Yo soy el gato que canta, el conejo es de otro cuento

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ace tiempo, en una selva lejana, vivía Arty. Era un gato común y silvestre. Pero tenía algo que lo hacía distinto de los otros. Este gato tenía un sueño. Quería ser famoso. Y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para lograrlo. —Organicemos un concurso de baile –propuso a sus vecinos de la selva.

Voy a practicar para que nadie pueda ganarme, jeje, ya van a ver quién es el mejor, pensó cuando todos aceptaron.


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Practicó, hay que ver cómo practicó. Levantó las patas traseras, movió las orejas más que ningún otro gato en el mundo. También arqueó el lomo y estiró el cuello como si fueran de goma. Daba gusto verlo. Y esperó, nervioso, la fecha del inicio del certamen. Hasta que, por fin, llegó el día. No bien los animales se presentaron, comenzó la competencia. Todos los participantes mostraron sus habilidades. El león brincó y movió la melena, los monos dieron sus saltos más elegantes. La que más sorprendió fue la jirafa que consiguió hacer dos nudos con su cuello.


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Arty los miraba, sonreía y esperaba su momento. Estaba seguro de que iban a consagrarlo como el mejor bailarín entre todos ellos. Así que cuando llegó su turno, levantó las patas delanteras y dibujó espirales en el aire. —¡Oh! –exclamaron los presentes.

Después saltó y arqueó su cuerpo hasta que logró formar una S. —¡Soberbio! –suspiró el público.


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n la habitación de la protagonista de esta historia y de su hermana Carla había dos camas con mantas rosadas. Cada una tenía un dosel con tul en la cabecera y mariposas de color lavanda pintadas en las paredes. A la derecha del cuarto, dos bibliotecas altas, repletas de libros, a la izquierda, un ventanal con cortinas de raso y, junto a la puerta, una casita de madera repleta de juguetes. Las dos hermanas tenían el guardarropa lleno de moños, vestidos y zapatos preciosos. Sin embargo, nuestra amiga se aburría. Se aburría porque hacía unos días habían terminado las clases y sus amigas habían viajado todas afuera. Unas al mar, otras a la montaña y ella había quedado como atrapada en la ciudad con su familia.


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—¿Qué te pasa, hija?, tenés una cara... –preguntó su mamá una mañana. —Estoy aburrida –contestó la chica. —Ay, chiquita, ¿aburrida a tu edad? No puede ser. Inventá una historieta. Dibujá animales chicos o animales grandes, ¿te gusta la idea? —Mmm... —No me digas que no sabés dibujar... —Claro que sé dibujar, mamá, mirá lo que me preguntás. Es que no sé si... Pero sí, me gusta tu idea. Quiero dibujar. Voy a ver qué me sale. Gracias, ma.


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La chica fue a su dormitorio a buscar papeles en blanco y lápices de colores. Al rato, sentada frente a las hojas, dibujó cuatro ardillas cerca de un río. Sonrió al delinear sus largas colas. Pero ustedes ni se imaginan lo que pasó. ¿Sí? ¿Adivinan? Bueno, a ver, díganme. No, no, no. Eso no fue. Pasó algo que nadie esperaba. Las ardillas saltaron de la página y empezaron a dar vueltas por el cuarto.



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