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Grupo Literario Namul

Tierra de cuentos

Ediciones Namul 1


Tierra de cuentos Grupo Literario Namul © Ediciones Namul © Grupo Literario Namul Diseño / Diagramación / Corrección: Robert Jara IMPRESO EN GUADALUPE – PERÚ OCTUBRE DE 2011

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Quién mató a Richard! Josué Vallejos Vásquez

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n rayo de luna se desvanecía entre las hendijas de la puerta. Mi mirada se arrastraba despacito para alcanzarlo. Cuando un ruido opaco, sordo y estremecedor, aniquiló tal esperanza en aquella noche de apagón. En el temor nocturno, no sabía qué hacer; preso de una súbita preocupación mi pensamiento viajaba por el espacio; en lo inmenso de mis cavilaciones aparecía muy rápida la aterradora idea de la muerte. Habían pasado unos segundos; el presentimiento trágico mutaba en un hecho real. Sonó la puerta. Precipitadamente ingresó Jaks, y desesperado dijo: —¡Lo han matado! ¡Lo han matado!... ¡En la esquina han matado a un muchacho!... ¡Corre, auxílialo! ¡Llama a la policía! ¡Corre! Esquivando las cuchilladas invernales llegué a la esquina del parque. —¡Señor! ¡Señor! Le grité, cogiéndolo por el espaldar de su casaca, en tanto que un chorro de sangre salía produciendo un sonido ronco. En poco tiempo, la gente se acercó y me exigió que hiciera algo a favor del caído. La presión, y la impotencia de no poder hacer nada, me llevó a contestar: —El hombre está muerto, ya nada se puede hacer. No lo toquen, hay que esperar a la policía y al fiscal para el levantamiento del cadáver. Pronto apareció con sus parpadeos, las luces de la ambulancia, esparciendo el inconfundible sonido de la sirena en el horizonte lejano de la autopista. Al llegar los Ángeles de rojo sólo se limitaron a observar al difunto. Confirmaron el fallecimiento del hombre, desconocido aún, y pusieron cinta de seguridad en el perímetro. Por un instante se hizo un silencio. La gente se impactó con el llanto de una mujer, que lloraba desconsolada.

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—¡Qué te han hecho hijito! ¡Qué malos, cómo te han hecho! ¡Por qué! ¡Por qué lo has permitido Dios mío! La mujer buscaba una respuesta con los ojos llenos de lágrimas. Sus manos en actitud contrita se empalmaban frente a su rostro. El cerco no le permitía acercarse a su hijo. El cadáver estaba boca abajo. Podía percibirse el olor de sus zapatillas azules, de su pantalón y su casaca, llenas de polvo, de la sangre que brotaba de la herida. De pronto se escuchó una voz escondida entre el gentío, que decía: —Pensar que la autoridad no hará más que levantar el cadáver, luego se olvidarán del asunto; como cuando mataron a Andrés el año pasado, cerca de las gradas del parque; o como cuando mataron a Rebeca por atrás del hospital. Esto prendió la chispa de los congregados, quienes se acoplaron a una sola a la protesta. —¿¡Y ahora, quién mató a Richard!? Exclamó Jaks. —Sí respondió un grupo. —¿¡Quién mató a Richard!? ¡Queremos justicia! En tanto un cordón de policías remplazaba la cinta de seguridad puesta por los bomberos, frente a la turba. —Sinvergüenzas, desgraciados… dijo el viejo Nashi, que caminaba cerca a la muralla policial, con el ánimo de mezclarse entre la gente que protestaba. —Ahí viene el fiscal dijeron varias personas, señalando a la camioneta, en el preciso momento que se detenía. Bajó un hombre espigado, muy serio, chueco, medio amanerado; habló con los policías, quienes le daban datos sobre el incidente. Se colocó un par de guantes quirúrgicos y revisó al fallecido, luego escribió los datos en el acta de levantamiento de cadáver. Con la ayuda de los policías dieron vuelta al cadáver, todos miramos el rostro del cadáver sólo para confirmar que se trataba de Richard, el mototaxista de la gallera. Pusieron al occiso en una bolsa negra y se lo llevaron en la camioneta del fiscal. Los curiosos se retiraban de a pocos, unos lamentando, otros maldiciendo; la gran mayoría, conversando sobre lo acontecido, y sospechando de un sin número de delincuentes de reconocida trayectoria. Ese momento llegó el fluido eléctrico. Me acerqué a mirar muy de cerca la sangre cuajada que aún permanecía en el suelo. Al retirarme vi a los perros, que endulzados, la devoraban. Aquella noche pasó rápida.

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Al día siguiente en la calle del panteón, un hombre apodado El Indio, parado sobre la vereda gritaba con todas sus fuerzas: —¡Todas las motos vayan hacia atrás y la gente pase adelante! ¡Los que están con sus carteles formen adelante!!!... Miré los carteles escritos con esmalte rojo en fondo blanco con mensajes como: ¡No a la impunidad! ¡Respeten el derecho a la vida! ¡Atrapen y condenen a los delincuentes! ¡Sí a la vida! Otros mensajes eran más osados: ¡Maten a los delincuentes! ¡Policía corrupta! ¡La policía está vendida!... La voz gruesa del Indio seguía oyéndose, arengando a los congregados: “¡Señores, ¿quién reclamará nuestros derechos, quién nos protegerá, quién dará seguridad a nuestros hijos?! Nadie señores, nadie, sino nosotros mismos. Por lo tanto nos hemos reunido para ir en pos de la justicia, no de las leyes escritas en un papel con trampas a favor del escarnecedor; ya estamos cansados de que no se cumplan esas leyes, hoy más que nunca marchemos con hambre y sed de justicia. Este día nadie se interpondrá en nuestro camino, este día no será olvidado, pues todos somos iguales, todos somos hermanos, luchemos como un solo hombre contra los malos administradores de la ley, contra los personajes que han permitido la muerte de gente inocente. Nuestras calles, cada día que pasa, se vuelven intransitables y nadie se ha atrevido a poner freno a esto. No esperaremos otro asesinato. Caminemos hacia la recomposición de nuestra sociedad, en la que reine la paz, la armonía, el sosiego y la esperanza de un mañana mejor no sólo para los niños, sino para los ancianos, las mujeres, pues todos somos iguales y merecemos respeto y dignidad… Estuve conmocionado, por las palabras del Indio, yo sabía que esto tendría que ocurrir alguna vez, pues este Indio sí es de arranque. Partimos de la calle del panteón gritando a viva voz; al ingresar a la calle Alianza se alistaron jóvenes y niños; en el jirón Santa Rosa, todos los mototaxistas de la ciudad. A paso lento pero seguro nos fuimos adueñando de la plaza de armas; las doscientas personas que fuimos al inicio se habían multiplicado sin precedentes: creo que ni siquiera la canonización de la Virgen de Guadalupe, ni los conciertos de rock de “Río”, “Los Mojarras” habían logrado reunir a tanta muchedumbre. La gente ahora poblaba la plaza de armas a plenitud. Se corría la noticia que los agentes del orden habían capturado a los delincuentes la misma noche del homicidio. Pero ahora se estaba desatando la furia colectiva con los gritos, silbatos, y pancartas que se blandían por los aires, sobre todo se imponía el poder de la palabra acalorada, enardecida, que se desataba como una reacción en cadena llevando a una cumbre desconocida, el verdadero poder del pueblo.

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—¡Quién mató a Richard! ¡Quién mató a Richard! ¡Al hombre, al mototaxista, al hermano, al amigo, al trabajador! ¡Quién mató a Richard! Por fin un indefenso grupo de policías, presionados por la multitud, presentó a los homicidas para ser juzgados por la ley del pueblo, que aún no determinaba qué hacer con los malhechores. De repente, todo se quedó en silencio al ver anonadados a dos adolescentes, que lloraban amargamente, iban pidiendo perdón a la muchedumbre, hincados; con las rodillas y el pecho desnudo se arrastraban agonizantes sobre el pavimento de greda y brea; a su paso iban dejando grandes rastros de sangre y sus voces apagadas por el clamor se oían apenas declarando sus culpas. Al final del callejón humano, dos mujeres lloraban en silencio, mientras, por la desembocadura del Jirón Ayacucho, la madre de Richard, hacía lo mismo, detrás del féretro que avanzaba hacia el camposanto.

Josué Vallejos Vásquez (Guadalupe, 22/08/77). Estudia Lengua y Literatura en el ISPE David Sánchez Infante (San Pedro de Lloc). Culmina sus estudios de pedagogía en la Universidad Nacional de Cajamarca, donde actualmente realiza una maestría. Edita la revista política Nuevo amanecer (2001). Funda el Grupo Literario Voces; y dirige la revista literaria El Heraldo (Chepén, 2002). Posee un postgrado en Docencia Universitaria, y uno en Administración y Gerencia Educativa (Universidad Nacional La Cantuta). Pertenece a Namul desde el año 1998. En el año 2011 se integra a la UHE (Unión Hispanoamericana de Escritores); y, a CADELPO (Casa Del Poeta Peruano) filial-Guadalupe. Publica El corcel de colores y el abuelo Baltazar (cuento premiado por el INC filial Guadalupe), 1999; Rastros (cuentos), 2008; Ficciones de un pajarillo (cuentos), 2011. E-mail: josv_leo@hotmail.com Blogs: elindionamul.blogspot.com elindionamul.blogspot.com escritoresguadalupanos.blogspot.com literaturadelvallejequetepeque.blogspot.com grupoliterarionamul.blogspot.com Web: unionhispanoamericana.ning.com/profile/JOSUEVALLEJOSVASQUEZ

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El zapatero Miguel Ángel Arbildo

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lavio miró al par de hombres que asomaron a la puerta.

—Mis hermanos…. –habló con voz pisoteada. Procuró enderezar el ánimo y se puso de pie para estrecharlos. Hizo que se acomoden en una banca vieja Cuánto tiempo que no venían… ¿Y cómo se han acordao? —Los quehaceres que no nos dejaban contestaron Jacinto y Lorenzo. Vieron las paredes que, en partes, el revestido de barro se había descarachado; la sala puro suelo y toda sucia. Mejor dicho, la casa estaba hecha una desgracia. Se removieron en el sitio, y se fijaron en Flavio: —A ver tú, ¿todavía de zapatero? Los miró medio con vergüenza, pero alcanzó a responderles: —Acá como ven… dándole cuando hay trabajito… Y a ustedes, ¿qué tal les ha ido? —Como has de suponer, allá en Lima nos ha ido de lo mejor contestó Jacinto como pasar a adueñarse de la conversa. Dijo que se había armado de un negocio mayorista de ropa donde vendía con tres ayudantes, que su mujer tenía otro negocio de golosinas donde vendía al por mayor, que a eso se le llamaba progreso y que era cuestión de pensar como se debía. Lorenzo tuvo su turno, y habló sobre una cerrajería con media docena de trabajadores, y de cómo hizo levantar una casa que le había costado un mundo de plata. Flavio empezó a mirarlos como a desconocidos. Conforme los escuchaba se fue acobardando, como si todo a su alrededor diera vueltas y vueltas y lo hundiera en su sitio. Catorce años de no haberlos visto. Desde que se les murió la mamá, Jacinto y Lorenzo, ya hombres, dejaron el pueblo joven El Bosque, y fueron a Lima. Flavio fue el único que se quedó a cargo del taller de arreglar zapatos que heredó del finadito su padre. Cuando Jacinto y Lorenzo estaban a punto de irse, les había dicho:

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—Cojan un urbano y busquen trabajo por el centro e Chiclayo… ¿Por qué tanto apuro e mandarse tan lejos? —¡Tú qué sabes, hombre, que nunca te has aventurao en salir! Flavio se resintió: —Muy bien… si están que se quieren mandar, ¡ya mándense pe, que yo de mi tierra no salgo…! Los otros dos no perdieron tiempo, agarraron sus cosas y se mandaron puerta afuera, a medio despedirse. Flavio pasó varios días en su taller, cabeza gacha cuando había qué hacer, pensativo o mirando la calle cuando había que ociosear; pero conforme anduvieron los meses y la soledad lo fue arrinconando en el olvido, sintió la pegada. Había que sacar una mujercita y asunto arreglado. Para esto él tenía que sacarse la ropa sucia de trabajo, quitarse el olor a tintes de las manos y salir a hacerle guardia a la Amanda, una muchacha del barrio que se adueñaba de su pensamiento y que lo motivaba a vivir en El Bosque, entre gentes llegadas de la serranía que no terminaban de acriollarse. No quiso perder el tiempo. En una esquina del barrio, procurando no ser aguaitado por conocidos, la esperó: doce, una de la tarde, una y tanto, hasta que la vio asomar, carita inocente, muchachita, fólder en mano, con traza de que venía de alguna academia. Ella se fue acercando, acercando, y él con esa ilusión que se agrandaba y el corazón golpeteándole dentro, imaginó que tenían una cita amorosa, se alisó el pelo, ya de cerca la miró sospechoso, y ella, como pasar, “Vecino, buenas tardes”, le saludó seria y fastidiada por el calor. Apenas se armó de valor para responderle el saludo con la misma medida de respeto. La vio alejarse, alejarse… “Amanda…”, la llamó en voz baja, arrastrado por la desesperación. Pero ella, oídos sordos, avanzó hasta voltear una esquina. Flavio regresó a su casa donde se puso a trabajar de mala gana. De un rato vio en el espejo su cara maltratada por la edad. Treinta y siete años habían bastado para mandarle la voluntad al suelo. Desde esa tarde empezó a sentir que una sombra le crecía dentro, y que los años le venían como una pared encima. “Pobre Flavio sabían decir en su barrio. No se le conoce mujer ni familia.” Y él, trataba de poner cara alegre, como que todo iba de lo mejor, cosa que le costaba esfuerzo ya que cuando caían las tardes se le veía en el taller, martillo y zapato en manos, con una aflicción que le salía por los ojos. “¡Son vainas! se dijo un día ¡Qué hago en El Bosque envejeciendo e pobre, sin futuro ni nada… Me voy a Lima o por onde sea, con tal que me vaya!” Pensó en mandarse detrás de Jacinto y Lorenzo, y en no parar hasta hallarlos. ¿Qué había sido de ellos? Hacía más de dos años que no habían vuelto. Esa hora arrinconó en un saco sus herramientas de zapatería, se puso al bolsillo plata que a duras penas había ahorrado, alistó un costalillo con ropas, y salió de su casa tirándoselo al hombro. Avanzó por calles polvorientas, a esa hora que sabían despertar ventarrones. Caminó como quien no sabe a dónde va, encontrándose con gentes que conocía de vista y que lo miraban como si le preguntaran, “¿qué pe te pasa, hombre?”, y él, “qué me miran”, les respondía con la mirada. En el distrito La Victoria, subió a un urbano que lo dejó en el centro de Chiclayo. Avanzó a pie 10


hasta el terminal. Formó cola para comprar pasaje. Ahora parecía estar asustado, como si no creyera en lo que estaba haciendo, entre gente desconocida que lo miraba como con lástima. ¿Pero él a quién había de importarle siendo un desconocido más? A nadie, ni a Jacinto y Lorenzo siquiera. Si estos jamás vinieron a verlo aunque sea de paso, y tampoco le habían mandado carta ni nada; entonces, ¿para qué ir a verlos?, encima de todo, aventurarse en Lima sin conocer sus paraderos. ¿Qués toy haciendo? Murmuró entonces No vale la pena viajar. ¿Para qué?  Y salió de la cola. No por esto, Flavio dejó el ansia de zafarse de su rutina, la que parecía sembrarlo en su tierra, y aserrucharle la oportunidad de ser un Flavio nuevo. Algunas veces, amaneció con ganas de viajar mucho tiempo, y pasar la vida por cuántos sitios lejanos, dar vuelta a su destino, y volver una tarde diciendo: “Yo soy Flavio Alberca, el que ha conocido tantísimos lugares del mundo, pero he vuelto a mi tierra, yo he vuelto…”, más esto resultó un sueño que se desvanece cuando uno despierta. Así se le amontonaron los años… y cuando se había entregado por completo a vivir en su tierra, queriéndola como se quiere uno mismo, poniéndosele gris el pelo y apercibiéndosele una sombra lejana en sus ojos, llegaron Jacinto y Lorenzo. Lo hallaron sentado en la silla de su taller donde ahora él los miraba callado, sonriendo a media caña, pegado a las cosas que le estaban contando. ¿Cómo no había de escucharlos, si aquellos que salen de su tierra para experimentar la vida en sitios lejanos se ganan el derecho de ser importantes? Esto parecía pensar Flavio, sabiendo que sus hermanos habían conseguido lo que él nunca pudo en la vida. —Pero pa eso tamos aquí, hombre, pa llevarte a Lima unos días -acabaron por proponerle-. ¿Qué dices? Ya cambia esos aires… Flavio los miró como si no creyera lo que acababa de escuchar. —¿Seguro? –les dijo. —Seguro. Pero eso sí, esta noche nos tamos yendo. Así que diunavez alista tus cosas. Flavio fue a su cuarto. Revivida su ansia de conocer otros sitios, metió sus ropas en un costalillo. Se detuvo. Agarró a dos manos su cabeza y quedó pensativo como si de sus adentros alguien le hablara entre carcajadas: “Lo que te pasa es un sueño, una pura mentira, mentira…” Se arrimó a la pared buen rato. Luego se dio ánimo. Iba a salir del cuarto cuando escuchó, no muy claro, que conversaban en el corral. Tensó el oído y reconoció las voces de sus hermanos. —…por eso te digo, a ver, ¿qué ganó Flavio en El Bosque? Nada. Solo vivir hasta el perno de pobre… —Ja… cómo no va a estar así donde no hay adelanto de nada. Mira si no las calles, todas polvorientas como las dejamos años atrás. Ventarrones y gente serrana de todo tipo han poblao al Bosque, haciendo que parezca lo último de Chiclayo. Nóoo… pa volver a vivir por acá, ni loooco... Flavio desencajó la cara. Mudo, se sentó en el catre como si el cuerpo se le soltara. 11


Sus hermanos fueron a verlo. De pronto hallaron un equipaje deshecho. Flavio seguía sentado, codos en las rodillas, pensando cabeza gacha. —¿Qué pasa, hombre? –le preguntaron. Flavio se puso de pie. Miró a sus hermanos a la altura de un hombre de honor. —Me quedo les contestó con voz firme. No tengo por qué viajar con ustedes.

Miguel Ángel Arbildo Ramírez (Chiclayo, 22/10/76) Su niñez transcurre en el distrito la Victoria, donde acopió experiencias frescas y grises, que han pincelado a la mayor parte de su obra. Desde el año 1988 radica en Guadalupe. Se graduó de profesor de lengua y literatura en el ISPP. David Sánchez Infante de San Pedro de Lloc; y posteriormente, de Licenciado en Educación en la universidad Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque. Dentro de su creación cabe mencionar sus obras: El jilguero y otros cuentos, Ruiseñor lejano (cuentos), Brío celta (novela corta). Pertenece a Namul desde el año 1997. Actualmente se desempeña como docente de nivel secundaria y superior. E-mail: robinmaar@hotmail.com

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Las eras arden a lo lejos Robert Jara Vélez

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hora que las eras arden a lo lejos, como antorchas gigantes, sé de lo que hablaba Leoncio.

¡Patroncito, por el amor de Dios! Pero Artemio Paredes como si nada. Dando buches de cañazo, deja atrás a Melania. ¡Por favor patroncito! El viejo sigue ordenando a sus cargadores que suban todas las rumas de sacos de arroz al camión. ¡Un par de saquitos aunque sea, señor! ¡Apúrense carajo, que para eso les pago! Melania se para a un lado a mirar con cara de muerto cómo suben y bajan los cargadores a toda prisa por la rampa de madera. ¡Patroncito, dos saquitos aunque sea! ¡Ya cállate mujer! Se zampa otro buche de cañazo. Melania se prende con sus dos manos de la camisa del viejo. ¡Dos saquito aunque sea por el amor de Dios! El chofer, que coqueaba y tomaba dentro del camión, enciende el motor. El chofer hace rabiar insistentemente el motor sin mover el camión de su sitio. ¡Ya estamos listos, señor! —¡Suéltame mujer!—ordena el viejo, a la vez que forcejea con Melania. —Mi hijito señor—implora Melania, gime, cogiéndose con más fuerza. —¡Suéltame carajo!—ordena el viejo, desabotonándose la camisa. ¡Larguémonos de aquí! ¡Esta cojuda cree que soy su marido! El viejo se zafa. Sería medio día. El sol pellizcaba con rabia el pellejo. El viento estaba quieto, como si se hubiera dormido. Bajo ese sol rabioso, Melania, clavada de rodillas en la poza como estaca, gritaba, sin parar de llorar, apretujando la camisa sudorosa contra su pecho, ¡maldito, desgraciado!, sin quitar los ojos del camión rojo que se perdía en la carretera, dejando una nube de polvo, llevándose todo su sudor, toda su cosecha. Leoncio, también miraba el camión rojo, con indolencia, con su manito izquierda acariciando el hombro de su madre, y sus deditos de la mano derecha zampados completamente en la boca.

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Aquella noche Melania no fue a casa a ver la novela como todas las noches. Sólo llegó Leoncio, y se sentó en el suelo, frente a la tele, sin siquiera coger el pellejo de borrego que solíamos esconder bajo la mesa. —¿Y mi comadre Ahijado? —Allá. Y se saca los dedos de la boca brevemente, sólo para señalar hacia la calle. —¿Y no va a venir? Mueve los hombros con indiferencia. Se saca los dedos de la boca, nuevamente, y dice, sin despegar los ojos de la tele: —No. Está colgada. Y todos nos matamos de la risa. —¿Cómo que colgada muchacho? —Sí madrina, de la viga del techo. Entonces Leoncio vino a vivir a la casa. Y crecimos juntos, como dos hermanitos. Cierto día cuando yo estaba por terminar la secundaria Leoncio repentinamente, o al menos así yo lo había creído, se preocupó por mi futuro. —¿Vas a postular a la universidad? —Sí —¿A qué? —No lo sé, aún. No estoy seguro… —A derecho, a derecho postula hermanito. Y sonrió. ¡Y vaya que sonrió! Sólo ahora que las eras arden frente a mis ojos, allá a lo lejos, campo adentro, sólo ahora me percato del rencor que su sonrisa cobijaba en su pecho. —¿Derecho? —Sí, para abogado hermanito. Desde entonces siempre me decía lo mismo; hasta dejó de llamarme por mi nombre para llamarme simplemente: abogado, doctor, señor leyes, etc. Y fue tanto el cántaro a la fuente que terminé siendo abogado. Y ahora, recién ahora que las eras arden a los lejos, que las eras son gigantes chimeneas, que los perros chuscos aúllan desconsoladamente como cuando por la noches ven gentiles, me pregunto si acaso hoy sería abogado si Leoncio no hubiera machacado tanto. Quizá sí, porque en el fondo siempre soñé con defender a los pobres y a los débiles de los ricos y poderosos. Aunque en realidad, no lo soñé desde siempre, sino exactamente desde aquella mañana en que vi a don Artemio Pérez arrebatarle a Melania, sin el más mínimo remordimiento, toda su cosecha, y de paso la vida. El chofer mientras hacía rabiar el motor se mataba de la risa, viendo a Melania prendida de la camisa de don Artemio Pérez. Esa cojuda no tiene orgullo... —Derecho hermanito, estudia derecho. —No estoy seguro Leoncio. Dicen que los abogados terminan defendiendo a los ricos y poderosos sino quieren morirse de hambre. Y yo ni quiero morirme de hambre ni quiero terminar defendiendo a los ricos y poderosos. —No hagas caso a la gente, estudia nomás. 14


—¿Por qué tanto afán de que sea abogado, ah? Leoncio mueve los hombros, como cuando dijo que Melania estaba colgada en la viga del techo. —Estudia nomás, defenderás pobres, harás justicia, ya verás. Callamos. Luego dijo, recién ahora lo sé, con malicia: —Para que un día quizá me saques de la cárcel; para qué más va a ser, zonzo. Y nos matamos de la risa. Su risa era ancha, profunda. Hace un par de meses me preguntaste que cuándo me recibía de abogado, pronto Leoncio, pronto, te dije y te alegraste como un niño. Tus ojos cobraron un inusitado brillo, cierto apuro. Me palmoteaste brevemente el hombro. —Ya es hora, hermanito —¿Hora de qué, Leoncio? —No comas ansias; ya lo sabrás muy pronto. —¡Dime! ¡Si no me dices me molesto contigo! —Pero si ya te lo he dicho. Para que me saques de la cárcel; para qué más va a ser, zonzo. Y de nuevo nos carcajeamos. Y de nuevo tu carcajada salió como de una cueva. Sí, ahora que las eras de arroz arden a lo lejos al fin comprendo lo que tramabas, Leoncio: Serían las seis de la tarde, cuando te vi llenando una botella con kerosene, y meterte una cajita de fósforos al bolsillo. Corría, como ahora, muchísimo viento. Te montaste en tu destartalada bicicleta y te largaste pedaleando a toda prisa, campo adentro, no sin antes decirme, con un tono aunque solemne, sereno: confío en ti hermanito. ¿Cómo diantre no pude darme cuenta antes, Leoncio? Las eras arden a lo lejos, los vecinos apretujados en la esquina de la ranchería, al pie de los eucaliptos silbadores y olorosos, ensayan mil explicaciones, murmuran, y hasta lamentan de las muelas para afuera la desgracia de don Artemio Pérez. Carcajeas hondo, Leoncio, con cada era alumbrando y quemando tu rostro. ¡Jajaja! !Jódete viejo de mierda! El viento trae el humo, trae el crepitar del fuego y del arroz maduro convirtiéndose en canchita; la luna se asoma redonda sobre la silueta oscura de los cerros que duermen en el horizonte lejano. Las eras arden a lo lejos, escupen millones de luciérnagas de fuego. Una ligera lluvia de ceniza cae lentamente sobre la cabeza de los vecinos que unánimemente lamentan: Pobre Leoncio. A lo lejos me parece verte montado en tu vieja bicicleta, Leoncio; seguramente irás jadeando, riendo, blasfemando. Voy a defenderte con toda mis fuerzas, te lo prometo hermanito

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Robert Jara Vélez (Guadalupe, Costa norte del Perú, 1969) Se gradúa como Físico Matemático (Universidad Nacional de Trujillo, 1996). Trabaja, desde los ‘90, por el rescate y revaloración de la identidad cultural guadalupana. Funda el grupo literario Namul (Guadalupe, 1997) Viaja a Puerto Rico (1998), donde realiza una maestría en Ciencias Físicas, y concluye estudios doctorales en Física Química. Es miembro del grupo literario El Sótano 00931 (Puerto Rico), Asociación Internacional de Músicos Andinos (AIMA), Centro de Desarrollo Cultural RUNAKAY, Gremio de Escritores del Perú (GEP), Casa del Poeta (CADELPO). Ha sido publicado en: Singuayuco, El Sótano 00931, Tonguas, Los Rostros de la Hidra (antología), Edición mínima (selección de microcuentos y micropoemas), Revista de Literatura de la Universidad de Yauco (edición física); Ciberayllu, Puente Aéreo, Gambito de rey, No-Retornable, Arte Poética (edición digital). Ha publicado las plaquetas individuales Cantata al Silencio (1996), Los Abuelos de mis Abuelos (2010), y el poemario Nostalgia de Barro (Ornitorrinco Editores, 2011). Actualmente labora en la Universidad César Vallejo de Trujillo, donde es catedrático y Director del Instituto de Investigación de la facultad de Ingeniería.

E-mail: tonko@hotmail Blog: robertjara.blogspot.com Blog de Guadalupe: guadalupetierramilenaria.blogspot.com

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escritor invitado

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Huellas Antonio Escobar Mendívez

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sta es la misma casa, sino que ahora es una escuelita descuidada, recién la maestra junto con sus alumnos están cultivando los jardines tratando de embellecer el ambiente. Pero esto era antes muy hermoso, con mucho verdor porque el patrón tenía la plata necesaria para invertir en el arreglo de los jardines y en tantas otras cosas banales mientras que sus trabajadores con lo poco que les pagaba ni les alcanzaba para comer. Aquí en este corredor había dos maceteros gigantes de mármol y bancas convenientemente distribuidas también de mármol. Aquí en esta casa es donde el viejo convivió con sus queridas, desde una italiana a la que mandó a vivir a Lima, hasta la última mujer que tuvo, una adolescente que lo abandonó cuando estuvo en la bancarrota. Aquí en esta casa pasó sus mejores días bebiendo whisky desde que comenzaba la campaña agrícola, tomando los mejores vinos importados y amando a sus mujeres, para al final de la campaña quedarse sin ganancias porque ya se las había gastado por adelantado y a sus trabajadores estables y eventuales nunca les entregó utilidades de dónde pues hijitos les voy a dar cuando ustedes mismos ven que el banco me pone interventor todos los años y se lleva toda la plata. En esta casa el viejo tenía su oficina y donde yo trabajaba ahí justamente en esta que está al lado derecho llena de telarañas. Allí estaba la Caja Fuerte y la Secretaría y al frente el dormitorio del viejo y las otras oficinas. Siempre le visitaban mujeres bonitas y el viejo entraba sonriente al dormitorio, ponía el radio a alto volumen y después salía la mujer un día la Francisca, otro día la María y a así dales sus propinas hijo para sus dulces y autorizaba los vales por cien soles que era mucha plata, mientras que a su trabajador por laborar por la mañana y por la tarde apenas le pagaba treinta y seis soles y cincuenta centavos y así vivía el viejo en esta casa grande llena de puertas que se comunicaban con otras habitaciones y entraba por una y aparecía por otra y gritaba a sus trabajadores, no de malo hijo, sino para que me respeten y me tengan miedo y no me tomen por cojudo y en este corredor el Andrés Bruno después que lo botara del trabajo regresó, usted es un desgraciado viejo e’mierda y va a ver quien soy yo pa’ que se acuerde y comenzó a tirarle patadas y puñetes y el viejo colorado de ira fuera de aquí carajo y el Andrés bajito nomás dándole patadas. En 19


esta casa su mujer la señora Francisca le parió los cinco hijos varones y dos mujeres a los que mandó a estudiar a diferentes lugares del mundo y jamás regresaron profesionales porque son unos huevones hijo los he mandado a las mejores universidades y ya ves sólo sirven para el trago y las mujeres carajo que se jodan, aparte de los treinticinco hijos que tuvo con otras tantas mujeres, uno es hombre hijo y hace lo que quiere con su plata, Y en esta casa también la señora Francisca criaba más de cincuenta perros de raza con cocinera y empleada para que les dé de comer y los bañe todos los días. Fue en la época en que era Diputado el viejo y cuando regresó una noche, de Lima, los perros lo desconocieron y casi lo muerden. Mátenlos carajo que no quede ninguno perros de mierda. Por ese altercado doña Francisca se marchó definitivamente de esta casa después del tremendo lío que tuvieron, En esta casa fue que pude conocer su pensamiento de rico en decadencia. Diputado en la época de Prado con viaje al extranjero pagado con mi propia plata carajo porque los cojudos del Parlamento no quisieron costearme el viaje y yo no me iba a quedar mientras que los otros se deban la gran vida. Fue cuando visité la Rusia y le llevé cañazo a un amigo ruso que luego de pasarlo por el laboratorio fue devuelto con una etiqueta y la clásica calaverita y la palabra veneno con letras muy visibles porque descubrieron que ese licor tenía partículas de cobre y yo jamás beberé de ese licor porque los rusos me han dicho que es un veneno lento. En esta casa donde han pasado tantas cosas extrañas como cuando llegó el señor cura del pueblo y se emborracharon y más tarde salieron en el carro del viejo llevándoselo al burdel, cierren la puerta carajo y que todo lo carguen a mi cuenta porque voy a beber con mi compadre Wenceslao carajo y más tarde se marchó dejando encerrado al cura en el burdel con todas las mujeres que lo rodeaban totalmente desnudas porque esa fue una gran pendejada que le hice a mi compadre Wenceslao.

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n esta casa abandonada y cagada por las lechuzas por donde hasta ahora se pasea el alma del viejo, fue el escenario principal donde se desarrolló la primera y única huelga que hicieron los trabajadores de esta hacienda, gestada por don Alfredo Drago Torres barredor de la Casa Hacienda. A este viejo explotador lo vamos a joder compañeros yo Alfredo Drago Torres lo juro por el alma de mi madre y reunía a los trabajadores para preparar todo lo concerniente a la huelga. Nosotros le aconsejamos que todo sea por la vía legal para llegar al triunfo pero la rapidez con que se desarrollaron los hechos no dio tiempo para hacer los trámites correspondientes y al día siguiente nomás se convocó a la huelga, que nadie trabaje compañeros hasta que el viejo nos pague las semanas que nos debe por que realmente ya no se podía soportar una semana más sin que el patrón abone los jornales atrasados y ya no se podía seguir pidiendo que nos den comida de favor compañeros y hay que agradecer a los sindicatos de las otras haciendas por todo lo que nos están dando. Ese día nadie salió a trabajar estábamos por las carreteras sentados cuidando que nadie trabaje y se convierta en amarillo y fue cuando apareció el viejo en su camioneta celeste, por qué no trabajan muchachos si ya son más de las ocho carajo y están perdiendo tiempo para eso le pago mi plata y el viejito Drago sacándose su gorro y mostrando su calva al sol es que estamos en huelga patrón porque usted no nos paga nuestros jornales y allí exploto el viejo los voy a botar a todos carajo para que aprendan y tú chololo sube a la camioneta tú eres el mayordomo, no señor, yo tampoco trabajo patrón y entonces partió velozmente a Guadalupe regresando más tarde con la policía para que cuide la casa hacienda y la integridad del patrón porque estos cojudos son capaces de todo mi sargento, es verdad señores es mejor que comiencen a trabajar porque sino don Juan los va a botar a todos porque la huelga es ilegal y esa noche durmieron allí los guardias y bebieron whisky que la mujer del viejo les servía sonriente, vistiendo una falda abierta de los costados hasta los muslos. Recién al día siguiente Alfredo Drago Torres era citado por la guardia civil para entregarle un oficio en el que se hacía conocer que la huelga era ilegal y que inmediatamente reanuden sus labores. Ahora sí que se van a joder carajo y sobre todo tú viejo Drago. Para ti no hay 21


trabajo quiero verte que te mueras de hambre carajo y también tú Alejandro Santisteban no quiero verte por aquí. Los despedidos se fueron a la Zona de Trabajo a poner su queja y esa misma tarde vimos al patrón salir en su camioneta blanca con un saco de arroz y un cabrito hacia la zona de trabajo a contestar la demanda. Después de un mes repusieron en sus labores a los trabajadores despedidos. Tú Drago te vas al campo a la palana y tú Santisteban te vas de apuntador, quiero verlos jodidos por revoltosos carajo. Frente a esta casa también, después de la huelga, fue que quiso matar a la mujer de Drago. A esta mierda le meto la camioneta ahora mismo y que se muera como perra y enfiló velozmente la camioneta hacia la Elba Cárdenas y por favor señor, no haga eso lo van a llevar preso pobre señora ella no le ha hecho nada y el viejo ciego de rabia la buscaba para matarla hasta que la señora se metió detrás de una palmera. Para otra vez será carajo dijo el viejo mientras su cara parecía un tomate. Estos fueron los momentos más terribles que se pasaron en la hacienda hasta sus últimos días que en este corredor descolorido y solo se subió a una silla y vivando la revolución se metió a su casa bebiéndose sus propias lágrimas.

Antonio Escobar Mendívez (Boca del Río-Jequetepeque,) Reside en Guadalupe (Semán) desde el año 1969. Desarrolla una amplia labor de promotor cultural. Publica La Miseria y el Hambre, Memoria de los días, Rumor del hambre, Kurur, Remanso de Amor, El grillito Serafín, etc. Es incluido en diversas antologías nacionales. Pertenece a la Asociación de Escritores de Literatura Infantil y Juvenil, a la Agrupación de Decimistas del Perú, al Frente Departamental de Escritores de La Libertad. Es presidente de RUNAKAY. Actualmente trabaja en la edición del último número de la emblemática revista de literatura Runakay y de su libro Cantar de Cima; ambos, de inminente publicación. E-mail: antonioescobarmendivez@hotmail.com

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Tierra de cuentos se termin贸 de imprimir en el mes de octubre de 2011 en Guadalupe, Per煤

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Namul, catorce años después…

El grupo literario Namul nace en setiembre de 1997. Su origen se debe a la iniciativa de Robert Jara, quien desde hacía buen tiempo atrás trabajaba la idea de reunir a los escritores de Guadalupe: la premisa que justificaba aquella intención era que tenía que haber en Guadalupe otros poetas como él escribiendo en la penumbra, o bien en la sombra del anonimato. Y así fue. Tras una terca búsqueda llega a dar con Víctor Campos, David Mendoza y Lucio Ríos. Ya en compañía de ellos realiza una convocatoria radial y televisiva con la finalidad de congregar a los demás poetas que seguramente trabajaban solos; como consecuencia de dicha convocatoria resultan sumándose a las filas de Namul, Yván Ruiz, Josué Vallejos, Miguel Arbildo y, posteriormente, William Bueno (escritor paijanense). Las reuniones móviles, por falta de local, se dieron inicialmente en la plaza de armas, luego en la biblioteca, en el Centro Cívico; para finalmente asentarse en el local del Club Deportivo Alianza Guadalupe, donde se planifica y ejecuta la I exposición pictóricopoética guadalupana, la cual se instala, para el público, en el local del Club Unión. La parte literaria de esta actividad fue depositada en los poemarios Ocho

cuerdas vibrando de emoción y La voz del arco iris. El año 1998, tras la ausencia de Robert Jara (viaja a Puerto Rico), Namul cae en un breve período de inactividad, el cual dura sólo hasta mediados de año, fecha en que sus integrantes acuerdan ponerlo en pie. Idea que concretan realizando la II exposición pictóricopoética guadalupana, en la cual participan los pintores Lali Gálvez, Sabino Leiva, y Jorge Olivari; el crítico literario Alíndor Terán, y los escritores Andrés Díaz Núñez, y Antonio Escobar. Después de este evento, el cual se realiza en el Club Tigres, Namul se mantiene en un continuo vaivén dentro de la escena cultural guadalupana, hasta que en febrero del 2006 por iniciativa de los poetas Josué Vallejos y Miguel Arbildo se tramita su reconocimiento oficial que se logra mediante Resolución de Alcaldía. El 2007, tras reintegrarse Robert Jara, quien hacía unos meses había vuelto a Perú, Namul vuelve a la fiesta literaria. Desde entonces ha publicado Saliendo del tintero, Cuentalia, Poemalia (2007), Cuentando, Namul (2008), Comari (2009), y Tierra de cuentos (2011)

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Tierra de cuentos  
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