Los colores del miedo

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1. ¿Un castillo?

Valentina estaba convencida de que sus padrinos, Patricia y Guillermo, se habían mudado al lado de un castillo. Aunque su mamá aseguraba lo contrario. "Ese edificio es una casa grande. Ni más ni menos", le había dicho la madre. Así empezó el desacuerdo. —Cuando les dije a mis papás lo que pensaba, se me rieron en la cara –le contó a una de sus amigas–. Y desde ese momento, quieren convencerme a toda costa de mi supuesto error. "Pero, hija, ¡lo tuyo es una ocurrencia! Es una casa grande frente a una plaza", dijo mi mamá tentada de risa. "No me digas así", le contesté. "Ya tengo ocho años y sé muy bien como es un castillo. Es igual a los de las historias de princesas que salen en las películas y también en

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los libros. Y también como en los cuentos, parece vacío. Sin nadie adentro. Igualito, igualito. Además, ¿a quién le importa si hay una plaza enfrente?" —¿No tendrán razón, Valen? A veces los padres saben cosas que nosotras no –respondió su amiga. —Sí, pero esta vez estoy segura de que tengo razón –dijo ella. —Bueno, está bien, puede ser… –dijo la otra nena poco convencida. Días después, los padrinos invitaron a almorzar a Valentina y sus papás. Valen se puso contenta porque quería verlos y porque, además, quería investigar bien cada parte del “castillo”. Desde afuera, claro, porque no tenía forma de entrar. No bien llegaron, levantó la vista y sus ojos volvieron a ver dos ventanales arriba, bien alto. Le llamó la atención que no tuvieran los vidrios transparentes, sino que eran pedazos de cristales coloreados. Además, la entrada impresionaba con sus 8


dos puertas enormes. Entonces, ya no había nada que discutir. Eso era un castillo. Y lo dijo. —Basta, Valentina, terminemos con el temita ese –había dicho la mamá después de oírla–. Esos cristales coloreados que decís se llaman vitrales y hay muchos parecidos en algunos edificios antiguos y en determinadas iglesias. No son demasiados, claro, pero todavía existen. No seas terca, es una casa enorme, si querés. Ya basta de insistir con eso. —Betiana, por favor –intervino el padre–, me parece bien que diga lo que piensa. Ya va a aprender eso de los vidrios y cómo se llaman los diferentes estilos de las casas. La mamá movió la cabeza, y, para tranquilidad de todos, ya no dijo nada más y terminó la discusión. Por eso, desde ese momento, la casa vecina a la de Patri y Guille, pasó a llamarse “la casa de al lado” para Valentina, sus amigos y también para su mamá. 9


—Está bien, digamos “casa de al lado”. —¡Buena idea! Entonces, todos a la mesa que ya mismo traigo el pollo y las papas –dijo la madrina. Y eso fue suficiente para que se cambiara de tema. Meses después, cuando terminaron las clases, Valentina fue a pasar unos días con sus padrinos porque sus padres tuvieron que viajar de urgencia a Córdoba por un negocio.

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2. El encuentro

En la tarde siguiente de su llegada a casa de su madrina, Valentina recorrió el costado de la casa-castillo. Así, descubrió que tenía un cerco verde de plantas autóctonas que iba desde la entrada hasta el fondo de la vivienda. Allí mismo, a mitad de camino, encontró algo parecido a un muñeco entre las pequeñas hojas del cerco. Al principio, Valentina dio dos pasos atrás para mirar lo que había encontrado, con desconfianza. Después, acercó la mano con mucho cuidado como si aquel juguete tuviera vida. De hecho, parecía despedir una especie de luz verdosa. —Pero, ¡qué tonta soy! –se dijo en voz baja–, ¿qué puede hacerme esta cosa? Así que estiró la mano con toda confianza… y, al hacerlo, sus dedos chocaron 13


con otros fríos, húmedos. Parecían los dedos de un… Entonces, cerró los ojos. Gritó con toda su alma y otro grito contestó el suyo del otro lado. Valen retrocedió y, aterrada, miró al frente. Se sorprendió al ver a quién tenía frente a ella. Otra nena. Era una chica, como de su misma edad, de pelo largo y ojos negros, brillantes. Además, eran de igual estatura y el miedo que brillaba en sus miradas también era parecido. Por un instante, se quedaron frente a frente. —¡¿QUÉ HACÉS ACÁ?! –preguntaron las dos a dúo con voz temblorosa. —Estoy en la casa de mis padrinos –contestó Valentina. —Y yo, en la mía –dijo la otra. Por un segundo, se enfrentaron dispuestas a discutir, pero enseguida, se echaron a reír. —¿Sabés qué hace este muñeco acá? –preguntó Valentina.

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—Creo que sí –contestó la otra chica después de pensar unos segundos–. Seguro que mi mamá se lo dio a Bimba para que juegue. Y, al ver que Valen la miraba sin entender, agregó: —Bimba es la perra de su amiga… Después, las dos se quedaron calladas, sin saber qué decir. Hasta que Valen se animó a sonreír. —¡Me asustaste! —Y vos a mí –contestó la otra todavía seria. —Me llamo Valentina, ¿y vos? —Malena, pero tengo un segundo nombre que no me gusta nada, ¿te lo digo? –dijo entre dientes la nena del castillo. Valentina la miró. Era linda, de pelo lacio y espeso. Tenía un flequillo que le caía sobre los ojos negros, de mirada chispeante. —Dale, decime –contestó. —Josefa… Al escuchar el nombre, Valentina entendió que no le gustara. Ese nombre era antiguo. Ahora se usaba poco y nada. 15