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EL COMITÉ 1973, Núm. 34. Feminismo Revista de difusión, crítica y creación literaria. Correo electrónico: elcomite1973@gmail.com http://issuu.com/revistaelcomite1973 https://www.facebook.com/revistaelcomite1973 https://twitter.com/ElComite1973

El Comité 1973 Director Meneses Monroy Editora Asmara Gay Jefa de redacción Patricia Oliver Diseño gráfico Jovany Cruz Flores

Consejo editorial Agustín Cadena Guadalupe Flores Liera Claudia Hernández de Valle Arizpe Daniel Olivares Viniegra Juan Antonio Rosado Zacarías Eduardo Torre Cantalapiedra E. J. Valdés Portada y contraportada Jovany Cruz Publicación Bimestral Julio - Agosto Año 6 | Número 34 | 2018

Comité colaborador de este número Federico Ballí Jorge Baldere Es Karina Castro Aurelia Cortés Peyron Guadalupe Flores Liera Francesca Gargallo Celentani Asmara Gay Diana Hernández Villalobos Diana López Juan Fernando Reyes Violeta Meneses Monroy

Publicación incluida en el catálogo de revistas electrónicas de arte y cultura del conaculta http://sic.conaculta.gob.mx/ficha.php?table=revista_elec&table_id=136


Dossier Breve panorama sobre el feminismo Asmara Gay Minificción La deliberación de la lengua Federico Ballí

índice

Ensayo Implicaciones de género en el tejido de mi historia Diana Hernández Villalobos Las escritoras feministas o la escritura en un cuerpo propio Francesca Gargallo Celentani El movimiento feminista en Grecia Guadalupe Flores Liera Tres guineas: el feminismo humanista de Virginia Woolf Karina Castro La mirada esquiva: resistencia y opresión en The Handmaid’s Tale de Margaret Atwood Aurelia Cortés Peyron Portafolio Jorge Baldere Es Cuento Lolo: Una historia de amor Diana López Poesía Nota al pie de un epitafio Carta a mi madre Violeta Reseña Anatomía del ánimo, de Rafael Salvador Asmara Gay Aforismos Varia reflexión Juan Fernando Reyes Literatura en 8 palabras Meneses Monroy


BREVE PANORAMA

SOBRE EL

FEMINISMO

Asmara Gay

El feminismo logrará hacer caducos e irrisorios los sistemas anticuados de organización social e internacional en que las injusticias y las subordinaciones se ensañan, ante todo, en las mujeres de todos los países. Hoy herético, el feminismo llegará a ser la teoría y la práctica de millones de mujeres y de hombres en un mundo en busca de una sociedad equitativa. Andrée Michel

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uando solemos pensar en el feminismo, nos imaginamos la lucha que emprendieron las mujeres durante los siglos xix y xx por obtener derechos políticos y económicos. Si bien es cierto que la batalla que sostuvieron las mujeres durante esos siglos fue determinante para que los hombres accedieran a modificar el papel que la mujer representaba dentro de la sociedad, el feminismo no nace en aquellos siglos, y tampoco la mujer tuvo siempre el papel “natural” de sometimiento al que el sistema patriarcal, con el paso de los siglos, la arrastró. 4


Como palabra, ‘feminismo’ es un término de origen francés, féminisme, que data de 1837 y que se definió así: “una doctrina que preconiza la extensión de los derechos, del papel de la mujer en la sociedad” (vocablo tomado del Dictionnarie Robert y citado por Michel, A., 1983: 7). Sin embargo, como puede observarse, tal definición es insuficiente, no sólo porque el feminismo ha puesto sobre la mesa diversas prácticas y conductas de la sociedad que atacan la dignidad de la mujer (lo cual no tiene que ver nada con una “extensión de derechos”), sino porque el feminismo no se puede reducir a una doctrina; en su caso, podría denominarse “movimiento”, aunque lo más correcto sería apelar por una definición más amplia de la palabra que abarque lo siguiente: batalla que las mujeres han sostenido a lo largo de varios siglos por la igualdad de derechos y por acabar con la

dominación que los hombres han hecho sobre ellas arguyendo que su condición es inferior a la de ellos. Evidentemente, el rol que ha desempeñado la mujer a lo largo de la historia humana ha sido distinto cada vez, aunque en los últimos nueve siglos el papel al que se le llama “tradicional”, se haya cerrado, como un puño, y con ello se haya validado la dominación de los hombres sobre las mujeres. Cabe destacar que esto no es algo “normal”, sino algo impuesto por la sociedad en turno. Piénsese, por ejemplo, lo importantes que eran las mujeres en el neolítico; tanto que las primeras divinidades son “diosas madres”, representaciones de la tierra que apelan a la fecundidad y a la reproducción de la especie. Ya en el naciente patriarcado, de las culturas antiguas, podemos observar símbolos fálicos que tende-

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rán a mostrar la fecundidad del hombre; esto, y el hecho de que la agricultura empiece a ser parte fundamental de las actividades masculinas, y no ya una labor exclusivamente femenina, hace que el decisivo papel que antes tenía la mujer dentro de la sociedad se desplace, y con ello la mujer comienza a desarrollar su vida cotidiana en su propia casa; es decir, comienza el encierro de las mujeres.

Como todo en las sociedades, por fortuna, este encierro no es homogéneo. Así, Tácito refiere asombro por el papel que tenían las mujeres como sacerdotisas, profetisas y guerreras dentro de las tribus germanas; y Plutarco, con respecto de la mujer espartana, quien podía dedicarse a ocupaciones comerciales o literarias. En la misma Grecia encontramos ejemplos de cómo el papel de las mujeres se abre en distintos periodos de su historia, y por ello encontramos a Safo de Mitilene, poeta (ca. 650-580 a.C.); Aspasia de Mileto, maestra de retórica y logógrafa (ca. 470-400 a.C.); Areta de Cirene, filósofa y científica (siglo iv a. C.); Sosípatra de Éfeso, filósofa y mística (ca. 300-350 d.C.); Hipatia de Alejandría, matemática y filósofa (ca. 355-416 d.C.); Asclepigenia de Atenas, filósofa y mística (ca. 430-485 d.C), entre otras.

El encierro de las mujeres en las ciudades se efectúa en dos etapas: en el curso de una primera etapa, los que detentan la propiedad privada de la tierra y los privilegios sociales se apoyan sobre castas de sacerdotes y militares, los primeros burócratas encargados en la defensa, por la ley o por la fuerza, de los privilegios de clase y de despojar a las mujeres de sus antiguas funciones sacerdotales y políticas. En el curso de una segunda etapa en que el crecimiento de las ciudades y del comercio dio lugar al nacimiento de una clase media, aparece el snobismo de los mercaderes que creen ir subiendo por la jerarquía social al retirar a sus esposas de la producción urbana o artesanal y por toda red de comunicación que pueda procurarles un poder político en la ciudad (Michel, A., 1987: 30).

Sin embargo, la llegada y expansión del cristianismo, en particular, hizo que cada vez el rol de la mujer dentro de las sociedades se restringiera. Esto, de manera paradójica, pues fueron precisamente las mujeres quienes propagaron el cristianismo, en parte para obtener mayores derechos, como ocurrió entre 700 y 1200 d.C.: las mujeres fundaban monasterios, como Hilda de Whitby, donde educaban a niños y niñas; las reinas estaban encargadas del ministerio de finanzas y de la administración de los dominios de la realeza; los padres podían elegir entre el matronímico y el patronímico para llamar a sus hijos. […] Las mujeres nobles presidían los tribunales con sus maridos y dirigían el castillo cuando su esposo estaba en guerra… Cuando se examina este periodo, tal parece que no hubiera ninguna

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barrera efectiva al poder de las mujeres. Aparecían como jefas militares, juezas, castellanas, con entera disposición de su propiedad (McNamara, J. y Temple, S., citados por Michel, A. 1987: 37).

La reforma gregoriana, de finales del siglo xi, introdujo cambios importantes dentro de la Iglesia que limitaron el poder de las mujeres dentro de la vida social y política. Entre otros, ya no podían desempeñar altas funciones en la Iglesia y el convento dejó de ser un lugar de educación y fomento de la cultura y, por tanto, las mujeres tampoco podían ejercer oficios que tradicionalmente habían ocupado, como el de maestra, cirujano y barbero. La otra institución que ayudó subordinar a las mujeres dentro de la sociedad fue la misma legislación. Así, se retoma del derecho romano la idea de la fragilitas sexus (‘sexo frágil’ o débil), con lo cual la mujer queda incapacitada jurídica y civilmente, pues, como menores de edad, “menores mentales”, siempre necesitan de alguien que responda por ellas, y ese alguien es el hombre. Desde este momento, se observa una degradación importante de la mujer, quien ya no puede administrar sus bienes; ni actuar de acuerdo a su criterio para, en su caso, sustituir a su marido en algunas situaciones de enfermedad o locura; ni transmitir su nombre a su hijo…

“Madre del siglo”. Sin embargo, no es la única. A lo largo de estos siglos, mujeres de todas las clases sociales alzaron su voz para mostrar su inconformidad por la opresión que la sociedad estaba ejerciendo contra ellas, anulando sus derechos y su dignidad; pintoras, escritoras, filósofas, obreras, campesinas, artesanas, rechazaron el encierro que la ley les impuso y exigieron una situación legal de igualdad frente al hombre (sobre todo, vale la pena estudiar lo que escribieron Cristina de Pizán [1364-1430], La ciudad de las damas; María de Gournay [1566-1645], La igualdad de los hombres y de las mujeres; Mary Wollstonecraft [1759-1797], Vindicación de los derechos de las mujeres, y Olympe de Gouges [17481793], Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana).

Pero las mujeres no se dejaron quitar los antiguos papeles que habían ostentado sin oponerse y luchar. Leonor de Aquitania (1122-1204 d. C.) es uno de los ejemplos más célebres de esta resistencia, pues fundó instituciones religiosas y educativas y fue instigadora de las cortes de amor, por lo cual se le conoce como la

Con la llegada de la revolución francesa, la situación de la mujer no mejora, a pesar de que ésta abogaba por la igualdad de derechos y libertades y de que en ella participaron bastantes

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mujeres. La gran contradicción que fue la revolución francesa mandó al cadalso a muchas de ellas, entre otras a Olympe de Gouges, quien escribió: “Si la mujer tiene derecho de subir al cadalso, también tiene derecho de subir a la tribuna” (Manzanera, L., 2016: 16)

propias universidades. Así, en 1865 fue creada en el estado de Nueva York una escuela de medicina para mujeres (Michel, A. 1987: 91-92).

El siglo xx es en el que mayor avance ha tenido el feminismo al establecer jurídicamente los derechos de las mujeres. Sin embargo, suele ocurrir en la práctica que esos derechos no se respeten y vale la pena meditar, en este siglo xxi, sobre ello. No sólo porque el ataque hacia la mujer sigue presente a través de diversas instituciones del sistema patriarcal, incluida, por supuesto, la familia misma, sino porque además de la grosera caricatura que muchos hacen de las feministas llamándolas actualmente feminazis, es preocupante el nivel de violencia que se ejerce sobre ellas y que muestra aún un desprecio y minimización solamente por la condición de ser mujer.

Es hasta el siglo xix, con las luchas proletarias, que la voz de la mujer se hace más fuerte. Se crean periódicos, como La Voix des Femmes (1848), en los que las mujeres reclaman derechos políticos y económicos, se crean asociaciones de mujeres, provenientes principalmente de las clases medias y obreras, que impulsan la educación femenina, el establecimiento de guarderías, la disminución de las jornadas laborales (que era de catorce horas), el derecho al voto. La norteamericana Margaret Fuller había pronosticado, durante la década de 1840, que “la liberación de las mujeres sólo pueden lograrla las mujeres mismas” (Sheila Rowbotham, citada por Michel, A., 1987: 88).

Recuerdo haber leído que hacia el siglo xvi la natural costumbre que las madres tenían de golpear a sus hijas como forma de sacar sus propias frustraciones. Parece que eso no ha cambiado mucho en este siglo, pues se percibe como algo normal para nuestra sociedad (hombres y mujeres) sacar las propias frustraciones ejerciendo diversos tipos de violencia, especialmente en contra de las mujeres: los feminicidios es el más claro, y execrable, ejemplo, pero hay otros: como el que sean las hijas y las madres quienes se ocupen de manera exclusiva de las labores domésticas; que las mujeres, a pesar de las leyes, en muchos trabajos sigan percibiendo menores ingresos frente a sus pares masculinos; que las mujeres crezcan profesionalmente por los favores sexuales realizados o por la sumisión

El acceso a la educación en todos los niveles fue una gran conquista de las feministas del siglo xix. Ya lo hemos visto para la educación primaria. En Francia, las feministas entablarán una batalla reñida por el acceso de las muchachas a las escuelas secundarias. El acceso a las universidades quedó abierto a las mujeres a finales de siglo, no sin una resistencia encarnizada de los hombres. Puede hablarse aquí del motín estudiantil de la Universidad de Edimburgo, cuando fueron admitidas mujeres en la escuela de medicina. En Francia, la primera mujer interna de los hospitales, Madame Edwards-Pilliet, fue quemada en efigie por los estudiantes en señal de protesta. En Estados Unidos, las mujeres abrieron sus

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frente a los hombres, mientras que las mujeres que no acceden a ellos o no tienen esta actitud de subordinación se quedan estancadas; la cosificación de la mujer a través de medios sociales y culturales: radio, televisión, el mercado, la moda, el cine, la literatura…; la vulnerabilidad de la mujer por agresiones sexuales frente a las autoridades que minimizan esta violencia sexual; el control monetario que los esposos hacen en contra de sus esposas para que éstas dependan económica y emocionalmente de ellos, y ¿qué decir de la burla y el ataque de varios grupos sociales hacia las mujeres feministas, que es otro tipo de violencia de género?

Como se observa, la historia del feminismo lleva ya varios siglos y se inserta naturalmente en el sistema patriarcal que ha dominado nuestras sociedades desde hace más de 3,000 años. Pero esto no es normal, o mejor dicho, es normal dentro del sistema patriarcal porque hombres y mujeres alimentamos culturalmente el mundo con los mismos principios y conductas que nos han legado, sin meditar lo que transmitimos, y hay mujeres que al reflexionar sobre ello se han dado cuenta de que esto va en contra de, antes que nada, la dignidad humana… 

Las mujeres hemos sido seriamente perjudicadas por esas imágenes que nos muestran como seres débiles y vulnerables, porque a partir de esas imágenes, se nos ha hecho creer que nuestra seguridad económica, emocional y afectiva, siempre depende de un hombre y, por lo mismo, nuestra realización o fracaso como mujeres, nuestra felicidad personal, depende siempre de un hombre y nuestro estado de ánimo siempre estará determinado por ese hombre. ¿Hay algo más esclavizante y violento que privar a la mitad de habitantes del mundo de su autonomía, de su libertad y de su derecho a la autodeterminación? Lily Muñoz

Referencias Manzanera, L. (2016). Olympe de Gouges, una feminista avanzada. En Historia. National Geographic, 155 (13). Michel, A. (1987). El feminismo (Trad. Juan José Utrilla). México: Fondo de cultura económica (Breviarios). Muñoz, L. (2015, 24 de noviembre). La vulnerabilización es violencia contra las mujeres. En América Latina en movimiento on line. Disponible en https://www.alainet.org/es/articulo/173777

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de la

La deliberación Federico Ballí

Hace tiempo la gente descubrió, horrorizada, que la lengua era sexista. Aunque la acusada intentó excusar esa actitud en cuestiones lingüísticas, se le sentenció a corregir el problema de inmediato. Ella consultó con las oraciones, después con las palabras; todas parecían estar de acuerdo en que la culpa de esa grave falta la tenían las vocales, así que decidieron deshacerse de ellas en una hoguera. La A aulló aterrada; la E suspiró extrañada; la I apenas lanzó un silbido indignado; la O resopló sorprendida, y la U se despidió desilusionada. Y vvrn flcs pr smpr.  

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Implicaciones de género en el tejido de mi historia Diana Hernández Villalobos

Hay un devenir-mujer que no se confunde con las mujeres, su pasado y su futuro, y las mujeres deben entrar en él para poder escapar a su pasado y a su futuro, a su historia. Gilles Deleuze

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ener presente la perspectiva de género debería de ser una tarea constante en muchos espacios de nuestra vida privada y pública; lo primero que sería útil revisar es cómo nuestra historia personal se ha ido tejiendo con ideas preconcebidas; analizar dónde, cuándo y cómo nos hemos ido construyendo puede ser una aventura riesgosa y fructificante. Las construcciones socioculturales se convierten en parte fundamental de nuestro sistema de creencias. Así, cuando hablamos de hombre y mujer desde lo biológico hablamos de una diferencia física, y cuando empleamos la categoría género, citando a Irene Loyácono (2006) nos referimos a “todas

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aquellas características, psicológicas, sociales y culturales […] y comprende: la atribución de género: ser considerado como nena o varón; la identidad de género: sentirse mujer o varón; el rol de género: comportarse femeninamente o masculinamente”.

deseaba ser: tierna, dulce, obediente, coqueta, linda, amable, cariñosa, comprensiva, etcétera. Quería que esas cualidades sobresalieran para que las pudieran ver los otros y así ser vista, valorada y querida. En el ámbito familiar, mi padre y mi hermano ejercían el poder que les brindaba la estructura jerárquica patriarcal dominante propia de nuestra sociedad. En ese momento no entendía muy bien por qué ellos contaban con más poder y privilegios (Bonino define el poder como “la capacidad de hacer y actuar [...] Es la capacidad de gobierno [de sí y de otros] que se ejerce y se padece, se construye, se desarrolla o se desvanece en el tejido de las relaciones humanas” [2000, p. 1]). Este poder masculino embonaba perfectamente con la historia de mi madre; en su familia de origen los mandatos eran claros: los hombres eran los jefes, los que mandaban y las mujeres tenían que servir a los hombres; ellas no tendrían la capacidad y la libertad de decidir por sí mismas.

A continuación me propongo reflexionar sobre cómo han incidido algunas construcciones de género en mi historia de vida. Atribuciones de género Soy la menor de seis hermanas y un hermano, quien ocupa el tercer lugar en orden de nacimiento; mis padres buscaban otro hijo varón y, gracias a las narraciones de mis hermanas mayores, recuerdo muy claramente la escena en la que todos mis hermanos estaban en una recámara de la casa esperando la llamada de mi padre para saber qué había sido y, al enterarse de que mi madre había parido otra niña, la respuesta general fue algo así como: “No, otra niña, no”.

Identidad de género

El deseo familiar de más varones no era sólo por un asunto de equilibrio numérico, el nacimiento de más mujeres representaba una suerte de fracaso reproductivo, combinado con cierta angustia, pues criar a mujeres es más complicado y peligroso, la creencia que se repite dice que hay que cuidarlas más porque son débiles, indefensas, vulnerables y menos productivas.

Al llegar a la adolescencia, un conflicto emergió en mí, pues empecé a dudar de mis propias definiciones: si no soy tierna, dulce, coqueta ¿dejo de ser mujer? ¿Qué soy si no soy lo que “los otros” suponen que debo ser? ¿Existe una manera diferente de ser mujer? ¿Cómo puedo apropiarme de mi cuerpo y de mi vida? Los símbolos culturales, las normas y todos los elementos de género que han participado en la construcción de mi identidad son susceptibles de ser analizados,

Desde muy pequeña, fui apropiándome de un sinfín de atribuciones consideradas femeninas;

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aunque esta revisión “racional y analítica” no siempre va de la mano con “lo emocional”, por lo que puede haber experiencias ambivalentes y complicadas que en ocasiones me “atrapan”.

que me acostumbré a eso. Esa desigualdad no excluía las diferentes posiciones que existían en el sistema familiar. Así, me vi envuelta en la necesidad de aprender que siendo los hombres quienes llevan las riendas, un modo efectivo de salir adelante como mujer consiste en obedecer, depender, complacer, conciliar y, sobre todo, en derrotar a la competencia femenina.

Roles de género En cualquier manual de antropología o de psicología social podemos leer que los roles de género son “el conjunto de expectativas sociales que definen cómo deben comportarse los miembros de cada sexo. Un conjunto de expectativas que varían de cultura en cultura” (Viñuales, 2002, p.50). ¿Cómo escapar de estas expectativas, cómo comportarme de una manera diferente a la esperada sin sentirme desleal o excluida?

Definitivamente, pensé que como mujer es mejor estar del lado del poderoso… en tal sentido hice un gran logro ante los ojos de los demás y ante los míos, al conseguir un esposo con un buen prestigio social. Esto me posicionó en un lugar superior y me dio acceso a un poder en lo público y privado que probablemente no habría conseguido por mí misma. De algún modo, las mujeres hemos sido recluidas en el mundo de lo privado y, para tener un mejor acceso a la esfera de lo público, nuestro hombre es la puerta de

Cuando era niña no me percataba tanto de las diferencias de género, pero conforme fui creciendo me molestaba mucho que ni mi padre ni mi hermano se ocuparan de nada doméstico y, paradójicamente, creía que era normal, porque era lo que escuchaba por todos lados. Cuando cumplí 15 años observé que mi papá le daba casi el doble de dinero semanal a mi hermano que el que me daba, entonces le reproché esta situación y me dijo lo siguiente: “él es hombre y tal vez tenga que invitar al cine a su novia”. Yo objetaba: “Pero si yo quiero ir al cine ¿necesito un novio?”, y para molestar a mi padre agregaba: “Y si quiero ir muchas veces ¿necesito muchos novios?” La desigualdad de género me incomodaba mucho, pero en el fondo creía que era algo totalmente natural y normal; de alguna manera creo

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entrada. Al final, el prestigio social de lo femenino se sigue basando en el prestigio de su pareja.

nada a nadie; estaba convencida de que, no sé por qué, había sido mi culpa y quizá el decirlo sólo me hubiera propiciado más vergüenza y, tal vez, un regaño. Tampoco mencioné a nadie de mi familia que durante un par de semanas había un tipo en bicicleta que nos mostraba su pene a mi amiga y a mí cuando regresábamos de la secundaria.

Cuando me convertí en madre sucedió algo muy extraño y contrario a lo que esperaba, no me sentía feliz; no lograba entender dónde había fallado la fórmula de que toda mujer está hecha para ser madre y lo puede sentir y vivir de manera natural y automática. El papá de mis hijas ayudaba mucho en las labores domésticas, incluyendo el cuidado y la crianza de las niñas y yo me sentía madre deficiente porque él se ocupaba mucho de ellas. Y, con todo, no soportaba la idea de que él pudiera dormirlas, alimentarlas o bañarlas mejor que yo, se me imponía la creencia de que la mujer debe hacerlo mejor que el hombre. Para mí, estaba fallando en mis roles, lo que cuestionaba mi propia identidad.

El no haber contado nada de los diferentes abusos, lo relaciono con la idea introyectada de que yo los había propiciado de alguna manera al no ser lo suficientemente cuidadosa. Las ideas dominantes se impusieron en mi subjetividad porque “esto significa que los procesos subjetivos de definición en la sociedad se vinculan a la estructura material objetiva de la propia sociedad, contribuyendo esta estructura a la producción material e ideológica, a la legitimación de las relaciones sociales de desigualdad. La ciencia, el derecho y la teología reflejan la realidad social en sus jerarquías de poder y colaboran en su reproducción, en una relación compleja que incluye elementos materiales y simbólicos” (Maffia, 2006, p. 34). Ahora, al reconocer esto puedo darme cuenta de la posibilidad de reconstruir y renombrar hechos que han marcado mi vida y los cuales había pasado como “parte de lo que se tiene que vivir al ser mujer”.

En esta época, frecuentemente tengo que luchar con la emoción de estar sola, con una suerte de fragilidad que me provoca no tener a un hombre a mi lado que me quiera, me cuide y me proteja. No sé por qué el no tener pareja significa estar sola y siempre, desde la perspectiva social, esta idea va sobrecargada de una connotación negativa. Otra de las ideas que he ido reconstruyendo conmigo misma es el concepto y relación con mi propio cuerpo; cuando empecé a crecer y mi cadera se ensanchó surgieron mis primeros sentimientos de culpa en relación a lo sexual. Sabía que mi “nuevo cuerpo” podía despertar deseo en los hombres y me sentía culpable por eso.

Hasta hace poco hice consciente que cada vez que voy a salir pienso en la ropa que usaré. Estoy sumamente acostumbrada a ello: no me puedo vestir como yo quiero, incluso mi seguridad física se ve afectada según el atuendo que decida utilizar. Hoy en día sé que no es mi responsabilidad el que alguien me agreda en el transporte

La primera vez que sufrí un abuso sexual en el transporte público tenía como 11 años y no dije

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público o en la calle. Connel (1997) argumenta que: “La mayoría de los hombres no ataca o acosa a las mujeres; pero los que lo hacen, difícilmente piensan que ellos son desquiciados. Muy por el contrario, en general sienten que están completamente justificados, que están ejerciendo un derecho. Se sienten autorizados por una ideología de supremacía”. Conclusión Desde que empecé a involucrarme con temas de género analizo la información que llega de todos lados: mandatos, ideas, creencias, expectativas, exigencias, publicidad, canciones, televisión, revistas, entre otros medios. La revisión de los temas de género me ha obligado a seguir reflexionando sobre mi propia historia. No creo que las ideas, las creencias y los prejuicios desaparezcan, pero ser más consciente de ellos puede favorecer procesos de reflexión y propiciar relaciones más libres y equitativas. 

Referencias Bonino, L. (2000, Junio). Poderes, desigualdad y género. En Seminario familia, pareja y poder. España. Disponible en: https://es.scribd.com/document/175813147/Poderes-Desigualdad-y-Genero-Bonino-Luis. Connel, R. (1997). La organización social de la masculinidad. En Valdés, Teresa y José Olavarría. Masculinidad/es: poder y crisis, CAP. 2, isis-flacso: Ediciones de las mujeres, No. 24. Pp. 31-48. Disponible en: Biblioteca virtual de Ciencias Sociales: www.cholonautas.edu.pe. Goldner, V. (1988). Generación y género: jerarquías normativas y encubiertas. En Revista Family Process, vol. 27. Lagarde, M. (2012). Soledad y Desolación. En Empowerment, Teoría de Género y Equidad de Género, Feminismo en Chile. Disponible en: http://vrdelafuente.wordpress.com/2012/06/12/marcela-lagarde/ Loyácono, I. (2006). La perspectiva de Género en la Terapia de Familia. Trabajo presentado en la II Jornada de apba. Maffia, D. (2006). Lo que no tiene nombre. En Disidencia sexual e identidades sexuales y genéricas. México: conapred. Disponible en: https://es.scribd.com/doc/100541535/Disidencia-sexual-e-identidades-sexuales-y-genericas. 15


Las escritoras feministas

o la escritura en un cuerpo propio

Francesca Gargallo Celentani

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as escritoras feministas recelan del amor y las relaciones de pareja. Tienen razón, el amor es una cárcel, cuando no una hueva infinita, elevado a modelo de sensibilidad y deseo. Después de las vanguardias fascistoides o revolucionarias del primer tercio del siglo xx, el amor se transformó en una visión pop de los sentimientos, presente en todos los medios de comunicación de masa, la música, la publicidad, los carteles promocionales y la fotografía. Invadía las atmósferas de la posguerra y producía insufribles imágenes de amantes atrapados en sus dramas, mujeres satisfechas con su condición de esclavas domésticas modernas, parejas donde se esfumaban tanto las realizaciones personales de los amantes como su posibilidad de una vida social comprometida con la colectividad. La escritura feminista, en las décadas de 1960-70, trajo el cuerpo y la sexualidad propia al ámbito de la liberación: deshacerse del pudor era un paso necesario para desarmar los mecanismos sexuales de la domesticación. Las escritoras describían su condición de vida, la evidenciaban y ponían fin a la subordinación de los propios deseos. El cuaderno dorado de Doris Lessing (1962) define el matrimonio como un refugio para mujeres 16


cobardes; El hostigante verano de los dioses de Fanny Buitrago (1963) se separa de los genios masculinos, a los que la autora colombiana llama narcisos y voluntades débiles; Escándalos y soledades de Beatriz Guido (1970) abunda en las críticas a la moral corriente y en descripciones de la decadencia de las familias burguesas argentinas y los derechos de las mujeres como personas aplastadas por el peso de las ideologías; La habitación de las mujeres de Marilyn French (1977) critica duramente la monogamia y el dolor que provoca a las mujeres que no quieren ni pueden sostenerla. Esta desocultación literaria de la insubordinación de las mujeres permitió afinar la diferencia y las afinidades entre una escritura de mujeres y la escritura feminista. Las mujeres pueden plantar cara a los estereotipos de comportamiento impuesto a una clase o a la relación entre grupos étnicos, culturales y clases distintas. Hacen frente a los prejuicios académicos que desatienden sistemáticamente las obras escritas por ellas por considerarlas poco serias; no obstante, reproducen elementos del sistema de valoración patriarcal (originalidad, excelencia, marcos teóricos). Algunas desafían esos prejuicios sociales. Otras revelan la crueldad de las condiciones de vida de mujeres específicas en un sistema organizador, tan sexista como racista, y logran evidenciar, como la estadounidense Dorothy Parker, las emociones construidas y no cuestionadas por una sociedad de clase. La también estadounidense Toni Morrison, en 1970, publicó Ojos Azules, una novela protagonizada por Pecola, una niña solitaria que en el 17


otoño de 1941 está por dar a luz al hijo de su padre y que se siente fea y poco querida porque es muy negra. Pecola desea ser como Shirley Temple y tener los ojos más azules para responder a la pregunta que formula en las primeras páginas: “¿Cómo lo haces? Quiero decir, ¿cómo consigues que alguien te quiera?”. Toni Morrison es una escritora afroamericana, dos características de exclusión del canon literario estadounidense: mujer y negra encara la invisibilidad. Y zurce historias a la de Pecola, la de un hombre que el sistema construye como alcohólico, sin padre, arrastrado por la vida, la de su prima Claudia que destruye las muñecas rubias como expresión de furia contra su condición, la de una madre que cuida a hijas e hijos no suyos, la de los muchos personajes de una sociedad que sale de la nada de la historia (y la narrativa) oficial.

Las palabras recaen con el peso del dolor y la tristeza, los párrafos se suceden agotando, sacudiendo, asombrando a quien lee. Morrison lleva la práctica del bordado y la costura a la narrativa, actúa traduciendo un arte de mujeres a otro: cose su colcha de palabras, elabora un quilt de sentidos y experiencias que se escapa a la crítica blanca y masculina de la literatura, hasta que está obligada a recogerla. Por supuesto siguen existiendo escritoras que, sobre todo si gozan de privilegios por sus amistades y relaciones masculinas, encarnan a subordinadas representantes de la cultura patriarcal que las ha formado. El caso de la joven novelista mexicana Valeria Luiselli, alabada en la década de 2010 por la conservadora revista Letras Libres y, por consiguiente, columnista en

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periódicos de prestigio y editada por casas exclusivas, es paradigmático: desconoce el entramado teórico de los feminismos, entonces lo reduce a una aburrida necesidad de defenderse. Siente ganas de bostezar cuando se ve expuesta a las acciones feministas. Construye personajes femeninos a través de sus preferencias por los hombres que decantan condiciones femeninas tradicionales: joven rebelde, madre amante pero encerrada, escritora solipsista, etcétera. Descalifica a las escritoras de su venerada cultura anglosajona, como la misma Toni Morrison, cuando manifiestan un pluralismo juguetón o una deconstrucción explícita de la sociedad dominante, dejando de responder a un canon que define qué es bueno y valioso en la tradición literaria blanca, de formación clásica masculina. La filósofa Hilde Hein, en "El papel de la estética feminista en la teoría feminista”, sostiene que: El feminismo crea nuevas formas de pensar, nuevos significados y nuevas categorías de reflexión crítica; no es una mera extensión de viejos conceptos a nuevos dominios. Es obvio que había mujeres antes de que hubiera feminismo, así como individuos que las amaban y las odiaban singular y colectivamente. Sin embargo, no consideramos a los mujeriegos o misóginos como feministas porque amen u odien a las mujeres. El término "feminismo" no se refiere a las mujeres como objetos de amor o de odio, ni siquiera de (in)justicia social, sino que se fija en la perspectiva que las mujeres traen a la experiencia como sujetas, una perspectiva cuya existencia ha sido ignorada hasta ahora.

Personalmente, cada vez que estoy a punto de afirmar la inexistencia de una escritura femenina, termino por reconocer propiedades de la narrativa, la dramaturgia y la poesía de las mujeres. Cierta subversión de la norma. Una conciencia incrédula. Expresiones al margen de la aceptación general de los paradigmas sociales. No creo que lo femenino sea lo propio de las mujeres, sino lo que se les atribuye. La construcción de lo femenino fue posible porque a las mujeres casi todas las sociedades les atribuyeron características que extrapolaban de la existencia de personas con vulva, senos, caderas anchas y que menstruaban y se podían embarazar. ¿Lo masculino se construyó en contraposición a lo femenino? ¿Existiría si enteras sociedades no hubiesen querido dotar de significación a quien no posee vulva?

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Diosas todopoderosas, esclavas domésticas, grandes y poderosas señoras, vientres para la reproducción, trabajadoras invisibles, las mujeres en casi ninguna sociedad son iguales a los hombres, por lo tanto sus expresiones artísticas, sus emociones, sus creaciones tampoco lo pueden ser.

experiencias históricas de las mujeres, creándole una identidad literaria negada por la cultura patriarcal (que, sin embargo, todavía construye los cánones literarios de lo “clásico” y lo “nacional”). Sin embargo, la escritura de las mujeres precede y corre paralela a la escritura feminista. Las historiadoras chilenas Joyce Contreras, Damaris Landeros y Carla Ulloa sostienen que las escritoras fueron más allá de los estrechos límites de la sociedad blanca poscolonial del siglo xix y tuvieron el coraje y el tesón de instalarse en un territorio discursivo que legal y prácticamente les era vedado.

Además, si los hombres representan la norma social o son considerados los representantes de la humanidad, puede ser que lo femenino sea algo más que una marca que los hombres imponen a las mujeres: afirma lo que no es masculino, lo que no quiere serlo y lo que no pude ser reconducido a los valores de la masculinidad: encarna la posibilidad de una disidencia.

Actualmente, temática, estilística, conceptual y estéticamente las escrituras de ciertas mujeres se relacionan con las nuevas formas de pensar que los feminismos han hecho posibles. El debate sobre la escritura de todas las mujeres como portadora de emociones propias, liberadas de la masculinidad dominante, en las últimas décadas del siglo xx, sirvió enormemente para dotar la crítica literaria del propósito de destacar las formas de construcción de los personajes y las escritoras en cuanto dotadas de una experiencia específica y revelar las contradicciones al interior de las personas y grupos en proceso de liberación.  

Los estudios de Eli Batra sobre el desnudo en la historia del arte ponen de relieve la diferencia entre los desnudos y las desnudas, la autorrepresentación de las pintoras, fotógrafas, grabadoras y escultoras y lo conmovedor que aparecen los cuerpos de las mujeres reales, con sobrepeso, cabellos blancos, marcas de cirugías y de partos, lentes, miradas fuertes realizados por las mujeres. Ser mujer es una condición que posibilita una conciencia política del propio lugar en el mundo. De tal modo que la escritura feminista que expresa una innovación semántica del significado de la palabra escritura y de la palabra mujeres. La escritura feminista se ha diferenciado, ha crecido y se ha difundido dando validez a las

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EL MOVIMIENTO FEMINISTA EN GRECIA Guadalupe Flores Liera

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n Grecia, los primeros indicios del feminismo, aunque no todavía como un movimiento organizado, aparecieron hacia finales del siglo xix, bajo la forma de reivindicaciones para la plena integración de la mujer a la educación y el trabajo. En el marco de una tradición en la que el varón era el eje de la vida pública y determinaba las actividades sociales, algunas mujeres lucharon por que el discurso femenino pudiera ser escuchado de forma análoga; sin embargo, no pretendieron revertir el orden establecido, ni combatieron los estereotipos: deseaban lograr paulatinamente derechos que, según su opinión, eran acordes a su naturaleza. El fin era ser mejores madres y esposas, algo que se conseguiría si la mujer estaba mejor educada y preparada para hacer frente a las dificultades intrínsecas a estos papeles. 21


Ese paso lo dieron mujeres que pertenecían a niveles elevados de la sociedad y que, en el medio en que se movían, gozaban de respeto y prestigio. La frase “igualdad en la diferencia” resume el espíritu de un despertar que no optó por el choque radical, sino por la libertad “necesaria”: era “la emancipación lógica y con medida” a que, decían, tenían derecho las mujeres acomodadas, quienes estaban convencidas de que su esfuerzo preparaba el terreno para la verdadera lucha que tendría lugar más adelante, cuando estuvieran preparadas para tomar parte activa también en la vida política.

funcionar bien una sociedad formada, por una parte, por seres libres y educados y, por la otra, por seres ignorantes y esclavos. Por esta razón, las primeras feministas de Grecia pugnaban por conseguir acceso al sistema educativo en igualdad de condiciones con los hombres que gozaban de este derecho, ya que veían en esto la elevación del nivel intelectual femenino y, como resultado, el mejoramiento de sus perpectivas como profesionistas. Y para que sus argumentos tuvieran aceptación “las mujeres proyectaron sus reivindicaciones como útiles al conjunto de la sociedad; presentaron su propia emancipación como factor de elevación intelectual y moral del varón”.1 El logro de sus objetivos, en resumen, resultaba favorable para quienes continuaban llevando la voz cantante en la organización social, puesto que ellas dieron ese paso al frente en nombre de la maternidad y el bienestar familiar.

Es importante señalar que esas primeras reivindicadoras destacaron ante sus contemporáneos la convicción de que la libertad está estrechamente ligada a la educación y que no puede

No por esta razón se puede menospreciar el valor de su esfuerzo. Grecia era en aquella época un país relativamente pobre, prácticamente aislado, encerrado en el marco de una tradición conservadurista, con una sociedad fundamentalmente agrícola en la que predominaba el modelo patriarcal. Pese a esto, no dejaron de llegar los ecos de los movimientos feministas aparecidos en otros países de Europa a raíz de la Revolución Francesa. La inspiración llegó a Grecia, al parecer, de la mano de publicaciones como el Journal des Demoiselles francés o el

1 Christina Grammatikópoulos, https://interactive.org/2016/05/ rebel-woman-feminism-greece.

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English Woman’s Journal inglés, que circulaban desde 1850 y trataban temas relacionados con los derechos de la mujer, el trabajo, el arte, la literatura, el matrimonio y la educación, entre otros. Hay que citar a la pionera Eufrosina Samartzidou (Skyros, 1820-Volos, 1877), poeta, prosista y pedagoga, quien editó en Estambul (Constantinopla) a lo largo de 1845 Kypseli (Colmena), la primera revista mensual femenina de que se tiene noticia en el ámbito helénico. En sus páginas Samartzidou señala la importancia de la educación y critica la mentalidad patriarcal que pone en entredicho las capacidades intelectuales de las mujeres; asimismo, adjudica la marginalidad y la deficiencia escolar de éstas al carácter de la sociedad históricamente regida por los varones. Junto con su esposo, el médico Spyridón (o Sotiris, según otras fuentes) Samartzidis gran apoyo en su vida, fundaron la Escuela para Señoritas de Larisa y, cuando enviudó, continuó su labor organizando y dirigiendo las escuelas para mujeres de Arta, Tesalónica y Serres. En 1867 Penélope Lazaridou editó en Atenas la revista mensual para mujeres Talía, motivada por la falta de un medio en donde la mujer pudiera dar a conocer sus ideas; publicaba biografías de mujeres destacadas, artículos sobre temas que pudieran ayudar a la educación y la formación de las jóvenes, así como análisis sobre la legislación y el papel que la mujer estaba llamada a desempeñar en la sociedad. Entre 1870 y 1873, Emilia Ktená-Leontiás editó en Estambul (Constantinopla) la revista Eurídice, que publicó textos de mujeres conocidas, abrió sus

páginas a la creatividad femenina y dio a conocer artículos de fondo e interés para la mujer, además de poesía y relatos originales escritos por mujeres. Sin embargo, el título de primera mujer periodista en Grecia se atribuye a Kallirroe Parén (1859-1940), quien el 8 de marzo de 1887 puso en circulación en Atenas el primer número del Periódico de las Mujeres, que circuló ininterrumpidamente hasta 1918. Con esto se demuestra que las ideas feministas habían ganado terre23


no en Grecia y que el país se había sumado a las reivindicaciones de las mujeres por lograr un mejor lugar en la sociedad. Parén contribuyó a la fundación del Colegio Dominical y del Liceo de las Griegas, empero, pertenece todavía a esa primera fase de la lucha que no desea ser radical, sino preparar a la mujer para un paulatino mejoramiento de sus funciones en el marco familiar y social básicamente. Lo importante era que, aunque no se podía hablar propiamente de un movimiento feminista, al fin se había creado un espacio en el que de manera indudable se proyectaba el irrenunciable derecho de las mujeres a la educación, con el fin de prepararlas para la lucha que las llevaría a integrarse más adelante a otras esferas de la sociedad, hasta entonces reservadas a los hombres. En 1890, por ejemplo, Ioanna Stefanópoli (Atenas, 1875-1961) se convirtió en la primera mujer en ingresar a la universidad, en la Facultad de Filosofía. Fue redactora del periódico Messager d’ Athénes, que fundó su padre, y más adelante fue su corresponsal en París y luego su directora. También llegó a dirigir la Agencia Ateniense de Noticias (APE), y en 1951 recibió la medalla de la Legión de Honor de la República Francesa. Su labor informativa fue importantísima. Sólo que en 1897 las guerras de los griegos contra los turcos por recuperar Creta y el Epiro, aunque catastróficas para los helenos, exacerbaron el sentimiento nacionalista. Revivió la Gran Idea, aspiración que conformaba la ideología dominante en la vida política desde la fundación del estado griego moderno, luego de la independencia de 1821, que consistía en la recuperación de todas las zonas bajo el imperio otomano donde prevalecía el elemento heleno. Lograr ese objetivo exigía la participación activa de la mujer como la encargada de educar a los hijos que conformarían el futuro de la nación. Este hecho ─si bien contribuyó a vencer los reparos de quienes obstaculizaban las reivindicaciones femeninas, ya que la maternidad y la profesión por excelencia de las mujeres como educadoras cobró cariz ideológico patriótico─ debilitó la lucha, la desvió hacia aspectos más bien filantrópicos, encajonó los esfuerzos a la proyeccción de tareas que sirvieran para salvaguardar los ideales nacionalistas y etnográficos, y devolvió a la mujer a los estereotipos del siglo xix.

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Pese a todo, cuando comenzó la I Guerra Mundial la educación y el trabajo remunerado habían dejado de ser patrimonio exclusivo de los varones; también los espacios públicos habían dejado de ser patrimonio exclusivo de estos. Las necesidades que creó la conflagración extendieron las labores de las mujeres a los hospitales y las fábricas, aun cuando fuera por el apremio de mano de obra barata. En la entreguerra los derechos de la mujer a la educación y el trabajo se consideraban reivindicaciones obvias, aunque no derechos adquiridos plenamente, con lo cual la lucha se concentró en un nuevo objetivo: la conquista de los derechos políticos.

El problema fue que las diferentes organizaciones surgidas en la entreguerra diferían con respecto a la manera en que la lucha debía ser orientada y en si los derechos concernían a todas las mujeres, de todas las clases sociales, o sólo a las escolarizadas. Las diferencias se hacían más profundas entre los grupos de ideas conservadoras y los que defendían ideas radicales. El Consejo Nacional Helénico, por ejemplo, defendía que el derecho al voto debía ser otorgado solamente a las mujeres que cumplían con determinados criterios sociales y educativos, mientras que la Asociación para los Derechos de las Mujeres pugnaba porque fueran otorgados a todas sin distinción. En general, en estos movimientos no participaban mujeres campesinas ni obreras, tampoco las de todo el país, y de la clase pequeñoburguesa sólo destacaba la presencia de las maestras y educadoras de Atenas y el Pireo.

Como movimiento organizado, la lucha por la emancipación política de las mujeres en Grecia comenzó en 1920, con la fundación de la Asociación para los Derechos de las Mujeres, filial de la International Woman Suffrage Alliance. Por primera vez se destacó como objetivo principal la lucha por el mejoramiento político, social y económico de las mujeres en relación con los hombres. En 1924 la Asociación puso en circulación O Agonas tis Gynaikas (La lucha de la mujer), un boletín mensual que circuló hasta 1936, escrito además en lengua demótica, algo muy atrevido para la época, que destacaba en su primera plana: “Pedimos derechos políticos, civiles y económicos iguales y totales tanto para la mujer como para el hombre”. En 1926 se fundó en Atenas la Organización Socialista de Mujeres, perteneciente al Movimiento Socialista de Grecia, dirigido sobre todo a las mujeres trabajadoras y que editó la revista Vida Socialista.

En 1929 la reforma pedagógica estableció la educación obligatoria para niñas en las primarias, aunque las escuelas de nivel medio todavía estaban separadas por sexos y en los programas educativos predominaban los estereotipos. Hasta entonces las mujeres estudiaban en su mayoría en instituciones privadas o filantrópicas. En 1930 se otorgó el derecho a votar, pero no a ser votadas, a las mujeres con instrucción escolar mayores de treinta años y sólo para las elecciones municipales. La situación económica crítica, los gobiernos conservadores de la época y el retorno de la monarquía, significaron un retroceso en las luchas feministas; el régimen

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fascista de Ioannis Metaxás (1936-1941) prohibió las actividades de las organizaciones feministas, así como la circulación de publicaciones afines. En 1952 los gobiernos griegos de centroderecha de la posguerra tuvieron que ajustarse a las presiones de la Organización de las Naciones Unidas, que promovía en los países miembros un convenio para garantizar derechos políticos a las mujeres. Conforme a la ley 2159, las griegas adquirieron el derecho a votar y ser votadas que sólo pudo aplicarse hasta 1959, cuando se convocaron nuevas elecciones. No fueron tanto los esfuerzos de las organizaciones feministas los que consiguieron afianzar sus reivindicaciones, pues habían fallado en convertirse en movimientos masivos y habían tardado en integrar a las mujeres de los extractos bajos y medios de la sociedad, que en realidad eran quienes mayor necesidad tenían de ser apoyadas. Las reivindicaciones civiles ligadas a los movimientos surgidos alrededor de 1968 tardaron en fructificar en Grecia, ya que entre 1967 y 1974 el país estuvo bajo dictadura. Así, hubo que esperar hasta 1975, cuando con el Movimiento para la Emancipación de las Mujeres las feministas se organizaron de nuevo en grupos que, ahora, tomaron en consideración la extracción social, el nivel de educación y la ideología. En 1979 se fundó el Movimiento de las Mujeres Democráticas, afiliado al Partido Comunista de Grecia (kke); en 1982, la Unión de Mujeres de Grecia, afiliado al Movimiento Socialista Panhelénico (pasok); y en 1987, la Federación de Mujeres de Grecia, del kke. Lo importante fue que asuntos como la violencia intrafamiliar, el derecho a la anticoncepción, la abolición de la dote, el aborto y la sexualidad, dejaron de ser tabú, pese a la fuerte presión de la iglesia y de los partidos conservadores. Catalizador en este aspecto fue 1981, con el ingreso de Grecia a la Unión Europea y la llegada al poder del pasok de Andreas Papandreou. Reelegido en 1984, su gobierno promovió importantes modificaciones del derecho familiar en 1985 ─como la abolición de la dote─, y en 1986 legalizó el aborto, condiciones que tuvieron inmediata repercusión en la vida de las griegas. La lucha por la plena igualdad de todos los ciudadanos no se ha ganado tampoco en Grecia, ni el problema de la violencia intrafamiliar y social, ni

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la desigualdad en los salarios, ni el desempleo, ni la discriminación por sexo, raza, extracción y educación, por ejemplo, han sido resueltos. El retorno del conservadurismo a nivel mundial significa importantes retrocesos en las libertades humanas, y los interesados en cambiar su suerte tienen que luchar a solas para conseguir algo, actualmente en el marco de las arduas luchas por la desglobalización. 

Referencias Athanasiadis, Haris, phedps.uoi.gr/prosopiko/CVs/athanasiades/docs/FeministikoKinima.pdf Ralli, Dora, www.efsyn.gr/arthro/i-istoria-toy-feminismoy-kai-oi-agones-toy-simera www.efsyn.gr/arthro/oi-feministries-tis-metapolitefsis, 30.05.2017; Christina Gramatikopoulou, https://interactive.org/2016/05/rebel-woman-feminism-greece Halvatzakis, Kostas, www.tovima.ge/relatedarticles/article/¿aid=108773; www.feminist.net.tripod. com/feminism.htlm. 27


Tres guineas:

el feminismo humanista de Virginia Woolf Karina Castro

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urante la década de 1930, Virginia Woolf asumió la ardua tarea de recopilar materiales de periódicos, biografías, textos históricos y memorias que trataran sobre el fascismo, la guerra y las condiciones de inequidad y sometimiento de la mujer en todos los ámbitos. También recabó testimonios y declaraciones referentes a los papeles masculinos y femeninos en cuestiones políticas, religiosas, económicas y sociales: matrimonio, patriarcado, maternidad y educación, entre otras. Como detective, buscó no sólo hechos, sino la auténtica experiencia de la mujer: una verdad que no podía encontrarse en textos históricos, a diferencia de la realidad masculina.

ción en un libro que intercalara capítulos narrativos con ensayísticos. Este experimento recibió el título de The Pargiters: A Novel-Essay. No obstante, cuando la novela-ensayo se encontraba en las primeras pruebas de imprenta, Woolf tomó la repentina (y sabia) decisión de extraer los pasajes ensayísticos, pues consideró que la novela corría el riesgo de convertirse en panfleto. Así, la novela y el ensayo tomaron caminos separados como Los años y Tres guineas. En Los años, inmensa novela sobre la vida de la familia Pargiter a lo largo de casi cuatro décadas, justo en el tránsito del siglo xix al xx, Woolf le dio forma artística a sus preocupaciones sobre la situación de la mujer, y exploró con libertad y de manera profusa la psicología de distintos tipos de mujeres y sus reacciones al entorno. Por su parte, Tres guineas se convirtió

El ambicioso proyecto de la autora inglesa consistía en verter el trabajo de años de investiga28


en un ensayo epistolar cuyo valor —a diferencia de Los años— no radica en las técnicas narrativas, ni en la belleza de las descripciones, ni en la esmerada construcción de personajes, sino en la lucidez de las ideas; en la argumentación audaz, provocativa y demoledora, y en el delicioso manejo de la ironía. Su análisis agudo e inteligente no sólo desmenuza la complejidad de las relaciones humanas dentro de la sociedad, sino que también penetra en la psique de manera profunda para desentrañar el trasfondo de los roles de cada sexo.

jeres; por último, los partidarios del comunismo pusieron en duda el valor de esa especie de “manifiesto comunista femenino” y acusaron a Woolf de tener un enfoque clasista y elitista por referirse sólo a “las hijas de los hombres instruidos” y no a las trabajadoras. Basta leer con atención ciertos pasajes de Tres guineas y algunas cartas de Virginia Woolf para entender por qué se limita a analizar el papel de las mujeres de clase media y alta en el combate contra los distintos tipos de violencia. En principio, ella consideraba hipócritas a los activistas de clase media y alta que hablaban en nombre de las clases bajas. En su opinión, para tener derecho de hacerlo, primero debían vivir como la gente de esa clase a fin de comprender realmente su situación. Ella optaba por escribir de lo que sabía y desde su posición. Por otro lado, queda claro que la autora se refiere a las mujeres profesionistas porque parte de su tesis principal radica en que “la opinión independiente basada en los ingresos independientes es el arma” para que las mujeres ejerzan una voluntad y un criterio propios y sean capaces de luchar contra la opresión.

Mientras Los años alcanzó categoría de bestseller y fue aclamada como la mejor novela de Virginia Woolf, Tres guineas, por el contrario, transitó por senderos intrincados. Muchos no comprendieron este libro; otros tantos lo malinterpretaron considerándolo un panfleto pacifista o una especie de manual feminista, aunque no tanto como su libro anterior: Una habitación propia (1929). Sus pocos lectores no supieron leer entre líneas y sólo se concentraron en resaltar las críticas de Woolf contra la opresión de la mujer y lo absurdo de la guerra. Incluso aquellos que coincidieron con algunas de sus ideas encontraron reprobables otras. Sectores pacifistas desaprobaron la obra por concentrarse en el feminismo más que en combatir la guerra, pues consideraron como digresión la analogía entre el fascismo y la dominación patriarcal; por su parte, el público feminista juzgó incompatible el evidente pensamiento marxista de la autora con un libro que pretendiera enfocarse en la lucha por los derechos femeninos y condenó la inclusión de los hombres de clase trabajadora como víctimas del sistema a la par que las mu-

Alrededor del dinero gira una cadena de dependencias y sometimientos, como la falta de acceso a la educación formal y, en consecuencia, a las instituciones y a la participación activa en la vida pública. La dependencia de la mujer (primero del padre y después del esposo) era determinada por la falta de un ingreso propio: ella no podía expresarse ni actuar con libertad, pues “quien da dinero tiene derecho a imponer” y quien lo recibe debe “asentir a todo”. La 29


misma Woolf experimentó a muy tierna edad la marginación por ser mujer, ya que mientras sus hermanos acudían al colegio, ella careció de educación escolarizada formal, lo cual fue motivo de inseguridad para la futura escritora, quien recibía lecciones impartidas por tutoras y por su padre, por quien se llegó a sentir limitada: en sus diarios confiesa que nunca se hubiera atrevido a escribir ni un solo ensayo ni una sola novela mientras su padre viviera.

lución debe comenzar con la identificación del origen de la violencia y del enemigo común, sin importar su sexo. ¿Acaso no la violencia en general se gesta en las instituciones, en los medios, en el sistema mismo e incluso en la familia? ¿No es mejor combatir la violencia cada quien “desde su posición y con sus propios métodos”, hombro con hombro, sin importar tampoco el sexo del compañero de lucha? ¿Cómo se puede prevenir la violencia? es la pregunta que detona el discurrir de la voz protagonista en Tres guineas. ¿Cómo prevenirla si todos los ámbitos dentro de las instituciones se rigen por la violencia (competencia, rangos, envidias, poder y sometimiento)? La voz protagonista se problematiza: ¿cómo combatir el fascismo extranjero si no se reconoce el propio ni en la familia ni en la sociedad? Para Virginia Woolf, “el fascismo es imponer a sus semejantes cómo deben vivir”; en consecuencia, el sometimiento de la mujer se relaciona directamente con la guerra. Si se trata de combatir la violencia, se debe empezar por respetar la libertad de la mujer y su participación en la vida pública.

En Tres guineas, Virginia Woolf transcribe diferentes pasajes de memorias y autobiografías de mujeres que desempeñaron papeles importantes en la lucha por la emancipación de la mujer; se introduce en sus psicologías y motivaciones, y reflexiona sobre los retos que enfrentaron. Del mismo modo, entabla un diálogo con los autores que cita, que van desde San Pablo hasta The Times. Respecto del fundador de cristianismo (San Pablo o Saulo de Tarso) —cuya psicología es analizada irónicamente—, la autora de Orlando sostiene que la violencia contra la mujer y la negación histórica de sus derechos dentro de la esfera patriarcal tienen su origen en los preceptos de este personaje, con cuyo fantasma muchas mujeres de hoy en día aún deben librar batallas psicológicas. Si bien es cierto que podemos considerar a este personaje como el iniciador del sometimiento sistemático de la mujer, no se debe ignorar el hecho de que los perpetuadores de este legado machista no son sólo de sexo masculino: la mujer ha colaborado —y lo sigue haciendo— en gran parte a su propio sometimiento, convirtiéndose en su propia enemiga. Una guerra de sexos lejos de resolver el problema agrega otros. El camino hacia la so-

Tres guineas cuestiona un cúmulo de valores anquilosados, mediante argumentos convincentes y persuasivos. La voz protagonista deriva en una voz plural: el yo se transforma en un nosotras. La voz habla por las mujeres que durante siglos —como eternas menores de edad— recibieron un limitado subsidio de sus padres y esposos, por las que lucharon en favor del derecho a asistir a las escuelas y universidades, por quienes lo hicieron por el derecho a titularse, por aquellas que decidieron que el matrimonio no debía 30


ser la única profesión a su alcance, por quienes consiguieron la aprobación del uso de analgésicos en los partos, por las que conquistaron el derecho al voto y a un empleo remunerado, por aquellas que persiguieron la igualdad de salarios, por las que combatieron por los derechos de hombres y mujeres por igual, por todas ellas juntas, como una sola voz, como un solo grito de justicia, que emergió de las casonas victorianas de Inglaterra y retumbó en las calles de Londres, y que sabemos que sigue resonando en todos los rincones del planeta. que presenciamos el auge de una lucha cada vez más enceguecida e irracional contra la inequidad de género.

Para Woolf esa lucha de las mujeres es más congruente y efectiva cuando se lleva a cabo sin violencia y sin radicalismos. Ante el escenario de la guerra civil española, los amigos pacifistas de la escritora fueron partidarios de una contienda para buscar la paz. Ella rechazó unirse a sus grupos y eligió la literatura como respuesta. Su oposición a las sociedades excluyentes demuestra una profunda postura pacifista: antinacionalista, antifascista, antijerárquica; en pocas palabras, una postura humanista, preocupada por el valor integral del ser humano. La visionaria Woolf consideró que quizá en algún futuro las mujeres feministas habrían desviado tanto su lucha que terminarían imitando aquello contra lo que se rebelaron en un principio y conformarían sociedades que segregaran sexos, razas, clases, naciones, rangos, religiones y profesiones. ¿Estaremos siendo testigos de ese futuro que vislumbró Virginia Woolf ? Bien vale la pena reflexionar en las ideas de esta lúcida humanista y preguntarnos si se está siguiendo el camino correcto para combatir la violencia o si se está engendrando más, en especial ahora

En ninguna otra de sus obras se encuentra tan nítido, tan claramente expuesto, el pensamiento de Virginia Woolf como en Tres guineas, la obra de una pensadora libre que nunca fue activista, que nunca se adhirió a sociedades, a quien nunca cegó el radicalismo de ningún tipo y quien consideraba que también los hombres de la clase trabajadora eran víctimas del sistema patriarcal, una humanista que eligió la pluma para defender la libertad y para decir “lo que tenía que decirse”: que más allá del feminismo, están “hombres y mujeres trabajando juntos por la misma causa”, como aquellas mujeres del siglo diecinueve que lucharon por la misma causa por la que deberíamos luchar ahora: “no sólo por los derechos de las mujeres”, sino por “algo más grande y más profundo, por los derechos de todos, todos los hombres y todas las mujeres, por el respeto en sus personas de los grandes principios de justicia, igualdad y libertad”, pues “combatir una tiranía es combatir todas”.  31


La mirada esquiva: resistencia y opresión en

The Handmaid’s Tale Aurelia Cortés Peyron

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he Handmaid’s Tale1 es una novela distópica que extrapola los males de la sociedad heteropatriarcal hasta un extremo macabro. Aunque Atwood la publicó en 1985, la adaptación a serie televisiva, que produjo Hulu el año pasado, le dio gran notoriedad, a tal grado que, en Estados Unidos y en otros países, muchas mujeres utilizaron el uniforme de las criadas de la ficción de Atwood, llamativo por el color pero también por su conservadurismo anacrónico, en manifestaciones contra el recorte a servicios de salud reproductiva y propuestas de leyes antiaborto, y en la segunda edición de la Women’s March, contra la misoginia generalizada del gobierno de Donald Trump. Es interesante que hayan adaptado a un medio visual una novela en la que el ojo y la mirada están tan cargados simbólicamente. Pienso que la novela misma podría funcionar como una lupa que deforma la realidad 1 Todas las citas vienen de Margaret Atwood (2010), The Handmaid’s Tale. Londres: Vintage. Indico el número de página entre paréntesis.

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en la medida en que nos permite ver sus fundamentos, ocultos a simple vista. No voy a comparar aquí el texto con su adaptación, sino que me voy a centrar en la mirada como una metáfora que retrata las dinámicas de poder entre hombres y mujeres en la novela. El ojo del poder Un ojo alado es el símbolo del régimen de Gilead: omnipresente, observa sin descanso, fiscaliza comportamientos y cuerpos, y castiga cualquier paso en falso. Es el ojo de Dios: For the eyes of the Lord run to and fro throughout the whole earth, to know himself strong in the behalf of them whose heart is perfect towards him. (103)

También recuerda al misterioso ojo iluminado en la punta de una pirámide, en el dólar americano (quizá una alusión al poder de coerción del capitalismo). Pero, más concretamente, los ojos son los espías (llamados eyes), camuflados en trajes de civiles. Ver, no ver. Gilead es la república de la censura. En el muro cuelgan a los disidentes: la brutalidad es visible, pero las caras están cubiertas con una tela blanca, un pudor que parece funcionar más como una invitación a imaginar sus facciones deformadas por el dolor y la mutilación o a reconocer en su silueta a un ser querido. El hombre mira a la mujer El uniforme obligatorio de las criadas es una túnica roja y un tocado blanco que se alarga hacia ambos lados de la cara: otro ojo alado. Su función es la misma que las anteojeras en los caballos. A estas mujeres, por ser jóvenes y fértiles, las secuestraron, las despojaron de su vida previa, sus hijos o parejas, para obligarlas a servir a los hombres poderosos como receptáculos (vessels), es decir, para tener sus hijos, y evitar así que la infertilidad o la edad de sus esposas fuera un inconveniente. Para sobrevivir a esta mutilación de la individualidad, deben concentrarse en una sola cosa: el presente. Mirar hacia adelante, no distraerse con ideas de emancipación, agradecer que no están muertas.

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El rojo señala violentamente el valor biológico de la criada. Para Offred, la protagonista, también significa fracaso y la pérdida de sí misma:

currir a una Econowife, que lo hace todo. Todas llevan uniformes que las distinguen. Ésta es la mirada pública. Incluso en el momento en que, siguiendo una interpretación extravagante de la Biblia, la Esposa y la criada abrazan sus cuerpos para que el hombre en cuestión tenga relaciones sexuales simbólicamente con la primera y físicamente con la segunda, durante la llamada Ceremonia, es un acto social.

Each month I watch for blood, fearfully, for when it comes, it means failure. I have failed once again to fulfill the expectations of others, which have become my own.// I used to think of my body as an instrument, of pleasure, or a means of transportation, or an implement for the accomplishment of my will. […] There were limits but my body was nevertheless lithe, single, solid, one with me. (83)

El momento de más intimidad es, paradójicamente, cuando el Comandante cita a Offred en su estudio, a escondidas, para jugar Scrabble. Éste es el cuarto de los ojos ávidos: allí Offred puede leer, una actividad prohibida para las criadas, las revistas y libros que el Comandante conservó tras la quema pública de estos materiales y que le deja hojear con una mezcla de condescendencia y lujuria. ¿O es otra forma no sólo de ejercer su poder, sino de disfrutarlo sin que los ojos de la sociedad estén allí para juzgarlo? Mientras ella lee, él la observa:

Impedir la mirada implica negar un derecho básico: la asociación de cualquier tipo con otras personas. Y limita su deseo, lo estigmatiza. Decidir qué debe ver una mujer cuyo único valor es ser fértil es la expresión máxima de lo que se manifiesta en nuestras sociedades en una variedad de actos opresores: desde la posesividad entre parejas hasta formas de control económico, laboral o intelectual. El gobierno de Gilead es la sistematización de un comportamiento que conocemos de sobra: el del arquetipo tradicional del esposo. A cambio de protección (¿de qué, exactamente?) y sustento, el gobierno exige control total sobre el cuerpo y la mente de la mujer. La fantasía se lleva a su máximo pragmatismo en esta sociedad, donde hay una mujer para cada función: las criadas, como parte de la servidumbre, no cumplen otras “funciones” de la esposa, solamente la reproductiva. Están las mujeres consagradas a las labores domésticas, las Marthas, y las que mandan, las Esposas, que son principalmente un apéndice social para afianzar el estatus del hombre. Quienes no pueden pagar todos estos “servicios”, pueden re-

I knew I was doing something I shouldn’t have been doing, and that he found pleasure in seeing me do it. (165-166); This watching is curiously a sexual act, and I feel undressed while he does it. (194).

La mujer mira al hombre Poder verse a sí misma a través de los ojos del Comandante (I think I can see myself, though blurrily, as he may see me, 221) es una extraña forma de estar en control, de tener poder. Cuando la mujer mira al hombre es para diagnosticar su estado de ánimo y anticipar su reacción: To be

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a man watched by women […] To have them flinch when he moves, even if it’s a harmless enough move, to reach for an ashtray perhaps (98). Detrás de esta mirada anidan el miedo y el estado de alerta que le permitirá escapar o conseguir algún beneficio.

But whose fault was it? […] Her fault, her fault, her fault, we chant in unison Who led them on? Aunt Helena beams, pleased with us She did, she did, she did. Why did God allow such a terrible thing happen? Teach her a lesson, teach her a lesson, teach her a lesson. (81-82)

La mirada de la mujer sobre la mujer

Tristemente, esta reacción es idéntica a la condena pública, en redes sociales y otros medios, por parte de hombres y mujeres hacia las víctimas de acoso y otras formas de violencia de género, incluso tras su muerte. ¿Qué llevabas puesto?, ¿por qué estabas sola, tan tarde?, ¿por qué te fuiste con él? y ¿cuánto tomaste? son las expresiones más frecuentes de la culpabilización sistemática de la víctima.

Handmaid contiene la palabra hand: una criada que viste y desviste, acicala y atiende con sus propias manos a su empleadora. En este caso, el único contacto entre ambas es la manera furiosa en que la Esposa estruja las manos de la criada durante la Ceremonia. Esta imagen retrata las relaciones entre mujeres que propicia el gobierno de Gilead: son vínculos arraigados en el rencor, la envidia o el miedo. El Red Centre, donde reclutan y “educan” a las criadas, es la institución estratégica para este fin. Cuando una de ellas, Janine, cuenta cómo fue violada grupalmente a los catorce años, en un contexto similar al de los grupos de apoyo, las Tías (una especie de institutrices), incentivan al grupo a mostrar todo menos solidaridad o empatía:

El castigo de mujeres por mujeres es un elemento especialmente perverso del gobierno en la novela de Atwood, pues surge de una educación que inculca en ellas la convicción no sólo de que merecen el castigo, sino de que ésta es la única manera de volverse aceptables ante el ojo del poder, el ojo masculino.

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En el epílogo se refieren a las Tías de esta manera: “[…] the best and most cost-effective way to control women for reproductive and other purposes was through women themselves” (320); y luego, una especie de justificación: “When power is scarce, a little of it is tempting” (320). La narración en primera persona termina y en el epílogo cede la palabra a un profesor, especialista en el tema, que analiza la novela como uno de los pocos testimonios de una sociedad extinta más de un siglo atrás, en un tono académico, frío que, sin embargo, se permite la burla y un humor superfluo. El contraste del relato de Offred con esta especie de indiferencia es sorprendente, inquietante. Creo que no se necesita un spoiler alert para decir que en este final, poco alentador, Atwood propone una sucesión cíclica de formas de opresión, unas peores que las otras, pero que son fruto de una misma ideología.

co, Offred se va desacostumbrando a su desnudez. No hay espejos en la casa, más que de latón, y las ventanas son de vidrio inastillable. Las criadas no pueden tener acceso a objetos que puedan convertirse en armas, ésa es la razón práctica, pero la más profunda es que ver su propio cuerpo significa poseerlo, un derecho que ya no pueden reclamar. La protagonista se niega a verlo, como si volteando la mirada burlara las reglas: “I avoid looking down at my body, not so much because it’s shameful or immodest, but because I don’t want to see it. I don´t want to look at something that determines me so completely” (72-73). Don’t let the bastards grind you down En su crudeza, The Handmaid’s Tale funciona como un cautionary tale para reconsiderar las relaciones de poder entre mujeres y hombres, pero también entre mujeres. Muestra momentos de alianza en una situación de tal precariedad que ni siquiera se atisba un bien común, una causa ideológica como estructura sólida, abstracta, sino simplemente, una colaboración mínima que puede o no salvar una vida. Que permite pensar en que alguien nos ayudará a salvar la propia. En un país como el nuestro, en el presente, creo que antes que aspirar a tratados feministas de lógica prístina, debemos comenzar por casos individuales. Momentos en los que podamos tomar el riesgo de vernos a los ojos. Evitar un solo feminicidio sería un triunfo enorme. 

Uno de los pocos momentos de alianza entre mujeres (además de la amistad con Moira) es la interacción entre Offred y Ofglen, otra criada, que revela ser parte de una resistencia secreta. En sus interacciones siempre se ven de reojo, pues “even this meeting of eyes hold danger” (176); la comunicación sucede en la periferia de la mirada: “I can sense the blur of white as her wings move” (212). La vista, en este caso, pasa de lo erótico a la complicidad. Casi no hay espacio para la mirada de sí misma. Mientras su cuerpo se convierte en un bien públi-

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Mi gente Jorge Baldere Es Hemos perdido la sensibilidad de mirar al otro, aquel que no es ajeno a nosotros, sino un reflejo de lo que somos.  Cada fotografía cuenta una historia por sí misma, la lectura de quién la aprecia, emerge de la sensibilidad que poseemos, o en su caso, regresar la mirada a estos seres de luz, que han sido olvidados por la falta/perdida de sensibilidad. Aunque no tengo formación académica como fotógrafo. El momento y la sensibilidad por el mundo, van agudizando mi ser y ojo, es de ahí, donde pare mi trabajo fotográfico. Tanto el Teatro como la Poesía, me han dado las herramientas sensoriales  de voltear hacia mi entorno, dejando de lado (si así se puede nombrar) la vanidad.

Jorge Baldere Es Calpulalpan, Tlaxcala | 1986 Poeta, fotógrafo amateur y gestor cultural. Es pasante en Filosofía por la Universidad Autónoma de Tlaxcala y licenciado en Arte Dramático por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Ha participado en distintos montajes y cortometrajes como: Las plagas; pedazos de apocalipsis de Martin López Brie; Alphonse de Wajdi; el cortometraje Furia; Historia de Carlos y Arturo Morales. Ha publicado algunos de sus escritos en Operación Marte, revista cultural electrónica, Poetas del siglo xxi Antología mundial y La Piraña.

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Lolo:

una historia de amor Diana López

Para Laura Freixas, y para los intelectuales que se preocupan por la libertad de creación y afirman que las feministas no comprendemos el derecho del arte de representar el mal.

Desde que lo vi la primera vez supe que algo pasaría entre nosotros. Su mirada, clavada en mí, era como una ola que acariciaba la superficie de un ardiente peñasco. No era fuerte, ni parecía querer serlo para su edad, porque no hacía ningún tipo de ejercicio. Más bien, se deleitaba con la lectura y la música, lo que siempre traía a colación en nuestras pláticas y durante las clases. Sin duda, conocía a algunos buenos autores, pero le faltaban lecturas y, sobre todo, mundo, vida… A veces invitaba a Lolo a mi casa. Allí, le decía, podría estudiar mejor. Las primeras veces que fue se mostraba tímido y quizás algo reservado. Eso me gustaba; tenía cierta ingenuidad, cierto candor que resguardaba en un cuerpo que luchaba por crecer y permanecer en la infancia. Se sentaba a la mesa y después de comer consultaba las tareas, agarraba algún libro de los estantes y bajaba la mirada. Un mechón de pelo le caía sobre la frente. Yo ponía música y lo veía, con su piel tersa y clara, y sentía que él quería que yo me acercara y le hiciera el amor en ese 46


momento. Me sentaba con él y, con disimulo, le tomaba la mano, o le acariciaba la mejilla o la pierna; a veces también la espalda: mis dedos largos recorrían su piel como si ésta fuera un regalo que alguien me había enviado y que estaba a punto de desenvolver. Estoy segura de que él sabía cuánto me inquietaba, de otro modo no habría ido casi cada tarde a mi casa con el pretexto de que le prestara libros y le ayudara con las tareas. La forma en que me sonreía no era algo que él hiciera con cualquiera, o ese tono confidente con que me hablaba… Algo se había abierto entre los dos, y se alimentaba con los días, con los acercamientos, con mis caricias.

tranquilidad y evaluado en sus repercusiones. Así, averigüé dónde trabajaba su padre y, luego de seguirlo un par de semanas, ya conocía su rutina, sus horarios, a sus amigos. Una noche me quedé dentro de mi carro, afuera del edificio de una de sus amantes, y esperé a que saliera. Mientras cruzaba la calle, arranqué a toda velocidad… Detrás del coche pude escuchar un quejido y una llamada de auxilio. Me regresé y le pasé el carro un par de veces más. El crujido de sus huesos me pareció irritante. Después me dirigí hacia su casa y allí estaba él, Lolo, en pijama, como esperándome. Le dije que su padre me había enviado por él, que había tenido un accidente y que sólo confiaba en mí para llevarlo al hospital. Le pedí que me diera las llaves del otro carro de su padre, porque el mío había sufrido un desperfecto por las prisas, que me dijera dónde guardaba su padre el dinero dentro de la casa, pues me lo había solicitado para pagar parte del hospital, y que se trajera algunos cambios de ropa, por si era necesario que se cambiara por allá.

Fue su padre, un hombre viudo de aspecto desagradable y de unos cincuenta años, quien quiso un día romper con todo esto. Llegó a la escuela y le comentó a la directora que su hijo se veía conmigo por las tardes en mi casa y quién sabe qué pretendía yo, pero que a él le parecía incorrecto que su hijo fuera a la casa de su maestra, que eso daba de qué hablar y mostraba una conducta indecente de mi parte. Por supuesto, la directora habló conmigo, me regañó y prohibió que los alumnos fueran a mi casa. Cumplí la orden, a pesar de la manera en que él me miraba cuando le daba clase; parecía suplicarme que regresáramos a nuestros encuentros. Se veía triste y decepcionado, como si le hubieran arrancado una parte de su ser. Así que decidí hacer algo.

En cuanto se subió al coche, puse el seguro de niños y agarré carretera. Nos dirigimos hacia una casa que había heredado de mis padres y que se encontraba en un apartado municipio del estado de Guanajuato. Cuando llegamos, me preguntó si no era al hospital a donde debíamos ir… Le contesté que sí, pero que antes debíamos esperar en aquella casa por un familiar de su padre que iba a llegar y que luego iríamos al hospital, que no sabía cuándo llegaría su pariente porque venía de Chihuahua, pero que habíamos acordado reunirnos allí.

Lo medité profundamente. Quiero que quede claro que lo que hice no fue producto de un impulso, sino más bien algo pensado con 47


Al principio Lolo lo tomó con tranquilidad. Lo más seguro es que haya pensado que su padre no estaba tan grave, porque al entrar a la casa se mostró muy solícito, puso la mesa y me ayudó a hacer unas quesadillas de queso que nos cenamos. Después lavó los trastes, se cepilló los dientes y se puso la pijama de nuevo. Le dije que se acostara, que iba a tener que ir por un poco de provisiones al pueblo, pero que no tardaba en regresar. Al volver, lo encontré dormido. Su vello facial, tan delgado, era insinuante. Me desvestí y me acosté junto a él. Mi mano acarició su miembro que en ese instante estaba despierto. Le bajé los pantalones, la trusa y lo monté. Entonces se despertó. Sus ojos estaban desorbitados. No podían creer el placer que experimentaba en ese momento, estoy segura. ¡Oh, aquella primera vez! ¡Cómo olvidarla! Al terminar lo abracé. Él lloraba, como lloró en las noches que siguieron. ¡Pobre juventud, cuánta simpleza puede haber en una vida con tan pocos años! Hubo días en que se mostraba como ausente y cierta palidez fue apareciendo en su rostro. Yo lo atribuí a que casi no salía de la casa y pensé que le haría bien una visita al pueblo, pero esto fue el más grande error que cometí en nuestra relación. Estando en un café apareció la noticia de la muerte de su padre y de su desaparición. Afortunadamente la gente no presta atención a los detalles y no lo reconoció, pero yo me puse muy nerviosa. Pagué la cuenta y salimos. Él iba molesto y creí que escaparía. No fue así. Dentro del coche me preguntó por su padre y por qué lo ponían como desaparecido. No contesté nada. Manejé hasta la casa, tomé algunas cosas y emprendimos un viaje que duró varios meses. Yo solía presentarlo como mi hijo cuando nos hospedábamos en los hoteles, a pesar de que algún suspicaz miraba de reojo nuestros rostros y notaba que no nos parecíamos en nada. Por desgracia todo siempre tiene un final. Y lo nuestro llegó a ser insoportable porque él se volvió agresivo, distante y demasiado ensimismado. Nunca quería hablar y, si lo hacía, era para reprocharme que yo lo había secuestrado, que estaba en una cárcel conmigo y que nunca podía decidir nada por sí mismo. La verdad me cansé de él, me aburrí 48


de su llanto y me fastidié de sus inaguantables cambios de humor. Por eso decidí volver a la ciudad de México y dejarlo frente a su casa. Un gran silencio enmarcó nuestra despedida. Veinte años después quise volver a verlo. Me enteré que se había casado y que vivía casi al lado de la escuela secundaria donde lo había conocido y le daba clases. Sin avisarle me presenté. Toqué el timbre. Él fue quien abrió. La decepción apareció en mi semblante. Aquel niño hombre lleno de candor y esperanza había desaparecido. En su lugar, un hombre gordo, rebosante de arrugas y con una cerveza en la mano estaba parado frente a mí. Supe que me reconoció cuando la cerveza resbaló por su mano. Pero yo no quise que supiera que lo fui a buscar. Pregunté por una tal Brenda que hace años vivía allí. En ese instante apareció su esposa. Me dijo que allí no había ninguna Brenda. Entonces pregunté por una dirección falsa. No supieron darme ningún dato de la dirección. Me despedí y me fui. Él se quedó parado, viendo cómo me alejaba y añorando, casi estoy segura, nuestra historia de amor que, a la vista, era lo más interesante que le pasó en la vida.  49


Dos Poemas VIOLETA

CARTA A MI MADRE

II

Madre, te he mentido.

Madre,

Te he mentido al decirte

El mundo se ha hecho siniestro

que el océano era negro.

Se ensombrece el océano danzante

Pues bien,

Las gaviotas se tienden en la arena

No era negro.

A ver morir los barcos

Eran mis ojos orillados a la sombra

En la negra niebla negra

las crines de escarcha

El caracol que de niña me trajiste

deshaciéndose en el agua.

Está vacío.

(¿De qué color, angustia,

¿para dónde fue su canto,

dí, de qué madera?)

para dónde?

Madre. Te he mentido. NOTA AL PIE DE UN EPITAFIO

Tú ya sabes por qué Yo te he mentido.

Soy mujer.

Estoy aquí frente a mí,

Aquí

Y no sé qué decir para que creas

valgo poco.

que esta vez ya no te miento,

Y es enorme el desprecio de los hombres. 

que ahora es distinto, que nunca te he mentido. 50


Anatomía del ánimo, de Rafael Salvador Asmara Gay Rafael Salvador. Anatomía del ánimo. México: Ediciones Yesca (Colección Poesía irreverente), 2016, 107 pp.

En 2016, el poeta mexicano Rafael Salvador publicó su segundo libro de poemas al que tituló Anatomía del ánimo. Desde el inicio, este poemario es una invitación a los lectores para que tengan una lectura activa y no se queden impasibles ante la secuencia de versos en los que han de sumergirse. El título del libro, Anatomía del ánimo, además de ser casi una paronomasia, revela de lo que tratarán los poemas: un desglose del ánimo del

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poeta a partir de sus experiencias y su relación con el mundo. Es desglose, melancólico por momentos, refleja también el carácter lúdico y crítico de Rafael Salvador. Dividido en dos partes: “Una voz” y “Tal día como hoy” dialogan, por supuesto, entre sí a partir del tema propuesto por el poeta. Si bien la primera parte está planteada en una ausencia del tiempo y el espacio, pues lo que acontece a la voz lírica acontece al ser humano de forma intemporal, y la segunda parte, como su nombre lo indica, conlleva la idea de un descenso a un tiempo y lugar propios de cada poema, vale decir que lo intemporal recorre toda la obra, porque la anatomía, esa fisiología del ánimo que busca el poeta a través de su libro es una condición humana ausente de tiempo. Como dice el autor: “Del tiempo esto es lo que podemos compartir / la mera manera de utilizar los sentidos”. A través de su escritura, Rafael Salvador busca romper con los convencionalismos y esto está claro desde los títulos de las partes que componen su obra, pues acompañan a los nombres unos epígrafes que a decir de su autor: pueden ser utilizados para la construcción de un poema con toda libertad. Este guiño de complicidad creativa entre lector y escritor muestra que en el pensamiento del poeta la literatura se crea a partir de la literatura misma y que las costumbres dentro de la escritura pueden ser cambiadas al gusto del creador… Otra manera que llama la atención sobre la ruptura de los convencionalismos es la forma en que el poeta hace con el lenguaje lo que quiere: suprime o añade signos de puntuación al gusto, cambia la declinación de algunas palabras para renovar el oído o el gusto por el lenguaje, crea poemas en prosa cortando largos versos, juega con la idea del soneto en algunos poemas, añade la diagonal versal dentro y al final de los versos, inventa palabras compuestas, suprime o añade tildes donde no deben de ir. Sobre esto último, acaso para provocar al lector o para darle una nueva lectura o incluso para que quede claro que así como cada poema conlleva un sentido, cada verso tiene el propio y eso se puede apreciar también colocando una pausa en la lectura (con algo que no debe de ir) para reflexionar aquello que se ha leído. Sin embargo, específicamente sobre la acentua-

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ción, yo todavía tengo mis dudas; creo que en el libro a veces funciona, pero otras no. Al final del “Poema para combatir el pesimismo”, Rafael Salvador escribe: “Con mi anatomía del ánimo / que por bien si venga”. El cambio de la afirmación por el condicional es un buen recurso, pues abre el sentido del poema que naturalmente habría estado cerrado en una escritura tradicional al escribir “sí”. Pero no en todos los casos es afortunado el cambio, como en el poema “Por eso mismo no sé es digno”, donde dice: ―¿Se me ve bien?, ¿dime la verdad?, desde cuando las quería / son flexi, ¿habrá tinta de ese color?, ¿o con soló neutro?”. Me parece que el autor intenta jugar con el sentido de ‘sólo’ (solamente) y ‘soló’ (de solar, “revestir el suelo de un lugar con ladrillos, losas u otro material”, dle) para ampliar el significado y dar la idea de ‘cubrir’ y ‘solamente’ dentro de la misma palabra, pero el mayor problema que, desde mi punto de vista, hay al emplear esta grafía es que el acento de ‘soló’ choca con el de ‘neutro’ en la lectura. Así, rítmicamente este uso no le favorece, aunque es loable la disposición por romper con el convencionalismo a través de este recurso. De la mano de la ruptura convencional del lenguaje, lo más importante de este poemario es la mirada del poeta sobre su propio ánimo y cómo éste cambia de acuerdo al instante que vive. Así, encontramos revelada una significación profunda en cada poema sobre el instante, un eterno presente en el transcurrir de la existencia de la voz lírica. De esta suerte, Anatomía del ánimo, puede ser comprendido a través de la primera estrofa del “Soneto para Angélica”: Memoria voz tanta vida te vida ahora estemos en la luz y respirar nuestro oxigeno por palabras todas las veces del día

A través de la creación poética, Anatomía del Ánimo se apropia de esa vida y también del lenguaje para escribirlos y pensarlos de nuevo. Este libro es una bandera que se iza para habitar los días con la palabra en contra del silencio, con el reconocimiento en vez de la negación, con el hedonismo para luchar contra la amargura, y así, a voluntad, el lector, acaso, pueda verse reflejado en los instantes de vida que, por medio del ánimo, nos transmite el poeta. 

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Varia reflexión

Juan Fernando Reyes

El presente está dibujado con los trazos del pasado. El mundo es un espejo, siempre nos miramos a través del otro. La historia del hombre es la historia universal de la dominación. Toda persona amamantada de ignorancia está encadenada a repetir la comedia humana. 

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Literatura en

8 palabras

Diciembre 24

Meneses Monroy

“La muerte es una mentira”. Pensó el fantasma.

La noche Enrarecida Tú no estás.

Mientras los perros lo destrozaban, fantaseaba con Artemisa.

Murió al casi terminar de leer este rela-

1 Los textos aquí recolectados, fueron seleccionados previamente dentro del proyecto #8gramas (2018), coordinado por E. J. Valdés.

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El Comité 1973 número 34. Feminismo  

Revista de difusión, crítica y creación literaria.

El Comité 1973 número 34. Feminismo  

Revista de difusión, crítica y creación literaria.

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