La mirada que escribe. Julián Alonso

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Juliรกn Alonso

LA MIRADA QUE ESCRIBE

Introducciรณn de Tomรกs Sรกnchez Santiago

Universidad de Leรณn Caligramas 2020


Caligramas, VI Colección dirigida por Roberto Castrillo y José Luis Puerto

Alonso, Julián (1955-) La mirada que escribe / Julián Alonso ; introducción de Tomás Sánchez Santiago. – [León] : Universidad de León, 2020 158 p. : principalmente il. ; 22 cm. – (Caligramas ; 6) ISBN 978-84-9773-985-6 I. Universidad de León. II. Sánchez Santiago, Tomás, (1957-). III. Título, IV. Serie 821.134.2-1”19”

© Universidad de León © Julián Alonso Colección: Caligramas Depósito Legal: LE-44-2020 ISBN: 978-84-9773-985-6 Maquetación y tratamiento digital de las imágenes: Juan Luis Hernansanz Rubio Imprime: KADMOS Impreso en España / Printed in Spain 2020


Caligramas Uno de los rasgos del arte contemporáneo es el de su alianza con la expresión escrita. Diarios, cuadernos, apuntes, notas, aforismos... han servido y siguen sirviendo de cauce para plasmar el proceso creador en que el artista se halla y el sustrato que lo sustenta, dándonos noticias de los mismos a través de la palabra. Escasean, sin embargo, los medios que recojan la expresión verbal de los artistas y, cuando existen, debido a la falta de acogida adecuada, cuando no al olvido, suelen estar lastrados por la precariedad y la desatención. Caligramas (continuadora de Plástica & Palabra), como colección bajo el patrocinio de la Universidad leonesa, pretende ser un ámbito que aúne el arte y la escritura; que recoja la expresión verbal de los artistas contemporáneos bajo cualesquiera de los moldes posibles, vaya ésta acompañada o no por bocetos, dibujos u otros apoyos plásticos. Pretende ser un territorio abierto, en el que tengan cabida aquellos artistas significativos, pertenezcan a una u otra modalidad o corriente, que sean representativos del arte que se crea y convive con nosotros, aunque no lo percibamos en el momento de su gestación. Pretende ser, en fin, un instrumento que nos ayude a entender mejor, a través de la creación artística y de la palabra, la contemporaneidad que nos toca vivir. Roberto Castrillo y José Luis Puerto

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INTRODUCCIÓN Poesía visual: ese territorio que aún se recibe en ciertos ámbitos con estupor por atreverse a colocar sin permiso un adjetivo impropio tras aquel nombre intocable. Y, sin embargo, forma parte sustancial de la tradición en la escritura poética histórica. Es sabido, por ejemplo, que en nuestras tierras fue gestándose a través del siglo XX un itine­rario audaz y luminoso a partir de los primeros nombres propios de poetas de una heterodoxia fulminante y radical (Francisco Pino, Justo Alejo, Felipe Boso, Antonio L. Bouza), que dejaron muestras suficientes de un quehacer extremo; un quehacer que, más adelante, encontró su estela en otros poetas que asumieron esa misma herencia y han reivindicado hasta hoy el estallido poético de aquellos que exploraron los límites de la palabra hasta más allá de ella misma, allí donde parecía que el lenguaje había dado paso a algo que lo negaba. Uno de estos autores, considerado ya como parte indiscutible de la tribu, es Julián Alonso (Palencia, 1955), quien a estas alturas del siglo XXI ha de considerarse ya como el gran agitador de la poesía en su ciudad natal. Ha formado parte desde el último cuarto del siglo XX de sucesivas iniciativas poéticas de signo colectivo (El Agujero, Astrolabio, Sociedad Limitada... ) siempre apostando por no salir de la borrosidad de los márgenes, allá donde el fulgor repentino de lo poético escamotea el bramido de la cultura impuesta y, por tanto, no conoce ningún tipo de contaminación que pueda domesticarlo. En esa misma línea, en 1978 Julián Alonso funda con Gregorio Antolín la revista “La Cueva” y unos años después está presente, con el mismo Gregorio Antolín, Egidio Huerga y Paco Aliseda entre otros, en la andadura inicial de la mítica revista “Veneno”, que en un primer momento surge precisamente en Palencia. Desde entonces, Julián

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Alonso es el impulsor de deliciosas publicaciones más o menos volanderas (“Cero a la Izquierda”, “Al Margen”, “La Ñ Literaria”, “Papeles de Humo”, “Laurus”, “Las islas sin mar”, la colección de mini antologías de poetas palentinos “Cuatro Cantones”...) y siempre de una exquisita factura que ya se ha convertido en él en un hábito previsible. Asimismo, lleva desde muy pronto sus propuestas a la vida civil de la ciudad, provocando con intervenciones estimulantes de todo tipo una recepción para el acontecimiento poético que no se conformaba con los habituales ceremoniales anodinos. La convicción de Julián Alonso de que la poesía es la misma vida anula cualquier otro modo de aceptarla, incluyendo esa supuesta obligación reverencial para con el género poético considerado por antonomasia cercano a la sublimidad. La labor transgresora de Julián Alonso en sus sucesivas entregas de poesía visual comporta justamente una reflexión al sesgo, bienhumorada pero incisiva, acerca de la naturaleza del hecho poético. No hay poeta visual que no tome en cuenta el peso de la palabra en carne viva a la hora de trazar sus propias piezas poéticas. Frente a la poesía discursiva, que a menudo acepta respetar el aura del género y pone en juego todos sus protocolos estilísticos, la poesía llamada expansiva sabe que hay que sacar del perímetro previsto los ingredientes que configuran el poema; volverlos del revés, atravesarlos con las jabalinas de la irreverencia, suscitar en quien lee la sospecha de que hay en el lenguaje otra dimensión imposible de rozar siquiera si no asiste al poeta una voluntad de desconfiguración, una resistencia a admitir la inviolabilidad del poema como unidad poética cerrada que acepta el merodeo pero nunca el mordisco. Todo ha de caber en el canto del poeta. Como dijo Vicente Huidobro: “Cantemos nuestra vida y nuestra muerte / Nuestro tal vez y nuestros pasos seguros”. De eso trata la poesía visual. De escribir contra lo previsible; de escribir contra el sentido. Ya en Cinco miradas (2009), libro editado también por la Universidad de León para dar cuenta de nuevos nombres en la poesía visual reciente, Julián Alonso deslizaba una poética personal cuyos vectores centrales eran la búsqueda de lo poético a partir de elementos presuntamente ajenos al mundo convencional de la poesía y la apuesta por un territorio fronterizo (“ese lugar donde aún es posible la transgresión”) como último baluarte desde el que negar la validez del cuestionable sistema de valores del mundo. Ambos ejes persisten en La mirada que escribe, el libro que

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trata de recopilar a modo de resumen de su estética personal el mundo entrañable y lleno de elementalidad necesaria que es la poesía de Julián Alonso. Cualquier lector que se preste a leer con la mirada lo que encierra esta obra caerá enseguida en la cuenta de que hay en ella una persistente inclinación a la negación. Negación a aceptar el curso pactado de la vida; negación a replicar una gestualidad gregaria; negación, en fin, a salir de la vibración especial que tienen las letras en su interior a la hora de desentrañar la raíz de los nombres. Así, los dos conceptos que rigen esta poesía, y que propician una poética personal que ya conocíamos de antes en las convicciones del poeta palentino, son la escasez y la retracción. Escasez del mundo léxico utilizado, que es en realidad un puñado de palabras que funcionan como matriz seminal suficiente, capaces de contener en su ener­ gía fónica y gráfica el sentido último e insobornable del poema. Palabras que flotan en este libro, como ‘olvidar’, ‘desescribir’, ‘nada’, ‘ilusión’, ‘apariencia’ ‘vacío’ ... ¿No queda en la conciencia de quien se acerca a La mirada que escribe ese poso de melancolía, como un fulgor oscuro, que revelan estas palabras puestas de pronto en pie en medio de un solar desasistido? Fijémonos en esa pieza titulada “Animales sin memoria”. En ella, tres palabras cargadas de temporalidad (‘pasado’, ‘presente’ y ‘futuro’) se muestran mordisqueadas e incompletas como si su vigencia estuviese dañada desde un primer momento por la herida horrible de lo destinado a la pérdida. Recuerda aquel poema de Szymborska: “Cuando pronuncio la palabra Futuro, / la primera sílaba viaja ya al pasado ( ... )” pero tiene presente también la ideología del Barroco –hay mucho de ello en la poética del autor palentino–, que descansa en esa misma conciencia de evanescencia a la hora de sopesar la materia del mundo, fatalmente destina­da a terminar en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada. Y ese mismo gesto, hacia la disipación irremediable, está presente en poemas como “Alzheimer”, “Deses­cribir” o “Juego de palabras”, en los que el lenguaje se va, junto a todo lo demás, hacia una evaporación definitiva. Es en ese sentido en el que destacábamos ese sistema de negaciones en que descansa la poética de Julián Alonso. Algunos de los ejes de este libro –titulados así: “No”, “Disidencias”, “Disolución”, “Negaacciones”– reafirman esa inclinación del libro hacia los territorios del vacío, hacia unas insinuaciones terminales que incluyen la relación del autor con su propia obra, como deja explícito ese poema inquietante y sin reservas con que se cierra el libro.

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En cuanto a la retracción, no es más que una varian­te de lo anterior. El poeta ratifica su obstinada permanencia en quedarse en la ener­gía germinal de las letras. Con esa actitud, tan habitual en su travesía poética, Julián Alonso consolida su fe en la autonomía de la letra, en su suficiencia gráfica, en la última pureza del lenguaje, representada por esa falta deliberada de carga significativa que puede contener la letra como unidad mínima, independiente de los amasijos que pueden llevar al lenguaje al cuerpo de desconfianza de los discursos, de las teorías, de las enunciaciones sangrientas. Mejor quedarse en la amorosa indefensión de las letras, en su identificación con la imagen o con el grito –nunca con la articulación ni con el significado– en la estela de lo que fue aquel letrismo que brotó de la mano de lsou en la inmediata posguerra europea de los años 40 como reacción ante la crisis de los sistemas estéticos e ideológicos ya fracasados, “un catastrófico y provechoso revoltijo, en el que cada repetición tiene sus discípulos, cada regresión sus admiradores”, tal como expusieran afiladamente Guy Debord y Jil Wolman años después en un texto esclarecedor sobre el sentido de la aparición del movimiento letrista. De ahí, y del respaldo dadaísta, proviene la forma de hacer de Julián Alonso. De una desacomodación y de una desconfianza en la profundidad dudosa de los discursos del mundo. Ante el riesgo de las connivencias, encerrado en su pequeña ciudad castellana, el poeta persiste oculto junto a otros artífices de este mester secreto (imposible no mencionar aquí a Fernando Zamora) para mantener los últimos hilos sutiles del lenguaje lejos de cualquier broza espuria. Se trata de una pasión miniada: “el amor por un trabajo no maleado, alejado de las corrientes del mercado, deja al descubierto unos valores naturales, espontáneos y sin estrategias”, como alguna vez la definió Antonio Gómez. Por eso, esta dedicación, representada en este libro en poemas donde la grafía mantiene una soberanía que se superpone al concepto evocado, supone una declaración de resistencia silenciosa y sin el vigor visible que reclaman las hazañas de los héroes colectivos. Otro ha sido el sentido de este trajín menudo y lleno de delica­deza: como quien sabe que, por propia voluntad, está tomando el rábano por las hojas como única posibilidad de no ingresar en el dominio de los acaparamientos, Julián Alonso se mantiene así fiel al territorio de la escasez, una fértil escasez que tiene que ver con la retracción transgresora a la que nos estamos refiriendo aquí. Y lo que no es retracción en este álbum híbrido y lleno de alegre desobediencia que es La mirada que escribe es ya sugerencia bienhumorada, propuesta

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bajo sospecha a favor de una extralimitación necesaria o lealtad mantenida a unos nombres (Cortázar, Brecht, Brossa, Pino, Duchamp, Castillejo, Poe, Bouza) que bien pueden servir de pista certera para dar con la última identidad de este hombre discreto, ejemplar y escabullido, capaz de poner en cuarentena cuanto roza con la gracia de la lengua poética. Una lengua que revuelve los sentidos de quien se acerca a ella y deja deshuesada la capacidad de nombrar lo previsible, que aquí es ya otra cosa, otro compás, otro idioma que huye –y sin mirar atrás– hacia el interior del corazón por salvarse de las llamas seguras de toda certidumbre externa. TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

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