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©Vanessa Montfort, 2008

La mejor posibilidad de ser Alex Quantz

LA MEJOR POSIBILIDAD DE SER ALEX QUANTZ

Escena tercera

Alex Quantz C, aún sentado sobre el ataúd del muerto, se enciende otro cigarrillo observando al público con una sonrisa descarada y entonces toca en la tapa del ataúd como si fuera una puerta.

Alex Quantz (C) ¡Alex!... ¿Alex? Tienes visita, tío. (Pega una oreja al ataúd. Sonríe). Vaya. Parece que se ha dormido. (Aspira el cigarrillo y luego lo observa de cerca. Se lo muestra al público.) ¿No os parece que no hay nada más hipnótico que observar la progresión del humo de este cigarrillo?, este humo no newtoniano, que comienza subiendo en una lámina suave, densa pero que, ¿lo veis?, de repente se quiebra en este fluido turbulento, desordenado. (Pausa) Del orden hemos pasado misteriosamente a… (los observa), os lo habrán dicho ya, ¿verdad?, seguro que sí. Dicho sea de paso, Alejandra se equivoca. Su visión no puede, ni siquiera se acerca a describir el mundo que conocemos: para cada acción NO hay una reacción opuesta igual o proporcional, pero bueno, seguro que os lo ha repetido hasta la saciedad, que de todas las probabilidades de ser Alex Quantz, la que él encarnaba, la que ha muerto, era la única posibilidad de una vida feliz. Putada. Y no voy a ser yo quien se atreva a decir lo contrario, pero sí aportaré que una pequeña causa inicial, —ejemplo: la visión en la niñez de unas llaves en una cerradura por fuera—, mediante un proceso amplificador —una madre que se las pira—, podrá generar un efecto considerablemente grande, como una psicosis clínica, en el adulto resultante. No nos alarmemos, no. Pero así son las cosas. (Pausa) La creencia en una proporcionalidad razonable entre causa y efecto es una maravillosa gilipollez, pero nos protege, eso sí, de la incertidumbre, —y claro, ya habéis al chalado de la barra, desde luego no sé vosotros, pero yo no quisiera estar es su pellejo— . De verdad, creedme, es una ley, si os esforzáis mucho por ayudar a quien hicisteis daño —causa grande—, lograréis tranquilizaros sólo un poco — efecto pequeño—, y lo digo por propia experiencia. (Pausa) Y eso que yo no soy así por mi culpa, no, no, qué va… todo empezó porque fui consciente de mi vida antes de nacer: en serio. Viví nueve meses consciente, sin necesidad del tiempo. Poseía el tiempo, eso era todo, pero nada sabía de él. Flotaba en un fluido de minutos no consecutivos, en un tiempo absoluto. Era perfecto, como todo lo perfecto que las madres son expertas en destruir: el mito de Santa Claus, el último sueño antes de ir al colegio, y sin duda por eso mi madre inventó para mí, en aquel momento, un puñado de verbos que destruyeran mi paz interior: ser, existir y estar, no estaba mal, pensé entonces: eran universales, estáticos, absolutos, pero justo en ese momento, su vagina tuvo la poca delicadeza de escupirme a


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La mejor posibilidad de ser Alex Quantz

este mundo. Aún así, el tiempo, mi tiempo, seguía estrellándose contra aquel dique de carne y placenta, hasta que descubrí tres adverbios: siempre, nunca y jamás. Y fue entonces cuando el tiempo saltó el dique. Comenzó el caos. La cuenta atrás. La luz. ¡Y resulta que nos comportamos como la luz!… o la luz como nosotros. La luz, no creáis, la luz es una entidad bastante psicótica. En serio. Presenta doble personalidad. Materia y energía. ¿Quizás como nosotros? ¿Quizás? Ah… quién sabe… Pero ese es otro cuento… Volviendo al caos, por eso he creado una nueva línea para Quantz, son relojes sin manillas, donde tú puedas ser el dueño de tu tiempo, y decidas si tus días tienen 48, 24 o 73 horas, dependiendo de tus propios ciclos. (A alguien del público) ¿Vamos a ver, tío, tú tienes suficiente con 24 horas? ¡Sé sincero! ¿Cuántas quieres? ¿Un día de 80? ¡Pues hecho! ¿Y tú guapa? ¿Quieres uno con el doble? Pues un día de 160 marchando, así te dará tiempo a ir a hacerte la cera. Nosotros, escuchadme bien y que no se entere nadie, nosotros creamos el tiempo. Shhhhh… Nosotros creamos la realidad. Shhhh… Yo no os lo he contado, ¿vale?, pero somos máquinas de producir realidad. Y no, mi querido Alex Quantz, el mejor, el deseado, (susurra con ironía a la tapa del ataúd), el mundo no sigue estrictamente el modelo de tu reloj, siento disgustarte, como tú, previsible, determinadito, tan ordenadito, tan mono. El mundo… el mundo es el CAOS. El observador, tus observadores, Sr. Alex Quantz, (señala al público), a los que ni siquiera te has dignado a recibir, no son quienes crean la inestabilidad con su ignorancia. (Pausa) ¿Qué me decís del clima? ¿eh?: antes de salir de viaje consultáis la previsión del tiempo en Internet: “el día elegido lucirá el sol y no habrá placas de hielo en la carretera por debajo de los 1.000 metros”, ¿y qué ocurrirá? Que os pillará una ventisca de nieve antes de los 900, una turbulencia blanca, revuelta, como las volutas de mi cigarrillo, que os dará puede que sí, puede que no, os dará de bruces con la muerte, con el azar, la puerta de ingreso en el Caos… (Pausa) ¿No os dais cuenta? Aún no lo cogéis, ¿verdad? ¡Lo que os estoy diciendo es que no tenéis más excusa!, que os he arrebatado todas vuestras excusas, las tuyas, y las tuyas, porque una causa pequeña produce un gran efecto, como cuando ese comentario intrascendente que te hace tu chica sobre tu barriga, desata tu miedo a perderla, como una piedrecita soltada a 3.000 metros de altura produce, ¿lo habéis probado?, un efecto desastroso en la cabeza que hay debajo, por eso, por eso… es necesario hacerse con una palanca. Sí, sí… como lo oís, una palanca: "dadme una palanca y moveré el mundo", dijo un griego, (Ríe), fuera de bromas, un simple movimiento de palanca puede hacer que el pequeño consiga grandes cosas… (Pausa) Veis lo que os decía: os las he quitado. Os he quitado todas las excusas. Nunca más podréis refugiaros en ese orden que le acomoda a cada uno en su categoría. ¿Efecto mariposa?, ¿ese maldito insecto chino que produce huracanes en Tejas? ¿Por qué no hablan mejor de ese insecto japonés, cuyo batir de alas provoca terremotos en Wall Street? Es mucho más ilustrativo… Y de cada ñoño estornudo de George Bush que provoca 600.000 muertos en Irak y de aquellos vecinos míos, los de la puerta D, encantados con la idea de que el caos de la guerra alterara por fin el insoportable orden de sus vidas, llenando su despensa de provisiones y utensilios de supervivencia. Einstein no hablaba de guerras ni de terremotos, fue mucho más romántico: escuchadlo: "Hasta la más pequeña gota de rocío caída del pétalo de una rosa repercute en la estrella más lejana", y que no os engañen, esto no es idealismo, esto es CIENCIA. Se llama Ley Física. (Pausa) No, no os dais cuenta, pero os he quitado todas las excusas, es una putada, sí, porque ahora no puedes evitar saber que


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un solo chasquido de tus dedos puede provocar una inundación en India, no puedes evitar saber que hasta el más insignificante de tus votos puede derrocar a un presidente, no, no… no puedes evitar saber que hasta la más sencilla de tus rúbricas puede salvar una vida… Qué le vamos a hacer, es una putada, pero así de sencilla es la ciencia ¿Y ahora qué? (Pausa) El Caos… ¿Batir o no nuestras alas de mariposa a ver qué pasa? Pensad que como ellas, quizás vivamos sólo un día. D abre la tapa del ataúd y extrae algo cuidadosamente encerrado entre sus manos. Mira al público con expresión ilusionada y las abre. Entre sus dedos echa a volar una mariposa que se pierde en la oscuridad. Después, invita al grupo a seguirle.


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Transición cuarta

(El grupo, liderado por C llega hasta el escenario donde sigue sonando rock. D deja su instrumento y se agacha. Ambos se saludan cordialmente). C- Aquí te los traigo. D- ¿Cómo lo llevas? C- No sé. Es complicado. Aún no me acostumbro a la idea. D- No te preocupes, lleva su tiempo. C- Es que cuando miro a aquellos dos… no sé… no creo que sea cuestión de tiempo. D- Lo es. Siempre lo es.

(Vuelven a chocar sus manos con complicidad. C vuelve al ataúd, a esperar a otro grupo.)


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D

(Alex Quantz D, baja del escenario.)

Alex Quantz (D)

Bueno, bueno… estoy seguro de que me estabais esperando. ¿Cómo lo sé? Bueno, supongo que porque en todos los velatorios hay alguien como yo, alguien que está aquí para reconfortaros. Allá voy: Vaaaaaale, el alma existe. Existe… pero es diminuta, ¿estamos? El alma humana es algo muy pequeño, ínfimo diría yo, algo mucho menor que un guisante, casi como un electrón, en resumen, una energía despreciable en el universo, pero suficiente para mantenernos en pie, unidos a la tierra, a la existencia, suficiente para permitirnos caminar. Por eso el alma, queridos míos, como todas las pequeñas cosas, está gobernada por lo cuántico.


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(Señala a su alrededor) Así que, bienvenidos a mi mundo, un mundo de posibilidades. Soy Alex Quantz y estoy aquí para confesarme. Sí, porque hasta hace poco para mí sólo existía mi posibilidad de vida, la de mis acciones, la de cada una de mis decisiones, tengo que admitirlo, un devenir único, trazado con una mezcla de suertes, azares, incertezas y mecánicas varias, pero el mundo, queridos míos, es un conjunto de potenciales franjas de realidad hasta que elegimos cuál ver, todo, todo depende del observador, de vosotros (lanza la mirada al infinito), no os dais cuenta, pero vuestra mirada es lo importante, cada una de vuestras miradas es un convertidor, mirad, mirad conmigo, ¿lo veis?: está el mundo rico y el mundo pobre, el mundo libre y el mundo esclavo, el mundo sano y el mundo enfermo, el mundo loco y el mundo cuerdo, y del mismo modo, dependiendo de quién de vosotros observe y de su capacidad de ver, verá a uno u otro Alex Quantz. (Silencio) Yo ahora por fin veo, porque… ¿Os lo habéis planteado? (Pausa) ¿Y si…? ¿Y si todas las realidades… existieran al mismo tiempo? (Pausa). Oh, no. No, no, no, no… Me parece increíble… Oh, no. He estado tan ciego. Qué pobreza ¿no os parece?, qué tristeza estar condenado a tener tres grados de libertad, venid, venid conmigo, por favor, sólo un momento, porque estas son todas las direcciones que podemos tomar


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(se

mueve

en

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las

diferentes

izquierda/derecha, delante/detrás.

direcciones):

arriba/

abajo,

¿Claustrofobia? ¿Angustia? Es

normal. Yo lo llamo efecto pecera. Como los peces. Como los peces que se atreven a mirar, a concebir que hay un mundo detrás del cristal. Así de limitadas están nuestras acciones: tres dimensiones para el espacio y una para el tiempo, la única variable con la que me está permitido jugar, y por eso juego, ¡juego!, ¿quién se atreve a juzgarme por eso?: cuando heredé la empresa de mis padres, creé un reloj de dos esferas que midiera el tiempo físico y el psicológico, es decir, un tiempo acompasado con el ritmo de tu corazón, con sus sprints y taquicardias, que cantara su tic tac jubiloso al unísono con tus arritmias, extrasístoles y cadencias. Un tiempo tuyo que también parara contigo cuando te liberaras al fin de él. Porque ese es el tiempo consciente que vive de la memoria y continua en el futuro. Al tiempo físico le traes sin cuidado tú y tus pretenciosas divisiones. Todo es transcurrir e irse; todo sin medida, desmedido; todo está instalado en un presente continuo, insensible, indiferente, indolente, inmutable y yo creí… (sonríe)

creí ingenuamente haber domado el

tiempo para el hombre pero fracasé, porque no es verdad, no es cierto que distingamos entre el pasado y el futuro, el verbo es una creación humana, otra arrogante tentativa de echarle el lazo necesaria para no


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volvernos locos, para que su paso, ese tic tac tic tac terco, torturador, no horade nuestra salud mental como una gota constante sobre una piedra. Creéis que sí pero no, nuestro cerebro no distingue la realidad y el recuerdo, las redes neuronales que se activan son las mismas, en la realidad y en el sueño. Y ahora, queridos míos, quién, quién os dice ahora que la caverna está aquí y no ahí fuera. ¿Por qué vamos a ser nosotros las sombras? ¿Qué es más realidad, la que ven nuestros ojos o la que está aquí dentro? (Señalándose la cabeza) ¿Quién es Alex Quantz, por favor, decidme, aquel de allí o yo mismo? ¡Necesito saberlo! ¿Qué os dicen vuestros ojos, vuestro corazón, cada una de vuestras vísceras? Veréis, también yo os contaré una historia… Es una historia triste o alegre u horrenda o bella, que comienza en un taller de relojes con olor a orín de gato donde un pobre hombre seduce a una joven fría con aires de grandeza, o quizás es ese mismo hombre, no tan pobre, que tiene la suerte de casarse con una jovencita con mucho talento, porque ésta acaba convirtiendo su apellido, Quantz, en una marca de prestigio, y a pesar de ello la engaña porque es fría o quizás frígida o puede que enferma de una rara dolencia con nombre alemán, pero en cualquier caso, fuera como fuere, esa mujer cría a una hija con el mismo problema


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o a un hijo maniaco depresivo o a un caradura que heredó su caída de pestañas y puede que a muchos más, pero en dos de los casos darán con un nuevo éxito para Quantz, aunque otra posibilidad es que se fuera a la quiebra. Lo que parece claro es que todos ellos se negaron a soplar las velas de los once años, puede que porque la visión del cuarzo que colgaba de unas llaves olvidadas por fuera, fuera en sí, algo alarmante, un recuerdo doloroso, terrorífico para la niña, premonitorio para el niño, puede que en todos los casos ella tratara de irse, pero sólo en uno lo consiguiera o reuniera el valor o puede que cada uno de sus posibles hijos no quisiera soplar la velas, porque serían las últimas con ella, con su madre: uno habría pensado suicidarse, otro quemaría la casa, pero sólo uno, el mejor, la mejor de las probabilidades de ser Alex Quantz, sí quiso soplar las velas de los once años y no pudo. Unas llaves puestas en la cerradura, por fuera, un pollo en el horno y una maleta arrastrada por alguien que no quiere mirar atrás, no, que le ha dado instrucciones precisas, mi niño, volveré pronto, vigila el horno, sé un hombrecito, cuida de la casa mientras estoy fuera, ahora vuelvo, pero luego, luego la calle parecerá alargarse como si fuera de chicle y se llenará de humo y de sirenas y la vecina agita sus brazos desde la ventana. Ella corre, corre, pero a las pocas horas, sólo aparecen aún prendidas de la cerradura con


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ese cuarzo que le recuerda su nombre, las llaves, sí, las llaves, como si se resistieran a abrir la puerta a esa única y remota posibilidad. Aún así, nadie se lo explica, todos los comentan pero ella no llora. Nadie la ha visto llorar. Mirad alrededor, por favor, hacedlo por mí, porque puede que me esté volviendo loco, porque hay algo que me asalta desde que lo hago, y es que quizás este bar, esta caverna platónica, sea el espacio intemporal y subterráneo de lo que SOMOS, lo único que es inamovible dentro de Alex Quantz, algo más grande y más complejo que todos esos cuerpos que le dan forma, que todos esos intentos de construcción y autodestrucción. Como si la IDENTIDAD estuviera mucho más allá de tu nombre, tu rostro, tu circunstancia, y fuera algo tan intangible, tan diminuto como el alma. Como si cada uno de nosotros y vosotros y tú y tú también, y tú y tú y aquellos de allí, quizás, TODOS, en algún lugar, de alguna forma, fuimos, somos, seremos… Alex Quantz.

(D vuelve a subir al escenario y empieza a tocar con los músicos de nuevo mientras espera a que el resto del público vaya llegando. En el caso de que sea un grupo que debe continuar su rutina, los dirigirá al lugar donde está A y al llegar cogerá del suelo un cronómetro, se lo pondrá entre las manos y le dará al “on” diciéndole:


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“Alex, querida, quizás esto te hará sentir mejor”.)


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Transición quinta

(Todos los personajes. Cada uno desde el lugar donde hicieron su monólogo, hablan hacia el escenario.)

A-. La energía está discretizada en unas cantidades mínimas. Tú eres una cantidad mínima. Yo soy una cantidad mínima. Yo no soy divisible.

B-. ¿Y cómo lo sabes?

A-. Como materia microscópica, subatómica, el alma humana es, debería ser… indivisible. No conozco a ciencia cierta sus implicaciones religiosas/.

C-. ¿Y cómo lo sabes?

A y B-. Somos indivisibles.

C-. Pero míranos.


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A-. Es un hecho.

C- Tócanos.

B-. Un axioma.

A-. Una realidad.

(D, desde el escenario.)

D-. ¿Pero cuál es la naturaleza de la realidad?

B- ¿Percepción o realidad?

D- Percepción: una mezcla de creencias, pensamientos y emociones.

A- Yo soy Alex Quantz.

B- Yo me creo Alex Quantz.


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C-. Yo pienso que lo soy.

D- Y yo me siento.

B- Pero Alex Quantz no es divisible.

A-. Como materia microscópica, subatómica, el alma humana es, debería ser… indivisible. No conozco a ciencia cierta sus implicaciones religiosas/.

B- Alex Quantz no es, no debería ser divisible.

D- No lo es.

Todos- ¿Cómo?

D- Todos somos Alex Quantz.

A- No es posible.


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C- La interacción entre el observador… (señala al público) y las partículas elementales, nosotros… es bastante complicada debido a las dimensiones tan pequeñas de esta partícula fundamental que es nuestra alma. Y dependiendo quién nos observe, y cuándo, verán uno u otro Alex Quantz.

A- Pero yo soy Alex Quantz.

B- Es imposible.

C- No hay nada imposible. Sólo muy pocas probabilidades.

D-. Por ejemplo: lanzar una piedra y que llegue a la luna no es imposible.

C-. Sólo hay muy pocas probabilidades.

B-. Encontrar una moneda en el océano atlántico no es imposible.

C- Sólo hay muy pocas probabilidades.

A- (Ilusionada) ¿Ser feliz no es imposible?


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B- No, solo había muy pocas probabilidades…

(Todos miran hacia el ataúd, y contemplan a la única probabilidad de ser feliz, la última pieza del puzzle para ser Alex Quantz, un ser completo).

A- Me niego. Es un hecho: la energía está discretizada en cantidades mínimas...

B.- Qué pesada.

A-. Tú eres una cantidad mínima. Yo soy una cantidad mínima.

C.- Que se calle.

A-. Yo no soy divisible. Alex Quantz no es divisible.

D-. ¿Cómo que no?

(D se acerca al ataúd y pide con un gesto a los demás que le acompañen. Lo abre de forma que la tapa oculte lo que hay dentro al público. Podría estar sobre una


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plataforma. El resto de los actores lo rodean también. D lo abre, todos se echan hacia atrás con repulsión, D mete las manos en el ataúd como un forense, como si estuviera hurgando en el cuerpo muerto.)

D-. Mirad, su oído. (con unas pinzas saca un móvil y se lo da a uno de los

personajes que lo besa y se lo pasa al público) Mirad, su ojo (saca una cámara de usar y tirar) Mirad, sus sesos (saca el negativo enredado de un carrete) Mirad, sus sueños (saca un cochecito de juguete, unos caramelos de menta, una

revista porno) Mirad, su polla (saca un destornillador eléctrico) Mirad su corazón (saca un reloj y uno de los personajes se lo pone en la oreja y lo

zarandea, porque, evidentemente, está parado).

A- (Pensativa) Pero si todos somos Alex Quantz…

D- ¿Sí?

A-. Si todos somos Alex Quantz…


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C-. No sin él.

B-. Él ha muerto.

D-. Nos falta él.

A-. ¿No hemos sobrevivido?

B-. Si él no sobrevive…

D-. No somos.

(Suena la música rock. Casi un estruendo. Los personajes se meten uno a uno en el ataúd cuya tapa sigue abierta hasta desaparecer el último Alex Quantz, que cierra, al fin. Sigue la música y la barra abierta hasta que el público decida abandonar la sala).


ŠVanessa Montfort, 2008

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