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1. Un viaje inesperado

Anochecía cuando Dolores empezó a gritar con todas sus fuerzas. —¡Ahí vienen! ¡Cuidado! ¡A esconderse! ¡Ahí vienen! —¿Quiénes? –preguntó Marianela intranquila. —¡Las ratas que vuelan! ¡Quieren entrar! Vienen a matarnos –contestó la mujer con voz quebrada mientras cerraba la puerta con doble llave. —¿De qué hablás, Dolores…? No, no, no cierres. Mi hermano y su amigo llevaron a Campanita a la plaza de enfrente. Seguro que ya vienen. Pero ella, ciega de miedo, negó con la cabeza y apoyó una silla debajo del picaporte como para que nadie pudiera entrar. Marianela la miró sin entender todavía qué pasaba. En ese momento, Dolores tenía un aspecto de desequilibrada. Su cara se había llenado de transpiración. —Quedate tranquila. Todo está bien. La mujer reaccionó de una forma tan violenta que sorprendió a la chica: de buenas a primeras, pareció desconocerla y corrió a esconderse detrás de un sillón. 7


—Pero, Dolo, ¿de qué tenés miedo? –preguntó la chica a punto de llorar. —No me dirija la palabra porque no respondo de mis actos –gruñó y la amenazó con un jarrón de bronce. Marianela se acercó con cuidado y trató de recuperar el florero. Pero el “¡Socorro!” que chilló la mujer la detuvo. Justo en ese momento, Campanita ladró y su hermano golpeó la puerta de calle. —¿Qué pasaaa? –preguntó desde afuera. —Ya te abro, Juan Pablo –contestó Marianela con la voz quebrada. Y, sin perder tiempo, retiró la silla que Dolores había puesto debajo del picaporte. Su hermano entró con la perra en brazos y detrás de él aparecieron cuatro policías. Al verlos, Dolores estalló en gritos y pataleó hasta caer al suelo. Pero los hombres la levantaron. En cuanto estuvo otra vez en pie, se tiró sobre uno de ellos sin dejar de vociferar. —¡Ayúdennos! ¡Ya vienen! –dijo con la voz estrangulada por el miedo mientras los hombres le sujetaban las manos. —Pidan que venga un médico. Esta señora está muy mal. Tienen que verla urgente –ordenó uno de los policías tratando de dominar a la mujer que luchaba con furia por liberarse mientras la perra no dejaba de ladrar. 8


Dos paramédicos y una doctora llegaron casi enseguida. La calmaron pronto y pronto también, sacaron a Dolores de la casa. —¿Adónde van y cuándo vuelve? –preguntó Juan Pablo con lágrimas en los ojos. —En principio, la llevan al hospital. La vuelta está por verse…, en fin... Eso lo dirán los especialistas… Esteee…, chicos, ustedes, ¿con quién o con quiénes viven? –preguntó uno de los policías que había ayudado a sacar a la mujer de la casa. —Con mis padres –se apuró en contestar Marianela con la voz estrangulada por la pena. —¿Dónde están ahora? Antes de que ninguno de los dos hermanos pudiera responder, alguien empujó la puerta de calle y entró. Era Silvina, la amiga de la madre de los chicos, que vivía al lado. —¡Por suerte llegaste, mamá! –dijo Marianela que corrió a llorar en sus brazos. —¿Qué pasó? –preguntó. —¿Usted es familiar de estos chicos, señora? —Sssí… soy la madre –tartamudeó Silvina–, ¿podrían decirme qué pasó aquí? —¡Ay! No sabés –contestó Marianela entre sollozos–. Dolores gritaba como loca y decía cosas sin sentido… Silvina miró a los policías como quien pide confirmación de lo que escucha. 9


—Sí, señora, eso parece –contestó uno de los hombres–, ¿es pariente suyo? "No", contestó, "la mujer trabaja en casa y cuida a los chicos". Entonces el hombre escribió algo en un papel y lo apoyó sobre la mesa del comedor. —Acá le dejo la dirección del hospital en el que está para que avise a quienes corresponda. Porque me parece que va a necesitarlos. Tengo la impresión de que el problema es serio… –dijo el policía mientras giraba el dedo índice en su sien derecha. Juan Pablo, que parecía un pollito mojado, se apresuró en tomar la hoja. —Acá tenés, mamá –dijo mientras le daba el papel–, ¿querés que acompañe a los señores hasta la calle? —Sí, sí, claro, de paso, asómate a ver si viene tu padre, ya es la hora en que suele llegar –mintió la mujer sin animarse a levantar la vista del suelo. Pronto se oyó el ruido de la puerta que se cerraba. Silvina miró por la ventana para asegurarse de que nadie los oyera. —¡Ay, qué terrible lo que pasó! Chicos, cuéntenme cómo empezó todo, ¡pobre Dolores! ¿Le dio de golpe o ya venía con problemas? —¡Sí, pobrecita! –dijo Juan Pablo con la voz quebrada. Más tranquila que su hermano, Marianela, le aseguró que hasta esa tarde, nunca había tenido problemas. 10


—Imaginate, se lo hubiéramos dicho a mamá. Vos sabés que llama todos los sábados. Hace unos días, hablamos con ella y le dijimos que estábamos bien… –contestó el jovencito. —A ver, cuéntenme, cuéntenme cómo empezó todo. Los chicos obedecieron y, por turnos, le detallaron el día, normal por completo, que habían pasado con su niñera. —Dolores nunca tuvo problemas. Vos sabes lo bien que se ocupó de nosotros desde que nacimos. Nunca hizo nada que nos hiciera pensar que estaba enferma o algo así. Pero hoy, no la reconocí. Todo empezó un poco después de que Juan sacara la perra a la calle. Ella y yo nos quedamos solas y, de golpe, se puso mal. Empezó a gritar que las ratas iban a matarnos y que teníamos que escondernos. Enseguida, se puso furiosa y quiso golpearme. Dolo jamás hizo cosas así. —¿Y cómo es que llegó la policía? —Yo paré el patrullero que pasaba por la puerta y les dije que tenía miedo –contestó Juan Pablo–. Me di cuenta de que algo raro pasaba porque los gritos de Dolores llegaban hasta la esquina, ¿hice mal? La vecina sacudió la cabeza de un lado a otro como para tranquilizarlo. Hizo silencio por un rato y, enseguida, preguntó a los chicos si sabían dónde podía encontrar a sus padres en ese momento.

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—La última vez que hablamos, dijeron que viajaban hasta El Pantanal de Mato Grosso. Supongo que en este momento estarán allí, ¿por qué? –contestó Juan Pablo. —Porque no pueden quedarse solos, son menores y los vecinos pueden enviar a los asistentes sociales y quién sabe a dónde los llevarían. Los chicos se miraron asustados. Ninguno de los dos se atrevió a decir palabra. —¿Podremos quedarnos aquí hasta este fin de semana? –preguntó Marianela después de un rato–. Sería por un par de días, nada más… Seguro que mamá y papá llaman este sábado a la tarde. Ya es costumbre. Cada vez que viajan, nos llaman los sábados. —No, chicos, perdónenme, pero no puedo dejarlos solos. Se quedan conmigo hasta que nos digan qué hacer –contestó Silvina–, pero primero, avisamos a la familia de esta señora. ¿Ella es de aquí, de Concordia? —Sí, sí, todos son de aquí. —¿Saben si tiene alguna agenda o dónde pudo anotar los datos de sus parientes? Al rato todos revisaban una libreta de tapas anaranjadas que Dolores guardaba en su cartera. Silvina encontró el dato que necesitaba. —Acá tenemos el número del hermano de Dolores –dijo. Así que tomó el teléfono e informó al familiar que la atendió acerca de la situación de la mujer. 12


Le dio el nombre y la dirección del hospital. Al cortar, miró a los dos hermanos. —Bueno, no se preocupen que todo tiene solución. Ahora, cerremos bien las puertas y se vienen a mi casa. Pero, eso sí, no asoman la nariz a la calle hasta el fin de semana. ¿Estamos de acuerdo? —Estamos de acuerdo –contestaron a dúo los hermanos con un dejo de alivio en la voz. El sábado, los chicos esperaron el llamado de los padres. Fue una pérdida de tiempo. Todo fue silencio desde las ocho de la mañana hasta bien entrada la noche. —Vamos, tienen que cenar. Es tarde –dijo Silvina cerca de las diez–, ya no van a llamar. Pero estaba equivocada porque justo en el momento en que salían... ¡RIIING! Al escuchar el llamado, Juan Pablo corrió a atender. —Hola, ¡mamá…! Mamá, no sabés lo que pasó… Dolores se volvió loca y vino la policía y… No, no, quedate tranquila, estamos con Silvina… Sí, sí, ya te doy con ella. Tomá, Silvi… mamá quiere hablar con vos. A continuación, la mujer escuchó, contestó y afirmó varias veces. Por último, sonrió al despedirse de su amiga. —Bueno, ahora sí, cerremos todo y vayamos a mi casa que mañana, tenemos mucho que hacer. Aquella noche, no bien quedaron a solas, Marianela y Juan Pablo se miraron. 13


—¿Viste? Al final, viajaremos a Federación, a la casa de la tía abuela. —Y… es lo más cerca de Concordia que hay –contestó Marianela. Dos días después, Silvina los acompañó hasta la Terminal de Ómnibus de Concordia, a tomar el colectivo que los llevaría a la casa de la tía Cristina. —Silvi –preguntó Juan Pablo–, ¿estás segura de que mamá le avisó a la tía que viajábamos hoy? —Sí, querido, muy segura. —¿Vas a ocuparte de Campanita, Silvi? —Sí, Marianela, pero no estés preocupada. Ustedes lo van a pasar genial y la perra va a estar contenta conmigo. Ya saben que ella y yo nos queremos. Ahora, vamos, apúrense, que tengo miedo de que pierdan el micro. Se nos hizo tarde. Por suerte, llegaron a tiempo y con la esperanza de ser bien recibidos. Dos horas más tarde, ya en Federación, Juan Pablo torció la boca. —Pero, ¿qué es esto? ¡Cuántas casas en ruinas! Mirá esas personas, ¡pobres! ¡Qué tristes parecen todos! —¡Ay, Juan! ¿De qué gente hablás? ¿Qué casas en ruinas, nene? ¿Te mareó el viaje a vos? Hermanito, dejá de decir pavadas. Mirá, ahí viene la tía Cristina. No inventes.

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Murciélagos y vampiros  
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