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Christian Suriel Smith’s powerful and moving response to violence in the mass media marks the cover art of the issue, setting a tone simultaneously of intensity and tender compassion. The dossier featuring Mexican poets meanwhile vocalizes the frustration and fear associated with the atmosphere of violence that has become so prevalent and engrained in Mexico, culminating most recently in the disappearance of 43 students from Ayotzinapa. An atmosphere of fear is also palpable in Andrea Chapela’s short story ‘Paranoia,’ while Jared Coffin’s poetry addresses the dismembering potential for violence in the form and content of his work. The visual approach of Pedro Agudelo’s photography provides a chilling commentary on the impacts of a culture of violence for children, while Jesús Cossio’s and Claudio Martínez’ political art blends

En una respuesta emotiva a la violencia que fluye a través de los medios de comunicación, la portada de este número, creada por el artista Christian Suriel Smith, establece un tono para la revista cargado de emociones intensas y gran compasión y ternura. El dossier de poetas mexicanos vocaliza la frustración y el miedo producidos por el clima de violencia que afecta a México, y que se manifiesta diariamente en casos trágicos como el de la reciente desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. El cuento corto “Paranoia”, de Andrea Chapela, engulle al lector en una atmósfera de miedo interiorizado en el cuerpo y mente de una joven mujer, mientras que Jared Coffin explora el poder descuartizador de la violencia en la forma y el contenido de su poesía. El enfoque visual de la fotografía de Pedro Agudelo ofrece una crítica punzante sobre el impacto que ejerce en los niños una continua y arraigada cultura de violencia, mientras que las obras de Jesús Cossio y Claudio Martínez combinan técnicas

iedra Magazine addresses in this issue the question of violence in the varied forms that it assumes. The scope, the brutality, and the sheer number of sociopolitical conflicts around the globe, as well as the speed and accessibility that allow us to absorb the images, testimonies, and statistics of such violence is becoming truly overwhelming. These pages, however, are not filled only with more instances and reflections of violence. Rather, they feature the bravery and resilience of the individuals who choose to speak out daily. These individuals―many of whom are artists and activists who fight censorship and live in fear of retaliation―have chosen to share their work so that we all can engage with their realities (the ones they have created and the ones they must live in). It is this mosaic of perspectives that we hope inspires you, the reader, to join in this global conversation.

n esta edición, Hiedra Magazine aborda el tema de la violencia en sus más diversas formas. Los innumerables conflictos sociopolíticos en todo el mundo, la violencia que éstos producen y la velocidad y la accesibilidad con que podemos absorber las imágenes, testimonios y estadísticas de esta violencia es realmente abrumadora. Sin embargo, no sólo son estas reacciones las que llenan estas páginas. Es también la valentía de todas esas personas que optan por alzar sus voces a diario. Estos individuos ―muchos de los cuales son artistas y activistas que tienen que luchar contra la censura y el miedo a represalias― han decidido compartir su trabajo para que todos nosotros podamos experimentar sus realidades (tanto las que han creado como las que deben vivir). Es este mosaico de perspectivas el que esperamos le inspire a usted, el lector, a unirse a este importante diálogo mundial.

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poetas de México ...ante la violencia

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casi medio año de la desaparición de 43 normalistas en Ayotzinapa, el proyecto Testimonios de Guerrero pretende visibilizar la realidad que hoy se vive en ese estado a través de la voz de algunos de sus habitantes. Sus testimonios* revelan el devastador efecto que este hecho trajo no sólo para los estudiantes sino también para las personas que aún viven ahí. ―­Lorena Wolffer www.lorenawolffer.net

*Las imágenes de estos testimonios se encuentran a lo largo de esta sección. Para más información visitar: http://testimoniosguerrero2015.blogspot.mx 4


María Rivera Allá vienen los descabezados, los mancos, los descuartizados, a las que les partieron el coxis, a los que les aplastaron la cabeza, los pequeñitos llorando entre paredes oscuras de minerales y arena. Allá vienen los que duermen en edificios de tumbas clandestinas: vienen con los ojos vendados, atadas las manos, baleados entre las sienes. Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas, cuñados, yernos, vecinos, la mujer que violaron entre todos antes de matarla, el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo, la que también violaron, escapó y lo contó viene caminando por Broadway, se consuela con el llanto de las ambulancias, las puertas de los hospitales, la luz brillando en el agua del Hudson. Allá vienen los muertos que salieron de Usulután, de La Paz, de La Unión, de La Libertad, de Sonsonate, de San Salvador, de San Juan Mixtepec, de Cuscatlán, de El Progreso, de El Guante, llorando, a los que despidieron en una fiesta con karaoke,

L O S M U E R T O S

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y los encontraron baleados en Tecate. Allí viene al que obligaron a cavar la fosa para su hermano, al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares, los que estuvieron secuestrados con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años tres veces. ¿De dónde vienen, de qué gangrena, oh linfa, los sanguinarios, los desalmados, los carniceros asesinos? Allá vienen los muertos tan solitos, tan mudos, tan nuestros, engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac, caminan, se arrastran, con su cuenco de horror entre las manos, su espeluznante ternura. Se llaman los muertos que encontraron en una fosa en Taxco, los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua, los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo, los muertos que encontraron tirados en la Marquesa, los muertos que encontraron colgando de los puentes, los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales, los muertos que encontraron a la orilla de la carretera, los muertos que encontraron en coches abandonados, los muertos que encontraron en San Fernando, los sin número que destazaron y aún no encuentran, las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos disueltos en tambos. Se llaman restos, cadáveres, occisos, se llaman los muertos a los que madres no se cansan de esperar los muertos a los que hijos no se cansan de esperar, los muertos a los que esposas no se cansan de esperar, 6


imaginan entre subways y gringos. Se llaman chambrita tejida en el cajón del alma, camisetita de tres meses, la foto de la sonrisa chimuela, se llaman mamita, papito, se llaman pataditas en el vientre y el primer llanto, se llaman cuatro hijos, Petronia (2), Zacarías (3), Sabas (5), Glenda (6) y una viuda (muchacha) que se enamoró cuando estudiaba la primaria, se llaman ganas de bailar en las fiestas, se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas, se llaman muchachos, se llaman ganas de construir una casa, echar tabique, darle de comer a mis hijos, se llaman dos dólares por limpiar frijoles, casas, haciendas, oficinas, se llaman llantos de niños en pisos de tierra, la luz volando sobre los pájaros, el vuelo de las palomas en la iglesia, se llaman besos a la orilla del río, se llaman Gelder (17) Daniel (22) Filmar (24) Ismael (15) Agustín (20) José (16) Jacinta (21) Inés (28) Francisco (53) entre matorrales, 7


amordazados, en jardines de ranchos maniatados, en jardines de casas de seguridad desvanecidos, en parajes olvidados, desintegrándose muda, calladamente, se llaman secretos de sicarios, secretos de matanzas, secretos de policías, se llaman llanto, se llaman neblina, se llaman cuerpo, se llaman piel, se llaman tibieza, se llaman beso, se llaman abrazo, se llaman risa, se llaman personas, se llaman súplicas, se llamaban yo, se llamaban tú, se llamaban nosotros, se llaman vergüenza, se llaman llanto. Allá van María, Juana, Petra, Carolina, 13, 18, 25, 16, los pechos mordidos, las manos atadas, calcinados sus cuerpos, sus huesos pulidos por la arena del desierto. 8


Se llaman las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran, se llaman las mujeres que salen de noche solas a los bares, se llaman mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada, se llaman hermanas, hijas, madres, tías, desaparecidas, violadas, calcinadas, aventadas, se llaman carne, se llaman carne. Allá sin flores, sin losas, sin edad, sin nombre, sin llanto, duermen en su cementerio: se llama Temixco, se llama Santa Ana, se llama Mazatepec, se llama Juárez, se llama Puente de Ixtla, se llama San Fernando, se llama Tlaltizapán, se llama Samalayuca, se llama el Capulín, se llama Reynosa, se llama Nuevo Laredo, se llama Guadalupe, se llama Lomas de Poleo, se llama México. 9


Balam Rodrigo 14°40’35.5”N 92°08’50.4”W - (Suchiate, Chiapas) Este es el origen de la reciente historia de un lugar llamado México. Aquí migraremos, estableceremos la muerte antigua y la muerte nueva, el origen del horror, el origen del holocausto, el origen de todo lo acontecido a los pueblos de Centroamérica, naciones de la gente que migra. Vine a este lugar porque me dijeron que acá murió mi padre en su camino hacia Estados Unidos, sin llegar a ver los dólares, ni los granos de arena en el desierto. Bajé de los Cuchumatanes, desde los bosques de azules hojas de la nación Quiché, desde la casa en donde habitan la niebla y los quetzales hasta llegar, cerca de Ayutla, a la orilla del río Suchiate. Abandoné el olor a cuerpos quemados de mi aldea, la peste militar con sus ladridos de “tierra arrasada” mordiendo hueso y calcañar con metrallas y napalm, su huracán de violaciones y navajas que aniquilaban a los hombres de maíz con perros amaestrados por un gobierno que alumbra el camino de sus genocidas con antorchas de sangre y leyes de mierda. Huí del penetrante olor a odio y podredumbre; caminé descalzo hasta el otro lado del Inframundo para curarme los huesos y el hambre. Nunca llegué. Dos machetazos me dieron en el pecho para quitarme la plata y las mazorcas del morral: el primero derramó mis últimas palabras en quiché; el otro me dejó completamente seco, porque a mi corazón lo habían quemado los kaibiles junto a los cuerpos de mi familia. Dicen algunos que en la ribera de este río se aparece un fantasma, pero yo sé que soy, que he sido, y seré, el unigénito de los muertos, guardián de mi propia sombra, negro relámpago de mi pueblo, bulto ahogado en esta poza en donde inicia Xibalbá. Dos fichas de cerveza Gallo pusieron en mis ojos: todos los días veo cruzar por estas aguas a los barqueros de la muerte, a los comerciantes del dolor que llevan en sus canoas de tablas y cámaras de llanta, las almas de los migrantes enfiladas puntualmente hacia el tzompantli llamado México. Dicen polleros y coyotes que ven mi fantasma en la ribera, por eso se santiguan y rezan al cruzar las aguas rotas de este espejo seco en el que escriben su nombre con el filo estéril de las hachas votivas. Todos los días veo pasar a las hileras de muertos, a los que migran sin llegar a los Estados Unidos: parvadas de cuerpos en pena, tristes figuras humanas, barro entre los insomnes dedos de Dios. Yo, primogénito de los migrantes

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muertos, los recibo con un racimo de filosos machetes en lugar de brazos, iluminado por la cara oculta de esta luna leprosa: bienvenidos al cementerio más grande de Centroamérica, fosa común donde se pudre el cadáver del mundo. Bienvenidos al culo del infierno.

‘Levanta’ comando a ocho migrantes: un comando “levantó” a ocho migrantes centroamericanos, tres hombres y cinco mujeres, cuando rezaban en un templo de la ranchería Buenavista del municipio de Macuspana, a 80 kilómetros al sur de Villahermosa, Tabasco, confirmó la policía local. (Oración del migrante) No quiero levantarme, padre. No me levantes, madre. Prefiero caer, prefiero caer, en los filosos y amorosos brazos de La Bestia. Nadie quiere ser levantado, madre. Nadie quiere ser levantado, padre. Me levantabas para ir al colegio, padre. Me levantabas para ir a jugar, madre. 11


Me levantaba del sueño la caricia de tus manos, madre, me levantaban de la mesa tus palabras, padre, y yo levantaba la cara hacia el sol. Una vez levantados íbamos a la milpa, íbamos al bosque, a los yerbajes del tiempo. Pero aquí en Tierra Blanca, padre, otros me han levantado, madre. Con humillaciones, con torturas, con violaciones, con masacre. Me han levantado más temprano y más tarde que usted, madre, y para siempre, Padre. No quiero ya que me levanten. Nunca levantarme; que nadie más me levante. Las sábanas que cubren mi rostro no son blancas, están teñidas de sangre. Llévense mi cuerpo en andas, hasta Honduras. Llévense mis lágrimas, mi cuerpo, a lomo de ataúd. Llévense mis huesos negros y entiérrenlos en Tegus. No quiero que vuelvan a levantarme, padre. No quiero que regresen a levantarme, madre. No quiero ser levantado. Díganles que no estoy. Nunca me levantes, padre. Nunca me levantes, madre. 12


FEDERICO VITE A C A P U L C O N I G H T S

I Aún huelo el miedo en La Garita, ese habitáculo de autobuses coronado por los salmos persistentes de la iglesia. Antes del paréntesis de acero, los gritos anunciaron que la efigie negra del terror asomaba el rostro por la ventanilla rectangular de la Suburban. Atento a lo rojo del camino, alguien puso sobre el asfalto la burbuja metálica de la explosión. Fragmentar la tarde luminosa de enero es el tatuaje, la inocencia perdida del puerto. Pero en la búsqueda de las municiones, el de azul fulminó con retrocarga el oblicuo escape de los que cabalgaban en motores. Llovía casquillos sobre la presencia estival de los transeúntes. La florista ecuánime de la banqueta desordenó sus laureles y la puntería errada de el de azul puso a bailar en un pie al de los cuernos en la mano. Las llamas consumieron la tranquilidad dispersa sobre Farallón. El ruido y el metal son la alfombra por donde caminan los míos. II De aquella cabeza encima de la barda humeaban los cabellos. La ira, mutabilidad de la muerte y descomposición, movía el tótem blanco caligrafiado con cinismo: Para que aprendan a respetar. Sobre la columna de febrero creció un gélido espasmo de horror. De aquella cabeza nació una melodía ruidosa, un golpe de tambor, el mensaje que prendió la mecha de la batalla donde todos somos el enemigo. III También hay días luminosos. Los escotes y las faldas se llenan de carne en la Costera; pasean las ganas de vivir sin miedo las mujeres, quitan sargas del humor y sacuden anécdotas avejentadas 13


de conquistas amorosas en Acapulco. Los aretes grandes fungen de campanas; las morenas despiertan legiones seductoras de varones que ansían palpar curvas rotundas de alta poesía. Pero el simulacro de carnaval es limitado. Ellas se alejan con el compás categórico de sus caderas rumbo a la iglesia y al levantar la mirada llena de aquel sobresalto amable de lo hermoso, tocamos la estructura medieval de una certeza: San Jorge aún no ha vencido al dragón. IV Todo este derrumbe sostenido en el paisaje abarcado por mis ojos es tristeza arribando en desbandada, pero todo el dolor que me apretuja hasta recrear la orfandad de la infancia no lo siento en mí, sino en los edificios, en las calles, en los barcos que sacuden su cansancio en la bóveda oscura del Pacífico. Desde mi ventana grito. Queda la esperanza de que el fuego ahogado de mi voz mueva la indiferencia de un país que sólo mira hacia el centro. V Mi padre prefiere armar rompecabezas a su edad; Ya no usa navaja ni enciende su Natzionale por las tardes. Junta piezas diminutas al lado de mi hermana. Lamenta pleitos, las heridas que se hizo por diversión; sufre por la fe que perdió en los humanos. Es sabio a los sesenta, cuando abre la caja del puzzle Clementoni.

—Yo opino que lo primero de todo es armar el cielo. VI

Aquel niño pedía terremotos y balaceras, Señor, para contagiar el pánico al mundo escolar que habitada. Hundía sus ásperas palabras en la sábana flameada por los pensamientos metálicos 14


de un ventilador ruidoso. Lejano ahora de aquella infancia sin cama, con el enfriador del miedo en el pecho, Señor, te ruego que detengas mis anhelos funestos. Otorga la seña del olvido a esas plegarias. Piensa en ese niño terrible con desasosiego, pero no lamentes la borrasca en la mirada de este adulto. Abrillanta mis palabras, porque llevo el germen del caos que me regalaste. Rompe el armazón culposo de mi oscuridad. Es mi causa invisible la luz, Señor. Te espero en mí al amanecer. VII —Cuando duermo voy a ese lugar dentro de mí; en la parte izquierda de mi cuerpo, donde no hay balas ni muertos que desfoguen su historia en mi presente —le explico lamiéndome los labios— es un lugar lejano, es más allá de donde yo acabo, pero está dentro de mí; todavía soy ese sitio. Veo los rasgos finos de tu rostro; las mejillas de huesos férreos muestran el carácter que posees. Dejo dorar tu silencio bajo el sol de mediodía. El dialecto grande de las sombras aparece en tus pupilas. Sujeto con versos en francés la proa melancólica del día: Alors je sens en moi / mon coeur qui bat. Te miro pensando en mentiras dignas de un hombre. —Voy a pasar el mundo en limpio para ti. VIII No soy el mismo de antaño, el niño sin prisa. Bebo para entender lo sucedáneo de la vida; para entregarme por completo a la resignación, al tedio en la parvada de los días. Levanto mi tarro. Sigo hundido en la búsqueda de una esperanza vertical. Llevo mi propio fuego negro en las palabras. Soy de aquellos hombres con gusanos en el pecho. Tengo la misma extensión emocional de los desiertos. Yo mido el tiempo por sed.

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SARA URIBE Antígona González (Selección)

Uno, las fechas, como los nombres, son lo más importante. El nombre por encima del calibre de las balas. Dos, sentarse frente a un monitor. Buscar la nota roja de todos los periódicos en línea. Mantener la memoria de quienes han muerto.

Tres, contar inocentes y culpables, sicarios, niños, militares, civiles, presidentes municipales, migrantes, vendedores, secuestradores, policías. Contarlos a todos. Nombrarlos a todos para decir: este cuerpo podría ser el mío. El cuerpo de uno de los míos. Para no olvidar que todos los cuerpos sin nombre son nuestros cuerpos perdidos. Me llamo Antígona González y busco entre los muertos el cadáver de mi hermano.

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[...]

Amealco, Querétaro. 15 de febrero. Los cuerpos de dos mujeres y un hombre, todos con el tiro de gracia, fueron localizados cerca del límite entre Guanajuato y Querétaro. Sobre una barda anexa se encontró un mensaje escrito en una cartulina. Hay noches en que te sueño más flaco que nunca. Puedo ver tus costillas. No traes camisa y andas descalzo. Puedo ver tus ojeras y tu cansancio de días. Andas solo por ahí en las noches, recorriendo calles de ciudades desconocidas. Andas rastreándome, Tadeo, como quien se aferra a algo incierto, como quien aún en la zozobra guarda un poco de cordura y busca la salida de emergencia. Andas buscándome en la oscuridad y a tientas porque de algún modo intuyes que voy tras de ti. Por eso te pienso todos los días, porque a veces creo que si te olvido, un solo día bastará para que te desvanezcas. 17


[...]

Los días se van amontonando, Tadeo, y hay que comprar el gas, pagar las cuentas y seguir yendo al trabajo. Porque desde luego que a una se le desaparezca un hermano no es motivo de incapacidad. A una le dicen en la sala de maestros cuánto lo siento, ojalá que todo se resuelva, me apena mucho tu caso. Una es comidilla de uno, o dos, o tres días, tal vez hasta una semana. Pero luego ese chisme se vuelve viejo. La vida nunca detiene su curso por catástrofes personales. A la vida no le importa si tu daño es colateral o no. La rutina continúa y tú tienes que seguir con ella. Como en el metro, cuando la gente te empuja y la corriente te arrastra hacia adentro o hacia afuera de los vagones. Cosa de segundos. Cosa de inercias. Así voy flotando yo, Tadeo.

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Aquí todos somos invisibles. No tenemos rostro. No tenemos nombre. Aquí nuestro presente parece suspendido. Voy a despertar en cualquier momento, me digo cuando intento engañarme, cuando no resisto más, cuando a punto del derrumbe. Pero ese momento nunca llega: lo que ocurre aquí es lo verdaderamente real. Me dijeron que habían encontrado unos cadáveres, que era una probabilidad. Me dijeron que los iban a traer aquí. [...] Yo también estoy desapareciendo, Tadeo. Y todos aquí, si tu cuerpo, si los cuerpos de los nuestros. Todos aquí iremos desapareciendo si nadie nos busca, si nadie nos nombra. Todos aquí iremos desapareciendo si nos quedamos inermes sólo viéndonos entre nosotros, viendo cómo desaparecemos uno a uno.

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M

aría Rivera (México D.F., 1971) es poeta y ensayista. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2000 y 2004) con el cual obtuvo el “Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2000” y Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005) con el cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2005.

B

alam Rodrigo (Villa de Comaltitlán, Chiapas, 1974). Algunas de sus publicaciones son: Hábito lunar (2005), Silencia (2007), Larva agonía (2008) e Icarías (2008). Ha obtenido diversos premios entre los que destacan el de Poesía Joven Ciudad de México 2006, el Nacional de Poesía San Román 2007 y el Nacional de Poesía Ciudad del Carmen 2008.

CONTRIBUIDORES

S

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ara Uribe (Querétaro, 1978) ha publicado Lo que no imaginas (2005), Palabras más palabras menos (2006), Nunca quise detener el tiempo (2008), Goliat (2009), entre otros. Premio Regional de Poesía Carmen Alardín 2004, Premio Nacional de Poesía Tijuana 2005 y Premio Nacional de Poesía Clemente López Trujillo 2005.

f

ederico Vite (Acapulco, 1975) ha publicado Le freak c’est chic (Cuento, 2013), Parábola de la cizaña (Novela, 2012), Grabados a punta seca (Poesía, 2011), De oscuro latir (Cuentos, 2008), Fisuras en el continente literario (Novela, 2006), entre otros. Parábola de la cizaña saldrá este 2015 en árabe, publicado por la editorial egipcia DarKahn, y la novela negra Ak-pulco también aparecerá este año en el continente literario francés.

L

orena Wolffer (México D.F., 1971) es una artista multifacética que ha dedicado más de veinte años a la resistencia y la enunciación en la intersección entre el arte y el activismo. Su proyecto actual “Estados de excepción“ tiene que ver con la necesidad de producir espacios en los que las mujeres puedan ejercer todos sus derechos en respuesta a la creciente ola de violencia de género.


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LATIN AMERICAN and CARIBBEAN STUDIES at Indiana University

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Pedro Agudelo

El patito feo - De la serie Juego de niĂąos 100 cm x 150 cm FotografĂ­a digital, 2013 22


“La instalación está conformada por una serie de juguetes infantiles intervenidos con alfileres, clavos, agujas y chinches, configurando un espacio lúdico y peligroso al mismo tiempo. Aborda el concepto del juguete como dispositivo sociológico, en una metáfora de la violencia, específicamente de las minas quiebrapatas, como se las llama en Colombia, y que han dejado mutilados a hombres, mujeres y niños campesinos. Estas piezas escultóricas aluden al juego y sus imposibilidades, sobre la alegría y sus frustraciones, ya que las acciones violentas nos ‘acercan’ al otro en su inmenso desconcierto.” ―Pedro Agudelo

Detalle - De la serie Juego de niños 300 cm x 350 cm Fotografía digital, 2013

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narrative

narrativa

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Óscar Colchado Lucio Spoils of War

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Translation by Eric Carbajal

t’s been a while since I started carrying this tsantsa with me, the shrunken head tied to my belt that hangs from my hip. The head had once belonged to comrade Marcia, whom I killed. It all happened the time we killed thirty terrucos―which is what we call Shining Path militants―on the summit of Marcapata. They had made camp there. Upon arrival, we saw they had a large number of weapons, medicine, and meat drying out in the open air. These rebels had attacked our village before as well. They couldn’t forgive us, the residents of the village of Santo Tomás de Pata, for supporting and joining the Angaraes rondas ―the self-defense patrols of the region. It all began many years ago when one morning we found a red flag with the hammer and sickle hanging from the town’s entrance gate and graffiti on the town walls next to other drawings of the communist symbol that read: Long live the People’s War! Long live comrade Gonzalo! We were all scared when we saw these signs of Shining Path presence. We were terrified. Who did it, we asked each other. Let’s take it down, others would yell. ―No ―one of us warned―, the terrucos will come and kill us. We should inform the troops. ―Yes ―the rest of us agreed―. It would be better if they bring it down. It was then that don Moshe, our deputy governor, and don Medardo, the community president, arrived at the scene. ―It must be taken down ―ordered the former, and when he saw that no one obeyed him, he began pressuring some of us―: Come on! Take it down! We all played dumb and none of us moved a muscle. He then started ordering all of us one by one. ―Let’s go, don Diomi, don Tomás! Bring it down! Still no one answered. So, after calling all of us cowards, he set out to climb the gate saying, “I’ll take it down myself.” Don Medardo proceeded to warn him of the risk and danger: 25


―Don Moshe, don’t forget that the terrucos have already threatened your life. The reminder made the man hesitate, and soon his courage failed him. ―Still, we have to do something ―he insisted and immediately after, he mounted his horse and headed off to inform the military. When he arrived at the army post, the captain nicknamed “The Heron” was drinking and playing cards. ―What’s going on! ―he said when he saw don Moshe―, what do you want? ―We need your help, captain. The rebels have raised their communist flag in our village. We need the military’s support to take it down. ―Support? Are you stupid? You think I’m going to mobilize my troop for a shitty rag? That’s your job, don’t you know that? Can’t you take it down and paint over the graffiti yourself? ―Captain… ―said don Moshe, trying to remain strong despite breaking into a nervous sweat― I’ve received threats. Shining Path will kill me. ―Hmm, even better ―replied the officer―, you’ll be considered a national hero, like Miguel Grau or Francisco Bolognesi. Don’t you want to be a hero? A hero for democracy and freedom? ―the captain burst into laughter―. And if they don’t kill you, then you kill yourself. Just like I do, look. The Heron grabbed his revolver and pointed it against his head, but with the barrel aiming slightly towards the ceiling, and then pulled the trigger. The shot caused don Moshe to tremble. ―You see? ―said The Heron, casually putting down his weapon―. We can die at any time. No problem at all. All of a sudden, after seeming in good spirits since don Moshe’s arrival, his face turned sour and he said: ―Enough of this shit! I want you to go immediately and get rid of that red rag. Filled with valor and courage, don Moshe returned to the village and after getting all of us together again and calling us cowards, once again, he informed us that he would be the village’s hero because he was going to take down that red rag. Getting down to business, he started to climb the high structure and replaced the Shining Path flag with the Peruvian one that he had received at the army post, the same flag he had been displaying along his whole trip back as he mounted his horse. Right after this, he either ordered the graffiti to be erased or he did it himself. 26


The community president’s son discreetly grabbed the communist flag and disappeared after concealing it under his Andean poncho. And this is what brought back the rebels to our village. It was a militia made up of about eight people who carried rifles and submachine guns. Most of them were wearing ski masks, except for the leaders: a man and a woman. They forced us all to gather at the town’s center plaza. Don Moshe was dragged out of his home and pushed to join us at this place. His wife walked the whole way to the plaza next to him as she pleaded for his release, but she was eventually restrained. It was then that the supposed political commander, comrade Marcia, began her speech: ―Community of Santo Tomás de Pata, here you all have the traitor who has removed the sacred symbol of revolution. For this, he must die. Do not ever forget that the Party has a thousand eyes and a thousand ears. And in order to triumph we will cross rivers of blood. The military commander took out his gun and fired. ―From this moment on ―continued speaking comrade Marcia―, the Party will assign its own authorities. Secretary Commissioner will be comrade Juan (the community president’s son) and you, comrade ―she said, gesturing toward a woman―, will serve as Business Secretary. ―Not me ―said the appointed one―, I will not be able to do this. Please name someone else. ―Quiet! ―yelled the Shining Path militant as she looked at her with rage―. It is an honor to receive an assignment from the Party, one that must be received with pride. The recruitment commander then came up and helped pick some children and young men and women to go to the battle camp. Soon after this, they all left the village singing militant rallying cries. Upon hearing of the Shining Path’s incursion into town and of don Moshe’s death, the Heron and his men came to see us. They gathered us once again at the town’s plaza. The captain had a list of suspects and he started calling them by their first and last names ordering that they be tied up. Among those named was the community president’s son. ―Where are the rest of the authorities? ―the officer yelled. ―There are no more authorities ―we all replied. The captain mocked us with an effeminate voice: ―There are no more authorities… Fucking idiots, from now on you, you, and you, damn it, all of you are going to be part of Civil Defense. 27


Understood? One of us excused himself saying he wouldn’t be able to, and before he could explain why, the captain interrupted and threatened him: ―So you’re telling me that you stand against your motherland, you piece of shit? If you don’t help with Civil Defense, consider yourself a dead man ―and then turning his attention to the rest of us, he added―: You now have one of your own to bury. After this, I don’t want to hear that you’re letting rebels into your community. If this happens, I will hold you all responsible and you will answer to me. Then, after informing us when they would be coming to train us, they started walking away taking the prisoners with them. This would be the last time we would see these members of our community. Since then, we’ve placed sentries at nearby roads and watch guards controlling all the village’s entrance points. After a year or so, the militants decided to come back into town. They ambushed us and moved through the main streets of town firing their weapons while we were in the middle of our festivities. We all panicked and fled in different directions, but many were captured and killed on the spot and in front of their spouses and children. This is why after a few days and after joining the organization of all the communities and districts of Angaraes, we surrounded these militants at the summit of Marcapata. We had been following them until they set camp to rest. We killed most of them on that day. This is also why the military congratulated us saying, “That’s how it’s done! Kill those communist dogs!” However, every time the troops come by, they rape our wives and our daughters. They take our lambs. They kill our cows for their own food supplies. They are as bad or worse than the terrucos. This is why I have vowed to capture their captain, the Heron and see his head hanging next to Comrade Marcia’s from my belt.

óscar colchado lucio (Ancash, 1947) is a Peruvian poet and novelist. Two of his most critically acclaimed works are Rosa Cuchillo (Alfaguara, 1996) and Hombres de Mar (Alfaguara, 2013). He has been awarded the Copé Prize (1983), the Federico Villarreal National Novel Prize (1996), the Juan Rulfo International Short Story Prize (2002), among others. The story published here is part of his short story collection La casa del cerro “El Pino” (La Travesía, 2012). 28


Andrea Chapela Paranoia

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tu alrededor las hojas oscuras se distinguen de las sombras sólo por el marco de las luces amarillentas de los faroles. Reconoces por primera vez que el calor del verano desapareció entre el viernes y hoy, domingo. El aire ya no te pesa, ni te sofoca; ahora sopla a tu alrededor, recordándote que debiste tomar un suéter antes de salir. El sonido de un grillo se acerca conforme avanzas. Tu sombra se desdibuja en la banqueta, mezclándose con las sombras de los árboles, las casas, los coches. Esperas en cualquier momento ver una silueta más junto a la tuya, aquella que le corresponde a los pasos que escuchas detrás de ti desde hace algunas cuadras. No has volteado porque sabes que estás en una ciudad segura. Sabes que no hay forma de que caminando a casa un domingo en la noche alguien te sorprenda por la espalda y exija tu bolsa o más. Primero porque no hay forma de que te sorprendan después de años de entrenamiento mental para adelantarte al peligro. Segundo, o mejor primero, porque al fin es la causa de lo otro, fuiste criada en una ciudad distinta a ésta y no sabes cómo apagar el reflejo de paranoia que ingeriste desde el cordón umbilical. Tu oído está entrenado para detectar cuando los pasos se precipitan y tus pies están listos para acelerar a la menor provocación. De hecho, has tenido que utilizar toda tu fuerza de voluntad para mantener el mismo ritmo, concentrándote en el tap, tap, tap de tus pasos. Al frente el semáforo cambia. El color rojo hace que tu estómago dé un vuelco. Sientes el viento frío de la noche, tratas de convencerte de que te encuentras en otro lugar, pero nunca te enseñaron ejercicios para calmarte, sólo para prepararte. Prestas atención a tus pasos porque te niegas a dejar que la locura de una ciudad lejana se cuele en tu vida actual. Te repites que aquí nunca pasa nada, nadie se aprovecha de las puertas sin llave, ni hace saltar la 29


alarma de un coche en busca de una bolsa olvidada, no hay tanto ruido como para ahogar tus gritos, pero en el fondo justificas tu instinto, sólo es precaución. Al alcanzar la esquina no pasa ningún coche y, a pesar de la luz roja, cruzas la calle. Tu casa está a sólo una cuadra, pero los pasos siguen detrás de ti. Si van a atacarte, ahora es el momento. Tratas de distraerte, pero desde que tienes memoria las noches frías han provocado que tus pasos se aceleren. Nunca es por el clima, sino por el miedo. Éste creció en tu cuerpo como un órgano más desde el útero materno, a la par de tu hígado y estómago, en un rinconcito que te apachurra la vejiga con un conector directo a tus zapatos. La noche, la soledad, la media luz de los faroles viejos, sucios y amarillentos, hace que el miedo se remueva y con él todos los músculos a su alrededor. En aquella otra ciudad, tener un sitio físico para el miedo es usual. A algunas personas les crece entre los pulmones, donde acelera la respiración, o junto a los brazos, para apretar la bolsa al cuerpo o el celular en fondo del bolsillo. ¿Cómo le hace la gente para sólo andar con ligereza sin mirar alrededor, sin estar consciente de que hay pasos que te siguen? ¿Por qué no puedes tú? Tienes que concentrarte para calmar tus pasos y tu respiración entrecortada. Sobre todo, tienes que calmar ese instinto de protección que te pide que des una ojeada hacia atrás y revises tus pasos. Te recuerdas que en este pueblo nunca pasa nada y te niegas a aceptar que eres incapaz de vivir sin miedo. Alcanzas la puerta de tu edificio. Te permites un momento para observar detrás de ti. La sombra nunca te alcanzó, pero los pasos tampoco callaron. La chica que pasó todo el camino a tu espalda, mueve la cabeza al ritmo de la música en sus audífonos, su mochila al hombro está medio abierta y, cuando pasa frente a ti, puedes divisar el reflejo de lo que debe ser una computadora. Ella se percata de tu mirada. Levanta la mano en saludo y te envía media sonrisa. Tú también la saludas, te volteas, abres la puerta y la dejas atrás.

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Paranoia Translation by author

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he dark leaves are separated from the night sky only in the yellowish light of the streetlamps. The warmth of summer disappeared between Friday and today, Sunday. You should have grabbed a sweater before going out because tonight the air blows around you, it doesn’t hang heavily anymore, suffocating you. The sound of crickets grows nearer. Look at your shadow blurring into the pavement, mixing with the shadows of the trees, houses, and cars. Any moment now, expect to see a silhouette; the owner of the steps you’ve been hearing for the last few blocks. Don’t look behind you. Know that you are in a safe place. Know that there’s no way that walking home on a Sunday night, someone might surprise you from behind and demand your purse, or more. First, because there’s no way that someone could surprise you after years of training yourself to expect danger. Second, or rather first (because this causes the other) you were raised in a different city, and you don’t know how to swallow the paranoia that you were fed from the womb. Your ears are trained to detect when the steps draw near, and your feet are ready to sprint at the slightest provocation. In fact, now you’re using all of your will power to keep the rhythm of your steps regular, focusing on one tap, tap, tap after the other. The light changes. The red color makes your stomach clench. Feel the cold wind and convince yourself that you are in fact in another place, never mind that you were never taught how to calm yourself, just how to prepare. Pay attention to your steps. Don’t allow that crazy, faraway city to creep into your present. Remind yourself that nothing actually happens here. No one takes advantage of unlocked doors or makes cars alarms go off when looking for a forgotten purse. There isn’t even enough noise to cover your screams if you cry for help. Remind yourself of all this, while deep inside you accept your instincts, you’re only being careful. 31


There’s no car approaching as you reach the corner, so ignore the red light, cross the street. Your house is only one block away, but the steps are still behind you. If they are going to catch up, they will do it now. Distract yourself. Cold nights have always made your steps quicken. It’s not the weather, but the fear, that other organ pulsing in your body, between liver and stomach, in a little corner against your bladder, with a towline attached to your shoes. Night, solitude, and the dirty, old, yellow, half-lit streetlamps make that dread, and every muscle around it, quiver. In that other city, it’s normal to have a place for paranoia. Some have grown it between their lungs, where it speeds their breath, or have it attached to their arms, where it presses bags against bodies, or phones deep into pockets. How do people move with such lightness, without having to look around, without being aware of the steps behind them? Why can’t you? You have to think about slowing your steps and hurried breath. Above all, you have to calm that protective instinct begging you to look around. So, remind yourself that in this town nothing happens. Refuse to accept that you cannot exist without fear. Arrive at the door, and only then allow a glance behind you. The shadow never caught up, but the steps also never faltered. Their owner moves her head to the music in her headphones, from her shoulder hangs a half-open backpack, and inside it you see the silver reflection of a computer. She sees you looking at her, waves, and gives a half smile. Wave back, turn, and open the door. Leave her behind.

Andrea Chapela (Mexico City, 1990) studied Chemistry at UNAM and is currently pursuing an MFA in Spanish Creative Writing at the University of Iowa. The first part of her fantasy series Vâudïz, was published by Ediciones Urano in 2008 under the name La heredera. The subsequent books, El creador and La cuentista, were published in 2009 and 2012 respectively. Her last book, El cuento, will be published later this year. 32


Peter Johnson Silent Night I will charge thee nothing but the promise that thee will help the next man thee finds in trouble.

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—Mennonite Proverb

ick does not like people, a quality that is obvious in even the most casual conversations. He is an enigma to the Peace Corps administrators, who wonder why a misanthrope would join an organization whose mission is dedicated to cultural exchange. In the hopes that he will quit, officials assign him to a Godforsaken corner of Paraguay—a sparsely populated arid desert known as the Chaco—not far from the Bolivian border, where a group of desperately poor indigenous farmers eke out a living farming cotton. It is a solid 28-hour ride by bus, plus a short trip in the back of a pickup truck with a Paraguayan government agent, to his new site. He arrives at Chief Amado’s home, a tidy clapboard house with a thatched roof, long after it is dark. Amado is a short corpulent man with big hands and a wide face. Cursory introductions are made and Nick is offered an empty bed in a room full of slumbering children, all of whom appear to suffer from some sort of respiratory illness. The room is stiflingly hot and the sleeping children generate a cacophony of hacking, snoring, and gurgling. Although he has always believed that prayer is for weak-minded people, Nick realizes—with sudden clarity—its emotional appeal. Unable to sleep, Nick wanders into the adjacent room where Amado is sitting, quietly sipping a bottle of cheap cane rum. Nick drinks with Amado until sleep becomes unavoidable. Days or weeks pass—it is hard to tell—Nick’s life is a blur of blinding hangovers and daytime drinking. It might have been difficult to keep up such a strict regimen of alcohol consumption had Amado also not been so intensely committed to constant inebriation.

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A battery-powered radio blasts the throbbing cachaça beats around the clock. Nick ignores the string of young women who visit every day hoping to attract the attention of the young American visitor. Amado teaches Nick how to cheat at a card game called truco and they beat all of the neighbors. The card games are heated—the stakes usually rum or money—and Nick learns all of the vilest Guaraní obscenities. One night Nick is shaken out of a blackout slumber. Amado is standing over him, uncharacteristically anxious, growling something about Mennonites. Nick stumbles into his clothes and finds a seat in front of an open fire in the middle of the adjacent room. It is still dark out and Amado’s old lady—whose tired eyes convey a palpable disdain for her guest—is tending to a pot of mashed yucca in bubbling oil. Amado joins them, his countenance especially severe in the eerie light from the glowing embers. They devour the oily mashed yucca and drink juice from a tart fruit that Nick does not recognize. A gaunt mule is strapped to a cart out front. Inside the cart, Nick finds an emaciated man, stripped to the waist, slick with sweat, unconscious, variously trembling or still. Two squat men—whom Nick recognizes from the late night truco games—tend to the body. One of the men hoists Nick onto the cart and motions for him to take hold of a stick lodged precariously in the unconscious man’s clenching jaw. Amado climbs into the front of the cart and cracks the whip. They lurch forward leaving the two men in the nighttime shadows behind them. Amado whips the braying mule mercilessly and they bounce roughly over the barely perceptible dirt road. A crescent moon flashes between black boughs that loom overhead like spectral arms. At the Mennonite colony, the road becomes suddenly smooth and the trees are clear cut to somewhere beyond the horizon. Nick has the dizzying sense that he has been thrust between two seas. Below an expanse of crops extends to the horizon where it meets a brilliant ocean of nighttime sky shimmering with unfamiliar constellations. Occasionally, small houses dot the landscape with stark electric lights illuminating pens of slumbering cattle and tractors. In the center of the village they pass a number of utilitarian buildings all with inscrutable German signage. Amado pulls up to the front of the medical clinic and they lug the unconscious man inside, where they hoist the limp body onto a waiting hospital bed. A drowsy teenager with 34


a sparse adolescent beard wheels the bed away without saying a word. They sit in a sweltering waiting room for what feels like a long time, dripping a sour pool of liquor sweat into their chairs, dozing. At sunup, a tall freckled Mennonite with a chinstrap beard and overalls joins them. “I see you have met Cacique Amado,” the man says in perfect American English. Nick moves to stand, but the Mennonite insists they remain seated.

“Yes,” Nick says. “Are you from the US?”

“No,” the Mennonite says. “I am Paraguayan. But my parents emigrated from Canada when they were conscripted for military service, which is against our religion. We speak mostly old German here though.” Nick nods, though this provenance presents to him more questions than answers. The Mennonite and Amado talk for some time in Guaraní. Nick does not understand what they are saying, though it is apparent from their body language that they are talking about him. The Mennonite turns to Nick: “You cannot accompany them any further,” he says resolutely.

“Why not?”

“We know this man,” says the Mennonite. “He has diabetes and he needs his medicine. If you accompany them to the capital, the functionaries at the Ministry of Health will expect payment for the medicine. Your skin is too fair.”

“They won’t extort me,” Nick snorts.

The Mennonite smiles patronizingly and turns back to Amado. They talk briefly and then Amado leaves without saying anything. “Come,” the Mennonite says. “You will stay with my family until Cacique Amado returns from the capital.” The early morning heat is already suffocating, clouds exploding overhead like a kingdom of Russian cathedrals. They walk down a red dirt road that cuts a bloody scar between vast stretches of verdant soy. They say nothing and Nick thinks about the mysteries of fate—two Englishspeakers meeting in this forgotten, miserable corner of a dreadfully poor country. As they approach a tin-roofed farmhouse, a familiar tune fills the air. It is a Christmas song. The tropical heat makes it easy to forget that it 35


is Christmas season. Though the words are in German, Nick knows that the song is Silent Night. The song makes Nick think of his father. His father had lost his religion as a young man; the Vietnam War convinced him that there was no God. When his father drank too much, he liked to show off the place where shrapnel took off his belly button and tell horrifying stories about the war. Still, he wasn’t a terrible father. He was a military history buff and told Nick bedtime stories gleaned from his enormous collection of obscure books written by retired military officers. Nick’s favorite story was about the soldiers during World War I who had climbed out of the trenches in a sort of informal, extemporaneous truce to sing, both in English and German, Silent Night. They did this for a week or so, trading souvenirs, playing games, swapping prisoners, mourning the dead in joint funerals. It was an uncanny Christmas reprieve from war. After Christmas, they went back into the trenches and continued killing each other in unspeakably intimate ways. Nick thinks about asking the Mennonite if he had ever heard this story, but then thinks better of it. He doesn’t really want to hear about Mennonite beliefs, about why they leave countries that conscript them into military service. Mostly, he doesn’t want to think about the fact that he joined the Peace Corps because he wanted to serve his country like his father had, but he was too scared to join the military. He didn’t want to go to Iraq or Afghanistan. He knew too much about what war was really like and what happened to the people who came back broken. So Nick says nothing and bites the inside of his cheek until it bleeds. The pain is a relief.

In a former life, Peter Johnson served in both South America and West Africa teaching beekeeping to subsistence farmers. Nowadays, he has a very different life working as a fundraiser for an obscure think tank based in Grand Rapids, Michigan. But the experiences abroad continue to percolate in his mind regularly enough that he sometimes feels compelled to write fiction and creative nonfiction. 36


Rafael Acosta Allá a lo lejos se oyeRafael unAcosta ruido Y quién muere con la última campana Quién la tañe si todos se han ido Todos sembraron un paraje de banderas Todos se han ido con la guerra a otra parte

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―Tedi López Mills

llá, a lo lejos se oye un ruido. El día ausente de chanates Permite escucharlo desde en antes. El miedo se condensa ahí en los poros.

Vienen. Ellos vienen.

Pero uno nunca sabe, porque a veces todavía pasa alguien a surtir. A rellenar los almacenes, a llevarse el dinero que dejan, todavía, los carboneros. Fortunas hechas a base del hollín. Un lunar desierto. Y lo único que todavía nos ata en este sitio. A veces pasan todavía los trenes que se van. Al otro lado. Pero ese no es, no es ese sonido. Los trenes son un pitido fuerte al alba. Los trenes son como plomada. Vagones que se despedazan en el cruce. Se desarman y se vuelven a armar, todos. El cruce parece un taller mecánico. La migra, descubiertos, chalanes, quedamales. Habitando un tugurio hecho de grasa. Desmantelados, deshechos y rehechos todos. Pedacería. Mongrels chatarreros.

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A veces todavía pasan los coyotes. Animales chamaqueros. Oliendo en busca de carroña, con sus chasquiditos, de cachorro, pinches esqueletos muertos de hambre. Hambre que no para, que no cesa. A veces, los días buenos, pasan los chanates. Igual de carroñeros, pero celestiales. Cuelgan de las energías ausentes. Montados en los postes. Graznidos que llenan aún el aire y despiertan con memoria de otros tiempos. Pero a veces, por fortuna pocas, demasiadas, también se escuchan otros. Otros. Los que uno nunca quiere ver. La letra. Lagarteándose al trabajo, sombra en sombra. Un camino cuesta abajo antes que se encienda. Lagarteando su pelambre, el Chalchihuil marca el camino con su lengua. Bajar a la oficina junto al río. Moverse sin pensar, de sol no más. Morirse sin pensar, de estar no más. Puerta abierta que ni emparejar se digna ya. Arena de una playa que creció. Playa que devoró un mar. Derrota ante la arena. Más pa’ qué. Una oficina que no visita nadie, sellos a una hora con el tren. Aduana en Piedras Negras. Fogón de Monterrey, algodón que se iba al mar. Historias del mundo antes de los otros. ¿Y por qué no llamarlos por su nombre? Preguntarse cuando ella sabe las respuestas. Un olor, olor que no se quita, a cochambre y manteca derretida, a sudor que toma forma, 38


a ropa nueva con loción. Los olores nunca pierden. No se pierden. ¿Pero por qué no decirlo?, ¿por qué no poner toda la letra con su nombre?, ¿por qué no abrir la boca y sibilarlo? Olor a latas de pescado, a fruta podrida con humanidad. Olor a ellos. Aduana en Piedras Negras, su deber y el miedo. Papeles que no quiere nadie, que no ocupa nadie. Un sello que se moja en tinta y se espeja en el papel. Papeles cabalgando el tren. Triplicados que el tercero, en veces, sella el Chalchihuil, con su patita en tinta azul. Piras fúnebres negadas. Papeles que certifican el carbón, vagones y vagones que no llevan nada más. Certifica el Chalchihuil. Papeles que no falten, que no vuelvan los olores. Olor a miedo bien picante. Olor a muerte, más sereno, que dura hasta las cuatro, hasta el último tren. Y a seguir el rastro. La huella del Chalchihuil que lleva a casa. En tinta azul. Otra pira que no llega. Chalchihuil, calla, que no oigo ni chanates. Dijo Y cayó en cuenta que el Chalchihuil ladraba. Que había que apagarlo todo y guardarse bien guardada. Y apaciguar al Chalchihuil. Para oír, discriminar. Nunca oiría mejor que el Chalchihuil, pero había que tratar, saber. Casi siempre eran coyotes, husmeando, rastreando restos, 39


chamaqueando, venadeando un gato suelto. Mientras, quieto. El Chalchihuil sabía lo que significaba esa mirada. Silencio. Oscurecer ese ruido que suena como noche. Pero era ya mañana y las ventanas tapiadas dejaban pasar un poco de luz, cocina a rayos. Luz que solo consigue incendiar el polvo de aire. Polvo en todos lados. Polvo que flota. Polvo de aire. Y el silencio. Miedo de romperlo, hasta que chasquidos, chillidos casi agudos le devuelven a Xasni la calma. A los dos, al Chalchihuil también. Putos carroñeros. Pero mejor. Mejor. ¿De qué sirve un teléfono que se rehúsa a timbrar? Se pregunta, consumida en el magneto de la mirada perdida, en el ojo de la ausencia, un remolino de tristeza que no va a ningún lado, solo gira regresando. Un agujero que no se cubre, no se llena. La prueba del fracaso. Fracasar, que no fallar, la incapacidad flagrante. El no jaló, no se hizo. Las creaciones anhelantes. Y vencidas. La incapacidad que no es tu culpa pero que no cambia. No por ser más débil, no por no llegar a ser más fuerte, no por el destino. No por nada. Inamovible, inacabable, inagotable. Un fracaso inevitable. 40


Pero no por serlo rompería el silencio. La víctima no va a ganar solo por serlo. El teléfono sigue sin sonar. Espera, cerrando y abriendo ventanas hasta el alba. Al tacto, seda anaranjando, le preocupa una visión. Nada urgente. Nada importante. Pero inquietante. Puertas que abren y se hinchan al cerrar. Y a tirones no se agranda un marco. El foco, hasta el amanecer bien frío. Para qué. Iluminar la noche para llamarlos. Mejor la cascada de segundos, Ahí goteando. El Chalchihuil tranquilo, sin roncar en su lado de la cama. El mundo hecho gelatina. Callada no más. Ojos que no miran lunas nuevas. El silencio que ambarea el tiempo la guarda, sintiendo pelo negro que se infla. La marea del pecho y la lengua morada que se intuye. Colgada de ojos que se cierran al abrirse, la noche permanece, terca, sostenida y de chingazo, no más de hartazgo, se quiebra y se nos va. En la calma se oye. Descalzos callos que tocan la cerámica. Camisa derruida que cae, velo de nada que la cubre por las noches, de nadie y para nada. Fuelles que se hinchan sin cantar. Hasta el deseo de limpiar la oscuridad. Y plantarse, en pelotier, irguiéndose cuan larga. Pelea con la gravedad de obvio resultado, los habitantes del espejo a la altura de sus pechos, la pierden cada día un poco más. Levantar los brazos y amarrarlos, dedos unos con los otros. 41


Un levantamiento, forma que se hace y que se pierde. Pasar los dedos rondando las aureolas, recordando lo aún presente. El tiempo colgando de sí misma. Cada vez un poco más. Carne que se va sin llegar al asador. Cada día más, verdeando. Su lugar es de un filete más abajo, escondido, a colar por ahí. Obvio resultado. Esperar, cerrando ventanas, que caiga otra vez el sol. El Chalchihuil la despierta, lamiéndole los ojos. La humedad la trae gentilmente de vuelta al mundo de los vivos. ¿Qué es el mundo de los vivos? ¿Quién lo habita? Ella despierta con la cara húmeda, sudada, buscando resguardarse de lo que hay afuera. Afuera. El mundo, horno eterno, cocina el asfalto de un allá vacío. Donde hay algo pero nadie sabe. Y el vacío de los chanates en el cielo. Toca sacar a pasear al Chalchihuil. Pobre. Con ese pelambre y este sol. El negro pelo de Chow Chow, lengua morada, rasposa y juguetona. El pobre Chalchihuil, con la lengua tan de fuera, muriéndose al calor. Muriendo como todos, de a poquito y sin perdón. Su él, su eso. Nadie sabe cómo caen las cartas cuando se barajan. Porque cuando crecen y alcanza ya a sentarse ahí en la mesa, todos, todos se imaginan otra cosa. Pero nadie sabe lo que llega. Y el Chalchihuil, jadeando, se restriega contra su rodilla. 42


Le ladra y se voltea. Sus ojos la miran como al agua. A mediodía, bajo el sol, nadie imagina lo real. Puras pendejadas, todos, todos. Pendejadas como todo el mundo se imagina. Torres de Babel, de papel, que se elevan hacia el cielo. Una vida larga, toda llena y fabulosa, de logro, de éxito. Todo el mundo lo imagina. Pero nadie esto, nadie lo que pasa, las miríadas de formas en que todo falla. Los relámpagos y el trueno que incendian nuestras torres y nos entregan el mundo, cayendo como nieve, como gris ceniza así, planeando. Cabalgando sobre el viento. Eso nadie lo imagina. Las formas en las que todo falla y desfallece. Y las pocas en las que funciona. El Chalchihuil le ladra a un gato que cuelga la cola, hijo de puta, trepado ahí en la barda. Y la deja ir, como péndulo. Lentamente balanceando, encendiendo al Chalchihuil que ladra y ladra. Y salta. Hasta que ella se acerca y la mira, como invitándola a la caza, como diciendo tú si alcanzas. Chíngatelo. Chíngatelo, por favor. Y ella lo intenta y el gato se echa a correr, saltando hacia otra casa. El Chalchihuil mueve la cola. Sus ojos la miran como al agua. Hace muchos años, cuando era solo un cachorrito, 43


el Chalchihuil siempre ladraba a ese sonido. Las pequeñas explosiones. Cuando no era viejo y era tan ignorante como ella. En esos tiempos eran sólo niños, usando los envases del petróleo y el combustible del entierro. Y los cuetes celebraban año nuevo y sonaban como a juego. No era esto. Salíamos a las calles y los veíamos explotar. Y se reían y abrían bien la boca y se tapaban las orejas. Y en la noche de colores, el humo de la pólvora pendía. Y eran, por un rato muy felices. Y el Chalchihuil ladraba y perseguía su propia cola. Y en comparación era feliz. Pero ya aprendió a no ladrar. Porque siempre que escucha ese sonido, lo acompaña la mirada. Y ese olor. El olor que despide la mirada de ella, que se mira hasta de noche, con los ojos bien abiertos y cerrados a la vez. Ese hedor tan contagioso, que le cierra la garganta a él también. Ahí en la fuente. Muro fluido que se eleva. La gente se reunía, se juntaba a ver películas ahí, proyectándose en el agua. Padres, madres, niños y hasta perros. El Chalchihuil marcaba a cada esquina. Sonaban campanitas de la nieve. Las caídas construcciones. Las pirámides. Un Chichén Itzá de papel piedra que erigieron en la plaza. El Teotihuacán y hasta un Tajín. Los castillos, las pirámides. Decaídas. Agotadas. Deslustradas. Aún aquí se les cayó el edificio del orgullo. Y nadie sabe. ¿Dónde están esos hombres jaladores? 44


El tiempo se los llevó como estornudo. ¿Dónde está la industria, aquel acero? Ese rojo profundo de metal mojado. ¿Dónde están los hombres bravos, sombrerudos, que cuidaban de la paz desde los ranchos? A otro lado ya corrió todo el que pudo. Y ahí quedan los que quedan El Chalchihuil mueve la cola. Y sus ojos la miran como al agua. Ese día lo pasó entero, debajo de la cama, tras ventanas bien tapiadas. Y el agujerito que ahí tiene. El perdido. Y el rayito de luz que lo atraviesa y que llega hasta el retrato que hay allá. En la pared que está tapando. Dos motores nunca son repartidores. Vienen ellos. Armados, protegidos. Dos motores nunca son repartidores. Los olores, cochambres con lociones, olor a muerte. Vienen ellos. En camionetas, bien armados. Se ve el polvo a lo lejos. Y se huele, el Chalchihuil lo huele. Antes no se podía, pero ahora machineaba, bien clarita, la señal del otro lado. Cuando se pone más feo no hay de otra. Echar a andar el generador a ratos y entonces, echar batiseñales. Buscando gentes inodoras. Del otro lado de la pantalla hay un océano. Y los barcos desaparecen, lentos, en el horizonte. Todos, en un distante navegar y un alejarse. Pero es lo que hay. Extrae gasolina de los tanques, los que quedan. Y se cruza al otro lado. 45


Y se pierde. Otro mundo pareciera, donde hay gente. Del otro lado de la pantalla no hay nada, ya casi ni siquiera la ilusión. Nadie existe allá. Y nadie existe aquí. Del otro lado las voces se confunden. Todos hablan, nadie está. De aquel lado las cosas son tristes. O alegres. Y la gente se imagina su canción. Y la vive y la persigue. De este lado de la pantalla las cosas son como son. Y no más. De ser, lo que se dice ser, es poco. Ocupar espacios no es igual que ser. De este lado y del otro igual. Del otro lado de las torres, en la luz de la pantalla, buscar un mundo que no sea el de estos olores. Ni tronidos. Del otro lado de los cables, del otro lado de un velo, cual si fuera boda. Se sabe. Se sabe que allá sí hay gente, hay cotorreo. Y a veces se emociona con la luz de otros ojos en la luz de la pantalla. A veces con las risas. A veces con la gente que le dice que está chula. Pero más veces con las risas aunque los cumplidos, bien lo sabe, no le sobren. En la luz de la pantalla hay alguien más. Alguien. Ya nadie visita Piedras Negras.

Rafael Acosta (Nueva Rosita, Coahuila, 1981) ha publicado anteriormente Mosquitos buscando luz (2006) que ganó el Premio Nuevo León de Novela. Conquistador (2014), su segunda novela, narra la historia de un grupo de narcotraficantes mexicanos en España. 46


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“En los medios, la violencia es un entretenimiento dominante”

Jorge Majfud Entrevista por Patrick Moore Majfud es un escritor uruguayo radicado en los Estados Unidos. Es profesor de español y estudios internacionales en Jacksonville University, además de autor de novelas, cuentos y ensayos. Sus trabajos más recientes son: El pasado siempre vuelve (cuentos), Hermenéutica: Análisis crítico de once autores en su tiempo (ensayos) y Cine político latinoamericano (ensayos). Su novela más reciente es Crisis y la más conocida La reina de América. Ha colaborado con Noam Chomsky en la edición y traducción de sus ensayos que se encuentran en el libro Ilusionistas. Se puede leer más en su sitio web: www. majfud.org 51


Este número de la revista está dedicado a trabajos que se acercan al tema de la violencia en nuestra sociedad, en todas sus manifestaciones. En los medios de comunicación se pueden consumir imágenes violentas de la vida real, a veces antes de que se sepan los hechos que rodean y explican dicha violencia. La violencia en la televisión, ya sea en noticieros o en programas de ficción, es rutina. Para iniciar nuestra conversación, ¿podría ofrecernos algunos comentarios en general? Por ejemplo, recuerdo que cuando yo era un niño de pocos años en mi país, Uruguay, no pocas veces debí presenciar cómo los granjeros debían matar un cerdo o un cordero. Las imágenes eran de una violencia que hoy en día sería considerada obscena para un niño. Pero había una diferencia con el mundo de hoy. Aquellos trabajadores rurales tenían un código de conducta estricto: lo que hacían lo hacían por necesidad, no por diversión. Cuando cazaban, comían la presa; no se trataba de una simple diversión en nombre de algún deporte para gente sin problemas. No se trataba del espectáculo de la tortura, como lo son las corridas de toros. Para ellos, era inmoral torturar al animal antes de sacrificarlo. Actualmente, en los medios la violencia es un entretenimiento dominante. La “moralina” o pseudo moral pública se escandaliza de una mala palabra o del seno de una mujer blanca (no es problema si el seno es de una mujer africana o de alguna otra región primitiva). El seno y la mala palabra se censuran (ahí se acabó la tan mentada libertad de expresión) pero cuando un pastor quema en público el libro sagrado de otra gente, u otro, como Steven Anderson, realizando una lectura literal de la Biblia que propone matar a todos los homosexuales para terminar con el SIDA, eso es parte de la libertad de expresión. Cuando en una película apta para niños alguien le arranca un ojo a otro o el héroe deja un tendal de muertos sin decir ninguna palabra políticamente incorrecta, eso se considera ficción inocente. Algo inocente, como si los niños fuesen indiferentes a la glorificación de la violencia. Entiendo que la violencia es un área fundamental en la exploración estética, lo es sobre todo en el cine, el arte y la gran literatura. Pero cuando se convierte en objeto en sí misma, en producto calculado de mercado, en pura diversión, es como cuando el sexo o el erotismo se convierten en pornografía. Tampoco es que me voy a poner a moralizar y condenar la pornografía como si fuese Savonarola, pero cuando una sociedad solo consume esa cosificación de la existencia, entonces tenemos derecho a sospechar que algo no está funcionando. 52


¿El mundo de 2015 es más violento que el de hace treinta años? ¿En qué son diferentes? Hay diferencias, aunque no creo que el mundo sea hoy más violento. Lo que pasa es que uno vive con ansiedad su propio tiempo. Lo que la gente en Estados Unidos llama “década feliz” refiriéndose a los años ’50 fue, en realidad, una década violenta, llena de miedos y paranoia. El título se lo dan aquellos que por entonces eran niños. A principios del siglo XX la amenaza eran los católicos, luego fueron los comunistas, ahora los islamistas, y mañana serán los chinos. La violencia ha cambiado de color, pero más o menos sigue siendo la misma. En un libro de ensayos que publiqué el siglo pasado, anoté: “La Inquisición asesinó en nombre de Dios; la Revolución Francesa en nombre de la libertad; el marxismo-leninismo en nombre de la igualdad. […] Pensamos que en el próximo siglo la sangre seguirá corriendo, aunque ya no necesitará de tan nobles excusas para hacerlo”. Luego se volvió a matar en nombre de Dios y se continuó matando en nombre de la libertad y la democracia. Tal vez ahora las excusas ya no son tan nobles, pero siguen siendo excusas para legitimar cualquier tipo de barbarie, ya sea de lunáticos degollando inocentes para impresionar al mundo o de pulcros ejércitos desparramando bombas con mala puntería, pese a que son bombas inteligentes, con frecuencia más inteligentes que sus dueños y más valiosas que sus víctimas. ¿Estamos entumecidos con respecto a nuestras reacciones a la violencia? Somos insensibles a la violencia solo cuando es ejercida contra humanos que no son tan humanos como nuestros vecinos o cuando las víctimas no representan de alguna forma a un grupo poderoso. Es como cuando alguien se escandaliza porque en China comen perros mientras prepara una barbacoa en el patio de su casa. Nuestras reacciones revelan nuestra deshumanización a través de la deshumanización del otro. Cuando ocurrió el atentado terrorista en París, dejando una docena de muertos, todo el mundo se sensibilizó por semejante acto de barbarie, que lo fue sin atenuantes y lo condenamos enfáticamente. Pero veamos cómo líderes de todo el mundo, de dudosa autoridad moral, volaron a sacarse una foto rodeados de pueblo con el oportunismo magistral que los caracteriza. Casi simultáneamente, en Nigeria, otro autoproclamado vocero de Dios, Boko Haram, masacró un par de miles de personas. Pero esta violencia extrema no provocó ni la centésima parte de la reacción que provocaron los atentados en Paris. Porque lo que pasa en el centro del mundo es real y lo demás, realismo mágico. 53


Es lo que decía al comienzo: más que la violencia en sí misma, el peligro es la trivialización de la violencia. La relación violencia/moral es fundamental en la existencia humana. Por la misma razón, la violencia moral es infinitamente más grave que la violencia física. Un boxeador se puede reponer de una paliza, pero una joven difícilmente pueda hacerlo de una violación. El mismo acto físico que practica una actriz en una película pornográfica o una prostituta en su oficio tiene resultados radicalmente opuestos en el contexto de una mujer que es obligada a hacer lo mismo contra su voluntad. En esa “diferencia semántica” radica la violencia moral, que es la mayor de las violencias que existen. La trivialización de la violencia no solo termina por cosificar a quien la ejerce, sino que, tarde o temprano, se descarga sobre una víctima que experimenta esa humillación de forma infinitamente superior. Es lo que podemos ver en los niños víctimas de guerras y todo tipo de violencia política y económica: esos inocentes están condenados a vivir un martirio ilimitado, no solo debido a la violencia física sino a la violencia moral que trae consigo la experiencia de la impotencia y la injusticia. Qué podemos esperar de ellos sino más violencia, esta vez violencia física, espectacular y fácil de publicar en primeras planas. ¿Dónde se encuentra la violencia en nuestro sistema político aquí en los Estados Unidos? En muchas partes y de muchas formas: 10,000 asesinados por armas de fuego cada año no es un detalle, si consideramos que en Japón los asesinados cada año por armas de fuego se cuentan con los dedos de la mano. Ese tipo de violencia es mucho peor en América Central, pero se supone que estamos hablando del país más rico y más poderoso del planeta. Que mientras millones de estadounidenses luchan por no perder sus casas el uno por ciento de la población posea el 42 por ciento de la riqueza financiera sería ya un indicio de violencia estructural. Pero si alguien considera que eso no es violencia sino consecuencia de una democracia representativa, bastaría con recordar que más de la mitad de los senadores y representantes de este país pertenecen a ese uno por ciento más rico del país. ¿Por qué el 99 por ciento de la población debe ser representado en sus intereses por el uno por ciento más rico? La respuesta más previsible es que ese uno por ciento representa a los más exitosos de la población, lo cual es otra simplificación que agrega más violencia moral a la violencia económica.

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Con la violencia vista recientemente en Francia y con otros eventos a lo largo de los últimos quince años, la primera reacción de mucha gente en los Estados Unidos (y en Occidente en general) es culpar al Islam. Además, algunos han sugerido que si bien un musulmán cualquiera (un musulmán “típico”) nunca sería capaz de tal violencia, muchos musulmanes estarán de acuerdo con algunas ideas de estos terroristas, por ejemplo, que no se deben crear imágenes artísticas de Alá o que no es mala idea castigar de alguna manera (aun hasta la pena capital) a los apóstatas ex-musulmanes. Tomando en cuenta que los críticos tal vez dirán que lo peor de la violencia de los cristianos se hizo hace siglos, ¿cómo se puede responder a estos críticos? Sí, he visto esos programas. Son programas de entretenimiento, los maestros del pueblo, la Coca y el McDonald del conocimiento y la conciencia histórica, lamentablemente. El hecho que los musulmanes no estén de acuerdo en crear imágenes de Alá no los hacen copartícipes de ningún acto barbárico. En Suiza, Miguel Servet fue quemado vivo por su discrepancia con Calvino sobre la Trinidad, una práctica muy común en la civilizada Europa de la época. Sin embargo, hoy en día los seguidores de Calvino son incontables, casi nadie es servetista, y ello no significa que toda esa gente esté de acuerdo con quemar disidentes. No hay religiones que expliquen la violencia sino culturas, grupos e individuos violentos. Durante siglos, la España dominada por gobiernos musulmanes toleró las otras religiones de una forma que no lo hizo la vencedora España de los reyes católicos. Desde el siglo VIII hasta el XV, la población judía se multiplicó bajo el reinado islámico, hasta que tras su derrota a mano de los cristianos fueron expulsados en masa. El cristianismo, basado en la prédica del amor, tiene una milenaria historia de persecuciones y asesinatos. El apedreamiento hasta la muerte de mujeres adúlteras está en la Biblia, no en el Corán; Jesús no abolió explícitamente esa ley, pero con una lección ejemplar la hizo inaplicable. Y Jesús es una figura sagrada para un musulmán. Por siglos las Cruzadas violaron, mataron y quemaron pueblos a su paso hacia Jerusalén. La Inquisición torturó y asesinó a miles de inocentes. Hitler protegió y utilizó el cristianismo para sus propios intereses genocidas y no pocos cristianos protegieron a los nazis en su desbandada. Durante décadas las dictaduras latinoamericanas recibieron la bendición (por acción o por omisión) de la iglesia católica. Franco en España se sostuvo en el poder a lo largo del siglo XX apoyado por la iglesia de la época. No hace falta recordar que en Estados Unidos los miembros del KKK no son musulmanes, sino cristianos, según su propia interpretación, como todos. O que el terrorista que mató a 168 personas en Oklahoma era un veterano de Irak que quiso vengar la matanza de los seguidores de la secta cristiana de los Davidianos en Waco, Texas. 55


En Israel no son pocos los ultras que bendicen las bombas que dejan decenas, cuando no cientos de niños aplastados por los escombros. Ahora, ¿es el Judaísmo o el Cristianismo violento per se? No, claro que no. Al menos no más violentos que muchas otras grandes religiones, incluida el Islam. En Francia y en Alemania cualquiera puede ir preso por decir algo que puede considerarse peligroso. Los islamistas más radicales reaccionan cuando alguien insulta y ofende a su profeta y eso es considerado una muestra de su intolerancia; pero si alguien ofende la interpretación oficial de la historia o una mujer ofende la sensibilidad ajena descubriéndose los senos, entonces eso se castiga con la cárcel en nombre de la convivencia y las leyes. Ahora, cuando vemos que de repente un partido de ultraderecha de Le Pen se ubica al tope de las preferencias políticas en Francia, no es necesario ser un genio para darse cuenta a quién beneficia toda esa violencia terrorista y toda esa retórica xenófoba que le sigue. Bastaría con recordar cómo los líderes mundiales secuestraron recientemente la marcha en Paris en defensa de la libertad de expresión: al frente, en primera plana, salieron líderes mundiales sin estatura moral para considerarse campeones de la libertad de expresión, sino todo lo contrario. Por otro lado no debemos olvidar que programas occidentales en marcha, como el de los drones, han matado a miles de personas, a veces familias enteras, y nunca se ha visto ningún titular escandalizado por semejante acto de barbarismo: ojos que no ven, corazones que no sienten. El terrorismo islámico es un peligro real; tan real como el peligro de que Occidente recaiga, como es su costumbre, en su propio barbarismo. O el reciente holocausto alemán, los campos de concentración en muchos otros países, la desaparición forzada, el apartheid y el racismo de todo tipo, el ciego orgullo de ser especiales o elegidos por Dios para dominar el resto del mundo, las invasiones basadas en “errores de inteligencia” que luego dejan cientos de miles de muertos, todo eso y más, ¿no son acaso prácticas bien occidentales? Tal vez algunas personas dirán que este mundo nos presenta unos problemas que no se pueden resolver. ¿Qué se puede hacer como individuo? O sea, ¿Qué diría a sus estudiantes si le hicieran tal pregunta? La respuesta de la Era Moderna era cambiarlo todo con una revolución radical. Mi lema es “piensa radical; actúa moderado”. Ya expliqué por qué pienso que este es el mejor principio: como críticos, debemos cruzar 56


todos los límites de lo políticamente correcto para acceder a la raíz de cada problema (eso significa radical); sin embargo, nunca podemos tener la certeza de que nuestros pensamientos no están equivocados en alguna parte, por lo cual cualquier acción radical podría resultar catastrófica. Por lo tanto, la acción por prueba y error, por experimentos sociales, es siempre preferible. ¿Podría comentar sobre la violencia en sus obras de ficción? El lector entenderá que, por ejemplo, los protagonistas de Crisis experimentan la violencia por medio de sus viajes y sus condiciones de inmigrantes indocumentados. ¿Es la manifestación de la violencia en sus cuentos y novelas algo que requiere mucha reflexión de su parte, o es algo que parece fluir naturalmente debido a la índole de la historia que cuenta? La reflexión es una práctica más apropiada para el ensayo que para la ficción. En la ficción uno explora más las emociones (aunque a veces la narrativa esté contaminada de ideas), que es lo más profundo que tiene la existencia humana. En mis trabajos ensayísticos la violencia es central, precisamente porque la injusticia es su raíz. Nunca escribimos un artículo denunciando la violencia de un tigre, de un tornado o de un terremoto, al menos que haya un factor humano detrás, como es el caso del más reciente calentamiento global. Es, fundamentalmente, el factor moral el que nos mueve a escribir ensayos. En el caso de la escritura de ficción, la exploración es mucho más amplia: está la moral, pero también la estética y la exploración de condiciones humanas que trascienden la moral, como pueden serlo los sueños, el miedo a la muerte, el amor, el odio, la esperanza, el sentimiento de culpa, etc. No obstante, al menos en mi caso, la exploración narrativa casi siempre incluye el factor de la violencia, sobre todo de la violencia moral, esa violencia que suele ser más sutil pero mucho más profunda y duradera que la violencia física. Hay un trabajo interesante sobre ese tema referido a la novela La reina de América, de Laurine Duneau, de Université d’Orléans.

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Cover artist

Premature conditioning by Christian Suriel Smith 58


c

hristian Suriel Smith, a.k.a Su the Artist, is an aspiring renaissance man, professional visual artist, and the founder of Epik Art Collective. Born in Newark, New Jersey, Christian was surrounded by art, music, and creative influences in his home life, an environment to which he largely attributes his talent and interest as an artist. Often feeling like something of an outcast and excluded from social groups in adolescence, Christian found visual art as a place from which he could interpret and respond to what he lived and experienced. His artistic style and content draw inspiration from positive influences in his life as well as negative trends and events that he observes in the world. He has exhibited his work in many locations both within the US and internationally.

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“Most of my recent work is inspired by digital media, race, politics, religion, and their sociological influences. Television, radio, and the internet have become the main source of how we receive information. Many people are misinformed and become very susceptible to images and symbols of aggression, hyper-sexuality, materialism, prejudice, and racism. For example, the perception of what is ‘success’ is often skewed and unconsciously received by the malleable minds of the youth. Also, issues such as high incarceration rates in minority communities can be linked to many of these influences. In my work, I choose to use artistic visual expression to provoke critical dialogue and contemplation on these affairs.

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‘No Signal’ is the title of my series, because it represents the disconnection between us and progressive values. Ironically, the signal of the mainstream media is of dominance. This series consists of work that sometimes evokes the emotional frustrations and/or gives a transparent narrative of these issues.” ―­Christian Suriel Smith www.sutheartist.com

© Christian suriel Smith 61


JENNIFER SOMEWHERE ELSE, I AM STILL ALIVE The patrols are silence. The sun hums a way. Sandy earth under you—then you’re grounds away. Our supply drops into enemy territory, so we drink out of the Helmand. It’s hard on the hound to find a way. Gunny legs hang in ribbons from Doc’s table. Western medicine in the Desert of Death doesn’t have much sway. Somewhere over a hill the Call To Prayer erupts. A speaker searches—smoldering around for a way. We burn our letters and photos. (So they can’t find our family) There are at least a thousand of them bound this way. Once I saw a zamīndār lead his cow across the river bridge. Halfway through the air he wished he hadn’t come round that way. Remember training: how to tie a tourniquet around a tiny arm? Heavy eyes dance to his mother’s wail, “You must find a way!” We watch two men hunch over the dirt road and dig a hole– rabbits with explosives. I hear myself confirm, “bombs away.” I miss home, where clouds can touch the ground and grass grows all year round. Dad waves from the doorway.

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CONLON POSTURES OF THE DEAD Three men lie by an exploded treeline, their bodies cross like sticks piled for a fire. Afghani origami: her legs elope with her head and come home to the embrace of her folded arms. Next to the road, a man wearing a gray shalwar rests his trunk against a tree—that is all that’s left of him. We place a body in the poppy field with his severed arm resting atop his chest, head pointing West. He cools to the rows. We use the enemy’s trenches, removing their stiff bodies from hot earth and shuffling sand over blood. We replace them with our own stiff bodies. Men spread their arms, and it seems as if the air itself is demanding flesh—Nature is fair enough to part their bodies equally in all directions. A child’s shoulders are hunched as if in question, but her turned out arms are missing. Someone has already closed her eyes, but her shoulders still wait for us to answer.

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JARED

IV. I am six years old and layered under green sheets: my finger stands and falls like a wiper blade, pointing – dad, me, dad, me We are telling a story about dragons who lived long ago, but now live in story X. I am writing these lines; I am happy – I am six years old in this story I am also twenty and a writer XI. Why am I here? III. I am here because my parents fucked because their parents fucked because their parents fucked because II. A woman returns from missions work in Japan; she is tan – she will give birth to me V. I am fishing with my dad from a river unfolding behind our house I. My dad almost went to Vietnam, except it is impossible to almost go somewhere a. my dad did not almost put on a uniform which almost went damp with sweat b. my dad was not almost handed the black arm of a rifle which he almost cradled like the boy he almost would not have c. my dad was not almost rinsed with guilt, staring at a gook whose face was almost a bowl of raw meat d. my dad did not almost come home where he was almost spit on wearing the bullet-torn uniform he almost put on before he was almost handed a gun before he almost shot a gook before he almost went to Vietnam XII. I am here because my dad did not go to Vietnam – his kneecap slipped out like a stone slipping from my hand when I am six years old and fishing with my father who did not go to Vietnam XIII. I am here because of this; I am happy; I am not almost writing these lines.

LINES TO ARRANGE


AND

very suddenly there is another bike between his legs, his hands have already resumed their fists around the bars, his body pedaling weakly wing-torn bird, though somewhere life is hoisting its flag in the blood behind his misdirected eyes, the nurse glaring at his heart rate, asking him to pedal harder, remember the days? and very suddenly he does remember the days riding darkly through the suburbs after the bright war  

COFFIN

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JULIO MEJÍA i can’t believe it’s not hyperreality la vida es un reality show: melodramático spleen hiperreal lágrimas y risas de fantasía perenne voyeurismo intersubjetivo brillantes paparazzis aburridos un luminoso telón de fondo ronronea como león dormido: big brother dirigiendo el espectáculo big brother: todo lo ve con su ojo eléctrico big brother: está en cada pantalla big brother: se sabe los mejores chismes algunos expertos aseguran: big brother sólo existe en el imaginario social tras la misteriosa desaparición de esos expertos el vocero oficial de big brother informa: los expertos no deberían formar parte del imaginario social la vida es un reality show y todos estamos nominados bueno: casi todos: hay excepciones: hay niveles: todos somos iguales

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pero algunos son más iguales: dichosos ellos desafío de la semana: soportar estoicamente los trastos y miserias de la vida: las bajas en: poder adquisitivo garantías individuales las alzas en: impuestos servicios renta colegiaturas canasta básica transporte público big brother nos expulsa de uno en uno: concede visas de exilio y desaparición forzada un pueblo sacia la sed de llanto de big brother y a los lejos nicho hinojosa canta todo a pulmón

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IRENE GÓMEZ CASTELLANO 68

café con sátiro Los sátiros son una especie en peligro de extinción. Los pocos que quedan andan disfrazados. Deambulan entre ciudades incongruentes como vampiros trasnochados y hermosos y algunos hasta beben el café descafeinado en un afán de disimulo inútil con los especialistas. Sin embargo, puedes descubrirles con algunos trucos: gírate a por un poco de azúcar y el sátiro irá inmediatamente a pellizcarte el culo. Agacha la cabeza y podrás ver cómo el sátiro está tomando posesión de tus tetas con sus ojos como pezuñas. Háblale de otros hombres y el sátiro se empezará a poner violento. Sobre todo, no le llames por teléfono o se pondrá a gritarte su secretario neoyorquino. Ahora, aquí entre nosotros, quiero que sepas que conozco tu verdad. Antes de que te extingas y con él tu especie que languidece exiliada de su selvático paraíso quítate las camisas de Ralph Lauren tuerce la raya de tus pantalones quítate las gafas y enséñame el secreto la cicatriz que trazaron las ramas del bosque en la mitad de tu vientre. Quiero que mientras te bebes un descafeinado y me hablas de libros y mujeres con olímpico desprecio me muestres tu cabellera blanca, tu miembro de caballo, tus pezuñas de cabra y la nariz chata que se te borró hace tiempo quiero que me huelas como el jabalí a su trufa y agarrame a los pelos de lobo en la cintura mientras la mitad hombre que ahora te domina me recita poemas propios y ajenos. Antes de que te vuelvas al bosque donde naciste y con él te lleves a los silenos de tu especie cántame con tu flauta, coróname con tu yedra, fíngeme tu ninfa.


Claudio MartĂ­nez Paredes

pintura testimonial 69


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La tortura como máquina de inscribir el sello violento de la dictadura en Cárcel de árboles de ­ Rodrigo Rey Rosa Iván Iglesias John Brown University En 1914, el escritor checo Franz Kafka escribió La colonia penitenciaria. En esta obra, el narrador describe una colonia penal ubicada en una isla imaginaria, donde mediante el uso de una máquina muy singular se pone en práctica un horroroso método de castigo. La máquina consta de tres partes. La primera se denomina “la Rastra”, en la cual se colocan agujas siguiendo un formato previamente establecido. La parte inferior es “la Cama”, la cual consiste de una plataforma cubierta de algodón que se amolda al cuerpo del condenado, quien se acuesta boca abajo sobre ella, atado mediante unas correas y con una pequeña mordaza de fieltro que ahoga sus gritos. Finalmente, se encuentra el “Diseñador”. Éste es del mismo tamaño de la Cama. Está ubicado en la parte superior de la máquina y de él se suspende la Rastra. Dentro del Diseñador, se ponen los patrones o diseños que guiarán el funcionamiento de la Rastra. La sentencia para el condenado consiste en escribir sobre su cuerpo, mediante la Rastra, la ley que él mismo ha violado, sin derecho a juicio previo y sin que se le haya explicado su condena. Este método de castigo se aplica durante doce horas consecutivas hasta que “se haga justicia”, es decir, hasta causarle la muerte al condenado. Con este cuento, Kafka se estaba adelantando, entre otros, a los crueles métodos de tortura que se llevarían a cabo años más tarde en los campos de concentración nazi y, muchos años más adelante, a los abusos inhumanos perpetrados en las cárceles chilenas por el régimen dictatorial de Augusto Pinochet y, de igual modo, en las cárceles de Guantánamo y Abu Ghraib bajo el control de las fuerzas militares estadounidenses. Lo relevante de esta relación entre la obra de Kafka y los otros casos de tortura mencionados, radica en el concepto de poder ejercido por estados dictatoriales o totalitarios. En Latinoamérica, un ejemplo claro de este poder represivo de las dictaduras se puede observar en Guatemala en los años comprendidos entre 1962 y 1996, con especial énfasis durante el período que abarca la dictadura brutal del General Efraín Ríos Montt (1982-1983). En este ensayo, analizaré el papel que 74


juega la tortura en la obra Cárcel de árboles del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa y su incidencia sobre el cuerpo y el lenguaje de sus víctimas. Así mismo, presentaré algunas reflexiones sobre la resistencia que ejercen intelectuales latinoamericanos de la talla de Rodrigo Rey Rosa frente a esta figura horrorosa de la tortura. Sin embargo, para comprender más a fondo el problema de la tortura que analizaré en este artículo, sería conveniente conocer la definición que la Organización de las Naciones Unidas ha señalado para este término: Cada acto a través del cual a una persona intencionadamente se le ocasiona un fuerte dolor o sufrimiento, ya sea de naturaleza física o psíquica, por iniciativa de un servidor público, con el objetivo de obtener de él, ella, o una tercera persona informaciones o una confesión, de castigarlo por un acto que él ha cometido o es sospechoso de haber cometido, o de ejercer presiones sobre él o sobre otras personas. (Moreno 5)

De acuerdo con esta definición, la tortura puede ser leída como una acción política de carácter represivo ejercida “legítimamente” en nombre del Estado a través de sus servidores públicos. En otras palabras, la tortura representa una estructura de dominio que forma parte del “Establishment” como tal y que ejerce una función de control y castigo absoluto. Es importante entender aquí que el concepto de castigo ha sido objeto de estudio de muchos intelectuales modernos. Recordemos algunos datos sobre la historia del castigo expuesta por Michel Foucault en su libro Vigilar y castigar. Para Foucault, el castigo premoderno tenía un escenario “público”, mientras que en el moderno se busca que el condenado sea puesto en condiciones de aislamiento dentro de las prisiones. Con el escenario público, lo que se buscaba era obtener una confesión de la culpabilidad del condenado mediante lo que Foucault llama “confesión ‘espontánea’” (45). En el escenario moderno, me permito proponer que las formas de castigo usadas buscan exponer el modo en que algunos grupos ejercen su capacidad de poder sobre los otros con el fin de alcanzar ciertas medidas de disciplinamiento. Debido a los avances científicos, esos modos de ejercer el poder “acquired the presumption of being a pedagogical and moral force” (Avelar 27). Con ello, la tortura aparece como una herramienta clave para que el Estado pueda ejercer la justificación legal de diciplinamiento mediante la aplicación de una estructura pedagógica, la cual, como lo afirma Avelar, tiene dentro de sus razones de ser el romper “all future resistance” (28). 75


Cárcel de árboles (1992) puede ser leída como una obra que expresa los avances tecnológicos del castigo ejercido por el poder dictatorial en Guatemala con el fin de suprimir la resistencia, tanto ideológica como militarmente, de las fuerzas insurgentes. El propio Rey Rosa, en una entrevista concedida a Erica Durante en diciembre del año 2007, establece el vínculo entre la realidad política de su país y los hechos que se narran en la novela: “Ese año había estado en Guatemala para Navidades y fue la primera vez que se encontraron cárceles clandestinas, centros de tortura, en el Petén. Cárceles multitudinarias manejadas por el ejército, en las que torturaban a los presos políticos” (4). Antes de entrar en pleno sobre el análisis del texto, es conveniente tener presente algunos detalles puntuales sobre la obra. Rodrigo Rey Rosa ubica su Cárcel de árboles en un campo de concentración perdido en la selva guatemalteca, en donde aproximadamente unos dos mil hombres son utilizados como conejillos de indias para un horrendo experimento. Éste consiste en apropiarse de las mentes de prisioneros condenados a muerte con el objetivo de hacerlos obedecer ciegamente las órdenes administradas. Este trabajo es llevado a cabo por una científica, la doctora Pelcari, en colaboración con el Jefe de Estado, quienes literalmente proceden a quitarles el lenguaje a estos prisioneros al lesionarles áreas del cerebro, eliminando en ellos la memoria a largo plazo, la memoria a corta duración y la capacidad de emitir algún sonido menos el de una sílaba (que representa el nombre de cada uno de ellos). Estas operaciones reducen a estos hombres a un estado de animalidad en el espacio de esta cárcel, en la selva, donde el poder, de aquel que controla, es administrado de modo arbitrario e irresponsable. En Cárcel de árboles, la maquinaria del poder está ejemplificada por la combinación de ciencia y poder político representados por la doctora Pelcari y el Jefe de Estado respectivamente. Ambos se escudan en el concepto de “progreso” (Rey Rosa 13) para dar legitimidad a su verdad, y así poder ejercer el poder ilimitado como estrategia que justificará que miles de hombres condenados a muerte sean usados como entes autómatas para beneficio del Estado. La estrategia en Cárcel de árboles ha sido diseñada por la doctora Pelcari misma, y es ella quien la hace efectiva sobre estos hombres-autómatas, víctimas de la represión de un estado totalitario. Estos hombres han sido arrancados del cuerpo social y han sido reducidos, literalmente, a su más mínima expresión por un aparato monstruoso al servicio del llamado “progreso”. Además de las operaciones de cerebro a las que son sometidos, la tortura de estos hombres se extiende a encadenarlos de manos, piernas y cuello, 76


a desnudarlos, y a reducirlos a tres funciones básicas: comer, dormir y trabajar. Al final de la obra de Rey Rosa, podemos enterarnos que “YU”, el personaje principal de la obra, representa la figura de oposición por excelencia para los regímenes dictatoriales: el intelectual crítico. Rey Rosa lo describe de la siguiente manera: “31 años; periodista, soltero” (46). Este dato corrobora la calidad de preso político de “YU”, lo cual nos ubica en el espacio de muchos años de totalitarismo en Guatemala y nos conecta con el otro lado de aquellos que también ejercen la producción del saber como mecanismo para escapar de la represión impuesta por el poder hegemónico de la dictadura. En La tortura: poder y saber resistencial, el sociólogo chileno Manuel Guerrero, basado en sus investigaciones de las cárceles chilenas durante la dictadura de Pinochet, llegó a la conclusión que los prisioneros, además de ejercer cierta resistencia frente al encierro y la disciplina administrada, generaban su propio saber. Al preguntarse sobre los pasos a seguir en la producción de este saber, señaló como puntos clave los siguientes: “acumulación de saber, métodos de observación, técnicas de registro, procedimientos de indagación y aparatos de verificación” (68). Estas estrategias en la elaboración de un saber “resistencial” pueden ser observadas en la obra de Rey Rosa. “YU” comienza un proceso de acumulación de saber desde el mismo momento en que descifra el uso del cuaderno y los lápices encontrados durante sus jornadas de trabajo. Mediante el ejercicio de la escritura, “YU” alcanza a desarrollar cierto entendimiento que le permite observar, indagar y verificar las condiciones que le rodean: “El instante en que mi mano comenzó a formar palabras yo comencé a comprender” (20). Estos procedimientos empleados por “YU”, le permitieron escaparse de la selva, pero no le aseguraron un destino exitoso. De este modo observamos cómo “YU”, al hacer uso de la escritura, se hace consciente de su realidad y elabora una estrategia contra la maquinaria horrorosa que lo ha despojado de su subjetividad como ser humano. La escritura le devuelve esa posibilidad de “lenguaje”, esa capacidad de “expresión” que le ha sido arrebatada durante el encierro. Sin embargo, este lenguaje es incompleto debido a la crisis de la incomunicabilidad a la que ha sido sometido por parte de la violencia dictatorial. No se podría decir que la escritura se constituye en un vehículo de emancipación para “YU” por cuanto éste no llega a poseerlo como tal. Al escaparse, “YU” logra llevarse el cuaderno (su diario), pero al ser encontrado por los niños y el doctor William Adie en 77


el río, “YU” es despojado del cuaderno, y con ello, le es negada la posibilidad de reencontrarse consigo mismo. En otras palabras, sin la posibilidad del lenguaje, “YU” vuelve a perderse y su único destino posible es la muerte. En el caso de Cárcel de árboles, el cuerpo silenciado y mutilado de “YU” concentra todo el discurso de “progreso” que se ha venido construyendo desde el siglo XIX, y que la historiografía latinoamericana no ha logrado aceptar definitivamente. Este mismo discurso, no solo afecta al lenguaje, sino también a los cuerpos de aquellos que son víctimas del “progreso” que busca ser impuesto por los regímenes totalitarios. El psicólogo colombiano Juan Pablo Aranguren afirma que la lógica de la guerra presupone un discurso corporal que busca el sometimiento del cuerpo a las normas del sistema dominante: “La incorporación [del discurso] supone la puesta en marcha de un vasto sistema de disciplinamiento, control y disciplina dirigido a naturalizar en el cuerpo los ordenamientos y normatividades que dicho sistema persigue” (104). Los cuerpos de los prisioneros en Cárcel de árboles exhiben las “inscripciones” que el horror de la tortura les ha causado. Las cicatrices en las cabezas de los dos “YU”1 reflejan las técnicas de control y disciplina a las que han sido sometidos. Lo relevante de este hecho es que estas mismas cicatrices le servirán al doctor William Adie para entender a lo que han sido sometidos estos hombres y así encontrar la forma de contrarrestar el experimento ideado por la doctora Pelcari. Así mismo, Aranguren señala que las inscripciones de la guerra en el cuerpo tienen cierta permanencia no en un sentido cronológico sino en “el sentido de una sujeción, de algo que al quedar inscrito en un cuerpo, implica a un sujeto” (104). Debemos entender, entonces, que cada sujeto procesará de modo individual las marcas de su cuerpo y su comportamiento será diferente al de otros sujetos. Es así como entendemos que “YU” haya sido capaz de escapar a la estandarización impuesta por el sistema dictatorial de Cárcel de árboles y haya iniciado su resistencia. Como mencioné anteriormente, “YU” representa al intelectual que ejerce la figura de la resistencia frente a la máquina horrorosa de la tortura. La violencia del Estado dictatorial busca eliminar la figura del letrado que pueda “amenazar” el funcionamiento de su estructura sistemática de poder. Según Maximiliano De la Puente, uno de los actos de mayor violencia que pueda concebirse es “la operación de quitarle el lenguaje al otro” (7). Para el intelectual, el lenguaje en todas sus formas se constituye en el instrumento para expresar su resistencia. A pesar 78


de que “YU” ha sido despojado de su capacidad para “administrar” el lenguaje; la posibilidad que le brinda Rey Rosa de recuperar el lenguaje, a través de la escritura, se constituye en el elemento de resistencia por excelencia. Vemos, entonces, cómo la escritura se configura como estrategia de oposición a la violencia que sufren los prisioneros. “YU” ha podido expresar su “voz” y con ello ha logrado, mediante la actividad de lectura que ejerce en el relato el doctor William Adie, que sus experiencias se revelen frente al poder dictatorial que los oprime: “Las voces de los prisioneros entablan un diálogo a través de la palabra escrita, ya que no pueden hacerlo mediante el precario lenguaje oral que ambos están condenados a hablar, víctimas –como han sido– de la violencia del Estado dictatorial” (De la Puente 7). Las actividades de escritura y de lectura presentes en la novela, logran “complementarse” y trascender las barreras impuestas por las políticas totalitarias de un gobierno dictatorial. En Cárcel de árboles, la tortura viene a representar el mecanismo con el cual, la dictadura impone su estructura política de poder absoluto. El experimento de la doctora Pelcari intenta destruir, de modo consciente, no solo los cuerpos de los prisioneros, sino que también busca apropiarse de la capacidad reflexiva y lingüística de los mismos. Según Moreno, durante la tortura “el dolor del prisionero es buscado calculadamente para llevarlo a ese estado de conciencia en que el mismo cuerpo se transforma en instrumento a favor de los torturadores” (7). En Cárcel de árboles, “YU” ha roto con ese esquema motivado por la capacidad inalienable del lenguaje, en la figura de la escritura, que se opone al régimen totalitario de la dictadura. Sin embargo, más relevante que la escritura registrada en el diario de “YU”, lo que convence más del poder de la escritura como fuerza “resistencial”, lo constituyen las marcas en el cuerpo de “YU”, las cuales pueden ser “leídas” e interpretadas como una muestra fehaciente de los abusos inhumanos de la tortura: “Ello permite abordar el cuerpo como un espacio de comunicación en donde la piel se asemeja a una hoja donde se pueden escribir mensajes; una superficie privilegiada para la escritura en donde el cuerpo se convierte en el soporte material del significante” (Aranguren 106). Es decir, el cuerpo revela el sello violento inscrito por la máquina horrorosa de la tortura. Nota:

(1) Cuando el “YU” protagonista de la obra se escapa, otro “YU” es colocado en su lugar para sustituirlo. Mientras que el “YU” protagonista tiene el pelo largo y el rostro cubierto de barba, el nuevo “YU” llega pelado y con cicatrices de operaciones al descubierto. 79


Obras citadas Aranguren, Juan Pablo. “Las inscripciones de la guerra en el cuerpo: evidencias de un sujeto implicado.” Revista colombiana de psicología (2006): 103-112. Centro de recursos literarios. Red. 20 Jun. 2011. Avelar, Idelber. The Letter of Violence. New York: Palgrave MacMillan, 2004. Impreso. De La Puente, Maximiliano. “Formas de representar la violencia en algunas escenas de la literatura latinoamericana.” Universidad de Buenos Aires: n.pag. Centro de recursos literarios. Red. 10 Jun. 2011. Durante, Erica. “Un arsenal de escritura: Rodrigo Rey Rosa entre Borges y Bioy.” Revue Recto/Verso (2007): 1-8. Centro de recursos literarios. Red. 10 Jun. 2011. Foucault, Michel. Vigilar y castigar. España: Siglo Veintiuno Editores, 1978. Impreso. Guerrero, Manuel. “La tortura: poder y saber resistencial.” Monografías: n.pag. Centro de recursos literarios. Red. 10 Jun. 2011. Moreno, Eleonora. “Resistencia en la tortura. Análisis del discurso de exprisioneros (as) políticos (as) de la dictadura militar chilena (19731990).” 1-107. Centro de recursos literarios. Red. 20 Jun. 2011. Rey Rosa, Rodrigo. Cárcel de árboles. Buenos Aires: Planeta Biblioteca del Sur, 1993. Impreso.

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Press release

Georgia Museum of Art to present expansive show on Mexican political art Jennifer Chicas Athens, Ga.—The Georgia Museum of Art at the University of Georgia will present the exhibition “El Taller de Gráfica Popular: Vida y Arte” June 13 to Sept. 13, 2015. Consisting of approximately 250 works of Mexican sociopolitical art created by El Taller de Gráfica Popular (the Workshop for Popular Graphics, or TGP for short), the exhibition comes from a single collection but is wide-ranging and thorough in its coverage. It will take over the entire temporary exhibition wing of the museum’s building and is the most comprehensive in the world on the workshop since the 1950s. The museum will also publish a catalogue reproducing every work in the 81


exhibition, plus many supplementary images, the largest and best illustrated such book on the workshop in any language. Founded in 1937 by Raúl Anguiano, Luis Arenal, Leopoldo Méndez and Pablo O’Higgins, the TGP included many notable 20th-century Mexican printmakers and a few important members from outside the country, including Elizabeth Catlett (United States) and Fanny Rabel (Poland). They produced large-scale posters (carteles), flyers (volantes), books, pamphlets, fine art portfolios, calavera newspapers and independent prints, all with the idea that art could serve as a tool, even a weapon. They fought for social change and against fascist aggression at home and abroad by informing and inspiring the Mexican people and like-minded organizations around the globe. Working collaboratively and employing a process of internal critique, the TGP created works in a variety of forms, from diminutive postcards to enormous banners for lectures and meetings. Members regularly used the workshop facilities to create their own work, which was often sold through the workshop’s storefront. Among their most striking and well-recognized bodies of work were the series of powerful anti-Nazi and anti-fascist posters and the satirical calavera newspapers they produced for the Day of the Dead. Many workshop efforts supported the proletariat,

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emphasizing workers’ rights and showing the achievements and failures of the Mexican government. As with the art created as part of Franklin Roosevelt’s Works Progress Administration in the United States, the TGP stood up for workers and farmers, their bold imagery spreading the work even to the illiterate. Sarah Kate Gillespie, curator of American art at the Georgia Museum of Art, explained, “We are tremendously excited to be presenting the definitive exhibition of works from the Taller de Gráfica Popular, which we believe will highlight the workshop’s significance for both scholarly and general audiences. Demonstrating a sweeping range of techniques and subjects, the exhibition has strong relevance to our collection, which includes many similar works created by Works Progress Administration artists in the 83


United States. Rich in historical, social and artistic content, ‘Vida y Arte’ offers wonderful opportunities for co-programming.” Michael Ricker, from whose collection the works come, added, “Founded in 1937, El Taller de Gráfica Popular was perhaps the most prominent, prolific and political workshop in world history. From the expropriation of foreign oil interests and the support and protection of rural teach to fervent anti-fascist efforts and the promotion of civil rights, they addressed all the prominent issues of their day. For decades, the workshop poured out a relentless stream of posters, flyers, portfolios, prints, hilarious Day of the Dead newspapers, fine books and simple pamphlets. The workshop’s membership included many of Mexico’s finest and best-recognized artists. While virtually all were printmakers, they were also muralists, painters, sculptors and draftsmen. They were not los Tres Grandes (the Big Three [muralists Diego Rivera, David Alfaro Siquieros and José Clemente Orozco]); they were los otros (the others), los trabajadores (the workers), working for what they believed and placing their nation and its people before themselves.” Wednesday, April 1, 2015 Museum Information: Partial support for the exhibition and programs at the Georgia Museum of Art is provided by the Georgia Council for the Arts through appropriations of the Georgia General Assembly. The council is a partner agency of the National Endowment for the Arts. Individuals, foundations and corporations provide additional museum support through their gifts to the University of Georgia Foundation. The Georgia Museum of Art is located in the Performing and Visual Arts Complex on UGA’s East Campus. The address is 90 Carlton Street, Athens, Ga., 30602-1502. For more information, including hours, see georgiamuseum.org or call 706-542-4662. Contact: Michael Lachowski, 706-542-9078, mlachow@uga.edu Jennifer Chicas, jchicas@uga.edu

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bookcase

Cabezón Cámara, Gabriela. Le viste la cara a Dios. Madrid: Sigueleyendo, 2011.

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artiendo de antecedentes literarios como La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik, “La parte de los crímenes” de 2666 de Roberto Bolaño ‒hablo de la violencia y los crímenes contra mujeres‒ se publica, en esta línea temática, la novela Le viste la cara a Dios (2011) de la argentina Gabriela Cabezón Cámara. El relato surge como un ejercicio narrativo en el que entran en juego la reescritura del cuento de hadas, el pulp ‒evidente por la mención de la versión hollywoodense Kill Bill de Tarantino‒, la tradición de la oralidad del octosílabo rítmico y la literatura argentina del siglo XIX. La trama es básica: Beya, una joven mujer de clase media es secuestrada por una mafia de prostitución; luego, ayudada por su amante policía, lleva a cabo una sanguinaria venganza. Según Michel Foucalt, el cuerpo humano como instrumento se convierte en una fuerza útil una vez que sea un cuerpo productivo y a la vez sometido. En este sentido, el de Beya es un cuerpo en el que, una vez introducido al mundo de la prostitución, opera sobre él todo un cerco político. Así se lo describe en la novela: “Te engatusaron, te domaron, te peinaron para adentro y te

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hicieron el ablande: ahí aprendiste a los gritos nuevo nombre y apellido y te hicieron pura carne a fuerza de golpe y pija” (6). La violación, como acto de tortura y denigración, identifica al sujeto femenino como inferior, como puro cuerpo, introducido en mecanismos de producción y de ganancia. En la situación límite del cuerpo torturado, si no se lleva afuera de su mismo cuerpo, está condenado a perecer. Esta reflexión se puede observar en el inicio de la novela: Si el fin del torturador es provocar la presencia del que tiene atado para sojuzgarlo entero con laceración y dolor, el objetivo del torturado es tomarse el palo, irse de ahí, partir del cuerpo que pierde el aliento a manos de otro, amatambrado de sogas y en mazmorra sin salida. (6) La importancia del cuerpo no radica únicamente en el hecho de que se trate de carne que funciona para mediar los desbalances del neoliberalismo. Su importancia en este relato también se halla en la recuperación del territorio biológico explotado. El cuerpo debe ser recuperado. La recuperación del cuerpo se representa como el acto revolucionario por excelencia. Buscar la puerta de salida a un sistema carcelario cuyas armas disciplinarias se basan en políticas del cuerpo consiste precisamente en pelear por ese cuerpo y en recuperarlo. Como ha observado Don Hutchinson, en los años 20 y 30 del siglo pasado, la época más popular del pulp, muchos norteamericanos aprendieron a aceptar el crimen organizado (en ese tiempo relacionado a la Prohibición) como el “gran negocio”, y a los gángsters como una forma de realeza de la barbarie. Tal glorificación del crimen tuvo un abrupto cambio con el arribo de la Gran Depresión cuando los norteamericanos despertaron de su fascinación estática y comenzaron a interesarse por nuevos héroes que ya no reflejaran el imperio de la fuerza bárbara sobre los ideales de los marginados y explotados. Hay, por supuesto, una evolución del subgénero hasta la realización cinematográfica de Quentin Tarantino, Kill Bill, referente en la novela de Cabezón Cámara. En Le viste la cara a Dios, Beya es la heroína del pulp posmoderno latinoamericano. En esta versión de “aventuras femeninas”, los enemigos de la mujer explotada son el gánster, el gobernador, la policía ‒excepto su amante‒, los políticos, los representantes de la ley, del Estado, de la iglesia y la mafia de la droga. Enemigos no muy distintos de ese pulp de hace casi 100 años que satisfizo muchos deseos populares e ilusiones de justicia. Azucena Hernández.

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Trejo, Iván. Espejo de doble filo: Antología binacional de poesía sobre la violencia Colombia-México. Sinaloa: Atrasalante, 2014.

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l inicio del prólogo que hace Carlos Montemayor a la edición del Fondo de Cultura Económica de El Libro Rojo, esa también antología publicada en 1870 por Vicente Riva Palacio, Manuel Payno, Juan A. Mateos y Rafael Martínez de la Torre, resume muy bien lo que sucede, ahora, en la selección de Iván Trejo: “Este es el libro de la muerte en México”. Y claro, es necesario pensar, en primera instancia, lo que una antología de textos significa. Dice Trejo en el prólogo que la intención es “entablar un diálogo abierto entre ambos países, poniendo sus pesares sobre la mesa de lectura e involucrando diversas generaciones de poetas” (8-9). El puente Colombia-México va más allá de una lógica geopolítica: es un paso natural para entender no solamente las causas de la violencia generalizada en América Latina, sobre todo la generada por el crimen organizado, sino también sus consecuencias. Vemos, en contraste con otro tipo de producciones literarias, en especial la llamada “narco novela”, cómo esta colección se enfoca en la víctima, no en el victimario. La selección tiene gran puntería al elegir los textos. Esto se debe a dos características esenciales. En primera instancia porque cuentan otra historia de la violencia, una historia que no hemos escuchado en las interminables narraciones de sicarios, narcos, capos, balaceras, crónicas, novelas, cuentos: asesinos terribles en el campo y en la ciudad; ostentación en los cintos piteados y las botas de piel de avestruz. No. La poesía está en otro lado: no le interesa esa historia. Los poemas, y poetas de este libro son testimonio no solamente de la violencia en ambos países, sino de sus víctimas y sus espacios, de la completa imposibilidad de control. Esto es algo que se repite de manera constante en ambas partes del libro, como una enunciación de lo urgente. Lo vemos en el poema del colombiano Álvaro Mutis (1923-2013) “Los elementos del desastre”:

Me refiero a los ataúdes, a su penetrante aroma de pino verde trabajado con prisa, a su carga de esencias en blanda y lechosa descomposición, a los estampidos de la madera fresca que sorprenden la noche de las bóvedas como disparos 87


de cazador ebrio. (34)

La violencia se articula desde un proceso distinto al que estamos acostumbrados. No es una violencia del escándalo o de la nota roja: es la violencia del duelo. La urgencia es, sí la del dolor, pero también la del dolor individual, el hecho de que los muertos tienen nombre y apellido, como en “Los restos” de Javier Sicilia (1956):

Ya no hay más que decir el mundo ya no es digno de la Palabra nos la ahogaron adentro como te asfixiaron como te desgarraron a ti los pulmones y el dolor no se me aparta

sólo pervive el mundo por un puñado de justos por tu silencio y el mío Juanelo. (159)

La poesía en estas páginas recorre una crítica que no se ha hecho tampoco en otros sitios: la de poner en entredicho el origen mismo del problema, la patria olvidada y desunida. El icónico poema “Los muertos” de María Rivera (1971), que se ha convertido en un himno de las víctimas de la Guerra contra el Narco en México, tiene su precedente, como un eco, en el poema “Los muertos” de Guillermo Martínez González (1952) en Colombia. Y podemos identificarnos:

Amanecían en las calles con las caras de espanto alteradas por las moscas.

O bajaban al pueblo en el lomo de las mulas guindados como animales de sacrificio.

O flotaban en la hierba y el río con el treno inflamado bajo la luz de la luna:

En aquel tiempo la violencia se paseaba con su tambor de medianoche por las aldeas. (87)

En ese territorio, debajo de ese puente histórico y político está la patria: ese lugar que ya casi olvidamos a qué sabe. Desde ahí se enuncian estos poemas de 60 poetas, que van desde Octavio Paz hasta Álvaro Mutis, desde un poeta como Luis Vidales nacido en 1904 hasta Danny León en 1990, y que trazan una geografía de una historia que se comparte desde el ciudadano común, que encuentran coincidencias en el duelo ante los muertos, y diferencias sólo en sus contextos. Ojalá y se cumpla el vaticinio de Trejo al final de su introducción, que esta antología sea: “como un tibio abrazo para, al final, no sentirnos tan solos”. Bruno Ríos. 88


Hiedra Magazine 4  

ISSN: 2328 3653. Hiedra Magazine Issue 4 - Spring 2015. Please contact revistahiedra@gmail.com with any questions or concerns. © 2015.

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