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CASCABEL

an to ar m el igu M

mayo del 2013

A

Daniel Olim贸n

19

LITERATURA

Enrique Rivas

La Paz, B.C.S., Mexico


Editorial

Un nuevo aliento demanda una raíz profunda en el silencio. Una nueva entrega de Cascabel requiere voces forjadas en la sombra, en la soledad alegórica y festiva de la letra. Hoy tres autores se presentan: Daniel Olimón, Miguel Amaranto y Enrique Rivas Álvarez. Poesía y narrativa. De Daniel, poemas de ecos melancólicos, de alma furiosa y pulsos góticos. De Miguel, versos desnudos en el asombro cotidiano, el tiempo que se fuga en la mirada, el cuerpo deseado desde su distancia. De Enrique, el ejercicio narrativo que madura en el rigor exquisito del desvelo, letras que van trazando el juego de las aulas, la edad dolorosa de los escolares, la familia. Tres miradas a este mundo desde tres mundos distintos. Bienvenidos.

Raul cota alvarez.


Daniel Olimon

DE AMOR, JUSTIFICACIONES Y FIEBRE Un te amo no es una garantía, es tan sólo una primaveral promoción, una emocional oferta que dura lo que dura, hasta que pasa la fiebre, la crisis nerviosa. Un colapso mental para justificar todas esas costumbres cotidianas tan tuyas. Hilillos rojos: ardientes, chorreantes de fiebre. Ilusiones que se escondes por debajo de tu falda, Y enamoran tu erizada piel.

SER O NO SER Si somos lo que somos, ¿Ser o no ser? Esa Santa inquisición que arde en la mente Sí sólo somos instrumentos de placer Recuerdos que se pierden en la dimensión del olvido. Somos trozos de emociones que se quebrantan en la oscuridad Viseras rellenas, embutidos de pasión fugitiva Sueños inconclusos allá por la madrugada Tristes notas que se lleva el viento entre las piernas Música de locos que suena casualmente a dulzura Un rompecabezas de piel zurcida que arrastramos con el alma Juego perfecto de suicidas risueños, letales tácticas de supervivencia La fiel naturaleza que de a poco se pudre en la longevidad del tiempo Somos un tropel de visiones que anidan en gargantas profundas Parvadas de letras sin declamar que agonizan acurrucadas en el mutismo Frases mudas que se ahogan en profundos silencios de alcohol…


SOMOS HUMO Extinción inaplazable de sueños y partículas. Piruetas ingrávidas asfixiándose en el aire. Cadáveres de una voz difusa, un gemido muerto ardiendo en el pecho Heridas exhalando aullidos, un aliento insolente. Somos humo…… Densa autobiografía de una inmolación que levita. Susurros cancerados de una inhalación tardía. Infusiones transmutadas. Tiempo propagado en brasas, Simples combustiones postergadas. Etéreas intermitencias de un fuego apagado. Recuerdos que enardecen suspendidos en el viento, Victimas difusas, memorias de pasión que se disipan en la nada. Somos humo que se traga el mundo, Una eterna inhalación de los adictos Cenizas inefables de un último suspiro.

AMANTE EN EL OLVIDO Soy luciérnaga apagada que brilla en tus pupilas. Rio bravo que se calma en tus mansos labios. Una voz alcoholizada en la lengua de tu ombligo. Sonrisa herida entre tus dientes. Múltiples mordiscos tatuados en tu mente. Soy pilar erguido, un firme peregrino Adentrado en lo profundo de tu vientre. Un ángel perdido a la sombra de tu cuerpo. Demonio adormecido entre tus muslos. Corazón maltrecho en tu ausencia. Un solitario y desconocido amante, Que duerme agazapado a las puertas de tu olvido.


LOS OLVIDADOS Cuando la ciudad enmudece; El monstruo duerme… La realidad juega con los sueños, patea la pueril sonrisa y la infancia rueda entre adicciones. Los últimos deseos son devorados por los síntomas del hambre. La visión de la indiferencia, de ciega arrogancia, arrastre sus ojos hasta ti. Cuando ignoren de vez en vez tu imagen de naufrago urbano. Y el rio de su cordura te ahogue en el seco y helado desconsuelo. Y la cultura de sus labios vomite migas en tus manos. Y por capricho robes las muertas lágrimas de sus ancestros relegados. Y de nuevo aflore la violencia de tus manos manchadas de olvido. Cuando las leyes profanen tu mundo y te arrojen en el rincón de la noche. Cuando el fin del día llegue cansado y te acurruque en sus brazos asfaltados; Y unos labios: secos, duros y fríos besen tus sucias mejillas, y los arrumacos de piedra laceren tus horas, tus rezos y tus confusiones. Cuando el viento robe la inocencia de tus abatidos cabellos, en los rincones que erigen tus enmarañados hermanos. Entonces y sólo entonces seremos, traga fuegos, limpia para brisas, seremos los olvidados hijos de la calle.


HUELE DE NOCHE Mientras las flores del jardín danzan y arrojan sus pétalos al viento. De una relegada gloria oculta en las sombras Brota el rocío y el cielo se abre de noche Racimos de piernas perfumadas que flotan y bebo del néctar embotellado en su piel Un veneno que escurre en mi lengua marchita Para humedecer así con poemas malditos el alma Y calmar la epilepsia en mi turbada cintura Florecientes y anticonvulsivas rimas en sus vientres inmaculados Una dosis de toxinas a media sombra si receta Antes de que la música termine apuramos las emociones Para postergar el tiempo y evitar que se disipe en sueños profundos Y se pierdan de nuevo en aterciopelados senderos de tinieblas Mientras aguardo sentado mi turno en la última fila Para eyacular poesía y sembrar versos en la tierra.

DE SUEÑOS, MIEDOS Y LOCURA Sueño inerte, análogo al reflejo de un espejo: Roto, ebrio, inconcluso, desequilibrado, taciturno y complejo. A mordiscos destrabando grapas del recuerdo; miedos, demencia. Carcomiendo acerados hilos de memorias añejadas, percepciones mundanas tal vez. Apurando un póstumo sorbo, un último viaje de agonía. A ridículos pasos de atravesar, reencontrar el origen de todo: Pupilas contrastadas, contraídas visiones que se apagan, una desesperada y lúcida mirada al infinito. Deponiendo sentidos, escupiendo pasiones, sepultando todo en las profundidades del abismo interior, donde las emociones dormitan, y la razón se trastorna. Cuando bronco aspiran las palabras y el sonido gutural del lamento se disipa en el silencio, ahí donde el alma se fractura y la fe se fuga cómplice del olvido.


Enrique Rivas Elefante Blanco ¡Mamá, mamá! adivina qué –gritaba mi hija mientras me buscaba en el interior de la casa- cuando por fin me encontró empezó por contarme como había sido elegida comandante de la escolta de su grupo para la próxima asamblea que sería dentro de una semana. No cambio por nada esa mirada de alegría, esos ojos grandes sonrientes, sus pestañas risadas dándole sombra a ese hermoso par de perlas negras, una ilusión digna de cualquier jovencita por sobresalir, hacerse notar, disfrutar de algo fuera de la rutina, lo cual daría una motivación extra a su andar por la educación secundaria. Comenzó por explicar que la selección de los participantes de dicha asamblea eran los mejores promedios de los bimestres anteriores, ya que la mayoría de “las que salían en la escolta” casi siempre lo hacían para no entrar a clase con el pretexto de ensayar siendo las muchachas de mala conducta y bajas calificaciones. Después de eso recogió sus cosas para después irse a descansar a su recamara. Me parecía curioso por lo que mi hija pasaba en ese momento, una experiencia tan rutinaria de todos los lunes, con el protocolo de los honores, las lecturas de efemérides y demás avisos que ocurren, son circunstancias que pueden llegar a marcar parte de la vida de una persona como lo fue en mi caso, lo que me hacía sentir algo de temor a lo que mi hija podría enfrentarse, debido a que tal vez se estuviera repitiendo la misma historia al ser alumna de la misma escuela en la que hace veinte años también estudié y llegué a ocupar el puesto de comandante de la escolta escolar. Como quiera que sea no deje que ese pequeño detalle interfiriera con la disposición de sacar adelante el evento por parte de mi pequeña. La semana transcurrió con naturalidad, en ocasiones preguntaba por cómo iban los ensayos, quien los instruía, quien sería el maestro de ceremonias, la lectura de las efemérides por quien estaría a cargo, a lo que me respondía de buena manera acerca de los profesores que les echaban la mano en cualquier imperfección en el recorrido, al mismo tiempo que aprovechaba para pedirme dinero para comprar su boina verde, sus guantes blancos y su corbata azul marino -eso me gano por preguntona –comente sonriente mientras le daba dinero a mi hija, dinero que estaba destinado para la comida del día siguiente, pero ya vería como me las arreglaba.


Llego el gran día, salía hermosa por la mañana otoñal mi princesa dispuesta a hacer lo mejor como comandante de la escolta. El tiempo transcurrió lento, como si fuese una eternidad se llagaron las dos de la tarde y Daniela hizo su aparición, entro por la puerta principal del humilde hogar en el que habitamos su papa, ella y yo, no hizo ningún ruido, gesto o saludo, iba cabizbaja con su mochila en un brazo y en el otro sus accesorios de la escolta. Fui hacia donde estaba y comenzó a decirme lo que había ocurrido… … todo estuvo bien, nos salió perfecto el recorrido, estábamos nerviosos todos pero los maestros de ceremonias, la del juramento a la bandera y las efemérides no se equivocaron en nada. Le pedimos a nuestro tutor asesor que nos tomara fotos durante y después del acto cívico para tener recuerdos de tan bonita experiencia. En el segundo modulo este mismo maestro que nos hizo el favor de tomarnos las fotos, nos felicito manifestando estar orgulloso de todos en general, así como el comportamiento ejemplar del resto del grupo. -¿Pero y porque traes ese semblante de tristeza?- a lo que me cuentas les quedo perfecto el evento. Pues sí, solo que justo a la ultima hora una persona dentro del plantel nos hizo el comentario que nos había quedado muy fea la asamblea para luego rematar al decir que también era la peor en lo que va del año – en ese instante Daniela soltó el llanto y no me quedo más remedio que consolarlaDecidí contarle una historia la cual había escuchado de uno de mis maestros de hacia veinte años el cual tuve en la misma escuela secundaria a la que ella asistía… …Hace mucho tiempo en una selva escondida también existía una escuela donde los animales compartían alegrías y tristezas, así como aprendían lo que les serviría para la vida dentro de la jungla. En ese lugar existía un elefante blanco al que nadie quería porque siempre estaba moleste y moleste a los demás, a veces con razón y la mayoría de las otras simplemente para causar daño lo cual lo hacía más fuerte y repulsivo. Ese ser tan non-grato por el resto de sus compañeros y “amigos” vivía dentro de la escuela ya que no podía


convivir ni subsistir en otro lado, así que cada fin de semana todo lo que había crecido haciéndole difícil la existencia a los demás durante la semana escolar, se disminuía y al empezar el lunes no era más que uno más dentro de muchos. Un día que había causado demasiadas desilusiones, en lugar de huir como siempre lo que decidieron fue seguir haciendo lo que mejor hacían, que era: vivir, reír, brincar, sonreír, llorar por amor, jugar, participar en eventos, coquetear y todas las cosas que hacen los alumnos y dan vida a la escuela, todas esas cosas que son el “alma” de algo que cada fin de semana no era más que un triste edificio donde el elefante blanco habitaba. Le explique cómo había personas que siempre demeritarían su esfuerzo tal vez por envidia o porque solo es lo que mejor saben hacer, pero que no tenia porque desanimarse, o a ver, dime ¿Que es lo que más te gusta de la escuela? y no me digas que matemáticas que no te voy a creer. -Daniela respondió- Pues la verdad mama, yo voy con la ilusión de que el muchacho que me gusta me haga caso y convivir con mis amigas, ya sabes tomarnos fotos, jugar, desayunar juntas y si se puede, aprender algo de las materias y profes. Me gusta cuando hay tardeadas en la escuela o fuera de esta, los recesos, la clase de educación física y jugamos futbeis o futbol, el correr por los arboles y sentarnos a tomar un jugo arriba de las piedras, como “cachoras” diría un profe. Ya ves, ese tipo de cosas son las que le dan vida a la escuela y a ti como experiencia para después saber cómo convivir con las demás personas que te encontraras a tu paso… … también me agrada cuando en clase hacemos dinámicas y jugamos al mismo tiempo que aprendemos –interrumpió mi hijaBueno, como te decía Daniela, ese tipo de situaciones son las que debes de tener presente y no darle paso a la melancolía o tristeza de algunos comentarios de muchas personas que como el “elefante blanco” se engrandecen cuando se dan cuenta que sus comentarios te dañan. Mi pequeña asintió con la cabeza y sonrió mientras me daba las gracias. Un día de fin de semana, sábado o domingo no lo recuerdo, pasamos por la escuela sola, triste, descolorida, como si viajaras en el tiempo y pareciera un pueblo fantasma de las películas del oeste, hice un alto, observe detenidamente ese lugar y mientras recordaba esos momentos nostálgicos de adolescencia, mi hija comento -ahí está el elefante blanco del cual me habías contado mama, tienes razón, sin nosotros no es nada…


La Muerte de Santos

Sucedió dentro de una escuela secundaria de algún lugar, en alguna época del año, a la hora que haya sido, en la jovialidad de una charla profesor-alumno; una plática entre dos sujetos de generaciones distantes, de esas que ya casi no hay, de esas donde al joven le interesa más el brincoteo, la morbosidad, el descubrimiento del amor, la amistad, la aceptación social, el logro personal, o, simplemente el alejamiento temporal de su realidad inventada por otros, donde él, no es más que una pieza dentro del rompecabezas de la culpabilidad de algunos, originada por la inconsciencia de otros, y, por otra parte, la figura adulta, responsable, seria, que conserva su cercanía como guiador-facilitador académico, y su alejamiento humano, haciéndose en ocasiones inalcanzable e incomprensible para las jóvenes mentes que a la edad adolescente no están más que tratándose de encontrar y definir una identidad y personalidad propias. Fue en ese momento de intimidad, en el aula de clases, mientras el receso transcurría con esa algarabía desbordada con gritos, risas, balones de futbol, groserías de todo tipo, algunas nuevas otras no tanto, aunque tal vez no sea lo correcto oírlas y esbozar una sonrisa pero, que sin pensar nos sacan un gesto de alegría a cualquiera al causar gracia las ocurrencias picaras de los estudiantes. Fue ahí, en ese instante de tanta vida, que, José, el pequeño de la clase, el de calificaciones ejemplares, el de comportamiento ideal para con sus compañeros y de siempre un porte presencial asombroso para su pequeña estatura, complexión robusta, peinado clásico y una voz imponente al participar casi siempre acertadamente en clase, me dijo con tono triste y de duda aparente: -Oiga profe, ¿le puedo contar algo? necesito tratar de entender a mi padreMientras guardaba mis libretas de trabajo, material didáctico y computadora, le conteste de manera apresurada que por supuesto que sí, que tenía toda mi atención y oídos, mientras me imaginaba esa comida del mediodía típica mexicana que tan solo en unos instantes devoraría en la cooperativa escolar. José tomo un pupitre de madera grafiteado de más, se sentó, agachó la cabeza, vio el piso amarillento por un momento, respiró profundamente para luego exhalar ese aire diciendo: ayer murió Santos…


-¿Santos?, respondí mientras dejaba mis cosas en el escritorio y recostaba mi espalda en el pizarrón blanco. -Si profe, Santos, el plomero que también arreglaba cosas eléctricas en la casaPues es muy triste lo que me dices pero pues la vida tiene estas situaciones como la muerte y hay que seguir adelante, por cierto es muy noble de tu parte que lo menciones y lo recuerdes, le dije casi con un pie fuera del salón de clases, posición en la que me quede el resto del relato que aquel chiquillo me conto con tanta sinceridad y confianza. Comenzó por decirme que desde que él se acuerda Santos iba seguido a su casa cada que había una descompostura o avería en la lavadora, boiler, lavabo, fregadero, baño y muchas cosas mas de uso domestico. -Profe…-Si, dime, continúa, te escuchoLe decía que santos, el plomero, como yo lo veía en la casa, era alto, fornido, de bigote abundante, de cabello esponjado y canoso, con lenguaje florido y sus ropas siempre estaban sucias y manchadas, aparte de su hedor, yo supongo que era por su ocupación que siempre terminaba lleno de grasa, mugre, sudor y demás cosas con las que él trabajaba. Mi mama no le gustaba mucho que fuera a la casa porque aparte había que invitarlo a comer, pero se aguantaba porque siempre dejaba funcionando los aparatos, aunque de todos modos aprovechaba el momento para criticarlo cuando él se iba o mi papa lo llevaba a su casa. Casa la cual conocí un día que acompañe a mi padre, un lugar pequeño, en un terreno como callejón escondido en alguna colonia de la ciudad, un cuarto nada mas era lo que se podría considerar como casa, de madera, con una cama arrinconada, enfrente una televisión chiquita con una antena de conejo y a un lado el lavatrastos junto al baño que también daba a la puerta y única entrada principal. Mi papa siempre me decía que el Santos era muy noble, solo que había tenido mala suerte y que por eso a él le gustaba darle trabajo e invitarlo a comer a la casa. Yo solo me quede observando hacia el frente del camino mientras mi papa manejaba de regreso con mi mama. -Oye José pues se ve que si iba seguido a tu casa el señor Santos- le interrumpí, mientras sonreía asintió con la cabeza diciendo que si. Una vez me acuerdo que mi papá no llego a dormir –continuo diciendo José- mi mamá estaba como loca tratando de localizarlo, al mismo tiempo que murmuraba –de seguro anda con el mugroso de Santos- yo solo no le presté atención y me puse a ver la televisión. Ese día ya en la noche mi papá volvió solo y con mucha hambre exigiendo comida y lo note un poco borracho ya que llevaba un bote de cerveza en la mano y casi nunca lo había visto así.


Le cuento profe que mi papa siempre me ha dicho como debo de ser, como debo portarme, en la escuela y con las demás personas con las que me rodeo, me dice que debo de ser respetuoso pero no dejarme de las injusticias, ser justo con los que lo merezcan y no apoyar a los que tratan mal a la gente, profe, mi papá es mi modelo a seguir, el siempre está bien vestido, habla como los de la tele que salen en las noticias y los políticos, nunca dice groserías, en la calle lo saludan con mucho respeto, cariño y admiración, viaja mucho y siempre trae obsequios, así como historias de otros lugares, también se ríe poco y nunca lo he visto llorar o estar triste, bueno… como le decía él es mi ejemplo a seguir. Hasta ese momento me di cuenta o deduje más bien del porque de la forma de ser, vestir, comportamiento y calidad de muchacho que era José, en su casa le habían mostrado como debía de ser de acuerdo a las reglas sociales y morales de una sociedad, sin duda me tenia enganchado con su forma tan peculiar de contar las cosas, cuando me preguntó -¿profe ya lo aburrí? Sabía que no debía contarle, a usted no le interesa o más bien no se dé que sirve que le cuente- En ese instante, cerré la puerta de fierro pesada del aula, caminó hacia José y me senté a su lado -continua le dije poniendo la mano en su hombro como señal de confianza y de respeto-. -Gracias- dijo con voz quebradiza. Hace una semana me dijo mi mama que Santos estaba en el hospital porque le había querido dar un infarto, yo sé que eso es grave y del corazón, pero aunque es casi de la misma edad de mi papá, Santos se veía más viejo y triste. No supe que decir o hacer por la noticia de la hospitalización del plomero de cabecera de la casa y salí a jugar hasta anochecer. Como casi siempre me bañe antes de dormir y espere a mi papá llegar a la casa, hasta que me venció el sueño y nunca llego, pensé, mañana lo veré cuando despierte. Esa noche o más bien en la madrugada el teléfono de la casa sonó varias veces, me despertó el ruido y vi como se prendían las luces de la cocina por debajo de la puerta de mi recamara, mi madre hablaba en voz baja como para que yo no escuchara y así no despertarme, le decía a la persona con la que hablaba que se calmara y mejor se viniera a descansar, que mañana seria un día muy largo y Santos lo necesitaba fuerte y con energías para despedirlo como se lo merecía. Supuse que era mi papá con el que hablaba, pero por sueño o no sé porque, no quise interrumpir y volví a dormir. Al día siguiente me levanto y veo a mi mamá vestida de negro diciendo que me vistiera rápido, que me dejaría


con una tía y que ella y mi papá estarían ocupados todo el fin de semana con unos asuntos, al querer pedir más explicaciones del porque de esta situación volteé hacia la sala, en el recibidor, con unos lentes oscuros más que oscuros negros, con los hombros caídos, las manos en las bolsas y viendo hacia ningún lado, ahí, parado como alguien que no tiene ilusión ni luz propia, ahí, parado vestido de negro buscando su teléfono celular para marcarle a alguien, ahí, estaba mi papá, con la pinta desaliñada y una tristeza evidente en su rostro que ocultaba con aquellas gafas luctuosas. Al acercarme solo me dijo que estaría un par de días con mi tía y que mi madre y el estarían en el funeral de Santos, que como él era pobre y sus familiares estaban lejos y también con problemas económicos ellos se harían cargo de todos los tramites y papeleo que se hace en esos casos; solo acepte con la cabeza y subí al coche. Estando en casa de mi tía pregunté solo por curiosidad en que funeraria se encontraban mis papás, en la Santa María respondieron, mi idea era ir pero al enterarme de que tendría que atravesar media ciudad, caminando y en transporte público fue que solo me quede pensando en el por qué del desfiguro de la imagen en la que vi a mi héroe, a mi ejemplo a seguir, que lo pudo hacer perder la compostura de tal modo, si solo había fallecido Santos, el plomero de cabecera de la familia. No pude aguantar más, la inquietud me consumía, tome el teléfono, le marque a mi mamá la cual no contestó y supuse que era tarde y estaba dormida, entonces le marqué a mi papá desde mi propio aparato celular, después de varios tonos me contestó: -Bueno- dijo mi padre. -Hola mijo ¿como estas?-con voz seria y cansada me respondió. -Bien, le dije, para después preguntarle que si como estaba el, con tono de preocupación. Nunca le había hecho ese tipo de preguntas tan personales al ser que me dio la vida… -Bien mijo, pues aquí despidiendo a Santos y acompañándolo como se debe- replicó.


Cuando estaba por despedirme, el siguió hablando y esas palabras que escuche aun suenan en mi cabeza como un balde de agua fría… Con la voz triste, desencajada, quebrándose al hablar, me dijo: “Hoy se ha ido mi mejor amigo...” … colgó, guarde el teléfono, tome mi sudadera y fui corriendo hacia donde él estaba, ¿Que quería decir? ¿Santos era su mejor amigo? ¿Cómo? ¿Por qué no lo supe antes? Hasta ese momento comprendí la tristeza tan grande que mi padre estaba sintiendo y no podía dejarlo solo, yo, su primer y único hijo, tome un taxi que pasó por la avenida y llegue a la funeraria Santa María, un lugar callado, solo, pocas personas, luz tenue, flores y arreglos florales escasos salude a mi mamá y unas tías que la acompañaban, seguí caminando y entre al cuarto donde estaba descansando en su ataúd lujoso, Santos, el mejor amigo de mi papá, me acerque a verlo por última vez y solo le di gracias por haberle dado su amistad incondicional al ser que tanto amo y respeto en la vida. Mi padre llego a mi lado, tomo mi hombro: -Viniste- dijo con sorpresa y alegría. -Tenia que venir y estar aquí- contesté. -Gracias, vámonos a sentar, mientras lo hacíamos comenzó a contarme historias, anécdotas, aventuras que él y Santos, su mejor amigo, habían pasado juntos desde siempre… No tenia palabras después de escuchar tal historia proveniente de un chico de 13 años de una escuela pública, solo me limite a decirle que ya era tarde y tenía que ir a su siguiente clase, sin antes agradecerle la confianza que había tenido de contarme algo tan intimo. Solo se paro tomo su mochila, la puso en uno de sus hombros, me regalo una sonrisa diciéndome –de nada profe- para después salir corriendo y continuar con su rutina escolar.


Miguel Amaranto De poemario: Más Allá del sueño

No estoy conforme No estoy conforme con mirarte a los ojos y decirte que tus labios jamás amargarán mis besos; también mi cuerpo te reclama; mis manos no han perdido la forma de tus senos; cada poro guarda en la memoria el roce de tus gestos, el silencio que se funde a media luz con tu rumor felino y tu mirada.

No me conformo observando tus formas y decirte que mi vida se hubiera perdido si no es porque te ha encontrado; olerte también es una forma de entregarme; no basta rozarte con el viento, también tu sexo quiere sentir lo que respiro. Es cierto lo que dices siempre cuando te muerdes los labios mientras cae tu vestido: no basta con decirnos todo, también el amor se alimenta de nosotros.


Voy a imaginarte pura Voy a imaginarte desnuda; tu piel danzará en la penumbra de mis ojos mientras oigo tu pasión en un estrepitoso canto. Voy a tocarte por encima de tu blusa; también de ilusiones se alimenta el éxtasis. Voy a acariciarte los sueños; también el alma se eriza y explota. Voy a imaginarte pura mientras mis dedos tropiezan por los pliegues de la bruma y he de envolver mis besos en la tela que profana la suavidad de tu aurora. Quiero imaginarte desnuda, delicada y estridente mientras crepita en la sombra el fuego de tu espalda ***

Si sólo fueras una mujer diría que te amo hasta la inconciencia; pero resulta que dentro de ti hay una deidad. Mirar tu desnudez no sólo satisface todas estas emociones: me invita a descubrir que la naturaleza halla una madre en ti: que Dios tiene cuerpo de mujer.


Del poemario: Subterráneo Azul 1 Mirar la ciudad es distinto si camino sobre ella o conduzco. Pisar la vereda o el asfalto adquiere una conexión directa, una añoranza ancestral. Miro con los ojos del florista, del traga fuegos y el desprecio del humano asume el poder de mi emoción y me aborrezco. El aire baila sereno en mi cabello al ritmo de mis pasos. Al frente, el horizonte se levanta sobresale el cerro, la última casa, el camión que entra al cuadro de mis ojos. El ruido se fragmenta, distingo cada movimiento: el señor de las semillas tiene un acento diferente al tipo de las aguas. el horizonte es una mancha que se mueve. Sentir la ciudad es distinto si camino sobre ella o conduzco de ello dan razón mis pies y los zapatos.


5 Hablemos del tiempo que transita sigiloso las calles que negamos sean nuestras. Hablemos de este tiempo silencioso y vacĂ­o, que atraviesa mis manos y tus ojos y no provoca que crucemos la mirada. Del tiempo que duerme con los muertos le roba aĂąos a los pobres; este tiempo que se mece al compĂĄs de los ancianos y pasa sin antojar nuestra sospecha.

Hablemos del tiempo, del que habita los viejos edificios ignorados, de este tiempo que pasa y pesa; pero estamos tan lejos distantes aislados en el ser que somos.


14

Un día como hoy un hombre le gritó ¡Pan! A la esperanza una mujer abortó sus sueños en la calle y niños murieron cansados de esperar que las piedras se cocieran. Un día como este las dunas de Arizona le dieron de comer a los gusanos, policías jugaron al azar con sus pistolas sin advertir que en otro lado desfilaban, en secreto, mujeres a la tumba. Un día como hoy salieron de las cárceles, culpables; sacerdotes callaron con fe a sus violados y a las luz de una esquina, una madre vendía a cien soles la sonrisa de su hija. Un día como este escribí estas líneas con el fuego de mis uñas: un día como hoy que fue ayer y será mañana y siempre.


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