Los monos fantasma /The Ghost Monkeys

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Los monos fantasma

—¿Señor Magallán?

Estaba leyendo una nota sobre varios chicos perdidos en el barrio de Las Ciencias, la voz al otro lado del teléfono era una distracción no bienvenida.

—El mismo —respondí.

—Mi nombre es Estela Camargo.

—¿Quién?

—Soy la encargada del zoológico. Le sorprenderá que lo llame, pero tengo un problema y me gustaría que usted me ayudara a resolverlo.

Admito que logró sorprenderme. En once años de profesión, nunca me habían contactado de ningún zoológico o veterinaria. Los animales tienden a ahuyentar a los espíritus.

—¿Cuándo preferiría que fuera?

—En este momento —sonaba grave. Me indicó que ingresara por una puerta lateral, habilitada únicamente para el personal autorizado. No pude evitar pensar en las

desapariciones de los niños. El zoológico se hallaba en el epicentro del barrio donde habían sucedido, junto con el Planetario y el Museo de Ciencias Naturales.

Bajé del taxi y abrí el paraguas a tiempo para no empaparme. Era agosto y llovía con frecuencia. Estela me estaba esperando.

—Por aquí, señor Magallán. Disculpe el apuro. Realmente no sabemos cómo proceder.

—¿Hace cuánto que se dan las apariciones?

—Hace unos días. Nos dijeron que, cuando se trata de sucesos paranormales, no hay como usted para solucionarlos.

—¿Qué tipo de sucesos, si puedo preguntar?

—Es la vieja jaula de los monos. Usted sabe que hace unos años construimos un recinto mejor para…

—No.

—¿No qué?

—No lo sé.

—Ah… Bueno, le cuento. Tres años atrás, construimos un espacio donde los monos se sienten mucho más a gusto. Un vidrio los separa de la gente y el lugar es mucho más amplio y confortable. No más asfixia, no más barrotes.

Asentí con la cabeza. Me hubiera gustado decirle que los animales nacen para estar sueltos, en su hábitat, y que, en mi opinión, no existe

cosa más horrenda que un zoológico o un circo; sin embargo, no tenía el tiempo ni las ganas para polemizar.

—Desde que la jaula está vacía, las hamacas se mueven solas y se oyen… ruidos. Algunos cuidadores dicen haberlos visto.

—¿Fantasmas?

—Fantasmas… de monos. Monos fantasma. Por la noche gritan.

Me subió un escalofrío por la espalda.

Soy un psicólogo especializado en sucesos paranormales, ese es mi trabajo. Como veo espíritus, las personas me contratan para que los convenza de que es mejor pasar al otro lado. De vez en cuando aparece alguno difícil de convencer, pero, en la mayoría de los casos, me enfrento a seres confundidos que lo único que necesitan es un empujoncito al más allá.

Nunca, nunca, me había tocado ver fantasmas de animales. Menos el de un mono, en un zoológico. Puse en duda lo que me contaba Estela. Seguramente se trataba de algún bromista, como aquel caso de “el fantasma de la torre”.

Mientras caminábamos por los senderos asfaltados del zoológico, me esforcé por traer a la memoria ese episodio. Me había contactado una señora llamada Franca. Recuerdo su nombre porque la asocié con la ballena. Se parecía: sus

dimensiones eran las de un ballenato, tenía una boca enorme y una lengua ancha y húmeda que sacaba entre frase y frase.

La señora Franca me había pedido que fuera a una mansión en la esquina de uno de los barrios más adinerados de la ciudad. El viejo caserón tenía una cúpula de tejas rotas bastante propicia para los acontecimientos sobrenaturales, de ahí el nombre con que bauticé el caso.

—Me visita el espíritu de una cucaracha enorme, gigantesca —me contó.

Parecía alterada. Tenía la piel blanca y ojeras moradas de no haber dormido en días. En cuanto abrí la puerta, advertí que había algo fuera de lugar. Por empezar, no hacía frío (la temperatura desciende entre tres y cinco grados cuando un espíritu anda cerca). Tampoco pude percibir la energía característica que corre por mis dedos cuando un encuentro es inminente. Además, desde el primer momento me pareció que todo eso de la cucaracha era un disparate.

Bastaron un par de pruebas con el medidor de actividad paranormal para darme cuenta de que, si había algún espectro en esa casa, no era más que un fraude.

Me rodeaban muebles en desuso y trastos viejos. Sucesivas capas de polvo lo cubrían todo y el olor a humedad era insoportable.

De pronto, una luz siniestra salió de atrás de un mueble. Asomaron primero las antenas y, después, el cuerpo de la cucaracha al grito de “buuuhhh”. Ningún fantasma hace “buuuhhh”. Ninguno. Esperé a que terminara la puesta en escena para darle un palazo en la cabeza. Cuando cayó al piso, aproveché para quitarle el disfraz. Era un hombre joven, transpirado y sucio.

—¡Mi sobrino Esteban! —gritó la anciana. Resultó que el muchacho intentaba matar a su tía del susto para así heredar la casa. No estaba muy bien de plata (ni de la cabeza) y había leído demasiado a Kafka.

Un temblor en mis dedos me devolvió a la realidad del zoológico. Había disminuido la temperatura, podía notarlo. Me puse alerta.

La jaula abandonada se elevaba, lúgubre, al otro lado de la cortina de lluvia. No se trataba de ningún bromista. Ahí había espíritus en serio.

La vibración en mis dedos se iba haciendo más intensa a medida que avanzaba. Estela dijo algo, pero ya no la escuché. En algún punto se detuvo y no me acompañó. Se dio cuenta de que estaba cruzando la frontera a partir de la cual se hacen posibles mis visiones, donde parte de este mundo se cierra y parte del otro se abre. No recuerdo cuándo ni dónde abandoné el paraguas. Quería estar atento. La lluvia resbalaba por mi cara y me nublaba la vista. Me acerqué a las barras. Silencio. Con ese nivel de frío y sensaciones, lo que fuera que estuviese cerca ya tendría que haber aparecido. Esperé. Cuando empezaba a pensar que no pasaría nada, la cabeza fantasmagórica de un mono se materializó a la altura de la mía y chilló de manera escalofriante. Yo también grité. Pocas cosas me asustaban; la cabeza flotante de un mono muerto se encontraba en la lista. No pude más que mantenerme inmóvil. El resto del simio comenzó a delinearse con la

evanescencia del humo. Sus manos, de dedos largos y rugosos, se aferraron a los barrotes y pareció calmarse mirándome a los ojos. Movió la boca con pausa, buscando un gesto que no le era familiar. Finalmente, bajó la mandíbula y su mirada se tiñó de rojo. Una voz que parecía surgir del inframundo habló a través de su garganta: —No somos monos —dijo. Y desapareció.

Ya, en el laboratorio —rodeado de reptiles, peceras y frascos con cuerpos en formol—, intenté calentarme el cuerpo con un té. Estela no se animaba a decir nada. Esperaba con paciencia que me volvieran los colores.

—¿Quién fue el primero en verlos? —pregunté cuando ya el silencio se había vuelto incómodo.

—Un… una de nuestras cuidadoras.

—¿Puedo hablar con ella?

—Le dieron licencia… después de… Digamos que no quedó bien.

Detuve la vista en el movimiento de un lagarto a mi costado. Tenía vendajes por todo el cuerpo.

—¿Qué le pasa?

—Es el único de su especie que nos queda. Un lagarto como este es casi imposible de conseguir. Lo estamos curando porque…

Me di cuenta de que no me interesaba y la interrumpí:

—Dicen no ser monos.

—¿Cómo? —se extrañó Estela.

—El espíritu que vi, aseguró que no eran monos.

—¿Qué son? ¿Fantasmas?

—La afirmación es redundante. Por más que estemos en el terreno de lo sobrenatural…

—Entonces, ¿le hablaron?

—Sí. Es muy extraño. Dentro de los límites que el término “extraño” tiene para mí. Los animales nunca se aparecen. Menos que menos, hablan. No entiendo qué puede estar pasando. ¿Podré comunicarme con la chica esta, la cuidadora?

—Leticia está internada.

Miré por la ventana diminuta que daba al parque. No había nadie caminando por ahí y los animales estaban a resguardo del diluvio. Me sentía triste. La expresión de aquel espectro me había dejado melancólico.

—Tengo que hablar con ella. Es indispensable. Estela lo pensó un momento.

—Arreglaré todo para que lo haga.

Los monos fantasma

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