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participan en este NÚmero Jujuy Gloria Elías Ana Carolina Adi Barrionuevo Pablo Rivero Lucas Perassi Soledad Blanco Santiago Fenoglio Belén Romero Alfonsina Sayou Maximiliano Chedrese Rodrigo Moltoni Mariano García Martín Goitea Meliza Ortiz Facundo Lerga Pablo Espinoza Ana Angulo Daniel Medina Gabriel Huertas Andrea Campos Alejandro López

Salta Juan Manuel Díaz Pas Alejandro Chiri Alejandro Morandini José Ignacio Gil Lucila Lastero Roly Arias Martín Córdoba

TUCUMÁN

Pablo Donzelli Gabriel Acosta Fabián Soberón Facundo Delfín Cañazares Undiano

Santiago del estero Belén Cianferoni Juan Anselmo Leguizamón

formosa

Juan Páez

CÓRDOBA

Pablo Aguiar Cáu Bruno Rojo Silvio Mattoni Bruno Geronazzo

MISIONES

Christian Giménez

BS. AS.

Nicolás Venturino Adriana Banti Mariana Kruk Nicolás Antonioli Flavia Gresores Catalina Boccardo Leonardo De Pascuale Pablo Queralt

La Paz

Mauricio Rodriguez Medrano

COCHABAMBA

Juan Pablo Salinas Pablo Espinoza Lafuente Christian Jiménez Kanahuaty

DirecciÓn

Rebeca Chambi -Federico Giriboni - Pablo Chavarría -Carlos albarracín - Emilio Témer - Fernando Choque Edgardo Gutiérrez - Matías Teruel

IlustraciÓn de tapa Alejandro López

Pinturas: Alejandro López Facundo Delfín Cañazares Undiano Martín Córdoba CAja

Facundo Delfín Cañazares Undiano

DiseñÑo y diagramaciÓn

Edgardo Gutiérrez -Pablo Chavarría -Matías Teruel

CorrecciÓn

Ana Angulo Carlos Albarracín Coronel Dávila 236 P.A. CP 4600 / S. S. de Jujuy Argentina Tel.: 0388 4231355 / 154330794 revistaintravenosa@gmail.com

http://www.facebook.com/intravenosa.jujuy

Año 8 - Número 14 / Diciembre 2013

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Índice

¿El arte como exceso? 125 A la cabeza 6 Como si el ayer los hubiera castigado 132 A nuestro modo de ver las cosas 13 Naturaleza muerta 140 Adictos a sí mismos 14 Indispensable tratado minimalista 142 Ahora que todas usan pollerita… 17 Ese claroscuro que todo lo inunda 143 El exceso como todos los atajos a la literatura 21 Tilt 148 Libreta de abstinencia 24 Enciclopedia de sustancias adictivas legales 151 Testimonio 25 Baldoza galáctica 156 Los Mozart del vicio 29 Quedándose y yéndose 163 Warisata 36 Mis videos juegos 167 De cómo nos hallamos 43 La venganza de Passolini 174 La secuela Baileys 45 La suprema carestía 176 Mantis religiosa 51 El boludito 180 Corazón 54 El sótano 181 Dávalos y las drogas 55 El vicio dentro del vicio 189 Sacrificio de Andrei Tarkovsky 61 Las guachas 192 El cuidador 62 /. … -- .-/ 196 Virtus Vs. Vitium 73 La poesía de la lluvia 198 Poemas 78 Colocación 200 Veneno 79 Martín Córdoba 201 TOC 83 Tenemos que hablar 204 Poemas 87 Historia de lectura 205 Palabrerío 88 Vidas de pajarito 210 Los artistas 89 En el camino 211 La ansiedad 91 De nuestro final 215 Un excelso escritor 94 La gula 216 La mirada de la muerte 98 Poema 220 Sacado 105 Entrevista a Sergio Pujol 221 Poemas pos – sueños 107 Viernes por la noche 225 So happy together 108 Críticas de Terror 226 ¡Basta el miedo para callar! 111 Comic 230 En el último día del mundo dirá su nombre 114 Los infernales 119

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Editorial Luego de ocho años, 13 revistas, diez libros y una inexplicable obsesión por la cábala en este 13-12-13 nos encontramos llevando a nuestros lectores el decimocuarto número de Intravenosa. Que hoy, es mucho más que el esfuerzo colectivo de cuatro gatos locos que quieren hacer una revista, a falta de algo mejor. Al momento de la planificación de este nuevo ejemplar, tomamos una decisión inédita en el recorrido de nuestra Editorial, realizar una convocatoria abierta a partir de las ideas que se albergan en estas palabras cuasi-malditas: los vicios, excesos y adicciones. Para nuestra sorpresa, nuestro mail se vio inundado de escritos de una gran diversidad de autores, de Jujuy y de distintas provincias y países limítrofes. Algunos ya habían publicado en Intravenosa, otros acercaron sus textos por primera vez. Esta situación, era novedosa para nosotros pues en nuestro recorrido las colaboraciones llegaban ha pedido, y nos colocó en una nueva situación: La posibilidad de elegir y la responsabilidad de que esa elección fuera conducente a los objetivos e ideales que propugna nuestra revista. En ese proceso debimos decidir qué se publicaría en este número y nuestra decisión se condujo procurando que los textos respetaran la temática, pero por sobre todo se comprometieran con la palabra como posibilidad de transformación. En ese camino quedaron algunos textos de posible valor pero que, sin embargo en esta oportunidad no acompañaban la propuesta de este número. Nuestra decisión, por sobre todo se rigió por el convencimiento de que por un lado están aquellos que conciben una creación verbal, plástica, reflejo del mundo que los contiene pero por otro están aquellos que en medio de su ocio leen el mundo y lo transforman por medio del arte y en estos pusimos nuestra elección. Así en esta Intravenosa encontraremos un recorrido por las significaciones de las palabras que actuaron como impulso y nos permiten resumir que los vicios, excesos, y adicciones en algún punto actúan como motivadores que se sitúan entre los extremos de lo positivo y lo negativo y conforman dos de los múltiples perfiles que construyen nuestra identidad Alucinados por la posibilidad de confrontar el mundo optamos por la desproporción pues para nosotros no hay mejor exceso que muchas personas trabajando intelectualmente en pos de construir ese tejido adictivo de la cultura. Un vicio que nos ubica en ámbito de la lectura de los que somos.

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por Leonardo de Pascuale

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La timba es algo hermoso, es lo más hermoso que puede haber. anónimo.

ientras el crupier del casino de Buenos Aires le pagaba el acierto, el uruguayo, un querido amigo, solía decir: …y al saber le llaman suerte, dejando entrever que la casualidad del azar y la probabilidad numérica pueden ser fenómenos, cuya estadística no resulte tan aleatoria como parece. Tal es así que cuando al señor Manrique, un profundo estudioso del cilindro, le preguntaron si tenía algún sistema de juego para los atrasados, respondió: …juéguele a lo que sale, no a lo que no sale… lo que no sale, puede no salir nunca más. Devienen de esa frase diversas teorías aburridísimas que no traeremos a estos lares de infortunios y romances perdidos entre la numerología aplicada por tipos como Blaise Pascal y los afilados observadores de la cantidad de dientes que aún le quedan al perro, como para suponer que ese día serán congraciados por ese número en la suerte

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del endemoniado girar de un bolillero. (A propósito, el perro en la quiniela es el 06). Hay un mito popular que sentencia al creador de la Ruleta (no olvidemos que este juego es un invento medieval), como el primer tipo que pereció en manos de su propio demonio. El hombre inventa el juego, lo vende y en una ronda de apuestas sobre el paño, pierde todo lo que había ganado. Eso sería algo así como que si Samuel Colt hubiese muerto en un duelo de botas con espuelas o, peor aún, si vertiginosamente, tras su invención, se hubiese puesto a jugar ruleta rusa con los muchachos del boliche. La gente no juega para ganar, la gente juega para jugar. Y así fue que yo quería tener una casa de juego. A sabiendas de la imposibilidad práctica de conseguir un contenedor de guita que pudiera solventar un casino, y de la otra imposibilidad relacionada con la clandestinidad que suponía poner algo paralelo, llegué al mundo de las agencias de quiniela… Un garito de apuesta chica que me lleva-


ría, años más tarde, a compendiar algunas historias, anécdotas y esos menesteres incomprensibles de la razón que ocurren puertas adentro cuando de juego se trata. Intentaremos pues, traer al estimado lector, la cristalización férrea de la intrínseca relación entre el común denominador de la clientela: la esperanza y la fe, con los principios enigmáticos que movilizan sus criterios a la hora de apostar. Será menester aclarar, al menos hasta que el escolazo sea materia de estudio, que en la quiniela, cada número de dos cifras o también llamado ambo, tiene su correlativo significado en un mapa de sueños que algún beodo reflexivo habrá modelado en alguna noche de insomnio. San Telmo es barrio de barrios, tierra de maulas y tahúres, de un sonido fantasmal a tranvía que perdura en la curva trillada de los adoquines. Arrabal de chancletas en zaguanes sin tiempo, chusma de escoba por credo y como cada día, las puertas de la agencia se abren a las ocho de la mañana. Allá por el aniversario de la Revolución, entra Don Roberto con su habitual perfil despeinado, ojeroso y electrizado al grito de: —Y claro, los pusieron, ¡yo sabía que iban a poner esos números! Miré el tablero... había salido el 20 (la fiesta) en la Quiniela Nacional y el 64 (las lágrimas) en el sorteo provincial. —¿Qué pusieron, Roberto?, ¡esos números no los juega nadie! —le digo. —Pero nene, vos no entendés nada de todo esto; ¡vos sos muy pibe! A la timba hay que seguirle la huella porque si no, te deja felpa, ¿entendés? Yo vengo jugando para recuperar, ojo, sólo para recuperar ¡eh!… pero esto, ¡esto es una barbaridad! —y

se agarraba la cabeza, acodado en el mostrador que desemboca en el cartel con los números. —Ayer, ayer nene, ¿qué pasó ayer, eh?... ayer ascendió “el canalla”!!! ¿Y qué hacía la gente, eh?..., la gente lloraba y festejaba, la puta que los parió, hijos de puta, lloraban y festejaban!... metieron los dos, metieron!... ¡En Rosario seguro que lo agarraron todos! ¡¡¡Y yo acá como un boludo jugándole al 25 de Mayo!!!. Y prosiguió en su tren imparable: —Y hoy es 20, ¿me entendés? ¿Vos entendés lo que yo te digo? —Si, Roberto, entiendo… —No, no entendés nada, falta un montón para el 25 ¿y el boludo que hace, eh?, ¿qué hace el boludo? ¡Le juega al feriado! ¡¡¡Al feriado!!! ¿Cuándo estos hijos de puta te van a poner un feriado en la timba, eh?... Nunca, pssss… ¡Nunca! Qué te van a poner un feriado… Bueno, después vengo, los astros están orientados, ¡eh! Pero hay que entenderlos… ta’ lueguito. Pantagruélico error sería creer que nuestra clientela no sabe qué número va a salir. Lo que les resulta embrollado es descular cuál de todos los sucesos de su cotidianeidad se verá reflejado luego en los irreverentes resultados de cada sorteo. Desde el número de interno del colectivo que tomaron ayer, pasando por la fecha de nacimiento del nieto, del hijo, del cuñado, de la madre, de la portera del edificio contiguo, hasta el borracho que se les cruzó la semana pasada en un episodio del que poco recuerdan, excepto el mamado. Todo está calculado, salvo los “cuándo”, que devendrán en los “por qué” y la puteada final por desperdiciar un tiro que era “tan evidente y me olvidé de jugarlo”.

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Cristalizar los sucesos cotidianos en símbolos gráficos… el verdadero virtuosismo del timbero.

No se puede pensar la timba sin estos condimentos, sin el folclore cotidiano que te suele agarrar desprevenido y de sobrepique te la clava en un ángulo…

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Rosa es, por lo menos, nuestra clienta más estimada. Y cualquier desprevenido pensaría que se trata de una parroquiana de buen capital y aportes formidables a las ruedas de la fortuna. Pero lejos de ello, Rosa es humilde, trabaja limpiando casas y cuidando señoras mayores en el barrio. Su corazón es popular en San Telmo, por su bondad urgente en cada caso, para con todos y todas, siempre. Pero más allá de sus buenas intenciones, lo que la distingue, ha de ser sin dudas sus dotes para la filosofía callejera, esa que se estudia en el trapeo invernal de manos congeladas, en los dos minutos de paso por el puesto de diario, o en la charla con la vieja chota del séptimo “A” que dice saber, desde hace once años, que el país se va a la mierda en cualquier momento. Los sábados, además, Rosa viene a limpiar la agencia. En improvisados anotadores —y a escondidas— he tomado nota de algunas de sus inspiraciones recientes, y aunque en ellas poco se mencione el arte de los números, bien vale la pena compartirlas: —Todo el mundo anda resfriado, ¡hasta los perros mirá! —Y sí, Rosa, los inviernos son bravos. —Yo te digo, por más que yo me engripe no te compro un solo remedio… —¿Curas caseras, nomás? —Más vale, pero además ¿vos no sabés cómo es lo de la gripe acá en la Argentina? —No, Rosa, ¿cómo es? —A la noche, si vos te fijás, por lo menos acá en San Telmo, no sé en el resto de la Capital, andan unos camioncitos blancos ¡soltando el virus de


la gripe! Esos son los dueños de los laboratorios, que nos enferman a todos para vender más remedios. Andá a la farmacia, vas a ver… hace un frío de cagarse y así y todo te atienden con una gran sonrisa… ¡¡¡estafadores!!! ….. —Hola Beatriz, ¿cómo andás? —Bien, Rosita... vengo siguiendo unos numeritos... pero está difícil, ¡eh! —Ay si, mirá... yo siempre sé qué números van a salir, parece que lo presiento, Dios mío, pero salen cuando ellos quieren. ….. Una mañana, mientras Rosa limpiaba la agencia, entró Oscar, el portero de la otra cuadra. —¿Qué dice Rosa?, ¿cómo anda? —¡Oscar!... bien, aquí, limpiando... como toda mi vida... —No se queje que hay quien está pior que uno... —¡Yo no me quejo! Mientras tenga para la harina de las pizzas de esta noche y el vinito... yo me conformo con poquito. —Está muy bien, no hay que querer más de lo que uno puede tener, ¿nocierto? —Y, no... —¿Vio Rosa que Don Pedro anduvo de asador ayer? —Que lo tiró, ¡y no me invitó! —¡Pero qué la va a invitar si hay que pagarle!; es un asador popular ahora, ¿no sabía usted?

Rosa lo miró medio desafiante. Su vida toda en el barrio no le permite desconocer semejantes acontecimientos. Entonces Oscar prosiguió: —Yo le llevé una tirita de asado y una morcillita para mí y para la Mirta. Usted no sabe… nos chupamos los dedos... y a él uno le da unos manguitos nomás. —¿Él no pone la carne? —¡Qué va a poner si no tiene dónde caer muerto!; él pone la parrilla y el carbón y les cocina a todos los que les acercan algún corte para la parrilla, ¿vio? —Ah... —exclamó Rosa con cierto ímpetu de relajación—. Me parecía —y entonces trajo a la conversa todo su ingenio y creatividad posible: —Igual le digo una cosa, el asado a la brasa es malísimo para la salud, porque el humo del carbón lo intoxica a uno, salvo que esté todo al rojo vivo. —¿Pero de dónde sacó eso, Rosa? —No sé, de por ahí... ¿qué importa?; ayer a la noche me vi una película de travestis en canal 7, ¿no la vio usted?... ¡Hermosa!... la trama era medio incomprensible... pero qué hermosa película—. Y siguió limpiando. ….. —Ayer se cumplió un aniversario de Juana, ¿no Bety? —¿De qué Juana? —¡Azurduy! ¿Vos sabés la historia?... es muy interesante. Una mujer muy valiente. Me la contó mi nieto porque a él le enseñaron eso en la escuela. Y claro, los chicos no están acostumbrados a que una mujer sea una heroína, ¿entendés?

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—Aham... —Lo mismo que una tal Frida... mexicana o no sé de dónde... una mujer muy sufrida. Cómo será que el nene me contaba y lloraba... así que imaginate, ¿no? Yo no creo que vaya a pasar a la historia... —se ríe—. Porque yo lo único que hago es limpiar pisos, aunque ojo porque eso es muy digno, ¡eh! —¡Y claro que sí, Rosa! —Claro, por eso te digo. No sé si un libro, pero alguien me irá a recordar... Ahora le estoy por comprar un cobayo a mi nieto... —¿Un cobayo? —¡Sí!, ¡esos que son como una rata grandota! Porque lo que tienen de lindo es que, así como los pájaros, vos les hablás y ellos no te contestan... No se puede pensar la timba sin estos condimentos, sin el folclore cotidiano que te suele agarrar desprevenido y de sobrepique te la clava en un ángulo… Así conocimos a Don Carlos, nombre pretencioso pa’ la cualidad del juego. —Buenas tardes... —Buenas tardes, dígame... —Y, ¿qué le voy a decir...? ¡Tengo el gato con un bolo fecal tremendo! Le voy a hacer una placa y me quieren cobrar 350 pesos, ¿a usted le parece? Ahora voy a la farmacia a buscar vaselina, ¿vio? Porque esto así no puede seguir... y ojo que es de Angora, ¡eh! Pero claro, toma y toma, no come nada... es una barbaridad. Me dijeron del Pasteur, pero no sé... ¿usted qué dice? —No sé… pobre animal. Por ahí le conviene pagar la placa, ¿no?

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—¿Y el ambo a la cabeza cuánto paga? —70 veces la apuesta… —Y bueno, hombre... ¡ahí tiene! 5 pesitos al gato, el 05, en una de esas le pago el tratamiento, no sé… ¿usted qué dice? —Y sí, qué sé yo… como usted diga… —¿Y el 33, usted que dice? —El 33 es Cristo, si le gusta… le metemos ficha, ¡eh! —Y sí... porque mañana cumple 33 un amigo nuestro, ¿vio? —Aham... —Pero, éte aquí que también cumple una tía mía, pero son 79 años, entonces yo pensé en el 21... pero, qué me iba a imaginar. El 21 es la mujer, ¿vio?, pero ella ya es una señora grande, si fuera una piba todavía. Es una lástima que no haya número para las señoras mayores. Y el 17 lo pensé, con este despelote del animal… —Aham... —Pero vengo después, porque en una de esas me llama mi hija que tiene alguna idea y se me cambia el panorama... ¿cuánto cuesta la poceada? —4 pesos... —Claro, porque yo antes iba mucho al casino del barco... ahora no porque me queda medio lejos, ¿vio? —Aham... —Eso sí que era lindo... pero ahora es otra cosa... no se gana nunca... capaz que es porque está sobre el agua, ¿será?— Y continuó: —¿Le mostré la foto del gato? —No, no recuerdo… —Mire, acá la tengo, fíjese qué hermoso animal…


Noemí es enfermera jubilada, conocida en el barrio por su buena mano con las inyecciones. La mañana en que retornó Carlos, ella estaba jugando unos numeritos en la agencia. Se saludaron. —Don Carlos, ¿qué dice, cómo anda? —Y mal, se me murió nomás... —Y sí, sí... era previsible... ¿cómo va a subsistir pobrecito? —Yo te dije, Noemí, vení a ponerle una vía... —Pero Carlos, yo gatos ¡no hago! —Ya sé, ya sé... pero en una de esas lo salvábamos... —¿Qué va a salvar? ¡450 de glucosa un gato! ¿Qué comía?, ¿chupetines? Carlos se encogió de hombros, me miró a través de sus gafas gruesas y me dijo: —Lo que pasa que el organismo... o sea, la defensa del organismo se queda sin defensa ¿vio?... o sea, ¿cómo le explico? —No hay necesidad, le entiendo... —Cúcheme... ¡13 año’! ¡13 año’ el gato!... y se me murió... ¡¡¡y eso que nunca fumó!!! La esperanza debería garpar, alguna vez, así sea con monedas masculladas de otros tiempos. No cortarse nunca el hilo del barrilete que remontan los viejos como niños, con las etiquetas que el pasado decolora en soles sin ventanas. Calesita azarosa de una bola de marfil y ocho diamantes de los que poco se sabe… más que su suerte de verdugos. Suena el teléfono en el negocio y atiendo. —Agencia buenas tardes... —Ah, ¿agencia?... —Sí, agencia... Martín Córdoba

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—Pero yo quería hablar con María, no con la agencia. —Pero esto es una agencia de quiniela... —¿¿¿Y María????

—Ay... ¡diosito mío! —dijo— ¡pero cuánta plata tiene la poceada! —y prosiguió... —¿Me la repite y le da su bendición? …..

…..

—El lunes, ¿abre usted o su empleada? —¿Perdón? —Claro, porque usted abre a las 8 y su empleada a las 9, ¿no? —Sí, así es... ¿pero cuál es el inconveniente...? —Y, que si yo gano esta noche, si el lunes abre su empleada, yo me tengo que ir a tomar un café con leche pa’ esperar a cobrar... ¡¡¡y ahí nomás pierdo 20 sope!!!

—¿Dónde saco un pasaje de avión?... —¿Perdón?, esto es un agencia de quiniela, doña... —Sí, pero ¿dónde saco un pasaje de avión a Bariloche?... antes era más fácil...— Y remata con: —Encima queda tan lejos.... ….. —Y sí, como dice el dicho... “Cuanto más conozco a mi perro, más conozco al humano...”. ….. —¿Quedó vacante la poceada?... —Si... —¿Eh?... Dios mío, ¡no lo puedo creer! ¿Cuánta plata tiene? —Como 3 millones... —¡¡¡Dios mío, cuánta plata!!!... —Sí, mucha. —¿Me controla esta poceada de ayer? —No tiene premio... —¿En serio?... ay Dios mío, ¿cómo puede ser? Su amiga mira la tele y le dice: —¿Viste que Mónica Farro se dio vuelta? —¿Qué?... ¿En serio? —Sí, ¡se fue a vivir con una mujer! 12

La vida es juego, en toda su extensión y sin saberlo, andamos apostando de esas fichas malparadas para que el recuento de lo cotidiano sea un cauce que nos sorprenda de vez en cuando con algún acierto. La timba es el bastión ante el olvido, el juguete recortado, recompuesto e inmaduro de una escena… Rosa de muy niña, de pie junto a sus seis hermanos y alguien que a dedo la eligió para arrancarla de sus padres para siempre… —¿Quién sigue? —Disculpe que lo moleste, quiero hacerle una pregunta… —Claro, dígame… —¿Hay algún juego en el que tenga alguna chance de ganar?


A nuestro modo de ver las cosas

por Pablo Espinoza Lafuente

Mojarnos con el vaso en la bañera del patio, sentir lo que no sentimos al faltar a la excursión, fue nuestro acto de reclamar el cloro que tragaríamos los sábados en el sauna del frente. Cualquiera podía ser rebelde a esa edad. Dejar la sopa sobre la mesa hasta que exhale grasa y la naveguen moscas pataleando un nado sincronizado, sacar la lengua fuera con la seguridad de que nadie la vuelva a meter,  salir por la ventana con el gusto de tener un apuro casual. (Ninguno pudo entender la palabra “Anticrético”) ¿Te acuerdas? fue en el tendedero que aprendimos a colgar las poleras del cuello, a vernos correr tras una sábana o tras un guardapolvo, a levantar la cabeza con los ojos cerrados. Luego, Crecer fue salir cada vez menos al patio, esa manía por reducirlo todo,  las veces que preferimos volver en minibús  O lavar la ropa y dejarla afuera toda la noche, todo el día  y una noche más.

Facundo Delfín Cañazares Undiano

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por Gloria Silvana Elías

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sí como la memoria del individuo se compone de representaciones subjetivas del pasado, las que a su vez se elaboran a partir de representaciones externas impuestas por la historia y las instituciones sociales, así también se hallan ideados los cuadros de esperanza social respecto del futuro que le es esperable a cada comunidad. Así, lo que es “razonable” esperar opera como regulador de la conducta individual y social. Dicho de otra manera, estas opciones de lo que es viable esperar de la vida (provenientes de las representaciones sociales, por ende históricas y contingentes) moldean los proyectos vitales y su sentido, de modo tal que el mapa personal de horizontes posibles de realización es diseñado por cada quien a partir de la estructura socio-histórica en la que se encuentra anclada la existencia. A decir verdad, es cada individuo el que le presta su vida a los sentidos que propone la sociedad1. Creer que la pasión y motivaciones por seguir adelante son ab1- Esta idea me fue sugerida en una clase que dictó el Dr. Samuel Scholnick en un curso de posgrado, hace unos años en la Facultad de Filosofía de Tucumán.

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solutamente personales y autónomas es desconocer nuestra condición de individuos históricos, advenidos a un mundo que nos antecede, y que en el mejor de los casos, nos recibe hospitalariamente. Sabido es nuestra condición de seres intersubjetivos, más allá de que ello sea vivido por cada cual como una promesa, como condición de felicidad, o bien como un castigo; “mi madre me ha parido”2 en un lugar espacio-temporal en el que cada subjetividad es sólo un momento, y no un yo absoluto. En suma, negar la alteridad con la que convivimos y nos conformamos es negar de alguna manera nuestra propia humanidad. Alfred Schutz sostiene que el mundo de la vida diaria opera efectivamente como matriz de toda acción social3; el entramado de la vida diaria es intersubjetivo, y desde allí se llevan a cabo nuestras ac2- Enrique Dussel, “Sobre el sujeto y la intersubjetividad: el agente histórico como actor en los movimientos sociales” en Revista Pasos N° 84, julio-agosto, 1999, p. 6. 3- Maurice Natanson, Introducción de Alfred Schutz, El problema de la realidad social, Amorrurtu, Bs. As., 2003, p. 18.


ciones, las que -como dice Hannah Arendt- si bien son novedosas y libres, surgen desde dicha matriz social, esto es, desde esta intersubjetividad se interpreta tanto el pasado de cada sociedad como los horizontes por venir. Según cómo se capte este abanico de perspectivas comprenderá cada cual su mundo y su futuro, siendo ello en sí mismo un modo de actuación primordial. Según cómo se interprete el mundo y su trama intersubjetiva, se actuará en él. Esta interpretación primordial no es autónoma o absoluta, sino propia de lugar que se ocupa en la sociedad. Por ello acuerdo con Arturo Roig al sostener que la “conciencia de alteridad” se constituye desde nuestra “conciencia social”4, es decir, lo que cada uno concibe de los otros es elaborado desde aquel locus social al que pertenece. Así, en el marco del mundo capitalista actual, se busca legitimar la idea de lo valioso y digno que es concentrar todas las fuerzas en conquistar el proyecto vital individual, encontrando explicaciones de por qué esta conquista no la podrán lograr todos los que comparten un aquí y ahora: ya por mala suerte, ya por incapacidad personal, ya por holgazanería, o simplemente, porque les “tocó” ser pobres. El abanico de razones elaboradas se hacen por fuera de cualquier análisis histórico y social que explique por qué algunos muchos no se encuentran incluidos entre los sujetos capaces de alcanzar la felicidad… “antes que la ‘razón’ está el individuo oprimido que no encuentra encaje en esa razón que es para él, sin-razón”5. En consecuencia, el sentido de la vida que promulga el neoliberalismo dominante -el cual tiene un fuerte componente

Se podrá objetar que se puede fácilmente ser feliz sin ocuparse de los demás, y que pululan las muestras de ello al reconocer individuos que sin ocuparse de los otros, o justamente por ello, viven placenteramente. En eso reside el éxito de esta distorsión ideológica actual, la que tiene como mayor adicción el sí mismo

4- Arturo Roig, “Bases metodológicas para el tratamiento de las ideologías” en Hacia una filosofía de la liberación latinoamericana, Bonum, Bs. As., 1973, p. 229. 5- Roig, “Bases…”, p. 230.

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de individualismo- desconoce, o más bien, desprecia un futuro cuya felicidad se obtenga colectivamente, fundamentalmente porque el sueño neoliberal se logra a costa de los sueños rotos de aquellos sectores excluidos del sistema. Naturalizar la exclusión, por un lado, y absolutizar el significado de felicidad como realización personal, por otro, son algunas de las distorsiones que más cabida tienen en las sociedades capitalistas y sus colonias, no sólo para aquellos a quienes la vida se les presenta benévolamente, sino inclusive para aquellos grupos marginados que aceptan con resignación su condición de excluido. Ahora bien, no se puede obligar a los individuos que se ocupen en provocar una ruptura con esta condición de opresión que viven sus congéneres, tampoco en luchar conjuntamente para alcanzar conquistas colectivas, pero sí se puede hacer patente que el sentido de la vida y su noción de felicidad se educa, se forma, se programa desde esa matriz social a la que cada cual pertenece. En una sociedad profundamente individualista, la mayor adicción es uno mismo, perdiendo de vista que el derrotero personal surge, se elabora y se lleva a cabo en relación con otros. Olvidar ello, es mutilar la condición humana. Es más, si la pasión que nutre cada proyecto personal emana desde el deseo de una individualidad exitosa, y si además la felicidad personal se identifica ontológicamente con los logros individuales, al ser feliz -desde esta lógica imperante y occidentalcada cual se termina ensimismando en su minúsculo mundo, un mundo por cierto muy pequeño y miserable, a la vez que fugaz. Esta felicidad que se cree alcanzar no deja de ser un engaño, es conformarse con espejitos de colores, es empañar cada conciencia, cada existencia, al creer que la felicidad y el sen-

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tido de la vida se logran negando, o a costa de nuestra intersubjetividad. Se podrá objetar que se puede fácilmente ser feliz sin ocuparse de los demás, y que pululan las muestras de ello al reconocer individuos que sin ocuparse de los otros, o justamente por ello, viven placenteramente. En eso reside el éxito de esta distorsión ideológica actual, la que tiene como mayor adicción el sí mismo. ¿Se puede ser feliz a costa de los proyectos posibles de aquellos excluidos, que sirven de energía y alimento del sistema actual? Aparentemente sí, mas sólo aparentemente. Se puede amputar la propia identidad y creer que así se alcanza la felicidad, al negar la condición de seres con otros. Se puede ver la pobreza de reojo, como quien se pasea por un mundo extraño, al que no pertenece y sólo mira ocasionalmente Se puede menguar las consecuencias de nuestras elecciones que obstaculizan o impiden los proyectos vitales de otros, y argüir que no fue intencional, de hecho el ser humano es tan versátil que puede creer que es feliz negándose a sí mismo al negar a los demás… Pero tal vez, en nuestros momentos de sobriedad existencial, cuando el efecto de la adicción a nosotros mismos está desapareciendo, sea inevitable aspirar un olor nauseabundo que proviene de nuestros “otros” muertos como costo de nuestra felicidad personal.


por Pablo Rivero

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veces me pregunto, no sin cierto vicio, por que será que al escuchar la palabra “vicio”, a la gente se le viene a la cabeza una tormenta asoladora de términos tales como: inmoral, depravado, denigrante, defecto, desviación, mala costumbre, mal habito o sencillamente y tan suelta de boca te espeta “enfermedad”. Dice Doña Wiki que la palabra proviene del latín “vitium”, que significa “falla o defecto”, aunque esto se contradiga -y vaya en detrimento de los innumerables vicios positivos de los cuales solo daré cuenta de algunos, para que Doña Rosa Wiki los considere a la hora de hacer un balance en su loca cabecita cibernética. Para comenzar podemos hablar de dormir unas horas de más. El sueño ayuda a reponer energías y fortalece el sistema inmunológico. El descanso deficiente está asociado a la hipertensión, a la ansiedad, a la depresión y a la irritabilidad. Otra de las conductas, al parecer improductiva para esta sociedad anquilosada es el tiempo libre o de recrea-

ción. Para este modelo, que te arrastra a la vorágine constante, el tomarse un descanso mental para evitar el estrés, disminuir la ansiedad, regular la presión arterial y reducir los riesgos de sufrir enfermedades cardiacas te hace parte de un selecto club de vagos nihilistas indeseables merecedores del mismísimo cadalso. De ningún modo podría pasar por alto, dentro de este breve recuento, a la terapia sexual. El mantener relaciones sexuales con asiduidad estimula la secreción de hormonas de oxitocina y endorfinas que influyen en nuestro sistema de recompensa haciéndonos sentir placer y satisfacción. Para abreviar un poco la cantinela simplemente menciono que el cacao y el chocolate oscuro poseen antioxidantes que ayudan a mejorar el flujo sanguíneo; que el café no solo ayuda a arrancar a la mañana sino que previene enfermedades cardiacas y hasta algunos tipos de cáncer. De igual manera el consumo moderado de café en personas de mediana edad ha sido asociado con la disminución de las probabilidades de desarrollar Alzheimer. 17


En la sociedad actual se podría decir que sólo vicios como el alcohol, el café y el tabaco se han pulido hasta alcanzar niveles de culto, ofreciendo un surtido margen de elección entre calidades y variedades. Las bebidas alcohólicas tienen la particularidad de construir y destruir, de provocar ternura o provocar ira, atraen y alejan a las personas de lo que son, de lo que quieren ser y de los seres queridos tanto como de los odiados. El café despierta la vigilia, contrarresta la resaca alcohólica y tan solo nos cobra con algún malestar gástrico, o algún trastorno hepático si te pasas de rosca. El tabaco, es sin dudas, la más adictiva de todas las drogas conocidas. Su mística sigue tentando a ex fumadores durante décadas a entregarse a esa mágica calma estimulante que acompaña un teatro de gestos y berretines como encendedor, cenicero, paquete, una mano ocupada, que llenan los empty spaces de cada momento vivido. Para no permitir que livianos prejuicios elaborados en base a la teoría Capussotiana de “El hippy es puto y la hippa también”, me complacería mucho que tuvieran bien presente que la búsqueda del placer y el vicio han marcado la historia de la humanidad. Lo que no quita que nuestra valoración moral sobre esos disfrutes haya cambiando con el paso del tiempo. Ningún grupo humano ha prescindido de reglas morales, que aprueban esto y desaprueban lo otro. Solo que algunos de los grupos más trascendentes han ido cambiando esas pautas o características con el avance de su historia. Así mismo, la ebriedad y la cópula siempre han hecho mucho ruido en toda civilización organizada, pero Occidente fue ganando terreno, acumulando una basta experiencia y tolerancia en ambos campos.

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Yéndonos bien lejos, en tiempos donde Eurípides contaba que Ulises convido a Polifemo con un vino tan fuerte que debía ser aguado en cuatro quintas partes, o arriesgarse a abandonar para siempre el mundo de los caretas. Seguramente esta bebida estaba aditivada con extractos de belladona, beleño, o hachís, opio e incluso hongos. Los griegos no tenían ningún problema con el sexo, pero les aterrorizaba el alcohol. Los jóvenes tenían prohibido beber, lo mismo que las mujeres, salvo que fueran cortesanas. De manera tal que Platón decía que los viejos debían hacer “libaciones a Dionisio cada vez más frecuentes” -entiéndase “escabiar”- porque nada aliviaba en mayor medida las miserias de la vejez. El Imperio Romano por su parte heredó el problema de lo griegos, solo que la costumbre de beber se fue naturalizando. El vino definitivamente elimino su condena social ancestral cuando encarnó la sangre de Cristo en el rito de la misa. Desde entonces la humanidad ha sido friendly con el vino. Lo que no era muy friendly en el Imperio Romano era la norma de Lex Escantinia que dictaba enterrar vivo al invertido sexual. Por supuesto esto no impedía que hubiera pederastas como Tiberio, ni tampoco emperatrices licenciosisimas que participaban en orgias -como las organizadas por Calígula o Nerón o alguna de Cómodo- ni que Adriano fuera puto confeso. Ya que, las clases privilegiadas se permitían ciertas ligerezas prohibidas al resto. Para tener una visión más panorámica del asunto y desestimar las casualidades, remontemos miles de años y pasemos por alto otros miles de ejemplos, por el simple hecho de que si así no fuera, debería extenderme muchas, pero muchas paginas más. Detengámonos en las prohibiciones que se


dieron lugar tras de las conquistas de las Américas, por ejemplo la Quínoa. Su cultivo se remonta a más de siete mil años. Algunos afirman que los mayas fueron los primeros en cultivarlo y que luego poco a poco lo hicieron Aztecas e Incas. El Amaranto, la Quínoa y el Maíz eran consideradas plantas sagradas y los españoles prohibieron el cultivo de las dos primeras (salvo el Maíz al que dieron mucha utilidad y fue llevado a Europa). Los conquistadores veían con malos ojos que las utilizaran en rituales, de hecho cualquier alimento del que no hablase la Biblia era puesto en duda sobre su idoneidad, salvo el maíz, claro está. Por otro lado, el valor alimenticio que proporcionaba la quínoa, era base en el balance de la dieta utilizada por los nativos, una efectiva estrategia de dominio. ¿No les parece? Los Jesuitas hicieron otro tanto con la Yerba Mate (llex Paraguarienses). Al no poder prohibirla, ya que hubiera despertado animosidades que no les convenían si tenían la idea de evangelizar, aquella bebida considerada como pagana y hasta diabólica, pasó a ser otorgada como un don a los indios. Gracia otorgada no por Tupá, sino por el generosísimo Dios de los cristianos. Solo en base a fundamentaciones tendenciosas de fanáticos y sobre todo de detractores, fue calificada alternativamente, de tónico que escondía virtuosas cualidades cuasi mágicas, a de vicio abominable y sucio, causante de toda clase de escorias sociales. Al mate se lo llego a culpar de la poca productividad individual y colectiva, hacedor a de holgazanes y seguro camino a la ruina del aborigen guaraní y en consecuencia de la tierra que ellos trabajaban y que los españoles explotaban. Para que se den una idea Pedro Lozano afirma en su historia de la conquista del Paraguay que la yerba es el medio más idóneo para destruir al género humano.

Ningún grupo humano ha prescindido de reglas morales, que aprueban esto y desaprueban lo otro. Solo que algunos de los grupos más trascendentes han ido cambiando esas pautas o características con el avance de su historia

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El Santo Oficio llegó a considerar que la yerba mate excede los límites del vicio, para convertirse en una superstición diabólica. Por eso, para que se me entienda quisiera agregar que si bien ciertas conductas de los individuos para algunas personas pueden considerarse solo como características superficiales, fútiles, y porque no, negativas o defectuosas, para otras pueden ser aspectos positivos que le otorguen a la personalidad un valor agregado. La salud clasifica algunos vicios como enfermedades o problemas de conducta, mientras que el psicoanálisis considera otros como mecanismos de defensa, que se podrían traducir en un síntoma de salud emocional, o no. Y por ultimo las ciencias sociales dicen que hay otros vicios que son consecuencias de la llamada “descomposición del tejido social”. La acción humana dispara dos alternativas éticas y morales: obrar racionalmente -promoviendo aumentos en la alegría- u obrar irracionalmente -promoviendo aumentos en la tristeza-, una conducta irreflexiva acabará haciéndonos tan insensibles a lo buscado como desprovisto de armas para afrontar aquello de lo que huíamos. Solo por eso se lo denomina vicio y no dolencia o enfermedad, porque estas pueden establecerse sin que intervenga nuestra voluntad y con los vicios no. Otra cosa es pretender que el uso de drogas sea enfermedad y delito. Considero que esta idea es el engranaje principal del mayor negocio del siglo. Básicamente este negociado depende de que las drogas no se distingan por sus propiedades y efectos concretos, sino por pertenecer a categorías excéntricas, como artículos vendidos en negocios de

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comidas, remedios y sustancias criminales. Una arbitrariedad tan enorme sólo puede promover la desorientación y los usos descuidados. Solo puedo agregar que desestimar toda prohibición irracional me ha ayudado, a veces mucho, a saber más de mi mismo y a disfrutar de una inalienable y sabrosa libertad, por así decirlo. Nada es verdad, todo esta permitido. Un espíritu libre “par excellence” no tiene “fe” en la verdad, porque la verdad “es” en si misma. Entonces, los señores al psiquiatra para que los atiborren de permitidísimos neurolépticos y las señoras a recibir de estos mismos profesionales, como ansiolíticos, unas burdas imitaciones del opio. Pero los catadores de vinos no son alcohólicos. Como tampoco los asiduos a la tauromancia son dementes despiadados con inclinaciones morbo sádicas contra la vida misma. ¿O será que lo mejor es convertir en arte propio la costumbre ajena? Entiendo que la cuerda que sirve al alpinista para escalar una montaña le sirve al suicida para ahorcarse, y al marino para que sus velas recojan el viento. Seguiríamos en las cavernas si no hubiésemos tenido los huevos de conquistar el fuego. En definitiva, gran cantidad de sustancias hay, legales o no, que usadas de la forma adecuada, pueden brindar momentos de paz, energía y por que no, un enriquecedor paseo psíquico. Si no cometemos el error de mezclar la rutina psíquica con la cordura por supuesto. Lo ideal y sin caer en la utopía, es hacerlos cada vez más perfectos o refinarlos, y al usuario cada vez más consciente de la libertad de poder elegir. No es más que la meta más antigua del ser humano: Avanzar en la responsabilidad y el conocimiento.


por Juan Pablo Salinas

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El tránsito de este texto puede que atienda más a su desdoblamiento que al movimiento uniforme y progresivo que pretendía tener, pero como bien se surte de muchas voces e impresiones, como aquel que se instala de frente a la ventana, con el ordenador y el desorden de unos libros a la mano; teje la urdimbre siempre difícil de dar con algo, junto al eco ineludible de una confesión: “Todo lo que no es literatura me aburre y lo detesto” Kafka. Qué voz sin pulmones e inhumana, por lo tanto ni trágica, ni cómica ni seria ni alegre). Nada más revolea los ojos sobre el hombro me dijo, y mira: “esta vida loca, no es distinta a la del artista, del jailón, del cumbiero y de la pandilla; se confirma en el barrio, en el bar y en cada ciudad del continente. Es el canto celebratorio y angustiado de la ruptura, el corrimiento de los límites, la afiliación del individuo al exceso”. La imagen juguetona del “gran criminal” o el producto POP que vende y engancha. La idea como diría Walter Benjamin: “Es la de una amenaza específica de quebrantar la ley, de

confrontarla con la amenaza de declarar una propia ley”. Al respecto “Mi camino no se cruza con el camino” diría Fernando Rosso, pero ¿Qué dice el otro? Por decir: el “de la voluntad”, el que consagra al individuo como un exceso del individuo pero también como una reconstitución vital del mapa moral y ético propio; o “el voluptuoso” que seducido por el poder mediático, efectivo y ambiguo (en ello radica su fuerza) encuentra en esa caja de resonancia, con un eslogan en lugar de un sentido, la forma de confirmarse y validar su individualidad. Al carnaval de picante y excesos estamos todos invitados y lo más seguro es que termine royéndonos el hueso. Así, “las sorpresas de la libertad y la fiesta”, diría una secretaria, “son mi respiro de fin de semana” y “el bar después de las siete mi asueto” un par de funcionarios del juzgado. Otros se desviven de jueves a sábado, cumpliendo con horarios de oficina y atendiendo la exuberancia de sus deseos más velados. El tema es que del entretenimiento social 21


Martín Córdoba

a la desmesura, de la parafilia esotérica a la baraja de historias que reparte sin vicio Victor Hugo Vizcarra, uno puede perderse en el agujero negro de las aspirinas para el dolor de cabeza o las gafas oscuras, totalmente negras, que algunos locos se ponen para no ver absolutamente nada. Al paso y tratando de no perder la perspectiva voy tomar un atajo, sirviéndome del tema para entrar otro inevitable: “la literatura”, como si a ella arribara cualquier idea o como si el meollo de todo problema se encontrara en su territorio, en el destello de los ojos de su animal terrible, en esas ventanas a través de las cuales, en raras ocasiones, uno ve cruzar veloz como un relámpago al conejo blanco de Alicia. Un discurrir a guiños con la literatura o tal vez no, será pues el ejercicio. Con el esfuerzo de capturar el exceso fuera de su dimensión mediática o agitada aunque sin ánimo de perpetuar una excepción. Recordando alguna dimensión del hombre que mantiene la apertura de ese “más allá” que por ser el prolegómeno de toda metafísica, es también la condición de toda ética verdadera, esa que anima nuestra voluntad de acción y acceso a lo real: ningún 22

talismán va a darnos lo que esperábamos, ningún secreto, sino la creencia de que vamos a recuperar del miedo nuestras ansias, allí donde dobla sus ramas el árbol para recogernos en su sombra. Una excusa pero también una apuesta a la acción contra la reacción, dijo Nietzsche: “actuar por el propio impulso y no como respuesta a la acción del otro. Mejor ser creativos, ahí el juego”. En cualquier caso, sin considerar el pensar “seriamente” y considerando al hombre como otra anécdota de la historia de la tierra, tanto o menos interesante que la de los dinosaurios. “En cuestiones de conocimiento, habrá que ser claros. La amistad puede llegar a ser valiosa; nuestras mujeres llegan a conocernos bastante. Pero al fondo, resguardado por la soledad cósmica del ser, siempre estará nuestro propio yo, charlando consigo mismo, transmitiendo del cerebro al cuerpo o viceversa, sensaciones, visiones que nunca podrá conocer. ¿La necesidad de Dios, la del arte, no procederán, pues, de esta otra de tener una persona que nos conozca totalmente?” Comenta y cuestiona Walter Clemente y hay que tomarlo en cuenta, como a Dostoievski, Kafka, Hamsun, James, Borges, etc., pero sin caer en la


imagen del sabelotodo, al tanto de “todo” lo que se publica. Encarar la realidad con unos pocos aliados, sin olvidar a Bolaño y a Parra y a Sabines y a Sáenz. A Montaigne tampoco. Porque es posible que nada se preste mejor a la sustitución de los ideales que la literatura y singularmente la poesía: beneficiaria del derecho a reclamar su paridad con la religión, o al menos: ciertos derechos especiales. Derechos naturalmente reconocidos desde la antigüedad, e inherentes al vocabulario con el cual apunta sus fines y operaciones, en efecto: de inspiración, de elección, de vocación, de misión, de exceso y hasta para que sea perfecta la analogía, de maldición. Con sus capillas, sus profetas, sus ascetas, sus magos. También tiene su parte de sombra, su ocultismo, su alquimia, sus heréticos y claro, sus mártires. Todo el siglo XIX usó y abusó de esta confusión tan ampliamente favorecida que al principio aún beneficiaba a la fe (Novalis en Alemania) para caer poco a poco en todos los equívocos de los que el caso Rimbaud sigue siendo el mayor ejemplo. Finalmente el arte toma del todo en serio su papel tácitamente tolerado de sucedáneo de la fe. Emancipado, se concede a sí mismo la investidura sagrada y se convierte, según la célebre frase de Flaubert, en la Mística de quienes no creen en nada. De ahí el extremo categórico de quien encuentra entre líneas “un mandato”, escribe Kafka subrayando la palabra; y añadiendo: “Conforme a mi naturaleza, yo sólo puedo aceptar un mandato que nadie me ha dado, sólo puedo vivir en esta contradicción, únicamente dentro de una contradicción”. Pero si el arte es un mandato que ninguna autoridad garantiza, si no es el hecho de una orden superior dictada por una voz divina, es porque depende de la

Porque es posible que nada se preste mejor a la sustitución de los ideales de la literatura y singularmente la poesía: beneficiaria del derecho a reclamar su paridad con la religión, o al menos: ciertos derechos especiales

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pura subjetividad y no concierne en fin de cuentas sino al mismo artista, de tal suerte que sus pretensiones a la verdad son quiméricas y que sus tendencias mesiánicas, sus promesas que implican siempre la salvación, son en el mejor de los casos, una ridícula ilusión, y en el peor una peligrosa impostura. Una impostura, para Platón peligrosa, porque pretende conocer las cosas de las que es ignorante, y por lo tanto nos confunde en nuestra búsqueda de la verdad. Pero ¿Acaso no es la cosa que sale en cualquier línea de los límites de lo ordinario o de lo lícito, algo extraordinario? El exceso en la vida como en el arte, con su juego sospechoso y adivinatorio, no dejará de invitarnos al acecho y consecuentemente a la pesquisa, de ese algo, una vislumbre que terminará determinando nuestro camino (los Detectives Salvajes). Un exceso, la obra “a través de la cual, de un sólo salto el individuo se comunica de golpe con lo general y donde la descripción misma del engaño puede convertirse en realidad” como dijo Marthe Robert. Los últimos días del año dan trabajo, un día dices que sí y otro que no, sabes y no sabes que es lo que tendrías que hacer. Luego las obligaciones pasan como si nada. Mira las calles, aunque nadie mira en realidad pero apunta: galón de alcohol, felatio en la esquina, odio en su justa medida. La vida, el asesinato y el amor: el aumento de su presencia. El laberinto de la ciudad, del individuo: el proyecto de reconstitución de otro cristal disperso. Otra forma de entender lo que sabemos.

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Libreta de abstinencia. por Christian Giménez “A melhor forma de curar o vício É no início.” Titas “Do you remember the first kiss?” P.J. Harvey

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o recuerdo la primera vez que lo probamos. Sí supe desde ya que no lo volveríamos a dejar. Uno prefiero borrar las fechas y quedarme con los sabores y olores. Inconscientemente, se reincide. Tantas veces, que en algún momento, nos percatamos de que nos gusta bastante. Demasiado, se podría acotar. Pero bueno, es así, cuando nos ponemos a hacer las cuentas, ya es demasiado tarde. Hay que seguir nomás. Como sea. Hasta donde se llegue. Y un poco más también. Esa sarna, nunca pica. O al menos no nos queremos percatar. Sus ronchas, costras y pústulas valen la pena. Igualmente, lo confieso: maldigo el día en que nuestros labios se encontraron por primera vez.


por Belén Romero

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uando en “El Caballero de la Armadura Oxidada” (de R. Fisher) el protagonista se enfrenta a la primera prueba en el camino hacia la verdad, esta prueba es el Castillo del Silencio. Allí encuentra al rey, quien le confiesa que ya muchas veces tuvo que recorrer ese sendero. Asustado porque el rey va a dejarlo solo -ya que sólo así puede recorrerse el Sendero de la Verdad-, el Caballero intenta demorarlo preguntándole por qué, si ya había alcanzado otras veces la cima de la montaña, estaba el rey allí de nuevo buscando puertas que sólo se abrían cuando el que por allí pasaba lograba verlas. Uno nunca acaba de viajar por el Sendero de la Verdad. Cada vez que vengo, a medida que voy comprendiendo más, encuentro nuevas puertas, le responde el rey. Y tendiéndole la mano para despedirse le da un consejo: -Trataos bien, amigo mío. Desde mi adolescencia siempre pensé que nadie podía aconsejarme sobre mí misma, me disgustaban las frases como “chau, cuidate”…

Hay una cita con que A. Escohotado inicia su libro “Aprendiendo de las Drogas”, con la que he acordado por años: “De la piel para dentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera. Soy un estado soberano, y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país.” Anónimo contemporáneo A los 18 años fue mi primer consumo. Comencé con marihuana, planta que no me dejó de acompañar hasta hace algunos meses. De este consumo no pude hacer nunca una crítica muy seria… Hoy podría decir que el consumo me dio – quizátanto de nuevas percepciones como de quema de neuronas. Pero nunca noté o reconocí, o quise reconocer, una adicción grave. Luego probé cocaína, que no me gustó por –recuerdo mis propias palabras- lo “traumático” de tener que aspirarla y lo “terrenal” del “mambo”, como solemos llamar a los efectos. 25


Después llegó el LSD, y allí conocí la potencia de las anfetaminas (en los “cartones” de LSD industriales); como también la potencia alucinatoria de las sustancias naturales en una dosis de LSD artesanal que llegó a mis manos desde Dinamarca. Pero a la verdadera posibilidad lisérgica de Natura la experimenté con el consumo de psilocibina, sustancia que consumí a través del conocido y cantado cucumelo. Con él, como con la marihuana, hasta el día de hoy siento que tuve posibilidades perceptuales y de reflexión grandemente amplias, y lejos de alcanzar si no fuera por extrema meditación y un estado de amplitud mental que no sé qué espiritualidad o filosofías o tiempos históricos permiten, pero que lo nuestro -el occidentalismo iluminista consumista y globalizante; la mismísima Babilonia- de seguro impiden. Tras eso, más Babilonia; esta vez “pintado” en colores caricaturescos al mejor estilo Disney-Cartoon: éxtasis, heroína –fumada: nunca me inyecté-, GHB (éxtasis líquido, o la “droga de citas de violación”, rape date), popper… Fiestas en Buenos Aires que semejaban un nuevo hippismo… pago, y carísimo. Pasaron 10 años de experiencias “por curiosidad”, siempre basadas en mi “libertad” sobre las decisiones para con mi cuerpo. Pero la soberanía se rompió. En 2008 comencé a consumir PBC. Lo que sólo los que no consumen llaman Paco. Los consumidores la llamamos “base”, “cosita”, “Natalia”, y su nombre más popular “gilada”. Esa última denominación me sirve mucho para éste testimonio. Apenas a 2 años de cumplir 30, justo cuando pensaba que tenía “todo bajo control”, que lo ma26

nejaba, una cosita chiquita, estúpida, una gilada, me volvió más pequeña, chiquita y estúpida que esa cosa misma. Supe de la PBC en 2000. Creo que en Salta, en aquel tiempo, habré fumado 2 o 3 veces el famoso “pecoso” –Parissienes rellenos con PBC que, cuando le pasabas el encendedor se llenaban de “pecas”, dando cuenta de que estaban cargados. La completa escisión entre el sentir, el pensar y el hacer. Cuando fumé aquellos por el año 2000 (cuando pude fumar solamente esos ‘de prueba’), me enojé por haberla probado. Renegué por el mal humor que me provocaba, trasmití eso y le dije a algunos amigos: “es horrible y muy cara: te pega sólo cuando fumás”. Ocho años después, y sin haber consumido desde ese transcurso, volví a fumar y gastaba todo mi sueldo en eso, en “la gilada”. Comencé cuando me reencontré con una persona que no veía hacía tiempo. Su presentación fue: “estoy enfermo”, y fumó PBC frente a mí. El modo es en una “pipa” que en realidad es un tubo metálico (una bombilla cortada por lo general) con una bolilla que se arma con un poco de esponja de bronce en un extremo. Allí se carga la PBC, “sopándola” del papel o la bolsita. Cuando le pedí que me convidara, me dijo que no, que enfermaba. Pero insistí. Probé entonces la PBC en pipa, y por un tiempo hubo veces que podía no pedir si veía fumar. Durante eso, esa persona me advertía que eso no podía controlarse, que en el momento menos pensado estaría dependiendo de ese consumo. No pasaron más de dos semanas y ya estaba yo procurándome mi propia “bolsa”.


Es mentira -repito- que es la droga más barata. Sale $3,50 el “pecoso”, $5 el papel, y hay bolsas de 20, 30 y 50 pesos. Nada alcanza. Nunca alcanza porque sólo es mientras hay. Cuando se acaba, se acabó también el estar “duro”, “anestesiado”, y eso no se soporta. Si al principio es fumar porque no hay nada para hacer, luego es porque hay algo por hacer, hay que hacer tal cosa y fumar para eso y luego fumar por todo lo que hay que hacer. No te deja dormir, ni comer. Entonces se termina y hay que tener más porque llevas días sin dormir y hay mucho trabajo… Si al principio fumás porque tenés un momento de soledad, luego es porque tenés que ver a alguien. Si primero es porque estás triste o bajoneado, después fumás porque festejas algo. Y todo viceversa. Todo un círculo que no termina, un espiral. Un espiral vacío: La completa escisión entre el sentir, el pensar y el actuar, el hacer. La repuesta para todo es la droga. William Burroughs, desde su propia experiencia, la describe impecablemente: esta adicción es “el álgebra de la necesidad total”. Cuanto más consumo, más necesito. Y si no consumo haré “lo que sea” para necesitar consumir. Y consumiré. Ese “lo que sea”, ilustra Burroughs, será el adicto temblando sobre sus propias piernas lastimadas yendo a comprar la droga, caminando hasta las alcantarillas. La mayor profundidad de la oscuridad total. Así puedo describir yo mi paisaje de PBC. Una y mil noches, mil y una noche en soledad. Porque la

Llamadas sin contestar. Timbres sin atender. Escondida. Salir rápido sólo por la droga. Y todo alejándose. La adicta alejando todo, justificándolo en la horrible impunidad de autodefinirnos como adictos, horribles.

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Alejandro López

PBC te quiere a vos sola, te quiere aislada. Vos te querés sólo a vos: como podré querer a alguien más si yo misma soy tan horriblemente oscura… el reniego con mi almohada, y otra dosis para anestesiar el reniego. Pum. Llamadas sin contestar. Timbres sin atender. Escondida. Salir rápido sólo por la droga. Y todo alejándose. La adicta alejando todo, justificándolo en la horrible impunidad de autodefinirnos como adictos, horribles. Sentir la anestesia y que ya no guste. Pensar lo terrible de la oscuridad y la soledad autoimpuesta. ¿Actuar, hacer? Sólo la droga como respuesta, como única acción. Cerrar la puerta con llave. Despertar y dolernos tanto, otra vez: anestesia. Pum. Un mes, dos… Un año, dos. Amistades olvidadas, trabajos perdidos, dinero esfumado, 14 kilos adelgazados… Alienación. Ningún control de la voluntad. Ninguna libertad.

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Creo que hoy escribo esto por lo que tengo de afectos, de libros leídos, de paisajes recorridos. Y sobre todo, de hogar. Vi niños morir bajo el puente, llorando. Vi mujeres y varones yendo a morir al Bajo jujeño. Temblando, acalambrados, vendiéndose. Sentada una tarde en mi casa, escuché al Indio: “el tesoro que no ves, la inocencia que no ves, los milagros que van a estar de tu lado cuando comiences a leer de los labios y a ignorar los embustes y gustar con tu lengua de las aguas que son dulces, aunque te sientas mal”. Tras eso, mis ojos estaban en la foto de mi familia en la pared. Tomar un teléfono, decir: por favor, vengan a cuidarme. Quiero sentirme soberana. Mi cuerpo es mi territorio. Pero no si está invadido. Ahora pienso en seguir el consejo de aquel rey. Año 2009


por Federico Giriboni

“A este crédulo genio del dibujo animado –Walt Disney– (genialidad que no pongo en duda) corresponde la responsabilidad de haber hecho creer a la gente que los animales salvajes son criaturas amigables o cariñosas” Roberto Fontanarrosa

P

a Pedro Mariotto

ara el que nunca ha integrado sus filas, la persona común, el civil, podríamos decirle, los que cantan en coros son seres raros, bastante mojigatos (por no decir medio boludos) y sin duda aburridos. El concepto es que los tipos son una manga de afeminados y las mujeres unas monjas frustradas, ambos con el común denominador de creerse personas cultas con la posibilidad de permitirse perder el tiempo. Pero sobre todo son considerados pulcros en un sentido mas bien amplio, lo que lleva a pensar también que son ordenados y sanos, rozando con lo celestial.

Nada más alejado de la realidad. Los padres de buenas familias deberían pensar muy bien en mandar a sus hijas adolescentes a que aprendan canto e integren un coro, sobre todo si es manifiestamente juvenil. Claro, la imagen del coro es lo que uno ve o escucha en lo que dura un concierto. Esta imagen es aburrida, por supuesto, es un concierto coral al que uno va porque canta una tía. Sus integrantes –coreutas es el término adecuado- están prolijamente vestidos y formados de manera cuidadosa, casi militar, tratando de obedecer (escasas veces se logra completamente) las indicaciones del director y la sonoridad producida es etérea y transparente. Si en el repertorio nos encontramos con cosas como el tango “Sur” o “Te quiero”, poesía de Benedetti, plagado de onomatopeyas y bom-bom-bom de los barítonos, nos querremos matar sin llegar a escuchar “en la calle codo a codo…”; querremos matar a la tía y al resto del coro también antes que el agobio y el hastío termine con todos en la sala. Pero detrás de esa ola de aburrimiento que baja del escenario y de esos uniformes negros y blancos que sostienen car29


petas igualmente negras, suelen esconderse verdaderos lobos hambrientos, también en el sentido más amplio de la palabra. Lo que ocurre el resto del tiempo es otra cosa y es lo que nadie ve; además eso que desconocemos dura mucho más que el concierto donde cantó la tía Patricia en la iglesia –para relacionarlo con lo de rozando con lo celestial–. Se puede ensayar muchos meses para tan solo un par de actuaciones. Ensayos, muchos, sobretodo eso, ensayos y muchos, pero además hay una vasta y compleja vida social en la que el director o directora no participa. Volvamos al ensayo que es donde se origina el germen de esta vida. Cuando no se está cantando se habla. Lógicamente el tiempo de canto es poco, las pasadas a la partitura son parciales, pasan los tenores su parte, algunos compases, y el resto habla, incluso en las pasadas generales cualquier silencio mayor al de blanca con puntillo sirve para conversar. Las charlas tienen que ser cortas y concisas, no se discute El Capital –un tema que dé para explayarse hay que dividirlo en capítulos según los silencios que haya y esto es incómodo– son comentarios sarcásticos, críticas sobre otros compañeros o sobre el director (esto último según la antigüedad del coreuta), con tendencia al humor y al chiste, como sucede en los velorios. El tiempo de conversación es ideal para rebautizar con sobrenombres a compañeros nuevos; apodos tan ingeniosos como ofensivos de mis viejos años de coreuta: Oro en polvo, Necesitada de cariño, Galgos, entre otros. Allí se refuerza la confianza entre compañeros y se crean los pequeños núcleos que generarán un camino unidireccional hacia la futura joda. Estamos en los albores de la vida paralela que puede hasta superar en tiempo los ensayos puesto que des-

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pués de estos, un grupo, quizás pequeño al comienzo, se va a “tomar algo”, donde se pueda disertar sobre Marx tranquilamente sin tener que cantar. Ese “algo” al principio puede ser café pero a la tercera salida se va también a comer y de la pizza se pasa sin mucha vuelta a la cerveza y sabemos que de la cebada y el lúpulo en una botella es difícil escapar. Esas salidas terminan durando más que las dos o tres horas de sana práctica musical. En una manifestación sublime de esta conducta elevada a su enésima esencia he sido testigo de casos en que también se iba a “tomar algo” antes de los ensayos. Qué pasa cuando esas salidas se vuelven un poco rutinarias? Después de un tiempo se llega a una sensación de vacío, de que con eso no alcanza, y se organiza una fiesta en la casa de alguien, un cumpleaños suele ser un buen disparador. Al director se lo puede invitar por una cuestión protocolar pero este, por suerte para todos, incluso para él mismo, no va y si lo hace se retira temprano. Un sábado a la noche se reúnen muchos, casi los mismos que salen a “tomar algo”. En coros universitarios esto es moneda corriente, se comienza tranquilamente, escuchando música, luego quizás cantando con alguna guitarra pasando por un amplio repertorio que va desde la canción de protesta latinoamericana de los sesenta y setenta hasta una de Los Piojos; muy raramente se baila, quizás por eso de que el que toca no baila. Para la una o dos de la madrugada ya corrió todo el alcohol, hay que ir a comprar más, surgieron algunas drogas livianas y la tensión sexual está a punto caramelo; al finalizar la fiesta una quinta parte del coro vomitó las instalaciones del anfitrión y otro tanto no tiene ni la menos idea de cómo retornar a su casa. A pesar de esto nunca se abandona


Facundo Delfín Cañazares Undiano

la práctica primogénita de dirigirse al bar cercano al sitio de ensayo, pero la fiesta ya está incorporada, de vez en cuando, algún fin de semana. Así se va tejiendo el camino que va a derivar en algún campamento, una casa de fin de semana en algún lugar alejado de la ciudad o cualquier cosa por el estilo que apunte al exceso y la promiscuidad. Alguien que haya participado alguna vez de un coro puede pensar que esto es exagerado y hasta falso pero como los coros son un reflejo a escala bastante fidedigno de la sociedad, sobre todo de la sociedad que el coreuta es habitué o frecuenta, siempre

hay excepciones. Usted, señor lector que alguna vez pasó por un coro, estaba en el otro bando si estos comportamientos citados le son ajenos. Lógicamente, están los que no participan de esta doble vida; finalizadas las prácticas se van temprano a comer con sus familias o a repasar lo estudiado (estas personas se las puede reconocer fácilmente porque siempre tienen lápiz en los ensayos y muchas veces un pequeño grabador). Excluyendo a los que participan por cuestiones de aprendizaje, músicos o estudiantes de música, el resto de los integrantes busca algo más que simplemente el adentrarse en los placeres del 31


canto. Al que solo le gusta cantar lo hace en la ducha, trata de formar una banda o, ahora, se hace habitué de los karaokes. El que va a un coro anda a la caza de otra cosa, muchas veces ni él mismo lo sabe. En un grupo mixto de treinta o cuarenta personas de una ancha franja de edades encontramos un grafico de proporciones de pastel compuesto de inteligentes, atrevidos, callados, buena y mala gente, tímidos, tontos, chistosos, los que llaman la atención, generosos, con diferentes tipo de inclinación sexual, cultos, muy cultos, obsecuentes al poder, rebeldes, y locos. Los locos rompen con la proporción a escala de la sociedad, en los coros hay mas, no hablo de locos lindos o divertidos, me refiero más bien a los de atar. De ese rico crisol social nace una enjundia con valores y prioridades que escapan de manera tangencial a las necesidades aparentes de un coro. Así es como después de varios años de pertenecer al mismo grupo de manera instintiva y sin mala intención un pensamiento fugaz se cruza por la mente mientras escuchamos agobiados a las contraltos tratando de afinar un pasaje de una ópera de Mozart: ¿por qué si la flauta es tan mágica no te la metes en el culo? Claro, esto ocurre porque se llega a perder el rumbo de lo que uno debería hace allí: arte, música, cantar… Las sucesivas salidas, fiestas, campamentos, partidas de póquer días de semana hasta ver salir el sol hacen al coreuta olvidar el objetivo. Las cosas se ponen un poco más libertinas cuando después de muchos ensayos con su tercer tiempo y fiestas, se sale de gira a otras ciudades, provincias e incluso países. El nivel de descontrol del coreuta-lobo-hambriento es directamente proporcional a la distancia que haya tenido que viajar. Un coreuta, por ejemplo, de la Ciudad Autónoma de

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Buenos Aires, cuando cruza la Av Gral Paz con su conjunto vocal se torna mucho menos dócil y mas rebelde que en Parque Chas. En Rio de Janeiro, Brasil, probablemente haya que sacrificarlo por el bien del grupo y de la música. ¿Qué ocurre con la figura de autoridad? El director es casi siempre músico (debería serlo siempre) y un músico es un músico, dedíquese al estilo que sea, entonces todo eso ya lo vivió o lo vive en otros grupos donde participa. Mientras trata de llevar adelante lo que concierne al mejoramiento técnico y artístico del conjunto hace la vista gorda con el resto de las cosas. No es que desconozca todo lo que sucede, simplemente trata de no inmiscuirse y hace bien. Es sabida la tendencia del músico a los excesos y hasta a la propia autodestrucción, sobran ejemplos de figuras consagradas, pero el músico instrumentista tiene una desventaja enorme con respecto al cantante, sobre todo al de coro, en la atractiva carrera por el reviente. El que toca instrumento es profesional o pretende serlo, tiene que interpretar bien ya que vive de eso. En una gira se preocupa por el otro día, por no hacer el ridículo frente al público o a sus compañeros que están esperando con ansias cualquier traspié de sus colegas. Menos los pianistas y contrabajistas, el resto se preocupa mucho por su instrumento, por su transporte, su seguridad, su salud; no pueden perder la conciencia en cualquier antro nocturno porque con ésta quizás pierdan también su herramienta de trabajo. Mientras que el coreuta lo único que carga es una carpeta con partituras que si las extravía importa poco porque de todas formas no las sabe leer (aunque debería saberlo). Hay un momento en que esas dos vidas inevitablemente se juntan, algo así como las paralelas en


el infinito, haciendo mas o menos daño, pero daño al fin. Lo que narro a continuación no solamente es verídico sino que además es cierto, como dijo Marcos Mundstock. Ocurrió un sábado soleado y primaveral, promediando fines de los noventa. El coro al que partencia, medianamente importante, viajó a Navarro, una localidad de la Provincia de Buenos Aires. Habíamos sido invitados a interpretar el motete “Jesu Maine Froide”, en la capilla del pueblo. Llegamos pasado el mediodía junto a la orquesta de cámara en dos ómnibus que había puesto la institución a la que pertenecíamos. Todo transcurrió normalmente hasta la vocalización previa al concierto, ya de noche, casi a una hora de comenzar, realizada en un salón de la iglesia asignado al coro y a los músicos mientras se realizaba la misa en el principal. La vocalización terminó y el director fue a la nave central, que ya se había liberado, a ultimar detalles. Quedó un grupo de no mas de diez personas, entre las cuales me encontraba yo, acomodando el uniforme y las partituras. El padre entró rozagante de placer luego de la celebración y agradeciendo nuestra presencia nos convidó un poco de vino de una jarrita blanca que tomamos urgentemente en unos vasitos muy pequeños. La cantidad era poca, el recipiente venia de la misa y nosotros éramos muchos. Consciente de esto el cura nos señaló debajo de una gran mesa de madera donde había una damajuana recién abierta y añadió que podíamos disponer de todo el vino que quisiéramos; es bueno para entonar la garganta, esas fueron más o menos las palabras del padre, luego se fue del salón. Sabíamos de sobra que la garganta no se entonaba con vino, pero no teníamos problema en entonar otras cosas. Recuerdo el dulzor majestuoso de ese vino entre blanco y rosa-

Los padres de buenas familias deberían pensar muy bien en mandar a sus hijas adolescentes a que aprendan canto e integren un coro, sobre todo si es manifiestamente juvenil

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do, demasiado dulce para esos paladares veinteañeros con sed, con ese sabor misterioso que produce lo que es gratis e inesperado tomado directamente del pico del pesado envase para no perder tiempo con vasitos pequeños. Los que bebimos no fuimos muchos más que esa decena, sería injusto meter en la misma bolsa al resto de los integrantes. Como dijo Gieco: un traidor puede más que unos cuanto; o Zitarrosa, antes aun que León: dice mi padre que un solo traidor puede con mil valientes. Lo que está mal o es dañino puede holgadamente con lo que está bien, aunque sea muy inferior en número. Diez coreutas que no estén en un estado de lucidez normal podrían arruinar un coro de quinientos integrantes fácilmente, imagínense que pasa si entre coro y orquesta no se supera las sesenta personas. Sin necesidad de entrar en detalles el resultado estuvo a la vista o más bien al oído; meses de preparación para arruinar algo compuesto magistralmente en pocos minutos. Finalizada la función la cosa no terminó ahí. De la iglesia nos llevaron a cenar a un enorme quincho como agasajo. La sed que produce cantar fue saciada con más vino durante el asado, los que no participaron del damajuanazo anterior lo hicieron en ese momento. El regreso, entrada ya la madrugada, fue semejante al de alumnos de secundaria en viaje de egresados a Bariloche. Nunca más se hicieron viajes, a ningún lado, todas las presentaciones fueron en el ámbito de la ciudad y sus alrededores. Años más tarde, ya al frente de mi coro, me pregunté qué explicación estaría buscando, batuta en mano, nuestro director aquella fatídica noche. Seguramente no le fueron necesarias pruebas ni alcahuetes para darse cuenta por donde pudo haber pasado el asunto.

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Pertenecer y entonar el momento sublime del Magnificat de Bach, “mente cordis sui”, cuando coro y orquesta forman un acorde de re mayor aumentado es algo realmente excelso, se erizan todos los pelos del cuerpo (sí, esos también) y hasta los más ateos se plantean la posibilidad concreta de que Dios exista. No importa la cantidad de veces que uno cante ese tipo de obras, siempre generan emoción tanto al intérprete como al público. Pero esto parece no ser motivo suficiente para mantener un grupo grande de gente unida durante mucho tiempo con un objetivo común. Si el coro no es profesional necesita ese plus, esa doble vida. Como la dualidad de ying y el yang los opuestos y complementarios direccionan su energía, aparentemente contrarias, en una sola trayectoria hacia, en definitiva, la misma meta. De esta mezcla de responsabilidad y excesos han salido muy buenos conciertos, buena música, de sus filas muchos músicos bien formados pero también grandes amigos, experiencias, anécdotas inolvidables, hasta parejas con futuros hijos.


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por Ana Carolina Adi Barrionuevo Esta página está hecha de lágrimas, desborda pasión y estalla en cólera. Porque la Historia de Warisata es también una historia de cólera, pasión y lágrimas. ¡Como toda historia de lucha! Carlos S. Mostajo, 19431 No nos contentamos con reivindicar el derecho del indio a la educación, a la cultura, al progreso, al amor y al cielo. Comenzamos por reivindicar, categóricamente, su derecho a la tierra.

P

José Carlos Mariátegui2

or definición los homenajes suelen ser una suerte de celebración pública, muestra de respeto, admiración y estima que, en general, se realizan a una persona, a un individuo. En este caso, se trata de reivindicar a un colectivo humano y a su lu1- Maestro, artista, poeta y periodista, defensor incansable de la escuela indigenal. 2- Mariátegui, José Carlos: (1943) “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana”, Biblioteca Amauta - Lima Perú

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cha, contando brevemente una parte de su historia, porque Warisata no fue la obra de un iluminado en soledad, sino todo lo contrario: fue el resultado del compromiso social y afectivo de “unos” con “otros”, indígenas y maestros. Considero además, que es un deber mantener en nuestra memoria a aquellos hombres y mujeres que con su ejemplo nos enseñan a “ser mejores hombres” y “mejores mujeres”, más justos y justas, más solidarios y solidarias, más revolucionarios y revolucionarias. Creo también que recuperar su memoria es recuperar la nuestra, la de los pueblos americanos oprimidos. Introducirnos en la conmovedora experiencia de conocer su relato, implica también un ejercicio de desocultamiento, contribuye a revelar la existencia de silenciadas formas de resistencia. Encarna un ejemplo más de la larga lucha que han llevado y llevan adelante los pueblos que con fuerte determinación intentaron e intentan aún hoy, resistir al poder del opresor. Vaya entonces este humilde tributo a esos gigantes de nuestra América profunda: los maestros e indígenas warisateños.


La escuela Ayllu3 Desde la historia, los hombres y mujeres de Warisata nos interpelan; estos indígenas “gravitados” por un suelo altiplánico, en un medio de escasez permanente, violentados por la explotación, la soberbia y la intolerancia gamonalista4, fueron capaces de concebir una utopía propia: la de liberarse a sí mismos a través de un proyecto colectivo. Y para hacerlo, siguieron los imperativos morales de su cultura: “Nayr uñtas qhip uñtasaw sarnaqañaxa” (para ver delante hay que ver detrás) y “Ama Sua” (no seas ladrón), “Ama Llulla” (no seas mentiroso), “Ama Quella” (no seas ocioso), y la filosofía del ma chchamaki (el esfuerzo supremo, pujante y sostenido) entre otros, combinándolos, integrándolos en la concepción de una educación emancipadora. Creación heroica, como diría Mariategui, fue edificada en la localidad del mismo nombre, en la provincia de Omasuyos del Departamento La Paz en Bolivia, y funcionó durante casi una década entre 1931 y 1940. Sus fundadores fueron un funcionario de 3- Ayllu: Base organizativa, célula social de los pueblos andinos. 4- El gamonalismo fue un sistema de poder que se mantuvo hasta 1968 cuando el gobierno de Juan Velasco Alvarado decretó la aplicación de la Reforma Agraria. Posteriormente, el término “gamonal” ha desbordado este marco sociohistórico hacia una terminología sociológica aplicable a la realidad actual de algunos países de América latina. En este marco, el concepto se emplea para aludir al “...potentado de una región, comarca o municipio, que detenta el poder económico y político en un entramado de relaciones de dominación, que parten de la concentración de la propiedad de la tierra, el control de la intermediación comercial y las relaciones privilegiadas con las empresas externas que operan localmente, y que se proyectan hacia el control político y el dominio sobre los procesos electorales.

educación del gobierno boliviano: Elizardo Pérez y Avelino Siñani, curaca5 de una comunidad aimara de la región (Ilustración 1). Inicialmente se concibió como una escuela rural indígena y fue financiada en parte con recursos del estado, pero casi inmediatamente después se edificó y sostuvo con la mano de obra, ideas e iniciativas de la propia comunidad indígena. Tanto Pérez como Siñani, entendían que el problema del indio estaba vinculado a la tierra, y que cualquier esfuerzo por educarlo debía encaminarse a transformar sus condiciones socio- económicas. El desafío consistía en lograr materializar esta concepción educativa en el seno mismo de las comunidades, el modelo educativo proponía entonces “llevar las escuelas a los ayllus”. En función de este principio, el proyecto se encaminó tempranamente hacia la forma de “escuela productiva”, que integraba a la escuela con la sociedad indígena-campesina en la cual se hallaba inserta. Al modo de la organización comunal, cada ayllu o grupo de ayllus daban su trabajo, colaborando en la construcción de los edificios escolares, especialmente con la fabricación de adobes y en las labores agrícolas: “en épocas de siembra y cosecha acudían decenas de familias íntegras con sus animales de trabajo, sus yuntas y herramientas” (Criales 2011: 60). El Modelo de Ayllu, se basaba en cinco valores o principios universales: la liberación, la organización comunal, la producción comunal, la revalorización de la identidad cultural, la solidaridad, la reciprocidad, y la comunidad como sustrato de todos ellos. (Mejía Vera 2011:2)

5- Jefe político y administrativo del ayllu.

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Mariano Ramos, Elizardo Pérez y Avelino Siñani, 2 de Agosto de 1931

En Bolivia el indígena, no solamente fue explotado por su condición de siervo, de labrador, de trabajador agrario; en su situación de esclavo fue compulsivamente arrojado a la explotación minera, para sustentar con su sangre, en un primer momento al colonizador español y luego en el período republicano a los dueños de las minas de estaño, cuando éste copó el mercado mundial. Desde la perspectiva de los gamonales, los indios como raza inferior resultaban incapaces de darse a sí mismos una educación que les permitiera salir de su estado de servidumbre y erguirse como hombres libres, con el potencial y un grado de autonomía suficiente como para no tener que depender más de ellos. El argumento «racial» era, precisamente, el instrumento explícito o sobrentendido, para la defensa de los intereses sociales y económicos de los sectores dominantes.

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De este modo, el indio vio en la escuela que se levantaba el símbolo de su liberación, en el que era relativamente secundaria la simple alfabetización. Warisata era la casa de los desheredados, de los pobres, de los explotados, símbolo vivo de la lucha por la justicia y por la libertad, emblema de todas las antiguas rebeldías del indio, jamás extinguidas.

La pedagogía del adobe Resulta necesario en este punto, resaltar las notas más importantes de la experiencia. Entre otras: una escuela que surge en medio de una comunidad y hace suya la cultura y tradición de ella; que rescata los elementos de su legado y de la naturaleza; que se auto gestiona y auto sustenta produciendo lo que necesita; que desarrolla tanto el trabajo manual productivo como el intelectual, fuentes ambas de conocimiento y experimentación acordes a sus propias necesidades, intereses y tradiciones. Como sostén de todo esto, “el principio de reciprocidad” que colocó a unos y otros al servicio de todos y cada uno, que acogió el aporte de cada miembro de la comunidad y se aseguró que a nadie le faltara lo necesario para vivir humilde pero dignamente. Ese principio surgido de la cultura indígena y de la vida en comunidad, fue revivido y reapropiado por la escuela, confundiéndose escuela y comunidad en una experiencia de dignificación y educación en el más amplio y hermoso de los sentidos. Pérez lo define así: “Warisata fue una escuela socialista: el trabajo de todos, para el provecho de todos. Íbamos más allá del mero intento económico, queríamos que los hombres fueran forjadores de su propia cultura” (Pérez 1983:23).

La importancia de la aparición de Warisata como una innovación educativa y cultural y una victoria de la autodeterminación indígena, consistió en enfocar su currículo y su estructura organizativa en la sociedad indígena, sus necesidades, sus intereses y sus tradiciones. Se orientaba mucho más a las necesidades culturales, sociales y económicas de las comunidades indígenas y estaba dirigido a la educación práctica en las artes y artesanías nativas, en la agricultura, en la horticultura y en otros campos similares que pudiesen beneficiar directamente al individuo y a su comunidad. El anhelo de aprender a leer y a escribir como forma de reivindicación de sus derechos y defensa de las tierras comunales les hicieron tomar conciencia de que la educación era la única manera de salir de esa indigna situación de explotación y servidumbre del pongueaje6. “Como la escuela estaba educando al ‘indio’ antes objeto de explotación, y como estaba revalorizando su cultura y haciéndolo consciente de sus derechos, pronto desató no solo la ira y ataque de los hacendados que veían como cada día más indígenas bajo su dependencia se educaban y liberaban, sino también de los sectores conservadores del país que la acusaron de estar provocando el enfrentamiento y la sublevación indígena” (Mejía Vera 2011). La educación, como esperanza y futuro, era la nueva rebeldía indígena, que no estaban dispuestos a tolerar, los miembros de la clase gobernante.

6- Modalidad de relaciones de producción que tiende a incluir lazos familiares, en las cuales la explotación laboral suele ser muy intensa. Prácticas esclavistas.

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Avelino Siñani y Bernardo Cosme, tomando juramento de lealtad a los campesinos de la comunidad Chegge, zona de Sorata en la Paz, al fundar su escuela indigenal (1934).

Destrucción de Warisata “Sería en verdad una actitud ingenua creer que las clases dominantes no impedirían el desarrollo de una educación que permitiese a las clases dominadas percibir las injusticias sociales en forma crítica” Paulo Freire

En no pocas ocasiones sus miembros y profesores fueron golpeados y perseguidos impunemente por los terratenientes, con el objeto de atemorizarlos y obligarlos a abandonar su trabajo. A lo largo de su historia se patentiza la permanente lucha que durante los 10 años que duró la escuela indigenal, debieron sostener tanto sus mentores como todos los indígenas, frente al poder gamonal y al Estado que permanentemente acosaba a las escuelas. En contra de la escuela se utilizaron los más viles métodos: el hostigamiento, la quita de asistencia económica o 40

la precarización de los salarios por parte del gobierno, e incluso la persecución judicial: “Elizardo Pérez tenía treinta y un juicios criminales en su contra” (Mostajo en Pérez 1983:22), o la agresión violenta sobre sus maestros o miembros de las comunidades. El gamonalismo no ahorró en dramáticas y virulentas represalias (como los castigos públicos en las plazas) y se contaban por montones los abusos de las autoridades jurisdiccionales en contra de los indios: exacciones, multas, encarcelamientos, flagelamientos, despojos. A pesar de estos ataques, la escuela contaba con el apoyo de la prensa, intelectuales progresistas y en algunos casos miembros del gobierno. Pero mientras que en el resto de los países latinoamericanos crecía el reconocimiento a la propuesta7, la rosca minero feudal boliviana arremetió 7- El modelo educativo indigenal llegó a desarrollarse en diferentes países, mediante lo que Pérez denominó como


contra los núcleos indigenales, sus directores fueron destituidos, las escuelas saqueadas, los estudiantes perseguidos o asesinados bajo el pretexto de que las escuelas eran “células comunistas”. En pocos meses la constante presión de la oligarquía terminó por provocar el cierre de la Escuela de Warisata mediante la persecución y expulsión de Pérez, Siñani y otros docentes en 1940. Un tiempo después la escuela fue re-abierta (su edificio era demasiado grande para ser demolido y los indios warisateños se opusieron tenazmente a ello), pero lo hizo como una institución rural tradicional, desprovista totalmente de sus fundamentos pedagógicos revolucionarios. Este era un final inevitable, y sus fundadores eran consientes de ello: “… Warisata era una escuela socialista (ya no vale la pena callarlo). El medio en que actuaba era completamente feudal. Esto quiere decir que su suerte estaba echada desde que se puso la primera piedra. Para que Warisata subsistiera, había necesidad de un desenvolvimiento social paralelo en Bolivia, esto es, una revolución. No la hubo. Warisata lucho diez años afrontando el ataque incesante de la feudal burguesía” (Prólogo en Perez 1983:19).

La escuela indigenal fue y es, sin lugar a dudas, un ejemplo de resistencia política y cultural, ya que puso en tela de juicio la naturaleza del Estado, denunciando sin descanso la “situación de indígenas y campesinos”, encaminándose desde un principio a un proyecto transformador de esa realidad

“expansión e irradiación continental de Warisata”. Algunas de las naciones que recibieron la influencia del Modelo fueron: México, Guatemala, Ecuador y Perú, entre otros.

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Palabras Finales La primera vez que leí un relato de Warisata, experimenté una profunda conmoción y tristeza, “como es posible – pensé - que semejante épica fuera tan desconocida e ignorada, ¿qué oscuros artilugios la condenaron al olvido o la indiferencia?”. Luego, cuando comencé a investigar y fui conociendo los detalles de su historia, entonces los motivos de esa sentencia al destierro empezaron a aparecer uno tras otro. Y es que en verdad estos hombres inconmensurables debían ser “necesariamente” olvidados, porque el tamaño de su obra y sobre todo aquello que le dio fundamento, eran de una peligrosidad también inconmensurable para quienes detentaban y detentan aún en la actualidad “el poder de educar”. La escuela indigenal fue y es, sin lugar a dudas, 42

un ejemplo de resistencia política y cultural, ya que puso en tela de juicio la naturaleza del Estado, denunciando sin descanso la “situación de indígenas y campesinos”, encaminándose desde un principio a un proyecto transformador de esa realidad. En esta escuela se elaboró una “educación para la liberación, no sólo de las ataduras o miedos de pueblos oprimidos y esclavizados, sino esencialmente la reconstitución del amor al trabajo socializado y la producción comunitaria” (Vargas Condori 2007). Como señalan algunos autores, esta experiencia aparece como uno de los intentos de liberación más claros y significativos en la historia de la resistencia indígena sudamericana, cuya influencia se observa posteriormente en la


revolución del 52’, la reforma agraria del 53’8, y en ciertos momentos vitales de la historia nacional boliviana9. Y es que Warisata nació defendiendo al campesino. Su vida se desarrollaría defendiéndolo y había de perecer en plena lucha. Porque desde que nació estaba su suerte echada: Warisata era una modalidad contradictoria en el agro feudal. Lo sabíamos. Sabíamos que nuestro ideal no era absoluto, que no era independiente de la condición histórica que vive Bolivia” (Pérez 1983: 20). Coincido finalmente con la definición que de ella hace Loureiro: “No es solamente la historia de una institución indigenal martirizada, sino un drama rural que rebasó los límites locales para proyectarse en el espacio y en el tiempo como una verdadera doctrina revolucionaria” (Loureiro en Pérez:329).

De cómo nos hallamos

L

por Nicolás Antonioli

a encontré desnuda y parecida a mí, como se imaginarán ya a esta altura del relato, su cuerpo como un trueno que de la pampa sacude al pequeño trozo de mí que se inunda, estaba con la última palabra entre los dientes asemejándose al bramido de los segundos en reversa. Yo para ese entonces desconfiaba hasta de mis palabras cuando dije que mejor sería no volver a vernos, cuando dije que su pelo olía a descompostura, que su silueta se veía un tanto convexa. Se turbó al verme derramar aquella noche sobre la cama que ella había comprado, luego de haber estacionado su diminuto automóvil en la cercanía, luego de observar mi vientre, el sudor que corría a uno y otro lado de nuestra hija. Y ya nadie quiso ver más nada.

8- En su “parte expositiva” la Ley de Reforma Agraria, hacía suponer que en ella primaría un sentido basado en las tradicionales modalidades de la vida indígena, como también la adopción de normas destinadas a precautelar los derechos del indio. 9- La nueva política educativa boliviana dispuso en 2010 la redacción de una nueva Ley de Educación denominada: “Ley 070 Avelino Siñani – Elizardo Pérez”, en memoria de ambos educadores.

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por Pablo Chavarría

1- El efecto búsqueda veces, de curioso, busco por Facebook, Twitter o Google a mis ex parejas. Les reviso el muro, veo fotografías y averiguo sobre su actividad social. No soy una persona que tenga relación con ellas. No porque yo no quiera tenerla, sino porque todas, o la mayoría, piensan que soy un pelotudo. Y no es que yo sea un hijo de puta, por lo menos no siempre, pero gracias a mi habilidad involuntaria de “jugar al novio”, mi incapacidad para decir que no, mi carencia de práctica reflexiva y mi poco interés hacia la gente que me aprecia, me convirtieron en un sorete de persona en muchas situaciones de mi corta existencia. Una mañana puse en el buscador de Facebook “Valentina Agüero”. 753 resultados. Me pareció un poco abrumador que tanta gente pueda llamarse igual. Me fijé en algunas fotos de la lista. No era ninguna, y si era, yo no podía reconocerla. Hice click en la primera (Internet, en estos tiempos, no

A

podía equivocarse). La foto de perfil era de un caniche con camisa, pero teníamos 5 amigos en común (tres programas de radio, un negocio de diseño y un diario digital). Revisé el muro, no tenía nada, por lo menos, nada importante, y si tenía, sabía manejar muy bien la privacidad. Decidí ver qué onda y le envíe una solicitud de amistad. Después de todo Valentina no solo fue mi única buena relación, seguramente porque nunca llegó a ser una relación, sino también fue mi primer amor, mi primera experiencia sexual secreta y casual, y, al mismo tiempo, la novia de mi ex mejor amigo de la infancia: “Diego”. Dejé la computadora encendida y fui a fumar un cigarrillo al jardín. Cuando volví tenía una notificación. ¡Era Valentina! ¡Había aceptado mi solicitud de amistad! Inmediatamente entré a su muro y empecé a ver las fotografías. ¡Era ella! ¡Y estaba conectada! No le hablé, obvio, pero empecé a subir canciones, una detrás de otra para que se dé cuenta que yo estaba ahí. Hice eso un tiempo, hasta que una noche abrí la ventana del chat y escribí cuatro 45


letras en la combinación más boluda que se me ocurrió: “hola”. No me respondió. Vio el mensaje, pero no me respondió. Hice lo mismo al día siguiente: “hola”. Ella también hizo lo mismo: “Visto a las 00:26”. Seguí insistiendo, hasta que una noche me contestó: “Cómo estás? Tanto tiempo”. 2- El efecto primer encuentro Conocí a Valentina en el 2006, cuando se puso de novia formalmente con Diego. Ella era “la novia de mi amigo”, y yo respetaba eso, lo cual no me quitaba el derecho de mirarla y pensarla en mil situaciones (ninguna con ropa, ninguna con Diego). Un fin de semana, los padres de Diego viajaron por la muerte de nunca supe quien a nunca supe dónde, dejándole la casa sola por dos días. Ese sábado organizó una fiesta y yo me ofrecí para poner música, así que llegué mucho más temprano que el resto de los invitados. Cuando toqué la puerta me atendió Valentina. Me dijo que Diego se estaba bañando y que yo llegaba justo para darle una mano en conectar los parlantes que habían puesto en el patio para la música de esa noche. Fuimos al patio y me hice cargo del sonido. Con toda la intención de mirarla, le pedí que me pase un cable rojo que estaba en el piso, y cuando se agachó, no pude evitar quedarme con la boca abierta concentrado en sus tetas. Valentina se dio cuenta y se hizo la boluda tardando en levantarlo. Imagino que a esa altura ya estaba más que clara cuál era “mi” situación entre “mi” amigo y “su” novia. Dejé de mirarla cuando escuché la voz de Diego: “Yo tengo que ir al supermercado a comprar las cosas para hacer unos tragos, quiero hacer bayleis. ¿Querés venir y tomamos una

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cerveza en el camino o te quedás con Valentina terminando de armar todo para la “joda”? Lo primero que pensé es en lo pelotuda que es la gente que dice “joda” en lugar de fiesta, segundo en cuanto tiempo llevaba Diego parado ahí y tercero en la situación en la que me encontraba. Por primera vez tuve que decidir entre dos tipos de felicidad que adoro por igual: el alcohol y las mujeres de mis amigos. Le dije “me quedo, falta mucho y quiero terminar para después tomar algo más tranquilo”, cuando en realidad quise decir “la verdad es que tengo ganas de quedarme a tirarle indirectas a tu novia, si no te molesta”. Cuando se escuchó que Diego cerraba la puerta, volví a concentrarme en lo que estaba haciendo: mirarle las tetas a la novia de mi amigo. Bajé a la tierra cuando Valentina se desabotonó un poco la camisa y dijo “¿te parece que tengo buenas gomas?” En ese momento pude sentir como mi entrepierna quería romper el pantalón. Valentina me tomó de las manos y las puso en sus tetas, “dale, decime si tengo buenas gomas ¿Qué no te gustan?” En esa situación lo único que podía hacer era sentir los pezones duros que arañaban su camisa. Valentina me empujó en una silla, me desabotonó de a poco el pantalón y se arrodilló en el medio de mis muslos. “Avisame cuando. Apurá, que no vamos a hacer nada más. ¡No! No me agarrés del pelo. Apurá”. Cuando le di la señal corrió la cabeza, y con la ayuda de las manos me hizo acabar en el pasto. Sentí el ruido de la puerta abriéndose e inmediatamente me abotoné el pantalón mientras Valentina raspaba con el pie el pasto para disimular mi acabada. Esa noche Valentina hizo como si nada hubiera pasado. A mí me costó más. Quedé algo confundido y con culpa. Por suerte se me fue de a poco


Alejandro López

mientras me emborrachaba con bayleis. Luego, Valentina y yo, empezamos a vernos por aparte, a solas. Al principio los dos sabíamos bien como eran las cosas, ella era la novia de mi amigo, yo era el amigo de su novio. Teníamos hasta una señal para los mensajes de texto y nuestros encuentros eran de dos o tres horas semanales con una sola intención: “coger”. A veces, cuando se complicaban un poco las cosas, nos veíamos por la mañana, si no había problemas, por la tarde. Con el tiempo yo empecé a confundirme y pensé que el tercero en la situación era Diego. Me enamoré de Valentina y no podía dejar de pensar en ella como algo más que una relación secreta y casual. Hasta que una tarde, después de coger, tuve el primer ataque de eso que después se hizo común en mí, esa actitud híbrida entre honestidad, sinceridad y boludes. Le besé el cuello y salieron de mi boca

las palabras justas para devastar toda la coherencia de una persona cualquiera: “te amo”. Valentina se puso de pie y me dijo que era un boludo. Yo le respondí que decida con quien se quedaba, que yo no aguantaba más, que debíamos contarle todo a Diego y estar “juntos pase lo que pase”. Si, definitivamente había cagado todo, así que para no contradecirme en esto de ser un pelotudo decidí ir a la casa de Diego y confesarle con detalles lo que pasaba. Cuando llegué Diego estaba en la terraza. Ni siquiera me saludó. Valentina se había adelantado contándole todo. Diego me dijo que estaba todo bien, que ya había pasado y que no servía de nada ponerse mal, que no estaba enojado conmigo, sino con ella. Salí de la casa de Diego y llamé a Valentina emocionado. Pensé que quería que estemos juntos, pero cuando atendió me dijo que no quería saber

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Teníamos hasta una señal para los mensajes de texto y nuestros encuentros eran de dos o tres horas semanales con una sola intención: “coger”. A veces, cuando se complicaban un poco las cosas, nos veíamos por la mañana, si no había problemas, por la tarde

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nunca más nada de mí, que era un boludo y que había arruinado todo. Estuve un tiempo mandándole mensajitos. A medida que no me respondía, empecé a ser más insistente para convencerla, hasta que una mañana me contestó que era un pelotudo y que no le escriba más, que no la obligue a cambiar de número. Valentina dejó de hablarme, y obviamente, Diego también. 3- El efecto señales Un viernes llegué a casa borracho. Encendí la computadora, puse amador de Adanovsky, apagué las luces, encendí un cigarrillo, busqué en el cajón de la mesa de noche la vagina plástica con forma de la máquina de helados de Fisher Price que había comprado por internet para mi vocación a la experimentación autodidacta, empecé a mirar las fotos de Valentina y a poner “me gusta” en todas aquellas en las que se podía notar con detalles sus tetas. Al otro día ella me devolvió los “me gusta”. Todos en fotos viejas. Pensé que si alguien hace eso es porque indudablemente quiere tener algo con vos. No importa que sea ese “algo”, pero yo estaba dispuesto a cualquier cosa por una segunda oportunidad con Valentina. Le mandé un mensaje privado invitándola a cenar a casa, me dijo que le gustaría, pero que acababa de salir de una relación y necesitaba distraerse, que quería ir a algún lugar a tomar algo. Así que me citó para el sábado a las 22:00hs en un boliche del centro. Llegué temprano, como siempre. Entré, pasé por la barra, pedí un bayleis mientras sonaba una canción de MGMT y me senté en una mesita del rincón. Me quedé mirando como bailaba la gente que ya estaba en el lugar hasta que una mano


moviéndose delante de mi cara me distrajo. “¡Ey! ¿Qué mirás tan concentrado?” Era Valentina. Tenía el cabello corto, estaba vestida de negro y con un escote que podía marear a cualquiera, porque mucho escote nunca es mucho cuando se llena con muchas tetas. Se sentó a mi lado y me dijo algo del cabello corto. Yo no entendí, pero no podía dejar de mirarla mientras la libido se me salía lentamente por los ojos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco bayleis y de a poco Valentina se emborrachaba y se ponía cada vez más efusiva. Me dijo que vayamos a bailar, y antes de que pueda responderle me tomó de las manos y me arrastró hasta el centro de la mini pista del lugar. La poca luz no me impidió notar lo desaforada que estaba. Cantaba a viva voz mientras dirigía de a poco su cálido aliento alcoholizado a mi boca. Lo único que podía escuchar era una masa deforme de ruidos compuestos por la música, la gente, el canto de Valentina y, a esa altura de la noche, el mío. No podría precisar el momento en el que descubrí, o acepté, que estaba borracho. Pero cada vez me molestaban menos los ataques de bipolaridad alcohólica de Valentina, que pasó de contarme de su última pareja a agarrarme del cuello como una desaforada y besarme. Derramé bayleis en su escote e involuntariamente volqué mis manos sobre sus tetas para “secarlas”. “¡Pará zarpado!” dijo mientras se reía. Ahí pude comprobar que la noche era lo que era, y que yo no me había equivocado con las señales de Facebook. Valentina se pegó a mi cuerpo, levantó una pierna y me besó. Yo le mandé directamente la mano a la entrepierna para comprobar que no estaba equivocado en mis cálculos. Si esa mujer iba a explotar, yo quería quedarme, por lo menos, con un pedazo de esquirla. Me dijo que vayamos a su

departamento, o por lo menos, eso es lo que pienso que dijo, ya que a esa hora solo escuchaba frases incomprensibles a las que yo le agregaba la palabra “coger”. 4. El efecto adolescente Salimos del boliche a cuestas y abrí la puerta de un taxi predispuesto a todo, desde el toqueteo exhibicionista delante del chofer hasta lo que me pudieran aguantar las piernas. Ahí me di cuenta que no había nadie detrás. Valentina se había quedado petrificada en la puerta mirando hacia la barra. Específicamente mirando a una pareja prendiéndose fuego a los besos al lado de la barra. Entendí todo. Me había citado ahí porque de alguna manera sabía que en ése lugar estaría su ex pareja. Cuando reaccioné Valentina se dirigía a la pareja de la barra como una energúmena. Escuché un grito de adolescente ebria y subí al taxi. Le pedí al taxista que tome el camino más largo y bajé la ventanilla. La brisa me golpeó la cara como un latigazo y me sentí solo por primera vez en la vida. Cuando llegué a casa busqué una foto de la fiesta del 2006 en la casa de Diego. Me prepare un Fernet y sonreí nostálgico. Me pregunté cuándo y dónde empecé a creer que me gustaban los tragos dulces. Pensé en Diego, y en que a pesar de todo, no volví a tener un amigo así. Coloqué la foto con cinta en un espejo y comprendí que jamás, por más que lo desee, algo iba a volver a ser como cuando tenía 16 años, pero sobre todo, me dio pena saber que nunca más volví a tomar un trago como el de esa noche del 2006.

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por Flavia Gresores

P

ara un jugador, el 24 podrá ser su número preferido porque le recuerda el número de camarote en que viajó con ella. El 20 lo inspira por la edad de su muñeca o la fecha de su nacimiento. El 40 le cae bien porque es el número que le han dado en un motel. El 7 porque le previene de la muerte. Hay muchos jugadores que hablan con los números y pronto olvidan a sus mujeres. Soy como las tercenas y las decenas. Muda. Nena, ¿Te comieron la lengua los ratones? Le dedico una sonrisa al comisario y escupo una lengua…, sin pausa desenrosco la mía y tac…, cae pesada como un churrasco contra la mesa. Debo decirles que soy una mujer lateral y la lateralidad me esta matando. Quiero decir, que ahora no se sabe quién es el bueno y quién el malo. Me mantengo en las márgenes de las historias al acecho. Para no salir lastimada aprendí a lastimar. Y aquí me ve, ahora los hechos están en mi contra, y lo hecho,

hecho está. Pero esa es mi naturaleza, no soy una criminal, soy una Mantis Religiosa. Fue una tarde en un vagón de tren a La Feliz, cuando se derramó sobre mi cuerpo en el choque y me invitó una taza de café. Vamos al vagón bar me dijo. A borbotones desplegué mi charlatanería trágica para calarlo, para hacer tiempo, para aplazar el encuentro. A modo de seducción, de cortejo. Y para asegurarme un escalón en mi degradación en ese parloteo impune, una especie de condena per se, por mujer, farfullaba papá. Entonces me prometí no hacer tres cosas, tres de las cuales… tres cometí: Acercarme a su taza de café. Mirarle esa boca hinchada del color del humo. Concederle que posara una mano en mi pecho. Sin concesiones apretó su boca contra la mía, me susurro al oído que no me moviera, y en el vagón bar me chupó los labios, me saboreó como un 51


animal ante la mirada de todos. Lloré de felicidad y de miedo.

Esta historia se baila, se tararea como un valsecito y se siente como un tango, y duele acá y por acá también. Me miraba desde lejos, acertaba justo en el borde de mis medias, donde termina la liga y la piel se desnuda en un rollito carne

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Ese hombre fue quien con tono farsante me invitó a jugar su juego: el cuatro le gana al tres, el tres le gana dos, el dos le gana al uno… ¿Y el uno? Pregunté. Uno, le gana a todos. Ya suya, ya muda, ya en sus brazos, deslicé mi mano por donde el rosario prometiéndome no querer cambiarlo. Me vacilaron las rodillas y me reflejé en un oro…, y en el reflejo de ese diente mi destino leí como un oráculo. Soñé con el 48 y el 49… ¡No va más! Esta historia se baila, se tararea como un valsecito y se siente como un tango, y duele acá y por acá también. Me miraba desde lejos, acertaba justo en el borde de mis medias, donde termina la liga y la piel se desnuda en un rollito de carne. Rodeó acompasado el camarote, me rodeó, me comió, me devoró como un niño hambriento frente a un bistec jugoso, y aunque los hombres duros no bailan, me alzó por donde calza con una sola mano y dejó que me deslizara por su cuerpo… Mis tacos apenas rozaron el piso, me sostenía duro, apretado, fuertes sus brazos. Los pechos se unieron como un picaporte, con ese juego elástico de encastre y resorte, y en un abrazo cerrado bailamos toda la noche. La felicidad duró, lo que duró el tango. Y eso es felicidad… y también es amor y es fe. Muy pronto le brillaron los ojos amarillos como de gato. Demasiado pronto, no siento lo mismo de antes muñeca. Como un eco agudo me atravesó alma.


no, ser una sirena. Me gustaría tener tetas muchas y muy duras, un campo sembrado de leche. O mejor, matarlo, morirlo y luego velarlo. Pero sinceramente lo que me gustaría, lo que desearía, es que no duela tanto. Me cruzó la vida de un zarpazo, cinco dedos de carmín estampados en mi cara. No llores muñeca, no llores ni pienses tanto. Pensas como una bestia y vivís en un lugar soñado. Te odio tanto que no puedo soportarlo. Soñé con el 48 y el 49. No va más. Asistir al momento que la Mantis Religiosa devora una presa puede ser algo impactante. Para comer, la mantis sujeta fuerte la presa con sus poderosas patas en forma de pinza y la devora viva, literalmente. ¿Pero quién sabe? ¿Quién imagina algún porque la Mantis está devorando? ¿Por qué guardé su lengua comisario? Martín Córdoba

Quisiera ser una mujer de campo fortachona, con las tetas por la cintura. Una amasa pan, una amasadora de pan y guisos y dulces bocadillos. Una Mantis Religiosa con esos dientes que parecen que quieren huir de su boca. Y comerlo y masticarlo pronto, después de aparearlo. Mejor un obrero, un hombre moreno y musculoso, con un ruido sordo en la cabeza. Quisiera ser un monje budista, de rodilla rapada y pensamientos en cámara lenta, mirar nubes y no saber qué hay del otro lado y que no me importe. O ser yegua y un poco puta. Aturdida. Me gustaría vivir en la playa y que siempre sea vera-

sas:

Como souvenir, y para recordarme de tres co-

Que la lengua lastima. Que sus besos aflojan. Que dejé de ser muñeca y me convertí en una Mantis Religiosa.

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corazón por Mariana Kruk te puse ahí, contra el paredón. te animé a probar el vértigo al borde de un piso 15 sin baranda. te empujé hacia el centro del tornado. te usé de anzuelo ante la boca del lobo, tentándolo. te mandé a la guerra sin chaleco antibalas, te abandoné en la trinchera sin provisiones. te rematé una noche de demasiadas copas a un cualquiera que pasaba. te aposté un martes 13 después de pasar debajo de una escalera. te manipulé haciéndote creer que eras invencible. te incité a caminar por San Telmo minado de recuerdos. te mentí que no hacía frío,

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te dije que no pasaba nada si te sacabas la remera para él en el sillón. te ofrecí cual animal de laboratorio puesto al servicio de la poesía. te convencí que te inmolaras una vez y otra vez y otra más. no tengo perdón.


por Alejandro Morandini

E

ntre las muy activas interpretaciones a la obra de Juan Carlos Dávalos, me parece oportuno agregar estas líneas que colectan un momento, si al menos no decisivo, altamente significativo de su marca testimonial en la extensión de su prosa; leyendo siempre el elemento histórico como crítica del presente y con la intensión de consumir una deriva sesgada en su literatura. En el prólogo a sus tempranos, Cantos Agrestes, Juan Carlos Dávalos, expresa taxativamente lo siguiente: “Si la liberación de dolor relativo nos proporciona un relativo goce, yo afirmo que escribir versos es un placer. Los que confiesan, con displicencia, que sus versos son producto de sus ratos de ocio, dicen una gran mentira, o no saben lo que dicen, o no debieran de haber escrito. La poesía no es un juego de niños. Yo he puesto en estos versos toda mi alma, mis cinco sentidos, mis horas más íntimas y más bellas, mis alegrías más caras, mis pesares más hondos. No los escribí tampoco por puro amor a lo bello, por hacer arte. No soy ni

quiero ser poeta de profesión. En efecto, no bebo vino, ni ajenjo, ni me inyecto morfina para que la vida – ya de suyo trágica- se me aparezca como un delirio de beodos. Admiro la obra de los genios desequilibrados, el amargo pesimismo de algunos. Pero creo que un poeta debe ser un hombre, no una “hoja muerta”; una superior afirmación de humanidad, de belleza y de bien, no una neurastenia más o menos adrede.” Juan Carlos Dávalos, hijo pródigo de la oligarquía provinciana, no hizo de las drogas tema literario. Salvo en algún ocasional pasaje de su obra, la referencia al uso de drogas no ocupa su atención ni la de sus personajes; por el contrario, sí posee pasajes que mencionan el uso frecuente de hoja de coca y vino. Queda por realizarse un estudio sobre la función del vino en los textos davalianos. (Jacobo Regen, ha referido que siendo él un niño y asiduo visitante de la casa del patriarca de las letras salteñas, éste le indicaba, “andá vos, Pila”, y el pequeño poeta traía arrastrando del almacén con sus escasos 11 años, la damajuana y las morcillas). Es imposible 55


concebir un Dávalos que no beba, su exquisita Paráfrasis de Li-Po, nos exonera de cualquier prejuicio y es tan bella y delicada que podríamos decir que estimula a multiplicar la experiencia sensitiva. Sin embargo es posible encontrar en su vasta obra un episodio equívoco en relación a la cocaína. Según el mismo Dávalos, su obra no es más que autobiografía. (“Hacer autobiografía no es relatar en primera persona, ni narrar sucesos íntimos en los que fuimos actores o espectadores y que sólo al mismo autor le importan... ¿no son realidades vividas las creaciones de la fantasía? Lo son para quién las extrae del fondo de su corazón. Aunque “El Cuervo”, no sea más que una alegoría, una invención, una quimera, ¿está, por ventura, menos fuertemente impreso el sello autobiográfico del soñador genial que fue Edgard Allan Poe?). ¿Cómo entender entonces, la página aquella en la cual Roldán, el buscador de oro, refiere su encuentro con Helena, la joven tucumana, “diablito amarillo”, y el lunático Míster Mitler, norteamericano y vicioso?: “Me acuerdo que la tucumanita se reía a carcajadas del macarrónico español de Mitler, y aunque se mostraba enamorada de él, habíase encaprichado conmigo, por ser yo más joven que el yanqui. Aprovechaba astutamente los descuidos de éste para guiñarme un ojo, darme un pellizco o apretarme la mano a hurtadillas. Quizás por orgullo, por despecho, pues la mujercita al fin y al cabo me agradaba, hube de reprimirla en alta voz, denunciando con una actitud franca su juego hipócrita, cuyo objeto, evidentemente, no era otro sino explotarnos a los dos, por turno. Este mi proceder agradó al yanqui, y poniéndonos ambos de acuerdo, nos divertimos a gusto con Helena, hartándola de bombones y caricias, invitándola a cenar en una fonda del Callao y administrándole, por último, una dosis de cocaína que obtuvimos de un contrabandista chino, dueño del figón”. 56

El asunto con la hoja de coca adquiere otra intención y se expresa con relativa frecuencia en el conjunto de sus textos. Es alimento y símbolo cultural inequívoco del sujeto vencido, el indio. En algún pasaje se describe su consumo; en varios otros la chullpa o bolsas y los tambores para almacenarla; el rito de su masticación; el uso como ofrenda en las apachetas y también en el arte de la adivinación. En su literatura funciona de esta manera: si hay coca, hay indios. En algún ensayo aclara que su uso se ha hecho costumbre en las clases altas salteñas y entre criollos en general, pero su valor como alimento sagrado sigue reservado al colla.


Deseé encontrar en sus Ensayos biológicos alguna referencia al sebil o cebil, como sustancia alucinógena pero esa referencia no existe a pesar de ser Dávalos, el poeta del cerro San Bernardo, el eterno paseante de sus cebilares, el literato que fumaba en pipa desde la cumbre contemplando la ciudad. Pero es que he deseado tanto de Dávalos, que éste sólo pudo darme lo que es o apenas ha sido: casi un costumbrista tardío, un hombre más inquieto que delicado, un escéptico que sabía distinguir el idioma de Cervantes de la moral de Monseñor Tavella y que hoy confunden tan alegremente y sin provecho. He querido saber de otro uso del palán-palán. He querido que este biólogo sensible para el goce de la naturaleza como un Maeterlinck o un Nabokov, (sin la gracia del primero y las debilidades del segundo), me ofrezca él también, sus insectos disecados y molidos listos para ser aspirados tal como los sirve Cronenberg (¿o eran un invento de Burroughs en el Almuerzo desnudo?). Quise que el salteño me entregara las claves del fumar tela de araña o del lamer sapo,

que como se sabe es el mejor amigo del hombre por su contacto directo con los manes de la tierra. He querido finalmente que Dávalos me ofreciera un inventario de drogas más relevante que el de Piglia en Blanco Nocturno. (“A la larga todos confesaban que en el campo no se podía vivir sin consumir alguna poción mágica: hongos, alcanfor destilado, rapé, cannabis, cocaína, mate curado con ginebra, yagué, jarabe con codeína, seconal, opio, té de ortigas, láudano, éter, heroína, picadura de tabaco negro con ruda, lo que se pudiera conseguir en las provincias. ¿O cómo se explica la poesía gauchesca, La Refalosa, los diálogos de Chano y Contreras, Anastasio, El Pollo? Todos esos gauchos volados, hablando en verso rimado por la pampa… “en su ley está el de arriba si hace lo que le aproveche. /Siempre es dañosa la sombra del árbol que tiene leche”. Para eso están los farmacéuticos de pueblo con sus recetas y preparados. ¿O no eran los boticarios las figuras clave de la vida rural? Una suerte de consultores generales de todas las dolencias, siempre dispuestos, a la noche por los zaguanes, a traficar con la leche de los árboles y los productos prohibidos”). He deseado pero no tenía. Para terminar y antes de lamer del plato de la antropología, no quisiera dejar de mencionar que, Daniel “el ciego” Ovejero, escritor jujeño y primo hermano de Dávalos, tampoco añade una sola línea en su prosa, ni aún la demora en la descripción de su enfermedad y el uso de algún psicotrópico o antodepresivo regional; una verdadera lástima pero una alegría saber que no todo es vida la que se encuentra en los libros. A continuación dejo asentada una traducción hecha a fuerza de diccionarios por Juan Carlos Dávalos al clásico de Eric Boman, La coca. Si bien circulan en ámbitos académicos diferentes versiones y traducciones, ésta tiene la virtud de ser literal por un Dávalos en plena actividad intelectual y queriendo probar algo nuevo. 57


LA COCA Traducción de Juan Carlos Dávalos. Eric Boman – Antiquités de la Región Andine. Publicado en El Intransigente, Salta, 1947.

“La propiedad de la coca más difícil de explicar es la de disminuir en alto grado la necesidad de alimentarse, sin disminución de fuerza, pues permite a los indios soportar grandes fatigas, tales como los largos y rápidos viajes a pie, durante muchos días, y aún semanas, o ejecutar trabajos muy rudos, como el de las minas, casi sin tomar alimento y solamente masticando la coca. Hechos de esta naturaleza han sido constatados por todos los viajeros del altiplano. M. Waddel trata de explicarlos por las dosis demasiado fuertes de azóe que contienen las hojas; pero el azóe contenido en la pequeña cantidad que un individuo consume al día vuelve insuficiente dicha explicación. M. Forbes niega la facultad -por decirlo así- nutritiva de la coca. Dice que él ha observado entre los Aymaras que no usan la coca una resistencia igual a la de aquellos que no la mastican. Cita como ejemplo los soldados del ejército boliviano, en el que la coca está prohibida y que sin embargo dan testimonio de una resistencia maravillosa para las marchas. Compara el vicio de la coca con el del tabaco y otros narcóticos que no son necesarios para el organismo, pero que resulta difícil abandonarlos una vez que uno se envicia. Según mis observaciones sobre este asunto, no puedo de ningún modo admitir las opiniones de M. Forbes, a pesar de la gran experiencia que tiene sobre los indios del altiplano. La ocasión en que mejor pude darme cuenta de las maravillosas propiedades

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de la coca, fue viajando, en 1901, desde El Moreno a San Antonio de los Cobres, al Acay y a Incachuli. El Juez de Paz de El Moreno había contratado para mí, como guía a un indio viejo que frisaba en los 80 años. Además del salario, debía yo proveerlo de coca; pero según la costumbre del país, habíamos convenido en que él debía llevar su propio avío. El juez me había advertido de esta última condición. Cuando el indio se presentó, le pregunté dónde tenía sus provisiones. Me mostró más o menos dos kilos de charqui de vicuña y tres kilos de frangollo de maíz, el todo envuelto en su poncho y me aseguró que aquello era suficiente para todo el viaje que debía durar unos quince días. Habiéndonos puesto en camino, le ofrecía al viejo indígena una mula sillonera y la aceptó, sin duda para mostrar, a la salida de la villa, a sus relaciones, el honor de que había sido objeto. Pero, una vez en el desierto, prefirió caminar a pie y no quiso seguir en la mula. Anduvo continuamente unos metros delante de la caravana que marchaba al trote. Al pasar los arroyos, sin detenerse, arrojaba al aire las ojotas, las barajaba en las manos con una habilidad singular y pasaba a pie pelado por no mojar sus sandalias. Para volvérselas a poner, avanzaba unos pasos a la carrera y se las calzaba mucho antes de que lo hubiésemos alcanzado. Ni una sola vez observé en él muestra de fatiga; las mulas parecían mucho más cansadas que el guía. Y sin embargo habíamos hecho jornadas de 70 kilómetros. Ofrecí, como es natural, a mi viejo guía, que tomase parte en la comida de los arrieros, pero constaté que él no comía casi nada, solo que masticaba coca todo el día. De regreso al Moreno, después de viajar quince días, estaba tan fresco como al partir. No puede realmente explicarse esta resistencia a la

El asunto con la hoja de coca adquiere otra intención y se expresa con relativa frecuencia en el conjunto de sus textos. Es alimento y símbolo cultural inequívoco del sujeto vencido, el indio

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fatiga, sin tomar alimento en un indio de avanzada edad, sin admitir el poder de la coca, de suplir la falta de alimentos. La Puna argentina puede ser considerada como el límite austral del uso general de la coca. Aunque existan numerosos coqueros en la Quebrada de Humahuaca, en los alrededores de Jujuy y en los valles de Salta, el uso de la coca no está allí generalizado y esta droga no constituye allí un artículo de primera necesidad. En Salta he conocido aficionados a la coca, pertenecientes a la clase elevada, pero no se trata de excepciones. Más al sud en Catamarca y en La Rioja, no hay sino muy pocas personas que mastiquen la coca y ellos son muy comúnmente arrieros mestizos que aprendieron a coquear en sus viajes a Bolivia. No obstante, se dice que el uso de la coca era más difundido en otros tiempos. El uso de la coca se extiende por el altiplano de Bolivia y del Perú, en algunos distritos de Ecuador y de Colombia, así como entre ciertas tribus de la cuenca del río Madre de Dios, en el Alto Amazonas y en las factorías que bordean este inmenso río. El límite septentrional del uso de la coca ha sido objeto de un estudio por parte de M. Ernst, según el cual esta planta es y ha sido, desde tiempos prehistóricos, desconocida en América central. Cuanto a Colombia, los cronistas primitivos hablan de una planta llamada “hayo” que los indígenas mastican con cal viva. En Venezuela todas las especies del género Erythroxilon “coca” se denomina todavía “hayo”, y según Pietro Mártir D’anghiera, los indios de la provincia de Cumaná masticaban hojas de hayo antes de 1530. Sin embargo, no se sabe de modo cierto si se trata del “Erythroxilon coca” o de otras especies del país, como “Erythroxilon cumanense” u “Honden-

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se”. Actualmente el uso de la coca ha desaparecido en Cumaná. En resumen con pocas excepciones, su uso general está hoy limitado a la altiplanicie sudamericana, desde el Ecuador a la Argentina, y en la época pre hispánica esta costumbre parece que no sobrepaso esos límites. Cuanto a las plantaciones de coca, se encuentran todas ellas en los valles cálidos de las vertientes orientales de los Andes, a una altura de más de 2.200 metros sobre el nivel del mar. Bolivia es el principal país productor (Provincias de Yurucaré, Inquisivi, Yungas, Larecaja, y Caupolicán). Según la estadística oficial de 1904, Bolivia produjo en ese año, 1.569.628 kilogramos de un valor total de 7 millones y medio de Francos. Toda la coca que se consume en Argentina proviene naturalmente de


Bolivia. En el Perú se cultiva en los valles de Caravaya, Paucartambo, Santa Ana, Anco, Huancayo, Huánuco, etc. En el Ecuador el cultivo ha sido introducido pero sin gran desarrollo. En Colombia hay algunas plantaciones en Popayán y en Valle de Upar, al pié de la cadena que lo separa de la provincia Venezolana de Santa Marta de Maracaibo. Se ha ensayado el cultivo de la coca en los terrenos bajos, por ejemplo en las riveras del río Solimoes, pero la planta pierde allí sus cualidades esenciales. Como se ve, casi todo el cultivo de la coca se encuentra dentro de los límites del antiguo imperio incásico y la zona en que se usa esta droga coincide casi con los territorios sobre los cuales se extendía el imperio. La coca ha sido, como se sabe, mucho más apreciada en la época de los Incas que hoy en día; su uso era por lo tanto un privilegio de las clases elevadas y jugaba un papel importante en ciertas ceremonias religiosas. En la Puna, el empleo de la coca data también de la época prehispánica; según informes que me dieron en la Rinconada, se hallaron en las sepulturas de los antigales restos de cestos nativos de coca a los que aún hoy se usan para embalar este artículo. Como veremos, los indios de la Puna atribuyen todavía una importancia religiosa a las hojas de Erythroxilon, que constituyen su principal ofrenda a Pachamama y que juegan un papel insustituible en sus ceremonias religiosas.”

sacrificio de Andrei Tarkovsky por Catalina Boccardo usamos elementos posibles desfigurando la nieve huímos pájaros heridos de gravedad y alguien captura poéticamente esa forma la actúa ¿ella podría dejar de respirar? hay un riesgo de congelamiento entre los músculos (sólo los actores son su propio arte) el temor a la mediocridad de alas destrozadas resurge en nosotros siempre nos sentimos ateridos

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por Juan Díaz Pas

M

Gato negro

aribel tenía un gato negro, Floro. Kosovo lo vio treparse a la cornisa del balcón y desaparecer. Lo buscó dos horas por todo el departamento. Salió al pasillo. Llamó a la puerta de su vecina, Gachy. Ella también tenía un gato negro, Mansilla. Tampoco lo encontraba por ninguna parte. A lo mejor se habían hecho amigos, sugirió la vecina con buena voluntad aunque sin preocuparse demasiado. Siempre hacen lo mismo, añadió.

La cabeza BUSCO señor mayor p/cuidar dpto. x viaje, guste de gatos, sepa mantenim., pref. jub. Tratar 15402669537.

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- A ver, poné la cabeza encima de aquel gabinete y subíte a la camilla así te reviso. - ¿Dónde, acá? - Sí, chango, metele pata que tengo que ir a los burros antes de la séptima. Decíme cómo te llamás.


- Kosovo. - ¿Eh? ¿Qué sos vos? - Kosovo, me llamo Kosovo. - Bueno. Desabrochá un poco la espalda. - ¿Quiere que me saque todo mejor? - No, no, no hace falta, con que te saqués el torso está bien. Ah, mirá vos, se sale entero… No, ahí no, tiene la pata medio rota y se cae. Casi no la usamos pero, vos viste, tampoco tenemos plata para comprar una nueva. A ver. Dejame un poquito. Levantá los brazos. Respirá. Tosé. Aguantá el aire un cacho. ¿Te duele aquí? Perfecto. - ¿Está todo bien? - Todo bien. Prestáme el papel, a ver, dónde tengo que firmar… ajá… hmmmm… y aquí y ya está. - ¿Está todo bien, seguro? - Sí, chango, claro, todo normal, mirá, ahí te lo puse, ¿ves? APTO. - Ah, es que a veces me due… se me hincha un poquito acá al costado… como si se inflara y se desinflara. - Hmmm… a ver, veamos rápido que se me hace tarde… decime si te duele… ¿nada?... ¿ahora? - No. - ¿Ahora? - Tampoco. - Entonces no tenés nada chango. Y si no te duele no hay que hacerse drama. - ¿Y si es un tumor? - Si es un tumor no vas a poder presentar ese certificado. A ver, permitímelo un segundo. No, ves, no vas a poder, acá dice APTO/ NO APTO. Te voy a tener que poner NO APTO y te vas a tener que hacer un estudio más especializado, ¿sabés? Te pido

una ecografía hepática, con eso te vas a un oncólogo y le contás, ¿estamos? - Pero es que necesito el certificado para poder trabajar. - Lo que pasa es que no te puedo dar el apto si no tengo la seguridad de que estás cien por ciento saludable. - No, sí estoy, es que a veces se me hincha y al rato se me deshincha. - ¿Pero te duele o no te duele? - No, doler no me duele… duerme casi todo el día. - Mirá chango, me salís con que estás embarazado y de una patada te hago llegar primero en la quinta. Escuchame y haceme caso, si no te duele no es nada; si te duele andá y hacéte una ecografía, tomá, acá tenés la orden. Yo te pongo el apto pero vos te hacés ese estudio, ¿estamos? - Sí, claro, claro. - ¿Qué es eso que tenés ahí? - ¿Qué, esto? No sé, me debo haber raspado con la bici… - Bueno, bueno, listo entonces, macanudo. Eso es todo. - ¿Eso es todo? - Y sí, qué más querés, un masaje. A ver, acostáte en la camilla y cerrá los ojos. ¿De dónde saliste, chango? Tomá, guardá bien eso y suerte. - Bueno, gracias. - Eh, ¿adónde vas? Te olvidas la cabeza. - Uh, gracias, menos mal que a la otra la traigo puesta. - Sí, menos mal, ¿no?

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La ropa sucia Kosovo acostumbraba lavar la ropa sucia los domingos por la mañana, no muy temprano, antes del almuerzo. Desde que estaba cuidando la casa de Maribel había intentado mantener sus hábitos pero le costaba adaptarse la zona. El ruido de los vehículos ponía las ventanas a temblar a toda hora. La iluminación amarillenta de la ciudad lograba colarse por cada agujero de la persiana. Si el agujero no existía, la luz horadaba la pared. Además, el departamento quedaba en el cuarto piso y en el edificio no había lugar para su bicicleta. En el ascensor cabían dos personas muy apretadas. La cochera era muy pequeña. Los más nuevos debían pagar un estacionamiento a la vuelta. Para guardarla subía por las escaleras, cuidando de no rozar las paredes con las ruedas. No lo conseguía. Sin embargo no había recibido amonestaciones del portero. Jamás hablaba con nadie, salvo con su vecina Gachy. Aunque no debía pagar el alquiler, Maribel no tenía nada comestible por ninguna parte. De todas maneras Kosovo tenía trabajo. Era el dinosaurio de un pelotero cerca del camping municipal donde había vivido durante dos semanas. Los niños lo rodeaban, le pegaban piñas, le pedían un baile o una canción, los padres tomaban fotos o fumaban en círculos de tres o cuatro. Hacía esto durante cuatro horas todas las tardes. Por las mañanas era un canguro con cola de ornitorrinco que repartía los folletos de una veterinaria. Los niños también se le acercaban todo el tiempo. Al mediodía regresaba. Cargaba la bici en hombros, atravesaba el hall, trepaba las escaleras, descansaba, entraba, salía del roedor y andaba desnudo hasta la hora de volver a salir. 64

Cada cuarenta minutos se colocaba gotas en los ojos. Los mantenía abiertos durante treinta segundos. Primero miraba hacia arriba y luego los movía en círculos. Entonces miraba la calle durante horas a través de los resquicios de la persiana, inmóvil. Comía un bocado y guardaba el plato en la heladera, se duchaba, hacía flexiones y abdominales, volvía a la ducha, observaba el progreso de su barba y sus cabellos en el espejo del baño, verificaba que la puerta estuviera con llave. Finalmente, entraba en el dinosaurio y luego salía. Aquél domingo, luego de dos gotas en cada ojo, bajó al sótano con un canasto repleto de ropa sucia. Ese día le tocaba al dinosaurio. Se puso los lentes de sol y una gorra negra. Planeaba salir a comprar. De acuerdo con la etiqueta en el cuello del traje, el lavarropas no era lo más recomendable para su limpieza pero sí lo más rápido. Echó el contenido del canasto, cerró la tapa del artefacto, puso el jabón y añadió un poco de suavizante con aroma de brisa oceánica. Decidió subir a mirar televisión y a preparar la comida. Llevaba dos semanas en el departamento y aun no había utilizado la vajilla ni los utensilios. El cesto de basura rebalsaba de papeles de estraza pegoteados con grasa, aceite y salsas. Esta vez decidió preparar fideos con manteca y un huevo frito. Había comprado fideos el día anterior. Descartó el resto de los ingredientes. Los hizo hervir. Antes de comer bajó a comprar una cerveza en el kiosko de la esquina. - ¿Cómo estás? ¿Encontraste a tu gato? - No, ¿y el tuyo, apareció? - Tampoco. - Qué raro, ¿no? El otro día se me hizo verlo dormido en el sofá.


- Ay, qué divino, a mí también me pasa. Anoche lo escuché ronronear en la almohada de al lado. - Una cerveza, blanca, sí, gracias. ¿Dónde se pueden haber metido estos dos? ¿Vos lo tenés desde hace mucho? - No, harán ocho meses. Apareció un día en la vereda, pobrecito, hecho un esqueleto, lo hubieras visto. Decí que en este edificio aceptan mascotas si no el quilombo que se me armaba. Antes tenía un chancho pero mi papá me obligó a llevarlo a su criadero. Parecía una personita, le habíamos puesto Mansilla. Se lo comieron en año nuevo. No me pongás esa cara, yo no, yo soy vegana. Además no comería algo que te puede salvar la vida. ¿Viste que los chanchos pueden donar órganos a los humanos? Pobrecitos, a veces creo que el mundo sería mejor al revés. Un sobrecito de jengibre, por favor. - ¿Algo más? - Nada más. - ¿La cerveza también? - No, la cerveza la pago yo, disculpe. - Siete la señorita, doce el caballero. - Ahí tiene. - Perfecto. Su vuelto. Muchas gracias. - Hasta luego. - Hasta luego. - ¿Ya almorzaste? - Justo te iba a preguntar lo mismo. - No. - No. - Bueno, ¿comamos algo? Tengo tofu con una salsita de algas sazonadas con jengibre y almíbar de ciruela esperando en la mesa. - Yo tengo la cerveza. - Ay, pero yo no tomo alcohol. Igual todo

bien, eh, es que estoy en una etapa, viste, como de cero contaminación de la sangre. Todas esas toxinas te llegan al cerebro y sin darte cuenta te lo destruyen. - Ah. - Igual todo bien, digo, yo tomo mi maracuyá con hielo. - Ok. - Lo que sí nunca tengo son vasos. - ¿Sabés que nunca uso el ascensor? - ¿Por? - Es que no tengo donde guardar mi bici y tengo que subirla por las escaleras. Todos los días, ¿podés creer? - Con razón tenés ese cuerpo. - ¿Qué cuerpo? - Ese cuerpo que tenés. - Bueno, vos también tenés un cuerpito. - Sí, lo mío es pura espiritualidad. Llegamos. - Busco los vasos. ¿Llevás la cerveza? - Ok. Te dejo la puerta abierta así no tenés que tocar el timbre. Kosovo comió un plato de fideos sin respirar. Guardó un poco para después del almuerzo con Gachy. Agarró unos vasos de plástico de diferentes colores y formas. Salió al pasillo. Volvió a entrar. Fue al baño. Mojó su cara con agua fría. Humedeció sus orejas, que se habían puesto rojas e hinchadas. Se enjuagó la boca. Se peinó un poco pero luego deshizo el peinado. Salió al pasillo. Observó la escalera hacia abajo. Empujó la puerta muy lentamente, inspeccionando el lugar. Gachy estaba sentada en el piso con las piernas cruzadas. Tenía un par de palitos chinos en la mano. Removía una sustancia blanquecina dentro de un cuenco diminuto. 65


mirá.

- ¿Listo? - Listo. - No te demoraste nada. Yo casi termino,

- No importa, tengo más sed que otra cosa. - ¿Nunca te sacás la gorra vos? Comieron en silencio. Ella casi no movía la mandíbula. Tenía la vista al frente, la espalda recta y la respiración bajo control. Por la ventana entraba el aire caluroso de la calle pero la piel de Gachy continuaba sedosa, en cambio él chorreaba sebo por cada uno de sus poros.

Espuma Abrió la tapa del lavarropas. Sacó algunas remeras y al final la cabeza. Pesaba más de lo normal. Intentó escurrirla. Había un bulto. Abrió el cuello, metió la mano, sacó un gato negro con la panza hinchada, el hocico abierto, la lengua salida, los ojos reventados y chorreando sangre. Oyó un ruido en las escaleras. Tiró al gato dentro de una bolsa de residuos, la cerró con rapidez y la dejó junto a otras que había amontonadas por ahí. Puso la ropa en su canasto de plástico. Colgó la cabeza del dinosaurio de un tendedero. Gachy traía buenas noticias. - ¡Hola, Koso! ¿Qué hacés? A que no sabés… Encontré a tu gato. Estaba durmiendo en un cajón del ropero, ¿podés creer? En medio de mis bombachas. Ahora las voy a tener que lavar. - ¿En serio? - Sí, Koso, una nunca sabe dónde anduvieron los pobres animalitos. Vos no mirés, solo vine a lavar. Hacé de cuenta que son pañuelos. - No, digo, cómo sabés que no es el tuyo. Dijiste que también era negro. 66

- Sí, sí, es negro pero tiene un lunar blanco en la panza. Este no tenía. Bah, no sé, a lo mejor es de alguien más, ¿te imaginás un edificio con tantos gatos negros? - Capaz que sí, ojalá sea de otro. - ¿Cómo? - Que ojalá sea de otro… que si alguien perdió un gato, quiero decir, mejor que lo encuentre. - Bueno, si querés buscarlo te presto la llave… tomá, yo me quedo lavando… ¿qué?, ¿por qué me mirás así? Me gusta lavar a mano, es mejor… no pasa nada, digo, tu gato, a ellos les encanta esconderse y jugar… es solo que no me quiero agarrar nada justo ahí, ¿entendés?… no decís nada… mirá, si te pone nervioso, pasá después… tampoco es que te estoy echando, podés quedarte a ver cómo lavo mis ropitas… ¿vos ya terminaste? - Sí. Paso más tarde, ¿ok? - Dale, todo bien. - Bien, bien. Me voy a colgar esto en el balcón. - ¿Qué es? - Nada, mi traje de oficina. - Qué gracioso, parece un dinosaurio. - Sí, ¿no?, es para despistar. - ¿Se puede saber a quién? - A mi ex mujer. - ¿Estuviste casado? - Sí, pero ella no acepta el divorcio y me persigue a donde voy. - Me estás cargando. - En serio… me fui de casa, me echaron del laburo, después entré a un pelotero por las tardes, junté unos pesos, me compré un disfraz de canguro y entré a una veterinaria cerca de acá. Esa es mi triste historia.


gato.

- Pero por lo menos ahora tenés casa y a tu

- Sí, la verdad me quejo de lleno. - Si uno puede reír es que todavía quedan cosas buenas, ¿no? A mí siempre me funciona… reír, digo, y comer cosas dulces, coquitos con dulce de leche, facturas rellenas con chocolate, tartitas de ananá… qué hambre. Decime, ¿a vos te gustan los postres? - ¿Por?, ¿tan gordo estoy? - No seas zonzo, si estás hecho un palito, yo decía porque en la heladera tengo un budín de algarroba con nueces y dulce de higo que preparé el otro día… podés traer un poco y comemos mientras charlamos… si no me aburro acá abajo tan solita… dale, ¿qué decís? Con confianza, hombre, quién iba a decir que debajo de ese dinosaurio había un nene tímido. - No, no es eso. - ¿Entonces? - Es que tengo que hacer cosas. Después paso a buscar al gato. Igual gracias… por la comida.

Las puertas de la percepción Transcurrieron cuarenta minutos. Gachy tocó el timbre de Kosovo. Él no le había devuelto la llave. Pidió disculpas. Tuvo que acompañarla a recoger al gato. Parecía despeinado, inquieto, con hambre. Agradeció de nuevo la hospitalidad. Comieron budín con una taza de té rojo. Luego cada uno regresó a lo suyo. Kosovo puso al gato encima del sofá, encendió la tele y la dejó en un canal de música. Aseguró las ventanas, las puertas y todos los recovecos en

Abajo el aire no circulaba, la luz emprendía un sinuoso viaje a través de las paredes húmedas, un chicotazo de vidrios reventados provenía de la calle, los frenos recién clavados de unos autos, gritos y amenazas. Un lavarropas comenzó a moverse al ritmo del centrifugado

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donde podría esconderse el animal. Entonces bajó al sótano de nuevo. El descenso le pareció interminable, el artefacto hacía un ruido áspero, se detenía en cada piso pero nadie subía. Abajo el aire no circulaba, la luz emprendía un sinuoso viaje a través de las paredes húmedas, un chicotazo de vidrios reventados provenía de la calle, los frenos recién clavados de unos autos, gritos y amenazas. Un lavarropas comenzó a moverse al ritmo del centrifugado. Había un charco espumoso cerca de las bolsas de basura. Se acercó con cuidado de no ser visto aunque era muy difícil que eso ocurriera. Suspendió su respiración. Aproximó la mano derecha a una de las bolsas hasta que ésta se mezcló con la negrura. Tanteó unos segundos sin éxito. Inspeccionó otra bolsa con idéntico resultado. Luego otra y así hasta concluir con todas. El gato no estaba. Una escoba cayó casi al mismo tiempo que unas latas viejas de pintura se precipitaban encima del lavarropas. Buscó la luz. La encendió. Tomó la escoba por el mango y caminó muy lentamente hacia unos muebles envejecidos por el descuido de sus dueños. Una mesa redonda tambaleó. Hincó el palo sin comprometer mucho el brazo. Una sombra huyó hacia unas sillas de plástico apiladas. Kosovo corrió a su encuentro. Se inclinó, remitió dos o tres palazos ciegos, retomó la postura erguida, se sacudió algo de polvo de la manga y escuchó el maullido nítido de un gato asustado. Comenzó a llamarlo. Después de un rato consiguió hacerlo salir. Lo tomó como un bebé. Todavía estaba húmedo y con los ojos sanguinolentos. Utilizó un trapo de piso para secarlo y limpiarlo. Fue al ascensor. Pulsó el cuarto piso. Llegó, fue a la casa de Gachy con pasos presurosos. Ella lo atendió asustada. 68

- ¿Qué le hiciste, pobrecito? - Nada, no le hice nada, ya lo encontré así… creo que es tu gato. - No, pobrecito, damelo, damelo, pobrecito, ¿qué te pasó? - No sé, parece que estaba jugando en el sótano… ya lo encontré así. - Pobrecito, seguro que fueron los hijos del portero… envidiosos. - ¿Se va a poner bien? - Ay, Kosovo, ojalá que sí. - ¿Y cómo se llama? - Esperá, Kosovo, este no es mi gato, ¿ves?, le falta el lunar. ¿Estás seguro que lo encontraste en el sótano? - Sí, Gachy. - No sé, no digo que mientas pero es que este no es mi gato, es igual al tuyo, al de recién. - A lo mejor es como decías y es de otro, al mío lo dejé encerrado, si querés vamos a ver. - Sí, vamos a ver. - Qué raro, te juro que estaba por aquí. Cerré todo, ¿ves? No tiene cómo salir. - Te habrás fijado mal. - Pero si te digo que no, no hay forma. - Mejor damelo, lo llevo a mi casa, yo lo voy a cuidar. - Esperá, Gachy, no te vayas así, yo no le hice nada, te juro. - Dejame pasar o empiezo a gritar. - Está bien, pero te juro que no le hice nada, tenés que creerme. - Ok, te creo, te creo, ahora dejame salir, chau. - ¡Gachy!… ¡Mierda!


Latidos - ¿Qué es eso doctor? - No podemos saberlo… parece que se mueve. - ¿Puedo verlo otra vez? - No, mejor solo decime si te duele cuando te aprieto. - Un poquito… ¿qué es?

Aparición - En horas de la madrugada de hoy apareció en el basural San José el cuerpo de un hombre con el rostro desfigurado por lo que, en apariencia, sería ácido sulfúrico. Además, tenía los dedos cortados. Fuentes de la policía aún no descartan que se trate del ex jefe de la Policía, Anselmo Kosinerov, quien estaba desaparecido desde hacía veintitrés días luego de que una investigación periodística mostrara un video en donde aparecía recibiendo dinero a cambio de proteger a una banda de narcos peruanos. Más detalles desde nuestro móvil con Braulio Emme. Adelante Braulio. - Efectivamente, Ana Claudia, la Brigada de investigaciones aún no descarta la posibilidad de que el cuerpo hallado en el basural sea el del ex jefe Kosinerov. De acuerdo a las hipótesis que se están barajando, se habría tratado de una limpieza llevada a cabo por los mismos narcos involucrados en la investigación periodística que desató el escándalo. La señal mafiosa es evidente y algunas fuentes la toman como un claro mensaje de amenaza ante cualquier avance que pudiera llevar a concretar la captura de estos delincuentes. Como ustedes pueden ver, el lugar donde fue encontrado el cuerpo sin vida de este

hombre es un basural en donde a menudo vienen los vecinos de la zona a recolectar elementos para reciclar. Fue en una de estas incursiones que Agustín, mientras circulaba con su carro, encontró un brazo saliendo de entre unas bolsas de consorcio. En su relato dijo que al principio creyó que se trataba de un maniquí pero que al tirarlo notó que su peso era excesivo, por lo cual pidió ayuda a uno de sus hijos, que andaba por las inmediaciones. Los dos se pusieron a tirar y fue cuando dieron con el macabro hallazgo. Pero mejor escuchemos el testimonio que recogimos hace una hora. - Yo venía por allá con mi caballo y, vite, con m’hijo también, lo do íbamo en el carro a juntá un poco de ba, de cosa, que nosotro juntamo, este, vite, o sea no tenemo trabajo sino que juntamo cosa y se la llevamo acá nomá al lao del municipio a un señor que la recicla y de ahí comemo, y era temprano porque despué má tarde ya no se puede con el mosquerío y la calor y andábamo por allá, cerca de la torre, la torre le llamamo nosotro a esa parte, vite, y m’hijo andaba traendo una heladera chiquitita cuando yo vi un brazo salío, que le salía, pero qué iba a pensá yo que era un, que era, yo pensé que era un muñeco, un. - Un maniquí. - Claaaa, vite, y que cómo iba a sabé yo lo que era en verdá y me bajé del carro pa mirá a ver si por ahí había otra cosa, por ahí ropa o, o, o algo pa llevá, algo, pero no había, basura nomá había habido dentro de la bolsa, entonce le tiré bien fuerte, le tiré, estaba duro y le tiré fuerte pero no salía, entonce lo quité unas bolsa de encima y las tiré nomá al costadito porque basura nomá tenían y nada pa nosotro, hasta que lo llamé a m’hijo pa que me ayude y

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cuando lo tiramo entre los do bien fuerte se salió el hombrecito ya fallecido, ya estaba muerto, muerto lo encontramos. - ¿Entonces dieron aviso a la policía? - Entonces m’hijo salió disparando, asustao, pobre, y comenzó a gritá del puro miedo que le había agarrao, entonces me subí al carro y me fui a buscá al señor que nos recicla la cosas y él avisó a la policía, la policía nos preguntó qué hacíamo por acá, de dónde éramo, todo, y la verdad es que nosotro solo juntamo cosas, no tenemo trabajo y acá viene mucha gente, vo vite la gente que viene, mucha gente vive de esto pero así también hay malicia, hay mucha malicia, no es la primera vez que se encuentra algo así.

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- ¿Usted sabía o tenía alguna idea de quién pudiera ser? - Ah, no, amigo, yo eso sí que no, yo nomá lo encontré. - Hasta aquí las declaraciones del testigo que halló el cuerpo del presunto ex jefe de la Policía Kosinerov. Por la tarde se esperan declaraciones del Secretario de Seguridad y entonces podremos saber cuándo estarán los resultados de los análisis de las muestras de ADN recolectadas por los peritos forenses.

Espera

- Quédese tranquilo, vaya a su casa, tome estas pastillas, son para dormir, el lunes sin falta le ha-


cemos una biopsia para saber con certeza qué es lo que tiene. Ande, quédese tranquilo. - Pero, dígame doctor, ¿usted qué piensa? - No sé, mire, no sé, a lo mejor es solo grasa, un quiste de grasa, nada complicado. El lunes vemos, mientras tanto descanse y ese día véngase temprano, lo vamos a atender sin turno, ¿está? - Bueno, doctor, bueno. Hasta luego. - Hasta luego.

Demora - Hola, hola, bueno, parece que no está… espero que todo ande bien… yo la estoy pasando genial, Berlín es una ciudad hermosa… solo quería saber cómo está todo por ahí… Floro, usted… qué lástima, casi no tengo tiempo de llamar… en fin, le quería avisar que voy a quedarme en Europa quince días más de lo previsto, si eso es un problema para usted por favor avíseme… no sé… yo lo voy a llamar mejor así usted me dice y arreglamos el pago… el lunes por la mañana, ¿ok? Bye.

Recolección Kosovo subió las escaleras empapado en sudor. Le costó abrir la puerta. Adentro estaba el gato. Cuando lo vio, salió huyendo hacia el baño. Lo fue a buscar. No había rastros. Fue al balcón unos minutos. Vio los autos que pasaban, la gente diminuta que caminaba por la vereda, los edificios que se agolpaban en un rincón del norte, un manchón verde, vías de tren, canchas de tenis, el río con unos cuantos veleros, la bruma espesándose en dirección al este, el camión recolector de la basura que hacía

maniobras para ubicarse, los recolectores que hacían señas invisibles a los autos para que siguieran. En ese momento le vinieron unas convulsiones seguidas de vómito. Estaba pálido. Volvió a entrar. Apenas llegó hasta el sofá, se desplomó. Encendió el televisor. Puso las noticias. - Ya son veintidós días. Continúa desaparecido el ex jefe de la Policía provincial Anselmo Kosinerov, acusado de vínculos con el narcotráfico. Aunque el juez federal Sergio Buonamore libró la orden de captura, la esposa de Etchegaray insiste en la inocencia de su marido y radicó una denuncia por desaparición de persona. Esta mañana dio una conferencia de prensa en el hall de su edificio en donde aseguró que lo tendría secuestrado la banda de narcos peruanos conocida como los Gladiadores de Inchauspe. Advirtió que lo encontrarían sin vida y responsabilizó por ello al Secretario de Seguridad. Cambió de canal antes de que pusieran la conferencia de la esposa. Dejó en uno de series norteamericanas y fue al baño a vomitar de nuevo. Regresó con un vaso de agua. Tomó las pastillas para dormir. Apoyó la cabeza en el respaldo. Repasó su estómago con las dos manos haciendo círculos mientras respiraba con dificultad. Cerró los ojos. Los abrió de nuevo, grandes. Luego se le volvieron a cerrar pesadamente. Los bocinazos de la calle ascendían cada vez más apagados. El camión recolector compactaba la basura para que pudiera caber más.

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por Carlos “Tuta” Albarracín

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l mayor problema de los textos que provienen de la antigua literatura grecorromana es, probablemente, ese aire de solemnidad, por no decir olor a aburrimiento, que se desprende de ellos. Pobres ellos que encima, han tenido que soportar expurgaciones diversas, ya por cuestiones políticas, ya por cuestiones religiosas, que a fin de cuenta vienen a ser lo mismo. Para complicar más la cuestión, quizás, el problema comienza, o continúa, con un libro llamado Institutio Oratoria de Quintiliano que en XI libros ilustra sobre el mejor modo de hablar bien. Es en particular el libro X donde Marcus Fabius Q. aconseja leer a diferentes autores griegos y romanos, mas todo el libro es un recorrido por ellos a modo de ejemplo. Así desfilan por esta enciclopedia del bien decir Virgilio, Terencio, Ovidio, y por supuesto Cicerón, acompañados por una larga plétora de autores. El texto no es un libro de crítica literaria, es un exempla del deliberatiuum, propio de la vida política y jurídica y entonces, de alguna manera contagia el protocolo de uno en otro. Los continuadores

de Quintiliano, lógicamente, siguieron sus sugerencias y por tanto dieron a estos autores en clases y de allí la idea de Clásicos para ellos (al menos esa es una buena hipótesis de porqué les decimos Clásicos). Para sumar a la cuestión, luego llegó el cristianismo, el medioevo y toda una “Cultura” que sostenía de manera indeclinable la idea de que solo algunos podían saber, y por tanto solo leían a los latinos o griegos en los idiomas originales y por supuesto escribían en estas lenguas que ya habían dejado su lugar en la evolución lingüística a las lenguas Romances, hoy llamadas español francés, portugués y algunas más. Entonces, la cuestión de la solemnidad, de ese alejamiento se comienza a explicar, pues ya sabemos que mientras más oscuro y extraño es algo más temor provoca. Así el vulgo quedó alejado de la posibilidad de leer algunos de los textos más interesantes de una época, ellos quedaron en mano de unos pocos elegidos del poder.

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Alejandro López

Para completar el combo, la ciencia que se recuperará al final del medioevo eligió el latín como la lengua ideal para que la exprese, y en eso, otra vez, Quintiliano tuvo mucho que ver. Sus lecciones no habían sido olvidadas en toda la época de oscuridad y cuando la “luz” del conocimiento científico comenzó a señalar los pasos de la modernidad lo hizo leyendo la Retórica. Como resultado muchos autores, simplemente, desaparecieron y de ellos solo tenemos comentarios, rumores, dichos. En los casos de los libros de aquellos autores, que se consideraron ejemplares, y que por ello llegaron a nosotros, fueron las más de las veces expurgados, limpiados para el bien de las almas y del bien hablar. Por suerte, no siempre fue así, ya por la poderosa fuerza de la estética de los autores, ya por que ante tanto asno actuando de censor 74

hubo algunos lectores que defendieron el legado literario de los Clásicos. Igualmente, en el proceso de traducción del latín a las nuevas lenguas muchas veces se omitieron las traducciones de aquellos textos o fragmentos de la obra que se consideraban como excesivos ya por la temática, ya por el vocabulario, ya por lo que se les ocurriera. Y así llegamos a la actualidad dónde al momento de la sugerencia de un libro divertido, los latinos no se encuentran en el top ten de las consideradas. Sin embargo, y contra la corriente, nos permitiremos sugerir la lectura de dos autores que han hecho del exceso una virtud. Dos “personajes” de la literatura practicantes del vicio del escribir, uno Marcial, el otro Catulo. Marco Valerio Marcial es autor de 1500 epigramas, del griego antiguo ἐπί-γραφὼ????. ¡Que qué facio es un Epigrama? Son unos poemas, que bordean el espíritu aforístico, breves, de carácter satírico que los romanos del año 90 D.C utilizaban, al igual que los griegos a quienes se lo habían, digamos, copiado, para acompañar los regalos o para las inscripciones en las tumbas, un género multiuso que le dicen. Como resultado, los romanos no sabían al recibir estos poemas, si les estaban desando felicidad o una muerte feliz. Marcial que era una Gallego de la Zona de Tarragona, antes que los gallegos existieran, viajó a Roma en su juventud para hacerse la América, llevando con él su ciudadanía romana y su ingenio como armas para el triunfo. Lamentablemente no le fue muy bien, más bien le fue bastante mal. La conjunción de su carácter y la mala suerte, más algunos maledicentes que siempre se ocupan de criticar a los grandes artistas contribuyeron a crear en nuestro au-


tor un espíritu crítico y criticón acerca de la época y lugar en que le tocó vivir. ¿Y por dónde se canalizó todo esto? en 1300, más o menos, epigramas de alto contenido obsceno para ese tiempo y para este también. En ellos Marcial se despacha a gusto a piacere resaltando las bajezas humanas que trasiegan las calles de Roma y de su crítica amoral no se salvan las matronas romanas que esconden sus arrugas y otras cosas, los homosexuales hipócritas, los aprovechados de una sociedad clientelar y e incluso su propia pobreza que lo obliga a lamer poéticamente las suelas de los Emperadores. La mirada que Marcial construye en torno a la sociedad romana de su época no tiene filtro. Marcial no intenta en sus epigramas realizar una valoración moral, solo intenta mostrar lo que él ve, sin pretensiones objetivas con pura cinismo. Para él no existen víctimas ni victimarios, solo ese tumulto de ciudad. Para muestra este epigrama Petit Gemellus nuptias Maronillae et cupit et instat et precatur et donat. Adeone pulchra est? Immo foedius nil est. Quid ergo in illa petitur et placet? Tussit.

Por suerte, no siempre fue así, ya por la poderosa fuerza de la estética de los autores, ya por que ante tanto asno actuando de censor hubo algunos lectores que defendieron el legado literario de los Clásicos

Gemelo le pide matrimonio a Maronila, y la desea y la persigue y le ruega y se le regala .

¿Tan linda es? La verdad, no hay ninguna más fea. ¿Qué busca y le gusta en ella? Ella Tose Para cerrar este poema debemos saber que Maronila tiene tisis, y entonces todo queda claro. Por otro lado, quizás la mayor virtud de Marcial es ponerle cuerpo a su literatura, y no nos referimos en este caso a una metáfora, a un artilugio 75


literario, cuando decimos el cuerpo nos referiríamos específicamente a una parte del cuerpo que Marcial dirige a sus amantes y enemigos. Como ejemplo basta un botón y Gabriela Marrón traduce unos de los epigramas así

Para la misma época también andaba por las calles y palacios romanos un poeta llamado Catulo, más precisamente Gaius Valerius Catullus. Este joven Gallo es conocido por haber compuesto algunos de los versos amorosos de mayor difusión y belleza de su época. Famosísimo, traducidísimo y mentadísiQuaeris, cur nolim te ducere, Galla? Diserta es. mo es su poema Amemus Lesbia. Pobre Lesbia, que Saepe soloecismum mentula nostra facit. debe ser la mujer más criticada de todos los tiem“¿Querés saber  por  qué  no  quiero  casar- pos. Su nombre verdadero era Clodia, mujer de un me con vos, Gala? Porque tu lengua es purista.  tribuno (cargo importantísimo en la Roma ImpeMi  anormativa  pija,  en  cambio,  tiende  al  rial) y junto a otras mujeres romanas, tales como error sintáctico” Agripina, Gala y Livia, contribuyó a la mala fama   (Habeas  Corpus.  Latín,  sexo  y  traducción.  de las matronas romanas. Para su desgracia, de ella 2012:  67).  Marcial-  11,  19.  se enamoró nuestro autor y le dedicó mucho de los versos más cachondos de la época. Y para no ser menos le compartimos otra, traducida por nosotros Celio, nuestra Lesbia, la Lesbia esa que Catulo una vez amó Si vis esse satur, nostrum potes esse Priapum: más que a sí mismo, más a que a todos los suyos Ipsa licet rodas inguina, purus eris. ahora, por los esquinas y las calles Si quieres quedar satisfecho puedes tragarte mi se la chupa a los grandes hijos de Roma Poronga. Aunque le gastes los huevos, a vos ni se te notará. Caeli, Lesbia nostra, Lesbia illa, Lesbia, me ordenas que tenga siempre dura la illa Lesbia, quam Catullus unam chota. Escuchame, una pija no es lo mismo que un plus quam se atque suos amavit omnes, dedo. Y, aunque le insistas, aunque la franelees y le hanunc in quadriviis et angiportis blés de manera seductora, tu fiera cara le ordena otra glubit magnanimos Remi nepotes. cosa. Catullo. Carmen 58 Stare iubes nostrum semper tibi, Lesbia, penem: Crede mihi, non est mentula, quod digitus. Tu licet et manibus blandis et vocibus instes, Te contra facies imperiosa tua est. Como se ve, Marcial no es tan distinto a los hombres de nuestra época y su obsesión por las porongas se repetirá en muchos de sus versos. 76

Como se ve, el amor le pegó fuerte al Catulo y no tiene ningún empacho en decirle a sus amigos lo que piensa, aunque parece que lo que lo ofende es que Lesbia ande dando sus favores a los otros hijos de Roma y no a él a su amigo Celio. De todos modos no es que solo le dedique sus poemitas a la mujer de sus sueños, también se losa


dirige a sus críticos y no se guarda nada. La siguiente traducción del Carmen 16, traducido por Gabriela Marrón, nos muestra que Catulo no era pura palabra, sino que también se la bancaba. Me los voy a coger y me la van a chupar, Furio, pedazo de puto, y Aurelio, flor de maricón. Como mis versitos son apasionados, pensaron que yo era indecente. El poeta debe ser juicioso y virtuoso, pero no tienen por qué serlo sus versos. Estos resultan más picantes y sabrosos precisamente cuando son apasionados e impúdicos, porque entonces pueden incitar el ardor del deseo, no digo que en los jóvenes sin bozo, pero sí en esos viejos peludos que ya no pueden ni mover la cintura. ¿Así que ustedes leyeron “millares de muchos besos” y pensaron que yo era menos macho? La tienen adentro, sigan mamándola. Pedicabo ego uos et irrumabo, Aureli pathice et cinaede Furi, qui me ex uersiculis meis putastis, quod sunt molliculi, parum pudicum. nam castum esse decet pium poetam ipsum, uersiculos nihil necesse est; qui tum denique habent salem ac leporem, si sunt molliculi ac parum pudici, et quod pruriat incitare possunt, non dico pueris, sed his pilosis qui duros nequeunt mouere lumbos. uos, quod milia multa basiorum legistis, male me marem putatis? pedicabo ego uos et irrumabo. Ya se ve en este poemita que Catulo no solo se tenía que bancar a los envidiosos sino que, también, debía darles algunas lecciones sobre cómo escribir.

Alejandro López

Leyéndolo uno no puede dejar de pensar en algunos poetas de por estos lados que solo hacen de la poesía una postura y se olvidan que lo que importa es la pasión y la impudicia. Luego de este mínimo recorrido por algunos poemas de Catulo y Marcial esperamos haberle sacado el olor a viejo a estos poetas, pues su lectura y traducción a las formas y concepciones de esta nuestras época nos los acerca y pone ante el espejo donde nos vemos nosotros, una vez más solo humanos llenos de vicios y virtudes.

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Poemas por Andrea Campos

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para un día martes es necesario protegerse de las miradas tristes es preciso bajar la mirada a la altura del corazón dejar morir la voz dejar morir el camino es necesario volverse sordo para no escuchar ni tu propio nombre dejar morir la palabra dejar morir el silencio el movimiento está prohibido aquí mueren los pasos aquí mueren sus huellas se desvanecen por segundos los colores que mueren en su materia para un día martes es necesario cerrar la puerta cerrar los ojos cerrar las manos cerrar la esencia

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cómo muere un color? llegará a doler? me dicen que se siente secar enmudece mientras mira su tiempo pasar se quiebra, sin memoria y sin deseo y se vuelve a quebrar no quiero verlo sino quebrarme con él.  


VENENO

por Emilio Témer

¡

Vieja, Vieja! Apurá y traé el rosario que ahí sale el francés de mierda ese al balcón. Ya sé que vos decís siempre que soy medio mal pensado pero le tengo idea al coso ese, ya te conté que el otro día vino con una minita (bastante pendeja diría yo) y se sentía como que martillaban y martillaban, no sé, habrán estado como una hora así, o dos. Yo te dije que a mí me daba desconfianza el coso este. No sé si habrán estado colocando la repisa que el otro día le trajeron los de Riveiro o será que estarían haciendo no sé qué cosas con la pendeja trola esa que podría haber sido la hija. Yo te decía que no le alquilemos la piecita al francés, desde que lo vi que le tengo idea, pero vos siempre hinchando las pelotas… que necesitamos la plata y qué sé yo. Yo te decía… Y ahí está mirá, salió al balcón el descarado y está hablando por teléfono como siempre. Hacé una cosa, acércate con el rosario como quien va a rezarle a la virgencita y pará bien la oreja que yo sé que algo malo andará planeando. Este hijo de puta me

envenena. El otro día, hace como una semana, me metí a la piecita (ya te dije yo, le tengo desconfianza al coso este). Estuve un par de horas mirando detrás de la persiana, esperando que salga. Por fin salió y me metí con la llave que guardamos por las dudas cuando se la alquilamos. Ahí viene, disimulá ¡Qué lindo que te quedó el jardín, Vieja! Hermoso la verdad ¿Y esa plantita, es nueva? Seguro que te la trajo la Teresa. ¡Adié vecín! Entré, cerré la puerta, y lo primero que vi fue que la alacena estaba llena de vinos pero que todavía no estaba colocada en la pared. No me acuerdo si fue antes o después de lo de la pendeja. La cosa es que entré, estaba ahí, al principio no sabía bien qué mirar, pero después me puse a chusmear una maleta que estaba escondida bajo la cama, ya lo había visto varias veces al francés entrar y salir cargándola. 79


Alejandro López

Estaba hurgando y entre un montón de chucherías había un frasquito con algo así como drogas o veneno. Ahora que lo pienso, debe haber sido veneno. De repente siento que abren la verjita del jardín, miro por la ventana y era el francés que volvía para la pieza. Ya no tenía tiempo de salir y el corazón me empezó a latir de una manera extraña, distinta a la taquicardia, cerca del infarto diría yo. Cerré la maleta y me escondí en el bañito, no tenía forma de esconderme mejor y la ducha no tenía cortinas. Escuché que metió la llave en la cerradura. No, Vieja, no pasá nada… ¿Estoy acá vivito y coleando o no? O acaso no te acordás de la cantidad de veces que habremos estado así en nuestras épocas. ¿No te acordás esa vez que nos dieron la cana mimándonos en pelotas en el museo ese de 80

Rosario? Y ahora los pendejos estos se me hacen los no sé qué… Y bueno… Dio dos vueltas con algunas mañas y se abrió la puerta. Yo escuchaba. No cerró la puerta, lo que me dio esperanzas: por ahí el francés se había olvidado algo y sólo venía un ratito. Me quedé quieto, escuchando y mirando de vez en cuando por una rendija. El latido del corazón parecía retumbar entre las paredes del baño, no tenía forma de callarlo. Se sintieron algunos ruidos torpes de alguien que anda a las apuradas y le sonó el teléfono, como siempre. El francés se acercaba y de repente me di cuenta de que podría haberse vuelto por las ganas de entrar al baño, pensé que en esos casos, cuando se encuentran dos hombres y uno está invadiendo el territorio del otro (vos ya sabés) no se


puede hacer otra cosa que luchar por permanecer vivo, pero era él el que estaba invadiendo mi territorio: la pieza es mía. En ese caso, busqué algo en el botiquín para matarlo. Se me cayeron algunas cosas pero el ruido fue insignificante frente a las piñas que me tiraba contra el pecho el corazón. No encontré nada con qué matarlo y pensé que tenía que usar las manos de nuevo. No pasa nada, Vieja… ¡No pasó nada, no ves! El francés dejó de hablar por teléfono y siguió revolviendo cosas. Solo que esta vez los ruidos eran distintos, más delicados, sin revoleos… como si estuviera acomodando. Unos diez minutos después sonó de nuevo la rejita y se escuchó que tocaban la puerta de la pieza. Era la voz de una mujer. En ese momento pensé que el francés tenía otra, pero no, era la pendeja. Miré por la rendija y vi que tenía un vestido rojo de una tela similar a la seda. En ese momento me acordé del vestido que te pusiste ese día del museo en Rosario, también era rojo y te encantaba usarlo sin corpiño ¿te acordás? Me fascinaba agarrarte por la espalda y apretarte las tetas duras que se acariciaban con la suavidad de la tela a pesar de mis manos brutas. Cómo me excitaba ese vestido. Cuando estaba ahí en el baño sentí que rejuvenecía, volví a tener ganas de tenerte atrapada entre mis brazos, con la respiración exaltada y la pielcita de gallina por los besos y mordiscos que te daba en el cuellos. Volví a tener ganas de tener la verga inmensa y dura; y de metértela hasta el fondo con toda la fuerza y de enloquecerme con tus gritos desconsolados...

Entró la pendeja con el vestido rojo y de repente empecé a sentir algo extraño en el estómago. Sentía como si me hubiesen envenenado, era un calambre intenso. Afuera el francés y la pendeja se besaban, se tocaban, respiraban agitados y caminaban abrazados golpeándose contra los muebles

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Perdoname Vieja. Te sigo contando lo del francés de mierda este querés. Entró la pendeja con el vestido rojo y de repente empecé a sentir algo extraño en el estómago. Sentía como si me hubiesen envenenado, era un calambre intenso. Afuera el francés y la pendeja se besaban, se tocaban, respiraban agitados y caminaban abrazados golpeándose contra los muebles. Adentro yo me retorcía. El veneno me recorría todo el cuerpo y empecé a sentir frio el sudor. En ese momento me acordé del picante de pollo que le habías comprado a esa vieja de mierda que cocina como el culo. Ya no había vuelta atrás, ya me había comido tres platos y medio del veneno y por suerte estaba en un baño. Me senté y empezó a fluir contra la cerámica del inodoro un torrente incontrolable de caca que salpicaba estrepitosamente. No tenía forma de controlarme, el ruido retumbaba contra las paredes del baño y me resultaba imposible regular la violencia con la que brotaba el estallido de caca. Del otro lado de la puerta se escuchaba como gemía la pendeja y el rechinido rítmico de la cama. La verdad Vieja, admito que me dieron ganas de mirar, la pendeja gritaba y cada vez me acordaba más de ese día en el museo de Rosario, de cómo nos encerramos en ese armario gigante y de la desesperación con la que te aguantabas las ganas de gritar cuando yo te la metía cada vez con más fuerza, golpeándote una y otra vez, con desesperación… Te juro Vieja que no vi nada. La caca no paraba un segundo y empecé a preocuparme de que el olor y el ruido llegaran hasta donde estaba el francés con la pendeja. Encontré un desodorante y empe-

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cé a descargarlo despacito, tapando el pico con un dedo y apretándolo con otro. Tenía un olor extraño pero ayudaba a disfrazar el otro olor. La caca y los pedos se volvieron incontrolables y los ruidos seguían retumbando en los azulejos, pero la pendeja gritaba cada vez más fuerte y eso disipaba mi preocupación. Ahora que te cuento esto Vieja, me acuerdo de la vieja de mierda esa que te vendió ese picante de pollo vencido y me dan ganas estrangularla. No sé cómo se le ocurre andar impunemente vendiendo por las calles ese veneno en descomposición. La voy a matar. Sabía que en algún momento tenían que venir al baño. Me masajeaba la panza pero el dolor no pasaba y olor del desodorante ya había desaparecido hacía unos minutos. Hice mi mayor esfuerzo y pude cortar por fin el torrente de caca y pedos. Me limpié lo mejor que pude y terminé de descargar sigilosamente lo que quedaba del desodorante. La pendeja y el francés dejaron de gritar y la cama quedó quieta. Pasaron uno o dos minutos y sentí unos pasos descalzos que se acercaban a la puerta del baño. Cuando la abrieron sorprendidos, tiré la cadena y dije: ¡Pardón Vecín! Necesitaba con urgencia un baño.


por Fernando Choque

C

uando recorrieron el último tramo antes de llegar a la escuela y su mamá le agarró la mano para cruzar la esquina, él dijo que había 354 ventanas. Nunca mostró habilidad para los cálculos mentales por eso su madre sorprendida por el comentario le preguntó qué había dicho. Que en la cuadra hay 354 ventanas, Ma, contestó. Lo hizo con un tono de tranquilidad que inquietaba como una aclaración inerte, sin profundidad. Ella lo felicitó por el cálculo y aceleró hacia la puerta porque presintió que algo extraño se instalaba. A la salida no estaba con sus compañeros, tampoco apareció cuando se fue el último de los alumnos. Su madre fue a buscarlo junto a otros maestros. Lo encontraron en un patio interno contando las piedritas gastadas de las baldosas. Gabriel!!! gritó, desahogando los minutos que pasaron hasta encontrarlo. Hay 1456 espejos en el piso, Ma, dijo. Todos se miraron y decidieron dejar las observaciones para adelante, si es que hicieran falta. Mi amor, vamos a casa, pidió ella. Mientras se soltaba

del abrazo agarró la mochila de una de sus manijas, contó “uno” al ponerla en su hombro y “dos” al ubicarla por completo en su espalda, qué hay para comer, preguntó al salir a la calle. Hay 354 ventanas volvió a repetir en el regreso. Su madre pensó en contarlas para corroborar si era cierto pero el dato era inútil y decidió preguntarle en casa sobre la importancia que le daba al asunto. Llegaron a su casa, él se quitó el delantal y esperó que esté la comida, poner la mesa no parecía ser algo que disfrute, sin embargo, a pesar de lo habitual gozaba al prepararla. Mamá hoy se pelearon dos compañeros porque uno le rompió al otro su escuadra, comenzó a contar mientras sacaba los cubiertos del cajón. Tomó un cuchillo y numeró sus dientes uno, dos, tres,…. quince, tomó el segundo y llegó a catorce. ¿La maestra estaba viendo? preguntó su mamá, porque no es bueno que se peleen por las cosas materiales, hay que pensar que los amigos tienen que cuidarse. No eran tan amigos, Ma, en rea83


tificación para una reunión de padres, ¿me la firmás, Ma? Fue a buscar la nota de la mochila, eligió el renglón para poner la x de guía pero su madre firmó en la línea siguiente. Bajó la vista con una profunda desazón. Mañana seguro que la maestra va a pedir que los separen, vos tenés que apoyar esa propuesta, Ma, no se puede estudiar con ellos peleando todo el tiempo. Sí hijo, si es como decís seguro que es mejor que estén en cursos distintos, ya voy a saber bien, mañana pregunto por todo eso. Se alegró. El curso después de dos años volvería al equilibrio, 26 alumnos.

lidad todo el tiempo se la pasan peleando. Agarró los tenedores, ya había contado 73 dientes afilados, uno dos tres cuatro dientes de cada tenedor, detestaba que tuvieran alguna inclinación entre ellos y los devolvía al separador. Reacomodó el mantel para que los bordes de cada cuadradito coincidieran con el borde de la mesa, al pan lo cortaba en cuatro porciones y en pares, no estaba tranquilo si dejaba un número impar en las unidades que podía controlar. Si hubiera un hermano más, llegarían a seis y se le iría la angustia impar que su familia le imponía. Sintió que sus hermanos llegaban del colegio y giraban la llave, como era el único que cerraba siempre con doble vuelta, para asegurarse que no se olvidó de hacerlo escuchó atento, una, dos vueltas, expulsó aire aliviado. Igual la maestra ya está cansada de las peleas de Juan y Marcos, y mandó una no84

La maestra citó a ambos padres a la escuela. Él no podía asistir por su trabajo, con Gabriel solían verse al mediodía y un rato muy breve en la noche antes de dormir. La encargada de los asuntos escolares era Lucrecia. ¿Le sucede algo a mi hijo, profesora? preguntó con alarma, se desparramaba en el asiento frente a la maestra, sus manos tenían un imperceptible temblor que disimuló gesticulando con ademanes. Intuía algo grave desde aquel episodio de las ventanas. A pesar que Gabriel se desenvolvía con normalidad entre amigos y familiares, comenzaba a tener episodios que la desconcertaban. Gabi es un chico muy especial, profesora, no tiene nada grave, sus notas son muy buenas, sus amistades son del barrio y la escuela, a veces nos juntamos entre familiares y amigos, puede ser que nos excedamos con la bebida pero lo normal, nada que ponga en riesgo su seguridad, además sus hermanos mayores, todos van al Nacional y lo cuidan mucho todo el tiempo que están juntos, solo se separan por la escuela. Es que no sé qué le puede estar sucediendo, se portó


mal? Dígame, yo puedo poner cuidado y atender más sus tareas. Él me comentó que hubo problemas entre dos compañeritos, sí, no pude venir a la reunión pero se que decidieron separarlos, eso lo alegró mucho a Gabi, me dijo que se sentía cansado de las peleas entre ellos. Mamá, mamá, por favor tranquila, no la hice venir por un mal comportamiento o mal desempeño de Gabriel, sino por un texto que le corregí, y que me resultó muy bueno para su edad, muy literario. La maestra se puso de pie y fue hasta un armario cerca del escritorio, entreabrió la cubierta de uno sus paneles para retirar un pila de papeles, los acercó a su mesa, los puso sobre la planilla de asistencias y con los dedos apenas rozando los bordes de cada hoja buscó el nombre de Gabriel. Fíjese Mamá, lea. Lucrecia comenzó a leer alterada por la formalidad y sobriedad de la situación, que parecía empeorar con cada movimiento de la señorita. La 230 es una pequeña ventanita arriba de la pared, como si fuese un ventiluz. Me gusta la 230 porque según su posición es más difícil que refleje a Ma. Cuando está abierta directamente refleja para arriba. Si yo estuviese en un piso arriba de la 230 solo vería el reflejo del cielo u otro edificio más alto, casi seguro podría ver los pisos altos de la zapatería o la casa de las telas en la esquina, lo que no vería es el reflejo de la vereda. Por más que me esfuerce tiene una posición donde es imposible que nos devuelva nuestro paso. Con Ma, todos los días de escuela pasamos frente a esa pared, y por más esfuerzo que haga o imagine, nunca nos vamos a ver en esa ventanita si está completamente abierta. Me preocupan los reflejos de Ma en cada uno de los vidrios, si uno

Tomó una de las sillas cercanas al escritorio, era el banco de Mariana, a la altura de la primera ventana del curso. Aseguró el duplicado de ambas en el vidrio y se sentó junto a su madre con satisfacción

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se rompiera en esa cuadra habría un número impar de reflejos. A mí no me gusta pensar que Ma puede existir duplicada en un número impar, entonces es cuando me confundo y solo pienso en esa ventanita y su influencia en la vida de Ma. Ella siempre vive entre una existencia doble y otra impar. Me interesa el 2 porque es el primer número primo y el único par, el profesor de matemática nos explicó que los números primos no empiezan con el 0, que yo pienso puede ser la nada o la no existencia; ni con el 1, que es la vida sin reflejos o duplicaciones, todo comienza realmente en el 2 que es el origen, reflejarse, mirarse, pensarse, es comenzar a existir. Por eso a mi Má me gusta verla en números pares, todo lo que derive del 2 es vida. Los números primos son impares e imperfectos porque no pueden separarse, pero a partir del 2 empieza la realidad, como dijo la seño Catalina, existimos porque no estamos solos. ¿Esto escribió Gabi, seño, parece avanzado como para un niño de 12 años, no?, dijo sorprendida Lucrecia. Es justo por la razón que la he llamado Mamá, para que me pueda decir si Gabriel no sacó esta narración de algún libro. No, maestra, al menos no creo que en casa, pero, le preguntemos, lo hago pasar, él vino conmigo. Gabriel pasó al aula con la naturalidad de poseer el espacio, pasaba más días en el aula que en su casa, eso es lo que él pensaba. Se acercó a las dos mujeres con una sonrisa pícara. En edad escolar algunos retos son un motivo de posición grupal, una buena travesura con apercibimiento incluido ubica a los responsables en una altura nueva. Tomó una de las sillas cercanas al escritorio, era el banco de

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Mariana, a la altura de la primera ventana del curso. Aseguró el duplicado de ambas en el vidrio y se sentó junto a su madre con satisfacción. Él sentía que el vestido fucsia embellecía el cuerpo de su madre, estaba seguro que cuando vestía esa prenda ganaba en seguridad, ir a la escuela así no solo la tranquilizaba a ella sino a ambos, por eso Gabriel ingresó con soltura, seguro de que sin importar la gravedad, su madre lo resolvería. Hijo, ¿vos de dónde copiaste la tarea de escritura? le dijo mientras su mirada presagiaba un cachetazo, que frente a la maestra no iba a darle. Se preguntó por qué algo estaba saliendo mal, revisó el aula y pudo encontrar el vidrio repuesto en la ventana al final del aula. Entonces comprendió que lo impar volvía a atacarlo. Ma, no copié de nadie la tarea, la escribí solo. No nos mientas Gabriel, la profesora y yo nos damos perfectamente cuenta que tu hoja no está pensada por vos. Te juro, Ma, la escribí solo, siempre pienso en la imagen de los espejos, no me gusta verte si no estás en algún lado reflejada. ¿Qué? este chico está mal señorita, no te entiendo, Gabriel, hablá claro. No te enojés, es que pienso que sin otra imagen tuya, no serías como sos. Por ejemplo, la seño vive más aquí en el aula que en otros lados. La maestra hizo una mueca de mayor interés, reacomodó su cuerpo sobre el asiento y lo animó a continuar, ¿a qué te referís Gabi? seguí, seguí contándonos. Eso, que existe más aquí porque este grado tiene muchas ventanitas, son 127 y a medida que se mueve con cada par que forma se agranda su vida, no es tiempo, Ma, es vida, más vida que la que el tiempo puede darnos. Definitivamente loco, señorita!!! de dónde sacás esas ideas Gabriel, qué estás leyendo, hay que controlarte más, renegó su madre.


Pero dejemos que siga contando Mamá, hay que dejar expresarse a los chicos, sentenció en todo interesada. Además pienso que en cada imagen se filtra lo malo y lo bueno que nos sobra. Cuando vos, digo, alguien se emborracha el mismo vaso te está escondiendo parte de la maldad, sin el vaso, las botellas y los dobles que aparecen, un borracho violento siempre terminaría lastimando a mucha gente. Y todo esto hijito, ¿cómo lo sabés? ¿desde cuándo lo pensás? Siempre, maestra, sobre todo cuando las personas se enojan mucho, no se dan cuenta pero siempre están con ganas de pegar o lastimarnos, entonces pienso que los reflejos me ayudan y las veo en los vidrios y se calman. Sí, sí respondieron madre y maestra al unísono. Es muy interesante, pero son preocupaciones de adulto, dijo la señorita y agregó, tiene que llevarlo a un especialista que sepa guiarlo, que pueda hacerlo normal. Sí, sí señorita, ya me parecía que venía teniendo problemas, me parece grave, grave, a usted le parece meterse en los asuntos adultos!!! debería castigarlo. Gabriel miró hacia las ventanas y deseó romper una.

Poemas por Pablo Queralt

Nos comemos las uñas vamos enlazados en esa música de la poesía a la caza nos reímos del mundo así vivo me gusta no me gusta a los tejos me traiciono no me traiciono viendo pequeñísimas luces disparando contra la memoria que no quiere volver a vivir.   ...... Mi voz sabe más de lo que yo sé  compré libros que no iba a leer ahora sino luego de las uvas su humo sisea como un pensamiento por debajo de la puerta divide todo lo que ve. ...... Esta tristeza que crece cada una con su peso muerto su consuelo de brújula dormida en el aire mecido con otra sombra que despierta al ritmo de la ceniza del deseo en otro viraje de la sangre.   ......   En la sombra zumbona del goteo epifanía donde corazón abajo tomaba el sol del atardecer entre el vuelo de aves del cable de la luz al mar picoteando las olas las manos frías es la pedrada  y el ruido oscuro y brilloso de los horizontes cortando las otras sombras en el espejo que no quiere entrar en la memoria con su barco haciendo agua entre sus basuras hundiéndose.   87


por Adriana Banti

E

l día comienza como todos, o al menos eso parece. En la oscuridad, el sonido agudito y odioso. Mano rápida para apagarlo, media vuelta y cinco minutos más. Pero son quince y entonces a saltar, se me hace tarde. Raro, ya en el baño, por la cabeza pasa como un rayo alguna palabra: Saraband, Abondanzieri, Comechingones, Ratatouille, Tutankamón, Uritorco. Una por día. Son palabras largas, que tienen que estar en mayúscula. A veces mientras camino hacia el lavado de cara que me permita abrir los ojos, estoy esperando la palabra diaria. Se me puso que de eso va a depender mi humor y mi suerte en las veinticuatro horas próximas. Remington, dijo hoy el letrista que tengo adentro. ¿Qué será? No me gustó el sonido, así que trato de cambiarla, pero no, no se puede, sólo aparece una, plop, se va y ya no viene otra. Café de apuro, ropa liviana, correr escaleras abajo. Puta avenida ruidosa con vapores malignos. Correr escaleras abajo, de la tierra. Metró romántico será en París, acá es el subte-nebroso. Empujones y codos en los flancos al 88

subir, sardinas en lata. Al final, no bajo, me bajan. Arriba las escaleras, atolladero y confusión, gritos graves y agudos. Un caño negro mira cerca de mi boca abierta, yo miro las letras que están grabadas, llego a ver Rem…y escucho la explosión. Nada más, todo blanco. Dos meses el hospital. Lo que me jode es que no aparecen más palabras a la mañana. Después, volver a la comisaría para seguir declarando. El oficial, interlocutor indiferente, escribe a máquina las calamidades urbanas. Que no me joda más, me quiero ir. Ya le conté lo mismo muchas veces, no voy a ir a la rueda de re(des)conocimiento. Después de todo, la bala no me mató, no? Miro al techo, contesto, miro por la ventana, contesto, miro los dedos paseando por las teclas, contesto, miro la máquina y no contesto porque veo en el dorso, brillante, la marca: Remington. Ahora sí, ya tengo de nuevo al letrista. Hoy me dijo Eurídice.


por Christian Jiménez Kanahuaty

S

i ella tomara el chuchillo quizás los besos no importarían. Yo dejaría de besarla. Él dejaría de grabarnos. Observa todo a través de esa vieja cámara de video, pero no puedo resistir una risa, y sé que se verá poco profesional y fuera de contexto, pero en realidad no puedo estar triste. Hemos planeado este momento durante años y hoy es cuando por fin podremos convertirnos en verdaderos artistas. Mi piel no importará de aquí en adelante más que para ser recordada. Cuando yo termine, ella tomará el chuchillo y me cortará, rápidamente, la garganta. Cuando yo esté en el piso desangrándome, él entrará en escena, dejará grabando la cinta y la tomará por el culo y luego terminará en su boca, expandiendo su radiante semen en toda su boca de labios rosas.

Tomará el cuchillo y le cortará el rostro tantas veces como le sea posible antes de apuñalarla en el vientre. Eso es todo. Hasta ahí está escrito el guión. Lo que él haga después con la cinta, no nos concierne. Ahora que lo pienso…, hubiera sido interesante que apareciera en el plano otra mujer. Más joven, diferente y que fuera ella la que termine todo nuestro acto. Pero mejor que no sea así, alguien después de verla hubiera sacado una lectura feminista de lo acontecido y eso desvirtuaría el proyecto. Yo moriré dentro de unos minutos, así que mejor dejo de pensar en los pormenores del guión que no redacté y me concentro en metérsela hasta el fondo. ¡Sí, ese es el tipo de luces que quiero ver hasta el final!

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por Fabián Sobrerón

V

ivo con mi mamá. Ella tiene ochenta años y duerme, sola, en una habitación con una ventanita que mira al lago. Yo tengo cincuenta, soy soltero y trabajo en un taxi. Desde hace unos días me despierto perturbado. Un único sueño me acecha: mi mamá, en la mitad de la noche, se ahoga en la rígida cama de hierro mientras yo, ignorante, lejos, hablo con un cliente en el auto. El sueño no me deja dormir. Acosado por el sueño, me levanto de la cama y camino hasta la pieza de mi vieja. Me siento al lado de su cama y la miro. No hay luz. La pieza, tragada por la oscuridad, esculpe las sombras de los árboles en el hierro de la cama. Acerco mi cara y escucho la respiración monótona. Me aseguro de que ella mantiene los signos vitales y vuelvo a la cama. A la mañana, temprano, con el alba trepando por mi cara, salgo. No me despido. Ella se queda sola con el mate y la radio encendida.

día.

Trabajo, como un maniático, todo el puto

Vuelvo a mi casa y encuentro a mi madre en el living. Ella mira televisión y toma mate. No me habla. Yo no hablo. Sólo la miro, con descuido, en la cara. Ella hace que no se da cuenta. En silencio, me sirve la comida. Yo le digo gracias. Y después le doy un beso en la frente. Cuando se hace la noche, me tiro a leer un rato el diario. El cansancio me gana la batalla y me duermo. Más o menos a las 3 de la mañana me despierto asustado. Me levanto de la cama y camino hacia la pieza de mi madre. Antes de llegar a la puerta escucho los ronquidos. Me tranquilizo y vuelvo a la mía. Al otro día levanto a Patricia en la parada. La llevo a un hotel. Le saco la ropa lentamente. Patricia no es cautelosa. Acostumbrada a forcejear con los clientes, le gusta que yo no tenga esa prevención. No deja de ser un alivio. 91


Me dicen que estoy demacrado. Seguro que es por el sexo, me dicen. Y yo me río aunque no tengo ganas de nada. Estoy aburrido. Después salgo solo para buscar la cena. Me subo al auto, arranco, y conduzco lento. Miro los peatones. Tengo unas ganas locas de coger y no tengo a nadie

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Después del sexo furioso y paciente, dejo a Patricia en la parada. Tomo la calle que cruza el parque y llego a mi casa. Estaciono el auto en el garage. Las luces de la casa están apagadas. Entro sigilosamente para no hacer ruido y pongo una mano cerca de la oreja izquierda. La ahueco y percibo, terco, el ronquido. Mi madre duerme, tranquila, pienso. El viernes me voy al boliche. Me esperan para jugar al pool los muchachos de la esquina. Juego sin ganas. Los tipos me cargan. Me dicen que estoy demacrado. Seguro que es por el sexo, me dicen. Y yo me río aunque no tengo ganas de nada. Estoy aburrido. Después salgo solo para buscar la cena. Me subo al auto, arranco, y conduzco lento. Miro los peatones. Tengo unas ganas locas de coger y no tengo a nadie. Hoy no veo a Patricia. La extraño. Me acuerdo de su cuerpo, de su piel suave, del olor penetrante. Paro en un semáforo. La luz me permite ver unas chicas que deambulan por la esquina. Caminan solas, se tocan, se ríen. Miro la escena como una provocación. Si yo pudiera me levantaría una pendeja. Y la llevaría al lago. En la arena, pienso, ahí, la desnudo y le meto todo lo que tengo hasta el fondo. Qué lindo sería. La luz me devuelve a la calle. Acelero, ando unas cuadras y me detengo en una vereda conocida. Es la puerta del Montes. Me bajo del auto y entro. Pido milanesas con papas fritas. Saco un pañuelo y me seco la cara. La transpiración, impiadosa, me recorre la espalda. Mi auto no tiene aire. Miro hacia el ventanal y enhebro un cigarrillo. Pienso en Patricia y recuerdo los reproches indecentes de mi madre. Patricia no es para vos, me dice siempre. El mozo me trae el plato. Sin apuro, lentamente, corto la milanesa y saboreo


el olor imborrable de la carne cruda. Súbitamente me viene la imagen del sueño. La puta madre, digo en un murmullo. Nadie me escucha. Cuando entro a la casa ya está dormida. Me acuesto. Enciendo el televisor. Me entretengo con lo de siempre. Al rato me duermo. A las tres, como un golpe certero, me despierto y voy a verla. Mi madre descansa sin alteraciones. En las próximas semanas, repito el rito innumerables veces. Algunas noches, me levanto agitado y camino lentamente, descalzo, y la miro desde la puerta. Otras veces, me despierto más tranquilo, abro la puerta, la miro desde la penumbra y vuelvo a mi pieza. Un día, harto de la repetición y de la ansiedad que me carcome la cabeza, decido consultar a un astrólogo. Llamo a la oficina de Exler y me atiende una mujer. Me dice que el astrólogo está muy ocupado, que llame más tarde. Lo llamo de nuevo. Consigo turno para las siete. Cerca de la hora, subo al auto y me bajo en el edificio de la oficina. Entro despacio. Tengo temor de interrumpir las sesiones. Me siento en la salita pequeña. El astrólogo me llama a la media hora. Le cuento la historia de todas las noches. –¿Desde hace mucho? –Sí –digo y bajo la cabeza. Tengo un poco de vergüenza. Pienso que tengo una parte de la culpa. –Tómese un sedante todas las noches antes de dormir y siempre rece un avemaría. Salgo un poco más calmado. Creo que los consejos del astrólogo me permitirán asumir el desafío de otra manera.

Cumplo con el consejo de Exler. Rezo cada una de las noches. Repito, impertérrito, todas las señas que puedan combatir al maleficio. Creo que el sueño ha sido incrustado en mi cabeza como un veneno, como una venganza inmunda que me destruye. Obediente, repito la tarea durante meses. Pero no observo cambios. Mi cabeza me entrega el mismo sueño, la misma ansiedad en la piel como un reloj feroz. Sueño que mi madre se asfixia en la cama, atrapada por los gruesos barrotes de hierro. Y entonces, advierto, con angustia, que a pesar de las pruebas, las idas y venidas, las voluntades y los rótulos, no puedo luchar contra el sueño. El sueño me carcome la vida. Un día, cansado del suplicio, decido acabar con la pesadumbre. Por la tarde, sentado en el taxi, pienso cada uno de los pasos del plan. Acomodo, en mi mente, los elementos y las reglas, los tiempos y los medios. Estoy empezando. Como todas las noches, me levanto a las tres. Un gallo brama a deshora su canción agorera. Abro el cajón izquierdo de la mesada. Saco un cordón grueso. Camino hacia la pieza de ella. No hay luz. La oscuridad dibuja las sombras en el hierro de la cama. Entro. Escucho, como un insomne, la rutina del reloj, la respiración entrecortada, el canto silencioso de los grillos. Doy dos pasos y empiezo. Con mucho cuidado, envuelvo el cordón en el cuello. Luego tiro. Ella se despierta. Inútil, estira su brazo pidiendo oxígeno. Tiro de nuevo y cumplo mi objetivo. Ella saca, involuntariamente, la lengua.

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por Lucas Perassi

C

aminaba por calle Belgrano arrastrando los pies, como pateando imaginarias latitas. Ricardo Chauqui, pichón de escritor, lector febril de novelas policiales y autoayuda, había reprobado por enésima vez Lengua y Literatura. Su incipiente carrera de literato (componía los melosos poemas de amor con que sus amigos agraciaban a sus novias) corría peligro de derrumbarse. Llevaba en su cuaderno el único poema que había escrito para sí: ¿Dónde está mi cajita feliz? me vendría bien un poco de amor ¿es que acaso estoy esperando demasiado? ¡podría soportar un poco de amor! Ya he tenido mi cuota de dolor más de lo que me corresponde puedo soportar un poco de lluvia pero no merezco ahogarme

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la decepción me persigue y estoy acostumbrándome a mi propia sombra podría… si se me permitiera brillar pero cuando no hay luz es difícil estar solo la mediocridad me abraza pero me quiero para cosas mayores yo podría vivir una vida mejor me vendría bien un poco de suerte ¿dónde está mi Mc Donalds? ¿dónde está mi final feliz? Fue caminando así, mirando el piso, que (el destino es prodigioso) encontró arrugada en el piso la primera hoja del Pregón Cultural que salía todos


los domingos. Tal vez un buen almacenero había envuelto huevos en ella, dando finalmente uso práctico y concreto a ese absurdo llamado literatura. La cuestión es que estaba allí, rota la parte de arriba, pero la de abajo totalmente completa con un artículo que rezaba: “La insurrección literaria”, más el aclarador subtítulo de “Los escritores que prefiero no tranzan”. Al principio le pareció algo egocéntrico utilizar la primera persona en el subtítulo, y pensó que debía tratarse de alguien muy famoso que así escribía, que esos usos estaban reservados para grandes personalidades, verdaderas citas de autoridad que podían hablar desde la altura de un ego respaldado por la calidad y la trayectoria. Sin embargo, cuando miró, instantáneamente, el nombre del autor del artículo, no le sonó para nada, no recordaba haberlo escuchado. La duda no lo dejó dormir. ¿Quién sería aquel autor, audaz como pocos, que se atrevía, sin miramientos ni complejos, sin importarle el qué dirán, a poner en primera persona “estos son los escritores que valen la pena porque me gustan a mí”? Si antes había sancionado su egocentrismo, ahora le pareció de una intrepidez admirable, portador de aquella seguridad en sí mismo y autoestima que a él, Ricardo Chauqui, le escaseaban. Y entonces se le ocurrió la idea más resuelta de su joven vida: ir a buscarlo y pedirle que lo guíe por el empinado y enripiado camino de las letras, en una pequeña provincia alejada de los grandes centros emanadores de ilustración. No fue difícil hallar a aquel que, a la postre, sería su “maestro”. Había dejado tantos rastros de su persona que lo hubiera encontrado un analfabeto en medio de la Enciclopedia Británica.

Pero las enseñanzas habían calado hondo, se habían internalizado en lo más profundo de la voluntad del joven escritor. De su época más prolífica son sus artículos que obtuvieron el reconocimiento generalizado de escritores y críticos literarios, como aquel intitulado “Mi importante papel en la literatura de Jujuy”

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La primera reunión entre ambos fue iluminadora: el Maestro, mientras escribía en su blog, curiosamente titulado “Mi blog”, sin más, iba tirando frases que Ricardo Chauqui anotaba en un cuadernito: “Desde hace años que estoy convencido –dijo el Maestro sin manifestar gesto que señalara que se trataba de una broma–que La Renga, cuando sacó el tema ‘Caminito’, estaba pensando en mí. ¿De qué otro modo se entiende que alguien exprese tan bien mi sentiminto de que “llegué tarde, el sistema ya estaba enchufado, así funcionando”?, o que supiera de mis nochebuenas de discusiones familiares en las que me mandaban a la cama, de chico, por no aceptar la arbitraria imposición de no abrir los regalos hasta las doce: ‘Siempre que haya reunión será mi opinión la que en familia desate algún bardo’”. Otra vez al aprendiz lo asaltó la duda: o bien su Maestro estaba egocéntricamente loco, o era ésta una forma (exagerada, pero también genial y sutil) de mostrarle que dependía de él mismo la construcción del mito personal, que no esperara que los otros escribieran sobre su vida, sino que se encargara de auto complacerse y no menospreciar su trabajo. “Escribe sobre ti y tus obras en tercera persona y con elogiosas palabras. Utiliza, por ejemplo, frases como ‘Chauqui ha escritos dos libros de indiscutible importancia que revolucionaron la forma de hacer literatura en el noroeste argentino’. No tengas miedo, no te sonrojes. En el común de la gente, la modestia es una virtud, pero en gente como nosotros, es hipocresía”. Y así siguieron sus consejos: “A la primera oportunidad que tengas, deberás decir que amas la literatura pero que odias la academia”, le dijo el Maestro reflexivamente, y continuó: “Así, verás que

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tendrás el reconocimiento de todos tus pares, y serás invitado a la universidad a disertar sobre tu antiacademicismo… y hasta capaz que obtengas un cargo con el tiempo”. Chauqui pensó que había una fuerte contradicción en esto de insultar la academia pero esperar ser invitado a ella y, como si fuera poco, aspirar a ingresar en ella. Pero si el Maestro lo decía, debía ser por algo. Así pasaron varias reuniones en la que Ricardo Chauqui se iba convirtiendo en un escritor con confianza ciega en sí mismo. Poco a poco, fue atreviéndose a discutir con su Maestro, primero tímidamente, pero luego a los gritos y cenicerazos. Terminó entonces la primera y más fructífera experiencia de Ricardo Chauqui como escritor. Tanto había aprendido de su formador, que cuando tuvo oportunidad lo liquidó en el primer artículo que publicara en el Pregón cultural: el texto llevaba el sugerente título de “Tuvo el honor de enseñarme” y en su interior calificaba al Maestro como “versero”, “chupasangre” y “decadente”. Pero las enseñanzas habían calado hondo, se habían internalizado en lo más profundo de la voluntad del joven escritor. De su época más prolífica son sus artículos que obtuvieron el reconocimiento generalizado de escritores y críticos literarios, como aquel intitulado “Mi importante papel en la literatura de Jujuy”, publicado en su blog “El Evangelio según R. C.”, y luego difundido en las cátedras académicas como ejemplo de discurso contracultural. Otros textos que sacudieron el campo cultural jujeño fueron: por un lado, aquel en el que criticaba duramente a la por entonces Directora del suplemento Cultural del Pregón dominguero, texto que, llamativamente, él había pedido que se publicara en di-


Facundo Delfín Cañazares Undiano

cho medio, puesto que ninguno otro le daba bolilla; y por otro, un artículo publicado en su blog en el que, con una argumentación muy lógica, atacaba a la cátedra de Literatura Argentina de la universidad por su retrógrada propuesta pedagógica. Este texto estuvo colgado en la web sólo 10 minutos, porque pronto un amigo le avisó que se trataba de la cátedra en la que el propio Ricardo Chauqui había obtenido un cargo. Sin embargo, aún hoy circulan por correo electrónico versiones que algunos detractores lograron copiar antes de que borrara esa entrada del blog.

Pasó el tiempo y Ricardo Chauqui, gracias a la maquinaria publicitaria de sí mismo en que se había convertido, obtuvo becas gubernamentales, fue Director Municipal de Cultura, y luego Provincial, además de ocupar el cómodo cargo en la carrera de Letras en la Universidad. Todo ello, hablando y escribiendo pestes, en cuanto pudiera, de los gobernantes, el Estado y la academia. Eso sí, desde aquel día en que se encontrara con su Maestro, nunca más escribió un poema.

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por Rebeca Chambi

C

on la mano derecha levantaba las ramas cargadas de moras negras para asomar la cara desde el fondo de la casa. Doña María siempre estaba haciendo algo, no se sabía qué, porque su casita estaba situada al fondo del terreno. Adelante estaba lleno de árboles de guayaba, higo, palta, limones, duraznos y naranjas. Tenía pocas flores; algunas rosas, margaritas dobles y botón de oro. Sí tenía en exceso yuyos para el mate, menta, cedrón, yerba buena, burro, manzanilla y peperina. De modo que entrar a su terreno por un caminito de ladrillos superpuestos hasta su casa era una fiesta para el olfato y el oído. Sobre todo a la mañana, el canto de los pájaros era imponente y se mezclaba con los sabores a ricos mates cebados por las manos arrugadas de doña María. En el barrio se hablaba de ella como la mujer que vivía con sus gatos. Los vecinos siempre le aumentaban uno. Debía vivir, por lo que hablaban, con una veintena de gatos o más. Todos hablaban de doña María sobre los temas más variados; sin embargo, eran muy pocos y por muy corto tiempo los que realmente hablaban con ella. 98

No era mujer de encontrarse en el almacén, ni barriendo la vereda, ni de andar compartiendo fiestas patronales ni de ningún tipo. No participaba en nada con nadie. Pero vivía allí, en medio de todos, a media cuadra de la calle San Roque. Los vendedores ni se molestaban en llamar a su puerta. Nunca atendía. Sin embargo, a mí me gustaba doña María y sé que le caía bien. Estoy convencido de que los durazneros los había plantado a propósito junto a las paltas y las naranjas al costado de su terreno. Colindaba justo con el fondo de donde vivíamos; y por el suelo, como enredadera de sus árboles frutales, su yerbabuena creciendo a todo dar. Una mañana lluviosa de enero, como tantas otras, en la que en casa faltaba el azúcar para el mate, yo ni problema que me hacía. Mientras mis hermanos se disputaban una tortilla frita, yo ya había cruzado la cerca de doña María y tenía la remera a modo de bolsa llena de duraznos verdes. Llovía tanto que hasta el gato más grande debía haber estado bajo las frazadas de la doña. Todo mojado y en ayunas, estaba por atravesar el cerco de regreso cuan-


Alejandro López

do algo parecido al canto de una lechuza gigante me enfrío el corazón. Me hice pis del miedo, miraba para todos lados y nada, solo la lluvia azotaba con fuerza las plantas y el chaperío de las casas vecinas. Alcé uno a uno los duraznos esperando un segundo grito de lechuza pero nada. Crucé el alambrado y por última vez miré para la puerta de madera verde desteñida de doña María; estaba semiabierta. Juraría que cuando llegué no había un solo movimiento humano. Miré bien, más bien vi que me miraba. Al costado, en la galería, estaba sentada con un mate en la mano, tapada con una manta hasta la cabeza, como le caen la ropa a las monjas. Me miraba, me miró todo el tiempo, doña María. Ahora que han pasado más de treinta años y peino una que otra cana, doña María me sigue mirando. No he vuelto a ver otra mirada así. Nunca nunca más. Parecía un árbol más en medio de aquella quinta, inmutable. Podía ser la misma lluvia o el olor a tierra mojada. Ésa fue la vez que más cerca estuve de su cuerpo vivo o de su puerta. Era todo como una sola cosa.

Ha pasado el tiempo desde que le robaba frutas a la vieja María. La memoria me dice que solo una vez me descubrió. O eso, al menos, creí. Me veo obligado a recordarla a esa mujer de cuerpo diminuto, envejecido, solitario, y de mirada inolvidable. Me veo obligado porque pocos quedan en el barrio que realmente se acuerden de ella por haberla visto. Más bien todos hablan de su alma. Y tanto hablan de todo lo que hace, que hasta yo mismo entré a tenerle pánico. Más bien no sé por qué tengo que andar temiendo a un cadáver. Y encima ni completo, solo tienen la cabeza del cadáver, la calavera de doña María sentada en una especie de santuario, donde van a parar los que no entienden de justicia humana. Así dicen. Tiene agarrada entre los dientes una moneda, la moneda del que busca justicia; y cuando el reprendido, el ladrón, devuelve lo robado, le hacen soltar la moneda para que no muera. De lo contrario, hay que sacarle la moneda porque la calavera ya hizo justicia. Muere de cualquier cosa, lo más inesperado. 99


Personalmente no creo en esto. Me da apuro pensar que Florencia, la mujer que amo y que está legalmente casada con un policía, sea tan influenciable con esas cosas. Un día de estos le hago entender cómo se va a resolver todo. Llama a la puerta con código. Nosotros tenemos códigos para todo. Es la forma que aprendimos para sostener nuestra relación. Después de encontrarnos detrás de la puerta, de saciarnos mutuamente y de curarnos la extrañeza, nos fuimos a la cocina a tomar unos mates. Yo no quería hablar, siempre es lo mismo. La que tiene que decidirse es ella. Y que hable si ya tiene algo que decir. Se me hirvió el agua y yo al frente mirando la pava. ¡Qué bárbaro! No me importó y le pasé un mate hecho con agua hervida. -Ese desgraciado ya nos ha metido a la calavera. Más bien a vos te habrá metido. Seguro quiere dejarte morir. Mirate de flaco que estás. Va a dejarte secar. -Yo no creo en esas cosas. Y no le tengo miedo a la muerte. Para el lunes van a estar los análisis y ese mismo día se los llevo al médico. No te precupés por mí. Preocupate, o más bien ocupate, de nosotros. Ya la conozco, cuando prende un cigarrillo empieza a dar vueltas para no decir nada que me interese. -Andan diciendo que vos me has robado al Tomás. Que esa tarde cuando volvían de la cancha, sus amigos lo cargaban, y él ha jurado que no va a parar hasta verte en el cajón. -¿Y por qué no es más macho y viene y me mata a palos? ¿Qué tiene que andar jugando con los 100

muertos? ¿Qué tiene que ver aquí la vieja María y sus huesos? -No quiero que discutamos, Mauricio, por favor. Después ando mal todo el tiempo. Solo te estoy contando de lo que me enteré y ya sospechaba. -Y que quede claro, yo a vos no te robé de nadie. No sos una cosa. Estás conmigo por tu voluntad. ¿O dónde se ha visto que una mujer venga a entregarse por la fuerza? -Yo te quiero y vos bien lo sabés. Y si doña tal María existe, donde quiera que esté, también sabe que no miento. Tomás bonito habla delante de la gente, pero es amarrete y mal me trata siempre. Iba por el segundo cigarrillo y yo perdí la cuenta de cuántos mates me tomé al hilo. Le pasé uno aguado y tibio, pero no se quejó. -¿Por qué no buscás un curandero, uno bueno, y te haces leer la coca? -Estás loca vos. Más bien voy a rezarle a doña María, ella me ha visto sufrir y cagarme de hambre de chico. Ahora por una puta suerte que me enamoro de alguien y te tengo, no me va matar. -Sos terco, ¿no? Esto no funciona así. Doña María ni se debe acordar de hace cuarenta años. Y quién sabe si es la misma María. Una mosca daba vueltas por el vidrio de la ventana. Volaba en círculos y otra vez quedaba contra el vidrio. No le iba a abrir la ventana. -¿Me estás prestando atención? Mirá, Maurico, yo te amo; ¿pero muerto para qué te quiero? Mejor me abueno con el Tomás hasta que crea que es pura lata lo nuestro. Y si me cree, te hace soltar de la clavera y listo. -Hacé lo que quieras. Como no te alcanza lo que te doy, vas a hacerte coger por él también.


-Tomás a mí no me toca. Siempre está cansado. Y si está de buen lado, se va dormir con su Martincito. Debe tener otra. A mí ni me importa. Y sabés bien que yo siempre duermo con la más chica. Se fue al baño. Se manejaba en mi casa con total libertad. Yo le había dado esa confianza. Puse de nuevo la pava y cambié la yerba. Esta hija de puta me las va a pagar. Solo es cuestión de tiempo. La vi fatigada. Algo pensó en el baño. Un aire de tristeza vi en sus ojos. -En Bolivia hay buenos curanderos. Si realmente te han hecho, te hacés curar y listo. Tengo miedo de que sea cierto. Tomás es capaz de cualquier cosa. -A ver, Flor. Florcita hermosa. La gente que se tiene que morir, se muere y ya. Y esa muerte no nos tiene que preocupar. ¡Ni nos vamos a enterar de que estamos muertos! No vamos a llorar nuestra propia muerte. De lo que hay que preocuparse es de la muerte cotidiana. Morimos en los sueños y los proyectos que no logramos. Morimos en el amor que no realizamos. Morimos cada vez que nos sentimos menos nosotros mismos. -¿Qué clase de amor es el tuyo? No te interesa morir; total, la que te va llorar soy yo. Si me quisieras de verdad, procurarías vivir muchos años, para que estemos juntos. -¡Yo no cuestiono qué clase de amor es el tuyo! ¿Por qué mejor no le hacés entender a Tomás que me querés a mí y te venís a quedarte una sola vez a mi casa? -¿Y los chicos? -Y también los traés. De alguna forma nos la arreglaremos muy bien. -¿Qué va a decir la gente, Mauricio?

Todo el tiempo me mira. De día y de noche. Despierto o dormido. Y no se si para sacármela de encima, digo de mi cabeza, de mi alma, la pinto ida y vuelta o para traer su imagen a la vida real y pedirle protección si es que en algún estado existe

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Alejandro López

Es increíble esta mujer. A veces pienso en qué es lo que me enamora de ella aparte de ser tan buena en la cama. Tiene la cabeza limada. Vivir con ese cana la hace cada vez más bruta. Dije que no iba a discutir. Lo que tenía que pasar, ya pasó. Cuidé que no hirviera el agua, dándole la espalda a propósito. Se puso a tostar unos bizcochos viejos, los untó con mermelada y me pasó. No los acepté. -O sigamos como estamos. Todas las veces que tu Tomás hace guardia y redobla turno, te venís. Si estamos bien así. 102

Silencio de moscas que buscan salir, incomodidad de mate aguado y se fue. Una vez más, se fue. No me desespero; sé que todo es cuestión de tiempo. Esa tarde, como tantas otras, me entregué a mi pasatiempo de pintor. Me hace bien y me gusta pintar. Por lo general, a mis cuadros, o sachacuadros en realidad, los regalo o los cambio por algo. No los vendo. Lo que viene pasando desde hace rato y me cuesta reconocer, es que todos mis cuadros tienen algo de la vieja María. Ya su ojos, la forma diminuta de su cuerpo, la quinta de su casa, de nuevo sus ojos. Siento algo parecido a su mirada permanente. Todo el tiempo me mira. De día y de noche. Despierto o dormido. Y no sé si es para sacármela de encima, digo de mi cabeza, de mi alma, que la pinto ida y vuelta, o para traer su imagen a la vida real y pedirle protección, si es que en algún estado existe. Un sueño recurrente de la infancia es la casaquinta de doña María. Me veo de niño escapando de su mirada. Pero ahora, de repente, soy el hombre que escapa de su mirada, cruzando la cerca de la casa de Florencia y Tomás sin nada en las manos. Y siempre despierto agitado y con ganas de salir corriendo. Desde hace rato que Florencia viene preguntando por mis nuevos cuadros y le miento o estiro la respuesta. En realidad, empecé a esconder los cuadros en la pieza del fondo. Allí guardo las cosas que no uso y pienso que alguna vez me pueden hacer falta. El tema es que los tres últimos cuadros son el mismísimo retrato de la vieja y los tengo debajo de la cama. La última vez que fui a la pieza del fondo, sentí que la vieja en algún momento me hacía una


zancadilla o me hablaba como cualquier otro mortal. No sé si tales cosas ameritan un médico especial; lo cierto es que veo un vuelco en mis pinturas. Será otra etapa. La estaba esperando esta vez a Florencia, con cierta ansiedad pero no del cuerpo, del alma. La extraño con tristeza. Quiero decirle muchas cosas que deseo para nuestra vida. Pero si ella aún no tiene oído, es en vano que hable. Tiempo al tiempo. Ella tiene estas cosas de madre protectora. Llegó con comida y guardó en la heladera, guardó algo en el freezer también. Y se puso a planchar o doblar ropa. No quería que me viera triste. Simulé mucha concentración en lo que pintaba. -¿Ahora te dedicás a pintar brujas? ¿Qué es? ¿O es una monja flaca? Juro que si la miraba, lloraba. Seguí pintando, tratando de hacer un árbol gigante y más se aclaraba la vieja María. -Me estás preocupando en serio. ¿Cuándo fue la última vez que probaste bocado? Y me abrazó de atrás. Estaba llorando en contra de mi razón. Los hombres no lloran. La abracé y la besé largo rato. -Te traje tu plato preferido: ñoquis, como a vos te gustan, papito. Había puesto la mesa. Fui y me senté, hacía mucho esfuerzo para sentirme normal. Ahora me daba cuenta, por sus ojos; no los ojos de la vieja María, que me está comiendo el alma, sino los ojos de Florencia, que me miraba asustada, como diciendo que algo estaba pasando conmigo. Me daba lo mismo un sapo aplastado o los ñoquis, que alguna vez los habré devorado hasta el ultimo jugo pasando con un pedazo de pan. No ha-

bía la menor voluntad en levantar la cuchara. Ella se entregó a saborear, le gustaba comer conmigo. Nos gusta comer juntos. Ella iba por la mitad y me miró. -¿Cómo estas? ¿Qué comiste que no tenés hambre? -Normal. Digo, bien. Quiero comer pero no sé qué. Otra cosa. -¿Me estás cargando vos? Siempre que traigo o cocino otra cosa, querés ñoquis. Solo por lo flaco que estás, te cocino otra cosa. ¿Qué querés, amorcito? Que tu corazón en quince minutos lo tiene listo. -Carne asada. O a la olla. Me hace falta algo que me de mucha energía. Florencia era mágica en la cama y en la cocina. ¡No había nada que hacer! Comimos carne asada con papas, ensaladas y yajua. Yo pensé que había comido mucho, hasta que me vi escuchando cuestionamientos: que qué me pasaba, que seguro andaba cogiendo con otra, que alguien te debe haber venido a cocinar, que veo que ya no tenés ganas de tocarme, que por lo menos le dijera la verdad y ella dejaba de venir y bla bla bla. Sentía su voz distante. Y me dolían terriblemente sus acusaciones falsas. Quería contarle y se me atravesaba la vieja María en la garganta. Era un sentimiento de cuadro pintado con las uñas, de alguien que se muere de a ratos, de querer dormir y no poder cerrar los ojos, de querer comer y no tener boca. Y lo peor, de no poder hablarlo. De no poder compartirlo. No sé si es orgullo de macho, vergüenza de que me viera hecho girones, o empezar a reconocer de a poco lo que ya tenía encarnado en las tripas. De un portazo, se fue. Se fue. Pero esta vez caí en el desamparo más absoluto. No sé qué parte de mí vivía. No sé si entré en un profundo letargo.

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No sabía si la vieja María me llevaría, a pesar de mi razón y de mi falta de fe. Me daba golpecitos en la cara. -No podés dormir. Andá, ya es tiempo de que devuelvas a esa mujer. No es tuya. -Pero yo la amo. -Dale, hijo, levantate. Yo tampoco quiero que sufras más. -¿Estoy muriendo por amor? -Dale, Mauricio, te queda poco tiempo. Solo tenés que decidir. Terminar con Florencia o hablar con su dueño. Aclará las cosas. No está bien andarse ocultando. Sentía la boca anestesiada de tanta coca y pillagua. Había olor a tierra recién llovida. De a poco recuperaba los sentidos. La verdad, no sé si me hablaba doña María o la comadre de Florencia. -Dice que te han encajonao. -¿Qué cosa? -Dice que te has robado una mujer a un hombre de la ley. Dice que de macho nomás lo ha hecho. Él tampoco la quiere. -¿Qué tengo que hacer? ¿Dónde estoy? -Dice que devolver a su dueño. -¿Pero dónde estoy? -mirando Mauricio a Rosalva, comadre de Florentina. -La comadre me ha encargado que te traiga a hacerte curar. Vos estás mal, ¿no te acordás? Llevamos horas viajando y otras tantas caminando. Ahora estamos en casa de Tintilay. Mirá tan lejos nos ha mandado tu Florencita para salvarte. Y este hombrecito que no te conoce te está diciendo la verdad. -Dice que de cualquier cosa vas a parar al cajón. Dice que tenés que pedir perdón.

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-¿A doña María? -¡No, tonto! Al dueño de la Florencita. Al Tomás. Que te va hacer soltar de la calavera si le pedís perdón. -No tengo nada de qué pedirle perdón. Yo no lo engañé. -Mejor callate. Vas a hacer enojar al hombrecito que te quiere curar. -¿Y qué tengo que hacer? ¡Mierda! Yo no robé nada a nadie. Por favor, ¿qué tengo que hacer para sentirme bien otra vez? -Dejá a esa mujer. Hay otras solteras y sin hijos para vos. -Yo no quiero a otra mujer. ¿Dónde está ella que no aclara las cosas? ¿Florencia qué está haciendo? Mientras miraba con odio para el techo, la buscaba con ganas de cagarla a trompadas. -Se ha quedado en la casa, detrás de la frontera. No podía escapar. -Dice que coquíes pa las almas. Y también para la almita María, que no le dejás descansar. -¿Yo no dejo descansar a quién…? Quiero volver a mi casa y estar en paz. -Diz que ya no te da el tiempo para volver. Que solo podrías llegar de nuevo a Jujuy, si te prometés a la almita María que llegando vas a solucionar las cosas. Que vos sabes bien lo que tenés que hacer. -Los voy a matar a los dos.


por Brian Tepsjcz Desgrabación: Juan Anselmo Leguizamón

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o fue una noche nada fácil. Yo estaba con camaradas amigos no nombrables y entró ella y no podía sacarle la mirada de encima, la quería bañar de efluvio esos labios y ese cuello. Se me hizo que de repente le daría hasta morirla, la comería toda vena usaría de collar los dientes sacandoselos, de el fondo de mi alma yo sentía que me despertaba otra vez más la furia cazadora. Estaba tocando mal la banda de jazz y había vapor de olor a fritos y de cervezas. Ella la guachita sola era medio raro porque si estaba esperando a alguien o si había sido que la clavaban o si nada más fuere que se estaba buscando maza, bomba, kilombo. Buen provecho, hable, entonces mas bla bla bla, un trago y otro, dice que su trabajo es de encargada de supermercado en Tucson City y nada. Al poco rato la invité a pasar por un recital en un bar más chusco y pulgiruliento. Es en el auto cuando me toca un par de veces a mí que me pareció que la quería hacer abalansadoseme ahí, la dejé pasar no podía detenerme en medio de la Ciudad del Buque

llena de policías de el fakin día del estudiante. Ahí yo me preguntaba si todo fue mentira si laburaba de donna servicial y en consecuencia me cobraba porque así todo muy facilsito es muy sospechoso. En el barzucho tocaban una pandilla en busca de fuertes emociones y sustancias aturdidas, bueno a mí me daba darles los suplementos dietarios a estos flaquitos, mi trabajo serio era responsable y cumplidor, bien pagado más o menos. Eso bien. La tortura china es de adentro porque también es terrible el hambre que despierto después de tanto tiempo. Entre el medio de la gente la bella porca se pone adelante mirando el recital empujando para atrás, se me tiraba refregando su culo y le pude olerle más bien de cerca su pelo la esencia a sudor de pedo de almizcle todo lo cual me puso muy desperado. Ahí le dije que le tenía mucha urgencia y de que si vamos directamente a un baño los dos. Antes que nunca la guanaca ella sola me arrastró primero. 105


La estraxaglobina sin funcionar, la yegua con olor muy fuerte como nunca nadie de mil años, sus nalgas hirviendo me chocaban, me mareaban, tan hermosa de atrás con ese pelo de tintura grasoso enredado con la espalda desnuda, mas su caverna negra llevara derechito a el infierno, si no es poco su mirada rea que me echaba a giro de cabeza y un viborar de lengua

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Para esos momentos yo tenía una violencia irreversible, haciendo plan que de luego de encastrarla apenas acabado pegarle una ahogada y pincharle a fin de beberle muy tibiecita de el cuello, ahí no me importaba nada más y pensar lo bueno que venía llevando yo este mi tema. Era una de mil pajeros porque estaba lleno de gente ese lugar y o sea me tenía que habermela llevado para otro lugar pero tan loco de que no me importaba nada. Hacía tanto que no lo hacía que estaba muy exitado, muy acelerado. Hacia dos años tengo expurgado mi delito, mi reabilitación fue exitosa, bendecido, me sacaron las ganas de beber sangría con otro reemplazo que es una ampolla de Canadá que me dan gratis en el programa de salud para tomar de a una vez por cada mes. ¡Pero hay de esta noche de locos con esta re mil pedazo de burra que me había hecho brotar mi hambre! La estraxaglobina sin funcionar, la yegua con olor muy fuerte como nunca nadie de mil años, sus nalgas hirviendo me chocaban, me mareaban, tan hermosa de atrás con ese pelo de tintura grasoso enredado con la espalda desnuda, mas su caverna negra llevara derechito a el infierno, si no es poco su mirada rea que me echaba a giro de cabeza y un viborar de lengua. Ni siquiera la dejaré de desvida pensé sino que la mastico entera como los salvajes de antaño. Es que ella misma era una soterrada de bestia asediosa con la cara contra la pared y las manos de uñas duras de navaja de bruja que estaba clavandomela en el muslar. Ahí le acabé muchísimo como hace de un siglo y ahí nomás era lo mejor acogotarle y después recién pincharla mordiendo muchas ve-


ces porque mis dientes andaban muy poco crecidos porque recién hacia dos meses que los hize limar. Caso que muy vaciado estaba desfallecido sobre el inodoro asqueroso y ella me mordió la boca y me embababa, ahí es que quería cazarla de la cabeza pero mañosa me agarra la mano y me la pierde de el monte empastado. En eso otras minas de afuera gritaban y patearon fuerte la puerta así que salí primero hecho de borracho cualesquiera que habíase confundido de baño.¡Eh, pelotudo de mierda anda a chuñear a la calle la concha de la hermana! Me ha gritado una gigante de cara parecida al cantante de Aerosmith. Me fui a la barra a darme algo, estuve ardiendo de el calor que es terrible, nadie sabe lo que es, te prendes fuego por adentro y por fuera pareces un cadáver porque estás con palidez y te saltan los ojos, bueno, dícese un aspecto de mierda que te re cagas si me vez en una calle sola de noche. Pedí tres veces los vasos largos con agua helada, no tomo alcohol porque reviento a cazar lo primero que pasa y se armaba el total desparramo. Traté de perderme en las canciones que sonaban de Bowie, Bolshoi y cuando la cantaba a Somebody to Love de Jefferson Airplane me estaba dando la conocida afección de la visión de noche que es como se ve en las películas con las antiparras de infrarrojos. Entonces es que la detecto y ella misma estaba con la mirada directo para mí, quieta debajo de las sombras y esperaba, pero por mi parte yo no podía soportar más y saliendo de raje he salido volando para llegar entrando de lleno a mi pieza de la casa, cuando me tomé la ampolla reservada que tenía correspondiente recién para el venidero mes. Ella nunca más hasta ahora.

poemas pos-sueños por Gabriel Acosta

I me tengo parado/ aquí/ al borde de la cornisa/ intento estar quieto a veces/ pero inefablemente una voz/ el “absurdo” entusiasmo que socaba al equilibrio/ me agita entre las ganas de escribir un poema y la burla de los que desprecian el canto/ pero ya no importa el abismo/ escribo/ me arrojo / suicido al que antes quedaba en silencio/ …vivo

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por Mauricio Rodríguez Medrano

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o miras la avenida 6 de marzo a través del parabrisas, ni las pocas casas de fachada de ladrillo a los lados, el letrero luminoso de un bar, los esqueletos de camiones hundidos en el barro. Casi todo es niebla o nada, Lic. Barrientos, aquí cerca de la ex tranca de Senkata. ¿Te acuerdas de Norma? ¿Sus labios? ¿Su sonrisa? ¿Sus palabras silenciadas? No te acuerdas, Reneco. Estás inconsciente. Respiras con dificultad. Tu boca está amordazada con un trapo de cocina que huele a grasa. Estás recostado a lo largo del asiento trasero de un automóvil: Chevrolet Camaro de 1969, café, empolvado, con las luces delanteras reventadas. Norma te espera, Lic. Barrientos, en aquel garaje con puertas rojas de metal. Está en el suelo, desnuda. El cemento es frío. En una esquina un hombre delgado se coloca otra vez unos guantes de látex. Utiliza el destornillador, dice el otro hombre. Primero échale agua. Pero tú estás demasiado lejos, y es de noche. Estás sucio, Reneco. Tierra. Tu rostro está lleno de sudor y sangre. La radio suena, primero interferencia, un poco de ruido, después 108

una guitarra, y el Camaro avanza unos metros, 10 kilómetros por hora. Es absolutamente imposible de trascender las leyes de la naturaleza. Carlos Marx (1932). Manuscritos económicos-filosóficos. Gesamtausgabe. pp. 134. ISBN 0-89341-156-7. ¿Qué te dijo Norma la última vez que se vieron? Eres un mierda. Eres un hijo de puta. Ahora no puedes oír su voz, Reneco. Pero regresas a esta realidad, imagine me and you, i do. Tus párpados se entreabren. ¿Estás llorando, Lic. Barrientos? Los hombres no lloran. Maricón. Las ruedas delanteras del Camaro atraviesan un charco que refleja las luces de neón de una licorería. Galpones. Garajes. Un par de hombres levantan otros cuerpos a un lado de la carretera. No te apures carajo, dice uno de ellos, nos pagan por hora. Agrupémonos todos en la lucha final. El género humano es La Internacional. Leonardo Cruz (1999). Crisis del capitalismo. Discoteca del cantar popular. pp. 9. ISBN 0-14398-651-7. Te sacude el movimiento brusco del Camaro, i think about you day and night. ¿Regresaste, Reneco? ¿Despertaste?


Claro que sí. Tu mirada se llena de sombras, luego de las luces amarillas de los postes de electricidad que están alineados a un lado de la avenida, it’s only right. No quiere hablar, dice el hombre de los guantes de látex. Quítale las uñas con el alicate. Norma tiembla de frío. Ayúdenme, murmura. Ayúdenme. Ayúdenme. Pero no puedes oírle. Ayúdenme. Eres un hijo de puta, Lic. Barrientos. Estás con el mismo saco negro de hace una semana, la misma camisa blanca, la misma corbata negra de franjas azules. Tus manos están atadas con cinta adhesiva de embalaje. Tus manos sucias buscan desatarse con desesperación. Tierra. Piensas: ¿Dónde está la salida de mierda? Piensas: ¡Detengan todo esto! Tus gritos se vuelven berridos por el trapo que cubre tu boca. Eres un animal, Reneco. Mojas tu pantalón. El animal mojó su pantalón. El Camaro sigue avanzando, 20 kilómetros por hora: deja atrás unos almacenes de cemento en cuya entrada se estaciona un remolque que lleva un Audi A6 de 1995 con la maletera aplastada, sus limpiaparabrisas aún están encendidos y barren la lluvia hacia los costados. Ayúdenme. Una de las tareas urgentes de la izquierda es hacer una reflexión crítica de lo ocurrido en las sociedades que se autodenominaron socialistas y que hoy han regresado al capitalismo. Martha Harnecker (2003). Cómo vio Lenin el socialismo en la Unión Soviética. Folleto UMSA. pp. 3-. ISBN (¿). Otro bache. To think about the girl you love, so happy together, también intentas mover las piernas. No puedes: están atadas con una soga para arrear el ganado. Piensas: estoy perdido. Y también: mierda, duele. Creo que la matamos, dice el hombre de los guantes de látex. Se nos fue la mano. Ayúdenme. ¿Por qué te metiste con Norma? ¿No pudiste elegir otra, Reneco?

Estás con el mismo saco negro de hace una semana, la misma camisa blanca, la misma corbata negra de franjas azules. Tus manos están atadas con cinta adhesiva de embalaje. Tus manos sucias buscan desatarse con desesperación

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Alejandro López

Ayúdenme. El costado izquierdo del Camaro raspa con la jardinera que separa las vías, 45 kilómetros por hora, la pintura se desprende, el metal se abolla. Eres un hijo de puta, Lic. Barrientos. Podías haberlo evitado. Pero tú no evitas nada. Tenemos una televisión bastarda que no se corresponde con la diversidad cultural de nuestras sociedades. Jesús Martín Barbero (2010). De la Universidad y el mundo en que vivimos. Conferencia Cuba 2009. pp. 1. ISBN (¿). Un empleado de una gasolinera mira el Camaro desdibujado por la niebla. 60 kilómetros por hora. Otro borracho, jefe. Se lleva las manos al bolsillo. Su cambio, jefe. I can’t see me loving nobody but you, for all my life. Berreas, lloras, gimes. Maricón. Piensas: ciudad vacía. Cadáveres. Baby the skies will be blue, 70 kilómetros por hora, me and you, and you and me. Mueves la cabeza, Reneco. Buscas el perdón. ¿Quién te perdonará? Tus pupilas están dilatadas. Piensas: ¡hijos de puta! Miras de reojo tu portafolio que está en uno de los asientos delanteros.

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Exámenes. 1. Anote los datos bibliográficos del texto leído para esta prueba académica, según el formato Internacional, de Vancouver, de APA. 2. ¿Quién dijo que el arte permanece íntegro cuando no participa en la comunicación? a) Martín Barbero. b) Adorno. c) Benjamin. d) La Escuela de Frankfurt. e) Todos los incisos anteriores. f ) Ningún inciso. No matter how they tossed the dice. El hombre de los guantes de látex apaga la luz. Sale por la puerta de atrás. Ayúdenme. Pensar y amar son cosas distintas. El pensamiento en sí mismo es inaccesible al amor; engendra el amor y lo gobierna, pero no es el amor. Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1807). Fenomenología del espíritu. Editorial Solar. pp. 345-. ISBN 7-89341-156-0. El motor se recalienta, brama, ronca. 80 kilómetros por hora. Sacudes las piernas con furia. ¿Te acuerdas de mí? The only one for me is you. Piensas: ¡Sáquenme de aquí! ¡No seas maricón, Reneco! Y también piensas: ¿Desde cuándo soy un hijo de puta? Al salir de la universidad. No. Al entrar. Mierda, duele, mierda, duele, mierda, duele. How is the weather. Y también: somos una broma, una broma infinita. Ayúdenme. Sonríes. Sueltas una carcajada. Piensas: una broma infinita. So happy together. El Camaro atraviesa una intersección y un camión toca la bocina y nadie mira y nadie grita y el camión vuelve a tocar bocina y es demasiado tarde para frenar, ¡nadie frena, Reneco!, we’re happy together, so happy together, pa pa pa pa pa pa.


por Matías Teruel

E

s una tarde de calor insoportable. Mi hija me pide ir a la plaza. Antes de salir cierro las ventanas y en la habitación de Luca, mi hijo, descubro que me rompió una pulsera de tobillo que conservo desde mi adolescencia y que aún hoy, ocasionalmente, uso. No me dijo nada. La dejó en su cuarto en un intento por esconderla o simplemente porque no le dio importancia al hecho. Llamo por teléfono a Ana para contarle lo sucedido, pero más allá de contárselo y hacerle saber mi indignación ella no puede hacer nada. Por un momento pienso suspender la salida y quedarme a esperar que Luca vuelva, pero Elena esta parada al lado de la puerta, expectante por el paseo, y me parece injusto que sea ella quien pague los platos, que en este caso sería la pulsera, rotos. Salimos. Voy pensando en lo que le diré a Luca, en pegarle un chirlo, meterlo en penitencia, prohibirle el uso de la Play Station, las salidas a la plaza y las juntadas con los amigos. Pienso en el castigo. No en el más justo sino en el más severo.

Ya en la plaza, prosigo con la lectura de una novela que tiene una mujer rubia en la portada y que deje por la mitad hace meses. Tardo unas cuantas páginas en reconstruir como venía la historia. Lo que voy leyendo amenaza con ponerse más denso. Es una novela triste, tristísima. Elena se me acerca y me dice que no tiene nadie con quien jugar. Miro hacia las hamacas y veo a dos niñas. Le digo que vaya a jugar con ellas. La veo acercarse. Las otras dos la ignoran, hablan entre sí mientras Elena permanece parada a su lado. Por mi posición no logro ver si les dice algo o solo las observa en silencio. Más tristeza. Es como si me fuera llenando de a poco de ella y voy llegando al punto en el que comienzo a percibir índices peligrosos. Me quedo mirando a las niñas. Ana, en esta situación, buscaría a Elena y la llevaría a jugar con ella aduciendo la estupidez de las otras dos. Yo no hago nada. Sigo observando. Me prometo escribir acerca de esto en cuanto vuelva a casa. Quiero seguir con la lectura pero no puedo. 111


Hasta que de golpe solo hay silencio. Todo alrededor desaparece o deja de importarme. Pasa una niña en bicicleta y al verme me sonríe. Esa sonrisa me saca de ahí. Tengo en libro aferrado y me transpiran las manos

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Hay algo en la imagen de mi hija intentado hacer amigas, pese a la indiferencia que le muestran, que mantiene mi atención. Pienso en mi infancia y mi incapacidad de relacionarme con otros chicos. En mi timidez mal camuflada. Pienso en los hubieses. En lo que hubiese pasado si en alguna tarde de calor insoportable hubiese ido a alguna plaza, y venciendo mis propios temores, me hubiese acercado a otros chicos. Me acuerdo de los grupos que veía jugar en las plazas. Todavía, aún hoy, me dura ese sentimiento de envidia de haberlos visto todos juntos. No solo era envidia, sino también temor y odio. Sobre todo odio. Una de las niñas invita a Elena a compartir la hamaca. Su paciencia dio resultado y ahora las tres se hamacan, ríen y conversan. Insisto con mi infancia. Quizás, si hubiese habido alguno de esos hubieses, hoy mi historia sería diferente. Ni mejor ni peor, distinta Vuelvo al libro. La cosa ahí dentro no mejora. Alterno páginas entre mates y algún que otro cigarrillo. Cada tanto miro a las madres, las niñeras y los chicos en la plaza. Miro y siento que la angustia va movilizándose. Muchas veces me paso y sé que no hay nada que se pueda hacer. Es como si algo de pronto activara, un botón, o una especie de punto nervioso que hace que esto comience a crecer dentro. Quiero volver a casa, refugiarme en un cuarto y escribir. Le hago señas a Elena. No me ve. Está concentrada corriendo con sus nuevas amigas por la plaza. No me decido si leer un capítulo más. Hojeo el libro para chequear que no sea demasiado extenso y tomar valor. Me detengo en la mujer rubia de la portada. Hasta ahora nunca le había prestado demasiada atención. Está sentada con un cigarrillo en la mano, rodeada de otras personas, y por su expresión, parece que observa o escucha a alguien. Me


Facundo Delfín Cañazares Undiano

intriga saber si es ella, esta mujer rubia, la protagonista. Reviso los créditos para confirmarlo, pero no tengo suerte. Solo aparece el nombre del fotógrafo y no coincide con ninguno de los personajes que, por lo menos hasta ahora, aparecen dentro de la novela. Continúo con la lectura pero a medida que avanzo confirmo que debería dejarla. La historia me afecta. Me transfiere a mi propia historia y me hace mal. En este capítulo todo comienza develarse. Es una piña al mentón, tal como decía Fontanarrosa. ¿Basta el miedo para callar?’ se pregunta la narradora. “¿Basta el miedo para callar?” es esa sola oración impresa en un párrafo aparte, destacándose visualmente de los otros por su soledad. ¿Basta el miedo para callar?. Cierro el libro. Me quedo quieto, mirando nada. La frase se me repite. ¿Basta el miedo para callar?, ¿basta el miedo para callar?, ¿basta el miedo para callar?.

Hasta que de golpe solo hay silencio. Todo alrededor desaparece o deja de importarme. Pasa una niña en bicicleta y al verme me sonríe. Esa sonrisa me saca de ahí. Tengo el libro aferrado y me transpiran las manos. Guardo el mate y el termo en el bolso. Busco a mi hija y le digo que es hora de volver a casa. Caminamos en silencio. En la puerta está esperándonos Luca que volvió de sus clases de inglés. No hago mención a la pulsera y él tampoco. Apenas le dirijo la palabra saludándolo con un “hola” seco. El castigo, la penitencia e incluso el chirlo se me hacen imposibles. Me encierro y enciendo la computadora. Sobre el escritorio, frente al monitor, pongo la pulsera, o lo que queda de ella, el libro con la mujer rubia que fuma en la portada y comienzo a escribir esto.

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por Christian Jiménez Kanahuaty

1.

¿

Recuerdas? Era una calurosa tarde de agosto. Le faltaban días a tu vida. Era tu oportunidad final para ver aquella exposición; pinturas hiperrealistas, del artista que más admirabas por aquellos años. El edificio donde estaba la sala dedicada a su obra, estaba al otro lado de la ciudad y tuviste que correr seis cuadras, casi sin pausa, para llegar antes de que cerraran las puertas del edificio. No te lo hubieras perdonado de no haber llegado a tiempo. Cuando entraste en la sala, te quitaste el saco, desanudaste tu corbata y la dejaste así; lánguida y sencilla sobre tu pecho. Desabotonaste el primer botón de tu camisa y sólo en ese instante lograste respirar de verdad. Nunca te gustó tu sudor. Cuando lo sentiste resbalar por tu frente y en tus mejillas, rápidamente sacaste el pañuelo que traías guardado en el bolsillo trasero de tu pantalón; en el lado izquierdo, siempre en el izquierdo. En el derecho tu billetera aguardaría el final de la noche. Pero hasta entonces, estás calmado y das los primeros pasos. La sala está 114

iluminada con focos blancos, algunos sobre los cuadros, otros penden del techo. De pronto lo ves. El anuncio de la hora de cierre. Tienes poco menos de una hora para observarlo todo. Luego vendrá el cierre y con él, llegará el olvido. Pero estás feliz. Y por un breve instante deseas no haberte comportado tan tajante con tu cliente. Le mostrabas los planos de su nueva casa y ella te hacía preguntas que sólo restaban tiempo. ¿Cuánta luz entraría? ¿Dónde estaría el baño de visitas? ¿No sería mejor ampliar la ventana del dormitorio? ¿Qué tipo de madera sería la mejor para los muebles de la cocina? Respondiste a sus preguntas de forma aburrida y sin la convicción que te ganó tantos ofrecimientos a lo largo de estos años. Sabías que sus preguntas tenían sentido. Cuando ven esos dibujos en aquellas hojas largas y blancas, no ven sólo formas geométricas que se complementan con exactitud. Ellos ven su futuro. En esas líneas estará guardado su porvenir. Quizás se imaginan recorriendo cada contorno la mañana del cumpleaños de su hijo. O se ven preparándose para ir al bautizo


de su nieto. Tal vez hasta se imaginan riendo hasta las lágrimas una tarde de sábado cualquiera. No importa. Desde que te encomendaron el trabajo, el pasado ya no les importará. Vivirán para el futuro. Disfrutar de ese futuro por adelantado entre los muros que tú dibujas entre una película y otra. 2.

Tu cuerpo ya está más tranquilo. Has dejado de traspirar y te sientes contento frente al cuadro que lleva por título “Te odio”, no lo conocías. Pensabas que conocías toda la obra del artista y no es así. En la otra pared está el primer cuadro de la serie: “About a girl”. Es perfecto. La silla, la polera rosa y la mirada perdida. En el extremo norte de la sala se encuentra el cuadro dedicado a Frida Kahlo, y en el muro con el que forma un ángulo de 120 grados, un homenaje en tamaño real a Kurt Cobain. En los demás muros se encuentran diseminados largas serie de retratos. Algunos te encandilan. Pero sabes que debes volver al principio. Puede que haya sido un error. Leíste con atención cada nombre y cada fecha. Ahora sabes que no es una retrospectiva. Si fuera así, el último cuadro pintado, estaría al final de la galería y no es así. Crees que fue intencional. Pero no. Ahora que vuelves sobre tus pasos, puedes observar que las demás personas pasan por el cuadro sin dedicarle mucha atención. Van rumbo a los cuadros que conocen, casi desde siempre. No entiendes cómo no se detienen frente a la pintura a la que regresas. No mueves los labios y las manos te sudan un poco. Quisieras sentarte para mirar mejor aquel pedazo de vida. Mientras te acercas la sala de exposición cruje. El calor ha dilatado toda la madera y ella se ha puesto, lentamente, a respirar. Entiendes lo que te

Martín Córdoba

dice. Gran parte de tu vida estuviste rodeado por ese sonido. Puede ser que a veces, sólo para escuchar ese alarido, visites después de un tiempo, las casas que diseñas. Les dices a los dueños que deseas darle una ojeada final a tu creación y casi siempre, esas casas, aquellas oficinas y las demás galerías, te saludan con ese crepitar. 3.

Llegas a “Te odio” y ojalá hubiera un banco donde sentarte a observarla con la tranquilidad de 115


las horas finales de un martes. Observas las uñas, la falda y su cinturón de trenzas coloridas. Crees sentir, a lo lejos, la textura de esa falda. Negra, lisa y firme, incapaz de levantarse al viento. Subes la mirada y de nuevo las manos. Te gustan las venas cortas y delgadas que las atraviesan como ríos matutinos. Los brazos perfectos. Rígidos. Estables: Los brazos que deseas besar. Las manos que ojalá te pudieran tocar. Tus ojos se enrojecen y lagrimeas de tanto sostener la mirada en aquellos hombros. Parecen decirte algo. No los sabes interpretar. Una afrenta. Un “no me importa”. Un “¿Y qué?”. Cada señal que ella te manda es la mitad de lo posible. Pero basta. Dejas de mirarla de esa forma. Bajas la mirada y cuando la subes, te concentras en su pecho desnudo. Parecen estrías las que se expanden como la saliva que podrías dejarle tras los restos del amor. Pero no. Ella no pudo quedar embarazada. No son ese tipo de estrías. Tampoco son las que deja la rutina de la gimnasia que convierte un cuerpo rollizo en uno delgado. No. Quizás son sólo las marcas de la piel cuando se pone tensa. La piel también habla. Te comunica deseos. Fantasea. Subes un poco y en su cuello, ese collar de hilos tejidos. Los colores sobresalen y se juntan con la textura de esa piel. Ojala ella tenga la manía de alargarla y la muerda un poco antes de dormir o cuando simplemente siente que el aburrimiento la ganará. En ese collar de hilos rosas, verdes y amarillos están sus gustos. Su última forma de mujer. Luego el cabello. Quieres tocarlo. Acariciarlo. Olerlo. Meter tu nariz en él y de paso, sentirla a ella, muy cerca de ti. Delgado y castaño. Suave como aquél verano. Firme como su mirada final. Ella mira a un costado. La ves de perfil. Te preguntas a quién está viendo. Crees ver la mirada del

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amor, pero no es esa. Tampoco la del tedio. Mucho menos la de la burla. ¿Es la mirada del odio? Así, tan simple, tan espontanea. Quizás. Aunque reconoces que siempre te imaginaste que la mirada del odio sería más fuerte, más explosiva. Pensaste que de sólo verla, te volverías transparente. Pero no. No es así ahora. Observar el conjunto y para ello te alejas unos pasos de la pintura y no, ni así te despierta odio “¿Dónde está el odio?” te preguntas. Cuando por un instante te distraes con la voz del encargado de la galería que anuncia que en cinco minutos cerrarán la galería; la ves. Ha estado a tu lado desde el comienzo y quiso interrumpirte, pero se contuvo en todas las ocasiones. Sí, la observas y ya la conoces. ¿Por qué? ¿Qué tiene que hacer ella ahí? Te mira y se rompe el silencio y sólo dice “Sí, soy yo. Es una larga historia”. Volteas la cabeza y observas “Te odio”. Y quitas los ojos de los colores. La vuelves a ver y le dices: “Quiero saberla”. 4.

Esa noche ya era muy tarde. Ambos salieron a las calles de la ciudad y se encontraron solos bajo las luces de neón. Ella, se sentía feliz pero en sus ojos estaba la tristeza. Él contemplaba el horizonte y poco a poco, entre paso y paso, la miraba. Observaba ese perfil y ese cuerpo. Le gustaba, eso estaba claro. No la amaba, pero la deseaba. El tiempo lejos de ella, lo supo, ya no era útil de recordar. ¿Para qué? Eran sólo sueños perdidos. Ella estaba a su lado. Sin hablar cruzaron algunas de las calles y a veces, ambos, hacían amago de tomarse de la mano. Las personas los golpeaban al rebasarlos, los empujaban, los miraban por breves instantes; los olvidaban luego de unos pasos y ellos seguían firmes en la dirección


incierta. No se hablaron, tampoco señalaron con el dedo el decorado de los escaparates. En una esquina, quizás entre la intersección entre la Colombia y El Prado, se detuvieron. Doblaron hacia la derecha. Subieron lentamente la empinada calle. La pendiente los cansó y los ojos de ambos se buscaban. Querían estar juntos. Llegaron a la Plaza de San Pedro. Uno de ellos, tal vez él, quiso sentarse en una de las banquetas para recuperar el aliento e hilar algunas palabras capaces de romper el frio. Pero no. No era frio, tampoco era silencio. Era el unísono y lo comprendió. Al fin, tomó su mano y ella no se la quitó. 5.

Sí. Está ahí. Cruzan las calles. Ella te observa y a veces ríe. Te detienes en una tienda: compras una botella de vino, cinco huevos, salsa de tomate, queso y mantequilla. Pagas con el dinero de colores ocres y te sientes cómodo. Ahora te das cuenta que ella no lleva ni cartera ni mochila y su falda tampoco tiene bolsillos. Le sonríes y ella baja la mirada. Crees que se ha puesto roja, pero capaz sólo fueron los reflejos de los faroles del taxi que acaba de pasar. Doblan por algunas de las calles más silenciosas de la ciudad. Llegan, entonces a la Plaza Israel, bajan una cuadra y ahí, en ese cuadrado y funcional edificio ves la ventana del departamento que ahora es tu hogar. Abres la puerta y es ella quien ingresa primero. No hay luces en el recibidor y tampoco en las gradas que terminan subiendo casi a tientas. Sacas tu celular, presionas algunas teclas y brilla. Esa luz alumbra en el ascenso. No se tropiezan ni pierden el equilibrio. Sólo suben y ella ríe un poco y la sientes en tu espalda, cerca, tuya. Te detienes al final en el último piso. Ingresas la llave en la cerradura y pa-

Te gustan las venas cortas y delgadas que las atraviesan como ríos matutinos. Los brazos perfectos. Rígidos. Estables: Los brazos que deseas besar. Las manos que ojalá te pudieran tocar. Tus ojos se enrojecen y lagrimeas de tanto sostener la mirada en aquellos hombros. Parecen decirte algo

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sas con ella a ese espacio, que está lleno de calor y poblado de tanta madera que ella abre y cierra los ojos varias veces para creer en lo que ve. Tomas el control remoto y oprimes la función play. La música que sale es la canción menos conocida de tu grupo favorito y ella asiente y canta bajito el estribillo. La abrazas y ella te besa la mejilla.

lejos las bocinas del tráfico y le cuentas qué sucede en tu barrio cuando llega el carnaval. Ella te habla de su niñez y sus disfraces, de su madre y del pésimo carácter de su padre. Luego el silencio. Se abrazan y se besan. Dejan las tazas en los veladores y vuelven a entregarse.

6.

Ya se han duchado juntos. Se han vestido mutuamente y están en la Plaza Gilberto Rojas. Los taxis están a la espera y hay pocas personas alrededor. El cielo está limpio y azul. No sabes si es tarde o temprano pero no irás al trabajo. Te declararás enfermo para evitar la estridencia. La ves. Te ve. Se abrazan. Se besan y de nuevo, el abrazo, primordial y certero: su beso en tu mejilla, la caricia mutua de las manos. Una sonrisa que es más nostalgia que felicidad. Abres la boca pero no dices nada. Ella se sube al taxi y habla con el conductor. El auto enciende su motor y lentamente sale del estacionamiento y se enfila hacia la avenida. Lo ves perderse entre el conjunto. Bajas un poco la mirada. Observas con atención la hora que marca tu reloj y sonríes lentamente, casi imperceptiblemente. Ves de nuevo la ruta que siguió el taxi y caminas. Caminas hacia el extremo de la calle, y es ese momento que en un murmullo, repites su nombre.

Han comido la lasaña. Tomaron el vino y hablaron un poco. Pero en realidad sus cuerpos no dijeron nada. Fue la música quien comenzó el latido y así, después de las horas y de las nubes, habló el amor. Contó las cosas de siempre: las importantes y las únicas para los dos. A media luz entró el silencio de la música y tras dejado aún tendidos sobre el mantel los residuos de la primera comida en común, ingresaron al cuarto de tus sueños. Ambos sonríen y hablan con los susurros de las estrellas que los ven con la envidia de los siglos. Ellas tan brillantes y lejanas entre sí, también quieren tocarse, conocerse; hacerse vida. Así como ustedes lo hacen. Cierras los ojos y ella lo hace al tiempo que te besa. La abrazas al concluir y su espalda es tu continente. 7.

Al clarear la mañana, te duelen los ojos al abrirlos. Ella está a tu lado y aún duerme. Te levantas y vas a la cocina en completa desnudes, y preparas café. Cuando regresas con las tazas humeantes, ella ya está despierta y hojea el libro que tenías en el velador. Recibe la taza con una sonrisa y sorbe lentamente su negro contenido. Te echas a su lado y ves cómo la mañana diluye la neblina. Escuchas a lo

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8.


por Santiago Fenoglio

E

n aquellos años estábamos en la mala. Nuestro barrio, Azopardo, era un infierno. En cada esquina, diariamente se entremezclaban narcos, chorros, matones, fiolos, embaucadores de toda laya, pibes ahogados por las drogas, en fin. En síntesis: el “Azo”, nuestro barrio, era un caldero hirviente, y nosotros tratábamos de hacer pie en él, pero nos íbamos hundiendo de a poquito, íbamos a la deriva, naufragando en sus aguas putrefactas y candentes. El “Azo” era un monstruo mitológico, de cien cabezas, que nos iba engullendo de a trozos, nos devoraba las tripas, nos revolcaba en el fango. Las cosas no iban tan mal hasta que empecé la secundaria, y ahí, como si nada, de golpe, mi viejo, cayó seco un día: un mediodía, al volver de la escuela, lo encontré tirado en el piso, las manos frías, la vista inerte clavada en el cielo raso. Papá laburaba todo el día, era maestro mayor de obras, pero siempre tuvo debilidad por el alcohol, era su vía de escape de la rutina, su forma de zafarse por las noches del tedioso trajín monótono

de su vida. Así que como les contaba, cuando papá se cagó muriendo, así, sin más, las cosas se fueron destiñendo, los vivos colores de la niñez se fueron apagando como cuando en el cine las películas se van terminando y las pantallas se van cubriendo de negro y los lentos proyectores se aquietan y caen en un monocorde sueño de espasmo. Así, sin más, qué loco, ¿no? Y mamá que tuvo que salir a trabajar todo el día, pobre, la vieja limpiaba las casas de los ricachones de la ciudad, todo el día fregando, para que no nos faltase el pan en la mesa y para poder mandarme a la escuela secundaria. Y como era de esperar, yo estaba la mayor parte del tiempo sólo en casa, y con los pibes del barrio, que también tenían quilombos grosos en sus familias, nos fuimos volviendo inseparables, pensábamos que todo esto, la vida en sí, era una reverenda mierda, y así fuimos armando nuestra barra, quizás nuestro único justificante para seguir vivos, y con el tiempo nos convertimos en una importante banda. Primero, a los trece, nos iniciamos con la ma119


riguana. Estábamos todas las tardes, detrás de la canchita, dándole al porro y a la birra, hablábamos boludeces todo el tiempo, el negro Pimpi la conseguía, su hermano mayor plantaba y vendía. Hasta los catorce todo bien, el tema fue cuando mi amigo Chuncho, mi vecino, cayó una tarde a la canchita con merca. Nunca olvidaré ese estado, me refiero a cuando por primera vez aspiré cocaína: la lucidez extrema que sentí, esa sensación de ser invencible, de estar flotando. Minutos después de esa primera aspirada, Chuncho nos dijo que teníamos que acompañarlo al centro, al parque San Martín, que tenía que romperle la jeta a un pendejo que iba a su colegio, que se había puesto de novio con la chica de la que Chuncho se había enamorado. Fuimos al parque, y Chuncho lo desfiguró al pobre pibe, y cuando se quisieron meter sus amigos a separarlos, entramos nosotros en escena y les dimos una buena cagada a esos pendejos maricas. Así con esa batalla inaugural, con ese fuego de bautismo comenzaba a moldearse nuestra barra: “Los infernales”. Nuestras primeras inquietudes como barra, pasaron por conseguir un poco de dinero, siempre con los fines de obtener marucha, coca, y el alcohol que regaban de ensueño las tardes de nuestros libres espíritus adolescentes. En poco tiempo pasamos de los inexpertos atracos en la calle (por lo general a viejas desprevenidas o a los nenitos bien del centro), a nuestros primeros asaltos a quioscos o despensas. La primera regla, era sagrada: siempre los laburos, debían ser fuera del barrio. Nos iba bien, actuábamos en diferentes zonas de la ciudad. Unas dos semanas de inteligencia, y

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luego el golpe, y por lo general el saldo era de cien o de doscientos pesos, que en esa época nos servía para comprar nuestros vicios que nos alcanzaban para un mes, así que ése era el promedio de nuestro accionar: una vez cada treinta días. Paulatinamente, el Chuncho se fue convirtiendo en la cabeza de Los Infernales. Lo que era un juego para el resto de nosotros, digo, eso de atracar en la calle o de hacer algunos trabajitos menores, se fue convirtiendo en un modo de vida para Chuncho que con mayor frecuencia decidía planes más osados y riesgosos. Una tarde de Octubre, en la que el viento norte estrujaba los huesos, nos encontrábamos en nuestro habitual lugar de encuentro, cuando cayó Chuncho montado en una camioneta importada, bajó la ventanilla y nos dijo “¡qué hacen ahí pelotudos, vamos a dar una vuelta!”. Era la primera vez que nos subíamos a una máquina como esa, y Chuncho nos llevó a Salta por el camino de la cornisa. Esa tarde dimos vueltas por la ciudad salteña, conocimos muchos lugares, y a la tardecita regresamos también por la verdeada cornisa. Cuando estábamos a la altura de uno de los diques, Chuncho se metió a un monte lleno de árboles y dijo “hasta aquí llegó el viaje con esta máquina”. Después caminamos unos dos kilómetros hasta que arribamos a una parada de colectivos, a un costado de la ruta, y esperamos hasta que apareció uno y el resto del camino de regreso al barrio, lo hicimos arriba de un destartalado ómnibus. A la semana, Chuncho dijo que ya no podíamos seguir robando para proveernos de drogas, así que propuso que comenzáramos a plantar mariguana, y a hacer contactos con Freddy, quien era el


mayor “dealer” de Jujuy, el que vendía la mejor cocaína. Freddy no andaba con chiquitas, sus clientes eran políticos, abogados, y las clases pudientes de la provincia. A nosotros nos vendía un tal Carpo, que a su vez trabajaba para Freddy. La idea de Chuncho era hacerse amigo de Carpo, para de esa manera acceder a Freddy. Pasó el tiempo, y nuestras plantas de mariguana crecieron y así fue que comenzamos vendiendo mariguana a los pibes de los colegios del centro de San Salvador. En el barrio también estaba prohibido vender, nadie debía saber de nuestras jugadas. Por esa época empezamos a notar que Chuncho andaba raro, un poco esquivo, un tanto desaparecido. Una tardecita, después de varios días sin verlo, nos confesó que estaba trabajando para Freddy, y de golpe metió sus manos en los bolsillos de su campera, extrajo unos saquitos, nos los mostró, y luego nos convidó la mejor cocaína que hubiésemos probado anteriormente. A las dos semanas, Chuncho se hizo presente en la canchita, estaba pálido, las manos le temblaban. Luego le dio la orden al Tiky de que llamase a todos, que tenía algo importante para contarnos. Nos describió minuciosamente cómo con Carpo habían reventado a Freddy: seis tiros le dieron, tres en el pecho y tres en la cabeza. Al término de narrarnos los pormenores de su asesinato, nos invitó a tomar algo al bolichón de Don César y después nos invitó a todos a las putas. Así fue como Chuncho y Carpo pasaron a dominar el manejo de las drogas en Jujuy. Durante el tiempo en que ambos laburaron para Freddy, pudieron conocer todos los contactos de éste, o sea a quiénes le compraba la merca en Bolivia, y a quiénes se las vendía. Los proveedores de Freddy, que eran

Alejandro López

de un cartel Boliviano, habían decidido eliminarlo: Freddy sabía demasiadas cosas, además, influenciado por sus contactos estaba queriéndose meter en política. Por ende, con el aval de este cartel, Chuncho y Carpo destronaron a Freddy, y por lo tanto nosotros empezamos a ver dinero como nunca antes habíamos visto en nuestras perras vidas. En nuestro barrio, bien al fondo, casi llegando al río, estaba la zona roja. Todo el negocio de la prostitución estaba manejado por la banda de los rumanos, unos gitanos que traían mujeres de Chaco, Corrientes, y Formosa. Nosotros frecuentábamos a las chicas desde los doce años. Íbamos en bicicleta, y antes de que armemos Los Infernales, o sea antes de que empezáramos a manejar plata, a veces les llevábamos ropas que les robábamos a nuestras madres, y ellas las aceptaban como medio de pago. Más tarde encontramos otra manera de pagarles: lo hacíamos con las drogas que comenzábamos a manejar. 121


Si bien en todos estos años me llamé al silencio, siempre hubo en mi interior una corriente secreta, que se fue volviendo cada vez más turbulenta y correntosa, que pujaba por salir y regar de verdad los hechos violentos de mi pasado

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Todo esto viene a cuento porque un sábado a la noche, nos preparábamos para ir a una bailanta con los muchachos del barrio, cuando llegaron Chuncho y el Carpo al barrio, en un Dodge viejo, chocado, robado, y me pidieron a mí y al negro Pimpi que nos subiéramos. Carpo conducía a toda velocidad, y nos fuimos dirigiendo hacia la ruta que va a Forestal. En medio del silencio de la noche, en pleno Forestal, el Carpo detuvo el coche. Ambos nos indicaron que nos bajásemos, después fuímos hasta la parte trasera del Dodge, Chuncho abrió el baúl, y vimos la figura ensangrentada de un hombre, estaba rígido, tieso, completamente muerto. Aquella noche, bajo el anaranjado resplandor de la luna, estuvimos cavando alrededor dos horas, hicimos un buen pozo, y enterramos el desfigurado cuerpo: era el capo de los rumanos, el que manejaba la prostitución en nuestro barrio. De ahí en más, el Carpo y Chuncho se convirtieron en los dueños del negocio de la prostitución. En los días sucesivos, los jefes de Los Infernales, fueron asesinando a uno por uno de los integrantes de la banda de los gitanos. Es por eso que en esos días, nos volvimos expertos en cavar y tapar pozos en la desértica zona del Forestal. De esa manera, nosotros, Los Infernales, en un par de años nos hicimos dueños del negocio de la droga y las mujeres en Jujuy. Era de preverse que Chuncho y Carpo no se quedarían contentos sólo con eso, cuando uno acaricia el poder, y comienza a palparlo, nada puede detenerlo en su ambición por conseguir cada vez más objetivos. Comenzamos por mudarnos todos de barrio, alquilamos unas casas, en las afueras de la ciudad, en Villa Jardín de Reyes. Vivíamos como estrellas de rock, todo el día había drogas, mujeres, y cualquier


tipo de deleite que quisiéramos, lo teníamos al alcance, porque el dinero nos llovía. Una tarde, cuando ya estábamos planificando dar un nuevo golpe, fui a cargar nafta a la estación pequeñita de Reyes. Habíamos comprado un auto comunitario para Los Infernales, un viejo Peugeot 504, para no llamar la atención. Mientras el playero me llenaba el tanque descendí para comprar puchos en el service de la estación. Salí dándole golpecitos al paquete, y cuando estaba por ingresar al auto, sentí una voz detrás mío que me decía “quedate en el molde o sos boleta”. Eran tres tipos, corpulentos, que se subieron al auto conmigo y me indicaron a dónde ir. Al tiempo, habrán sido dos semanas después de ese encontronazo con esos tipos en Reyes, me enteré que aparecieron muertos a balazos el Chuncho y el Carpo. Fue en el frustrado tercer golpe. Los Infernales queríamos manejar los negocios del juego, era una apuesta difícil, veníamos trabajando hacía un año en la inteligencia, ahí sí estaban involucrados tipos de peso, con espaldas, pero Chuncho y el Carpo estaban enceguecidos por el poder, querían un poco más. Los diarios dijeron que en un intento de robo, dos hombres murieron en una balacera con la policía. Dos hombres habían intentado robar la casa del dueño de un par de casinos en Jujuy, pero fueron sorprendidos por la policía, y como producto de un enfrentamiento resultaron fallecidas dos personas de sexo masculino, eso, o algo parecido decían los matutinos jujeños. Yo sabía muy bien, que no había habido ningún enfrentamiento, que al Chuncho y al Carpo los esperaron, les tendieron una emboscada, en fin, los mataron a sangre fría. De eso no

tengo ninguna duda, como no tengo dudas de que desde aquel encontronazo con esos rudos hombres en la estación de servicio de Reyes, mi vida dio un vuelco de trescientos sesenta grados. Esos hombres que se subieron conmigo al auto de Los Infernales, eran policías de civil, y me ofrecieron casa, trabajo, protección y una nueva identidad, a cambio de información sobre los planes de la banda; de lo contrario me mandarían a la cana, “y ahí no la vas a pasar muy bien que digamos” me dijeron, mientras uno de los que iban detrás me tironeaba los pelos de mi nuca. Si bien en todos estos años me llamé al silencio, siempre hubo en mi interior una corriente secreta, que se fue volviendo cada vez más turbulenta y correntosa, que pujaba por salir y regar de verdad los hechos violentos de mi pasado. Entonces descubrí que todos los seres humanos tenemos la necesidad de expresarnos, que hay un goce en experimentar ciertos riesgos, pero que hay un doble placer al contarlos. Así fue que desaparecí de Jujuy, así fue que dejé de ser quién era, así fue que empecé una nueva vida en otras tierras, bien al sur, así fue que terminé la secundaria en un establecimiento para adultos, así fue que luego me inscribí en un profesorado de Letras y terminé siendo un modesto profesor de literatura que ahora escribe sus primeros trabajos, así fue que formé una familia, y así fue que me convertí, sin más, en un delator.

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por María Soledad Blanco

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asta la actualidad, determinadas representaciones del mundo artístico siguen ligándolo a la idea de “bohemia”. Palabra con que los parisinos se referían a los gitanos provenientes de la república Checa, pasó a designar al artista que vivía (por propia decisión) fuera de la sociedad, marginado. Esta actitud de rechazo a ser parte del orden de la urbe moderna había nacido dentro de los propios jóvenes de las clases más pudientes, como una expresión de rebeldía, pero pronto se transformó en una apuesta vital y artística que cobró cuerpo en los artistas más encendidos de la época. ¿Qué pasó para que un ejercicio de la juventud rebelde terminara por convertirse en el modus vivendi de los artistas, decididos a llevar su existencia al margen de las convenciones sociales de la época? Esta evolución es deudora de las distintas tendencias artísticas y filosóficas que cobraron auge en la época y que los bohemios de fin de siglo XIX hacen carne en sí mismos. Sin pretensión de dar una idea absoluta, trataré aquí de esbozar las principales características de

la representación del artista bohemio que en los últimos años ha resurgido y se ha resignificado discursivamente, aunque, en algunos casos, desde la práctica: la bohemia ligada al esteticismo, el malditismo, el decadentismo y el dandismo, nacida a fines del siglo XIX y que tiene a Wilde, Baudelaire, Verlaine, Mallarmé y Rimbaud como máximos representantes.

Esteticismo: el arte por el arte

El esteticismo fue un pensamiento propagado entre los artistas plásticos ingleses, cuyo principal interés fue reivindicar la obra artística por sí misma, sin quedar ella ligada a la representación de la realidad, a los asuntos morales, a la denuncia social o a la “narración” de una historia. Se trató, por el contrario, de postular el arte por el arte mismo, cuya existencia se fundamentaba simplemente en la belleza; en la estética, y no en la ética. Las piezas (cuadros, pinturas, muebles, etc.) debían provocar deleite visual, debían ser sensuales, porque en sí 125


mismas tenían su razón de ser. No tenían función práctica alguna. Aunque, como señala A. Hauser, los principios esteticistas aparecen a lo largo de toda la historia del arte, podemos decir que en esta época esas nociones cobraron mayor vigorosidad al tiempo que se extendieron a todas las artes, incluida la literatura, siendo el esteta más conocido Oscar Wilde, por dos motivos: por un lado, porque encarnó en su propia persona los valores del esteticismo, dando lugar (como lo hiciera años antes Baudelaire en Francia) a la figura del dandy; y por otro, porque representó como nadie en su obra El retrato de Dorian Gray los pensamientos fundamentales de la filosofía esteticista.

Dandismo: el cuerpo y la actitud como obras de arte

Para los esteticistas más extremos (como lo eran Baudelaire y Wilde), la estimación de la belleza, como valor supremo, rige también la propia apariencia, las formas de vestir, de comportarse, del artista (expresiones, muecas, maquillaje, accesorios, prendas, etc., son consideradas con la mayor de las obsesiones a fin de hacer del propio cuerpo un objeto admirable en sí mismo, llamativo, artístico). Por esto mismo, la auto-estilización, la autoestetización, siempre apunta al espacio público, a los salones y teatros donde el cuerpo va a ser admirado y apreciado por los otros. Y toda esta producción sin más función que la de llamar la atención sobre sí mismo y sobre su propia inútil belleza: “Ser un hombre útil siempre me pareció algo repugnante”, expresa Baudelaire. Siguiendo esta lógica, no sólo el aspecto, sino también el comportamiento pasa a ser visto desde

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un enfoque anti-utilitario: si la valoración de la obra de arte se despoja de toda moral y funcionalidad, también las acciones del individuo se consideran sustraídas de la misma. Hauser señala que la cultura del esteticismo implicó la creación de un estilo de vida propio, sustentado en una existencia carente de funcionalidad, de utilidad, entendiendo que el cumplimiento de las normas sociales constituye un modo insoportablemente superfluo de vivir. A los estetas, la existencia ordenada y segura les resulta intolerable. Por su parte, Alan Pauls, en la Introducción de El gran libro del dandismo, define así a este tipo humano: “El dandi no es un profesional, no tiene oficio, no se ampara en ninguna institución. Es un marginal (…) Es una marginalidad lábil, ágil, parasitaria. Su fuerza consiste en ocupar una franja de frontera, un margen en el borde interior de un espacio ya existente, dotado de reglas y de formas aceptadas (salón, círculo mundano, ‘buena sociedad’, código de cortesía, buena educación, moral, etc.). Es la marginalidad del amateur, el diletante, el que no se deja autorizar por nada, por ninguna autoridad trascendente (maestros, escuelas, instituciones), ni descansa en ningún saber, ninguna competencia específica, porque lo que tiene para dar es menos un hacer que una manera de ser, una práctica existencial. Eso que el rock, alguna vez, llamó actitud”, y esta faceta del artista pone en tela de juicio tres aspectos fundamentales de la sociedad: naturaleza, trabajo, utilidad, como lo señala el propio Pauls: “Urbano, el dandismo opone a la naturaleza el artificio; a la espontaneidad, la premeditación; al ideal de fluidez, el culto de la intempestividad, el desvío y la interferencia. Es brechtiano avant la lettre: desconfía de todo aquello que se da por sentado, que va de suyo, que


‘es como es’. Cada vez que produce un signo inesperado y sobresalta el marco en el que irrumpe, el dandi actúa con el mismo espíritu crítico que Brecht, que recomendaba usar el artificio para desnaturalizar los artificios sociales naturalizados por el poder, el consenso social, el sentido común, etc. (…)”. Fue Oscar Wilde, en El retrato de Dorian Gray, quien representó como nadie el problema del esteticismo llevado al propio cuerpo: si la juventud y la belleza constituyen los valores fundamentales sobre los que se asienta la autovaloración del dandi, existe un enemigo imbatible: el tiempo. Es por esto que el retrato, que va “absorbiendo” las marcas de la edad que Dorian en persona no sufre, termina por transformarse en prueba concreta y visible del tiempo que acecha a la belleza, señal de que la fuente de la eterna juventud (y belleza) no es más que un mito. En este contexto, el esteticismo del siglo XIX resignifica el motivo del carpe diem horaciano, pues éste originalmente se entendía como vivir el momento (el día) porque la muerte acechaba a cada instante, mientras que los ideales de belleza y juventud de esta época lo entendieron como “vive el momento porque vas a envejecer pronto”. Para Dorian, en tanto dandi, los valores estéticos están por sobre los éticos, pierde de vista que el retrato no es más que su propia “alma”, su conciencia de finitud, lo que lo lleva a “matar” el retrato, y por lo tanto, matarse a sí mismo. Como señala Julia Kristeva en su Historia de Amor, “el error consiste en ignorar [como también le ocurre a Narciso] que el reflejo no remite más que a uno mismo”. Esta primacía de lo estético por sobre lo ético se explica en la medida que los artistas observan en la sociedad moderna burguesa un orden hipócri-

ta, en el sentido que impone modos de comportamiento, exige un gran esfuerzo del individuo por ser virtuoso. Y si el virtuosismo es esforzado, es artificial –piensa Baudelaire–, esto se explicaría en que el hombre es malo por naturaleza y la sociedad trata de contenerlo, contrariamente a lo que pensaba Rosseau. Dice Róbinson Arellano en “El esteticismo en Dorian Gray”, “Baudelaire convierte al dandy en un arma contra su propia clase, contra la rutinaria vida burguesa y contra su época que considera decadente”.

Malditismo y decadencia

Así, el dandi representa la oposición y desinterés por todo aquello que tenga que ver con la vida común y cotidiana de la clase burguesa: frente al trabajo, el dandi es ocioso; frente al ahorro, la moderación, la rutina, él prefiere la extravagancia, el lujo, la moda y el placer, estilo de vida que asume Dorian Gray. El Esteticismo europeo de mediados de siglo XIX se opuso al Romanticismo en la concepción de la naturaleza, rechazándola por vulgar e informe, pero también a las normas sociales, y la disciplina, que reducían las posibilidades expresivas de los individuos. El artista se propone desde el culto a sí mismo como ejemplo de ruptura con los sueños sociales de “felicidad”, las ilusiones colectivas del orden burgués. En un París que es el centro del mundo moderno, el punto más alto del desarrollo, del lujo y la prosperidad, es Baudelaire, en Las flores del mal (1857), el que expresa mejor que nadie el rechazo a la fantasmagoría de la felicidad que ese mundo propone: “Me estoy matando –escribe Baudelaire en una carta de 1845– porque soy inútil a los demás y un peli-

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Una respuesta frente a ese sentimiento fue tematizar en la literatura el entusiasmo por la muerte y todos sus símbolos, el demonio, el “mal” en general, como único rasgo en el que se encuentra la “autenticidad” del hombre

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gro para mí mismo”, cita Hauser y analiza: “no es sólo la conciencia de su propia infelicidad lo que le llena, sino también el sentimiento de que la felicidad de los demás es algo vulgar y trivial. ‘Usted es un hombre feliz —escribe en una carta posterior—. Lo siento por usted, señor, por ser feliz tan fácilmente. Un hombre tiene que haber caído muy bajo para considerarse feliz”. Sus poemas expresan desinterés por la vida, pesimismo, tristeza, depresión y melancolía frente a la constatación de esa falsedad. Ese es el sentimiento decadentista que en el poema “Las flores del mal” expresa: “El demonio se agita a mi lado sin cesar; / flota a mi alrededor cual aire impalpable; (…) Así me conduce, lejos de la mirada de Dios, / jadeante y destrozado de fatiga, al centro / de las llanuras del hastío, profundas y desiertas(…)”. A partir de este poema, la palabra spleen (hastío) ingresa al vocabulario de la modernidad para expresar el sentimiento de fastidio existencial, de que se está percibiendo el fin de una cultura, de un imperio. Estrictamente hablando, el término “decadencia” se utilizó en el siglo XIX en referencia a un grupo concreto de poetas nucleados alrededor de la figura de Paul Verlaine. Estos escritores tomaron como modelo filosófico y ascendiente literario a Baudelaire. Aunque parte de la crítica les asignó el nombre de “poetas decadentes” por las temáticas de sus obras y su postura vital, ellos se apropiaron del término y lo convirtieron en su bandera, al punto tal que cuando fundaron una revista perteneciente al grupo, la llamaron “Les Decadents”. En 1885, terminaron de consolidarse como una generación literaria al publicar, en la revista “Lutecia”, la antología de poetas malditos que incluía a Corbiere,


Rimbaud, Mallarmé y el propio Verlaine. (Cfr. Guglielmino y Grosser, 1992) Una respuesta frente a ese sentimiento fue tematizar en la literatura el entusiasmo por la muerte y todos sus símbolos, el demonio, el “mal” en general, como único rasgo en el que se encuentra la “autenticidad” del hombre. De allí también la idea de malditismo que rodeó a estos escritores, concepto que se complementaba con su propia vida de bohemia terminada en la cárcel, la locura y la muerte. Frente a la fantasmagoría moderna, el auténtico dandi tiene necesidad de devastarse para romper el tedio; hay en él atracción por la muerte, por el abismo, por la autodestrucción. Pero, ¿por qué dicen estos poetas que la sociedad está en decadencia? En el plano socio-económico y político, llega el fin de la fase revolucionaria de la burguesía. Antes popular y rebelde, progresista y revolucionario, el burgués se ha vuelto conservador y autoritario. En el plano cultural, el Romanticismo más combativo fue seguido por una lánguida fase manierista: la sensibilidad en el arte había sido sustituida por un sentimentalismo repetitivo. Luego, ganaron prestigio la mirada naturalista, con su punto de vista objetivo, sus temas sociales y sus consignas (objetividad, impersonalidad, cientificidad, documentalidad), es decir, la negación de muchas de las principales cualidades que había introducido el Romanticismo en la escritura literatura. La decadencia surge, entonces, en parte como reacción al movimiento racionalista, del Positivismo y del Naturalismo imperantes, reivindicando muchas de las experiencias de signo irracional, espiritualista, subjetivista. Para ellos, se trata de una civi-

lización que envejece, que ya no produce novedades y que ha optado por el quietismo, el conformismo de un orden que tranquiliza pero al mismo tiempo prescinde de la libertad y la creatividad del individuo, que lo reduce al cumplimiento de los trabajos de la vida común. La decadencia es un acto renovado de desconfianza en la razón, concibe una realidad mucho más compleja, profunda y misteriosa, sobre todo hacia el interior del propio individuo, que se concibe como un abismo insondable. Las debilidades, las perversiones, los componentes patológicos, serán motivos principales para el escritor decadente. Entre 1881 y 1885, Paul Bourget publica diez estudios, alguno de ellos dedicados a la obra de Baudelaire, y en uno de éstos, a la “teoría de la decadencia”: los decadentistas observan que este orden queda estrecho para aquellos que por herencia familiar ya tienen un bienestar adquirido, y entonces buscan otro tipo de regocijos. Esto hace, si se mira a la sociedad como un organismo, que haya “células” que están indicando la necesidad de romper el orden, de descomponer ese organismo, de liberar al individuo. Con esta orientación, hablaron de una sociedad en decadencia, enferma, previendo el liberalismo e individualismo crecientes, proceso que se consolidaría luego a lo largo del siglo XX. El artista decadente, sin embargo, realiza esta mirada no desde la sanción, sino desde la autoasunción como uno de esos individuos “distintos”, una de esas células enfermas de la sociedad. Si puede decirse que son inferiores como constructores, trabajadores, obreros, es decir, como hacedores de la sociedad, al mismo tiempo se consideran superiores al común de la gente porque su liberación produce arte, y su arte produce liberación. Estériles, in-

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Alejandro López

útiles, sin función social alguna, son, sin embargo, refinados, productores (y productos) de belleza, el valor supremo de su postura esteticista. La búsqueda constante del placer, el enervamiento de las sensaciones, exquisitez de sentimientos, son todas instancias liberadoras del Yo frente a la opresión del hastío social. Mientras tanto, en el espíritu decadentista la poesía tiene una nueva función, relacionada con otro modo de conocimiento: el poeta, alma especialmente sensible, lleva sus experiencias hasta el lí130

mite o más allá de los límites normales, para transformarse en un “vidente”, un “visionario” que puede atisbar el sentido profundo, develar el misterio de lo real, en fin, mirar y ver donde los hombres comunes (el buen burgués, el sano, el “normal”) no pueden (ni quieren) mirar. Por el genio del artista, los misterios de la naturaleza se convierten en objeto del conocimiento humano intuitivo. Así, la poesía, el arte, ya no son sólo una de las muchas actividades humanas, sino las actividades supremas, porque van más allá de todo otro tipo de saber. Y en ese sentido,


retomando los principios esteticistas, el arte escapa a la moral y afirma su autonomía total. Wilde escribió en el prefacio de El retrato de Dorian Gray: “elegidos son los hombres a quienes las cosas bellas sólo recuerdan la belleza. No hay libros morales o inmorales como la mayoría cree. Los libros están bien escritos o mal escritos. Eso es todo”. Este principio también se extiende a la vida práctica social: la moral y los que se creen custodios de ella no pueden (por su inferioridad) juzgar el comportamiento de los artistas y poetas (enfermos, malditos, visionarios), que en algunos casos pueden ser extremos. Y quien encarnó en sí mismo el malditismo, el rechazo por la tranquilidad de la vida burguesa, quien se convirtió en el poeta maldito por excelencia porque su vida fue breve y agitada, fue Arthur Rimbaud: apático, nómade, no sujeto ni a un lugar, ni a una familia, ni a un trabajo, Rimbaud se autodestruye al punto de morir, a los 37 años, de una infección contraída en África que ya le había costado la amputación de una pierna. Es este modo de vida el que los lleva a valorar a la prostituta como alter ego, como espejo del artista decadente, como lo señala Hauser: “La simpatía por la prostituta, que los decadentes comparten con románticos y en la que Baudelaire es de nuevo intermediario, (…) es sobre todo la expresión de la rebelión contra la sociedad burguesa y la moral basada en la familia burguesa. La prostituta es la desarraigada y la proscrita, la rebelde que se rebela no sólo contra la forma institucional burguesa del amor, sino también contra la ‘natural’ forma espiritual. Destruye no sólo la organización moral y social del sentimiento, sino también las bases mismas del sentimiento. Es fría en medio de las tormentas de la pasión, es y se mantiene espectadora por encima

de la lujuria que despierta, se siente solitaria y apática cuando otros están arrebatados y embriagados; es, en suma, el doble femenino del artista”. La denominación de “decadentes” tuvo muy poca duración. Ya en 1885, el escritor francés Jean Moréas afirmaba que “el principio de la poesía moderna era una manera de interpretar la realidad por medio de símbolos”, motivo por el cual nombró como “Los Simbolistas” a la revista que fundó un año después. Desde entonces, los poetas decadentes fueron llamados simbolistas, y la definición provisional inventada por Verlaine no tuvo más vida que aquella, por lo menos en lo que respecta a la crítica. Sin embargo, su modo de concebir la vida, la sociedad y el arte se constituyó en la representación clásica del artista bohemio. Al margen de las normas sociales, estetas, dandis, malditos, decadentes; son estos artistas europeos del siglo XIX los que han fijado la representación más extendida de lo que hoy entendemos como “bohemia”.

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por Pablo Aguiar Cáu

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iempre es más o menos igual. Recibís el llamado casi sobre la hora o un sms. Generalmente no hay tiempo para comprar ni un vino, o no vale la pena buscar en las bateas de un supermercado el vino adecuado y hacer la cola en la caja rápida. Así que salís así nomás sin más trámites que los habituales para un asado en medio de la semana: promesa de manejar con cuidado, no tomar demasiado y no volver tarde. La ciudad es un caos a esa hora. La gente vuelve a su casa del trabajo y todos están apurados. Vos vas contra la corriente, atravesando las avenidas con sus semáforos descoordinados. Mirás por el espejo retrovisor el cartel de la heladería y te preguntás si no hubiese sido bueno parar y llevar por lo menos un kilo. Después piden gustos de mierda, pensás. Pero ya pusiste tercera y la Nuñez te regala una onda verde inesperada. Suena de fondo un recital de Spinetta sin que prestés más atención que a la línea de bajo de Malosetti. Señal adecuada de que estás atento, despierto. Te jode el baterista, no está a la altura de semejante 132

tema. Viene la parte del solo de bajo y subís el volumen. Ya nada importa. Podés hacerte mierda en esa esquina, tremendamente feliz escuchando “La herida de Paris”: “Hoy que veo más sombras que nada/ tu dulzor me haría reír/ tu corazón desnuda fuego/ será la herida de París.” Pero no llegó tu hora. Llegás, acomodás el auto bloqueando la rueda delantera contra el cordón de la vereda, ponés la traba del volante y bajás. Siempre sos el primero. Es un clásico en lo de José desde hace más de 20 años. Desde afuera se escucha música y se ve el humo del asado en el patio. Tocás el timbre insistentemente sabiendo que lo mejor es esperar la pausa musical para volver a la carga. José sale a abrir la puerta tomándose su tiempo. No encuentra la llave, te deja esperando unos minutos más en la vereda. - ¿Qué haces? Sabía que no traerías vino así que compré yo. – Me dijo como saludo de bienvenida.


- Me avisás tarde ¿Qué querés que haga? – dije entrando a la casa. El living es una muestra de lo que es José. Diarios sobre los sillones, cds sueltos tirados en el piso, unas fotos de Lucia y Renata en un portarretratos arriba del piano, un cuadro de la avioneta de Arte & Parte tirando los poemas sobre la ciudad, un bajo dentro del estuche medio abierto, el cable enchufado en el amplificador, libros, botellas, apuntes, un bolso, un regalo para vaya uno a saber quién, una estatuita cuzqueña, cajas de remedios, boletas de gas y de luz sin pagar y una variedad de objetos de todo tipo desparramados por el aparador, la mesa y las repisas. El monitor de la computadora prendido con el cartelito “no signal” rebotando contra los márgenes. - Se llevaron la computadora a arreglar. - ¿Y para que carajos tenés prendido el monitor? - Ellos lo dejaron así, ellos saben – Me respondió y enfiló para el patio. Cuando se dio vuelta apagué el interruptor de la zapatilla eléctrica. Por la ventana de la cocina se ve el asador y las brazas rojizas cocinando la carne. En la mesada, sobre una tabla, perejil recién picado rumbo al chimichurri a medio preparar en un frasco de café. Son las 21:47 y en la casa estamos sólo José y yo. - Estos podrían haber avisado que no venían - dijo José limpiando el cuchillo en el borde del delantal. Casi le pregunto por el cuchillo pero desvié la charla para el lado del delantal. - Es una costumbre para no manchar la ropa. Facundo Delfín Cañazares Undiano

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Serví dos vasos de un buen torrontés y lo ayudé a terminar unos porotos en escabeche. De fondo emocionaba un show de Corea en los ´70. - ¿Eso es Return to Forever? - pregunté dudando. José me miró por sobre sus anteojos, se limpió la mancha de carbón en las manos con un trapo rejilla, se apoyó en el marco de la puerta que da al patio, prendió un pucho y como dando cátedra dijo: - Chick Corea en teclados, Stanley Clarke en bajo, Joe Farrell en saxo soprano y flautas y Airto Moreira en la percusión. Tremendo grupo con el que arrancó el proyecto. Había una mina que cantaba pero no me acuerdo el nombre. Este es un show antes de que grabaran el primer disco. El tema que viene es Fiesta. ¿A vos te falta jazz o es mi impresión? - ¡Dejate de joder! Yo me he criado escuchando a Bill Evans. Que no sepa de memoria algunas formaciones no quiere decir que me falte jazz. ¿De qué me sirve identificar el piano de Thelonious Monk o de Brad Mehldau? - No es lo mismo. A vos te venden gato por liebre. Si no sabés identificar a Corea tocando el piano mejor andá a escuchar a Los Visconti. - ¡Fuerza Abelito! - ¿Te habían confirmado que venían?- Pregunté sopando un pedazo de pan en la fuente de los porotos en escabeche casi vacía. - ¡Qué se yo! ¿Vos viste como es esto? Un día vienen todos, ponen fecha para el nuevo encuentro y después pegan el faltazo - Dijo José mientras retiraba un poco las brazas bajo el matambre. - Bueno, entendé que hay compromisos: familia, laburo - dije tratando de aflojar la tensión.

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- Mejor, se pierden ellos el asado y vos me ayudas a acomodar papeles viejos. Sobre la parrilla se cocinaban costillas, vacío y matambre, unas berenjenas y pimientos en uno de los extremos y cebollas al rescoldo. - ¿Podés picar un par de ajos para las berenjenas? Cuando estén listas le sacamos la cáscara y queda como una pastita – dijo acercando una tabla de madera y un tramontina. - Che… ¿No podemos hacer sólo de tomate y lechuga? - No podés ser más cavernícola. Al pedo uno trata de enseñarte el buen comer, a vos te da lo mismo una mixta que una ensalada de rúcula con queso parmesano. - Lo importante es el vino no las mariconadas que comamos. ¿Desde cuándo te preocupás por las ensaladas? ¿Desde que ves esos canales de cocina por la tele? Antes comíamos de la tabla y ahora me venís con berenjenas asadas y cremitas con ajo. José miró con resignación hacia la mesa. No iba a poder convencerme de la comida gourmet. - ¿Por qué no haces sushi ya que estás tan delicadito con las cremitas de berenjena? Traé el chimichurri y un poco más de pan y listo. ¡Y otro vino! Al Torrontés le siguió un Malbec bastante caro para la calidad que tenía. - Vos sos jodido, ni que te hubiera dado un Cabernet.- El Torrontés es el vino argentino, no me jodas, el aroma a uvas, el gusto a maderas de los toneles. - Es vino de putos, dice el Heredia. - ¿Ahora habla de vinos? Hemos tomado cada porquería con hielo - dije agitando la copa como queriendo airear el Malbec.


- Esto lo vi en la tele en alguno de esos programas que te gustan a vos José se rió y prendió un Particulares. Fuma con placer y da gusto verlo. Pitada larga, áspera, de un tabaco negro tradicional. El humo del pucho se mezcla con el de la parrilla. - Extraño la actitud de fumar - Dije tomando la etiqueta de puchos de la mesa. - Dejá eso ahí; vos fuiste inteligente. Obvié comentarle los pormenores de mi dejada de fumar y tuve la impresión de que José también obvió el tema a propósito. - ¿Te conté de la petisa de mesa de entradas que me tira onda? – Me dijo con aire sobrador como dándose dique. - Ya estás viejo para hacerte el Johnny Depp. – - ¡La puta que te parió! ¿Qué me querés decir? ¿Que ya no tengo edad para tener una linda mina? – Dijo moviendo peligrosamente el cuchillo como si fuese un florete. - No. Sólo te digo que tenés edad para tener una mina piola para tomar mates y que te acerque los remedios. Dejate de joder con las pendejas que no te llevan a ningún lado. Te van a regalar algún libro, una piedra o una botella de vino; te vas a encamar, un polvito, prendés un pucho y querés que se vaya al carajo. Quedate como estás que la llevás de taquito. -Vos al final lo que querés hacer es cagarme todos los paradigmas. No sé para qué te invito. - Me invitás para no quedar con tus vecinos como un viejo borracho que saca la basura al día siguiente con los cadáveres de botellas. A estas alturas las mujeres tienen que ser una compañía nomás.

James Bond es en las películas macho. Esto es Alta Córdoba. Me miró y bajó el cuchillo como resignado. Empujó una miga de pan y muy suelto de cuerpo largó: - Sos un pelotudo. Comimos en silencio como comen los amigos que tienen hambre y no tienen que andar hablando mientras salen las costillas, el vacío y el matambre jugoso. - No comiste las berenjenas. Están buenas – le dije ofreciendo un poco el bol. - Vos no picaste los ajos. No me gustan las berenjenas sin ajos. Es casi como comerlas sin sal. Terminalas vos. Se levantó de la mesa y fue a poner algo de música. Muerte en la catedral de Nebbia. Discazo. Volvió con un nuevo Torrontés y una bolsa de papeles viejos. - Acá hay cosas para vos - Me dijo corriendo un poco los platos y la tabla con restos del asado. Un cuchillo cayó al piso. - Vos sos peor que yo - dije agarrando la bolsa. - ¿Qué son estos papeles? - Hay de todo, los encontré hace un par de días y me pareció que te interesaría mirar algunas cosas - Dijo quitándome el paquete. Una bolsa grande puede guardar infinidad de papeles. De todo tipo y tamaño. Comenzó a sacar y leer alguna receta, un ticket de un supermercado desaparecido, un poema en papel obra ya amarillento. - Siempre le escribí poemas - Me dijo acercan-

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Vos vas contra la corriente, atravesando las avenidas con sus semáforos descoordinados. Mirás por el espejo retrovisor el cartel de la heladería y te preguntás si no hubiese sido bueno parar y llevar por lo menos un kilo. Después piden gustos de mierda, pensás

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do el vaso como para que le sirva un poco más del Torrontés. - Íntimamente lindo, me acuerdo – dije para molestarlo. - No, esa es de mi adolescencia, no era para ella. - Esta bolsa es de ella ¿Qué hacés metiendo mano? - La dejó acá, se ve que no le interesaban todos estos recuerdos. Una estampita. De bautismo, creo. Volantes, propagandas viejas, postales, boletos de colectivo, recortes de diarios, revistas, dibujos, cartas. Todo cabe en una bolsa de recuerdos de mujer. - No creo que esté bien meter la nariz en bolsas ajenas. - Me importa tres carajos. La bolsa está en mi casa, en mi habitación y en mi placard. Si hubiese sido importante se la llevaba, como se llevó la heladera - me dijo con sorna. - Mirá, éstas son para vos. Acto seguido tiró unas cartas sobre la mesa. Reconocí la letra y mi nombre en el sobre de la primera de esas cartas. - ¿Qué hace esto acá? - pregunté sin darme cuenta del significado de mi pregunta. - Son tuyas - me dijo prendiendo otro pucho. - Lo sé, pero ¿Qué hacen acá? - Nunca te las entregaron. - No todas son mías. – Dije agarrando el manojo de cartas sujetas por unas bandas elásticas. - Ahí tenés literatura. En estado puro. – Me dijo prendiendo un pucho y apoyando los pies en el borde de la mesa.


En ese momento me di cuenta de que uno de los sobres estaba cerrado. El que iba dirigido a mí. - Servime otro poco de ese vino- dije con ganas de prender un pucho - Sin hielo. Sacudí un poco el sobre intentando empujar el contenido contra uno de los bordes para poder abrirlo sin romper la carta. Volvieron a mi memoria una biblioteca, una guitarra, una canción, un colectivo 50, un sliping, un chulupi, una salsa de soja, un departamento en la calle Crisol, unos aros rojos de madera, una cañada, un jumechi, un atardecer en el río Piraí o en el Paraná, un frasco de manjar blanco, una humedad en la pared, un tren, un libro de Urzagasti, un trigo sembrado en el mar, un trasnochador, unas obras completas de Borges, un plato de majadito o de patasca, un año nuevo, un mercado, unas dunas, un walkman, un avión que partía para siempre, una tormentosa noche, un llanto, un adiós, una oficina de ENTEL, un fonpach, un taxi cargado, una escalera, un show de Lito Vitale, una máscara del Paseo de las Artes, un hotel de mala muerte, un calabozo y otros miles de fantasmas. - Che... voy a quemar toda esta porquería sin leer nada. Son cosas viejas. Muy viejas, ya prescribieron. - No seas cagón. ¿Qué puede haber de malo en esas cartas? - Dijo sirviendo un nuevo vaso de vino blanco. - ¿Fantasmas? - pregunté. - Boludeces. Abrí y sacate las dudas.

Abrir una carta escrita 20 años atrás no es una boludez, pensé. No es lo mismo releer cartas viejas en las que uno conoce el contenido. Acá se trata de un sobre cerrado, dirigido a mí, escrito hace muchos años. - Tiremos todo esto al carajo, yo no quiero saber nada de estas cartas. Nos quedamos en silencio un buen rato. Ese silencio necesario antes de una determinación sustancial. Desde el living llegaba la música de Litto: Si delgado el silencio, la voz intensa, si traslúcido el aire, la tierra espesa, la operación es simple, de suma y resta. Separamos papeles viejos que no eran importantes y los tiramos al fuego, hechos un bollo, miles de recortes, poemas, estampitas, recetas, facturas, recibos, un ticket de supermercados Americanos - Tomá, lee vos. A mi no me sale esto. – Le dije entregándole las cartas. - Dejáte de joder y abrí ese sobre. A esta altura tenemos que cagarnos de risa.– Me dijo devolviéndome todo. - No sé porqué te doy bola en estas cosa. Serví más vino, pero Torrontés. José se levantó hasta la heladera y descorchó un vino cafayateño mientras yo abría uno de los sobres. 17 dic Hola Aguiar: Escribo esta última carta del año, con la pena de que no llegue a tus manos. Les he escrito a casi todos los chicos; ya tengo las manos cansadas.

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- ¡Qué comienzo de mierda! ¿No se le ocurrió alguito mejor? Años de facultad al pedo. – Comentó. - Dejame seguir que me estoy arrepintiendo. Mayormente no ha habido novedades acá, excepto que mañana viernes se casa Sandra, mi amiga. Y el sábado a primera hora me voy a La Paz a un encuentro de Poesía y Narrativa. El 22 estoy de vuelta. Te contaré que el mes de octubre inauguraron una nueva estación de tren y se supone que el primero en salir para allá, era uno que va a Yacuiba. Pero como acá todo es político, están en el sí y el no. Además tienen que estrenar ferrocarriles, pero ahí están, de adorno. Por otro lado hay una demanda terrible pues llevan mucho comercio a la Argentina. Yo creo que voy a llevar algunas cosas, así recupero mi gasto y pago a la Kuky lo que le debo. Con las cuestiones de trenes y la saturación de la época, lo más factible va a ser que yo me vaya después del año nuevo. Yo te avisaré, pues no tengo el coraje de subirme aunque no haya pasaje, como vos. El otro día, ya hace más de una semana, tuvimos un pequeño pero desagradable accidente en casa de Lorena. ¿Te acordas de María Laura la hija de Lourdes que se encariñó con vos en Las Lomas? Andando en bicicleta con Carlita, mi sobrina, metió un dedito en la cadenilla y perdió un pedazo. Mi hermana casi enloquece al ver la sangre y el dedo mutilado. Fue todo muy triste. Pero rápidamente la llevamos a una clínica, ¡y yo con el pedazo de dedo en la mano! Ya le hicieron un pequeño injerto de piel para cubrir el huesito que quedó expuesto. En realidad no fue grave pero nos hizo sufrir a todos. Ahora ya pasó pero la niña está todavía en cama. Entre otras cosas, también te cuento que hace un tiempo volví al coro, pero no estuve más de 2 semanas 138

y lo dejé; resulta que ahora hacen todo con play-back, pero no sólo instrumentos sino voces. Me parece a mí una incoherencia. Fue una pequeña desilusión de SC. Al mismo tiempo me he puesto en contacto con mis viejos amigos para cantar folclore; veremos qué pasa. En enero ya te llevaré casetes de todo lo que se ha estado haciendo en Tapekuá. Hay un grupo de gauchos que toca rock, permanentemente en otros lugares, pero también hacen cosas en inglés y parece que les va bien. Es mucho más fácil hacerse conocer acá por supuesto. Bueno Aguiar, te dejo. Ojalá que te llegue esta carta antes de que te vayas a Jujuy. Te mando un beso grande y que pases unas lindas fiestas en tu casa, ojalá que las cosas estén bien ahí, en trabajo y relaciones. Dales mi beso a todos. Los veo en enero. Un beso. c. - ¡Pero que carta de mierda! No tiene ni un te quiero y dice: te veo en enero y ¡no vino nunca más! – Dijo José enojado como si él hubiese sido el destinatario de la carta. - ¿Y por qué me la habrán ocultado? – pregunté abriendo otras más o menos del mismo tenor. - ¡¿Qué se yo?! Estaban guardadas acá y yo nunca me fijé ni metí manos en sus papeles y ni hubiese metido si no hubiese estado buscando unos apuntes para la facultad. Había otras cartas dirigidas a Silvina con el sobre abierto. - Éstas si las leyó. Me fijé en una con el mismo sobre de la que había leído y al sacar la carta veo que es de la misma fecha. - Dale, leé de una buena vez.


- Pará, no podemos leer cartas dirigidas a Silvina. ¿Estás en pedo ya? - ¡Pero por favor! Esa bolsa quedó acá, no hay nada que le interese. Abrí y leé de una buena vez. - Escuchá esto. “como todo esto no se hubiera podido dar en Cba, ponía el asunto de mi madre como pretexto. Y lo más decisivo fue no arraigarme amorosamente. Pablo ha sido como un símbolo de todo lo que llegó a prender en mí “Córdoba y su gente”; pero desgraciadamente no fue como La gotita. He hablado con él por teléfono y ya tengo asegurado que voy para allá los primeros días de enero. Él no ha cambiado en sus sentimientos, pero no ha cambiado en su forma de ser tampoco. Noto su desesperación, sus temores y eso mismo me desencanta; parece un juego dañino, tal vez lo sea, pero por eso mismo tal vez sea mejor cortarlo. No merece que yo le haga más daño; y a mí también todo esto me ha costado muchísimo. Ya no tengo más lágrimas, creo. Veremos por último, qué pasa cuando llegue allá. - ¡Mirá vos! Y a mí no me dijo nada de todo esto. Ahora entiendo por qué Silvina no me entregó la carta. Pensó que me diría todas estas cosas y dijo: “no lo hagamos sufrir”. - Turras las dos. Injustificable. “Una cosa que me costó mucho fue superar la culpa que sentía frente a ustedes que quieren tanto a Pablo. Incluso pensaba todo esto como una traición, como un engaño. Fui durísima conmigo, pero pasó. Al mismo tiempo, tal vez todos se dieron cuenta de todo antes que nosotros mismos. Por Pablo no te preocupés. Yo prefiero que no se adhiera tanto a los chicos. Además, yo tampoco encuentro mi lugar en el mundo.

- Mirá vos. Se preocupaba. ¿Cuántas cartas le mandaste? ¿10, 5? – dijo con bronca. - ¡No creo que tantas che! A lo sumo 4 cartas habré mandado. Lo que sí hice fue llamar por teléfono y nunca encontrarla. Nos repartimos el manojo de cartas y leíamos un poco cada uno. Había de distintas fechas. - Fijate la más vieja – le dije. Una brisa hizo volar uno de los sobres que cayó cerca de mi pié. Lo levanté y vi la fecha. 8 de agosto de 1992 Bebí un trago y supuse que la noche sería larga. “Como si el ayer los hubiera castigado” sonaba profética la voz de Nebbia.

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por Alfonsina Sayou Cumpliendo con Dios, Abraham sale a matar a su hijo. Sin embargo, escucha al Ángel de Dios, que le ordena no matarlo. Obedece, y eso lleva a su bendición. Franz J. Hinkelammert

25 años menos que ella! ¡Si Señor! ¡25 años! ¿Será que el otro tiene 15? ¡Por Dios! La muy puta... si hasta se pone esas medias negras... Con lo lindo que le quedan las medias negras...¡puta! Se acerca a mi cama...Besa mi frente... Se va...

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-Tiene un amante. Lo sé.

La muy puta...

Simulo dormir...ella lentamente se levanta… se viste sin hacer ruido. Frente al espejo se pintarrajea como nunca lo hizo para mí...

-Con voz de flauta y ojos repletos de falsos cristales me explica: -Que antes que yo, sólo hubo un hombre en su vida, que desapareció no sé dónde, en una guerra o vaya a saber dónde,…bla bla bla bla y no sé que otra sarta de mentiras.

Tiene un amante estoy seguro.

No le creo nada...

-¿Quién entiende a las mujeres?- No, realmente yo no.

Dice que mis ojos le recuerdan al fulano... ¡Ja! ¡Cómo si yo quisiera recordarle a alguien...!

-¿Qué más quiere?-Soy un tipo joven, ¡por lo menos

Una buena mujer ¡Ja!


¡Me parto el lomo para que no le falte nada! Tiene un amante, la buena mujer tiene un amante, tiene un amante la muy puta. Tiene un amante... El olor a comida se esparce por toda la casa, infectando cada rincón, es olor a comida casera, a limpieza inmaculada. La mujer se detiene ante una foto del pasado, que sin embargo tiene perfume a presente. Sus piernas enfundadas en luces negras se mueven al ritmo de la música que se desgrana en un viejo lamento. Sus ojos se endulzan cuando el joven entra y la mira. Su corazón, misteriosamente no alcanza a percibir el brillo nuevo que anida en las pupilas del hombre... Él sin ocultar su repugnancia le pregunta: -¿Qué? ¡Salís de nuevo ? ¿Y con esa pinta? ¡Pareces una puta así!

Facundo Delfín Cañazares Undiano

Una mujer de su casa ¡Ja! Si, una buena mujer... una de esas...puta... y ahí se va, moviendo el culo como un gato. Buena mujer...., muy de su casa, ¡mentirosa!

Ella sin hacerle caso sonriéndole tal vez misericordiósamente, sigue pintándose los labios de rojo intenso. Él la observa en silencio. La bruma que oscurecía su mente lentamente se desvanece. La verdad estalla ante sus ojos. Ahora lo sabe.

¡La mato, juro que la mato!

La verdad intuida oscuramente se derrama sobre él como un caldo fétido y pegajoso.

-Yo que del trabajo a casa, de la casa al trabajo.

La mujer se va. ¡Se va lo deja!

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Su cara es ya una máscara de piedra. Se acerca a la cocina, toma un cuchillo, lo siente palpitar, lo siente temblar en su mano como una extensión de su cuerpo. Ella percibe su cercanía y voltea para abrazarlo, cobijarlo, consolarlo como siempre en tantos años. Lo rodea con sus brazos… Lo abraza, lo protege, lo calma. Entonces siente que su pecho se desgarra, amarlo, siempre supuso dolor Ella se entrega… Y él golpea... Golpea. Golpea. Se hunde una y otra vez en ese pecho que nunca osó tocar, en la carne que siempre y nunca fue suya. El cuerpo que nunca profanó se estremece al fin en sus brazos. Algo viscoso golpea su rostro, ávido lo lame, poseyendo al fin el cuerpo que amó. Golpea. Golpea. Bañándose en la sangre de la mujer. Deleitándose en la sangre de su madre, que ahora yace muerta. 142

Indispensable tratado minimalista sobre el paso del tiempo, la grandilocuencia en los títulos y el excesivo ahorro de palabras actual por Pablo Donzelli - ¿Iremos? - Ya era.


por Juan Páez

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a producción literaria de Pablo Baca podría definirse por ese claroscuro que todo lo tiñe. Dicho contraste deja abierta la posibilidad de reflexionar acerca de las clasificaciones heredadas y de las oportunidades, que brinda la creación, para huir de esos moldes. El claroscuro, en este sentido, no se limita a la idea de una imagen difusa, sino que es más amplio y atiende a una cuestión de género literario: una narrativa que se poetiza y poemas que adquieren un carácter narrativo potencian un estilo signado por el desdoblamiento. Y es cuando el eco de una forma o el sabor de una melodía nos brindan, por breves momentos, un terreno firme donde ubicarnos y resistir a tanto movimiento. Estos textos, que se ubican a medio camino entre una luz absoluta y una profunda oscuridad, permiten interrogarnos acerca de las fronteras de un mundo donde todo acontece. Esta escritura, hecha de márgenes imprecisos, es habitada por una voz que avanza a paso lento, pero sin temor. Una voz que asienta la hierba, despeja el sendero y avanza, junto al lector, hasta llegar a esa otra

orilla. En los textos de Baca, encontramos una mirada aguda y sensible que recupera los detalles con suma precisión y se los brinda al lector convertidos en escenas resguardadas tras la forma de un poema, un cuento o una novela. En suma, el claroscuro es una constante en la producción literaria de este autor: un elemento distintivo, una marca, que nos recuerda que siempre es posible iluminar un recuerdo hasta reconstruirlo –casi– por completo. Juan Páez: ¿Cómo empezó tu carrera literaria? ¿Cómo se da el diálogo entre el abogado y el escritor? Pablo Baca: No creo que se pueda hablar de una “carrera literaria”. Lo que tengo es la voluntad de empezar algunos textos, que, a veces, da también lugar a una voluntad de terminarlos. Como si la imagen que había entrevisto al empezar hubiera luego durado y encontrado una historia y sus palabras. Y tengo también las lecturas de algunos amigos que me dan mucha alegría porque confirman un diálogo comprometido con la belleza. Y digo belleza a fal143


ta de algo mejor. Tal vez con una reminiscencia de Heidegger, como irrupción de la verdad, pero tampoco precisamente así porque sé que no se trata estrictamente de la verdad. Al menos no de la verdad como luz. Un diálogo, en todo caso, comprometido con la oscuridad. Y uso oscuridad como ha sido escrito en una tablilla de barro sumeria que se exhibe en el Museo Británico. Alguien, en esa tablilla, se dirigía a una diosa: la Diosa de la Oscuridad. Me maravilló el texto. Ahí se denominaba oscuridad –y no luz– a ese misterio en que consiste la existencia y la muerte y todo lo que somos. ¿Y cómo empezó este diálogo comprometido con la oscuridad, la escritura? En la adolescencia, por lo que recuerdo, leyendo historias de ciencia ficción. La historia en particular de alguien que avanza caminando por un lago en un planeta lejano y ve el rostro de una mujer mirándolo desde abajo del agua. Leí eso, no lo escribí. Pero después escribí la historia de un hombre que se iba vaciando, que inexorablemente tenía que ver con eso que había leído antes. Y por último, no hay ningún problema en el diálogo entre el abogado 144

y el escritor o –ahora con más propiedad– entre el diputado y el escritor. Y dialogan bastante. Hay alguien que habita el mundo y participa de relaciones y reuniones, y otro que en ese recorrido se mantiene mudo y se va cargando de oscuridad –para seguir con la imagen– y que en algún momento, más tarde o más temprano, quiere decir algo. JP: Entre los textos que conforman tu último libro encuentro uno que leí en tu blog, allá por el 2011, me refiero al cuento Entre las ratas, sin embargo, el libro en el cual fue incluido se publicó dos años después. ¿Cómo fue el proceso de escritura de Escenas de la noche y del amanecer? PB: Nunca estuve escribiendo el libro “Escenas de la noche y del amanecer”. Surgió como una reunión cuando Orlando Agüero y Juan Martín Otero me propusieron publicar. Hay textos viejos, como el de la piquetera, que no habían encontrado antes un destino. Y otros, no tan viejos, como el que le da el título, que tenía olvidado y que me dio una sorpresa porque encontré ahí un clima y un misterio que me gustaron mucho. JP: Ese claroscuro, al que hice mención en un principio, es evidente, sobre todo, en Cuentos de la mujer y el solitario. ¿Tenés algún registro de dónde crees que proviene? PB: No sé de dónde proviene (ni sé muy bien a qué te referís). Puedo decir que, en efecto, entre la noche cerrada y la luz del sol, que enceguece al medio día, hay que habitar algún espacio donde haya apenas luz, suficiente para verse, pero no tanta como para que sea imposible hablar y escucharse.


JP: Encuentro en tu novela un fragmento al respecto, lo comparto: No podía ver nada: me cegaba un foco que colgaba del techo; distinguía apenas algunos rostros tapados por el brillo. El foco estaba conectado a una batería de auto y aunque brillaba intensamente, alrededor estaba todo oscuro, como si la luz se extenuara enseguida. De Al lado de Clara que duerme. Ed. Tres Tercios.

JP: Poemas, novelas, cuentos y microrrelatos ¿Qué elementos definen el género que adoptará una imagen? Y entre los avatares que implica ya hablar de los géneros ¿Cómo podrías definir la poesía? PB: No defino el género. Respondo como puedo a la forma que adopta lo que quiero decir. A veces las palabras llegan en medio del vacío y sin explicaciones ni advertencias. Otras veces llega una historia y entonces hay que tener paciencia y encontrarle un lugar y un tiempo. En el primer caso, primero escribir las palabras, pasarlas del vacío a la 145


Uno de los vicios es pontificar: hablar creyendo que las cosas que uno piensa son por sí mismas interesantes para los demás. Otro es hablar demasiado: lo que uno puede decir nunca es mucho. Y otro vicio hablar por hablar: no hay que decir lo que los demás ya saben

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computadora o al papel, y después un trabajo de reducción: que nada les quite la sorpresa. Y en el segundo lo contrario: no abandonar la historia mientras no sea posible llegar a alguna conclusión. La poesía, entonces, son esas palabras que uno rescata del vacío y en las que de alguna manera sobrevive la sorpresa cuando pasan a la computadora o al papel. JP: Detrás de tus textos hay una geografía del Norte Argentino y un paisaje de lo humano. En tu escritura, existen detalles recuperados con mucho tacto. ¿Qué factores pueden ayudar y cuáles pueden entorpecer el trabajo de la escritura? PB: Me gusta que hayas encontrado “detalles recuperados con mucho tacto”. Pero contestando: se escribe con tiempo y soledad. Andar por el mundo, este mundo del norte argentino o cualquier otro, puede dar motivo para escribir y hasta experiencia para hacerlo mejor. Porque la realidad mejora y es más interesante y más fuerte que la imaginación. Pero para escribir hay que escribir y si es posible escribir mucho y después leer y elegir (¡y no digo que yo lo haga!). JP: ¿Cómo es que se arma un libro de cuentos? Y en este punto ¿Qué diferencias observas en relación a la composición de un libro de poesía? PB: No escribo libros sino cuentos, poemas, narraciones, etc. De alguna manera después se tocan, ya terminados, por relaciones de afinidad y parentesco. Los cuentos y los poemas parecieran ser muy distintos pero no es así. En ambos tiene que haber un momento en que se encuentra todo lo que se ha dicho y en el que algo concluye y también comienza otra cosa. Eso que concluye, además, produce una nueva significación que transforma todo lo que se había venido diciendo.


JP: En relación a los vicios: Y no es que haya sido algo monstruoso o siquiera extraordinario. Para ese día yo había visto ya muchos hombres bajo los efectos del poder y había aprendido que siempre algo se ejerce sobre toda la impotencia. De Escenas de la noche y del amanecer. 3 Ramones Editores.

JP: Existe un personaje en el cuento Nada sale como quisiéramos, Rolando Zelaya, cuyo vicio pareciera ser, justamente, el poder. ¿La búsqueda constante por obtener poder puede tornarse un malestar? ¿Encontrás, en tu producción, otro personaje al que le ocurra algo similar: que un vicio lo transforme en otro? PB: La pregunta es sugestiva. Digo en primer lugar que sí: la búsqueda constante de cualquier cosa se torna en un malestar. Pero digo también que la eficacia de cualquier acción pasa justamente por esa búsqueda y ese malestar. No había pensado en la búsqueda del poder como un vicio. (¡Tal vez no leí con atención Nada sale como quisiéramos!). Pero si lo es, se me hace difícil distinguir el vicio del deseo. Supongo que una actividad es un vicio cuando se olvida de los otros y todo sucede en uno mismo y en el propio cuerpo. Puede ser que Zelaya haya encontrado eso en el aislamiento, en el alcohol y en la sumisión de quienes lo rodeaban. Pero, igual, el poder circula y siempre está más allá, y el que lo alcanza sólo lo tiene un instante porque enseguida pertenece a alguien más. Muchos que persiguen el poder, persiguen en realidad algo que está más allá: una idea de la sociedad o de los dioses en que creen, o de ellos mismos, más allá del poder y que se realiza o se pierde en las condiciones de una realidad siempre inesperada y ajena.

JP: ¿Cuáles son los vicios en la escritura que uno debiera evitar y cuáles son aquellos que uno debe reconocerlos y admitirlos como propios? PB: Uno de los vicios es pontificar: hablar creyendo que las cosas que uno piensa son por sí mismas interesantes para los demás. Otro es hablar demasiado: lo que uno puede decir nunca es mucho. Y otro vicio hablar por hablar: no hay que decir lo que los demás ya saben. Y creo que ahora sí se puede hablar de vicios porque la satisfacción queda en uno mismo. Debe haber unos cuántos más. Yo propondría siempre una reducción: que sólo quede en pie aquello que para uno mismo es claro y diferente y acaso también –y por excepción– lo que resulte necesario para sostener eso que tiene que quedar en pie. Nada más. JP: ¿Qué consejos le darías a alguien que quiere comenzar a escribir? PB: No soy quien para dar consejos. Pero le diría, siguiendo con lo que contesté antes, que escriba todo lo que quiera y pueda y que después se dedique a tachar todo lo que no sea claro y diferente. Claro –quiero enfatizar– como forma. Porque también podría haber dicho: oscuro y diferente, y acaso sería más acorde a las cosas que contesté antes.

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por Maximiliano Chedrese

U

n paquete con cinco Phillips, tarjeta de débito vacía, tal vez uno o dos tragos más en la botella y despunte de barba. El traje arrugado, la corbata enrollada en el bolsillo, los zapatos con las puntas grises o marrones, no, más bien grises por el roce con… puede ser con varias cosas como por ejemplo con la suela del zapato de otro bajo la mesa de póker o pateando la maquinita, pateando despacio, claro, una pequeña descarga de bronca acompañada de un chasquido, de una palmada en la pantalla, de una levantada de cabeza hacia el cielo que es el techo con esas arañas tan llenas de luces y molduras en las esquinas y manchas de humedad, pintura descascarada para luego recuperarse y apretar el botón de apuesta máxima que son apenas cinco fichas de mierda con un premio que si saliera de entrada valdría la pena pero con el paso de las horas ya no cubre ni la mitad de las pérdidas, pero no se pierden las esperanzas de revertir el resultado aunque

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en el fondo se sepa que es tan difícil pero como el juego no es para cagones se aprieta el botón y sale 7-Rey-9-6-8 de distintos palos en la posibilidad desordenada de una escalera que no paga mucho pero sí da buenos dividendos doblando dos o tres veces, retener el 7-9-6-8 y fruncir los labios, meterse una bocanada de aire, no poder detener el pie que baila o zapatea o percusiona y tal vez ahí es cuando se ponen grises las puntas de los zapatos, ahí se da el roce con la máquina, con la silla o entre ellos mismo porque tal vez se golpean entre ellos, algo así debe pasar, uno no los ve, uno no es consciente de qué hace el cuerpo absorbido por la esperanza de que salga un 10 o un 5 o de última un comodín que no es tan bueno porque paga menos pero que igual se puede doblar y tal vez ahí sacar una diferencia, hacer espalda para bancar las próximas manos malas porque cada una buena te tira como siete malas, aunque eso no implica que pasada la racha te tire de nuevo una


Alejandro López

buena, es decir una mano buena que sume, ni siquiera que te haga ganar pero que al menos te reponga las fichas porque esa sucesión de manos malas están programadas para quebrarle la moral a los débiles, somos pocos los que soportamos lo que implica una sucesión de seis o siete derrotas al hilo con apuesta máxima, hay apretar la mandíbula, poner la mente en blanco, que no te tiemble la mano y darle y darle y darle al botón que en una de esas sale el 10 o el 5 prendiendo otro pucho y en la otra fila de máquinas una empieza a largar luces para todos lados, y le suena la alarma y alguien que ganó un premio

importante combinando cinco cerezas o cuatro tréboles y comodín y uno, de este lado reprime el odio, la envidia, le sonríe falsamente o lo palmea en la espalda y continúa, firme, inmaculado, inmediatamente repuesto, destruido pero repuesto, de nuevo sentado frente a la máquina tratando de recuperar la concentración y sobre todo tratando de recordar que ayer a la mañana te acreditaron el sueldo y en la mesa de póker estuviste a punto de, fácil, como mínimo, por lo menos, triplicarlo y que hacia el final de la tarde la suerte se había casado con otro, otro parecido a vos, pero claro, con más suerte, y con más plata ahora, con todo tu sueldo, pero como esto no es para débiles y el juego siempre pero siempre

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ya no ganar, sino salir hecho, como si nada hubiera pasado, absorbido en un envión revanchista te lo guardás en el bolsillo del saco y volvés a salir de tu casa fuerte, confiado, renovado hasta rejuvenecido por el impulso interior

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te da revancha te vas a tu casa, saludás rápido, agarrás un banquito, te subís, abrís el placard, sacás la caja con los ahorros para el viaje de egresados de tu hija porque era absolutamente necesario recuperar el sueldo, ya no ganar, sino salir hecho, como si nada hubiera pasado, absorbido en un envión revanchista te lo guardás en el bolsillo del saco y volvés a salir de tu casa fuerte, confiado, renovado hasta rejuvenecido por el impulso interior, feroz y conquistador recorriendo a zancadas las cuadras, entrando por la puerta del casino con el pecho inflado, los ojos brillosos, la sonrisa grande de confianza, dame fichas, más y a las maquinitas, sin elegir ninguna en especial, la primera que se cruza y apostar y perder y ganar y perder y perder y perder y ganar y perder y perder y otra máquina y más fichas y otra máquina y puchos y el trago disimulado de la botellita de café al coñac cada tanto y hoy es hoy, más de treinta horas sin sentir hambre ni sueño ni ganas de mear siquiera así de fuerte es la esperanza, la fuerza, el coraje, los huevos, así de grande es el sacrificio por lograr el objetivo, por recuperar el sueldo, por recuperar los ahorros para el viaje de tu hija, todo, todo eso, todo eso puesto acá, en estas últimas cinco fichas, en esta última apuesta máxima confiado, les juro, jamás les mentiría, confiado de sacar un 10. O un 5. Y apretás el botón.


por Federico Giriboni

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sto es solo un fragmento de la investigación que realizaron los doctores Benajamin Linus y Juliet Burke de las universidades de Ontario y Andalgalá, respectivamente, durante treinta y ocho años de ardua entrega y compromiso. En este informe, publicado por primera vez en la prestigiosa revista Galen’s Friends, en 1992, se enumeran las sustancias legales que años más tarde la Organización Mundial de la Salud comenzaría a considerar altamente adictivas. Aquí presentaremos solo una pequeña muestra de este extenso trabajo que le costó la vida a ambos investigadores. Balón de futbol: pelota, cuero, chuti, esférico, redonda, caprichosa (del grupo de los distractivos). Esta esfera de simil cuero inflada con aire no genera adicción en sí hasta que se la hace rodar en un cotejo o partido de futbol. Para muchos especímenes, sobre todo masculinos, es casi imposible desprenderse de esta y pueden llegar a recorrer decenas

de metros con el balón en su poder aun cuando las circunstancias del juego no lo requieran así, desconociendo a compañeros y rivales. Resultados arrojados por algunos estudios hacen creer que en realidad este vicio está más relacionado con otros deportes de índole personal como el tenis o incluso el ajedrez. Nivel de adicción (NdA): 9 Bananita Dolca: (del grupo de los injeribles, subcategoría golosinas). Falsa banana de tamaño pequeño de altísimo poder adictivo para personas de todas las edades. Compuesta de una pasta que quizás contenga maní y bañada de chocolate, dos sustancias altamente adictivas. DOLCA es una sigla que significa Difícil Oponerle La Coherencia Ahora. Solo su elevado costo mantiene a la sociedad a salvo de este flagelo. NdA: 7 Candy Crush Saga: (del grupo de los distractivos, web). Videojuego online de Facebook. Es el juego más popular de esta red social con 45.6 millones de 151


usuarios adictos promedio al mes. En 2013 un único jugador, la sueca Emilia Ximena Drosche alcanzó su límite, al no poder continuar jugando demandado a la compañía creadora por una suma astronómica que no trascendió. Luego de cobrar el suculento cheque se suicidó. NdA: 10 Coca-cola: (del grupo de los injeribles). Bebida gaseosa efervescente vendida en más de 200 países. También utilizada en la industria metalúrgica para desoxidar tuercas y bulones. Es muy adictiva porque contiene cocaína, de ahí su nombre. Se cree, además, que gran parte de su atractivo está en el rojo de su envase o etiqueta. Nda: 7 Ferrero Rocher: (del grupo de los injeribles, subcategoría golosinas). Bombón inventado en 1764 por el marino portugués Rogelio Ferreira. Ver Bananita Dolca. NdA: 7 Gomitas dulces: (del grupo de los injeribles, subcategoría golosinas). Dulce de consistencia semirrígida inventada por el abad Anastasio Mogul en el siglo X. Cualquier individuo frente a esta sustancia perderá el sentido del decoro y la prudencia, solo se dedicará a la ingesta compulsiva de las mismas hasta hacerlas desaparecer. Este hecho puede toma aristas trágicas si hay dos o más personas. Prácticamente no hay historiador contemporáneo que niegue la teoría de que las cruzadas en realidad se produjeron a raíz de este invento gastronómico y un conflicto por el patentamiento de la receta. La iglesia Católica las mantuvo en la obscuridad prácticamente hasta la explotación del caucho en el África occidental y en la Amazonia donde se empezaron a fabricar en masa

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a fines siglo XIX. Actualmente se hacen de sustancias sintéticas derivadas del petróleo habiendo de los más diversos colores pero mas o menos con el mismo sabor. NdA: 9 Maní: (del grupo de los injeribles). Cacahuate o maní, es una planta anual de la familia de las fabáceas (leguminosas), muy apreciadas en la gastronomía. La sustancia que produce su poder adictivo aún es un misterio para la ciencia. Se sabe que combinado con la cerveza (el síndrome de abstinencia se reduce notablemente entre cerveza y cerveza) puede llegar a destruir el hígado de un ser humano adulto en cuestión de horas. Su variante con cáscara es igualmente enviciante pero gastroenterólogos y nutricionistas lo prefieren ya que en un mismo lapso de tiempo es consideráblemente menor su ingesta. Nivel de adicción (NdA): 9 Marcelo Tinelli: (del grupo de los distractivos). Ser cuasigrotesco y pseudoentretenido que invade nuestros hogares y nuestras mentes de manera ininterrumpida desde hace más de treinta años. Su popularidad ha ido en aumento de manera indeclinable debido a la adicción que provoca el vaciamiento de cerebro que nos va dejando sin defensas. Esto nos hace caer en un círculo vicioso del que es casi imposible salir. Sus armas más fuertes son el soporte que utiliza para su despliegue: la estupidez dentro de un televisor, dos sustancias altamente adictivas. NdA: 8 Me gusta: I Like (del grupo de los distractivos, web). Emoticón utilizado básicamente en facebook para expresar que algo colgado en el muro (¿colgado en el muro?) es de nuestro agrado. Las personas


Hollywood tuvo que interceder en el mercado internacional de granos cuando a fines de la década de los sesenta una suba en el preciado cereal puso en jaque el negocio del séptimo arte en EEUU. Algunas cadenas de cine inescrupulosas tratan de imponer esta moda en latinoamérica. Lo están logrando. NdA: 9

Alejandro López

adictas a este símbolo, casi un 60% de los usuarios de la red social, poseen el síndrome de Megfa (me gusta fácil). El abuso de esto contradice su función y resume a nula la posibilidad de expresión del usuario. En muchos casos se ha observado directamente su uso incorrecto en cosas que no pueden gustar a nadie. Es sabido además que con el mouse en la mano un sujeto que padece este mal ni siquiera lee u observa lo que va calificar, simplemente utiliza el “me gusta” quizás por el miedo que produce el quedar fuera de ese algo. NdA:8 Pochoclo: Pequeñas palomas de maíz o popcorn (combinación del grupo de los ingeribles y distractivos). Maíz de grano tipo pisingallo que explota al ser expuesto a grandes temperaturas. Como el maní, posee un altísimo poder de adicción, muchas veces se lo utiliza salado como sustituto de éste. Su versión dulce se suele utilizar también, siendo un poco menos enviciante. Es un engranaje fundamental de la industria del cine norteamericano. Para un estadounidense promedio es mas importante la calidad de este producto que el de la película. Es sabido que

Ricardo Arjona: (del grupo de los distractivos). Supuesto cantautor de origen guatemalteco que desde hace ya una veintena de años tiene atrapado un público cautivo que le es totalmente fiel y supo venderle más de veinte millones de discos. Sus productos supuestamente artísticos de más que dudosa calidad con mensajes machistas y hasta misóginos generan en gran parte de los sujetos, sobre todo femeninos, un encantamiento casi incomprensible. NdA: 81 * Sealed air: (del grupo de los distractivos). Poliburbuja para empaque. Conjunto de dos películas plásticas en forma de burbuja, las que retienen el aire y brindan amortiguación. Es comúnmente utilizado para el empaquetado y protección de productos. Su gran poder adictivo resulta de reventar todas las cámaras de aire sintiendo el enfermo gran placer al hacerlo, sobre todo si este rompimiento del polietileno produce ruido. Al terminar la tarea el adicto sabe que siempre hay alguna burbuja más que no descubrió. Su costo relativamente bajo lo hace ideal para calmar a personas desequilibradas e incluso agresivas. La masacre de 1992 en la Penitenciaría 1- Se sospecha que el doctor Benjamin Linus murió estudiando este producto cuando debilitado por vómitos y convulsiones fue atacado por una horda de vecinos enfurecidos por la intensidad del sonido con el que trabajaba.

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Su gran poder adictivo resulta de reventar todas las cámaras de aire sintiendo el enfermo gran placer al hacerlo, sobre todo si este rompimiento del polietileno produce ruido. Al terminar la tarea el adicto sabe que siempre hay alguna burbuja más que no descubrió

de Carandiru (estado de San Pablo, Brasil) cuando tras una rebelión dentro del centro penitenciario murieron 111 reclusos, fue sosegada al arrojar sobre los patios desde helicópteros seis toneladas de rollos de este producto (algo así como una superficie de 8 hectáreas). Durante 3 semanas estuvieron efectivos de la policía militar y reclusos tranquilamente abocados al reviente de dichas cápsulas. NdA: 10 Teléfono Celular: (del grupo de los tecnológicos). Dispositivo inalámbrico electrónico para acceder y utilizar los servicios de la red de telefonía móvil. Aparato aparentemente inofensivo, capaz de producir el alejamiento psíquico de quienes lo usen sin importar el grado de concentración que estos necesiten para desarrollarse en su ámbito. Este producto produce adicción aun cuando no se lo necesita como instrumento de comunicación. Con solo mirar su pantalla o tenerlo en la mano baja el nivel de ansiedad. Experimentos recientes demostraron que en un grupo con veinte sujetos sentados en circulo uno utiliza su celular y catorce de los restantes imitan ese gesto de manera mecánica solo por puro vicio. NdA: 7 Ver el fuego: (del grupo de los distractivos). Situación totalmente hipnótica en donde cualquier persona posibilitada del sentido de la vista que se encuentre ante la presencia de llamas no podrá dejar de observarlas aunque se encuentre Angelina Jolie en pelotas. Sería por esta situación que nunca hay nadie de espaldas en un círculo alrededor del fogón. Todavía es objeto de estudio si la proliferación de incendios no está relacionada directamente con este mal. NdA: 8

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por Bruno Rojo

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por José Ignacio Gil

C

uando el juguetón humo del finitillo sahumerio empieza a recorrer mi departamento, suelo recordar que hay vecinos que se apiñan en el edifico en el que yo vivo. Que estoy rodeado de vecinos. Viven casi encima mío. Me quitan el aire. Viven vidas diferentes. Son familias completas. Son fracciones de familias. Son una anciana con su hija. Son parejas de laburantes deportistas. Se instalan. Cuando este humillo empieza a circular por el espacio de esta baldosa, yo sé que ellos escuchan lo que yo escucho. En alguna época no les gustaba ni la música que escucho ni que ésta les llegue hasta sus oídos. Me golpeaban la puerta insistiendo para que baje el volumen y la vibra. Con el tiempo, de a poquito, la música los fue seduciendo. Hoy no reniegan más. Prefieren disfrutar de la música. Y se dejan llevar por la melodía de Shine Crazy Diamont no se qué (de Pink Floyd es ésa). Más de una vez vi como Cleta, la anciana de ochenta y tres años cierra los ojos y, parada con una leve mueca que hace de sonrisa, deja 156

que su cuerpecito arrugado se balancee como dos agujas que están cociendo una suave lana blanca. Quieren saber de la persona que vive casi sobre sus cuerpos. Quieren saber acerca del vecino. Pero no se animan a saludarse cuando se cruzan, cuando nos cruzamos caminando a unas pocas cuadras del edificio. Edificio que tiene pegados nuestros cuerpos por la parte de los cachetes. Y sé muy bien, por cierto, que nunca me van a decir “Qué hacé cachete”, como me dijo alguna vez Diego, el que fue mi amigo y vivió conmigo. Yo sé eso. Vivimos apiñados y a una cuadra de distancia y no nos reconocemos. Ya los tengo calados. Quieren saber por qué soy así de raro y no me miran a los ojos cuando me contestan el saludo. Y me contestan el saludo sólo porque me cansé de hincharles las bolas saludándolos. Si están por salir de sus casas y escuchan que suena antes mi llave cerrando por fuera la puerta del departamento, esperan que baje tan rápidamente como de costumbre las escaleras, para recién salir si-


gilosos, ellos. Y me miran asombrados cuando cambio mis maneras de vestir. Y cuando me saco la barba dejando a cambio un bigote. Se espantan cuando me aparezco pelado y dejan de ver mi pelo largo o más bien abultado. Entonces, apago el finitillo sahumerio, porque ya no puedo más. No quiero que, además de estar instalados muy próximos a mí en este dedal del universo, se alojen en las venas de mi cabeza. Por ahí pasa sangre y me molesta que sus imágenes obstruyan su paso por dentro de esos sinuosos túneles. Después no quieren salir. El peor de todos mis vecinos es el Sargento. Él, apenas prendo el finitillo, me aparece en esa parte de la cabeza que está formada por mohosos tubos de neuronas. El sargento… ese señor canoso, de cejas gruesas, nariz gruesa de orificios gruesos, boca gruesa y… puños gruesos. Sí. Este señorsote ingresa a mi cabeza por algún costado de mi mirada cuando ésta se posa en el vacío que es sólo molestado por el humo del cargoso sahumerillo. Es como que toca la puerta dentro de mi percepción. Me mira por debajo de esas cejotas con los magros ojitos que esos sí son chiquitos. Levanta el brazo y veo su dedo índice arremangado para adentro, como para dar origen al grueso puño. Dedo índice que luego se levanta convirtiendo su gesto en advertencia. Su voz es vomitada por su gruesa lengua que hace de rosado y gomoso trampolín. Escupe saliva porque me quiere decir que no prenda humo si me está prestando el palo de amasar. Y me explica que si yo le pido prestado el palo de amasar, no puedo después andar provocándolo para que él me pegue con un palo de amasar. Entonces me lo vomita más fuerte así no importe quien sea el que tenga el palo de amasar.

Cuando menos me doy cuenta, están metidos veinticinco de los cuarenta vecinos en la baldosa cósmica que es mi departamento. Cada uno entra esbozando un insulto aprendido de memoria, sencillo y duro como para que no se me olvide. Dejan las bolsas de bebidas alcohólicas en la heladera sin preguntar. Las tres señoronas caderonas, que no paran de usar eSes, quieren cambiar la música por algo más bailable. Lucrecia, mi compañera de Filosofía que está avanzada en la carrera a costa de mucha disciplina laburante, no se cansa de amasar y hornear para sacar cada vez más pizzas. Falta queso. Y lo miro a Fernando que está sentado con el Sargento. El Fercha, compañero también de carrera, es un militante de la vida. Cuando lo conocí, militaba difundiendo canciones cantadas a la menstruación de un centroamericano. Por esa época, también desenvolvía el discurso de alguna iglesia protestante con eufórica invasión a su interlocutor. Pasados unos meses, observé que los fines de semana militaba para la joda bizarra y el sexo banal. Ya más crecidito se convirtió en flamante militante del Partido Socalista (el que intenta minar los Sócalos de un mundo en el que la libertad de comercio, según creen, no está garantizada para todos los ciudadanos). Hacía uso y abuso de un discurso careteo-intelectualoide de izquierda. Terminada esa etapa el Fercha se convirtió en referente de una agrupación de derechos humanos, los nietos de Magneto. Se dedicó también a la militancia desde otros lugares como por ejemplo obras de teatro culturalosas y el arco del potrero de su barrio. Se declara pescador innato (chorgudo number one) cuando de difundir la cantidad y la gordura de los peces atrapados se trata. Como decía, un militante de la vida. Es por su cintura política que me intere-

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sa que milite para fiestas interclases sociales. Sé muy bien que no tendría problemas de acomodo. Hoy lo veo bien. No se cansa de ir al quiosco una y otra vez a buscar más y más queso para que Lucrecia pueda hacer más y más pizzas. Para que llegue más y más gente. Diego, también ex-militante del Partido Socalista, oriundo de Bandera Bajada, clase media ascendente, adornado de barba Cheística, gorra Cheística, cabellera punk y muchas pulseras hipponas, se pelea con las señoronas del edificio para poner Fito Páez o, a lo mejor la Trova Rosarina. Las tres señoronas una más caderona que la otra, y la otra más ridícula que la una con sus peinados ochentavos, noventosos, ventinuosos, de la más vieja a la más joven, no paran de gritar con el pecho inflado y sin comerse ni media letra S “¡qué se escuche Sandro!”. Diego se les ríe con sarcasmo en sus ojos. Con el avance del tiempo y la mezcla del alcohol, Diego y estas señoronas se empiezan a insultar. Se enfurecen. Y quieren llegar a las manos. Yo los miro duro y cargado de odio primero, blando y con ojos húmedos después. Y, sacudiendo para arriba los brazos como creando ondas desinhibidas y desinhibidoras de tensión, les digo “¡NO SE PELEEN, cada uno puede poner dos canciones seguidas!”. Sonrío tan sutil como pomulósamente. Me pongo serio juntando las dos cejas sobre mi nariz y les grito más bajito, como canturreando… “los voy a anotar en un papel por orden de llegada, y lo van a tener que respetar porque ustedes no van a arruinar la Fiesta. Griten en orden y con calma sus nombres así los anoto, ¿será posible que para divertirse también haya que organizarse?”. Me miran asustados Diego y esas tres señoronas primero, después se miran entre ellos un poco

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sorprendidos. Respiran profundo conteniendo ese caudal de energía luminosa que quiere salir de entre sus labios y sus chuecos dientes. Por dos segundos aguantan y después estallan a la comunión exacerbada. Se me re-cagan de risa. Sin que ellos se den cuenta me emociono y me abrazo un poco en un regocijo del corazón. Ya reprimiendo la risa para que no me descubran, pienso alegremente que estamos en la Fiesta que siempre quise. Y sin poder evitarlo lo miro fijamente a Diego y canto “hoy el noble y el villano, el pro-hombre y el gusano, bailan y se dan la mano, sin importarles la facha”… y las miro a las señoronas, “juntas las encuentra el sol, a la sombra de un farol, embriagadas en alcohol y magreando a un muchacho.” Me rio más fuerte que ellos entonces, miro nuevamente a Diego y grito “te están magreando muchachito”. Entonces, ellos se miran de nuevo en su auténtica complicidad de compañeros del prestigiosamente grasoso Círculo Para El Cambio Barrial (CiPalCamBa), y se me vuelven a cagar de risa. La más caderona de las señoronas dice en medio de la carcajada “qué tipo boludo todavía cree en la Fiesta de Serrat” y después se saca una hilacha de pollo un poco putrefacta del hueco de la muela. Lo espío a Diego y yo sé qué piensa… “este boludo... ¿para qué se sigue flasheando con la gran Revolución de la Sonrisa? La voy a hablar por teléfono a su hermana Anita que lo va a zamarrear con argumentos filosóficos acerca de por qué hay que estar tranquilos en la vida y así revolucionarla.” Y reprimiendo por segunda vez la carcajada, sigo sonriendo pero ahora en un hueco de la garganta. Sonrío de esta manera porque él no sabe todavía, que la negrita Anita si vino a la baldosa cósmica. Y es más, ya se fue a comprar unos vinos tetra para echarle a los pomelos que él mismo


Alejandro López

trajo de Bandera Bajada. Entonces sigo sonriendo ahora un poco más abajo, en las clavículas. Cuando aparece la negrita Anita con un vino Toro Nietzsche, Diego se arrepiente profundamente de haber entablado esa cercana y toquetona relación con mis señoronas vecinas. Entonces empieza a sobrarlas para luego ignorarlas. Las trata de ignorantes como haciendo una doble ironía, pensando por dentro “yo soy más del barrio que cualquiera acá”. A mis señoronas vecinas ya no les interesa más poner la can-

ción de Sandro. Mucho menos la de Gilda. Y es que no tienen a quien apoyar sus generosas tetotas cuando están forcejeando. Y se alejan de la computadora. La primera señorona se acerca al Juancho y le pregunta cuándo van a llegar los loquillos de los Amadeo y Cristian. “¿Los loquillos?” se ríe el Fercha y sigue pensando...“la gente se da cuenta cuando sos un colgado: éstos no van a cambiar ni un ápice de este maldito mundo capitalista”. Y la segunda señorona más caderona lo sobra un poco y con una ácida sonrisa le dice “y es que ¿qué vas a saber vos cómo le decimos, si no te caes ni por casualidad a las jodas que hacemos en el barrio, PUTO?”. Y la tercera señorona, le dice a la primera “este cuadrado político no entiende nada de la vida. ¿Cómo no los va a querer a Amadeo y Cristian?” Fercha se quiere poner violento y ya está esbozando su primer argumento para herir desde el intelecto. Y en ese acto aparece la petisita risueña, pega un saltito tan simpático y armónico que todo el oscuro clima del lugar se aclara y candidece. (En realidad todo se aclara porque abrieron las persianas y entró el sol. O bueno, tal vez sea por el saltito ¿quién sabe?). La cosa es que la petisa risueña lanza el primer chiste. Ni Fercha ni ninguna de las tres señoronas pueden evitar dejar de especular la próxima ofensa para enviarle al otro y se sientan en el piso para escuchar el próximo petisa-risueña-gracioso chiste. Yo lo advierto mientras estoy triturando lo más chiquito posible al ajo para el pesto de la pizza. Y para no ser abuso de seguir sonriendo ante las variaciones de un clima que se encamina al paraíso, decido pegar un grito. “SÍRVANME MÁS VINO PORQUE SINO CADA UNO SE VA A COCINAR LO SUYO”. Entonces salta Lucrecia de una carcajada cargada de

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Por dos segundos aguantan y después estallan a la comunión exacerbada. Se me re-cagan de risa. Sin que ellos se den cuenta me emociono y me abrazo un poco en un regocijo del corazón. Ya reprimiendo la risa para que no me descubran, pienso alegremente que estamos en la Fiesta que siempre quise

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vehemencia. Respira fuerte y grita largando toda su alegre voz “¡¡cada uno se hace sus cinco porciones de pizza!!...¡y hay una sola asadera!”. Se ríe a carcajadas apretando con fuerza el queso cremoso que tiene entre sus manos. Todos los vecinos, tanto los veinticinco que están dentro del departamento, como los diez timoratos que se quedaron en el suyo, tanto mis militantes amigos, como trabajadores amigos y mis saltarines amigos, se ríen al unísono. Con regocijo levanto la mirada y veo al sargento. Lucrecia me hace pensar que no me tengo que dejar impresionar de esa manera cuando voy a pedir que me presten el palo de amasar y me amenazan, porque de esta manera me olvido de pedir las dos asaderas cuadradas, los 30 vasos de medio litro, y el hielo que siempre aporta, muy a su pesar, el Sargento. Entonces grito “cálmese, laburante Lucrecia, ahí lo mando al Sargento Pirulo que ya está medio machao a buscar las dos asaderas. Yo sé profundamente que irá porque veo cómo baila y se da la mano sin importarle la facha. El mandato y el chiste obviamente es soltado para que todos se rían como hace unos segundos, pero ya cada uno está concentrado en lo suyo y si alguien me escuchó se hace el distraído, mira al piso y piensa “que boludo que es este cacho i´negro, sigue creyendo en la Fiesta de Serrat...” De repente nos aplasta pesadamente un amorfo silencio sumergiéndonos a todos juntos en la baldosa cósmica. Y refloto solo sobre las baldosas. Apurado, dejo atrás la cocina y la tabla con el ajo. Me dirijo hacia la computadora, apago Pink Floyd, y me voy a mi dormitorio. Prendo la luz y veo que el humito del sahumerio ya se ha ido. Y me doy cuenta de que me colgué demasiado con los vecinos. Reniego que se instalen de esa manera en los mohosos tu-


bos neuronales de mis venas porque pareciera que ya se me pasó el colectivo que sale a Tucumán para ir a ver a Serrat. Me pongo triste porque son sólo imágenes. Levanto la mirada como renegando y quiero pegar un grito al cieloraso. Recorro lentamente con la mirada todo el departamento. Me enojo furiosamente y me digo ¿por qué estos desagradecidos vienen, se instalan encima mío, traen alcohol, invitan a todos mis amigos sin previo aviso, se enfiestan y después no son capaces de ordenar y limpiar aunque sea un poquito el basurero de botellas rotas, pegotes de chicles, vómitos, preservativos y cigarrillos que juntos acumulan? Una sonrisa recorre libidinosamente todo mi cuerpo.

Facundo Delfín Cañazares Undiano

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por Mariano García

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“Va a ser duro, hay viento del norte. Vamos.” Todos los fuegos el fuego. Julio Cortazar

l oficio del Gobierno Central acaba de llegar y el hombre hunde el rostro entre sus manos. Intuía que las noticias no serían las mejores pero no esperaba tamaña directiva. Quitar “todos cuantos recursos podrían favorecer la marcha del enemigo”, implicaba mucho más de lo que los firmantes de esa orden podrían imaginar. Inmediatamente piensa: “¿Cómo alguien puede pedir arrasar ciudades centenarias y campos labrados por años y años, mediante una frase tan apática y dicha casi al pasar? ¿No importan las lágrimas de los involucrados? ¿Pero qué es la patria sin la sangre que la habita, sin la savia que la nutre, sin el aire que la respira?”. El corazón se le acelera y la respiración comienza a agitarse. El General sabe que no puede rehuir a la orden recibida. No solo por su coactividad, sino por el peligro que acecha desde el Norte. Sin embargo, sabe también que hay cierta crueldad en obligar a hacer a los ha-

bitantes de estos pagos (destruir todo lo construido, criado y cultivado por años), lo que no ocurriría aún en el escenario de la ocupación realista. Todo, en aras de lo que se presenta como una quimera; derrotar un ejército rearmado, reorganizado y con el ánimo en alza. Se apresta a redactar la comunicación al pueblo, pero la inestabilidad del pulso se lo impide. Leer más. Y escribir más. Eso aconseja el viejo Laiseca, para ser mejor escritor. Como si a fuerza de sentarse frente al monitor o arrastrar la mano sobre el papel, la inspiración finalmente se dejase seducir. Como si confundiendo la potencia con el acto, pudiéramos engañar la incompetencia y salir – por fin – del encierro de nuestras limitaciones. Pero también dice Laiseca que para ser mejor escritor, hay que vivir más. Y a esa idea sí adscribo. Porque no entiendo la literatura sino es la expresión descarnada de las propias vivencias, bajo el cristal deformante de la ineluctable subjetividad. El General sale a tomar aire y una brisa cálida característica de la época lo golpea levemente. 163


Como si a fuerza de sentarse frente al monitor o arrastrar la mano sobre el papel, la inspiración finalmente se dejase seducir. Como si confundiendo la potencia con el acto, pudiéramos engañar la incompetencia y salir – por fin – del encierro de nuestras limitaciones

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Nunca el Viento Norte fue buen consejero, piensa, tratando de evadir por unas horas una decisión que es tan difícil, como inevitable. Transita por las calles de una ciudad que pronto no lo será, por una orden que él mismo debe transmitir. Es una experiencia perturbadora, porque le toca palpitar la previa de una ruina. Esa puerta va a arder, esa pared será polvo, por esa calle transitará la desolación. En general, suele ser al revés; uno conoce la ruina de un antiguo esplendor. Él lo vive a la inversa, reparando en cada lugar, en cada detalle; como el hombre que conoce su sentencia de muerte y mira detenidamente su cuerpo sabiendo que pronto será una masa inerte y putrefacta. El aire se enrarece porque todo lo que cruza toma un tinte fantasmagórico; esa ciudad se evanesce progresivamente a medida que se acerca la decisión final. Los pueblerinos que cruza lo saludan con el respeto de siempre, desentendidos del terrible futuro que les espera, y eso no hace más que profundizar su desazón. Retorna al cuartel, más confundido, más cansado, menos General. ¡Vivir más!, entendiendo eso como profundizar la experiencia, volverla más densa, más viscosa. Meterse en el terreno oscuro e impreciso de las pasiones, del dolor, del odio; probando los límites del deseo y de las nauseas. Y entonces salgo a la calle, en búsqueda de ese territorio incierto. Lo que al comienzo es duda, se despeja a medida que se torna más lejano el retorno o el arrepentimiento. Del primer abotagamiento que sigue a una idea confusa, me rescata un cachetazo cálido; tan común en esta zona, y tan temido. Siempre pensé que el viento del norte es como esas relaciones amorosas con buen comienzo y duración tortuosa, que primero te cobijan y te rescatan del frío, pero después te sumergen


Alejandro López

en un embudo espeso y sofocante del que es difícil escapar ileso. Desobedecer la orden de Buenos Aires. Preparar a los pobladores para defender lo suyo. Armarse y resistir hasta el final. Después de todo, un hombre que pelea por su dignidad, vale más que diez de los que lo hacen por ideas vagas, reyes inasibles, promesas inconfesables. Desatender que el ejército realista prepara su avanzada, que Cochabamba cayó casi sin atenuantes, que Goyeneche entró a Potosí y que no quedan focos de resistencia hasta acá. Sentir en las venas que la pulsión patriótica conduce a la acción, a la confrontación, aún al desangrado; nunca a la huida. Saber que los jujeños son bravos, fieros, duros; que las mujeres pelearán al lado de los hombres, antes que los hombres, porque las “coyas” defienden el terruño con las vísceras, como salen cada mañana a buscar el agua, a cosechar el maíz, a hacer pastar el ganado, con la guagua y su tristeza a cuestas. Oír, en definitiva, el murmullo ensordecedor de la sangre, inconmovible a cálculos y probabilidades, que reclama para este pueblo la posibilidad de plantarse ante la adversidad, el destino y la propia historia. Te busco por los cafecitos de la calle Belgrano, donde solíamos ir después de los ensayos en el

Mitre, en la época en la que ocupaba un espacio en la geografía de tu vida. En ese entonces te gustaba escucharme, mientras el humo del cigarrillo te enmarcaba el rostro de ángel caído. Pasábamos horas, a veces hablando, a veces leyendo, otras callando. El Dios Chronos perdía la batalla y el tiempo subjetivo tomaba las riendas, convirtiendo las horas en moldes flexibles, imprecisos. Pero era de esperar que a esas horas no te encuentre en ninguno de los viejos refugios; a esa altura, hacía tiempo que la noche había dejado de ser una novedad. Así que voy a tu casa. Paso por el frente una, dos, infinitas veces. Pero la decisión está tomada. Toco el timbre, aunque me asalta el atávico impulso de escapar. Todavía no hay ningún daño hecho. Pero ese arrebato conservatorio, antiguo, medular; es sofrenado por la firme barrera voluntaria que me incita a cumplir el plan original. Después de todo, me estoy jugando ser un buen escritor. Encerrado en esta lucha interna, no advierto el paso del tiempo. Toco de nuevo, esta vez con mayor persistencia. Pero también implica exponer a la población a una posible masacre, ante un ejército más preparado, mejor armado, mucho más nutrido; utilizar esa gente cortés y dedicada, como carne de cañón para 165


satisfacer las propias necesidades de reconocimiento, de posteridad. O, en caso de rendición, facilitar una ocupación ignominiosa por parte de un enemigo inclemente, que se vería fortalecido, poniendo en riesgo el proyecto de toda una nación. Cómo explicarle al pueblo que no existen posibilidades de recibir refuerzos, que el Gobierno Central los ha dejado a la buena de Dios, negándole su ayuda o, peor aún, siendo impotente para brindarla por rencillas internas. Cómo justificar que habría que defenderse únicamente con los valientes Patriotas Decididos, jóvenes más entusiastas que capacitados, más resueltos que guerreros, más enérgicos que numerosos. Y, a la postre, cómo responder a los habitantes y los superiores, ante una casi segura derrota, que sería deshonrosa y fatídica. Además de la aceleración por el sobresalto, tu voz denota cansancio; pero la sorpresa es mayor al ver mi cara. Ya sé que es tarde, ya sé que hace seis meses que no hablamos; lamentablemente, ya sé que estás viendo a otra persona. Por todo eso, hoy necesitaba verte. Obvio que es urgente, sino, no estaría en el frente de tu casa a las tres de la mañana. Insisto, y una mueca que está entre el disgusto y la indiferencia, la da paso a tu asentimiento con la cabeza. Ver que todo está cambiado de lugar, me da cierta estúpida satisfacción; quiere decir que quisiste huir de mi recuerdo, de mi ausencia en los rincones de siempre. Él sabe qué decisión debe ser tomada. Un General que se precie de tal, no puede prestarse a tantas hesitaciones. El carácter, el brío, la fe en los ideales, tantas veces ponderados, son puro palabrerío vacuo si no toman protagonismo en ocasiones como ésta. Yo estoy al frente de este ejército, se dice,

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para prestar batalla; no pocas gestas me han traído aquí y no me iré sin plantar bandera. Un pueblo derrotado, es más meritorio que un pueblo huido. Así debe hacerse - continúa ya en voz alta, tratando de convencerse de algo que sabe no ocurrirá - no puedo dar la orden de abandonar todo lo logrado a gente animosa como ésta. Descarga su frustración en la mesa, primero golpeando con la mano, luego dejando caer pesadamente su cabeza. Se levanta abatido y se dirige al catre a pensar los términos de la notificación; quiere quedarse, pero se irá. No estoy aquí para renovar reproches, me repito. Desandar viejas discusiones, hace tiempo que nos cansó a los dos. Que te hastiaron mis celos, que te sofocó mi desconfianza, que te desengañó mi incapacidad de convivir con tu pasado; es ya conocido. También sabemos que no me banqué tu libertad, tu independencia, tu desenfado. Rara paradoja: siempre busqué una mujer así, descartando tantas otras por su más temprana que tardía sumisión; pero cuando la encontré, mis prejuicios y cadenas emocionales me impidieron hacerla verdaderamente mía. Y eso que me amaste, y cuánto me amaste; tanto como yo a vos. Me ensimismo en estos pensamientos, mientras permanecemos en silencio. Pero eso es cuestión del pasado, me digo tratando de convencerme. Vine hasta acá porque debo huir definitivamente de este fracaso, liberar todo rastro que me recuerde que soy incapaz de amar de forma auténtica y entregada. Aunque te veo enfrente y la decisión tambalea, se desmorona; ahora me parece tan absurdo el cuchillo que me tiembla en la mano dentro del bolsillo del saco. Luego de unos minutos sin decirnos nada, me levanto del sillón con intención de encarar hacia la puerta, pero me quedo.


por Meliza Ortíz

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a primera vez que tuve contacto con un videojuego fue cuando fuimos a Brasil y a mis hermanos les compraron un Atari. Yo no sé si me acuerdo del momento de la compra, pero del viaje en sí, además del mar, de una vez que se largó a llover muchísimo y lo mismo nos quedamos en el agua porque era calentita, los choclos con sal que vendían en los puestos de la playa, una remerita de un verde muy intenso con botones blancos en las mangas o en el pecho y una foto parada en una especie de plaza con banderas en mástiles altos con pose de mano en la cintura y piernita para el costado, el pelo en media colita peinada toda para atrás, tengo una imagen de estar en la habitación del hotel, yo tendría cinco años, con una revista de historietas de los sobrinos de Donald (Huguinho, Zezinho e Luisinho) y la sensación de que estaba todo escrito en otro idioma, aunque supongo que todavía no sabría leer y que, evidentemente ahora, el idioma era el portugués. También me acuerdo de unos muñecos articulados que venían en un bicicleta doble que le habían com-

prado a mi hermana. Eran una pareja de hombre y mujer y tenían un bebé que se lo podías poner en la espalda dentro de una especie de mochila para que lo llevaran en sus viajes en bici. No me acuerdo del Atari mientras estábamos en Brasil, sino después, cuando llegamos a la casa y mis hermanos jugaban. Tampoco sé cómo sabía que lo habían comprado en Brasil. Alguien lo habrá dicho. Pero era como un hecho indiscutido. Tenían dos juegos para el Atari: el “Galaxy” (el ahora clásico de matar los bichos que estaban en el cielo con una nave que les disparaba rayos) y el juego de “E.T.”. Al juego de “E.T.” nunca lo entendí. Me acuerdo que cuando empezaba, E.T. se caía a un pozo y nunca más supe lo que había que hacer, a pesar de apretar muchas veces el botón rojo y mover para todos lados la palanca del joystick. Bueno, después de eso, cuando tenía ocho o nueve, a mi primo de Salta le compraron un Family Game. (Sería como una versión medio argentina o china de la Nintendo o de un rejunte de distintas marcas de consolas, supongo ahora, con los juegos 167


pirateados o algo así). El primer juego del que me acuerdo era el “Circus” (el del payasito que estaba en un circo y tenía que ir superando diferentes pruebas mortales, tenías que hacerlo saltar de pelota en pelota sin que se cayera y después había un león que lo tenías que hacer saltar y traspasar aros de fuego que venían sin parar, y un monito que no me acuerdo bien qué era lo que hacía, creo que se metía por el medio en algunos momentos para crear mayor dificultad y así). Mi primo Pablo era MUY BUENO jugando al “Circus”. A veces venían a la casa de su abuela en Monterrico y lo traían y jugábamos ahí. Hasta que a mí me regalaron uno para el día del niño y fue lo más. Sí: MI PROPIO FAMILY venía con un cassette que traía un compilado de varios juegos, como más de cien. Mi hermano más grande también se enganchaba mucho y en las primeras épocas en el ranking de los preferidos venía primero el Súper Mario (for ever and ever), y después el “Pinball”. Yo le hacía frente bastante bien a mi hermano. Ahí empezó mi amor por Mario. Después de un par de años de jugarlo y jugarlo y jugarlo (era dificilísimo pasar el castillo final, sobre todo porque no podías guardar las etapas, siempre llegabas chiquitito y con escasas vidas, y si perdías tenías que empezar todo de nuevo; o al menos todo el Mundo 8 de nuevo), un día, estaba en el dormitorio de mi hermana que era la única que tenía tele para ella sola y por lo tanto el Family estaba conectado ahí, y tratando de sobrellevar la histeria y el estresssss más increíbles del Universo, después de pasar la etapa 1 del Mundo 8, la etapa 2 del Mundo 8, la etapa 3 del Mundo 8 (en la que salían los hijos de puta de los koopas que caminan en dos patas y te tiran martillos desde lo alto y te hacen perder) y el

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castillo final, ¡¡¡¡¡LO-PA-SÉ!!!!! ¡¡¡¡¡NO LO PODÍA CREER!!!!! ¡¡¡¡¡NO LO PODÍA CREER!!!!! Seguramente habrá muchos que pasaron el Mario en mucho menos tiempo que yo, ¡¡¡¡¡pero también MUCHOS MÁS, POR LEJOS, MUCHÍÍÍÍÍÍSIMOS MÁS, QUE NUNCA NUNCA NUNCA JAMÁS PUDIERON VER DE FRENTE LA CARA DE BOWSER Y ASISTIR A SU DESTRUCCIÓN EN PANTALLA Y QUE VENGA LA PRINCESA Y LE DÉ A TU MARIO UN BESO EN LA MEJILLA!!!!! (Bueno, medio poca cosa después de tanto sufrimiento, ¿pero qué más se podía esperar de una princesa rubia con vestidito rosado?). Inmediatamente, SIN APAGAR EL JUEGO Y CON LA PANTALLA FINAL A PLENO BRILLANDO EN EL TELEVISOR, salí corriendo a buscar a mi hermano, con la alegría contenida en el pecho (nunca fui de ponerme a gritar, aclaro), no estaba en la casa, no estaba en ningún lado, salí a buscarlo en la finca, nadie sabía dónde estaba, era inminente la necesidad de mostrarle la pantalla con MARIO VICTORIOSO SALTANDO, lo encontré en el escritorio, creo. ¡¡¡¡No sé, no sé cómo se lo habré dicho, lo hice venir a la casa, no me acuerdo más, se me borra todo lo que pasó después de la emoción inabarcable que


tenía!!!! (Obviamente mi hermano ni nadie que yo conociera en persona hasta ese momento había podido pasar la final del Mario). No quería apagar el tele. Sabía que era un momento indiscutiblemente único, no sabía si alguna vez volvería siquiera a ver esa escena en ninguna pantalla nunca más en la vida y en el mundo. Con los días me fui calmando, y después Alejo me prestó en el colegio su juego de “Los Picapiedras”. También estaba genial (pero no era el Mario, eso está claro). El cassette no tenía la carcasa, sólo la parte de adentro, que era como una placa de metal llena de cositos pequeños que pinchaban y a mí me daba miedo de que me diera la corriente. A veces lo tenías que sacar y volverlo a poner para que la consola lo agarrara. También era tipo de aventuras como el Super Mario. Hasta que otro día me prestó el SUPER MARIO 3 recién salido del horno. ¡Estaba muuuuuy bueno! No lo pude pasar en esa época, y un día se lo tuve que devolver. Pero el relato sobre el Mario 3 queda pendiente, ojo. Unos años después, ya en séptimo grado, en las compus del colegio estaba el “Prince of Persia”: ese también era buenísimo, pero tenías que acostumbrarte a manejar bien el muñequito porque si daba un paso de más se podía caer o quedar ensartado en los pinchos que salían del piso. Además era difícil jugarlo con el teclado de la compu, sin joystick (algo que después tampoco nunca pude hacer). Esto hasta aquí fue durante la primaria y casi por el final de esta época llegó a los fichines de El Carmen el “Tetris”. Cuando estábamos en la plaza con los amiguines, concentrando ahí para ir a jugar a las Mini-Olimpiadas o algo, nos íbamos a los flamantes jueguitos que habían puesto en el almacén

Volví a Jujuy, conecté la consola en mi tele y no paré más hasta ver todos los créditos finales de todos los Mario en la pantalla. Por supuesto, esto me llevó varios meses, no fue todo de una. Tenía que volver a ponerme en forma

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del lado del cine de la esquina y alternábamos entre el tejo, el “Tetris” y poner “Desesperada” de Marta Sánchez, “Piel Morena” de Thalía y “Mariposa Tecknicolor” de Fito en la especie de rockola también flamante que habían puesto en las instalaciones. Bueno, no todo eran los jueguitos, también patinábamos en la plaza o en el Sport y nos presumíamos con los chicos del momento. Todo eso está documentado en mi diario, por suerte. (Pero eso no se lo muestro a nadie porque hay ahí por ejemplo rankings de los chicos que me gustaban del uno al diez CON NOMBRE, APELLIDO Y TELÉFONO, y aunque ya crecieron igual me sigue dando vergüenza que lo sepan, aunque ya lo sabrían. (Siempre se saben estas cosas)). Un par de años después, cuando tenía quince, me puse de novia re en serio y los hermanos más chicos de mi novio tenían una Super Nintendo con el cassette de “Super Mario All Stars”, que traía todos los Mario que habían salido hasta el momento: el Super Mario Bros (con dos versiones más, un poco modificadas (“secuelas”, si nos ponemos en vocabulario técnico)), el Super Mario 2 (el más raro de todos), el Super Mario 3 (mi asunto pendiente) y el Super Mario World (que era IM-PRE-SIO-NANTE). Me acuerdo que la primera vez que vi el Super Mario World en la pantalla del tele fue una vez que me habían invitado a almorzar y sus hermanos, todavía con el uniforme del colegio puesto, jugaban sentados en el piso. ¡Las monedas flotaban en el aire dando vueltas sobre su propio eje! Era como re moderno. Tenía millones de secretos, mundos, lugares ocultos, inacabables trucos por descubrir y el caballito Joshi, que en realidad era un dinosauriocaballito, amigo de Mario. En la segunda parte del

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mapa, arriba de todo había un mundo oculto, al que mi cuñado más chiquito llamaba la “Top Secretaria”, que después me di cuenta de que era la “Top Secret Area”, y en donde podías juntar hongos de crecimiento, flores para lanzar bolas de fuego, plumas que te dan un traje con capita con el que tomando mucho impulso podés volar, caballitos Joshi y honguitos de vidas extras. Todos los que quisieras. Una vez que descubrías la “Top Secret Area” no te paraba nadie, salvo Bowser en el último castillo, claramente. Y además lo genial era que te iba guardando etapa por etapa, mundo por mundo, todo lo que hubieras superado. Por esta época alternaba entre ir al colegio, sufrir por estar de novia en una relación enfermiza y a distancia, ir a Inglés y juntarme con mis amigas en El Carmen los fines de semana. Al año siguiente, les compraron la Play Station recién inventada a los hermanitos y nosotros les compramos a ellos la consola de Super Nintendo a $60 con obviamente el cassette de los Mario, el Mario Kart, y algunos otros que no me gustaban mucho porque eran de varón: uno de aviación, otro de carreras de autos, el de “Lethal Weapon” con Mel Gibson muñequito básico y así, y la teníamos en mi casa. Ahí me puse al día con todos los Mario, pero todavía no lograba llegar a la final del Mario 3 ni del Super Mario World. Eso vino después. El Super Mario 2 era tan raro que aún no lograba captar del todo mi interés. Y al Mario clásico, después de varios años de haberlo jugado tanto cuando era más chica, no lo volví a agarrar por entonces. (Hasta acá no sé si están cansados. Podría hablar de esto o de la primera vez que me emborraché, pero creo que prefiero hablar de esto). Después, cuando ya iba a la facultad, otro novio tenía la Nintendo 64, pero las veces que in-


-Eso no significa que esté deprimida. -¿Por qué no escribís? -¿Y qué querés que escriba?

tentaba jugar al Mario nuevo en su casa nunca podía hacer que Mario caminara derechito; era mucho más sensible a cualquier minimovimiento que pudieras llegar a hacer. Igual estoy segura de que si la consola hubiera sido mía y lo hubiera intentado más seguido, otro sería este cantar. (Y no quiero hablar más del Mario 64 porque me genera sentimiento de frustración. Pasemos a otra pregunta). -No podés estar tan deprimida. -No estoy deprimida. -Estás todo el día encerrada jugando a los jueguitos.

Aquí vienen los años de angustia y depresión. Los ideales para pasar todos los Mario juntos hasta el final, incluso tomarle gusto al Super Mario 2. Uno de esos fines de semana de la etapa depresiva, en que me había ido un domingo a El Carmen, abrí el armario de mis juguetes y le saqué el polvo a la consola de Super Nintendo. Todo esto con una luz cenital blanca que me ilumina sólo a mí, con la Super Nintendo entre las manos, mientras todo alrededor es penumbra y decadencia. Volví a Jujuy, conecté la consola en mi tele y no paré más hasta ver todos los créditos finales de todos los Mario en la pantalla. Por supuesto, esto me llevó varios meses, no fue todo de una. Tenía que volver a ponerme en forma. Pero así pasé el Super Mario Bros (al que yo llamo “Mario 1”) en sus distintas versiones, el Mario 2 (jugando preferentemente con la princesa, porque el vestido te hacía un efecto paracaídas en las caídas libres y podías regularla para caer más lento y, en última instancia, salvarte), el Mario 3 (con traje de rana, sin traje de rana, con la botita para pisar las plantas carnívoras sin que te coman, sin la botita para pisar las plantas carnívoras tratando de que no te coman) y el Súper Mario World, todos con todas las alternativas de salida posible (llegando a la etapa final con trucos de atajos y rutas secretas; volviéndolos a jugar y pasándolos a conciencia mundo por mundo, etc.). Cuando ya los tenía a todos dominadísimos, hacía cosas como por ejemplo recurrir a la alta tecnología de Internet (que ahora sí existía y plenamente desarrollada) y ponerme a buscar en

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las guías Nintendo para ver si no me había quedado algún secreto en el tintero; incluso buscaba en lugares tipo foros extraoficiales de Mario donde te ponían algún truco clandestino que no venía en las guías; cuando me enteraba de que había alguno que se me había pasado, por mínimo y prescindible que fuera, volvía a jugar todo el juego de nuevo hasta llegar a ese mundo y hacer el truco, y cosas así. No voy a pormenorizar los detalles de las pantallas finales Mario por Mario porque sería largo, aunque ganas no me faltan, pero por ejemplo, después de ganarle a Bowser en el Super Mario World, me enteré de datos increíblemente relevantes que aparecen en los créditos finales y a los que pocos elegidos han tenido la oportunidad de asistir, como que el Director General del juego se llama Takashi Tezuka; el Director de Mapa, Hidequi Konno; el Director de Área, Katsuya Eguchi; y el Director de Programa, Toshio Iwawaki; y así un montón de gente japonesa más que está detrás de todo esto. Además del deleite de ver aparecer el reparto de absolutamente todos los personajes, bueno por bueno y malo por malo, con sus respectivos nombres. Por último, quiero agregar que cuando agoté todas las instancias de todos los Mario que tenía, 172

lo llamé por teléfono a mi segundo ex novio, unos diez años después, para preguntarle si me vendía su Nintendo 64. La respuesta fue negativa porque se la había regalado hacía un tiempo al hijito de “una compañera de trabajo” (no quise indagar en mayores detalles), pero que tenía la Playstation 2 archivada porque se había comprado el último modelo de consola de Play que había salido. Me la trajo en un estado impecable, con varios juegos, y me incluyó, además, la guitarrita del “Guitar Heroe”. Un maestro. Tengo anécdotas masomenos recientes vinculadas al “Guitar Heroe,” a la pista de “Smoke on the water” de Deep Purple jugada en nivel de dificultad “medio”, en la que está implicada más gente en modo “duelo”, pero que no serán develadas aquí, ni soñando (oooh). Así que esta ha sido la breve relación de mi vínculo con los videojuegos (“los vicios”, como les decían los varones en aquellas dulces épocas) y el que tenga una Nintendo 64 viejita con el Mario 64 para vender, ya sabe: escucho ofertas.


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por Pablo Espinoza

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“Pompón/Colita/Rabito/Dientín/todos/apilados/en la alacena/en frascos/al escabeche” Franco Aguirre Benotti

assolini es un conejo gris, del tipo Gigante de Flandes, de tres años conejos de edad. Belén tiene treinta y cinco años y trabaja de preceptora en un colegio secundario del centro de la ciudad. Todos los días Belén se despierta a las seis de la mañana, se baña, se viste de preceptora y desayuna con Passolini escuchando la radio para estar al tanto de las noticias del día. Después le sirve comida a Passolini para el resto de la mañana y sale a tomar el colectivo que la lleva hasta el centro. Passolini entonces queda solo en la vivienda. De a ratos se entretiene viendo la tele que Belén siempre le deja encendida en el canal de los dibujos animados. A veces juega a perseguir su sombra hasta caer rendido del agotamiento. Otras veces sólo se dedica a dormir durante toda la mañana en distintas 174

partes de la casa aprovechando los cambios de espacios para ir hasta su plato a comer algo. Cuando llega Belén, siempre después del mediodía, lo primero que hace es poner el agua para tomar mate, desvestirse y llamar a Passolini silvando la misma canción que le cantó para tranquilizarlo el día que su prima Alejandra se lo regaló después de haberlo rescatado de ser parte de un almuerzo familiar de verano. Esta vez Passolini tarda en responder al llamado de Belén. Cuando por fin aparece ella lo levanta, lo besa, lo acaricia, le pregunta si la extrañó y lo recuesta con ella a su lado en la cama mientras espera que el agua esté lista. De un momento a otro Belén se queda profundamente dormida, fin de año se acerca y en estas épocas el trabajo de preceptora se hace más pesado. El agua en la cocina hierve y Belén sigue dormida. Passolini la observa con ternura, se acerca a ella, mueve las orejas y la huele como queriendo guardar la mayor cantidad posible de su olor. Se


Martín Córdoba

acerca al cuello desnudo de Belén, despacio para no despertarla, y de un sólo movimiento cientos de veces ensayado en soledad le clava los dientes. Belén se desangra, quiere gritar pero la mordida fue hecha con precisón en el lugar indicado para ser fatal. Las sábanas blancas se convierten en una laguna roja. Después de unos minutos, eternos, la cama se queda definitivamente quieta. Todo es silencio. Solo la pava en la cocina silva. Passolini salta de la cama al suelo, se limpia los bigotes, sacude las orejas como si nada hubiese pasado, y se va al living a ver la tele que como todos los días Belén le dejó encendida en el canal de los dibujos animados.

A veces juega a perseguir su sombra hasta caer rendido del agotamiento. Otras veces sólo se dedica a dormir durante toda la mañana en distintas partes de la casa aprovechando los cambios de espacios para ir hasta su plato a comer algo

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por Alejandro Chiri

C

uatro y veinticinco de la madrugada. Las luces del boliche se encienden, los polis de turno van despejando poco a poco el local. Y sí, ahí me tienen señores. Un vaso de cerveza entre mis dedos, mucho alcohol en la cabeza y una señorita que camina tomada de mi mano como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo. Dice que se llama Rosalía, aunque para mi tiene cara de Marcela o algo así. Afuera la luz empieza a asomar por entre los cerros que rodean a esta ciudad y de fondo todavía se escucha una cumbia norteña que me recuerdan a las infinitas chupas en la villa. Nos sentamos con dis que Rosalía en la vereda, le digo que la acompaño a tomar un taxi, o que si prefiere podemos ir a tomar la última birra a un pool o a alguna otra parte, pero lo que realmente quiero es convencerla de que nos vayamos para mi casa, ella entiende perfectamente la indirecta y sube la apuesta invitando a una amiga, dice a modo de justificación -no puedo dejarla en banda, vinimos juntas y estaría mal dejarla sola- No digo nada, terminamos el poco de cerveza que que176

da en el vaso, paramos un remis, nos subimos como podemos los tres en la parte posterior, el remisero se da media vuelta, ellas me miran como preguntándome a donde vamos, Villa Floresta alcanzo a decir y recién entonces el remis avanza. Buscamos un veinticuatro horas abierto, conozco uno pero queda algo lejos y estoy demasiado ansioso, quiero llegar a casa, buscar la merca, armarme una línea y dejar que el resto suceda. La amiga se saca los zapatos en el auto, dice que ya está cansada de los tacos y me pregunta si vivo solo, digo que sí, se miran entre ellas, no dicen nada, no hace falta, los tres entendemos demasiado bien la situación. Por fin aparece el bendito veinticuatro horas, compramos un par de cervezas, la vieja que atiende se tarda demasiado en dar el vuelto y yo solo puedo pensar en la tarifa del remis que no para de subir y en la línea que me voy bajar apenas llegue. Cinco y diecisiete de la madrugada. Treinta y ocho pesos menos en el bolsillo. Al fin en casa, ponemos algo de música, buscamos unos vasos, las


Facundo Delfín Cañazares Undiano

cervezas por suerte todavía siguen bien frías. Voy a mi pieza saco la merca del placar y me encamino al baño y ahí justo en frente del espejo me doy un saque, debe ser que salgo más eufórico de lo que ya estaba porque las chicas notan la diferencia y sin ningún tapujo me piden que les arme unas líneas. No puedo negarme a ese pedido, así que mientras en la radio suena La Renga, a estas alturas ya a ninguno nos importa la música, armamos unas líneas sobre una carpeta que justo está ahí sobre la mesa como esperándonos. Hablamos del boliche, de cómo es que se armó la pelea en donde terminaron sacando a mi amigo, de eso recuerdo poco, seguro que es por lo mismo de la semana pasada, demasiadas cervezas siempre hacen que mi amigo termine afuera del boliche antes de tiempo. La madrugada se está poniendo hermosa, tengo todo lo que necesito; unas Saltas bien heladas, todavía me quedan dos o tres tizas de merca que compre al búho Díaz, que es

la mejor que se puede conseguir en la villa, pero por sobre todas las cosas, tengo dos hermosas mujeres sentadas en el sofá dispuestas a todo. Inevitablemente empieza lo que tenía que empezar. Nuestras ropas van ocupando el espacio vacío que dejaron el sofá, la mesita y el televisor. Confirmado, la merca del búho es la mejor, ningún problema de erección ni nada parecido. Tres y cuarto de la tarde. La maldita luz directo a los ojos. Alcohol en vez de sangre. Tres mensajes, once llamadas perdidas y un correo de voz vacío. Pero es hermoso despertarse y tener dos chicas semidesnudas en tu cama, aunque no sepas muy bien lo que haya pasado. Busco algo fresco, una cerveza aparece en medio del desorden de lo que hasta ayer era una heladera, me sirvo un vaso lleno y en dos o tres sorbos lo dejo por la mitad, segundo intento, y el vaso queda completamente vacío. Me doy una ducha con agua fría, reviso mi billetera, me

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Las empanadas están jugosas, me mancho la entrepierna del pantalón y me acuerdo lo que dijo una vez el viejo de enfrente; empanadas pa comer con piernas abiertas. Mierda, yo aquí viviendo una aventura que de seguro pocos me creerán y me vengo a acordar del viejo garca de mi vecino

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pongo un pantalón más o menos limpio y me encamino hacia la pieza. Las chicas siguen durmiendo, es evidente que si nos las despierto seguirán en ese estado de letargo en el cual han caído. Ordeno un poco, levanto unos vasos del piso, prendo la radio, subo el volumen y dejo que el sonido haga lo suyo. Después de mucho esperar y ya con la cerveza cerca del final, salen las chicas del dormitorio. Por su postura y sus gestos supongo deben tener resaca igual que yo, les convido de mi vaso de cerveza, toman un par de tragos cada una y el vaso inevitablemente, otra vez está vacío. Salimos a comprar una par de cervezas en el kiosko de la esquina, pedimos tres aunque sólo tenemos un envase, me siento confiado -de seguro la doña no me negará unos envases por un rato- les digo. Es sábado recuerdo, de seguro allá en la casa de la vuelta habrá unas empanadas para comprar, así que sin dudarlo un momento nos encaminamos allí. Las empanadas están jugosas, me mancho la entrepierna del pantalón y me acuerdo lo que dijo una vez el viejo de enfrente; empanadas pa comer con piernas abiertas. Mierda, yo aquí viviendo una aventura que de seguro pocos me creerán y me vengo a acordar del viejo garca de mi vecino. Vanesa ríe, (Vanesa es el nombre de la amiga, recién ahora lo sé) me mira la entrepierna y hace un gesto burlón. Me siento enamorado. Siete y cuarenta y ocho de la tarde. El sol empieza a decaer, la última cerveza ya está casi por la mitad y nuestro ánimo no es el mejor. Las cumbias ya se repiten y nadie se molesta por cambiar el CD, imagino que el cantante de Brumas ya debe estar cansado de repetir una y otra vez el mismo repertorio. Por suerte o por desgracia tocan la puerta. Es mi amigo, sí, el mismo que sacaron anoche del boli-


che, a diferencia de nosotros, él está entero. Lo hago pasar terminamos lo que queda de la birra y como dice que esto no puede terminar así, agarra unos envases vacíos y en tres minutos está de vuelta con una sonrisa de oreja a oreja y tres cervezas en sus manos. La noche ya está encima de nuestras cabezas y esto nuevamente se está poniendo bueno. Once menos cuarto de la noche. Nos cambiamos, las chicas se bañan, se arreglan un poco, se maquillan, no comprendo de donde carajo salió esa cartuchera con tanto maquillaje como para empolvar a todo un elenco de bailarinas. Después de armar la última línea que compartimos entre todos, dejamos la casa y nos vamos a hacer la previa del boliche a un bar del centro, no sin antes pasar por el cajero y terminar de sacar el resto del sueldo que me queda. Es sábado a la noche y todavía me queda un resto de energía por quemar. Llegamos al bar en cuestión y como no podía ser de otra manera pedimos unas birras, las chicas pasan al baño y nosotros aprovechamos la ocasión para planear la noche -tomamos unas birras aquí, después pasemos por el boliche- digo, esto no parece gustarle a mi amigo, él quiere ir directamente para el telo, dice que “El castillo” esta bueno, mejor que el “Tres palmeras” asegura. “En esta danza soy el rey sin corona” balbucea Ciro de fondo, la noche está servida, ellas bailan a un costado de la mesa, todos miran y se acerca el tipo de la barra, nos pide que nos retiremos. Nos vamos, pero camino a la salida puteamos un poco, decimos que el lugar es una garcha, que por qué mierda nos echan si no hemos hecho nada, pero ya es demasiado tarde, tenemos que salir. Vamos a “El castillo”, dice mi amigo, fingiendo estar más borracho de lo que ya está, todos nos miramos un rato,

nadie dice nada, él insiste, al final las chicas aceptan. Pero antes tenemos que ir al baño dicen -¿De nuevo?– pregunto -Y sí- me dicen al unísono. -Espérennos aquí, ya volvemos- aseguran, y una de ellas tira un beso en el aire, siempre quise ser yo el destinatario de ese gesto, pero eso es algo que nunca lo sabré con certeza. Doce y media de la medianoche. -Es evidente que no van a volver- digo, él me mira con una cara que no es la suya y vomita su verdad -Claro que no van a volver pelotudo- Los dos nos lamentamos como unos idiotas nuestra suerte. Ni siquiera le hemos sacado el número de sus celulares. Cinco y veinte de la madrugada. La ciudad respira húmeda, los puestos de comida van terminando con sus reservas. Algunas muchachas vuelven de Puerto con los zapatos en la mano, descalzas, sonrientes, eternamente únicas. Mientras dos o tres indigentes tratan de cubrirse el frío con colchas viejas y cartones al costado de una vidriera sobre la peatonal. La cerveza, ahora en envase descartable, otra vez se está terminando y es que a esta hora, hasta el último cigarrillo, cortesía de un vendedor de panchos, se nos acaba. Aún esperamos, aunque el sol de domingo ya esté por salir y la soledad también.

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El Boludito por Nicolás Venturino Era un buen tipo. Fue un delincuente, sí, pero buen tipo. Que haya sido ladrón, asesino o violador no es nada, porque lo que realmente fue, es un buen tipo. Las circunstancias fueron adversas, sino, todo hubiese sido distinto. Su viejo era banquero; sí, banquero de saco y corbata, de zapatos lustrados. Y la vieja... bueno, la vieja había sido vendedora de tuperwares, pero después no lo fue más. Al principio, cuando él era chico, el viejo fue un déspota; era golpeador (golpeador de gente: de él y de su mamá). Él, que era un nene, y su mamá que era muy buena, ninguno de los dos fue valiente como para ser ellos los verdugos y no los verdugueados. Hasta que un día todo fue distinto. El nene ya no era tan nene; de repente fue un muchachón, con pelos en los brazos y todo. Ese día fue decisivo. La cara de la madre era un charco de sangre. El responsable había sido el padre. Así que el pibe, él, el boludito, ese día fue el responsable, de la quebradura en el craneo paterno. Fue muy fácil: Las máquinas de escribir son duras, más duras que las cabezas. Su máquina de escribir mecánica, era Olivetti, y muy pesada. Por esto es que la elevación y el transporte fueron complicados; pero no así la caída: como si fuera un yunque, la máquina fue el instrumento punitivo para la ruptura cráneana. Así, es claro que los sesos en la almohada, eran del padre.

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Alejandro López

Little-Rat-Ura El pescado tiene escamas, el pescado tiene espinas. El cielo tiene estrellas. El sol tiene la luna. La tierra tiene pasto. El pasto tiene hormigas, lombrices. Las hormigas laburan, no disfrutan. La siembra da sus frutos, la planta del tabaco. Este sí se fuma. Sólo el hombre fuma. Mejor, mirando la luna.


por Martín Goitea

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ocaron la puerta. Entró el jefe de preceptores, el hombre más antiguo del personal de planta, incluso de más antigüedad que el mismo director. El director recorría con una mano la madera recién lustrada del mueble empotrado, que guardaba los biblioratos contenedores de todos aquellos años de exitosa gestión: -En esta institución podemos jactarnos de que siempre se les ha dado a los estudiantes suficiente libertad. -La necesaria- pareció querer precisar el jefe de preceptores. -Los límites, sin embargo, son indiscutibles, sin ellos la libertad indefectiblemente se degrada en libertinaje- prosiguió el director. -Eso está claro como el agua de vertiente en invierno, definitivamente. -Por eso es que algunos jóvenes, los más cancheros, se aflojan la corbata, otros más formales la llevan bien ajustada, con el cuello de la camisa abotonado, vi también que hay quienes prefieren los

zapatos con cordones, hay otros que náuticos o mocasines, las chicas pueden hacerse el corte de cabello de moda que más les guste, cualquiera de esos tan lindos que lucen las modelos profesionales en las publicidades, ellas y los muchachos pueden tatuarse, esa práctica primitiva, tribal, antropológica, siempre y cuando el tatuaje esté oculto, como los piercings que pueden tenerlos en los bolsillos hasta que salgan de clase y vuelvan a colocárselos, en fin… Pero lo de este chico es inaceptable, intolerable, claramente el reglamento estipula que el color del pantalón del uniforme es gris perla, no otro. No hay vuelta que darle, no hay matices en este punto, no puede ser un gris equis, no, no, gris perla, clarísimo. Dentro de la ley todo, fuera de ella nada, nada. El jefe de preceptores se fue satisfecho, pensando que tenía razón él, nomás, cuando lo mandó al estudiante díscolo de vuelta a casa con una notificación a los padres o tutores.

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Alejandro López

La chica se llamaba Violeta y era publicista. Estaba buscando locaciones para filmar una publicidad en la que se vendía la fiesta de Halloween. El cliente era dueño del boliche más grande del noroeste del país. La misión era bastante sencilla: debía conseguir el baño de un colegio, lo suficientemente tétri-

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co, en el que se desarrollaría una escena de terror. Redactó la nota al director del colegio, solicitando el permiso para instalar los equipos y para que el staff pudiera desplegarse con comodidad. Antes de cerrar la nota, por supuesto, destacó la oportunidad de que el colegio apareciera en televisión, esta vez por motivos estéticos, artísticos, lo cual agregaba


a la prestigiosa historia de la institución, si se quiere, una impronta de posmodernidad que la aggiornaba y revitalizaba, en concordancia con las últimas refacciones que se le habían realizado al edificio original. Cuando el jefe de preceptores salió de la dirección, Violeta se puso en pie y arremetió hacia la puerta, con la decisión de no dejarse desplazar por alguien más. Golpeó la puerta y escuchó “pase”. El director le ordenó al jefe de preceptores que acompañara a la señorita y que le mostrara los espacios del centenario establecimiento que pudieran interesarle y serles útiles para su publicidad. La arquitectura de principios de siglo veinte ofrecía escenarios óptimos: los amplios baños (aunque ya no desprovistos de mingitorios ni con las marcas para los zapatos de las letrinas originales), y el salón de actos eran inmejorables. Violeta tomó fotografías con una camarita digital y el jefe de preceptores con uno de los porteros, que en ese momento limpiaba el salón, la observó hacer el trabajo. Luego, los dos hombres hablaron en voz baja y el jefe de preceptores se excusó y le dijo a Violeta que el personal de servicio la ayudaría en lo que necesitara, él debía volver a sus tareas. -¿Ya está?, preguntó el hombre cuando vio que la publicista se encaminó hacia la puerta del salón de actos. -Sí, digo, no sé, ¿hay algún otro lugar que podría usar? -Depende de qué está buscando. La chica le explicó. -¡Ah! ¿Y cómo se enteró? ¿Alguien del colegio le contó? Violeta advirtió que había algo que no sabía y que el portero creía que sí.

-Sí, alguien me contó-, arriesgó ella, dándole al hombre el pie para que soltara la lengua. -Ahí está la puerta del sótano-, indicó el portero con todo el brazo estirado, como cuando un niño acusa a otro frente a un adulto-, ahí es donde aparece el duende. Hacía tanto que no escuchaba mentar una leyenda autóctona, que dudó de su utilidad para publicitar. Sin embargo, el hecho no carecía de interés ni ella de curiosidad. Violeta sintió que el trabajo podía enriquecerse y, quién sabe, si acaso de una vez por todas no podría incursionar como guionista. La puerta del sótano estaba a un lado de la puerta por la que se entraba al escenario. Era de madera pintada de un blanco muy sucio ya y el picaporte era ordinario, sin nada particular ni distintivo, de manera que era una puerta más, sin características atrayentes ni simbólicamente especiales. Si hubiera tenido, por caso, un picaporte redondo con detalles arabescos o la madera hubiera estado pintada de un blanco tan puro y nuevo que atrajera a la vista ni bien se entrara al salón, o quizá se hubiera visto desvencijada y mohosa, despintada y con un agujero en donde debería estar el picaporte, esa puerta habría estado cargada de significado. Lo que había para decir no lo decía la puerta. -¿Cómo dice? ¿Que aparece un duende ahí adentro? -Como verlo, todavía no lo ha visto nadie, lo que sí se han visto son cosas que dan prueba de que hay un duende. -¿Como por ejemplo? -Máquinas eléctricas que se prenden solas, en los baños grifos que se abren, pelotas que cambian de lugar…

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-Entonces en el sótano se guardan cosas. -Pocas, pero sí, hay una amoladora, herramientas, cosas así. -¿Y cómo pasó lo de las pelotas? -Había un armario en el que se guardaban elementos de educación física, pero cuando los profesores advirtieron que las pelotas aparecían rotas o en lugares insólitos, al ir atando cabos con otros hechos, decidieron no usar más el armario ese del sótano. -¿Algún alumno contó algo que hubiera visto? -Creo que no, solamente lo de los grifos que se abren en el baño de mujeres, aunque hay otras que dicen que a veces sienten que alguien las besa en la mejilla pero que no hay nadie. -¿Y ellos qué dicen?, digo, los alumnos. -Nooo, no entran al sótano ni que un profesor se los mande, aunque eso hace rato que ya no sucede, que les ordenen entrar. -¿Desde cuándo comenzaron a verse estos indicios, o fue algo que siempre sucedió y forma parte de la historia del colegio?, porque el edificio tiene prácticamente un siglo. -Mire, la verdad es que yo trabajo aquí desde que se volvió a abrir el edificio después de la refacción. En los primeros meses de trabajo ya comenzaron a escucharse esas historias, yo al principio no las creí, hasta que me pasó a mí, cuando vi las huellitas. -¿Las huellitas? -Sí, hice una prueba muy común en estos casos, hay que tirar harina en el piso del lugar en donde se cree que vive un duende, disculpe la grosería, pero casi me cago en las patas cuando vi los piecitos descalzos marcados por todas partes, incluso sobre el mesón de trabajo y el armario abierto de par en par.

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-¿Se puede ver? -¿El sótano? -Sí, claro. -Bueno, el director dijo que podía ver lo que quisiera, ¿no?, así que…prendo la luz y entramos. Recorrieron el sótano sin ningún sobresalto. Vio el mesón de trabajo, las herramientas, una amoladora, un taladro, el armario de educación física, pupitres viejos y bancos de madera apoltronados en un rincón, completamente cubiertos de polvo y telaraña. Violeta comenzó a considerar al sótano como una locación que podría usarse para la filmación de la publicidad. No era tan pequeño como para impedir que los equipos entraran, y además no necesitaría ser acondicionado con nada accesorio, era la escenografía perfecta. Incluso el foco incandescente que colgaba en el centro con la pantallita de plástico, que si se lo hiciera pendular de modo que alumbrara distintos sectores de la habitación de manera intermitente, por un supuesto desperfecto, daría el ambiente terrorífico de película pochoclera necesario. El portero había actuado con pericia, seguramente la había adquirido por tradición, no cualquiera sabe cómo conducirse en estos casos. Aunque había literatura sobre el tema. Incluía consejos a la manera de los actualísimos tips, para comprobar la existencia de seres de este tipo. También enseñaba la manera de deshacerse de ellos. Lo más interesante de todos los datos que le había proporcionado el portero era el hecho de que las jovencitas sintieran que alguien las besaba. Sentían un “beso en el viento”, según definían los especialistas y agregaban: “Los duendes pueden relacio-


narse fuertemente a través de los objetos, llegando incluso a perseguir a sus dueños”. El libro explicaba cómo proceder en estos casos: hacerle sentir la fuerte presencia de un hombre, o bien provocarle profundo asco. Las estrategias llegaban al extremo de usar excrementos. Aparentemente, aquello de las puteadas y los cintarazos parecían ser nada más que un mito. Definitivamente, la idea de un duende enamorado de las alumnas le había gustado. En los dos o tres días que visitó el colegio, había podido ver a los alumnos. Los chicos se agrupaban y les gustaba tocarse, bromeaban con las manos y cualquier cosa era buena excusa para acercarse, compartir una gaseosa bebiendo del mismo sorbete, partir un chicle a la mitad o abrazarse de manera que parezca casual, como quien busca complicidad pasando un chisme. Una parejita de novios se hacía arrumacos junto a un muro lateral del salón. Ella apoyaba la espalda y él la tomaba de la cara cuando la besaba, después apoyaba una mano en su cadera. Los labios hinchados de ella lo invitaban a él a acercar su cuerpo un poco más, hasta que un preceptor se interpuso y los mandó hacia otro lugar del patio. Dos chicas sólo se animaban a tocarse las manos con la punta de los dedos. Prestó especial atención a todas las chicas, porque podía encontrar una no actriz para incluir en la publicidad y, por qué no, también descubrir una cara nueva que manejar como representante. La verdad es que, en general, eran muchachas comunes y corrientes, sin veta para el modelaje, a lo sumo lindas como para candidatas a reina del colegio en primavera, pero no más que eso. Como ella misma, pensó. Claro que a ella nunca se le hubiera ocurrido

No quería siquiera considerar la posibilidad de que lo hubiera perdido. ¿Era posible? Veinte años usando esos pañuelos. Pagaría una recompensa con tal de recuperarlo. Pero…¿ dónde podía haberlo perdido? Rebobinó

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pretender ser reina de los estudiantes, ni bailarina, ni actriz, ni vedette. No. Sólo había sido una chica responsable que hacía su trabajo. Antes estudiar, ahora producir. Su fuerte era la gestión, claro estaba. En el secundario tuvo un novio, Pedro. Pedro era lindo, sí, que según le había advertido su madre iba a querer una sola cosa, como todos los hombres, y que ella no debía ser débil si no quería terminar como todas esas fáciles que se embarazaban y debían dejar la escuela, fracasando para siempre. (La fila de árboles de mediana estatura no solamente neutralizaba el alumbrado público suministrándoles la necesaria oscuridad, sino que también los cobijaba de la helazón que caía con la noche. No hay un alma en la calle, si no se los cuenta a ellos dos. Ella lleva bufanda y gorro de lana, él tiene puesta una campera de jean, ella tiene las manos calientes y él los labios amoratados, ella se bañó y salió, él tuvo un partido de fútbol por la tarde, ella piensa que él es el más lindo del curso, él no ve las horas de meter la nariz entre esas tetitas. Hablan de cualquier cosa, el colegio, el barrio, algunos amigos, las salidas a bailar, de ellos, que no son cualquier cosa, temas que no son más que una manera de pasar el tiempo, de que el encuentro llegue a su culminación, que no es lo mismo que el final, esos últimos diez minutos en los que ella accede a que él la tenga entre sus brazos y la bese en la boca con la humedad fría de sus labios ateridos, pero que se van entibiando al igual que los pezones de ella en la estrechez apretujada contra la dureza de él que al sólo contacto los hace derramar efluvios estremecedores). Entonces Pedro la dejó y ella lo lloró un tiempo, hasta que terminó el secundario. Después soñaba con la idea de Pedro, no con él, porque era un hombre al que no se le veía la 186

cara, pero ella sentía que era Pedro porque no había conocido a nadie más. Los sueños eran recurrentes, situaciones parecidas a las que habían vivido, pero cuando Pedro o quien quiera que fuese el hombre con quien soñaba iba a penetrarla, se despertaba. El caso es que la mejor manera de olvidar a Pedro era trabajar y estudiar, ocupando el mayor tiempo posible. Fue lo que hizo desde los veinte. Violeta vivía sola y tenía en su departamento todo muy ordenado. La cocina, que usaba poco, únicamente los fines de semana, lucía impecable, sin pringue, cajonera de fórmica para cubiertos, alacena para cacerolas y vasos, platos y demás utensilios, termo de acero inoxidable y mate correntino sobre la mesada despejada. La habitación, amplia, con placard, en donde coleccionaba botas y sandalias, los vestidos y blusas colgadas en perchas de plástico protegidas con antipolillas perfumado, chifonier para remeras, camisones y ropa interior, una cómoda repleta de perfumes, cremas, un neceser tamaño valija, adornitos y souvenires de bautismos, fiestas de quince y casamientos, un espejo oval frente al que se maquilla con Revlon, la cama bien hecha, terso cubrecamas Palette, sobre la que descansan sus mascotas: el tigre, el conejo y el Basset cachorro. Y lo más preciado, siete pañuelos con motivos de Sarah Kay, uno para cada día de la semana, regalo de su papá cuando cumplió diez años, impecables, cuidados tanto como su virginidad, atesorados en un alhajero junto al espejo. Era lunes. Antes de salir a trabajar, abrió el alhajero para sacar el pañuelo de los lunes. Rojo, amarillo, violeta, fucsia, verde agua, azul Francia, pero no el blanco. Imposible. Fue a ver al canasto de la


ropa sucia, revolvió la poca ropa (no soportaba ver el canasto lleno, de manera que lavaba ropa todos los días a la noche), nada, no estaba. Pensó en buscar en los cajones, en la cómoda, pero se dio cuenta de que era absurdo, sólo en dos lugares podía encontrarlos, en el alhajero o en el canasto de la ropa sucia. Una alegría inmensa le trajo alivio: había un tercer lugar, el planchador. Pero no, tampoco lo encontró allí. No quería siquiera considerar la posibilidad de que lo hubiera perdido. ¿Era posible? Veinte años usando esos pañuelos. Pagaría una recompensa con tal de recuperarlo. Pero…¿ dónde podía haberlo perdido? Rebobinó. El lunes pasado lo había dedicado, exclusivamente, a hacer las gestiones con el director de la escuela para obtener el permiso de filmar en el edificio. Después, al atardecer, pasó por la rotisería a retirar su menú light para la cena, que aquel día había sido su única comida del día, y no estuvo en alguna otra parte. Bueno, si no contaba los dos remises que había tomado. Iba ser muy difícil aceptar que ya no tenía los siete pañuelitos de Sarah Kay, como cuando se pierde a un perrito muy querido y se ruega que lo haya encontrado alguien que lo quiera y cuide como lo hacía uno. El editor le envió a Violeta el trabajo terminado para que lo viera y diera su opinión. La filmación llevó un día entero. Todos los equipos y técnicos cupieron perfectamente en el espacio disponible. Se restringió la entrada al salón de alumnos y de cualquier persona ajena, aunque el director pasó a saludar y aprovechó la oportunidad para fotografiarse con el staff. Era tardísimo, los ojos se le cerraban de sueño. Fue a prepararse un café. Un ruido extraño,

como si royeran madera, le llamó la atención. Quizá fuera una cucaracha en el mueble de la cocina, porque ratas era imposible en un cuarto piso. Abrió las puertitas de la bajo mesada y miró. Se sentó a la computadora. Sorbió el café caliente de la taza con su nombre. Pensó una ridiculez: ¿Y si fuera verdad que los fantasmas y seres paranormales podían verse en fotografías y filmaciones? Jugó a que creía en eso. Violeta vio el video detenidamente. Salón multiuso o gimnasio de colegio secundario. Chicas en clase de educación física. Llevan uniforme, sexis, remera blanca con pantalón joggings mostaza y zapatillas rojo y blanco. Hacen movimientos gimnásticos, muy bellas todas, la profesora que no se queda atrás, es una cuarentona muy bien conservada. La profesora llama a una de las alumnas, la chica se acerca. Esta última parte se ve con una toma subjetiva a través de un tragaluz. Luego, en primer plano, la profesora le indica a la alumna que debe ir a buscar elementos para continuar con la clase. La chica no está convencida de hacerlo, dice “no” con la cabeza, la profesora sonríe y le insiste, la chica está temerosa, la profesora se lo ordena con más firmeza. Otra vez la toma subjetiva a través de un tragaluz a nivel del piso. La chica se acerca hacia la cámara hasta que sólo se ven sus pies. Fundido en negro. Se enciende un foco que cuelga del techo. Se oye el ruido de una puerta que se abre. Se ve la claridad que entra por el hueco de la puerta. Una escalera de madera, vista lateral. La chica, muerta de miedo, baja y hace crujir los peldaños a cada paso. Otra vez la cámara subjetiva, pero no a nivel del piso, sino a unos cincuenta o sesenta centímetros. La chica llega a un armario. Antes de abrirlo, mira alrededor, es un sótano, al que solamente da luz el

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foco que se bambolea, hay otras cosas, una mesa, herramientas, pupitres y bancos en desuso amontonados. La chica abre el armario. Está vacío. No le parece extraño. Entonces se oye un tropel de pelotas de básquet y vóley que rebotan a la vez por todas partes. La chica da un grito estremecedor, pega un alarido de incontenible terror. Después, esas mismas chicas de la clase, y la profesora, bailan y se divierten, gozando en la fiesta de Halloween, en un megaboliche de onda con otros tantos apuestísimos Adonis, todos disfrazados de brujas, Frankensteins, hombres lobos, Dráculas y duendes cool. Tal vez el ala del sombrero desmesurado apareciera junto al armario de educación física, o los flecos del poncho harapiento se adivinaran en un rincón en penumbra, por qué no la pequeña sombra furtiva huyendo de la luz bamboleante del foco. Nada de eso, el cuento del duende no debía ser más que un embuste para impedir que los chicos desafiaran la prohibición de entrar al sótano a escondidas. Se aseguraron de que el rumor corriera entre los alumnos, inventaron testimonios y difundieron los peligros que podía acarrear el contacto con el monstruito. Claro que ninguna chica va a querer entrar, la maldición de un duende enamorado enloquecería a cualquiera. Sería algo más que una simple regla a romper. Pero cuando la chica bajaba la escalera y llegaba al piso del sótano, justo delante de su pie derecho, debajo del cono de luz que derramaba el foco, una mancha blanca obligó a Violeta a aplicar el zoom para ver mejor de qué se trataba. Inesperadamente, supo que al pañuelito de Sarah Kay lo había perdido en la filmación de la publicidad.

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Al otro día, temprano, iría a la escuela a recuperarlo, quizá todavía no fuera tarde, el portero le había dicho que allí no entraba nadie, ni a limpiar ni a nada. Satisfecha con el producto final, apagó la computadora y fue a la cocina a dejar la taza de café. Afortunadamente, el cansancio de un largo día de trabajo siempre fue para ella más fuerte que la cafeína. Prendió la luz del baño, se cepilló los dientes, hizo pis. Buscó un camisón limpio en el chifonier, se cambió la ropa y se sentó frente al espejo de la cómoda para ponerse las cremas anti age. El tigre estaba junto al alhajero de los pañuelos. Le pareció raro, no recordaba que lo hubiera dejado ahí, el lugar de los peluches era la cama. Agarró al tigre y, cuando giró para dejarlo apoyado contra la almohada, vio que tampoco estaban el conejo ni el cachorro salchicha. Se asomó al otro lado de la cama y los vio en el suelo, como si un niño desordenado y desobediente hubiera jugado con ellos. Los levantó y dejó los tres peluches en su lugar. Volvió frente al espejo. Cuando iba a aplicarse la crema, sintió una irresistible tentación de levantar la tapa del alhajero.


el vicio dentro DEL VICIO por

Rodrigo Moltoni

Pensar en viciar… cuándo empezaron a usar este término? Saben a qué se refiere? Básicamente empezaré por la definición del diccionario de la Real Academia… Viciar: corromper, adulterar, falsificar, etc etc etc. Eso dice el diccionario… cuando lo digo yo, cuando lo decís vos, pensamos en horas y horas de videojuegos que devanan nuestro cerebros con imágenes nunca vistas!!!! Llenas de colores, luces, sonidos, metralletas!!! Sexo!!!! Terror!!! Y claro el Atari… No cualquiera se hecha un buen polvo todos los días… digo una buena jugada a la consolita de turno. Consolita… Consola… hay muchas, muchísimas, y quienes comparten mi edad… unos 32 años (al que diga lo contrario ya sabe lo que puede llegar a sufrir) hemos pasado por commodores, ataris, familys, que es lo mismo que una NES, SuperNES, Sega Megadrive ó Génesis, Playstation 1, 2, 3, Nintendo 64. Gamecube, Xbox, Xbox 360, PSP, PS VITA, NINTENDO DS, no olvidemos al GAMEBOY, ufff tantas, y tantas otras que desconocemos por vivir donde vivimos… el tercer mundo claro, o la concha de la lora, como mejor prefieran. Pero no hablo de viciar solamente por pensar en las tantas horas de vida, dirán algunos, desperdiciadas frente a una PC, un TELE DE TUBO, UN LCD, LED, lo que fuera… más bien cuando empecé a pensar en esta nota también pensé en quienes juegan a videojuegos, quizás los relaciono más con los NERDS que pasan horas en los RPG (Role plating game ó juego de rol), pero hablo actualmente de la comunidad en general, y pensar en los vicios y excesos dentro del mismo VICIO. Cuando alguien agarra la PALANCA… JOYSTICK, GAMEPAD, TECLADO, lo que sea, y elige un videojuego, lo hace pensando en un alter ego. Tal cual, cuando leemos un libro, o vemos una película, nos metemos en el papel del personaje, en los videojuegos pasa lo mismo pero son lo que llamamos INTERACTIVOS. Entonces nuestro alter ego muta en alguien, durante minutos, horas o días, y ese “alguien”, nuestro personaje, simula una vida… casi y seguro tan parecida como la nuestra… MENTIRA, pero nos gusta, queremos ser un winner. Estos personajes con el paso del tiempo han sido cada vez más humanos, aunque sean un conjunto de píxeles (cuadradito más cuadradito) se han humanizado pensando en el GAMER, que es básicamente quien derrocha su vida con tal de consumir sensaciones diferentes.

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A lo largo de la historia del videojuego, estos personajes con tal de parecerse a nosotros mismos han desarrollado inteligencia, voces, conductas, etc, y sobre todo adicciones, es muy del ser humano ser adicto a ALGO, y quien diga lo contrario que la CHUPE! Metal Gear Solid: Snake fuma que da calambre! El cigarrillo también puede utilizarse para detectar sistemas de alarmas por infrarrojos. De paso para que no le tiemble el pulso en el modo “Francotirador” le metemos un par de diazepam. PS1/PS2/PS3/XBOX360

Super Mario Bros: come HONGOS, ¿Se dieron cuenta de esto? Los pisa, pero son para consumirlos mejor. El juego nos enseña a comer hongos para crecer y ser más fuertes! La cantidad de pendejos que deben haber alucinado… NES//SuperNES/DS/WII/N64

Manhunt 2: Daniel, un loco, inducido a ser un asesino recupera su energía consumiendo fármacos. Por si esto fuera poco, el juego incluye mucha violencia y un club de perversiones, donde las drogas y el sadomasoquismo son lo más! PC/PS2/PSP Saints Row IV: Todos los que puedan imaginar, basándose en el prototipo de macho americano, el Presidente de los Estados Unidos es llevado a una simulación de la tierra misma donde unos alienígenas lo torturan poniéndole a su alcance todo tipo de “cosas”. El uso de armas “anales” y fálicas para derrotar al enemigo de diferentes maneras se convierte en un exceso. PS3/PC/XBOX360 The Singles: una versión más adulta de los SIMS. Formas la parejita, te tomas algo, lo/a llevas al depto, a seducir y ponerla… ahora que lo pienso este juego trata sobre PONERLA. PC GTA IV: este juego no necesita presentación… sabían que existe un modo BORRACHO?

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Duke Nukem Forever: basado en la idea de DOOM, Duke Nukem es un juego en primera persona, plagado de chicas algo monstruosas, muchas drogas, sexo, birra, etc. El juego tiene un logro algo difícil de desbloquear: ABUSO DE DROGAS… para ganarlo lo idea es mezclar cerveza y esteroides. PC/PS2/XBOX


Darkseed 2: Mike Dawson todas las mañanas le mete varios analgésicos para poder empezar el día, indispensable. PC

7 SINS: los pecados a la orden del día, un videojuego para PECAR a lo grande. Conquistar chicas, mucho roce muchas tetas, onda Playboy The Mansion. PC/PS2 Lone Survivor: un jueguito Indie de survival. Nuestro personaje encontrará píldoras para dormir en el botiquín de su depto, cada una lo induce a un sueño diferente, así consigue munición, pilas para la linterna... ALUCINA! PC/VITA/PS3 Leisure Suit Larry: Larry es un looser al que ayudaremos a conseguir chicas… cueste lo que cueste… mucho alcohol, mucha teta, pocos huevos. PC Max Payne 3: whisky, vodka y muchas pastillas vas a necesitar para mantenerte en pie sin ningún rasguño, que forma más divertida de energizar a tu personaje… PC / PS3 / XBOX360 Narc: un jueguito para NES, con alto potencial en la lucha contra el narcotráfico. Nuestro personaje de elite recolecta unas bolsas de plástico con polvo blanco, muchos puntos… por la merca. NES

Resident Evil: plantitas medicinales… si claro MEDICINALES… para levantar la salud le metemos un par de yuyos y si quieren después los combinamos en polvitos de colores… SEE SEE PC/PS1/PS2/PS3/XBOX360

LSD: Dream Simulator: insólito pero cierto, existe este curioso SIMULADOR de LSD para la consola playstation… aunque en ningún momento se dice el significado de LSD, cae de maduro, sino miren una de las imágenes. PS1

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por Lucila Lastero

Y

a pasaron muchos, muchos años, desde aquella tarde negra, por eso los hechos se me mezclan un poco adentro de esa gran masa chusa y sin forma que es el recuerdo. Además, voy a contarlo porque usted me lo pide ahora, pero en casa no volvió a hablarse del asunto nunca más. Sobre todo porque mamá está demasiado triste. ¿La ve ahí, en ese rincón, hecha un ovillo sobre su sillita de ruedas, cada vez más muerta? Si ya casi ni habla, pobre vieja. No es fácil aguantar una vida tan difícil y que encima la hija menor, la más chiquita, se vaya así, tan rápido. Al principio la Teresa no nos quería contar que estaba de novia con ese tal Guillermo. Pero fui yo la que los vi juntos, una noche en que había ido a visitarla a mi amiga la Cusca -digo, la María, pero nosotros le decimos la Cusca por lo chiquitita y movediza-, y entonces ahí los vi, les di la cana tomados de la mano, en el negocio de Don Tito, ahí donde el Guillote ése se la pasaba meta vino y coca nomás, todo el día. Le dije a la Cusca, la vi a mi hermana con el porquería ése y la Cusca me dijo, sí yo ya 192

los vi un montón de veces. Entonces me enojé con la Cusca, cómo no me va a contar antes… Y ahora cómo le digo a mamá que la Teresa está con el Guillote, decía yo, porque ni a palos pensaba en no contarle, no, yo le tenía que contar. Ése es un borracho y un vago de mierda, dijo mamá, y tenía toda la razón. Mamá ya la había pasado antes con papá… El viejo vivía mamado, y así murió también, un día se agarró a las piñas con uno de esos borrachines que siempre andaban con él, tuvo una caída en plena golpiza, pegó con el cordón de la vereda y ahí quedó, con la cabeza partida. Y nosotras nos quedamos solas nomás. Por eso mamá le tiene idea a los borrachos y al Guillermo no lo podía ni ver. Pero la Teresa se encaprichó, no hizo caso y siguió andando con el Guillote. Peor que si le habláramos a la tapia. Y mientras tanto todas atentas y preocupadas, porque en cualquier momento la deja con la panza y sonamos, decía mamá. Y así fue nomás, un día la Teresa vino con la noticia de que estaba esperando y era del Guillote. Mamá sacó todos sus ahorros para pagarle


a Don Pedro, el albañil, que fue el que construyó la pared divisoria e hizo el bañito en la casa, y entonces todo listo para que la Teresa y el Guillote se vinieran a vivir acá, cerca nuestro, porque qué se le iba a hacer, si ese vago de mierda no trabaja y no tiene casa, dijo mamá, al menos que mi hija se venga cerca mío, aunque esté amichada nomás. Y así pasó, la Teresa vino a vivir acá, en la casita de al lado que le construimos para que criara a su bebé y para que el inútil ése se hiciera cargo. Pero, ¿usted cree que el muy mierda cambió de actitud por eso? Nada. Nada y peor, si volvía hecho un trapo de borracho, y si es que volvía, porque otras veces pasaban días enteros en que no volvía, y después nos enterábamos de que había estado chupando como esponja nomás, con los amigos esos, todos como él. La pancita de la Teresa ya tenía esa curvita tan linda, cuando un día lo escuché al Guillermo insultándola. Me acuerdo que yo estaba terminando un texto que tenía que escribir para Lengua cuando, como si fuese el sonido del tele cuando está en un volumen muy alto, escuché a alguien que decía puta de mierda, ya vas a ver… Digo eso del tele porque me acuerdo de que al principio yo creí que era el tele nomás. Tardé en darme cuenta de que era el Guillermo basureándola a mi hermana. Yo me quedé mal, comencé a temblar y mordía la punta de la bic hasta que la rompí toda con los dientes, la hice astillas, con una rabia, qué tenía que insultarla a mi hermana y decirle cosas tan feas ese quiscudo. Además, un miedo bárbaro de que mamá fuera a escuchar los insultos, porque ella se iba a poner peor que yo, pobre… Esa fue la primera vez en que me lamenté mucho, pero muchísimo, del hecho de no tener un hermano varón, de que no hubiera ningún

hombre en la casa, pobres mujeres solas, nosotras, todas guachitas, y todas mujeres sin ningún varón forzudo que fuera a pegarle unos buenos bollos al Guillote ése, para que se dejara de joder con mi hermanita. Pero entonces pasó lo del golpe. Escuchamos un ruido seco y hondo, como el primer golpe que uno da cuando sale a limpiar la alfombra y la estampa contra la pared para quitarle el polvo. Pero este golpe vino seguido de un grito agudo, y de un “guacha de mierda”, repetido varias veces. Yo me quedé como clavada en la silla, dura, los ojos como huevos fritos sobre el plato de guiso, y vi que mamá hizo algo parecido al principio, pero después se echó hacia atrás masticando algún insulto y pidió que la lleváramos a su habitación. Dijo que no quería comer más, eso nomás dijo y se fue a su pieza lloriqueando. Y eso siguió pasando, pasó varias veces más. Pero, como le decía, los recuerdos se me mezclan o se me pierden en el pozo negro de la memoria, y no me acuerdo para contarle uno por uno. Sólo me acuerdo bien de la primera vez que escuchamos un golpe, y después de esa vez en que no pude más. Sí, no pude más y me le fui al humo al Guillermo, con una mano me le colgué del picaporte mientras con la otra y el pie derecho le masacraba la puerta a golpes, hijo de puta, dejála a mi hermana, dejála en paz. El Guillote abrió la puerta nomás, pero no para escucharme hablar y tampoco para dejar de pegarle a mi hermana. Me agarró del pelo, me arrastró para adentro -claro, no fuera a ser cosa que los vecinos-, me acorraló contra la puerta y ahí fue que vi, con ojos espantados, lo que sujetaba con bronca en la mano derecha: un arma, un arma de verdad, algo con lo que podía matarme ahí mismo si yo seguía

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¿Por qué no hicimos algo antes? ¿Por qué no nos apresuramos a hacer algo? ¿Por qué tuvo que terminar así, ahora…? Las preguntas y las respuestas y las culpas, todas juntas, se morían en la alcantarilla del tiempo. Porque ya no había nada que hacer.

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gritando, así me dijo, hablando bajito esta vez para que no lo escuchara ni mi hermana. Después me empujó para afuera y yo volví a casa muda y herida por la derrota, y por el miedo. A la Irene se le ocurrió un día: ¿Por qué no llamamos a la policía? Y mamá le dijo que no. No se podía llamar a la policía, había dicho mamá, al Guillermo lo iban a soltar al otro día, como siempre pasaba, y entonces iba a volver y la iba a matar a la Teresa. No se podía llamar a la policía, pero había que hacer algo, y urgente, porque la guatita de la Tere estaba cada vez más redonda y dura y mamá estaba segura de que era varón, un varón… por fin un varón en la familia, repetíamos con alegría. Íbamos a hacer algo, nosotras. Pero no nos dio tiempo. Todo ocurrió una tarde, más o menos cerca de las cuatro. Yo estaba viendo la telenovela, me acuerdo, pero bajito para no molestar a mamá que dormía en el sillón. Volvimos a escuchar guacha de mierda, lo que siempre le decía el quiscudo a mi hermana. Guacha, guacha, guacha mi hermana, guachas nosotras todas, guachas por solas. Después se escuchaba la voz de la Tere, que le contestaba, parece, pero no entendíamos lo que decía. Lo que siguió fue el grito de terror, y ese silencio que se nos transformó en una sonrisa del mandinga. Entonces la Ire se encargó de llevar a mamá a su dormitorio, a mamá rota en lágrimas, había que tranquilizarla un poco, decirle no pasó nada, nada, y nosotras, la Pili y yo, fuimos con la policía a tirar la puerta y a ver, con nuestros propios ojos, el cadáver fresco, la presencia de la muerte y del delito y del ya no hay nada que hacer. El autor del hecho, el implicado, como le llaman en el idioma ese con el que hablan los policías, temblaba en un rincón, todavía


Facundo Delfín Cañazares Undiano

con el cuchillo en la mano, ausente pero entregado a la condena. ¿Por qué no hicimos algo antes? ¿Por qué no nos apresuramos a hacer algo? ¿Por qué tuvo que terminar así, ahora…? Las preguntas y las respuestas y las culpas, todas juntas, se morían en la alcantarilla del tiempo. Porque ya no había nada que hacer. Después mamá fue con nosotras a la comisaría, a reconocer al autor del asesinato y a testimoniar. Ese fue el inicio del juicio largo que terminaría con la condena a veinte años de prisión, por asesinato premeditado, como le dicen. Después no hubo

nada más que agregar pero, al salir de la comisaría, ese día, mamá se acercó para despedirse. Entonces yo escuché lo que le dijo, lo escuché bien clarito porque yo estuve ahí y de eso no me olvido. Le dijo: Hijita, va a pasar rápido. Lo lindo es que vos y el bebé se salvaron, se salvaron… Nos salvamos.

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por Nicolás Antonioli

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lla sabía jugar con el ardor, con su pierna hacía un nudo en mi garganta, con la piel que me quitaba frecuentemente, me revolvía los pedacitos. Cada vez que intentaba confundirme con las sombras anticipaba mis pasos, el movimiento de mis dedos, los mecanismos de la fuga eran inocuos ante su inteligencia. Mi memoria interferida por las sucesivas descargas. Una noche en la que todos morían, a ella le pareció oportuno mantenerme aislado. En plena oscuridad, en plena incógnita. Los aullidos de mis compañeros de cuarto, de mis ex compañeros de muerte. Mi corazón latía como el de un ave. Por la ventanita apenas podía imaginar el exterior, como una gran cárcel sobre esa porción de libertad. Detrás de ella los fantasmas, los puntos oscuros que arreciaban con la palabra degüello, con el filo de la realidad. Imaginaba el río como la única salida, pero apenas podía recordarlo. Existían demasiadas cosas que no lograba evocar, entre ellas mi nombre, el gusto de una comida que preparaban a diario en ese lugar y el cuerpo de la única mujer posible, entre otras.

Los días eran lo más parecido a una leve claridad, que me permitía hallar dónde estaban mis pies, para controlar el enorme cubo negro y las leyes de la gravedad que no siempre se cumplían. Con los pies sobre la tierra mis manos caían hacía el techo, con el techo en las orejas mis párpados reclinaban sobre cuerpos de ratas que, apoyadas sobre una superficie, mantenían la cola en pronunciada levitación. Mi sangre discurría por la ventilación formando una solución viscosa con el hollín y la saliva de ella. Todo declinaba hacia el lado positivo de las equis; pero mi cuerpo, aunque no mi garganta, se adhería a las paredes laterales confundiendo el lugar de la sed. Ella había vuelto, para controlarme de cerca, para extirparme la última verdad, la que ya había vomitado. A diferencia de con los demás, conmigo tenía cierta simpatía o por lo menos, en una ocasión, pude conjeturar y casi sentir la humedad en su rostro antes de aparecer en un sitio igual a éste, que describo con total ignorancia. Ella me pidió que escriba esta breve apreciación de mi estadía en este cuarto, según ella, pintado de rojo y con hueveras recubriendo las paredes. Buenos Aires, 16 de agosto de 1978

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por Fabián Soberón

C

omo un Tarkovski pagano, pesimista y oscuro, el cineasta húngaro Bela Tarr muestra con largos y morosos travellings cómo las cosas permanecen mientras los cuerpos se desintegran. En oposición al cine de Hollywood, las películas de Bela Tarr construyen un sistema de planos secuencia y de planos detalle que exponen las cosas y las traiciones. El drama, narrado de manera minuciosa, se expande en rincones insospechados. Karrer está parado, solo, frente a las luces de neón del bar Titanik. Está solo y la lluvia cae estrepitosamente. Karrer, impasible, espera. Un auto se estaciona en la otra acera. Se baja un hombre: es el esposo de su amante. Karrer espera. La cámara apenas se mueve y deja que el agua entre en el cuerpo de Karrer y que moje los ojos del espectador. Karrer cruza la calle y entra al bar Titanik. La cámara no lo persigue. Se queda ahí, del otro lado, y hace un leve movimiento hacia el costado, dejando que el encuadre abierto muestre la entrada de Karrer al 198

bar. Mientras la imagen en blanco y negro cautiva a todos los ojos del mundo, la lluvia sigue su curso, indiferente. Esta escena pertenece a la película Maldición, de Bela Tarr. La cámara apenas se mueve y capta la fragilidad y el grado único del instante. Los planos se suceden como si el mundo estuviera solo para ser mirado. Las cosas y los hombres están fijos o se mueven y la cámara los sigue con una morosidad que recuerda al cine de Andrei Tarkovski. Sin embargo, aquí la cámara no es el ojo de Dios sino un artilugio pagano, impasible, que muestra en esa morosidad cómo cada detalle se agranda o se pierde en la amplitud del plano. Los hombres son lentos y la cámara se demora en esa lentitud. No apura las acciones. En esa concordancia crucial entre mirada y mundo está la clave del cine de Bela Tarr. Cuando está saliendo del bar, Karrer habla con la mujer que cuida la ropa. “La niebla entra en el hueco, en los pulmones, se mete en tu alma”, dice esa mujer. Karrer la deja y ella se queda con su pré-


dica nihilista mientras el humo blanco se dispersa en la habitación silenciosa. “Me gusta la lluvia, me gusta mirar como cae el agua por la ventana. Eso siempre me calma. No pienso en nada, solo miro el agua caer”, dice la amante de Karrer en otro bar. ¿Qué es la lluvia? ¿Qué entrega la lluvia en la película de Bela Tarr? El agua que cae sin sentido, sin futuro, de alguna manera piensa el destino de los antihéroes de Tarr. Nada sigue un curso de éxito o de gloria, como la lluvia. Las cosas solo suceden y lo mejor que puede ocurrir es que los personajes eviten (infructuosamente) la demolición. La cámara de Maldición se mueve lentamente, como si Tarr quisiera captar con

ella ese lerdo y definitivo proceso de desintegración. Las cosas están ante los ojos. Los hombres miran mientras las cosas permanecen. Los hombres miran y aceptan en silencio el lento proceso de demolición: Karrer, su amante, el explotador dueño del bar, viven a sabiendas de que la vida está entregada a un caos que todo lo consume. Sin embargo, aceptan ese proceso como inevitable. La poesía de Tarr está en la mirada quieta y tensa sobre las cosas y los hombres. Una mirada impasible y, por tanto, nihilista. Un perro orina en medio de la lluvia solitaria, Karrer camina cerca del perro (acaso es un perro) mientras la lluvia lo inunda todo y lo arrastra todo. La música del acordeón que acompaña algunas escenas es un estilete bello y melancólico. Los sonidos punzantes y solitarios, las melodías monótonas y persistentes no hacen otra cosa que acentuar la visible tragedia. En un plano, Karrer, inmóvil, mira de espaldas a la cámara. Mira cómo la lluvia inunda el mundo. Karrer espera el momento oportuno para entrar a la casa de su amante. ¿Es este plano una síntesis de la estética de Tarr? El cine del director húngaro no se centra en las acciones, en la ley de causa y efecto, sino en los cuerpos. Los cuerpos agrandan el encuadre. Las cosas permanecen y los cuerpos se desintegran. Los planos, morosos, amplifican el proceso de desintegración de los cuerpos. “Todos los héroes se desintegran”, dice Karrer. Sólo las cosas, los vasos, la madera, los carros, las máquinas, los autos, permanecen.

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Colocación por Pablo Espinoza Lafuente Mojarnos con el vaso en la bañera del patio, sentir lo que no sentimos al faltar a la excursión, fue nuestro acto de reclamar el cloro que tragaríamos los sábados en el sauna del frente. Cualquiera podía ser rebelde a esa edad. Dejar la sopa sobre la mesa hasta que exhale grasa y la naveguen moscas pataleando un nado sincronizado,  sacar la lengua fuera con la seguridad de que nadie la vuelva a meter,  salir por la ventana con el gusto de tener un apuro casual. (Ninguno pudo entender la palabra “Anticrético”) ¿Te acuerdas? fue en el tendedero que aprendimos a colgar las poleras del cuello, a vernos correr tras una sábana ó tras un guardapolvo, a levantar la cabeza con los ojos cerrados. Luego, Crecer fue salir cada vez menos al patio, esa manía por reducirlo todo,  las veces que preferimos volver en minibús  O lavar la ropa y dejarla afuera toda la noche, todo el día  y una noche más.

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Adentro todavía recuerdo las paredes de la casa perdiendo su color, el conjunto de bolsas alineadas en el cuarto de mi madre, uno encima de otra marcando la perfecta sincronía para sentir, que algo andaba mal, y su mirada al acurrucar el hombro contra la almohada, rellena por cartas de tarot, con la total convicción de que lo mejor, para permanecer en este mundo, era permanecer.

Afuera mi padre viene llegando a pie el desgaste de sus huellas es un signo de convicción: “las cosas mejorarán”. Mientras los días se cuentan como una secuencia de ignición para que el techo de la sala se rinda a la gravedad y enterrase una cena, un desayuno o nos despierte de súbito una noche cualquiera. Y acá sólo un recuerdo se repite, acomodado, colocado, encuadrado, enmarcado y dislocado a nuestro modo de ver las cosas.


Martín Córdoba a propósito de la muestra Indoors en Galería Fedro

por Roly Arias

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artín Córdoba es un muralista callejero de esos que en los últimos años lograron gran visibilidad en las paredes de Salta. Si bien registra un paso por la escuela de bellas artes su formación y su pasión por el trabajo en la vía pública se deben al gran impacto que le provocó su estadía en Buenos Aires durante un año y medio en contacto con los grupos de grafiteros Martín Córdoba: Yo ya había hecho algunos trabajos acá pero con pincel y en blanco y negro. Cuando volví de Buenos Aires ya había incorporado el aerógrafo, el aerosol y el color. Allá trabajé con Dieguez que es un grafitero de un grupo muy viejo que se llaman los Bastardos y con Ice que también usa aerógrafo pero que es más muralista, a diferencia de los otros que atacan con sus imágenes trenes, monumentos, iglesias. Roly Arias: Sus primeras intervenciones en la vía pública se remontan al 2006.

Salta?

¿Cuál es la particularidad de esta actividad en

MC: Aquí se utilizan los mismos materiales pero para trabajar el mural. No hay grafiti en Salta. Más que con letras, trabajamos con imágenes, capaz que lo nuestro sea un poco más decorativo. En Rosario, Córdoba y Buenos Aires es más un ataque contra el sistema que arte, es tomar el espacio público. En Salta es distinto se pinta de día, sin escondernos, a cualquier hora y en cualquier pared, podemos ser siete o diez personas. Cuando aparece la policía, se quedan mirando las imágenes como un espectador más. Acá es diferente, la gente te ve pintando y se acerca. No es raro que un vecino aparezca con un mate o te deje una gaseosa. Cuando vuelvo a Salta ya estaba Guinet, el francés, trabajando un poco. También para esa época aparecieron Jesús Flores y Javier Cook.

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RA: ¿Se puede hablar de grupo? MC: Cada uno labura por su parte, pero a la vez compartimos mucho. Cada cual va para su lado pero cada dos meses nos juntamos y hacemos algo. En la actualidad debemos ser alrededor de quince los artistas que trabajamos el mural en la calle contando los chicos más jóvenes que se están sumando. Además trabajamos mucho con las redes sociales así que no solo estamos en las calles sino que también mucha gente nos sigue por Internet. Tenemos una página en la que subimos todo lo que hacemos y tenemos respuestas de Holanda, Grecia… 202

RA: ¿Cómo viviste la experiencia de preparar una muestra en Fedro? MC: Es rarísimo eso de estar pintando adentro todo el día. Es una experiencia nueva y me gusta, es totalmente distinto. También hay un público distinto, más de galería por lo que se va a producir una mezcla. Vamos a ver que dice la gente. Yo asumí esta muestra como un desafío, pero a la vez pienso que el movimiento es el gran formato y la exposición pública, que mayor cantidad de gente pueda ver lo que uno hace.


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tenemos que hablar por Mariana Kruk los impares se miran de reojo,

no buscan vacunas,

se desconfían las intenciones,

ni sogas,

se convierten en esquimales,

no intentan hacer pie,

apagan la música antes

no activan el salvapantallas,

de que termine el disco,

no reclaman la reconexión del servicio.

dejan vino en el culo de las botellas,

sólo esperan,

hacen apuestas internas,

están.

¿quién de los dos dará la estocada final?

hasta que un día llega el día, abombado, insípido,

los impares saben que

en que al fin se dicen

todo está vencido,

“tenemos que hablar”

se acobardan, dilatan el epílogo,

precisamente un instante

lo mastican,

antes de confirmar

se les empasta en la boca.

que no hay nada más que hablar.

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por Silvio Mattoni

E

l comienzo de las lecturas puede remontarse tan atrás en el tiempo, tan cerca de la infancia, que se confunde con el olvido, o al menos con los recuerdos falsos. ¿Quién sabe si en los libros de aventuras de mi niñez, en Salgari y en Verne, no había un impulso, una avidez, que de algún modo se traducirían en la ansiedad de escribir? Por supuesto, después de media docena de libros publicados en poesía, con las resonancias retardatarias de la forma del verso, ¿qué parentesco o influencia podrían sospecharse en ello de la manía por las aventuras y su pueril repetición? En todo caso, se trataría de una traducción del heroísmo de la acción, del ir y venir novelesco, a un heroísmo que resiste, que suspende el movimiento con un flujo de lenguaje, que le permite finalmente abrir una acción paralela, en las palabras mismas. Sí, puedo atestiguar una temprana fascinación por la mitología griega, aprendida en resúmenes y versiones para niños, antes de conocer la literatura que la había inventado. Mi primer libro, publicado

a los 24 años pero iniciado y concebido como serie antes de los 20, fue un efecto de esa predilección por una Antigüedad clásica que siempre me había parecido liberadora. En compañía de esos dioses, diversos y sexualmente activos, toda imaginería cristiana se me volvía hondamente rechazable, pero también mi ateísmo necesario se poblaba con algo más que los fantasmas razonables de alguna ciencia. Por lo menos, eran dioses que servían a la literatura, en sí mismos efectos literarios, y no anulaban con espíritus infinitos la limitación inherente a cualquier libro. Más adelante, en la adolescencia, toda la literatura pasó por mi curiosidad. Desde el momento en que decidí escribir, algunos nombres se volvieron heroicos, aunque obviamente inimitables: primero en la narrativa, donde produje pastiches de Joyce o de Gombrowicz, o remedos procedimentales de Roussel… La poesía aún estaba perdida en unas sombras que no me dejaban verla, las sombras de las vanguardias que tienden al hermetismo. Solamente 205


en sus variantes más desarrolladas, en los antiguos relatos en verso épico o en los ambiguos cruces de la prosa exaltada de un Lautréamont, por ejemplo, encontré algo que hubiese querido repetir. Sin embargo, nada está más lejos del presente. Esta misma tentativa de recuperar un modo de leer anterior al equívoco de publicar y firmar los libros me lleva a descubrir la extrañeza de aquel joven. Él escribía cuentos y pensaba en novelas, yo me restrinjo a la prosa del ensayo y a la ilusión narrativa que se despliega en un conjunto de versos. De alguna manera, una vez que empecé a escribir poesía, mis lecturas fueron definiéndose más en ese sentido: de Arquíloco a Mallarmé, o de Macedonio Fernández a Juan L. Ortiz, se abrían canteras inagotables de versos que podían iluminar mis cuadernos. Y además, en los relatos, y aun en los ensayos y en los tratados científicos, podía encontrar versos. Pero sobre todo, podía encontrar ideas para poemas, como si la posibilidad de una obra estuviera diseñada a priori en los libros ya escritos, y sólo hiciera falta corregir, reformar la literatura para dejarla organizada a la medida de uno mismo. No obstante, tal reforma es infinita y por ende irrealizable. Lo que importa no estaría en lo leído, sino en lo que falta leer y siempre va a faltar. En un momento, para la época modernizante de mi segundo libro, escrito en 1994, me interesaron los poemas extensos de William Wordsworth, pero tenía que despojarlos de su romanticismo. En el fondo, deseaba leer un formato similar, narraciones en verso, sólo que los poemas que buscaba no estaban escritos, tal vez más adelante los descubriría en algunos pasajes de Joseph Brodsky o de Ted Hughes, pero entonces tuve que inventarlos. De igual modo, me atraían los versos de viudo de Macedo-

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Alejandro López

nio Fernández, pero no soportaba el esquematismo barroco, tantos verbos en infinitivo, tantas alegorías, así que remodelé su estética e incluso su visión de la muerte, ya no la eternidad de un ser inolvidable, sino desaparición del recuerdo de su mismo eclipse. Así, los libros se me convertían en instrumentos. Ni hablar de su papel estimulante para una tarea de ensayista que empezó con una lectura muy particular, como si encerrara un arte de vivir y una teoría de la escritura, de la novela de Kierkegaard La repetición, hacia 1992. Aunque antes había iniciado mi larga docena de años como reseñista de La voz del interior, donde prefería los libros de literatura contemporánea, para satisfacer no sólo la curiosidad,


que no llegaba a la decisión de comprar dichos libros, sino también el narcisismo de opinar y de juzgar, propio de quien se considera autorizado por un largo acopio de placeres y decepciones literarios, si bien todavía no se ha hecho “autor”. ¿Y no será que, como sugería Mallarmé, el lector espía en el libro su propia oscuridad, no la de esas páginas? Al fin y al cabo, hasta el valor de los libros se limita a las necesidades que satisface. ¿Qué estoy leyendo ahora? Una serie de libros de César Aira, los recientes que pude conseguir, dentro de esa masa crítica de publicaciones que deben estar acercándose al centenar de elementos. Lo cautivante de sus escritos es una tendencia al caso singular, a la invención de un estilo por novela y no a la búsqueda de una envoltura invisible llamada “obra”. También leo todo lo que encuentro del joven romántico Friedrich Schlegel, el mejor ensayista del mundo hacia 1800, y a partir de cuyos fragmentos se desarrolló gran parte del pensamiento literario que aún nos acompaña. Otros filósofos, demasiado clásicos, de cuyos nombres no quiero acordarme, murmuran clasificaciones, oposiciones y revisiones del saber desde las pilas de volúmenes en los ángulos de mi escritorio. Encima de ellos, ensayos del gran novelista y pintor Pierre Klossowski, los que escribió sobre Nietzsche. Igualmente, estudio y releo de la mejor manera posible, es decir, traduciéndolo, un singular librito de Francis Ponge, dedicado al río Sena, donde describe sus orígenes, su trayecto, su ritmo hidrográfico y su geografía general, pero donde cada detalle es puesto en relación con el discurso, como si el Sena fuera una retórica, una fluida serie de figuras de dicción, más que un accidente del terreno. De hecho, la vida de las palabras a orillas del

¿Y de qué alertan al que escribe sobre el río, confundiéndose con su corriente, haciendo oleajes de palabras, esos actos de limitación definitiva de unas vidas? Tal vez se trate de la simple cartelería que dice: los libros, hechos de palabras, están de un lado, la orilla izquierda; y la vida, sus actos, estarían del otro, la costa diestra

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Martín Córdoba

río, la literatura de París sobre todo, no queda de lado, o más bien sí, está ahí al lado, pero asomada al borde del río, a tal punto que algunos escritores, algunos de los más desolados y geniales, llegan a tirarse en él. Y esos suicidas acuáticos, no sólo los poetas tristes sino también los amantes deprimidos o los solitarios, son como señalamientos para el discurso de Ponge, en su tarea encargada para un volumen ilustrado con fotos que publicaría en 1950 el Círculo de Lectores de Lausana. ¿Y de qué alertan al que escribe sobre el río, confundiéndose con su corriente, haciendo oleajes de palabras, esos actos de limitación definitiva de unas vidas? Tal vez se trate de la simple cartelería que dice: los libros, hechos de palabras, están de un lado, la orilla izquierda; y la vida, sus actos, estarían del otro, la costa diestra. Sin embargo, ¿no somos lo que leímos y no leemos cada hecho de la vida, si es que tiene alguno, como si fuese un enigma escrito? El escritor, en cierto sentido, sería un mal lector, porque quiere que todos 208

los libros existan, incluyendo los del porvenir, para desembocar en el suyo. Pero también, por la misma razón, es el mejor lector, nada lo desvía de su valoración absoluta, de su hambre y de su hastío que lo balancean entre los libros viejos y nuevos. En mi caso, más allá de los pobres o felices resultados, nada me alegra más que encontrar un buen libro, algo desconocido que surge ante mis ojos, y si es de un autor que vive y al que puedo sumar a la conspiración de extraños que entregan su vida a la literatura, mucho más allá de las exigencias del libro, esa alegría se duplica. Porque si bien leo los libros con cierto gusto por los papeles y las tapas, por el objeto que se adorna como un cofre para quién sabe qué tesoro, no los considero del todo mercancías, sino pequeños ídolos, formas del derroche, hojas de un árbol perpetuo que reverdece en todas las estaciones y en todos los idiomas, representantes del libro único que nunca deja de escribirse.


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por Facundo Lerga

L

A Natalia

inda la vida de pajarito, hermosa mi vida de pajarito. Así, cuando aburrido de mi condición bípeda, recatada y por demás terrestre, me lanzo como un suicida por la ventana de mi quinto piso y antes de rajarme las astas contra la vereda, ya me florecieron mis alitas de colibrí y salgo volando. Qué maravilla escapar del cobrador cuando viene a reclamarme su dinero y se queda mirando como bobo a un pajarito que huye. Qué felicidad de tero cuando asusto a una vieja mirona en su ventana o con mi canto de zorzalito arrullo a un ciruja bajo un árbol.

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Vuelo y vuelo. A veces soy gorrión, otras, un galante quitupí, y no me olvido del quetzal, cuando me llegan esas ubérrimas ganas de exotismo. En mi nueva condición nada ha de poder inquietarme. Las vulgares preocupaciones que entristecen a los hombres que caminan ya no me molestan; es que en mi estado de ave, el mundo se soluciona siempre volando. Cierta vez y por esas casualidades de la vida que nunca faltan y andan dando vueltas, una muchacha muy de mi agrado, sin saber de mis hazañas metamórficas, me pregunta “qué haría usted si fuera un pajarito”, y yo sin más remordimientos le grito esta verdad: “¡más pajaritos!” y me voy volando hasta convertirme en un punto invisible.


´ por Ana Angulo

A

unque lo sabemos, cada vez que vamos al cine (esto quiere decir: compramos la película en la calle o la bajamos de thepiratebay.org) queremos que la película sea como el libro. Es inevitable. Sabemos que son lenguajes distintos que están pasados por tamices diferentes. Aún así queremos encontrar en la pantalla lo que nos imaginamos al leer la novela, el cuento o la obra de teatro. Nunca existirá esa relación que ansiamos porque entre la lectura y la cámara del director hay traducciones diferentes de un mismo texto. Sin embargo, hay intentos que nos sorprenden y nos llenan de satisfacción. (Hablo en plural, pero en realidad –como toda relación con el arteesto es pura subjetividad.) Tales son los casos de El curioso caso de Benjamin Button (The curious case of Benjamin Button, 2008) del director David Fincher que toma el cuento de Scott Fitzgerald y lo vuelve una eficaz y romántica película hollywoodense. O El Hobbit. Un viaje inesperado (The Hobbit. An unexpected journey, 2012) de Peter Jackson que magní-

ficamente torna la novela para niños1 de Tolkien en una trilogía con contenido que el director adiciona para poner en contacto con la trilogía anterior: El señor de los anillos. Pero no todos los casos son exitosos. Muchas veces se escucha la frase “prefiero el libro” porque la versión cinematográfica “no convence” al espectador/lector. Además, como sabemos, los lectores son muy celosos de sus libros preferidos. On the road, 1957 Dijo Bob Dylan: “Cambió mi vida, como la de todos”. Esta es una de las frases que se suele utilizar como estrategia de venta en la contratapa del libro. Jack Kerouac (1922-1969) es parte de la conocida “Generación Beat” que recorrió Estados Unidos buscando en la carretera la satisfacción y realización que no había encontrado en la vida. 1- En el Prefacio a la edición del 50º aniversario, Cristopher Tolkien, hijo del escritor, deja en claro que esta historia fue escrita pensando en ellos y luego surgió el mundo maravilloso de la Tierra Media.

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Jim Morrison, Janis Joplin y Patti Smith, entre otros. Mientras que “su canto a la liberación espiritual” derivó en liberación sexual que agitó a distintos movimientos como el de las feministas y el de los negros norteamericanos. Los hippies tomaron esa estética relacionada a las drogas, a las religiones orientales y al movimiento continuo. En el camino influyó en la cultura de masas y los adolescentes de fines de los cincuenta y de los sesenta la tomaron como modelo de provocación.

En el camino. Walter Salles. 2012. 124 minutos

Este grupo de escritores convierte a San Francisco (o Frisco, como la llaman en la novela) y a Nueva York en el centro neurálgico de un movimiento cuyas inquietudes revolucionaron al mundo. Kerouac, Neal Cassady, William Burroughs y Allen Ginsberg fueron los nombres que sobresalieron, en una época en la que Estados Unidos vivía los coletazos de una crisis económica, mientras que el jazz era la banda sonora del momento. Novela “de culto”, influyó en John Lennon (tanto que dicen que Beatles proviene de Beat), en Bruce Springsteen (quien tomó la moda de camisas y jeans a lo Sal Paradise), Bob Dylan, Tom Waits, 212

On the road, 2012 Hace poco en la Cátedra Interamericana “Carlos Fuentes” de la Universidad Veracruzana (México) se realizó un debate sobre el séptimo arte. Y se discutió sobre “las dificultades que suelen enfrentarse para transformar una novela o un texto literario en una película”. El cineasta Ricardo Benet afirmó “La literatura es hermosa porque cada quien tiene su historia y a los personajes en la mente, mientras en el cine se tiene que jugar con estereotipos, con la necesidad de convencer al público.” Allí está el nudo: en este juego de estereotipos se puede acertar o errar profundamente. La película del brasileño Walter Salles (Diarios de motocicleta, Estación central) comienza con un plano detalle que sigue las piernas y los zapatos gastados de Sal Paradise. Un camino polvoriento y la sombra. Sal canta una canción mientras se desplaza por un suelo árido que mantiene las marcas de neumáticos. Es una road movie, por lo que es lógico que comience de esa manera. Sal se trepa a la caja de una camioneta destartalada y conoce a distintos personajes que también “hacen dedo” o “auto stop” a la vera del camino. Así hasta llegar a San Francisco


y encontrarse con Carlo, Dean, Marylou, Camille y el resto de los compañeros de aventura. Carlo llama a una puerta y abre Dean, desnudo. El plano se abre y se ven las piernas blancas de Kristen Stewart (Blancanieves y el cazador, Crepúsculo) que yace jadeante en una cama desordenada. Comienza la música y desfilan uno a uno los cigarrillos de marihuana preparados por Marylou. Sal se siente atraído por ella y la tensión erótica irá en aumento hasta que Dean le proponga compartir los “amores” de la muchacha. Desde esta primera escena que mezcla los condimentos preferidos de Hollywood (sexo, drogas y música) la película se desarrollará entre cuerpos desnudos, gemidos, rutas, alcohol y “porros”. Kerouac escribió “de un tirón”, en un solo rollo la novela para no perder la fiebre de la inspiración. Esta película llevó varios meses, transitando escenarios filmados parcialmente entre Argentina y Estados Unidos. ¿Cómo plasmar en imágenes lo que Keurac hizo en palabras? Hasta ahora nadie se había animado a adaptar esta novela porque, seguramente, se imaginaban las posibles respuestas. Además de Stewart aparecen otros actores taquilleros –seguramente como un enganche para el espectador contemporáneo- como Kristen Dunst (El hombre araña, María Antonieta), Viggo Mortensen (El señor de los Anillos, Promesas del Este) y Amy Adams (El hombre de acero, Encantada). Sorprende la actuación de estos últimos aunque era de esperar que a Mortensen le tocara un papel como el del viejo Bull Lee. Son todos personajes desahuciados, que perdieron el rumbo aunque continúen en el camino. Carlo Marx se los advierte, pero nadie quiere re-

Mientras que “su canto a la liberación espiritual” derivó en liberación sexual que agitó a distintos movimientos como el de las feministas y el de los negros norteamericanos. Los hippies tomaron esa estética relacionada a las drogas, a las religiones orientales y al movimiento continuo

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En el camino. Jack Kerouac. 1957

conocerlo. Y tampoco tienen por qué hacerlo. Son personajes que transitan desesperanzados y con la única motivación de seguir andando. Estos rasgos se notan claramente en la novela, pero en la versión de la pantalla grande sólo quedan estereotipados el joven rebelde, las relaciones homosexuales y la constante búsqueda del padre por el hijo. La imagen fluye y se ven líneas rápidas que acompañan el desplazamiento de los personajes. La fotografía de exteriores muestra la extensa geografía norteamericana. El Norte frío y el Sur cálido. Los colores acompañan el ambiente, en el desierto los tonos sepias se confunden con el polvo del camino; mientras que los tonos fríos (el blanco, el azul) acompañan el viaje en invierno. El jazz, el bebop 214

marcan el ritmo de las escenas neoyorquinas; en el Sur es una música cadenciosa, pesada como el calor. Estos son los grandes aciertos de la película. En otra toma se ve un escritorio desordenados: papeles, una máquina de escribir, pilas de libros, cigarrillos. Joyce, Proust y Celine son algunos de los “pesos pesados” de la literatura universal que se nombran (y muestran). Sal y Carlo discuten sobre un escrito de Dean, escena que tiende relaciones con la Generación Beat. Los 124 minutos sobran, pero la banda sonora y algunas escenas en el exterior ayudan a sobrellevarlos. Una obra cinematográfica tendrá éxito artístico –pensando que previamente pasó por todo un proceso de filmación y edición- si hay un buen trabajo de traducción, puesto que el cine y la obra literaria son dos lenguajes que están en contacto, pero tienen sus propias reglas. Afirma la investigadora Georgina García Gutiérrez “para que sea aceptada la adaptación de una obra literaria tiene que obedecer a los recursos del código fílmico.” Pero podríamos agregar, que el cine no puede olvidar la esencia de la literatura, el plus de sentido que la llevó a ser un clásico. Parece una contradicción pero en esta adaptación apática, sobreviven los vicios y excesos en los que caen algunos directores: demasiadas drogas, demasiado alcohol, demasiado sexo y demasiado juego con una novela “de culto”.


de nuestro final por Mariana Kruk y pensar que pensábamos

la esquina que no está

que nuestro amor era

en nuestros planes,

la excepción a la regla,

esa donde vamos

la aguja en el pajar,

a cruzarnos

el trébol de cuatro hojas.

y a desconocernos.

ya no quedan verdades absolutas, sólo el desconcierto, la duda tocando su tambor en el estómago, los naipes desparramados en la mesa, las ganas nulas de volver a barajar.

ya no hay migas para volver a nuestro mundo, sólo queda la esquina,

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por Daniel Medina

Y

un día dije basta, yo, no como más. Después del último bocado, tras el definitivo mordisco y al momento de tragar, tomé la decisión, parecerá un tanto drástica, digamos que, algo dramática… yo no lo veo así, deje que le explique todo, desde el principio. Ella, mi mujer, es, era, muy hermosa, bella, bellísima, desde el instante mismo en que la conocí, esa mágica circunstancia, tuve la certeza de que no volvería a ver en mi vida una criatura más preciosa, desde ese instante, mi existencia estuvo centrada en un único propósito, el conservarla a mi lado, convertirla en la reina de mi reino, reino que construiría solo para nosotros dos, que no se me mal interprete, no es que sea posesivo, tampoco ando invadiendo lo ajeno, pero eso sí, cuido lo mío. Por esa misma razón hice construir esa mansión, algo alejada de la cuidad, como dos cerros más allá, tras pasar Cerro las Rosas. Mientras duró la obra, vivimos en Brasil, en una playa alejada del mundanal torrente de turistas, 216

no voy a decir en donde, no sea que salgan en estampida y contaminen el lugar, que así como está, es paradisíaco. Al regresar nos dimos con la ingrata sorpresa de que en el cerro lindero al lado del nuestro, estaban edificando la competencia, no quise saber más nada, no quiero ningún vecino, y menos que nos espíen, me mudé de ahí. Nos instalamos en Venezuela. Solo dos años, en un pueblo habitado por centenarios, hombres y mujeres longevos tanto por el agua del lugar, como por su alimentación, casi vegetariana, pero sobre todo, creo yo, porque no tienen otra cosa que hacer. Nos quedamos ahí hasta que se terminó de construir mi nueva mansión, como dos kilómetros más adentro de Higuerillas. Por otra parte los negocios iban muy bien, no tengo que quejarme de eso, mientras las calles de San Salvador se llenaban de mendigos, se organizaban saqueos, se cortaban las rutas, se quemaban gomas en cada esquina del micro centro, se regen-


teaban tomas de terrenos, prosperaba la trata de blancas, la industria de la pornografía, la corrupción de los gobiernos, y la cuidad daba un salto cualitativo a la modernidad, yo me refugiaba en los brazos de mi prosperidad, no voy a dar datos sobre eso, sólo voy a decir que nunca me faltará el dinero ya que soy muy higiénico, muy limpio, la limpieza es la base de mi fortuna. Yo solo lavo, del planchado y del almidonado, se encargan otros empresarios. Ella, entendió perfecta y acabadamente mi propósito, se mantuvo dispuesta a los traslados, comprendió mi necesidad de cuidarla, le hacía saber que todo lo hacía por ella, para proteger su belleza, para aislarla de la contaminación, de todas las formas de la contaminación, por otro lado era muy consciente de lo que Natura le había regalado, se cuidaba con esmero, hacía ejercicio, spinning, pilates, yoga, se bañaba en leche, untaba su cuerpo con una pléyade de cremas, importadas de los lugares más exóticos del planeta, yo pagaba fortunas por eso, pero bien que valía la pena, al momento de la intimidad tocar esa piel, era ( todavía lo es) una sensación indescriptible. Qué placer cuando mis manos recorrían esos límites, esa frontera, acariciarla era mi ritual, sólo era un devoto del templo de su piel, y nada más que eso, nada de sexo. Porque, cómo un tipo como yo, y eso que soy muy limpio, se atrevería a mezclar mis fluidos, mis secreciones contaminantes con los de ella, que era una diosa, cómo podría hacer algo así, tan profano, ni yo ni nadie podría, nadie la contaminaría, ni yo siquiera, por eso la cuidaba, la protegía, de lo sucio, de lo horroroso, de todo lo repugnante que hay en la cuidad, y en el mundo entero.

Solo comíamos platos preparados por un chef mexicano que viajaba con nosotros y que sabía como un druida la proporción exacta de los alimentos necesarios, imprescindibles para conservarnos bellos y etéreos. Cuando por fin nos instalamos en San Salvador, noté que comenzó a aburrirse, y lo peor, casi imperceptiblemente a deformarse, temí que se volviera una gorda repugnante, en esas mujeronas que van al mercado con los carritos ridículos repletos de verduras, con esos sacrílegos, asquerosos colgajos de carne y grasa… que su contoneo de sacerdotisa, se transformara en un deambular grotesco, que su silueta de maravilla, deviniera en la espantosa forma de un botellón de gaseosa de tres litros. Me dio motivos para alterarme, estoy convencido que lo hizo a propósito, abandonó el yoga, poco a poco fue dejando la bicicleta, y lo último que le vi hacer fue pilates, los aparatos comenzaron a llenarse de telarañas, a cubrirse de toallones, de sábanas viejas, y la casa a despoblarse de criados, y nuestro palacio a enmohecerse y derrumbarse. Al fin, nos quedamos, escalofriantemente solos. No le temo a la soledad, y es contradictorio, porque si bien invertí mucho dinero y tiempo en aislarla del maleficio de la toxicidad de las relaciones humanas, comencé a sentirme infinitamente abandonado. Percibía que ella, no valoraba la inmensidad del tiempo que le ofrendaba, y digo tiempo, más que dinero, porque el tiempo siempre vale mucho más que el dinero, dar plata, aunque cueste, siempre es fácil entregarla. Cuando se cruzaban nuestras miradas no podía sentir otra cosa que un perturbador reflejo, un inquietante resquemor, y un

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Han pasado ya varios días, estoy débil, me duele la cabeza y siento un dolor intenso, me duelen todos los músculos del cuerpo, sobre todo los de la nuca y los de la espalda, ella me mira sonriente, dándome ánimo, celebrando quizás que voy a su encuentro, tengo la heladera llena, pero no voy a comer nada, resistiré hasta...que me muera

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atemorizante sentimiento comenzó a crecer en mí, sentía algo inexplicable para un hombre como yo, luego me di cuenta de lo que era: era hambre. Mi alacena estaba repleta, desbordaba de víveres la heladera, Mauricio, el chef, nos cocinaba, pero yo tenía hambre, hambre de ella. Ella era la perfección, ella era… el plato perfecto, decidí comérmela, antes que desapareciera para siempre. No voy a dar detalles, solo lo hice, me ayudó Mauricio, me costó convencerlo, lo reconozco, pero al final el hombre cedió ante una generosa oferta, bastante dinero, lo suficiente para vivir tres años licenciosos en Miami o en Ibiza, por ejemplo, lo que haga con ese dinero no me importa, él la frizó, pulió sus huesos, y yo, me encargué de reconstruirla. Es ahora toda mi vida, yo le aseguro a mi amor que la amo y que no le haré faltar mi compañía, ella es mis “huesitos”, tan pura, tan limpia, siempre ríe. La llevo conmigo a todos lados de la casa, no se queja, no me cela, no tiene esos días, ella es perfecta. Me he alimentado muy bien los últimos ocho meses, por su gracia he tenido en mi mesa los platos más sabrosos, los más exquisitos manjares… en mi vida comí tan bien, ella me alimenta, me hace fuerte, me hace hombre, me da su carne, toda su carne, ninguna mujer del planeta me cuida como ella. Ella es mía. Ah, cuando a la hora del almuerzo nos sentamos a la mesa, me mira sonriente, tan fina, elegante, y delgada, tan delgada que las modelos de todas las revistas la envidiarían, le envidiarían su delgadez, su magnífica delgadez, su blancura, su reluciente blancura y me da de comer, me alimenta, toma los cubiertos entre sus blancos dedos, delicados como los de una escultura veneciana, y acerca a mi boca, el bocado de ella misma… es maravilloso.


Pero nada es para siempre, solo el amor es eterno, hoy probé, mejor dicho me comí, el último bocado, que me quedaba de ella. Ahora me sentaré a la mesa, frente a mi amor, a esperar que llegue el final, porque acabo de decidir que no probaré nada, absolutamente nada que no provenga de su fuente, si como otra cosa, si pruebo cualquier otra cosa, por mínima que sea, sería un suicidio, porque todo está contaminado, si no proviene del amor, no se puede digerir, está envenenado. Han pasado ya varios días, estoy débil, me duele la cabeza y siento un dolor intenso, me duelen todos los músculos del cuerpo, sobre todo los de la nuca y los de la espalda, ella me mira sonriente, dándome ánimo, celebrando quizás que voy a su encuentro, tengo la heladera llena, pero no voy a comer nada, resistiré hasta...que me muera. Han pasado días y días, estoy tan débil que solo pestañear es un esfuerzo enorme, siento una tremendas punzadas en el estómago, son tan fuertes que me desvanezco por horas, mejor, mejor, así todo llega más rápido o no soy consciente de que me voy extinguiendo. Ya he perdido la cuenta del tiempo en que dejé de comer, estoy tendido en mi cama, junto a mi amor, mi amor, mi querida, mi amada, ella me mira, su mirada es tan dulce, tan esperanzadora, que quisiera poseerla en este mismo instante, pero no tengo fuerzas, mis labios se han resquebrajado, y no siento mis piernas, veo el contorno de las cosas como si se hubieran difuminado, menos a ella, a ella la veo nítida, se ha acodado en el lecho, la mano sobre su calva perfecta, y tamborilea los dedos sobre ella, ahora se saca el vestido, se desnuda, posa otra

su mano , su blanquísima mano sobre mi miembro que se erecta al contacto, me estremezco, son los últimos estertores de vida, va a tomarme, lo sé, la siento sobre mí, a horcajadas sobre mí, se mueve, me está tragando, va a comerme, soy ahora su alimento, me muerde, me va masticando, siento cómo me voy despojando placenteramente a cada mordisco de mi piel, de mis venas, mis músculos, mis articulaciones, mis órganos, me doy acabada cuenta que estos van cubriendo sus huesos, van recubriendo su blancura, voy envolviéndola con mi piel, mi carne, mis nervios, y a medida que me reconvierto en ella, el placer, el éxtasis es extremo, es maravilloso transformarme en carne de sus huesos, en sangre de su sangre, y mi piel que es ahora su piel, y mis cabellos sus cabellos, y veo con nuevos ojos, ahora, lo mío, lo tuyo, los míos, los tuyos, lo nuestro, acabamos, somos uno: ella y yo, una sola carne. Así desnuda como estamos, se levanta conmigo a cuestas y se para frente al espejo para que nos contemplemos, creo que nadie podría decir como nosotros, que lo que nos acaba de suceder es bello, finalmente la imagen del reflejo, nos devuelve lo que todos los profetas ensalzaron, el misterioso amor entre un hombre y una mujer, finalmente ella y yo, nos hemos devorado, convirtiéndonos en uno, en carne y huesos. Finalmente, con un mismo entendimiento. Ni la muerte podrá separarnos.

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Poema por Belén Cianferoni Estúpida hermana. Estúpido intento de carne con movimiento. Descerebrada. ¿A vos te pareció, buena idea, tirarte del techo a las 5 de la mañana? ¿Encender, de un solo salto, la aceitada burocracia de la muerte? Solamente vos… Ahora espero, al juez de turno, viene con el defensor de menores, para protegerme de lo macabro, de tu vuelo, ¿Qué podría hacer? Prepararme, a mis 17 años, una leche chocolatada con vainillas, mientras intenta explicarme, que estoy sola en el mundo.

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Hace mucho lo acepté, ahora, acéptenlo ustedes. Voy a tener la escribanía de mis padres, la casa quinta con los arbustos sin podar. Todo es negocio y todos somos negociantes. No nació el hombre, ni la mujer, que me desequilibre y haga que pierda las mejores oportunidades. No gracias. Ahora me voy a sacar tu acta de defunción y a darte un correcto funeral cristiano. ¿Quién ira a tu velorio? No sé Ya se fueron todos, ya murieron todos. Quédense con su cielo. Yo me quedo con el mundo. Beatriz.


por Fabián Soberón

-E

n el prólogo del libro Cien Años de Música Argentina1 decís que esta no es una historia “pura” de la música. Hablas de historia impura. Me gustaría que te refieras a tu concepción de la historia (de la música) Sergio Pujol–Leo toda clase de historias de la música, pero como investigador y escritor solo me interesa aquella que busca desentrañar los puntos de articulación entre la dimensión “artística” y el mundo social. Podría definirme como un historiador social de la música popular. Mi mirada sobre el pasado musical no se dirige solo a los músicos y su producción artística; me interesan también los circuitos de difusión, la mediación de la crítica (para pensar a la música en la historia de las ideas y en el imaginario social), las audiencias con sus horizontes de expectativas, el mercado discográfico y de conciertos, etc. Hay algo muy propio de una época que está en su 1- Pujol, Sergio. Cien Años de Música Argentina”. Editorial Biblos. Bs. As 2013.

vida musical, y en ese sentido me siento más historiador que musicólogo. FS–Percibo un modo de entender la historia que sigue los pasos, en cierto modo, de Eric Hobsbawm. Pienso sobre todo en el ensayo de Hobsbawn sobre el jazz. En tu libro hay referencias a lo social pero sin olvidar las tensiones entre la música y las otras artes. ¿Cómo ves esto? SP–Sí, desde luego. La lectura de Hobsbawm ha sido muy importante para mí. En más de un sentido, pero especialmente en lo que refiere a su abordaje del jazz. Por ejemplo, en su nota de despedida a Billie Holiday, de 1959, Hobsbawm la describe como a una heroína de Puccini en el mundo del jazz y el blues, observando así un marco de referencias culturales más amplio, a la vez que trata la cuestión del racismo en los Estados Unidos. Todo eso en pocas líneas. Un artículo más convencional se hubiera limitado a señalar lo buena cantante que fue, su im221


portancia en la historia del jazz y los grandes músicos con los que tocó. Ese esfuerzo por entender a Holiday de una manera más amplia, y a partir de Holiday entender a la sociedad norteamericana de los años 30 y 40, es para mí un ejemplo de cómo se puede abordar la historia de la música desde una preocupación intelectual más general. FS–“En general los músicos no han sido demasiado locuaces a la hora de reflexionar sobre su arte y la ensayística sobre música no parece ser el fuerte de nuestros intelectuales”, decis al comienzo del libro. ¿Podrias ampliar esta idea? SP–Son observaciones fáciles de comprobar. Si comparamos, por ejemplo, el corpus teórico de los artistas plásticos con el que han realizado los músicos a lo largo de los años, la ventaja del primero es notoria. Esto no quiere decir que los músicos no tengan ideas claras de lo que hacen; en todo caso, no parecen tener la misma necesidad de comunicarlas por otro medio que no sea la propia música. También es evidente que la música argentina no ha sido de gran interés para los ensayistas argentinos, aunque en los últimos años esto está cambiando. Después de Paul Groussac, que fue un refinado crítico musical, no es sencillo encontrar escritores realmente interesados en reflexionar sobre música. Por supuesto, tenemos a Julio Cortázar, un tipo muy melómano. Pero es un caso bastante aislado. Borges se reconocía como una persona poco sensible a la música (más allá de su curiosidad por el tango primitivo), y así podríamos seguir. Creo que fue Diego Fischerman quién se lamentó de que David Viñas no hubiese escrito sobre música; es decir, la mirada aguda de un no-músico tal vez nos hubiera aporta222

do otra perspectiva sobre los sentidos de la creación musical argentina. FS–“Con ciertos matices, los creadores han aceptado que la obra de arte sonora no es una obra autónoma”, afirmas en el libro. Esta es una idea fuerte, impactante. ¿Dónde han quedado los dictámenes de Adorno o de Stravinsky? SP–Han quedado en el pasado, sin duda. La música de hoy carece de autonomía, en el sentido de que no puede – o se le hace muy difícil, en todo caso - prescindir de una visión más programática o integradora. Esto responde, en gran medida, al hecho, tan conocido, de que vivimos en una era de hegemonía total de la imagen. Es fácil comprobarlo: ya casi no quedan oyentes que se sienten frente a sus equipos de música a escuchar en silencio y con los ojos entrecerrados durante un par de horas. Pero esto también tiene que ver con el desarrollo histórico de la creación musical. Desde Gustavo Santaolalla componiendo para cine norteamericano hasta las teatralidades musicales de vanguardia de Mauricio Kagel, los discursos musicales contemporáneos están cada vez más involucrados con narrativas visuales o con la idea de performance teatral. FS–Me ha interesado especialmente tu idea de que la música culta ya no está por encima de la música popular y que ya no tiene un gran sentido marcar oposiciones fuertes entre ambas. De alguna manera el libro es la historia de la pérdida de ese enfrentamiento. ¿Podrías hablar sobre esto? SP–La música clásica fue perdiendo autoridad a partir de los años 60. Hasta ese entonces, no había


Alejandro López

género popular en el que no se mirara, a veces directamente, como en el tango de orquesta típica, otras más de soslayo, como en el folclore, hacia lo clásico como parámetro estético, como ideal de superación. Había una “gran música” y músicas “menores”; era una polarización consensuada. Por ejemplo, Atahualpa Yupanqui, gran defensor de las culturas orales y las tradiciones populares, creía que la música clásica europea era insuperable como fuente de belleza estética. Pues bien, eso hoy no existe. Sí existe la música académica contemporánea, donde algunos compositores reivindican derivaciones del atonalismo o las ideas de John Cage, pero no son “autoridad” en el sentido que lo fueron Alberto Ginastera o Juan Carlos Paz. Yo diría que la pirámide de principios del siglo XX se ha invertido completamente. Arriba está lo “popular” – que puede nutrirse de recursos o saberes “clásicos”, como sucede con el folclorista Juan Quintero, por ejemplo – y abajo, casi inadvertido desde el punto de vista social, está lo “clásico”. Me refiero a la creación académica argentina. Por otra parte, en materia de interpretación, el

repertorio canónico universal está completamente aceptado. En términos de recepción, un concierto dirigido por Daniel Bareinbom es tan masivo como un recital de rock internacional. FS–Tu libro me parece erudito y técnico, a la vez un libro claro y directo, un libro que hace historia y que atiende a los análisis de obras centrales, que traza vínculos entre músicos y músicas, etc. Me gustaría que hables del proceso de escritura atendiendo a que fue una obra hecha por un encargo (según leí en la introducción). SP–Una de las cuestiones más difíciles fue establecer una periodización que me permitiera diferencias períodos, marcar los puntos de ruptura. Elegí una periodización extra-musical, en parte por todo lo que ya conté sobre el enfoque sociopolítico que interesaba remarcar. Pero esto no terminaba con los problemas. ¿Dónde ubicar a Ginastera , que estrenó sus primeras obras hacia fines de los 30 y ejerció una poderosa influencia hasta, por lo me223


Al convertirse en música de masas aceptada por todos – los padres, los empresarios de la música, los medios masivos, los educadores, los funcionarios del área de cultura, etc. -, abandonó su carácter contracultural de los primeros años, y con él esa idea de vanguardia poética de la que Artaud de Spinetta fue el punto culminante

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nos, fines de los 60? Lo mismo podría decir de los grandes directores de tango. O las figuras de Charly García y Spinetta, que finalmente abordé en el capítulo dedicado a la dictadura del 76-83, aunque de ellos también hablo, parcialmente, en otros capítulos. En realidad, la periodización sirve para marcar los acentos fuertes de ciertos temas –para decirlo con metáfora musical-, pero eso no significa un límite estricto. Una vez armada esa periodización con sus respectivos temas, la escritura fue fluyendo con bastante rapidez. Muchos de los temas abordados en el libro yo ya los había trabajado en alguna otra oportunidad. En todo caso, lo difícil fue encontrar el modo sintético para describir y explicar, y a la vez que deslizar algunas reflexiones un poco más osadas. Por un lado, tenía que ser un libro claro y didáctico; por otra parte, debía ser un libro que no se limitara a un banco de datos más o menos hilvanados. FS–En los últimos capítulos se anuncia la idea de que el rock ya no es una música rebelde. De alguna manera, sugerís que el rock es más conservador que en sus inicios. Esta también es una idea impactante. ¿Podrías ampliar esto? SP–Sí, definitivamente es más conservador que en sus inicios. Dejó de ser música nueva y diferente hace mucho. Creo que hoy tiene menos densidad musical y poética que en los 70 y 80, dicho esto en términos generales. Pero eso ha sucedido también con otras músicas. El problema del rock es que construyó su cultura en torno a la rebeldía y la disidencia juveniles, con una fuerte impronta anti-adulta, por decirlo de algún modo, y siempre en tensión – más en la Argentina que otros países – con las industrias culturales, los medios y el Esta-


do. Al convertirse en música de masas aceptada por todos – los padres, los empresarios de la música, los medios masivos, los educadores, los funcionarios del área de cultura, etc.-, abandonó su carácter contracultural de los primeros años, y con él esa idea de vanguardia poética de la que Artaud de Spinetta fue el punto culminante. En todo caso, algunos de sus estilos pueden ser vistos como expresiones de determinados sectores de la juventud argentina, incluso como testimonios de problemáticas sociales. No hay dudas de que los jóvenes siguen depositando muchas cosas en el rock, incluso más que antes. Pero lo que la mirada histórica te permite, en este tema como en tantos otros, es observar cómo va cambiando el significado social de un género según los contextos epocales. ¿O acaso el tango era la misma cosa en los años 10 que en los 40? FS–¿Vos pensás que los propios músicos leen historia de la música? ¿Cuál pensas que es el lector de un libro como el tuyo? SP–Imagino a varios músicos que conozco leyendo mi libro. La verdad es que, modestamente, no hay muchos libros que cuenten la historia de la música argentina de una manera inclusiva sin recaer en el anecdotario, por un lado, o en el análisis musicológico más técnico, por el otro. Pero mi propósito fue escribir un libro para gente que, sin tener formación musical formal, quiera escuchar música con alguna preocupación analítica. Definitivamente, contra el mito romántico del melómano que escucha con el corazón, estoy convencido de que la frecuentación de libros sobre música brinda elementos para un disfrute más profundo. Lo digo más como lector que como escritor.

Viernes por la noche por Gabriel Huertas

Por fin terminó la semana!- piensa mientras abre la puerta. Libre de todo cuidado, suspira sabiendo que al día siguiente no tendrá que ir a la oficina, obligado a gastar sus minutos entre cuatro paredes y con la única compañía de sus papeles. Pero no se siente tan ligero como quisiera, algo lo oprime. -Es la corbata. Me está asfixiando-. Acto seguido, se desata afanosamente el nudo y, mientras enciende el televisor con una mano para ver la hora, arroja al suelo la prenda con la otra. Sin embargo, aún persiste su malestar. Su ropa de oficina le inspira repugnancia. La encuentra demasiado ceñida al cuerpo, le corta la respiración. Se desviste, mas aún le fastidia el peso su cuerpo, pues esa noche desea desembarazar su alma de las cargas habituales. Primero la piel, luego músculos y tendones, huesos, órganos, etc. Con una calma metódica, aunque no exenta de afán, se va despojando de su viejo y cansado cuerpo y coloca prolijamente sus partes en distintos cajones. ¡Por fin! Ya su alma puede moverse a sus anchas con la ligereza de una pluma ¡Qué alivio! Se tiende en su lecho dispuesto a sumirse en el más profundo de los sueños, cuando, súbitamente, un pensamiento acude a su mente: ¡Mierda! ¿Cómo apago la tele ahora?

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Críticas de terror Tierra Arrasada - Battle Cry por Edgardo “Hugo ” Gutiérrez

Ha llegado a mis manos el segundo disco de estudio y la primera obra conceptual del rock jujeño y no podía faltar, es de una banda que viene trabajando desde 1998, me refiero a Battle Cry y su disco Tierra Asada. Este disco fue grabado entre el 2011y el 2013, en el propio estudio de la banda Battle Estudios por Ezequiel Molina y contaron con la participación especial en el coaching vocal a Javier Barrozo, quien integro una banda legendaria del heavy metal de los ´90 llamada Viudanegra y como si fuera poco también participo del proyecto Walter Giardino Temple, esto hizo que la banda de heavy metal jujeña, se asegurara de la calidad del uso de voces que en este género es tan importante. Cuando al inicio hablaba de una obra conceptual, esta idea no es para nada nueva dentro del rock ya que hay una lista de bandas que reali226

zaron este trabajo desde “Operation Mindcrime” de Queensrÿche, hasta el clásico “The Wall” de Pink Floyd inclusive “The Crimso Idol” de WASP, con una portada increíble y como no podía faltar la banda inglesa de Iron Maiden con su disco “Seventh Son of a Seventh Son”, estos son algunos pocos ejemplos ya que hay una larga lista de bandas internacionales que realizaron los denominados “discos conceptuales”, vale la pena señalar que la idea de “disco conceptual” es básicamente hacer que cada uno de los temas que componen el álbum tenga una línea artística, estilística, una idea central igual, es decir justamente que tenga un concepto que sea el generador central de todas las canciones. El motor que alimenta la idea. En nuestro caso particular los muchachos de Battle Cry conceptualizaron esta obra en un hecho histórico que hace poco tiempo cumplió 200 años


y que tanto barullo armo en nuestra ciudad, claro el “Éxodo jujeño”, el disco tiene por nombre Tierra Arrazada, con una arte de tapa e interior realizada por la gente de Panteon Soluciones Gráficas, que ya desde la portada se puede encontrar un mapa antigua de la provincia prendiéndose fuego y a lado parte del Bando original del Gral. Manuel Belgrano que data del 29 de julio de 1812. El disco inicia con un prólogo que describe el hecho histórico con una implacable voz, de Pedro Claure, ni bien termina arranca automáticamente el poderoso sonido de un erke y arranca el primer tema del disco el N° 2 “Tierra Arrazada (El bando)”, con un poderoso bajo que está a cargo de Carlos Oropeza y comienza a sonar la monstruosa batería de Manuel Cusi, con un doble pedal al palo, arranca y destruye desde el comienzo hasta el final, esta canción es una aperitivo de lo que está por venir, sonidos de teclados cortes sencillos y guitarras arrolladoras. La tercera canción “Sangre para la corona”, un tema que contiene los clásicos sonidos y ritmos del heavy metal en estado puro, la métrica de la lirica muy bien ajustada para poder dar rienda suelta a la combinación maquiavélica de las voces claras y limpias con las voces guturales también conocido como death growl, que es una característica particular de este tipo de género musical, en este caso usado de manera impecable. La canción N° 4 “Día en llamas”, inicia con el sonido del papel quemándose, elementos como estos son los conectores que dan una idea de cuál es el trabajo del disco de manera conceptual, las llamas, lo quemado, el fuego, las chozas. En esta canción se nota de manera más predominante la utilización de los teclados (los mismos a cargo de Ezequiel Moli-

En nuestro caso particular los muchachos de Battle Cry conceptualizaron esta obra en un hecho histórico que hace poco tiempo cumplió 200 años y que tanto barullo armo en nuestra ciudad, claro el “Éxodo jujeño”

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na), para dar marco y contexto a los solos de guitarras y a la armonización del conjunto dando paso también a los claros estribillos, tan utilizados en este estilo musical. En el tema N°5 “La partida”, parte de la letra dice “Mírame, estoy aquí, en el camino forzado a seguir/el silencio reina por doquier y la noche abrazará mi ser/en mis ojos hay dolor y en mi alma la ilusión calló”. Se inicia con una introducción que sonoramente suena ajustada, melodías clásicas, tranquilas, una ambientación que siempre fue utilizada por las

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bandas internacionales y también argentinas, la balada clásica del heavy metal, desde Rata Blanca, con el clásico y efectivo mujer amante, hasta la banda Nazareth de 1976 y su canción “Love Hurts”, sin lugar a dudas una de las mejores canciones del disco, debido al ajustado tratamiento de la voz de Leo Campos y Pedro Gennari. “Hacia el horizonte”, una canción que sacándola del concepto de este disco puede funcionar de manera brillante de manera individual, porque contiene la fuerza de la voz, la percusión y batería exac-


ta que este tipo de canciones pide, velocidad, solos de guitarra que son distribuidos de manera uniforme en los 4´ 23´´ que dura esta canción. El tema N° 7 “Por mi tierra”, tiene como característica central tener un sonido ajustado y una brillante ejecución de las guitarras tanto de David Quispe y la de Pedro Gennari, intercambiando solos, y riff austeros pero bien logrados, quizás en el tiempo esta canción perdure como un clásico del disco. “Tiempo de triunfar” arranca con un brutal solo de batería al que se le suma el resto de los instrumentos llevándonos rápidamente a una atmósfera rápida y veloz, que tiene cortes rítmicos que ayudan a la canción a construirse de manera novedosa, vertiginosa, rápida sin perder la esencia, los coros grupales decoran la velocidad de las guitarras, ayudan a que esta canción tengo la fuerza necesaria, para tener un final impecable, guitarras y teclados. La canción N°9 “El sol saldrá” coros y mas coros, armonizados por los teclados, una perla y un gusto que está madura banda puede darse el lujo de poner dentro de su disco, otro conector dentro del atributo conceptual de esta obra. El cierre del disco le pertenece a “Vuelvo a mi hogar”, una canción épica en todas las palabras, cortes certeros y una velocidad de guitarra que nos prepara poco a poco, para estallar en un pogo furioso, sigue sonando de manera ajustada, el juego de voces y de guitarras tienen en esta canción el despliegue perfecto y no es una exageración para los conocedores de este género sabrán lo difícil que es lograr esa combinación perfecta de solos y baterías, que se logran únicamente con muchas horas de ensayo y transpiración.

Bueno, que se puede decir de esta obra conceptual que se ofrece a los oyentes de este género, que como pocos sabrán es uno de los estilos que tiene mayor antigüedad en Jujuy y que hoy por hoy tiene una camada de adeptos fieles, seguidores con camperas de cuero que no hacen otra cosas que demostrar que Jujuy sigue siendo una “zona de aguante” y que también sigue teniendo un enorme potencial musical que en esta oportunidad queda demostrado, además también nos señala que si las bandas perduran en el tiempo es por su gran vocación de artistas autogestionados que no tienen nada que envidiar a las mejores bandas nacionales e internacionales.

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230 por Bruno Geronazzo


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Intravenosa 14  

Revista Cultural Intravenosa Núm. 14. Jujuy - Argentina

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