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Cascabel

30

Literaturas

Tinta de Tijuana

Escriben: Isabel León Elizabeth Villa Guillermo Beltrán Villanueva J. Eduardo Gómez R. Erick Isaac Sainz Castillo Tito Lira Jazmín Lozada Ángel La Paz, B.C.S. agosto-octubre 2016


Revista Cascabel No. 30 La Paz, B.C.S. agosto-octubre 2016 Director: Raúl Cota Álvarez Consejo editorial: Julio César Félix Lerma Raúl Antonio Cota Ecatl López Daniel Olimón En este número: Isabel León Elizabeth Villa Guillermo Beltrán Villanueva J. Eduardo Gómez R. Erick Isaac Sainz Castillo Tito Lira Jazmín Lozada Ángel

Entidad convocante: Grupo Cultural Página en Blanco Revista Cascabel es una publicación independiente circula trimestralmente en la ciudad de La Paz, B.C.S. y diversos puntos del país. se autoriza el uso del material siempre y cuando se cite la fuente


Pórtico La literatura se impone. No importa la aridez institucional o el desdén de los que cobran por concepto de archivar proyectos en el cesto de la ignominia. Los esfuerzos independientes por cerrar distancias siempre tendrán la última palabra. Este número de revista Cascabel nace de la mano del Grupo Cultural Página en Blanco, que convocó a escritores en Tijuana con la intención de abonar pasos a la ruta del encuentro con lectores de todas latitudes, en el afán compartido del cauce a la tinta que nunca deja de fluir. Agradecemos el incondicional apoyo, la pasión paralela en las letras y su difusión. Miguel Alberto Jr. Ochoa García, Jazmín Lozada Ángel, Alondra Raquel Beaz Corrales, Sadrach Ceja Altamirano, mil gracias por ser parte de este esfuerzo, y gracias a autores participantes y lectores todos, por permitirnos seguir haciendo realidad nuestra literatura. Bienvenidos.


Aliados Isabel León

Muy temprano por la mañana me pongo mi uniforme. Mochila grande y botas de combate. Antes de salir de casa mi mamá me pide persígnate, Ramona. Lo hago fervorosamente y le adivino a la virgen colgada en la pared una mueca parecida a un: ándale hija, ve a hacer tus cosas, por mí no te detengas. Y salgo muy contenta y algo conmovida. Llego al salón fresca, feliz. Me siento en mi lugar, juego con mi cabello, converso con mis muertos. Nos reímos, cómplices. Con las personas alrededor hablo sólo ocasionalmente. Así transcurre mi día hasta que a la salida Josué me busca y yo le digo que sí, que hoy tengo ganas de que toque mis tetas. Nos escabullimos a uno de los pasillos más recónditos del edificio y ahí él busca hacer lo mismo con sus manos frías en mi cuerpo y comienza a deslizar sus dedos por mi entrepierna. Me llena la cara de baba y luego baja a besarme el cuello. En ese momento el sol me pega de frente y entrecierro los ojos. Alguien viene directo a nosotros. Antes de que pueda reaccionar siento cómo arrancan a Josué de mis pechos como a una vil garrapata y lo veo tirado en el piso; un segundo después, corriendo despavorido. 2


Lo que sigue es la interminable espera en la oficina del director. Otra vez aquí, Ramona. Desfilan maestros, alumnos, conserjes y el director no aparece. Conversas otra vez con tus muertos. Solamente ya muertos hemos sabido ser aliados tuyos. La secretaria, desde su insignificante esquina, te sonríe y tú le devuelves la sonrisa. Piensas que es ella quien debería estar sentada atrás del escritorio de esta gran oficina. Qué suerte del diablo tienes. Ninguna de las voces que podrían defenderte se escuchan en este lugar. Cuando nuestra abuela murió, todo el mundo le decía Ramona, no te preocupes, tu abuelita te estará mirando siempre desde el Cielo. Eso la consolaba un poco, sí, pero también representaba un detestable inconveniente. Cerrar la puerta de su cuarto para poder masturbarse quedito sin que ella lo sospechara, ya no era suficiente. Ahora abuelita estaba siempre viéndola, atándole las manos (y a veces hasta la imaginación) con su omnipresencia. La pobre Ramona. Una noche a pesar de todo, me masturbé. El placer, debo admitirlo, se multiplicaba con la idea de que le abuela me observara transgredir sus órdenes, pero para mi sorpresa, al llegar al orgasmo, entre luces y centelleantes estrellas apareció su rostro contentísimo, riendo a carcajadas. No eran carcajadas maliciosas sino gozosas, como las de quien no puede contener más la seriedad con que ejecuta una broma.

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Desde entonces adivino esa complicidad escondida en mis muertos, mi abuela, la secretaria y la virgen colgada en la pared frente a la que me persigno en las mañanas. Por fin llego a casa en donde mi madre me recibe con una bofetada y mi padre con una golpiza. Iracundos me mandan a mi cuarto. Y que no se me vaya ocurrir preguntar a qué se debe todo esto. ¿Por qué nos salió tan piruja la hija de la chingada? Se persignan, se duermen preocupados. Temblando de dolor y de frío, con la boca sangrando, entra en la oscuridad de su alcoba. Se acuesta entre mis brazos y yo le empiezo a cantar una canción. -Cuéntame una historia para dormir, abuela. Me cuenta que el diablo, Ramona, como ya te has de haber imaginado, da los besos más cálidos.

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No somos detectives Elizabeth Villa Primero me encabrono y le digo que estoy hasta la madre de que quiera bailar. Ella dice todo el tiempo eso: que sólo quiere bailar. Pero luego le acepto otra cerveza y la veo cómo se levanta, marca los pasos de una cumbia y nos reímos de nuevo juntas. Es una buena perra, pero no entiende que mi corazón está destrozado. —No puedo quedarme, pero tampoco puedo irme, ¿entiendes? Ella dice que nos vayamos a Oaxaca, que trae prestada una camioneta chingona, de ocho plazas. —Para que conozcas la verdadera pobreza, no pendejadas. Pero no puede entenderme. Su novio es arquitecto de la UDLA. Ella va y viene, tan fácil como si fuera andar entre una colonia y la otra. Ahora ha decidido quedarse aquí por un tiempo, pero es posible que luego quiera irse de nuevo. —No es lo mismo, Magurcia. Le explico cómo es viajar sola tres mil ochocientos kilómetros atravesando el desierto para llegar a este entronque de ciudades, pero no quiere entender nada. Sólo sabe hacer viajes cortos que no la comprometen. Ella sabe andar por México, lo que ella dice que es andar por México. —Sí, estoy hecha cachos, como dices. Le explico que si me regreso, si pongo otra vez el motor en marcha, si quito los pies de aquí y si me vuelvo de nuevo allá, no podré vivir igual. Pero si me decido a quedarme, no sabría tampoco cómo lograrlo. Desde temprano hemos escuchado las mismas cumbias, parecidas todas en ese sonsonete sabrosón para el que, lo acepto, no tengo el menor ritmo. Luego, el que está en la barra me pone una norteña.

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Noto que sube el volumen, grita el ajúa y ríe señalándose la oreja, haciéndome la seña para que oiga: —Oiga, me dice, oiga. Los planes eran sencillos. Teníamos que reunirnos en Puebla y estar aquí los dos años de entrenamiento que le dieron a Víctor para empezar. Era, simplemente, cambiar de aires; disfrutar unas largas vacaciones y luego, decidir si queríamos asentarnos. Así que analizamos detalladamente la logística: él vendría primero para acomodarse y conocer y yo lo alcanzaría después de que encontrara a alguien adecuado y dispuesto a reemplazarme en el trabajo. En un principio fue difícil la distancia, pero ahí estuvieron siempre el teléfono y la internet. Logramos mantener una sana comunicación. Y Luego vino su fractura en la rodilla y todo se descompuso. Después de eso, las llamadas fueron más espaciadas. Según me contaba, debió cambiarse de departamento más de una vez. Entonces yo confiaba: Víctor era mi único amor. Pero a los dos meses de perder el contacto comencé a preocuparme. A los tres, decidí dejarlo todo, subir dos maletas con mi ropa y hacerme el viaje por carretera. —Pero al llegar, ya no supe qué hacer. Ahora, quisiera apersonármeles donde viven, sacar la pistola y cosérmelos a balazos. —Mana, para eso necesitas el arma y ni tú ni yo la tenemos. —Ajá, mira, tú báilate esa cumbia donde pueda verte mientras hago una llamada. Magurcia me extiende el celular que le niego con una mano. Me levanto, me calo las gafas oscuras y restiro el cuello de la gabardina negra para que me cubra el rostro por completo. Con pasos lentos y las manos dentro de los bolsillos me acerco sigilosa al de la barra. —Es necesario que me hagas ese contacto. Me quito las gafas y le sostengo un billete de doscientos frente a la cara. Le repito: que me hagas el contacto, tú sabes: necesito el arma. 6


De preferencia sin registro y que en las últimas cuarenta y ocho horas no haya sido disparada. El de la barra es joven y aindiado y en el rostro se le asoma, tímida, una leve sonrisa burlona. Me ve a los ojos, se cruza de brazos y concede: —Mejor le pongo un clamato y cacahuates, señora. El de la barra tampoco entiende. Regreso a la mesa derrotada. —Piénsalo, a lo mejor te puedo hacer la cita para la cirugía… —No entiendes, no se trata de cirugías. Para ella es fácil. Va y viene entre pequeñas ciudades que recorre en menos de cuatro horas. No le importa con quién se acuesta el arquitecto. Ella usa esos hermosos zapatos y recurre al botox cada seis meses. Aunque ahora esté aquí, emborrachándose conmigo, mañana se irá montada en la camioneta rumbo a Oaxaca o Veracruz o Atlixco, con sabrá dios quién que haya recogido. Comencé a buscarlo en los lugares comunes: el trabajo, la escuela. Pero no apareció por ningún lado. Después, me dijeron que se había ido para Cholula, que estaba viviendo con la dueña de unas zapaterías. Me resistí a ir, preferí no enfrentarlo y anduve vagando sola por la ciudad. Hasta ayer, que los encontré comiendo espaguetis en el Vittorio´s. Me dirás pendeja, pero tenerlos tan cerca me hizo acobardarme. —Te digo que debemos irnos por ahí. Conozco a unos veracruzanos… —Lo que tenemos que hacer es continuar con el plan: consígueme la pistola. —¿Y luego? —Luego, nos dedicamos a espiarlos; vigilar cada uno de sus pasos: a qué hora se despiertan, cuántas horas trabajan, dónde acostumbran pasear, en qué lugares se besan, si lo hacen a escondidas o no les importa el público; tú sabes, calibrar si son realmente felices. Luego pasamos a la fase dos: tú te ocupas de ella y yo me encargo de él. La operación nos tomará algo menos de dos semanas.

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Tomo un cigarrillo de la mesa y lo enciendo. Aspiro el humo profundo para encerrarlo y dejar que se me pudra para siempre en los pulmones. La luz de la calle recorta nuestros perfiles disparándolos sobre una de las paredes débilmente iluminada. Ajusto de nuevo el cuello de la gabardina y confío -debo hacerlo- en el éxito de la misión. —Es necesario, Salazar, que la sigas detenidamente, que te hagas su amiga. Si te es posible, la lleves a los mejores lugares, la pasees en la camioneta. Trata de distraerla, platícale de tus viajes, proponle negocios con la zapatería, llévala al spa…Pero no olvides, Salazar, que siempre, en todo momento, para librarte de alguna posible zancadilla, es preciso que tengas lista una coartada. Magurcia deja de mover los hombros al ritmo de la música, rebosa la mitad de un limón con el salero, lo chupa y escupe las semillas al suelo. Me observa divertida. —No somos detectives, mana. —Es lo de menos, en algún momento conseguiré raptarlo. Será necesario contar con tu apoyo. Y la pistola. Afuera llueve. El de la barra se coloca una mano sobre el cuello y con la otra maniobra un corte rápido que lo deja muerto encima de las botanas. Pero enseguida despierta, saca la lengua y ríe como un idiota. Es hora de irnos. —Esta era la ciudad en la que viviríamos. No se suponía siquiera que tuviera que conocerte, perra. Magurcia -cómo saber si éste es el nombre real- asiente en silencio, me levanta suavemente del brazo y luego, deja caer

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EL VIAJERO 66 Guillermo Beltrán Villanueva

-“Se fue pa’l otro lado”. Nunca volvió. Se hizo americano y ya no nos conoce. No sabemos de él, es un ingrato. -Fue atropellado en el freeway. -Desapareció para siempre… Sólo queda el recuerdo y la nostalgia. Las ganas de seguir las huellas del que huye. ¿Quién sembrará la tierra que dejo el Tata? Las mujeres ahora son madres, tierra, aire y Abandono. Padre y madre. Rafael Hernández, el primer migrante que se fugó a los Estados Unidos, cuando yo era un niño. Estaba muy joven. A los años volvió convertido en estadounidense. Casado. Con hijos. Fue como si volviera sólo, rodeado de extraños que decían ser hijos y esposa, hablando un nuevo idioma. Pronto se marchó y al tiempo las noticias sobre él se convirtieron en una esquela triste anunciando su partida. Para nosotros no era noticia fresca. Lo perdimos desde la vez aquella que se fue “para hacerse rico” y traernos regalos y riqueza por compartir. Fue el amigo de la infancia que nos mostró el camino que alguna vez seguimos y que otros seguirán. Es el destino del hombre. Viajero itinerante. Búsqueda perpetua del lugar para morir. Una tumba abandonada, como huellas de olvido. No lo sé.

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HUELLAS DEL OLVIDO Aquella vez, en que las aves revoloteaban su libertad, al atisbo de esperanza, al acecho de la ley. Tu piel húmeda y la mía tiritaba la tristeza del adiós. El agua escurría su amargura, y no era dulce amigos Poetas. El sigilo zigzagueante de las voces de insistencia y recorrido, fantasmas sin un nombre. Moradores de tumbas del desierto, noche obscura donde yacen maderas envuelve cuerpos de miseria y abandono. Lápidas donde la luna escribe huellas del olvido.

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con una fecha probable del último suspiro. Era el paso errante de mi pueblo que trisaba como un espejismo el cristal de nuestra historia…. Uno de tantos yace desde hace mucho tiempo en un hospital, a pesar del costo enorme que ocasiona su atención, al encontrársele, en un accidente con severo daño cerebral, se le ha mantenido durante años a costas del servicio social que se les brinda a personas de escasos recursos. Todavía desconozco el término: Garaje 66, que se les da a las personas inconscientes o con pérdida total de memoria y sin documentos que lo identifiquen. Pero allí está en la cama de un hospital esperando desde antes que iniciara el nuevo milenio. Desconocido y desconocedor de los acontecimientos que han modificado la sociedad y la propia naturaleza. Es un vegetal, un contenedor, un número que se repite como cábala en nuestras supersticiones. Tal vez la ciencia y la voluntad de los gobiernos decidan actuar y contarnos esa historia contenida en cuerpo y alma, cuyo rostro moreno nos habla un poco de su ascendencia y da esperanza a miles y miles de desaparecidos por los caminos de la impunidad de México, de la delincuencia y de sus autoridades. Allá muy lejos está el padre o la madre; los hermanos y amigos; la ciudad o pueblo, la novia o esposa, la nacionalidad que lo abortó para irse en busca de mejores oportunidades. Tal vez su país de origen lo acoja o lo adopte; lo reconozca o lo ignore, aún después, seguirá siendo aquel trashumante que se convirtió en dos dígitos, sea viajero 66 o “Garage Sixty six”.

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J. Eduardo Gómez R.

Ahora que te vas no sólo dejas la ciudad que te vio crecer, además te llevas problemas sin solucionar que férreamente deseas ignorar... Ese fue el pensamiento que le dedicó. Él, tan común pero rebuscado como un café en las rocas, decidió buscar la felicidad lejos de su núcleo principal para sentirse independiente, ajeno al hecho de que en realidad sigue viviendo la misma situación, con la única variante de encontrarse en otro lugar al que no corresponde, donde el tiempo y la vida habrán de cobrarle caro su mala interpretación de amor a un actor que no sabe siquiera amarse a sí mismo. Pero antes, habrá que remontarse al principio, cuando era un niño deseoso de brincar en cualquier charco que la lluvia dejaba y ver Tom and Jerry. Lluvia que se convertirá en torrente y charcos en los que ha de ahogarse, atrapado en el trance de un mal episodio. Creció en una familia fragmentada por la geografía fronteriza, ya que él se quedó en el lado del “Qué onda” y su padre ‘en el otro’, donde el saludo suele ser un “Hello” y las palabras se distorsionan. Inmerso en esta confusión no sabía ni lograba comprender lo que pasaba.

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Pudo ser feliz a su modo conforme los adultos cada vez se le hacían más distantes, privado del arte de abrazar o sentir de forma genuina. Siendo un púber llegó a considerar ser un cholo más de la cuadra, escapar o seguir estudiando, decidiéndose por lo último, aunque nunca lo abandonaron esas ansias de experimentar algo nuevo, esa adrenalina de las cosas ilícitas, por lo que siguió buscando algo para compensar esta falta. Y, sin imaginarlo, conoció el amor. Infortunio cruel fue que no supiera de afectos, por lo que falló en todo intento por conservarlo, conducido a ser fallado e inevitablemente soportar el mismo fin. Se repetía frente al espejo que era malvado, que al morir no iría a donde las almas buenas se alojan, hasta que se perdió a sí mismo en ideas erradas. Su personalidad la desarrolló de acuerdo a cada situación y conveniencia: juraba amor sin sentirlo, ponía un límite para no desarrollar lazos emocionales y, cuando llegaba a sentir que la premisa se volvía incierta, optaba por retirarse sin dar explicaciones, porque para él huir era lo más sencillo. Lo había aprendido muy bien: porque si no estás, no hay a quién reclamar.

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Ahora cree que encontró el amor y que sus heridas están sanando, sintiendo seguridad y protección con esa persona, sin saber que oculta la fatal ironía de ser igual o peor que él, que pronto se cansará y lo dejará lejos de su casa, abatido, más desdichado de lo que ya era. Haciéndole creer que probó la “felicidad” y la libertad, lo dejarán caer desde una altura de 2240 metros o más y harán latir su corazón a 1495 pulsaciones por segundo… Porque, si algo hay que aprender, es que todos pagamos por nuestros actos, tarde o temprano. De lo que no hay escapatoria es que hoy estamos un día más cerca de dejar de existir.

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La Princesa de Élida. (personaje de Moliere)

Erick Isaac Sainz Castillo

A veces la princesa de Élida se aviene… Hace con el hombre Lo que quiere.

Pero si tú, o si yo La miramos con desdén Nos vería la princesa Con ansia de cariño, de amor, De palabras… ¡y de bulto!

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Flor

Erick Isaac Sainz Castillo Sabe, Flor Que desde hace años Cada noche duermo Escuchando Richard Wagner. Y tengo sueños placenteros Lúdicos, bucólicos.

Si un día, a beso o a caricia Me despertases Yo me atrevería -lo siento Flor¡A estrangularte!

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Duda inexistente Tito Lira El nacimiento de una palabra con significado, es arrancado de los análisis rutinarios que realizan los monosabios que están a la vigila, del nacimiento de cada palabra, su sentido morfológico que ellos le den, depende de que tan rápido se ajusten a los momentos en que esta Dios en su universalidad y creación del sistemas de cosas, al lenguaje oral y escrito, le puso su énfasis para que este discurriera y fuera entendido como un lenguaje universal, quien sin entender lo que significan una palabras para el desconocidas y con el solo mirar de la forma como lo dicen interpreta lo que quieren decir in entender lo que significan una palabras para el desconocidas y con el solo mirar de la forma como lo dicen interpreta lo que quieren decir? Nace la revolución junto al abecedario cuando Adán se rebela a querer regresar al pasado silencioso que se le impuso como norma para poder vivir en el Edén, la mujer como fiel interprete de las necesidades de la pareja acerco lo que para ella era un comentario, sin herir a la serpiente que en todo momento con su lenguaje viperino le quería mostrar, matando la paz y tranquilidad que hasta ese momento se sentía; Nos es que seamos imperfectos, solo que no logramos interpretar en el juego del lenguaje que a manera de parábola Dios nos quiso explicar y de ahí que cada quien le da su interpretación según sus necesidades y según su control que se quiere tener de aquellos que no tienen la capacidad de pensar.

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Que tiempo en el espacio lo interpreto como algo único Sócrates, Platón y Aristóteles la relación del ser con la naturaleza que solo alcanzaron a comprender que en su corta etapa de su vida intentarían al menos explicarse y dejar como legado que ellos solo saben que no saben nada; ya en otro tiempo y espacio, nace la duda de lo que realmente se es, poniendo en práctica y cuestionando lo que creían que único y verdadero, Dios solo juega al ajedrez mental con ellos al dudar de su existencia; más tarde se rompe el silencio cuando se descubre que la naturaleza, esa rama compleja de la realidad solo es entendible cuando se preguntan que tenemos que hacer o que hacemos aquí y para que estamos aquí, culturas más culturas, son la suma de un conocimiento que de acuerdo a su legado ancestral, han puesto en duda su vida y su forma de interrelacionarse con los demás. Este mismo escrito es una narración sin orientación en el espacio de este tiempo que discurre sobre la necesidad del aprendizaje, solo son texto sin sentido, que busca la reacción o rechazo del estado de ánimo de quien lo lee, gloria al que no lee para glorificarse, sino aquel que solo lee para conocer la naturaleza del lenguaje en sus diversas formas de expresión.

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La horrible infección Jazmín Lozada Ángel La cuchara, el vaso, la taza, la cafetera en el fregadero, llenándose de moscas, expidiendo olores de pesadillas, de pasillos obscuros, de amores muertos. Las cuatro de la tarde, la misma hora en que se dieron su primer beso, Catalina lo recordaba, porque le encantaba recordar cosas. Muchacha nostálgica. ―Alberto…― Suspiraba como colegiala. ― Alberto― Decía y el aire se le acababa. ― Alberto…― Cada vez con un tono más triste ― Alberto…― Poco a poco la voz se le iba apagando―Al…ber…to― Dejó caer la “O” tan fuerte que la mesa tembló. Las moscas seguían sobre el trastero, sobre la fruta. Los mangos ya eran negros, las manzanas despedían vinagre. Todo era ácido, su boca, sus labios, ácidos, brillantes. Se escuchaba, el tic tac del reloj, el aleteo de las moscas. La luz entraba por una ventana sucia. Catalina contemplaba el polvo que se dejaba ver entre los rayos del sol. Brillaban, parecían danzar. Por un momento pensó, en que ella, en algún tiempo también sería polvo y podría bailar entre los rayos del sol. Quiso sonreír, movió levemente los labios, pero se movieron en sentido contrario. Si alguien la viera, pensaría que está muy triste. Le dolía la espalda, tenía frío, no se quería mover. Planeaba pasar ahí el resto de su vida. ¿Cuándo moriría? Sabía que le quedaba suficiente tiempo para recordar. Alberto, estaba acomodando libros dentro de una librería en donde trabajaba.

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―Hola, buscó libros de poesía. ― Catalina no sabía qué, pero sentía la necesidad de ver belleza, de sentir, y al mismo tiempo quería aprender a soltar, por medio de la palabra, los monstros que no la dejaban dormir, que le susurraban al oído que se cortara la piel, que cruzara la calle sin ver, que se fuera lejos y nunca regresara. ― ¿Algo en particular? ― Pues, si tienes de Baudalaire. ―Tengo un libro de ensayos sobre la obra de Baudalaire. Los libros de ensayos no fueron suficientes para calmar las ansias de belleza, pero sí para encontrar el amor. Alberto la invitó a tomar un café, sin saber lo importante que sería, en la vida de los dos, aquella infusión, negra. A Catalina no le gustaba tomar café, pero disfrutaba de mirarlo, porque en una taza de café encontraba la noche.

- Et pourtant vous serez semblable à cette ordure, A cette horrible infection, Etoile de mes yeux, soleil de ma nature, Vous, mon ange et ma passion!

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“-Y sin embargo, tú serás semejante a esa basura, A esa horrible infección, Estrella de mis ojos, sol de mi natura, ¡Tú, mi ángel y mi pasión!” Una Carroña. Baudelaire. Era el poema favorito de Catalina. ¿Cómo no serlo? ¡Si era tan dulce entre tanta peste y morbosidad! ―Alberto, mi amor― Dijo entre sollozos. ―Eres la horrible infección. Una mosca voló del fregadero, a la mesa, frente a Catalina. ―Somos una horrible infección. Pero no era la sangre hirviendo por los rayos del sol, secándose, evaporándose, pudriéndose, lo que los volvía una horrible infección. Era otra cosa, más humana. Después de dos años, una vida para los veinteañeros, Alberto la había traicionado, Catalina lo había traicionado. Una noche, no puedo más con su indiferencia, sentía que sus caminos se separaban, que todos los planes acabarían. No podía regresar con las bestias que la habitaban. Nada tendría sentido. Alberto no podía irse por la puerta y cerrarla, dejarla ahí, para ya nunca volver. Borrarla de la memoria, como si nunca hubieran existido en todos esos lugares donde anduvieron. No podría, no quería estar sin él. ―Alberto, no te dejaré ir. ― Le advirtió desde la puerta impidiéndole el pasó. ―Ya lo platicamos. No podemos seguir juntos. Tenemos que seguir adelante, estarás bien.

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― ¡No!, ¡Cállate! No sé estar bien sin ti. No lo entiendes. En cuanto salgas por la puerta, los demonios vendrán y me comerán lentamente, pero sin fin, porque me morderán y cuando crea que he muerto, volveré a despertar completa, sin rasguños. Pero luego ellos volverán y así sucesivamente. Alberto, duele mucho, arde. Cada mordida arde. ―Necesitas ayuda. ―Sí, eso necesito. Ayúdame. Por favor. ―No puedo, yo no puedo ayudarte. No sé cómo. ―Solo necesito que me quieras. ―Ya no sé cómo quererte. ―Como lo hacías antes. A todas horas, todos los días. ―No, ni tú, ni yo somos las mismas personas. Déjame pasar. ―Alberto… Si algo nos separa, será algo sublime. ― ¿De qué hablas? Catalina sonrió, mientras veía a una mosca sobándose las patitas. Mientras Alberto se inflaba. Mientras el último rayo de sol pintaba el piso, y la habitación se hacía oscura, y el ácido resbalada de las manzanas y de su boca. Aquella noche, las bestias llegaron puntuales, estaban ansiosas por alimentarse. Pero no encontraron a Catalina.

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Índice

Aliados -----------------------------2 No somos detectives ---------5 El viajero 66 ---------------------9 Huellas del olvido ----------10 J. Eduardo Gómez R. -----12 La Princesa de Élida -------15 Flor ---------------------------------16 Duda inexistente -------------17 La horrible infección -------19


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