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Primera edición, 2019 © 2019, Isaí Vázquez Martínez. © 2019, Par Tres Editores, S.A. de C.V. Fray José de la Coruña 243, colonia Quintas del Marqués, Código Postal 76047, Santiago de Querétaro, Querétaro. www.par-tres.com direccioneditorial@par-tres.com ISBN de la obra 978-607-8656-10-3 Diseño de portada © 2019, Diana Pesquera Sánchez. Se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio, sin la anuencia por escrito de los titulares de los derechos correspondientes. Impreso en México

Printed in Mexico


Isaí Vázquez nació en Querétaro, México. Ingeniero de formación, ha desarrollado un pensamiento lógico y secuencial, buscando pasos o reglas para guiarse en su entorno. Su devoción por la práctica de artes marciales le ha conferido un fuerte código de valores y principios. Es un apasionado de las causas nobles y las actividades filantrópicas. A lo largo de los últimos seis años ha estado involucrado en diferentes proyectos de trabajo y servicio social, así como voluntariados y labores altruistas de todo tipo. Dentro de su experiencia está: asistir a personas que viven en la calle; terapia con caballos para personas con síndrome de Down y autismo, como parte de una investigación de una universidad; programa de inclusión, mediante actividades recreativas, para personas con discapacidad y cáncer en uno de los mejores hospitales oncológicos para niños del mundo y profesor de matemáticas a personas en casas hogar.


Así se despiden los amigos «Lo lamento. De verdad que yo también lo lamento y disculpe usted haberme demorado en avisarle»… resonaban esas palabras en mi cabeza. Como aquellas veces en que se lee un texto, pero no se comprende nada, porque la mente divaga con los recuerdos. Así que decidí leer de nuevo la carta. Karbala, sexto día del mes Muharram del año 512 de la Hégira. Señor Isaí: As-salam-u-alaikum wa-rahmatullahi wa-barakatuh. Señor, debo decirle que no tengo ya esperanzas de que esta carta llegue a sus manos, pero alguna razón en mi corazón me dice que debo intentarlo una vez más. Es la quinta ocasión que le escribo en trece años. Cualquiera hubiera desistido. Sin embargo, me pesa tanto esta noticia que creí conveniente que usted la supiera también. Tal vez no lo recuerde, pero usted ayudó alguna vez a mi familia. Jamás lo olvidaré. Siempre le tuvimos una gran estima a su compañero y a usted, por eso, al enterarme de lo ocurrido, intenté contactarle cuanto antes. ¡Vaya líos en los que me ha metido! Sepa usted que es un trotamundos, que me ha sido muy difícil encontrarlo. Con suerte esta vez la carta llegue, por lo menos antes de que se marche de aquel sitio. ¿Cómo lo encontré? Bueno, pues un 5


mercante de Erbil me dijo que le conoció cuando usted mismo se dirigía hacia su actual destino. Tal parece que usted sigue dejando huella por donde quiera que va. A veces no entiendo muy bien los caminos de Alá, por lo que no comprendo cómo es que usted terminó en Acre, o lo que ahora los infieles han nombrado como San Juan de Acre. Pero sé muy bien que usted es un hombre dedicado a hacer el bien y que no dudaría en viajar hasta el fin del mundo para cumplir su propósito: servir a los demás. Yo me pregunto: ¿Cómo son los hospitales europeos? ¿Son diferentes de los árabes? ¿Es verdad que en ellos hay guerreros con armaduras; hombres santos que saben de la guerra? Disculpe usted mi curiosidad, simplemente quería aligerar la tensión que quizás debe estar sintiendo ante esta noticia que le daré, aunque supongo que usted ya sabrá la razón por la que le escribo. Fue en invierno de 1105. Él se encontraba en los bordes orientales del Califato, una clase de exilio autoimpuesto. Quizás usted sepa más acerca de ello, pues eran buenos amigos. Él vivía en una pequeña casa. No hay mucho qué contar sobre eso. Sé que no es algo que a usted le importaría saber. Le encontraron una mañana. Alguien iba a buscar su ayuda, como era costumbre; esa buena costumbre. Como no respondía decidieron irrumpir en la morada y le hallaron recostado en un asiento. Se veía en calma, sin dolor, sin sufrimiento, como siempre andaba por la vida: estoico. Mucha gente asistió a su despedida, por lo menos la de aquel remoto lugar. No dejó nada: realmente no tenía pertenencias. Lo único que encontraron fue una nota con su última voluntad; tal parece que él ya lo presentía. ¿Cómo sabía tantas cosas? El paquete que viene con esta carta, es suyo, como él lo dispuso en la nota. Discúlpeme si está algo desgastado. Después de todo, ha ido y venido tantas veces como le he escrito. 6


Adicionalmente, la nota tenía un mensaje para usted. Me ha llegado el escrito original, por lo que me he tomado la molestia de poner el mensaje en el interior del paquete. Me despido, esperando no recibir de regreso el paquete y no tener que escribir una sexta carta. Lo lamento. De verdad que yo también lo lamento y disculpe usted haberme demorado en avisarle. Que Alá lo proteja en su nueva misión. Rasul. Al terminar la carta, tomé el paquete, largo pero delgado y envuelto en telas con unas cuerdas ya viejas, lo cual daba crédito a la historia del escribano Rasul. Aquel mensaje estuvo persiguiéndome durante años, junto con el paquete. Lo desenvolví y lágrimas corrieron por mis mejillas. Era un bastón de madera, ya negro por el paso de los años, de unas dos y media dhiras de longitud. Flexible pero resistente. Y un pequeño trozo de papel atado a él. Desenvolví el trozo lentamente, intentando predecir lo escrito, pero sabía que no lo lograría; aquel hombre era tan impredecible. Cuando por fin extendí el papel, vi el mensaje: De todo aquello que hagas, haz lo mejor que puedas… Nasir.

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En el desierto hay más vida que muerte No había más razón para caminar. Estaba tan cansado que tirarme en la arena y morir abrasado por el sol no parecía tan mala idea. Desorientado, fuera de las rutas conocidas y sin más provisiones, perdí la cuenta de los días que llevaba varado en el desierto, puesto que dormía lo más posible para no agotar la poca energía que me restaba. Viajaba en una caravana, junto con comerciantes de perfumes, especias, pieles y alfombras. No es fácil ser un esclavo, pero era eso o morir ejecutado. «Morir, ahora, de la forma que sea. Ya. No puedo más. Quizás probar la espada hubiera sido mejor que estar aquí…», me decía tantas veces. Hacía mucho que me había convertido en esclavo y no estaba del todo mal: por lo menos tenía ropa, casa y, por mi fidelidad al Califa, me habían concedido educación y adiestramiento militar. Me dirigía hacia Damasco, a prestar servicio con las tropas; y es que había que estar listos, porque infieles hay en todas partes. Aquel día parecía uno como cualquier otro: tedioso viaje, traslado normal, sin contratiempos y bastante aburrido. Si hubiera sabido cómo iba a terminar, hubiera disfrutado cada instante del camino recorrido. Aún nos faltaban tres días y medio de viaje cuando, en tan sólo un instante, lo que debía ser un paseo tranquilo se tornó en confusión y gritos: habíamos sido emboscados. Yo logré escapar, abriéndome paso entre algunos de los bandidos. Quizás acabé con dos o tres en el jaleo, sin embargo, ya no había mu9


cho qué hacer por los demás: casi toda la caravana había sido masacrada. Tras la huida, abandoné mis armas y armadura. Los caballos que logré tomar durante mi escape habían muerto ya. Finalmente, resignado, me tendí en una duna, boca arriba. Cerré los ojos, respiré profundo y pedí al Cielo que me llevara. «¿Es malo pensar en morir? ¿Es malo pedirlo? ¿Por qué la muerte nos da tanto miedo? ¿Hay ocasiones donde morir es correcto? ¿Esta ocasión lo es?»… Miles de pensamientos pasaban por mi mente. Y es que cuando uno ya no tiene nada que perder, acepta su destino, cualquiera que éste sea. «¿Cuándo es aconsejable morir? ¿Se puede aconsejar a alguien para que muera? ¿Se puede aconsejar a uno mismo? ¿Y qué se supone que se dice uno? Simplemente: muere. No… a lo mejor algo más elaborado, para que partas feliz y descanses en paz. O quizás sea como dormir, lentamente». Pasaba el tiempo y yo no moría. Era desesperante ese instante en el que uno por fin decide rendirse a la vida y ésta no llega a su fin. Se prolongaba la existencia. Ahí, tirado en el desierto, solo. Divagando acerca de la muerte. Y no sé si eran mis alucinaciones por el calor, pero parecía que la veía, acercándose: «ven, no tengo miedo. De hecho, te estoy esperando…», le musitaba. La desesperación de una persona es capaz de hacerla delirar de tal forma que busque la muerte, que la añore. Con los labios y la piel resecos, los ojos llenos de arena, el cabello desaliñado. Era la condición más deplorable en la que yo jamás había estado. Hambre, sed, dolor. Mis pensamientos seguían, no cesaban y ahora llegaba quizás el momento de ser honesto conmigo y decirme la verdad. «¿Será que mi vida fue buena? ¿Cómo saberlo? Ahora que la voy a perder, ¿cómo puedo irme feliz y en paz? Quizás deba preguntarme algo, algo que me haga dejar el mundo más… tranquilo…». Abrí los ojos, o los cerré, ya no lo recuerdo bien, pero seguía viendo, entre el aire que se distorsionaba por el calor, cómo se acercaba esa figura hacia mí, la misma Muerte, con nombre pro10


pio y sustancia viva. La había pedido tanto que había llegado. Entonces, contrario a lo que se pudiera pensar, sentí frío, mucho frío, en medio del desierto caluroso. Estábamos ella y yo. Se paró justo frente a mí… –Al fin llegaste… te estaba esperando… –fueron mis palabras. –Lo sé, por eso he venido –salió de la figura una voz, muy firme. Y me entregué completamente a lo que ella dispusiera de mí, la Muerte, con mayúscula. Pero era la Vida quien tenía otros planes… Desperté en medio de una fogata, sin siquiera haber recordado encenderla. Estaba atardeciendo, me sentía débil, apenas me podía mover. Como pude, giré mi cabeza hacia el fuego y por un breve instante vi a un hombre y un camello. No había rastro alguno de la Muerte; de la Señora Muerte… «Se fue… sin mí». El hombre estaba arrodillado en el piso, atendiendo la fogata. Al instante me levanté, o sentí que me levantaba, porque en realidad no me quedaban fuerzas. «Seguramente otro viajero perdido», cavilé. Pude notar que tenía un paño en mi cabeza. Me sentía fresco, aunque con sed, y no estaba recostado sobre la arena; había una alfombra debajo de mí. El hombre me había atendido. Sin quitar su atención de la fogata, él mismo finalmente habló. –Descansa, sahib –pude escuchar su voz, amable, pero firme, como la de la Muerte. No era una voz aguda, pero tampoco excesivamente grave; su tono reflejaba el de un hombre cuyas palabras son honestas y justas. De pronto tomó un recipiente, se levantó y caminó hacia mí. Colocó el recipiente cerca de mi boca y con su mano alzó mi cabeza delicadamente. –Bebe, es agua –dijo aquel hombre. Sentí que el alma me regresaba al cuerpo. «Así que esto es beber… ya lo estaba olvidando». 11


–En cuanto la cena esté lista, me gustaría me acompañaras –terminó por decir. Retiró el recipiente, regresó a la fogata y no habló más. Se dedicó a preparar y cocinar, mientras yo caía en sueño ligero, aliviado, renacido. Al cabo de un rato, ya entrada la noche, una tenue brisa desértica removía el aire alrededor de la fogata, que comenzaba a oler bien; así que, con ánimo al saber que no estaba muerto aún, me incorporé y vi a aquel hombre claramente: vestido en túnicas blancas y a su vez un turbante blanco. Llevaba un collar en el pecho con una piedra roja. Su piel era dorada por el sol y sus facciones eran las de un adulto maduro. Cabello ondulado y barba no tan larga, ambos de color negro, pero ya con tintes blancos. Tenía grandes pómulos, nariz redonda y unos ojos azules muy claros, leales. Pequeño de estatura y un poco regordete, pero se veía sano, no había rastros de deshidratación o enfermedad alguna. Se apoyaba en un bastón de madera, pero no por dificultad, sino porque lo usaba para maniobrar con todo lo que estaba a su alrededor, como una extensión de su cuerpo. No mostraba señas de debilidad, no daba rasgos de flaqueza o impotencia; al contrario, se movía de una manera jovial, segura, fuerte, pero de igual forma con delicadeza y prudencia, como si todo estuviera destinado a salir bien, como si supiera lo que iba a suceder. Y entonces cometí el primer error de muchos en los años que vendrían: «¡Qué tipo tan extraño! ¿Él me rescató?», no pude evitar pensar. Como pude, me senté junto a él, que yacía mirando hacia la fogata. Frente estaba un plato con comida. –Gracias por ayudarme, señor; no tengo manera de pagarle. Usted me ha salvado la vida. Me he perdido en el desierto y, verá, iba yo… –apenas comenzaba a relatar mi historia cuando el hombre me interrumpió con una mano, de una manera muy educada. –Debes tener hambre. Toma, come un poco. Lo demás…. ¿tiene ahora importancia? –dijo y estiró el plato que tenía frente a sí. 12


«Si le quito la comida a este anciano quizás moriremos los dos», deduje. –Señor, pero ésa, seguramente, es su comida. No puedo tomarla –inmediatamente dije rechazando el plato. Moría por probar un bocado y las manos me temblaban por la falta de alimento; sin embargo, no podía quitarle la comida a ese viejo. –Amigo, debes haber pasado días sin comer –dijo amablemente –. Por favor, acepta este humilde plato y descansa. Mañana a primera hora quiero mostrarte algo –remarcó, como si no hubiera escuchado lo que yo decía. Comí y dormí; dormí como nunca antes había dormido. A la mañana siguiente, el hombre ya estaba despierto, sentado y con los ojos cerrados. No me parecía que estuviera haciendo oración hacia La Meca, como es la costumbre, parecía más bien meditando, por lo que no quise interrumpir. «¡Vaya loco que encontré! Regalando su comida y además despertando a tempranas horas», me confesé a mí mismo. Algo en mí me decía que ese hombre no era común, ¿pero qué más podía hacer? Ahora todo se resumía a saber cuáles eran sus planes. Tal vez unirme a su viaje, aunque no estaba seguro si iba a alguna parte, si venía o si estaba perdido igual que yo. Lo seguí observando, intentando determinar su origen, quizás era de las ciudades del norte o de las portuarias al sur y, justo cuando recorría esa brillante piedra roja en su pecho con la mirada, en ese momento abrió los ojos y dirigió su rostro hacia mí. –Buenos días, sahib. Toma tus ropas y acompáñame; hoy aprenderás algo útil –dijo y se puso de pie, limpiando sus túnicas. «Lo que faltaba, dándome órdenes. Esos son los peores de todos los locos, los que están seguros de sí mismos y de lo que hacen». –¿A dónde nos dirigimos? –dije un poco irritado, dando a notar mi curiosidad que no pudo quedarse dentro de mi cabeza. –Sígueme, por favor. Sin más opciones, lo seguí. Caminamos alrededor de doscientos pasos lejos de la fogata. El hombre miraba en todas direcciones, tratando de encontrar algo, pero yo no veía nada; 13


nada en absoluto más que arena. Para él era como si supiera que algo estaba ahí y lo estaba buscando; no parecía desesperado. «¿Qué se supone que hace? Dando vueltas en el desierto. Este viejo carece de juicio alguno y yo más aún, por estar siguiéndolo». Continuó caminando, trazando un círculo alrededor de la fogata. Con su bastón iba sintiendo el piso. Caminó bastante, sin alejarse los doscientos pasos que ya teníamos de separación con nuestro campamento improvisado y, tras un tiempo considerable de andar por la arena, súbitamente se detuvo. –Aquí es –dijo, pero como si sólo fuera para él mismo. De un costado de su cintura tomó una pequeña pala y comenzó a cavar en la arena. «No cabe duda, estoy con un demente y probablemente moriré de todas formas. Lo único que logró este anciano fue prolongar mi agonía». Sacaba más y más arena, lo que su triste pala le permitía; pero no desesperaba, continuaba constante en su labor, plenamente consciente de lo que hacía. «Quizás esté cavando nuestras tumbas», ironicé. En eso, interrumpió mis pensamientos con una exclamación de satisfacción. –¡Acércate! Toca con tu mano la arena –se dirigió a mí, mientras retiraba la pala del agujero. Escéptico y con disgusto, me incliné y toqué con mis dedos la arena que el hombre había sacado de aquel orificio en el piso. Estaba húmeda. –¡Increíble! ¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo lo has sabido? –pregunté atónito, no podía creerlo–. ¿Cómo has encontrado agua en medio de este lugar? El hombre se sentó en el piso y comenzó a reírse. –¿Sabes tú lo que es el egoísmo? –dijo después, aún con una sonrisa en el rostro. –¡Qué pregunta tan más extraña! Claro que lo sé… bueno, creo que lo sé… –respondí pensativo. 14


«¿Me estás poniendo a prueba, anciano?». –Te escucho –se limitó a decir mientras ponía cara de interés. –Pues es cuando sólo piensas en ti mismo. Cuando no piensas en otros. Cuando tus acciones las haces sólo para tu beneficio personal. –Es una buena definición, pero yo tengo otra mejor –dijo y en ese momento su sonrisa se desvanecía y miraba hacia el horizonte, con ojos melancólicos–. Egoísmo es cuando sabes algo que puede ayudar a otro a salir de un problema o de una condición no favorable y, en lugar de enseñarle eso que tú sabes, únicamente le das pan o un puñado de monedas –terminó y cerró los ojos. «¿De qué hablas? Ayudar a otro no está mal, aunque sea con un trozo de pan»… –Disculpa mis modales, no me he presentado correctamente –dijo el hombre mientras se ponía de pie y se arreglaba sus túnicas–. Mi nombre es Nasir Ibn Alkun, viajero y amigo –y con una sonrisa, nuevamente, hizo una reverencia. –Mi nombre es Isaí –dije estirando mi mano para saludarlo y en ese momento sentí necesidad de contarle más a mi rescatista desértico acerca de mi pasado, de mi viaje truncado por los bandidos, pero recordé lo que dijo: no había importancia de lo demás, era pasado ya. –Isaí, cuando te encontré, te di de beber, saciaste tu sed de días con el agua que te entregué. Pude rescatarte de morir un día, pero no he logrado rescatarte de morir cualquier otro día. Si quiero ayudarte de verdad, tengo que darte algo que no tenga ni precio ni fin. Ayer te di agua, hoy te enseñaré a encontrarla –dijo y sus palabras retumbaron en mi cabeza. «Nasir… ¿qué otras cosas sabes hacer? ¿Darme algo que no tenga precio ni fin? ¿Será ese el propósito de ayudar a alguien? Que aquello que se entrega al otro sea de carácter trascendental, que nunca pueda expirar…», cavilé. –Nasir, es usted muy amable por enseñarme, pero eso me haría quedar en deuda con usted –dije titubeante, mientras miraba 15


mis manos y mis ropas–. Desgraciadamente, como podrá usted notar, yo no tengo nada que ofrecerle. «De verdad no tengo nada, me gustaría pagárselo, pero no tengo nada…». –Isaí, ¿sabes lo que es la humildad? –me preguntó, con esa mirada y sonrisa pícaras que iba yo comenzando a distinguir que le fascinaba hacer cuando se sabía conocedor de la respuesta correcta. –Es reconocer que tenemos límites y debilidades. Saber que no podemos hacerlo todo, por más que intentemos y que no somos los mejores –esta vez respondí serenamente, confiado en mi respuesta. –Buena definición, pero yo tengo otra mejor –dijo y puso su bastón apoyado en el piso y sus dos manos encima de éste–. Humildad es saber que: no importando nuestras limitaciones o defectos y no importando nuestro pasado, todos podemos enseñar algo y todos podemos aprender algo. Humildad es también reconocer por igual nuestras virtudes y fortalezas, así como nuestras oportunidades de cambiar el futuro. –Disculpe mi pregunta, Nasir, pero… ¿enseñar algo a quién? ¿Aprender algo de quién? –De los otros, ¿no estamos hablando de los otros? –dijo con una naturalidad marcada–. Es importante ser humilde, señor Isaí, puesto que cuando comenzamos a caminar esta mañana, no parecía muy convencido de que yo pudiera aportarle algo a su existencia, casi nula en el desierto, podríamos decir. «¡Me está insultando! En menos de un día ha pasado de ser mi salvador a la persona más exasperante de todo el Califato». –Mire usted –y entonces me levanté lo más erguido y digno posible–. Le agradezco su intención. Me ha salvado, pero no comprendo por qué me pregunta todas estas cosas. ¿Qué tiene qué ver el egoísmo y la humildad con el agua que usted saca de este pozo? –dije ya comenzando a enfadarme. –Yo le estoy ofreciendo a usted mi ayuda; estoy dándole una lección –y esta vez Nasir se escuchaba más firme que antes, qui16


zás un poco duro y grosero para mi gusto, pero imponía tanto que no pude sino más que escucharlo–. El agua del pozo no sería nada si usted no es humilde y aprende a encontrarla. Ahora usted queda en deuda, no conmigo, sino con los que vienen detrás de mí. «¿Hay más como el anciano? No puede ser…». –¡Estoy ayudándolo, dándole algo invaluable, una habilidad! Sea digno y apréndala, para que, cuando llegue el momento, usted pueda enseñar a otros lo mismo. ¿Cree que no tiene nada con qué pagar? ¿Acaso no sabe usted hacer nada salvo tirarse en la arena y morir? ¡Claro que no! Usted tiene cosas también invaluables en su cabeza y en su corazón y eso es, precisamente, la forma en que usted pagará su deuda. Debe comprender la humildad: aprender cuando lo necesite y enseñar cuando se requiera. Saber que a veces usted sabe y a veces no, pero de cualquier forma usted es importante. Y, sobre todo, nunca juzgar. Quedé paralizado un momento con sus palabras. Nasir tenía razón: dentro de mi desgracia aún tenía mi sabiduría, mi intelecto. Pude haber muerto, pero no sucedió así. «Aún estoy vivo. Aún no termina. Todavía puedo hacer algo por mí, por otros…». –Dime, Isaí, ¿acaso cuando ibas a morir no te preguntaste si tu existencia había valido la pena? –preguntó Nasir y esta vez regresé a ese momento de angustia, donde realmente me había hecho esa pregunta. –Claro que me la hice, pero no supe cómo responderme. Supongo que me ha faltado preguntarme algo más, para saberlo –contesté, pero miraba hacia la arena húmeda de la pequeña excavación. –En ese instante donde te fallaron las fuerzas, ¿qué te decía tu conciencia en tu lecho de muerte? ¿Cómo valoras tu vida? A caso te preguntabas: ¿cuántas horas serví a mi Señor? ¿Cuántos días trabajé arduamente? ¿Qué cargo o título tengo en la corte o en el ejército? ¿Cuántos bienes y riquezas acumulé? ¿Cuántas esposas logré tener? ¿Cuántos súbditos tuve? –me inundó con 17


sus preguntas y después añadió–: yo te diré las preguntas que yo me haría, que no tiene nada qué ver con todas las demás. Yo me preguntaría: ¿cuántas personas pude ayudar? ¿Cuántas vidas pude cambiar? ¿Cuántas vidas pude salvar? ¿Cuántas personas pude hacer feliz? «Ciertamente no tuve idea de cómo calificar mi vida en aquel instante, pero si volviera a ver a la muerte, me gustaría que todo terminara haciéndome las preguntas de Nasir». –¿Por qué lo hizo? ¿Por qué me salvó? ¿Por qué tanto interés en ayudar a otros? –pregunté en tono ya desconcertado, porque habíamos estado discutiendo y sólo nos hacíamos preguntas. Yo no entendía cómo es que habíamos llegado hasta este punto de la conversación. Y parece que di en el clavo. Me atrapó con sus preguntas y ahora me había llevado, sin darme cuenta, a la pregunta más importante de todas. Los primeros rayos del sol ya caían sobre los granos de arena. La luz radiante iluminaba a Nasir de una forma extraña, se veía sombrío, pero a la vez intenso. –¿Por qué ayudar a otros? Eso no te lo puedo explicar en palabras. Más allá de que puedas partir de este mundo con tranquilidad, existen otras explicaciones a esa pregunta. Si quieres saber más, tendrás qué venir conmigo. De todas formas, aquellos que te conocían ya te deben dar por muerto, pero conmigo puedes comenzar de nuevo, volver a nacer –dijo al fin y después añadió–. Y, también, debes comenzar a hacer mejores preguntas, ¿por qué ayudar a otros? La pregunta correcta debería ser ¿por qué no? –dijo con un tono que denotaba tristeza. Después volvió a inclinarse para seguir excavando. Aquel día jamás lo olvidaré. Cuando volví a nacer.

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Los viajes de Nasir  

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