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C

omo soplando al oído un secreto bello: así te entregamos estas palabras escogidas para ti... Hemos arrancado extractos de sabiduría, del perfume que brota del pensamiento, impregnado de humanidad, de estos tres hombres de nuestro tiempo. Henri Nouwen, Anselm Grün, Jean Vanier... están aqui para hablarte poéticamente con sencillez y profundidad de Adviento y de Navidad. Ahora eres tú, el que escoge detenerse a saborear y degustar el contenido. Tenemos la secreta esperanza que luego de escuchar las voces de estos hombres notables, tu mirada se vuelva con una claridad nueva a contemplar de un modo distinto estos días... de modo que, al cerrar estas páginas, recibas el impulso que te haga más cercano a los tuyos. Abrazar, es el más precioso regalo que te puedes dar a ti mismo...  Abrazar es urgente... hay demasiada esperanza herida alrededor. Que no se quede sola... como papel de regalo roto, abandonado, luego de una fiesta sin sentido. Pedro Alberto Arellano M. Desafío


Dice el Señor: “Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz, como un torrente en crecida. Al verlo, se alegrará su corazón, y sus huesos florecerán como un prado. Isaías 66, 12-14


Enciende la primera vela de este adviento, guardando silencio y escuchando tu propio corazón. Enciende la segunda vela de este adviento, escuchando el corazón de esa persona que para ti, es tu más preciosa cercanía. Enciende la tercera vela, acogiendo con ternura el corazón de un adolescente… Enciende la cuarta vela de este adviento… contemplando un niño.

El anhelo de Dios es la comunión con nosotros y entre nosotros. Invita con un mensaje de texto y transforma un cafecito o una sencilla caminata por el parque, en un acto memorable de comunión… Escoge la página que quieras de este ramo y la simple lectura compartida te ayudará a crear el clima de intimidad necesario. Déjate sorprender por el regalo que es el otro para ti y descubre que tú también eres una bendición para él.


Surgirá un brote

N

uestra salvación viene de algo pequeño, tierno y vulnerable, algo que apenas se nota. Dios, que es el Creador del Universo, viene a nosotros en la pequeñez, en la debilidad, en lo oculto. Para mí, éste es un mensaje lleno de esperanza. De algún modo, sigo esperando acontecimientos grandes e impresionantes que me convenzan a mí y a los otros del poder salvador de Dios; pero una y otra vez se me recuerda que los espectáculos, los juegos de poder y los grandes acontecimientos son los modos del mundo. Nuestra tentación es dejarnos distraer por ellos y no ver la “rama que saldrá del tronco”. Si no veo los pequeños signos de la Presencia de Dios (la sonrisa de un bebé, el juego despreocupado de los niños, las palabras de ánimo y los gestos de amor que ofrecen los amigos), permaneceré siempre expuesto a la tentación de la desesperanza.

“Una rama saldrá del tronco de Jesé, un brote surgirá de sus raíces. Sobre él reposará el Espíritu del Señor…” (Is.11,1)

El niño de Belén, el joven desconocido de Nazaret, el predicador rechazado, el hombre desnudo en la cruz, él pide mi atención completa. La tarea de nuestra salvación se lleva a cabo en medio de un mundo que continúa gritando y abrumándonos con sus demandas y promesas. Pero la promesa se esconde en la rama que saldrá del tronco, una rama a la que nadie le presta atención. Hace tiempo vi una película sobre la miseria humana y la destrucción que provocó la bomba de Hiroshima; entre todas las escenas de terror y desesperación, sobresalía la imagen de un hombre escribiendo serenamente una palabra en caligrafía. Toda su atención estaba puesta en escribir esa palabra. La imagen transformaba la espantosa película en una llena de esperanza. ¿No es eso lo que Dios está haciendo? ¿Escribiendo la palabra divina de la esperanza en medio de nuestro oscuro mundo?1


E

l tiempo de espera, como vemos en las primeras páginas del Evangelio, es una espera impregnada de un sentido de promesa. “Zacarías, tu esposa Isabel te dará un hijo” (Lc. 1, 3). La gente que espera ha recibido una promesa que les permite esperar. Han recibido algo que está trabajando en ellos, como una semilla que empezó a crecer. Sólo podemos esperar cuando aquello que esperamos ha empezado para nosotros. Por lo tanto, la espera nunca es un movimiento de nada a algo. Siempre es un movimiento de algo a algo más. Zacarías, María e Isabel vivían con una promesa que los nutría, los alimentaba y los hacía capaces de quedarse donde estaban. Y de esta manera, la promesa misma podía crecer en ellos y para ellos. En segundo lugar, la espera es activa. La mayoría de nosotros considera la espera como algo pasivo, un estado sin esperanzas, determinado por acontecimientos que están totalmente fuera de nuestras manos. ¿El autobús está retrasado? No podemos hacer nada más que sentarnos a esperar. No es difícil entender por qué la gente se irrita cuando alguien le dice: “Tienes que esperar”. Las palabras como ésas parecen empujarnos a la pasividad. Pero no hay nada pasivo en las Escrituras. En ellas, los que esperan lo hacen de manera muy activa. Saben que aquello que esperan está creciendo en ellos o en las entrañas de la tierra sobre la que caminan: ése es el secreto. El secreto de la espera es la fe en que la semilla ha sido plantada, en que algo ha comenzado. La espera activa significa estar plenamente presente en el momento, con la convicción de que algo está pasando donde uno está y de que uno quiere estar presente en ello. Una persona que espera es alguien que quiere estar presente en el momento, alguien que cree que ese momento, es el momento. 2

Espera


Espera paciente

U

na persona que espera es una persona paciente. La palabra paciencia significa disposición para quedarse en el lugar en que estamos y vivir la situación plenamente en la creencia de que algo que allí se oculta se nos manifestará. La gente impaciente siempre espera que las cosas pasen en otro lugar y por lo tanto quieren estar en otro lado. El momento está vacío.

Pero la gente paciente se atreve a quedarse donde está. Vivir pacientemente significa vivir activamente el presente y esperar allí. La espera, por lo tanto, no es pasiva. Implica nutrir el momento, como una madre nutre al niño que crece dentro de ella. Zacarías, Isabel y María estaban presentes en el momento, por eso pudieron escuchar la voz del ángel. Estaban alertas, atentos a la voz que les habló y les dijo: “No tengas miedo. Algo te está sucediendo. Presta atención”. 3


P

ero hay más. La espera tiene un final abierto. Esto nos resulta difícil porque tendemos a esperar cosas muy concretas, cosas que deseamos tener. La mayor parte de nuestra espera está repleta de deseos: “Ojalá el clima mejore”, “Ojalá el dolor desapareciera”. Estamos llenos de deseos y nuestra espera a menudo se enreda en ellos. Por esta razón, gran parte de nuestra espera no tiene un final abierto; en lugar de eso, nuestra espera es una manera de controlar el futuro. Queremos que el futuro vaya en una dirección muy específica y si esto no sucede nos desilusionamos y podemos caer en la desesperación. Por eso nos cuesta tanto esperar, porque queremos hacer las cosas que posibiliten aquello que esperamos. Así vemos que los deseos tienden a estar conectados con miedos. Pero Zacarías, Isabel y María no estaban llenos de deseos. Estaban llenos de esperanza. La esperanza es muy diferente. Es confiar que algo se realizará, pero se realizará de acuerdo con las promesas y no según nuestros deseos. Por lo tanto, la esperanza siempre tiene un final abierto. Me he dado cuenta de que es muy importante en mi propia vida hacer a un lado los deseos y volverme a la esperanza. Sólo cuando me dispuse a abandonar mis deseos, algo realmente nuevo, más allá de mis propias expectativas, pudo sucederme.4

Espera con esperanza


T

ratemos de imaginar lo que María quiso decir con las palabras: “Soy esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, (Lc. 1, 38). Podría querer decir: “No sé lo que significa, pero confío que van a ocurrir cosas buenas”. Confió tan profundamente que su espera estaba abierta a todas las posibilidades. Y ella no quería controlarlas. Creía que si escuchaba con atención, podía confiar en lo que iba a suceder.

Espera abierta

La espera abierta es una actitud inmensamente radical hacia la vida. Como también lo es confiar en que algo que sobrepasa nuestra imaginación va a sucedernos. Es dejar de controlar nuestro futuro y permitir que Dios defina nuestra vida, confiando en que Él nos modela con su amor y no según nuestro miedo. La vida espiritual es una vida en la que esperamos, presentes al momento, confiando en que nuevas cosas van a pasarnos, cosas que van más allá de nuestra imaginación, fantasía o predicción. 5


¿

Cómo esperamos? Unos de los pasajes más hermosos de la Escritura es Lucas (1, 39-56), que sugiere que esperemos juntos, como lo hicieron María e Isabel. ¿Qué sucedió cuando María recibió la promesa? Fue a visitar a Isabel. Algo estaba ocurriéndole también a Isabel. Pero ¿cómo podían vivirlo? El encuentro de estas dos mujeres me parece emocionante, porque al reunirse, María e Isabel hicieron posible la espera de la una para la otra.

La visita de María hizo tomar conciencia a Isabel de lo que ella esperaba. El niño saltó de alegría en su seno. María afirmó la espera de Isabel. E Isabel le dijo a María: “Feliz de ti por haber creído que lo que te fue anunciado de parte del Señor se cumplirá”. (Lc. 1, 45). Y María respondió: “Mi alma proclama la grandeza del Señor” (Lc. 1, 46). Ella misma se estremecía de alegría. Estas dos mujeres crearon un espacio para que la otra pudiera esperar. Se afirmaron la una a la otra que algo estaba ocurriendo y que valía la pena esperarlo.

Esperando juntos


Creo que ése es el modelo de comunidad cristiana. Es una comunidad de apoyo, celebración y afirmación en donde podemos elevar lo que ya ha comenzado en nosotros. La visita de María a Isabel es una de las expresiones bíblicas más hermosas acerca de lo que significa formar una comunidad, estar juntos, reunidos alrededor de una promesa, afirmando que algo realmente está ocurriendo. De esto se trata la Oración. Reunirnos alrededor de la promesa. De eso se trata la celebración. Elevar lo que ya está ahí. De eso se trata la Eucaristía. Decir: “Gracias”, por la semilla que ha sido plantada. Decir: “Esperamos al Señor que ya ha venido”.

El completo significado de la comunidad cristiana yace en el ofrecimiento de un espacio en el que podemos esperar lo que ya hemos visto. La comunidad cristiana es el lugar donde mantenemos encendida la llama entre nosotros con seriedad, de modo que pueda crecer y fortalecerse en nosotros. De esta manera podemos vivir con valentía, confiando en que hay un poder espiritual en nosotros que nos ayuda a vivir en este mundo sin ser constantemente seducidos por la desesperanza, la perdición y la oscuridad… Esperando juntos, nutriendo lo que ya ha comenzado, esperando su plenificación: Ése es el significado del matrimonio, la amistad, la comunidad, la vida cristiana.6


N

uestra espera siempre está moldeada por la atención a la palabra. Esperamos sabiendo que alguien quiere dirigirse a nosotros.

La pregunta es: ¿Estamos en casa?, ¿estamos en casa, listos para abrir la puerta? Necesitamos esperar juntos, para mantenernos unos a otros en casa espiritualmente, para que cuando la palabra llegue pueda hacerse carne en nosotros. Por eso es que la Palabra de Dios está siempre en medio de aquellos que se reúnen. Leemos la palabra para que pueda hacerse carne y tener toda una nueva vida en nosotros.7

Esperando con la Palabra


La anunciación del ángel Gabriel a María Un día, mientras María se encontraba rezando se le apareció un ángel llamado Gabriel y le dijo: “Alégrate María, Dios está contigo. El te ha elegido”. María no entendía qué significaban las palabras del ángel, pero Gabriel le dijo: “No temas María, porque has encontrado el favor de Dios. Vas a quedar embarazada y darás a luz un hijo al que le pondrás por nombre Jesús. Será grande entre los hombres y será llamado “Hijo del Altísimo”. María entonces dijo: “Pero, ¿cómo podré ser madre si no soy casada?” El ángel contestó: “Para Dios no hay nada imposible. El Espíritu Santo descenderá sobre ti y por eso tu Hijo será Hijo de Dios”. María contestó: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. En ese momento se produjo el misterio de la Encarnación: El Hijo de Dios se hizo hombre. (Lucas 1, 26 – 38) José fue el hombre elegido por Dios para que fuera el esposo de María, y así amarla, cuidarla y respetarla toda la vida. Juntos se pusieron en las manos de Dios para cumplir su voluntad. (Mateo 1,23-24)


El viaje a Belén María y José vivían en Nazaret tranquilos, esperando la llegada del niño. El emperador de esa época quiso saber cuánta gente vivía dentro de sus tierras. Para averiguarlo ordenó que se hiciera un censo, por lo que cada uno de sus súbditos debía viajar al pueblo donde había nacido. María y José tuvieron que viajar a Belén para inscribirse en el censo. Su hijo estaba por nacer. Al llegar a Belén estaban muy cansados; el viaje en burro había sido largo y agotador. En Belén todas las posadas y refugios estaban llenos. En cada puerta que golpearon les respondieron que no había lugar para ellos. Un posadero compadecido del cansancio de María y al ver que pronto sería madre, les prestó una pesebrera para que pudieran descansar. (Lucas 2, 1-5)

El nacimiento de Jesús María y José se acomodaron como pudieron en la pesebrera que el posadero les ofreció. A medianoche, el pesebre se llenó de luz: el Niño Jesús había nacido. Mientras María lo arropaba en pañales, José preparó una cuna poniendo paja fresca en el comedero de los animales. Los animales se acercaron a mirar al recién nacido, calentándolo con su aliento. Cerca de allí, había un grupo de pastores con sus rebaños. De pronto, una luz cegadora los alumbró y ellos se asustaron mucho. Pero oyeron la voz del ángel que les dijo: “No tengan miedo, vengo a contarles una gran alegría, hoy ha nacido el Salvador, que es Cristo, el Señor. Lo reconocerán porque es un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. En eso aparecieron más ángeles, alabando a Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en los cielos y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!”. Los pastores encontraron a María, a José y al Niño. Lo adoraron y fueron contando por todas partes lo que habían visto y oído. (Lucas 2, 6-20)


Visita de los reyes magos Cuando Jesús nació, Herodes gobernaba como rey de Jerusalén. En ese entonces llegaron unos sabios de oriente: Melchor, Baltazar y Gaspar, preguntando por el rey de los judíos que acababa de nacer, pues habían visto una estrella extraordinaria en el cielo y venían a adorarlo. Ante esa noticia, Herodes se asustó de que le quitaran su reinado y preguntó a los sacerdotes dónde debía nacer el Mesías. Ellos contestaron que en Belén. Herodes les mostró el camino a los sabios y les dijo: “vayan, busquen al niño y luego vengan a contarme para yo también ir a adorarlo”. Los sabios se pusieron en camino. Encontraron nuevamente la estrella y la siguieron hasta donde estaba Jesús. Al ver a María y al Niño se inclinaron ante Él y lo adoraron. Luego, le entregaron sus regalos: oro, mirra e incienso. (Mateo 2, 1-12)


¿

Qué puedo decir en una noche como esta? Todo resulta excesivamente pequeño y grande, cercano y distante, tangible e inasible. Sigo pensando en el nacimiento que Anthony arregló al pie del altar. Ese es el pesebre con más sentido que he visto jamás. Se trata de tres figuras talladas de madera, procedentes de la India: una pobre mujer, un pobre hombre y un niño pequeño entre ellos dos. La escultura simple, casi primitiva. Sin ojos, sin orejas, sin bocas, sólo los contornos de los rostros. Las figuras son más pequeñas que una mano humana, casi demasiado pequeñas para llamar la atención. Pero un rayo de luz las ilumina y las convierte en grandes sombras proyectadas sobre la pared de la iglesia. Lo dice todo. La luz que llega hasta la pequeñez de María, José y el Niño proyecta, como sombras, grandes esperanzas contra las paredes de nuestra vida y nuestro mundo. Al mirar la escena íntima, percibimos los primeros contornos de la majestad y gloria que representan.

Navidad en la abadía

Al testimoniar lo más humano de entre los hombres, veo la majestad de Dios apareciendo en el horizonte de mi existencia. Al quedar conmovido por la bondad de estas tres figuras, quedo lleno de admiración por la grandeza del amor de Dios que aparece en mi mundo. Sin el radiante rayo de luz brillando en la oscuridad, habría poco que ver. Podría pasar simplemente caminando en las tinieblas. Pero la luz lo cambia todo. Durante estos siete meses, la luz me ha hecho ver no sólo las tres figuras pequeñas sino también la proyección de sus sombras hasta muy lejos. Esta luz hace nuevas todas las cosas y revela la grandeza escondida en el pequeño acontecimiento de esta Noche Santa. Pido que pueda tener la fortaleza de mantener viva la luz en mi corazón para que pueda ver, y señale las sombras esperanzadoras que aparecen en los muros de nuestro mundo.8


E

l Niño no nació en la capital, no nació donde tenemos nuestros negocios, donde tenemos éxito y valemos algo. Nació en Belén, en la provincia, en las zonas más insignificantes y olvidadas de nuestra alma. Allí los Reyes Magos encuentran la casa con María y el Niño, la morada en la que se sienten realmente en casa, porque allí vive el misterio. Caen de rodillas ante el niño y lo adoran. Y al olvidarse de sí mismos e inclinarse ante el niño, se vuelven niños ellos mismos. Algunos artistas han pintado cuadros mostrando cómo se convierten las manos de los ancianos en manos suaves, cómo brillan sus ojos, cómo su rostro se ilumina como un rostro de niño. Y ponen las ofrendas a sus pies: el oro como símbolo de sus posesiones. Ya no necesitan más de estas riquezas, el niño les basta. El niño les da mucho más que todo el oro del mundo. El incienso es el símbolo del anhelo. Y se ha saciado este anhelo. Han llegado, finalmente, a casa. Uno se da cuenta de que solamente en el hogar es donde habita el misterio. El incienso venera el misterio, venera a Dios. Así nos dicen los Padres de la Iglesia. Tal como el incienso asciende al cielo, también nuestro corazón anhela el misterio que nos permite estar en casa. En casa, donde habitan María y el Niño. Allí, uno se siente en casa. Los Reyes Magos traen mirra consigo, una planta curativa que, según la leyenda, proviene del Paraíso. Al olvidarse de sí ante el Niño y consumirse en la adoración ya no notan sus heridas, y perciben algo del auténtico principio del Paraíso.9

Vivaz y tierno como un niño


N

o debemos malinterpretar el nacimiento de Dios como si pudiéramos disponer de Dios.

C. G. Jung dice que la persona debe saber que es solamente el establo en el que nace Dios. No somos un palacio que alberga a Dios. No merecemos que Dios esté en nosotros. Tampoco lo merecemos ni con ascetismo ni oración ni con meditación. Somos apenas un establo. Y en ese establo hay estiércol y suciedad. No es necesario ocultar lo impuro que hay en nosotros. Dios nos dignifica habitando en nosotros a pesar de todo. Pero necesitamos de la celebración de la Navidad para poder creer. Pues, por nosotros mismos, no podemos creer.

Somos tan sólo el establo

En nosotros, vemos muchas veces sólo lo oscuro, lo enmarañado, los límites y las flaquezas. Nos percibimos muchas veces muy lejos de Dios. Tenemos que tener ante nuestros ojos el recuerdo de que Dios ha nacido en el pesebre, en el establo, rodeado de bueyes y burros, y que justamente los pastores, las zonas menos agradables de nuestra alma, deben venir para adorar este niño, mientras que nuestra razón, por ser la zona más noble, se retira disculpándose: “No hay lugar en la posada”. Y necesitamos villancicos y velas para creer que el Nacimiento de Dios puede lograr en nosotros un nuevo sonido con nuevas cuerdas. 10


Esta desesperanza mía: “Hace unos años visité una gran institución en Brasil. Eran aproximadamente las 10 de la mañana. Al entrar en una habitación en la que había unos cuarenta niños con discapacidades, que todavía se encontraban en la cama, me sorprendió el que ninguno de ellos llorara. Los niños solo lloran cuando saben y esperan que alguien va a responder, no malgastan sus energías cuando están seguros que nadie va a escuchar. Entonces se encierran en la desesperación, no tienen esperanza”.11

“Muchas personas se ven abrumadas hoy por la desesperación (…) No saben adónde dirigirse ni qué hacer frente a tantas divisiones, guerras, corrupciones, injusticias, miserias, hipocresías y mentiras de nuestro mundo. Han perdido la esperanza. Otros están paralizados, porque se sienten no queridos, marginados, presos de la soledad y la angustia. Muchos jóvenes sienten que no tienen lugar en nuestras sociedades, tan estructuradas y competitivas, y tratan de huir a través de las drogas, el alcohol, la violencia y el sexo. De algún modo, todos estamos bloqueados por muros de temor y de prejuicios, incapaces de amar y respetar a los demás y compartir con ellos”. 12


El pesebre en el que Dios quiere depositar a su Hijo

“Cuando no damos más, cuando nos hemos metido en un callejón sin salida, cuando nos sentimos incomprendidos, dejados de lado y rechazados, justamente es cuando Dios quiere ser dado a luz en nosotros. Ahí donde no queremos mirar, en el ámbito de nuestras pulsiones, en los abismos de nuestra alma, ahí donde en nosotros hay frío y dureza, justamente ahí es donde está listo en nosotros el pesebre en el que Dios quiere depositar a su Hijo”. 13


“La Palabra se hizo carne


y habitó entre nosotros” (Jn. 1, 14)

D

ios, el Dios eterno, el Creador de cielo y tierra, se hizo como nosotros, un ser humano vulnerable y mortal. Se hizo un niño necesitado de una madre, concebido en sus entrañas, alimentado por sus pechos, necesitado también de su amor y del amor y la presencia de José, para crecer y desarrollarse como ser humano. La Palabra “habitó entre lo cual se puede puede nosotros”, la que se traducir:como: “Puso su tienda entre traducir “Puso su tienda nosotros”. Se hizoSeperegrina y entre nosotros”. hizo peregrina hermana, caminó enen elel desierto y hermana, caminó desierto con nosotros. Se hizo parte de la historia y nos reveló un camino hacia Dios y hacia la Paz universal”. universal. (…) en Dios hay comunión, unidad, amor y luz, y de esta comunión fluye toda la creación. Y este movimiento encontró su plenitud cuando la Palabra se hizo carne para introducir a los seres humanos en una nueva comunión con Dios, para que se hagan uno con Dios. Solo Él nos muestra el camino (…) Sólo para hacernos uno con Dios.14


Nuestro especial agradecimiento a los autores de las obras escogidas: Henri Nouwen, Anselm Grün y Jean Vanier

REFERENCIA Textos Seleccionados 1

Nouwen, Henri. “Semillas de Esperanza”. Editorial Lumen. Pág. 153. 2 Op.cit. Pág. 154. 3 Op.cit. Pág. 155. 4 Op.cit. Pág. 156. 5 Op.cit. Pág. 156. 6 Op.cit. Pág. 157. 7 Op.cit. Pág. 158. 8 Op.cit. Pág. 159. 9 Grün, Anselm. “Con el Corazón y todos los sentidos”. Editorial Lumen. Septiembre 2003. Pág. 387 10 Op.cit. Pág. 387 11 Vanier. Jean. “Acceder al misterio de Jesús”. Editorial Sal Terrae. Pág. 112, p2 12 Op.cit. Pág. 114, p2 13 Grun, Anselm. “Vivir en el espíritu de Navidad”. Pág14 14 Cfr. Vanier, Jean. Op.cit. Pág. 24, 25, 27


Q

ué hermoso el sonido de las aguas, que bajan caudalosas desde los altos lugares. Sonido que brota de adentro del agua Te quiso escoger nuestro Padre Para que me llamaras a ser gota en el torrente Te quiso mi alma madre gota de agua

Como gota de rocío Como gota de llanto en mi mano Como gota de lluvia en mi jardín Gota de agua inmersa en la mar inmensa Qué hermoso el sonido de las aguas, que bajan caudalosas desde los altos lugares. Descienden cantando su camino hacia el mar Te pienso pequeña transparencia Metida en la corriente de ternura que mueve el universo Naciendo de nuevo para darte como el agua Para regar los sueños Para calmar la sed del corazón Para lavar el alma Para embellecer los ojos y contemplar con más amor. música y letra tencha miranda


Navidad con sentido Realizado por Directores Coordinación Editorial Edición y Diseño Fotografía Fotomecánica e Impresión Inscripción ISBN Primera Edición Santiago de Chile

DESAFIO S.A. Pedro Alberto Arellano M Denis Gallet D Ximena Aguirre Tencha Miranda Pedro Alberto Arellano M Quebecor World Chile S.A. 167 147 978 - 956 - 7268 - 48 - 1 Noviembre 2007


Navidad con sentido