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El Alma de lasCasas

A. María Rodríguez


Antonia María Rodríguez nació en Archidona (Málaga). Licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Granada, ha compaginado su trabajo como profesora de instituto con su afición a la literatura y fruto de esa dedicación ha sido un gran número de poemas y relatos breves desperdigados en diversas revistas. Colaboradora de la revista literaria Otras Voces es además autora de un libro de poemas titulado Los perfiles del viento. Como prosista ha publicado los siguientes libros: Canciones de corro (2002), Los días de Bórmigos (2003) y Aquellos cielos fugaces (2011). El alma de las casas es el broche de oro que cierra una trilogía a la que la autora denomina Días de gloria.


El Alma de lasCasas


El Alma de lasCasas A. María Rodríguez


El alma de las casas © A. María Rodríguez Diseño de cubierta: Francisco A. Martín Iglesias Fotografía de portada: Francisco A. Martín Iglesias Ilustraciones: Ana I. Jiménez Rodríguez

Edita:

I.S.B.N.: 978-84-15933-85-4 Dep. Legal: V-329-2014

Impreso en España Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación ni de su contenido puede ser reproducida, almacenada o transmitida en modo alguno sin permiso previo y por escrito de la autora.


Todo se hunde en la niebla del olvido pero cuando la niebla se despeja el olvido está lleno de memoria. Mario Benedetti

Al asomarme curioso a ese tiempo que atrapó la luz, mis dedos sólo saben deslizarse en caricia sobre las fotografías. Francisco A. Martín Iglesias.

Quand nous habitions tous ensemble sur nos collines d’autrefois, où l’eau court, où le buisson tremble, dans la maison qui touche aux bois… Victor Hugo


PRÓLOGO

LA ABUELA PRODIGIOSA

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e pequeño leí o vi o no sé qué diablos me pasó que me metí en el mundo de Hansel y Gretel. El resultado fue que abandoné mi incipiente pasión por la lectura porque aquellos cuentos terroríficos no me aliviaban mucho mi propia vida, la de un bastardo en tierras de paz de la guerra civil en Ceuta, plaza fuerte de Franco desde donde dominaba África, el continente de sus amores. Mi padre, un teniente coronel que era como un sultán en aquella ciudad, nunca me leyó un cuento. Ya tenía bastante el pobre con andar en su coche norteamericano con banderines de colorines que la primera vez me hicieron gracia. Mi terror no era que me abandonasen en un bosque como a Hansel y Gretel sino que me obligasen a comer con una cuchara grande de plata. Cada vez que me la llevaba a la boca pensaba que la sopa se iba a salir y formar un sunami en la mesa de manteles blancos a reventar. Y abres el libro de A. María Rodríguez, «El alma de las casas», y lees con toda la rabia del mundo: «Allí, en las noches de mi niñez, mi abuela sentada al borde de ·9·


mi cama me contaba cuentos en los que aparecía un desfile interminable de hadas, princesas, ogros, magos, sirenas y una asombrosa colección de prodigios de los que se me quedaron grabadas las botas de siete leguas de Pulgarcito con las que soñé muchas veces traspasar las colinas de enfrente. Pero de aquello hacía ya muchos años. Ahora todo era contemplación hecha memoria». Los veranos de mi infancia los pasé muy cerca de donde vivía la autora, cuya sensibilidad a flor de teclado conozco de otros escritos suyos. En Archidona tenía yo a la familia de mi madre, a la de mi padre ni la conocí, sobre todo porque con seis o siete años me abandonó. El caso es que para mí Archidona era el paraíso. Todo el mundo me adoraba en particular una serie de mocitas bonitas, todas primas, que formaban una especie de guardia pretoriana para protegerme de todo lo protegido. Pero pese a estos recuerdos bellos, pese a todos los esfuerzos que aquellas primas mías hacían por darme amor, poca gente puede jactarse de tener una abuela como la de esta escritora de lo imposible, porque imposible es que te quieran tanto, con tanta entrega y discreción. Ya me hubiese gustado a mí empacharme de ese amor que ni siquiera dice que es amor. Es una actitud que aquella señora tenía en la vida. Esa nieta que corretea por el campo pero que tiene su castillo fuerte, su inexpugnable palacio en una casa, la casa de la abuela, por supuesto. Desde allí reina en dueña · 10 ·


y señora por los alrededores, en busca de piedras misteriosas y maravillosas para ella, que a veces encuentra en la madriguera de un escorpión. Un escorpión que un día le pica, porque el pobre también quería su intimidad y considera que aquel agujero en el que la chiquilla traviesa hurga con el dedo es su dominio en el que nadie debe molestarle. La niña, que tiene el espíritu de resistencia de la abuela, se presenta en la casa diciendo lo que le ha pasado. Y nadie hace aspavientos ni hay ataques de pánico. Basta la bondad para curarla, aunque un médico haya tenido que entrar en escena. Adoro cómo la niña saca en seguida una enseñanza de aquella incursión en territorio de las fieras. Cuando quieras buscar piedras preciosas en agujeros desconocidos, utiliza siempre un palo, nada de dedos. No tuve quien me diera lecciones tan prácticas. Quien lea este libro, me dejo de calificativos y de adjetivos absurdos porque vale mucho más que parabienes, probablemente odie un ratito a la autora porque comprenderá que a su lado no ha tenido infancia. Si un día se presenta en mi casa un individuo de mala jeta con las manos llenas de cuchillos llamaré al 091 porque no tengo abuela. Pero la anciana que protege a la niña recibe al afilador con calma y consigue «desarmarlo», porque ella, sabedora de todas las cosas humanas, ha entendido nada más verlo que era un desgraciado. · 11 ·


No hay abuelas como la de esta novela mágica. Es más, no creo que hayan existido nunca. La autora fue una privilegiada. De ella misma dice que miraba con «ojos de lluvia» y en lugar de arrancarles la cabeza a las gallinas que arman jaleo a deshoras las justifica explicando que con sus cantos movían el alma. Esta mujer que tanta envidia nos da con un relato tan vertiginosamente feliz, es un ser mágico. Incluso sospecho que cuando llora sobre las ruinas de su infancia nos miente porque no quiere que nadie escarbe en sus secretos, en sus recuerdos más sagrados. Admiren si quieren, dice, pero de lejos. Y para protegernos de la envidia que nos corroe, no de esa estúpida envidia sana de las que hablan los trogloditas urbanos que odian con ferocidad, sino de la envidia de cuando en la escuela un niño comía un bocadillo de salchichón de cantimpalo y tú no tenías más que un hoyo con aceite y azúcar, tenemos que creer a A. María Rodríguez cuando nos afirma, sin que su tecleo tiemble de emoción, que la casa de la abuela tenía alma. ¿Y dónde están esas casas con alma, esas casas como la suya? Sergio Berrocal

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EL ALMA DE LAS CASAS KL

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quel día me di cuenta de que las casas tienen alma, si no inmortal, sí al menos perdurable durante un número indeterminado de años. El alma de las casas son los recuerdos de lo que sucedió en ellas y la emoción que nos invade al contemplar sus ruinas o los paisajes que las circundan. Hacía mucho tiempo que no había vuelto a ver el lugar donde existió la casa de mi abuela ni los paisajes en los que transcurrieron los días más felices de mi niñez. Aquella casa, edificada en la cresta de una ladera, está derrumbada desde hace muchos años y ya sólo es posible contemplar sus devastadas ruinas en las que duerme el tiempo como un lagarto aletargado. El polvo y el verdín han cubierto buena parte de las grandes piedras que permanecen todavía en el lugar y señalan con su presencia las dimensiones del solar, el hueco del patio y un vestigio del horno, claramente reconocible, que es como una contraseña para el recuerdo en medio de arbustos silvestres, crecidos en una mezcla caótica. Al fondo del solar, en un fragmento de loma que la caída de uno de los muros dejó al descubierto, unos zorros han excavado su madriguera. · 13 ·


Pero la herrumbre del tiempo no ha borrado de mi memoria la proporción exacta de sus trazos y por ello soy capaz de recomponerla con exactitud, mediante el recuerdo, burlando los escombros, la decrepitud, la soledad y el polvo, aunque sin perder la consciencia de que ése es ya un lugar fracasado, vencido por el tiempo y cobijado sólo en la memoria. Aquel día, ante el silencio de sus ruinas, la busqué entre mis recuerdos y la casa se levantó hermosa y rediviva en mi pensamiento como si lo más profundo del alma de una casa se quedara adherido a sus despojos o como si en mi memoria estuviera impresa su imagen con todos los detalles: su tejado oscuro y empinado, su alta chimenea, sus ventanas pequeñas, el patio lateral y las cuadras en el lado posterior. Incluso el tronco seco y carcomido del membrillero de la entrada recuperó su copa y la acacia que había a la derecha de la fachada surgió de nuevo altísima y fragante como cuando estaba en su plenitud durante aquellas lejanas primaveras. La acacia había sido el árbol más osado de todos los que existieron junto a la casa pues, tras ser abatido, había brotado en sus inmediaciones por múltiples sitios. En medio de la luz clara de la mañana, imaginé al viejo árbol tal como fue en tiempos pasados y mi memoria lo incorporó otra vez a la vida entre el resplandor primaveral. Fue tan grande el poder sugestivo de aquel recuerdo que por un momento me pareció percibir el sutil olor de la flor de acacia. · 14 ·


Todos los demás árboles que existieron junto a la casa habían desaparecido sin dejar huella, excepto el membrillero, que aún conservaba la estéril verticalidad de su tronco seco. Cuando en otoño maduraban sus frutos, los membrillos aromatizaban los octubres y alegraban la vista colgados del árbol como faroles amarillos encendidos al sol. Y luego, en la cocina, su olor se volvía dulzón y meloso convertido en confitura dorada. ¡Cuántos recuerdos de personas, de aconteceres y de sabores me trae la imagen de aquellos frutos que pendían del árbol frondoso, reducido ahora a un carcomido tronco! En cambio la acacia, cortada cuando se demolió la casa ya en ruinas, no había querido seguir el mismo trágico destino de los demás árboles de su alrededor. Sus raíces fueron más fuertes que el hacha y el abandono y no se resignaron a morir bajo la tierra sino que crecieron secretamente en la oscuridad para brotar entre los escombros formando un bosquecillo de tallos jóvenes que ahora, en primavera, se habían vestido de hojas. La vieja acacia había resistido al hacha y a la sequía, empujando a sus vástagos entre las médulas de la tierra, con tal ímpetu que sobrevivió a algunos habitantes de la casa. Ésta, en cambio, ya solo existía en alma. Ahora era tan sólo un montón de piedras violentamente rotas. Renegridos fragmentos de una casa fustigados por el tiempo. Un hogar sólo para el recuerdo, un bello silencio, un sitio entrañable vuelto en soledad y por ello sólo cuando la evocaba en sus tiempos · 15 ·


de esplendor tenía la sensación de que la rescataba de la muerte. Podía incluso visualizar sus estancias como aquel dormitorio de ásperas baldosas rojas que ocupaba durante mis frecuentes visitas a la abuela y en el que había dos camas que escondían sueños, una cómoda repleta de objetos, una silla, una percha, un cuadro de San Antonio, un palanganero con su jarra y su jofaina y una ventana que daba al sur. Y más allá de la ventana estaba el cielo. Allí, en las noches de mi niñez, mi abuela sentada al borde de mi cama me contaba cuentos en los que aparecía un desfile interminable de hadas, princesas, ogros, magos, sirenas y una asombrosa colección de prodigios de los que se me quedaron grabadas las botas de siete leguas de Pulgarcito con las que soñé muchas veces traspasar las colinas de enfrente. Pero de aquello hacía ya muchos años. Ahora todo era contemplación hecha memoria. Estábamos en el mes de abril y el aire olía a primavera. Por el norte, frágiles jirones de nubes blancas dejaban entrever retazos del cielo azul. Se habían marchado ya los fríos de marzo, ese mes que repica a primavera y anuncia la tibieza de abril y los variados colores de mayo. En esos meses tienen total libertad los campos para lucir sus flores, como lucían ya en las herrizas los primeros morados nazarenos y los zapatitos del niño de Dios rosados y transparentes. Amarilleaban las cañadas cubiertas de jaramagos · 16 ·


y retamas. Y ese era sólo el comienzo pues de ahí a pocos días la ladera del arroyo sería un tapiz multicolor de humildes florecillas. Ya lo estaban anunciando las golondrinas con sus vuelos ondulantes en busca de barro para sus nidos. Cerca de las ruinas de la casa, la vía del ferrocarril se cruza con la loma y en aquellos tiempos se cruzaba también con el desaparecido camino de Archidona. Por ello a aquel paraje lo llaman Puerto de Cruz, un nombre que se había instalado en mi vida desde mis primeros años. Sin ninguna duda, aquella loma con su rumor de pájaros y sus aromas silvestres había sido uno de los lugares más amados de mi niñez y, aunque el tiempo desfigura los paisajes, aquél se había mantenido inmutable a lo largo de los años. Tal vez por ello fue allí donde ese día brotaron más intensamente los recuerdos como invisibles mensajeros enviados por el tiempo. Había jaras de sumisos pétalos y ásperas coscojas, ebrias de sol, que se asomaban al olivar desde la cumbre de la loma. Sobre ellas seguían habitando los mismos pájaros, se oían los mismos trinos, resonaban los mismos zumbidos de insectos y todos juntos me brindaban el reconocimiento de haberme sabido detener ante las encrucijadas del olvido. Tordos, cogujadas, jilgueros y camachuelos sobrevolaban el lugar o dejaban oír sus cantos resultando el conjunto como una vuelta a la niñez, que había sido en buena parte una síntesis de arrullos, aromas y vuelos de pájaros. Junto a la cima de la loma, al pie de las herrizas, estaba · 17 ·


aún el olivo en cuyas ramas bajas se ataba la cuerda del columpio que en sus más fuertes vaivenes producía la sensación de que podía rozar la frontera del cielo. Del mismo cielo que se extendía sobre la cumbre de las colinas de enfrente en las que, entre el verde eterno de los olivos, se divisaban el cortijo grande y la casa de la encina. No eran estos sus nombres verdaderos sino los que yo les daba de niña porque en aquel tiempo me gustaba ponerle mis propios nombres a las casas, a las lomas, a los cerros dulcemente entregados al cielo azul o a las nubes, henchidas y volubles como juguetes del viento. Resucitar aquellas vivencias era algo que tenía el sabor agridulce de las frambuesas. En un momento determinado bajé la ladera hasta el arroyo y me senté sobre el tocón de una gran encina que había sido en otros tiempos hogar de petirrojos y jilgueros. Regresé a ella en mi memoria y me pareció percibir su copa alta, áspera y robusta en cuyas hojas se rascaba el viento. Muy cerca de allí estaba el huerto junto a un arroyo que había sido en el pasado un manso y fértil cauce de agua transparente que el transcurso de los años había transformado en desolación. Faltaban varios de los chopos que lo flanqueaban, como esbeltos centinelas, y ya no era el flujo superficial de antes con arrullos de agua. Manos enemigas debían de haberle agregado cauces de escorrentías que lo habían convertido en una profunda torrentera, en un lugar inhóspito, en un cauce devastado por las lluvias con sus bordes salpicados de piedras y brozas. · 18 ·


El alma de las casas