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ANTÁRTIDA gonzalo gossweiler * ilustrado por: diego bastos

*Encontrá más títulos de la colección en: www.cultura.gob.ar/leeresfuturo


Gossweiler, Gonzalo Antártida / Gonzalo Gossweiler ; coordinación general de María Inés Kreplak ; ilustrado por Diego Bastos. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Ministerio de Cultura de la Nación. Secretaría de Políticas Socioculturales, 2015. 92 p. : il. ; 16 x 12 cm. - (Leer es futuro / Vitali, Franco; 29) ISBN 978-987-3772-89-4 1. Cuento. I. Kreplak, María Inés , coord. II. Bastos, Diego, ilus. III. Título. CDD A863

Fecha de catalogación: 16/11/2015 • Coordinación editorial: Inés Kreplak • Edición literaria: Marcos Almada • Asistencia edición literaria: Juliana Portilla y Sebastián Basualdo • Diseño de tapa e interiores: Pablo Kozodij


colección leer es futuro En el marco de una serie de actividades de promoción y fomento de la lectura, el Ministerio de Cultura presenta la colección de narrativa Leer es Futuro, que llega a tus manos en forma gratuita para que puedas disfrutar del placer de la lectura. En esta oportunidad, convocamos a escritores jóvenes cuya carrera está apenas comenzando, con el objetivo de visibilizar su tarea, contribuir a la difusión de sus obras y democratizar el acceso a la palabra, en continuidad con la ampliación de derechos garantizada por los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. También hay que mencionar la inclusión de


los ilustradores de cada uno de estos libros: todos j贸venes y talentosos dibujantes con ganas de mostrar su trabajo masivamente. Y en un formato de bolsillo para que la literatura te acompa帽e a donde vayas, porque leer es sembrar futuro. Ministerio de Cultura Teresa Parodi | Ministra de Cultura


gonzalo gossweiler lomas de zamora, buenos aires, 1984. Es Licenciado en Ciencias de la Comunicaciรณn. Trabaja como periodista en la web del periรณdico รmbito Financiero. Antรกrtida es su primera publicaciรณn.


diego bastos córdoba, 1975. Es Licenciado en Pintura por la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Concurrió al taller de Carlos Crespo y en 2003 obtuvo la beca de perfeccionamiento del Fondo Nacional de las Artes. Realizó trece exposiciones individuales y participó en diversas ferias como ArteBA y Periferia, entre otras. Recibió, entre otros, los premios: Segundo Premio, XXVII Salón Ciudad de Córdoba, Tercera Mención, Bienal CFI, Encuentro de Artistas, Malba, Buenos Aires, Mención Especial, I Salón Nacional de Pintura, Gral. Roca, Rio Negro. Pueden verse sus trabajos en: > www.bastosdiego.blogspot.com; > www.flickr.com/photos/diegobastos


cuchinco


Rodrigo tenía tres años. No paraba de correr, saltar y curiosear. Su espíritu de aventura le traía problemas: llevaba a la casa gatos y perros de vecinos, hacía castillos de barro y usaba herramientas de Papá para ver qué tenían adentro los adornos de cerámica de

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Mamá. Sus padres veían con temor cómo multiplicaba moretones y rasguños, mientras las figuras de la sala eran diezmadas. Decidieron comprar un robot de cuidado infantil el día que encontraron a Rodrigo en la bañera junto a tres sapos enjabonados. Gastaron los ahorros reservados para unas vacaciones en la playa. Papá llegó del trabajo con una enorme caja y Rodrigo fue autorizado a abrirla. Destruyó, eufórico, los diversos plásticos de protección y Mamá lo ayudó despejar la figura. La cara de júbilo de Rodrigo se reflejó en la

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superficie blanca. El robot de metro y medio de altura era una simplificación antropomórfica de miembros cilíndricos y articulaciones que brillaban con luz azul. Tenía unas manos con dedos de goma y dos lentes por ojos. —¿Te gusta, Rodry? Es un modelo Q5, especial para traviesos —Papá le guiñó un ojo a Mamá. —Me gusta Cuchinco —quedó bautizado. El robot soportaba con serenidad los juegos de Rodrigo. Recibía ataques con crayones por las mañanas, eventuales bombardeos de barro por las tardes y disparos de puré en las

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comidas. Por las noches depositaba a Rodrigo, ya bañado, en la cama. Si el sueño se resistía, Cuchinco desplegaba un catálogo casi infinito de cuentos. Rodrigo se divertía sin destruir y encontraba una mano suave justo un segundo antes de que llegara a lastimarse. A veces conversaba por horas con su amigo de voz graciosa. Una mañana Rodrigo y Cuchinco salieron a caminar con el permiso de Mamá y Papá. A Rodrigo lo abrigaron con una gruesa campera, bufanda, guantes y gorro. Cuchinco recibió prestado un pulóver viejo de Papá para

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calmar los temores de Rodrigo ante un imposible resfrío de su amigo. Niño y robot pasearon tomados de la mano por el parque. Rodrigo encontró un escarabajo junto al arroyo y lo atrapó para llevarlo a casa. Se lo mostró a Cuchinco y el insecto aprovechó para volar, pero cayó al agua. El robot se ofreció a buscar otro, pero Rodrigo se negó. “Se va a morir”, sollozó. Las lentes digitales enfocaron la expresión afligida del niño y luego apuntaron hacia el arroyo. Cuchinco se metió al agua, rescató el escarabajo y resbaló. El pulóver mojado lo hizo más pesado

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y fue arrastrado por la corriente. Volvió minutos más tarde con movimientos lentos y erráticos, y sin el pulóver. Tenía abolladuras en toda la superficie y una lente quebrada. Rodrigo tiró de Cuchinco para ayudarlo a llegar hasta la casa, donde el robot se desplomó inmóvil entre chispazos. Se distendieron las extremidades y de una mano voló el escarabajo. Rodrigo lloró, tendido sobre su amigo. Papá y Mamá encontraron a un Cuchinco inservible cuyo arreglo costaba lo mismo que un robot nuevo. Retaron a su hijo con dureza y le exigieron que se portara bien, como los

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demás niños. Entre gritos y llantos, Rodrigo imploró “curar” a su robot hasta que se quedó afónico. Luego no habló por días. Al lado de su cama, en una silla, el androide se sacudía con temblores ocasionales. Rodrigo lo tomaba de la mano al dormirse y murmuraba en sueños “Cuchinco, volvé”. A veces alguno de los dedos de goma se movía un poco. Una semana después de perder a su mejor amigo, Rodrigo dejó de responder a su nombre. “Me llamo Cuchinco”, insistía a sus padres que primero se rieron, luego se enojaron y más tarde se preocuparon. Rodrigo no

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probaba bocado porque “los robots no comen”. Imitaba el andar mecánico y le hablaba a los restos del robot como si fueran el niño que él se resistía a ser. “Portate bien, Rodry. No hagas enojar a Mamá y Papá”, imitaba la mecánica voz. Por meses Rodrigo no salió de su papel robótico y era alimentado a la fuerza. Decenas de especialistas fracasaron en recuperar la personalidad del niño. Préstamos de familiares, la venta del auto y todo el dinero que pudieron juntar sus padres fue destinado a reparar al robot. Cuchinco volvió un día, como

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nuevo, y entró a la casa. Rodrigo lo vio y se le echó encima con un abrazo. Lloró en silencio hasta que Cuchinco le dijo al oído: —Rodry, ahora tenés que volver a ser un niño bueno. Rodrigo asintió entre lágrimas. “Mamá, Papá”, llamó con los ojos inundados y los tres se abrazaron. Rodrigo extendió una mano e incluyeron a Cuchinco.

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el ni単o de hielo


La tormenta arremolina nieve del otro lado de la ventana. Dentro de la habitación, el silencio se quiebra por la respiración de Knut. Tiene la frente apoyada sobre el vidrio y debajo de su nariz se dibujan dos triángulos de humedad. La nevada es lo único visible en la penumbra de mediodía del invierno antártico.

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Cada partícula de hielo que entra en contacto con la superficie exterior de la estructura se evapora con un destello eléctrico. Knut pierde la mirada en la ventisca. Sus pupilas son violetas, como su pelo. Lo lleva corto a excepción de un mechón que le cae hasta la cara y acomoda hacia la izquierda. Knut comienza a golpear el vidrio con la cabeza. Eleva el ritmo y golpea con más fuerza. Quiere que alguien vaya a ver qué está haciendo, que le llamen la atención, que le digan algo. —¡Me quiero ir de acá! —grita con los ojos enrojecidos.

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Cae al suelo y llora. Se golpea las piernas con los puños y aprieta los dientes. No puede contener las lágrimas pese a que prometió que nunca volvería a llorar. La última vez fue cuando su madre abandonó el hogar tras dejar una nota: “Me voy para siempre”. Tenía siete años y recuerda que el llanto duró un mes entero. Ahora, a sus 11 años, Knut cree que hay algo roto adentro suyo. La represa de sentimientos que le permitía sonreír a diario explotó en ese viaje a la Antártida y los trozos de pasado deambulan libres. El recuerdo de su madre flota encima, con todo el dolor que

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implica. La odia por no poder borrarla de la memoria, por su huida sin explicaciones y por el silencio absoluto desde su partida. Ni un mensaje en tantos años. En el silencio de esa base antártica, la cabeza lo lleva a ideas que no consigue evitar. Sufre el destierro al que su padre lo obligó a acompañarlo en las vacaciones, lejos de la civilización, de sus amigos, de sus juegos online y de sus tíos, con quienes vive en Estocolmo. Se seca las lágrimas con el reverso de las manos. Enciende la tablet que lleva en la muñeca izquierda, una pantalla holográfica se

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proyecta en el aire y la opera con la mano derecha. Comprueba que sigue caída la conexión satelital. Los días sin Internet se le hacen interminables. Quiere poner música y comprueba que sin Internet también eso es imposible. En el suelo abraza sus rodillas e intenta esconder el rostro. * En el comedor de la base, Knut juega con un puré de soja sabor papa. Lo prueba y se le hace soso. Le agrega sal hasta que las personas

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a su lado se quedan mirándolo. Aparta el plato con mueca de fastidio y se levanta de la mesa. —¿No vas a comer nada? —le dice su padre desde la cabecera. Una docena de operarios de la base interrumpen el almuerzo y los observan. —No tengo hambre. —Quedate y comé algo. —Basta, papá. Te dije que no quiero. Knut sale corriendo del comedor y se queda en el pasillo. Por una de las ventanas ve que ya no hay rastro de luz diurna. La oscuridad de fondo resalta los arcos voltaicos que

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esfuman copos de nieve que tocan el vidrio. La puerta se abre y aparece su padre. —¿Se puede saber qué te pasa? —Ya te dije, papá, no quiero estar acá. Me quiero volver con los tíos. —Y yo ya te expliqué que te vas a quedar hasta que comiencen las clases. Es el único mes del año que puedo estar con vos. —Cambiá de trabajo y volvé a Estocolmo. Yo qué culpa tengo. —No es tan fácil —el doctor Olsson toma de los hombros a su hijo, que se zafa de sus manos y le da la espalda—. Los geólogos

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especializados en indlandsis tenemos pocos lugares donde trabajar. —Entonces quedate vos, pero no me hagas venir más a este lugar —Knut se va corriendo. El doctor Olsson se saca los anteojos y limpia los lentes en el ambo. Una arruga en el puente de la nariz se le torna más pronunciada mientras mira la noche que se prolonga hace meses. * —Levantate que vamos a ver algo.

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—¿Qué hora es? Después voy, papá. —Está por amanecer. Dale, apurate. Knut se sienta sobre la cama marinera (eligió la de arriba) y enfoca la vista. Afuera todo parece seguir a oscuras. Su padre ya está vestido y acomoda la cama de abajo. Los dos comparten una estrecha habitación. —¿Volvió Internet? —Sí, hace un rato. Por fin se fue la tormenta. —Entonces me quedo. —Después te conectás. Vamos, vamos — apura el doctor a su hijo con aplausos. —¿A dónde querés ir?

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—A pasear. Knut acepta la idea con apatía y bosteza para despabilarse. Pega un salto desde la cama y cae con un gemido. Va al baño, se ve en el espejo y peina con los dedos el mechón de pelo que está inflado como un animal muerto al costado de la ruta. Lo moja para intentar dominarlo. Tiene el cabello rubio y los ojos celestes. Se pone los lentes de contacto. Selecciona “verde vibrante” en el tubo de tintura lumínica y al pasarse la luz le cambian a ese color pelo, cejas y pupilas. —¿Hace falta?

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—Dejame en paz, papá. Padre e hijo dejan la habitación y recorren un pasillo con ventanas a un lado. En el horizonte se adivina cierta claridad. A lo largo del camino, distintas personas se paran a hacerle preguntas al doctor Olsson y saludan a Knut, que no responde y se mira los pies. En el cuarto de compuertas se ponen los trajes de exploración. Cuando cierran sus uniformes anaranjados estos se sellan herméticamente y se inflan en una estructura rígida con movimiento en las articulaciones. El geólogo da un código verbal y la puerta de salida se

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abre. Knut se apura a salir primero. Un mar de hielo se extiende en todas las direcciones. Al cielo le faltan unos minutos para el alba. No hay rastros de la tormenta. Las estrellas más brillantes todavía pueden distinguirse. En esa época del año, los días duran unas horas y el sol no se separa demasiado del horizonte. Al doctor Olssen y a Knut les cuesta caminar. El viento sopla con una fuerza que parece irreal porque no se escucha dentro de los trajes. Una transparencia digital en sus visores exhibe los datos climáticos, además de sus pulsaciones e información corporal.

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—La temperatura es de 43 grados celsius bajo cero —la voz del hombre suena atravesada por la respiración en el sistema de audio—. En el Domo A se llegaron a registrar 50 grados menos. Pero eso fue hace más de 60 años, en el 2013. Después empezó la fase crítica del calentamiento global. Desde que estoy acá descendió a un mínimo de 54 bajo cero. Antes, esta zona era una de las más secas del planeta y ni siquiera nevaba. —¿No hay nadie más acá cerca? —Están los rusos. Allá hacia el Este, unos 300 kilómetros. Con los sismógrafos controlamos

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que no hagan perforaciones. Sacan petróleo de donde pueden. El Bloque Sudamericano puso esta base para vigilar que se cumpla el Segundo Tratado. Mirá, ahí llegan las visitas —señala en la misma dirección donde asoman unas hebras de sol. Un pequeño punto en el firmamento se acerca hasta que Knut distingue el cuadcóptero a propulsión que lo trajo hace una semana. La aeronave desciende con delicadeza envuelta en una nube de polvo de hielo. Dos personas bajan del vehículo, el cual vuelve a elevarse y se pierde de vista en minutos.

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Las dos figuras se acercan hacia el doctor Olssen y Knut en trajes naranjas idénticos a los suyos. Traen unas mochilas a la espalda. La cubierta espejada del visor no deja ver los rostros. Los recién llegados se acercan y saludan con una inclinación. —Doctor Yukishiro, señorita Yukishiro, un placer tenerlos de visita en la Base Áurea —saluda el padre de Knut y devuelve la reverencia. —Gracias por recibirnos. El placer es nuestro —la voz masculina que escucha Knut tiene acento asiático. Tras intercambiar referencias de colegas,

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universidades y lugares de investigación, los geólogos encabezan el regreso. Knut cierra el grupo detrás de la figura más pequeña, la “señorita Yukishiro”. Ninguno habla a través de los comunicadores que monopolizan los científicos con su conversación plagada de jerga incomprensible. Retornan a la base, un conjunto de módulos amarillos encastrados que se elevan sobre pistones. El sol terminó de despegarse del horizonte y refulge sobre el manto de nieve. Knut sigue el dibujo que dejan las pisadas en el suelo. La puerta se abre y el grupo ingresa.

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Knut entra último y mira atrás, hacia el camino de huellas que serpentea hasta el lugar donde aterrizó el cuadcóptero. En ese mismo lugar ve a un niño pequeño de pantalones cortos que se tapa la cara. Está allí en la planicie, sin moverse, como cualquier niño que juega a las escondidas con sus amigos. La puerta se cierra con un soplido neumático. * Knut se saca con prisa la parte superior del traje y mira a través de una ventana. Nada. El

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niño que usa ropa de verano con 40 grados bajo cero ya no está. Tampoco hay lugar a donde pueda ocultarse en aquel terreno blanco y llano. Intenta avisarle a su padre, pero el doctor Olssen está inmerso en una conversación con su colega Yukishiro, quien resulta ser un japonés flaco y canoso que gesticula mucho. Vuelve a mirar hacia afuera y todo parece tan desierto como debe ser. “¿Entonces qué vi? Estoy seguro de que había un chico ahí parado —razona Knut—. ¿El visor habrá proyectado alguna imagen por error? ¿Mi papá me hizo una broma?”.

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—¿Qué viste? —pregunta una voz femenina. Knut se da vuelta y pega un salto. Hay una chica detrás suyo. Tiene rasgos orientales y parece de su misma edad. Tarda unos segundos en entender que esa es la “señorita Yukishiro” que estaba adentro del traje. “Es hermosa”, piensa y se queda embobado. Su piel es del mismo tono de blanco que monopoliza el paisaje. En contraste, tiene los ojos tan negros que no se distingue el iris de la pupila. El pelo, del mismo negro profundo, le llega hasta el cuello y le enmarca una cara inexpresiva. —¿Viste algo allá fuera? —insiste la recién

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llegada. Habla con fluidez el español internacional que se enseña en todas las escuelas del mundo. —¿Ver qué? —Por la ventana, parecías preocupado por algo. —Creí ver el fantasma de un chico —confiesa Knut, pero al final de la frase cambia la entonación para que parezca gracioso. Revisa el cuarto de compuertas: están solos, sus padres se fueron. —A lo mejor era un espíritu vengativo. Dicen que antes de matarte te asustan para

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sacarte más fácil el alma. Si fuera vos, me cuidaría. Un silencio incómodo se prolonga y Knut palidece. A la señorita Yukishiro le enrojece la cara, se le inflan las mejillas y deja escapar aire entre los labios con un ruido a globo que se desinfla. Explota en carcajadas y Knut la observa desorientado. —Perdón, no lo pude evitar. ¡Te asusté de verdad! —No es nada —le resta importancia Knut. Respira profundo.

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—Me llamo Airi. —Yo soy Knut. —Hajimemashite. Airi se inclina en un nuevo saludo. Knut la imita con torpeza. Ambos se ríen. * Knut guía a Airi en un tour detallado por la base. Del cuarto de compuertas van al pasillo, de allí hasta el comedor y dentro de este, a la cocina. Luego vuelven atrás y pasan por la sala de reuniones, la de estar, los baños y las

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diez habitaciones que parecen camarotes de barco. Al final del recorrido llegan a una reducida bodega. —Vigilá que no venga nadie —sin esperar respuesta Knut se introduce en la bodega y reaparece minutos después con dos barras de chocolate. Le da una a Airi. Escapan de la escena del crimen a la carrera y voces de adultos les reclaman a gritos que se callen, que es un lugar de trabajo. Se esconden tras los sillones de la sala de estar. —Es rico —opina Airi con las cejas fruncidas en un gesto pensativo—, pero una vez

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probé el chocolate que se hace con semillas de cacao de verdad. Si lo comés no te olvidás en toda tu vida. Te lo juro. —Qué envidia, yo una vez comí un limón de verdad, pero era horrible. Mi papá dice que cuando tenía mi edad solo comían materia prima orgánica. Pasan horas charlando de comida sintética, de sus países, de sus escuelas y de sus compañeros. Airi muestra en la tablet fotos de su casa en Iwate y Knut del departamento de sus tíos en Estocolmo. Ella proyecta una imagen en la que está con su padre y su madre en la playa.

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Knut, incómodo, le dice que no tiene mamá. El ambiente alegre se estropea y ambos agradecen el llamado a cenar. Cuando se va a acostar, Knut revisa su perfil en Internet y ve que tiene un pedido de amistad de Airi Yukishiro. * A Knut lo despiertan los golpes en la puerta. —No hay nadie. —Levantate, aburrido —se escucha la voz de Airi.

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Knut se tira de la cama, busca rápido algo para vestirse y abre la puerta. —Hola. Qué cara de dormido. ¿Por qué tenés el pelo rubio? —Ah —Knut se acomoda el mechón tras la oreja izquierda—, la tintura lumínica pierde el efecto después de 20 horas. ¿Vos por qué tenés esa ropa rara? ¿Esos pantalones están rotos? —No son pantalones y no están rotos. Es una pollera. Es mi seifuku, mi uniforme de la escuela. Me dieron ganas de ponérmelo —Airi se acomoda las solapas y el pañuelo del cuello. —Es... Eh... Lindo.

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—Gracias. —Vení. Ayudame a elegir un color de pelo. En el baño, Knut se pone los lentes de contacto y le cede a Airi el tubo de tintura. Escogen “azul cobalto” y Airi le ilumina pelo, cejas y ojos, que cambian a ese color. Ella se pasa la luz por el cabello, sin resultados, y lo examina con perplejidad. —Tenés que usar una crema de enjuague especial, eso es lo que cambia el color. El pelo no se tiñe. —Claro. Te queda bien el azul —Airi le acomoda el mechón de pelo a Knut detrás de la

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oreja. Sus rostros quedan a poca distancia. Knut se petrifica. Airi se muerde el labio inferior y se aparta con los ojos muy abiertos. —Vamos a jugar al LoC —dice Airi y sale a la carrera de la habitación. En la sala de estar encienden el proyector holográfico. El cuarto se llena del piso al techo de imágenes de un juego online, el MMORPG de fantasía Legends of Champions. Airi elige el personaje de una maga con báculo y túnica; Knut prefiere un soldado con armadura y espada. Los hologramas los cubren y les dan la apariencia de sus avatares. La sala se convierte en

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una selva espesa y Airi y Knut están parados justo en el medio con sus ropas de fantasía. —Yo soy tanque, así que me lanzo. Vos stuneá al que venga y lo liquido con mi ulti — plantea su estrategia Knut. —Te cubro. Primero vamos a farmear para levear un poco. Los dos se enfrascan en la simulación que controlan desde las tablets en sus brazos y con comandos de voz que gritan con urgencia cuando se les cruza un monstruo o un jugador enemigo. Los personajes de tamaño real se apuñalan y disparan hechizos y caen muertos.

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Sus cadáveres se desintegran en el suelo de la sala segundos después. La música y los efectos del juego se oyen por toda la base antártica. Los operarios sueltan algunas quejas al pasar, pero en general se apiadan del entusiasmo juvenil. Airi y Knut se desconectan ocho horas después, para la cena. Están despeinados, desaliñados y transpirados. Destruyeron los núcleos de diez niveles y derrotaron al boss del calabozo del once. Están satisfechos. Mientras comen un menú de arvejas y pescado, comentan con euforia las jugadas clave

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de la jornada. Sus padres los miran con extrañeza y diversión. Luego los apuran para que se vayan a dormir. Knut acompaña a Airi hasta su dormitorio. —Hagamos una promesa —propone Airi. —¿Qué prometemos? —Que nos vamos a volver a ver cuando seamos grandes. —Lo prometo. Airi extiende su brazo y toma la mano de Knut, que se sonroja y se pone rígido. Airi atrapa el dedo meñique de la mano derecha de Knut con el suyo y recita mientras sacude

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su brazo hacia arriba y abajo con expresión solemne: —Yubikiri genman, uso tsuitara hari senbon nomasu. —¿Y eso? —Significa: “Promesa del dedo chiquito, si miento me tragaré mil agujas”. —Voy a tener que cumplirla entonces. Se despiden entre risas. Al acostarse Knut revive los mejores momentos del día y la cara de Airi está en todos ellos. El sueño lo invade y en la semiinconsciencia afloran recuerdos de su madre,

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de tardes en un parque, de ella en la cocina o arrodillada frente a él mientras lo peina y le acomoda la ropa. Vuelve a ver al niño que se le había aparecido fuera de la base. Está del otro lado de la ventana. Tiene el rostro blanco como el hielo y apoya la nariz contra el vidrio. Mira a Knut a los ojos y le sonríe. * Los días de vacaciones de Airi y Knut en la Antártida pasan veloces como estaciones en las que el tren no se detiene. Sus jornadas

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incluyen maratones de LoC, charlas extensas que continúan online antes de dormirse, incursiones secretas a la cocina y a la bodega, además de noches de películas junto a los operarios de la base. También realizan excursiones los días de buen clima, pero no disfrutan del monótono paisaje e insisten a sus padres en volver a la comodidad del refugio. Del mes inicial de Knut solo quedan días, en tanto que Airi aún tiene por delante una semana más. La proximidad de la despedida ensombrece los ratos que pasan juntos. Hacen planes que luego descubren el calendario no

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les va a permitir concretar. Una noche, cuando está acostado, Knut pregunta: —Papá, ¿no me puedo quedar unos días más? —¿Ahora te querés quedar? Antes me suplicabas volver. —Por favor, después recupero las clases. —No es por eso. El permiso que me dieron para que estés acá es hasta el jueves. Va a venir a buscarte el transporte. No lo decido yo. Knut le cuenta a Airi de la negativa. Los dos últimos días se quedan en la sala, casi sin hablar. Quieren aprovechar el tiempo, pero no

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saben cómo. Se sientan muy pegados uno al otro para justificar con cercanía esas horas que se les escapan. Airi busca razonar para combatir el abatimiento de Knut: —Nos vamos a volver a ver. —Seguro vamos a estar viejos. —Vos. Yo no —Airi le saca la lengua. —¿Vamos a seguir en contacto? —Todos los días. Airi muestra el meñique con expresión decidida. Knut también lo hace, primero con desgano, pero al ver el rostro a su amiga recobra algo de confianza y empieza a abrazar

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la resignación. —¿Te acordás del chico que te dije vi en el medio del hielo? —Sí, el espíritu vengativo —se ríe Airi. —No era un chiste, pasó de verdad —confiesa Knut muy serio. Airi apaga su risa—. Estaba ahí donde aterrizaron ustedes. Lo vi cuando miré para atrás, con pantalones cortos como los que usan los chicos en mi país. Se tapaba la cara. Unos días después creo que lo volví a ver. —¿Cómo “creo”? —Estaba medio dormido. Me pareció que me miraba desde la ventana, con la cara apoyada

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en el vidrio. Ya no se tapaba con las manos. Me parece que me sonrió. No apareció más desde esa vez. —Entonces no te preocupes —recomienda Airi—. Si llegara a ser una persona real ya se habría congelado hace rato. Y si es un fantasma, no puede hacer nada más que asustarte. Mi abuela dice que son restos de recuerdos que andan perdidos por el mundo. * En su último día en la Base Aúrea, Knut

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guarda todo en la mochila y va a almorzar. En el comedor están los demás operarios, su padre, el doctor Yukishiro y Airi. Se sienta frente a ella. Se miran a los ojos unos segundos. Knut baja la vista primero. Se acomoda el mechón tras la oreja izquierda. Ahora siempre lo lleva de color azul. El murmullo llena el aire junto con los ruidos de platos y cubiertos. Quiere gritarles a todos que se callen. —No seas tonto. Alegrate un poco —le pide Airi. —Estoy bien —afirma Knut mientras niega involuntariamente con la cabeza.

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—Acordate de la promesa. Siempre vamos a tener los recuerdos que construimos en estas vacaciones. Knut le dedica una breve y escéptica mirada. Revuelve sin apetito unas pastas con queso que se pegotean. Con excepción de Airi, su padre y los demás parecen estar en otra dimensión. Terminan de comer y la sobremesa se extiende hasta que llega la hora de partir. Los dos geólogos y sus hijos van al cuarto de compuertas. —Portate bien en el viaje, Knut —le pide el doctor Olsson.

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—Un gusto conocerte —lo saluda el doctor Yukishiro. —Hablamos —es lo único que le dice Airi. Knut rehuye las miradas y se mantiene en silencio. Los cuatro se ponen los trajes naranjas que se inflan y duplican su tamaño. Las puertas se abren y los recibe un sol más generoso que en ocasiones anteriores. El doctor Olsson le pasa la mochila a su hijo. El cuadcóptero espera sobre el hielo. Se despiden una última vez por el sistema de audio. Knut recibe un torpe abrazo de su

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padre con el voluminoso traje y casi se cae. —Gracias por todo, papá. Espero verte en Estocolmo –Knut hace lo posible por devolver el abrazo. —Ya vas a ver que sí, hijo. Voy a estar para tu cumpleaños. —Bueno, pero tenés que traerme un regalo muy grande. Por todos los que me debés. A su turno, los Yukishiro saludan con una reverencia que Knut devuelve de manera bastante prolija. Luego camina hasta la aeronave y hace un esfuerzo de voluntad para no mirar atrás.

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Una vez en la cabina, Knut se pone a observar desde una ventana. Piensa que después de todo fue un gran viaje. Duda que vuelva a ver a Airi, pero está seguro de que va a atesorar por siempre los recuerdos de esas semanas. Repasa los primeros días tras su llegada a ese continente helado, la desolación que había llegado a sentir. Con el tiempo la presencia de su madre había desaparecido poco a poco. Decide que tal vez debería dejar ese dolor atrás y cubrirlo con el manto de hielo antártico. El cuadcóptero se eleva y desde el suelo lo saludan agitando las manos. Knut devuelve el

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saludo. La figura de la derecha, Airi, levanta un brazo sobre su cabeza y hace un gesto. Pese al guante del traje, Knut sabe que tiene el dedo meñique extendido. También alza el dedo contra la ventana en ese símbolo de la promesa que hicieron. No va a tragarse mil agujas. El vehículo se aleja. Knut alcanza a ver una pequeña figura junto a la base, detrás de las tres personas con trajes naranjas. Es el niño de pantalones cortos y pelo rubio que lo saluda agitando una mano. Cree ver una sonrisa en su rostro. Knut devuelve el saludo. Luego de unos segundos el niño se vuelve translúcido

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hasta que se desvanece por completo. La aeronave vuela a travĂŠs del desierto polar y la superficie blanca lanza destellos de sol.

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un dĂ­a de clases


—Shinko, ¡apurate que no llegás a clases! Hacete un té. Vuelvo temprano. ¡Me voy! —Sí, mamá, ya me levanto. Que te vaya bien —balbuceó el niño en plena lucha por salir del sueño. El golpe de la puerta al cerrarse vibró en el

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interior del departamento. Shinko vio la hora que el reloj proyectaba en una esquina del techo con números verde radioactivo. Eran las 6:40 am, tenía tiempo. Dio media vuelta y se propuso dormir solo un minuto más. Giró otra vez, se destapó con un resoplido y volvió a mirar el reloj, que marcaba 7:29 am. Dejó escapar un grito, saltó del futón y lo arrojó a un lado. Una luz se encendió con el movimiento y reveló un monoambiente de solo seis tatamis de extensión. El piso era invisible debajo de la ropa desparramada, dos futones y la mesa.

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Los afiches de una serie animada no lograban esconder del todo las manchas de humedad de las paredes. Los mismos personajes estaban en la remera del niño, que temblaba de frío con medias rojas y calzoncillo blanco. Tenía la marca de la trama de la almohada en la cara y un mechón de pelo con aires de independencia. Revolvió ropa de una pila y despejó el suelo; buscó entre decenas de muñecos y adornos sobre el ropero y las repisas; revisó en sus cajones y en el baúl de juguetes; levantó envoltorios de comida de la mesa y se fijó debajo de ella. Ahí encontró la strip, en un pliegue del

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kotatsu. Resguardó sus piernas bajo la manta calefaccionada, se puso en la frente la cinta de visualización que le proyectó las imágenes a las pupilas y lo conectó a la red escolar 4B-48 de su municipio. —...kari Shinko-kun —insistió la maestra. —Acá, presente. Tenía lag —se disculpó con la habitual excusa. En la clase sus compañeros hicieron comentarios en voz baja al verlo loguearse en el último segundo. Se sonrojó y trató de calmarse. “Si me ponían la falta mamá me mataba”, agradeció.

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Los alumnos ocupaban unos pupitres individuales en órbita alrededor de la maestra, envuelta por una esfera holográfica con imágenes del temario del día. La periferia del aula estaba repleta de elementos didácticos y trabajos hechos por los alumnos a lo largo del año. Tiras de videos con un título identificativo reproducían en loop lecciones pasadas. Resaltaba el ícono de un libro con un cuadro de búsqueda debajo para acceder a ejemplares de consulta autorizados en el plan de estudios. Un planisferio empapelaba el domo digital que contenía la totalidad del espacio. El mapa

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subdividía los continentes en provincias y distritos, con las ciudades capitales titilando en diversos colores. Los objetos se deslizaban a la deriva en un movimiento casi imperceptible a través del aula. En el círculo interno rotaban los avatares de los 25 alumnos de cuarto grado con su uniforme de escuela municipal. Los varones llevaban el pelo corto y las niñas, una colita por detrás. Todos tenían siete años. Eran ciudadanos del distrito japonés con más de cinco generaciones comprobadas, requisito para la educación gratuita en las islas.

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La clase dio inicio con la efeméride sobre un suceso de la Guerra de las Religiones. Un rectángulo de video se proyectó en cada escritorio. La voz de un locutor recordó que aquel día se cumplía un siglo de la Masacre del desembarco de Yemen y se homenajeaba a los 3 millones de soldados abatidos por los batallones robóticos. Imágenes de playas regadas de cuerpos cerraron la lección. —Robots, nunca más —dijo la maestra con la seriedad bondadosa de siempre. —Nunca más —repitieron de pie los niños. Luego volvieron a sentarse.

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Shinko rastreó a su amiga Momo y la halló del otro lado del aula, inmóvil y con la mirada fija. “Se durmió otra vez”, supuso. Le mandó un alerta sonora antes de que la retaran por la alarma de inactividad. La niña saltó en su asiento. Buscó asustada en todas las direcciones hasta que se encontró con la mirada de Shinko. “Gracias”, deletreó con los labios y dejó ver una dentadura con huecos. Ambos sonrieron. —Shinko-kun, ¿hiciste la tarea? —lo sorprendió la maestra. Simbiosis animal en la sabana americana,

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polaridad inversa, rutas comerciales del espacio, refracción molecular... ¿O había que investigar algo de Historia de la Civilización Analógica? ¿Qué era lo que había que hacer? —Los ejercicios de despejar logaritmos, Shinko-kun. —Hice algunos, sí. —Acá en el registro de tu usuario no me aparecen. Resolvé el punto 3 del capítulo 24 por favor. La holoscreen frente al escritorio del estudiante aumentó sus dimensiones y apareció el ejercicio en cuestión. La imagen se reprodujo

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en las pantallas de los demás niños y en la esfera translúcida del centro. Sus compañeros habían esquivado la primera intervención y se mantenían en silencio para que no les tocara el próximo turno. Muy pocos hacían la tarea, los demás se la copiaban antes de empezar la clase, pero luego no sabían justificar las respuestas. Shinko se lamentó de su llegada tarde. Y también de no haber ido al baño. Se puso de pie, extendió un dedo y encaró la ecuación: tachó un número, escribió otro, dudó unos segundos y la maestra lo interrumpió.

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—Eso es todo. ¿Alguien que sepa resolver este problema? Shinko suspiró. Para bien o para mal había terminado. Vio con preocupación a la maestra al girar la cabeza a cada lado y luego hacer una anotación en la tablet. Se prometió esforzarse más. “Mamá dijo que si apruebo todos los niveles me compra la clave para ver en vivo la obra de Super Sentai Chikai Z. Sí o sí lo tengo que lograr”, se propuso. Decidió poner atención a la resolución satisfactoria que presumía una de las chicas que nunca prestaba la tarea. En

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ese momento ya le explotaba la vejiga. Al despertar se había conectado de inmediato, sin tiempo para ir al baño que estaba fuera del departamento y al final del pasillo. Tampoco había desayunado. Repitió en su mente “oshiko”, como un mantra, sin animarse a pedir permiso para una desconexión. No quería volver a molestar a la maestra, pero no iba a soportar hasta el receso. Era urgente, no se le ocurría otra forma. Con una de sus manos Shinko interceptó la proyección de la strip sobre el ojo izquierdo. Tuvo cuidado de no mover la cinta plateada

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que le rodeaba la cabeza ya que podría desloguearse y recibir un llamado de atención. Miró hacia abajo y se destapó de la manta del kotatsu que lo cubría hasta la cintura. Con el ojo derecho siguió la clase para asegurarse de no llamar la atención. Se puso de pie y el frío le atacó las piernas. La superposición de realidades lo mareaba y sentía una punción en el frente. No iba a llegar al baño antes de hacerse encima o de alertar a la maestra. La sanción por ser descubierto en doble presencia era quedarse horas extra. Descartó salir del hogar para hacer sus

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necesidades. Pasรณ por encima de una almohada, del futรณn de su madre, de la ropa sucia y se clavรณ en el pie una pieza de algรบn juguete. En una esquina del cuarto Shinko tiritรณ, encorvado, y se acercรณ a una reducida ventilaciรณn que le quedaba a la altura de los ojos. Sobre la superficie de vidrio se acumulaba condensaciรณn e hizo sobre ella un garabato con un dedo. Las finas gotas se fusionaron en otras mรกs gruesas y fluyeron en un hilo irregular. Trepรณ a una cajonera y la abertura le quedรณ a la altura de la cintura. Deslizรณ la placa de vidrio y una corriente helada soplรณ dentro.

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Orinó al canto de “oshiko, oshiko”. Calculó que si su mamá lo descubría iba a tener un castigo único. Le dio miedo de solo pensarlo. El alivio interno cedió al tiempo que pinchazos de frío le atacaron las piernas. Se limpió unas gotas de la mano con un trapo deshilachado colgaba del lado de afuera. Escuchó los ruidos de la calle. De lejos le llegaba la voz aflautada de la chica que cantaba covers en la avenida. Cerró el vórtice polar. Saltó al tatami y tropezó, desequilibrado por la doble visión. Se puso de pie, esquivó los obstáculos del suelo de regreso al calor del kotatsu. Permitió que

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el aula volviera a proyectarse en ambos ojos. A Shinko lo tragó el aburrimiento escolar. Los minutos triplicaban su duración habitual y todavía faltaban horas para el aviso de salida. Al menos, al concluir, estaría disponible un nuevo capítulo de Super Sentai Chikai Z. Lo vería inmerso en el holograma de la pantalla mientras comía ramen instantáneo en su bowl de la serie. Investigó a la maestra, siempre tan seria, quieta e impecable. Un amigo le había contado que su papá decía que no había personas detrás de los avatares de los docentes. Según

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él, eran aplicaciones y grabaciones viejas, las mismas para todas las escuelas, pero con caras y voces distintas. Imaginó un robot de cuerpo plateado y la cara de la maestra. La clase siguió y Shinko se perdió en ensoñaciones. Se vio a sí mismo como Ryu, con el traje verde de combate de Chikai Z, sobre una montaña de monstruos derrotados. Después recordó que había quedado con unos amigos de la HíperWeb para jugar unas partidas de LoC. Tendría que pedir unas unidades a su madre para alquilar una strip en el negocio de la esquina, odiaba que la del colegio fuera tan

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difícil de desbloquear. Deseó que cuando saliera a la calle aún estuviera aquella chica que a veces cantaba el tema de su serie favorita. Shinko, sentado bajo el kotatsu, seguía en clase.

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AUTORIDADES PRESIDENTA DE LA NACIÓN

Cristina Fernández de Kirchner MINISTRA DE CULTURA

Teresa Parodi JEFA DE GABINETE

Verónica Fiorito SECRETARIO DE POLÍTICAS SOCIOCULTURALES

Franco Vitali


"Antártida", de Gonzalo Gossweiler  

Ilustrado por Diego Bastos

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