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Sumario 03

Gente de la montaña

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El brillo opaco de La Perla

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Reflejos

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El caracol gigante africano invade Párraga

Yailín Alfaro Guillén

Alba León Infante

Felco Calderín Pardillo

Sabrina López Camaraza

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Mar de fondo

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Historia de un derrumbe

97

Los años duros

119

Juan Carlos Alom

Jesús Jank Curbelo

Chris Erland

Cocodrilos Carlos Ernesto Escalona


Gente de la montaña YAILÍN ALFARO GUILLÉN


Pedrito muestra a todos un pequeño curujey que guarda como un tesoro. (Foto: Yailín Alfaro Guillén).

El paisaje natural de Topes de Collantes es una inmensa zona protegida de Cuba, localizada en la parte central de la Isla. Allí, entre las montañas y conectadas por caminos escarpados, existen numerosas comunidades que forman parte del Plan Turquino. A lo largo del Sendero Javira se encuentran cuatro caseríos dispersos. Quienes viven en el Sendero tienen que viajar más de 5 kilómetros cada día para llegar a las escuelas, centros de asistencia médica o bodega, todos localizados en el pueblo más cercano. Los caminos que conectan los caseríos son intransitables para el transporte motorizado, por ello sus habitantes tienen que desplazarse a pie o a caballo. Hasta estos sitios de la montaña solo

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INICIO llegan quienes viven aquí y algunos pocos visitantes fascinados por la belleza del paisaje y la variedad de aves. Yo estaba en el Sendero y conocí a su gente mientras “cazaba” aves con mi cámara. Pero terminé por hablar con ellos, por fotografiar retazos de sus vidas, tan alejadas de lo que podríamos llamar modernidad. A lo largo de casi todo el camino la tupida vegetación sirve de techo para proteger del sol a quienes, día tras día, desandan el Sendero. De día, el follaje de los árboles es una bendición. De noche, consigue que la oscuridad sea palpable, como si una mancha oscura se pegara a todas las ramas y al aire mismo como alquitrán. En uno de los caseríos del Sendero vive Pedrito, el niño protagonista de estas imágenes. Él no deja de asistir a la escuela ni siquiera cuando los caminos se tornan difíciles por las lluvias y las mismas arrias de mulos tienen que hacer un gran esfuerzo para avanzar entre el lodazal. Una hamaca en el patio trasero de la casa y un perro, fiel amigo de tantas caminatas, son sus entretenimientos en las tardes después de la escuela. Román, el arriero, recorre el Sendero Javira a diario, cargando comida y otros menesteres hasta el caserío. Él lleva toda la vida en estos parajes y no conoce otro mundo que estos caminos, su caballo y el arria. Para Román, el Sendero no tiene secretos.

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Un tanque viejo sirve de refugio a Canelo, fiel amigo de Pedrito. (Foto: YailĂ­n Alfaro GuillĂŠn).


El Sendero solo es transitable a pie o a lomo de caballo. (Foto: YailĂ­n Alfaro GuillĂŠn).


Por años Román ha llevado hasta los caseríos todo tipo de mercancías necesarias. (Foto: Yailín Alfaro Guillén).


En el Escambray, la agricultura es la principal fuente de empleo. (Foto: Yailín Alfaro Guillén).


Román alista su caballo para emprender el largo camino que recorre día tras día. (Foto: Yailín Alfaro Guillén).


Pedrito se balancea feliz en un columpio rústico. (Foto: Yailín Alfaro Guillén).


Un jarro de metal sirve de plato a la caldosa que toma Pedrito. (Foto: YailĂ­n Alfaro GuillĂŠn).


Los puentes rústicos son habituales en el Escambray, donde los ríos se mantienen activos casi todo el año por las frecuentes lluvias. (Foto: Yailín Alfaro Guillén).


Playa La Boca, reserva natural de Topes de Collantes, vista desde el Mirador Hanabanilla. (Foto: YailĂ­n Alfaro GuillĂŠn).


El río Hanabanilla forma parte del área protegida de Topes de Collantes. (Foto: Yailín Alfaro Guillén).


El Nicho y sus saltos de agua es una de las principales atracciones turísticas del Escambray. (Foto: Yailín Alfaro Guillén).


Amanecer desde el Mirador Hanabanilla, en Topes de Collantes. (Foto: YailĂ­n Alfaro GuillĂŠn).


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El brillo opaco de La Perla ALBA LEÓN INFANTE


En menos de un año, el solar La Perla deberá quedar completamente deshabitado. “En menos de un año”, según dijeron a los vecinos de allí las autoridades del gobierno del municipio Habana Vieja, con quienes comparten pared. Comenzaba 2017, los techos del inmueble se caían a pedazos desde hacía mucho tiempo. El proceso de reubicación en edificios multifamiliares de Alamar y San Miguel del Padrón empezó a mediados de 2018. En noviembre, cinco familias habían abandonado el solar en peligro de derrumbe; solo una de las personas entrevistadas para este trabajo conocía la fecha de su traslado. El resto solo espera. Poco a poco, las habitaciones del que fuera un motel exclusivo para hombres solo quedarán ocupadas por lo que las personas en fuga no pueden llevar a sus nuevas casas. La Perla muere para que sus habitantes puedan vivir.

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INICIO 1950. Solo hombres. El motel, ubicado frente al edificio de la Aduana en la Avenida del Puerto, albergaba en su mayoría a marineros de paso por La Habana y a jovencitos que podían pagar una noche para disfrutar de amores anónimos. Así lo recuerda Nuria –una de las “fundadoras” del solar–. O así construyó el recuerdo a partir de las historias de su madre. 1959. Solo trabajadores. El triunfante gobierno revolucionario entregó como viviendas las habitaciones del motel al personal de servicio. Varias parejas encontraron al fin un espacio íntimo y estable para comenzar una vida juntos. 1961. Los necesitados. Otras familias sin techo ocuparon los espacios aún disponibles, como los huecos de las escaleras. Los seis metros cuadrados de las habitaciones fueron insuficientes para las parejas que ya tenían hijos. Comenzó la transformación. 2018. Las familias. Unos ocuparon los antiguos baños comunes y los cerraron para uso exclusivo; la mayoría construyó un baño dentro del apartamento. Todos levantaron mesetas para hacer las cocinas. Todos construyeron barbacoas para ganar una habitación. Cada familia modificó el mismo espacio en función de sus necesidades. ***

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Apartamento 41: Nuria y Gerardo viven solos hace años. Ella es “fundadora” del solar. “Yo hice varios trámites para legalizarme, porque como vivo aquí desde el principio, ya me debían haber otorgado la casa como propia, pero dicen que como es usufructo no me la pueden dar. Y ya no tiene sentido porque nos van a sacar de aquí. “El lío del usufructo es que no te puedes mover, porque si llega alguien y te ocupa la casa por no sé cuánto tiempo, la puedes perder. Todo lo que ves aquí es fruto de nuestro esfuerzo. Nos gusta vivir bien… ¿Y te imaginas que llegues después de un mes y te encuentres tus cosas en el pasillo?”.

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*** Apartamento 42: A Eliodora, hace días le avisaron que ya le tocaba el traslado para San Miguel del Padrón y hace días tiene lista la mudanza. Llegó a La Perla 29 años atrás. Allí crio a sus hijas y allí ha vivido sola desde que ellas se fueron a hacer su propia familia. Con todo recogido, pasa horas sentada en el sofá, recordando los mejores tiempos. Ahora lo malo no lo parece tanto, dice.

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*** Apartamento 10: Desde el primer piso, Yuneisi Rengifo pone música para todo el solar. Su bocina es la más potente de todas; su voz también lo es. “Si quieres hacernos una foto a todos los de la casa tienes que probar a venir todos los días, porque aquí somos seis y siempre hay alguien afuera. ¡Ah! Y al niño no, porque ahora está de yabó y sabes que no puede”. Como la evacuación del solar es desde el tercer piso hacia abajo, Yuneisi estará ahí un tiempo más con su música a todo volumen.

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*** Apartamento 4: Isabel Guzmán es prima de Yuneisi, la del apartamento 10. Su casa está al final del pasillo del primer piso y es una de las privilegiadas del solar en cuanto a espacio, pero una de las peores en cuanto a condiciones estructurales. “Tengo dos habitaciones porque cogí también lo que era un cuarto de desahogo, pero mira el techo y dime si aquí se puede vivir”. “Yo me baño con miedo, cocino con miedo y ahora estoy lavando con miedo porque falta poco para que me caiga un trozo de techo en la cabeza. Si te fijas en la lavadora, le falta un pedazo precisamente porque le cayó un trozo encima”.

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*** Apartamento 19: Los hermanos Carmona sacaron dos apartamentos con respectivas barbacoas de la misma habitación que su familia ocupó hace casi 50 años. De un lado de la pared de madera, José Manuel comenzó a levantar una mesetica y a construir un bañito, pero como lo van a sacar de ahí, dejó el trabajo por la mitad. No tiene hijos y emplea la mayor parte de su tiempo en ayudar a los vecinos con las reparaciones y trabajos caseros. Del otro lado de la pared, Yodanis se recupera de una lesión en el pie izquierdo y pide silencio para poder escuchar la televisión. En ese pequeño espacio crio a sus dos hijas, Lais y Sheila.

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*** Apartamento 21: Caridad, Maritza, Anisley, Jordano, Freddy, Freddy Junior, Ericka, Yusimí, Rafaelito, Sandy, Alexa y Niña, la perrita. Once personas, seis metros cuadrados. Un baño, una barbacoa.

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*** Apartamento 34: Irma es del Ministerio. Lo repite al menos cinco veces antes de la foto. Nunca dice de cuál, pero enfatiza su rol en el solar como “la representante del Ministerio”. A ella le gusta el orden y la tranquilidad, sobre todo la tranquilidad. “Aunque yo tuviera algunas facilidades, no ha sido fácil armar esta casita con cocina y bañito incluido. Pero tenía que ser así, para que los niños vivan con las mínimas condiciones”. Antes de la foto, manda a Saily, su hija, a acostar al bebé y a ponerse decente.

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*** Apartamento 33: Cecilia aún comparte la casa con el padre de sus hijos. Él está arriba, acostado. Ambos están enfermos y reciben pensiones. Entre ambos cubren apenas sus necesidades básicas y las del hijo menor, que aún estudia. El mayor ya se busca la vida. “Tenemos que arreglar la barbacoa antes de que nos caiga encima porque ya esa madera está podrida, pero nosotros estamos limitados y, además, ¿tú sabes a cuánto están las vigas de madera en la calle? Yo solo espero a ver cuándo nos toca salir de aquí”.

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Reflejos FELCO CALDERÍN PARDILLO


Santo Tomás es uno de los tres bateyes inicialmente fundados en la región de la Ciénaga de Zapata (junto a Maniadero y El Vínculo). Es el único que se niega a desaparecer. Sus habitantes, mezclados entre las mismas familias, no quieren abandonar sus costumbres, su hábitat, ni emigrar frente a la tentación primaria del desarrollo urbano o pertenecer a una administración social mayor. Cuarenta personas aproximadamente pueblan este batey, entre la precariedad y la naturaleza. El hacer del carbón, la cacería, la pesca y la crianza de animales se mantienen como legítimas fuentes de vida. Llegué a Santo Tomás por primera vez en agosto de 2018 y por su forma de vida, paisajes e historia lo convertí en un proyecto personal. He estado allí en cinco ocasiones, cada una con una duración de una semana, y en cada viaje me he mezclado con la gente, con sus dinámicas

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INICIO y tradiciones, que no dejan de sorprenderme. En esencia, pretendo documentar esta comunidad, entender y contar los motivos por los que se resisten a perder sus costumbres.


El caracol gigante africano invade Párraga SABRINA LÓPEZ CAMARAZA


La basura cerraba la calle. Colmaba los dos tanques y alcanzaba diez metros de largo. Los carros no podían circular. Los transeúntes caminaban tanteando. Hacía más de un mes que los trabajadores de servicios comunales no pasaban por la esquina de Cisneros y Nápoles Fajardo, en el Consejo Popular Párraga del municipio Arroyo Naranjo, cuando Carmem Mayletet Cancio vio en esa intersección a niños retozando en el coctel de inmundicias, tirando piedras y escachando caracoles gigantes africanos. Se preocupó porque vive a dos casas del vertedero, tiene una hija de cinco años que sale a jugar con esos mismos chicos y ha visto en la televisión las advertencias sobre el molusco. Entonces cogió su teléfono móvil, hizo par de fotos y divulgó en su perfil de Facebook la insalubre situación. La publicación llegó a ser compartida más de mil novecientas veces, tuvo cientos de comentarios y reacciones.

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INICIO Sobre la Loma de la Esperanza, a pocos metros de casa de Carmem, quedan en pie los vestigios del Hospital Materno Infantil Lebredo. De allí baja el caracol gigante africano, considerado una de las cien especies exóticas invasoras más dañinas del mundo. —Es que eso está al abandono –explica Carmem–. Nadie chapea el monte ni se preocupa por él.

Así quedó el Hospital Materno Infantil Lebredo tras ser cerrado en 2003 y posteriormente desmantelado por la población. (Foto: Hitchman Powell).

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INICIO *** Hace 20 años que Herminio Rodríguez Aguilarte vive con su familia a media cuadra de las ruinas del hospital. Su casa está rodeada de árboles, terrenos vacíos y malezas. El patio es abierto, espacioso, de tierra. Herminio cría cerdos, gallinas, varios perros. La calle del CDR #7, Antonio Vázquez Parada, al que pertenecen, es un camino polvoriento sin asfalto ni acera. Son alrededor de 50 personas inscritas en 18 hogares que permanecen con las puertas abiertas. No existe el hermetismo de la ciudad. —Nosotros conocimos el caracol antes de que lo mostraran en las noticias. En enero empezaron los primeros cerca de mi portal. Los veíamos extraños. Imaginamos que no eran buenos. Tuve hasta pesadillas con ellos –cuenta Herminio. Desde hace tres meses cierra las ventanas al oscurecer. La plaga se ha vuelto incontenible. Cada mañana, antes de que el sol despegue, Herminio sale con una jaba de nailon a recolectar los moluscos más próximos. La llena con 15 o 20. Es una esclavitud. De noche, cuando están en su apogeo, vuelve a salir con una linterna que compró especialmente para eso. Se ha convertido en rutina: ponerse guantes, apilar caracoles en la bolsa y luego rociarlos con creolina, un desinfectante. “Cuando la echas gritan como si fueran pajaritos y botan espuma”.

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Herminio tiene que dedicar cada mañana a la recogida del molusco invasor. (Foto: Hitchman Powell).

Con el tiempo los ha ido conociendo. En período de lluvia sabe que proliferarán aún más. Los aguacates podridos funcionan como una especie de trampa. Herminio los deja en lugares estratégicos y antes de que amanezca revisa cada uno: allí están los caracoles saboreándose. La cantidad de dinero gastado en jabas no la sabe. Diez pesos por semana aproximadamente. Más el pomo de creolina, que le cuesta 30 pesos y rinde para un mes. Con sal nunca ha probado. Dice que es absurdo. “Un camión de sal no alcanza para matar los que he recogido”. Aunque en el país no se reporta de manera oficial ningún paciente con meningitis a partir de esta plaga, sí se han comprobado animales con alta carga infecciosa. “Me pregunto qué fuera de nosotros si no recogiera todas las mañanas”, dice Herminio. “La casa estuviera minada. El Estado debería traer una brigada de saneamiento, porque la otra solución es mudarse”.

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INICIO Vivian Torres, presidenta del CDR, asegura que la queja no ha sido tramitada formalmente, aunque todo el vecindario está afectado. Sin embargo, el Policlínico Párraga y el Instituto de Investigaciones de Sanidad Vegetal están informados de las circunstancias, porque varios vecinos se han acercado requiriendo ayuda. Uno de ellos, Julio Norlen, tiene un bebé de un año al que no deja salir a jugar porque teme que agarre un caracol y, por ejemplo, se lo lleve a la boca. —La respuesta siempre es la misma: que el trabajo es individual –afirma Vivian Torres–. Que hay que matarlos con sal, o con cal. Y no hay ni sal ni cal. Mi preocupación es el hospital Lebredo, minado totalmente. Eso no es de nadie. ¿Quién lo va a limpiar?

A sus 87 años, Luis Collado se ve obligado a recoger diariamente los moluscos para evitar que entren a su casa. (Foto: Hitchman Powell).

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INICIO *** Mientras recogían ciruelas en el patio, Caridad Rosa, de 70 años, y su esposo Luis Collado, de 87, se percataron del peculiar molusco que andaba por las ramas y los frutos. Después desapareció el bejuco de boniato, la yuca y una planta de albahaca que tenían sembrados en un pequeño huerto al lado de la vivienda. “Enseguida supimos que se trataba del caracol gigante africano. Ya por el televisor aclaraban los daños que ocasionaba a la agricultura”, apunta Collado. Al inicio los aniquilaban con sal. “Pero, imagínate. Nos dan dos paqueticos al mes en la bodega y en la tienda a veces no hay. Opté por meterlos en alcohol, pero se acabó y no tengo de dónde sacar. A veces cogía una piedra grande y los aplastaba a todos en un mismo lugar y limpiaba para eliminar los restos”. Rosa y Luis saben que esta no es la manera indicada de hacerlo. Por eso, Rosa buscó el calentador en forma de tornillo gigante que le dieron a inicios de la Revolución Energética, hirvió agua en un cubo y cogió un palo y un recogedor de aluminio. Amontonó alrededor de 15 y los sumergió. “Matarlos con agua caliente es lo más efectivo”, asevera. El matrimonio también ha tenido que adaptarse a la nueva forma de vida. Él camina vagamente con un bastón. Ella tiene diabetes y padece de presión arterial alta. Los caracoles están en todos lados: debajo de los tanques del patio, en las plantas, camuflados con las piedras.

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Pese al esfuerzo diario, a los vecinos de la comunidad les será muy difícil erradicar la presencia del caracol gigante africano. (Foto: Hitchman Powell).

En junio de 2019 Rosa recogió seis: tres grandes y tres chiquitos. Los colocó en un pote de helado envuelto en una jaba y fue hasta la entidad de Sanidad Vegetal. “Eso no hace nada”, fue la respuesta recibida. A Rosa no le bastó. Agrupó otros, los llevó al policlínico y una enfermera alegó que ellos no tenían nada que ver con la plaga. No dijo nada, cogió su jaba y la zumbó en cualquier tanque de basura. Los pobladores de Párraga parecen estar condenados a una invasión.

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Mar de fondo JUAN CARLOS ALOM


Las personas que aparecen en cada una de las fotografías que conforman este ensayo residen en la zona baja de El Vedado, en La Habana. Cuando el mar penetra la ciudad, desafiando la barrera del malecón habanero y recuperando así una ínfima parte de lo que alguna vez fue suyo, los vecinos de este barrio viven, literalmente, sumergidos en el agua. A este fenómeno se le conoce como mar de leva, mar tendida o mar de fondo. Las olas, a menudo, traen consigo gran parte de la basura que, a lo largo de todo el año, ha sido arrojada al mar. A fuerza de vivir esta experiencia una y otra vez, no pocos han aprendido a esperar pacientemente a que las aguas bajen, e incluso puede que algunos pongan sus vidas en una especie de pausa. Para muchos otros, sin embargo, la vida continúa.

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Historia de un derrumbe JESÚS JANK CURBELO


Sentado en la sala Andy se pregunta qué más hacer, cuál es el próximo paso. Publicó en Facebook una foto del desastre y solicitó ayuda al presidente Miguel Díaz-Canel. Está cansado de hacer trámites que nunca llegan a ninguna parte, y ahora, mientras bebe el último café que había en la casa, espera una visita que no llega. El cajón de la sala da a la cocina y la cocina al baño. Ventanas hacia el muro del pasillo. Los apartamentos del edificio en San Rafael 612, Centro Habana, están conectados unos con otros y tienen barbacoas de madera. En el pasillo una escalera rota hacia el piso superior. Después del derrumbe la hija y la esposa de Andy se mudaron a Matanzas y él fue guardando casi todo lo básico (computadora, cámaras, la ropa) en mochilas por ahí, con los vecinos. Aquí quedó, finalmente, un vacío. Andy Ruiz es realizador de audiovisuales; 32 años, larga barba hípster. Vive aquí desde que nació su hija, hace siete años. Ha dormido dos horas, tiene polvo, postillas en los brazos. Mientras

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INICIO hablamos vigila el teléfono nerviosamente y las sombras de afuera por si aparece alguien. No es que deba venir el presidente. Pedirlo fue una forma de hacer presión sobre los funcionarios o sobre cualquiera que pueda venir a sacar escombros, amontonar bloques, a lo que sea. El domingo 12 de enero su esposa María Isabel había ido a cuidar a una tía en el hospital Fajardo. Así que él y su hija Rafaela salieron temprano a El Vedado, donde unos amigos que también tienen niñas. Fue un buen día. Hasta que a eso de las siete de la tarde, cuando María Isabel ya estaba en casa, se hundió el techo del vecino de los altos. Andy estaba saliendo de El Vedado. Rafaela se quedaría a dormir con aquellas niñas.

Así quedó el cuarto de Carlos que está sobre la vivienda de Andy. (Foto: Hansel Leyva Fanego).

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INICIO A la casa de Carlos Rodríguez, el de los altos, se entra por la cocina, sitio oscuro con un bombillo y algunos cacharros. El hueco de la puerta da a la nada que el domingo era un cuarto. Falta el techo, faltan paredes. El suelo es el techo de Andy y también parte del de Vivian, que vive al lado de Andy. Carlos tiene 48 años y nació aquí, donde compraron sus abuelos en 1920, cuando recién lo habían construido y todo era parte de la misma casa. La familia fue haciendo divisiones y mudándose; el tiempo fue rompiendo, sobre todo, la segunda planta. La madre de Carlos le comentó a Vivian que la habían declarado inhabitable en 1980. Lo primero que se cayó fue el techo del segundo cuarto, en julio de 2013. El techo de madera original de 1920. Una brigada de demoliciones terminó de tumbarlo y apuntaló con vigas la cocina y el otro cuarto, hacia donde se mudaron Carlos y su madre, de 82 años. La lluvia caía sobre las losas y bajaba por las paredes de Vivian, las cuarteaba. Así, casi dos años. Luego les aprobaron un subsidio por 3 000 pesos que Carlos invirtió en 18 tejas de fibrocemento, a 105 pesos cada una, y un poco de arena. Con eso armó el cuarto: cuatro por cuatro metros donde tiene un televisor, la cama y un armario; la puerta un tablón fijo, hay que zafarlo para pasar. Es la única estructura que queda sana. Carlos vive ahí dentro desde que murió su madre, hace dos años. El 12 de enero se desplomó el techo del primer cuarto y no partió el suelo porque lo sostuvieron los puntales. Se desprendió uno de los arquitrabes. La pared delantera, que da al pasillo, se quedó en un hilo; ondeaba con el viento.

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Vista del edificio de San Miguel 559. (Foto: Hansel Leyva Fanego).

El 559 de la calle San Miguel se ha ido cayendo a pedazos desde que Laura González era niña, y ya tiene 47 años. Según su padre este era un edificio privado, con grandes ventanales, cinco baños, patio interior, balcones y pasillos. El dueño lo rentaba. Después del triunfo de la Revolución, el Estado dejó que quienes pagaban alquiler siguieran viviéndolo. Usufructo gratuito. Laura nació en un cuarto al final de la segunda planta y se cambió a otro junto a la escalera, con vista a San Miguel, en 1999. Porque a medida que se destruía el inmueble y emigraban los vecinos, los que quedaban iban ocupando los espacios vacíos. Sus padres estuvieron en aquel cuarto hasta que, en 2012, se despeñó el alero de la azotea y se llevó la baranda. Los escombros cayeron en la cisterna. Entonces solicitaron albergue pero les respondieron que no había. Así que se fueron a la planta baja. El 22 de mayo de 2017, sobre las 10:30 de la noche, se desplomó una parte de la azotea y rajó

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INICIO el segundo piso. Los vecinos dijeron que no podían estar la vida entera con el corazón en la boca, y lo sacaron todo para la calle. Ocho familias. Estuvieron tres días durmiendo ahí. Sin mucho aspaviento. Les pusieron un policía de guardia. El 25 de mayo los llevaron para Jovellar 157, antiguas oficinas de la Unión de Ferrocarriles. Baño colectivo. Sin cocina. Se inunda cuando llueve. En la Unidad de Atención a Comunidades de Tránsito les dijeron que sería por un año. “Nos dieron la oficina del director, que tiene un baño pequeño, pero no tiene ventilación. Nos tocó ahí porque mi padre estaba en sillón de ruedas”, cuenta Laura. Al año les dijeron que habilitarían el local como viviendas. Pero apenas pusieron el gas en una zona común. Los padres de Laura murieron en 2018 y ella, que nunca terminó de mudarse, que iba y venía todas las mañanas, siguió en el 559 de la calle San Miguel. “No quiero estar aquí, pero es que allá tampoco se puede vivir. Yo he tratado más o menos de ir arreglando, pero no se puede. Aunque uno tenga mucha fe y algo de posibilidad, no se puede”. Da pánico caminar el pasillo. Está apuntalado y demasiado estrecho y parece que tiembla con los pasos. Abajo está el patio desatendido, lleno de hierba. Al fondo, en los cuartos abandonados, esqueletos de muebles, canaletas y cables colgando sin electricidad. Es un sitio parco, al que la luz llega desde el fondo. Salen cabillas entre un bloque y otro. Donde vivían los padres de Laura hay un basural tras la pared abierta. Polvo. Trozos de tablas por todas partes. No quedan puertas.

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INICIO Queda la estructura de lo que antes fue la barbacoa. Hay floreros, un buró, algún muñeco: detalles que nadie pudo llevarse al salir corriendo luego del desplome. “Todavía se caen los pedazos. A mí me han caído al lado”, dice ella. El derrumbe del 12 de enero removió estos cimientos, de la misma manera que los derrumbes aquí han removido los cimientos de San Rafael 612. La pared trasera de donde nació Laura también es la pared de la cocina de Carlos.

Laura González (Foto: Hansel Leyva Fanego).

“Esto hay que demolerlo urgentemente”, apuntó el arquitecto de la comunidad a las diez de la noche del domingo. La brigada de demoliciones llegó la mañana del lunes. Armaron el soporte de madera,

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INICIO al que llaman burro, en el pasillo, por la fachada, y luego apuntalaron la casa de Andy, que, según dijeron, debió haber estado apuntalada desde 2013. Fue cuidadoso el desmantelamiento, bloque por bloque, porque los mandarriazos hacían temblar el 559. A las 3:27 de la tarde no había techo en la casa de Carlos, la pared delantera había sido desmontada hasta poco más abajo de la mitad y la brigada, sin más equipamiento que un camión y martillos, había empezado a lanzar los desechos hacia la acera. Andy grabó el proceso con su móvil: Demoledor: “La policía mandó a parar la obra porque no tenemos el papel del escombro”. Jefe de brigada: “A mí nadie me va a poner una multa por hacer mi trabajo”. Un funcionario de Demoliciones le explica a Andy que Vivienda tiene que tramitar con Tránsito un autorizo para el cierre temporal de la calle. Y otros procedimientos que nadie hizo. El Artículo 163 de las Regulaciones Urbanísticas locales indica: “No se arrojan a la vía pública los escombros procedentes de demoliciones, en particular desde lo alto de los edificios, estos se bajan por medios mecánicos, canalizaciones u otros afines”. “El acopio de los escombros se realiza en contenedores habilitados a tal efecto en la propia área donde se produzca la demolición y son retirados en períodos no mayores de setenta y dos horas”, continúa el 164. Los obreros dicen que no hay petróleo para que el camión haga el recorrido hasta el vertedero, ni medios mecánicos, ni nada de eso.

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INICIO Funcionario: “Lo mejor es continuar mañana. Porque son 1 600 pesos de multa. Esa no es una arteria principal, pero es complicada”. Andy: “Y mientras tanto mi techo sufriendo”. Funcionario: “Sí”.

Carlos Rodríguez. (Foto: Hansel Leyva Fanego).

Después de mil llamadas telefónicas y de la intervención de un funcionario del Partido Comunista familiar de Andy, el martes aparecieron el petróleo y los medios mecánicos.

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INICIO Dice Vivian Centeno que la solución es sacar a Carlos y terminar de derribar la casa, aunque habría que derribar con ella, al menos, parte de la segunda planta del 559. Carlos tiene miedo de ir a parar a una comunidad de tránsito y morir ahí, sin ninguna esperanza. En una de las grabaciones que hizo Andy se escucha: Vecino: “Esto [la casa de Carlos] no ha matado a uno porque vaya…”. Funcionaria de Vivienda: “Estamos de acuerdo. Pero si él dice que no le toque ahí, yo no puedo tocarlo”. Vivian: “Si él no tiene conciencia qué vamos a hacer, ¿esperar que alguien muera?”. Carlos: “Yo me iba a mover hoy, pero no sabía a qué hora venía la brigada”. Funcionaria: “Si tu casa no tiene salvación, ya Cepeda [el arquitecto] sabrá si tiene que hacerte una orden de albergue o qué tiene que hacer. Usted decide si quiere ir o no. Por eso digo: el primero que tiene que dar el paso es el propietario”. Horas antes, Carlos Blanco, el delegado, le había advertido que el tema es complejo: “Estamos ubicando a las personas en oficinas, en lobbies, en lugares donde ni siquiera hay baño”. Carlos cedió y dijo que sí al albergue y el delegado dijo que intentaría agilizar los trámites. Pactó una reunión en el Consejo de Administración Municipal a las 11 de la mañana del miércoles. A las 11 dijeron que a la una y a la una que nunca. Entonces Andy puso el post en Facebook.

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A Carlos no le queda más remedio que intentar reparar todo otra vez. (Foto: Hansel Leyva Fanego).

Hasta julio de 2019, el 40 % del patrimonio inmobiliario de Cuba se encontraba entre regular y mal estado. El déficit habitacional del país superaba las 929 000 viviendas; 185 348 de ellas en La Habana. Según Cubadebate, el nuevo Programa nacional para la recuperación del fondo habitacional pretende edificar una casa diaria durante diez años. En ese periodo, en la capital deben ser reparadas 83 878; se deben reponer 46 158; más de 43 800 para albergados y otras 11 400 por concepto de crecimiento. Más del 60 % de estas viviendas, afirma el reportaje, “deberán ser construidas por esfuerzo propio y con el desarrollo de la producción local de materiales”. “Aquí cada cual tiene que resolver su vida como puede”, dice Carlos. Está con una faja a la cintura recuperando bloques para levantar la pared de nuevo. Mientras, Vivian intenta vender su casa –lleva años haciéndolo–; Laura reza para que no se caiga otra parte de la azotea; y Andy espar-

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INICIO ce impermeabilizante en el suelo para resguardar su techo, para traer de vuelta a su familia, aunque sabe que el prรณximo derrumbe es cuestiรณn de tiempo.

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Los años duros CHRIS ERLAND


Todos los años que llevo fotografiando ancianos “luchadores” no han terminado de endurecerme la mirada. No logro conformarme con la situación, siempre me conmueve. Siento que les fallamos como sociedad, todos. Son luchadores. Unos trabajan porque desean sentirse útiles, otros para compensar una jubilación que no alcanza, otros porque no tienen apoyo familiar y otros porque no les queda más remedio. A lo largo de los años he visto caras conocidas, otras nuevas y, tristemente, he dejado de ver a muchos. Es solitario el oficio de viejo luchador, ocupa una breve ventana de tiempo al final de la vida. Un buen día faltan al trabajo, quizás retornen, pero es el principio del fin. Su espacio pronto será ocupado por otro necesitado que a su vez continuará luchando, sin el empuje de su perdida juventud, ante la vista de una muchedumbre imperturbable.

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La manisera Amanda Gautier apareciĂł como personaje en Suite Habana, de Fernando PĂŠrez. (Foto: Chris Erland).


Revendedor de periรณdicos, Habana Vieja. (Foto: Chris Erland).


Compran el periรณdico a 20 cent. para revenderlo a 1 CUP, a los turistas en CUC. (Foto: Chris Erland).


Recolector de materias primas, Guanabacoa. (Foto: Chris Erland).


Manisera, calle Obispo. (Foto: Chris Erland).


AĂąos despuĂŠs, la misma manisera en el portal del Museo Nacional de Bellas Artes. (Foto: Chris Erland).


Revendedor de periรณdicos, Habana Vieja. (Foto: Chris Erland).


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Revendedora de confituras. (Foto: Chris Erland).


Manisera, calle Obispo. (Foto: Chris Erland).


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Cocodrilos CARLOS ERNESTO ESCALONA


Llegué al pueblo en marzo de 2016 como camarógrafo del proyecto Hombres de Cocodrilos, dirigido por Liván Magdaleno. Este proyecto pretendía documentar las formas de supervivencia de los habitantes de Cocodrilos, una comunidad casi perdida en el corazón de la Ciénaga de Zapata. Mientras nos sumergíamos en las dinámicas del pueblo, la idea y el proyecto se hacían más grandes y filmarlo todo en una sola ocasión nos resultaba imposible. Por lo tanto, volvimos en abril por unos cuatro días y luego en agosto durante algo más de una semana. Liván quería que captáramos la transición del paisaje de la ciénaga, que va del descampado áspero y seco en los meses de invierno a anegarse de agua casi totalmente apenas rompe la estación de lluvias. Es entonces cuando el cenaguero cambia el caballo por el bote y recorre a golpe de palanca los mismos sitios por donde transitaba a pie semanas atrás. El cenaguero

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INICIO (que no es “guajiro”) es el habitante de un entorno que cambia dos veces al año, y dos veces al año se reinventa y sobrevive. Bolo y Tania reacomodaron su casa para nosotros. De ahí comenzamos a conectar con las personas del pueblo, que al principio acudían a vernos como a seres de otra galaxia. Fuimos nosotros, luego, quienes salimos a buscar personajes para nuestro documental, en un pueblo cada vez más pequeño y con notable predominio de personas mayores, donde cada quien tiene suficientes cosas que contar como para hacer difícil la selección definitiva de las historias.

Julito, el pescador.

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Bolo.


Hija de Bolo en su habitaciรณn.


“Cobija” de un bohío.


José Carlos, el único niño que había en el pueblo.


Bolo atravesando la CiĂŠnaga en el botecito.


INICIO Así conocimos a Rigoberto Campos, el recogedor de semillas que anda la ciénaga con los pies descalzos al punto de que ya no hay zapato que pueda calzar. A Luis Amador, el carbonero retirado que no tiene a quien dejarle la casa de ladrillo y tejas que le construyó el Estado tras el huracán Dennis porque sus hijos se marcharon del pueblo. A Ramiro, un cuentero de la misma estirpe del Juan Candela de Onelio Jorge Cardoso, con una capacidad enorme de fabular historias que son de verdad, aunque sepas que son mentira. A Raúl, que enciende el generador eléctrico durante 8 de las 24 horas que tiene el día para ver el noticiero y que funcionen los refrigeradores. A Julito, el pescador, a quien se le murió la mujer en los brazos porque no le dio tiempo a sacarla del pueblo cuando le dio “la cosa”. A Roberto Dita, el coordinador del CDR que se la pasa peleado con la “gente de arriba” para que se resuelvan las necesidades de su gente. Así conocimos, en fin, Cocodrilos, un pueblo bicentenario que durante generaciones vivió de fabricar carbón, hasta que la zona fue declarada como Área Natural Protegida y no pudieron tumbar un palo más ni hacer un cachimbo (horno de carbón) sin permiso de la empresa forestal. ¿Alternativas? Abandonar el pueblo, irse a Playa Girón a buscar trabajo en el turismo.

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Rigoberto Campos, el semillero.


Roberto Dita, el coordinador de los CDR.


Atardecer en la CiĂŠnaga.


Ramiro, el cuentero.


Ómnibus que conecta Cocodrilos con Playa Girón. Sale en la mañana y regresa en la noche.


INICIO Cocodrilos es la otra cara de la migración, la del que se queda porque no sabe vivir de otra manera. De Cocodrilos se han marchado los jóvenes, con fuerzas y recursos para comenzar una vida nueva en otro sitio. Pero con los mayores sucede completamente al revés: sacarlos del entorno que conocen y donde tienen de alguna forma su realidad bajo control es como agarrar un pez de agua salada y colocarlo en una pecera de agua dulce. —Bolo, ustedes tal vez no tengan electricidad todo el día, pero al menos pueden ver televisión. ¿Eso no les despierta curiosidad por vivir en otros sitios, por irse a La Habana, por ejemplo? —¿A La Habana? ¡Qué va! ¡Eso está en el fin del mundo! Todo un diplomado en Antropología resumido en media línea. Así es como el profesor Bolo me enseña que –en una medida justa de las cosas– el fin del mundo para unos puede ser el comienzo de otros. Y viceversa. Desde 2002, Cocodrilos es un pueblo sin economía ni reemplazo generacional, donde solo quedan sus mayores, renuentes a dejar la tierra donde han vivido siempre, pues no sabrían hacerlo en otro lugar ni de otra forma. Hoy todo parece indicar que es otro pueblo condenado a desaparecer, y que persistirá en el mapa de la Ciénaga de Zapata por tanto tiempo como le reste de vida al último de sus ancianos.

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Coordinación General: Geisy Guia Edición: Tomás E. Pérez y Gilberto Padilla Ilustración de portada: EMII Diseño: Monkc

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Periodismo de Barrio agrupa en esta revista un conjunto de textos y galerías de fotos, publicados en el sitio web, que recorren diversas com...

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