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Cascabel29 Literaturas

Narrativa

de Saltillo, Coahuila

Escriben: Armando Alanís Arturo Recio Dávila César Gaytán Víctor Antero Flores Marlen Curiel Ferman La Paz, B.C.S. mayo-julio 2016


Revista Cascabel No. 29 La Paz, B.C.S. mayo-julio 2016 Director: Raúl Cota Álvarez Consejo editorial: Julio César Félix Lerma Raúl Antonio Cota Ecatl López Daniel Olimón

En este número: Armando Alanís Arturo Recio Dávila César Gaytán Víctor Antero Flores Marlén Curiel Ferman

Revista Cascabel es una publicación independiente circula trimestralmente en la ciudad de La Paz, B.C.S. y diversos puntos del país. se autoriza el uso del material siempre y cuando se cite la fuente


Uno de los horizontes de la promoción y difusión de la literatura, es el lector fuera de las fronteras inmediatas. Todo proyecto independiente debe apostar por la colaboración fuera de sus lindes, por llevar a la distancia la propuesta editorial, y traer de ella, letras y creadores nuevos que contribuyan a robustecer la perspectiva lectora de los nuestros. En este número de Cascabel, Armando Alanís, Arturo Recio Dávila, César Gaytán, Víctor Antero Flores y Marlén Curiel Ferman reúnen sus talentos para mostrar la narrativa de Saltillo a los lectores de la revista.

Agradecimiento especial merece Roberto Rocha Rodríguez, escritor e importante promotor cultural de Saltillo, quien fue enlace entre la publicación y los escritores que hoy nos hacen el honor de mostrar sus textos. Seguimos trazando las rutas correctas, encontrando anclajes para formar la red de colaboración en favor de las nuevas letras mexicanas, gracias por la con�ianza, pero sobre todo, por la lectura. Sigamos haciendo realidad nuestra literatura. Bienvenidos.


Canas Armando Alanís

No sé si a todos les pasa lo mismo, pero el caso es que no advertí cuando la primera cana hizo su aparición en el laberinto de hilos castaños que tenía encima de mi cabeza. Tampoco noté el surgimiento de la segunda cana, ni de la tercera. Tal vez brotaron de una en una; tal vez en racimos o mechones. Mi mujer pudo habérmelo dicho. ¡Mira, ya te salió una cana! Fíjate bien: brota del partido, ahí en medio, y se extiende hasta la oreja derecha. Frente al espejo, yo habría terminado por descubrir el cabello blanco mezclado entre cientos de cabellos oscuros. Pero mi mujer, casi siempre tan extrovertida, en algunos asuntos opta por la discreción y hasta por el silencio. No me dijo nada, pues. Tampoco nuestro hijo, que estaba más preocupado por la temporada de futbol y por conquistar a sus compañeras de la prepa que por las canas de su padre. Ignorante de mi nueva situación, me presentaba cada mañana en la universidad como si todo siguiera igual. En el salón de clases me retrepaba en mi asiento, detrás del escritorio, con la seguridad en mí mismo que me gusta exhibir ante mis alumnos desde hace más de veinte años, y les daba cátedra sobre poesía contemporánea con el entusiasmo y la emoción acostumbrados. Desde luego, ninguno de aquellos muchachos llenos de ilusiones comentó nada sobre el nuevo aspecto de mi pelo. Mis amigos y conocidos guardaron un prudente silencio. Por su parte, Lorena, mi amante, seguía mirándome con los mismos ojos de admiración y deseo cuando estábamos en la cama, en el motel al que solíamos ir una o dos veces por semana. Fue mi madre, quien hacía poco había sido operada de cataratas, la primera en decírmelo, una vez que fui a visitarla. A ver si no terminas como tu papá, dijo: cuando murió, el poco pelo que le quedaba era ya completamente blanco. ¿No lo tenía entrecano?, objeté. Milagros del Just for men, señaló ella con una risita.

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No comenté nada, pero luego de que ella me pusiera al corriente de las noticias, que había visto en el noticiero de las seis de la mañana, fui al cuarto de baño, puse seguro a la puerta y, de cara al espejo del lavabo, me enfrenté a la innegable realidad de que, entre los rulos de mi cabellera castaña, de la que estaba tan orgulloso, se habían colado algunas canas. Quise contarlas, pensando que se trataba de cuatro o cinco, pero no me fue posible: mi pelo seguía siendo, en su mayor parte, castaño oscuro, pero los cabellos blancos en maridaje con los otros no eran cuatro o cinco como me había parecido sino veinte o treinta. O cuarenta. ¡Sólo Dios sabía cuántos!

Una vez que las canas empiezan a salir, no hay quien las detenga. En unos cuantos meses lucía en la terraza de mi cabeza lo que se puede llamar con justicia una cabellera entrecana. Las palabras de mi madre sobre los milagros de los tintes volvían a mi memoria una y otra vez, pero me obstinaba en rechazar la posibilidad de pintarme el pelo. Se entiende en una mujer, meditaba, pero un hombre que se pinta las canas es un hombre inauténtico. Luego pensaba en mi padre muerto. Tenía ochenta cuando falleció de cáncer pulmonar, pero aparentaba setenta. Esto último, ¿gracias al tinte? En la calle me había vuelto muy observador. Tanto si iba en coche como a pie, no dejaba de mirar a los tipos que caminaban por la acera ni de atisbar a través de las ventanillas de los automóviles. Me di cuenta de dos cosas. La primera, que los hombres canosos parecían más viejos que los que tenían su misma edad pero que se pintaban el pelo. La segunda, que comparando a los canosos con los no canosos, aquellos exhibían una personalidad más interesante. Llegué a una conclusión: las canas daban años, pero también personalidad. ¿Qué era lo que prefería para mí mismo? No tardé en darme cuenta de una tercera circunstancia: no había demasiados hombres canosos en la calle. Recordaba los tiempos de mi niñez y adolescencia: entonces era impensable que un hombre se tiñera el pelo, y los únicos tintes que se encontraban en farmacias y tiendas de autoservicio eran para mujeres. Uno veía que muchos hombres que pasaban de los cuarenta tenían canas: pocas o muchas, pero las tenían. 3


También papá, bien que me acordaba. Lo que no podía recordar era el momento en que mi progenitor decidió usar un tinte, pero hay que tomar en cuanta que una vez terminada la prepa me fui a la Ciudad de México a estudiar Letras y sólo veía a mis padres en vacaciones. Cuando regresé a Huesos Viejos, ya recibido, me acostumbré rápidamente a ver a papá sin una sola cana en su, por otra parte, no muy abundante cabellera. Con alguien tenía que consultar el asunto, y la elegida fue Lorena. Ese miércoles, luego de hacer el amor, nos quedamos tendidos en la cama, desnudos. Ella apoyaba su cabeza en mi pecho. Empezamos a platicar de uno y mil temas, como solíamos hacerlo, hasta que en cierto momento deslicé la pregunta que me quemaba los labios: Mi amor, ¿crees que debo pintarme el pelo? Sorprendida por la pregunta, Lorena se incorporó sobre la cama y me miró con detenimiento. No, por Dios, contestó después de un minuto, pasando cariñosamente su mano por mi copete, ¡eres mi zorro plateado! No me animé a recordarle que nuestra relación había empezado cuando todo mi pelo era de un uniforme color castaño oscuro. En los próximos meses, llevé a cabo una pequeña encuesta que incluyó a mi esposa y a varios de mis amigos. Estoy en contra de los tintes, recuerdo que dijo, tajante, uno de mis colegas en la universidad estatal. Otro, en cambio, comentó: Hoy en día sólo los estúpidos tienen el pelo blanco. Miré el cabello de mi colega y, en efecto, no presentaba ninguna cana. ¿Tú te lo pintas?, le pregunté. Si lo necesitara, lo haría, contestó, y me dejó con la duda de si todo ese pelo azabache recibía o no cada mes la ayuda de un tinte. En resumen, la encuesta me sirvió de muy poco porque el cincuenta por ciento de los consultados estaba a favor de pintarse el pelo y el otro cincuenta en contra. Un dato curioso: casi nadie aceptaba que usara algún tinte, ni siquiera Rodrigo, uno de los amigos con los que jugaba dominó los viernes por la noche y cuyo pelo rubio parecía más falso que un billete de cien mil pesos. Que me cuelguen de un puente si Rodrigo no hace algo con esa mata amarillenta, pensé.

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Curioso que fuera mi madre, una viejecita octogenaria, quien más �irmemente apoyara la idea de que empezara a usar tinte, y como soy un hijo muy obediente, decidí hacerle caso. Mi amistad con el Just for men coincidió con el �inal de mi relación con Lorena. Ella nunca me reprochó que hubiera dejado de ser su zorro plateado, pero una noche, en el motel, cuando nos vestíamos para marcharnos, dijo de sopetón que lo había pensado bien y que era mejor que suspendiéramos nuestros encuentros eróticos. Tan amigos como siempre, me dijo cuando la dejé en su casa, y me quedé con la duda de si el tinte tenía algo que ver con el abrupto término de nuestra relación. La culpa, estaba seguro, no había que atribuirla a la disminución de mi potencia sexual de los meses recientes. En las últimas semanas había tenido algunos problemillas con mis erecciones, pero estaba convencido, y así se lo dije a Lorena para tranquilizarla, de que eso pasaría pronto y yo volvería a ser en la cama el toro bravo de siempre. Por cierto, ninguno de mis amigos me preguntó cómo había sido posible que, de la noche a la mañana, las canas se hubieran esfumado de mi cabeza. Nadie, salvo mi madre, elogió mi decisión de teñirme el pelo. A mi mujer no le parecía ni bien ni mal. Sólo te pido, dijo, que tengas cuidado al aplicarte el tinte porque dejas el piso del baño salpicado de manchitas negras. Estaba contento con mi nuevo look. Aunque nadie me lo dijera, seguro que me veía más joven. En cuanto a la personalidad que supuestamente otorgan las canas, podía prescindir de ella. Del tema de la autenticidad o falta de autenticidad, ni hablar. Lo esencial, re�lexionaba, es no verme más viejo de lo que en realidad soy. Todas las mañanas, antes de salir de casa, me daba un tiempo para mirarme al espejo, satisfecho de haber recuperado mi antiguo aspecto juvenil. Por cierto, me hice de una nueva amante, y aunque todavía tenía problemas con mis erecciones, estaba convencido de que pronto lo superaría. Mientras tanto, no estaba de más que me comprara en la farmacia dos o tres pastillitas de Viagra. Todo iba de maravilla hasta que, una mañana, advertí las entradas en mis sienes. Usando un espejito manual enfrentado con el espejo del lavabo, contemplé mi nuca. Quise morirme: ¡me estaba quedando calvo! 5


LA ÚLTIMA LLAMADA Arturo Recio Dávila

Cuando regresó a casa, de malas y acalorado, vio su soledad re�lejada en la pintura de un bergantín a punto de hundirse en el mar embravecido. El óleo del danés Martín Priggs siempre había estado ahí, pero nunca hasta entonces le había prestado la debida atención. En un hábil manejo de luces y contrastes, el autor había logrado que el agua se tornara inconmensurable, aterradora en su profunda oscuridad, mientras la diezmada tripulación de la nave luchaba por mantenerse a �lote. El hombre, de modos violentos y rostro perfectamente afeitado, envolvió el portafolio con el enmugrecido saco de pana y lo aventó al sofá; se desanudó la horrible corbata de diagonales amarillas con bolitas color aceituna –75 por ciento poliéster, 25 por ciento algodón– y a�lojándose el cinto rastreó noticias sobre la vieja alfombra. Nada, ni un telegrama. Ese día el cartero ni siquiera había dejado las papeletas promocionales de la tienda de vestir. Se dirigió a la cocina para prepararse un agua mineral con mucho limón, pero la carestía de provisiones en el congelador lo plantó en la realidad. Sonrió con pesadumbre. “Sólo esto me faltaba”, murmuró, restregándose la palma de la mano sobre la cara y peinándose la mata de cabellos bañada en sudor. Debió conformarse con un vaso de agua tibia del fregadero, donde recipientes, vasos y cucharas �lotaban en aguas grasosas. Mientras bebía agitando entre sus dedos el vaso de vidrio, impregnado de manchas de leche en sus bordes, hizo un recuento del día. “Un solo voto”, pensó, al volver a situarse en el vetusto Salón de Actos de la sombría Facultad de Derecho, donde se jugaba el Decanato. Sin duda, el profesor Moncada lo merecía. Todo él, hasta los agentes externos a su genio humano (los cuales, de paso, eran poco resistentes a una evaluación objetiva) constituía un currículum imposible de vencer: su cabeza repleta de canas, su famosa crueldad al tachar los exámenes, su porte marcial al dirigir la clase, sus ojos oblicuos de carcelero �iscalizando la hora de entrada... Y en el otro lado, Menéndez.

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A favor de él, pocas cosas. Acaso su fervorosa entrega: ni un solo retardo, ni una sola ausencia en quince años. Pero nada qué hacer frente a un Monstruo. Ahora lo veía demasiado claro: un actor de relleno, “profesor, ¡usted compone la terna!”, sólo para dar realce al encumbramiento de un Maestro en toda la extensión de la palabra. ¡Y él se lo había creído! Y la derrota llegaba en el peor momento: su trabajo no era tan valioso como él suponía. Entonces se percató de que era una parte ín�ima del Universo, un tornillo más en el engranaje. Comenzó a silbar la tonada de “Queja Indiana”, de Gardel. Había descubierto que los tangos eran el antídoto perfecto para solventar los momentos más aciagos de la existencia. Sólo que esa vez, a media canción, rompió a llorar como nunca. En medio de la crisis, empapado en sus lágrimas, dirigió la vista al teléfono y acarició la idea de que repicaba. En ese estado hipnótico calmó de pronto sus hipeos: había sentido, absurdamente, como si alguien lo observara desde más allá de las paredes. Limpiándose las lágrimas se dirigió a la sala y descolgó, sintiéndose un poco estúpido, con esa ronca voz que despertaba admiración (alguien una vez le dijo que creía estar hablando con Dios). Interpretó en el silencio una señal a sus deseos, los ojos destellaron. Las venas del rostro se contrajeron y se dilataron en perfecta mezcla de azoramiento y alborozo. Ensayó otra frase, más amable esta vez, arqueando la mano en la bocina para asegurarse de ser escuchado. Al otro lado de la línea creyó escuchar un respiro entrecortado, una voz ahogada, acompañada de una gélida repetición de tonos ululantes. –Ofelia –dijo para sí, liquidando el último trago y estrellando el vaso contra la pared–. Eres una puta. Tambaleándose regresó a la sala. Ya estaba más tranquilo. Sobre la mesa de centro había un amasijo de periódicos pasados. Tomó la sección internacional y echó un vistazo a los ataques chechenos en la frontera rusa y a la inmolación de un hombre-bomba en un café del Medio Oriente atestado de turistas españoles. Paró en las notas necrológicas, le llamó poderosamente la atención la muerte de dos “R/N” en un solo día. Tomó otra sección y leyó entera la columna “Tolete candente”. Era la primera vez que leía algo de deportes. Se relamió los labios resecos y tuvo antojo de cigarro. Palpó el bolsillo de la camiseta en busca de la cajetilla. 7


Aún quedaba uno; se lo llevó a la boca y reanudó la lectura, y sólo entonces comprendió que tenía que levantarse para ir por los fósforos. Cuando estaba a punto de incorporarse recordó que no había combustible: el cigarro a media mañana se lo había encendido un bolero que le había embetunado los zapatos por veinte pesos. “Estúpida”, pensó, mordiendo centímetro a centímetro el papelito circular, como si se lo fuera a tragar. “Demasiado estúpida”. Volvió a estudiar con ojos templados la patética lucha del cuadro: el Hombre contra el Destino, la Vida contra la Muerte, el Olvido contra la Memoria... Se le ocurrió que los marineros son gente perturbada mentalmente... ¿Cómo pelear con un cúmulo invisible de fuerzas implacables? Tomó el cigarro entre sus dedos, lo trozó a la mitad y se levantó de un salto. Fue a la recámara. Abrió un cajón. Tomó el arma. Checó el cargador. Cerró los ojos. Sintió el frío del mar lamiendo su cuerpo. Treinta segundos después, el teléfono timbró.

Saltillo, Coahuila Julio-agosto 2003

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Dejarse morir no es tan fácil César Gaytán

La puerta de la cantina se abrió y un hombre salió disparado hasta el piso. No alcanzó a meter las manos y fue de boca en medio de la calle. –Si te vuelves a parar por acá sin el dinero no la cuentas –dijo una voz desde el establecimiento. El viejo intentó pararse, pero cayó de nuevo como si el sol del mediodía lo hubiera aplastado. Luego se acomodó sentado, meciéndose como si el viento lo empujara un poco hacia todos lados. Verlo en la calle con la cara hinchada y la barba de pocos días me recordó a papá. Me reí. Supuse que se lo merecía. Seguro se había puesto una borrachera de aquellas y no tenía para pagar. Cuando acordé, Omar ya había parado el balón. Caminó hasta él para echarle una mano y lo seguí. Le preguntamos si necesitaba ayuda, pero no respondió. Se quedó dormido. Todavía ha de estar pedo, le dije mi amigo. Él no me hizo caso y lo movió por el hombro, lo jaló de la gorra. Con un movimiento de relámpago el viejo se reincorporó, nos vio con espanto y empezó a gritar: –¿Qué pasó?, ¿quiénes son? Háganse de aquí. No ven que tengo una maldición que hace que todo me salga mal. Me lo dijo doña Purita, una bruja con la que fui el otro día –pronunció arrastrando la voz como si estuviera modorro. Se rascó el pecho entre la camisa desabotonada. Se acomodó el pantalón cerca de la ingle, pero no se subió la bragueta. Omar le pidió que se calmara. Le ofreció una botella de agua que acaba de comprar. El hombre se abrió la chamarra, sacó una licorera y le pegó un tragó largo. –Miren, es que traigo unos demonios que me siguen a todos lados. Y se la pasan haciéndome travesuras. Me meten las patas, me jalan la ropa y me chi�lan para yo me parta la madre. Si ahorita se me pareció uno aquí en la puerta de la cantina. No lo vi al canijo que me estaba siguiendo la espalda y me aventó. Ora si no. Nosotros nos miramos extrañados. La verdad me estaba aguantando la risa, no sé Omar. Le pedí el balón, pero al pasármelo se le cayó. El borracho se estremeció todo y se echó para atrás sobre el suelo. 9


–¿Lo vieron al hijo de pinche madre? –gritó de nuevo–. Corrió atrás del bocho. ¿Lo vieron al cabrón? No lo vieron porque son muy rápidos los jijos de su rejija. Están chiquillos, parecen ratas, con patas largas y peludos. Y se la pasan riéndose de mi. Ahí está, cerquitita de la llanta, ¿no lo ven? Omar le recomendó que se pusiera a la sobra y se quitara la chamarra. Le ha de haber dado un golpe de calor, oiga. Ya está viendo cosas. Como si esas palabras lo hubieran herido, puso la cara seria, suspiró hondo, aunque tambaleó se puso de pie, se sacudió el pantalón y se acomodó la gorra. –Que hace mucho calor, compañero. ¿Entonces por qué me puse está chaqueta si hace tanto calor? Es por mi mala suerte. Le digo que traigo la maldición. –Se llevó las manos a la cabeza y se la apretó tan fuerte que los brazos le temblaron–. Imagínate qué cosas tan perversas hice para me hagan pagar así… Y luego me dijo la pinche bruja que lo peor es que tiene que pasar mil años para que pueda descansar, porque las cosas que he hecho no son nada más de esta vida. Son de varias, ¿tú crees?, ¿y tú? Me hice para atrás. Vi que del otro lado de la calle unos adolescentes tomaban fotos o video con sus celulares. Ya vente, déjalo, está chisquiado el viejo. Y nos pusimos a echar la reta de fut otra vez. –Sí, gracias por ayudarme. Yo también ya me tengo que ir antes que estos cabrones estos salgan otra vez a joderme. –volvió a beber de la licorera– . Y si pueden recen por mi para que me cure. A la mejor si alguien me hace favor Dios me perdona. Lo miramos de reojo y luego lo seguimos a ver qué hacía. Caminó lo más derecho que pudo, pero una tos lo encorvó hasta dejarlo chiquito. Temblaba como si su cuerpo estuviera hecho de pequeños terremotos. Se alejó por en medio de la calle vacía hasta la entrada del Santuario, dos cuadras más abajo. Subió las escaleras y continuamos la cascarita. Minutos más tarde una señora ancha y de vestido largo lo llevó a tirones hasta la banqueta. Le dijo que ya muchas veces le habían pedido de buena manera que no vaya con esas fachas a la iglesia, que si lo vuelven a cachar queriendo robarse las limosnas van a llamar a la policía. Le reclamó ser un bueno para nada, que debería tener vergüenza, que si no le da asco andar todo orinado. Alzó la cara, dio la vuelta y regresó al templo. 10


El hombre maldito se sentó en la cuneta junto a un puesto de periódicos. Vio algunas portadas y se echó a llorar. Omar no pudo aguantarse. Fue a hacerle compañía. Yo me quedé a varios pasos. Vi que algo platicaron. El viejo sacó algo de su pantalón, se lo dio a mi amigo y este le asintió con la cabeza. Cuando regresó conmigo le pregunté qué había pasado. El señor le dio 15 pesos, le pidió otros tres prestados, y le pidió que le comprara un licor en la tienda de la siguiente cuadra. Lo toma de la ropa y lo encamina, a tirones, hasta la escalera. Le dice que ya muchas veces le han explicado que no puede estar ahí con esa facha y es mejor que se vaya. El maldito se sienta en un escalón y empieza a llorar y después echa a reír con voz de trueno y regresa al llanto.

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Farinelli Blues En tres movimientos Víctor Antero Flores Primer movimiento: Opertura a la italiana. Este es mi último fusil. Arcaico artefacto que siendo tan viejo no puede ser mío. Y comienzo hablando en memoria del gran castratti porque su forzosa condición superó por mucho a decenas de hombres, que con sus gónadas bien puestas, son incapaces de ser y de hacer, porque virtualmente les han sido sustraídas. No es el pobre hombre desovado a quien estas letras lego sino al cirujano que hace tan �ina cirugía: la mujer castrante.

No por nada Perseo buscó a Medusa y lo cortó la cabeza; de su sangre nació Pegaso, símbolo inequívoco de la libertad. Madre o esposa, nunca amiga, son las condiciones para la Dona Castrante. Lo que nos lleva a pensar que el inicio de esta historia no fue la liberación femenina, esa es otro cuento de miedo muy diferente a los horrores de la actualidad, en donde la entrecomillada igualdad que buscan algunas beldades se ha salido de control convirtiéndose en una sanguinaria guerra, cuchillo en mano, para robar el poder de esa sustancia milagrosa llamada testosterona. Esta historia tal vez comenzó cuando una Eva nació de la costilla de un Adán y no conforme con ser parte de él quiso seguir quitándole cosas.... cosas para colgarse, por supuesto. Oh, madre, la placenta donde crecemos no es para siempre. Así nos quieren educar, no para ser hombres, sino para ser homúnculos que comprendan a sus mujeres... es decir: locos... y pensar que hay treintañeros que todavía dicen: si llego tarde mi mamá me mata. Claro, porque ella tomó la precaución de haberle hecho una orquiectomía inguinal radical virtual, guardado, casi castigado sus huevos en un cajón... los huevos los tiene ella, con lloriqueos y todo. 12


Aún y con eso, a veces el castratti llega a la edad en que debe de casarse, no digo que quiera, sino que debe, ¡por orden vaticana!, porque es el autómata de la voluntad de las gónadas que ya no son suyas. Y como le han quitado su poder, su rebeldía, su autoestima, su virilidad y su ser caprino, ha quedado como humilde y bonachón buey que lame su yunta mientras va arando la alfombra roja camino al altar. Segundo movimiento: Molto agitato. Sinceras miradas frente al altar... no de los novios, sino de novia y suegra. Mayor fraternidad no puede concebir un útero. A la hora en que el hombre da un humilde, sincero y ajeno sí, la señora sonríe y muestra con gracia a su nuera la bandeja de plata con el humeante y exquisito platillo de criadillas en su jugo. El cual ha preparado para tan fársica ocasión durante muchos años. Los sacó del cajón, les puso sus mejores sales y condimentos, listos para cambiar de manos... el regalo de novias... la voluntad del hombre. Matrimonio: Ahora, el mancebo desposado ya no puede irse de cabrón sin que le mienten la madre, ya no puede mirar las piernas de sus compañeras de trabajo sin que le digan “pero si tu ya estás casado (que para ellas rima con capado), ni dedicarse a eso que tanto le gusta sin que lo llamen iluso. Estas mujeres que dicen tener muchos huevos, sí, los tienen, pero no son suyos, antes debieron quitárselos a alguien, al garruño, al arrebato, sin condiciones. Y aún, habiendo perdido el derecho de ser llamados huevones, los castratti virtuales escuchan la adjetivación una y otra vez porque el vacío que deja la castración produce: la nada. Inútiles, sí, así han quedado, e ignorantes de la mutilación que causan, las Donas Castrantes, repiten tal palabra: ¡inútil! Mientras con la mano, en la bolsa de su mandil, juegan a las canicas.

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Para ellas la vida es un juego de muñecas en donde Pinpón es un muñeco muy guapo, pero de cartón y a �inal de cuentas, un muñeco asexuado, moldeable, manipulable, muy conveniente y cómodo. De lo contrario, si tuviera voluntad he hiciera su deseo, no sería Pinpón, sería: El egoísta y el machista. La Dona Castrante no busca, anhela el matrimonio... y ahora me pregunto, ¿por qué el acto consumado de la unión pública y legal tiene que referirse al matriarcado, siendo que nuestras raíces teológicas árabes le tiran más al patriarcado? No he querido responder esta cuestión por miedo a que ande yo inventado términos convenientes para mis pobres lamentos, creo que me equivocaría... creo que la estoy errando... mejor le pregunto a hombres que saben contestar, a los que su fama y talento hace más veraces sus palabras: Ayer le pregunté a Enrique Jardiel Poncela y me dijo Patrimonio es un conjunto de bienes; matrimonio es un conjunto de males. Esto me da una pista... Poncela sufrió orquiectomía virtual. Por eso ya hace tiempo que detuve mi afán por entender a las féminas... encomienda de un par, que buscaban la dichosa digni�icación de la mujer... Freud me dijo que luego de treinta años de estudiar la psique femenina jamás pudo saber qué diablos quieren las mujeres, ¿además del matrimonio? Mejor allí le dejo, porque me acabo de dar cuenta que esa palabreja rima con demonio. Tercer movimiento: Fuga con moto.

Aquí las anáforas no son de mi uso personal, pero tampoco están en desuso. Y podríamos decir para está fuga, que los hombres no huyen por cobardes del matrimonio con una Dona Castrante, sino porque ya fueron valientes durante muchos años. Recuperar el uso propio de las gónadas no es ni será cosa fácil. Basta encontrar el momento para quitarle a su carísima mitad lo que es propio y luego soportar el tsunami de histeria que se volcará sobre sus huesos. En Polonia dicen que la mujer llora antes del matrimonio, el hombre después. 14


A la par en que el uso de la cordura y los huevos vayan tomando forma propia, ya podrá decir el otrora castratti, como el marido gringo a su mujer, “Es cierto que no te quiero tanto como cuando éramos novios, pero es que a mi nunca me han gustado las mujeres casadas”.

Y como ven, aquí cargo el último de mis fusiles con tanta “preguntadera”. Jerry Lewis dijo “Seguramente existen muchas razones para los divorcios, pero la principal es la boda”. ¿Y qué cosa es el matrimonio? Yo no tengo respuesta, pero Alejandro Dumas el chico dice que es una cadena tan pesada que para llevarla hace falta ser dos y, a menudo, tres. Hedí Cantor dice que es tratar de solucionar, entre los dos problemas, que nunca hubieran surgido al estar solo. Y Nietzsche asegura, sapientemente, que el matrimonio acaba muchas locuras cortas con una larga estupidez. Estamos entre dos fuegos: para la Dona Castrante, si el marido no lleva sus bolas puestas es un idiota y si las trae bien puestas, también es un idiota. Por eso le pregunté a alguien más viejo y trágico, conocedor sabio de la condición humana, Sófocles: “Me preguntas si debes o no casarte; pues, de cualquier cosa que hagas te arrepentirás”.

Caramba, todo parece una sentencia. Por desgracia, porque no hay mayor debilidad para un hombre, que se sienta hombre, que las mujeres. Excepto para algunos homosexuales y algunos ya castrados que entre comillas “son muy respetuosos”, como su mamá les enseñó. Pero a todos nos gustan las mujeres, al grado que puedo decir que en este mundo de grandes inventos, de creaciones increíbles, de hombres que han logrado volar con máquinas, desplazarse, comunicarse, repetirse, en este mundo de inventos, el mayor de todos es la minifalda. Porque ya sabemos que cosa jala más que la vieja yunta. Por eso estamos condenados, si no vemos bien ese cuchillo en la mano de las ocas que tan arrebatadamente nos encantan.

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Ah, mi buen Farinelli, tu condición permitió que tus amantes nada te robarán y, como la trucha, te comías la carnada sin tragarte el anzuelo. Ahora te ríes de todos tus émulos que no hacen porque no tienen. Y te carcajeas en la tumba del señorito pomposo que con modos de hombre correcto hace lo incorrecto y de los otros que con modos mujeriles se proclaman metrosexuales y aceptan los choros feministas, o de los que se refugian en el adulterio decente, como diría Atenágoras de Atenas, o sea en al segundo matrimonio... te ríes porque sabes que lo hacen para no perder terreno con ellas, cuando en verdad están perdiendo los huevos. Por eso me he fusilado a grandes hombres, porque con tanta agitación yo ya no tengo argumentos... ya algún día sin querer desbocaré alguna idiotez en publico y no faltará el que diga, ¡ah, que grandilocuencia, este hombre ha dicho un concepto inteligentísimo con respecto al matrimonio y la castración!... otro más inteligente dirá: sí, era un grande hombre, muy grande por cierto, medía casi un metro noventa. Aunque yo preferiría que dijeran solamente: miren, aquí corrió...

6 de octubre de 2005

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FIJACIÓN DE LA MEMORIA Marlén Curiel Ferman Apareció un día Francesco Pincetti, célebre pintor de la escuela de Leonardo, heredero de los ojos sublimes en Florencia. La sala del teatro lo arropó en su silla de terciopelo rojo, que salía cada dos cuaresmas y un otoño. De carácter imprevisible, la silla, podríamos decirlo así, tenía muy en claro quiénes sí y quiénes no podían comprender lo que ocurría en ese escenario mágico, lugar donde un bailarín francés y una bailarina mexicana hacían del amor una suerte de procedimiento alquímico a través del cual las cosas inmóviles se volvían �ieras de campo o golondrina o domesticables de la sabana, y los seres animados se volvían dioses, no tanto por su gracia de bailar sino por la Gracia que los miraba y los sostenía en su memoria, siempre diáfana, que hacía uso de personajes como el �lorentino para ver mejor las obras de arte que el tiempo, señor Cronos de Grecia siempre en arrebatar se empeñaba. Por tanto, la silla era juez implacable de quienes osaban sentarse ahí. Si era un impostor, la silla lo desnudaba, dándole el recuerdo más ácido que hubiera tenido de alguno de sus padres. Normalmente la reacción era la misma: por tu culpa padre, madre, bla, bla, yo me siento aquí muy bla, bla, y desde entonces yo no bla, bla. Pero déjame que te diga cómo bla, bla, algún día verás que, y entonces, etcétera.

Pero cuando llegaba un ser notable, de esos que se dicen siervos del arte y después sacan de sus óleos las maravillas que al creador se le quedaron dispersas por haberse tomado una larga siesta, entonces la silla de terciopelo, avezada en los artilugios del elogio (merecidísimo, siempre), se volvía una especie de paraíso futuro desde donde el aposentado en turno podía disfrutar, con cargo libre a su ego, las mieles de su paso por la tierra. Salvador lo vio todo, y vio tanto, que decidió usar el arte de la trans�iguración y volvió éter cada retrato perfecto que en los descansabrazos de la silla podía disfrutarse.

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Vasili se entusiasmó al conocer las nuevas texturas que le diera a las manzanas y panquecillos almendrados, frutos raros como el kiwi y rollitos de sushi, todos muy honrados por pasar a la brevedad de la memoria de una mujer, un niño, un seductor, que transitara, por un instante, frente a sus nuevos, pintados ellos. Gustav simplemente calló, se fue llorando la vida agridulce, le llamó a Higía para encontrar consuelo, pero le contestó el padre Asclepio, y entonces se armó la de no contarse, salvo por las reliquias del mural que también luego fue desaparecido. Tales eran la fortuna y la bienaventuranza de quienes tenían en sus manos y pinceles un futuro esperanzador (o un cuadro de buena venta). Eso fue lo que le ocurrió a Pincetti, panza de pera y peinado de strudel, un verba volant colgado del cuello como corbatín requerido para el acto de la colorimetría. Esa tarde de abril, cuando el maestro llegó, más aletargado por la pretérita visita del clima a los siete templos que por el efecto de las siete palabras de cierto líder, recibió todas las enseñanzas de su creador, pues todo pintor tiene un padre y una madre, que al �inal es uno mismo y siempre del mismo talante amoroso. Así pues, observó cómo su vida iniciaba justamente ahí, en el lugar de las sillas de piel rechinante y el escenario sui géneris donde la vida y la muerte eran una sola y el movimiento se recreaba por causa de un francés y una mexicana que alquimia sabían. Tienes que captar la memoria en su trazo, le dijo su creador, señalando a la virgen de pies arqueados que sugerían el paso descomunal, pero al �inal de cuentas niño, del tiempo, sus piernas como manecillas imparables, impertérritas. En rond de jambe à terre en dehors, le gritaba la maestra bailarina, solamente así podrás hacerle ver al mundo que el tiempo se desposa con quien sepa girarlo en bene�icio propio en un escenario. Poco hay que decir sobre lo que todo buen pintor debe hacer tan pronto la revelación le cae como un remanso de luz en medio de los tubos oleaginosos.

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A diferencia de los poetas que lloran, caen, reniegan y se cortan las palmas con pedacitos de oro expresamente traídos para beneplácito de su masoquista vanidad, los pintores saben que, apenas cae una verdad divina, lo que sigue es ejecutar la acción expresada en ese mandato glorioso: pintar. Así lo supo Pincetti, así se lo comunicó a la maestra bailarina.

El acto de la perpetuación de la danza en la memoria del lienzo desnudo de aquel �lorentino regordete iniciaba, el pintor se detuvo, la manguita abullonada en color crema cambiando súbitamente a un verde pistache bastante mohoso. ¿Quién va a llorar mis visiones? ¿Quién adorará la obsesión que me obsequia este día? ¿Cómo puede asirse la belleza sin al�iler que la detenga? No hay memoria sin �ijación. No, en verdad no la hay. Y seguía cambiándole de color a la manguita, más triste por el almidón perdido que por las lágrimas del pintor. Como en los teatros no hay tragaluces, al creador-protector del artista le fue di�ícil hacer su entrada triunfal. Hubo que pagar un ticket, demostrar que era ciudadano registrado, mostrar algunas fotos suyas en franca adoración a los edi�icios consagrados al arte, quitarse el sombrero ante la viejecita chimuela de la entrada, sacudirse el polvo en el tapete que antecede al lobby, platicar un poco sobre mujeres y clima (que siempre son una y lo mismo) con el guardia cabizbajo, más por efecto de la letanía de la inercia que por mal sueño, tocar con el puñito tímido la madera que recubría la cabina de audio y proyección de luz (habría sido más fácil entrar directamente por este lugar, ahora que lo veo), dirigirse respetuosamente, monsieur, madame, signore, bella donna, subir las escaleras, abrazar a su protegido, que para ese entonces era más limón apachurrado que tubito nuevo de óleo, guardarse para ocasión mejor los aves, los ciaos, los holas, sacar un precioso regalo de su bolsita de seda blanca. Toma, le dijo.

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Unos nueve clavos salieron de ahí, en diferentes tamaños y con diferentes perspectivas de lo que para ellos es la trascendencia: �ijar manos es superior a �ijar las rodillas, decía uno, las manos recrean, las rodillas, sólo corrigen o critican. Pero no, idiotas, ¿qué no ven que si los pies vuelan, el acto de la salvación no hubiera ocurrido? Fijar lo que es propio del cielo a la tierra es lo que trasciende. Ninguno de ellos había �ijado cuadros, cordeles para sostener plantitas, anuncios de cerradoabierto. Más bien lo suyo era propiciar los actos de resurrección y trascendencia. Toma uno, ¿qué esperas?

No hay memoria sin �ijación, sentenció, contundente, la maestra a su alumna favorita. Luego un grito desmemoriado, más bien atávico, de esos que se usaban al principio de las eras para la supervivencia. El pintor tenía al �in la �ijación de su recuerdo más hermoso, el que lo consagraría a la trascendencia entre los bandidos del color y los elegidos para este o�icio, desde ahora y por siempre, divino. Esa noche, pero de otra época, se cuenta que un hombre de insurrecta tez amarillenta pudo bajar de donde estaba y volver a casa, la asistencia del mismo creador que le había entregado, minutos antes, un martillo. Después todo fueron luces de bengala provenientes de otros mundos, más tarde, la conmemoración y las guerras.

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Antología de autores de Saltillo, Coahulia