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Un genio anda suelto. por Jaume Capdevila

“Me gustaría pintar en serio, pero ya es demasiado tarde para hacerlo realimente bien. Ya lo intento, pero siempre se me nota que soy un ninotaire, un pallassot”, confesaba Gin en una entrevista publicada en el Periódico de Catalunya en 1993. Es ciertamente significativo encontrar estas palabras en boca de uno de los dibujantes con mayor calidad gráfica que ha dado nuestro país. Caricaturista brillante, portadista de excepción, prolífico creador de chistes en el mercado internacional, virtuoso de la línea, colorista magistral, bromista patológico, bon vivant o descubridor de nuevos talentos, a lo largo de toda su trayectoria, el “abuelo” –como le llamaban amistosamente en la redacción de El Jueves-, Gin ejerció el maestrazgo de una generación de dibujantes desde la modestia y la discreción. Vocación temprana Jordi Ginés Soteras, nació en el barrio de Gràcia el 19 de junio de 1930. “A los doce años ya tenía claro que quería dedicarme al dibujo. La mía fue una vocación temprana”, son las palabras que podemos leer en la solapa de uno de los libros que recopilan los dibujos de Gin, acompañando del viejo carné de notas del colegio, con una ristra de sobresalientes en la asignatura de Bellas Artes, hacia el año 1941. Gracias a esa predisposición, y a una capacidad creativa inaudita acompañada de un

vastisimo registro estilístico sazonados con un indiscutible dominio técnico, el joven dibujante se convirtió en uno de los valores más interesantes del humor gràfico y la caricatura en España, y acaso, uno de los que ha logrado mayor proyección internacional.

como los famosos personajes Carioco o Apolino Tarúguez que aparecían en las revistas de Bruguera. Corría el año 1954, y el joven Gin se dedicaba a realizar las labores más pesadas: rellenar los negros con tinta, cuadrar las páginas, borrar el lápiz... Cobraba 50 pesetas a la semana por este trabajo, que le sirvió para coger confianza, e introducirse en el mundillo del humor. Así, al poco tiempo empezó a publicar sus propias viñetas en las revistas Nicolás, Yumbo y Florita, que editaba la editorial Cliper, del editor Germán Plaza (que a los pocos años se uniría con José Janés para crear Plaza y Janés).

Lector confeso de Cu-cuts, Patufets y Esquelles de la Torratxa, al finalizar el servicio militar se decidió a convertirse en un profesional del dibujo. Encontró trabajo como ayudante del humorista Conti, popularísimo dibujante de la Editorial Bruguera, que también realizaba chistes en la prensa diaria. Conti dibujaba un gran número de chistes y viñetas para distintos medios, así En esa época crea un gran número de páginas dedicadas al público infantil, y se consolida como dibujante, de modo que en 1957 se le abren las puertas de Bruguera. Ésta editorial era la más importante de las que publicaban revistas de historietas, y ese año, cinco de sus más importantes colaboradores (Conti, Escobar, Cifré, Peñarroya y Eugenio Giner) decidieron dejar la editorial, hartos de las asfixiantes condiciones laborales, para fundar su propia revista: Tío Vivo. Por ese motivo, Bruguera se vió obligada a contratar a nuevos dibujantes, de modo que Gin, juntamente con Raf, Gosset, Nené Estivill, Ibáñez, Segur y Sanchís se convierten en los autores que forman la llamada segunda generación

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