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DOS MONSTRUOS juan revol * ilustrado por: federico di pilla

*Encontrá más títulos de la colección en: www.cultura.gob.ar/leeresfuturo


Revol, Juan Dos monstruos / Juan Revol ; coordinación general de María Inés Kreplak ; ilustrado por Federico Di Pilla. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Ministerio de Cultura de la Nación. Secretaría de Políticas Socioculturales, 2015. 102 p. : il. ; 16 x 12 cm. - (Leer es futuro / Vitali, Franco; 32) ISBN 978-987-3772-94-8 1. Cuento. I. Kreplak, María Inés , coord. II. Di Pilla, Federico, ilus. III. Título. CDD A863

Fecha de catalogación: 16/11/2015 • Coordinación editorial: Inés Kreplak • Edición literaria: Marcos Almada • Asistencia edición literaria: Juliana Portilla y Sebastián Basualdo • Diseño de tapa e interiores: Pablo Kozodij


colección leer es futuro En el marco de una serie de actividades de promoción y fomento de la lectura, el Ministerio de Cultura presenta la colección de narrativa Leer es Futuro, que llega a tus manos en forma gratuita para que puedas disfrutar del placer de la lectura. En esta oportunidad, convocamos a escritores jóvenes cuya carrera está apenas comenzando, con el objetivo de visibilizar su tarea, contribuir a la difusión de sus obras y democratizar el acceso a la palabra, en continuidad con la ampliación de derechos garantizada por los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. También hay que mencionar la inclusión de


los ilustradores de cada uno de estos libros: todos j贸venes y talentosos dibujantes con ganas de mostrar su trabajo masivamente. Y en un formato de bolsillo para que la literatura te acompa帽e a donde vayas, porque leer es sembrar futuro. Ministerio de Cultura Teresa Parodi | Ministra de Cultura


juan revol córdoba, 1993. Publicó las novelas En busca de la Raf (Comunicarte), El oro de las sombras (El Emporio), el libro de poemas Shinigami (A.t.e.o.), y la novela Cuásar (Borde Perdido). Es cotraductor del portugués al español de los libros de la colección Mar de Capitu (La Sofía Cartonera): Castilho Hernandez o el cantante y su soledad, de Sidney Rocha; El pretexto para todos mis vicios, de Heitor-Ferraz-Mello; Figuras en tránsito, de Alberto Martins; y Heterotanatografía, de Juliano Pessanha. Es también cotraductor del élfico al español de la Farmacopedia Feérica Consensuada (Edición Facsímil) (Bacstrom).


federico di pilla morón, buenos aires, 1986. Egresado de la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano, es ilustrador e historietista. Publicó los libros Perfecto Bandido y Chuño y realiza un webcómic mensual llamado “Ladrones de Historias” con guión de Emiliano Maitía.


acantonamiento


Ya se durmieron todos. Hasta el tonto de Pedrito estรก dormido, por mรกs que parece que no. Porque Pedrito siempre se duerme con los ojos abiertos. Por eso nos da miedo ir a dormir a su casa, porque con la luz que entra por la persiana los ojos se le ponen blancos a Pedrito como si estuviera muerto. Por eso y por lo del hermano, porque Pedrito siempre dice que si no hacemos lo que nos pide su hermano nos va a cagar a trompadas. Pero yo a eso no le tengo miedo, porque yo lo vi a

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su hermano. Yo lo vi y vi que los demás chicos de su curso lo molestan todo el tiempo, así que seguro que el hermano de Pedrito no sabe pelear bien. Seguro que es igual de tonto que Pedrito. Cada vez que le digo a mi mamá que Pedrito es un tonto, me dice que no seamos malos con él, que le tengamos paciencia. Que su papá se fue y lo dejó y que por eso se porta mal. El chico nuevo me dijo el otro día que él sabe la verdad sobre el papá de Pedrito. Me dijo que el papá de Pedrito estaba cansado y se murió a propósito, para no tener que hablar más. Yo no sé qué le pasó en realidad, pero a mí me gustaría que mi papá se vaya si eso te deja ser malo. Ser malo y que nadie te diga nada, que todos tengan que perdonarte las cosas malas solo porque tu papá no está.

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En el aula hace frío. El reloj que me regaló mi abuelo tiene luz, así que la prendo y veo que son casi las doce y media. Es la primera vez que nos quedamos a dormir en el colegio, porque recién en tercer grado los profesores de educación física dejan quedarse a un acantonamiento. Igual, también hay que tener una autorización firmada por los padres. Ya se durmieron todos, hasta los profesores. Si vamos a ir a explorar, tenemos que ir ahora. NJ y Alonso están durmiendo. Yo no voy a ir sin ellos, el trato era que íbamos a ir los tres. No sé qué hacer. Si los despierto se van a enojar conmigo. Capaz que se les pasaron las ganas de explorar. Capaz que tienen miedo y se hacen los dormidos. Afuera está muy oscuro. Yo no los voy a despertar. Si se despiertan, los

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acompaño, si no, me duermo y mañana nos despertamos todos y nos hacemos los que nos quedamos dormidos sin querer. Con la linterna alumbro a NJ. La prendo y la apago, se da vuelta. Se le rompió el cierre de la bolsa de dormir, pero no se da cuenta. NJ nunca tiene frío. Cuando estoy por iluminar a Alonso, NJ se levanta. —Hola. —Hola. —¿Vamos a ir? Ahora todo me da una sensación rara. Pero no puedo decir que no. —Por mí sí. Yo no tengo problema. El tema es si nos descubren. Si nos descubren, nos pueden mandar notas y retarnos. —¿Tenés miedo?

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—No. No tengo miedo. Solamente te estoy diciendo cómo son las cosas, que si nos descubren nos pueden mandar notas. —Pero no nos van a descubrir. Sos un maricón. A veces, cuando NJ se pone así, tengo ganas de pegarle. Es mi mejor amigo, nunca me peleé con él, menos esa vez que le dijo a otro chico de mi curso que es más imbécil que Pedrito, pero que sí tiene a su papá, cuál era la chica que me gustaba. Lo peor de ese chico es que no tiene excusa para portarse mal. Mi mamá dice que es un malcriado. Dice que la culpa no es del chico, sino de los padres, que tienen caca en la cabeza y le compran de todo. —Bueno. Vamos. Pero si nos descubren, no

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sé. Yo te dije. ¿Lo despertamos a Alonso? —Dale. Esperá que busco mi linterna y lo alumbramos. No es de creído, pero la mía es la mejor. Es de las que usan en el ejército, me la regaló mi tío. —La mía también alumbra bien. —Puede ser, pero la mía es la mejor. No es de creído, es porque es de las que usan en el ejército. NJ no es creído. Su linterna sí ilumina mejor. Tiene la opción de poner cuatro colores de luz: rojo, verde, amarillo y azul. NJ empieza a iluminar a Alonso con la luz roja. Al principio parece que todo es de sangre. Como Alonso no se despierta, cambia a la azul, porque la amarilla y la verde iluminan mucho y pueden llegar a despertar a los profesores. Alonso

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tampoco se levanta, entonces NJ lo patea. —¿Qué pasa? —¿Vamos? —Estoy cansado, quiero dormir. —Eso es mentira. Tenés miedo, sos un mentiroso. Sos un maricón. Alonso se levanta. —Andá a cagar. El maricón sos vos. Si vamos, vamos rápido. Nos abrigamos. En realidad, solo Alonso y yo nos abrigamos, porque NJ nunca tiene frío. Salimos del aula con cuidado, sin hacer ruido. Pedrito parece muerto durmiendo con los ojos abiertos. Además, ahora se le abrió la boca y le está cayendo baba por un costado. Le señalo la cara de Pedrito a Alonso y Alonso se arrodilla encima de él, haciendo como si

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le metiera su pito en la boca. Nos reímos. NJ ilumina con su linterna del ejército adelante. Por las dudas, yo también llevo la mía. La de Alonso es muy mala. Es chiquita, está metida en un llavero. Pobre Alonso, debe ser muy feo tener que andar con esa linterna. Salimos al patio. Está muy oscuro. Tan oscuro que parece azul. La única luz que nos llega es la de un cartel que está en la calle. En la oscuridad, la tierra del patio parece otra cosa. Parece una piel, como la piel que cambian las serpientes y nos enseñaron cuando fuimos al zoológico el año pasado. Ahora NJ pone su luz amarilla. Ilumina mucho, la tierra deja de ser piel de serpiente y es solamente tierra amarilla. De noche las cosas son más raras. Nos dijeron que el gordo Natán de quinto

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grado está cavando un agujero para escaparse del colegio. Ninguno de nosotros lo vio, pero un chico de cuarto que es amigo de Alonso le contó eso, así que debe ser verdad. El gordo Natán es un gordo de mierda, y siempre anda con un yeso en alguno de los brazos. Dicen que el agujero está en el arenero grande, el que está atrás de las tribunas. Dicen que está tapado con unas ramas que los amigos del gordo Natán consiguieron trepándose a uno de los árboles del patio del secundario. Tengo ganas de explorar el secundario. Dicen que ahí vive un fantasma. —¿Quieren que después de ver el agujero del gordo Natán vayamos a explorar el secundario? —¿El secundario? Ni en pedo, Negro. Ahí vive el fantasma del viejo ese. Yo ahí no me meto. —Ves que vos sos el maricón. El Negro tiene

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razón, vayamos al secundario. NJ está de mi lado, pero porque siempre está de mi lado. Igual, por más que tengo ganas de ir, sé que en el fondo Alonso tiene razón. Sé que no tenemos que meternos en el secundario. Hay que ser medio imbécil para meterse ahí. —Bueno, hagamos una cosa. Vayamos primero a ver el agujero del gordo Natán y después vemos qué hacemos. Cruzamos el patio hasta llegar al arenero. Lo que decían del gordo Natán es verdad, el agujero está tapado con ramas. Las corremos con cuidado, para que después las podamos volver a acomodar y los de quinto grado no se enteren de que anduvimos tocando sus cosas. Los de quinto grado son unos imbéciles y

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siempre quieren pelear. —Es muy hondo. —Sí. Muchísimo —dice NJ mientras ilumina el fondo del agujero—. Qué raro que todavía no lo haya descubierto ninguna maestra. —Sí. Igual, a mí lo que me dijeron es que Natán quiere llegar a China para escaparse al otro lado del mundo. Falta un montón para que el gordo llegue a China. —¿Pero cómo sabe que cavando acá va a llegar a China? —Porque la tierra es redonda, bruto. —Ya sé que la tierra es redonda —no entiendo el plan del gordo Natán—. Ya sé que la tierra es redonda, ¿pero cómo sabe el gordo que va a salir justo en China y no en otra parte del mundo?

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—Porque China está justo abajo nuestro. Abajo o arriba, depende de donde lo veas. Está en la parte del revés del mundo, ¿entendés? —Claro. Puede ser. Igual, le falta mucho. —Sí. Va a tener que cavar todo el año para llegar. —Pero no va a llegar nunca. Se va a morir antes de llegar. Se va a morir porque antes de llegar al otro lado va a tener que pasar por el infierno, que está en el centro de la Tierra, donde está toda la lava que a veces largan los volcanes. Puede que NJ tenga razón. Si el infierno está en el centro de la Tierra, el gordo Natán se va a quemar antes de llegar a China. —Mi mamá dice que el infierno no existe. —Te digo algo, Alonso, pero no te pongas

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mal. No es de creído, pero estoy seguro de que tu mamá te dice eso para que no te dé miedo. Pero tu mamá sí sabe que el infierno existe. Además, a mí me lo dijo Dios. Para mí que NJ está mintiendo, porque no conozco a nadie que haya hablado con Dios. —¿Cómo te lo dijo Dios? —Me lo dijo en su idioma, porque yo sé hablar el idioma de Dios. Se habla de noche, cuando ya estás en la cama. —¿Y cómo se habla? —Se habla escuchando, es un ruido parecido al del televisor cuando está recién apagado y pasás la mano por la pantalla y salen chispitas. Es como una voz muy bajita que no dice palabras. —Como una especie de zumbido.

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—Claro, eso. Es como una especie de zumbido. —¿Así que ese es Dios? Entonces yo también sé hablar el idioma de Dios, porque siempre cuando me acuesto me quedo escuchando ese zumbido un rato largo. Es un idioma fácil, no como el inglés. No entiendo muy bien qué están diciendo. A mí no me sale hablar el idioma de Dios. No me gusta que ellos dos sepan hablarlo y yo no. Yo no escuché nunca ese zumbido. Cuando me voy a dormir mi cabeza empieza a hablar por adentro. Nunca escuché ningún zumbido. —¿Y vos, Negro? —¿Qué? —¿Vos no sabés hablar el idioma de Dios?

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—No. Para mí que ustedes dos están imaginando eso. Dios es como las cosas, existe pero no tiene idioma. Las cosas no hablan. Solo las personas hablan. Los seres humanos. Además, si el idioma es un zumbido, ¿cómo te puede haber dicho que existía el infierno? ¿Cómo te lo puede haber dicho sin palabras? NJ y Alonso se miran. Se ríen entre ellos. —No entendés nada. El idioma de Dios se entiende así nomás. El zumbido te dice muchas cosas, te dice de todo. Solamente hay que escucharlo y entran las sensaciones. Así funciona, con sensaciones, no con palabras. A mí, por ejemplo, me dijo en una sensación que el infierno sí existe. —Y a mí me dijo en una sensación que se iba a morir mi abuela. Y se murió. Se murió

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y nadie entendía nada, pero yo ya sabía. Claro, no sabía que ése era el idioma de Dios. Se murió porque Dios me dijo que se iba a morir. Para mí que Alonso está mintiendo. No creo que Dios le haya dicho que su abuela se iba a morir. Para mí que los dos están mintiendo. —¿Y entonces qué hacés de noche, antes de dormirte, si no hablás el idioma de Dios? —No sé. Hablo mi idioma. Invento historias, a veces las historias van volviéndose un sueño. Por ejemplo, anoche me imaginé a un monstruo que se llamaba Bulpan y que salía de un agujero en el piso. Era bueno Bulpan. Me enseñaba a jugar con unas cartas raras. El resto de la historia no me la acuerdo, porque ahí todo se empezó a transformar en sueño y ya no pude pensarla más. Voy a ver si la escribo, así invento el resto.

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—Claro. Vos nada más sabés hablar tu idioma, no el idioma de Dios. —Nada que ver. También sé hablar inglés, que es mucho más difícil que el idioma de Dios. Y hablo mucho mejor que ustedes inglés, no me digan que no. Al idioma de Dios lo habla cualquiera. NJ y Alonso se quedan callados porque saben que tengo razón. Saben que el inglés es muchísimo más difícil que ese idioma de mierda que hablan ellos, que es de zumbidos nada más. Nos quedamos los tres en silencio un rato que parece muy largo, pero cuando veo la hora con el reloj que me regaló mi abuelo me doy cuenta de que recién casi es la una. —Mejor tapemos el agujero, así no se entera Natán.

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Volvemos a tapar el agujero con las ramas rápido. Borro las huellas en la arena, por las dudas el gordo Natán se dé cuenta de que esas huellas son de nuestras zapatillas si las llega a ver. Con el gordo Natán es mejor no tener problemas. Hasta con el yeso pelea bien. —¿Qué hacemos ahora? —¿Quieren que vayamos al secundario? Los chicos lo vuelven a pensar haciéndose los tontos. Se nota que en el fondo les da miedo meterse ahí. A mí también me da un poco de miedo. NJ empieza a caminar entre los pinos que están antes del alambrado que da a la calle. Se agacha para no pincharse. Si no fuera por la luz amarilla de su linterna, ya lo habríamos perdido de vista. —Miren, vengan. Acá el alambrado está roto.

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Mejor que ir al secundario va a ser salir a la calle. A que nadie se anima a eso. —Yo sí me animo —dice rápido Alonso—. En la calle no pasa nada. —¿Y vos, Negro? ¿Te animás? Si nos descubren nos van a mandar muchas más notas todavía. Nos van a echar. Una vez me contaron que un compañero del hermano de Pedrito salió del colegio a la calle y casi lo expulsan. —Yo me animo, pero tenemos que volver muy rápido. Tenemos que volver muy rápido porque si se llegan a enterar de que nos fuimos puede que nos expulsen. A un compañero del hermano de Pedrito que se escapó a la calle casi lo expulsan. ¿Sabían eso, ustedes? —Igual —dice NJ—, es de noche, nadie se va

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a dar cuenta. Vamos y volvemos rápido. —Sí. A la calle me animo. Vamos, Negro. No se van a dar cuenta. De golpe siento como que alguien me está diciendo que todo va a salir mal. Que no tenemos que salir. No sé si será Dios hablándome. Igual, si es Dios, no habla como un zumbido de televisor apagado. A mí me está hablando como un nudo en la garganta y un poco de ganas de llorar. —Bueno. Está bien. Vamos, pero volvamos rápido. En la calle no está tan oscuro como en el patio del colegio. Pero todo parece muy sucio, la luz de los postes ensucia la oscuridad. La calle está como triste, o yo la siento un poco así por el nudo que tengo en la garganta y que

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no se va y todavía no me deja hablar. Doblamos en una esquina y vemos un monstruo. Los chicos se asustan, pero yo pienso en Bulpan y en que no todos los monstruos son malos. Se mueve mucho, es grueso, no alcanzamos a verle bien la cara. Lo vemos como borroso, porque en esa calle no hay ninguna luz. La oscuridad está más limpia pero también hace más frío, me hubiera gustado traer más abrigo. Los chicos quieren salir corriendo porque el monstruo hace ruidos raros, pero yo les digo que no se preocupen. Que no sé hablar el idioma de Dios, pero que me gusta hablar con monstruos, y que seguro es un monstruo bueno. Y si no sabe hablar nuestro idioma capaz que es un monstruo que habla inglés, y yo soy

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el que mejor sabe hablar inglés. Los chicos me esperan en la esquina mientras me le acerco. Voy con la linterna apagada porque no quiero que se asuste, no quiero que piense que lo voy a lastimar. Como estoy más cerca puedo escuchar sus ruidos mejor, y me doy cuenta de que el monstruo tiene dos voces, una más rasposa y otra más de mujer. La voz de mujer está triste, dice cosas bajito llorando. Estoy muy cerca del monstruo y prendo la linterna. Ahí me doy cuenta de que en realidad no es un monstruo, es un señor apretando con manos como garras a una chica. Los dos tienen los pantalones medio bajados, el señor agarra a la chica por atrás. El tipo tiene los ojos cerrados y levanta mucho la pera, la chica está llorando mucho, le salen muchas lágrimas. Parecen una sola cosa

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de lo apretados que están. Me quedo sin poder hacer nada, mirando a la chica. Sé que el tipo es malo, como el gordo Natán o capaz como Pedrito, sin papá. Sé que el tipo es malo y que la chica es buena, porque la chica está llorando y los que lloran son siempre los buenos. No los maricones, como dice NJ. La quiero ayudar pero no sé qué hacer, la chica me mira con los ojos bien abiertos, como diciéndome que me vaya. Entonces el tipo abre los ojos y me ve, no se había dado cuenta de la luz de mi linterna porque no alumbra tan bien como la de NJ. El tipo abre los ojos y recién ahí me ve, y me ve y se empieza a reír, y se le ven todos los dientes, y se ríe con tanta fuerza que me doy cuenta de que en realidad el tipo sí es un monstruo, de los que son malos hijos de putas, de los que

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son malos y se disfrazan de señores comunes. Entonces ahí me da miedo y voy corriendo a la esquina. Cuando NJ y Alonso me ven empiezan a correr yendo para el colegio, llegamos rápido al hueco en el alambrado por donde nos escapamos. Tengo ganas de llorar pero siento que no hay tiempo para eso y que Dios está enojado porque no me di cuenta de que me estaba hablando en una forma que no era zumbido de televisor apagado. Antes de entrar a la escuela, miro atrás nuestro, para ver que el monstruo no nos haya seguido. Pero no, el monstruo se quedó con la chica, pobre chica, no la pude ayudar. Por lo menos no nos persiguió a nosotros. Debería haber hecho algo. Al final, soy un maricón. Nj, Alonso y yo: al final, los tres somos unos maricones.

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NJ y Alonso no se animan a hablar, cruzamos corriendo el patio en la oscuridad, ni siquiera nos acordarnos de prender la linterna de NJ. Cuando llegamos al aula vemos que nuestros profesores siguen durmiendo y, sin decirnos nada, nos metemos cada uno en su bolsa de dormir. Quiero dormir, pero nunca puedo cuando tengo más ganas de llorar que sueño. Y si me largo a llorar voy a despertar a alguien y me van a decir que soy un maricón, porque todavía no aprendí a llorar bajito, como la chica. Tendríamos que haber ido al secundario. Seguro que el fantasma no daba tanto miedo.

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los novelistas


—Tengo una idea para una novela. Lucas y el Negro habían salido a andar en bicicleta. Cuando Lucas habló, estaban sentados en un banco de la Plaza de la Intendencia. —¿Sí? ¿Qué idea? —En realidad —Lucas tomó el último trago de la botella de agua que habían llevado—, no es una idea sobre una novela. Digamos; no es sobre una historia, sino sobre cómo escribir una novela. No tengo un argumento, pero con esta técnica no haría falta pensar en uno. Al Negro, Lucas lo aburría. Pero a pesar de 39


que se conocían desde el cursillo de la facultad, sentía que no tenía la confianza suficiente para decírselo. —¿Y cómo sería eso, entonces? —Lo que necesitamos es encontrar a los personajes. El resto se va a hacer solo. —Claro —contestó distraído el Negro. Estaba por volver a treparse a la bicicleta que le había prestado su primo, cuando Lucas lo sujetó del brazo. —Esperá. ¿Vos me entendés lo que te estoy diciendo? —Sí. Que tenés que inventar a personajes con historias de vida interesantes y eso va a ser mejor que cualquier argumento. —No. No es eso. Tiene que haber un argumento. Pero los personajes lo van a inventar,

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no el autor. Y para que los personajes puedan inventarlo, tienen que estar vivos. Lucas parecía bastante excitado. Los anteojos gruesos se le resbalaban de la cara por la transpiración. Se los acomodaba cada vez que terminaba una frase. El Negro distinguió, a un par de bancos de donde estaban, el caparazón de un caracol hervido por el calor. —¿Y de dónde vas a sacar a personajes que estén vivos? —Vamos a buscarlos. ¿Te gustaría ser un personaje, Negro? —Da igual. Pero volvamos porque esta bici no tiene luces, y si se pone muy oscuro me van a llevar puesto. —Bueno. Pero mañana te voy a explicar bien todo. Vas a ver que si esto nos sale como

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corresponde, vamos a haber logrado escribir una novela como nunca antes lo hizo nadie. Nuestra novela va a haber sido escrita mientras se iba viviendo. Al Negro le dio un poco de sueño. —Bueno. Mañana llamame y lo charlamos. Se separaron en la Cañada. El Negro sabía que no le convenía mostrarse descortés con Lucas. Cada vez que hacían un trabajo juntos, Lucas lo perfeccionaba hasta el más mínimo detalle. Desde que había empezado a trabajar en grupo con él, su promedio general había subido casi tres puntos. No tenía sentido desperdiciar esa amistad por no querer escucharlo. El problema con Lucas era que quería ser escritor. Y era esa la pequeña tortura diaria

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que el Negro tenía que soportar para seguir sacando buenas notas y que sus papás no le hicieran ninguna clase de cuestionamiento sobre su carrera. El Negro no era brillante académicamente, pero escribía cuentos que a Lucas le gustaban. Era apenas por eso que Lucas lo respetaba y necesitaba siempre contarle sus ideas. Él tenía que escuchar a Lucas, a veces durante horas, hablando de tramas que tenía para diferentes historias. Historias que nunca escribía, porque siempre aparecía algo que “interrumpía el proceso” y hacía que tuviera que empezar de nuevo. Lucas nunca había logrado terminar ni un cuento, y ahora quería escribir una novela. —¿Hola?

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—¿Negrito? Eran las cuatro de la tarde. Como el Negro se había quedado hasta las seis de la mañana leyendo los textos teóricos de Hermenéutica, estaba durmiendo una siesta cuando Lucas lo llamó. —Sí, Lucas. ¿Qué pasa? —¿Te podés llegar a mi casa en una horita? —Mirá, estoy con el tema de Hermenéutica. —No te preocupés por eso. Nos va a ir bien. Además, sería bueno que vengas, así hacemos un repaso juntos. —¿Vamos a repasar? —Sí. Te llamaba por dos cosas. Primero, para que repasáramos; y, segundo, ¿te acordás de lo que te conté más o menos ayer? ¿Lo de la novela?

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Mientras hablaban, el Negro se mojaba la cara. —Sí. —Bueno, me quedé pensando, y te quiero hacer una propuesta sobre eso. —Mirá, la verdad es que yo tengo que seguir con esto. No puedo perder tiempo ahora. Si nos vamos a poner a repasar en serio, voy. —Sí, vamos a repasar. Vení así delimitamos más o menos cómo vamos a encarar el trabajo. Tengo ideas, pero necesito charlarlas con vos en persona. Por teléfono no se puede. —Está bien. ¿En una hora voy? —Sí, dale. En una hora. El Negro releyó algunos de los textos que había leído la noche anterior, reteniendo la mayor cantidad de palabras técnicas que podía,

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como para poder usarlas y demostrarle a Lucas que él también algo sabía. Se duchó rápido, se vistió, cambió la rueda gastada de su patineta y fue a lo de su compañero. Cuando llegó reconoció un auto estacionado en la puerta. Un Renault viejo celeste, el auto de Marquitos. Pero Marquitos no estudiaba Letras. Tocó el timbre y le abrió la madre de Lucas. —Los chicos están atrás, Negrito. Los chicos. Lucas le había mentido. No iban a charlar sobre el trabajo. —Hola. —Hola, Negro. Viniste rápido. Ya casi estamos todos. El Negro reconoció a Lucas, a Marquitos, a Paula y a Billy. A la única persona que no

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conocía era a una chica rubia, sentada contra una de las columnas del fondo. Marquitos y Billy eran ex compañeros de colegio de Lucas. Los había conocido en uno de sus cumpleaños. A Billy no podía dejar de verle una estupidez conocida. Un año después de ese encuentro, se enteró de que Billy era el medio hermano de un chico medio retardado que había conocido durante unas vacaciones en Brasil. Paula había ingresado a Letras el mismo año que él. Al año siguiente, se cambió a Teatro. Siempre le había gustado Paula. —Negro, a los chicos y a Paulita ya los conocés, pero te presento a Guada. Es una amiga, nos va a ayudar. La chica no era fea, pero al Negro le costaba

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concentrarse en ella estando Paula ahí. Dejó su patineta contra una columna y saludó a todos. Después, se acercó a Lucas. —Luquitas, ¿no era que íbamos a estudiar? —Sí, sí. Tengo todos los libros en la cocina. Pero antes vamos a conversar sobre una cosa. En serio, Negro, confiá en mí. Nunca estuve tan seguro de algo. Lo que voy a decirles, lo que vamos a hacer, va a ser lo mejor que se haya hecho en mucho tiempo. —Bueno, pero hacelo rápido. Debería estar leyendo. —No te preocupés por eso. Esperemos a que venga Clarita, otra amiga. Vive a unas cuadras de acá. Cuando venga les explico todo a todos juntos. La mamá de Lucas trajo brownies. No era

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una mujer linda, pero tenía las tetas hechas. El Negro sabía que a ella le gustaba ver que su hijo tuviera amigos. Se notaba que eso la tranquilizaba. Cuando Marquitos se acercó a la bandeja, trató de hacer un chiste sobre brownies y marihuana que nadie entendió. El Negro quería hablar con Paula. Desde que había dejado Letras no había vuelto a saber nada de ella. Y Lucas la invitaba a su casa, como si nada. Y, por más que nunca lo habían hablado, era seguro que Lucas sabía que a él le había gustado. El gesto de invitarla sin ninguna clase de reparos le pareció un poco provocador. Clarita llegó a los quince minutos. Tenía un lunar muy grande arriba de la ceja izquierda. No terminó de saludar a todos antes de que Lucas empezara a hablar.

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—Bueno, chicos, como les fui contando a algunos, la idea es básicamente que escribamos un libro juntos. Una novela. —Yo no pienso escribir nada —dijo Billy, atragantándose con un brownie. —No, no en ese sentido. El único que va a escribir palabras, digamos, voy a ser yo. Lo que vamos a tener que hacer entre todos es escribir acciones. Vivir el libro. —No entiendo —volvió a interrumpir Billy, con la mirada periférica fija en un ángulo de las tetas de Clarita. —Dejame terminar de explicar, gordo. Dejame terminar de explicar y vas a ver que lo que les estoy proponiendo no es nada complicado —Lucas se acomodó los anteojos gruesos y tomó un poco de jugo. El Negro sabía

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desde el primer año de facultad que ponerse a tomar algo a mitad de una explicación era uno de sus recursos instintivos para aumentar la expectativa—. Los llamé a ustedes porque son muy distintos entre sí. Y, sobre todo, porque sé que van a ser capaces de hacer esto. Mi idea es simple: cada uno de nosotros, durante una hora, por los próximos diez días, va a dejar de ser sí mismo. Durante esa hora van a actuar como actuaría alguien más, alguien distinto a ustedes. Van a construirse un personaje, y actuar en consecuencia. Mañana empezaríamos. Tómense la noche para pensar quién quieren ser. Mañana, como es el primer día, vamos a encontrarnos todos en la Plaza Seca, para que se formen los primeros vínculos entre nuestros personajes. Una vez

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que esos vínculos se hayan formado, no va a hacer falta volvernos a juntar. Porque, en base a esos vínculos, nuestros personajes van a decidir con quién quieren relacionarse. Tenemos que dejar que la situación fluya. —¿Cómo es eso? —preguntó Clarita. —Dependiendo de los vínculos que se formen mañana, vamos a elegir —en realidad, nuestros personajes van a elegir—, formas de relacionarse con los otros. Por ejemplo, si el personaje de Clarita y el del gordo Billy se hacen amigos, pueden acordar en encontrarse solos en algún lugar pasado mañana. Siempre, obviamente, a la hora que acordemos para ser personajes. Y van a juntarse y actuar y ser sus personajes lo que dure esa hora. —No tiene sentido, Lucas. Si vos sos el

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único que va a escribir, ¿cómo vas a saber qué hicieron los otros para escribirlo si no vas a estar necesariamente con ellos? —preguntó el Negro cansado. —Buena pregunta, Negrito. ¿Se acuerdan de cuando mi papá trabajaba en la fábrica de grabadores? —nadie respondió—. Bueno, por si no sabían, en una época mi papá trabajaba en una fábrica de grabadores. Y todos los meses le regalaban modelos viejos, desactualizados. Tengo siete grabadores. Somos siete. Los diez días que dure esta escritura, voy a pedirles que graben todo lo que digan, todas las conversaciones que tengan, siendo personajes. —Eso es medio invasivo. No podés hacer eso. —Negro, acordate que estamos hablando de personajes. No de sus vidas. No me interesa

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que se graben en la vida real. Me interesa que se graben mientras juegan a ser otros. Así queda un registro, y yo después lo escribo. —A mí no me molestaría grabar a mi personaje una hora al día. ¿Los grabadores son prácticos para llevar? —preguntó Marquitos. —Sí. Son como colgantes. Los pueden tener abajo de la remera y nadie se va a dar cuenta. —Entonces yo me anoto. —Bien, Marquitos. —Yo también me anoto, Luqui. Me parece re divertido, esto de invertir el proceso. No escribir sobre la vida, sino vivir sobre la escritura —dijo Clarita entusiasmada. El Negro no terminó de entender su juego de palabras. —¿Y vos, gordo? ¿Qué decís? —No sé —contestó Billy—. ¿Vos decís que si

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esto sale bien vamos a ganar plata? —No sé si plata. Pero que nos vamos a volver famosos, seguro. Nadie escribió nada de esta forma antes. —Por lo general, la fama y la plata vienen de la mano. Está bien, Luquitas. Voy a ser un personaje. —Yo también voy a ser un personaje —hacía mucho que el Negro no escuchaba la voz de Paula. —Qué bueno, Paulita. De esto hasta podés sacar cosas útiles para Teatro. ¿Y vos, Guada? —No sé, Lucas. Estoy con poco tiempo. Estoy rindiendo un par de materias. No sé si puedo dedicarle una hora del día a esto. —No te preocupés por eso. Tu personaje puede tener eso en común con vos: ser una

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estudiante de Filosofía, estar preparando las materias que estás preparando. Entonces, vos podés seguir estudiando desde tu personaje. Lo único que cambiaría durante esa hora es tu lugar en el mundo. No tenés que dejar de estudiar, solo tenés que dejar de ser vos. Y si alguno de los otros personajes te llama para hacer algo pero preferís quedarte estudiando, le decís que no podés interrumpir lo que estás haciendo. ¿Me entendés? Cada vez que Lucas preguntaba “¿Me entendés?” el Negro tenía ganas de golpearlo en la cara. —Sí —responde la chica de Filosofía, aunque no muy convencida—. Pero no tiene mucha gracia si no voy a poder verme con los otros, me parece.

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—Sí, si tiene gracia, porque lo importante es que vas a existir en su lógica. Y eso alcanza para marcar un flujo de acción. Solo te pido que vengas mañana, solo mañana. Mañana va a ser la situación inicial de nuestra novela. Vamos a ver qué pasa. Después cada personaje hace lo que quiera. —Bueno. Está bien. —Entonces, solo quedás vos, Negrito. Me imagino que estás adentro, ¿no? —No sé, Lucas. Tenemos que terminar lo de Hermenéutica. Lucas se acomodó los anteojos mientras esbozaba una sonrisa roedora. —Mirá, no te lo dije por teléfono porque quería darte la sorpresa. Anoche no podía dormir y lo hice.

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—¿Qué? —Antes de que llegaras te mandé el archivo del trabajo por mail. Leelo esta noche y decime qué te parece. —Pero lo íbamos a hacer juntos. Es un trabajo en equipo. —Ya sé, lo hice porque estaba aburrido, nada más. Si querés lo borro y empezamos otro desde el principio. O leelo hoy a la noche, decime si te parece que hay que agregarle algo o si está listo, y lo enviamos. Si te convence cómo está, ¿te anotás para esto? —No sé. —Dale, Negrito. No seas así. —Dale, Negrito. No seas amargo —dijo Paula, acomodándose el pelo de costado. —Bueno. Está bien. Pero eso no significa

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que me vaya a poder juntar todos los días. —Ya les dije, nadie va a verse obligado a juntarse con nadie todos los días. Ya van a ver, nos vamos a divertir. Y nos vamos a volver famosos.

Acordaron encontrarse al día siguiente a las seis en la Plaza Seca. De seis a siete, durante los próximos diez días, iban a ser otros. Marcos llegó media hora antes al punto de encuentro. Había hablado por teléfono con Lucas, preguntándole si no podían verse antes de convertirse en personajes para hacerle algunas preguntas. La plaza estaba vacía. Esperó en uno de los bancos de alambre durante diez minutos,

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hasta que Lucas apareció. —Hola, Marquitos. ¿Cuál era la duda que tenías? —¿Mi personaje puede ser mágico? Lucas no entendió la pregunta. —¿Cómo? —Digamos, por ejemplo, ¿mi personaje puede tener poderes? Porque anoche se me ocurrió que yo podía ser una especie de hechicero. Lucas pensó en silencio unos segundos. Se acomodó los anteojos y le dio una palmada en la espalda a Marcos. —Mirá, Marquitos, acordate que vamos a escribir sobre las cosas que pasen en la vida real. A menos que te salga disparar un rayo mágico en serio, yo no voy a escribir que eso pasó. Es más, tu personaje se volvería solo un loquito

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que se cree un mago tirando poderes, ¿me entendés? La idea es que nadie tenga que imaginar nada, que las cosas pasen en realidad. —Claro. Entiendo. —¿No se te ocurrió algún otro que no sea un hechicero? —Sí. Por las dudas me dijeras que no se podía, tengo a otro en mente. Una persona normal, digamos. Que la pasó mal de chico. ¿Querés que te cuente cómo va a ser? —No, no. Dejame soprenderme. Al poco tiempo de haber llegado Lucas, llegaron Paula y Clarita juntas. —Ya es la hora, Paulita. Tienen que dejar de hablar. —¿Paulita? ¿Quién es esa? —preguntó Paula—. ¿Y por qué tenemos que dejar de hablar?

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Nos acabamos de conocer en la parada. Qué loco, ni siquiera sé todavía cómo es tu nombre. —Lucía —dijo Clarita, mirando a Paula—, ¿y el tuyo? —Ivonne. Mi papá es francés, por eso. Pero, antes que me pregunten, les aclaro que no sé hablar ni una palabra de francés. —Perdón —interrumpió Lucas, mientras prendía su grabador. Marcos hizo lo mismo, y notó que su amigo sentía una satisfacción que no podía contener. Las chicas estaban jugando su juego—. Perdón, Ivonne, te confundí con otra chica. Una chica muy parecida a vos. —¿Sí? —contestó Ivonne—. Una vez me dijeron que todos tenemos un doble exacto en alguna parte del mundo. Marcos miraba la escena maravillado. No

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sabía cómo acercarse a ellos. Trató de pensar en algunas fórmulas para incluirse en la conversación; pero Lucía, Ivonne y Mateo (Lucas ya no era Lucas) estaban muy interesados en el tema de los dobles. En la vida real a Marcos siempre le había costado iniciar cualquier clase de conversación con un desconocido. Siempre él y Billy habían sido los raros del colegio. Pero esta no era la vida real, y él podía ser quien quisiera. —Hola, chicos. ¿Por casualidad alguno tiene fuego? Mateo lo miró sorprendido. Como si supiera que aquel desconocido nunca antes en la vida había fumado. —Sí —dijo Ivonne, sacando un encendedor

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de su bolso—, acá tenés. —Y otra cosa más. —¿Qué? —¿Alguno me convida un cigarrillo? A Mateo le costó contener la risa. —Sí, tomá —volvió a buscar Ivonne en su bolso, sacando un cigarrillo. A Marcos le resultó complicado prender el primer cigarrillo de su vida, pero Gabriel tenía que poder hacerlo con naturalidad. La primera bocanada lo hizo toser. —¿Hace mucho que no fumás, loco? —le preguntó Mateo a Gabriel—. Por la tos, digo. —No, no. Fumo desde los quince, más o menos. Lo que pasa es que ando medio mal de la garganta —dijo mientras se frotaba la tráquea con la mano que tenía libre. Después,

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mirando a Lucía, preguntó—. ¿Por casualidad vos no estudiabas Música? —Estudiaba —contestó rápido Lucía—, hice hasta segundo año y dejé. ¿Por? A Gabriel le tranquilizó que Lucía se interesara en vincular sus historias. Ivonne y Mateo estaban ahora alejados, hablando con una chica rubia que no paraba de llorar. —Porque creo que te tuve de compañera en algunas materias —le contestó, inhalando una bocanada torpe—. Es más, creo que te tengo de amiga en Facebook. Tu cara me suena. —¿Sí? ¿Cómo te llamás? —Gabriel. Gabriel Chiodi. En Facebook estoy como Gabo Chiodi. ¿La conocés a Naty? —¿Qué Naty? —Naty Genca —mientras Gabriel decía esto,

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Naty Genca se formó con claridad sólida en su memoria como un puente lo suficientemente seguro para comunicar dos pasados. —A Naty, obvio que la conozco —contestó Lucía. Gabriel respiró aliviado—. Somos muy amigas. Aunque, en realidad, hace mucho que no la veo. La chica rubia que estaba llorando desapareció de la plaza, y Gabriel notó que Ivonne y Mateo quedaron un poco preocupados por ella. Pero no tenía sentido acercarse a preguntarles a esos dos desconocidos qué había pasado. Bastante entretenido y cómodo se sentía hablando con Lucía. —También hace bastante que no veo a Naty —le dijo pensativo—. Te propongo algo. Organicemos con ella, y vamos a tomar algo los

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tres. Les escribo por inbox. Pero ni Naty, ni Lucía, ni Gabriel tenían Facebook. La acción era imposible. La historia no iba a poder seguir. —No, no vas a poder —dijo Lucía. —¿No? —No, porque lo cerré hace un par de días. Pero si querés te paso mi número, y nos mandamos un mensaje. Lucía le dictó su número y lo guardó en su celular. —Bueno, yo te aviso entonces. Y también le aviso a Naty —mientras Gabriel volvía a guardar el celular en su bolsillo, vio a un tipo gordo acercarse con paso torpe a Mateo. La escena le pareció interesante, así que hizo a Lucía un gesto con la cabeza para acercarse a ellos.

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—Lucas, una pregunta, ¿de qué nos tratamos? —¿Qué? —Que de qué nos tratamos. ¿Qué clase de historia somos? ¿De terror, de aventuras? Como para saber. —Disculpá, loco —dijo Mateo al torpe—, pero no entiendo de qué me estás hablando. Y yo no soy Lucas. Soy Mateo. El chico gordo y torpe tardó en entender. Pero, después de meditar unos segundos en silencio, se rió; como si hubiera encontrado la solución que necesitaba. —¿Mateo? Yo te conozco. ¿Vos sos el guitarrista de esa banda? —¿Los pulpos de Chesterton? Sí, soy yo – cuando Mateo contestó esto, Gabriel se asombró todavía más de la naturalidad con que las

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historias se vinculaban. Entendió que existía, de manera tácita en todos, la posibilidad de un pacto improvisado para que la historia ganara unidad. —Sí, Los pulpos. Los escuché el otro día. Suenan bien. —Gracias. Inmediatamente después, Gabriel vio desde el mejor ángulo cómo el chico torpe le clavaba una trompada a Mateo en el estómago. —¿Qué te pasa, viejo? —dijo Gabriel acercándose a auxiliar a Mateo, tirando al suelo con furia prolija el resto del cigarrillo que no podía terminar. —Este tipo, el guitarrista, fue el que se metió con mi hermana. Le volvés a decir algo y te mato, puto.

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—¿Qué le dijiste a su hermana, Mateo? — preguntó Ivonne horrorizada. —¿Tu hermana es pelirroja? —le preguntó Mateo al grandote, recuperando el aire. —Sí. —Ya sé quién es tu hermana. Yo no le dije nada. Fue el bajista el que se pasó con ella cuando terminamos de tocar. Ya lo cagamos a pedos por eso. No puede tratar así a una mina. —Pero entonces el bajista es igual a vos —se entusiasmó el gordo. —Sí. Somos hermanos gemelos. Y si no me creés, buscá la página de la banda. Ahí hay fotos, vas a ver que salimos los dos. Gabriel, que había sostenido al torpe para evitar que volviera a golpear a Mateo, aflojó los brazos cuando vio que se tranquilizó.

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—Perdón, maestro. Pensaba que eras vos. Si querés, devolvémela —dijo el gordo levantándose la remera y exponiendo el bloque de grasa circular y peludo de su estómago. —Dejá, está bien. Me pasa seguido. Mi hermano vive metiéndose en problemas. ¿Cómo es tu nombre, loco? —¿Mi nombre? —dudó—. Mi nombre es Ernesto. —Bueno, Ernesto. Está todo bien, no te preocupés. A Gabriel le pareció una actitud noble por parte de Mateo no vengarse. —Ya son las siete —dijo Ernesto—. Me tengo que ir. —¿Ya son las siete? —preguntó Lucas—. Entonces ya está. Ya pasó la hora. Volvamos a

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ser nosotros. Estuvo muy bien, chicos. —Bravo —dijo Clarita, aplaudiendo con entusiasmo. —¿Qué le pasó a la chica rubia, tu amiga de Filosofía, que apareció llorando? —preguntó Marcos a Lucas. —Perdón, Marquitos, pero eso no te lo puedo decir. Eso es asunto de su personaje con Ivonne y con Mateo —contestó Lucas, mirando a Paula con complicidad. —¿Y qué le pasó al Negro que no vino? — preguntó Billy. —No sé, gordo —Lucas tomó aire—. La verdad que el Negro me tiene un poco cansado. Últimamente no sé qué le pasa. A ver, mirá, justo me está llamando. Voy a ponerlo en altavoz. ¿Hola?

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—Hola, Lucas —la voz del Negro se escuchó ronca—. Leí el trabajo. Está muy bien. Pero sigo pensando que está mal lo que hiciste. Teníamos que hacerlo juntos. —Ya sé que está muy bien —contestó Lucas, mientras todos contenían la risa—. ¿No tenés nada más para decir? —¿Qué? —Que si no te estás olvidando de algo. —¿Por qué lo decís? ¿Por lo de hoy? Lucas tardó en contestar. —Sí, Negrito. Por lo de hoy. Te perdiste la inauguración de la historia. Hasta hubo piñas. —¿Piñas? —Sí. Parece que va a ser una historia interesante. —Te mandé un mensaje. Hace un rato, lo

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firmé como Octavio. ¿Octavio está mal para un personaje? —Supongo que no. Pero nunca me llegó el mensaje. —Te lo envié, en serio. —¿Y qué decía? —Decía: “Si nos va a costar tanto entrar, no puedo imaginarme lo que nos va a costar salir. Octavio”. —¿Y eso qué significa? —Iba a ser un mensaje enviado por equivocación a tu personaje. Así entrábamos en contacto, vos preguntándome a mí quién era o algo así. O te quedabas pensando en el mensaje, con miedo a que se tratara de alguien organizando algún robo o algo por el estilo. Te lo envié, como vos dijiste ayer, para existir

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en la lógica de tu personaje. —Sí, está bien, pero nunca me llegó nada. —Ahora te lo envío de vuelta. El tono de mensaje entrante del celular de Lucas sonó aturdidor. —Ahora me llegó, pero no funciona así. Estas cosas tienen que pasar lo que dura la vida de nuestros personajes. Fuera de esa hora ya somos nosotros. Ya se los expliqué a eso. El Negro estuvo unos segundos en silencio. A Marcos le incomodó el silencio en el altavoz. En realidad, más le incomodó ver que a Lucas no le incomodaba. —Bueno, hagamos así: mañana, cuando seas tu personaje, hacé de cuenta que leés el mensaje atrasado. Mañana lo hacemos bien, Lucas. —No funciona así, Negro.

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—Bueno, hacé que funcione. No es tan grave. —Voy a necesitar que me pases la grabación de lo que hiciste hoy mientras eras Octavio. Para poder escribirlo. —Leí un trabajo de Hermenéutica. Eso hice. —¿O sea que Octavio estudia Hermenéutica? —No. Pero Octavio no tenía nada mejor que hacer. Y es un tipo curioso. —¿Y, ese mensaje, a quién se lo quería enviar Octavio en realidad? —A un amigo. —¿Para qué? —Para entrar a una casa. Lucas pareció perder un poco la paciencia. —Bueno, está bien, Negro. Mañana vemos qué hacemos con ese mensaje.

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A Billy le preocupaba que Ernesto, más allá de haber golpeado a Mateo en el estómago, no había logrado hacer amigos, ni concertar ningún encuentro con ninguno de los otros personajes. Sabía que, en cierta forma, la historia había empezado a construirse. Pero, más allá de su trompada esporádica, no se había vuelto alguien necesario para el relato. Nadie había sugerido la posibilidad de reencontrarse con él. No sabía si iban a volver a encontrarse en el punto donde se habían encontrado el día anterior. No había podido preguntárselo a nadie después de cumplida la hora, porque nadie podía contestar por su personaje. Tuvo un recuerdo. Antes de golpear a Mateo, lo había escuchado decirle a Ivonne que tenía

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que ir a tomarse el colectivo. Si la construcción del hábito era precisa (y, conociéndolo a Lucas, seguramente lo era), el personaje Mateo debía cumplir una rutina, y posiblemente hoy también tuviera que atravesar la Plaza Seca entre las seis y las siete de la tarde para ir a tomar el colectivo. No sabía nada sobre los otros, no sabía si, como en el caso de Mateo, se veían obligados a pasar por ahí. Mateo tenía que pasar por ahí. Era la única posibilidad de incorporar a Ernesto a la historia. Durante toda su vida Billy había estado al margen de los protagonistas, y no iba a permitir que le pasara lo mismo a Ernesto. Unos minutos antes de las seis, Billy llegó a la Plaza Seca. Se sorprendió de haber acertado en todas sus especulaciones: sentados en un

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banco, vio a Paula y a Lucas. —Hola, chicos. —Hola, gordo. —Qué suerte que los encontré. Ayer no quedé en verme con nadie. No iba a poder seguir la historia. —¿Y cómo hiciste para saber que íbamos a estar acá? —No sé. Mateo estaba esperando el colectivo. No parecía estudiar nada, sin ofender. Así que seguro se lo estaba tomando después de trabajar. Y uno sale de trabajar todos los días a la misma hora. —Es una buena deducción. Pero vos no sabés si Mateo estudia o no. Vas a tener suerte de encontrarlo porque quedó en encontrarse con Ivonne acá —dijo Lucas mirando a Paula

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con cariño. —Bueno. Tuve suerte, entonces. Lucas, hay algo que quiero preguntarte. —Sí, decime. —Ayer te lo quería preguntar, pero ya había empezado la hora. ¿Cuál es nuestro sentido? —¿Cómo? —Todas las historias tienen un sentido. ¿Cuál es nuestro sentido? Para saber más o menos cómo encaminar las cosas. Lucas se acomodó los anteojos mientras le sonreía a Paula. —Esto no tiene que tener sentido, gordo. Porque la vida real no tiene sentido. Estamos viviendo un texto sin efectos de sentido. Esta va a ser la mejor novela de la historia, porque sin hablar de nada, va a hablar de todo.

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—¿Cómo de todo? —Sí. Va a hablar, con total sinceridad, de lo que es estar vivo. Así nomás, sin adornos. Literatura viva, eso es lo que hacemos. Eso es lo que somos. Ya son las siete. Empiecen a ser sus personajes. Los tres prendieron sus grabadores. —¿Vos te llamás Mateo? —preguntó Ernesto a un chico sentado en un banco de la plaza. —Sí, loco. Nos conocimos ayer, ¿no te acordás? —Sí, quería asegurarme, nada más. Te estaba por pegar de vuelta si llegabas a ser tu hermano. —No, mi hermano no está en Córdoba por el momento. Se fue a Buenos Aires. Vuelve dentro de unas semanas.

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—Bueno. Ya me lo cruzaré para charlar algún día. —Y sí, algún día será —dijo Mateo con un gesto vacío—. Ivonne, ¿a dónde querés que vayamos? —Esperen, ¿se van? —Sí —respondió Ivonne—. Chau, amigo. —Nos vemos, loco —dijo Mateo, mientras sujetaba a Ivonne del brazo y miraba con un poco de gracia a Ernesto. Mientras se alejaban, Ernesto escuchó que Mateo le contaba a Ivonne algo sobre un mensaje de texto extraño que le había llegado. Cada paso que daban alejándose de él, aceleraba la reducción de Ernesto a un adorno prescindible. Estaba perdiendo la oportunidad de ser parte importante de una historia. Lo

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invadió un miedo terrible a quedarse solo. A no volver a verlos. No supo qué decir. Desde ayer, en caso de que necesitara con urgencia que pasara algo, tenía pirotecnia en su mochila. Cuando era chico su hermano Mauricio le había contagiado el gusto por las explosiones. Sacó un petardo. Prendió la mecha verde. Lo tiró cerca de Ivonne y Mateo, para que se sobresaltaran con la explosión. No estaban viendo que él lo prendía, no iban a poder adivinar que había sido él el que lo tiró. Y esa fue su idea. Tirar el petardo cerca de ellos para que, cuando se dieran vuelta asustados por la explosión, pudiera decirles que había visto al que lo había hecho. Entre los tres perseguirían al culpable.

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—Cuidado —gritó Mateo, corriéndose a tiempo. Pero Ivonne no lo advirtió, y el petardo le explotó en el pie. Ivonne usaba sandalias, y la pólvora encendiéndose le mordió la piel del talón. La carne se volvió roja y empezó a desprender un olor insoportable. —¿Cómo vas a hacer eso, enfermo? —le gritó Mateo a Ernesto. —Yo no fui. Yo vi al que lo hizo, se fue por allá. —No mientas. Yo te vi. Te vi por el reflejo del vidrio de ese auto que está estacionado. Fuiste vos el que lo tiró. Rajá de acá antes de que llame a la policía. Ernesto, derrotado, empezó a correr. Bajó por el Decanato de la Facultad de Filosofía y

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Humanidades a los tropezones. Había arruinado la oportunidad de ser alguien, de poder hacer que pasara algo. Sintió más miedo que nunca a quedarse solo. Corrió por la ciudad pensando en el pie quemado de Ivonne. Él no quería quemarla así. Solamente quería ser parte. Pensó en la policía buscándolo. Se sintió la persona más lenta y miserable. Sobre todo lenta. Corrió hasta que pasó la hora de los personajes. Apenas se hicieron las siete, llamó a Lucas al celular. No lo atendió. Probó una, dos veces más. A la cuarta llamada, Lucas contestó. —Hola, gordo. —Lucas. Luquitas, perdón. ¿Cómo está

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Ivonne? —¿Qué? —Paula. ¿Cómo está Paula? Lucas tardó en contestar. Su voz se desarmaba en el parlante del teléfono como si estuviera hecha de granos de arena. —Está mejor. Mateo la acompañó a su casa a curarla. La quemadura no es tan grave. No hizo falta ir al hospital. —¿Al hospital? ¿Tan grave estaba? —No, justamente te digo. No hizo falta. —Perdón. Perdón, en serio. Yo no quería hacer eso. Lucas tardó en contestar de vuelta. —¿Por qué te disculpás, gordo? Vos no hiciste nada de malo. No tenés que disculparte por nada, ¿me entendés? No tenés que darle

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explicaciones a nadie. Vos no tenés nada que ver con esa quemadura. Vos ni siquiera conocés a Ivonne. Lo que pasó no fue culpa tuya. La historia tenía que seguir y, de alguna forma, eso es lo que uno de los personajes decidió que tenía que pasar. No te hagas cargo de las cosas que hace Ernesto. Ernesto es un tipo compulsivo y violento. Vos no sos así. Ustedes no tienen nada que ver. No tenés que pedir perdón por nada. A Billy no le convencieron mucho las palabras de Lucas. —Pero si se me hubiera ocurrido otra forma. —No. No se te hubiera ocurrido ninguna otra forma, porque vos no estabas ahí. Era Ernesto el que estaba, no Billy. Vos no tenés nada de qué disculparte. Y a eso todos lo entendemos:

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Paula y yo. —Bueno. Gracias, chicos. De verdad. —No hay nada qué agradecer —lo tranquilizó. Y, antes de cortar, Lucas dijo— pero, te digo nomás: si Mateo vuelve a ver a Ernesto, es posible que lo mate.

A las seis del día siguiente, a Lucía le llegó un mensaje de Gabriel. La invitaba a tomar unas cervezas con Naty. Hacía mucho que Lucía no veía a Naty, y Gabriel le había caído bien, así que le contestó que sí, que cuándo y dónde quería que se encontraran. Gabriel le contestó que en media hora, en La la lá. Lucía se vistió, y cinco minutos antes de llegar al bar, recibió un mensaje de Gabriel

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diciéndole que Naty los acababa de dejar plantados. Que recién le había avisado por mensaje de texto que no iba a poder ir. Le preguntó si quería pasarlo para otro día, o si quería juntarse con él de todas formas. Lucía contestó que estaba llegando, que si tenía ganas, podían juntarse por su cuenta ese día y otro día con Naty. Gabriel contestó que sí, que ya estaba en el bar. En media hora tomaron tres cervezas. —Ya son las siete —dijo Marcos—. ¿Nos vamos? —No sé a vos, pero a mí no me molestaría ser Lucía un rato más. Gabriel volvió a sonreír, y Marcos se sorprendió de lo fácil que son las cosas siendo otro.

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Sus grabadores quedaron prendidos hasta agotar las baterías.

El cuarto día de escritura, Lucas llegó a lo de Paula un rato antes de ser Mateo. Cuando Paula estudiaba Letras con él y con el Negro, siempre entraban a buscarla a su casa saltando la tapia del patio. Saltó como había saltado tantas veces antes con su amigo y entró por la puerta de la cocina. —Llegás temprano. Faltan quince minutos para ser nosotros. Nosotros. A Lucas le gustó cómo sonó eso. Dentro de quince minutos él y Paula iban a ser algo juntos. —¿Sí? No me di cuenta. Bueno, las reglas

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son las reglas. Vuelvo en un rato, a la hora que quedaron Ivonne y Mateo, entonces. —Dejá, vení. Podemos ser Ivonne y Mateo un rato antes de las seis. No creo que cambie mucho. —Sí. Yo tampoco. ¿Cómo está el pie, Ivonne? —Mejor —dijo Ivonne, estirando el pie vendado—. Debería cambiarme las vendas ahora, para ponerme el remedio sobre la quemadura. —Si querés te puedo ayudar —dijo Mateo, rodeando con la yema de sus dedos los bordes de la gasa pegada a la piel. El minúsculo contacto de los dedos de Mateo con la piel de su talón le daba a Ivonne escalofríos. De a poco, la mano de Mateo empezó a treparle la pierna como una araña meticulosa. Avanzó despacio adentro del short,

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hasta llegar a su cintura. Ivonne volvió a sentir un escalofrío, pero se acostó en la cama y abrió un poco las piernas, como recibiendo a la araña. La araña empezó a caminarle las costuras del short, levantándolas apenas con la punta de sus patas y enterrándolas en una superficie húmeda. Ivonne se sintió felizmente desprotegida, dispuesta a asumir cualquier clase de muerte con tal de que la araña que brotaba del brazo de Mateo le inyectara los colmillos en la piel. Pero antes de que pudiera hacerlo, un ruido los desorientó. —¿Qué fue eso? —preguntó Ivonne. —No sé. —Se escuchó en el patio. —No te preocupés —la tranquilizó Mateo—,

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seguro fue alguno de los gatos de la vecina. —Pero los gatos no hacen ese ruido. Mateo no le contestó. Acercó su cara despacio a la de Ivonne. La besó. La araña volvió a enterrarse, esta vez con más violencia. Con la otra mano le desprendió el corpiño. De las tetas de Ivonne salió un perfume intenso. —¿De qué te reís? —De nada —contestó Mateo—. Es increíble cómo en la vida real cambiamos de género narrativo todo el tiempo. Ayer teníamos otro tono. —Dejate de pelotudeces, Lucas —dijo Ivonne mientras le sacaba la remera. A Mateo no le molestó que Ivonne le dijera Lucas. No le interesaba que estuviera pensando en otro. Lo único que quería era coger con

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ella desde el primer día que la vio. Volvieron a escuchar ruidos. Pero, esta vez, venían de adentro de la casa. Había alguien en la cocina. —Sí —dijo una voz nerviosa, desde la heladera—, es increíble cómo en la vida real cambiamos de género narrativo todo el tiempo. Ivonne gritó. Se incorporó de un salto, con las tetas salidas de la remera, y se golpeó la cabeza contra el estante de libros que tenía encima de su cama. La fuerza del golpe la desplomó. Mateo atajó el cuerpo inconsciente rápido. Logró recostarla de nuevo en la cama. —¿Qué hacés acá? —preguntó al chico en la cocina. —¿Nos conocemos?

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El chico tenía piel oscura, pelo negro y desordenado. Con una mano sujetaba una patineta. —Salí de acá, negro de mierda, o llamo a la policía. El negro empezó a reírse a carcajadas. —¿Negro de mierda? Pensé que en tu Facultad ser racista estaba mal. —No voy a la Facultad. —¿No? ¿Qué hacés, entonces? —Toco en una banda. —Sos un vago. Mi nombre es Octavio. Y yo voy a ser el que termine tu historia, Mateito. —Salí de acá o llamo a la policía. —Llamala si te la bancás. El celular de Mateo había quedado sobre la mesa de la cocina. Corrió, quiso alcanzarlo, pero Octavio lo golpeó en el brazo con

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uno de los tracks de su patineta. Mateo gritó. Hacía mucho que no sentía tanto dolor. —¿Qué hacés, enfermo? ¿Vos sos el del mensaje? ¿Venís a robar? Acá no hay nada. Octavio volvió a reírse a carcajadas. —Eso es lo bueno y lo malo de vos. Sabés tomarte en serio cualquier juego. No vengo a robar. Vengo a dar el desenlace trágico. Lindas tetas tiene Paula, ¿no? Así que de esto se trataba todo. Nunca se trató de escribir una novela. Se trató de cogértela a Paula. —Andá a cagar. Por un momento, el aire fue un espacio enrarecido, constituido por miles de telarañas tensionadas y entretejidas. Ninguno de los dos entendía bien quién era quién. El chico de la patineta parecía cansado. La tiró

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a un costado. —Vamos a arreglar esto de una vez. Mano a mano. Cuando dijo esto, el otro le saltó encima. Empezaron a golpearse contra el suelo. El chico de pelo revuelto le aplastó el cuello al de anteojos con el antebrazo. —Escuchame lo que voy a decirte. Y escuchame bien. Vos sabías que yo estaba enamorado de Paula. Y lo mismo hiciste todo esto al frente mío. Vos nos sos un escritor. Lo único que sos es un estudiante de Letras forro, pedante y megalómano —el chico de anteojos notó dudar al chico de pelo revuelto después de decir esta última palabra. Evidentemente, no estaba del todo seguro de su significado—. ¿Y sabés qué es lo peor? Que todo esto se

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trataba de coger. Podrían haber hecho cualquier otra cosa, jugar a ser otros, y solo aprovecharon para coger sin arriesgarse a quedar mal si los fletaban. Porque, en todo caso, Lucas nunca quiso cogerse a Paula, no. En todo caso, solo el personaje Mateo quiso cogerse al personaje Ivonne. Me tenés cansado. Yo voy a hacer algo digno de ser otro —y mientras decía esto, le sacó al otro los anteojos gruesos de la cara. Le soltó el cuello, y se dispuso a partirlos por la mitad—. Yo, Octavio, voy a romperte estos anteojos de putito intelectual, Mateito. Y lo voy a hacer por querer cogerte a la única chica que me gustó en serio. Habían quedado en el suelo, a unos centímetros de la mesa de luz de Ivonne. Mateo sabía que, al lado de la caja de preservativos,

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Ivonne guardaba una navaja que se abría apretando un botón. Antes de que Octavio pudiera romper sus anteojos, Mateo logró sacárselo de encima y alcanzar la navaja. Octavio quiso arrebatársela, pero Mateo la clavó en su estómago con rapidez. Vio brotar la sangre del chico de pelo revuelto de forma improlija. —¿Qué hacés, enfermo? —La vida real no era tan interesante como para matarnos, Negrito. Pero siempre me pareciste un boludo. El chico de pelo revuelto cayó al suelo y empezó a temblar. Se sostuvo el estómago. La sangre empezó a envolverle las manos. Lucas levantó sus anteojos del suelo y volvió a acomodárselos. Vistió a Paula, llamó a

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una ambulancia. No tenía sentido llamar a la policía. Él ya no era Mateo, y el Negro ya no era Octavio. Ya habían pasado quince minutos de las siete. Volvían a ser amigos, y los amigos no se delatan. Pero es natural que a veces tengan discusiones.

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AUTORIDADES PRESIDENTA DE LA NACIÓN

Cristina Fernández de Kirchner MINISTRA DE CULTURA

Teresa Parodi JEFA DE GABINETE

Verónica Fiorito SECRETARIO DE POLÍTICAS SOCIOCULTURALES

Franco Vitali


"Dos monstruos", de Juan Revol  

Ilustrado por Federico Di Pilla

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