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Revista Cultural Año 2013 Numero 007

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Direcci贸n General Valeria Wozniak

Correcci贸n: Victoria M谩rques

Grupo Editorial:

Nueve Musas

Nueve Musas

nuevemusasrevistacultural@hotmail.com ISBN 978-987-33-2476-5

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Sumario/////////////////// Nota Editorial Narrativa: La noche boca arriba de Julio Cortázar El naturalismo Émile Zola El crimen y el castigo de Fiodor Dostoyevsky Poeta : de Las estepas del silencio de Valeria Wozniak Juan Eduardo Cirlot La habitación imaginaria de Cirlot Narrativa: El viaje de Naia Fillipa de Valeria Wozniak Juana de América Chico Carlo Libro de Cabecera: El Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal Angie Ferrero: Una fugitiva con la soga en los pies La talentosa señora Highsmith Ilusione de Valeria Corvino Toulouse-Lautrec Grand Maître des Affiches La Goulue Los desiertos de Georgia El viaje de Naia Fillipa – continuaciónPortada: La primavera de Georgia O´keffe

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Nota Editorial ///////////////////

Nueve Musas

Nueve Musas es una mujer luminosa que fantasea palacios de colores sobre olas que la elevan hasta las estrellas. Conoce mi destino y mi sueño. Sabe que me encuentra levitando en las líneas del cosmos por eso me regala la belleza de su lumbre. Yo sólo soy la emisaria. Ella ya es antes de nacer en las líneas de mi tinta y su suerte. Buen viaje mi hermosa dama…buen viaje….

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La noche boca arriba Julio Cortázar

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos; le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adónde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones. Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe. Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en las piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio. La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo 5


llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento. Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás. Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían. Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante. -Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo. Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un 6


relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse. Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose. Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás. -Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien. Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el 7


choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco. Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno. Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

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Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

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El Naturalismo El naturalismo es un movimiento literario que tuvo lugar aproximadamente entre finales del siglo XIX (a partir de 1880) y mediados del siglo XX (fundamentalmente hasta 1940). No obstante las raíces el movimiento son anteriores, pues los escritores naturalistas tomaron sus ideas y las desarrollaron a partir del movimiento literario dominante durante el siglo XIX, el realismo. Algunos críticos han tratado de etiquetar el naturalismo como una especie de "realismo radical", pero este movimiento tiene suficiente personalidad y profundidad como para ser apartado del realismo y considerado diferente. Allí donde el realismo era básicamente descriptivo, meramente literario y únicamente atento hacia la capa social burguesa -principal promotora y consumidora del mismo-, el naturalismo resultó un movimiento con influencias más profundas -entre las que destacan sobre todo la teoría de la evolución de Darwin y la filosofía determinista- y metas más altas -no sólo mostrar la vida de su época “tal como era” sino terminar “por qué era como era”, y hacerlo sin omitir sus aspectos más hermosos ni tampoco los más desagradables-.

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Las obras naturalistas solían incluir, de hecho, la pobreza, el racismo, el sexo, los prejuicios, la enfermedad, la prostitución, la suciedad y la muerte tratadas de una forma exenta de dramatismo, lo que las hizo algo difíciles para el público en general y consiguió que fueran criticadas por ser demasiado directas y francas. Frente al optimismo y al progresismo liberal del que solían hacer gala los escritores realistas, el naturalismo se mostraba fuertemente pesimista; y en contra de la “apología de la libertad” propia de los realistas, los naturalistas negaban la libre voluntad y se refugiaban en su pesimismo determinista, afirmando que las condiciones sociales y naturales de los personajes les impiden vivir de acuerdo con su voluntad. En este sentido, los naturalistas se mostraron muy interesados en abordar

sus obras desde un punto de vista “científico”, intentando identificar las fuerzas ocultas que influencia las acciones de los personajes. Esas fuerzas serían principalmente el ambiente en el que esos personajes crecen y operan, así como la herencia que reciben o, en otras palabras, la posición social y económica que ocupan. El máximo representante, principal impulsor y primer teórico del naturalismo fue el escritor francés Émile Zola, quien dejó canonizado el género en el prólogo de su novela Thérèse Raquin. Desde Francia el naturalismo se extendió a Alemania, Italia -donde se denominó verismo-, a Rusia -donde influyó en autores como Gogol y Dostoiveski- , a España y también a Latinoamérica y a los Estados Unidos.

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Desde Francia, el Naturalismo se extendió a toda Europa en el curso de los veinte años siguientes adaptándose a las distintas literaturas nacionales. El naturalismo presenta al ser humano sin albedrío, determinado por la herencia genética y el medio en que vive. En él influyen el Positivismo de Auguste Comte, que no valora que no puede ser objeto de experiencia, el Utilitarismo de Bentham y Stuart Mill, que juzga todo en función de su utilidad, y el Evolucionismo físico de Darwin y social de Herbert Spencer, que niega la espiritualidad del hombre al negar la intervención divina, y el materialismo histórico de Marx y Engels. En la mayoría de los escritos lo que se intenta es reflejar que la condición humana está mediatizada por tres factores: la herencia genética, las taras sociales (alcoholismo, prostitución, pobreza, violencia) y el entorno social y material en que se desarrolla e inserta el individuo. Esto es, lo que se conoce en filosofía como Determinismo. De aquí deriva otra importante característica del Naturalismo, una crítica (implícita, ya que el valor documental y científico que se pretende dar a la literatura de este tipo impide aportar opiniones propias) a la forma como está constituida la sociedad, a las ideologías y a las injusticias económicas, en que se hallan las raíces de las tragedias humanas. La fisiología como motor de la conducta de los personajes; Sátira y denuncia social. La novela naturalista no vale como simple pasatiempo, es un estudio serio y detallado de los problemas sociales, cuyas causas procura encontrar y mostrar de forma documental Concepción de la literatura como arma de combate político, filosófico y social;

Argumentos construidos a la sombra de la herencia folletinesca y orlados de un abrumador. Feísmo y tremendismo como revulsivos. Puesto que se presentan casos de enfermedad social, el novelista naturalista no puede vacilar al enfrentarse con lo más crudo y desagradable de la vida social. Adopción de los temas relativos a las conductas sexuales como elemento central de las novelas. No se trata de un erotismo deleitoso y agradable, sino que es una manifestación de enfermedad social, suciedad y vicio. Por ello, frecuentemente el novelista naturalista se centra en el mundo de la prostitución, vista como lacra social y como tragedia individual. El público confundía sin embargo a veces naturalismo con pornografía, lo que no era la intención de los naturalistas. Estos critican con frecuencia la literatura folletinesca que trastorna la percepción de la realidad. Cabe destacar que, si bien Realismo y Naturalismo son muy parecidos en el sentido de reflejar la realidad tal y como es (contrariamente al idealismo romántico), la diferencia radica en que el Realismo es más descriptivo y refleja los intereses de una capa social muy definida, la burguesía, mientras que el Naturalismo extiende su descripción a las clases más desfavorecidas, intenta explicar de forma materialista y casi mecanicista la raíz de los problemas sociales y alcanza a hacer una crítica social profunda; además, si el individualismo burgués es siempre libre y optimista en su fe liberal de que es posible el progreso sin contrapeso y labrar el propio destino, el Naturalismo es pesimista y ateo merced al determinismo, que afirma que es imposible escapar de las condiciones sociales que guían nuestro sendero en la vida sin que podamos hacer nada por 13


impedirlo. Por otra parte los naturalistas españoles hacen uso de un narrador omnisciente y se alejan del impersonalismo que busca el maestro francés Zola; por otra parte, estas novelas no consiguen una reproducción fiel de la realidad, objetivo que sí busca Zola, sino que recargan excesivamente

descripción de la realidad hacia el interior del personaje llegando a la novela psicológica. El Naturalismo, al igual que el Realismo, refuta el Romanticismo rechazando la evasión y volviendo la mirada a la realidad más cercana, material y cotidiana, pero, lejos de conformarse

los aspectos que quieren destacar, con lo que pierden el valor documental que busca Zola. Se considera que el Naturalismo es una evolución del Realismo. De hecho, la mayoría de los autores realistas evolucionó hacia esta corriente materialista, si bien otros orientaron su

con la descripción de la mesocracia burguesa y su mentalidad individualista y materialista, extiende su mirada a las clases más desfavorecidas de la sociedad y pretende explicar los males de la sociedad de forma determinista.

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Aunque Zola nació en París, a la edad de tres años se trasladó junto con su familia al sur francés, a la Provenza, más concretamente, a la ciudad de Aix-en-Provence, donde pasaría toda su infancia y parte de su juventud. Zola resultó ser doblemente meridional, por parte geográfica y por parte familiar, al ser hijo de veneciano y nieto de griego. Esa tierra, tan rica estéticamente, impregnó la vista y la sensibilidad del joven Émile, despertando en él una conciencia artística que, no sólo podemos apreciar en sus críticas pictóricas – Mes salons-, sino también en muchas de sus novelas. Por aquel entonces, las diferencias socioculturales entre el norte y el sur, entre la capital y la provincia, eran muy notables.

La modernidad y la tradición dividían Francia a mediados del siglo XIX. El sur francés vivía plácidamente instalado en su cálido pasado e inmerso en las creencias populares de honda raigambre: familia, trabajo y religión, valores éstos que dejarán una profunda huella en la formación de Zola y que, como la estética meridional, formarán parte del substrato que nutre su producción. La primera adolescencia de Zola estuvo marcada por su archiconocida amistad con Cézanne y por el despertar de sus primeras lecturas, algo que le hizo zambullirse plenamente en la lírica romántica.

Émile Zola 15


El poso romántico del autor es innegable; sin embargo, en sus inicios como novelista, lo reconocía, de mala gana, como si de un desliz de adolecen se tratara. Sólo muchos años después llegaría a esgrimirlo como un valor esencial de su producción. Desde lo ideológico, escritores románticos como Rousseau, Hugo, Musset o Michelet, favorecieron la elaboración de un moralismo idealista en el joven Zola, que, torpemente todavía, se empezaba a debatir entre la ciencia y la religión, la fe y la razón. Literariamente, el Zola de adolescencia romántica creía en la capacidad regeneradora y moral de la poesía, y criticaba los textos que se complacían en reproducir el aspecto más crudo y escatológico de la realidad, como una traba insalvable en su vuelo hacia el ideal. Estos planteamientos resultan sorprendentes si los comparamos con los del Zola más conocido. El tópico del escritor maldito, obsceno y blasfemo, contrasta con ese joven que cree en el cometido divino de las manifestaciones artísticas, especialmente de la poesía lírica, la única, según él, capaz de llevar a cabo, dignamente, la función moralizante que Dios había atribuido al poeta. A finales de la década de los cincuenta, Zola se trasladó a vivir a París, y fue allí, donde, en medio de la vida de bohemia y estrecheces, comenzó a olvidar su herencia romántica y a encaminarse hacia presupuestos materialistas y positivistas. De estos primeros años parisinos, data una de las constantes ideologías más interesantes en su producción: el redentorismo, aún en el aire del Romanticismo. Se trata, obviamente de una redención en el amor, lo cual implica que, previamente a esa salvación, ha habido un "pecado" que la requiriera; y ¿Cuál es el pecado en el amor? ¿Cuál su traición, su hipocresía?: la prostitución. No en vano, el objeto de la redención es siempre mujer y prostituta, especialmente en la época romántica, que recreó hasta la

saciedad esta situación, en la que el hombre era siempre el redentor y la mujer, obviamente la redimida. Este tema se inicia con una novela casi desconocida llamada La confession de Claude (1865) que podemos considerar como la frontera que separa la adolescencia romántica de la juventud positivista de nuestro autor. En la primera parte del libro, el protagonista, de claras resonancias autobiográficas, cree todavía en esa idealista redención por el amor al estilo de Michelet o de Hugo; sin embargo, en la segunda parte, renuncia a esa posibilidad encaminándose hacia otros presupuestos, más de su tiempo. Pero, aunque el espíritu redentor de los primeros años fracasará en su intento regenerador, volverá más tarde, con toda la fuerza y la madurez que dan los años, para triunfar plenamente en la mujer y en el amor. Nos referimos a ese segundo estadio del redentorismo zoliano que protagonizará sus últimas novelas, especialmente, a partir de Le Docteur Pascal (1893) y, de un modo casi obsesivo, en Les Quatre Évangiles (1899-1903). No obstante, entre esta primera novela y las últimas se abre un foso enorme de más de una veintena de años, que corresponde a su obra más monumental y conocida, Le RougonMacquart (1870-1893). A la idea de salvación le sucederá, en el tiempo y en la obra, la idea de investigación. No se tratará ya de curar, sino de estudia los motivos y circunstancias que han llevado a las gentes a la decadencia social, moral y física. Así, a la primera intención religiosa, aún de herencia romántica, sucederá el impulso científico, entre la sociología, la historia y la fisiología, hijas todas ellas de la nueva época positivista que comenzaba a mediados de siglo. Émile Zola comenzó a caminar por las sendas de la doctrina positiva, que iba imponiéndose con fuerza en Francia, en el momento en que entró a trabajar en la librería Hachette, en 1862. Este empleo supuso para él un verdadero proceso de iniciación en la mentalidad

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positivista y cientifista. La editorial, dirigida por Louis Hachette, se había convertido en un foro de pensamiento e ideología republicanos próximo a la burguesía ilustrada y liberal. El momento de la incorporación de Zola a la empresa coincidió con la ampliación de la misma y los grandes trabajos de expansión que, de 1862 a 1864, contribuyeron a hacer de ella el gran coloso que conocemos. Al poco tiempo de su entrada, Zola accedió al puesto de jefe del recientemente creado departamento de publicidad, un puesto clave para un joven con pretensiones literarias. Allí conoció las obras de divulgación científica de Hippolyte Taine, Claude Bernard y sobre todo de Émile Littré, el gran autor de la casa. Este período de formación en las nuevas ideas se vio reforzado por la asidua lectura del periódico Le Siècle, fuertemente republicano y anticlerical. Su llegada a París y su contacto con medios positivistas le hicieron, además, reafirmarse en algo que venía sospechando desde 1860: su mediocridad como poeta. Quedaron, pues, definitivamente olvidados aquellos poemas grandiosos sobre la creación del Universo, enterrados bajo la besogne du siècle: su tarea de novelista. En realidad, esto supone un intento de resolver el dualismo estético que venía arrastrando: su opción entre la realidad y el ideal, la prosa y la poesía, lo contemporáneo y lo eterno. la evolución personal y estética de Zola coincide plenamente con la evolución del siglo. Por eso, no nos debe extrañar la sucesión de etapas, en apariencia contradictorias, que no son sino el reflejo del rumbo que tomaron los últimos años del siglo XIX. Sus primeros años en París coincidieron con la época del cientifismo a ultranza, de la demostración de influencias románticas anteriores y del más acusado anticlericalismo. Éstas, que son las 3 características generales de mediados de siglo, lo son de igual modo, de la primera madurez de Zola. Ideológicamente, asistimos al

reinado de la ciencia; la ciencia que todo lo puede y todo lo invade. El método científico aplicado a la pintura, a la novela, a la filosofía, a la educación, a la política, la historia, a un mundo "cientificado". Del tronco común que representa August Comte, verdadero creador del positivismo, se desarrollaron fuertes y notables ramas representadas por Ernest Renan, Taine, Claude Bernard o Littré, pilares fundamentales de la intelectualidad francesa de la segunda mitad de siglo. La invasión que llevó a cabo la ciencia, en todos los órdenes de la vida trajo como consecuencia, el repudio a cualquier dimensión metafísica, especialmente religiosa. Se abrió entonces una fuerte incompatibilidad entre ciencia y religión. Esta incompatibilidad orquestará en Zola un dualismo feroz que, como una corriente subterránea, irá alimentando el nivel más profundo de sus obras. Esa dialéctica, de tan difícil solución, entre lo material y lo espiritual, la inmanencia y la trascendencia, el cuerpo y el alma, lo cronológico y lo intemporal es, a nuestro juicio, el eje sobre el que se articula la gran serie de novelas Les Rougon-Macquart, como veremos más adelante. En el devenir de esa exaltación materialista se esperó todo de una ciencia que avanzaba despacio, demasiado despacio para unas mentes hambrientas de respuestas. El hombre no supo acomodarse a su nuevo papel, en el aquí y el ahora positivistas, y corrió de nuevo a refugiarse en las antiguas creencias. "La moral de los fuertes" no conquistó a las conciencias. Proclamada por el estoicismo post-naturalista, defendía la convivencia del hombre consigo mismo, aceptando sus límites y las condiciones, a menudo adversas, de una existencia nada fácil de llevar. Esta moral se hallaba muy lejos de triunfar en la sociedad francesa, que, en medio del sufrimiento, seguía manteniendo su necesidad antropológica de la esperanza en el más allá. El último tercio del siglo XIX vio nacer lo que se llamó la

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faillite de la science. Al furor cientifista le sucedió un retorno a la trascendencia, a la fe religiosa y a la figura de Dios, relegada en los días del positivismo. Semejante trastorno del orden de prioridades para el hombre que se decía "moderno", no pudo dejar indiferente a nadie: ni a los que, abandonando los dictados positivistas, se zambulleron en la renovada trascendencia, ni a los que desarrollaron una mayor hostilidad ante tal "retorno al pasado", ni a los que -como el caso de Zola-, tras un primer momento de incertidumbre y desconcierto, intentaron una tópica aproximación. Estas particulares circunstancias contribuyeron a que los principios teóricos del naturalismo comenzasen a tambalearse, así como su aplicación en la música, la literatura o la pintura, en un intento de responder a las nuevas necesidades. El Zola del "Discours aux Etudiants", texto clave para entender la evolución ideológica de finales del siglo, defiende el papel de la ciencia en nombre de la verdad, que no de la felicidad, porque, según él, el hombre no siempre está preparado para vivir con una verdad amarga e injusta. Sin embargo, tras estas palabras al parecer plenas de convicción y confianza, propias de alguien que ve claramente las dificultades del camino, y que aún así, está dispuesto a recorrerlo, se esconde la vertiente más sombría de un Zola apesadumbrado por las dudas, por un miedo inexplicable; un Zola que, pocos años antes, estuvo a punto de naufragar en la desesperación tras las muertes de seres muy queridos para él (Duranty, Flaubert o su madre) Estas muertes, por lo que de trágico tuvieron para Zola, supusieron en el plano existencial, un replanteamiento, consciente o no, de sus convicciones materialistas de negación de toda trascendencia. A estas desgracias hay que sumarle su entrada en una grave crisis personal, acrecentada por un mal estado de salud y una débil moral, fruto quizá de sus primeras

aproximaciones a las lecturas de Schopenhauer. Este estado de ánimo tiene como consecuencia la creación de un proyecto novelístico, que, tras una pausa, vio la luz en 1884: La joie de vivre, decimosegunda obra de Les Rougon-Macquart. En este texto, Zola lleva a cabo una especie de catarsis o depuración, respecto a dos tendencias que estaban minando su equilibrio mental, la hipocondría y el pesimismo de Schopenhauer, que ya habían hecho mella en algunos de sus compañeros. Al borde del abismo, del mismo precipicio que engulló a Maupassant, Zola supo vencer la tentación de dejarse arrastrar por el vacío, aferrado a su natural fuerza vital y a su esperanza en un futuro mejor, nacido de la feliz reunión de esos contrarios que desgarraban las conciencias finiseculares. La inmensa tarea que se había impuesto de recrear el universo en las veinte novelas de Les Rougon-Macquart, contribuyó también a mantenerlo firme y confiado en los tiempos venideros. La serie termina, como veremos, con una nota de optimismo y de confianza, y abre las puertas a una época de búsqueda de soluciones. A esta época corresponden Les Trois illes. La última etapa en la vida y la obra de Zola, se inicia con las tres novelas que configuran la serie Les Trois Villes: Lourdes (1894), Rome (1896) y Paris (1898) Cada una de ellas representa un alto en su evolución ideológica y existencial de Zola; las dos primeras suponen el rechazo ante las posibles "soluciones" a la crisis ideológica de finales de siglo: el misticismo y el neo-cristianismo en Lourdes y el catolicismo social en Rome. Paris, como es habitual en las novelas que cierran sus series, termina esa etapa de búsqueda y abre otra nueva, en la que Zola desarrollará su "nueva religión". Confirmada su ruptura con el catolicismo y la Iglesia, Zola insiste en la necesidad que tiene el hombre

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de mantener cierto sentimiento religioso. Zola propone, pues, una nueva religión, una "religión del trabajo", edificada sobre los cimientos del primitivo cristianismo, como la justicia, la defensa del pobre o el amor. Su desarrollo supondrá la conclusión a Les Trois Villes y el preludio a la serie siguiente. En su nueva religión Zola rechaza cualquier dogma revelado, y busca una vuelta al hombre natural, tradicionalmente negado por el catolicismo, regido por la razón y el amor. Ideológicamente, estos planteamientos, ciertamente utópicos, deben mucho a Darwin, al socialismo utópico de Fourier (17721837), y literariamente al simbolismo naciente y a la novela rusa -el evangelismo de Dostoyevski y el espiritualismo pacifista de Tolstoi-. Así, la última novela de Les Trois Villes es el fin de las sucesivas tentativas y el comienzo de la particular religiosidad zoliana, que se desarrollará plenamente en Les Quatre Evangiles. Esta última e inacabada serie de novelas –Fécondité (1899), Travail (1901) y Vérité (1903) ilustra la creación de una nueva sociedad, muy alejada ya de la oscura y mísera sociedad de Les RougonMacquart. Este nuevo orden se edificaría sobre la fe en el trabajo, verdadero y único motor del progreso, sobre la capacidad del hombre y la mujer para amar y crear enormes familias, sobre la justicia y el reparto equitativo de los bienes, sobre el esfuerzo común, en definitiva, sobre una vuelta a ese estado idílico y natural, de comunión del hombre con el cosmos y consigo mismo, integrando, por fin, las dos vertientes de esa tensión dual que lo dividía años atrás. El tono de estas últimas propuestas puede mover a dos interpretaciones de signo contrario. En primer lugar, la recreación del mito de la ciudad perfecta, de la organización evangélica y socializante del mundo

provoca, lógicamente, una interpretación optimista: después de las tragedias anteriores, del mundo bestial y en descomposición, aparece una sociedad regenerada y radiante, producto de alguien esperanzado que confía en que se avecinen tiempos mejores. Sin embargo, el estudio de los textos deja alguna duda. La mayor parte de sus novelas anteriores se desarrollan en un eje cronológico y espacial muy detalladamente descrito, muy concreto y, reflejo de un tiempo y una geografía perfectamente reconocibles. Abundan las referencias históricas, los nombres de calles, de pueblos o regiones. Frente a esta constante, en la última serie, asistimos a la desaparición del espacio mimético y a la referencia al tiempo histórico. Nos encontramos en medio de una utopía y una ucronía que bien pueden entenderse como la desconfianza o el pesimismo de aquél que no cree que sus esperanzas tengan cabida en el mundo real.

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E

l crimen

y el castigo De Fiodor Dostoyevski

Fiódor Mijáilovich Dostoievski nació en el año 1821, en Moscú (Rusia). Durante su juventud se vio influido profundamente por su padre, un médico retirado del ejército, alcohólico, avaro y sensual. Cuando el pequeño Fiódor tenía 11 años, su padre adquirió unas fincas en la provincia de Tula con la intención de llevar una vida de terrateniente y trasladó su familia allí. En 1838, el joven Fiódor partió, por decisión de su padre, hacia San Petersburgo, para ingresar en la Escuela de Ingenieros Militares, aunque él no se encontraba a gusto con sus estudios técnicos. Murió su padre y, luego de graduarse, decidió dedicarse a la Literatura, al punto que llegó a publicar su primera obra, Pobres gentes, obteniendo una gran repercusión. A esta obra la siguió El doble que, al igual que otros trece esbozos escritos por Dostoievski en los tres años siguientes, centró su atención en la situación de los pobres y desheredados, en sus humillaciones y sus reacciones ante ellas. Paralelamente, se sumó a un grupo de jóvenes intelectuales que estudiaban las obras de los socialistas franceses, prohibidas por el zar. En el grupo logró infiltrarse un miembro de las fuerzas de seguridad y todos los integrantes del grupo terminaron en prisión. Sufrieron el destierro a Siberia y fueron condenados a muerte. Pero salvaron sus vidas minutos antes de la ejecución, al recibir una conmutación de penas. Fiódor fue condenado a cuatro años de trabajos forzados en Siberia y a desempeñarse luego como soldado raso. Tal vez como consecuencia de las situaciones de extrema tensión vividas, comenzó a padecer ataques de epilepsia, que lo acompañarían durante toda su vida. Durante su período en prisión sólo leyó la Biblia. Influido por esa lectura rechazó el socialismo ateo, del que había sido partidario en su juventud.

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La cárcel le permitió también descubrir cómo entre los mismos delincuentes se daban gestos de altruismo y nobleza, lo que le permitió profundizar en la complejidad del espíritu humano. En 1854 fue liberado de prisión y enviado como soldado a una unidad militar en Mongolia. Allí vivió por un lapso de cinco años, luego de los cuales lo autorizaron a regresar a San Petersburgo. Regresó junto a la mujer con la que había contraído matrimonio, una viuda enferma de tuberculosis. Luego de diez años de prisión y exilio, pudo retomar su carrera literaria. Fundó, junto a su hermano Mijáil, una publicación mensual llamada Tiempo. Allí fueron apareciendo, por entregas, algunas de sus nuevas obras, como Memorias de la casa muerta y Humillados y ofendidos (1861). Luego publicó Notas de invierno sobre impresiones de verano (1863). La revista Tiempo fue cerrada por las autoridades por haber publicado un artículo supuestamente subversivo. Junto a su hermano inició una nueva publicación, Época, que tendría una vida más corta aún. Allí publicar la primera parte de Memorias del subsuelo. En 1864 falleció su esposa, luego de una penosa convalecencia, y también su hermano, cuyas deudas, de las que tuvo que hacerse cargo, lo dejaron en la ruina. Para salir de su situación económica desesperante tramitó un crédito que le fue concedido contra el compromiso de presentar una nueva novela en no más de un año. Cumpliendo con ese compromiso escribió El jugador (1866). Al poco tiempo contrajo matrimonio con Anna Snitkina, la mecanógrafa que contratara para transcribir su obra. Escapando de sus acreedores, Dostoievski pasó los años siguientes fuera de Rusia. A pesar de su situación económica angustiosa, durante este

período continuó su labor de escritor, publicando Crimen y castigo (1866) y Los endemoniados (1871-1872). Retornó a Rusia recién en 1873, portando ya el halo del reconocimiento internacional como escritor. En 1880 publicó Los hermanos Karamazov. Poco tiempo después murió en San Petesburgo; corría el mes de febrero de 1881. En toda su obra mostró Dostoievski un inmenso interés por el hombre de su tiempo. Estaba convencido de que el futuro de la humanidad se hallaba en juego. Por eso sus obras no abordan temas históricos sino actuales. “El hombre en la superficie de la tierra no tiene derecho a dar la espalda y a ignorar lo que sucede en el mundo, y para ello existen causas morales supremas", decía. Y su realismo no se detuvo ante las facetas más oscuras del espíritu humano sino, por el contrario, penetró en ellas, colocando a los héroes de sus novelas en las situaciones más extremas, rastreando sus conflictos interiores y sus motivaciones más profundas. Consideraba su deber, en cuanto escritor, encontrar el ideal que late en corazón del hombre, "rehabilitar al individuo destruido, aplastado por el injusto yugo de las circunstancias, del estancamiento secular y de los prejuicios sociales.” La temática, y el modo de abordarla, de sus novelas trágicas se adelantó en el tiempo a los estudios psicoanalíticos sobre el inconsciente, al surrealismo y al existencialismo. En cuanto a lo estrictamente literario, tal vez haya sido su mayor aporte el haber colocado al narrador dentro de la obra, dejando la postura externa de quien relata una historia ajena. Este estilo fue retomado posteriormente por autores de la talla de Thomas Mann, Unamuno y Sartre.

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Dostoiveski vivió en una época en la cual la masa democrática activa y manifiesta sus derechos. Esta masa la integraba una parte del pueblo inquieto hasta lo más hondo por el auge del capitalismo y por la derrota sufrida por el movimiento revolucionario durante el tercer, cuarto y sexto decenio del Siglo XIX. Era una época de transición, que según palabras de Marx, “a pesar de los brillantes éxitos de la tecnología y la cultura, se caracterizaban por unos rasgos de decadencia, que superaban con mucho todos los horrores que conoce la historia desde el Imperio Romano”. En el género novela-trágica creada por él, Dostoiveski encarna para el futuro, con extraordinaria fuerza, muchos de los trágicos rasgos de Rusia; y la Rusia de Dostoiveski presentaba una enorme particularidad con respecto a Occidente: En pleno siglo XIX el país era aún feudal, con un régimen de señores y siervos, como fue, durante la edad media, Europa. Su época corresponde a los reinados de Nicolás I que se caracterizó por su despotismo y por Alejandro II, de espíritu más tolerante. Fueron tiempos de grandes tensiones en el terreno ideológico, entre corrientes tradicionalistas y progresistas.

Rodion Romanovich Raskolnikov, el célebre protagonista de la novela, vive durante su infancia en miserables barrios del cordón tugurial de San Petersburgo. Hambre, soledad, maltratado y frio han sido las notas predominantes de la tristeza canción que es su vida. El aislamiento y su orgullo se convierten en su único recurso y refugio. La imponencia se torna en una de sus armas: Se considera superior a los otros; con inteligencia analiza todas las cosas acomodándolas a su ‘teoría del superhombre’, desdeñándolo todo, fermentado su rencor y reforzando su escepticismo. Alena Ivanova es una anciana que se dedica a la usura. De esta actividad ha derribado un capital considerable que cuida con avaricias. Vive en compañía de su hermano en el vecindario que frecuenta Raskolnikov. Advotia, hermano de la protagonista, pensando en el futuro de Rodion, más joven que ella, quien aspira a realizar los estudios que lo sacarían de la miseria están a punto de aceptar por interés la propuesta matrimonial de Ludzin, hombre adinerado que la asedia con sus peticiones desde hace tiempo. Ante esta perspectiva e impulsado por las ideas nihilistas que ha cultivado y sintiendo sobre sus espaldas el desprecio y las humillaciones que padece todos los desposeídos de Rusia, planea y comete el crimen que desencadena el conflicto en la novela: armado con un hacha y con las ideas, cuya génesis se encuentra en la doctrina marxista y la teoría del superhombre, Raskolnikov entra en la casa de Alena Ivanova, la vieja usurera y la asesina. La hermana de la víctima, que lo ha observado todo con silencioso terror, sucumbe también bajo los hachazos del joven. A tomar el hacha con la firmeza decisiva de cometer el crimen, Rodion, más que obtener dinero que necesita para evitar el sacrificio de su hermana, pretende cambiar un estado de cosas que está caracterizado en la sociedad por el más injusto de los desequilibrios. Alena Ivanova había obtenido su riqueza explotando la necesidad ajena, actuando como un piojo inútil y dañino que lleva una vida parasitaria. Su exterminio constituía entonces una prueba que el joven se impone para convencerse de un hecho: El pertenece a esa casta de hombres especiales que pueden transgredir las leyes impuestas por la sociedad y el hábito. Es un elegido.

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Estando todavía en la escena del crimen, unos visitantes llegan a la casa de Ivanova. Con extremada sangre fría, Raskolnikov espera a que se retiren, toma unas cuantas joyas y escapa del lugar sin que nadie lo vea. Con el doble asesinato comienza el verdadero drama de Raskolnikov. Escondido en su cuartucho analiza los hechos para llegar a la triste conclusión de que el crimen no a resultado nada. Lo que ha robado no es suficiente para satisfacer sus necesidades, la situación de su hermana se mantiene invariable y su conciencia le atormenta. El sufrimiento y las noches insomnes le hacen caer en la cuenta del error cometido y es casualmente el error lo que su espíritu le recrimina, no el asesinato cometido. Es ahora cuando entra en escena Sonia Marmeladova, alma, en cierto modo, gemela de la de Raskolnikov. La muchacha ejerce la prostitución a sabiendas de que ese hecho la convierte en una paria de la sociedad. Hija de un alcohólico cuya inutilidad le impide velar por su familia, Sonia debe sacarla de la miseria por ese medio. Sonia Marmeladova y Rodion Raskolnikov se encuentran. Ella lo mismo que él, ha cometido un error movida por el amor que siente por unos seres desgraciados, sumidos en la miseria. Ella lo mismo que el, quiere con vehemencia cambiar la injusticia que lo envuelve todo. A todas estas, Porfirio Pretovich, el juez encargado del caso, ha reunido ciertas evidencias que lo conducen a sospechar de Rodion; no obstante, espera que el muchacho se entregue por voluntad propia, lo cual ocurre al poco tiempo a instancia de Sonia. Raskolnikov es condenado y parte a Siberia en compañía de Sonia. Allí intentan vivir a pesar de los tormentosos acontecimientos del pasado de ambos.

Alrededor de estos dos personajes giran las micro historias de otros de menor importancia para la trama, mas no por ellos menos dramáticos; tal es el caso de Advotia, la hermana de Rodion, presionada por las pretensiones amorosas de dos hombres: Ludzin, con quien estuvo a punto de casarse por interés; y Svidriagailov, para quien trabaja como institutriz. Este ultimo llega, por el amor de Advotia, a asesinar a su esposa, suicidándose luego en presencia de la joven quien se niega rotundamente a concederle sus favores. Patética también resulta la circunstancia de los Marmelado va (la familia de Sonia). El padre ebrio, brutal, y la madre pusilánime, son incompetentes para sostener a su familia. Es la propia Catalina Ivanovna quien con sus insinuaciones conduce a su hija a la prostitución. Raskolnikov, el primer asesino de Dostoievski, se convierte gracias a crimen y castigo en una de las creaciones más elaboradas y de mayor taya en la literatura mundial.

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Poeta Valeria Wozniak

Nunca he tocado nada de lo que tú eres. Estás como una idea en un instante puro. Clara en tu firmamento de firmeza blanca… Juan Eduardo Cirlot

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Recurro al silencio para que no sea tu ausencia la santa matadora del delirio en el que ha elegido perderse mi alma. El dolor me llega hasta el centro del pecho y me revienta en el fulgor de mis manos que anhelan ese beso tuyo que no es de nadie y es del aire que me envuelve. Ojala pudiera dejar de ser un emisario del poema que nace de mí cada vez que muero y renazco en un pensamiento tuyo que a la distancia me evoca‌

Ariadna Herbert James Drape 26


Se acercan las luces del ocaso a explotar lentamente en la retina de mis ojos y su tristeza, maquillada de avatares cotidianos; entonces surge de mí la imagen de tu cuerpo esfumándose en la oscura liviandad de la bohemia soledad de adentro que siempre me apodera en los días extraños, cuando transito la callada quietud de saberme extranjera en mis propias huellas. Hoy quisiera poder encontrarte navegando Por los caminos invisibles de un verso mío… encontrarte sin carne, serena y desnuda, reviviendo desde el silencio que anida en mi pecho. El fantasma que me reviste levita por las líneas etéreas de la tierra reciclando la pesada ausencia de tu primavera que ya no me transforma; entonces le rezo a los dragones del tiempo para que puedan cauterizarme la pena de saber que ya habías muerto antes que a mi boca se le diera por inmortalizar tu nombre, en las bitácoras de mi viaje.

Ariadna en Naxos Evelyn de Morgan

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Llueve. Arremeten los sonidos que duermen en el silencio y colapsan inclementes en las vestiduras de mi alma. Un perfume efímero que se disfraza de poeta arrasa con mi cordura y me somete a las manías del olvido Ese falso profeta de versículos tacaños. Parece que sueño entre los vértices de mi habitación vacía. Un vaso añejo de bebida barata hace de sacro patrono escuchando mis bohemias y elijo, voluntariamente, suicidar los recuerdos de vos en mí desojándome el aura con los vestigios de tu mirada que aún insiste en no abandonarme Y pasa de largo el embrujo del agua pura que cae furiosa sobre las tejas de mi refugio Y no se quedan a deambular conmigo los suaves acordes de ésta tarde y su nueva primavera. Me quedo solo escribiendo el obituario de mi amor y su agonía. 28


JUAN EDUARDO CIRLOT

Soy un hombre cualquiera y solitario que vive entristecido a ciertas horas por indeterminados pensamientos. Externamente sufro como todos las huellas cotidianas, indelebles. Voy vestido de gris. A veces llevo una corbata rosa. Miro lejanamente los jardines, separado del cielo, ciudadano inscrito en el cemento y en el sordo rumor inconsolable de las plazas. Mi corazón es mío algunos días especialmente bellos…. 29 http://www.amediavoz.com/cirlot.htm


Juan Eduardo Cirlot forma parte de una corriente que sólo muy escasamente ha asomado en las letras: esa tradición de carácter visionario que penetra en el mundo del misterio, de lo oculto, de los sueños, que se remonta a la antigüedad clásica y medieval, que retoman William Blake, Hölderlin, Novalis, Poe, Nerval, Wagner, los prerrafaelistas ingleses, y que expresa una sensibilidad característica de los mundos céltico y germánico. No en vano – ¿casualidad o leyes de sincronicidad y convergencia?– los principales cultivadores en lengua castellana de esta corriente, o bien procedían de la parte céltico-galaica de la península –Vicente Risco, Álvaro Cunqueiro, Torrente Ballester– o bien tenían sangre celta o germana en sus venas, como Gustavo Adolfo Bécquer, Jorge Luis Borges y Juan Eduardo Cirlot, este último con antepasados irlandeses y bretones entre los que se cuenta un linaje de soldados. El espíritu sopla donde quiere. Son datos significativos. De sus antepasados militares –españoles y británicos–Cirlot hereda un sentir heroico que incorpora en su quehacer poético. Y de sus ancestros de la cornisa gaélica asoma en Cirlot esa tensión singular que imanta el espíritu –como si de una brújula se tratase– siempre hacia el Norte. Se trata de una particular disposición anímica que en algunos adquiere el vértigo de una revelación, y que el escritor C. S. Lewis describía así: “El ‘Nordismo’ en estado puro se apoderó de mí: una visión de grandes y claros espacios sobre el Atlántico, en el crepúsculo interminable del verano nórdico, lejanía, severidad […] y al instante supe que yo ya conocía esto desde hacía mucho tiempo […]. Sigfrido pertenecía al mismo universo que Baldur, que las grullas que vuelan en dirección al sol […] y con esa zambullida en mi propio pasado se alzó de nuevo, como un ataque al corazón, la memoria de la Alegría que una vez tuve y que durante años había perdido.” La poesía de Juan Eduardo Cirlot –muy especialmente su obra central, el ciclo de Bronwyn– es entre otras cosas un himno a ese Norte, una inmersión en la música sombría y formidable de ese mundo céltico, galés, irlandés, alto germánico, escandinavo e islandés. Una música áspera y metálica de brumas, piedras y espadas, de runas, espirales y mágicas cosmogonías, que si también habita nuestro idioma lo es gracias al autor de La Dama de Vallacarca. Juan Eduardo Cirlot fue mucho más que un poeta.

Su vida transcurrió en Barcelona entre 1916 y 1973. Desarraigado de su entorno, siempre manifestó que no se identificaba con el tiempo presente, y que hubiera preferido vivir en otra época. Sin embargo –y paradójicamente– no hubo en la España de aquellos años un crítico más agudo, ni un oteador más perspicaz de todas las experimentaciones y vanguardias que en el arte del siglo XX conformaron eso que vino en llamarse modernidad. Músico dodecafónico, teórico de la abstracción y del surrealismo, cómplice de André Breton y figura central de Dau al Set, como crítico de arte Cirlot impulsó la agitación vanguardista de su época, exploró todos los ismos habidos y por haber –su Diccionario de los ismos es prueba fehaciente–, y diseccionó como nadie el estilo del siglo XX. Pionero de la 30


Reincorporación de España a las corrientes estéticas de Europa y Occidente, fue uno de los que más hicieron para expandir el horizonte cultural de la península tras una época de guerra, penuria y aislamiento. Indiscutiblemente a Cirlot le sobraban condiciones para convertirse en figura de culto entre aquella “izquierda divina” barcelonesa de los años sesenta. Pero algo no encajaba. Pese a su protagonismo en la vida intelectual de la época el autor catalán nunca dejó de ser un desarraigado, un marginal. Absolutamente libre, ajeno a modas y reconocimientos, una autosuficiencia aristocrática parecía alejarlo y su obra poética sólo tuvo, en vida, una difusión minoritaria. Cirlot pertenecía a otro mundo… Más allá del poeta, del crítico de arte y cine, del musicólogo, hay un Cirlot interesado en las disciplinas herméticas, el esoterismo y la magia, un estudioso que por la vía del surrealismo enlazó con la mística, el ocultismo y la simbología. De hecho el estudio de los símbolos –su Diccionario de símbolos es referencia mundial en la materia– tendrá una importancia central en su poesía, en cuanto ésta aspira a vehicular una explicación simbólica del universo. Cirlot fue, más que un intelectual, un sabio. Mal podría encajar entre una progresía de esnobs y saltimbanquis de la cultura. “Lo propio del simbolismo –señala Cirlot– es tender puentes verticales. El símbolo no se detiene en la comunicación, sino que es de un lado una vivencia, y de otro un medio de conocimiento. El gran proceso simbólico se produce cuando se trata de lo trascendente, y la simbología es, ante todo, una ciencia de la trascendencia”. Tender puentes verticales. He ahí el empeño central de la poesía de Cirlot. Para Cirlot, “frente al materialismo del mundo moderno puede encontrarse un sentido

místico de los ismos, aunque se tratase de una mística heterodoxa”. Su poesía transita el terreno de lo sagrado. Lo real es para él “lo que está más allá de lo palpable: la esencia, el “ser” que se halla en el plano de lo sagrado, donde transcurre su verdadera vida. Esto le mantiene en una lucha titánica con la concreta realidad exterior”. El pensamiento de Cirlot está influido por la filosofía de Heidegger, por Nietzsche y por los presocráticos. “La palabra –señala

Clara Janés– tiene en Cirlot un carácter revelador, se convierte en intermediaria entre Dios y la finitud del hombre, hace que lo nombrado adquiera la existencia, lo que no es nombrado no existe”. Porque si en nuestro mundo lo sagrado desaparece es porque los hombres ya no saben nombrarlo. Lo religioso –en palabras de Heidegger– no es destruido por la lógica, sino porque el Dios se retira. La misión del 31


poeta –señala el filósofo en su estudio de Hölderlin– es contribuir al desvelamiento del mundo, decir la palabra esencial, aquella que denomina al ente por lo que es, porque el habla es la casa del ser y la poesía es la instauración del ser con la palabra. Decía Cirlot: “mi poesía es un esfuerzo por encontrar el umbral de la ultrarrealidad […] Y luego intento que esa poesía sustituya en mí lo que el mundo no es y no me da”. Restauración de lo sagrado en la que el poder de la palabra es decisivo, porque – como la mitología y la mística siempre han sabido– el nombre no sólo designa, sino que también es ese mismo ser. Y si el lenguaje opera por vía racional también lo hace por vía intuitiva, y las palabras están llenas de posibilidades mágicas: el poder evocador de las aliteraciones, de las onomatopeyas, las permutaciones y técnicas combinatorias, los ritmos y las disposiciones arquitectónicas imaginativas y fantásticas que pueblan los poemas de Cirlot y les confieren un carácter de ventanas al más allá. Preocupación esencial de Cirlot es el Tiempo, esa barrera que hace que todo lo existente se convierta de inmediato en ausencia, que la vida sea una sucesión de carencias. Poeta nietzscheano, Cirlot invoca al eterno resurgir. Sus obras discurren entre dos polos principales: el ser-dejando-de-ser y el renacer eternamente. Y para ello el poeta acomete la destrucción del tiempo: evocación de épocas pasadas, nostalgia de lo arqueológico, evocación de personajes míticos, identificación de sexualidad, muerte y resurgir. Pero la auténtica clave en esa disolución de la existencia temporal.

Fuente: www.elmanifiesto.com

Es lo que Cirlot denomina simbólicamente el “Centro”, que se entiende como el eje que debe regir toda creación y en torno al cual se ordena cualquier cosmogonía, y que en su Diccionario de símbolos expresa como un eterno fluir y refluir de las formas de los seres y de las propias dimensiones espaciales. La obra de Cirlot es una “quête”, una búsqueda de ese centro, del que la mujer amada es imagen reflejada. La amada como anima-mater que empuja hacia el resurgir y que es vehículo de reconciliación con el cosmos, en cuanto el amor es un absoluto, síntesis de esencia y existencia, en cuanto se sitúa fuera del tiempo y conduce al eterno renacer.

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La habitación imaginaria En el Espai Arxiu del Arts Santa Mónica, muy cerca de la puerta que da acceso al bullicio de las Ramblas en su cercana confluencia con la plaza de Colón, se abre de par en par al visitante La habitación imaginaria, exposición dedicada al particular universo del poeta, compositor, estudioso de los símbolos, ensayista y crítico de arte, Juan Eduardo Cirlot (Barcelona 1916-1973). El conocedor de la obra de Cirlot no necesita mayores presentaciones y disfrutará del recorrido probablemente reafirmando la sensación de hermetismo que emana de una de las personalidades creativas más influyentes y secretas del siglo XX. El no iniciado vivirá un episodio de complejo descubrimiento al encontrarse de lleno con la individualidad, pensamiento personal y universo de un poeta heterodoxo e inclasificable. La exposición toma como punto de partida el poema “Momento” escrito el 29 de mayo de 1971, última vez que Juan Eduardo Cirlot dedica un poema a su habitación imaginaria:

Mi cuerpo se pasea por mi habitación llena de libros y espadas y con dos cruces góticas; sobre mi mesa están “Art of the European Iron Age” y “The Age of Plantagenets and Valois”, aparte de un resumen de la Ars Magna de Lulio. La fotografía de Bronwyn (las fotografías) están en sus carpetas, como tantas otras cosas que guardo (versos, ideas, citas, fotos). Si ahora fuera a morir, en esta tarde (son las 6) de finales de mayo de 1971, y lo supiera de antemano, no me conmovería mucho, ni siquiera a causa del poema “La Quête de Bronwyn” que está en la imprenta. En rigor, no creo en la “otra vida”, ni en la reencarnación, ni tengo la dicha (menos aún) de creer que se pueda renacer hacia atrás, por ejemplo, en el siglo XI. Sé que me espera la nada, y como la nada es inexperimentable, me espera algo no sé dónde ni cómo,

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posiblemente ser en cualquier existente como ahora soy ahora en Juan-Eduardo Cirlot. Mi cuerpo me estorbaría y desearía la muerte −¡ah, cómo la desearía!− si pudiera creer en que el alma es algo en sí que se puede alejar e ir hacia los bosques donde el triángulo invertido de los ojos y boca de Rosemary Forsyth me lanzaría de nuevo a la tierra de los hombres, porque en esta vida no he sabido o no he podido trascender la condición humana, y el amor ha sido mi elemento, aunque fuese un amor hecho de nada, para la nada y donde nunca. Estoy oyendo Khamma de Debussy, que, sin ser uno de mis músicos favoritos (éstos son Scriabin, Schönberg y otros) no deja de ayudarme cuando estoy triste, que es casi siempre. Mi tristeza proviene de que me acuerdo demasiado de Roma y de mis campañas con Lúculo, Pompeyo o Sila, y de que recuerdo también el brillo dorado de mis mallas doradas en los tiempos románicos, y proviene de que nunca pude encontrar a Bronwyn cuando, entonces, en el siglo XI, regresé de la capital de Brabante y fui a Frisia en su busca. Pero, pensándolo bien, mi tristeza es anterior a todo esto, pues cuando era en Egipto vendedor de caballos, ya era un hombre conocido por “el triste”. Y es que el ángel, en mí, siempre está a punto de rasgar el velo del cuerpo, y el ángel que no se rebeló y luchó contra Lucifer, pero más tarde cedió a las hijas de los hombres y devino hombre, el ángel es el peor de los dragones.

I. La habitación imaginaria. Destaca

la colección de espadas de Cirlot (en especial una gótica del siglo XVI), un autómata

poeta

del

Parque

de 34


atracciones del Tibidabo (lugar mágico al que Cirlot dedicó un libro) y referencias a la privilegiada capacidad de sueño del poeta, y la relación de este don del sueño con su poesía.

(…) Pero no quiero escribir nada sobre espadas, sino sobre la interpretación o la justificación de las mías. Resulta que mis amigos y conocidos saben mis aficiones a lo extraño, lo oculto: al surrealismo, el simbolismo, la astrología, la alquimia, la morfología y la heráldica… pero en cambio se asombran ante mi reunión de espadas, esos seres vigilantes, silenciosos, quietos en su azul verticalidad negra, en su premeditada seguridad de filo y aguzada punta. (…) Lo más probable es que constituyan la cristalización de la tensión intermedia, es decir, la fase en la que el lanzamiento hacia una virtud o potestad ya sea ha activado, pero no hasta el extremo de internalizar el objeto y hacerlo innecesario. Si mi progreso espiritual prosigue, llegará, si lo anterior es cierto, un día en que no necesitaré mis espadas, pues mi alma será como un bosque de hierro afilado y dispuesto. (…) La Vanguardia, 11 de noviembre de 1954.

II. Geografías imaginarias. Encontramos referencias a Egipto, Cartago, Roma, África

o Carcassona. Son para Cirlot geografías temporales de historia mítica comunicadas por túneles secretos por los cuales desplazarse a través del tiempo. Cartago es el símbolo de la destrucción total. Roma es su contrapunto; si Cartago es la destruida, Roma es la destructora. África es el lugar del ritual multitudinario, el lugar del redoblar salvaje de los tambores. Carcassona es una de las capitales cátaras hasta su destrucción en 1209; para Cirlot, su triple muralla es símbolo de recinto interior. El juglar, de Joan Ponç es un retrato de Juan Eduardo Cirlot. La fisonomía del juglar, el tema, el

escenario

cerrado

por

la

montaña

de

Montserrat, el fondo con el edificio de la Sagrada Familia de Antonio Gaudí, iluminado por un amarillo ácido, y la fecha –mayo de 1950-, un mes después de que se publicase El arte de Gaudí, así lo indican.

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El mito de Cartago debió formarse en Juan Eduardo Cirlot después de dos lecturas transcendentales, La tierra gastada, de T. S. Eliot, y Salambó, de Gustave Flaubert, sin olvidar tampoco el conocimiento precoz de la Salomé de Richard Strauss. Una tarde de finales de diciembre de 1946, en el Café de la Rambla de Barcelona, Cirlot comenzó a escribir su Libro de Cartago (diario de una tristeza irrazonable). Del libro, que no se publicó nunca, existen dos copias.

III. Mujeres imaginarias. Mujeres que pueblan su obra, nacidas en una pantalla de

cine o de recuerdos de tabernas ruidosas, como Susan Lenox, Izé Kranile o Bronwyn o el personaje bíblico Lilith, la primera esposa de Adam, a quien abandonó a la vez que abandonó el jardín del Edén.

Jazz Lilith

Grabado para Lilith (Antoni Tàpies, 1949) Con mis ojos escucho, con mis ojos de menta y de cristal desmesurado. Con mis ojos de piano en el ocaso, con mis ojos de tigre y de cerezo. Con mis ojos escucho los acordes, los desgarrados sones de la tarde, los sones del amor y del sollozo, los muslos que se acercan por el cielo. Con mis ojos escucho tantas selvas, tantas selvas de furia y de carbunclos. Con mis ojos de piano, con mis ojos de hoguera abandonada en el desierto. Los acordes se rompen en el canto, los acordes se quiebran en los árboles, los muslos se me acercan por el cielo, los muslos de magnolia y de ceniza. Con mis ojos escucho los dos muslos, con mis ojos de menta y de asesino, con mis ojos de músico extraviado.

Juan Eduardo Cirlot, 1953

36 Fuente: www.lavanguardia.com


El viaje De Naia Fillipa

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Bitácora del Capitán Pablo Irmaio

Tantas veces he recorrido éstos trozos de Mar conocido y ahora resultan extraños, misteriosos, casi inexistentes. ¿Hacia dónde me llevas mujer de piel dorada? Anoche he vuelto a ver tu figura contorneándose entre las olas. Sé que me guías hacia un nuevo mundo: Tu mundo. Mis hombres temen. Lejos estamos ya de las rutas que sabemos. Reina el silencio entre los rincones de este barco fantasma que rompe la niebla espesa y avanza sin destino fijo. Yo, escucho solo tu voz. Yo, contemplo sólo tu mirada.

Es imposible definir la emoción que me causo encontrar ese cuaderno. Inmediatamente me sentí embrujada no bien pude ojearlo rápidamente y detenerme en la firma al final de un escrito. —Pablo Irmaio— murmuré— Elysa me había hablado acerca de él en muchas ocasiones: Resultaba ser que la historia de nuestra isla estaba directamente relacionada con ese navegante. En la época de la conquista, el archipiélago de La Sirene y el de Guadalupe habían sido en un principio ignorados por los europeos en su arribo a las aguas del Caribe debido a la ausencia de oro. Sin embargo, en el año 1493, el almirante Colón bautiza a una de ellas, la más grande, con el nombre de Guadalupe en honor a la Virgen de Santa María Guadalupe en España y la declara “tierra de aguadas”, convirtiéndose de esta manera en un punto estratégico en donde los marineros podían encontrar agua dulce para re abastecerse y continuar el viaje hacia otros rincones del Mar Caribe. La Sirene, ubicada a tan solo 75 km de su hermana Guadalupe, queda totalmente relegada ante la creciente afluencia de navegantes que se dirigían por ese motivo hacia Karukera, tal como era llamada por sus habitantes originarios, los indios caribes-los cuales serían más tarde en su mayoría esclavizados, cuando a partir de 1635, los franceses iniciaran una guerra contra los indígenas autóctonos de esas islas.En el año 1848, tras la abolición definitiva de la esclavitud en Guadalupe, comienzan a llegar hacia La Sirenes antiguos esclavos africanos que ahora al ser libres y no contando con los recursos para volver a su país se convertirían, después de los caribes, en habitantes permanentes. Después llegarían los europeos, la gran mayoría franceses, quienes descubrirían la belleza y tranquilidad del olvidado archipiélago, en donde crecían plantas de arándanos y especies exóticas de hierbas nunca vistas y su nombre original sería traducido al francés. Se podría decir que solamente a través de los cánticos de esos primeros hombres a los cuáles la pequeña sirena les dio abrigo se le atribuye el descubrimiento de la isla al Capitán Irmaio aproximadamente 1 año después del hallazgo de Barbados, aunque para el mundo ella forme parte del botín del famoso Almirante Colón.

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Las hojas del cuaderno habían sufrido la inclemencia del tiempo pero sus embestidas no habían logrado opacarlo del todo, la letra era muy clara, casi dibujada. Reflejaba una profunda pasión en cada frase que evidentemente habían logrado mantenerlo a salvo. Tenía dibujos de mapas extraños, anotaciones al pie de la página y bosquejos del rostro de una mujer de cabellos muy largos y cola de pez. Verdaderamente Pablo Irmaio había visto a una sirena y lo plasmaba de manera incuestionable en ese cuaderno que al parecer lo había acompañado durante todo su viaje. Imperiosamente le pedí a Nancy que guardara conmigo el secreto de nuestro hallazgo, prometiéndole la posibilidad de vernos involucradas en una aventura sin precedentes. —No hay nada más misterioso que el diario secreto de un navegante—le decía—mientras los ojos de Nancy explotaban de imaginación y entusiasmo ante mis palabras. Solemnemente realizamos un juramento y a partir de ese momento acordamos reunirnos todo el tiempo que fuera posible a investigar sobre el asunto. Esa noche yo soñé con él. Estaba parado en la proa de su barco mirando hacia el horizonte. Una brillante cabellera plateada le caía por los hombros. Llevaba un gran sombrero con una pluma gris y un saco negro hasta los tobillos. Recuerdo que me acerqué lentamente hasta su lado, Él entonces, bajo la mirada y me contemplo sonriendo con ternura. En ese instante me desperté sobresaltada descubriendo un lazo incuestionable entre los dos. Rápidamente salté de mi catre, me vestí a toda prisa y me escabullí entre los ronquidos de Elysa rumbo a la playa en donde habíamos ocultado el cuaderno. Tenía que saber más. Corrí impulsada por un sentimiento desconocido que me explotaba en el pecho, a mi paso, las luces lejanas del caserío destellaban formas extrañas, formas nuevas, como si todo mi universo estuviera modificándose sutilmente ante mi avance. No era tarde. Todavía el movimiento de la isla no se había aplacado en los brazos de la noche. Todavía llegaban embarcaciones a descansar en el vientre de nuestro pequeño puerto; atravesarlo era una dirección obligatoria para llegar hasta mi destino, situación que me inquieto durante una fracción de segundo, sobre todo si quería mantener en secreto mi escabullida nocturna, seguramente el viejo Luc, amigo de Elysa, estaría como todas las noches levantando sus redes y seguramente se extrañaría ante mi presencia; pero nada me importaba en ese momento, apreté los párpados con fuerza y deseé ser invisible. Pasé a su lado como si fuera una estela luminosa, un fogonazo impredecible, un soplido fugaz mezclado con el aire. No advirtió mi presencia, solamente se llevó la mano al rostro encandilado por los chispazos que dejaron mis huellas descalzas y yo sonreí satisfecha, siempre había querido probarme que podía ser invisible. Pero me detuve de repente, como si una pared de concreto se hubiera manifestado de la nada, frente a mí, descendiendo de un pequeño bote junto a otras tres personas vi a Catalina y me desplomé al suelo. La última imagen antes de perder el conocimiento fueron los asustados ojos azules de esa mujer, tomándome de la mano.

39


Bitácora del Capitán Pablo Irmaio

¿Acaso existes? O es tan solo mi corazón el que te inventa en la bruma de las olas... ¿Vives? ¿Respiras? ¿Acaso existes? Mil veces durante el día me acosan interminables interrogantes, Entonces cae el sol en el horizonte, se asoman las estrellas en el firmamento y me iluminan tu rostro, que como una brújula me provoca a seguir avanzando más adentro en el vientre del mar que abraza tu cuerpo húmedo mujer. Mis hombres cuestionan mi cordura. Lo sé. Ya casi no les dirijo la palabra, mi buen amigo Alonso está prácticamente al mando. He decidido firmemente guardar cada una de mis palabras para dártelas. Sé que hallar tierra se ha convertido en una necesidad, pues en el corazón de éstos hombres comienza a gestarse lentamente la semilla de la desconfianza ante mis falsas promesas. ¿Qué sucede? Me pregunto. ¿Acaso los hombres ya no sueñan con encontrar sirenas? ¿Acaso la fiebre ésta, la nueva fiebre, la de la riqueza, es tan devastadoramente poderosa que impide y va a impedir que los hombres sueñen con encontrar sirenas? Durante años he vagado sin rumbo. Desde que fui un pequeño que navegaba sin barco. Sin velas y sin viento. Un vagabundo sin rumbo...acumulando monedas que nunca acariciaron mi rostro cansado. Acumulando besos de labios fríos, pechos vacíos, mujeres sin rostro, corazones de los cuales nunca quise ser el dueño, hijos que nunca fueron míos. ¿Acaso los hombres van a dejarse vencer por tanto desconsuelo? Se viene el mundo. El nuevo mundo. ¿Van acaso a llevar a esos parajes nada más que un sueño de monedas? ¿Van acaso a dejar que muera la ilusión del navegante? La ilusión de ver los ojos del mar, de frente y con el alma… ¿Acaso los hombres van a dejar de soñar que sueñan sirenas?

Desperté sobre mi catre rodeada de voces que parecían extrañas pero no lo eran. Se trataba de Elysa, el Doctor Fuley y Luc, que no se explicaba cómo pude haber aparecido en el muelle sin que él no lo hubiera notado. —Fue un susto, Elysa—dijo el Doctor Fuley—no te preocupes, seguramente algo debió sobresaltarla mucho. —El muelle estaba muy tranquilo— interrumpió Luc—Sea como haya sido ésta pequeña debe reposar tranquila—concluyó el doctor—cuando recobre totalmente la conciencia seguramente te dirá lo sucedido. Ahora me retiro. Descansa tú también Elysa, Naia va a estar bien, tú lo sabes. Giró y se dirigió a la puerta de salida acompañado por Luc. Un par de horas después regresé del ensueño y del embrujo de esos ojos de sirena, aturdida y con dolor de cabeza. Agudicé la mirada que aún me traicionaba borrosa y 40


contemplé a Elysa, sentada al pie de mi cama. —Elysa, perdóname—dije y me temblaba la voz, angustiada por haberla preocupado. —Mi pequeña—respondió, estrechándome en sus brazos—no hay nada que perdonar, me diste un buen susto, nada más. —Lo sé y te pido disculpas—repetí, acurrucándome en su pecho. — ¿Que hacías en el muelle a esa hora?—me preguntó, mientras me consolaba acariciando mi cabello. Hubiera sido la oportunidad de contarle a Elysa acerca del diario de Irmaio y de lo que me había provocado encontrarme con esa extraña mujer pero no lo hice, no porque tuviera secretos que ocultarle a mi querida amiga, si no porque interiormente intuía que no debía hacerlo aún. —Sentí que debía ir hacia el mar— respondí, sin pensarlo, pero no muy lejos de la verdad. Elysa me contemplo en silencio unos minutos, bajo la mirada y suspiró profundamente. —No te preguntaré más sobre lo sucedido y respetaré tu silencio, sólo quiero que te cuides y que ahora descanses. Asentí con el rostro. —Si mañana te sientes bien—agregó, mientras doblaba mi delantal—recuerda que tienes un día importante en la escuela. La miré confundida. — ¿Un día importante?—Así es. Pensé que Conrado Mclaggen les había contado ya que ha traído una nueva profesora de Literatura—dijo— Berta Mills por fin ha decido casarse con Serge Ferrans y se mudan a Inglaterra… ¡la mujer que casi matas del susto en el muelle es la nueva profesora!— concluyó, soltando una estruendosa carcajada. — ¿La mujer de muelle es la nueva profesora?—refunfuñé, entre dientes— ¡Dios!—Así es y creo que le debes una disculpa señorita, se la veía bastante asustada. Amaneció y ese día, más que ningún otro día, sentí la presencia del sol sobre mis hombros. Lejos de ser agobiante, se convirtió en una luz reconfortante que me invitó a vivir plenamente las horas de su presencia. Sonreí, pues había imaginado que después de lo sucedido iba a despertar sintiéndome terriblemente angustiada. Nadie hablaba de otra cosa en la escuela, Catalina era su nombre. Henry Jones bromeaba, desparramando el rumor que era la novia de Mclaggen. Juliette Terry lo interrumpía, diciéndole que no era cierto y se ufanaba en contarnos que su Madre la conocía muy bien, de Barbados, —Catalina Fabre es una prestigiosa profesora del Queen´s College, según dice mi madre ha venido a buscar niñas para competir por una beca del colegio— agregaba—y según mi Padre, no cree que vaya a quedarse mucho tiempo en esta isla. Yo los escuchaba sin prestarles atención. Nancy apareció de repente y me interceptó preguntándome que había pasado y como me encontraba. Le aseguré que estaba bien y que después de clases le contaría todos los detalles de lo sucedido en el muelle. El regente hizo sonar la campana y corrimos al salón ubicándonos enseguida. A todos nos envolvía la misma exaltación. Mclaggen entró con su habitual imponencia. Su cabellera y su barba rojiza en más de una oportunidad eran motivo de risas entre nosotros pero ese día estábamos en prolijo silencio, aguardando sus palabras. Catalina ingresó inmediatamente después y yo me quedé otra vez prácticamente sin aire. Era una mujer alta y delgada, llevaba el cabello recogido pero se notaba que era muy largo, amarillo como el sol. Tenía ojos azules, tan azules como el mar y sus facciones eran delicadas y sutiles, como si hubieran sido dibujadas en el lienzo de su rostro. — Niños—comenzó Mclaggen, la señorita Fabre será temporalmente su profesora de 41


literatura ante la ausencia de la señorita Mills. Además de la tarea que va a desempeñar trae consigo buenas noticias que quiero compartir con ustedes, el prestigioso Queen College de señoritas ha dispuesto algunas becas para aquellas niñas que estén interesadas en asistir a la institución, una noticia que me hace muy feliz-muy pronto les informaremos detalles sobre esta magnífica propuesta educativa.- De más está decirles que espero la reciban con respeto y cariño. Señorita Fabre, su clase—concluyó, dejándola parada frente al salón. Ella no parecía estar nerviosa, al contrario, graciosamente se desplazó hasta su escritorio, dejó los libros que cargaba y nos saludó cálidamente. —Buenos días niños—dijo, en medio de una cálida sonrisa— como bien les informó el profesor Mclaggen, mi nombre es Catalina Fabre, vengo desde Barbados, enseño Literatura en el Instituto Queen´s College desde hace dos años y estoy muy contenta de haber sido convocada por el Regente; siempre he amado esta isla maravillosa y ahora tengo la oportunidad de estar aquí y estoy contenta de que así sea. Quiero que se sientan libres de preguntarme cualquier cosa, quiero ser su profesora y su amiga, porque no, su confidente, cuentan con mi asistencia después de clase para todo aquel que necesite recuperar temas, solo tienen que avisarme con anticipación. Me gustaría saber cuáles son sus autores preferidos, podemos organizar talleres de lectura o de creación literaria, incluso si alguno tiene ideas al respecto podríamos armar debates durante la clase…. Definitivamente ninguno de nuestros profesores era como Catalina Fabre. Hablo durante casi treinta y cinco minutos en los que ni una mosca voló por las cuatro paredes del salón, maravillados o no por la etérea presencia de esa mujer distinta, nadie se atrevió a romper el círculo de su poderoso hechizo. Yo traté de hacerme invisible en mi banco una vez que finalizó su discurso y nos indicó la tarea que debíamos realizar en clase pero el truco de la invisibilidad no funcionó con Catalina Fabre, me ubicó, se aproximó a mi pupitre y se inclinó hacia mí suavemente. — ¿Te encuentras mejor?—preguntó— anoche en el muelle ¿recuerdas? te llevamos hasta tu casa con uno de los pescadores, tu madre me dijo que estarías bien ¿Naia es tu nombre, verdad? Hubiera querido responderle, pero presa de su magnetismo solo asentí con el rostro. Ella me devolvió una sonrisa —Me alegra mucho que te encuentres bien―agregó.Su voz me resultó tan familiar que en ese momento hubiera querido saltar a sus brazos. — ¿Podía ser posible?—pensé, con los ojos a punto de explotarme de emoción— Catalina llegó desde el Mar…tal vez….

Continúa en la página 73

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Juana De AmĂŠrica

43


Juana Fernández Morales, quien se

Ibarbourou no siempre es perfecto,

convertiría más tarde en Juana de

pero jamás carece de vigor, de

Ibarbourou, nació en Melo el 8 de

exactitud, de soltura. […]Es la obra de

marzo de 1892. Su madre Valentina

eso algo tan escaso, sobre todo entre

Morales, era descendiente de una

nosotros -y tan necesario y admirable

antigua familia de origen español

en todas partes- que se llama poeta”

afincada en la zona desde finales del

Más tarde la escritora enviaría una

siglo

carta

XVIII

y

su

padre

Vicente

a

Miguel

de

Unamuno

Fernández, un inmigrante gallego

solicitando la lectura de esta obra y

nacido en Lugo que a pesar de saber

este le respondió:

apenas leer recitaba a Juana de

“He leído, señora mía, primero con

pequeña los versos de los poetas de

desconfianza y luego con grandísimo

su tierra.

interés y agrado su libro “Lenguas de

En 1908 apareció el primer poema

diamante” […]me ha sorprendido

de Juana en el periódico local “El

gratísimamente

deber cívico”, que firmó con el

desnudez espiritual de las poesías de

seudónimo Fid.

También escribió

usted, tan frescas, tan ardorosas a la

poemas y otros textos para distintas

vez. Y al enviárselas, como me pide

publicaciones

usted, a J.R. Giménez y a los Machado,

periódicas:

“La

la

castísima

defensa”, “El Deber Cívico” y “El

se las recomiendo

Nacionalista”. Más tarde utilizó el

” Un año después, en 1920 se editó

seudónimo de Jeanette D’Ibar para

“Cántaro Fresco”, treinta y cinco

registrar sus obras, que utilizó por

prosas líricas que recrean la vida

algún tiempo hasta que lo sustituyó

doméstica y en 1922 apareció “Raíz

por el de Juana de Ibarbourou

Salvaje”

asumiendo el apellido de su esposo.

primer ciclo creador de la autora.

En 1913 contrajo enlace civil con el

El 10 de agosto de 1929 Juana de

capitán Lucas Ibarbourou y un año

Ibarbourou fue proclamada “Juana

más tarde, nació su único hijo Julio

de América” en una memorable

César.

ceremonia presidida por Zorrilla de

En 1919 se editó el primer libro de

San Martín, que se realizó en el Salón

Juana, “Las lenguas de diamante”,

de los Pasos Perdidos del Palacio

prologado y elogiado por Manuel

Legislativo. En dicha ocasión Alfonso

Gálvez:

Reyes expresó:

“Este libro, tan sano, tan juvenil, tan

“Juana en el Norte, Juana en el Sur, en

moderno y a la vez de todos los

el Este y en el Oeste: por todas partes

tiempos,

un

fueron cayendo las palabras. Juana

verdadero arte. El verso de Juana de

donde se dice poesía y Juana donde se

está

realizado

con

culminando

así

una

el

44


dice mujer. Juana en todo sitio de

agradecer: esa es toda la política que

América

un

nos corresponde a las mujeres y

aliento. Juana en las fiestas de la

hombres en el caso de Juana de

razón

donde y

en

corazones…En

hacía el

luto

estos

falta de

los

América”

pueblos

de

Entre

los

diversos

premios

y

anhelo y brega, en estos pueblos

reconocimientos que recibió Juana de

nuestros sedientos ¡qué mejor piedad

Ibarbourou figura la Orden del

ni que misericordia más plena! ( )

Cóndor de los Andes en Bolivia (1937)

Con cuanta justicia la aclamamos

la Cruz del Comendador del Gran

nuestra Juana de América”

Premio

Humanitario

Hacia el verano de 1938 se produjo el

(1946),

la

encuentro en Montevideo de las tres

Ministerio de Instrucción Pública

grandes figuras femeninas de la

(1948),

poesía latinoamericana del siglo XX:

Huésped de Honor de la Ciudad de

Juana de Ibarbourou Alfonsina Storni

México(1951), el premio “Mujer de

y

una

las Américas” conferido por la Unión

los

de Mujeres Americanas de Nueva

cursos de verano de la Universidad de

York (1953), el Premio de Poesía del

la República. En este evento, la poeta

Ministerio de Instrucción Pública

chilena pronunció elogiosas palabras

(1954), el Gran Premio Nacional de

su par uruguaya:

Literatura

“La Naturaleza, es decir Juana, no

Quetzal en Guatemala (1960) y la

puede

vosotros,

Medalla de Oro Alfonsina Storni

curiosísimos varones interrogadores,

otorgada por el Consejo Nacional de

cómo se las arregla para soltar la luz

Mujeres Argentinas, entre otros.

sin ningún trabajo y cómo hace para

Desde 1943 además fue designada

que el agua de su poesía resulte a la

para ocupar un sillón en la Academia

vez eterna y niña. Son cosas muy

y en 1960 se convierte en Académica

profundas,

de Honor en la Academia Nacional de

Gabriela

conferencia

Mistral, dictada

contar

en

durante

a

aunque parezcan

tan

el

Medalla

de de

Bélgica Oro

nombramiento

(1959),

la

del

como

Orden

de

inocentes, la Naturaleza, hija de Dios,

Letras.

y Juana, hija del Uruguay, y nadie

Juana de Ibarbourou falleció en

tampoco acertaría con las índoles y

Montevideo, en su casona del barrio

los modos…de Juana de América […]

de la Unión, el 15 de julio de 1979.

Ahí está el agua cayendo llena de luz y de gozo, el agua sin par de Juana. Beber, callar mientras se bebe, y

http://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero22/j_ibarbo.html 45


Diego Fischer publica la primera biografía de Juana de Ibarbourou (1892-1979), la mayor poeta uruguaya que fue ignorada por sus compañeros de generación, quienes la veían como la escritora del gobierno de turno. En ella se revela el infierno de una mujer marcada por el talento y la belleza, pero desgarrada por la violencia doméstica, la adicción a la morfina, penurias económicas y un amor prohibido casi en el crepúsculo de su vida. "Juana de América", como se la conoció a partir de la distinción creada para ella en 1929 (cuando aún no cumplía los 40 años), integró con la argentina Alfonsina Storni y la chilena Gabriela Mistral una tríada femenina de escritoras notables del Cono Sur durante la primera mitad del siglo pasado. Pero fue la uruguaya quien mejor combinó belleza con un talento que, aunque desdeñado por sus compatriotas de la Generación del 45, integrada por los escritores Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti, fue aclamada por poetas de la talla de los españoles Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca. Basado en cartas de la escritora, testimonios y documentos, el libro es la travesía amarga de una mujer que, superadas las delicias de la fama y de una belleza que marcó época, vivió atormentada, "cautiva" de su hijo Julio César y enamorada sin futuro, pero correspondida, a los 60 años de un médico argentino de 40 -Eduardo De Robertis- con quien venció un tiempo su dependencia a la morfina. Juana de Ibarbourou fue "ignorada por la intelectualidad del Uruguay, la llamada Generación del 45 que integraron Onetti, Benedetti y Ángel Rama entre otros " porque "le atribuyeron el mote de ser la poeta del gobierno de turno", cosa que es "absolutamente falsa", dice Fischer a la hora de explicar la ausencia de biografías de la mayor poeta del país. Juana padeció serias penurias económicas buena parte de su vida -llegó a vender su Biblioteca personal de más de 4 mil volúmenes- y aunque cortó amarras con el mundo exterior en 1976 la alcanzó el galardón "Protector de los Pueblos Libres José Artigas" que le otorgó la dictadura uruguaya (1973-85), premio que luego recibieron los dictadores argentino Jorge Rafael Videla y el chileno Augusto Pinochet. "La condecoración fue infamante" y Juana la aceptó "presionada por su hijo", una "figura nefasta, con dimensiones de novela medieval", afirmó Fischer sobre Julio César Ibarbourou, quien, según sostiene el libro, llegó a agredir físicamente a su madre, como alguna vez había hecho su marido, Lucas de Ibarbourou. El "muchachón sin alegría", como lo definió su madre, fue también responsable -sostiene Fischer- de que el anuncio de la muerte de Juana, posiblemente entre el 12 y 14 de julio de 1979, recién se anunciara oficialmente el 15 de julio porque éste había comprometido la "primicia" con un diario de la época. "Lo que más impresiona es cómo en ese infierno, en ese calvario que vivió fue capaz de crear belleza", afirmó Fischer, cuya biografía se lanzó a menos de un año del trigésimo aniversario de la muerte de Ibarbourou, 70 de la proclamación de "Juana de América" y medio siglo del Premio Nacional de Literatura.

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"¡Chico Carlo! Fue mi compañero de toda la infancia, mi doble con pantalones, y la agilidad a veces maligna de un gato montés. No sé por dónde, ni adónde, se lo llevó la vida." Chico Carlo es y será uno de los libros más bellos y reveladores que marcaron mi infancia. Fue sin duda alguna, a mis 8 años de edad, la primera puerta que atravesé hacia el mundo de las letras. Tuve que releerlo hace unos años para incorporar más detalles pero indefectiblemente había otros que sí se habían aferrado a mi memoria y seguían destellando como la primera vez. Volver a tenerlo en mis manos detonó en mi pecho aquellas idénticas emociones de niña y no pude evitar conmoverme. Juana de Ibarbourou escribió un libro para toda la vida. Dio a luz esa clase de historias eternas que no tiene tiempo. Ocupa en mi biblioteca, con sus tapas desgastadas y parchadas con un trozo de cartulina celeste que mi madre le pegó para no perderlo en las fauces del devenir, un lugar de privilegio absoluto; verlo ahí, existiendo con su amarga dulzura imponente no me deja olvidarme un instante que el porqué de mi amor profundo con los paraísos de la fantasía literaria.

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CHICO CARLO ¡Cómo me gustaba cantar! Sabía décimas y vidalitas, lo único que una niña puede aprender espontáneamente en un pueblo del interior del Uruguay. La décima es nuestro romance. Yo amaba estas canciones y las repetía hasta casarme, arrullándome con su ritmo, viviendo en el amor y la epopeya de sus héroes, sin entenderlos, pero sintiéndolos ya en la adivinación de mis sueños del porvenir. De todos lados me mandaban buscar para que las repitiese en las fiestas familiares. Yo acudía con esa audacia inconsciente que da la manifestación artística precoz. Jovial, mamá solía decirme: –Sí, sí, mi ranita, anda a cantar. No te olvides de “Palomita blanca” y “Bayana triste”, que es lo mejor que sabes. Por cantar, yo desdeñaba hasta el juego con los otros chicos. Era una felicidad que no comprendía, pero que me embriagaba. A mi padre, jefe en la guerra y siempre amigo en la paz, del célebre y amado caudillo de los blancos, Aparicio Saravia, se le ocurrió un día llevarme a su casa para que cantase en su presencia. Era mi padrino. Pero sobre todo era nuestro dios, después del grande y único que rige el Universo con todas sus criaturas, así rujan, blasfemen, recen o canten. Isa me rizó el cabello despiadadamente. Mamá agregó a mi vestido dominguero, de muselina blanca, un radiante lazo celeste. Feli dio tiza hasta dejarlas inmaculadas, a mis chillonas bolitas que ya conocían el contacto del lodo. En el agua de mi baño se estrujaron manojos de albahaca, y bergamota de flores lilas, menudas como cabezas de alfileritos. A las cuatro de la tarde, yo lucía fragante y resplandeciente, ante la familia extasiada. Familias de los pueblos en las que los niños tienen tanta importancia, y en las que cualquier pequeño acontecimiento feliz hace vibrar a todos con esa conmovedora unanimidad del amor o herido de ningún egoísmo! Salí a la calle que ardía como un horno, mientras papá se detenía en el zaguán con uno de sus arrendatarios. Tenía que ver a Chico Carlo antes de marchar, y deslumbrarlo con mi aroma a flores, y mi lazo de seda. Chico Carlo! Fue mi compañero de toda la infancia, mi doble con pantalones, y la agilidad a veces maligna de un gato montés. No sé por dónde, ni adónde, se lo llevó la vida. Recuerdo su fina cara morena, su negro y enmarañado cabello, sus ojos crueles. Era un chico despiadado con 48


todos, pero de una áspera ternura para mí. Yo lo adoraba. Nacimos el mismo mes de marzo flamígero, nos criamos frente a frente. Su madre, amiga de la mía, solía decir: –Los casaremos cuando sean grandes. Pero mamá comentaba a solas con nosotros: –Perdóneme Dios y mi pobre María, pero no es con ese animalito de monte que se casará mi Susana. ¡Qué pena, un muchacho tan lindo, y con ese carácter tan atravesado! A mí esto no me quitaba el sueño. Él era conmigo como un genio tutelar que me protegía y a veces me zurraba, pero del que yo sentía, aprovechándome, la ternura. Complacíase – ahora veo que más por parecerse a un hombre que por maldad innata— en dañar y destruir. Era rebelde, despectivo, silencioso y huraño. Me guardaba todas sus golosinas, con ese desprendimiento heroico del cariño, que se complace en dar y en sufrir. Y yo las aceptaba con la sencillez egoísta con que los seres débiles aceptan el espontáneo sacrificio de los fuertes. Nunca se me ocurrió pensar que él se privaba de cosas que quizá también le gustase mucho. Cuando más, algún día, con la boca llena, preguntábale: – ¿Queres un pedacito, Chico Carlo? Y él, haciéndose el grande, decía hosco, encogiéndose de hombros: –Ni falta que me hacen esos merengues. Comételo todo, vos que sos mujer. ¡Chico Carlo! ¿Lo retiene la vida en algún rincón del país, que yo no conozco, o ya se lo llevó la muerte, liberándolo de su salvaje corteza, para que luzca ante el Señor la luz de su extraña alma, reconcentrada y generosa? Chico Carlo, mi pequeño amigo que temprano desapareciste de mi vida, ¡cómo te recuerdo siempre! El verano bramaba en la calle. Del muro caían como cuerdas, guías nudosas de la hiedra de oscura hoja, amarga y sin flor; alguaciles de alas delicadas cruzaban por el aire denso; yuyos de corolas amarillas en forma de paragüitas minúsculos, crecían contra la casa; entre las piedras, la puaya, esforzada, abría sus estrellas blancas. El pesado viento de Brasil, ardiente como el vaho de un horno, daba su silbo melancólico como la queja de un animal salvaje. Los álamos seguían frescos bajo la canícula. Todo esto yo no lo percibí entonces, pero lo recogió mi subconsciencia y ahora el recuerdo es tan claro como si lo hubiese visto ayer. Juana de Ibarbourou (1892 – 1979) Extraído de: “Chico Carlo” (1944)

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L ib ro s d e cab ecera

Adán Buenosayres, es una de las máximas novelas de la literatura argentina. Cautivante, profunda e inolvidable. Fue publicada en 1948, aunque los primeros capítulos datan del segundo viaje a Europa de Marechal, entre 1929 y 1931. La crítica contemporánea de la aparición reaccionó de diferente forma frente a una novela experimental que aparentaba no tener tradiciones nativas: una gran mayoría permaneció indiferente, otros se indignaron frente a la novedad (entre ellos, varios de sus «ex-camaradas martinfierristas» que en juventud habían participado con el autor de la bohemia de los Grupos de Florida y Boedo, y muy pocas voces pudieron efectuar una crítica más ceñida a la cuestión literaria que a la política. La novela tuvo que esperar hasta 1965, fecha en la cual el autor publicó su segunda novela El banquete de Severo Arcángelo para ver una segunda edición, de bolsillo. El éxito de la segunda novela arrastró a la primera y la liberó del silencio a la que había sido condenada luego del derrocamiento del gobierno de Perón, con quien Marechal colaboró abiertamente. Estos episodios degeneraron en un proceso que el autor

Mismo denominó «ostracismo interno», pues fue ésta una época en la que Marechal fue marginado de la vida cultural de su país y visitado por pocos amigos. El autor vivió los años previos a la publicación del Banquete de Severo Arcángelo prácticamente enclaustrado en el apartamento en el que convivía con su nueva mujer -Elbia Rosbaco-, y dedicado a escribir. El reconocimiento que adquirió después de la publicación de su segunda novela impulsó la reedición de la primera y la aparición de numerosas publicaciones posteriores, al compás del ingreso del autor en un estatus de novelista de fuerte significado para la literatura argentina. Dolido por el rechazo, a veces muy hostil, de sus viejos compañeros de poética y por la confusión que evidenciaban los académicos, Marechal se vio obligado a publicar sus Claves de Adán Buenosayres donde deja aclarado que su objetivo primordial fue el de confeccionar una novela contemporánea según las leyes de la epopeya clásica, ámbito en el que el autor poseía gran dominio. El relato se divide en siete partes o «libros», según la terminología del autor: los cinco primeros están narrados en tercera persona y describen 50


las peripecias de Adán Buenosayres en el lapso comprendido entre un jueves santo y un domingo de resurrección transcurridos desde el 27 hasta el 29 de abril de un año indeterminado sobre la década de 1920. Esta ubicación temporal resulta muy significativa porque el argumento gira en torno al proceso interior del personaje cuando, deambulando por las calles de la Avenida Gurruchaga, se encuentra con la Iglesia de San Bernardo y, dentro de ésta, con el Cristo de la Mano Rota, eje del mundo que remueve sus cimientos interiores y lo impulsa a buscar el Absoluto. Los libros VI («El Cuaderno de Tapas Azules») y VII («Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia»), en cambio, funcionan como apéndices y están contados en primera persona por el personaje central, el poeta Adán Buenosayres, claro alter ego del autor, como si fuesen obras suyas. La novela comienza con el entierro de Adán y describe su periplo simbólico por la geografía urbana y arrabalera de un Buenos Aires transfigurado: ... desde su despertar metafísico en el número 303 de la calle Monte Egmont, hasta la medianoche del siguiente día, en que ángeles y demonios pelearon por su alma en Villa Crespo, frente a la iglesia de San Bernardo, ante la figura inmóvil del Cristo de la Mano Rota. Tratándose de un relato con mucho de autobiográfico, al protagonista lo acompañan en algunas de las aventuras amigos y compañeros del grupo martinfierrista de los años 20 con nombres en clave (Pereda es Jorge Luis Borges, Samuel Tesler es Jacobo Fijman, Schultze es Xul Solar, el petiso Bernini es

Raúl Scalabrini Ortiz, etc.). Así, la obra toca registros impensados que van del humor a la epopeya y de la tragedia al sainete, con un lenguaje eximio y por momentos deslumbrante. El propio Marechal declaraba: Al escribir mi Adán Buenosayres no entendí salirme de la poesía. Desde muy temprano, y basándome en la Poética de Aristóteles, me pareció que todos los géneros literarios eran y deben ser géneros de la poesía, tanto en lo épico, lo dramático y lo lírico. Para mí, la clasificación aristotélica seguía vigente, y si el curso de los siglos había dado fin a ciertas especies literarias, no lo había hecho sin crear «sucedáneos» de las mismas. Entonces fue cuando me pareció que la novela, género relativamente moderno, no podía ser otra cosa que el «sucedáneo legítimo» de la antigua epopeya. Con tal intención escribí Adán Buenosayres y lo ajusté a las normas que Aristóteles ha dado al género épico. Leopoldo Marechal, en el Suplemento Cultura y Nación del diario Clarín, 29 de marzo de 1973. Como en Ulises de James Joyce, las claves pueden rastrearse hasta La Odisea de Homero y la doctrina judeocristiana (Marechal tuvo una conversión religiosa al catolicismo en 1931), pero el último libro, el «Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia», es ni más ni menos que una parodia del Infierno de La Divina Comedia de Dante Alighieri, con sus círculos y su Virgilio particular (Schultze).

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Por Valeria Wozniak

“A veces me traga el pavimento”. La perspectiva es desde ya extenuante: “Correr/ sabiendo que no hay nada…”, andar con lastre, intentar avanzar cuando los pies parecen atados con soga. “Porque no/ No puedo/Me arranca un pulmón/Me deja sin aire/No puedo escaparme.

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“La soga en los pies” Colección poesía. Ciprés Ediciones 2012 Angie Ferrero fantasea con ser un pájaro. Yo también fantaseo. La imagino sobrevolando las calles de Córdoba, fugitiva de su coronel desaforado que la invita a preguntarse si alguna vez dejará de correr. La poesía de Angie es magníficamente agotadora. Se asemeja a un viaje entre tupidos matorrales de palabras indomables que difícilmente se pueden borrar una vez que se han instalado en la memoria. A duras penas encontré el solaz necesario para decodificar las palabras de esta poeta de la Av. Colón. No pude hacerlo porque cada uno de sus versos fueron implotando estratégicamente en mis emociones llevándome de la mano y sin consultarme en un recorrido que me llevó a encontrarme con una mujer y con muchas mujeres a la vez encriptándose y desencriptandose en su propia tinta. No pude porque no hizo falta: Angie Ferrero

es como una estela agridulce que no da tregua una vez que uno se ha internado en los laberintos de sus mundos, en donde el titiritero de hilos negros teje caminos que se hacen borrosos y se hacen nítidos y todo junto y a la vez. Angie es transparentemente caótica. Imposible no leer. Nació en Córdoba. Es abogada por mandato y escritora desde la piel. Participó en diferentes publicaciones colectivas, entre ellas: Letrario, de la Biblioteca Córdoba (Ed. Babel, Córdoba, 2006), Recetario, del Taller Consultorio Parapoético, y recientemente, junto a once poetas mujeres, en la plaqueta Ultrafinas y Tramontinas del dolor. Recibió mención especial en el concurso Tres Tríos, de Daniel Goldberg (Buenos Aires, 2010) y en el Concurso Poesía 2011 José Luis de Tejeda, Municipalidad de Córdoba, con la obra Espejos rotos. El pasado 2 de Noviembre del 2012 presentó en La fabrica Cultural el poemario “La soga en los pies” con ilustraciones del talentoso Cezary Novek. Tal vez en un intento de bajarse de la maquinaria que la sostiene desde los pies y la deja asomarse tímidamente a la luz de su bella poesía, Angie despliega entre las poderosas imágenes de Novek un majestuoso abanico que refleja la silente soledad impensada de una escritora que emerge lentamente, pero a pasos seguros de la ancha avenida fantasmal de Córdoba, donde desde su balcón espía y toma nota, y llora y putea y cae muerta y resucita mientras fuma y fantasea con ser un pájaro y se pregunta una y otra vez si su coronel desaforado la dejara correr…

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La talentosa se単ora Highsmith 54


A Patricia Highsmith no le gustaba destacar, y no deja de ser paradójico, pues destacó con luz propia por distintas razones; era corpulenta, desgarbada y fea, y su fealdad, hombruna y áspera, debió causarle verdaderos tormentos; era lesbiana, en años en que semejante condición se escondía con angustia de marginados; y la creadora de casi un centenar de novelas excepcionales, clásico entre los clásicos. Sus libros no dejan indiferente; pueden gustar o no, pero nadie puede leer una de sus obras y olvidar lo que ha leído. Tenía un magnetismo singular en el papel. Su estilo era austero, directo, sin alarde de florituras, casi periodístico, pero muy efectivo, de una claridad deslumbrante. Su primera novela, Extraños en un tren (1950), la situó directamente en la cúspide; mucho contribuyó, eso sí, Alfred Hitchcock, al trasladarla al cine un año después. Tenía veintipocos años, era su primera novela, y había nacido un mito. En el prólogo de Los cadáveres exquisitos habla de un libro (The

Human Mind, de Karl Menniger) que encontró en la biblioteca de sus padres, y que leyó con profundo interés siendo adolescente. A él atribuye su interés por el tema y la psicología de sus novelas. Cuesta creer que la lectura de un libro pueda justificar la profunda – casi inédita– penetración psicológica de la autora. Más bien debió ser ese libro la pieza que completó el puzzle de su innato talento. Rosa Montero decía de ella que conocía los más oscuros abismos del alma humana; sus libros se apartaron del relato policiaco tradicional, desterró los sempiternos finales con el triunfo de la justicia y el bien, creó personajes inolvidables – nadie puede permanecer indiferente ante Tom Ripley- y mostró al mundo los recónditos escondites del mal y la locura. Sus asesinos no eran los tradicionales outsiders, eran gente corriente, amas de casa, escritores, policías, las personas anónimas y cotidianas que casi nunca protagonizan los libros. En realidad mostró al mundo la incómoda realidad de que un asesino subyace dentro de todos nosotros; que la frontera entre el delito y la legalidad puede cruzarse por cualquiera dándose las condiciones necesarias. En Crímenes imaginarios, el protagonista fantasea con la idea de matar a su mujer; es, al cabo del tiempo, y en medio de una situación anómala, cuando cruza la barrera. Ese dulce mal nos lleva al descenso a los infiernos de un prometedor ingeniero, admirado por sus conocidos, cortés y amable, a quien la obsesión por una mujer inalcanzable termina por enloquecer. Sus criminales no son gente marginal, no son personas señaladas; hasta que la Highsmith les conduce a ello, han sido gente normal. Una humanidad oscura y tenebrosa, un 55


criminal latente escondido debajo de cada alma; realidad muy incómoda, muy inadmisible para los americanitos enamorados del “sueño americano”. La Highsmith atacaba justo en la parte más sensible. Era notablemente misógina –sus personajes femeninos son aborrecibles casi siempre-, y sus temas recurrentes la culpa, la obsesión, la locura y, sobre todo, la existencia oculta, adormecida, pero latente, de un criminal en el alma de toda persona. Nada podía resultar más antipático al público norteamericano. Fue especialmente criticada por ello; y respondió exiliándose por voluntad propia de ese país de origen que encontraba postizo, en 1963. En Europa la mentalidad que encontró fue muy distinta. Su producción más floreciente la escribió en su exilio. A pesar de eso, fue en Estados Unidos donde vio la luz su personaje más emblemático, Tom Ripley, nacido en A pleno sol (1955). Es una creación asombrosa, por muchos motivos. Ripley sí ha cruzado ya la barrera de lo ilegal. Con delitos de poca monta, con chapuceras estafas. No ha dado el gran salto. Herbert Greenleaf le conduce sin saberlo al camino del crimen. Le envía a Italia, a ver a su hijo, Dickie, con la intención de que convenza al joven de que regrese a Estados Unidos. La misión es un hallazgo para Ripley. Descubre cómo se puede vivir teniendo

ingresos regulares. El estilo de vida de Dickie le seduce. Y cuando la relación con el joven está abocada a la ruptura, Ripley cruza la frontera. Toda la vida ha estado ahí la simiente. El esplendor de los días italianos junto a Greenleaf le precipita a su destino, y comete su primer crimen. A estas alturas del libro, el lector está completamente del lado de Ripley. Su único deseo, a medida que avanza la acción, es que se libre de la justicia. El desenlace del libro deja a Tom Ripley – a ese estafador de poca monta de las primeras páginas- impune de sus crímenes, y disfrutando de la fortuna de Dickie Greenleaf, heredada por un testamento a su favor escrito por él mismo. Aquí no hay justicia. Las víctimas quedan sin vengar. No hay policías sagaces que vean entre la maleza. Ripley ha cometido el crimen –los crímenes- perfecto. Está tan a salvo que en la secuela, La máscara de Ripley, vive una existencia de millonario, casado con Heloise, una rica heredera. En los sucesivos libros, la lista de víctimas de Ripley va ascendiendo. Sólo por ese personaje habría conseguido Patricia Highsmith el lugar de oro que ocupa en la literatura. Más que género policiaco, el suyo sería el género psicológico, por el perfecto estudio de la mentalidad humana, s in prejuicios, s in

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convencionalismos. Ripley no hubiera podido salirse con la suya de una manera tan perfecta en manos de otro escritor; sería un asesino más que al final paga sus delitos –porque la regla de oro del género así lo exige-. La Highsmith se apartó de la norma, y su originalidad reside ahí. Ripley no es un psicópata; tiene sentimientos, odia, ama. Es profundamente amoral, y carente de escrúpulos; sus crímenes no son aleatorios, no son injustificados. Dickie es un obstáculo para la vida que quiere llevar. El crimen lo comete tras meditarlo unas horas; no siente más tarde remordimiento alguno. En ese sentido, sí acerca su mentalidad a la del psicópata. También mata por supervivencia pura. Pero nos atrae: es el lado oscuro que hace lo que nos gustaría no hacer... pero sí recoger los frutos. Es difícil no sentirse fascinado por este personaje. Es una creación insólita, un personaje digamos perfecto. El lector le acompaña en todas sus aventuras con el deseo de que salga adelante, que no sea capturado, que tenga éxito. De alguna manera, igual que Hitchcock hizo de sus espectadores unos mirones en La ventana indiscreta, Patricia Highsmith hizo de sus lectores entusiastas cómplices de un asesino. El éxito de A pleno sol hizo continuar al personaje. Ripley protagonizó otras cuatro novelas de la autora, aunque sin el

gancho de la primera –La máscara de Ripley, El amigo americano, Tras los pasos de Ripley y Ripley en peligro. Cuando más disfruto de mi trabajo es sobre las cinco de la tarde. A esa hora ya empiezo a estar cansada y sé que aún me quedan tres páginas para acabar el día. El mundo podría estar acabándose a mi alrededor -ya ha pasado alguna vez- pero el trabajo perdura intacto, sin que nadie pueda manipularlo, siempre que sea sólido y sincero', escribió Patricia Highsmith en su diario en diciembre de 1965. Fue una de las obsesiones de la escritora: que su agitada vida sentimental, su imparable carrera hacia la soledad, no interfiriera en la creación literaria. 'No esperar que algún día y en modo alguno tendría una vida sentimental apacible y, sobre todo, que esto no se convirtiera en una condición para escribir'. Lo cumplió. En 1961 escribió su firme decisión de no volver a vivir con un ser humano. No lo cumplió del todo, pero año tras año se fue encerrando en la soledad. Patricia Highsmith (Fort Worth, Tejas, 1921-Tegna, Suiza, 1995) empezó a escribir gruesos volúmenes de apuntes a los 16 años y continuó hasta su muerte. Apuntaba minuciosamente sus ideas sobre relatos y novelas, a las que llamaba 'gérmenes', borradores y esquemas, observaciones y reflexiones. También escribió durante muchos años diarios. Son 8.000 folios que, tras su muerte, quedaron depositados en los Archivos Literarios Suizos, en Berna. Los diarios y los cuadernos muestran a una Highsmith muy diferente a como la conocimos en los últimos años y su obra será leída de una manera diferente a la luz de estos 57


papeles. Patricia Highsmith nació el 19 de enero de 1921 en Fort Worth. Sus padres se habían divorciado nueve días antes y pasó los primeros años de su vida con su abuela. Cuando tenía tres años, su madre se casó con el dibujante Stanley Highsmith, al que consideró un intruso. Fue una niña solitaria y con tendencia a la introspección. Los Highsmith se trasladaron a Nueva York en 1927 y, aunque él no la adoptó legalmente, todos empezaron a llamarla Highsmith. Asistió a la escuela Julia Richmond y a los nueve años leía a Dickens y releía Crimen y castigo, de Dostoievski. Siendo muy joven leyó The human mind, de Karl Menninger, libro que incluye estudios científicos sobre conductas anormales. 'Me di cuenta de que el hombre o la mujer de la casa de al lado podía tener una extraña psicosis sin que yo pudiera apreciarlo', escribió años más tarde en uno de sus diarios. Un ejemplar de The human mind, completamente subrayado, se halla entre los papeles depositados en Berna. Durante el instituto ya supo que quería ser escritora y escribió que los asuntos que más le interesaban eran la culpa, la mentira y el crimen. También la mística cristiana. Poe, Conrad y Dostoievski encabezaban la lista de sus autores preferidos en esa época. Fue luego al Barnard College para chicas de la Universidad de Columbia. Era guapa, inteligente, perseverante y muy seria y tímida. No se entendía bien con sus padres y tenía sentimientos de culpabilidad por sus tendencias homosexuales. Acabó los estudios universitarios en 1942 y empezó a trabajar en 1943 en la editorial Fawcett, donde hacía sinopsis de historias de cómics aunque pronto empezó a escribir sus propios guiones. Ese mismo año, cuando tenía 22,

consiguió piso propio: una habitación, cocina y baño por 40 dólares al mes. Y se embarcó en su primera novela, The click of the shutting, que más adelante describió como 'una historia espeluznante'. Escribir era todo un ritual para ella, según explica en sus diarios. Todo cuanto la rodeara tenía que ser de máxima calidad: los mejores cigarrillos, una blusa recién planchada. En la pared, dos sables cruzados, uno de la guerra civil americana y otro de la guerra de Cuba, objetos a los que se podía 'agarrar' y que la acompañaron durante toda su vida. Dejó las juventudes comunistas, a las que se había vinculado en la universidad, porque le robaban tiempo para la literatura. El dinero no le llegaba a fin de mes y, además de su trabajo en Fawcett, tuvo que escribir pequeñas redacciones para otra editorial. Tampoco le alcanzaba el

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tiempo para todo lo que quería hacer, el trabajo, la literatura, cursos de dibujo, el cine, visitas a museos, una serie de aventuras amorosas. Sabía que durante sus encuentros con las amigas bebía demasiado. A los 24 años decidió cortar y viajar a México, donde estuvo, en Taxco, cinco meses. Fue una experiencia deprimente. En su vida solitaria hubo una excepción: los caracoles. Los criaba, los dibujó, fueron protagonistas de algunas de sus historias, se los llevaba consigo cada vez que se mudaba de casa. También los gatos. Cuando murió Sammy escribió en su diario: 'Sammy no era posesión de nadie, como no lo es ningún gato. No obstante, yo era el único ser humano de su vida y ella fue, con toda seguridad, mi única compañera. En este mundo, en el que existen los cerdos y personas nada atractivas, supe apreciar su belleza con particular intensidad'.

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Valeria Corvino Es una artista italiana, nacida en Nápoles en 1953. Sus obras, construidas con un hábil uso de la luz, el color y la alternancia armoniosa de líneas y volúmenes. A través de un acto de conciliación entre las alusiones históricas t estilísticas de la estética moderna. Sus pinturas de basan en relatos de hechos de locuras divinas, travesuras de dioses caprichosos y mitos siguiendo el hilo de arquetipos olvidados. www.valeriacorvino.it

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Toulouse-Lautrec Grand MaitrĂŠ Des affiches

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El linaje nobiliario de los Toulouse Lautrec es uno de los más antiguos y notorios de Francia. En su seno, y en su castillo "del Bosc", en Albi, nació el primogénito del conde Alphonse Charles de Toulouse-Lautrec Monfa y su esposa Adele Marquette Tapié de Céleyran. El conde y la condesa eran primos, consagrando una larga tradición de consanguinidad en la familia que resultaría fatal para el pequeño Henri. En 1878, a los catorce años, se rompe el fémur izquierdo al caerse en el palacio familiar y, al año siguiente, otra desafortunada caída supone la fractura del fémur derecho. La deficiente calcificación -debida, al parecer, a las consecuencias de la consanguinidad- impide que las fracturas suelden adecuadamente, y sus piernas ya no crecerán más: "El tronco, que era el de un hombre de estatura normal -escribió años después Thadée Natanson- parecía haber aplastado con su peso y el de la gran cabeza las cortas piernas que apuntaban por debajo".

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La deformidad fue una fuente constante de infelicidad y amargura para Toulouse, y le llevaría al agudo alcoholismo que a la postre fue causa de su temprana muerte. Ya antes de los dos accidentes era un niño enfermizo, por lo que buena parte de su educación se realizó con preceptores privados. Su interés por el dibujo y la pintura se remonta a la infancia. De hecho, su padre, sus tíos y varios antepasados recientes eran tan aficionados a la caza como a la pintura. Su formación empieza en 1882 con Princeteau, un pintor animalista amigo de su familia, que le

Aconseja inscribirse en el estudio del pintor académico León Bonnat. Allí se ejercita, sobre todo, en la disciplina del dibujo, pero Bonnat clausura sus cursos y Toulouse decide entrar en la academia privada de Cormon en 1883. Allí coincide con algunos pintores de su edad que intentan desarrollar el legado impresionista, sobre todo con Émile Bernard y Vincent van Gogh, del que hace un retrato y con el que traba gran amistad. Un año después abandona el

estudio de Cormon y se instala en la Rue Fontaine, en el mismo edificio en el que trabajaba Degas. Aunque la estancia en la Rue Fontaine es breve, el contacto con la obra de Degas resulta definitivo para la orientación de su obra. Por esos años, Toulouse empieza a frecuentar los cabarets y cafés cantantes de París y se familiariza con la bohemia artística polarizada en torno a Montmartre. Los cuadros de 1886 y 1887 empiezan a acusar su interés por los temas que le harán famoso, así como una pincelada fragmentada y nerviosa que delata sus contactos con el incipiente postimpresionismo. Sólo participa en exposiciones colectivas en París y provincias -a menudo con seudónimohasta que, en 1888, es invitado a participar en la de Los Veinte en Bruselas; este grupo, similar a las se cesiones austriacas y alemanas, acogía las más avanzadas tendencias de la pintura y las artes industriales en toda Europa. Toulouse será asiduo de sus exposiciones anuales hasta 1897, .cuando el grupo había pasado a denominarse La Libre Esthétique, certificando así sus vinculaciones con el modernismo. Sus éxitos en Bélgica y la amistad con su hermano le valen el interés de Theo van Gogh, que toma en depósito algunos cuadros para las galerías Baussod & Valadon y Goupil, para las que trabaja sucesivamente. Lautrec seguirá vinculado a esta última galería, gestionada después por su amigo de infancia Maurice Joyant. En 1889 se inaugura en París el Moulin Rouge, que expone junto a su puerta una escena de circo pintada por Toulouse. El nombre del pintor y el del cabaret quedarán unidos en el cartel que el primero realiza para el establecimiento en 1891. Ya aparece en él la Goulue, su bailarina estelar, cuya figura se reitera en otros cuadros y carteles. Todavía en 63


1895, cuando en plena decadencia se establece en una barraca en la Foire du Tróne, será Toulouse el encargado de decorarla. Todas las grandes estrellas del cabaret y el café concierto en París desde 1890 aparecen en la obra de Lautrec, aunque las más habituales fueron Jane Avril, la que más apreciaba su obra- e Yvette Guilbert, a la que consagró un álbum entero de litografías en 1894. Además del Moulin Rouge, Lautrec frecuentó otros locales, como el Jardin de Paris o el Divan Japonaise. Tampoco hay que olvidar a Aristide Bruant, un cantante de tendencias anarquistas que le introdujo en el mundo de Montmartre y para el que realizó algunos de sus más célebres carteles. Los espectáculos nocturnos de mala nota y los burdeles no monopolizan, sin embargo, la vida y la obra del pintor. Sus éxitos en Los Veinte de Bruselas le llevan a exponer en el Royal Aquarium de Londres; allí el pintor Whistler, al que conocía de París, le presenta a Oscar Wilde. Ese mismo año inicia su amistad con los hermanos Natanson, fundadores de la Revue Blanche, una revista fundamental para la escena artística parisina de los años del cambio de siglo en la que se dieron a conocer los pintores nabis -Bonnard, Vuillard, Valloton-; Lautrec colaboró en sus páginas y participó en algunas de las exposiciones celebradas en torno a ella. En paralelo a su obra pictórica desarrolla una abundante y excelente producción litográfica, que simultanea con carteles publicitarios y trabajos editoriales. En 1897 sufre su primer ataque de delírium trémens, que le lleva a disparar con un revólver contra

imaginarias arañas. Las crisis alcohólicas se suceden desde entonces y lo llevarán a ser internado dos años después; para demostrar que no está loco realiza de memoria toda una serie de litografías sobre el circo. Los dos últimos años de su vida suponen un sorprendente cambio de estilo hacia una paleta más oscura y empastada. Su éxito comercial venía siendo creciente desde la exposición individual en Goupil de 1896, aunque nunca eso le preocupó demasiado. El deterioro progresivo de su salud lo lleva en 1901 al castillo de Malromé, donde queda al cuidado de su madre, que lo acompañó en su lecho de muerte. Ella fue quien, tras el fallecimiento de su hijo, recopiló buena parte de la obra que hoy se conserva en el Museo Toulouse-Lautrec de Albi. Su amigo y marchante Joytan sería el

encargado de organizarlo inauguración, en 1922.

para su

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Su nombre verdadero era Louise Weber y había nacido en Alsacia en 1870. El sobrenombre de «Glotona» le vino por su insaciable apetito, aunque también se atribuye a su hábito de acabar todo lo que se encontraba en las barras de los establecimientos donde actuaba. Era rubia, pequeña, regordeta, vulgar y descarada, pero con un encanto especial que la hacía muy atractiva. A los dieciséis años trabajaba como lavadera en la Rue de la Goutte d'Or, pero su deseo era ser bailarina. Sin conocimiento de su madre y con ropa prestada cada tarde se paseaba por los locales de baile haciendo su número particular hasta ser descubierta por Marcel Astruc, quien le facilitó debutar en "Circo Medrano". Después ya como artista lo hizo en el "Moulin de la Galette", donde la conoció Lautrec, en el "Alcázar", el "Elysée-Montmartre" o el "Jardin de Paris". Cuando en 1889 se abrió el Moulin Rouge, su gerente Oller, la contrató inmediatamente, formando parte de la "cuadrilla" de bailarinas entre las que también se encontraban Grille d’Egoút, Etoile Filante, Nini Pattes-enl’Air, la Móme Fromage o La Sauterelle además de Jacques Renaudin, más conocido como Valentín "le Desossé" o el "hombre-serpiente".

En 1850, Celeste Mogador, bailarina vedette del Bal Mabille, crea una nueva danza en la que intervienen varias bailarinas, la Quadrille. El baile llamado Can-can, fue descrito como ocho minutos de perfectas armonías, movimientos y posturas que cortan la respiración ejecutados bajo las partituras del maestro de música Jacques Offenbach, a un ritmo frenético y endiablado, repleto de equilibrio y flexibilidad, en los límites de la acrobacia, bailado por las componentes del grupo (la troupe) que con la fascinación de sus faldas y vestidos coloristas de volantes, medias y ropa interior, hacían perder la cabeza del todo-Paris. En sus inicios, apenas atacado por la censura, el can-can, se bailaba solamente en los establecimientos de cuarto orden, en los que rápidamente habría llegado a ser sinónimo de danza altamente impúdica, sugestiva y encanallada, como una herramienta de trabajo utilizada por las prostitutas y sus chulos encubiertos, para atraer a cierta clientela. Era una danza reservada exclusivamente a las mujeres durante la cual éstas debían levantar necesariamente la pierna y mostrar sus partes más intimas. Para velar por el buen comportamiento de las bailarinas durante sus danzas exuberantes y desenfrenadas, (a veces estas actuaciones llegaban a realizarse sin ropa interior), se estableció la vigilancia de un guardia de la brigada de higiene social al que se le llamaba el "Père la Pudeur" (padre pudor). El can-can era una danza en la que, por último, se hacía "le grand-écart" la gran separación de piernas, no sin antes haber quitado con una de ellas, por lo menos el sombrero de alguno de los espectadores. Uno de estos cabarets donde se hizo más famoso el Can-can, y sus excepcionales bailarinas fue el viejo ElyséeMontmartre. En 1889, también era conocido por los ambiguos individuos que lo frecuentan, por la suciedad de su piso (que hacía que después de algunos "grands-écarts", las partes más íntimas de estas señoritas, no tuvieran la blancura esperada), y por las innumerables peleas que allí sucedían 67


casi cada tarde. La gente iba allí porque allí iba todo el mundo y porque después era posible salir del brazo de una de sus bailarinas. Además del "grand écart", dejarse caer al suelo con las piernas abiertas, otras "posturas" del can-can tenían nombres como la guitarra, la presentación de armas, el saludo militar, o el pie detrás de la cabeza. La Goulue se hizo famosa por su provocativa y especial manera de bailar y agilidad para quitar el sombrero de las cabezas de los caballeros con la punta del pié. Desde que la conociera en el Moulin de la Galette, Lautrec la pintó muchas veces, pero sería su cartel del Moulin Rouge la más famosa de todas sus representaciones. La Goulue ya famosa, reina del Moulin Rouge y otros musichalls de Paris, llegó a cobrar 800 francos al mes convirtiéndose en una mujer muy rica. Se compró una casa en Montmartre en la que vivió con su amante la Môme Fromage. A comienzos de 1895, la Goulue, de quien ya se había cansado el público del Moulin-Rouge, se hace instalar una barraca en la Feria, donde seguirá bailando la danza oriental del vientre. Entonces escribe a "su pintor" para pedirle que le pinte unos grandes paneles para decorar el exterior. En estas obras Lautrec muestra el pasado

y el presente de la Goulue. Rodeada de sus incondicionales admiradores y amigos de siempre, en una baila con Valentín en el Moulin Rouge y en la otra ejecuta la Danza de las Almées (de las huríes). A pesar de ello, su paso por la"Foire aux pains d´epices", fue tan efímera que hubiera pasado desapercibida de no ser por la generosa contribución pictórica de Lautrec. Más tarde, después de malgastar su fortuna; arruinada, practicará todos los oficios. Llegó a ser vendedora de flores en el Casino de Paris, luchadora en la feria de Neuilly, domadora de fieras en un circo. Más tarde, en 1925, vivió con un hombre que antes de abandonarla la exponía públicamente como curiosidad en otra barraca. Cansada de vender tabaco y cerillas por los bares, totalmente alcoholizada, acabó siendo criada de un burdel. Murió en el hospital parisino de Lariboisière preguntando al sacerdote que la asistía: "Padre, ¿cree que el buen Dios me perdonará, tendrá para mí un sitio en el cielo? .... es que yo soy "La Goulue".

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Por Valeria Wozniak

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Pobre Georgia O’Keeffe. Ni la muerte la ayudó a suavizar las opiniones que el mundo del arte sostuvo contra su obra. Veinticinco años más tarde muchos críticos continúan hablando de una artista de “lindas pinturas”. Parecería que no quieren ver, vaya uno a saber por qué, que Georgia O’Keeffe produjo algunas de las imágenes más originales y ambiciosas del siglo XX. Sus ideas sobre la superficie, la escala y el color no sólo fueron audaces sino que presagiaron los trabajos de artistas como Barnett Newman, Morris Louis y Mark Rothko tanto como toda la pintura de campos de color. En sus mejores momentos, esos que en ella ocurren cada dos por tres, O’Keeffe es una usina de creatividad que logra que lo no figurativo se sienta místico y familiar en un solo vistazo. Nacida en 1887 en el seno de una familia muy pobre en una granja de Wisconsin, con una madre que murió de desnutrición y tuberculosis, O’Keeffe estudió y enseñó en Texas y justo cuando parecía que seguiría siendo una maestra por el resto de sus días, el destino entró en la habitación. Sin pedirle permiso, en 1916, una amiga le llevó sus pinturas –sus primeros dibujos en carbonilla– al legendario fotógrafo y dueño de la gran galería 291, Alfred Stieglitz. “No me molestaría exhibirlos”, dijo Stieglitz que inmediatamente reconoció su potencial. Al poco tiempo una joven O’Keeffe de treinta años le escribía a su amiga que “había caído presa del oscuro, sexy y muy destructivo Stieglitz”, un hombre de 54 años. “El trabajo no se convierte en arte hasta que una persona rica lo compra”, le dice Stieglitz a su apunto-de-volverse-famosa protegida.

Stieglitz, le muestra a O’Keeffe cómo manejarse profesionalmente. El tiene la astucia de un zorro para entender lo que el público y la crítica buscan, aunque personalmente las cosas se le vayan de las manos. En el campo amoroso su método consiste en tomar mujeres jóvenes bajo su tutela, seducirlas y luego pasar a otro proyecto. A O’Keeffe, por supuesto, este arreglo le cae mejor cuando ella es el reemplazo que cuando es la reemplazada. Stieglitz manejó la carrera de su mujer en forma obsesiva y caprichosa pero sumamente beneficiosa, como una suerte de publicista y genio creador de golpes de efecto que catapultarían la carrera de O’Keeffe. Pero su éxito comercial no pudo esconder los tormentos emocionales por los que la hizo pasar. Desesperadamente necesitado, continuamente petulante, un hipócrita sin aviso. En 1921 Stieglitz exhibió 45 desnudos de O’Keeffe en brutal blanco y negro. La muestra los transformó en celebridades. Sin embargo las mismas fotos que dieron fama a la pareja se volvieron en contra de O’Keeffe: desde entonces su obra fue siempre entendida en términos eróticos, una interpretación que deja de lado las cualidades espartanas de sus pinturas, su estructura cerebral, sus facetas y capas como sonetos abstractos. O’Keeffe alimentó por un tiempo el mito, se dejó fotografiar delante de sus pinturas, duplicando con sus brazos y manos las formas sensuales de sus imágenes. Pero lo que estaba en juego para ella era distinto: O’Keeffe quería que el poder de sus 70


pinturas incluyera la sexualidad sin necesariamente volverla un tema. Stieglitz quería que las pinturas fueran entendidas puramente en términos de sexualidad femenina y marketinearlas acorde con ello. Fragmentada por el profundo sentimiento que sentía por Stieglitz se convirtió en dos mujeres. Una; el fenómeno de marketing de los años ’30 cuando los esqueletos de vaca flotando ocuparon el lienzo y en su afán por capturar la esencia del paisaje y su pintura pareció convertirse en la “gran pintura norteamericana”. Pero más interesante y menos conocida es la artista que fue antes, en 1915, cuando aún no cruzaba el destino la puerta de su habitación, aquella maestra de Carolina del Sur que produjo una serie de dibujos que fueron las primeras imágenes abstractas salidas de la mano de un artista norteamericana. Formas centralizadas, volúmenes modulados que satisfacen un apetito básico por lo táctil. Temprana abstracción es de esa época. Una forma única contra un fondo blanco, un remolino que sube y se enrosca al final. Una versión abstracta de la Salomé de Aubrey Beardsley, un gran signo de exclamación art Nouveau. Dibujado en capas de sombras, es un ejercicio en dibujo lineal pero tiene un aire de misterio y el peso de una escultura. Antes que la grieta se profundice del todo, de repente, Georgia se va. Cansada de Stieglitz. Con la tortura de un amor inconmensurable a cuestas sobre los hombros. Esta vez ha sido ella la reemplazada. Se toma un tren a Nueva México, al rancho de su amiga Beck Strand en Taos. Allí vivirá y morirá sus propios

desiertos. Allí, en ese paisaje lunar se encontrará a sí misma y a los motivos que formarán la médula de su última producción: el paisaje norteamericano. Los esqueletos, las nubes, los desiertos y las rocas. Allí logra sintetizarse y volverse una mujer sin escinciones que sobrevivirá llevada por un candor interno que con el tiempo se volverá inalterable. Podría haber sido despiadado este Stieglitz, incluso monstruoso, pero aun cuando ella lo abandona no pueden cortar la conexión. Tras su muerte en 1946, O’Keeffe dijo: “Aún hoy, cada vez que termino un cuadro pienso si le gustaría a Alfred. Su opinión sobre mi trabajo siempre me importó más que la opinión de ninguna otra persona” O’Keeffe murió en 1986 a los 99 años en el Rancho de los Brujos que compró en Abiquiu. Muchos la recuerdan por las fotografías que circularon de ella en esos últimos años: una figura angular con algo de Pina Bausch en Y la nave va, vestida siempre de negro como una sacerdotisa recolectando huesos bajo el sol rajante, con la dureza del paisaje, la fragilidad de un espíritu de la montaña y el aura de aquellos que han vivido y aprendido mucho. Y su energía intacta. Ese fuego sagrado por el cual O’Keeffe estuvo siempre dispuesta a pasar por encima de las grandes ideas sobre lo que una obra de arte seria debía ser y arriesgarse a ser tildada con uno de los peores insultos que el mundo del arte puede proferir: lindo.

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El viaje

Valeria Wozniak

De Naia Fillipa

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Bitácora del Capitán Pablo Irmaio

Tus ojos no se comparan con nada mujer. ¡Que me digan los hombres que han visto miradas inolvidables! Allá ellos. Nada saben. Sé yo porque he visto tus ojos. En altamar todo es confuso. Hasta la cordura más inquebrantable se pierde en los brazos de este Dios incompresible. A diferencia de los sensatos yo no lucho, me dejo llevar por la espesa bruma que emana de sus olas como un opio a los sentidos, me pierdo, me desdibujo entre las formas que ven la luz al ser usurpadas por la monstruosa estructura de mi nave; me someto libremente al viaje al que me invitan...al fin y al cabo éstas nobles formas sin forma me están llevando hacia mi destino. Hacia tu vientre...sirena mía.

No me arrepentí de haberle contado a Nancy mis inquietudes acerca de Catalina, al contrario, creo que resulté gratamente sorprendida ya que sin vacilar, ella me creyó inmediatamente. Después de hablar durante algunas horas llegamos a la conclusión que si Catalina Fabre era una sirena, nosotras teníamos que hacer todo lo posible para demostrar que así era. En muchas islas se escuchaban relatos acerca de sirenas que se habían vuelto mujeres; si algo nos había quedado claro durante nuestros encuentros en la playa repasando el diario de Pablo Irmaio, era que ciertamente existían y que no era una locura, ni mucho menos, aventurarse a la dantesca empresa de perseguirlas, encontrarlas y amarlas el resto de la vida, costara el precio que costara. Estuvimos de acuerdo desde el principio que reunir información era de suma importancia. Decidí entonces que lo mejor iba a ser escabullirnos en la biblioteca de Elysa. Elysa no solamente era conocida por sus dones curativos sino por el inmenso caudal de conocimientos que poseía con respecto a cualquier tema, misterioso o no, verdadero o no, que se comentara en algún rincón de la isla, ella siempre tenía la respuesta adecuada. La biblioteca estaba después del jardín de lavandas. Era una construcción precaria hecha de piedra, en donde sus libros misteriosamente se conservaban intactos a pesar de la inclemencia del clima tropical. Nunca me había prohibido la entrada, sin embargo, a mí me gustaba creer que sí, le agregaba una cuota más de misterio a mi estancia en esa casa decorada con corales y pinturas de las más variadas especies de flores. Pintar era una actividad que mi amiga encontraba reconfortante y placentera. Cada tarde de sábado, apenas caía el sol en el horizonte del atlántico, silenciosamente se sentaba en la galería rodeada de pinceles, telas y frascos de pinturas de muchos colores, entonces se perdía en ensueños de pétalos a los cuales yo no tenía acceso, no porque ella me excluyera, 74


sino porque en ese instante un mundo se dibujaba frente a sus pupilas y yo, inconscientemente, me alejaba unos pasos al costado para verla brillar en los delicados trazos que parían sus manos viejas. Tan sólo eso me bastaba para sentirme cerca. Planeamos durante toda la tarde entrar durante la siesta después del almuerzo. Cuando los ronquidos de Elysa invadieron toda la casa, emprendimos el camino hacia nuestro destino; decidimos que arrastrarnos entre las plantas de lavanda era la mejor opción para mantenernos ocultas, por si acaso Elysa despertaba de repente y se asomaba por la ventana de su habitación. Después de unos minutos, con los codos raspados y el cabello enredado llegamos hasta la puerta; no tenía llave, por lo que bastó solo un empujón para que se abriera de par en par y nos dejara ver altos estantes repletos de libros viejos. Me atrevo a decir que Nancy se sintió invadida por la misma sensación que yo. Lejos de ser una pequeña habitación, en ese momento, súbitamente se transformó en un enorme lugar, tan grande que casi podría decir que estuvimos a punto de perdernos entre las palabras que contenían las tapas resecas de esos libros, entre la madera oscura de los estantes, entre los rayos del sol que a pleno se colaban por las hendiduras. Era un sitio lleno de magia, sin decirnos una palabra, ambas estuvimos plenamente convencidas de eso. Nunca imaginé que a Elysa le interesaran tanto las sirenas. Casi la totalidad de los títulos que repasé con la vista hacían referencia a algún tema relacionado con ellas. Yo estaba al tanto que de vez en cuando, Conrado Mclaggen llegaba hasta nuestra casa trayendo algún libro de regalo cada vez que viajaba a Guadalupe o a Barbados pero jamás supuse que fueran tantos. De repente, me invadió por un interrogante ¿Y si Elysa realmente creía que algún día llegaría una sirena a la isla? Se me dibujó una gran sonrisa en los labios recordando su relato acerca de mi madre y su origen marítimo, era indudable que Elysa había pasado muchos años recopilando la información necesaria para reconocerla no bien sus pies tocaran la arena tibia de Les sirenes. —Elysa ya debe saber acerca de Catalina— dije, en voz alta — ¿Tú crees?—me preguntó Nancy, como si intuyera mis conclusiones. —Estoy segura que sí—afirmé—pero no podemos correr el riesgo… — ¡Mira lo que encontré!— me interrumpió Nancy de repente. Se trataba de un libro muy diferente al resto. Sus tapas parecían hechas de algas resecas y tenía una inscripción que decía SEIREN. Tomé el gran libro con ambas manos y colmada de entusiasmo lo abrí lentamente. La primera frase en finas letras casi amarillentas salió a mi encuentro explotando en el reflejo de mis alborotados ojos, decía: “Consagración a Afrodita”. —¿Afrodita?—Pregunté, en voz alta, entonces recordé—Elysa me contó acerca de esa tal Afrodita…—le dije a Nancy—es una Diosa de una antigua civilización llamada los griegos, era una mujer muy bella y poderosa. —Guau…—exclamó Nancy, totalmente absorta por mis palabras y por los blancos destellos del libro, abierto de par en par, tan misterioso y refulgente que no podíamos apartar la mirada de él—Mira, aquí—continuó Nancy—dice: “ritual” . Hay una lista de muchas hierbas y palabras extrañas: —…” Elemento agua – feminidad, receptividad, apertura, océano, el origen de toda vida” —“Ninfas, nereidas, sirenas, ondinas”—Continué—Pentagrama, sal, imágenes, piedras, árboles, lazos de magia. El caldero, los siete fuegos, la caña de bambú junto a las sales de Afrodita

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—Bambú—Interrumpió Nancy, continuando con el mensaje—Cetro del maestro blanco, sabio elemental de los cuatro ríos del Edén: Sé mi columna vertebral...”Hija de Zeus... 150 lunas sé mis pies”. Quedamos perplejas y en absoluto silencio durante varios minutos. Fue Nancy la que habló primero, arrebatándome del estupor. —Así es como se vuelven mujeres fuera del agua —Sí—respondí, sin mirarla, pues no podía apartar la vista de esas palabras— aparentemente 150 años caminan sobre la tierra—agregué. Sin poder evitarlo, se me escaparon los pensamientos llevándome al momento exacto de ese ritual: Era una playa. La sirena se había arrastrado por la arena dejando inscripta una huella. Un camino desde el mar. Del morral que llevaba colgado en sus hombros saco la vasija que utilizaría como caldero. Encendió un fuego pequeño tras invocar al elemental. La llama se hizo presente. Estrujó sus largos cabellos llenando con agua el cacharro ya caliente y deposito el trozo de bambú que había traído consigo. Levantó la mirada fijando sus transparentes ojos verdes en la silueta de la luna, en donde la diosa, hija de Zeus, la observaba expectante. Abrió los labios y se consagró al vientre de su afrodita. En ese instante, entre sollozos de dolor, se le fueron desprendiendo las escamas, una a una, mojándose sus piernas con la suave piel que le trajo el mar y con cada lagrima que le entregó a la que, debía un día volver a pedirle le entregara nuevamente, su cola de pez... Suspiré profundamente, mi madre estaba en la isla y ahora sabía cómo había hecho para venir a buscarme.

Bitácora del Capitán Pablo Irmaio Levántate y anda mujer... Y dame una señal. Dime en que trozo de tierra has de esperarme... Que yo allí estaré para encontrarme contigo aunque me lleve la eternidad. Dame una señal. Y que mis versos de amor sean la carne que revista tus pies descalzos...

Tal cómo habíamos imaginado, Catalina traía consigo la modernidad de Barbados y la innovadora enseñanza de sus destacados colegios ingleses. En pocas semanas nuestro salón de clase era un ámbito en dónde la comunicación y las nuevas ideas estaban a la orden del día. Había formado grupos de lectura, talleres de creación literaria, jornadas de apoyo y paneles de debate en dónde discutíamos cuestiones relacionadas a la literatura de diversos países del mundo. Mclaggen estaba fascinado con las propuestas de su nueva profesora y sin dudarlo le dio carta franca a toda actividad que ella considerara sumatoria en nuestro aprendizaje. Comenzaba la mañana decorando el paisaje con los intensos rayos de un sol anaranjado que nació desbordando luces en el horizonte, cuando emprendimos una caminata hacia la costa sur a realizar una jornada de lectura. 76


Nancy y yo caminábamos en silencio, una al lado de la otra, habíamos planeado el momento y no podíamos desaprovechar una valiosa oportunidad que quizás no volvería a repetirse. Las dos sabíamos que íbamos a necesitar mucho más que suerte en nuestra tarea. Después de leer el libro que habíamos encontrado, asumimos que además de perder las escamas, las sirenas perdían también el recuerdo de haber sido un pez. —Si no ella debería recordarte Naia—concluyó Nancy asertivamente, mientras revolvíamos entre los frascos de Elysa tratando de encontrar un trozo de bambú. —Es cierto—afirmé con certeza—Es probable que además esa afrodita les lleve la memoria, es algo lógico si te pones a pensarlo…no creo que sea nada fácil para una mujer saber que antes fue un pez. —Pero…—me interrumpió Nancy—pienso que tal vez debe resultarles sospechoso vivir tanto tiempo ¿no? ¿Recuerdas que decía 150 años? Nancy tenía razón. Su conclusión me puso a pensar que quizás mi madre no quería reconocerme o que por alguna razón se había visto obligada a olvidarme, pero de ser así entonces ¿a que había vuelto a la isla si no era para revelarme su existencia y llevarme con ella? —Me resulta muy extraño Naia, a lo mejor resulta que la señorita Fabre no es tu madre…podría tratarse de cualquier otra sirena que quiso volverse una mujer normal. Era probable que Nancy estuviera en lo cierto, de todas maneras tenía que intentarlo, si ella nos revelaba su verdadera identidad yo podría tal vez preguntarle qué fue de mi madre. En la biblioteca de Elysa había no cientos, sino miles de pequeños frascos con distintas esencias y aceites, sin contar la inmensa cantidad de hojas y raíces. No encontramos un trozo de bambú, por lo menos nada que tuviera alguna etiqueta que dijera serlo, pero sí un recipiente mediano con una tapa color verde que tenía escrito: “tinta madre de bambú” —Esto debe servir—aseguré Y guardando el frasco en mi morral, nos escabullimos rumbo al refugio de piedras y gruesas hojas de palmera que habíamos construido en la playa para guardar nuestros tesoros. Debatimos casi dos largas horas sentadas frente al hallazgo y repasando las palabras del ritual que estaba detallado en el libro. —Yo creo que es lo mismo, raíz…aceite…tinta madre… ¿es bambú no?—concluyó Nancy en medio de un hastiado suspiro—Eso creí, sin embargo ahora no estoy del todo segura, Elysa siempre dice que no se deben cambiar los elementos de una receta… — ¿Tienes alguna otra idea? Tal vez quieras pedirle a Elysa la raíz y contarle quien es la señorita Fabre… Nancy estaba en lo cierto. —Tienes razón. Al menos, lo intentaremos. Elysa me repetía una y otra vez que en el interior de cada mujer existía un lazo que la unía a la magia de la naturaleza y que un deseo era capaz de romper las barreras de todo aquello que, atravesado sólo por la mente, creíamos como imposible; por lo tanto, según las palabras de mi amiga, nada impedía que Nancy y yo pudiéramos llevar a cabo con éxito el ritual de “transformar a una sirena”. Si bien en el libro estaba detallado cómo dejar de serlo, estábamos plenamente convencidas que invirtiendo el orden del mandato íbamos a causar el efecto contrario. —Ninguna sirena podría resistirse—pensé para mis adentros y sonreí satisfecha. El sol de media mañana había comenzado a azotar la fina arena de la playa, fue entonces que Catalina decidió que había llegado el momento de frenar la marcha y 77


descansar bajo un grupo tupido de palmeras que habían formado un reparador paraje. Y así lo hicimos. Inmediatamente después, nos pidió que tratáramos de hacer silencio y así observar la belleza que nos rodeaba para comenzar luego a leer un bello poema de una famosa escritora a la que siempre ponderaba en sus clases, llamada Emily Dickinson que decía: La esperanza es el ser con plumas Que anida en el alma, Y canta una melodía sin palabras, Y nunca concluye del todo, Y la canción más dulce en ráfagas Pues debe estar molesta la tormenta Que logra abatir al pájaro Que nos mantenía cálidos. La escuché en la gélida tierra, Y en el más extraño mar; Aunque, jamás, en los confines Pidió una astilla de mí. Sólo escuchar la melodía de su dulce voz bastó para que en una fracción de segundo se detuviera todo el movimiento de la isla y yo descubriera que iba a convertirme en escritora. La mañana transcurrió en medio de una profunda y reparadora calma que sumergió a ese momento en el reino de las memorias que no se olvidan. Llegado el mediodía, nos dispusimos a tomar un refrigerio, entonces Nancy y yo, cómplices, intercambiamos una mirada. Había llegado el momento. Procuramos alejarnos del grupo lo suficiente como para no levantar sospechas y quedar al alcance de Catalina. Me temblaron un poco las manos al principio, pero inmediatamente recordé el motivo principal de nuestro plan, entonces respiré profundo; saque la vasija de mi bolsa, Nancy tomó la tinta de bambú apretándolo contra su pecho; arrimamos unas ramas secas de palmera formando un círculo, tomé un cerillo que había traído de la cocina de Elysa y lo encendí, volqué un poco de agua de mi cantimplora sobre la vasija y Nancy agregó unas gotas del contenido del frasco. Aguardamos en silencio unos segundos, mirando de reojo. Poco tiempo después habíamos captado la atención de Catalina que ya se aproximaba hacia nosotras frunciendo el seño, curiosa. Fijé la mirada en los ojos asustados de Nancy y busqué tranquilizarla al ver que estaba a punto de estallar por los nervios. — ¿Que hacen niñas?—preguntó Catalina, en medio de una tímida sonrisa mientras se sentaba a mi lado. Debo decir que no habíamos imaginado que tal vez cabría la posibilidad de que se acercara a preguntarnos algo, nos quedamos mudas, estáticas ante la sorpresa; mi mente sólo pensaba en que debía improvisar y rápido. —Un ritual—contestó Nancy, a secas y yo creí desfallecer — ¿Un ritual? ¿Que saben ustedes de rituales?—Nos interrogó Catalina, apretando los labios. Giré el rostro, ésta vez, mi mirada fulminante fue más que suficiente para que Nancy hiciera silencio. 78


—Un ritual de sirenas—respondí, segura ya que las circunstancias habían querido que hablara sin rodeos. — ¿Sirenas? ¿Te gustan las sirenas Naia? Intuí un doble sentido en su pregunta que me dio pie para continuar. —Sí, me gustan y mucho, ¿y a usted Señorita Fabre? Detuvo sus pupilas celestes durante unos segundos en mi rostro desbordando expectativa y entusiasmo y respondió, casi minimizando por completo la situación: — ¡Claro que sí!, al igual que ustedes yo también crecí a orillas del mar y también he soñado con sirenas… —Elysa tiene un libro que habla de sirenas—Le dije, prácticamente desafiando su respuesta —Y de rituales—interrumpió Nancy a la que sentencié con un gesto exasperado. — ¿Rituales para qué?—preguntó otra vez Catalina, ésta vez con más ímpetu. —Cosas que escribe Elysa…—respondí. Nancy bajo la vista sonrojada. —Seguro que es divertido—dijo, mirando hacia el mar—hay un mundo de misterios que a mí personalmente me resulta fascinante…al igual que a ustedes me parece. Me han comentado que Elysa se ha ocupado personalmente en brindarte una educación muy amplia Naia—concluyó, mientras ahora era yo la que me sonrojaba asistiendo con el rostro. —Elysa Fillipa es una mujer muy respetada en toda la isla— agregó— me alegra que haya alentado tu imaginación. El profesor Mclaggen me comento, justamente antes de realizar esta caminata, acerca de tu conocimiento sobre las hierbas del lugar y otras cosas que me resultaron muy interesantes, deberías contármelo todo un día de éstos… Se incorporó, lentamente, sin perder su sonrisa y dijo: —Cuidado con el fuego. Después giró sobre sus talones y se dispuso a volver con el resto de la clase. No había avanzado ni cinco pasos cuando Nancy, repentinamente, se incorporó y sin reparo aventó el frasco de bambú sobre la larga cabellera rubia de Catalina, mientras repetía una y otra vez: ¡Que vuelva la cola de pez! ¡Que vuelva la cola de pez! Catalina se paralizó por completo y yo creí que iba a morir del espanto. Suspiré apretando los dientes sabiendo que irremediablemente estábamos en graves problemas.

Continúa en el suplemento Número 8

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NueveMusas A Arrttee ssiinn ffrroonntteerraass

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Revista Cultural A単o 2013 Numero 007

Nueve Musas- Arte sin fronteras-  

Revista Cultural

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