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HISTORIA DEL BARRIO

Santa ElvIra


HISTORIA DEL BARRIO

Santa ElvIra


Casa de Santiago Carrasco, “El Coihueco”, Febrero de 2013. Fotografía digital: Erwin Brevis V.


Proyecto financiado por el 2% de Cultura del FNDR Región del Bío Bío.

Créditos Municipalidad de Chillán Secretaría de Planificación Unidad de Patrimonio Diseño Metodológico de Investigación: América Escobar Inostroza. Investigación: América Escobar Inostroza y Solange Domínguez Pacheco. Redacción del texto: Solange Domínguez Pacheco. Revisión y aportes especializados al texto: América Escobar Inostroza. Fotografías: Álvaro Péndola, Erwin Brevis y archivos familiares de vecinos. Edición: Pamela Conejeros Guajardo. Diseño y Diagramación: Hernán Rodríguez Isbej. Tipografías utilizadas: Pincoya Black y gobCL Impresión: JOTAESE Publicidad. Registro de Propiedad intelectual: N° 194601 ISBN: 978-956-8897-01-7 Primera edición: noviembre de 2013. Tiraje: 320 ejemplares. Chillán, Ñuble, Biobío, Chile.

CONTACTO: PatrimonioChillan upachillan upachillan@gmail.com


ÍNDICE

Prólogo 9

1 Datos Generales

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2 Los Inicios del Barrio Una mujer llamada Elvira

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3 El Agua Escribe sus Senderos en Santa Elvira

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4 Lugares de la Memoria

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5 Fiestas, Costumbres y Tradiciones

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6 Oficios

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Espejo del mundo rural Adobe a adobe, nacía el hogar Tras un nuevo horizonte

Todos a buscar agua Allí van las lavanderas

Canal de la Luz Almacén de Lolito Valdéz “Las Panchas” Compañía Eléctrica Hidráulica Escuela N° 44 (actual Escuela Palestina) Sede Club Deportivo Junior Lavadero Vertiente o Arroyo Un damero desarmado Los niños de Santa Elvira El Tren Chico, un paseo de infancia Las luminarias de mayo Un dolor compartido Sopaipillas y chicharrones para todos En torno a un vaso de chicha Coihueco en Santa Elvira Onde´l Pala: un emblema de nuestras raíces

Elvira Gómez Ortega / Lavandera Eugenia Carrasco Echeverría / Modista María Inés Muñoz Toro / Pantalonera Sergio Fuentes / Sombrerero

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7 Hitos de Desarrollo del Barrio

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8 Instituciones y Organizaciones

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9 Los Anhelos de Santa Elvira

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Epílogo

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Un avance fundamental: llega el alcantarillado Pavimentación: adiós a las calles polvorientas Los hijos de Santa Elvira Creciendo hacia nuevos horizontes Santa Elvira, barrio patrimonial

Club Deportivo Juniors Club Deportivo San Martín Escuela Palestina Escuela Quilamapu Junta de Vecinos Cecof Las iglesias de Santa Elvira

Agradecimientos Cronología Bibliografía

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Gentileza de Silvia Gatica Riquelme “Familia de Santa Elvira en calle Bueras”, 1930. Papel, blanco y negro, borde blanco 9 x 14 cm.


Prólogo

Traer la propia historia, escudriñar en sus momentos, hacer posible que la memoria se haga presente. Comprender el devenir del pasado, de esos caminos, hogares, costumbres, de aquel árbol, de ese puente o el negocio que se visitó por años. Rescatar las anécdotas retratadas en un álbum familiar o recordadas en alguna esquina por vecinos de décadas, personajes que fueron moldeando el espíritu de un barrio y construyendo diariamente su esencia. Esta oportunidad se vivió en Santa Elvira, un sector emblemático de la ciudad de Chillán por su tradición y años de existencia. Gracias al proyecto “Reconstrucción del Patrimonio Histórico Cultural del Barrio Santa Elvira de Chillán” financiado por los Fondos de Cultura FNDR 2012, y siguiendo la experiencia ya vivida en los barrios Irene Frei y El Roble a través del Programa Recuperación de Barrios, se concretó esta iniciativa que invitó a los vecinos a compartir sus experiencias de vida, sus recuerdos, ese relato íntimo que nos define como individuos e integrantes de una comunidad, que en este caso tiene como telón de fondo las calles de la también llamada “República de Santa Elvira”. El terremoto del 27 de febrero de 2010 dejó heridas profundas en las viviendas de numerosos vecinos del sector, grietas que de a poco han sido reparadas, principalmente gracias a subsidios entregados por el Ministerio de Vivienda y Ubanismo a través del Programa de Protección al Patrimonio Familiar. Los trabajos han apuntado a la restauración de las antiguas casas utilizando técnicas constructivas y materiales que permiten mantener la identidad del barrio, una medida urgente y necesaria para mejorar la calidad de vida de los vecinos del sector; sin embargo, el proceso no estaba completo, ya que la reconstrucción del patrimonio inmaterial quedaba como tarea pendiente. Gracias al trabajo de un equipo multidisciplinario se fueron concretando las diversas etapas de este proyecto, comenzando por la investigación, fase que implicó la realización de un conjunto de entrevistas a los adultos mayores y vecinos emblemáticos del sector. A ello, se sumaron tres Jornadas de Conversación, instancia que congregó a diferentes grupos etarios, considerando también a los niños, como ejemplo del futuro del barrio y la transmisión de la memoria colectiva.

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También, se llevó a cabo un proceso de digitalización de fotografías, momento en que los vecinos compartieron sus archivos personales, evento que se desarrolló durante la celebración del Mes del Patrimonio en mayo de 2013. Cientos de fotografías, reflejaron la vida construida en este espacio, que desde sus comienzos ha evocado las tradiciones del campo. Al mismo tiempo, tomando en cuenta que existen espacios que condensan en sí mismos lo más propio de un sector, junto a un grupo de vecinos se identificaron los denominados “Lugares de la Memoria”, tanto los que permanecen como aquellos que por los incesantes cambios, sólo persisten en el recuerdo compartido. Paralelamente, se revisaron archivos de prensa, libros y se entrevistó al historiador y decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Bío Bío, Marco Aurelio Reyes, con el fin de construir una imagen completa del sector y contextualizar su rol dentro del entramado de la ciudad y su historia más amplia. Todo ello se complementó con el registro fotográfico, que capturó todo este proceso; casas, rostros y lugares representativos fueron retratados, como expresión de la vida en Santa Elvira hoy. Todo este camino ha quedado plasmado en estas páginas, que hoy se convierten en testimonio de una vivencia conjunta, en el retrato de un barrio fundamental. Al mismo tiempo, este libro es la confirmación de que una comunidad se construye desde los recuerdos y las experiencias de los sujetos que la integran, haciendo patente la historia local, aquella forjada por acontecimientos cotidianos, que es esencial para fortalecer la identidad y proyectar un futuro desde la firme cimiente de la memoria.

Sergio Zarzar Andonie Alcalde de Chillán

Jornada de Conversación con Adultos Mayores, Abril de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.


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DATOS GENERALES

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DATOS GENERALES

Casa de Adobe en Santa Elvira, Febrero de 2013. Fotografía digital: Erwin Brevis V.

Nombre:

Santa Elvira.

Comuna: Chillán. Año de Construcción:

Según la información recopilada, sus orígenes no tienen data precisa; sin embargo, se ha establecido que en el año 1835 se habrían asentado las primeras familias en el sector.

Número de habitantes:

4 mil vecinos, aproximadamente.

Número de viviendas:

La cifra actual es cercana a las 2 mil viviendas.

Ubicación:

Antaño sus territorios se perdían en el sector norte de la comuna desde la Avenida Vicente Méndez hasta el callejón Ñuble Rupanco. Actualmente, sus límites están definidos al norte por la Avenida Diego de Almagro, al sur por la Avenida Ecuador, al oriente por la Avenida Vicente Méndez y la Avenida Francia, al poniente.

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Plano Barrio Santa Elvira, Chillรกn.

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LOS IniCios Del Barrio

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INICIOS DEL BARRIO

Los orígenes de Santa Elvira se pierden en las décadas. De pronto parece un territorio inmemorial; no obstante, por referencias, construcciones, recuerdos y relatos de las personas que han vivido allí, se ha podido reconstruir algo de su historia. Esta población empezó a forjarse alrededor del año 1835. En el sector donde, actualmente, se encuentran las avenidas Ecuador y Francia se emplazaron los primeros sitios ocupados por los vecinos del naciente barrio. Según declaraciones, existe registro de escrituras del año 1837 y en el plano de Chillán de 1870 aparecen calles del sector como la reconocida Avenida Francia, que antiguamente era el camino que unía la comuna con San Carlos, la única salida al norte de la ciudad. Otras escrituras datan de comienzos del siglo XX evidenciando como se fue poblando este lugar que tenía como límite la llamada entonces Cañada del Norte.

Una mujer llamada Elvira No es un hecho menor el nombre femenino que define al barrio, el primer sello de su identidad. “Un matrimonio llegó a esa parte donde pasaba el canal, que era un bosque de zarza y árboles, fueron las primeras personas en el sector. Ellos llegaron un 25 de enero y según el calendario religioso ese día se celebraba Santa Elvira, además la mujer joven que llegó se llamaba Elvira”, señala Luis Ernesto Vidal, vecino del sector, sobre la versión que más lo convence respecto del nombre de la población dado su carácter religioso. Luis ha escudriñado en la historia de este lugar al que llegó siendo niño para ir a la escuela primaria y, más tarde como adulto, al que sirvió como dirigente vecinal, siendo presidente de la Junta de Vecinos por 14 años. Gentileza de Silvia Gatica Riquelme “Foto familiar”, 1915 aprox. Papel, blanco y negro, borde blanco 8,5 x 13 cm.

Otra de las explicaciones habla de un homenaje, pues Elvira era el nombre de la mujer que donó los terrenos ubicados al este de la población, donde está la vertiente, lugar que habría pertenecido a una familia de apellido Martin. “Este era el fundo Baillo (también llamado Fundo Badillo) y la señora Elvira era la dueña, ella regaló este sector y por eso le pusieron su nombre. Este sector se llamaba Monte Baillo, así me contó un abuelo como de 80 años” comenta Rómulo Palavecino, reconocido vecino del sector.

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Otra historia cuenta que los primeros habitantes se establecieron en Cruz de Riffo donde había posadas antiguas y viejos almacenes de barrio. El dueño, de apellido Riffo, era muy buen vecino; sin embargo, y producto del azar, sufrió un grave accidente: lo atropelló el Tren Chico. Su esposa, llamada Elvira, que era también muy generosa, habría donado parte importante de sus terrenos, por lo que en agradecimiento al matrimonio, los vecinos bautizaron el sector como Santa Elvira. Cuál más certera, cuál más verosímil, todas las historias hablan de una mujer llamada Elvira, cuyo nombre quedó grabado en el barrio, constituyendo la primera fuente de su identidad colectiva.

Espejo del mundo rural Los vecinos que llegaban a la incipiente Santa Elvira eran oriundos de comunas y sectores aledaños a Chillán, como San Nicolás, Portezuelo, Cocharcas, Coihueco, San Carlos, Ninhue, Quirihue y Reloca. De la mano de la migración campo-ciudad, se fue dibujando este sector junto a gente que conocía el trabajo en la tierra, del esfuerzo y el tesón para abrirse caminos, como el que ahora recorrían para llegar a su nuevo hogar. Junto a estos anhelos de vida, Santa Elvira se construía como la réplica del mundo rural, un espacio cercano a la ciudad, pero que conservaba las dinámicas propias del campo. Los vecinos reproducían las costumbres heredadas de sus padres, duplicando sus modos de vida. Lo anterior, se traducía en una forma específica de practicar la economía doméstica, de celebrar fiestas, de relacionarse con los vecinos y comprender la vida en comunidad, algo que se veía potenciado por las características del sector definido por grandes terrenos, potreros, bosques e incluso unas lagunas. Las propiedades que se compraban tenían las dimensiones de una manzana, eran verdaderas parcelas donde los propietarios mantenían grandes huertas, regadas con las acequias que cruzaban las incipientes calles; criaban animales, desde gallinas hasta caballos, pasando por cerdos y patos; tenían extensos patios con parrones, árboles frutales y hierbas medicinales donde no podía faltar el llantén, el matico y el natre.

Gentileza de Silvia Gatica Riquelme “Foto familiar en calle Cancha Rayada”, 1990 aprox. Papel, color. 10 x 14 cm.


Luis Ernesto Vidal, Marzo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

Adriana Torres Navarrete, Mayo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

Todo esto le fue entregando un sello único a la población Santa Elvira, características que se mantienen incluso hasta el día de hoy. “Se nota que es un barrio colonizado por migrantes campesinos, lo que quedó plasmado en el paisaje”, señala el profesor Marco Aurelio Reyes, Decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Bío Bío. “Está más apegada a las costumbres rurales y semirurales, se mantiene incluso en las viviendas, muy relacionada con esta migración”, agrega, precisando que se observa una especie de identidad rural, campesina que se replica en cada detalle del sector. Precisamente, una de las expresiones más fehacientes de esta raigambre fue la arquitectura que siguieron las casas, las que evocaban las construcciones más tradicionales del campo. “Había un patrón de construcción, las casas eran altas, con enormes paredes, ventanas altas y angostas, puertas de doble hoja, piso de madera, vigas a la vista, corredores y tejas. Dentro de las paredes se colocaban coligues o alambres para dar más soporte. Todo era a pulso, toda la madera era de roble o la que encontraban para construir”, comenta Héctor Maureira, vecino nacido en Santa Elvira, que ha seguido la huella de su historia y que actualmente, está construyendo su casa de acuerdo a estos parámetros arquitectónicos. Adobes, maderas, cal, arena e incluso totora aparecían como los materiales esenciales para construir aquellas casas, actividad que requería extensas jornadas de trabajo, a cargo de la propia familia, pues la autoconstrucción fue el denominador común en los primeros años de la que luego sería conocida como la “República de Santa Elvira”.

Adobe a adobe, nacía el hogar “En el sitio hacía mi padre los adobes de esta casa y salía a buscar paja de trigo”, recuerda con emoción Adriana Torres Navarrete, mientras recorre la casa que la vio nacer en Santa Elvira hace ochenta años. De hecho, todavía algunos vecinos recuerdan que por décadas, en las calles Flores Millán con Campaña, había una gran excavación donde se sacaba toda la tierra para fabricar adobes. Todo se hacía con las propias manos, con el propio esfuerzo.

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Sus padres, Lorenzo Segundo Torres y Juana De Dios Navarrete Montecinos, están dentro de los vecinos más antiguos del sector. “Mi padre trabajó cincuenta años en lo que era la Planta Eléctrica que había aquí y era el jefe cuando se hicieron los primeros postes de cemento, yo tenía siete años. Para que mi papá no abandonara el trabajo, mi mamá le hacía una vianda. Yo se la llevaba feliz y mi papá almorzaba bajo un sauce para vigilar a la gente que trabajaba. Veinte o treinta personas que hacían las mezclas para echarle a los moldes. Había un subterráneo donde estaban los motores de la planta y unas líneas donde corrían unos carritos y yo me entretenía andando en ellos”, recuerda Adriana sobre su infancia, la menor de ocho hermanos. Por ello, aunque los años han pasado, esta docente y contadora vuelve continuamente al hogar de origen, cuyas paredes fueron construidas por su padre. “Para mí este lugar significa lo máximo. Nací aquí y me crié; mi marido, Carlos Torres Figueroa, en esos años me vino a pedir para casarme; todo esto para mí es mucho”. Junto al recuerdo, está patente el testimonio de una gran lucha realizada en esos años, lejos de tecnologías, donde el ingenio y la tradición iban construyendo las casas que poco a poco le daban forma y vida al barrio.

Tras un nuevo horizonte Tal como relatan los vecinos, las oleadas de migrantes fueron forjando la historia de esta población, transformando a Santa Elvira en un lugar único dentro de la ciudad. “Mis abuelos se vinieron de Parral; eran 24 carretas, traían caballos, bueyes porque se vinieron todos, pues acá había más trabajo”, recuerda María Albornoz, reconocida vecina del sector al referirse a la travesía de José María Candia Ortega y Filomena Yáñez, hecho que marcó la antesala de su propia historia en el sector, pues su abuelo compró el sitio y construyó la casa donde no pudo estar ausente el horno de barro. “Traían con harto cuidado unas tinajas grandes llenas de trigo, maíz, porotos y esas tremendas olletas para cocer prietas y chicharrones”. De esta manera, con el traslado de esos sencillos objetos iban reasentando también sus tradiciones. La vida en el campo marcaba un fuerte precedente, un componente que determinaría el carácter de la población y sus habitantes.

María Albornoz, Marzo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.


Hace más de cincuenta años ese mismo camino siguieron Pascuala Ferrada y Matías Jiménez. “Éramos de Coihueco, teníamos una casa grande, nos vinimos para darle una mejor educación a los hijos, vendimos allá y compramos acá”, señala Pascuala. “Aquí los educamos a todos, hemos trabajado harto para criarlos”, agrega Matías en referencia a sus ocho hijos, siete mujeres y un hombre. Los comienzos no fueron sencillos, llegaron a su casa en calle Cancha Rayada por un dato que les dio un amigo sobre una señora que vendía en el sector. “Era una quinta grande, desordenada, nada pavimentado, esto era un corralón”, recuerda Pascuala, quien, cuando ya estaba establecida en su nuevo hogar, durante las mañanas, caminaba al centro para vender flores en el Mercado. Azucenas de marzo, clavelinas y rayos de sol de su jardín llegaban hasta el corazón de la ciudad. Sin embargo, su principal trabajo fue en la Escuela Kennedy como manipuladora de alimentos.

Pascuala Ferrada y Matías Riquelme, Marzo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

En tanto, Matías trabajó 30 años como auxiliar en la Escuela de Agronomía de la Universidad de Concepción y se dedicó día a día a mejorar su casa. “Compramos a fuerza de puro trabajo y después nos sacamos la murienta para cerrar porque estaba sumamente abandonado, venía a dormir gente, eran puros sitios eriazos. Me toco limpiar, poner alambrada, harto trabajo hasta de noche, había que pagar trabajadores”, rememora. Pero este espacio también significó una oportunidad para seguir saliendo adelante. “Tuve hasta una vaca cuando estuvo bien cerrado. Aré la tierra, hice una chacra tremenda, tuve una vaca con ternerito para darles leche a mis hijos, llegaban las viejitas con los jarritos en la mañana para que la Pascualita les vendiera leche. Apartábamos para los hijos unos litros y los demás se vendían a las vecinas”. Una historia de amor, dedicación y entrega que ha tenido como escenario a este emblemático barrio. “Estoy contenta con lo que he vivido en Santa Elvira porque llevamos 67 años de matrimonio”, señala, sonriendo, Pascuala. Sus hijos, nietos y bisnietos son el testimonio más fehaciente de esta historia donde ha existido un compromiso inquebrantable. “Hemos trabajado, pero también hemos gozado la vida”, confirma Matías, pensando en todos los años que han pasado en su casa, que son parte de los capítulos escritos en este entrañable sector.

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El Agua Escribe Sus Senderos En Santa ElVIra

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EL AGUA ESCRIBE SUS SENDEROS EN SANTA ELVIRA

“Gracias al agua de la Vertiente se salvó la ciudad el año ´39. La gente venía a buscar agua en carretas, camiones, botellas, damajuanas, chuicas, barriles. Llenaban de todo para llevar al hospital y a todas partes”, recuerda María Albornoz, recobrando un momento emblemático para el barrio. “Mi abuelo me contaba que la Vertiente abasteció a todo Chillán para el terremoto de 1939. La ciudad quedó sin agua y aquí había filas de personas que venían de todos lados”, comenta Nilsa Valdebenito Maldonado, vecina “nacida y criada” en Santa Elvira, pues la historia de su familia en el sector se remonta a sus tatarabuelos. Un recuerdo que los vecinos traen al presente con orgullo, tomando en cuenta el rol vital que tuvo el agua para una ciudad devastada. Precisamente, la historia documentada sobre este suceso ratifica el rol del afluente santaelvireño. “Chillán quedó, además, sin agua potable. Sólo se abasteció milagrosamente de las vertientes de Santa Elvira y una noria en el Convento de los Franciscanos. El servicio debió ser racionado para su mejor aprovechamiento, siendo distribuido mediante vehículos o retirado por los usuarios de dichos lugares”, señala el profesor Marco Aurelio Reyes en su libro “Breve Historia de Chillán. 1835-1939”. La noche del 24 de enero de 1939 transformó la historia de Chillán. Se estima que la mitad de sus habitantes fallecieron (las cifras oscilan de 15 mil a 25 mil víctimas); la ciudad quedó completamente devastada, aislada, sus calles cubiertas de escombros, pues los hogares y principales edificios públicos se desplomaron ante la fuerza del movimiento telúrico que sorprendió a todos los habitantes pasadas las once de la noche.

Canal de la Luz, Junio de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

Por ello, ante la catástrofe fue un hecho heroico que la reconocida Vertiente de Santa Elvira abasteciera a los chillanejos. Incluso, se comenta, que el agua ayudó a una parte de Concepción y Linares, además de Parral y San Carlos, pues era una vertiente inagotable, que fluía sin cesar con su rumor de agua cristalina.

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Todos a buscar agua En esta tierra generosa, de gente solidaria, el agua siempre ha sido un elemento significativo, un verdadero sello de identidad. Era una tradición, parte de la vida cotidiana ir a buscar agua a la Vertiente. “El Arroyo es una fuente de agua, algunos dicen que es termal porque en invierno brota tibia y en el verano, fresca. La gente se nutría de la Vertiente para sus necesidades, todos iban a buscar agua, la que también fluía a través de los patios interiores para finalmente desembocar en un canal”, comenta Héctor Maureira. “Si se cortaba el agua en Chillán, todo el mundo iba a buscar agua al Arroyo. Era cristalina y sabrosa”, agrega Rómulo Palavecino. “Cuando la gente no tenía agua se abastecía en el arroyo, si se cortaba en el centro todos llegaban a Santa Elvira, incluso los Bomberos. El agua era clarita, no se secaba nunca”, añora José Joaquín Estuardo. Los recuerdos se suceden innumerables, pues eran múltiples las tareas que se realizaban gracias a las aguas de este afluente. “Era como un paseo ir a la Vertiente, la gente sacaba agüita, tomaba agua con harina. Fluía cristalina, la gente pasaba y visitaba la vertiente”, señala Luis Ernesto Vidal. “Las personas pelaban mote con el agüita del arroyo, era limpia como un cristal. Nosotros íbamos a buscar agua para comer mote, porque era muy rica”, recuerda Pascuala Ferrada. “Siempre se iba a buscar agua a la Vertiente, los médicos venían a tomar agua con harina con sus hijos. Doña Genoveva tenía un inmenso albaricoque rojo donde vendía verdurita, fruta y mote con huesillo a todos los que esperaban ese momento, se sentaban a recrearse, a ver el agua como surgía, la arena de colores, brillante”, agrega María Albornoz. Son historias escritas con los destellos del agua, con el murmullo de un afluente que ha dejado pasajes memorables para cada uno de los santaelvireños.

Héctor Maureira, Marzo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.


Allí van las lavanderas Mujeres avanzando por las calles con canastos de ropa, acompañadas de sus paletas de madera. Iban al Lavadero de Santa Elvira, que se alimentaba de las aguas del Arroyo, espacio comunitario donde la necesidad se transformaba en práctica y la práctica en costumbre. Colocaban cada prenda en una piedra y la apaleaban para soltar toda la mugre. Algunas sólo iban a enjuagar. Todo un rito, que practicaban las dueñas de casa y, especialmente, las lavanderas de Santa Elvira, como la abuela Juanita, mujeres empeñadas en sacar adelante a sus familias que, aprovechando las condiciones de su entorno natural, desarrollaron un oficio que no sólo quedó grabado en la memoria de los santaelvireños, sino que de todos los chillanejos. Para lavar se seguía un orden. Las mujeres esperaban y respetaban a la que estaba enjuagando su ropa, con la intención de no ensuciar el agua. También, temprano en la mañana, prendían fuego y traían grandes fondos para calentar agua y así sacarle la grasa a la lana, que luego se tendía en la zarza de los alrededores. Eran saberes que se transmitían de generación en generación y que se compartían en el Lavadero. “En el olvido histórica vertiente de la Santa Elvira que dio de beber al Chillán de 1939”. Archivo Diario La Discusión, 15 de abril de 2012.

Cuando la faena terminaba, las lavanderas llevaban la ropa lista y planchada de vuelta a los hogares dentro de una bolsa que colocaban sobre sus cabezas. Era el corolario del rito que nacía en el Lavadero, un espacio único de Santa Elvira. Tanta era la fama de este lugar, que incluso en un tiempo, antes que se silenciara, llegaban conductores a lavar sus autos, pues se veía inagotable y era una alternativa reconocida por toda la ciudad, un lugar de donde extraer agua limpia sin incurrir en gasto alguno. Pero el Lavadero no sólo era sitio de oficios y tareas cotidianas, también era un lugar de recreación, muy especial para los niños. “Era nuestra piscina en el verano, yo tenía que hacer malabares para que me dieran permiso. Era entretenido partir a pata pelá al Lavadero, nos bañábamos, nos tirábamos agua, después nos quedábamos al medio de la calle. Todos los días en la mañana las señoras estaban lavando, daba gusto verlas, por turno pasaban y nosotros en la punta bañándonos.

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Se veía el agua gorgorear arriba, abajo pura arenita, el agua limpiecita iba corriendo cristalina. Eso es lo que muchos de nosotros ahora queremos recuperar”, señala Nilsa Valdebenito, evocando esos momentos de infancia desde el living de su casa, una que tiene mucha historia. “Mis abuelos vivían en Coelemu y aquí estaban mis bisabuelos y antes de esa época los padres de mis bisabuelos estaban acá”, comenta la actual presidenta de la Escuela de Fútbol del Club Deportivo San Martín. “Yo nací aquí, me he criado aquí y creo que me voy a morir aquí. No me iría por nada del mundo”, agrega, confirmando cómo sus recuerdos se han convertido en raíces anudadas a este espacio entrañable.


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Vertiente de Santa Elvira, Abril de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.


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Lugares De La Memoria

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LUGARES DE LA MEMORIA

“Los lugares de memoria son los sitios donde se cristaliza y refugia el recuerdo, donde se ancla y deposita el capital agotado de la memoria colectiva” (Nora, 2009). La población Santa Elvira, está inundada de estos lugares marcados por el paso del tiempo, cargados de acontecimientos significativos para los vecinos que reconocen allí parte importante de su historia. Con el objetivo de identificar estos espacios, y guiados por un grupo de vecinos, el equipo de investigación de este libro realizó un recorrido por el barrio. Las calles Bueras, Sotomayor, Freire, República y Cancha Rayada fueron el eje central de esta “ruta patrimonial”, calles que aún albergan casas construidas con anterioridad al terremoto de 1939. Edificaciones de adobe y madera, con tejas de greda que delatan la antigüedad de un pasado que permanece vivo y que fundamenta los procesos de construcción identitaria en el presente. Gracias a este recorrido, se logró identificar algunos de los lugares más significativos y arraigados en la memoria de los santaelvireños.

Recreación del oficio de lavandera durante el Día del Patrimonio, Mayo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

Canal de la Luz: Formado por los afluentes del río Cato, atraviesa la población Santa Elvira. Además de regar los campos del sector poniente de la ciudad, sus aguas eran utilizadas para mover las turbinas de la antigua Planta Eléctrica, empresa ubicada en el extremo oeste de la población y que explica el nombre de este canal. Este cauce alberga recuerdos contradictorios, algunos relacionados con juegos y anécdotas veraniegas, pues los niños se bañaban en sus aguas; otros con dolorosos capítulos asociados a la muerte o ahogo de algún vecino del sector. De hecho, lo entubaron luego del fallecimiento de dos alumnos de la Escuela Quilamapu. El año 1963 se construyó el primer puente de concreto, estructura que permitió unir las calles Sotomayor y Fermín Vivaceta otorgando continuidad a la población. Lo anterior, no sólo fue signo del crecimiento que por esos años experimentaba Santa Elvira, sino también de la imperiosa necesidad de modernizar el sector y consolidar su progreso.

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Almacén de Lolito Valdéz “Las Panchas”: Este emporio era fiel reflejo de los antiguos almacenes de barrio, espacios donde las dinámicas de intercambio comercial se caracterizaban por ser flexibles, incluso familiares. Los vecinos recuerdan que en “Las Panchas” vendían todo tipo de productos, incluso “fiaban” mercadería. Además, como este local poseía uno de los primeros aparatos telefónicos, se transformó rápidamente en un importante punto de encuentro. Un recuerdo anecdótico dice relación con la mascota del almacén, un loro que con un fuerte silbido detenía la locomoción y divertía a los clientes que visitaban el negocio familiar, hoy a cargo de doña Lolito Valdés.

Compañía Eléctrica Hidráulica: Ubicada en la actual calle Freire entre Campaña y República, funcionó hasta aproximadamente la década del sesenta. Este lugar se transformó en la principal fuente de energía, pues abastecía de luz eléctrica a toda la ciudad, otorgando empleo a una importante cantidad de santaelvireños. La pequeña capacidad de la planta y, en consecuencia, su escasa cobertura, llevaron a las autoridades a cerrar la empresa y trasladar sus funciones. A pesar de lo anterior, los vecinos recuerdan la cancha de fútbol ubicada en su interior, los juegos y chapuzones en el “tubo de agua”, actividades que alegraban el panorama local y que hoy le otorgan a la Compañía Eléctrica un importante lugar en la memoria de la población.

Escuela N° 44 (actual Escuela Palestina): Este establecimiento empezó a funcionar el año 1949, a cargo de la directora Guillermina Arias Urzúa, en Sotomayor esquina Freire, específicamente en la casa arrendada al vecino Luis Muñoz. Poco a poco, comenzó a aumentar en matrículas y cursos, llegando a recibir alumnos desde el nivel de transición hasta octavo año básico, todos provenientes de diferentes puntos de la ciudad, aunque la gran mayoría residía en las inmediaciones de la escuela, eran vecinos de Santa Elvira. Con el apoyo de la comunidad, se logró la construcción de un nuevo edificio y más adelante la incorporación de la Escuela Nocturna de Adultos N°6. Poco a poco la institución comenzó a crecer y posicionarse en el escenario local hasta conformar una sola y

Lolito Valdés Sotomayor entre Cancha Rayada y Bueras, Abril de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

Antigua Escuela Palestina, Freire con Sotomayor, Mayo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.


Antigua Sede del C.D. Junior, Freire con República, Mayo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

gran entidad educativa. Muchos vecinos recuerdan con nostalgia las actividades que se desarrollaban en torno a la escuela. Durante esas fechas, Santa Elvira se transformaba en un verdadero escenario, marco de las celebraciones escolares más diversas, donde docentes, alumnos y vecinos se reunían con el objetivo de compartir y construir comunidad.

Sede Club Deportivo Junior: El Club Junior de Santa Elvira, se originó un 31 de julio de 1950, con sede en avenida Francia N° 195, residencia particular de uno de sus fundadores, Desiderio Llanos Llanos. El Club debe su nombre al Deportivo Boca Junior de Argentina y surgió gracias a la voluntad de un grupo de vecinos quienes, observando las “pichangas” de los niños del barrio, decidieron fundar una organización que los potenciara y reuniera en torno al deporte. Con el correr del tiempo, el Club fue ganando prestigio y lugar en la memoria de los santaelvireños. Los vecinos reconocen la importancia de esta organización, su figura es parte del imaginario colectivo, sinónimo de pertenencia e identificación con el barrio. El Club siempre ha estado presente, vinculando el deporte con la comunidad. Lavadero, República con Freire, Mayo de 2013 Fotografía digital: Álvaro Péndola.

Lavadero: Avanzando por la calle República, se encuentra uno de los lugares más importantes y presentes en la memoria de los santaelvireños: el Lavadero. Escenario del trabajo de las lavanderas, punto de encuentro cotidiano donde las mujeres conversaban y los niños disfrutaban los días de verano. Con el paso del tiempo, fue perdiendo agua y con el tiempo pasó a formar parte del recuerdo. Hay discusiones respecto de los por qué, sin embargo, el sentimiento común es de nostalgia por aquellos días en que constituía un punto central de la población. Este lugar se transformó en un espacio simbólico, un territorio que genera identidad y arraigo, parte de la memoria local de los santaelvireños.

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Vertiente o Arroyo: Este es otro de los lugares masivamente reconocidos y recordados por los vecinos de Santa Elvira. El arroyo o vertiente es un brote de agua dulce proveniente de una napa subterránea ubicada al este de la población, específicamente en la calle Cancha Rayada. Sus aguas se caracterizaban por ser cristalinas, tibias durante las mañanas y frías por las tardes. Allí, los santaelvireños recuerdan haber compartido más de un vaso de agua, más de una conversación cotidiana. No obstante, hoy la Vertiente, a pesar de conformar parte importante de la memoria local, se encuentra descuidada, cubierta de basura, casi relegada al olvido. A pesar de lo anterior, han surgido algunos esfuerzos dirigidos a recuperar este espacio y devolverle la importancia que, indiscutidamente, tuvo algún tiempo atrás.

Vertiente o Arroyo, Cancha Rayada, entre Diego de Almagro y República, Mayo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.


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Fiestas Tradiciones Y Costumbres

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FIESTAS, TRADICIONES Y COSTUMBRES

En los años sesenta, Santa Elvira era un barrio poblado por un número considerable de habitantes, donde se arraigaban tradiciones y costumbres que sustentaban el espíritu santaelvireño. Siempre con ese sello del mundo rural, las décadas transcurrían uniendo historias. En el emblemático sector Cruz de Riffo (Av. Francia), habían negocios y un restaurante donde llegaban las carretas con frutas para vender en el Mercado. Antes de seguir su camino, los comerciantes pasaban a tomarse un trago donde el “Negro Bueno”, una clásica picada característica del sector. Al frente estaba el Molino, lugar de intercambio comercial, donde se hacían trueques y molía el trigo. Junto a las carretas tiradas por bueyes que vendían carbón, en las tardes de invierno se escuchaba el pregón “motemei, pelado el mei, calentito el motemei”. Era el pregonero que pasaba a las nueve de la noche, vendiendo, también castañas cocidas, piñones y otros frutos secos, mientras desde sus casas los vecinos escuchaban la lluvia caer. La cruz de palqui en la puerta, las historias de Pedro Urdemales que se contaban en las tardes, el emporio del Viejo Pelao, el negocio de abarrotes del Gato Félix, el negocio de frutas del señor Pacheco -escenario de las travesuras infantiles, entendidas con benevolencia por su dueño, hasta el punto que llamaba a los niños para decirles que fueran a buscar sandía-, los bailes en la Quinta Los Tilos y las Fiestas de la Primavera, las bromas de Gualterio, las esperadas hortalizas y leche de la Escuela Agrícola, la imagen de Panchulo, un temido delincuente, conocido en todo Chillán, que por momentos rondaba el sector. Todo un camino de historias y tradiciones, que se mezclan en los años, definiendo a Santa Elvira.

Gentileza de Silvia Gatica Riquelme, “Fiesta familiar”, 1960 aprox. Papel, blanco y negro, borde blanco 11,5x 9,5 cm.

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Un damero desarmado “Parece que los vecinos se levantaban y construían una casa, la calle más chueca de Chile es Campaña del 79”, dice con una sonrisa Luis Ernesto Vidal, evidenciando uno de los rasgos más particulares del barrio, y que los abuelos llamaban la República de Santa Elvira: sus calles. Algunas van en zigzag, otras continúan luego de una vuelta, otras se transforman en pasajes y algunas siguen una numeración propia, sin lógica aparente. Es que en Santa Elvira lo primero fueron las casas en aquellos extensos sitios que luego se fueron parcelando. Según la disposición que tuviesen los hogares se fueron definiendo las calles, por ello no hay línea, ni damero que dé forma a su entramado, donde siempre se ha visto a los vecinos saludarse y compartir durante las tardes de verano. Otro detalle, es el carácter histórico de la población, reflejado en el nombre con que fueron bautizadas algunas de sus calles. República, Cancha Rayada, Bueras, Aurora de Chile, Sotomayor, Campaña del 79, Freire, Flores Millán, Otto Schäfer, Fermín Vivaceta y Luis Vicentini, son algunos ejemplos. Incluso, aquellas que ya no tienen sus nombres originales como la actual Avenida Padre Hurtado, antes calle San Martín o la Avenida Diego de Almagro, antes Baquedano, confirman ese propósito de hacer un homenaje a esos pasajes y personajes reconocidos de la historia nacional.

Los niños de Santa Elvira Mientras las décadas se sucedían en este barrio entrañable, los juegos y risas de los niños cargaban este lugar de una dinámica propia, de una rutina característica. Entretenerse en la escarcha, sacar ranas en los pozones que se formaban o encumbrar volantines, uno de los juegos más populares, teñían de alegría cada rincón de Santa Elvira. “Jugábamos harto a mover una rueda de goma con un palito, alguien trajo el juego del “paquito librador”. Nos metíamos por los sitios, por aquí y por allá y los vecinos no nos decían nada”, recuerda Luis Ernesto Vidal, mientras recobra otra de las lecciones aprendidas durante su niñez. “Los santaelvireños an-

“Cancha Rayada”, Mayo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.


tiguos hablaban que no conocían otra alternativa para salir de la pobreza que estudiar”.

Gentileza de Ana Riquelme Franco, “Mi Casa”, 1959. Papel, blanco y negro, borde blanco 6 x 5 cm.

Estaba también la “Cancha del Eléctrico”, ubicada en la Compañía de Electricidad, era importante escenario de juegos, donde además había un velódromo para las destrezas en bicicleta. “Recuerdo a Santa Elvira jugando a pata pelá, jugando al bolo, al trompo, en el canal que pasaba por avenida Ecuador. Esos eran nuestros días jugando al volantín, jugando a las chapitas, cambiando revistas de Tarzán y el Llanero Solitario. Así pasábamos los días y Santa Elvira era con calles polvorientas en el verano y en el invierno llenas de barro”, detalla Rómulo Palavecinos. “Las jugarretas eran la escondida en la noche, había harto árbol, harto espacio. Había bolitas, nosotros le llamábamos bolos que eran como de cerámica, jugábamos al trompo”, comenta Héctor Maureira, confirmando que todas las generaciones han vivido instantes memorables. La calle era el telón de fondo perfecto para disfrutar de una tarde con el caballito de bronce, las matanzas, las naciones, el tombo y las polcas, mientras las madres cuidaban desde la puerta. Así era ser niño en Santa Elvira.

El Tren Chico, un paseo de infancia “Jugábamos tanto en el Tren Chico, lo tomábamos en la calle 5 de Abril, ahí pasaba el maquinista a llenar una chuica con vino en un negocio que se llamaba “El Cuartito Azul”. Se subía al tren y nosotros ya estábamos arriba y el tren pasaba despacito y nos bajábamos frente al Regimiento donde había una estación. En el verano nos bajábamos en el estanque, le decíamos así al Canal de la Luz, íbamos arriba y nos bañábamos”. Son los recuerdos de Rómulo Palavecino, eco de una época que acompañó a muchos niños, pequeños que se subían a este ferrocarril para llegar, incluso, hasta el Tranque de Coihueco. El conocido Tren Chico corrió desde fines del siglo diecinueve hasta mediados de los sesenta, aproximadamente, y correspondía a un ramal que unía Chillán con el sector precordillerano de Recinto. Fue un proyecto forjado durante el periodo del Intendente Vicente Méndez, un importante

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adelanto entre las alternativas que por esos años ofrecía el transporte público. También servía para ubicarse en la hora y causaba más de una sorpresa con sus descarrilamientos, que alertaban a los vecinos con sus golpes sordos en la vía. Además, era la antesala perfecta para hacer el “Run Run”: los niños colocaban en la línea férrea las tapas de lata que tenían las bebidas, las que tras el paso del tren quedaban perfectamente planas, ideales para moverse sin pausa en el hilo. Hoy, en algunas esquinas y en el Arroyo hay rieles de cuando se desmanteló la línea. Resabios de una historia que tiene el imborrable sonido de la marcha del tren.

Las luminarias de mayo Los comienzos de mayo traían una tradición muy especial, la celebración de la Cruz de Mayo, fiesta religiosa que reunía a toda la comunidad. En distintas partes se encendían luminarias. “El tema era cuál casa hacía la luminaria más grande. Todos andaban buscando ramas. Antes de esa fecha tenía todo podado en el jardín”, recuerda María Albornoz. El aceite quemado y los neumáticos completaban la fórmula para dar fuerza a las llamas que sorprendían la noche. “Hacíamos una luminaria en la mitad de la calle. Se juntaban todas las ramas que dejaban las carretas y todos se preparaban con cuetes, viejas, boleadoras y el que no tenía para comprar un cuete compraba carburo y le echaba a un tarro, le hacía un hoyito, un escupito y le prendía un fósforo en el poto. ¡Era el cuetazo! También había unas piedras redondas que tenían azufre, se tiraban por las veredas y sonaban”, relata Rómulo Palavecino, sin dejar de sonreír ante el ingenio de los niños. Las calles de tierra cobijaban las grandes fogatas y la gente seguía la tradición de recorrer las calles pidiendo colaboraciones a las casas con canciones alusivas a la festividad, esas que se aprendían a oídas. Si la respuesta era negativa, los niños no dudaban en lanzar huevos.

Gentileza de Sonia Parra Leiva, “Celebrando la Cruz de Mayo”, 3 de mayo de 1999. Papel , color. 18 x 12,5 cm.


Era un momento de encuentro, de compartir en torno a la fe y las tradiciones arraigadas en lo profundo del barrio. Todos los rostros, niños, adultos, jóvenes y mayores, se iluminaban ese día, eran sorprendidos por el color de las luminarias. Siguiendo con la religiosidad y confirmando el profundo lazo de la comunidad con la Orden Franciscana, otra de las celebraciones importantes se vivía el 04 de octubre con el Día de San Francisco. Se hacían faroles y los vecinos participaban en una procesión que se realizaba a las nueve de la noche, dando una vuelta por la Plaza San Francisco. Era la forma de celebrar al santo, confirmando además lo que muchos niños del sector habían aprendido, pues estudiaban en el Colegio San Buenaventura de los Padres Franciscanos. Todos gestos que hablaban de una fe compartida.

Un dolor compartido

Mercedes y José Joaquín Estuardo, Marzo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola

“La población es humanitaria. Tuve un hijo que falleció en el año 2002, el 1 de diciembre se ahogó en el río Cato. Me pidió permiso para ir a otro lado y le dije que no. Después que quería ir a Cato, no le di permiso. Mi papá le hizo saber el contenido de las aguas, que eran peligrosas, que podía haber remolinos. Era la primera vez que salía solo y para no volver”. El dolor es evidente en el rostro de Mercedes Estuardo, hija de José Joaquín, al recordar a su hijo Fernando, quien partió cuando estaba a punto de cumplir 15 años. En ese momento, de dolor inconmensurable para una madre, se volvió a confirmar la solidaridad de sus vecinos, la empatía y el cariño. “En este pasaje no cabía un alfiler, se había despoblado la población. La gente incluso llegó a Cato cuando lo estaban buscando y en la Catedral no cabía una aguja, estaba todo Santa Elvira”. Es un hecho reconocido que ante el dolor todos se hacen presentes. Incluso, dicen que en el Cementerio reconocen cuando es el funeral de un santaelvireño por la cantidad de gente que se congrega. Nilsa Valdebenito, también recuerda un gesto único cuando despidieron a su abuelo, el reconocido dirigente Sergio Maldonado, momento en que también se hizo

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presente toda la comunidad. “Nos rayaron la muralla al día siguiente del funeral: si el grano no muere, no da frutos, gracias don Sergio. Dejamos la frase como un mes”. En el dolor, se hace presente el abrazo profundo de los vecinos de Santa Elvira.

Sopaipillas y chicharrones para todos La vida comunitaria ha sido una característica que ha estado en la esencia de Santa Elvira. El saludo matutino, las conversaciones, la ayuda siempre dispuesta, son sólo algunos de los gestos de este sentimiento de unión. Una de las expresiones más fehacientes de ese sentir generoso se daba cuando, en algunas de las casas, se mataba un chancho, acontecimiento que implicaba asegurar el sustento para varios meses. “Todos los años se mataban dos chanchos grandes, que daban dos tarros de manteca. Para el 21 de mayo y otro se mataba en junio para tener para San Pedro, porque mi padre era Pedro. Se salía a repartir sopaipillas, chicharrones y un trozo de salchicha con papas cocidas, repollo y un cantito de ají. Todos partíamos con un canasto a repartir”. Comparte sus recuerdos María Albornoz, vecina que ha vivido siempre en Santa Elvira, de hecho hace 81 años nació en las casas de la Compañía de Electricidad, pues su padre trabajaba allí, como encargado de la corriente alterna. Era una verdadera tradición que en aquellos inmensos patios se criara un chancho, además de gallinas, patos y conejos. “Se criaban todo el verano y se mataban a mediados de año para las Cármenes o las Marías. Salíamos por las cuadras buscando cáscaras para los chanchos, teníamos que picarlas y mezclarlas con el afrechillo o harinilla”, rememora Nilsa Valdebenito. Pero el esfuerzo tenía su recompensa. “Era entretenido, había un fogón pegado a la muralla y ahí hacían los asados, los cocimientos; hartas veces me tocó hacer trigo mote y allí estaba yo con la callana para allá y para acá. Lo que más nos gustaba era cuando mataban los chanchos, teníamos una tía abuela que nos hacía bistecitos, nosotros felices comiendo; además, preparaban arrollado y longaniza”.

Nilsa Valdebenito, Marzo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola


Sin embargo, no sólo en esta tradición se veía la solidaridad. María Albornoz, recuerda que los jóvenes trabajaban en beneficios y quermeses. “Comprábamos cosas para llevar al asilo de ancianos para Fiestas Patrias y Navidad. La otra mitad de lo que reuníamos era para los niños en Navidad. Se juntaban todos los de la población y se les daba un desayuno con chocolate, pan de pascua, regalos y ropa”. Es que la generosidad se hacía presente de múltiples maneras. “La abuelita Rufina nos llevaba al teatro a ver las películas de María Feliz, Jorge Negrete y Cantinflas. Así conocimos el teatro, gracias a ella”, agrega María, sin dejar de emocionarse. Son los gestos que fraguan y fortalecen la identidad generosa de Santa Elvira.

En torno a un vaso de chicha

Mural Restorán Onde’l Pala, Junio de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

Entre las calles de Santa Elvira era fácil encontrar bodegas de vino. Su número se multiplicaba entre los lugares con patente y clandestinos, en restoranes y chicherías. El Chico de los Tarros y la Viejita Paleteada, eran algunos de los ejemplos de esos sitios donde un vaso de chicha o vino daba inicio a la tertulia. Éstos se sumaban a otros clásicos como los restoranes Colo Colo, El Rosedal, Villa María, el que estaba en Cruz de Riffo para los arrieros, el Negro Bueno, la Tía Amelia, Donde Torito, el Chiflón del Diablo, La Chapa, La Catedral, Don Choly y Doña Meche, nombres creativos que eran conocidos por todos. También había personajes como el Huaso Ortiz, del que nadie sabía su origen, sólo se le veía recorriendo las picadas con su risa característica. Se sumaba a la chispa del Mono González y el Sonrisal, que alegraban las calles de Santa Elvira. Lugares de reunión, donde las tradiciones se vivían entre el ruido de los vasos, la conversación de amigos, las anécdotas y el aroma característico del licor.

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Coihueco en Santa Elvira -¿Dónde estás? -Aquí en Coihueco. -¡Cómo voy a ir allá tan lejos! -No, aquí, en el de Santa Elvira. Así recuerda Santiago Carrasco Fonseca alguno de los diálogos oídos en el negocio que administraba junto a su esposa Nieves Retamal Carrasco, el que todos conocían como “Coihueco”, por una idea de sus propios parroquianos. “Como le vamos a decir Santiago al negocio si le gastamos el nombre a la capital; a ver, San Rosendo, San Felipe, San Fernando, San Carlos, no, Coihueco. Y por Coihueco quedó el negocio”, recuerda Nieves, mientras Santiago señala que no toleraba que le dijeran “Don Coihueco”. Todo comenzó como un almacén de provisiones por menor y después sacaron la patente de alcoholes por recomendación de una tía de Nieves, quien se las vendió a un precio rebajado. “Nosotros traíamos vino de nuestra producción del campo, la chicha de Ninhue”, comenta Santiago. Era el lazo que mantenía con la tierra desde donde migraron para llegar al barrio, donde residen hace 46 años. “Yo cuidé un abuelito ocho años y él me dejó esta casa para que criara a mis hijos”, recuerda Nieves, a quien el reconocido vecino José Agustín Solís, de la Funeraria, llamaba “Señora Cordillera”. De hecho, sus seis hijos crecieron en Santa Elvira de la mano de su esfuerzo y dedicación. Aunque terminaron el negocio hace años, aún se recuerdan las frases “vamos a tomarnos una chupilca donde Coihueco”, “vamos a tomar una chicha donde Coihueco”. Era la invitación para llegar a uno de los lugares característicos del barrio.

Santiago Carrasco y Nieves Retamal, Marzo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.


Onde´l Pala: un emblema de nuestras raíces “Mi papá dijo basta de esta sinvergüenzura de las grandes empresas y se instaló con una bodega, voy a hacer mi chicha, mi vino y voy a vender mi producto y le saco mejor precio”. Esa convicción de Baltazar Palaveci-

no fue la que dio inicio a uno de los locales más conocidos de Santa Elvira y de Chillán, Onde´l Pala. Negocio que fue elegido la tercera mejor picada del país en un concurso que realizó el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en 2012. Se inauguró el 1 de mayo de 1960. Por ello, cada año en esa misma fecha se celebra el inicio de la temporada de chicha, una jornada especial donde el codiciado brebaje no se vende, sólo se regala. Con una arquitectura tradicional con mesas y sillas de madera, la música folclórica y la gastronomía propia del país, se ha convertido en un verdadero referente. “Para la gente este es un lugar de encuentro emblemático. Esto no es mío, es de ustedes, es de Chillán. Aquí entramos y somos todos iguales”, destaca Rómulo Palavecino. Rómulo Palavecino, Marzo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

Este reconocido espacio tiene una fuerte raigambre en Santa Elvira. Baltazar llegó con apenas unos años al barrio y se crió con unas tías, pues su madre falleció en el parto. A los 12 años, y ante la partida de su padre, debió administrar el campo, pero nunca dejó de vivir en las tierras santaelvireñas. Formó su familia junto a Dorita y sus 7 hijos, entre ellos, Rómulo, quien decidió hacerse cargo del negocio familiar en el año 1970 ante la enfermedad de su progenitor. Un verdadero homenaje de vida que recuerda a aquel bisabuelo que partió de Génova, Italia, y llegó a San Nicolás donde se compró un campo. El mismo que participó en la Guerra del Pacífico, a su regreso se casó con Petrona y tuvo varios hijos; entre ellos, Pedro Nolasco, el abuelo de Rómulo. El mismo que disfrutaba de la guitarra y el acordeón. El hombre que se casó a los 50 años con una joven mujer de 18 años para seguir escribiendo esta historia. “Venimos de una familia tradicional, campesina, muy arraigada a nuestras tradiciones”. Ese ha sido el sello de la historia vivida en este sector, donde se han establecido sentimientos profundos. Santa Elvira es amistosa, emblemática, sociable, religiosa. ¡Qué más puedo decir de Santa Elvira. La amo!”, comenta Rómulo sentado en una mesa de su emblemático local.

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Restorán Onde’l Pala, Junio de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.


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OFICIOS

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Oficios, la esencia de los trabajadores santaelvireños

Detrás de una puerta una mujer está hilando, mientras un hombre muele trigo y harina tostada fresca. En otra casa, la señora Marina prepara el pan amasado en horno de tarro. Se oye el carretón con ripio de Carlos Parra. Otros vecinos preparan las verduras para ir a vender al Mercado, en tanto, siguen llegando desde distintas comunas las carretas al Molino Cruz de Riffo y Vitaliano Pedrero vende género en su cabrita. En tanto, el señor Santana hace espuelas y las herrerías se reparten por diferentes calles donde fabrican carretelas, azadones, arados, llantas de fierro, cuchillones, horquetas y herraduras. Algunos trabajan el mimbre. Hay muchos mueblistas, enfierradores, fragüeros, maestros y también varios zapateros. Mientras, afuera, pasa el vendedor de sierra ahumada. Está el negocio grande de Osvaldo Parada y la funeraria más emblemática del barrio, propiedad de José Agustín Solís Jara y su esposa Vita del Carmen Opazo Fuentes, donde más de alguna vez se han dado facilidades de pago ante el difícil momento de una familia. Otros comienzan su jornada con el viaje al centro, son panaderos, obreros, mozos. Una imagen que une tiempos, que confirma el pulso de Santa Elvira expresado en los trabajos que, en distintos momentos de su historia, desarrollaron sus habitantes. Con nobleza y dedicación, buscando entregar lo mejor a sus familias, soñando con un futuro generoso. Oficios que se han mezclado con la tradición y han dejado una huella imborrable. Sin duda, el alma de los lugares está en su gente.

Antigua máquina de coser, Exposición de objetos significativos Día del Patrimonio, Mayo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

Son los rostros de Santa Elvira, los trabajadores santaelvireños.

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Elvira Gómez Ortega/ Lavandera “En esta población han habido muchas lavanderas, tuvimos a la señora Juanita Sepúlveda, quien le lavaba todas las toallas al Servicio de Salud; iba a lavar no muy lejos de acá, lavaba en su casa y enjuagaba en el Lavadero. Nos metíamos adentro de la agüita, enjuagábamos, estrujábamos y nos veníamos a nuestra casa a tender. En ese tiempo se almidonaba, se preparaba la mezcla con harina cruda y se le echaba azul a la última agua, era para las fundas, el doblez de las sábanas y los delantales. Conversábamos en el Lavadero, se echaban chistes, uno se entretenía porque se juntaba bastante gente. El agua era limpiecita y la ropa quedaba blanquita cuando se enjuagaba, daba gusto estrujar la ropa porque el agua corría clarita”. Son las imágenes de uno de los oficios más emblemáticos de Santa Elvira, el que ha inspirado versos y canciones como la obra del conjunto Palomar “Las lavanderas de Santa Elvira” de Oscar Jara Riquelme. Elvira, cuyo nombre es ya un homenaje a su barrio, llegó en el año 1948 al sector, cuando su cuadra era un callejón sin veredas, sólo con eucaliptos y zarzas. Empezó a trabajar a los 12 años. Lavaba a domicilio, una vez en la mañana y otra en la tarde, mientras al Lavadero llevaba la ropa de su casa. En el recuerdo están las imágenes de aquellas mujeres con canastos y paletas para apalear la ropa, las mismas que sólo con la fuerza de sus manos restregaban y luego estrujaban para dejar estilando en una piedra. Nombres como María Leontina Ulloa Urrejola, Doralisa Pacheco y la señora Ramona, aún se recobran como ejemplos de este oficio. Hoy, Elvira, es su testimonio vivo.

Elvira Gómez Ortega, Recreación para el Día del Patrimonio, Mayo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.


Eugenia Carrasco Echeverría/ Modista “Mi trabajo ha sido muy importante, significó poder salir adelante con mis hijas. He trabajado mucho para poder educarlas y criarlas. Nací en Santa Elvira, en esta casa y empecé a trabajar a los 17 años. Mis inicios fueron como operaria en un taller con una vecina que vivía aquí, frente a mi casa en Santa Elvira. Con ella, como vecina y amiga, empezamos a trabajar y estuve ahí como por 23 años. Estaba cerquita, lo que me sirvió para estar atenta a mis hijas y ayudarlas en todo. La gente se mandaba a hacer harta ropa y en el tiempo más complicado, cuando mi mamá se enfermó y las niñas estaban chicas, en el día trabajaba en la casa y después de las doce de la noche recién me ponía a cortar telas y preparar pruebas; trabajaba de doce a cinco de la mañana, después dormía un rato y a las siete estaba en pie para que las niñas fueran al colegio. Fueron años trabajando de noche, fue bien sacrificado”, relata Eugenia

Eugenia Carrasco Echeverría, Marzo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

Sus palabras recuerdan uno de los oficios más difundidos en Santa Elvira, uno que tenía distintas especialidades según la necesidad del cliente, como el zurcido japonés que permitía remendar la ropa con puntadas casi invisibles o los diferentes encargos de las casas comerciales del centro de la ciudad. Para algunas mujeres era el complemento de otros trabajos, como el caso de Luz, la madre de María Albornoz, quien cuando no estaba en su almacén, cosía. Le mandaban a hacer ajuares, abrigos y trajes a lo que se sumaba la ropa interior y las fajas que entregaba a la “Casa Zarzar” y en San Carlos. “Me gusta coser, confeccionar, crear cosas, para mí esto es un arte. Lo importante es que el cliente quede conforme, por eso pongo toda mi dedicación. Todavía tengo trabajo, hay clientas acostumbradas conmigo y que les gusta lucir ropa más exclusiva. También hago harto arreglo. Me gusta trabajar, ser muy responsable en los horarios, eso me ha servido para que la gente confíe, me he tomado profesionalmente mi trabajo”.

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María Inés Muñoz Toro/ Pantalonera “Me dediqué desde los 12 años a trabajar, llegué hasta el sexto de preparatoria porque mis padres no tenían para que siguiera estudiando. Empecé como ayudante a hilvanar, orillar; le puse empeño hasta que me enseñaron a embolsillar y cómo se cerraba el pantalón, hasta que lo aprendí todo bien. Me puse en mi casa a trabajar y después me fui al centro; ahí trabajaba en la Sastrería Londres con don Gonzalo Araneda, donde pasé a atender la paquetería. Después, el patrón terminó su negocio, me vine a mi casa y seguí haciendo pantalones de hombre y huaso, el que tiene mucho más trabajo. En ese tiempo, otro sastre supo que trabajaba y me pidió una muestra, la encontró buena y me siguió mandando a hacer pantalones. Hay que coser bastante porque hay que dejarlos bien terminaditos, bien cosidos, firmes. Le pasaba dos costuras al lado para que no se descosiera”, recuerda la pantalonera María Inés. Una técnica minuciosa de hilos y telas para el calce exacto. Se trabajaba con la máquina de coser y el polizón, una herramienta que ayudaba a abrir costuras y planchar los pantalones. Un oficio que también realizaba la hermana de María Inés, Rosa Olivia, y la abuela de Nilsa Valdebenito, Inés Vizcarra. A María Inés todavía le piden hacer pantalones, pero ya no trabaja, pues sus manos no se lo permiten. Es que sus modelos siempre han sido muy recordados porque había vocación y dedicación en cada costura. “Era muy lindo, me gustaba mucho, era mi vicio trabajar. Hoy, gracias ese trabajo descanso, tengo mi jubilación”.

Eugenia Carrasco Echeverría, Marzo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.


Sergio Fuentes/ Sombrerero “Trabajé en la Sombrerería Chillán por 40 años y llevo más de 10 en el taller de mi casa donde hacemos sombreros y también arreglamos o transformamos. Empecé a trabajar en el año 1962, en ese tiempo entré a la sombrerería y comencé cosiendo chupallas. No tenía idea de este trabajo, me pusieron a hacer sombreros porque el maestro fallaba. Fui mirando, mirando, aprendiendo y después llevé a mi esposa”. En el presente, Sergio es uno de los pocos que practica el oficio de la sombrerería, que con sus máquinas especializadas permite tomar la medida de la cabeza y darle forma a cada pieza. Precisamente, vive en Santa Elvira, lugar en el que hace 40 años escogió vivir con su esposa, Ema Orellana, con quien ya comparte una historia de medio siglo. De hecho, Ema, decora y acomoda los sombreros combinando colores y dándoles un sello especial. “Me siento orgullosa del trabajo de mi marido, trabaja lindo y con amor”, señala, confirmando que el compromiso es trabajar juntos para siempre. Ema Orellana y Sergio Fuentes, Recreación para el Día del Patrimonio, Marzo de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

Durante el verano, Sergio se instala en la puerta de su casa, en la calle Luis Vicentini, para vender sus chupallas. Los clientes no faltan, pues con su esposa trabajan con mucha dedicación porque la máxima es una sola: “uno se entrega por el trabajo, lo hacemos como si fuera para nuestra familia”.

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HITOS DE DESARROLLO DEL BARRIO

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HITOS DE DESARROLLO DEL BARRIO

Aunque en lo más profundo de Santa Elvira se mantenía intacta la tradición de sus orígenes, esa ligada al campo, con el tiempo el paisaje comenzó a cambiar. Junto al arribo de más habitantes, las divisiones de los grandes terrenos y los loteos, fueron llegando adelantos propios de la ciudad moderna que implicaron un mejoramiento en la calidad de vida de todos sus habitantes.

Un avance fundamental: llega el alcantarillado Una de las mayores expresiones del progreso en Santa Elvira fue la construcción del alcantarillado, lo que se convirtió en un hito de urbanización y donde los vecinos tuvieron un rol destacado. “La obra más grande que hicimos fue el alcantarillado, en una reunión de directiva se acordó mover el proyecto. Se nombró una comisión y fuimos directamente a Santiago a la Dirección de Obras Sanitarias”. Cada paso de ese proceso, en los años 60, viene a la memoria de José Joaquín Estuardo. Luego de la exitosa gestión llegaron los ingenieros Osses y Orsi, quienes empezaron a encuestar e inscribir a los vecinos para la habilitación de este proyecto. Los dirigentes reflejaban con su labor la urgencia de resolver temas apremiantes para todos sus vecinos. “Como comité nos empezamos a organizar y ver las necesidades de la población. No había agua, luz, alcantarillado, pavimentación, nos empezamos a organizar y salimos adelante. Me gustaba trabajar, a mi señora le decía ´tenemos que hacer lo que verdaderamente necesita la población´. Es un gran orgullo haber sacado el alcantarillado, fue una obra muy grande ¡qué persona no lo agradeció! Ya no se podía estar en los sitios, los malos olores estaban en todas partes por los pozos negros”, cuenta José Joaquín, quien llegó hasta el barrio por “ladrón de amores”, como él mismo dice, pues su esposa, Olga Rodríguez, vivía en el sector cuando se conocieron. De hecho, ella había nacido acá, igual que su madre y abuela. Hoy la cuarta generación hace historia en el sector, pues Olga y José Joaquín tuvieron 7 hijos. “Hace dos años que me dejó solo”. Ella falleció a los 89 años. Archivo Diario La Discusión, 10 de octubre de 1946.

En este gran proyecto urbano también fue muy importante el rol de los vecinos. “Todos los comités reunieron la plata, se hacían bailes, querme-

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ses, fiestas, todos cooperaban”, recuerda María Albornoz. A mediados de los años 60 había llegado el agua potable y el esperado alcantarillado se concretó a comienzos de la década del ‘70. La primera calle que contó con este servicio fue República. Se abrieron grandes zanjas para la construcción, lo que implicó un cambio trascendental en la fisionomía de las calles y una oportunidad única para los niños. “Hubo un momento en que trazaron la calle para hacer el alcantarillado, un acontecimiento fabuloso porque nosotros, en esos hoyos, hacíamos cuevitas, poníamos velas e inclusive en esos montes donde dejaban la tierra al lado”, recuerda Héctor Maureira, sin olvidar una sonrisa que confirma la alegría de esos días jugando con bolos y polcas.

Pavimentación: adiós a las calles polvorientas El olor a tierra húmeda, el barro multiplicado en esos días de lluvia intensa, el polvo que reflejaba los rayos del sol en las tardes de verano. Eran las calles de Santa Elvira antes de la pavimentación, proceso que tomó varias décadas, de hecho los últimos tramos se concretaron solo hace unos ocho años. En torno a este adelanto urbano, la fórmula fue la pavimentación participativa, en la cual el aporte de cada vecino se calculaba por metro lineal de acuerdo al frente de las casas. “Para la pavimentación se hicieron comités por cuadra para reunir el dinero porque costaba mucho. Nueve años se demoraron en hacer la pavimentación”, comenta María Albornoz. “Para pavimentar hubo mucho trabajo, fue participativamente. Hicimos eventos, hacíamos pollos asados, completos para reunir dinero y así fue posible pavimentar las calles”, recuerda Pascuala Ferrada. “Con mi viejita empezamos a mover las teclas de que era bueno que se pavimentara, había que poner una buena cuota. Pusimos unas cuotas de 800 pesos, todo para que pudieran andar las cosas”, agrega su esposo, Matías Jiménez. Entre 1972 y 1974 ya estaba pavimentada la conocida calle República, luego se sucedieron otros comités. “La pavimentación de nuestra calle (Bueras) empezó el año 1999, lo recuerdo muy bien, mi abuelo, Sergio

Archivo Diario La Discusión Abril 1960.


Maldonado, fue uno de los gestores, era dirigente. Empezó la pavimentación participativa y a veces hacían las reuniones aquí. Lamentablemente no alcanzó a ver las calles pavimentadas”, rememora Nilsa Valdebenito. Otro nombre recordado en el proceso de urbanización del sector es el de Vitaliano Pedrero, destacado vecino de Santa Elvira, quien fue gestor de la construcción de los primeros puentes de cemento, el agua potable y otros adelantos. Se fue desdibujando así la imagen de las calles llenas de barro, sin veredas ni agua potable, el alumbrado público con un poste en cada esquina y una o dos casas por cuadra. Cada día Santa Elvira crecía más y se hacía más cercana a la imagen urbana.

Los hijos de Santa Elvira -¿Sabes? Hay una toma allá atrás y hay que tener una bandera. -Y cuándo tenemos bandera nosotros. -Voy donde mi suegra. Vecinos de la Población Arturo Prat, Abril de 2013. Fotografía digital: Solange Domínguez.

-No vas donde mi mamá porque se va a enojar. -Voy no más. Con ese breve diálogo con su esposo, comenzó la historia de Marta Salazar, en la entonces, naciente población. “Ligerito llegó con la bandera. Me levanté, salí a la calle y cómo corría la gente. Todos nosotros vivíamos en Santa Elvira y en esos años hacía poquito que me había casado. Nadie se fue más y mi marido estaba con su bandera”, recuerda. El mismo emblema que luego de tantas jornadas quedó convertido en jirones, quemado por el sol, deshilachado por el viento. Personas sin casa propia, allegadas y, sobre todo, hijos de santaelvireños que necesitaban fundar un hogar. Todos conformaron un grupo de personas decididas a reclamar un lugar donde construir sus viviendas y desarrollar su vida familiar. Vinieron las guardias, las grandes fogatas y

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las ollas comunes. Día y noche, hombres y mujeres, cuidaban los terrenos colindantes con el emblemático barrio. Nacía la Población Arturo Prat, nacían los hijos de Santa Elvira. Todo comenzó con un propósito deportivo y en el camino se descubrió que era una gran alternativa habitacional. Los clubes deportivos del sector habían perdido la cancha Santa Elvira ubicada en la Compañía de Electricidad. Hicieron varias gestiones para conseguir un nuevo lugar; sin embargo, no fructificaron. Paralelo a ello se había conformado el Comité Santa Rosa que buscaba una alternativa en vivienda. “En octubre del año 1969, sé que fue un viernes, dijimos ‘ya, tomemos la cancha’. Nos avivamos, no teníamos interés en una población, era cancha lo que queríamos. Ellos querían población. Se formó una trifulca y los deportistas les quitamos las herramientas. Uno más inteligente dijo "medio potrerito que hay, para qué estar peleando". Y tenía toda la razón. Ese fue el principio de la toma”, rememora Alejandro Sepúlveda, el primer presidente de la población que en sus comienzos se llamó Salvador Allende. Había nacido en Santa Elvira, en la calle Sotomayor, y, al momento de la toma, arrendaba en el sector. Incluso todo se había preparado muy bien para la anhelada cancha. “Era presidente del Deportivo San Martín, andaba metido en todas. Estaba arrendando y recién casado. Cuando fue la toma hice como unos 50 afiches "Deportivo Junior, San Martín, Chilenito necesitan cancha, necesitan espacio para el fútbol" y eso lo colgamos por la cerca que había en el terreno”, destaca José Gatica, actual vecino de la Arturo Prat. Los mismos vecinos de Santa Elvira recuerdan ese momento en que muchos entregaron su respaldo a la naciente población. “El apoyo que le dimos a la gente fue que se quedaran ahí, yo les dije ‘no señores, no levanten las banderas, todos vamos a luchar por la población, no tengan miedo’. Arturo Prat y Santa Elvira son lo mismo”, afirma José Joaquín Estuardo, rememorando esos comienzos donde los dirigentes santaelvireños también se sumaron. “Fueron varios los gestores de este acontecimiento, cuando resultó la toma, le dijeron a mi abuelo que se hiciera cargo de diez casas y él respondió que no porque tenía casa, él había ayudado a los que no la tenían”, comenta Nilsa Valdebenito, recordando otro gesto de Sergio Maldonado.

Avenida Diego de Almagro, límite de Santa Elvira y Población Arturo Prat, Junio de 2013. Fotografía digital: Pamela Conejeros.


Los nuevos pobladores pasaron dos inviernos en el sector en improvisadas construcciones armadas con tablas y nylon, que llamaban rucas. Momentos de gran sacrificio que se superaban con alegría y esperanza. “Vivía con mi madre en Santa Elvira, tenía 10 años cuando fue la toma. Me acuerdo de las rucas, nos gustaba venir porque era como andar de campamento. Nos peleábamos por quedarnos en la noche por las fogatas, la gente cantaba, había harta fiesta, jolgorio. Era bonito, sobre todo en el verano, porque se dormía mirando las estrellas, a todo campo y los zancudos nos comían. Por todos lados se prendía el guano de caballo para espantarlos”, recuerda Raúl Bravo, actual presidente de la Junta de Vecinos de la Población Arturo Prat. Además, acompañaba a su madre que ponía inyecciones cuando había que atender a algún enfermo. Muchas veces la iban a buscar en la noche y ella no dudaba en ir. La señora Pachi Domínguez, aún es recordada por todos.

Población Arturo Prat, Junio de 2013. Fotografía digital: Pamela Conejeros.

Mientras el lugar se convertía en el hogar de cientos de familias, gracias a la convicción y firmeza de los vecinos, se realizaron importantes gestiones. “Fuimos tres personas a Santiago y conversamos con el Presidente Frei Montalva. Nos dijo que no podían desalojarnos y dio la orden al Intendente. Después hablamos con el Presidente Allende y nos dijo que no quería que la población tuviera su nombre y sugirió el de Arturo Prat porque iba a salir todo más rápido”, comenta Alejandro Sepúlveda sobre esas importantes reuniones. El mayor logro fue la construcción de las casas, les ofrecieron el paquete de vivienda por intermedio del Hogar de Cristo y a través de la Corporación de la Vivienda, Corvi, se realizaron obras de ejecución directa. En total, fueron más de 400 casas que se inauguraron en medio de una gran dicha. Todo se fue regularizando mientras los vecinos pagaban sus dividendos. Desde ese momento han seguido los esfuerzos mancomunados por sacar adelante la población. Se hicieron fiestas, ramadas, elegían reinas; todo para ayudar, reunir fondos y materiales. Por ejemplo, vendían votos para juntar ladrillos destinados a construir las panderetas. “Esto no se dio así no más”, sostiene Alejandro Sepúlveda. Por eso no olvidan la primera plaza construida con neumáticos y tubos. Los pavimentos también fueron

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participativos, formando comités por calles que contaron con el aporte de los vecinos. Su historia la ha definido como una población luchadora y comprometida, que no se detiene en sus anhelos. Hoy se trabaja por el bienestar de los vecinos con proyectos de economía solidaria, preuniversitario y talleres, sin olvidar los temas de ciudad como la tenencia responsable de mascotas. Siguen adelante, son los hijos de Santa Elvira que ya escriben su propia historia.

Creciendo hacia nuevos horizontes En un comienzo la memoria se perdía en estos territorios ubicados al norte de la comuna. Eran enormes espacios que poco a poco fueron cambiando fruto de las urbanizaciones y aparición de nuevos sectores, pues además de la Población Arturo Prat, surgió la Villa Naval, la Población Ferretera, entre otras. Al mismo tiempo, comenzaron a establecerse en los límtes del barrio, sedes universitarias, establecimientos educativos, supermercados y tiendas de retail, sucursales de cadenas nacionales, dando nuevos bríos al sector. “Gente se ha venido porque le gusta el barrio, es tranquilo y queda cerca del Hospital y del centro; además, tenemos colegios y universidades cerca, supermercados por todos lados”, comenta Nilsa Valdebenito. Esto a su vez, ha tenido consecuencias en una mayor plusvalía de los terrenos y las casas. De hecho, nuevas familias han encontrado en el barrio su hogar. “Mis padres vivían en la Avenida Argentina y había mucho ruido en las noches, buscamos una propiedad cerca y estaba esta casa esquina abandonada, la compraron y restauraron. Les decían que se habían vuelto locos, pero a ellos les gustó la tranquilidad, era como estar en el campo”, comenta Pilar Guzmán, poeta y gestora cultural, quien se ha deslumbrado con la historia presente en estas calles. Fue un gran proyecto de familia pues, la casa ubicada en Flores Millán, estaba a punto de caerse y con una cuadrilla de

Gentileza de María Teresa Henríquez Concha “Fiesta de la Primavera” 1995 aprox. Papel, color. 10 x 15 cm.


maestros se reconstruyó conservando su línea original. Además se ocuparon de arreglar y limpiar el sector del canal que pasaba por la intersección. En ese tiempo la calle no estaba pavimentada. Era el año 1993. Sin embargo, este no fue el primer acercamiento de Pilar a Santa Elvira, pues hay recuerdos de infancia unidos a este lugar. “Siempre veníamos a las modistas, que arreglaban la ropa en sus casas. Me llamaba la atención el barrio, era encantador, uno subía, bajaba, había un canal, esos puentes de madera y el agua que corría. Venía de paseo a ver la Vertiente, un tremendo arroyo, había muchas lavanderas, la señoras iban el día viernes con sus bolsas a buscar la ropa y la traían al hombro; al otro día las llevaban de vuelta”.

Entrevista a Pilar Guzmán, Marzo de 2013, Fotografía digital: Álvaro Péndola.

Trenzando esos recuerdos con el acervo cultural de este sector, Pilar considera que es fundamental luchar por conservar el patrimonio que se expresa en las casas, calles, almacenes, leyendas y tradiciones, como el saludo cotidiano entre los vecinos. La creación de un museo con la historia local, surge como uno de sus sueños, pensando en las futuras generaciones. Hoy, es partícipe de sus cambios y evoluciones de la mano de su comunidad. “El barrio se ha ido convirtiendo en universitario, los estudiantes vienen aquí a arrendar, ha ido evolucionado un poco el sector; la gente que está de paso va cambiando y le va dando ese aire de barrio universitario”.

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Santa Elvira, barrio patrimonial El terremoto del 27 de febrero de 2010 no destruyó grandes edificios ni gran cantidad de viviendas en Chillán, fue un sismo “silencioso” como le llamaron los vecinos de la ciudad. Esto porque las heridas fueron internas, el daño estructural dejó varias viviendas inhabitables, sin que ello significara que quedaran en el suelo. En Santa Elvira, las antiguas viviendas de abobe que aguantaron el terremoto de 1939, también resistieron el de 2010, pero esta vez los daños fueron mayores. Los recursos del Ministerio de Vivienda y Urbanismo para reconstruir llegaron a través de los subsidios del Programa de Protección al Patrimonio Familiar (PPPF), un programa que reconoció, oficialmente y por primera vez, al barrio como “patrimonial”. Nilsa Valdebenito formó parte de una de las 26 familias que, en una primera etapa se organizaron en el Comité de Recuperación Patrimonial Santa Elvira para adjudicarse los subsidios. “Antes del terremoto el techo de mi casa era de tejas y después del terremoto le tuve que poner planchas de zinc, y ahora, con el subsidio, el techo volvió a ser de tejas. Además me arreglaron unos muros de adobe que se habían trizado”, cuenta orgullosa Nilsa.

Vivienda beneficiada con el Programa de Protección al Patrimonio Familiar. Esquina de Sotomayor con Cancha Rayada, Junio de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

El PPPF permitió que las viviendas beneficiadas fueran reconstruidas a partir de la técnica y la materialidad típica del barrio, así, el adobe y las tejas seguirán formando parte de la arquitectura del barrio, esa que invita a recorrer las calles de Santa Elvira como si se estuviera en el campo, pero a cuadras del centro de la ciudad, transformando al barrio en la mixtura perfecta entre lo moderno y lo rural.

Esquina de Diego de Almagro con Cancha Rayada, Febrero de 2013. Fotografía digital: Erwin Brevis V.


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Calle Fermín Vivaceta, Junio de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.


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Instituciones y Organizaciones

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Instituciones y Organizaciones

En la historia de Santa Elvira se han conformado importantes entidades en diversos ámbitos del quehacer en comunidad, en las que se ha transparentado el trabajo conjunto que han llevado a cabo los vecinos y vecinas y el interés de propiciar nuevas alternativas de desarrollo dentro del barrio.

Club Deportivo Juniors Antecedido por las pichangas jugadas en la calle con una pelota de trapo, este referente del fútbol amateur de Chillán, bautizado en honor al Deportivo Boca Juniors de Argentina, nació en Santa Elvira el año 1950, específicamente en la propiedad de Desiderio Llanos Llanos, uno de sus fundadores. En este lugar comenzaron a impartirse las primeras instrucciones deportivas, bajo la supervisión de la directiva conformada por Gustavo Quezada Herrera, Vicente Benítez, Manuel Peralta, Nabor Belmar Leal, Oscar Vásquez, Desiderio Llanos y Guillermo González Ferrada. Con su ingreso a la liga Andaba, el año 1960, el club comenzó a participar activamente del deporte local. Ese mismo año presentó su postulación a Anfa, asociación donde participa hasta el día de hoy. Muchos son los hitos de esta organización deportiva, entre ellos la presentación de su himno, escrito por don Pedro Domingo Saavedra Zamorano (1966), la exposición de su banderín oficial (1966), la creación de su primer estandarte, confeccionado por la profesora Graciela Vivallos (1967), la creación del comité de damas y la obtención de su personalidad jurídica (1970), la firma por los terrenos ubicados en la calle San Martín N° 60 (1998) y la inauguración de su gimnasio techado (1998). Gentileza de Nancy Díaz Hurtado. “Centro de Madres Santa Elvira”, 1964 . Papel, blanco y negro, borde blanco. 17 x 11,5 cm.

Son innumerables las ocasiones en las que los vecinos han reconocido a esta institución, destacando su labor social y el compromiso con la población. “El Juniors toma de muy niños a la gente y los va formando; el club, orgullosamente, ayuda a formar personas, nuevos líderes”, precisa Luis Ernesto Vidal, quien ha participado en la dirigencia por años. De hecho, el eslogan del club es “voluntad, trabajo, servicio”.

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El Club Juniors siempre ha estado vinculado con la población, los vecinos aún recuerdan los “Torneos Monumentales de Baby Futbol”, que se organizaban en la época de verano, donde participaban equipos de diferentes sectores. Era un panorama de las tardes estivales, especialmente para los niños del barrio quienes, luego de jugar en el lavadero y tomar once en sus casas, llegaban a la cancha con los cien pesos para la entrada y así poder disfrutar, además del partido, de sopaipillas con chancho en piedra y bebidas.

Club Deportivo San Martín Un año antes del Mundial de Fútbol en Chile, el 31 de marzo de 1961, nació este club también ligado a Santa Elvira, específicamente a la calle San Martín, fruto del interés de un grupo de jóvenes que pertenecían a la Juventud Obrera Católica (JOC), quienes buscaban una alternativa para su afición deportiva. La mayoría vivía en esa conocida calle y escogieron el color azul por el reconocido “Ballet Azul” de la Universidad de Chile, un referente del fútbol nacional. Nombres como Sixto Valdez, Luis Silva, Juan Hernández y Domingo Balague, son claves en el comienzo de esta historia. Con el tiempo, el club pasó a formar parte de la vecina Población Arturo Prat. En su historia, el compromiso y dedicación de sus hinchas y dirigentes ha sido fundamental, manifestándose en diferentes actividades como rifas, bailes, platos únicos, eventos que se han convertido en una tradición, mientras en el recuerdo están los destacados torneos de baby fútbol de la década de los ochenta. Sus series de honor, senior y seleccionados juveniles han cimentado un camino importante de logros y hazañas en diferentes ligas y campeonatos; sin olvidar los amistosos, que han entregado momentos memorables. En esa historia, uno de sus mayores logros lo alcanzó su selección Sub 13 al coronarse como campeón nacional tras una vibrante final disputada en Machalí en febrero de 2012. Muestra de que en el fútbol de barrio no todo es rivalidad, es que el Club Juniors facilitó algunos de sus jugadores más destacados para reforzar el plantel que fue campeón.

Gentileza de María Teresa Henríquez Concha, “Deportivo San Martín”, 25 de abril de 1961. Papel, blanco y negro. 20 x 15 cm.


Los encuentros con su predecesor del barrio se han transformado en un evento especial. “Cuando juega el Junior (sic) y San Martín es un clásico, hay rivalidad entre los equipos, por ejemplo, hay familias donde los hijos son del San Martín y los papás del Junior (sic)”, comenta Nilsa Valdebenito, quien actualmente es presidenta de la Escuela de Fútbol del Club, semillero y referente del fútbol infantil que ha tenido una destaca participación en diferentes campeonatos.

Escuela Palestina

Escuela Palestina, Junio de 2013. Fotografía digital: Pamela Conejeros.

La historia de los establecimientos educativos en Santa Elvira implicó importantes esfuerzos y varios intentos por conseguir un recinto definitivo. Se recuerda que hubo una escuela en la capilla antigua y en otra época los cursos funcionaron repartidos en distintos lugares, tiempo en que se veía a los profesores moverse rápidamente por las calles para llegar a clases. En ese tiempo, el padre de María Albornoz, comenzó a insistir en un espacio definitivo. “Un día mi papá empezó a catetear a la Compañía sobre la posibilidad de que diera un terreno para la escuela. Se compró el sitio con ayuda de todos, entonces se acabó el fútbol, el velódromo y se hizo la Escuela 44”. La institución educativa busca formar personas íntegras, preparadas para la vida laboral y social. Según los libros de “Registro Escolar“, la Escuela 44, como se denominó en un principio, comenzó a funcionar el año 1949, a cargo de la Directora Guillermina Arias Urzúa, en Sotomayor esquina Freire, específicamente en la casa arrendada al vecino Luis Muñoz por el Centro de Padres y la Junta Vecinal. Con el tiempo, esta institución, posteriormente bautizada como “Escuela República Árabe Unida”, empezó a aumentar en matriculas y cursos, llegando a recibir alumnos desde el Nivel de Transición hasta Octavo Año Básico. En este mismo lugar funcionaba, de forma paralela, la Escuela Nocturna de Adultos Nº 6. Con el transcurso del tiempo y gracias a la reorganización del proceso educacional chileno estas dos instituciones lograron fusionarse, recibiendo el nombre de “Escuela E- Nº 235”. Realizada esta fusión, en el año 1979 la Escuela E- Nº 235 llegó a contar con 780 alumnos de los cuales 150 eran adultos.

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Muchos han sido los logros que caracterizaron el desarrollo de esta escuela, entre ellos la ampliación de su infraestructura, la incorporación de una videoteca y la participación en un sinnúmero de proyectos dirigidos a mejorar su calidad académica.

Escuela Quilamapu Ha sido otro de los referentes educativos en el sector, durante sus 57 años de vida ha sido conocida como escuela Nº 60, F-224 y hoy Quilamapu, que en mapudungun significa tres tierras. Su historia se remota décadas atrás. Con el progreso de la cuidad y la desaparición del Tren Chico, las autoridades lograron trasladar la Escuela N°60 de Nueva Esperanza a un local frente al Regimiento de Infantería Nº9. En este lugar se dio inicio a las actividades un 26 de mayo de 1956, otorgando respuesta a las necesidades educativas del sector. Con el terremoto de 1960 la escuela quedó sin espacio físico y trasladó sus funciones a un lugar cedido en la calle República. Sin embargo, el crecimiento de la comunidad escolar exigió tomar nuevas decisiones; fue así como profesores, apoderados, autoridades y amigos de la Escuela se organizaron en busca de una solución definitiva. En 1964 se obtuvieron los terrenos ubicados en calle Diego de Almagro 739, lugar donde hasta el presente funciona el recinto educativo. Actualmente, la escuela es reconocida por sus logros académicos, siguiendo su misión de ser una organización integradora, tecnológica, inclusiva y sustentable. Esta institución es un punto de referencia del acontecer del sector, valorada, respetada y reconocida por sus habitantes. Es una escuela abierta a la participación, donde confluyen las diferentes instituciones que componen la población con quienes se mantiene un intercambio constante de cooperación mutua. Además, y con el afán de mantener vivas las tradiciones, cuenta con dos murales de 2 x 6 metros; uno refleja los orígenes de este establecimiento y, el otro, muestra a los personajes de la Independencia de Chile; ambos trabajos son el resultado del taller de artes de esta unidad educativa.

Escuela Quilamapu, Junio de 2013. Fotografía digital: Pamela Conejeros.


Junta de Vecinos Como entidad representativa de la comunidad, fue fundada en 1966, aproximadamente, en el contexto de la ley de Juntas de Vecinos promulgada en el Gobierno de Eduardo Frei Montalva. La organización que la precedió fue el Comité de Barrio, que se ocupaba de tareas como la entrega de agua para el riego, considerando las huertas que los vecinos tenían en sus patios. “Hacíamos limpieza de cunetas, limpiábamos el Canal de la Luz; éramos harto activos con la señora Hilda Suazo, los dos que le poníamos el hombro, lloviera o no lloviera estábamos en la calle”, recuerda José Joaquín Estuardo, quien desde el año 1958 trabajó intensamente por el sector y fue presidente de la Junta de Vecinos hasta 1973. Él mismo recuerda un anhelo que aún está pendiente en torno a la entidad vecinal. “Perdimos una gran cosa, un regalo de una propietaria de la calle Sotomayor, que iba a donar un pedazo de sitio para la sede, estábamos listos, pero vino el Golpe Militar y hasta ahí quedo todo”. Este proyecto se mantiene como un desafío para las nuevas generaciones de dirigentes del sector.

Cecof Centro de Salud Familiar, Junio de 2013. Fotografía digital: Pamela Conejeros.

La creación de un modelo de ampliación de la red primaria de atención, surgió como un importante objetivo gubernamental durante el 2006, lo que se tradujo en el compromiso de instalar 60 centros comunitarios de salud familiar a lo largo del país. La provincia de Ñuble fue favorecida con tres de ellos, dos para Chillán y uno para San Carlos. Considerando el descontento de la comunidad, específicamente el clamor de los vecinos del barrio norte, el Servicio de Salud del Ñuble ofreció la administración de uno de estos recintos al Cesfam Violeta Parra. Luego de visitar el lugar y estudiar su posible ubicación, se decidió optar por la sede vecinal de la población Santa Elvira, ya que era más factible de acomodar según los requerimientos de la autoridad sanitaria. Fue así como se iniciaron las obras y el día 21 de Junio de 2006 se dio por inaugurado este espacio de salud. Es de público conocimiento que para la mayoría de las comunidades organizadas la protección de salud es una necesidad prioritaria y bastante sentida. Recibir un centro, independiente de su complejidad, fue

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importante para los vecinos, quienes agradecen la proximidad de esta institución. Aunque las expectativas eran mayores, pues reclamaban un nivel de respuesta hospitalaria mayor, con el tiempo se han ido acostumbrando al modelo de salud familiar y a las prestaciones que este centro les brinda. El Cecof de Santa Elvira también se ha preocupado de otorgar herramientas para potenciar el desarrollo comunitario, educando a la población sobre cuidados y fortalecimiento del capital social, apoyando a los grupos organizados y favoreciendo la creación de nuevos espacios comunitarios. “En los diagnósticos participativos comunitarios, organizados por el Cecof, los vecinos han manifestado la importancia de esta institución en relación a las problemáticas más relevantes de la población, ya que a través de esta actividad se priorizan dichos problemas y el principal actor para buscar estrategias de solución es la comunidad en conjunto con nuestro centro de salud”, señala Carmen Lucía Hermosilla San Martín, coordinadora del Cecof.

Las iglesias de Santa Elvira Los habitantes de Santa Elvira, históricamente, se definen como profundamente creyentes. Las oraciones, el Mes de María y el rosario son parte de la cultura y están presentes en los hogares y las iglesias. Éstas últimas, habitan sus calles, como expresión arquitectónica de una fe que se vive de forma mancomunada. La Capilla Santa Clara es la de más larga data dentro de los templos católicos del sector. El repicar de sus campanas llamando a la misa es reconocido por los vecinos, pues por mucho tiempo fue el único espacio religioso. De hecho, antes se llamaba Capilla Santa Elvira y se estima que tiene casi cien años, remontándose a los comienzos del barrio, fruto de una donación especial. La Capilla depende de la congregación franciscana, que ha tenido un permanente vínculo con Santa Elvira. Ha sido centro de reunión de los vecinos donde la misa de los domingos a las nueve de la mañana es sagrada. Anteriormente, funcionaron allí los comedores solidarios y el policlínico de Caritas Chile y, hoy, un grupo de vecinos se sigue reuniendo a rezar el rosario todas las semanas.

Gentileza de Nancy Díaz Hurtado, “Sacerdotes del barrio”, Década del ‘70. Papel, blanco y negro, borde blanco. 8,5 x 9 cm.


A este emblemático lugar religioso, se suma la Capilla Nazareth, que data de los años setenta; la Capilla San Juan Bautista, que fue fundada a fines de la década de los noventa; y el conocido Santuario Santa Teresita, que se emplaza en el límite con la Población Arturo Prat. Junto a los recintos católicos una serie de congregaciones evangélicas y pentecostales han establecido sus espacios de reunión en el sector, los que congregan, en diferentes jornadas, a los fieles para expresar su fe. Uno de los más antiguos, corresponde al templo del Ejército de Salvación.

Gentileza de Nancy Díaz Hurtado. “Centro Juvenil Santa Elvira”, 1963 aprox. Papel, blanco y negro, borde blanco. 13,5 x 9 cm.

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Los anhelos de Santa Elvira

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Los anhelos de Santa Elvira

Precisamente, pensando en su historia, los santaelvireños se han planteado importantes desafíos comunitarios como la recuperación de dos grandes íconos del sector, el Lavadero y el Arroyo, lugares que han sufrido importantes cambios. De hecho, actualmente el agua ya no fluye por el antiguo cauce y las razones de aquello no han podido ser completamente esclarecidas; existen varias hipótesis, desde causas naturales hasta la captación de sus aguas por particulares. En este sentido, para los vecinos es un anhelo fundamental que esta vertiente natural sea recuperada, pues constituye un espacio simbólico, parte vital del patrimonio de Santa Elvira. Por ello, los habitantes del barrio se han organizado durante los últimos meses y han participado en actividades como la limpieza del Arroyo, con el objetivo de quitar la basura y escombros que se han acumulado en algunos sectores. Lo anterior, con la finalidad de conservar su paisaje y transmitir los recuerdos que forjaron el carácter de la población, transformándola en una comunidad solidaria, responsable y fraterna. A su vez, la recuperación de la memoria se ha vuelto una importante tarea para los vecinos. Así lo confirma el sitio de Facebook “Santaelvira_chillanbarriopatrimonial”, que ratifica el compromiso que sienten los vecinos con su historia. “Siempre tenía fotos, gran cantidad de archivos, recortes de diario, libros, pero pensaba cómo lo puedo mostrar. De repente descubro esta herramienta y resultó bien, hay un montón de gente que colabora, chatea y todo confluye en algo más tangible”, precisa Héctor Maureira, creador de este espacio, quien revela que siempre ha sentido un amor muy particular por el barrio y su gente que lo ha impulsado a descubrir la historia.

Jornada de Conversación con Niños, Abril de 2013. Fotografía digital: Álvaro Péndola.

Fotografías, mensajes, anécdotas y recuerdos van alimentando este espacio virtual junto a sentimientos y añoranzas. “Todo el mundo añora estar acá. Hay gente que dice que a través de este medio llora, hay expresiones de mucha nostalgia”, agrega Héctor Maureira. De esta manera, enarbolando su condición patrimonial, Santa Elvira busca su propia historia en los más diversos caminos.

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¿Cuál es el sueño para Santa Elvira? Los niños, son la esperanza fehaciente de una comunidad. Y las nuevas generaciones de santaelvireños tienen importantes sueños para su emblemático barrio, en el que sostienen, les encanta vivir. Sus anhelos son la confirmación del futuro para este lugar de tanta historia.

Cinthia Barriga (7 años)

“Me gustaría que hubiera juegos en la plaza que conozco para que vayan hartos niños y estén felices”.

Benjamín Núñez (7 años)

“Me gustaría que Santa Elvira tuviera más juegos de ejercicio y una cancha de fútbol”.

Cristina Soto (12 años)

“Me gustaría que Santa Elvira fuera más reconocido, que se recuperara el arroyo y el lavadero porque las historias que me han contado son súper lindas, el agua era cristalina. También me gustaría que se potenciara más la población”.

Francisco Fernández (7 años)

“A mí me gustaría que el barrio tuviera máquinas de ejercicios como las que teníamos y una cancha para jugar a la pelota”.


Rafael Rosemberg (13 años)

“En mi casa estamos durmiendo y pasan autos muy fuerte, que nos despiertan, por lo que pienso que hay que colocar un cartel que diga ´silencio, gente durmiendo´. Además, sería bueno que la plaza tuviera vigilancia porque van jóvenes a beber en la noche y también que existan más juegos”.

Guido Quijada

(11 años)

“Yo quisiera que mejorara la Escuela y tener una plaza para jugar a la pelota con los amigos”

Ignacia Sepúlveda (9 años)

“Me gustaría tener una plaza para divertirme y jugar con mis amigos”

Belén Vera (11 años) “A mí me gustaría que se hiciera aquí un concierto de los famosos y que vinieran juegos de esos que están en Fantasilandia”.

Diego Barra (6 años)

“Desearía que hubieran unos juegos para que los niños estén felices”.

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EPÍLOGO

Cada uno de los relatos que se han recogido en este libro nos invitan a develar los principales valores patrimoniales del barrio Santa Elvira, ninguno independiente ni autónomo del otro. Sólo para entenderlos mejor podemos hablar de ellos desde distintos puntos de vista. Mirado desde lo arquitectónico y urbano, Santa Elvira es uno de los barrios habitacionales, fuera de las cuatro avenidas, que hasta el día de hoy y, pese a los terremotos de 1939, de 1960 y de 2010, sigue en pie. Gracias a esa resistencia pareciera que Santa Elvira se hubiese detenido en el tiempo. Con el terremoto del ‘39 casi la totalidad de las construcciones de Chillán se destruyeron y muy pocas, principalmente las realizadas en hormigón armado, quedaron en pie. Esto trajo consigo un proceso de reconstrucción que cambiaría la identidad arquitectónica de la ciudad, con la instalación de una serie de edificios públicos y conjuntos habitacionales basados en el lenguaje e ideología de la arquitectura moderna. Esta forma de edificar necesitó nuevos materiales, como el acero y el hormigón armado, y la creación de industrias que permitieran la producción en serie. De esta forma la nueva arquitectura de Chillán pudo poseer nuevas posibilidades formales y espaciales. En cambio, Santa Elvira, es un vestigio vivo de la arquitectura anterior al terremoto de 1939 y que contrasta con la arquitectura moderna que caracteriza al centro de la ciudad. Es en este barrio, a muy pocas cuadras del polo urbano, donde nos podemos trasladar a una época distinta, donde las formas, la materialidad y el espacio urbano cambian, pasando de la modernidad a la ruralidad. Estas mismas características urbanas y arquitectónicas determinan y, a su vez, complementan el segundo valor patrimonial de Santa Elvira: el estilo de vida. La forma de habitar propia del campo, de marcada independencia de los centros urbanos, se ve reflejada en la arquitectura y la forma de hacer uso de los espacios de la vivienda.

Adobe , Febrero de 2013. Fotografía digital: Erwin Brevis V.

Tal como cuentan Adriana o Nilsa, la construcción de las viviendas era realizada sin dependencia de la industria, donde la materialidad principal era la tierra y la madera de libre acceso en los campos y donde se utiliza-

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ba un sistema productivo que permitía la autoconstrucción, ampliación y reparación de las viviendas por el propio dueño de casa. A su vez, la distribución de la planta de las viviendas aún permite la coexistencia del oficio del propietario con el habitar de una familia. Testimonio vivo de ello son el Almacén de Lolito, la Bodega de Santiago y la Sombrerería de Sergio. También, los grandes terrenos permiten que muchas familias tengan una huerta, gallineros y cocina a leña como parte de la autosustentación alimenticia, es decir, que el patio no es sólo espacio de contemplación y recreación, sino que también de productividad. Realidad que contrasta con la de las viviendas actuales.

La vida en comunidad también es parte de la singularidad de los santaelvireños. El barrio, pese a no tener una plaza o un espacio público tradicional, posee lugares trascendentales para la interacción de los vecinos. El Arroyo, el Lavadero y el Canal de la Luz no sólo son parte de la identidad de Santa Elvira sino que son hitos relevantes dentro de la historia local. Es necesario, entonces, al momento de intervenir y/o poner en valor al barrio, considerar que su gente, historias y lugares de la memoria son los que dotan de significado a una arquitectura que permitió que el Estado reconociera a Santa Elvira como barrio patrimonial.


Agradecimientos

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El gesto de redescubrir la historia sólo es posible cuando las personas comparten generosamente sus recuerdos. Entonces su memoria se va uniendo a la de otros, un momento preciso abre la puerta de un acontecimiento, aquel hecho de familia revela una huella en la historia de una comunidad. Por ello, agradecemos profundamente a quienes fueron parte del ciclo de entrevistas, pues su colaboración hizo posible el relato contenido en estas páginas: Héctor Maureira, Luis Ernesto Vidal, María Albornoz, Pascuala Ferrada, Matías Jiménez, Rómulo Palavecinos, José Joaquín Estuardo, Mercedes Estuardo, Pilar Guzmán, Nilsa Valdebenito, Adriana Torres, Nieves Retamal, Santiago Carrasco, Elvira Gómez, María Inés Muñoz, Eugenia Carrasco, Sergio Fuentes, Marta Salazar, Alejandro Sepúlveda, José Gatica y Raúl Bravo. Además, nuestro agradecimiento a todos los participantes de las Jornadas de Conversación, momento que entregó importantes luces sobre los hitos fundamentales de Santa Elvira. Gracias a ese diálogo compartido donde no faltaron las hazañas de infancia y las imágenes del barrio, que ha cambiado con los años. En este sentido, existe un reconocimiento especial a los niños de Santa Elvira, quienes con sus sueños nos hablaron de la esperanza del futuro y también se sumaron a este proceso de investigación, confirmando que el porvenir siempre debe encontrarse con el ayer. Un agradecimiento especial a todos los vecinos que participaron en la celebración del Día del Patrimonio, una jornada memorable donde los recuerdos contenidos en las fotografías, que se digitalizaron ese día, fueron grandes protagonistas. Muchas gracias a toda la comunidad de Santa Elvira, que con este gesto confirmó la importancia de compartir la historia y fortalecer las raíces para seguir mirando el futuro.

Gentileza de María Teresa Henríquez Concha, “Postal Familiar”, 1972. Papel, blanco y negro, borde blanco. 12 x 9 cm.


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Cronología

1835:

Asentamiento de las primeras familias santaelvireñas.

1870:

El sector aparece en el Plano de Chillán.

1939:

Terremoto que destruye por completo Chillán. La vertiente de Santa Elvira cumple el rol fundamental al abastecer de agua a la ciudad.

1949:

Comienza a funcionar la Escuela N° 44 (actual Escuela Palestina).

1950:

Nace el Club Deportivo Juniors.

1956:

Comienza a funcionar la Escuela Quilamapu.

1960:

Se inaugura el reconocido local “Onde´l Pala”.

1961:

Nace el Club Deportivo San Martín.

Década del ‘60: Deja de funcionar el conocido Tren Chico y la Compañía de Electricidad en el sector. 1965:

Comienza proceso de habilitación del servicio de agua potable.

1966:

Nace oficialmente la Junta de Vecinos, con anterioridad los habitantes se organizaban en comités.

1969:

Se produce la toma que da origen a la Población Arturo Prat.

Década del ‘70: Inicio de trabajos para el servicio de alcantarillado y proceso de pavimentación de la conocida calle República. 2005:

Concluye el proceso de pavimentación del sector.

2006:

Comienza a funcionar el Cecof de Santa Elvira.

2012:

Santa Elvira es reconocido por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo como Barrio Patrimonial y sus habitantes pueden acceder a subsidios especiales para reparar sus casas de adobe.


Bibliografía •

NORA, Piere. Les Lieux de Mémoire, Santiago de Chile, Lom Ediciones.

REYES C., Marco Aurelio. Breve Historia de Chillán 1835-1939. Cuadernos del Bío Bío, Chillán. 1999.

Diario La Discusión Archivos años 1939, 1960, 1969.

Gentileza de Nancy Díaz Hurtado, “Casa de mis abuelos en Santa Elvira”, Década del ‘50. Papel, blanco y negro. 13,5 x 8,5 cm.


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Historia del Barrio Santa Elvira  

Esta es la historia de uno de los barrios más antiguos y emblemáticos de Chillán, contada por sus propios vecinos.

Historia del Barrio Santa Elvira  

Esta es la historia de uno de los barrios más antiguos y emblemáticos de Chillán, contada por sus propios vecinos.

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