lo cogió, curioso. En la carátula ponía en letras similares a las de un graffiti "Nexus". Era un juego o un programa para ordenador. Estaba precintado, como recién salido de la tienda. Miró a su alrededor, por si aparecía Vic. Quizá fuera suyo, y volviera para recuperarlo tras darse cuenta de su despiste. Sin embargo, Vic no apareció. Roger apuró el café, guardó la caja en el bolsillo interior de su chaqueta y se marchó del local, no con poca curiosidad por descubrir qué guardaba.


Prólogo de Sombra (Max): La lluvia caía estrepitosamente contra el frío asfalto, las nubes oscuras cubrían el cielo gris. Empapado bajo la lluvia, corría por las calles de la ciudad, esquivando a las personas que caminaban apuradas por el mismo motivo que me impulsaba a ir más rápido de lo normal por las concurridas calles. Era increíble la velocidad con la que aquel hermoso día se había vuelto tan oscuro y gris. El cielo se iluminó durante un segundo dando a entender que había caído un rayo, conté los segundos hasta que se escuchó el estruendo producido por el relámpago y por aburrimiento hice un sencillo cálculo mental para saber a que distancia se había producido aquel fenómeno atmosférico. Justo cuando tenía el resultado en mi mente choqué contra un hombre trajeado y con una presencia que imponía respeto, me apresuré a disculparme aunque él continuó su marcha como si no hubiese notado mi presencia. Metí mis manos en los bolsillos laterales de la chaqueta cuando noté algo rígido, frío y por la forma parecía una caja de discos de plástico. Saqué la caja del bolsillo y me giré hacia la dirección por la que había ido aquel hombre para intentar llamarlo. Nadie. Intenté ver entre la gente al hombre trajeado pero nada, no apareció. Finalmente tras intentar vislumbrarle durante varios segundos miré al fin a la caja. Se trataba de una caja de discos blanca que aparentaba ser de lo más normal la observé con curiosidad deseando abrirla para ver su contenido, la metí de nuevo dentro del bolsillo de la chaqueta para evitar que se mojara. Tras caminar durante ocho minutos logré ver el estudio de grabación donde seguramente los demás miembros del grupo estaban esperando para comenzar a grabar nuestro primer disco. En la entrada del estudio Michael, el bajista miraba con gesto descontento hacia mí cuando me acerqué. —Llegas dos minutos tarde—Dijo molesto. Michael era una persona muy severa y estricta respecto al tiempo. Si le definiéramos con una sola frase esa sería algo como “El tiempo es oro”. —Lo siento—Me disculpé simplemente sosteniendo su mirada sin llegar a parecer desafiante. —Henry y los otros ya están dentro así que vamos—Ordenó de una manera un poco borde. Sin replicar le seguí por el pasillo cuyos únicos adornos eran una serie de cristales con CD´s dorados en su interior. Llegamos a la sala donde estaba todo el equipo de grabación, un hombre con unos cascos de considerable tamaño ajustaba la ecualización y los efectos que utilizaríamos para la canción que quedaba por tocar para que la editara y quedara mejor mientras que otro más corpulento con una chaqueta americana y una camisa de color violeta permanecía de pie con una amplia sonrisa como si conociera un chiste que no quería compartir. El hombre de la camisa violeta se acercó hacia donde estábamos y con una enorme sonrisa en sus labios mostrando unos dientes puntiagudos y amarillentos por culpa del tabaco que solía fumar se dirigió a mí. —Maxi, Maxi, Maxi. ¿Qué tal colega? —Preguntó el hombre. En mi opinión aquella forma de hablar no le pegaba a alguien de casi cuarenta años pero lo callé para mí sin replicar tampoco en que odiaba que me llamaran “Maxi”. Max era más apropiado para mi gusto.


—Como siempre, James—Saludé al cazatalentos que nos había “reclutado” un par de meses antes sin decirle nada sobre lo mucho que me molestaba que me llamara de aquel modo. Era gracias a el que ahora fuésemos algo famosos, incluso ya habíamos actuado en varios conciertos como teloneros de varios grupos famosos que pasaran por la ciudad un ejemplo sería la vez que actuáramos en el concierto de Deathmatch. —Bueno saberlo, chavalote. Id entrando en la sala de grabación, Dash está retocando los efectos para que la canción quede jodidamente guapa—Explicó. Sin hacerle más caso me quité la funda de la guitarra que llevaba a mi espalda y la saqué colgándome la cinta para que esta no se callera. Aquella guitarra era bastante especial para mí. No era muy cara pero recordaba con cierto cariño como había trabajado el verano de hacía un par de años para conseguirla y como me sintiera cuando ahorrara lo suficiente para comprarla en aquella tienda de música. Entre mis divagaciones ya había logrado preparar el amplificador y Henry permanecía sentado frente a la batería mirando nervioso a todos lados como esperando ver algo invisible y Michael afinaba las cuerdas de su bajo. Le imité y comencé a quintar las cuerdas para que no sonara mal durante la grabación. James nos hizo desde el otro lado del cristal que separaba la sala de control con del estudio de grabación una seña con las manos indicando que quedaban menos de cinco segundos para que comenzáramos a tocar. Henry tocaba la batería a una gran velocidad y con una habilidad pasmosa mientras que Michael le daba al bajo con cara de estar cabreado (aunque en realidad aquella cara era la que tenía cuando se concentraba). Por último yo mismo cantaba y tocaba la guitarra atento a no cometer ningún fallo. Las notas se sucedían una tras otra y fluían como si intentaran atrapar a aquellos que escucharan la rítmica melodía. Cuando acabó la canción James salió a felicitarnos elogiándonos de una manera de lo más exagerada. Cuando cogí la chaqueta para irme tras acabar de grabar sentí la caja blanca que permanecía en el bolsillo de mi chaqueta. Abrí la caja y miré sin demasiada sorpresa su contenido, un CD con la palabra “Nexus” escrita de forma que pareciera un grafiti con letras irregulares que adornaba la parte superior del disco. Por un momento pensé que sería un rapero o algo de un estilo similar pero al ver en una esquina del disco el nombre de varios sistemas operativos que conocía gracias a la clase de informática de segundo de bachiller supuse que sería algún programa informático para instalar o algún videojuego. Guardé la guitarra eléctrica dentro de la funda y la colgué en mis hombros como si se tratara de una mochila. —Bueno, yo ya me voy—Me despedí. —El jueves acabaré la edición así que pasaros a la misma hora que hoy para echarle una oída—Pidió Dash. —Nos vemos en clase—Dijo Henry, Michael hizo un asentimiento queriendo decir lo mismo que Henry. —Maxi, no pongas de mala hostia a Michael de nuevo—Bromeó el cazatalentos con su característica sonrisa. Salí del estudio de grabación y esperé al bus en una parada de la línea 5 ya que era el que más cerca me dejaba de casa, un edificio cercano al paseo marítimo. El edificio en el que vivía era bastante viejo y


tenía un color grisáceo notándose aún un ligero blanco de la pintura que tenía antes de que la lluvia y el viento la desgastaran, al contrario que los nuevos el edificio no tenía ascensor —¡Imagina que molestia subir y bajar hasta el quinto piso todos los días! — Pensé. El bus no tardó más de diez minutos en aparecer atravesando la calle. Saqué mi vieja cartera de cuero marrón que ya rondaba los cuatro años del bolsillo del pantalón y busqué la tarjeta del bus que servía para no tener que llevar tanto dinero encima. El bus paró en frente de la parada y subí en el. Un conductor obeso con una frondosa barba al que conocía solo de vista conducía el vehículo. Le di la tarjeta y el conductor la introdujo en un lector de color naranja, un ticket blanco en el que me informaba que me habían descontado de la tarjeta algo de dinero salió del lector. Cogí la tarjeta y el ticket sin dirigir la palabra al conductor y me senté en uno de los pocos asientos libres que quedaban al lado de una señora con cara de pocos amigos. Busqué los cascos que llevaba dentro del bolsillo contrario y los puse en las orejas enganchados de forma que así no se cayeran. Toqueteé el reproductor Mp5 para escoger una carpeta con canciones de AC/DC comenzando con Thundertrack, mi favorita. Cuando acabó la quinta canción del álbum de aquel maravilloso grupo ya había entrado en casa. No había nadie, como siempre. Mi padre estaba en la cárcel desde hacía varios años por ciertos asuntos que desconozco además de que nunca llegó a cuidar de mí ya que la mayoría del tiempo estaba fuera metido en asuntos que sería mejor que jamás conociera. Mi madre en cambio había muerto dándome a luz por lo que nunca he sentido el cariño de unos padres de verdad. No es la primera vez que una psicóloga se sorprende de lo poco que me afecta eso, además no es por alardear pero soy bastante más maduro que la mayoría de descerebrados de mi edad que solo buscan un buen par de tetas, nunca me he interesado por algo como el amor ni he considerado siquiera la posibilidad de salir con alguien aunque no sería la primera vez que me lo piden. Por ejemplo, la semana pasada Sarah, una chica que se va en la misma clase que yo me lo pidiera y la rechacé pese a ser bastante guapa y simpática. Mi casa al contrario que la de mucha gente no tenía decoración, las paredes eran grises con aspecto sucio, un sofá mohoso en la sala frente a una televisión que llevaba rota bastante tiempo en el salón que hacía también de entrada. Dos habitaciones, una que era de mi padre en la que nunca he entrado ni para limpiarla y la mía, una sola cama, un armario empotrado lleno de pequeños agujeros hechos seguramente por polillas, un escritorio y un portátil de segunda mano de calidad media-baja además de un pequeño amplificador apoyado contra una esquina junto a unos demacrados libros de segundo de bachiller que había comprado por internet bastante más barato que en cualquier librería, dentro del armario quizás estaba lo más valioso que tenía, una caja fuerte con un montón de pasta (imagino que dinero negro) que solo tocaba para comprar comida y pagar algunas facturas. La ventaja de mi habitación era que tenía vistas al mar aunque se veía lejos (a tal vez un kilómetro y medio). También teníamos un baño diminuto con un váter, una pileta y una ducha de las de estar de pie de mala calidad y finalmente una cocina con una mesa para dos personas y unos fogones con unas lacenas debajo con varios platos, potas y esa clase de cosas, una mini- nevera estaba metida aprovechando sitio junto al horno, dentro de esa nevera no había más que un par de cervezas a punto de caducar de mi encarcelado padre, un par de pizzas congeladas y los restos de la comida del día anterior. Nada interesante. Entré en mi habitación y apoyé la funda de la guitarra contra la grisácea pared que había estado pintada de blanco muchos años antes aunque se había vuelto gris con la humedad. Tiré la caja de porta-CD´s que había “encontrado” sobre el escritorio sin ganas de mirarlo en ese momento—Ya lo miraré—Me dije antes de echarme en la cama para descansar un poco aunque antes de que me diera cuenta ya había


caído en un profundo sueño.


Prólogo de TERRBOX (Ethan): Llevaba días observándolo. El mar, tan hermoso, tan tranquilo. Sin duda es la última vista que quisiera tener antes de mi muerte. Recordaba lo que ansiaba la playa, cuando iba con mis padres y mi hermano de camino; incluso en el coche la espera se me hacía eterna. Después pasábamos buenos ratos juntos, jugando, nadando, bromeando… Él me empujaba al mar y yo hacía lo mismo, pero en vano, ya que él era mucho mayor. Nuestra madre nos reñía, como siempre, y nos imploraba que no nos peleásemos pero para nosotros era un simple juego, y en ese juego muchas veces también entraba hacer enfadar a mamá. Pero lo cierto es que no me gustaba esta maldita ciudad, no paraba de llover y no era un lugar agradable por los recuerdos que me inspiraba, algo que ya jamás podría volver a repetir. Al menos agradecía que hubieran existido tiempos así. Al fin y al cabo, esto fue lo que me convenció a venir aquí, quería alejarme de mis temores y de mis recuerdos, pero elegí mal lugar. Sí, reconozco que es bastante cobarde, pero creo que todos vivimos mejor en una feliz mentira que en la cruel realidad. Mis padres y mi hermano habían muerto en un accidente de tráfico, yo era el único que sobreviví a aquello, muy a mi pesar. Intento no hacer memoria, pero los recuerdos vienen solos. Yo me rompí un par de huesos y esperaba que la suerte que me acompañó a mí también lo hubiese hecho por ellos. Pero no fue así. El doctor llegó, la noticia se transmitió de familiar en familiar y cuando, varios días después, me lo dijeron… No podía creerlo. Siempre mantuve la esperanza de que picaran a la puerta y mi familia volviera entre miradas y carcajadas. Que al fin alguien me dijera: “Todo ha pasado ya.” Desde entonces, muchas cosas dentro de mí habían cambiado: a partir de aquello ya no miraba a nadie con confianza, no podía hacerlo, tomo una actitud pasiva para no molestar a nadie y para que no me molesten. Sólo quiero estar tranquilo y huir plácidamente de mi dolor. Si fuera alguien fuerte saldría adelante, pero, en contra de lo que todos piensan, soy débil y es por eso que tomo una coraza con mi desconfianza. Así nadie podrá dañarme, jamás, y si lo hacían lo iban a pagar muy caro. Me desperté estirado en la playa. Había pasado mucho tiempo, y ya era media noche, la hora de volver a casa. Vivía a pocos minutos del mar, no más de un cuarto de hora. Llegué y abrí la puerta, encontré a mi abuelo estirado en el sofá y vagueando, igual que siempre. Era un hombre de carácter, aunque no lo era su cuerpo, a su edad de 68 años lo único que hacía era quejarse y maldecir mi nombre cuando su comida no estaba encima de la mesa. Me dijo algo, pero hice caso omiso y subí a mi habitación. Sin duda, era un chico deprimido, y yo lo sabía. Tenía una vida favorable: me iba bien en los estudios, salía con chicas a menudo y, aunque no disponía de muchos amigos, siempre había alguien a mi lado en los momentos duros. Todo lo que cualquier joven desearía yo lo despreciaba y, de momento, no me había ido mal de esta manera; aunque creo que ya he llegado demasiado lejos. Tengo que dejar de tomarme mi vida tan seriamente, y aunque por fuera seguiré siendo igual, por dentro debo cambiar y ser mejor conmigo mismo. Ya lo había decidido. Bajé de mi habitación y le pedí disculpas a mi abuelo por no haberle hecho caso, después me excusé para decirle que salía un rato fuera. Vagué sin rumbo un rato durante mi barrio entre caras conocidas y desconocidas, un hermoso gato de pelaje negro me llevó hasta el centro de la ciudad. Estaba animado, allí había todo tipo de personas y la cosa parecía estar bien. Un malabarista hacía malabares en el centro de la plaza y el mago que tenía al lado lo miraba con envidia mientras lucía sus trucos. El


malabarista tenía más público. Las luces danzaban en todo el espectáculo, era toda una delicia visual. Personalmente, a mí me gustaba más el mago, sé que son trucos, pero no dejan de sorprenderme; el hacer aparecer cosas de la nada o un simple truco de cartas. Aquello me gustaba mucho, aunque el mago tenía una sonrisa demasiado intranquila y intimidadora, pese a todo le dejé una propina por su buen trabajo. La gente parecía divertirse: parejas enamoradas, familias dialogando entre carcajadas, grupos de amigos que lo pasaban bien emborrachándose… Aunque hubo algo que me llamó la atención, concretamente una persona en medio del populacho. Me pareció ver a un amigo mío entrar por una pequeña calle, así que le seguí dispuesto a saludarle. Cuando estuve allí no había absolutamente nada, sólo oscuridad y una verja que hacía de la calle un callejón sin salida. Iba a salir de allí cuando vi algo en el cubo de basura que tenía a mi derecha. Era un CD y tenía el nombre de Nexus escrito con taker negro. Si estaba allí supuse que nadie lo quería, así que me lo introduje en el bolsillo. Salí de aquel lugar, que me daba muy mala espina, y retomé el camino a casa. Iba pensando mientras andaba; pensaba acerca de que se trataría Nexus, si había hecho bien en cogerlo, de qué manera me estaría esperando mi abuelo… Lo cierto es que debo mucho a mi abuelo, cuando mi familia murió él se encargó de mí, a diferencia de muchos. Ahora se había convertido en pasto de la edad, pero todavía seguía teniendo aquellos ojos con los que me aceptó en su casa y con los que supo hacer que yo tuviera una infancia supuestamente feliz a pesar de todo lo que había ocurrido. De pequeño siempre me mostraba alegre cuando él estaba, pero pensaba igual que ahora, sólo que ahora no me hace falta ocultar. Por desgracia a mi abuelo no le debe quedar mucho, aun que no tenga edad suficiente para morir, está enfermo y apenas se entera de lo que le dices. Sólo refunfuña y se queja para sus adentros, y yo no le culpo, ya que es lo único que puede hacer. Ya empezaba a confundirme con otras personas, muchas veces me ha confundido con su hijo, es decir, mi padre; el alzhéimer es una enfermedad muy dolorosa, tanto para él como para los que estamos a su alrededor. Pero ya lo decidí en mi habitación, de ahora en adelante no seré ningún deprimido ni me dejaré dañar por nadie. Llegué a casa y encontré que mi abuelo se había quedado dormido viendo la televisión, sin ni siquiera cenar; le apague el televisor y lo puse en la cama. Me pasé un rato observándolo, lo cierto es que cada vez su sueño parecía más inerte. Cada vez había menos esperanzas de que se despertara al día siguiente y su pecho se movía lentamente, excesivamente lento. Lo único que podía hacer yo, aparte de darle la medicación para que la enfermedad no le dañara de sobremanera, era rezar por el Dios en el que no creía. Fui a mi habitación e introduje el CD. Fue toda una sorpresa, ya que el programa no estaba listo para ejecutarlo en un ordenador, sino que tenía una extensión .app la cual mi consola sabía leer. Saqué la Dingoo A320 de un cajón cercano donde la guardaba y me dispuse a introducir el programa del PC a la consola portátil. Que mala suerte, al parecer los datos estaban dañados y ni siquiera pude traspasarlos; aunque, quien sabe, quizás incluso será mejor así. No quiero que un virus pueda estropear mi máquina.


Prólogo de Hitori (Hitori): Un techo blanco. El sonido de la lluvia golpeando los fríos cristales de las ventanas, empañados debido a la temperatura exterior. Hitori apartó un mechón de pelo que tapaba parcialmente uno de sus ojos y se incorporó, dejando de mirar el techo. Dirigió su vista hacia el reloj; llevaba ya media hora tumbado en su cama. Suspiró, rascándose la cabeza, y se acercó a la ventana. Tras limpiar la empañada superficie, miró al exterior. Desde su habitación sólo podía ver las calles, ahora empapadas por la lluvia, y los edificios cercanos. —Bueno... no tengo nada mejor que hacer. - Pensó, mirando el anillo que siempre estaba en el dedo corazón de su mano izquierda. Suspirando nuevamente, abrió uno de los cajones azules de su mesilla de noche, apoyando la otra mano en el inmaculado escritorio blanco que estaba a su lado. Cogió un MP4 un tanto desgastado del cajón y, tras ponerse los cascos, retiró sus llaves del mismo cajón y las metió en su bolsillo. No había nadie más en casa, por lo que las necesitaba si no quería quedarse unas cuantas horas bajo la lluvia. Tras cerrar el cajón, se dirigió a la puerta de la habitación y, echando una última mirada a ésta, rodeada de muebles azules y blancos, la cerró. Atravesó el pasillo, pasando por delante de un paragüero sin coger nada de él, mientras seleccionaba una canción de la lista en su MP4. Finalmente, escogió el Canon de Johann Pachelbel. No tenía demasiada música clásica en la lista, debido a su falta de costumbre de escucharla, pero aquel día sentía la necesidad. Finalmente, llegó a la puerta que daba a las escaleras del edificio donde vivía. La atravesó, cerró con llave y bajó las escaleras con el ritmo tranquilo de la música. Vivía en un tercer piso y, aunque en el edificio había ascensor, él siempre bajaba por las escaleras. No le gustaban los ascensores. Llegó finalmente al portal, donde uno de sus vecinos sacudía su paraguas empapado. Un hombre joven, al que Hitori apenas conocía, pero que siempre le sonreía cuando le veía. Sin duda, ese hombre atraía enormemente a Hitori, pero por desgracia, no tenía ninguna posibilidad con él. Estos pensamientos inundaron la mente de Hitori, como era costumbre cada vez que el hombre le sonreía, pero los eliminó rápidamente tras atravesar el portal y llegar a la calle. —Deberías llevar paraguas, llueve mucho. -Escuchó a su espalda, antes de cerrar las puertas metálicas. Hitori se dio la vuelta y sonrió al hombre, que a su vez le devolvía la sonrisa. —Estaré bien, la lluvia y yo nos solemos llevar bien. - Dijo, cerrando las puertas. A pesar de esta afirmación, tenía propensión a resfriarse con lo mínimo. Sin embargo, le gustaba caminar bajo la lluvia, era algo que le relajaba. Echó a andar bajo el cielo cubierto de nubes grisáceas, a través de las calles mojadas rodeadas de altos edificios que compartían el color del cielo en esos días lluviosos. Después de caminar por las calles, que estaban casi vacías a excepción de gente bajo sus paraguas, se metió por un callejón que desembocaba en una larga vía cercana a la playa. La vía, hecha de baldosas con formas hexagonales, permanecía vacía, como era natural. En verano solía estar llena de gente, tanto habitantes como turistas, que caminaban, corrían y descansaban a lo largo de ella. Pero en aquellos meses lluviosos, lo único que se veía por la vía eran riachuelos formados por la lluvia que morían en las alcantarillas. Dirigió la mirada al mar, que mantenía el color grisáceo del cielo. Bajó por las escaleras de piedra que conectaban la vía y la playa, sin dejar de mirar al horizonte, y pisó finalmente la arena húmeda. Era una sensación agradable, algo que le gustaba desde que era pequeño por alguna razón que desconocía. Quizás era la costumbre.


En su MP4 ya no sonaba el Canon, sino una de sus canciones favoritas, titulada Promises. Dejó que la voz profunda y grave del cantante le inundase, acompañada de las suaves notas de piano, sin dejar de mirar al inmenso mar. Un torrente de pensamientos le llenaba cuando observaba esa inmensidad. Su madre solía decir que al observar el mar, era como si éste se tragase los problemas. Hitori experimentaba esa sensación cada vez que estaba frente a él, como si todas sus preocupaciones se desvaneciesen y se hundiesen en las profundidades del mar. Justo como aquel hombre. El hombre al que odiaba. El hombre que le hizo sufrir. —Él también se hundió en las profundidades del mar... Como el resto de los problemas.- Susurró, sin poder evitar esbozar una ligera sonrisa. La primera vez que dijo eso, recibió una bofetada de su madre. Le había dolido, pero aún así seguía pensando lo mismo. Su madre nunca había vuelto a mencionar la frase que solía.- El mar se traga los problemas... —Tienes toda la razón. - Hitori se sobresaltó, pausó su MP4 y miró a su derecha, donde un hombre con un aspecto un tanto cómico sonreía al mar. Vestía una camisa hawaiiana desabrochada, con una camiseta blanca debajo, acompañada de unas bermudas y unas sandalias con calcetines por debajo que le tapaban los tobillos. Hitori se sintió ofendido por el inadecuado aspecto del hombre, puesto que la ropa era una de las cosas hacia las que sentía mayor interés. Sin embargo, pasó por alto la ropa del hombre y le miró a la cara, no sin antes hacer una mueca final de desaprobación al ver un sombrero de pescador en su cabeza. —Estás de coña... parece sacado de una comedia... En fin... - Pensó, sin dejar que su expresión delatase sus pensamientos. El hombre le sonrió y volvió a dirigir su mirada al mar. —A pesar de lo peligroso que puede llegar a ser, el mar nos ofrece una paz interior muy curiosa. - Dijo el hombre, afirmando con la cabeza repetidas veces. - Es curioso, incluso conociendo los peligros del mar, el hombre se empeña en desafiarlo, cruzándolo en barcos o mismo capturando la vida que habita en él. No es distinto de lo que hace con el resto del planeta. Llega a resultar triste, incluso cuando se pierden vidas humanas en el proceso... ¿No te parece? —¿Qué se supone que es esto, la clase de Filosofía del día? - Pensó Hitori, dirigiendo su mirada al hombre. Sin embargo, contestó con una simple afirmación. El hombre volvió a sonreírle y, despidiéndose con la mano, se alejó subiendo las escaleras que llevaban a la vía. Hitori miró nuevamente al mar y cerró sus ojos verdes. - Qué tío más raro... Tras permanecer durante un tiempo frente al mar, escuchando nuevamente las canciones que sonaban en su reproductor de música, miró su anillo. Se sonrojó ligeramente y sonrió, acariciando el anillo plateado con sus dedos. Todavía recordaba el día en que su mejor amigo, Ben, le hizo aquel regalo. Al principio le resultaba un tanto extraño, nunca imaginó ese regalo de él. Sin embargo, le gustó desde el primer momento. Igual que él. —Ben... - Susurró, cerrando los ojos mientras seguía acariciando el anillo. Finalmente, con un suspiro, decidió que era hora de volver a casa. Mientras subía las escaleras de piedra, Hitori observó que había un pequeño dispositivo tirado en ellas. Lo recogió y lo observó. Era un pequeño Pendrive de color negro, con una etiqueta pegada en uno de sus lados. En ella estaba escrita el nombre “Nexus”, con letras un tanto borrosas y con un estilo de graffitti extraño. Hitori comenzó a caminar de camino a casa, sin dejar de mirar el Pendrive.


—¿Tendrá algún programa...? O quizás es un juego... aunque nunca lo he escuchado. Podría ser un proyecto fan-made. No estaría mal... O quizás es simple porno, a saber. - Pensó en voz alta, mientras caminaba por la calle. La lluvia le había empapado por completo, pero no se percató hasta que llegó al portal y dejó de mirar el Pendrive para dirigir la mirada a sus propios pantalones, que goteaban por todo el suelo. Soltó un simple bufido y subió las escaleras del edificio corriendo. Tenía curiosidad en saber qué secretos guardaba aquel Pendrive. Llegó al tercer piso y se plantó delante de la puerta de su casa, buscando en el bolsillo las llaves. Como siempre, estaban en el bolsillo contrario. Finalmente las sacó, abrió la puerta y se metió en casa, quitándose los zapatos. —¡Ya estoy en casa! Oh, si estoy solo... - Murmuró, dándose cuenta de lo absurdo que había sido su saludo, que sólo habían escuchado las paredes. Quitándose la ropa mojada, se dirigió al salón, donde estaba el ordenador viejo. Encendió la CPU, de color blanca y llena de polvo y, acto seguido, hizo lo mismo con la pantalla que, a pesar de ser relativamente nueva, estaba sucia y llena de huellas. - No puedo meter este Pendrive así como así en mi ordenador, si tiene algún virus, a la mierda todo... Mientras el cochambroso ordenador se encendía, Hitori se dirigió al baño para secarse el pelo. Cogió una toalla y frotó rápidamente su largo pelo castaño, alborotándolo. Tras sacudir la cabeza unas cuantas veces, el pelo recuperó una forma más adecuada. Hitori sonrió al espejo y corrió hacia la habitación, donde se puso algo de ropa seca. Acto seguido, atravesó el pasillo en dirección hacia la cocina. Allí rebuscó entre las cajas de cereales, las galletas y otra clase de bollería industrial, y se decidió finalmente por una magdalena con trozos de chocolate. Satisfecho, volvió al salón, donde el ordenador comenzaba a cargar el antivirus. —Bah, para qué tendrá antivirus, si está más petado de virus que de programas... - Se quejó, cerrando ventanas de error que saltaban por varios puntos de la pantalla. Tras deshacerse de los errores, cogió el Pendrive y lo conectó en uno de los puertos USB de la torre. Una ventana apareció en la pantalla, preguntando qué opción escoger. Hitori seleccionó la opción de abrir la carpeta, donde había un único archivo en formato .exe nombrado “Nexus”. Decidió analizarlo con el antivirus, mientras le daba un mordisco a su magdalena. Tras unos segundos de espera, el antivirus determinó que estaba limpio. ¡Bien! Hora de instalarlo en mi ordenador. Aunque no me fío demasiado de ti, antivirus de los horrores. Tras señalar el icono del antivirus con una mirada de odio, apagó el viejo ordenador, retiró el Pendrive y se dirigió a su habitación, mirando todavía el pequeño dispositivo. Llegó a la habitación, donde el ordenador estaba encendido desde que se había despertado, horas antes de su paseo por la playa. Encendió la pantalla, que tenía mejor aspecto que la del otro ordenador, y conectó el Pendrive. Abrió nuevamente la carpeta donde estaba el programa y procedió a abrir el instalador. La ventana habitual de instalación se abrió, y Hitori pasó a gran velocidad las opciones pulsando el botón “Aceptar” repetidas veces. Para su asombro, el programa no pidió ningún tipo de serial, contraseña o siquiera que se confirmase que se leyeron las condiciones del programa. El ordenador empezó a instalar el programa, mientras Hitori acababa de comer la magdalena. La barra de progreso avanzaba a un ritmo normal. —97... 98... 99... -Contó, según el porcentaje que marcaba la barra.- Y... ¡Listo! A ver qué eres... Ningún acceso directo apareció en la pantalla, por lo que Hitori tuvo que buscar entre los programas de la lista. Al encontrarlo, seleccionó el icono, y una ventana que ocupaba el centro de la pantalla apareció. En ella sólo ponía “Nexus”, con las mismas letras que la etiqueta del Pendrive. Sin embargo, nada más ocurrió. El joven intentó abrir el programa nuevamente, pero seguía sin ocurrir nada. —Qué porquería... y para eso me emociono.- Molesto, quitó el Pendrive del puerto USB y lo metió en


un caj贸n del escritorio, a la vez que se quitaba los cascos del MP4 y lo met铆a en el mismo caj贸n, junto al Pendrive.


Nexus - Prólogo